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viernes, 5 de septiembre de 2014

Venganza (Vladimir Nabokov)

Ostende, el muelle de piedra, la playa gris, la hilera distante de hoteles, todo ello rotaba despacio mientras se perdía en la niebla distante y turquesa de un día de otoño.
El profesor se tapó las piernas con una manta de cuadros, y la chaise longue crujió con su peso al reclinarse en la comodidad de la lona. La cubierta color ocre-rojizo estaba atestada de gente, y sin embargo en silencio. Las calderas palpitaban discretamente.

Una Cuestión De Suerte (Vladimir Nabokov)

Era camarero en el vagón restaurante internacional de un expreso alemán. Se llamaba Aleksey Lvovich Luzhin. Había abandonado Rusia cinco años antes, en 1919, y desde entonces, a medida que se iba abriendo camino de una ciudad a otra, había probado un sinnúmero de oficios y ocupaciones: trabajó de bracero en Turquía, de mensajero en Viena, fue pintor de brocha gorda, empleado de comercio, y así sucesivamente. Pero en estos momentos era un camarero que veía cómo a cada lado del vagón restaurante flotaban sin cesar los prados, las colinas cubiertas de brezo, las arboledas de pino, y el consomé humeaba y chapoteaba dentro de las gruesas tazas que él transportaba en la bandeja con agilidad a lo largo del angosto pasillo que separaba las mesas dispuestas junto a las ventanillas. Era un camarero que dominaba su oficio, y lo demostraba en la maestría con que servía los filetes de buey o de jamón que llevaba en la fuente, y los depositaba en los platos, mientras inclinaba sin tambalearse la cabeza con su cabello bien corto, su frente tensa y sus tupidas cejas negras.

Una Carta Que Nunca Llegó a Rusia (Vladimir Nabokov)

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.
Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Terror (Vladimir Nabokov)

A veces me ocurría lo siguiente: después de pasar la primera parte de la noche trabajando en mi escritorio, esa parte en que la noche inicia su penoso ascenso, yo salía del trance en el que mi trabajo me había sumergido en el momento preciso en el que la noche alcanzaba su cima y se demoraba vacilante en su cumbre, dispuesta a emprender el descenso hasta el aturdimiento de la aurora; entonces, me levantaba de la silla, aterido y totalmente agotado, y al encender la luz de mi dormitorio me veía de repente en el espejo. Lo que pasaba era lo siguiente: durante el tiempo que había estado absorbido en mi trabajo, me había separado de mí mismo, una sensación semejante a la que se experimenta cuando te encuentras con un íntimo amigo después de años de separación: durante unos pocos momentos vacíos, lúcidos pero también detenidos, le ves bajo una luz totalmente diferente aun cuando te das cuenta de que el hielo de esta anestesia misteriosa se derretirá y la persona a la que miras revivirá, su carne se encenderá cálida, volverá a ocupar su lugar, y te resultará de nuevo tan próxima que ningún esfuerzo de la voluntad podrá hacer que vuelvas a captar aquella primera sensación fugaz de enajenamiento. Así, precisamente así, me sentía yo, contemplando mi figura en el espejo y sin lograr reconocerla como mía. Y cuanto más examinaba mi rostro —esos ojos extraños e inmóviles, el brillo de unos pelillos en la mandíbula, aquella sombra que recorría la nariz—, y cuanto más insistía en decirme a mí mismo: «Ése soy yo, ése es tal y tal», menos claro me parecía por qué aquél tenía que ser «yo», más difícil me resultaba conseguir que el rostro del espejo se fundiera con aquel «yo» cuya identidad no conseguía captar. Cuando hablaba de mis extrañas sensaciones, la gente se limitaba a observar que el camino que yo había emprendido acababa en el manicomio. De hecho, en una o dos ocasiones, ya muy avanzada la noche, me detuve a contemplar mi imagen tanto rato que se apoderó de mí un sentimiento espeluznante y tuve que apagar la luz corriendo. Y sin embargo, a la mañana siguiente, mientras me afeitaba, no se me ocurría en absoluto cuestionar la realidad de mi imagen.

Navidad (Vladimir Nabokov)

Sleptsov regresó del pueblo caminando a través de las nieves que lo empañaban todo y, al llegar a su mansión campestre, se refugió en un rincón, sentado en una butaca de terciopelo que no recordaba haber utilizado con anterioridad. Es el tipo de cosa que sucede después de una gran calamidad. Y no es tu hermano, sino alguien a quien apenas conoces, un vecino que vive en la granja contigua y a quien nunca has concedido demasiada atención, alguien con quien habitualmente apenas intercambias una palabra, quien te conforta con sus palabras sabias y amables, y es él quien te alcanza el sombrero que se te ha caído una vez que ha terminado el funeral, y tú estás roto de dolor, con los dientes que te castañetean y los ojos cegados por el llanto. Lo mismo pasa con los objetos inanimados. Cualquier habitación, incluso la más absurdamente pequeña y acogedora, aquellos aposentos que nunca se habitan ni se utilizan en un ala perdida de la casa de campo, pueden albergar un rincón deshabitado. Y un rincón así era el que ahora albergaba a Sleptsov.

La Pelea (Vladimir Nabokov)

Por las mañanas, si el sol me invitaba a ello, salía de Berlín y me iba a nadar. En la terminal de la línea del autobús, en un banco verde, esperaban los conductores, hombres fornidos con unas enormes botas sin punta, sentados a descansar saboreando sus cigarrillos, frotándose de cuando en cuando sus manos inmensas, que olían a metal; contemplaban a un hombre con un delantal de piel mojado que regaba el matorral de brezo que ya echaba sus primeras flores junto a los cercanos raíles; el agua salía a borbotones de una manguera reluciente en una especie de abanico plateado flexible, que lo mismo volaba bajo los rayos del sol, como se abatía delicada sobre las ramas palpitantes. Con la toalla enrollada bajo el brazo, yo pasaba ante ellos, caminando a buen ritmo hacia el extremo del bosque. Allí, los esbeltos troncos de los pinos, que crecían robustos, toscos y pardos por abajo, color carne más arriba, estaban salpicados con fragmentos de sombra, y la hierba enfermiza bajo los pinos aparecía rociada con jirones de periódicos y retazos de sol que parecían complementarse los unos a los otros. De repente el cielo dividió alegremente los árboles, y yo bajé por las olas plateadas de arena hasta el lago, donde las voces de los bañistas rompían el aire para después apagarse, y donde unas oscuras cabezas se divisaban moviéndose y balanceándose sobre la superficie luminosa y lisa. En la orilla, tumbados de frente y de espaldas, los cuerpos mostraban pieles con distinto grado de exposición solar; algunos todavía tenían una especie de erupción rosada en los hombros, otros brillaban como el cobre o lucían el tono fuerte del café con leche. Yo me quitaba la camisa, e inmediatamente el sol me vencía con su ternura ciega.

Guía De Berlín (Vladimir Nabokov)

Por la mañana he ido al zoo y ahora estoy a punto de entrar en una taberna con mi amigo y compañero de copas. Un cartel azul lleva una inscripción en letras blancas en las que dice «LÓWENBRÁU», junto con la imagen de un león que guiña el ojo y enarbola una jarra de cerveza. Nos sentamos y empiezo a hablarle a mi amigo de tuberías, de tranvías y de otros asuntos importantes.

El Dragón (Vladimir Nabokov)

Vivía recluido en una cueva profunda, lóbrega, en el mismo corazón de una montaña rocosa, alimentándose tan sólo de murciélagos, ratas y mantillo. Es verdad que, ocasionalmente, algún cazador de estalactitas o algún viajero curioso llegaba merodeando hasta la cueva, y su visita acababa resultando un verdadero festín. Entre sus recuerdos más placenteros se contaba el de un bandolero que trataba de escapar a la justicia y el de dos perros que alguien había soltado en la cueva con el fin de asegurarse de que existía un pasadizo que llegaba hasta el otro lado de la montaña. La naturaleza en torno a aquel lugar era salvaje, las rocas estaban salpicadas de nieve porosa y unas cascadas batían el aire con su rugido helado. El había sido incubado hacía unos mil años y, quizás porque su llegada a la vida se produjo de forma bastante inesperada —el inmenso huevo se rompió gracias al impacto de un relámpago en una noche de tormenta—, el dragón resultó ser más bien cobarde y no demasiado inteligente. Además, la muerte de su madre le había afectado mucho... Durante mucho tiempo su madre había sido el terror de los pueblos vecinos, había escupido fuego por su boca, provocando el enfado del rey que consecuentemente ordenó que su guarida estuviera constantemente vigilada por caballeros, los cuales eran destrozados y devorados por ella como si fueran nueces. Pero en una ocasión se tragó a un corpulento jefe real, y después se tumbó a echar la siesta sobre una roca al sol, y el gran Ganon en persona llegó al galope con su armadura de hierro, en un corcel negro cubierto de malla de plata. La pobre, soñolienta, trató de retirarse, su grupa verde y oro llameando como fuego al viento, pero el caballero cargó contra ella y consiguió atravesar el suave pecho blanco con su lanza. Ella se derrumbó y rápidamente el corpulento caballero surgió de la herida rosa, con el corazón enorme y todavía humeante bajo el brazo.

La Tormenta (Vladimir Nabokov)

En la esquina de una calle cualquiera de Berlín oeste, bajo el dosel de un tilo en plena floración, me vi envuelto en una ardiente fragancia. Masas de niebla ascendían en el cielo nocturno y, cuando el último hueco de estrellas fue absorbido en ellas, el viento, ese fantasma ciego, cubriéndose el rostro con las mangas, barrió la calle desierta. En la oscuridad mate, sobre los postigos de hierro de una barbería, su escudo colgante —una bacía de plata— empezó a oscilar como un péndulo.

Detalles De Una Puesta De Sol (Vladimir Nabokov)

El último tranvía desaparecía entre el espejo de tinieblas de la calle y, a lo largo del cable, un destello de fuego de Bengala, crepitando trémulo, se perdía rápido en la distancia como una estrella azul. «Bueno, será mejor que sigamos andando, aunque estás bastante borracho, Mark, bastante borracho...»
El destello de fuego se extinguió. Los tejados brillaban a la luz de la luna, ángulos de plata rotos por negras grietas transversales.

Beneficiencia (Vladimir Nabokov)

Yo había heredado el estudio de un fotógrafo. Un lienzo de tintes violáceos seguía todavía allí junto a la pared; mostraba una balaustrada y una urna blanquecina contra el fondo de un jardín de contornos imprecisos. Y era una silla de mimbre la que me acogía a mí aquella noche, como si yo también me encontrara en el umbral de aquellas profundidades de acuarela, era yo el que pasé allí hora tras hora pensando en ti, hasta que llegó la mañana. Unas cabezas de estuco revocado empezaron a surgir gradualmente destacándose en la oscuridad, flotando por entre la neblina de polvo. Una de ellas (casi tu retrato) estaba envuelta en un trapo húmedo. Yo atravesé aquella cámara nebulosa —algo se rompió y crujió bajo mis pies— y con el extremo de una larga barra, fui enganchando y corriendo hasta abrir las negras cortinas que colgaban como jirones de algún estandarte roto a lo largo del cristal inclinado. Cuando hube dejado que la mañana entrara —una mañana desdichada y aviesa—, empecé a reírme sin saber por qué; quizá era simplemente porque me había pasado la noche entera sentado en un sillón de mimbre, rodeado de basura y de trozos de yeso de París, entre polvo de plastilina congelada, pensando en ti.

Bachman (Vladimir Nabokov)

No hace mucho tiempo apareció en los periódicos una breve mención de que el otrora famoso pianista y compositor Bachmann había muerto olvidado del mundo en la aldea suiza de Marival, en el asilo de Santa Angélica. La noticia me trajo a la mente la historia de la mujer que le amó. Me la contó el empresario Sack. Hela aquí.

Primavera En Fialta (Vladimir Nabokov)

La primavera en Fialta es brumosa y apagada. Todo está húmedo: los troncos descoloridos de los plátanos, los enebros, las vallas, la arena. A lo lejos, en un panorama acuoso sobre los bordes irregulares de las casas, ligeramente azuladas, que se han levantado temblorosas para subir la cuesta (un ciprés les indica el camino), el borroso monte San Jorge parece más alejado que nunca de su homólogo en la postal que, desde 1910, dicen (aquellos sombreros de paja, aquellos juveniles cocheros de punto), había sacado a los turistas del triste deambular de sus piernas, entre pedazos de roca de cantos amatista y sueños de chimeneas adornadas con conchas de mar. Él aire es plácido y tibio, con un ligero olor a quemado. El mar, con su sal sumergida en una solución de lluvia, es más gris que glauco y con las olas demasiado perezosas para romperse en espuma.

Batir De Alas (Vladimir Nabokov)

Cuando la punta curva de un esquí se cruza con la otra, uno cae hacia delante. La nieve se le mete por las mangas, le escalda la piel y no resulta fácil volver a ponerse en pie. Kern, que hacía mucho tiempo que no esquiaba, empezó a sudar con el esfuerzo. Un poco mareado, se quitó de un tirón el gorro de lana que le hacía sentir un picor en las orejas y se limpió con él la nieve húmeda que le había quedado prendida en las pestañas.

Dioses (Vladimir Nabokov)

Esto es lo que veo ahora mismo en tus ojos: una noche lluviosa, una calle angosta, unas farolas que se pierden en la distancia. El agua se desliza vertiginosa por las laderas de los tejados empinados hasta los desagües. Debajo de la boca de serpiente de cada uno de los desagües hay un cubo con un aro verde. Las hileras de cubos bordean las paredes negras a ambos lados de la calle. Yo los observo mientras se van llenando de mercurio frío. El mercurio pluvial va creciendo hasta desbordarse. Las bombillas desnudas brillan en la distancia, sus rayos erizados en la lluviosa oscuridad. Los cubos ya se están desbordando.

El Duende Del Bosque (Vladimir Nabokov)

Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo expectante.
—Sí, aquí estoy, pase...
El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.

El Puerto (Vladimir Nabokov)

La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada: una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto, postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes —sus mechones cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado le sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.

Se Habla Ruso (Vladimir Nabokov)

El estanco de Martin Martinich está situado en un edificio que hace esquina. Es natural que los estancos tengan predilección por las esquinas a juzgar por el de Martin, porque su negocio va viento en popa. El escaparate es de modestas proporciones, pero está bien dispuesto. Unos pequeños espejos dan vida a la mercancía que allí se exhibe. En la zona más baja, en los valles que se abren entre las montañas de terciopelo azul, se acomoda una variedad de cajas de cigarrillos cuyos nombres vienen arropados por ese elegante dialecto internacional que también se utiliza para dar nombre a los hoteles; más arriba, los puros en hilera sonríen en sus cajas livianas.

Sonidos (Vladimir Nabokov)

Fue necesario cerrar la ventana: la lluvia golpeteaba contra el alféizar y salpicaba el parquet y los sillones. Con un sonido escurridizo y fresco, unos enormes espectros de plata corrían veloces por el jardín, a través del follaje y a lo largo de la arena anaranjada. Los desagües chasqueaban metálicos y se atascaban. Tú tocabas a Bach. Habían levantado la cola laqueada del piano y bajo el ala descansaba una lira y unos pequeños martillos desgranaban un chapoteo de oleaje sobre las cuerdas. El tapiz de brocado, arrugado en toscos pliegues, se había deslizado en parte de la cola del piano, dejando caer una partitura abierta sobre el suelo. De tanto en tanto, a través del frenesí de la fuga, tu anillo tintineaba contra las teclas, mientras, incesante, magnífica, la lluvia de junio insistía en salpicar los paños de la ventana. Y tú, sin dejar de tocar y ladeando ligeramente la cabeza, exclamabas al ritmo de tus dedos: «Esta lluvia, esta lluvia... voy a anegar la lluvia hasta negarla»,
Pero no pudiste.

Cuento De Navidad (Vladimir Nabokov)

Se hizo el silencio. La luz de la lámpara iluminaba despiadadamente el rostro mofletudo del joven Anton Golïy, vestido con la tradicional blusa rusa campesina abotonada a un lado bajo su chaqueta negra, quien, nervioso y sin mirar a nadie, se disponía a recoger del suelo las páginas de su manuscrito que había desperdigado aquí y allá mientras leía. Su mentor, el crítico de Realidad Roja, miraba el suelo mientras se palpaba los bolsillos buscando una cerilla. También el escritor Novodvortsev guardaba silencio, pero el suyo era un silencio distinto, venerable. Con sus quevedos prominentes, su frente excepcionalmente grande y dos mechones ralos colocados de través sobre la calva tratando de ocultarla, estaba sentado con los ojos cerrados como si todavía siguiera escuchando, con las piernas cruzadas sobre una mano embutida entre la rodilla y una de las lorzas de su muslo. No era la primera vez que se veía sometido a este tipo de sesiones con sedicentes novelistas rústicos, ansiosos y tristes. Y tampoco era la primera vez que había detectado en sus inmaduras narrativas, ecos -que habían pasado inadvertidos para los críticos- de sus veinticinco años de escritura, porque la historia de Golïy era un torpe refrito de uno de sus propios temas, el de El Filo, una novela corta que había compuesto lleno de esperanza y de entusiasmo, y cuya publicación el pasado año no había logrado en absoluto acrecentar su segura aunque pálida reputación.