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jueves, 22 de octubre de 2015

Diálogos Con El Diablo (Taylor Caldwell)

jueves, 15 de octubre de 2015

La Columna De Hierro - 2/2 (Taylor Caldwell)



Yo, Judas (Taylor Caldwell)

Yo, Judas
Taylor Caldwell

Título Original: I Judas

Coincidiendo con el descubrimiento de los documentos que ponen en entredicho la imagen que tenemos de Judas Iscariote, se recupera este clásico de la novela histórica que presenta una perspectiva inédita sobre uno de los personajes más controvertidos de la historia universal. De entre las ruinas de la Biblioteca de Alejandría, Iberías, un monje egipcio cristiano, recupera un manuscrito milagrosamente salvado de las llamas. Escondido bajo su túnica, se lo lleva al Valle de los Reyes para leerlo lejos de miradas indiscretas. Su sorpresa no podría ser mayor: escrito en un griego muy culto, el manuscrito es el diario de Judas Iscariote. En su lectura, Iberías descubre que Judas era hijo de una familia judía y farisea, y no el pobre ladrón que todos creían que era. La pobreza de Judas era en realidad voluntaria. Según el manuscrito, se había desprendido de todas sus riquezas para seguir al Mesías. Pero ésta no es más que la primera sorpresa que Iberías se lleva con esta lectura que le revelará a un Judas bajo un punto de vista mucho más humano.

Prólogo

Cuando Justiniano, emperador romano cristiano, destruyó la famosa biblioteca de Alejandría —que contenía gran parte de la sabiduría del mundo— en el año 500 de nuestra era, pocos libros importantes sobrevivieron a la destrucción, y muy pocos pergaminos inapreciables escritos por los sabios. Así se le negaba para siempre a la humanidad el acceso a la sabiduría, erudición, ciencia, literatura, poesía, y conocimientos en general recogidos de las épocas anteriores a Cristo, y todo ello en el empeño de «preservar al cristianismo libre de contaminación de los escritos paganos». Así habló Justiniano, el nuevo converso cristiano, con virtud edificante.
Sin embargo una pequeña parte se salvó del fuego, ya fuera por accidente o por la acción de algunos prudentes que amaban la sabiduría. Entre ellos había un monje egipcio cristiano, lberias, hombre muy erudito y de una antigua familia de Alejandría. M encontrarse un manuscrito chamuscado en parte, escrito en un pergamino egipcio muy resistente, entre las ruinas de la asolada biblioteca, se lo escondió bajo la túnica y se lo llevó a su cueva en el Valle de los Reyes, lugar de enterramiento de los faraones. Allí, a la luz de las velas discretas, o de una vieja lámpara de aceite humeante, leyó el manuscrito, en un griego muy culto, con algunas notas en latín erudito, y comprendió que este libro no había sido escrito por un estudiante tosco y poco versado en la literatura, sino por un caballero de gran cultura.
Descubrió que el manuscrito era realmente el largo diario de la hégira angustiosa de un hombre a través de la vida, y que el nombre de su autor era Judas Iscariote. El autor explicaba que Judas era hijo de una familia judía y farisea, rica y poderosa, que vivía en Jerusalén pero que también poseía un pequeño palacio en Alejandría y otro en El Cairo. (Su nombre auténtico era Judas— bar-Simón. Era también hijo de Lea-bas-Ezequiel, hija de Ezequiel-bar Jacob, cuyo tío había sido miembro del Tribunal Supremo judío de Jerusalén: el Sanedrín.)
El monje Iberias quedó atónito al leer el manuscrito pues por él descubrió que Judas Iscariote no era el ladrón empobrecido que describían la tradición y los escritores a los que repugnaba su figura, sino un joven rico por derecho propio que había abandonado a su querida familia y sus riquezas para desposarse voluntariamente con la pobreza con el objeto de seguir a uno en quien él creía ver realmente al Mesías de todos los tiempos, Jeshua-bar José, un nazareno nacido en Belén de una virgen llamada Mirian-bar-Joaquín, cuya madre era una humilde Ana de Nazaret. (Más tarde Jeshua fue llamado Jesús por los romanos y Cristo por los griegos.)
Como lberias era muy prudente y temía una denuncia por hereje, y también hombre de gran erudición que desconfiaba de los ignorantes, ocultó el manuscrito cuidadosamente, pues se sentía fascinado por la terrible historia escrita en el pergamino. Con frecuencia derramaba lágrimas al meditar en ella. Sabía que nunca se atrevería a enseñar el manuscrito a sus hermanos, que creían firmemente que Judas era un ladrón y un traidor, y que había deseado ardientemente las treinta monedas de plata. (Las treinta monedas de plata eran obligatorias por parte del Sanedrín, pues su aceptación indicaba que. el traidor revelaba sus conocimientos de buena fe; el negarse a aceptar la plata aseguraba a los jueces que el traidor mentía.) De ahí que ese hecho desconcertante que figura en la Biblia (el que Judas arrojara después las treinta monedas de plata; él, que se suponía había entregado a su Señor por ambición de lucro) se explicaba en el manuscrito.
Había algunos intelectuales entre los hermanos de lberias, hombres en los que él confiaba; de modo que les permitió leer el manuscrito en secreto. En su lecho de muerte entregó los documentos a otro monje más joven y muy estimado por él, y durante siglos el manuscrito se conservó oculto en los monasterios, donde pudieron leerlo otros hombres de confianza. Así fue llevado por toda Asia, Europa y África, para que ellos lo estudiaran con reverencia, unos pocos hombres que se sentían aterrados ante los nuevos eclesiásticos arrogantes e implacables, surgidos de sociedades hacía poco paganas, y que creían que toda la sabiduría, conocimientos y escritos del pasado estaban maldecidos por Dios (y sus autores sin duda en el infierno, con todas las incontables multitudes nacidas antes de Cristo). Los verdaderamente cristianos e ilustrados vivían atemorizados por estos eclesiásticos que interpretaban el cristianismo individualmente, y de acuerdo con sus propios prejuicios, y que incluso entraban frecuentemente en conflicto con el Santo Padre, el Papa. (La historia de la Iglesia ofrece numerosos relatos de tales conflictos.)
El manuscrito llegó finalmente a manos de una célebre familia alemana, descendientes indirectos de un obispo, y éstos conservaron oculto el manuscrito por temor a su confiscación y destrucción. Cuando dicha familia alemana despertó las sospechas de los nazis, todos se vieron forzados a huir a Portugal abandonando sus posesiones, incluido el manuscrito. De todo ello se apoderaron los nazis. Pero un oficial alemán que se oponía en secreto a Hitler y que temía por su país, robó el manuscrito y lo ocultó personalmente, sabiendo que, si los nazis lo encontraban, lo destruirían como obra de un judío y, por tanto, carente de valor. El manuscrito acaba de ser dado a conocer por un miembro de esa familia alemana. Se ha traducido con todo cuidado. Que haya verdad en él, que sólo se trate de una fantasía, es algo que debe decidir el lector. Pero el hecho de que Judas bar Iscariote fuera hijo de una familia de fariseos ricos y famosos, y heredero de una fortuna, es algo que nadie puede negar.

1 - Judas

¿Cómo puede descansar un judío cuando el invasor sigue oprimiendo su tierra?
Mi corazón arde de cólera.
¿Cuánto tiempo, oh Señor, habremos de soportar esta tiranía? ¿Cuánto tiempo nos mantendrá hundidos en el polvo la mano del opresor, cuánto tiempo nos coronará de espinas? Lloro por los muertos, pero más aún por los vivos que mueren mil muertes cada día. ¿Dónde está nuestro antiguo orgullo, dónde los Josué, los David y los Macabeos que vencieron a adversarios tan odiados como Roma?
La ciudad está aterrada, pero ninguna mano se alza contra el déspota; no, ni siquiera se oye un grito, tan cobardes nos hemos vuelto. Solo se oyen murmullos entre la gente baja, los humildes campesinos y tenderos, los amaretzin, a quienes ni siquiera escupiría un fariseo o un saduceo que se preciara.
¿Qué importa que estos muertos sean galileos? No por ello dejan de ser sangre de nuestra sangre, alma de nuestra alma y adoradores del mismo Dios. Estaban indefensos, sin armas, sin sospechar nada. Algunos trataron de defender a sus hijos, otros se lanzaron personalmente entre los soldados y sus esposas y hermanas. Los romanos no perdonaron a nadie, ni jóvenes ni viejos. No hubo resistencia. ¿Cómo puede uno resistirse en el mismo lugar de adoración de Dios?
Los cuerpos, grotescamente tendidos sobre el pavimento de losas, no sólo cubrían el Patio de los Gentiles, sino incluso el Patio de Israel, donde algunos habían corrido en busca de refugio.
Esa matanza general había tenido lugar esa mañana, y muchos de los cuerpos aún estaban calientes. Los levitas que servían en el Templo se ocupaban de retirar los cadáveres y asistir a los heridos. Los gemidos asaltaron mis oídos; mis dientes rechinaron. Apretando los puños a1cé la vista desde el patio cubierto de cadáveres hacia la Fortaleza Antonia y vi a los esbirros de Roma envueltos. en sus capas rojas y charlando ociosamente. ¿Qué significaba el dolor judío para esos paganos? Vi una figura alta y dominadora, el cráneo totalmente calvo como una cúpula brillante al sol, mirando al infierno de abajo. Casi creí ver la sonrisa de aquellos labios finos y crueles. Pondo Pilato, el Procurador de Judea, estaba disfrutando de su día.
Caminando rápidamente para dejar atrás la triste escena crucé el Patio de Israel, pasé el Patio de las Mujeres y, finalmente, el Patio de los Sacerdotes. Pasé ante los guardias del Templo y entré en una antecámara a la que me condujo un guardia a la mención de mi nombre.
Me había llamado José Caifás, sumo sacerdote en virtud de su matrimonio con la hija de un sumo sacerdote. Aunque yo tenía muy poco en común con aquellos colaboradores de Roma, había respondido enseguida, si no por otra razón al menos por curiosidad.
Me detuve ante una puerta dorada. En un instante la abrió un levita de servido. Un hombre muchísimo más bajo que yo estaba de pie junto a la ventana, contemplando el patio inferior.
Bonita vista, ¿verdad? —dije yo.
Me miró con frialdad, sin interés aparente.
—Vamos, hablemos —dijo heladamente.
Desprecié la silla que se me ofrecía y permanecimos en pie mirándonos, el sumo sacerdote con una sonrisa débilmente irónica en sus ojos oscuros.
—Tengo una misión para ti, Judas-bar-Simón —dijo finalmente.
Le miré con desconfianza. .
—¿Qué puede querer de mí un saduceo, amigo de los romanos?
Había perdido algo de su aplomo acostumbrado; claro que sólo había que mirar por la ventana para comprender el porqué.
—Por regla general —dijo a la defensiva— los romanos permiten que arreglemos nuestros propios asuntos.
—Por supuesto —dije—. En el más santo de los días, el Día de los Sacrificios, el sumo sacerdote ha de pedir a los romanos las sagradas vestiduras con las que realiza su oficio. ¡Y esto es independencia!
El rubor cubrió sus mejillas. —Hemos de aprender a vivir con Roma. Así lo hace el resto del mundo. Tenemos nuestros tribunales, administramos nuestra religión y cobramos nuestros propios impuestos.
—Sí —dije— y enterramos a nuestros propios muertos.
Un gesto de impaciencia dominó aquellos rasgos altivos. Tenemos privilegios. Esta es da única provincia que no ha de servir a los ejércitos del Emperador. Peso si nosotros los de Judea no mantenemos la paz, los romanos la mantendrán por nosotros. Sí —y me rechazó con un gesto de la mano—, sí, como han hecho hoy.
Su nariz ganchuda se arrugó desdeñosamente.
—Avisé a los galileos, conociendo el genio de Pilato, pero ellos se limitaron a sonreír, esa sonrisa suya tan estúpida. —Alzaba furioso la voz, como si da imprudencia de aquellos hombres hubiera creado un problema que justificara el destino que había venido a caer sobre ellos.
—¿Acaso era asunto suyo —continuó— que Pilato se llevara el dinero del tesoro del Templo para construir su acueducto desde la fuente de Belén a su fortaleza, cuando los estanques de fuera de la ciudad quedaron completamente secos?
—La piscina de Siloé es sagrada para todos los judíos por sus aguas curativas; por tanto eso no era asunto de una sola provincia.
Caifás rió duramente.
—Pilato los confundió con gentes de Judea. Naturalmente, él no sabe distinguir a un judío de otro.
—Los galileos son muy valientes.
—Este no es el momento del valor —dijo sombrío.
—Hablas con uno cuyo homónimo arrojó a los invasores al mar.
—Los romanos no son sirios, y no hay un Judas Macabro en el horizonte.
No hice caso de esta versión griega de Judá, pues lo mismo hacían con todos los nombres, incluido el del Mesías.
—Hay uno más grande que los Macabeos que devolverá a Israel su antigua gloria —dije.
Sonrió burlonamente.
—He conocido una docena de Mesías. Esos falsos profetas surgen como el trigo del invierno, y sólo cosechan problemas para la nación.
¿Cómo podía burlarse así de la esperanza de todo Israel? Isaías nos dijo dónde y cuándo buscarle.
—Dijo que no de conoceríamos cuando viniera.
—Los saduceos no tienen fe en los profetas —dije yo. Ahora ya había recuperado gran parte de su aplomo.
—Tenemos gran interés en el Mesías, pero debemos estar seguros de él.
—Sin fe, ¿cómo podréis estar seguros? «Él vino, y no lo conocimos.» Pero sí será conocido, y llevará a Israel en triunfo sobre todas las naciones.
Sus ojos tenían un brillo de curiosidad:
—¿Cómo le conocerás?
—Habrá nacido en Belén, de la Casa de. David. Su madre será una virgen y, aunque Rey por su porte y tradición, entrará mansamente en Jerusalén. montado sobre un asno.
Caifás agitó la cabeza con burlona desesperación.
—Esa cháchara es para los pobres y los inútiles, los amaretzin y demás ralea. ¿Quién tomará en serio al hijo de Simón de Keriot, si habla como un tendero?
—No soy el hijo de mi padre en todas las cosas. Soy un zelote, y no me importa quién lo sepa.
—No hables con tanto descaro —dijo Caifás bajando la voz, como temeroso de que le vieran con alguien de este partido.
Tenemos el celo de Israel, el celo por el Mesías y el celo contra Roma —dije, disfrutando de verdad—. ¿Hay algún crimen en esto?
Hizo un ademán significativo hacia la ventana.
—¿Y qué crimen había en eso?
—Manifestarse es una cosa, y hablar es otra. Los romanos comprenden la importancia de la acción. Por esta razón dominan a los griegos, que los llaman incultos, y a los judíos, que los juzgan bárbaros. Da a los Césares su maldito dinero y no tomes las armas, y puedes seguir hablando día y noche.
Mis nervios seguían aún alterados por lo que había observado en el patio, y me sentí de nuevo atraído irremediablemente hacia la ventana.
—¡Pilato pagará muy caro este día! —grité.
—Recuerda, no son más que galileos y, según decían nuestros padres —y en su voz resonaba el desprecio ya tan familiar— «¿qué bien puede salir de Galilea?».
—Cualquiera que se oponga a Roma es amigo mío.
—No malgastes tus lágrimas con esos inúti1es. No pertenecen a ninguna tribu, son meros conversos que hablan únicamente la lengua de Aram y ni siquiera bien.
—No me importa su lengua aramea. Sufren porque son judíos como nosotros.
—¿Como nosotros? —los pesados párpados pintados con kool se abrieron sarcásticamente—. ¿Qué tienen que ver los saduceos y fariseos con los galileos?
En mi opinión el abismo no era tan grande.
—Algún día lucharán hombro a hombro con los zelotes, desde Dan hasta Betsabé.
Caifás me lanzó una mirada de lástima. Y ¿cómo será posible que ocurra eso?
—El Mesías nos dirigirá.
—¿Qué te hace estar tan seguro de que viva siquiera?
—Hubo una profecía de la Sibila, dicha a Herodes el Grande en su lecho de muerte: que su linaje sería superado por un recién nacido Rey de Reyes. Antes de expirar, Herodes ordenó la ejecución de todos los varones de menos de dos años en Judea. Esta matanza de los inocentes tuvo lugar durante el reinado de César Augusto, hace treinta años. Y ese niño estará ya preparado ahora para su ministerio.
Caifás agitó la cabeza con incredulidad.
—Incluso así, ¿qué seguridad tienes de que el niño sobreviviera?
—Los profetas nos dijeron que el niño sería llevado a Egipto por sus padres, y retenido allí hasta que fuera prudente volver.
Nos quedamos mirándonos con una hostilidad apenas velada, preguntándome yo por qué me habría hecho venir, y él pensando sin duda lo mismo. Una llamada a la puerta interrumpió el silencio. Dos hombres penetraron silenciosamente en la cámara. Les habría conocido en cualquier parte.
—Venimos de ver a Pilato —dijo el más viejo a quien todo Israel habría identificado por su barba gris y hendida y el sombrero alto y cónico—. Por una vez ha comprendido que ha actuado con prisa excesiva.
Ese no era el Pilato que yo había observado en su torre, pero no me tomé la molestia de discutir; no serviría de nada.
—La paz sea contigo, Anás —dije, rozándole la mano. Su compañero se adelantó y me abrazó.
—¿Cómo le van las cosas —dijo el maestro Gamadiel al hijo de mi querido Simón?
—Mi padre se sentiría sorprendido:….dije heladamente— de encontrar a su Gamaliel en tal compañía y en un día tan negro para Israel.
— Judá, Judá —gritó—, ese carácter tan impulsivo te hará mucho daño algún día. ¿Es acaso un pecado que los jóvenes escuchen a los hombres barbados?
Aunque bajo y delgado, el rabí Gamaliel irradiaba una grandeza superior incluso a su posición como cabeza del Sanedrín. Tenía un aire de franqueza —total, pero había un brillo de acero bajo aquel suave exterior. Anás le mostró cierta deferencia al pasar por alto mi observación.
—Si tú estás aquí se debe a Gamaliel —dijo fríamente—. Él cree que el fruto nunca cae muy lejos del árbol.
No iba a dejarme convencer con adulaciones.
—Es ilegal que las tribus se relacionen con otras naciones. Y los saduceos comen y beben con sus amigos romanos y aceptan sus órdenes en todas las cosas. Nos llamamos judíos, y nuestras principales capitales son Cesárea y Tiberia. Adoramos en sinagogas helenizadas, y nos gobierna un Sanedrín helenizado. No es de extrañar que los fariseos gocen de mayor respeto entre el pueblo como intérpretes del Tora.
El rostro de Anás se tornó sombrío.
—No se te ha hecho venir para que des lecciones a los que gobiernan tu Estado.
—¿Qué gobernantes y qué Estado? —grité—. De no ser por los campesinos que veo en las calles, me creería en Roma. .
Anás se volvió con una sonrisa sarcástica a mi viejo mentor. El dirigente fariseo me habló amablemente. —Fariseos y saduceos —dijo— hemos de hacer causa común si deseamos sobrevivir el tiempo suficiente para saludar al Mesías prometido por el profeta Daniel. —Ese tiempo ya ha llegado. Incluso [os romanos saben de la venida del Rey de Reyes. —Ellos ya tienen su divinidad —dijo Anás secamente. Sacó una moneda romana de su bolsa y mostró la inscripción a la luz—. «César Augusto, hijo de Dios.»
Yo saqué una moneda, un sido de plata. judío, que también mostré a la vista de todos. En un lado decía claramente Jerusalén la Santa. En el otro había tres lirios y la leyenda: «Yo seré como rocío para Israel. E1 crecerá como el lirio». .
Anás sonrió fríamente: —
—¿Es que hemos de habérnoslas con tres Mesías?
—No conozco el significado de esta trinidad. Pero él vendrá, y el pueblo le adorará.
Caifás llevaba largo rato en silencio. Se volvió ahora querellosamente, apelando a los otros.
—¿Cómo puede confiársele una misión tan delicada a este exaltado?
—La exaltación, bien encaminada, nos será útil —dijo Gamaliel con sonrisa tolerante. Apoyó una mano en mi hombro—. Todos compartimos un mismo deseo —agregó suavemente—, la misma excitación ardiente ante la perspectiva del Mesías. Todo el país le aguarda con ansiedad. Algunos dicen que ya está aquí, o que vendrá pronto.
—Nunca será demasiado pronto.
—Ha sido demasiado pronto —refutó Anás secamente—. Judá el galileo se llamó el Mesías y dos mil judíos murieron por su locura. Los romanos se libran rápidamente de los revolucionarios.
—Cierto —reconoció Gamalie1—. Hay falsos profetas, pero un día vendrá el que ha de venir.
Anás le lanzó una mirada especulativa.
—Nuestra ley estipula que cualquiera que se declare el Mesías debe ser examinado por un consejo del Sanedrín. De otro modo no tiene vigencia ni derechos, y se le ha de perseguir como impostor o algo peor. Es mejor que muera uno que perezca una nación.
—El sumo sacerdote tiene razón —dijo Gamaliel—. Los romanos no son de los que aguantan levantamientos. El galleo reunió en armas a cinco mil bajo el estandarte de los Macabeos:
«Sólo a Dios pertenece todo dominio». El ejército atacó a las legiones y arrojó a los recaudadores de impuestos. Durante algún tiempo saborearon el dulce aroma de la victoria. Pero el largo brazo de Roma envió refuerzos desde Partía y Siria, y la espada romana triunfó como de costumbre. Las fuerzas del galileo fueron cazadas como animales por montañas y cuevas. Y sus jefes clavados en la cruz. Otros fueron enviados a los mercados de esclavos, y a las galeras. Esta es una lección que los romanos repiten con mucha frecuencia. No les demos una nueva oportunidad.
Aquella conversación me pareció de pronto divertida.
—Aquí estamos, sentados y charlando de asuntos que todos conocemos ya mientras Poncio Pilato hace lo que quiere.
—Pilato —dijo Anás— no es un gobernador corriente, En las treinta provincias del Imperio sólo a un procurador se le ha permitido que su esposa le acompañe en el extranjero.
—Y, ¿qué importancia tiene eso?
—Algunos dicen que Claudia Prócula es hija natural de Julia, hija de Augusto y difunta esposa del emperador Tiberio. Este matrimonio prueba el alto favor en que se considera a Pilato en Roma.
—No es más que un recaudador de impuestos glorificado —dije yo— y se vendría a tierra en el instante en que hubiese un levantamiento.
—Hablas con demasiada osadía —me corrigió Anás—. Nada le convendría más a Pilato que una revuelta a gran escala. Eso le daría la oportunidad de demostrar a Roma, cortándola de raíz y con fuerza implacable, lo valioso que podría ser en otra parte.
Gamaliel interrumpió en tono tranquilizador.
—No tenemos nada que temer de Pilato mientras seamos discretos.
—Pilato se divierte en burlarse de nosotros. Marcó la pauta de su gobierno nada más llegar, ondeando ante nuestro rostro las efigies del emperador, en contradicción con nuestra ley. Sólo cedió cuando los protestantes se atrevieron a hacerlas pedazos.
—Sí, cedió —dijo Gamaliel—, pero ahora hace lo que le ordena Sejano, su amo ambicioso, el nuevo favorito. No tenéis más que mirar por la ventana.
Solo a través de las habladurías conocía yo a Sejano, primer ministro de Tiberio. Como jefe de la guardia de palacio se había ganado la confianza del viejo emperador llevando a cabo con firmeza sus más sombríos designios. Era tan feroz enemigo de los judíos como Hamán, pues incluso los había desterrado a todos (excepto a los ciudadanos romanos) de la misma Roma. Y Pilato era su hombre.
—Pilato fue enviado aquí para acabar con las tradiciones de Israel —dije yo—. Lo he sabido por el joven Agripa, cuñado de Herodes Antipas, pero, en cualquier caso, es evidente. No sólo entró Pilato en Jerusalén con los estandartes de la legión Doceava, sino que colocó la figura de un águila romana sobre las puertas del Templo. Se refugia a meditar en sus planes en el palacio de Cesárea, y sólo viene a la Fortaleza Antonia cuando quiere atacar a los judíos.
—A los romanos —dijo Caifás— no les importa la adoración del pueblo mientras éste no oponga resistencia a su autoridad.
—Pero sí comprenden perfectamente que una libertad exagerada aquí daría alas a 1as restantes provincias.
Caifás me danzó una aguda mirada.
—Hay otros modos de apoderarse de un pueblo. Los romanos están tan influenciados como nosotros por el estilo griego.
—De acuerdo, y ése es el peligro.
—Sí, Judas —y recalcó la segunda sílaba de mi nombre.
Sentí que la sangre me acudía al rostro.
—Yo me llamo Judá, que es mi nombre hebreo, pero no puedo evitar que algunos me llamen de otro modo.
Él seguía mirándome con gesto sarcástico.
—Admiro tu túnica estampada de flores, y del mejor lino. No lo he visto más fino en Atenas ni en Roma.
—y ¿qué importa lo que vistamos? Nuestro corazón es lo que cuenta.
—Tú, Judas, ¿o debería decir Judá? —sonrió burlonamente—, mencionaste la subversión de nuestras costumbres. De modo que ellos llaman al Mesías y al Ungido el Cristo. ¿Es a eso a lo que te opones?
Si se empeñaba, le seguiría el juego.
—Ahora he sabido que se proponen dictar una ley contra la circuncisión, alegando que lo que prohíben es la mutilación del cuerpo.
Los ojos de Caifás se estrecharon.
—No van a interferir con la adoración judía mientras el pueblo siga en orden y pague sus impuestos.
—Desde luego que sería un escándalo que los hijos de los hombres piadosos no fueran circuncidados, según la alianza de Abraham, a los ocho días acostumbrados después del nacimiento.
—Eso sólo son rumores. A Pilato le gusta tener en vilo a los judíos. .
—Si se prohibiera el rito —dije— supondría una pérdida considerable para el Templo.
Su rostro se nubló rápidamente.
—A la jerarquía le preocupan otras cosas más fundamentales que el dinero. En primer lugar y sobre todo, debemos mantener unido a Israel.
Fuera lo que fuese que sucediese en Roma, pronto era rumor general en Jerusalén, debido a la buena disposición de los colaboradores.
—Hay alguna relación extraña entre Sejano y Pilato —dijo Gamaliel pensativamente, entrecerrando los ojos contra los últimos rayos del sol—. Después de la muerte tan conveniente de Germánico, el que le seguía en orden de preferencia, Pilato se casó con un miembro de la realeza y fue nombrado caballero romano.
En el rostro astuto de Anás se reflejaron sus dudas.
—Con una mano le premiaban y con la otra le enviaban a una oscura provincia.
—Se murmura —dijo Caifás— que Calpurnio Piso, amigo de Tiberio, hizo que pusieran una poción en el vino de Germánico.
Los ojos ladinos de Anás se iluminaron.
—Sí, y Pilato fue el instrumento.
Me enojaban y cansaban aquellas intrigas mezquinas.
—Pero ¿qué tiene que ver todo eso con Israel?
—Luchamos con un funcionario inquieto y ambicioso, frustrado por su exilio.
—y además —intercaló Gamalieil— apoyado por Sejano, que es el que le mantiene aquí.
Me encogí de hombros desdeñosamente.
—El príncipe renegado Agripa me dijo en Roma que Sejano llegada muy alto por algún tiempo para seguir luego el camino de todos los favoritos de palacio. El emperador que dispuso alegremente de su propio sobrino no vacilará en matar a un rival inferior.
Tanto Anás como Caifás parecieron impresionados por mi observación, e incluso Gamaliel me miró con nuevo interés.
—En realidad, sí eres hijo de tu padre —dijo el primero con mirada de aprobación—. Debemos esperar los vientos del cambio.
—Para mí no habrá distinción alguna entre los romanos. Nuestros grandes amigos Pompeyo, Marco Craso y Casio, invadieron el Santo de los Santos, profanaron el Arca de la Alianza y se llevaron del santuario sus puertas y altares de oro. ¡Y vosotros habláis de amistad romana!
—Sus depredaciones no quedaron sin respuesta —y Anás me lanzó aquella sonrisa untuosa de 1a que yo tanto desconfiaba—.
Recuerda cómo murieron esos tres, violentamente, en tierras extrañas y para regocijo de sus enemigos. El Santo cuida de sus elegidos a su propio modo.
Agité vigorosamente la cabeza.
—Judas Macabeo demostró que Dios ayuda a los que se ayudan. Hasta que sus ejércitos vencieron a las hordas de Siria no bri1ló de nuevo la luz de Dios sobre Israel.
—El Señor cabalgó con los asmoneos aquel día —dijo el rabí Gamaliel—, lo mismo que hizo con Josué ante las murallas de Jericó.
—Entonces el Señor debió aprobar que los Macabeos derramaran sangre el sábado. Pues, hasta la revocación de las leyes del sábado llevada a cabo por los Macabeos, los elegidos preferían ser asesinados en sus hogares y cuevas antes que defenderse.
Anás y Caifás alzaron las cejas.
—El sábado pertenece a Dios. Todo lo demás que se diga es blasfemia.
Hice poco caso de tal hipocresía.
—En el Templo celebramos [a liberación de Israel por los asmoneos, aunque sólo durante unos cien años. Y los sumos sacerdotes aceptan ofertas y sacrificios que celebran esta nueva consagración del Templo, sin tener en cuenta la violación del sábado que hizo posible tal fiesta.
Hubo un silencio violento, que Gamaliel quiso suavizar.
—El sábado es sagrado para todos los judíos, tanto saduceos como fariseos.
—De los cuales hay diez mil en un país de un millón de almas.
—Nosotros guardamos la ley de Moisés —dijo Gamaliel— y el pueblo nos sigue.
De pronto, sobre el rumor de la conversación, se escuchó el sonido penetrante de las trompetas que llamaban a los fieles a la plegaria, y la respuesta estática de los miles que llenaban el Templo gritando: —
—Oye, oh Israel; el Señor Nuestro Dios, el Señor es Uno.
Los tres dignatarios hicieron una pausa lo bastante larga para prestar su obediencia al Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Mientras oraban yo miré por la ventana, dejando que mis ojos vagaran desde el patio, del que aún se retiraban los muertos y heridos, hasta las tierras de la Fortaleza Antonia, que se alzaba muy por encima de los muros del Templo.
—¿Qué dice Pi1ato de esos crímenes en el mismo Templo? Anás se encogió de hombros.
—Los romanos son una ley en sí mismos. Arrasarían todo Israel si conviniera a sus propósitos.
—El tetrarca Herodes protestará sin duda de la muerte de sus galileos.
Gamwel soltó una. risita.
—Tiberio ya no quiere enterarse de nada. Disfruta de los baños de Capri con sus perversos protegidos. y Sejano gobierna sin que nadie le moleste.
—¿Por qué si no —interrumpió Caifás impaciente— habría atacado Pilato a estos galileos? Sabía que podía hacerlo impunemente.
—Los romanos sólo tienen tres mil hombres en toda Palestina —indiqué yo— y casi todos son mercenarios, dirigidos por un puñado de centuriones romanos.
—Los caminos quedarían inmediatamente abarrotados con soldados romanos de Siria y Egipto.
—Los zelotes no temen a Roma.
Anás me favoreció con su sonrisa más dulzona.
—A nosotros, por nuestra parte, nos sorprende tu compañía.
—Y a mí sólo me sorprende —contesté —que todo Israel no se haya unido al partido de los Macabeos.
Gamaliel agitó tristemente la cabeza.
—La violencia sólo engendra violencia; en esto han sido maestros los romanos.
—Sea así. Con la ayuda del Mesías, la nación será liberada. Pero mientras los soldados romanos dominen esos baluartes no habrá libertad.
Anás se acarició pensativamente la larga barba.
—Sin embargo, primero hay que encontrar al Mesías, ¿no es cierto?
—Le conoceremos por sus obras. —Mi voz se alzó con emoción como siempre cuando pensaba en el libertador: «Qué hermoso es —dicen los profetas—, el Mesías Rey que surgirá de la Casa de Judá. Él se ceñirá los lomos y presentará batalla a sus enemigos, y morirán muchos reyes».
El rabí Gamaliel pareció asustado.
—Yo veo un Mesías distinto, nacido del amor de Dios por su pueblo, y que no odia a nadie. Él es el Príncipe de la Paz, el Sabio Consejero previsto por el profeta Isaías y por tantos otros.
Y recitó con voz suave los semiolvidados salmos de Salomón:
—«Él llamará al pueblo santo para que se una en justicia. Gobernará las tribus santificadas. Ninguna iniquidad se les permitirá. Y ningún hombre malvado permanecerá en medio de ellos. Pues Dios le ha hecho fuerte en el espíritu de santidad, y rico en el don brillante de la sabiduría. ¡Qué felices aquellos que vivan en ese día, para ver a Israel regocijándose en la Asamblea del pueblo!»
—Yo le veo como debe ser para cumplir aquello para lo que ha sido enviado.
Gamaliel me lanzó una mirada penetrante.
—¿Se te ha ocurrido pensar, Judas-bar-Simón, que el Mesías que tú imaginas no viene a restaurar la gloria temporal de Israel, sino a redimimos de nuestros pecados? ¿No es el justo prometido por Jeremías?
—Yo veo muy claro que viene a librar a Israel del dominio extranjero. Como predijo el profeta Daniel, él pondrá fin a nuestros sufrimientos como nación.
Gamaliel sonrió débilmente.
—No hay profeta más grande en Israel que Moisés, pues sólo a él se de permitió ver el rostro del Señor. Y en su promesa de un Mesías no habla de ningún rey guerrero —.;los ojos del rabino se alzaron al cielo y se humedecieron de emoción—. Esta fue la promesa de Moisés a las doce tribus en el desierto: «El.
Señor su Dios hará surgir un profeta en medio de vosotros, sus hermanos, como en mí».
—¿No libró Moisés a su pueblo de los faraones? El rabino dejó escapar un pequeño suspiro.
—Por mucho que pienses, Judas-bar-Simón, no puedes alterar los planes de Dios ni en una iota.
Yo traté de frenar mi impaciencia. ¿Estaban tan ciegos estos viejos que no podían ver la verdad, o era que tenían miedo de enfrentarse a la realidad para no verse obligados a hacer un movimiento que pusiera en peligro su preciosa situación?
Anás inspiraba el aire con impaciencia.
—Este Mesías es toda clase de cosas para toda clase de personas y, por el bien de Israel, debemos poner fin a los rumores que agitan a nuestro pueblo.
Sus ojos fríos descansaron un momento en su yema. A este ademán Caifás se volvió inseguro hacia mí.
—Los ancianos —dijo de mala gana— han decidido confiarte una misión muy crítica.
Sonreí incrédulo.
—Y en toda Judea ¿por qué había de elegir el Templo a un rebelde como yo para cualquier tipo de misión?
—Sólo porque tú eres el hombre que dijiste —afirmó Gamaliel— Los fariseos y los saduceos podrán estar de acuerdo, como ves, pero los zelotes son irreconciliables.
—Nosotros no tenemos nada que ver con ningún partido. Nosotros nos alzamos en favor de un Israel independiente, libre de cualquier tipo de amos dominadores. y no tenemos la menor simpatía por los esbirros de Roma.
Anás y su yerno me miraron con odio y estaban a punto de girar sobre sus talones cuando Gamaliel los detuvo extendiendo la mano. Sus ojos oscuros me miraron escudriñadores, y habló con más dolor que cólera.
—Haces una injusticia a tu padre, Judas-bar-Simón Pues él pensó, como nosotros, que Israel no debía estar dividido en facciones en guerra si tenía que sobrevivir.
Por un momento mis pensamientos se nublaron.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?
—Si aún viviera, él te instilaría el sentido de la tradición de su familia desde los tiempos de David. Tú eres de este linaje real, como sabes.
—¿Y por qué crees que hablo de liberación, con uno de los míos al frente, y no un ambicioso monstruo de Roma?
Aunque la habitación estaba libre de gentes y las puertas bien cerradas, los ojos de los sumos sacerdotes miraron en torno nerviosamente.
—¡Cuidado, joven! —gritó Caifás—. Hay cosas que ni los romanos se atreven a insinuar. Guarda tu lengua. Su emperador es su dios, y no consentirán que gentes como nosotros blasfememos de él.
—Gentes como nosotros, ya.
Me había vuelto furioso cuando1a voz de Anás me detuvo en la puerta.
—¿Y si yo te comisionara para que descubrieras a ese dirigente de que hablas?
Volví lentamente sobre mis pasos.
—Te diría que no eres el sumo sacerdote, ni el padre de cinco sumos sacerdotes, y que el río Jordán fluye corriente arriba.
Anás se permitió el fantasma de una sonrisa.
—Escucha con cuidado. Hay un hombre que se llama a sí mismo un Profeta, que vive como un animal en el desierto, con una piel de camello ceñida a la cintura por todo vestido.
Me había acercado mucho más a él.
—Y ¿cómo se llama?
—El Bautista, porque purga a los hombres de sus pecados en el río Jordán.
—También nuestros antecesores utilizaban el agua para la ceremonia de su purificación.
—Él bautiza de otra manera.
¿Quién es ese Bautista?
—Un esenio, según se nos ha dicho, un líder fanático de una secta fanática del monasterio de Qumram, junto al mar Muerto.
Miré solemnemente a los tres hombres.
—Debéis tener alguna razón para desear saber más acerca de él.
—Hay informes de que cura a los enfermos y consuela a los pobres con relatos de un mundo feliz más allá.
Sentí un escalofrío de expectación.
—Y, decidme, ¿qué hay de malo en eso?
—Si se limitara a esos ejercicios inocentes, nada. Pero predica también que los judíos deben negar el tributo a Roma, y arrojar a los recaudadores de impuestos. Eso no le sentará bien a Pilato.
—Ni al tesoro del Templo.
Sabía que debía haber algo más, pues, de lo contrario, ¿por qué habían de llamarme a mí, que no era uno de ellos?
Vaciló sólo por un momento, diciendo con una mueca:
—Sus seguidores le consideran el verdadero Mesías. Mi intuición no me había fallado.
—Y ¿no es eso lo que busca todo Israel? Anás agitó la cabeza sombríamente. .
—La nación no debe sufrir por los errores de un hombre.
—¿Buscas a un Mesías o a un mártir? —pregunté con voz dura incluso para mis oídos.
La mano de Gamaliel se acarició su barba gris y escasa.
—En este nuestro desgraciado país, Judas-bar-Simóp, podría ser ambas cosas. —Suspiró cansadamente—. ¿Quién sabe cuál es nuestro futuro?
Me sentí extraordinariamente turbado ante la falta de resolución de parte de este dirigente espiritual de los fariseos.
—Si él fuera el Mesías, ¿quiénes somos nosotros para desautorizarle? Entonces, ¿por qué esta misión?
—Al menos —dijo Anás— podremos observarle y llegar a una decisión a su debido tiempo.
Mi curiosidad estaba excitada por lo poco. que oyera:
—¿De qué linaje es?
—El mismo que el tuyo —los finos labios de Anás se curvaron en una sonrisa sarcástica Debe haber diez mil como él sólo en Jerusalén, nacidos de la Casa de David.
—¿Nacidos en Belén, junto a un buey y una mula? Se mordió la lengua con impaciencia.
—No tengo tiempo para adivinanzas. El Consejo de los Cinco del Sanedrín decidirá si debe tomarse una decisión y cuándo.
—¿Dónde está ahora este hombre?
—En el desierto, el sur de Jericó. Bautiza en el vado de Betabara, a ambos lados del Jordán.
—¿En Perea también?
—Eso dicen.
—Entonces cae bajo la jurisdicción de Herodes Antipas, así como el Templo.
Anás agitó furioso los brazos.
—Todo es lo mismo. Herodes gobierna Perea y Galilea con el consentimiento de los romanos. Su pariente Agripa ha sido suplantado por Sejano, y ya no puede ayudarle.
Yo sentía una gran curiosidad por aquel hombre que tanto preocupaba al Sanedrín.
—Según las sagradas profecías, este hombre debía haber nacido de una virgen.
El sumo sacerdote me lanzó una mirada compasiva.
—¿Y cómo un hombre nacido de mujer podría nacer de una virgen?
Gamalie1 estaba de pie con una amplia sonrisa en el rostro, como si disfrutara de este duelo entre su antiguo alumno y la cabeza suprema de la teocracia judía.
—Los fariseos —dije, confiando en ganarme a Gamaliel— creen en los ángeles de Dios y en la resurrección del hombre. No hay una vida, sino muchas. Es muy posible que los profetas, incluso Moisés, vuelvan a nacer si así lo quiere el Dios que hizo el cielo y la tierra en seis días.
Anás no se sintió impresionado.
—Los saduceos afirman que sólo hay una vida, y es la de la carne.
Puesto que creía en la reencarnación, desde mis días de fariseo, no me dejé apabullar con facilidad.
—¿Quiénes fueron los padres de ese hombre? Anás alzó los brazos en gesto de disgusto.
—¿No acabarán nunca tus preguntas?
Gamaliel, satisfecho, intervino en mi ayuda.
—El padre fue un tal Zacarías, maestro en el Templo, auténtico hijo de Judá y —con un guiño en los ojos— fariseo, claro.
—¿Y la madre? —Una tal Isabel, también de Judea.
—¿Y él fue su único hijo?
Sí. Se creía que ella era estéril y que no podría tener hijos, pues ya había pasado con mucho de la edad en que las mujeres suelen concebir. Pero, he aquí que, como sucediera con Abraham y Sara en los viejos tiempos, ella dio a luz a este hijo con gran sorpresa de todos. Fue en la época de Herodes el Grande. Para escapar a la ira de este déspota, que mató a tres de sus hijos llevado por sus locas sospechas, el matrimonio huyó de Jerusalén con su hijo. Él fue llamado Juan, el enviado por Dios, pues ellos creían que sólo podía haber nacido por la voluntad de Dios.
Me maravillé de que mi viejo maestro, tan distraído en ocasiones, estuviera tan familiarizado con el nacimiento de ese niño.
Se rió.
—Zacarías tenía más razones para sentirse agradecido que la mayoría de los padres, y por tanto estaba mucho más inclinado a repetir los hechos.
El astuto Gamaliel había interpretado correctamente mis dudas.
—Nadie sabe, naturalmente, por qué medios fue concebido ese niño.
—Esa no es una pregunta que pueda hacerse a un maestro del Templo.
—¿Podría haber sido hijo de una virgen?
—Con seguridad que Isabel no lo era.
—Pero ¿no podía haber sido implantado su espíritu en el seno de Isabel por el poder de Dios?
Caifás consideró ridículas mis palabras.
—¡Debes estar loco!
—¿Por qué me llamas loco? —dije—. ¿No hizo Dios al primer hombre?
—Tus palabras no tienen lógica —interrumpió Anás fríamente—. Dices eso porque vosotros, los saduceos, no creéis en la vida en el más allá. Pero si es voluntad de Dios que un niño nazca de una virgen, ¿qué necesidad tiene Él del hombre? ¿No es el creador de Adán, antes del cual no hubo otro hombre?
Gamaliel aplaudió con satisfacción.
—Tu padre se enorgullecería de ti en este día. Anás se agitó en la silla.
—Se hace tarde —dijo— y es mejor que concluyamos este negocio. ¿Puedes iniciar tu comisión enseguida?
—Dentro de dos días —dije—, el tiempo suficiente para cancelar mis propios asuntos.
Se sentó él a la mesa y su pluma corrió sobre una hoja del más fino pergamino.
—Toma esto; serán tus credenciales. Pero te sugiero que lo utilices únicamente en un caso imprevisto.
Lo repasé rápidamente antes de metérme1o bajo la túnica. Yo, Judas-bar-Simón, de noble familia de Judea, era un agente del Sanedrín. Aquello bastaba para darme pesadillas, pero también la oportunidad de buscar el Mesías dondequiera que estuviera.
Vendrás a informarnos de vez en cuando, pero no se lo dirás a nadie. Pues la tuya es una misión muy delicada. Vístete sencillamente, pasa lo más desapercibido posible. Vigila y escucha, y no digas nada. Observa no sólo al Bautista sino también a sus seguidores, así como el sentir de las multitudes. En tu mano está el hacer un gran servicio a la nación.
Me habría sentido impresionado de no haberle conocido por lo que era, un cínico ambicioso capaz de hacer cualquier cosa con toda sangre fría.
—Mi única lealtad es para con Israel.
—Bien —dijo él frotándose las manos huesudas—, no tendremos problemas entonces.
—¿A quién doy mis informes?
—A quienes han de juzgar los actos de cualquiera que afirme ser el Mesías.
—Pero el Mesías es enviado por Dios. ¿Cómo puede juzgar un Consejo la obra de Dios?
—Nosotros juzgamos lo que es mejor para Israel. Vi rápidamente la trampa.
—Pero vosotros podéis negar lo que yo haya descubierto.
—Tu papel consistirá en descubrir los hechos. Sobre la base de lo que descubras, ya tomaremos nosotros la decisión.
Ni por un instante fui lo bastante ingenuo para creérmelo. Sin embargo, si Juan el Bautista era el Mesías, si era el Libertador Enviado por Dios a nuestro pueblo, yo sería el primero en saberlo. Si no, iniciaría las investigaciones en otra parte.
Los sumos sacerdotes se habían apartado a un lado, y Gamaliel estaba a punto de abrazarme, cuando estallaron de pronto los gritos y el estruendo en el patio inferior. Corrimos a la ventana. Por increíble que parezca, la matanza se había iniciado de nuevo. En el amplio Patio de los Gentiles algunos heridos habían conseguido ponerse en pie y avanzaban sin armas contra las tropas romanas que venían desde su Fortaleza por un túnel subterráneo.
Los romanos atacaban con palos y con espadas, segando a los peregrinos agotados como si fueran haces de trigo.
—¡Pilato —grité— quiere hasta la última gota de sangre judía!
Los otros se habían retirado de la ventana y parecían agitados, a excepción de Anás. Éste estaba casi satisfecho.
—Pilato está en deuda con nosotros por este día —dijo suavemente.
Mis propios sentimientos acerca de los galileos eran confusos. Desde luego no eran nuestros iguales ante la ley pues no eran de las doce tribus, pero sí judíos capaces de portar armas; y el acueducto contra el que se habían alzado era ciertamente un ejemplo clásico de la tiranía romana.
Una expresión de disgusto curvaba las comisuras de la boca de pez de Anás mientras continuaba la matanza.
—¡Qué locos son esos galileos!
—Héroes, no locos —dije yo—. Hombres valientes que sólo necesitan estar armados para demostrar lo vulnerable que es Roma.
—Tú, Judas, eres más loco aún de lo que yo pensaba. ¿Crees que toleraríamos a los romanos si hubiera otra salida?
—Espartaco no era más que un esclavo; sin embargo. con un ejército de esclavos tras él, mantuvo a raya a las legiones romanas durante tres años.
Anás soltó un gruñido despectivo.
—Y ¿dónde están Espartaco y el resto?
—Si se vieron derrotados fue porque les faltaba el propósito de los hombres libres.
—Hablas como un niño. Los romanos acabarían rápidamente con todos nosotros. Somos importantes para ellos, pero no por nosotros mismos. Israel no es más que una manchita insignificante en sus mapas pero, con toda nuestra insignificancia, somos el paso para las grandes caravanas que parten a diario desde sus almacenes de Egipto hacia Damasco para el aprovisionamiento de sus ejércitos. Por esta razón nos toleran, pero deja que se altere esta paz y nos hundirán en el fango con el mismo talón de hierro que aplastó a Cartago. Cuidado, Judas; no molestes a un gigante dormido.

2 - El Templo

Me quedé aterrado ante los estragos producidos por las fuerzas romanas. y lo que era aún más desconcertante: ni una mano generosa se había alzado de los quince mil tenderos y siete mil funcionarios religiosos que había en la ciudad del Templo. ¿Era Israel tan pusilánime que no se atrevía a luchar, o sólo necesitábamos un líder que encendiera la llama de la revuelta? Me abrí camino nerviosamente entre la confusión de adoradores que parecían envalentonarse con la retirada de los últimos cuerpos. Trataba de pensar positivamente, de analizar mis pensamientos, para aprovechar del mejor modo la oportunidad que se me había dado. Recordaba lo suficiente de mi educación farisaica en el sendero marcado por el destino. En realidad, esta reunión había sido un golpe de suerte, aunque requiriera cierta semblanza. de cooperación con los saduceos y su Sanedrín. También presentaba uno o dos problemas. Era indudable que el Mesías significaba diferentes cosas para personas distintas. ¿Podría ser a la vez un Rey Guerrero y un Príncipe de la Paz? Era de esperar que pudiese ser cualquier cosa, pues ¿no era enviado de Dios?
Hice un gesto de horror ante las manchas que habían quedado donde cayeran los cuerpos; la sangre iba borrándose afortunadamente bajo los pies de la muchedumbre. Recordé que en algún párrafo de las Profecías se decía que el Prometido limpiaría primero el Templo, y nunca sería demasiado pronto. Esto era más un mercado que un lugar de adoración, y no había sido profanado por los paganos, como en tiempos de los Macabeos, sino por los mismos sacerdotes elegidos para consagrado a Dios. Para los judíos el Templo representaba no sólo su unión con Dios, sino la integridad política de la nación. Esencialmente éramos una teocracia fundada con la bendición de Dios, con todo propósito y aspiración definidos por la alianza fundamental con Dios.
«Dios nos eligió —había dicho Gamaliel—; por tanto, no tenemos más remedio que elegirle a El.»
¿Dónde estaba ahora el Dios de la ira? Desde luego el Templo no era su habitáculo. Quizá los romanos fueran el instrumento de su venganza, y la nación había de purificarse de sus pecados antes de que llegara el Libertador. Mientras avanzaba seguía preguntándome cómo era posible que se hubiera prostituido y rebajado de tal modo el Templo. Por todas partes había ahora tenderetes o pues. tos, más de tres mil en total, dispuestos para la exhibición de sus artículos por la conveniencia de los tenderos. Había un área para los artículos de hierro y utensilios de cocina. Otra para lana y ropas, ganado, pan y grano, fruta fresca y verduras. Incluso las bebidas alcohólicas tenían su lugar, y estos comerciantes, por su aspecto, habían probado sin duda, y con liberalidad, su propia mercancía.
Vi a los vendedores que regateaban con los clientes y me maravilló la paciencia de Dios. ¿No estaba bien claro quiénes eran los culpables? Sin la sanción de Anás y Caifás, esta desacración no habría tenido lugar pues no había un solo puesto, por pequeño que fuera, que no pagase el diezmo a los sumos sacerdotes de Israel. Los levitas examinaban [os puestos para declarar puros los alimentos pero, por cuanto yo podía ver, esta comida no era distinta de la no santificada, a no ser que resultaba un poco más cara por los ritos que se habían realizado sobre ella. ¡Cuán enojado debía de estar el Dios de Israel en su morada celestial! ¿Era de extrañar que nos enviara su Mesías, el líder maravilloso que el profeta llamara el Elegido de Dios?
«En él mora el espíritu de la sabiduría, y e1 espíritu de toda ilustración, el espíritu de conocimiento y de fuerza y el espíritu de aquellos que han muerto en la justicia. Él juzgará a todas las naciones, castigando a las que hayan oprimido a los justos. A su venida los muertos descansarán de nuevo, el cielo y la tierra serán transformados, y los justos se convertirán en ángeles celestiales y morarán con él en la vida eterna.»
Pero incluso ahora, en medio de aquel abyecto materialismo, había pruebas consoladoras de la devoción del hombre común a su fe y al augurio del Mesías. Todo se hacía más soportable, incluso la vista de los soldados de capa roja que se reían en la gran plaza cuando los fieles meditaban en la proximidad de la Promesa. El olor de los animales era dulce entonces, cuando los peregrinos pagaban su tributo a Jehová. Sólo a pocos metros de mí escuché a un peregrino que rezaba arrodillado mientras el cordero del sacrificio que acababa de comprar era llevado hasta el altar. Hubo un trémulo en su voz cuando inclinó la cabeza y gritó:
—Bendito sea Israel, hasta el día en que el Prometido nos libre de nuestros enemigos.
El Mesías no vendría a este Israel profanado, sino a una tierra de leche y miel purificada por la adecuada penitencia ante el Señor.
Me llevó algún tiempo cruzar el Patio de los Gentiles, ya que era el centro supremo de la actividad pública, tanto como un cruce de caminos del Imperio, como Damasco y Alejandría, pues aquí se reunían las gentes del mundo, y los cosmopolitas y sofisticados iban codo a codo con los escribas y los eruditos del Talmud, herederos de aquellos cuyos ojos se habían agostado sobre las Sagradas Escrituras mucho antes de que los cachorros de la loba subieran desde los pantanos del Tíber.
Mis ojos repasaron por un instante la sublime belleza del Pórtico de Salomón. Sus columnas griegas se extendían en tres naves espaciosas, de modo que los rabinos pudieran sentarse cómodamente a la sombra y charlar a placer sobre el Talmud. Sus alumnos eran legión pues durante las fiestas, que parecían interminables, los peregrinos bajaban al Templo a docenas de millares. En las laderas del Monte de los Olivos y del Monte Escopo se veían las tiendas que cubrían todos los trozos de terreno disponible. ¡Qué maravilloso si en vez de peregrinos fueran guerreros, y en vez de bastones llevaran espadas! Aún vi a otros peregrinos más que, viajando durante semanas desde las ciudades profanadas de la Diáspora, caían ahora de rodillas y besaban con reverencia las duras losas del suelo. Sus gritos agudos me envolvían en una oleada de excitación. «Si te olvido, oh Jerusalén, que mi mano derecha se quede seca. Si no te recuerdo, que mi lengua se pegue al paladar.»
Se pusieron en pie y lloraron sin avergonzarse y yo lloraba en secreto con ellos por las glorias perdidas de Salomón y Saúl. Sin embargo, el Templo de Herodes era dos veces más grande que el de Salomón y mucho más espléndido… Se habían alzado enormes muros contra las colinas para sostener los cuatro patios que subían en diferentes niveles hasta el Santuario. Pero, después de cuarenta y seis años, el Templo de Herodes aún estaba por terminar, y los sacerdotes entrenados como albañiles seguían trabajando en unas cámaras no permitidas a los laicos. Pero en el exterior los cambistas hacían sonar alegremente sus monedas y los peregrinos se apretujaban unos sobre otros para las ofertas y sacrificios. Los sacerdotes que ocupaban los bancos rivalizaban con los comerciantes, vendiendo ofrendas que serían convertidas en cabras, corderos, terneros, pájaros, incluso bueyes. Las tórtolas, normalmente muy baratas, costaban veinte veces más durante los días santos, y los que asistían al Templo con regularidad protestaban amargamente contra ese robo legalizado.
—¡Ladrones! —gritaba un hombre de mediana edad a un vendedor tuerto.
Señor —contestó el ladrón—, ¿no vale cualquier cosa el que tu esposa te dé un hijo?
—Alzó una tórtola que luchaba por liberarse—. Con la sangre de esta hermosa ave del amor, será lo bastante fértil como para tener gemelos.
El peregrino le lanzó una mirada de soslayo.
—Hace seis meses una tórtola como ésta me costó sólo unos céntimos, y todavía no tengo un hijo.
No era de extrañar que los reformadores clamaran contra el Templo. ¿Cómo podía encontrarse a Dios entre toda esta miseria y confusión?
De vez en cuando la trompeta de plata daba la señal de la oferta de un sacrificio. Por su aspecto tristón los animales parecían saber que estaban a punto de ser una inspiración para los fieles. Llegó a mi nariz el olor acre de los animales asustados. El ruido era ensordecedor, y los gritos de dos vendedores ahogaban incluso los relinchos de los burros. Me molestó profundamente todo el tiempo que tuve que pasar abriéndome camino entre aquella muchedumbre chillona, observando los regateos y viendo cómo los cambistas cobraban su cinco por ciento usurario por cambiar las monedas romanas impuras por santos siclos judíos, buenos para cualquier mercancía, y para los pájaros o bestias.
No estaba de humor para demorarme y apartaba a un lado a los mendigos insistentes que, como todos, pagaban a los sacerdotes por el privilegio de mendigar dentro de los muros del Templo. Los comerciantes eran no menos horribles, y salían de sus tenderetes para detener a los transeúntes. No habría comprado nada aun de haber visto algo que realmente me apeteciera, tan enojado me sentía ante este remedo cínico de adoración. Por eso me sentí muy trastornado cuando un tipo grosero se alzó delante de mí bloqueándome el paso. Me eché a un lado, y él se corrió también. Había una sonrisa en aquel rostro sucio, de nariz ganchuda, y una mano asquerosa me puso una botella de aguardiente sitio de olor repugnante bajo la nariz.
Su rostro burlón se acercó más al mío.
—¡Es néctar para un príncipe! —gritó aquella criatura grosera con todo el aspecto de estar borracho.
—¿Qué clase de judío eres? —pregunté.
—Soy samaritano, señor.
—Entonces no se te permite la entrada en el Templo —le dije, apartándome de él como si fuera un leproso.
—Pero soy un buen samaritano —me dijo—. Mis antepasados eran de las doce tribus de Israel, y volvieron a la tierra de sus padres cuando el profeta Daniel hizo la paz con los babilonios, y los persas dieron por terminado nuestro período de esclavitud.
—Hablas con engaño. Ningún verdadero hijo de Israel se ha considerado esclavo desde que el profeta Moisés Sacara a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Incluso en Babilonia conservaban nuestros padres sus costumbres y decían lo que pensaban. —
Nosotros, los samaritanos, somos tan buenos judíos como el que más —insistió con voz quejosa— y nuestro templo en el Monte Geritzim, un lugar bendecido en tiempos por Moisés, iguala en esplendor a vuestro Templo. Además —y guiñó un ojo con astucia— nosotros sólo tenemos una ballena que alimentar, no seis o siete como algunos.
Observé que el sello romano en la botella de aguardiente estaba roto.
—Si los recaudadores de impuestos ven ese sello roto, amigo, serás azotado hasta casi perder tu vida miserable.
Sin ofenderse rebuscó en su asquerosa bolsa.
—Por los flecos de tu capa, señor, veo que eres un fariseo piadoso, y escriba por lo menos, con cierto conocimiento de la ley.
Había algo en la persistencia de aquel hombre que despertó mi curiosidad. Cuando se enderezó vi que era de estatura considerable y que sus hombros eran amplios y fuertes bajo la ligera tela marrón. Había dejado ahora sus modales plañideros y se limitaba a mostrarme una túnica de seda con la inicial M bordada con sencillez, y no en el arameo corriente, sino en hebreo.
—¿Por qué me enseñas esto? —le exigí.
Se acercó todavía más, y su asqueroso aliento cargado de ajo me obligó a dar un paso atrás. Después de mirar en tomo de los vendedores, preocupados con sus propios asuntos, se inclinó y tocó el interior de mi manga.
—Esa letra que llevas dentro del puño… —susurro—. Hay cien en el patio, y en este momento, que no esperan más que un líder para vengar la matanza.
Como un vendedor se nos aproximara volvió de inmediato e sus modales serviles, pero al pasar aquel hombre señaló hacia una columna rota, a un extremo del patio.
—Oí reír a los soldados —murmuró entre dientes cuando dejaban caer esa columna sobre la cabeza de los galileos, destrozando y matando a veinte o más de ellos.
Estudié largo rato a aquel hombre extraño, comprendiendo que no había sido pura casualidad el que me eligiera entre todos.
—¿Cómo sabes que no soy un espía romano?
Se echó a reír mostrándome sus dientes amarillos.
—No con ese rostro. Solo un fariseo tendría ese gesto constante de estar oliendo algo desagradable. La nariz arrugada y las cejas en arco señalan a esa secta con más claridad que las rayas de sus mangas.
—¿Sabes mi nombre? Asintió astutamente.
—Esperamos un líder.
—Ése no soy yo. —Me había llevado a un rincón y seguía sacando nuevas mercancías de unos cestos amontonados.
Alzó en alto una túnica de seda blanca, similar en calidad a la que llevaban Anás y su yerno.
—¿Qué te parece ese ropaje? —reía a la vez que susurraba—: Esta noche, en el Huerto de Getsemaní, en la gran sala de las presas de los olivos. Los Macabeos estarán allí.
Bruscamente sus modales cambiaron de nuevo y empezó a hacer gestos absurdos, insultándome groseramente al mismo tiempo.
—¿Por qué perderé el tiempo con gentes como tú? —gritó, volviendo a meter bruscamente sus mercancías en los cestos. .
Estaba a punto de responderle furioso cuando capté su mirada y miré a mi vez por encima del hombro. Un levita, con las borlas rojas del recaudador del Templo, había estado husmeando en el puesto vecino. Sus ojos me examinaron, deteniéndose por un momento en la manga de rayas azules, y me obsequió con una inclinación respetuosa. Se mostró menos circunspecto con el comerciante.
—Tu licencia —le exigió.
Con algunos gruñidos el hombre sacó los documentos requeridos para los artículos que se ofrecían a la venta. El levita los examinó cuidadosamente y luego, como todos los oficiales mezquinos, ansioso de decir la última palabra, se marchó con este aviso:
—Que no vuelva a verte molestando a nadie por tus asuntos en este Templo, o te irá muy mal.
El mercader siguió la figura que se retiraba con una mirada de amargura:
—Son peores que los romanos, esos lacayos que sirven a Roma.
A pesar de mí mismo me sobresalté, pues este desconocido de rasgos groseros, rudo y vulgar, había repetido casi al pie de la letra mis propios pensamientos acerca del sumo sacerdote y su cohorte.
—¿Cómo te llamas?
— Joshua-bar-Abbás.
—Y ¿cuál es la contraseña?
—Haces bien en preguntarlo, pues sin ella no podrías ni aproximarte al Huerto de Getsemaní. —inclinó la cabeza—. Simón —dijo—, Simón el Zelote.
Ni siquiera le miré de nuevo y continué mi camino, sin hacer caso de los gritos desaforados de los mercaderes. ¿Cuántos de ellos, como Joshua-bar-Abbás, me pregunté, serían parte de la resistencia clandestina de Roma? Era una idea que me animaba, y por esta vez no me enfurecí cuando un par de soldados con yelmo pasaron orgullosos y algo vacilantes, las espadas de hoja ancha chocando contra las piedras, y con dos desvergonzadas hijas de Israel colgadas del brazo.
Pronto estuve fuera del Templo, y en la ciudad que amaba. Jamás cesaba de emocionarme al pasar por las calles tan familiares. En la ciudad superior, cerca del Templo, vivía la aristocracia, que disfrutaba de un aire menos enrarecido con aquella altura de más de 800 metros. El nuevo barrio se extendía ante mí, más allá de la Puerta de las Ovejas y el muro paralelo al Valle del Cedrón. Pasé ante la Puerta del Estercolero, tras la cual corría un arroyo con su olor a orina y estiércol de las alcantarillas y donde los leprosos, a los que se prohibía la ciudad, vivían apretujados en su miseria esperando una cura milagrosa en el agua santa de la piscina. En el lado más lejano del Cedrón, el pie del Monte de los Olivos, había una colección de almacenes para las pieles de los animales sacrificados. Me tapé la nariz al pasar por la Puerta del Estercolero, pues toda la basura de Jerusalén era sacada por esta puerta y lanzada al Valle del Cedrón. Justo fuera de los muros vi a los mendigos que rebuscaban su comida entre los restos malolientes amontonados en las callejuelas detrás de los almacenes. El torrente Cedrón estaba teñido de rojo con la sangre de los animales del sacrificio, y me detuve por un instante a observar esta corriente.
—Algún día —dijo una voz desconocida— esta corriente irá roja por una sangre distinta.
Me volví y distinguí apenas dos figuras en la penumbra reinante. Aunque aún no había caído el fresco de la noche sentí un escalofrío en la columna vertebral. Pero de pronto sacudí aquella impresión de inquietud. ¿Cómo podían haber llegado sus voces tan claramente hasta mí? Debía de haberlo imaginado.
Las calles estaban tranquilas ahora, antes de la comida de la tarde. Mirando las filas de casas de piedra amarillenta, muy apretujadas, a excepción de las espaciosas casas romanas y los palacios de los dignatarios judíos, recordé el dicho de que un hombre podía recorrer kilómetros sobre aquella extensión de tejados planos y cubiertos de tierra.
Salí a toda prisa de aquel barrio con sus olores desagradables y pronto me encontré en un área rica y residencial, con jardines de amapolas rojas, de suave lavanda azul y lirios del valle. Más adelante tropecé con macizos de cominos y menta, de jengibre y nuez mascada, ramas de azafrán, adelfas y cipreses, que adornaban los jardines de los ricos. Su dulce fragancia le hacía olvidar a uno los horribles grupos de monstruos grotescos con el rostro leonado y los mendigos harapientos con la mano asquerosa extendida para pedir limosna. En algunos montículos que se alzaban sobre las casas de piedra caliza vi cedros aromáticos, y la planta de la que se extraía el incienso para el servicio del Templo. Ojalá que el espíritu de Israel fuera tan fructífero como su tierra.
Debí haber caminado durante horas, ya que mi mente sólo podía pensar en la nueva vida que estaba a punto de iniciar. Hasta dónde me llevaría, era imposible saberlo. Pero sí sabía que estaba a punto de encontrar El mi salvador, el Mesías de Israel, de eso no tenía duda. Pues incluso de muchacho, escuchando la conversación discreta de mi padre y sus amigos, llegué a comprender que había nacido para servir le algún día. Ese era mi destino, y de nada valía negarlo. ¿No decían los libros de nuestros padres que el filisteo luchó contra el destino inútilmente? Nosotros podíamos elegir nuestro camino, por supuesto, pero era un camino ya señalado para nosotros. Los ancianos me habían puesto en ese camino y el Prometido me llamaba; sin embargo, como decía Isaías, yo no le conocía. Pero en el instante en que mis ojos cayeran sobre él se descorrería el vello. Él era mi Maestro y moriría por él si fuera necesario.
El Bautista, decían, era un esenio. Yo no había imaginado nunca que el Salvador fuera alguien tan —austero. Sin embargo, aunque de corazón desaprobaba a los sumos sacerdotes, sabía que el rabí Gamaliel tenía razón al decir que los judíos habían de unirse a una causa común. Ya éramos una nación dividida, lo que hacia innecesaria la política romana de «divide y vencerás». Mientras seguí«caminando a buen paso, fui repasando los diferentes grupos y sus filosofías. Los fariseos creían que el destino lo dictaba todo, y que nada sucedía al hombre que no estuviera marcado de antemano por su destino. Pero, al contrario que los griegos, que consideraban el carácter del individuo como el factor determinante, este destino no era una fuerza ciega, como tampoco lo era el movimiento de los planetas ni el ritmo de las estaciones. Todo era designio de Dios y, cuanto más nos acercábamos al forjador de esos designios y más le comprendíamos al comprendernos a nosotros mismos, llegábamos a entender su propósito en la vida.
Me sentía intrigado por esta filosofía, pero parecía una concesión excesiva al ego el creer que Dios podía interesarse en el curso trivial de todas y cada una de las vidas. ¿Qué tenía que ver con Dios el que yo estuviera comprometido con Raquel-bar-Natán, y que ello me aburriera profundamente? Estaba seguro de que muy poco. ¿Para qué había de haber profetas entonces, si Dios hablaba a todos? Con seguridad que él no habría elegido un Pueblo Escogido si los gentiles significaran lo mismo para él.
Los esenios no apreciaban en absoluto a los saduceos, pues la jerarquía del Templo negaba la intervención divina en los asuntos de los hombres, afirmando que cada uno era libre de elegir su propio destino. Ellos no se preocupaban de la moralidad, diciendo que a Dios no le afectaban los pecados de la humanidad; por eso, decían los esenios, resultaba fácil comprender que 10s saduceos se portaran como lo hacían. Sentían cierto respeto —aun de mala gana— hacia los fariseos, por un fanatismo que sabían apreciar, aunque no estuvieran de acuerdo con él. Además, también ellos, como los fariseos, aceptaban el mensaje de los profetas como parte de las Escrituras. Los saduceos aceptaban cínicamente sólo los cinco libros de las Escrituras hasta la época de Moisés, excluyendo incluso a los profetas, que habían trabajado íntimamente unidos a ellos desde el cautiverio de Babilonia, hacía cuatrocientos años. Corría por Jerusalén el dicho de que, cuando un saduceo comía, un escriba eructaba por él. No me gustaba el cinismo ni la sofisticación de los escribas, pues hacían un silogismo de todo, incluida la tiranía de Roma.
Estaba tan enfrascado en mis pensamientos que no me había acordado de pasar por el foro y el teatro romano, lugares que los judíos patriotas odiaban tanto como el cerdo asado. Pero al cabo de un rato, y tras cruzar ante el palacio de Herodes, llegué a casa de mi padre. Desde la calle no parecía lujosa, pues los judíos prudentes ocultaban su riqueza del lobo hambriento. Después de abrir la verja y recorrer un corredor abierto salí al atrio, que rebosaba con la abundancia de cipreses, palmeras y algarrobos reunidos en torno de un grupo de fuentes de mármol. Mi querido padre, Dios [e bendiga, se había helenizado sobremanera en sus últimos años y cultivaba el gusto por las estatuas grecorromanas.
«Toma lo mejor de cada cultura —decía— y utilízalo en tu provecho.»
Me detuve en la puerta. Ya había preparado las excusas que daría a Raquel y a mi madre. Habíamos planeado cenar con unos amigos, pero mi mente se sentía atraída como por un imán hacia el Huerto de Getsemaní. Los zelotes de toda Palestina, así como sus simpatizantes, estarían allí reunidos, pues la demostración de fuerza de Pilato había precipitado una crisis de acción. No podíamos permitir que Roma nos considerara cobardes a todos.
Mi madre fue la primera en saludarme. Había arrugas de ansiedad en su rostro agotado cuando me cogió la mano y me besó ligeramente en la mejilla.
—Estás tan poco en casa estos días —suspiró como un reproche.
Por encima de su hombro vi el rostro encantador de mi prometida.
—Raquel —dije—, tu belleza crece de día en día.
Enrojeció deliciosamente y sus ojos azules se animaron. —
¿Cómo puedes saberlo, Judas, cuando estás aquí tan pocas veces?
—Es por mi trabajo —dije con mayor dureza de la que me proponía—.¿Cómo viviríamos de no ser por las propiedades de mi padre?
Mi madre me lanzó una mirada de reojo:
—Simón de Cirene estuvo aquí antes.
—Oh, ese traficante de placeres —dije con indiferencia—. ¿Qué nuevo desastre ha venido a contarme ahora?
El cirineo, tan sofisticado merced a su filosofía hedonista, había sido el capataz de mi padre durante muchos años y continuaba sirviéndome después de la muerte de éste.
—Está preocupado —dijo mi madre— por lo poco que te ve.
—El viaje a Keriot es muy pesado, y él puede traer sus problemas a Jerusalén.
Raquel se enojó y alzó la puntita de la nariz, tan chata.
—Me estoy convirtiendo en una solterona y tú ni siquiera te das cuenta de ello.
—Lo sé —dije con una carcajada—. Y aún no tiene dieciséis y tú eres un viejo de casi treinta años.
—No tanto. Por favor, no me envejezcas antes de tiempo. Mi madre sonrió sin alegría.
—Me temo que aquí soy la única que advierte su edad.
Los sirvientes entraron con refrescos en la biblioteca, mi lugar favorito, donde mi padre y yo solíamos discutir de historia hasta las primeras horas de la madrugada.
Bebí lentamente un poco de vino sirio excelente.
—No puedo cenar contigo, madre, aunque confiaba en ello. Su voz tembló un poco.
—Pero, Judas, no puedes defraudar a nuestros invitados. Ellos están esperando tu anuncio.
—¿Qué anuncio, madre?
La copa se deslizó de manos de Raque! y se destrozó en el suelo de losas de piedra.
—¡Y ni siquiera se acuerda! —gritó.
—Tenías que anunciar la fecha de tu boda. Suspiré, pues lo lamentaba.
—No puedo quedarme a cenar esta noche, madre. Lo siento, Raquel.
Esta parecía muy afectada. Su seno se agitaba violentamente por la emoción y trataba de reprimir el llanto.
—Si es que no me amas, dilo, Judas. Sé que no soy más que una pariente pobre, que vivo aquí de caridad desde que mis padres murieron.
Mi madre extendió la mano y tomó la suya.
—Tú eres mi propia hija, la hija que no llegué a tener. Encontraba aquella situación embarazosa.
—Debo reunirme más tarde con Gamaliel. Tiene noticias que comunicarme.
—¿Cuándo le has visto?
—Hoy mismo —contesté sinceramente—, pero había otros presentes. Sabes que es un buen amigo, y que desea promocionar mi carrera.
Frunció el ceño.
—¿Es que la fortuna de tu padre no es suficiente para todos nosotros?
—No puedo evitarlo, tengo que acudir allí esta noche. —Me molestaba mucho tener que mentirle, cuando no había necesidad de dar tantas excusas—, ¿Por qué no les dices tú la fecha en mi lugar?
Mi madre me miró con expresión apenada.
—Pero tú, Judas, eres el jefe de la familia.
Como siempre que me apremiaban injustamente, perdí la compostura.
—Entonces, ¡déjame serlo!
Mi querida, dulce y amable madre se levantó del diván y cogió a Raquel de la mano.
—Vamos, hija, hemos de ocupamos de la cena. No hay que defraudar a los invitados.
¡Ya la tenía otra vez obligándome a sentirme culpable!
—Yo quiero casarme con Raquel —dije. Mi madre habló sin volver la cabeza.
—¿Y también te mostrarás tan misterioso con ella acerca de tus movimientos?
Di un paso para besar a Raquel, pero ésta movió la cabeza agitando el pelo maravilloso y castaño que le cayó sobre los hombros. Nunca la había visto más hermosa, y sentí un anhelo repentino de aquel cuerpo esbelto y firme, tan voluptuosamente silueteado bajo la túnica finísima.
—Vamos, Raquel —repitió mi madre—. Judas tiene negocios en otra parte.
Las mujeres eren irrazonables, siempre inmersas en sus pequeños caprichos, sin. pensar ni por un instante en las necesidades de la nación. En cuanto a Dios, ¿qué era para ellas? Sólo una palabra. Se ponían en pie en la sinagoga, en la parte de arriba, frunciendo el ceño mientras leían los rollos sagrados y sólo con el objeto de echar una ojeada a los hombres que oraban solemnemente en la parte de abajo. No les preocupaba nada el Mesías. Les importaba muy poco que apareciera o no. Se les daban cremas y aceites para que se pintaran y arreglaran el rostro y el cuerpo, y ya estaban tan felices y ocupadas. Yo no podía adaptarme a tanta frivolidad cuando los rumores del Mesías estaban ya en el aire y eran llevados a todas partes del país en las oraciones de su pueblo.
—Libéranos, ¡oh Libertador!, pues somos tuyos.
Sin cenar, pero demasiado excitado para advertido siquiera, salí a pie hacia Getsemani Tomando la ruta más corta a través de la ciudad pase por el terreno que separaba el Templo de la Fortaleza y salí por la Puerta Dorada a los jardines y avenidas que ascendían hacia las montañas. Era una noche sombría, la luna desaparecía en ocasiones tras las nubes plateadas y, a esta luz tristona, distinguí tres cruces con una figura pendiente de cada una. Aún no estaban muertos, a juzgar por sus gemidos. Habían sido colgados cabeza abajo; lo cual significaba que eren bandidos a los que se había apresado cuando asesinaban a alguien. Durarían hasta la mañana, según sus gritos, hora en que los soldados romanos les partirían las piernas y pondrían fin a sus sufrimientos.
Les habría dado algo de vino, de haberlo llevado, y algún consuelo, de haber tenido tiempo. Pero estos cuerpos colgaban de los árboles en toda Judea, llenando de temor a los viajeros. Los romanos no eran partidarios de las prisiones. Suponían una pérdida de tiempo y de dinero. «¿Por qué alimentar a un caballo muerto?», preguntaba Pilato.
El Huerto de Getsemaní, con sus viejos olivos retorcidos y los almacenes abandonados, siempre me había fascinado. Tenía tal aire de abandono que a veces temblaba el cruzarlo. Siempre tenía la impresión desconcertante de haber estado allí antes. Supongo que (si uno creía en la reencarnación) era muy posible que algún recuerdo semiolvidado de otra vida perdurara en el fondo de la mente. Sin embargo, aunque mi educación farisaica me permitía entretener la idea de una vida continua, ésta era la única vida de que estaba seguro. y si ésta no contaba, ¿qué podían importar las otras?
Perdido en estos pensamientos me sobresalté cuando una figura salió bruscamente tras un grupo de árboles.
—La contraseña —me desafió una voz ruda. Sentí que la hoja de una espada me daba en el pecho e instintivamente me eché atrás.
—Simón el Zelote.
—Pasa, Judas-bar-Simón. llegas tarde.
A la luz de la luna, y forzando la vista, distinguí los rasgos característicos de un judío sirio.
—Me llaman Gestas, y soy el lazo de unión de los patriotas disidentes. Su rostro tenía tal fuerza y decisión, incluso a aquella luz tan débil, que me resultó tranquilizador.
—Eres el último —dijo— pero debo quedarme hasta que me releven. —Su mano acarició la hoja de la espada—. Esto nos librará de cualquier invasor.
Seguí el sendero que me indicó. Tres veces más me detuvieron antes de llegar al almacén abandonado, rodeado de centinelas armados. Me registraron en la puerta y me quitaron una daga.
—¡Soy un zelote! —exclamé furioso.
—Todos lo somos —dijo el centinela— y las reglas son las mismas para todos, incluso para Simón el zelote.
—¿Y si los romanos interrumpieran esta reunión? Sonrió.
—Tenemos un hombre detrás de cada árbol. El movimiento crece, hermano. El tiempo se acerca.
—Buen hombre —y le cogí por el hombro—, ésas son las palabras que deseaba oír.
Me hizo entrar en el edificio. Estaba más iluminado de lo que yo había esperado. La luz provenía de pequeñas lámparas en las que, a juzgar por el olor, ardía brea procedente de Persia y el Sinaí. Mi entrada no despertó interés alguno. Ni una cabeza se volvió a mirarme. Probablemente habría unos cien hombres sentados en el suelo en torno de la espaciosa habitación escuchando a otro de gran ,prestancia. Por su acento se veía claro que era galilleo. Pero hablaba con la misma seguridad que si perteneciera a las tribus de Israel. Y en verdad que había muchos en Galilea del linaje de Abraham, cuyos padres habían vuelto a establecerse allí después que los Macabeos hubieran arrojado a los sirios y aramitas que no querían ser circuncidados.
También él había estado en Roma y sentíase aterrado por la corrupción y dos vicios que allí crecían, y por la floreciente homosexualidad.
—La clase gobernadora se ha reblandecido con tanto lujo. Pierden el tiempo, y durante todo el día, en los baños, jugando con sus pequeñas ninfas y permitiendo que los extraños ambiciosos como Sejano, manejen los asuntos del Estado. Las clases bajas se han convertido en gentuza, y han perdido las ganas de trabajar. Tenemos un dicho en Judea: El padre que no enseña un oficio a su hijo le está adiestrando para ladrón. Pues en Roma están ociosos todo el día, robando y fornicando en su ociosidad, mantenidos por la largueza de un gobierno timorato que les llena la mente con los juegos del circo y el cuerpo con trigo y carne gratis.
El suelo estaba tan abarrotado de gente que me costó cierto tiempo hallar un espacio en las primeras filas. Los ojos del orador se detuvieron en mí un instante y creí ver una sonrisa. ¿Cómo era posible? Jamás había visto yo a aquel gigante. Pero luego, de repente, creí ver, en vez de la túnica que vestía, la coraza de un guardia del Templo, y en mi memoria se hizo la luz. Naturalmente, ¡claro que le había visto antes! Era el levita que, a primeras horas del día, amenazara al vendedor de aguardiente. No era de extrañar que aquéllos se conocieran. Estaban en todas partes.
Pronto supe su nombre pues otro hombre que me pareció familiar, de rostro de halcón y con una melena leonada, se puso en pie osadamente y dijo:
—Simón el Zelote, te respeto como el líder de los zelotes y estoy de acuerdo en que ésta no es la Roma de la República, pero sigue siendo Roma. y el que crea que va a desmoronarse como una manzana podrida al primer mordisco, colgará cabeza abajo por su equivocación.
Casi no había reconocido a éste, ya que sus ropas y aspecto estaban tan, cambiados. Pero pronto su nombre me confirmó quién era.
—Bien dicho, Joshua-bar-Abbás —contestó Simón el Zelote—"—
,pero tranquilízate, que no habrá un asalto fallido contra el Imperio. No se hará nada de auténtica importancia hasta que el tiempo esté maduro. Sin embargo podemos prepararnos para ese momento estableciendo arsenales en cada punto de emboscada en todas las vías del Imperio, desde Egipto a Siria.
Joshua-bar-Abbás le miro dudoso.
—Con todo mi respeto para contigo, Simón el Zelote, y para conmigo mismo, necesitamos un líder que inflame al pueblo y encienda su imaginación.
—Cierto —dijo Simón— y ése sólo puede ser un hombre.
La multitud lo comprendió rápidamente y estallaron gritos de:
«¡Hosanna! ¡Hosanna al Mesías, el Libertador de Israel!».
Sentí una oleada de excitación al hallarme entre hombres que pensaban como yo. Sin embargo no estaba completamente de acuerdo, pues había visto en Roma los rostros melancólicos de una población de esclavos que sobrepasaban en gran número a sus amos, y sabia que la chispa adecuada iniciada la conflagración que consumida a la zorra malvada.
No todos los presentes eran zelotes; había también patriotas sinceros que temían que Israel se hubiese apartado demasiado de sus padres. Un viejo se puso en pie y le reconocí sorprendido. Era Nicodemo, un fariseo liberal como Gamaliel, al que algunos consideraban el hombre más rico de Israel. No era zelote, ni pretendía simularlo.
—Mi único interés —dijo con voz lenta pero resuelta— es que Israel sobreviva como la tierra de los escogidos. Cuando recorro las calles de Jerusalén me siento desalentado al ver cómo cambian las cosas. Nuestros propios jóvenes están romanizándose. Se visten como romanos, caminan orgullosos como ellos. Entran en los gimnasios, colaboran al mantenimiento del circo y sueñan con convertirse en ciudadanos romanos. Algunos se hacen incircuncisos porque los romanos encuentran ofensiva esta costumbre. Nuestras hijas fraternizan con los conquistadores, y se casan con ellos, dejando su adoración tradicional. Es un triste estado de cosas.
—Y ¿cómo —preguntó Simón— cambiarías todo esto sin recurrir a la violencia?
Ya era bien sabido que Nicodemo aconsejaba prudencia en todos los asuntos por temor a las represalias de los romanos.
—Soy viejo —dijo Nicodemo— y conozco bien la vida. También yo he advertido la decadencia del carácter romano que sólo puede llevar a su ruina.
—Pero ¿cuándo llega a saberse que decae el carácter de un pueblo? —preguntó el violento Joshua-bar-Abbás—. No es como en el caso de un hombre, cuya mente y actos se debilitan ante tus propios ojos.
—Cuando ceden al gobierno los deberes que habrían de enorgullecerse de realizar. por sí mismos —dijo Nicodemo—.Cuando permiten que se les diga que se les alimentara y dará alojamiento aun cuando no trabajen, cuando se les promete la seguridad desde la cuna hasta la tumba, cuando se les convence de que el Estado se ocupará de la supervisión de sus hijos, y les dirá qué educación deben recibir, y dónde. Cuando se les dice todas estas cosas, y las aceptan.
Joshua-bar-Abbás agitó la cabeza fieramente.
—Yo no tengo la paciencia de un viejo.
—Dales tiempo —insistió Nicodemo— No podemos considerar nuestro destino sin tener en cuenta el de Roma. Ya no existen hombres como Cato el Censor, o Marcelo, que entreguen a la muerte a sus propios hijos para mano tener el principio del deber primordial al Estado. No hay más que una ambición corrompida que ya he visto con mis propios ojos. Ambición de poder, y del lujo que éste procura, de casas y muebles magníficos, de grandes propiedades, de una vida licenciosa. de vino y mujeres. Todas [as semillas de la decadencia están presentes. Los ciudadanos de la mayor potencia mundial han llegado el preferir la ociosidad y los deportes al trabajo. Roma caerá sola ante la primera fuerza positiva que la ataque. Eso os lo prometo.
Nicodemo creía que la economía gobernaba las naciones.
—Hay una decadencia en la familia romana que sólo augura males para la vitalidad romana. Únicamente los de baja estofa y los esclavos tienen familias numerosas, pues saben que se las mantendrá el Estado. Los de clase media y superior ya ni se casan, y el aborto es un negocio próspero. Llegará pronto el día en que no habrá nadie capaz de mantener a las hordas que nacen esclavos y permanecen esclavos, felices de ser alimentados y entretenidos, y llenándose de vez en cuando el bolsillo con incursiones por las callejuelas oscuras, donde roban a los mismos que los mantienen.
Joshua-bar-Abbás no estaba impresionado.
—Tal vez sea cierto cuanto dice Nicodemo, pero no podemos esperar a que Roma complete su decadencia. Para ese momento también Israel habrá cambiado tanto que nuestros hijos e hijas serán romanos, y asimismo decadentes.
Hubo algunas risas ante esta salida, e incluso Nicodemo sonrió de buena gana.
—Yo aconsejo la paciencia por el bien de todos. Primero dejemos que llegue el Mesías, y que él decida cómo ha de salvarse Israel.
La reunión no iba bien. Muchos empezaban a mirar inquietos en tomo. Me puse en pie.
—¿Puedo decir unas palabras?
Simón el Zelote extendió los brazos.
—Aquí hay un joven —dijo— que podría vivir en el lujo, pero ha preferido unirse a nosotros. Habla, Judas.
Jamás había hablado antes en público pero mi mente era. clara y precisa. Distinguí entre la multitud algunos rostros en los que se reflejaba un vivo interés. No perdí el tiempo en preámbulos.
—En el principio —dije— los Macabeos eran un puñado, menos que nosotros; pero tenían un propósito, y fe. Según dijo Judas Macabeo: «Muchos pueden ser vencidos por los pocos. La victoria no depende del número. La fuerza viene del cielo».
Vi que el rostro alargado de Nicodemo se contraía en algo semejante a una sonrisa. Pero Gestas permanecía muy serio, con los brazos cruzados, y los zelotes más jóvenes seguían sentados en silencio.
—Los Macabeos no eran un pueblo guerrero. Eran granjeros, como la mayoría de vosotros. Criaban ovejas, cabras y ganado, se cuidaban de los pichones y trabajaban el campo. Eran un pueblo pacífico, pero también amante de la libertad. Los judíos de aquella época no hacían nada el sábado. Antíoco y sus griegos sirios se regocijaban por esta santidad y celebraban su sábado asesinándoles a miles en sus cuevas. Sólo cuando ordenaron a los judíos que adoraran a los ídolos resistieron éstos al fin. —Mi voz se alzó— Y, cuando ellos estuvieron dispuestos, un líder vino a responder a sus plegarias.
Ahora si tenia dominado a mi auditorio.
—Matatías el Asmodeo era rico en hijos. Juan y Simón, Judas, Eleazar y Jonatan. Unidos a amigos y vecinos, sus hijos atacaron al enemigo cuando éste menos lo esperaba. Le acosaron de continuo robándole las caravanas, entrando a saco en sus arsenales, matando a dos que quedaban rezagados. y no sólo lucharon en sábado sino a diario, incluso en el Día de los Sacrificios. En una batalla campal, en la llanura de Emaús, el ejército mercenario de los sirios huyó al primer asalto. Porque no ponían el corazón en la lucha. Con cada victoria dos Macabeos —y alcé la manga para mostrar el emblema—, los martillos del Señor, ganaban nuevos seguidores. Pero todavía les sobrepasaba el enemigo en número. En Elasa, Judas, que se enfrentaba a una fuerza mucho mayor, dijo a su pequeña banda: «No es difícil morir, si uno muere por la libertad». y tenía razón.
»A1 fin Judas se apoderó de nuevo de Jerusalén con un ejército de 120.000 soldados, suficientes para liberar a cualquier pueblo. —Mis ojos fueron examinando a aquella muchedumbre silenciosa—. y ahora se hará como entonces. Dios no nos ha abandonado. Él enviará al Mesías y nuestros enemigos serán como basura ante él.
Esto era lo que ellos deseaban oír, y todos reaccionaron calurosamente voceando su aprobación como si los éxitos de los Macabeos fueran míos. Era agradable saber cuán fácilmente podía conmoverlos a todos apelando a sus deseos . Pero no todos se dejaban convencer fácilmente. El rostro alargado de Nicodemo parecía más largo todavía.
—Los romanos —dijo secamente— no estarían de acuerdo, en absoluto, en que se los describiera como basura.
Sabiendo que tenía de mi parte a la multitud contesté osadamente:
¿Acaso implica Nicodemo que el Mesías enviado por Dios no tendría el poder para librar de Roma el cualquier adversario?
Se acarició la barbilla pensativamente, en absoluto acobardado.
Primero debemos saber qué es el Mesías, y luego el debe saberlo también.
—Claro que lo sabrá. ¿De qué modo podría dirigimos?
—Cierto, pero tal vez él camine a un paso distinto del nuestro. Ofendidos por lo que consideraban una discusión de temas insignificantes, los zelotes más jóvenes empezaron a patear en el suelo y a gritar: «¡Abajo el incrédulo!».
Los ojos de Nicodemo flamearon.
—Soy creyente —dijo con serenidad— o no estaría aquí. Apoyo cualquier causa que prepare el camino para el Libertador de nuestro pueblo. y apoyaré cualquier causa en la que crea.
Esto último, naturalmente, era un golpe terrible, ya que hacía falta mucho dinero para sufragar el levantamiento proyectado y no convenía perder la amistad de Nicodemo, el mercader más acaudalado de Palestina.
Joshua-bar-Abbás alzó da mano.
—Nicodemo, como amigo de la libertad, tiene derecho a hablar.
Yo veía un fallo en la argumentación de Nicodemo.
—En esa población de esclavos está la semilla de muchas revueltas. y ellos sobrepasan en número, y con mucho, a sus amos romanos, y gustosamente se unirían a un levantamiento.
No se mostró de acuerdo.
—Esos no tienen espíritu, o ya se habrían levantado hace tiempo. No son los gladiadores que lucharon con Espartaco por toda Italia, sino parásitos domésticos que se han dejado cuidar tanto tiempo que ya no les importa otra cosa que la vivienda y la comida gratis. Tendrás que buscar apoyo en otros. No lo encontrarás en los débiles de espíritu.
Comprendí, en el fondo de mi corazón, que decía la verdad.
—Entonces lo encontraré en los valientes de corazón —respondí con tono elevado—, entre los que dirigen las legiones contra un enemigo que no odian, entre los contribuyentes que gimen ante cada nueva exigencia que amenaza acabar con ellos, entre los que desean luchar en todas partes por la causa de la libertad. Nadie ama al tirano, no; ni siquiera los romanos. Lo que sucedió a Julio César puede suceder a otros, inferiores a él.
—Por cada César que caiga se levantarán diez —dijo Nicodemo.
—Pero no serán enviados por Dios, ni tendrán el poder ilimitado de Dios. ¿No dice la Escritura que cuando él venga todas las naciones le prestarán obediencia? ¿Es que Nicodemo discute a los Profetas? Desde luego no es un saduceo materialista, cegado por sus riquezas hasta el punto de creer que no hay nada antes ni después.
—Los zelotes y los fariseos no tienen motivos de discusión, a no ser la cuestión del celo. Tú lo sabes bien, Judas, pues no ha habido un fariseo más distinguido y patriota que tu padre.
—Yo sé que ha llegado el momento de resistir. Se han cumplido doscientos años desde que los Macabeos nos dieron la libertad, y cien años desde que los romanos nos la quitaron. Cien años de aguantar a Roma son más que suficientes, digo yo; basta de Tiberio, que desea robamos nuestras costumbres; basta de Sejano, que odia a dos judíos porque éstos hablan en favor de la libertad; basta de Pondo Pilato, que convertiría a Israel en un escabel para los pies llevado de sus mezquinas ambiciones. Yo digo a Dios: Señor, muéstranos al Prometido y nosotros, sus leales servidores, haremos el resto.
Les mostré de nuevo el emblema oculto.
—¡Ojalá veamos el día —grité— en que esto represente no sólo a los Macabeos sino al nuevo Libertador, el Mesías, que ya está aquí y esperando! Yo lo sé porque el tiempo está maduro, y un día lo sabrá el mundo entero.
Me senté entre aplausos ensordecedores. Incluso el sombrío Gestas halló razones para sonreír. En cuanto a Nicodemo, ¿qué me importaba que frunciera cejas y pareciera turbado? Era un viejo, y los viejos siempre aconsejan paciencia cuando es la impaciencia, la negativa a aceptar lo inevitable, lo que determina los cambios milagrosos que dan sabor a la vida. Prefería yo morir mil muertes que vivir la vida de un esclavo.
Con un solo discurso me encontré de pronto convertido en el líder de los zelotes. Anteriormente no había hecho ninguna contribución de importancia, pues me limitaba a escuchar cuando otros hablaban y planeaban.
Gestas y Joshua-bar-Abbás me estrecharon ahora la mano.
—Nos has dado un idea magnifica —dijo aquél con una sonrisa que ensanchó su rostro de aire fiero.
—Me siento complacido —dije yo demostrando asombro.
—Hasta que seamos bastante fuertes para salir el campo de batalla haremos como los Macabeos. Robaremos en sus arsenales y prepararemos emboscadas para sus caravanas, hasta que los romanos dejen de presumir de que sus carreteras son tan seguras como el foro a mediodía.
Recordé lo que había dicho Anás de las vías de comunicación del Imperio, de Alejandría a Damasco.
—No aceptarán todo eso sin luchar.
A Gestas se había unido Dimas, un centinela el que acababan de relevar del servicio.
—Para cuando sepan quién es su adversario nosotros tendremos un ejército bien aprovisionado y más fuerte que todo lo que puedan lanzar contra nosotros.
—Se rió sombríamente.
Ya están demasiado ocupados con los bárbaros de Germanía, con esos bretones que se suben a los árboles y con los partos.
—Y ¿qué hay del líder? Sin el Mesías no podemos confiar en un levantamiento general. Todos esperan al Libertador, y no querrán ser liberados sin él.
Gestas y Dimas sonrieron tras la maraña de sus barbas.
—Si no encontramos un Mesías, nos lo fabricaremos.

3 - El Bautista

Le conocí enseguida.
Estaba de pie y metido hasta las rodillas en las aguas fangosas del Jordán, la mano apoyada en un joven cuya cabeza oscura se inclinaba en gesto de resignación.
—Arrepiéntete y queda curado —gritó con una voz que llegó hasta muy lejos de la orilla.
El joven alzó un brazo con esfuerzo; lo tenía seco, los dedos engarfiados, deformados.
El Bautista, pues no podía ser otro, posó la mano brevemente sobre el brazo enfermo.
—Ruega al Padre que puede hacer todas las cosas, incluso mover montañas.
—Su voz tenía una vibración que parecía enviar corrientes de energía. Yo la sentía incluso donde estaba, y lo mismo la del joven.
—¡Siento el calor! —gritó.
—Tienes fe —dijo Juan— Así todo está bien.
Nunca había presenciado una curación, ni tenía fe en ellas.
¿Cómo alguien podía sanar lo que desafiaba a los mejores médicos? Parecía una superstición estúpida, pero la mente era capaz de logros asombrosos. Creer en algo era con frecuencia una condición previa para que eso sucediera. ¿Cuántos juraban haber visto a Simón el Mago extender las ,alas y volar, cuando no era más que un charlatán que engañaba a los crédulos? Pero ahora, y con mis propios ojos, era testigo de un milagro. No podía ser otra cosa. El brazo habla estado paralizado y ahora, por absurdo que parezca, la piel encogida empezaba a extenderse y los músculos iban cobrando forma.
—En el nombre del Señor Dios —tronó el Bautista—, Azriel, hijo de Hamon, es ya un hombre completo.
El joven lanzó un grito de júbilo alzando el brazo restaurado para que todos lo vieran. Un sonido, que empezó como un simple murmullo, fue cobrando fuerza. Cojos, lisiados y ciegos, surgiendo de la multitud maravillada, cayeron de rodillas y gritaron:
«¡Hosanna!»
—Con seguridad que ése es el Mesías —dijo una vieja inclinada sobre el bastón—. Sólo el Ungido de Dios puede hacer estas cosas.
El Bautista parecía no advertir a la multitud. Seguía junto al joven ya curado en el agua; ahora metió su propia mano en el río lleno de remolinos y mojó la cabeza desnuda del joven con el agua.
—Ama a Dios y purifícate —dijo.
Sus ojos se clavaban en el joven. Nadie más existía para él en ese momento—.
Te bautizo Isaías que significa la salvación del Señor, por el profeta cuyas profecías están a punto de cumplirse.
El joven se arrodilló a rezar; el agua le llegaba casi a los hombros y, en esta postura, alzó la cabeza en gesto de súplica. Los ojos del Bautista brillaron. .
El está satisfecho contigo, Isaías. Levántate pues ya estás purgado de todo pecado y, con tu nueva virtud, dispuesto a conocer al Señor.
El joven se adelantó deseando, en su agradecimiento, abrazar a su bienhechor. El Bautista se echó atrás rápidamente y los esenios gritaron horrorizados:
—¡Le robaría su poder! Nadie debe tocarle cuando se halla en comunicación con Dios.
Mientras yo me preguntaba cómo podría suceder esto, el Bautista regresó a la orilla. Sus ojos azules de mirada intensa registraban la multitud, como si lo viera todo, y a todos, en ese instante. A todos los dominaba; salvo algunos gestos de desprecio y algunas sonrisas burlonas, porque los cínicos siempre estaban presentes. Yo había visto a fariseos y saduceos entre la multitud, e incluso algunos publicanos, recaudadores de impuestos, reconocibles por la insignia de su cargo y por el vacío que hacía el pueblo a su alrededor. Todos temían a estos esbirros de Roma que exprimían a los trabajadores quitándoles lo poco que les habían dejado los sacerdotes.
Me quedé sorprendido al ver un número de rabinos, con barba y con ropajes negros, casquete y, en los brazos, una pequeña cajita de piel, una filacteria, que seguían tocando mientras repetían el rollo que contenía:
—Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno. Incluso había allí algunos hombres de mi pueblo, del desierto y de los bosques circundantes, hoscos y flacos. Yo conocía bien a esas gentes del desierto. Era una tierra dura y amenazadora, pero era mi tierra, pues mi gente había vivido en las proximidades de Keriot durante muchos años. Aquí se estableció Simón, el último de los Macabeos, en las montañas calizas junto a Jericó donde las laderas grises están cortadas por un torrente sombrío cuyas aguas van a caer al Jordán. Aquí se reunían las águilas y los chacales saciaban su sed en el punto en que el río giraba como una serpiente ,entre las arenas brillantes. Era una tierra donde el Templo y sus problemas parecían una pesadilla distante hasta que uno se tomaba el tiempo suficiente para analizar todos sus elementos tan diversos que yo veía allí.
En general la reunión estaba formada. sobre todo por los amaretzin que, con la astucia nativa del hombre común, habían abandonado la observación tradicional de la ley llevados de su desdén por el materialismo reinante en el Templo. Eran principalmente obreros manuales, empleados para sacar la basura y limpiar las alcantarillas, o bien artesanos, carpinteros, herreros, pesadores o granjeros. Trabajaban en tiendas o bazares y vivían de sus manos porque no tenían inteligencia ni cultura. Pocas veces figuraban, en cualquiera de las profesiones honorables como la ley, la medicina o Ja enseñanza.
Se les identificaba rápidamente por sus ropas y modales groseros. Incluso reconocí a algunos, como Adán el Curtidor, que tenía su tienda de pieles en la Calle de los Curtidores en la Ciudad Santa. Era un hombre de cuerpo grueso, con un rostro grasiento que recordaba las pieles que curtía. Sus ojos eran pequeños y miraban el mundo circundante con la suspicacia tan típica de los de su clase. Sus compañeros eran tan rústicos como él, y bebían vino de ínfima calidad que llevaban en unas calabazas colgadas de la cintura mientras hablaban groseramente a gritos.
No por el Sanedrín, sino para satisfacer mi propia curiosidad, me metí entre ellos pensando que eran conversos en potencia para nuestra revolución, pues aquel que tiene muy poco que perder es el que cuenta con más razones para arriesgar cuanto tiene.
Como llevaba la capucha echada sobre el rostro, Adán no me reconoció, aunque yo había entrado con frecuencia a comprar en su tienda, pues sus artículos de piel, escudos y corazas, eran muy adecuados para las tropas que, en su día, lanzaríamos al campo de batalla. Secándose el vino de la barba con el dorso de la mano, me miró con suspicacia cuando me acerqué a él.
—¿Qué te trae por .aquí, Adán? —le pregunté, disfrutando al ver su sobresalto a la mención de su nombre.
Por difícil que parezca, aún se reflejó mayor desconfianza en sus ojos. Miraba inseguro en torno, como si quisiera contar con la ayuda de sus compañeros.
—¿Cómo sabes mi nombre? —dijo, y avanzó amenazadoramente contra mí.
—Es un nombre muy conocido —dije, siguiendo el juego.
Su rostro enrojecido, las aletas de la nariz muy dilatadas, despedían un olor repugnante. Me eché atrás involuntariamente, pues aquella mezcla de vino amargo y ajo podrido casi me había hecho vomitar.
Sus ojillos negros como cuentas brillaron malévolos.
—¡Lo sabía! exclamó con aire de triunfo—. Es el espía de esos cerdos. ¡Mirad cómo se esconde!
—Extendió el fornido brazo para echarme atrás la capucha, pero me hice aun lado fríamente. ¡Que groseras eran estas criaturas! Pero útiles también, como había indicado bar-Abbás. Pues los hombres más necesarios en cualquier batalla no eran los sabios y prudentes sino los inconscientes que seguirían a su líder hasta la muerte, como ovejas si era preciso, sin aumentar demasiado el costo de la causa.
—¡Atrás, imbécil! —grité con una voz que resonó con mayor autoridad de la que me había propuesto. A pesar de su arrogancia retrocedió un paso.
—Yo conozco esa voz —dijo.
—Como yo conozco tu nombre y tu rostro. Alcé la capucha un instante y sus ojos se dilataron. Inmediatamente sus modales se tornaron serviles, incluso pusilánimes, característica de los tipos como él.
—¿Qué haces aquí, señor, con ese disfraz? —preguntó en tono humilde.
—Esa fue mi pregunta, menos lo referente al disfraz, naturalmente, pues te hubiera conocido en cualquier parte. —y mis ojos miraron de soslayo a sus compañeros—, por la noble compañía que te rodea.
La multitud ingobernable nos presionaba ahora por todas partes y, por tanto, antes de que nos separaran, le sugerí rápidamente una reunión, ya que así podría tantear mejor los ánimos del pueblo. Su rostro se llenó de orgullo.
—Será un honor,. señor. Luego me guiñó un ojo. —y ¿qué tal mi mercancía? —Su voz bajó a un susurro—. Debes de estar preparando un ejército.
Le lancé una mirada severa. —No tienes que pronunciar una palabra, bajo pena de castigo inmediato.
Rápidamente sus toscos modales se tornaron serviles de nuevo.
Sólo hablo contigo, que ya lo sabes, y por tanto no hay mal en ello, ¿verdad, señor? Antes de que pudiera decirle nada más, nos separó la muchedumbre.
El Bautista, con su carisma notable, los tranquilizó con el brazo extendido. En la quietud subsiguiente un hombre alto, de aspecto juvenil, se adelantó empujado por sus vecinos. Hablaba con el acento de los arameos, y me pregunté qué haría tan lejos de su tierra. Llevaba una pluma de ave sobre la oreja y pensé que sería un escriba, pero era un escribano de un tipo muy distinto. Inquirió con una voz extrañamente inocente.
—Maestro, ¿es suficiente ser bautizado para estar puro?
Su pregunta dio lugar a algunas carcajadas que fueron rápidamente silenciadas por el ceño del Bautista. Éste miró al joven a los ojos.
—Tú, Leví, aunque publicano, serás hallado digno a los ojos de! Señor. Pero tu destino es quedar purificado por otro más grande que yo.
La desilusión de Leví quedó patente a los ojos de todos.
—Puesto, que sabes mi nombre, aunque nunca me habías visto, ¿cómo puede haber otro más grande que tú?
—Con el tiempo verás clara tu misión.
La fama creciente del Bautista había atraído a peregrinos de todo el país. Estaban ansiosos de milagros.
«Bautízanos, maestro, bautiza y cura. Cura, cura, cura.»
Se amontonaban en torno de él en su deseo, aferrándose a las escasas ropas que llevaba, pero fueron rechazados por un grupo de sus propios seguidores. Los ojos del Bautista registraban la muchedumbre. Algunos llevaban vestiduras elegantes, túnicas de seda dorada y zapatillas de plata. Otros, sobre todo los amaretzin, iban muy mal vestidos, descalzos y harapientos. La mirada escudriñadora de Juan parecía atravesar los ricos ropajes, y muchos se sintieron inquietos bajo aquellos ojos. En ese estado de ánimo su poderosa voz tronó contra ellos.
—¿Quién —gritó— os enseñó a huir de la ira que os amenaza?
La inquietud, como una nube que los cubriera, se apoderó de las gentes, y yo recordé las imprecaciones del profeta Jeremías.
¿Era posible que hubiera vuelto a nacer Jeremías como pensaban algunos, o Elías el de la buena nueva, como otros rumoreaban? Fuera quien fuese, o lo que fuese, tenía bien dominada a la multitud.
—Arrepentíos como el joven Isaías, y no seáis piadosos sólo ante la gente. Haced frutos dignos de penitencia y no os forjéis ilusiones, como hacen los saduceos y fariseos, diciéndoos: nosotros tenemos por padre á Abraham. Pues yo digo a esta generación de víboras que Dios puede hacer de estas piedras hijos de Abraham. No hay nada sagrado en las doce tribus, no sagrado ante Dios. Los sumos sacerdotes prohíben a los samaritanos, a los idumeos, a los esenios, que adoren en el Templo del Señor en la ciudad dada por Dios. Por tanto yo os digo que ese Templo ya no es el templo del Santo, sino de las víboras que sirven al dios de Herodes y de Roma.
Los cielos temblaron con el aplauso de los desheredados, los llamados amaretzin, mientras las miradas sombrías de algunos revelaban que tal vez fueran fariseos o saduceos. No era de extrañar que los sumos sacerdotes quisieran un informe sobre el Bautista. Jamás resultaba tan devastador como al amenazar su posición.
—Como todos sabemos —decía éste—, dos familias se disputan la mitra del sacerdocio, las de Anás y Betus, que tanto tiempo ha carecido de poder debido a la proclividad de Anás. Pero ahora Anás se ha quedado sin hijos y por eso sólo tiene yernos que recojan los tributos de los judíos repartidos por todo el mundo. Porque, si no pagan los diezmos, el Dios de Israel no acepta gustoso su adoración.
Los esenios y los amaretzin se rieron a carcajadas, pues su voz estaba cargada de sarcasmo.
—Los eruditos del Ta1mud tienen un proverbio: «¡Ay de mí por la casa de Betus y sus medidas! j Ay de mí por la casa de Anás y el siseo de las víboras! Ellos son los sumos sacerdotes, sus hijos los tesoreros, sus yernos los oficiales del Templo y sus criados apalean al pueblo».
Mientras continuaba hablando en ese mismo tono pude observarle a placer. Era alto, más alto que yo, y su delgadez contribuía a la impresión de gran estatura. Sus brazos eran flacos pero musculosos, y el brillo fanático de sus fieros ojos exudaba una energía inimitable. Una túnica de pelo de camello le colgaba en torno de la cintura y sólo eso le libraba de la total desnudez. Por cuanto había oído decir, sus necesidades eran muy simples. Sólo comía unos higos y dátiles al día, un poco de pan, miel. y langostas silvestres, y una vez a la semana algo de cordero o pescado. Era un esenio, y por tanto célibe. Pero en su intensa concentración estoy seguro de que jamás pensaba en ello. Su mundo era el de las ideas. Como él, sus esenios provenían del centro monástico de Qumram en el mar Muerto. Eran de un carácter serio e impresionante. Fieros y de mirada salvaje, como su maestro, buscaban con vehemencia su aprobación en cuanto él atacaba a un blanco familiar. Se consideraban eruditos y dedicaban su vida a la interpretación de la ley. Aparte su devoción al Bautista parecían haberse retirado de la corriente fundamental de la vida. Miraban a todo el mundo con suspicacia. Yo me alegré de la capucha que velaba mis ojos, pues ocultaba mi desprecio por aquella rigidez insensata. No tenían propiedades, no empleaban criados, ni siquiera para la cosecha. No comían ni bebían en sábado, ni siquiera vaciaban sus tripas en ese día de descanso. No aceptaban juramentos porque sólo creían en la afirmación de 1a verdad absoluta y por tanto no veían razón alguna para una reaf1rmación. No ofrecían sacrificios de animales pues decían que era suficiente cumplir la alianza de Abraham, y por tanto estaban excluidos del Templo de Jerusalén. Anás y Caifás rechazaban a los judíos que no llenaban sus cofres, lo mismo que el Bautista rechazaba a los hipócritas del Templo. Como su padre era sacerdote del Templo, resultaba extraño que siguiera un camino tan opuesto. Sin embargo, a este respecto no era muy distinto de mí mismo, pues nadie más considerado en los consejos del Templo que mi padre.
Ahora bien, aun con mi apasionado deseo por la libertad, yo nunca me habría hecho monje, como el Bautista. Decían de él que tenía poderes sobrehumanos. Era capaz de recorrer incansablemente el ardiente desierto y las cumbres heladas de las montañas, pasando días y días sin necesidad de alimento yagua como los demás hombres. Podía hablar. durante horas sin cansarse, y tenía la costumbre de elegir de vez en cuando a alguien de la multitud, casi siempre físicamente afligido. A veces se trataba de un problema mental, y él echaba al diablo del demente. No era de extrañar que alguno le creyera el Mesías, pues realmente parecía enviado de Dios. Con todo su fuego y pasión, y con el modo de dominar a su auditorio, me era fácil ver en él a otro Judas Macabeo dispuesto a saltar contra el tirano. Era la encarnación de todo cuanto yo había esperado. y en él se cumplía la profecía, incluso en el hecho de haber nacido en Belén, donde Isabel había morado mientras Zacarías asistía a sus deberes en el Templo.
Movía los brazos con elocuencia al hablar, y yo imaginaba a aquella voz estridente y aquellos brazos llamando a Israel a la batalla. Su poder se manifestaba en sus notables dotes para la curación. No importaba quién fuera el enfermo, ni cuál la enfermedad. Simplemente le tocaba, clavando en él unos ojos hipnóticos, y quedaba sano.
—¿Por qué os maravilláis?' —preguntaba a la muchedumbre atónita—. Si creéis en Elías, que curaba a todos los que acudían a él, ¿por qué asombraros por el que ha sido enviado por él mismo?
Sus curaciones contribuían a que todos creyeran en él. De otro modo no habría pasado de ser un orador callejero más. Sin embargo yo sentía una presencia tan etérea que no parecía de este mundo sino un tenue eslabón con el Dios que él invocaba con tanta pasión.
Su alegato crecía en interés por momentos, pues relacionaba sabiamente el Templo con la autoridad romana.
—Por que los romanos —gritaba— son los romanizados, y ninguno peor que Herodes Antipas, auténtico hijo del ateo Herodes llamado el Grande. El Grande elevó monumentos a sus amigos romanos. Construyó la Fortaleza Antonia, desde la que Roma vigila el Templo, y la dedicó osadamente al triunviro Marco Antonio, despreciado incluso por los romanos debido a sus costumbres disolutas. Aquel malvado rey construyó foros, teatros, circos, baños públicos, todo según el estilo grecorromano, y se enorgulleció de ser más griego que judío. A la vez que construía un templo a Dios en Jerusalén, elevaba estatuas de Augusto para Ja adoración judía. Saqueó las tumbas de David y Salomón y creó la gran ciudad mediterránea de Cesárea para los conquistadores. Y ahí es donde vive Pilato el conspirador, cuando ahí está en la Antonia observando la matanza de los peregrinos.
La multitud le escuchaba reteniendo la respiración. Algunos rostros se endurecieron de cólera, y muchos ojos se humedecieron. Pues todo Israel comprendía que esta matanza sin sentido era un desafío contra ellos. La voz del Bautista se alzó con emoción.
—Eran galileos los que murieron, pero ¿qué protesta presentó el hijo de Herodes? Herodes Antipas estaba ocupado con otros asuntos, muy distraído en su palacio de Perea con esa adúltera que él llama su esposa. ¿Qué dice la ley de Moisés con respecto al malvado que roba la esposa de su hermano? Como los romanos, vive para la carne, pero es peor aún que los romanos. Éstos son paganos y no saben más, mientras que él se imagina gobernante de los judíos y habla de su ley. y sin embargo nosotros pagamos tributo a ambos.
Alzó los ojos al cielo y éstos cobraron una luz radiante.
—Cuidado, pecadores, pues viene uno que purgará a los malvados de su ateísmo. Esta más cerca de lo que suponéis.
Vi por los rostros que me rodeaban que la multitud estaba atónita. Esta referencia indirecta a otro resultaba inesperada y desconcertante. ¿Aún habíamos de esperar más cuando nuestra búsqueda parecía ya satisfecha? Mi único temor había sido que su polémica contra los impuestos atrajera contra él las iras de Pilato, de Herodes y sus esbirros.
y ahora nos veíamos enfrentados con una nueva inseguridad.
¿Era sólo otro Jeremías entregado a sus quejas cuando había llegado el momento de la acción? Pero este hombre tenía la facultad de conmover a sus oyentes. No hablaba directamente de revolución; sin embargo plantaba la semilla de la disensión, que acompaña siempre a la insurrección. No era tan simple como parecía. Pero, como auténtico profeta, hablaba a veces con circunloquios sólo significativos para los familiarizados con la ley.
¿Qué romano, qué pagano podía comprenderle cuando gritaba: «Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles. Por tanto todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»?
Leví, el publicano, estaba tan asombrado como yo. Alzó una mano para preguntar:
—Entonces la ley de Moisés que da preferencia a las doce tribus de Israel ¿está sometida a la alteración del hombre?
El Bautista agitó lentamente la cabeza.
—Yo bautizo en agua a todos los que se arrepienten, pero eso no será suficiente. Pues detrás de mí viene otro más fuerte que yo. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Parecía increíble. Pues, si había uno más poderoso que el Bautista, sería un gran profeta en realidad.
—No hay virtud. en ser bautizado donde hay agua —continuó—, y pensar por eso que se ha purificado uno. Pero sin el deseo auténtico de la salvación la inmersión es inútil. Por eso bautizamos tan sólo a aquéllos con edad para arrepentirse realmente.»Pues, como dijo el profeta Ezequiel: "Yo te rociaré con agua clara y quedarás limpio de toda tu suciedad y de todos tus ídolos te limpiaré también". Pero eso no es suficiente. No hay salvación en ser purificado ni siquiera por Ezequiel, sino en volver a nacer. Y eso no viene a través de mí, sino a través de aquel de quien os hablo.
Yo advertía la inquietud de la muchedumbre en cuanto él mencionaba a otro distinto de sí mismo. Algunos habían venido desde muy lejos, enfrentándose a desiertos y montañas para echar una ojeada al nuevo Elías. Indudablemente se negaban a oír que habían hecho el viaje en vano. Los esenios, naturalmente, cerraban sus ajos a aquella negación de sí misma.
—¡Maestro, maestro —gritaban—, ningún hombre nacido de mujer es más grande que tú!
Sonrió él, y entonces comprendí, al ver brillar el rostro como el sol, que sus rasgos estaban normalmente crispadas. Había hablado durante horas sin comer ni beber, ni detenerse para las abluciones ordinarias. Mantenía una perfecta comunicación can la asamblea, respondiendo. notablemente incluso a las preguntas que no. se le hacían.
—No curaré a más enfermos hoy —dijo reflejando mi propia pregunta acerca de cuándo repetiría el milagro pero habrá muchos que quedarán curados por su propia fe también.
La curación realizada había convencida de su poder especial incluso a cierto número de soldados de entre la reunión. Habían estada bostezando o gruñendo alternativamente hasta el instante en que el brazo del joven Isaías quedara como nuevo. Interrogaron al muchacho, y le pasaron las manos por el brazo. Si esto no era suficiente, el propio entusiasmo de Isaías les habría bastado. No cabían dudas acerca de él. Parecía vuelto a nacer realmente.
Yo había observado a los soldados con cierta inquietud. Obviamente no eran de Roma, pues llevaban un casco de cuero en vez del yelmo de metal conocido desde los desiertos de Judea hasta las islas del norte. Además, no tenían el descaro insufrible de los romanos que anulaba por comp1eto a los judíos en su propia tierra.
Pero estas tropas, enviadas par Herodes a juzgar por su aspecto, parecían estar tan fascinadas como los demás por el Bautista. Un soldado, probablemente un mercenario samaritano, se mostró complacido por aquel desprecio a la aristocracia tribal.
—Entonces ¿qué haremos los soldados, que hemos de obedecer a nuestros amos?
—No me importa lo que digan vuestros amos. No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis falsamente, y contentaos con vuestra soldada.
Por una parte abogaba por la sedición; por la otra les aconsejaba que fueran buenos soldados. Herodes quedaría desconcertado en realidad por este enigma. Animado por su respuesta a los soldados, un hombre bien vestido, al parecer un rico mercader por su capa púrpura, alzó la mano.
—Soy de la ilustre Casa de Benjamín. El Bautista le cortó en seco.
—De nuevo digo al linaje de Abraham que no hay promesa de una alianza continua sin salvación, y la salvación no viene arbitrariamente al pueblo de la promesa.
—¿No hay salvación para este hijo de Abraham por ser de Abraham?
—No porque sea o no sea de Abraham.
—Entonces ¿qué traerá la salvación a aquellos como yo?
—Las palabras eran humildes, pero no así el gesto. La voz del Bautista era cortante:
—Si te arrepientes de verdad quítate ese magnífico manto y dáselo a tu vecino que no tiene ninguno. —El Señor —añadió el Bautista— observa lo que se da y lo que se recibe.
—¿Es mejor dar?
—¿Quién lo pregunta, a menos que jamás haya dado nada?'
La sangre acudió al rostro ya alterado. El mercader se quitó rápidamente el manto y lo sostuvo en el aire desdeñosamente. Ninguna mano ansiosa se adelantó a cogerlo y, encogiéndose de hombros, él volvió a ponérselo. Una mirada sagaz asomó a los ojos del Bautista.
—Ellos te conocen, mercader, mejor de lo que tú te conoces a ti mismo.
El hombre pareció encogerse en su interior y se alejó sigilosamente, siguiéndole las palabras del Bautista:
—Si tienes carne y tu vecino no, dale también a él.
Los saduceos y fariseos se habían abierto camino ahora hasta las primeras filas y, por su expresión, se veía claramente que se disponían a desafiar al Bautista. Había una presunción en aquellos pajarracos del Templo que yo encontraba repugnante. Un rabino, saduceo a juzgar por su altivez, se colocó directamente frente a él.
Los esenios trataron rápidamente de desplazarle, pero un gesto de la mano del Bautista los detuvo.
—Que hable el saduceo —dijo con los ojos brillantes—. No necesito ver su distintivo para saber quién le envió.
EI saduceo, un hombre pequeño, moreno y encorvado, le miró sin alterarse.
—Hablas con mucha autoridad —dijo en tono dulzón—. ¿Eres entonces el Prometido, el Mesías de Israel?
—Ya he hablado de aquel que viene a librarnos de la maldad. Quédate y le verás. también.
Mis ojos captaron el significado de sus palabras.
—Y ¿cuándo viene? —le pregunté, pues en mi ansiedad me olvidé del anonimato.
Me lanzó una mirada profunda e intensa.
—Le conocerás cuando venga, y él te conocerá.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Los ojos inquisitivos del saduceo se detuvieron en mí por un instante, luego volvieron al Bautista.
—Tienes razón, señor, al llamarme saduceo. Mi nombre es Sadoc, de la misma familia que fundó nuestro partido y que mantuvo viva el código de Moisés durante el cautiverio de Babi1onia.
El Bautista parecía disfrutar del co1oquio.
—Y ahora te sientas, como tus padres, en el gran Sanedrín y juzgas al Prometido.
Sadoc, hay que reconocerlo, no se acobardó.
—Dices bien al negar que eres el Mesías. Pues todos sabemos que el hijo nacido del hombre no puede ser el Ungido. y todos te conocen como el hijo del fariseo Zacarías v de Isabel, ambos de Judea y, por tanto, de las doce tribus .
Un murmullo surgió entre los esenios, que fue rápidamente acallado por una mirada del Bautista.
—El saduceo —dijo— me hace un gran honor al conocer mi linaje.
Un poderoso gigante, que antes ayudara al Bautista en el río, se alzó en toda su estatura y gruñó su desaprobación.
—Tú, Maestro, eres el profeta EIías, vuelto a nacer para llevar a Israel a la libertad.
El Bautista agitó la cabeza.
—Como ya he dicho, yo soy el precursor, la voz que grita en el desierto: Enderezad los caminos del Señor.
Ahiram el Gigante, que significaba, germano de gran altura, no se dejó vencer tan fácilmente. Con una mirada despectiva al pequeño saduceo encorvado habló con rapidez:
—Pero, Maestro, todos saben que naciste de Isabel mucho después de la edad en que las mujeres conciben hijos. Por tanto, como se dijo antiguamente, fue un don de Dios y por esta razón fuiste llamado Jochanan, o Juan, el dado por Dios.
Los esenios aplaudieron en un coro salvaje de aprobación, pero el Bautista se limitó a sonreír con indulgencia, como si fueran niños. En el rostro de Sadoc se habían marcado unas arrugas profundas. Tenía el aspecto de un inquisidor, y yo le temía incluso más que al astuto Anás, porque con su joroba tenía un yetzahara, que es una aflicción de nacimiento, algo que podía haberlo llenado de odio, obligándole a tratar de mostrarse superior al hombre normal. Un yetzahara había metido al diablo en más de un hombre. Conoce de oídas a Sadoc. Se le consideraba sólo inferior a Anás en astucia y dolo, un auténtico hijo de la jerarquía rival Betus, que, por tradición había hecho del Templo su reserva privada. Habló ahora con elaborada cortesía, como pudiera dirigirse una serpiente al conejo que ya miraba, como su cena.
—Y ¿me es dado preguntar cuándo hemos de esperar a ese dignatario más grande que tú?
El Bautista le había conocido ya perfectamente.
—Quédate y observa, oh mensajero del Todopoderoso! y quizá sea más pronto de lo que imaginas.
—Un Profeta no tendría dificultades para profetizar este suceso.
El Bautista perdió de pronto la paciencia con aquel juego del gato y el ratón.
—¿Es la curación del cuerpo o de la mente lo que tú buscas, Maestro Sadoc?
También a éste le ,abandonó la calma y su voz tembló de ira reprimida.
— Yo veo tu futuro, Profeta, mejor que tú puedes ver el mío. Hubo un gran silencio ahora, y los esenios se agruparon más en torno de Sadoc, sólo para verse alejados por el Bautista.
—Yo conozco mi futuro, Sadoc, como conozco el futuro de Israel. No malgastes tus cantos fúnebres por mí, pues yo camino con el Señor y no temo la maldad.
Su voz se a1zó poderosamente cantando en triunfo como un himno las palabras del profeta Isaías:
—Preguntamos dónde está —lanzó hacia el cielo— e Isaías nos ha dicho dónde mirar si tenemos ojos para ver, y oídos para oír, y un corazón para sentir. "Pues a nosotros —dijo el Profeta— nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado, y el gobierno estará sobre sus hombros y. su nombre será Magnífico, Consejero, Dios poderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz."
¿Cuántas veces había meditado yo en esas palabras y orado por que la profecía se cumpliera en mi vida ¿Cuántas veces había tratado de imaginármelo al estudiar a los Profetas? Mi corazón se regocijó ahora al comprender que un Profeta tan grande como Isaías estaba anunciando la g1orificación de Israel. Jamás me había parecido tan inminente.
“Y brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago. Y el espíritu del Señor descansará en él, el espíritu de sabiduría y de inteligencia”. Él sería el autentico líder, no un charlatán de trivialidades, que aconsejara paciencia ante la opresión. Y, como auténtico hijo de David, llevaría la espada.
—Con todo derecho —continuó el Bautista— juzgará a los pobres, y tratará con equidad a los débiles de la tierra, y castigará a la tierra con la fuerza de su boca y con el aliento de sus labios acabará con los malvados.
Sólo algunos entre la multitud parecieron enojados.
—¡No, no!—gritaron—. ¡Eres tu Maestro! Tú eres el Prometido que nos librará del opresor.
Agitó la cabeza.
—Yo hablo de otro, mucho más grande que yo, Q quien no soy digno de desatar la correa de su sandalia. Yo soy de esta tierra, el es del Reino de los Cielos.
Las protestas crecieron.
—No digas eso, pues tú curas a los enfermos con el contacto de su mano y arrojas el demonio de los posesos con palabras suaves. ¿Quién más podría hacer lo mismo?
Me gustaba su fiereza. Sin embargo, cuando hablaba del Cordero de Dios, su voz se hacía dulce y sus ojos se suavizaban.
El Cordero de Dios ofrecía esperanza. Los diezmos al Templo serían abolidos, como asimismo las leyes dietéticas que juzgaban la comida pura e impura. Se eliminarían los impuestos injustos. La nación sería restaurada. Y los romanos harían bien en vigilar sus laureles. Pues ¿no había prometido el profeta Zacarías: «El destrozará a sus enemigos con una vara de hierro, y los hará pedazos con el vaso de un a1lfarero»?
Siempre, en las profecías se le llamaba «vara» o «rama» del hebreo nazar. Quizá hubiera aquí una pista que se revelaría con su venida. Jeremías decía que la rama era de David. Zacarías, especificando más, decía que su nombre sería la rama. Me hubiera gustado tener la confianza del Bautista en esas profecías pues, por muy osadamente que yo hablara, tenía ciertas dudas.
Al repetir las profecías, el rostro del Bautista brillaba con fuego interior. Así pudiera haber parecido cuando veía el rostro del Señor:
—Él cuidará de su rebaño como un pastor. Alzará los corderos en sus brazos y los llevará en su regazo, y dirigirá amablemente a los pequeños.
Juan tenía el brío de un gran líder, pero no era bastante fogoso, desde luego, para un militante. Lo comprendí al ver la actitud de algunos a los que yo conocía como zelotes. En realidad, mirando en torno, observé entonces a Gestas y Dimas, inseparables al parecer, de pie y con el rostro pétreo, junto a algunos esenios que habían alzado un estandarte con el signo del pez. Conocía lo suficiente de astrología para saber que esto anunciaba la nueva Era del pez, que terminaba la Era de Aries; simbolizada por el cuerno del Carnero y su llamada a la adoración sagrada. ¿No había avisado Isaías contra esta charlatanería engañosa de los adivinos de Babilonia? Los signos del zodiaco eran más adecuados a Babilonia o a Roma que a un Profeta de Israel.
Los dos zelotes deseaban hacerle una pregunta al Bautista. Y sin duda él lo adivinó, ya que se volvió hacia ellos con una inclinación.
La curiosidad de Gestas seguía las mismas directrices que la mía.
—Este Mesías de que hablas, ¿obtendrá la libertad de Israel del dominio de Roma?
El Bautista sonrió enigmáticamente.
—Nos librará de toda tiranía, incluida la tiranía de la muerte. No era eso exactamente lo que un zelote queda oír.
—¿Cómo puede no haber muerte? —dijo Gestas con una débil sonrisa de incredulidad.
Era obvio que el Bautista había evadido su pregunta.
—Nosotros hablamos de Roma —continuó Gestas—, no de algún tirano vago e indiferente oculto entre nubes.
—Todos obedecerán al que venga —dijo el Bautista suavemente—, y ninguno se inclinará más ante él que Roma.
Una corriente de excitación fue apoderándose de la multitud pues el Bautista hablaba con una convicción serena más impresionante que cualquier alarde de oratoria.
Vi que Sadoc, furioso, se dedicaba a toda prisa a tomar notas, y, con gran sorpresa para mí, también Leví el publicano escribía en un rollo.
Los ojos de Sadoc tenían un, brillo malicioso.
—Roma se alegrará de saber que un solo hombre conseguirá su caída.
—Eso, Sadoc, no fue lo que yo dije. Será mejor que escuches. Cuando los zelotes se mezclaron con la muchedumbre me di cuenta de que, en la gran multitud reunida a las Orillas del río, estaban reunidas todas las clases sociales de Israel.
Me puse junto a él, observando los rostros de las gentes, y vi las barbas recortadas y los chales de rayas azules de tres fariseos que miraban al Bautista con ojos duros y fijos. El principal de los tres era un fanático. En su untuosa piedad parecía siempre inc1inado, como una mano de almirez.
—Rabino —dijo, utilizando este término común para maestro—, dinos como es que tú sabes de ese hombre que ya viene.
Una sonrisa iluminó el rostro del Bautista.
—En las montañas de Moab tuve una visión. En esta visión vi un Ángel del Señor y él proclamó con una voz distinta a cuantas he oído el cumplimiento de la profecía tan turbadora para nuestros padres en el pasado. «Yo, el Señor, te he llamado en justicia, y sostendré tu mano y te guardaré, y te daré como alianza del pueblo, como una luz para los gentiles.»
Los ojos del fariseo se nublaron de ira.
—¿Qué tiene que ver nuestro Mesías con los gentiles? La voz del Bautista era débilmente burlona.
—¿Aún no aceptas al Prometido y ya desafías las condiciones de su venida?
—Cerró los ojos:
—¿No te llamas Eleazar, y no te sientas en el Sanedrín?
El fariseo pareció desconcertado pero se recuperó rápidamente.
—Alguien te lo habrá dicho. Mi padre, Natán, estuvo asociado con el tuyo en el Templo.
Los ojos del Bautista seguían cerrados.
—Jamás te vi hasta hoy, y no volveré a verte cuando te marches, pero el Señor Dios juzgará lo que hagas un día. Tú y tus hermanos.
Eleazar interpretó de nuevo rigurosamente la ley:
—No surgen nuevos profetas en Israel.
—Vendrá uno más grande que Moisés y no le conoceréis. Eleazar cayó de nuevo en su interpretación rigurosa de la ley:
—A los hijos de Abraham se les prohíbe tener re1aciones familiares con los gentiles.
El Bautista abrió lentamente los ojos.
—¿Por qué —dijo— no informas de eso a los sumos sacerdotes que tratan diariamente con Roma?
Aunque la idea de un Mesías para los gentiles parecía ridícula, yo me uní a las risas generales. Sin embargo no era fácil callar a Eleazar.
—Entonces, ese Mesías de que hablas ¿acabaría con la alianza exclusiva de Dios con los elegidos de Israel y consideraría a los romanos con el mismo favor que a su propio pueblo?
Juan vio la trampa.
—Yo tuve una visión —repitió con cierto toque de ironía— en la que un ángel mencionaba las palabras sagradas de Isaías, describiendo a lo que ha de venir como una luz para los gentiles.
¿Discutes al Profeta, al que todos los fariseos afirman adorar?
Cuando nuevas carcajadas surgieron de la asamblea, el fariseo lanzó una mirada asesina al Bautista.
—Hablas como si el ángel te hubiera dirigido sólo a ti e1 mensaje.
Juan agitó lentamente la cabeza.
—Escucha bien, pues yo soy en realidad la voz del que clama en el desierto: Enderezad los caminos para nuestro libertador.
El fariseo enrojeció.
—Entonces, dime por favor —su voz era ronca— ¿cuándo podemos contar con ese Mesías entre nosotros?
—Escucha y verás. Escucha y oirás. ÉL estará en todas partes. ¡Oh Sión!, eso te trae la buena nueva. Sube a las montañas más altas. ¡Oh Jerusalén!, eso te trae la buena nueva, alza tu voz con fuerza. Levántate y no temas, y di a las ciudades de Judea: ahí está vuestro Dios.
Los zelotes habían escuchado con impaciencia:
—El Martillador enseñó a Israel que Dios escucha a los que luchan por lo que más quieren.
—Y tú, Dimas, ¿qué es lo que consideras más digno del ser querido?
De nuevo el que dijera su nombre confundió a aquel individuo.
—¿Cómo me llamas así? Nunca me has visto.
Por primera vez hubo cierta compasión en la sonrisa del Bautista.
—Te he visto muchas veces —dijo suavemente— aunque hubiera preferido no verte.
—Tratas de intimidarme.
—Al contrario, tu nombre es bendito por el modo en que un día entrarás en el Reino de Dios.
Dimas vaciló un momento, luego guardó silencio y miró inquieto en torno. ¿Sería esto una premonición?
Había en Juan una sinceridad que atraía. Era un esenio pero no fanático de esa filosofía, aunque vivía como un monje según la tradición de los esenios, que no se unían a las mujeres ni procreaban. Pero era lo bastante sofisticado para comprender que no todos podían ser esenios o al cabo de cierto tiempo no habría nadie a quien predicar ni nadie a quien salvar.
Había sido un día muy largo y el Bautista había prometido empezar muy pronto por la mañana. Por tanto, cuando la multitud fue retirándose hacia sus campamentos, me pregunté qué podría informar a los sacerdotes que no les hubieran contado ya Sadoc y Eleazar. Pero al menos estaba en el mismo centro de todo, y a partir de ahí podía explorar el ánimo del pueblo, factor primordial en cualquier revolución. Con esta idea me apresuré a acudir a la cita con Adán el Curtidor y con los amaretzin, a fin de descubrir su reacción ante el Bautista y su promesa de otro.
Estaban sentados en un círculo pequeño, una docena de ellos, sus rostros aún más rudos a la luz débil del fuego del campamento. El curtidor se levantó para saludarme y se inclinó ante mí de modo tan exagerado que le miré con suspicacia. ¿Trataría aquel zoquete de burlarse de sus superiores?
Fue diciéndome los nombres de los sentados en círculo y todos se inclinaron en silencio: Simón, Noé, David, Salomón, Abraham, Isaac, Jacob, José, etc.; grandes nombres para recogedores de basura, carreteros y demás. Pero sin éstos no habría rebelón, ni libertad. Era importante, puesto que había tantos, que nuestra causa se convirtiera en la suya, ya que los zelotes eran un cuerpo de líderes, una élite de oficiales nada más. Se necesitaban, brazos y espaldas fuertes.
Preferí quedarme de pie y mirarles de arriba abajo, obteniendo cierta ventaja con esta posición. Mis ojos registraron lentamente el círculo y fueron al fin a fijarse en Adán, que hacía todo lo posible por parecer inteligente. No me interesaba perder el tiempo en preámbulos. O estaban con nosotros o no. Sin embargo no haría daño alguno el adularles.
—Me siento complacido ante tantos amaretzin —dije—. Ignoraba que las gentes sencillas fueran tan religiosas.
Por alguna razón desconocida mis observaciones les hicieron estallar en carcajadas. .
—No quieren ofenderte —dijo Adán— pero no es la religión lo que buscan.
—Y ¿por qué otra razón habían de acudir al Bautista?
—Vinimos por un Mesías, pero él dice ahora que hemos venido para nada.
—Entonces ¿por qué os quedáis? Apagad el fuego y marchaos; esto continuará sin vosotros.
—Porque aún hay esperanza para el mañana. Y eso es todo lo que tenemos los amaretzin. Nosotros no poseemos las casas magníficas de los aristócratas y romanos, con buena comida y magníficos vinos, y con mujeres hermosas que sólo la riqueza puede procurar. Vivimos en chozas sencillas y no tenemos nada mejor a la vista. La libertad de que tú hablas no significa lo mismo para nosotros. Poco importa que gobierne el Sanedrín o la Fortaleza Antonia, pues nuestro destino será el mismo. Pero con el Mesías habrá un nuevo día, pues ¿no dicen los profetas que viene a ayudar a los oprimidos y los débiles?
Apenas pude reprimir una sonrisa. Débiles,¿eh? ¡Si se daba más aires que el sumo sacerdote!
—Pero no tenéis la impresión de que el Mesías sea un líder religioso; entonces ¿cómo os ayudará?
—No según la religión del Templo, sin embargo sí será un hombre de Dios… Pues sin Dios no hay Mesías, ni sería más poderoso que otros que vinieron con magníficas promesas y sólo trajeron la ruina a sus seguidores.
Había habido tantos falsos profetas que de nada habría servido preguntar a quién se refería.
—Entonces, si no es la libertad lo que buscáis, ¿qué es lo que queréis?
Un hombre sabio, creo que fue Gamaliel, me había dicho en cierta ocasión que él juzgaba a la gente no por lo que decían, ni por lo que hacían siquiera, sino por lo que deseaban.
Adán miró tristemente a su grupo de simplones. Luego sus ojos relampaguearon de pronto.
—¡Queremos sentirnos libres del temor! —gritó—. ¡Queremos saber si hay algún propósito en esta vida miserable que llevamos y si al morir, sin haber vivido realmente, no caeremos desde el borde de un precipicio a un abismo insondable de terror desconocido!
Me sentí impresionado de pronto. ¿Cómo podía tener tales pensamientos un hombre sin ilustración como él?
Supo interpretar bien mi desconcierto.
— También nosotros somos personas, señor, y tenemos la misma ansia secreta de seguridad que los ricos y los poderosos.
—¿No es suficiente —dije— saber que el Dios de Israel se cuida de los hijos de la alianza?
Por alguna razón mis palabras motivaron nuevas risas. El leñador Salomón, un tipo astuto de co1millos amarillentos, lanzó una risita malévola.
—Tal vez se cuide de ti, señor, pero no estamos tan seguros de que lo haga de las gentes como nosotros.
—Él está pendiente hasta de la caída de un gorrión.
De nuevo estallaron en carcajadas, dos o tres de ellos retorciéndose de risa.
—Gorriones! —gritó Salomón—. Esos tienen hermosas plumas comparadas con nosotros. Supongo que los aristócratas serán pavos reales.
Le miré con asco.
—Estás borracho —dije.
Vi como Salomón se secaba los labios con una mano muy sucia.
—Y ¿de qué otro modo puedo hallar el olvido? La vida, amable señor, no es la misma para el rico que para el humilde.
—Sí dijo el Curtidor— el sentido común nos dice que nuestra vida sólo lleva a la tumba de los pobres. Ese fin llega más pronto para unos que para otros. Los cadáveres se depositan en la fría tierra, y en pocos días Adán el Curtidor no es siquiera un recuerdo querido. A nadie le importa que haya nacido, y a nadie le importará que muera.
Salomón se llevó un cubilete a la boca.
—Brindaré por eso, de una vez por todas —y alzó el jarro sobre su cabeza— y por ti también, amable señor. También te deseo un buen entierro.
Mi disgusto se tornó en asco. No era de extrañar que algunos fariseos consideraran una buena obra el matar a los amaretzin, o al menos escupirles al rostro.
—¿Qué puede querer el Mesías de unos seres como vosotros? —dije con desprecio—. Vine a ver qué clase de hombres sois. Os encuentro borrachos. que hablan sin sentido.
Adán el Curtidor se puso de pie.
—No somos borrachos —dijo—. Tomamos unas copas y nos divertimos, pues de otro modo sólo lloraríamos de lástima por nosotros mismos, por nuestra miseria y temor. No podemos creer en el Dios de Anás y Caifás, pues nadie puede comprar ",al verdadero Dios con mezquinos sacrificios de animales y dinero.
—Me tomó la mano:
—Perdónanos, señor, pues no queremos hacer mal y únicamente nos reímos en verdad de nosotros mismos.
Me impresionó su disculpa y la acepté de buen grado. Tenía una dignidad sorprendente en ocasiones para ser un curtidor de pieles.
—¿Así, que estáis dispuestos a cumplir los mandatos del Mesías?
—Si es el Mesías —me contestó—, estamos dispuestos a sentarnos a sus pies y a escuchar.
Les 1ancé una mirada apreciativa. Tenían todo el aspecto de una pandilla de asesinos.
—¿Os levantaríais en armas por él? Me miraron en silencio.
—¿Por qué buscáis entonces a un Mesías si no deseáis seguirle?
—Nosotros le conoceremos por sus obras, y sabremos lo que es.
—No podéis basaros en sus fines. Si él es el Mesías será el Libertador, y por tanto deberá librarnos de nuestros enemigos.
Adán me miró.
—Y ¿quién es el enemigo?
Hice un gesto de impaciencia.
—Los romanos, naturalmente. Esto lo sabéis tan bien como yo. Su mirada, ligeramente burlona, no se alteró.
—Tenemos más de un enemigo.
—Y lo mismo los zelotes, los sacerdotes del Templo que trafican con los romanos y la misma Roma, la más depredadora de todos. ¿No se altera vuestra sangre cuando veis a vuestras mujeres coqueteando con los soldados de capa roja por las calles y tabernas de Jerusalén?
Adán se rió.
—Nuestras mujeres no se van con los romanos. Nosotros nos cuidamos de ellas, ¿no es así, compañeros?
Esto originó otra carcajada general.
—Si la risa es vuestro remedio para el temor —dije—, vuestro pueblo, debe vivir en terror constante.
Los ojos de Adán adoptaron instantáneamente una expresión solemne.
—Así es, señor, pues no tenemos cultura y no comprendemos las acciones de los planetas sobre esta tierra. —Bajó la voz a un susurro confidencial—. Sabemos, porque nos lo han dicho, que estamos llegando al fin del mundo con el término de la Era de Aries y el nacimiento de la de Piscis.
No estaba yo de humor para la astrología, pura idiotez con la que se distraían los analfabetos.
—¿Por eso enarbolan los seguidores del Bautista el estandarte con el signo de los peces?
—Es un portento maligno pues en este signo, según dicen, y con la muerte del emperador Tiberio, los mismos cielos se abrirán y la tierra estallará, y el fuego y el agua barrerán el mundo como en tiempos de Noé.
—¿No sabes —gruñí— que Tiberio es una divinidad, como Augusto lo fue antes de él, y que las divinidades viven para siempre?
—No es cosa de risa —me refutó—, pues Tiberio podría morir repentina y violentamente en cualquier momento, por cuanto se sabe del malvado Sejano.
—Si tú, un curtidor de Jerusalén, sabes de esas conspiraciones, indudablemente el emperador debe conocerlas también.
Extendió los brazos en gesto de impotencia.
—El águila no siempre piensa en el halcón.
—Y ¿qué tiene que ver el Mesías —pregunté— con todo eso? Pensó por un instante.
—Si es el Elegido nos traerá la Palabra de Dios, y eso es todo lo que pedimos.
—"¿Es eso todo lo que necesitáis para acallar vuestros temores?
Alzó un índice sucio y me lanzó su asqueroso aliento al rostro.
—¿No es cierto, señor, que Dios creó el cielo y la tierra y puede disponer de ellos como guste?
Sus compañeros me miraban ahora con una sonrisa malévo1a.
—Yo no sé lo que Dios se propone.
—Cierto —había un brillo en aquellos ojos inyectados—. Pero el Mesías sí lo sabrá, pues él será nuestro Rey y no hay nada que sepa Dios que no lo comunique a él.
—Y si ese dechado de perfección que habla en nombre de Dios os incita a la guerra contra Roma, ¿qué haréis vosotros?
Se le veía luchar por una respuesta.
—Lo que Dios quiera —dijo suavemente.
Tuve la impresión de que se alegraban tanto de verme marchar como yo de irme. Sin embargo no había perdido el tiempo pues ahora sabía que no podía contarse con aquellas gentes para un levantamiento, en menos que fuera tras un Mesías de su propia elección.
Preferí pasar la noche entre los esenios y no buscar a los zelotes o fariseos, pues el anonimato me parecía lo más adecuado en aquel momento. Sólo queda observar. y tomar mis medidas. El Bautista había indicado que el Prometido llegaría pronto. ¿Cuán pronto sería eso? .
De modo que, con mi hábito de peregrino, busqué al Bautista que se hallaba descansando después de la comida de la tarde en su campamento, en la ladera que daba al Jordán. Su falange de esenios, como era de predecir, trató de bloquearme el paso, pero él les hizo retirarse.
—Habla, Judas —dijo.
Se rió ante mi sorpresa.
—¿No sabes, Judas, que no puedes ocultar nada a los ojos de Dios?
—Así pues, ¿te llamas a ti mismo Dios?
—Hablo por Dios en este momento, como harás tú en otro. Me miró con unos ojos en los que se leía cierta pena.
¿Por qué dices eso?
—Para que sepas que eres un instrumento de la voluntad divina.
Respondí con un impulso repentino:
—¿Querrías limpiarme tú de pecado? Agitó la cabeza.
—Eso no me corresponde a mí, sino a otro.
—Pues tú bautizaste a todos los que se arrepintieron ante Dios.
—Yo bauticé sólo en agua, y tú, Judas, serás bautizado en fuego y en sangre.
Mi corazón saltó a este pensamiento, pues ¿qué otra cosa podía significar sino el bautismo de la batalla?
—¿Vendrá entonces el Mesías para llevar a Israel en triunfo sobre Roma?
En sus ojos brilló una mirada lejana.
—Y en un triunfo, Judas, como jamás podrías imaginar en tus sueños más ardientes. Pues él presidirá sobre la sede del Imperio y todos se humillarán en su nombre.
Mi corazón saltaba de gozo, ya que no había duda de que era un Profeta y hablaba con la visión de un Profeta.
—Y ¿cuándo estará aquí?
Sus discípulos, incluido el gigantesco Ahiram, se acercaron mirándome con odio, pero él los despidió de nuevo. El sol ,acababa de lanzar su sombra púrpura sobre el desierto de la montaña.
—Antes de otra puesta de sol vendrá. Eso te lo prometo.

4 - Jesús

Una figura solitaria venía lentamente sobre la montaña. Sus brazos se agitaban suavemente, pues avanzaba con paso decidido. Había un puñado de peregrinos en el camino de Jericó, pero el caminante solitario cortó entre las arenas y matorrales del desierto y se dirigió en línea recta hacia el vado donde el Bautista estaba de pie esperando, los ojos, en el horizonte.
Un murmullo se extendió entre la multitud e incluso yo sentí que me latía violentamente el pulso. Me pregunté por qué estaríamos todos tan seguros de que era él.
Había iniciado una conversación con Leví el publicano, que parecía muy bien informado de todo lo que sucedía en el campamento.
—Si este hombre es el Mesías —dije—, entonces con seguridad que Juan no lo es.
Sus ojos, como los míos, miraban intensamente la figura que se aproximaba.
—No es Juan. Isaías nos dijo lo que debíamos esperar. Será tan amable como un cordero, y tan valiente como un león.
Me eché a reír.
—Difícilmente puedo imaginar al Bautista como un cordero.
—Por lo menos no de palabra —asintió Leví.
Yo tenía ciertas reservas acerca de éste. Había impresionado al Bautista, es cierto, pero aún permanecía todo lo que hiciera de él un siervo de Roma.
—¿Por qué esperas? —le pregunté. Me lanzó una fría mirada.
—Por la misma razón que tú.
—Un recaudador de impuestos de Roma apenas está cualificado para formar parte del comité de recepción del Hijo de David.
—No te fijaste bien en lo que dijo el Bautista.
—El que no está con nosotros, está contra nosotros. Una cortina pareció cubrir de pronto sus ojos.
—Esperaba hacer de ti un amigo, y hablas como un zelote.
—Y tú aún hueles a Roma.
—Si eso fuera cierto, no estaría aquí.
Acepté de mala gana que tenía razón en lo que decía.
—Pero también Sadoc está aquí, ¿no es cierto? Su tono se hizo más conciliatorio.
—Ambos vivimos con la misma esperanza. No nos peleemos.
El hombre que venía no miraba a derecha ni a izquierda. Al acercarse más pude ver que iba sencillamente vestido con una vieja túnica y capucha. Caminaba descalzo, llevando las sandalias en la mano. Juan se había adelantado un poco del resto para ser el primero en saludar al desconocido. Vi el pesado polvo amarillo en sus ropas y cabellos, pues la capucha le había caído sobre los hombros. Al ver a Juan apresuró el paso, y pareció irradiar luz. Cuando al fin divisamos claramente sus rasgos advertí que a Leví se le cortaba el aliento, a la vez que yo personalmente experimentaba una profunda emoción.
Isaías había dicho que no sería hermoso, pero este hombre estaba por encima de la hermosura, pues la belleza no estaba en sus rasgos. Había un aura, casi como un halo, que parecía envolverle y anunciar su llegada. Me sentía mareado al mirarle directamente a los ojos. Aquellas pupilas aun dominaban las mías como un imán, y ni para sa1varme hubiera podido moverme en aquel instante.
Es difícil hacerle justicia, pues ni siquiera mencionando su estatura, y el cuerpo hermosamente formado bajo las groseras vestiduras, consigo describir su presencia. Su mirada azul y firme lo abarcaba todo; y su expresión no variaba un ápice, ni los rasgos bien marcados de su rostro, de un tono castaño dorado, se suavizaban por un momento. y sin embargo había en él una impresión indescriptible de firmeza, de compasión, de resolución sin esfuerzo de su parte.
Sólo se du1cificó su rostro al inclinarse a besar a Juan. Quedaron de pie por un instante mirándose serenos. El rostro de Juan adoptó un aspecto etéreo como si, enfrentado a una visión, reflejara algo de ella.
—¡He aquí —gritó— a1 Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Pues al acercarse hacia mí yo vi el Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre él y así se me dijo que éste sería el qué viniera detrás de mí pero que tomaría preferencia, porque él bautizaba en el Espíritu Santo, mientras yo bautizo en agua.
—No me conociste hasta entonces —dijo el desconocido.
—Pero yo he oído de ti a menudo y también conocí tus obras. Sólo supe que tú te manifestarías a Israel, y que tu ministerio durará mucho después que Roma haya desaparecido.
De pronto, mientras estaban mirándose, los ojos del Bautista brillaron y sus rasgos duros se abrieron en una sonrisa.
—Sé quién dicen los hombres que eres, y me siento muy honrado de que seamos de la misma sangre en esta tierra.
—Sí —dijo el desconocido—. Yo soy de Judea como tú, nacido en la misma tradición, y nacido como tú para cumplir la antigua profecía.
Por un instante una sombra cubrió el rostro del Bautista. Habló en voz baja.
—Debemos apresurarnos, pues el tiempo es corto.
—Habrá tiempo suficiente para lo que yo he de hacer. La voz del Bautista latía de emoción.
—¿Sabías que sería yo? —Casi parecía como si deseara la confirmación de su misión.
—Mi madre —dijo el desconocido— me habló de ti; y por eso sabía que esperar.
Su voz tenía una resonancia sorprendente, y era suave al mismo tiempo. La voz de uno nacido para mandar.
—Y mi madre dijo el Bautista— me contó historias de tu nacimiento.
—Sin embargo —dijo el desconocido— tú estarás presente en mi nacimiento.
—Para eso nací —asintió el Bautista con sencillez.
—He venido en el momento adecuado —continuó el desconocido.
—Cierto. Hace un año yo no habría estado preparado. Dentro de un año, sería demasiado tarde.
Miró al visitante con cierta preocupación.
—Pero has recorrido un largo camino, y tendrás hambre.
—Tengo sed del agua viva con la que tú redimes a Israel.
Un. escalofrío me recorrió la columna vertebral. ¿Quién podía ser éste, si no el Mesías?
—Ha sido escrito —susurré— que la nación debe arrepentirse antes de que el Mesías se dé a conocer.
—Lo sé —dijo Leví—, y por eso se han ofrecido muchos para el bautismo. Pues es bien sabido que los pecados de un solo hombre maldicen a la nación.
—Lo mismo que los pecados del padre pueden afligir a los hijos.
Los ojos del desconocido cayeron sobre nosotros y enrojecí hasta la raíz del cabello. Estaba seguro de que él lo había oído todo. Pero sonreí con los ojos, y sentí el impulso de arrodillarme y besarle la mano. Vi que había hecho un impacto similar en otros. Yo había pensado que Juan le haría sombra, como hacía con todos. Pero ahora comprendí lo que había querido decir al hablar de que no era digno de desatarle las sandalias. Pues cuando él sonreía nadie advertía el aspecto de los demás, ni siquiera que estuviera allí; era como si un brujo nos hubiera hechizado. Con el corazón desbocado comprendí que había encontrado al Maestro a cuya vida se uniría 1a mía. Todo Israel haría su voluntad, de eso estaba seguro. Todo lo que había de hacer él era pronunciar una palabra y los judíos de cualquier tendencia correrían tras él. Indudablemente era irresistible. Apenas podía esperar a que hablara.
Sin embargo cuando Juan, sus ojos ardientes, estaba a punto de presentarle a la multitud, el desconocido le detuvo con un suave ademán.
—Primero haz lo que debes —dijo—. y yo haré lo mismo. Juan se inclinó ligeramente.
—Como quieras.
Caminaron juntos hacia la orilla del río, todo el mundo tras ellos. El desconocido, todavía descalzo, se metió en el agua. Apenas ligeramente más alto que el Bautista, parecía sin embargo dominarle con su estatura. El fangoso Jordán formaba remolinos en torno de sus piernas. Todos los demás se habían arrodillado ante el Bautista, pero él permanecía erguido, mirando a los cielos, del mismo azul de sus ojos. Los esenios le observaban con una mezcla de sentimientos. Pero no había duda de la opinión de Sadoc y los fariseos. Por su expresión parecían creer que toda la escena había sido dispuesta de antemano.
Y así era, pero no como juzgaban esos eruditos estériles del árido ritualismo. Gestas y Dimas, como de costumbre, estaban muy juntos observando con escepticismo. Y hoy les acompañaban Joshuabar-Abbás y Simón el Zelote. El Bautista metió la mano en el agua y, con una mirada de reverencia, hizo el signo de la cruz, un gesto que yo jamás había visto antes. Había en sus ojos una mirada lejana, la mirada de un visionario, y también en la inclinación de su cabeza.
—No bautizo por mí mismo al Hijo del Hombre —dijo con voz tonante— pues él es más grande que yo y hará mayores obras. Pues o que yo hago en la tierra; él lo hará en el cielo.
Permanecían uno frente la otro, olvidados de la multitud:
—Es más adecuado —dijo el Bautista— que tú me bautices. Pues tú eres el enviado de Dios, y no hay nadie en este mundo que conozca mejor la voluntad de Dios.
El Maestro puso la mano en el hombro de Juan.
—Tú, Juan, has sido enviado para preparar el camino. y anunciar mi ministerio, no en el cielo sino en la tierra. Nadie que bautice en la tierra tiene más autoridad que tú. Por esta razón fuiste concedido El Zacarías e Isabel en los últimos años de su vida, y eres pariente mío, en la carne como en el espíritu. De ti dijo mi Padre: «Mirad que os envío El Elías el profeta ante la llegada del grande y terrible día del Señor».
Pero Juan aún no estaba satisfecho.
—Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿y tú vienes. a mí?
—Haz como te digo —respondió el Maestro.
—Pero tú no tienes pecado, y yo bautizo para la purificación, como en los viejos tiempos, y para la remisión de los pecados.
—Tú me bautizas para que los pecados de la nación queden lavados antes de que me revele a Israel.
Ya estaba. Mientras yo me preguntaba por qué habría esperado tanto, él lo declaraba personalmente. Mi corazón se llenó de gozo. Mirando a Leví, vi en él un reflejo de mi propia exaltación. Dimas y Gestas, tenían todavía cierto aire de reserva, como Joshua-bar-Abbás y Simón el Zelote. Los fariseos y saduceos apretaban los dientes furiosos y horrorizados ante aquella blasfemia.
De nuevo hundió Juan la mano en el Jordán.
—Yo bautizo sólo en agua —dijo, sus ojos clavados en los del Maestro—, pero tú bautizas en el Espíritu Santo.
El Maestro, con un abrazo, dejó bien claro que en absoluto desdeñaba al Profeta que había llenado de esperanza a los fieles en los últimos meses.
—Yo soy de la tierra y hablo de la tierra, y el enviado del cielo esta sobre todo.
El Maestro le miró con ojos llenos de amor.
—Y así continuará. Pero qué hermosos sobre las montañas son los pies del que trae la buena nueva y dice a Sión: tu Dios reina!
El Bautista todavía vacilaba.
—Yo debo menguar para que tú crezcas. Pues la salvación viene de ti.
—Y tú —dijo el Maestro— eres la voz del desierto, el mensajero que aclara los caminos para el juicio.
El Bautista se volvió a sus seguidores, muchos de ellos desilusionados por la sumisión de su líder al desconocido.
—Sed testigos de que yo he dicho que no soy el Mesías, sino el enviado ante él.
Pero —dijo el osado gigante Ahiram—, Dios te envió primero por una razón.
—No para establecer mi precedencia, sino mi papel. Él va por delante de mí porque existió antes que yo.
Vi que una sonrisa maliciosa contraía los rasgos de Sadoc. Pues con todas estas alusiones, el desconocido tenía que haber vivido antes de Elías, hacía siglos. A Juan le importaba poco lo que pensaran los demás.
Arrepentíos —gritó a [a multitud— porque él Reino del Cielo está cerca.
—y tú —dijo el Maestro— endereza en este desierto el camino hacia ese cielo.
Brilló sobremanera el rostro del Bautista.
—¿Querría bautizar el Hijo del Hombre al que gritó solo en el desierto?
—Como quieras, pero primero rocíame con el agua que has santificado con tu fe.
—Lo haré. Pues un hombre no puede recibir nada a menos que se le haya dado desde el cielo. El que tiene a la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está junto a él, se regocija sobremanera al oír la voz del novio. Así se ha cumplido mi gozo. Era indudable que el Bautista no hablaba sólo al Maestro, sino a la multitud.
—Puesto que él es más grande, yo le bautizo por el Profeta que dijo cómo encontraríamos al Hijo del Hombre, y cómo nos encontraría él a nosotros.
Mirando a Leví y a los demás vi en sus rostros el reflejo de mis propias emociones. Pues todos los judíos sabíamos que el Hijo del Hombre era el Ungido, el Mesías o Cristo prometido por el Profeta Ezequiel. ¡Cuán bien conocíamos las palabras del Profeta!
«Y él me dijo: Hijo del Hombre, ponte en pie que voy a hablarte.»
La cabeza del Maestro estaba alzada hacia el cielo y en la inmensa profundidad de sus ojos veía yo los siglos interminables. Ni siquiera Ezequiel podía haber dicho sus palabras con mayor fervor:
—«Y en hablándome entró dentro de mí el espíritu que me puso en pie. Y él me dijo: Hijo del Hombre, yo te envío a los hijos de Israel, al pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Pues son como niños descarados."y de corazón empedernido. Yo te envío a ellos, y tú les dirás: "Así dice el Señor". Acaso te escuchen. y si no te escuchan, al menos conocerán que hay entre ellos un Profeta.»
El Maestro inclinó la cabeza como para indicar que todos sabían con seguridad que este Profeta era Juan. Como judío de las doce tribus me sentí satisfecho de que la ceremonia que ahora se desarrollaba fuera el cumplimiento de todo lo que se había escrito.
—«Y tú, Hijo del Hombre —dijo Juan con una ternura desconocida en él—, no les temas, ni tengas miedo a sus palabras, aunque te sean cardos y zarzas y habites en medio de escorpiones. No temas sus palabras, no tengas miedo de su aspecto, porque son gente rebelde. Diles lo que yo te digo, óigante o no te oigan, porque son muy rebeldes. Pero tú, Hijo del Hombre, escucha lo que te digo. No seas como esa casa rebelde. Abre la boca y come lo que te presento.»
El Bautista volvió a meter la mano en el Jordán y la puso suavemente sobre la frente del Maestro.
—«Hijo del Hombre, ya te he dado por atalaya a la casa de Israel. Si amonestas al justo para que no peque y él deja de pecar vivirá él porque fue amonestado. Y tú habrás salvado tu alma —su voz se alzó—. Hijo del Hombre, eleva tus ojos hacia el norte, mira lo que hacen, incluso 1as grandes abominaciones que la Casa de Israel comete allí.»
Lancé una mirada al jorobado Sadoc, pues todos sabían que se refería al Santo Templo. Su rostro enrojeció y lanzó una mirada venenosa a los dos que estaban en el agua. Pero éstos seguían, olvidados de los seres como él, pues era indudable que el Espíritu Divino había pasado entre ellos y estaban en un reino aparte. El Bautista tenía los ojos cerrados pero cuando los abrió vi las lágrimas. Su mirada era distinta y su voz también parecía lejana, como si mirara detrás del velo del tiempo, pues el mensaje seguía siendo de Ezequiel.
—«y él me llevó a la puerta del atrio. Y me dijo: Entra y mira las pésimas abominaciones que éstos hacen. Entré y miré, y vi toda suerte de reptiles y bestias abominables y todos los ídolos de la Casa de Israel pintados en la pared en derredor y setenta hombres de 1os ancianos de la Casa de Israel. y él me dijo: Hijo del Hombre, ¿has visto lo que hacen los hombres de la Casa de Israel en secreto, cada uno en su cámara llena de imágenes? Pues se dicen: El Señor no nos ve, el Señor se ha alejado de la tierra.»
Estaba claro que aquellas palabras se referían al cuerpo de setenta del Sanedrín, pero ¿qué tenían que ver esos hombres venales con el Hijo del Hombre? El Mesías no era asunto suyo, sino del Consejo. Para el Bautista nada existía sino el hombre cuya mano se apoyaba en su' hombro, y ahora entonó con una voz repentinamente teñida de dolor:
—cuando miré— vi que se tendía hacia mí una mano y lo que ahí estaba escrito eran lamentaciones, elegías y ayas. Pues mira, Hijo del Hombre, ellos lanzarán cuerdas sobre ti y te atarán con ellas.»
Miré al Maestro ,para ver cómo aceptaba aquellos presagios de Ezequiel, pero él se limitó a inclinar ligeramente la cabeza y luego miró por encima de la cabeza del Bautista a la muchedumbre.
—Sea cual fuera la voluntad de mi padre —dijo—, la acepto en su nombre.
<Juan parecía estar escuchando una voz distante. Bruscamente, extendió la mano y dijo con voz trémula:
—Oigo la voz del salmista, y él dice a quién tenemos hoy aquí, y a quién sirve él—.
Habría caído de rodillas, pero el Maestro le sostuvo. Casi vencido por la emoción entonó el salmo hasta que resonó sobre la cabeza de la multitud:
—«Declararé el decreto. El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo. En este día te he engendrado.»
— Se inclinó ante el Maestro y gritó:
—«Tú eres en realidad mi Hijo, en quien tengo mis complacencias.»
Yo había estado preparado para el Mesías, el Libertador, el Príncipe de la Paz. Pero no para esto. El Hijo de Dios. Él mismo debía ser entonces una deidad. Era un pensamiento abrumador, y el atónito silencio en torno me dijo que incluso los más entusiastas se sentían hundidos en la confusión. ¿No nos recordaba nuestra sinopsia, envuelta en cada filacteria, que el Señor Dios era uno, indivisible, y que no había ninguno antes que él? Podíamos aceptar el Mesías, a quien todo Israel esperaba, pero ¿un Hijo? Entonces ¿era Dios también?
Pero esto fue pronto resuelto por el mismo Maestro.
—Vengo a vosotros… —dijo— en las alas del profeta Isaías que dice a Israel: «Mira a mi siervo, a quien yo he elegido, mi predilecto, en él que se deleita mi alma. He puesto mi espíritu sobre él».
El Bautista no deseaba callar aún.
—Tú eres la representación viva de Israel, y cumplirás la alianza que Dios hizo con su pueblo.
¿Qué podía ser eso sino que Dios, mediante Israel, triunfaría sobre todas las naciones? Mi corazón saltaba de gozó. Nos encontraría dignos. Estábamos dispuestos a presentar batalla y con él venceríamos. Pues verdaderamente era enviado de Dios, si tenía como subordinado a uno como Juan. Los ojos ardientes del Bautista parecían ansiosos de demoler a los incrédulos. y a su fiero estilo nos atacó de nuevo:
—«Mirad que envío a mi mensajero, y él preparará el camino ante mí. Y el Señor a quien buscáis vendrá repentinamente a su Templó, incluso el mensajero de la alianza en que os deleitáis, y ¿quién resistirá cuando él aparezca? Porque él es como el fuego del refinador, y como el jabón del batanero. y él se sentará como refinador y purificador de la plata, Y purificará a los hijos de Leví, y les purgará como oro y plata para que puedan hacer a Dios un sacrificio justo.»
Seguramente esto quería decir que el Maestro, cuyo nombre aún no conocíamos siquiera, lanzaría un asalto contra el Templo antes de avanzar contra el tirano que mantenía a los falsos sacerdotes en el poder. Registré el rostro del Maestro buscando una pista— Haré todo aquello para lo que fui enviado —dijo serenamente.
—Será después que yo me haya ido —dijo Juan.
Los ojos del Maestro eran como el rocío, y recordé con sobresalto la inscripción en el siclo judío:
—Yo seré como el rocío para Israel.
Un gesto de resolución apareció en el rostro del Bautista.
—Ahora sé para qué fui enviado. En nombre de Dios Padre, y del Espíritu Santo, yo te bautizo, Jeshua-bar—José, con el agua viva. A partir de ahora, porque tu misión se extenderá a todas las naciones, serás conocido en muchas lenguas como Jesús el Cristo, el Salvador del mundo, el Ungido del Señor. A través de ti vendrá la salvación para los pueblos de la tierra.
Detecté un cambio apenas perceptible en aquella serena figura cuyo nombre acabábamos de oír. Su rostro palideció, tembló
su mano. Sus ojos se cerraron por un instante. y entonces comprendí que fuera lo que fuese para Dios, era humano también y podía sufrir como los demás. y me alegré, pues no tenía fe en dioses que caminaran como hombres. Roma estaba llena de ellos. Mejor, pensé mirándole con reverencia, un hombre que caminará como un Dios. '
"El Bautista se había arrodillado ahora, como tantos lo hicieran ante él. Y el hombre, Jesús, metió la mano en el Jordán y tocó ligeramente la cabeza del Bautista.
—En el nombre del Padre ya preparo el camino para ti, Juan, en tiempos Jothanan-bar-Zacarías, en el Reino de los Cielos. Has servido bien a Dios, mensajero de Israel.
—Se frotó las manos para secárselas—.
Ya no bautizarán más estas manos, pues no bautizarán a nadie más grande que él, aunque muchos otros bautizarán en mi nombre.
Salieron juntos del agua, la cabeza de Juan inclinada, el Maestro, como yo llegaría a conocerle, dispuesto a hablar a la muchedumbre expectante. Sus ojos le examinaron como si tomaran nota basta del menor movimiento. Los dos habían hablado en arameo entre ellos; de vez en cuando una palabra en griego. Pero ahora habló en hebreo, como para recalcar que su ministerio iba dirigido, en primer lugar, a su propio pueblo. Su voz era profunda y musical, y llegaba sin esfuerzo hasta el punto que él deseaba alcanzar. Sobre sus anchos hombros se había puesto un sencillo chal de las plegarias, libre de las rayas que reflejaban la separación de los fariseos del resto de la comunidad religiosa.
No había nada del fanático o el asceta en él. En realidad, al mirar en torno y ver las caras largas de los esenios, un brillo casi burlón asomó al azul de sus ojos. Luego los alzó al cielo. Parecía estar escuchando.
—No he venido antes —dijo finalmente— porque Israel no estaba preparado. Nadie habría creído y, aunque muchos se burlarán. algunos creerán. Y éstos llevarán el mensaje de otro Reino, más grande que éste, a los elegidos e Israel para que un día el mundo tenga conciencia de la salvación de Dios.
»Israel está de nuevo en las manos de los filisteos, pero también esto pasará. Pues el mayor enemigo no es el de fuera, sino el enemigo interior, vuestra propia lealtad vacilante a Dios, a los mandamientos y al emisario que el cielo os ha enviado.
Por los murmullos que estallaron en todas partes comprendí que había dejado atónita a la muchedumbre. ¿Quién era este desconocido, sólo reconocido por Juan, que hablaba ahora tan osadamente de haber descendido del cielo? Sólo llevaba hablando unos momentos, pero yo ya había comprendido que no iba a ser el suyo un ministerio sencillo.
Había venido a agitar al pueblo de su complacencia. Esto se evidenciaba en todas sus palabras. No había ovejas sagradas en su rebaño. Pues con un solo aliento atacó ahora a los fariseos y los esenios que hacían tales demostraciones de su piedad.
—La piedad sin gozo, la fe sin alegría, el deber sin placer, la plegaria sin júbilo… no satisfacen al Señor Dios. Algunos rostros hoscos cobraron el tono púrpura de sus chales, e incluso el Bautista se sintió impresionado. Pero él no estaba desconcertado en absoluto pues continuó casi como si hablara de una nueva fe:
—No he venido a poner remiendos en vestidos viejos. Todos los caminos que he elegido son los míos. ¿No ha dicho Dios: quiero justicia y no la sangre de los sacrificios? No he venido a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores. y no sólo mediante la mortificación y el ayuno sirve el hombre al Señor. Os digo que os acercaréis a él sólo con el gozo. Pues el hombre bueno, como el árbol bueno, da buenos frutos. Guardaos del exceso de ostentación, pues el que ayuna en exceso está más enfermo que los enfermos de cuerpo.
Los ojos de Sadoc le miraron triunfantes.
—¿Dices que has venido del cielo? Jesús le miró serenamente.
—Nadie ascenderá al cielo a menos que venga de allí. Comprendí por supuesto que él hablaba de la reencarnación, pero ni por un momento aceptaría un saduceo este concepto.
—¿Y te llamas a ti mismo el Mesías?
Una débil sonrisa curvó los labios del Maestro.
—Tú lo has dicho, Sadoc.
Éste se sintió visiblemente trastornado. Como Juan, indudablemente Jesús tenía el don de la adivinación, pues ¿cómo podía dar su nombre a alguien a quien nunca había visto?
—¡Tienes cómplices entre la multitud! —gritó Sadoc en su frustración.
—Muchos en quien confío —dijo el Maestro, pasando los ojos serenamente sobre el pueblo.
—¿Y te llamas a ti mismo el Hijo de Dios? Jesús agitó la cabeza con amabilidad.
—Juan recitaba las Escrituras.
La mirada de Sadoc decía a las claras que el impostor no se libraría tan fácilmente.
—Él te las aplicó a ti, y tú lo aceptaste todo.
—Todos somos hijos de Dios, Sadoc. Incluso tú mismo.
De nuevo pareció éste vencido. Pero siguió atacando imp1acable.
—Si eres el Libertador prometido, ¿de qué nos librarás?
—Del odio y la hipocresía —contestó el Maestro.
El Bautista parecía inquieto ante estos ataques a Jesús, pero no había modo de detener al saduceo.
—¿No deberíamos saber más de ti antes de aclamarte como nuestro líder? —preguntó con su voz más untuosa.
—Pregunta lo que quieras.
—¿Quiénes son tus padres, para que hayas nacido en el cielo?
—Mi Padre está en el cielo.
—¿Es que no tienes padres en este planeta, o es que apareciste sobre una nube en un día lluvioso?
—Mi padre terrenal fue José, un pobre carpintero de Nazaret, que murió hace muchos años, y mi madre María, un ángel del cielo si es que hubo alguno en esta tierra.
¡Qué claro estaba todo ahora! La vara de Jesé, el Nazareno. Sadoc comprendió que el pueblo se sentía turbado por los antecedentes del recién llegado.
—Pero el Mesías-dijo con aire de triunfo— había de nacer en Belén, de una virgen de la Casa Real de David.
Jesús sonrió.
—Muchos han nacido así, sin ser el Mesías.
—¿Niegas que eres un Nazareno?
—No niego nada, ni ahora ni nunca. Sólo Dios sabe lo que soy, pues sólo por su voluntad estoy aquí.
Se mostraba evasivo, pero no podía culparle en estas circunstancias.
—En los cinco libros de Moisés —continuó Sadoc con un brillo malévolo en los ojos —el Señor Dios avisó a su pueblo: «Si surge entre vosotros un profeta, o un soñador de sueños, y habla de otros dioses, vosotros le mataréis. Que tu mano sea la primera en condenarlo a muerte, y después la mano de todo el pueblo».
Jesús le miró plácidamente.
—yo no aparto al hombre de Dios, sólo le llevo a él, lo mismo que Moisés llevó al pueblo de Israel desde la esclavitud en Egipto a la Tierra Prometida.
Sadoc se rió alegremente.
—¿Ahora te comparas con Moisés?
—Yo no hago nada por mí mismo, sólo con la ayuda de mi Padre.
Sadoc había estado esperando esta oportunidad.
—Entonces, poderoso profeta, y con la ayuda de tu padre, salva a esta niña si puedes.
Aquello era cruel. Volviéndose a los que se hallaban tras él, el saduceo —hizo que se adelantaran una madre con su hija. La niña se aferraba a la mujer y sollozaba de temor. Apenas tendría más de siete u ocho años. Todo su cuerpo temblaba, y vi que seguía agitándose aún después que dejara de llorar. Sufría de perlesía, una enfermedad incurable.
—Cura a esta niña, si eres el enviado de Dios.
Una nube cubrió el rostro del Maestro, que ahora apretó los puños con enojo.
—La obra de Dios no es un espectáculo para los curiosos. Sadoc se frotó las manos de satisfacción.
—Entonces no eran más que palabras.
Vi una indecisión momentánea en Jesús; luego una luz pareció emanar de sus ojos.
—E1 Señor ama a los pequeños, pues aún no han aprendido los estilos tortuosos del mundo. Y así, en su inocencia, le son más queridos que nadie.
—No conseguirás librar a ésta con palabras —gritó un Sadoc jubiloso acercándose tanto a Jesús que el Bautista se interpuso en su camino.
Jesús se adelantó fríamente y tocó a la niña con dulzura en el cuello. Estaba Sadoc a punto de estallar en burla de nuevo cuando los gritos de la gente le detuvieron.
—¡Es un mi1agro! —gritaban—. ¡La niña está curada!
La mano que temblaba se había serenado en realidad, y la niña, con los brazos en torno de su madre, gritaba:
—Madre, siento calor y el dolor ha desaparecido. Estoy bien. Donde Jesús pusiera la mano sobre el cuello de la niña, la piel se había enrojecido. Era de suponer que una energía curativa había fluido de él a la criatura.
—¡Es un truco! —gritó Sadoc—. Este hombre es un mago y practica la magia negra como los caldeos.
Jesús le lanzó una mirada despectiva.
—y si la niña no hubiera sido curada, entonces ¿qué? Te digo. Sadoc, que tendrás mucho de que responder por abusar cínicamente de uno de los hijos de Dios.
—Alzó a la madre que había caído a sus pies.
—Levántate y vete con tu niña, sabiendo que Dios tomó nota de este día.
Entonces Jesús se mezcló con el pueblo. Este había abandonado ahora su reserva previa con la notable curación, que había hecho más que cualquier discurso para convencerles de que este hombre era en realidad enviado por Dios.
Leví y Simón e1 Zelote corrieron entre la muchedumbre a besarle la mano. Otros pedían curaciones, pero Jesús no parecía advertirlo. Yo me quedé rezagado, sin saber cómo actuar en su presencia. Pero al cabo de cierto tiempo sus ojos cayeron sobre mí y su cabeza se inclinó ligeramente, como animándome a que me acercara. Le saludé, inc1inándome hasta el suelo.
—Tú eres en realidad el Hijo de Dios —dije con voz ronca de emoción. Se irguió y me sonrió tristemente, como si supiera algo que yo ignoraba. Antes de que pudiera hablar sus ojos se dirigieron vivamente a Leví y Simón, y a los zelotes Gestas y Dimas, que aún seguían por allí inseguros, al parecer, de que fuera el líder que estaban esperando. Su triste mirada volvió a mí.
—Estaré en el campamento esta noche, junto al fuego. Reúnete allí conmigo si quieres.
La multitud todavía le miraba expectante, a excepción de los furiosos saduceos y fariseos que callaban prudentemente su opinión, juzgando por lo que veían que la multitud se había unido a él.
—Pedid lo que queráis —dijo ahora Jesús— y mi Padre os oirá. Pues él está en todas partes, en los mismos árboles y flores, en los cielos y la tierra, y en vosotros mismos cuando lo permitís con buenos pensamientos y obras.
De nuevo surgió un clamor de los enfermos.
—Ayúdanos, ayúdanos —gritaban, levantando los bastones y tratando de avanzar con sus miembros débiles y sus rostros contraídos. Él alzó una mano para detenerles.
—No he venido como médico del cuerpo, sino del espíritu. Ahí es donde nace toda enfermedad.
Puesto, que podía curar, me pregunté por qué no curaría. a cuantos lo necesitaban.
—;Habéis nacido a este mundo —dijo él, como si adivinara mis pensamientos— para enfrentaros al desafío que es la vida, aprendiendo con el tiempo, y con fe en Dios, a comportaros de tal modo que lleguéis a ser dignos compañeros del Señor.
Esto no acalló en absoluto los gritos de los enfermos, pues sólo estaban preocupados por sí mismos.
—No penséis sólo en vosotros sino en los demás —continuó Jesús— y vuestros pensamientos os liberarán de las cadenas de la carne. Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de que se lo pidáis. Orad pues a él; pero no utilicéis vanas repeticiones como hacen los paganos. Ellos creen ser oídos porque oran en voz muy alta y con frecuencia. De ese modo sólo demuestran su debilidad, no su fe, que debe ser firme y segura.
La multitud no le entendía. Pero estalló el grito:
—Dinos, Maestro, ¿cómo debemos orar?
—No sólo con palabras, sino con el espíritu.
—Pero ¿cuáles son las palabras?
—Si sólo se tratara de palabras, los enfermos podrían decir1as y quedar curados.
Ellos seguían pidiendo a voces las palabras mágicas.
—Orad entonces de este modo, repitiendo mis palabras y sabiendo que lo que pidáis a Dios os será concedido.
Sus ojos se alzaron al hablar, y un murmullo en respuesta surgió de la multitud.
—Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra
como en el cielo.
EI pan nuestro de cada día dánosle hoy.
Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre.
Advertí la desilusión general del pueblo que sólo había repetido rutinariamente la plegaria tras. Y Jesús lo comprendió también pues ahora les exhortó:
—Que vuestra luz brille ante los hombres para que, viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Si vuestra justicia no supera a la de los saduceos y los fariseos, nunca entraréis en el Reino de los Cielos de que os hablo.
Por sus rostros era evidente que la multitud había esperado más.
—Pedís a otros —continuó Jesús— Pedid primero a vosotros mismos. No echéis la culpa a los demás de lo que hacéis o no hacéis, pues los errores de omisión son con frecuencia más reprensibles que los de comisión.
El insistente Sadoc había conseguido situarse en primera fila de nuevo.
—Tú hablas de Mi Padre, Tu Padre, Nuestro Padre… Exactamente, ¿de qué Padre hablas?
Jesús sonrió.
—Bien dicho, Sadoc, pues él es el Padre de todos los que siguen su voz. Y antes de que informes a los sumos sacerdotes, permíteme decirte que no he venido a destruir la ley, ni los profetas, sino a dar debido cumplimiento a lo que se dijo.
El rostro de Sadoc le traicionó.
—Yo sólo hablo por mí mismo —tartamudeó.
—Pero se lo cuentas a otros. Cuéntalo con justicia entonces, puesto qué, deberás responder ante uno más grande que yo.
No hablaba como un galileo, pues la mayoría de ellos sólo hablaban arameo yeso con un acento que era casi un ceceo. Su hebreo era mejor que el mío, y su griego impecable. ¿Dónde había estudiado para lograr tal perfección en esas lenguas?
Pensé, al observarle de cerca, que tendría poco más de treinta años, quizás algunos más que yo, pero sólo algunos meses menos que su primo el Bautista, por lo que yo había oído. Sin embargo parecía no tener edad, no pertenecer a ningún tiempo o lugar.
Se había apartado ahora de Sadoc y pedía a Leví, como hiciera conmigo, que se reuniese más tarde con él. Por tanto, después de la cena de tortas y leche de cabra, y con gran expectación, nos dirigimos colina arriba hacia el gran campamento que servía como cuartel general de Juan. Algunos otros estaban ya allí, hablando confiadamente con el Maestro que se reclinaba cómodamente en la hierba mientras un joven de gran belleza le ungía los pies con óleo.
Por su acento comprendí que esos hombres eran galileos. Uno muy alto y majestuoso se llamaba Andrés. El otro, una figura gruesa de frente. estrecha y mandíbula débil: era su hermano Simón. Éste me disgustó a primera vista pues parecía dominar la conversación aunque poco colaboraba con ella. El joven, que no tendría desde luego más de veinte años, se llamaba Juan y con él estaba su hermano Jaime. Eran los hijos de Zebedeo, constructor de barcas, hombre próspero según el nivel de vida de los galileos. Descubrí por la conversación que éstos habían venido a Betabara para ser bautizados por Juan, y habían quedado sorprendidos ante la aparición de aquel otro galileo.
Simón-bar-Jona se sentía muy feliz cuando estaba hablando. Contaba su primer encuentro con Jesús a todo el que quería oírle. —
Andrés y yo estábamos pescando en el Mar de Galilea y no logramos llenar las redes en todo el día. Un desconocido nos dijo desde la orilla que dejáramos caer las redes por el otro lado de la barca y no veíamos razón para ello, ya que otros habían estado.
pescando allí sin el menor resultado. Pero como él insistiera hicimos lo que nos sugirió y ¡oh maravilla! recogimos la pesca más abundante de nuestra vida, tan grande en realidad que rompió algunas redes, y los peces se escapaban.
No se daba cuenta de cuán ridículas sonaban sus palabras.
—De modo —susurró Leví maliciosamente— que se sintió
impresionado por el Maestro sólo porque él le ayudó con la pesca.
Yo conocía más al resto del grupo, algunos zelotes, Gestas y Dimas, Joshua-bar-Abbás y Simón el Zelote, galileo también pero más notable en palabras y obras por su persuasión política. El Bautista servía a Jesús. con sus discípulos Ahiram y Abner. Parecía divertido por los cuidados del joven Juan, realizados con tanto cariño. .
El Maestro no parecía escucharles, sin embargo añadía un toque irónico a la conversación de vez en cuando. Cuando Gestas y Dimas mencionaron que e1 Mesías ,de Israel sólo demostrada que lo era liberando a su pueblo, Jesús sonrió y dijo:
—Y si es el Mesías, el Libertador que busca Israel, ¿acaso ha de seguir las instrucciones de nadie sino del que le envió?
Gestas y Dimas fruncieron el ceño pues, aunque les había contestado, no era ésa la respuesta que ellos deseaban.
—No basta —dijo aquél— con que uno diga que es el Mesías.
—Cierto —dijo Jesús—, ni que lo digan otros tampoco.
Los dos líderes del partido de los zelotes intervinieron ahora. Joshua-bar-Abbás estaba considerado algo así como el experto militar, habiendo servido algún tiempo con las legiones romanas en Egipto y Simón el Zelote era la autoridad religiosa, ya que había estudiado a fondo el Tara, que eran los libros de Moisés y los profetas, y podía recitar de ellos todo lo que sirviera a su causa. "'.
—El Tora —dijo el Zelote— proclama que el Mesías reinará como Rey de Reyes sobre todas las naciones.
—¿Y de que otro modo puede cumplirse esto —intercaló rápidamente bar-Abbás— sin la destrucción de los romanos?
Los ojos de. Jesús parpadearon maliciosamente.
—Existe más de un modo de conquistar a un adversario.
—¿y cuál es ése?
—Con el amor. Ofreciendo la otra mejilla cuando él te golpea.
Los zelotes le miraron incrédulos.
—Ofreces la otra mejilla —gruñó bar-Abbás— y los romanos te cortan la cabeza.
—Sin embargo —dijo él— en la misma, Roma obedecerán al Dios único.
El joven Juan había terminado ya de ungir a Jesús y se volvió interrogante ,al Bautista. Éste agitó la cabeza con impaciencia, rechazando la idea de ceder a tales cuidados.
Jesús tomó la caja de alabastro de manos de Juan y se arrodilló ante el Bautista.
—Así como tú me has ennoblecido ante e! Padre, permíteme que yo te honre en este día.
El Bautista se había retirado, pero algo en la mirada de Jesús le detuvo…
—Sólo yo, Juan, puedo ungirte para el viaje que has de hacer.
El Bautista inclinó los hombros sumisamente y el Maestro, con todo cuidado y cariño, ungió aquellos pies desnudos que parecía como si jamás hubieran llevado sandalias.
—Yo te unjo con el Espíritu Santo, Juan, pues después de esta noche ya no volveré a verte en este mundo.
Los ojos de! Bautista brillaron con una llama profunda.
—Ya he hecho lo que vine a hacer. Estoy dispuesto.
Se pusieron juntos de pie y se abrazaron, Jesús reteniéndole como si quisiera guardarle siempre a su lado.
Con un suspiro le dejó ir al fin. Juan llamó a sus dos discípulos.
—Me voy a Aalim y de allí a Judea para bautizar por última vez, y luego a Perea, donde e! malvado Herodes y Herodias, su zorra, emponzoñaban el aire. Desde allí, sólo el Señor sabe a dónde.
Le observamos partir, su túnica de pelo de camello flotando bajo el viento de la noche.
—Ahí va un profeta —dijo Jesús— que es más que un profeta, pues él se ha entregado a su propia profecía.
Los zelotes vieron su partida con dolor pues, a excepción de Simón el Zelote, e! Bautista se adecuaba más a su idea de! Mesías que aquel que les decía que ofrecieran la otra mejilla.
—Ahí —dije yo, pues se me ,escaparon las palabras-va uno que lucha por la libertad.
—Algunos hablan de libertad —dijo Jesús— y se hacen a sí mismos prisioneros de esa libertad.
Gestas le miró dudoso.
—Esa frase fue parece muy confusa.
—Con frecuencia la gente no actúa, se limita a reaccionar, perdiendo así la libertad de acción que surge por naturaleza de su propia alma.
—¿Quieres decir —sugerí— que, al rebelarnos contra la tiranía, perdemos nuestra alma?
Jesús sonrió:
—Tú hablas de tiranía, pero esta pasión por la libertad es una tiranía incluso mayor. Gobierna la mente y el cuerpo, y te lanza a un curso errático que puede llevarte a cualquier parte.
—Entonces ¿Debemos inclinar las espaldas bajo el látigo y pedir a los romanos que nos castiguen, e incluso que nos claven en una cruz por la infamia de desear ser libres?
—No pienses tanto en la libertad por sí misma, sino libérate de ese yugo de 1a libertad que te has puesto en torno del cuello.
—Entonces, Maestro, ¿cómo encontraremos la libertad?
—Al existir para los demás existimos para Dios, y en Dios encontramos esa libertad tan elusiva.
Gestas agitó la cabeza lentamente.
—Existimos para Israel y para el Mesías que libere a Israel de los que lo tienen cautivo.
—Eso dices tú, pero no Dios —refutó el Maestro, y había un gran dolor en su voz.

5 - Los zelotes

Un aire de tensión había cubierto el campamento. Leví me dio con el codo:
—¿Has visto alguna vez un trío más despreciable? —me dijo al oído. En realidad había una ferocidad tal en aquellos zelotes que no presagiaba nada bueno para cualquiera que se cruzara con ellos en una noche oscura.
Bar-Abbás, con su nariz ganchuda y la barba revuelta, parecía un ave de presa posada sobre su víctima. Gestas y Dimas eran como halcones de ojos salvajes, dispuestos a lanzarse al vuelo contra el adversario en cualquier momento. Responderían perfectamente en una batalla.
Los zelotes, incluido Simón, miraban a Bar-Abbás esperando que tomara la iniciativa.
Este preguntó:
—¿Cómo puede dirigir a Israel un carpintero de Galilea contra los ejércitos más poderosos de la historia?
Los galileos se enojaron ante el tono despectivo, y yo mismo me ofendí.
—El Macabeo era sólo un pastor —dije rápidamente.
—lo sé —aceptó bar-Abbás— y David mató a Goliat con una honda. Pero eso no servirá contra Roma.
Jesús había estado mirando serenamente el fuego, sin escuchar al parecer. Con un gesto cortó ahora la respuesta de sus indignados seguidores. Habló suavemente, sin dejar de mirar, las llamas.
—Permitidme que os cuente una parábola del profeta Daniel, que se salvó a sí mismo y a su pueblo del cautiverio interpretando correctamente el sueño de Nabucodonosor, Rey de Babilonia. El rey se había sentido aterrado por una estatua terrible. La cabeza era de oro puro, el pecho y los brazos de p1ata, el vientre y las caderas de bronce. Luego venían unas piernas de hierro pero con los pies de barro.
»Ninguno de los sabios de Babilonia podía interpretar este sueño, pero Daniel lo comprendió mediante una visión del Señor. y, según la visión, dijo al rey: "Junto con tu reino, tú eres la cabeza de oro. Pero después de ti surgirá otro reino de plata, los medas, inferiores a ti. Aún habrá otro reino de bronce, el del griego Alejandro, que dominará sobre toda la tierra. El cuarto reino será fuerte como el hierro, y lo romperá todo igual que el hierro que todo lo hace pedazos. Pero del mismo modo que los pies eran en parte de hierro y en parte de barro, así el reino será en parte fuerte y en parte frágil".
Se detuvo un instante mirando al fuego, y comprendimos que hablaba de Roma pues ¿qué si no Roma era más poderoso que los ,conquistadores griegos del meda Darío?
—y el hierro y el barro se mezclarán con la semilla de los hombres" pero no se unirán, como el hierro no se une con el barro.
De nuevo Leví me susurró al oído:
—Habla de la desunión del Imperio romano que no llega a ser uno, por emperadores y legiones que haya.
Pero Jesús seguía hablando.
—y en los días de estos reyes —continuó la voz— el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido. Y el reino no se dejará a otros pueblos, sino que romperá en pedazos y consumirá todos estos reinos y permanecerá para siempre.
Hubo silencio por un instante y luego Simón-bar-Jona, hermano de Andrés, intervino con su torpeza habitual.
Pero, Maestro, si esos reinos se consumen, ¿cómo pueden continuar?
El Maestro le sonrió con cariño.
—Tú, Simón, eres mi barómetro, pues por tus reacciones sé cómo recibe el hombre común el mensaje que yo imparto.
Mientras el rostro rudo de Simón mostraba desconcierto, su hermano Andrés dijo suavemente:
—Nosotros sabemos de qué reino habla él. Los ojos de Jesús registraron el grupo.
—Tú, Andrés, serás mi primer discípulo. Como el mayor, aconsejarás a los otros. Y tú, Simón-bar-Jona, serás el segundo, aunque llegarás a ser el primero en muchas cosas.
Los dos ga1ileos sonrieron, y en su sonrisa se leía su sencillo placer.
—Gracias, Maestro —dijeron ansiosamente.
—No me deis as gracias, pues el camino será duro y tortuoso y no tendréis la recompensa en este mundo.
—Te seguiremos a todas partes —dijo el simple de Simón. El rostro de Jesús se nubló por un momento.
—Así será, aunque poco sabes lo que dices. Yo anhelaba más que nadie ser su discípulo.
—y ¿cuántos discípulos habrá, Maestro? —era la primera vez que le hablaba directamente, y el corazón me latía salvajemente contra el pecho.
—Habrá doce al principio, Judas, que representarán no sólo las tribus de Israel sino la unión de la humanidad reflejada en el zodíaco universal. Nuestro propio signo es Piscis, el signo del pez, pues no representa únicamente el conflicto de dos fuerzas opuestas, bien y mal, que nadan una contra otra, sino la nueva era de adoración.
—También es tu signo de nacimiento —dijo Andrés, hablando como si le conociera desde niño. .
Yo me adelanté con Leví.
—Querríamos servirte con Andrés y Simón —dije.
—y lo haréis, pero sabed primero que muchos son los llamados y pocos los escogidos.
Me sentí consciente de las miradas de desaprobación de los zelotes a excepción de Simón el Zelote, que parecía tan ansioso de unirse, a él como yo. Pero, claro, como Leví, era galileo y éstos tenían el orgullo provincial de considerar al Mesías como suyo.
Gestas y Dimas se habían adelantado también.
—Nosotros seríamos tus discípulos —dijo el sirio— si pudiéramos estar seguros de que tú eres realmente el salvador de Israel.
—Si no estáis seguros —contestó Jesús— entonces jamás lo estaréis, pues Dios exige fe de sus hijos.
—¿No es justo —arguyó Gesias— que el Mesías demuestre que lo es antes de que lo arriesguemos todo por seguirle?
—Más arriesgáis por no seguirle —dijo Jesús enigmáticamente. Pero venid y ved por vosotros mismos.
—Piensas muy poco en la libertad de Israel —dijo Dimas secamente.
—No pienso en otra cosa, pero ésa no es vuestra libertad. Yo ya había escuchado lo suficiente.
—¿No le oísteis decir que su reino consumiría a Roma y
duraría para siempre?
Los zelotes no estaban convencidos.
—Nunca he visto morir a un romano bajo un aluvión de palabras —dijo bar-Abbás.
Jesús se mostró impertérrito ante sus críticas. Y sin embargo, antes había reaccionado con enojo ante el ataque de Sadoc. Las siguientes palabras nos aclararon rápidamente la diferencia.
—Hablan por amor a Israel; no se lo impidáis.
Ahora pareció retirarse a su interior y Andrés nos indicó con un gesto que la reunión había terminado.
Los zelotes regresaron a su propio campamento diciéndome que me reuniera con ellos al día siguiente.
—Recuerda —gruñó bar-Abbás entre dientes— que te has unido a nosotros, para bien o para mal.
Suspiré interiormente. Aquí estaba yo, ostensiblemente un agente del Sanedrín, un zelote consagrado a la rebelión contra Roma y un discípulo del Mesías de Israel. ¡No quisiera Dios que cualquiera de esas lealtades entrara en contacto con las otras!
—Estaré allí —dije.
Los ojos de Jesús les siguieron mientras bajaban la colina hasta que sus siluetas se fundieron en la oscuridad.
—Los Profetas cantan acerca de Dios —dijo casi cansadamente— pero tus amigos marchan a su propio son.
Hice acopio de valor para preguntar:
—¿Está mal librarse del opresor que mantiene su pie sobre nuestro cuello?
—No está mal, Judas, y yo desearía que Israel fuera tan libre como en los días de David y Salomón. Pero ahora el Señor nos pide más.
—¿Qué más podemos hacer que extender su palabra por todas las tierras?
—y ¿cómo lo harías tú?
—Los Profetas dicen que el Mesías nos liberará del enemigo y hará que Israel triunfe sobre setenta naciones —vacilé por no parecer demasiado osado—. Si no aceptamos a los Profetas, entonces ¿qué esperanza para el Mesías le queda a Israel?
—Pregunta mejor qué esperanza le queda al mundo, pues el mismo Dios que creó a Israe1, Judas, creó también todo lo que hay en el cielo y en la tierra.
Los galileos le habían estado escuchando con la boca abierta.
—En otras palabras —dijo Leví enojado—,que no hay distinción entre judíos y gentiles.
—No dije eso exactamente, pues diferimos en el Tora y en lo que más queremos.
—Pero ¿no somos nosotros el Pueblo Elegido?
—Dios nos eligió porque nosotros le elegimos. Pero no siempre hemos guardado la fe, y el Templo ya no es el lugar adecuado para que Dios more en él.
—¿Somos acaso mejores —pregunté— porque los romanos se sienten sobre los muros del Templo, lanzando sobre él su basura y asesinando a nuestros amigos de Galilea?
Andrés intervino con rapidez:
—Hablas con gran osadía, señor. Cuida tu lengua. Jesús le hizo a un lado.
—Habla bien el que habla por Israel.
—Sus ojos miraron a los galileos y vi que se nublaban de emoción.
Si no fuera por mis amigos, Judas-bar-Simón, yo no estaría aquí esta noche pues su matanza fue la señal que yo esperaba, la señal de que no sólo Israel, sino la misma Roma, necesitaba la salvación: Sí, Judas, yo conocía muy bien a aquellos peregrinos.
Me recorrió un escalofrío.
—Sí, Judas, como te conozco a ti, y a Poncio Pilatos.!
Esa noche Jesús se llevó a Simón-bar-Jona y al joven Juan y subió la montaña de Moab, donde los Profetas Moisés y Elías habían hecho su vigilia antes que él.
—Voy a luchar con el diablo —dijo.
—y ¿dónde está este diablo? —dijo Andrés.
—Es el que está dentro de mí, el que cierra mis oídos a los gritos de los oprimidos por Roma, a los temerosos galileos y a todos los que han muerto por su fe en Israel.
¿Qué clase de demonio era, me pregunté; al que echaba la culpa por salvar a su propio pueblo? Pero no me atreví a decir más, después de aquella reconvención del amable Andrés. Abrazó entonces a sus galileos y ellos le besaron en la mejilla deseándole paz en su viaje.
—He venido de Nazaret en tres días —dijo él— y voy a averiguar hasta dónde más debo ir.
—Se volvió a mí—.
Abrázame si quieres, Judas, pues me eres tan querido como los otros. Reprimí mis lágrimas de alegría y le besé ligeramente, acompañándolo de corazón en su camino.
—Reúnete conmigo en Caná Judas —dijo—, Estaré allí dentro de un mes.
Apenas podía pensar. que no estuviera él cuando me senté al día siguiente con un comité de zelotes presidido por Joshua— bar-Abbás. Parecían muy vulgares, a pesar de todo el fuego que salía de sus labios.
—No podemos esperar basta que decida a qué lado volverse —dijo bar-Abbás—. Es hora de armarse y empezar nuestra guerra de atrición. Bandas pequeñas, pero fuertes, atacarán las guarniciones lejanas y se apoderarán de sus arsenales. Otras, recorriendo el desierto en rápidos camellos, se apoderarán de las caravanas, privando al enemigo de sus aprovisionamientos. Iniciaremos estas guerrillas haciéndonos más fuertes cada día, hasta que, como los Macabeos, tengamos una fuerza capaz de equipararse a la que Roma lance contra nosotros.
Miré para comprobar la reacción de Simón el Zelote ante tales palabras. Pues este valiente luchador, que sirviera con Judas el Galileo en su revuelta condenada de antemano al fracaso, tenía tal celo que nadie podría discutir su patriotismo. Sólo él, como los antiguos héroes romanos, se había ganado un sobrenombre en la batalla. Su rostro flaco reflejaba la gravedad del momento.
—Yo creo en él —dijo lentamente—. Yo creo que es el Mesías enviado por Dios para liberar a su pueblo, y creo que siente la opresión de Roma con la misma fuerza que cualquiera de vosotros. Cuando habló de la matanza de los galileos casi le vencía el llanto. En las montañas se comunicará con los Profetas, y así definirá su misión.
—Quizá se haya comunicado ya muchas veces —dijo Gestas con ironía.
Los zelotes le miraron fríamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que él ha podido sacar su propia imagen del cuadro compuesto en las Escrituras.
Los ojos de Simón todavía le miraron con mayor dureza.
—Hablas como un Sadoc o un Eleazar, hombrecillos mezquinos, dementes maquinas y sin espíritu. Gestas hubo de enrojecer.
—Nuestra vida está en peligro. No podemos depender de los soñadores. ¿No es así, Judas?
No me gustó el modo en que me miró.
—Estoy de acuerdo pero, como se ha dicho, sólo el Mesías puede unir la nación tras de nosotros. Los de Judea siguen a uno, los de Galilea a otro, y los samaritanos a o otro más. Pero todos, buenos o malos judíos, con tribu o sin tribu, se unirán tras el Libertador enviado por Dios. De eso puedes estar seguro.
Simón el Zelote ap1audió.
—Palabras sabias de un aristócrata —sus ojos se cruzaron con los de bar-Abbás sobre la parca comida.
—Yo creo que deberíamos esperar y darle la oportunidad de declararse.
—Tenemos poco que perder si esperamos unos meses. Para ese momento tal vez contemos con la ayuda de Nicodemo, si queda convencido del Mesías.
—Retrasos, retrasos y más retrasos —gritaron al unísono Gestas y Dimas— Roma no se conquistó así.
—Roma —dijo Simón secamente— necesitó veinte años para destruir a Cartago.
—Nosotros no disponemos de veinte años —dijo bar-Abbás—. Nuestros cuerpos estarán colgando de 1as cruces mucho antes de eso si no tenemos éxito.
—No peleemos entre nosotros —dijo Simón—. Repasemos más bien con prudencia nuestros recursos para el día en que podamos ponerlos en ayuda del líder.
—Él no es Juan el Bautista! —gritó Jamás dirigirá los ejércitos a la batalla.
—Sólo es necesario-dijo Simón— que abogue por la revolución y todo Israel se levantará.
—Su voz estaba teñida de ironía—.
Tú, bar-Abbás, puedes dirigir esos ejércitos. ¿Cuántas tropas mandas ahora? La sonrisa de bar-Abbás dio a su rostro un aspecto malvado.
—Tengo a mis órdenes a mil de Idumea, de Perea, de Saldaria, y ni un auténtico israelita entre todos ellos.
—Y dos mil veteranos de otras luchas —agregó Simón orgullosamente— pero, con su bendición, esos dos mil se multiplicarían por veinte.
—No vendría mal —dijo bar-Abbás en tono conciliador.
El saquear la campiña, pues, si se hiciera discretamente y con el mínimo de matanzas, haría creer a todos que era obra de ladrones y bandidos, y nada más.
Simón rió ,hasta desternillarse dé risa.
—¿Y qué otra cosa sería, bar-Abpás?
—No me gustan tus bromas —gruñó éste, pero cuando el resto, incluido Gestas y Dimas, se unieron a la carcajada general, él se rió también cogiéndose los costados.
—¡Esto está bueno!—gritó.
—De acuerdo —dijo Simón—: saquead las caravanas pero nada más; nada de ataques a las guarniciones y nada de emboscadas de pequeños grupos de soldados hasta que el tiempo esté maduro.
—Muy bien.
—Bar-Abbás extendió una mano callosa y todos se la estrechamos.
—Espero —añadió— que el demonio se quede en él. Pero los demonios tienen la costumbre de perderse una vez son puestos bajo la luz.
En mi mente ya me había decidido. Le seguiría El Caná, en Galilea, a jerusa1én, incluso a Roma si era necesario. Los romanos aun habían de oír hablar mucho de él, y lo mismo los sacerdotes del Templo o cualquier otro que se alzará entre Israel y su Dios. ¿Cómo iba a discutir nadie que él fuera el Mesías?
Se adaptaba a la descripción en todos los detalles, y su familiaridad con los profetas, especialmente Isaías y Ezequiel, revelaba una comprensión notable de su propio destino. Mi camino estaba claro. No podía amar sino a El. Sería honrado con Raquel, cosa que no había hecho nunca, y menos ingenuo con el Sanedrín y los sacerdotes.
Pues mientras ellos juzgaban útil el emplearme, también a mí me convenía aparecer como su delegado. Fingir ante los que tan bien fingían no me turbaba la conciencia en lo más mínimo.
Jesús había dicho: «Obra con los demás como querrías que ellos obraran contigo». Pero seguramente no podía referirse a los sumos sacerdotes. ¿Qué sabían ellos de honradez, salvo de tergiversarla para sus propios fines?
Los Zelotes habían decidido que Simón El Ze1ote y yo debíamos unirnos a1 Mesías y ser los que vigilaran a favor del grupo. Acepté con todo gusto pues, en cualquier caso, ése era mi deseo. Como galileo que ya había luchado en una rebelión, Simón tenía un interés especial por aquel líder surgido de su propia provincia.
—Pero él es de Judea —le había discutido yo—. De la Casa Real de David.
—Sin embargo su corazón está en Galilea —me refutó Simón— Lo vi en sus ojos. Sólo para que se cumpliera la profecía hicieron sus padres que naciera en Belén.
—Sus padres tuvieron muy poco que ver con ello —dije—. Ocurrió así por casualidad.
—Nada sucede por casualidad. El mismo Jesús te lo dirá así. Nosotros somos simples marionetas que respondemos a la voluntad del Señor.
Las palabras de Simón eran más profundas de lo que yo creía.
—Entonces, ¿para qué luchar tanto, si todo está planeado? , Se rió aunque sin alegría.
—Porque no conocemos la vo1untad de Dios hasta que ya nos hemos entregado a un curso de acción, y aprendemos demasiado tarde cuál es.
Medité en ello por un momento.
—y ¿quién conoce entonces la voluntad ,de Dios?
—Algunos dicen que 1os rabinos y sacerdotes eruditos la conocen por sus estudios de las Escrituras.
—En ese caso ¿la sabría Jesús?
—Si es el Mesías, cosa que creo, entonces nadie la conocería mejor que él, a no ser el mismo Dios.
—Entonces ¿por qué se va a las montañas a meditar en su misión? ¿No está clara para él desde e1 primer momento?
Simón el Zelote suspiró:
—Quizá haya en él dos partes: la celestial, por la cual conoce claramente la voluntad de Dios, y la terrenal, por la que es tan humano como 1os demás y debe encontrar su propio camino.
—Todo lo que sé —dije yo con voz tonante— es que el mundo jamás ha conocido a nadie como él.
—Aún sabremos más, —dijo Simón— después de nuestra estancia en Galilea. Jesús no habla, con ligereza. Si quiere que estemos en Caná será por una buena razón. No hace nada sin motivo. Esto lo sé porque conozco a los hombres.
Le miré con curiosidad.
—y ¿hasta qué punto te conoces a ti mismo? Cuadró los poderosos hombros.
—Tan bien como te conozco a ti, Judas-bar-Simón.
—Pues ¿qué sabes de mí?
—Me enojaba que me juzgara tan precipitadamente.
—A ti te arrastran sobre todo las emociones, y no siempre piensas antes de actuar.
Eso podría decirse de cualquiera.
—Tú hablas mucho de Dios y del Mesías, pero, Roma es lo que te preocupa, Judas.
Le miré sorprendido.
—¿Acaso no te preocupa a ti?
—Sí, pero yo no trato de fingir. Y no hablo de Dios y de Israel como tú.
Roma oprime a Israel, y eso es suficiente para mí. No es del todo una cuestión religiosa. Si el Mesías contribuye a unir el país, muy bien, pero si no hay Mesías, entonces lo haremos solos.
—No podrá hacerse así pues sin el Mesías, no se cumplirá el triunfo de Israel.
Se acarició la barba espesa.
—Hablas de Dios y del Mesías como si Israel fuera su única preocupación.
Sus palabras me asustaron pues ¿no había dicho Jesús lo mismo en el fondo? .
—Él dijo que triunfaría sobre Roma, y yo le creo.
—Y si no ocurriera así, entonces ¿qué?
—Todo lo que necesita es declararse como Mesías y se sucederán los acontecimientos.
Me lanzó una larga mirada.
—Tú le atribuyes cuanto quieres.
—No le atribuyo nada que no esté ya en él esperando revelarse en el momento oportuno.
—Como quieras —dijo con una risita—, pero yo soy materialista y veo las cosas tal como son.
—¿Por esa razón trabajas en el Templo?
.Imitó él la voz arrogante de un guardia del Templo.
—El diablo que conoces, Judas, es más seguro que el diablo que no conoces.
—Luego añadió enigmáticamente—:
Joshua-bar-Abbás vigila el Templo, y yo le vigilo a él.
Era hora de que nuestras vidas se separaran de momento. Nos abrazamos por puro compromiso y prometimos reunirnos de nuevo en Caná.
—Mientras tanto —:añadió con una curiosa sonrisa piensa en tus motivaciones, Judas.
No había nada en qué pensar, aparte mi problema inmediato. Hubiera deseado posponer lo inevitable, pero comprendí que seria mejor acabar con ello y no verme constantemente perseguido por los ojos cargados de reproche de Raquel. Como había supuesto, fue un asunto desagradable. La chiquilla apoyó la cabeza en mi hombro y se echó a llorar. Sentí la curva de sus senos contra mi propio pecho, pues jadeaba al ritmo de sus sollozos. Alcé una mano para consolarla. Ella la cogió y la besó, oprimiéndomela con sus labios. y entonces, cuando traté de reprocharle su conducta tan poco digna, sus labios cubrieron los míos, besándome de tal modo que olvidé todas mis resoluciones. No esperó a que mis dedos temblorosos le desabrocharan el corpiño y le soltaran la túnica, y así ocurrió lo último que yo deseaba que ocurriera. Durante todos los años desde que conociera a Raquel jamás había atacado su virtud, ni con una mirada ni con mis actos. Y ahora, al verla ronronear satisfecha en mis brazos sobre el sofá de mi padre, experimenté un sentimiento de culpabilidad. Alzó ella la cabeza y frunció los labios sin captar lo que ocurría en mi interior.
—¿Me amas? —murmuró.
El remordimiento que sintiera por un instante se transformó rápidamente en enojo, y luego en un principio de repulsión. ¿Por qué había de complicar esta chiquilla insignificante unos planes grandiosos, cuya importancia ni siquiera era capaz de imaginar?
—Lo siento, lo siento de verdad —dije.
Ella me cerró los labios juguetonamente con los dedos.
—No hay nada que sentir. Lo que pasará es que nos casaremos antes de lo que habíamos planeado.
—¿Casarnos?
—Me enderecé con un movimiento convulso—.
Pero ya te he dado mis razones que imposibilitan nuestros planes de boda.
Ella se rió como una niña.
—Pero eso fue antes… Ahora has hecho de mí una mujer. Y si no te casas conmigo me habrás convertido en una adúltera, pues ésa es la ley de Israel.
La miré horrorizado.
—¡Me has embaucado! —grité.
—No tanto, Judas. Yo te amo.
Todavía la encontraba más repugnante de lo que nunca creyera posible.
—No me casaré contigo.
—Me libré rápidamente de Raquel y me puse de pie, volviéndome a poner la túnica en la semipenumbra del cuarto. Ella se puso también de pie y vino a acariciarme con sus senos.
—¿Es que no lo entiendes? Jamás me casaré ni contigo ni con nadie.
Se echó atrás incrédula.
—No te creo. Eres mi propio primor.. No me harías una cosa así.
—Ya está hecho —dije, saliendo furioso de la habitación.
La actitud de mi madre no me sirvió de ayuda. Nunca la había visto tan severa y tan empecinada.
—La boda —dijo— se celebrará según está planeado. en un miércoles, como es costumbre en nuestro pueblo.
La miré con el corazón vacilante, pero luego recobré la confianza.
—Yo soy el jefe de la familia —dije— y el que anuncia los acontecimientos. Y este anuncio jamás lo haré.
No cedía.
—Entonces, como jefe de la familia, has pecado doblemente al traicionar no sólo a tu prometida sino a una invitada en la casa.
—No carece ella de culpa —dije.
El desprecio agudizó su lengua.
—Acusas de pecado a una niña de quince años, tú, un hombre casi de treinta, con experiencia del mundo. y le echas la culpa a ella. ¡Qué vergüenza!
Yo me había negado a que Raquel estuviera presente en la entrevista pues no quería hacerle más daño.
—Puedes decirle que le daré cualquier cantidad de dinero lo suficiente para que tenga una casa propia y viva con comodidad el resto de su vida.
—¿Y le devolverás su virginidad?
Ahora me sentía enojado con mi madre.
—¿Qué hay de maravilloso en esa virginidad?
—No seas idiota, Judas; ya sabes que no puede encontrar marido con esa mancha en su carácter.
Me miraba con ojos acusadores. Pero yo, en vez de estar arrepentido, tenía la impresión de que querían atraparme.
—No tiene por qué estar sola —le dije—. Puede vivir aquí contigo, como tu compañera. Tú la quieres como a una hija. Yo te cederé esta casa. Ya no vaya necesitar una casa en Jerusalén a partir de ahora, pues estaré viajando.
No había el menor interés en sus ojos.
—¿Es tu última pa1abra al respecto?
—No cambiaré de opinión. No me casaré nunca. Su voz era tan fría que me llenó de temor.
—Bien —dijo—, pues es mejor que el linaje se acabe en ti antes de que nazca un hijo con tu sangre.
—Madre! —grité, tratando de cogerle la mano. Se retiró con gesto de asco.
—No me llames madre, pues ya no eres mi hijo. Mis ojos se abrieron de incredulidad.
—¿Y todo esto por Raquel? Agitó la cabeza.
—Te has comportado de modo abominable. Has violado una
guarda sagrada, Judas. Tu padre se revolvería en la tumba si lo supiera.
—Con el tiempo cambiarás de opinión sobre mí.
—No quiero volver a verte. Nosotras dejaremos la casa por la mañana, Raque! y yo. No queremos nada de ti.
—Por favor, madre, haces que me sienta culpable.
—Aún puedes arrepentirte.
Así que todo era un truco, para que yo me volviera atrás. No tengo de qué arrepentirme.
—Has traicionado a una niña inocente.
—Le das demasiada importancia. Nadie lo sabrá.
—Dios lo sabrá. ¿No es suficiente? No tenía más remedio que decir la verdad.
—¡Ella se echó en mis brazos! —grité. Se retiró horrorizada.
—Ni siquiera actúas como un caballero.
—Lo siento, madre, ¿no es suficiente? Le compensaré del mejor modo posible. Pero jamás me casaré.
Me miró como si me viera por primera vez.
—Sólo piensas en ti mismo, Judas; no eres digno de confianza.
—Todo hombre tiene derecho a pensar en sí mismo.
Su cabeza gris se inclinó por un instante para ocultar sus lágrimas; luego me rechazó cuando intenté cogerle la mano.
—¡No puedo perdonarte, Judas! —gritó, recalcando por primera vez esta versión griega de mi nombre como para indicar e1 abismo que había entre nosotros—. Has deshonrado el nombre de tu padre.
No se me ocurría qué más decir pero, con todo, aún sentía el alivio de que Raquel hubiera salido definitivamente de mi vida. Mi madre se dirigió lentamente hacia la puerta donde se detuvo un instante.
—Jamás pensé que volvería la espalda a mi único hijo pero, aparte tus palabras grandilocuentes, Judas, no te importa lo que está bien o mal. Sólo actúas de acuerdo con tus propios intereses. Y te aviso…creí detectar un trémolo en su voz— que un día sufrirás el mismo dolor que causas a los demás por puro egoísmo.
Se cerró la puerta. Ya se había ido. Fui a mi recámara y medité. Simple palabrería. No dejaría la casa que tanto amaba, con todos los recuerdos que encerraba para ella, por un motivo tan insignificante.
A la mañana siguiente dormí hasta tarde y, por el helado silencio de los sirvientes, comprendí inmediatamente que algo ocurría.
—Tu madre se fue anoche con tu prometida —me dijeron en un susurro.
Advertí la acusación en sus voces. Decidí que no pasaría otra noche en la casa. Era de mi madre y ella regresaría al cabo de algún tiempo, agradecida de que se la hubiera regalado. Había dicho con frecuencia que deseaba morir cerca de mi padre. Le di las llaves al mayordomo con instrucciones de que mantuviera la casa abierta para cuando volviera mi madre.
—Envía a alguien para que la acompañe a su regreso. Que vaya a Keriot, a la casa familiar, y allí estará.
Todo saldría bien. Mi madre olvidaría su resentimiento y Raquel se casaría con el tiempo, si le entregábamos una dote adecuada. Era muy linda, aunque no demasiado inteligente. Haría bien casándose con uno de su misma edad.
En cualquier caso lo primero era lo primero, y yo había de entregar mi informe pero manteniéndome bien alerta para no decir más de lo que ellos supieran ya; aunque sI lo suficiente para conservar la confianza al menos de Gamaliel.
Cuando pasé de nuevo desde el Patio de los Gentiles al Patio de Israel me encogí de hombros ante el aviso que indicaba a los gentiles que corrían peligro de muerte si entraban allí. Qué estupidez, cuando los oficiales romanos iban a donde querían sin pedir permiso a nadie! Los tres me esperaban en la misma cámara que antes.
Cuando Gamaliel me abrazó preguntando como de costumbre, por mi madre, Caifás le interrumpió nervioso dando una patada en el suelo.
—¡Oigamos al hombre! —gritó. Gamaliel le miró fríamente.
—Eso puede esperar —dijo secamente. Vi la mirada de aviso
de Anás. No convenía ofender a Gamalie1 y al partido de los fariseos. Anás estaba sentado en una silla cómoda, con las manos cruzadas serenamente en el regazo.
—¿Tratan tus informes de un Mesías? —preguntó con expresión suave.
—Qué te ha dicho Sadoc? —le contesté osadamente.
—Contestas a una pregunta con otra.
—No estoy Ciego. Tanto el Bautista como el que vino tras él… —no sentía deseos de pronunciar su nombre ante los sumos sacerdotes— fueron interrogados por saduceos y fariseos. Lo cual hizo que me preguntara si en realidad me habíais comisionado.
—No nos dices nada —gruñó Caifás.
—¿qué puedo deciros que no os hayan contado ya los otros?
—Háblanos de tus impresiones, hombre —ladró Caifás—. Esa era tu misión.
Yo no tenía la menor intención de darle el tipo de información que trajera al Maestro ante el Sanedrín.
—No vi nada que me convenciera de que cualquiera de los dos era el Mesías. y ninguno reclamó ese título para sí mismo. . —
—¿No saludó el Bautista al otro como el Libertador enviado por Dios?
—Incluso así, eso sólo era su opinión.
—Pero una opinión —dijo Anás— que influyó en la muchedumbre.
—No en los. esenios —contraataqué—. Ellos daban la precedencia al Bautista.
Anás me miró escrutadoramente.
¿Es que el otro no tiene nombre?
—Le llaman Jeshua-bar-José.
—¿No fue bautizado como Jesús, y llamado Ungido? Vamos, hombre, que no somos idiotas. Por qué nos haces perder el tiempo?
Suspiré pesadamente.
—Insisto, creo que no eran más que palabras del Bautista. Jeshua-bar—José no rec1amó nada por si mismo.
—Sólo que era el Hijo de Dios.
—Pero dijo que todos éramos hijos de Dios.
Gamaliel intervino amablemente.
—¿Y el pueblo Judas? ¿Cómo lo aceptaron en general?
—Estaban confusos. Algunos habían acudido como yo para decidir si el Bautista era el Mesías sólo para descubrir, con gran desilusión por su parte, que se negaba a aceptar tal título.
Gamaliel había fruncido el ceño; estaba preocupado.
—Jeshua-bar-José… El nombre me resulta familiar, pero no es posible. Hace tanto tiempo. No puede ser el mismo.
No tuve tiempo de pensar en lo que decía pues los ojos de Anás se clavaban en los míos.
—¿Y tus amigos los zelotes? ¿Eran muy numerosos?
Yo había aprendido ya que una semiverdad podía ser una aliada en el arte del fingimiento.
—Algunos sí estaban presentes, pero no parecieron impresionados por Joshua-bar—José.
—¿Qué clase, de hombre es? —preguntó Gamaliel con un interés que no hacía esfuerzos por disimular.
Vacilé, aunque sólo por un momento.
—Es un hombre sencillo, un galileo de Nazaret, un carpintero cuyo padre le enseñó el oficio.
Gamaliel asintió con aprobación.
—Una costumbre muy buena, pues el trabajo es el opio de las masas, y el que no trabaja se convierte en un problema para sí mismo y para el Estado.
Caifás seguía golpeando el suelo con el pie.
—¿Dónde está ahora ese Jeshua o Jesús? Parece haberse desvanecido en el aire.
—Por 10 visto te preocupa más él que el Bautista.
—El Bautista se ha embarcado para Perea, Herodes dará buena cuenta de él.
Intenté no demostrar, sorpresa.
—¿Cómo conoces sus movimientos?
—Como tú mismo dijiste —Caifás hablaba desdeñosamente—, no eres nuestro único observador.
—y parece que tampoco soy de mucha utilidad —dije, sin importarme el que me retuvieran o me despidieran. Yo no tenía mucho que ganar de ellos, a no ser cuando se les iba la lengua, como había sucedido, y revelaban que había otro agente en las filas del Bautista.
Cuando éste describió sus planes en el campamento se hallaban presentes unos doce nombres, pero también podía haber hablado con otros. Repasé mentalmente el grupo. Los zelotes, Simón-bar-Abbás, Gestas, Dimas, el mismo Bautista, sus dos discípulos, Jesús, los galileos, Andrés y Simón-bar-Jona, Jaime, Juan y yo. ¿Cómo podía ser uno de ellos? Pero, claro, ¿quién podría sospechar que un vendedor de aguardiente barato fuera el dirigente de un partido revolucionario? Anás interrumpió mis pensamientos.
—Son tiempos peligrosos para Israel. Es esencial que no provoquemos a Pilatos en absoluto.
—Él no necesita la menor provocación —dije—, sólo su odio natural por un pueblo distinto de él.
—Hemos de vigilar a ese Jesús. Es más peligroso que el otro. Gamaliel le lanzó una mirada aguda.
—¿Por qué dices eso?
—Es fácil habérselas con un fanático. Los fanáticos viven de emociones y pronto se agotan. Pero éste ese dirige a la razón, y es amable y moderado. Tiene más fuerza.
—Sólo. desea traer la salvación a Israel —dije como sin darle importancia.
—¿Lo ves? —dijo Anás—. ya tiene un campeón en Judas-bar— Simón. Debe de hablar muy bien.
—Hizo un milagro, una curación.
—Tenemos muchos curadores en Israel y sin embargo los enfermos abarrotan los santuarios fuera del Templo y cubren toda Ja tierra.
Hablé violentamente llevado por la frustración.
—Si él fuera el Mesías, ¿no suplantaría El a los sumos sacerdotes como el principal sirviente del Señor?
Anás miró especulativamente a Gamaliel antes de hablar.
—Los sumos sacerdotes han sobrevivido a una docena de Mesías.
Los ojos de Gamaliel se inflamaron de emoción.
—Si es el Mesías, no hará daño a su país.
Porque entonces será un auténtico hijo de Israel. Estaba claro que el Mesías representaba algo muy distinto para unos y para otros.
—Nos darás más informes —me ordenó Anás. Me encogí de, hombros.
—¿Dónde queréis que busque? Anás se acarició la nariz.
—Donde sepas que está él.
Habría abandonado, todo el asunto en ese mismo momento pero esto me daba el medio de saber qué se proponían sus adversarios.
—Haré lo que pueda.—dije, lo cual, por supuesto, no era una mentira.
Caifás me había estado observando con ojos malignos.
—Necesitamos a alguien que vigile a nuestro informador.
—Eso ya lo tenéis —le repliqué con disgusto. Su rostro cetrino se nubló de hostilidad.
—Yo digo que debemos movernos contra ese Jesús y acabar con él.
—y ¿de qué le acusarías? —preguntó Gamaliel dulcemente—.
¿De predicar que nos arrepintamos de nuestros pecados y creamos en el Dios único?
—Dale cuerda suficiente —dijo Anás— y él mismo se colgará.
—E Israel con él —murmuró Caifás.
Cada vez me daba más cuenta de la fricción existente entre el nasí, jefe del Sanedrín, y los sumos sacerdotes.
—Los saduceos —dije de acuerdo con ello— se resistían incluso a la. idea de el Mesías, mientras qué los fariseos acogen bien esa coyuntura, y sólo discuten su identidad.
Gamaliel me lanzó una sonrisa de aprobacíón.
—Bien dicho, hijo de un gran fariseo. Tu padre estaría orgulloso de ti.
No lo creo, pensé con dolor, pues su alabanza sólo venía a recordarme las amargas palabras de mi madre.
La reunión me había dejado vagamente turbado. Traté de distraerme bloqueando el paso a los pensamientos conscientes, pues había descubierto que la mente inconsciente me guiaba mejor en ocasiones. Y entonces se me ocurrió que aquellos que habían encargado en principio que les informara del Bautista y sin embargo ahora ya no parecía interesarles, ni les extrañaba que un desconocido hubiese , cobrado prominencia sobre él. Era muy curioso lo bien informados que estaban.
Al salir eché un vistazo en una antecámara donde se guardaban los panes de proposición para los sacerdotes y me maravillé ante 1as puertas, mesas y candelabros de oro macizo. Sólo en aquella habitación había lo suficiente para el rescate de un rey, y todo amasado con el sudor de miles de peregrinos que pagaban fielmente sus diezmos con la esperanza de obtener la salvación.
En el Patio de los Gentiles mis pasos me llevaron ante los tenderetes de aguardiente, y vi a mi amigo de nariz ganchuda que seguía fanfarroneando acerca de sus mercancías. Casi al mismo tiempo advirtió él mi presencia.
—Tienes muchos negocios aquí —me dijo con aire burlón. No mas que tu.
Se frotó aquellas manos tan sucias.
—Bien dicho.
—Luego, mirando en torno furtivamente, y satisfecho de que nadie podía oírnos, Joshua-bar-Abbás dijo en tono ronco—.
Buen trabajo; déjales que sigan tratando de averiguar algo, pero no les digas nada.
—No tengo nada que decir —dije—, como tú tampoco. y supongo que todas estas conversaciones son confidenciales.
—Supones bien —y señalaba con aire dramático al alto monte apenas visible sobre el muro occidental del Templo—. De otro modo —y en su risa no había alegría— estaríamos colgando cabeza abajo de un árbol del Calvario.
—Tal vez llegue a suceder eso —dije con toda intención— si no nos mordemos la lengua.
—Mis ojos recorrieron la plaza del mercado, desde los cambistas que hacían sonar las monedas hasta los que discutían y se peleaban por unas mercancías indudablemente de muy poco valor, a no ser como simples recuerdos.
En el rostro astuto de bar-Abbás se reflejaba la preocupación.
—¿Qué ocurre, Judas? ¿Estás enfermo?
—No. Tan sólo estaba pensando.
Se acercó más a mí, y su aliento asqueroso me revolvió el estómago. Representaba muy bien su papel.
—Deben haber sido pensamientos muy amargos.
—Pensaba en lo que dijiste de fabricar un Mesías.
—Pero ya lo tenemos, Judas. Tú también lo crees. Le estudié estrechamente.
—¿Lo crees tú?
Inspiró lentamente, y luego dejó salir el aire con una risa.
—Mientras lo crea el pueblo, ¿qué importa?

6 - El taumaturgo

La fama del Mesías ya le precedía. Sólo cincuenta habían sido invitados a la boda, pero habían aparecido unos doscientos, ostensiblemente para honrar a los novios, pero en realidad para echar una mirada al profeta surgido de Galilea.
Simón el Zelote y yo tuvimos que luchar para abrirnos paso hasta el interior de la casa. Era un poco mejor que la acostumbrada choza de barro con techo de paja, pues el padre de la novia, Efraín-bar-Anaim era el pescador más rico de toda Galilea.
Encontré a Andrés y a Simón al entrar. Estaban hablando con dos hombres a los que yo jamás había visto, de mi edad poco más o menos o quizás algo más jóvenes. Los hermanos nos saludaron como si fuéramos viejos amigos. Nos detuvimos un momento buscando en vano al Maestro, luego nos acercamos a saludar a sus discípulos.
Me aguardaba una sorpresa.
—Con estos dos —dijo Simón indicando a los desconocidos— ya somos seis los discípulos.
Felipe y Nataniel eran hombres de aspecto corriente, vestidos sin distinción. No vi rasgos característicos. Provenían de Betsaida, como Simón y Andrés, y también eran pescadores. Nataniel se había convertido cuando Jesús le dijera que le había visto bajo una higuera mucho antes de conocerle. Este destello de clarividencia le había vencido por completo lo cual vino a recordarme la historia de los peces de Simón-bar-Jona.
¿Por qué por detalles tan nimios entregaban su vida a Dios estos simples galileos?
—y ¿quiénes son los otros discípulos? —pregunté con cierto dolor.
—Juan y su hermano Jaime, que fueron llamados el día en que Jesús bajó de la montaña.
Mis ojos seguían registrando la multitud en busca del hombre cuyo carisma me había hecho venir hasta esta tierra árida.
Andrés se puso serenamente a nuestra disposición. Me indicó una larga mesa sobrecargada de magníficos alimentos de todas clases. Por un instante habría podido creer que estábamos en casa del sumo sacerdote, o de algún dignatario de Judea, y no de un pescador de Galilea. Saboreé una variedad de carnes y caza, de pescado relleno, todo aderezado —según el característico entre los judíos— con salsa de cebollas, y un vino rojo excelente para ser de Galilea.
—¿Es correcto tomar un refrigerio antes de la misma fiesta? —pregunté.
—Muchos invitados han recorrido un largo camino, y se ha pensado que la mejor hospitalidad consistiría en atender a sus necesidades a fin de que se unieran a la alegría general sin tener que preocuparse por el estómago vacío y la garganta seca.
El orgulloso padre era pariente de Andrés, lo que tal vez explicaba la presencia del Maestro.
—y ¿dónde está él? —preguntó, sin dejar de mirar en torno.
—En el atrio, con su madre y sus hermanos.
—¿Hermanos?
—No sé por qué me había parecido un hombre carente de familia.
—Juan, Simón, Judá y Jaime son rea1mente sus primos, pero el padre de Jesús se cuidó de ellos cuando quedaron sin padre .
—¿Y la madre del Maestro?
—María es una de las maravillas de nuestro tiempo. No parece mayor que él; fácilmente se les tomaría por hermanos.
—Entonces ¿tanto parecido hay?
—No en los rasgos, aunque sí quizás en el esplendor de su sonrisa. Pero juzga por ti mismo.
Una mujer de aire juvenil, de una belleza casi etérea, había cruzado la puerta y parecía buscar a alguien. Iba vestida con una sencilla túnica blanca que le caía hasta los pies, y llevaba un broche de oro muy sencillo en torno de su cuello de cisne. Sus cabellos eran castaños y 1os llevaba recogidos sobre el cuello, como convenía a una matrona. Sus ojos eran oscuros y penetrantes, sin embargo tenían una dulzura que llenaba todo su rostro.
Se movía graciosamente, y casi parecía deslizarse en nuestra dirección.
—¿Le habéis visto? —preguntó.
Era casi como si hubiera una conspiración general para evitar su nombre, como si tal familiaridad fuese presunción incluso por parte de la madre.
—¿Hay algún problema? —preguntó Andrés a su vez.
—Debido a tantos huéspedes inesperados, Efraín está preocupado por si falta vino.
Me pregunté qué tendría que ver eso con Jesús. Pocas veces bebía y desde luego, no llevaba vino con él. Pero tal vez los discípulos —hubieran traído a1go de vino como regalo. Esto no era raro.
Andrés la trataba con extrema deferencia.
—Permíteme que te lleve hasta él —dijo, y me indicó también que le siguiera.
Nos abrimos paso entre la gente, pues todos se retiraban ante la figura majestuosa de Andrés. No vi a Jesús al principio, ya que un grupo de gentes le ocultaba.
—Allá donde veas una multitud —murmuró Andrés estará el Maestro en su centro.
Estaba semirreclinado en un sofá, contando una historia, cuando Andrés captó su atención.
Más allá de Andrés, Jesús vio a su madre, y una sonrisa iluminó su rostro. Ella se le acercó y le besó ligeramente en la frente. Se puso de pie y la abrazó.
—Mujer —dijo cariñosamente—, ¿qué tengo yo que ver contigo en este momento?
Pensé que ese saludo era un poco duro, si bien suavizado por su sonrisa. Y de pronto recordé que, en Galilea, mujer era una palabra de afecto.
—No tienen vino —dijo ella como si eso lo explicara todo. Mientras yo me preguntaba por qué venía a molestarle con este detalle sin importancia, él miró más allá de la puerta donde se apretujaban los invitados.
—Has hecho bien en venir a mí, ya que con toda seguridad es mi presencia 1a que ha atraído a tantos dando como resultado la escasez de vino.
Efraín había oído la conversación y, como buen anfitrión, protestó de que Jesús se preocupara por ese detalle.
—Tú, señor, eres nuestro huésped honrado. Jesús rechazó sus objeciones.
—Llama a tus servidores —dijo en tono de mando.
Cuando éstos acudieron corriendo, Jesús les preguntó cuántas tinajas de piedra tenían disponibles para el ritual de la purificación, parte importante de la ceremonia de la boda.
Tras alguna vacilación contestaron:
—Hay seis, y cada una contiene unos cuarenta litros.
—Llenadlas de agua y mostrádmelas. De nuevo vacilaron los servidores mirando indecisos a su amo.
Antes de que éste pudiera asentir siquiera, la madre de Jesús dijo serenamente:
—Haced lo que él os diga.
Jesús se fue tras ellos a la habitación donde estaban las tinajas.
—Llenadlas basta el borde —ordenó.
Hizo un movimiento con sus manos y susurró algo pero en voz tan baja que nadie pudo distinguir las palabras.
—Ahora —dijo— sacad de ellas y llevadlo al maestresala y que él se lo dé a los invitados.
Mis ojos se abrieron de par en par al contemplar el líquido rojo y brillante que caía en los jarros de barro. Los sirvientes sentíanse casi aterrados por la transformación que presenciaban mientras nuestro anfitrión palidecía hasta que su rostro quedó cerúleo.
Pero yo veía tan sólo la sonrisa de satisfacción en el rostro de María y la única preocupación de Andrés era que Jesús se hubiera agotado con esta tarea.
—¿Te gustaría descansar de nuevo? —preguntó.
—Ahora ese momento de los novios, Andrés. Mi hora no ha llegado todavía.
Precedimos a Jesús hasta una gran sala donde iba a realizarse la ceremonia. Yo aún me sentía dominado por una impresión confusa de irrealidad y tenía más curiosidad por el vino que por los que iban a casarse.
Observé al maestresala un hombre grande de rostro rojizo que entregaba los vasos llenos de líquido a los invitados sedientos.
—Bendito sea el creador del fruto de estos árboles —gritaron éstos, y de nuevo me maravillé pues ése era el brindis que se hacía cuando el vino no estaba adulterado con agua.
De haber notado algo de agua en él, el brindis habría sido:
—Bendito sea el autor del fruto de la vid.
Efraín, agitando incrédulo la cabeza se sirvió varios vasos del líquido como para ahogar la impresión de lo sucedido ante sus ojos. También yo bebí un trago y degusté lentamente el vino. Era exquisito, con un bouquet como jamás había probado antes. Y así brindé con los otros por la pareja, pensando al mismo tiempo cuán indignos eran de ser las figuras centrales de un acontecimiento semejante.
El novio, un joven de rostro granujiento se inclinaba hada la novia, una tonta de ojos dulces que trataba de parecer modesta cuando ya temblaba de gozo a la idea de lo que la esperaba muy pronto. Era otra Raquel sin duda.
El maestresala de la sala propuso un brindis por la pareja y entonces, bebiendo de su copa, se volvió sonriente Efraín con una mirada de gratitud.
—Todos sirven primero el vino bueno —dijo— y luego, cuando los invitados están ya bebidos y no saben distinguir el bueno del malo, sirven el peor, pensando que no serán capaces de advertir diferencia. Pero tú, Efraín, has guardado hasta ahora el vino mejor.
Los ojos de Simón el Zelote estaban tan atónitos como los míos.
—Con seguridad que debe ser el Mesías —susurró reverentemente.
Ya era el momento de que continuara la boda. El vino, cosa extraña: se había servido en jarros transparentes, como es tradicional con el agua, y de las tinajas que quedaban destapadas. Efraín, como declaraba su nombre, era de la tribu de Efraín, y cumplía la ley al menos al honrar a su hija virgen.
Jesús parecía disfrutar de la ceremonia.
El rabino de la localidad, con el pequeño casquete, murmuró las palabras tradicionales de la unión hasta la muerte. Entonces se rompió el vaso ritual que significaba el principio de una nueva vida juntos. Se intercambiaron los solemnes juramentos de fidelidad a la sombra del velo nupcial. Hubo muchos besos y abrazos, y las lágrimas habituales en esos casos y luego la novia, con gran aplomo, fue llevada en triunfo desde la casa y por la calle, sobre una silla, hasta la casa vecina que Efraín había regalado a la pareja como dote.
—¡Hosanna! ¡Hosanna! —gritó la gente con animación.
Nadie estaba más satisfecho que Efraín, ni siquiera los recién casados, que intentaban ocultar sus sonrisas lascivas tras una fachada de inocencia. Sonreí para mis adentros.
Qué feliz debía ser Efraín. En realidad valía la pena todo cuanto había dado y más, por librarse de una hija.
Al mismo tiempo comprendí por qué Jesús nos había hecho ir a Caná. Todas las dudas que yo pudiera haber tenido habían desaparecido con el vino.
—Ahora comprendo —dije a Andrés—. Juan el Bautista bautizaba con agua, pero Jesús bautiza con un agua viva, que es, el vino de la vida.
Andrés sonrió.
—Lo que él desea es el agua viva con la que el hombre es purificado. El mundo no tiene secretos para él. Pues, a través de su Padre en los cielos, él comprende las leyes de toda la creación que han sido universales desde el primer hombre.
Nos quedamos después de la boda. Jesús deseaba intercambiar unas palabras con los amigos que habían venido para conocer a un profeta de su propia religión. En su mayor parte eran galileos de aire sencillo, a juzgar por su acento. Yo me había sentido aliviado al no ver fariseos ni saduceos en e1 grupo. Y de pronto, con cierto sobresalto, mis ojos vinieron a caer en el rostro familiar de un fariseo piadoso al que conocía como amigo de mi padre. Habían servido juntos ,en el Sanedrín y con Gamaliel y Nicodemo, eran el núcleo del partido liberal que soñaba con la redención de Ismael al advenimiento del Mesías.
Estaba de pie en un ángulo oscuro de la habitación, los ojos clavados ,en el Maestro. Había cierto aire de ternura en su rostro alargado y melancólico, y los ojos oscuros se habían suavizado en una mirada anhelante.
Al observar su expresión comprendí que Jesús nada tenía que temer. En los ojos de aquel hombre veía yo los mismos deseos que llenaban mi corazón. Sin embargo me hizo pensar el hecho de que un miembro prominente del Sanedrín se hubiera tomado la molestia de averiguar el paradero del Maestro para seguirle hasta esta casa.
Inclinándome profundamente me dirigí a él con la deferencia debida a un anciano distinguido de Israel, y que además no era saduceo.
—José de Arimatea, ¿qué te trae a esta humilde morada?
Sus ojos parpadearon de enojo, que se disipó al reconocerme.
—No estoy aquí por mi cargo oficial, ni deseo ser reconocido.
—Como quieras, señor.
—y tu ¿qué haces aquí?
Señalé al pequeño círculo que rodeaba al Maestro.
—Yo le sigo.
—Haces bien —dijo José de Arimatea—, pues él es la luz de Israel y la esperanza del mundo.
Nos habíamos alejado de la gente y ahora estábamos solos.
—Te hablo con franqueza no sólo por ser el hijo de Simón, sino porque sé de tu interés a través de Gamaliel. Debes conocer al que sigues, sin escuchar palabras vanas.
—Le conozco —dije—. Le he visto curar a los enfermos y transformar el agua en vino.
Agitó la mano en gesto de rechazo.
Eso no es nada. Lo que sí importa es que se trata del enviado de Dios en cumplimiento de la antigua profecía. Soñé con él antes de que naciera, y en esa visión Dios me reveló que no moriría hasta que él se presentara.
—¿Y ahora le has visto? Sonrió con benignidad.
—¡Oh!, le vi por primera vez en el pesebre de Belén, cuando seguí la gloriosa estrella que anunció su nacimiento. Y esto no fue todo, pues con mis propios ojos vi las dos humildes bestias de carga que simbolizaron su nacimiento.
—Alzó un dedo y su voz se hizo baja y misteriosa.
—El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo. Incluso aquellos animales parecían saber que formaban parte de un gran acontecimiento.
—Pero ¿no había nadie allí que asistiera a la madre en su nacimiento?
—Su marido José le ayudó, pero Dios permitió que el niño naciera sin dolor.
—Sin embargo —pregunté—, ¿por qué estaban en el pesebre?
—Tal fue la profecía del buey y el asno —dijo— aunque indudablemente no había habitación en la posada, pues muchos habían venido a empadronarse en el lugar de su nacimiento.
Por tanto, ¿también José era de Judea?
—De la Casa de David, como María.
—¿Hubo alguien más allí?
—Los tres sabios, que eran astrólogos, familiarizados con las conjunciones peculiares que anunciaban su nacimiento, también habían seguido la estrella gloriosa, y llegaron poco después que yo. Pero no se demoraron en partir pues temían que Herodes el Grande les descubriera y destruyera al niño del que decía la profecía que crecería y llegaría a ser el Rey de Reyes.
Gaspar, Melchor y Baltasar habían mirado en la cuna fabricada por el artesano y se habían quedado convencidos de que éste era el niño Prometido en las Escrituras. y Gaspar, arrodillándose a orar, había murmurado solemnemente: —Surgirá una estrella de Jacob, y un cetro surgirá en Israel.
José de Arimatea había ayudado al matrimonio. Les llevó comida y cuántas cosas necesitaron y fue con ellos al Templo de Jerusalén al octavo día, cuando el infante fue iniciado en la fe con el sacrificio de las dos tórtolas. Las lágrimas llenaban ahora los ojos del viejo.
—Yo mismo. sostuve al infante en mis brazos y ayudé en la ceremonia. Y bendije al Señor por este gran privilegio y le dije que ahora ya podía dejar ir a su humilde siervo en paz, pues mis ojos habían visto la salvación que él había dispuesto ante todo el pueblo.
—Suspiró—. Pero una voz me dijo que mi misión aún no estaba completa, no hasta que de nuevo hubiera presenciado su nacimiento.
Le miré con suspicacia. ¿Habría estado escuchando a un viejo chiflado, que había perdido ya el buen juicio?
Sonrió sarcástico.
—¿Nunca has oído voces, Judas-bar-Simón?
Agité la cabeza y luego, con sobresalto, recordé la voz que dijera que el Cedrón correría rojo con la sangre del hombre.
—Sí —dije secamente—, he oído voces.
En aquel acontecimiento tan importante había habido alguien más presente, de forma inesperada: Ana, la profetisa de Jericó, de la que se sabía muy poco. Era una vieja desdentada, de mirada maliciosa, y su presencia hizo que incluso José de Arimatea se sintiera incómodo.
Sin embargo María ,no protestó cuando ella cogió al pequeño en sus manos callosas y miro aquel rostro inocente.
—Este es —dijo penosamente— Doy testimonio de esto ante las fuerzas de la oscuridad y de la luz, pues ambas actuarán antes del fin. No habrá en Israel un Rey más grande que él, pero su reino será universal y no reinará hasta que se haya ido.
Sólo María pareció comprender, pues asintió y luego cerró los ojos como para alejar el pensamiento de su mente.
José de Arimatea hizo un movimiento como si deseara apartar a la mujer, pero María le detuvo con suavidad.
—y ¿cuánto tiempo le tendré? —preguntó suavemente. El rostro ge la vieja se arrugó en su concentración.
—Estará contigo hasta que un nuevo tirano gobierne en Israel, uno que será recordado únicamente por este niño.
—Su rostro suavizó y, al transformarse así, pareció casi hermosa— Bendita seas, María, pues tú estarás en el principio y en el fin, y a ambos los conocerás en lo que son. Más que nadie me había intrigado esa Ana. Pues parecía insinuar grandes cosas, aunque sin duda algunas serían simplemente conjuros de hechicera.
—¿Qué quiso decir con eso de que su reino no empezaría hasta que él se hubiera ido?
José de Arimatea se encogió impaciente de hombros.
—Yo no podía perder el tiempo con charlatanas. Para mí bastaba con que el niño hubiera nacido.
Todavía no me había dicho por qué estaba aquí en Caná.
—He venido a ver a su madre —dijo—. Estamos muy unidos y nos consolamos mutuamente.
—¿Y hablarás con él antes de marcharte?
—No es necesario: Él ya me ve aquí y sabe que soy devoto de su familia. Y estaré allí también cuando él esté dispuesto, como lo estarás tú, Judas.
Le miré intensamente.
—¿Qué sabes de mi misión?
—Sólo lo que sabe él.
Era molesto haberse de enfrentar constantemente con estos pequeños enigmas, pero José de Arimatea se había alejado y, con un gesto de despedida, había cruzado ya la puerta.
De nuevo tuve la sospecha de que los principales fariseos estaban intrigados por Jesús y rogaban por que la búsqueda del Mesías por parte de Israel, se realizara al fin en este carpintero de Gali1ea. Gamalie1, Nicodemo, José de Arimatea, todos hombres santos y buenos y con influencia en el Sanedrín, presagiaban un fuerte apoyo si se llegaba a una votación. Pero ¿cómo se ,podía votar por un Mesías? Era un absurdo al que sólo tratarían de recurrir los saduceos para ganarse el favor de Roma.
El encuentro con José me había hecho recordar el tiempo en que este gran mercader visitaba nuestra casa como si fuera la suya. Mi padre dejaba de lado todo cuanto estuviera haciendo tan pronto venía este judío piadoso a presentarle sus respetos. Pocas veces hablaban de negocios, a no ser para comentar la carga terrible de los impuestos.
—Pagamos el pan y el circo de Roma —recuerdo que decía mi padre— en favor de esos demasiado vagos para hacer una jornada de trabajo honrado.
—Sí-contestaba José—. Los romanos tratan de mantener acalladas a las masas con las carreras y los gladiadores, y con el trigo gratis, pero un día exigirán más.
Sin embargo los dos solían hablar con frecuencia de otros asuntos. De labios de José oí la primera mención del Mesías.
Mi padre le escuchaba intensamente, pero se veía claro que no estaba convencido.
—No se le conocerá cuando aparezca —decía José recordando a los Profetas.
—En eso estoy de acuerdo —respondía mi padre amablemente.
—Yo le he visto con mis propios ojos. Su madre era joven, apenas catorce años, y virgen. Su padre adoptivo, José, un simple carpintero de Galilea. Pero ambos eran de la Casa de David, como anunciaron los Profetas. Mi padre me pasaba la mano por los cabellos.
—También lo es mi Judas, de seis años. ¿Le llamarías tú el Ungido?
Los sabios sí le conocieron, pues habían sabido la buena nueva por los propios ángeles de Dios, aparte la estrella. No sintieron dudas, desprecio, ni temor. Así se acercan a su Dios los verdaderos sabios.
—Pero, entonces ¿dónde está él, ese Mesías tuyo?—se burlaba mi padre—. ¿El hijo de una virgen?
—Ahora tendrá unos doce años, y estará preparándose para el ministerio que un día hará temblar al mundo.
—¿De qué mundo hablas, José de Arimatea?
Aunque yo no era lo bastante mayor para tener idea de la inmensidad del Imperio, su respuesta me dejó emocionado.
—El mundo romano, mi querido amigo. Su venida agitará el Imperio en sus mismos fundamentos.
Con tantos comentarios sobre visiones y voces, profecías y premoniciones, no era sorprendente que el Mesías se materializara en la mente de los hombres y la aceptación del pueblo, como insinuaba Gestas y Dimas, era quizás incluso más importante que la realidad.
La carrera pública de Jesús apenas había empezado, sin embargo una multitud de adoradores surgía misteriosamente dondequiera que fuese. Por supuesto, se daba por sentado que las historias de sus prodigios —como la transformación del agua en vino— vendrían a acrecentar su fama. Al ver a los invitados apiñándose en torno de él, ansiosos de tocarle y de oírle, jamás me sentí más seguro de que él era el Prometido.
—Una palabra suya —dije— y el pueblo se alzará en armas contra Roma.
Andrés me miró solemnemente.
—¿Por eso le sigues?
—¿No es razón suficiente?
—No es nuestra razón.
—Pero ¿no es suficiente que sea el Mesías?
—Nosotros no somos tan osados como para dictarle su misión al mensajero.
—Ni yo tampoco, ,pero ¿está mal suponer que el Libertador de Israe1 ha de liberarle?
Cruzábamos ahora la habitación hacia el diván donde Jesús se hallaba semirreclinado. Simón-bar-Jona y los demás discípulos le rodeaban protectoramente para impedir que nadie le tocara.
—Porque eso le roba su energía universal —susurró Andrés. Medité en ello un instante.
—¿Es así como cura y transforma el agua?
—Todo lo hace con la ayuda de Dios.
—Pero algo tiene lugar en —él, y en la atmósfera; tiene que haber una relación de alguna clase para que se realicen esas maravillas.
Jesús había alzado la vista al acercarnos.
Ah!, aquí está nuestro amigo Judas. Ven con nosotros a Betsaida y así nuestro grupo estará completo.
Yo envidiaba su intimidad con los discípulos, y de nuevo experimenté el anhelo de ser uno de ellos. pero sabía que era él el que había de llamarme.
—Te seguiré a todas partes —dije. Él se había vuelto a Andrés.
—Cuídate de que Judas disponga de alojamiento en
Betsaida. Tenemos mucho que hacer, y muy poco, tiempo.
Se levantó con presteza y la multitud le abrió paso. Muchos se ,inclinaron reverentemente y un murmullo excitado le siguió incluso en su recorrido por la calle, donde a1gunos campesinos alzaron el grito: «¡Hosanna al Hijo de David!», y otros, mirando primero en torno cuidadosamente, añadieron: «¡Hosanna al Rey de Israel!». .
Frunció él el ceño, lo que no me extrañó, pues ¿quién sabía por dónde andarían ocultos los espías de Roma o del Sanedrín? ~
Miré a Andrés para ver cómo aceptaba él este tributo.
—No soy el único que le ve como nuestro Libertador —dije.
—Es cierto —contestó—, pero los que le seguimos lo hacemos únicamente porque creemos en él. Eso es a1go que tú y Simón el Zelote debéis estar dispuestos a aceptar.
—Simón?'
—Sí; él representa una facción importante del pueblo.
Betsaida no era mas de lo que yo había esperado, otro pobre pueblo de pescadores galileos, con simples gentes allá donde íbamos. Los ciudadanos más prósperos eran Jona, el padre de Andrés y Simón, y Zebedeo, el padre de Jaime y Juan. No sólo poseían varias barcas de pesca sino un mercado para el pescado fresco y una planta de secado. Todo el pueblo olía a pescado, pero estas buenas criaturas de rostro saludable y' cuerpo recio ni siquiera se daban cuenta del olor.
Andrés había dispuesto que Simón el Zelote, Leví el publicano y yo, nos quedáramos unos días en casa de Zebedeo, y debo admitir que la suya era una familia amable y generosa, aunque el joven Juan parecía mirarme con cierto recelo, sin razón alguna en absoluto. Después que los hermanos bajaran de la montaña con Simón-bar-Jona habían sido llamados como discípulos y bautizados por Simón, que fuera a ,su vez bautizado por el Bautista, junto con Andrés, muy poco tiempo antes.
Aunque todos eran pescadores, ya no echaban las redes en el Mar' de Genezaret, que era llamado popularmente el Mar de Galilea. Sobre la mesa de [a cena, cubierta con una docena de distintas clases de pescado y verduras, el hermoso Juan, casi demasiado guapo para ser un chico, nos contó con regocijo la sorpresa de Simón ,al oír decir a Jesús que ahora sería pescador de hombres. .
—¿Quieres decir —había preguntado Simón con los ojos de par en par— que ahora ya no puedo echar la red con mi padre? '.
—Sólo si hay un hombre en ella —había contestado Jesús con una sonrisa. .
Ya más en serio Juan describió cómo los hijos de Zebedeo habían estado todo el día de pesca. con su gente sin coger nada en las redes hasta que Jesús, hablando desde la costa, les indicó cierto lugar donde las olas formaban, una cresta.
—Allí encontraréis más peces de los que podréis coger.
—Pero ya hemos ,pescado allí antes: y volvimos con las redes vacías.
—Echadlas de nuevo.
Juan reía como un niño al recordar el asombro de Pedro ante las redes llenísimas que sacaron, tan rebosantes, de peces que las redes se rompían y la pesca volvía a caer al mar.
—Desde luego eso convenció plenamente a Simón-bar-Jona —dijo.
Esa historia no me interesaba.
Estuvisteis en las montañas mucho tiempo —dije, cambiando de tema.
—Algunos días —contestó Juan sin comprometerse:— y luego Jesús pasó algún tiempo curando a los enfermos en su camino desde él desierto hasta su casa de Nazaret.
Como yo había supuesto, Andrés había dispuesto, los arreglos para la detención en Caná.
Mi curiosidad ante la visita a los montes de Moab se había acrecentado con la evasividad de Juan, pues eso me forzaba a creer que algo muy importante había sucedido allí.
—Ese viaje a la montaña ¿fue algo semejante a la experiencia de Moisés en el Sinaí? —pregunté con toda la indiferencia que pude.
Juan y su hermano cruzaron una mirada.
—Nada podemos decir de ello —dijo Jaime.
Por un momento me sentí excluido, luego, fon un encogimiento de hombros, rechacé el tema sin darle más importancia.
Al día siguiente habíamos de reunirnos con Jesús en. casa de Jona.
—Será agradable hablar con un hombre sin secretos —dije. Esta fue la ocasión en que Salomé, esposa de Zebedeo, dijo con delta irritabilidad:
—Y ¿por qué no se queda aquí Jesús, en nuestra casa? ¿No es bastante buena para él, después de todos estos años?
Zebedeo, hombre de buen carácter, respondió con una sonrisa:
—Vamos, madre, que él tiene sus razones. La suegra de Pedro está con fiebre, y Jesús deseaba curada.
—¿y la ha curado?
—Pues claro —respondió Zebedeo—. Le tocó sencillamente la mano y la fiebre la dejó, y ella se levantó y les preparó la cena, tan aliviada se sentía.
Había curado también a muchos otros a quienes Andrés les indicara que se presentasen allí, y uno de ellos le atacó antes de que él pudiera arrojar al diablo que le poseía. Y un leproso, a quien se le prohibía la relación con la comunidad, quedó libre de toda postilla y costra cuando Jesús le pasó la mano por el rostro desfigurado.
Leví el publicano había escuchado con aire de asombro.
—Todo esto se ha hecho —dijo— para que se cumpliera lo que dijo Isaías: «Él nos libró de nuestras enfermedades» .
Salomé le miró y rió burlonamente.
—¡No pretenderás decir que este muchacho del pueblo es el Mesías! ¡Qué absurdo!
Sus hijos la desafiaron con los ojos.
—De acuerdo —continuó ella—. Sé que su madre tuvo una visión, pero muchas madres tienen visiones a propósito de sus hijos. Eso no prueba nada.
—Un día irás a él de rodillas, madre, y te alegrarás de saber que es el enviado de Dios. Ojalá pudiera decirte lo que Jaime y yo vimos en esa montaña!
—Muy bien, Juan —y le besó en la frente—, me temo que sólo siento el resentimiento natural en una madre de que mis hijos dejen su hogar y su derecho a crear una familia propia para seguir en su camino inseguro a un líder que os llevará sólo Dios sabe dónde.
Llevaba ya un rato queriendo hacer esta pregunta:
—¿Cómo es que ese Simón-bar-Jona es discípulo, si éstos no deben tener ni esposa ni hijos?
—Muy bien preguntado —intervino Salomé—. ,Pero Simón, como Andrés, deja a su esposa e hijo para que se los cuiden Jona y su esposa. Se diría que él sólo elige a los solteros.
Jaime y Juan protestaron al unísono.
—Pero, madre —añadió Juan—, cada discípulo tiene algo especial que Jesús ve en él. "
Gruñó ella con, desdén.
—Soy galilea de pura raza, pero ¿desde cuándo tiene esta remota región el monopolio de los genios de Israel? No discutas este asunto con nadie de Judea a quien te encuentres en el camino.
A pesar de nosotros mismos ,nos echamos a reír, y así se alivió la tensión.
—¡d ahora —dijo ella— a reuniros con vuestro Salvador. Y pedidle que repare el banco que hizo en una ocasión para esta casa. Se le ha caído una de las patas. Espero que esto no tenga un significado especial, pues sé que dice parábolas con menos motivo que éste.
Zebedeo agitó la cabeza cansadamente y luego alzó su voz hasta tal punto que todos comprendimos por qué le llamaban el Trueno.
—Mujer, cállate ya! Tus hijos van a servir a Dios. Cualquier tonto puede ver que Jesús no es un hombre corriente, aunque no hiciera nada más que caminar por esta comunidad sin alzar la mano para curar, a los enfermos y bendecirlos a todos.
Ella cerró los ojos.
—De acuerdo.,—dijo con un suspiro—. Me despediré con muchas lágrimas de los hijos de mis entrañas.
Yo no sabía qué esperar cuando entramos silenciosamente en casa de Jona y un criado nos condujo hasta una habitación del piso superior. Allí nos recibieron Andrés v Simón-bar-Jona, que ahora era conocido como Pedro desde que Juan le bautizara. Jesús estaba sentado en el centro, sobre un amplio cojín, y sus ojos penetrantes nos dieron la bienvenida El todos.
—A cada uno de vosotros os he llamado por una razón, que tal vez no sea aparente hasta vuestro último aliento. y entonces conoceréis la eternidad, pues sois los Elegidos de Dios. Recordad bien esto, por muy despectivamente que os mire e! mundo. Que para el juicio vine yo a este mundo, para que el que no ve pueda ver, y el que cree ver quede en su ceguera.
Sus palabras caían rápidamente, como los golpes de una espada.
—Seis de vosotros habéis sido bendecidos ya con el agua viva, y ahora los seis restantes serán rociados con el agua de una nueva vida por Simón-bar-Jona y Andrés, pues yo no bautizo después de Juan.
Pude ver que los otros se sentían tan excitados como yo. Sus rostros estaban pálidos pero había una mirada de exaltación en sus ojos.
—Primero —dijo Jesús metiendo la mano en e! agua— dejadme que os bendiga con el Espíritu Santo que os hace uno con Dios, y con el corazón deseoso de ayudar a la humanidad.
Temblé ahora pensando lo indigno que era. El recuerdo de Raquel y de mi madre se mezclaba con los recuerdos de mi infancia, de José de Arimatea, Nicodemo, Joshua-bar-Abas, Gestas y Dimas, Anás y Caifás, Gamaliel… todos acudían en tropel a mi mente.
Andrés hizo que Leví se adelantara y Simón-bar-Jona, con una grandeza que jamás había esperado en él, le roció ligeramente con agua. Sin embargo Jesús, aunque él no bautizaba, seguía dominando la ceremonia.
—Leví el publicano —dijo Jesús—, te doy el nombre de Mateo. Yo te saqué de tu cargo y tú eres realmente, como indica tu nombre, un don del Señor. Tu nombre estará unido al mío mientras el nombre de Dios se recuerde en esta tierra.
Simón el Zelote venía a continuación y, mientras recibía el agua, Jesús dijo solemnemente:
—Un hijo orgulloso de Galilea que representa a los zelotes en su lucha por librar al país del invasor. Sigue siendo tan gran guerrero, Simón, por una causa aún más importante.
Cuando yo me preguntaba qué causa podía ser más importante que la liberación de Israel, sus ojos miraron cariñosamente a los dos fuertes galileos que indudablemente eran gemelos.
—Jaime y Judas —llamó—, hijos de María de Alfeo, que representan el recuerdo constante de que ningún lazo familiar es tan significativo como los dedicados a Dios. Vosotros, que erais mis primos, estáis unidos ahora a mí por unos lazos más íntimos, que los de la sangre.
El siguiente era Dídifo al que llamó Tomás, que— también significa gemelo. .
—Lograrás la gloria por dejar tus dudas, y tu propio hermano, por una causa dudosa. y aunque tus 'dudas volverán, la fe te redimirá.
—Judas —Di un salto al oír su llamada—. Un hombre orgulloso de Judea, y de una casa orgullosa. Tú te sentaras a mi derecha y, según los misteriosos designios del Señor, servirás a tu propio modo para establecer la verdad viva de la vida eterna.
—Dondequiera que se mencione el nombre de Jesucristo se añadirá el tuyo casi en el mismo aliento —dijo—. Pues, aunque has sido el duodécimo en ser llamado, tu fama no será la menor. Actuarás como nuestro tesorero, y tendrás los cordones de Ira bolsa, pues sólo un hombre de Judea, y versado en las propiedades de su padre, puede manejar bien nuestros asuntos para que logremos mantener unidos cuerpo y alma mientras servimos a los pobres.
Sus ojos retuvieron mi mirada y aquel amado rostro se suavizó por un instante.
—Tú, Judas, serás el primero que recorra las aldeas con Mateo, antes Leví, y llevaréis mi palabra y curaréis en mi nombre. Recordad que vuestro poder viene del Padre a través de su Hijo. Pues todas las cosas me son dadas por mi, Padre. y nadie sabe quién es verdaderamente el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revele.
Yo no tenía la sensación de que su poder se trasladara a mí. ¿Cómo podría reconstruir el cuerpo de un leproso, o enderezar una mano afligida con perlesía?
Por lo visto él había leído mi mente.
—Digo esto á los Doce, a todos los cuales amo por igual: que con fe en el Padre podéis hacer lo que el Hijo os ha enseñado.
Casi me sentí desnudo en mi impotencia.
—¿Cómo nos mantendremos?
—Hablas como un auténtico creyente —su sonrisa "era sarcástica—. Pregunta a las aves y las mariposas, y a los lirios del campo que no siembran ni hilan. Dios se cuida de ellos, como lo hará de vosotros. No os preocupéis tanto de vuestros bienes terrenales ni de los pensamientos mundanos; seguid adelante como delegados del Señor, pues eso sois, y abrazad al mundo con el amor de Dios en el corazón.
También Mateo estaba confuso.
—y ¿cuándo comienzo mi tarea de conservar por escrito este ministerio para los que nos sigan?
—Ya has empezado, pues tu mente guarda cuidadosamente todas las palabras oídas hoy aquí, y las actividades en Betabava y Caná, e incluso en la montaña, donde no estuviste.
Mateo seguía dudando.
—¿Puedo detenerme en cualquier parte y preguntar lo que quiera acerca de la misión que Dios te ha confiado?
—Sí, incluso ir a Nazaret.
En casi todas las cosas Jesús se mostraba consciente de su herencia judía. Lo mismo que Moisés nombró doce jefes de tribu, así Jesús eligió a doce, a los que llamó Apóstoles.
—Puesto que apóstol significa enviado —dijo—, vosotros sois enviados por mí.
Éramos también discípulos, obligados el seguir sus enseñanzas, pero nuestra autoridad apostólica se basaba en la intimidad que compartíamos con él como su familia.
—A partir de ahora no os llamaré siervos, pues el siervo no tiene idea de lo que se propone su amo. Os llamaré mis amigos, pues todo lo que tengo de mi Padre os lo transmitiré. Vosotros daréis frutos dulces y frutos amargos, y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá .
A cada Apóstol se le autorizó a que nombrara cinco discípulos, y el mismo Jesús eligió el resto hasta que hubo setenta en total. Moisés había nombrado otros tantos, y este número gobernaba los anuncios del Sanedrín.
Al elegir este número ¿desafiaba Jesús la autoridad de los ancianos del Templo?
Sonrió:
—Todo nuestro ministerio, Judas, es un desafío a lo que hace el Templo.
Algunos de mis hermanos me juzgaban contencioso pero, cuando Jesús miró en torno aquellos rostros pacíficos, dijo con una sonrisa tranquilizadora.
—No he venido a traer la paz, sino a agitar el orden establecido.
Como de costumbre Simón-bar-Jona levantó la mano.
—y ¿cómo se hará eso, Maestro?
—Con la verdad, pues la verdad es la revelación de Dios, y no varía desde los tiempos del Rey David. ¿No recordáis que David dijo a Salomón: «Guarda el mandato del Señor tu Dios de caminar por sus caminos, de guardar sus estatutos y sus mandamientos, y sus juicios y su testimonio, para que prosperes en todo cuanto hagas»?
Hubo sonrisas de satisfacción entre aquellos simples galileos. Pues al comprender que seguían los pasos de Abraham y Moisés, se sentían seguros y tranquilos. A excepción de Zelote, no había ningún revolucionario en aquel grupo.
Jesús no había terminado.
—y así habló David en el día de la promesa hecha por el Señor: «Si tus ,hijos caminan de1ante de mí en verdad, con todo corazón y con toda su alma, no os faltará un hombre en el trono de Israel».
—¿Eres tú aquel, del que habló David tu padre? —pregunté.
—Yo soy —y sonrió— aquel de quien habló el Padre Celestial. Felipe reflejó el desconcierto general.
—Maestro, muéstranos al Padre y nos basta.
—Si no creéis en lo que hago, ¿cómo podéis creer en lo que hizo Moisés?
Mateo al que yo seguía viendo como Leví, se tomaba muy en serio su papel de cronista, pues estaba escribiendo en finas hojas de pergamino con el ceño fruncido.
—Si sólo vienes a redimir a Israel por la ley de Moisés, Maestro, ¿en qué se diferencia tu misión de la de Ellas,. que prohibió los dioses falsos en Israel?
El Maestro suspiró.
—No he venido a cambiar un ápice de la ley de Dios. A Dios no le importa lo que el hombre coma, ni en qué plato lo haga, mientras ese hombre le sirva amando a su prójimo como a sí mismo.
No estaba yo seguro de haber oído correctamente.
—¿No es eso una forma de egomanía condenada incluso por los griegos en su fábula del hermoso joven Narciso que se enamoró de su propia imagen y murió al no ser su amor solicitado?
—Para amarse a sí mismo, como quiere Dios, hay que estimar primero el propio ser. Uno ha de ser honrado en todas las cosas, y tratar a los demás como él desearía ser tratado, y ser sincero consigo mismo. Sin el respeto propio nadie puede exigir el respeto de los demás. Ni podrá descansar su cabeza sobre la almohada.
Pero Mateo aún no estaba satisfecho.
—Pero ¿no son los libros de Moisés supremos en Israel y para todos los tiempos?
—En aquellos asuntos en los que la voz de Dios es bien clara.
—¿Cómo distingue uno la voz de Dios de la del intérprete? Jesús sonrió.
—Ya veis que he hecho una buena elección. Su evangelio será predicado algún día incluso en Roma y será el preferido de los judíos, aunque la palabra de Juan llegará a impresionar sobremanera a los gentiles.
Juan se ruborizó a1 verse así destacado.
—Diles, Juan, lo que viste en la montaña. Eso será una respuesta para Mateo y los demás.
—Pero, Señor —interrumpió Simón-bar-Jona, tú nos dijiste que no relatáramos esa visión a nadie hasta la resurrección.
—Cierto dijo Jesús—, pero no quiero ocultaros nada a vosotros, pues el conocimiento os servirá de ayuda al hacer la obra' de Dios. .Lo que Juan, Jaime y Simón tuvieron el privilegio de saber, ahora vais a tener' el privilegio de saberlo todos.
Juan se puso de pie, su hermoso rostro de rasgos perfectamente cincelados parecía tener un brillo interior.
—Era un día glorioso —dijo—. El aire de la montaña era limpio y claro, y no había ni una nube en el cielo. Miré a Simón y a Jaime y vi que inspiraban profundamente, saboreando aquella frescura como si fuera vino. Entonces mis ojos pasaron al Maestro y le vi envuelto en una luz blanca, y su rostro brillaba como el sol. Parecía estar conversando con dos figuras de vestiduras radiantes, y hablaba con ellos como si fueran Moisés y Elías. Simón-bar-Jona, sugirió que hiciéramos un tabernáculo con hojas de palmera para cada uno de los profetas que aparecían con el Maestro. Pero, mientras Simón hablaba, una nube resplandeciente bajó del cielo y cubrió a Moisés y Eifas con su sombra, de modo que ya no les veíamos ni oíamos. y salió de la nube una voz llena de majestad que dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle.
Al oír esta voz llegada del cielo los discípulos cayeron sobre su rostro, temerosos de mirar a la nube, pues sólo Moisés y Elías habían visto el rostro de Dios, y vivido después. Pero Jesús se acercó y tocándoles dijo: "Levantaos y no temáis, pues no puede haber daño en vuestro Padre" .
»Cuando bajaron de la montaña. los discípulos miraban con temor por encima del hombro y no hablaban de la voz, sino de Moisés y Elías.
»—¿Por qué, Maestro —preguntó Pedro tembloroso—, estaban ocultos por la nube resplandeciente mientras la luz permanecía sobre ti?
»Los ojos de Jesús tenían un brillo de ironía» —Tú mismo has contestado a la pregunta, Simón-bar-Jona. Los otros se desvanecían en el pasado, mientras que el Hijo del Hombre traía la nueva luz.
»—Entonces ¿tiene precedencia tu palabra sobre la de ellos?
»—¿No oíste tú la voz que decía: "Escuchadle"? Sus mentes no estaban aún claras.
—Pero, ¿no se ha dicho que antes de que llegue el Hijo, vendrá primero Elías?
—Aquél no habría sido visto de no haber venido éste ya —contestó Jesús.
Y todos comprendieron que se refería a Juan el Bautista, que había llevado el espíritu de Elías en su carne.
Hubo un silencio general cuando Juan terminó la historia. Sólo el rasgueo de la pluma de Mateo cortaba el silencio.
Juzgué importante que Jesús definiera todo el alcance de su misión.
—Si Dios es infinito, ¿no es el Hijo infinito también? Los ojos de Jesús se Clavaron en los míos.
—Mientras haga la voluntad de Dios.
—Entonces ¿qué significa exactamente el hecho de que Dios retirara la luz de los profetas que fueron enviados para liberar a Israel?
Los ojos de Jesús repasaron lentamente toda la habitación.
—La luz de Dios ya no es sólo para Israel. Hay un nuevo profeta. y un nuevo día.

7 - La Virgen madre

Ella no se preguntó siquiera por qué estábamos allí, sino que nos ofreció serenamente unas tortas de pan de cebada, miel y vino.
—Mi hijo no está en casa —dijo con una voz tan clara como el sonido de una campana.
—Lo sé, pues venimos de Betsaida.
—Sí, está con los hijos de Jona y su familia.
Carecía por completo de disimulo y artificio. Se sentó con las manos cruzadas en el regazo, sus ojos oscuros mirando .con serenidad al mundo.
—Debes estar orgullosa de ser su madre-le dije en voz baja.
—¿Os ha enviado él a mí? —preguntó.
—No, pero me gustaría saber algo más de él.
—Mi hijo no tiene secretos.
—Se trata de su nacimiento —dije confuso—. José de Arimatea me ha dicho ,algunas cosas, pero me gustaría saber más.
Sus ojos registraron los míos y por un instante sentí como si desnudara mi alma.
—Como quieras —dijo—. Nada puede hacerle daño, ó menos que Dios quiera.
—Yo le defendería hasta la muerte. Le adoro.
Me Janzó una misteriosa sonrisa y vi compasión en sus ojos.
—¿Qué te gustaría saber?
—No comprendo que un marido se llevara a su esposa, a punto de dar a luz, a un viaje tan arduo. No es precisamente lo que prescribiría una comadrona.
—Mi marido tenía sus razones.
—Pero con seguridad que no fue por el censo, ya que sólo los varones adultos estaban obligados a empadronarse en el lugar de su nacimiento.
Sus ojos no se apartaban de los míos.
—Yo fui porque Dios así lo quiso.
—¿Para que él naciera en Belén?"" ..
Asintió, y de nuevo me maravillé ante la lozanía de su rostro, tan semejante al de una jovencita, tan virginal en realidad.
—Él nació donde había de nacer.
¿Era posible que, en el terreno de los asuntos humanos, el poderoso César Augusto, gobernante del mundo, hubiera publicado su orden de empadronamiento como el instrumento involuntario de un Dios en el que no creía y cuyos designios eran a menudo inescrutables? La idea trastornaba mi mente.
—¿Tú sabías entonces… —vacilé— a quién llevabas en tu seno?
Creí detectar una luz burlona en sus ojos, pero contestó con su serenidad inmutable:
—Tanto José como yo lo sabíamos, pues se nos había dado una visión a través de los ángeles del Señor. Como yo nunca había tenido una visión, siempre discutía las de los demás. Pero Mateo no era tan escéptico. O bien, como la mayoría de los cronistas, no deseaba profundizar demasiado por temor a estropear una buena historia, Con palabras suaves animó a la Madre a que describiera la visión tal como la recordaba.
Sonrió.
—¿Cómo olvidar la visita del Señor?
Había ocurrido por la tarde, después que recogiere los platos de la cena. José, con quien estaba desposada, leía los salmos a la luz vacilante de una lámpara. Ella se sintió de pronto algo mareada y se sentó, esperando que se le despejara la cabeza.
Al principio pensó que era un sueño. Miró a José y vio como se movían sus labios al leer. Por tanto no era un, sueño. La visión iba de blanco, y había un halo en, torno de su cabeza. Respondía exactamente a la idea que ella tenía de una visión, etérea y pura, con voz clara y una autoridad prístina, casi divina en su majestad.
—María, hija de David —dijo—, eres bendita entre las mujeres pues has hallado gracia ante Dios, y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jeshua, que luego será Jesús, que significa el salvador del Señor. Será llamado el Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre. y él reinará en .la. Casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin, pues prevalecerá incluso para los gentiles:
No tenía más de catorce años cuando vio ese espíritu, y se sintió muy. turbada. Pues aunque había estado consciente, como la "mayoría de Israel, del anhelo nacional por un Mesías, ni por un momento lo asoció consigo misma.
Había preguntado a la aparición (pues, ¿qué otra cosa podía ser?):
—¿Cómo podrá ser esto si yo no conozco varón? .
—Para Dios —fue la respuesta— nada hay imposible. El Espíritu Santo descenderá sobre ti y tú tendrás un hijo de Dios, lo mismo que Adán, antes del cual no hubo otro hombre, fue concebido del Espíritu Santo.
Abrumada por su experiencia sólo pudo murmurar:
—Me sentiré orgullosa de ser la esclava del Señor. Hágase en mí según su palabra.
Se le avisó que no se lo dijera a nadie más ,que a José, y esto sólo Cuando fuera indispensable. José era mucho mayor que ella, y se casó con María, al haber quedado ésta huérfana, para poderla llevar a casa de su madre sin que las lenguas ociosas murmuraran.
Yo había oído rumores de que José, un. hombre maduro, se había casado con ella sólo. cuando estaba ya embarazada. Pero al contemplar esta figura inocente comprendí que era falso. Sin embargo yo necesitaba saber más para refutar los ataques que sin duda surgirían de diversos puntos, especialmente del Templo.
Mateo aceptó ahora que yo siguiera preguntando.
—Entonces ¿era José su verdadero padre? —dijo.
—El único padre que conoció desde la cuna.
—Entonces ¿nació como [os demás hombres?
—Nunca ha sido como los demás hombres. Parecía divertida con mis torpes preguntas.
—Sólo estábamos desposados entonces. Pero, de acuerdo con la sagrada costumbre, él respetaba mi virtud, pues era un hombre amable.
Me hallaba tan aferrado en mis pensamientos que casi no oí la pregunta de Mateo:
—y ¿no le resultó difícil a aquel hombre sencillo dar crédito a: una visión que él no había tenido?
—José —contestó María— no era un hombre corriente. Sin embargo —y una sombra cubrió su rostro— sólo era natural que me hiciera preguntas.
Él no la repudió pero, por deferencia a su propia madre, quiso dejarla para evitar el escándalo. De modo que María había recogido todas sus pertenencias disponiéndose a marchar a la mañana siguiente a casa de sus parientes, cerca de Jerusalén.
Pero esa noche también José tuvo una visión en sueños.
—José, hijo de David —dijo el ángel—, no temas recibir en tu casa a María, hija de Abraham, tu esposa. Pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo.
Al levantarse del sueño José anunció que se casarían. y cuidarían juntos del niño. Pues también él se sentía honrado de que Dios le hubiera elegido para sus designios.
En ese tiempo, aunque María no lo sabía, su pariente babel, la esposa del sacerdote Zacarías, estaba también embarazada de un hijo que parecía haber sido concebido por voluntad de Dios, aunque no fuera hijo de Dios. Pues ambos habrán pasado con mucho la edad en que suelen concebirse los hijos. En realidad Zacarías era tan viejo que ni siquiera quiso escuchar al ángel que le llevara la noticia.
—El estaba en el altar del templo ofreciendo el incienso —recordó María— cuando el ángel Gabriel apareció y le anunció que Isabel daría a luz un hijo que prepararía al pueblo para otro enviado de Dios.
Zacarías, con toda calma, le dio la espalda al ángel y continuó con sus obligaciones religiosas.
¡Qué absurdo, pero qué típico de un sacerdote, el poner el incienso por encima del mensajero del Señor!
—Había visto el ángel del Señor —dije riendo—, pero le interesaba más su ritual.
—Por esta falta de fe —continuó ella— se le dijo a Zacarías que quedaría mudo hasta el momento en que reconociera la verdad. Cuándo fue a llamar al pueblo a la oración descubrió que no podía hablar. ~
Pero aún no creyó pues, según el Templo, los días de las visiones habían terminado con los profetas de antaño. Era un Dios muerto al que adoraban.
Cogiendo .a Isabel, Zacarías se volvió a su casa, fuera de Jericó, no lejos del monasterio esenio de Qumram.
Antes de que se manifestara su embarazo, María sintió el impulso de ir a ver a su prima. Halló un gran trastorno en la casa. Zacarías, todavía mudo, iba de un lado a otro muy melancólico e Isabel, a la que se había creído tanto tiempo estéril, sentíase demasiado avergonzada para salir de casa.
María trató de elevar el espíritu de la vieja.
—Ánimo —dijo— pues has sido elegida por Dios para traer la buena nueva a Israel.
Pero Isabel continuaba deprimida.
—¿Qué puede querer el Señor de una vieja como yo?
—Ten fe —le dijo María— pues la dolencia de Zacarías es en sí misma una prueba de la mano de Dios.
Entonces le confió su propio secreto.
Isabel se sintió todavía más confusa. '
—¿Cómo puede ser esto? —gritó.
María había meditado largo tiempo en la situación.
—Dios —había decidido— puede concebir lo que quiere, pues ni el cielo ni la tierra tienen secretos para él, que es responsable de toda forma de vida.
Cuando María la abrazó afectuosamente, Isabel sintió que el hijo se agitaba en su seno, y una voz le dijo que estaba llena del Espíritu Santo.
En un éxtasis de fe aceptó ahora lo que tanto le había turbado antes.
—Bendita tú entre las mujeres —dijo, besando a María— y bendito el fruto de tu vientre.
—Con toda serenidad recibía la subordinación de su hijo al no nacido aún de María.
Era difícil observando a esta madre angélica, no —dejarse influir por sus modales. y sin embargo ¿por qué había Dios de buscar a su Mesías entre los humildes, cuyo linaje era su único orgullo?
—Dios —dijo. María— sabe derribar a los potentados de sus tronos y ensalzar a los humildes. A los hambrientos los llena de bienes y a los ricos los despide vacíos. Pues al fin se resuelve toda justicia.
Yo pensé que, si todo era voluntad de Dios, poco significaba que lleváramos nuestros esfuerzos hacia la meta.
Ella sonrió.
—Pedimos fuerza y Dios nos da dificultades, que nos hacen fuertes. Pedimos valor y Dios nos envía peligros, que nos hacen conscientes. Pedimos favores y Dios nos envía desafíos, con los que maduramos. —Sus ojos brillaban con luz interior—. Y bendito el profeta que ve todo esto y nos da esperanza.
María se quedó tres meses con Isabel, hasta que nació el hijo de ésta. Y lo cuidó amorosamente sabiendo que este niño, seis meses mayor que el suyo, sería su precursor. Aquel matrimonio anciano había planeado llamar al niño Zacarías, que significa recuerdo del Señor, y también por su padre, pero Isabel insistió repentinamente en que le llamaran Juan. Los parientes de Zacarías se quedaron atónitos, ya que no había ninguno de ese nombre en su linaje.
—¿Por qué —preguntaron con suspicacia— habría de llamársele Juan?
Ella miró intencionadamente el mudo Zacarías.
—Juan significa el que habla por el Señor.
Preguntaron al padre cómo quería que se llamase. Él escribió rápidamente:
Juan es su nombre —y entonces abrió la poca y leyó el nombre tras ellos hablando por primera vez en nueve meses.
Cuando los familiares se maravillaron, Zacarías se puso de rodillas y pidió perdón a Dios por no haber admitido que había sido favorecido con una visión del Señor.
Durante la éeremon1a de circuncisión sostuvo al niño en sus brazos. Aunque apenas tenía ocho días, el pequeño parecía mirar al mundo con ojos llenos de sabiduría. y Zacarías, descendiente de Aarón, que negara la primero visión, ahora pareció tener otra. Pues sus ojos brillaron con una luz santa mirando a h distancia.
—Este niño —dijo con voz llena de emoción— será llamado el Profeta del Altísimo e irá delante del Señor para preparar sus caminos. Él iluminará a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pies por el camino de la paz.
Y así había sucedido todo.
Mientras —la veía sentada ante mí como una niña, con el rostro modesto, me; resultaba difícil creer que todo eso' hubiera sucedido' hacía treinta años o más. José ya había desaparecido ahol1a, pues había muerto hacía unos diez años, y los otros también, pero ella seguía viviendo gloriosamente en el destino de su hijo.
—Él levantó en favor nuestro un cuerno de salvación en la casa de su siervo David, salvándonos de nuestros enemigos y del poder de todos los que nos aborrecen. Que nos acordemos del juramento que juró a nuestro padre Abraham, para que sin temor, libres del poder de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia todos nuestros días.
La mirábamos en silencio, admirados de la dignidad con que, recordaba la promesa hecha por Dios a Israel.
—Y ¿es él? —preguntó al fin.
—Eso ha de decirlo Dios.
—Pero ¿cómo lo sabremos, a menos que nos libre de nuestros enemigos?
Sus ojos perforaban los míos:
—¿Quién puede decir cuál es ese enemigo?
—No ,tenemos un enemigo más grande que Roma. Todos saben que no habrá paz en Israel mientras permanezca aquí este enemigo. ..
—Nuestro peor enemigo está dentro de nosotros. Pues no hay paz fuera de nosotros a menos que primero la tengamos en nuestro interior.
La entrevista había durado algún tiempo y a Mateo le preocupaba el que ella se sintiera cansada.
—Tengo muy pocas visitas —dijo—. Me alegro de esta oportunidad.
El nacimiento de Jesús seguía intrigándome, ya que estaba relacionado con tantas profecías de la antigüedad.
En ese día había habido muchos visitantes: los tres astrólogos, con el incienso y mirra; los simples pastores que dejaron sus rebaños por seguir la estrella de Israel; José de Arimatea, todavía leal a la madre y al hijo, y Ana, la vieja profetisa. ¿Hugo algunos otros más?
Vi un dolor secreto en sus ojos. Su voz tembló por un momento al recordar aquellos años.
—Hubo un hombre, Simeón, no un profeta sino más bien un hombre con una visión.
Mateo y yo cruzamos una mirada. Parecía extraño que tantos hubieran tenido visiones acerca de aquel nacimiento. ¿Lanzaron en realidad su sombra sobre ellos los sucesos futuros para que se supieran los deseos del Señor?
María no conocía la visión de Simeón; sólo le oyó murmurar agradecido que ya podía morir en paz ahora que había visto al Mesías prometido de Dios.
—¿Quién era ese Simeón? —pregunté.
Agitó la cabeza.
—No le conocía más de lo que pudiera conocer a Ana, o a José de Arímatea. —Sin embargo no se sintió sorprendida cuando, apareció el viejo y se dejó caer de rodillas ante el recién nacido.
Cerro los ojos al recordar aquel día en el pesebre.
Cogió de mis brazos al niño en pañales y, mirando al cielo, dijo con voz llena de fuego: «Mirad, este hijo está puesto para caída y levantamiento de muchos de Israel y para señal y blanco de contradicción».
Lev! (al que ahora debo llamar Mateo) intervino en el diálogo:
—Y esta señal, ¿de qué tipo era?
—La señal de la cruz, que sus discípulos atesorarán hasta el advenimiento de otra época y su regreso.
Fruncí el ceño.
—¿De qué regreso hablas?
—Nuestro tiempo es muy corto en realidad si él no nos libra de la tumba.
Por el rostro de Mateo comprendí que estaba tan desconcertado, como yo.
—¿Hubo algo más? —,preguntó él. . Vaciló María y dijo con un ligero temblor:
—Simeón dijo que una espada atravesaría su propia alma en
un momento dado.
—¿Por qué su alma? —pregunté—. Las espadas y lanzas no afectan a las cosas del espíritu.
Ella habló con paciencia inefable.
—Yo supuse que Simeón ya estaría con Dios cuando tuviera lugar ese suceso.
—y ¿cuál es la naturaleza de ese suceso?
—Habremos de esperar y ver. Pues tal vez cambie la voluntad de Dios.
Había cierta insinuación de llanto en sus ojos, y Mateo preguntó suavemente:
—¿Preferirías que él fuera como los demás?
—Ya he aprendido a compartirle, que es lo que él quiere. Andrés le dijo un día que su familia le estaba esperando —y ahora su risa era cristalina—. Y Jesús dijo: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Quien hiciere la voluntad de Dios ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
—¿y no te importó?
Yo entendí lo que quería decir. Pues él nadó no pava una familia, sino para todos.
—¿No te recibió ese día?
—¡0th, sí! Salió enseguida, pero él aprovecha cualquier situación para convertirla en una lección para que los hombres conozcan mejor [a voluntad de Dios.
—y en ese caso, ¿se trataba de amor fraternal?
—Que todos los, que aman a Dios son sus hijos.
Había recogido un rollo muy gastado cuando entramos y ahora volvió a tomarlo y repasó uno de los salmos.
—¿Puedo leer? —preguntó.
Su voz era suave y melodiosa, como la llamada de las aves al amanecer.
«'Yo le haré mi primogénito, más alto que los reyes,. de los reyes de la tierra.
»Mi misericordia a guardaré para. él siempre y mantendré mi alianza con él.
»Y haré también que su semilla dure para siempre, y su trono en los días del cielo.» .
Era maravilloso ver su orgullo. Pues ella y José habían vivido siempre y únicamente para Jesús; María porque creía en su visión, y José porque creía en María. Huyeron a Egipto cuando 1a búsqueda de Herodes el Grande se extendió desde Judea Galilea, y sólo iban pocas horas por delante de los hombres de Herodes cuando su barco salió de Joppa hacia A1ejandría.
Tenían amigos en Alejandría y vivir en el barrio judío era casi como vivir en Jerusalén.
—Teníamos nuestros propios templos, nuestra propia adoración, lengua y costumbres; Los judíos de la Diáspora se sintieron felices al vernos, y sólo sabían hablar del Mesías. Habían oído rumores ,de que un nuevo príncipe había nacido en Belén, que un día liberaría a Israel del yugo extranjero, y aguardaban ansiosos el día de la liberación para poder volver a Israel como hombres libres.
Parecía extraño que tantos prefirieran Egipto a su propia tierra.
—Pero ¿no estaba también Egipto bajo el dominio de Roma? —preguntó Mateo.
Sonrió.
—Sí, pero los judíos de Alejandría estaban de paso, no tenían la impresión de ser egipcios, y por tanto les importaba muy poco si pagaban los impuestos a Roma o a los faraones.
En Alejandría, con una población judía superior incluso a ,la de Jerusalén, Jesús creció como si estuviera en Israel. Era un prodigio que sorprendía no solo a sus padres sino a la comunidad de rabinos. A los cuatro años conocía el hebreo, y a los seis el griego y el latín. Se pasaba los días estudiando el Talmud y el Tora y aprendiendo ,de memoria los salmos de David y el Cantar de Salomón.
A diario iba a la famosa biblioteca de Alejandría donde se hallaban reunidos más libros de historia, filosofía y ciencias ocultas que en todas las bibliotecas combinadas del mundo. Disfrutaba yendo allí solo, y María le concedía este deseo, pues ya parecía maduro y prudente incluso entonces. A veces le hallaba enfrascado en conversación con los eruditos y maestros.
—Ellos hablaban del Mesías —dijo María— y él asentía gravemente a la descripción hecha por los Profetas.
«Nadie le conocerá cuando venga —le oyó decir un día— pues ningún profeta es honrado en su propia tierra ni entre su pueblo.»
Los rabinos le miraban respetuosamente cuando Jesús les decía:
—Todos querrán algo de él, algo para lo que no fue enviado por Dios. Los enfermos querrán ser curados, los pobres pedirán riquezas, y los ricos querrán llevarse su dinero con ellos. —No era más que un niño de ocho años, pero conocía los deseos del hombre— y todos desearán ser liberados de Roma, y liberados de los impuestos.
—Si el Mesías no es para la liberación de Israel —dijo un erudito— entonces hemos vivido engañados todos estos años por Isaías, Ezequiel, Zacarías y Jeremías. —Su voz tenía cierto matiz de ironía.
— El muchacho no se sintió desconcertado en absoluto.
—La salvación para Israel no está en las cosas de este mundo, sino en conocer el camino de la vida eterna.
Los zelotes se burlaban de la idea de un Mesías que no fuera otro David o Saúl.
—¿Cómo podrá ascender al trono de David —dijo el revolucionario Abbás-bar-Hedekfas si no conquista esa distinción frente al enemigo?
El muchacho había sonreído.
—¿Lo veis? Ni siquiera el que habla de los profetas únicamente es honrado aquí.
Ellos le permitían que hablara porque era un niño, y por cierto aire remoto que le daba una extraña suerte de dignidad. Con sus preguntas probaban sus conocimientos, y al mismo tiempo mantenían viva una conciencia de su judaísmo.
María había observado atónita mientras le lanzaban sus preguntas.
—Dinos ahora hablaba otro erudito— ¿qué sabes de las doce tribus de Israel?
Los ojos azules de Jesús le miraron ingenuamente.
—¿Lo que tú ya sabes, señor, o lo que no sabes?
—Repíteme, señor —remedó el erudito en tono burlón—, cómo se llamaban los doce hijos de Jacob de los que las tribus recibieron su nombre.
—Estas recibieron el nombre —contestó él— no por los doce hijos, sino por los diez hijos y dos nietos, Efraim y Mamasés, que eran hijos de José, el que fue vendido como esclavo por sus hermanos, y llegó a ser grande en la tierra de Egipto.
Las cejas del erudito se, arquearon en complacida sor. presa.
—¿Y los otros diez?
—Rubén, Simeón, Judá —mirando a su madre, que era de la tribu de Judá de David—, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí y Benjamín.
—¿Y qué me dices de Leví, el duodécimo hijo? ¿A qué tribu dió origen?
—La suya fue la tribu decimotercera de Israel —fue la rápida respuesta— pero, como ,toda la tierra había sido concedida ya y los levitas no tenían una parte propia, ciertas ciudades contribuían al mantenimiento de sus funciones religiosas y más tarde se convirtieron en servidores del Templo.
Todos, a excepción de Abbás-bar-Hedekías, aplaudieron satisfechos.
Éste miró al muchacho de soslayo.
—Preguntad a este prodigio qué sabe de la división de Israel, y cuándo será una de nuevo.
El muchacho devolvió la estocada con una sonrisa.
—En los días de Roboam, hijo de Salomón, diez tribus se separaron y formaron el Reino del Norte, que fue llamado Israel. Y el Reino del Sur, Benjamin y Judá, con Jerusalén como la capital, fueron conocidos como Judea.
Bar-Hedekías se burló.
—Cualquier escolar sabría esto. Pero dime, joven genio, ¿cuándo sonreirá Dios de nuevo sobre una tierra unida, libre de la tiranía y de los impuestos?
El muchacho se levantó del suelo donde había estado sentado con las piernas cruzadas.
—Cuando ese pueblo, señor, esté unido a su Dios.
La discusión giraba invariablemente en tomo del Mesías, pues casi todos estaban de acuerdo en que era la única esperanza de Israel.
—¿Cuándo —preguntó bar-Hedekías— podemos esperar al Mesías?
—Cuando Dios lo quiera —fue la pronta respuesta.
—Y ¿cuándo será eso, ¡oh iluminado!?
—Mira en tu propio corazón, y en el de tu prójimo. —
—Simple palabrería. Los profetas nos han dado muchos signos que buscar.
—No tenemos necesidad de buscar fuera de nosotros mismos.
Bar-Hedekías no era un adversario fácil de vencer.
—Isaías —dijo— nos señala un tiempo para la gloriosa venida del Señor: «Entonces los ojos de los ciegos se abrirán, y los oídos de los sordos se destaparán.
—Cierto —asintió el muchacho—, pero no viene únicamente para eso; tales cosas son tan sólo una señal de su venida.
De vez en cuando había gentes de paso. José de Arimatea vino, y Simeón también, y pasaron prácticamente todas sus horas libres con los padres y el muchacho. José, que tenia negocios en Alejandría, se demoró algunas semanas y solía llevarse a Jesús en sus recorridos por la ciudad, a los barrios de los nativos e ,incluso al palacio de un tribuno romano, un oficial al que había sobornado con frecuencia en el curso de sus negocios.
El tribuno. Pondo Aquilino, estaba muy considerado en Roma por haber dirigido con todo éxito a una legión contra los germanos.
Aquilino se sentía encantado con el muchacho.
—Tengo un hijo apenas unos años mayor que él-dijo con un suspiro—, pero mi servicio por el imperio ¡ay! me mantiene apartado de mi familia.
—¿Cómo se llama el muchacho? —preguntó José por pura cortesía.
—Poncio Pilato —respondió el tribuno—. Un muchacho ambicioso que espera seguir mis pasos.
El nombre no había significado nada entonces. Pero esa amistad con el padre bien podía explicar el fácil acceso. de José de Arimatea hasta el hijo.
José de Arimatea mantuvo muchas conversaciones con la madre.
—Yo os enviaré recado —dijo— cuando el regreso sea seguro.
y había cumplido bien su palabra, notificándoles inmediatamente cuando Arquelao, el hijo de Herodes, y que compartía el temor de su padre por el sucesor profetizado, dejó de gobernar como tetrarca. Y así, en los últimos años de César Augusto, volvieron tranquilamente a su tierra, estableciéndose de nuevo en Ga1iléa y no en Judea, donde la precocidad del muchacho podía llamar la atención cosa que no deseaban.
Vivían con sencillez en una casa de piedra caliza de un solo piso, con el techo de paja y a la sombra de los cipreses, donde el muchacho podía sentarse a leer. Nunca se mezclaba con los niños, prefiriendo conversar con los adultos.
Al mirar ahora, siguiendo sus ojos, María señaló por la ventana a un banco a la sombra de los árboles.
—Se sentaba allí durante horas —dijo—, leyendo y releyendo los libros santos hasta que la ley ya no tuvo secretos para él.
Me sentí anonadado por un instante.
—¿Quieres decir que ésta es la casa donde creció? Asintió.
—Hasta que partió para Betabara.
Mirando en torno, la mesa, los muebles, las sillas tan sencillas, me emocionó la comprensión de que habían sido fabricadas por él. Eran sólidas y muy bien terminadas.
—¿Podría ver su habitación? —pregunté.
Ella nos llevó en silencio, a través de un vestíbulo oscuro, hasta una habitación en el ángulo de la casa. Era pequeña pero alegre, y había un jarro sobre una mesa de madera junto al lecho estrecho. Tres acuarelas sin marco adornaban los muros. Una era de María, otra de un pastor con su rebaño. y la tercera, que atrajo mi mirada, un nimbo de nubes oscuras a través del cual brillaba una luz radiante que parecía expandirse desde el mismo cuadro.
Miramos a la madre con ojos interrogantes.
—Sí; él los pintó.
—Esta luz… —dije—. Jamás había visto una luz igual. Suspiró.
—Él nunca hablaba de ella, pero comprendí que debía haber surgido de una visión.
—No veo en ella una figura de ángel —dije. . Una ternura indefinible suavizó su rostro.
—No fue un ángel lo que vio.
Su vida había sido pacífica. Vivían en las afueras del pueblo, y tenia pocos visitantes. Puesto que no había sinagoga en Nazaret, se llegaban de vez en cuando hasta la cercana Magdala, o a Cafarnaum, para los servicios del sábado, pero generalmente hacían su adoración en la misma casa. No era necesario enseñar al muchacho, ya que dominaba el Talmud y el Tora mejor que cualquier erudito que conocieran, e incluso estaba versado en los misterios de la Cábala que había estudiado en Alejandría.
Tenía una curiosidad insistente por Jerusalén y el Templo, pero los padres esperaron hasta la fecha de la consagración tradicional del adolescente antes de satisfacer esta curiosidad. y así había cumplido él los doce años cuando viajaron de nuevo, dirigiéndose con otros peregrinos a Jerusalén para la celebración de la Pascua. La ciudad estaba abarrotada con trescientos mil visitantes. Y, como no había posadas disponibles, acamparon con otros miles en las laderas del Monte de los Olivos, bajando cada día al Templo para los sacrificios del cordero consagrado en el Patio de los Sacerdotes.
No había sido una experiencia demasiado 'tranquilizadora. Jesús no había comprendido que su madre no pudiera sentarse con él y con José durante los servicios que conmemoraban el éxodo de los judíos de la esclavitud de Egipto.
—¿Por qué, señor —preguntó a José—, no son las mujeres iguales a los hombres?
Aunque el muchacho nunca le llamaba padre ambos estaban muy unidos, y Jesús mostraba hacia él todo el honor decretado en el Decálogo.
—Son diferentes —contestó José.
—Eso no las hace inferiores.
—Es una costumbre desde el tiempo de Abraham —dijo José, encogiéndose de hombros y refugiándose en la tradición.
—Hombres y mujeres no deberían estar separados —dijo el muchacho— en esta comunión con su Dios.
Más tarde pasaron al Patio de los Sacerdotes donde, entre chillidos de terror, los corderos del sacrificio eran llevados al matadero, y la sangre salpicaba desde las vasijas a los levitas y la multitud. Entonces se alegró Jesús de que a su madre no se le permitiera la entrada en este patio.
José vio entonces que el muchacho estaba turbado.
—¿Qué ocurre, Jeshua?
—¿Satisface a Dios que se sacrifique a los animales en su nombre?
José alzó las manos.
—Ésta es la religión de Abraham, Isaac y Jacob, y todos ellos sacrificaron animales vivos en su devoción a Jehová. No nos toca a nosotros cambiar esas cosas.
María se había mostrado más comprensiva.
—Él piensa en Dios como alguien que ama todo lo que ha puesto en la tierra. ¿Es eso tan extraño, José?
Éste agitó la cabeza.
—No me preocupa tanto el mundo sino él. Será como si se golpeara la cabeza contra un muro del Templo. A ver si tú puedes imaginarte quién cederá primero.
El que él fuera diferente preocupaba a su madre, pero al mismo tiempo sabía que no podía ser otra cosa sino diferente. Le miró con orgullo cuando algunos meses antes de tiempo acostumbrado fue consagrado en la virilidad. Los peregrinos de Nazaret se reunieron en torno y la felicitaron por este éxito. Ya no era un muchacho, sino un ciudadano de Israel. siempre sometido a los romanos, naturalmente.
Había sido una Pascua muy alegre para todos ellos. y así fue que con cierta satisfacción, a pesar de su fatiga, "se reunieron con su grupo de peregrinos para el viaje de regreso a Nazaret. Pero, pensando que Jesús iba con otros amigos, llevaban ya algún tiempo de camino cuando le echaron de menos. Preguntaron ansiosamente, pero nadie recordaba haberle visto después de salir del Templo.
José meditó en ello por unos instantes.
—Estoy casi seguro de que ha vuelto al campamento con nosotros.
Pero una niña de doce años, que siempre miraba al joven solitario, dijo que le había visto en el Patio, de los Gentiles con un grupo de rabinos y eruditos.
José y María regresaron juntos, rogando a la caravana que continuara sin ellos. Cerca del Templo oyeron que la gente hablaba de un muchacho comprometido en un duelo de ingenio con el sabio más importante de Israel en el Pórtico de Salomón. Ansiosamente se abrieron caminó por el Patio de los Gentiles y allí vieron a Jesús y a un hombre de barba gris y rica túnica que estaban conversando solemnemente.
La multitud permanecía a respetuosa distancia, pues era extraño que el gran Gamaliel quisiera mezclarse con el pueblo. Con asombro, y algo de temor, los padres oyeron que el muchacho se las había osadamente con el Nasi de Israel.
—¿Por qué, rabino —preguntaba—, ha de estar tan enojado Jehová con el pueblo de Israel?
—Porque son pecadores y no cumplen los mandamientos.
—Pero, ¿no es nuestro creador y nuestro Padre, que nos creó a su propia imagen por su bondad infinita?
Gamaliel le miró cansadamente.
—Di lo que te propones, joven, y no vengas con subterfugios.
Jesús había observado a María y a José entre la multitud.
—¿Es mi padre terrenal José más justo que Dios, y más misericordioso? .
—Por supuesto que no —gruñó GamaHel—. ¿Es ése otro de tus trucos?
—Pues José mi padre siempre es paciente conmigo, y nunca me riñe, ni siquiera cuando está disgustado conmigo.
—Eso es admirable por su parte —dijo Gamaliel —, pero ¿qué tiene que ver con el Dios único?
—Él es nuestro Padre celestial, ¿no es cierto? Ahora bien, como creador y Padre de todos, comprendiendo lo que ha creado con todas sus fragilidades, ¿no debería ser al menos tan misericordioso como mi padre terrenal que, después de todo, es también creación suya?
La multitud aplaudió con entusiasmo, e incluso el Rabí Gamaliel, que apreciaba como nadie a un digno oponente, le dio una palmadita de aprobación en el hombro.
—En eso tienes razón, pero te olvidas de una cosa. Dios habla a través de los Profetas, y nadie se atreve a discutir lo que Isaias y Ezequiel y los demás dijeron en su nombre. ¿No habla un Dios airado de su pueblo rebelde? ¿Hablas tú acaso con más autoridad que Isaías?
El muchacho le miró con serenidad.
—El deseo de mi Padre no es castigar al pecador, sino redimir al justo.
En eL rostro de Gamaliel se evidenciaba que estaba disfrutando con el debate.
—¿Y qué más sabes, si quieres decírmelo, de tu Padre celestial?
—A él no le satisfaría que un gentil borracho fuera apedreado hasta morir porque, en su borrachera, pasara del Patio de los Gentiles al Patio de Israel.
—Pero esto está prohibido para todos los que no son judíos, y 1os avisos están bien a la vista.
—Sin embargo era indudable que él estaba borracho.
—Hay que hacer cumplir las leyes, joven, o pronto quedaríamos sin leyes y sin pueblo judío.
El muchacho frunció el ceño.
—Ni siquiera se trata de una cuestión de misericordia —dijo— pues, si Dios creó todo el universo, ¿no se deduce de ahí que también creó a los gentiles?
—Pero los judíos, al adorarle sólo a él, son su Pueblo Escogido. Así se lo dijo a Moisés y a los demás Profetas.
Jesús sonrió, y su sonrisa era tan radiante que toda la asamblea pareció quedar iluminada.
—Pero ¿no dijo Isaías que enviaría un Mesías que sería una luz no sólo para Israel sino también para los gentiles?
Gamaliel dio un paso atrás y le miró con los ojos desorbitados.
—¿Quién eres tú? —preguntó al fin— y ¿quiénes son tus padres.
María y José se adelantaron rápidamente. Cuando José trataba de dar disculpas, María intervino amablemente.
—Somos de la Casa de David, señor, y creemos en la ley y en los Profetas, como nuestro hijo. Si es un buen muchacho.
Gama1iel les miró agudamente.
Haces bien en no disculparte. Israel oirá hablar de este muchacho algún día; de eso estoy seguro.
Jesús le miró serenamente.
—Ahora me voy con mis padres. Pero volveremos a hablar en otro tiempo y en un lugar no muy lejos de éste.
Me quedé maravillado al ver cómo se habían cruzado los caminos de aquellos dos seres, y recordé con sobresalto que Gamaliel había tratado de recordar el nombre de Jesús. °
—Gamaliel no es hombre para tenerlo por enemigo —dije. Instantáneamente lamenté mi observación, pues los ojos de María se entristecieron.
—El no tiene amigos —dijo—. Sólo su Padre.

8 - Los discípulos

—Únicamente yo creo que él es Dios y que puede hacer lo que quiera.
Simón el Zelote protestó.
—Pero él habla de Dios como su padre. ¿No es el hijo menos que el padre? —
—El hijo es el padre, y el padre el hijo. ¿No dijo Juan, cuando bajó con Pedro de la montaña, que habían oído en el susurro del viento: «Tú eres mi Hijo, en este día te he engendrado. Pídeme y te daré a los gentiles por tu herencia y las partes más altas de la tierra por tu posesión»?
Simón parecía dudoso.
—Eso no es más que un salmo.
—¿Por qué dices «no es más que un salmo» cuando es del espíritu y nadie sabe de dónde viene?
—Solo la voluntad de Dios es segura.
Pero ésta es la voluntad de Dios, una voz oída por todos sin que provenga de fuente humana. Lo que importa es que Jesús cree que está siendo guiado. Pues ¿no dice el salmo: «Tú les destrozarás con una barra de hierro. Tú les harás pedazos con la Vasija de un alfarero»?
Simón seguía frunciendo el ceño.
—Más parece un Príncipe de la Paz que de la acción. Ahora bien, el Bautista era otra cosa. Él sí que era un Macabeo.—
Había una sombra de dolor en su voz.
—Somos el pueblo de Dios —le indiqué—. Puesto que le adoramos a él únicamente, nosotros somos su pueblo. y por tanto no puede haber rebelión sin su aprobación.
Simón agitó la cabeza tristemente.
—Los Macabeos hallaron a Dios en la fuerza de su brazo derecho.
Para ser perfectamente sincero tuve que admitir lo que jamás habría aceptado antes de buen grado.
—Los romanos no son los sirios, a pesar de toda su debilidad. necesitamos a Jesús. pues, nadie, viendo sus milagros, discutirá que Dios le ha dado el poder.
Simón era un soldado y podía perdonársele que no siguiera el hilo de mis razonamientos.
—Judas —dijo rudamente—, tal vez sea Dios en el cielo, pero en la tierra es un hombre. Le he visto cansado y desanimado. Incluso tengo entendido que lloró cuando murió José, su padre.
¿Por qué había de sentir dolor si los muertos vuelven a nacer?
Es como separarse de un amigo. ¿No sentiste dolor al dejar a tu mujer y tu hijo para estar con el Maestro?
Mi analogía había sido desafortunada.
—A veces me pregunto si valió la pena —suspiró.
—Jesús sabe lo que los discípulos dicen de él. Le leí un salmo del rollo sagrado anoche mismo, y pensó que todos debíamos leerlo.
Miró atrás y dijo simplemente:
—Acción, Judas; no palabras.
—Las palabras son armas también, y a veces más cortantes que una espada.
"Por tanto sed prudentes ahora vosotros, los reyes. Sed instruidos, vosotros los jueces de la tierra. Servid al Señor con temor, y regocijaos con miedo. . .
"Besad al Hijo para que no esté airado y perezcáis cuando se inflame su ira. Benditos los que ponen su confianza en él."
Simón escuchaba con tolerancia.
—Espero que tengas razón, eso simplificaría las cosas. Pero mientras tanto yo me reúno con Joshua-bar-Abbás, Gestas y Dimas, con vistas al armamento de los idumeos y los judíos asirios Te dejo a ti las disputas de los hijos de Israel. Son demasiado para un galileo como yo.
—Pero no para nuestro Galileo.
Cuando surgían problemas como el día en que el Bautista fue arrestado y encerrado en la mazmorra de Herodes, podíamos tener la seguridad de hallarnos pronto en el camino. .—
Mi hora aun no ha llegado —,—decía él—. Todavía hay almas que cosechar.
y así nos trasladamos desde Engidi, en tierras del Bautista, a Jerusalén, Gai1ilea, incluso Samaria, acampando de noche en cuevas de las laderas cubiertas de árboles, cogiendo nuestra comida de los mismos campos, o comprando lo que necesitábamos de día en día, aceptando limosnas sólo cuando nos deteníamos a pasar la noche en las casas abiertas a nuestras plegarias.
Había estado lloviendo todo el día sobre la Ciudad Santa, ante la que nos encontrábamos. Empapado hasta los huesos como estaba, y viendo aquel grupo tan variado, me sentí deprimido de momento al pensar en los tremendos obstáculos que nos aguardaban en el desarrollo de nuestra empresa.
Miré tristemente en torno del campamento. No esperaba mucha ayuda de los Apóstoles. Habían sido elegidos principalmente por ser ga1ileos, porque se confiaba en ellos, como confiamos en lo que es familiar. Un proverbio decía que los galileos amaban el honor más que el dinero. Pero en realidad había poca tentación a las riquezas en Galilea y, por tanto, no tenían mucho mérito. Sin embargo eran tipos valientes. Habían luchado bajo Judá, el galileo; y con valor, si bien ciegamente, se habían rebelado contra el viaducto aunque no fuera asunto de ellos.
Desde el principio había sido necesario acentuar, la herencia judaica del Maestro. Él había vivido fuera de la corriente principal de la vida judía, de modo que pedía perderse en el Talmud y el Tora, hasta que Dios le diera la palabra.
Los fariseos discutían su humilde principie, y Nicodemo les preguntó:
—¿Juzga nuestra ley a un hombre antes de oírle y saber lo que hace? Yo os digo que es un profeta.
Se rieron pero sin grandes extremos, pues Nicodemo era tan rico que hubiera podido alimentar a toda la población de Israel durante diez días de haberle querido.
—Busca cuanto quieras —se burlaron ellos—, pero de Galilea no puede surgir un profeta. ¿No dice la Escritura que el Mesías previene del linaje de David y de la ciudad de Belén, donde estaba David?
Afortunadamente teníamos les informes del nacimiento de Jesús, y los copiamos. Pero los que dudaban llamaren a eso un accidente. Pues también les fariseos habían investigado en la vida del Nazareno. En realidad ellos veían en toda el asunto la conspiración de un sencillo carpintero y su sombrío orgullo por apoderarse de la nación con un cuente de hadas. Pero ¿con qué propósito?
Bien conocían al profeta Miqueas: «Pero tú, Be1én de Efrata, pequeño para ser contado entre las familias de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel, cuyes orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad».
Y así como Belén significaba la casa de pan, Efrata significaba rica en fruta, simbolizando los dorados racimos de uvas que colgaban sobre las puertas del Templo como un recuerdo del futuro abundante de Israel. Los fariseos habían investigado en su familia, a excepción de María, que sólo nos veía a nosotros, y hablado con Judas, Jaime, Simón y José. Éstos eran gentes sencillas, sin el menor parecido con el Maestro. No eran sus hermanos sino primos adoptados después de que sus propios padres hubieran muerto. Eran los típicos galileos los que echaban las redes y secaban el pescado, los carpinteros y ebanistas, los constructores de barcas.
Sólo Andrés me impresionaba, pues incluso Simón el Zelote era un tipo sin relieve que creía que podíamos vencer a Roma con una docena de legiones. Andrés, el primer elegido, era rubio y delgado, con una pronta sonrisa. Era diplomático y me trataba con la deferencia debida al tesorero. Actuaba como delegado del Maestro, y era el que acallaba las quejas estúpidas de los otros. Tenía influencia sobre todos, excepto Pedro que, siendo un año menor que él, se conducía en su audacia como si fuera el mayor. Estos eran los principales entre los discípulos, sólo dos o tres años más jóvenes que el Maestro. Casi todos los demás tenían mi edad, veintiocho años, a excepción de Juan, imberbe aún. Él representaba el surgimiento de la virilidad de Israel, decía el Maestro. Le amaba porque se veía a sí mismo en su juventud e inocencia. El ótro hijo de Zebedeo, Jacobo, a quien Jesús llamaba Jaime, era grave y serio, y parecía que echaba dé menos su familia. Los hijos gemelos de Alfeo, el constructor de barcos, también habían cambiado su nombre de Jacobo a Jaime, llamado el Menor por su estatura. y de Judá a Judas de ,Santiago para distinguirlo de mí. Jesús decía que apresuraba el renacimiento individual el llevar un nuevo nombre de bautismo. Pero yo nunca pensé que Pedro le fuera bien a Simón-bar-Jona, ya que significaba la Piedra y él desde luego no lo era, así que yo utilizaba con frecuencia su otro nombre también.
Después de Betabara el mismo Jesús era llamado el Mesías o el Cristo, al estilo griego, cada vez con mayor frecuencia. Su propio significado especial daba a estos nombres una nueva fuerza. Judas significaba alabado del Señor y Mateo para Leví el publicano, significaba don de Dios, que sin duda recibió cuando se apartó de sus malos hábitos. Tomás, anteriormente Lebaco, de fuerte pecho, era caviloso y suspicaz y siempre me estaba preguntando en lo referente a los fondos. Se creía muy ingenioso pero toda su distinción consistía en que era un gemelo, conocido por Dídimo en griego. Felipe y Nataniel, los inseparables, estaban unidos tan sólo por su lealtad al Maestro. Por él habrían dado la vida, pero no tanto por su gran fe en su divinidad, sino principalmente por el orgullo provincial que sentían de que fuera galileo como ellos mismos. A veces era difícil sondear aquellas mentes tan pequeñas. Al bautizar a Felipe, Jesús había sonreído:
«Me gusta más este nombre, el que ama», pues eso significaba Felipe. Nataniel era un signo del orgullo del Señor. El padre de Nataniel era un sido greco judío cuyos antepasados habían sido enviados a Galilea después que las tribus originales estuvieran exiliadas en el cautiverio de Babilonia. A veces se refería a él como bar-Tolomeo, el hijo de Ptolomeo Tolomeo. Era un tipo amable pero tan vulgar como el resto.
El Maestro, como siempre, daba ejemplo. Después que bajó de la montaña prefirió que .le llamaran Jesús en vez de Jeshua. Todos nos preguntábamos el porqué, pues siempre había un designio en todo [o que hacía. Al permitirse un nombre griego indudablemente estaba haciendo una declaración a los gentiles. y cuando los gentiles le llamaban el Cristo, lo permitía también. Era como si estuviera diciendo a todos, y no sólo a los judíos: «Soy Jesucristo, el Salvador y el Libertador, el Ungido, el Hijo Eterno de Dios», pues en griego el nombre significaba todo eso.
En cuanto a mi propio nombre, él añadió el de mi casa ancestral en Keriot o Cariot, pero con una connotación algo ambigua. Judas Iscariote, me había llamado. «Un nombre —dijo— que siempre estará unido al mío.»
Me sentí adulado, pero le indiqué que no me gustaba la abreviatura SKR, casi un anagrama, que en nuestra lengua permanece como un símbolo para el traidor.
Me desconcertó con una sonrisa.
—No me has elegido tú, sino que yo te he e1egido.
¿De qué otro modo, .si no, habría obtenido Pedro la precedencia? Desde luego no era la piedra que su nuevo nombre sugería. Parecía tan crédulo, tan lento para comprender lo más obvio! Una vez sugirió que yo presentara mis cuentas a los Doce.
—Yo sólo be de responder ante el Maestro —repliqué fríamente.
—Pero el Maestro acepta todo lo que le dices.
¿Qué debo deducir de tus palabras?
La vergüenza enrojeció todavía más el rostro colorado de de aquel pescador.
—Hay rumores —me lanzó— de que se ha entregado dinero para armas.
Habíamos recibido cierto número de donativos secretos de los ricos, .como Nicodemo y José de Arimatea.
—Tú eres la piedra —le dije— y yo el tesorero. Cuando tú me des la piedra yo te daré el tesoro.
Ni siquiera supo lo que yo queda decir.
A causa de la inseguridad de Pedro, el Maestro juzgaba necesario tranquilizarle de continuo. En mi opinión Andrés, o Jaime, el hijo de Zebedeo, habrían sido una mejor elección, ya que eran muy organizados y prácticos. Pedro se confundía con demasiada facilidad. Pero era indudable que el Maestro veía en él alguna cualidad que no era aparente para mí. Tal vez su humildad, pero ¿qué otra cosa podía ser Pedro, si no humilde? El Maestro no hacía ni un solo movimiento. Pedro iba a traerle la comida y el vino lavaba y remendaba sus ropas y le atendía constantemente. Podía ser un buen, mayordomo, aunque nada más. Ni siquiera parecía comprender nada.
—Todo buen árbol malo da malos frutos. Por sus frutos los conoceréis.'
—¿Qué fruto, Maestro, es el bueno? . "
Natura1mente todos habíamos comprendido la parábola; todos menos la Piedra. El Maestro le perdonaba siempre. Paso el brazo' sobre aquellos hombros poderosos I!! y dijo: .
—El que escucha al Hijo es un hombre sabio que construye su casa sobre esta Piedra. Las lluvias, las inundaciones y los vientos vendrán, pero la casa permanecerá firme sobre esta Piedra.
Jesús nunca hacía nada sin razón. No era una criatura dulce y de trato fácil que se dejara arrastrar por la-marea. Nada sucedía sin que él lo supiera y lo aceptara. Todos sus movimientos iban encaminados a establecer una cuestión o a impresionarnos con la naturaleza de su mundo. Se preocupaba especialmente de dirigir nuestras actividades, pues contaba con sus Apóstoles y discípulos para que extendieran su palabra.
—La salvación está con los judíos —les dijo— y, como judíos, llevaréis esta salvación a todas las casas. Os envío como corderos entre lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias.
Algunos de los setenta le miraron desconcertados. Habían abandonado sus casas, sus familias y trabajo, y él los enviaba sin más que el manto a la espada a llamar a puertas extrañas.
Aunque yo guardaba bien los cordones de 1a bolsa, me pareció justo dar unas cuantas monedas a aquellos misioneros para que no cayeran demasiado pronto en la desesperación o se vieran rechazados. A Jesús nunca le había importado el dinero. Sin embargo detuvo mi mano.
—El Señor proveerá —dijo. —
—Pero —le reconvine—, si el dueño de la casa les cierra la puerta, ¿dónde morarán?
—La puerta del cielo, Judas, es mucho más difícil de atravesar que la de la casa del fariseo más altivo.
—Pero ¿no sería más fácil, Maestro, si estuvieran mejor equipados para su misión?
—Como tropas separadas de su bagaje, no tienen nada en que pensar sino en la batalla.
—Pero son novatos, y no han estudiado a tus pies como nosotros.
—Judas, Judas dijo burlonamente—, querrías dirigir tropas contra Roma y te preocupas por esa nonada.
—Mis soldados estarían armados —le refuté.
—y éstos también lo están, armados con las armas del Señor. Pues curarán dondequiera que vayan con la fe con que yo les envío.
Emparejó a los dos zelotes a los que yo había hecho discípulos .
—Gestas y Dimas —dijo con el rostro grave, seréis inseparables hasta el fin.
Emparejó a Simón-bar-Jona, torpe y lento, con el brillante discípulo nuevo Juan Marco, a Jaime con su hermano Juan, a Bartolomé y Nataniel, a Judas con su hermano Jaime el Menor y al cuidadoso Tomás con el amable Andrés.
—Tú, Judas, te sentirás muy unido a Simón el Zelote. No podía haber pedido nada mejor.
Cuando comíamos yo me sentaba a su derecha y Pedro a su izquierda, junto a su corazón. No se me pasaba por alto este honor pero, claro, yo era el único de Judea, además de él mismo, el único aristócrata y, a excepción de Mateo, que había aprendido a escribir al confiscar las propiedades de los oprimidos, el único con cultura. El joven Juan había sido educado por Jesús y, como Mateo, siempre estaba escribiendo, sólo Dios sabe qué.
Él nos animaba constantemente.
—Sois instrumentos de Dios —recalcaba— y cada uno llamado por un propósito específico. Tú, Juan, y tú, Mateo, haréis llegar un día vuestro mensaje hasta los rincones más lejanos de la tierra. Tú, Pedro, construirás una iglesia que jamás perecerá. Tú, Jaime, experimentaste conmigo la transfiguración. Tú, Tomás, confirmarás mi resurrección, y tú, Judas —el corazón casi se me detuvo en seco—, serás el vehículo de mi salvación en el camino a la vida eterna.
Los setenta eran aún incluso más vulgares que los Doce. Eran un montón de gentes rudas, de cabello y barbas descuidadas, sucios por el tiempo pasado en los caminos y, aunque muchos fueron bautizados por los Doce, todos fueron confirmados por él. Pero no parecían más cualificados que antes para su misión aun después del bautismo. Claro que yo comprendí que los enviaba como se envía a un zorro para coger a un zorro.
Uno de ellos preguntó:
—¿Cómo un tendero como yo, un pobre vendedor de pieles, puede curar a nadie de una enfermedad? Yo no soy médico.
Jesús miró con aire tranquilizador a éste nombrado por Pedro, tan parecido a los que siempre trataba de ayudar.
—Curarás en mi, nombre, con fe en el Padre. Os envío de dos en, dos no por compañía sino porque, si dos se ponen de acuerdo en lo que se ha de pedir, el Padre se lo concederá. y donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos.
Les pedía que se animaran con lo que él realizaba.
—Como yo hago, así vosotros podéis hacer con el amor del Padre —decía ante cada leproso o demente que curaba con el toque de su mano y unas sencillas palabras.
Pero todos sabíamos que él era un ser distinto. Pues, aunque nos sentábamos a sus pies y comíamos y bebíamos con él, había un abismo nunca definido por completo pero que podía compararse al de amo y criado. Él vivía aislado, no tanto por virtud de sus modales cuanto por nuestra impresión de que era muy superior a cualquiera de nosotros. Sólo nos atrevíamos a hablar cuando él nos daba la palabra. Ninguno, ni siquiera Pedro , o Juan, se dirigían a él llamándole de otro modo que Maestro. Por esta razón, y aunque había gran curiosidad acerca de él, poco llegaban a saber las multitudes. Pues, a la vez que realizaba sus prodigios, nos daba instrucciones de que no habláramos a nadie de su origen y su misión, a menos que surgiera por sí mismo.
Intentaba que cada uno de nosotros nos viéramos distintos de los demás en relación con las distintas cualidades del hombre, aun cuando nuestro trabajo fuera el mismo.
—En teoría —decía— vosotros representáis a las doce tribus, y a los doce tipos representados en la astrología por el zodíaco.
—¿Acaso recomiendas esa adoración idólatra de los babilonios? —pregunté con cierta sorpresa.
—Solo en lo que refleja el orden de Dios en el universo y su relación con las gentes.
—Pero ¿no es esto una creencia pagana?
—¿No conoces los salmos, Judas? Con seguridad que hasta un fariseo renegado debe conocerlos. —Sus ojos se alzaron con reverencia al cielo: Los cielos declaran la gloria de Dios, y el firmamento muestra la obra de sus manos; Día tras día habla, y noche tras noche muestra conocimiento. No hay lengua ni idioma en el que no se oiga su voz».
—¿Por eso llevamos el signo del pez?
—Las estrellas anunciaron el nacimiento del Hijo del Hombre y también proclamarán su muerte.
Los otros discípulos se reunieron ahora en torno.
—Pero, Maestro, tú dices que no hay muerte.
—La muerte, Judas, es un amigo bienvenido en el ca. mino de unos pastos mucho más verdes que todo lo que puedas haber conocido.
Mientras los discípulos se extendían por todo el país, el cuerpo principal de los apóstoles seguía con él. Con el encarcelamiento del Bautista, Jesús se había hecho más cauto en beneficio nuestro. En camino hacia el norte, desde Judea, y para evitar a las autoridades, nos dijo que bordeáramos ,las grandes comunidades y que siguiéramos por caminos secundarios a través de Samalia, cosa que los peregrinos evitaban de ordinario al ir y venir de Jerusalén.
Como galileo, Simón-bar-Jona conocía a todos los peregrinos que pasaban por el territorio de aquel pueblo olvidado. de Dios que se llamaban a sí mismos judíos.
—Pero, Maestro, estos malvados samaritanos se como placen en insultar y apedrear a los fieles que van a la Ciudad Santa. Incluso se burlan de ellos encendiendo fuego en las colinas por la noche para que crean que ya amanece y se levanten prematuramente a fin de ponerse en camino. ¿No sería más sencillo pasar al este del Jordán, por Perea y la Decápolis, y cruzar por el Mar de Galilea hasta Cafarnaum?
—Más sencillo quizá, pero no tan fructífero. Cuando veo el templo samaritano en el Monte Geritzin me acuerdo de .la vanidad de esas grandes iglesias que el hombre construye para el hombre. Pues Dios, que no tiene la presunción del hombre, se siente satisfecho con su propio cielo y sus praderas. Pero los samaritanos, arrojados del Templo por los israelitas, tratan de superarles del mismo modo.
Cuando aún confiábamos en no tropezar con esas gentes ignorantes nos ofreció una parábola con la que había dejado confundido a un solista de baja estofa, un abogado de Filadelfia, en la Decápolis.
Algunos ladrones, dijo, habían atacado brutalmente a un hombre cerca de Jericó, dejándole por muerto en la calle. Sus gemidos habían sido ignorados primero por un sacerdote del Templo, luego por un levita, que, cruzaron deliberadamente al otro lado del camino. Pero luego llegó un samaritano que vendó las heridas del desconocido y le llevó a una posada e hizo que lo cuidaran, pagando incluso la cuenta antes de marcharse.
—¿Quién de estos ,tres —preguntó el Maestro— fue prójimo de aquel que cayó en poder de los ladrones?
Como si estuviera: ensayado, Simón-bar-Jona estalló:
—Pues el buen samaritano, desde luego.
No hubo más preguntas, a no ser por parte de Simón-bar— Jona que demostró, como de costumbre, lo piadoso que era.
—Señor —dijo—, si mi hermano peca contra mí, ¿he de perdonarle siete veces?
—Yo te digo que no siete veces, sino setenta veces siete. Mateo había alzado la cabeza a esto.
—¿Y si no perdonamos, Maestro?
—No os irá bien entonces. Pues si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará. Pero si no perdonáis a los que os ofenden, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestras ofensas.
Era más fácil decido que hacerlo.
Desde Jerusalén tomamos el camino hacia la montaña de noche para escapar al calor de mayo. A mediodía sentimos con gratitud el suave viento que acariciaba las cosechas de Booz, y al atardecer llegamos a Sicar, deteniéndonos junto al pozo que el patriarca Jacob había dedicado El su hijo José. Como íbamos hacia el norte, alejándonos de Jerusalén, los samaritanos no nos molestaban. Ellos luchaban más, en realidad, contra la jerarquía que contra el pueblo. Era una enemistad muy antigua. Se les había prohibido la entrada al Templo cuando sus antepasados cometieron el sacrilegio de fabricar dos enormes becerros de oro como imagen del Señor Jehová. En venganza, ellos se habían deslizado hasta el interior del Templo arrojando desvergonzadamente estiércol humano en el santuario. Esta enemistad persistía y ningún judío asistente al Templo se quedaba en Samaría ni una noche, especialmente junto al pozo donde Jesús nos hizo acampar. «El agua de Samaría —decían los rabinos— está más sucia que la sangre de los cerdos.»
Pero Jesús no tenía escrúpulos en tratar con los samaritanos o con cualquiera que se interesase por su Reino de los Cielos. «Mi Padre —decía sonriendo— puede limpiar incluso la sangre de los fariseos.» Por tanto, después que acampamos junto al pozo de Jacob, el Maestro nos envió al día siguiente al pueblo por provisiones y se recostó en el pozo a meditar. A nuestro regreso le vimos hablando con una mujer que sostenía un cántaro en la mano. Al acercarme pude oír la conversación.
—¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana? Porque no se tratan judíos y samaritanos.
El Maestro agitó la cabeza.
—No hay israelitas, samaritanos, galileos ni romanos. Todos somos —hijos de Dios, y pueden beber el agua viva.
Ella le miró desconcertada.
—¿Qué se propone él ahora? —me susurró Simón el Zelote al oído.
—Siempre es lo mismo —le respondí también en susurro—. Ese Reino de los Cielos en el que todos viviremos felices eternamente.
El Maestro nos silenció con un gesto. Y miró a la mujer con aquella mirada extraña que yo conocía tan bien.
—El que beba del agua que yo le diere no tendrá jamás sed. Con algún temor le ofreció ella el cántaro y Jesús bebió de él lentamente. La mujer le miraba con intensidad, como hipnotizada, lo mismo que tantos otros, Por su magnetismo.
—Señor, clame de esa agua para que no sienta mas sed.
Yo había visto ya a otras mujeres derretirse bajo su mirada. Sin embargo me desconcertaba aquel encuentro; pues no veía clara la razón.
Los ojos de Jesús la examinaron juzgándola hermosa, según el estilo impersonal con que solía tratar a las mujeres.
—Tu nombre es Débora —,—dijo finalmente Abrió ella la boca asombrada.
—¿Cómo sabes mi nombre si yo nunca te he visto?
Él seguía mirándola especulativamente.
—Veté, llama a tu marido y vuelve acá. Vaciló un instante.
—No tengo marido, señor. Asintió.
—Bien dices, porque cinco tuviste y el que ahora vive contigo no es tu marido.
Casi se le saltaron los ojos de las órbitas.
—¿Cómo sabes esto? —gritó. Jesús parecía jugar con ella.
—No tienes hijos, y por esta razón sigues casándote una y otra vez.
La samaritana todavía abrió más los ojos.
—¿Cómo lo sabes? —repitió como si el Maestro estuviera divulgando algo de importancia.
—El último, con el que vives —dijo él, rechazando su pregunta—, no se casa contigo por su posición en la comunidad.
Ella dejó escapar el aliento lentamente.
—Señor, veo que eres profeta.
Por mi vida: que no podía comprender por qué el Maestro se entretenía con tales adivinanzas. ¿A quién le preocupaba si esta mujer insignificante se había casado cien veces? ¿Qué importancia tenía eso para nadie sino para ella misma?
—¿Por qué me dices todo esto? —preguntó ahora.
Para que sepas quién soy yo, y quién me ha enviado.
—Comprendo —dijo ella atónita— que eres un profeta enviado con el agua viva.
—Dios es el agua viva, y el que le adora debe adorarle en espíritu y en verdad.
Ahora comprendieron los discípulos a quién iban dirigidas estas palabras. Los ojos de la mujer seguían muy abiertos mientras meditaba en el misterioso desconocido.
—Yo sé que el Mesías de los judíos está para venir y que cuando venga nos hará saber todas las cosas.
Los ojos de Jesús cayeron por un instante sobre los Doce, y dijo con voz tonante:
—Soy yo, el que contigo habla.
La mujer se arrodilló llena de gozo, pero él la hizo levantar con una amable sonrisa.
—Tú eres dos veces bendita, porque eres samaritana y sin embargo crees.
" Ella le besó la mano devotamente y se fue a toda prisa, olvidando el cántaro. Por la tarde volvió con un grupo de samaritanos que inmediatamente rodearon al Maestro. El que los dirigía era un pastor llamado Amos, un gigante amable que parecía más sirio que judío.
—Éste es el jefe de nuestro pueblo —dijo Débora—; yo le conté tus maravillas.
—y aún no te has casado con él —dijo el Maestro con una sonrisa.
Como siempre, adivinaba las relaciones de la gente con una sola mirada. No había secretos para él, por lo menos no de esta vida. Los samaritanos se inclinaron profundamente ante el Maestro, la cabeza casi rozando el suelo. Traían regalos de incienso y mirra muy cara, como si prestaran homenaje a un rey. Yo me adelanté rápidamente para aceptar las ofrendas pero el Maestro me detuvo con un gesto. También le habían traído comida, pero él la rechazó con una sonrisa.
—Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra.
Hablaba lentamente, casi como consigo mismo.
—El Hijo del Hombre muere por vosotros. Por tanto no temáis cuando ellos le busquen para matarle. No les temáis, pues, aunque pueden destruir el cuerpo, ya no tienen más poder sobre vosotros. Regocijaos en la presencia constante del Padre, que tiene el poder de librarnos de todo juicio. Los gorriones sólo valen unos céntimos, sin embargo el Señor, que es fuente de toda vida, vigila el vuelo del ave más pequeña. ¿Cómo podéis temer cuando hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados? Dios os cuida, pues sois más importantes para él que esas avecinas.» Yo vine a esta vida para revelaros al Padre y para llevaros a él. Lo primero ya lo he hecho por mi voluntad, pero lo segundo no puedo hacerlo sin vuestro consentimiento. El Padre no obliga a nadie a entrar en su Reino. Pero ¿por qué han de vacilar judíos o gentiles en aceptar la buena nueva de quien es para siempre el hijo del Dios eterno? No os demoréis en el valle de la decisión, sino venid y compartid el agua de la vida.
Los samaritanos, como transformados, se adelantaron y se arrodillaron ante el Señor. Y una vez de rodillas, fueron bautizados por los discípulos; pues Jesús no bautizaba diciendo siempre que no privaría al Bautista de la distinción de ser el mayor en preparar el camino.
—Yo habito en el Padre, y él mora en mí. Y el que mora en mí, mora también en el Padre.
Los samaritanos se maravillaban de aquel modo tan íntimo de hablar acerca de Dios.
—¿Cómo podemos complacer al Señor nuestro Dios? —preguntó el gigantesco Amos.
—Conduciéndoos de tal modo que seáis dignos de morar con él en el Cielo.
Los samaritanos se sintieron muy impresionados con esta respuesta.
—Por favor, quédate con nosotros —dijeron— pues sabemos que no eres un hombre corriente, sino en realidad el Cristo que salvará al mundo entero. ¿Por qué otra razón hablarías tú, un judío, con los samaritanos?
Nos quedamos allí dos días, el Maestro hablando en parábolas a una multitud más y más creciente mientras yo, con Simón el Zelote, tanteaba los ánimos del pueblo. Amos, aunque tan simple como nuestro Pedro, parecía reflejar el sentir de sus gentes.
—Nuestros padres lucharon por y contra los romanos, sirviendo de mercenarios, y luego como patriotas a favor de Palestina. Pero con un líder como Jesús podríamos reunir un ejército de valientes para presentar batalla por el Dios único contra el pagano Pilato.
—¿No tendríais miedo —pregunté: de que se repitiese en vosotros el destino de Judá de Galilea?
—No sería lo mismo —dijo confidencialmente—, pues ese galileo era un falso profeta. Ni venía de Belén de Efrata, ni había nacido de una virgen.
Como puede suponerse, me sentí desconcertado.
—¿De dónde has conseguido esa información? Señaló a Simón-bar-Jona.
—El gran pescador me lo dijo.
—y te dijo bien.
—Por una vez estaba de acuerdo con aquel simple.
Jesús nunca se quedaba mucho tiempo en ningún lugar, temeroso de que los soldados le apresaran antes de que él estuviera dispuesto, como decía, para ir por su propia voluntad.
Yo protestaba ante aquel acatamiento de su propia muerte terrenal.
—¿Quién nos dirigirá si tú te vas? Sonrió tristemente.
—Tú sabrás el momento de mi marcha antes que ninguno de los otros, Judas. Yo muero para cumplir la antigua profecía y demostrar al mundo que la vida es eterna.
Si todo estaba ordenado de antemano, ¿para qué luchar y conspirar con tal frenesí?
—Si somos simplemente instrumentos del Señor, ¿qué importa quiénes somos y cuáles son nuestras ambiciones?
Sonrió.
—Sin lo que somos, y quiénes somos, la voluntad de Dios no se cumpliría.
—Pero ¿a quién servirá, Maestro, tu muerte?
—A la humanidad. Todo resultaba desconcertante.
—Pero tú has curado a muchos la mente y el cuerpo, y dado una vida de esperanza a muchos más. ¿Cómo puedes servir mejor a tu pueblo que dándole esa libertad de que hablas?
—Esa libertad, Judas, es del alma, y es eterna y pertenece a todos. Cuando sólo una nación es libre, las otras son menos libres.
—Pero Dios estableció una alianza con Israel, y a nosotros nos prometió el Mesías.
—Dios da a conocer su voluntad a sus Profetas en distintos tiempos y de distintos modos. No hay nada inalterable en el mundo de Dios, salvo para Dios.
—¿Qué sucede entonces con la voluntad humana, Maestro?
¿Es como una marioneta, movida por hilos que no se ven?
La sonrisa del Maestro se hizo más amplia.
—Mediante las decisiones tomadas en esta vida, Judas, mediante las lecciones que aprendemos, aunque sea en la última hora, establecemos nuestro lugar en el Reino de los Cielos.
—y ¿por qué tiene eso mayor importancia que nuestra vida en este mundo?
Mateo, Pedro y Juan habían entrado en el campamento y se habían sentado en torno del fuego frotándose las manos. Me disgustó que nuestro momento de intimidad se quebrara tan bruscamente.
—Es mejor que estéis todos aquí —dijo el Maestro—, pues había pensado hablaros ,a todos de este tema: que lo que hacemos vive después que nosotros, y vuelve con nosotros .
Mateo alzó la vista inquisitivamente.
—Tú hablas, Maestro, de nacer de nuevo. Pero en todo Israel nadie, excepto los fariseos, cree en los ángeles de Dios, y el renacimiento del hombre. Para ellos la experiencia actual lo es todo, y sin embargo ellos administran el Templo y adoran al Señor Dios.
—Los saduceos están completamente helenizados —intercalé yo— y son más estoicos y cínicos que los mismos romanos helenizados. En cuanto a los fariseos, están tan perdidos en el ritual que crean a Dios a su propia imagen mezquina.
—Bien dicho, Judas —observó el Maestro, y el corazón me dio un salto con esta alabanza—, pero hay otros , en Israel, aparte los saduceos y fariseos. Los amaretzin, en su sencillez, están abiertos a las enseñanzas de Dios, y los esenios enseñan qué la vida no es sólo de este mundo. Ellos creen, con Juan el Bautista, en la resurrección. Nadie sabe mejor que el Bautista que, por la elección que hace el hombre en esta vida, por sus virtudes o sus pecados, él mismo establece las condiciones de su renacimiento. Pero uno debe morir para nacer de nuevo.
—Sus ojos se hicieron suaves y reflexivos—.
y esto también lo sabe Juan el Bautista, y ha de enfrentarse con ello.
Sus ojos tenían una mirada de dolor que nunca había visto antes. Percibí la preocupación de Juan, pero este estado de ánimo del Maestro pasó rápidamente.
Y sólo a la mañana siguiente, cuando nos llegó la noticia de la ejecución del Bautista, tuvimos razones para recordar este presentimiento. Uno de los setenta discípulos trajo la noticia desde Perea, donde el Bautista había sido encarcelado en la prisión de Maqueronte. La esposa de Herodes había exigido su muerte con el precio de su afecto constante, pero sólo cuando los seguidores del Bautista dejaron de pagar los impuestos se selló su destino. Herodes era demasiado zorro para conceder el capricho de Herodías, o de su hija núbil Salomé, a menos que sirviera a algún propósito más importante.
Cuando le contaron que la cabeza del Bautista había sido presentada en una bandeja de plata por Salomé, después de bailar ante Herodes, el Maestro gimió e hizo señas al discípulo de que terminara su relato diciendo:
—Era una luz ardiente y brillante, y el pueblo estaba dispuesto a regocijarse en esa luz. Pues entre los hombres nacidos de mujer no hubo un Profeta más grande que Juan.
—Aunque muy apenado por el Bautista, recalcó que el mensaje tenía más importancia que el mensajero—.
Yo tengo un testigo aún mayor que el Precursor, pues las obras que el Padre me ordenó que terminara dan testimonio del que me envió.
Ninguno de nosotros dudaba de sus poderes, sólo de su misión. En un mundo de tantas iniquidades, ¿quién sabía qué tipo de injusticia tenía prioridad?
Simón el Zelote y yo veíamos claramente que, con su carisma, hubiera podido reunir rápidamente las suficientes legiones para arrojar a Roma al mar. Andrés, Pedro y Jaime, le veían como el auténtico sumo sacerdote de Israel, muy por encima de Anás y el resto. Y los otros, aquellos sencillos y supersticiosos campesinos de Galilea, sentíanse impresionados principalmente por el hecho de que curara a los enfermos y diera de comer a los indigentes. Sólo Mateo y Juan parecían buscar el significado de su salvación celestial, pero la preocupación de éstos era la de los cronistas deseosos de aclarar y comprobar cuanto están presenciando.
—Los saduceos —dijo Mateo— dicen que el alma perece con el cuerpo. Que no hay más allá, ni lugar de descanso o de tormento, ni juicio, ni separación de los buenos v los malos. Ni retribución en la vida o en la muerte.
—Ellos creen en los diezmos, los impuestos y los cambistas —contestó el Maestro con desprecio.
—¿Por qué les hacéis caso? Mateo frunció el ceño.
—Pero los fariseos sí creen en esa vida posterior de la que tú hablas, en la que habrá premio o castigo según uno se haya portado en esta vida. Los virtuosos volverán, y los malvados serán confinados en prisión. Los esenios afirman que la virtud sobrevivirá después de la muerte en un mundo modelo, más allá del mar.
—No es como digan, sino como Dios quiera —afirmó el Maestro—. Con el arrepentimiento no hay pecadores, y el Reino de los Cielos es para todos aquellos que vuelvan a nacer sin pecado.
¿No recordáis el hombre que preguntó si había nacido ciego por sus pecados o por los de sus padres?
Seguramente un recién nacido no tiene pecados.
Como yo, Simón el Zelote estaba ansioso de que Jesús declarara toda la amplitud de su mandato. ¿No era el novio, no un simple invitado, y ya se hacía esperar la boda?
—Hablas de ser una luz para los gentiles, sin embargo el rabino Eleazar, el gran erudito, ha dicho del Señor:
«Puesto que tú me has reconocido como el único Dios, yo te he reconocido como el único pueblo».
Jesús sonrió.
—Así es como fue siempre, hasta el tiempo actual. Pero con el advenimiento del Hijo, Dios, a través de su Pueblo Escogido, trae su luz para todas las naciones.
Vi que mi propia impaciencia se reflejaba en Simón.
—¿Cómo puede haber luz sin libertad?
—La verdad te hará libre, Simón.
—«Nosotros somos del linaje de Abraham y nunca hemos sido siervos de nadie», dicen los fariseos. ¿Cómo dices tú entonces «seréis libres»?
El Maestro sonrió tristemente.
—Quédate y observa, Simón. Quédate v observa. Pues tú serás libre de un modo que no esperas.
Como los mortales corrientes, sus estados de ánimo cambiaban sin una razón discernible. Cuando vinimos a Cesárea, la capital para los romanos, parecía más expansivo de lo habitual. Extendimos nuestros mantos sobre la arena para la comida de mediodía mirando el azul Mediterráneo. El Maestro tomó tan sólo un racimo de uva, un poco de leche agria y una torta de pan de cebada. Le ofrecí un vino muy bueno de las viñas de Galilea, pero agitó la cabeza con una sonrisa.
—No beberé vino, Judas, hasta la última vez que cenemos juntos. Resguardándose los ojos miró el brillante palacio de cúpula dorada construido al estilo griego por Herodes, y dijo en tono reflexivo:
—Ahí mora el Procurador Poncio Pilato con su esposa, la hermosa Glaudia Prócula, sin poder imaginarse, en su ambición insaciable, que su fama perdurará hasta la eternidad por su encuentro con el Hijo del Hombre.
—Entonces— ¿dirigirás a los judíos contra Roma? —pregunté, respirando agitadamente.
Me lanzó una sonrisa de lástima.
—Judas, Judas… —Pero tú has dicho que no has venido a traer la paz, sino a desenvainar la espada.
—Pregúntate más bien, Judas, ¿la espada de quién? No soy de los Macabeos, sino de uno cuyas obras sirven a toda la humanidad. Todos deberíais saber ahora quién soy y quién me envió, lo mismo que lo supo aquella mujer del pozo en nuestro breve encuentro. Tiene más importancia esa cita de Samaría que todas las cosas que habéis presentado —había casi una nota de enojo en su voz—. ¿O es que hay que ser samaritano para creer en el Hijo y en el Padre?
Hizo una seña a Juan que se sentó frente a él, como era su gusto, y a bar-Jona, que apenas parecía darse cuenta del curso de la conversación.
—Dime, querido Juan, ¿quién dicen los hombres que soy yo? Los ojos grises de Juan se llenaron de placer al ver que le preguntaba el primero. Naturalmente, él conocía todas las historias que corrían por el país, y con ellas la profecía de Malaquías. ¿No había dicho Malaquías: «Ved que yo mandaré a Elías el profeta antes que venga el día grande y terrible del Señor. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, no venga yo a dar a la tierra todo el anatema»?
Juan se puso de pie en su entusiasmo.
—Algunos declaran, Señor, que eres Elías, el profeta de la buena nueva, y otros Jeremías, vuelto para fustigar de nuevo al pueblo con la verdad, o uno de los demás profetas, como Isaías o Ezequiel, de los que lees constantemente.
—Su rostro juvenil se nubló por un instante—.
Algunos dicen incluso que eres Juan el Bautista. Pero ¿cómo podría ser eso si fuiste bautizado por él hace muy poco tiempo y sólo acaba de morir? ¿Es posible, Maestro, que su espíritu se haya fundido con el tuyo?
Jesús agitó la cabeza.
—No, querido Juan, el espíritu del hombre es sólo uno, aunque unido con Dios forma el alma eterna.
Todo me parecía más confuso que nunca. Nataniel, que se enorgullecía de ser estudiante de la ley aunque galileo, reaccionó con un vigor habitual.
—¿Por qué han dicho entonces los escribas, así como los profetas, que Elías ha de venir primero, antes del Mesías?
Los ojos del Maestro pasaron de Mateo a mí, como si compartiéramos lo que estaba a punto de revelar.
—Bien dicho, Nataniel, pues en realidad era necesario que Elías dispusiera el camino, cosa que hizo. Pero las autoridades no le conocieron, y por eso hicieron lo que quisieron con él.
La serenidad habitual de Nataniel le falló ahora.
—¿Sugieres, Señor, que Juan el Bautista era en realidad Elías y que nadie le reconoció?
—Los que estaban dispuestos sí le conocieron.
—Pero él vino y se marchó sin cumplir lo prometido de Elías.
—Él sirvió bien a su premio celestial, lo sufrirá de los filisteos.
Que al hablar de los filisteos el Maestro quería decir los incrédulos. Quedó claro incluso para Felipe y Nataniel, que eran en realidad muy similares. ¿No había dicho Nataniel, al oír hablar por vez primera de Jesús:
«¿Qué bien puede salir de Nazaret?»
Los discípulos habían formado un círculo cerrado en torno del Maestro en su ansiedad por resolver la identidad del líder al que seguían con secretos temores. Lentamente los ojos de Jesús recorrieron el círculo hasta que fueron a fijarse en el rostro rudo de Simón el pescador.
—Y ¿quién decís vosotros que soy yo?
Simón-bar-Jona bajó la vista ante aquella mirada sarcástica.
Se humedeció los labios nerviosamente, luego, alzando los ojos al cielo dijo como si obedeciera a una decisión inspirada:
—No eres nada de eso, Señor. Pues tú eres el Ungido, el Prometido de Israel, el Hijo del Dios Vivo.
Jesús se adelantó y apoyó las manos en los amplios hombros de Pedro, en una rara demostración de afecto que con ninguno hacía sino con Juan.
—Bienaventurado tú, Simón-bar-Jona, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino por la inspiración divina de mi Padre que está en los cielos.
Yo no había visto nada tan estremecedor en la observación del pescador. Sólo era lo que el Maestro había afirmado en incontables ocasiones. Sin embargo Jesús aprovechó esta oportunidad, basándose en la aparente revelación de Simón, para elevarle oficialmente ahora sobre todos sus seguidores. Hasta este momento, y aunque le había llamado la Piedra, no había distinción entre los Apóstoles. Como sus delegados, todos éramos iguales entre nosotros y ante el pueblo.
Pero, con las manos todavía sobre los hombros de Simón, Jesús le confirió ahora el espaldarazo:
—Sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. ¥ yo te daré las llaves del Reino de los Cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos.
Y así quedaba todo hecho al fin. Primero le había llamado Pedro la Piedra; luego le había sentado junto a su corazón, y ahora dejaba bien claro lo que se había propuesto todo el tiempo utilizando la razón más insignificante para hacerlo. Pero en realidad sólo era un honor vado pues, aparte de acrecentar su sentido de importancia, no tenía otro propósito.
Andrés seguía siendo su secretario, yo su tesorero y Juan su preferido. Entonces ¿por qué lo habría hecho? Quizá Mateo, con su misión de cronista, lo viera con mayor claridad que ninguno de nosotros.
—Pedro —,dijo—, con todas las fragilidades humanas, sus esperanzas y aspiraciones, sus buenas intenciones fallidas sus dudas y temores, al, fin sabrá mejor que nadie cómo dar su mensaje al pueblo. Pues en él está representado el hombre medio. y tal vez fuera así, pero el tema de la reencarnación me obsesionaba más que Simón Pedro. Pues, si uno seguía viviendo, volviendo una y otra vez para completar la obra no terminada, y luchando, como decía el Maestro, para alcanzar la perfección ante los ojos de Dios, entonces en realidad sería un hombre prudente el que aprovechara la ocasión contra los romanos en esta vida.
Así no en la siguiente. Pero, ¿qué prueba había allí? No era suficiente decir: Tened fe, pues la fe necesitaba alguna base de realidad ,sobre la que asentarse. Toda la conversación sobre los fariseos, los esenios, y la otra vida, no eran más que palabras por cuanto yo podía ver. Jesús hablaba también del Reino de los Cielos, y de nacer de nuevo, de que el hombre necesitaba morir para. renacer, pero todo seguía siendo palabras. Jesús no carecía por completo de amigos en las altas esferas, ni entre los fariseos. Pues muchos de éstos, especialmente los ricos y ancianos, estaban intrigados por la perspectiva no sólo de vivir en ese Reino de los Cielos, sino de descender de nuevo a la tierra. Por tanto no me sorprendió que algunos se comunicaran con él en secreto, no queriendo que se conocieran sus simpatías, y otros observaban pacientemente hasta ver de qué lado soplaba el viento. A Nicodemo, uno de los fariseos que valoraban sus enseñanzas, Jesús le aclaró su fe en la reencarnación. Nicodemo, una luz brillante que guiaba al gran Sanedrín, vino sigilosamente a nuestro campamento una noche cuando yo estaba dando las cuentas al Maestro. Había estado meditando sobre las referencias, de Jesús al hombre que había de renacer. Me miró con disgusto, pero el Maestro le aseguró rápidamente que podía hablar con tranquilidad.
—El menor de mis discípulos es tan grande como yo. Nicodemo pareció algo apurado de que un hijo de su antiguo amigo Simón presenciara su apelación aun enemigo declarado de los fariseos. Pero pronto venció su nerviosismo.
—Sabemos que eres de Dios —dijo— pues nadie puede realizar esos milagros que tú haces si Dios no está con él.
Jesús sabía lo que esta visita debía haberle costado al fariseo.
—Dices bien, Nicodemo; En verdad te digo que, quien no naciere de, arriba no podrá entrar en el reino de Dios. La reacción de Nicodemo fue la normal.
—¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?
—Quien no naciere del agua y el espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.— ,Lo que nace de la carne, es carne; pero lo que nace del espíritu, es espíritu. Sólo el espíritu, Nicodemo, nace de nuevo, pues el cuerpo no es más que el templo del espíritu.
El rostro alargado de Nicodemo parecía muy turbado.
—¿Vuelve el hombre a su estado anterior? —preguntó.
—Sólo si es merecedor ante Dios, y entonces su estado sólo está limitado por el cielo.
Nicodemo vaciló, pues no quería que le juzgaran ambicioso.
—¿No se ha dicho de antiguo que el hombre es como el polvo? .
—Eso se dijo del cuerpo, pero no del espíritu. Arrepiéntete y sálvate, pues incluso el rico puede hallar una morada en el cielo si ama a su prójimo como a sí mismo.
Pero Nicodemo seguía preocupándose por esta vida.
—¿Tenemos alguna elección sobre lo que podemos ser? Vi la sombra de una sonrisa en los labios del Maestro.
—Permíteme repetirte de nuevo —dijo— que nadie a menos que ya haya ascendido de la tierra, desciende al cielo. Incluso el Hijo del Hombre ha de ser alzado de modo que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Al fin Nicodemo partió satisfecho, habiendo encontrado en algunas de las palabras del Maestro una definición de la eternidad que fuera de su gusto. Pero las constantes alusiones de Jesús a su propia muerte, aunque hubiera de seguir viviendo eternamente, turbaban a todos los discípulos, pero a nadie tanto como a mi. Pues, si él moría, ¿quién dirigiría la insurrección? Él llamaba a todas las clases sociales. Algunos le consideraban otro David, el que matara al gigante Goliat. Otros se sentían atraídos por sus poderes curativos, o por su promesa de la vida eterna. Otros aún por aquel encanto hipnótico que parecía capaz de desarrollar en todo momento. Fuera lo que fuese, todos sentían el deseo de seguirle.
Nicodemo había quedado al fin tan impresionado que convenció a su hijo sin más que hablarle del Maestro. Boaz vino a mí y yo, con el corazón alegre, se lo llevé a Jesús, pues con las clases superiores reclutábamos la flor y nata de Jerusalén.
El Maestro estaba en un jardín acariciando las flores y hablándoles tiernamente, como si fueran criaturas vivas. Se alzó de sus rodillas con una sonrisa, me ofreció la mejilla y luego dio la mano a Boaz. Este afectó un tono de gran humildad.
—Mi padre me ha hablado de su convicción de que eres en realidad un Maestro venido de Dios y que predicas la doctrina de 1a vida eterna. ¿Qué he de hacer yo, Señor y Maestro, para alcanzar esa vida?
Jesús le miró con su sonrisa enigmática.
—¿Cuánto la deseas en realidad?
Con todo mi corazón —los ojos castaños de Boaz ardían de emoción.
Alzo su hermosa cabeza.
Haría cualquier cosa que me pidieras.
La sonrisa de Jesús se hizo más amplia.
—Me llamas Señor y Maestro. Sabe que sólo hay un Señor y Maestro, y que es el Señor Dios de Israel.
—Yo no pretendía ofender al Dios Único —dijo Boaz—, sólo honrar a su mensajero. .
—Yo vengo de él —dijo Jesús— pero él existe aparte de Mí, mientras que yo no puedo existir sin él.
—Algunos te llaman el Hijo de Dios.
—El Hijo no es tan grande como el Padre, aunque con el tiempo algunos me llamarán Dios. ¿Dices que estás dispuesto a hacer cualquier cosa?
—Cualquier cosa —asintió ansiosamente Boaz.
—Debes guardar los mandamientos.
—¿Hay alguno más importante que el otro?
—Adorarás al Señor Dios con todo tu corazón. De éste se siguen los demás. Pues así no se puede mentir ni robar, y es fácil amar al prójimo y honrar a tus padres.
Los ojos de Boaz brillaban de placer.
—Todo eso lo he guardado desde mi juventud.
—¿Tienes una esposa, o hay alguna doncella a la que ames?
—No estoy casado, ni hay nadie a quien no pueda dejar.
—y ¿en qué te ocupas?
—He ayudado siempre a mi padre con sus propiedades.
—y ¿te ha recompensado bien?
—Ya me ha dado mi herencia.
—¿Es considerable?
—Sí, pues soy su único hijo.
—Los que me siguen no tienen familia, sólo la compañía del hombre.
Boaz asintió rápidamente.
—Estoy dispuesto. Jesús hizo una pausa.
—¿Estás dispuesto a disponer de las propiedades que te ha dado tu padre terrenal?
Boaz vaciló.
—No llevo mis propiedades conmigo.
—No puedes viajar sin llevar encima todo cuanto tienes. Ve, da cuanto posees a los pobres y luego sígueme y entrarás en el Reino de los Cielos.
Vi la duda en los ojos de Boaz.
—No puedo entregar todo lo que tengo por derecho de nacimiento.
Jesús suspiró.
—Tu herencia será entonces sólo de este mundo. Únicamente el que lo entrega todo por mi nombre heredará la vida eterna.
Con el semblante triste, Boaz se volvió y se alejó lentamente.
—He aquí una lección —dijo Jesús tristemente— incluso para los que lo han dejado todo por mí —y sus ojos buscaron los míos—. Roma no se construyó en un día, ni caerá en un día.
Alcé la vista ansiosamente.
—¿Entonces caerá?
—Todo llegará a ocurrir según estaba profetizado, y Roma será sólo un escabel para el Señor.

9 - Sucesos venideros

Sin comprender mi patriotismo, la mayoría de los discípulos me consideraban incrédulo. Pero el mismo Jesús rechazó sus ataques y me hizo saber que me consideraba tan bueno como los otros.
—Tú, Judas, tienes tu misión como cada uno de ellos y serás recordado mucho después que hayan sido olvidados otros.
—Mi misión —dije— es liberar a mi pueblo. Alzó las cejas delicadamente.
—¿Tu pueblo, Judas? ¿Quién es tu pueblo?
—Los judíos de todo Israel y de la Diáspora, que quedarán libres de Roma.
—¿Y los demás? ¿Acaso el pueblo de Roma, al que desprecias, no es asimismo víctima de su tiranía?
Siempre estaba complicando las cosas.
—¿No dijeron claramente los Profetas que el Mesías liberaría a Israel para que triunfara sobre las setenta naciones?
—Así que tú reemplazarías la tiranía de Roma por otra…
—No me preocupan las otras —dije, y luego con mayor osadía— ni deberían preocuparle al Mesías.
—Judas, Judas —me riñó amablemente—, ¿con cuánta frecuencia he de decirte que sólo la voluntad de Dios es importante? Todo lo demás es vanidad.
Incluso con aquella túnica descolorida y las sandalias viejas tenía aspecto de rey. Y lo era con toda seguridad aunque despreciara el cetro que muchos le habrían dado Frente a su indecisión la fe de los discípulos, y la del pueblo, vacilaba a menudo. Entonces él —realizaba —algún nuevo milagro, y éste hacía comprender a todos que él era realmente el Libertador de Isaías, y el Hijo del Hombre.
En el camino desde Jericó pasamos por el Valle de Cedrón, pretendiendo entrar en "la Ciudad Santa por la Puerta de la Fuente. Venía una gran muchedumbre en nuestro seguimiento cuando el maestro se encaminó hacia la piscina de Siloé, al sudeste de la ciudad.
Normalmente evitaba esos lugares donde se reunían los enfermos pues él curaba públicamente, con pocas excepciones, sólo para revelar su relación con el Padre. Por eso tuve la impresión de que de nuevo se proponía algo. Ahora, al aproximarse a la piscina, le rodearon apretadamente los enfermos que aguardaban su turno para entrar en el agua.
Oyendo el murmullo excitado de la muchedumbre un ciego alzó las manos implorante gritando" con voz débil: «Jesús, Hijo de David, ten piedad de este hijo de Israel». Así era Jesús conocido de muchos que aún no estaban seguros de que fuera el Prometido, pero que no quedan ofenderle si resultaba ser el Libertador.
Otros de la multitud que esperaban ser sanados pedían a Josfas-bar-Timeo que se callara. Pero Jesús miraba sobre sus cabezas y rogó a Andrés que le trajera a aquel hombre. Josías tiró su platillo y se postró ante el Señor.
—Hijo de David —gritó, las lágrimas corrieron de sus pupilas sin vista—, mis ojos desearían ser las flores brillantes y el cielo azul, los amados rostros de mis viejos padres. Pues yo soy ciego de nacimiento y nunca he visto a nadie, ni siquiera puedo imaginar el aspecto que tengo, aunque mis manos han repasado este rostro incontables veces.
Pedro tenía su pregunta habitual.
—Maestro ¿quién pecó, este hombre— o sus padres, para que naciera ciego?
No era la primera vez que se le pedía a Jesús que ayudara a un ciego de nacimiento; pero sí en público.
Los saduceos entre la multitud arrugaron la nariz en gesto de disgusto, ya que no creían en otra vida más que en la presente. Pero el Maestro contestó, sin afirmar ni negar la reencarnación:
—Ni pecó éste ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios en el momento adecuado.
Como Josías tenía ahora treinta años parecía cruel que hubiera pasado tantos años ciego sólo para que el Maestro le utilizara como una señal.
—Josías-bar-Timeo —dijo d Maestro como si adivinara mis pensamientos— dará testimonio ante todos del poder del Señor.
La luz del mundo estaba a punto de dar la luz a un ciego. Vi las muecas burlonas de los saduceos, fariseos y escribas. Ellos veían y sin embargo no creían, pues eso venía a trastocar su mundo tan cómodo.
Generalmente Jesús curaba con una palabra o un contacto. Pero ahora escupió en tierra, hizo con saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego. Josías estaba tan tieso como un poste.
—¿Crees —preguntó el Maestro— que serás curado?
—No tengo la menor duda, Hijo de David.
—Bien, ve y lávate en la piscina y quedarás curado.
Andrés y Pedro ayudaron a Josías a entrar en la piscina, ahora vacía porque todos los enfermos se habían reunido en torno de Jesús pidiéndole que los sanara también.
Josías se arrodilló y se lavó los ojos con el agua. y entonces, frotándoselos, dejó escapar un grito de júbilo. «i Veo, veo!» En su excitación empezó a dar saltos, hasta que yo temí que se cayera y se hiciera daño. Pero Andrés y Pedro le sacaron de la piscina y le llevaron ante el Maestro.
El aura de Jesús era más fuerte ese día, y sus ojos penetrantes.
—Fuiste curado, Josías-bar-Timeo, porque tuviste fe. Ni todo el barro del mundo curaría una sola picadura de mosquito sin fe.
Los ojos hambrientos de Josías miraban a todos lados. —
—Doy testimonio de que fui ciego toda mi vida hasta que me vi curado aquí hoy.
El fariseo Ezra, que se denominaba a sí mismo el Vigilante de la Verdad, dijo fríamente entre la muchedumbre:
—y ¿quién da testimonio por ti? El rostro de Josías se nubló.
—Sé lo que quiere decir. He estado sentado junto a la
piscina durante veinte años, y nadie puede discutir mi ceguera.
¿Por qué había de mentir, señor?
—Tú estás poseído del demonio y todos sabemos quién lo ha puesto en ti. Pues esta curación, si es que es una curación, ha sido realizada en sábado, cuando está prohibida toda actividad.
Los ojos de Jesús relampaguearon.
—Ezra, si tu buey se cayera en un pozo y se estuviera ahogando, ¿le sacarías en sábado?
—El sábado pertenece a Dios y es blasfemia trabajar en ese día.
—Dios es más misericordioso que los fariseos. Pues él hizo el sábado para el hombre; no el hombre para el sábado.
El fariseo apretó los labios, pero el Maestro se alejó fríamente, seguido como de costumbre por la multitud.
—¿Qué hago yo ahora? —preguntó Josías corriendo tras él.
—Disfruta de tu vista —le dijo— y no me niegues ante nadie.
Dos días después, cuando acampamos en el Monte de los Olivos, sobre el Huerto de Getsemaní, nos llegó la noticia de que los fariseos se proponían llevar a juicio al ciego y presentar a Jesús, como un brujo.
Algo turbado fui a casa del rabí Gamaliel por la tarde. El estaba orando en el jardín, pero alzó la vista con placer cuando me vio.
—Me alegro de verte —dijo, ofreciéndome la mejilla—, no sólo por ti sino para que puedas contarme algo más de ese galileo del que se rumorea que es el Mesías.
—Es el Mesías —dije— y encaja perfectamente con las profecías excepto en lo que se refiere a atacar a Roma.
—Es sabio entonces —dijo el rabino riendo—, o vosotros los exaltados conseguiríais que le crucificaran como a Judas el Galileo.
—No hay cruz que pueda sujetarle. Yo le vi desaparecer como en el aire cuando algunos le llamaron rey.
—Ya tenemos suficientes reyes —dijo Gamaliel secamente. Me cogió por el codo—. Pero perdóname por ser un anfitrión tan negligente. Entremos en mi despacho donde tomaremos un vino persa y nos sentaremos a charlar en privado. —Me hizo pasar del atrio, lleno de flores, a una pequeña habitación cuyas ventanas daban al espléndido palacio de Caifás y al palacio de Herodes.
—Tienes unos vecinos magníficos —dije. Sonrió.
—La casa de tu padre está a muy poca distancia —soltó una
tosecilla—, lo que me recuerda que tu madre ha vuelto. Creo que deberías visitada.
Alcé la vista ansiosamente.
—¿Te preguntó por mí?
—No, pero su regreso sugiere que quiere hacer las paces. Tú eres más joven, Judas; trágate el orgullo.
—Pero ella es mi madre. —Se afirmaba mi convicción de ser el ofendido.
Sonrió.
—Aunque así sea ¿no predica tu Maestro que hay que perdonar para ser perdonado?
Le miré estrechamente.
¿Has estado siguiéndole? Inclinó..1a cabeza lentamente.
—Desde que tenía doce años, al parecer. Pero ve a tu madre; promételo.
Se lo prometí.
Nos reclinamos cómodamente uno frente a otro, junto a una mesita en la que había una selección de vinos de muchos países.
—Preferiría vino de Judea —dije.
Siempre el patriota ¿eh, Judas? Bien, eso es una petición que puedo satisfacer fácilmente. —Alzó con lentitud el jarro sobre mi copa—. ¿Alguna otra petición?
—¿Por qué se preocupa el Sanedrín de un asunto tan insignificante como la curación en la piscina?
Frunció el ceño. .
—No es tan insignificante, si consideras cuán sagrado es el sábado para los fariseos.
—Pero devolvió la vista a un hombre. Fue como restaurar una vida.
—Según la ley, en sábado no tenía derecho ni a recoger una ciruela de un árbol.
—Pero fue la obra de 'Dios.
—El Templo decide lo que es la obra de Dios, —sus ojos me guiñaron— y el Sanedrín decide la obra del Templo.
—La familia de Anás dirige el Templo, y el Sanedrín.
Había hablado con demasiada rapidez, y su rostro enrojecido me recordó de pronto su posición. Continuó rápidamente antes de que yo pudiera disculparme:
—El Sanedrín está dividido por partes iguales en saduceos y fariseos, y no se muestran demasiado ansiosos de cumplir la voluntad de Anás en todas las cosas.
—A petición suya han aceptado investigar al ciego y a sus padres.
Alzó el índice.
—Pero no han llamado a tu Jesús. Sentí picada mi curiosidad.
—Y eso ¿por qué?
—Porque él tiene amigos incluso en el Sanedrín, fariseos que tienen una honesta curiosidad sobre ese Hijo de David y que quieren saber más acerca de él antes de juzgarlo.
Mis ojos estudiaban aquel rostro inteligente y jovial. Comprendía bien que le llamaran el búho.
—Y además temen a los miles que le siguen como al Mesías —dije, como si terminara su pensamiento—, los cuales, si él diera una orden, se apoderarían del Templo y de la Fortaleza Antonia.
Rió entre dientes.
—Nunca dirá esa palabra, pues ama demasiado a Israel. Le miré inquisitivamente.
—Por todo cuanto he oído decir es un hombre muy prudente, y los hombres prudentes saben que hay momento y lugar para todo.
De nada servía negar el poderío y los ejércitos de Roma.
—¿Puede asistir alguien más, aparte el ciego, a este juicio de Josías-bar-Timeo? —pregunté
No se rió ahora.
—Con tus credenciales, eso no te sería difícil.
—Mis credenciales son mi secreto.
—Cierto; observa entonces como invitado de Gamaliel, cómo uno cuyo padre fue un anciano del tribunal.
—Bien. Así que no llamarán a Jesús.
—No si la curación se declara válida. Pues sería estúpido basarse. en el decreto del sábado para acusar en estos momentos a un héroe popular. Primero hay que desacreditarlo, y eso no ha tenido lugar todavía.
Esta fría lógica me dejó helado. Era tan calculadora que parecía malévola.
—Me limito a ver la situación a través de los ojos de Anás, Judas. Para lograr el éxito uno ha de preocuparse no tanto de lo que la gente dice o hace, sino de lo que quiere. Ahora pregúntate qué quiere el sumo sacerdote.
—Mantenerse en el poder. Todo el mundo lo sabe.
—Exactamente. Entonces pregúntate: ¿Qué minaría ese poder?
—Un poder rival.
—Muy bien, y ¿qué más?
—Los problemas con los romanos. Me abrazó.
—En realidad sí eres el hijo de tu padre, Judas. Yo me había limitado a mencionar lo más obvio.
—Pero lo más obvio es lo que escapa a la gente. Deberías aplicar este mismo enfoque del asunto con tu Maestro. Estoy seguro de que resultaría revelador. Pero, naturalmente, estás demasiado cerca de él para mostrarte desapasionado, y demasiado influido en tus pensamientos por lo que deseas. Rchazó mis objeciones.
—Te veré por la mañana. Recuerda —me avisó— que no eres más que un observador.
Cuando me marché me di cuenta de que no había tocado el vino.
El Tribunal de la Piedra Hendida, donde se reunía el Sanedrín, estaba casi abarrotado. Sólo se necesitaba un quórum de veintitrés en los juicios menos importantes, mientras que, en los casos capitales, se requería por lo general la mayoría de los setenta. Las sesiones solían celebrarse durante dos días sucesivos, a fin de dar al acusado todas las oportunidades de que se alterara el resultado de la primera audiencia. Como siempre, la leyera más misericordiosa que el hombre.
Vi muchos rostros familiares en la cámara. Anás estaba sentado en una plataforma elevada frente al tribunal y un poco más abajo estaba el Nasi, el rabí Gamaliel. Ocupé un asiento en la última fila de la sala sin ventanas, mostrando primero a un guardia el pase firmado por el Nasi. Junto al banquillo de los acusados vi a Nicodemo y a José de Arimatea que aguardaban en silencio a que se iniciara el proceso.
Los cargos fueron presentados por el rabí Ezra pero éste, como denunciante, no podía ser testigo. Caifás, el acusador oficial, ocupó su lugar a la cabecera de una larga mesa. Se necesitaban dos testigos y, puesto que el acusado no era testigo de buena fe contra sí mismo, me pregunté quiénes serían los otros. Con sobresalto reconocí al discípulo Gestas, que era uno de los setenta, y a quien yo recordaba haber visto en el grupo aquel día.
Él era responsabilidad mía puesto que yo le había nombrado, y a Dimas y a Joshua-bar-Abbás también, ya que habían mostrado cierto interés en realizar esa labor para encubrir sus actividades por la causa.
De vez en cuando recibía informes de sus saqueos y emboscadas, y me preguntaba si habría hecho lo más adecuado. Me consolaba el pensamiento de que incluso así estaban trabajando en la viña del Señor, extendiendo la palabra de Cristo, aunque a 1a vez recogieran armas y diversos materiales para' el enfrentamiento definitivo. Pero ahora no estaba tan seguro, y le vi inquieto.
Otros dos se sentaron frente a él en la mesa de los testigos, una pareja de ancianos indudablemente de la clase trabajadora, ya que las agujas que él llevaba en la túnica le revelaban como sastre. Parecían nerviosos y en sus ojos se creía el temor de Anás, con sus ropajes blancos y brillantes de oro.
Las acusaciones eran estúpidas: que Josías había conspirado para violar el sábado, y que además había cometido perjurio. ¿Qué tipo de acusación era ésta? Indudablemente sólo una trampa para llegar hasta Jesús.
Josías-bar-Timeo fue el primer testigo. Se adelantó con aire temeroso y quedó de pie en el estrado de los testigos, las manos nerviosamente aferradas a la barandilla.
Caifás se le acercó lentamente.
—¿Tu nombre? —preguntó con un tono que habría reservado para un montón de estiércol.
Josías apenas tuvo tiempo de contestar.
—¿Tu trabajo? El rostro del acusado demostró desconcierto.
—No tengo ninguno —dijo— pues he sido ciego de nacimiento. Apenas pude reprimir una risita.
El acusador habló con voz de trueno.
—¡Cuidado con lo que dices, hombre y limítate a contestar mis preguntas!
Josías miró en torno impotente, preguntándose sin duda cómo había colaborado él en la recuperación de su vista.
—Sí, señor.
—Y ¿dónde vives?
—En el camino de Jericó, con mis padres —les señalaba con la mano, ansioso de complacer—. Están a esa mesa, señor. —Lo cual explicaba la pareja de viejos.
—Dinos qué hacías en la Piscina de Siloé.
—Pedía limosna, señor, como es la costumbre de los pobres y ciegos.
Caifás le miró despectivamente.
—Pero ¿por ,qué ese lugar en particular, cuando te hubiera sido más fácil pedir limosna cerca de tu casa?
Los ojos de Josías brillaron en la cámara.
—Esperaba un milagro, señor.
—Un milagro —Caifás aprovechó inmediatamente la palabra—.
¿Qué clase de milagro?
—El que tiene lugar en las aguas curativas.
—¿Cuánto tiempo has estado sentado junto a la piscina?
—Unos veinte años.
—¿y has estado en sus aguas?
—Muchas veces.
—¿Y no fuiste curado?
—No, señor.
—¿Sabes de alguien que fuera curado? .
—Sólo por lo que otros me dijeron. Pues yo no podía verlo por mí mismo.
Hubo algunas risitas entre los fariseos. El acusador reaccionó coléricamente.
—¡Nada importa que no pudieras ver! De eso se trata en este examen.
Josías sonrió bobaliconamente.
—Lo que tú digas, señor:
Caifás habló ahora con toda deliberación como para recalcar sus preguntas:
—¿Cómo seguías esperando un milagro si no se había realizado en todos esos años?
Los ojos del testigo brillaron. Eran unos ojos azules,. con cierto brillo verdoso, y tenían un aire de sorpresa constante, como si el propietario aún no hubiera vencido su asombro al poder distinguir todo lo que le rodeaba.
—Porque había oído hablar de un hombre, más grande que Juan el Bautista, que hacia toda clase de curaciones, incluso devolver la vida a los muertos.
—y ¿quién es ese hombre? Josías se encogió de hombros.
—Algunos 1e llamaban el Libertador, otros decían que era el Hijo de David, la vara de Jesé prometida por los antiguos profetas.
—¿Cómo conoces tú esas profecías si has sido ciego de nacimiento? —las cejas de Caifás se alzaban en gesto de burla.
Las palabras salieron apresuradamente:
—Mis buenos padres son judíos piadosos, de la secta de los fariseos, y me leyeron las profecías desde mi infancia.
Pude ver sonrisas de satisfacción entre los fariseos.
—Incluso así —dijo Caifás— ¿por qué había. de elegirte a ti ese Hijo de David, como tú le llamas?
—Mis queridos padres siempre me han dicho, cuando yo me desesperaba, que debía tener fe y no discutir la voluntad de Dios.
También yo me había preguntado por qué había elegido el Maestro a este hombre. Pero ahora comprendí que debía haber sido elegido para la ocasión.
Más pronto o más tarde Caifás había de llegar a la razón de esta audiencia:
—¿Qué afirmó ese hombre a propósito de sí mismo?
—Nada.
—¿Cómo exige que le llamen?
—Los otros le llamaban Maestro, pero él no exige nada para sí.
—¿No le llamaste tú el Hijo de David?
—Solo porque así se lo oí a otros.
—¿No dijo él que era un profeta? Josías vaciló.
—Cuando le preguntaron se limitó a asentir.
—¿y no tomaste eso como consentimiento?
—Sin duda tiene que haber sido un profeta. ¿Cómo, si no, me habría curado?
—Esa curación de que hablas —dijo Caifás— explícale al tribunal cómo se llevó a cabo.
Josías repitió que Jesús había hecho un poco de barro y se lo había puesto en los ojos.
—Me los lavé en la piscina y vi.
En esos momentos Caifás tenía la misma expresión del gato que se ha tragado al canario.
—¿Había sido curado alguien en esa piscina?
—Eso es lo que he oído.
—Entonces ¿ha habido algunos?
—No puedo decirlo con mis propios ojos.
Vi que la cólera de Caifás seguía creciendo.
—Pero tiene que haber habido curaciones, o tú no habrías oído hablar de ellas, ¿no es cierto?
—Yo no lo juraría, señor, porque yo… Caifás le interrumpió furioso.
—¿Sabías qué día era, ese en el que se supone que fuiste curado?
—¿Te refieres al día en que se me devolvió la vista?
—El día en que el Hijo de David, como tú le llamas, violó la ley.
Sin duda. Josías estaba muy confundido ahora.
—Ignoraba que se hubiese violado la ley.
—¿No te diste cuenta de que eso se hizo en sábado?
—No pensé en ello, señor.
—¿No te diste cuenta de que es pecado participar en, cualquier función pública en sábado, incluso lavarse?
El rostro de Josías se nubló.
—Pero otros estaban también en la piscina.
—Eso no te excusa. Hasta ahora el rabí Gamaliel había seguido el proceso en silencio. .
—¿Estás cuestionando si ese hombre fue curado? —preguntó. Caifás se volvió a él muy enojado.
—Puesto que es pecado trabajar en sábado, este hombre, Josías, y el otro, deben ser pecadores. ¿Cómo puede un pecador realizar tal milagro?
Caifás vio demasiado tarde la trampa que él mismo se había preparado. Sonreí al ver el desprecio en el rostro de Anás.
—Si me permitís una palabra —dijo éste alzando una mano muy bien cuidada—, me parece que la prueba de un milagro se basa en la prueba de que este hombre fuera ciego de nacimiento.
Caifás asintió con aprobación.
—Por esta razón hemos llamado a los padres.
En este punto tuvo lugar una interrupción extraordinaria. Un guardia del Templo, extremadamente agitado, se deslizó en la cámara y habló con urgencia al sumo sacerdote. Anás escuchó con rostro solemne, luego hizo una seña a Caifás. Ambos conversaron por unos instantes y luego se retiró, el guardia. Se escuchó un rumor de curiosidad en la habitación, pero la audiencia continuó como si nada hubiera ocurrido.
—Primero llamaré a un discípulo de ese Jesús de Nazaret —anunció Caifás.
—Tal vez sería más conveniente —dijo Gamaliel— hacer venir al mismo Nazareno.
Caifás le lanzó una mirada de reproche.
—El testigo independiente siempre es mejor que el invo1ucrado.
—Adelante con tu testigo independiente —dijo el Nasi.
Los ojos de Gestas recorrieron osadamente toda la sala del tribunal, deteniéndose al verme. Pareció sobresaltado, tragó saliva nerviosamente, pero se adelantó con firmeza y ocupó el lugar de Josías.
Caifás habló ahora con más confianza.
—¿Eres discípulo de ese Jesús? Gestas asintió.
—Lo soy.
—¿Crees en él?
—Sí.
—¿Le viste curar a este Josías-bar-Timeo?
—Sí.
—¿Tenía algún medio de saber que este hombre era ciego? .
—Sólo porque él lo dijo.
—Ya. —Un brillo asomó a aquellos ojos astutos—. . Sólo porque él 10 dijo. ¿Tuviste dudas de la curación?
—Ninguna en absoluto.— Aquello resultaba todavía más desconcertante.
—Yeso ¿por qué?
—Porque yo había visto ya milagros no menos grandes, incluso la curación de un leproso, cubierto de gusanos, ante mis propios ojos.
—Entonces ¿es el profeta que afirma ser? Gestas agitó la cabeza sombríamente.
—Es más que un profeta. Cuando oí decir que él transforma el agua en vino y que camina sobre las aguas, comprendí que era el Ungido de Israel, el Libertador, el Mesías que todos esperábamos.
Caifás se enfrentó con el Nasi.
—Como ves, tenemos aquí una situación mucho más peligrosa de lo que creíamos.
Gemí ante la estupidez de aquel zelote apasionado. Iba tan desencaminado en sus palabras que se aproximaba a la traición.
«Estúpido —pensé— maldito estúpido.»
Pero la ayuda vino de una fuente inesperada.
—Ese testimonio —dijo Anás con severidad— no es más que una opinión.
Vi el asombro en los ojos de Caifás, e incluso un desconcierto extraño en Gamaliel.
—Y por esa misma razón —continuó Anás imperturbable— no resulta admisible en este momento. Que se retire el testigo. No hay más testigos.
Pero el rabí Gamaliel no podía permitir que las cosas quedaran así.
—No olvidemos a los padres del acusado —dijo—. Han de ser oídos antes de que este tribunal llegue a cualquier veredicto.
Con un encogimiento de hombros cedió Anás.
Só1o era necesario llamar al padre, puesto que el testimonio de una mujer no podía, contradecir al de su marido.
Timeo era un simple sastre, un hombre temeroso de Dios, adicto a la fe de los fariseos en el más allá.
Gamaliel, con una mirada a Anás, preguntó en tono suave:
—¿Les importaría a los saduceos que este fariseo hiciera algunas preguntas a un devoto de las enseñanzas farisaicas?
—En absoluto —dijo Anás—. Los fariseos tienen el mismo voto en las deliberaciones de este tribunal.
Las preguntas de Gamaliel fueron hechas en tono amable.
—¿Este Josías —dijo-es vuestro hijo?
Terriblemente asustado, Timeo tosió nerviosamente.
—Sí, de mi buena esposa.
—Ahora bien ¿fue ciego hasta que lo curó el hombre conocido como Jesús?
—Yo no vi la curación —dijo Timeo— así que no puedo jurarlo, sólo que lo supe por mi hijo.
—¿Podía ver algo tu hijo?
—Era totalmente ciego.
—¿Consultasteis a los médicos?
—Incluso a los médicos egipcios y griegos, pero de nada sirvió. Había nacido sin el nervio óptico.
Un murmullo de incredulidad recorrió la habitación.
—y ¿cómo es posible que vea ahora sin el nervio óptico? Es absurdo.
Timeo inclinó la cabeza.
—Eso decían los médicos, y por eso perdimos toda esperanza.
—Alzó la vista por un momento y sus ojos brillaron—. Fue un milagro, nada más.
—¿Cómo lo explicas?
—Yo no he visto a ese Jesús de Nazaret. Pero mi hijo me dice que hay una luz en torno de él que desafía toda descripción.
—Pero ¿cómo un simple hombre puede realizar tal milagro?
—Con seguridad fue enviado por Dios —dijo el viejo—. Dios no escucha a los pecadores pero, si alguien adora a Dios y hace su voluntad, él le escucha.
Hubo un silencio mortal en la cámara, y luego un estallido general de cólera.
Caifás se puso de pie furioso.
—¿Quién eres tú para predicarnos, viejo? Inocentemente Josías corrió en ayuda de su padre.
—Mi padre dice la verdad. Este hombre fue sin duda enviado por Dios.
Caifás se entregó a una explosión terrible de cólera.
—¡Tú que naciste en pecado —gritó— te atreves a enseñar a los jefes del Templo con tu terrible ignorancia! j Fuera, antes de que te cubramos de cadenas! .
—¿Ponemos la cuestión a votación? —interrumpió Gamaliel con toda cortesía.
Los sumos sacerdotes se miraron subrepticiamente.
—Estas son gentes tan torpes —dijo el acusador— que sería absurdo tener en cuenta su testimonio. Por ésta razón recomiendo que no se tome decisión alguna en este momento.
Este resultado era desconcertante. Pero el asunto se. guía pendiente sobre la cabeza de Jesús: Eso estaba claro. El rabí Gamaliel asintió.
—Por el bien de la comunidad aceptamos la recomendación del acusador.
Alcancé a Gestas en el vestíbulo:
—¿Qué locura es ésta? —le pregunté. Sus modales eran sombríos.
—Es preciso hacer algo para despertarle. Si sus enemigos le llaman el Libertador, entonces él debe tratar de salvar a Israel… y a sí mismo.
—¡Cuidado! —dije—. Esto se acerca a una traición.
—El hombre es para Israel, no Israel para el hombre —dijo él tergiversando a su gusto lo que dijera el Maestro acerca del sábado.
Busqué a José y a Nicodemo, pero ambos se habían deslizado por la puerta trasera. Pronto descubrí la razón. Ante la puerta principal reconocí al guardia que hablara anteriormente con Anás.
Se inclinó profundamente.
—Sal por tu cuenta y riesgo. El pueblo se ha vuelto loco. Fui a abrir la puerta.
—No tenemos nada que temer del pueblo.
—Porque —añadió Gestas— nosotros somos el pueblo.
Pero un espectáculo asombroso nos acogió. El Patio de los Gentiles estaba abarrotado. Allí estaban todos con la cabeza desnuda, en silencio. Algunos llevaban espadas y lanzas. Otros habían alzado estandartes que decían: Jesús de Nazaret, Rey de los judíos.
Ahora comprendí por qué no se había tomado una resolución di el juicio. Por sus tratos con los romanos, Anás había aprendido hada tiempo que el que mezcla la discreción con el valor, vive para luchar otro día.
La muchedumbre se mostraba disciplinada y en orden. Sin embargo suponía una amenaza mayor que la del populacho enloquecido. En primera fila vi a Simón el Zelote. Blandía una espada en una mano y una lanza en la otra. Era indudable que no creía que el que vive por la espada por la espada morirá.
Esta no era una masa desvalida de peregrinos. Mis ojos fueron hada las torres de la Fortaleza. Los soldados romanos de capa roja estaban allí, dispuestos a la batalla. Pero hoy no había sonrisas de burla. Estaban tensos, sombríamente dispuestos, como suelen estado las legiones. Pero aunque su jefe estaba entre ellos, el cráneo brillante al sol de mediodía, no se escuchó ninguna orden. Pilato era demasiado diplomático. Roma podía aceptar una matanza, pero dos en tan rápida sucesión serían prueba de su falta de dominio, de no llevar bien las riendas del gobierno. y esta multitud tenía un aspecto muy distinto.
Gestas alzó un brazo en un saludo victorioso.
Jesús —gritó— ha sido vindicado aquí hoy! Un rugido ensordecedor, .como de una sola garganta, surgió de la multitud.
—Ya ves —dijo Gestas con un ademán al sonriente Simón el Zelote— qué fácil es.
Una sensación de inquietud se apoderó de mi en ese momento de triunfo aparente.
Alcé de nuevo la vista hacia la torre, a la alta figura con su atuendo romano.
Había una sonrisa en su rostro.

10 - María Magdalena

Jesús disfrutaba estando con las mujeres, y ellas con él. Le gustaba la dulzura de las voces femeninas y sus modales amables. Había algo secreto en el carácter femenino que atraía su sentido de 10 místico. Quizá por su intimidad con su santa Madre asociaba a todas las mujeres con ella en su ideal de la castidad y la virtud. Aunque esto era contrario a las costumbres, mostraba el mismo respeto a las mujeres que a los hombres. Sus necesidades y funciones eran distintas, pero su humanidad era la misma, y él les demostraba idéntica consideración.
—En realidad les debemos más —decía— puesto que son inferiores ante la ley. No pueden sentarse en la sinagoga con los hombres, han de caminar tras ellos por la calle y no tienen derechos ante el tribunal. Ni siquiera cuentan con la seguridad en el matrimonio, y de ahí su desamparo, ya que las profesiones les están prohibidas.
Se oponía rígidamente a las reglas de moral que exigían más de las mujeres que de los hombres. Y aborrecía la antigua práctica de lapidar en la plaza pública por sus pecados a las más degradadas.
—¿Acaso su degradación no les supone ya bastante cruz? Todos menos Juan habían dejado a alguna mujer amada para seguirle, de modo que parecía que él deseara que tuviéramos conciencia de la importancia de nuestra pérdida al exaltar a las mujeres.
No rechazó esta sugerencia.
—Cuanto más generosos seáis al dar, más ganaréis.
Pedro, como de costumbre, se mostró el más tardo de entendimiento.
—¿Por qué era necesario, Señor, abandonar a nuestras familias?
Agitó la cabeza con burlón asombro.
—Pedro, al que he llamado la Piedra, no lo comprende. ¿No recuerdas el recado que envié a mi propia madre y mis hermanos cuando me esperaban ante la puerta?
—Dijiste que no tenías familia.
—Dije que mi familia era el mundo.
Tomás, siempre —el escéptico, acogió esto con un fruncimiento de cejas.
—Pero ¿no son nuestras esposas e hijos de este mundo también?
—No más que los otros, sin embargo, ya que tú has elegido conducir a todos con igualdad al Reino de los Cielos. Pues, como he dicho muchas veces no es posible servir a dos señores. El amor de la familia; aunque es delicioso, por fuerza influiría en el amor con que hemos de tratar a todos en nombre de Dios.
En mi estado actual, ,la visión del rostro y formas encantadoras de Raquel surgió tentador en mi mente.
—¿No podemos ,aferrarnos de algún modo al amor por una mujer y servir sin embargo al mundo en general?
Me miró con gravedad.
—Tú. Judas, querrías ser capitán de hombres. ¿A quién considerarías el más valiente: al soldado con esposa e hijos en los que pensar, o al soltero, cuyo ser está totalmente consagrado a la causa?
Incluso en los ojos de Pedro se vio la luz de la comprensión, y yo asentí en silencio.
Pero ¿cómo vence un hombre la fiebre que le persigue cuando busca en vano el sueño? Yo no era un esenio como el Bautista, con promesa de celibato perpetuo, ni estaba totalmente entregado, como el Maestro, a la vida, de los demás.
Simón el Ze1ote tenía dudas similares.
—!Es natural, Maestro —preguntó—, dominar el ansia que Dios ha puesto en el cuerpo de todos los hombres?
Hubo un silencio cuando los ojos de los Doce se clavaron en el rostro de Jesús.
El Maestro era pocas veces diplomático, pues juzgaba el exceso de tacto una forma más de fingimiento. Tampoco ahora hizo el menor esfuerzo por ceder a nuestros deseos.
—En tiempos de Moisés se decía: «No cometerás adulterio»'. Pero yo os digo que el que mira a una mujer con lujuria ya ha cometido adulterio en su corazón.
Fui rápido en protestar.
—Pero el adulterio, Maestro, sólo se aplica al marido y a la mujer. ¿Cómo puede un soltero violar el mandamiento, a menos que, como el Rey David, se acueste con una mujer casada?
Pedro había de demostrar sus superiores conocimientos.
—Betsabé —dijo con una sonrisa— era viuda.
—Sí —le repliqué—, pero ¿quién la había dejado viuda? Jesús había seguido este diálogo con una ligera sonrisa.
—David deseaba a la mujer —dijo— y el pensamiento llevó pronto al acto.
—Con el asesinato además.
El Maestro frunció el ceño pues su amor a David siempre se manifestaba en sus palabras.
—David se arrepintió; sin embargo sufrió la retribución del Señor en sus últimos días, cuando el hijo que amaba se volvió contra él.
Yo no tenía intención de que se me impidiera hablar.
—El adulterio y la fornicación son dos cosas distintas, ya que el soltero puede fornicar cuanto quiera sin ser infiel.
—Es infiel consigo mismo, la mayor infidelidad de todas.
—Pero entonces ¿cómo —pregunté— se puede amar a una mujer sin estar casado?
—El amor tiene muchas expresiones, Judas, y yo te digo de nuevo que <el amor espiritual vale diez veces, más que el de la carne.
Hallé un aliado inesperado en el joven Juan.
—Maestro ¿debe uno permanecer virgen hasta la noche de bodas? '
Jesús respondió con la cariñosa sonrisa que reservaba para el más joven del grupo.
—Eso significa, querido Juan, que uno debe permanecer puro en sus pensamientos.
Nos miró a todos con ojos graves.
—Los que estamos aquí hemos sido elegidos para otras cosas, y nuestras energías sublimadas para otras creaciones.
—Pero, Maestro —insistió Juan con su aire inocente—, ¿qué más importante que el amor del hombre hacia sus hermanos?
¿No nos has dicho siempre que nos amemos?
—Todos habéis sido elegidos para un propósito mayor que vuestro propio yo. Sois instrumentos de un gran designio, del que también yo. soy un instrumento. Cuando conozcáis mejor el propósito de Dios, todo aquello a lo que habéis dado la espalda os parecerá un precio muy pequeño que pagar por la luz que traigáis al mundo.
Los ojos de Jesús pasaron de Andrés a Pedro, y luego a los hijos del Trueno, y a todo el grupo, hasta que vinieron a descansar en mí.
—Vosotros Doce representáis la majestad y la pequeñez del hombre. Ningún sacrificio será demasiado para vosotros, ninguna traición demasiado pequeña. Algunos de vosotros, reflejando la pasión del hombre, sufriréis en mi nombre. Otros se regocijarán sabiendo que lo que os digo es cierto. Dudáis ahora, como dudarán las generaciones hasta que Dios restaure de nuevo a su pueblo y el Hijo del Hombre vuelva por segunda vez entre el temblor de los cielos y el estallar de la tierra.
No me preocupaban los terremotos futuros, sino el problemático presente. ¿No había dicho él mismo «Bástale a cada día su propio afán»? También Jesús era pragmático. Cuando el discípulo Dimas le pidiera permiso para ir a enterrar a su padre, él dejó bien claro que creía en el presente.
«Sígueme —le dijo— y deja que los muertos entierren a los muertos.»
Cada día, estando en Jerusalén, íbamos al Templo. El se sentaba en un lugar familiar, a la sombra de la columnata del Pórtico de Salomón; donde podía predicar tanto a judíos como a gentiles. Parecía disfrutar sobre todo de sus encuentros con los adversarios, y más de una vez vi un brillo malicioso en sus ojos cuando devolvía a algún fariseo mezquino la puya que éste lanzara contra Jesús. Su lógíca era irrebatible, y esto les molestaba sobremanera. Pues antes del ministerio del Maestro ellos monopolizaban el campo de la sabiduría, sin. tener que compartir con nadie la adulación del auditorio.
Les llamaba mezquinos e invocaba— el nombre del Bautista al atacar su h1pocresía. «Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijisteis: "Está poseído del demonio". Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: "Es un comilón y un bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores…»
Les utilizaba como cámara de resonancia a la vez que ellos trataban de condenarle por sus pa1abras. Era absurdo pensar que podían habérselas con él. Pero seguían intentándolo. Joel de Hebrón, rico terrateniente, y fariseo, había invitado al Maestro a cenar con él. De los Doce sólo yo le .acompañé, pues Joe1 tenía bastante mala opinión de <los galileos. Entramos en su casa por un atrio lleno de flores y, atravesando un arco de mármol, pasamos a un comedor espacioso y lleno de sirvientes. Casi parecía como si el rico fariseo tratara de convencer al Maestro de la belleza y comodidades que podían conseguir las riquezas. Cuando nos sentamos, reclinados al estilo romano en grandes almohadones, me sorprendió que sólo estuviéramos nosotros tres. Pues yo había sospechado a medias que nos iban a enfrentar con alguna clase de jurado compuesto por fariseos atacantes y cavilosos. La cena fue suntuosa. Frutas y quesos, pescado y aves de todas clases, y un asado de cordero, tostado y con una salsa exquisita. Podíamos haber alimentado con ello a los Doce durante un mes.
El Maestro comió poco y apenas probó un vino griego extraordinariamente caro y servido en copas doradas. Miraba de vez en cuando hacia la puerta, como esperando que alguien entrara por ella. Yo me entregué con todo gusto a la comida pues pocas veces, desde que dejara mi propia casa, había podido disfrutar de un cena así.
Absorto como estaba no me di cuenta de otra presencia hasta que sentí la vibración del aire cuando el cuerpo esbelto de la .bailarina pasó ligeramente junto a mí. Alcé la vista, atónito y vi que el Maestro miraba a una mujer ligeramente vestida que giraba seductoramente ante nuestros ojos. Miré de soslayo al fariseo; en sus ojos astutos había un brillo de satisfacción.
La mujer estaba muy bien formada, pero sus rasgos no eran hermosos, ya que estaba afligida por un defecto en un ojo, dolencia que comúnmente se llama yetzahara. Bailaba con una vehemencia algo animal pero era obvio, a la primera mirada, que la danza no era su verdadera profesión.
Al terminar el baile se arrodilló ante el Maestro y, en una rápida cortesía, antes de que él pudiera detenerla, le besó los pies cubiertos con las sandalias.
Mientras permanecía unos instantes encogida sobre los pies de Jesús, él se inclinó con una mirada compasiva y le dijo amablemente:
—Dios te bendiga, hija, pues más que pecar tú se ha pecado contra ti.
Alzó ella la cabeza y sus ojos oscuros estaban húmedos. Maestro, me han dicho que hablas en la calle y, en mi indignidad, me he sentido atraída hacia ti.
Para este momento yo estaba seguro de que aquello era una trampa.
—¿Cómo ha llegado esta mujer hasta aquí? —pregunté con voz dura. Antes de que el fariseo pudiera contestar el ,Maestro había rechazado mi protesta.
—¿Qué importa las razones, que tenga con tal que esté aquí?" "
Ella se había puesto ahora de pie y, tomando un frasco de alabastro, lo dejó en el suelo a su lado.
—Esto es para tu regalo, Maestro.
Bien podía imaginar cómo habría ganado el dinero para comprar este ungüento ,de nardo tan costoso por lo selecto de su fabricación. Pero indudablemente el Maestro no temía contaminarse con ello. .
Miré furioso al fariseo que parecía muy divertido; y traté de hacerle con aquel regalo tan caro para el tesoro.
—Me llevaré el ungüento y lo venderé, y daré el dinero a los pobres. .
El Maestro agitó la cabeza.
—No riñas a esta mujer porque desee hacer algo por mí. ¿No sabes, Judas, que a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí sólo por algún tiempo? '
Ella empezó a llorar, y las lágrimas le corrían por el rostro. Trató Jesús de consolarla, pero sus sollozos aumentaron. De pronto volvió a arrodillarse y, con un gesto delicado, le quitó las sandalias y empezó a lavarle los pies con sus lágrimas. y con las largas crenchas de su cabello le secó los pies y comenzó a ungirlos con el perfume.
El Maestro había cerrado los ojos y parecía olvidado de todo lo que no fuera las atenciones de aquella mujer.
—Hablas con acento galileo —dijo una vez terminó ella y se quedó mirándole como hechizada.
—Dé esa parte soy y, cuando era una niña pequeña, oía hablar de upo, como tú que libraría al pueblo de Israel de sus pecados. Más tarde te oí hablar de la salvación del pecado mediante la penitencia, y lloré por ser lo que soy.
—Y ¿qué eres tú —le preguntó amablemente— sino una hija de Dios?
Joel el fariseo pensaba indudablemente que había cogido al Maestro en falta. Tapándole la boca con la mano se inclinó hada mí y me susurró al oído:
—Si este Jesús tuyo fuera un auténtico profeta sabría quién y cuál es la mujer que le toca, porque es una pecadora.
El Maestro, que lo había oído, se volvió a él con la misma sonrisa con que mirara a la mujer.
—Tengo una cosa que decirte, Joel de Hebrón. Así que escucha atentamente.
—Lo haré-dijo Joel de buena gana.
—Un prestamista tenía dos deudores. El uno debía a este hombre, al que llamaré Joel, quinientos denarios; el otro sólo cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, se lo condonó a ambos. Ahora dime, Joel —la voz del Maestro era un susurro confidencial—, ¿quién, pues, le amará más?
La frente de Joel se fruncía en su concentración.
—Supongo que le amará más aquel a quien se le condonó más.
El Maestro aplaudió.
—Exactamente, Joel. Bien has respondido.
Mientras el fariseo se esponjaba, el rostro del Maestro fe tornó sombrío. .
—Mira a esta mujer, Joel fíjate bien en ella porque es como un juicio contra ti. Entré en tu casa y, aunque me serviste una magnífica cena, no me diste agua a los pies como es nuestra costumbre. Mas ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha enjuagado con sus cabellos. No me diste el ósculo de paz pero ella, desde que entré, no ha cesado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con óleo, y ésta ha ungido mis pies con ungüento.
Joel parecía apurado, sabiendo que no había observado las sencillas obligaciones de un anfitrión en su deseo de rebajar a su huésped.
—Te has cubierto de vergüenza con esta mujer —estalló— y ahora me acusas a mí.
—Tú mismo te acusas, Joel. Por 1lo cual te digo que le son perdonados sus muchos pecados porque amó mucho. Pero a quien poco se le perdona,. poco ama. A ti, Joel, se te perdona poco.
Este, violento ahora, apartó el rostro y dio la espalda a la mujer que había contratado para esta ocasión. Sin una mirada al fariseo, ella se acercó al Maestro y le besó la mano con reverencia.
—Vete en paz —dijo él—. Nos encontraremos pronto.
—Así lo espero, Maestro, pues tú llenas mi corazón de dicha. y ha estado vacío todos estos años.
—Te he librado del demonio que te poseía, y tú serás como un ángel del Señor. Ante mis propios ojos< el rostro de la mujer asumió la serenidad de una santa.
La miré asombrado.
—Maestro, ¿cómo lo lograste?
—Judas, Judas-se quejó—, ¿cuántos milagros han de hacerse antes de que, comprendas que el Hijo del Hombre hace únicamente lo que tú y los otros podéis hacer con fe en el Padre?
En verdad yo había descubierto en mí una capacidad de sanar y de serenar a los enfermos y turbados en la que jamás habría sospechado. Había advertido, sin comprenderlo bien, que los poderes curativos que tenía fallaban cuando mi mente no se absorbía por completo en la persona que iba a ser curada, y cuando no tenía la impresión de ir de acuerdo con la naturaleza. Era casi como si la facultad de curar funcionara a través de un canal especial que se cerraba cuando yo no sentía el fluir de la energía procedente de la atmósfera que me rodeaba.
—Piensa en el aliento vital del Padre —decía Jesús pues con ese aliento viene la fuerza vital del universo de Dios.
—¿No hay una vibración curativa en el ambiente, que capta el que cura y transmite luego al sujeto?
—Tú hablas de la mecánica, no de la fuente, Judas. Eso es como tratar los síntomas más que la enfermedad.
La mujer había escuchado atentamente todo esto, pero era indudable que no alcanzaba a comprenderlo.
En su sencillez, se entregaba únicamente al magnetismo del Maestro.
—¿Puedo seguirte? —gritó, besándole de nuevo los pies. y de nuevo volvió él a levantarla.
—Llegará el momento, —le prometió— en que nadie me seguirá con mayor fe a un lugar mejor.
La observó partir con una mirada de pena.
—Volveremos a encontrarnos pronto —le dijo—. No temas. Habíamos levantado nuestro campamento en el Monte de los Olivos, lejos de todos, e íbamos a la ciudad sólo para rezar o para comprar las pocas provisiones que necesitábamos.
Por lo general yo supervisaba las compras, ya que tenía los cordones de la bolsa, pero no me gustaba comprar en los tenderetes del Templo. Los precios se elevaban exageradamente para los peregrinos, que pagaban cualquier precio para poder decir que habían hecho sus compras en la sede de la adoración a Dios. Puesto que yo vigilaba estrechamente el dinero, los demás se conformaban también a mis deseos. Un día me fui a buscar provisiones a la Calle de los Fabricantes de Queso, yeso me dio de nuevo la oportunidad de conversar con los amaretzin y buscar voluntarios para la hora del levantamiento. Había comprado algo de queso de cabra, que se mantiene bien en el tiempo cálido, y cierta cantidad de higos y dátiles secos, la comida favorita del Maestro. Mientras tanto, los demás discípulos recorrían los barrios pobres de la ciudad para las compras adicionales.
Cuando me dirigía hacia el Templo donde el Maestro llevaba algún tiempo hablando, observé a una mujer algo desaseada, con aspecto preocupado y de unos cuarenta años, que me detuvo en una calle de pavimento de losas.
—Señor —dijo— ¿sabes algo de un Maestro al que llaman Jeshua y que dicen que puede hacer toda clase de milagros?
—Conozco a ese hombre —dije sin comprometerme.
Me miró con cierto temor y se retiró los cabellos de los ojos.
—¿Es cierto lo que dicen de él?
El Maestro nos aconsejaba que fuéramos cautos. Por cuanto yo sabía, y aunque no me parecía probable, podía ser una espía de [os romanos. Esos tenían a sus gentes por. todas partes. '::""
y ¿qué es 10 que dicen? Acorté el paso para seguir a su ritmo.
—Que puede curar a los enfermos, y convertir el agua en vino.
—Me lanzó una mirada aguda e inquisitiva—. Algunos incluso dicen en voz baja que es el Prometido de Israel, enviado para librarnos del invasor pagano.
De nuevo se me ocurrió la idea de que fuera una agente de Pilató, pues era raro en Israel que una mujer acosara tan atrevidamente a un desconocido en público.
—¿Eres galilea? …,pregunté, deteniéndome por un instante.
—¿Por qué dices eso?
—Tengo amigos galileos —respondí con una sonrisa y tú hablas con ese mismo acento sibilante y curioso que ellos.
—He vivido en Jerusalén desde que me quedé viuda, y me enorgullezco de no tener acento.
Se había distraído por unos segundos, pero pronto volvió a cobrar su expresión preocupada.
—Busco a mi hija y pensé que este hombre de los milagros podría ayudarme. Dicen que es capaz incluso de ayudar a los moribundos.
—¿Cuánto' tiempo hace que se perdió? —le pregunté mientras avanzábamos a paso de tortuga en dirección al Templo.
—Unos siete años.
—Entonces procedió a ilustrarme, y con tanta locuacidad que vino a callar todas mis sospechas. Ningún espía hablaría tanto sobre tan poco.
—Mi marido y yo tratábamos de casada con un joven que no era de su elección. Ella huyó la víspera de la boda, y no la hemos visto desde entonces.
¿Por qué habría de sufrir todo el mundo por los de su propia sangre?
Vaciló por un momento, luego continuó con esa franqueza que algunos reservan para los desconocidos:
—Era muy precoz para su edad y temíamos por su castidad. Pues resultaba atractiva para los hombres maduros, aunque sufría una aflicción de poca importancia.
i Qué coincidencia tan extraña que tanto esta vieja, como el Maestro, se sintieran profundamente preocupados por la virtud de la mujer!
—¿Qué edad tenía tu hija—?
—Catorce años, lo suficiente para casarse.
Su historia me recordó a la joven que Jesús curara la noche anterior. También era de Galilea, y tendría la edad de esta muchacha perdida. Pero, naturalmente, era una mera coincidencia. Sin embargo, lo mismo que había ayudado a una podía ayudar a otras. Estaba seguro de que podía hacerlo todo. Y ahora que mis sospechas se habían calmado con su charla, me maravillé de cómo esta mujer empezó a hablar del Mesías.
—Hace años tuve un sueño —dijo ella con una mirada vaga que casi la embellecía—. En ese, sueño vi al Ungido de Israel, al Libertador por el que mi pueblo ha orado tanto tiempo.
—Pero tú eres galilea.
—y él también lo era, un hermoso joven galileo, de cabellos color bronce y ojos azules, con la fuerza de diez hombres.
Me sobresalté a pesar de mí mismo y dije con una sonrisa:
—¿Qué tienen que ver los galileos con la esperanza más acariciada de Israel?
—Soy de Judea por parte de mi padre, y él también.
—De Judea por ambas partes —dije entre dientes.
I Qué incongruencia que la ruda tierra de Galilea, tan despreciada en su sangre y aspiraciones, figurara de modo tan prominente en el advenimiento del Mesías! Jesús decía que los misterios de la vida estaban ocultos a los sabios y prudentes y se revelaban a los sencillos y humildes, y bien: podía haber tenido razón al elegir a los galileos en este caso. ¿Qué mejor razón había?
Esta mujer era de Ga1ilea y, sin embargo, podía soñar, un sueño que yo había visto en los ojos de muchas mujeres al contemplar a aquel hombre peculiar. Quizá fuera él el hombre de su sueño. Vivíamos tiempos extraños, sobre los que lanzaban su sombra los sucesos venideros. ¿Quién sabe si eso no era un portento concedido a los simples y sin cultura y negado a los cínicos y sofisticados?
—¿Y ese sueño que tuviste…? —pregunté con interés creciente.
—Fue la cosa más extraña. Le vi inclinarse y bendecir a una joven. Y esa mujer, de la que sólo podía ver el rostro, era mi propia hija.
—¿Por qué había de estar tu bija con el Mesías?
—No lo sé.— Eso siempre me ha desconcertado. Pero el sueño fue tan vívido que jamás.,dudé. Ay!, nunca se hizo realidad.
Indudablemente aquello nada significaba, era el espejismo de una tonta, nacido de la necesidad que sentía Israel de un Salvador.
Y sin embargo me sentí impulsado a preguntar:
—y ¿qué sucedió a ese hombre de tus sueños? ¿Se materializó alguna vez?
—Creí verle en una ocasión, en la sinagoga de Magdala. Venía de Nazaret y predicó mientras yo estaba junto a su madre en el espacio de arriba. Ella apenas parecía lo bastante mayor para ser su hermana.
—¿Y su nombre?
—Era Miriam, o María, en hebreo o en arameo, como quieras —suspiró—. Debí haberme equivocado. Pues eso fue hace diez años, cuando él apenas podía tener poco más de veinte, y no he vuelto a oír hablar de él desde entonces. Seguramente, de haber sido el Mesías, ahora sería conocido en toda la tierra.
Sin dejar de conversar habíamos pasado ante cierto número de edificios decrépitos, tapándonos la nariz por el olor desagradable del estiércol. Entonces, siguiendo por la Calle de los Vinateros y la Calle de los Pastores de Ovejas, llegamos a una pequeña altura desde la que podíamos ver todo el Templo.
Deteniéndonos un. momento distinguimos una multitud que se agolpaba ruidosamente ante las puertas del Templo. Seguro que allí estaría el Maestro, pues todas las multitudes gravitaban hacia él. Desde el punto en que estábamos distinguíamos con claridad que era una multitud enfurecida. Voces agudas cortaban el aire.
—¡A muerte! —gritaban—. ¡A muerte, a muerte, a muerte!
Me dominó una impresión de terror y eché a correr haciendo señas a la vieja para que me siguiera como pudiese. Trató de correr, vacilando un poco. Respirando con dificultad me alcanzó en el mismo borde de la!J4ultitud. Vi ahora que era un populacho enloquecido dominado por los escribas y fariseos: El objeto de su ira era una mujer esbelta, de unos veinticinco años, que se echaba atrás los cabellos, negros y rizados, con aire desafiante. No había huella de temor en los ojos llameantes, ni en el cuerpo flexible encogido como dispuesto a saltar.
Con un sobresalto la reconocí. J Qué frágil la carne, qué débiles las resoluciones humanas! Había sido curada y salvada, y tan pronto había pecado de nuevo.
El Maestro estaba en el centro del corro, por supuesto. Se había puesto con firmeza de parte de la mujer, la mano alzada y un brillo de cólera en los ojos.
Una piedra lanzada pasó junto a él y fue a dar contra la joven en la cabeza, un golpe sordo que le derribó en el suelo.
El Maestro se movió rápidamente para ponerse entre la multitud y la figura postrada. Una segunda piedra, lanzada desde las últimas filas, le dio en el pecho.
Sus ojos penetrantes examinaron a la muchedumbre, y su rostro se nubló como una nube tormentosa.
—¡Deteneos! —gritó con una voz que agitó el aire de otoño—. El que tire otra piedra morirá en pecado sin esperanza de savación.
Vi que la multitud vacilaba. Miraban a los fariseos y escribas, y estos seres ruines, Avergonzados por su ira, apartaban la vista. Sin embargo el populacho, una vez enloquecido, no cede fácilmente. Mientras yo miraba de soslayo a esos cobardes me sobresaltaron los gritos de agonía de una mujer que pasaba corriendo junto a mí.
—Mi hija, mi hija! —gritaba la mujer del sueño—. Han matado a mi hija! .
Se hubiera lanzado, a fin de protegerla, sobre el cuerpo postrado, pero la detuvo la mano firme de Jesús. Éste se arrodilló rápidamente y examinó con ternura a la mujer, 1anzándole el aliento a la boca y tocándole en la sien, donde ahora se veía una herida.
—Levántate curada, María Magdalena —dijo rápidamente. Ella se incorporó frotándose los, ojos.
Los fariseos y escribanos no se retiraron un paso pero el populacho dirigido por ellos, e impresionado por aquel milagro aparente, se echó atrás con temor dejando caer las piedras de las manos.
Nuestro antiguo amigo el rabí Ezra y el Maestro se enfrentaban a pocos metros.
—Esta mujer —dijo Ezra fríamente— ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la ley nos ordena Moisés apedrear a éstas.
Jesús le devolvió la mirada con una sonrisa benigna.
—¥ ¿qué sentencia —preguntó— se ha dado al hombre con el que la cogieron?
El asombro mas intenso dominó a la multitud.
—Pero la ley no hace referencia al hombre!
Los ojos del Maestro parecían examinarlos a todos con dulzura.
—¿Cómo puede cometer adulterio una persona sola?
Me reí interiormente ante la situación incómoda del rabí Ezra.
—¿Acaso te consideras superior a la ley? —gritó.
Con todos los ojos clavados en él, el Maestro se inclinó y escribió en tierra, pasando el dedo con facilidad por la tierra suelta.
Luego, incorporándose, miró sobre la cabeza del rabino a la muchedumbre y repitió lo que había escrito:
—El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero.
Bajo su mirada muchos de la multitud empezaron a alejarse, evitando enfrentarse con el dirigente fariseo que estaba fuera de sí por la ira.
—¡Cobardes! —gritaba— cochinos cobardes!
La sombra de una sonrisa entreabría los labios del Maestro. De nuevo se inclinó y trazó algunas palabras con el dedo. y a los que aún se retrasaban en marcharse les leyó de nuevo lo escrito:
—El que no haya ido con esta mujer, o con cualquier otra, que arroje la primera piedra.
Para cuando alzó la vista todos habían partido, incluso el rabí Ezna, que agitó el puño y luego se largó con los demás.
A excepción de la mujer que lloraba, estábamos solos con María. Esta no tenía ojos sino para el Maestro, pero él le habló duramente diciendo:
—Consuela a tu madre, a quien has hallado aquí hoy. Madre, consuela a tu hija. '"
Se abrazaron, pero la llamada María Magdalena volvió rápidamente sus ojos hacia él.
—¿Cómo podré pagarte? —dijo. Él la miró gravemente.
—Siempre serás recordada por tu devoción al Hijo del Hombre.
La madre se había recuperado lo suficiente para advertir" cuanto le rodeaba. También ella parecía fascinada por el Maestro, y no podía apartar sus ojos de él. Era casi como si la bija tanto tiempo perdida no existiera para ella, al menos en ese momento.
—Señor —dijo con voz trémula—, ¿eres de, Galilea? —Eso dirían los hombres.
—¿Tienes una madre que se llama María?
—No tengo más familia que el Reino de los Cielos.
La mujer abrió los ojos de par en par y se dejó caer con reverencia de rodillas.
—¡Tú eres el Salvador de mi sueño! —gritó—. ¡El ungido de Israel!
Las lágrimas corrían de sus ojos.
—Doy gracias a Dios porque antes de morir he visto la gloria de su Hijo.
Advertí que Jesús estaba extrañamente conmovido.
—Por tu fe ascenderás y nacerás de nuevo.
La madre había parecido preocupada desde el principio. y ahora la impresión del encuentro con su hija y la realización de su sueño fue demasiado— para ella. Su rostro había adquirido una palidez nada natural y sus ojos brillaban como si viviera de nuevo la fantasía de su sueño.
—Gracias, mi buen Dios —suspiró—, por dejarme ver al Libertador —y con estas palabras, y ante nuestros mismos ojos, lanzó un gemido y entregó su espíritu.
Rápidamente le busqué el pulsó. No latía.
—¡Ha muerto! —grité espantado. El Maestro la miró al rostro.
—¿Has visto alguna vez unos rasgos más serenos? Era cierto, tenía un aire de paz.
—Está con Dios —dijo.
Yo no comprendí que aceptara esta muerte tan filosóficamente cuando lloraba por otras.
Me miró sorprendido.
—¿No comprendes, Judas, que su misión en esta tierra ya estaba cumplida? y ahora, debido a su fe, está con Dios en un Reino mucho más remunerador que éste.
La hija no parecía conmovida, y tenía los ojos secos.
—No tengo familia —dijo como tampoco el Maestro. —
—Es distinto —dijo él— pues mi familia es de Dios, y la tuya de este mundo.
—Sería una hipócrita si manifestara dolor después de todos estos años. De no haber sido por mis padres no sería hoy objeto del desprecio de los hombres. Ellos me forzaron a lanzarme a las calles.
Él la miró a los ojos.
—¿Tienes una hermana?
—Sí —repuso con voz hosca.
—Y ¿acabó ella como tú?
—Fue más amada que yo.
—María, María —dijo él tristemente—, si amas a los que te aman ¿qué mérito tendrás? ¿No hacen eso mismo hasta los romanos y los publicanos? Pero bendice al que te maldice, y haz bien al que te hace mal y serás perfecta, como tu Padre en el Cielo es perfecto.
Ella miró su cuerpo, la carne brillante como marfil entre las ropas desgarradas y empezó a sollozar.
—¿Cómo podré estar limpia alguna vez?
Jesús la miró con compasión.
—Tu penitencia te limpia ante Dios, y los demás no cuentan. ante él. Tus acusadores son pecadores también, y se desvanecen ante el juicio del Señor. No hay nadie que te condene sino tu propia conciencia.
—Le puso la mano en el hombro—.
—Mira bien, mujer, ¿dónde están tus acusadores? . Sus ojos brillaron de gratitud.
—Tú los has hecho huir, Maestro.
—¿Que hombre te condena ahora? Se inclinó.
—Ninguno, Señor. .
—Ni yo tampoco, ni el Padre te condena. —Le dio un suave golpecito en la cabeza y ella le miró con adoración silenciosa—. Vete y no peques más. Con el bautismo del corazón estás purificada y has nacido de nuevo.
Jesús miró ahora a la mujer muerta.
—Por su familia, Judas —me indicó—, me gustaría que te encargaras de sus restos y te cuidaras de que la entierren a la vista de Dios.
María Magdalena suspiró.
—Ayúdame a llevarla a la casa de Marta y Lázaro, en Betania. Eran sus hijos también.
Jesús la miró inquisitivamente.
—¿No son asimismo tus hermanos? Apretó los labios y dijo gravemente:
—Me cerraron la puerta en las narices.
—No por mucho tiempo, María Magdalena, pues Marta y Lázaro también han de perdonar si quieren ser perdonados.
Sus ojos relampaguearon.
—No deseo su perdón.
—Eso no te toca decirlo a ti, sino recibido alegremente, y sin que ellos se atribuyan un mérito especial. Así como tú eres perdonada, perdónales el que te perdonen.
Ante su mirada penetrante María inclinó la cabeza.
—Se hará tu voluntad, Maestro.
—No mi voluntad, sino la voluntad de Dios.
¡Cuán a menudo le había oído decir esto! Y sin embargo ¿quién conocía la voluntad de Dios?

11 - La suerte está echada

—¿Qué día es hoy? —preguntó Jesús con un brillo malicioso en los ojos.
—¡Vaya! Pues el 25 de Kislev.
—y ¿no es este día, Judas, especialmente apreciado por ti y por Simón el Zelote? .
Los discípulos alzaron la vista de su comida frugal, leche de cabra y miel y un puñado de trigo. —.
—Es la última semana del año romano —dijo Mateo, pensando todavía en los términos del calendario según el cual cobrara los impuestos.
—Es un día —dije yo— que me llena de. tristeza.
—¿Yeso por qué? —Jesús hablaba con suavidad.
—Es un recuerdo no tanto de la gloria de los Macabeos, sino de nuestra continua sumisión a Roma. ¿Cómo podemos celebrar el día en que Judas Macabeo liberó a los judíos cuando nuestra propia liberación tarda tanto en llegar?
—Nuestra liberación no está tan lejos, Judas. Miraba el cielo con ojos prácticos.
—Es un buen día para la procesión del sumo sacerdote hasta
el Templo, a fin de honrar al viejo Matatías ya sus cinco heroicos hijos.
—Es el único día —observé con amargura— en que los sumos sacerdotes recuerdan a los Macabeos.
—Pero nosotros les daremos una razón nueva para que recuerden este día, Judas. Tendremos nuestro propio desfile. y será el desfile del pueblo. Un día sagrado para todos los que conozcan las profecías; y este conocimiento, Judas, debes confesado como auténtico judío.
Pocas veces mencionaba nuestra herencia común, prefiriendo pensar de sí mismo, según hacían los demás, como ga1ileo. Por eso era significativo, ya que pocas veces malgastaba las palabras.
—Sí —continuó—, éste será un día que incluso los profetas recordarán.—
Tenía un modo de hablar de Isaías, Elías, Ezequiel, Daniel y los demás como si aún vivieran en el seno del Señor. Sentí una excitación creciente, presintiendo que había llegado a una decisión crítica.
Sus modales se habían hecho enérgicos de pronto.
—Tú, Judas, y tú, Simón el Zelote, seréis mis enviados especiales en este día. Ahora escuchad cuidadosamente y haced cuanto yo os diga.
Con gran envidia de los demás nos pusimos de pie a su lado esperando ansiosamente sus instrucciones.
—¡d al pueblo de Betania —dijo— y entrad por la calle principal; encontraréis una borrica atada y con ella el pollino. Estarán atados a una puerta. Soltadlos y traédmelos. Y si algo os dijeren diréis: el Señor los necesita, y al instante los dejarán.
Ni Simón ni yo dudamos por un momento que encontraríamos a los animales. Sin embargo sentimos cierta desilusión ante un encargo tan trivial.
Él vio nuestra desilusión.
—Será un día que no olvidarás fácilmente, Judas. Eso te lo prometo.
En una calle, como la que había descrito, vimos a los animales atados a la puerta de una casita. Varios hombres se pusieron de pie y nos vigilaron al acercarnos. Al soltar a los animales uno de ellos protestó:
—¿Qué hacéis con los burros? No son vuestros.
—Lo hacemos porque el Señor lo ha dicho —afirmé. Instantáneamente se retiró como si yo hubiera dado la contraseña.
—Cogedlos —dijo— y que Dios vaya con vosotros. Aquello picaba mi curiosidad natural.
—¿No ha sido montado jamás este pollino? El hombre me miró con extrañeza.
—¿Él es tu Maestro y no lo sabes?
—¿Saber qué? —preguntó Simón cansado de aquella conversación tan extraña.
—Que haces esto para que se cumpla la profecía del Señor. Con emoción recordé las palabras de Zacarías:
«Regocíjate grandemente, oh hija de Sión; grita, oh hija de Jerusalén, he aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado sobre un pollino hijo de borrica.»
Simón agitó la cabeza sin comprender.
—¿Qué clase de reyes el que entra en Jerusalén sobre un asno?
—¿No ves que al fin está declarándose Rey de los Judíos?
¿No es eso suficiente para ti?
—No cuando cumple la profecía por su propia mano.
—y ¿qué diferencia supone el cómo se cumpla? Todo lo que importa es que da un paso hacia adelante en este día.
Suspiró:
—Judas, tú y los demás os estáis engañando a vosotros mismos. El no es de nuestro genio. Él sigue diciéndonos: «El que vive por la espada, por la espada morirá». .
—Pero ¿no recuerdas que ha dicho que no vino a traer la paz sino la espada?
—Sin embargo —dijo Simón— no dijo qué espada sería la suya. Le miré sobre el lomo vacilante del asno.
—Entonces ¿por qué te quedas, Simón? ¿Por qué no os vais por vuestra, cuenta tú y Joshua-bar-Abbás, Gestas y Dimas y los otros?
—Soy galileo, ¿no es razón suficiente?
—Te quedas porque crees, no hay otra razón.
—De acuerdo —suspiró—. Tal vez un día se encontrará él acorralado. No tendrá salida, y habrá de enfrentarse a nuestros enemigos y mostrarles un poder más grande que el suyo. .
—y entonces todo Israel se unirá tras él.
—Todo el mundo —se' entusiasmó Simón—. No olvides ti todos esos esclavos de Roma que esperan ,destronar a sus amos.
Le habría besado por elevar mi moral, tan deprimida.
—¿Lo ves? La nuestra no es una causa perdida.
Se había corrido el rumor, no sé cómo, de que el Maestro preparaba algo, y una muchedumbre se había reunido en las calles a nuestro regreso.
—¡Hosanna! —gritaban—. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Simón y yo ayudamos a subir al Maestro al pollino, mientras Pedro saltaba en torno nerviosamente temeroso de que el Maestro tuviera un aire ridículo al entrar en Jerusalén 11 lomos de un asno.
—Él presta majestad —le dije— a cualquier bestia.
Conociendo a los Profetas tan bien como yo, la multitud de adoradores arrojaba mantos y chales a su paso, como para proclamarle Rey de ,los Judíos. Otros cortaban ramas y las lanzaban sobre el camino gritando: «¡Hosanna! i Hosanna al Altísimo!» en todo el camino hasta las puertas del Templo.
Cuando la procesión cruzó por la Puerta de Susa y entró al Templo, el tumulto aún se hizo más grande, y mayores las demostraciones. Pues parecía que todo Jerusalén sabía que el Rey de las profecías entraría mansamente sobre un asno.
Durante toda la semana había él hablado serenamente en el Templo. en el lugar favorito de los fariseos, a la sombra del Pórtico de SaIomón. Ahora, cuando el pueblo que llenaba el recinto se contagió del grito y empezó a aclamar a Jesús, el Profeta de Ga1ilea, él hizo una seña a los Doce para que dirigieran el asno hacia el centro de la actividad farisaica. Un buen número de fieles se hallaba reunido allí y escuchaba al rabí Ezra.
Este alzó la vista con sonrisa malévola.
—Mirad —dijo—, aquí viene nuestro rey, y no sólo con un asno sino con dos.
Jesús sonrió a la multitud como si nada hubiera oído. Simón el Zelote me susurró: .
—Con todo el pueblo tras él, ya es hora de que se declare y
arroje a ese majadero de su puesto.
Jesús desmontó con aire majestuoso, luego ,eligió un lugar a la sombra, a cierta distancia de Ezra, y se sentó cómodamente sobre el banco, rogándonos que le imitáramos. Ezra, con sonrisa de superioridad, ordenó que acercaran su silla a la del Maestro.
—¿No será que me estás evitando, rabino? —dijo dándole este título con una sonrisa irónica.
—No sabía que estuvieras aquí —contestó el Maestro con aire inocente.
El ánimo de la multitud había cambiado ahora en cierto modo. Los guardias del Templo habían rechazado a muchos amaretzin y otros que seguían tumultuosamente al Maestro, y los pajarracos del Templo habían ocupado su lugar. Entre la gente había muchos que, aunque le aplaudían cuando predicaba en el Templo, se resentían sin embargo de que se dirigiera también a los que no eran judíos.
—¿Cómo reciben los gentiles —preguntó el astuto fariseo— ese Reino de los Cielos de que hablas, cuando ni siquiera han sido circuncidados de acuerdo con la alianza de Dios con Abraham?
Jesús respondió suavemente:
—Después de Abraham hubo una ley, y luego otra con Moisés. Y lo mismo que Moisés modificó la ley que existía hasta entonces, así, con la venida del Hijo del Hombre, los gentiles sólo necesitan obedecer los mandamientos y saber que la salvación está con Dios.
Los ojillos de Ezra eran los de una serpiente dispuesta a atacar.
—Entre tus discípulos hay incluso un publicano. Jesús sonrió.
—A los fariseos no debería importarles eso. Ya que supone un recaudador de impuestos menos.
Sólo los pocos amaretzin que había entre la multitud se atrevieron a reír, y Ezra les recompensó con una mirada de odio.
—¡Estos ya están corrompidos por ti! —gritó.
Los amaretzin compensaban con su algarabía lo que les faltaba en número.
—¿Qué dices tú —gritó uno— de la corrupción del Templo? Ahora vi un rostro familiar entre estos intocables que no observaban ninguna de las leyes dietarias y se burlaban de los cacharros de cocina limpios para los días de fiesta. Era Adán el Curtidor y estaba rodeado de los bandidos de sus amigos, con sus nombres tan altisonantes.
Los guardias se habían adelantado para silenciarles, pero lo pensaron mejor al ver que los rufianes iban armados con espadas y dagas.
Ezra les lanzó una mirada de horror.
—¡Son peores que los samaritanos! —gritó—. Mezclan la carne y los productos lácteos en la misma comida, desafiando a la ley, y comen cerdo, desobedeciendo a Moisés.
Esto hizo que el curtidor y su banda estallaran en risotadas, y yo di por sentado que ya estaban borrachos.
— Un plato y un puchero! —gritó el curtidor agitando el puño en el aire—. Que hable Jesús. Ya hemos oído bastante a esos buitres.
El Maestro le había escuchado frunciendo el ceño, y comprendí que no apreciaba más a los amaretzin que a los fariseos.
—A todos os digo —habló ahora—. No es lo que entra por ]a boca lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que le hace impuro. Lo que entra por la boca no pasa a su corazón, sino a su vientre. Y del corazón es de donde salen los malos pensamientos, el adulterio, el engaño y el crimen.
Las gentes del curtidor quedaron desconcertadas por aquella reconvención, pues ¿no eran. los que hacía poco le proclamaran como rey?
—Nosotros te llamamos rey —dijo Adán— y tú nos condenas así con la misma voz con que condenas a nuestros enemigos.
—¿Por qué ves la mota en el ojo de tu hermano y no ves la viga en tu propio ojo?
Adán el Curtidor aún quedó más desconcertado que antes.
—Pero nosotros estamos por ti, y los fariseos te odian.
—Los medios por los que hacemos las obras, Adán, son tan importantes como los fines.
—¿No eres el prometido Rey de Israel? ¿No es este fin suficiente?
—El fin aún no está aquí.
Bien comprendía yo la confusión del curtidor.
—¿No montaste en el pollino, Hijo de David —gritó—, para que los hombres supieran por las palabras del Profeta que eras el Rey de los Judíos?
Casi pude oír el suspiro de Jesús.
—No hay Reino —dijo— más grande que el Reino de Dios. A
este Reino celestial es al que prestáis obediencia.
Ezra, que había escuchado impaciente, procedió ahora con su ataque.
—Tú te declaras legislador, y te colocas sobre Moisés. Jesús le lanzó una mirada.
—No me pongo por encima de nadie, Ezra. Pero veo claramente lo que hay en tu corazón y lo que sale de él. Haces bien en llamarte vigilante de la verdad, pues todo lo que sabes es contemplar la verdad.
Ezra enrojeció pero siguió adelante con una nueva acusación:
—Violas la ley al tocar a los leprosos, a los que se les prohíbe la entrada en la ciudad, exponiéndonos así a todos a contaminación.
Jesús arqueó las cejas fingiendo asombro.
—¿Te gustaría que les negara la ayuda de Dios?
—¡Dios los ha hecho impuros!—gritó Ezra.
—¿Por qué te opones entonces a que Él los limpie? Con seguridad que no me darás a mi el mérito por su curación.
La cólera de Ezra crecía con su frustración, y ahora se volvió a un terreno más familiar.
—Has animado a tus discípulos a plantar y arar trigo en sábado.
La mezquindad y la autocomplacencia enfurecían al Maestro, pues eran los falsos distintivos de la piedad.
—¡Hipócrita! —gritó con tal voz que Ezra hubo de encogerse de miedo—. Vosotros los fariseos os llamáis buenos judíos porque en sábado no atáis un nudo, ni os coméis un huevo puesto en ese día. Os enorgullecéis de no poneros siquiera los dientes falsos, ni cortar la rama de un árbol, ni caminar un kilómetro en ninguna dirección en ese día. Ayunáis poniendo la cara larga y confiando en que todos en la sinagoga conozcan vuestra piedad. Pero sois diez veces más hipócritas. Pues Dios pide amor, y vosotros le dais apariencias. ¿No ha leído esta generación de víboras lo que hizo David cuando tuvo hambre? Entró en la Casa de Dios y se comió el pan consagrado que era sólo para los sacerdotes, y el Señor le favoreció.
Ezra no se dejaba acobardar.
—¡Es blasfemia que tú hables por Dios!
Los ojos de Jesús eran como dos dagas. —
¿Acaso te lo ha manifestado Dios? Yo te digo ,Ezra, que Dios no puede entrar en vuestros corazones endurecidos. El profeta Isaías, a quien decís reverenciar, ha profetizado de este tiempo: «Este pueblo te oirá, pero no te entenderá. y verá, pero no percibirá. Pues si vieran con sus ojos y oyeran con sus oídos y comprendieran con su corazón, se convertirían y serían curados». Isaías, que conocía vuestro corazón, dijo tristemente: «¡Oh, Señor! ¿hasta cuando?». y el Señor le contestó: «Hasta que las ciudades queden arrasadas, y las casas sin habitantes, y la tierra totalmente desolada»:
Miró a Ezra con dureza mientras mi corazón saltaba de expectación, ¿Habrían terminado ya los días de la conciliación?
¿Estaría dispuesto ya a ser el líder que el país deseaba?
—Mi Padre está en todas partes. Él trabaja en sábado y se deleita en las flores, los árboles y el hombre mismo y el Hijo del Hombre hace el trabajo del Padre en sábado.
Ezra se echó atrás horrorizado.
—Debes estar trastornado, loco, para hablar de Dios como lo haces.
—Yo sólo hablo de lo que sé ,dijo Jesús— y tú hablas de lo que no sabes. .
Ezra rió burlonamente.
—Te das mucha importancia para ser Nazareno, y carpintero además.
Los amaretzin, que se habían aquietado con las palabras de Jesús, alzaron ahora un gran clamor.
—y ¿qué hay de malo en ser carpintero? —gritó el curtidor—.
¿No entrega luego el precio de una jornada de trabajo honrado para mantener a los pillos del Templo en su lujo?
Ezra estaba fuera de sí de rabia, pero los guardias del Templo no parecían advertirlo, ya que sólo los sumos sacerdotes tenían autoridad en el área del Templo.
—¿No ves —gritó exasperado— cómo haces rebeldes de estos hombres?
—Yo les llamo tan sólo al trabajo de mi Padre, para que comprendan y no obren mal.
Ezra pateaba el suelo en su cólera.
—¡Tu Padre, tu Padre! ¿Cómo te atreves a llamarle «Abba», que es como un hijo se dirige cariñosamente a su propio padre?
Jesús se encogió de hombros.
—Tú lo has dicho.
En su impotencia Ezra avanzó un paso con aire amenazador, pero una mano se apoyó con firmeza en su hombro y una voz sibilante le susurró al oído. Hubiera reconocido aquel rostro en cualquier parte, y aquel cuerpecillo tan retorcido como su mente.
Sadoc se aproximó al Maestro con una sonrisa.
—Algunos creen que enseñas los caminos de Dios, y la verdad, tal como tú ves la verdad, y que no tienes ambiciones propias.
Jesús sonrió.
—Habla claramente, amigo de Dios.
Debido a la popularidad de Jesús algunos saduceos juzgaban más político el pasar la jurisdicción de su culpabilidad a la autoridad temporal. Pilato sabía bien cómo acallar las disensiones.
Por eso no me sorprendí al oír preguntar a Sadoc:
Rabino, ¿nos es lícito a nosotros pagar tributo al César o no?
—Muéstrame ese tributo de que hablas —dijo Jesús extendiendo la mano.
Uno del grupo de Sadoc le trajo una moneda de cobre romana.
Cogiéndola, y .sin mirada, Jesús preguntó serenamente:
—¿De quién es la efigie y la inscripción que tiene?
—¡Vaya, pues de César Augusto! —dijo Sadoc—. Su nombre y su leyenda están en todas las monedas antiguas, y la de Tiberio en las nuevas.
—Estás bien versado en el sistema monetario romano —observó Jesús con ironía.
Sadoc insistió:
—No has contestado a mi pregunta, rabino.
—Pero lo haré.
—A1zó la moneda a la luz y la vo1vió entre sus dedos—. Tiene dos lados, y ambos representan el poder del César allá donde él ha establecido ese poder. Por tanto os digo a todos en la casa de Dios: dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.
Le habría abrazado en ese momento, Con este golpe diestro no sólo había rechazado el ataque sutil de Sadoc, sino que había manifestado su independencia de Roma. Pues todos sabían que las monedas romanas eran indignas en el Templo, y sólo tenían valor cuando los cambistas daban por ellas monedas de Plata y cobre judías.
Sadoc vio rápidamente que la trampa que había preparado se cerraba sobre él mismo. Pero se limitó a encoger ligeramente sus hombros deformes y aún se mostró más desagradable que antes. Ahora se sentó cómodamente ante el Maestro.
—Sólo tengo algunas preguntas más —dijo en tono conciliador.
—He contestado antes a tus preguntas —le respondió Jesús con la barbilla apoyada en la mano—. ¿No es cierto que te presentas como el árbitro de la verdad en Israel?
—Conozco la ley y los Profetas —dijo Sadoc con falsa modestia.
Entonces no tienes la excusa del ciego para no ver.
Le había fallado de nuevo su artificio ante la sencillez del Maestro. Los ojos de Sadoc parecían dos ranuras.
—Partamos desde los Profetas de la antigüedad, con los que afirmas tener una relación especial.
—Adelante.
—Tú dices al pueblo que deje cuanto tiene y te siga. Si todos lo hacen ¿quién quedará para mantener la comunidad y contribuir a los servicios por los que todos sobrevivimos?
—Yo les pido que me sigan con el espíritu, pues también en el trabajo hay salvación si es del espíritu.
—Hablas —dijo Sadoc con un respeto exagerado— de cosas sobre las que ni siquiera habló Moisés.
El Maestro le lanzó una mirada burlona.
—Si no escuchasteis a Moisés, ¿por qué habíais de escucharme a mí? Pero yo te digo de nuevo, para que tu ceguera no te excuse, que la ley y los Profetas tuvieron vigencia hasta Juan el Bautista, y que desde ese tiempo se predica el Reino de los Cielos.
Ezra apeló a los afectos al Templo.
—Este carpintero de Ga1ilea, sin erudición que sepamos, quiere ponerse por encima de la ley.
Jesús le miró con dureza.
—Yo no he venido a cambiar la ley —dijo con una majestad que me hizo sentir orgulloso— sino a darle su cumplimiento.
Ezra soltó una risita burlona.
—¿y eres tú el Rey de los judíos? Nosotros no tenemos mas rey.
Eso era más de lo que yo podía soportar.
—Entonces ¿qué es Tiberio, o Sejano, o incluso Pilato, sino Rey de los judíos?
—¡Bravo, bravo! —gritaron los amaretzin, pero el Maestro los silenció con un gesto.
—Si aceptáis mi palabra entonces conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
Las gentes se miraron unos a otros desconcertados. Pues la verdad era efímera como el viento.
Sadoc habló en nombre de aquellos rostros dudosos.
—Nosotros somos del linaje de Abraham, y nunca hemos sido siervos de nadie. ¿Cómo dices entonces «seréis libres»?
Jesús le miró desdeñosamente.
—Sé que, sois del linaje de Abraham, pero tratáis de matarme porque yo os he dicho la verdad que he recibido de mi Padre.
Sadoc sonrió para disimular su ira.
—y ¿cuál es esa gran verdad, Nazareno, que has recibido de tu Padre? ¿No era éste José el carpintero, que murió cuando tú eras aún muy joven?
—Repito, si un hombre encuentra al Padre a través de mí vencerá la maldad, y jamás hallará la muerte.
El desprecio de Sadoc se reflejaba en los rostros de los demás.
—Abraham nuestro padre murió, y los profetas murieron.
¿Cómo dices tú, galileo, que no hay muerte?
Los ojos de Jesús relampaguearon.
—Dices que tenemos al mismo Dios, pero yo sería tan falso como tú si dijera que le conoces como yo. Incluso Abraham se regocijó al saber mi venida.
Los fariseos y escribas se destornillaban de risa e incluso los amaretzin mostraban el desconcierto en su rostro.
—Apenas tienes treinta años —se burló Sadoc— ¿y has visto a Abraham, que murió hace cientos de años?
Jesús miró despectivamente a sus adversarios.
—En verdad os digo que antes de que Abraham naciese era yo. Esto no lo entendéis. Pues vosotros no adoráis verdaderamente al Padre, sino sólo a vuestro pellejo.
Al decirles que no eran buenos judíos, los fariseos y escribas cogieron piedras y corrieron hacia Jesús para arrojárselas. Simón el Zelote y yo nos interpusimos, pero él nos echó firmemente a un lado.
—Dejadles —dijo—. Están endemoniados.
Ellos se detuvieron en seco , pues 1e miraban como un mago que podía lanzarles un hechizo. Y, en realidad, sus ojos tenían aquella mirada hipnótica que había transformado antes a las multitudes.
Los amaretzin, hay que confesarlo, habían sacado las espadas y formado una falange para guardarle de la violencia. Pero Jesús también los echó a un lado.
—Se ha dicho «ojo por ojo y diente por diente». Pero yo os digo aquí y ahora: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian, y orad por los que os desprecian y os persiguen.
Adán el Curtidor y sus rufianes le miraban incrédulos.
—Tú mismo dijiste que ellos querían matarte.
—Pero que eso caiga sobre su cabeza, no la vuestra.
Mientras ellos seguían con las armas dispuestas giró sobre sus talones y se marchó.
Me dejó atónito que se retirara ante adversarios tan despreciables y entonces vi que en realidad él avanzaba con todo propósito hacia la procesión religiosa que entraba en el Patio procedente de la Puerta Probática. Uno junto a otro, llevando la antorcha de la luz, y orgullosamente cubiertos con sus sagradas vestiduras, los sumos sacerdotes Anás y Caifás caminaban lentamente como si meditaran cada paso. Como el sol todavía no se había puesto, lo que iniciaría la festividad, los bazares y cambistas procedían a realizar apresuradamente sus últimos negocios. Anás sonreía amablemente cuando veía a las multitudes regatear ante los puestos y cambiar sus siclos en las mesas de los cambistas.
Su ruta hizo pasar a los sacerdotes ante un tenderete donde se vendía aguardiente y vino y una mesa de madera desde la que un cambista reñía a la gente por no avanzar bastante aprisa. Con sonrisa tolerante estaba Anás a punto de pasar, cuando sé vio repentinamente bloqueado en SR camino por un desconocido delgado pero musculoso. ,Sonrió tentativamente, luego extendió una mano como para quitar al invasor de su camino. Pero algo en los ojos del desconocido le detuvo. Caifás dirigió una mirada hacia los guardias del Templo. Sin embargo estos esbirros estaban dominados por los amaretzin que habían seguido tras el Maestro.
Miré a Simón el Zelote pues, como yo, también él llevaba una espada corta bajo el manto. Le vi vigilante junto a los hombros del Maestro.
—Diré en favor de Anás que no perdió su compostura. Sus ojos altivos recorrieron la asamblea, se detuvieron en mí por un momento, sin afectar reconocerme, y volvieron al hombre que se le enfrentaba con tanta osadía. En ese instante, cuando los pesados párpados caían sobre aquellos ojos astutos, comprendí que él sabía quién era el intruso.
—¿Con qué derecho detienes esta procesión sagrada? Jesús señaló desdeñosamente a los cambistas y comerciantes, que ahora habían cesado en sus peleas y le miraban con la boca abierta.
—¿Llamas a esto sagrado? Lo que es bueno proviene del bien, y el mal sale del mal. y así ¿cómo dices que es sagrada esta procesión cuando tanto mal prevalece en el lugar de adoración de Dios?
—Mi corazón se hinchó de orgullo pues, con todo su esplendor, el sumo sacerdote de Israel parecía un chacal junto a este León de Judá.
Los ojos de Caifás ardían de ira y estaba a punto de alzar 1a mano cuando Anás le detuvo.
—Oigamos lo que este buen hombre tiene que decir —dijo, con la voz suave que todo Israel temía—. He deseado mucho tiempo oír al Nazareno.
Sólo entonces comprendió Caifás quién. estaba ante él. De nuevo miró a los guardias, pero el astuto Anás agitó la cabeza. Cruzando las manos ante él con gesto de paciencia dijo suavemente:
—Danos una razón, Jesús de Nazaret, para habernos detenido en el santuario de Dios.
Jamás había visto al Maestro tan furioso.
—¡Santuario! —gritó—. ¿No saben los saduceos que Dios ya nos previno contra este día por el Profeta Jeremías? «Ve y proclama estas palabras al norte y di: arrepiéntete de tu apostasía, Israel, y mi cólera no caerá sobre vosotros. Reconoced tan sólo vuestra iniquidad; que habéis transgredido contra el Señor vuestro Dios, y habéis abierto vuestros caminos a los extraños bajo cada árbol verde, y no habéis obedecido mi voz.
Volved, arrepentíos y yo os daré pastores según mi corazón, que os alimentarán con el conocimiento y la comprensión.»
Caifás ya no pudo aguantarse.
—¡Fuera de nuestro camino, bribón, antes de que te haga azotar hasta perder la vida!
La voz de Anás le interrumpió.
—Deja que hable este hombre— pues esperaba que se destruiría por sus propias palabras.
La voz de Jesús llevaba el mensaje de Jeremías hasta los más lejanos rincones del amplio patio, y ni un hombre se agitaba en la gran asamblea.
—En vano, como dijo el profeta, se espera la salvación de las colinas y de las montañas. En el Señor nuestro Dios está la salvación de Israel. Pues la vergüenza ha devorado la labor de nuestro Padre desde nuestra juventud. Nos acostamos en nuestra vergüenza y nuestra confusión nos cubre. Pues hemos pecado contra nuestro Dios desde el tiempo de nuestra juventud hasta este día, y no hemos obedecido su voz.
—Ahora —dijo el sumo sacerdote Anás con su voz más suave, ¿podemos pasar?
Los ojos de Jesús recorrieron a larga procesión hasta las vasijas y las urnas de incienso y vino, y los costosos sacrificios que se entraban al Templo para la ceremonia en los sagrados altares.
—Yo he venido a terminar la obra de Jeremías y de Juan el Bautista, cuya vida reclamasteis.
Al agitarse furiosa la multitud, Anás hizo una seña para que la procesión continuase.
—Nos encontraremos de nuevo, Nazareno —dijo con una sonrisa.
—Ahora me tienes delante de ti, en este escarnio de la casa de Dios.
Anás preguntó:
—¿Derribarías este Templo?
—Este Templo puedo restaurado en tres días, una vez destruido.
—¿Qué tonterías dice este hombre? —gruñó Caifás—. ¡Fuera de nuestro camino!
—En este lugar —continuó Jesús— hay uno más grande que el Templo, y ya se han burlado bastante de él.
Se apartó de los sacerdotes y, con furia increíble, empezó a derribar las vasijas de las manos y hombros de los portadores.
Los amaretzin se lanzaron a gritar entusiasmados:
«¡Hosanna! ¡Hosanna al Rey de los judíos!» .
A este saludo su gesto fue más torvo que nunca.
Pero ya nada podía detenerle. Con sus seguidores en torno se acercó a la mesa más próxima y la volcó rápidamente, lanzando las monedas por todo el mercado. Adán el Curtidor y sus secuaces aprovecharon jubilosamente la ocasión, volcando una mesa tras otra. Le siguieron a las tiendas donde Jesús increpaba a los tenderos, y colaboraron en la destrucción de sus mercancías. Eran los buitres de la santa festividad.
—¡Ningún hombre —gritó Jesús— puede servir a dos señores. Pues o bien odiará a uno y amará al otro, o colabora con éste y despreciará a aquél. No se puede servir a Dios y a Mamón.
Bajo los auspicios de la santidad, los amaretzin empezaron a romper cosas por el puro placer de hacerlo.
—¡Abajo los sumos sacerdotes! —gritó Adán borracho, y su pequeña legión de Salomón, Isaac y Jacob añadieron sus voces groseras al coro.
Jesús apuntó con un dedo acusador.
—No pequéis con los otros. Yo hago lo que tengo que hacer porque está escrito: «La casa de Dios es casa de oración, pero los sacerdotes la han convertido en una guarida de ladrones». No seáis como ellos.
Anás, con el rostro pálido como el pergamino, se enfrentó al Maestro.
—¿Es ésta la ley que predicas, Nazareno? Jesús aceptó el desafío serenamente.
—¿No has leído en la Escritura que la piedra que los constructores rechazaron se ha convertido en la piedra angular? Por tanto yo te digo que el Reino de Dios os será quitado y dado a una nación que dará sus frutos sobre esta nueva piedra. Y todo el que caiga sobre esta piedra será destruido, y aquel sobre el que caiga la piedra será reducido a polvo.
Sin comprenderle, la multitud se unió al canto de adoración:
«¡Hosana al Hijo de David!» y habría cogido violentamente a los sumos sacerdotes si Jesús no les hubiera detenido con una mirada.
Nunca había visto tan enfurecido a Anás.
—Cuidado, rabino —dijo con voz de furia reprimida—, o serás hecho pedazos.
Jesús le lanzó una mirada de lástima.
—Mi Padre ya ha tomado esa decisión. No harás nada conmigo que no sea su voluntad.
A la perspectiva de La violencia yo había examinado nerviosamente la terraza sobre el Pórtico de Salomón, donde los soldados romanos solían permanecer de guardia durante los días santos. Nos miraban con curiosidad disfrutando con el destrozo de las tiendas y las mesas volcadas. y cómo su amo, Pilato, se entregaban al lujo de reírse de las absurdas reacciones de estos extraños judíos.
Anás no deseaba precipitar un enfrentamiento que sólo podría resultar en la intervención de los romanos. Susurró algo a Caifás e inmediatamente vi el cambio de expresión de su yerno en el ligero encogerse de hombros y la máscara helada que cubrió su rostro. Siempre habría otro día.
Después de esto algunos temieron por la vida de Jesús, pues había dejado bien claro que no había lugar en la tierra para él y los sacerdotes. Eso no me preocupaba, pero yo habría preferido que eligiera un momento mejor. Sin embargo había mostrado un fuego que podía encender en llamas a todo Israel.
—Seis meses más y estaremos dispuestos a apoderarnos de todas las guarniciones de Palestina —dijo exultante Simón el Ze1ote—. Todo lo que necesitamos es su bendición.
—Pero él sigue oponiéndose —dije yo—, cuando el pueblo lo proclama Rey de los judíos.
Simón agitó la cabeza con decisión.
—Si es el Libertador, entonces debe librarnos. De otro modo corremos peligro por nada.
—Él puede hacer todo lo que quiera. Flexionando sus fuertes brazos dijo:
—Eso es lo que tú dices, Judas.
—Si Dios es Todopoderoso, lo cual admitimos todos, y Jesús es uno con Dios, entonces es igualmente poderoso.
Simón agitó el puño bajo mi nariz.
—Palabras, palabras y más palabras, Judas, mientras los romanos hablan con el acero.

12 - El hombre que no quiso ser rey

Se hizo ya habitual que los enfermos siguieran a Jesús como ovejas. Avanzaban en grupos y se postraban en el camino gimiendo y quejándose para que él no pudiera dejar de advertir su presencia. Jesús había dicho ya que sus curaciones no eran sino una señal, que su misión era llevarles a la. más íntima comunicación con Dios y demostrar que la vida era eterna.
—Curo —decía— sólo para que la gente crea en el Padre que me envió.
Pero ¿cómo podía amar así a todos, especialmente a los oprimidos, y no alzar un dedo en su beneficio cuando eso era cuanto se necesitaba?
Jesús ya había curado a cierto número de personas pronunciando a la vez sus homilía s sobre Dios y la vida eterna, en aquel vago Reino suyo. Estaba agotado y no iba a hacer más milagros ese día. Por eso se echó atrás cuando el leproso se adelantó vacilante, el hedor de sus heridas abriéndole un espacio entre la gente. Cuando Jesús agitó la cabeza, un murmullo de desilusión surgió de la muchedumbre. Juan, de pie al lado del Maestro, le susurró al oído:
—Bienaventurados los misericordiosos (utilizaba las mismas palabras de Jesús) porque ellos obtendrán misericordia.
¿No había dicho también él: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»?
Jesús suspiró profundamente. —El Hijo del Hombre no tiene lugar donde reclinar la cabeza. Sus días están contados y sin embargo esta generación no comprende para qué ha venido. A los enfermos siempre los tendréis con vosotros, pero a mí sólo por poco tiempo.
Andrés y Pedro miraron con piedad el leproso deformado, ahora de rodillas, que le tendía los brazos en su impotencia y su miseria.
Vi la indecisión en el rostro del Maestro.
—Los enfermos han llegado a ese estado —dijo a Juan— porque no han vivido adecuadamente, pero en la eternidad que les ofrezco vivirán felices en el Reino del Padre.
Se volvió ahora al leproso y de nuevo agitó la cabeza.
—Regocíjate en Dios y vete. Pues grande será tú recompensa en los cielos.
Hubo voces coléricas entre la multitud.
—¡Si eres el Hijo de Dios —gritaron— haz entonces, lo que haría Dios!
—¿Cómo sabéis vosotros lo que haría Dios, si habláis con el enviado de Dios? —Se enfrentó a ellos sin temor, sus ojos azules despidiendo fuego—. No tenéis fe, generación de víboras, pues os negáis a oír la verdad a menos que se os dé como queréis.
Yo me acerqué más al Maestro pues no me gustaba el aspecto de la muchedumbre.
—Ten misericordia de este leproso, Señor, pues ¿no has dicho que los pobres y los mansos heredarán la tierra?
Me lanzó una mirada peculiar.
—Palabras extrañas en ti, Judas.
Sus ojos volvieron al leproso que gemía en su miseria, y en su rostro se pintó la decisión.
—Adelántate —dijo amablemente.
El leproso se arrastró sobre su estómago haciendo unos desagradables ruidos guturales.
Solo con que te tocara —gritó— me salvaría. Jesús le miró compasivamente.
—Tú demuestras más fe que mis discípulos, y por eso
quedarás limpio. .
Le tocó ligeramente y dijo una plegaria.
Ante nuestros mismos ojos cayeron las pústulas y la piel quedó tersa.
La muchedumbre voluble alzó un gran clamor, y muchos se adelantaron a besarle la mano.
—Salve al Hijo de David! —gritaron. Y esta vez se escuchó un grito aún más insistente: —Salve al Rey de Israel, salve al Rey de los judíos!
Jesús permanecía inmóvil con los brazos cruzados, y el aspecto de su rostro acalló los gritos.
—No hay más que un Rey, y un Reino. Y este Rey me ha ungido para predicar a los pobres, para curar a los oprimidos y para 1iberar a todo el que esté cautivo.
Había alterado su curso; por primera vez había curado sólo por curar. El hombre inflexible podía ser más flexible de lo que él creía, pues ¿qué significaba liberar al cautivo sino liberar a Israel, ya que toda esa tierra era cautiva de Roma?
Cuando el leproso salió corriendo, gritando las alabanzas a Jesús, el Maestro vio que muchos de nosotros estábamos confusos.
—Sólo he ampliado el camino al cielo —dijo—. Puesto que Dios hizo al hombre físico, así como al espiritual, cuando es necesario está bien llegar al uno a través del otro.
Tomás había estado mirándole con escepticismo.
—Mirad, Tomás tiene una mirada límpida que refleja las cosas tal como son: forma, color, incluso textura. Y su oído le avisa de la tormenta, o del salteador de caminos, o del animal de presa que se acerca. —Sus ojos eran burlones—. Ahora bien ¿qué hombre podría crear el ojo y el oído? Y si alguien dice que puede tener un hijo con estos atributos, yo digo que sólo es un instrumento. El poder creativo es de Dios, y sigue siendo un misterio para el hombre aunque éste conozca, el principio de la creatividad en esa función elemental debido al instinto implantado en él por Dios.
Los discípulos se sentían decepcionados al no poder curar con la misma efectividad que el Maestro.
—No tenéis fe en Dios y por eso no creéis en e! Dios que vive en cada uno de vosotros. El cuerpo es un templo vivo creado por Diós, como todo lo demás, de la energía ilimitable del universo. Y por tanto está sometido a Las leyes de Dios.
—Pero muchas personas a las que ayudamos —dijo Tomás dudando— se ponen enfermos de nuevo.
—Sería extraño que ocurriera lo contrario, ya que el cuerpo es sensible a las actitudes que producen la enfermedad: el odio, el resentimiento y el rencor. Para curarse y seguir curado, cuerpo y mente han de ir a tono con la fuerza del Dios que creó ese templo.
—Y ¿cómo se hace esto? —preguntó Tomás.
—Dios es amor.
Ahora no hacía esfuerzos para limitar sus curaciones. Las multitudes .le perseguían, incluso en camillas de paja. Los cojos, sordos, ciegos, dementes, se arrojaban a sus pies y él los curaba. Cuando las gentes veían su poder glorificaban a Dios, de quien ese poder venía.
Mateo circulaba entre la gente para tomar nota de las reacciones del pueblo. Mientras él satisficiera sus deseos, todos le adoraban.
—Será el dirigente indiscutido de Israel en cuanto diga una palabra —observó Mateo.
—y ¿se rebelarían ésos contra Roma por causa de él?
—En el estado de ánimo actual, Judas, saltarían a un abismo por él. Pero quién sabe lo que sucederá mañana..
—Tú tienes influencia con Jesús, Mateo. ¿No quieres animarle a que se comprometa con la causa? Incluso Nicodemo y José de Arimatea miran favorablemente a los zelotes, y eso podría influir en Jesús.
Mateo me miró sorprendido.
—No le conoces si crees que él puede ser dirigido por otro que no sea Dios.
—Acabamos de verle curar a todo el que se lo pide en vez de utilizar ese poder sólo como una señal. Mateo agitó la cabeza.
—Simplemente redobló sus esfuerzos cuando vio que la gente aceptaba bien este signo como prueba del poder de Dios.
Le miré con incredulidad.
—¿Fue ésa su explicación? Mateo se rió'
Créeme; él no ha cambiado de opinión en absoluto. Me lo dijo claramente: «El que tiene fe en aquel que me envió, posee la vida eterna». Es lo mismo de siempre.
Mateo ,hablaba con sinceridad pues en sus curaciones Jesús no hacía distinción entre gentiles y judíos. En realidad no sólo accedió a curar al siervo de un centurión romano, sino que utilizó la ocasión para alabar a este pagano por su fe. Andrés había acudido a Jesús diciéndole que el centurión, de nombre Cornelio, había ayudado a la comunidad judía de Cafarnaum construyéndoles una sinagoga, ya que se sentía atraído por el único Dios. Y ahora su siervo, que en una ocasión le salvara la vida en la batalla, estaba gravemente enfermo y nadie podía ayudarle.
Jesús escuchó por un momento y dijo:
—Enviadme a ese Cornelio pues con seguridad que es un hombre bueno.
—Viene detrás de mí-dijo Andrés, y todos pudimos ver la figura de un grueso oficial romano que venía por el camino.
Se arrodilló ante Jesús y el Maestro le alzó del suelo diciendo:
—Levántate pues en muchos aspectos yo soy un hombre como tú. El centurión le miraba como si fuera un dios.
—Maestro —dijo—, mi siervo yace en casa paralítico, terriblemente atormentado. Temo por su vida.
Los ojos de Jesús pasaban de un discípulo a otro/' observando la desaprobación en algunos; luego dijo rápidamente:
—Iré a tu casa enseguida y le curaré.
Cornelio se inclinó profundamente y, con aquella mirada de temor todavía en los ojos, dijo: .
—Señor, no te molestes pues no soy digno de que entres bajo mi techo. Ni es necesario. Di sólo una palabra y mi siervo será sano.
Vi que la sonrisa asomaba a los ojos de Jesús.
—¿Eres romano y hablas así'?
—He visto tus obras —dijo el romano— y te he oído como hablabas, incluso en la boda de la bija de Efraim, en Caná.
Naturalmente aquel romano se había convencido de la magia del Maestro al vede transformar el agua en vino. Le veía como un mago, nada más.
—¿Qué te hace tan seguro de mi poder? —preguntó Jesús.
—Yo tengo muchos soldados bajo mi mando —dijo el centurión, en cuya compañía había cien o más— y cuando les digo que vayan y vengan, ellos lo hacen pues reconocen mi autoridad.
—y ¿a qué autoridad obedezco yo? —continuó Jesús.
—He visto la luz que sale de ti cuando hablas, y sé que has venido como luz para el mundo.
Los ojos de Jesús miraron a sus discípulos casi burlonamente.
—Ya oís a este hombre; os digo que una fe como ésta no la he hallado en Israel.
—El romano te adula ,—le dije.
—¿Cómo adula uno a Dios? Pues cuando él habla de mi poder no habla de mí, sino del que me envió; o no habría ayudado a los judíos a construir una sinagoga al Dios único.
El centurión le miró agradecido.
—Hablas con la lengua de Días, Señor.
—y tú hablas con tal fe que no solo esa fe te hará libre, sino que librará a ese siervo al que amas. Ve a tu casa y hágase contigo según has creído.
Algún tiempo después de la partida del centurión un gran número de gentes acudió al Maestro y entonó sus alabanzas, pues en aquella misma hora había quedado curado el siervo. Tras ellos venía el centurión y un romano mas joven.
—Éste —dijo Cornelio— es el que has curado.
Jesús, en contra de lo acostumbrado, se inclinó y besó al gentil.
—Un día —dijo— serás bautizado y entrarás en el Reino de Dios. Pues yo te digo que del Oriente y Occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas exteriores porque no tuvieron tu fe.
Mí propia fe se había hecho sospechosa, ya que no había contribuido demasiado a la causa. Pero yo sólo calculaba mi tiempo para atender a las necesidades de mi madre y comprobar lo que podía pasar de mis propiedades a los cofres de los zelotes a fin de contribuir a la adquisición de armas. El que yo estuviera a cargó de los fondos no era razón suficiente para que diese más que otro. Pero. yo nada regateaba al Maestro, y daba generosas limosnas a los pobres sabiendo lo que opinaba Jesús sobre los que daban mucho.
Mi propio interés por los pobres me había provisto de una plataforma muy útil para hablar de diversos asuntos con el Maestro y, puesto que me confundía el hecho de que tratara del mismo modo a gentiles y judíos, en esta ocasión busqué una conversación privada con la excusa de que me gustaría hablarle de las limosnas a los pobres. Contábamos con una donación de José de Arimatea sólo para comodidad del Maestro, pero éste quería que la devolviéramos a menos que José aceptara prescindir de esa condición.
Jamás me interrogaba acerca del dinero pues, una vez delegaba su autoridad, parecía olvidarse de ella. Me miró al acercarme pero se mostraba preocupado, los ojos clavados en el fuego.
Mencioné que Arimatea había retirado la condición.
—Dáselo a los más necesitados —dijo, mientras las llamas saltarinas daban a su rostro un aire fantasmal—. Sé que no te importa a donde va a parar el dinero, aparte querer conseguir esa esperanza que acaricias. .
Su observación me dio pie" para hab1arle.
—y ¿cuál es esa esperanza, Maestro?
—Lo sabes tan bien como yo, Judas. No descansarás, hasta someter a Roma con tus propias manos.
—No solo, Maestro, sino con tu ayuda.
—Esa excusa ya no te valdrá. por más. tiempo.
En la familia humana no hay diferencia entre romanos y judíos.
Jamás había sido antes tan preciso sobre lo que significaba ser una luz para los gentiles.
—Pero ellos nos han sometido a cautiverio. Y por propia confesión, tú has venido a liberar a los que estaban cautivos.
—Y eso he hecho.
—Pero ¿cómo puede cumplirse tal tarea sin la fuerza, cuando es únicamente la fuerza lo que impone el cautiverio?
Agitó la cabeza tristemente.
—No creas que he venido a imponer la paz por la fuerza, Judas. Ni he venido a imponer la paz, ni tampoco a declarar la guerra.
Sonreía ante mi desconcierto.
—Algún día lo comprenderás.
—Pero ¿no.. has de tomar ya una posición? Los esenios dicen que Juan el Bautista habría levantado a Israel hace tiempo si tú no le hubieras quitado el liderato.
—Yo no le quité nada a Juan, sino que le añadí. Él vive ahora con el Espíritu Santo. y cuando el Hijo del Hombre vuelva un día, Juan le precederá también, cuidando de los moribundos en toda la tierra.
Me sentí aterrado por aquel presagio.
—¿Existe la felicidad para el hombre?
—No hasta que se arrepiente.
—y los que mueran ¿entrarán en el Reino de los Cielos?
—Solo con fe en el Padre, y haciendo su obra.
—Sin embargo los buenos perecen con los malos.
—Con el holocausto Dios finalmente dice al hombre que ya no le permite pecar más.
—Entonces ¿de qué sirvió. que el Bautista muriera en la mazmorra de Herodes si nada se gana con ello?
—Tal y como Dios mide el tiempo, una vida es sólo un momento en el infinito.
—Pero las injusticias, las iniquidades, los crímenes contra el hombre ¿hasta cuándo habrán de continuar antes de que Dios intervenga?
—Él ya ha intervenido pero su palabra debe ser repetida, pues la memoria del hombre es muy corta. Toda mi frustración estalló.
—Si tú predices su palabra, entonces con seguridad que eres el Mesías.
—Yo no soy tu Mesías, ni el de bar-Abbás, ni el de Ezra, ni el de Sadoc, sino el del Señor. Pues no se me ha enviado para vanagloria de nadie.
—Pero ¿hasta cuánto, y con qué fin, hemos de soportar el hombre de hierro de Daniel con los pies de barro?
—Todas las cosas llegan a buen fin, si no en esta vida en la otra.
—Si esta vida no cuenta ¿por qué ha de haber otra?
—Con la muerte destruida al fin, el hombre se dará cuenta del poder que Dios le ha dado 'para desarrollar su naturaleza con el modo de pensar adecuado.
—Tú hablas de Israel que sufre por sus pecados pero ¿y los romanos? ¿Es que son invulnerables por el hecho de ser paganos, de no tener un Dios al que temer?
—Si tú fueras romano, y sabiendo la inseguridad de los tiempos, no les llamarías invulnerab1es.
—Pero al menos afirman que su alma es suya.
—Ellos no reconocen el alma, pero lo harán y qué resurrección será esa!
¿Cómo podía estar tan preocupado por los paganos como por los suyos?
—La libertad es la misma para todos —observó. Le miré con incredulidad.
—He visto a judíos, colgando de la cruz cabeza abajo porque ofendieron a Roma. ¿Son tan libres como sus. ejecutores?
—Sólo si conocen la salvación a través del Hijo del Hombre.
—Si no nacimos para ser libres, ¿qué propósito tiene nuestra vida?
—Crecimos con dolor y, aunque las circunstancias queden profundamente enterradas en la conciencia, recordamos; y, al recordar, por vagamente que sea, mejoramos nuestra condición si rectificamos los errores cometidos una vez.
—¿Puedo preguntarte cuándo tendrá lugar esa resurrección del hombre?
Me miro con sonrisa enigmática.
—¿Conoces la historia de Jonás y la ballena?
—Un buen cuento de hadas —dije.
—Más bien una parábola realmente, por lo que encierra de verdad. ¿Recuerdas cuánto tiempo estuvo Jonás en el vientre de la ballena?
—Tres días pero ¿qué importa eso?
—Así permanecerá el Hijo del Hombre durante tres días en el vientre de la tierra.
No quiso explicar más sus palabras.
—Todo se revelará con el tiempo. Pero recuerda que no he venido por mí mismo, sino para mostrar lo que todos los hombres pueden hacer con ayuda del Padre.
Sus ojos se cerraban de fatiga, pero yo no sabía más que antes.
—Hay una cosa que convencería al pueblo del poder de Dios, más que ninguna otra —me apresuré a decir.
—y ¿cuál es?
—Si demostraras que el poder de Dios es más grande que el de Roma.
Me miró con ojos compasivos.
—¿Acaso no lo sabemos ya?
—No sólo Israel lo sabría entonces, sino el mundo romano. Por mucho que se remontara el águila, nada podría contra las legiones del Señor.
Asintió adormilado.
—Pintas un cuadro sorprendente, Judas. Retirémonos ahora y cultivemos la paz pensando sólo en Dios.
—Se inclinó a besarme en la mejilla—. Paz a ti, Judas, que tan poca paz conoces.
Dormí inquieto y me levanté muy temprano. Últimamente siempre estábamos en movimiento. Pues después que las multitudes se reunían venían los espías del Templo, y los agentes. de Roma. Imaginaba el horror (¿o' más bien gozo?) en el rostro astuto de Anás al oír sus informes. Pues nada mejor que comunicar a Pilato. Podía haber sumos sacerdotes y profetas, inquisidores y tetrarcas, pero sólo había un libertador de Israel y ése era César, y Pilato su emisario. Confié mis dudas a Mateo.
—Y pueden conseguir tanto con la mentira como con la verdad-dijo sombrío. —
—Anás —añadí yo— siempre le ha mirado con malos ojos, especialmente desde aquel día en el Templo. De no ser por los dirigentes fariseos liberales, Gamaliel, Nicodemo y José de Arimatea, estaría en prisión hace tiempo.
—Parece como si él mismo cortejara el peligro —dijo Mateo pensativamente.
—No está seguro en Judea, y yo sondearía la Ciudad Santa antes de que él volviera a salir de Galilea.
Mateo agitó la cabeza.
—Él irá donde quiera, pensando que sus pasos están guiados por el Padre.
Le lancé una rápida mirada.
—¿Es que tienes alguna duda?
—¿Cómo puedes presenciar lo que hace y aun así dudar de él?
—Sólo me preguntaba por tu fe.
—Mi alianza no está dividida.
Me encogí de hombros ante la repulsa que implicaban sus palabras.
—Yo sólo busco lo que es mejor para Israel. Mateo, sin una palabra más, dio la vuelta y se alejó.
Los publicanos son muy pretenciosos.
Me satisfacía ver relajado a Jesús. Parecía conocer todos los senderos de la montaña, todos los lugares de las costas de Galilea. Disfrutaba en especial cuando montábamos el campamento frente al Mar de Galilea donde nadara de muchacho. Las montañas de color púrpura, los campos verdes y las flores brillantes iluminaban aquel rostro que ahora parecía más triste por días. Sin embargo siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para los enfermos y necesitados. Nunca dejaba de detenerse y hablar a los niños diciendo que eran los que estaban más cerca de Dios porque aún no estaban dominados por los temores y ambiciones que hacen mentiroso e hipócrita al hombre.
Por alguna extraña suerte de telepatía, que adivinaba nuestros movimientos, las multitudes nos aguardaban en cada cruce de caminos mucho antes de que llegáramos. En algunos casos abandonaban su trabajo o incluso sus hogares por seguirle. Este exceso de popularidad, por irónico que parezca, suponía un factor importante en la decadencia eventual de su suerte. Siempre se le hacían nuevas y mayores demandas. Habíamos acampado en una colina que daba al mar, y Jesús vio que muchos estaban hambrientos porque nos habían ,seguido durante tres días y no tenían comida. Parecía especialmente preocupado por los pobres, supongo que porque éstos no podían abastecerse. Como siempre en una emergencia, acudió a su tesorero. Yo llevaba la bolsa oculta en mi persona, junto con una daga. Por eso era natural que me preguntara a mí primero.
—Judas ¿tienes dinero suficiente para comprar pan para todos éstos?
Gemí pensando en el buen uso que podía darse a ese dinero .
—Pero no hay bastantes mercados cerca para esta multitud. Se rió secamente.
—Veo que ya tengo tu respuesta, Judas.
—Felipe —dijo a continuación—, ¿dónde compraremos pan, para dar de comer a éstos?
Aunque tomaran todo el dinero que tuviéramos no sería suficiente para alimentarlos a todos.
Ahora se volvió a su preferido.
—y tú, Juan, ¿qué harías?
Juan decía invariablemente lo más adecuado:
—Moisés hizo caer maná del cielo para los hambrientos de Israel.
—Cierto-afirmó Jesús—. ¿y tú qué dices, Andrés? Éste se encogió de hombros.
—Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces pequeños, pero esto ¿qué es para cinco mil?
Él miró ahora a Mateo y dijo:
—No puedo enviarles a sus casas hambrientos, pues se desmayarían por el camino.
Comprendí su preocupación, pues muchos estaban pálidos por el ayuno y el calor.
Vi al muchacho sentado en la hierba, entre sus padres, con el cesto en el que traía la comida. Luego mis ojos repasaron la muchedumbre. Era un grupo abigarrado, en su mayor parte formado por los amaretzin y campesinos galileos que pedían mucho porque tenían tan poco. Estaban ahora inquietos, deseando presenciar las curaciones que ya eran el distintivo de su misión.
Una mitad de aquellas gentes eran enfermos acompañados de sus amigos o parientes. Los discípulos se movían entre ellos escuchando sus quejas, mientras los apóstoles se apretujaban en torno de Jesús como de costumbre. Observé con sorpresa a los discípulos Gestas y Dimas entre la multitud, hablando con Joshua bar-Abbás. Habían viajado por delante del grupo predicando la palabra, y no habían de encontrarse con el resto hasta Cafarnaum. Pero ahora se movían activamente entre la muchedumbre, y supuse que estarían consolando al pueblo ya que así hacían sus conversos. Jesús los vio también, pero sólo pensaba en las gentes hambrientas.
Andrés, que tenía el privilegio de poder hablar con él en cualquier momento, dijo preocupado:
—¿Les decimos que se vayan para que puedan ir a los pueblos y comprar algo de pan?
Jesús agitó la cabeza.
—Andrés, son como ovejas sin pastor. Yo quiero atraerlos a mi rebaño. Pues el buen pastor da la vida por las ovejas. Antes de mí vinieron ladrones y salteadores, pero las ovejas no les oyeron pues llegaron en silencio a robar y destruir. Pero yo he venido para "'que tengan Vida abundante. Yo soy la puerta por la cual cualquier hombre puede entrar y salvarse, y encontrar buenos pastos. Y tengo otras ovejas también que no son de este rebaño. A ésas he de llevarlas asimismo a los pastos del Señor. Ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.
Sus ojos eran claros y decididos ahora.
—Moisés, con la ayuda de Dios, guió a su rebaño con seguridad por el Mar Rojo hasta la Tierra Prometida. El mismo Dios que ayudó a los israelitas en el desierto, dándoles comida cuando nada había, demostrará ahora a su pueblo que es su Dios. Pues no hay otros dioses ante él, sea cual fuere su nombre y sea cual fuere su causa.
Sus ojos descansaron en los míos un instante; luego ordenó a los discípulos que dividieran a la multitud en grupos de cien. Mientras todos se sentaban expectantes Andrés le trajo el cesto con los cinco panes y dos peces que le entregaran gustosamente el muchacho y sus padres.
Tomando el cesto Jesús miró al cielo.
—Padre mío, danos en este día nuestro pan diario, así como diste tu bendición a tu hijo Moisés, invocando las mismas fuerzas que determinaron todas las cosas en el principio.
Yo había visto los enfermos curados, y el agua. transformada en vino, pero jamás habría creído posible lo que sucedió a continuación de no haberlo visto por mí mismo. Al partir los panes y darlos a sus discípulos para que los distribuyeran, nuevos fragmentos seguían multiplicándose ante nuestros ojos. No era un truco, ni un juego de manos. No murmuraba encantamientos , ni tenía nada oculto en las mangas de su túnica. La muchedumbre seguía sentada como hipnotizada, apenas capaces de creer lo que veían hasta que comían el pan y los peces que también se habían multiplicado. Se recogieron los fragmentos sobrantes, y Andrés devolvió los cinco panes y dos peces al chico maravillado.
Vi que Gestas y Dimas arengaban al pueblo diciéndoles que jamás había habido un líder como Jesús.
—¡Es el Mesías enviado por Dios para liberarnos de nuestros enemigos! —gritó Gestas. .
—¡Que el Hijo de David sea nuestro Rey, más grande que David! —gritó a su vez Dimas poniéndose de pie sobre un montículo para ser mejor visto— y oído. Alzaba en sus manos una corona de laurel—. Coronemos aquí mismo al Hijo de David y todo Israel marchará con él contra los faraones de Roma!
Joshua-bar-Abbás, notable orador capaz de agitar a las masas, se unió a Dimas en el montículo y volvió un rostro apasionado hacia Cristo.
—¡Por los milagros que has realizado —gritó— has demostrado ser el Prometido de los Profetas! Todo Israel ha esperado esté momento. Porque, con el Mesías, llega el fin de la persecución y la opresión. No tienes más alternativa que aceptar la corona de nuestro ilustre antepasado y, como Rey de los judíos, llevar la palabra de Dios en triunfo a las setenta naciones.
Incluso yo, que conocía sus designios, me sentí conmovido por su oratoria. Y en los rostros cansados de la multitud, particularmente los amaretzin, renacía el brillo del orgullo olvidado.
Lancé una mirada a Jesús. Su rostro estaba rígido, los labios muy apretados. Parecía un hombre que de pronto comprende una verdad terrible y abrumadora.
—Andrés —gritó casi desesperado. Ellos no entienden! Jamás lo han entendido.
—Tienen buena intención —dijo Andrés suavemente pero, como todo pueblo, aceptan sólo lo que conocen. Y lo único que conocen es un soberano, ya sea judío o romano.
Los ojos de Jesús se volvieron al cielo. Había una nueva resolución en su rostro y dio un paso adelante con decisión, obligando a retroceder apresuradamente a los de las primeras filas. Habló con voz diáfana.
—¿No os habéis preguntado acerca de ese pan que acabáis de comer? ¿No os habéis preguntado de qué modo surgía como del aire? ¿No habéis pensado que se os daba no sólo para que comierais, sino para qué aprendierais también? Vuestros padres comieron el maná del cielo y no obstante murieron. Pero un hombre podría comer de este pan y no morir. Este es el verdadero pan del cielo, y por esta razón Dios brilló hoy sobre vosotros. Pero, después de presenciar lo que se ha hecho, seguís sin creer en el mensaje celestial. Pues yo bajé del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, de modo que todo el que vea al Hijo y crea en él pueda tener vida eterna y resucitar en el último día.
La multitud, que esperaba una. respuesta totalmente distinta, no aceptó de buen talante este reproche. Advertí los murmullos de descontento.
—Bar-Abbás tiene razón —gritó un joven militante— pues si él es el Mesías, entonces debe actuar como tal y dirigimos como David contra los filisteos de Roma!
Era increíble que los ánimos se trastocaran por una insignificancia pero la pasión por la libertad ardía intensamente en los corazones dé aquel pueblo con una tradición de libertad.
Simón el Zelote se sentía indudablemente ultrajado por la presión que hacían a Jesús sus mismos zelotes. Pues él había llegado ya a amar al Maestro, y a creer en él, esperando como yo que un día vería la importancia de nuestra causa y tomaría partido llevado de sus propias convicciones..
Intercambiamos una mirada y ambos nos aproximamos al Maestro.
Continuaban las protestas, y los bien alimentados eran los que más gruñían.
—¿Quién es él —se quejó un hombrecillo de sonrisa astuta— para decir que bajó del cielo? Si es Dios no es de carne, y todo cuanto sabemos es que este carpintero es el hijo de un carpintero.
—Tal vez —dijo otro con un guiño—, pues el padre se sintió bastante sorprendido.
¡Qué escarnio de la naturaleza humana! Un momento antes, excitados por el milagro de los panes, estaban dispuestos a ponerle en un trono. Y ahora que no quería hacer lo que le pedían, estaban dispuestos a derribarle.
Sólo el muchacho del cesto habló en su favor.
—Únicamente Dios pudo hacer esto —dijo con voz aguda— Yo puse los cinco panes y dos peces en el cesto personalmente,. y jamás hubieran podido convertirse en cientos y cientos de no ser por Dios.
Algunos se sintieron impresionados, pero otros no sabían qué pensar. Aprovechando esta inseguridad Joshua-bar-Abbás se enfrentó, de nuevo con el Maestro.
—No sabemos nada del Reino de los Cielos, nosotros que sufrimos la tiranía de este reino en la tierra. Aquí es donde vivimos, no en las nubes, y aquí tomamos el pan de vida, no en el cielo. Si eres el Mesías, acepta el desafío o abandona toda pretensión.
En el ímpetu de su propia oratoria bajó a saltos del montículo y la multitud impresionada le abrió camino cuando se aproximó a Jesús.
Éste miraba por encima de la cabeza de bar-Abbás, como si no existiera.
—Bien poco pedía cuando tanto se os ofrece —dijo despectivamente—. Yo os doy la vida eterna, pues el pan que os ofrezco es mi carne, y ésta la ofrezco por la vida del mundo.
Mientras la multitud callaba, bar-Abbás quiso colocar la corona en la cabeza del Mesías.
—Cualquiera que le toque habrá de responder —ante mí —grité yo desenvainando la espada.
Hubo un murmullo de temor en la gente que no tenía estómago para la violencia. Bar-Abbás me 1anzó una mirada asesina. Pero para este instante Andrés, Pedro, Juan y el resto habían formado una barrera protectora en torno del Maestro.
—No temáis por mí —dijo él—. Podría desaparecer en un momento pero no es necesario, pues aún no ha llegado mi hora.
Bar-Abbás le desafió de nuevo.
—Si eres el Mesías acepta esta corona. Si no, vuélvete de nuevo a la oscuridad de la que viniste, pues sólo confundes el camino para el auténtico Mesías.
—¿Desde cuándo acepta Dios consejo de sus siervos? .— preguntó Jesús. Tu misión ha terminado, como la de Gestas y Dimas, pues vuestra causa tiene más que ver con vuestra propia naturaleza que con Dios.
Todavía dominaba a la gente cierto temor hacia el taumaturgo, pero cuando vieron que aquéllos desafiaban al Cristo y no quedaban aniquilados, corearon los gritos de bar-Abbás.
—Si no eres nuestro Rey, no te entrometas entonces en el camino del Rey.
Jesús les miró con ira.
—y ¿quién es ese Rey del que habláis? Algún estúpido por cuya causa sufriréis grandes desastres que, ahora veo, os merecéis en verdad. .
De no ser por bar-Abbás tal vez la multitud se habría alejado. Pero éste parecía muy interesado en desacreditar por completo a un líder al que únicamente había servido en apariencia.
—Bar-Abbás, Bar-Abbás! —gritó 1a multitud, y yo me maravillé de nuevo de la estupidez del hombre.
Jesús les miraba sombrío.
—No hay razón para que el Hijo del Hombre reciba de vosotros más de lo que disteis a Moisés. Moisés os dio la ley pero ninguno la guardáis. Yo he hecho una obra, y todos os maravilláis. Pero enseguida pedís otra, porque vuestros corazones están cerrados a la comprensión de Dios.
—Lo que hemos comprendido-dijo bar-Abbás osadamente— es que no harás nada con los romanos mientras nuestro pueblo cuelga de las cruces por haber negado su tributo a Roma. Esperábamos un Macabeo, y sólo tenemos aquí a un adivino.
—Tú ves lo que quieres ver —dijo Jesús— pero nadie puede indicarme mi camino.
El cuerpo de Bar-Abbás se agitaba de emoción.
—Vienes a salvar a Israel y no alzas ni una mano en su defensa!
Jesús había cruzado serenamente los brazos.
—Tenéis vuestros generales, vuestros tenientes, vuestras bandas de hombres armados. ¿Por qué pedís eso de mí?
—Sin el Mesías nadie tendría fe para alzarse contra el mito de la invencibilidad de Roma.
Jesús le miró burlonamente.
—Por eso serías capaz de fabricar un Mesías si no tuvieras ninguno.
Bar-Abbás se sobresaltó al ver que le lanzaban al rostro aquellas palabras semiolvidadas. Pero pronto se recuperó.
—Pilato asesinó a tus galileos y sin embargo tú no le reprochas y dices: Dad al César lo que es del César.
—¿Y qué es del César, o tuyo, o de éste o aquél? Todo es de Dios, y él es el mismo Dios para todos.
Bar-Abbás enrojeció de cólera.
—Afirmas ser mayor que Moisés, pero Moisés dirigió a su pueblo contra los egipcios y cuantos querían destruir su rebaño. Sin embargo, cuando los romanos nos aplastan, tú dices: Ofreced la otra mejilla. ¿Cuántas batallas se ganan de ese modo?
¿Cuántos corazones se agitaron en una tierra llena de esperanza
para quedar ahora burlados?
Jesús silenció con una mirada a la multitud que aplaudía.
—Hablas de Moisés pero te olvidas de sus palabras a una generación no mejor que ésta: «Porque no servisteis al Señor vuestro Dios con alegría y con gozo de corazón, serviréis El vuestros enemigos que el Señor enviará contra—, vosotros, y él pondrá un yugo de hierro sobre vuestro cuello hasta que os haya destruido. Traerá de lejos contra vosotros a una nación con la rapidez del vuelo del águila, una nación cuya lengua no entenderéis. Una nación de fiero aspecto, que no tendrá consideración con los viejos ni, mostrará favor a los jóvenes, y que devorará los frutos de vuestro ganado y los frutos de vuestra tierra hasta que seáis destruidos».
Hizo una pausa dramática.
—Todos conocéis ese yugo de hierro. Está aquí, enviado por Dios.
Pasó los ojos por la asamblea.
—y lo mismo que esta generación está pagando los pecados de otra, así las futuras generaciones sufrirán por las transgresiones de hoy.
Muchos parecían aterrados. Pero bar-Abbás no se dejaba intimidar.
—De modo que te gustaría que creyéramos que los romanos son el castigo de Dios, y que hemos de llevar sus grilletes en torno del cuello con el mismo gusto que si fueran collares de perlas. Pero ¿por qué había de perseguir así Dios a su propio pueblo?
Los ojos de Jesús llamearon.
—Porque sois hipócritas. Honráis a Dios con los labios pero no con el corazón. y en el futuro vosotros y vuestros hijos pagaréis un amargo precio por haber cerrado vuestro corazón a la salvación y a la promesa de eternidad.
—Palabras, palabras, palabras! —gritó bar-Abbás.
La multitud inconsciente había respondido a éste; no estaban a favor de Jesús, y ahora estaban contra él.
El Maestro los examinaba con discernimiento.
—Aquel de quien mucho se espera se gana el odio de todos cuando lo que les da no cumple sus esperanzas.
Aquí y allá se alzó un grito entre la gente.
—¿Qué puede esperarse de un Nazareno? Otro gritó:
—Se llama a sí mismo el Hijo de David, pero ¿dónde está su padre?
El Zelote y los demás se enfurecieron, pero Jesús les detuvo con un gesto.
—Yo conozco a mi Padre, y mi Padre me conoce. Eso basta por ahora.
No me sorprendió en realidad del cambio experimentado por bar-Abbás. Siempre había mostrado reservas acerca de Jesús—, pues no reconocía más autoridad sobre él que la que era capaz de aceptar.
—A menos que demuestres ser el Mesías —gritó— no eres distinto de otros hombres!
Qué absurdo, cuando todos habíamos presenciado lo que Jesús podía hacer Pero había tal concentración en un único propósito en bar-Abbás que, aunque laudable en ciertos aspectos, le impedía llegar a la verdad. Estaba obsesionado por una sola idea: un país liberado, o al menos eso me parecía entonces. Sin embargo había algo en esta locura actual que no era normal cuando ya debía estar convencido de que Jesús era nuestra única esperanza.
Vi que Jesús le miraba con el desprecio que reservaba generalmente para los parásitos del Templo.
—La semilla de tu propia destrucción está en ti, Bar-Abbás —gritó.
El renegado se encogió, pero 1uego volvió a surgir su fanfarronería habitual.
—Y en ti también, pues el que no resiste a la tiranía sucumbe a ella.
—Tú te burlas del Reino de los Cielos, y es natural. Porque jamás entrarás en él, sino que vivirás en el infierno de tu propia traición. No sólo eres falso conmigo, sino con el mismo Dios. Y, aunque obtengas tus fines, perderás tu salvación.
Bar-Abbás quedó aturdido un instante pero, recobrándose, se volvió despectivamente de espaldas llevándose con él a Gestas y Dimas y a otros muchos.
—¡Israel —gritó— nos recordará a nosotros mucho tiempo después que haya olvidado a este falso profeta!
Otros se alejaron con el gentío, hasta que sólo quedaron los Doce.
Jesús miró en torno solemnemente.
—También vosotros os iréis? Simón Pedro habló quejosamente.
—¿Adónde iremos, y a quién? Pues tú eres el Ungido, el Hijo del Dios vivo, con cuya venida del cielo se ha establecido la vida eterna.
El rostro de Jesús estaba radiante.
—Bendito seas, Pedro, pues-lo que has dicho viene del Dios Vivo, ya que no pudo haber venido de ningún hombre. Por tu fe vivirás para siempre en el corazón de los hombres. y no temas, tú dejarás este mundo como el Hijo del Hombre.
Y Pedro se regocijó pues ¿qué mejor que hacer lo que hiciera Jesús?

13 - El muerto resucitado

Al contrario que el Bautista, Jesús no era un hombre sencillo de conducta fácilmente predecib1e. Podía demostrar piedad para con el pecador y a la vez azotar a los cambistas con los cordones de su túnica. Tenía un profundo sentido de su propio valor. «Si, no me preocupo por mí —decía— no demuestro la debida consideración a Aquel que me envió.»
Ni una sola vez acomodaba sus opiniones a la multitud y cuando yo sacaba a relucir el tema de Roma y su tiranía, se limitaba a. sonreír y a decir misteriosamente que, sin Roma, no podría extenderse el evangelio.
—Mi Padre me ha enviado en un tiempo en que todos los caminos llevan a Roma, y de Roma salen.
Mateo, convertido ahora en todo un cronista, alardeaba de comprenderlo, pero para mí todo estaba confuso. ¿Qué tenían que ver los romanos, y su maldito paganismo, con el Dios de Israel?
Jesús parecía resignado a que la mayoría del pueblo fallara en comprender su misión y, en realidad, tampoco yo comprendía por qué no era posible traer la salvación y, al mismo tiempo, arrojar a los romanos del país. ¿Por qué una cosa negaba la otra?
En sus viajes aconsejaba a los Doce que abandonaran cualquier comunidad donde se les insultara.
—No arrojéis perlas a los cerdos, ni el agua bendita a los perros —decía, reflejando su desprecio por los que tenían ojos y no querían ver.
Disfrutaba de las buenas cosas de 'la vida, y le complacía que Marta y María Magdalena se turnaran para frotar sus cansados pies con los ungüentos adquiridos para esa ocasión. Esto convertía en una fiesta sus visitas a la casa de Lázaro en Betania.
Su amistad con Lázaro me intrigaba pues, superficialmente, no había en él mucho que le acercara al Maestro. Hablaban francamente sin embargo, y Lázaro expresaba sus opiniones acerca de los hombres de negocios, más preocupados con. la pacificación de la tierra que con la rebelión, pues en. tiempo de caos y confusión no podrían prosperar'.
—Mi gente está contenta,—decía Lázaro hablando de los muchos que trabajaban en sus tierras y viñas—. Yo les pago bien, y ellos trabajan con gusto.
Jesús prestaba tributo a Lázaro al hablar de él.
—Lázaro-decía— es un buen hombre, pues sabe que el trabajador merece su salario y permite que sus obreros compartan con él los beneficios que se consiguen con el sudor de su frente. Es un ejemplo para otros, y un día hallará el camino fácil al cielo en brazos de los muchos a quienes ha ayudado.
Por ningún motivo regateaba sus éxitos a Lázaro, ni le desilusionaba que su amigo no abandonara sus negocios para unirse a sus discípulos.
—También sirven a Dios .—decía— los que hacen la vida más fácil para sus siervos..
Le interrogamos estrechamente el día en que afirmó que le sería más fácil a un camello pasar por el hondón de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios. Mateo se sentía especialmente preocupado, ya que no podía comprender que Jesús amara tanto a su querido amigo Lázaro. ¿Y José de Arimatea, y Nicodemo, que creían en él y con tanta generosidad contribuían a nuestra causa? ¿De qué otro modo tendríamos, limosnas para los pobres… (o armas para la revolución)?
Él no hacía distinción entre las gentes .de distintas clases y credos, insistiendo tan sólo en que a los ricos les era más difícil alcanzar el Reino de los Cielos puesto que sus tentaciones eran mayores que las de los pobres.
No es que estén proscritos porque sean ricos, sino por cómo consiguieron esas riquezas y lo que hacen con ellas.—Nos mostró dos monedas, el siclo de plata de Israel y el siclo de oro de Roma.—. ¿Veis algún mal en estas inocentes piezas de metal? Dadlas a los pobres, o construid con ellas una casa modesta, o una granja, o un camino, y serán beneficiosas y buenas. —Me lanzó una mirada escudriñadora—. Pero comprad con ellas armas, o construid templos ampulosos y ornamentados en nombre de Dios, y quebrantáis el mandamiento de Dios de que no habrá otros antes de él.
Sus ojos se nublaron por un momento.
—Las riquezas pueden liberar a un hombre o esclavizarle. y nadie puede servir a dos señores.
Pedro miró a Marco, discípulo elegido por él y que transcribía siempre las observaciones de Pedro, fueran las que fuesen, y dijo desconcertado:
—Maestro, ¿quieres darnos un ejemplo del significado más profundo de la riqueza y la pobreza, en vista de lo que predicas?
A Jesús nada le gustaba más que demostrar una cuestión con una de sus parábolas.
—Como quieras —dijo, mirando el fuego—. Había un hombre rico llamado bar-Abbás (y todos nos echamos a reír, pues bien sabíamos que Joshua-bar-Abbás era más pobre que una rata) que se vestía de púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes. Por otra parte había cierto mendigo llamado Lázaro (y de nuevo nos reímos ante lo que juzgamos una broma) que no tenía dónde vivir y estaba echado en el portal del rico cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamerle las úlceras. Era éste el único chispazo, de felicidad en una vida llena de tristeza, pero ni una vez se quejó, pues estaba convencido de que Dios le había enviado tantas tribulaciones por, alguna razón. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles de Dios al seno de Abraham. Y murió también el rico, que jamás pensara en Dios en su devoción a las riquezas, y fue enterrado en un magnífico sepulcro.
»Pero al morir se encontró inesperadamente en el infierno que no había conocido en la tierra. En medio de sus tormentos levantó los ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro, el miserable mendigo, en su seno.
»Y gritando dijo: —Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro, ya que yo permití que mis perros le lamieran las llagas, para que, con la punta del dedo mojada en agua refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas.
»Pero Abraham agitó la cabeza y dijo: —Hijo de Israel, acuérdate de que recibiste ya tus bienes en vida, aunque nada hiciste con ellos por tu pueblo" y Lázaró recibió males aunque no tuviera culpa; ahora se han cambiado las cosas y él es aquí consolado y tú atormentado.
Jesús alzó los ojos para ver cómo aceptábamos su historia. Yo me sentía especialmente fascinado pues, como fariseo, había meditado durante 1argo tiempo en la perspectiva de la reencarnación y en como se medida la conducta de cada uno en la otra vida. También Mareo había estado escuchando con avidez, quejándose de que la oscuridad reinante le impidiera tomar por escrito las palabras del Maestro.
Jesús estaba altamente satisfecho de nuestro interés, pues hablaba de un asunto muy querido de su corazón.
Según resultó, Abraham tenía todavía peores noticias para este rico que había perdido la oportunidad de hacer bien con sus riquezas:
—¥ además de todos esos tormentos del infierno, hay un gran abismo entre nosotros, de manera que nadie puede pasar del cielo al infierno, ni puede pasar del infierno al cielo.
El rico le pidió algo más al patriarca:
—Te ruego, padre Abraham, que siquiera le envíes, a ese Lázaro que ahora está en el cielo, a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta, al fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormento.
Abraham (de quien yo sospechaba era Jesús) agitó la cabeza con firmeza:
—Tienen a Moisés y los Profetas para seguirlos desde su infancia. Que les escuchen cuando aún hay tiempo.
Pero Lázaro se mostró ahora insistente.
—No, padre Abraham —dijo—, pues si alguno de los muertos fuese a ellos, harían penitencia.
—Si no oyen a Moisés y los Profetas —dijo. Abraham— tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita y les echa en cara sus pecados.
A nadie podía habérsele escapado todo el significado de esta parábola más que a Pedro.
—Pero, Maestro —dijo—, ¿por qué has llamado Lázaro al pobre y bar-Abbás al rico, cuando todos sabemos que sus papeles están invertidos en este mundo?
—Exactamente —dijo Jesús— porque el rico egoísta sufrirá el dolor del pobre, y e1 pobre que lo merezca los consuelos de los ricos en esta vida, pero extendidos a toda la eternidad.
Marcos el discípulo hijo de un hombre rico que ayudaba con frecuencia a nuestra causa, parecía turbado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jesús suavemente, siempre pendiente de los jóvenes.
Los ojos azules de Marcos estaban sombríos.
—¿Se quedará siempre el rico en el infierno y el mendigo en d paraíso?
—No —respondió Jesús—, pues cuando la lección esté aprendida, cuando el rico acepte la palabra que el Padre dio al Hijo, también entonces hallará él la redención y la vuelta a una nueva vida.
Lo importante era saber la verdad. Pero ¿qué era la verdad? Jesús hablaba de ella a menudo. No era un vago concepto filosófico, sino una actitud que se reflejaba en todos los actos de la vida de un hombre, Y, sin embargo, la verdad para uno no era necesariamente la verdad para otro. Los romanos pensaban que el suyo era el verdadero camino. Esto se demostraba en sus sonrisas despectivas, en su modo orgulloso de caminar. Habían traído la paz al mundo, e incluso le habían dado un nombre: La Pax Romana. Pero era su paz, no la nuestra.
Nuestra verdad estaba en el Libertador; la de ellos en todo lo que apoyaba su Imperio y su modo de vida. No trataban de investigar bajo la superficie de su propia sociedad decadente para ver la creciente corrupción que sólo necesitaba de un firme empujón para lanzarlos a todos al abismo. Para ellos Palestina no era más que el camino de Egipto a Siria para sus tropas y abastecimientos, y los judíos unas criaturas modestas a las que había que zurrar de vez en cuando para obligarles a la obediencia.
Para los romanos Jesús no existía mientras su reino fuera sólo un reino celestial. Pero él sí se sentía consciente de los romanos.
—Algún día, Judas —me decía burlón—, Roma llevará el mensaje de Dios a los rincones más distantes de la tierra.
Yo pensaba en aquellos rostros duros y pétreos bajo los cascos de metal, el desprecio de sus labios, la insoportable arrogancia, y agitaba la cabeza.
—Sería tan sencillo —le dije— sólo con que alzaras tu voz una vez contra La autoridad de Roma.
—Algún día comprenderás, y el mundo también, que el Hijo del Hombre ha venido para hacer la obra de Dios, no para adecuarse a los caprichos de los que quieren un Mesías a su propia imagen. ¿No está la voluntad de Dios por encima de la del hombre?
Él conocía tan bien como yo todas las predicciones de su venida, que prometían la liberación de Israel de sus adversarios.
¿Por qué otra razón, si no, había venido en este momento en particular, cuando el mundo se acercaba al fin de una época y la gente hablaba sombríamente del milenio? Algunos decían que, si uno caminaba lo suficiente, se caería de la tierra al infierno; y otros decían que el infierno estaba en la mente del hombre, lo mismo que el cielo del que Jesús hablaba con tanta facilidad. y que todas esas verdades se convertirían en axiomas durante el reinado del nuevo Rey de Israel. ¿Por qué había usurpado el lugar del Bautista sino porque él era el líder? Ya sabíamos del Dios único. No necesitábamos que nos lo recordaran. ¿Por qué habíamos soportado la persecución y el cautiverio, el desprecio de los gentiles todos estos años si Dios no iba a redimir nuestros sufrimientos en el nombre de su mensajero? No podía haber venido en un mejor momento para el pueblo de Dios, ni más perfectamente dotado. Aún no tenía treinta y cinco años y era de gran prestancia cuando le encontré por primera vez en las orillas del Jordán, en el año decimoquinto de Tiberio. Había bastante confusión acerca de su nacimiento, y algunos lo situaban en el mes de Kislev, que es el diciembre de los romanos. Pero en realidad fue a primeros de Shebat, que corresponde al mes romano de Marzo y que cae bajo la constelación de Piscis. Esto tuvo lugar durante el año vigésimo tercero del gobierno del predecesor y padrastro de Tiberio, el corrupto Octavio Augusto, qué gobernara tan insidiosamente que el Senado romano siguió confiriéndole títulos hasta que él 'les ordenó despectivamente que desistieran.
Muchos habían confundido la predicción de la venida de un Rey de Reyes con el poder sin igual de Octavio, asentado como un Coloso sobre los tres continentes. Pero Herodes el Grande 10 sabía mejor, o no habría ordenado la matanza de los inocentes para mantener ininterrumpido su malvado linaje.
Jesús era bien consciente de las dudas que surgían con la demora de su' ministerio. Y sin embargo, decía, no habría sido propicio que él se hubiera presentado al pueblo en cualquier otro momento.
—El mundo —repetía— ha llegado a una crisis de inseguridad, y esa crisis determina la mentalidad que influye en el curso de pueblos y naciones. No es una casualidad que mi ministerio haya comenzado con Pilato, pues también terminará con él.
Parecía incongruente que un insignificante procurador, asignado a una provincia sin importancia (para los romanos) tuviera algo que ver con el Mesías que fuese la brillante esperanza dé Israel a lo largo de los siglos.
—No es así, Judas —dijo él con una sonrisa—, pues incluso tú y Juan, y Pedro, y Mateo y los demás, habéis nacido en este tiempo para hacer a vuestro modo lo que Pi1ato hace al suyo.
—¿Está todo ordenado entonces?
—No en los detalles pues el hombre, con fe en Dios, tiene la oportunidad de alterar su curso de acción. Hay cosas que él puede cambiar, y que le ayudarán en el Reino de Dios, pero otras son voluntad de Dios y no están sometidas a cambio alguno.
—¿Cómo sabemos qué es de Dios y qué es del hombre? Sonrió tristemente.
—Eso sólo el Hijo lo sabe. Pero recuerda —y se volvió a Juan— y recordadlo también todos vosotros, que nadie toma mi vida, aunque muchos serán perseguidos en los siglos futuros en mi nombre, y sus perseguidores no serán perdonados con ligereza. Pues Dios no es tan misericordioso con el injusto como con el justo, y las llaves del Reino no sirven a aquellos que tergiversan las enseñanzas del Hijo.
Juan le hubiera impedido que hablara de este modo, pero él le silenció con la tierna mirada que parecía reservar para este hijo dé Zebedeo.
—Sabed esto: que yo tengo el poder de dejar la vida y de tomarla de nuevo. y por esta razón mi Padre me amará porque yo dejaré libremente lo que me ha dado para poder tomarlo de nuevo y mostrar al hombre su destino definitivo.
Sin el poder de curar dudo que Jesús hubiera seguido atrayendo a las multitudes. Habrá pocos que pudieran aceptar la idea de una vida posterior, o de volver a nacer, sin pruebas. y Jesús no les ofrecía ninguna. Sólo palabras. Por eso, en cuanto sanaba a un cojo o a un leproso con una palabra, muchos estaban dispuestos a seguirle y creer todo cuanto les dijera. Pero, ¿cómo hacía estos milagros sino con la ayuda de Dios?
Jamás realizaba un milagro sin atribuirlo al poder del Padre. Después que bajara de la montaña yo le pregunté cómo había pasado seis semanas sin comida. Sus mejillas estaban sonrosadas, y su aliento era dulce. Sus dientes brillaban de blancura.
Señaló al cielo.
—A mi Padre nada le cuesta convertir las piedras en pan. Cuando los hijos de Israel morían de hambre en el desierto ¿no hizo llover el maná? Y cuando tenían sed, el Profeta Moisés dio con el báculo contra una roca.
A menudo me preguntaba por qué discutían sus milagros los fariseos cuando aceptaban gustosamente los de Moisés y Elías, que sólo conocían de oídas. Ni siquiera cuando presenciaban las curaciones y oían los testimonios de primera mano sobre cómo había devuelto la vista a los ciegos o transformado el agua en vino, creían que él fuera un enviado de Dios. «Es del diablo», decían, olvidando que Jesús había sacado el diablo de muchos.".
Pensé que tal vez fuera su familiaridad con los tiempos, el hecho de que fuera uno de nosotros, pues nadie es un profeta para sus vecinos, amigos o familia. Pero Mateo, que ahora presumía de historiador, halló una razón más sutil para la distinción.
—Los profetas de antaño —dijo— se basaban en la naturaleza para que les ayudara en sus milagros. Moisés golpeó una roca en el desierto y surgió un manantial oculto. Condujo al pueblo de Israel por el Mar Rojo a través de un canal que todos sabemos existía en aquellos tiempos, y luego un cataclismo cerró las aguas sobre los egipcios que les perseguían. Pero Jesús lo hace todo por sí mismo. Con una palabra serena los vientos y las olas y libra a los enfermos de la fiebre y la pestilencia. En tiempo de Moisés el Señor fue eL que lanzó los males sobre los egipcios, perdonando al pueblo de Israel.
Encontré esto interesante pero no definitivo.
—¿Qué diferencia supone de dónde viene el poder mientras él lo posea?
—Para ellos Jesús no es más que un mago-dijo Mateo—. Les gustaría ver más de lo sobrenatural y de Dios, y menos del hombre.
—Sin embargo —dije-el pueblo le habría hecho rey.
—El pueblo si, pero no los fariseos. Ellos ven al Mesías como el sumo sacerdote supremo, pero también un humilde servidor de Dios. Sin embargo Jesús les habla de lo que Dios piensa y dice.
—Pero él habla con verdad.
—Eso creemos nosotros.
—Entonces, ¿no aceptarán lo que ven con sus propios ojos?
—No del todo pues, aunque sí pueden aceptar a un judío nacido en Belén y de 1a Casa de David, no a un brujo de Nazaret que se llama a sí mismo el Hijo de Dios.
—Él nos llama a todos hijos de Dios.
—Es diferente cuando habla de sí mismo. ¿Nos dirigimos nosotros al Padre diciendo «Abba» al modo que hacen los niños cuando hablan con familiaridad a su padre?
—No importa lo que digan ésos —repuse—. Yo le he visto hacer maravillas en nombre del Padre, como tú, y estoy seguro de que puede hacer todo aquello en que se empeñe. Nunca ha habido otro como él y nadie puede tocarle, pues ¿no le hemos visto desaparecer en medio de la multitud cuando las demandas eran demasiado grandes?
—Cierto —dijo Mateo pensativamente—, jamás ha habido un taumaturgo como Jesús, pero ¿quién sabe dónde le lleva su propia voluntad? Él nos conoce, pero nosotros no le conocemos.
En ocasiones el Maestro hacía milagros no menos increíbles que el hecho de caminar sobre las aguas. Todo el que conoce a las mujeres ha de admitir que éstas son las criaturas más retorcidas y egoístas, siempre queriendo manejar al hombre según sus deseos más secretos. Jamás actúan por pura generosidad. Incluso la ira de mi madre se volvió contra mí porque deseaba a Raquel como hija, y no porque le preocupara mi felicidad. Pues, de otro modo, ¿no se habría sentido satisfecha ante mi deseo de seguir soltero? Pero todo esto era distinto cuando se trataba del Maestro. En María Magdalena y Marta, en Juana la mujer de Cusa, que era el mayordomo de Herodes, e incluso en Susana, una muchacha medio judía que era doncella de Claudia Prócula, la esposa de Pilatos, veía una devoción casi milagrosa. Lo olvidaban todo por seguir a Jesús y preparar su comida y la de los Doce, y atender a sus necesidades, que no eran muchas. Sin embargo, después de una dura jornada de viaje, sufriendo a causa de las vibraciones de los enfermos y dementes, el Maestro agradecía los ungüentos suavizadores con que ellas calmaban amorosamente su cansancio. Vivían exclusivamente por el placer de servirle.
—Es el Ungido de Israel —decía María Magdalena—, ¿cómo no hemos de ungirle entonces?
Juana había dejado la casa de Herodes por seguirle. Pero Jesús la convenció de que volviera, diciéndole que su matrimonio era una unión sagrada si se había realizado con los ritos del Dios único. Juana había sufrido de un flujo de sangre que la debilitaba tanto que apenas pudo llegar a un oasis de Perea donde fue curada simplemente tacándole el borde de la túnica. Aunque volvió a reunirse con su esposo, insistía en servir al Maestro cuando éste iba a Perea, o cuando los negocios de su marido le permitían estar cerca de él. Y siempre nos tenía al corriente de los planes de Herodes y de Pilato, pues éstos estaban en íntima correspondencia.
Mi preferida era Susana. Era la imagen de la inocencia con dulces ojos azules (su padre era de Macedonia) y unas formas deliciosas me recordaban los encantos secretos de Raquel. Pero esta hermosa doncella, ya en el esplendor de su belleza a los quince años, había estado marcada desde su nacimiento con una mano deforme, los dedos unidos. El Maestro se había limitado a tocada diciendo algunas palabras y los dedos se habían soltado y normalizado.
Era tan deliciosa que yo anhelaba acariciarla, pero sabía que no me aceptaría, pues su devoción iba exclusivamente dirigida a cuidar al Maestro, y cualquier prueba de afecto por parte de otro, por inocente que fuera, era siempre rechazada. El Maestro confiaba en mí, pues en más de una ocasión me dijo:
«Sé que es difícil para ti, Judas, permanecer célibe, pero al
resistir la tentación reafirmas tu fe en el Padre y en el Hijo, y mi fe en ti. No puedes servir a dos señores, y la servidumbre a las mujeres puede ser una tiranía mayor que la que encuentras en Roma».
Debido a Susana, la fama de Jesús había llegado hasta la misma casa del Procurador y la esposa de Pilato se había sentido fascinada por los relatos que su pequeña doncella le llevaba; debido a su interés le renovaba el permiso para nuevas salidas.
Se me ocurrió que, aunque sin querer Susana podía hacernos un mal servicio al revelar nuestros movimientos en Judea, pero Jesús se había limitado a sonreír ante mi nerviosismo. «¿Crees acaso que ellos no saben dónde cogerme? Pero el tiempo aún no está maduro, ni para el Hijo del Hombre ni para sus enemigos. Sin embargo se acerca, y nadie lo sabrá antes que tú.»
Con toda esta inseguridad viajamos a Galilea, luego cruzamos el mar, en Tiberiades, hasta la Decápolis, al otro lado del Jordán, y hallamos a las multitudes tan entusiastas como siempre. La mayoría eran gentiles, de modo que les importaba poco si Jesús era el Mesías, o el Rey de los judíos, mientras les curara y los consolara.
El grupo de mujeres era ahora menos numeroso pues a algunas les resultaba difícil alejarse por un tiempo de sus hogares en Judea, pero la Magdalena, como la llamábamos, estaba siempre con nosotros dejando a su hermana Marta en casa, con Lázaro. Había habido cierta discusión al respecto, pero María se había salido con la suya y Marta había regresado desconsolada a Betania. Juana no podía salir de la tierra de Herodes, pero Susana alegraba nuestros días con su belleza, y había otras con diversas cualidades, sólo notables por su deseo de ser útiles.
Mis relaciones con María Magdalena nunca fueron cordiales. Le había dolido mi oposición a que ungiera los pies del Maestro en la casa del fariseo, pensando que tenía algo que ver con la . intimidad que fomentaba este acto de devoción.
A mí me importaba poco lo que pensara ella, pero si el hecho de que siempre que quería podía hablar no sólo con el Maestro sino con Susana, que enrojecía deliciosamente cuando yo la sorprendía mirándome. Según las normas de Judea la Magdalena ya era virtualmente una mujer de mediana edad, pues, pasaba de los treinta años y estaba más estropeada que la mayoría. Se le había perdonado mucho, sin embargo ella no podía perdonar a los que le recordaban su pasado. Pero ,¿cómo olvidarlo, si su presencia era un constante recuerdo?
Me acusó en una ocasión de haberle dado un nombre vil. Inmediatamente me declaré inocente.
No sé de qué hablas.
Me lanzó una mirada severa.
Sabes muy bien de qué hablo, Judas —insistía en utilizar la versión griega de mi nombre, sabiendo que me enojaba.
Agité la cabeza y di media vuelta, pero ella extendió una mano para detenerme.
Me llamaste prostituta. La miré con piedad.
Si es un error llamar albañil a un albañi1, y abogado a un abogado, entonces te rebajé. Sólo le decía a alguien que el Maestro te había sacado el diablo del cuerpo. Si te hubiera llamado un ángel, el relato no habría tenido fuerza.
En su cólera me enseñó los dientes. . Conozco bien tu estilo tortuoso y ya he avisado al Maestro.
—No puedes hacerme daño, pues yo le amo.
—¿Qué sabes tú del amor? gruñó. Sigues a su lado por una sola razón, y todos la sabemos; porque esperas que él dirigirá a tu mezquino ejército de bandidos contra Roma: Que te dé gusto, sólo una vez y luego emprenda un camino distinto, y tú correrás a buscar a un nuevo amo. Me señalaba con un índice acusador:, Te conozco, Judas, no puedes engañarme pues he aprendido en una dura escuela a conocer a los hombres en lo que son.
Sentí que me dominaba un frío interior.
—No puedes hacerme daño repetí. Soy uno de los Doce, escogido por él, y me siento a su lado en la camaradería de nuestros consejos. Sólo Pedro tiene precedencia sobre mí.
Tú eres lo que él te hizo. Sin él no eres nada, o menos que nada.
No había estado tan furioso desde que Raquel me pusiera una trampa para conseguir que me casara con ella.
Harías bien dije en quedarte en casa con tu hermano y enviar a Marta en tu lugar. Ella sabe lo que es respetar a un Apóstol.
Tú no mereces mi respeto. No creas que no me doy cuenta de cómo miras a esa tipa, a Susana. ¿No has oído decir al Maestro que el que mira a una mujer con deseo en los ojos ya ha cometido adulterio con ella en su corazón? Susana ya es una mujer y sabe lo que quiere, y tú eres lo bastante hombre para saber qué votos has hecho.
No se tomó juramento alguno.
Se echó a reír con tal desprecio que con gusto le habría abofeteado el rostro.
Debes estar sordo. ¿No ha dicho Jesús que el que ofende a esas almas sencillas que creen en él acabará peor que si se atara una rueda de molino al cuello o se arrojara al mar?
Ya había escuchado bastante.
Tengo que hablar con Andrés con respecto a tu costumbre de meterte en nuestro campamento cuando te da la gana.
Lo hago por invitación del Maestro y no me importa nada lo que digan los demás. A excepción de Juan, y quizá de Andrés, ninguno de ellos es digno de besarle los pies.
No me preocupé más por ella. Pues el maestro jamás escuchaba las murmuraciones. Decía que era un modo cobarde de atacar al adversario por la espalda. Sin embargo me sentí aliviado cuando llegó un recado de Marta: necesitaba a María en casa para que le ayudara a cuidar a su hermano enfermo.
Jesús se mostró grave cuando le hablaron de la enfermedad, pues amaba a Lázaro por su buen carácter y su hospitalidad.
Estoy seguro de que María estaba más preocupada por dejar al Maestro que por la enfermedad de su hermano.
¿Vendrás si te necesitamos, Maestro? le rogó. ~ Él contempló, a la multitud que le pedía ayuda.
No puedo ir ahora dijo, pero te prometo que Lázaro estará bien.
Derramando lágrimas y mirando tristemente por encima del hombro María se dirigió hacia el sur, pero no sin disculparse por el modo tan despreciable en que me había tratado.
Perdóname por no portarme contigo como el Maestro quiere que me porte con todo el mundo dijo. Los Doce son tan queridos como parientes para nosotros.
De modo que la perdoné por ella y por el Maestro.
Hacía tiempo que no veía a Susana porque el Maestro la había enviado misteriosamente de regreso á Jerusalén. Cuando pregunté por ella sólo se encogió de hombros.
¿Nos ha dejado acaso porque averiguaban nuestros movimientos a través de ella?
Me lanzó una triste sonrisa, que aún encontré más desconcertante que su silencio.
No tenemos nada que temer de esa niña, sólo de nosotros mismos, Judas —y agitó la mano poniendo fin a la discusión.
Pasamos por la ciudades de la Decápolis predicando tanto a judíos como a gentiles. Estos se hacían más y más numerosos y en cambio disminuían los judíos, incluso los amaretzín, puesto que se había extendido la noticia de que el hombre adorado como el Mesías rechazaba el trono que al Mesías pertenecía por derecho propio. Me dolía el ver que perdíamos fuerza, pues la reducción de sus seguidores podía dañar al Maestro, ya que su. dominio de las masas mantenía a segura distancia a Anás y Caifás. Estaba convencido de ello.
Hacia el final de la semana llegó un mensajero inesperado de Betania. Había venido en camello pero aun así había perdido varios días siguiéndonos. L1evaba un mensaje urgente de Marta y María. El rostro del Maestro se tornó solemne al leer: «Maestro, el que amas está gravemente enfermo y te necesita enseguida».
El mensajero de nombre Jedequías, preguntó:
¿Qué les digo de tu parte, Señor?
Los ojos de Jesús pasaron del agotado animal a su jinete, cuyos ojos cargados denunciaban la falta dé sueño.
Descansa primero, pues la enfermedad de Lázaro no es de muerte sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Díos sea glorificado por ella.
A la mañana siguiente camello y jinete partieron hacia Betania. Jesús se detuvo dos días más curando a muchos, y predicando el evangelio, y luego reunió a los Doce diciendo:
Vamos otra vez a Judea pues Lázaro está enfermo y me necesita.
Pedro alzó los brazos en protesta:
Pero Maestro, los de Judea te buscan para apedrearte, enfurecidos porque has rehusado la corona de los judíos, ¿y de nuevo vas allá?
Me habrían apedreado también en Galilea y por la misma razón. ¿Qué importa dónde descansa la cabeza el Hijo del Hombre? Hasta los zorros tienen sus madrigueras, pero yo no tengo dónde ir.
—Cerró los ojos y suspiró.
Debo partir en seguida. Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero yo voy a despertarle.
Como de costumbre Pedro no lo entendió.
—Señor, si duerme sanará.
Sólo Andrés pareció captar todo el significado de las palabras del Maestro. Por eso Jesús continuó:
El sueño de la muerte es el que ha vencido a nuestro amigo, y está bien que así sea. Pues vosotros, los que más debíais creer, tenéis poca fe a pesar de lo que habéis visto y esto hará que de nuevo tengáis pruebas del poder del Padre.
Debido a la situación tan insegura en Judea aún le rogaron que no fuera a Betania, sino que enviara a sus discípulos. Agitó la, cabeza.
Todavía hay algo que debo mostraras antes de dejaros. Iremos contigo —dijo Andrés comprometido hasta la muerte. Y más allá sonrió Jesús.
Siempre había considerado a Tomás el último de los Doce, pero ahora dijo éste:
Vamos también nosotros a morir con él.
No te preocupes por la muerte, que ya llega bastante pronto. Mientras tanto vamos con Lázaro.
Al cabo de tres días llegamos a las afueras de Betania y vimos a los que habían ido a consolar a las hermanas y que regresaban del cementerio. Miraron de soslayo a Jesús, que los ignoró y se fue directamente a Marta que estaba recibiendo el pésame. Parecía trastornada, y sus ojos estaban enrojecidos por el llanto.
Había un dolor secreto en su mirada, algo más aparte el sufrimiento por su hermano. No quería criticar, pero indudablemente estaba muy dolorida de que el Maestro no hubiera llegado antes.
Él le tomó la mano y se la estrechó. Marta le miró tristemente..
Señor, si hubieras estado aquí —dijo con una insinuación de reproche— no habría muerto mi hermano.
La miró sorprendido.
Marta, Marta ¡qué poco has aprendido! ¿No sabes que todo lo que pidas a Dios a través de su Hijo te lo concederá?
Se sonrojó ella e impulsivamente le besó la mano. Perdóname, Maestro, por haber dudado.
No temas, tu hermano. resucitará.
Sé que resucitará en la resurrección, en el último día.
Dices bien, y por esta razón fue llamado Lázaro, a fin de preparamos para la resurrección. Pues en la época de Moisés y Elías no hubo tal resurrección del hombre, pero ahora, gracias a la voluntad de Dios, ésta viene por el Hijo del Hombre. Pues yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá. —Sus ojos registraban la muchedumbre— y ¿dónde está María? ¿Se queda llorando en casa sin saber que el que cree en mí nunca morirá?
No sabe que estás aquí, pues nadie te ama más que ella y ¿Sabéis vosotros a quién amáis?
Sí, Maestro, pues creemos que eres Cristo, el Hijo de Dios vivo que vino al mundo para librarle del temor.
Es natural que me culpéis por no haber venido antes, pues así es la naturaleza humana.
Te debemos mucho, ya que nos devolviste a una hermana que creíamos haber perdido y la transformaste al enseñarla a perdonar.
Los de Betania habían comunicado a María la llegada de Jesús. Ella se levantó al instante y se fue a él. Así que llegó donde Jesús estaba, viéndole se echó a sus pies diciendo:
Señor, si hubieras estado aquí el hermano que me diste no habría muerto.
Vi que, Jesús lloraba, pues María no había demostrado más fe que Marta y los otros.
¿Dónde le habéis puesto?
Marta y María le tomaron de la mano y dijeron:
Señor, ven y ve.
Vi que Jesús estaba turbado pues, después de todo lo que había dicho y hecho, aún dudaban de sus poderes. Había lágrimas en sus ojos, ya que incluso los que más le amaban parecían negarle. Miró a la multitud y por primera vez vi [a desesperación en su rostro. Pero se recuperó rápidamente y dirigió la marcha hacia el lugar del enterramiento. Una corriente de amigos, sin saber lo que Jesús se proponía, le siguieron por curiosidad. En poco tiempo llegamos al cementerio y a la cueva donde había sido colocado el ataúd, tapada con una piedra.
Jesús se volvió a Andrés. Quitad la piedra ordenó.
Marta y María se echaron atrás atónitas.
—Pero Maestro —dijo aquélla— lleva muerto cuatro días.
Sí añadió María sollozando, su carne se habrá descompuesto ya con este calor. Por esta razón le enterramos antes de que llegaras.
De nuevo lloró Jesús, pues aún no creían en él aquellos a quienes tantas pruebas había dado.
Cuando la piedra fue retirada de 1a tumba se arrodilló ante la puerta de la cueva y alzó los ojos al cielo hablando en voz baja y en hebreo. La única palabra que pude distinguir fue «Abba», el término familiar para Padre que utilizaba al hablar con Dios.
Por un segundo pensé qué embarazoso sería si fallaba, pero no parecía fuera de su alcance el restaurar la carne que ya había empezado a oler.
Su rostro tenía ahora una expresión exaltada y dijo en voz muy alta:
Padre, te doy gracias porque me has escuchado.
El ataúd sólo estaba ligeramente cubierto de tierra. Andrés, a una señal del Maestro, había abierto la tapa con ayuda de Juan. El hedor era terrible y temblé al imaginar el aspecto del cadáver. Eché una mirada a Marta y María. En sus rostros se pintaba el asco y parecía como si estuvieran a punto de vomitar. Corrieron al aire libre tosiendo y con náuseas. Por eso no oyeron a Jesús que hablaba en voz alta para que todos los testigos supieran que era el enviado de Dios.
Que no se haga mi voluntad sino la tuya —dijo utilizando una frase que le había oído con frecuencia.
Marta y María, con el rostro ceniciento, habían vuelto a la tumba.
El Maestro, que parecía insensible al hedor, se inclinó sobre el cadáver y gritó con fuerte voz:
Lázaro, sal fuera.
Ante nuestros propios ojos una figura fantasmal, envuelta en los blancos sudarios de los muertos, empezó a alzarse lentamente en el ataúd. Andrés y Juan corrieron rápidamente en su ayuda y la figura, pies y manos ligados con, fajas y el rostro envuelto en un sudario, quedó sentada en el ataúd. Le quitaron ese paño y vimos los rasgos de Lázaro, el amigo que creíamos perdido y oh maravilla! su carne estaba tan sana como cuando le vimos por última vez.
Con ayuda de Andrés salió ahora del ataúd. Sus ojos se posaron primero en Jesús, luego en Marta y María y en los asistentes al funeral.
¿Qué hacéis todos aquí? —preguntó, mirando la cueva asombrado.
—Estamos aquí —respondió Jesús— para manifestar la gloria de Dios. Por eso enfermaste y cruzaste las puertas de la muerte. Y por eso tenías que vivir de nuevo.
De no ser por el olor habría creído muy posible que Lázaro se hubiera hallado en estado catatónico, trance en el que algunos han permanecido vivos durante semanas mientras sus signos vitales quedaban en suspenso. Milagrosamente el hedor había desaparecido ahora, y el aire era limpio y puro. Lázaro abrazó a sus hermanas; luego se volvió al Maestro y sus ojos brillaban de gratitud.
—Estuve enfermo, morí y tú me has devuelto la vida.
—y ¿cómo supiste que estabas muerto?
—Recuerdo que al principio mis hermanas lloraban sobre mí cuando yacía expirando en mi lecho, apenadas porque tú no estuvieras aquí. Luego hubo una oscuridad total y me pareció que alguien me llevaba a una gran altura, mientras mi propio cuerpo quedaba en mi casa de Betania. Vi un millón de luces, como estrellas enormes que brillaban en la distancia, y luego grandes bancos de nubes, y figuras en sombras que comenzaban a emerger. Había rostros y formas confusas pero, cuando quería alcanzarlas, mis dedos se cerraban sobre el aire vacío.
Marta y María, como el resto, escuchaban hechizadas.
—Aquellos rostros,.. ¿eran de alguien que conocías?— preguntó el Maestro.
Lózaro vaciló y una mirada de asombro asomó a sus ojos.
—Vi a mi querida madre y a mi padre, muertos muchos años antes que yo, y parecían felices, y me dijeron lo satisfechos que estaban al ver que la familia estaba unida de nuevo. .
Las hermanas se volvieron maravilladas al Maestro.
—¿Estuvo realmente nuestro hermano en el cielo como él cree?
Jesús las miró como si fuera a llorar de nuevo. Pero sólo respondió con voz solemne:
—Para vivir realmente uno debe morir y nacer de nuevo: El pobre Lázaro había conocido todas las bendiciones del cielo pero de nuevo fue llamado aquí para confirmar el mensaje del Señor, y por eso ha servido a Dios.
Muchos de los Apóstoles estaban asombrados de que Lázaro hubiera vuelto entre los vivos.
—¿Cómo se hizo eso? —preguntó Tomás. Andrés frunció el ceño.
—¿No te explicó el Maestro que era obra de Dios?
—Todo es de Dios —dijo Tomás con una mueca. Felipe asintió, inclinando la cabeza.
—Esto no es una explicación, pues no vemos la mano de Dios cuando lo hace.
Para mí todo estaba claro corno el cristal.
—¿Cuántas veces habrá él de deciros que su poder viene de Dios? Puesto que Dios tiene el poder de crear la vida y de terminarla, cosa que nadie discute, lo mismo puede hacer Jesús como el canal de Dios en la tierra.
—Bien dicho, Judas! —exc1amó Simón el Zelote.
Era obvio que Jesús había permitido deliberadamente que Lázaro muriera para demostrar su propio poder.
—¿Por qué —les pregunté— no acudió enseguida, cuando le dijeron que estaba enfermo? Para demostrar a la multitud que podía triunfar sobre cualquier adversario, incluso el más invencible de todos.
—Lo cual —terminó el Zelote por mí— es la muerte.
—Y si puede hacerla con otro —dije—, también podrá hacerlo para sí mismo.

14 - La conspiración

Me llegó una llamada de Anás, lo que me pareció extraño, pues Caifás era el que solía disponer las audiencias en el Templo. El mensajero, un levita, me encontró en casa de Lázaro en Betania, ya que me hallaba en camino para arreglar las cosas con mi madre.
—Ven sin demora —dijo el mensajero, un joven de melena abundante— pues es un asunto de la mayor importancia.
—Estaré allí mañana —dije, repasando rápidamente las áreas más vulnerables y sintiéndome seguro.
Ya les había explicado a su satisfacción el hecho de haberme convertido en un discípulo de Jesús.
Cuando el mensajero se marchó, Marta y María me miraron preocupadas.
—¿Estás en dificultades? —preguntó Marta.
—No, que yo sepa —respondí con más seguridad de la que sentía.
—¡Es por el Maestro! —gritó María—. ¡Se proponen matarle! Lo sé. Lo vi en el rostro del sumo sacerdote aquel día, en el Templo. —Su voz temblaba— Le odian porque el pueblo le sigue.
Mientras el pueblo le apoye —dije yo— no tiene nada que temer.
Lázaro había entrado, y al ver el rostro de las mujeres, preguntó rápidamente:
—¿Qué ocurre? ¿He tropezado con otro entierro?
Intenté hablar animadamente.
—Ya sabes cómo son las mujeres, siempre preocupándose por cosas que nunca ocurren.
María estaba de pie en el centro de la habitación, los ojos cerrados, como si rezara.
—Desde que el Maestro entró en mi vida he sentido una íntima comunión con él, sabiendo cuándo sufría y cuándo se regocijaba. Y sé que, últimamente, su corazón está abrumado.
El rostro de Lázaro reflejaba su propia preocupación pero su buen humor y optimismo, por el que Jesús le amaba, vinieron en su ayuda.
—Ya estamos asustados y gimiendo y, por cuanto sabemos, quizá no deseen sino pedir dinero a Judas, sabiendo lo frugal que es. Sentémonos a cenar, compartamos un poco de vino y alejemos nuestros absurdos temores.
Al partir el pan diciendo el «Padrenuestro», plegaria que Jesús nos había enseñado, no pude por menos de pensar, mirando a Lázaro, que el Maestro en verdad parecía capaz de todo. Lázaro había estado cuatro días muerto. Y sin embargo allí le tenía, vivo y completamente ano, un recuerdo viviente del poder del Maestro.
María no tocó la comida.
—Iré con él si me necesita —dijo.
—Está en el camino de Cafarnaum —dije—, pero tus temores son infundados. Los sacerdotes del Templo habrían actuado hace tiempo si quisieran hacerle daño.
—Sólo se atreven ahora —dije ella— porque ya no cuenta con tantos militantes a su favor.
—y ¿cómo es eso? —pregunté, extrañado de que lo supiera.
—No comprenden que su mensaje es esencialmente espiritual y solo insisten en los impuestos y en los romanos, y en que sea también una luz para los gentiles. No comprenden su amor por los paganos.
—Quieren un Mesías que sea un Mesías —reconocí—, uno que haya venido a liberar a los judíos, y no a preocuparse por los que los retienen cautivos.
Suspiró.
—Yo he conocido a muchos romanos y judíos, Judas, y he visto pocas diferencias entre ellos, a no ser que los romanos disfrutaban de todo corazón de lo que hacían y los judíos bajaban los ojos, como si estuvieran cometiendo un grave pecado.
Lázaro la miró malhumorado.
—Creía que todas esas cosas estaban ya perdonadas y olvidadas y que no volvería a hablarse de ellas en esta casa.
Por un momento hubo un brillo malévolo en los ojos de su hermana.
—Lázaro esconde la cabeza y cree que así no le ven.
—No sé de qué hablas.
—Hablo del pecado, que el Maestro perdona, pero no así esta nación hipócrita de Israel, que no tiene más razones, aparte la tradición, para que Dios la prefiera sobre todas las naciones.
Marta asintió mirando a su hermana.
—Él es para todos los pueblos, sin importar la raza o el credo; ha curado a sirios y a samaritanos, e incluso a los romanos y sus criados.
Lázaro se secó los labios y gruñó:
—Nos sentamos a charlar como mujeres sin tener la menor idea del problema, ni de si hay un problema. Que Judas vaya primero a Jerusalén, y pronto sabremos de qué se trata.
María no pareció demasiado convencida.
—En una tierra cautiva nadie puede tener la seguridad del mañana.
Aproveché sus palabras:
—Ya ves la importancia de que seamos libres e independientes.
—El Maestro dice que la libertad es del espíritu.
Lázaro se había cansado de la discusión, cosa previsible en un hombre de negocios, propietario de muchos bienes y respetado incluso por los romanos.
—He oído decir —se volvía a mí— que las cosas andan muy mal en Roma. Dicen que Tiberio ha vuelto a toda prisa del exilio que se había impuesto en Capri, y que la posición de Sejano está amenazada por sus propias conspiraciones.
—¿Qué importa —y me encogí de hombros— el nombre del monstruo que nos gobierne?
—Te olvidas —dijo— que Pilato está a las órdenes de Sejano y que, si cae el amo, el siervo no tardará en caer también.
—Así ocurrió antes de Pilato con Valerio Grato, y antes con Coponio y Vitelio. y ¿acaso estaba mejor Israel?
—Al menos no teníamos a un tirano ambicioso que, con el fin de prosperar, halaga los sentimientos antisemitas de su amo en Roma.
—Un romano se parece mucho a otro —dije desdeñosamente— Lo importante es librarnos de todos ellos.
Me lanzó una mirada curiosa.
—Como discípulo estás entregado a las enseñanzas de Jesús, y éste no hace distinción en su Reino entre judíos y romanos. Te das cuenta de eso, ¿verdad?
—No fue siempre así —dije—.Él cambió cuando fue a la montaña y la visión de Moisés y Elías se desvaneció ante sus ojos.
—¿No es eso suficiente para ti?
—Depende de la interpretación. No discuto ahora lo que vio, sino qué propósito tenía la visión. Simón el Zelote arguye que, con su presencia, esa visión indica que Dios sigue sonriendo al pueblo de Moisés y Elías.
Lázaro habló despectivamente.
—Si cada discípulo se considera superior al Maestro ¿quién es entonces el Maestro?
Nunca había apreciado yo demasiado a Lázaro. Se daba mucha importancia por el favor especial que Jesús le demostraba al detenerse en su casa siempre que iba a Jerusalén. Si tanto amaba al Maestro ¿por qué no le había seguido como los demás? No era más que un galileo transplantado, y Magdala, de donde provenía la familia, apenas un pueblecito junto al mar.
—¿Cómo te atreves a juzgar a los Doce —dije— cuando tú no lo has abandonado todo como nosotros?
Me miró con sarcasmo.
—¿Todo, Judas? Sé franco, ¿no has entregado únicamente aquello a lo que no te costaba nada renunciar?
Me sonrojé.
—¿Está bien que un anfitrión se burle de un invitado bajo su techo?
Impulsivamente me cogió la mano.
—No somos ,anfitrión e invitado. Estamos hablando como amigos.
Yo no podía abandonar mis negocios, y él lo comprendió.
«Ganarás más conversos desde fuera», me dijo. No supe entonces lo que quería decir, pero después lo comprendí. También un día comprenderás tú que todos estamos en el lugar en que él quiere que estemos, para que la madeja misteriosa de su vida pueda tejerse hasta el fin.
María y Marta habían seguido la conversación con gesto de disgusto, sin comprender del todo los temas que habían ido surgiendo en ella.
—El te salvó la vida —le acusó María—. Deberías ir allá con Judas y asegurarte de que nadie quiere hacerle daño al Maestro.
—Haces una montaña de un grano de arena —gritó Lázaro—. No hay nada que no esté dispuesto a hacer por el amigo que salvó mi vida.
—Hizo más —continuó ella implacable.—, tu vida había terminado, pues te enterramos y lloramos por ti, y él te resucitó de entre los muertos.
—Lo mismo —dije yo— que hizo con la hija de Tairo, que sólo tenía doce años, cuando su padre, dirigente de 1a sinagoga al otro lado de Galilea, acudió a Jesús diciéndole que su única hija se moría. Cuando él llegó a la casa, la familia y amigos lloraban ya porque ella había expirado. Pero les dijo que callaran, que la niña sólo estaba dormida. Todos se rieron de él despectivamente, y le habrían arrojado de la casa de no ser porque Jairo le introdujo en la habitación donde yacía la muerta. La cogió de la mano y dijo: «Niña, levántate», e inmediatamente se levantó y caminó.
Marta había oído ya esa historia, incluso con más detalle que ahora.
—Me lo contaron todo Pedro y Juan, y me describieron cómo Jesús dijo al espíritu que volviera a entrar en la niña. Y así, mostrando la unión entre cuerpo y espíritu, ordenó a sus padres que le dieran de comer inmediatamente, para que se fortaleciera y estuviera bien.
Era difícil creer que pudiera resucitar a los muertos, pero la verdad era que casi todo lo que hada resultaba igualmente increíble. Aunque yo había presenciado la experiencia de Lázaro me había preguntado, como otros, hasta qué punto estaría muerto. De no haber sido por la corrupción de la carne habría tenido mis reservas, pues no era extraordinario que la gente permaneciera en estado cataléptico, de aspecto muy semejante a la muerte. Algunos incluso acusaron a Jesús de haber metido un demonio en Lázaro para después, como un mago, saca de ese demonio de la mente mediante lo que los griegos llamaban sugestión o hipnotismo. En realidad hubo muchos que dijeron que esto era lo que había hecho en Caná, y luego con los panes y los peces, afirmando que únicamente había hipnotizado a la multitud para que todos creyeran que estaban bebiendo vino en un caso y comiendo maná del cielo en otro. Esto, se dijo, era bastante corriente en Egipto, donde él viviera algunos años de niño.
No lo juzgaba probable puesto que yo mismo había sido testigo en ambas ocasiones y no había sentido la impresión de hallarme bajo una influencia extraña. Pero se decía que el hipnotizado era el último en saberlo.
En cualquier caso no vi mal alguno en interrogar a Lázaro sobre su experiencia después de la muerte, ya que eso podía arrojar luz adicional sobre el Reino del que el Maestro hablaba con tal naturalidad.
—¿Te importaría decirme de nuevo lo que viste después que te enterraron? —le pregunté.
Me miró con agudeza.
—¿De modo que también tú dudas, como Tomás? Hay que reconocer que el Maestro está rodeado de escépticos.
—Yo no discuto sus poderes, sólo hasta qué extremo llegan. No me gustó su sonrisa.
—Lo sabrás, y Mateo también, porque es el Apóstol para los
judíos. Pero ¿no resulta irónico que nuestro propio pueblo exija más pruebas que los paganos?
Miró en torno, como invitando a Marta y María a salir de 1a habitación. Pero ellas no parecieron advertirlo y se instalaron cómodamente en las sillas.
No había cambiado mucho la Magdalena, aunque tanto se hablara de su redención. Con frecuencia era brusca y ofensiva, pues había estado más rodeada de vileza y engaño que de honestidad y honor, y tenía poca consideración con los más virtuosos.
—Claro que estaba muerto, por supuesto! —dijo ahora arrugando la nariz—. Olía como el pescado podrido después de tres días.
Y continuó sin advertir el gesto de enojo de Lázaro.
—El tiempo se había vuelto muy caluroso; de otro modo se habría conservado mejor.
Era indudable que disfrutaba burlándose de su hermano aunque no sé por qué razón, a no ser que aún tuviera el diablo en el cuerpo.
—No me interesa tanto el estado de su cadáver como el de su espíritu.
Lázaro me miró con agradecimiento y ahora se apresuró a satisfacer mi curiosidad.
—Vi mi propio cuerpo como si yo estuviera de pie junto a él, y vi luego una sustancia blanca y etérea que salía del cuerpo, en una forma luminosa que se correspondía perfectamente con el cuerpo de pies a cabeza, y que al fin se elevó hacia el espacio y desapareció.
¿Tuviste alguna impresión de lo que aquello podría ser?
—Tuve la impresión de que era el paráclito, el Espíritu Santo, y que continuaba viviendo como una forma de energía después que mi cuerpo había sucumbido por la fiebre.
—Entonces ¿no estabas muerto en realidad?
—Si no hubiera sido despertado aún seguiría en la tumba, y vosotros estaríais conversando con mi fantasma.
Este humor tan extraño de Lázaro resultaba desconcertante en ocasiones y, por mi vida, que no podía comprender que al Maestro le agradara su compañía.
—Podías haber estado simplemente en coma, en estado catatónico en el que con frecuencia, y erróneamente, se ha creído que algunos estaban muertos cuando en realidad es un estado de animación suspendida, caracterizado por la ausencia de la conciencia normal, como en un simple trance. .
—Él no respiraba —afirmó Marta—, pues le sostuve un espejo contra la boca y ni se empañó ni hubo vapor.
En realidad quedaban pocas dudas en mi mente de que hubiera sido resucitado de entre los muertos, pero era vital que no hubiera dudas en absoluto.
—¿Crees a Jesús cuando dice que el mayor enemigo que ha de ser destruido es la misma muerte?
Sonrió con presunción.
—¿Qué más pruebas quieres que yo mismo o la hija de Jairo?
Marta asintió y su gesto expresó mis propios pensamientos.
—Si puede hacerlo por uno, entonces puede hacerlo por todos.
—Siendo así ¿por qué te preocupas por su bienestar, si tiene ese control definitivo sobre la muerte?
María me miró despectivamente.
—Ellos no pueden hacerle nada a menos que Jesús lo permita, pero ¿no le has oído hablar últimamente de reunirse con su Padre en el cielo? Eso me da una terrible impresión de desolación.
—Pero ¿cómo pueden ellos quitarle la vida si él puede darla a los muertos? No tiene lógica.
Lázaro habría dado por terminada aquí la conversación, pero a María no se le imponía silencio tan fácilmente.
—¿Con qué frecuencia nos ha dicho que su Padre le envió para demostrar que la vida es eterna? Y si es así, ¿de qué otro modo puede manifestarlo a Israel?
—Pero entonces todo muere con él.
Sus ojos oscuros habían adoptado una mirada trágica.
—Si sucede como temo, ¿quién sabe cuánto sufrirá? Mentalmente repasé los dos años y medio que le había servido.
—Nunca le he visto fracasar en nada. ¿No sabes que en una ocasión caminó sobre las aguas?
—Eso dicen —se encogió de hombros— Pero ¿qué importancia puede tener?
La miré con aire incrédulo.
—Te digo que ha hecho lo que nadie fue capaz de hacer desde el comienzo de los tiempos, y ni siquiera te asombras.
En los ojos hundidos de Lázaro había una mirada reflexiva.
—Él es único, y nadie puede hacer en su favor lo que Jesús puede hacer por otros.
—Según él los Apóstoles pueden hacer todo cuanto Jesús hace con fe en el Padre.
—En todo Israel no hay tanta fe, pues sólo él sabe lo que sabe el Padre, y sólo el Padre sabe lo que sabe Jesús.
—Tú mismo dices que es invencible, y yo personalmente he visto pruebas de ello.
Marta era siempre la más callada, pero invariablemente había mucha sabiduría en sus palabras.
—Todos pensábamos que el Bautista estaba protegido por Dios, y sin embargo Herodes pudo asesinar a este príncipe del mundo y poner su cabeza en una bandeja.
—Pero su espíritu era invencible. Eso lo vi. personalmente.
—y también Jesús, y todavía más, ya que él es totalmente del espíritu.
Era extraño que dos hermanas pudieran verle de modo tan distinto. El rostro de María fue ensombreciéndose con sus pensamientos.
—También es un hombre auténtico, con una gran capacidad de amar y ser amado, y todos los que están cerca de él, ya sean hombres o mujeres, sienten el impacto irresistible de su virilidad.
La miré sorprendido, pues nunca había considerado a Jesús como los demás hombres, con las cualidades y atributos de un hombre sano y viril en la flor de su vida. De vez en cuando me venía un pensamiento que yo reconocía como la verdad, ya que estaba de acuerdo con el esquema ordenado del universo discernible, y así reflejaba la voluntad de aquel que había creado el cielo y la tierra.
—Jesús —dije— es el hombre universal, el primero y quizás el único, mientras que su antepasado David era el epítome del hombre mundano, con todos sus errores y fragilidades. De este modo se nos recuerda la perfección de Jesús como hombre, aunque tengamos conciencia de las imperfecciones del otro.
—Miraba ahora a las dos hermanas—.
—En esta perfección Jesús expresa su amor por todos, un amor no diluido por el afecto a la familia o a una mujer. Él no mira a las mujeres como los demás, pues aunque nosotros los mortales corrientes tenemos tentaciones a las que hemos jurado resistir, nuestros pensamientos siguen batallando con nuestros deseos para llegar a ser como él querría que fuéramos.
Lázaro me miró con aire culpable. Había oído decir que tenía muchas amantes y que le costaba tanto renunciar a ellas como a su riqueza y sus comodidades. Yo juzgaba extraño que Jesús no le reconviniera por su debilidad, pero él disculpaba con frecuencia a los que amaba.
—Si no fuera por los pecadores —me dijo sonriendo en una ocasión— no tendríamos trabajo que hacer. El Señor los ama a todos por igual mientras confiesen su debilidad.
Tal vez Lázaro había leído en mi mente.
—Has hablado bien —dijo ahora en tono condescendiente. Aunque no había querido admitido, aquella llamada urgente de Anás me tenía confuso, y creí que ya era hora de recoger todas mis pertenencias y ponerme en camino. María Magdalena me cogió la mano y clavó en mí sus ojos de mirada intensa.
—Recuerda en todo momento que él te ama.
—No necesito que me recuerdes eso.
—Ve en paz, y sabe que confiamos en ti. Sólo tú puedes hablar en su defensa allá donde vayas.
Sus palabras, aun sin saber por qué, hicieron que me sintiera incómodo.
—Haces una montaña de un grano de arena. Lázaro me estrechó la mano.
—Nosotros te queremos por el Maestro. Adiós, acude a nosotros si es necesario. Porque yo nunca podré pagarle lo que hizo por mí.
Con cierta sensación de inquietud partí hacia la Ciudad Santa viajando a pie, ya que sólo distaba unos kilómetros. En el Templo reinaba la misma actividad de costumbre. El asalto de Jesús a los cambistas no había ejercido una influencia duradera, y todos ocupaban de nuevo sus antiguos puestos, engañando a los peregrinos con la misma desvergüenza que antes. Era otro recuerdo, si es que lo necesitaba, de la falta de efectividad de Jesús, que no tenía una auténtica autoridad. Con lo que habría podido hacer, sólo con ser Rey! Pasé por el Patio de los Gentiles y subí los escalones que llevaban al Patio de los Sacerdotes, donde me habían dicho que acudiera.
Como en la otra ocasión también ahora había guardias en la puerta pero me hicieron pasar rápidamente. Sentí que el corazón me latía locamente sin ninguna razón válida, a no ser una premonición de desgracia que de pronto se apoderó de mí. La rechacé con esfuerzo. Sabía que la llamada se refería a Jesús.
¿Qué otra razón podía haber? Judas Iscariote, como ahora me llamaban todos, no tenía importancia personalmente. Por tanto me había tranquilizado ya cuando los ojos prudentes del rabí Gamaliel se clavaron en los míos. Me estrechó la mano con fuerza sorprendente.
—Llegas a tiempo de ayudar a Israel —dijo. Por encima de su hombro vi los rostros contraídos de Anás y Caifás.
—Te has retrasado —dijo aquél a modo de saludo.
—¿En qué sentido?
—y retiré rápidamente la mano que le ofreciera.
Cuando me senté en la silla que me indicaba Gamaliel, los sumos sacerdotes continuaron de pie. Anás tomó enseguida la iniciativa diciendo acusador:
—Se le ofreció el reino, y tú no nos lo comunicaste.
—¿Qué había de deciros? Él huyó ante la corona como una liebre asustada.
Le rebajaba deliberadamente, pensando quitar así importancia al incidente.
—¿Creíste que, en una multitud de cinco mil personas, no habría nadie que nos informara de la insurrección que anda promoviendo?
—Él no puede evitar lo que otros digan o hagan.
Gamaliel había tomado asiento a mi lado y descansaba pensativamente la barbilla en la mano.
—Lo que dice Judas es cierto. ¿Quién puede gobernar los actos de los demás?
—A Pilato no le importan las razones ni la lógica; sólo desea que no haya el menor peligro de disturbios.
El nombre del procurador fue suficiente para que todo lo viera rojo:
—¿Es que siempre hemos de saltar en cuanto él ladra?
—Lo mismo que salta él cuando ladra Roma —dijo Anás secamente.
—No hubo un auténtico disturbio, sólo una conmoción, cuando Jesús despreció la corona que algunos le ofrecían.
Caifás había estado observándome maliciosamente.
—A Julio César le ofrecieron tres veces el mandato supremo de Roma y por tres veces lo rehusó, esperando el momento más oportuno mientras disimulaba su ambición con falsa modestia.
—Por todo cuanto sabemos —intervino Anás— y lo mismo que César, también él tenía sus amigos que promovieran esta demostración espontánea.
—Se volvió un instante hacia su yerno:
—¿No fue incitada la multitud por dos o tres de sus propios discípulos?
Qué bien informados estaban de las actividades de Jesús! Yo no había visto ningún rostro conocido de saduceos o fariseos, pero claro, en una muchedumbre tan inmensa, cualquiera podía pasar desapercibido.
—Puedo aseguraros —dije osadamente— que ni por un instante pensaría Jesús en aprovechar una ventaja temporal.
—Comprendo —dijo Caifás—. Sus ambiciones se centran en el sacerdocio.
—En absoluto.
—Entonces ¿cuál es su interés? ¿Qué quiere de Israel?
—No pide nada de Israel, sólo que se arrepienta; y le ofrece la salvación y la vida eterna. Se pintó la but1la en aquel rostro frío y astuto.
—Entonces, ¿cuál es su interés? ¿Es Dios entonces para disponer de sus dones con tanta munificencia?
Los labios de Caifás se curvaban en las comisuras.
—No, no es tanto lo que se atribuye. Sólo es el Hijo de Dios. Tiene el cielo por padre y la tierra por madre.
De no haber sido por el tono de burla, aquello habría estado muy bien dicho.
—Él afirma que todos somos hijos de Dios.
Anás se dirigió a la ventana y miró, más allá del Patio de los Sacerdotes, al Patio de los Gentiles, a los tenderos y los amaretzin con los que éstos regateaban ruidosamente. Agitó una mano desdeñosa.
—De modo que todos ésos son hijos de Dios.
Vi en Garnaliel una inquietud. que no advirtiera en nuestras reuniones anteriores. Sus ojos se habían nublado, y la expresión era meditabunda.
—Las cosas no van bien para Israel en estos días, Judas —dijo con un suspiro.
—Irán mejor; el Mesías hará que vayan mejor.
Caifás había adoptado una posición más agresiva que antes.
—Tu Mesías —estalló— será la ruina de Israel! Nos sentamos aquí esperando que caiga la espada sobre nuestras cabezas y tú hablas de que él salvará al país. Te había creído muchas cosas, pero nunca idiota.
Me desconcertaba el tono que adoptaba la conversación, comprendiendo que había algo, no mencionado aún, que trastornaba incluso a Anás, tan imperturbable por lo general.
—Yo sé de muchos que hablarán en favor del Mesías en el Consejo. No habrá dudas de que él es lo que todo Israel ha estado esperando.
—Se va a enfrentar con una clase distinta de Consejo.
—Las palabras de Caifás salieron violentamente de sus labios. El rostro de Gamaliel todavía se alargó más.
—El brazo poderoso de Roma llega incluso a nuestros cónclaves más sagrados. Sejano ha caído, y la capital del mundo está dominada por el caos. Se ha dado la orden de segar de raíz todo levantamiento, incluso colgando a los insurgentes en el árbol más cercano. En cada pequeño rebelde, en cada orador callejero, el aterrado Tiberio ve ahora a un Sejano planeando arrojarle del trono.
Increíble. Sejano había caído. Después de haber gobernado Roma a su placer había sido traicionado por las mismas fuerzas con las que conspirara. Qué frágil era en realidad aquel Imperio, con su manto de poder y gloria y sus pies de barro! Todo lo que se necesitaba era un Espartaco con un ideal, un Jesús que encendiera la chispa que desencadenaría la conflagración del Imperio, desde Partia hasta las islas más distantes.
Y Pilato era el hombre de Sejano.
—Esto será el fin de Pilato —dije—, de modo que también hay buenas noticias.
El rostro de Caifás se ensombreció.
—Estúpido! ¿Por qué crees que nos hallamos aquí sino para hacerle el juego a Pilato, que ahora tiene que repudiar a Sejano afirmando en voz muy alta su lealtad? Y ¿cómo se las arreglará para hacerlo ese asesino de los inocentes?
Anás me miró con reprobación.
—Tu lengua es peligrosamente osada, Judas. Caifás se rió de modo desagradable.
—Cree que está jugando con su banda de asesinos.
—Yo no juego con la vida de nadie.
—Como hemos dicho antes —siguió Caifás— los romanos no son sirios, ni griegos, ni persas. Su dios son sus legiones. Podrán perder una batalla, pero nunca una guerra. Intenta molestarles y destruirán a tu banda de idiotas como a los asesinos, que es lo que son.
—Son patriotas! —dije acaloradamente. Me lanzó una mirada malévola.
—Estás haciendo el tonto, y si no fuera por el sentimentalismo de Gamaliel serías un buen candidato para el patíbulo.
—¿Qué más queréis de mí? Pues a mí ya no me servís de nada.
—Te has colocado en una posición en la que eres extraordinariamente útil para Israel.
—He hecho lo que me pedisteis —su sonrisa era dura— y más.
Pues eso te cualifica sobremanera como testigo. —Le miré, incrédulo y horrorizado.
—¿Para esto me hicisteis vuestro agente? El rabí Gamaliel alzó una mano.
—Las circunstancias han dado un nuevo matiz al proyecto. Me puse de pie osadamente.
—Mi modo de pensar sigue siendo el mismo. Yo no he cambiado.
Caifás me miró con desagrado.
—¡Te ,atreves a mentirnos! Te has convertido en su seguidor de confianza, su tesorero, y nadie está en mejor situación para acusarle.
Me mantuve en su defensa.
—No tenéis nada que temer de él; sus seguidores le abandonan y los demás le desprecian porque no se conforma a su idea del Mesías.
—Vi el error que acababa de cometer en cuanto pronuncié esas palabras, así que añadí rápidamente:
—Muchos le aman todavía y los que se han alejado volverán una vez comprendan que no tiene por qué ser un rey como David para ser su Mesías.
—No importa —dijo Anás—. Permanece el hecho de que se le ofreció la corona, y él podría asegurar su posición en cualquier momento aceptando lo que rechazara al principio.
—No le conocéis. A él no le importan las cosas de este mundo.
—Si le dejamos en paz —dijo Anás— todos creerán en él, y los romanos acabarán con todo el gobierno que aún tenemos y nos privarán incluso de los sacerdotes y de nuestra religión. ¿Qué sería de Israel sin su Templo?
Juzgué conveniente callarme la respuesta que ya asomaba a mis labios.
—La suya es, verdaderamente, la voz de Dios —les rogué— Escuchadle y acabarán todos los problemas de Israel.
—Claro —gruñó Caifás— porque ya no habrá Israel.
—Sus ojos eran ardientes—
—¿Cómo puedes traicionar con tanta facilidad a los tuyos?
¿No juzgas más oportuno que un hombre muera por el pueblo para que toda la nación no perezca junto con los judíos dispersos por todo el Imperio?
El corazón se me detuvo por un instante.
—No es posible que hables en serio. Incluso así ¿qué puedes hacer contra él, que tiene poder sobre la muerte?
Los ojos de Anás brillaron de odio.
—Ahora nos das mayor razón para su muerte. Se atribuye unos poderes que ni siquiera reclama el emperador.
—El emperador —seguí con más calor— no es nuestro Mesías.
—Ni tampoco —dijo Caifás— el Nazareno.
—Le prometiste una audiencia ante el Consejo de los Cinco. Gustosamente seré testigo en ese proceso.
—Ya ha pasado el momento oportuno para eso —dijo Anás— si es que lo hubo alguna vez. Los romanos no esperarán. Pilato está ya en la Torre Antonia aguardando nuestra decisión. Pues, si no actuamos, él sí lo hará, y su mano es más pesada que la nuestra.
—¿Qué tiene que ver Pilato con nuestro Mesías?
—A él no le importa qué nombre se le dé al rebelde. Todos son iguales para Pilato. Cualquiera puede ser el chivo expiatorio.
Miré intensamente a Gamaliel.
—Siempre has estado a favor de la justicia. Hazlo ahora, amigo de mi padre.
Gamaliel estaba inquieto.
—Me gustaría hablar a solas con Judas por unos momentos. Anás hizo un gesto de impaciencia.
—Cuanto más hagamos esperar a Pilato, peor será.
Con una breve inclinación hacia los otros, el rabí del Sanedrín me llevó a una habitación adyacente. Nos miramos en silencio por unos momentos.
—De modo —dije amargamente— que sólo fui un peón en esta jugada.
—Se te utilizó, es cierto, pero por una buena causa. También yo deseaba saber más acerca del joven que tanto me impresionó de niño.
—Sus ojos prudentes miraban con dulzura los míos.
—Y tú, Judas, tampoco vacilaste en utilizarnos. ¿Has creído en algún momento que el Sanedrín no está fami1iarizado con tus actividades?
—Hay espías en todas partes —dije enojado. Unió las puntas de los dedos formando un arco.
—Triste, pero cierto, pues en estos tiempos nadie puede estar seguro de nadie.
—Jesús no hace nada indigno, ni lo admite en otros.
—Sería mejor al contrario, pues no podemos sobrevivir sin admitir el compromiso y, para hacer algo bueno o malo, hay que sobrevivir.
—A menos que hagamos el bien no hay supervivencia, según el Maestro.
—Él habla de otro mundo, y nosotros vivimos en éste. Lo que me lleva a la cuestión. Coopera con los ancianos de Israel y, si Jesús viene a juicio, no será hallado culpable.
Me quedé aterrado ante el pensamiento de Jesús en un juicio.
—¿De qué acusarían a éste, el más santo de los hombres?
—De incitar al motín, en primer lugar, cuando el pueblo quiso proclamarlo Rey, y de blasfemia.
—No incitó a nadie, y nadie ama a Dios más que él. ¿Es eso blasfemia?
—Desprecia el sábado, y se llama a sí mismo el Hijo de Dios. A mí no me importaba su sábado.
—Pero, si es el Hijo de Dios ¿cómo viaja la ley? Me lanzó una mirada penetrante.
—Tú crees en él, ¿no es cierto?
—Le he visto hacer lo que únicamente Dios podría hacer. Ha vencido a la muerte, resucitando a Lázaro cuando ya olía a gusanos.
—Si es capaz de todo esto, ¿por qué tienes miedo? No le comprendí de inmediato.
—Si resucitó a Lázaro de entre los muertos, ¿quién podrá dañarle?
Le miré dudoso.
—Pero nadie puede saber lo que el mismo Jesús quiere. Habla en ocasiones de su propia muerte como si ya estuviera cumplida.
El rabí Gamaliel se rascaba la nariz pensativamente.
—No hará daño aplacar a Roma. Buscan un chivo expiatorio pero, una vez Jesús sea juzgado y declarado inocente, hallarán a otro.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que le declaren inocente? .
—Nicodemo y José de Arimatea son sus amigos, y también ellos tienen influencia. Se necesita una mayoría de dos para condenar, y jamás lo lograrán mientras tú hables en su favor.
—Pero entonces ¿por qué ese juicio?
—Para que Pilato pueda demostrar a Roma que se mueve con rapidez y sabe segar de raíz una rebelión. Entonces prenderán a otros y eso satisfará a los romanos.
Con aquel doble juego comprendí de pronto que no podía confiar en nadie.
—Echas sobre mis hombros una carga muy pesada.
—Todo lo que te pido es que des testimonio de lo que has visto.
—y ¿no habría otros?
—Como sabes, se requieren dos testigos.
—¿Quién es el otro? Vaciló por un momento.
—Tienen a alguien del Templo, del día en que Jesús volcó las mesas.
—¿Qué crimen fue ése?
—Nada en realidad; por esa razón será absuelto. Me encogí ante la idea de aparecer como traidor.
—¿Y si me niego?
—Serás llamado en cualquier caso. Al menos, como testigo voluntario, tu testimonio puede ser favorable.
—No confío en ninguno de esos sumos sacerdotes. Sólo piensan en su propio cuello.
—Pero ¿no confías en mí? Nos miramos a los ojos.
—Tal vez tú no me engañarías voluntariamente, pero pueden haberte engañado a ti.
Se rió sin alegría.
—No mientras controle la facción farisaica en el Sanedrín. Comprendió que yo seguía muy inquieto.
—¿Por qué te preocupas si estás seguro de que él puede vencer a la muerte? Ni Pilato, ni Caifás, ni Anás, ni siquiera el emperador, pueden hacerle daño en ese caso. Indudablemente es más poderoso que cualquiera de ellos.
Sus palabras resonaron en mi mente como un estribillo:
«Más poderoso que cualquiera de ellos».
Por supuesto, ya que todos los lideres del mundo resultaban insignificantes junto a él. Incluso el poderoso Augusto temió la muerte durante toda su larga vida y mantenía vigilantes a su lado por la noche para que no le asustaran las sombras. y el dueño de toda Persia ¿no había mirado su vasto ejército y llorado porque todos habrían muerto en menos de cien años? Pero Jesús traía la vida eterna y lo que él traía para otros, también podía disfrutado para sí mismo. Alcé la vista y vi que Gamaliel me estudiaba con las cejas fruncidas.
—Lo haré —dije— por su bien y por Israel.

15 - Pilato

Este hombre tenía poder de vida y muerte sobre todos nosotros y sin embargo lo único que se me ocurría al verle es que no había un solo pelo en su brillante cráneo amarillento. Le observé fascinado cuando se pasó una mano grasienta por aquella cabeza pelada mirándonos con sonrisa burlona. Era más alto de lo que yo había imaginado y sus hombros anchos e inclinados, y el cuello grueso y lleno de tendones que se fundían con su barbilla le daba el aspecto de un gladiador, lo que recalcaba la coraza de cuero que le gustaba llevar, la espada de hoja ancha colgando con arrogancia de su cadera. Fácil resultaba ver que quería que nadie olvidara que no era un simple administrador, sino que había mandado [as legiones de Roma en la batalla. No mantenía una corte en la Fortaleza aunque sus habitaciones, originalmente diseñadas por Herodes el Grande para comodidad de Marco Antonio, eran lo bastante lujosas para un emperador. Sus únicos cortesanos eran los guardias de palacio, brutos enormes que permanecían inmóviles a sus espaldas sosteniendo en alto las lanzas. :estos provenían de todas las partes del imperio, nubios atezados del Sudán; pietos de pecas rojas de las lejanas islas de Bretaña; francos gigantescos de brazos largos; y alemanes grotescos de melenas rubias que les llegaban casi a las caderas. Gráfico significado de la palabra Roma, y nadie lo sabía mejor que el hombre que dispusiera ese espectáculo. Parecía no tener la menor prisa por llegar al fondo de la cuestión, teniendo en cuenta la ansiedad de sus visitantes por no hacerle esperar. Pero así sucede siempre con los que tienen el mando, que invariablemente han de manifestado como sea.
Al fin juzgó llegado el momento de hablar.
—Llegáis tarde —gruñó con enojo.
—Vinimos lo más aprisa posible —dijo Anás.
—Sin duda después de preparar algún complot en vuestra mente tortuosa.
—Lamentamos lo sucedido en Roma —dijo Gamaliel con una diplomacia que resultó errónea.
Poncio Pilato se puso las manos en las caderas y nos miró insolente.
—Nada de lo sucedido tiene que ver con vosotros, los judíos —dijo con una sonrisa venenosa— Preocupaos de vuestra propia conducta, y no de Roma. ¿Se preocupa acaso el gusano por la golondrina, o sufre ésta por el halcón?
—El rabí —dijo Anás— sólo quería decir que deploramos cualquier inconveniente sufrido por el emperador, ya que ha sido amigo nuestro durante tantos años.
—Cierto, Tiberio ha dado muchos privilegios a vuestra nación, un legado de los días del divino Julio que fue ayudado por Herodes en Egipto. Pero nosotros, los romanos, no vivimos en el pasado. Nadie, a excepción del emperador, es indispensable.
Qué fácil le resultaba rechazar al amigo y patrocinador al que tanto debía! Ahora alzó una hoja impresionante de pergamino en la que se distinguían claramente las insignias imperiales.
—Esto ha llegado de Roma —dijo con voz ronca—
—Cualquier síntoma de revuelta, por ligera que sea, ha de ser aniquilado sin piedad; cualquier revolucionario clavado en la cruz. Si hay un acto declarado contra la autoridad de Roma, el procurador se encargará personalmente de él. Pero si se hace resistencia a la autoridad local, el Templo está cualificado para arreglar el asunto en sus propios tribunales.
Los ojos de Anás parpadearon un instante.
—Pero te olvidas de que sólo el procurador puede imponer la pena capital.
—Eso se estableció para vuestra propia protección, a fin de que las facciones rivales no se lanzaran a una matanza que supusiera dificultades para el cuerpo gubernamental aquí y en Cesárea.
—Podemos juzgar al culpable —insistió Anás— pero sólo tú puedes ejecutar el veredicto.
La mandíbula de Pilato se contrajo en el gesto duro y típico de los de su clase.
—¿Habéis ya prejuzgado este asunto para estar tan seguros del resultado?
—Pronto será llevado ante nuestros tribunales, pues es nuestro deseo que la autoridad romana vea que nos movemos con energía para suprimir nuestra revuelta.
Pilato le amenazó con el índice y se echó a reír groseramente al ver cómo se encogía.
—Vamos, judíos, ¿qué juego os traéis entre manos? El sumo sacerdote inclinó ligeramente la cabeza.
—No comprendo qué quiere decir el procurador.
—Mis palabras son bien claras. Vosotros, los judíos, siempre estáis preparando algo.
—Vinimos a petición tuya —le acusó Anás impasible.
Pilato se rió despectivamente, mostrando sus dientes blancos y fuertes. El rostro oscuro brillaba de sudor, aunque la habitación estaba fresca, y se secó la frente con un paño rojo.
—No simulemos —gruñó— Sois un pueblo pendenciero, y os mataríais unos a otros si yo no os tuviera bien sujetos.
Volvió a reír groseramente como si hallara la idea divertida. Yo odiaba a todos los romanos, pero algunos eran peores que otros. Panda Pilato, a su estilo tan vulgar, era el epítome de lo peor de Roma.
Cómo hubiera deseado que el Maestro estuviera aquí ahora, sin arrastrarse como el diplomático Gamaliel, sin contemporizar como Anás, sino alzándose desafiante ante el romano y respirando fuego como hiciera con saduceos y fariseos!
Apenas podía esperar el momento en que el orgulloso Pilato se arrodillara ante su poder superior. Sin duda hubo algo en mi gesto que llamó ahora la atención de Pilato. Gruñó fieramente al fijar en mí su mirada.
—¿Quién es este joven de ojos llameantes, que sigue abriendo y cerrando los puños como un gladiador al que se ha insultado? Al menos hay cierto fuego en él.
Gamaliel se adelantó:
—Este es Judas-bar-Simón, al que mencionamos anteriormente. Proviene de una familia distinguida por sus servicios públicos.
—Todos los israelitas sois muy distinguidos —se burló sin piedad— Como los bretones, tenéis un rey en cada colina.
—No es así, excelencia —intervino Anás—. No tenemos rey, aunque uno desee asignarse ese papel.
—Estás equivocado, sacerdote, pues sí tenéis un rey, y su nombre es Tiberio. Y mal le irá al que intente ocupar sus prerrogativas reales.
Con una mirada burlona a sus visitantes, a los que tenía de pie, el delegado de Roma se dejó caer en una silla curul tradicionalmente reservada en Roma para los más altos dignatarios. Era un regalo de Herodes el Grande, como todo lo demás en la Fortaleza Antonia, desde los candelabros de bronce que colgaban del techo pintado al fresco hasta los suelos de mármol adornados con ricas alfombras de Persia. Sus ojos muy hundidos, separados por aquella nariz prominente y romana, observaban a la pequeña delegación con un desprecio no disimulado.
—Debido a vuestra insolencia y traición, nuestras caravanas son atacadas, saqueados nuestros arsenales, y nuestros soldados mueren en emboscadas en los caminos solitarios. Si no encarceláis pronto a esos líderes, yo me ocuparé personalmente y los cogeré por vosotros.
Sus ojos miraban amenazadores bajo unas cejas negras e hirsutas.
—y mal le irá a todo Israel si tratáis de engañarme con falsos arrestos. La matanza de los galileos será como un festival griego, pues arrasaré todo el país de Perea a Galilea, sin excluir a Judea, con el poder del Imperio. El emperador no está de humor para aguantar a los traidores, ni tampoco al que habla en su nombre.
Anás conservaba la calma.
—Conocemos ya al que los dirige —dijo— y, con su arresto, será bien fácil aprehender a los otros y aniquilar el movimiento.
Pilato cruzó los brazos morenos sobre el pecho.
—y ese culpable de que habláis ¿es el mismo Joshua-bar— Abbás de quien me dicen mis agentes que es el que enciende los ánimos de los zelotes?
Anás se retiró un paso.
—No es de él de quien yo hablo.
—Entonces tu información es mejor que la mía, pues bar— Abbás ha sido visto dirigiendo esas emboscadas que os he mencionado.
—El hombre a que me refiero es Jeshua-bar—José, un galileo a quien los gentiles llaman Jesús.
La cabeza de Pilato, que parecía una bala de cañón, se alzó rápidamente y hasta se agitaron sus grandes orejas.
—Ese galileo, ¿no es el taumaturgo de Nazaret?
—Eso dice él.
Pilato le miró despectivamente.
—¿No lo sabes? Tus agentes dicen que es un revolucionario, pero tú sabes que también cura. ¿Qué clase de agentes empleas?
Me sentí agradablemente sorprendido, e incluso animado, por la actitud de Pilato.
—Dime algo más sobre ese peligroso galileo —continuó—. ¿No es el mismo que volcó las mesas del Templo y se burló de los sumos sacerdotes, ganándose el aplauso del pueblo?
Anás enrojeció mientras Caifás, absurdamente silencioso, se mordía los labios.
—Si sólo fuera esto —dijo Anás— el Sanedrín podía haberlo tratado en silencio sin molestar a vuestra excelencia. Pero nuestros agentes tienen pruebas de su carácter peligroso, y el procurador debería estar al tanto de ciertos hechos.
Pilato le lanzó una mirada asesina.
—No trates de enseñarme mi deber, sacerdote.
A pesar de mi desprecio por Anás me hirvió la sangre, pues esta humillación era también la de Israel.
—¿No quieres saber lo que ha hecho ese hombre?
Los ojos de Pilato se clavaron en Caifás por primera vez.
—Así que ahora habla el acusador principal. No me digáis qué crimen ha cometido, ni qué conspiración ha preparado, pues éste no es el tiempo ni el lugar. Pero, según vuestros propios procedimientos, aseguraos de tener al verdadero culpable antes de venir a mi. Yo no soy un instrumento de vuestras intrigas y conspiraciones sutiles. Para eso, id a Herodes. Sólo es medio judío, por supuesto, pero su mitad griega no es mejor, ya que está lleno de palabras vacías.
Rió como para sí, los labios finos y sin sangre contraídos sobre los dientes.
—Aún está resentido conmigo porque maté a los galileos sin su permiso. Pero ¿cómo iba yo a saber que eran de su tetrarcado? ¿No son iguales todos los judíos?
Eso era más de lo que un hombre podía soportar.
—No más —grité acaloradamente_ de lo que son iguales todos los romanos!
Gamaliel pareció aterrado, e incluso los sumos sacerdotes reaccionaron con inquietud. Pero el romano se limitó a darse golpetazos en el muslo y a estallar en carcajadas.
¡Este gallito tiene coraje! Me gusta.
—Este es el hombre —dijo Caifás— que está más familiarizado con el movimiento de los insurrectos.
—¿Cómo puede estar tan familiarizado sin ser uno de ellos? Anás ya lo había previsto.
—Se infiltró en el movimiento como agente nuestro, así que ya ves que no hemos sido tan remisos.
Pilato agitó una mano en gesto despectivo.
—Por favor, no me agobiéis con vuestra lealtad. Ese Jesús debe ser para vosotros como una espina en el costado, o no andaríais tan solícitos de sus movimientos. —Miró a los dos sacerdotes con ojos malévolos— ¿Amenaza vuestros cofres con sus predicaciones, o es vuestro mismo cargo lo que está en peligro? Estad tranquilos, pues Roma nombra a los sumos sacerdotes, y Roma cree que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer.
—Sus ojos me examinaron ligeramente—
—De modo que éste es el hombre que puede hablar del Rey de los judíos. ¿Hasta qué punto conoces al galileo?
—Llevo. dos años y medio con él. Me miró desdeñosamente.
—¿Como espía?
—Como su discípulo. Rió con amargura.
—Con un discípulo como tú, nadie necesita adversarios.
—Sólo puedo decir cosas buenas de él.
—Entonces ¿para qué has venido? Aquí no estamos recomendándole precisamente para el cargo.
—Para decir la verdad—
Me sentía como sí caminara cuidadosamente por el borde de un abismo. Deseaba que éstos desafiaran a Jesús para que él se enfrentara a Roma y triunfara sobre los romanos, y sin embargo no deseaba hacer el papel de traidor, aunque de modo inocente.
—y ¿qué es la verdad? —había un gran sarcasmo en aquellos labios finos y pálidos—.
Sospecho siempre de los que hablan de la verdad, pues la verdad no necesita que nadie hable por ella, habla por si misma.
—Deja que la verdad hable entonces. Es un hombre bueno y amable que da de comer a los pobres, cura a los enfermos y adora al Dios único.
—¡Oh, sí, ese Dios! —por su gesto Pilato parecía estar divirtiéndose— ¿Por qué será que Roma, con sus muchos dioses, gobierna la tierra que tiene esa maravilla omnipotente que nadie ve? ¿Será porque nosotros tenemos muchos y vosotros sólo uno?
Habló Anás frunciendo el ceño:
—Esto no es asunto para un ciudadano corriente, sino para un sacerdote.
Pilato echó atrás la cabeza y rió a carcajadas.
—Ya he oído a los sacerdotes. Ahora quiero la verdad. ¿No dijiste que él predica la verdad?
No me intimidaba. El valiente sólo muere una vez, y al morir podía hallar esa eternidad de que hablaba Jesús.
—Él es nuestro Mesías —dije— El Prometido de Israel, enviado por nuestro Dios para librar a la nación de sus enemigos.
De nuevo se entregó a la risa.
—y ¿cómo lo conseguirá? ¿Con una honda? ¿O tal vez derribando esta fortaleza con los brazos desnudos, como vuestro Sansón? Ya veis que conozco vuestra historia, y debo deciros que el pasado es más impresionante que el presente. Vamos, habladme más de ese Rey de los judíos.
—Él no dice que sea el Rey de los judíos.
—y ¿qué otra cosa es vuestro Mesías? Llevo casi tres años en esta maldita tierra y todo lo que he oído son rumores acerca del Hijo del Rey David que viene para llevar a Israel a la victoria sobre todas las naciones del mundo, incluida Roma. Eso no es señal de humildad en mi opinión pues ¿cómo va a gobernar si no es Rey, sea cual fuere el título que adopte?
—Le ofrecieron la corona y se negó a aceptarla.
A esto saltó de la silla y acercó su rostro al mío gruñendo amenazador:
—¿Quién le ofreció esa corona? ¿Quién, quién, quién? No deseaba implicar a Gestas o Dimas y a los demás.
—Había tantos que no pude distinguidos.
Por las sonrisas que intercambiaron Anás y Caifás comprendí mi gran error. Queriendo. atenerme a la verdad, había resbalado por aquel borde del abismo.
—Al decir muchos quiero decir los suficientes para no poder distinguir a dos o tres.
—Sé perfectamente lo que quieres decir. Y ¿cómo reaccionó
Jesús ante ese ofrecimiento?
—Se sintió turbado al ver que la multitud no comprendía. de qué Reino les hablaba.
De nuevo me miró sombrío.
—Así que hablaba de un Reino de los judíos ¿verdad?
—Un Reino de los Cielos, tanto para judíos como para gentiles. No era el poder temporal el que buscaba.
Pero mis palabras seguían comprometiendo a Jesús, y de un modo que yo nunca me había propuesto.
—Creo que sería conveniente interrogarle —dijo Pilato—. He oído decir que es un hombre inocente, que ayuda a la gente a su propio estilo y sin preocuparse de si son judíos o romanos. Pero no estará de más que yo vea por mí mismo la clase de hombre que es.
—Su frente se fruncía en profundas arrugas—
—Roma tiene tan poca paciencia con las rebeliones como con estas conversaciones interminables. Eso es para los griegos y los egipcios decadentes.
Agitó una mano en señal de despedida.
—Tenéis vuestros guardias del Templo y otros conscriptos; haced buen uso de ellos. Os estaré vigilando de cerca y, si no actuáis con rigor, estad seguros de que el procurador de Judea os hará pagar bien caro vuestra negligencia.
No hizo movimiento alguno para acompañar a los tres dignatarios más altivos de toda Judea, y en cambio me hizo señas de que me quedara.
—Hablaré algo más con este discípulo del galileo.
Los sumos sacerdotes se miraron inquietos, y en el rostro alargado de Gamaliel se pintó la preocupación.
—Judas es un hijo leal de Israel —dijo resueltamente. La sonrisa de Pilato era desagradable, ignoro si eso es un cumplido o un crimen—. Pero no temáis, me gusta su rostro. Hay falsedad en él. Haría un espléndido sumo sacerdote.
Los tres dirigentes del cuerpo gobernante de Israel salieron de su presencia caminando hacia atrás, como si fueran meros esclavos. Si Jesús hubiera presenciado esta ignominia ¿no habría cedido de nuevo a la ira y hecho todo lo posible por corregir esta situación?
La voz grosera de Pilato se dirigía ahora a mí en griego y arameo, pasando después al latín.
—Me han dicho que has estado en Roma.
—He tenido ese placer —contesté en latín para que viera que no era un campesino inculto.
—Hay alguien —dijo— que quiere hablar contigo.
—Llamó con un gesto a uno de los guardias al que dio instrucciones en voz baja.
Mi corazón saltó de gozo; luego prevaleció el sentido común.
El procurador de Judea no iba a actuar de casamentero. A los pocos momentos se resolvía el misterio. Una mujer de belleza sorprendente, con los miembros esbeltos y los rasgos exquisitamente cincelados de una estatua de Palas Atenea, entró graciosamente seguida de un guardia en la habitación. Nunca había visto una mujer tan hermosa. Los suaves cabellos castaños, en torno de un rostro de piel deliciosamente sonrosada, estaban recogidos en un pequeño moño a la moda romana. La nariz era de suave línea clásica, y los ojos, de un extraño tono violeta, parecían irradiar un brillo luminoso bajo las cejas perfectamente arqueadas de reflejos dorados. Pero eran sus modales lo más cautivante. Me miraba con una expresión que casi sugería que yo era la persona más importante del mundo. Jamás había estado antes entre la realeza, y me resultaba desconcertante. Pero la señora Claudia Prócula me tranquilizó de inmediato.
—Háblame de Jesús —dijo, mientras Pilato quedaba de pie cortésmente tras ella— He soñado muchas veces con él.
Se rió al ver mi rostro desconcertado.
—Susana, mi doncella, me lo señaló una vez cuando yo andaba en la litera. Sería un hombre muy hermoso, de no tener ese aire tan solemne.
Yo estaba en un apuro, pues no sabía qué decir que resultara beneficioso para Jesús. Era indudable que esta mujer estaba bien dispuesta. Sin embargo sería mejor no comprometerse porque ¿qué judío confiaría en un romano?
—Sabes, por supuesto, que él curó a Susana. Se rió, y su risa era cristalina.
—No necesitas estar en guardia conmigo, señor. Como te dirá mi marido, tengo un interés genuino en este hombre y pensé
que tal vez, si le conociera mejor, comprendería los sueños que tengo.
—Se reía picarescamente:
—Me han dicho que él vive exclusivamente dedicado a su Dios, Por lo que sólo puede haber una explicación altamente virtuosa para estos sueños.
—Yo no sé interpretar los sueños, pero, si su excelencia quiere confiármelos, quizá sepa relacionarlos de algún modo con el Maestro.
Rió de nuevo.
—¿Así que le llamas el Maestro? ¡Qué curioso, ya que en Roma no tenemos más que un maestro y es de la casa Claudia, como yo!
Pilato abrió la boca para decir secamente:
—De la casa Julia ahora.
—Por adopción —dijo ella despectiva—, pero la ceremonia no es tan espesa como la sangre.
Pilato parecía harto de tanta chanza.
—Dile a la señora lo que desea saber —dijo groseramente— No me gustan las charlas inútiles.
Ella le miró con desdén. .
—y tú no asustes a nuestro joven amigo con esas muecas, pues estoy segura de que, si se le pregunta correctamente, me aclarará este misterio.
Yo 5abía, por el centurión Cornelio, que muchos aristócratas romanos estaban asqueados por la corrupdón de la corte. Pero no creía posible que esta hermosa dama se sintiera movida por algo más que una curiosidad ociosa, por el aburrimiento de una vida tan lejos de Roma.
—Si quieres re1atarme el sueño…, —le dije.
Frunció el ceño como si rebuscara en su memoria.
—¿Ha estado tu Maestro en Roma? Agité la cabeza.
—En Egipto nada más.
—Es curioso entonces, porque, en mi sueño, le veía de pie en el Foro, solo entre las ruinas. No había ni un edificio en pie, y él contemplaba toda aquella destrucción con una sonrisa. Esa sonrisa me turbaba, pues no comprendía que sonriera ante aquella devastación total. Le hablé: «Señor, ¿por qué sonríes cuando la ciudad está siendo destruida?». »Me miró amablemente diciendo: "De estas ruinas surgirá un imperio mayor que todo lo que ha visto el mundo, uno que acabará con los reinos de bronce, de oro, de plata y de hierro; y será como el aire y el agua, pues no tendrá límites".
Me asustó la alusión a los cuatro reinos, pues esto provenía, con toda seguridad, de la profecía de Daniel. Sin embargo ¿cómo decirle a una romana que el sueño significaba el fin de su tiranía y el advenimiento del Reino de Dios?
—He oído decir a Jesús que, merced a la majestad de Roma, la palabra de Dios se extenderá un día de un extremo a otro del Imperio.
Pilato había simulado no escuchar, pero ahora interrumpió furioso.
—Este Jesús es un loco o un malvado para decir tales tonterías! Sería traición de no ser tan absurdo.
C1audia Prócula no dio muestras de haberle oído.
—Susana me había hablado de ese Dios diciendo que tu Maestro cura con su poder —su frente encantadora se contraía en arrugas de perplejidad— ¿Es como nuestro Júpiter o Apolo, a los que alzamos muchas estatuas con la esperanza de que nos miren con favor?
—Es el Dios de Israel, v mora en los cielos con sus ángeles. Aplaudió encantada.
—Entonces debe conocer a Júpiter, pues él también reina
allí; y Apolo que dirige su carro por los cielos.
—El Dios de que habla Jesús es diferente. No sólo es el creador del universo sino que es del universo, y está dispuesto a compartir nuestra vida en virtud de nuestra fe en él.
Tenía dificultades para comprenderme y no era de extrañar, pues sólo cuando Jesús lo explicaba tenía aquello sentido. Pero ¿de qué otro modo podía explicado yo?. Comprendía perfectamente que Jesús hubiera de realizar sus curaciones y demás buenas obras para establecer su credibilidad. Había una franqueza romana en aquella mujer.
—Ahora bien ¿qué relación tiene este Jesús con el Dios de quien hablas?
—Es un mensajero, enviado por Dios para redimir a su pueblo de sus pecados y para ayudarles a lograr la sa1vación eterna.
La risa grosera de Pilato nos interrumpió.
—Este maldito Estado debería darme las gracias, ya que he ayudado a tantos a llegar a esa eternidad.
C1audia Prócula seguía ignorando la existencia de su marido.
—¿No le llaman el Mesías?
—Si, es el Prometido que anunciaron nuestros profetas. Pilato intervino de nuevo.
—Y ¿qué es lo que promete ese Rey de los judíos?
—El Reino de los Cielos.
—Estoy seguro de que haría un cielo en la tierra si le fuera posible.
La señora le lanzó una mirada de enojo.
—Me gustaría saber más de este hombre que cura a los enfermos y consuela a los pobres y oprimidos. He oído informes de que puede hacerlo todo, incluso resucitar a los muertos y transformar el agua en vino.
Pilato rió roncamente.
—Haces demasiado caso a tu pequeña judía. El deseo de defender a Jesús venció toda prudencia.
—Yo le he visto hacer todo eso y más.
Adelantó ahora el busto y sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Le has visto con tus propios ojos?
Asentí mientras Pilato alzaba las manos al cielo en gesto de disgusto. Los ojos de Claudia Prócula brillaban de excitación.
—Recuerdo ahora el final desconcertante de ese sueño repetido. De pie sobre las ruinas, tu Maestro miraba las figuras de varios emperadores caídos en el suelo y, con un gesto de la mano, les restauraba a la vida. Tal vez eso significa la restauración del Imperio o el surgimiento de un nuevo estilo de vida, lo mismo que la visión de Jesús en la montaña anunciaba la nueva fe.
A Pilato se le agotaba la paciencia.
—Al menos este hombre de tus sueños resucitó al Imperio. Dale las gracias por eso y que éste vuelva con su Maestro.
Ella suspiró resignada.
—Este sueño se ha repetido muchas veces, por eso sé que debe significar algo.
Vacilé, pues no me atrevía a pedir un favor.
—Me gustaría hacerte una petición.
—No faltaba más, ya que tanto se te ha pedido.
—¿Puedo presentar mis respetos a la señora Susana?
Pilato gruñó: —¡La señora Susana! ¡Qué aires se dan estos judíos! Su esposa sonrió; la aristócrata se revelaba en ella.
—Debes ser el discípulo del que tanto me ha hablado. Pero ¿no has hecho voto de celibato?
Pilato se burló.
—Pues no me parece una virgen vestal.
—Nosotros no hacemos votos de este tipo.
—Sentía que la sangre me inundaba el rostro. El me miró con agudeza.
—Explicas de tal modo la verdad que resulta fácil ver a través de ella.
Se volvió a Claudia Prócula.
—Haz venir a la doncella. ¿Qué puede hacer que ya no se haya hecho antes?
Yo había creído que él se sentiría empequeñecido ante su esposa, pero es difícil que dos compartan un lecho y sigan teniendo ilusiones de grandeza con respecto al otro.
Sus modales hacia mi se hicieron irónicamente deferentes.
—Claudia Prócula —le dijo—, puesto que este joven se ha convertido ahora en nuestro invitado, nada será demasiado bueno para él.
Mientras ella fruncía el ceño, su marido me llevó a una cámara espaciosa junto al gran atrio. La habitación no tenía ventanas, y el techo estaba extrañamente decorado. Sobre la mesa central había grandes fuentes de fruta, y unos jarros de vino blanco y tinto. Aparte la abundancia de almohadones, había un gran sofá y un diván, uno frente a otro. La luz de una lámpara de nafta lanzaba sus sombras fantasmales sobre los muros y le daba a uno la impresión de una intimidad algo forzada. Me recordaba la sala de un burdel romano.
Pilato me miró escudriñadoramente.
—Yo fui joven como tú y sé lo que es llevar la imagen de una doncella en la mente. Es algo que resulta perjudicial si uno tiene sangre ardiente en las venas.
—No pienso en ella de ese modo.
—Entonces ¿en qué sentido piensas en esa mujer?
—La veo sólo como alguien que ama al Maestro tanto como yo.
Sus ojos crueles me miraron ofensivamente de arriba abajo.
—y ¿para qué quieres tu cuerpo, sino para demostrar que eres un hombre?
—Hay otros modos de demostrar la virilidad. Se rió y me cogió por el hombro.
—Bien dicho, Judas-bar-Simón, en la batalla y contra el enemigo ¿no es cierto?
Guardé silencio mientras él me estudiaba ostentosamente.
—Si no te gustan las mujeres, ¿es que acaso te atraen los hombres? Por supuesto, me han dicho que sois doce o trece discípulos, sin mujeres que os distraigan o diviertan. No es un arreglo muy satisfactorio.
Ardieron mis mejillas ante sus insinuaciones.
—Un grupo de mujeres se ha unido a nuestra misión —dije a la defensiva.
—Así pueden desplazarse de modo conveniente vuestros votos de castidad ¿no?
Estaba harto de aquellas bromas romanas.
—No hay hombre más virtuoso que Jesucristo, y él exige esa misma moral rígida a sus discípulos. Esto no es Roma, donde Julio César fue el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres.
Sus ojos oscuros relampaguearon por un instante y yo me encogí a pesar de mí mismo. Pilato respiraba agitadamente, muy dilatadas las aletas de la nariz, pero luego, de pronto, echó atrás la cabeza y estalló en carcajadas.
—Este gallito se burla del divino Julio, buen chiste para contado en Roma!
Me cogió del brazo y lo apretó de tal modo que la carne se me puso morada y hube de morderme los labios para evitar un grito de dolor.
—En el momento que quiera —dijo entre dientes—, Roma puede destrozarte a ti y a tus amigos de este modo. Recuérdalo siempre.
y se marchó sin perder la sonrisa.
¡Cómo odiaba a estos hombres vulgares que alardeaban de su poderío militar sobre una pequeña nación!
¡Oh Dios de Israel, recé, que Jesús les arroje el guante! ¡Oh, Señor, que él vea la luz y sea otro Moisés para este pueblo sometido de Israel!
Tan enfrascado estaba en mis pensamientos que no vi entrar a Susana en la habitación. Me saludó agitando los párpados deliciosamente. Era tan maravillosamente hermosa que casi no pude resistir el impulso de tomada en mis brazos. Una sencilla túnica, abierta por los lados, me revelaba a cada movimiento sus dorados muslos haciendo latir con violencia mi corazón. El cabello oscuro le caía en torno del rostro níveo, y ella se echó atrás con un gesto encantador, explicando ruborosa que se había apresurado a venir por órdenes de su ama.
—Perdóname mi aspecto —dijo anhelante.
—¿Sabías que era yo el que te llamaba?
—No hasta que te vi.
Nos sentamos juntos en el diván, alargado y bajo, destinado a reclinarse en los banquetes, y me sentí plenamente consciente del dulce aroma de su cuerpo. Era como el olor del almizcle.
—Te he echado de menos —le dije cogiéndole las manos. Estaban cálidas y húmedas.
No me miró directamente pues mantenía la cabeza inclinada; yo veía unos rizos que revoloteaban en la nuca sobre aquel cuello de cisne.
—Yo he echado de menos a todo el grupo, especialmente al Maestro —dijo suavemente—, pero mientras él esté bien, me siento dichosa.
De pronto una nube cruzó por sus ojos y me cogió el borde de la túnica.
—El que tú estés aquí con Pilato ¿tiene algo que ver con él?
—No hay por qué asustarse. Pilato no se propone hacerle daño.
Se retiró un poco y sus ojos azul pálido registraron profundamente los míos.
—¿Qué te trajo por aquí? Normalmente el procurador no recibe a ningún judío, salvo a los sumos sacerdotes y los jefes del Sanedrín.
Contesté con la verdad.
—Pilato está preocupado por los revolucionarios y pensó que yo podría darle alguna información sobre sus movimientos.
Sus ojos se agrandaron de alarma.
—Pero ¿por qué habías de saber tales cosas tú, uno de los elegidos de Cristo? No lo entiendo.
—Esto no es asunto tuyo —dije con más dureza de la que me proponía— ¿Qué sabes tú de conspiraciones, y de las intrigas que ponen en peligro al Imperio?
Mi mano cayó como al descuido sobre su muslo y en su agitación, ella no la retiró. Su carne era como seda.
—Sé por María Magdalena —dijo sin aliento— que él está en peligro constante, y que no quiere hacer nada por salvarse. La misma Claudia Prócula me dice que Jerusalén no es ahora un lugar seguro para e1 Maestro. ¿No querrás llevarle este mensaje? O bien dime dónde está y yo le avisaré personalmente.
—No es necesario —dije— Él sabe tanto como tú, pero hace lo que tiene que hacer. No es una barquilla débil que pueda ser llevada de acá para allá por los vientos de los presentimientos. Es un hombre para los siglos, que vive para su Dios y puede hacer todo lo que hace Dios. Yo le he visto realizar maravillas y no dudo de él. Susana me cogió ahora las manos y sus ojos se clavaron en los míos con dolor.
—Te he hecho una injusticia, Judas. Pues poco comprendía yo que pudieras expresarte con tal nobleza. Comprendo bien por qué te eligió y te dio asiento a su lado. Debes amarle tanto como yo.
Yo me había inclinado sobre ella y saboreaba todo el calor de su cuerpo tan joven. Indudablemente, como antes dijera, se había vestido a toda prisa, pues no llevaba nada bajo la túnica. Cuando respiraba anhelosa casi podía ver la delicada aureola rosada de sus dulces pezones sobre el mármol suave de su seno. Imaginé aquel cuerpo tenso y cálido contra el mío, y la sangre corrió como fuego por mis venas. Dejé caer la mano sobre su hombro desnudo y me incliné un poquito más, de modo que resultó perfectamente natural el besarla ligeramente en los labios. No se resistió. En realidad su respiración se hizo más rápida y lanzó un débil suspiro. Esta vez apreté mis labios contra su boca y, cuando me pasó los brazos sobre los hombros, la abracé ardientemente.
—Por favor —susurró— no hagas nada.
—¿Es malo el amor? —dije suavemente.
No respondió; metí ahora la mano bajo la túnica y sentí la dulzura de su seno desnudo.
Ella lanzó un grito apasionado y, con la cabeza inclinada, empezó a sollozar. Cuando mis labios acariciaban su seno sentí su respiración anhelante. El cuerpo, antes tenso, quedó de pronto laxo entre mis brazos.
—¡No, no! —gritó—. ¡Soy virgen!
¿Cómo no habla de serio? Precisamente su dulce pureza era lo que excitaba mis deseos.
Cerré sus labios con mis besos; la hora de la conversación había terminado y en realidad ya no había nada que decir. Gimió y susurró como en agonía. Me sentí algo desilusionado de que al fin todo fuero tan fácil. Al mirar ahora a esta doncella, que antes pareciera tan inalcanzable, sentí como si hubiera sido traicionado por su aspecto virtuoso. Me había desilusionado su entrega sin protestas. Sin duda, nadie había desafiado antes su virginidad.
—¡Te amo! —gritó—. ¡Te amo con todo mi ser! —sus ojos parecían los de una vaca enferma— ¿Me amas tú?
y ¿qué sabría esta estúpida del amor?
—Por supuesto que te quiero.
—¡Gracias a Dios! —exclamó—. Pero no puede haber matrimonio, pues tú estás consagrado a Jesús.
—y tú también —le susurré al oído.
Me incorporé ahora hasta quedar sentado y ella se arregló cuidadosamente las ropas sonrojándose ante mi mirada. Luego me puso el dedo sobre los labios.
—¿No dirás nada?
¡La muy idiota! ¿A quién creía que iba yo a contarle esto?
—Claro que no. Nadie lo sabrá jamás.
—¡Gracias, querido Judas! —gritó. Había una mirada de exaltación en sus ojos— No hay nada, nada, que no sea capaz de hacer por ti. Te amo.
Miré la mesa, llena de alimentos.
—¿Quieres servirme un copa de vino?
—Jamás me había sentido tan vacío interiormente.
Se puso de pie de un salto, ansiosamente, como una niña, y me trajo e1 líquido brillante. Estaba caliente y me restauró el espíritu.
Ya llevaba allí quizás una hora y estaba dispuesto a marcharme. Pero, al ponerme de pie, se oyó una llamada a la puerta.
Vi la alarma en sus ojos, y yo mismo sentí una inquietud repentina.
Se repitió la llamada.
Acudí a la puerta.
Poncio Pilato estaba en el umbral.
—Puedes irte —dijo a la muchacha.
Salió ella corriendo de la habitación como un cervatillo asustado, sin más que una mirada implorante hacia mí.
Los ojos de Pilato se clavaron en el diván.
—¿Qué tal resultó, mi querido discípulo de Dios?
—Tuvimos una agradable conversación.
—Y hablasteis de vuestro Dios, y de la vida eterna, y de las cosas más nobles de la vida que nosotros, los bárbaros, no comprendemos, ¿verdad?
—Nuestra conversación fue privada —dije torvamente —Sería más acertado decir vuestra cópula.
La sangre se me heló en las venas.
—No comprendo.
Alzó los ojos hacia el techo.
—Obsérvalo bien —dijo— Tienes la vista de un hombre joven.
Mis ojos siguieron su mirada y sentí que la sangre abandonaba mi rostro. Creí desmayarme y apenas conseguí decir:
—Es que su excelencia…
—¡Oh, ella no. Nunca la habría injuriado de este modo aunque yo sea un vulgar romano y tú un culto judío.
Involuntariamente mis ojos recorrieron de nuevo el techo examinando aquellas pequeñas aberturas como espejos.
—Por esos agujeritos —dijo— es posible ver todo lo que ocurre en la habitación.
No había la menor duda en aquel rostro lascivo.
—Merecías una pequeña lección —continuó— Seamos lo que seamos nosotros los romanos nunca nos mostramos hipócritas. Tomamos lo que queremos, y disfrutamos con ello. Tú crees que Roma está corrompida pero, ¿y tú, piadoso amigo, que hablas altivamente de vuestro Dios y seduces a las doncellas inocentes?
Su rostro malvado seguía conservando una mueca burlona.
—Me costaste la cena esta noche pero no importa; valió la pena. Ahora apresúrate a hacer aquello para lo que te has comprometido. Y que nadie lo sepa Pues yo estaré vigilando. Eso te lo aseguro.

16 - La cena

—Si puede alimentar a cinco mil personas con una sola cesta —dije a Mateo— entonces puede hacerlo todo.
Como yo, tampoco él veía la posibilidad de que fuera un fraude.
—Una o dos personas podían ser tan sugestionables como para Imaginar ese suceso, pero no miles.
Con las curaciones era totalmente distinto, pues ahí sí que no había posibilidad de sugestión Los ciegos veían y los cojos caminaban, los leprosos quedaban limpios y los dementes se tranquilizaban.
Él me ha hablado —dijo aquel cronista tan satisfecho de sí mismo— de vibraciones curativas en la atmósfera que uno capta mediante su comprensión de las mismas, utilizando la energía vital del universo para estimular el proceso de autocuración en la mente y el cuerpo.
—Pero en el caso de Jesús parece dar resultados instantáneos y con todos lo enfermos, mientras que nosotros tenemos éxito tan sólo con algunos. ¿Por qué ha de ocurrir así?
—El lo atribuye a una fe que pone en armonía al Dios que está en nuestro interior con las fuerzas de Dios en el exterior.
Todo era muy confuso pero yo lo había visto una y otra vez con mis propios ojos, y lo mismo los demás.
Otros discípulos se habían unido a la discusión, sin que la cuestión llegara a resolverse, cuando Jesús entró en el campamento. Sus ojos nos miraron furiosos.
—¿Qué puede esperarse del pueblo cuando mis propios discípulos tienen tan poca fe en el Padre.
—Yo tengo fe en el Señor —dijo Tomás—, pero ni siquiera así puedo caminar sobre el agua como tú, Maestro. En realidad me hundí, y todavía más aprisa que Pedro en el Mar de Gah1ea.
—No basta con decir que uno tiene fe. Con la verdadera fe viene la comprensión de las leyes naturales de Dios —nos mostró en la mano extendida un puñado de semillas.
—¿Podríais explicarme cómo estas semillas, adecuadamente plantadas y regadas, llegan a formar todo un huerto de granadas? Otras semillas producen higos, y otras dátiles y campos de trigo.
Tomás aún tenía cierto aire de duda.
—Pero, Maestro, una semilla de granado, como cualquier otra, crece a cierto ritmo fácil de predecir por la tierra en que se ha plantado y la cantidad de sol y de lluvia que recibe.
—Cierto —dijo Jesús— Pero su crecimiento sigue siendo parte de un proceso creativo universal que puede ser comprendido por todos. Lo que ya no comprenden tan bien es que, cuando se introduce el elemento espiritual, da como resultado una mayor vibración creativa.
Pedro, como siempre, relacionó consigo mismo todo cuanto decía el Maestro.
—Pero, Maestro, al verte caminar sobre las aguas también yo sentí que podía hacer lo mismo Y fallé, aunque tenía esa fe.
—Pero tu fe no estaba en Dios, pues sólo provenía de la observación de otro cuya fe era más grande que la tuya. No podemos transferir nuestra fe, sólo plantar la semilla y esperar que encuentre lugar para crecer.
Sus milagros vencían a muchos escépticos pero incluso así, creyendo únicamente en lo que veían, parecían comprender bien poco de lo que él hablaba.
La madre de Jaime y Juan, convertida por sus curaciones, le suplicó que sus hijos tuvieran los puestos de honor a su lado en el Reino de los Cielos de que hablaba. El la corrigió amablemente, diciéndole que los que querían ocupar los primeros puestos eran con frecuencia los últimos en ser elegidos.
—No os preocupéis tanto por dónde vais, sino por cómo vais —la animó— y estaréis allá donde Dios quiere que estéis.
La Pascua en Jerusalén era siempre importante para él y ésta, más que las otras, pues tal vez fuera la última, dijo, que pasara con sus Doce.
Como no podían disuadirle de que fuese a Judea, los discípulos decidieron con cierto dramatismo que morirían con él allí. Tomás, que tenía menos fe que el testo, tomó la iniciativa al anunciar su propio martirio. Incluso Jesús, generalmente sombrío por entonces, se sintió inclinado a reír ante su baladronada.
—Nada te sucederá, Tomás, pues aún tienes muchas almas que salvar.
Comprendí su r1sa, ya que este puñado de galileos no se distinguía por su valor. Yo había hecho una encuesta de sus opiniones políticas en cierto momento y todos, a excepclón de los hermanos Andrés y Pedro, Jaime y Juan, compartían mi opinión de que Jesús debía dirigir el alzamiento contra Roma. Pero nunca pude conseguir que los demás unieran su voz a la mía.
—Él sabe lo que quiere —decía Mateo— y nada de lo que dijéramos cualquiera de nosotros, quizás a excepción de Andrés, le influiría en absoluto.
—¿Y Juan? Él parece preferirle incluso a Andrés.
—No es lo mismo —dijo Mateo— Le trata como un hijo, o un hermano menor.
—Y sin embargo —dije yo—, dice que el mundo entero es su familia.
—En la importancia que da a sus almas Sin embargo a todos nos caen mejor unas personas que otras.
—EL no es humano como el Resto de nosotros.
—Cierto, pero en su papel terrenal sigue siendo hombre, con la carne y el espíritu de un hombre.
De ordinario habríamos entrado en Judea dos o tres días antes de la Pascua, pero Jesús decidió visitar a algunos amigos y escoger un lugar especial para esta Cena Pascual.
Y así, viajando sólo de noche para evitar a los habituales seguidores de campamento, llegamos a la Ciudad Santa seis días antes de la fiesta.
Como de costumbre cuando venia a ]Jerusalén, Jesús se detuvo primero con Lázaro en Betania, María Magdalena y Marta se sintieron abrumadas por el gozo al verle, aunque apenas podían ocultar su preocupación. Después de acomodar al Maestro me apremiaron para que les informara de mi reunión con los sumos sacerdotes.
—¿Le has hablado de ello a Jesús? —preguntó la Magdalena. Me encogí de hombros.
—No lo juzgué necesario.
El rostro de Marta, en forma de temor.
—No me gusta el modo en que habla de su muerte inminente.
La Magdalena me había estado examinando escudriñadoramente.
—Tú tienes un secreto, Judas; que desvías la mirada.
—Pura imaginación tuya.
—Si sabes que se proponen hacerle daño, y no dices nada, entonces eres tan culpable como los que quieren quitarle la vida.
—¿Quién puede matarle, a menos que él lo quiera? —grité—.
¿No resucitó a tu hermano de la tumba? ¿Cómo pueden matar a aquel para quien la muerte no es sino una palabra?
—Me dirigí a la ventana y miré a la calle. Ya estaba abarrotada con los curiosos que habían oído decir que Jesús resucitó a Lázaro y por ello anhelaban verle.
—Esa muchedumbre —dije— da testimonio de su triunfo sobre la muerte.
Pero la Magdalena. no quería apartarse del tema. _
—Rehúyes mi pregunta. ¿Qué ocurrió en aquella reunlón a la que te convocaron con tanta prisa? Tales correos no se envían por una simple cuestión social.
Me gustara o no, esta mujer tenía. un sexto sentido que la hacía más perceptiva que la mayoría.
—Nada que pueda decirte, —Me dispuse a salir, pero ella me cogió por el borde de la túnica.
—Mientes susurró. Mientes , tú le has traicionado. Marta se echó atrás horrorizada.
—¡No es posible! —exclamó con los ojos desorbitados— Judas, dile que no es cierto.
—Ella se equivoca —suspiré—. No podría traicionarle más que tú. y ¿con qué fin?
Pero no era fácil convencer a la Magdalena.
—Porque tienes a1guna extraña idea de que esta traición ayudará a tu causa.
—Te equivocas —repetí.
Con gran alivio por mi parte, en ese instante el discípulo Felipe entró en la habitación y preguntó por Andrés.
—Algunos peregrinos griegos han oído hablar de las maravillas del Maestro y desean hablar con él.
El Maestro estaba en su habitación, una pequeña cámara sobre el tejado, hablando con Lázaro.
Agitó la cabeza.
—No tengo nada para esos extranjeros, pues pronto se dirá todo acerca de mí. Ya se aproxima la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado en Dios. —Cerró los ojos y pude ver que sus labios se movían en plegaria silenciosa. Y luego, aunque no había ni una nube en el cielo, resonó un trueno que agitó la casa. Se oyeron gritos de alarma en la calle. Pero el rostro de Jesús estaba tan sereno como el mar tras una tormenta de verano.
Mi Padre me ha oído y me da valor. Pues mi alma está turbada así como se acerca la hora. Pero ¿acaso voy a decir:
«Padre, líbrame de esta hora», cuando yo vine por esta hora y por esta causa? .
Me preocupó que hablara ahora como los demás hombres. Pues, si era como todos, era tan vulnerable como ellos.
María y Marta habían asomado la cabeza por la puerta. El rostro de Jesús se animó al invitadas a entrar.
—Me complace que vosotras dos oigáis también lo que digo, pues os amo mucho por toda la amabilidad con que me tratan vuestros sinceros corazones.
Se adelantaron y se arrodillaron, y Jesús dijo una oración por ellas.
—Yo he venido como una luz al mundo, para que el que crea en mí no viva en la oscuridad. Y si alguien oye mis palabras y no cree, yo no le juzgaré, pues no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo.
El timbre de su voz se profundizó y brilló una luz en sus ojos.
—Mi Padre me dio un mandamiento que ahora os entrego a vosotros. Que la vida es eterna. —Miró en torno y aún me dio otro más para vosotros, que se añade a los que entregó a Moisés en la montaña, y sólo segundo en importancia al que he mencionado.
—y ¿cuál es ése, Maestro? —preguntó Pedro, que acababa de entrar en la pequeña habitación empequeñeciéndola aún más con su mole.
Los ojos de Jesús recorrieron la cámara deteniéndose en la Magdalena.
—Que os améis unos a otros, y que llevéis este mensaje a los rincones más lejanos de la tierra.
Nos sentamos muy pronto a cenar pues había sido un día muy pesado y él necesitaba descanso. Con una sonrisa sirvió María al grupo, reservando los mejores bocados para el Maestro. Sin embargo éste comió muy poco y, cuando terminó, y ya acabado el servicio, Marta se sentó a sus pies mirándole al rostro con unos ojos como estrellas. María trajo una libra de ungüento de nardo muy costoso con que le ungió los pies, secándolos a continuación con sus cabellos. Como ya lo hiciese en otra ocasión, pensé en el dinero que hubiera podido conseguirse vendiendo aquel ungüento y lo que hubiera podido hacerse con él.
¿Por qué no se vendió ese ungüento y se dio el dinero a los pobres?
Vi el enojo en los ojos del Maestro.
—Judas, ¿es que no aprenderás nunca? ¿No te he dicho ya que a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis? Déjala, porque derramando este ungüento sobre mi cuerpo me ha ungido para mi sepultura. y quedará todavía algo, una cantidad sustanciosa de la que Andrés podrá disponer para los pobres.
No estaba seguro de haber oído correctamente.
—¿Andrés? Él no es el tesorero. Sonrió misteriosamente.
—Si, Andrés, pues para entonces tú te habrás dedicado a
otras cosas.
Me pregunté en un instante angustioso si tendría alguna sospecha de mi plan. Había pensado en confiarme a é1, pero después de ver aquellos ojos relampaguear de cólera, no quería que se enojara conmigo. Más tarde habría tiempo de explicarle.
Tanto Andrés como Pedro le previnieron que no le convenía por su seguridad aparecer en Jerusalén para la Pascua. Pero él se limitó a sonreír y a decir que no había venido para estar a salvo, sino para salvar.
—¿Querríais que escondiera la cabeza bajo la capucha y me deslizara por las calles como un ladrón?
Ya hablaba de su muerte como si fuera inevitable.
—¿No sabes, Judas —dijo cuando partimos para la Ciudad Santa—, que nadie puede hacer nada para desviar la voluntad del Padre?
¿Porqué dices eso —protesté— Si tienes poder sobre la muerte?
Agitó 1a cabeza tristemente.
—Sólo muriendo puede demostrar el Hijo del Hombre que no hay muerte.
Me parece una contradicción tremenda.
—No lo comprendo.
—Pero lo comprenderás —dijo— e incluso antes que los otros. Llegamos a Jerusalén dos días antes de la Pascua y acampamos en el Monte de los Olivos, en un punto desde el que se veía el Huerto de Getsemaní y el Templo.
No hizo el menor intento por ocultar su presencia sino que se mezcló con las gentes sin preocuparse ni por las miradas sombrías ni por las reverentes.
Como de costumbre se sentó en el Pórtico de Salomón, y allí se reunió una gran multitud. Vi los rostros malévolos de Ezra, Sadoc y otros a los que conocía como agentes, pero esta vez estaban extrañamente silenciosos.
Mateo se sentó como hechizado a sus pies mientras yo estudiaba el ánimo de la multitud. Como sus adversarios los sacerdotes, todos guardaban un silencio extraño, pero le escuchaban respetuosamente.
Pocas veces les increpó mejor que ahora.
—¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis d. Reino de los Cielos a los hombres cuando no sois capaces de entrar vosotros mismos por vuestra maldad! Todo lo distorsionáis y tergiversáis según vuestros propósitos malignos. Dais mucha importancia al oro del Templo, pero no al Dios del Templo. Adoráis los sacrificios en el altar, pero no el símbolo del altar mismo. ¡Ay de vosotros que pagáis el diezmo de la menta y de la ruda y descuidáis b justicia, la merced, la fe y el amor de Dios! Sois ciegos aunque tengáis ojos; por eso os escandalizáis ante un mosquito y os tragáis un camello.
Jamás había comprendido yo cuán profundamente sentía Jesús el rechazo de aquellos hombres; sin embargo a nadie podía culpar sino a sí mismo. Porque se hubiera ganado cumplidamente su devoción sólo con animar sus esperanzas y aspiraciones.
—i Oh Jerusalén —gritó— que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!. Cuántas veces quise reunir a tus hijos a la maneta que la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas y tú no quisiste. —Su voz se atropellaba por la emoción.
—Mirad estos edificios que tanto estimáis. Miradlos bien porque, debido a vuestras iniquidades, no quedará piedra sobre piedra, pues todos serán derribados por el mismo enemigo del que os burláis.
—Como la multitud empezara a murmurar, Jesús agitó la cabeza— Vuestras protestas no cambiarán nada. Vuestra casa quedará desolada pues el camino del transgresor nunca es fácil.
El rostro de Ezra estaba extraordinariamente sombrío y te vi exhortar a otros para que desafiaran al orador. Observé a Adán el Curtidor sentado allí cerca, pero el hombre, que respondió de entre 1a multitud era un judío de las clases trabajadoras, si bien no un amaretzin a juzgar por su aspecto, más bien un empleado administrativo de rostro delgado y modales violentos.
—¿Cuánto tiempo nos tendrás en duda? —gritó-o Si eres el Cristo dilo sinceramente y nosotros te seguiremos contra ese enemigo que derribaría nuestro Templo.
Jesús le miró compasivamente.
—Os he mostrado mis obras, que he hecho en nombre de mi Padre, y no me habéis creído porque no queréis ser de mi rebaño. Pero otras ovejas oirán mi voz y yo les daré la vida eterna. Y nunca perecerán ni serán separadas de mí, porque mi Padre que me las dio es superior a todos, superior al Templo, a Roma y a las setenta naciones sobre las que queréis triunfar.
El hombre seguía mirándole escéptico.
—Hablas como un rey, pero no actúas como tal.
—En mi Reino, que también puede ser tuyo, mi Padre y yo somos uno.
Hubo un silencio atónito pues para este momento ya ,todos sabían en Judea a quién se refería al hablar de su Padre.
Como en Galilea, se leía en aquellos rostros que Jesús, reclamaba demasiado para sí pues, cuando se dijo igual a Dios, todos miraron en torno aterrados, temerosos de compartir su blasfemia.
El comprendió perfectamente su confusión.
—Sin Dios no soy nada, pero con él lo soy todo.
Sin embargo ellos no entendían, Jamás le entendían, porque algunos, separando al hombre del mensaje, todavía le amaban por las multitudes que curaba, y le habrían seguido hasta la muerte.
Por esta razón me sorprendió la reacción de Ezra, Confiando sin duda en agitar a la muchedumbre cogió una piedra y la lanzó contra el Maestro. Le rozó la mejilla, pero él se enfrentó a ellos sin temor, como hiciera el día en que defendió a María Magdalena. Otros fueron rápidos en seguir a Ezra, pues la violencia engendra la violencia. Pero, antes de que pudieran lanzar sus piedras, Jesús volvió a hablar con énfasis.
—He dado de comer y he ayudado a muchos de vosotros y a vuestros parientes, y les he beneficiado con mis obras, ¿Por cuál de esas obras me apedreáis?
—¡No por ellas —gritó la multitud— sino porque blasfemas de Dios al hacerte su igual!
—¿No está escrito que también vosotros estáis hechos a imagen y semejanza de Dios, y sois hijos de Dios? ¿Habré yo de apedrearas por esa razón?
Nunca me había sentido más orgulloso de él pues, en su desafío a todos, mostraba ahora claramente sus cualidades de líder.
La gente había callado y, aunque confusos, estaban dominados de momento. Pero no Ezra.
—¡No discutimos tus obras, sino lo que obra en ti! —gritó—. Tú eres un mago, y el diablo que hay en ti es el que habla porque, si fueras de Dios, le dadas al pueblo lo que éste te pide.
Cristo le miró despectivamente.
—Si el hombre pudiera ordenar a Dios, y no Dios al hombre, entonces éste tendría la autoridad de Dios y no es así.
En su frustración Ezra se inclinó de nuevo hacia el montón de piedras y volvió a lanzarle otro proyectil desde muy cerca. Éste voló con certeza y le dio en el pecho, Se tambaleó Jesús por un momento pero volvió a enderezarse. Su rostro se nubló como la noche más sombría; sin embargo antes de que pudiera hablar, un rugido de desaprobación dirigido por Adán el Curtidor estalló entre la multitud. Fue creciendo más y mas, y vi el desconcierto reflejado en los ojos de Ezra, No comprendía cuán impredecible es la multitud. Por aquella acción cobarde había hecho de Jesús la víctima, y la gente respondía con furia.
Mateo, avanzando hasta cubrir a Jesús con su cuerpo, describió exactamente la situación:
—Ezra está tan acostumbrado a que le aplaudan que olvida de que hay muchos que aún adoran a Jesús.
Preocupados como estábamos, todos aguardábamos expectantes su reacción, ¿No había dicho él muchas veces: «Al que te dé en una mejilla preséntale también la otra»?
Pero ahora no estaba de ánimo para el perdón. Sus ojos despedían rayos.
—Amplio es el camino que conduce al infierno, y muchos lo seguirán. Estrecha es la puerta que lleva a la salvación y pocos la encontrarán, a menos que sea a través de mi.
La multitud se agitó inquieta de nuevo y sentí la marea de buena voluntad que respondía a sus palabras. Pero se sentían incómodos porque asumía poderes divinos, especialmente cuando se declaraba uno con Dios.
Adán el Curtidor se puso de pie para que todos pudieran verle. Miró despectivamente a Ezra y a sus secuaces.
—No me importa —afirmó— que diga que es el Hijo de Dios, o su hermano, o su tío, o el mismo Dios. Cualquiera que le haga daño tendrá que habérselas conmigo y con mis valientes. ~
Su banda de rufianes miraba burlonamente en torno. Aguardamos el día en que nos dirijas contra nuestros enemigos, pero no sabemos cuál es el mayor enemigo, sí los sacerdotes y fariseos o los romanos, Pues no son los romanos, sino los otros, los que nos prohíben todo a excepción de este patio, como si fuéramos gentiles y no tan Judíos como ellos.
A esta salida la muchedumbre estalló en carcajadas, e incluso los amaretzin se unieron a las risas.
—Así que no tiréis más piedras —concluyó el curtidor— o le pesará al que lo haga, aunque sea el mismo Anás.
Durante todo esto Jesús había permanecido inmóvil. Entonces, cuando aguardábamos el mensaje que agitara nuestros corazones, se limitó a repetir lo que ya dijera en una docena de ocasiones:
—Bienaventurados los pacíficos, pues serán llamados hijos de Dios.
Gemí de desilusión y vi la mirada de reproche en los ojos del curtidor.
Todos se alejaron y nosotros nos marchamos también pues, ¿qué quedaba por decir? Pero esa noche, en torno del fuego del campamento, Jesús se mostró extrañamente introspectivo al hablarme de los juicios y tribulaciones que caerían sobre la nación después de su muerte. Casi parecía deseoso de irse ya, al no haber triunfado en lo que viniera a realizar.
—Después de mi regreso por un breve período —dijo-moraré en el cielo con mi Padre y allí dispondré un lugar para algunos de vosotros; pues por mi nombre os entregarán a las autoridades, os encancelarán y matarán, y seréis odiados en todas las naciones por mi nombre.
Mateo demostró su curiosidad habitual.
—Y eso ¿será antes o después de que el Templo sea derribado piedra a piedra?
—¿De qué Templo hablas?
¿Del que encierra el espíritu del hombre o ése de los falsos sacerdotes?
—De aquel del que nos hablaste anteriormente. Sonrió con tristeza.
—También mis discípulos se preocupan más por la Casa de Dios que por el mismo Dios. Pero repito: debido a la iniquidad de este pueblo, y porque han rechazado al enviado de Dios, tendrá lugar la destrucción, pero no antes de que todos hayáis alcanzado el descanso eterno.
—Dinos —insistió Mateo— ¿cuándo sucederá todo eso? ,¿Habrá una señal de la segunda venida y del fin del mundo?
—Será predicado el evangelio del Reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin. Cuando viereis la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel en el lugar santo, entonces que los que estén en Judea huyan a los montes. El que esté en el terrado no baje a tomar nada de su casa. ,y, el que esté en el campo no vuelta atrás en busca del Manto. ¡Ay de las que estén encintas y de las que críen en aquellos días! Pues habrá entonces una gran tribulación tal como no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora ni la habrá, y, si no se acortasen aquellos días, nadie se salvaría. Mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos.
Pedro había escuchado con los ojos muy abiertos.
—y ¿vendrá toda esa destrucción por un terremoto, Maestro? Jesús agitó la cabeza.
—Pregunta más bien por qué vendrá esa destrucción.
—Bien ¿por qué? —preguntó el que guardaba las llaves.
—Porque el hombre sería capaz de trastornar el equilibrio del universo si se le dejara a su propio arbitrio. Sus mismas armas, surgidas del odio, llegarán a ser la maquinaria de su ruina. El mismo ambiente que él contamina llegará a contaminar incluso sus ropas, así como la leche de la madre, con lo que enfermarán los niños.
—y ¿cómo sabrá el hombre que llega ese tiempo?
—Donde está el cadáver allí se reúnen los buitres.
—Una sombra cruzó por su rostro—. Pero nadie pregunta cuándo vendrá de nuevo el Hijo del Hombre, y cómo será su venida.
—Yo estaba a punto de preguntarlo —dijo Pedro.
—Luego, enseguida, después de la tribulación de aquellos días, se oscurecerá el sol y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las columnas del cielo se conmoverán Mateo había estado escuchando ávidamente.
—Y entonces, ¿qué, Maestro?
—Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del Hombre en el cielo y se lamentarán todas las tribus de la tierra, y ,verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y majestad grande. y enviará a sus ángeles con poderosa trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo del cielo hasta el otro. Pero no antes, como ya os he dicho, de que los elegidos sean restaurados por segunda vez después del cautiverio de Babilonia.
—y ¿en qué año de los anales de Israel sucederá todo eso?
—De aquel día y aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Porque como en los días de Noé así será la aparición del Hijo del Hombre. En los días que precedieron al diluvio comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrebató a todos. Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor; no vaya a venir de pronto y os encuentre dormidos.
En un principio Jesús habían planeado celebrar la Pascua con Lázaro, Marta y María, para evitar que le cogieran, ,ahora decidió tomar la última cena en Jerusalén en casa de Juan Marco, a quien conocíamos como Marcos. Este amigo de Pedro era hijo de Marco David, un rico fariseo que contribuyera generosamente a la misión.
No sólo cambió el lugar del banquete sino la fecha también, adelantándola veinticuatro horas. Pues Moisés, en conmemoración de la liberación de los judíos, había establecido el día catorce del primer mes de Nisán para la celebración, lo que este año caía en viernes, inicio además del sábado. Así, habíamos de celebrar la Pascua en un jueves mientras el resto de Jerusalén se preparaba para ella.
—Mis enemigos se mueven con rapidez —dijo Jesús con sonrisa de ironía— para no violar el sábado y la Pascua manchando sus manos con mi sangre en esos días santos.
Aunque ya había dado todas sus instrucciones para la cena, el Maestro aún envió a Juan y a Jaime para demostrar de nuevo sus poderes de adivinación a fin de que supiéramos que no hablaba del peligro porque sí.
—En entrando en la ciudad os sa1drá al encuentro un hombre con un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre y decid al amo de la casa: El Maestro pregunta ,dónde está la sala en que ha de comer la Pascua con sus " Apóstoles>. Él os mostrará una sala grande, aderezada; preparadla allí.
Los hermanos avistaron a un hombre de cabellos grises con un cántaro no lejos del palacio de Caifás, y él les guió en silencio a la casa. Allí el padre de Marcos se los llevó a una sala y ellos dispusieron rápidamente los lugares para los trece.
Este modo tortuoso de confirmar el lugar se adecuaba a la notable vena mística de Jesús. Y supongo que, al mismo tiempo, nos demostraba lo inevitable de todo cuanto se relacionaba con él. Era su modo de decir que la cena, y lo que seguiría a continuación, estaba irrevocablemente ligado a su propio destino.
Por lo general yo me sentaba a su izquierda. Pero al llegar tarde advertí con cierta —aprensión que Pedro había usurpado mi lugar de costumbre, y que Juan estaba en el puesto de Pedro, simbólicamente el más cercano a su corazón. Jesús advirtió inmediatamente mi inseguridad.
—Ocupa ese lugar junto al Zelote —dijo, señalando un asiento al otro extremo de la mesa.
Como me abrumaba un calor extraordinario comenté que la sala estaba muy cargada.
Andrés me miró con curiosidad.
—Yo encuentro que está fresca pero, si quieres, abrí mas las ventanas.
Durante toda la tarde había estado encerrado con los saduceos haciendo planes para coger a Jesús esa noche, cuando hubiera pocos a su alrededor. Ellos opinaban que aún le quedaban bastantes amigos para originar una conmoción, si no una auténtica demostración.
Gamaliel no se reunió con nosotros como de costumbre, pero Caifás me dio una nota suya sellada en la que reiteraba el apoyo de las facciones de los. fariseos liberales; lo suficiente, decía, para impedir una condena. Sin esta nota nada habría hecho yo, pues sabia que en los otros no podía confiar.
Ahora, en mi inquietud, miré en torno de la mesa de Pascua deseando desahogarme pero tenía pocos amigos allí excepto quizá Simón el Zelote y el Maestro, a quien yo amaba a pesar de lo que puedan decir algunos.
Esta era la fiesta del pan sin levadura que conmemoraba la huida de Moisés con los hijos de Israel. Los panes, tan finos como obleas, estaban amontonados sobre la mesa Junto con las hierbas amargas que recordaban a los descendientes de aquellos israelitas el duro paso de Egipto a la Tierra Prometida. El vino era abundante, pues significaba el sacrificio de sangre en la búsqueda de la libertad.
Jesús bendijo la mesa y después, de acuerdo con el ritual, explicó brevemente por qué esta noche era distinta de todas las demás.
—Puesto que todos somos judíos —dijo— he deseado reunirme con vosotros por última vez y celebrar esta Pascua con vosotros.
Pues, como todos sabéis, en tiempos de Moisés los ángeles pasaron ante las casas marcadas de los israelitas y sólo descargaron el golpe en las casas de los súbditos del faraón egipcio; pero no ocurrirá así con el Hijo del Hombre. Pues él no será perdonado, pero tampoco rehuirá él esta hora. Os prometo que ya no volveré a comer hasta que se haya cumplido mi propio peregrinaje en el Reino de Dios.
Tomó una oblea finísima, recuerdo del pan sin levadura que comían en el desierto, y dio las gracias; luego la rompió en fragmentos con sus fuertes manos y nos la dio diciendo:
—Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía.
Entonces bebió de una Copa de vino y, dando gracias a Dios, se la pasó a Pedro diciendo:
Tomadlo y distribuidlo entre vosotros, porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios. Este cáliz es la nueva alianza con mi sangre, que es derramada por vosotros.
Sus ojos registraron osadamente la mesa.
—Bebed todos de esta sangre, incluso el que me traiciona. Pues él se sienta a esta mesa y parte su pan conmigo.
Agitó la cabeza al ver el desconcierto en todos los rostros.
—Os digo de nuevo que uno de vosotros, que come conmigo, me traicionará.
—¿Soy yo? —fueron diciendo uno tras otro, incluso Pedro y Jesús puso el pan en la fuente de la que todos se servían y dijo de nuevo:
—Es uno de los doce, que moja el pan en este plato conmigo.
No me atrevía a mirarle, pues ¿quién sabe qué no habría adivinado con sus misteriosos poderes?
—El Hijo del Hombre sigue su camino según está decretado —dijo solemnemente— pero ay de aquel por quien será entregado! Más le valdría no haber nacido.
Los demás seguían mirándose unos a otros pero no imaginaban quién podría ser, ya que todos le estaban tan unidos.
—Yo sé quién es —continuó— y por qué lo hace. Le elegí bien, pues incluso entonces vi en él la semilla de la traición. Pero con fe no tenía por qué haber ocurrido de este modo. Sin embargo había de ser así a fin de que el hombre conozca hasta el fin de los tiempos para qué fui enviado. Pues, en mi muerte, ellos recordarán mi vida.
Había supuesto que todos los ojos estarían clavados en mí pero, al alzar la vista, vi que miraban al Maestro. Pronto empezaron algunos a hacer juramentos de lealtad, y luego a discutir, a su estilo infantil, a quién prefería entre ellos.
Jesús les escuchó por un instante y luego les riñó.
—No ensombrezcáis mis horas finales con estas peleas ridículas, como los sátrapas mezquinos que rodean a los reyes gentiles y les lamen las botas como perros buscando su favor, Pues el mayor entre vosotros sea como el menor, y el que manda como el que sirve. Por vuestras obras justificaréis vuestro puesto en el Reino de los Cielos.
Pedro le miró con expresión dolida.
—Yo no he vacilado nunca en mi lealtad para contigo.
—No para conmigo, Pedro, sino para con el Padre en mi. Satán te hubiera vencido hace tiempo de no haber atado yo para que no desfallezca tu fe. Pues sé que, después de mi muerte, tú serás como una roca para tus hermanos.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Pedro.
—Señor, preparado estoy para ir contigo no sólo a la prisión sino a la muerte.
Una sonrisa dolorosa entreabrió los labios de Jesús.
—Mí muerte será el crisol en el que encontrarás la fuerza necesaria para los tiempos sombríos que os aguardan.
Mientras yo me encogía de temor ante tanta insistencia en la muerte, Pedro cayó de rodillas ante el Maestro.
—Te juro por todo lo que es santo que nunca te abandonaré.
—Te olvidas de que nosotros no aceptamos juramentos. Y en verdad te digo que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces.
—Nunca! —gritó Pedro— Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
—No prometas tanto —dijo Cristo— pues es más fáci1 decirlo que hacerlo.
Siguió describiendo solemnemente la Pascua hablando de los ángeles de Dios que dieron muerte a los primogénitos de Egipto pero pasaron de largo ante los hogares judíos hasta que el faraón, acobardado, permitió que las huestes de los israelitas salieran del país. Pero Jesús no veía paralelismo entre un Moisés presto a la batalla y él mismo, indiferente a la tiranía del nuevo faraón.
Y así sucedió que en medio de la noche el Señor Aniquiló a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde'" —el hijo del faraón que se sienta en su trono hasta el del preso en la cárcel, y a todos los primogénitos de los animales.
»E1 faraón se levantó de noche, él, todos sus servidores y todos los egipcios, y resonó en Egipto un gran clamor, pues no había casa donde no hubiera un muerto.
»Y aquella noche llamó el faraón a Moisés y a Aarón y les dijo: " Id, salid de en medio de nosotros, vosotros y los hijos de Israel, e id a sacrificar al Señor como habéis dicho. Llevad vuestras ovejas y vuestros bueyes como habéis pedido; idos y dejadme". Los egipcios apremiaban al pueblo dándoles prisa para que salieran de su tierra pues decían: "Vamos a morir todos".
Durante todo su peregrinaje el con su pueblo perseguido.
—Iba el Señor delante de ellos, de día en columna de nubes para guiarlos en su camino, y de noche en columna de fuego para iluminarlos y que pudieran marchar lo mismo de día que de noche.
Mientras el Maestro nos leía el libro de Moisés yo me maravillaba de que él, mucho más grande que Moisés, no hiciera otro tanto por su pueblo esclavizado. Pero Jesús nunca había sufrido la misma confrontación que Moisés.
Alzó él la vista y me sorprendió mirándole.
—¿Quieres hacer alguna pregunta, Judas? Advertí que todos clavaban los ojos en mí.
—¿Quién dirías que fue más grande: el profeta que desafió al faraón y sacó a su pueblo de la esclavitud, o el que ve a su pueblo esclavizado y no mueve ni un dedo?
—Es más grande, Judas, el que hace mejor la obra para la que fue enviado por Dios.
Sus ojos pasaron en torno de la mesa.
—Me gustaría hablaras de los salmos, pues lo que turba a un hombre turba a todos y lo que a uno desconcierta, desconcierta a todos. Escuchad atentamente, pues en los años futuros lo comprenderéis mejor.
»"Oh Señor Dios de mi salvación! He llorado día y noche ante Ti. Pues mi alma está llena de dolor, y mi vida corre hacia la tumba. Me cuento entre los que bajan al pozo. soy como un hombre que ya no tiene fuerzas. Libre entre los muertos; como el cadáver que yace en la tumba, a quien ya no se recuerda. Señor, te he llamado a diario. He tendido mis manos hacia ti. ¿Mostrarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos y te alabarán? ¿Será tu amable bondad declarada en la tumba, o tu fidelidad en la destrucción?
»"Los que buscan mi vida me han preparado trampas, no me abandones ¡oh Señor! ¡Oh mi Dios, no te alejes de mil Apresúrate a socorrerme, oh Señor, mi salvación!"
Mientras meditábamos en estas palabras se puso de pie, pidió una jofaina con agua y se ciñó una toalla a la cintura.
—Ahora os demostraré lo que quiere decir que el mayor sea el menor, y que el amo se subordine al siervo, pues en mi Reino no hay gobernantes ni gobernados, sino que todos son igualmente compañeros del Señor.
Sin más ceremonias se arrodilló ante Pedro y le dijo: "—Quítate las sandalias.
Éste le miró atónito.
—Maestro, jamás me lavarás tú los pies.
—Aún no lo comprendes, pero un día harán de esto una tradición los que vengan después de vosotros. Sin embargo, si no te los lavara, no tendrás parte conmigo.
Pedro habría la boca desconcertado y miraba impotente en torno.
—Señor, entonces no sólo los pies sino también las manos y la cabeza.
—Basta lavarte los pies para que estés limpio. Pero hay uno aquí, como dije, que no estaría limpio aunque yo le lavara de pies a cabeza.
Los apóstoles se sintieron extraordinariamente turbados.
—¿Quién es? —gritaron de nuevo, sin advertir que yo solo estaba callado entre todos ellos.
Podéis descubrirlo' por las Escrituras —dijo, entregándose a su pasión por el misticismo «Así dice el Señor: Yo enviaré fuego sobre Moab que devorará los palacios de Keriot, y Moab morirá con tumulto, con gritos y con el sonido de las trompetas.»
Ellos seguían sin comprender y se miraban unos a otros agitando la cabeza; y yo hice lo mismo.
Pero, con palabras sarcásticas, aún les dio otra pista de las Escrituras.
«Y yo les dije: Si estáis de acuerdo dadme mi precio, y si no absteneos. Así que ellos tasaron mi precio en treinta piezas de plata. y el Señor me dijo: Arrójalo al alfarero. Y yo cogí las treinta monedas de plata y las lancé al alfarero en la Casa del Señor.»
Por los rostros desconcertados era evidente que no sabían más que yo. ¿Cómo era posible comprenderle? Aun viendo tan cercana la muerte seguía jugando con las palabras.
Recorrió ahora la habitación comenzando por Juan y yendo de uno a otro hasta que llegó a mí. Me miró directamente a los ojos y yo me eché a temblar, pues, con todas aquellas referencias a la muerte, empezaba a tener el presentimiento de un gran mal.
—Yo te amo —le dije casi fieramente— y sólo te pido, como todo patriota, que te alces sobre nuestros enemigos y nos libres de ellos. Eso es todo lo que he pedido siempre.
Suspiró.
—Todavía no entiendes. Por vosotros lo haría si fuera otra persona pero, no siendo así, lo que has de hacer hazlo pronto para que se cumplan las antiguas profecías.
Me negaba a pensar en su muerte.
—Tú puedes hacer lo que quieras.
—También tú tuviste esa elección y ¿qué has hecho con ella? Me secó los pies con cuidado y me volvió a poner las sandalias.
Yo repetí el grito de Pedro:
—He sido leal a mi modo!
—Si hubiera sido al modo de Dios, Judas, tal vez habría sido distinto. Sin embargo había de cumplirse la profecía de las treinta piezas de plata.
Los discípulos habían empezado a mirarnos con curiosidad, desconcertados por aquel diálogo secreto.
—y ¿qué significa eso con relación a mí?
—Ya lo sabrás, como sabrás muchas cosas.
Se puso de pie, recogió la toalla como un chal y volvió a su asiento.
—Lo que he hecho con vosotros —dijo— os encargo que lo hagáis unos con otros. Por esta razón os he dado ejemplo. Soy vuestro Maestro; no es el siervo mayor que su señor, ni el enviado mayor que quien le envía; alegraos pues con este pensamiento cuando lavéis los pies de los inferiores a vosotros.
Pedro aun tenía una expresión desconcertada.
—Hablas de una traición y, al hablar así, arrojas una duda sobre todo el grupo. Nombra a ese traidor para que podamos arrojarle y purgarnos de su contaminación.
—Ya lo sabréis bien pronto.
Pero Pedro no estaba satisfecho pues, aparte su torpeza, tenía un temperamento muy curioso. A espaldas del Maestro hizo una seña a Juan, que se reclinaba sobre el pecho. de Cristo, para que le hiciera de nuevo la pregunta. Juan le miró a los ojos.
—¿Quién es, Maestro? ¿Quién es ese traidor?
Cristo nada podía negarle. Pero le contestó a su manera.
—Dejadme que os diga que podía haber sido cualquiera de vosotros. Pero ninguno de vosotros, con toda vuestra fragilidad, os dejasteis arrastrar por vuestros propios deseos, excepto uno. Yo le conocí inmediatamente por su más acariciada obsesión. No quería fama, ni dinero, sino vivir según una tradición muerta y conquistar otros pueblos. Ni siquiera ahora comprende que la vida de un romano es tan querida para Dios como la de un judío. Yo escuchaba horrorizado pues Jesús no entendía en absoluto mis sentimientos ni comprendía lo que yo me proponía, y no sólo por amor a mi país sino por él también.
Ahora todos alzaron un clamor exigiendo saber el nombre del traidor. Tomó un trozo de pan que mojó en el vino.
—Es aquel al que daré este bocado.
Se me paralizó el corazón; luego comenzó a latir locamente contra mi pecho. De nuevo sentí el impulso de ponerme de pie y declarar la verdad, pero sus ojos me detuvieron.
Con un giro repentino de la muñeca lanzó el trozo de pan sobre la mesa. Cayó delante de mí, peto también cerca de Felipe y Tomás que estaban a mi lado, y nadie fue capaz de decir para quién era.
—Que lo coja el que sea —dijo Jesús serenamente.
En el silencio subsiguiente nadie se movió, y Jesús me llamó entonces a su lado.
—Lo que has de hacer, hazlo pronto —susurró.
Me puse de pie como paralizado. Entonces me miró escudriñadoramente.
—Cuando terminemos aquí nos iremos al Huerto de Getsemaní, y allí, a la sombra de los olivos, me prepararé para el Padre.
Los otros estaban confusos pensando, por sus modales, que Jesús me encargaba que comprara algo para la segunda noche de la fiesta.
En vez de marcharme inmediatamente volví a tomar asiento para no hacerme notar.
—Que ésta sea mi despedida para todos vosotros —dijo—. No lloréis por mí pues, si creéis en Dios, creed también en mí. No estaremos separados mucho tiempo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así os lo diría, porque voy a prepararas un lugar para vosotros. Sin embargo volveré de nuevo y os tomaré conmigo para que, donde yo estoy, también estéis vosotros. y ahora con seguridad que ya sabéis adónde voy.
El pobre incrédulo de Tomás alzó la mano.
—Maestro, no sabemos con seguridad adónde vas, ¿cómo, pues, podemos saber el camino?
El fuego surgió en los ojos de Jesús.
—Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no por mi.
También Felipe parecía turbado.
—Maestro —dijo—, muéstranos el Padre y nos basta. Una mirada de dolor asomó a los ojos de Jesús.
—Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees, ni siquiera ahora, que yo estoy en el Padre y el Padre en mi? Las palabras que yo os digo no las hablo de mí mismo; el Padre, que mora en mí, hace sus obras. Y, si no por otra razón, creedlo al menos por las obras.
Qué ironía que ellos dudaran de Jesús mientras yo creía implícitamente en su poder divino! Sin embargo él seguía sin hablar de librar al Cordero de Dios de los cachorros de la loba de Roma. Y así, cuando nadie me miraba, me levanté y salí, sabiendo que habríamos de encontrarnos de nuevo en el valle de la decisión.

17 - La confrontación

La confrontación había llegado al fin. Dentro de pocas horas, antes de la Pascua, el mundo conocería el poder de Cristo. No siempre era tan pacífico. Yo había visto sus ojos llameantes ante la injusticia y, arriesgándose a las iras de Roma, había descolgado sus víctimas de los árboles en los que fueran clavados por no pagar el tributo a Roma o por golpear a un soldado romano que molestaba a sus mujeres. Aún sería otro Moisés para su pueblo; estaba convencido de ello, a pesar de sus palabras de muerte. Aunque todo lo hiciera con la ayuda del Padre, por supuesto que el Dios que ayudara a Moisés atacando a los egipcios con la peste y las inundaciones, no olvidaría a su único hijo engendrado.
No veía razón alguna para tantos preparativos como se habían hecho para prenderle. Se había llamado a docenas de guardias del Templo, y las tropas de Pilato estaban alertadas. Había también una multitud de levitas y simpatizantes del Templo que se unirían a nosotros para contrarrestar cualquier oposición. Pero ¿quién estaría allí a esta hora en el solitario Huerto de Getsemaní, entre las presas abandonadas, si no Jesús y los Doce? ¿Qué Doce? Hice una mueca a despecho de mí mismo.
Había llegado el momento de que Jesús adoptaría una posición. Los guerrilleros zelotes, sin que el pueblo lo supiera, estaban siendo cazados como ratas. En las afueras de Jericó se sofocó un asalto a la guarnición y en la escaramuza prendieron a Gestas y Dimas, que rápidamente fueron condenados a la cruz. Pues Roma sabía librarse pronto de los revolucionarios, ya fuera un noble Bruto o un judío sirio maloliente. Me enteré también de que bar-Abbás había sido apresado en la misma redada, pero eso no me causó dolor alguno.
Me acercaba al momento de la confrontación con cierto temor. Los sumos sacerdotes habían encargado al retorcido Sadoc que fuera conmigo, y pedido al capitán de sus guardas, un tal Maleo, que dirigiera el batallón armado. Fuerzas abrumadoras para un solo hombre.
Caifás me dio las últimas instrucciones:
—No prevengas a Jesús y tráele directamente a mi palacio. Le miré atónito.
—¿Cómo puede ser juzgado aquí fuera de la jurisdicción del Templo?
—El Templo —repuso— está donde están los sumos sacerdotes.
—Pero ¿habrá quórum a esa hora?
—Nosotros dirigimos el juicio; tú cuídate de tu tarea y muévete con rapidez, o también lo pasarás mal.
—¿Ha sido informado el Nasí? —pregunté.
Caifás alzó una mano como para golpearme, pero también la mía se alzó con violencia.
—No soy tu siervo —grité— sino que hago esto por Israel.
—Lo hagas por quien lo hicieras —intervino Anás— vete y acabemos.
Protesté de la considerable compañía que habían formado para apoderarse de un hombre pacífico.
—Está endemoniado .—dijo Caifás— y quién sabe hipnotizará a muchos para que se unan a él. ¿No hipnotizó a las multitudes hasta hacer1es creer que estaban comiendo peces cuando no había más que un cesto de comida?
—No hay tiempo —dijo Anás con impaciencia—, Adelante con ello hombre, o buscaremos a otro y te meteremos a ti en prisión.
—Aún me necesitáis como testigo! —grité.
Los guardias llevaban linternas y antorchas, y algunos iban armados con espadas y lanzas. Yo sabía exactamente dónde debía llevarles, habiendo estado muchas veces en el Huerto de Getsemaní, y así, caminando rápidamente y con Mateo a mi lado, distinguí la sombra de una figura junto a u fuego mortecino. Sólo por la silueta supe ya quién era.
Al entrar bruscamente en el campamento todo el lugar cobro vida. Uno tras otro se levantaron de su lecho de hierba y el aire nocturno se llenó con sus gritos de alarma. El capitán de los guardias del Templo trataba de ver en la oscuridad.
—Yo te lo indicaré —le susurré-o Aquel a quien yo besare, ése es. Préndele con rapidez para que no sufra injurias de tus soldados.
Jesús permanecía de pie y callado, como si hubiera estado esperándome. Yo me incliné y le besé en la mejilla.
Me miró de tal modo que me flaquearon las rodillas como si fueran de cera.
—Mi querido amigo —dijo—, te he estado esperando. Ya ves que lancé bien el trozo de pan.
Yo estaba fuera de mí de dolor.
—Maestro, Maestro! —grité.
Esto lo tomaron los demás como una señal. Pero él no me guardaba rencor, y lo sé porque extendió su mano hacia mí, pues ningún discípulo cogía la mano de Jesús por sí mismo.
—Lo que has de hacer, hazlo pronto —repitió, pues sabía que yo no actuaba por despecho sino por lo que él pudiera hacer.
—Esto no es una traición, Maestro —le susurré al oído—, Confía en mí. Sólo con que tú alzaras la voz por la libertad todos te seguirían, incluso los guardias del Templo.
Se apartó de mí y, a la luz vacilante de muchas antorchas, vi que sus ojos registraban osadamente a la muchedumbre.
—¿Habéis salido a prenderme como a un ladrón? Todos los días me sentaba en el Templo para enseñar y no me prendisteis.
La muchedumbre se echó atrás, e incluso los soldados cayeron de rodillas por temor. Sólo Maleo, el jefe a las órdenes de los sumos sacerdotes, se libró del hechizo y se adelantó con la espada desenvainada. Una figura alta y gruesa corrió hada la luz e hirió a Mateo. El guardia se llevó la mano a la oreja, de la que corría la sangre.
Jesús pasó la mano sobre la herida y restauró la oreja. Ahora más que nunca comprendí que podía hacer cuanto deseara.
Nadie se atrevía a ponerle la mano encima; incluso Maleo se echaba atrás maravillado. Bien podían haberse ido con las manos vacías y qué victoria tan notable habría sido ésa! Pero él habló con dureza a Pedro, que aún seguía de pie entre él y los soldados.
—Vuelve tu espada a su vaina, pues quien toma la espada morirá. ¿O crees que no puedo rogar a mi Padre, que me enviaría luego doce legiones de ángeles? Pero. ¿cómo entonces podré cumplir lo que he venido a hacer? .
Mientras el caso parecía dudoso, Sadoc se había mantenido en un discreto segundo término pero, al ver el aire de resignación de Cristo, tomó rápidamente el mando.
—Sólo es un mago que os engaña con sus trucos. Prendedle a él y a sus seguidores. Que nadie escape.
Jesús pidió que dejaran ir a Pedro y a los demás. Y como aquél vacilara, le empujó.
—Ya me negarás —le dijo—, pero todavía no.
Los discípulos huyeron para salvar la vida, pero no antes de que Sadoc corriera tras uno de los que huían agarrándole por la túnica de fino lino que logró quitarle. Desnudo, el fugitivo siguió corriendo ,hasta desaparecer de la vista. Era Juan, el discípulo amado, el que tanto amaba al Maestro. Vaya amor!
Durante la marcha hacia el palacio de Caifás rogué a Jesús que afirmara su posición, pero él se limitó a mirar al frente moviendo los labios de vez en cuando en silenciosa plegaria. Maleo, que se tocaba la oreja maravillado, trató de iniciar una conversación con el Maestro y hubiera hecho cualquier cosa que éste le pidiera, pero Jesús también se había olvidado de él.
Malco se acercó a mí con lágrimas en los ojos.
—Yo le dejaría libre, sin importarme lo que pudiera ocurrirme. Porque es realmente el Hijo de Dios.
No sufras —le dije— pues él puede librarse por sí mismo.
— Su mirada era escéptica.
—Me temo que ya se haya dispuesto todo.
—Él puede hacer lo que quiera —le aseguré.
—Tú le conoces bien. Dime ¿quién es ese del que habla, quién es ese «Abba»?
—Es su Padre, en los cielos. ¿Por que me lo preguntas?
—Sigue mencionándole y diciendo entre dientes: «Abba, todo te es posible; aleja de mí este cáliz. Mas no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»
Aquello me alegró pues lo tomé como una señal. Fuese lo que fuese: el Hijo de David, el Hijo del Hombre, el Mesías, el Libertador, el Hijo de Dios, el Rey de los judíos, temía morir como el resto de nosotros, ¿Cómo podía esperar cambiar el mundo, a menos que fuera del mundo?
Sí, la noticia que me traía Maleo era reconfortante.
Resultó irónico que pasáramos ante el Cenáculo, donde habíamos comido poco tiempo antes, cuando ya se divisaba vagamente el palacio de Caifás, La multitud nos habla seguido, pues eran gentes pagadas, utilizadas para cumplir la voluntad de los sacerdotes cuando se deseaba una reacción especifica del pueb1o. Algunos se infiltraron en el Gran Atrio del palacio, mientras los demás se quedaron bajo el aire frío de la noche hasta que los despidieron.
Anás estaba sentado solo en un estrado. A sus pies vi unos cuantos rostros familiares: Ezta, Eleazar y Sadoc. Pero no estaban Gamaliel, Nicodemo ni José de Arimatea. No había un rostro amigo en todo el auditorio. Jesús, con las ,manos atadas, fue empujado a otro estrado a los pies de Anás, mientras Caifás quedaba de pie a pocos pasos de él con el rostro triunfante.
No me gustó el aspecto del salón, amplio y helado, tan débilmente iluminado que las sombras temblaban en los muros de mármol y parecían ensombrecer todo el proceso. Pasé rápidamente la vista en torno y sólo vi un puñado de fariseos; la mayoría eran saduceos pero ni siquiera había quórum, ya que al menos se requerían dos tercios de los setenta. Y había menos de la mitad de ese número dispuestos en semicírculo ante el sacerdote.
Cuando mis ojos examinaron el banco de los testigos vi una figura familiar, sucia y vestida de harapos, entre los otros. Era Joshua-bar-Abbás con las manos atadas. Miraba furioso en torno y gritaba que le soltaran las cadenas. Había creído yo que, para este momento, ya estaría en la cruz. y sin embargo, a un gesto perentorio de Caifás, fue desatado y se incorporó frotándose las muñecas y lanzando miradas furtivas en torno del salón. Es curioso parecía tan confiado y seguro como siempre.
Ignorando a bar-Abbás me acerqué a Caifás cuando terminaba de hablar con Anás, a fin de protestar por la falta de quórum. Se mostró rígido y arrogante.
—No me des lecciones, bellaco! —gritó.
Me ardieron las mejillas. Ahora me hablaba como Pilato le hablara a él.
—Todo Israel protestará por esta injusticia! —le grité también.
—Hemos pedido una reunión del Bez Din, el tribunal inferior —explicó despectivamente—, y eso exige tan sólo veintitrés miembros, y sirve lo mismo en una emergencia.
—Y ¿por qué esta emergencia —pregunté—, esta prisa tan desmesurada por terminar con él antes de la puesta del sol?
Vienes como testigo, pero podrías convertirte en acusado si no te muerdes la lengua.
Lancé una mirada a Jesús, Miraba en torno impasible, como si no le afectara lo que allí sucedía.
No había quien le defendiera, sólo él mismo. Sentí ahora cierta inquietud acerca de mi propio testimonio. No estando presente Gamalíel, era indudable que los sacerdotes tratarían de obtener una condena. Decidí, con un suspiro de alivio, que no hada nada más por intensificar la confrontación, y que sólo daría testimonio sobre lo que pudiera ayudarle.
Empezó el juicio.
El primer testigo era un viejo amaretzin que parecía como si hubiera vivido siempre acobardado. Miraba en torno furtivamente con sus ojos incoloros, y se encogía más y más sobre sí mismo cuando Caifás cayó sobre él.
—¿Has tenido perlesía, dices?
—Toda mi vida, señor.
De pronto le recordé. Había sido en Jericó, hacía más de un año. Sólo una curación más. Me sorprendió que le hubieran elegido entre la multitud.
—¿Y dices que fuiste curado?
—Fui curado. —Extendió las manos— Mira, ya no tiemblan. Anás frunció el ceño en su estrado.
—Responde únicamente a las preguntas con un sí o un no, según sea e caso.
—Sí, Señoría.
_y ¿quién realizó esa llamada curación?
—Jesús de Nazaret.
—¿Podrías señalarle?
El viejo inclinó la cabeza hada Jesús.
—Su Santidad está tan cerca que casi podría tocarle solo con extender la mano.
—¿Su Santidad? —la nariz ganchuda de Caifás se alzaba despectivamente hada el techo—. ¿Por qué le llamas así?
—Bien, Señoría.
—Llámame señor, o acusador, so bruto. El testigo tragó saliva.
—Parecía ser el enviado del Santo; su poder era tan grande que sólo Dios podía haberle concebido.
Anás le miró furioso.
—Limítate a contestar las preguntas, viejo. Caifás habló en tono muy suave:
—Y este hombre, este Jesús de Nazaret, ¿dijo que era enviado de Dios?
—Únicamente dijo que hacía las obras de Dios.
—Contesta sólo sí o no. —La voz de Anás era cortante como un cuchillo. El testigo pareció desconcertado.
—Es que no es ni sí ni no —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿No fue blasfemia que se equiparara tan familiarmente con el Santo?
—No si la curación había sido realizada mediante Dios. Pues ¿de qué otro modo podía haberlo hecho, señor?
Comprendí por el gesto de Caifás que ya lamentaba haber llamado a este testigo y, cuando se volvió hacia el banco de los testigos, había tomado una decisión instantánea.
—He terminado con este testigo, señor, pues tengo otros. Uno es Judas-bar-Simón, discípulo de este Jesús y agente del Sanedrín. —Tragué saliva ante esta violación de una confidencia que me hacía aparecer como traidor a Jesús en favor del Sanedrín y que no reflejaba en absoluto mi auténtico modo de pensar.
—El segundo testigo —continuó Caifás— es el que se confiesa jefe de los zelotes y que también ha sido discípulo de este Jesús, y asimismo agente del Sanedrín. Es Joshua-bar-Abbás, al que equivocadamente apresaron los romanos cuando estaba cumpl1endo una misión secreta por encargo del Sanedrín.
De modo que ésa era la verdad de lo ocurrido. Ahora comprendía que el Templo hubiera estado al tanto de todos los movimientos de Jesús y de sus discípulos, y de mis idas y venidas, e incluso de mi estancia con Lázaro y de mis planes para visitar a mi madre y a Raquel.
Miré a Anás y me convencí de que todo era una farsa preparada de antemano.
Este asintió por puro compromiso y dijo al acusador:
—Preguntaré a este testigo antes de que continúes. Caifás se inclinó.
Como gustes.
El viejo alzó la vista ansiosamente.
Los fríos ojos de Anás se clavaron en los suyos.
—Tú has dicho que esa curación tuvo lugar a través de Dios.
¿Lo sabes con certeza?
El pobre viejo parpadeó nerviosamente.
—No, señor, sólo por lo que ellos dijeron.
—¿Ellos?
—Anás se inclinó violentamente hacia adelante—. y ¿quiénes son ellos?
—Había allí otro hombre a quien Jesús llamaba Pedro; y éste dijo que sólo el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios, podía hacer lo que Jesús había realizado.
—y ¿qué respondió a esto tu Jesús?
Incluso el hombre más listo puede pasarse y errar en ocasiones.
—Dijo que no hada nada por sí mismo. Que todo era gracias al Padre, y que ellos podrían hacer igualmente con fe en Dios.
Vi que los labios de Caifás se curvaban ligeramente.
Supongo que le había irritado el alarde de autoridad de Anás.
—Eres libre de irte —dijo, casi con gusto.
Bar-Abbás, dos veces renegado, se adelantó hacia el estrado de los testigos. Lanzó en mi dirección una mirada despectiva pero no se atrevió a mirar al Maestro, que conservaba un aire distante, como si el proceso nada tuviera que ver con él.
Al mirar a aquel bandido que ahora se revelaba tal cual era, me pareció absurdo no haberlo adivinado todo desde el principio. El Maestro había confiado también en él pero, claro, él confiaba en todo el mundo diciendo que era mejor confiar y ser engañado que andar siempre caute1oso en las relaciones con los demás.
Bar-Abbás se enfrentó a Caifás con toda confianza. Ya podía sentirse seguro.
—¿Conoces a este hombre, a Jesús?
—Como te conozco a ti.
—El acusador frunció el ceño.
—¿Fuiste su discípulo?
—Lo fui hasta que vi que dirigía a los judíos a la insurrección.
Qué mentira tan descarada! Casi estallé en gritos de protesta.
—¿Se presentó como Rey de los judíos?
—Hablaba a menudo de ese Reino suyo, y supongo que esto es lo que quería decir, ya que todos sabemos que el Mesías había de venir para dirigir a la nación, y él mismo confesaba ser el Mesías.
—¿Has presenciado algún acto de violencia a exhortación suya?
—En Galilea la multitud andaba tan revuelta que todos corrieron hacia él con gran griterío, y le habrían coronado rey en ese mismo punto de no haberse echado él atrás al observar algunos soldados entre la gente.
Cómo retuercen algunos la verdad según sus malvados propósitos!
—Dicen que se ha declarado igual a Dios.
—¡Oh, sí! Le llamaba por su nombre, «Abba», como todos saben, y decía que él y su Padre eran uno. Pero no ha hecho secreto de esto, incluso iba hablado así ante los fariseos en el Templo.
—Afirma que, como Dios, puede estar en todas partes a la vez, e incluso caminar sobre las aguas y calmar las olas con una palabra. ¿Has visto tú alguna de tales prueba?
—Sólo le he oído afirmar que esto era bien sencillo para él, puesto que él y Dios eran inseparables y Dios no permitiría que su Hijo fallase en nada.
—Su Hijo! —la voz de Caifás resonó llena de desprecio en la amplia cámara— y ¿dijo acaso cómo le había engendrado Dios?
—Sobre las nubes, pues afirmaba que nunca moriría, sino que renacería de nuevo y sería visto en los cielos.
—Caifás lanzó una mirada al presidente.
—Esto es blasfemia, si es que alguna vez se ha pronunciado una. ¿Qué más pruebas necesitamos?
Anás le miró duramente.
—Nuestra ley establece que ha de haber dos testigos ,que corroboren las acusaciones, y que hay que oír al prisionero. Seremos juzgados según le juzguemos.
Mis ojos cayeron sobre Jesús, confiando en que se sintiera incitado a responder a tales falsedades, Pero el continuaba desinteresado; sólo sus labios se movían de vez en cuando en plegaria silenciosa. i Ojalá estuviera llamando a sus legiones de ángeles y éstos fueran los mismos que exterminaran a los primogénitos de Egipto!
—Judas-bar-Simón.
Me adelanté al oír mi nombre y vi que los ojos de Jesús se fijaban en mí por un instante. Pero no había en ellos el menor signo de reconocimiento.
Caifás le apuntó con el índice.
—Tú fuiste un miembro de sus Doce ¿no es cierto?, de esa élite para la que él no tenía secretos.
—No tenía secretos para nadie.
—Eso parece. —Su voz estaba cargada de sarcasmo.
Le consideras el Mesías?
—En mi mente no cabe la menor duda. Frunció las cejas.
—En tu mente el Mesías es el Libertador de Israel, ¿verdad?
—Con toda seguridad.
—y ¿de quién había de ser liberada la nación? Vi la trampa y la evité con presteza.
—De su propia maldad y pecado, para que hallara la salvación ante Dios en el Reino de los Cielos de que Jesús habla. Sonreí interiormente al verle perder la calma.
—Sabes muy bien que las profecías sobre el Mesías le exigen que lleve en triunfo a Israel sobre las setenta naciones. ¿Cómo puede hacerse eso en los cielos? No trates de jugar conmigo.
Me encogí de hombros.
—Entonces, si no es el Mesías, tampoco puede ser el Libertador, o el Rey de los judíos, si vamos a ver.
Alcé la vista y advertí cierto interés en los ojos de Jesús.
El rostro de Caifás se había tornado púrpura pero, a una mirada de aviso de Anás, recobró la compostura.
—¿Le has oído decir que destruirá este Templo, hecho por mano de hombre, y en tres días levantará otro que no será hecho por manos humanas? Su voz tronaba en la sala, y sus esbirros le hicieron eco con un murmullo sombrío.
—¿No es blasfemia que hable de destruir un Templo que necesitó dos generaciones para reconstruirlo en tres días?
—El Templo del que él habla no es el mismo del que hablas tú. Jesús habla de su cuerpo que, como nos recuerdan nuestros padres, es el templo de la mente y el espíritu.
Las cejas de Caifás se alzaron en gesto de incredulidad.
—¿Conque de eso habla y tú no te ofendes? ¿Cómo se propone crear este cuerpo en tres días? Incluso a su Padre le llevó más tiempo crear al hombre.
Vi la risa maliciosa en los ojos de Sadoc, Ezra y otros del tribunal.
—Él habla de un renacimiento con el que están familiarizados los fariseos; que el hombre nace de nuevo después de la muerte y vive en el cielo hasta el tiempo en que Dios decide que debe volver a la tierra.
Aunque los saduceos rechazaban la reencarnación, Caifás era demasiado listo para desacreditar esta creencia ante los fariseos. Sin embargo, corno de costumbre, tergiversó lo que se había dicho en su propia ventaja.
—Y ¿cómo puede llevar a cabo su propio renacimiento en un tiempo tan corto, a menos que sea Dios?
Qué retorcidos eran esos sacerdotes!
—Sólo habla simbólicamente, como hace a menudo.
Caifás había evitado cuidadosamente el interrogarme de la ocasión en que Jesús rechazara la corona ofrecida por bar-Abbás, pues eso vendría a contradecir el testimonio de un traidor y tendería a anularlo.
Miré a Anás.
—¿Puedo presentar voluntariamente cierta información? " Sus ojillos parecían los de un reptil.
—Contesta únicamente cuando se te pregunte.
Es la costumbre.
Aunque yo no habla dicho nada que incriminara a Jesús, Caifás se mostraba satisfecho con mi testimonio. Vi que entre él y el magistrado se cruzaba una mirada, y que le asentía.
—Puedes retirarte de momento —dijo— Llamaremos ahora al acusado.
Me enfurecí al ver que Jesús era empujado grosera, mente hacia el estrado de los testigos. Ni hizo esfuerzos por resistir, ni pareció molesto por este tratamiento. Oh, si estallara en cólera y rechazara a sus atormentadores de una vez por todas!
Caifás le saludó con una burlona reverencia.
—¿Eres Jesús de Nazaret?
El Maestro se limitó a asentir.
—Se te acusa de blasfemia por tus enseñanzas, y eso se castiga con la muerte según nuestra ley. Ahora bien, en esas enseñanzas tus discípulos te atribuyen una sabiduría y conocimientos superiores a los grandes maestros de Israel, incluidos los respetados Gamaliel y Ezra. ¿Qué dices a esta acusación?
Jesús le miró serenamente.
—Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el Templo, a donde concurren todos los judíos. Nada hablé en secreto.
—No estás acusado de adoctrinar en secreto sino de corromper al pueblo, a los amaretzin y tus propios discípulos que, a su vez, han corrompido a otros con mentiras y engaños referentes a tu grandeza.
—Yo no reclamo grandeza alguna, excepto lo que el Padre hace grande. Pero por qué me preguntas lo que he dicho? Pregunta más bien a los que me han oído qué es lo que yo les he hablado y pueden decírtelo, si es la verdad lo que quieres.
Caifás respondió con cólera.
—Y te atreves a hablar así conmigo!
Hizo un gesto y uno de los guardias del Templo, de pie junto a Jesús, le dio una bofetada diciendo:
—¿Así respondes al sumo sacerdote?
Me ade1anté rabioso pero un guardia me detuvo.
—Quieto —dijo— o será peor para ti. Jesús recuperó la compostura.
—Si hablé mal —dijo suavemente— muéstrame en qué; y si bien, como creo, ¿por qué me pegas?
—No estás aquí para hacer preguntas —le cortó rudamente Caifás— sino pata contestarlas. Te das mucha importancia para no ser más que un simple carpintero de Ga1i1ea. Pero dime, ¿quién afirmas ser?
—Yo no afirmo nada excepto en nombre del Padre. Lo que tú podrías ser soy yo.
Caifás cruzó los brazos en su frustración y vio claramente que Jesús estaba jugando con él.
—Tus discípulos te llaman el Ungido, el Cristo, el Hijo del Bendito. ¿Cómo pueden decir todo eso a menos que tú mismo te lo atribuyas?
Jesús le miró en silencio y sus ojos parecieron atravesar al acusador.
Caifás se sintió turbado por un instante; luego reaccionó con furia.
—Te ordeno solemnemente por el Dios vivo que nos digáis si eres el Mesías prometido y el Hijo de Dios.
—Si os lo dijere no me creeríais —repuso Jesús sencillamente— y si os preguntare no me responderíais, ni me dejarías ir, dijera lo que dijese.
—Todos los que te conocen dicen que has afirmado ser el Hijo de Dios.
Jesús se alzó orgui1oso y sin vacilar.
—Tú lo has dicho, no yo. Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo.
Una sonrisa de triunfo cubrió aquel rostro malvado.
—Este hombre ha blasfemado por su propia boca. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, cuando lo hemos oído de sus labios?
Y entonces Caifás se rasgó las vestiduras para demostrar el horror tradicional ante una blasfemia admitida.
—No tiene vergüenza, ya que lo ha confesado ante nosotros. Sólo una voz se alzó en protesta y me resultó familiar Nicodemo había llegado tarde y ahora observaba el proceso con aire sombrío.
Nuestra ley no condena a muerte a nadie por su propia confesión! —gritó— No podéis condenar a este hombre inocente, pues dividiréis a Israel con tal locura.
Anás abandonó ahora todo simulacro de imparcialidad.
—Fue arrestado por practicar la brujería e incitar a Israel a la apostasía y, como falso profeta, hay que condenarle a muerte según se estipuló en los libros de Moisés. Si le dejamos vivir todos creerán en él con el tiempo, y los romanos vendrán y arrasarán nuestra tierra y nuestro pueblo.
—Pensáis en vosotros mismos, no en el pueblo —gritó Nicodemo—, o no celebraríais este juicio con tanta premura y de noche, como si fueseis una partida de ladrones!
Le habían golpeado, sin importarles lo rico que pudiera ser; pero Nicodemo huyó del palacio al ver que no podía conseguir nada más. Aquel juicio era una farsa. No sólo se había celebrado de noche, lo cual era ilegal, sino que tanto el juez como el acusador habían manifestado en cada instancia su convicción en la culpabilidad del reo. La declaración de bar-Abbás estaba preparada de antemano y nadie se la refutó, y no se había nombrado un defensor para Jesús, como debe hacerse en un juicio capital.
La votación fue rápida. Todo lo que se necesitaba era una mayoría de dos para condenarle. Como podía predecirse, el resultado fue unánime. Ni siquiera se tomaron la molestia de hacer que los jóvenes votaran primero, como era la costumbre, a fin de que no se dejaron influir por los ancianos.
Ni tampoco se tomaron tiempo para deliberar.
«lA muerte, a muerte, a muerte!» Era casi un coro, y cada vez que estallaba aquel grito se me contraía la garganta. No culpable», sino «a muerte» votaban, aunque no podían ejecutar la sentencia por sí mismos. Si la responsabilidad hubiera sido suya, tal vez habrían vacilado en su juicio.
El veredicto no afectó al parecer a Jesús. Cuando le cubrían los ojos con un paño como a cualquier condenado a 'muerte para llevarle ente Pilato no protestó. Yo le miraba implorante, pero creo que ni siguiera lo advirtió, Les dejaba hacer lo que quisieran con él. Ahora bien, yo no iba a soportarlo.
Cuando ya se disponían a sacarle de allí recordé lo que mi padre y Gamaliel me habían dicho sobre la justicia judía, y rápidamente me adelanté hacia el tribunal antes de que éste se retirare. Me miraron con incredulidad.
—En el caso de una pena capital —grité— el acusado tiene derecho a apelar! Se ha de celebrar una segunda audiencia en las veinticuatro horas siguientes, a fin de que sus amigos puedan presentar las pruebas que deseen en su beneficio.
Caifás me habría entregado a los guardias, pero le detuvo un gesto de Anás.
—Adelántate —ordenó éste perentoriamente.
Cuando llegué junto a su estrado buscó bajo la mesa y sacó una bolsa.
—¡Ven, toma esto! —gritó— Es tuyo.
Tendí inseguro la mano. El contenido era pesado, y tintineaba.
—Debes saber lo que es. Tú eres el que administra la bolsa de esa compañía de bandidos.
De pronto comprendí lo que pretendía entregarme. Me eché atrás.
—No quiero nada.
—Cójelo —me ordenó—. Es el precio por tu servicio, el pago tradicional por la información que lleva a la condena de un enemigo del pueblo.
Me cogió del brazo.
—Cuéntalo bien, que hay treinta piezas de plata.
Temblé y eché una mirada a Jesús. Había una débil sonrisa en sus labios, como si recordara las palabras que pronunciara apenas unas horas antes.
—Apresúrate —gritó Caifás— o llegará la Pascua mientras disfrutas de tu recompensa.
—No la quiero —repetí-o Tomadla vosotros.
—No tienes alternativa —dijo Anás—. Es la ley. Métela en la bolsa con el dinero que has reunido para el Hijo de Dios.
Hubiera llorado de vergüenza pues yo no había cometido traición alguna, a pesar de las apariencias. Jesús aún podía salvarse ante Pilato, eso lo sabía yo, sólo con que pensara en los muchos que tenían puestas sus esperanzas en él.
Y así nos dispusimos a ir ante Pilato, pero no antes de que sus captores le escupieran al rostro y le abofetearan diciendo perversamente: «Puesto que eres un profeta, profetiza quién te ha golpeado». Él no se apartó, ni se secó los esputos del rostro.
Al salir del palacio, todos empujando a Jesús, vi a Pedro que se escurría entre las sombras y luego oí el canto del gallo que anunciaba el gris amanecer. Pedro lo oyó también; un gesto de horror cubrió su rostro y echó a correr mesándose el cabello con desesperación. Así vi por última vez al que tenía las llaves, a aquel a quien llamaban la Piedra.
La procesión recorrió rápidamente unas calles que comenzaban a cobrar vida. Aparte los levitas que antes nos acompañaran se habían unido muchos más, lo que ya formaba una multitud impresionante. Jesús no llevaba sandalias, y sus pies sangraban debido a las piedras de la calle pero ellos no se detuvieron ni me permitieron que le diera las mías.
—Es el Rey de los judíos —se burlaban—. Que camine, pues, como un rey.
En un instante podía haber terminado con todo esto, haberles serenado como hiciera con las olas del Mar de Galilea, y desaparecido como en aquella ocasión en que le cercaba la multitud. Pero… no hizo nada.
Pocos en Jerusalén conocían aún el destino de Jesús pues, así como se hacía de día, le ocultaban a la vista de los curiosos, y aquello parecía únicamente otra procesión religiosa dirigida por Anás y Caifás.
Los guardias habían advertido ya a Pilato, y éste nos aguardaba con su séquito fuera del Pretorio, junto a la entrada de la fortaleza. Como siempre, había mofa en sus ojos y una mueca burlona en los labios finos y pálidos. Con aquella nariz romana parecía un halcón a punto de caer sobre su presa.
Repasó con curiosidad todo aquel gentío, inclinando brevemente la cabeza ante el saludo de los sumos sacerdotes y mirándome con sorna. De pronto se endureció su rostro. Sus ojos habían distinguido la figura sucia y repugnante de bar-Abbás.
Traedme aquí a ése! —gritó.
Bar-Abbás fue empujado hasta hallarse entre los dos sacerdotes. Pilato le miró con dureza.
—Este hombre es doblemente traidor. Yo le sentencié a muerte en la cruz, una muerte demasiado buena para el que ha traicionado a Roma que tan bien le utilizó.
Anás alzó la mano en gesto de conciliación.
—Sólo en apariencia —dijo— A nosotros nos ha servido bien y, de no haber sido por este hombre, los zelotes habrían causado mucho más daño a las guarniciones romanas. No hubo un solo movimiento del que no nos tuviera informados.
El rostro de Pilato seguía grave.
—Dirigió ataques contra nuestros hombres en Jericó y en todas partes.
—Sólo con objeto de disimular. Si su celo hubiera sido menor, habrían sospechado de él mucho antes.
Qué despreciable, pensé, ese engaño y traición mediante los cuales nos había sonsacado nuestros planes secretos.
—¿Por qué le defendéis? —preguntó Pilato. Anás se sobresaltó por un instante.
—Porque, en esta tierra de descontentos y traidores, mal nos iría si prescindiéramos de hombres como bar-Abbás.
Pileta se irguió imperiosamente.
—La sentencia sigue en pie. Ahora ¿qué es lo que pretendéis con este Jesús de Nazaret?
—Le hemos hallado culpable de blasfemia y sentenciado a muerte.
Y venís a confirmar esa sentencia. Pero ¿blasfemia contra quién?
—Contra el Dios de Israel.
Pilato se encogió de hombros y de nuevo observé cómo disfrutaba zahiriendo a los judíos.
—¿Cómo puede blasfemar de lo invisible? Vosotros habéis visto a mi dios, el invencible Tiberio, pero nadie ha visto al vuestro. Así, ¿cómo puede pecarse contra él?
—Se llama a sí mismo Hijo de Dios y, como tal, estaba dispuesto a iniciar una revuelta contra el gobierno.
—¡Ah, eso es distinto! —y su rostro se puso muy solemne, como si fuera una novedad para él.
—Le descubrimos pervirtiendo a la nación, prohibiendo al pueblo, en especial a los amaretzin, que pagaran los impuestos a Roma, y diciendo de sí mismo que es el Mesías, es decir; el Rey de los judíos.
Pilato dio unas palmadas.
—Que se adelante el prisionero. Se abrió un espacio entre la muchedumbre y Jesús, con las manos atadas, avanzó groseramente empujado por los guardias.
Jamás me sentí más orgulloso de él que en ese momento. Permanecía erguido y fuerte, los ojos descubiertos ahora.
Incluso con su sencilla túnica tenía tal majestad que todos disminuían a su lado. La sonrisa despectiva de Pilato se desvaneció ante esta dignidad.
—¿Así que tú eres el Rey de los judíos? Jesús le devolvió la mirada sin inmutarse.
—Tú lo has dicho.
—Me dicen que eres el Hijo de ese Dios invisible que adoran los hebreos. Jesús no respondió. Pilato repitió la pregunta. —
¿Dices eso por tu cuenta —preguntó Jesús suavemente.
—¿Soy yo judío para saber eso por mí mismo? Ellos te han entregado a mí atado como un criminal peligroso; por tanto debo suponer que has hecho algo para merecer este tratamiento.
—Me persiguen por sus propias razones.
Pilato sonrió, mirando con ojos de cobra a los sumos sacerdotes.
—¥ ¿por qué habrían de hacerlo?
—Porque yo hablo del Reino de los Cielos, y ellos son tan sólo de este mundo.
La frente de Pilato se frunció en arrugas profundas.
—¿Qué pruebas tienes de ese Reino de los Cielos?
—Está en todas partes, dentro de ti y de todo el mundo, pues revela al Padre interior.
Pilato todavía frunció más el ceño.
—Hablas en acertijos. ¿Quién es ese Padre, y qué significa eso de interior? ¿No sabes que está en juicio tu vida?
—Nadie puede quitarme la vida a menos que yo lo permita. Pilato se echó a reír maliciosamente.
—Eso ya lo veremos. Pero ahora háblame de ese Padre tuyo. También es tu Padre y mora en ti. —Le miró desconcertado, inseguro de que Jesús se burlara
de él. Señaló a Anás y Caifás, que se habían retirado a un lado con gesto hosco.

— —Esos dos sacerdotes que te han traído encadenado ante mÍ… ¿también mora tu Padre en ellos?
— Jesús miró a los dos, y había desprecio en sus ojos.

— —Estos se burlan del Padre con sus actos. Sin embargo aún pueden hallar la salvación si se arrepienten.

— Pilato hizo un gesto de impaciencia.

— —Nos alejamos de nuestro tema. Se te acusa de resistir a la autoridad del emperador y de planear la insurrección. ¿Qué dices tú a eso?

— Antes de que Jesús pudiera contestar habló Caifás.

— —Recuerda que también está acusado de blasfemia, pues afirma ser el mismo Dios.

—¡A un procónsul de Roma —gritó Pilato— no le interesan vuestras mezquinas discusiones! Vosotros, los judíos, siempre estáis discutiendo.
Como Caifás abriera la boca para seguir hablando, el romano le rechazó.
—Deja que conteste este hombre. Este no es juicio judío, en el que el acusado se ve juzgado de antemano por los astutos traidores, sino un juicio romano, cuyo único fin es hacer justicia.
—Sus ojos recorrieron orgullosamente la asamblea— Nosotros, los romanos, defendemos la justicia. Si este prisionero fuera ciudadano romano podría apelar su sentencia ante el mismo emperador en Roma. Pero aun aquí yo represento al emperador y se hará justicia.
Era un noble discurso, pero yo conocía lo suficiente a los romanos para saber cómo tergiversaban la verdad.
¿No se había declarado Julio César fiel a la República mientras conspiraba para hacerse rey? Su heredero, Augusto, a la vez que alardeaba de ser amigo del Senado, le había privado sutilmente de todos sus poderes. y ¿no sería ahora emperador Sejano, el patrocinador de Pilato, si el mismo emperador no hubiera sido más astuto que él? Que Pilato se divirtiera. No engañaba a nadie ni pretendía hacerlo. Jugaba con nosotros como si :fuéramos marionetas.
—Ahora dime exactamente cómo tratabas de derribar a Roma.
Como Jesús permanecieron en silencio continuó:
—Con seguridad debes saber que es tan reprensible el pensar siquiera en la traición como el cometer un acto declarado de rebelión.
Mediante aquella actitud amistosa, que nos sorprendía a todos, Pilato evitaba la confrontación que había sido todo mi designio.
Ni una vez me había mirado Jesús, pero ahora alzó la vista y clavó sus ojos en mí.
—No vine para una confrontación con Roma, sino para otro Armagedón.
—Este acertijo es cada vez más confuso —dijo Pilato—. Si no te enfrentas con Roma ¿con quién entonces? Si sólo se trata del Templo es asunto puramente de los sacerdotes.
Jesús seguía pasivamente de pie con la cabeza ligeramente inclinada.
—¿Cuál es esa confrontación de que hablas? Dijo Pilato.
—Entre el bien y el mal.
Me animé pues ¿qué otra cosa quería decir esto sino la libertad contra la tiranía?
Los oji11os de Pilato se llenaron de pronto de malicia.
—y supongo que tú eres el bien y nosotros somos el mal.
—Yo hablo del bien y del mal dentro de cada uno de nosotros. Tenemos únicamente jurisdicción sobre nosotros mismos. Por eso traigo la bendición del Padre para todos aquellos que reflejen el bien que hay en ellos y rechacen el mal que proviene de la falta de fe.
—¿Cómo sabemos lo que es el bien y el mal, a menos que sea bueno o malo para nosotros? Dime, Jesús. —Por primera vez le había llamado por su nombre, como para elevarle de la ínfima categoría de los acusados sin rostro.
—Para esto nací —dijo Jesús— para dar testimonio de la verdad.
—y ¿qué es la verdad?
—La verdad —repuso Jesús— es Dios. Pilato apretó los dientes.
—Siempre volvemos a lo mismo ¿no es cierto? La verdad es Dios, y Dios es la verdad. ¿Qué prueba eso?
—En el amor encontramos la verdad. No hay mayor amor, ni mayor verdad, que el dar la vida por los amigos.
—¿Llamas tus amigos a Caifás, y a Anás, y a Judas? Sin duda estás loco. ¿Cómo hablas de dar tu vida? Tú no mueres a menos que Roma decida que mueras. El Sanedrín no tiene poder de vida o muerte a menos que se lo dé Roma.
—Mi fin fue decidido mucho antes por un poder superior. También para eso nací.
—Todos morimos, más pronto o más tarde —aceptó Pilato—
¿por qué ha de ser tu muerte distinta de la de los demás?
¿Ignoras que en unos cincuenta años todos los de esta asamblea habrán muerto y el mundo será distinto porque ellos vivan o mueran?
Se puso de pie, indeciso, sin confiar en Jesús, pero sin querer ceder tampoco a los deseos de los sumos sacerdotes y sus partidarios. Creía yo ver incluso los pensamientos que cruzaban por su mente: Sólo con que este hombre se hubiera mostrado desafiante, yo habría acabado rápidamente con él. Señaló el Pretorio, donde los piadosos judíos no se atrevían a entrar.
Hablaré con él lejos de la multitud —dijo.
Los sacerdotes se miraron inquietos cuando, con un gesto, me indicó que le siguiera.
Jesús y yo íbamos uno al lado del otro, pero él miraba al frente como si yo no existiera.
Pilato me miró de arriba abajo hasta hacerme sentir desnudo ante él.
—Dime, Judas Iscariote, ¿por qué has traicionado a este inocente?
Abandoné todo disimulo.
—Yo sólo quería que se declarara por lo que es! —grité—. Eso es lo que siempre he deseado!
Su expresión era firme y amenazadora. Declararse ¿con qué propósito? —
—Con el propósito para e1 que vino a este mundo.
—y ¿cuál es ese? —Me golpeó en el rostro—. No me vengas con trucos a te enviaré a la cruz.
Me volví a Jesús pero él seguía inmóvil, como si estuviera solo.
—Moriría gustosamente por él! —grité.
—Tal vez te conceda ese deseo —dijo Pilato hoscamente.
—Todo Israel sabe por qué ha venido el Mesías.
—Todos menos él, ¿no es cierto?
—Volvió sus ojos penetrantes hacia Jesús—.
¿Qué dices tú a toda esta palabrería?
—Se había sentado ahora en el tribunal y reflexionaba sombrío cuando uno de sus guardias se le acercó y le entregó una tira de pergamino. La leyó en voz alta y en latín, como estaba escrita, pues venía de su esposa, Claudia Prócula. Jesús no tenia problemas para entender esa lengua, ni ninguna otra en realidad.
—«No te metas con ese justo pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él»
Quedó como hechizado.
—¿Qué dices a esto, Jesús de Nazaret?
El rostro de Jesús brillaba, radiante de emoción.
—Por este día tu esposa hallará un lugar en los cielos aunque sea gentil, merced a la preocupación que ha demostrado por el Hijo del Hombre en el día de su juicio. Pero el Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir, y a dar su vida para redención de muchos.
Pilato acercó la cabeza, en forma de bala de cañón, al rostro de Jesús.
—No te entiendo. He sido soldado romano durante treinta años y he luchado con muchos valientes; sin embargo tú eres el primero que he conocido que no teme a la muerte.
Yo acepto su voluntad y voy a su casa. Pilato me miró perplejo.
—Veamos qué clase de rey es —y ordenó a los guardias que se adelantaran con un simple giro de la muñeca.
—Dicen que este hombre es el Rey de los judíos. ¿Queréis vestirle para la ocasión? .
Los guardias le miraron con cierta reserva; luego, decidiendo que no pretendía burlarse de ellos, se echaron a reír.
Quitaron a Jesús la sencilla túnica de lino y le pusieron un manto púrpura mientras él permanecía sin protestar, una expresión resignada en el rostro. Luego, formando rápidamente una corona con varas de espino, se la pusieron en la cabeza.
Tropezando unos con otros en su afán por divertirse, empezaron a saludarle: <<Salve, Rey de los judíos!».
Mientras Pilato les miraba impasible le golpeaban en la cabeza con una caña como si estuvieran nombrándole rey y, sin cesar en sus risotadas, se arrodillaban en el suelo en torno, en un torpe remedo de adoración. Algunos le escupían cantando jubilosamente: <<Ved cómo ungimos al "Ungido de Dios!»
No pude soportado más y corrí a situarme entre él y los que le atormentaban.
Alzaron las espadas y me habrían matado pero Pilato gritó
—¡Ya basta.
Se volvió a Jesús con curiosidad, viendo que la sangre le corría de la boca en el punto en que le golpeara un soldado.
—¿Ves lo que puede ocurrirte si no me dices la verdad sobre ti mismo?
—Solo la verdad reconoce la verdad.
—No sé qué hacer contigo —suspiró Pilato—. La vida de un judío nada significa para un romano, no más que la de un griego o un germano. Menos aún, cuando pienso en las provocaciones que tengo que soportar; pero todavía no estoy convencido de que tú supongas un problema para Roma. Si lo fueras —y se pasó la mano por la garganta— pronto dispondría de ti.
Se habían burlado de Jesús, le habían escarnecido y golpeado brutalmente y pronto le darían de latigazos; sin embargo no reclamaba a los cielos el poder de que blasonaba.
—Jesús —le rogué con una voz que incluso a mí me sonó extraña_ l1ama a esas legiones del Señor y aniquila a los filisteos.
Pilato le miraba con curiosidad.
—Sí, llama a tu Señor y que me mate por el modo en que te he tratado aquí este día.
Jesús le devolvió la mirada con ojos serenos.
—Tú estás tan cerca de la muerte como yo o como cualquiera en realidad. Pues tus días también están contados.
Pilato pareció asustarse por un momento.
—Esto es un truco. No creas que soy uno de tus cobardes judíos fáciles de sugestionar por cualquiera de tus profecías.
¿Cómo te atreves a profetizar sobre el que tiene poder de vida y muerte sobre ti?
Había la hue11a de una sonrisa en los labios de Jesús.
—Porque yo hablo por aquel que tiene poder de vida y muerte sobre ti y sobre todos los hombres. Sin embargo el que oye mi palabra tiene vida eterna, aunque haya pasado de la muerte a la vida.
—De la muerte a la vida… ¿qué tontería es ésa?
—Por esta razón he venido y por esta razón me voy, y nadie causa mi muerte, sólo el modo en que he de morir, y tal vez se arrepientan si les es dado hacerla.
—Eres un hombre muy curioso —dijo Pilato—: —Aun que te ponga en la cruz ¿no me odiarás por ello?
—Tú te odiarás con el tiempo. Tu reino no será entregado a otros pueblos sino que caerá en pedazos, y esos pedazos se reunirán después hasta el juicio final.
Pilato estaba ahora pensativo.
—Según la ley romana deben hacerse las preguntas tres veces para que el acusado pueda reflexionar en la respuesta si es preciso. Te lo he preguntado antes, y ahora te pregunto de nuevo: ¿Por qué quieres morir? ¿Por qué?
Jesús suspiró.
—Muero para nacer de nuevo. Todo Israel debiera saberlo pero ay! no me han escuchado, como tampoco escucharon a los demás profetas, ni al Padre. Pero vendrá un tiempo en que escucharán con otros, pues el mundo no tendrá más alternativa que la destrucción.
Pilato agitó la cabeza.
—Eres un dilema que me gustaría conservar con vida, para averiguar más y para poder dar gusto a mi esposa. Pero veo en ti cierto peligro para la paz del pueblo y del gobierno. Pues tienes poderes extraños sobre los romanos también, y no confío en eso.
Frunció el ceño en gesto colérico.
—¿Qué dirías si te dejara ir? Jesús le miró serenamente.
—No tienes intención de soltarme. Las cejas de Pilato se alzaron de sorpresa.
—¿Cómo lo sabes?
—Sé lo que ha de suceder al Hijo del Hombre.
La confrontación estaba resultando todo lo contrario de lo que yo había imaginado.
—Hablas —dijo Pilato— como si ya no estuvieras aquí. Jesús le miró desapasionadamente.
—Ni aun creyéndome inocente me dejarías ir.
—Puedo hacer lo que quiera contigo —dijo el romano bruscamente. Le miraba meditabundo—, Pero por Claudia Prócula, por el centurión Cornelio y por algunos soldados a los que he oído hablar de ti, veo un peligro para Roma. Dime que no seguirás predicando y que dejarás de incitar al pueblo con ideas peligrosas.
Cristo agitó la cabeza lentamente; había en sus ojos una mirada compasiva.
—La obra de mi Padre prevalecerá un día.
—No me dejas alternativa. Se volvió ahora a mí.
—Tú eres testigo de que le di su oportunidad y no la aprovechó.
—Yo sólo doy testimonio de él —dije—, ¿Por qué permitiste que tus soldados le escarnecieran si querías ayudarle?
Me miró furioso.
—Les odio por lo que han hecho, pero no puedo obrar de modo distinto. Debo demasiado a Roma—. Se volvió a Cristo—. Hemos hecho aquí todo lo posible. Ahora te devuelvo a los sumos sacerdotes, y a ver qué hacen ellos contigo.
Le encantaba burlarse de sus judíos como él los llamaba. Ahora volvió a sacar a Jesús al exterior y una vez más puso a prueba a la multitud.
—Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo y, habiéndole interrogado, no hallé en él delito alguno de los que alegáis contra él. —Hizo una pausa—, Es intratable, pues no aprecia la autoridad de Roma, pero por eso yo le azotaría y le soltaría, pues no encuentro razón para condenarle a muerte.
¡El hipócrita, pensé, jugando con la multitud acerca de la vida de un hombre que parecía defender, cuando su decisión ya estaba tomada debido a su propio interés por su situación en Roma!
La multitud siguió el juego pues también ellos estaban bien adiestrados.
—¡No, no! —gritaron-o ¡Crucifícale, crucifícale! Ha pecado contra Dios.
—Tomadle vosotros y crucificadle —dijo Pilato ,pues yo no hallo crimen en él. Ha violado vuestra ley, no la de Roma.
Había un brillo malicioso en sus ojos y comprendí que de nuevo se burlaba de ellos. Las súplicas de su esposa le habían hecho pensar, pero los soldados de Roma no dan crédito a un simple sueño.
—Nosotros tenemos una ley —dijo Caifás— y según esa ley debe morir.
—Entonces lapidadle o estranguladle según vuestra ley y dejad la ley romana a los romanos.
Habló Anas.
—De antiguo se ha dicho que el que blasfema el nombre del Señor será condenado a muerte, y toda la congregación le apedreará.
Pilato adoptó de nuevo su postura favorita, las manos en las caderas y una sonrisa burlona en los labios.
—Ahí tenéis a vuestra congregadón. Le apedrearán en cuanto se lo digáis. ¿Por qué molestar a Roma?
—Porque sería ilegal.
La risa de Pilato era amarga.
—De modo que lo queréis legal. ¿A quién pretendéis engañar?
—El supone una amenaza para tu cargo en Israel. Los ojos de Pilato se estrecharon en dos ranuras.
—No me hables de mi cargo, viejo; recuerda más bien tu posición o lo haré yo.
Se volvió ahora a Jesús que permanecía majestuoso con su corona de espinas y el manto escarlata a los que él prestaba dignidad, aunque se los hubieran impuesto cruelmente.
—Dime quién eres y por qué fuiste enviado. Pues tengo autoridad para crucificarte o dejarte en libertad.
Jesús le contestó:
—No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto; por eso los que me han entregado a ti tienen mayor pecado.
—Quería decir Caifás, eso lo vi yo en sus ojos. Pilato se rió groseramente.
—Eso es bien cierto. Pero no deseo darles lo que quieren pues me utilizarían, aprovechándose de mi temor a las insurrecciones y creyendo que no lo sé.
Anás mantuvo su posición.
—Si sueltas a ese hombre no eres amigo del César. Pues todo el que se hace rey va contra el César.
El rostro de Pilato se tornó escarlata.
—Ningún judío puede dar lecciones al procónsul de Roma sobre cómo servir a su emperador.
Advirtiendo el retraso, y sin saber la causa, la multitud inició de nuevo su rugido: «¡Quita., quita! Crucifícale, crucifícale!».
El los miró burlonamente.
—¿A vuestro rey voy a crucificar? Mirad qué majestuoso está con su manto y su corona.
Anás y Caifás se denigraron ahora por completo.
—No tenemos otro rey sino a César —gritaron. Pilato los miró con desprecio.
—Si se necesita la vida de este hombre para probar vuestra lealtad a Roma, entonces todo se hace por una buena causa. —Vaciló y dijo con voz sarcástica—. Antes de condenarle sé que tenéis la costumbre de que os suelte a un preso político por vuestra Pascua. Por tanto ¿queréis que os suelte a este Rey de los judíos, pues verdaderamente parece un rey?
—¡No, no! —gritó la multitud a una mirada de los sumos sacerdotes— Suéltanos a bar-Abbás!
El rostro de Pilato reflejó el disgusto.
—¡Bar-Abbás, ese bandido! y le elegís sobre este hombre amable. Muy bien, os daré a bar-Abbás y todos recordaréis su nombre cuando se recuerde este día.
—¡Bar-Abbás, bar-Abbás! —gritaron todos, como si aclamaran a un héroe.
—Que su sangre caiga sobre vuestras cabezas, no sobre la mía! —gritó a su vez Pilato.
El pueblo, todos amigos de los sacerdotes, gritaron según era la costumbre en Israel en una ejecución:
—Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
—Es de vuestra sangre, no de la mía —dijo Pilato de nuevo. Envió a buscar una jofaina con agua y se lavó las manos en ella— Me lavo las manos de la sangre inocente de este justo.
Entonces escribió con letras muy grandes para que lo colocaran sobre la barra transversal de la cruz que entregaban a Jesús '
«Éste es Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos.» Caifás miró furioso la inscripción.
—No escribas Rey de los judíos, sino que él ha dicho «Soy Rey de los judíos.
Pilato respondió con ira.:
—Lo escrito, escrito está.
Ahora comprendí lo que él había hecho. Pues, al poner este epitafio sobre Cristo, justificaba la crucificción a la vez que echaba la culpa a los judíos.
—Tú le odiabas! —grité cuando nos separábamos—, Desde el principio sabías cómo acabaría esto. Lo de bar-Abbás no fue más que una farsa. ¿Por qué?
En su rabia pensé que iba a atravesarme con la espada.
—¿Que por qué? Por la misma razón que tú le traicionaste, idiota! Porque le tenía miedo. Porque es preciso destruir lo que no podemos controlar.
—Pero yo le amaba.
—¿Amar? ¿Qué sabes tú del amor? Si le hubieras amado habrías querido 10 mismo que él.
¿Cómo podía juzgar este romano lo que representaba Jesús?
—Si él hubiera sido en realidad el Rey de los judíos, tú no habrías podido matarle.
Un brillo asomó a aquellos ojos fieros.
—Pues sí era el Rey de los judíos, y tú no le conociste. —Siguió murmurando entre dientes—: Era una amenaza para Roma. Mi propio centurión vino a suplicarme por su vida; mi esposa me pidió que le perdonara. Afectaba demasiado al pueblo. Dentro de nada habría estado volcando las mesas en Roma. No sé cómo, pero todo lo que sé es que es cierto. Ese hombre solitario vale por una docena de emperadores. Ahora vete, y vive con lo que has hecho, como yo habré de vivir también.
Cuando se alejaba, mirando por última vez de soslayo a la figura solitaria que se arrastrada por aquella vía polvorienta, oí el resonar de las trompetas del Templo que anunciaban el mediodía antes de la Pascua, cuando los sacerdotes empezaban a sacrificar el cordero pascual a Dios, y recordé aquel momento, aunque parecía hacia siglos, en que el Bautista dijera señalando el hombre solitario que venía por las colinas: «He aquí al Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo».

18 - La crucifixión

Aunque no pasaba mucho del mediodía los cielos se habían oscurecido y el sol, que brillara momentos antes, había desaparecido tras un banco de nubes. Un silencio cargado de inquietud llenaba el aire. El canto de los pájaros había cesado, e incluso habían desaparecido los buitres que giraban en círculos sobre nuestras cabezas. Las figuras que colgaban a cada lado de Jesús habían sido descritos como ladrones, Pero en realidad eran prisioneros políticos que, oh ironía! iban a morir junto al hombre al que habían traicionado. A un lado estaba el discípulo renegado Dimas y al otro Gestas, también uno de los setenta, pero que ahora insultaba a Jesús.
—Hijo de Dios, libérate! —gritaba.
Jesús no parecía oírle. Gotas de sudor le corrían por el rostro hasta ir a perderse en su barba. Sus ojos azules, en tiempos tan llenos de ternura, estaban ahora vidriosos por el dolor, Sin embargo, y viendo cómo perdía las fuerzas, yo me negaba a creer que no pudiera librarse a voluntad. Como el hombre que se está ahogando recuerda los momentos culminantes de su vida, así recordaba lo que me dijera cuando dudé de él. «No temas, Judas; levanta la piedra y allí me encontrarás, alza la roca y allí estaré.
Creyendo en los profetas habíamos creído que, gracias a él, quedarían destruidos nuestros enemigos y que Israel levantaría un trono al Dios único en el día del juicio final.
Yo había endurecido mi corazón para someterle a aquella confrontación pero, el mirar su rostro agonizante que una vez besara con reverencia, sentí que el corazón se me ablandaba.
«Si os he hablado de las cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis cuando os hablo de las cosas celestiales?»
Pero yo había creído; yo, entre todos, había creído. ¿Por qué otra razón le había desafiado? Pues yo le amaba más que los otros. Mi amor era más grande, porque yo le exigía mucho más.
y ahora los groseros bárbaros de Roma le escupían y le golpeaban, Sentíanse felices de engañarle, ofreciéndole una copa de agua y luego retirándola rápidamente cuando él inclinaba h cabeza para beber.
—Si éste es el Rey de los judíos —gritaba uno— no me extraña que el pueblo judío sea el más despreciado!
Llevaba ya tres horas en la cruz y el sol ardiente le cala sobre la cabeza, desnuda a excepción de la corona de espinas. Los clavos crueles se hundían en su carne, el cuerpo torturado se extendía agonizante sobre el árbol en el que estaba clavado. Yo suplicaba a Dios, que le había abandonado, que le concediera pronto el don del olvido. Pero aún, el fin no estaba aquí.
Con sólo extender la mano podía tocar los pies sangrantes a los que yo había negado el consuelo de los ungüentos. Qué mezquino y pequeño había sido al escatimarle todo consuelo! Yo, que estuve en el glorioso principio y ahora presenciaba el terrible final. Los romanos habían examinado mis credenciales del Templo y me habían dejado pasar. A José de Arimatea, considerado buen amigo de Pilato porque conocía a su padre, le habían permitido cruzar las puertas de la ciudad hasta el Gólgota con un grupo que incluía a María, la madre de Cristo, María Magdalena, a la madre de Marcos, a Nicodemo y el discípulo Juan. Estaban también los dignatarios del Templo y sus seguidores. De otro modo no habría habido más que los romanos para verle morir.
Al resto de la muchedumbre, y por temor a las demostraciones, sólo se les había permitido llegar hasta las puertas, Había habido un gentío considerable, muchos llorando cuando le seguían. Pues a mediodía del viernes, víspera re de la Pascua, todo trabajo había cesado en la Ciudad Santa , y los amaretzin, que aún amaban a Jesús, se habían unido a la marcha en cuanto el rumor corriera como el viento.
Vi a Susana entre la gente, y sollozaba como si hubiera perdido a su único amigo, Como de costumbre los gemidos de las mujeres eran los más profundos y Jesús, disimulando su propia angustia, se había vuelto a acallar sus lamentos.
—Hijas de Jerusa1én —les había dicho— no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque días vendrán en que se dirá: Dichosas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no amamantaron. Entonces dirán a los montes: Caed sobre nosotros. Y a los collados: Ocultadnos, Porque si esto se hace en el leño verde, en el seco ¿qué será?
Podía excusársele que no hablara con toda claridad pero aun así era obvio que su corazón estaba amargado y que hablaba de las grandes calamidades que su Padre enviaría sobre un mundo impenitente.
Se había visto obligado a llevar su propia cruz pero, en un momento dado, un viejo que pareció compadecerse al verle vacilar preguntó si podía: llevar la cruz por él. Los romanos se habían reído a carcajadas a la vista de aquel anciano decrépito que quería tomar la carga sobre sus hombros frágiles, pero habían aceptado porque les resultaba algo cómico. Yo me adelanté para estrechar la mano de aquel hombre y entonces vi de quién se trataba y me detuve en seco. Era mi viejo capataz, Simón de Cirene, que había de recorrer este último kilómetro con el Maestro.
Pero ahora no había nadie que compartiera la cruz con él. Los que pendían a cada lado no podían aliviar su carga, ni él podía ayudarles. Me apenaba observarle. Su cruz era más alta que las otras, Los pies se alzaban a un buen metro del suelo, con lo que la tensión era casi insoportable. y sin embargo, aparte cerrar los ojos de vez en cuando, no daba pruebas de sus sufrimientos.
Habían hecho bien los romanos en impedir el paso a la multitud. De otro modo los amaretzin, que le amaban, con seguridad que le habrían soltado de la cruz, y las legiones romanas se lo habrían hecho pagar con creces sin que el resultado se hubiera alterado en lo más mínimo.
Por suerte para mis propias emociones, la capucha me ocultaba el rostro. Pero los que agonizaban con él no estaban así ocultos a las miradas de los profanos. Pude ver las lágrimas de José, pero Juan y María, la madre, tenían los ojos secos, aunque sus rostros estaban pálidos y con. Traídos. Parecían rezar. Oí que Juan recitaba entre dientes las profecías que anunciaban su venida:
—«Fue oprimido y afligido, pero no abrió la boca, Fue llevado como un cordero al matadero, y lo mismo que el cordero no protesta ante sus carniceros tampoco él abrió la boca, Fue llevado de la prisión y del juicio. Y ¿quién declarará esta generación? Pues fue llevado de la tierra de los vivos. Por la transgresión de mi pueblo ha sido golpeado.
Los demás se unieron a la plegaria. Quizá fuera por aquel cielo tormentoso o por la solemnidad del momento, pero los soldados romanos se interrumpieron en sus burlas y se inclinaron inquietos sobre sus lanzas.
—No me gusta el aspecto del cielo —dijo uno, y en realidad casi parecía de noche. De pronto un aura rojiza lanzó su sombra amenazadora sobre la tierra.
—¿Será verdad que su Dios está airado por lo que hacemos aquí hoy?
La idea era tan absurda que, aliviados, volvieron a reír y a burlarse de nuevo. Jesús se agitó al oírles y un gemido escapó de sus 1ablos. Con gran sorpresa por mi parte vi , que un centurlón, inmóvil y callado hasta ese instante, se acercaba a la cruz y le aproximaba a la boca una esponja empapada en vino. No me había fijado antes en este romano, pues todos me parecían iguales con sus yelmos y corazas. Pero ahora, con sobresalto, vi que era el centutión Camelia a cuyo siervo curara el Maestro a pesar de mis objeciones, Apretaba duramente los labios y parecía más pálido que antes pero, por otra parte, sus rasgos seguían firmes, con la expresión pétrea del legionario.
Sólo tenía ojos para el hombre clavado en la cruz, Los demás no existían pata él. Eran sólo bandidos, judíos, apresados en el momento en que robaban, Aunque, por su. puesto, no se mencionaba que los habían cogido robando armas en los arsenales romanos, puesto que tal hecho los habría calificado de patriotas. Los romanos hacían' todo un arte de la degradación de sus enemigos antes de la destrucción total.
Gestas el idumeo, que soñara como yo con otro Macabeo, increpaba en su delirio al Maestro, Le perdoné pues comprendía que, en su agonía no sabía lo que decía:
—¿Cómo puedes salvarnos, Jesús de Nazaret, si no puedes salvarte a ti mismo?
Pero el otro, el judío sitio Dimas, reconvino a su compañero diciendo débilmente:
—¿No ves que sufre como nosotros? Debíamos pedirle perdón por haberle juzgado mal, pues él nunca compartió nuestro modo de pensar, Pero aún podemos hallar la salvación gracias a él. Mira cómo se enfrenta a la muerte con una sonrisa.
Algunos dicen que los agonizantes tienen una clara visión de la verdad en sus últimos momentos, ¿Acaso fue Dimas favorecido así en la cruz? Sus ojos fueron a caer en el letrero sobre la cabeza de Jesús que decía: «Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos>.
—El tuyo era un Reino más grande y nosotros no lo supimos, Señor, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino.
Del fondo del espíritu eterno de Jesús surgió una sonrisa de ánimo:
—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso, Pues tu fe te ha hecho libre.
Fue la última vez que hablaron.
Los dos zelotes entraron en coma. Llevaban horas colgando de sus cruces antes de que Jesús fuera crucificado. Las autoridades del Templo tenían gran empeño en que todos murieran antes de la puesta de sol, para que no se violaran el sábado y la Pascua. Qué hipócritas eran!
Como era costumbre los soldados cogieron unos palos para quebrarles las piernas y costillas a fin de que no hubiera duda de su muerte. Gestas y Dimas ya no daban señales de vida. Sus ojos miraban vacíos, la mandíbula les colgaba inerte mostrando una lengua apergaminada.
Pensé por un momento que Jesús había expirado. Pero se agitó ligeramente d oír el ruido macabro de los huesos rotos.
Ningún sonido salió de sus labios. Los romanos descolgaron los cuerpos y los dispusieron para la tumba común. Miraron inquisitivamente a la figura solitaria allá en lo alto, pero Milo, el centurión al mando, tras cruzar una mirada con Cornelio, —agitó la cabeza.
Jesús languidecía rápidamente, aunque aún vivía. Era una señal misericordiosa que una víctima muriera en la cruz en tan pocas horas. Pero los sumos sacerdotes, de pie junto a la cruz, seguían escarneciéndole sin embargo.
—Si es el Rey de Israel —gritó Anás— que baje ahora para que lo creamos.
Incluso con aquellos perros ladrando a sus pies, como predijera el salmist0., yo había confiado en que se salvaría. Había curado a los enfermos, y vuelto a la vida a los muertos. Le había visto alimentar a miles, y desaparecer en medio de la gente. Pedro le había visto calmar las olas, y caminar sobre las aguas. Era un hombre de milagros. ¿.Había algo que no pudiera hacer? Nos había dicho que, con fe en el Padre, todos podríamos mover montañas. Y desde luego, Roma no era una montaña, No había dejado de crecer, ni siquiera cuando le azotaban, ni cuando los clavos agudos se hundían en su carne, que él podía librarse con una palabra, un pensamiento, una plegaria. Ahora vi que sus labios resecos se movían y me acerqué para oír. Recitaba un salmo de, David que comenzaba «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Parecía el fin. Pero ni aun entonces vacilaba su mirada, que parecía buscar algo, Divisó finalmente a su madre y a Juan. Sus labios forzaron una penosa sonrisa y al pasar la vista de uno a otro, vi que me reconocía a pesar de llevar la capucha sobre el rostro.
Aguanté su mirada rogándo1e que se salvara y demostrara que era más poderoso que Roma. Pero de nuevo había alzado los ojos ahora y continuaba con el salmo, no , en arameo, griego o latín, sino el hebreo de sus padres.
—«Soy derramado como el agua, y mis huesos descoyuntados. Mi corazón es como cera y se funde en mi cuerpo.
»—Mis fuerzas se han secado como el barro, mi lengua está pegada al paladar, y tú me has hundido en el polvo de la muerte.
»—Pues me han cercado los perros y la asamblea de los malvados me ha cercado, y han atravesado mis manos y pies,»
Los romanos se reían a carcajadas dándose golpes en el muslo y señalando las palabras Rey de los Judíos escritas en la cruz sobre la cabeza de Jesús.
Milo levantó burlonamente la túnica.
—¿Qué se me ofrece por este manto real?
Todavía se divirtieron más en la pelea subsiguiente por la sencilla túnica que él vestía bajo el manto, y las sandalias atadas con simples cordeles. Este pasatiempo continuó cuando echaron suertes por las ropas desgarradas. Debió haberles oído, pues murmuró con voz apagada:
—«Dividiéronse mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes.
»Pero no te alejes de mí, oh Señor. Apresúrate a socorrerme.
»Su cabeza cayó hacia adelante y dio un gran suspiro. Una sublime expresión cubrió su rostro, como ocurriera después de la transfiguración en la montaña. Tenía una mirada angélica y comprendí con profunda tristeza que nos dejaba. Sus dedos, tensos hasta entonces se abrieron, y todo su cuerpo pareció relajarse. Una tira de pergamino cayó de su mano sin que nadie lo advirtiera.
Me incliné a recogerla antes de que los otros pudieran verla y me la guardé bajo la túnica.
Caifás y Anas aún no habían terminado con él y continuaban dando rienda suelta a su odio, que era lo que les motivaba.
—lA otros salvó —gritó Caifás—, a sí mismo no puede salvarse. Si es el Rey de Israe1 que baje de la cruz y creeremos en él.
No me importó ser reconocido.
—Lo que cuenta no es lo que vosotros creéis, sino lo que es —dije apasionadamente.
Alzaron la nariz con desprecio, sin hacerme caso.
—Llamaba Dios a su Padre —se burló Anás—, pues que su Padre le libre ahora. ¿No decía: «Soy el Hijo de Dios»?
Vi la derrota en aquellos hombros hundidos, en la cabeza inclinada. Advertí la ligero pulsación en su garganta. No hacia esfuerzos por hablar, pero sus ojos se volvieron a su madre que estaba con Juan. Y dijo con voz débil:
—Mujer, he ahí a tu hijo.
Luego pasó la mirada al joven discípulo.
—Amado, he ahí a tu madre.
El discípulo tomó a María de la mano y asintió. Ella se dejó caer de rodillas ante la cruz y dijo débilmente:
—Oh, Señor, cuánto temí este día Pero que se haga tu voluntad y no la mía.
Una sonrisa asomó a los ojos de Jesús, como la que vi en su rostro el día en que bajara de la montaña después de ver al Señor.
Sus labios se entreabrieron ligeramente y dijo: Padre, tengo sed.
Los que estuvimos con él aquel día en el pozo comprendimos lo que quería decir.
Sin entenderlo, José de Arimatea alzó un vaso de vino con hisopo.
Él echó atrás la cabeza y suspiró:
—Todo está terminado. Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
Su cabeza cayó bruscamente hacia adelante y, por increíble que resulte, todo acabó. Luché contra el deseo de bajarle de la cruz y tomarle en mis brazos. Pero no podía moverme..
Finalmente Cornelio rompió el silencio.
—Verdaderamente —dijo— este hombre era justo.
José de Arimatea miró al cielo y sus ojos brillaron bajo aquella luz sombría. Tenía el rostro pálido y hablaba como aterrado.
—Esa es la misma estrella que vi en su nacimiento.
Alcé la vista y vi una sola estrella en el cielo. Era de un rojo fuerte, casi el color de la sangre, y estaba incrustada en una nube blanca y gigantesca que tenía la forma de una cruz.
Vi que José de Arimatea hada la señal de la cruz y comprendí que mis ojos no me habían engañado. Él había visto el mismo signo.
Ahora era casi totalmente de noche y los mismos cielos amenazaban ir a derrumbarse sobre nuestras cabezas. Los romanos alzaron el brazo como pata resguardarse del peligro y luego cayeron de rodillas, todos menos Camelia, rogando fervientemente a Júpiter y a Apolo.
—Él vive! —gritó—. Le veo en brazos de su Padre, y hay una sonrisa en sus ojos! Os digo que vive!
Los soldados le miraron como si estuviera loco. Y entonces el llamado Crito, un mercenario sitio, que era el qUe más se había reído de Jesús, cogió una lanza y la hundió rápidamente en el costado izquierdo del Maestro antes de que nadie pudiera detenerle. '
—Ahora estás muerto —gritó— rey de Satán!
Observé cómo salía la sangre, y luego un chorro de agua, como de una fuente, En mi angustia vi a Jesús como le viera por primera vez, inmóvil y silencioso ante el Bautista mientras éste derramaba el agua sobre él.
Un viento frío me azotó en el rostro. Los árboles temblaban y se inclinaban profundamente ante el vendaval furioso que nos atacaba.
Cornelio —apartó al mercenario y bajó tiernamente el cuerpo mientras José de Arimatea se adelantaba a reclamarlo en nombre de los amigos de Jesús.
Mi cerebro estaba muy confuso pero aún vi vagamente a Caifás y Anás que reían como si el mundo no hubiera terminado, Recordé que Jesús nos había dicho que ofreciéramos la otra mejilla. Pero ¡oh, cómo les odiaba en ese momento y cómo deseaba destruirles!
El cielo retumbaba con estruendo ahora y los rayos cortaban la oscuridad. Cornelio y Juan, con Nicodemo, ayudaban a José a disponer el cuerpo del Maestro.
Me había corrido a un lado del montículo, lejos de José y Nicodemo, y prestaba poca atención a la discusión sobre el entierro. ¿Qué importancia tenía todo, una vez muerto Jesús? Ya se había ido, y con él el sueño de un Israel victorioso. Roma había ganado, como siempre, y todos alabarían a Pilato..
Me encontré solo, los cuerpos ya habían sido retirados y los verdugos se habían ido a toda prisa asustados por la amenazadora tormenta. Los restos de Dimas y Gestas irían a la tumba de los criminales. Yo ya no tenía ánimos para la insurrección. Pues ¿a quién más iba a seguir el pueblo?
Había de irme, Necesitaba hablar con alguien, con cualquiera que le hubiera conocido como yo, y comprendiera que no quería hacerle daño.
Tomé el sendero hacia la ciudad por la puerta de Gennath y pronto me adelanté a los que lo llevaban. María Magdalena había estado llorando y la madre de Jesús le pasaba los brazos en torno, consolándola. La otra María, la madre de Marcos, caminaba silenciosamente entre Juan y N1codemo. José se había apresurado para preparar el sepulcro.
Al oír mis pasos, los ojos grises de Juan se volvieron en mi dirección. Tuve el impulso de hablarle, De todos los discípulos era el más amable, el más imbuido por las palabras de Cristo.
Me miró por un instante; luego se echó atrás como picado por una serpiente.
—Judas —gritó entre dientes— traidor, ladrón, apóstata, asesino! ¿Cómo vives tú cuando aquel al que mataste con un beso está ya frío e inmóvil?
—Él nos dijo que viviría para siempre en la casa de su Padre. No comprendí lo que quería decir. Él lo sabría y me perdonaría si estuviera aquí.
—No hay perdón para aquel por cuya ofensa murió Jesús. Ay de ti, de quien vino esa ofensa!
Y se recogió el borde de la túnica sintiendo asco. La Madre puso la mano en el brazo del discípulo.
—Él dijo que nadie le quitaba la vida. Fue profetizado desde hace siglos. Desde su nacimiento temí este día.
Juan estaba rígido.
—Que perdone el que pueda.
—Piensa en cómo querría él que actuaras.
—Suspiró levemente—. Mi corazón está abrumado, pero le siento en mí ahora.
Juan la cogió del brazo.
—Que viva el traidor, pero que se quite de mi vista. María Magdalena me miró con amargura.
—Perdono a Caifás y a Anás, incluso a Pilato y los demás. Ellos le odiaban porque él tenía a su favor el amor del pueblo, y no sabían lo que podría hacer con él. Pero tú, Judas, en quien él confiaba como en uno de los suyos —sus ojos se clavaban en los míos sin compasión.
—Mucho debe recibirse de aquel a quien mucho se le ha dado. —¿Cuántas veces le había oído decir esto?
—¿Y qué ha recibido él de ti?
Un gemido escapó de mis labios.
—Él te perdonó los pecados, María Magdalena. ¿No puedes tú perdonarme los míos?
—No mientras el recuerdo de ese cuerpo tendido en la cruz esté aún fresco en mi memoria.
No había aprendido nada de él. Nicodemo y la madre de Marcos estaban demasiado abrumados para hacer otra cosa que escuchar.
—Que se vaya —dijo Nicodemo al fin. No es el único pecador entre nosotros.
La Madre del Maestro me tocó ligeramente en la frente.
—De no haber sido tú —susurró— habría sido otro. Él lo sabía. Todo había sido profetizado. La lanza que le atravesaría el costado, los huesos que no le quebrantaron, incluso las treinta piezas de plata. Pero aún había algo más: ¿no, habían profetizado también el perdón? Sin embargo uno debía arrepentirse primero, y ¿cómo se arrepentía uno de un error?
Mis pensamientos eran muy confusos. Si él no era lo que creíamos, entonces, ¿qué era? ¿Tal vez otro Simón el Mago que, según decían, había volado como un pájaro?
¿Qué clase de Mesías era aquel para el que significaban lo mismo judíos que gentiles? Su amado Juan le había llamado el único Hijo engendrado de Dios. Pero cuando los saduceos intentaron atraparle con su historia de la viuda casada con siete hermanos, él dijo que en el cielo todos eran igualmente hijos de Dios.
Yo no había cometido una traición. Cualquiera podía comprenderlo, sabiendo únicamente cómo había comenzado todo. Mi madre siempre se mostró comprensiva hasta que Raquel vino a estropear nuestras relaciones. Si pudiera hablar con mi madre… y ¿por qué no? Me gustaba la idea. Ella no habría vuelto a la casa si aún continuara resentida conmigo.
No estaba muy lejos, Desde la Puerta de Gennath corrí con la cabeza inclinada todo el camino hasta llegar agotado a la casa. Me resultaba extraño llamar a la puerta de mi propia casa, pero estaba inquieto acerca de cómo me recibirían ya que todo el mundo parecía interpretarme mal.
Yo no era bar-Abbás, ni Gestas, ni Dimas. Ellos no le habían amado como yo. Un sirviente respondió a mi llamada.
—Tu madre se sentirá complacida —dijo, tratando de ocultar la sorpresa— Está en su habitación.
No estaba preparado para el cambio que había sufrido en poco más de dos años y medio. Su rostro estaba agotado y descolorido; los ojos cansados y distantes; su paso lento e inseguro.
—Me alegro de que hayas venido —dijo— No sé cuanto tiempo pasará antes de que me reúna con tu padre. Es todo lo que pido ahora.
Me adelanté a besada en la mejilla. y se echó atrás.
—Deja que te mire primero.
—Se mostró satisfecha ~, del examen— No ha sido fácil para ti ¿verdad?
Yo quería abrazarla, enterrar mi cabeza en su regazo y llorar como lo hiciera cuando era niño y sufría. Pero había algo en sus modales que me lo impedía. Raquel estaba irrevocablemente entre nosotros.
Vi la mesa preparada pata la cena.
—¿No quieres ocupar tu lugar a la cabecera de la mesa?
Sólo podía pensar en aquella otra cena de Pascua, hacía veinticuatro horas.
—Debo irme —dije.
—Y ¿adónde irás en esta noche de Pascua? Pareces turbado; quédate y descansa.
No pude contenerme más.
Ellos le mataron, madre! Los romanos le mataron y él no opuso resistencia.
—¿A quién? ¿De quién hablas?
Su voz era extrañamente diferente.
—De Jesús de Nazaret, el Mesías, el Cordero de Dios. Asintió con aire vago.
—Gamaliel me ha hablado de él. Dice que es un hombre bueno, de Dios. Es una lástima —suspiró— pero claro, éstos son tiempos difíciles y mueren muchos hombres buenos. Una suerte, Judas, que nosotros los fariseos creamos en la vida en el más allá. Seguramente será más dulce que este valle de lágrimas.
No me gustaba la indiferencia que veía en ella; era como hablar con la pared. Algo había muerto en mi madre desde que la viera por última vez.
Miré en torno.
—¿y Raquel? ¿Dónde está?.
Había temido la idea de ver1a, pero ahora que no me acosaba ni me lanzaba tristes miradas de reproche, me habría alegrado de hallarla. '
—¿Raquel? —dijo ella como distraída— Hace más de dos años que no la he visto.
Pero ¿dónde puede haber ido? —Estaba atónito, ya que no tenía más amigos que nosotros.
Me miró con ojos vidriosos.
—Ha muerto.
—¿Muerto? —mi corazón amenazaba con detenerse.
—Se mató.
—¿Que se mató? Pero, ¿por qué? —Me hundí en el silencio y luego mi mente empezó a girar como un torbellino cuya misma actividad amenazaba con aniquilarle. En mi locura sentí deseos de golpearme contra los muros—, ¿Por qué había de poner fin a su vida aquella hermosa muchacha? Tenía todas las razones para vivir.
Me miraba con ojos vados.
—Su vergüenza la mató.
—No era un escándalo tan grande —grité— Nadie lo sabía sino nosotros.
—Y es de suponer que el Dios de los cielos, que la tratará con la misericordia que ella no pudo encontrar en la tierra.
—No fue culpa mía, madre. Nadie te culpa.
—Tus ojos me declaran culpable. Tú mismo te condenas, Judas.
—Pero ¿qué fue tan vergonzoso? —Pensé en María Magdalena—. Otras han pasado por lo mismo, y han seguido viviendo.
Ella me miraba como a un desconocido.
—Llevaba a tu hijo en su seno. ¿Cuántas otras han tenido esa experiencia?
La miré con incredulidad mientras se me erizaban los cabellos.
—Mi hijo. Imposible—
—Recuerda bien y encontrarás que no era imposible.
—¿Por qué no enviaste a buscarme? —le supliqué.
—¿Por qué había de verse ella rechazada dos veces?
—Habría vuelto, me habría casado con Raquel, habría hecho cualquier cosa.
Me miró con expresión semejante a la piedad.
—¿Y violado tus sagrados votos? ¿No dejaste bien claro que eso era lo importante? —Agitó la cabeza— No, Raquel soportó cuanto pudo. oremos porque Dios sea más misericordioso que el hombre.
Vacilé, pero tenía que saberlo.
—y ¿cómo murió?
Ahora vi lágrimas en sus ojos.
—¿Importa eso?
—No sé por qué, pero sí; y mucho. Su voz tembló.
—Se ahorcó.
Me eché atrás como si me hubieran golpeado en el rostro.
—Qué Dios tenga piedad de su alma! " Mi madre no pareció haberme oído.
—Quédate para la Pascua —dijo— y vete por la mañana si quieres. Esta noche no es adecuada para nadie.
Escuché el rugido de los truenos sobre mi cabeza y la casa se agitó. La noche acompañaba mi estado de ánimo. Me sentía herido y agotado, como sí me hubieran desgarrado el cuerpo para arrancarme el corazón. ¿Dónde encontraría la paz que buscaba? Si pudiera extender la mano y tocar la de Jesús… sólo él comprendería. Pero Jesús había muerto.
Me puse de pie mareado, pasándome la mano por la frente que ardía, .
—Debo irme, No puedo seguir en esta casa. Está llena de ella.
Los ojos de mi madre se llenaron ahora de lágrimas.
—Y el otro —dijo— el que fue enviado a la cruz… ¿adónde podrás ir para olvidarle?
La miré atónito.
Entonces ¿tú sabías de él?
—Todo Israel sabía de él, y muchos le amaban, pero no lo suficiente.
—Agitó la cabeza— Pobre Raquel, algunos la querían, pero no lo suficiente.
Giré sobre mis talones y salí huyendo. No podía soportar más, Nunca volvería a ver a mi madre, eso lo sabía; ni podía pensar en Raquel aunque me doliera por ella; pues otro rostro a veces amable, a veces firme, pero siempre comprensivo, lo borraba todo de mi mente.
La calles estaban desiertas pues sus habitantes se hablan refugiado de la tormenta y se disponían a celebrar la fiesta.
En cada casa preparaban la cena pascual, doblemente sagrada porque se unía con el sábado. En cien ventanas vi las velas. Mi intención había sido dirigirme hacia el muro occidental pero, sin razón alguna, me encaminé hacia la Puerta de Jafa y me encontré caminando en dirección este. El cielo estaba casi negro ahora, los truenos sonaban cercanos y amenazadores. Corrí por calles oscuras, tropezando en mi confusión, hasta que los muros del Templo aparecieron ante mí. Estaba tan oscuro que apenas veía las torres. No había guardias en los muros pues ellos, como los demás, guardaban el Día Santo. Atravesé corriendo" el Patio de los Gentiles, vado ahora tanto de adoradores como de sacerdotes. Incluso los tenderos habían cerrado sus puestos y se habían ido. Pero el lugar aún estaba lleno de recuerdos: las piedras que él pisara, las mesas que volcara y, en el Pórtico de Salomón, el área en sombras donde se sentara a meditar.
Permanecí inmóvil y solo en aquel amplio Pat1o y sentí el anhelo de gritar contra los que le habían enviado al matadero. Serían juzgados como le juzgaron y maldecidos hasta el día del juicio final.
—¡Anás, Caifás! —grité hacia los tejados— este Templo será_.derribado sobre vuestras cabezas! Vagaréis sin hogar hasta los días de la retribución, pues habéis matado a aquel que era la salvación. Que Dios se apiade de vosotros y de los vuestros en las generaciones venideras! Pues nadie más lo hará. "
Mi voz cortaba el silencio y el eco parecía repetir las , palabras del profeta Isaías con una voz como la que oyera hacía mucho tiempo en las orillas del Cedrón:
«Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores y conocedor de todos los quebrantos. Ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada… El castigo salvador sobre él, y en sus llagas hemos sido curados.»
Hubo un temblor bajo mis pies. Se agitaron las piedras y el Templo, revelado a la luz brillante de un rayo, se bamboleó por un instante y luego pareció aquietarse con un gemido. Me acerqué al gran muro para quedar enterrado bajo sus ruinas. Pero el temblor de la tierra se detuvo, los cielos se abrieron y cayó la lluvia. como si el mismo cielo llorara.
Aún no había. vida. Era como si los sacerdotes del Templo y los soldados se hubieran ocultado en los rincones para escapar a un justo castigo. Pero debía haber alguien allí, pues era costumbre que algunos sacerdotes y levitas privilegiados tomaran la Cena de la Pascua en el Templo. Desde el Patio de los Gentiles, pasando bajo el aviso que prohibía el paso a todos excepto a los israelitas, crucé al Patio de Israel, y luego al de los Sacerdotes allí, alzando la vista, divisé una luz débil que se agitaba en una ventana. Subí las escaleras, pasé ante la habitación donde se sentara con los sumos sacerdotes y me detuve ante una puerta guardada por dos soldados. Mostré mis credenciales.
—Me esperan —dije altivamente.
Examinaron con ojos escépticos mis ropas mojadas, mi aspecto desaliñado.
—Os irá mal si no me admitís. Traigo un mensaje urgente. Esta osadía me ganó la entrada.
Vi primero el rostro sorprendido del astuto Anás. Estaba sentado a la cabecera de la mesa y a su lado Caifás, Y ¿quién lo diría? mi gran benefactor Gamaliel. Para este momento ya nada me sorprendía, aunque Gamaliel tuvo la cortesía de enrojecer. Vi que aún no habían empezado la cena. Miré en torno de la mesa, recordando otra, y conté trece. Parecía el mejor número para tal ocasión.
Gamaliel se puso de pie y, por un terrible momento, pensé que iba a disculparse. En cambio dijo con serena dignidad que hallé inadecuada:
—Tenía que morir para salvar a la nación; de eso he llegado a convencerme.
—Qué pronto cambias de opinión! —grité—, Mi padre no reconocería a este traidor.
Anás se adelantó furioso para llamar a los guardias, pero un gesto autoritario de Gamaliel le detuvo.
—Aunque el Sanedrín no hubiera alzado ni un dedo habría muerto asimismo porque Roma lo quería.
—Roma —grité— no le juzgó con acusaciones falsas!
—No hay lugar en Israel para dos dioses o dos reyes. Pilato sabía lo que tenía que hacer desde el principio.
Me cansó su duplicidad.
—El romano vacilaba y buscaba pretextos para soltar a un inocente, pero los sumos sacerdotes y sus esbirros no lo admitieron.
—¿Crees que a Pilato, que asesinó a los inocentes galileos en los sagrados recintos del Templo, le importó ni por un instante lo que hiciera el Sanedrín con un solo judío?
—Yo le vi buscar otra salida.
—Eso no fue más que una comedia.
—¿En beneficio de quién, si no le importa lo que nosotros pensemos?
—Una sonrisa cubrió los rasgos alargados de Gamaliel.
—En beneficio de los que vendrán tras él. —No hizo caso de los murmullos de impaciencia en torno de la mesa— Comprendió que el Nazareno no era un hombre corriente, y que no había venido por una causa corriente.
y ¿cómo sabía eso un romano insensible?
—Ellos no gobiernan, Judas, porque sean insensibles. En cierto modo saben llegar al fondo de un asunto mucho más aprisa que nosotros, —Era casi una reprimenda— En los ojos de su propio pueblo veía ya los cautivos del futuro si él dejaba vivir a esta luz para los gentiles.
Mientras Gamaliel hablaba yo me había ido serenando.
—¿Pretendes decir —pregunté despectivamente— que si hubiera venido sólo para los judíos, Pilato no habría intervenido.
—Lo más probable es que no, por mucho placer que obtenga de frustrarnos y atormentarnos siempre que puede.
Me negaba a aceptarlo, ahora que el Maestro había muerto y les veía celebrar con todo gusto la liberación de un Israel encadenado para siempre.
Mis dedos buscaron bajo la túnica, rozaron el pergamino que se deslizara de la mano de Jesús, y luego encontraron la bolsa con las treinta piezas de plata.
—¿Cómo os atrevéis a darme este dinero de sangre? Yo sólo pequé en mi inocencia. No tendré parte en este asqueroso lucro —y lancé la bolsa sobre la mesa hacia donde estaba sentado Caifás mirándome con el ceño fruncido—. Dádselo al que lo merezca! —grité.
Algunas monedas cayeron de la bolsa y corrieron por el suelo.
—Fuera de aquí —gritó a su vez Caifás furioso— ¿Qué nos importa que proclames tu inocencia? Todos sabemos lo que has hecho y tus tazones no importan, pues las acciones hablan más alto que las palabra:.. Pero este dinero nunca volverá al tesoro pues es precio de sangre, y no es legal mantener este recuerdo de tu perfidia.
—Mi perfidia! —exclamé—. Yo soy inocente y lo juro ante el mundo. Él quería morir para cumplir las antiguas profecías. Así lo dijo personalmente.
Acudieron los guardias y me cogieron por los brazos para sacarme a rastras. En mi desesperación, y soltándome violentamente, maldije a los sacerdotes y ancianos con pasión:
—Que lo que habéis hecho os atenace la garganta, y no sólo esta noche sino hasta que llegue el fin de los tiempos.
Bajé a toda prisa las escaleras hundido en horrible desesperación. La inquietud que dominaba mi mente se había apoderado ahora de todo mi cuerpo. Me lancé a correr y seguí corriendo hasta que llegué a la Puerta Dorada, que da al Huerto de Getsemaní.
Los árboles gemían y se retorcían bajo el viento; por otra parte nada rompía aquel silencio de tumba. Me dirigí hada el almacén abandonado donde Joshua-bar-Abbás y los zelotes habían descrito con valentía sus planes para llevar a Roma a la muerte. Me sentía irremediablemente arrastrado al lugar donde lanzara mi primer grito apasionado por la libertad, La vieja puerta crujió al abrirla y el sonido me asustó. Forcé la vista en la oscuridad y divisé una sombra en el otro extremo de la habitación. Apenas se movía, y mis nervios saltaron como a la vista de un fantasma, Al acercarme escuché un sonido gutural, como una respiradón muy pesada, y advertí que la sombra se agitaba atrás y adelante. Eran los sollozos ahogados de un hombre. Dejé escapar un grito.
—¿Quién ha venido a sentarse a este lugar maldito?, Levántate y que yo te vea! —Ya no temía a nadie, sombra o realidad, pues ¿qué importaba ahora mi vida? La figura se puso de pie y, a la luz de los rayos que penetraban por aquel techo ruinoso, reconocí al último hombre que esperaba ver en aquel lugar abandonado. Estaba encorvado, los hombros caídos, sin fuerzas.
Hundía la cabeza entre las manos como si no le importara quién se hallaba allí.
Le agité violentamente.
—¿Qué te ha hecho volver aquí, traidor? —le grité.
Alzó la vista y, a la débil luz, vi la derrota en todas las 1íneas de aquel rostro grosero.
Joshua-bar-Abbás me miró sin verme.
—Nadie ha venido —dijo con voz apática-o Tenían que reunirse conmigo pero todos han desaparecido, Gestas y Dimas en la cruz, los otros atrapados, exterminados como ratas: Tú eres el único zelote que ha venido; ni siquiera Simón el Zelote está aquí como prometió.
Me eché atrás horrorizado, —¡diota! yo no he venido a una reunión, la resurrección murió con Cristo, y tú ayudaste a matarle con tu traición.
—Sea lo que fuere —dijo con un chispazo de razón yo resistí siempre a los romanos.
—Tú nos traicionaste a todos, el perfecto traidor!
¥ ¿quién eres tú para llamarme traidor? —gritó él ahora—, Tú, que creías en él y sin embargo le traicionaste. Para mí nunca fue más que un mago capaz de hipnotizar a los crédulos con aquel don extraño, De haber sido el Mesías, no nos habría abandonado cuando quisimos hacerle Rey.
Le miré atónito. De modo que así me vería el mundo a menos que yo corrigiera ese error antes de que los demás me condenaran por pura envidia, por el lugar que yo ocupara junto a Jesús… Antes de salir de este lugar había de asegurarme de que todos los que vinieran detrás de mí conocieran mi amor por él.
—Escúchame bien, bar-Abbás, pues tal vez un día te exijan que des testimonio por Judas-bar-Simón, Éste es mi testamento final. Así que repito: óyeme bien.
»Siempre, desde que puedo recordar, soñé con el Mesías, Puesto de pie en el Templo santo suplicaba a Dios que estos ojos míos pudieran contemplar al Prometido. y me sentí elevado incluso antes de llegar a la virilidad, a la edad de trece años, pues en mi alma oí su promesa de que yo vería a su Hijo.
»Encontré a Jeshua-bar—José en la pequeña ciudad del Jordán cuando iba en busca del Mesías. Había soñado que le vería lleno de gloria y hermosura, radiante de santidad y divinidad, y, cuando le vi, creí realmente que era él. Dejé mi casa, mi madre y mis propiedades por él. Le seguí y me regocijé en él, y sus palabras eran dulces y misterios como el jugo de una granada, tan vivificadoras como la miel, tan nutridoras como la leche y el maná, y tan tiernas como la carne del dátil. Presencié sus milagros y escuché su voz dominante, y todos los que le vieron quedaron maravillados, incluso los que le odiaban. Sin embargo él no llevaba el cetro dorado de la autoridad y poder, ni el bastón de marfil tallado y no había corona en su cabeza. Pero mi corazón saltaba al contemplarle y mi alma se regocijaba y me decía en mi interior: ¡Él ha venido! Un pobre carpintero le llamaban; un hombre sin importancia, un rabino descalzo, un campesino, un ser humilde. Pero ¡qué grande era! ¿Cómo podía tener tal prestancia uno de la clase de los más pobres y pequeños, los despreciados, un nazareno? Dudé al principio, pues ¿no se había prometido acaso que a su aparición sería liberada Israel, y Sión iluminada como el sol, y que el mundo se postraría ante él y gritaría ¡Hosanna!?
»Nadie le amaba como yo. Ninguno de los que le seguían era, como yo, un fariseo de noble familia, hombre de riquezas, honrado en los lugares santos. Los demás eran gentes miserables, sin erudición ni familia. Sufrí agonías de impaciencia al ver que no entendían sus palabras que, aunque sencillas en apariencia, eran profundas, extrañas y misteriosas. Pero yo sí le comprendía. Había ocasiones en que los otros inclinaban sus estúpidas cabezas y mascullaban sus palabras y se mesaban el cabello, pero él me miraba y sonreía débilmente y sabía que yo sí había como prendido lo que él dijera. Entonces mi alma se encendía de gozo ante la mirada de aquellos ojos, y mi exaltación crecía cuando intercambiábamos una mirada, aunque la suya siempre estaba teñida de tristeza. Entonces él desviaba la cabeza y una frialdad peculiar me paralizaba, y yo me preguntaba por qué. ¿Qué había hecho yo para ofenderle, a él que era todo mi corazón, la vida de mi alma? La gloria de su rostro proclamaba con su brillo que allí estaba realmente el Mesías, que él no era un hombre sencillo de la calle, de los lugares polvorientos de Nazaret. Aquí, me decía yo, estaba el sacerdote de todos los sacerdotes, el Dios del universo, el Rey de Reyes vestido en pompa y honor, divino y elevado en su trono.
»¿Cómo se atrevía el populacho a tocarle, a hablar con él, a caminar tras sus pasos, importunarle, a seguirle alzando a sus hijos miserables pata que los bendijera, a sujetarle por la túnica?
¿Cómo se atrevían a pedirle que curara a sus enfermos? Entre ellos estaban los mismos centuriones romanos y sus oficiales, e incluso los jueces y escribas y a menudo, con gran sorpresa mía, mis amigos fariseos. ¿Cómo se atrevían los humildes a ofrecerle vino y fruta, dátiles, pan, pescado y carne? Era una ofensa que gritaba a Dios exigiendo el castigo de tal sacrilegio. ¿Por qué condescendía a entrar en las casas de los publicanos, los opresores contratados por los romanos para afligir a un Israel hambriento y que quitaban el mismo pan de la boca de los judíos? Eran criminales esos recaudadores de impuestos que, por unos cuantos siclos, llevaban a sus conciudadanos judíos a la desesperación y a la penuria. Sin embargo él los sufría y tenía compasión de esos chacales, esos malditos de Dios. esos vendidos a los romanos!
»¿Tendría Dios piedad de los que así afligían a su pueblo? Una vez le hablé de esto y él dijo: "El justo tiene su propia recompensa en su alma, pero el malvado ha de ser alcanzado de la oscuridad y llevado a la luz". Entonces me miró, y había un gran dolor en sus hermosos ojos.
»Cuando fue arrestado por los romanos y los guardias del Templo yo me regocijé pues me dije en mi interior: "Ahora los rechazará. Ahora se revelará! Ahora expandirá su majestad y todos le conocerán. Yo le he forzado la mano. Si ellos le tocan, morirán. Huestes angélicas descenderán para guardarle y llevárselo! ¡Dios no permitirá que su Hijo sea ofendido por las manos de los hombres!".
»Pero él se dejó llevar mansamente. Vi su degradación, sus azotes, escuché los insultos viles del populacho, oí la risa de la gentuza. También vi el gesto burlón y aristocrático de Pilato que apretaba los labios y se encogía de hombros. y medité en las misteriosas observaciones de Pilato antes de que se apartara de Jesús…
Todo esto estallaba en mis labios por amor a él, y por mí dolor, y era reconfortante haber hallado al fin alguien que me escuchara, aunque no fuera más que un traidor.
Le miré al fin y vi que bar-Abbás no se había movido. Continuaba con la cabeza. inclinada y parecía mirar al suelo. No había oído una sola palabra.
—¿Me escuchaste? —grité. Se encogió de hombros.
—Y ¿quién me escucha a mí?
—A ti no te importaba él, ni siquiera Israel, o no habrías aceptado cambiar tu vida por la suya.
—Él no murió por mí. De no ser yo, habría sido otro.
Me Sobresaltaron sus palabras pues eso había dicho su Madre y eso me había estado yo repitiendo a mí mismo. Pequeño consuelo cuando lo oía de labios de un bandido ansioso de excusarse!
—Él veía más allá de Roma, bar-Abbás, más allá de ese grano de arena que nosotros habíamos convertido en una montaña. Nos preocupaban tan sólo unos principios mezquinos, y él no quiso aceptarlos. De este modo, supongo, nos traicionó. Pues cuando le pedíamos que matara a los romanos y nos librara de ellos dijo: «Voy a librar a aquellos que, por su temor a la muerte, viven toda la vida sometidos a servidumbre».
»Prometió que vendría de nuevo para. demostrar que no había muerto pero, si es tan impotente como antes, ¿qué más puede hacer en un mundo cruel y despectivo? Tú estabas allí, bar-Abbás, cuando yo le interrogué sobre su regreso. ¿No recuerdas lo que dijo? "y ocurrirá en ese día que el Señor alargará su mano por segunda vez para recuperar al resto de su pueblo. y él levantará una enseña para las naciones y reunirá a los proscritos de Israel, y reunirá a los dispersos de Judá de los cuatro rincones de la tierra.
Bar-Abbás me miraba con ojos vacíos.
—Buscas el perdón, Judas, pero no lo encontrarás. Pues el hombre que podría perdonarte es el que tú mataste.
¿Cómo se atrevía a hablar así? Si yo había errado, había sido de buena fe.
Siempre puedes fabricarte otro Mesías —le dije, recordándole sus palabras en este mismo lugar.
Soltando un grito como un animal herido bar-Abbás se puso de pie bruscamente y, sin una palabra más, huyó del edificio. Le perseguí, pero en vano. Había desaparecido en la noche tras haber cometido su crimen y haberse arrepentido demasiado tarde. El Huerto de Getsemaní me sofocaba ahora. Apenas podía respirar, Me encontré en el mismo lugar, bajo un oliva viejo retorcido, donde por última vez le besara. Alcé la vista hacia sus fuertes ramas. ¿Se habría ahorcado Raquel en un árbol como éste?, me pregunté, Lo mismo había de hacer yo, estaba convencido de ello. ¿Qué puede hacer un hombre, si no morir, cuando sus sueños de siempre quedan destruidos en un instante? Cuando un hombre ha dedicado su vida a un sueño y no hay nada más, ni esposa, ni hijos, ni padres, ni parientes, ni alegría en la vida, ni gusto de vivir, ni siquiera la miserable realidad del mundo con su siniestra sabiduría, y ese sueño se disuelve en las cenizas de la nada, ¿qué le queda si no el olvido y la muerte?
¿Cómo podrá soportarlo el hombre si su vida ha perdido todo significado y sólo resta un desierto árido de todos los años de su vida?
Pero ahora, de pie bajo el árbol en que voy a morir, aún me pregunto: ¿Es él en realidad el Mesías? ¿Es él en realidad la esperanza del hombre, el Prometido de Dios? ¿Me he engañado a mí mismo, o es él la Verdad?
Sólo en la muerte está la respuesta. Tal vez entonces se responda a mi pregunta. Tal vez no, En cualquier caso, estaré en paz.
Rebusqué bajo mi túnica. Sólo hallé el trozo de pergamino que cayera de su mano en el Calvario. —A la luz de una vela junto a la cual había estado escribiendo febrilmente, vi con una impresión terrible que era un trozo de los Salmos. Hubiera querido algo más para recordarle. Mientras contemplaba de nuevo el árbol y hacía un fuerte nudo con mi cinturón, me pregunté por qué se habría llevado estas palabras a la cruz con él.
«El Señor es mi pastor —leí—. Nada me falta.
»Me pone en verdes pastos y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me guía por las sendas rectas por el amor de su nombre.
»5í, aunque haya de pasar por un valle tenebroso no temo mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu clava y tu cayado son mi consuelo.
»Tú pones ente mí una mesa enfrente de mis enemigos.
»Has derramado el óleo sobre mi cabeza y mi cáliz rebosa.
Solo bondad y benevolencia me acompañarán todos los días de mi vida, y estará en la casa del Señor por muy largos años.»
Y así pereció aquel a quien el Profeta llamó el Maravilloso, el Consejero, el Dios poderoso, el Padre Eterno, el Príncipe de la Paz. Pero que nadie ponga su muerte sobre mi cabeza. y que el que me llame traidor registre bien primero en su propio corazón, pues, cada vez que un hombre peca, pone otro clavo en aquella cruz de la colina del Gólgota, llamada por los romanos Calvario.
Me voy esperanzado pues el profeta dijo que de la abundancia de su gobierno y de su paz no habría sino en su Reino, para ordenarlo y establecerlo con juicio y con justicia para siempre. Y así, confiado en unirme a él, espero ese tiempo, pues vendrá, en que la tierra temblará, las montañas caerán al mar y veremos su estandarte en los cielos.
Entonces sabremos que él está con nosotros y toda la humanidad se regocijará incluso entre la desolación, pues la última batalla se luchará en un lugar llamado Armagedón, y el último enemigo destruido será la misma muerte. Pues todos los hombres sabrán entonces que él subió a la cruz para salvación de todos, y para mostrar la vida eterna. Este es mi último testamento, y, si algún hombre quita parte de él, que otro tanto se quite de su propia vida. Ya voy a tu lado, Dios mío, como fue Jesús. Acéptame, Señor, pues pequé en mi orgullo y, en mi orgullo, no sabía lo que hacía. Que Jesucristo esté con todos como estuvo conmigo. Amén.

Epílogo

Testimonio entregado a cierto discípulo por María Magdalena, hermana de Lázaro y Marta, y que conoció a Jesús de Nazaret como el Señor, y le amó más que a la vida .
María Magdalena no había dormido desde la ejecución, dos días antes. El dolor y la desolación se habían apoderado de ella; sentíase abrumada por su pena. Pensamientos angustiosos nublaban su mente, y era incapaz de ordenarlos con coherencia. Se sentaba en el lecho, mordiéndose los nudillos, la cabeza inclinada, los cabellos cubriéndole el rostro, sus rasgos fijos, tan inertes y carentes de expresión como una piedra del desierto azotada por los duros vientos y la arena a través de los siglos. No había comido ni bebido nada desde aquel día terrible, víspera de la Pascua. Su esp1rltu estaba en suspenso, mudo, vacío. Salió el sol, se puso d sol, se oyeron voces fuera de la casa, las quejas prolongadas de los camellos, el resonar de los cascos de los burros, la llamada de una trompeta distante, risas y charlas insistentes de los niños, pasos de mujeres sobre las piedras. En ocasiones llamaban a su puerta, pero María nada oía. Junto a su lecho la luz de la lámpara empezó a flaquear y luego se apagó, y la oscuridad invadió la cámara. Ella continuó sentada sin advertido siquiera. Volvió a brillar el sol, entrando por las cortinas corridas ante la ventana. Sus rayos vinieron a caer sobre aquellas manos crispadas, pero ni lo vio ni lo sintió. La apatía de la desesperación la habían convertido en una muerta en vida. Hubo horas en que no tuvo conciencia de nada, ni siquiera de sí misma, como en un desmayo.
Luego, como si hubiera oído una voz imperativa y amada, se despertó de su estupor y miró en torno. Se hacía de noche otra vez, la lámpara estaba apagada y fría. Se puso de pie echándose atrás los cabellos revueltos. Aún no pensaba con claridad ni era capaz de propósito alguno. Se miró las manos sucias, sintió el crujir de la arena entre sus dientes. Se lavó sin pensar con el agua que tenía en una jofaina junto al lecho. Era como una de esas figuras de madera que se movían en un escenario de juguete, que tanto divertían a los romanos y que ella había visto en los bazares: una figura que giraba obedeciendo a una voluntad que no era la suya. Encendió la lámpara, pero .actuaba como si estuviera soñando. Sin embargo el eco de aquella voz imperativa resonaba en su mente vacía y obedecía sin pensar. La lámpara humeaba y olía mal, y su luz vacilante temblaba inquieta sobre los muros de ]a pequeña cámara como si buscara algo, Oyó una llamada a su puerta y sus piernas pesadas acudieron inconscientemente a abrirla. Pero no había nadie fuera, sólo la oscuridad, el reflejo distante de las antorchas y los movimientos interminables de las luces por las calles. Una mujer, o un niño, lloraba muy cerca.
Moviéndose aún cansadamente recogió la lámpara y salió de casa. La oscuridad era ahora más profunda y la lámpara cobraba nueva vida. Miró al cielo con ojos turbados; la luna se hundía por el oeste. Dentro de unas horas amanecería. «La mañana —se dijo cansadamente— ¿Qué significa la mañana para mí que estoy muerta?. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Era éste el segundo o el tercer día desde que su Vida había muerto y el universo entero se había reducido a una concha vacía que nadie habitaba? Sus pies avanzaban involuntariamente en una dirección de la que María no tenía conciencia. A su alrededor las casas estaban oscuras y cerradas, y ahora no se escuchaba el sonido de voces ni de pasos A lo lejos resonaron las trompetas de los romanos que contaban las horas en los muros de Jerusalén. y se escuchaba un rumor como un trueno lejano, procedente de las guarniciones romanas.
Con la cabeza inclinada y los pies pesados siguió adelante. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, sólo había sombras en torno cortadas de vez en cuando por las antorchas. fijadas en los huecos de los muros. Le pesaban los huesos como si fueran de plomo, y cualquier movimiento le suponía un gran esfuerzo. La lámpara vacilaba en su mano y el manto la envolvía como los sudarios de los muertos, la capucha ocultando aquel rostro inexpresivo que parecía tallado en mármol insensible. Durante mucho tiempo caminó como una sombra sin espíritu, sin vida. Luego, bruscamente, recobró la vitalidad y el mundo entero pareció correr hada ella con sus sonidos y su realidad vibrante. Soltó un grito de dolor y casi dejó caer la lámpara.
Se hallaba de nuevo en el jardín salvaje, oscuro y solitario no lejos de la tumba donde habían enterrado a su vida envuelto en vendas llenas de aceites y ungüentos. ¿Cuánto tiempo hada de eso? ¿Años, siglos, eras? Los soldados romanos, bromeando y sudando, habían hecho girar aquella piedra enorme ante la boca de la tumba sombría, y ella no había observado desesperada con los otros y al fin se había alejado de allí con ellos, llorando en silencio; y en silencio se habían ido dispersando uno a uno.
Permaneció inmóvil mirando en torno, más angustiada aún al recobrar la conciencia. La luna que se había tornado de un amarillo brillante sobre las colinas occidentales, plateaba los negros cipreses, los sicomoros, los olivos escasos y salvajes, los muros rotos, los mirlos con sus colores púrpura, los senderos de grava, las palmeras agitadas por el viento, y lanzaba densas sombras sobre las hierbas altas y descuidadas. Aquí todo era desolación y soledad; ni siquiera cantaba un pájaro nocturno.
Todo estaba muy callado, como si el mondo hubiera inspirado el aliento y lo retuviera asustado. Veía los muros azafranados de la ciudad, viejos e inclinados, y los lejanos pilares del Templo, ahora de color limón bajo la luna.
El terror se apoderó de ella pero era incapaz de obligar a su cuerpo a retroceder. Miró a la distancia, hacia la tumba. ¿Era sólo su imaginación, o en aquel lugar misterioso se veía un débil resplandor a través de los árboles? Sabia que los soldados romanos estaban de guardia junto a la tumba para que los seguidores del Señor no robaran su cuerpo y luego afirmaran que había resucitad¿. Pero, en su dolor, ella estaba convencida de que ni siquiera sus discípulos y Apóstoles creían rea1mente en su divinidad. ¿No habían dormido cuando él les pidiera consuelo y compañía en el Huerto de Getsemaní? ¿No le habían dejado sólo por pereza o agotamiento? ¡En qué tierra tan frágil había alzado él su altar! Tembló y susurró para sí: «¿Y yo? ¿Acaso yo creo?», No obtuvo respuesta. Siguió mirando la luz distante que parecía cobrar fuerzas, un nuevo resplandor. No era una luz roja y vacilante, luego no podía proceder del fuego o las antorchas de los soldados, y no era la luz de la luna amarillenta.
Descubrió que, irresistib1emente atraída, avanzaba hacia ella. Se alzaba el aroma de las hierbas que pisaba pero los árboles permanecían rígidos, como grupos de guardianes que vigilaran. Ahora la luz se hizo más intensa; grupos de árboles cobraron vida en torno. Advirtió asustada que el corazón le latía en la garganta, en los oídos; su cuerpo tembló. Ahora ya no sentía miedo de la luz. La atraía, la llamaba. Llegó al borde de un claro en el sombrío huerto, que estaba fuera de los muros de la ciudad, y lo que vio la dejó estupefacta, llenándola a la vez de terror y de un reverente temor.
Pues la tumba brillaba con un resplandor blanco, mientras a su alrededor todo era oscuridad y misterio. Los guijarros y piedras del claro estaban bañados por aquella luz, y las copas de los árboles, y los troncos reflejaban el resplandor que surgía de la tumba, casi tan brillante como el sol. Avanzó unos pasos hacia aquel lugar, fascinada y temblorosa, hasta que su pie tropezó con algo y se echó atrás aterrada. Vio ahora que los soldados estaban caídos sobre la hierba, como derribados por un rayo, y la luz venía a reflejarse en el hiena de sus botas, en un yelmo caído a un lado, en un escudo tumbado en tierra, en la empuñadura de una espada, en la mejilla de un hombre inconsciente, en una rígida coraza. Había tocado a un soldado con el pie en la oscuridad, pero él no se había despertado. Su primer pensamiento confuso fue que estaban borrachos, pero el rostro juvenil que tenía ante sus ojos era el de un hombre hundido en un trance, pues apenas respiraba.
Alzó atónita la vista y advirtió por primera vez la boca profunda de aquella tumba brillante y comprendió, sin poder creerlo, que la piedra había sido corrida a un lado. Abrió la boca y se llevó la mano a los labios.
De pronto se halló corriendo como un conejillo aterrado, alejándose de la tumba y hundiéndose en la oscuridad, los brazos extendidos ante ella para no caer, la capucha caída sobre los hombros, los cabellos en desorden, los ojos muy abiertos y brillantes. Sin tener una clara idea de sus actos corrió como una loca hacia la casa de Simón Pedro donde él seguía llorando con el discípulo que fuera el amado del Señor, y el más joven de todos. Piedras y grava le dañaban los pies, las ramas rotas de los árboles le desgarraban el manto. Ahora tan sólo la luz amarillenta de la luna iluminaba el camino. Frías gotas de sudor y llanto le corrían por las mejillas, pues no cesaba de llorar y gemir.
Llegó a una callejuela de casas muy viejas donde vivía Simón Pedro en una morada miserable. Una cortina harapienta ocultaba la ventana, pero vio la luz de una lámpara por las ranuras. Se lanzó frenética a golpear con los puños la vieja puerta gritando:
— Simón Pedro! Simón Pedro! Abre.
Hubo murmullos en el interior, un susurro miedoso; luego se abrió la puerta con cautela dejando ver el rostro de Simón Pedro con la barba negra, la túnica grosera y el cinturón de piel. Tras él se hallaba el joven Juan sentado en el lecho en actitud de abandono total, su hermoso rostro marcado por el dolor y las lágrimas. Alzó la cabeza para mirarla a la débil luz de la lámpara y se incorporó.
—¡María! —dijo Simón Pedro frotándose los labios resecos—
¿Qué ocurre? ¿Por qué has venido hasta aquí?
Ella gritó:
—¡Se han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto!
Simón dejó caer la mano. La miró como a una loca.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Estuve en el huerto y vi la tumba… —casi se ahogaba al hablar. Se retorcía nerviosamente las manos—. Había un gran resplandor en ella… yo lo vi. Los soldados estaban borrachos, o dormidos, O muertos…! Y la piedra… la piedra… había sido corrida… No estaba en la boca del sepulcro… La habían movido!
—¿Quién la había movido? —preguntó Pedro, Sus mejillas atezadas habían palidecido. María se retorcía de nuevo las manos con frenesí.
—¡No lo sé! —exciamó—. Pero lo han hecho! Se han llevado al Señor.
Confuso, sin saber qué decir, Simón se volvió a mirar al discípulo joven que se había levantado y se acercaba a ellos, Luego ambos contemplaron a aquella mujer tan turbada, el rostro cubierto de lágrimas de angustia.
—Con seguridad —dijo Juan con una voz endurecida por el llanto— que eso es imposible. —Miró en torno como si buscara algo en sueños—. Él está muerto, ¿De qué podría servirles su cuerpo? Se trata de una burla", una burla malvada. —Tomó un farol que encendió con la lámpara, Aquella luz débil reveló sus rostros turbados y atónita—. Vamos al sepulcro —murmuró.
Los tres corrieron juntos por la calle empinada y oscura, ante las puertas y ventanas cerradas. Repentinamente estallaron los aullidos de perros y chacales en las riberas empinadas bajo los muros de la ciudad. Una trompeta romana marcó la hora. Un viento aromático los envolvió arrastrando el polvo cálido. Juan, más joven que Pedro, pronto le adelantó. Las sandalias de Simón resonaban pesadamente sobre las piedras brillantes bajo la luna. María, sin aliento, con las ropas en desorden, vacilaba tras ellos perdiendo casi e1 calzado.
Llegaron juntos al huerto, tan obsesionados por la noticia que apenas advirtieron los soldados caídos que ahora sólo i1uminaba la luna amarillenta. Pues la tumba ya no estaba encendida como por el mismo sol. La contemplaron inmóviles unos momentos y los hombres comprobaron que, en realidad, la enorme piedra había sido rodada a un lado y la negra boca de la tumba se abría ante sus ojos, Juan alzó el farol. Se acercó temeroso a aquel hueco Y miró, mientras Simón se quedaba con María temblando como cañas al viento. Inclinándose y adelantando el farol para ver mejor, Juan miró el banco de piedra sobre el que habían depositado al Señor. No podía creer a sus ojos. Lentamente registró en torno con el farol, volviendo luego su débil luz a la piedra, Nadie yacía allí. Sólo quedaban los lienzos olorosos que le envolvieran y el sudario de lino, blanco que le había cubierto la cabeza. Hacia calor en aquella tumba, un aire cargado con el aroma de los ungüentos y aceites.
Simón se adelantó, empujó rudamente a Juan a un lado, entró en el sepulcro y vio lo que Juan había visto desde la puerta.
—Es cierto —murmuró, triste y desconcertado—. No está aquí. Los dos, aterrados de nuevo, se miraron olvidados de María, sin veda. Luego, cegados por el dolor renovado, la dejaron y se alejaron entre los árboles, la luz del farol siguiéndoles como un fantasma. Pronto se perdió el ruido dé sus pasos y la luz, y María quedó sola y vencida por el temor. Un silencio más profundo aún la rodeaba ahora. Se adelantó vacilante hasta la boca de la tumba, deteniéndose cuando un terror jamás experimentado la dominaba. Pero se obligó a inclinarse y miró en el interior.
Y vio lo que ni Juan ni Simón habían visto. Unas figuras grandes y majestuosas sentadas a la cabecera y a los pies del lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, los sudarios entre ellos. Eran figuras de hombres vestidos de luz brillante, pero eran más grandes que cualquier ser humano, y sus rostros hermosos y altivos libres de toda humanidad, y tan inmóviles como el alabastro. La contemplaron en un largo silencio mientras María, paralizada, sólo era capaz de mirarles sin comprender.
Luego habló uno, y su voz era como el trueno distante.
—¿Por qué Horas, mujer? —Sus palabras eran compasivas pero la voz no era humana ni tenía resonancias familiares.
Tartamudeó, cogiéndose temblorosa a la puerta.
—Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.
Aumentaba su terror al darse cuenta de que no trataba con seres humanos. Aquellos rostros remotos la asustaban.
Este terror fue el que le dio alas, y salió huyendo a todo correr de la tumba y del claro, tropezando con los cuerpos de los soldados romanos aún dormidos, la garganta contraída por los sollozos, cayendo y levantándose para tropezar de nuevo en su terror frenético.
Finalmente no pudo seguir. Había vuelto a caer y ahora quedó de rodillas, ahogándole las lágrimas, las manos arañadas por los guijarros… Se cubrió los ojos un instante para resguardados de la luz de aquella luna terrible y luchó por respirar. Luego, encogida, oyó el susurro de la hierba, el tumor de unos pasos leves. Apartó la. capucha con que se cubría el rostro y miró con temor renovado por encima del hombro. Una sombra negra se alzaba a su lado. María se encogió sobre sí misma con un gemido ahogado.
Oyó la voz de un hombre que decía amablemente:
—Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
La voz era amable, cargada de piedad pero distante, y ella. pensó que debla ser uno de los hortelanos. Intentó controlarse pero no pudo hablar por unos instantes. Al fin consiguió susurrar:
Señor, si le has llevado tú, dime dónde le has puesto y yo le tomaré.
Hubo un breve silencio. María contra su voluntad, tendió los brazos implorante le parecía amenazadora.
Entonces él dijo:
—María!
No podía creer lo que había oído; era increíble quién había hablado. Intentó levantarse pero volvió a caer de rodillas, el rostro brillante de gozo, las manos unidas, la cabeza echada atrás, los labios temblorosos.
—Rabino! —gritó. Extendió las manos hacia él, quería cogerle la túnica. Le vio palpitante de vida, lleno de luz. Pero él se retiró de sus manos extendidas, de su rostro estático.
—Y dijo:
—No me toques porque aún no he subido al Padre. Pero, ve a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.
Entonces María fue a contar a los discípulos que había visto el Señor y las cosas que él le había dicho. Luego, el mismo día por la tarde, siendo el primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos por temor de los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos. Les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor, aunque no podían tocarle.
Pero no todos estaban seguros de que fuera de carne. Tomás, que no estaba con los discípulos en ese momento, expresó su escepticismo habitual:
—Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto mi dedo en lugar de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré.
Ocho días más tarde Jesús se puso de nuevo en medio de ellos y, como si hubiera oído a Tomás, dijo:
—Alarga acá tu dedo y mira mis manos; tiende tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino fiel.
Tomás se arrodilló entonces y dijo:
—Perdóname, Señor mío y Dios mío, por haber dudado. El rostro de Jesús era como el de un espectro.
—Tomás, porque me has visto has creído: Dichosos los que sin ver creyeron.
También los otros cayeron de rodillas y él los alzó con una sonrisa. Sin embargo, incluso viéndole, les resultaba difícil creer, constreñidos por las limitaciones de su mente. Y así él les habló de nuevo:
—Os he dicho que todas las cosas debían cumplirse, las que fueran escritas en la ley de Moisés, y en los Profetas y los Salmos, referentes a mí. Para que los hombres comprendieran la verdad de las Escrituras y de la palabra de Dios convenía que Cristo sufriera y resucitara de entre los muertos al tercer día. y ahora se predicará el arrepentimiento y la remisión de los pecados en su nombre en todas las naciones, empezando en Jerusalén.
Y les dirigió entonces a Betania, a casa de Marta y Lázaro, y de María también, y allí alzó las manos y les bendijo.
—Debo irme, pero dejo la obra a vosotros.
—¿Cuándo te veremos de nuevo? —preguntó Pedro.
—Cuando extiendas tus manos y otro te ceñirá y te llevara donde no quieras.
Así supimos lo que predecía para Pedro. Este gritó:
—Con gusto moriría por estar contigo.
—Por creer —dijo Jesús— puedes vivir para siempre en mi nombre y entonces ella, la que tanto le amaba, preguntó:
—Y ¿cuánto tiempo estarás con nosotros, mi querido Señor?
—Solo he venido ahora para que los que no creyeron vayan al mundo y prediquen el evangelio a toda criatura. Pero de nuevo me daré a conocer cuando los corazones de los hombres se hayan endurecido contra Dios, y una tiranía de la mente oscurezca de nuevo el mundo. Entonces, entre la destrucción y el caos, vosotros me encontraréis, Pero no hasta que todo sea sometido al Padre, sabiendo que él envió al Prometido para mostrar1es que la salvación no era de su mundo, sino del suyo, Así, cuando todo sea más oscuro y más confuso, cuando los hombres alcen los brazos unos contra otros, y cuando la tierra entera tiemble, entonces conocerá el mundo que él está cerca.
Y así muchos esperan, sabiendo que él vendrá, igual que vino antes, pero esta vez a un mundo anhelante de su palabra. Ella, que ya estuvo dispuesta a ungirle en esta tierra, piensa ilusionada en ese día, por muy distante que pueda parecer. Ella sabe, demasiado tarde, que juzgó mal a aquel que le besó a él en el huerto. Pues aquél tuvo más fe que los demás, ya que creyó en él hasta la muerte. Ojalá hubiese esperado sólo unos pocos días más.
F I N