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martes, 16 de septiembre de 2014

Adeline Virginia Woolf

Virginia Woolf

Un Resumen (Virginia Woolf)

Como sea que dentro de la casa hacía calor y las estancias estaban atestadas, como sea que en una noche como aquélla no había riesgo de humedad, como sea que los farolillos chinos parecían pender como frutos rojos y verdes, en el fondo de un bosque encantado, el señor Bertram Pritchard llevó a la señora Latham al jardín.

Juntos Y Separados (Virginia Woolf)

 La señora Dalloway les presentó diciendo que aquel hombre le gustaría. La conversación comenzó varios minutos antes de que dijeran algo, debido a que, tanto el señor Serle como la señorita Anning, contemplaban el cielo, y en la mente de los dos el cielo siguió vertiendo su significado, aunque de manera muy diferente, hasta el momento en que la presencia del señor Serle, a su lado, se hizo tan patente a la señorita Anning que no pudo ver el cielo, en sí mismo, simplemente, sino el cielo como fondo del alto cuerpo, los ojos oscuros, el cabello gris, las manos unidas, la severamente melancólica (a la señorita Anning le habían dicho «falsamente melancólica») cara de Roderick Serle, y, pese a saber que era una tontería, la señorita Anning se sintió impelida a decir:

El Legado (Virginia Woolf)

 «Para Sissy Miller.» Gilbert Clandon, cogiendo el broche de perlas que se encontraba entre anillos y broches en la mesilla del cuarto de estar de su esposa, leyó las palabras: «Para Sissy Miller, con mi afecto.»

El Foco (Virginia Woolf)

 La mansión del vizconde del siglo XVIII había sido transformada en un club del siglo xx. Y era agradable, después de cenar en la gran estancia con columnas y candelabros, bajo el esplendor de la luz, salir a la terraza que daba al parque. Los árboles eran frondosos, y si hubiera habido luna se hubiesen podido ver las banderolas de color rosa y crema puestas en los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, tras un hermoso día de verano.

El Hombre Que Amaba Al Prójimo (Virginia Woolf)

Aquella tarde, mientras pasaba ligero por Deans Yard, Prickett Ellis se cruzó con Richard Dalloway, o mejor dicho, en el momento de cruzarse, la disimulada mirada que cada uno de ellos lanzó al otro, bajo el ala del sombrero, por encima del hombro, se ensanchó y estalló en una expresión de recíproco reconocimiento; no se habían visto en veinte años. Habían ido a la misma escuela. ¿Y a qué se dedicaba ahora Ellis? ¿Abogacía? Sí, claro, claro..., había leído todo lo referente al caso en los periódicos. Pero allí no se podía hablar realmente. ¿Por qué no iba a su casa aquella noche? (Vivían donde siempre, ahí, al doblar la esquina.) Habría un par de invitados más. Quizá fuera Joynson. «Bueno, no sabes cuánto me ha alegrado verte», dijo Richard.

Momentos De Vida «Los Alfileres De Slater No Tienen Punta» (Virginia Woolf)

 «Los alfileres de Slater no tienen punta, ¿no te has fijado?», dijo la señorita Craye volviéndose, cuando la rosa se desprendió del vestido de Fanny Wilmot, y Fanny se inclinó, con los oídos rebosantes de música, para buscar el alfiler en el suelo.

La Duquesa Y El Joyero (Virginia Woolf)

Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un piso; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y Honourable Ladies. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

La Señora En El Espejo, Un Reflejo (Virginia Woolf)

 La gente no debiera dejar espejos colgados en sus habitaciones, tal como no debe dejar talonarios de cheques o cartas abiertas confesando un horrendo crimen. En aquella tarde de verano, una no podía dejar de mirar el alargado espejo que colgaba allí, fuera, en el vestíbulo. Las circunstancias así lo habían dispuesto. Desde las profundidades del diván en la sala de estar, se podía ver, en el reflejo del espejo italiano, no sólo la mesa con cubierta de mármol situada enfrente, sino también una parte del jardín, más allá. Se podía ver un sendero con alta hierba que se alejaba por entre parterres de altas flores, hasta que, en un recodo, el marco dorado lo cortaba.

La Mancha En La Pared (Virginia Woolf)

Quizá fue a mediados de enero del presente año cuando levanté la vista y vi por primera vez la mancha en la pared. A fin de concretar el día es preciso recordar lo que una vio. Por esto, ahora, pienso en el fuego, la constante película de luz amarilla sobre la página del libro, los tres crisantemos en el redondeado cuenco de vidrio sobre la repisa de la chimenea. Sí, seguramente era invierno, y acabábamos de tomar el té, por cuanto recuerdo que fumaba un cigarrillo, cuando levanté la vista y vi la mancha en la pared por primera vez. Levanté la vista, a través del humo del cigarrillo, y mi vista se fijó durante unos instantes en los carbones ardiendo, y a la mente me vino aquella vieja fantasía de la bandera roja ondeando en lo alto de la torre del castillo, y pensé en ja cabalgata de los caballeros rojos ascendiendo por la ladera de la negra roca. Con cierto alivio por mi parte, la visión de la mancha interrumpió mi fantasía, ya que se trata de una fantasía vieja, mecánica, quizá nacida en mi infancia. La mancha era pequeña y redonda, negra sobre el blanco de la pared, situada seis o siete pulgadas más arriba de la repisa de la chimenea.

Kew Gardens (Virginia Woolf)

Del parterre ovalado quizá surgían cien tallos que se ramificaban en hojas en forma de corazón o de lengua, desde la mitad hacia arriba, y en su extremo superior se abrían pétalos rojos o azules o amarillos, con puntos de color realzados sobre su superficie; y de la penumbra roja, azul o amarilla se alzaba una recta barra a la que el polvillo dorado daba aspereza y cuya punta se hallaba levemente hinchada. Los pétalos tenían el volumen suficiente para que la brisa de verano los agitara, y, cuando se movían, las luces rojas, azules o amarillas pasaban cada una de ellas sobre las otras, tiñiendo una pulgada de la tierra parda, debajo, con una mancha del más intrincado color. La luz caía, ya sobre un suave guijarro gris negro, ya sobre la cascara de un caracol, con sus vetas castañas y circulares, o caía sobre una gota de lluvia, con lo que adquiría tal intensidad de rojo, azul y amarillo que las delgadas paredes de agua parecía fueran a reventar y desaparecer. Sin embargo, en menos de un segundo, la gota volvía a quedar gris plata una vez más, y ahora la luz se posaba sobre la carne de una hoja, revelando los hilos ramificados de las fibras bajo su superficie, y volvía a moverse, proyectando su iluminación en los vastos espacios verdes bajo la cúpula formada por las hojas en forma de corazón y en forma de lengua. Luego, la brisa soplaba un poco más fuerte en lo alto, y el color ascendía al aire, arriba, y a los ojos de los hombres y de las mujeres que pasean por Kew Gardens en julio.

El Cuarteto De Cuerda (Virginia Woolf)

Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas. ..

Una Novela No Escrita (Virginia Woolf)

 Aquella expresión de desdicha bastaba para que los ojos de una resbalaran sobre el papel hasta más allá de su borde, hasta la cara de la pobre mujer —insignificante sin aquella expresión, casi símbolo del destino humano con ella. La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a que procura ocultarlo, deja de tener conciencia de... ¿qué? Que la vida es así, parece. Cinco rostros en frente —cinco rostros maduros— y el conocimiento en cada rostro. ¡Pero cuan extraño es que la gente intente ocultarlo! Rastros de reticencia se ven en todos estos rostros: labios cerrados, ojos velados, cada uno de los cinco hace algo para ocultar su conocimiento, o para adormecerlo. Uno fuma, otro lee, un tercero comprueba las anotaciones de su agenda, el cuarto contempla el mapa de la vía férrea enmarcado ante él, y el quinto rostro —lo terrible del quinto rostro es que la mujer no hace absolutamente nada. Mira la vida. ¡Mi pobre y desdichada mujer, juega al juego! ¡Hazlo por nosotros, ocúltalo!

Lunes o Martes (Virginia Woolf)

Perezosa e indiferente, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Heléchos, o plumas blancas, siempre, siempre...
 Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; omnibuses se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. «Compro metal»... ¿Y la verdad?
 Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.
 Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?
 Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?

 Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.

La Casa Encantada (Virginia Woolf)

A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.