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martes, 3 de noviembre de 2015

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Kim (Rudyard Kipling)

Kim
Rudyard Kipling

Título Original: Kim

Considerada unánimemente como la obra maestra de Kipling, Kim narra la historia de un pillete huérfano de origen irlandés que, tras conocer a un lama tibetano, emprende un viaje a través de la India en el que tiene ocasión de entrar en contacto con multitud de personajes y ambientes.
El joven Kim, dividido entre la devoción por el lama y el estímulo de la acción en el servicio de espionaje británico, comprueba atribulado cómo se fragmenta su personalidad a medida que va madurando. La narración se convierte, así, en una novela de aprendizaje, con una estructura en parte picaresca, en la que el autor puso lo mejor de sí mismo para deslumbramos con la poesía, el color, el sabor de un paisaje rural y urbano fascinante.
Al prescindir casi por completo de la retórica imperialista, Kipling logró crear en Kim una historia conmovedora por la ternura de la relación entre el lama y el muchacho, y en la que ironía y humor son el contrapunto genial a la trascendencia de la búsqueda espiritual del lama y el peligroso juego del espionaje.

Capítulo I

¡Oh vosotros, los que seguís la Senda Estrecha,
guiados por el resplandor de Tophet al juicio Final,
sed condescendientes cuando los gentiles
rezan a Buda en Kamakura!
Buda en Kamakura

A pesar de las órdenes municipales, Kim estaba sentado a horcajadas sobre Zam-Zammah, el viejo cañón que se alza sobre una plataforma de ladrillo enfrente de la Ajaib-Gher (la Casa Maravillosa, como llaman los indígenas al Museo de Lahore). Quien posea a Zam-Zammah, ese «dragón que vomita fuego», posee todo el Panjab, porque el gran cañón de bronce verdoso es siempre lo primero que figura en el botín del conquistador.
A Kim no le faltaba algo de razón —acababa de desalojar de allí a puntapiés al chiquillo de Lala Dinanath— porque era inglés, y los ingleses son dueños del Panjab. Aunque su color era tan oscuro como el de cualquier indígena, aunque hablaba generalmente el idioma del país, y el inglés con leve sonsonete recortado, y aunque se asociaba con los pilletes del bazar en términos de la más perfecta igualdad, Kim era un niño blanco, si bien de la clase más miserable. La mestiza que lo cuidaba (fumaba opio y tenía una tienda de muebles usados en la plaza donde tienen su parada los coches de alquiler más baratos) les dijo a los misioneros que era hermana de la madre de Kim; ésta había sido niñera de la familia de un coronel y se casó con Kimball O’Hara, joven sargento del regimiento irlandés de los Mavericks, que fue después empleado en los ferrocarriles de Sind, Panjab y Delhi Y su regimiento regresó a Inglaterra sin él. La madre de Kim murió de cólera en Ferozepore, y O’Hara se volvió un borracho holgazán, que recorría la línea con aquel niño, de ojos penetrantes, entonces de unos tres años de edad. Asociaciones benéficas y capellanes desearon hacerse cargo del niño, pero O’Hara los despachó a todos, hasta que tropezó con la mujer que fumaba opio, aprendió ese vicio y murió como los blancos pobres mueren en la India. Al morir, toda su fortuna se reducía a tres papeles: uno, al cual llamaba ne varietut, porque tenía estas palabras escritas encima de su firma; otro era el «certificado de liberación», y el tercero la partida de nacimiento de Kim. En sus gloriosas horas de opio acostumbraba a decir que esos papeles harían un hombre del pequeño Kimball. En modo alguno debía Kim desprenderse de ellos, pues los consideraba mágicos —de esa magia que practican los hombres en la gran Jadoo-Gher, blanca y azul, que se alza detrás del museo; la Casa Mágica, como llamamos nosotros a la Logia Masónica. Su padre aseguraba que llegaría un día en que, arreglándose todo, el cuerno de Kim sería elevado entre pilares —enormes pilares— de fuerza y belleza. El coronel mismo, cabalgando al frente del regimiento más hermoso del mundo, esperaría a Kim —al pequeño Kim, que tendría más suerte que su padre—. Novecientos demonios de primera clase que adoraban a un Toro Rojo sobre un campo verde, acogerían a Kim, si no se habían olvidado de O’Hara —del pobre O’Hara, que fue jefe de pelotón en la línea de Ferozepore—. Y se echaba a llorar amargamente, sentado en una silla rota de anea que había en el porche. Después de su muerte, la mujer cosió los tres papeles dentro de una bolsa de cuero de las que se emplean para guardar amuletos, y con una cinta la colgó del cuello de Kim.
—Y algún día —le dijo, recordando confusamente las profecías de O’Hara—, te esperará un Toro Rojo en un campo verde, y el coronel montado en un magnífico caballo, sí, y —añadió pasando a hablar inglés— novecientos demonios.
—¡Ah! —dijo Kim—, no se me olvidará. Llegará un Toro Rojo y un coronel a caballo; pero decía mi padre que primero vendrían dos hombres para preparar el terreno. Mi padre afirmaba que siempre que los hombres hacen magia proceden así.
Si la mujer hubiese enviado a Kim con aquellos papeles a la Jadoo-Gher local, seguramente hubiera sido recogido por la Logia Provincial y trasladado al Orfanato Masónico de la Montaña; pero lo que había oído hablar de magia le hizo recelar. Además, Kim tenía sus propios puntos de vista. Conforme alcanzaba el uso de razón, aprendió a esquivar a los misioneros y a los hombres blancos de aspecto serio, que le preguntaban quién era y qué hacía. Porque Kim, con un éxito enorme, no hacía nada. Es verdad que conocía palmo a palmo la maravillosa ciudad amurallada de Lahore, desde la Puerta de Delhi hasta el foso exterior de la Fortaleza; que era uña y carne con personas que llevaban una vida tan extraña que ni el mismo Harun al Raschid la hubiera soñado jamás; que vivía una vida libre y salvaje como en los cuentos de Las mil y una noches; pero los misioneros y los secretarios de las sociedades caritativas no podían comprender estas bellezas. Se le conocía en todos los barrios con el mote de «Amigo de todo el Mundo»; y con frecuencia, como era flexible e insignificante, llevaba recados misteriosos durante la noche a las azoteas llenas de mujeres por encargo de elegantes jóvenes, presumidos y melosos. Se trataba de relaciones ilícitas, como es natural, y Kim lo sabía, pues conocía la maldad desde que empezó a hablar. Pero lo que más le gustaba era jugar por jugar: la ronda furtiva a través de callejuelas y oscuros pasadizos; el trepar por las cañerías hasta las terrazas para contemplar y oír a las mujeres, y la huida de terrado en terrado bajo la cálida oscuridad de la noche. Y, sobre todo, los santones: faquires untados de ceniza —sentados al lado de sus capillas de ladrillo, en la margen del río, bajo la sombra de los árboles—, con quienes tenía gran familiaridad y a los que saludaba cuando regresaban de pedir limosna, y aun comía con ellos en el mismo plato si nadie los veía. La mujer que lo cuidaba le suplicaba, entre lágrimas, que llevara ropa europea (pantalones, camisa y un sombrero roto), pero Kim encontraba más cómodo, sobre todo cuando estaba metido en ciertos asuntos, usar la indumentaria hindú o la túnica mahometana. Uno de los jóvenes elegantes —aquel que fue encontrado muerto en el fondo de un pozo la noche del terremoto— le dio una vez un equipo completo de niño hindú, propio para un pillete de la más baja casta, y Kim lo guardaba secretamente entre las vigas del almacén de maderas de Nila Ram, situado más allá del Tribunal Supremo de Panjab, y en donde los fragantes troncos de cedro se secan después de su descenso por el río Ravi. Cuando tenía que realizar alguna empresa, o salía a hacer travesuras, Kim usaba ese traje y volvía a su casa al amanecer, cansado de gritar detrás de un cortejo de boda o de aullar en una fiesta hindú. Algunas veces encontraba en su casa algo de comida, pero lo frecuente era que no hallase nada, y entonces se iba a comer con sus amigos indígenas.
Kim repiqueteaba alegremente con sus talones, desnudos, sobre Zam-Zammah, mientras jugaba con el pequeño Chota Lal y Abdullah, el hijo del confitero, y de vez en cuando apostrofaba al policía indígena que estaba de servicio a la puerta. Era un fornido panjabí que sonreía con tolerancia, pues conocía a Kim desde hacía tiempo. También lo conocía el aguador, cuyos odres de piel de cabra rezumaban gotas de agua que caían sobre el suelo reseco, y también Jawahir Singh, el carpintero del museo, inclinado ante unos nuevos cajones de empaque. Todas las personas que veía le eran conocidas, excepto los labradores que entraban en la Casa Maravillosa a curiosear los objetos que se fabricaban en la provincia y sus alrededores. Porque el museo estaba dedicado al arte y las manufacturas indias, y bajo la custodia del director que proporcionaba a quien lo solicitase toda clase de informaciones.
—¡Bájate! ¡Bájate! ¡Déjame subir! —gritaba Abdullah, trepando por una de las ruedas de Zam-Zammah.
—¡Tu padre era pastelero! ¡Tu madre robaba ghi (mantequilla)! —cantaba Kim—. ¡Todos los musulmanes cayeron hace tiempo ante Zam_Zammah!
—¡Déjame subir! —chillaba el pequeño Chota Lal con su birrete bordado en oro. Su padre tendría seguramente más de medio millón de libras esterlinas, pero la India es el único país democrático del mundo.
—¡Los indios también cayeron ante Zam-Zammah! ¡Los musulmanes los derrotaron! ¡Tu padre era pastelero!…
Kim se detuvo de repente, porque, doblando la esquina de la calle que conduce al animado bazar Motee, vio aparecer a un hombre tan raro que, ni aun él, que conocía todas las castas de la India, había visto nunca ninguno que se le pareciese. Tenía casi seis pies de altura y llevaba una amplia vestidura de pliegues, de tela fuerte y oscura semejante a la empleada para las mantas de caballos, pero ni uno solo de sus pliegues podía indicar a Kim cuál era su profesión. De su cinturón colgaba un estuche de hierro para plumas y un rosario de madera como el que usan todos los santones. Cubría su cabeza una especie de gorro gigantesco. Tenía la tez amarilla y arrugada como la de Fook-Shing, el zapatero chino del bazar, y sus ojos oblicuos y estrechos brillaban como cuentecitas de ónice.
—¿Quién es ése? —preguntó Kim a sus compañeros.
—Parece un hombre —contestó Abdullah, chupándose un dedo mientras lo miraba.
—Naturalmente. Pero no se parece a ninguno de la India que yo haya visto antes.
—Tal vez sea un santón —dijo Chota Lal, fijándose en el rosario—. ¡Mirad, entra en la Casa Maravillosa!
—No, no —decía el policía sacudiendo la cabeza—. Yo no entiendo vuestra lengua. —El guardia hablaba sólamente panjabí— ¡Eh!, tú, Amigo de todo el Mundo, ¿qué es lo que dice?
—Mándamelo acá —respondió Kim, agitando sus pies desnudos mientras se deslizaba al suelo desde lo alto de Zam-Zammah—. Es un extranjero y tú eres un búfalo.
El hombre extraño dio la vuelta y se dirigió resignadamente a donde estaban los chiquillos. Era viejo y su túnica de lana conservaba todavía, de su paso por las montañas, un fuerte olor a artemisa.
—Niños, ¿podéis decirme qué es esa casa tan grande? —preguntó en correcto urdú.
—La Ajaib-Gher, la Casa Maravillosa. —Kim no le dio ningún tratamiento como Lala o Mian, porque no podía adivinar cuál era su religión.
—¡Ah! ¡La Casa Maravillosa! ¿Se puede entrar?
—Está escrito sobre la puerta. Todo el mundo puede entrar.
—¿Sin pagar?
—Yo entro y salgo cuando quiero y no soy ningún potentado —dijo Kim echándose a reír.
—¡Vaya! Soy muy viejo e ignoro muchas cosas. —Y cogiendo el rosario entre sus manos se volvió hacia el museo.
—¿De qué casta eres? ¿Dónde está tu casa? ¿Vienes de muy lejos? —preguntó Kim rápidamente.
—Vine por Kulú… desde más allá de los Kailas…; pero, ¿qué sabes tú? Vengo de las montañas donde… — dejó escapar un suspiro— el aire y el agua son frescos y puros.
—¡Ah! un catay (un chino) —dijo Abdullah orgulloso de sí mismo, porque Fook-Shing lo había echado una vez de su tienda por escupir a un ídolo chino colocado encima del calzado.
—Un pahari (un montañés) —murmuró el pequeño Chota Lal.
—Sí, niño…, un montañés de unas montañas que tú no verás nunca. ¿Habéis oído hablar de Bhotiyal (Tíbet)? Yo no soy catay, sino bhotiya (tibetano), lo que vosotros habréis oído nombrar un lama… o un gurú en vuestra lengua.
—¿Un gurú del Tíbet? —dijo Kim—. No había visto nunca ninguno. ¿Son hindúes, entonces, los tibetanos?
—Nosotros seguimos la Senda Media, viviendo tranquilamente en nuestras lamaserías, y yo viajo para visitar los Cuatro Santos Lugares antes de morir. Y ahora —dijo sonriendo be benévolamente—, vosotros, que sois niños, sabéis tanto como yo, que soy viejo.
—¿Has comido?
El lama rebuscó entre sus vestiduras y sacó una vieja escudilla de madera para pedir limosna. Los niños lo comprendieron en seguida, porque todos los santones que habían visto mendigaban de la misma forma.
—Pero aún no tengo ganas de comer. —Su cabeza se volvió despacio hacia el museo, como la de una vieja tortuga a la luz del sol—. ¿Es verdad que hay muchas imágenes en la Casa Maravillosa de Lahore? —y repitió las últimas palabras como si quisiera asegurarse de la dirección.
—Es verdad —contestó Abdullah—. Está llena de cosas paganas. ¿Es que tú también eres idólatra?
—No le hagas caso —dijo Kim—. Es una casa del Gobierno y allí no hay idolatría, sino solamente un Sabih de barba blanca. Ven conmigo y te lo enseñaré.
—Los santones extranjeros se comen a los niños —balbució Chota Lal.
—Y es un extranjero y un but-parast (idólatra) —dijo Abdullah, el mahometano.
Kim se echó a reír.
—Es nuevo aquí …¡Vaya! ¡Id a meteros bajo la falda de vuestras madres!… ¡Ven tú conmigo!
Lo guió a través del torniquete de la entrada, y el viejo, que lo seguía, se paró asombrado. En el vestíbulo estaban instaladas las grandes esculturas grecobudistas, cuya antigüedad sólo saben los sabios, cinceladas por hombres desconocidos, cuyas manos poseían, y no en pequeño grado, ese maravilloso toque griego, transmitido hasta la India. Había centenares de piezas, frisos con escenas en relieve, fragmentos de estatuas y losas atestadas de figuras, que habían estado incrustadas en los muros de ladrillo de las viharas y estupas del norte del país, y que ahora, desenterradas y catalogadas, constituían el orgullo del museo. Con la boca abierta de admiración iba el lama de un lado a otro, hasta que por último quedó extasiado ante un enorme altorrelieve que representaba la coronación o apoteosis de Buda Nuestro Señor. Aparecía el Maestro sentado sobre un lotol, cuyos pétalos estaban tan recortados que casi se desprendían; alrededor lo adoraban reyes, antepasados y Budas precursores, colocados por orden jerárquico. Debajo se extendían las aguas, cubiertas de lotos, peces y aves acuáticas; dos dewas con alas de mariposa sostenían una guirnalda sobre su cabeza, y encima otra pareja de dewas mantenía una sombrilla, sobre la cual aparecía la cofia del Bodhisattva adornada con piedras preciosas.
—¡El Señor! ¡El Señor! ¡Si es Sakia Muni mismo! —dijo el lama casi sollozando, y mentalmente empezó a rezar la maravillosa invocación budista:
«A Él la Senda, la Ley, el Sublime
A quien Maya mantiene bajo su corazón,
Señor de Ananda, el Bodhisattva.»
¡Y aquí está! ¡Y está también la Ley Excelentísima! Bien ha empezado mi peregrinación. ¡Y qué obra! ¡qué arte!
—Por allí viene el sahib —dijo Kim, y se escabulló a un lado entre los cajones que ocupaban la nave de artes y manufacturas. Un inglés de barba blanca contemplaba al lama, que gravemente se volvió, lo saludó, y después de vacilar un momento sacó una libreta, y de ella un trozo de papel.
—Sí, ése es mi nombre —dijo el inglés, sonriendo al ver aquella escritura infantil.
—Uno de mis compañeros que hizo la peregrinación a los Santos Lugares (ahora es el abad del monasterio de Lung-Cho), me dio vuestro nombre —balbució el lama—. También me había hablado de estas cosas. —Su delgada mano, temblorosa, señaló en torno suyo.
—Bienvenido seas, ¡oh lama del Tíbet! Aquí están las imágenes y aquí estoy yo —dijo mirando al lama cara a cara— para aprender. Ven un momento a mi despacho.
El viejo temblaba de excitación.
El despacho no era más que un pequeño rincón aislado de la galería, alineada de estatuas, por bajos tabiques de madera. Kim se tumbó al lado de la puerta de cedro con la oreja pegada a una de las grietas producidas por el calor, y siguiendo su instinto se dispuso a observar y escuchar.
Pero la mayor parte de la conversación era ininteligible para él. El lama, turbado al principio, hablaba ahora con el director del museo sobre su lamasería de Such-zen, situada enfrente de las Rocas Pintadas y a una distancia de cuatro meses de camino. El director sacó entonces un voluminoso libro de fotografías y le enseñó una vista de su mismo monasterio que, desde lo alto de un elevadísimo risco, domina el amplio valle, compuesto de capas estratificadas de diversos tonos.
—¡Sí!, ¡sí! —el lama se puso unos lentes de cuerno de artesanía china—. Ésta es la puertecita por donde entramos la leña para el invierno. ¿Y vosotros, ingleses, conocéis esto? El que ahora es abad de Lung-Cho me lo dijo, pero yo no lo quise creer. ¿El Señor, el Excelente, es aquí también honrado? ¿Y su vida es conocida?
—Toda ella está grabada en las piedras. Si has descansado, ven y lo verás.
El lama se encaminó pesadamente a la sala principal, seguido por el director, y visitó toda la colección con la reverencia de un devoto y el instinto de un artista.
Incidente por incidente fue identificando toda la hermosa historia sobre las gastadas piedras, confundiéndose de vez en cuando por los cánones griegos, para él poco familiares, pero entusiasmado como un niño con cada nuevo hallazgo. Cuando en la secuencia de acontecimientos algo fallaba, como en el caso de la Anunciación, el director suplía la falta por medio de fotografías y reproducciones de libros franceses y alemanes.
Allí estaba el devoto Asita, el Simeón de la historia cristiana, sosteniendo al Niño Sagrado sobre las rodillas, mientras sus padres escuchaban; seguían después varios incidentes de la vida del primo Devadatta; allí estaba, maldita para siempre, la mujer perversa que acusó de impureza al Maestro; la predicación del Bosque de los Ciervos; el milagro que asombró a los adoradores del fuego; el Bodhisattva representado como príncipe real; el nacimiento milagroso; la muerte en Kusinagara, donde el discípulo débil se desvaneció. Las representaciones de la meditación bajo el árbol de Bohdi y la adoración del cuenco de la limosna eran innumerables y se encontraban por todas partes. A los pocos minutos comprendió el director que su huésped no era un simple mendigo, desgranador de cuentas de rosario, sino un hombre sabio. Juntos volvieron a repasar toda la colección. El lama tomaba rapé, limpiaba sus lentes y charlaba a la velocidad del tren en una atropellada mezcla de urdú y tibetano. Habiendo oído hablar de los viajes que hicieron los peregrinos chinos Fo-Hian y Hwen-Thiang, deseó saber si había alguna traducción de sus escritos y respiró con satisfacción al hojear las páginas de Beal y Stanislas Julien.
—Aquí está todo. Es un tesoro inmenso, encerrado bajo llave.
Luego se dispuso a escuchar con recogimiento los diversos fragmentos, que el director le traducía rápidamente al urdú. Era la primera vez que se tropezaba con la labor de los sabios europeos, quienes con ayuda de estos relatos y centenares de otros documentos habían logrado identificar los Santos Lugares del budismo. Después vio un gran mapa con manchas y trazos amarillos; su dedo moreno seguía el lápiz del director de un punto a otro. Allí estaba Kapilavastu; aquí el Reino Medio; allí Mahabodhi, la Meca del budismo, y allí Kusinagara, el triste lugar de la muerte del Maestro. El viejo inclinó un momento la cabeza sobre el mapa, silenciosamente, y el director encendió otra pipa. Kim se había dormido. Cuando despertó, la conversación, todavía torrencial, era más comprensible para él.
—Y así fue, ¡oh Fuente de Sabiduría!, cómo decidí visitar los Santos Lugares que fueron hollados por Sus pies… Kapila y el lugar de su nacimiento; después, Mahabodhi, que es Buddh Gaya…, el Bosque de los Ciervos…, el lugar de su muerte.
El lama bajó la voz.
—He venido solo, porque durante cinco…, siete…, dieciocho…, cuarenta años, tuve en la mente el pensamiento de que no se seguía bien la Antigua Ley, que está, como tú sabes, muy encubierta por una capa de idolatrías, supersticiones y encantamientos, y aun, como dijo el chiquillo hace un momento, por but-parasti.
—Eso sucede en todas las religiones.
—¿Tú crees? Los libros que yo leía en mi lamasería son secos y sin vigor, y hasta el último ritual con que nos hemos oprimido los que pertenecemos a la Ley Reformada, carece de valor ante mis ojos. Y los seguidores del Excelente están siempre discutiendo unos con otros. ¡Todo es ilusión! ¡Sí!, maya, ilusión. Pero yo tengo otras aspiraciones —su arrugado semblante amarillo se acercó a tres pulgadas del director y la uña larga de su dedo índice repiqueteaba en el tablero de la mesa—. Vuestros sabios, en estos libros, han seguido a los Benditos Pies por todos sus caminos; pero hay cosas que no han investigado. Yo no sé nada…, yo nada sé…, pero deseo librarme de la Rueda de las Cosas por una senda amplia y sin barreras —el lama se sonrió con una ingenua expresión de triunfo—. Hago méritos al proponerme visitar los Santos Lugares; pero aún hay más. Escucha este pasaje. Cuando Nuestro Señor, siendo todavía un muchacho, buscaba compañera, los cortesanos dijeron a su padre que era aún demasiado joven para casarse. ¿Lo sabías?
El director asintió, sin presumir en qué pararía todo aquello.
—Y así prepararon la triple prueba de la fuerza entre todos los solicitantes. Y al llegar a la prueba del Arco, Nuestro Señor, después de romper el que Le habían dado, pidió otro, que ninguno era capaz de tensar. ¿Lo sabías?
—Está escrito. Lo he leído.
—Y superando todos los otros blancos, la flecha voló hasta que se perdió de vista, y al caer y clavarse en la tierra brotó un manantial y se formó un río, que por la magnanimidad de Nuestro Señor y el mérito que adquirió en el acto de su liberación, goza de la propiedad de que aquel que se baña en sus aguas queda limpio de toda mancha de pecado.
—Así está escrito —dijo el director tristemente.
El lama dio un gran suspiro.
—¿Dónde está ese Río? Fuente de Sabiduría, ¿dónde cayó la Flecha?
—Desgraciadamente lo ignoro, hermano mío.
—No puede ser. Recuerda. Es la única cosa que no me has contado. Seguramente lo sabes. ¡Considera que soy un viejo! Te lo pido de rodillas, ¡oh Fuente de Sabiduría! ¡Nosotros sabemos que disparó la flecha! ¡Sabemos que la flecha cayó! ¡Sabemos que brotó la corriente! ¿Dónde está, pues, el Río? Mi sueño me dijo que lo encontraría. Por eso vine. Por eso estoy aquí. Pero, ¿dónde está el Río?
—Si yo lo supiera, ¿crees que no te lo hubiera dicho en seguida?
—Encontrándolo se alcanza la liberación de la Rueda de las Cosas —prosiguió el lama absorto en sus pensamientos—. ¡El Río de la Flecha! ¡Piensa otra vez! Tal vez sea un arroyuelo que se seca en el verano. Pero el Señor jamás engañaría a un viejo como yo.
—No lo sé. No lo sé.
El lama acercó su cara arrugadísima a un palmo de la del inglés.
—Ya veo que no lo sabes. Como no sigues la Ley, el misterio queda oculto para ti.
—Sí… oculto… oculto.
—Tú y yo estamos aún ligados, hermano. Pero yo… —se levantó rápidamente y el blando y espeso paño de su túnica onduló con suavidad—, yo cortaré mis ligaduras y me libertaré. ¡Ven conmigo!
—Yo estoy aquí sujeto. Pero tú, ¿adónde vas?
—Primero a Kashi (Benarés), ¿adónde mejor? Allí encontraré a uno de mi religión en un templo jainí de esa ciudad. También él busca, aunque en secreto, y de él puedo aprender muchas cosas. Tal vez venga conmigo a Buddh Gaya. Después iré más al norte, a Kapilavastu, y allí buscaré el Río. No; lo buscaré por dondequiera que vaya, pues no se conoce el lugar donde cayó la flecha.
—¿Y cómo vas a hacer el viaje? Hay mucha distancia hasta Delhi y aún más a Benarés.
—Por carretera y en tren. Desde Pathankot, después de cruzar las montañas, vine hasta aquí en te-ren. Se va muy de prisa. Al principio me admiraba ver aquellos altos postes de los lados, sujetando los cables —el lama se refería a los alambres del telégrafo, que parecen subir y bajar en la marcha rápida del tren—. Pero después estaba entumecido y sentí deseos de bajar y hacer el camino andando, como es mi costumbre.
—¿Y estás seguro de tu itinerario?
—¡Oh! Para eso no tengo más que preguntar y entregar dinero, y los empleados se encargan de despacharlo todo al lugar que se desea. Esto ya lo sabía yo cuando estaba en mi lamasería por informes de toda confianza —dijo el lama orgullosamente.
—¿Cuándo te vas? —el director sonreía a esta mezcla de antigua piedad y moderno progreso, que es la nota característica de la India actual.
—Tan pronto como pueda. Visitaré los lugares en que transcurrió Su vida hasta que encuentre el Río de la Flecha. Aquí tengo un papel en el que están escritas las horas de los trenes que van al sur.
—¿Y cómo te las arreglas para comer? —Los lamas, por regla general, llevan siempre consigo grandes cantidades en metálico, pero el director quería asegurarse.
—Durante el viaje utilizo el cuenco del Maestro. Sí; tal como Él lo hizo, así lo haré yo, abandonando la vida fácil del monasterio. Cuando dejé las montañas traía conmigo un chela (discípulo) que pedía para mí, como ordena la Regla, pero al detenernos algún tiempo en Kulú cogió unas fiebres y se murió. Ahora no tengo chela, pero pediré limosna yo mismo, permitiendo así que las personas caritativas adquieran mérito. —Movió la cabeza con decisión; los sabios doctores de una lamasería jamás mendigan, pero el lama se mostraba entusiasta en la búsqueda emprendida.
—Sea así —dijo el director sonriendo—. Y transige ahora conmigo para ganar méritos. Tú y yo somos personas del mismo oficio. Aquí tienes una libreta de papel inglés y lápices afilados del dos y del tres…, blando y duro…, útiles para un escribiente. Préstame tus lentes.
El director se los probó. Estaban llenos de rayas, pero su graduación era casi exacta a la de los suyos, los cuales colocó en las manos del lama, diciéndole:
—Prueba éstos.
—¡Como una pluma! ¡Apenas los siento sobre la cara! —el viejo giraba la cabeza con delicia y arrugaba la nariz—. ¡Si apenas los siento! ¡Ahora sí que veo claro!
—Son de bilaur (cristal de roca) y no se te rayarán nunca. Te los regalo, y que ellos te sirvan para encontrar tu Río.
—Los tomaré, lo mismo que los lápices y la libreta, como muestra de amistad entre sacerdotes…, y ahora… —buscó en su cinturón, sacó el estuche de plumas y lo colocó encima de la mesa del director!— Toma este estuche como recuerdo. Es algo viejo… como yo.
Era una cajita antigua de diseño chino, de un hierro que hoy no se fabrica, y el alma coleccionista del director se había fijado en ella desde el primer momento. A pesar de sus protestas tuvo que aceptarla.
—Cuando vuelva, después de encontrar el Río, te traeré una pintura escrita de la Padma Samthora, tal como las hago sobre seda en mi lamasería, y otra de la Rueda de la Vida —se rió entre dientes—, ya que ambos somos artesanos.
El director hubiera querido retenerlo, porque hay muy pocas personas en el mundo que posean aún el secreto de las clásicas pinturas budistas, hechas con plumas y pincel, combinando la pintura y la escritura. Pero el lama echó a andar con la cabeza alta, y después de pararse un momento ante la gran estatua de un Bodhisattva en meditación, salió apresuradamente.
Kim lo siguió como una sombra, pues lo que había oído excitaba su curiosidad enormemente. Aquel hombre era completamente diferente de todo lo que conocía, y deseaba con templarlo a sus anchas, de la misma manera que hubiera contemplado una nueva construcción o una festividad poco corriente en la ciudad de Lahore. El lama era un nuevo hallazgo y se proponía tomar posesión de él. La madre de Kim había sido también irlandesa.
El viejo se detuvo junto a Zam-Zammah y miró alrededor hasta que su vista cayó sobre Kim. La excitación de su peregrinación había desaparecido por unos momentos, y se sentía viejo, desamparado y con el estómago vacío.
—Está prohibido sentarse bajo el cañón —dijo el policía con brusquedad.
—¡Hu! ¡Búho! —fue la respuesta de Kim en defensa del lama—. Siéntate bajo el cañón si lo deseas. ¿Cuándo robaste las babuchas a la lechera, Dunnú?
La acusación era totalmente infundada, nacida bajo la inspiración del momento, pero fue lo suficiente para hacer callar a Dunnú, quien, conociendo bien al muchacho, sabía que si continuaba gritando, su voz atraería una legión de endemoniados pilletes del bazar.
—¿A qué dioses has adorado en el museo? —preguntó Kim afablemente, sentándose en cuclillas al lado del lama, a la sombra del cañón.
—No adoro a ninguno, niño. Me inclino ante la Ley Excelente.
Kim aceptó este nuevo dios sin emoción. Conocía ya varias docenas de ellos.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Mendigar. Ahora recuerdo que hace mucho tiempo que no he comido ni bebido. ¿Cuáles son las costumbres caritativas de esta ciudad? ¿En silencio, como se hace en el Tíbet, o pidiendo en voz alta?
—Los que piden en silencio, en silencio se mueren de hambre —dijo Kim repitiendo un refrán del país. El lama intentó levantarse, pero volvió a sentarse otra vez, suspirando por su discípulo muerto en Kulú. Kim lo contemplaba de reojo, compasivo e interesado.
—Dame el cuenco. Conozco bien a la gente de esta ciudad…, a todos los que son caritativos. Dámelo y te lo traeré lleno.
Obediente como un niño, el viejo le entregó el cuenco.
—Y ahora descansa. Yo conozco a la gente.
Corrió Kim a la tienda de una kunjri —vendedora de verduras perteneciente a la baja casta— que estaba situada enfrente de la línea del tranvía de circunvalación, hacia la parte baja del bazar Motee. La dueña conocía a Kim desde hacía tiempo.
—Chico, ¿es que te has convertido en yogui, con ese cuenco de mendicante?
—No —repuso orgullosamente—. Es que ha llegado un nuevo santón a la ciudad…, un hombre como yo no he visto nunca.
—Santón viejo… tigre joven —dijo la mujer encolerizada—. Ya estoy harta de nuevos santones! Vuelan como moscas alrededor de las cazuelas. ¿Acaso el padre de mi hijo es un pozo de caridad para darle a todo el que me pide?
—No, tu hombre es más bien un yagui (mal genio) que un yogui (piadoso). Pero este santón es extraordinario. El sahib de la Casa Maravillosa le ha hablado como si fuera un hermano. ¡Anda, madre, lléname esta escudilla, que me está esperando!
—¡Ah, claro!, esa escudilla. ¡Querrás decir ese cesto tan grande como el vientre de una vaca! Me haces tanta gracia como el toro sagrado de Siva, que esta mañana se ha comido lo mejor de una canasta de cebollas. Y encima quieres que te llene la escudilla… ¡Míralo, ahí viene otra vez!
El inmenso toro brahmán de color parduzco del barrio se abría paso a través de la abigarrada multitud, con un plátano colgando todavía de la boca, y se dirigió en línea recta a la tienda. Conocedor de sus privilegios como animal sagrado, bajó la cabeza y resopló a lo largo de las canastas, metiendo el hocico en todas, antes de elegir lo más apetitoso, pero Kim, con su pequeño talón endurecido, le dio un certero puntapié en el húmedo hocico azulado, y el toro, bufando de indignación, se desvió, cruzando la línea del tranvía; su joroba temblaba de rabia.
—¡Mira! Te he ahorrado mucho más de lo que te costaría llenar tres veces el cuenco. Anda, madre; un poco de arroz y encima algunos pescados salados…; sí, y un poco de curry con verdura.
Sonó un gruñido, que salía de la parte trasera de la tienda.
—Ha espantado al toro —dijo en voz baja la mujer, dirigiéndose a su hombre, que yacía allí acostado—. No hay más remedio que socorrer a los pobres. —Y cogiendo el cuenco, lo trajo al instante lleno de arroz caliente.
—Pero mi yogui no es una vaca —dijo Kim gravemente, haciendo con sus dedos un agujero en el montón de arroz—. Pon aquí un poco de curry y un buñuelo; yo creo que también le gustaría un poco de mermelada.
—¡Ese agujero es tan grande como tu cabeza! —dijo la mujer con malos modos. Pero lo llenó con una riquísima y humeante salsa de verduras al curry; puso encima un buñuelo, lo roció con mantequilla depurada y a su lado colocó un trozo de mermelada ácida de tamarindo. Kim contemplaba la operación con muestras de alegría.
—Está bien. Mientras yo esté en el bazar, no se acercará el toro a tu tienda. Es un mendigo atrevido y osado.
—¿Pues y tú? —dijo riendo la mujer—. Pero debías hablar bien de los toros. ¿No me has contado que algún día te ayudará un Toro Rojo? Ahora ten cuidado de que no se te caiga…, y pídele al santón que me bendiga. Tal vez sepa algo para curar los ojos ulcerados de mi hija. ¡Pídeselo también, Amigo de todo el Mundo!
Pero Kim había echado a correr y no oyó el final de la frase. Se escabullía de sus amigos pordioseros y de los perros parias que lo rodeaban.
—Así mendigamos los que sabemos cómo hacerlo —dijo con orgullo dirigiéndose al lama, que abrió los ojos desmesuradamente al ver el contenido de la escudilla.
—Come… y yo comeré contigo. ¡Eh!, ¡bhistie! —gritó Kim, llamando al aguador que pasaba por la puerta del museo—. Tráenos agua, que aquí hay dos hombres que están sedientos.
—¡Dos hombres! —dijo el bhistie riendo—. ¿Tendréis bastante con un pellejo lleno? Bebed en nombre del Misericordioso.
El aguador dejó caer un fino chorro de agua en las manos de Kim, que sorbió a la usanza del país; pero el lama sacó una copa de sus duraderas vestiduras y bebió ceremoniosamente.
—Un pardesi (extranjero) —explicó Kim, cuando el viejo murmuró en lengua extraña algo que debía de ser una bendición de los alimentos.
Comieron juntos con gran regocijo, dando buena cuenta de todo el contenido, y en seguida el lama sorbió rapé, que sacó de una preciosa cajita de madera, y tomando las cuentas de su rosario las fue pasando hasta que poco a poco se quedó dormido, con el sueño fácil de su edad, a la sombra —que se iba alargando por momentos— de Zam-Zammah.
Kim, por distraerse, se acercó al vendedor de tabaco más próximo, que era una mahometana con mucha vitalidad, y le pidió un apestoso cigarrillo de esa marca que usan los estudiantes de la Universidad del Panjab cuando quieren imitar las costumbres inglesas. En seguida se puso a fumar y a pensar, debajo del cañón, con la barbilla apoyada en las rodillas; el resultado de su meditación fue una repentina y furtiva carrera en dirección al almacén de madera de Nila Ram.
La animación del anochecer en la ciudad, con las luces encendidas y el regreso de los empleados de las oficinas del Gobierno, despertó al lama. Miró sorprendido en todas direcciones, pero nadie lo miraba a él, excepto un granujilla hindú que llevaba un turbante sucio y un traje de color isabela. De pronto, el lama inclinó la cabeza sobre sus rodillas, y rompió a llorar.
—¿Qué pasa? —dijo el chiquillo, de pie ante él—. ¿Es que te han robado?
—Es que mi nuevo chela (discípulo) se ha ido de mi lado y no sé dónde está.
—¿Y qué clase de persona era tu discípulo?
—Era un muchacho que vino a ocupar el puesto del que se me murió, en recompensa del mérito que gané al inclinarme allí ante la Ley —el lama señaló al museo—. Vino a mí para mostrarme un camino que yo había perdido. Me guió a la Casa Maravillosa, y con su charla me animó a que hablara con el Guarda de las Imágenes, quien me atendió y fortaleció. Cuando estaba desmayado de hambre, mendigó para mí, como hace un chela con su maestro. Milagrosamente me fue enviado; milagrosamente desapareció. Yo pensaba enseñarle la Ley durante el viaje a Benarés.
Al oír esto, Kim quedó estupefacto, pues habiendo escuchado la conversación del museo, sabía que el viejo decía la verdad, cosa que un indígena jamás hace con un desconocido.
—Pero ahora comprendo que me fue enviado como una advertencia. Ahora ya sé que encontraré cierto Río que voy buscando.
—¿El Río de la Flecha? —preguntó Kim con una sonrisa de superioridad.
—¿Eres tú otro Enviado? —gritó el lama—. A nadie he hablado de mi Búsqueda, salvo al Sacerdote de las Imágenes. ¿Quién eres tú?
—Tu chela —contestó Kim sencillamente, sentándose sobre los talones—. Yo no he visto a nadie como tú en toda mi vida. Me iré contigo a Benarés. Además, creo que un hombre tan viejo como tú y que dice la verdad al primero que se encuentra, tiene gran necesidad de un discípulo.
—Pero el Río…, ¿el Río de la Flecha?
—¡Ah!, eso lo oí cuando hablabas con el inglés. Yo estaba detrás de la puerta.
El lama suspiró:
—Creí que eras un enviado sobrenatural. Tales cosas ocurren algunas veces…, pero yo no soy digno". ¿Entonces tú no sabes dónde está el Río?
—No —dijo Kim esforzándose por reír—, yo busco un Toro Rojo sobre un campo verde, que me ayudará.
Como Kim, al fin y al cabo, era un chiquillo, sentía cierto orgullo en poder demostrar al lama que él también tenía sus proyectos. Y, como un chiquillo, no había pensado en la profecía de su padre más de veinte minutos seguidos.
—¿Y a qué te va a ayudar, muchacho?
—Sólo Dios lo sabe; pero así me lo dijo mi padre. Yo oí en la Casa Maravillosa tu conversación sobre aquellos extraños lugares de las montañas, y si tú, que eres tan viejo y tan débil —tan acostumbrado a decir la verdad—, emprendes este largo viaje por un asunto de tan poca monta, como es la busca de un río, bien puedo viajar yo también. Si nuestro sino es encontrar las cosas que buscamos, las encontraremos… Tú el Río, yo mi toro y los Fuertes Pilares, y otras cosas que se me han olvidado.
—No son pilares, sino una Rueda de la cual yo me libraré.
—Es lo mismo. Tal vez me hagan rey —Kim estaba serenamente dispuesto a todo.
—Yo te enseñaré durante el viaje otros deseos mejores que ésos —y el lama dijo con voz autoritaria—: Vámonos a Benarés.
—Por la noche no, que el campo está lleno de ladrones. Espera hasta que sea de día.
—Pero aquí no hay dónde dormir. —El viejo estaba acostumbrado todavía al orden del monasterio, y aunque dormía siempre sobre el suelo, como ordena la Regla, prefería mantener cierto decoro.
—Encontraremos alojamiento en el caravasar de Cachemira —dijo Kim, riendo ante su perplejidad—. Yo tengo allí un amigo. ¡Vamos!
Los bazares, cálidos y animados, resplandecían con las luces encendidas cuando atravesaron entre la muchedumbre apiñada, donde se veían tipos de todas las razas de la alta India; el lama iba de un lado a otro, vacilante, como en sueños. Era su primera experiencia de una gran ciudad industrial; los tranvías atestados, con el incesante chirrido de sus frenos, lo espantaban. A fuerza de tropiezos y empellones, llegó a la inmensa puerta del caravasar de Cachemira: esa enorme plaza cercada, que se halla frente a la estación de ferrocarril, rodeada en su interior por una arcada de soportales, y en la cual se alojan las caravanas de camellos y caballos que vienen del Asia central. Todas las costumbres y razas de la gente del norte se encontraban allí; unos cuidaban de los caballos atados y de los camellos arrodillados; otros cargaban y descargaban fardos y pacas; sacaban agua de los pozos, cuyas poleas rechinaban; apilaban hierba ante los sementales de ojos feroces; golpeaban a los perros huraños; pagaban a los conductores de camellos; contrataban nuevos criados; gritaban, juraban, disputaban y regateaban en la atestada plaza. Los soportales, elevados sobre el piso en tres o cuatro escalones de ladrillo, constituían un refugio en aquel mar turbulento. La mayor parte de ellos estaban alquilados a comerciantes, como nosotros alquilamos los arcos de un viaducto; los espacios entre pilar y pilar, sólidamente tabicados de ladrillo o madera, formaban cuartos que se cerraban con pesadas puertas y molestos candados del país. Las puertas que estaban cerradas indicaban que sus dueños se hallaban ausentes y algunos garrapatos rudimentarios —a veces muy rudimentarios— hechos con tiza o pintura, decían adónde habían ido. Así: «Lutuf Ullah se ha ido al Kurdis-tán», y debajo, en versos muy burdos: «Oh Alá, tú que consentiste a los piojos vivir en la túnica de un kabuli, ¿por qué permites a este piojo de Lutuf vivir tan largo tiempo?»
Kim, protegiendo al lama a través de la multitud excitada y los enfurecidos animales, se dirigió, siguiendo a lo largo de los soportales, hasta el rincón más próximo a la estación del ferrocarril, donde se alojaba Mahbub Alí, el tratante de caballos, cuando volvía de esas tierras misteriosas que se extienden más allá de los desfiladeros del norte.
En su corta vida, Kim había tratado varias veces con Mahbub —principalmente entre los diez y los trece años—, y este corpulento afgano, cuya barba estaba teñida de rojo (porque era ya algo viejo y no le gustaba lucir sus cabellos grises), conocía el valor del muchacho para enterarse de cualquier chismorreo. Algunas veces había dado a Kim el encargo de vigilar a un hombre —cosa que no tenía nada que ver con caballos—, de seguirle durante todo un día y dar razón de todas las personas con las que hablase. Por la noche Kim daba cuenta de sus observaciones, y Mahbub lo escuchaba sin decir una palabra ni hacer un gesto. Claro es que se trataba de intrigas; Kim lo sabía, pero precisamente su mérito consistía en no decir nada a nadie, excepto a Mahbub, el cual lo convidaba a comidas buenas y calientes que encargaba en la cantina de la entrada del caravasar. Una vez le dio hasta ocho annas.
—Aquí es —dijo Kim pegando un puñetazo en el hocico de un camello enfurecido—. ¡Eh, Mahbub Alí! —Se paró ante un arco oscuro y se escondió detrás del aturdido lama.
El tratante de caballos estaba tendido sobre dos fardos de tapices de seda, con un bordado cinturón de Bujará desabrochado, y fumando perezosamente en un inmenso narguile de plata. Volvió ligeramente la cabeza al escuchar el grito, y no viendo ante sí más que la alta y silenciosa figura, se rió para sus adentros.
—¡Alá! ¡Un lama! ¡Un lama rojo! Mucha distancia hay desde Lahore a los desfiladeros. ¿Qué haces aquí?
El lama, maquinalmente, le presentó su cuenco de limosna.
—¡Dios maldiga a los infieles! —dijo Mahbub—. Yo no doy nada a un piojoso tibetano; pero pídeles a mis baltis, que están ahí fuera, detrás de los camellos. Ellos apreciarán tus bendiciones. ¡Eh, muchachos, aquí hay un compatriota vuestro! ¡Atendedle si tiene hambre!
Un balti de cabeza afeitada y encorvado que había venido del norte con los caballos y que era un budista degradado, acogió al lama con cortesía, y en su lenguaje gutural y duro invitó al santón a sentarse al lado del fuego con los mozos de cuadra.
—¡Aléjate! —dijo Kim, empujándolo ligeramente; y el lama echó a andar, dejando al muchacho al lado de los soportales.
—¡Vete! —dijo Mahbub Alí, volviendo a su narguile—. Márchate pequeño hindú. ¡Dios maldiga a los infieles! Pídeles a aquellos de mi escolta que sean de tu fe.
—Maharajá —gimió Kim siguiendo la costumbre hindú, y gozando entusiasmado de la situación—. Mi padre ha muerto, mi madre ha muerto, mi estómago está vacío.
—Te he dicho que les pidas a mis hombres que están con los caballos. En mi escolta debe de haber algunos infieles.
—¡Oh Mahbub Alí!, pero ¿es que soy yo hindú? —dijo Kim en inglés.
El tratante no hizo el menor gesto de asombro, pero su mirada brilló bajo sus pobladas cejas.
—Pequeño Amigo de todo el Mundo, ¿qué significa esto?
—Nada, ahora soy el discípulo de ese santo, y vamos juntos en peregrinación a Benarés. Está completamente loco y yo estoy cansado de la ciudad de Lahore. Necesito cambiar de aire y de aguas.
—Pero, ¿para quién trabajas? ¿Por qué vienes a mí? La voz era dura por la sospecha.
—¿Y a quién iba a acudir? No tengo dinero y no es conveniente emprender un viaje sin él. Tú venderás muchos caballos a los oficiales, porque estos que tienes ahora son muy hermosos; los he visto. Dame una rupia, Mahbub Alí, y cuando sea rico te la devolveré.
—¡Humm! —dijo Mahbub Alí, pensando rápidamente—. Tú nunca me has mentido. Llama al lama y escóndete en la oscuridad.
—¡Oh, nuestras historias coincidirán! —dijo Kim riendo.
—Vamos a Benarés —contestó el lama en cuanto comprendió el significado de las preguntas de Alí— el muchacho y yo. Yo voy en busca de cierto Río.
—Puede ser, pero, ¿y el muchacho?
—Es mi discípulo. Me ha sido enviado para que me guíe a ese Río. Sentado bajo el cañón estaba yo cuando se me apareció. Tales cosas han sucedido a aquellos afortunados a quienes ha sido concedido un guía. Pero ahora recuerdo que dijo que era de este mundo…, un hindú.
—¿Y su nombre?
—No se lo he preguntado. ¿No es mi discípulo?
—Pero ¿cuál es su país…, su raza…, su pueblo? ¿Es musulmán…, sij…. hindú…, jainí…. de alta o baja casta?
—¿Por qué tendría que preguntárselo? En la Senda Media no hay altos ni bajos. Si él es mi chela, ¿quién podrá separarlo de mí? Sin él yo no encontraré mi Río. —Su cabeza se balanceó solemnemente.
—Nadie lo separará de ti. Vete y siéntate entre mis baltis —dijo Mahbub Alí, y el lama salió consolado con la promesa.
—¿No es verdad que está completamente loco? —dijo Kim, saliendo de la oscuridad—. ¿Por qué te iba a engañar, hayyi[1]?
Mahbub chupó el narguile en silencio. Después murmuró en voz bajísima:
—Ambala está en el camino de Benarés…, si es verdad que vais allí.
—¡Bah! ¡Bah! Ya te he dicho que es incapaz de decir una mentira… No es como nosotros.
—Si quieres llevarme un mensaje a Ambala, te pagaré. El mensaje se refiere a un caballo, un semental blanco que vendí a un oficial la última vez que vine de los pasos. Pero entonces (acércate y extiende las manos, como si me pidieses limosna…) el pedigrí del semental blanco no se había aún comprobado y ese oficial, que está ahora en Ambala, me pidió que se lo aclarase —aquí Mahbub describió el caballo y el aspecto del oficial—. Así es que el mensaje para ese oficial será: «el pedigrí del semental blanco está totalmente confirmado»; con eso él sabrá que vas de mi parte, y en seguida te preguntará: «¿Qué pruebas tienes?», y tú contestarás: «Mahbub Alí me ha dado la prueba.»
—¿Y todo esto para el pedigrí de un semental blanco? —dijo Kim, sonriendo y con la mirada brillante.
—Ahora te daré el pedigrí a mi modo… y también algunas palabras. —Un hombre que llevaba forraje, pasó como una sombra por detrás de Kim. Mahbub Alí alzó la voz:
—¡Alá! ¿Eres tú el único mendigo de la ciudad? Tu madre se ha muerto, tu padre se ha muerto. Eso es lo que les pasa a todo. Bien, bien… —se volvió como buscando a tientas en el suelo a su lado, y le tiró a Kim un pedazo de pan musulmán, blando y grasiento—. Marchaos a descansar entre mi gente esta noche tú y el lama. Mañana quizás te pueda dar trabajo.
Kim se escabulló mordiendo el pedazo de pan, y como ya esperaba, encontró una hoja de papel de seda doblada y cubierta con hule y tres rupias de plata. Una espléndida recompensa. Sonrió, y colocó el dinero y el papel en el estuche de cuero de sus amuletos. El lama, bien alimentado por los baltis de Mahbub, estaba ya dormido en un rincón de uno de los establos. Kim se tumbó a su lado y se echó a reír. Comprendía que había prestado un gran servicio a Mahbub, y ni por un solo momento creyó la historia del pedigrí del semental.
Pero Kim no sospechaba que Mahbub Alí, conocido como uno de los mejores tratantes de caballos del Panjab, rico comerciante emprendedor, cuyas caravanas penetraban profundamente en el norte lejano, estaba registrado en uno de los libros secretos del Departamento de Seguridad de la India, como C. 25.1B. Dos o tres veces al año, C. 25 enviaba una pequeña relación muy mal escrita, pero interesantísima y generalmente verdadera, según era confirmada por los informes de R.17 y M. 4. Sus noticias se referían principalmente a los principados del otro lado de la montaña, a las exploraciones de potencias extranjeras y al comercio de armas, y constituían una pequeña parte de la enorme cantidad de «información» con la cual opera el Gobierno de la India. Pero, recientemente, cinco reyes confederados, que no tenían motivo alguno para estar confederados, supieron por una bondadosa potencia del norte que muchas noticias interesantes de sus territorios se habían infiltrado en la India británica. Los primeros ministros de estos reyes quedaron consternados y tomaron sus medidas según la costumbre oriental. Sospechaban, entre otros muchos, del bravo tratante de barba roja, cuyas caravanas penetraban en el corazón de sus países hasta las nieves lejanas. En su viaje de regreso sufrió la caravana al menos dos emboscadas, y los hombres de Mahbub vieron a tres extraños rufianes que podrían haber sido contratados a tal efecto. Debido a esto, Mahbub evitó la parada en la insalubre ciudad de Peshawar y se fue derecho y sin detenerse hasta Lahore, donde, como conocía a sus gentes, presentía que ocurrirían incidentes curiosos.
Mahbub Alí tenía aquel documento comprometedor, y por nada del mundo hubiera querido conservarlo en su poder ni una hora más de lo preciso. El documento consistía en una hoja doblada de papel de seda, envuelta en hule, y era una información sin dirección e impersonal, con cinco microscópicos pinchazos de alfiler en una esquina, que delataban escandalosamente a los cinco reyes confederados, a la simpática potencia del norte, a un banquero hindú de Peshawar, a una casa belga constructora de armas y a un gobernador mahometano semiindependiente de las provincias del sur. Este último descubrimiento era debido a R. 17, y Mahbub lo había recogido del paso de Dora, ya que R. 17, por circunstancias para él desconocidas, no podía abandonar su puesto de observación. La dinamita era una sustancia dulce e inofensiva al lado de esa relación de C. 25; e incluso un oriental, con su peculiar sentido del tiempo, no podía menos de reconocer que cuanto más pronto estuviese el documento en manos seguras sería mejor. Mahbub no sentía ningún deseo especial de morir de muerte violenta, porque tenía aún pendientes dos o tres contiendas de familia que quería resolver, y una vez saldadas esas cuentas, pensaba establecerse como un ciudadano más o menos virtuoso. Durante los dos días que transcurrieron desde su llegada, no había cruzado la puertas del caravasar, pero había puesto ostensiblemente varios telegramas a Bombay, en uno de cuyos bancos tenía depositado parte de su capital; a Delhi, en donde un empleado de su mismo clan vendía caballos al agente del estado de Rajputana; y a Ambala desde donde un inglés le pedía con insistencia el pedigrí de un semental blanco. El escribiente público, que sabía inglés, compuso aquellos días excelentes telegramas, como: «Creighton, Banco Laurel, Ambala. —Caballo es árabe, como había anunciado. Siento retraso pedigrí que estoy traduciendo». Y más tarde a la misma dirección: «Siento muchísimo retraso. Remitiré pedigrí». A su empleado en Delhi le telegrafió: «Lutuf Ullah. Enviado telégrafo dos mil rupias a tu cuenta Banco Luchman Narai». Estos telegramas entraban dentro del lenguaje comercial, pero cada uno de ellos era discutido y analizado por personas que estaban interesadas y que se enteraban de ellos, gracias a que Mahbub los enviaba al telégrafo de la estación por medio de un balti tonto, que permitía que los leyera todo el mundo.
Cuando —siguiendo el pintoresco lenguaje de Mahbub— logró enturbiar el pozo de la curiosidad con el palo de la precaución, cayó Kim a su lado como enviado del cielo; siendo tan rápido en la acción como poco escrupuloso, y acostumbrado a aprovechar todas las ocasiones que se le presentaban, Mahbub Alí no dudó un momento en complicar al chiquillo en el asunto. Un lama vagabundo y un niño de baja casta podían tal vez atraer por un momento la atención de las gentes al viajar por la India, el país de los peregrinos, pero nadie sospecharía de ellos, y lo que era aún más importante, nadie se atrevería a robarles.
Pidió más tabaco para su narguile y meditó el caso. Poniéndose en lo peor, si al muchacho le ocurría algún percance, el papel no delataba a nadie y él podría ir a Ambala, y a riesgo de despertar algunas sospechas, repetir de palabra toda la historia a las personas interesadas.
Pero el informe de R. 17 era el meollo de la cuestión, y realmente sería una contrariedad que no llegase a su destinatario. Pero Alá es grande y Mahbub Alí había hecho todo lo que podía. Kim era la única persona en el mundo que nunca le había dicho una mentira. Esto hubiera constituido un defecto capital en el carácter de Kim, pero Mahbub sabía que a los demás, y cuando trataba de sus propios asuntos o de los de Mahbub, Kim era capaz de mentir como cualquier oriental.
Mahbub Alí se levantó y dio la vuelta al caravasar hasta llegar a la Puerta de las Arpías, que con sus ojos pintados atrapan a los forasteros, y, después de algunos esfuerzos, logró encontrar a una muchacha que, según sospechaba, era amiga de un lampiño pandit de Cachemira que había espiado a su ingenuo balti en el asunto de los telegramas. Aún cometió Mahbub otra tontería, pues se puso a beber con la muchacha coñac perfumado, en contra de las leyes del Profeta, hasta que se emborrachó por completo y se abrieron las puertas de su boca y persiguió a Flor de Delicia con los pies de la intoxicación. Al final cayó sin sentido entre los cojines, donde Flor de Delicia, ayudada por un pandit lampiño de Cachemira, lo registró concienzudamente desde los pies a la cabeza.
A la misma hora en que esto ocurría, Kim oyó un rumor de pasos suaves en el alojamiento de Mahbub. El tratante, cosa rara, no había cerrado la puerta con llave, y sus hombres estaban muy entretenidos celebrando el regreso a la India, con un carnero debido a la generosidad de Mahbub. Un elegante y joven caballero de Delhi, provisto de un manojo de llaves que Flor de Delicia había sustraído del cinturón al inconsciente afgano, fue abriendo todos los fardos, cajas, bolsas y alforjas de Mahbub, con más detenimiento aún que Flor y el pandit habían registrado al propio dueño.
—Yo creo —decía Flor de Delicia desdeñosamente una hora después, con el codo apoyado en el cuerpo exánime que seguía roncando— que no es más que un cerdo afgano que sólo piensa en mujeres y caballos. Además, puede que lo haya mandado ya a estas alturas…, si es que ese papel ha existido alguna vez.
—No…, tratándose de un documento concerniente a los cinco reyes, lo llevaría muy cerca de su negro corazón —dijo el pandit—. ¿Habéis encontrado algo?
El hombre de Delhi se echó a reír y se arregló el turbante al entrar.
—He buscado hasta en las suelas de sus babuchas, como Flor ha registrado los forros de su traje. Éste no es el hombre, será otro. No he dejado por registrar ni lo más mínimo.
—Ellos no dijeron que fuese éste precisamente —observó el pandit—. Solamente dijeron: «Comprobad si ése es el hombre por el cual nuestros consejos se ven turbados.»
—Los países del norte están llenos de tratantes de caballos, como un abrigo viejo de piojos. Ahí están, por ejemplo, Sikandar Khan, Nur Alí Beg y Farrukh Shah, todos jefes de cáfila (caravanas) que comercian allí —observó Flor.
—Pero aún no han regresado —dijo el pandit—. Tú te encargarás de atraparlos más tarde.
—¡Uf! —replicó Flor con profundo disgusto, dejando caer de su regazo la cabeza de Mahbub—. Bien me gano el dinero. Farrukh Shah es un oso, Alí Beg un matón, y el viejo Sikandar Khan… ¡Ay! ¡Marchaos! ¡Voy a dormir! Este cerdo no me fastidiará hasta la aurora.
Cuando despertó Mahbub, Flor le habló severamente del pecado de borrachera. Los asiáticos no se traicionan nunca cuando han burlado a su enemigo; pero mientras se enjuagaba la garganta, ajustaba su cinturón y salía bajo las pálidas estrellas de la mañana, Mahbub estuvo a punto de hablar.
—¡Qué treta de niños! —se dijo—. ¡Como si todas las muchachas de Peshawar no hiciesen lo mismo! Pero ha resultado bien. Dios sabe cuántos otros andarán persiguiéndome en este momento con orden de probarme… aun con el puñal. Ahora más que nunca es preciso que el muchacho salga para Ambala, y por ferrocarril, porque el asunto se hace urgente. Yo permaneceré aquí entretenido con Flor y bebiendo vino, como corresponde a un comerciante afgano.
Se detuvo en el puesto segundo después del suyo. Sus hombres dormían profundamente. No había ni el menor rastro de Kim ni del lama.
—¡Arriba! —dijo sacudiendo a uno de los dormidos—. ¿Adónde se fueron aquellos mendigos que se quedaron aquí ayer por la tarde…, el lama y el muchacho? ¿Habéis echado algo en falta?
—No —gruñó el hombre—; el viejo loco se levantó al segundo canto del gallo diciendo que se iba a Benarés, y el joven lo acompañó.
—La maldición de Alá caiga sobre todos los infieles —dijo Mahbub, satisfecho, y subió a su cuarto murmurando entre dientes.
En realidad, fue Kim el que despertó al lama: Kim, que vio por el agujero de un nudo de la madera al hombre de Delhi registrar en las cajas, comprendió en seguida que no se trataba de un ladrón vulgar, pues se entretenía en mirar las cartas, facturas y sillas de montar… No era un simple ratero, ya que con un corta-plumas registraba las suelas de las zapatillas de Mahbub y descosía hábilmente las costuras de las alforjas.
Al principio, Kim estuvo tentado de dar la voz de alarma, el prolongado ¡cho-or, cho-or! (¡ladrón!, ¡ladrón! ), que instantáneamente levanta a todo el caravasar como a un avispero; pero lo pensó dos veces, y con la mano sobre sus amuletos sacó sus propias conclusiones.
—Debe de ser el pedigrí de ese supuesto caballo lo que yo llevo a Ambala. Más vale que nos vayamos en seguida. Los que registran los fardos con cuchillo pueden registrar también las entrañas con puñales. Seguramente que hay una mujer detrás de todo eso. ¡Eh! ¡Eh! —dijo en voz baja al viejo, que dormía con sueño ligero—. Vamos, ya es hora de irnos a Benarés.
El lama se levantó obediente y ambos salieron del caravasar como sombras.

Capítulo II

Aquel que, liberado del orgullo,
no desprecie ni a hombres ni a animales,
podrá sentir el alma del Oriente
pasar ante él en Kamakura.
Buda en Kamakura

Entraron en la estación del ferrocarril que, semejante a una fortaleza, se perfilaba negrísima sobre la incierta claridad del crepúsculo; las luces eléctricas resplandecían sobre los andenes de mercancías, donde se acumulaba todo el enorme tráfico de cereales del norte de la India.
—¡Esto es obra de los demonios! —dijo el lama retrocediendo ante la oscura nave resonante, donde se vislumbraba el suave reflejo de los raíles entre los andenes de mampostería y el laberinto de la armadura metálica del techo. Permaneció de pie en medio de la gigantesca sala alfombrada, en apariencia, de cadáveres amortajados… Eran pasajeros de tercera clase, que habían sacado sus billetes la noche anterior y estaban durmiendo en la sala de espera. Las veinticuatro horas del día tienen igual valor para los orientales, y el tráfico de pasajeros se regula teniendo esto en cuenta.
—Aquí es donde se paran los carruajes de fuego. Hay un hombre detrás de ese agujero —dijo Kim señalando a la ventanilla del despacho de billetes—, que te dará un papel para llevarte a Ambala.
—Pero nosotros vamos a Benarés —dijo el lama con impaciencia.
—Es lo mismo. A Benarés, entonces. De prisa, ¡ya viene!
—Toma tú la bolsa.
El lama, no tan acostumbrado a los trenes como pretendía, pegó un salto cuando el correo del sur, de las 3.25 horas, hizo su entrada, rugiendo. Todos los durmientes renacieron a la vida, y la estación se llenó de clamores y gritos, pregones de agua y dulces, llamadas de los policías indígenas, aullidos de mujeres que recogían sus cestas, a sus hijos y sus maridos.
—Es el tren…, nada más que el te-ren. No llegará hasta aquí. ¡Espera!
Sorprendido de la inmensa candidez del lama (le había entregado una pequeña bolsa llena de rupias), Kim sacó un billete para Ambala. El empleado murmuró algo, medio dormido, y le dio uno para la próxima estación, situada a seis millas justas de distancia.
—No —dijo Kim examinándolo con una sonrisa burlona—. Este truco es bueno para los campesinos, pero yo vivo en la ciudad de Lahore. Has sido muy hábil, babú[2]. Pero ahora dame el billete para Ambala.
El babú le puso mala cara, pero le entregó el billete requerido.
—Ahora dame otro para Amritsar —dijo Kim, que no quería gastarse el dinero de Mahbub Alí en algo tan vulgar como un billete de tren hasta Ambala—. El precio es tanto. La vuelta es tanto. Sé cómo funcionan los te-renes… Nunca hubo yogui más necesitado de un chela que tú —exclamó dirigiéndose alegremente al atontado lama—. Si no hubiera sido por mí, te hubieran dejado en Mian Mir. ¡Ven por aquí! —Le devolvió el dinero, guardándose solamente un anna por cada rupia de las que había gastado en el billete a Ambala, como importe de su comisión, la inevitable comisión de Asia.
El lama se detuvo, remiso, ante la puerta abierta de un vagón de tercera, que iba atestado.
—¿No sería mejor ir a pie? —dijo suspirando.
Un corpulento artesano sij de tupida barba sacó por una ventanilla la cabeza.
—¿Tiene miedo? No debe tenerlo. Me acuerdo de la primera vez, cuando yo tenía miedo de los trenes.
¡Entra! Esta cosa es obra del Gobierno.
—No tengo miedo —dijo el lama—. ¿Habrá sitio para dos?
—No hay sitio ni para un ratón —chilló la mujer de un labrador acomodado, un indio jat del rico distrito de Jullundur—. Los trenes de la noche no están tan bien atendidos como los del día, en los que hay vagones separados para los dos sexos.
—¡Oh, madre de mi hijo!, podemos hacer sitio —dijo el marido, que llevaba un turbante azul—. Coge en brazos al niño. Es un santón, ¿no lo ves?
—¡Y mi regazo, lleno de setenta veces siete bultos! ¿Por qué no me lo sientas sobre mis rodillas, sinvergüenza? Los hombres sois todos iguales. —La mujer miró alrededor en busca de aprobación. Una cortesana de Amritsar, sentada al lado de la ventanilla, hizo un ruido despreciativo bajo el velo que cubría su cabeza.
—¡Sube, sube! —gritó un gordo prestamista hindú, que llevaba debajo del brazo su libro de cuentas arrollado en una tela. Y añadió con una sonrisa untuosa—: Se debe ser bondadoso con los pobres.
—Sí, al siete por ciento al mes y una hipoteca sobre el ternero que haya de nacer —dijo un joven soldado dogra, que se dirigía al sur de permiso. Y todos se echaron a reír.
—¿Va este tren a Benarés? —preguntó el lama.
—Naturalmente. ¿Adónde si no? Entra o nos dejan en tierra —dijo Kim.
—¡Fijaos! —gritó la muchacha de Amritsar—. No ha subido nunca en tren. ¡Fijaos!
—Ayuda es lo que necesita —dijo el labrador alargando su ancha mano morena y tirando del lama hacia arriba—. Así se hace, padre.
—Pero…, pero… yo me siento en el suelo. Sentarse en el banco es contra la Regla —dijo el lama—. Además, me dan calambres.
—Yo digo —comentó el prestamista frunciendo los labios que en estos te-renes no hay regla que no se vea uno forzado a infringir, y no tenemos más remedio que codearnos con todos los pueblos y castas.
—Sí, y con las mujeres más desvergonzadas —dijo la labradora, atisbando las miradas provocativas que lanzaba la muchacha de Amritsar al joven cipayo.
—Ya te dije que podíamos haber ido en el carro —dijo el marido— y nos hubiéramos ahorrado algún dinero.
—Sí…, para gastarnos más del doble en comida para el camino. Ya hemos discutido esto más de diez mil veces.
—Sí, y en diez mil lenguas —gruñó el marido.
—¡Los dioses nos ayuden!; qué sería de nosotras, pobres mujeres, si no pudiéramos hablar. ¡Anda! Éste es de esos que no pueden mirar ni hablar a las mujeres —la labradora decía esto porque el lama, obligado por su Regla, fingía no advertir su presencia—. ¿Y su discípulo es como él?
—Nada de eso, madre —contestó Kim rápidamente—. Y menos cuando la mujer es hermosa, y sobre todo, caritativa con los hambrientos.
—Una respuesta de mendigo —dijo el sij riendo—. Tú te lo has buscado, hermana. —Las manos de Kim se entrecruzaron suplicantes.
—¿Y adónde vas? —dijo la mujer, mientras le daba media torta que sacó de un paquete grasiento.
—A Benarés.
—¿Sois titiriteros? —preguntó el joven soldado—. ¿Sabéis hacer algunos juegos con que entretenernos durante el camino? ¿Por qué no me contesta el hombre amarillo?
—Porque —dijo Kim con vehemencia— es santo, y medita sobre materias demasiado sublimes, que tú no comprenderías.
—Eso puede ser verdad. Nosotros los sijs de Ludhiana —exclamó enfáticamente— no nos calentamos la cabeza con doctrinas. Nosotros combatimos.
—El hijo del hermano de mi hermana es naik (cabo) en ese regimiento —dijo el artesano sij con modestia—. Hay allí también algunas compañías de dogras.
El soldado le lanzó una mirada furiosa, porque un dogra es de otra casta que un sij; el prestamista, entretanto, se reía entre dientes.
—Para mí todos son lo mismo —dijo la muchacha de Amritsar.
—De eso estamos convencidos —exclamó la mujer del labrador, con intención.
—No es eso; pero todos los que sirven al Sirkar con las armas en la mano forman como si fuera una hermandad. Existe una hermandad de la casta, pero por encima de ella —la muchacha miró alrededor tímidamente— está el lazo de unión del pulton…, del regimiento…
—Mi hermano está en un regimiento jat —dijo el labrador—. Los dogras también son buenos muchachos.
—Tus sijs, al menos, eran de esa opinión —dijo el soldado, mirando con ceño al plácido viejo, que estaba sentado en el rincón—. Tus sijs pensaban así cuando hará unos tres meses se hallaban combatiendo sobre las lomas, en el Pirzai Kotal, contra ocho banderas de afridis y llegaron en su socorro nuestras dos compañías.
Y relató con todo detalle una acción de la frontera, donde las compañías dogras de los sijs de Ludhiana se habían comportado heroicamente. La muchacha de Amritsar sonreía, comprendiendo que todo aquel relato no tenía otro objeto que merecer su aprobación.
—¡Vaya! —dijo la mujer del labrador cuando el soldado terminó de hablar—. ¿De modo que quemasteis sus aldeas y dejasteis a los niños sin hogar?
—Habían mutilado a nuestros muertos. Pagaron un precio muy alto por la lección que les dimos. Eso fue lo que ocurrió. ¿Ya estamos en Amritsar?
—Sí, y aquí revisan los billetes —dijo el prestamista buscando en su cinturón.
Las lámparas palidecían a la luz de la aurora, cuando entró el revisor mestizo. La revisión de los billetes es un penoso trabajo en Oriente, donde los viajeros los esconden en los sitios más raros. Kim sacó el suyo y el revisor le mandó que se apeara.
—Pero, ¡si yo voy a Ambala! —protestó—. Voy con este santón.
—Por mí como si quieres ir al infierno. Este billete es sólo hasta Amritsar. ¡Fuera!
Kim rompió en un mar de lágrimas pretextando que el lama era para él su padre y su madre, que él constituía el único sostén del viejo, y que el lama moriría sin sus cuidados. Todos los viajeros le pidieron al revisor que tuviese compasión del chiquillo —el prestamista, sobre todo, se distinguió por su elocuencia—, pero el revisor levantó por un brazo a Kim y lo arrastró hasta el andén. El lama miraba con ojos asombrados, sin lograr comprender lo que sucedía, y Kim, alzando más la voz, lloraba, junto a las ventanillas del vagón.
—Yo soy muy pobre. Mi padre ha muerto…, mi madre ha muerto. ¡Oh!, almas caritativas, si yo me quedo aquí, ¿quién cuidará del viejo?
—¿Qué es esto…, qué pasa? —repetía el lama—. Tiene que venir a Benarés. Tiene que venir conmigo. Es mi chela. Si hay que pagar dinero…
—¡Cállate! —susurró Kim—. ¿Somos acaso rajás para tirar el dinero, cuando el mundo es tan caritativo?
La muchacha de Amritsar descendió con su equipaje, y en ella se fijó al momento la mirada siempre vigilante de Kim. Las muchachas de su condición, Kim lo sabía, son siempre generosas.
—Un billete…, un pequeño tikku para Ambala… ¡Oh, ladrona de corazones! —la muchacha se echó a reír—. ¿Es que no tienes caridad?
—¿Viene del norte el santón?
—De muy lejos, viene de muy lejos allá en el norte —gritó Kim—. De las montañas.
—Hay nieve entre los pinos del norte…, en las montañas hay nieve. Mi madre era de Kulú. Toma, cómprate un billete, y pídele una bendición para mí.
—Diez mil bendiciones —exclamó Kim—. ¡Oh, santo!, una mujer nos ha socorrido caritativamente, así es que puedo irme contigo…, una mujer de corazón de oro. Corro a comprar el tikkut.
La muchacha miró al lama, que inconscientemente había seguido a Kim hasta el andén; una vez allí, el viejo, al mismo tiempo que inclinaba la cabeza para no verla, murmuró en tibetano una bendición, mientras ella se mezclaba entre la multitud.
—Alegre vino…, alegre se va —dijo la mujer del labrador, con sarcasmo.
—Pero ha adquirido mérito —repuso el lama—. Seguramente era una monja.
—Sólo en Amritsar habrá más de diez mil de estas monjas —gritó el prestamista—. Entra, viejo, porque si no el tren te dejará en tierra.
—Alcanzó para el billete, y además sobró para comprar un poco de comida —dijo Kim, saltando a su sitio—. Ahora, come; mira, ya sale el sol.
La niebla de la mañana se desvanecía dorada, rosa, azafrán y roja a través de las verdes llanuras. Todo el rico Panjab se mostraba espléndido bajo los rayos brillantes del sol. El lama agachaba un poco la cabeza cada vez que pasaban los postes del telégrafo.
—Grande es la velocidad del tren —dijo el prestamista con una sonrisa condescendiente—. Estamos ya a tanta distancia de Lahore, que para recorrerla a pie hubierais tardado más de dos días: a la caída de la tarde llegaremos a Ambala.
—Y Benarés está todavía mucho más lejos —dijo el lama con aire cansado, musitando sobre los buñuelos que le ofreció Kim. Todos los viajeros desataron sus bultos y almorzaron. En seguida, el prestamista, el labrador y el soldado, prepararon sus pipas y llenaron el compartimento de un humo acre y sofocante, al tiempo que escupían, tosían y disfrutaban de todo ello. El hombre sij y la mujer del labrador mascaban pan, el lama aspiró rapé y rezaba el rosario, mientras Kim —con las piernas cruzadas— sonreía con el placer de sentir el estómago lleno.
—¿Qué ríos tenéis por Benarés? —preguntó de repente el lama, dirigiéndose a todos los pasajeros.
—Tenemos el Ganges —respondió el prestamista, una vez que se desvaneció la sonrisa general que despertó aquella salida inesperada.
—¿Y qué otros ríos?
—¿Y qué ríos además del Ganges?
—No, es que estaba pensando en cierto Río milagroso.
—Ése es el Ganges. Quien se baña en él queda limpio de pecado y va después a la morada de los dioses. Tres veces he ido en peregrinación al Ganges —y miró orgulloso alrededor.
—Falta te hacía —dijo el joven cipayo con sorna; y la risa de todos los viajeros estalló, ahora a costa del prestamista.
—Limpio…, para regresar después con los dioses —murmuró el lama—, y continuar con la sucesión de vidas una vez más…, siempre atado a la Rueda. Pero puede ser que en esto haya un error. ¿Quién creó el Ganges en su origen?
—Los dioses. ¿De qué religión eres tú? —dijo el prestamista, asombrado.
—Yo sigo la Ley…, la Ley Excelentísima. De modo que los dioses hicieron el Ganges. ¿Qué clase de dioses eran?
Todos los viajeros lo miraron confusos. Para ellos resultaba inconcebible que hubiera una persona tan ignorante acerca del Ganges.
—¿Quién…, cuál es tu Dios?
—Oíd —dijo el lama, cambiando el rosario de mano—. ¡Oídme, porque voy a hablaros de Él! ¡Oh, pueblo de la India, escucha!
Y empezó a relatar en urdú la historia de Buda Nuestro Señor, pero, arrastrado por sus propios pensamientos, pasó al tibetano y recitó textos, muchas veces citados, de un libro chino sobre la vida de Buda. Los viajeros, condescendientes y tolerantes, lo escuchaban con reverencia. Toda la India está llena de santones que predican en lenguas extrañas, exaltados y consumidos por el ardor de su propio celo; soñadores, charlatanes y visionarios. Esto ha ocurrido siempre, y siempre ocurrirá.
—¡Hum! —dijo el soldado de los sijs de Ludhiana—. En el Pirzai Kotal había un regimiento mahometano al lado del nuestro, y uno de sus sacerdotes…, me parece que era un naik…, cuando le daba el arrebato, hacía profecías. Pero todos los locos están protegidos por los dioses. Sus oficiales le pasaban muchas cosas por alto.
El lama volvió al urdú, recordando que estaba en tierra extraña.
—Oíd la historia de la Flecha que Nuestro Señor disparó con el arco.
Esto era más del gusto de la concurrencia, y todos escucharon el cuento con curiosidad.
—Ahora, pueblo de la India, yo voy en busca de ese Río. ¿Sabéis vosotros algo que pueda guiarme?; porque todos los seres humanos vivimos en un mundo dominado por el mal.
—Es el Ganges y sólo el Ganges… el que lava de todos los pecados— musitaron los viajeros.
—Indiscutiblemente, los dioses nos son propicios en los alrededores de Jullundur —dijo la mujer del labrador asomándose a la ventanilla—. Mirad cómo han bendecido las cosechas.
—Recorrer todos los ríos del Panjab no es asunto baladí —dijo su marido—. A mí me basta con un arroyo que deje buen limo sobre mis tierras, y doy gracias a Bhumia, el dios del hogar —añadió encogiendo un hombro bronceado y nudoso.
—¿Tú crees que Nuestro Señor llegaría tan al norte? —dijo el lama dirigiéndose a Kim.
—Tal vez —replicó éste dulcemente, después de escupir en el suelo el rojo jugo del pan.
—El último de los grandes hombres —dijo el sij con autoridad— fue Sikander Julkarn (Alejandro Magno). A él se debe el pavimento de las calles de Jullundur y la construcción del gran depósito de agua que se alza cerca de Ambala. Ese pavimento se conserva todavía; y el depósito también. Pero yo no he oído nunca hablar de tu dios.
—Déjate el pelo largo y habla panjabí —dijo bromeando el joven soldado a Kim, y repitiendo un refrán muy corriente en el norte—. Eso es todo lo que se necesita para ser un sij.
Pero se guardó muy bien de decirlo en voz alta.
El lama lanzó un suspiro y se acurrucó, tomando el aspecto de una masa informe y descolorida. En las pausas de la conversación se oía la salmodia: «¡Om mane pudme hum! ¡Om mane pudme hum!» y el rumor opaco de las cuentas de madera del rosario.
—La velocidad y el traqueteo me molestan —dijo, por fin—. Además, chela, temo que hayamos pasado el Río.
—Calma, calma —dijo Kim—. ¿No estaba el Río cerca de Benarés? Pues aún estamos muy lejos de ese lugar.
—Pero… si es verdad que Nuestro Señor vino al norte, puede ser cualquiera de estos riachuelos que hemos cruzado.
—No sé.
—Pero tú viniste enviado a mí…, ¿no es verdad?…, por el mérito que hice allá en Such-zen. Al lado del cañón estaba yo cuando tú te apareciste… con dos semblantes y dos atuendos.
—Tranquilízate. No se debe hablar aquí de estas cosas —murmuró Kim—. No hubo más que una sola persona. Piénsalo bien y te acordarás. Un niño…, un niño hindú…, al lado del cañón verde.
—Pero, ¿no estaba también allí un inglés de barba blanca…, un sacerdote entre las imágenes…, que fortaleció mi creencia en el Río de la Flecha?
—Es que él…, nosotros…, fuimos al Ajaib-Gher de Lahore, a orar ante los dioses que hay allí —explicó Kim a la intrigada concurrencia—. Y el sahib de la Casa Maravillosa le habló, sí, de verdad, le habló como a un hermano. Es un santo de más allá de las montañas. —Y añadió, dirigiéndose al lama—: Ahora descansa. Dentro de poco llegaremos a Ambala…
—¿Pero y mi Río…, el Río de mi curación?
—… Y entonces, si quieres, iremos a pie para buscar ese Río. Los recorreremos todos…, hasta los pequeños regueros que limitan los campos.
—Pero ¿tú no tienes que emprender también tu propia Búsqueda? —El lama, encantado de recordarlo, se enderezó súbitamente.
—Sí —dijo Kim siguiéndole la corriente. El muchacho se sentía completamente feliz de encontrarse en plena libertad, mascando pan y contemplando a la gente nueva de este mundo inmenso y bondadoso.
—Era un toro…, un Toro Rojo que ha de venir a ayudarte… y te llevará…, ¿adónde te llevará? Se me ha olvidado. Un Toro Rojo en un campo verde, ¿no es eso?
—No, no me llevará a ningún sitio. No es más que una historia que te conté.
—¿De qué habláis? —dijo la mujer del labrador, inclinándose hacia delante; sus brazaletes tintinearon—. ¿Es que los dos tenéis sueños? ¿Un Toro Rojo en un campo verde que te llevará a los cielos?…, ¿o adónde?
¿Fue una visión? ¿Hizo alguien alguna profecía? ¡En nuestra aldea, detrás de la ciudad de Jullundur, tenemos un Toro Rojo que elige siempre para pastar el más verde de los campos!
—Dad a una mujer una historia maravillosa y a un pájaro tejedor una hoja y un hilo, y veréis qué cosas urden más extraordinarias —dijo el artesano sij—. Todos los santones tienen sueños, y debido a su influencia sus discípulos alcanzan ese poder.
—Un Toro Rojo en un campo verde, ¿no era eso? —repitió el lama—. En tu anterior encarnación tal vez hayas adquirido méritos, y el toro venga ahora a recompensarte.
—No…, no…, sólo fue una historia que me contaron…, creo que en broma. Pero así y todo, trataré de encontrar a mi Toro por Ambala, y tú podrás buscar tu Río y descansar del traqueteo del tren.
—Tal vez el Toro sepa… que ha sido enviado para guiarnos a los dos —dijo el lama, esperanzado como un chiquillo. Y en seguida añadió, dirigiéndose a los viajeros y señalando a Kim—: Hasta ayer por la tarde no se me apareció. Creo que no pertenece a este mundo.
—Muchos mendigos y santones he visto, pero en toda mi vida no había encontrado uno como este yogui y su discípulo —dijo la mujer.
Su marido, sonriendo, apoyó ligeramente el dedo índice sobre la sien, girándolo suavemente. Pero al llegar la hora de la comida, tuvieron buen cuidado de dar al lama los mejores bocados.
Y al fin…, cansados, somnolientos y llenos de polvo, llegaron a la estación de la ciudad de Ambala.
—Nosotros venimos aquí por un pleito —dijo a Kim la mujer del labrador—. Nos alojamos en casa del hermano pequeño del primo de mi marido. Allí hay sitio bastante en el patio para tu yogui y para ti. ¿Querrá…, querrá darme su bendición?
—¡Oh santo! Una mujer con el corazón de oro nos da alojamiento por esta noche. Es una tierra caritativa esta tierra del sur. ¡Recuerda cómo hemos sido socorridos desde la aurora!
El lama inclinó la cabeza, murmurando una bendición.
—Vas a llenar de andrajosos la casa del hermano pequeño de mi primo… —empezó a decir el marido, mientras se echaba al hombro la pesada pértiga de bambú.
—El hermano más joven de tu primo le debe todavía dinero al primo de mi padre por la boda de su hija —dijo la mujer, encolerizada—. Que ponga en la cuenta la comida de estos santones. Además, el yogui, por su parte, mendigará.
—Sí, pediré para él —dijo Kim, que sólo deseaba encontrar un refugio donde dejar al lama durante la noche, mientras él buscaba al inglés de Mahbub Alí y entregaba el pedigrí del semental blanco.
—Ahora —dijo el muchacho, cuando el lama estuvo a buen recaudo en el patio interior de una casa hindú de buen aspecto, situada detrás del acantonamiento— yo me voy un momento… a… a comprar víveres en el bazar. No te muevas de aquí hasta que vuelva.
—¿Volverás? ¿Seguro que volverás? —dijo el viejo, cogiéndolo por la muñeca—. ¿Y volverás con la misma apariencia? ¿Es demasiado tarde esta noche para buscar el Río?
—Demasiado tarde y demasiado oscuro. Estáte tranquilo. Piensa en lo mucho que has caminado hoy…, más de cien kos desde Lahore.
—Yo todavía más desde mi monasterio. ¡Ay! ¡Éste es un mundo grande y terrible!
Kim se escabulló pasando tan desapercibido como siempre y llevando, entre los amuletos colgados del cuello, su destino y el de miles de personas. Las indicaciones que le dio Mahbub Alí no dejaban duda de la casa en que vivía el inglés, y al ver a un lacayo que conducía un tílburi de regreso del club, acabó de cerciorarse. Sólamente quedaba por identificar al hombre, y Kim se deslizó a través del seto del jardín, ocultándose en un macizo de arbustos floridos que había cerca del porche. La casa resplandecía con todas las luces encendidas, y la servidumbre se afanaba alrededor de varias mesas cubiertas de flores, copas de cristal y cubertería de plata. Al cabo de un momento salió al jardín un inglés, vestido de etiqueta —pechera blanca, traje negro—, tarareando una canción. La oscuridad era demasiado densa para ver su semblante, así es que Kim empleó una vieja estratagema, usada por los mendigos.
—¡Protector de los pobres!
El inglés se acercó al lugar de donde sonaba la voz.
—Mahbub Alí dice…
—¡Ah! ¿Qué dice Mahbub Alí?
El inglés no hizo el menor intento de averiguar quién hablaba, lo cual demostró a Kim que era el hombre a quien buscaba.
—El pedigrí del semental blanco está totalmente confirmado.
—¿Qué pruebas tienes? —El inglés se desvió hacia el seto de rosales, que se alzaba al lado de la entrada de coches.
—Mahbub Alí me ha dado esta prueba.
Kim lanzó al aire el paquetito de papeles doblados, que fue a parar al sendero, junto al inglés; pero éste lo pisó, porque en aquel momento pasaba un jardinero dando la vuelta a la esquina de la casa. Cuando desapareció el criado, el inglés recogió el paquete dejando caer una rupia —Kim pudo oír el sonido argentino —, y se dirigió a la casa sin volver la cabeza ni una sola vez. Kim se apresuró a recoger la moneda; pero, a pesar de su educación indígena, era lo bastante irlandés por nacimiento como para no conceder al dinero sino una ínfima parte del interés de la aventura. Lo que más le gustaba era ver el efecto de la acción; así es que, en lugar de marcharse, se escondió entre la espesura, y, arrastrándose como un reptil, se acercó a la casa.
Como los bungalows indios están siempre completamente abiertos, pudo ver cómo entraba el inglés en una pequeña habitación, en una esquina del porche, que servía a la vez de salón y de despacho, atestada de papeles y carteras con comunicados. El inglés se sentó ante una mesa para estudiar el mensaje de Mahbub Alí. Su semblante, iluminado por la luz de una lámpara de petróleo, cambió de expresión y se puso sombrío; Kim, acostumbrado como todo mendigo a leer en las fisonomías, tomó buena nota de ello.
—¡Will, cariño! —llamó una voz de mujer—. Debes venir al salón. Dentro de un minuto llegarán.
El hombre continuó absorto en la lectura.
—¡Will! —pronunció la voz unos minutos después—. Ya viene. Oigo a los soldados a caballo en el camino de entrada.
El inglés salió precipitadamente, con la cabeza descubierta, al tiempo que un gran landó, escoltado por cuatro soldados de caballería indígena, se paraba ante el porche. Descendió del carruaje un hombre alto y moreno, derecho como una lanza, seguido de un oficial joven que reía alegre.
Kim, boca abajo y pegado al suelo, casi tocaba las ruedas traseras del carruaje. Su hombre y el recién llegado intercambiaron algunas frases.
—Naturalmente, señor —dijo el joven oficial con rapidez—. Cuando se trata de un caballo, todo debe posponerse.
—No tardaremos más de veinte minutos —observó el hombre de Kim—. Puede usted hacer los honores mientras tanto…, entretenerlos…
—Diga usted a uno de la escolta que espere —ordenó el hombre alto; y ambos pasaron al despacho, mientras el landó se marchaba. Kim vio que sus cabezas se inclinaban sobre el mensaje de Mahbub Alí, y oyó sus voces…, una grave y respetuosa, la otra aguda y terminante.
—Ya no es cuestión de semanas. Es cuestión de días…, casi de horas —dijo el hombre de más edad—. Hace tiempo que lo temía, pero esto —golpeó con la mano el papel de Mahbub Alí confirma mis sospechas. Gro-gan cena aquí esta noche, ¿no es verdad?
—Sí señor; y Macklin también.
—Muy bien. Yo mismo les hablaré. El asunto, naturalmente, se llevará ante el Consejo, pero éste es un caso en el que está justificado actuar inmediatamente. Avise usted a las brigadas de Pindi y Peshawar. Esto desbaratará los permisos de verano, pero no hay nada que podamos hacerle. Todo lo que nos sucede es culpa nuestra, por no haberlos aplastado completamente desde un principio. Bastará con ocho mil hombres.
—¿Y la artillería, señor?
—Necesito consultar con Macklin.
—¿Entonces, esto quiere decir la guerra?
—No, no es guerra. Es castigo. Cuando un hombre está condicionado por la acción de su predecesor…
—Pero C. 25 puede haber mentido.
—Su relato confirma otras informaciones. Prácticamente ya se delataron hace seis meses. Pero Devenish tenía esperanza de hacer la paz. Naturalmente, ellos aprovecharon el tiempo para fortalecerse. Envíe usted esos telegramas en seguida… con la clave nueva, no con la vieja…, la que usamos Wharton y yo. Creo que no debemos hacer esperar por más tiempo a las señoras. Zanjaremos esta cuestión luego, en el salón de fumar. Esto me lo estaba temiendo. Conste que no es guerra… Es castigo.
Mientras el soldado de la escolta partía al galope, Kim se arrastró dando la vuelta a la casa, hasta llegar a la parte trasera, donde, según sus experiencias de la ciudad de Lahore, esperaba hallar comida e informes.
La cocina estaba llena de atareados marmitones, uno de los cuales despachó a Kim de un puntapié.
—¡Ay! —dijo, fingiendo que lloraba—. Yo no he venido más que a fregar los platos a cambio de llenarme la barriga.
—Todo Ambala está con la misma canción. Vete de aquí. Ahora van a servir la sopa. ¿Te crees tú que los criados del sahib Creighton necesitamos pinches que nos ayuden a preparar un banquete?
—¡Y qué banquete! —dijo Kim mirando los platos.
—No hay por qué asombrarse; el huésped de honor es nada menos que el sahib Jang-i-Lat (el comandante en jefe).
—¡Oh! —dijo Kim, asintiendo con la nota gutural más correcta que puede lanzarse para expresar la admiración. Ya sabía todo lo que deseaba; así que, cuando el marmitón se volvió, había desaparecido.
«¡Y todo este jaleo», se decía a sí mismo, pensando como era su costumbre en indostaní[3], «por el pedigrí de un semental! Mahbub Alí debería consultarme a mí para aprender a mentir mejor. Hasta ahora todos los recados que he llevado se referían a mujeres. Ahora es a hombres. Mejor. El hombre alto decía que iban a preparar un gran ejército para castigar a alguien…, en algún sitio…; las órdenes se dirigían a Pindi y Peshawar. Hablaban también de cañones. Debí acercarme más. ¡Éstas sí que son grandes noticias!»
A su regreso encontró al hermano pequeño del primo del labrador discutiendo minuciosamente el asunto del pleito con aquél, su mujer y unos cuantos amigos, mientras el lama dormitaba. Después de la cena le dieron a Kim un narguile; y se sentía casi un hombre cuando chupaba en la boquilla pulida de corteza de coco, con las piernas estiradas a la luz de la luna, lanzando de vez en cuando sus observaciones. Sus anfitriones lo trataban con mucha amabilidad, porque la mujer del labrador les había relatado su visión del Toro Rojo y su probable origen divino. Además, el lama constituía una grande y venerable curiosidad. Poco después llegó el sacerdote de la familia, un viejo y tolerante brahmán sarsut y, como es natural, entabló una discusión teológica para impresionar a la familia. Debido a sus creencias religiosas, claro es que todos estaban del lado de su sacerdote, pero el lama era el huésped y la novedad. Su ingénita bondad y las citas en chino que sonaban como conjuros, los impresionaban y los deleitaban extraordinariamente. En ese ambiente sencillo y simpático, el lama se expansionaba como el propio loto del Bodhisattva, y hablaba de su vida en las elevadas montañas de Such-zen, antes de «partir en busca de iluminación», como él decía.
En el curso de la conversación se descubrió que el lama había sido en su país maestro en el arte de calcular horóscopos y predecir el destino; y el sacerdote le rogó que explicase los procedimientos que empleaba, y fueron nombrando cada uno en su propia lengua los nombres de los planetas y señalando al cielo, donde las brillantes estrellas se movían a través de la profunda oscuridad. Los chiquillos de la casa tiraban impunemente de sus rosarios, y el lama llegó a olvidarse por completo de la Regla, que prohíbe mirar a las mujeres, mientras les describía las nieves perpetuas, los aludes de las montañas, los desfiladeros bloqueados por los aludes, los remotos escarpados donde se encuentran zafiros y turquesas, y el maravilloso camino de la meseta que conduce hasta China.
—¿Qué opinión te has formado de él? —le preguntó el labrador al sacerdote, en un aparte.
—Que es un santo varón…, un santo varón, sin duda alguna. Sus dioses no son los verdaderos dioses, pero sus pies marchan sobre la Senda, y sus métodos sobre los horóscopos, aunque eso está fuera de tu alcance, son sabios y seguros.
—Decidme —interrumpió Kim indolentemente—, ¿llegaré a encontrar, como me prometieron, al Toro Rojo sobre campo verde, tal como me fue prometido?
—¿Qué sabes de la hora de tu nacimiento? —preguntó el sacerdote dándose importancia.
—Nací entre el primero y el segundo canto del gallo de la primera noche de mayo.
—¿De qué año?
—No lo sé; pero en el momento en que lloré por primera vez se produjo el gran terremoto de Srinagar, que está en Cachemira.
Kim sabía estos datos por la mujer que lo había criado, la cual, a su vez, los conocía por Kimball O’Hara. El terremoto se había sentido en toda la India y durante largo tiempo sirvió de punto de referencia en el Panjab.
—¡Ah! —exclamó nerviosamente una mujer, porque este dato parecía establecer con mayor certidumbre el origen sobrenatural de Kim—. ¿No nació entonces la hija de …?
—Sí, y la madre le dio a su marido cuatro hijos en cuatro años…, todos varones —añadió la mujer del labrador, sentada fuera del círculo, en la oscuridad.
—Ningún iniciado en la ciencia —dijo el sacerdote— puede olvidar cómo estaban distribuidos aquella noche los planetas en sus estancias —y empezó a dibujar en el suelo polvoriento del patio—. Por lo menos tienes derecho a la mitad de la Estancia del Toro. ¿Qué es lo que dice tu profecía?
—Llegará un día —dijo Kim, encantado de la sensación que estaba causando— en que seré engrandecido por medio de un Toro Rojo en un campo verde, pero primero vendrán dos hombres a disponer las cosas.
—Sí; de este modo ocurre siempre al principio de una visión. Una espesa niebla que se va aclarando lentamente; de pronto aparece un hombre con una escoba preparando el lugar. En seguida empieza la Visión. ¿Dices que dos hombres? ¡Claro, claro! El Sol, abandonando la estancia del Toro, penetra en la de los Gemelos. Aquí están los dos hombres de tu profecía. Pensemos ahora. Pequeño, tráeme un palito.
El sacerdote frunció las cejas, hizo unos garrapatos sobre el polvo, los borró, volvió a garrapatear signos misteriosos…, ante la admiración de todos, menos del lama, quien con delicado instinto se abstuvo de intervenir.
Al cabo de media hora tiró el palito y lanzó un gruñido.
—¡Hum! Esto dicen las estrellas. Dentro de tres días llegarán los dos hombres para preparar todas las cosas. Detrás de ellos vendrá el Toro: pero el signo escrito encima es el signo de la Guerra y de los hombres de armas.
—Indudablemente se trata de un soldado de los sijs de Ludhiana, que venía con nosotros en el tren de Lahore —dijo la mujer del labrador, llena de fe.
—¡No es eso, no es eso! Hombres armados…; pero muchos cientos. ¿Qué relación tienes tú con la guerra? —preguntó el sacerdote dirigiéndose a Kim—. El tuyo es un furioso signo rojo de una Guerra que estallará muy pronto.
—No…, no —dijo el lama con ansiedad—. Nosotros no buscamos más que la paz y nuestro Río.
Kim sonrió, recordando lo que había oído en el despacho del inglés. Decididamente, era el elegido de las estrellas.
El sacerdote borró con el pie el tosco horóscopo.
—Yo no veo más que esto. Dentro de tres días vendrá el Toro a buscarte, muchacho.
—¿Y mi Río, y mi Río? —gimió el lama—. Yo esperaba que su Toro nos guiase a los dos hacia el Río.
—Lo siento por ese maravilloso Río, hermano —replicó el sacerdote—. Esas cosas son demasiado sublimes.
A la mañana siguiente, aunque les rogaron con insistencia que se quedasen, el lama insistió en marcharse. Pero antes de partir le dieron a Kim un gran paquete con abundante comida y casi tres annas para las necesidades del camino, y después de recibir muchas bendiciones, contemplaron, a la incierta luz de la aurora, cómo se perdían hacia el sur los dos viajeros.
—Es una lástima que personas tan buenas como éstas no puedan librarse de la Rueda de las Cosas —dijo el lama.
—Nada de eso, pues de ser así sólo quedaría en el mundo gente mala, y entonces, ¿quién nos daría abrigo y alimentos? —observó Kim, caminando alegremente bajo su carga.
—Me parece que allí corre un arroyuelo. Vayamos a ver —dijo el lama. Y saliéndose del polvoriento camino se metió a campo traviesa, tropezando con un verdadero avispero de perros parias.

Capítulo III

Sí, voces de todas las Almas que se aferraban
a la Vida, que se esforzaban de peldaño en peldaño
cuando la regla de Devadatta era aún poco conocida,
El viento cálido nos conduce a Kamakura.
Buda en Kamakura

Detrás de los perros, enfurecido y blandiendo una caña de bambú, surgió un huertano de casta arain, que cultivaba flores y hortalizas para el mercado de la ciudad de Ambala; era de una ralea muy conocida para Kim.
—Ese hombre —dijo el lama sin hacer caso de los perros— es grosero con los extranjeros, intemperante de palabras y poco caritativo. Que te sirva de advertencia su conducta, discípulo mío.
—¡Eh, mendigos desvergonzados! —gritó el labrador—. ¡Hala! ¡Fuera de aquí!
—Ya nos vamos —dijo el lama volviéndose con reposada dignidad—. Nos vamos de estos campos malditos.
—¡Ah! —exclamó Kim con gesto dramático—. Si se te pierde este año la cosecha, no culpes de ello más que a tu propia lengua.
El hombre arrastró los pies, con aire preocupado.
—La tierra está llena de mendigos —empezó a decir a modo de excusa.
—¿Y cómo sabías que te íbamos a pedir limosna, mali? —interrumpió Kim con acritud, empleando el mote que molesta más a los hortelanos—. Todo lo que deseamos es contemplar ese río que corre al otro lado del campo.
—¡Ese río! —gruñó el hombre—. ¿De qué ciudad habéis salido para no reconocer un canal artificial? Va más recto que una flecha y yo pago el agua como si fuera oro molido. Más allá sí que encontraréis el afluente de un río. Pero si necesitáis agua, yo os la puedo dar…, y leche también.
—No; nos vamos a ver el río —dijo el lama saliéndose del campo.
—Leche y comida —balbució el hombre, cada vez más confuso ante la imponente y extraña figura del lama—. Yo…, yo no quisiera atraer daño alguno sobre mí o sobre las cosechas; pero ¡hay tantos mendigos en estos malos tiempos!…
—Aprende —dijo el lama dirigiéndose a Kim—. La roja niebla de la cólera le impulsó a hablarnos duramente, pero al irse aclarando sus ojos se vuelve cortés y afable. Ahora ya puedo bendecir tus campos. Cuida otra vez de no juzgar a los hombres tan a la ligera, ¡oh, labrador!
—En un caso como éste, otros santones te hubieran maldecido a ti, del hogar hasta el establo —dijo Kim dirigiéndose al hombre avergonzado—. ¿Verdad que es un sabio y un santo? Yo soy su discípulo.
Y alzando la cabeza orgullosamente, echó a andar con gran dignidad por el estrecho sendero del linde.
—No existe el orgullo —dijo el lama después de una pausa—, no existe el orgullo para los que siguen la Senda Media. — Pero tú dijiste que era descortés y de baja casta.
—Yo no dije eso, porque ¿cómo puede ser de baja casta no habiendo castas? Además, enmendó su descortesía, y yo olvidé la ofensa. Él, como nosotros, está ligado a la Rueda de las Cosas; pero no dirige sus pasos por el camino de la liberación.
El lama se paró ante el riachuelo que corría entre los campos y contempló su orilla, llena de huellas de animales.
—¿Y cómo te las vas a arreglar para reconocer tu Río? —preguntó Kim, agazapándose bajo la sombra de un elevado macizo de cañas de azúcar.
—Cuando lo halle, seguramente sentiré que se me concede la iluminación. Presiento que no es éste el lugar que busco. ¡Oh, tú, la más pequeña entre las corrientes!, ¿no podrías decirme dónde se halla mi Río? Pero, de todos modos, ¡bendita seas por hacer fructificar los campos!
—¡Mira! ¡Mira! —gritó Kim, poniéndose a su lado de un salto. Una ondulación amarilla y parda se deslizó desde las moradas y crujientes cañas hasta la orilla, extendió el cuello hacia el agua, bebió y quedó inmóvil… Era una inmensa cobra, de ojos sin párpados y mirada hipnotizante.
—No tengo palo…, no tengo palo —dijo Kim—. Voy a buscar uno para matarla.
—¿Para qué? Está en la Rueda, como nosotros…; una vida ascendente o descendente…, muy lejos de la liberación. ¡Grandes pecados debe de haber cometido el alma que está encerrada en esa forma para verse reducida a esa condición!
—Aborrezco a todas las serpientes —dijo Kim, quien a pesar de su educación entre los indios, no podía reprimir el horror que sienten los blancos ante las sierpes.
—Déjala vivir. —La cobra silbó, entreabriendo el capuchón. ¡Que tu libertad llegue pronto, hermana! —continuó el viejo plácidamente—. ¿Sabes tú por casualidad dónde está mi Río?
—En mi vida he visto un hombre semejante —murmuró Kim, abrumado—. ¿Es que las serpientes comprenden tu lenguaje?
—¿Quién sabe? —La cobra se aplastó contra el suelo entre los polvorientos anillos de su cuerpo, y el lama pasó a escasas pulgadas de la cabeza erguida de la cobra.
—¡Ven! —lo llamó, girando la cabeza.
—No; daré la vuelta.
—Ven; no te hará nada.
Kim dudó un momento. El lama reiteró la orden, usando una frase china que sonaba como un sortilegio, y Kim obedeció, cruzando a la fuerza el arroyuelo; la serpiente, efectivamente, no se movió.
—Nunca he visto un hombre semejante —repitió Kim enjugándose el sudor de la frente—. Y ahora, ¿adónde vamos?
—Eso tú lo sabrás. Yo soy viejo y extranjero… y estoy muy lejos de mi país. Si no fuera porque el ferrocarril me llena la cabeza de un ruido endemoniado, ahora mismo me iría a Benarés…, aunque en ese caso tal vez dejáramos atrás el Río. Busquemos otro arroyo.
Durante todo el día caminaron por las tierras de intenso cultivo, en donde el suelo produce tres y aun cuatro cosechas al año, y a través de campos de caña de azúcar, tabaco, rábanos blancos y nol-kol[4]. De vez en cuando se desviaban del camino para inspeccionar todos los arroyuelos que veían, y despertaban a los perros de las aldeas y a sus habitantes, somnolientos en la hora de la siesta. A las preguntas de los curiosos respondía el lama con una inquebrantable simplicidad… Ellos buscaban un Río…, un Río de purificación milagrosa. ¿Había alguien que tuviera noticias de una corriente de semejantes propiedades? A veces los hombres se echaban a reír, pero generalmente escuchaban toda la historia hasta el final, y les ofrecían un sitio a la sombra, un poco de leche y comida. Las mujeres se mostraban siempre amables, y los chiquillos unas veces eran tímidos y miedosos, y otras demasiado atrevidos, como ocurre en casi todas las partes del mundo. Al anochecer descansaron bajo el árbol de un caserío cuyas paredes y techos eran de adobe, y estuvieron hablando con el jefe del lugar, mientras el ganado regresaba de los pastaderos y las mujeres preparaban la última comida del día. Habían dejado atrás el cinturón de huertas que rodean a la hambrienta Ambala, y se hallaban entre los dilatados campos verdes, donde se cultivan los productos básicos.
El jefe era un viejo afable, de barba blanca, acostumbrado a atender a forasteros. Preparó para el lama una cama de cuerdas, le sirvió la comida caliente, le preparó una pipa y mandó a buscar al sacerdote del lugar, por haber terminado ya las ceremonias de la tarde en el templo de la aldea.
Kim les contaba a los niños lo grande y lo bonita que era la ciudad de Lahore, el viaje por ferrocarril y otras mil cosas acerca de las grandes poblaciones, mientras los hombres hablaban pausadamente y el ganado rumiaba el pienso.
—Yo no logro entenderlo —dijo al fin el jefe, dirigiéndose al sacerdote—. ¿Qué sacas tú en limpio de lo que ha dicho? —El lama, una vez narrada su historia, rezaba quedamente el rosario.
—Es un peregrino —respondió éste—. El mundo está lleno de seres semejantes. ¿Te acuerdas de aquel que vino el mes pasado…, el faquir de la tortuga?
—Sí, pero aquél tenía sus razones, porque Krishna mismo se le apareció prometiéndole el paraíso, sin la cremación en la pira, si hacía un viaje a Prayag. Pero este hombre no busca a ninguno de los dioses que nosotros conocemos.
—Sé indulgente, es viejo, viene de muy lejos y está loco —dijo el afeitado sacerdote—. Óyeme —añadió dirigiéndose al lama—. A tres kos de aquí, hacia el oeste, se halla la Gran Carretera de Calcuta.
—Pero yo voy a Benarés…, a Benarés.
—También lleva a Benarés. Esa carretera cruza todos los ríos de esta parte de la India. Mi consejo es que descanses aquí hasta mañana y en seguida cojas la carretera (se refería a la carretera llamada el Gran Troncos) probando cada una de las corrientes que cruza; porque según he podido comprender, la virtud de tu Río no radica en sus fuentes, ni en un lugar determinado, sino que se extiende a todo su curso. De este modo, si tus dioses quieren, puedes estar seguro de lograr tu liberación.
—Eso está bien pensado —el lama quedó muy satisfecho con el plan—. Empezaremos mañana y te bendigo por mostrar una senda nueva a mis viejos pies. —Y terminó la frase con un sonsonete chino medio cantado con voz grave. Todos, hasta el sacerdote, se impresionaron, y el jefe temió que se tratase de un hechizo maligno; pero todo aquel que contemplaba la noble y serena faz del lama no dudaba ni un momento de sus bondadosas intenciones.
—¿Veis a mi chela? —dijo aspirando una gran cantidad de rapé. Su deber era devolver cortesía con cortesía.
—Lo veo… y lo oigo. —El jefe volvió la cabeza hacia Kim, que estaba charlando con una muchacha vestida de azul y tirando sobre el fuego espinas crepitantes.
—También él tiene que llevar a cabo su propia Búsqueda. No se trata de un río, sino de un Toro. Sí, un Toro Rojo sobre un campo verde que algún día se le aparecerá para honrarlo. Yo creo que mi chela no es de este mundo. Se me apareció de un modo inesperado para ayudarme en mi empresa, y su nombre es el de Amigo de todo el Mundo.
El sacerdote sonrió.
—¡Eh, Amigo de todo el Mundo! —gritó a través del espeso humo de olor penetrante—. ¿Quién eres tú?
—El discípulo de este santón —contestó Kim.
—Pues él dice que que eres un but (un espíritu).
—¿Pueden los but comer? —dijo Kim haciendo una mueca—. Porque yo estoy hambriento.
—No es cosa de broma —exclamó el lama—. Cierto astrólogo de esa ciudad cuyo nombre he olvidado…
—No es nada más que la ciudad de Ambala, donde dormimos la noche pasada —murmuró Kim al oído del sacerdote.
—¡Ah!, ¿era Ambala? Pues hizo un horóscopo y aseguró que mi chela alcanzaría su deseo al cabo de dos días. Pero, ¿qué fue lo que dijo acerca del significado de las estrellas, Amigo de todo el Mundo?
Kim carraspeó para aclarar su garganta y miró serenamente a los aldeanos de grises barbas que lo rodeaban.
—El significado de mi Estrella es la Guerra —respondió con aire solemne.
Estalló una risotada ante aquella pequeña y andrajosa figura que se pavoneaba bajo el enorme árbol y sobre el zócalo de mampostería. Si Kim hubiera sido un indígena, se habría azorado, pero la sangre blanca que corría por sus venas le permitió mantenerse sereno.
—Sí, la guerra —repitió.
—Ésa es una profecía segura —exclamó una voz profunda—. Porque siempre hay algunas escaramuzas a lo largo de la frontera…, según mis noticias.
El que hablaba era un anciano decrépito, que había prestado su servicio al Gobierno en los días de la sublevación, como oficial indígena de un regimiento de caballería recién reclutado. Terminados sus servicios, el Gobierno lo recompensó con una buena propiedad en su aldea natal, y aunque las exigencias de sus hijos, que eran ya oficiales de barbas grises, habían mermado su caudal, era todavía una persona de importancia. Muchos oficiales ingleses y hasta algunos comisarios adjuntos, al pasar por la Gran Carretera se desviaban para visitarlo, y, en aquellas ocasiones, se ponía el uniforme de los viejos tiempos y permanecía más tieso que una vara.
—Pero ésta será una gran guerra…, una guerra de ocho mil hombres —la voz de Kim vibró a través del grupo cada vez más numeroso que se estaba congregando, con tal intensidad que él mismo se asombró.
—¿Casacas rojas o nuestros propios regimientos? —interrumpió el viejo como si estuviese hablando con un igual. Su tono hizo que los demás hombres respetasen a Kim.
—Casacas rojas —dijo Kim a la ventura, pues en realidad no lo sabía—; casacas rojas y cañones.
—Pero…, pero el astrólogo no dijo ni una sola palabra acerca de eso —gritó el lama tomando en su excitación prodigiosas cantidades de rapé.
—Pero yo lo sé. La noticia ha llegado hasta mí que soy el discípulo de este santón. Estallará una guerra…, una guerra de ocho mil casacas rojas que se movilizarán en Pindi y Peshawar. De eso estoy seguro.
—Indudablemente, el muchacho debe de haber recogido algún rumor del bazar —dijo el sacerdote.
—Pero, ¡si no se ha movido un momento de mi lado! —exclamó el lama—. ¿Cómo lo sabe? Yo no lo sabía.
—Ese chico será un excelente ilusionista cuando muera el viejo —murmuró el sacerdote al oído del jefe—. ¿Qué nueva treta será ésta?
—Una prueba. Dame una prueba —exclamó de repente el viejo soldado con voz de trueno—. Si se hubiese declarado la guerra, mis hijos me lo hubieran dicho.
—Cuando todo esté preparado, tus hijos, seguramente, serán informados; pero hay una gran distancia de tus hijos al hombre en cuyas manos están estos asuntos. —Kim se acaloraba con el juego, que le recordaba sus artimañas de recadero en Lahore, en las que por ganar unas paísas simulaba saber más de lo que en realidad sabía. Pero ahora obraba por móviles más elevados; su propia excitación y el deseo de demostrar su poder. Así es que, tomando aliento, prosiguió:
—¿El viejo me pide que le dé una prueba? ¿Pueden ordenar los subalternos las idas y venidas de ocho mil casacas rojas… y de los cañones?
—No —respondió el viejo, como si Kim fuese su igual. — ¿Conoces tú al que da esas órdenes?
—Lo he visto.
—Lo reconocerías?
—Lo conozco desde que era teniente de la top-khana (artillería).
—¿Es un hombre alto; un hombre alto y moreno, que anda así? —Kim dio unos pasos tan tieso como si fuera un palo.
—Sí. Pero eso no es ninguna prueba, pues cualquiera puede verlo. —La multitud contenía el aliento durante todo este diálogo.
—Eso es verdad… Pero aún te diré más. Fíjate ahora. Lo primero, el gran hombre anda así. Luego, piensa así —Kim se puso el dedo índice en la frente y, a continuación, lo bajó hasta la mandíbula—. Luego contrae los dedos así. Luego se coloca la gorra bajo el brazo izquierdo. —Kim ilustraba con la acción todos los movimientos, y permanecía tan inmóvil como una cigüeña.
El viejo lanzaba gruñidos inarticulados en el colmo de su asombro, y todos los reunidos temblaban.
—Así es…, así es…, así es… Pero ¿qué es lo que hace cuando va a dar una orden?
—Primero se rasca el cogote de este modo. En seguida apoya un dedo en la mesa y hace un sorbeteo con la nariz. Después dice así: «Llame usted a tales y cuales regimientos. Avise usted a tales cañones.»
El viejo soldado se levantó rígidamente, y saludó, cuadrándose.
—«Porque» —Kim iba traduciendo al idioma indígena las órdenes terminantes que había escuchado en la oficina de Ambala—, «porque», dice él: «deberíamos haber hecho esto hace ya mucho tiempo. No es guerra; es… castigo. ¡Sniff!»
—Basta, te creo. Lo he visto y lo he oído en medio del humo de las batallas. Es Él.
—Yo no vi humo —la voz de Kim cambió al tono monótono y alucinado que emplean los que dicen la buenaventura a la vera del camino—. Yo vi todo esto en la oscuridad. Primero apareció un hombre que aclaró todas las cosas. En seguida, varios hombres a caballo. Después vino él, envuelto en una aureola de luz. El resto ya lo he contado. Viejo, ¿es o no es verdad lo que he dicho?
—Es Él. Sin duda alguna, es Él.
La concurrencia lanzó un suspiro entrecortado, mirando alternativamente, ya al viejo soldado, que aún estaba en posición de firmes, ya a Kim, cuya figura andrajosa se recortaba contra la luz purpúrea del crepúsculo.
—¿No os dije…, no os dije que no era de este mundo? —exclamó el lama orgullosamente—. Es el Amigo de todo el Mundo. Es el Amigo de las Estrellas.
—Y menos mal que esto de la guerra no nos concierne a nosotros —gritó un hombre—. Oye, joven adivino, si tienes ese don en todos los momentos, yo quisiera consultarte. Tengo una vaca con manchas rojas, que bien pudiera ser hermana de tu Toro…
—No lo creas. Mis Estrellas no tienen nada que ver con tu ganado.
—Pero está muy enferma —interrumpió una mujer—. Mi hombre es un búfalo; debía haber escogido mejor sus palabras. ¿Puedes decirme si se pondrá buena?
Si Kim hubiera sido un muchacho como los demás, habría seguido presumiendo de adivino; pero todo aquel que conoce palmo a palmo la ciudad de Lahore y convive durante trece años con los faquires de la Puerta de Taksali no puede menos de conocer también la naturaleza humana.
El sacerdote lo miró de reojo, amargamente, con sonrisa desencantada y llena de frustración.
—¿Es que no hay sacerdote en la aldea? —gritó Kim—. Yo creí haber visto uno muy ilustre hace un momento.
—Sí…, pero… —empezó a decir la mujer.
—Pero tanto tu marido como tú esperabais ver curada a la vaca sin más gastos que dar las gracias.
El tiro dio en el blanco; porque aquel matrimonio era el más tacaño de todo el lugar.
—No está bien estafar a los templos. Regálale al sacerdote un ternero joven, y a menos que los dioses estén muy incomodados con vosotros, antes de un mes la vaca dará leche.
—Eres un experto mendigo —ronroneó el sacerdote, satisfecho—. No hubiera obrado mejor un hombre inteligente de cuarenta años. Estoy seguro de que has enriquecido al viejo.
—Un poco de harina, otro poco de manteca y un puñado de cardamomos —replicó Kim sonrojado por la lisonja, pero todavía con cautela—. ¿Hay alguien que se enriquezca con eso? Además, como puedes ver, está completamente loco. Pero me sirve por lo menos mientras aprendo a conocer los caminos. Kim conocía perfectamente cómo se comportaban en la intimidad los faquires de la Puerta de Taksali cuando hablaban entre ellos, y copiaba en todos los detalles a sus desvergonzados discípulos.
—¿Entonces es verdad lo de su Búsqueda, o es una pantalla para otros designios? Puede tratarse de un tesoro.
—Está loco…, loco de remate. No hay nada más.
El viejo soldado se levantó cojeando y suplicó a Kim que aceptase su hospitalidad por aquella noche. El sacerdote le aconsejó que accediese, insistiendo por su parte en que el honor de albergar al lama pertenecía al templo…, a lo que el lama sonrió con candidez. Kim estudió la expresión de los semblantes y dedujo importantes consecuencias.
—¿Dónde está el dinero? —murmuró en voz baja, arrastrando al lama hacia la oscuridad.
—En mi pecho. ¿Dónde iba a estar?
—Dámelo. Pronto, y sin hacer ruido; dámelo.
—Pero, ¿por qué? Aquí no hay que comprar ningún billete. — ¿Soy tu chela o no lo soy? ¿No he protegido a tus viejos pies en el camino? Dame el dinero y por la mañana te lo devolveré. —Y, metiendo la mano por encima de la faja del lama, sacó la bolsa.
—Bueno…, bueno —dijo el viejo sacudiendo la cabeza—. ¡Éste es un mundo grande y terrible! Nunca pude imaginar que vivieran en él tantos hombres.
A la mañana siguiente el sacerdote estaba de muy mal talante, y el lama parecía completamente dichoso. Kim, por su parte, había gozado de una velada interesante con el viejo soldado, que sacó el sable de caballería, y manteniendo en equilibrio al muchacho sobre sus enjutas rodillas, le contó varias historias de la sublevación y de jóvenes capitanes que hacía treinta años estaban en sus tumbas, hasta que Kim cayó rendido por el sueño.
—Verdaderamente, es bueno el aire de este país —dijo el lama—. Yo siempre duermo con sueño ligero, como les pasa a todos los viejos, pero esta noche he dormido sin despertarme hasta bien entrado el día. Y todavía tengo la cabeza pesada.
—Bebe un poco de leche caliente —le dijo Kim que conocía unos cuantos remedios de esa clase, por algunos amigos suyos que eran fumadores de opio—. Ya es hora de que emprendamos la marcha.
—El largo camino que cruza todos los ríos de la India —dijo el lama alegremente—. Vamos. Pero, oye, chela, ¿cómo crees que podemos recompensar a esta gente, y sobre todo al sacerdote, por sus bondades? Es verdad que son but-parast, pero en sus vidas futuras puede que descienda hacia ellos la luz de la verdad. ¿Daremos una rupia para el templo? Tan solo se trata de una cosa hecha de piedra y pintura roja, pero nosotros debemos reconocer el corazón de los hombres, cuándo y dónde son buenos.
—Santo mío, ¿has emprendido el camino solo alguna vez? —Kim alzó la mirada bruscamente, al igual que lo hacen los cuervos indios que tanto se afanan sobre los campos.
—Naturalmente, niño: desde Kulú a Pathankot…, desde Kulú, donde murió mi primer chela. Entonces, cuando los hombres eran bondadosos con nosotros, hacíamos ofrendas, y todo el mundo se portó muy bien durante nuestro paso por las montañas.
—En la India es muy diferente —dijo Kim con frialdad—. Sus dioses son perversos y tienen muchos brazos. Dejémoslos tranquilos.
—Te acompañaré un rato para enseñarte el camino, Amigo de todo el Mundo…, a ti y a tu hombre amarillo. —El viejo soldado cruzó la calle de la aldea, todavía con poca luz, a lomos de un caballo de derrengados jarretes—. La noche pasada volvió a abrir las fuentes del recuerdo en mi seco corazón, y eso ha sido para mí una gran alegría. Verdaderamente, se nota la guerra en el aire. Yo la huelo. ¡Mira!, he traído la espada.
Sentado sobre su pequeña cabalgadura, con las largas piernas colgando, la espada al costado y la mano sobre el pomo, el viejo soldado miraba fieramente las llanuras que se extendían hacia el norte.
—Dime ahora otra vez cómo se te apareció Él en la visión. Sube y monta conmigo. El animal puede con los dos.
—Soy el discípulo de este santo —dijo Kim, al tiempo que franqueaban la puerta de la aldea. Los aldeanos parecían sentir su marcha, pero el adiós del sacerdote fue frío y distante. Había malgastado el opio en un hombre que no llevaba consigo ni un céntimo.
—Eso está bien dicho. Yo no tengo mucha costumbre de tratar con los santones, pero el respeto es una buena cualidad. Ya no hay respeto en estos tiempos…, ni aun cuando viene a verme el sahib Comisario. Pero, ¿por qué siendo tu Estrella la guerra sigues a ese santón?
—¡Pero si es un verdadero santo! —dijo Kim con vehemencia—. En su rectitud, en su palabra y en todos sus actos, es un santo. No es como los otros. Yo no he visto ninguno como éste. Nosotros no somos titiriteros, ni mendigos, ni decimos la buenaventura.
—Tú no lo eres, ya lo sé; pero a él no lo conozco. Sin embargo, anda bien.
Incitado por el aire fresco de la madrugada, el lama caminaba con soltura, dando largas zancadas, como si fuera un camello. Iba absorto en su meditación, pasando maquinalmente las cuentas del rosario.
Los viajeros marchaban ahora por el descuidado camino vecinal lleno de rodadas, que cruza la llanura entre grandes plantaciones de mangos de oscuro follaje; la línea del Himalaya se desvanecía hacia el este, coronada de nieve. Toda la India estaba trabajando en los campos entre el chirrido de las norias, los gritos de los labradores detrás de las yuntas y la algarabía de los gallos. Hasta el poni sintió la buena influencia y casi rompió al trote corto cuando Kim se agarró con una mano a la ación.
—Tengo remordimientos por no haber dejado una rupia para el santuario —dijo el lama al terminar la última cuenta de sus ochenta y una.
El viejo soldado refunfuñó bajo su barba, notando entonces el lama por primera vez su presencia.
—¿Tú también buscas el Río? —preguntó volviéndose.
—El día está empezando —fue la respuesta—. ¿Para qué se necesita un río, si no es para regar antes de que se ponga el sol? He venido para mostrarte un atajo que conduce a la Gran Carretera.
—Ésa es una cortesía digna del recuerdo, hombre de buena voluntad; pero, ¿por qué llevas esa espada?
El viejo soldado quedó tan avergonzado como un niño sorprendido cuando juega a ser persona mayor.
—La espada —dijo acariciándola—. ¡Oh!, eso ha sido una ventolera que me ha dado…, caprichos de viejo. Verdad es que la policía tiene orden de que ningún hombre lleve armas en toda la India; pero —y cobrando ánimo golpeó la empuñadura— todos los policías de los alrededores me conocen bien.
—Esas aficiones no son buenas —dijo el lama—. ¿Qué provecho se saca de matar a los hombres?
—Muy poco…, lo sé por experiencia; pero si no se matase de vez en cuando a los malos, este mundo no sería muy bueno para los soñadores que van sin armas. Y yo hablo con conocimiento del asunto, pues he visto toda la tierra, desde más al sur de Delhi, inundada de sangre.
—¿Qué locura fue ésa?
—Sólo los dioses, que la enviaron como una plaga, lo saben. Una locura prendió en los soldados, que se sublevaron contra sus oficiales. Ése fue el primer mal; pero no hubiera tenido tan graves consecuencias si hubiesen mantenido quietas las manos. Pero decidieron matar a las mujeres y a los niños de los sahibs, y en seguida vinieron éstos del otro lado del mar y les exigieron la más estricta cuenta de sus actos.
—Me parece recordar que una vez llegaron a mis oídos rumores referentes a estos sucesos, pero de ello hace ya mucho tiempo. Lo llamaban algo así como el Año Negro.
—¿Qué género de vida ha sido la tuya para ignorar lo que ocurrió ese Año? ¡Un rumor, ya lo creo! Toda la tierra lo supo y tembló.
—Nuestra tierra no ha temblado más que una sola vez…: el día en que Nuestro Señor el Excelente recibió la Iluminación.
—¡Hum!, yo por lo menos vi temblar a Delhi; y Delhi es el ombligo del mundo.
—¿De modo que se revolvieron contra las mujeres y los niños? Ésa fue una acción perversa y su castigo no puede evitarse.
—Muchos de ellos hicieron grandes esfuerzos para evitarlo, pero con muy poco éxito. Yo estaba entonces en un regimiento de caballería. Se sublevó. De seiscientos ochenta sables permanecieron fieles… ¿cuántos dirías? Tres. Yo era uno de ellos.
—Mayor fue el mérito.
—¡Mérito! Nosotros no considerábamos que eso fuera un mérito en aquellos días. Mi gente, mis amigos y mis hermanos se apartaron de mí. Me decían: «El tiempo de los ingleses ha terminado. Ahora todos debemos luchar por conseguir nuestra pequeña propiedad». Pero yo había hablado con los hombres de Sobraon, de Chillianwallah, de Moodkee y de Ferozeshah,y les dije: «Esperad un poco y el viento cambiará. Éste es un mal asunto». En aquellos días cabalgué setenta millas, llevando a la mujer y al niño de un sahib en la perilla de mi montura (¡Oh! ¡Aquél sí que era un caballo digno de un hombre!). Los dejé a salvo y volví a presentarme a mi oficial…, que era, de los cinco que teníamos, el único a quien no habían matado. «Déme usted un empleo», le dije, «porque soy un renegado para mis paisanos y la sangre de mi primo aún está húmeda en mi sable». «Alégrate», dijo él. «Hay mucho trabajo por delante. Cuando termine esta locura tendrás la recompensa.»
—¡Ay!, ¿es que hay una recompensa cuando la locura ha pasado? —murmuró el lama, casi para sus adentros.
—En aquel tiempo no se imponían medallas a todo el que, por casualidad, había oído un arma de fuego.
¡No! Yo participé en diecinueve batallas campales, en cuarenta y seis escaramuzas de caballería y en innumerables pequeñas acciones. Recibí nueve heridas y me dieron una medalla con cuatro barras, y más tarde la medalla de una Orden, porque mis capitanes, que son ahora generales, se acordaron de mí cuando la emperatriz de la India cumplió los cincuenta años de su reinado y toda la tierra se regocijó. Dijeron: «Hay que darle la orden de la India Británica». Y la llevo ahora colgada del cuello. También me dio el Estado la jaghir (posesión), un regalo para mí y para los míos. Los hombres de aquel tiempo (ahora son comisarios) vienen a verme, cabalgando a través de los campos cultivados, muy erguidos en la silla, así es que toda la gente de la aldea los ve, y hablamos de las acciones pasadas, y el recuerdo del nombre de un muerto se enlaza con el de otro.
—¿Y después?
—¡Oh!, después se van, pero no sin que los haya visto toda la aldea.
—¿Y tu final cuál será?
—Al final me moriré.
—¿Y después?
—Los dioses dispondrán. Jamás los he molestado con mis plegarias: yo creo que ellos no me molestarán a mí. Mira, he notado en mi larga existencia que los que se pasan la vida incomodando a los de Arriba con quejas y relatos, gritos y llantos, son llamados a toda prisa; como hacía mi coronel, cuando llamaba para que se le presentaran los charlatanes de baja casta que hablaban más de la cuenta. No; yo jamás he importunado a los dioses. Ellos lo recordarán y me darán un lugar tranquilo donde pueda clavar mi lanza a la sombra, y esperar a que lleguen mis hijos: tengo nada menos que tres —todos comandantes de caballería— en los regimientos.
—Y ellos de la misma manera seguirán atados a la Rueda, irán de vida en vida…, de desesperación en desesperación —dijo el lama para sí—. Enfebrecidos, inseguros, ávidos.
—Sí —dijo el viejo soldado, riendo—. Tres comandantes en tres regimientos. Un poco jugadores, pero también lo soy yo. Necesitan tener buenos caballos, y hoy no se pueden tomar los caballos como en tiempos pasados se tomaba a las mujeres. Bien, bien, mis posesiones pueden pagar todo eso. ¿Qué te crees? Es una faja de terreno bien irrigada, pero mis labradores me engañan. Yo no sé pedir más que a cintarazos. ¡Huy!, me encolerizo y los maldigo, ellos fingen arrepentirse, pero sé que a mis espaldas me llaman viejo mono desdentado.
—¿Y no has deseado nunca otras cosas?
—Sí…, sí, millares de veces. Una espalda derecha, unas rodillas que aprieten con firmeza el flanco del caballo, una muñeca rápida, una vista penetrante, y el nervio que hace a los hombres. ¡Oh los viejos tiempos…, los buenos tiempos de mi fuerza!
—Esa fuerza es debilidad.
—Así es ahora, pero hace cincuenta años podía haber demostrado lo contrario —replicó el viejo soldado, golpeando el flaco costillar del poni con el borde del estribo.
—Pero yo sé de un Río capaz de curarlo todo.
—Ya he bebido las aguas del Ganges hasta parecer hidrópico, y todo lo que logré fue una disentería, pero nada de fortaleza.
—No es el Ganges. El Río al que me refiero lava de toda mancha de pecado; ascendiendo por la lejana orilla se tiene asegurada la Liberación. No conozco tu vida, pero tu semblante es el de un hombre honrado y cortés. Has permanecido firme en tu Senda, prestando fidelidad en momentos difíciles, en ese Año Negro, del cual ahora recuerdo otras historias. Ven a la Senda Media, que es el camino de la Liberación. Escucha la Ley Excelentísima y no pienses en locos sueños.
—Habla, pues, viejo —dijo el soldado, sonriendo y medio saludando—. A nuestra edad todos somos algo charlatanes.
El lama se acurrucó bajo un mango, cuya sombra ajedrezaba su semblante; el soldado permanecía sentado rígidamente sobre el caballejo, y Kim, después de cerciorarse de que por allí no había culebras, se tumbó en un hueco entre las retorcidas raíces del árbol. En el aire, caldeado por el sol, se sentía un adormecedor susurro de pequeñas vidas; a través de los campos llegaba el arrullo de las palomas y el somnoliento zumbido de las norias. El lama empezó a hablar con lentitud y solemnidad. Al cabo de diez minutos, el viejo soldado bajó de su poni, para oír mejor, según decía, y se sentó con las riendas pasadas por la muñeca. La voz del lama vacilaba…, las pausas se alargaban. Kim se entretenía en vigilar a una ardilla gris. Cuando el pequeño copo de piel desapareció de la rama a la que se agarraba con fuerza, después de recriminarles por invadir su territorio, predicador y auditorio cayeron dormidos; el viejo oficial, con la cabeza de rasgos enérgicos apoyada sobre el brazo, y la del lama, apoyada contra el tronco del árbol, cuya sombra daba a su semblante un tono amarillo marfil. Un chiquillo desnudo se acercó dando traspiés, miró asombrado, y arrastrado por un rápido impulso de reverencia, se inclinó con solemnidad ante el lama… Sólo que el rapaz era tan pequeño y tan gordo que cayó rodando y Kim soltó una carcajada al ver las piernas regordetas agitarse en el aire. El chiquillo, asustado y rabioso, empezó a dar gritos.
—¡Eh! ¡Eh! —dijo el soldado, poniéndose en pie de un salto¿Qué es esto? ¿Quién da órdenes?… ¡Ah…, es un chiquillo! Estaba soñando con una alarma. Pequeño…, pequeño…, no llores. ¿Me había dormido? ¡Ha sido una falta de cortesía!
—¡Miedo! ¡Tengo miedo! —berreaba el chiquillo.
—¿De qué tienes miedo? ¿De dos viejos y un muchacho? ¿Cómo quieres llegar a ser un buen soldado, pequeño príncipe? El lama también se había depertado; pero, sin darse cuenta de lo que ocurría, comenzó a pasar las cuentas del rosario.
—¿Qué es eso? —preguntó el niño, cortando un puchero a la mitad—. Nunca he visto eso. Dámelo.
—Ah —dijo el lama, sonriendo y arrastrando parte del rosario por la hierba:
Es un puñado de cardamomos.
es un pedazo de ghi:
es mijo y ajis y arroz,
¡una comida para los dos!
El niño gritó de alegría y agarró las oscuras cuentas lustrosas.
—¡Oh! —dijo el viejo soldado—. ¿Cuándo has aprendido esa canción, tú que dices despreciar el mundo?
—La aprendí en Pathankot…, sentado en el umbral de una puerta —dijo el lama avergonzado—. Hay que ser bondadoso con los niños.
—Según recuerdo, antes de que el sueño nos venciese, me decías que el matrimonio y la reproducción eran peligros para la luz verdadera; piedras con las que se tropieza en la Senda. ¿Caen los chiquillos de las nubes en tu país? ¿Es propio de la Senda el cantarles canciones?
—Ningún hombre es perfecto del todo —dijo el lama con gravedad, recogiendo su rosario—. Vete ahora con tu madre, pequeño.
—¡Lo oyes! —dijo el soldado dirigiéndose a Kim—. Está avergonzado porque ha consolado a un niño. Había en ti un buen padre de familia que se ha perdido, hermano. ¡Vamos, chico! —añadió arrojándole una pasía—. Los dulces siempre son dulces. —Y cuando el pequeñuelo desapareció dando cabriolas a la luz del sol, añadió—: Ellos crecen y se hacen hombres. Santón, siento mucho haberme dormido en medio de tu discurso. Perdóname.
—Somos muy viejos —repuso el lama—. La culpa es mía. Atendí a tu charla sobre el mundo y sus locuras, y una falta conduce a otra.
—¡Lo oyes! Pero, ¿qué daño les haces a tus dioses por jugar con un niño? Y la canción estuvo muy bien entonada. Vámonos, y por el camino oirás el canto de Nikal Seyn ante Delhi…, el antiguo cantar.
Salieron del oscuro bosque de mangos, y la fuerte y aguda voz del viejo se extendió a través de los campos. Lamento tras lamento fue desarrollando toda la historia de Nikal Seyn (Nicholson), esa canción que aún ahora cantan todos los hombres del Panjab. Kim iba lleno de gozo, y el lama escuchaba con profunda atención.
—¡Ay! ¡Nikal Seyn ha muerto…, ha muerto ante Delhi! ¡Lanceros del Norte, vengad a Nikal Seyn!
Y terminó haciendo gorgoritos y marcando el compás con la vaina de la espada sobre la grupa del poni.
—Ya estamos en el Gran Tronco —dijo después de recibir los elogios de Kim, pues el lama se había encerrado en su mutismo—. Ya hace tiempo que no cabalgaba por este camino, pero tu conversación, muchacho, ha avivado mis recuerdos. Santón, mira: el Gran Tronco, que es la espina dorsal de la India. En casi toda su longitud está como aquí, sombreada por cuatro hileras de árboles; la parte del centro, de suelo muy duro, es la destinada al tráfico ligero. En tiempos anteriores al ferrocarril, los sahibs pasaban por aquí a centenares. Ahora sólo viajan carros de labradores y de gente del país. A derecha e izquierda están las carreteras ordinarias para las carretas pesadas: grano y algodón y madera, boas, abonos y cueros. Todo el mundo viaja por aquí seguro, porque basta recorrer algunos kos para encontrar un puesto de policía. Los policías son ladrones que exigen dinero sin derecho (yo en vez de eso pondría patrullas de caballería de jóvenes reclutas, bajo el mando de un capitán enérgico), pero al menos no toleran ningún rival. Por aquí pasan hombres de todas las castas y clases. ¡Mirad! Brahmanes y chumars, prestamistas y caldereros, barberos y bunnias, peregrinos y alfareros…, todo el mundo yendo y viniendo. A mí me produce el efecto de un río, del cual estoy apartado después de la crecida.
Y verdaderamente, la Gran Carretera Central, llamada Gran Tronco, constituye un espectáculo maravilloso. Se extiende en línea recta durante mil quinientas millas, encauzando sin apreturas todo el intenso tráfico de la India, constituyendo un río de vida como no existe en ninguna otra parte del mundo. Los tres viajeros miraban la verde bóveda y el suelo, que se perdía a lo lejos, salpicado por las sombras, y la blanca cinta manchada por la multitud, que caminaba despacio; enfrente se alzaba el puesto local de policía.
—¿Quién lleva armas contra la ley? —preguntó a gritos un guardia echándose a reír al ver la espada del viejo soldado—. ¿No basta la policía para desterrar a los maleantes?
—La he traído precisamente a causa de la policía —fue la respuesta—. ¿Va todo bien en la India?
—Todo va bien, sahib Ressaldar.
—Yo soy como una vieja tortuga que saca por un momento la cabeza del caparazón y la vuelve a meter en seguida. Sí, ésa es la carretera del Indostán. Todo el mundo pasa por este camino…
—Hijo de puta, ¿te figuras que la parte blanda de la carretera está hecha para que te rasques la espalda en ella? Padre de todos las hijas bastardas y marido de diez mil mujeres sin vergüenza, tu madre se entregó al demonio, inducida por su propia madre; tus tías han sido desnarigadas(19) durante siete generaciones. Tu hermana… ¿Qué mochuelo loco te aconsejó que cruzaras tus carros en la carretera? ¿Una rueda rota? Entonces yo te romperé la cabeza y puedes componerlas cuando tengas tiempo.
Estas voces y el escalofriante restallido del látigo salían de un montón de polvo situado a unos cincuenta metros, donde había volcado un carro. Una yegua de Katiwar, alta y flaca, con los ojos y los ollares inyectados, surgió disparada de una nube de polvo resoplando y retorciéndose de dolor cuando su dueño intentó dirigirla en persecución de un hombre que huía dando gritos. El jinete, de elevada estatura y barba gris, se sujetaba sobre el enloquecido animal como si formara parte de él, al mismo tiempo que castigaba concienzudamente al hombre a cada acometida del caballo.
La cara del viejo soldado resplandeció de orgullo.
—¡Mi hijo! —dijo rápidamente, tirando al mismo tiempo de las riendas, para que el cuello de su poni tomase una digna curvatura.
—¿Y voy a ser golpeado ante la misma policía? —gritaba el carretero—. ¡Justicia! ¡Pediré justicia!…
—¿Y tiene derecho a interrumpir el paso un mono aullador que deja caer diez mil sacos sobre las narices de un caballo joven? Ésa es la mejor manera de echar a perder una yegua.
—Dice verdad. Dice verdad —exclamó el viejo—. Pero la yegua corre detrás del hombre.
El carretero se refugió bajo las ruedas de su carro, y desde allí profería toda clase de maldiciones.
—Son fuertes tus hijos —dijo el policía mientras se hurgaba los dientes con toda tranquilidad.
El jinete restalló por última vez su látigo y avanzó a paso largo y tendido.
—¡Padre! —exclamó. Y paró la yegua a diez metros de distancia, saltando a tierra.
El viejo bajó de su poni en un instante, y se abrazaron como solamente en Oriente se abrazan padres e hijos.

Capítulo IV

La Buena Suerte no es gran dama,
sino la más despreciable de las mujerzuelas.
Una jaca respingona, juguetona y cosquillosa,
difícil de montar o de enganchar.
¡Si la buscáis, os volverá la espalda!
¡Reúnete con ella y se dispondrá para marcharse!
¡Despreciadla como a una mala pécora
y acudirá a tiraros de la manga!
Dones y dádivas, ¡oh Fortuna!,
das o retienes según tu capricho.
¡No haciendo caso de la Fortuna,
la suerte me seguirá!
Los pozos de los deseos.

En seguida se pusieron a hablar en voz baja. Kim se sentó a descansar bajo un árbol, pero el lama le tiraba del brazo con impaciencia.
—Sigamos adelante. El Río no está aquí.
—¡Hai mai! ¿No vamos a descansar un poco después de lo que hemos andado? El Río no se escapará. Ten paciencia y verás cómo nos dan una limosna.
—Éste —dijo de repente el viejo soldado— es el Amigo de las Estrellas. Ayer por la tarde me dio la noticia, pues ha visto en un sueño al hombre en persona dando las órdenes para la guerra.
—¡Hum! —dijo su hijo, desde lo más profundo de su ancho pecho—. Lo averiguaría por los rumores del bazar y se aprovechó de ello.
Su padre se echó a reír.
—Al menos no vino a pedirme un nuevo corcel y sabe dios cuántas rupias. ¿Han movilizado también los regimientos de tus hermanos?
—No lo sé. Yo pedí licencia y vine rápidamente a verte para…
—Para que ellos no se adelantasen a pedirme. ¡Sois unos jugadores y unos manirrotos! Pero tú todavía no has tomado parte en una carga de caballería. Y para ello, realmente necesitas un buen caballo, un criado, y una bestia de carga para las marchas. Veremos…, veremos. —Y tamborileó sobre la perilla de la montura.
—Éste no es sitio para tratar de esos asuntos, padre. Vámonos a casa.
—Pero al menos paga al muchacho: yo no llevo ni una paísa y él me trajo noticias favorables. Escucha, Amigo de todo el Mundo, se va a emprender una guerra como dijiste.
—No como dije, sino como afirmé: la guerra —replicó Kim con dignidad.
—¿Eh? —dijo el lama, pasando las cuentas del rosario, ansioso de emprender la marcha.
—Mi señor no molesta a las estrellas por dinero. Trajimos las noticias… eres testigo de que trajimos las noticias y ahora nos vamos. —Kim se puso en jarras.
El hijo del viejo soldado lanzó una moneda de plata, que brilló a la luz del sol, murmurando en voz baja contra mendigos y adivinos. Era una moneda de cuatro annas, que les permitiría comer durante algunos días. El lama, al ver el destello, rezongó una bendición.
—Sigue tu camino, Amigo de todo el Mundo —gritó el viejo soldado, haciendo caracolear su flaca montura—. Por primera vez en mi vida he encontrado un verdadero profeta… que no perteneciese al Ejército.
Padre e hijo dieron la vuelta y partieron; el viejo iba tan derecho como el joven.
Un policía panjabí, con pantalones de lienzo amarillo, avanzó desgarbadamente, cruzando la carretera. Había visto caer la moneda.
—¡Alto! —gritó en un inglés muy correcto—. ¿No sabéis que hay un takkus de dos annas por cabeza, que en este caso son un total de cuatro annas, para todo el que entra en la carretera? Es orden del sirkar y ese dinero se emplea en plantar árboles y el embellecimiento de la carretera.
—Y las barrigas de los policías —dijo Kim, brincando fuera del alcance de su brazo—. Medita un momento, si es que tienes algo más que serrín en la cabeza. Tú te crees que hemos salido de la charca más próxima, como la rana de tu suegra. ¿Has oído alguna vez el nombre de tu hermano?
—¿Quién era su hermano? Deja en paz al muchacho —gritó un policía de mayor graduación. Estaba en cuclillas fumando su pipa en el porche y enormemente divertido con la disputa.
—Su hermano cogió la etiqueta de una botella de belaiteepani (agua de soda) y, pegándola en un puente, impuso tributos durante un mes a todo el que pasaba, diciendo que era orden del sirkar. Hasta que vino un inglés y le rompió la cabeza. ¡Ah, hermano, soy un cuervo de ciudad, no de campo!
El policía se retiró avergonzado, y Kim lo abucheó hasta que volvió a cruzar la carretera.
—¿Ha habido alguna vez un discípulo como yo? —dijo Kim alegremente, dirigiéndose al lama—. Todo el mundo hubiera roído tus huesos apenas te hubieras alejado diez millas de la ciudad de Lahore, si no estuviera yo aquí para defenderte.
—Muchas veces me pregunto si eres un aparecido del cielo o un diablillo —dijo el lama sonriendo dulcemente.
—Yo soy tu chela. —Y Kim se colocó al lado del lama, acompasando su paso, ese indescriptible paso de los andarines de todas las partes del mundo.
—Ahora, marchemos —murmuró el lama. Y acompañados por el tintineo del rosario, anduvieron en silencio milla tras milla. El lama, como de costumbre, iba abismado en profundas meditaciones, pero los brillantes ojos de Kim lo abarcaban todo, y pensaba que este amplio y sonriente río de vida era un alivio después de las estrechas y atestadas calles de Lahore. A cada zancada veía gente y cosas nuevas; castas ya conocidas y otras que le eran completamente extrañas.
Encontraron una patrulla de sansis, de largos cabellos y olor penetrante, que llevaban a su espalda cestos de lagartos y otros asquerosos alimentos, e iban seguidos de flacos y escuálidos perros que olfateaban sus talones. Esta gente marchaba por un lugar aparte de la carretera; andaban con un trote sostenido, rápido y furtivo, y todas las demás castas procuraban pasar a distancia de ellos, porque los sansis están muy contaminados. Detrás, caminando rígidamente a través de la espesa sombra, se deslizaba un presidiario recién salido de la cárcel y que conservaba aún las huellas de los grilletes; su vientre abultado y su piel reluciente eran prueba de que el Gobierno alimenta a sus presos mejor de lo que pueden alimentarse muchos hombres honrados. Kim conocía esa manera de andar, y cuando pasaron por su lado la remedó con burla. En seguida un akali, de mirada extraviada y pelo enmarañado, devotamente vestido con el traje —a cuadros azules— de su credo, y llevando resplandecientes tejos de pulido acero sobre su azul y alto turbante, pasó majestuosamente, de regreso de uno de los Estados sijs independientes. Allí habría estado cantando las antiguas glorias del Khalsa a los príncipes educados en colegios ingleses que llevan altas botas de campaña y calzones de terciopelo blanco. Kim tuvo buen cuidado de no burlarse de él, porque la cólera del alcali es fuerte y su brazo rápido. De vez en cuando encontraban o eran dejados atrás por alegres multitudes de aldeanos, con trajes festivos, que regresaban de alguna feria local; las mujeres, con los niños sobre las caderas, marchaban detrás de los hombres, mientras los chiquillos mayorcitos caracoleaban montados sobre cañas de azúcar, arrastrando toscas locomotoras de latón de juguete que costaban medio penique, o reflejando el sol en los ojos de sus padres con baratos espejos. A primera vista se notaba lo que cada uno había comprado; y si se tenía alguna duda, bastaba contemplar a las mujeres, que, juntando sus brazos morenos, comparaban los recién adquiridos brazaletes de cristal oscuro que proceden del noroeste. Esta alegre multitud marchaba lentamente, llamándose a gritos y deteniéndose a regatear con un vendedor de dulces, o a rezar ante alguna de las capillitas —unas veces hindúes, otras musulmanas— que se suceden a ambos lados del camino y que las castas bajas de ambas religiones se distribuyen con hermosa imparcialidad. Una ininterrumpida hilera de color azul apareció de pronto, oscilando a través del polvo vibrante como una inmensa oruga apresurada, y se esfumó al trote, con unos rápidos gritos semejantes a un cacareo marcándole el ritmo. Era una cuadrilla de changars, esas mujeres que han acaparado el servicio de todos los andenes de los ferrocarriles del norte: casta de acarreadoras de tierra, de pies planos, grandes, y miembros hercúleos. Vestían faldas azules y viajaban apresuradas hacia el norte en busca de un nuevo destajo; no perdían el tiempo en el camino. Pertenecen a una casta en la que los hombres no son nada, y marchaban con los brazos en jarras, altas las cabezas y moviendo las caderas como mujeres acostumbradas a cargar grandes pesos. Poco después desembocó en la Gran Carretera un cortejo nupcial, acompañado de música y gritos; un olor de caléndulas y jazmín más fuerte que el hedor del polvo se esparció por el ambiente. A través de la polvareda se tambaleaba la litera de la novia —una mancha de rojo y oropel—, mientras la enjaezada jaca del novio volvía la cabeza para arrebatar un bocado de hierba de un carro de forraje que pasaba a su alcance. Entonces Kim se unió al coro de buenos deseos y pesadas burlas, deseando a la pareja cien hijos y ninguna hija, como es la costumbre. Todavía más interesante y más gozosa era la aparición de algún malabarista ambulante, acompañado de algunos monos medio domesticados, un oso jadeante y débil, o una mujer con cuernos de chivo amarrados a los pies, que danzaba con ellos sobre la cuerda floja, espantando a los caballos y haciendo prorrumpir a las mujeres en prolongados alaridos de admiración.
El lama no alzaba los ojos del suelo ni un solo momento. No se daba cuenta de que pasaba apresurado el prestamista, montado en su jaca de ancha grupa, para cobrar los intereses ven cidos; o la pequeña turbamulta —todavía formada militarmente— de soldados indígenas de permiso, alegres de verse libres de sus calzones y polainas, gritando a voz en cuello y diciendo los requiebros más desvergonzados a las mujeres más respetables con que se cruzaban. Ni siquiera vio al vendedor de agua del Ganges, aunque Kim esperaba que por lo menos compraría una botella de ese precioso líquido; miraba fijamente al suelo, caminando con el mismo paso regular hora tras hora con su alma alejada de aquellos lugares. Pero Kim se encontraba transportado al séptimo cielo. La Gran Carretera, en aquel sitio, está construida sobre un terraplén que la preserva de las crecidas invernales, y el camino resultaba un poco elevado sobre el campo; marchaban, pues, como por una majestuosa galería, viendo ensancharse toda la India a derecha e izquierda. Era hermoso contemplar los carros cargados de grano y algodón, que, arrastrados por varias parejas de bueyes, serpeaban en los caminos vecinales; el chirrido quejumbroso de sus ejes se percibía desde una milla de distancia, e iba acercándose poco a poco, mezclado con gritos, aullidos y blasfemias, hasta que ascendiendo los carros por la inclinada rampa de acceso, se hundían en la avenida central entre mutuos insultos de los carreteros. Era también un hermoso espectáculo ver a los campesinos —pequeñas manchitas de rojo, azul, rosa, blanco y azafrán— regresar a sus aldeas por grupos de en dos y de tres en tres, separándose, dispersándose y haciéndose cada vez más pequeños, a través de la inmensa llanura. Kim devoraba todas estas emociones, aunque no podía expresar con palabras sus sentimientos. Se limitaba a comprar caña de azúcar pelada, y escupía generosamente la médula sobre el suelo. De vez en cuando, el lama tomaba rapé; al fin llegó un momento en que Kim no pudo resistir el silencio.
—¡Es una buena tierra…, la tierra del sur! —dijo—. El aire es bueno, el agua es buena, ¿no es cierto?
—Y todos atados a la Rueda —replicó el lama—. Atados, vida tras vida. A ninguno de éstos les ha sido mostrada la Senda. — Y la agitación lo hizo volver a este mundo.
—Hemos hecho una buena jornada —dijo Kim—. Seguramente que pronto llegaremos a un parao (lugar de descanso). ¿Nos detendremos allí? Mira, ya se está poniendo el sol.
—¿Quién nos alojará esta noche?
—Es lo mismo. El país está lleno de buena gente. Además —y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro—, tenemos dinero.
La multitud se iba haciendo cada vez más compacta conforme se acercaban al lugar de descanso que marcaba el fin de la jornada. Una hilera de puestos donde se vende tabaco y comistrajos, un montón de leña, una comisaría de policía, un pozo, un abrevadero, un grupo de árboles, y, bajo ellos, un suelo endurecido por las pisadas y manchado con las cenizas blancas de lumbres apagadas. Tales son los principales rasgos que caracterizan a un parao del Gran Tronco, si se añaden los mendigos y los cuervos…, siempre hambrientos.
A la hora de su llegada, los rayos del sol se filtraban a través de las ramas del mango en anchas franjas de oro; los periquitos y las palomas regresaban a centenares en busca de sus nidos; las parlanchinas siete hermanas de grises espaldas, charlaban sobre las aventuras del día, paseando en grupos de dos y tres arriba y abajo, casi entre los mismos pies de los viajeros; y las sacudidas y agitaciones de las ramas indicaban que los murciélagos se disponían a salir en sus nocturnas cacerías. Rápidamente, la luz pareció replegarse en sí misma y pintó por un momento de intenso rojo escarlata los semblantes, las ruedas de los carros y los cuernos de los bueyes. En seguida se hizo de noche, variando el aspecto del paisaje. Una suavísima niebla a ras de tierra surgió como gasa azulada y sutil que se extendía a través de los campos. Y esta bruma difundía poderosamente el humo de leña, el olor del ganado y el agradable aroma de las tortas de trigo asándose en las cenizas. La patrulla de policía en servicio de tarde se dirigió apresuradamente hacia el puesto, con fuertes toses y reiterando órdenes. La bola de carbón encendido en la cazoleta de un narguile que pertenecía a un carretero situado a la orilla del camino, brilló con bermejo fulgor; los ojos de Kim percibieron los últimos destellos del sol en las pinzas de latón.
La vida del parao es muy parecida —en pequeña escala— a la del caravasar de Cachemira, y Kim se sumergió en ese alegre desorden asiático que, a poco que se le conceda algún tiempo, proporciona todo lo que puede apetecer un hombre sencillo.
Sus necesidades eran pocas, porque, como el lama no tenía escrúpulos de casta, les bastaba con la comida ya guisada, adquirida en el puesto más próximo; pero, para mayor comodidad, compró Kim un puñado de tortas de estiércol para encender fuego. Por todas partes, yendo y viniendo entre las pequeñas llamas de las hogueras, los hombres se pedían aceite o grano, dulces o tabaco, dándose empellones unos a otros mientras esperaban turno en el pozo; y entre las voces de los hombres, se percibían las risas contenidas y los agudos gritos de la mujeres (cuyos rostros no pueden mostrarse en público) encerradas en carros cubiertos.
Hoy, los indígenas bien educados opinan que cuando sus mujeres viajan —y lo hacen muy a menudo para visitarse— es mejor y mas rápido llevarlas por ferrocarril, en departamentos convenientemente aislados; y esa costumbre se va extendiendo cada vez más. Pero siempre hay algunos hindúes de vieja cepa que conservan las costumbres de sus antepasados; y sobre todo, quedan las viejas —mucho más conservadoras que los hombres que hacia el fin de sus vidas van de peregrinación. Como estas damas están ya marchitas y no despiertan deseos, no tienen inconveniente en quitarse el velo, en determinadas circunstancias. Después de su larga vida de reclusión, durante la cual han estado siempre en trasiegos y cambalaches con el mundo exterior, gustan del bullicio y la agitación del camino, de los hacinamientos de los templos y las infinitas posibilidades de comadreos con viudas de gustos similares. Muy a menudo acontece, con gran satisfacción de la familia que la sufre, que una vieja dama, de lengua impetuosa y voluntad férrea, se recrea viajando por la India en esta forma: verdaderamente, las peregrinaciones son gratas a los dioses. Así ocurre que en toda la India, lo mismo en los lugares más retirados que en los más concurridos, se tropieza frecuentemente con un grupo de entrecanos servidores encargados de guardar y vigilar a alguna vieja dama, que permanece más o menos encerrada y oculta en un carro tirado por bueyes. Esos criados son discretos y juiciosos, y, cuando está presente algún europeo o indígena de casta elevada, aíslan a la persona a su cargo con las más esmeradas precauciones; pero en los ordinarios encuentros de la peregrinación se permiten mayor lenidad. La vieja dama es, después de todo, muy humana, y gusta de contemplar la vida.
Kim se fijó al instante en un ruth o carro familiar que en aquel preciso momento entraba en el parao. Estaba brillantemente ornamentado con un dosel bordado, compuesto de dos cúpulas, como la doble joroba de un camello. Ocho hombres le daban escolta, y dos de ellos iban armados con sables herrumbrosos, signo seguro de que acompañaban a una persona distinguida, puesto que la gente corriente no lleva armas. Un chorro de palabras rebosante de órdenes, quejas y chanzas, junto a lo que a un europeo le hubiera parecido un lenguaje malsonante, surgía de detrás de las cortinas. Indudablemente, se trataba de una mujer acostumbrada a mandar.
Kim observaba a la escolta con aire crítico. La mitad de los hombres que la componían eran uryas de tierra adentro, con barbas grises y piernas delgadas. La otra mitad eran montañeses vestidos de muletón, que llevaban sombreros de fieltro; y esta mezcla hablaba por sí sola, aunque no hubiese oído el incesante altercado entre los dos bandos. La vieja dama iba de visita al sur, tal vez a casa de un pariente rico, probablemente un yerno, que le había enviado una escolta como prueba de respeto. Los montañeses debían de ser sus propios criados (gente de Kulú o de Sangra. Se notaba, desde luego, que no conducía a su hija para la boda, pues las cortinas hubieran estado corridas y la escolta no hubiera permitido que nadie se acercase al carro. «Debe de ser una dama de buen humor», pensaba Kim, sopesando en una mano las tortas de estiércol y en la otra la comida, y guiando al lama con empujones del hombro. Algo podía sacarse del encuentro. El lama no le ayudaría en absoluto, pero, como chela avispado, Kim mendigaría encantado por los dos.
Hizo su fuego lo más cerca que su audacia le permitió del carro, esperando que alguno de los de la escolta lo echase. El lama se desplomó sobre el suelo con pesadez —lo mismo que una albarda cargada de frutas— y volvió a su rosario.
—¡Márchate de aquí, mendigo! —La orden fue pronunciada en lengua indostaní por uno de los montañeses.
—¡Vaya! No es más que un pahari (montañés) —dijo Kim sin volver la cabeza—. ¿Desde cuando poseen todo el Indostán los burros de las montañas?
La réplica fue una rápida y brillante historia de la genealogía de Kim durante tres generaciones.
—¡Ah! —la voz de Kim era más suave que nunca, mientras partía en trozos la torta de estiércol—. En mi país decimos que ése es el principio de una conversación amorosa.
Una risita delgada y áspera que sonaba detrás de las cortinas picó el amor propio de los montañeses, animándolos a continuar las imprecaciones.
—No está mal… no está maldijo Kim con calma—. Pero ten cuidado, hermano; de lo contrario, nosotros…, nosotros, digo…, tendremos que contestarte con una maldición. Y nuestras maldiciones tienen el don de dar en el blanco.
Los uryas se echaron a reír y el montañés avanzó hacia él con aire amenazador; de repente, alzó el lama la cabeza y el resplandor de la hoguera que había encendido Kim iluminó su gorro gigantesco.
—¿Qué pasa? —dijo.
El montañés se detuvo, como si se hubiese convertido en una estatua de piedra.
—Yo…, yo… —tartamudeó—. ¡Oh!, me he librado de cometer un gran pecado.
—Al fin el extranjero ha encontrado un sacerdote de su credo —murmuró uno de los uryas.
—¡Vamos! ¿Por qué no le zurráis a ese mocoso mendigo? —gritó la vieja.
El montañés se dirigió al carro y cuchicheó con la persona que estaba detrás de la cortina. Siguió un silencio absoluto, luego un murmullo.
«Esto va bien», pensó Kim, fingiendo que no veía ni oía.
—Cuando…, cuando… haya terminado de comer —dijo el montañés dirigiéndose a Kim con aire servil—, es… esperamos que tu santo nos concederá el honor de visitar a una persona que desea hablarle.
—Después de comer tiene que dormir —respondió Kim con altivez. —No podía prever las consecuencias del nuevo giro que tomaban los acontecimientos, pero estaba resuelto a aprovecharse de ellos—. Ahora voy a buscarle la comida. —Esta última frase, pronunciada en voz muy alta, terminó con un gesto de abatimiento.
—Yo…, yo mismo y los demás paisanos cuidaremos de ello, si nos lo permitís.
—Lo permitimos —dijo Kim, más altivamente que nunca—. Santo, esta gente nos dará de comer.
—La tierra es buena… Todo el país del sur es bueno…; un mundo grande y terrible —murmuró el lama somnoliento.
—Dejadle dormir —dijo Kim—, pero cuidad de tener preparada una buena comida para cuando despierte. Es un hombre muy santo.
Uno de los uryas pronunció por segunda vez frases despectivas.
—No es un faquir, no es un mendigo de tierra adentro —continuó Kim severamente, dirigiéndose a las estrellas—. Es el más santo de todos los santones. Está por encima de todas las castas. Y yo soy su chela.
—¡Ven aquí! —dijo la aguda y áspera voz detrás de las cortinas.
Y Kim se acercó, consciente de que unos ojos ocultos lo estaban mirando; un dedo huesudo de piel oscura y lleno de sortijas asomaba por el borde del carro. La conversación se deslizó así:
—¿Quién es ese hombre?
—Un hombre extraordinariamente santo. Viene de muy lejos. Viene del Tíbet.
—¿De qué parte del Tíbet?
—Del otro lado de las nieves…, del lugar más lejano. Conoce todas las estrellas; sabe hacer horóscopos y augurios en los natalicios. Pero no hace estas cosas por dinero. Las hace porque es amable y por su gran caridad. Yo soy su discípulo y me llaman el Amigo de las Estrellas.
—Tú no eres montañés.
—Pregúntaselo a él. Te dirá que las estrellas me enviaron para mostrarle el objeto de su peregrinación.
—¡Hum! Considera, rapaz, que soy vieja y no del todo tonta. Conozco a los lamas y los reverencio, pero así eres tú un fiel chela como mi dedo es la lanza del carro. No eres más que un hindú sin casta…, un mendigo descarado y sinvergüenza, que te has unido al santo acaso nada más que para sacarle dinero.
—¿Y es que no trabajamos todos para ganar dinero? —Kim cambió rápidamente de tono, para acompasarse a la voz alterada que le hablaba—. Yo he oído… —aquello no era más que un palo de ciego—. He oído…
—¿Qué es lo que has oído? —preguntó la vieja con brusquedad, tamborileando con el dedo.
—No recuerdo muy bien, pero se decía en el bazar (claro que debe de ser una mentira) que aun los rajás…, los pequeños rajás de las montañas…
—Pero, a pesar de todo, de buena sangre rajput.
—Sí, sí, de buena sangre… Se decía que hasta esos rajás venden a las mujeres más hermosas de sus serrallos para procurarse dinero. Las envían hacia el sur para venderlas… a los zemindars y otros hombres ricos del Oudh.
Si hay algo que niegan con calor los rajás de las montañas, es precisamente esta acusación; pero es una creencia general de los bazares, cuando se discute el misterioso tráfico de esclavos de la India. La vieja dama explicó a Kim, con voz alterada de indignación, qué género y especie de calumniador era él. Si Kim le hubiese dicho semejante insulto cuando ella era una muchacha, aquella misma tarde hubiera sido aplastado por un elefante. Y así habría ocurrido, efectivamente.
—¡Ay! Yo no soy más que un mocoso mendigo, como acaba de decir el Ojo de Belleza —exclamó sollozando con un terror desmesurado.
—¡Ojo de Belleza!, ¿verdad? ¿Quién te crees que soy yo, para lanzarme esos requiebros de mendigo? —y, sin embargo, se echó a reír al oír aquellas palabras ya olvidadas—. Hace cuarenta años podían habérmelo dicho y no hubieran mentido. Sí, y aun hace treinta. Pero la culpa de todo la tiene este corretear de un lado a otro de la India, que expone a la viuda de un rey a codearse con toda la escoria de esta tierra y a ser objeto de mofa por parte de mendigos.
—Gran Reina —dijo Kim rápidamente, porque la sintió temblar de indignación—. Yo seré todo lo que la Gran Reina dice que soy; pero no por eso es menos santo mi maestro. Aún no sabe que la Gran Reina le ordenó…
—¿Ordenó? ¿Ordenar yo a un santo…, a un maestro de la Ley…, que viniera a hablar con una mujer? ¡Nunca!
—Perdona mi estupidez. Yo creí que era una orden…
—Pues no lo era. Se trataba de una súplica. ¿Lo aclarará esto mejor?
Una moneda de plata golpeó en el barandal del carro. Kim la tomó haciendo mil zalemas. La vieja dama, considerando que el muchacho era a la vez los ojos y los oídos del lama, creyó conveniente ganarse su buena voluntad.
—Yo no soy más que el discípulo del santón. Cuando termine de comer, tal vez se decida a venir.
—¡Ah, villano y pillastre sinvergüenza! —El dedo índice lleno de joyas lo amenazó fieramente, pero al mismo tiempo se oía la risa contenida.
—Pero, ¿qué sucede? —murmuró Kim en su tono confidencial y acariciador, ese tono (ya lo sabía) al que nadie se podía resistir—. ¿Es que …, es que hay necesidad de un hijo varón en tu familia? Habla con entera libertad, porque nosotros los sacerdotes… —Esta última frase era un plagio completo de las que pronunciaba un faquir de la Puerta de Taksali.
—¡Nosotros los sacerdotes! ¡Todavía no tienes edad ni para… —se detuvo cortando la frase atrevida con una carcajada—. Créeme, ahora y siempre, nosotras las mujeres, ¡oh sacerdote!, nos ocupamos de otros asuntos que de tener hijos. Además, mi hija ya ha parido un niño.
—Dos flechas en el carcaj valen más que una sola; y tres valen más aún. —Kim repitió el viejo refrán con tosecilla reflexiva, mirando discretamente hacia el suelo.
—Cierto…, muy cierto. Pero quizá lo logremos en el porvenir. Lo cierto es que esos brahmanes de tierra adentro son completamente inútiles. Yo les enviaba a menudo dinero y regalos y ellos profetizaban.
—¡Ah! —subrayó Kim con infinito desprecio—, ¡profetizaban! —Un profesional no lo hubiera hecho mejor.
—Y hasta que no acudí a mis propios dioses, mis plegarias no dieron resultado. Elegí una hora propicia y…, tal vez tu maestro haya oído hablar del abad de la lamasería de Lung-Cho. Le expuse a él el problema, y he aquí que a su debido tiempo todo sucedió tal como deseaba. El brahmán de la casa del padre del hijo de mi hija afirmó después que todo se debía a sus plegarias…, lo que es un pequeño error que pienso quitarle de la cabeza en cuanto lleguemos al final de este viaje. De manera que más adelante iré a Buddh Gaya para ofrecer shraddha por el padre de mis hijos.
—Allí vamos nosotros.
—Auspicio doblemente favorable —gorjeó la vieja dama—. ¡Por lo menos, otro hijo!
—¡Amigo de todo el Mundo! —El lama había despertado y, como un niño aturdido al encontrarse en un lecho extraño, llamaba a Kim.
—¡Ya voy! ¡Ya voy! —Y corrió hacia el fuego, donde encontró al lama rodeado ya de fuentes con comida; los montañeses lo adoraban ostensiblemente y los meridionales lo miraban con acritud.
—¡Marchaos! ¡Apartaos! —gritó Kim—. ¿Es que creéis que comemos en público como los perros? —Terminaron la comida en silencio, vueltos cada uno ligeramente hacia un lado, y Kim la coronó con un cigarrillo indígena.
—¿No te había dicho mil veces que el sur es una buena tierra? Aquí al lado tenemos una notable y virtuosa dama, viuda de un rajá de las montañas, que según dice va de peregrinación a Buddh Gaya. Ella es quien nos ha enviado esta cena; cuando hayas reposado, desearía hablar contigo.
—¿Ha sido esto también obra tuya? —dijo el lama aspirando profundamente de su caja de rapé.
—¿Quién ha cuidado de ti desde que empezó nuestro maravilloso viaje? —Los ojos de Kim chispeaban mientras soltaba el humo maloliente por la nariz y se tumbaba sobre el suelo polvoriento—. ¿He dejado alguna vez de cuidar de tu bienestar, santo mío?
—Yo te bendigo —el lama inclinó la cabeza con solemnidad—. He conocido a muchos hombres en mi larga vida y a no pocos discípulos. Pero ningún hombre, si es que tú eres nacido de mujer, se ha ganado mi corazón como lo has hecho tú…, que eres solícito, inteligente y cortés, aunque algunas veces algo picaruelo.
—Y yo no he visto nunca un sacerdote como tú —dijo Kim contemplando arruga por arruga el benévolo semblante amarillo—. Aún no hace tres días que emprendimos juntos el camino, y sin embargo se diría que han transcurrido cien años.
—Quién sabe si en nuestra encarnación anterior te habré prestado algún servicio… —continuó el lama sonriendo—. Tal vez te librara de una trampa, o habiendo caído enganchado en un anzuelo, en épocas en que la luz aún no había descendido sobre mí, te soltase otra vez sobre las aguas.
—Tal vez —murmuró Kim calmosamente. Se sabía de memoria estas especulaciones por haberlas oído muchas veces en boca de personas a quienes los ingleses consideran faltas de imaginación—. Ahora, volviendo a esa mujer que espera en la carreta, yo creo que lo que desea es un segundo hijo para su hija.
—Eso no tiene nada que ver con la Senda —suspiró el lama—. Pero, al menos, esa mujer es de las montañas. ¡Ah, las montañas y la nieve de las montañas!
Tras levantarse, se encaminó a grandes zancadas hacia el carromato. Kim hubiera dado sus dos orejas por acompañarlo, pero el lama no lo invitó, y las pocas palabras que podía alcanzar desde donde estaba eran pronunciadas en una lengua extraña, pues sin duda hablaban algún dialecto montañés. Al parecer, la mujer hacía preguntas que el lama meditaba antes de responder; de vez en cuando se oía la zumbadora cadencia de una frase china. Con los párpados entornados contemplaba Kim la singular escena; el lama permanecía derecho y erguido, y los grandes pliegues de su túnica amarilla se marcaban por líneas de negra sombra a la luz de las hogueras del parao. Semejaba un añoso tronco, listado por los rayos del sol poniente; frente a él se hallaba el dorado ruth lacado, resplandeciente como un joyel multicolor bajo la incierta luz. Los dibujos de las cortinas de tisú trabajadas en oro, subían y bajaban, deshaciéndose y formándose de nuevo, conforme los pliegues de la tela oscilaban y temblaban agitados por la brisa nocturna; y cuando la conversación se hacía más interesante, el dedo índice, cargado de sortijas, relampagueaba con chispazos de luz entre los bordados. Por detrás de la carroza, salpicado por los puntos brillantes de las hogueras, se extendía un fondo de vaga oscuridad, en el que apenas se vislumbraban rostros y sombras. A las ruidosas conversaciones de la primeras horas de la noche había sucedido un adormecido murmullo, cuya nota más baja era la producida por los bueyes que rumiaban incesantemente su pienso de paja, y la más aguda el punteado de un sitar que tañía una bailarina bengalí. La mayor parte de los hombres había terminado de comer y chupaba con fruición sus narguiles, cuyo gorgoteo semejaba un lejano croar de ranas.
Al fin regresó el lama. Un montañés le daba escolta, llevando un cobertor de algodón guateado, que extendió cuidadosamente junto al fuego.
«Merece tener diez mil nietos», pensó Kim. «No obstante, si no hubiese sido por mí no hubiésemos recibido estos regalos.»
—Es una mujer virtuosa y muy inteligente —dijo el lama desplomándose poco a poco y doblando articulación tras articulación, como un lento camello—. El mundo está lleno de caridad para aquellos que siguen la Senda —y tendió sobre el muchacho la mitad del cobertor.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Kim arrebujándose en la parte que le correspondía.
—Me ha hecho muchas preguntas y me ha planteado muchos problemas…, la mayor parte de los cuales no eran más que historias sin fundamento que les ha oído a esos sacerdotes endemoniados que pretenden seguir la Senda. He respondido a algunas de sus preguntas, pero otras no eran más que tonterías. Muchos llevan el hábito, pero pocos siguen la Senda.
—Es verdad, es verdad. —Kim empleaba ese tono reflexivo y conciliador del que desea recibir confidencias.
—Pero por sus dotes naturales es mujer de espíritu muy recto. Tiene mucho interés en que vayamos con ella hasta Buddh Gaya; por lo que he podido entender, su camino coincide con el nuestro durante varias jornadas en dirección al sur.
—¿Y…?
—Ten paciencia. A esto he contestado que mi Búsqueda estaba por encima de todo. Aunque conoce muchas falsas leyendas, esta gran verdad de mi Río no la había oído nunca. ¡Así son los sacerdotes de las bajas montañas! Conoce al abad de Lung-Cho, pero no sabe nada de mi Río…, ni de la historia de la Flecha.
—¿Y…?
—Yo le he hablado de mi Búsqueda y de la Senda y de otros temas provechosos; pero ella no se preocupaba más que de que la acompañase y rezase para lograr un segundo hijo.
—¡Ah! «Nosotras las mujeres» no pensamos más que en los hijos —dijo Kim medio dormido.
—Pero como nuestra ruta es la misma durante algunos días, creo que no nos apartamos de nuestra Búsqueda acompañándola…, por lo menos hasta…, ya he olvidado el nombre de la ciudad…
—¡Eh! —gritó Kim volviéndose y llamando con un seco susurro a uno de los uryas, que estaba situado a pocos metros de distancia—. ¿Dónde está la casa de tus amos?
—Un poco más allá de Saharanpur—, entre los huertos de frutales —y dio el nombre de la aldea.
—Ése es el sitio —dijo el lama—. Hasta allí, por lo menos, podemos ir con ella.
—Las moscas acuden a la carroña —exclamó el urya en voz baja.
—Para la vaca enferma un cuervo, para el hombre enfermo un brahmán —Kim recitó el proverbio con aire ensimismado, dirigiéndose a las sombrías copas de los árboles que tenía sobre su cabeza.
El urya refunfuñó, callando al fin.
—¿De modo que nos vamos con ella?
—¿Ves alguna razón en contra? Iremos a su lado por el camino y buscaré todos los ríos sobre los cuales cruza la carretera. Tiene muchos deseos de que la acompañe. Lo desea intensamente.
Kim ahogó la risa bajo el cobertor. Pensaba que sería divertido escuchar a la imperiosa vieja en cuanto se recobrase del natural respeto que le inspiraba el lama.
Ya estaba casi dormido cuando el lama, repentinamente, recordó un refrán: «Los maridos de las charlatanas tienen una recompensa en el otro mundo». Aún le oyó Kim aspirar rapé tres veces y volvió a quedarse dormido, riendo todavía.
El claro cristal de la aurora despertó al mismo tiempo a hombres, gallos y bueyes. Kim se incorporó y bostezó, desperezándose y sacudiéndose con delicia. Veía el mundo en su verdadero aspecto; por todas partes lo rodeaba el bullicio, que tanto le gustaba…; animación y griterío, el enganche de las correas, el aguijoneo de los bueyes, el chirrido de las ruedas, hogueras que se encendían para la cocción de los alimentos, y escenas variadas con cada giro de la mirada complacida. La niebla de la mañana se disipó en una espiral plateada. Una patrulla de verdes papagayos salió volando y gritando en busca de algún río lejano; todas las poleas de los pozos cercanos empezaron su trabajo. La India entera despertaba, y Kim se encontraba en medio de ella, más despierto y más excitado que nadie, mascando un palito que usaba como mondadientes, absorbiendo por todos sus poros las costumbres del país que conocía y amaba. No tenía necesidad de preocuparse por el alimento…, no tenía que gastar ni un cowrie en los puestos, alrededor de los cuales se amontonaba la gente. Ahora era el discípulo de un santo, incorporado a la comitiva de una vieja dama de gran voluntad y poder. Todo estaba preparado, y cuando los avisaran respetuosamente, no tendrían más que sentarse y comer. Por otra parte —Kim contenía la risa sólo de pensarlo, mientras se limpiaba los dientes—, su anfitriona contribuiría a aumentar las delicias del camino. Cuando los bueyes se acercaron resoplando y mugiendo bajo el yugo, el muchacho los examinó con atención. Si acaso andaban demasiado aprisa —lo que era bien difícil—, gozaría de un agradable asiento sobre la lanza; el lama seguramente se acomodaría al lado del conductor, y la escolta, naturalmente, seguiría a pie. La vieja dama, como de costumbre, hablaría sin freno, y por lo que había podido apreciar, su conversación no pecaría por falta de interés. Ya en aquel momento estaba ordenando, regañando y (preciso es decirlo) maldiciendo a los criados por su tardanza.
—Dadle la pipa. En nombre de los dioses, dadle la pipa y tapad esa boca condenada —gritó un urya, atando los informes bultos de los camastros—. Es igual que los papagayos que chillan al amanecer.
—¡Los bueyes delanteros! ¡Ay! ¡Sujetad a esos bueyes delanteros! —gritaba la vieja, porque sus bueyes se habían enganchado los cuernos en el eje de un carro cargado de grano, y reculaban dando vueltas—. Hijo de búho, ¿adónde vas? —añadió dirigiéndose al carretero, quien sonreía burlonamente.
—¡Ai! ¡Ya¡! ¡Ya¡! Esa que está dentro es la reina de Delhi, que va a rogar por su hijo —replicó el hombre desde lo alto de su elevada carga—. ¡Paso a la reina de Delhi y a su primer ministro, el mono gris que trepa por su propia espada! —Inmediatamente detrás venía otra carreta que transportaba un cargamento de cortezas para una curtiduría de tierra adentro, y su conductor añadió unos cuantos requiebros a los del conductor del carro de grano, mientras los bueyes del ruth reculaban una y otra vez.
De pronto, a través de las agitadas cortinillas, surgió una granizada de insultos. No fue muy larga, pero sí de una intención tan aviesa que sobrepasaba cuantos denuestos había escuchado Kim hasta entonces.
El desnudo pecho del carretero palpitaba de asombro, mientras que, inclinándose ante la voz con reverentes zalemas, saltó del carro y ayudó al séquito que conducía aquel torbellino de palabras a la carretera principal. Una vez allí, la voz le recompensó diciéndole con qué clase de mujer se había casado y lo que ésta estaría haciendo durante su ausencia.
—¡Oh, shabash! —murmuró Kim, incapaz de contenerse, al tiempo que el carretero se escabullía avergonzado.
—¿No he hecho bien? Es un escándalo y una vergüenza que una pobre mujer no pueda ir a rezar a sus dioses sin ser insultada por toda la basura del Indostán…, y que tenga que tragar gali (insultos) como los hombres comen ghi. Pero gracias a que tengo aún la lengua expedita… Hay ocasiones en que una o dos palabras bien dichas van que ni pintadas. ¡Y aún no me habéis traído el tabaco! ¿Quién es el tuerto y desventurado bastardo que no me ha preparado aún la pipa?
Un montañés introdujo apresuradamente la pipa en el carro, y la difusión del humo espeso a través de las cortinillas indicó que la paz se había restablecido.
Si Kim el día anterior había caminado orgulloso sintiéndose discípulo de un santón, aquel día su orgullo se había centuplicado al encontrarse formando parte de una comitiva semirregia, donde tenía un puesto destacado bajo la protección de una vieja dama de encantadores modales y de infinitos recursos. Los hombres del séquito, con las cabezas cubiertas al estilo del país, marchaban a cada lado del carro levantando enormes nubes de polvo.
El lama y Kim caminaban un poco separados; Kim mascaba su trozo de caña de azúcar y no se apartaba por nadie, dada su condición de sacerdote. Desde allí oía a la vieja, cuya charla sonaba incesantemente, como un descascarillador de arroz. La vetusta dama hacía que sus criados le fuesen contando todo lo que pasaba en la carretera, y en cuanto se alejaron un poco del parao, descorrió las cortinas y se puso a mirar, con el velo cubriéndole una tercera parte de la cara. Sus hombres no la miraban directamente a la cara cuando ella les dirigía la palabra, y así se respetaban las conveniencias sociales.
Un inglés moreno, casi cetrino, superintendente de policía e irreprochablemente uniformado, pasó al trote sobre un caballo cansado, y al comprobar por el séquito qué clase de persona era la anciana, decidió divertirse a su costa.
—¡Oh, madre! ¿Es ésta la costumbre de las zenanas? ¡Figúrate que pasa un inglés y ve que no tienes nariz!
—¿Qué? —replicó la vieja con voz aguda—. ¿Que tu propia madre no tiene nariz? ¿Por qué lo aireas así, en medio del camino?
Fue una buena réplica. El inglés alzó el brazo como hombre tocado en un combate de esgrima. Ella se echó a reír e inclinó la cabeza.
—¿Es que esta cara puede hacer flaquear la virtud de nadie? —dijo alzando el velo y mirándolo fijamente.
Su semblante no era nada encantador; pero el jinete, al mismo tiempo que refrenaba las riendas, la llamó Luna del Paraíso, Perturbadora de la Integridad, y otros fantásticos epítetos que consiguieron redoblar las risas de la anciana.
—Éste es un nut-cut (pillastre) —dijo—. Todos los agentes de la policía son nut-cut, pero los wallahs son los peores. Sí, hijo mío, tú no has podido aprender todo eso desde tu llegada de Belait (Europa). ¿Quién te ha amamantado?
—Una pahareen…, una montañesa de Dalhousie, madre mía. Y guarda tu belleza bajo la sombra, ¡oh Dispensadora de Delicias! —dijo alejándose.
—Eso es tener buena educación —dijo la vieja sentenciosamente, atiborrándose de pan—. Ésas son las personas que deben supervisar la justicia. Éstos conocen la tierra y las costumbres del país. Los otros, los que acaban de llegar de Europa, amamantados por mujeres blancas y que aprenden nuestras lenguas en los libros, son peores que la peste. Además, molestan a los reyes. —Y empezó a contar, dirigiéndose a todo el mundo, una larguísima historia referente a un joven policía ignorante, que había molestado a un rajá de las montañas —un primo lejano suyo— con motivo de un trivial pleito por unas tierras, terminando el relato con una cita de un libro bien poco devoto.
En seguida la vieja cambió de humor y ordenó a uno de su escolta que preguntase al lama si querría caminar a su lado para conversar sobre temas religiosos. De este modo Kim se quedó de nuevo atrás, en medio del polvo, y volvió a mascar su caña de azúcar. Durante una hora o más, la gorra gigantesca del lama se mostraba como una luna a través de la polvareda; y por lo que pudo pescar, dedujo Kim que la mujer lloraba. Uno de los uryas se excusó de su rudeza de la noche anterior, diciendo que nunca había encontrado a su señora de tan buen talante, y atribuía eso a la presencia del extraño sacerdote. Personalmente creía en los brahmanes, aunque, como todos los indígenas, estaba siempre en guardia contra su astucia y codicia. Sin embargo, cuando los brahmanes asediaban con sus demandas de mendigo a la madre de la mujer de su amo, y cuando ella los mandaba a paseo encolerizándolos de tal forma que maldecían a todo el cortejo (lo que fue la verdadera causa de que se lisiara el segundo buey del tiro y de que la noche anterior se rompiera la lanza del carro), entonces estaba dispuesto a aceptar a cualquier sacerdote de cualquier religión de la India o fuera de ella. A esto Kim asintió prudentemente e hizo observar al urya que el lama no aceptaba dinero, y que el coste de los alimentos quedaría pagado con creces por la buena suerte que de allí en adelante acompañaría a la caravana. Les recitó historias de la ciudad de Lahore, y entonó una o dos canciones que hicieron reír a la escolta. Como era un ratón de ciudad y estaba bien al corriente de las últimas coplas producidas por los compositores más de moda —que son mujeres en su mayor parte—, Kim tenía una gran superioridad sobre aquellos hortelanos de una pequeña aldea con árboles frutales situada al sur de Saharanpur, pero quiso dejar que esa superioridad fuese reconocida por ellos poco a poco.
A mediodía se apartaron a un lado del camino para almorzar alejados del polvo, y la comida fue buena, abundante y decentemente servida sobre platos de limpias hojas. Dieron las sobras a algunos mendigos, para cumplir así con lo que está mandado, y se tumbaron para fumar sibaríticamente durante largo rato. La vieja se había retirado detrás de las cortinillas, pero se mezclaba con absoluta libertad en la conversación, y sus criados discutían y la contradecían como hacen todos los criados en Oriente. Ella comparaba la frescura y los pinos de las montañas de Kangra y Kulú con los mangos del sur; relató una historia referente a algunos antiguos dioses locales, ocurrida en la frontera del territorio de su marido; se quejó abiertamente del tabaco que en aquel momento estaba fumando; injurió a todos los brahmanes, y especuló sin reserva acerca del nacimiento de muchos nietos varones.

Capítulo V

He aquí que a mi propio hogar de nuevo he regresado…
y he sido perdonado, admitido y alimentado…
¡acogido por carne de mi carne,
de nuevo hermano de mi propia sangre!
Para mí aderezan el ternero más cebado,
pero las cáscaras tienen mayor encanto.
Creo que mis cerdos me convienen más,
así que me vuelvo de nuevo a las pocilgas.
El hijo pródigo

La perezosa y desordenada comitiva se puso de nuevo en marcha, y la vieja durmió hasta que llegaron al próximo lugar de descanso. La jornada había sido muy corta y faltaba una hora para la puesta del sol, así es que Kim empezó a buscar la manera de entretenerse.
—¿Por qué no te sientas a descansar? —le preguntó uno del séquito—. Sólo a los demonios y a los ingleses se les ocurre andar de un lado a otro sin motivo.
—No hagas nunca amistades con los demonios, los niños o los monos. Nadie sabe nunca lo que van a hacer —dijo uno de sus compañeros.
Kim les volvió la espalda desdeñosamente —no tenía ganas de volver a oír la vieja conseja del demonio que se arrepintió de jugar con los niños— y se puso a pasear ociosamente por el campo.
El lama lo seguía. Durante todo el día había inspeccionado con afán todas las corrientes que cruzaron, pero en ningún momento sintió ese arrobamiento que debía indicarle el hallazgo de su Río. Además, el placer de poder hablar con alguien en una lengua razonable y de ser respetado y considerado como consejero espiritual por una dama aristocrática, había apartado un poco sus pensamientos de la Búsqueda. Por otra parte, dotado de una profunda fe, estaba dispuesto a emplear en su empresa todo el tiempo que hiciese falta para llevarla a cabo y no sentía nada de esa impaciencia propia de los hombres blancos.
—¿Adónde vas? —dijo llamando a Kim.
—A ninguna parte; ha sido un trayecto corto y todo esto… —respondió Kim señalando al frente— es nuevo para mí.
—No se puede negar que es una mujer inteligente e instruida. Pero es muy difícil meditar cuando…
—Todas las mujeres son iguales —afirmó Kim, como podía haberlo hecho Salomón.
—Delante de mi lamasería se extiende una amplia plataforma de piedra —murmuró el lama recogiendo su gastado rosario—. Sobre ella he dejado marcadas las huellas de mis pies…, yendo y viniendo acompañado de éstas.
Y recogiendo las cuentas de su rosario, empezó a rezar el «Om mane pudme hum» de su devoción, agradecido por la frescura de la tarde, la quietud y la ausencia de polvo.
Una tras otra, todas las cosas de la llanura atraían la mirada ociosa de Kim. Su paseo no tenía más objeto que contemplar el aspecto de unas chozas cercanas cuya forma le era desconocida.
Llegaron a una amplia extensión de pastos —que aparecía marrón y púrpura a la luz de la tarde— en cuyo centro se alzaba un denso bosquecillo de mangos. A Kim le sorprendió que en ese sitio tan a propósito no hubiese ninguna capilla: el muchacho observaba estas cosas como podía haberlo hecho un sacerdote. Al otro extremo de la llanura aparecieron cuatro hombres, empequeñecidos por la distancia, que marchaban en fila. Kim los miró atentamente haciendo pantalla con sus manos, y captó el brillo del latón.
—¡Soldados, soldados blancos! —dijo—. Veamos.
—Siempre aparecen soldados cuando vamos solos. Pero yo no he visto nunca soldados blancos.
—No hacen nada, excepto cuando están borrachos. Escóndete detrás de este árbol.
Se agazaparon entre los gruesos troncos, a la fresca sombra del bosquecillo de mangos. Dos de las figuritas se pararon; las otras dos avanzaron con aire indeciso. Eran los exploradores de un regimiento en marcha y se habían adelantado, como de costumbre, para elegir dónde acampar. Llevaban unas estacas de cinco pies con ondulantes banderolas, y se llamaban a gritos unos a otros, mientras se diseminaban por la amplia llanura.
Al fin se adentraron en el bosquecillo de mangos, marchando cansadamente.
—Aquí o en las inmediaciones…, las tiendas de los oficiales bajo los árboles, supongo, y los soldados nos colocaremos fuera. ¿Han marcado ésos el sitio para las carretas de bagajes'?
Los soldados gritaron de nuevo a sus camaradas, y la bronca respuesta sonó tenue y melodiosa, debilitada por la distancia. — Clava aquí la bandera, entonces —dijo uno de ellos.
—¿Qué es lo que están haciendo? —preguntó el lama maravillado—. Éste es un mundo grande y terrible. ¿Cuál será el emblema de esa bandera?
El primero de los soldados clavó una estaca a poca distancia de ellos, hizo un gesto de descontento, la arrancó, conferenció con su compañero, que contemplaba la sombreada pradera cubierta de verdor, y la volvió a plantar.
Kim los miraba con toda atención, y la respiración anhelante y agitada silbaba entre sus labios. Los soldados se alejaron hacia la claridad del sol poniente.
—¡Oh santo, mi horóscopo! ¡Lo que dibujó en el polvo el sacerdote de Ambala! Recuerda lo que dijo. Primero vienen dos… feraces… para prepararlo todo…, en un lugar oscuro, como sucede siempre al principio de una visión.
—Pero esto no es una visión —observó el lama—. Esto es la Ilusión del mundo y nada más.
—Y después viene el Toro…, el Toro Rojo sobre el campo verde. ¡Mira! ¡Allí está!
Y señaló la bandera, que ondeaba agitada por la brisa de la tarde, a menos de diez pies de distancia. No era más que una simple banderola de señales, sólo que el regimiento, siempre puntilloso en cuestiones de pasamanería, la había adornado con el emblema de su regimiento, el Toro Rojo, que es el timbre de los Mavericks, el gran Toro Rojo sobre el verde del campo irlandés.
—Ahora, al verlo, me acuerdo —dijo el lama—. Verdaderamente, es tu Toro. También es verdad que vinieron dos hombres a prepararlo todo.
—Son soldados…, soldados blancos. ¿Qué fue lo que dijo el sacerdote? «Tu signo del Toro es el signo de la guerra y de los hombres armados». Santo mío, esto se refiere a mi Búsqueda.
—Verdad, es verdad —el lama miraba atentamente el emblema, que brillaba como un rubí en la oscuridad—.
El sacerdote de Ambala dijo que tu signo era el signo de la guerra.
—¿Qué hacemos ahora?
—Esperar. Vamos a esperar.
—¡Hasta la oscuridad se aclara! —dijo Kim. Nada más natural que al descender el sol, sus últimos rayos horizontales se filtrasen entre los árboles, difundiendo por el bosquecillo nimbos de pálida luz dorada durante unos minutos; pero a Kim le pareció aquello el remate de la profecía del brahmán de Ambala.
—¡Escucha! —dijo el lama—. ¡Se oye el redoble de un tambor… allá lejos!
Al principio, el sonido, diluido en el aire encalmado, recordaba el latido de una arteria de la sien. Pero bien pronto se destacó del rumor confuso una nota aguda.
—¡Ah! La música —explicó Kim. El sonido de las bandas de los regimientos le era muy familiar, pero el lama se sorprendió al oírlo.
En el lejano confín de la llanura surgió una columna de polvo y la brisa les transmitió la melodía…
Nosotros imploramos vuestra condescendencia
para contaros todo lo que sabemos
del desfile con los Guardias de Mulligan
hasta más abajo en el Puerto de Sligo.
Aquí hicieron su entrada las agudas lenguas de los pífanos.
Con las armas al hombro,
desfilamos…, desfilamos
desde el Parque de Phoenix
a la bahía de Dublín.
Los tambores y los pífanos
¡qué dulcemente suenan cuando marchamos…, marchamos…,
marchamos con los Guardias de Mulligan!
Era la banda de los Mavericks, que tocaba mientras las tropas desfilaban para acampar; porque el regimiento iba de marcha con todos los bagajes. La ondulante columna avanzó por la llanura llevando la impedimenta a retaguardia, se dividió en dos ramas divergentes, se esparció como un hormiguero, y…
—Pero, ¡esto es brujería! —dijo el lama.
La pradera se llenó de tiendas que parecían surgir montadas ya de los carros. Otra avalancha humana invadió el bosquecillo, instaló en silencio una inmensa tienda y levantó ocho o nueve más a su costado. Desembalaron ollas, sartenes y otros fardos, de los cuales se hizo cargo una multitud de criados indígenas; ¡y he aquí que el bosque de mangos se convirtió en una ordenada ciudad, mientras ellos observaban!
—Vamos —dijo el lama, retrocediendo espantado, mientras las hogueras chisporroteaban y los oficiales blancos penetraban en la tienda-comedor, arrastrando los sables con sonido metálico.
—Escóndete en la sombra. No pueden ver más allá de la luz de las hogueras —dijo Kim contemplando aún la bandera. Nunca hasta entonces había visto la rutinaria operación de establecer un campamento en menos de treinta minutos por un regimiento veterano.
—¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! —exclamó el lama—. ¡Allí viene un sacerdote!
Bennett, el capellán de la Iglesia Anglicana que prestaba sus servicios en el regimiento, se acercaba cojeando, vestido de negro y cubierto de polvo. Uno de sus fieles se había permitido hacer algunas observaciones groseras acerca del brío del capellán y, para demostrar lo contrario, Benett había hecho toda la jornada a pie con el resto de los soldados. Su traje negro, la cruz de oro colgando de la cadena del reloj, la cara afeitada y el negro sombrero de copa baja y alas anchas, lo hubieran señalado como santón en cualquier lugar de la India. Se dejó caer sobre una silla plegable, cerca de la puerta de la tienda-comedor, y se quitó las botas. Tres o cuatro oficiales se congregaron a su alrededor, riendo y bromeando de su hazaña.
—La conversación de los hombres blancos carece por completo de dignidad —dijo el lama, juzgando nada más que por el tono—. Pero observando a ese sacerdote me parece por su aspecto que debe de ser muy sabio. ¿Crees que podría entendernos si le habláramos de nuestras cosas? Yo le hablaría con gusto de mi Búsqueda.
—Nunca le hables a un hombre blanco hasta que haya comido —dijo Kim citando un viejo proverbio—. Ahora comerán…, y yo creo que no es la hora de pedirles limosna. Volvamos al parao y luego vendremos otra vez. Indiscutiblemente, era un Toro Rojo…, mi Toro Rojo.
Mientras el séquito de la vieja dama les sirvió la comida, ambos se hallaban abstraídos, así es que nadie osó romper su silenciosa reserva, pues no trae suerte incomodar a los huéspedes.
—Ahora —dijo Kim hurgándose los dientes— volveremos a ese sitio; pero tú, ¡oh santo!, debes esperar un poco alejado, pues tus pies son más pesados que los míos y yo estoy impaciente por saber más cosas acerca de ese Toro Rojo.
—Pero, ¿cómo puedes tú entender su conversación? —replicó el lama, inquieto—. Camina más despacio, que la noche está oscura.
Kim dejó sin contestación la pregunta.
—He visto un sitio cerca de los árboles donde puedes sentarte y esperar a que yo te llame. No —dijo al notar que el lama hacía un gesto de protesta—; recuerda que se trata de mi Búsqueda…, la Búsqueda de mi Toro Rojo. El signo de las estrellas no era para ti. Yo conozco algo de las costumbres de los soldados blancos, y siempre me gusta ver cosas nuevas.
—¿Qué es lo que no conocerás tú de este mundo? —El lama se acurrucó, obediente, en un pequeño hoyo del suelo, situado a menos de cien yardas del bosquecillo de mangos, que recortaba su silueta oscura contra el cielo salpicado de estrellas.
—Estáte aquí hasta que te llame. —Kim se deslizó en la oscuridad. Ya suponía que habría centinelas apostados alrededor del campamento, pero se sonrió al oír las pesadas botas de uno de ellos. Un muchacho que puede escabullirse corriendo en una noche de luna por los terrados de la ciudad de Lahore, aprovechando la más pequeña sombra y los rincones más oscuros para escapar de su perseguidor, no va a detenerse por una simple línea de soldados, aunque estén bien adiestrados. Aún les hizo el honor de pasar arrastrándose por entre una pareja, y corriendo, parándose, agachándose y aplastándose contra el suelo, fue avanzando hasta la tienda-comedor, que se destacaba por su mayor iluminación, y oculto tras el tronco de un mango, esperó a que una palabra o frase casual le proporcionaran alguna pista.
Su único pensamiento era obtener informes completos acerca del Toro Rojo. Por los conocimientos que tenía de los hombres (y las limitaciones de Kim eran tan curiosas y repentinas como sus intuiciones), suponía que los novecientos demonios de la profecía de su padre adorarían al Toro Rojo después de puesto el sol, de la misma manera que los indios adoran a la Vaca Sagrada. Esto le parecía completamente natural y lógico, y el sacerdote de la cruz dorada sería, por tanto, la persona indicada para consultar sobre ese asunto. Por otra parte, recordando a los sacerdotes de severo semblante de quienes se había librado en la ciudad de Lahore, sentía cierto temor de que éste pudiese ser un impertinente curioso que quisiera saber demasiadas cosas. Pero, ¿no le habían profetizado en Ambala que su destino significaba guerra y hombres de armas? ¿No era verdad que él, el Amigo de las Estrellas, el Amigo de todo el Mundo, poseía los más espantosos secretos? Finalmente, y como resultado de todo su coloquio, Kim consideró que esta aventura (aunque él no conocía la palabra inglesa) era un lance estupendo…, una deliciosa continuación de sus antiguas correrías a través de los terrados, y al mismo tiempo el remate de su profecía sublime. Embargado por estos pensamientos, se fue arrastrando con el vientre en tierra hacia la puerta de la tienda-comedor, manteniendo agarrada con una mano la bolsa de los amuletos, que llevaba colgada del cuello.
El espectáculo que presenció confirmaba sus sospechas. Los sahibs adoraban a su dios, ya que en el centro de la mesa —pues era el único adorno que usaban cuando iban de maniobras— se veía un toro dorado, procedente de un saqueo del palacio de verano de Pekín; un toro dorado, de tono rojizo, con la cabeza baja y rampando sobre un fondo de verde oscuro. Los sahibs alzaban las copas, gritando confusamente en su honor.
Era costumbre del reverendo Arthur Bennett alejarse de la mesa cuando terminaba el brindis, y como aquel día estaba cansado por haber hecho toda la marcha a pie, sus movimientos eran más torpes que de ordinario. Kim estaba contemplando todavía su animal sagrado, colocado sobre la mesa, y tenía la cabeza ligeramente levantada, cuando al salir, el capellán tropezó con su hombro derecho. Kim se encogió bajo la presión de la bota y, rodando hacia un costado, derribó a Bennett, quien, como hombre de acción que era, agarró por la garganta al muchacho, casi estrangulándolo. Kim empezó entonces a darle desesperados puntapiés en el vientre. El capellán se incorporó jadeante, sin abandonar su presa, volvió a rodar por el suelo, y al fin logró arrastrar en silencio a Kim hasta su propia tienda. Como los Mavericks eran unos bromistas empedernidos, el inglés consideró prudente guardar silencio hasta obtener una completa información.
—Pero, ¡si es un chiquillo! —dijo al conducir su presa hasta la luz de la linterna, que colgaba del palo de la tienda. Entonces, zarandeándolo severamente, le gritó:
—¿Qué estabas haciendo ahí? Eres un ladrón. ¿Choor? ¿Mallum?
Sus conocimientos de indostaní eran muy limitados, y Kim, enojado y maltrecho, intentó mantener la personalidad que se le había atribuido. Mientras recobraba el aliento, estaba inventando una historia absolutamente verosímil referente a su parentesco con un pinche de cocina, pero al mismo tiempo no quitaba ojo del brazo izquierdo y del sobaco del capellán. Cuando creyó llegado el momento oportuno, se escabulló en busca de la puerta, pero un largo brazo surgió de repente y le agarró por el cuello, rompiéndose el cordón del amuleto y quedando éste en las manos del capellán.
—Déme usted eso. ¡Oh, déme usted eso! ¿Se ha roto? Déme usted los papeles.
Las palabras eran inglesas…, ese recortado y metálico inglés de los indígenas, y el reverendo quedó sorprendido.
—Un escapulario —dijo abriendo la mano—. No, es una especie de talismán. ¿Cómo es …, que hablas inglés? Los chiquillos que roban son castigados. ¿Lo sabías?
—Yo …, yo no robo. —Kim saltaba desesperado, como un terrier ante la amenaza de una estaca—. ¡Oh, démelo! Es mi talismán. No me lo quite usted.
El capellán no le prestó la más mínima atención, pero dirigiéndose a la puerta de la tienda llamó en voz alta. A poco apareció un hombre gordo y recién afeitado.
—Necesito su consejo, padre Víctor —dijo Bennett—. He encontrado a este muchacho en la oscuridad y al lado de la tiendac-omedor. En otras circunstancias, lo habría castigado y dejado marchar, porque creo que es un ladronzuelo. Pero parece ser que habla inglés y da mucha importancia a un talismán que lleva atado alrededor del cuello, por lo cual solicito su ayuda.
Creía Bennett que entre él y el cura de la Iglesia Católica Romana (del contingente irlandés) existía un abismo infranqueable; pero lo cierto es que siempre que la Iglesia Anglicana tenía que resolver algún problema humano llamaba en su auxilio a la Iglesia de Roma. El aborrecimiento que oficialmente profesaba Bennett a la Mujer Escarlata —y a su manera de actuar— sólamente se igualaba con el respeto que personalmente le merecía el padre Víctor.
—Un ladrón que habla inglés, ¿no es eso? Echemos un vistazo a su talismán. No, eso no es un escapulario, Bennett —dijo alargando la mano.
—Pero nosotros no tenemos ningún derecho a abrirlos. Unos buenos azotes …
—Yo no soy un ladrón —protestó Kim—. Usted me ha molido ya todo el cuerpo a golpes. Déme mi amuleto y déjeme marchar.
—No tan de prisa; veamos primero —dijo el padre Víctor, desdoblando tranquilamente el ne varietur del pobre Kimball O'Hara, su «certificado de liberación» y la partida de nacimiento de Kim. Sobre esta última, O’Hara —con una confusa idea de hacer algo en favor de su hijo— había garrapateado docenas de veces «Cuiden del muchacho. Por favor, cuiden del muchacho», firmando con su nombre completo y su número del regimiento.
—¡Por todos los diablos! —exclamó el padre Víctor, pasando los papeles al señor Bennett—. ¿Sabe usted lo que es esto?
—Sí —dijo Kim—. Son míos y quiero marcharme.
—No entiendo bien —murmuró Bennett—. Probablemente, el muchacho los habrá traído a propósito. Esto puede ser una nueva astucia para mendigar.
—En ese caso, jamás he visto un mendigo más ansioso de escapar. Lo que aquí parece haber es una coincidencia feliz y misteriosa. ¿Cree usted en la providencia, Bennett?
—Sin duda.
—Bien; yo creo en los milagros, que viene a ser lo mismo. ¡Por todos los diablos! ¡Kimball O’Hara! ¡Y su hijo! Pero entonces ha nacido en este país, y yo mismo casé a Kimball con Annie Shott. ¿Cuánto tiempo hace que posees estas cosas, muchacho?
—Desde que era un chiquillo.
El padre Víctor se le acercó rápidamente, y entreabriendo su túnica dijo:
—Vea usted, Bennett, no es de piel muy oscura. ¿Cómo te llamas?
—Kim.
—¿O Kimball?
—Tal vez. ¿Me deja usted marchar?
—¿Qué más?
—Me llaman Kim Rishti Ke. Esto es, Kim de los Rishti.
—¿Qué es eso de… Rishti?
—I-rishti… eso era el regimiento… de mi padre.
—¡Ah, ya: Irish (irlandés)!
—Sí. Eso era lo que me decía mi padre. Cuando mi padre vivía.
—¿Vivía?
—Vivía. Naturalmente, se ha muerto…, se ha ido.
—¡Oh! ¿Qué manera de expresarse es ésa?
Bennett interrumpió:
—Tal vez haya sido injusto con el muchacho. Evidentemente, es blanco, aunque no se han ocupado de él. Estoy convencido de que lo he lastimado. Yo no creo que el alcohol…
—Déle usted un vaso de jerez y déjele descansar un poco en el catre. Ahora, Kim —continuó el padre Víctor—, nadie te hará daño. Bebe eso y háblanos de ti. La verdad, si no tienes inconveniente.
Kim tosió un poco mientras devolvía el vaso vacío y meditó un momento. El caso era extraordinario, pero había que proceder con cautela. A lo chiquillos que merodean alrededor de los campamentos los echan, generalmente, después de darles una paliza. Pero a él no le habían pegado; indudablemente, el amuleto lo protegía, y parecía como si el horóscopo de Ambala y las pocas palabras que recordaba de los soliloquios de su padre, fueran milagrosamente bien recibidos. Además, ¿por qué aquel sacerdote gordo parecía tan impresionado, y por qué le había dado el vaso de ardiente vino amarillo el otro sacerdote delgado?
—Mi padre murió en la ciudad de Lahore cuando yo era muy pequeño. La mujer que tenía la tienda de kabarri cerca de la parada de los coches de alquiler… —empezó a decir Kim con decisión, no muy seguro de si le convendría decir la verdad.
—¿Tu madre?
—¡No! —contestó con un gesto de disgusto—. Mi madre murió al nacer yo. Mi padre sacó esos papeles de la Jadoo-Gher…, ¿no se dice así? —Bennett asintió— porque él tenía… buena reputación. ¿Cómo lo dicen ustedes? —Bennett volvió a asentir—. Mi padre me lo contó. También me dijo, y el brahmán que hizo el dibujo sobre el polvo en Ambala lo confirmó hace dos días, que yo encontraría un Toro Rojo sobre un campo verde y que el Toro me ayudaría.
—¡Vaya disparate! —murmuró Bennett.
—¡Por todos los diablos! ¡Y qué país! —exclamó el padre Víctor—. Sigue Kim.
—Yo no he robado. Además, precisamente ahora soy el discípulo de un hombre muy santo. Está ahí fuera sentado. Nosotros vimos venir a dos hombres con banderas para prepararlo todo. Así ocurre siempre en los sueños o cuando va a verificarse una…, una profecía. Por eso comprendí al momento que mi horóscopo era verdad. Vi al Toro Rojo sobre campo verde, y según mi padre decía: «¡Novecientos demonios pukka y el coronel montado a caballo cuidarán de ti cuando encuentres al Toro Rojo!». Yo no sabía lo que hacer al ver el Toro Rojo, pero me marché y volví de nuevo, cuando ya estaba oscuro. Deseaba contemplarlo otra vez y lo vi rodeado de todos… los sahibs, que lo estaban adorando. Yo creo que el Toro me protegerá. El santo me lo dijo también. Ahí fuera está esperando. ¿No le haréis nada si lo llamo y viene? Es muy santo. Podrá confirmar todo lo que yo digo, y sabe que no soy un ladrón.
—«¡Los oficiales adorando a un toro!». ¿Qué demonios quiere decir eso? —dijo Bennett—. «¡Discípulo de un santón!». ¿Está loco este muchacho?
—¡Verdaderamente, es el hijo de O’Hara! El hijo de O’Hara, aliado con el poder de las tinieblas. Ya bastaba con que su padre lo estuviera… cuando se emborrachaba. Debemos llamar al santón. Tal vez sepa algo más.
—Él no sabe absolutamente nada —dijo Kim—. Yo os lo enseñaré si venís conmigo. Es mi maestro. Y en seguida nos iremos.
—¡Por todos los diablos! —era todo lo que podía decir el padre Víctor, mientras Bennett salía, manteniendo agarrado con fuerza el hombro de Kim.
Encontraron al lama en el sitio en que se había dejado caer.
—La Búsqueda ha terminado para mí —gritó Kim en lengua indígena—. He encontrado al Toro, pero Dios sabe lo que sucederá ahora. Estos hombes no te harán daño. Vamos a la tienda del sacerdote gordo, con ese hombre delgado, y veremos en qué para todo esto. Todo es nuevo y ellos no entienden el hindi. No son más que unos borricos sin domesticar.
—No está bien burlarse de su ignorancia —replicó el lama—. Yo estoy contento si tú lo estás, chela.
Con dignidad y confianza penetró el lama en la tienda, saludó a las dos Iglesias en su calidad de clérigo, y se sentó al lado del brasero. El forro amarillo de la tienda, reflejado por la luz de la lámpara, daba a su semblante un tono rojizo.
Bennett lo miraba con el desdén de una religión que engloba a las nueve décimas partes del mundo bajo el título de «gentiles».
—¿Cuál ha sido el final de tu Búsqueda? ¿Qué presente te ha traído el Toro? —dijo el lama dirigiéndose a Kim.
—Me pregunta «¿Qué van ustedes a hacer?» —Bennett miraba con indecisión al padre Víctor, y Kim se atribuyó el papel de intérprete para sus propios fines.
—Yo no entiendo qué clase de relaciones podrá tener el muchacho con ese faquir; probablemente será su víctima o su cómplice —empezó a decir Bennett—. Nosotros no podemos permitir que un muchacho inglés… Admitiendo que sea hijo de un masón, cuanto más pronto vaya al Orfanato Masónico, mejor.
—¡Ah! Ésa es la opinión de usted como secretario de la Logia del Regimiento —interrumpió el padre Víctor—; pero bien podemos decirle al viejo qué pensamos hacer con el muchacho. No parece un mal sujeto.
—Mi experiencia es que nadie es capaz de sondear en la mentalidad oriental. Ahora, Kimball, yo deseo que traduzcas a ese hombre lo que voy a decirte, palabra por palabra.
Kim escuchó las primeras frases y empezó a traducir de la siguiente forma:
—Santo mío, ese imbécil delgado que parece un camello dice que yo soy el hijo de un sahib.
—Pero, ¿cómo…?
—¡Oh, es verdad! Lo sabía desde que era pequeño, pero él sólo lo ha descubierto al quitarme el amuleto que llevaba en el cuello y examinar todos los papeles. Dice que el que nace sahib debe ser siempre un sahib y entre los dos se proponen que me quede en el regimiento o enviarme a una madrasa (escuela). Ya otras veces me ha ocurrido esto mismo, pero siempre he podido escapar. El tonto gordo piensa una cosa, y el que parece un camello piensa otra. Pero eso no me importa nada. Puede que tenga que pasar aquí una noche y tal vez la siguiente. Ya me ha ocurrido otras veces. Pero me escaparé y volveré a buscarte.
—Diles que eres mi chela. Cuéntales cómo viniste a mí cuando yo estaba desfallecido y desorientado. Háblales de nuestra Búsqueda, y seguramente te dejarán marchar.
—Ya se lo he contado, pero se ríen y hablan de la policía para asustarme.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó el señor Bennett.
—Únicamente dice que si ustedes no me dejan marchar le perjudicarán en sus asuntos…, sus asuntos urgentes y personales —esta última frase era una reminiscencia de sus relaciones con un empleado euroasiático del servicio de canales, pero sólamente consiguió arrancar una sonrisa, que le molestó—. Y si ustedes pudiesen comprender de qué asuntos se trata, no tendrían tanto empeño en meterse en lo que no les importa.
—¿De qué se trata entonces? —preguntó el padre Víctor con emoción al contemplar el semblante del lama.
—Hay en este país un Río que busca con gran interés. Fue originado por una Flecha que… —Kim pateó en el suelo con impaciencia, conforme traducía su pensamiento de la lengua indígena a un inglés chabacano—. Sí, fue lanzada, como ustedes ya sabrán, por nuestro Señor Buda, y el que se lava en él queda purificado de todos sus pecados y tan blanco como el algodón en rama —Kim había oído algunas veces a los misioneros—. Yo soy su discípulo y es preciso que encontremos el Río. Es para nosotros una cuestión del mayor interés.
—Repite eso otra vez —dijo Bennett. Kim obedeció, amplificando el relato.
—¡Pero eso es una gran blasfemia! —gritó la Iglesia Anglicana.
—¡Bah! ¡Bah! —dijo el padre Víctor con simpatía—. Yo daría cualquier cosa por poder hablar la lengua indígena. ¡Un río que lava todos los pecados! ¿Y cuánto tiempo hace que lo estáis buscando?
—¡Oh, muchos días! Ahora lo que deseamos es que nos dejen marchar para seguir buscándolo. Como ven ustedes, aquí no está.
—Entiendo —dijo gravemente el padre Víctor—. Pero el chico no puede seguir en compañía del viejo. Sería otra cosa, Kim, si no fueses el hijo de un soldado. Dile que el regimiento te tomará a su cargo y hará de ti un hombre tan bueno como tu…, tan bueno como puede ser un hombre. Dile que si cree en milagros, debe creer que…
—No se debe jugar con su credulidad —interrumpió Bennett.
—No hago semejante cosa. Él debe creer que la llegada del muchacho aquí… con su propio regimiento…, buscando a su Toro Rojo, es una cosa milagrosa. Considere usted las pocas probabilidades de este encuentro, Bennett. ¡Sólamente este niño en toda la India, y precisamente nuestro regimiento entre todos los demás, para que él se lo encontrara! Hay en este hecho una predestinación. Sí, dile que es kismet. Kismet,¿mallum? (¿Entiende usted?).
Y se volvió hacia el lama, a quien lo mismo le podía estar hablando de Mesopotamia.
—Dicen —los ojos del viejo se animaron al escuchar la voz de Kim— que el significado de mi horóscopo se ha revelado ya, y que habiendo vuelto —aunque tú sabes bien que yo vine por mera curiosidad— a encontrar a mi propio pueblo y al Toro Rojo, debo ir a una madrasa y transformarme en un sahib. Ahora voy a fingir que estoy conforme, porque poniéndose en lo peor, todo será tener que hacer unas cuantas comidas lejos de ti. Pero pronto escaparé y te seguiré por la carretera de Saharanpur. Por lo tanto, santo mío, no te apartes de la mujer de Kulú; por ningún motivo te alejes de su carroza hasta que yo vuelva. Ya no cabe duda de que mi signo es de guerra y hombres armados. ¡Mira: me han dado a beber vino y me han sentado en un lecho de honor! Mi padre debió de ser un gran personaje. Si ellos me colman de honores, bien está. Si no, bien está también. Ocurra lo que ocurra, en cuanto me canse volveré a buscarte. Pero permanece con esa rajputina, o perderé tus huellas… ¡Oh!, sí —dijo el muchacho— ya le he contado todo lo que ustedes me indicaron que le dijera.
—Y no es necesario que espere —dijo Bennett buscando en los bolsillos del pantalón—. Ya averiguaremos los detalles más tarde, le daré una ru…
—Espere usted un poco. Tal vez le tenga cariño al muchacho —dijo el padre Víctor, deteniendo el ademán del otro clérigo. El lama sacó el rosario y se cubrió los ojos con el ala de su enorme gorro.
—¿Qué es lo que dice ahora?
—Dice… —explicó Kim alzando una mano— dice que se callen, que quiere hablarme. Ustedes no comprenden ni una palabra de lo que dice, y si lo interrumpen, tal vez les empiece a soltar terribles maldiciones. Cuando coge las cuentas del rosario de ese modo, comprende usted, necesita que le dejen tranquilo.
Los dos ingleses se sentaron un poco confundidos, pero en la mirada de Bennett se adivinaban amenazas para Kim en cuanto fuera encomendado al brazo religioso.
—Sahib e hijo de un sahib… —la voz del lama estaba preñada de aflicción—. Pero ningún blanco conoce la tierra y las costumbres de esta tierra como tú. ¿Cómo puede ser eso verdad?
—¿Qué importa, santo mío? Recuerda que nuestra separación sólo durará una o dos noches. Recuerda que yo puedo transformarme rápidamente. Todo será de nuevo como cuando te hablé por primera vez bajo Zam-Zammah, el gran cañón…
—Como un niño vestido a usanza de los blancos…, cuando entré en la Casa Maravillosa. La segunda vez eras un hindú. ¿Cuál será la tercera encarnación? —dijo sonriendo triste mente—. ¡Ah, chela, qué daño has causado a este viejo, porque mi corazón se ha inclinado hacia ti!
—Y el mío hacia ti. Pero, ¿cómo iba yo a adivinar que el Toro Rojo me trajese estas consecuencias?
El lama se cubrió de nuevo la cara y agitó el rosario nerviosamente. Kim permanecía a su lado y en cuclillas, agarrado a uno de los pliegues de su vestidura.
—¿De modo que resueltamente el muchacho es un sahib —continuó el viejo quedamente—, un sahib como el que tenía a su cargo las imágenes de la Casa Maravillosa? —La experiencia que tenía el lama de los hombres blancos era muy limitada. Daba la impresión de estar recitando una lección—. Entonces, es natural que haga lo mismo que hacen los demás sahibs. Debe volver con su propia gente.
—Durante un día, una noche y un día —suplicó Kim.
—¡No, marcharte, no! —dijo el padre Víctor que, viendo a Kim dirigirse hacia la puerta, colocó ante él su fuerte pierna.
—Yo no entiendo las costumbres de los blancos, pero el sacerdote de las imágenes de la Casa Maravillosa de la ciudad de Lahore era más cortés que este hombre delgado. El muchacho será separado de mí. ¿Transformarán a mi discípulo en un sahib? ¡Ay de mí! ¿Cómo encontraré ahora mi Río? ¿Es que ellos no tienen discípulos? Pregúntaselo.
—Dice que está muy triste porque ya no podrá encontrar su Río. Dice que por qué no tienen ustedes discípulos y por qué no nos dejan tranquilos. Necesita ser lavado de todos sus pecados.
Ni Bennett ni el padre Víctor supieron qué contestar.
Kim continuó en inglés, acongojado por el sufrimiento del lama:
—Si ustedes nos dejan marchar ahora, nos iremos tranquilamente y no robaremos nada. Seguiremos buscando ese río, como hacíamos antes de que me cogieran. ¡Ojalá que no hubiera encontrado nunca al Toro Rojo! ¡Ojalá!
—Ésta es la mejor jornada que has hecho en pro de ti mismo, joven —dijo Bennett.
—¡Dios mío! No sé cómo consolarlo —exclamó el padre Víctor, contemplando al lama con interés—. No puede llevarse al muchacho consigo, y sin embargo, es un buen hombre…, estoy seguro de que es un buen hombre. ¡Bennett, si usted le da esa rupia, le echará las peores maldiciones!
Y todos permanecieron silenciosos durante tres…, cuatro…, cinco minutos, sin escuchar más que el rumor de las respiraciones. Al fin el lama alzó la cabeza y miró vagamente a través del espacio.
—¿Y yo me precio de seguir la Senda? —dijo amargamente—. El pecado es mío y el castigo es para mí. Yo creí —porque ahora veo que fue sólo una ilusión— que tú habías sido enviado para ayudarme en la Búsqueda. Así mi corazón se entregó a ti libremente, por tu caridad y tu cortesía y la sabiduría de tus pocos años. Pero aquellos que siguen la Senda no deben permitir que el fuego de ningún deseo ni afecto penetre en su alma, porque todo es Ilusión. Como dice… —y citó la frase de un texto chino viejísimo, la apoyó con otra, y reforzó éstas con una tercera—. Yo me he desviado de mi Senda, chela mío. No fue culpa tuya. Yo me deleitaba ante el espectáculo de la vida, de la gente nueva en las carreteras y de tu alegría al ver esas cosas. Yo estaba satisfecho de ti porque te ocupabas de mi Búsqueda y sólo de mi Búsqueda. Y ahora estoy afligido porque te separan de mí y porque el Río está lejos. ¡Es que he infringido la Ley!
—¡Por todos los diablos! —dijo el padre Víctor, que, ducho en las artes del confesionario, sentía el dolor de cada una de aquellas frases.
—Ahora veo que el signo del Toro Rojo era un signo para ti lo mismo que para mí. Todo Deseo es rojo… y pernicioso. Haré penitencia y encontraré, solo, a mi Río.
—Pero al menos vuelve a buscar a la mujer de Kulú —dijo Kim—; de lo contrario te perderás por los caminos. Ella te alimentará hasta que yo vuelva a reunirme contigo.
El lama hizo un ademán para indicar que tenía resuelto lo que debía hacer.
—Ahora —y su tono se alteró al dirigirse a Kim— ¿qué harán contigo? Al menos yo, adquiriendo mérito, puedo borrar mis pecados anteriores.
—Ellos piensan hacer de mí un sahib. Pero pasado mañana volveré a estar contigo. No te aflijas.
—¿Qué clase de sahib? ¿Como ése o como aquél? —y señaló al padre Víctor—. ¿Como uno de aquellos que vi esta tarde…, hombres que llevaban espadas y pisaban fuerte?
—Tal vez.
—Eso no me gusta. Esos hombres siguen el impulso del deseo y no alcanzan más que el vacío. Tú no debes ser de esa clase.
—El sacerdote de Ambala dijo que mi Estrella era la guerra —añadió Kim—. Yo se lo preguntaría a estos imbéciles…, pero no hay necesidad. Me escaparé esta noche, pues ya he logrado lo que quería, que no era más que ver cosas nuevas.
Kim hizo dos o tres preguntas en inglés al padre Víctor, traduciendo las contestaciones al lama. Al fin dijo:
—Quiere que les haga a ustedes esta pregunta: «¿De modo que lo separan de mí y no pueden decirme lo que van a hacer de él? Díganmelo antes de que me vaya, porque no es cosa sencilla educar a un muchacho.»
—Te enviaremos a la escuela. Más adelante, ya veremos. ¿Te gustaría ser soldado, Kimball?
—Gorah-log (hombres blancos). ¡Ah, no! ¡Ah, no! —Kim sacudió la cabeza con violencia. Su carácter no se acomodaba ni poco ni mucho a la disciplina y la rutina del cuartel—. No quiero ser soldado.
—Tú serás lo que te manden —dijo Bennett—. Y debes estar agradecido de que te socorramos.
Kim sonrió compasivamente. Si aquella gente se forjaba la ilusión de que él era capaz de hacer lo que no le acomodase, tanto mejor.
Surgió otra larga pausa. Bennett se agitaba con impaciencia y apuntó la idea de llamar a un centinela para despachar al faquir.
—¿Los sahibs ofrecen la enseñanza gratuita, o la venden? Pregúntaselo —dijo el lama; y Kim lo tradujo.
—Dicen que se paga dinero al maestro, pero que el regimiento lo pagará… Mas ¿para qué te ocupas en eso? Si sólo es por una noche.
—Y… ¿esta enseñanza es mejor si se paga más dinero? —El lama no hacía caso de los planes de Kim referentes a una huida inmediata—. No es malo pagar por la enseñanza; contribuir a que aprenda el ignorante es siempre un mérito. —El rosario se movía furiosamente como un ábaco l4. En seguida se dirigió a sus opresores.
—Pregúntales cuánto dinero hay que pagar para conseguir enseñanza buena y apropiada y en qué ciudad se imparte.
—Bien —dijo en inglés el padre Víctor cuando Kim le hubo hecho la traducción—. Eso depende. El regimiento pagaría por ti todo el tiempo que estuvieses en el Colegio de Huérfanos; también podrían alistarte en la Orfanato Masónico del Panjab (ni él ni tú podéis comprender lo que esto significa); pero el mejor colegio adonde puede ir un niño en la India es el de San Javier in Partibus, que está en Lucknow. —Se tardó algún tiempo en traducir esto, porque Bennett deseaba cortar el diálogo.
—Quiere saber cuánto cuesta —dijo Kim plácidamente.
—Doscientas o trescientas rupias anuales. —El padre Víctor hacía un rato que ya no se asombraba de nada.
Bennett, impaciente, no comprendía una palabra.
—Él dice que escriban el nombre y la cantidad en un papel y que se lo den, y dice que ponga usted su nombre debajo, porque dentro de algunos días le escribirá una carta. También dice que usted es un buen hombre. Y que ese otro es un majadero. Y que se va a marchar.
El lama se levantó de repente y salió de la tienda exclamando:
—¡Y ahora, otra vez a mi Búsqueda!
—¡Que va a caer en manos de los centinelas! —gritó el padre Víctor, dando un salto para detener al lama—; pero no puedo dejar al muchacho. —Kim hizo un rápido movimiento para seguir al anciano, pero se contuvo.
No se oyó dar el alto afuera. El lama había desaparecido.
Kim se sentó tranquilamente en el catre del capellán. Por lo menos, el lama le había prometido permanecer con la mujer rajputina de Kulú, y lo demás carecía de importancia. Al mismo tiempo, le gustaba que por su causa estuviesen tan interesados los dos padres. Hablaban mucho y en voz baja; el padre Víctor parecía intentar convencer de algún plan al señor Bennett, que se mostraba incrédulo. Todo esto era muy nuevo y fascinante, pero Kim tenía mucho sueño. Fueron acudiendo a la tienda otras personas; una de ellas era, sin duda alguna, el coronel como había profetizado su padre, y le hicieron infinidad de preguntas, principalmente acerca de la mujer que lo cuidaba, a todo lo cual respondió Kim la verdad. No parecían creer que aquella mujer fuese una buena tutora.
Después de todo, no se trataba más que de la última de sus experiencias. Más pronto o más tarde (cuando quisiese), se escaparía, perdiéndose en la inmensa e informe masa gris de la India, fuera del alcance de padres y coroneles. Mientras tanto, si los sahibs estaban dispuestos a dejarse impresionar, él haría lo posible por darles gusto. También él era un hombre blanco.
Después de una larga discusión, de la que no comprendió ni una sola palabra, lo pusieron en manos de un sargento, que recibió instrucciones de no dejarlo escapar. El regimiento iba con dirección a Ambala, y Kim sería enviado, en parte a expensas de la Logia y en parte por suscripción, a un lugar llamado Sanawar.
—Mi coronel, éste es un milagro que sobrepasa todo lo que se puede imaginar —dijo el padre Víctor, después de haber hablado durante diez minutos seguidos sin respirar—. Su amigo el budista ha escurrido el bulto, luego de tomar nota de mi nombre y dirección. Yo no puedo asegurar si pagará por la educación del muchacho o si estará preparando alguna brujería por su propia cuenta. —Y añadió, dirigiéndose a Kim:
—De todos modos, debes estar agradecido a tu amigo el Toro Rojo. Nosotros haremos de ti un hombre en Sanawar…, aunque sea al precio de convertirte en protestante.
—Ciertamente…, ciertamente —dijo Bennett.
—Pero ustedes no van a Sanawar —observó Kim.
—Claro que vamos, pequeño. Es la orden del comandante en jefe, que es algo más importante que el hijo de O’Hara.
—Ustedes no van a Sanawar. Ustedes van a la guerra. Hubo un estallido de risa en la abarrotada tienda.
—Cuando conozcas a tu regimiento un poco mejor aprenderás a distinguir una marcha de maniobras de un orden de batalla, Kim. Nosotros esperamos ir a la guerra alguna vez, pero no ahora.
—Bueno, eso ya lo sé. —Kim lanzó su flecha otra vez a la ventura. Si no iban a la guerra, al menos no sabían nada de la conversación que él había oído en el porche en Ambala.
—Ya sé que ustedes no van ahora a la guerra; pero yo les digo que tan pronto como lleguen a Ambala los enviarán a la guerra…, la nueva guerra. Una guerra de ocho mil hombres, además de los cañones.
—Pues sí que conoces detalles. ¿Es que también te dedicas a hacer profecías? Lléveselo usted, sargento.
Déle el uniforme de un tambor, y tenga cuidado de que no se le escape de entre las manos. ¿Quién dice que ha pasado la edad de los milagros? Lo mejor que puedo hacer es meterme en la cama. Me da vueltas la cabeza.
Una hora después, en el otro extremo del campamento, silencioso como un animal salvaje, se hallaba sentado Kim, después de haber sido bañado y vestido con un traje horrible, cuya tela le raspaba los brazos y piernas.
—Es un pajarillo muy divertido —decía el sargento—. Vino acompañado de un brahmán de semblante amarillo; llevaba los certificados de la Logia de su padre colgando del cuello, y decía sabe Dios qué cosas de un Toro Rojo. El brahmán se evaporó sin más explicaciones, y el muchacho, sentado con las piernas cruzadas en el catre del capellán, empezó a profetizar que estallaría una guerra sangrienta. La India es una tierra salvaje para un hombre criado en el temor de Dios. Yo le he amarrado la pierna al palo de la tienda, por si acaso pensaba desaparecer por el techo. ¿Qué es lo que decías sobre la guerra?
—Ocho mil hombres, además de los cañones —dijo Kim—. Muy pronto lo veréis.
—¡Pues sí que es un consuelo, diablillo! Acuéstate entre los tambores, y a dormir. Esos dos muchachos que tienes al lado velarán tu sueño.

Capítulo VI

Ahora recuerdo camaradas …
antiguos compañeros en mares recientes …
cuando comerciábamos con oropimente
entre los salvajes.
Esto era hace treinta años,
y, diez mil leguas hacia el sur,
no conocían al noble Valdés,
pero a mí sí que me conocían y querían.
Canción de Diego Valdés

Por la mañana, muy temprano, fueron recogidas las blancas tiendas, que desaparecieron rápidamente en los furgones, y los Mavericks tomaron una carretera secundaria que conducía a Ambala, pero que pasaba lejos del parao. Kim, caminando penosamente al lado de un carro de bagajes y bajo el fuego de los comentarios de las mujeres de los soldados, no se hallaba tan confiado como la noche anterior. Además, pronto notó que era objeto de una estrecha vigilancia… El padre Víctor por un lado y el señor Bennett por el otro.
Hacia el mediodía la columna se paró de repente. Un ordenanza montado sobre un camello, traía una carta para el coronel. Éste la leyó y habló con un comandante. A una media milla por detrás, Kim oyó un ronco y alegre clamor que se propagó hasta él a través de la espesa polvareda. Éste notó que alguien le tocaba en la espalda, gritando:
—¡Dinos cómo lo supiste, diablillo del infierno! Padre, pruebe usted a ver si lo hace hablar.
Un poni se colocó a su lado y Kim sintió que lo alzaban hasta la perilla de la montura del cura.
—Ahora vemos, hijo mío, que tu profecía de anoche ha resultado verdad. Tenemos orden de embarco mañana en Ambala en el tren con destino al frente.
—¿Qué es eso? —preguntó Kim, porque embarco y frente eran palabras desconocidas para él.
—Que vamos a la guerra, como tú la llamas.
—Claro que van ustedes a la guerra. Ya lo dije anoche.
—Lo dijiste, pero, por todos los diablos, ¿cómo lo sabías? Los ojos de Kim resplandecieron, mientras que con los labios apretados y la cabeza baja pensaba en cosas imposibles de expresar. El capellán avanzó a través del polvo, y tanto los soldados como los sargentos y los subalternos se llamaban mutuamente la atención sobre el muchacho. El coronel, que estaba a la cabeza de la columna, lo miró con curiosidad.
—Probablemente —dijo— sería algún rumor del bazar. Pero aun así… —añadió refiriéndose al papel que tenía en la mano— ¡que me ahorquen si lo entiendo! ¡Esto no se ha decidido hasta hace unas cuarenta y ocho horas!
—¿Hay mucha gente como tú en la India? —preguntó el padre Víctor—. ¿O es que eres un lusus naturae?
—Ahora que ha resultado verdad lo que dije —interrumpió el muchacho—, ¿me dejarán ustedes volver para buscar a mi viejo? Como no se haya quedado con la mujer de Kulú, temo que se muera.
—Por lo que he podido apreciar al verlo, creo que es tan capaz de cuidar de sí mismo como tú. No. Nos has traído suerte y vamos a hacer de ti un hombre. Te llevaré al carro de bagajes y volveré a verte esta tarde.
Durante el resto del día Kim fue objeto de distinguida consideración por parte de algunos centenares de hombres blancos. La historia de su aparición en el campamento, el descubrimiento de su parentesco y su profecía no perdieron interés al ser repetidos de boca en boca. Una mujer blanca y gorda hasta la deformidad que estaba sentada sobre un montón de ropa de cama, le preguntó misteriosamente si creía que su marido regresaría de la guerra. Kim reflexionó gravemente y contestó que sí, y la mujer le dio de comer. Esa alegre comitiva, en la que de vez en cuando sonaba la música, esa multitud que hablaba y reía con tanta facilidad, le recordaba en muchos aspectos las fiestas de la ciudad de Lahore. Además, como hasta entonces no se notaban indicios de tener que efectuar trabajos duros, decidió conceder al espectáculo toda su atención. Por la noche salieron a buscarlos otras bandas de música, que acompañaron a los Mavericks hasta su campamento, situado cerca de la estación de ferrocarril de Ambala. Aquella noche fue interesantísima. Los soldados de los demás regimientos acudían a visitar a los Mavericks. Los Mavericks, por su parte, salían también a hacer visitas. Las patrullas destacadas para hacerlos regresar se encontraron con las de otros regimientos, encargados del mismo cometido; al final, las trompetas tocaron llamada furiosamente, convocando a más patrullas con sus oficiales para dominar el tumulto. Los Mavericks tenían que mantener la reputación de juerguistas, pero a la mañana siguiente se presentaron correctamente formados en los andenes de la estación, y Kim, que se quedaba con las mujeres, los enfermos y los niños, se sorprendió a sí mismo despidiéndolos con gritos de entusiasmo, mientras el tren se alejaba. La vida de sahib no carecía de encantos hasta el momento, pero los saboreaba con gran precaución. Después de la despedida lo obligaron a ir bajo la custodia de un tamborcillo a unos acuartelamientos vacíos de paredes encaladas, los suelos cubiertos de broza, bramantes y papeles; los techos de las salas desiertas devolvían sonoramente el eco de sus pasos solitarios. Siguiendo la costumbre de los indígenas, se envolvió en un coy a rayas y se echó a dormir. Un hombre encolerizado penetró pisando fuerte por el porche, despertándolo y diciéndole que era el maestro de escuela. Fue lo suficiente para que Kim se encerrase en su concha. Con muchos esfuerzos había podido llegar a descifrar las diversas órdenes escritas en inglés de la policía de la ciudad de Lahore, y eso porque afectaba a sus necesidades. Además, entre los diversos huéspedes de la mujer que lo cuidaba hubo una vez un alemán muy raro que pintaba decorados para el teatro ambulante parsi; ese alemán le contaba a Kim que había peleado en las barricadas del «cuarenta y ocho», y que por lo tanto —al menos tales fueron las razones que entendió el muchacho— le enseñaría a escribir a cambio de la comida. A fuerza de golpes Kim llegó a escribir las letras, pero no conservaba de ellas buen recuerdo.
—Yo no sé nada. ¡Márchese! —dijo, presintiendo algo desagradable. A esto respondió el hombre cogiéndolo por una oreja y arrastrándolo hasta una sala situada en una nave alejada, donde se hallaban sentados en bancos una docena de educandos de tambor, y le dijo que se estuviese quieto, ya que no sabía hacer otra cosa. Kim obedeció esta orden puntualmente. El hombre explicó cosas y más cosas durante media hora, haciendo líneas blancas sobre un negro encerado, y Kim continuó su siesta interrumpida. El cariz que iban tomando las cosas le disgustaba sobremanera, porque aquello era la escuela y la disciplina que se había pasado evitando las dos terceras partes de su corta vida. De repente se le ocurrió una idea magnífica, y se quedó muy sorprendido de no haber pensado antes en ello.
Al fin el maestro los despidió, y Kim fue el primero que salió corriendo a través del porche, hacia el aire libre y soleado.
—¡Eh, tú! ¡Alto! ¡Detente! —gritó a su espalda una voz aguda—. Estoy encargado de tu custodia y tengo órdenes de no perderte de vista. ¿Adónde vas?
Era el joven tamborcillo que había estado pegado a sus talones toda la tarde, un muchacho gordo y pecoso de unos catorce años y a quien Kim aborrecía desde las suelas de las botas hasta las cintas del gorro.
—Al bazar…, a comprar dulces… para ti —dijo Kim después de pensarlo.
—Bien, pero el bazar está fuera de los límites. Si vas allí, nos castigarán. Vuélvete.
—¿Cuánto es lo más cerca que podemos ir? —Kim no sabía lo que quería decir límites, pero quería ser cortés…, por el momento.
—¿Cómo cerca? Querrás decir lo más lejos adonde podemos ir. Podemos ir hasta aquel árbol que hay al lado del camino.
—Entonces me voy allí.
—Bueno. Yo no voy; hace demasiado calor. Desde aquí puedo vigilarte. No sacarás nada en limpio con escaparte. Si lo hicieras te pescarían en seguida por el traje. Llevas el uniforme del regimiento. No habría ni una sola patrulla en Ambala que no te trajese de vuelta en menos tiempo del que emplearas en huir.
Esto no le impresionó a Kim tanto como el convencimiento de que su pesada vestimenta lo haría reventar de cansancio en cuanto intentara correr. Se dirigió con desgana hacia el árbol situado en la curva del camino que conduce al bazar, y se puso a contemplar a los indígenas que pasaban. La mayor parte de ellos eran criados del cuartel, pertenecientes a la casta más baja. Kim llamó a voces a un barrendero, que le contestó rápidamente con una frase de innecesaria insolencia, convencido de que el muchacho europeo no lo entendería. La réplica veloz y grosera lo desengañó. Kim puso en ella toda su alma aprisionada, aprovechando aquella última ocasión que se le presentaba de insultar a alguien en el idioma que mejor conocía.
—Y ahora vete al bazar y, al primer escribiente que encuentres, le dices que venga. Quiero escribir una carta.
—Pero…, pero ¿qué clase de hijo de blanco eres tú, que necesitas un escribiente del bazar? ¿Es que no tenéis maestro en el cuartel?
—Sí; y el infierno está plagado de ellos. ¡Haz lo que te he dicho, od! ¡Tu madre se casó bajo una cesta! ¡Criado de Lal Beg —Kim conocía al dios de los barrenderos—, corre a hacer lo que te digo, o si no empezaremos otra vez la conversación!
El barrendero echó a correr a toda prisa para zafarse de él. — Hay un chiquillo blanco junto al cuartel, esperando bajo un árbol, que no es un chiquillo blanco —balbució dirigiéndose al primer escribiente con quien se tropezó—. Te necesita urgentemente.
—¿Pagará? —dijo el aseado escribiente recogiendo con parsimonia el pupitre, la plumas y el lacre.
—No lo sé. No es como los demás muchachos. Puedes ir a verlo. Merece la pena.
Kim bailaba ya de impaciencia cuando el delgado y joven kayeth surgió a la vista. En cuanto lo tuvo al alcance de su voz empezó a maldecirlo.
—Lo primero que tienes que hacer es pagarme —dijo el escribiente—. Las malas palabras han hecho subir el precio. Pero, ¿quién eres tú que estás vestido de esa manera y hablando de ese modo?
—¡Ah! Eso lo verás en la carta que vas a escribirme. Nunca en tu vida has oído una historia semejante. Pero no tengo prisa. Otro escribiente me servirá. La ciudad de Ambala está tan llena de ellos como la de Lahore.
—Cuatro annas —dijo el escribiente, sentándose y extendiendo su tapete a la sombra de una de las naves abandonadas del cuartel.
Kim, instintivamente, se puso en cuclillas a su lado —como sólo saben hacerlo los indígenas— a pesar de los abominables pantalones, que se le pegaban a las piernas.
El escribiente lo miraba de reojo.
—Ése es el precio que se les pide a los sahibs —dijo Kim—. Ahora dime el precio verdadero.
—Anna y media. ¿Y quién me asegura que una vez escrita la carta no echarás a correr?
—No puedo alejarme más allá de este árbol; además, hay que tener en cuenta el sello.
—Yo no cobro comisión sobre el precio del sello. Pero ¿qué clase de chiquillo blanco eres tú?
—Ya lo verás en la carta, que es para Mahbub Alí, el tratante de caballos del caravasar de Cachemira, en Lahore. Es amigo mío.
—¡Qué cosa más rara! —murmuró el escribiente, mojando la pluma en el tintero—. ¿Hay que escribirla en hindi?
—Naturalmente. A Mahbub Alí. Vamos. ¡Empieza!: He llegado con el viejo hasta Ambala en el tren. En Ambala llevé a su destino las noticias del pedigrí de la yegua baya.
Después de lo que había visto en el jardín no se atrevía a escribir nada sobre sementales blancos.
—Espera un poco. ¿Qué tiene que ver una yegua baya…? ¿Ese Mahbub Alí es el gran tratante?
—¿Qué otro va a ser? Yo he sido criado suyo. Vuelve a mojar la pluma. Sigue: Cumplí la orden al pie de la letra. Después fuimos a pie en dirección a Benarés, pero al tercer día tropezamos con un regimiento. ¿Has terminado?
—Sí, pulton (regimiento) —murmuró el escribiente, todo oídos.
—Fui al campamento y me cogieron, y por el amuleto que llevaba colgado del cuello, y que tú ya conoces, se averiguó que yo era hijo de alguno que perteneció al regimiento, lo cual estaba de acuerdo con la profecía del Toro Rojo, de la que, como sabes, todo el mundo está al corriente en el bazar. —Kim esperó a que esta flecha se clavara en el corazón del escribiente; carraspeó para aclarar su garganta, y continuó—: Un sacerdote me vistió y me dio un nombre nuevo… Otro sacerdote, sin embargo, era imbécil. El traje es muy pesado, pero yo soy un sahib y mi corazón está triste. Me envían a la escuela y me pegan. No me gusta el aire ni el agua de estos lugares. Ven a ayudarme, Mahbub Alí, o envíame algún dinero, porque yo no tengo bastante para pagar al que me escribe esta carta.
—«Al que me escribe esta carta». Mía es la culpa por haber sido engañado. Eres tan listo como Husain Bux, que falsificaba los sellos del Tesoro en Nucklao. Pero, ¡qué historia! ¡Vaya historia! ¿Por ventura es verdad?
—No conviene decir mentiras a Mahbub Alí. Es mucho mejor ayudar a sus amigos prestándoles un sello. Cuando venga el dinero te pagaré.
El escribiente refunfuñó con acento de duda, pero sacó un sello de su pupitre, lacró la carta, la entregó a Kim y se marchó. El nombre de Mahbub Alí era respetado en toda Ambala.
—Ésa es la manera de ganar méritos con los dioses —gritó Kim, despidiéndose.
—Cuando venga el dinero me tienes que pagar el doble —gritó el hombre volviendo la cabeza.
—Te estaba vigilando —dijo el tamborcillo a Kim, cuando éste regresó al porche— ¿Qué estabas parloteando con aquel negro?
—Hablaba con él.
—Tú te entiendes con los negros, ¿verdad?
—¡Nooo! ¡Nooo! Sólo hablo un poco. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—El trompeta tocará a rancho en menos de medio minuto. ¡Ay, Dios! ¡De qué buena gana hubiera ido al frente con el regimiento! Es terrible estar aquí, donde no hacemos más que ir a la escuela. ¿No te parece odiosa esta vida?
—¡Oh, síí!
—Yo me escaparía si supiera dónde ir, pero como dicen los hombres, en esta condenada India se acaba siempre a la larga por caer prisionero. No se puede desertar sin que lo cojan a uno. Estoy completamente harto de todo esto.
—¿Has estado en Gran Bre…, Inglaterra?
—¡Bah! He venido con la última expedición de tropas acompañado de mi madre. Parece mentira que no hayas comprendido en seguida que he estado en Inglaterra. Eres un ignorante pordiosero. Tú te has criado en medio del arroyo, ¿verdad?
—Sí. Cuéntame algo de Inglaterra. Mi padre vino de allá.
Kim, aunque se guardó muy bien de demostrarlo, no creyó ni una sola palabra de las cosas que le contó el tamborcillo acerca del barrio de las afueras de Liverpool, que constituía toda su Inglaterra. Y así fue pasando el tiempo con pesada lentitud hasta la hora de la comida…, una comida desabrida que les sirvieron a los niños y a unos pocos inválidos en el rincón de un dormitorio. Si no hubiera sido por la carta que había escrito a Mahbub Alí, Kim casi hubiera llegado a deprimirse. Estaba acostumbrado a la indiferencia de las multitudes de indígenas; pero la soledad absoluta entre los hombres blancos lo agobiaba. Así es que se alegró cuando, en el transcurso de la tarde, un soldado gordo lo condujo a presencia del padre Víctor, que habitaba en la otra ala del cuartel, del cual se hallaba separada por un patio lleno de polvo que servía para hacer la instrucción. El sacerdote estaba leyendo una carta escrita en inglés con tinta morada. Cuando entró Kim, lo miró con más curiosidad que nunca.
—¿Y qué, hijo mío, te gusta esta vida, por lo menos lo que de ella has probado? No mucho, ¿verdad? Debe de ser duro…, muy duro para un animal salvaje. Ahora, escucha. He recibido una epístola sorprendente de tu amigo.
—¿Dónde está? ¿Está bien? ¡Ah! Si sabe cómo escribirme, estoy tranquilo.
—Le tienes afecto, ¿verdad?
—Naturalmente que le tengo afecto. Él también me lo tiene a mí.
—Así parece desprenderse de la carta. No sabe escribir en inglés, ¿verdad?
—No. Al menos, que yo sepa. Pero seguro que encontró a un escribiente que conoce muy bien el inglés, y le ha escrito la carta. Supongo que lo entiende.
—Eso lo explica todo. ¿Sabes tú algo de sus asuntos económicos?
El semblante de Kim mostraba claramente que lo ignoraba.
—¿Cómo podría saberlo?
—Eso es lo que yo me pregunto. Y ahora, escucha, si es que puedes encontrarle a esto pies ni cabeza. Pasaremos el preámbulo… Está escrita desde la carretera de Jagadhir… «Sentado al borde del camino, meditando gravemente, y confiando en ser favorecido con la aprobación de Su Señora en el paso que voy a dar, que suplico a Su Señora para que se sirva ponerlo en ejecución por amor de Dios Todopoderoso. La educación, si es buena, es la mayor de las bendiciones. De otro modo no sirve para nada». ¡A fe mía, lo que es esta vez el viejo ha dado en el clavo! «Si Su Señoría accede a dar al muchacho la mejor educación en Javier» (supongo que se referirá a San Javier in Partibus), «bajo las condiciones que tratamos en la conversación que sostuvimos en su tienda el 15 del corriente» (¡aquí un toque del estilo comercial!), «que dios Todopoderoso bendiga a Su Señoría y a sus sucesores hasta la tercera y la cuarta generación y» (¡ahora, escucha!) «confíe en este humilde servidor de Su Señoría para el pago de la adecuada remuneración en hundi[5], una anualidad de trescientas rupias, para una costosa educación en San Javier de Lucknow, y le ruego me conceda un corto plazo para remitirle la cantidad expresada, en hundi, que enviaré a cualquier lugar de la India que Su Señoría disponga. Este servidor de Su Señoría no tiene al presente sitio fijo donde reposar la cabeza, pero se dirige a Benarés en tren, para librarse de persecución de vieja que habla mucho y de tener que residir en Saharanpur, empleado en servicios domésticos». ¿Qué demonios significa todo esto?
—Yo supongo que ella le rogaría que fuese su puro (su sacerdote) en Saharanpur. Pero él no habrá querido aceptar, a causa de su Río. ¡Realmente hablaba mucho aquella mujer!
—¿Tú lo entiendes? Yo no entiendo ni jota. «Así es que me voy a Benarés, donde encontraré dirección y remitiré rupias para muchacho, a quien quiero más que a las niñas de mis ojos, y por amor de Dios Todopoderoso ruego dé cumplimiento a esta educación, y vuestro demandante considerará siempre como un deber y se obliga moralmente a rezar sin descanso por Su Señoría. Escrito por Sobrao Satai, Suspenso examen de ingreso Universidad de Alahabad, para el Venerable lama Teshu, sacerdote de Such-zen, que busca un Río, dirección al cuidado del templo de los Tirthankers, en Benarés. P.S. —Agradeceré tenga en cuenta muchacho es niñas de mis ojos, y que las trescientas rupias serán enviadas anualmente, en hundi. En el nombre de Dios Todopoderoso». ¿Y ahora, quieres decirme si es esto un rapto de locura delirante o la proposición de un negocio? Te lo pregunto a ti, porque yo ya he llegado a perder la chaveta.
—Dice que me enviará trescientas rupias todos los años, y por lo tanto las enviará.
—Así es como tú lo ves, ¿no es eso?
—Naturalmente. ¡Si él lo dice!
El cura se puso a silbar; al poco rato se dirigió a Kim como si fuese un igual.
—Yo no lo creo, pero lo veremos. Tú debías salir hoy para el Orfanato Militar de Sanawar, donde el regimiento te atendería hasta que alcanzases la edad del alistamiento. Allí te hubieran educado en la religión anglicana. Bennett lo arregló todo para que se hiciera así. Por otro lado, si vas a San Javier recibirás una educación mucho mejor y…, y puedes entrar en la verdadera religión. ¿Entiendes mi dilema?
Kim no veía más que al lama yendo hacia el sur en tren, sin tener a nadie que pidiese limosna para él.
—Pero como hace todo el mundo, voy a contemporizar. Si tu amigo envía el dinero desde Benarés —¡por todos los diablos!, ¿de dónde va a sacar las trescientas rupias un miserable mendigo?—, irás a Lucknow y yo pagaré el viaje, porque no debo tocar el dinero de la suscripción, al intentar, como lo hago, convertirte en católico. Si tu amigo no envía el dinero, irás al Orfanato Militar a expensas del regimiento. Le concedo tres días de plazo, aunque no creo ni una sola palabra de todo esto. Y si no cumpliera en el pago de los plazos futuros…; pero eso ya no es cosa mía. ¡Alabado sea Dios! Por este mundo no se puede ir más que paso tras paso. Y han enviado a Bennett al frente y me dejan a mí aquí. Pero él no podía sospechar que ocurrieran todas estas cosas.
—¡Oh, sí! —dijo Kim vagamente. El cura se inclinó hacia delante.
—Daría con gusto la paga de un mes por saber lo que pasa dentro de tu redonda cabecita.
—No pasa nada —dijo Kim rascándosela. Estaba pensando en si Mahbub Alí sería tan espléndido como para enviarle una rupia. En ese caso, podría pagar al escribiente y enviar cartas al lama dirigidas a Benarés. Tal vez Mahbub Alí le hiciera una visita la próxima vez que viniese hacia el sur con los caballos. Seguramente, ya sabría el tratante que la carta que había entregado Kim al oficial en Ambala había ocasionado la gran guerra que hombres y chiquillos discutían con tanta barahúnda a la hora de la comida en el cuartel. Pero si Mahbub Alí lo ignoraba, no convenía decírselo, porque el tratante era severo con los muchachos que sabían o pretendían saber demasiado.
—Bueno, hasta que tenga nuevas noticias —la voz del padre Víctor interrumpió sus pensamientos— puedes salir y jugar con los demás chicos. Te enseñarán algunas cosas, pero no creo que sean de tu agrado.
Al fin terminó aquel pesado día. Al ir a acostarse le instruyeron en el modo de doblar la ropa y limpiar sus botas, mientras los demás chiquillos se burlaban. Al amanecer, lo despertaron las cornetas; el maestro lo cogió después del desayuno, le puso bajo la nariz una página llena de caracteres indescifrables, a los que dio nombres sin sentido, y lo vapuleó sin razón. Kim se puso a meditar sobre el modo de envenenarlo con opio, que pediría prestado a un barrendero del cuartel, pero pensó que, como comían todos juntos en una sola mesa (y esto era una de las cosas que más repugnaba a Kim, que prefería dar la espalda a todo el mundo mientras comía, la empresa podía ser peligrosa. Entonces trató de escaparse a la aldea donde el sacerdote había narcotizado al lama, a la aldea aquella donde vivía el viejo soldado. Pero a cada intento que hizo, centinelas de agudísima vista obligaban a retroceder a la pequeña figura encarnada. Los pantalones y la guerrera entorpecían lo mismo su cuerpo que su alma, así es que desistió del proyecto y se abandonó, como hacen los orientales, al tiempo y a la suerte. Tres días de tormento pasaron así en las enormes salas blancas y resonantes. Por las tardes paseaba escoltado por el tamborcillo, pero toda su conversación se reducía a las pocas palabras inútiles que al parecer constituían las dos terceras partes de las injurias que emplea el hombre blanco. Kim las conocía ya y las despreciaba desde hacía mucho tiempo. El tambor, ofendido de su silencio y de su falta de interés, le pegaba, como es natural. Además no le gustaba ir por los bazares que estaban dentro de límites autorizados y acostumbraba a llamar «negro» a todos los indígenas; los criados y los barrenderos le decían a la cara cosas horribles, pero como lo engañaban con su actitud deferente, no se daba cuenta de ello. Esto, en parte, consolaba a Kim de las palizas que recibía.
En la mañana del cuarto día un castigo inesperado sorprendió al tamborcillo. Habían ido juntos hacia el hipódromo de Ambala y regresó solo, llorando y diciendo que el joven O’Hara, a quien él no le había hecho nada de particular, había llamado a gritos a un negro de barba roja montado a caballo, y que este negro lo había hecho correr de un lado a otro golpeándolo con un látigo al que no se podía sustraer, y, cogiendo al joven O’Hara, se lo había llevado a todo galope. Estas noticias llegaron al padre Víctor, que puso cara de pocos amigos. Ya estaba bastante sorprendido con la carta que acababa de recibir del templo de los Tirthankers, de Benarés, en la que venía incluido un pagaré de un banco indígena por valor de trescientas rupias, y una extraña plegaria a «Dios Todopoderoso». El lama se hubiera molestado aún más que el cura si hubiese visto cómo había traducido el escribiente del bazar su frase «para adquirir mérito».
—¡Por todos los diablos! —decía el padre Víctor, agitando el pagaré—. Y ahora se ha escapado con otro de sus amigos protestantes. Yo no sé ya qué será mejor, si que lo traigan o que se pierda de una vez. Para mí esto es incomprensible. ¿Cómo demonios, sí, a ellos me refiero, puede un mendigo procurarse dinero para educar niños blancos?
A tres millas de allí, en el hipódromo de Ambala, Mahbub Alí, refrenando un gris semental de Kabul y sosteniendo a Kim sobre la perilla de la montura, estaba diciendo:
—Pero, Amigo de todo el Mundo, hay que tener en cuenta mi reputación y mi honor. Todos los sahibs que son oficiales de todos los regimientos, y toda Ambala conocen a Mahbub Alí. Me han visto cómo te cogía y cómo castigaba al otro muchacho. Ahora mismo nos están viendo a través de esta llanura. ¿Cómo voy a llevarte conmigo, o qué explicación voy a dar de tu desaparición, si te dejo bajar del caballo y escapar a través de los sembrados? Me meterían en la cárcel. Ten paciencia. Cuando se es una vez sahib, se es siempre sahib. Cuando seas hombre, ¿quién sabe?, quedarás agradecido a Mahbub Alí.
—Llévame hasta más allá de los centinelas, donde pueda quitarme este traje colorado. Dame dinero y me iré a Benarés a reunirme otra vez con el lama. Yo no quiero ser sahib, y acuérdate de que fui yo quien entregó el mensaje.
El semental pegó de repente un bote salvaje. Mahbub Alí, sin poderlo remediar, lo había herido con el extremo agudo del estribo. (Mahbub no pertenecía a esa abundante clase de modernos tratantes que llevan botas inglesas y espuelas). Kim comprendió que Mahbub Alí se había traicionado a sí mismo.
—Ése fue un asunto de poca monta. Sólamente que como te cogía de paso en tu camino a Benarés… El sahib y yo lo hemos olvidado ya. Envío tantas cartas y tantos mensajes a personas que me piden datos sobre caballos, que me confundo entre unos y otros. ¿No se trataba de una yegua baya cuyo pedigrí deseaba tener el sahib Peters?
Kim comprendió en seguida la trampa que le tendió. Si se hubiera manifestado conforme con que se trataba de una «yegua baya», Mahbub Alí habría sospechado que el muchacho sabía algo, por su misma facilidad en aceptar la falsa versión. En consecuencia, Kim respondió:
—¿Yegua baya? No. No olvido con esa facilidad mis mensajes. Se trataba de un semental blanco.
—Sí, eso era. Un blanco semental árabe. Pero tú me escribiste que era una yegua baya.
—¿Y quién le dice la verdad a un escribiente del bazar? —respondió Kim, mientras sentía la palma de la mano de Mahbub apoyada sobre su corazón.
—¡Eh! ¡Mahbub, villano, párate! —gritó una voz, y se le acercó un inglés montado en una jaquita de jugar al polo—. Te he estado intentando localizar por todas partes. Ese kabuli que llevas marcha bien. Supongo que estará en venta.
—Estoy esperando un potro hecho a medida por los dioses para el difícil y delicado deporte del polo. No tiene igual. Es…
—Capaz de jugar al polo y servir la mesa. Sí. Ya conozco todo eso. Pero, ¿qué demonios llevas ahí?
—Un chico —dijo Mahbub Alí gravemente— a quien estaba golpeando otro muchacho. Su padre fue un soldado blanco en tiempos de la gran guerra. El chico creció en la ciudad de Lahore. Cuando era chiquitín jugaba con mis caballos. Ahora creo que quieren hacer de él un soldado. El regimiento en que sirvió su padre y que salió al frente la semana pasada, lo acaba de atrapar. Pero él dice que no quiere ser soldado. Yo me lo he llevado para darle un paseo. Dime dónde está el cuartel y te conduciré allí.
—Déjame marchar. Ya encontraré el cuartel yo solo.
—Y si te escapas, ¿quién dirá luego que no ha sido por mi culpa?
—Ya volverá al cuartel a la hora de cenar. ¿Adónde podría escaparse? —preguntó el inglés.
—Ha nacido en este país. Tiene amigos. Se irá a donde le dé la gana. Es un chabuk sawai (muchacho inteligente). No necesita más que cambiar de traje para convertirse en un abrir y cerrar de ojos en un chiquillo indio de baja casta.
—¡Ya será menos! —El inglés observó al chico con mirada crítica, mientras Mahbub se dirigía hacia los cuarteles. Kim apretó los dientes con rabia. Mahbub se burlaba de él como únicamente sabe hacerlo un afgano renegado, pues seguía diciendo:
—Lo enviarán a una escuela; le pondrán unas botas pesadísimas; lo envolverán en este traje, y entonces olvidará todo lo que sabe. Dime en qué parte del cuartel vives.
Kim señaló —ya que no podía hablar— al edificio donde habitaba el padre Víctor, que destacaba cerca de ellos, blanquísimo.
—Puede ser que se convierta en un buen soldado —continuó Mahbub reflexivamente—. Por lo menos, será un buen ordenanza pues yo lo envié una vez para que llevara un mensaje desde Lahore. Un mensaje referente al pedigrí de un semental blanco.
Esto era añadir un insulto odioso a una ofensa aún más terrible; y el sahib, a quien tan astutamente había entregado aquella carta que fue origen de la guerra, lo había oído todo. Kim se imaginó a Mahbub Alí ardiendo en las hogueras del infierno por su traición, pero para sí mismo no divisaba más que una larga línea gris de cuarteles, escuelas y más cuarteles. Dirigió una mirada suplicante al semblante firmemente esculpido del inglés, en el que no se notaba el más mínimo viso de haberlo reconocido, pero ni aun en aquel momento desesperado se le ocurrió pedir protección al hombre blanco ni traicionar a Mahbub Alí. Y Mahbub Alí miraba intencionadamente al inglés, quien a su vez contemplaba a Kim, que estaba temblando, pero sin rechistar.
—Mi caballo está bien amaestrado —dijo el tratante—. Otro en su lugar hubiera coceado, sahib.
—¡Ah! —dijo al fin el inglés, frotando la sudorosa cruz de su jaquita con el mango de la fusta—. ¿Quién es el que quiere convertir a este muchacho en un soldado?
—Según me ha dicho, es el mismo regimiento que lo encontró, y especialmente el padre de ese regimiento.
—¡Allí está el padre! —gritó Kim con voz ahogada, mientras el padre Víctor, destocado, descendía hacia ellos desde el porche.
—¡Por todos los diablos, O’Hara! —exclamó—. ¿Cuántos amigos de otras razas tienes en Asia? —gritó mientras Kim descendía del caballo y permanecía quieto e indefenso frente a él.
—Buenos días, padre —dijo el coronel alegremente—. Ya lo conocía a usted por su reputación y pensaba venir a saludarlo antes de que sucediese este incidente. Yo soy Creighton.
—¿Del Servicio Etnológico? —dijo el padre Víctor. El coronel asintió—. Le aseguro que tengo un gran placer en verle, y, además, le estoy muy agradecido por haberme devuelto al muchacho.
—No me lo agradezca a mí, padre. Además el muchacho no pensaba escaparse. Usted no conocerá al viejo Mahbub Alí —el tratante permanecía impasible sobre su caballo—. Ya lo conocerá usted cuando lleve un mes en la guarnición. Es quien nos vende todos nuestros pencos. Pero ese muchacho es una cosa curiosa. ¿Podría contarme algo acerca de él?
—¿Que si puedo contarle…? —contestó rápidamente el padre Víctor—. ¡Si es usted el único hombre que puede ayudarme en mis tribulaciones! ¡Contarle! ¡Por todos los diablos, pero si no estoy deseando otra cosa que contárselo a alguien que conozca a los indígenas!
Un criado dio la vuelta a la esquina. El coronel Creighton alzó su voz, hablando en urdú:
—Bueno, Mahbub Alí, ¿qué te propones al decirme todas estas historias sobre la jaca? No pienso darte ni una paísa más sobre las trescientas cincuenta rupias que te he ofrecido.
—El sahib está sofocado y colérico después de la galopada —contestó el tratante, con la mirada maliciosa de un perfecto histrión—. Dentro de un momento podrá apreciar las condiciones de mi jaca con más claridad. Yo esperaré hasta que termine su conferencia con el padre. Esperaré bajo aquel árbol.
—¡El diablo te lleve! —dijo riendo el coronel—. Eso es lo que sucede cuando se mira a uno de los caballos de Mahbub. Es una auténtica sanguijuela, padre. Espera, pues, si es que no te importa perder el tiempo, Mahbub. Ahora, padre, estoy a sus órdenes. ¿Dónde está el chico? ¡Ah!, se ha ido a charlar con Mahbub. ¡Qué muchacho más raro! ¿Tendría usted la bondad de mandar que lleven mi yegua a que descanse a la sombra?
Se dejó caer sobre una silla, desde la cual se distinguía claramente a Kim y a Mahbub Alí, que estaban conferenciando bajo el árbol. El padre se dirigió al interior de la casa en busca de cigarros.
Creighton oyó que Kim decía amargamente:
—Confía en un brahmán más que en una serpiente; en una serpiente más que en una prostituta, y en una prostituta más que en un afgano, Mahbub Alí.
—Toda da igual —la gran barba roja onduló solemnemente—. Los niños no deberían ver el tapiz en el telar hasta que el dibujo apareciese con claridad. Créeme, Amigo de todo el Mundo, te he prestado un gran servicio. Ya no te harán soldado.
«¡Ah, viejo taimado!», pensaba Creighton. «No estás equivocado. Ese muchacho no debe desperdiciarse, si es verdad que tiene tales cualidades.»
—Perdóneme si le hago esperar un minuto —gritó el padre desde dentro—, pero estoy buscando los documentos referentes al caso.
—Si por mediación mía llegas a alcanzar la protección de ese sahib coronel valiente y sabio, y alcanzas honores, ¿qué gracias no darás a Mahbub Alí cuando seas un hombre?
—No, no; yo te supliqué que me dejaras emprender de nuevo el camino, en donde yo estaría a estas horas completamente a salvo, y tú me has vendido al inglés. ¿Cuánto dinero te ha dado por mi sangre?
«¡Qué diablillo más listo!», dijo para sus adentros el coronel, mordiendo el cigarro y volviéndose afablemente hacia el padre Víctor:
—¿Qué cartas son ésas que está entregando al coronel el cura gordo? ¡Ponte al lado del caballo, como si estuvieses contemplando la brida! —dijo Mahbub Alí.
—Una carta de mi lama, que escribió desde la carretera de Jagadhir, diciendo que pagará trescientas rupias todos los años para mi enseñanza.
—¡Oh! ¡Vaya con el gorro rojo! ¿Y en qué escuela?
—¡Dios sabe! Creo que está en Nucklao.
—Sí. Hay allí una gran escuela para los hijos de los sahibs y de los medio sahibs. La vi una vez que fui allá a vender caballos. ¿De modo que el lama también quiere al Amigo de todo el Mundo?
—Sí; y él no decía mentiras, ni me entregó otra vez al cautiverio.
—No me choca que el padre no sepa cómo desenredar la maraña. ¡Qué de prisa le está hablando al sahib coronel! —dijo Mahbub conteniendo la risa—. ¡Por Alá! —su mirada perspicaz recorrió el porche en un instante—, tu lama ha enviado algo que tiene todo el aspecto de ser un pagaré. En alguna ocasión he hecho algunos pequeños negocios con hundís. El sahib coronel lo está examinando.
—¿Y qué me importa a mí todo eso? —dijo Kim con aire de cansancio—. Tú te irás y ellos me volverán a llevar a esas salas vacías, donde no hay ningún sitio a propósito para dormir y donde los otros muchachos me pegan.
—No lo creo así. Ten paciencia, chiquillo. Todos los pathanes no son desleales…, excepto cuando tratan de caballos.
Pasaron cinco…, diez…, quince minutos, durante los cuales el padre Víctor estuvo hablando con vehemencia o haciendo preguntas que el coronel respondía.
—Ahora, ya le he dicho a usted todo lo que sé acerca del muchacho, desde el principio hasta el fin; y esto es un gran alivio para mí. ¿Ha oído usted alguna vez nada parecido?
—Como quiera que sea, el viejo ha enviado el dinero. Los pagarés de Gobind Sahai son conocidos y aceptados desde aquí hasta China —dijo el coronel—. Cuanto más conoce uno a los indígenas, menos se puede decir lo que harán en esta o aquella circunstancia.
—Eso es un consuelo para mí, por confesarlo el jefe del Servicio Etnológico. Lo más notable es esta mezcla de Toros Rojos y Ríos de Purificación (¡pobre idólatra, Dios lo ampare!), y pagarés y certificados masónicos. ¿Es usted masón por casualidad?
—¡Caramba!, sí que lo soy, ahora que pienso en ello. Ésta es una razón más —dijo el coronel distraídamente.
—Me alegro de que vea usted en ello una razón más. Pero, como estaba diciendo, esta mezcla de cosas es lo que está fuera de mi alcance. ¿Y la profecía que hizo a nuestro coronel, cuando estaba sentado en mi cama, con su pequeña túnica desgarrada mostrando su piel blanca? ¿Y el que la profecía resultase verdad? En San Javier se encargarán de curar todas esas cosas sin sentido común. ¿No le parece a usted?
—Rocíelo usted con agua bendita —dijo riendo el coronel.
—Le aseguro que muchas veces creo que debería hacerlo. Pero confío en que harán de él un buen católico. Ahora, lo que me preocupa es lo que sucederá si el viejo mendigo…
—Lama, lama, mi querido amigo; y algunos son caballeros en su país.
—Bueno, el lama entonces…, si no págase el año que viene… Está bien dotado para, como buen negociante, tomar una decisión bajo la inspiración del momento, pero cualquier día puede morirse. Además, tomar el dinero de un gentil para dar al niño una educación cristiana…
—Pero ya dijo explícitamente lo que deseaba; al parecer, en cuanto supo que el muchacho era blanco, planteó el asunto teniéndolo en cuenta. Yo daría con gusto mi paga de un mes por haber oído la explicación que diera de todo esto en el templo de los Tirthankers de Benarés. Mire usted, padre, yo no pretendo saber mucho de las cosas de los indígenas, pero si él dice que paga, pagará…, vivo o muerto. Creo que sus herederos asumirían la deuda. Mi consejo es que envíe usted al muchacho a Lucknow. Si su compañero el capellán anglicano piensa que usted se le ha adelantado…
—¡Mala suerte para Bennett! Lo han enviado al frente en lugar de a mí. Doughty me declaró inútil para el servicio. ¡Como vuelva vivo Doughty, pienso excomulgarlo19! Seguramente Bennett estará bastante satisfecho con…
—La gloria, y le deja a usted la religión. ¡Por supuesto! Además, yo no creo que a Bennett le importe. En todo caso, écheme usted la culpa a mí. Yo… le recomiendo muy fervientemente que envíe el muchacho a San Javier. Puede ir en ferrocarril con un pase, como huérfano de soldado, y así se evitan los gastos del viaje. Con el fondo de suscripciones del regimiento se le puede comprar un equipo. La logia se evitará los gastos de la educación y esto la pondrá de buen humor. Es sencillísimo. Yo voy a Lucknow la semana próxima y me ocuparé del muchacho durante el viaje…; encargaré a mis criados que tengan cuidado de él, y todo se arreglará.
—Es usted una buena persona.
—No lo crea usted. No soy una buena persona. Es que el lama nos ha enviado el dinero con una finalidad clara y, no pudiendo devolvérselo, no tenemos más remedio que hacer lo encargado. Esto está claro, ¿no es verdad? El martes, si le parece bien, me lleva usted al muchacho a la estación, en el tren de la noche con dirección sur. Esto es, dentro de tres días. En tres días no puede darle a usted mucho que hacer.
—Me quita usted un gran peso de encima; pero …y de esto, ¿qué hacemos? —dijo sacudiendo el pagaré—. Yo no conozco a Gobind Sahui ni a su banco, que, a lo mejor, no es más que un agujero en la pared.
—¡Cómo se conoce que no ha sido usted nunca un oficial subalterno y con deudas! Yo lo cobraré si lo prefiere, y le enviaré los comprobantes en perfecto orden.
—¡Pero usted…, con todo el trabajo que tiene! Es una carga…
—No me molesta lo más mínimo. Comprenda usted que, como etnólogo, el asunto me interesa sobremanera. Además, me conviene porque puedo obtener de todo ello unas notas para un trabajo que estoy haciendo por encargo del Gobierno. La transformación del emblema de un regimiento, como lo es el Toro Rojo de ustedes, en una especie de amuleto que busca el muchacho, es muy interesante.
—No sé cómo darle las gracias.
—Una cosa puede usted hacer. Todos nosotros, los que nos dedicamos a la etnología, somos celosísimos de los descubrimientos de los demás. Claro es que estos descubrimientos no tienen interés más que para nosotros mismos, pero ya sabe usted cómo son los coleccionistas de libros. Bueno, yo le ruego que no diga una sola palabra ni directa ni indirectamente, acerca del lado asiático del carácter del muchacho…, de sus aventuras, de su profecía, y de todo lo demás. Más tarde yo le arrancaré todos los detalles al muchacho con maña y… ¿comprende usted?
—Comprendo. Usted hará con ello un maravilloso relato. No diré ni una sola palabra hasta que lo vea impreso.
—Gracias. Esto conmueve el corazón de un etnólogo. Bueno, debo marcharme, porque es la hora de almorzar. ¡Cielos! ¿Aún está allí Mahbub Alí? —alzó la voz, y el tratante se le acercó saliendo de la sombra de los árboles—. Bien, ¿qué hay?
—Con respecto al potro —dijo Mahbub Alí —tengo que decirle que cuando un potro ha nacido para jugar al polo y sigue la pelota sin haberle enseñado…, cuando un potro como ése conoce el juego por intuición…, entonces yo digo que es una equivocación destrozarle el cuello enganchándolo en un carro pesado, Sabih.
—También yo lo creo así, Mahbub. El potro será destinado únicamente a jugar al polo. (Esta gente no piensa en nada más que en los caballos, padre.) Ya te veré mañana, Mahbub, si es que tienes algo semejante que venderme.
El tratante saludó como lo hacen los jinetes, con un amplio giro de la mano derecha.
—Ten un poco de paciencia, Amigo de todo el Mundo —murmuró dirigiéndose al desolado de Kim—. Tu fortuna está hecha. Dentro de poco irás a Nucklao, y… aquí tienes dinero para pagar al escribiente. Espero que nos veremos muchas veces. —Y salió galopando hacia la carretera.
—Escúchame —dijo el coronel dirigiéndose a Kim desde el porche y hablándole en el lenguaje del país—. Dentro de tres días vendrás conmigo a Lucknow, y verás y oirás cosas nuevas a partir de entonces; por lo tanto, estáte quieto durante estos tres días, y no te escapes. Irás a la escuela de Lucknow.
—¿Podré ver allí a mi santo? —gimoteó Kim.
—Por lo menos, Lucknow está más cerca de Benarés que Ambala. Es posible que yo te tome bajo mi protección. Mahbub Alí lo sabe y se enfadaría si te volvieses a la carretera otra vez. Y acuérdate…: me han dicho muchas cosas que no olvidaré.
—Esperaré —dijo Kim—, pero los muchachos me pegarán. En aquel momento el corneta tocó a rancho.

Capítulo VII

¿Para utilidad de quién están equilibrados los soles fecundos
con estúpidas lunas y estrellas que ocultan estrellas?
Deslízate entre ellos, tu llegada pasará inadvertida.
Los Cielos tiene sus guerras sublimes, como la tierra las suyas, mezquinas.
Heredero de esta agitación, de este espanto, de esa refriega
(Atado siempre por el pecado de Adán, de los padres, del tuyo propio);
¡Escudriña, averigua tu horóscopo y di
qué planeta redime tu raído destino o lo condena!
SIR JOHN CHRISTIE

Por la tarde el maestro de escuela de la cara roja le dijo que «habían cercenado su autoridad»; lo que Kim no comprendió hasta que se le ordenó que se marchara a jugar. Entonces corrió al bazar en busca del joven a quien debía un sello.
—Ahora voy a pagarte —dijo Kim con aire de príncipe—, y necesito que escribas otra carta.
—Mahbub Alí está en Ambala —dijo el escribiente con tono desenvuelto que, debido a su profesión, constituía una oficina de informaciones poco fiable.
—No es para Mahbub Alí, sino para un sacerdote. Coge la pluma y escribe en seguida: Al lama Teshu, el santo de Bhotiyal, que busca un Río y que habita ahora en el templo de los Tirthankers, en Benarés. ¡Toma más tinta! Dentro de tres días voy a Nucklao, a la escuela de Nucklao. El nombre de la escuela es Javier. Yo no sé dónde está la escuela, pero está en Nucklao.
—Yo conozco Nucklao —interrumpió el escribiente—. Y conozco también la escuela.
—Dile dónde está y te daré media anna.
La pluma de caña garrapateó durante un momento afanosamente.
—Con esto no puede tener pérdida —dijo el escribiente alzando la cabeza—. ¿Quién es ese que nos está vigilando desde el otro lado de la calle?
Kim miró rápidamente y vio al coronel Creighton vestido con pantalones de franela de jugar al tenis.
—¡Ah!, es un sahib, amigo del cura gordo de los cuarteles. Me está indicando que me acerque.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el coronel cuando Kim se le acercó corriendo.
—Yo…, no me estoy escapando. Envío una carta a Benarés para mi santón.
—Es verdad, no había pensado en ello. ¿Le has dicho que soy yo quien te lleva a Lucknow?
—No, no se lo he dicho. Si no me cree, lea la carta.
—¿Y por qué razón no has citado mi nombre al escribirle a tu santón? —preguntó el coronel con una sonrisa extraña. Kim hizo de tripas corazón.
—Me han dicho más de una vez que no conviene escribir los nombres de extraños que estén mezclados en cualquier asunto, pues en muchas ocasiones sucede que proyectos bien pensados fracasan por citar nombres propios.
—Te han enseñado bien —replicó el coronel, y Kim se ruborizó—. Me he dejado la petaca en el porche del edificio donde vive el padre. Llévamela a casa esta tarde.
—¿Dónde está su casa? —dijo Kim. Con su rápida inteligencia comprendió que la pregunta era una prueba a que lo sometía, y se puso en guardia.
—Pregúntale a cualquiera en el bazar —contestó el coronel, marchándose.
—Dice que se ha olvidado la petaca —explicó Kim volviéndose a donde estaba el escribiente—. Y que se la lleve esta tarde a su casa. Ya está terminada la carta; sólo falta poner tres veces: ¡Ven a buscarme! ¡Ven a buscarme! ¡Ven a buscarme! Ahora te pagaré el sello y la echaré al correo.
Se levantó para marcharse; pero, asaltado por un nuevo pensamiento, le preguntó:
—¿Quién es ese sahib de cara enfadada que ha perdido la petaca?
—¡Ah!, no es más que el sahib Creighton, el más tonto de todos los sahibs, porque es un sahib coronel sin regimiento.
—¿Y en qué se ocupa?
—¡Dios sabe! Siempre está comprando caballos que no monta y haciendo preguntas raras sobre las cosas que ha hecho Dios, como plantas y piedras, y las costumbres de la gente. Los tratantes lo llaman el padre de los tontos, porque se le engaña fácilmente en cuestión de caballos. Mahbub Alí dice que está más loco que los demás sahibs.
—¡Ah, ya! —dijo Kim, y se marchó. Sus experiencias le habían permitido adquirir ciertos conocimientos del carácter de las personas, y pensó que a los tontos no les suelen dar informes que ocasionan la movilización de ocho mil hombres dotados de artillería; ni el Comandante en Jefe de la India trata a los tontos con la deferencia que Kim había visto; ni el tono de Mahbub Alí hubiera cambiado cada vez que mencionaba el nombre del coronel, si éste hubiese sido tonto de veras. En consecuencia —y esto hizo que Kim empezara a dar saltos—, allí había algún misterio y probablemente Mahbub Alí espiaba por cuenta del coronel, del mismo modo que Kim lo había hecho tantas veces por cuenta de Mahbub. Y además era evidente que el coronel, lo mismo que Mahbub Alí, apreciaba a las personas que no aparentaban ser demasiado inteligentes.
Con esto se alegró aún más de no haber descubierto que sabía dónde estaba la casa del coronel y, cuando de regreso a los cuarteles, averiguó que éste no se había olvidado la petaca, se puso contentísimo. Aquél era un hombre como los que a él le gustaban: una persona misteriosa y retorcida que ocultaba su juego. Bueno, ¿y esa persona era tonta?; sí, sí, tan tonta como él.
Pero no reveló ninguno de sus pensamientos cuando el padre Víctor le sermoneó durante tres largas mañanas acerca de un nuevo lote de dioses de mayor y menor rango totalmente desconocidos para él; sobre todo, le habló de una diosa llamada María, que, según pudo deducir, no era otra que la Bibi Miriam de la teología de Mahbub Alí. Tampoco mostró la más mínima emoción cuando, después del sermón, lo llevó el padre Víctor de tienda en tienda, comprando artículos para su equipo; ni se quejó cuando le dieron de patadas los tamborcillos, envidiosos porque lo enviaban a una escuela de mayor categoría; pero esperaba con anhelo el desarrollo de los acontecimientos. El padre Víctor, que era un buen hombre, lo condujo a la estación, lo acomodó en un departamento vacío de segunda clase, inmediato al de primera que ocupaba el coronel Creighton, y se despidió de él con verdadero afecto.
—En San Javier te convertirán en un hombre, O’Hara; en un hombre blanco, y espero que en un hombre bueno. Ya tienen noticia de tu llegada, y el coronel cuidará de que no te pierdas ni te extravíes por el camino. Te he dado unas nociones de religión (al menos, eso espero) y, acuérdate bien: cuando te pregunten cuál es tu religión, contesta que eres católico, o mejor aún, católico romano, aunque no soy muy aficionado a esta expresión.
Kim encendió un apestoso cigarrillo —había tenido la precaución de hacer buena provisión de ellos en el bazar— y se tumbó para meditar. Esta travesía en solitario era muy diferente del alegre viaje hacia el sur que había hecho con el lama en un vagón de tercera. «Los sahibs no saben divertirse cuando viajan», pensó. «¡Hai mai! ¡Yo voy de un lado a otro como una pelota! Es mi kismet. Nadie puede evitar su kismet. Pero tengo que rezar a Bibi Miriam y soy un sahib». Se miró las botas tristemente. «No. Yo soy Kim. El mundo inmenso se extiende ante mí, y yo no soy más que Kim. ¿Y quién es Kim?». Se puso a meditar sobre su propia identidad, cosa que nunca había hecho hasta entonces, y acabó por marearse. Él, Kim, en medio del rugiente torbellino de la India, no era más que un ser insignificante que iba hacia el sur, ignorando qué era lo que el destino le depararía.
En aquel momento lo mandó llamar el coronel y charlaron durante largo rato. Según pudo sacar en limpio, se esperaba de él que fuera diligente y se incorporase al Servicio Topográfico de la India como cadenero. Si se portaba bien y aprobaba los exámenes pertinentes, ganaría treinta rupias mensuales a los diecisiete años, y el coronel Creighton procuraría encontrarle un empleo conveniente.
Al principio, Kim, aun esforzándose mucho, no llegaba a entender más que una palabra de cada tres y, comprendiendo su error, el coronel pasó a expresarse en un urdú fluido y pintoresco, lo que colmó al muchacho de satisfacción. Era imposible que fuese tonto un hombre que hablaba ese lenguaje tan a la perfección, un hombre que se movía tan fina y silenciosamente, y cuyos ojos eran tan distintos de los ojos inexpresivos y embotados que tienen los demás sahibs.
—Sí, y debes aprender a trazar caminos, montañas y ríos…, y a conservar su impresión en la mente hasta que tengas ocasión de trasladarla al papel. Tal vez algún día, cuando seas cadenero y trabajemos juntos, te diga yo: «Cruza esas montañas y dime qué es lo que hay al otro lado». Entonces alguno de los nuestros observará: «En aquellas montañas vive una gente muy mala, que matará al cadenero si se presenta como un sahib». ¿Qué harías en ese caso?
Kim meditó un momento si le convendría aceptar el envite que el coronel le ofrecía.
—Diría lo mismo que el otro hombre —dijo al fin.
—Pero, ¿y si yo te dijera: «Te daré cien rupias por saber lo que ocurre al otro lado de las montañas…, por un dibujo de un río y algunas noticias de lo que dice la gente en las aldeas»?
—¿Qué quiere usted que le conteste? No soy más que un chico. Espere usted a que sea hombre. —Pero, al ver que el coronel fruncía el entrecejo, añadió—: Pero creo que en pocos días lograría ganar las cien rupias.
—¿De qué modo?
Kim sacudió la cabeza con resolución.
—Si yo dijera cómo pensaba hacerlo, alguien podría oírme y adelantárseme. No conviene dar de balde las cosas que uno sabe.
—Dímelo ahora —interrumpió el coronel ofreciéndole una rupia. La mano de Kim se alargó para cogerla, pero a mitad de camino retrocedió.
—No, sahib, no. Ya sé el precio que tiene mi respuesta, pero no sé aún las causas por las que se me hace la pregunta.
—Tómala, te la regalo —dijo Creighton, lanzando al aire la rupia—. Tienes mucho talento. No dejes que te lo emboten durante tu estancia en San Javier. Hay allí muchos chicos que desprecian a los negros.
—Sus madres fueron vendedoras en el bazar —replicó Kim. Ya sabía que no hay aborrecimiento que iguale al que sienten los mestizos por sus cuñados.
—Es verdad, pero tú eres sahib y el hijo de un sahib. Por lo tanto, no te dejes arrastrar en ningún momento por ese desprecio a los negros. He conocido algunos muchachos que, al poco tiempo de estar al servicio del Gobierno, aparentaban no entender el lenguaje ni las costumbres de los negros. Esa ignorancia les costó una reducción de la paga. No hay pecado tan grave como la ignorancia. Acuérdate siempre de esto.
Durante el curso de las veinticuatro horas que duró el viaje hacia el sur, el coronel llamó varias veces a Kim, extendiéndose siempre sobre los mismos temas.
«Así que todos tiramos del mismo carro», dedujo Kim al final, «el coronel, Mahbub Alí y yo… cuando sea cadenero. El coronel me utilizará como lo hizo Mahbub Alí. Esto está bien, porque me permitirá volver de nuevo a los caminos. Esta ropa no resulta más llevadera con el uso.»
Cuando llegaron a la estación de Lucknow, que estaba atestada de gente, no encontró ni rastro del lama, pero disimuló su decepción, mientras el coronel lo acomodaba en un ticca-gartri con todo su nuevo equipo y lo enviaba solo a San Javier.
—No te digo adiós porque volveremos a vernos —dijo—. Nos veremos muchas veces si conservas tu talento. Pero aún tenemos que ponerte a prueba.
—¿Y no la pasé ya cuando aquella noche te llevé —Kim empleaba ya el tum que se usa entre los iguales— el pedigrí de un semental blanco?
—Mucho es lo que se gana olvidando, hermanito —dijo el coronel lanzándole una mirada que lo dejó helado mientras se retiraba al carruaje apresuradamente.
Cerca de cinco minutos tardó en reponerse de la impresión. Luego respiró el aire nuevo apreciativamente.
—Una ciudad rica —dijo—. Más rica que Lahore. ¡Qué buenos deben de ser los bazares! Cochero, llévame a dar una vuelta por los bazares.
—Tengo orden de conducirte a la escuela. —El cochero empleó el tú, lo cual es una grosería cuando lo emplea un indígena dirigiéndose a un blanco. Kim lo disuadió de su error con unas cuantas frases claras y fluidas, pronunciadas en hindú; en seguida trepó hasta el asiento del pescante y, una vez aclaradas las cosas, paseó durante un par de horas, de un lado a otro, contemplando, comparando y gozando con lo que veía. No hay ninguna ciudad —exceptuando a Bombay, que es la reina de todas— más hermosa, en un estilo charro, que la ciudad de Lucknow, tanto si se la contempla desde el puente sobre el río, como desde lo alto del Imambara, que domina las áureas cúpulas de la Chutter Munzil, y la arboleda frondosa sobre la cual se asienta la ciudad. Reyes y más reyes la adornaron de fantásticas construcciones, la dotaron con sus limosnas, la atestaron de guardias reales y la empaparon en sangre. Es Lucknow el centro de toda pereza, de toda intriga y de todo lujo, y comparte con Delhi el título de hablar el más puro urdú.
—Es una hermosa ciudad…, una ciudad preciosa.
El cochero, como natural de Lucknow, estaba muy orgulloso de esos elogios y le contó a Kim cosas asombrosas en los sitios donde un guía inglés no le hubiese hablado más que de la Sublevación.
—Ahora vámonos a la escuela —dijo al fin el muchacho. La enorme y antigua escuela de San Javier in Partibus consta de varias construcciones blancas de poca altura, que se alzan sobre amplios terrenos cerca del río Gumti y a alguna distancia de la ciudad.
—¿Qué clase de gente hay ahí dentro? —preguntó Kim.
—Sahibs jóvenes…, unos demonios; pero si quieres que te diga la verdad, aunque yo he llevado y traído a muchos de ellos desde la estación, nunca he visto ninguno que tuviera el aire de ser más endemoniado que tú…, este joven sahib a quien llevo ahora.
Como es natural —ya que nadie le había enseñado a considerar el trato con ellas como algo inapropiado—, Kim pasó buena parte del día con una o dos señoritas frívolas que estaban asomadas a elevadas ventanas de cierta calle, y en el intercambio de galanterías se portó admirablemente. Estaba a punto de admitir la última insolencia del cochero, cuando sus ojos repararon —se estaba haciendo de noche— en una figura sentada junto a una de las columnas encaladas que flanqueaban la puerta que se abría en el muro.
—¡Para! —gritó—. ¡Para aquí! Aún no voy a la escuela.
—¿Y quién me pagará todas estas idas y venidas? —dijo el cochero con malhumor—. ¿Estás loco, muchacho? Antes fue una bailarina, ahora es un sacerdote.
Kim se había precipitado de cabeza en la carretera, y ya estaba acariciando los pies polvorientos que asomaban bajo la sucia túnica amarilla.
—Te estoy esperando aquí desde hace día y medio —empezó a decir el lama con su voz suave—. No, tenía un discípulo conmigo. El amigo mío del templo de los Tirthankers me proporcionó un guía para este viaje. Vine en tren desde Benarés en cuanto recibí tu carta. Sí, estoy bien alimentado y no necesito nada.
—Pero, ¿por qué no permaneciste con la mujer de Kulú, oh santo? ¿Cómo te las arreglaste para ir a Benarés? Mi corazón ha estado triste desde que nos separamos.
—La mujer me agotaba con su constante charla y con sus peticiones de ensalmos para tener más nietos. Me separé de su compañía, permitiéndole, no obstante, que adquiriese méritos haciéndome regalos. Por lo menos es una mujer pródiga y yo le prometí que iría a buscarla si me apremiaba la necesidad. Entonces, encontrándome completamente solo en este mundo grande y terrible, me acordé del te-ren para Benarés, donde conocía a un peregrino como yo, que moraba en el templo de los Tirthankers.
—¡Ah! Tu Río —dijo Kim—. Se me había olvidado el Río.
—¿Tan pronto, chela mío? Yo nunca lo he olvidado; pero en cuanto me separé de ti no se me ocurrió más que ir al templo y solicitar consejo porque, mira, la India es enorme, y tal vez otros hombres sabios con anterioridad a nosotros (aunque no hubiesen sido más que dos o tres) hubieran dejado alguna noticia sobre el lugar de nuestro Río. Hay divergencia de opiniones acerca de esto en el templo de los Tirthankers; unos opinan de un modo y otros de otro. Son una gente muy cortés.
—Me alegro de que sea así; pero ahora, ¿qué vas a hacer? — Adquirir mérito, ayudándote para que llegues a ser un sabio, chela mío. El sacerdote de aquel grupo de hombres que sirven al Toro Rojo me escribió que todo se haría como yo deseaba. Le mandé el dinero suficiente para un año y en seguida me vine, como puedes comprobar, para presenciar tu entrada por las Puertas de la Sabiduría. Día y medio he estado esperando, no porque me sintiera guiado por el afecto hacia ti, pues eso es contrario a la Senda, sino porque, como dicen en el templo de los Tirthankers, habiendo pagado por tu educación, es mi deber inspeccionar el final de este asunto. Ellos han resuelto todas mis dudas con gran claridad. Yo tenía el temor de que, quizás, mi venida obedecía al deseo de verte, mal aconsejado por la roja niebla del afecto… Pero no es así… Además, yo estoy turbado por un sueño.
—Pero seguramente, santo mío, no te has olvidado de nuestro camino y de todo lo que sucedió en él. ¿No habrás venido también por el deseo de verme?
—Los caballos se están enfriando y ya ha pasado la hora del pienso —dijo el cochero, lamentándose.
—¡Vete a Jehannum y quédate allí con la desvergonzada de tu tía! —respondió Kim por encima del hombro—. Estoy solo en el mundo, no sé dónde iré ni qué me sucederá. Puse toda mi alma en la carta que te escribí. Quitando a Mahbub Alí, y eso que es un pathan, yo no tengo más amigo que tú, santo mío. No te vayas.
—Ya he meditado acerca de eso —replicó el lama con voz vacilante—. Y está clarísimo que de vez en cuando debo adquirir méritos (antes de que encuentre mi Río), cerciorándome de que tus pies siguen la senda de la sabiduría. Lo que puedan enseñarte, yo no lo sé; pero el sacerdote me escribió que ningún hijo de sahib en toda la India recibiría mejor educación que tú. Así que, de vez en cuando, regresaré de nuevo. Y tal vez llegues a ser como aquel sahib que me regaló estos lentes —el lama los limpió cuidadosamente— en la Casa Maravillosa de la ciudad de Lahore. Ésa es mi esperanza, porque aquel hombre era Fuente de Sabiduría; más sabio que muchos abades… Por otra parte, es posible que te olvides de mí y de nuestros encuentros.
—Si yo como de tu pan —exclamó Kim apasionadamente—, ¿cómo es posible que pueda olvidarte?
—No…, no —dijo el lama apartando al muchacho—. Debo volver a Benarés. De vez en cuando, ahora que ya conozco las costumbres de los escribientes de esta tierra, te enviaré una carta, y un día u otro vendré a verte.
—Pero, ¿adónde dirigiré yo mis cartas? —dijo Kim sollozando, agarrado a la túnica del viejo, y olvidándose por completo de que era un sahib.
—Al templo de los Tirthankers, de Benarés. Ése es el lugar de retiro que he escogido hasta que encuentre mi Río. No llores; porque, mira, todo Deseo es Ilusión y una nueva atadura a la Rueda. Entra por las Puertas de la Sabiduría. Yo te veré entrar… ¿No me quieres? Pues entonces, vete, o mi corazón estallará… Ya volveré otra vez. Te aseguro que volveré.
El lama vio al ticca-garri penetrar con estruendo en el recinto del colegio, y se alejó aspirando con fuerza entre zancada y zancada.
«Las Puertas de la Sabiduría» rechinaron al cerrarse.
Los muchachos nacidos y educados en la India tienen costumbres especiales que no se parecen a las de ningún otro país del mundo, y sus maestros emplean para educarlos unos métodos que desconcertarían a los profesores ingleses. Por lo tanto, es poco probable que al lector le interesen las experiencias como estudiante de San Javier de Kim, entre doscientos o trescientos muchachos precoces, la mayor parte de los cuales no había visto nunca el mar. Cuando estalló el cólera en la ciudad sufrió muchos castigos por escaparse fuera de los límites marcados. Esto ocurrió antes de que aprendiera a escribir en un inglés pasable, y, por lo tanto, se veía obligado a recurrir a un escribiente del bazar. Fue denunciado, como es natural, por fumar y por su costumbre de insultar con frases tan fuertes como nunca se habían oído ni aun en San Javier. Aprendió a lavarse con la ceremoniosa escrupulosidad que emplean los indígenas, quienes en su fuero interno consideran a los ingleses más bien sucios. También tomó parte en las bromas que es costumbre gastar a los pacientes culís, que mueven los abanos de los dormitorios, donde los muchachos se revuelven inquietos las noches cálidas contándose cuentos hasta la aurora; poco a poco fue midiendo sus fuerzas contra sus más confiados camaradas.
Los padres de sus condiscípulos eran empleados de ferrocarriles, telégrafos y servicios del Canal; oficiales de baja graduación, una veces jubilados ya, y otras activos como coman dantes en jefe del ejército de algún Rajá feudatario; otros eran capitanes de la marina india, pensionistas del Gobierno, hacendados, altos comerciantes o misioneros. Algunos eran los hijos menores de las antiguas familias euroasiáticas que han arraigado en Dhurrumtollah —como los Pereiras, De Souzas y Da Silvas—. Sus padres podían muy bien haberlos enviado a Inglaterra para su educación, pero preferían aquel colegio, en donde ellos mismos habían pasado su juventud, y las generaciones de muchachos de piel cetrina se sucedían en San Javier. Sus casas solariegas se extendían desde Howrah de las gentes del ferrocarril hasta los acuartelamientos abandonados, como Monghyr y Chunar; y unas veces se trataba de plantaciones de té perdidas en el camino de Shillong, otras de aldeas situadas en Oudh y en el Decan donde sus padres eran grandes terratenientes; misiones a más de una semana de distancia del ferrocarril más próximo; puertos de mar a mil millas hacia el sur, desafiando las ásperas rompientes del Indico; plantaciones de quinos situadas todavía más al sur. El mero relato de sus aventuras (que a ellos les parecían la cosa más natural del mundo) en sus viajes de ida y regreso al colegio, bastaría para poner los pelos de punta a cualquier muchacho de Occidente. Estaban acostumbrados a caminar solos a través de centenares de millas de jungla, donde existía siempre la deliciosa oportunidad de tener que demorarse por los tigres; pero, en cambio, no se hubieran atrevido a bañarse en el Canal de la Mancha un día del agosto inglés, y, por su parte, los muchachos ingleses del otro lado del mundo no hubieran podido permanecer inmóviles mientras un leopardo olfateaba su palanquín. Eran muchachos de quince años, alguno de los cuales había permanecido durante día y medio sobre una isla en medio de un río en plena inundación, tomando como por derecho propio el mando de un campamento de fanáticos peregrinos que regresaban de un santuario; había entre ellos algunos de más edad que, una vez en que las lluvias fueron tan intensas que borraron las huellas del camino que conducía a las posesiones de su padre, requisaron en nombre de San Francisco Javier los elefantes de un Rajá que encontraron por casualidad, y perdieron las inmensas bestias en un cenagal movedizo. Uno de los muchachos contaba, y ninguno lo ponía en duda, que había ayudado a su padre a rechazar con los rifles desde el porche un ataque de akas en el tiempo en que estos cazadores de cabezas se atrevían a asaltar las plantaciones aisladas. Y relataban todas estas historias con ese tono apacible y desapasionado propio de los naturales del país, mezclándolas con fantásticas observaciones aprendidas inconscientemente de sus nodrizas indígenas, y con giros que demostraban que acababan de ser traducidas en ese momento del idioma familiar. Kim observaba, escuchaba y mostraba su aprobación. Esto no se parecía a la charla insustancial de los educandos de tambor, sino que se relacionaba con la vida que él conocía y comprendía en parte. Aquella atmósfera le complacía; así es que prosperaba a pasos agigantados. Cuando empezó a apretar el calor, le dieron un traje de dril blanco, y disfrutó de comodidades corporales, nuevas para él, así como de ejercitar su rápida inteligencia en las tareas que le encomendaban. Su aguda comprensión hubiera entusiasmado a un profesor inglés, pero en San Javier estaban acostumbrados a ese primer ímpetu de las mentes, desarrolladas por el sol y el medio, y ya sabían que era seguido de una paralización que tiene lugar a los veintidós o veintitrés años.
A pesar de todo, Kim recordaba que no debía llamar demasiado la atención. Cuando en las noches cálidas se contaban unos a otros las historias de que habían sido protagonistas, Kim no atrajo jamás la atención sobre sí relatando sus aventuras; porque en San Javier se mira mal a los muchachos que «se juntan con los indígenas». Allí nadie debe olvidar nunca que es un sahib, y que algún día, cuando se aprueben los exámenes, tendrá autoridad sobre los indígenas. Kim tomó nota de esto, porque empezó a comprender para qué servían los estudios. Pronto llegaron las vacaciones, que duran de agosto a octubre; las largas vacaciones impuestas por el calor y las lluvias. A Kim le dijeron que tendría que ir al norte, a una estación de las montañas situada detrás de Ambala, en donde el padre Víctor se haría cargo de él.
—¿Una escuela de cuartel? —dijo Kim, que preguntaba mucho y aún pensaba más.
—Sí; me figuro que será eso —contestó el profesor—. No te perjudicará que te controlen para evitar que hagas diabluras. Puedes ir con el joven De Castro hasta Delhi.
Kim pensó en este asunto, dándole todas las vueltas imaginables. Había trabajado de firme, como le aconsejó el coronel. Pero las vacaciones de un muchacho son cosa suya —las conversaciones de sus camaradas le habían ilustrado sobre este asunto— y una escuela de cuartel resultaba un tormento insoportable después de la estancia en San Javier. Además —y esto era algo mágico, más valioso que cualquier otra cosa—, sabía escribir. En tres meses había descubierto cómo pueden comunicarse entre sí dos hombres sin necesidad de intermediarios, al coste de media anna y unos pocos conocimientos. No había tenido noticias del lama, pero el camino se extendía ante él. Kim anhelaba ya sentir la suave caricia del barro blando deslizándose entre los dedos de los pies, y se le hacía la boca agua al pensar en el cordero estofado con mantequilla y col, en el arroz espolvoreado de cardamomos de intenso aroma y teñido de azafrán, en las cebollas y los ajos y los grasientos dulces prohibidos de los bazares. En la escuela del cuartel le darían de comer carne de ternera casi cruda, servida en fuentes, y tendría que fumar a hurtadillas. Pero… él era un sahib y estaba en San Javier, y ese cerdo de Mahbub Alí… No, no pondría a prueba la hospitalidad del tratante, y, sin embargo… Pensando a solas acerca de esto en el dormitorio, llegó a la conclusión de que en cierto modo había sido injusto con Mahbub.
El colegio estaba desierto; casi todos los profesores se habían marchado; el pase para el ferrocarril que le había dado el coronel Creighton, estaba en su poder, y Kim se alegraba de no haber gastado el dinero del coronel ni el de Mahbub en darse a la buena vida. Todavía era dueño de dos rupias y siete annas. Su baúl nuevo, marcado con las letras «K. O”H.», y su petate se encontraban en el dormitorio vacío. «Los sahibs están siempre ligados a su equipaje», se dijo Kim señalando los bultos con la cabeza. «Vosotros os estaréis aquí quietecitos hasta que vuelva». Y se marchó recibiendo la lluvia templada y sonriendo maliciosamente, en busca de cierta casa cuya fachada había sido observada por él hacía ya tiempo…
—¡Vete de aquí! ¿Sabes qué clase de mujeres vivimos en este barrio? ¡Qué vergüenza!
—¿Te crees que nací ayer? —dijo Kim sentándose en cuclillas, como los indígenas, sobre unos cojines de la habitación de aquel piso alto—. Necesito un poco de tinte y tres yardas de tela para una broma. ¿Es eso mucho pedir?
—¿Quién es ella? Siendo un sahib, eres muy joven aún para hacer esas diabluras.
—¡Oh!, ¿ella? Es la hija de cierto maestro de escuela de un regimiento. Ya me ha pegado su padre dos veces porque salté la tapia con esta ropa. Ahora quiero ir vestido de ayudante del jardinero. Los viejos son muy celosos.
—Eso es verdad. No muevas la cara mientras te aplico el zumo.
—No me pongas demasiado negro, Naikan. No quiero que ella me vea como un hubshi (negro).
—¡Oh!, el amor no se para en esas cosas. ¿Qué edad tiene?
—Creo que doce años —dijo el sinvergüenza de Kim—. Ponme un poco también en el pecho. Puede ser que el padre me rasgue la ropa, y si aparezco pío… —añadió echándose a reír.
La muchacha trabajó afanosamente, mojando un paño en un platillo que contenía el tinte oscuro, más persistente que el jugo del nogal.
—Ahora manda a por tela para el turbante. ¡Maldita sea; mi cabeza está sin afeitar! Y con toda seguridad, el padre me arrancará el turbante.
—No soy barbero, pero haré lo que pueda. ¡Tú has nacido para ser un conquistador! ¿Y todo este disfraz es sólo para una tarde? Ten en cuenta que el tinte no se irá por mucho que te laves —dijo, retorciéndose de risa, mientras los brazaletes y las ajorcas tintineaban sonoramente—. Bueno, ¿y quién me va a pagar todo esto? La misma Huneefa no te hubiera teñido mejor que yo.
—Ten confianza en los dioses, hermana mía —dijo Kim con gravedad, haciendo toda clase de muecas mientras se le secaba el tinte—. Además, ¿has ayudado a pintar de este modo a un sahib alguna vez?
—Nunca. Pero una broma no es dinero.
—Vale mucho más.
—Chaval, eres sin duda el más desvergonzado hijo de Saitán que he visto en mi vida. ¿Te parece bien malgastar así el tiempo de una pobre muchacha y salir después diciendo: «no tienes bastante con haberme ayudado a preparar esta broma»? Llegarás lejos en este mundo. —Y le saludó con gesto burlón y haciendo la cortesía que emplean las bailarinas.
—Bueno, date prisa y córtame el pelo como sea. —Kim se balanceó sin levantar los pies del suelo y sus ojos brillaban de alegría al pensar en los buenos días que se le avecinaban. Le dio cuatro annas a la muchacha y desapareció por la escalera convertido hasta en el menor detalle en un chiquillo hindú de baja casta.
Lo primero que hizo fue dirigirse a un figón, donde se atracó de cosas extravagantes y grasientas.
En los andenes de la estación de Lucknow vio al joven De Castro, acalorado y completamente lleno de salpullido, penetrar en un compartimento de segunda clase. Kim se instaló en uno de tercera del que fue alma y vida. Explicó a sus compañeros de viaje que era ayudante de un juglar y que, habiéndose puesto enfermo de fiebres, se había quedado rezagado e iba a reunirse con su amo en Ambala. Conforme variaban los viajeros, cambiaba Kim la historia o la adornaba con los recursos de su viva imaginación, que se presentaba aún más exuberante por haber estado durante tanto tiempo privado de hablar el lenguaje indígena. Aquella noche no hubo en toda la India un ser humano más feliz que Kim. Al llegar a Ambala bajó del tren y echó a andar hacia el este, chapoteando sobre los campos recién regados, en dirección a la aldea donde vivía el viejo soldado.
Aproximadamente en aquel mismo instante, el coronel Creighton, que se hallaba en Simla, recibía un telegrama de Lucknow en el que le decían que el joven O’Hara había desaparecido. Mahbub Alí estaba también en la ciudad vendiendo caballos, y una mañana que se encontraron galopando en el hipódromo de Annandale, el coronel le confió el asunto.
—Eso no es nada —dijo el tratante—. Los hombres son como los caballos. A veces necesitan sal, y si no la encuentran en el pesebre irán a lamerla de la tierra. El muchacho se ha lanzado otra vez al camino por algún tiempo. La madrasa1o ha cansado. Me lo figuraba. Para otra vez lo llevaré conmigo. No se apure, sahib Creighton. Esto es lo mismo que si una jaca de polo rompiese las ligaduras para aprender a jugar por sí sola.
—Entonces, ¿tú no crees que haya muerto?
—Las fiebres podrían matarlo. Las demás cosas no me inspiran el menor cuidado por el muchacho. Un mono no se cae de los árboles.
A la mañana siguiente, y en el mismo sitio, el semental de Mahbub se colocaba al lado del coronel.
—Ha sucedido lo que yo pensaba —dijo el tratante—. El muchacho ha llegado por lo menos hasta Ambala y desde allí me ha escrito una carta. Probablemente, en el bazar se habrá enterado de que yo estaba aquí.
—Léemela —dijo el coronel con un suspiro de alivio.
Era absurdo que un hombre de su posición se tomase tanto interés por un pequeño vagabundo criado en la India; pero el coronel se acordaba de la conversación en el tren, y a menudo, durante los meses transcurridos, se había sorprendido a sí mismo pensando en aquel muchacho silencioso y extraño que demostraba tener tanta seguridad en sí mismo. Claro es que su evasión representaba el colmo de la insolencia; pero, al menos, revelaba valor y resolución.
Los ojos de Mahbub resplandecieron mientras paraba su caballo en el centro de la pequeña llanura, adonde nadie podía acercarse sin ser visto.
—«El Amigo de las Estrellas, que es el Amigo de todo el Mundo…»
—¿Qué es eso?
—El mote que le dábamos en la ciudad de Lahore. «El Amigo de todo el Mundo se toma licencia para marcharse a donde quiera. Volverá otra vez el día señalado. Mandad a buscar el baúl y la ropa de cama; y si ha cometido alguna falta, que la Mano de la Amistad desvíe el Látigo de la Calamidad». Todavía queda algo más; pero…
—No importa; léelo.
—«Hay cosas que no comprenden los que comen con tenedor. Es conveniente comer con las manos de vez en cuando. Aplaca con tus palabras a los que no entiendan esto, para que al regreso puedan estar propicios». Claro es que el estilo en que está escrita la carta es obra del escribiente, pero ¡de qué manera tan prudente ha expuesto el asunto! Nadie que no esté en el secreto puede adivinar lo más mínimo.
—¿Es eso la Mano de la Amistad desviando el Látigo de la Calamidad? —dijo el coronel echándose a reír.
—Piense en lo prudente que es el muchacho. Como le dije antes, necesitaba volver otra vez al camino. No conociendo aún su ocupación…
—No me atrevería yo a asegurarlo —murmuró el coronel. — Se dirige a mí para que interceda. ¿No está admirablemente pensado? Además, dice que volverá. Ahora no hace más que perfeccionar sus conocimientos. ¡Piense en esto, sahib! Ya lleva tres meses en el colegio. No estará acostumbrado a ese bocado. Yo, por mi parte, me alegro: el potro aprende el juego.
—Sí, pero otra vez no debe ir solo.
—¿Por qué? Bien solo iba antes de tener la protección del sahib coronel. Y cuando ingrese en el Gran juego tendrá que ir solo…, solo y con peligro de su cabeza. Entonces, si escupe, o estornuda, o se sienta de manera distinta que la gente del pueblo a quien espía, puede costarle la vida. ¿Por qué obstaculizarlo ahora? Recuerde lo que dicen los persas: El chacal que vive en los desiertos de Mazanderan, sólo puede ser cazado con perros de Mazanderan.
—Es cierto. Es cierto, Mahbub Alí. Y si no le ocurre nada, por mi parte estoy conforme. Pero no por eso deja ser insolente su conducta.
—Ni siquiera a mí me dice adónde va. No es tonto. Cuando se canse vendrá a buscarme. Ya es hora de que lo coja por su cuenta el curandero de perlas. El muchacho madura rápidamente, en opinión de los sahibs.
La profecía se cumplió al pie de la letra. Un mes después, Kim se encontró ya anochecido con Mahbub, que había ido a Ambala a recoger una partida de caballos. Cabalgaba solo por la carretera de Kalka, le pidió una limosna, recibió una blasfemia por toda respuesta y le replicó en inglés. No había nadie alrededor que pudiese oír la exclamación de asombro que lanzó Mahbub.
—¿En dónde has estado metido?
—Arriba y abajo…, abajo y arriba.
—Vámonos bajo aquel árbol, donde no llueva, y cuéntamelo.
—Estuve algún tiempo con un viejo cerca de Ambala; después, con una familia de esta ciudad a quien conozco. Con uno de ellos fui hacia el sur y llegamos hasta Delhi. Es una ciudad maravillosa. De allí salí para el norte conduciendo el buey de un teli (vendedor de aceite); pero me enteré de que había una gran fiesta en Patiala y allá me fui en compañía de un pirotécnico. Fue una gran fiesta. (Kim se restregó la barriga). Vi Rajás y elefantes con galas de plata y oro; pero prendieron de una vez todos los fuegos artificiales y murieron once hombres, entre ellos el pirotécnico; yo volé por los aires y caí sobre una tienda, pero no me hice daño. Después volví al rê124 con un tratante sij, a quien serví de criado sólo por la comida, y ahora estoy aquí.
—¡Shabash! —exclamó Mahbub Alí.
—Pero, ¿qué dice el sahib coronel? Yo no quiero que me peguen.
—La Mano de la Amistad ha desviado el Látigo de la Calamidad; pero otra vez, cuando te escapes, vendrás conmigo. Es demasiado pronto.
—Lo bastante tarde. He aprendido a leer y escribir un poco en inglés en la madrasa. Pronto seré todo un sahib.
—¡Qué te parece! —dijo Mahbub, riendo y contemplando la pequeña figurita completamente empapada que bailaba bajo la lluvia—. Salaam, sahib —continuó saludándole irónicamente—. Bueno, ¿estás cansado de andar por la carretera, o quieres venir conmigo a Ambala y trabajar con los caballos?
—Me voy contigo, Mahbub Alí.

Capítulo VIII

Algo debo a la Tierra, que me soporta,
más a la vida, que me alimenta;
pero mucho más a Alá, que dotó a mi cerebro
de dos partes bien distintas.
Preferiría ir sin vestidos ni zapatos,
sin amigos, tabaco o alimentos,
antes que abandonar por un instante
una de las dos partes de mi cerebro.
El hombre con dos identidades

Entonces, en nombre del cielo, cambia tu color rojo por el azul —dijo Mahbub Alí, aludiendo al color hindú del despreciable turbante de Kim.
Kim le contestó con el antiguo refrán: «Cambiaré mi fe y la ropa de mi cama, pero deberás pagarlo tú.»
El tratante rió con tanta gana que casi se cayó del caballo. El cambio se hizo en una tienda de las afueras de la ciudad, y Kim, al menos por su aspecto exterior, parecía un mahometano.
Mahbub alquiló un cuarto cerca de la estación del ferrocarril, y mandó que le trajeran una comida magnífica, con dulces de requesón y almendras (nosotros lo llamamos balushai) y tabaco de picadura fina de Lucknow.
—Esto es mejor que la otra carne que comí con el sij —dijo Kim sonriendo, mientras se sentaba en cuclillas—, y por supuesto que estas cosas no se comen en mi madrasa.
—Tengo ganas de que me cuentes algo de esa madrasa —dijo Mahbub, atiborrándose de grandes albóndigas de cordero con especias, fritas con manteca, y con repollos y cebollas doradas de acompañamiento—. Pero antes dime, con todo detalle y con sinceridad, cómo te escapaste, porque, Amigo de todo el Mundo… —añadió, desabrochándose su cinturón pronto ya a estallar—, no es frecuente que un sahib, hijo de sahib se escape de ese modo.
—¿Cómo van a escaparse? No conocen la tierra. Fue muy fácil —dijo Kim, y relató la historia. Cuando llegó al disfraz y a su conversación con la muchacha del bazar, Mahbub Alí no pudo mantener la seriedad y rompió a reír a carcajadas y a golpearse el muslo con la mano.
—¡Shabash! ¡Shabash! ¡Oh, estuvo bien hecho, pequeño! ¿Qué dirá a esto el curandero de turquesas? Ahora, cuéntame con calma todo lo que te pasó después…, pero poco a poco, sin omitir nada.
Paso a paso contó Kim todas sus aventuras, entre golpes de tos, producidos por efecto del aromático tabaco en sus pulmones.
—Ya decía yo —murmuró Mahbub—. Ya decía yo que el potro se escapaba para jugar al polo. La fruta está madura…, sólo que tiene que aprender a medir distancias con su paso y a manejar la vara de medir y la brújula. Escúchame ahora: yo he apartado de tus espaldas el látigo del coronel, lo que no es un pequeño servicio.
—Es verdad —dijo Kim, fumando serenamente—. Todo eso es verdad.
—Pero no por eso creas que me parece bien ese vagabundeo tuyo de aquí para allá.
—Eran mis vacaciones, hayyi. Durante muchas semanas he sido un esclavo. ¿Por qué no iba a marcharme cuando la escuela está cerrada? Piensa, además, que viviendo a costa de mis amigos y trabajando para ganarme la comida, como hice con el sij, he evitado un enorme gasto al sahib coronel.
Los labios de Mahbub se contrajeron bajo su bigote mahometano bien recortado.
—¿Qué representan unas cuantas rupias —el pathan extendió su mano abierta descuidadamente— para el sahib coronel? Tiene sus motivos para gastarlas; no lo hace por cariño hacia ti.
—Eso —dijo Kim lentamente— ya lo sabía yo hace mucho tiempo.
—¿Quién te lo dijo?
—El sahib coronel mismo. No con esas mismas palabras, pero sí lo bastante claro para que lo entienda quien no tiene la cabeza demasiado dura. Sí, me lo dijo en el te-ren cuando fuimos a Lucknow.
—Será como dices. Entonces te voy a contar otra cosa, Amigo de todo el Mundo, aunque al decírtela pongo mi cabeza en tus manos.
—Ya la tuve en mi poder —dijo Kim con profundo placer —aquel día en Ambala, cuando me estaba pegando el tamborcillo y tú me subiste en el caballo.
—Mira, habla un poco más claro. Todo el mundo puede decir mentiras menos tú y yo. Porque ten en cuenta que también tu vida está en mis manos y me bastaría levantar un dedo…
—También lo sé —dijo Kim mientras aplicaba la bola de carbón al rojo a su cigarro—. Hay entre nosotros un lazo indisoluble. Claro que tu fuerza es mayor que la mía, porque, ¿quién iba a echar de menos a un muchacho muerto a palos, o arrojado a un pozo a la vera del camino? Mientras que mucha gente de aquí y de Simla y de los pasos de más allá de la montañas se preguntaría: «Qué le ha sucedido a Mahbub Alí», si apareciera muerto entre sus caballos. Seguramente el sahib coronel haría pesquisas para averiguarlo. Pero ten en cuenta —el semblante de Kim tomó una expresión maliciosa— que sus pesquisas no durarían mucho tiempo para evitar que la gente se preguntase: «¿Qué tiene que ver el sahib coronel con ese tratante de caballos?». Mientras que yo, si viviese…
—Pero como seguramente morirías…
—Puede ser. Por eso digo si viviese, yo, y sólo yo, sabría que una noche, un hombre, tal vez un vulgar ladrón, había penetrado en el soportal que tiene Mahbub Alí en el caravasar y allí lo había matado, no sin hacer antes o después registro sistemático en su montura, su equipo y hasta entre las suelas de sus zapatillas. ¿Serían éstas noticias para el coronel, o tal vez me diría (aún no se me ha olvidado que me envió a buscar una petaca que no se había dejado olvidada): «¿Y qué tengo yo que ver con Mahbub Alí?»
El ambiente estaba cargado de humo. Después de una larga pausa, Mahbub Alí exclamó admirado:
—¿Y con todas esas cosas en tu cabeza, puedes acostarte y levantarte entre los hijos de los sahibs en la madrasa, y aprender dócilmente las lecciones de tus maestros?
—Es una orden —murmuró Kim suavemente—. ¿Quién soy yo para discutir una orden?
—Eres un completo hijo de Eblis —dijo Mahbub Alí—. Pero ¿qué historia es ésa del ladrón y del registro?
—Una cosa que descubrí la noche en que mi lama y yo descansamos en un local vecino al tuyo en el caravasar de Cachemira. La puerta estaba abierta, lo que no creo sea costumbre de Mahbub Alí. El ladrón se acercó seguro de que no volverías en algún tiempo. Yo apliqué el ojo al agujero de un nudo en la madera del tabique. El ladrón buscaba algo, no una manta, ni estribos, ni bridas, ni cacharros de bronce, sino algo muy pequeño y que debía de estar escondido con mucho cuidado. Además, ¿por qué rasgaba con una navaja las suelas de tus zapatillas?
—¡Ah! —dijo Mahbub, sonriendo—. Y al ver estas cosas, ¿qué explicación te diste a ti mismo, Pozo de la Verdad?
—Ninguna. Puse la mano en el amuleto, que estaba en contacto con mi piel, y, recordando el pedigrí de un semental blanco que encontré al morder un pedazo de pan musulmán, me marché a Ambala, sintiendo que sobre mí pesaba una confianza excesiva. En aquel momento, si hubiera querido, tu cabeza estaba perdida. No tenía más que decirle a aquel hombre: «Aquí tengo un papel que no puedo leer y que se refiere a un caballo». ¿Qué hubiera pasado entonces? —Kim miró a Mahbub arquendo las cejas.
—Entonces, después de eso beberías agua dos veces…, tal vez tres. Pero no creo que más de tres —dijo simplemente Mahbub.
—Es verdad. Yo pensé un poco en eso, pero más que nada pensé en que te quería, Mahbub. Por consiguiente fui a Ambala, como ya sabes, pero (y esto aún no lo sabes) me escondí tumbado en la hierba del jardín, para ver lo que hacía el sahib coronel Creighton después de leer el pedigrí del semental blanco.
—¿Y qué hizo? —Kim había cautivado grandemente el interés del tratante.
—¿Vendes las noticias o las proporcionas por afecto? —contestó Kim.
—Las vendo y… las compro —Mahbub cogió una moneda de cuatro annas de su cinturón y se la enseñó.
—¡Ocho! —dijo Kim mecánicamente, siguiendo la costumbre de regatear, tan común en Oriente.
Mahbub se echó a reír y se guardó la moneda.
—Es demasiado fácil comerciar en este mercado, Amigo de todo el Mundo. Dímelo por afecto. La vida de uno está en manos del otro.
—Muy bien. Yo vi llegar al sahib Jang-i-Lat a un banquete. Lo vi entrar en el despacho del sahib Creighton. Los vi leer el pedigrí el semental blanco y oí las órdenes que daban para empezar la guerra.
—¡Ah! —Mahbub asintió con la mirada encendida—. La partida estuvo bien jugada. Esa guerra ha terminado ya y, según esperamos, el mal ha sido atajado de raíz gracias a mí y a ti. ¿Qué hiciste después?
—Utilicé esa información como anzuelo para conseguir comida y prestigio entre los habitantes de una aldea cuyo sacerdote narcotizó a mi lama. Pero yo me había llevado la bolsa del viejo, así que el brahmán no le encontró nada. Así que al día siguiente estaba enfadadísimo. ¡Ja, ja! ¡También utilicé la información cuando caí en poder del regimiento blanco con su Toro!
—Eso fue una tontería. La información no está destinada para arrojarla a troche y moche como si fueran bolas de estiércol, sino para usarlas con parquedad…, como el bhang[6].
—Eso creo yo también ahora. Además, no me sirvió de mucho. Pero de esto hace ya tanto —Kim hizo un ademán con su manita morena, como para descartar todo el pasado—; y desde entonces, sobre todo por las noches, cuando estaba en la madrasa tendido bajo los abanos, he pensado mucho sobre estas cosas.
—¿Me permites preguntar hasta dónde te han conducido tus divinos pensamientos? —dijo Mahbub sarcásticamente, acariciando su barba escarlata.
—Lo permito —dijo Kim variando de tono—. Según dicen en Nucklao ningún sahib debe confesar a un negro que ha cometido una falta.
La mano de Mahbub se lanzó sobre su pecho, porque llamar a un pathan «negro» (kala admi) es un insulto que se lava con sangre. Luego recordó y dijo riendo:
—Habla, sahib. Tu negro escucha.
—Pero yo no soy un sahib, y confieso que cometí una falta cuando te maldije aquel día en Ambala, al creer que me estaba traicionando un pathan. En aquel momento estaba loco, pues acababan de capturarme y deseaba matar al tamborcillo de casta inferior. Ahora comprendo, hayyi, que aquel día tuviste razón, y veo claramente mi camino para ser de utilidad. Permaneceré en la madrasa hasta que haya madurado bhang: hachís, marihuana.
—Bien dicho. Para ese juego, lo que principalmente necesitas aprender son los números, la medida de las distancias y el uso de la brújula. Allá en las montañas hay uno que te está esperando para enseñarte.
—Aprenderé todas esas cosas, pero con una condición: que cuando esté cerrada la madrasa, durante las vacaciones, pueda disponer de mi tiempo sin cortapisas de ninguna clase. Pídeselo de mi parte al coronel.
—¿Y por qué no se lo pides tú mismo en el idioma de los sahibs?
—El coronel es un servidor del Gobierno. Basta una sola palabra para que lo trasladen de un lado a otro, y además tiene que preocuparse de su ascenso. (¡Mira cuánto he aprendido en Nucklao!). Además, al coronel no lo conozco más que hace tres meses, y en cambio conozco a cierto Mahbub Alí desde hace seis años. ¡Queda convenido! Iré a la madrasa. En la madrasa aprenderé. En la madrasa me convertiré en un sahib. Pero cuando la madrasa se cierre, necesito que me dejen libre y que pueda marcharme con mi gente. ¡De otro modo me moriría!
—¿Y se puede saber quién es tu gente, Amigo de todo el Mundo?
—La gente de esta enorme y hermosa tierra —contestó Kim abarcando con su mano la salita de paredes de barro, en donde, a través del humo espeso del tabaco, ardía en su vasija una lámpara de aceite. Además, quiero ver otra vez a mi lama. Y, por otra parte, necesito dinero.
—Como todos —dijo Mahbub con gesto desolado—. Te daré ocho annas, porque ahora se saca poco del ganado, y esa cantidad debe bastarte durante varios días. En cuanto al resto estoy conforme y no necesitamos hablar más del asunto. Date prisa en aprender, y dentro de tres años, y tal vez en menos tiempo, podrás ser una ayuda… incluso para mí.
—¿Es que te he sido hasta ahora un estorbo? —preguntó Kim con una sonrisa infantil.
—No me hagas preguntas —refunfuñó Mahbub—. Ahora eres mi nuevo ordenanza. Vete y acuéstate entre mis hombres. Están cerca del extremo norte de la estación, cuidando de los caballos.
—Pero me enviarán a patadas hacia el extremo sur de la estación si no llevo una autorización tuya.
Mahbub rebuscó en su cinturón, mojó su pulgar en tinta china y marcó la impresión de su dedo en un trozo de suave papel blanco del país. Desde Balj a Bombay, todo el mundo conocía la impresión de esa huella de bastas estrías, surcada diagonalmente por la señal de una antigua cicatriz.
—Basta con que enseñes esto a mi capataz. Yo iré por la mañana.
—¿Por qué camino? —preguntó Kim.
—Por el de la ciudad. No hay más que uno. Y en seguida volveremos a buscar al sahib Creighton. Ya te he ahorrado una paliza.
—¡Por Alá! ¿Qué significa una paliza cuando lo que peligra es la cabeza?
Kim salió sin hacer ruido, hundiéndose en la oscuridad de la noche; dio la vuelta a la mitad de la casa, pegándose a los muros, y marchó en dirección contraria a la estación durante una milla. En seguida, dando una amplia vuelta, retrocedió poco a poco, pues necesitaba tiempo para inventar una historia por si acaso le hacían preguntas los servidores de Mahbub.
Éstos se hallaban acampados en un terreno baldío cerca de la vía férrea, y como eran indígenas, no es preciso decir que no habían descargado todavía los vagones donde estaban los caballos de Mahbub. Estos vagones estaban situados entre otros que traían un cargamento de caballos del país adquiridos por la compañía de tranvías de Bombay. El capataz, un mahometano consumido de aspecto tísico, dio a Kim el quién vive, pero se tranquilizó en seguida al ver la señal del dedo de Mahbub.
—El hayyi me ha favorecido dándome un empleo a su servicio —dijo Kim con aire impertinente—. Si tienes alguna duda, espera a que venga por la mañana. Mientras tanto, déjame un sitio junto al fuego.
Se produjo en seguida el correspondiente parloteo sin objeto que emprenden siempre los indígenas de baja casta en cuanto se les presenta la ocasión. Al fin languideció la conversación, y Kim se tumbó detrás del pequeño grupo que formaban los criados de Mahbub y casi bajo las ruedas de uno de los vagones para los caballos, tapándose con una manta prestada. Ahora bien, un lecho situado entre pedazos de ladrillo y restos de balasto en una húmeda noche, rodeado de caballos y de baltis que no se han lavado en su vida, no resultaría muy agradable a la mayor parte de los muchachos blancos, pero Kim se sentía a sus anchas. Ese cambio de escenario, de empleo y de medio era el aire que necesitaban respirar sus naricillas, y el pensar en las literas blancas e impecables de San Javier, colocadas en fila bajo los abanos, le producía tanta alegría como recitar en inglés la tabla de multiplicar.
«Soy muy viejo», pensaba medio dormido. «Cada mes que pasa me hago un año más viejo. Era muy joven y sobre todo muy tonto cuando llevé a Ambala el mensaje de Mahbub. Y aun en aquellos días en que estaba con el regimiento blanco, era muy joven y muy pequeño y no sabía nada. Pero ahora cada día que pasa aprendo más y dentro de tres años me sacará el coronel de la madrasa y me dejará volver a la carretera con Mahbub en busca de pedigrís de caballos…, o tal vez me envíe a mí solo, o encuentre a mi lama y me vaya con él. Sí, eso es lo mejor. Me iré otra vez con mi lama, sirviéndole de chela en cuanto vuelva a Benarés». Sus pensamientos se hacían cada vez más lentos y confusos. Estaba a punto de caer en un maravilloso mundo de ensueño cuando sus oídos captaron un susurro fino y agudo, que se destacaba débilmente del rumor confuso procedente de las inmediaciones de la hoguera. Procedía de detrás de las planchas de hierro del vagón donde estaban los caballos.
—¿De modo que no está aquí?
—¿Dónde iba a estar ahora sino de francachela en la ciudad? ¿A quién se le ocurre buscar una rata en un estanque de ranas? Vámonos. Éste no es nuestro hombre.
—Tenemos la orden de impedir a todo trance que cruce los Pasos por segunda vez.
—Contrata a una mujer para que lo drogue. Sólo cuesta unas rupias, y no quedan pruebas.
—Sí, excepto la mujer. En este asunto debe procederse con mayor seguridad; y recuerda el precio que han puesto a su cabeza.
—Ya, pero la policía tiene largo el brazo y nosotros estamos lejos de la frontera. ¡Si por lo menos fuera esto Peshawar!
—¡Ah! En Peshawar —murmuró la segunda voz—. Peshawar, que está lleno de parientes suyos…, sembrado de escondrijos con candados y de mujeres tras cuyas faldas se ocultaría. Sí, Peshawar nos convendría tanto como Jehannum.
—Entonces, ¿cuál es tu plan?
—¡Imbécil…! Ya te lo he dicho más de cien veces. Esperar hasta que venga a acostarse, y entonces, un disparo certero. Los vagones están situados entre ellos y nosotros. No tenemos más que cruzar las vías corriendo y escapar. Ni siquiera verán de dónde salió el tiro. Esperemos aquí al menos hasta que amanezca. ¿Qué clase de faquir eres tú, que tiemblas ante una corta espera?
«¡Vaya!», pensó Kim manteniendo cerrados los ojos. «Una vez más se trata de Mahbub. ¡Es indudable que no conviene vender a los sahibs el pedigrí de un semental blanco! A lo mejor, Mahbub ha vendido además otra información. ¿Y ahora qué vas a hacer tú, Kim? Yo no sé dónde estará a estas horas Mahbub, y si viene, antes que amanezca lo matarán. Eso no te conviene, Kim. Y no es asunto que pueda denunciarse a la policía, pues perjudicaría a Mahbub», y casi se rió en voz alta. «Y no recuerdo ninguna lección, de las que aprendí en Nucklao, que pueda servirme en esta ocasión. ¡Por Alá! Aquí está Kim y allí ellos. Entonces lo primero de todo es que Kim se despierte y se marche de tal modo que no sospechen nada. Cuando un hombre tiene una pesadilla se despierta así…»
Se apartó la manta de la cara y se levantó repentinamente, haciendo ese terrible gorgoteo y lanzando ese aullido sobrenatural que constituye la manera característica de despertarse un asiático cuando lo acomete un mal sueño.
—¡Urr-urr-urr-urr! ¡Ya-la-la-la! ¡Narain! ¡El churel! ¡El churel!
El churel es el fantasma maléfico de una mujer que ha muerto al dar a luz. Ronda por los caminos solitarios, con los pies vueltos hacia atrás, y conduce a los hombres al tormento.
El aullido tembloroso de Kim se hizo cada vez más intenso, hasta que al fin dio un salto y, tambaleándose soñolientamente, se alejó, mientras los del campamento lo maldecían por haberlos despertado. A unas veinte yardas más arriba de la línea férrea se dejó caer de nuevo al suelo, cuidando de que los espías oyesen sus quejidos y sus gruñidos, con los que hacía como que se recobraba. Al cabo de un momento se dirigió rodando hacia la carretera y se escabulló en la espesa oscuridad.
Continuó su camino rápidamente hasta que llegó a una atarjea, escondiéndose en ella y no asomando más que la cabeza por fuera de la bóveda. Desde allí podía vigilar todo el tráfico nocturno sin ser visto.
Pasaron dos o tres carros y el sonido de sus cascabeles se perdió en la dirección de los suburbios; poco después cruzó un policía tosiendo y uno o dos caminantes que cantaban para alejar los malos espíritus. En seguida se oyó el golpe seco de las pisadas de un caballo herrado.
«¡Ah! Esto se parece más a Mahbub Alí», pensó Kim en el momento en que el caballo se espantaba al ver la cabeza que asomaba por encima de la atarjea.
—¡Eh, Mahbub Alí! —murmuró—. ¡Ten cuidado!
El caballo paró en seco hasta doblar los corvejones y fue guiado a la fuerza hacia la atarjea.
—No se me ocurrirá más —dijo Mahbub— llevar un caballo herrado para salir por las noches. Recogen todos los huesos y todos los clavos de la ciudad. —Se bajó del caballo, y al inclinarse para levantarle una de sus manos e inspeccionar el casco, colocó su cabeza a menos de un pie de distancia de la de Kim—. Quieto…, no te levantes —murmuró—. La noche está llena de ojos.
—Dos hombres esperan tu llegada detrás de los vagones de los caballos. Te pegarán un tiro en cuanto te tiendas a dormir, porque han puesto precio a tu cabeza. Lo he oído mientras dormía al lado de los caballos.
—¿Los viste?… ¡Estáte quieto, Señor de los Demonios! —añadió furioso dirigiéndose al caballo.
—No.
—¿Estaba uno de ellos vestido como un faquir?
—Uno de ellos le dijo al otro: «¿Qué clase de faquir eres tú que tiemblas ante una corta espera?»
—Bueno. Vuélvete al campamento y échate a dormir. Esta noche no moriré.
Mahbub hizo dar la vuelta a su caballo y desapareció. Kim se arrastró por la atarjea hasta llegar a un punto situado enfrente del lugar donde se había dejado caer por segunda vez, cruzó la carretera arrastrándose como una comadreja y se arrebujó otra vez bajo la manta.
«Por lo menos, ya lo sabe Mahbub», pensó satisfecho. «Por cierto que habló como si ya lo esperase. No creo que esos dos tipos le saquen provecho alguno a la vigilancia de esta noche.»
Pasó una hora, y aunque se había propuesto con la mejor voluntad del mundo permanecer despierto toda la noche, Kim se durmió profundamente. De vez en cuando pasaba un tren nocturno rugiendo sobre los raíles a veinte pies de su cabeza; pero Kim sentía toda la indiferencia del oriental ante el mero ruido, y todo aquel estrépito no lograba perturbar su hermoso sueño.
Mahbub, en cambio, estaba bien despierto. Lo que más le molestaba era que intentasen matarlo personas que no pertenecían a su propia tribu y que ni siquiera estaban complicadas en sus intrascendentes aventuras amorosas. Su primer y natural impulso fue cruzar la vía un poco más abajo y, volviendo en seguida hacia arriba, coger por la espalda a los que con tan buenas intenciones lo esperaban, y matarlos tranquilamente. Pero reflexionó, apenado, que la otra rama del Gobierno, que estaba completamente desligada de la que dirigía el coronel Creighton, exigiría explicaciones muy difíciles de dar; ya sabía que al sur de la frontera basta uno o dos cadáveres para que todo el mundo se inquiete ridículamente. Como no le habían molestado desde que envió a Kim con el mensaje para Ambala, creía que al fin había logrado desvanecer todas las sospechas.
Entonces se le ocurrió una idea extraordinariamente brillante.
«Los ingleses siempre dicen la verdad», se dijo, «con lo que, a los que somos del país, nos hacen quedar siempre como a estúpidos. ¡Por Alá! ¿Debo yo decirle la verdad a un inglés? ¿Para qué sirve la policía del gobierno, si permite que le roben los caballos en el mismo vagón a un pobre kabuli? ¡Aquí todo va tan mal como en Peshawar! Debería presentar una queja en la estación. Pero mejor será que me dirija a un joven sahib de ferrocarriles. Son muy celosos de su deber, y si cogen a los ladrones se lo anotarán en la hoja de servicios.»
Amarró su caballo fuera de la estación y se dirigió caminando hacia el andén.
—¡Hola, Mahbub Alí! —le dijo un joven superintendente de Tráfico del Distrito, que estaba esperando para hacer un recorrido por la línea del ferrocarril; un joven alto, con pelo de estopa, cara de caballo y vestido con un traje blanco y sucio—. ¡Qué le trae a usted por aquí? Vendiendo jamelgos…, ¿eh?
—No; ahora no me preocupo de mis animales. Vine a ver a Lutuf Ullah. Tengo ahí en la vía un cargamento de caballos en un vagón en el extremo norte de la estación. ¿Podrían robármelos sin conocimiento de la compañía de ferrocarril?
—Yo diría que no, Mahbub. En todo caso, si se los robaran, podría usted quejarse de nosotros.
—Es que he visto a dos hombres que han estado toda la noche bajo las ruedas de uno de los vagones. Pero los faquires no roban caballos, así es que no me he preocupado más de ellos. Voy a ver si encuentro a Lutuf Ullah, mi socio.
—¿Qué diantre está usted diciendo? ¿Y no le ha dado la menor importancia? Afortunadamente, se ha tropezado conmigo. ¿Cómo dice usted que eran esos hombres?
—No eran más que unos faquires. Probablemente sólo tratarán de robar un poco de grano en los vagones.
Hay muchos por toda la línea. Pero el Estado no notará la pérdida. Yo he venido a buscar a mi socio Lutuf Ullah…
—No piense usted más en su socio. ¿Dónde están situados los vagones con sus caballos?
—Un poco más acá del lugar más lejano en donde hacen lámparas para los trenes.
—La cabina del cambio de agujas. Sí, ya sé.
—Y sobre la vía que está más cerca de la carretera; hacia la derecha, mirando en esta dirección. En cuanto a Lutuf Ullah, es un hombre alto y con la nariz torcida, que lleva un galgo persa… ¡Eh!
El muchacho había salido corriendo para despertar a un joven y entusiasta policía, pues, como había dicho, la compañía del ferrocarril había sido víctima de muchos robos en la estación de mercancías. Mahbub Alí se rió entre dientes, bajo su barba teñida.
—Echarán a andar con sus botas pesadas, meterán un ruido atroz y luego se sorprenderán de no encontrar a ningún faquir. Son unos muchachos muy inteligentes el sahib Barton y el sahib Young.
Esperó indolentemente algunos minutos, esperando verlos apresurarse vía arriba, listos para entrar en acción. Una locomotora ligera pasó por delante de la estación, y pudo vislumbrar al joven Barton que iba en la cabina.
«He sido injusto con el muchacho. No tiene un pelo de tonto», se dijo Mahbub Alí. «Perseguir a los ladrones utilizando un carro de fuego es un buen invento.»
Cuando al amanecer regresó Mahbub Alí a su campamento, nadie creyó que merecía la pena contarle los sucesos de la noche. Nadie, excepto un joven mozo de cuadra que acababa de entrar al servicio del gran tratante y a quien Mahbub llamó a su diminuta tienda para que le ayudase a empaquetar algunas cosas.
—Ya lo sé todo —murmuró Kim inclinándose sobre las monturas—. Vinieron dos sahibs en el te-ren. Yo corría en la oscuridad, de un lado a otro, pero por este costado de los vagones, mientras el te-ren se movía lentamente arriba y abajo. De pronto cayeron sobre los dos hombres que estaban sentados debajo del vagón… (Hayyi, ¿dónde meto este montón de tabaco? ¿Lo lío en un papel y lo pongo debajo del saco de la sal?) Sí…, y los derribaron. Pero uno de ellos golpeó a un sahib con su cuerno de antílope. (Kim se refería a los negros cuernos de antílope que constituyen las únicas armas de los faquires en esta vida). Corrió la sangre. De manera que el otro sahib, después de dejar sin sentido a uno de ellos, acometió en seguida al otro con una pistola que había caído de las manos del sahib herido. Y todos gritaban como si se hubiesen vuelto locos.
Mahbub sonrió con celestial resignación.
—¡No! Eso más bien que dewanee (esta palabra puede tomarse en dos sentidos: como locura y como un caso de delito común) es nizamut (un caso criminal). ¿Un arma dices? Eso representa diez buenos años de encierro en la cárcel.
—Entonces se quedaron muy quietos, y me parece que estaban medio muertos cuando los cargaron en el te-ren. Sus cabezas se movían así. Y hay mucha sangre en la vía. ¿Quieres venir a verla?
—Ya he visto bastante sangre en mi vida. Van a la cárcel de cabeza, y estoy seguro de que darán nombres falsos y de que durante mucho tiempo nadie se los encontrará por los caminos. Eran enemigos míos. Tu destino y el mío parece que están ligados por el mismo lazo. ¡Qué historia para contársela al curandero de perlas! Ahora, arregla en seguida las monturas y los trastos de cocina. Vamos a descargar los caballos y saldremos de inmediato para Simla.
Rápidamente —tal como los orientales entienden la rapidez—, con largas explicaciones, con insultos y mucha palabrería innecesaria, con descuido, en medio de cien contratiempos producidos por las cosas que se olvidaban, levantaron el desordenado campamento y condujeron la media docena de entumecidos e inquietos caballos por la carretera de Kalka, con el frescor del amanecer despejado por la lluvia. Kim no tenía nada que hacer, pues era considerado como el favorito de Mahbub por todos aquellos que deseaban estar a bien con el pathan. Y así fueron avanzando a cortas jornadas y parándose a cada momento en los albergues del camino. Encontraron a muchos sahibs que viajaban por la carretera de Kalka, y según decía Mahbub Alí, todo sahib joven que se estime en algo, se cree en el deber de dar su opinión sobre caballos, y aunque esté cargado de deudas hasta el cuello, se considera en la obligación de aparentar que va a comprar. Por esa razón, todos los sahibs que viajaban en coche se iban deteniendo unos tras otros y entablaban conversación con ellos. Algunos llegaban incluso a apearse de sus vehículos y palpar las patas de los caballos, haciendo preguntas insustanciales o, a causa de su ignorancia del idioma indígena, insultando groseramente al imperturbable tratante.
—La primera vez que comercié con los sahibs, y eso fue cuando el sahib coronel Soady era Gobernador del Fuerte Abazai e inundó por despecho los terrenos donde acampaba el comisario —explicó Mahbub a Kim, mientras descansaba bajo la sombra de un árbol y el muchacho le llenaba la pipa—, yo no sabía hasta dónde llegaba su imbecilidad, y esto me sacaba de quicio. Como ocurrió una vez… —y contó una historia relativa a una frase, usada incorrectamente con la mayor inocencia, que hizo que Kim se desternillase de risa—. Ahora ya sé, sin embargo, —añadió exhalando el humo lentamente—, que a ellos les sucede lo que a todo el mundo: en unas cosas son muy entendidos y en otras completamente tontos. Porque es una tontería emplear una palabra inconveniente cuando se dirige uno a un desconocido, pues, aunque en el corazón no haya intención alguna de ofender, ¿cómo lo va a saber el desconocido? Lo más probable es que busque la verdad con una daga.
—Es cierto. Muy cierto —dijo Kim con solemnidad—. Por ejemplo, los tontos hablan de un gato cuando una mujer va a parir. Yo los he oído.
—Sí…, y por ello, cuando se está en la situación en la que tú te encuentras, te conviene recordar esto con las dos clases de rostros. Entre los sahibs, no olvidando nunca que eres un sahib; entre la multitud de la India, recordando siempre que eres… —e interrumpió la frase con una sonrisa de confusión.
—¿Qué soy yo? ¿Musulmán, hindú, jainí o budista? Es una cosa difícil de averiguar.
—Lo que eres, sin duda alguna, es un descreído, y por lo tanto te condenarás. Así lo dice mi Ley, o por lo menos yo lo creo así. Pero además eres mi querido pequeño Amigo de todo el Mundo. Así lo dice mi corazón. Este asunto de las religiones es como los caballos. El hombre inteligente sabe que los caballos son útiles… Y que de todos puede sacarse provecho. Y por lo que a mí respecta, si no fuera porque soy un buen sunní y aborrezco a los hombres de Tirah, podría pensar lo mismo de todas las religiones. Ahora bien, es una cosa comprobada que una yegua de Katiwar, sacada de los arenales árabes en donde se ha criado y trasladada al oeste de Bengala, se derrumba al poco tiempo, y que un semental de Balj (y seguramente nada superaría a los caballos de Balj, si no tuviesen las espaldas un poco pesadas) no serviría de nada en los grandes desiertos del norte, al lado de los camellos para la nieve que allí he visto. Por eso digo que las religiones son como los caballos. Cada una de ellas sólo tiene valor en su propio país.
—Pues mi lama dice una cosa completamente distinta.
—¡Oh! Tu lama es un viejo soñador de Bhotiyal. Amigo de todo el Mundo, en el fondo de mi alma estoy enfadado contigo. No entiendo cómo puedes verle tantos méritos a un hombre tan poco conocido.
—Eso es cierto, hayyi; pero yo los veo, y a él se inclina mi corazón.
—Y el suyo hacia ti, según he podido averiguar. Los corazones son como los caballos. Van y vienen de un lado a otro, a pesar del bocado y la espuela. Dale un grito a Gul Sher Khan para que afiance más firmes los postes donde está amarrado el semental bayo. No quiero que tengamos una pelea de caballos en cada lugar de descanso; y al pardo y al negro tendremos que encerrarlos en seguida… Ahora, óyeme. ¿Necesitas ver al lama de nuevo, para tranquilizar tu espíritu?
—Eso es una de las partes de mi contrato —dijo Kim—. Si no lo veo y lo apartan de mí, me escaparé de esa madrasa de Nucklao y…, y una vez que me haya ido, ¿quién me encontrará?
—Es verdad. Jamás ha habido un potro amarrado con una cuerda más delgada. —Mahbub asintió con la cabeza.
—No tengas miedo —Kim hablaba como si hubiese podido desaparecer en aquel mismo momento por arte de magia—. Mi lama ha dicho que vendrá a verme a la madrasa.
—Un mendigo y su cuenco de limosna en presencia de aquellos jóvenes sahibs…
—¡No todos! —Kim lo interrumpió con un bufido—. Muchos de ellos tiene lo blanco del ojo azulado y las uñas ennegrecidas con sangre de baja casta. Son hijos de metheeranees…, cuñados de los bhungi (barrenderos).
No es necesario que continuemos con el resto del pedigrí; pero Kim expuso lo que pensaba con claridad y sin acaloramiento, mientras mascaba un trozo de caña de azúcar.
—Amigo de todo el Mundo —dijo Mahbub alargándole la pipa para que la limpiase—, he tropezado en mi vida con muchos hombres, mujeres y niños y no pocos sahibs, pero nunca he visto ninguno tan desvergonzado como tú.
—¿Y por qué? Si a ti siempre te digo la verdad…
—Tal vez por eso mismo… Este mundo está lleno de peligros para los hombres honrados. —Mahbub Alí se levantó del suelo, ajustó su cinturón y se dirigió hacia donde estaban los caballos.
—¿O te la vendo?
Hubo algo en el tono de Kim que hizo pararse y girar a Mahbub.
—¿Qué nueva diablura es ésa?
—Dame ocho annas y te lo diré —saltó Kim sonriendo—. Tiene que ver con tu tranquilidad.
—¡Ah, demonio! —exclamó dándole la moneda.
—¿Te acuerdas de aquel asuntillo de los ladrones, por la noche…, allí en Ambala?
—¿Cómo voy a olvidarlo, si querían quitarme la vida? ¿Por qué lo dices?
—¿Te acuerdas del caravasar de Cachemira?
—Te voy a tirar de las orejas dentro de un momento, sahib.
—No es preciso, pathan. Sólo quería decirte que el segundo faquir, aquel a quien los sahibs golpearon hasta dejar sin sentido, era el mismo que registró todos tus efectos en Lahore. Le vi la cara cuando lo subían a la locomotora. Exactamente el mismo hombre.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—¿Para qué? Ahora está en la cárcel y estará allí encerrado durante algunos años. No conviene decir más de lo que es preciso en un momento dado. Además, entonces no necesitaba dinero para comprar dulces.
—¡Allah kerim!—dijo Mahbub Alí—. ¿Serás capaz algún día de vender mi cabeza por unos pocos dulces si te da por ahí?
Kim recordará durante toda su vida aquel largo y lento viaje en que fueron desde Ambala, pasando por Kalka y los jardines de Pinjore, hasta Simia. Una repentina crecida del río Gugger arrastró a un caballo (seguramente era el mejor de todos) y por poco sumerge a Kim entre los guijarros arrastrados por la corriente. Más tarde un elefante del Gobierno provocó una desbandada de los caballos, y como había buenos pastos por la zona, tardaron más de un día y medio en volverlos a reunir de nuevo. Después se encontraron a Sikandar Khan, que regresaba con unos cuantos jamelgos invendibles, —los restos de su reata—, y Mahbub, que tenía en la uña del dedo meñique más conocimientos de los caballos que Sikandar Khan en todas sus tiendas, tuvo que comprar dos de los peores, y eso representó ocho horas de laborioso chalaneo y el consumo de una cantidad enorme de tabaco. Pero el viaje era una continua delicia; el sinuoso camino ascendía y descendía, aproximándose cada vez más a los contrafuertes de las montañas; los tonos rosados del sol de la mañana, que se extendían sobre las nieves lejanas; los cactos de incontables brazos que se alineaban en hileras sobre los flancos pedregosos de las colinas; el susurro del agua en millares de acequias; el parloteo de los monos; los solemnes cedros, trepando uno tras otro con ramas que se inclinan hacia abajo; la perspectiva de la llanura que se extendía bajo ellos; el resonar incesante de los cuernos de los tonga y la impetuosa aparición de sus caballos delanteros al dar la vuelta a una curva; las paradas para hacer oración (Malibub era muy religioso y no escatimaba ni las abluciones en seco ni las oraciones, cuando el tiempo no lo apremiaba); las tertulias nocturnas en los lugares de acampada, mientras los caballos y los bueyes rumiaban juntos solemnemente, y los arrieros, impasibles, referían las novedades de la carretera…, todas estas cosas hacían que el corazón de Kim saltara de gozo dentro de su pecho.
Pero cuando terminen el canto y la danza —dijo Malibub Alí—, vendrá el sahib coronel, y eso ya no es tan agradable.
—Es una hermosa tierra, es una hermosísima tierra ésta de la India; pero la región de los Cinco Ríos es la más hermosa de todas —replicó Kim como si recitara—. A ella me escaparé si ¡Allah Keriml! ¡Alá sea compasivo! Malibub Alí o el coronel intentan tratarme mal. Y en cuanto me haya escapado, ¿quién me encontrará? ¡Mira, hayyi!, ¿es aquélla la ciudad de Simla? ¡Alá! ¡Vaya ciudad!
—El hermano de mi padre, que era ya viejo cuando se inauguró en Peshawar el pozo del sahib Mackerson, se acordaba aún de cuando no había más que dos casas en Simla.
Malibub condujo sus caballos por debajo de la carretera principal a los bazares inferiores de Simla: un sitio tan abarrotado como un hormiguero, que trepa desde el fondo del valle hasta el Ayuntamiento, con un ángulo de cuarenta y cinco grados. El hombre que conozca bien ese barrio puede desafiar a toda la policía de la capital estival de la India, pues porche con porche, callejuela con callejuela y pasadizo con pasadizo se comunican entre sí del modo más sofisticado. Allí viven quienes atienden a las necesidades de la alegre ciudad: los jhampanis, que arrastran los lindos rickshaws donde van las bellas señoritas por la noche, y que se pasan jugando hasta el amanecer; allí viven también los especieros, los vendedores de aceites, anticuarios, leñadores, sacerdotes, carteristas y funcionarios indígenas del Gobierno; allí discuten las cortesanas los asuntos que al parecer constituyen el más profundo secreto del Consejo de la India; allí se reúnen todos los subsubagentes de la mitad de los Estados indígenas. Allí fue donde alquiló Malibub un cuarto en casa de un ganadero mahometano, cuya cerradura era mucho más segura que la de su cuchitril de Lahore. En aquel cuarto se verificó, además, una milagrosa transformación, pues al anochecer penetró en él un mozo de cuadra mahometano y una hora más tarde salía de allí un mozalbete euroasiático —el tinte de la muchacha de Lucknow era de lo mejor— vistiendo un traje de confección que le sentaba muy mal.
—Ya he hablado con el sahib Creighton —le dijo Malibub Alí—, y por segunda vez la Mano de la Amistad ha desviado el Látigo de la Calamidad. Dice que has perdido sesenta días en el camino y que, por lo tanto, es demasiado tarde para enviarte a la escuela de la montaña.
—Ya he dicho que las vacaciones son de mi propiedad. Yo no pienso ir otra vez a la escuela. Es una de las condiciones de mi compromiso.
—El sahib coronel no está al corriente de esa condición. Tienes que alojarte en casa del sahib Lurgan hasta que llegue el momento de regresar a Nucklao.
—Preferiría alojarme contigo, Mahbub.
—Tú no tienes idea del honor que te hacen. El mismo sahib Lurgan ha preguntado por ti. Tienes que subir a la montaña y seguir el camino que hay en lo alto, y allí debes olvidar por algún tiempo que me conoces y que en tu vida has hablado con Mahbub Alí, el que vende caballos al sahib Creighton, a quien tú tampoco conoces. Acuérdate de esta orden.
Kim asintió.
—Bien —dijo—, ¿y quién es el sahib Lurgan?
Pero al sorprender la mirada, aguda como una espada, que le lanzó Mahbub, añadió:
—Indudablemente, yo no he oído eñ mi vida ese nombre. ¿Es por casualidad —continuó en voz baja— uno de nosotros? — ¿Qué es eso de uno de nosotros, sahib? —replicó Mahbub Alí en el tono que acostumbraba a usar con los europeos—. Yo soy un pathan; tú eres un sahib y el hijo de un sahib. El sahib Lurgan tiene una tienda situada en el barrio europeo de Simia. Todo el mundo lo conoce. Pregunta… y, Amigo de todo el Mundo, ten en cuenta que se trata de una persona a la que es preciso obedecer hasta en el menor parpadeo. La gente dice que hace magia, pero eso a ti no te importa. Sube la colina y pregunta. Ahora empieza el Gran juego.

Capítulo IX

S’doaks era hijo de Yelth el Sabio,
jefe del clan del Cuervo
Itswoot el Oso lo tuvo a su cuidado
para convertirlo en hechicero.
Era listo y muy rápido para aprender,
valiente y temerario para obrar:
¡Y bailó la espantosa danza de Kloo-Kwallie
para divertir a Itswoot el Oso!
Leyenda de Oregón

Kim avanzó con corazón animoso sobre este nuevo giro de la rueda de su vida. Volvería por algún tiempo a ser un sahib. Con esta idea, llegó a la ancha calle que se extiende bajo el Ayuntamiento de Simia y buscó a alguien a quien impresionar. Un niño hindú, de unos diez años, estaba acurrucado bajo un farol.
—¿Dónde está la casa del señor Lurgan? —preguntó Kim.
—No entiendo inglés —fue la respuesta, y Kim repitió la pregunta en idioma indígena.
—Yo te acompañaré.
Y marcharon juntos a través del crepúsculo misterioso, lleno de los ruidos de la ciudad, que se extendía por la ladera de la colina, y respirando el aroma de los cedros que cubren el Jakko, y que se destacaban sombríos sobre el cielo estrellado. Las luces de las casas, esparcidas por la pendiente, constituían, por decirlo así, un segundo firmamento. Unas estaban fijas, pero otras pertenecían a los rickshaws de despreocupados ingleses que hablaban a gritos y salían a cenar.
—Aquí es —dijo el guía de Kim; y se paró ante un porche situado al mismo nivel de la carretera principal.
No tenía puerta, sino una simple cortina de juncos con cuentas de vidrio, que dividía la luz de una lámpara que ardía en el interior.
—Ya está aquí —dijo el niño en una voz que parecía un susurro, y desapareció. Kim comprendió en seguida que aquel niño había sido apostado para que le sirviera de guía, pero con ademán de atrevimiento separó la cortina y entró. Un hombre de barba negra, con una visera verde sobre los ojos, estaba sentado ante una mesa, y, uno a uno, iba ensartando pequeños glóbulos luminosos en un brillante hilo de seda con sus manos blancas y menudas, mientras canturreaba en voz baja… Kim se dio cuenta de que más allá del círculo iluminado por la lámpara, la sala estaba llena de cosas que despedían esa fragancia peculiar a todos los templos de Oriente. Una bocanada de almizcle, una ráfaga de sándalo y enervante esencia de jazmín llegaron hasta las ventanas de su nariz.
—Aquí estoy —dijo Kim finalmente, hablando en indígena, pues el olor que percibía le hizo olvidar que debía presentarse como un sahib.
—Setenta y nueve, ochenta, ochenta y una —contaba el hombre en voz baja, ensartando perla tras perla con tal velocidad que Kim apenas percibía el movimiento de sus dedos. Al fin se quitó la visera verde y miró a Kim fijamente durante medio minuto inacabable. Las pupilas de sus ojos se dilataban o se comprimían a su antojo hasta convertirse en cabezas de alfiler. Había un faquir en la Puerta de Taksali que tenía esa misma facultad, lo que le permitía ganar mucho dinero, sobre todo cuando maldecía a mujeres estúpidas. Kim contemplaba con interés al ensartador de perlas. Su poco respetable amigo el faquir podía además mover las orejas lo mismo que una cabra, así es que Kim sintió una decepción al ver que el otro no podía imitarlo.
—No te asustes —dijo de repente el señor Lurgan.
—¿De qué me he de asustar?
—Dormirás aquí esta noche, y permanecerás conmigo hasta que llegue el momento de volver a Nucklao. Es una orden.
—Es una orden —repitió Kim—. Pero, ¿en dónde voy a acostarme?
—Aquí, en este cuarto —dijo el sahib Lurgan señalando con su mano la oscuridad que se extendía detrás de él.
—Bueno —dijo Kim tranquilamente—. ¿Ahora?
Lurgan asintió y alzó la lámpara sobre su cabeza. Al ampliarse el círculo de la luz, se destacaron en los muros una colección de mascarillas tibetanas propias para la danza de los demonios, que estaban colgadas sobre las túnicas bordadas de trasgos y furias, que se emplean en esas tétricas ceremonias: caretas con cuernos, caretas de gestos espantosos, caretas representando un terror irracional. En un rincón, un guerrero japonés, en cotas de malla y adornado de plumas, lo amenazaba con una alabarda y una veintena de lanzas, khandas y kuttars reflejaban la indecisa claridad. Pero lo que más interesó a Kim más que todas aquellas cosas —ya había visto caretas para la danza de los demonios en el Museo de Lahore— fue la aparición del niño hindú de ojos tiernos que lo había conducido hasta la puerta y que ahora estaba debajo de la mesa de perlas con las piernas cruzadas y sonriéndole con sus labios rojos.
«Me parece que el sahib Lurgan quiere asustarme. Y estoy seguro de que ese mocoso que está debajo de la mesa daría cualquier cosa por verme temblar.»
—Este sitio —dijo en voz alta— es como la Casa Maravillosa. ¿Dónde está mi cama?
El sahib Lurgan señaló un jergón indígena que había en un rincón al lado de las repugnantes caretas, se llevó la lámpara y dejó la sala en la más completa oscuridad.
—¿Era ése el sahib Lurgan? —preguntó Kim mientras se acurrucaba en el suelo. Nadie contestó. Guiado por la respiración del niño hindú, cruzó a gatas la habitación y empezó a dar puñetazos en la oscuridad, gritando:
—¡Responde, demonio! ¿Es ésa la manera de engañar a un sahib?
Le pareció oír en la oscuridad el eco de una risa ahogada. No podía ser su tierno compañero porque estaba llorando. Así es que Kim alzó la voz, llamando:
—¡Sahib Lurgan! ¡Eh, sahib Lurgan! ¿Es que has dado orden a tu criado de que no hable conmigo?
—Es una orden. —La voz venía de su espalda y Kim se estremeció.
—Muy bien. Pero acuérdate —murmuró mientras volvía a buscar el cobertor— de que mañana por la mañana te he de dar una paliza. No me gustan los hindúes.
La noche no fue nada agradable, pues el aire del cuarto estaba impregnado de voces y de músicas. Kim se despertó dos veces porque oyó que alguien pronunciaba su nombre. La segunda vez emprendió una investigación, que concluyó al darse un golpe en la nariz contra una caja que, sin duda, hablaba en lenguaje humano, pero con un acento que nada tenía de humano. La caja parecía terminar en una trompeta de hojalata, que estaba unida por cables a otra caja más pequeña que había en el suelo (al menos esto fue lo que pudo averiguar Kim por el tacto). Y la voz que salía de la trompeta era muy áspera y zumbaba extraordinariamente. Kim se frotó la nariz y se enfureció, pensando, como lo hacía generalmente, en hindi.
«Esa manera de obrar podría pasar con un mendigo del bazar, pero yo soy un sahib e hijo de sahib y lo que representa aún mucho más, un estudiante de Nucklao. Sí (aquí pasó a hablar en inglés), un alumno de San Javier. ¡Malditos los ojos del señor Lurgan! Esto es una especie de aparato como una máquina de coser. Ha sido un gran atrevimiento el suyo…, pero nosotros los de Lucknow no nos asustamos por tan poca cosa… ¡No!». Después, en hindi: «¿Qué ganará con hacer esto? No es más que un comerciante y estoy en su tienda. Pero el sahib Creighton es coronel, y me parece que el sahib Creighton debe haberle dado órdenes para que proceda así. ¡Qué paliza le voy a dar a ese hindú mañana por la mañana! ¿Qué es esto?»
La caja de la trompeta estaba expeliendo una ristra de los insultos más sofisticados que Kim había oído nunca, con una voz tan aguda y desagradable que le puso los pelos de punta por un instante. Cuando el endemoniado aparato tomó aliento, el ruido de la máquina, parecido al de las de coser, tranquilizó a Kim.
—¡Chûp! (estáte quieta) —gritó y otra vez sonó la risita ahogada que le hizo exclamar—: ¡Chûp!, o te rompo la cabeza.
La caja no le hizo el menor caso. Arrancó con fuerza la trompeta de hojalata y notó que algo se levantaba con un golpe seco. Evidentemente, había alzado una tapa. Si acaso había un demonio en el interior, ahora le había llegado su hora, ya que —olfateó— así olían las máquinas de coser que hay en el bazar. Ya arreglaría él a aquel espíritu endemoniado. Se quitó la chaqueta y la metió dentro de la abertura de la caja. Una cosa larga y redonda cedió ante la presión; se oyó un zumbido y la voz se detuvo…, como pasa cuando se ataruga una chaqueta doblada tres veces dentro de la maquinaria del cilindro de cera de un costoso fonógrafo. Kim reanudó el sueño con la conciencia tranquila.
A la mañana siguiente notó cómo el sahib Lurgan lo estaba mirando.
—¡Ah! —dijo Kim, firmemente resuelto a comportarse como un sahib—. Había ahí una caja que, durante la noche, me insultó. Así es que la paré. ¿Era suya esa caja?
El hombre le tendió la mano.
—Chócala, O'Hara —dijo—. Sí, la caja era mía. Tengo esas cosas porque les gustan a mis amigos los Rajás. Ésta se ha roto, pero lo doy por bien empleado. Sí, mis amigos los reyes son muy aficionados a los juguetes…, y yo también algunas veces.
Kim lo miró de arriba abajo de reojo. Era un sahib porque llevaba ropa de sahib, pero el acento de su urdú y la entonación de su inglés demostraban que era cualquier cosa menos un sahib. Lurgan pareció comprender lo que pasaba por la mente de Kim antes de que el muchacho abriese la boca, y no se tomó la molestia de darle explicaciones, al contrario de lo que habían hecho el padre Víctor y los profesores de Lucknow. Y lo más agradable de todo era que trataba a Kim como a un igual de sangre asiática.
—Siento mucho que no puedas pegar esta mañana a mi chiquillo. Dice que te va a matar con un cuchillo o con veneno. Está celoso, así es que lo he mandado a un rincón y en todo el día no pienso dirigirle la palabra. Hace un momento que ha intentado matarme. Así es que tienes que ayudarme a preparar el almuerzo. En este momento está el chiquillo demasiado celoso para fiarse de él.
Un genuino sahib importado de Inglaterra se hubiera sorprendido mucho ante este relato. El sahib Lurgan lo expuso tan llanamente como Mahbub Alí solía contar sus pequeños asuntos en el norte.
El porche trasero de la tienda estaba construido sobre el flanco escarpado de la colina y dominaba los cañones de las chimeneas vecinas, como ocurre en todas las casas de Simla. Pero la tienda fascinaba a Kim más aún que la comida, auténticamente persa, que preparó el sahib Lurgan con sus propias manos. El Museo de Lahore era más grande, pero aquí había más maravillas: dagas fantasmales y ruedas de oración procedentes del Tíbet; collares de turquesas y de ámbar en bruto; ajorcas de jade verde; palitos de incienso pulcramente empaquetados en tarros, incrustados de granates en bruto; las caretas de demonios de la noche pasada y una pared cubierta de tapices de un color azul intenso; figuras doradas de Buda y altarcillos portátiles de laca; samovares rusos con turquesas en la tapa; juegos de finísima porcelana de la China, en rarísimas cajas octogonales hechas de caña; crucifijos de marfil amarillo, procedentes nada menos que del Japón, según decía el sahib Lurgan; detrás de unos desvencijados y podridos biombos se amontonaban algunas alfombras arrolladas formando fardos polvorientos, malolientes; aguamaniles persas para lavarse las manos después de las comidas; incensarios de cobre mate, que no eran ni chinos ni persas y que estaban adornados con frisos de monstruos fantásticos, corriendo unos detrás de otros; cinturones deslustrados de plata, que se ceñían como si fueran de cuero sin curtir; horquillas de jade, marfil y plasma; armas de todas las especies y tamaños, mezcladas con otras mil cosas extravagantes, se hallaban embaladas, o apiladas, o simplemente tiradas por el suelo, dejando libres únicamente los alrededores de la desvencijada mesa de madera donde trabajaba generalmente el sahib Lurgan.
—Estas cosas no valen nada —dijo su huésped, siguiendo la mirada de Kim—. Las compro porque son bonitas, y algunas veces las vendo… si me gusta el aspecto del comprador. Pero mi verdadero trabajo está en la mesa…, parte de él.
Aquella mesa resplandecía a la luz de la mañana, toda llena de destellos rojos, azules y verdes, entre las cuales se destacaba de vez en cuando el intenso fulgor blanco-azulado de algún diamante. Kim abrió sus ojos admirado.
—Estas piedras están muy sanas. No las perjudicará tomar el sol. Además, valen poco. Pero cuando se trata de piedras enfermas, es otra cosa —dijo llenando otra vez el plato de Kim—. No hay nadie más capaz que yo de curar una perla enferma y de devolver el color azul a las turquesas. Y no menciono siquiera los ópalos (cualquier imbécil sabe curarlos), pero a las perlas enfermas no sabe curarlas nadie más que yo. ¡Figúrate si yo muriera! ¡Entonces no quedaría nadie en el mundo!… ¡Seguramente no! Tú no sabes nada en absoluto de joyas. Bastará con que algún día llegues a entender algo sobre las turquesas.
Se levantó dirigiéndose al otro extremo del porche, para llenar de agua, con el filtro, la pesada jarra de arcilla porosa.
—¿Quieres beber?
Kim asintió. El sahib Lurgan, que estaba situado a quince pies de distancia, dejó caer una mano sobre la jarra. En el mismo instante, ésta apareció al lado del codo de Kim, llena hasta media pulgada del borde; el blanco mantel mostraba solamente una arruguita que indicaba el camino por donde había resbalado la jarra.
—¡Ah! —dijo Kim en el límite del asombro—. Esto es magia. —La sonrisa del sahib Lurgan mostró que el cumplido le había hecho efecto.
—Lánzamela.
—Se va a romper.
—Te digo que me la lances.
Kim la arrojó a la ventura, pero se quedó corto y la jarra se aplastó contra el suelo, rompiéndose en cincuenta pedazos, mientras el agua se escurría a través de la gruesa tablazón del porche.
—Ya dije que se rompería.
—Es igual. Mírala. Mira el pedazo más grande.
Este pedazo presentaba en su concavidad un poco de agua que reflejaba la luz y resplandecía como si fuese una estrella. Kim lo miraba intensamente; el sahib Lurgan le puso suave mente una mano sobre la nuca, se la acarició dos o tres veces, y susurró:
—¡Mira! Se está reconstruyendo otra vez, pieza a pieza. Primero, el pedazo grande se unirá con los dos que tiene a derecha e izquierda… a derecha e izquierda. ¡Mira!
Ni aun en peligro de muerte hubiera podido Kim volver la cabeza. La ligera presión lo mantenía sujeto como en un cepo, y la sangre le producía un agradable hormigueo por todo el cuerpo. Había una pieza grande de la jarra donde antes había tres, y sobre ella se dibujaba como una sombra la silueta completa de la vasija. A través de ella podía ver el porche, pero se espesaba y oscurecía con cada nuevo latido del pulso.
Sin embargo, la jarra —¡qué despacio acudían ahora los pensamientos!—, la jarra se había aplastado ante sus ojos. Otra ráfaga de fuego le bajó por el cuello cuando el sahib Lurgan movió la mano.
—¡Mira! Se está formando otra vez —dijo el sahib Lurgan. Hasta entonces Kim había estado pensando en hindi; pero le sobrecogió un fuerte temblor, y con un esfuerzo desesperado, como el del nadador que, ante la vista de tiburones, surge con casi todo el cuerpo fuera del agua, su mente saltó de la oscuridad que lo estaba envolviendo y se refugió en… ¡la tabla de multiplicar en inglés!
—¡Mira! Se está formando otra vez —susurró el sahib Lurgan.
La jarra se había aplastado —sí, aplastado—, no la palabra indígena, no iba a pensar en ella, sino en aplastado, en cincuenta pedazos, y dos por tres son seis, y tres por tres son nueve, y cuatro por tres doce. Se aferró desesperadamente a la repetición. El contorno sombrío de la jarra se iba aclarando como una neblina cuando se frotan los ojos. Allí estaban los pedazos rotos; allí estaba el agua derramada secándose al sol, y a través de las grietas de la tablazón del porche se veía, dividido en franjas, el blanco muro de la casa de abajo, y ¡tres por doce eran treinta y seis!
—¡Mira! ¿Se está formando otra vez? —preguntó el sahib Lurgan.
—Pero… si se ha aplastado, se ha aplastado —jadeó Kim. El sahib Lurgan había estado murmurando en voz baja durante más de medio minuto. Kim inclinó la cabeza a un costado—. ¡Mire! ¡Dekho! Está allí tal y conforme estaba.
—Está allí tal y conforme estaba —dijo Lurgan observando a Kim con atención, mientras el muchacho se rascaba la mica—. Entre la mucha gente con quien he probado a hacer esto, tú eres el primero que lo ha visto así —añadió enjugando el sudor de su frente.
—¿Es que también esto era magia? —preguntó Kim con aire de sospecha. El hormigueo de la sangre había desaparecido y se sentía más despabilado que nunca.
—No, eso no era magia. Se trataba únicamente de ver si había un defecto en la joya. A veces, joyas al parecer muy hermosas se rompen en pedazos cuando las maneja un hombre entendido. Por eso antes de montarlas es preciso tener mucho cuidado. Dime, ¿viste la forma de la jarra?
—Un instante. Iba creciendo y saliendo del suelo como si fuese una flor.
—Y entonces, ¿qué hiciste? Quiero decir, ¿en qué pensaste?
—Sabía que estaba rota, así que, creo, eso fue lo que pensé… y estaba rota.
—¡Hum! ¿Había probado alguien a hacerte esta prueba de magia antes que yo?
—Si así fuera —dijo Kim—, ¿crees que hubiera dejado que me la hiciesen de nuevo? Habría echado a correr.
—Y ahora no tienes miedo, ¿eh?
—Ahora no.
El sahib Lurgan lo miró con más atención que nunca.
—Ya le preguntaré a Mahbub Alí…, ahora no, pero dentro de unos días vendrá —murmuró—. Estoy contento contigo…, sí, pero no estoy contento contigo. Tú eres el primero que se ha salvado por sí mismo. Hubiera querido saber lo que… Pero tienes razón. Esas cosas no se le dicen a nadie…, ni aun a mí. Se dirigió hacia la parte oscura de la tienda y se sentó ante la mesa, frotándose las manos suavemente. Un débil y ronco sollozo se oyó tras la pila de alfombras. Era el niño hindú, que, obediente, estaba de cara a la pared; sus delgados hombros se estremecían de pena.
—¡Ah! Está celoso, muy celoso. No me chocaría que intentara envenenarme otra vez el desayuno, y me obligara a preparármelo de nuevo.
—Kubbee…, kubbee; nahin (¡Nunca…, nunca; no!) —fue la entrecortada respuesta.
—O que intentara matar a este otro chico.
—Kubbee…, kubbee nahin.
—¿Qué crees que hará? —dijo volviéndose rápidamente hacia Kim.
—No lo sé. Déjele que se marche; quizá sea mejor. Tal vez se escape. ¿Por qué quiere envenenarlo?
—Porque me quiere mucho. Supón que quisieras tú mucho a alguna persona, y vieras que llegaba otro, y que el hombre a quien tú tanto querías se ocupase más de él que de ti, ¿qué harías? Kim meditó un instante. Lurgan repitió la pregunta lentamente en el idioma indígena.
—Yo no envenenaría a ese hombre —dijo Kim reflexionando—, pero le pegaría una paliza al muchacho…, si es que ese muchacho quisiera también a mi hombre. Pero lo primero de todo sería preguntarle si eso era verdad.
—¡Ah! Es que él supone que todo el mundo, a la fuerza, debe quererme.
—Entonces es muy tonto.
—¿Oyes tú? —dijo el sahib Lurgan dirigiéndose a los hombros que se agitaban—. El hijo de sahib piensa que eres tonto. Ven acá y la próxima vez que padezca tu corazón no uses el arsénico blanco de un modo tan claro. ¡Seguramente que el demonio Dassim presidía hoy nuestra mesa! Me hubiera sentado muy mal, chiquillo, y entonces hubiera venido un extraño a hacerse cargo de las joyas. ¡Ven acá!
El niño, con los ojos hinchados de tanto llorar, salió arrastrándose de detrás del fardo y se arrojó a los pies del sahib Lurgan, apasionadamente, con un remordimiento tan fuerte, que hasta Kim quedó impresionado.
—¡Yo cuidaré de los cuencos de tinta, yo guardaré fielmente tus joyas! ¡Oh, tú que eres mi padre y mi madre, échalo! —gritó señalando a Kim con una sacudida hacia atrás de su talón desnudo.
—Todavía no…, todavía no. Dentro de poco tiempo se irá. Pero ahora debe aprender…, en una nueva madrasa…, y tú serás su maestro. Juega con él al Juego de las joyas. Yo llevaré la cuenta.
El niño se secó inmediatamente las lágrimas, se dirigió presuroso a la trastienda, y volvió con una bandeja de cobre.
—¡Dámelas tú! —le dijo al sahib Lurgan—, para que procedan de tu mano y no pueda decir luego que yo las conocía.
—Poco a poco…, poco a poco —replicó el hombre, y de un cajón de la mesa sacó un puñado de baratijas, que cayeron tintineando sobre la bandeja.
—Ahora —dijo el niño agitando un periódico viejo— míralas todo el tiempo que quieras, extranjero. Cuéntalas, y si lo necesitas, cógelas con la mano. A mí me basta con una mirada. —Y se volvió de espaldas orgullosamente.
—Pero, ¿en qué consiste el juego?
—Cuando tú las hayas contado y manoseado y estés seguro de recordarlas todas, yo las cubriré con este periódico, y tienes que darle cuenta al sahib Lurgan de lo que conserves en la memoria. Yo, por mi parte, escribiré mi relación.
—¡Ah! —El instinto de competición se había despertado en Kim. Se inclinó sobre la bandeja. Allí no había más que quince piedras—. Esto es fácil —dijo, después de pasado un minuto. El niño colocó el periódico sobre las piedras refulgentes y se puso a escribir en un libro de cuentas indígena.
—Hay cinco piedras azules bajo el periódico: una grande, otra más pequeña, y tres chicas —dijo Kim apresuradamente—. Hay cuatro piedras verdes y una que tiene un agujero; una amarilla a través de la cual se puede mirar, y una que parece la boquilla de una pipa. Hay dos piedras rojas, y… y… he contado quince, pero se me han olvidado dos. ¡No! Espera un poco. Una era de marfil, pequeña y oscura, y… y… espera un poco.
—Uno, dos… —El sahib Lurgan contó despacio hasta diez. Kim sacudió la cabeza.
—¡Atiende a mi relación! —interrumpió el chiquillo, riendo alegremente—. En primer lugar, hay dos zafiros defectuosos, uno de dos quilates y el otro de cuatro, según puedo juzgar. El zafiro de cuatro quilates está roto en una esquina. Hay una turquesa del Turquestán, plana y con vetas negras y que tiene dos inscripciones: una con el Nombre de Dios, en oro, y la otra, que está resquebrajada, porque procede de uña vieja sortija, y no la puedo leer. Ya tenemos las cinco piedras azules. Hay cuatro esmeraldas estropeadas, pero una de ellas está agujereada por dos sitios y la otra un poco tallada…
—¿Sus pesos? —dijo el sahib Lurgan, impasible.
—Tres, cinco, cinco y cuatro quilates, poco más o menos. Hay una pieza de viejo ámbar verdoso, que procede de una pipa, y un topacio tallado de Europa. Hay un rubí de Birmania que pesa dos quilates, sin ningún defecto, y una espinela, defectuosa, que pesa dos quilates. Hay un marfil de la China tallado que representa a una rata sorbiendo un huevo; y por último hay —¡ja, ja!— una bolita de cristal del tamaño de un guisante, engastada sobre una hoja de oro.
Y al terminar palmoteó alegremente.
—Puede ser tu maestro —dijo el sahib Lurgan sonriendo.
—¡Bah! Pero él sabe el nombre de las piedras —dijo Kim sonrojándose—. ¡Probemos otra vez! Pero con cosas corrientes, que las conozcamos los dos lo mismo.
Repitieron el juego otra vez, con objetos varios sacados de la tienda y aun de la cocina, y siempre le venció el niño, ante el asombro de Kim.
—Vendadme los ojos…, dejadme sólo tocar las cosas una vez y, aunque tú las veas, te ganaré —dijo el niño desafiándolo. Kim pataleó enojado cuando el niño le demostró que no se trataba de un alarde.
—Si se tratara de hombres… o de caballos —dijo—, lo haría mejor. Este juego con tenacillas y tijeras y cuchillos es demasiado poca cosa para mí.
—Aprende primero…, enseña después —dijo el sahib Lurgan—. ¿No puede ser tu maestro?
—Claro que sí. Pero, ¿cómo lo hace?
—Repitiéndolo muchas veces hasta hacerlo a la perfección…, porque es algo que merece la pena.
El chiquillo hindú, que no cabía en sí de contento, dio unos golpes a Kim en la espalda, diciéndole:
—No te desesperes. Yo mismo te enseñaré.
—Y yo cuidaré de que te enseñe bien —añadió el sahib Lurgan hablando siempre en el idioma de los indígenas—, porque excepto este niño mío (que ha sido tonto en comprar tanto arsénico, porque si me lo hubiera pedido, yo mismo se lo habría dado), excepto este niño mío, yo no he conocido a nadie con más aptitudes para aprender que tú. Todavía tenemos diez días por delante antes de que tengas que regresar a Nucklao, donde no te enseñan nada… y cuesta mucho dinero. Y ahora espero que seamos todos buenos amigos.
Fueron aquéllos unos días de locura, pero Kim gozó demasiado durante este tiempo para pensar en ello. Por las mañanas repetían el juego de las joyas: unas veces con verdaderas piedras preciosas, otras con pilas de espadas y dagas, a veces con fotografías de indígenas. Por la tarde, él y el niño hindú montaban guardia en la tienda sentados, y sin decir una sola palabra, detrás de un fardo de alfombras o de un biombo, y desde allí observaban a los numerosos y variados visitantes de la casa del señor Lurgan. Unos eran pequeños Rajás (cuyas escoltas tosían en el porche) que venían a comprar curiosidades, tales como fonógrafos y juguetes mecánicos; había señoras en busca de collares y caballeros que, según creía Kim (pero su imaginación tal vez estaba viciada por sus experiencias anteriores), iban en busca de las señoras; indígenas de las cortes feudatarias e independientes, cuya finalidad aparente era la reparación de un collar roto (cascadas de luz derramadas sobre la mesa), pero cuyo verdadero propósito era obtener dinero para jóvenes Rajás o enfurecidas maharanis. Entraban también babús18, a quienes el sahib Lurgan hablaba con grave austeridad, acabando por darles dinero en plata acuñada o billetes de curso legal. A veces se reunían algunos indígenas, teatralmente vestidos con largas levitas, que discutían de metafísica en inglés y en bengalí, para mayor edificación del sahib Lurgan, quien se interesaba siempre por los asuntos religiosos. Al final de la jornada, tanto Kim como el muchacho hindú (cuyo nombre variaba a voluntad de Lurgan) tenían que hacer un relato completo de todo lo que habían visto y oído: su opinión sobre el carácter de cada una de las personas, deducido de su fisonomía, conversación y modales, así como su juicio acerca del motivo por el que en verdad venían. Después de cenar, el sahib Lurgan se dedicaba a lo que podría llamarse el arte del disfraz, en cuyo juego ponía un interés de lo más instructivo. Sabía caracterizar maravillosamente las caras; con un toque de pincel aquí y una línea por allá, las convertía en imposibles de reconocer. La tienda estaba llena de toda clase de trajes y turbantes, y Kim se vestía unas veces como un joven mahometano de buena familia, o como un vendedor de aceite, y una vez (lo que le hizo pasar una velada muy alegre) como el hijo de un terrateniente oudh, con todos los aderezos de su complicadísimo traje. El sahib Lurgan tenía una vista de lince para advertir el más pequeño fallo en la composición del tipo; y sentado en un deslucido sofá de madera de teca explicaba durante media hora cómo hablaban, o caminaban, o tosían, o escupían o estornudaban las personas de tal o cual casta y, puesto que el «cómo» importa poco en este mundo, el «porqué» de todas las cosas. El niño hindú se portaba en este juego bastante torpemente. Su inteligencia, rápida como una bicicleta cuando se trataba de llevar la cuenta de las joyas, no podía plegarse a penetrar en el alma de la persona que trataba de imitar; pero en Kim se despertaba un demonio que cantaba de alegría al cambiar de indumentaria y, con ella, los gestos y la manera de hablar. Llevado por el entusiasmo, quiso mostrar una tarde al sahib Lurgan cómo pedían limosna a la vera del camino los discípulos de cierta casta de faquires a quienes conoció en Lahore, y qué frases emplearía para dirigirse a un inglés, a un granjero panjabí camino de la feria y a una mujer sin el velo. El sahib Lurgan rió a carcajadas y le ordenó que permaneciese en la trastienda tal como estaba (con las piernas cruzadas, untado de cenizas y la vista extraviada) y sin moverse durante media hora. Al cabo de este tiempo, penetró en la estancia un enorme y obeso babú cuyas pantorrillas, ceñidas por medias, temblaban al andar como si fuesen de gelatina a causa de la grasa, y Kim arremetió contra él, con un chaparrón de groseras burlas. El sahib Lurgan, y esto molestó mucho a Kim, contemplaba al babú y no hacía caso de las payasadas que hacía aquél.
—Creo —dijo el babú tranquilamente, mientras encendía un cigarrillo—, soy de la opinión de que se trata de un trabajo de lo más extraordinario y eficiente. A no ser porque yo estaba advertido, hubiera creído que…, que… usted me estaba tomando el pelo. ¿Cuánto tiempo tardará aproximadamente en convertirse en un eficiente cadenero? Porque entonces tendré que reclamarlo.
—Eso es lo que tiene que aprender en Lucknow.
—Entonces, ordénele usted que temine pronto. Buenas noches Lurgan. —El babú se alejó con el aire de una vaca que atravesase un fangal.
Cuando por la noche tuvieron que hacer el relato de las visitas del día, el sahib Lurgan le preguntó a Kim quién se imaginaba que sería aquel hombre.
—¡Dios sabe! —contestó el muchacho alegremente. Su tono tal vez hubiera engañado a Mahbub Alí, pero no al curandero de perlas enfermas.
—Eso es verdad. Dios lo sabe, pero yo quiero saber lo que piensas tú.
Kim observó de reojo a su compañero, que tenía algo en la mirada que parecía exigir la verdad.
—Yo…, yo creo que me necesitará cuando salga de la escuela, pero… —añadió confidencialmente, al ver que el sahib Lurgan hacía un gesto de aprobación— no entiendo cómo le es posible a ese hombre disfrazarse ni hablar varios idiomas.
—Más tarde comprenderás muchas cosas. Se dedica a escribir historias para cierto coronel. Es persona muy respetada sólo en Simla, y es de notar que no tiene nombre conocido, sino solamente un número y una letra, como es costumbre entre nosotros.
—¿Y su cabeza también está puesta a precio, como la de Mah…, y la de todos los demás?
—Todavía no. Pero si un muchacho que está en este momento sentado aquí mismo, se levantase y fuese (¡mira, la puerta está abierta!) hasta cierta casa que tiene un porche pintado de rojo y está situada detrás del teatro viejo, en el bazar de abajo, y murmurase a través de los postigos de esa casa: «Hurree Chunder Mookerjee fue quien hizo la delación el mes pasado», ese muchacho recibiría como recompensa una bolsa llena de rupias.
—¿Cuántas? —preguntó Kim rápidamente.
—Quinientas…, mil…, las que pidiese.
—Muy bien. ¿Y cuánto tiempo viviría ese muchacho después de entregar esa información? —dijo riéndose en las barbas del sahib Lurgan.
—¡Ah! Eso es para pensárselo muy bien. Si fuese muy listo, tal vez pudiera vivir hasta el final del día…, pero no pasaría de la noche. No, lo que es a la noche no llegaría, de ninguna manera.
—Entonces, ¿qué sueldo tendrá ese babú, para que den tanto dinero por su cabeza?
—Ochenta…, tal vez ciento…, o ciento cincuenta rupias; pero en estas cosas la paga es lo de menos. De vez en cuando, Dios hace que nazcan hombres (y tú eres uno de ellos) que sienten una profunda pasión por las acciones en las que se expone la vida a cambio de averiguar cosas. Hoy se trata de los asuntos de un lugar lejano, mañana de inspeccionar una montaña escondida, y otro día de descubrir a algunos hombres próximos a nosotros que hayan cometido alguna tontería contra el Estado. Hay muy pocas personas capaces de hacer eso, y entre esas pocas, no más de diez se distinguen entre todas. Una de esas diez es el babú, aunque parezca raro. ¡Qué grande y hermoso debe de ser este oficio, cuando es capaz de enardecer hasta el corazón de un bengalí!
—Es verdad. Pero los días pasan muy despacio para mí. Aún soy un chiquillo y apenas hace dos meses que aprendí a escribir anglesi[7]. Aún ahora no lo puedo leer de corrido. ¡Y pensar que aún faltan años, años interminables para llegar a ser cadenero!
—Ten paciencia, Amigo de todo el Mundo —Kim se sobresaltó al oír su apodo—. Ojalá pudiera disponer de algunos de esos años que a ti te pesan tanto. Durante el corto tiempo que has estado conmigo, te he probado de varias formas de poca importancia. No tengas cuidado; no se me olvidará nada cuando dé cuenta por escrito al sahib coronel. —Y entonces, cambiando de repente al inglés, añadió echándose a reír:
—¡Caramba! O’Hara, creo que vales mucho; pero no debes enorgullecerte ni irte de la lengua. Ahora tienes que volver a Lucknow y ser un buen chico y no ocuparte más que de los libros, como dicen los ingleses, y tal vez en las vacaciones próximas, si tú quieres, vuelvas otra vez aquí. —Kim puso mala cara—. ¡Ah!, conste que he dicho si quieres. Pero ya me figuro adónde preferirás ir.
Cuatro días después, Kim y su pequeño baúl ocuparon un asiento, previamente reservado, en la parte trasera de una tonga con destino a Kalka. Su compañero de viaje era el babú, que parecía una ballena. Con un chal arrollado alrededor de su cabeza, y sentado sobre su rolliza pierna izquierda, enfundada en una media calada, temblaba y tiritaba al sentir el aire frío de la madrugada.
«¿Cómo es posible que este hombre sea uno de los nuestros?», pensaba Kim mientras contemplaba su espalda gelatinosa estremeciéndose con el traqueteo del carruaje; y esta re flexión lo transportó a los más deliciosos sueños. El sahib Lurgan le había dado cinco rupias (una suma espléndida), y la seguridad de su protección si se portaba bien en el colegio. Al contrario que Mahbub Alí, el sahib Lurgan le había hablado explícitamente de la recompensa que alcanzaría siendo obediente, y Kim se sentía satisfecho. ¡Si algún día, como el babú, pudiese gozar de la dignidad de «una letra y un número» y tener su cabeza puesta a precio! Pero llegaría el día en que tendría todo eso y más aún. ¡Un día en que sería tan grande como Mahbub Alí! En lugar de unas cuantas azoteas, el campo de sus operaciones abarcaría la mitad de la India; espiaría a reyes y a ministros, de la misma manera que en tiempos pasados había espiado a vakils (letrados) y a los recaderos de los abogados en la ciudad de Lahore por cuenta de Mahbub Alí. Mientras tanto, se alzaba ante él la necesidad imperiosa, y no del todo desagradable, de regresar a San Javier. Habría muchos alumnos nuevos con quienes condescender e historias que escuchar sobre aventuras durante las vacaciones. El joven Martin, hijo del plantador de té de Manipur, había alardeado de que iría armado de un rifle a dar una batida a los cazadores de cabezas. Eso tal vez fuera verdad, pero, seguramente, el joven Martin no había volado a través de un patio del palacio de Patiala como consecuencia de la explosión de los fuegos artificiales; ni había… Kim empezó a repasar en la memoria todas sus aventuras de los tres meses últimos. Con seguridad podía dejar estupefacto a todo San Javier (incluso a los muchachos mayores que ya se afeitaban) si le estuviera permitido contar todas sus hazañas. Pero, claro, sobre eso no había que hablar ni una sola palabra. Ya llegaría el tiempo en que su cabeza tendría precio, según le había asegurado el sahib Lurgan; y si hablaba más de la cuenta, no sólo perdería la ocasión de alcanzar ese precio, sino que el coronel Creighton se desharía de él y quedaría expuesto a las iras del sahib Lurgan y de Mahbub Alí durante el poco tiempo que le restase de vida.
«Y así perdería Delhi a cambio de un pescado», pensó, aplicando el refrán. Era necesario olvidar sus vacaciones (siempre quedaba el recurso de inventar unas pintorescas aventuras), y, como había dicho el sahib Lurgan, trabajar.
De todos los muchachos que regresaron a San Javier, desde Sukkur, entre las arenas, hasta Galle, bajo las palmeras, no había ninguno, seguramente, más lleno de buenos deseos que Kimball O'Hara cuando se dirigía en el coche dando tumbos camino de Ambala detrás de Hurree Chunder Mookerjee, cuyo nombre en los libros de cierta sección del Servicio Etnológico era R. 17.
Y por si requería algún estímulo adicional, el babú se encargó de suministrarlo. Después de una copiosa comida en Kalka, se puso a hablar largo y tendido. ¿De modo que Kim se dirigía al colegio? Entonces él, un M.A. de la Universidad de Calcuta, tenía el deber de explicarle las ventajas de la enseñanza. Era preciso obtener buenas notas atendiendo debidamente al latín y a La excursión, de Wordsworth (todo eso era griego para Kim). El francés también era imprescindible y el más correcto podía aprenderse en Chandernagore, que está a pocas millas de Calcuta. Pero un hombre podía ir muy lejos, como le ocurría a él, sólo con estudiar a fondo las obras de teatro llamadas Lear y Julio César, por las que sienten los profesores una gran predilección. Lear no contenía tantas alusiones históricas como Julio César; este libro costaba cuatro annas, pero podía adquirirse, de segunda mano, por dos annas en el bazar Bow. Aún más importante que Wordsworth o los autores eminentes Burke y Hare, era la ciencia de la topografía. Un muchacho que se haya examinado de estas materias —para las cuales no sirve de nada darse un atracón de libros—, era capaz de levantar mentalmente el plano de un terreno, plano que podía venderse luego por grandes sumas de monedas de plata, sin más trabajo que darse un paseo provisto de una brújula, un nivel y una vista perspicaz. Pero como en ocasiones no era conveniente llevar consigo una cadena de agrimensor, era necesario que el muchacho conociera la longitud exacta de su paso, de tal modo que aun cuando se viese privado de lo que Hurree Chunder llamaba «ayudas adventicias», pudiera, sin embargo, medir las distancias. Para llevar la cuenta de millares de pasos, la experiencia había enseñado a Hurree Chunder que nada superaba a un rosario de ochenta y una o ciento ocho cuentas, porque esos números «son divisibles y subdivisibles en muchos múltiplos y submúltiplos». Entre el constante ir y venir del inglés al idioma vernáculo, Kim pudo seguir el hilo de la idea principal, que le interesó muchísimo. Se trataba de una nueva habilidad que un hombre podía conservar en su cabeza; y por el aspecto que presentaba el largo y ancho mundo que se desplegaba ante él, parecía que, cuantas más cosas supiera un hombre, mejor para él.
Después de haber hablado durante hora y media, añadió el babú:
—Yo espero que algún día tendré el placer de conocerte oficialmente. Ad interim, y te ruego me perdones por usar esta expresión, te daré esta caja de betel, que es un objeto de considerable valor y me costó dos rupias no hace más que cuatro años. —Era un objeto de latón de mala calidad en forma de corazón, y tenía en su interior tres compartimientos para llevar el eterno fruto de la areca, cal de conchas y pan; pero los tres departamentos estaban ahora llenos de frasquitos de píldoras—. Esto es una recompensa por tu buena caracterización como santón. Como eres tan joven, supones que siempre vas a estar bueno y no te preocupas de tu salud. Pero es una cosa muy molesta ponerse enfermo cuando se está comprometido en un asunto. Yo soy muy aficionado a las medicinas, y las uso también para curar a la gente pobre. Son buenas medicinas de procedencia oficial…, quinina y cosas parecidas. Te las regalo como recuerdo. Y ahora, adiós. Tengo que resolver un asunto privado y urgentísimo en esta misma carretera.
Descendió del carruaje tan silenciosamente como un gato, en plena carretera de Ambala, llamó a un ekka que pasaba, y se alejó entre cascabeleos, mientras Kim, en el colmo del estupor, daba vueltas a la caja de betel de latón entre las manos.
El historial de la educación de un muchacho no interesa a nadie más que a los padres, y ya es sabido que Kim era huérfano. En los libros de San Javier in Partibus consta que, al final de cada trimestre, se enviaba un informe de los progresos de Kim al coronel Creighton y al padre Víctor, de quien se recibía el dinero para su formación a su debido tiempo. Además, según consta también en los citados libros, el muchacho mostró una gran aptitud para los estudios matemáticos, así como para la cartografía, y ganó un premio (La vida de lord Lawrence, encuadernación en piel, dos tomos, nueve rupias y ocho annas) por su aprovechamiento en estas materias; durante este período jugó en el once de San Javier contra el colegio mahometano Allyghur, contando por entonces catorce años y diez meses. También consta que fue revacunado por aquella misma época (de lo que deducimos que hubo otra epidemia de viruela en Lucknow). Algunas notas escritas con lápiz en el margen de un antiguo justificante de revista, nos dicen que fue castigado varias veces por «estar conversando con personas inadecuadas» y parece ser que otra vez fue sometido a duros castigos por «ausentarse durante un día entero en compañía de un mendigo». Eso ocurrió la vez aquella en que saltó por encima de la verja y le estuvo suplicando al lama durante todo el día, a la orilla del Gumti, que le permitiera acompañarle en la carretera en las siguientes vacaciones, aunque no fuera más que un mes… o una semanita, y el lama se negó rotundamente afirmando que todavía no había sonado la hora de reunirse. Lo que tenía que hacer Kim, según decía el viejo, mientras compartían unas tortas, era adquirir de los sahibs la mayor sabiduría posible, y después ya hablarían. La Mano de la Amistad en cierto modo desvió el Látigo de la Calamidad, porque seis semanas después pasó un examen de topografía elemental «con excelentes resultados», siendo entonces su edad de quince años y ocho meses.
Desde esta fecha ya no se vuelve a encontrar dato alguno. Su nombre no aparece en el registro anual de los que son admitidos como candidatos para el Servicio Topográfico de la India, pero al lado de su nombre aparece la frase «trasladado por nombramiento.» Varias veces en el transcurso de esos tres años, fue recibido el lama en el templo de los Tirthankers en Benarés; estaba un poco más delgado y algo más amarillo, si es que eso era posible, pero cortés y tan incontaminado como siempre. Unas veces venía del sur, desde más al sur de Tuticorin, de donde parten esos maravillosos buques de fuego que conducen a Ceilán, en donde hay sacerdotes que conocen el pali; algunas veces llegaba del húmedo y verde Oeste y de las mil chimeneas de las fábricas de algodón que rodean Bombay, y una vez vino del Norte, tras recorrer ochocientas millas, adonde había ido con el solo objeto de charlar un día con el Guardián de las Imágenes de la Casa Maravillosa. Al llegar, se dirigía a su celda a grandes zancadas, atravesando los frescos corredores de mármol —los sacerdotes del templo eran muy deferentes con el viejo—, se quitaba el polvo del camino, rezaba unas cuantas plegarias y partía para Lucknow, acostumbrado ya a los trenes, en un vagón de tercera. A su regreso se notaba, como su amigo, también obsesionado por la Búsqueda, le hizo observar al prior, que cesaba por algún tiempo de lamentarse de la pérdida de su Río, o de dibujar sus excelentes composiciones de la Rueda de la Vida, y prefería hablar de la belleza y sabiduría de cierto chela misterioso a quien ningún sacerdote del templo había visto jamás. Había seguido las huellas de los Benditos Pies a través de toda la India. (El director del Museo tiene aún en su poder un maravilloso relato de sus peregrinaciones y de sus meditaciones). Ya no le restaba más deber en su vida que encontrar el Río de la Flecha. Sin embargo, los sueños le habían revelado que esa empresa no debía emprenderla con esperanzas de éxito, a menos que le acompañase el chela señalado para llevar la empresa a su feliz conclusión, un chela dotado de gran sabiduría… tanta sabiduría por lo menos como la que poseen los Guardianes de pelo blanco de las Imágenes. Por ejemplo (aquí surgía la calabaza con el rapé, y los bondadosos sacerdotes jainíes se apresuraron a guardar silencio):
—Hace mucho, mucho tiempo, cuando Devadatta era rey de Benarés, ¡escuchad todos el Játaka!(19), los cazadores del rey capturaron un elefante y, antes de que recobrara la libertad, le colocaron un doloroso grillete en una pata. Trató de arrancárselo con dolor y furia en su corazón, y corrió desesperado de un lado a otro de la selva en busca de los elefantes, sus hermanos, para que se lo rompieran a pedazos. Uno a uno fueron intentándolo trabajando con sus fuertes trompas, y fracasaron. Al fin todos fueron de la opinión que no había poder de animal alguno que pudiera romperlo. En un bosquecillo había una cría de la manada, recién nacida, empapada aún de la humedad del parto, cuya madre había muerto. El elefante trabado, olvidando sus propios dolores, dijo: «Si no ayudo a este mamoncillo, perecerá al paso de la manada». De manera que, poniéndose sobre el recién nacido, formó con sus propias patas una fortaleza que se matuvo firme ante el empuje de la manada en movimiento. Y solicitó de una virtuosa vaca leche para el pequeño, y éste creció, y el elefante trabado fue su guía y su sostén. Pero un elefante tarda, ¡escuchad todos el Jâtakal, treinta y cinco años en alcanzar la plenitud de sus fuerzas y durante treinta y cinco Lluvias el elefante trabado protegió al joven, y, mientras tanto, el cepo se iba hundiendo cada vez más en su carne.
»Entonces, un día el elefante joven vio el hierro medio hundido, y, dirigiéndose al viejo, dijo: «¿Qué es eso?» «Ésta es mi desdicha», contestó el que lo había protegido. Entonces el joven metió su trompa, y en un abrir y cerrar de ojos hizo saltar el cepo, gritando: «La hora señalada ha sonado». Y de este modo el elefante virtuoso, que había esperado pacientemente, practicando actos de bondad, fue puesto en libertad en el momento señalado por el elefante joven, a quien había distinguido y cuidado, porque, ¡escuchad todos el Jâtakal, el elefante era Ananda y el que rompió el anillo era nada menos que Nuestro Señor en persona…
Y sacudiendo la cabeza blandamente e inclinándose sobre el rosario tintineante; les explicó cuán ajeno era el elefante joven al pecado del orgullo. Era tan humilde como un chela quien, viendo a su maestro sentado en el polvo, ante el umbral de las Puertas de la Sabiduría, había saltado por encima de ellas (aunque estaban cerradas) y había abrazado a su maestro delante de la ciudad entera. ¡Grande sería la recompensa que alcanzarían ese chela y ese maestro cuando llegase la hora propicia de buscar juntos la libertad!
Así hablaba el lama sin cesar, yendo y viniendo a través de la India tan suavemente como un murciélago. Una vieja de afilada lengua, que vivía en una casa oculta entre árboles frutales, detrás de Saharanpur, lo honró de la misma forma que aquella otra mujer había honrado al profeta, pero su cámara no estaba en modo alguno sobre la pared. El lama se sentaba en una habitación que daba al patio anterior poblado de palomas arrulladoras, mientras ella apartaba el inútil velo y charlaba de los espíritus y de los demonios de Kulú, de nietos que aún habían de nacer y de aquel mocoso de lengua desenvuelta que se había puesto a charlar con ella en el parao. En una ocasión el lama se alejó de la carretera Gran Tronco por debajo de Ambala y se encaminó, sin saberlo, a la aldea donde vivía el sacerdote que había intentado narcotizarlo; pero el cielo bondadoso que protege a los lamas hizo que, vagando a la hora del crepúsculo por los campos, absorto en sus meditaciones, se encontrase de repente ante la puerta del resaldar. Allí estuvo a punto de producirse un grave malentendido cuando el viejo soldado le preguntó por qué el Amigo de las Estrellas había pasado por allí tan sólo seis días antes.
—Eso no puede ser —dijo el lama—. El muchacho ha vuelto con su propia gente.
—En este mismo rincón estaba sentado, contando mil historias divertidas, hace cinco noches —insitió el huésped—. Verdad es que se desvaneció repentinamente al amanecer, después de charlar lleno de alegría con mi nieta. Crece muy de prisa, pero es el mismo Amigo de las Estrellas que me trajo la noticia cierta de la guerra. ¿Es que os habéis separado?
—Sí… y no —replicó el lama—. Nosotros… no nos hemos separado por completo, pero aún no ha llegado el momento de que volvamos juntos a la carretera. Ahora está adquiriendo conocimientos en otro lugar. No tenemos más remedio que esperar.
—Así será, puesto que tú lo dices…; pero, entonces, si no era ese muchacho, ¿por qué estuvo hablando de ti todo el tiempo?
—¿Y qué dijo? —preguntó el lama con ansiedad.
—Palabras cariñosas…, más de cien mil…, que tú eres su padre y su madre, y cosas así. Es una lástima que no se aliste al servicio de la Reina. No tiene miedo a nada.
Estas noticias llenaron de confusión al lama, pues por aquel entonces aún no sabía lo religiosamente que cumplía Kim el contrato hecho con Mahbub Alí, ratificado a la fuerza por el coronel Creighton…
—No hay manera de mantener alejado al potro joven del juego —dijo el tratante cuando el coronel le indicó que ese vagabundear por la India durante las vacaciones era una cosa absurda—. Si se le niega el permiso de ir y venir por donde se le antoje, hará oídos sordos a la prohibición. Y entonces, ¿quién será capaz de pillarlo? Sahib coronel, sólamente una vez cada mil años nace un caballo tan bien dispuesto para el juego como este potro que tenemos ahora. Y necesitamos hombres.

Capítulo X

Vuesto halcón está demasiado tiempo encerrado, señor. No es un halcón niego
sino un halcón volandero que ya cazaba antes de que lo capturáramos, en peligrosa libertad. A fe mía que si yo fuera su dueño
(como lo soy del guante en que se posa cuando se agota),
lo haría volar con un halcón adiestrado. Está ya en sazón,
completamente plumado —tan habituado a los hombres, bien curtido…
Dadle el firmamento para el que Dios lo crió,
y, ¿quién podrá arrebatarle el aire?
Cantar antiguo

E1 sahib Lurgan no empleó un lenguaje tan explícito, pero sus consejos coincidieron con los de Mahbub, y el resultado fue favorable para Kim. Ahora, éste se guardaba mucho de salir de la ciudad de Lucknow vestido a lo indígena, y, por ejemplo, si el tratante se encontraba en algún lugar conocido donde pudiese recibir una carta, Kim se dirigía al mismo campamento de Mahbub y allí hacía su transformación bajo la mirada atenta del pathan. Si el estuche de pinturas para topografía que usaba para iluminar sus mapas en el colegio tuviera lengua para contar las aventuras de las vacaciones, podrían haberlo expulsado. Una vez fueron juntos Mahbub y él hasta la hermosa ciudad de Bombay, llevando tres vagones llenos de caballos, y Mahbub estuvo a punto de ceder a la proposición de Kim de embarcarse en un dhow para cruzar el océano índico y comprar caballos árabes del Golfo, los cuales, según sabía por un gorrón que acompañaba al tratante Abdul Rahmán, alcanzaban mejores precios que los kabulis corrientes.
Kim metió también la mano en la fuente, en compañía del gran tratante, cuando éste invitó a Mahbub y a algunos otros correligionarios a una gran comida haj. El regreso de este viaje lo hicieron por mar hasta Karachi, y Kim adquirió sus primeras experiencias del mareo, sentado en la escotilla de proa de un vapor de cabotaje, completamente persuadido de que lo habían envenenado. La famosa caja de medicinas del babú no le sirvió de nada en aquella ocasión, aunque Kim había tenido cuidado de llenarla de nuevo en Bombay. Mahbub tenía asuntos que despachar en Quetta, y allí Kim (según el mismo Mahbub confesaba) se ganó todos los gastos que le había ocasionado y un poco más. Permaneció durante cuatro días como pinche de cocina en casa de un sargento muy gordo de Intendencia, de cuyo escritorio sustrajo, aprovechando un momento oportuno, un cuaderno de vitela. De este cuaderno, durante una interminable noche calurosísima —tumbado a la luz de la luna, detrás de una dependencia de la casa— copió Kim algunas páginas, que al parecer no se referían más que a ganado y a ventas de camellos. En seguida volvió a colocar el cuaderno donde estaba, y, al indicárselo Mahbub, abandonó el empleo sin haber cobrado, llevando en su pecho la copia, y reuniéndose con él a seis millas de la ciudad.
—Ese soldado es un pez chico —le explicó Mahbub Alí—, pero ya llegará el momento de pescar al pez gordo. Éste no hace más que vender los bueyes a dos precios, uno para su uso particular y otro para el Gobierno, lo que a mí me parece que no es un pecado muy grave.
—Pero ¿por qué no me has dicho que me llevara el cuaderno y hubiéramos acabado de una vez?
—Porque entonces se hubiera asustado y se lo hubiera contado en seguida a su amo, con lo cual perderíamos nosotros la ocasión de apoderarnos de un gran número de fusiles nuevos que están buscando la manera de salir por la frontera, al norte de Quetta. El juego es tan extenso que no se puede abarcar más que un fragmento en cada momento.
—¡Ah! —dijo Kim, y se calló. Esto ocurrió durante la tregua de los monzones después de haber ganado el premio de matemáticas. Las vacaciones de Navidad las pasó, excepto diez días que se tomó para divertirse por su cuenta, con el sahib Lurgan, sentado la mayor parte del tiempo al lado del alegre fuego de la leña —aquel año la carretera de Jakko estaba cubierta por cuatro pies de nieve—, y como no estaba el chiquillo hindú, pues se había marchado para casarse, ayudaba a Lurgan a ensartar perlas. Lurgan le hizo aprender de memoria capítulos enteros del Corán, hasta que Kim llegó a recitarlos con la misma cadencia y tono de un mullah. Además, le enseñó el nombre y las propiedades de muchas medicinas del país, así como las palabras de sortilegio que es preciso pronunciar en el momento de administrarlas. Por la noche escribía sobre pergamino encantos y maleficios; complicados pentagramas coronados de nombres de demonios, como Murra y Awan, el Compañero de los Reyes, escritos con letras fantásticas en los vértices. Lurgan puso aún más interés en que aprendiera a cuidar de su propio cuerpo, a curarse los accesos de fiebre y a usar oportunamente todos los remedios sencillos para cuando se viaja. Una semana antes de que terminaran las vacaciones, el coronel Creighton —lo que fue una mala pasada de su parte— envió a Kim un cuestionario de examen que se refería únicamente a varas de medir, cadenas de agrimensor, limbos y ángulos.
Las vacaciones siguientes salió Kim con Malibub, y esta vez, por cierto, casi se muere de sed durante la travesía que hizo por las arenas del desierto a lomos de un camello hacia la mis teriosa ciudad de Bikaner, donde los pozos están a cuatrocientos pies de profundidad, y marcados alrededor por osamentas de camellos. Ese viaje no fue nada divertido desde el punto de vista de Kim, porque, a pesar del contrato, el coronel le ordenó que hiciera un mapa de aquella extraña ciudad amurallada; y como no es corriente que los niños mahometanos —ya se dediquen a cuidar caballos o a preparar las pipas de sus amos— extiendan cadenas de agrimensor en torno a la capital de un Estado indígena independiente, Kim tuvo que recorrer todas las distancias midiéndolas a pasos y llevando la cuenta por medio del rosario. También usaba la brújula para tomar las orientaciones en cuanto se le presentaba una ocasión propicia —generalmente, después de anochecido, cuando los camellos habían sido alimentados—, y con ayuda de su cajita con seis pastillas de colores para uso del agrimensor, y tres pinceles, dibujó algo que se parecía en cierto modo a la ciudad de Jeysalmir. Malibub se rió muchísimo y le aconsejó que hiciera además un informe escrito; y apoyado sobre las tapas del voluminoso libro de cuentas, que estaba bajo los faldones de la montura favorita de Malibub, Kim se puso a trabajar.
—Debes poner todo lo que hayas visto, tocado o pensado. Escribe como si el mismo sahib Jang-i-Lat pensase venir furtivamente con un gran ejército equipado para la guerra.
—¿Un ejército de cuántos hombres?
—De aproximadamente la mitad de un laj.
—¡Eso es una locura! Acuérdate de lo pequeños y escasos que eran los pozos en el desierto. Ni siquiera mil hombres sedientos podrían llegar hasta allí.
—Pues escribe todo eso, así como las grietas que hay en las murallas y el sitio donde cortan la leña, y cuál es el temperamento y la disposición del Rey. Vamos a estar aquí hasta que venda todos los caballos. Alquilaré un cuarto junto a la puerta de entrada de la ciudad y tú pasarás por mi contable. La puerta tiene buena cerradura.
El informe, redactado en esa inconfundible escritura cursiva, propia de San Javier, y el mapa embadurnado de amarillo, pardo y carmín, todavía podía verse hace pocos años (un funcionario poco cuidadoso lo archivó junto con las notas en borrador de la segunda expedición llevada a cabo por E. 23 al Sistan), pero a estas alturas los caracteres escritos a lápiz deben de haber quedado casi ilegibles. Al día siguiente de su regreso, el muchacho, sudando bajo la luz de una lámpara de aceite, tradujo a Malibub todo lo que había escrito. El pathan se levantó y se agachó sobre sus alforjas mugrientas.
—Ya sabía yo que el trabajo sería digno de un traje de gala; así es que me traje uno ya preparado —dijo sonriendo—. Si yo fuera el Emir de Afganistán (y algún día puede que lo conozcas) te llenaría de oro la boca. —Y fue presentando todas las prendas a lo pies de Kim: un casquete en forma de cono, bordado en oro, que era un turbante de Peshawar; una larga tira de paño para el turbante, terminada por una ancha franja de oro; un chaleco bordado de Delhi, para colocarlo sobre una camisa blanca como la leche, amplia y flotante, que se abrochaba por el lado derecho; un pantalón bombacho verde con un cinturón de seda trenzada; y para que no faltase nada, añadió unas babuchas de piel de Rusia, que olían maravillosamente, y cuyas puntas se curvaban con aire arrogante.
—Ponerse ropa nueva los miércoles por la mañana es de buen agüero —dijo solemnemente Mahbub—. Pero no debemos olvidar a la gente mala que habita este mundo. Así que…
Y coronó aquel regalo espléndido, que había dejado a Kim estupefacto y sin aliento, con un revólver niquelado del calibre 11 y semiautomático, con cachas de nácar.
—Al principio pensé comprarte uno de calibre más pequeño, pero después me decidí por éste, que usa los cartuchos reglamentarios; de este modo siempre se pueden adquirir municiones…, sobre todo cuando uno se encuentra en las inmediaciones de la frontera. Levántate y deja que te vea —añadió, dándole unas palmadas en la espalda—. ¡Ojalá que no te canses nunca, pathan! ¡Ah, los corazones que van a ser destrozados! ¡Ah, las miradas de reojo, bajo la sombra de las pestañas!
Kim se giró, se puso de puntillas, se estiró cuanto pudo e, instintivamente, se llevó la mano al bigotillo que le estaba empezando a salir. Pero de repente se lanzó a los pies de Mahbub en señal de profunda gratitud, acariciándolo con sus manos agitadas; su corazón rebosaba en tal forma, que le era imposible pronunciar una palabra. Pero Mahbub se anticipó a sus movimientos y lo recibió en sus brazos.
—Hijo mío, ¡no necesitamos decirnos ni una palabra! Pero, ¿verdad que el pequeño revólver es una preciosidad? Los seis cartuchos se descargan con un solo movimiento. Debes llevarlo en el pecho, en contacto con la piel, y así se conservará siempre engrasado. No lo guardes en ningún otro sitio, y quiera Dios que algún día mates a un hombre con él.
—¡Hai mai! —dijo Kim tristemente—. Si un sahib mata a un hombre, lo ahorcan en la cárcel.
—Es verdad; pero en cuanto se da un paso más allá de la frontera, los hombres son más juiciosos. Guárdatelo, pero antes cárgalo. ¿De qué sirve un revólver descargado?
—Cuando regrese a la madrasa, tendré que entregarlo. Allí no están permitidas las armas de fuego. ¿Me lo querrás guardar tú?
—Hijo mío, ya estoy harto de esa madrasa, donde desperdician los mejores años de un hombre en enseñarle lo que sólo se puede aprender en el camino. La locura de los sahibs no tiene principio ni fin. ¡Qué le vamos a hacer! Tal vez ese informe escrito te ahorre algún tiempo de cautiverio y bien sabe Dios que necesitamos cada vez más hombres en el juego.
Continuaron la marcha a través del desierto de sal, con la boca tapada para evitar que les entrara la arena que arrastraba el viento, hasta llegar a Jodhpur, donde Mahbub y su gentil sobrino Habib Ullah hicieron muchos negocios; y desde allí, Kim, tristemente embutido otra vez en su traje europeo, que se le iba quedando pequeño por momentos, se dirigió a San Javier en un compartimento de segunda clase. Tres semanas después, el coronel Creighton, que se hallaba escogiendo unos puñales tibetanos en la tienda de Lurgan, se encaró con Mahbub Alí, quien se presentó en completa rebeldía. El sahib Lurgan se reservó para actuar como un refuerzo en caso necesario.
—¡El potro está ya en sazón…, educado…, metido en bocado y paso, sahib! Desde este momento, cada día que pase irá perdiendo sus buenas costumbres, si se le mantiene encerrado. Suéltele usted las riendas y déjelo correr —dijo el tratante de caballos—. Lo necesitamos.
—Pero, ¡es tan joven, Mahbub!… Nada más que dieciséis años… ¿no es eso?
—Cuando yo cumplí quince años ya había matado a un hombre y engendrado a otro, sahib.
—¡Ah, viejo pagano impenitente! —Creighton se volvió hacia Lurgan. La negra barba se inclinó, asintiendo, ante la barba teñida de rojo del afgano.
—Yo lo hubiera empleado hace ya tiempo —dijo Lurgan—. Cuanto más joven, mejor, pues por esa misma razón tengo siempre mis joyas de valor vigiladas por un niño. Usted me lo envió para que lo probara. Yo lo hice por todos los medios; y ha sido el único muchacho a quien no he podido hacerle ver cosas.
—¿En el cristal…, en el cuenco de tinta? —preguntó Mahbub.
—No. Bajo mi propia mano, como te dije. Pueden ustedes creerme. Lo que no me había ocurrido nunca. Esto quiere decir que es bastante fuerte —aunque usted piense que son tonterías, coronel Creighton— para lograr de cualquiera que haga lo que él desee. ¡Y eso fue hace tres años! De entonces acá le he enseñado muchas cosas, coronel Creighton. Mi opinión es que usted lo está echando a perder.
—¡Hum! Puede que tengáis razón. Pero ya sabéis que ahora no hay en el Servicio ningún trabajo pendiente donde poder emplearlo.
—Que salga…, que corra —interrumpió Mahbub—. ¿Quién va a pretender que un potro arrastre al principio cargas pesadas? Que corra con las caravanas, como las crías de nuestros camellos blancos…, para que traiga la suerte. Yo me lo llevaría conmigo, pero…
—Hay un pequeño asunto donde sería más útil…, en el sur —dijo Lurgan con su peculiar afabilidad, dejando caer sus pesados párpados azulados.
—Lo tiene entre manos E. 23 —dijo Creighton rápidamente—. Allí no debe ir. Además, no sabe turco.
—Basta que se le diga al muchacho la forma y el olor de las cartas que deseamos, para que nos las traiga —insistió Lurgan.
—No. Esa empresa es para un hombre —dijo el coronel.
Se trataba de un asunto intrincado, de una correspondencia furtiva e incendiaria, cruzada entre una persona que pretendía ser la suprema autoridad de todo el mundo en los asuntos concernientes a la religión mahometana, y un joven miembro de una casa real a quien habían impuesto sanciones por secuestrar mujeres en territorio británico. El arzobispo islámico escribía en tono enfático y arrogante; el joven príncipe se mostraba simplemente ofendido por la disminución de sus privilegios, pero no había ninguna necesidad de que continuase una correspondencia que algún día podría comprometerlo. De hecho, se había conseguido obtener una carta, pero el autor del hallazgo fue encontrado muerto a orillas de un camino y disfrazado con el traje de un comerciante árabe, según el parte puntual transmitido por E. 23, que se había encargado del trabajo.
Estos hechos, y algunos otros que no pueden publicarse, eran la causa de que tanto Mahbub como Creighton sacudiesen la cabeza.
—Déjele ir con su lama rojo —dijo el tratante haciendo un esfuerzo—. Le tiene mucho cariño al viejo. Y, por lo menos, aprenderá a talonar su paso por medio del rosario.
—He tenido algún trato con el viejo…, por carta —dijo el coronel, sonriendo para sus adentros—. ¿En dónde está?
—Danzando de un lado a otro de esta tierra, como ha hecho durante estos tres años, buscando un Río milagroso. ¡Dios maldiga a todos los…! —Mahbub se contuvo—. Cuando regresa de sus viajes se aloja en el templo de los Tirthankers, o en Buddh Gaya. Y en seguida se va a ver al muchacho a la madrasa, según sabemos, porque debido a eso el chico ha sido castigado dos o tres veces. Está completamente loco, pero es un hombre pacífico. Lo conozco lo suficiente. El babú también ha tenido tratos con él. Durante estos tres años lo hemos vigilado, y los lamas rojos no son tan corrientes en la India como para perder su rastro.
—Los babús son muy curiosos —dijo pensativamente Lurgan—. ¿Sabe usted lo que desea verdaderamente Hurree el babú? Quiere que lo hagan miembro de la Sociedad Real[8] por las notas etnológicas que toma. Yo le conté lo mismo que a usted, todo lo que Mahbub y el muchacho me habían relatado respecto al lama, y Hurree el babú se va a menudo a Benarés… y hasta creo que él mismo se costea los gastos.
—No lo creo… —dijo Creighton secamente. Como que él mismo había pagado los gastos del viaje que hacía Hurree, impulsado por la más viva curiosidad de saber qué clase de persona era el lama.
—Y varias veces, durante estos años, ha ido a visitar al lama, para que le informara acerca del lamaísmo y las danzas del diablo, los hechizos y encantos. ¡Virgen santa! Yo mismo le hubiera contado todas estas cosas, que conozco hace ya muchos años. Mi opinión es que Hurree el babú se está haciendo viejo para los trabajos del camino. Prefiere recoger datos sobre usos y costumbres. Sí, desea ser un FRS[9].
—Hurree tiene buena opinión del muchacho, ¿verdad?
—¡Oh!, ya lo creo… Hemos pasado varias veladas agradables en mi modesta casa…, pero me parece que sería desaprovechar al muchacho si lo entregáramos a Hurree y a sus aficiones etnológicas.
—Yo creo que como primera prueba no estaría mal. ¿Qué te parece a ti, Mahbub? Dejaremos al muchacho correr con el lama durante seis meses. Después, ya veremos. Mientras tanto, irá adquiriendo experiencia.
—Ya la tiene, sahib…, lo mismo que un pez conoce el agua en donde nada; pero por mil razones sería bueno librarlo de la escuela.
—Bueno, entonces… —dijo Creighton— puede ir con el lama, y si Hurree el babú se ocupa de vigilarlos, tanto mejor. Éste, al menos, no expondrá al muchacho a ningún peligro, como Mahbub. Es curioso… ese deseo suyo de ser un FRS. Y también muy humano. En la rama etnológica está Hurree a gran altura.
Ni por dinero ni por ascensos hubiera dejado el coronel Creighton sus trabajos en el Servicio etnológico de la India, pero en el fondo de su alma también albergaba la ambición de escribir «FRS» detrás de su nombre. No ignoraba que ciertos honores pueden obtenerse con un poco de ingenio y la ayuda de amistades; pero, según su opinión, nada, salvo el trabajo —escritos que representasen una vida laboriosa—, debían permitir el ingreso de un hombre en la Sociedad, a la cual había bombardeado durante varios años con monografías de extraños cultos asiáticos y costumbres desconocidas. De cada diez concurrentes a una de las soirées de la Sociedad Real, nueve hubieran abandonado el local por no poder aguantar más el aburrimiento; pero Creighton hubiera sido el décimo, y a veces su alma anhelaba la vida fácil en las salas de Londres abarrotadas de caballeros calvos o de pelo plateado, que desconocían por completo las fatigas del ejército y que se dedicaban a experimentos espectroscópicos, a examinar las plantas de las tundras heladas, a manejar máquinas eléctricas para medir los vuelos y aparatos para hacer cortes de fracciones de milímetros en el ojo izquierdo de un mosquito hembra. Con arreglo a la lógica y a la razón, lo que hubiera debido desear era su ingreso en la Real Sociedad Geográfica, pero los hombres son tan caprichosos como los niños en la elección de sus juegos. Así Creighton sonreía y mejoraba su opinión sobre Hurree el babú, al verlo impulsado por el mismo deseo que él.
Dejó caer la daga para fantasmas y se quedó mirando a Mahbub Alí.
—¿Cuándo podremos sacar de la cuadra al potro? —dijo el tratante leyendo en su mirada.
—Hum. Si doy ahora mismo la orden de que salga…, ¿tú qué crees que hará? En mi vida he participado en la formación de un chico como ése.
—Vendrá a buscarme —dijo Mahbub con presteza—. El sahib Lurgan y yo lo preparamos para el camino.
—Bien. Pues, así sea. Durante seis meses correrá a su capricho; pero, ¿quién responderá de él?
Lurgan inclinó ligeramente la cabeza.
—No dirá nada de nada, si es eso lo que usted teme, coronel Creighton.
—Después de todo no es más que un niño.
—Sí; pero, en primer lugar, no sabe nada que pueda contar; y en segundo, sabe a lo que se expondría. Además, quiere mucho a Mahbub Alí, y a mí también un poco.
—¿Va a recibir alguna paga? —preguntó el tratante, siempre práctico.
—Se le consignará sólamente comida y agua. Veinte rupias mensuales.
Una de las ventajas del Servicio Secreto es que no tiene ningún enojoso control de gastos. Su presupuesto es ridículo, como es natural, pero los fondos están administrados por unas pocas personas que no piden recibos ni rinden cuentas interminables. Los ojos de Mahbub se iluminaron con el mismo apego al dinero que podría sentir un sij. Y hasta cambió la faz impasible de Lurgan, al pensar en los años venideros, cuando Kim entrase y se convirtiera en un experto del Gran Juego, que no cesa jamás ni de día ni de noche a través de toda la India; y vislumbró la honra y el crédito que alcanzaría entre unos pocos elegidos, debido a este discípulo. El sahib Lurgan había transformado a un muchacho aturdido, impertinente y mentiroso de las provincias del noroeste, en lo que al presente era E. 23.
Pero la alegría de sus maestros fue pálida y borrosa al lado de la que experimentó Kim cuando el director de San Javier lo llamó para decirle que el coronel Creighton había mandado a buscarlo.
—Yo creo, O’Hara, que le ha buscado a usted una plaza como ayudante de cadenero en el Departamento de Canales: ése es el fruto de estudiar bien las matemáticas. Es una gran suerte, puesto que no tiene usted más que diecisiete años; pero, como es natural, no será usted pukka (permanente) hasta que haya aprobado los exámenes de otoño. También debe usted tener en cuenta que no sale al mundo para divertirse ni que su porvenir está ya asegurado. Tiene usted que trabajar muchísimo, pero cuando llegue a ser pukka podrá cobrar hasta cuatrocientas cincuenta rupias mensuales.
A continuación el director le dio muy buenos consejos respecto a su conducta futura, a sus costumbres y a su moral; y otros compañeros de más edad, que no habían merecido tal honor, criticaron el favoritismo y la corrupción como sólo saben hacerlo los muchachos angloindios. Incluso el joven Cazalet, cuyo padre era un pensionista que vivía en Chunar, insinuó abiertamente que el interés del coronel Creighton por Kim era completamente paternal; y Kim, en lugar de tomar represalias, ni siquiera abrió la boca. Estaba pensando en la inmensa dicha que le reservaba el porvenir, en la carta que había recibido el día anterior de Mahbub —escrita en un inglés muy pulido—, citándolo para aquella tarde en una casa cuyo simple nombre hubiera erizado los cabellos del director.
Aquella tarde, en la estación del ferrocarril de Lucknow, al lado de las básculas de los equipajes, le decía Kim a Mahbub:
—Esta última temporada temía que el techo se me cayese encima y me aplastara. ¡Oh, padre mío!, ¿es verdad que ya ha terminado todo esto?
Mahbub chasqueó los dedos para mostrar hasta qué punto era aquello el fin, y sus ojos brillaron como carbones encendidos.
—Entonces, ¿dónde tienes la pistola, ahora que ya la puedo llevar?
—¡Despacio! Tienes medio año por delante para corretear sin ataduras. Se lo pedí con mucho interés al sahib coronel Creighton. Recibirás veinte rupias mensuales. El viejo Gorro Rojo ya sabe que vas con él.
—Te pagaré la dustoorie (comisión) de mi paga durante tres meses —dijo Kim gravemente—. Sí, dos rupias mensuales. Pero lo primero que tengo que hacer es despojarme de este traje.
—Se quitó los finos pantalones de hilo y se desabrochó el cuello de la camisa—. Me he traído todo lo que necesito para el camino. Mi baúl se lo han enviado al sahib Lurgan.
—El cual te envía muchos saludos…, sahib.
—El sahib Lurgan es un hombre muy inteligente. Pero tú, ¿qué piensas hacer?
—Yo voy otra vez al norte, al Gran Juego. ¿Qué otra cosa podría hacer? ¿Sigues pensando en seguir al viejo Gorro Rojo?
—No olvides que es él quien ha hecho de mí lo que soy…, aunque él ni lo sospecha siquiera. Año tras año ha enviado el dinero para que yo aprendiera.
—Lo mismo hubiera hecho yo… de habérsele ocurrido a esta cabeza dura —gruñó Mahbub—. Vamos. Los faroles están ya encendidos y nadie advertirá tu presencia en el bazar. Iremos a casa de Huneefa.
Por el camino fue Mahbub dándole los mismos consejos que le dio a Lemuel[10] su madre, y curiosamente, Mahbub le indicó con mucha precisión cómo Huneefa y las de su especie habían acabado con muchos reyes.
—Y yo recuerdo —añadió maliciosamente— a uno que decía: «Confía en una serpiente más que en una ramera, y en una ramera más que en un pathan, Mahbub Alí». Exceptuando a los pathanes (yo soy uno de ellos), todo lo demás es verdad. Y más verdad aún es esto en el Gran Juego, pues por mediación de las mujeres todos los planes se vienen abajo, y aparecemos al amanecer con un tajo en el cuello. Así le sucedió una vez a uno…
Y relató toda la historia con los más sangrientos detalles.
—Entonces, ¿por qué…? —Kim se detuvo al ver que Mahbub se paraba ante una inmunda escalerilla que conducía a la cálida oscuridad de una habitación elevada, situada en el pabellón que está detrás de la tienda de tabaco de Azim Ullah. Los que la conocen la llaman La jaula de Pájaros; tan llena está de murmullos, silbidos y gorgeos.
La sala, con sus cojines mugrientos y sus narguiles a medio fumar, olía nauseabundamente a tabaco rancio. En un rincón se hallaba tendida una mujer inmensa y deforme, vestida de gasa verde, y con la frente, narices, orejas, cuello, muñecas, brazos, cintura y tobillos cubiertos de pesadas joyas del país. Al incorporarse sonaron como el batir de peroles de cobre; un gato flaco mayaba hambriento por la parte de fuera del balcón. Kim se detuvo en la cortina de la puerta, un poco azorado.
—¿Es éste el neófito, Mahbub? —dijo Huneefa perezosamente, sin molestarse apenas en separar la boquilla de sus labios—. ¡Oh, Buktanoos! —como todas las de su clase, juraba por los espíritus demoníacos—. ¡Oh, Buktanoos! Da mucho gusto mirarlo.
—Eso forma parte de la venta del caballo —explicó Mahbub a Kim, que se echó a reír.
—He oído esas cosas desde antes de que cumpliera una semana —replicó Kim sentado en cuclillas junto a la luz—. Pero ¿cuál es el objeto de todo esto?
—Tu protección. Esta noche te cambiaremos de color. El dormir bajo techado te ha blanqueado como una almendra. Pero Huneefa posee el secreto del color indeleble. No un tinte para un día o dos. También te protegeremos contra los riesgos del camino. Ése es el regalo que yo te hago, hijo mío. Quítate todas las cosas de metal que lleves y ponlas aquí. Prepáralo todo, Huneefa.
Kim dejó a un lado su brújula, su estuche topográfico de pinturas y su caja de medicinas, recién aprovisionada. Estos objetos lo habían acompañado en todos sus viajes, y como les sucede a los niños, los valoraba inmensamente.
La mujer se levantó despacio y avanzó con sus manos un poco adelantadas. Entonces notó Kim que era ciega.
—No, no —murmuró la mujer—; el pathan dice verdad; mi color no se va ni en una semana ni en un mes, y aquellos a quienes yo protejo, pueden estar tranquilos.
—Cuando se está lejos y solo, es poco agradable sufrir una erupción o coger la lepra —dijo Mahbub—. Cuando ibas conmigo, yo podía cuidarte. Además, un pathan es de piel clara. Desnúdate hasta la cintura y mira lo blanco que estás ahora. —Huneefa volvió a tientas de un cuarto interior—. No te preocupes, no ve. —Y tomó un cuenco de peltrè de las ensortijadas manos de Huneefa.
El tinte tenía un aspecto azulado y espeso. Kim lo probó en la parte exterior de la muñeca, aplicándolo con un trozo de algodón en rama; pero Huneefa lo oyó.
—No, no —gritó—; no puede hacerse así, sino con las debidas ceremonias. El tinte es lo de menos. Tengo que darte la protección completa para el camino.
—¿Jadoo? (magia) —dijo Kim un poco asustado, pues no le gustaban aquellos ojos blancos sin vista. Pero la mano de Mahbub se apoyó en su cuello y lo hizo inclinarse hacia el suelo hasta que la nariz quedó aproximadamente a una pulgada de la tablazón.
—¡Estáte quieto! No te ocurrirá nada malo, hijo mío. ¡Yo me ofrezco por ti en sacrificio!
Kim no veía lo que hacía la mujer, pero oyó el tintineo de sus joyas durante muchos minutos. Se encendió una cerilla en la oscuridad, y percibió el chisporroteo familiar de los granos de incienso al quemarse. Entonces el cuarto se llenó de humo denso, aromático y adormecedor. Oyó, a través de una creciente somnolencia, los nombres de los demonios: de Zulbazan, hijo de Eblis, que vive en los bazares y los paraos, e impulsa a cometer todas las obscenidades de los lugares de descanso; de Dulhan, que vaga invisible alrededor de la mezquitas, se refugia en las babuchas de los creyentes y dificulta sus plegarias; y Musbut, el señor de las mentiras y del miedo. Huneefa, unas veces murmurando en su oído, otras hablando desde una enorme distancia, le tocaba con sus horribles dedos blandos, pero la férrea mano de Mahbub no se apartó de su cuello hasta que, abandonándose con un suspiro, el muchacho perdió el conocimiento.
—¡Alá! ¡Cómo ha luchado! A no ser por la droga, no hubiéramos logrado nunca que se durmiera. Debe de ser por su sangre blanca —dijo Mahbub malhumoradamente—. Sigue ahora con el dawut (invocación). Dale la Protección completa.
—¡Oh, Tú que escuchas! Tú que tienes oídos para oír, acude. ¡Atiende, oh, tú que escuchas! —Huneefa gemía, vueltos hacia poniente sus ojos muertos. El cuarto, a oscuras, se llenaba de quejidos y lamentos.
Desde el balcón surgió una imponente figura, que asomó su cabeza, redonda como una bola, y tosió nerviosamente.
—No interrumpa usted estas nigromancias ventrílocuas, amigo mío —dijo en inglés—. Yo opino que mi intervención debe de ser muy molesta para usted, pero ningún ilustrado observador tiene por qué preocuparse tanto.
—¡…Yo haré planes para arruinarlos! ¡Oh, Profeta, ten paciencia con los infieles! ¡Déjalos durante algún tiempo! —el semblante de Huneefa se dirigió hacia el norte, se contrajo horri blemente, y se oyeron voces que, al parecer, le respondían desde el techo.
Hurree el babú volvió a su cuaderno de notas, tambaleándose en el antepecho de la ventana, pero su mano temblaba. Huneefa, en una especie de éxtasis, producido por la droga, se retorcía de un lado para otro sentada con las piernas cruzadas ante la exánime cabeza de Kim, invocando uno tras otro a todos los demonios en el antiguo orden del ritual, obligándoles a apartarse de todas las acciones del muchacho.
—¡Con Él están las llaves de las Cosas Secretas! ¡Nadie las conoce más que Él! ¡Él conoce lo que hay en la tierra firme y en el mar! —Y otra vez se escucharon las susurrantes respuestas ultraterrenas.
—Yo…, yo supongo que no habrá nada maligno en esas operaciones —dijo el babú, contemplando cómo temblaban y vibraban al hablar los músculos de la garganta de Huneefa, mientras ésta hablaba en distintas lenguas—. ¿No…, no parece como si hubiese matado al muchacho? Si así fuese, yo declino ser testigo en el proceso… ¿Cuál ha sido el último hipotético demonio que ha mencionado?
—Babuyi —respondió Mahbub en el idioma indígena—. Me traen sin cuidado los demonios indios, pero los hijos de Eblis son harina de otro costal, y ya sean jumalee (bondadosos) o jullalee (terribles), no les gustan los kafires.
—¿Entonces usted cree que lo mejor que puedo hacer es marcharme? —dijo el babú Hurree, levantándose a medias—. Claro es que todas estas cosas no son más que fenómenos inmateriales. Spencer dice…
La crisis de Huneefa terminó, como ocurre siempre en estos casos, en un paroxismo de aullidos con algún espuramajo entres los labios. Luego se quedó agotada y sin movimiento al lado de Kim, y las voces enloquecidas cesaron.
—Muy bien. Pues ya está hecho el trabajo. Quiera Dios que le sirva al muchacho; verdaderamente, Huneefa es una maestra de dawut. Ayúdame a ponerla a un lado, babú. No tengas miedo.
—¿Cómo voy a temer lo absolutamente inexistente? —dijo Hurree, hablando en inglés, para tranquilizarse—. Es, sin embargo, una cosa terrible tenerle miedo a la magia, investigarla desdeñosamente, y recoger datos para la Sociedad Real, creyendo a pies juntillas en todos los Poderes de las Tinieblas.
Mahbub se echó a reír entre dientes. Conocía al babú desde hacía mucho tiempo.
—Terminemos de teñirlo —dijo—. El muchacho está ahora bien protegido, si…, si los Señores del Aire tienen oídos para oír. Yo soy un sufi (librepensador), pero cuando uno puede resguardarse de una mujer, un semental o un demonio, ¿para qué exponerse a una coz? Conduce al muchacho por el camino, babú, y ten cuidado de que ese viejo Gorro Rojo no se lo lleve fuera de nuestro alcance. Yo necesito volver a mis caballos.
—Muy bien —dijo Hurree el babú—. En este momento, el muchacho es un curioso espectáculo.
Hacia el tercer canto del gallo se despertó Kim, después de un sueño de millares de años. Huneefa roncaba pesadamente en su rincón, pero Mahbub había desaparecido.
—Espero que no te hayas asustado —exclamó una voz untuosa por encima de su hombro—. He supervisado la operación completa, lo que ha constituido un espectáculo muy interesante desde el punto de vista etnológico. Ha sido un dawut de primera clase.
—¡Huy! —dijo Kim, reconociendo a Hurree el babú, que sonrió para congraciarse con él.
—Y también he tenido el honor de traerte la ropa que llevas, de parte de Lurgan. Yo no acostumbro a llevar estas cosas a mis subordinados, pero —añadió con una risita—, tu caso está anotado en los libros como excepcional. Espero que el señor Lurgan tomará nota de mi acción.
Kim bostezó y se desperezó. Era para él un placer poder retorcerse y dar vueltas de nuevo, dentro de aquella ropa holgada.
—¿Qué es esto? —dijo mirando con curiosidad la gruesa tela empapada con los fuertes aromas del norte lejano.
—¡Oh! Esto es un adecuado vestido de chela agregado al servicio de un lama lamaístico. Está completísimo hasta en el menor detalle —dijo Hurree, dirigiéndose al balcón para lim piarse los dientes con el agua de una jarra de arcilla—. Yo soy de la opinión de que no es ésta la verdadera religión que profesa ese anciano caballero, sino una subvariante del lamaísmo. Ya he enviado varios artículos —que me han rechazado— sobre este asunto a la Asiatic Quarterly Review. Ahora bien, es curioso comprobar que el viejo caballero está totalmente desprovisto de religiosidad. Le tiene completamente sin cuidado.
—¿Lo conoce usted?
Hurree el babú alzó su brazo para indicar que estaba ocupado en ejecutar las ceremonias prescritas para el rito de lavarse los dientes y otras operaciones similares, tal como es costumbre entre los bengalíes decentemente educados. En seguida recitó en inglés una plegaria arya-somaj de naturaleza teística, y después se llenó la boca con pan y betel.
—¡Oh, sí! Me lo he encontrado varias veces en Benarés y también en Buddh Gaya, adonde fui a buscarlo para consultarle ciertos asuntos religiosos y que me explicara la adoración de los demonios. Es un agnóstico puro…, lo mismo que yo.
Huneefa se removió entre sueños y el babú Hurree saltó nerviosamente hacia el incensario de cobre, que aparecía negro y descolorido a la luz del amanecer; untó un dedo en el hollín allí acumulado y se lo pasó diagonalmente por la cara.
—¿Quién se ha muerto en tu casa? —preguntó Kim en idioma indígena.
—Nadie. Pero a lo mejor esa bruja echa mal de ojo —respondió el babú.
—Entonces, ¿qué es lo que vas a hacer ahora?
—Te dejaré camino de Benarés, si es que piensas ir allí, y te explicaré unas cosas que nadie debe saber excepto nosotros.
—Ya estoy listo. ¿A qué hora sale el te-ren? —Se puso de pie y miró alrededor de la desolada cámara y a la cara de Huneefa, amarilla como la cera, mientras los rayos inclinados del sol naciente iluminaban el suelo—. ¿Hay que pagar a la bruja?
—No. Ella te ha hecho un encantamiento para protegerte contra todos los demonios y todos los peligros… en nombre de sus demonios. Tal fue el deseo de Mahbub. —Y añadió en inglés—: A mi modo de ver, es completamente anticuado creer en estas supersticiones. Porque todo ello no es más que ventriloquia. Hablar con el vientre… ¿eh?
Kim hizo la castañeta instintivamente con los dedos, para hacer huir a cualquier demonio —ajeno, por supuesto, a las intenciones de Mahbub— que pudiera habérsele metido dentro, debido a la manipulaciones de Huneefa, y Hurree se burló de él otra vez. Pero cuando atravesaron el cuarto, el babú tuvo buen cuidado de no pisar la prolongada sombra que proyectaba sobre la tablazón del suelo la figura agachada de Huneefa. Las brujas, en sus horas propicias, pueden agarrar por los talones el alma del hombre que pise su sombra.
—Ahora debes escucharme con mucha atención —dijo el babú cuando estuvieron al aire libre—. Algunas de estas ceremonias que hemos presenciado incluyen el suministro de un amuleto de gran eficacia para los de nuestro Departamento. Si te registras el cuello, encontrarás un pequeño amuleto de plata, muy barato. Es el nuestro. ¿Entiendes?
—¡Ah, sí, hawa-dilli! (levanta-el-ánimo) —dijo Kim tentándose el cuello.
—Huneefa los hace por dos rupias y doce annas con… ¡oh!, con toda clase de exorcismos. Son como los que lleva todo el mundo, pero se diferencian en que tienen un poco de esmalte negro y llevan en su interior un papel lleno de nombres de santos locales y cosas parecidas. Ésa es la especialidad de Huneefa, ¿te das cuenta? Huneefa los hace expresamente para nosotros; pero en caso de que ella no lo haga, antes de repartirlos les ponemos una pequeña turquesa que nos da el señor Lurgan. No hay otro sitio donde procurárselo. Yo he sido quien ha inventado todo esto. Claro es que carece por completo de sanción oficial, pero es muy conveniente para los subordinados. El coronel Creighton lo ignora por completo. Es un europeo. La turquesa está envuelta en el papel… Sí, éste es el camino para la estación de ferrocarril… Ahora, supongamos que vas con el lama o conmigo, como espero que sucederá algún día, o con Mahbub. Y figúrate que nos encontramos en un lance apurado. Yo soy un hombre miedoso…, muy miedoso…, pero me he visto en trances peligrosos más veces que pelos tengo en la cabeza. Entonces dices: «Yo soy el Hijo del Encanto». Muy bien.
—No lo entiendo del todo. Pero no debemos exponernos a que nos oigan hablar en inglés aquí.
—No tiene importancia. Yo no soy más que un babú tratando de impresionarte con mi inglés. Todos nosotros, los babús, hablamos inglés para darnos pisto —continuó Hurree, mo viendo con desenvoltura el trozo de tela que llevaba por encima del hombro—. Como te iba diciendo, «Hijo del Encanto» indica que puedes ser un miembro de los Sat (los Siete Hermanos, lo que es a la vez hindi y tantra. Se supone vulgarmente que esta sociedad se ha extinguido ya, pero yo he escrito muchos artículos para demostrar que todavía está en vigor. Como comprenderás, todo ello es obra de mi invención. Muy bien. Sat Bhai cuenta con muchos miembros, y es posible que puedan ayudarte a salvar la vida antes que los otros te rebanen el pescuezo como si tal cosa. Lo cual es útil. Y además, estos estúpidos indígenas (cuando no están demasiado excitados) reflexionan un poco antes de matar a un hombre que dice pertenecer a una organización determinada. ¿Te das cuenta? De modo que cuando te veas en un momento de apuro, tienes que decir: «Yo soy Hijo del Encanto», y… tal vez… encuentres una segunda oportunidad. Esto sólo debe usarse en última instancia o cuando se quieran entablar negociaciones con un extraño. ¿Lo entiendes? Bueno. Pero supongamos ahora que yo, o cualquiera del Departamento, se te acerca vestido de un modo completamente diferente. No me reconocerías en absoluto, a menos que yo quisiese, te apuesto lo que quieras. Algún día te lo demostraré. Yo me aparezco como un comerciante de Ladakh, o cualquier otra cosa, y te digo: «¿Quiere usted comprar piedras preciosas?». Y tú contestas: «¿Tengo yo cara de comprar piedras preciosas?». Y en seguida yo digo: «Aun los hombres más pobres pueden comprar turquesas o tarkeean.»
—Eso es kichree…, un curry vegetal —dijo Kim.
—Eso es. Y tú dices: «Veamos ese tarkeean». Y en seguida replico yo: «Lo ha preparado una mujer, y tal vez sea esto un inconveniente para su casta». Entonces tú dices: «No existe casta cuando los hombres van a… buscar tarkeean». Y haces una pequeña pausa entre esas dos palabras, «a… buscar». Ése es todo el secreto. La pequeña pausa entre las palabras.
Kim repitió la frase de prueba.
—Perfectamente bien. Entonces yo te enseñaría mi turquesa, si diese tiempo, y entonces sabrías quién soy, y cambiaríamos impresiones y documentos, y todas esas cosas. Y lo mismo te ocurriría con cualquiera de nosotros. Unas veces hablamos de turquesas, y otras de tarkeean, pero siempre con esa pequeña pausa entre las palabras. Es muy fácil. Primero, «Hijo del Encanto», si te ves en un aprieto. Puede ser que encuentres ayuda, y puede ser que no. En seguida, lo que ya te he dicho sobre el tarkeean, si es que deseas tratar asuntos oficiales con un desconocido. Claro que por el momento no tienes ningún asunto oficial. Eres, ¡ja, ja!, como supernumerario—, en período de prueba. El único en tu clase. Si fueses asiático de nacimiento, hubieras podido ser empleado en seguida; pero este medio año de licencia es para desinglesarte, ¿comprendes? El lama te espera, pues yo mismo, semioficialmente, le he dado cuenta de que habías aprobado todos los exámenes, y que pronto obtendrías un empleo del Gobierno. ¡Jo, jo! Pero estás en situación de interinidad; de manera que si recibes la llamada de ayuda de los Hijos del Encanto debes ayudarlos. Ahora tengo que decirte adiós, mi querido amigo, y confío que siempre salgas adelante sin dificultad.
Hurree retrocedió, dio un paso o dos entre la multitud estacionada en la entrada de la estación de Lucknow, y… desapareció. Kim lanzó un profundo suspiro y se palpó todo el cuerpo. Sentía contra su pecho el revólver niquelado, bajo su traje oscuro; el amuleto en su cuello; el cuenco de las limosnas, el rosario y la daga para los fantasmas (el señor Lurgan no había olvidado nada) estaban a mano, junto con las medicinas, la caja de pinturas y la brújula; y en un viejo y raído monedero sujeto al cinturón bordado, imitando las púas de un puerco espín, llevaba escondida su paga del mes. Los reyes no podían ser más ricos. Compró a un vendedor hindú dulces metidos dentro de un cucurucho de hojas y se los comió con enorme delicia, hasta que un policía le ordenó que se marchase de los escalones en que se hallaba sentado.

Capítulo XI

Dad al hombre que no esté práctico en su oficio,
espadas para lanzarlas y recogerlas otra vez,
monedas para rodarlas y reunirlas de nuevo,
hombres a quienes herir y curar en seguida,
serpientes a las que encantar y atraer…
y quedará herido por su propio acero,
desobedecido por sus serpientes,
engañado por su torpeza,
burlado y despreciado por su propio pueblo.
No le ocurre así al que ha nacido malabarista.
Una pizca de polvo, una flor marchita,
una fruta caída o un báculo prestado
es todo lo que necesita para afianzar su poder,
¡Ligan el hechizo o desatan la risa!
Sino un hombre que…, etc.
La Canción del Malabarista, Op. 15.
Al instante se produjo en Kim una reacción súbita. «Ahora estoy solo…, completamente solo», pensó.
«¡En toda la India no hay nadie tan solo como yo! Si muriese hoy, ¿quién llevaría la noticia? ¿Y a quién? Si vivo, y Dios es misericordioso, pondrán precio a mi cabeza, porque soy un Hijo del Encanto…, yo, Kim.»
Muy pocos blancos, pero sí muchos asiáticos, pueden llegar a sugestionarse repitiendo sus propios nombres mentalmente y dejando mientras tanto vagar su imaginación en busca de lo que podría llamarse sus señas de identidad. Cuando llega la vejez, ese poder desaparece generalmente, pero mientras dura puede apoderarse de la persona en cualquier momento.
«¿Quién es Kim…, Kim…, Kim?»
Se sentó en cuclillas en un rincón de la ruidosa sala de espera, ajeno a cualquier otro pensamiento, con las manos cruzadas en su regazo y las pupilas contraídas hasta quedar re ducidas al tamaño de cabezas de alfiler. Al minuto siguiente…, al cabo de medio segundo…, comprendía que iba a llegar a solucionar su enorme rompecabezas; pero como ocurre siempre en estos casos, su mente descendió de repente de aquellas alturas con el ímpetu de un pájaro herido, y pasándose la mano por los ojos, sacudió la cabeza.
Un bairagi (santón) hindú, de largo cabello, que acababa en aquel momento de comprar el billete, se paró ante él, y se lo quedó mirando fijamente.
—Yo la he perdido también —dijo tristemente—. Ésa es una de las Puertas de la Senda, pero para mí hace muchos años que se ha cerrado.
—¿Qué dices? —murmuró Kim avergonzado.
—Estabas tratando de averiguar en el fondo de tu pensamiento cuál era la esencia de tu alma. El arrebato vino de repente. Yo lo sé. ¿Quién, sino yo, podría saberlo? ¿Adónde te diriges?
—Hacia Kashi (Benarés).
—Ya no hay dioses allí. He hecho la prueba. Yo voy a Prayag (Allahabad) por quinta vez…, buscando la Senda de la Iluminación. ¿De qué religión eres tú?
—Yo soy también peregrino —dijo Kim, empleando una de las frases preferidas del lama—. Aunque —añadió olvidando por un momento sus vestidos del norte—, aunque sólo Alá sabe lo que yo busco.
El viejo se colocó bajo la axila la muleta de bairagi y se sentó sobre una vieja piel rojiza de leopardo, mientras Kim se alzaba al oír la llamada para el tren de Benarés.
—Ten esperanza, hermano —le dijo el viejo—. Hay una larga jornada hasta llegar a los pies del Único; pero hacia allí nos encaminamos todos.
Kim se sintió menos solo después de esto, y durante el viaje de veinte millas permaneció sentado en el atestado compartimiento, entreteniendo a sus compañeros con las más estupendas fantasías acerca de sus dotes mágicas y las de su maestro. Benarés le pareció una ciudad especialmente sucia, aunque le era agradable notar cómo respetaban sus vestiduras. Un tercio de la población, por lo menos, está constantemente rezando a un grupo u otro de millones de deidades, así es que respetan a todo tipo de santones. Kim fue guiado al templo de los Tirthankers, situado, aproximadamente, a una milla de la ciudad, cerca de Sarnath, por un labrador panjabí, a quien se encontró casualmente, un kambohl de la zona de Jullundur, que habiendo acudido en vano a todos los dioses de su tierra natal para que curaran a su hijo pequeño, se había decidido a consultar en última instancia a los de Benarés.
—¿Eres del norte? —le preguntó abriéndose paso entre la multitud que abarrotaba las estrechas calles malolientes, de modo semejante a como lo hacía su toro favorito en la aldea.
—Sí, conozco el Panjab. Mi madre era pahareen; pero mi padre procedía de Amritsar, cerca de Jandiala —dijo Kim, engrasando su expedita lengua para las necesidades del camino.
—¿Jandiala… Jullundur? Entonces, en cierto modo, somos vecinos —y acarició tiernamente al niño que se quejaba entre sus brazos—. ¿A quién sirves tú?
—A un hombre muy santo del templo de los Tirthankers.
—Todos ellos son muy santos…, y muy avariciosos —dijo el jat con amargura—. He ido de un lado para otro y me he pateado los templos hasta desollarme los pies, y el niño no mejora nada. Y su madre también está enferma… Calla, pequeño… Le cambiamos de nombre cuando lo acometió la fiebre. Le pusimos ropa de niña. No hay nada que dejásemos de hacer, excepto… yo se lo decía a su madre mientras me hacía el equipaje para venir a Benarés (ella debía haber venido conmigo…). Le decía que nos hubiera convenido más acudir al sultán Sakhi Sarwar3. Por lo menos, ya conocíamos su generosidad, pero estos dioses de las llanuras son extraños para nosotros.
El niño se revolvió en el cojín formado por los largos brazos sarmentosos del padre, y miró a Kim a través de sus párpados hinchados.
—¿Y ha sido todo inútil? —preguntó Kim con verdadero interés.
—Todo inútil…, todo inútil— dijo el niño, con los labios agrietados por la fiebre.
—Por lo menos los dioses le han dado una gran inteligencia —dijo el padre con orgullo—. ¡Quién hubiera pensado que estaba escuchando tan atentamente! Allí está tu templo. Ahora, ten en cuenta que soy un pobre hombre…, he tratado ya con muchos sacerdotes…, pero mi hijo es mi hijo, y si un donativo a tu maestro pudiera curarle…, ya no sé qué hacer.
Kim meditó un momento, picado por el orgullo. Tres años antes hubiera sacado todo el provecho posible de su situación y hubiera continuado su camino como si tal cosa; pero el respeto que le manifestaba el jat le probaba que era ya un hombre. Además, él también había tenido fiebres una o dos veces y las conocía lo bastante para poder reconocer la desnutrición cuando la veía.
—Dile que venga y le haré un pagaré a cambio de mi mejor yunta de bueyes, con tal que el niño se cure.
Kim se paró ante la puerta tallada del templo. Un banquero, oswal de Ajmir, vestido de blanco, que había purgado allí recientemente sus pecados de usura, le preguntó qué deseaba.
—Soy el chela del lama Teshu, un santón de Bhotiyal…, que vive aquí. Me ha mandado llamar. Y estoy aquí esperando. Díselo.
—No te olvides del niño —gritó por encima del hombro el impaciente jat, y continuó en panjabí—: ¡Oh, santón!… ¡Oh, disacípulo del santón!… ¡Oh, dioses que estáis sobre todos los mundos!… ¡Mirad sentada a vuestra puerta la aflicción!
Este lamento es tan corriente en Benarés, que los paseantes no vuelven siquiera la cabeza para escucharlo.
El oswal, en paz ya con la humanidad, llevó el mensaje en dirección a la oscuridad que se extendía al fondo. Transcurrieron esos calmosos e incontados minutos del Oriente; porque el lama estaba durmiendo en su celda y ningún sacerdote estaba dispuesto a despertarlo. Cuando el tintineo de su rosario rompió el silencio del patio interior, donde se alzan las imágenes hieráticas de los hartas, un novicio susurró: «Tu chela está aquí». Y el viejo echó a andar a grandes zancadas, olvidándose de terminar la oración.
No había hecho más que aparecer la alta figura en el umbral de la puerta, cuando el jat corrió hacia él, y alzando al niño en sus brazos gritó:
—¡Mira esto, santón, y si los dioses quieren, vivirá…, vivirá! Y registrando en su cinturón, sacó una pequeña moneda de plata.
—¡Qué es esto? —dijo el lama volviéndose hacia Kim. Hablaba el urdú con mayor claridad que cuando se encontraron bajo Zam-Zammah; pero el padre del niño no estaba dispuesto a permitir que charlaran en privado.
—No es más que un poco de fiebre —dijo Kim—. El niño no está bien alimentado.
—Nada le sienta bien, y su madre no está aquí.
—Si me lo permites, santón, quizá yo puedo curarlo.
—¿Cómo? ¿Te han hecho curandero? Veamos —dijo el lama sentándose en el escalón más bajo del templo, al lado del jat, mientras Kim, mirando de reojo, abría su cajita de betel. En la escuela había soñado muchas veces en aparecerse al lama como un sahib, y tomarle el pelo al viejo antes de descubrirle quién era; el sueño de cualquier muchacho. Se desarrollaba un verdadero drama en esta búsqueda entre los frasquitos de tabletas, en la que Kim, abstraído, y con el ceño fruncido, se paraba de vez en cuando para pensar y murmuraba invocaciones en las pausas. Tenía allí píldoras de quinina y unas tabletas de carne de color marrón oscuro (probablemente de vaca; pero eso no era asunto suyo. El pequeñín no quería comer nada, y, sin embargo, empezó a chupar con avidez las tabletas, diciendo que le gustaba su sabor salado.
—Entonces llévate seis de éstas —dijo Kim dándoselas al hombre—. Alaba a los dioses y hierve tres pastillas en leche y las otras tres en agua. Después que haya bebido la leche, dale esto —era la mitad de una píldora de quinina— y lo arropas bien. Después le das el agua de las otras tres, y en cuanto se despierte, la otra mitad de esta píldora blanca. Mientras tanto, aquí tienes otra medicina marrón para que la vaya chupando durante el camino a casa.
—¡Oh, dioses, qué sabiduría! —exclamó el kamboh recogiendo las cosas.
Eso era todo lo que Kim podía recordar del tratamiento a que estuvo sometido en una ocasión en que tuvo un ataque de paludismo en otoño…, si se exceptúan las frases masculladas que profirió para impresionar al lama.
—Ahora, vete. Y vuelve por la mañana.
—Pero el precio…, dime el precio —dijo el jat, dejando caer sus robustos hombros—. Mi hijo es mi hijo. Y ahora que se va a poner bueno, ¿cómo voy a volver a donde está su madre y decirle que se me proporcionó ayuda y no di en correspondencia ni una simple cazuela de requesón?
—Todos estos jats son iguales —dijo Kim afablemente—. Una vez estaba un jat en su estercolero y pasaron por allí los elefantes del rey. «Oye —le gritó al que los conducía—, ¿por cuánto me vendes uno de esos borricos?»
El jat se echó a reír a carcajadas, pero se contuvo ante el lama, y añadió excusándose: La quinina, extraída de la quina, se empleó como antipirético —medicamento contra la fiebre—. Kim entrega las tabletas de carne como si se tratara de un medicamento; en realidad, sabe que el niño está deficientemente alimentado, y saca provecho de la credulidad del jat. Por último, la frase «eso no era asunto suyo» debe entenderse en relación al carácter sagrado que la vaca tiene en la india, razón por la cual no se usa en la alimentación.
—Ésos son los dichos de mi país, la misma forma de hablar. Todos los jats somos así. Mañana vendré con el niño; y la bendición de los dioses del hogar, que son unos buenos dioses, sea con vosotros… Ahora, hijo mío, nos haremos fuertes otra vez, ¿eh? ¡No escupas eso, príncipe! Hijo de mi vida, no escupas eso y seremos otra vez hombres fuertes, atletas, y manejaremos la garrota mañana por la mañana.
Y se marchó canturreando y hablando entre dientes. El lama se volvió a Kim, y toda su vieja alma llena de afecto resplandecía en la mirada de sus ojos oblicuos.
—Curar a los enfermos es adquirir méritos; pero primero se necesita adquirir los conocimientos. Has obrado sabiamente, oh, Amigo de todo el Mundo.
—Tú me has hecho sabio, maestro —dijo Kim olvidando la pequeña comedia que acababa de representar; olvidando a San Javier; olvidando su sangre blanca; olvidando hasta el Gran Juego, al inclinarse para tocar los pies del lama, sobre el polvo del templo jainí, según la costumbre mahometana—. Todo lo que sé te lo debo a ti. Durante tres años he comido tu pan. Pero mi tiempo ha terminado. Ya estoy libre de la escuela. Ahora vengo a unirme a ti.
—Y ahora recibo yo la recompensa. ¡Entra! ¡Entra! ¿Todo va bien? —Pasaron al patio interior, iluminado por los oblicuos y dorados rayos del sol de la tarde—. Ponte ahí, que pueda verte bien. ¡Así! —Contempló a Kim con aire observador—. Ya no es un niño, sino un hombre madurado por la sabiduría y con todo el aire de un médico. Hice bien, hice bien cuando te dejé con los hombres armados aquella noche negra. ¿Te acuerdas de nuestro primer encuentro, bajo Zam-Zammah?
—Sí —dijo Kim—. ¿Te acuerdas tú de cuando salté del coche el primer día que fui a…?
—¿Las Puertas de la Sabiduría? ¡Es verdad! ¿Y aquel día que comimos buñuelos junto al río, por detrás de Nucklao? ¡Ah! Muchas veces has mendigado para mí, pero aquel día mendigué yo para ti.
—Naturalmente —añadió Kim—. Entonces era yo un alumno en las Puertas de la Sabiduría, y estaba vestido de sahib. No te olvides, santo mío —continuó bromeando—, aún soy un sahib, gracias a ti.
—Es verdad. Ven a mi celda, chela. Eres un sahib a quien tienen mucha estima.
—¿Cómo sabes tú eso?
El lama sonrió.
—Al principio lo supe por las cartas del bondadoso sacerdote a quien conocimos en el campamento de los hombres armados; pero se fue a su país natal, y yo le envié entonces el dinero a su hermano. —El coronel Creighton, que se había encargado de la tutela de Kim cuando el padre Víctor se volvió a Inglaterra con los Mavericks, hubiera pasado difícilmente por ser el hermano del capellán—. Pero yo no entiendo bien las cartas de los sahibs. Necesito que me las interpreten. Así es que busqué un camino más seguro. Muchas veces, cuando volvía de mi Búsqueda a este templo, que ha sido mi refugio, venía a verme un hombre que buscaba también la Iluminación, un hombre de Leh, que según decía había sido hindú, pero que se había desengañado de todos esos dioses. —El lama señaló a los arhats.
—¿Un hombre gordo? —preguntó Kim con un brillo en los ojos.
—Muy gordo; pero yo comprendí al instante que su imaginación se ocupaba en cosas completamente inútiles, tales como demonios y encantamientos, y la forma y el modo de preparar nuestros tés en el monasterio, y los medios de que nos valemos para iniciar a los novicios. Un hombre muy preguntón; pero que era amigo tuyo, chela. Me dijo que estabas en camino de adquirir mucho renombre como escribiente. Pero ahora veo que eres médico.
—Sí, eso soy; un escribiente cuando soy sahib; pero en cuanto vuelvo a ser tu discípulo lo dejo todo de lado. Ya he cumplido los años de estudio fijados para mi formación.
—¿Como si fuera el noviciado? —dijo el lama asintiendo con la cabeza—. ¿Y has terminado completamente con la escuela? Yo no quisiera que vinieras conmigo sin haber madurado por completo.
—Ahora he terminado del todo. A su debido tiempo entraré al servicio del Gobierno como escribiente…
—No como guerrero. Eso está bien.
—Pero primero tengo licencia para vagabundear un poco contigo. Por eso estoy aquí. ¿Quién mendiga ahora para ti? —continuó rápidamente. Empezaban a pisar un terreno peligroso.
—A menudo pedía yo mismo; pero, como tú sabes, rara vez estaba aquí, excepto cuando venía para ver a mi discípulo. He recorrido la India de un extremo a otro, a pie y en te-ren. ¡Qué tierra tan grande y tan maravillosa! Pero cuando me refugiaba aquí me encontraba como en mi propio Bhotiyal.
El lama contempló placenteramente la pequeña celda limpísima. Se había acomodado con las piernas cruzadas, en la actitud del Bodhisattva al salir de su meditación, sobre un almohadón muy bajo que le servía de asiento; delante tenía una negra mesita de madera de teca, de unas veinte pulgadas de altura, llena de tazas de cobre para el té. En uno de los rincones se alzaba un altarcito, también de madera de teca y profusamente tallado, con una imagen de cobre dorado que representaba a Buda en meditación, y ante ella una lámpara, un incensario y un par de floreros de cobre.
—El Guarda de las Imágenes de la Casa Maravillosa adquirió mérito hace un año regalándome estas cosasdijo, siguiendo la mirada de Kim—. Cuando se está lejos de la propia tierra estas cosas atraen los recuerdos; y debemos adorar al Señor, porque Él nos mostró la Senda. ¡Mira! —y le enseñó un curioso montón de arroz coloreado, sobre el que descansaba un adorno fantástico de metal—. Cuando yo era abad en mi país, antes de saber lo que ahora sé, hacía esta ofrenda diariamente. Esto es el Sacrificio del Universo al Señor. Así los de Bhotiyal ofrecemos diariamente todo el mundo a la Ley Excelente. Yo también lo hago ahora, aunque ya sé que el Excelentísimo está por encima de cualquier presión o halago —terminó, sorbiendo rapé de su calabaza.
—Bien hecho, santo mío— murmuró Kim, dejándose caer tranquilamente sobre los cojines, feliz y algo cansado.
—Y además, —añadió el viejo riendo entre dientes—, hago dibujos de la Rueda de la Vida. Tres días me lleva cada dibujo. En eso estaba ocupado, y parece ser que mis ojos se habían cerrado un momento, cuando me avisaron de tu llegada. ¡Es tan agradable tenerte aquí! Yo te enseñaré mi arte, no por impulso del orgullo, sino porque debes aprenderlo. Los sahibs no poseen toda la sabiduría de este mundo.
Sacó de debajo de la mesa una hoja de papel chino amarillo que desprendía un perfume extraño, varios pinceles y una pastilla de tinta india. Con unos rasgos firmes, austeros y limpios, había trazado la Gran Rueda con sus seis radios, en cuyo centro se encuentra la unión del Cerdo, la Serpiente y la Paloma (Ignorancia, Cólera y Lujuria), y en cuyos seis departamentos figuran todos los cielos y los infiernos y las vicisitudes de la vida humana. Según dicen, el mismo Bodhisattva fue el primero que la dibujó con granos de arroz sobre el polvo, para enseñar a sus discípulos la causa de las cosas. Muchas generaciones han pasado haciéndola cristalizar en una maravillosa aglomeración, repleta de centenares de figuras, cada uno de cuyos trazos tiene un significado. Poca gente hay que pueda traducir estas parábolas dibujadas; no hay veinte en el mundo que sepan dibujarlas con seguridad sin tener delante un modelo, y no hay más que tres que sepan a la vez dibujarlas y explicarlas.
—Yo he aprendido un poco de dibujo —dijo Kim—. Pero esto es la maravilla de las maravillas.
—La he dibujado durante muchos años —dijo el lama—. Antes podía trazar una completa mientras se consumía la luz de una lámpara. Te enseñaré este arte…, después de que estés bien preparado; y te explicaré el significado de la Rueda.
—Entonces es que vamos a regresar al camino?
—El camino y la Búsqueda. Sólo esperaba que vinieras. He tenido centenares de revelaciones en mis sueños, y sobre todo, el que tuve la noche del día en que las Puertas de la Sabiduría se cerraron por primera vez, según las cuales no llegaré nunca a encontrar mi Río sin tu concurso. Varias veces, como sabes, deseché estas ideas por temor de que no fuesen más que ilusiones. Por eso no te llevé conmigo aquel día en que comimos juntos los buñuelos en Lucknow. Yo no quería que vinieses conmigo hasta que llegase el momento preciso y favorable. He corrido desde las montañas hasta el mar, desde el mar hasta las montañas, pero todo ha sido en vano. Entonces me acordé del Jâtaka. Y le contó a Kim la historia del elefante con el cepo, en la misma forma que lo había contado a los sacerdotes jamíes repetidas veces.
—No hacen falta más pruebas —añadió serenamente—. Tú fuiste enviado a mí como una ayuda. Sin esa ayuda mi Búsqueda resultó estéril. Por lo tanto nos iremos juntos otra vez, y el éxito es seguro.
—¿Y adónde iremos?
—¿Qué importa, Amigo de todo el Mundo? Yo te digo que ahora la Búsqueda es segura. Si fuese necesario, el Río brotará del suelo ante nosotros. Yo adquirí mérito enviándote a las Puertas de la Sabiduría, y te di esa joya que se llama Ilustración. Tú has vuelto, lo veo ahora, convertido en un discípulo de Sakyamuni el Médico, cuyos altares abundan en Bhotiyal. Con eso es suficiente. ¡Estamos juntos y todo está como antes, Amigo de todo el Mundo, Amigo de las Estrellas, chela mío! Hablaron de otros asuntos mundanos; pero es de notar que el lama jamás le preguntó detalles de la vida de San Javier, ni mostró la más mínima curiosidad acerca de las costumbres y de los hábitos de los sahibs. Su pensamiento se dirigía siempre hacia el pasado, y revivía —frotándose las manos y riendo entre dientes— todos los incidentes de aquel primer viaje maravilloso que habían hecho juntos. Al fin se acurrucó, quedándose dormido con el fácil sueño de los viejos.
Kim contempló largamente cómo se desvanecían en el patio los últimos rayos polvorientos del sol, y se entretuvo un rato con su daga para los fantasmas y su rosario. El rumor de la ciudad de Benarés, la más vieja de todas las ciudades de la tierra, resuena ante los dioses día y noche, y bate alrededor de las paredes del templo, como el rugido del mar en los rompientes. De vez en cuando, un sacerdote jainí cruzaba el patio llevando alguna pequeña ofrenda para las imágenes, y barriendo el suelo ante él para no aplastar sin querer a ningún ser vivo. Se encendió una lámpara, y se oyó el rumor de una plegaria. Kim contempló una tras otra las estrellas que iban apareciendo en la inmóvil y densa oscuridad hasta que cayó dormido al pie de altar. Aquella noche soñó en indostaní, sin emplear ni una sola palabra inglesa…
—Santo, hay que acordarse del niño a quien dimos la medicina —dijo Kim a eso de las tres de la madrugada, cuando el lama, despertando de su sueño, hubiera querido emprender de inmediato la peregrinación—. El jat vendrá al rayar el día.
—Me has contestado bien. Con mis prisas hubiera cometido una mala acción. —Se sentó en los almohadones y volvió a su rosario—. Los viejos son como los niños —dijo en tono patético—. En cuanto desean una cosa, ¡he aquí que debe ser hecha inmediatamente, y si no, se impacientan y lloran! Muchas veces, cuando iba por los caminos, estuve a punto de patalear al encontrarme con el obstáculo de un carro de bueyes, o simplemente por tropezar con una nube de polvo. Cuando era joven, hace ya mucho tiempo…, no me pasaba esto. Pero no por eso he sido hoy menos injusto…
—Pero tú eres viejo, sin duda alguna, santo mío.
—Sí, pero lo hecho hecho está. Una Causa ha sido lanzada a este mundo y, viejo o joven, enfermo o sano, sabio o ignorante, ¿quién puede evitar el efecto de esa Causa? ¿Se detendría la Rueda si la hiciera girar un chiquillo… o un borracho? ¡Chela, éste es un mundo grande y terrible!
—A mí me parece muy bueno —dijo Kim bostezando—. ¿Hay por ahí algo que comer? Desde ayer por la tarde no he probado bocado.
—Me había olvidado de tus necesidades. Allí hay buen té de Bhotiyal y arroz frío.
—No podemos emprender el viaje con tan míseras provisiones.
Kim sentía, como todos los europeos, una gran afición a la carne, que no se puede comer dentro de un templo jainí. Pero en lugar de salir en seguida a mendigar, entretuvo su estómago con bolas de arroz frío hasta que llegó la aurora. Con ella vino el granjero, locuaz y balbuciente de gratitud.
—Por la noche bajó la fiebre y empezó el sudor —gritó—. Toca aquí…, ¡su piel está fresca y suave! Le gustan mucho las tabletas saladas, y tomó con avidez la leche.
Separó el trapo que cubría la cara del niño, y éste sonrió a Kim con los ojos medio cerrados. Un pequeño grupo de sacerdotes jainíes, silenciosos pero llenos de curiosidad, se reunió a la puerta del templo. Ya sabían, y Kim sabía que ellos lo sabían, que el lama había encontrado a su discípulo, pero como eran personas bien educadas, no quisieron molestarlos durante la noche con su presencia, palabras o gestos. Por eso Kim les devolvió la fineza por la mañana.
—Agradécelo a los dioses de los jainíes, hermano —dijo, por no saber cómo se llamaban estos dioses—. La fiebre ha bajado, efectivamente.
—¡Mirad! ¡Vedlo! —dijo el lama radiante de alegría, dirigiéndose a sus huéspedes de tres años—. ¿Ha habido alguna vez un chela parecido? Es discípulo de Nuestro Señor el Médico.
Los jainíes reconocen oficialmente a todos los dioses del credo hindú, lo mismo que a Lingam y a la Serpiente. Llevan el hilo del credo brahmánico y respetan todas las prescripciones de la ley hindú sobre las castas. Pero, en consideración a que conocían y amaban al lama, a su edad avanzada, a que buscaba la Senda, a que era su huésped y a que había mantenido largas conversaciones durante la noche con el prior del templo (un metafísico librepensador tan inteligente que cortaba un pelo en el aire), acogieron sus palabras con un murmullo de aprobación.
—Acuérdate —Kim se inclinó sobre el niño— de que la enfermedad puede volver a presentarse.
—No, si tú haces el hechizo adecuado —dijo el padre.
—Pero si nos vamos a marchar dentro de un momento.
—Es cierto —dijo el lama, dirigiéndose a los jainíes—. Nos vamos juntos a reanudar la Búsqueda de que tantas veces os he hablado. He estado esperando a que mi chela estuviese en sazón. ¡Miradlo! Nos vamos hacia el norte. Ya no volveré más a este lugar de descanso; ¡adiós, gente de buena voluntad!
—Pero yo no soy un mendigo. —El labrador se levantó, estrechando a su hijo entre sus brazos.
—Estáte quieto. No molestes al santo —gritó uno de los sacerdotes.
—Vete —murmuró Kim—. Ve a buscarnos bajo el puente del ferrocarril, y por amor de todos los dioses de nuestro Panjab, llévanos comida: curry, legumbres, buñuelos fritos con manteca y dulces. Especialmente dulces. ¡Anda corriendo!
La palidez del hambre le sentaba muy bien a Kim, que permanecía de pie, alto y delgado, envuelto en sus amplias vestiduras de colores apagados, con una mano en el rosario y la otra en actitud de dar la bendición, fielmente copiada del lama. Un observador inglés tal vez hubiera dicho que su postura recordaba más bien la de los santos pintados en las vidrieras de las iglesias, cuando, en realidad, no se trataba más que de un muchacho en la edad del crecimiento y desfallecido de hambre.
Largos y rituales fueron los adioses, tres veces terminados y tres veces reanudados. El monje estudioso (el que había invitado al lama a venir desde el Tíbet lejano, un asceta lampiño y de faz plateada) no tomó parte en las despedidas, pero meditaba, como de costumbre, solo entre las imágenes. Los otros se mostraron muy afectuosos e insistieron en regalarle al anciano algunos objetos de cierta utilidad (una caja de betel, un estuche de hierro nuevo para escribir, un zurrón para la comida y otros objetos por el estilo), previniéndole contra los peligros del mundo exterior y profetizándole un final feliz en su Búsqueda. Mientras tanto, Kim, más solo que nunca, se sentaba en cuclillas en los escalones y renegaba para sus adentros en el lenguaje de San Javier.
—Todo esto es culpa mía —fue su conclusión—. Con Mahbub Alí comía su pan o el del sahib Lurgan. En San Javier hacía tres comidas diarias. Pero aquí tengo que procurarme yo mismo las vituallas. Además, he perdido la costumbre. ¡De buena gana me comería un plato de carne de vaca!… ¿Hemos terminado ya, santo?
El lama, con las manos elevadas, entonó una bendición final en un chino muy rebuscado.
—Déjame que me apoye en tu hombro —dijo cuando se cerraron las puertas del templo—. Creo que me estoy anquilosando.
El peso de un hombre de seis pies de altura no es fácil de soportar durante varias millas por las calles llenas de gente, y Kim, que además iba cargado con bultos y paquetes para el camino, suspiró alegremente cuando llegaron a la sombra del puente del ferrocarril.
—Aquí comeremos —dijo con aire resuelto, al tiempo que el kamboh aparecía con una cesta en la mano y el niño en la otra, vestido con su traje azul, y sonriendo.
—¡A comer, santones! —gritó desde cincuenta yardas. (Estaban sobre un banco de arena, bajo el primer tramo del puente, a cubierto de las miradas de los sacerdotes hambrientos) Arroz y buen curry, tortas todavía calientes bien condimentadas con hing (asafétida), requesón y azúcar. Rey de mi vida —añadió dirigiéndose a su hijo—, demostremos a estos santones que nosotros, los jats de Jullundur, sabemos pagar su servicio… He oído decir que los jainíes no consienten comer lo que no hayan guisado por sí mismos; pero, en verdad —añadió mirando cortésmente hacia al ancho río—, donde no hay ojos no hay castas.
—Y nosotros —dijo Kim dándole la espalda y llenándole el plato al lama— estamos por encima de todas las castas.
Saborearon en silencio la buena comida. Hasta el momento de chupar de su dedo meñique el último resto de pringosa pasta de dulce, no notó Kim que el kamboh también estaba preparado para emprender la marcha.
—Si nuestro camino es el mismo —dijo bruscamente— me voy contigo. No siempre se encuentran hombres que realicen milagros, y el niño está todavía débil. Pero no soy del todo un zopenco —y recogió su lathi, un bastón de bambú de cinco pies, reforzado con bandas de hierro pulimentado, y lo blandió en el aire—. Los jats tenemos fama de pendencieros, pero eso no es verdad. Y a menos que nos insulten, somos tan pacíficos como nuestros búfalos.
—Bueno —dijo Kim—. Un buen palo es una buena razón.
El lama contemplaba plácidamente el paisaje río arriba, donde se sucedían, en larga perspectiva difusa, las incesantes columnas de humo que surgían de las piras funerarias junto a las orillas. De vez en cuando, a pesar de todas las ordenanzas municipales, el pedazo de un cuerpo medio quemado flotaba, arrastrado por la corriente.
—De no haber sido por ti —dijo el kamboh, estrechando a su hijo contra su velludo pecho—, tal vez hoy hubiera ido a parar allí, con este pequeño. Todos los sacerdotes dicen que Benarés es santa (cosa que nadie duda), y que se debe desear morir en ella. Pero yo no conozco sus dioses, y todos piden dinero; y cuando se ha hecho un acto de adoración, uno de los de la cabeza rapada jura que el acto no tiene valor alguno como no se haga otro después. ¡Lávate aquí! ¡Lávate allí! Haz abluciones, bebe, báñate, arroja flores…, pero págale siempre al sacerdote. No, el Panjab es lo mejor para mí, y la tierra de doab de Jullundur es la mejor de todas.
—Yo he dicho muchas veces (y creo que ha sido en el templo) que si fuese necesario, el Río brotaría a nuestros pies. Por lo tanto, nos iremos hacia el norte —dijo el lama levantándose—. Recuerdo un lugar agradable, rodeado de árboles frutales, donde se puede meditar paseando y el aire es allí fresco. Viene de las montañas y de la nieve de las montañas.
—¿Cómo se llama? —dijo Kim.
—¿Cómo quieres que yo me acuerde? ¿No venías tú …? No, eso fue después de que surgiesen de la tierra los soldados y te llevasen. Allí estaba yo, y meditaba en una habitación próxima a un palomar, menos cuando ella hablaba sin parar.
—¡Ah! La mujer de Kulú. Está junto a Saharanpur —dijo Kim echándose a reír.
—¿Cómo mueve el espíritu a tu maestro? ¿Va a pie, como penitencia por los pecados pasados? —preguntó el jat prudentemente—. Hay mucha distancia de aquí a Delhi.
—No —dijo Kim—. Yo mendigaré para comprar un tikkut del te-ren. —En la India no conviene confesar que se posee dinero.
—Entonces, en nombre de los dioses, tomemos el carro de fuego. Mi hijo estará mejor en los brazos de su madre. El gobierno nos ha cargado con muchas contribuciones, pero nos ha dado una cosa buena, el teren, que une a los amigos y a los ansiosos. El te-ren es una cosa maravillosa.
Y un par de horas más tarde, amontonados en uno de ellos, dormían la siesta en las horas de calor. El kamboh hizo a Kim mil preguntas sobre el viaje del lama y sus ocupaciones, y recibió algunas respuestas curiosas. Kim se sentía dichoso de encontrarse donde estaba, de contemplar el llanísimo paisaje del noroeste y de hablar con la cambiante multitud de sus compañeros de viaje. Aún hoy en día, los billetes y el tener que entregarlos para que los piquen, representa una extraña forma de opresión para los labradores indios.
No comprenden por qué, cuando se ha pagado por la posesión de un trozo mágico de papel, gentes extrañas han de arrancar grandes pedazos del amuleto. De este modo, las discusiones entre los viajeros y los revisores euroasiáticos son largas y acaloradas. Kim intervino en dos o tres discusiones proporcionando sabios consejos con el solo objeto de confundir al auditorio y presumir de su sabiduría ante el lama y el admirado kamboh. Pero al llegar a la carretera de Somna, el destino le proporcionó una materia sobre la que reflexionar. Cuando ya estaba el tren en marcha, subió dando tumbos al compartimento un pobre hombre, pequeño y delgado; un mahratta, según pudo deducir Kim por la forma de su turbante ajustado. Tenía un gran rasguño en la cara, la túnica musulmana se hallaba desgarrada y llevaba vendada una pierna. Les contó que se dirigía a Delhi, donde vivía su hijo, y que un carro se había volcado, y a poco lo mata. Kim lo contemplaba minuciosamente. Si, como afirmaba, había rodado varias veces por el suelo, hubiera presentado arañazos y raspaduras en la piel producidos por la grava. Pero todas sus heridas tenían los cortes limpios, y una simple caída de un carro no era capaz de producir en un hombre un terror tan extraordinario. Al anudarse, con dedos temblorosos, la tela desgarrada en torno al cuello, el desconocido puso al descubierto un amuleto de los llamados levanta-ánimos. Aunque los amuletos son muy corrientes, no suelen ir colgados de un alambre de cobre trenzado, y, sobre todo, no llevan esmalte negro sobre plata. En el compartimento no había nadie, excepto el kamboh y el lama. Kim fingió que se rascaba el pecho, y mostró su propio amuleto.
Al verlo, el semblante del mahratta cambió inmediatamente de expresión y colocó el suyo para que se destacase claramente sobre el pecho.
—Sí —continuó dirigiéndose al kamboh—. Yo tenía mucha prisa, y el carro, guiado por un malnacido, metió su rueda en una acequia y, además del daño que me hizo, perdí una fuente entera de tarkeean. Ese día no fui un hijo del Encanto (hombre con suerte).
—Eso fue una gran pérdida —dijo el kamboh sin el menor interés. Su experiencia de Benarés le había enseñado a tener cautela.
—¿Quién lo había guisado? —preguntó Kim.
—Una mujer —respondió el mahratta alzando la vista.
—Pero todas las mujeres saben preparar el tarkeean —dijo el kamboh—. Es un buen curry, por lo que sé.
—¡Oh, ya lo creo!; es un buen curry —dijo el mahratta.
—Y barato —añadió Kim—. Pero, ¿qué me dices de la casta?
—¡Oh!, no existe casta cuando los hombres van a… buscar tarkeean —contestó el mahratta haciendo la cadencia convenida—. ¿A quién sirves tú?
—A este santo —dijo Kim señalando al soñoliento y bienaventurado lama, que despertó con sobresalto al escuchar la palabra conocida.
—Sí, los cielos me lo enviaron para ayudarme. Se llama Amigo de todo el Mundo. También lo llaman Amigo de las Estrellas. Ejerce de médico, pues ya le ha llegado la hora. Grande es su sabiduría.
—Y un hijo del Encanto —dijo Kim para sus adentros, mientras el kamboh se apresuraba a encender su pipa, antes de que le pidiera limosna el mahratta.
—¿Y ése quién es? —preguntó el mahratta mirando de reojo con inquietud.
—Uno a cuyo hijo… hemos curado, y tiene, por lo tanto, una deuda de gratitud con nosotros. Siéntate al lado de la ventanilla, hombre de Jullundur. Aquí hay un enfermo.
—¡Hum! No me gusta mezclarme con vagabundos desconocidos. Y tampoco tengo las orejas largas. No soy una mujer para desear enterarme de secretos que no me importan —dijo el jat, apartándose al rincón más alejado.
—¿Eres curandero? Yo estoy acosado por la desgracia —exclamó el mahratta, captando la señal convenida.
—Este hombre está lleno de heridas y magulladuras. Voy a curarlo —dijo Kim—. Nadie se interpuso entre tu pequeño y yo.
—Me reprendes —dijo el kamboh dócilmente—, pero yo estoy en deuda contigo por la curación de mi hijo. Eres un milagrero…, ya lo sé.
—Enséñame los cortes —Kim se inclinó hacia el cuello del mahratta con el corazón oprimido, porque comprendía que aquello era una venganza debida al Gran Juego—. Ahora, cuéntame tu historia rápidamente, hermano, mientras recito un encantamiento.
—Venía del sur, donde estuve trabajando. A uno de nosotros lo mataron a la vera del camino. ¿Te has enterado? —Kim negó con la cabeza. Como es natural, no sabía una palabra del predecesor de E. 23, a quien habían matado en el sur disfrazado de comerciante árabe—. Yo había encontrado cierta carta que me habían enviado a buscar, y me marché. Escapé de la ciudad y me dirigía al Mhwo. Tan seguro estaba de que nadie me conocía, que ni siquiera cambié mi semblante. En Mhwo, una mujer me denunció como autor del robo cometido en una joyería de la ciudad que acababa de abandonar. Entonces comprendí que me seguían la pista. Escapé de Mhwo por la noche, sobornando a la policía, que a su vez había sido sobornada para que me entregaran a mis enemigos del sur sin hacer preguntas. Entonces permanecí en la vieja ciudad de Chitor durante una semana, disfrazado de penitente, en un templo, pero no podía desembarazarme de la carta que estaba a mi cargo. La enterré bajo la Piedra de la Reina, en Chitor, en el sitio que todos nosotros conocemos.
Kim no lo conocía, pero por nada de este mundo hubiera interrumpido el hilo del relato.
—En Chitor, ¿sabes?, estaba en país de reyes; porque Kotah, situado al este, está fuera de la ley de la Reina, y al este también se encuentran Jaipur y Gwalior. Allí no hay justicia, ni nadie quiere a los espías. Me cazaron como a un chacal mojado; pero escapé del cerco en Bandakui, donde me enteré que había una denuncia contra mí por haber asesinado a un niño en la ciudad que acababa de abandonar. Y tenían el cadáver y los testigos esperando.
—Pero, ¿no proporciona el Gobierno protección?
—Nosotros, los que pertenecemos al Juego, estamos fuera de toda protección. Si morimos, morimos. Borran nuestros nombres de los libros, y eso es todo. En Bandakui, donde vive uno de los nuestros, creí que lograría hacerles perder mi pista cambiando de aspecto y convirtiéndome en mahratta. Entonces me dirigí a Agra, y pensaba volver a Chitor para recobrar la carta, tan seguro estaba de haberlos despistado. Por eso mismo no envié a nadie un tar (telegrama) diciendo dónde se hallaba la carta. Yo deseaba que el honor fuese para mí solo.
Kim asintió; ese sentimiento era para él muy comprensible.
—Pero paseando por las calles de Agra, un hombre me delató por deudas, y rodeándome de testigos, me llevaron ante un tribunal en aquel mismo momento… ¡oh, qué listos son esos del sur! Me reconoció como su agente de venta de algodón. ¡Así los tuesten en el infierno!
—Pero, ¿eras tú agente suyo?
—¡No seas tonto! ¡Yo era el hombre a quien ellos buscaban por el asunto de la carta! Escapé a través del barrio de los Carniceros y salí por la Casa del judío, quien temiendo un motín me ayudó a escapar de la ciudad. A pie continué hasta la carretera de Somna (no tenía dinero más que para mi tikkut hasta Delhi), y allí, mientras descansaba un momento en una zanja, atacado por la fiebre, salió un hombre de repente de entre la maleza y me golpeó y me hirió, registrándome de pies a cabeza. ¡Y todo eso casi al lado del te-ren!
—¿Y por qué no te mató?
—No son tan estúpidos. Si me pescan en Delhi a instancias de los abogados por la denuncia del asesinato, y con pruebas, me enviarán al Estado donde dicen que he cometido el delito. Allí me llevarán custodiado y me someterán a una muerte lenta, para que sirva de escarmiento al resto de nosotros. El sur no es mi país. Corro dando vueltas…, como una cabra tuerta. Llevo dos días sin comer. Y además, estoy marcado —añadió tocando el inmundo vendaje de su pierna— de tal modo que me reconocerán en cuanto llegue a Delhi.
—Pero al menos, mientras estés en el te-ren no corres peligro.
—¡Ya me lo dirás cuando estés un año en el Gran Juego! Por los hilos del telégrafo estarán transmitiendo a Delhi todos los cargos que hay contra mí, y describiendo todos los rasguños y todos los andrajos que llevo. Veinte personas…, ciento si fuese necesario, me habrán visto matar al niño. ¡Y tú no puedes ayudarme!
Kim conocía lo suficiente los métodos de ataque de los indígenas para no dudar de que el caso estaría preparado hasta el mínimo detalle, cadáver incluido. El mahratta crispaba sus manos de vez en cuando, lleno de dolor. El kamboh, desde su rincón, miraba resentido; el lama estaba ocupado rezando su rosario, y Kim tentando, como hacen los médicos, el cuello del herido, meditaba un plan mientras recitaba invocaciones.
—¿Tienes tú algún encantamiento para cambiarme de aspecto? De otro modo soy hombre muerto. Cinco…, diez minutos a solas; si no fuera por esa premura, yo podría…
—¿Está ya curado, milagrero? —dijo el kamboh, que se sentía celoso—. Ya has salmodiado más que suficiente.
—No. No hay cura para sus heridas, por lo que veo, a menos que permanezca sentado durante tres días vestido de bairagi. Ésta es una penitencia muy corriente que impone a menudo a cualquier comerciante gordo su director espiritual.
—Un sacerdote siempre trata de hacer nuevos sacerdotes —fue la respuesta. Como todas las personas tremendamente supersticiosas, el kamboh no podía refrenarse de hablar mal del clero.
—¿Tu hijo, entonces, también será sacerdote? Ya es hora de que le des algo más de mi quinina.
—Todos los jats somos unos búfalos —dijo el kamboh, ablandándose otra vez.
Kim frotó con un poco de sustancia amarga los confiados labios del niño.
—Yo no te he pedido nada —dijo con severidad, dirigiéndose al padre—, excepto alimentos. ¿Me vas a echar también eso en cara? Voy a curar a otro hombre. ¿Puedo contar con tu permiso, príncipe?
Las enormes manos del hombre se alzaron suplicantes. — No…, no. No te burles así de mí.
—Me produce satisfacción curar a este hombre enfermo. Tú ganarás méritos ayudándome. ¿Qué color tiene la ceniza de la cazoleta de tu pipa? ¿Blanco? Ése es un buen augurio. ¿Había cúrcuma cruda entre tus provisiones?
—Yo…, yo…
—¡Abre tu hatillo!
En él se encontraba la usual colección de insignificancias: pedazos de tela, medicinas de curanderos, baratijas de feria, un saquito lleno de atta —harina del país, toscamente molida y de color grisáceo—, andullos de tabaco campesino, boquillas para la pipa, y un paquete de curry, todo ello liado en un cobertor. Kim revolvió estas cosas con el aire de un sabio brujo, murmurando, entretanto, invocaciones mahometanas.
—Éstos son conocimientos que aprendí con los sahibs —le susurró al lama; y en esto, cuando se tiene en cuenta su aprendizaje en casa de Lurgan, se comprende que no decía más que la verdad—. Hay un gran infortunio en la suerte de este hombre, según indican las estrellas, que, que…, le causa una gran turbación.
¿Puedo llevármelo de aquí?
—Amigo de las Estrellas, siempre has obrado bien en todas las cosas. Haz como te plazca. ¿Se trata de otra curación?
—¡De prisa! ¡De prisa! —jadeó el mahratta—. El tren puede detenerse de un momento a otro.
—Una curación contra la sombra de la muerte —dijo Kim mezclando en la cazoleta de la pipa de arcilla roja la harina del kamboh con el carboncillo y la ceniza del tabaco. E. 23, sin decir palabra, se quitó el turbante y dejó caer su largo pelo negro.
—Ésa es mi comida…, sacerdote —gruñó el jat.
—¡Eres un búfalo en el templo! ¿Cómo te atreves a ir tan lejos? —dijo Kim—. He de obrar misterios delante de los necios; pero ten cuidado con tus ojos. ¿Es que ya se te están empañando? He salvado al pequeño y tú, como recompensa…, oh, ¡hombre sin dignidad! —El hombre se acobardó ante la mirada directa de Kim, porque éste hablaba muy en serio—. Te maldeciré o te… —y recogiendo la envoltura del fardo, lo lanzó sobre su cabeza ya inclinada—. Como te aventures siquiera a pretender mirar…, ni…, ni aun yo podré salvarte. ¡Siéntate! ¡Cállate!
—Estoy ciego…, y mudo. Pero, ¡no me maldigas! Ven…, ven, hijo mío, y jugaremos al escondite. Pero, por lo que más quieras, no mires por debajo del paño.
—Ya tengo alguna esperanza —dijo E. 23—. ¿Cuál es tu plan?
—En seguida lo verás —dijo Kim, mientras le quitaba la camisa. E. 23 vaciló, con toda la resistencia que oponen los hombres del noroeste a desnudarse delante de la gente.
—¿Qué le importa la casta a un cuello rebanado? —dijo Kim descubriéndole el pecho—. Es preciso que te conviertas inmediatamente en un sadhu amarillo de pies a cabeza. Desnúdate…, desnúdate rápidamente y enmaraña tu pelo sobre los ojos, mientras yo te froto con la ceniza. Ahora pondré una marca de casta en tu frente.
Sacó de su seno la pequeña caja de pinturas para uso del agrimensor y una pastilla de laca carmesí.
—¿No eres más que un principiante? —dijo E. 23, que se afanaba literalmente por salvar su preciada vida, mientras se desembarazaba de sus envolturas corporales y se quedaba tan sólo en taparrabo, al mismo tiempo que Kim le pintaba una noble marca de casta en la frente untada de ceniza.
—No hace más que dos días que entré en el Gran juego, hermano —contestó Kim—. Úntate más ceniza por el pecho.
—¿Conoces… a un curandero de perlas enfermas? —Sacudió la tela de su ajustado turbante, y, con manos hábiles, se lo arrolló por encima y por debajo de sus caderas, según la complicada disposición del ceñidor de un sadhu.
—¡Ah! ¿Así que conoces sus artimañas? Durante algún tiempo fue mi maestro. Ahora tenemos que embadurnarte las piernas. La ceniza cura las heridas. Tíznate más ahí.
—En otro tiempo fui su orgullo, pero tú vales casi más que yo. ¡Los dioses son compasivos con nosotros! Dame eso.
Eso era una cajita de estaño con píldoras de opio, que se encontraba entre el montón de cosas que había en el hatillo del jat. E. 23 se tragó un puñado.
—Son buenas contra el hambre, el miedo y el frío. Además, enrojecen los ojos explicó—. Ahora ya he cobrado ánimos para jugar al juego. No nos faltan más que unas tenazas de sadhu. ¿Qué podemos hacer con la ropa vieja?
Kim la arrolló hasta hacer un paquete muy pequeño y se lo metió entre los holgados pliegues de su túnica. Con una pastilla de ocre amarillo le pintó las piernas y el pecho, trazando grandes listas sobre el fondo de harina, ceniza y cúrcuma.
—La sangre que hay en esos trapos es bastante para que te cuelguen, hermano.
—Puede ser, pero no hay ninguna necesidad de tirarlos por la ventanilla… Ya hemos terminado. —Su voz temblaba con el júbilo de un muchacho que toma parte en el Juego—. ¡Eh, jat, vuélvete y mira!
—Los dioses nos protejan —dijo el encapuchado kamboh, emergiendo como un búfalo de los cañaverales—.
Pero… ¿adónde se ha ido el mahratta? ¿Qué es lo que has hecho?
Kim había sido adiestrado por el sahib Lurgan; y E. 23 no era, a causa de su trabajo, mal actor. En lugar del trémulo y encogido comerciante, se recostaba contra el rincón un sadhu de cabellos polvorientos, casi desnudo, untado de ceniza y con rayas de color ocre, los ojos hinchados —el opio hace rápidos efectos en un estómago vacío— brillantes de insolencia y llenos de bestial lascivia. Permanecía sentado sobre las piernas cruzadas, con el pardo rosario de Kim alrededor del cuello y una yarda escasa de zaraza estampada y raída echada sobre los hombros. El niño escondió la cara entre los temblorosos brazos del padre.
—¡No te escondas, príncipe! Viajamos con un brujo, pero no te hará daño alguno. ¡Oh, no llores…! ¿Por qué curas un día al chiquillo para matarlo de un susto al día siguiente?
—Ese niño será afortunado toda su vida. Ha presenciado una curación milagrosa. Cuando yo era niño, hacía hombres y caballos de barro.
—Yo también los hago. Sir Banás viene por la noche y les da vida detrás del basurero junto a la cocina —gritó el niño. — Entonces no te has asustado de nada. ¿Eh, príncipe?
—Me asusté porque mi padre estaba asustado. Sentí que le temblaban los brazos.
—¡Oh, gallina! —dijo Kim, y hasta el avergonzado jat se echó a reír—. Yo he hecho una curación a este pobre comerciante. Necesita olvidarse de sus ganancias y de sus libros de conta bilidad y permanecer tres noches sentado a la vera del camino para apartar la malquerencia de sus enemigos. Las Estrellas están en contra suya.
—Yo digo que cuantos menos prestamistas haya, mejor; pero sadhu o no sadhu, debería pagarme por la tela que lleva sobre los hombros.
—¿Ah, sí? Quien está sobre sus hombros es tu hijo…, al cual hubieras quemado en la pira funeraria hace dos días. Pero aún tengo que decirte otra cosa. He hecho este encantamiento en tu presencia porque la necesidad era muy grande. He cambiado su forma y su alma. No obstante, si por casualidad, hombre de Jullundur, mencionas que lo has visto, ya sea cuando estés sentado con los ancianos bajo el árbol de la aldea, ya en tu propia casa, o en compañía de tu sacerdote cuando bendiga tu ganado, tus búfalos serán atacados por la peste, arderá el tejado de paja de tu casa, entrarán las ratas en el granero, y la maldición de nuestros dioses caerá sobre tus campos de tal modo, que se convertirán en estériles ante tus mismos pies y detrás de tu arado.
Esta relación formaba parte de una antigua maldición empleada por un faquir de la Puerta de Taksali en los días de la inocencia de Kim. Pero no perdió nada al ser repetida.
—¡Calla, santón! Calla, por piedad! —gritó el jat—. No maldigas mi casa. ¡Yo no he visto nada! ¡Yo no he oído nada! ¡Yo soy tu vaca! —E hizo el gesto de arrojarse al suelo para abrazar los pies de Kim, que golpeaban rítmicamente el suelo del vagón.
—Pero ya que te ha sido permitido que me ayudes en este asunto, prestándome una pizca de harina y un poco de opio y otras pequeñeces más, a las cuales he honrado usándolas para mi arte, los dioses te enviarán por ello una bendición. —De manera que Kim le dio una larguísima bendición, para inmenso alivio del hombre. Ésta la había aprendido del sahib Lurgan.
El lama lo contempló a través de sus lentes, lo que no había hecho durante el proceso de transformación del mahratta.
—Amigo de las Estrellas —dijo por fin—. Has adquirido una gran sabiduría. Ten cuidado de que no te conduzca al orgullo. Ningún hombre que tenga ante sus ojos la Ley habla con ligereza de cualquier asunto que haya visto o encontrado.
—No…, no…, sin duda —gritó el granjero, temeroso de que al maestro se le ocurriera mejorar la actuación de su discípulo. E. 23, con la boca entreabierta, estaba bajo los efectos del opio, que es alimento, tabaco y medicina para los asiáticos extenuados.
Y de este modo, en un silencio provocado por el asombro y los malentendidos, entraron en Delhi, en el momento en que los faroles se encendían.

Capítulo XII

¿Quién no ha deseado el mar, la vista del agua salada infinita?
¿Las olas encrespadas por el viento, que se alzan y se paran, y se lanzan y se rompen?
¿El mar liso y bruñido como el acero, levantarse ante la tormenta, enorme y poderoso, gris y sin espuma?
¿La calma chicha sobre el regazo del Ecuador, o cuando sopla el huracán de ojos extraviados?
¿Su mar, en apariencia siempre distinto; su mar, siempre el mismo bajo diversas apariencias?…
¿Su mar, que colma todo su ser?
¡Así y no de otro modo, así y no de otro modo desean los montañeses a sus montañas!
El Mar y las Montañas

—Ya he recobrado la sangre fría —dijo E.23, aprovechando la agitación que reinaba en los andenes—. El hambre y el miedo debilitan el entendimiento, pues de lo contrario se me hubiera ocurrido antes este modo de escapar. ¿Ves cómo tenía razón? Ahí vienen para pescarme. Me has salvado la vida.
Un grupo de policías del Panjab, con sus calzones amarillos, encabezados por un joven inglés, acalorado y sudoroso, se abría paso entre la multitud de las inmediaciones del tren. Detrás de ellos avanzaba cautelosamente, y como un gato, un individuo bajo y gordo con aire de leguleyo que busca parroquianos.
—Mira al joven sahib leyendo un papel. Mi descripción completa está en sus manos —dijo E. 23—. Van de vagón en vagón como pescadores que tienden la red en el estanque.
Cuando la comitiva llegó a su compartimento, E. 23 contaba las cuentas de su rosario con un rápido movimiento de muñecas; mientras, Kim se burlaba de él acusándolo de estar tan drogado que había perdido las tenazas para el fuego, señal distintiva del sadhu. El lama, abismado en profundas meditaciones, miraba al frente; y el granjero miraba de reojo mientras recogía sus pertenencias.
—Aquí no hay más que una cuadrilla de fanáticos —dijo en voz alta el inglés, y siguió adelante, en medio de una oleada de inquietud, porque los policías indígenas significan siempre extorsión para los indígenas de toda la India.
—La cosa ahora —murmuró E. 23— consiste en enviar un telegrama diciendo el sitio donde está escondida la carta que me enviaron a buscar. Y yo no puedo ir a la oficina de telégrafos con este aspecto.
—¿No basta con haberte salvado la vida?
—No, si se deja el trabajo sin terminar. ¿No te lo dijo nunca el curandero de perlas? ¡Ahí viene otro sahib! ¡Ah!
Era un superintendente de policía, alto y cetrino —llevaba cinturón, casco y espuelas muy pulimentadas—, que avanzaba arrogante y atusándose el bigote.
—¡Qué tontos son estos sahibs de la policía! —dijo Kim afablemente.
E. 23 miró en aquella dirección con los ojos entornados.
—Has dicho bien —murmuró con una voz distinta—. Voy a beber agua. Guárdame el sitio.
Salió tan torpemente, que casi cayó en los mismos brazos del inglés, recibiendo una retahíla de insultos en mal urdú.
—¿Tum mut? ¿Estás borracho? No puedes atropellar a la gente de ese modo, como si te perteneciera toda la estación de Delhi, amigo.
E. 23, sin mover un músculo de la cara, le contestó con un chaparrón de insultos más groseros, lo cual, como es natural, llenó de regocijo a Kim. Esto le hizo recordar a los educandos de tambor de los cuarteles de Ambala en aquellos días terribles de su primera experiencia de la escuela.
—Mi querido loco —dijo el inglés pronunciando lentamente las palabras—. ¡Nick1e jao! Vuélvete a tu vagón.
Paso a paso, retirándose respetuosamente y bajando la voz, el amarillo sadhu subió al vagón maldiciendo a la D.S.P hasta la más remota posteridad, por —y al oír esto Kim por poco da un salto— la maldita Piedra de la Reina, por el escrito bajo la Piedra de la Reina y por un surtido de dioses cuyos nombres eran completamente nuevos.
—No sé lo que estás diciendo —interrumpió el inglés encolerizado—, pero sin duda se trata de alguna impertinencia intolerable. ¡Baja en seguida!
E. 23, fingiendo no entenderlo, le presentó su billete con toda seriedad y el inglés se lo arrebató de las manos con malos modos.
—¡Oh zulum! ¡Qué tiranía! —rezongó el jat desde su rincón—. ¡Y todo por una sencilla broma! —el jat se había reído burlonamente con las barbaridades que había dicho el sadhu—. Tus hechizos parece que no producen hoy buen efecto, santón. El sadhu siguió al policía, abrumándolo con adulaciones y súplicas. La multitud de pasajeros, atareados con sus chiquillos y su equipaje, no se había dado cuenta del incidente. Kim bajó furtivamente detrás de E. 23, porque le asaltó el pensamiento de que ya había oído al encolerizado y estúpido sahib lanzando alusiones personales en voz alta a una vieja dama, cerca de Ambala, haría unos tres años.
—Todo está en orden —susurró el sadhu, atrapado entre el gentío desorientado, que chillaba y vociferaba, con un galgo persa entre las piernas, y, pegada a los riñones, una jaula de halcones que no cesaban de dar alaridos y a la que custodiaba un cetrero rajputa—. En este momento estará transmitiendo las noticias de la carta que yo escondí. Me habían dicho que estaba en Peshawar. Pero debí sospecharlo, pues, como el cocodrilo, nunca está en el vado que se espera. Me ha sacado del compromiso, pero mi vida te la debo a ti.
—¿Acaso es uno de los nuestros? —Kim se agachó para pasar bajo el grasiento sobaco de un camellero de Mewar, y puso en desbandada a un grupo de charlatanas matronas sijs.
—¡Nada menos que el más grande de todos! ¡Hemos tenido suerte! Yo le daré cuenta de lo que has hecho. Bajo su protección estoy a salvo.
Se abrió paso a través de la multitud, que asaltaba los vagones, y se acurrucó en el suelo junto al banco que estaba a la puerta de la oficina de telégrafos.
—¡Vuélvete o te quitarán el sitio! No tengas miedo, hermano, por el juego… ni por mi vida. Me has dado un respiro, y el sahib Strickland me ha conducido a puerto seguro. Puede que alguna vez trabajemos juntos en el Juego. ¡Adiós!
Kim se apresuró a regresar a su vagón, enorgullecido, desorientado y algo irritado, porque no poseía la clave de los secretos que le rodeaban.
«No soy más que un principiante en el juego, eso está claro. Yo no hubiera sabido salvarme como ha hecho el sadhu. Éste sabía que bajo la lámpara había más oscuridad. Nunca se me hubiera ocurrido transmitir las noticias con la excusa de echar maldiciones… ¡Y qué listo fue el sahib! No importa, he salvado la vida de un…»
—¿Dónde ha ido el kamboh, santo? —susurró al lama, al ocupar su asiento en el compartimento, que estaba ya completamente abarrotado.
—Se asustó —le contestó el lama, con un poco de malicia—. Vio cómo transformabas en un abrir y cerrar de ojos al mahratta en un sadhu, para protegerlo del mal, y eso lo sobrecogió. En seguida vio al sadhu caer de golpe en manos de la policía…, todo ello como preparado por tu arte. Así es que recogió a su hijo y salió corriendo, porque al ver cómo transformabas a un tranquilo comerciante en un desvergonzado que insultaba a los sahibs, temía que hicieses con él algo parecido. ¿Adónde ha ido el sadhu?
—Con la policía… —dijo Kim—. Y sin embargo, yo salvé al hijo del kamboh.
El lama aspiró rapé suavemente.
—¡Ay, chela, mira cómo te has dejado engañar! Hiciste la curación del hijo del kamboh con el solo objeto de adquirir méritos. Pero cuando hiciste el encantamiento al mahratta, lo hiciste impulsado por el orgullo (te estuve observando), y mirabas de reojo para ver si lograbas asombrar a un viejo muy viejo y a un ignorante labrador: y ése fue el origen de las calamidades y las sospechas.
Kim controló sus impulsos con un esfuerzo impropio de su edad. Le disgustaba tanto como a cualquier otro mozalbete tener que sufrir una humillación o ser tratado con injusticia, pero comprendió que estaba en una situación muy crítica. El tren partió de la estación de Delhi, hundiéndose en la oscuridad de la noche.
—Es verdad —murmuró—. He hecho mal en ofenderte.
—Peor que eso, chela. Tú has lanzado una acción sobre el mundo, y como la piedra arrojada a un estanque, así se esparcirán las consecuencias, cuyo alcance tú no puedes prever.
Esta ignorancia era conveniente, tanto para la vanidad de Kim como para la tranquilidad de conciencia del lama, sobre todo si pensamos que en aquel momento se estaba transmitiendo a Simla un telegrama cifrado dando cuenta de la llegada a Delhi de E. 23, y, lo que era más importante, del paradero de una carta que le habían encargado… sustraer. Casualmente, un policía excesivamente celoso de su obligación había arrestado como presunto autor de un asesinato perpetrado en un Estado lejano del sur a un corredor de algodón de Ajmir, que, terriblemente indignado, estaba contándole su vida y milagros a cierto señor Strickland en los andenes de la estación de Delhi, mientras E. 23 penetraba por callejuelas perdidas en el corazón mismo de la ciudad. Dos horas más tarde, varios telegramas llegaban a manos del encolerizado ministro de un Estado del sur, notificándole que se había perdido por completo el rastro de un mahratta bastante magullado; y en el momento en que el perezoso tren se paraba en Saharanpur, la última onda de la piedra que Kim había contribuido a lanzar alcanzaba los escalones de una mezquita en la lejanísima Rum, interrumpiendo las plegarias de un hombre piadoso.
El lama recitó las suyas cerca de una empalizada cubierta de buganvillas húmedas de rocío situada cerca del andén, confortado por el claro brillo de los rayos del sol y la presencia de su discípulo.
—Pronto abandonaremos estas cosas —dijo señalando la máquina reluciente y los raíles deslumbrantes—. Aunque el te-ren sea algo maravilloso, su traqueteo ha convertido en agua mis huesos. De aquí en adelante respiraremos el aire libre y puro.
—Vámonos a casa de la mujer de Kulú —dijo Kim poniéndose alegremente en marcha bajo la carga de sus fardos.
En las primeras horas de la mañana, la ruta de Saharanpur tiene un aire limpio y aromatizado. Kim pensaba en las mañanas de San Javier, y este recuerdo le hizo rebosar de satisfacción.
—¿A qué vienen esas prisas? Los hombres sabios no corren de aquí para allá como las gallinas al sol. Ya hemos hecho juntos cientos y cientos de kos, y, hasta ahora, escasamente habré estado solo contigo unos instantes. ¿Cómo es posible que te enseñe nada, siempre rodeado de gente? ¿Cómo podría meditar sobre la Senda, anegado bajo el torrente de su charla?
—¿Entonces es que su lengua no se calma con el paso de los años? —dijo el discípulo sonriendo.
—Ni sus ansias de hechizos. Me acuerdo de una vez que le hablaba de la Rueda de la Vida —el lama registraba en su seno para buscar la última copia que había hecho— y no sentía cu riosidad más que por los demonios que asedian a los niños. Ella adquirirá mérito al invitarnos a su casa…, dentro de poco…, más adelante…, sin prisas, sin prisas. Ahora corretearemos a nuestro gusto, confiando en la Cadena de las Cosas. La Búsqueda no puede fracasar.
Y así fueron caminando sin prisas, cruzando y atravesando huertos cubiertos de flores —por el camino de Aminabad, Sahigunge, Akrola del Vado y la pequeña Phulesa—, con la cor dillera de los Siwaliks siempre hacia el norte, y tras ella de nuevo las nieves. Después de un largo y dulce sueño bajo las impasibles estrellas, llegó el señorial y pausado recorrido a una aldea que empezaba a despertar, con el cuenco de la limosna alargado en silencio, con los ojos atentos, mirando de un extremo al otro del cielo, a pesar de la Ley. En seguida volvía Kim presuroso, acallados sus pasos por blando polvo, a buscar a su maestro, que se hallaba recostado al pie de un mango, o bajo la sombra clara de una blanca siris del Dun, donde comían y bebían tranquilamente. A mediodía, después de charlar y hacer un poco de camino, dormían, volviendo a internarse en el mundo cuando se levantaba el aire fresco de la tarde. La noche los sorprendía aventurándose en nuevos territorios: alguna aldea vislumbrada tres horas antes a través de las tierras fértiles, y sobre la que habían charlado durante el camino.
En la aldea contaban su historia —Kim recitaba cada noche una distinta—, y eran bien recibidos por el sacerdote o por el jefe de la aldea, según los casos, siguiendo la costumbre del hospitalario Oriente.
Cuando se acortaban las sombras y el lama se apoyaba pesadamente en Kim, quedaba siempre el recurso de sacar el dibujo de la Rueda de la Vida, sujetándolo bajo piedras lavadas previamente, y exponer su doctrina ciclo a ciclo con la ayuda del largo tallo de una planta. En lo alto se sentaban los dioses, y eran sueños de sueños. Después estaba nuestro cielo y el paraje donde viven los semidioses, hombres a caballo, combatiendo entre las montañas. Después, los tormentos afligidos sobre las bestias, las almas ascendiendo o descendiendo por la escala, y a las cuales no conviene molestar. Más abajo, los Infiernos, calientes y fríos, y la morada de las ánimas atormentadas. Que estudie el chela allí las consecuencias de comer con exceso: el vientre hinchado y las tripas ardiendo. Y entonces, obediente, con la cabeza agachada y el dedo moreno listo para seguir el puntero, el chela estudiaba; pero cuando volvían al Mundo Humano, atareado e infructuoso, que está situado precisamente sobre los Infiernos, su pensamiento se distraía, porque al lado del camino giraba la Rueda misma comiendo, bebiendo, comerciando, casándose y peleando…, todos cálidamente vivos. A menudo el lama hacía de la realidad misma asunto para su lección, haciendo notar a Kim —siempre dispuesto— cómo la carne toma millares de formas diferentes, agradables o desagradables según el juicio de los hombres, pero que en realidad no son ni una cosa ni otra; y cómo el espíritu necio, esclavizado por el Cerdo, la Paloma y la Serpiente —codiciando nuez de betel, una nueva yunta de bueyes, o el favor de los reyes o las mujeres— es condenado a seguir a su cuerpo a través de todos los Cielos y todos los Infiernos para volver a empezar, dando una vuelta completa. Algunas veces acontecía que una mujer o un pobre mendigo, contemplando aquel ritual —pues no era otra cosa—, mientras el gran mapa amarillo estaba desplegado, dejaba caer unas pocas flores o un puñado de cauris sobre el borde. Y estos seres humildes se marchaban contentos por haber encontrado a un santón que tal vez los recordase en sus plegarias.
—Cúralos si están enfermos —dijo el lama cuando se despertaban en Kim los instintos de acción—. Cúralos si tienen fiebre, pero no hagas encantamientos bajo ningún concepto. Acuérdate de lo que le sucedió al mahratta.
—¿Entonces toda acción es mala? —preguntó Kim acostado bajo un gran árbol en la bifurcación del camino de Dun, y contemplando las hormigas que se paseaban por su mano.
—Abstenerse de la acción es conveniente; excepto cuando se hace para adquirir mérito.
—En las Puertas de la Sabiduría nos enseñan que abstenerse de la acción no es digno de un sahib. Y yo soy sahib.
—Amigo de todo el Mundo —dijo el lama mirando fijamente a Kim—, yo soy un viejo que se deleita con los espectáculos ccmo hacen los niños. Para aquellos que siguen la Senda no hay blanco ni negro, ni India ni Bhotiyal. Todos somos almas que buscan la liberación. No te importe lo que aprendiste con los sahibs. Cuando lleguemos a mi Río quedarás libre de toda ilusión… a mi lado. ¡Ay!, mis huesos anhelan, doloridos, ese Río, con un dolor semejante al producido por el te-ren; pero mi espíritu se alza sobre mis huesos y espera. ¡La Búsqueda no puede fracasar!
—Ya me has contestado. ¿Me permites que te haga una pregunta?
El lama inclinó su majestuosa cabeza.
—Durante tres años he comido tu pan… como sabes bien. Santón mío, ¿de dónde sacabas…?
—Hay muchas riquezas (o lo que entienden por riquezas los hombres), en Bhotiyal —respondió el lama con dignidad—. En mi país tengo la ilusión de ser venerado. Pido lo que necesito. No me ocupo de las cuentas. Eso es cosa de mi monasterio. ¡Ay! ¡Los altos asientos negros del monasterio y los novicios en perfecto orden!
Y empezó a contar historias (mientras dibujaba con un dedo en el polvo) sobre el grandioso y suntuoso ritual de las catedrales protegidas contra los aludes; de las procesiones y las danzas de los demonios; de la transformación de monjes y novicios en cerdos; de ciudades santas flotando en el aire a quince mil pies de altura; de las intrigas entre monasterio y monasterio; de voces que suenan entre las montañas y de ese misterioso espejismo que danza sobre las nieves perpetuas. Hasta le habló de Lhassa y del Dalai Lama, a quien él había visto y adorado.
Conforme iban pasando estos días largos y perfectos se alzaba una barrera cada vez mayor, que separaba a Kim de su raza y de su idioma materno. Volvió a pensar y a soñar en idioma vernáculo, y maquinalmente seguía todo el ceremonial que usaba el lama para comer, beber y hacer las demás cosas. El pensamiento del viejo se volvía cada vez con mayor insistencia hacia su monasterio, conforme sus ojos contemplaban más de cerca las nieves eternas. Su Río no le turbaba lo más mínimo. De vez en cuando, de hecho, se quedaba contemplando fijamente una mata o un tallo de hierba, esperando, según decía, que se abriese la tierra y les regalase con su bendición; pero le bastaba con la compañía de su discípulo, disfrutando de la suave brisa que desciende del Dun. Esto no era Ceilán, ni Buddh Gaya, ni Bombay, ni unas ruinas cubiertas de maleza con las que al parecer se había tropezado dos años atrás. Hablaba de aquellos lugares como un erudito desprovisto de vanidad, como un peregrino caminando humildemente, como un viejo sabio y modesto que iluminase sus conocimientos con brillantes intuiciones. Poco a poco, de un modo fragmentario, surgiendo los recuerdos inspirados por cualquier incidente del camino, fue contando todas sus correrías de un lado a otro de la India; hasta que Kim, que le había tomado cariño sin saber por qué, lo quería por cincuenta razones distintas. Así gozaron juntos de una gran felicidad, absteniéndose, como exige la Regla, de las malas palabras y deseos impuros; no comiendo con exceso, ni durmiendo entre sábanas, ni llevando ricos vestidos. Su estómago les decía la hora, y la gente les traía alimento, tal como reza el dicho. Fueron señores de las aldeas de Aminabad, Sahaigunge, Akrola del Vado y la pequeña Phulesa, donde Kim dio su bendición a la mujer sin alma.
Pero las noticias corren rápidamente en la India, así que bien pronto apareció a través de las tierras cultivadas un criado de patillas blancas, un seco y flaco urya, trayendo una cesta de frutas que contenía uvas de Kabul y naranjas doradas, suplicándoles que honrasen con su presencia a la señora, que estaba muy apenada porque el lama la tuviese tan abandonada desde hacía mucho tiempo.
—Ahora me acuerdo —el lama hablaba como si aquello fuese una cosa completamente nueva—. Es virtuosa, pero una habladora sempiterna.
Kim estaba sentado en el borde del pesebre de una vaca, contándoles cuentos a los hijos del herrero de la aldea.
—Ella no desea más que otro hijo para su hija. No me he olvidado de ella —dijo Kim—. Déjala que adquiera mérito. Dile que iremos.
Recorrieron en dos días once millas a través de los campos, y fueron colmados de atenciones a su llegada; porque la vieja dama mantenía la tradición de una espléndida hospitalidad, que imponía a su yerno, el cual estaba dominado por las mujeres de su familia, por lo que compraba la tranquilidad doméstica pidiendo dinero a los prestamistas. La edad no había debilitado la memoria ni la lengua de la vieja dama, y desde una ventana del piso alto, discretamente cubierta por una celosía, y rodeada por lo menos de una docena de servidores, piropeó a Kim de manera tal que hubiera cubierto de espanto, por sus obscenidades, a un auditorio europeo.
—Pero tú eres todavía aquel mocoso mendigo desvergonzado del parao —dijo chillando—. No me he olvidado de ti. Lávate y come. El padre del hijo de mi hija se ha ausentado por una temporada. Y nosotras, las pobres mujeres, nos hemos quedado mudas y sin saber qué hacer.
Como prueba de ello, riñó implacablemente a todos sus criados hasta que trajeron comida y bebida; y por la tarde —la tarde aromatizada por el humo azulado y cobrizo de los campos— se le antojó que se instalara su palanquín en el desaliñado patio anterior, iluminado con humeantes antorchas; y allí detrás de las cortinas entreabiertas, empezó a chismorrear.
—Si hubiese venido solo el santón le hubiera recibido de otro modo; pero con este pillastre, ¿quién puede descuidarse?
—Maharani —dijo Kim, eligiendo, como siempre, el título más ampuloso—, ¿es culpa mía que nada menos que un sahib, un sahib de la policía, llamase a la maharani cuyo semblante…?
—¡Chis! Eso fue en la peregrinación. Cuando viajamos…, ya conoces el refrán.
—¿Llamó a la maharani Ladrona de Corazones y Dispensadora de Delicias?
—¡Mira que acordarse de eso! Es verdad. Eso es lo que dijo. Era la época en que florecía mi belleza —y se echó a reír, cloqueando como una cotorra satisfecha ante su terrón de azúcar—. Ahora cuenta tus correrías…, es decir, todo lo que puedas contar dentro de la decencia. ¿Cuántas muchachas y cuántas casadas has dejado por ahí prendadas de tus ojos? ¿Venís ahora de Benarés? Yo hubiera ido otra vez este año, pero mi hija…, no tenemos más que dos hijos varones. ¡Phaii! Tal es el efecto de esas bajas llanuras. Pero aquí en Kulú los hombres son como elefantes. Yo quisiera pedirle a tu santón —hazte a un lado, bribón— un hechizo contra esos tremendos cólicos por causa de los gases, que en la época de los mangos aquejan al hijo mayor de mi hija. Hace dos años me dio un ensalmo poderoso.
—¿Qué oigo, maestro? —dijo Kim a punto de estallar de risa al ver la acongojada faz del lama.
—Es verdad. Le di uno contra los gases.
—Contra los dientes…, los dientes… —interrumpió la vieja.
—Cúralos cuando estén enfermos —citó Kim regodeándose—, pero de ningún modo hagas encantamientos. Acuérdate de lo que le sucedió al mahratta.
—Esto ocurrió durante la estación de las lluvias, hace dos años; ella me abrumaba con sus continuas demandas —gimió el lama del mismo modo que hubiera gemido el juez Injusto—. Y así ocurre (toma nota de ello, chela mío) que aun aquellos que siguen la Senda son apartados de ella por las mujeres ociosas. No paró de hablar durante los tres días que el niño estuvo enfermo.
—¡Arré! ¿Pues a quién se lo iba a contar? La madre del muchacho no sabía nada, y el padre (esto fue en las noches del tiempo frío) «Ruega a los dioses», me dijo, créeme, y, dándose la vuelta, ¡se puso a roncar! volviéndose del otro lado.
—Yo le di el ensalmo. ¿Qué otra cosa puede hacer un viejo?
—«Abstenerse de la acción es conveniente, excepto cuando se hace para adquirir mérito.»
—¡Ah, chela!, si tú me abandonas me quedaré solo.
—De todos modos, lo cierto es que le salieron muy bien los dientes de leche —dijo la vieja—. Pero todos los sacerdotes son iguales.
Kim tosió severamente. A pesar de ser joven, no aprobaba esa impertinencia.
—Importunar a los sabios a deshora es atraerse la calamidad.
—Hay un mynahs muy charlatán —la respuesta agresiva surgió acompañada del inolvidable golpear del dedo índice, cuajado de sortijas— más allá de los establos, que imita perfectamente la entonación del sacerdote de la familia. Tal vez me olvide de honrar a mis huéspedes, pero si vosotros hubierais visto a mi nieto apretándose el vientre (lo tenía del tamaño de una calabaza a medio crecer) con los puños y gritando: «¡Ya vuelve el dolor!», me perdonaríais. Yo estoy casi dispuesta a darle la medicina del hakim . La vende barata, y está tan gordo como el propio toro de Shiva. El hakim no se niega a proporcionar los remedios, pero no me atreví a dárselos al niño, a causa del color sospechoso que tienen las botellas.
El lama, aprovechándose del monólogo, se había escurrido en la oscuridad hacia la habitación que le habían preparado.
—Acaso se haya enfadado contigo —dijo Kim.
—No lo creas. Está cansado y yo lo he olvidado, pensando en mis nietos. (Sólo las abuelas deberían cuidar a los niños. Las madres no saben más que parirlos). Mañana, en cuanto vea lo que ha crecido el hijo de mi hija, me escribirá el encantamiento. Y entonces también me dará su opinión acerca de las medicinas del nuevo hakim.
—¿Quién es el hakim, maharani?
—Un vagabundo como tú, pero es un bengalí de Dacca muy formal, un maestro en Medicina. Me quitó una opresión que se me ponía después de las comidas, con una píldora que me hacía por dentro el efecto de tener un demonio desencadenado. Ahora viaja por ahí vendiendo medicinas de gran valor. Hasta tiene papeles impresos en anglesi en los que cuenta las cosas que ha hecho por hombres con mal de espalda y mujeres debilitadas. Ha estado aquí cuatro días, pero al oír que veníais (hakims y sacerdotes son como la serpiente y el tigre en todas partes del mundo), sospecho que se ha esfumado.
Mientras recobraba el aliento después de esta tirada, el anciano criado, que estaba sentado en el límite marcado por la luz de las antorchas sin que nadie lo reprendiera, murmuró:
—Esta casa es un abrevadero para todos los charlatanes y… los sacerdotes. Lo que debéis hacer es cuidar de que el niño no coma mangos…, pero, ¿quién podrá convencer a una abuela?
Y alzando su voz respetuosamente, añadió:
—Sahiba, el hakim duerme después de haber comido. Está en las habitaciones situadas detrás del palomar.
Kim se encrespó como un foxterrier impaciente. Desafiar y hacer callar a un bengalí educado en Calcuta, a un locuaz vendedor de medicinas de Dacca, sería un juego divertido. No era aceptable que el lama, y de paso él mismo, quedasen relegados a segundo término por tal doctor. Kim conocía esos curiosos anuncios en inglés macarrónico que aparecen en la última plana de los periódicos indígenas. Algunas veces los muchachos de San Javier los traían a hurtadillas para comentarlos, riendo con sus compañeros, porque el lenguaje de los pacientes agradecidos, que cuentan los síntomas de su enfermedad, es de lo más simple y revelador. El urya, deseoso de poner frente a frente a los dos parásitos, desapareció hacia el palomar.
—Sí —dijo Kim con calculada ironía—. Todo su bagaje es un poco de agua coloreada y una gran desvergüenza. Sus presas son reyes destronados y bengalíes bien alimentados. Y se aprovechan de los niños… que no han nacido todavía.
La anciana dama se rió entre dientes.
—No seas envidioso. Los encantamientos valen más, ¿verdad? Nunca lo he negado. A ver si haces que tu santón me escriba un buen sortilegio para mañana por la mañana.
—Nadie más que un ignorante osará… —pronunció una voz gruesa y áspera a través de la oscuridad, al mismo tiempo que una sombra se acercaba, sentándose en cuclillas—. Nadie más que un ignorante osará negar el valor de los sortilegios. Nadie más que un ignorante negará el valor de las medicinas.
—Una rata se encontró un trozo de cúrcuma y dijo: «Abriré una tienda de ultramarinos» —fue la contestación de Kim.
La batalla estaba ya empeñada, y ambos observaron cómo la vieja dama se quedaba quieta para escuchar con atención.
—El hijo del sacerdote conoce el nombre de su nodriza y de tres dioses. Y dice: «óyeme, o te maldeciré por los tres millones de dioses». —Decididamente, aquel ser invisible tenía una o dos flechas en su carcaj y añadió—: Yo no soy más que un profesor de primeras letras. He aprendido con los sahibs toda la sabiduría.
—Los sahibs no envejecen jamás. Danzan y juegan como chiquillos cuando son ya abuelos. Son una raza fuerte —interrumpió la voz desde el palanquín.
—También tengo la medicina que cura los humores cerebrales de los hombres congestionados y coléricos. Sinà bien preparada, cuando la luna pasa por la Estancia apropiada; tengo tierras amarillas: arplan de China, que hace recobrar a los hombres su juventud, causando asombro a los de su hogar; azafrán de Cachemira, y el mejor salep de Kabul. Muchas personas han muerto antes…
—De eso estamos seguros —dijo Kim.
—…de que conocieran el valor de mis drogas. Yo no doy a mis enfermos solamente la tinta con la cual está escrito el encantamiento, sino que les doy drogas energéticas que penetran en su interior y luchan contra el mal.
—Y que lo hacen poderosamente —acotó la vieja dama.
La voz se lanzó a contar una larguísima historia de desgracias y bancarrota, sembrada de numerosas peticiones al Gobierno.
—Si no fuera por mi mala fortuna, que rige todos los actos, ahora sería funcionario del Gobierno. Y he logrado graduarme en la gran universidad de Calcuta, adonde tal vez vaya el hijo de esta casa.
—Naturalmente. Si el rapaz de nuestro vecino logra en pocos años hacerse un P. A. (Primeras Artes: la vieja hacía uso de las iniciales inglesas, que había oído muy a menudo), muchos más premios conseguirán en la rica Calcuta algunos niños inteligentes que conozco.
—¡Nunca —dijo la voz— he visto un niño como ése! Nació en una hora propicia, y… si no fuese por ese cólico que, ¡ay!, transformándose en bilis negras puede llevárselo a la sepultura como un pichón…, está destinado a vivir muchos años. Es digno de envidia.
—¡Hai mai! —dijo la vieja dama—. Alabar a los niños es de mal agüero; si no, seguiría escuchando vuestra charla. Pero la parte trasera de la casa está sin vigilancia, y aun en este clima templado los hombres se consideran hombres, y las mujeres sabemos… El padre del niño está de viaje también y yo tengo que convertirme en un chowkedar (vigilante) a mi edad. ¡Arriba! ¡Arriba! Subid el palanquín. Dejemos al hakim y al muchacho discutir qué es lo mejor, si las medicinas o los encantamientos. ¡Ah, miserables, id a traer tabaco a los huéspedes, mientras yo voy a echar un vistazo por la casa!
El palanquín se alejó tambaleándose, seguido de las antorchas que se quedaban atrás y de una horda de perros. Veinte aldeas conocían a la sahiba, sus defectos, su lenguaje y su gran caridad. Veinte aldeas la engañaban según la costumbre inmemorial, pero ninguno se hubiera atrevido a hurtar o robar en su jurisdicción por nada del mundo. No por eso dejaba ella de hacer sus inspecciones con gran aparato, cuyo tumulto podía oírse hasta medio camino de Mussuri.
Kim se calmó, como debe hacer siempre un augur cuando está frente a otro. El hakim, todavía en cuclillas, empujó con el pie su narguile, en un gesto amistoso, y Kim aspiró el buen humo del tabaco. Los espectadores esperaban un serio debate profesional, y tal vez un poco de asistencia médica gratuita.
—Discutir la medicina ante los ignorantes es lo mismo que enseñar a cantar a un pavo real —dijo el hakim.
—La verdadera cortesía —añadió Kim— consiste a menudo en no escuchar.
Esto, como puede suponerse, eran frases de ritual destinadas a causar impresión en los oyentes.
—¡Ah! Yo tengo una úlcera en la pierna —gritó un pinche de cocina—. ¡Miradla!
—¡Vete de aquí! ¡Márchate! —exclamó el hakim—. ¿Es acaso costumbre de esta casa incomodar a los huéspedes honrados? Estáis aquí amontonados alrededor como búfalos.
—Si la sahiba se enterase… —añadió Kim.
—¡Ay! ¡Ay!, vámonos. Ellos no están aquí por nuestra señora. Cuando se curen los cólicos de su joven shaitan, tal vez se nos permita a nosotros, los pobres…
—La señora alimentó a tu mujer cuando estuviste preso por romperle la cabeza al prestamista. ¿Quién habla en contra de ella? —El viejo servidor se retorció salvajemente los blancos bigotes a la luz de la luna recién salida—. Yo soy el responsable del honor de la casa. ¡Marchaos! Y se llevó a todos sus subordinados por delante.
Entonces murmuró el hakim en voz muy baja y sin mover apenas los labios:
—¿Cómo está usted, señor O’Hara? Celebro mucho volverlo a ver.
La mano de Kim se crispó en el tubo del narguile. En un sitio cualquiera de la carretera, tal vez no se hubiera sorprendido; pero en aquel tranquilo remanso de la vida no estaba preparado para tropezarse con el babú Hurree. Además, le molestó que hubiese conseguido engañarlo.
—¡Ja, ja! Te lo dije en Lucknow-resurgam—, me apareceré y no me conocerás. ¿Cuánto apostaste, eh?
Mascó tranquilamente unas semillas de cardamomo, pero su respiración era fatigosa.
—Pero, ¿por qué has venido aquí, babuyi?
—¡Ah! Ésa es la cuestión, como dijo Shakespeare. He venido a felicitarte por tu eficiente trabajo en Delhi. ¡Ah! Puedo asegurarte que estamos orgullosos de ti. Aquello fue hecho limpia y diestramente. Nuestro común amigo es un viejo amigo mio. Se ha visto ya en algunos trances apurados. Ahora, seguramente, se encontrará en alguno. Me lo contó todo; yo se lo conté al señor Lurgan; y tuvo una gran satisfacción al saber que pasaste el examen tan airosamente. Todo el Departamento está satisfechísimos.
Por primera vez en su vida, Kim tembló de emoción a impulso del orgullo (ese orgullo que puede llegar a ser nada menos que una trampa mortal) producido por el elogio del Departa mento, elogio tanto más cautivador por venir de un colega y referirse a un trabajo apreciado por los compañeros. No hay nada en el mundo que pueda compararse a eso. Pero la parte oriental de Kim pensó: «Los babús no viajan hasta tan lejos para felicitar a una persona.»
—Cuéntame tu historia, babú —dijo en tono autoritario.
—Pero si no es nada. Nada más sino que yo estaba en Simla cuando llegó un telegrama acerca de lo que nuestro común amigo decía que había escondido, y el viejo Creighton… —se interrumpió, mirando de reojo para ver cómo tomaba Kim esa prueba de audacia.
—El sahib coronel —corrigió el muchacho de San Javier.
—Claro. Me encontró sin nada que hacer y tuve que ir a Chitor para buscar esa maldita carta. A mí no me gusta el sur: demasiados viajes por ferrocarril; pero saqué buenas dietas del viaje. ¡Ja, ja! A la vuelta me encontré en Delhi a nuestro común amigo. Ahora está ya tranquilo y dice que el disfraz de sadhu le sienta admirablemente. Bueno, allí me entero de todo lo que has hecho tan bien e improvisando con rapidez ante un apuro acuciante. Le digo a nuestro común amigo que has sabido coger el toro por los cuernos, ¡vive Dios! Fue extraordinario. He venido a decírtelo.
—¡Hum!
Las ranas croaban afanosas en las acequias y la luna se acercaba a su ocaso. Algunos criados salían a comunicarse con la noche y redoblar con un tambor. La siguiente pregunta de Kim fue hecha en el idioma vernáculo.
—¿Cómo te las arreglaste para dar con nosotros?
—¡Oh, eso no tiene importancia! Sabía por nuestro común amigo que vais a Saharanpur. De modo que vengo. Los lamas rojos no pasan inadvertidos. Compro mi caja de medicinas, y realmente soy un buen médico. Voy a Akrola del Vado, y allí, hablando con unos y con otros, consigo noticias de vosotros. Toda la gente corriente sabe lo que hacéis. Y comprendí que la vieja dama enviaría el duli. Se conservan muchos recuerdos de las visitas hechas por el lama. Sé, además, que las viejas no pueden resistirse ante las medicinas. Así es que soy médico y… ¿me estás escuchando?, yo creo que no lo hago nada mal. Créeme, señor O’Hara, la gente os conoce a ti y al lama en cincuenta millas a la redonda. Así que vengo. ¿Te importa?
—Babuyi —dijo Kim contemplando fijamente la ancha cara burlona—. Yo soy un sahib.
—Mi querido señor O’Hara…
—Y espero entrar en el Gran Juego.
—Por el momento eres subordinado de mi Departamento.
—Entonces, ¿por qué hablar como los monos en los árboles? No se viene desde Simla y se cambia de traje con el solo objeto de decir unas cuantas frases amables. No soy ningún niño. Háblame en hindi y vayamos al meollo de la cuestión. Hasta ahora… no me has dicho ni una sola verdad. ¿Por qué has venido? Dame una respuesta franca.
—Eso es algo tremendamente desconcertante de los europeos, señor O’Hara. Pero tú, a tu edad, ya deberías saber que no se pueden pedir respuestas claras.
—Pero es que quiero saberlo —dijo Kim echándose a reír—. Si se trata de asuntos del juego, puedo ser una ayuda. ¿Cómo voy a hacer algo si te limitas a bukh (parlotear) alrededor de la tienda?
El babú Hurree cogió la pipa y chupó hasta que el agua gorgoteó de nuevo.
—Ahora hablemos en vernáculo. Agárrate al asiento, señor O’Hara… Mi venida está relacionada con el pedigrí de un semental blanco.
—¿Todavía? Eso terminó hace ya mucho tiempo.
—Cuando todo el mundo haya muerto terminará el Gran juego. No antes. Escúchame hasta el final. Había cinco reyes que preparaban una guerra hace tres años, cuando llevaste el pedigrí del semental blanco por encargo de Mahbub Alí. Gracias a esas noticias, y antes de que tuvieran tiempo de prepararse, nuestro ejército cayó sobre ellos.
—Sí…, ocho mil hombres con cañones. Me acuerdo de aquella noche.
—Pero la guerra no llegó a estallar. Ésa es la costumbre del Gobierno. Las tropas fueron desmovilizadas, porque el Gobierno creía que los cinco reyes estaban atemorizados; y es muy caro alimentar a las tropas en los altos desfiladeros. Hilás y Bunár —Rajás que poseen cañones— se comprometieron mediante una subvención a defender los desfiladeros contra todo el que viniera por la parte del norte. Hicieron protestas de su amistad y su temor. —Y al llegar aquí, pasó a hablar en inglés con una risita—: Claro que yo te cuento estas cosas extraoficialmente, para que puedas dilucidar la situación política, señor O’Hara. Oficialmente, yo me guardo muy bien de criticar las acciones de mis superiores. Continúo. Esta solución agradó al Gobierno, ansioso de evitarse gastos, y se hizo un contrato por cierta cantidad de rupias al mes, comprometiéndose Hilás y Bunár a defender los desfiladeros tan pronto como se retirasen las tropas del Gobierno. En esa época —fue después de que nos conociéramos—, yo, que había estado vendiendo té en Leh, me hice habilitado del Ejército. Cuando las tropas se retiraron, me quedé detrás para pagar a los culís que estaban construyendo las nuevas carreteras de la montañas. Esta construcción de carreteras formaba parte del contrato entre Bunár, Hilás y el Gobierno.
—Bien; ¿y después?
—Te aseguro que hacía allá arriba un frío terrible en cuanto pasó el verano —dijo Hurree confidencialmente—. Yo tenía miedo de que los hombres de Bunár me cortaran la cabeza cualquier noche para robarme el arca donde guardaba el dinero de los jornales. Mi guardia de cipayos se reía de mí. ¡Por Dios!, yo tenía un miedo terrible. Pero eso no importa. Continúo en vernáculo… Di parte muchas veces de que esos dos reyes estaban vendidos al Norte; y Mahbub Alí, que estaba aún más hacia el norte, confirmó ampliamente mis noticias. Nada se hizo. Pero yo tenía los pies helados y perdí un dedo. Di cuenta de que las carreteras, por las cuales pagaba el dinero de los trabajadores, estaban destinadas a los pies de extranjeros y enemigos.
—¿Para quién?
—Para los rusos. Eso constituía un motivo constante de burla entre los culís. Entonces me mandaron llamar, para que diese mis informes de palabra. Mahbub también vino al sur. ¡Y fíjate en el final! Este año, después de fundirse la nieve —el babú tembló otra vez—, vinieron dos extranjeros con el pretexto de cazar cabras monteses. Llevaban escopetas, pero también cadenas, brújulas y niveles.
—¡Oh! El asunto se aclara.
—Son recibidos por Hilás y Bunár. Hacen grandes promesas; hablan como portavoces de un kaiser y traen dádivas. Recorren los valles de arriba para abajo, diciendo: «Éste es un buen sitio para construir un parapeto; aquí podríamos construir un fuerte; allí podríamos defender la carretera contra un ejército»…, las mismas carreteras por las cuales pagaba yo rupias y rupias mensualmente. El Gobierno lo sabe, pero no hace nada. Los otros tres reyes, que no recibían dinero alguno por guardar los desfiladeros, denuncian por medio de mensajeros la mala fe de Bunár e Hilás. Cuando todo el daño está ya hecho, fíjate bien…, cuando esos dos extranjeros, con las brújulas y los niveles logran convencer a los cinco reyes de que un gran ejército ocupará los desfiladeros de un día a otro (la gente de las montañas es estúpida), me llega la orden a mí, el babú Hurree: «Ve al norte para ver lo que hacen esos extranjeros». Yo le digo al sahib Creighton: «Esto no es ningún pleito para que vayamos a recoger pruebas». —Y volviendo a hablar en inglés con una sacudida—: «¡Por Dios!», dije yo, «¿por qué demonios no da usted órdenes semioficiales a algún hombre valiente para que los envenene, por ejemplo? Si usted me permite la observación, el no proceder así constituye una laxitud de lo más reprobable». ¡Y el coronel Creighton se rió de mí! A esto conduce vuestro estúpido orgullo inglés. ¡Pensáis que nadie puede atreverse a conspirar! Esto no tiene el más mínimo sentido común.
—Entonces, ¿vas a seguir a los extranjeros?
—No; a encontrarme con ellos. Vienen hacia Simla para enviar los cuernos y las cabezas que han cazado, para que se las disequen en Calcuta. Son simplemente unos caballeros que cazan por deporte, y reciben del Gobierno las mayores facilidades. Naturalmente, nosotros siempre hacemos lo mismo. Es nuestro orgullo británico.
—Entonces, ¿qué hay que temer de ellos?
—¡Por Dios!, no son negros. Yo puedo hacer toda clase de cosas con los negros, naturalmente. Pero son rusos y personas sin el menor escrúpulo. Yo…, yo no quiero tener tratos con ellos sin un testigo.
—¿Temes que te maten?
—¡Oh, eso es lo de menos! Yo soy lo bastante spenceriano para no atemorizarme por una cosa tan pequeña como la muerte, la cual, como sabes, está ya fijada en mi destino. Pero…, pero pueden torturarme.
—¿Por qué?
El babú Hurree chasqueó los dedos enojado.
—Naturalmente, yo me afiliaré a su bando en calidad de supernumerario, tal vez como intérprete, o como un pobre hambriento con incapacidad mental, o alguna otra cosa por el estilo. Y supongo que en esas circunstancias averiguaré todo lo que pueda. Eso es tan fácil para mí como representar el papel de doctor ante la vieja dama. Sólo que…, sólo que…, verás señor O”Hara, yo, desgraciadamente, soy asiático, lo que es un serio inconveniente en muchos aspectos. Y además, soy bengalí…, una persona miedosa.
—Dios hizo a la liebre y al bengalí. ¿Por qué avergonzarse? —dijo Kim citando el refrán.
—Yo creo que fue el proceso de Evolución, derivado de las necesidades primordiales, pero el hecho persiste en todo su cui bono. ¡Lo cierto es que soy terriblemente miedoso! Me acuerdo de una vez que querían cortarme la cabeza en la carretera de Lhassa. (No, yo no he llegado nunca hasta Lhassa.) Me tiré al suelo y me eché a llorar, señor O’Hara, anticipando en mi imaginación todas las torturas chinas. Yo no creo que estos dos caballeros me torturen, pero me gusta precaverme para posibles contingencias con la ayuda europea en caso de emergencia. —Tosió y escupió los cardamomos—. Se trata de una petición oficiosa por completo, a la que puedes responder: «No, babú». Pero si no tienes ningún compromiso urgente con tu anciano…, quizá podrías distraerlo; quizá pueda yo seducir su imaginación… De todos modos, me gustaría que permanecieses en contacto oficial conmigo hasta encontrar a esos compañeros deportistas. Tengo formada muy buena opinión de ti desde que encontré a mi amigo en Delhi. Además, yo haré mención de tu nombre en mi informe oficial cuando se resuelva finalmente este asunto. Lo cual será una hermosa pluma para tu chambergo. A esto es a lo que vine realmente.
—¡Hum! El final de la historia puede que sea verdad; pero, ¿y la primera parte?
—¿Lo referente a los cinco reyes? ¡Ah! ¡Que hubiese siempre tanta verdad en todas las cosas! Mucha más verdad de la que puedes suponer —dijo Hurree sinceramente—. ¡Qué!, vas a venir…, ¿no es cierto? Yo salgo de aquí directamente para Dun. Allí las praderas son pintorescas y verdes. En seguida iré a Mussuri, la buena vieja Mussuri Pahar, como dicen los señores y las señoras. Y después, pasando por Rampur, a Chini. Ése es el único camino por donde ellos pueden venir. No me gusta esperar aterido de frío, pero no tenemos más remedio que esperarlos, pues deseo regresar con ellos hasta Simla. Sabes, uno de los rusos es francés, y yo sé bastante francés. Tengo amigos en Chandernagore.
—Verdaderamente, él se alegraría de ver otra vez las montañas —dijo Kim reflexivamente—. Toda su conversación de los últimos diez días ha girado alrededor de ellas. Si fuésemos juntos…
—¡Oh! Nosotros podemos ser completamente desconocidos durante el camino, si lo prefiere así el lama. Yo iré cuatro o cinco millas por delante. No hay prisa para Hurree[11] (eso es un retruécano europeo, ¡ja!, ¡ja! ), y vosotros vendréis detrás. Hay tiempo de sobra; ellos, seguramente, discutirán planes, tomarán datos y levantarán planos. Me marcharé mañana y vosotros al día siguiente, si te parece bien. ¿Eh? Puedes pensarlo hasta mañana. ¡Por Dios!; pero, ¡si es ya casi de día!
Bostezó con fuerza, y sin despedirse siquiera, se alejó pesadamente hacia su dormitorio. Pero Kim durmió poco y pensó en indostaní: «¡Con razón se llama grande el Juego! Hace cuatro días era yo pinche de cocina en Quetta, sirviendo a la esposa del hombre cuyos libros robé. ¡Y eso constituía una parte del Gran juego! Del sur (y Dios sabe a qué distancia) vino el mahratta, jugando al Gran juego con riesgo de su vida. Ahora me voy hacia el norte empeñado en el Gran juego. Verdaderamente, éste cruza como una lanzadera a través de toda la India. Y tomar parte y disfrutar de ello», añadió sonriendo en la oscuridad, «se lo debo al lama. Y también a Mahbub Alí…, y también al sahib Creighton; pero, principalmente, a mi santo. Tiene razón: éste es un mundo maravilloso…, y yo soy Kim…, Kim…, Kim…, solo…, una persona…, en medio de todo esto. Pero veré a esos extranjeros con sus niveles y sus cadenas…»
—¿Cuál fue el resultado del parloteo de anoche? —le preguntó el lama después de rezar sus oraciones.
—Vino un vendedor ambulante de drogas, un gorrón de los que explotan a la sahiba. Pero lo confundí con argumentos y plegarias, probándole que nuestros encantamientos valen más que sus aguas coloreadas.
—¡Ay, mis encantamientos! ¿Todavía piensa la virtuosa mujer en un nuevo nieto?
—Todavía.
—Entonces hay que escribirle el sortilegio, pues si no me volverá sordo con sus quejas —dijo rebuscando en su estuche de las plumas.
—En las llanuras hay siempre mucha gente —observó Kim—. Según creo, en las montañas hay mucha menos.
—¡Ah, las montañas y la nieve sobre las montañas! —El lama cortó un pedazo cuadrado de papel del tamaño que cupiera en un amuleto—. Pero, ¿qué sabes tú de las montañas?
—Están muy cerca. —Kim dejó la puerta abierta y contempló la serena y larga silueta del Himalaya, enrojecida por el oro de la mañana—. Yo nunca he estado allí más que cuando vestía como un sahib.
El lama respiró hondo con aire melancólico.
—Si fuéramos al norte —Kim hizo la pregunta en el momento de salir el sol—, ¿no nos ahorraríamos el calor del mediodía, caminando por las estribaciones más bajas?… ¿Has hecho ya el encantamiento?
—Ya he escrito el nombre de siete estúpidos demonios, ninguno de los cuales vale un comino. ¡De este modo nos apartan de la Senda las locas mujeres!
El babú Hurree salió por detrás del palomar, lavándose los dientes con ritual ostentoso. Con sus carnes abundantes, su espalda fuerte, su cuello de toro y su voz profunda, no daba en absoluto la sensación de «una persona miedosa». Kim le hizo una señal, casi imperceptible, de que todo marchaba bien, y cuando terminó el aseo de la mañana, el babú Hurree, con florido lenguaje, se acercó a presentar sus respetos al lama. Comieron aparte, como es natural, y después la vieja dama, más o menos oculta detrás de una ventana, volvió a la cuestión vital de los cólicos producidos por los mangos verdes en las personas jóvenes. El conocimiento del lama en medicina era completamente empírico. Creía que el estiércol de un caballo negro, mezclado con azufre, y conservado en una piel de serpiente, constituía un remedio excelente contra el cólera; pero el simbolismo le interesaba mucho más que la ciencia. El babú Hurree aceptaba estos puntos de vista con una encantadora buena educación; así es que el lama lo consideró como un médico cortés. Hurree afirmó que él no era más que un inexperto aficionado a los misterios; pero al menos —y se lo agradecía a los dioses—, sabía cuándo se sentaba en presencia de un maestro. Él había aprendido con los sahibs, que no reparan en gastos, en los señoriales salones de Calcuta; pero era el primero en reconocer la existencia de otra sabiduría, la solitaria y elevada ciencia de la meditación, que estaba por encima de la sabiduría mundana.
Kim lo contemplaba con envidia. El babú Hurree a quien él conocía —untuoso, efusivo y nervioso— había desaparecido, como también había desaparecido el descarado vendedor de medicinas de la noche anterior.
Quedaba tan sólo —refinado, cortés y atento— un docto y sensato hijo de la experiencia y de la adversidad, recogiendo sabiduría de labios del lama. La vieja dama confesó a Kim que esas conversaciones eran muy elevadas para ella. Le gustaban más los encantamientos escritos con mucha tinta que se podían lavar con agua, tragárselos y acabar de una vez. ¿Para qué otra cosa servían los dioses? A ella le gustaban los hombres y las mujeres, y hablaba de ellos: de reyezuelos a quienes había conocido en tiempos pasados; de su propia juventud y belleza; de las depredaciones causadas por los leopardos y de las excentricidades del amor asiático; de la incidencia de las contribuciones, arriendos, ceremonias fúnebres; de su yerno (de éste especialmente, con alusiones fáciles de comprender); del cuidado de los niños y de la falta de decencia de la época presente. Y Kim, tan interesado, por su juventud, en las cosas de este mundo como la vieja, que pronto habría de abandonarlo, permanecía en cuclillas con los pies ocultos por el dobladillo de su túnica, absorbiéndolo todo, mientras el lama demolía, una tras otra, todas las teorías que acerca de la curación del cuerpo exponía el babú Hurree.
A mediodía, el babú se ató a la espalda su caja de medicinas reforzada por bandas de latón, cogió con una mano sus zapatos de gala de charol, y con la otra una alegre sombrilla azul y blanca, y se perdió hacia el norte en dirección al Dun, adonde, según dijo, le llamaban los reyezuelos de aquellos parajes.
—Nosotros partiremos esta tarde con la fresca, chela —dijo el lama—. Ese doctor, maestro en medicina y cortesía, afirma que la gente que vive entre esas montañas bajas es devota y generosa y muy necesitada de un maestro. Y en poco tiempo (así dice el hakim) llegaremos donde el aire es fresco y huele a pinos.
—¿Os vais a las montañas? ¿Y por el camino de Kulú? ¡Oh, tres veces dichosos! —gritó la vieja dama—. Si no fuera porque me da mucho que hacer el cuidado de la casa, cogería mi palanquín y…, pero eso sería un atrevimiento y mi reputación se arruinaría. ¡Ja, ja!, yo conozco el camino; lo conozco paso a paso. Encontraréis caridad por todas partes…, que no es negada a los que son apuestos. Yo daré órdenes para las provisiones. ¿Queréis que vaya con vosotros un criado durante el viaje? ¿No? Entonces, dejadme al menos que yo misma os prepare buenos alimentos.
—¡Qué gran mujer es la sahiba! —dijo el urya de las barbas blancas cuando se oyó el tumulto en dirección a las cocinas—. Jamás se ha olvidado de un amigo, ni tampoco se ha olvidado de un enemigo en toda su vida. ¡Y su cocina…, humm! —y se frotó su escuálido estómago.
Les presentaron tortas, dulces, pollo frío guisado hasta deshacerse, con arroz y ciruelas: lo bastante para cargar a Kim como una mula.
—Soy una vieja inútil —dijo la sahiba—. Ya nadie me quiere…, nadie me respeta…, pero hay poca gente que pueda compararse a mí cuando después de rogar a los dioses me siento delante de las cacerolas. Volved pronto, ¡oh gente de buena voluntad! Santón y discípulo, volved pronto. Las habitaciones están siempre preparadas; la bienvenida siempre dispuesta… Ten cuidado con que las mujeres no persigan a tu chela con demasiada desvergüenza. Conozco bien a las mujeres de Kulú. Y tú, chela, no dejes ni un momento al viejo, pues si no echará a correr en cuanto huela de nuevo el aire de la montañas… ¡Ha¡! No pongas boca abajo el paquete de arroz… Bendice la casa, santón, y perdona a tu servidora sus estupideces.
Se enjugó sus viejos ojos enrojecidos con una punta del velo, y dejó escapar un sonido gutural como de gallina clueca.
—Las mujeres hablan —dijo al fin el lama—, pero eso es una enfermedad que todas padecen. Yo le he dado un encantamiento. Está sobre la Rueda y completamente entregada a las apariencias de este mundo, pero no por eso, chela, es menos virtuosa, hospitalaria y buena; su corazón es grande y entusiasta. ¿Quién será capaz de afirmar que no adquiere méritos?
—No seré yo, santo —dijo Kim, redistribuyendo sobre sus hombros la carga de las abundantes provisiones—. En mi pensamiento…, dentro de mi cabeza, he intentado representarme una como ella completamente libre de la Rueda…, sin desear nada…, sin ser causa de nada…, una monja, como si dijéramos. — ¿Y qué, oh, diablillo? —preguntó el lama, riendo sonoramente.
—Que no me la he podido imaginar.
—Ni yo. Pero tiene todavía millones, muchos millones de vidas por delante. Tal vez vaya adquiriendo en cada una de ellas un poco de sabiduría.
—¿Y se olvidará de hacer dulces con azafrán al hacer ese camino?
—Tu pensamiento está siempre ocupado en cosas indignas; ella es muy habilidosa. Pero…, ya me voy encontrando un poco mejor. En cuanto lleguemos a las bajas montañas estaré más fuerte. El hakim tenía razón esta mañana cuando me decía que respirar el aire de las nieves le quita a uno veinte años de encima. Subiremos a las montañas —a las elevadas montañas y oiremos durante algún tiempo el sonido del agua bajo la nieve y el rumor de los árboles. El hakim me dijo que en cualquier momento podemos volver a las llanuras, porque no haremos más que bordear los lugares deliciosos. El hakim posee grandes conocimientos y no es nada orgulloso. Yo hablé con él mientras tú conversabas con la sahiba de ciertos vértigos que noto en la nuca durante la noche, y me dijo que eran debidos al calor excesivo y que se curarían seguramente con el aire fresco. Es asombroso que no se me haya ocurrido a mí un remedio tan sencillo.
—¿Le contaste el motivo de tu Búsqueda? —dijo Kim, un poco celoso, pues le gustaba convencer al lama con sus propias palabras…, y no con las artimañas del babú Hurree.
—Naturalmente. Le conté mi sueño, y cómo adquirí mérito, procurándote medios para que aprendieras.
—¿No le dirías que yo era un sahib?
—¿Para qué? Ya te he dicho muchas veces que nosotros no somos más que dos almas que buscan su liberación. Él me dijo, y en eso tiene razón, que el Río de la Flecha brotará del suelo como yo soñé…, ante mis pies si fuese necesario. Una vez encontrada la Senda, ¿comprendes?, que me liberará de la Rueda, ¿qué necesidad tengo de preocuparme en buscar un sendero a través de los campos de la tierra…, que no son más que Ilusión? Eso no tendría sentido común. Yo tengo mis sueños, que se repiten noche tras noche; tengo el Jâtaka; y te tengo a ti, Amigo de todo el Mundo. En tu horóscopo estaba escrito que un Toro Rojo sobre un campo verde, mira cómo no se me ha olvidado, te proporcionaría honores. ¿Quién, sino yo, ha visto que la profecía se convirtió en realidad? Indudablemente, yo fui el instrumento. Tú encontrarás mi Río, siendo, a la vez, mi instrumento. ¡La Búsqueda no fracasará!
Su semblante sereno y amarillo, de tono de marfil, se volvió hacia las montañas que parecían llamarlo; su sombra se alargaba ante él, sobre el polvo.

Capítulo XIII

¿Quién no ha deseado el mar, las olas inmensas y desdeñosas?
¿El estremecimiento, el deslizamiento y el hundimiento, antes de que el bauprés emerja apuñalando a las estrellas,
las nubes ordenadas de los alisios y bajo ellas el céfiro rugiente y ondulado, las inesperadas borrascas que acechan detrás de los escarpados y las velas de trinquete que atruenan con sus secos restallidos?
¿Su mar, siempre distinto en sus maravillas? ¿Su mar, siempre el mismo en cada maravilla?…
¿Su mar, que colma todo su ser?
¡Así y no de otro modo, así y no de otro modo desean los montañeses sus montañas!
El Mar y las Montañas

Quien vuelve a las montañas, vuelve al regazo materno.» Habían cruzado los Siwaliks y el Dun casi tropical, habían dejado tras de sí a Mussuri, y avanzaban hacia el norte por los estrechos senderos de la montaña. Día tras día iban penetrando en la intrincada cordillera, y día tras día notaba Kim cómo resurgían las fuerzas del lama. En las terrazas del Dun había caminado apoyado en los hombros del muchacho, y siempre dispuesto a aprovechar todos los descansos del camino. Al pie de la empinada cuesta que conduce a Mussuri se recobró de repente, como un viejo cazador al descubrir una loma bien conocida, y en aquel lugar, donde al parecer debía de haberse dejado caer abrumado, se ciñó la larga túnica, aspiró dos veces profundamente el aire diamantino, y echó a andar por la cuesta como sólo puede hacerlo un montañés. Kim, criado y alimentado en las llanuras, sudaba y jadeaba asombrado.
—Éste es mi país —dijo el lama—. Pero al lado de Such-zen, este terreno es más llano que un campo de arroz.
Y con poderosos y acompasados impulsos de sus caderas trepó hacia las alturas. Pero en la marcha de descenso por la rápida vertiente —tres mil pies en tres horas— fue cuando el lama se adelantó por completo a Kim, cuya espalda le dolía intensamente a fuerza de refrenarse para no caer, y que estuvo a punto de perder el dedo gordo de uno de sus pies, casi cortado por la cinta vegetal de su sandalia. Mientras tanto, el lama caminaba incansable a través de la sombra moteada de los grandes bosques de cedros; a través de los robledales cubiertos de helechos, de los abedules, encinas, rododendros y pinos, saliendo otra vez a las desnudas vertientes que la hierba tostada al sol ponía resbaladizas, y volviendo a penetrar en el frescor de las tierras cubiertas de bosque, hasta que el roble dio paso al bambú y la palmera del valle.
Mirando hacia atrás en la hora del crepúsculo a las inmensas crestas que quedaban a su espalda, y a la incierta y estrecha línea del camino por donde habían venido, el lama proyectaba, con la generosa amplitud de miras de un montañés, nuevas marchas para el día siguiente; o se detenía en el punto culminante de algún elevado desfiladero que conducía a Spiti y a Kulú, y extendía sus brazos ansiosamente hacia las altas nieves del horizonte. Éstas resplandecían a la aurora con tono rojo encendido sobre el azul purísimo, conforme Kedernath y Badrinath —reyes de aquellas soledades— iban recibiendo los primeros rayos del día.
Durante toda la jornada aparecían como plata fundida bajo el sol, y por la tarde se adornaban de nuevo con sus joyeles. Al principio lanzaban suavemente sobre los viajeros un airecillo agradable de aspirar, cuando aquéllos llegaban sofocados a lo alto de una vertiente empinada y gigantesca; pero a los pocos días, y a una altura de nueve mil o diez mil pies, esas brisas mordían; y Kim consintió amablemente que una aldea de montañeses adquiriese mérito regalándoles una burda manta para abrigarse. El lama se sorprendió de que hubiera quien se quejara de las brisas, cortantes como cuchillos, que a él le quitaban años de encima.
—Éstas no son más que las montañas bajas, chela. No se siente frío hasta que se llega a las verdaderas montañas.
—El aire y el agua son buenos, y la gente es bastante devota, pero la comida es malísima —dijo Kim refunfuñando—; y nosotros marchamos como si fuésemos locos… o ingleses. Además, por las noches hiela.
—Un poco, tal vez; pero sólo lo bastante para hacer que los viejos huesos se regocijen luego con el sol. No conviene deleitarse continuamente con los lechos blandos y la comida suculenta.
—Pero, al menos, podíamos ir por los caminos.
Kim sentía toda la afección de un hombre del llano por los senderos bien pisoteados, de unos seis pies de anchura, que serpentean entre las montañas; pero el lama, como buen tibetano, no podía contenerse y se complacía en seguir los atajos entre los riscos o se lanzaba a las vertientes cubiertas de grava. Según explicaba a su discípulo cojeante, un hombre criado entre las montañas puede adivinar el curso de un sendero; y aunque las nubes bajas podrían ser un obstáculo para cualquier extraño que se lance por un atajo, no constituyen molestia alguna para un hombre acostumbrado. Así, después de largas horas de lo que en un país civilizado se hubiese llamado espléndido alpinismo, se paraban jadeantes en lo alto de un collado, contorneaban resbaladizas laderas, y descendían a través de bosques con una inclinación de cuarenta y cinco grados para volver de nuevo al sendero. A lo largo de su marcha se iban sucediendo las aldeas de los montañeses —chozas de tierra y barro, y de vez en cuando, maderas rudamente labradas con un hacha— colgadas de los escarpados como nidos de golondrinas, amontonadas en diminutas planicies a la mitad de una rápida ladera de tres mil pies de altura; apiñadas en una rinconada entre acantilados, en donde se recogían y activaban todas las ráfagas perdidas, o agachadas contra el suelo en lo alto de una loma, para estar cerca de los pastos de estío, a riesgo de permanecer cubiertas todo el invierno por diez pies de nieve. Y la gente —cetrina, grasienta, vestida de sayal con sus cortas piernas desnudas y rostros casi de esquimales— se congregaba alrededor y los adoraba. Las llanuras, corteses y bondadosas, habían tratado al lama como a un santo entre los santos. Pero las montañas lo adoraban, como al que tiene dominio sobre todos los demonios. La religión de aquella gente era un budismo muy degradado, mezclado con un culto a la Naturaleza tan fantástico como sus propios paisajes y tan complicado como sus diminutos campos dispuestos en terrazas; pero reconocían una gran autoridad al enorme gorro, al rosario tintineante y a las rarísimas frases chinas, y respetaban al hombre que había debajo del gorro.
—Nosotros te vimos descender por encima de la negra vertiente de los Pechos de Eua —dijo un betah que una tarde les diera queso, leche agria y pan duro como una piedra—. Nosotros no usamos ese camino sino cuando en el verano pacen allí las vacas preñadas. Soplan unas rachas entre aquellos peñascos que derriban a un hombre aun en los días más serenos. Pero, ¡qué os importa a vosotros el Demonio de Eua!
Entonces fue cuando Kim, con todos los músculos doloridos, mareado por el vértigo que le producía mirar hacia abajo, con los pies destrozados a fuerza de introducir dedos desesperados en grietas inapropiadas, empezó a sentir el placer de aquellas marchas, un placer análogo al de un muchacho de San Javier, que después de haber ganado los cuatrocientos metros lisos recibe las felicitaciones de sus compañeros. Las montañas le hacían sudar la ghi y el dulce sebo de sus huesos; el aire seco, aspirado convulsivamente al llegar a lo alto de los crueles puertos, afirmaba y vigorizaba su pecho, y las duras pendientes creaban músculos nuevos y duros en sus muslos y pantorrillas.
Con frecuencia meditaban juntos acerca de la Rueda de la Vida, mucho más ahora, que, como decía el lama, se hallaban libres de sus tentaciones visibles. Exceptuando las águilas gri ses y la aparición de vez en cuando de un oso que veían a lo lejos arrancando hierba y raíces en las laderas, la visión de un furioso leopardo moteado devorando una cabra al amanecer en el fondo de un valle apacible, y algún que otro pájaro de vistoso plumaje, se hallaban solos con el viento y las hierbas susurrantes bajo el viento. Las mujeres de las chozas llenas de humo sobre cuyos techos caminaban al descender por la ladera, esposas de muchos maridos y llenas de paperas, eran sucias y nada agradables de ver. Los hombres cortaban madera cuando abandonaban las tareas del campo: gentes sumisas y de una simplicidad increíble. Para que la conversación agradable no les faltara, el Destino les enviaba (unas veces porque Kim y el lama lo alcanzaban en el camino, y otras siendo alcanzados por él), al cortés médico de Dacca, que pagaba su comida en ungüentos para curar las paperas y consejos para restaurar la paz entre hombres y mujeres. Parecía conocer las montañas tan bien como conocía sus dialectos, y explicó al lama el camino que ligaba aquellos parajes con Ladakh y el Tíbet. Les dijo que, en el momento que quisieran, podían regresar a las llanuras, pero, mientras tanto, para el que amase profundamente las montañas, aquel sendero podría resultar entretenido. Todo esto no lo dijo de una sola vez, sino en diferentes encuentros que tuvieron por las tardes sobre las eras empedradas, cuando, desembarazado de sus enfermos, el doctor se ponía a fumar y el lama tomaba rapé, mientras Kim contemplaba las diminutas vacas paciendo sobre los tejados, o dejaba que el alma se le fuera detrás de los ojos a través de los golfos de azul intenso situados entre las sucesivas cadenas de montañas. Y tenían también conversaciones secretas en los oscuros bosques, cuando el doctor buscaba hierbas y Kim lo acompañaba, como corresponde a un médico incipiente.
—A decir verdad, señor O’Hara, yo no sé qué diantre haré cuando encuentre a nuestros amigos los deportistas; pero si tienes la bondad de no perder de vista mi sombrilla, que es un excelente punto de referencia para levantar planos, me sentiré mucho más tranquilo.
Kim contempló un momento la selva de picachos que le rodeaba.
—Éste no es mi país, hakim. Me parece más fácil encontrar un piojo en la piel de un oso.
—¡Ah, ése precisamente es mi punto fuerte! No hay prisa para Hurree. No hace mucho tiempo estaban en Leh. Según me dijeron, venían de Karakorum, con las cabezas, los cuernos y todos los despojos de la caza. Yo no tengo más que un temor: que hayan enviado todas sus cartas y documentos comprometedores directamente a territorio ruso desde Leh. Es natural que marchen todo lo que puedan en dirección al este, precisamente para aparentar que no estuvieron jamás en los Estados occidentales. ¿No conoces las montañas? —preguntó mientras dibujaba con un palito en la tierra—. ¡Mira! Ellos deberían haber venido por Srinagar o Abbottabad. Ése es el camino más corto, bajando al río por Bunji y Astor. Pero como tenían miedo por el mal que han hecho en el oeste… —y dibujó un largo trazo de izquierda a derecha—, marcharon y marcharon hacia el este hasta llegar a Leh (¡uf, qué frío hace allí!), y fueron Indus abajo a Han-lé (conozco el camino) y después se dirigieron más abajo, hasta Bushahr y el valle de Chini. Todo esto lo he deducido por un proceso de eliminación, y también haciendo preguntas a las gentes que curo tan admirablemente. Nuestros amigos han estado mucho tiempo por estas regiones representando su papel e impresionando a todo el mundo, así es que son conocidos en toda la zona. Ya verás cómo los pesco por los alrededores del valle de Chini. Pero, por favor, no pierdas de vista mi sombrilla.
La cual ondulaba como una campanilla movida por el viento, ya corriendo por el fondo de los valles, ya contorneando las faldas montañosas, y a su debido tiempo el lama y Kim, que se orientaban con la brújula, lo alcanzaron a la caída de la tarde vendiendo ungüentos y polvos.
—¡Nosotros hemos venido por tal y tal sitio! —decía el lama señalando con el dedo hacia las cordilleras que se alzaban a su espalda. Y la sombrilla se deshacía en cortesías.
Cruzaron a la fría luz de la luna un puerto cubierto de nieve, y el lama, jugando y bromeando con Kim, cayó de rodillas, como un camello bactriano —esos camellos de pelo áspero que se crian entre las nieves y se ven a menudo en el caravasar de Cachemira—. Se hundieron en el lecho de nieve ligera y pizarras empolvadas de nieve, y se refugiaron de un vendaval en un campamento de tibetanos que hacían descender apresuradamente sus pequeños carneros cargados cada uno con un paquete de bórax. Llegaron a lomas cubiertas de hierba, manchadas todavía de nieve, y, atravesando bosques y praderas volvieron de nuevo a pisar la hierba. Durante todo el camino, Kedernat y Badrinath permanecieron impasibles; y únicamente, al cabo de muchos días de viaje, pudo Kim vislumbrar desde lo alto de un insignificante mogote de diez mil pies de altura, que algún apéndice o cuerno de los grandes señores había —aunque ligerísimamente— cambiado de silueta.
Al fin penetraron en un pequeño mundo aparte —un valle de muchas leguas—, donde las elevadas laderas estaban formadas por simples cascotes y desechos desprendidos de las montañas. Allí un día de marcha no los hacía avanzar, al parecer, a mayor distancia de la que puede recorrer un hombre intentando caminar durante una pesadilla. Bordearon una estribación con muchas dificultades durante horas, y al terminar se encontraron con que ¡no era más que un lejana joroba de un enorme contrafuerte destacado de la montaña principal!
Una pradera circular se convirtió, cuando llegaron a ella, en una vasta meseta que avanzaba enormemente hacia el valle. Tres días más tarde, no era más que un borroso pliegue en dirección al sur.
—Aquí indudablemente viven los dioses —dijo Kim, impresionado por el silencio y la impresionante envergadura y extensión de las sombras de las nubes tras la lluvia—. ¡Éste no es lugar a propósito para los hombres!
—Hace mucho, mucho tiempo —dijo el lama como si hablase consigo mismo—, le preguntaron al Señor si el mundo duraría eternamente. A esto, el Excelente no contestó nada… Cuando estuve en Ceilán, un sabio peregrino me lo confirmó deduciéndolo de un libro santo escrito en pali. Claro es que, puesto que conocemos el camino hacia la Libertad, la pregunta carecía de interés, pero ¡mira, y contempla la ilusión, chela! ¡Éstas son las verdaderas montañas! Son como mis montañas de Such-zen. ¡No hay en el mundo otras que se les parezcan!
Sobre ellos, todavía a enorme altura sobre ellos, subía la tierra hacia la línea de las nieves, que cruzaba de este a oeste durante centenares de millas, recta como una regla, y ante la cual se detenían hasta los abedules más intrépidos. Encima de ella se alzaban las rocas formando tajos y bloques amontonados, esforzándose en asomar las cabezas por encima del manto blanco que las ahogaba. Sobre éstas, a su vez, inmutables desde el principio del mundo, pero cambiando de aspecto a cada capricho del sol y de las nubes, se extendían las nieves eternas. Sobre su blanca faz se podían distinguir manchas y borrones donde danzaban las tempestades y los errantes torbellinos. Por debajo de los viajeros, el bosque se deslizaba milla tras milla formando una capa de verde azulado; y al final del bosque se veía una aldea rodeada de campos desparramados en terrazas y de praderas de empinadas vertientes; por debajo de la aldea todavía se prolongaba la pendiente, descendiendo mil doscientos o mil quinientos pies, aunque en aquel momento la ocultaba una tormenta que rugía y descargaba sobre el húmedo valle del fondo, donde se reúnen los arroyos que dan nacimiento al joven Sutluj.
Como de costumbre, el lama había conducido a Kim por un extraviado sendero de cabras, lejos del camino principal, a lo largo del cual el babú Hurree, esa «persona miedosa», se había apresurado tres días antes con una tormenta tan espantosa, que de diez ingleses, nueve no se hubieran aventurado a arrostrarla. Hurree no era amante de la caza —el sonido de un gatillo le hacía cambiar de color—, pero como él mismo decía, era «un andariego razonablemente eficiente», y había escudriñado el inmenso valle con sus prismáticos baratos para llevar a cabo ciertos propósitos. Por otra parte, las viejas tiendas de lona blanca se destacan desde muy lejos sobre el fondo verde. Cuando Hurree se sentó en la era de Ziglaur, ya había visto lo que buscaba a veinte millas de un vuelo de águila y a cuarenta por carretera, esto es, dos manchas blancas pequeñísimas, que un día estaban en los límites de las nieves y al siguiente habían descendido aparentemente seis pulgadas por el flanco de la montaña. Una vez limpias y dispuestas para trabajar, sus gruesas piernas desnudas podían hacer jornadas asombrosas, y por esa razón, mientras Kim y el lama descansaban en Ziglaur hasta dejar pasar la tormenta, bajo una choza llena de goteras, un bengalí grasiento, chorreando agua, pero siempre sonriente y hablando el inglés más puro con las frases más soeces, trataba de congraciarse con dos extranjeros empapados y algo reumáticos. El babú había llegado, después de haber dado una y mil vueltas a muchos planes descabellados, pisándole los talones a una tormenta que había hendido un pino por la mitad, derribándolo sobre el campamento, de manera que convenció a una o dos docenas de culís muy impresionados de que el día no era propicio para seguir marchando, y, puestos de acuerdo, dejaron caer sus cargas y se negaron a seguir adelante. Estos portadores eran súbditos de un Rajá montañés cuyas tierras cultivaban para beneficio de su señor, según es costumbre; y por si era pequeña su desgracia, los extraños sahibs los habían amenazado con sus rifles. La mayor parte de ellos conocían los rifles y a los sahibs desde hacía mucho tiempo: eran rastreadores y shikarris de los valles del norte, muy habilidosos para seguir a un oso o a una cabra montesa; pero nunca habían sido tratados tan cruelmente en toda su vida. Así es que el bosque los acogió en su seno y, a pesar de todos los gritos y juramentos, se negó a devolverlos. No había ninguna necesidad de fingir locura, ni… (el babú había pensado en otros varios medios para asegurarse la bienvenida). Sacudió un poco su traje empapado, se puso los zapatos de charol, abrió su sombrilla de rayas blancas y azules y con andares remilgados y el corazón latiéndole en la garganta, se presentó como «agente de Su Alteza Real el Rajá de Rampur, caballeros. ¿Qué puedo hacer por Ustedes, si son tan amables de decírmelo?»
Los caballeros se mostraron encantados. Uno de ellos era claramente francés; el otro, ruso, y los dos hablaban un inglés no mucho peor que el del babú. Le suplicaron interpusiese sus buenos oficios. Sus criados indígenas se habían quedado enfermos en Leh. Ellos habían continuado el camino porque tenían prisa en conducir a Simla los trofeos de sus cacerías, para evitar que se apolillaran las pieles. Llevaban una carta general de presentación (ante la cual se inclinó el babú, haciendo mil zalemas al estilo oriental) para todos los funcionarios del Gobierno. No, no habían encontrado en router ninguna otra partida de cazadores.
Atendían ellos mismos a sus necesidades. Tenían todavía gran provisión de alimentos. Lo único que deseaban era reanudar la marcha lo más rápidamente posible. Al oír esto, el babú abordó a uno de los montañeses que se había agazapado entre los árboles, y después de tres minutos de charla y un poco de dinero (no se puede economizar cuando se está al servicio del Estado, aunque el corazón de Hurree sangraba por aquel derroche), los once culís y sus tres acompañantes reaparecieron. Por lo menos, el babú sería testigo de su opresión.
—Su Alteza Real tendrá un gran disgusto, pero ésta no es más que gente ordinaria, grosera e ignorante. Si vuestras señorías se dignan pasar por alto tan lamentable incidente, quedaré altamente agradecido. Dentro de poco cesará la lluvia y podremos proseguir. ¿Han estado ustedes cazando, eh? ¡Excelentes resultados!
Mientras decía esto, saltaba ágilmente de un kilta a otro, bajo pretexto de sujetar los cestos cónicos. El inglés, por regla general, trata poco con el asiático, pero nunca golpearía en la muñeca a un amable babú por volcar accidentalmente un kilta cubierto por un hule rojo. En cambio, tampoco se hubiera empeñado en hacer beber a un babú, por amistoso que se mostrara, ni le hubiera convidado a comer carne. Los extranjeros hicieron todas esas cosas y le preguntaron muchas otras —sobre mujeres principalmente—, a las cuales Hurree respondió alegre y despreocupadamente. Le dieron un vaso de un líquido incoloro parecido a la ginebra, y después varios más; y al cabo del rato perdió toda su gravedad. Se convirtió en un maldiciente y habló en términos de la más libre indecencia contra el Gobierno, que le había obligado a recibir la educación de un hombre blanco y se olvidaba de proporcionarle el salario de un hombre blanco. Les contó, entre balbuceos, historias de opresiones e injusticias, hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas ante las miserias de su patria. Se alejó tambaleándose, cantando coplas amorosas de la Bengala del sur, y cayó dormido sobre el húmedo tronco de un árbol. Jamás se vio a una desafortunada víctima de la dominación inglesa en la India arrojarse tan tristemente en brazos de extranjeros.
—Pues todos están cortados por el mismo patrón —dijo uno de los deportistas, dirigiéndose en francés al otro—. Cuando penetremos en la India propiamente dicha, ya lo comprobarás. Me gustaría visitar a este Rajá. Quizá pudiéramos contarle la buena nueva. Es posible que haya oído hablar de nosotros y desee expresarnos su buena voluntad.
—No tenemos tiempo. Debemos llegar a Simla lo más pronto que podamos —replicó su compañero—. Por mi parte, me hubiera gustado haber enviado todos nuestros informes desde Hilás, o incluso desde Leh.
—El correo inglés es mejor y más seguro. Acuérdate de que para cumplir nuestra misión hemos recibido toda clase de facilidades, y, ¡qué diantre!, ¡ellos mismos nos las dan también! ¿No es eso una estupidez increíble?
—Eso es orgullo, orgullo que merece y recibirá su castigo.
—¡Sí! Luchar con otro europeo en nuestro juego merece la pena. Encierra un riesgo, pero con esta gente…, ¡bah! Es demasiado fácil.
—Orgullo…, todo es orgullo, amigo mío.
«¿Para qué diantre servirá que Chandernagore esté tan cerca de Calcuta y todo lo demás», pensaba Hurree, roncando sonoramente con la boca abierta sobre el musgo húmedo, «si yo no puedo entender su francés? ¡Hablan tan extraordinariamete deprisa! Creo que lo mejor hubiera sido rebanarles su maldito pescuezo.»
Cuando se presentó a ellos de nuevo, el babú sufría un fuerte dolor de cabeza y estaba arrepentido y locuazmente temeroso de haber cometido alguna indiscreción durante su borrachera. Él sentía una profunda afección por el Gobierno británico, que constituía la fuente de toda prosperidad y honor, y su soberano de Rampur era de la misma opinión. Entonces los señores empezaron a burlarse de él y a repetir las frases que había dicho anteriormente, hasta que, paso a paso, con sonrisas untuosas, muecas suplicantes y guiños de inteligencia, el pobre babú fue desposeído de sus defensas y forzado a decir… la verdad. Cuando más tarde le contaron a Lurgan lo sucedido, se lamentó profundamente de no haber estado en el lugar de cualquiera de los testarudos culís que, con alfombrillas de hierba sobre las cabezas, esperaban a la intemperie, mientras las gotas de lluvia formaban charcos en las huellas que dejaban sus pies. Todos los sahibs que hasta entonces habían conocido —hombres toscamente vestidos que regresaban año tras año a cazar en sus barrancos preferidos— tenían criados, cocineros y ordenanzas, que a menudo eran montañeses. En cambio, estos sahibs viajaban sin comitiva alguna. Por lo tanto, eran unos sahibs pobres e ignorantes; porque ningún sahib que estuviese en sus cabales se hubiese fiado de los consejos de un bengalí. Pero el bengalí, apareciéndose de nadie sabía dónde, les había dado dinero y era capaz de entenderse con ellos en su dialecto. Acostumbrados a los malos tratos a que los someten los de su mismo color, sospechaban que allí debía de haber algún engaño y estaban dispuestos a echar a correr si se presentaba la ocasión.
Entonces, a través del aire recién lavado, aspirando con delicia el olor de la tierra mojada, el babú fue guiándolos ladera abajo, marchando orgullosamente a la cabeza de los culís, o caminando humildemente detrás de los extranjeros. Sus pensamientos eran muchos y muy distintos. El más insignificante de ellos hubiera interesado enormemente a sus compañeros de viaje. Pero era un guía agradable, siempre dispuesto a señalar las bellezas del dominio de su real señor. Poblaba las montañas de todos los animales que les apetecía cazar: carneros salvajes, cabras monteses, marjors y osos suficientes para dar envidia a Eliseo. Disertó sobre botánica y etnología con perserverante inexactitud, y su repertorio de leyendas locales —recuérdese que había sido agente de confianza del Estado durante quince años— era inagotable.
—Decididamente, este individuo es muy curioso —dijo el más alto de los dos extranjeros—. Es como la caricatura de un cortesano vienés.
—Representa in petto la India en transición; el monstruoso hibridismo del Este y el Oeste —replicó el ruso—. Solamente nosotros podemos tratar con los orientales.
—Éste ha perdido su propio país y no ha logrado encontrar otro. Pero siente un aborrecimiento absoluto hacia sus conquistadores. Escucha. La noche pasada me confesó…
Bajo su sombrilla listada, Hurree aguzaba el oído y la inteligencia para atrapar las rápidas frases en francés, y no quitaba ojo de un kilta lleno de mapas y documentos —un kilta más grande que los demás y provisto de una doble envoltura de hule rojo—. No quería robar nada. Sólo deseaba saber qué era lo que le convenía robar, y, de paso, cómo escapar después de haberlo robado. También daba las gracias a los dioses del Indostán y a Herbert Spencer de que los extranjeros conservasen cosas dignas de ser robadas.
Durante el segundo día de marcha, el camino trepaba por una cuesta empinada que conducía a una estribación cubierta de hierba, situada por encima del bosque; y allí fue donde, antes de ponerse el sol, se encontraron los viajeros con un viejo lama —al cual los extranjeros llamaban bonzo— que se hallaba sentado con las piernas cruzadas ante un plano misterioso, sujeto por piedras colocadas en sus esquinas, cuyo contenido explicaba al joven, evidentemente un neófito, de una belleza singular, aunque muy poco aseado. La sombrilla listada había sido descubierta a la mitad de la ascensión, y Kim propuso un descanso hasta que se acercaran a ellos.
—¡Ah! —dijo el babú Hurree, fértil en recursos, como el Gato con Botas—. Ése es un eminente santón local. Probablemente será súbdito de mi real señor.
—¿Qué está haciendo? Es muy curioso.
—Está explicando una pintura sagrada…, toda ella hecha a mano.
Los dos hombres se pararon con la cabeza descubierta, bañados por los rayos inclinados del sol poniente que atravesaban la hierba de color dorado. Los malhumorados culís aprovecharon el descanso y dejaron caer sus fardos.
—¡Mira! —dijo el francés—. Es como un cuadro del nacimiento de una religión…, el primer maestro y el primer discípulo. ¿Son budistas?
—De alguna secta degradada —respondió el otro—. En las montañas no existen verdaderos budistas. Pero fíjate en los pliegues de su vestidura. Mírale los ojos…, ¡cuánta insolencia! ¿Por qué al verlo nos hace sentir que nosotros somos todavía un pueblo joven? —y, al decir esto, golpeó con fuerza una hierba que sobresalía—. Nosotros no hemos dejado nuestra huella todavía en ninguna parte. ¡En ninguna parte! Eso es lo que me inquieta —y contempló con gesto ceñudo la plácida faz y la monumental tranquilidad de su actitud.
—Ten paciencia. Ya pondremos juntos esa huella nosotros y tu joven país. Mientras tanto, dibuja la escena.
Al avanzar, la pose arrogante del babú visto de espaldas no tenía la menor relación con su respetuosa forma de hablar o con el guiño que le hizo a Kim.
—Santón, éstos son sahibs. Mis medicinas curaron a uno de ellos de un flujo, y voy a Simla para atender a su restablecimiento. Desean ver tu pintura…
—Curar a un enfermo es siempre una buena acción. Ésta es la Rueda de la Vida —dijo el lama—, la misma que yo te enseñé en la choza de Ziglaur mientras llovía.
—… y que se la expliques.
Los ojos del lama se iluminaron ante la perspectiva de nuevos oyentes.
—Exponer la Senda Excelentísima es siempre bueno. ¿Conocen algo de hindi, como el Guarda de las Imágenes?
—Tal vez entiendan un poco.
Encantado como un niño al que dan un nuevo juguete, el lama alzó la cabeza y empezó a recitar a pleno pulmón la invocación de un Doctor en Teología que precede a la exposición completa de la doctrina. Los extranjeros, apoyados en sus bastones de montañeros, escuchaban. Kim, humildemente sentado en cuclillas, contemplaba la roja luz del sol sobre sus semblantes, así como sus sombras alargadas, que se juntaban y se separaban. Llevaban unas polainas que no eran inglesas, y unos cinturones muy raros, que le recordaban vagamente los dibujos de un libro que había en la biblioteca de San Javier, y que se titulaba Las aventuras de un joven naturalista en México. Sí, se parecían muchísimo a aquel maravilloso M. Sumichrast de la historia, y muy poco a las personas «sin el menor escrúpulo» que le había descrito el babú Hurree. Los culís, mudos, del color de la tierra, se habían inclinado reverentes a unas veinte o treinta yardas de distancia, y el babú, cuya suelta y floja vestidura restallaba como una bandera al ser agitada por la desapacible brisa, permanecía de pie con el aire satisfecho de un propietario.
—Éstos son los hombres —susurró Hurree, mientras el ritual proseguía su curso y los dos blancos seguían con la vista la brizna de hierba que pasaba de los Infiernos al Cielo y regresaba otra vez—. Todos sus libros están en ese kilta de mayor tamaño envuelto en hule rojo —libros, informes y mapas— y yo he visto una carta de un rey, que deben de haberla escrito Hilás o Bunár. La guardan con muchísimo cuidado. No han enviado nada a su país ni desde Hilás ni desde Leh. De eso estoy seguro. — ¿Quién va con ellos?
—Nadie más que estos culís beegar. No tienen criados. Son tan desconfiados que cocinan ellos mismos.
—Pero, ¿qué es lo que tengo yo que hacer?
—Esperar y estar alerta. Pero, por si a mí me sucediera algo, ya sabes adónde has de ir a buscar los papeles.
—Este asunto estaría mejor en las manos de Mahbub Alí que en las de un bengalí —dijo Kim desdeñosamente.
—Existen más maneras de conseguir una querida que de derribar un muro con la cabeza.
—Mirad: aquí está el Infierno destinado a la avaricia y a la gula. Flanqueado de un lado por el Deseo y de otro por el Hastío. —El lama se animaba cada vez más, y uno de los extranjeros dibujaba su figura a la luz que iba desapareciendo rápidamente.
—Basta ya —dijo bruscamente—. No le entiendo una palabra, pero necesito esa pintura. Es mucho mejor artista que yo. Pregúntale si me la quiere vender.
—Ha dicho «No, señor» —replicó el babú.
Entregar el dibujo sagrado al primer extranjero que se encontrase era para el lama tan sacrílego como podría serlo para un arzobispo empeñar los vasos sagrados de una catedral. Todo el Tíbet está lleno de reproducciones de la Rueda de mala calidad; pero el lama era un artista al mismo tiempo que un rico abad de su monasterio.
—Tal vez dentro de tres días, o cuatro, o diez, si veo que ese sahib es un peregrino bueno e inteligente, es posible que yo mismo le dibuje una. Pero ésa la hice sólo para iniciar a un novicio. Díselo así, hakim.
—Él desea ésta precisamente…, y por dinero.
El lama negó lentamente con la cabeza y empezó a doblar la Rueda. El ruso, por su parte, no vio más que a un viejo desaseado que le regateaba un pedazo de papel sucio. Le arrojó un puñado de rupias y echó mano al dibujo medio en broma, pero éste se desgarró al sujetarlo el lama con fuerza. Un sordo murmullo de horror surgió de donde estaban los culís —algunos de los cuales eran de Spiti, y, dentro de sus posibilidades, buenos budistas—. El lama se levantó rápidamente ante la profanación; su mano empuñó el estuche de hierro de las plumas, que es el arma de los sacerdotes, en tanto que el babú se puso a dar saltos de angustia.
—Ahora comprendes por qué quería testigos. Son una gente sin pizca de escrúpulos. ¡Oh, Señor! ¡Señor! ¡Usted no debe pegar a un santón!
—¡Chela! ¡Ha profanado la Palabra Escrita!
Era demasiado tarde. Antes que Kim pudiese apartar al lama, el ruso le alcanzó con un puñetazo en plena cara. Un instante después comenzó a rodar por la vertiente abajo, con Kim atenazándole la garganta. El porrazo había despertado en la sangre del muchacho todos los desconocidos demonios irlandeses, y la caída rápida de su enemigo hizo el resto. El lama quedó de rodillas, medio atontado; los culís cogieron sus cargas y treparon monte arriba, tan de prisa como un hombre de las llanuras puede correr por una superficie horizontal. Habían visto un sacrilegio incalificable, y eso les impulsó a escapar antes que los dioses y los demonios de las montañas acudieran a vengarse. El francés se dirigió hacia el lama buscando su revólver, con una vaga idea de hacer de él un rehén para rescatar a su compañero. Pero una lluvia de piedras afiladas —los montañeses tienen muy buena puntería— lo alejó del anciano, a quien un culí de Ao-chung recogió, incorporándolo a la desbandada. Todo fue tan rápido como el anochecer en las montañas.
—Se han llevado el equipaje y las escopetas —gritaba el francés, haciendo fuego ciegamente en la oscuridad del crepúsculo.
—¡Calma, señor! ¡Calma! No tire. Yo iré a ver si puedo rescatarlo —dijo Hurree, y echó a correr por la vertiente abajo, cayendo con todo el peso de su cuerpo sobre el atónito y entusiasmado Kim, que estaba golpeando la cabeza de su jadeante enemigo contra una piedra.
—Vuélvete a donde están los culís —le susurró el babú al oído—. Se llevan todo el equipaje. Los papeles están en el kilta que tiene el hule rojo, pero míralos todos. Coge los papeles, especialmente la murasla (la carta del rey). ¡Vete! ¡Ahí viene el otro hombre!
Kim trepó montaña arriba. Una bala de revólver se estrelló contra una roca a su lado, y Kim se agazapó contra el suelo como una perdiz.
—Si usted dispara —gritó Hurree— descenderán y nos matarán. Ya he rescatado al otro caballero, señor. Corremos un gran peligro.
«¡Dios santo!», Kim pensaba en inglés, «estoy en un gran aprieto, pero creo que se trata de actuar en defensa propia». Buscó en el pecho, sacando el regalo que le había hecho Mahbub, y con muy poca seguridad (exceptuando algunos disparos que había hecho en el desierto de Bikaner para aprender el manejo, nunca había llegado a hacer uso del revólver) apretó el gatillo.
—¡Lo que yo le decía a usted, señor! —El babú parecía estar llorando—. Venga usted acá y ayúdeme a hacer volver en sí a su compañero. Le aseguro a usted que estamos entre la espada y la pared.
Los disparos cesaron. Se oyó ruido de pies que tropezaban, y Kim echó a correr hacia arriba en la oscuridad, blasfemando como un gato…, o un indígena.
—¿Te han herido, chela? —preguntó el lama desde lo alto.
—No. ¿Y a ti? —dijo, cayendo en el centro de un grupo de abetos enanos.
—No tengo nada. Vámonos. Nos iremos con esa gente hasta Shamlegh-bajo-la-Nieve.
—Pero no antes de haber hecho justicia —gritó una voz—. Yo he cogido todos los fusiles de los sahibs…, los cuatro. Vamos a por ellos.
—¡Le pegó al santón…. nosotros lo vimos! ¡Nuestro ganado quedará estéril, nuestras mujeres dejarán de parir! El alud caerá sobre nosotros cuando regresemos a casa… Como no te nemos bastante con la opresión que padecemos… ¡Sólo nos faltaba esto!
El pequeño grupo de abetos se llenó de culís vociferantes, llenos de espanto, y capaces en su terror de cometer cualquier desatino. El hombre de Ao-chung hizo sonar el cerrojo de su fusil y se dispuso a iniciar el descenso.
—Espera un poco, santón; no pueden ir muy lejos; espera hasta que yo vuelva.
—Ésta es la persona que sufrió el daño —dijo el lama con la mano puesta sobre su frente.
—Por esa misma razón —fue la respuesta.
—Si esta persona olvida el daño, vuestras manos quedan limpias. Además, adquirís mérito por la obediencia.
—Espérame e iremos todos juntos hasta Sharalegh —insistió el hombre.
Durante un momento, exactamente el tiempo necesario para meter un cartucho en la recámara, el lama dudó. En seguida se levantó y apoyó un dedo en el hombro del montañés.
—¿No has oído? Yo exijo que no se mate a nadie; yo, que fui abad de Such-zen. ¿Es que deseas reencarnarte en una rata o en una serpiente bajo los aleros…, o en un gusano dentro del vientre de la bestia más miserable? ¿Es que quieres…?
El hombre de Ao-chung cayó de rodillas ante él, porque la voz del lama retumbaba como un gong tibetano.
—¡Ay! ¡Ay! —gritaban los hombres de Spiti—. No nos maldigas…, no lo maldigas a él. ¡Lo ha hecho por servirte, santón!… ¡Loco, suelta ese fusil!
—¡Cólera sobre cólera! ¡Mal sobre mal! No se ha de matar a nadie. Dejad que los que golpean a los sacerdotes sean esclavos de sus propios actos. ¡Justa e infalible es la Rueda y no se desvía ni un pelo! Ellos nacerán muchas veces… y les servirá de tormento. —Inclinó su cabeza y se apoyó pesadamente en el hombro de Kim.
—He estado muy próximo a cometer un gran daño, chela —susurró en la calma de muerte que reinaba bajo los pinosHe sentido la tentación de dejar que saliera la bala; y verdaderamente en el Tíbet hubieran muerto de una muerte larga y cruenta… Me golpeó en la cara…, en la cara… —Se desplomó pesadamente sobre el suelo, y Kim podía oír el fatigado corazón palpitar y detenerse.
—¿Lo habrán herido gravemente? —dijo el hombre de Aochung, mientras los demás enmudecían.
Kim, poseído de un terror mortal, se arrodilló al lado del lama.
—No —gritó apasionadamente—. No es más que un desmayo. —Entonces se acordó de que era un hombre blanco, con todos los pertrechos de acampada de otros hombres blancos a su disposición—. ¡Abrid los kiltas!
Los sahibs traerán medicinas.
—¡Oh! Yo conozco una —dijo el hombre de Ao-chung, echándose a reír—. No en balde he sido durante cinco años shikarri del sahib Yankling para desconocer esa medicina. Yo también la he probado. ¡Mirad!
Y sacó de su pecho una botella de whisky barato —como el que les venden a los guías en Leh—, y con mucha habilidad vertió un poco entre los apretados dientes del lama.
—Eso fue lo que hice cuando se le torció un pie al sahib Yankling más allá de Astor. ¡Ah! Ya he curioseado en sus cestos, pero en Shamlegh haremos el reparto equitativo. Dale un poco más. Es una buena medicina. ¡Escucha! Ya le late con más fuerza el corazón. Bájale la cabeza y frótale un poco en el pecho. Si se hubiese estado quieto esperándome mientras yo iba a dar cuenta de los sahibs, es posible que no le hubiera ocurrido esto. Pero tal vez intenten los sahibs cazarnos aquí. Estaría bien matarlos con su propios fusiles, ¿eh?
—Uno de ellos creo que se ha llevado su merecido —dijo Kim entre dientes—. Le pegué varias patadas en la ingle mientras rodábamos por la pendiente. ¡Así lo hubiera matado!
—¡Qué fácil es bravear cuando no se vive en Rampur! —dijo uno cuya choza estaba situada a pocas millas del desvencijado palacio del Rajá—. Si perdemos la buena reputación entre los sahibs, nadie nos empleará como shikarris nunca más.
—¡Ah!, pero éstos no son sahibs anglesis, ni personas de carácter alegre como el sahib Fostum o el sahib Yankling. Son extranjeros…, no hablan anglesi como los sahibs.
En aquel momento el lama tosió y se incorporó, buscando a tientas su rosario.
—Que no se mate a nadie —murmuró—. ¡Justa es la Rueda!… Daño sobre daño…
—No, santón. Aquí estamos todos —el hombre de Ao-chung acariciaba tímidamente sus pies—. A no ser que tú lo ordenes, no mataremos a nadie. Descansa un poco. Nosotros acamparemos aquí un rato hasta que salga la luna, y en seguida nos iremos a Shamlegh-bajo-la-Nieve.
—Después de recibir un golpe —dijo sentenciosamente un hombre de Spiti—, lo mejor es dormir.
—Siento un vértigo y como si tuviera una opresión en la nuca. Déjame que recline la cabeza en tu regazo, chela. Soy viejo, pero no estoy libre de las pasiones… Debemos pensar en la Causa de las Cosas.
—Dadle una manta. No podemos encender fuego, pues nos verían los sahibs.
—Es mejor que nos vayamos a Shamlegh. Nadie nos seguirá hasta Shamlegh.
Esto último lo dijo el hombre de Rampur, que estaba muy nervioso.
—Yo he sido shikarri del sahib Fostum, y ahora soy shikarri del sahib Yankling. A estas horas estaría yo con el sahib Yankling si no hubiera sido por este maldito beegar (trabajo). Pon gamos a dos hombres a hacer la guardia con los fusiles, no se les vayan a ocurrir a esos sahibs más tonterías. Yo no dejo abandonado a este santón.
Se sentaron un poco separados del lama, y después de escuchar durante un rato, empezaron a hacer la ronda con un narguile, cuyo recipiente para el agua era una botella usada de betún con la marca Day and Martin. El resplandor del carbón al rojo, al ir pasando de mano en mano, iluminaba el parpadeo de los ojos entornados, los altos pómulos de los chinos y los cuellos de toro que se desvanecían entre los oscuros pliegues del sayal que se arrollaba por encima de sus hombros. Parecían gnomos salidos de alguna mágica mina, trasgos de la montaña reunidos en cónclave. Y mientras ellos charlaban, las voces de las aguas que descendían de las nieves que corrían alrededor iban apagándose una tras otra, conforme la helada nocturna ahogaba y obstruía los arroyuelos.
—¡Habéis visto cómo se ha plantado frente a todos nosotros! —dijo un hombre de Spiti con acento de admiración—. Me acuerdo de una vieja cabra montés que, más allá del camino de Ladakh, hace siete estaciones, nos hizo frente de la misma forma, cuando el sahib Dupont erró el tiro. El sahib Dupont era un buen shikarri.
—No tan bueno como el sahib Yankling. —El hombre de Aochung echó un trago de whisky y pasó la botella para que circulara—. Ahora, escuchadme, a no ser que cualquiera de vosotros tenga un plan mejor que el mío.
Nadie recogió el desafío.
—Iremos a Shamlegh en cuanto salga la luna. Allí nos repartiremos equitativamente todo el equipaje. Yo me doy por contento con este rifle nuevo y todos sus cartuchos.
—¿Es que te crees que los osos no ofrecen peligro más que en tu tierra? —dijo uno de ellos chupando la pipa.
—No; pero las bolsas de almizcle valen ahora seis rupias cada una, y tu mujer puede quedarse con la lona de las tiendas y alguno de los chismes de cocina. Ya arreglaremos todo esto en Shamlegh antes de que amanezca. Y en seguida nos iremos cada uno por nuestro camino, recordando bien que nunca hemos visto a esos sahibs ni hemos estado jamás a su servicio. Pues ellos dirán, naturalmente, que les hemos robado su equipaje.
—Todo eso está muy bien para ti; pero ¿qué dirá nuestro Rajá?
—¿Por quién lo va a saber? ¿Por esos sahibs que no pueden hablar nuestra lengua, o por el babú, que precisamente nos dio dinero para sus propios fines? ¿Se pondrá él al frente de un ejército contra nosotros? Y además, ¿qué pruebas tienen? Lo que no aprovechemos lo tiramos en el muladar de Shamlegh, adonde no ha llegado nunca la huella de ningún hombre.
—¿Quién está en Shamlegh este verano? —Shamlegh no es más que un centro de pastos, donde sólo existen tres o cuatro chozas.
—La Mujer de Shamlegh. Ya sabemos que aborrece a los sahibs. A los demás podremos contentarlos con algunos regalos; hay aquí bastante para todos —y dio unos golpecitos sobre el costado del cesto más próximo, que estaba bien repleto.
—Pero…, pero…
—Ya he dicho que no son verdaderos sahibs. Todas las pieles y las cabezas las habían comprado en el bazar de Leh. Conozco las marcas, y ya os las enseñé en la última marcha.
—Es verdad. Todas las pieles y las cabezas eran compradas. Algunas hasta tenían polillas.
Este argumento era muy hábil, y el hombre de Ao-chung conocía a sus compañeros.
—Y poniéndose en lo peor, yo se lo contaré al sahib Yankling, que es hombre de buen humor, y se reirá. Nosotros no le hemos hecho daño alguno a ningún sahib de los que conocemos. Estos otros, por el contrario, insultan a los sacerdotes. Nos me tieron miedo. ¡Nosotros echamos a correr! ¿Quién sabe dónde dejamos caer el equipaje? ¿Creéis vosotros que el sahib Yankling va a dejar que la policía del llano recorra todas estas montañas espantándole la caza? Hay mucha distancia desde Simla a Chini y mucha más desde Shamlegh al muladar de Shamlegh.
—Bueno, pero yo me llevaré ese kilta grande. El cesto que está envuelto en la tela roja y que los sahibs empaquetaban ellos mismos todas las mañanas.
—Ésta es la prueba —dijo el hombre de Shamlegh con firmeza— de que no son sahibs de categoría. ¿Quién oyó nunca decir del sahib Fostum o del sahib Yankling, y hasta del pequeño sahib Peel, que se pasa las noches en vela para cazar serows, quién oyó nunca decir, repito, que esos sahibs vengan a las montañas sin un cocinero, ni un mozo de carga, ni… toda esa multitud de gente bien pagada, arbitraria y despótica en su comitiva? ¿A qué preocuparnos por ellos? ¿Qué decías del kilta?
—Nada, que está lleno de la Palabra Escrita…, libros y papeles en los cuales escribían, y de extraños instrumentos como para el culto.
—El muladar de Shamlegh recogerá todo eso.
—¡Es verdad! Pero, ¿qué nos pasará si ofendemos a los dioses de los sahibs al hacer eso? No me gusta tratar la Palabra Escrita de ese modo. Y sus ídolos de bronce son incomprensibles para mí. Este botin no es digno de un simple montañés.
—El viejo aún está dormido. ¡Chis! Se lo preguntaremos a su chela. —El hombre de Ao-chung bebió de nuevo, envanecido por el orgullo de ser el jefe.
—Tenemos aquí —murmuró— un kilta cuya naturaleza desconocemos.
—Pero yo no —dijo Kim con cierta precaución. El lama respiraba sin dificultad y su sueño era tranquilo, y Kim había estado pensando en la última frase que le dijo Hurree. Como partícipe del Gran juego, en aquel momento estaba dispuesto a respetar al babú—. Es un kilta envuelto en una tela roja, lleno de cosas maravillosas que no deben ser manejadas por ignorantes.
—Ya lo dije yo; ya lo dije yo —exclamó el que transportaba aquel cesto—. ¿Crees que será nuestra perdición?
—Si me lo dais a mí, no. Yo haré que pierda su magia. De otro modo, podrá causar muchos males.
—Un sacerdote siempre se lleva su parte —el whisky había desmoralizado al hombre de Ao-chung.
—A mí me tiene sin cuidado —respondió Kim con la astucia propia de su tierra—. ¡Repartíoslo y ya veréis lo que os pasa!
—Yo no lo quiero. No era más que una broma. Da la orden. Aquí hay bastante para todos nosotros. Nos separaremos al amanecer en Shamlegh.
Durante una hora más estuvieron haciendo y rehaciendo sus pequeños planes ingenuos, mientras Kim temblaba de frío y de orgullo. Lo humorístico de la situación cautivaba por igual su alma de irlandés y de oriental. Allí estaban los emisarios de la temible Potencia del Norte, que probablemente serían en su país poderosos como Mahbub y como el coronel Creighton, reducidos de repente a la impotencia más absoluta. Uno de ellos, como él sabía mejor que nadie, estaría impedido durante algún tiempo. Habían hecho promesas a los reyes. Pero en aquel momento se encontraban en algún lugar pendiente abajo, sin planos, sin comida, sin tiendas, sin fusiles…, y sin más guía que el babú Hurree. Y este fracaso de su Gran juego (Kim se preguntaba a quién daría informes de ello), esta desbandada producida por el pánico, no había sido debida a la astucia de Hurree, ni a ningún plan de Kim, sino que había surgido simple, maravillosa e inevitablemente, como sucedió con la captura de los faquires amigos de Mahbub por el joven y celoso policía de Ambala. «Allí deben de estar… sin nada; ¡y vive Dios que hace frío!; yo estoy aquí con todas sus cosas. ¡Qué enfadados estarán! Lo siento por el babú Hurree.»
Kim podía haberse ahorrado esta compasión, porque aunque en aquel momento el bengalí sufría agudos dolores físicos, su alma estaba orgullosa y llena de vanidad. Una milla por debajo, en la vertiente montañosa, y al extremo de un bosque de pinos, dos hombres medio helados —uno de ellos, sintiéndose muy enfermo a ratos— alternaban las mutuas recriminaciones con los más desaforados insultos al babú, que parecía enloquecido de terror. Le exigieron que trazase un plan para salir de aquella situación. El babú les explicó que podían darse por satisfechos con haber salvado la vida; que sus culís, si no estaban acechándolos en ese momento, se hallarían ya fuera de su alcance; que el Rajá, su señor, vivía a noventa millas de distancia, y que si se enteraba de que habían pegado a un santón, en vez de enviarles dinero y escolta para su viaje a Simia, seguramente los metería en prisión. Continuó extendiéndose en consideraciones acerca del pecado que habían cometido y de sus consecuencias, hasta que le obligaron a cambiar de tema. Su única esperanza, según les dijo, era huir, ocultándose de aldea en aldea, hasta llegar a países civilizados; y por centésima vez se deshizo en lágrimas y preguntaba a las lejanas estrellas por qué los sahibs «habían golpeado a un santón.» Con andar diez pasos en la profunda oscuridad que los rodeaba, hubiera podido Hurree quedar fuera de su alcance y obtener abrigo y alimentos en la próxima aldea, donde escaseaban los médicos con mucha labia. Pero prefirió la compañía de sus honorables amos, aun a riesgo de soportar el frío, los pinchazos del estómago, las malas palabras y hasta algún que otro golpe. Acurrucado contra el tronco de un árbol, resollaba quejumbrosamente.
—¿Y ya has pensado —dijo indignado el hombre que no estaba herido— en el espectáculo que daremos, yendo como vagabundos a través de estas montañas y entre esos aborígenes?
Hurree no había pensado en otra cosa desde hacía algunas horas, pero la pregunta no se dirigía a él.
—¡Nosotros no podemos vagabundear! Yo apenas puedo andar —exclamó la víctima de Kim.
—Tal vez el santón tenga misericordia de nosotros debido a su buen corazón, señor; de lo contrario…
—Yo me prometo un placer infinito descargando mi revólver en el cuerpo de ese joven bonzo, en cuanto me lo tropiece —fue la nada cristiana respuesta.
—¡Revólveres! ¡Venganza! ¡Bonzos! —Hurree se acurrucó cuanto pudo. La guerra volvía a estallar—. ¿Es que no tienes en cuenta para nada nuestras pérdidas? ¡El equipaje! ¡El equipaje! —El babú oía bailar, literalmente, sobre la hierba al que estaba en el uso de la palabra—. ¡Todo lo que llevábamos! ¡Todo lo que habíamos conseguido! ¡Nuestros logros! ¡Ocho meses de labor! ¿Sabes lo que todo eso significa? «¡Verdaderamente, nadie más que nosotros puede tratar con los orientales!» ¡Enhorabuena, lo has hecho estupendamente!
Y continuaron hablando del mismo tema en varias lenguas, y Hurree sonreía. Kim estaba con los kiltas, y en los kiltas se hallaban ocho meses de buena diplomacia. No había medios de comunicarse con el muchacho, pero podía confiar en él. Por lo demás, quedaba en libertad de dirigir la expedición de regreso a través de las montañas, y lo haría en tal forma, que Hilás, Bunár y cuatrocientas millas de caminos montañosos contarían la historia durante una generación. Los hombres que no pueden dominar a sus propios culís son poco respetados en las montañas, y el montañés tiene muy desarrollado el sentido del humor.
«Si lo hubiese preparado yo mismo», pensaba Hurree, «no hubiera salido mejor; y, por cierto, ahora que lo pienso, claro que yo mismo lo preparé. ¡Con qué rapidez actué! ¡Precisamente cuando corría por el monte abajo lo estaba pensando! La agresión fue puramente accidental, pero sólamente yo podía haber preparado…, ¡ah!…, porque realmente merecía la pena. ¡Hay que pensar en el efecto moral sobre aquella gente ignorante! Sin tratados…, ni papeles…, ni documentos escritos…, y únicamente yo como intérprete. ¡Cómo se reirá el coronel cuando se lo cuente! Me gustaría tener también los documentos; pero no se pueden ocupar dos lugares simultáneamente. Esto es axiomático.»

Capítulo XIV

Mi hermano se arrodilla (así dice Kabir)
ante bronces y piedras, como hacen los gentiles,
pero en la voz de mi hermano escucho
mis propios sufrimientos sin respuesta.
Su Dios es el que los Hados le asignan…
Su plegaria es la de toda la humanidad…, y también la mía.
KABIR

Al salir la luna, los cautelosos culís emprendieron la marcha. El lama, reconfortado por el sueño y el alcohol, no necesitó más que el apoyo del hombro de Kim para caminar, con su paso silencioso y de largas zancadas. Marcharon durante una hora sobre la hierba, salpicada de cuando en cuando por lajas de pizarra, bordearon un escarpado imperecedero y descubrieron un paisaje nuevo, completamente invisible desde el valle de Chini. Un prado inmenso se ensanchaba en forma de abanico, ascendiendo hacia la nieve. En su base se encontraba un pequeño rellano de menos de un acre de superficie, sobre el cual se alzaban unas cuantas chozas de madera y adobe. Detrás de ellas —porque, según la costumbre de la montaña, se hallaban situadas en el borde mismo de todas las cosas—, se abría un precipicio de dos mil pies de profundidad hasta el muladar de Shamlegh, adonde ningún hombre había descendido jamás.
Los culís no hicieron el menor intento de repartirse el botín hasta que el lama quedó recostado en la mejor habitación del lugar, al cuidado de Kim, que le frotaba los pies según costumbre mahometana.
—Enviaremos comida y el kilta envuelto en la tela roja —dijo el hombre de Ao-chung—. Al amanecer no quedará nadie que pueda delatarnos en modo alguno. Si quieres desprenderte de alguna cosa de las que tiene el kilta…, mira por aquí.
Y señalando la ventana —que se abría sobre el espacio, lleno de la luz de la luna reflejada por la nieve— arrojó por ella una botella de whisky vacía.
—No te canses de esperar el ruido de la caída. Éste es el fin del mundo —y, diciendo esto, se marchó.
El lama se acercó también para mirar, apoyando las manos en el alféizar; sus ojos brillaban como ópalos amarillos. Del inmenso abismo que se extendía ante él surgían blancos picachos, como si anhelaran la luz de la luna. El fondo de la sima se hundía en la oscuridad tan profunda como la de los espacios interplanetarios.
—Éstas —dijo lentamente— son mis verdaderas montañas. Así es como debería permanecer siempre el hombre, encaramado sobre el mundo, alejado de sus delicias, meditando sobre profundos problemas.
—Sí; si tiene un chela que le prepare el té, le doble una manta para la cabeza y espante a las vacas preñadas.
Una lámpara humeante ardía en su nicho, pero el resplandor de la luna llena dominaba por completo, y en esta mezcla de luces Kim se movía como un fantasma de elevada estatura, inclinado sobre las tazas y los fardos de provisiones.
—¡Ay! Ahora que se me ha enfriado la sangre, tengo la cabeza atontada y dolorida, y siento como si me apretasen con una cuerda alrededor de la nuca.
—No es extraño. El golpe fue muy fuerte. Quiera Dios que el que te lo dio…
—No hubiera ocurrido nada malo a no ser por mis pasiones.
—¿Qué ocurrió de malo? Tú salvaste a los sahibs de una muerte que merecían cien veces.
—No has comprendido bien la lección, chela —el lama descansaba sobre una manta doblada, mientras Kim se ocupaba en los rutinarios quehaceres de todas las noches—. El golpe no fue más que una sombra sobre otra sombra. El mal en sí mismo (¡mis piernas se fatigan a cada paso estos últimos días!) encontró otro mal en mí: cólera, rabia y un vivo deseo de devolver el mal. Y encendiéndome la sangre, despertó un tumulto en mi estómago y ensordeció mis oídos. —Al llegar aquí, el lama, tomando la taza de manos de Kim, se puso a beber el té hirviendo con ritual ceremonioso—. Si yo hubiese estado libre de las pasiones, el mal no me hubiera causado más que un daño corporal, una magulladura o una cicatriz; lo cual no es más que ilusión. Pero mi espíritu no estaba suficientemente purificado, y se despertó en mí un deseo ardiente de dejar que lo matasen los hombres de Spiti. Al tener que combatir este deseo, mi alma se desgarró, y esta lucha me causó más daño que mil golpes. Hasta que no repetí las Bendiciones (quería decir, sin duda, las bienaventuranzas budistas), no logré conquistar la calma. Pero el mal que penetró en mí por ese momento de descuido hace su efecto hasta el final. ¡Justa es la Rueda, que no se desvía ni un pelo! Aprende la lección, chela.
—Es demasiado elevada para mí —murmuró Kim—. Todavía estoy muy excitado, y siento una gran satisfacción en haber golpeado a aquel hombre.
—Ya lo noté cuando dormía apoyado en tus rodillas, allá abajo, en el bosque. Y eso me inquietaba entre sueños…, el mal de tu alma penetraba en la mía. Y, sin embargo, por otra parte —añadió sacando el rosario— he adquirido mérito salvando dos vidas, las vidas de aquellos que me ofendieron. Ahora necesito meditar acerca de la Causa de las Cosas. La nave de mi alma zozobra.
—Duerme y te fortalecerás. Eso es lo más prudente.
—Meditaré; es mucho más necesario de lo que tú crees. Hora tras hora hasta el amanecer, mientras la luz de la luna palidecía sobre los picos elevados, y lo que había sido negrura total en las laderas de las montañas se transformaba en el verde suave de los bosques, el lama permaneció con la vista fija en la pared. De vez en cuando exhalaba el viejo un quejido. Por la parte de afuera de la puerta, cerrada con una tranca, podía oírse a las desconcertadas vacas, que se acercaban a preguntar por su viejo establo, mientras los habitantes de Shamlegh y los culís se entregaban a un ruidoso y desenfrenado saqueo. El hombre de Ao-chung era su jefe, y una vez abrieron las latas de conserva de los sahibs y descubrieron que estaban muy buenas, no se atrevieron a regresar. El estercolero de Shamlegh se llenó de latas vacías.
Cuando Kim, después de una noche llena de pesadillas, salió furtivamente a lavarse la boca al aire frío de la mañana, una mujer de piel clara con un tocado repleto de turquesas quiso hablar con él a solas.
—Los otros se han ido. Han dejado este kilta para ti, según prometieron. Yo aborrezco a los sahibs, pero deseo que nos hagas un sortilegio a cambio, porque no queremos que la aldea de Shamlegh cobre mala fama a causa de ese… accidente. Yo soy la Mujer de Shamlegh —y le miró fijamente con ojos audaces y brillantes, que contrastaban con las miradas furtivas que generalmente tienen las montañesas.
—Con mucho gusto. Pero ese encantamiento tiene que hacerse en secreto.
La mujer levantó el pesado kilta como si fuera un juguete y lo arrojó dentro de su propia choza.
—¡Sal y atranca la puerta! Que no entre nadie hasta que haya terminado —dijo Kim.
—Pero después…, ¿podremos… hablar?
Kim volcó el kilta en el suelo: una cascada de instrumentos de topografía, libros, diarios, cartas, mapas y correspondencia indígena perfumada con esencias extrañas. En el fondo apareció una bolsa con bordados, que contenía un documento sellado, dorado y coloreado como los que los reyes se envían entre sí. Kim contuvo la respiración, entusiasmado, y durante algún tiempo repasó la situación desde el punto de vista de un sahib.
«Los libros no los necesito para nada. Además, son tablas de logaritmos…, topografía, supongo». Los puso a un lado. «Las cartas no las entiendo, pero el coronel Creighton sí las comprenderá. Deben guardarse todas. Los mapas, (¡los hacen mucho mejor que yo! ), por supuesto. Toda la correspondencia con los indígenas, ¡ah!, y sobre todo el murasla». Olió la bolsa con bordados. «Ésta debe de ser de Hilás o Bunár, y Hurree esta vez me dijo la verdad. ¡Caramba! Lo que es ahora sí que hemos hecho una buena presa. Me gustaría que lo supiera el babú… El resto lo tiraré por la ventana». Examinó una espléndida brújula de topógrafo y el extremo brillante de un teodolito. Pero, después de todo, un sahib no debe robar, y aquellos objetos podrían resultar pruebas embarazosas más adelante. Clasificó y ordenó todos los papeles manuscritos, todos los mapas y las cartas de los indígenas, y formó con ellos un paquete flexible. En otro montón apartó los tres libros sólidamente encuadernados con cierres y los cinco libritos de notas estropeados por el uso.
«Las cartas y el murasla los llevaré en el pecho y bajo el cinturón, y los libros manuscritos los pondré en el fardo de las provisiones. Pesará mucho. No. No creo que me quede nada más. Si hubiera algo más, los culís lo habrán tirado al khud. Ahora, vosotros iréis allí también». Volvió a empaquetar en el kilta todo lo que no le servía y lo alzó hasta el alféizar de la ventana. Por debajo, y a mil pies de profundidad, se extendía un banco de niebla extenso, redondeado e inmóvil, que se hallaba todavía fuera del alcance de los rayos del sol matinal. Y mil pies más abajo, las verdes copas de los pinos centenarios aparecían como un lecho de musgo cuando una ráfaga de viento desvanecía un poco la niebla.
—¡No! ¡Yo creo que nadie irá a buscaros!
El cesto cayó dando vueltas y derramó todo su contenido durante el descenso. El teodolito chocó contra la punta saliente de una roca y estalló como una granada; los libros, tinteros, cajas de pinturas, brújulas y reglas se desparramaron en el aire durante un momento, como un enjambre de abejas. Pero pronto se perdieron de vista, y aunque Kim, con medio cuerpo fuera de la ventana, aguzó cuanto pudo sus finos oídos, no logró percibir ningún sonido desde el fondo del abismo.
«Con quinientas…, con mil rupias no se compraría todo eso», pensaba tristemente. «Ha sido un despilfarro, pero tengo todas sus otras cosas…, todo lo que han hecho…, espero. ¿Cómo demonios me las arreglaría para comunicárselo al babú y qué demonios se supone que debo hacer? ¡Y mi viejo, enfermo! Necesito envolver las cartas en un trozo de hule. Esto es lo más urgente, pues si no se van a manchar con el sudor… ¡Y estoy completamente solo!». Las envolvió cuidadosamente en un paquete, doblando el rígido y pegajoso hule en las esquinas, pues su vida andariega le había enseñado a ser tan metódico en todos los asuntos del camino como puede serlo un viejo cazador. Después, y con el mismo cuidado, empaquetó los libros en el fondo del saco de las provisiones.
La mujer llamó a la puerta.
—Pero, ¡si no has hecho ningún encantamiento! —dijo mirando alrededor.
—No hizo falta. —Kim había olvidado por completo la necesidad de aquellas palabras milagrosas. La mujer se echó a reír sin el menor respeto, al notar su confusión.
—Ninguna… para ti. Tú puedes hacer un encantamiento en un abrir y cerrar de ojos. ¡Pero piensa lo que será de nosotros, pobre gente, cuando te hayas ido! Esta noche estaban todos demasiado borrachos para escuchar a una mujer. ¿Es que tú también estás borracho?
—Yo soy sacerdote —dijo Kim algo repuesto; y como la mujer no tenía precisamente mal aspecto, consideró oportuno insistir en su profesión.
—Yo les dije que los sahibs estarían indignados y harían averiguaciones y enviarían un informe al Rajá. También está con ellos el babú. Los funcionarios tienen la lengua larga.
—¿Y eso es lo que te apura? —Kim había trazado ya su plan; así es que sonrió cautivadoramente.
—No es sólo eso —dijo la mujer, extendiendo su mano áspera y morena, completamente cubierta de turquesas engastadas en plata.
—Te tranquilizaré en seguida —continuó Kim rápidamente—. El babú es el mismo hakim (¿has oído hablar de él?) que ha estado vagando por las montañas de Ziglaur. Lo conozco bien.
—Sí, pero lo delatará todo si le prometen una recompensa. Los sahibs no distinguen a un montañés de otro, pero los babús tienen ojos para los hombres y… para las mujeres.
—Llévale un mensaje de mi parte.
—Por ti soy capaz de hacerlo todo.
Kim aceptó tranquilamente la lisonja, como deben hacer todos los hombres en aquellos parajes en que son las mujeres las que toman la iniciativa en el amor, arrancó una hoja de papel de una libreta, y con un lápiz imborrable escribió en grosero shikast, (el tipo de escritura que usan los niños traviesos cuando escriben porquerías en las paredes): «Tengo todo lo que han escrito: sus dibujos de la zona y muchas cartas. Especialmente el murasla. Dime qué hago. Estoy en Shamlegh-bajo-la-Nieve. El viejo está enfermo.»
—Llévale esto y seguro que cerrará la boca. No puede estar muy lejos.
—Seguramente. Todavía están en el bosque, al otro lado del risco. Nuestros chiquillos fueron a vigilarlos en cuanto empezó a amanecer, y nos han informado a gritos de sus movimientos.
Kim no pudo ocultar su asombro; del extremo del prado donde pastaban los carneros surgió un chillido agudo y penetrante, como el de un milano. Era un niño que cuidaba del ganado, y se entendía así con algunos de sus hermanos que debían de encontrarse en la lejana vertiente que desciende hasta el valle de Chini.
—Mis maridos han salido también a recoger leña —añadió la mujer sacando de su seno un puñado de nueces; abrió una de ellas con mucha destreza y empezó a comérsela. Kim fingió que no se daba cuenta.
—¿Sabes tú lo que significan la nueces…, sacerdote? —dijo tímidamente, alargándole las cáscaras vacías.
—Bien pensado —exclamó Kim metiendo rápidamente el pedazo de papel entre las dos cáscaras—. ¿Tienes un poco de cera para evitar que se abran?
La mujer suspiró lánguidamente, y Kim se enterneció un poco.
—No deben pagarse los servicios hasta que se han efectuado. Llévale esto al babú y dile que te lo entregó el Hijo del Encanto.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es! Un mago… que se parece a un sahib.
—No, un Hijo del Encanto, y le preguntas si tiene que darme alguna respuesta.
—Pero, ¿y si me contesta alguna grosería? Yo… yo tengo miedo.
Kim se echó a reír.
—Verdaderamente, estará muy cansado y muy habriento. Las montañas son malas compañeras de cama.
¡Ay …! —tuvo en la punta de la lengua exclamar «¡madre mía!», pero lo convirtió en un «¡hermana mía!»—, eres una mujer prudente e ingeniosa. En este momento, todas las aldeas del contorno sabrán ya lo que les ha ocurrido a los sahibs…, ¿eh?
—Es verdad. Las noticias llegaron a Ziglaur a media noche, y para mañana lo sabrán ya en Kotgarh. Las aldeas sienten a un tiempo cólera y miedo.
—No hay ninguna necesidad. Al pasar por las aldeas di que preparen alimentos a los sahibs y los dejen marchar en paz. Debemos procurar que abandonen discretamente nuestros valles. Una cosa es robar…, y otra matar. El babú se hará cargo y no nos molestará después con sus quejas. Anda, vete pronto. Necesito estar al lado de mi maestro para atenderle cuando se despierte.
—Bueno, haré lo que has dicho. Después del servicio…, ¿no lo has prometido?…, viene la recompensa. Soy la Mujer de Shamlegh y mando en la aldea por orden del Rajá. No me dedico, como una mujer vulgar, a parir niños. Todo Shamlegh es tuyo: cascos, cuernos y pieles, leche y mantequilla. Tómalo o déjalo.
Y dando rápidamente la vuelta, emprendió la ascensión a la montaña en busca del sol matinal, que brillaba a mil quinientos pies por encima de ellos; sus collares de plata tintineaban sobre su voluminoso seno.
Esta vez el pensamiento de Kim se expresó en idioma indígena, mientras sellaba cuidadosamente las esquinas de los paquetes envueltos en el hule.
«¿Cómo puede un hombre seguir la Senda o el Gran juego, estando siempre importunado por las mujeres? Primero fue aquella muchacha de Akrola del Vado; después la mujer del pinche de cocina, detrás del palomar…, eso sin contar las otras, ¡y ahora viene ésta! Cuando yo era niño no tenía importancia, pero ahora soy un hombre y ellas no me quieren mirar como un hombre. ¡Nueces, ya lo creo! ¡Ja, ja! ¡En la llanura son almendras!»
Salió para efectuar una recolección por la aldea, pero no con el cuenco de limosna, como se acostumbra en las tierras bajas, sino con aire principesco. La población estival de Sham legh se componía únicamente de tres familias: cuatro mujeres y ocho o nueve hombres. Todas estaban bien provistas de latas de conserva y bebidas variadísimas, desde quinina amoniacal a vodka blanco, por haber recibido todo lo que les correspondía en el reparto de la noche anterior. Hasta habían cortado en pedazos la lona de las tiendas de campaña y se la habían repartido. En todas las chozas se veían cacerolas de aluminio patentadas.
Estaban convencidos de que la presencia del lama constituía para ellos una absoluta salvaguarda contra todas las consecuencias del pillaje, y asediaban a Kim con obsequios; hasta le hacían beber chang, cerveza de cebada que llegaba hasta aquellos parajes por el camino de Ladakh. En seguida salieron a calentarse al sol, con la piernas colgando sobre el abismo insondable, charlando, riendo y fumando. Juzgaban a la India y a su Gobierno por su experiencia sobre los pocos viajeros sahibs que los habían empleado como shikarris. Kim les oyó narrar historias de caza en las que algunos sahibs, que reposaban en sus tumbas hacía ya veinte años, habían marrado su puntería al tirar sobre cabras monteses o marjores; cada detalle de las aventuras se destacaba como si estuviese iluminado por detrás, igual que las ramas de la copa de un árbol se dibujan contra la luz de los relámpagos. Le explicaron sus enfermedades, y sobre todo (por ser para ellos aún más importante), las de su pequeño ganado de patas bien firmes; le contaron sus correrías, en las que llegaban hasta Kotgarh, donde viven extraños misioneros, y más lejos aún, hasta la maravillosa Simla, cuyas calles están pavimentadas de plata y en donde cualquiera, así como suena, cualquiera puede trabajar al servicio de los sahibs, que pasan montados en coches de dos ruedas y gastan dinero a espuertas. Al cabo de un rato, grave y abstraído, andando penosamente y con trabajo, se acercó el lama al corro que charlaba bajo los aleros, y todos se apresuraron a dejarle un sitio muy amplio. El aire suave lo reconfortó y se sentó al borde del precipicio, al lado del hombre más caracterizado, y cuando la conversación languidecía, se entretenía dejando caer piedrecillas al abismo. Frente a ellos, y a treinta millas de distancia, a vuelo de pájaro, se alzaba la siguiente cordillera, accidentada, cubierta de pequeñas manchas de vegetación, que en realidad constituían enormes bosques, cada uno de los cuales precisaba, para atravesarlo y ver la luz de nuevo, un día de marcha. Por detrás de la aldea, la montaña de Shamlegh tapaba toda la vista por el lado sur. Parecía como si estuviesen sentados en un nido de golondrinas situado bajo el alero del tejado del mundo.
De vez en cuando el lama extendía la mano, y a la más mínima sugerencia, hecha en voz baja, señalaba el camino que conduce a Spiti y se interna hacia el norte a través del Parungla.
—Más allá de ese hacinamiento de montañas se encuentra De-ch,en’ (quería decir Han-lé), el gran monasterio construido por s'Tag-stan-ras-ch'en, y del cual es esta historia.
Y relató el cuento: una narración fantástica llena de milagros y hechicerías que dejó mudo de asombro a todo Shamlegh. Volviéndose un poco hacia el oeste, preguntó por las verdes colinas de Kulú, y buscó Kailung bajo los glaciares.
—Porque de allí vine yo, en los viejos tiempos, en días ya lejanos. Vine desde Leh sobre el Baralachi.
—Sí, sí; lo conocemos —dijeron los hombres de Shamlegh, todos ellos grandes viajeros.
—Y me alojé dos noches con los sacerdotes de Kailung. ¡Ésas son las montañas que más placer me producen! ¡Benditas sombras por encima de las demás sombras! Allí se abrieron mis ojos a este mundo; allí encontré la Iluminación; y allí me preparé los lomos para emprender mi Búsqueda. De las elevadas montañas descendí…, ¡las altas montañas y los vientos fuertes! ¡Oh, justa es la Rueda!
Y bendijo las montañas y todos sus accidentes; los grandes glaciares, las rocas desnudas, las morrenas apiladas y los desmoronados esquistos; las áridas mesetas, los escondidos lagos salobres, los árboles centenarios y los fértiles vallecitos irrigados, como bendeciría un hombre agonizante a toda su familia, y Kim quedó asombrado al contemplar la pasión con que lo relataba.
—Sí…, sí. No hay nada como nuestras montañas —murmuró la gente de Shamlegh. Y se maravillaron de cómo podrían vivir los hombres en la terrible y calurosa llanura, donde el ganado crece hasta el tamaño de los elefantes y no saben labrar en terrenos pendientes; donde, según habían oído decir, las aldeas se tocan unas a otras, durante cientos y cientos de millas; donde la gente robaba en cuadrillas, y lo que dejaban los ladrones acababa de llevárselo la policía.
Así fue deslizándose la mañana apacible, al terminar la cual descendió la mensajera de Kim por la abrupta pendiente de los pastos, tan reposada como cuando emprendió la partida.
—Es que le he enviado un recado al hakim —explicó Kim, mientras ella se inclinaba ante él haciendo una profunda reverencia.
—¿Se unió a los idólatras? No, ahora me acuerdo que curó a uno de ellos. Ha adquirido méritos, aunque aquel a quien curó emplease sus fuerzas para el mal. ¡Justa es la Rueda! ¿Qué dice el hakim?
—Yo temí que estuviese magullado y…, sabía que es un hombre prudente. —Kim tomó las cáscaras de nuez pegadas con cera y leyó en inglés lo escrito por detrás de la nota: «Recibida tu atenta. Imposible abandonar ahora actuales acompañantes, pero los conduciré hasta Simla. Después espero unirme con vosotros. Inoportuno seguir señores encolerizados. Volved por mismo camino que vinisteis, y ya os alcanzaré. Altamente satisfecho acerca correspondencia debida a mi previsión»—. Santo, dice que piensa escapar de la compañía de los idólatras y reunirse con nosotros. ¿Lo esperaremos, entonces, algún tiempo en Shamlegh?
El lama dirigió una larga y amorosa mirada a las montañas y sacudió la cabeza.
—No puede ser, chela. Lo deseo con toda mi alma, pero me está prohibido. He visto la Causa de las Cosas.
—¿Por qué no hemos de permanecer aquí, si las montañas te devuelven la fuerza por momentos? Acuérdate de lo débiles y escuálidos que estábamos allá abajo en el Dun.
—Mi fortaleza no me sirvió más que para hacer el mal y olvidar mi misión. Cuando penetré en las montañas me volví camorrista y matón. —Kim tuvo que esconderse para disimular una sonrisa—. Justa y perfecta es la Rueda, que no se desvía ni un pelo. Cuando yo era joven (hace muchísimo tiempo) hice una peregrinación a Guru Ch'wan entre los álamos —añadió señalando hacia el Bhotan—, donde se conserva el Caballo Sagrado.
—¡Quietos! ¡Estaos quietos! —gritaron los de Shamlegh, todos a una—. Está hablando de Jam-lin-nin-k'or, el Caballo que Puede Dar la Vuelta al Mundo en un Día.
—Yo no hablaba más que a mi chela —dijo el lama con tono de suave reproche, y todos se apartaron como la escarcha que resbala por las mañanas en los aleros expuestos al mediodía. En aquellos días yo no buscaba la verdad, sino conversar sobre la doctrina. ¡Todo ilusión! Bebí la cerveza y comí el pan de Guru Ch'wan. Al día siguiente alguien dijo: «Vamos a luchar contra Sangor Gutok abajo en el valle, para averiguar (¡observa una vez más cómo la Concupiscencia está ligada a la Cólera!) qué abad presidirá todo el valle, y se beneficiará de las ganancias de las oraciones que imprimen en Sangor Gutok». Allí fuimos, y luchamos durante un día.
—Pero, ¿cómo, santo?
—Con nuestros largos estuches de plumas, como podría haber demostrado… Ya te digo, combatimos bajo los álamos, tanto los abades como los monjes, y uno de ellos me hizo una brecha en la frente que me dejó a la vista el hueso. ¡Mira! —y quitándose el gorro, mostró una arrugada cicatriz plateada—. ¡Justa y perfecta es la Rueda! Ayer por la tarde me golpearon en la cicatriz, y después de cincuenta años recordé perfectamente cómo me la hicieron y la cara del que me la causó; y en seguida ocurrió lo que ya presenciaste…, contienda y estupidez. ¡Justa es la Rueda! El golpe del idólatra vino a dar sobre la cicatriz. Entonces sufrí un gran estremecimiento, mi alma se oscureció y la barca de mi alma se meció en las aguas de la ilusión. Hasta que llegué a Shamlegh no pude meditar acerca de la Causa de las Cosas, ni descubrir las enmarañadas raíces del Mal. Yo he meditado durante toda esta larga noche.
—Pero, santo, tú eres inocente de todo ese mal. ¡Déjame ser tu sacrificio!
Kim estaba sinceramente apenado al ver la angustia del viejo, y la frase de Mahbub Alí se le escapó sin darse cuenta.
—Al amanecer —continuó con más gravedad, pasando las cuentas del rosario entre las lentas frases—, descendió al fin la iluminación. Es ésta… Yo soy un viejo…, criado y alimentado en las montañas, y sin embargo no volveré jamás a descansar entre mis montañas. Hace tres años que viajo por la India, pero… ¿podrá la tierra de que estamos hechos ser más fuerte que la Madre Tierra? Mi estúpido cuerpo ansiaba las montañas y la nieve de las montañas cuando estaba allá abajo. Yo dije, y eso es verdad, que mi Búsqueda no puede fracasar. Así, me dirigí a la casa de la mujer de Kulú, porque estaba en dirección del camino de las montañas, engañándome a mí mismo. No hay que culpar al hakim. Predijo (siguiendo el impulso de mi Deseo) que las montañas me fortalecerían. Y esta fuerza que adquirí no me sirvió más que para hacer el mal y olvidar mi Búsqueda. Me deleité con la vida y las sensualidades de la vida. Deseaba encontrar fuertes pendientes por donde trepar, y hasta desviaba el camino por buscarlas. Contrastaba la fuerza de mi cuerpo, que es un mal, contra las elevadas montañas. Y aun me burlé de ti cuando te faltaba el aliento bajo Jamno-tri, y cuando no te atrevías a hacer frente a la ventisca de nieve en el desfiladero.
—Pero ¿qué mal hay en eso? Yo tenía miedo. Era justo. Yo no soy un montañés, y te admiraba por tu nueva fortaleza.
—Recuerdo que más de una vez —añadió, descansando una mejilla sobre la mano con aire melancólico— busqué tu alabanza o la del hakim, por la mera fuerza de mis piernas. Y así el mal siguió al mal hasta colmar la copa. ¡Justa es la Rueda! Toda la India durante tres años me acogió con todos los honores. Desde la Fuente de Sabiduría de la Casa Maravillosa hasta —el lama sonrió— un chicuelo que jugaba al lado de un gran cañón…, todo el mundo preparaba mi camino. ¿Y por qué?
—Porque te queríamos. Eso no es más que la fiebre producida por el golpe. Yo mismo todavía tiemblo y estoy enfermo.
—¡No! Eso era porque yo estaba sobre la Senda, afinado, como lo están los si-nen (címbalos) a los propósitos de la Ley. Me separé de esa regla. La armonía se rompió: siguió el castigo. En mis propias montañas, junto a mi propio país, en el mismo sitio donde se produjeron mis malos deseos, vino el golpe… ¡aquí! —Se tocó la frente—. Como se castiga a un novicio cuando no pone en su sitio las tazas, así me han castigado a mí, que fui abad de Such-zen. Sin una palabra, fíjate bien, nada más que un golpe, chela.
—Pero los sahibs no te conocían, santo.
—Éramos tal para cual. La Ignorancia y el Deseo se cruzaron en el camino con la Ignorancia y el Deseo, y engendraron la Cólera. El golpe ha sido para mí un aviso de que yo no soy mejor que un yak descarriado y que mi sitio no está aquí. ¡Quien puede ver con claridad la Causa de un hecho, se halla próximo a la Liberación! «Vuelve al Sendero», dice el Golpe. «Las montañas no son para ti. Tú no puedes elegir la Liberación y al mismo tiempo permanecer esclavo de las delicias de la vida.»
—¡Ojalá no hubiéramos encontrado a ese maldito ruso!
—Nuestro Señor mismo no puede hacer que la Rueda dé marcha atrás. Y por el mérito que yo tenía adquirido he podido comprender otro aviso. —Metió la mano en su seno y sacó la Rueda de la Vida—. ¡Mira! Lo he comprendido después de haberlo meditado. El idólatra la ha desgarrado por completo, excepto en este extremo, donde queda unida por un espacio no más ancho que la uña.
—Ya lo veo.
—No es más lo que le resta de vida a este cuerpo. Yo he servido a la Rueda durante toda mi vida. Ahora la Rueda me sirve a mí. Si no hubiera sido por el mérito que yo adquirí al iniciarte en la Senda, todavía hubiera tenido que vivir otra vida antes de encontrar mi Río. ¿No está esto claro, chela?
Kim miró el dibujo, brutalmente desfigurado. De izquierda a derecha corría el desgarrón diagonalmente, y desde la Mansión Undécima, donde el Deseo da nacimiento al Niño (tal como éste es dibujado por los tibetanos), atravesaba los mundos humano y animal, hasta la Mansión Quinta, la mansión vacía de los Sentidos. La lógica era inexorable.
—Antes de que Nuestro Señor fuera iluminado —continuó el lama, enrollando el dibujo reverentemente—, fue tentado. Yo también he sido tentado, pero ya he terminado la prueba. La Flecha cayó en las llanuras…, no en las montañas. Por lo tanto, ¿qué hacemos aquí?
—¿No esperaremos, por lo menos, hasta que venga el hakim?
—Yo sé cuánto tiempo viviré en este cuerpo. ¿Qué puede hacer un hakim?
—Pero tú estás enfermo y excitado. No puedes caminar.
—¿Cómo voy a estar enfermo, si veo ante mí la Libertad? —dijo poniéndose de pie torpemente.
—Entonces es preciso que consiga provisiones en la aldea. ¡Ay, otra vez ese camino fatigoso! —Kim notaba que también él necesitaba descanso.
—Eso es lícito. Comamos y vayámonos. La Flecha cayó en las llanuras…, pero yo sucumbí al Deseo. Arréglalo todo en seguida, chela.
Kim se volvió hacia la mujer con el tocado de turquesas, que se había entretenido en arrojar piedrecitas por el precipicio. Ella, al verlo, sonrió cariñosamente.
—Encontré al babú como un búfalo perdido en un campo de maíz…, resoplando y estornudando por el frío. Tenía tanta hambre que olvidó su dignidad y me dirigió palabras amables. Los sahibs no tienen nada —y extendió la palma vacía de su mano—. Uno de ellos está muy enfermo del estómago. ¿Fue obra tuya?
Kim asintió, con brillo en los ojos.
—Primero hablé con el bengalí…, y después con la gente de una aldea vecina al lugar en donde están. Los sahibs recibirán todo el alimento que necesiten…, y la gente no les cobrará nada. El botín ya está repartido. Ese babú no hace más que decirles mentiras a los sahibs. ¿Por qué no los abandona?
—Porque tiene un corazón muy grande.
—El corazón de un bengalí no llega a ser como una nuez seca. Pero no importa… Ahora que hablamos de nueces. Después del servicio viene la recompensa. Ya te he dicho que la aldea es tuya.
—Yo me la pierdo —empezó Kim—. Hasta hace un momento había estado haciendo planes deliciosos para mi corazón, que… —No hay ninguna necesidad de continuar detallando todos los cumplidos que siguieron, propios de tales ocasiones. Kim terminó suspirando profundamente… —. Pero el maestro, impulsado por una visión…
—¡Humm! ¿Qué pueden ver unos ojos cargados de años sino un cuenco de limosnas bien repleto?
—…quiere volverse otra vez a las llanuras.
—Ruégale que se quede.
Kim sacudió la cabeza.
—Conozco a mi santo, y también su cólera si se le contradice —replicó con convicción—. Sus maldiciones hacen temblar a las montañas.
—¡Lástima que no le sirvan para evitar que le rompan la cabeza! He sabido que fuiste tú el valiente que golpeó al sahib. Deja al santón que sueñe tranquilo un rato. ¡Quédate!
—Mujer de las montañas —dijo Kim con una austeridad que no lograba endurecer los rasgos de su ovalado semblante juvenil—, esos asuntos son demasiado sublimes para ti.
—¡Que los dioses se apiaden de nosotros! ¿Desde cuándo los hombres y las mujeres son otra cosa que hombres y mujeres?
—Un sacerdote es un sacerdote. Dice que quiere marcharse en este mismo momento. Yo soy su chela y tengo que irme con él. Necesitamos comida para el camino. En todas las aldeas lo reciben con deferencia, pero —añadió haciendo una mueca propia de un chiquillo— la comida aquí es muy buena. Prepárame un poco.
—¿Y si no te la diese? Soy la mujer de esta aldea.
—Entonces, te maldeciría… un poco…, no mucho, pero lo bastante para que te acordaras —dijo sin poder contener una sonrisa.
—Ya me has echado bastantes maldiciones con tus párpados entornados y tu barbilla levantada. ¿Maldiciones? ¿Quién se preocupa de simples palabras? —Apretó los puños contra el pecho—. Pero no quiero que te vayas enfadado y pensando mal de mí, una cosechera de hierba y estiércol de vaca de Shamlegh, y, sin embargo, una mujer acaudalada.
—Yo no pienso nada, sino que siento mucho marcharme porque estoy muy cansado y necesitamos comida. Aquí está el saco.
La mujer se lo arrebató encolerizada.
—Me he comportado estúpidamente —dijo—. ¿Quién es tu mujer de las llanuras? ¿Blanca o de color? Yo también fui blanca en otro tiempo. ¿Te ríes? Una vez, hace mucho tiempo, aunque no me creas, un sahib me miró con buenos ojos. Una vez, hace mucho tiempo, vestía con trajes europeos en la casa de la Misión, que está allá abajo —añadió señalando hacia Kotgarh—. Una vez hace mucho tiempo, era yo kiristiana y hablaba inglés, lo mismo que los sahibs. Sí. Mi sahib me dijo que regresaría y se casaría conmigo…, sí, que se casaría conmigo. Se fue…, yo lo había cuidado mientras estuvo enfermo…, pero no volvió más. Entonces comprendí que los dioses de los kiristianos mentían y volví con mi gente… Desde aquel día no he vuelto a mirar a ningún sahib. (No te rías. La crisis ya pasó, pequeño sacerdote). Tu semblante y tu manera de andar y hablar me recordaron a mi sahib, aunque tú no eres más que un mendigo vagabundo a quien he dado limosna. ¿Que vas a maldecirme? ¡Tú no puedes ni maldecir ni bendecir! —y poniéndose en jarras se echó a reír amargamente—. Tus dioses son mentira; tus obras son mentira; tus palabras son mentira. No hay dioses bajo los cielos, yo lo sé… Pero por un instante he creído que había vuelto mi sahib y él era mi Dios. Sí; en otro tiempo tocaba yo el piano en la casa de la Misión en Kotgarh. Ahora doy limosna a sacerdotes que son gentiles. —Concluyó con esta palabra inglesa, y cerró el saco, ya atestado.
—Te estoy esperando, chela —dijo el lama, apoyándose en la jamba de la puerta.
La mujer miró de arriba abajo con su mirada la alta figura.
—¿Andar él? … ¡Si no puede andar ni una milla! ¿Adónde irán esos viejos huesos?
Al oír esto Kim, que ya estaba perplejo viendo la debilidad del lama y presumiendo el peso del saco, perdió la paciencia. — ¿Y a ti qué te importa adónde va, mujer de mal agüero? — Nada…, pero a ti sí, sacerdote con cara de sahib. ¿Piensas llevártelo a cuestas?
—Voy a las llanuras. Nadie debe impedir mi regreso. He luchado con mi alma hasta quedar sin fuerzas. El cuerpo estúpido se ha rendido y estamos muy lejos de las llanuras.
—¡Míralo! —dijo sencillamente la mujer, y se apartó para dejar que Kim apreciase la situación de total impotencia en que se hallaba—. Maldíceme. Tal vez así pueda volverle la fuerza. ¡Haz un encantamiento! Invoca a tu gran Dios, ya que eres un sacerdote. —Y dando media vuelta se marchó.
El lama tuvo que acuclillarse, sin fuerzas, en el quicio de la puerta. Un viejo no se recobra tan pronto como un muchacho de un golpe que lo echa a rodar por tierra. La debilidad lo obligaba a inclinarse hacia la tierra, pero sus ojos, clavados en Kim, lo miraban animados y suplicantes.
—Eso no es nada —dijo Kim—. Lo que te debilita es este aire tan suave. ¡Dentro de un momento podremos irnos! Es el mal de las montañas. Yo también tengo el estómago un poco indispuesto… —Y, arrodillándose a su lado, lo consoló con las pobres palabras que primero acudieron a sus labios. En aquel momento regresó la mujer, más erguida que nunca.
Allí la heroína se llama Lispeth.
—No te sirven para nada tus dioses, ¿eh? Prueba con los míos. Yo soy la Mujer de Shamlegh. —A su llamada ronca acudieron sus dos maridos, seguidos de otros tres hombres que salían de un establo y conducían un duli, especie de rústica litera de las montañas que usan allí para conducir a los enfermos y hacer visitas oficiales—. Este ganado es tuyo —dijo la mujer sin dignarse mirarlos— por todo el tiempo que lo necesites.
—Pero no iremos por el camino de Simla. No queremos acercarnos a donde están los sahibs —gritó el primer marido.
—Éstos no se escaparán, como hicieron los otros, ni robarán el equipaje. Ya sé que dos de ellos son personas sin carácter. Sonoo y Taree, coged las angarillas por detrás. —Los hombres obedecieron rápidamente—. Bajadla ahora, y acostad en la camilla al santo. Yo cuidaré de la aldea y de vuestras virtuosas mujeres hasta que volváis.
—¿Y cuándo volveremos?
—Pregúntaselo a los sacerdotes. No me molestéis más. Colocad el saco de las provisiones a los pies; así queda mejor equilibrado.
—¡Oh, santo, tus montañas son más amables que las llanuras! —gritó Kim, aliviado, mientras el lama se encaminaba, tambaleante, a la camilla—. Es un lecho de reyes…, un lugar cómodo y honorable. Y todo esto se lo debemos a…
—Una mujer de mal agüero. Tanta falta me hacen tus bendiciones como tus maldiciones. Es orden mía y no tuya. ¡Alzad la camilla y marchaos! ¡Oye! ¿Tienes dinero para el viaje?
Y condujo a Kim a una choza, deteniéndose ante una desvencijada caja de caudales inglesa que tenía debajo de su camastro.
—No necesito nada —dijo Kim, que en lugar de estar agradecido tenía muy mal humor—. Ya estoy abrumado por tantos favores.
Ella lo miró con una extraña sonrisa, y le puso una mano sobre el hombro.
—Al menos, dame las gracias. Tengo una cara horrible y soy una montañesa, pero al menos, según decís vosotros, he adquirido mérito. ¿Necesito también enseñarte a dar las gracias como acostumbran los sahibs?— y su dura mirada se ablandó.
—Yo no soy más que un sacerdote vagabundo —respondió Kim, iluminándosele los ojos—. Tú no necesitas ni mis bendiciones ni mis maldiciones.
—No. Pero en un momento te podría enseñar lo que deberías hacer, si fueses un sahib. Al duli puedes alcanzarlo luego en diez zancadas.
—¿Y qué tal si lo adivinara? —y pasándole el brazo por la cintura, la besó en las mejillas, y añadió en inglés—: Muchas gracias, querida mía.
El beso es una costumbre desconocida entre los asiáticos y, tal vez, fue ésa la razón por la que la mujer de Shamlegh se echó hacia atrás, espantada, con los ojos muy abiertos.
—Otra vez —añadió Kim— no debes confiar tanto en los sacerdotes gentiles. Y ahora, adiós —y le tendió la mano, como hacen los ingleses. Ella se la estrechó maquinalmente—. Adiós, querida mía.
—Adiós, y… y… —la mujer iba recordando una a una las palabras inglesas— ¿volverás alguna vez? Adiós, y…, que tu Dios te bendiga.
Media hora después, mientras la desvencijada camilla subía dando tumbos por el sendero que lleva hacia el sudeste desde Shamlegh, Kim vio una diminuta figura a la puerta de una choza, que le decía adiós con un trapo blanco.
—Ella ha adquirido un mérito superior al de todos los demás —dijo el lama—. Porque facilitar a un hombre el camino de la Libertad es casi tanto como alcanzarla por sí mismo.
—¡Hum! —dijo Kim, pensando en lo ocurrido—. Y también puede ser que yo haya adquirido méritos… Por lo menos, no me trató como a un chiquillo. —Se sujetó mejor la parte delantera de la túnica, donde llevaba el paquete de documentos y mapas, aseguró ese valioso saco con alimentos a los pies del lama, puso la mano en el borde de las angarillas, y redujo su marcha al lento paso de los descontentos maridos.
—Éstos adquieren también méritos —dijo el lama después de tres millas de marcha.
—Más que eso, pues se les pagará en buena plata —observó Kim. La Mujer de Shamlegh se la había dado a él, y él consideraba que lo más correcto era que sus hombres volvieran a ganarla.

Capítulo XV

No me apartaría por un Emperador,
ni cedería el paso a un Rey.
Ante la Triple Corona no me inclinaría,
¡pero esto es algo diferente!
Contra las Potencias del Aire no quiero combatir,
¡Dejadlo pasar, centinelas!
Tended el puente levadizo. ¡Es Nuestro Señor!
¡El Soñador cuyo sueño se hizo realidad!
El asedio de las hadas

Doscientas millas al norte de Chini, sobre los esquistos azulados de Ladakh, se encuentra el alegre sahib Yankling, examinando las cumbres con sus prismáticos, iracundo, en busca de alguna señal de su rastreador favorito, un hombre de Ao-chung. Pero ese renegado, con un rifle Männlincher nuevo y doscientos cartuchos, se encuentra en otro lugar, cazando osos almizcleros para venderlos, y el sahib Yankling se enterará en la próxima temporada de lo muy enfermo que ha estado.
Por lo alto de los valles de Bushahr —las águilas de vista penetrante del Himalaya se apartaban al ver aquella sombrilla nueva listada de azul y blanco— apresuraba su marcha un ben galí que en otro tiempo era gordo y de buena apariencia, pero que ahora estaba flaco y curtido por la intemperie. Ha recibido las gracias de dos distinguidos extranjeros, a los que ha guiado hábilmente hasta el túnel de Mashobra, que conduce a la alegre y hermosa capital de la India. No fue culpa suya si, cegado por las húmedas neblinas, pasó sin darse cuenta por la estación telegráfica de la colonia europea de Kotgarh. No fue culpa suya, sino de los dioses, acerca de los cuales disertaba tan cautivadoramente, el que los condujera hasta la frontera de Nahan, donde el Rajá de aquel Estado los tomó por desertores del ejército británico. El babú Hurree explicó entonces la gran posición social de que disfrutaban en su país aquellos hombres que lo acompañaban, hasta que el soñoliento reyezuelo sonrió. A todo el que le preguntaba, respondía el babú contando el incidente, muchas veces… a gritos…, de mil maneras diferentes. Mendigaba la comida, preparaba los alojamientos, aplicaba oportunamente una sanguijuela sobre una hinchazón de la ingle —causada por un golpe que podía provenir de haber rodado por la vertiente pedregosa de una montaña en medio de la más profunda oscuridad— y se hizo, en suma, indispensable. El motivo de su buena voluntad decía mucho en su favor. Estaba persuadido de que de Rusia vendría la liberación, creencia que compartían con él millones de siervos compañeros suyos. Era un hombre miedoso y temía no poder salvar a sus ilustres jefes de la cólera de unos campesinos excitados. Por su parte, tanto le daba golpear a un hombre santo, pero… Se hallaba profundamente agradecido y bastante recompensado por haber hecho «lo poco que estuvo en sus manos» para conducir la aventura —salvo la pérdida del equipaje— al mejor término posible. Se había olvidado ya de los golpes que recibió; hasta negaba que tales golpes hubieran existido aquella noche terrible que pasaron bajo los pinos. No quería que le pagasen ni le recompensasen, pero si lo consideraban merecedor de ello, ¿estarían dispuestos a hacerle una carta de recomendación? Eso tal vez le fuera útil más tarde si otras personas, amigos suyos, volvían por los desfiladeros. Les suplicó que se acordasen de él en su grandeza futura, porque «opinaba sutilmente» que él, incluso él, Mohendro Lal Dutt, M. A. de la universidad de Calcuta, «había prestado algún servicio al Estado».
Los extranjeros le dieron un certificado en el que alababan su cortesía, su eficacia y su infalible habilidad como guía. El babú lo puso en el interior de su cinturón y sollozó emocionado; ¡habían pasado tantos peligros juntos! Y los dirigió en pleno mediodía a través del Paseo de Simia, que estaba abarrotado de gente, hasta el Alliance Bank, donde los extranjeros deseaban identificarse. Y allí se desvaneció como una nube de la mañana sobre el Jakk.
Helo aquí ahora, demasiado flaco para sudar, con demasiada prisa para alardear de sus medicinas encerradas en la pequeña caja con refuerzos de latón, subiendo por la ladera de Shamlegh, un hombre justo que ha alcanzado la perfección. Contempladlo cuando, dejando a un lado todas sus presunciones de babú, aparece al mediodía tumbado en una hamaca fumando mientras una mujer, que lleva en la cabeza un tocado tachonado de turquesas, señala hacia el sur a través de las desnudas lomas. Ella dice que las camillas no viajan tan deprisa como un hombre solo, pero los pájaros que busca deben de estar ya en la llanura. El santo no quiso quedarse, a pesar de la insistencia de Lispeth. El babú se lamenta sordamente, apresta sus voluminosos lomos y parte de nuevo. No le importa viajar después de anochecer; pero la extensión de sus marchas —no hay nadie que pueda contabilizarla— asombraría a la gente que se burla de su raza. Los aldeanos bondadosos, que recuerdan al vendedor de medicinas de Dacca de hace dos meses, le dan cobijo para protegerlo contra los malos espíritus del bosque. Pero él sueña con los dioses bengalíes, con los libros de texto de la universidad y con la Sociedad Real de Londres, Inglaterra. Y a la mañana siguiente, la sombrilla azul y blanca se bambolea de nuevo, siguiendo su camino.
Al extremo del Dun, dejando considerablemente atrás el Mussuri y con la llanura extendiéndose por delante, envuelta en una nube de polvo dorado, descansa una camilla desvenci jada, en la cual —todo el mundo lo sabe en las montañas— yace un lama enfermo que busca un Río que ha de curarlo. Las aldeas se han disputado, incluso a golpes, el honor de llevarlo, porque no sólo les daba el lama su bendición, sino que el discípulo pagaba en buena moneda: la tercera parte del precio que pagarían los sahibs. El duli ha recorrido casi doce millas diarias —y así estaban de grasientos y desgastados los extremos de las angarillas— por caminos rara vez transitados por los sahibs. La camilla cruzó sobre el paso de Nilang con una tormenta, en donde la nieve, como fino polvo, llenó todos los pliegues de la vestidura del impasible lama; pasó entre los negros picos de Raieng, donde oyeron el grito de las cabras monteses a través de las nubes; inclinándose con esfuerzo al descender las pendientes pizarrosas, y mantenida a duras penas sobre hombros y mandíbulas apretadas cuando contorneaban las espantosas curvas de la Carretera Tallada por debajo de Bhagirati; balanceándose y crujiendo al trote corto y firme con que descendieron al Valle de las Aguas; apresurado a través de las planicies húmedas del valle angosto; subiendo más y más hasta encontrarse otra vez con las rugientes ráfagas de Kedarnath; depositado, al llegar el mediodía, bajo la sombra espesa de acogedores robledales; llevado de aldea en aldea al frío del amanecer cuando se puede perdonar incluso a las devotas por contestar con malas palabras a hombres santos impacientes, o a la luz de las antorchas cuando el menos temeroso piensa en fantasmas…, el duli ha cubierto su última etapa. Los montañeses de corta estatura sudan bajo el efecto del calor todavía no muy intenso de los bajos Siwaliks, y se reúnen alrededor del sacerdote para recibir su bendición y su salario.
—Habéis adquirido mérito —dice el lama—. Un mérito mayor de lo que podéis sospechar. Y debéis volveros a las montañas —añade suspirando.
—Naturalmente. A las altas montañas, tan pronto como podamos. —El conductor se rasca el hombro, bebe agua, la escupe y se ata las sandalias de esparto. Kim —con la cara fatigada y contraída— les paga con poco dinero que saca de su cinturón, carga con el saco de las provisiones, guarda en su seno un paquete cubierto por un hule —son escritos sagrados— y ayuda al lama a ponerse de pie. La paz ha vuelto a los ojos del viejo, y ya no espera que las montañas se desplomen y lo aplasten, como hizo aquella noche terrible en que tuvieron que detenerse por la inundación del río.
Los hombres recogen el duli y se pierden de vista entre los achaparrados árboles.
El lama alza una mano hacia el murallón de los Himalayas. — No fue entre vosotras, ¡oh benditas montañas!, donde cayó la Flecha de Nuestro Señor. ¡Y nunca más volveré a respirar vuestro aire!
—¡Pero si ya eres un hombre diez veces más fuerte con este aire puro! —dice Kim, cuya alma cansina anhela las amables llanuras, bien cultivadas—. Por aquí o cerca de aquí debió de caer la Flecha. Iremos muy despacio, haciendo a lo más un kos diario, porque la Búsqueda no fracasará. Pero el saco pesa muchísimo.
—Sí, nuestra Búsqueda no fracasará. He vencido una gran tentación.
No hacían más que jornadas de dos millas, y los hombros de Kim tenían que soportar todo el peso de ellas: la carga de un viejo, la carga del saco de las provisiones en el cual iban los libros, la carga de los manuscritos junto a su pecho y los detalles de la rutina diaria. Al amanecer mendigaba, extendía la alfombra para la meditación del lama, sostenía la cansada cabeza del viejo en su regazo durante los calores del mediodía, espantándole las moscas hasta que le dolía la muñeca, mendigaba otra vez por las tardes y frotaba los pies del lama, el cual le recompensaba con promesas de Libertad para hoy, mañana o todo lo más al día siguiente.
—Nunca hubo un chela como tú. A veces dudo si Ananda hizo más por Nuestro Señor. ¿Y tú eres sahib? Cuando yo era un hombre (hace mucho tiempo), me olvidaba de ello. Pero ahora que te contemplo tan a menudo, recuerdo en todo momento que eres un sahib. Es extraño.
—Tú has dicho muchas veces que no hay negro ni blanco. ¿Por qué me atormentas diciéndome esas cosas, santo mío? Deja que te frote el otro pie. Eso me aflige. Yo no soy sahib. Soy tu chela, y la cabeza me pesa mucho sobre los hombros.
—¡Ten un poco de paciencia! Alcanzaremos juntos la Liberación. Entonces, tú y yo, desde la orilla opuesta del Río, contemplaremos nuestras vidas pasadas, como veíamos en las montañas el camino que habíamos recorrido en jornadas anteriores. Tal vez haya sido yo alguna vez sahib.
—Puedo jurar que no hubo jamás un sahib como tú.
—Pues yo estoy seguro de que el Guarda de las Imágenes de la Casa Maravillosa fue un sabio abad en su vida anterior. Pero ahora, ni aun con sus lentes logro ver claro. Cuando miro con fijeza, se me ponen las sombras en la vista. No importa, ya sabemos los engaños del pobre y estúpido cuerpo: sombra que se convierte en otra sombra. Aún estoy atado por la ilusión del Tiempo y el Espacio. ¿Cuánto habremos caminado hoy en la carne?
—Tal vez medio kos —tres cuartos de milla, y había sido una marcha muy penosa.
—Medio kos. ¡Bah! Con el espíritu he caminado diez mil millares. ¡Todos están ligados, envueltos y encenagados en estas cosas sin sentido! —y contempló su mano flaca, de venas azu ladas, que pasaba con grandes trabajos las cuentas del rosario—. ¿Has sentido en algún momento deseos de abandonarme, chela?
Kim pensaba en el paquete envuelto por la tela impermeable y en los libros que llevaba en el saco de las provisiones. Si alguien debidamente autorizado se ocupara tan sólo de llevarlos a su destino, el Gran juego podría continuar, pues a él no le importaba demasiado en ese momento. Estaba cansado, tenía la cabeza ardiendo, y le hacía padecer mucho una fuerte tos.
—No —dijo casi bruscamente—. Yo no soy un perro ni una culebra, para morder cuando he aprendido a amar.
—Tú eres demasiado cariñoso conmigo.
—Ni siquiera eso. He hecho una cosa sin consultarte. He mandado un mensaje a la mujer de Kulú, por medio de la mujer que nos dio leche de cabra esta mañana, diciéndole que tú estabas un poco débil y necesitabas una camilla. No me explico cómo fui tan estúpido para no habérseme ocurrido hacerlo cuando entramos en el Dun. Permaneceremos aquí hasta que vengan a buscarnos con la camilla.
—Eso me satisface. Es una mujer con un corazón de oro, como tú dices, pero una habladora…, un poco habladora.
—No te molestará. Ya he cuidado de eso también. Santo mío, mi corazón está triste por mis muchos descuidos —y un sollozo histérico estalló en su garganta—. Te he obligado a hacer recorridos demasiado largos; no siempre te he procurado buen alimento; no me he preocupado del calor; me he puesto a hablar con la gente del camino y te he dejado solo… He… he… ¡Hai mail Pero te quiero…, y ahora es ya demasiado tarde… No era más que un niño… ¡Oh, no haber sido entonces un hombre!… —y abrumado por la tensión, la fatiga y el peso que había recaído sobre sus pocos años, Kim se dejó caer sollozando a los pies del lama.
—¿Qué confusión es ésta? —dijo el lama cariñosamente—. Tú no te has apartado ni un pelo del Camino de la Obediencia. ¿Descuidarme? Hijo mío, yo he vivido de tu fortaleza, como un árbol se alimenta de la cal de un muro nuevo. Día tras día, desde que salimos de Shamlegh, he estado robándote las fuerzas. Por lo tanto, tu debilidad no proviene de ningún pecado que hayas cometido. Es el Cuerpo, el necio y estúpido Cuerpo, el que habla ahora. No el Alma confiada. ¡Tranquilízate!, y por lo menos aprende a conocer el mal contra el que luchas. No es más que un hijo de la tierra…, nacido de la ilusión. Iremos con la mujer de Kulú. Así adquirirá mérito alojándonos, y especialmente cuidándome a mí. Tú quedarás libre hasta que te vuelvan las fuerzas. Me había olvidado del estúpido Cuerpo. Si hay culpa de alguien, es mía. Pero nosotros estamos demasiado próximos a las Puertas de la Liberación para ir sopesando culpas. Yo podría elogiarte, pero ¿para qué? Dentro de poco…, de muy poco…, nos hallaremos por encima de todas las necesidades.
Y de este modo acarició y consoló a Kim con sabias frases y solemnes citas acerca de esta bestia mal comprendida, nuestro Cuerpo, que, sin ser más que un espejismo, insiste en hacerse pasar por el Alma, oscureciendo la Senda y multiplicando enormemente los males innecesarios.
—¡Vamos! ¡Vamos! Hablemos de la mujer de Kulú. ¿Crees tú que me pedirá nuevos encantos para sus nietos? Cuando yo era joven, hace muchísimo tiempo, me sentí también poseído de esas quimeras, y de algunas más, y fui a consultar a un abad, un hombre muy santo que buscaba la verdad, aunque yo entonces no lo sabía. ¡Siéntate y escucha, hijo de mi alma! Le conté mi historia. Y él me dijo: «Chela, aprende esta verdad. Hay muchas mentiras en el mundo y no pocos mentirosos, pero no hay mentiroso alguno como nuestro cuerpo, si se exceptúan las sensaciones de nuestro cuerpo». Pensando en esto me consolé, y por su gran magnanimidad me permitió que tomase el té en su presencia. Permíteme ahora que tome yo el té, porque estoy sediento.
Riendo entre lágrimas, Kim besó los pies del lama y se puso a preparar el té.
—Tú apoyas sobre mí tu cuerpo, santo mío, pero yo encuentro apoyo en ti para muchas cosas. ¿Lo sabías?
—Tal vez lo haya adivinado —los ojos del lama centellearon—. Hemos de cambiar eso.
Pero cuando apareció, entre reprimendas y chirridos y dándose aires de importancia en el aire abrasador, el palanquín preferido de la sahiba, enviado desde una distancia de veinte millas y dirigido por el viejo criado urya de pelo entrecano, y cuando llegaron a la casona blanca desordenadamente ordenada situada detrás de Saharanpur, el lama tomó sus medidas.
Después de cambiar los saludos de rigor, dijo la sahiba alegremente desde una ventana:
—¿De qué valen los consejos de una vieja a un viejo? Ya te lo dije…, ya te lo dije, santo, que no perdieras de vista a tu chela. ¿Lo hiciste? ¡No me lo digas! Ya lo sé. Ha estado correteando con mujeres. ¡Mira esos ojos hundidos y esa línea reveladora que desciende de la nariz! ¡Ya lo han cazado! ¡Qué vergüenza! ¡Y siendo un sacerdote!
Kim la miró, pero se hallaba demasiado abatido para sonreír, y solamente pudo negar con la cabeza.
—No es cosa de broma —dijo el lama—. Ya no es tiempo de bromas. Venimos aquí para asuntos serios. En las montañas cogí yo una enfermedad del alma y él una enfermedad del cuerpo. Desde entonces he vivido de sus fuerzas…, alimentándome de él.
—Los dos sois unos niños…, el joven y el viejo —dijo la sahiba, pero no volvió a bromear—. Veremos si mi hospitalidad os cura. Esperad un rato y luego charlaremos de las hermosas y amadas montañas.
Por la noche —como su yerno había regresado, no necesitaba efectuar la inspección alrededor de la granja—, se puso al corriente del meollo de la cuestión, que le fue explicado en voz baja por el lama. Las cabezas de los dos ancianos hacían a un tiempo signos de asentimiento. Kim se había retirado, tambaleándose, hasta una habitación en la que había un camastro, y dormitaba empapado en sudor. El lama le había prohibido colocar la alfombra y preparar la comida.
—Ya sé, ya sé, ¿quién sino yo podría saberlo? —dijo la vieja—. Nosotros, que ya descendemos hacia las piras funerarias, nos agarramos de la manos de los que ascienden desde el Río de la Vida con las jarras llenas de agua (sí, con las jarras llenas de agua hasta los bordes). He sido injusta con el muchacho, ¿Te prestó su fortaleza? Es cierto, los viejos se alimentan diariamente de los jóvenes. Ahora tenemos que ocuparnos de su restablecimiento.
—Tú has adquirido mérito muchas veces…
—Mis méritos… ¿Qué significan? Un viejo saco de huesos siempre guisando para los hombres que ni siquiera preguntan «¿Quién ha guisado esto?». No obstante, si ese mérito se pudiese almacenar para mi nieto…
—¿El que tuvo dolores de vientre?
—¡Y pensar que el santo se acuerda de eso! Tengo que decírselo a su madre. ¡Es un honor singularísimo!
«¡El que tuvo dolores de vientre!»…, el santo lo recordó al momento. Qué orgullosa se va a poner su madre.
—Mi chela es para mí tan querido como un hijo para los no iluminados.
—Di más bien que un nieto. Las madres no tienen la sabiduría de nuestros años. Si llora un niño, se creen que se hunden los cielos. Pero una abuela se halla más alejada del dolor del parto y del placer de darles el pecho, y puede discernir perfectamente si el lloro es simple maldad o se trata de gases. Y ya que has hablado de los cólicos…, la otra vez que estuvo aquí el santo, tal vez me considerara importuna por apremiarlo para que me diese encantamientos.
—Hermana —dijo el lama usando esta palabra cariñosa que emplean a veces los monjes budistas para dirigirse a una monja—, si los encantamientos te consuelan…
—Valen más que diez mil médicos.
—Decía que si te sirven de consuelo, yo, que fui abad de Such-zen, te haré tantos como quieras. Nunca he visto tu cara… — Eso hasta los monos que roban nuestros nísperos lo consideran una suerte. ¡Ja, ja!
—Pero como dijo aquel que duerme allí —exclamó el lama señalando la puerta cerrada de la habitación de los huéspedes, que se hallaba situada al otro lado del patio—, tú tienes un corazón de oro…, y él, espiritualmente, es mi verdadero «nieto».
—¡Bien! Y yo soy la vaca del santo. —Aquello era hinduismo puro, pero el lama no se lo tuvo en cuenta—. Soy vieja, he llevado hijos en mi vientre. ¡Oh, y en otros tiempos podía complacer a los hombres!; pero ahora, en cambio, los curo. —El lama oyó el tintineo de los brazaletes, que sonaban como si la dama se remangase para entrar en acción—. Yo lo cogeré por mi cuenta, lo curaré, lo atiborraré y lo pondré bueno del todo. ¡Hai!, ¡hai! Nosotros los viejos aún servimos para algo.
Por eso, cuando Kim, con todos los huesos doloridos, abrió los ojos, e hizo un intento de ir a la cocina para recoger el alimento de su amo, notó que lo sujetaban con violencia y descubrió en la puerta una vieja figura envelada, seguida del criado de barba entrecana, que le dijo con todo detalle las cosas que no podía hacer bajo ningún concepto.
—«Yo debo ir …», ¡tú no vas a ir a ningún sitio! ¿Qué? ¿Una caja con llave donde guardar los libros sagrados? ¡Ah, eso es otra cosa! ¡Los cielos no permitan que yo me interponga entre un sacerdote y sus plegarias! Te la traerán y tú guardarás la llave.
Colocaron un cofre debajo del camastro, y Kim metió en él la pistola de Mahbub, el paquete de las cartas envuelto en hule, los libros con cierre y los diarios, lanzando un suspiro de alivio, pues, por uno de esos sentimientos absurdos, el peso de todo aquello sobre sus hombros no era nada ante la opresión que le ejercían sobre su pobre cabeza. Por las noches le dolía el cuello por ese motivo.
—Tu enfermedad es poco común entre los jóvenes, desde que han abandonado el cuidado de sus mayores. El único remedio es dormir y tomar ciertas medicinas —dijo la sahiba; y Kim se abandonó gozoso al vacío, que lo atemorizaba y lo calmaba al mismo tiempo.
La vieja dama se puso a preparar brebajes en algún misterioso equivalente asiático de una destilería: pócimas que olían apestosamente y sabían aún peor. Estuvo al lado de Kim mientras se las tomaba, y se informó exhaustivamente cuando las eliminó. Declaró zona prohibida el patio anterior y reforzó sus órdenes por medio de un hombre armado. Bien es verdadque el tal criado tenía unos setenta años y que su espada envainada carecía de hoja; pero representaba la autoridad de la sahiba, y carros cargados, criados parlanchines, terneras, perros, gallinas y otras criaturas semejantes describían un amplio círculo al pasar por allí.
Pero lo mejor de todo fue que, cuando el cuerpo de Kim quedó purificado, la vieja mandó a buscar de entre la multitud de parientes pobres que se amontonaban en la parte trasera de la casa —perros domésticos, los llamaríamos nosotros— a la viuda de un primo suyo, muy habilidosa en lo que los europeos, que no saben una palabra de eso, llaman masaje. Y las dos mujeres acostaron al muchacho en dirección este-oeste, para que las misteriosas corrientes telúricas que estremecen el barro de nuestros cuerpos pudieran ayudar y no estorbar la operación, y lo desarmaron durante toda una larga tarde: hueso a hueso, músculo a músculo, ligamento a ligamento y, finalmente, nervio a nervio. Reducido por el manoseo a pulpa insensible, medio hipnotizado por el constante desajuste y reajuste del complicado chador— que velaba sus ojos, Kim se hundió en un sueño insondable de treinta y seis horas, sueño que le esponjaba como la lluvia después de la sequía.
Entonces la vieja dama lo alimentó, y puso a toda la casa en danza con sus gritos. Ordenó que mataran aves de corral, mandó que le trajeran verduras, y el pacífico jardinero, hombre de pocas luces, casi tan viejo como ella, sudó copiosamente para cumplir sus órdenes; se proveyó de especias, y leche, y cebollas, así como de pececitos del riachuelo…, de limas para hacer sorbetes, de codornices cazadas con trampa y de hígados de pollo en brocheta, con jengibre.
—Tengo alguna experiencia de este mundo —dijo inclinándose sobre las colmadas fuentes— y no hay más que dos clases de mujeres: las que quitan las fuerzas a un hombre y las que se las devuelven. En otro tiempo yo fui de las primeras y ahora soy de las segundas. No…, no presumas de sacerdote conmigo. Ha sido una broma. Pero si ahora el refrán no puede aplicarse a tu caso, ya lo comprobarás cuando salgas otra vez al camino. Prima —esto a la pariente pobre, siempre dispuesta a ensalzar la caridad de su benefactora—, su piel se está poniendo tan reluciente como la de un caballo recién almohazado. Nuestro trabajo es semejante al del que talla las joyas que van a ser lanzadas a las bailarinas…, ¿no es verdad?
Kim se incorporó y sonrió. La terrible debilidad se había desprendido de su cuerpo como un traje andrajoso. Su lengua sentía la comezón de la charla en libertad, cuando una semana antes el pronunciar la más mínima palabra parecía llenarle la boca de cenizas. El dolor del cuello (se lo debía de haber contagiado el lama) había desaparecido, al mismo tiempo que los dolores de dengue y el mal sabor de boca. Las dos viejas, un poco más cuidadosas ahora con sus velos —aunque no mucho—, cacarearon tan alegremente como las gallinas que habían entrado picoteando a través de la puerta.
—¿Dónde está mi santo? —preguntó Kim.
—¿Qué te parece el muchacho? Tu santo está bien —dijo la vieja malintencionadamente—, aunque no es mérito suyo. Si yo conociera un encanto para devolverle la sensatez, lo compraría aunque tuviera que vender mis joyas. ¿Le llamas santidad a rehusar la comida que yo misma le guisé y a corretear durante dos noches seguidas por los campos con el estómago vacío, para caerse al final en un arroyo? Y luego, cuando casi ha destrozado lo poco que has dejado de mi corazón con tus preocupaciones, me dijo muy tranquilamente que había adquirido mérito. ¡Oh, cómo se parecen todos los hombres! No; no fue eso…; me dijo que había quedado limpio de todos los pecados. Yo podía haberle dicho que también lo estaba antes de que se pusiera como una sopa. Ahora ya está bien…, esto sucedió hace una semana…, ¡pero a mí me saca de tino tanta santidad! Un niño de tres años no haría más chiquilladas. Pero no te apures por el santo. No te quita los ojos de encima cuando no anda por ahí vadeando nuestros arroyos.
—Yo no recuerdo haberlo visto. Sólo recuerdo que los días y las noches pasaban para mí como franjas blancas y negras, abriéndose y cerrándose. No estaba enfermo, sólamente estaba fatigado.
—Un letargo que se presenta de manera natural unas docenas de años después. Pero ahora ya ha pasado todo.
—Maharani —dijo Kim; pero al contemplar la mirada de sus ojos empleó otro título más familiar—. Madre, te debo la vida. ¿Cómo podré darte las gracias? Bendita sea tu casa mil veces y…
—No bendigas la casa. —Es imposible transcribir las palabras exactas que empleó la vieja dama—. Da las gracias a los dioses como sacerdote, si quieres, pero a mí dámelas como si fueras un hijo. ¡Santo cielo! ¿Acaso te he zarandeado y levantado y abofeteado y retorcido los diez dedos del pie para que ahora me acribilles la cabeza con frases de ritual? En alguna parte tu madre te echó al mundo para que le destrozaras el corazón. ¿Qué le decías a tu madre, hijo mío?
—Madre mía, yo no tuve madre —dijo Kim—. Según me han dicho, murió cuando yo era muy pequeño.
—¡Hai mail Entonces nadie podrá decir que yo le he robado sus derechos…, cuando emprendas el camino otra vez y esta casa no sea para ti más que una más entre las muchísimas utilizadas como refugio y olvidadas, después de concederle una bendición que a nada compromete. No importa; para nada necesito bendiciones, pero…, pero… —añadió golpeando el suelo con el pie, y dirigiéndose a la pariente pobre—. Llévate las bandejas a la cocina. ¿Es que quieres dejarlas aquí para que se pudran, mujer de mal agüero?
—También…, también yo tuve un hijo en mis tiempos, pero se murió —se lamentó la postrada figura de la hermana detrás del chador—. Ya sabes que se murió. Estaba esperando tus órdenes para llevarme las bandejas.
—La que tiene mal agüero soy yo —gritó arrepentida la vieja dama—. Las que ya descendemos hacia los chattris (las grandes sombrillas que se alzan sobre las piras funerarias donde los sacerdotes reciben sus últimos emolumentos) nos asimos con ansiedad a los portadores de chattis (jarras de agua; la vieja dama se refería a la gente joven llena del orgullo de la vida; pero este juego de palabras es muy chabacano). Cuando no se puede danzar en la fiesta, tenemos que contentarnos con mirarla desde una ventana, y las mujeres se pasan toda la vida haciendo el papel de abuelas. Tu maestro me ha dado ya todos los encantos que yo deseaba para el primogénito de mi hija, debido a que…, ¿no es eso?, se halla completamente libre de pecados.
El hakim ha perdido categoría estos días y a falta de mejor empleo tiene que entretenerse en envenenar a mis criados.
—¿Qué hakim es ése, madre?
—Aquel mismo hombre de Dacca que me endosó la píldora que me desgarró las entrañas. Hace una semana se nos apareció como un camello descarriado, diciendo que tú y él os habíais hecho hermanos de sangre en el camino hacia Kulú, y fingía sentir gran ansiedad por tu salud. Estaba muy delgado y hambriento; así es que di órdenes para que saciasen… su hambre y su ansiedad.
—Si está aquí, quisiera verlo.
—Come cinco veces diarias y se entretiene en sajarles forúnculos a mis criados para librarse de una apoplejía. Siente tal ansiedad por tu salud, que se planta en la puerta de la cocina y se entretiene con las sobras. Se quedará. No nos libraremos nunca de él.
—Envíamelo aquí, madre —el brillo volvió por un momento a los ojos de Kim—. Yo intentaré que se vaya.
—Enviaré por él, pero echarlo sería una mala recompensa. Por lo menos tuvo la buena idea de sacar del arroyo al santo; por lo cual ha adquirido mérito, aunque el santo no lo dijera.
—Es un hakim muy sabio. Envíamelo, madre.
—¿Un sacerdote alabando a otro sacerdote? ¡Qué milagro! Pero si se trata de un amigo tuyo (aunque bien disputabais la última vez que os juntasteis aquí), yo haré que lo traigan amarrado y…, y después le serviré una cena de casta, hijo mío… ¡Levántate y disfruta del mundo! ¡Quedarse en la cama es el origen de setenta males… hijo mío!
Desapareció rápidamente para levantar un verdadero huracán en la cocina y, casi inmediatamente detrás de ella, penetró el babú vestido con una túnica amplia como la de un emperador romano, con una papada tan colgante como la de Tito, destocado, con zapatos de charol nuevos, de nuevo recuperadas las grasas, exhalando alegría y saludos ceremoniosos.
—¡Por Dios, señor O’Hara, me alegro mucho de verte! Voy a tener la amabilidad de cerrar la puerta. Es una lástima que te encuentres enfermo. ¿Te encuentras muy mal?
—¡Los papeles…, los papeles del kilta! ¡Los mapas y la murasla! —Kim sacó la llave con impaciencia porque la principal necesidad de su alma era verse libre de aquella carga.
—Tienes toda la razón. Ése es el correcto punto de vista oficial que hay que adoptar. ¿Lo tienes todo?
—Cogí del kilta todo lo que estaba manuscrito; el resto lo tiré por la montaña abajo.
Desde donde estaba Kim pudo oír el chirriar de la llave en la cerradura, el ruido pegajoso del hule al despegarse y un rápido restregar de papeles. Lo que más le había apesadumbrado durante los ociosos días de su enfermedad, sin razón alguna, era el peso de aquellos papeles que yacían bajo su cama…, creándole una responsabilidad que no podía compartir con nadie. Así se explica que experimentara un hormigueo por todo el cuerpo cuando Hurree, saltando como un elefante, le estrechó las manos otra vez.
—¡Esto es estupendo, extraordinario, señor O’Hara! ¡Ja, ja!… Has arramblado con todas las bazas… ¡Bien me decían ellos que habían perdido el trabajo de ocho meses! ¡No tienes idea de cómo me pegaron!… ¡Mira, aquí está la carta de Hilás! —Y leyó en voz alta un par de renglones en persa literario, que es el empleado tanto en la diplomacia autorizada como en la fraudulenta—. El señor sahib Rajá acaba de cometer una buena metedura de pata. Tendrá que explicar oficialmente por qué diantre le ha estado escribiendo cartas de amor al zar`. Estos mapas están muy bien hechos…, y aquí aparecen complicados en la correspondencia tres o cuatro primeros ministros de estos contornos. ¡Por Dios, señor! El Gobierno británico cambiará la sucesión de Hilás y Bunár y nombrará nuevamente herederos al trono. «Traición de lo más infame»…, pero no entiendes nada, ¿verdad?
—¿Lo tienes ya todo en tu poder? —dijo Kim, pues eso era lo único que le preocupaba.
—Puedes estar bien seguro de que sí —el babú escondió todo el tesoro entre sus vestiduras, como sólo saben hacerlo los orientales—. Irán directamente a la oficina. La vieja dama se cree que voy a ser aquí un accesorio permanente, pero me marcharé con todas estas cosas… en seguida. El señor Lurgan se sentirá orgulloso. Oficialmente eres un subordinado mío, pero yo citaré tu nombre en el informe verbal. Es una lástima que no nos permitan hacer los informes por escrito; nosotros los bengalíes sobresalimos en esa ciencia exacta. —Tiró la llave a Kim y le mostró el cofre vacío.
—Bueno; está bien. Yo estaba cansadísimo. Mi santo también se encontraba enfermo. ¿Es cierto que se cayó en…?
—¡Oh, sí! Soy muy buen amigo suyo, te lo puedo asegurar. El comportamiento del viejo, cuando yo me presenté aquí en tu busca, era muy extraño, lo que me hizo sospechar que acaso tuviera él los papeles. Así es que lo acompañé en sus meditaciones y discutí con él sobre temas etnológicos. Yo soy ahora aquí una persona insignificante al lado del valor de sus encantamientos. ¡Caramba, O’Hara!, ¿te has dado cuenta de que al viejo le dan ataques? Pues sí, te lo aseguro, cataléptico, si no es que también padece de epilepsia.
Yo lo encontré en ese estado debajo de un árbol in articulo mortis; pero de pronto se levantó y se zambulló en un río, y si no hubiera sido por mí se ahoga. Yo lo saqué.
—¡Eso ocurrió por no estar yo allí! —dijo Kim—. Podría haberse muerto.
—Sí, podría haberse muerto, pero ahora ya está seco y asegura haber experimentado la transfiguración. —El babú se dio unos golpecitos en la frente con aire malicioso—. Yo tomé nota de todo lo que ha dicho para enviarlo a la Sociedad Real…, in posse. Debes darte prisa y ponerte bien del todo para volver a Simla, y allí te contaré en casa de Lurgan toda mi historia. Ha sido una aventura espléndida. Llevaban los bajos del pantalón muy rotos, y el viejo Rajá Nahan los tomó por soldados europeos que habían desertado.
—¿Los rusos? ¿Cuánto tiempo estuvieron contigo?
—Uno era francés. ¡Oh, días y días! Pero ahora la gente de la montañas se cree que todos los rusos son unos mendigos. ¡Caramba! No tenían una maldita cosa que no les hubiera con seguido yo. Y a la gente ordinaria… les conté, ¡ah!, tales historias y anécdotas…; ya te las contaré cuando vayas a casa del viejo Lurgan. ¡Saldremos…, una noche a celebrarlo! Nos hemos apuntado un buen tanto. ¡Sí, y me dieron un certificado! Eso fue lo mejor de todo. ¡Tendrías que haberlos visto en el Alliance Bank, tratando de identificarse!
¡Y gracias al Dios todopoderoso, arramblaste con todos los papeles! Ahora no te ríes mucho, pero ya te reirás cuando estés bueno. Y yo me voy en seguida a la estación. Con esta aventura lograrás un gran renombre. ¿Cuándo vendrás? Nosotros estamos muy orgullosos de ti, aunque nos has tenido muy intranquilos. Especialmente a Mahbub.
—¡Ah, Mahbub! ¿Dónde está?
—Vendiendo caballos por estas proximidades.
—¡Aquí! ¿Y a santo de qué? Habla despacio. Tengo la cabeza todavía un poco espesa.
El babú bajó la cabeza un tanto avergonzado.
—Bien, ya sabes que yo soy un hombre miedoso y que no me gustan las responsabilidades. Te encontrabas enfermo y yo no sabía dónde demonios estaban los papeles, ni siquiera cuán tos habíamos cogido. Así es que, en cuanto llegué aquí, le puse un telegrama privado a Mahbub (que se hallaba en las carreras de Mirut) explicándole cómo estaban las cosas. Se presenta aquí con sus hombres, hace amistad con el lama y luego me llama idiota y es muy descortés…
—Pero ¿por qué…, por qué?
—Eso es lo que yo me pregunto. Yo únicamente le sugiero que, por si alguien había robado los papeles, me gustaría tener a mi lado unos cuantos hombres fuertes y valientes capaces de robárselos a su vez al ladrón. Tú ya sabes que son de una importancia capital y Mahbub Alí desconocía por completo el lugar donde estabas.
—Pero, ¿es que iba a robar Mahbub Alí en casa de la sahiba? Tú estás loco, babú —exclamó Kim indignado.
—Yo quería los papeles. ¿Supongamos que ella los hubiera robado? Esto no pasa de ser una hipótesis práctica, creo yo. No te parece bien, ¿eh?
Un refrán indígena —imposible de transcribir aquí— mostró la absoluta desaprobación de Kim.
—Bueno —dijo Hurree encogiéndose de hombros—, sobre gustos no hay nada escrito. Mahbub también estaba muy enfadado. Ha vendido caballos por estos alrededores y dice que la vieja dama es pukka (una verdadera dama) y que no se rebajaría jamás a cometer una acción tan villana. A mí no me importa. Ya tengo los papeles y me alegro mucho de haber contado con el apoyo moral de Mahbub. Como te decía, soy un hombre muy miedoso, pero no sé cómo me las arreglo, que cuanto más miedo tengo en más aprietos me meto. Así es que celebré mucho que vinieras conmigo a Chini y ahora estaba muy contento de tener cerca a Mahbub. La vieja dama se porta a veces muy groseramente conmigo y con mis magníficas píldoras.
—¡Alá sea misericordioso! —dijo Kim alegremente—. ¡Qué criatura tan increíble es un babú! ¡Y este hombre caminó solo, si es verdad que lo hizo, con unos extranjeros encolerizados porque les habían robado!
—¡Bah, eso no fue nada cuando se cansaron de pegarme; pero perder los documentos era algo verdaderamente serio. Mahbub ha estado también a punto de pegarme, y se ha pasado todo el tiempo haciendo compañía al lama. De aquí en adelante me dedicaré a mis investigaciones etnológicas. Y ahora, adiós, señor O”Hara. Aún puedo coger, si me doy prisa, el tren de Ambala de las cuatro y veinticinco. Nos esperan buenos días cuando le contemos la historia al señor Lurgan. Informaré oficialmente de tu mejoría de salud.
Adiós, mi querido amigo, y otra vez, cuando te emociones, haz el favor de no emplear frases mahometanas yendo vestido con traje tibetano.
Le dio dos veces la mano —era un babú de pies a cabeza— y abrió la puerta. Cuando los rayos del sol poniente iluminaron su semblante, radiante de alegría, se transformó de nuevo en el humilde curandero de Dacca.
«Les robó a los extranjeros», pensaba Kim olvidando la parte que había tomado en el juego. «Los engañó. Les mintió como un bengalí. Y le dieron un chit (carta de recomendación). Y se burló de ellos con riesgo de su vida… Yo no me hubiera atrevido nunca a acercarme a ellos después de los pistoletazos…; y luego dice que es un hombre miedoso…, y sí que es un hombre miedoso. Yo necesito volver al mundo otra vez.»
Al principio sus piernas le flojeaban como si fueran de trapo, y el resplandor del aire soleado lo deslumbró. Se sentó junto a la pared encalada, mientras repasaba en su mente los incidentes del largo viaje con el duli, la debilidad del lama y, ahora que había desaparecido el estímulo de la conversación, sentía también una profunda compasión de sí mismo, como les ocurre a todos lo enfermos. Su cerebro turbado se desligaba de todo lo que le rodeaba, como un potro salvaje huye de la espuela una vez que la ha probado. Sentía una gran tranquilidad al pensar que los despojos del kilta se hallaban seguros…, lejos de sus manos…, lejos de su poder. Intentó pensar en el lama —preguntándose por qué se habría caído en un río—, pero el espectáculo del mundo que se veía a través de las puertas del patio anterior rompió el hilo de sus pensamientos. Entonces se puso a mirar los árboles y los anchos campos con las chozas con techos de paja, medio escondidas entre las cosechas… Las contemplaba con extraños ojos, incapaz de captar su tamaño, su proporción y el uso de las cosas…, y estuvo mirando, inmóvil, durante media hora. Mientras tanto sentía, aunque no podía expresarlo con palabras, que su alma iba desligándose de cuanto le rodeaba: como si fuera una rueda dentada desconectada de cualquier maquinaria, como aquella inútil rueda dentada perteneciente a una trituradora de azúcar de mala calidad, que estaba allí tirada en un rincón. La brisa lo acariciaba suavemente, las cotorras le gritaban, y el ruido que hacía la gente en la parte trasera de la poblada casa —querellas, órdenes y disputas— llegaba hasta sus sordos oídos.
«Yo soy Kim. Yo soy Kim. ¿Y qué es Kim?», su alma repetía esta pregunta sin cesar.
No tenía ganas de llorar —en su vida había sentido menos ganas de llorar— y de repente unas estúpidas lágrimas le resbalaron por las mejillas, y con un fuerte estremecimiento sintió que las ruedas de su ser se engranaban de nuevo en la máquina del mundo. Las cosas que un minuto antes se reflejaban en su pupila como objetos extraños, adquirieron de repente sus justas proporciones. Los caminos servían para marchar sobre ellos, las casas para vivir en su interior, el ganado para apacentarlo, los campos para ser labrados y los hombres y las mujeres para charlar con ellos. Todas las cosas eran reales y verdaderas —sostenidas sólidamente sobre sus pies; perfectamente comprensibles—, barro de su mismo barro, ni más ni menos. Se sacudió como hace un perro cuando se le posa una pulga en la oreja, y salió al campo. La sahiba, a quien le iban dando cuenta de todos los movimientos de Kim, dijo:
—Dejadle marchar. Yo he hecho lo que me correspondía; el resto debe hacerlo la Madre Tierra. Cuando el santo vuelva de sus meditaciones, avisadle.
Sobre la cima de una pequeña colina situada a media milla de la casa que se alzaba como una atalaya sobre los campos recién labrados, había una carreta vacía al pie de una higuera joven de Bengala; los párpados de Kim, acariciados por el aire suave, le pesaban como el plomo cuando llegó a lo alto de la colina. El suelo era de buena tierra limpia: no de hierbas frescas, que por el mero hecho de vivir están ya a medio camino de la muerte, sino de tierra llena de esperanza que contiene la semilla de toda vida. Kim la sintió con los dedos de los pies, la palpaba con las palmas de las manos, y, suspirando sensualmente, se tumbó cuan largo era a la sombra de la carreta inmovilizada con unos tacos de madera. Y la Madre Tierra se portó tan fielmente como la sahiba. Su aliento le penetraba, devolviéndole el equilibrio que había perdido al permanecer tanto tiempo acostado en un catre, alejado de sus buenas corrientes. Su cabeza pendía inerte sobre su pecho y las manos abiertas se rendían ante su poder. El árbol de extensas raíces que lo cobijaba, y aun la madera del carro que tenía al lado, muerta ya y trabajada por la mano del hombre, sabían muy bien lo que deseaba Kim, aunque él lo ignoraba. Hora tras hora transcurrió en aquel sopor más profundo que el sueño.
Hacia la puesta del sol, cuando las vacas regresaban a sus establos levantando nubes de polvo por todo el horizonte, se acercaron el lama y Mahbub Alí, caminando con precaución, porque en la casa les habían dicho dónde había ido Kim.
—¡Por Alá! ¡Qué locura quedarse aquí a campo descubierto! —murmuró el tratante—. Cien veces le podrían haber disparado…, pero esto no es la frontera.
—Y nunca hubo en el mundo un chela como él —dijo el lama, repitiendo la historia mil veces contada—, tranquilo, bondadoso, sabio, de buen carácter, siempre alegre durante los viajes, sin olvidar nunca nada, instruido, sincero y cortés. ¡Grande será la recompensa!
—Sí, ya conozco al muchacho…, como te he dicho.
—¿Y no posee todas esas cualidades?
—Algunas de ellas; pero yo aún no he logrado encontrar un encantamiento como los tuyos para que deje de mentir por completo. En verdad que lo han cuidado bien.
—La sahiba tiene un corazón de oro —dijo el lama con entusiasmo—. Lo cuida como si fuera un hijo suyo.
—¡Hum! La mitad de la India parece dispuesta a obrar del mismo modo. Yo no deseaba más que cerciorarme de que el muchacho no sufría daño alguno y estaba aquí por su propia voluntad. Como tú sabes, él y yo éramos viejos amigos antes de que emprendieseis vuestra peregrinación.
—Y ése es el lazo que nos une —dijo el lama sentándose—. Nosotros estamos ya al final de la peregrinación.
—Y no fue gracias a ti si no terminó para siempre hace una semana. Ya oí lo que te dijo la sahiba cuando te llevaban en la cama de campaña —exclamó Mahbub riéndose y dándose un tirón de la barba recién teñida.
—En aquel momento meditaba yo sobre otros asuntos. Pero el hakim de Dacca interrumpió mis meditaciones.
—De no haber procedido así —esto lo dijo en pashto por razón del decoro—, hubieras terminado tus meditaciones en el umbral ardiente del Infierno…, por ser un descreído y un idólatra, a pesar de tu simplicidad infantil. Pero ahora, Gorro Rojo, ¿qué vas a hacer?
—Esta misma noche —las palabras sonaban lentamente, vibrantes de triunfo—, esta misma noche el muchacho estará tan libre como yo de toda mancha de pecado…, tan seguro como lo estoy yo, en cuanto abandone su cuerpo, de librarse de la Rueda de las Cosas. Yo tengo un presagio —y apoyó la mano sobre el dibujo desgarrado que conservaba en su seno— de que mis días están contados; pero le daré una protección que le durará toda la vida. Acuérdate de que yo he alcanzado la Sabiduría, como ya te dije hace tres noches.
«Debe de ser verdad, como dijo el sacerdote de Tirah cuando robé la mujer de su primo, que soy un sufi (librepensador), ya que aquí me tienes», se dijo Mahbub, «aceptando sin protestar las más impensables blasfemias…». Ya recuerdo la historia —dijo en voz alta—. Según eso, el muchacho irá a Jannatu l'Adn (los jardines del Edén); pero ¿cómo? ¿Es que piensas matarlo? ¿O pretendes ahogarlo en ese río maravilloso de donde te sacó el babú?
—Yo no fui sacado de ningún río —dijo el lama tranquilamente—. Te has olvidado de lo que ocurrió. Yo encontré el río gracias a mi Sabiduría.
—¡Ah, sí! Es verdad —tartamudeó Mahbub, entre indignado y alegre—. Me había olvidado del curso exacto de los acontecimientos. Lo encontraste a sabiendas.
—Y decir que yo le quitaría la vida es…, no un pecado, sino locura simplemente. Mi chela me ayudó a encontrar el Río. Es justo que él quede de limpio pecado…, conmigo.
—Sí, necesita una buena limpieza. Pero, ¿y después, viejo…, y después…?
—¿Qué importancia tiene eso? Él alcanzará el Nibban…, la Iluminación…, como yo.
—Bien dicho. Yo tenía miedo de que se montase en el Caballo de Mahoma y se echase a volar.
—No…, él debe seguir siendo un profesor.
—¡Ah! ¡Ahora ya lo entiendo! Ése es el paso adecuado para el potro. Debe continuar siendo un profesor. El Estado tiene una necesidad urgente de funcionarios como él, por ejemplo.
—Para eso fue educado. Yo adquirí mérito dando limosna con ese propósito. Una buena acción no muere jamás. Él me ayudó en mi Búsqueda. Yo le ayudé a él en la suya. Justa es la Rueda, oh, tratante del Norte. Que sea un profesor o funcionario, ¿qué importa? Al final alcanzará la Liberación. El resto es ilusión.
—¿Que no importa? ¿Cuando yo tengo que llevármelo conmigo más allá de Balj dentro de seis meses? Yo vine con diez caballos lisiados y tres hombres fornidos —gracias a ese gallina del babú— para robar por la fuerza a un muchacho enfermo de la casa de una vieja. ¡Y pensar que tenga yo que permanecer mano sobre mano mientras un joven sahib es conducido, Alá sabe a qué cielo idólatra, por un viejo Gorro Rojo! ¿Y soy yo el que está bien reputado como un jugador nada despreciable del Gran juego? Pero el loco se ha encariñado con el muchacho; y yo debo de estar algo loco también.
—¿Qué oración es ésa? —dijo el lama, mientras las frases en pashto se derramaban sobre la barba roja.
—No tiene importancia, pero ahora que ya he averiguado que el muchacho, aunque destinado a ir al Paraíso, puede seguir prestando sus servicios al Gobierno, me siento más tranquilo. Debo volver con mis caballos, pues se está haciendo de noche. No lo despiertes, no tengo ganas de oír cómo te llama maestro.
— Pero si es mi discípulo. ¿Cómo quieres que me llame?
—Ya me lo ha dicho —exclamó Mahbub, riéndose para ocultar su acceso de sentimentalismo—. Yo no comparto del todo tus creencias, Gorro Rojo…, si es que te importa un asunto de tan poca monta.
—Eso no tiene importancia —dijo el lama.
—Eso pensaba; y por lo tanto tú, que estás libre de pecado y recién purificado, y tres cuartas partes ahogado, no te sorprenderás cuando me oigas decir que te creo un buen hombre…, un hombre muy bueno. Hemos charlado mucho durante cuatro o cinco noches, y, aunque yo no soy más que un tratante, todavía reconozco, como dice el refrán, la santidad más allá de las patas de un caballo. Sí; y veo también por qué nuestro Amigo de todo el Mundo puso su mano en las tuyas al principio. Trátalo bien y permítele que vuelva al mundo como un profesor, cuando le hayas…, dado un baño de pies en el río, si consideras indispensable ese tratamiento para el potro.
—¿Y por qué no sigues tú mismo la Senda y así podrías acompañar al muchacho?
Mahbub quedó estupefacto ante la enorme insolencia de la pregunta, a la cual hubiera contestado con algo más de un golpe si se la hubiesen hecho al otro lado de la frontera. Pero el humorismo de la situación conquistó su alma mundana.
—Despacio…, despacio…, una pata cada vez, como saltó los obstáculos el caballo castrado en la carrera de Ambala. Ya iré al Paraíso más adelante…, ya he avanzado bastante por ese camino… y he hecho muchos progresos…, lo que debo a tu simplicidad. ¿No has mentido nunca?
—¿Para qué?
—¡Oh, Alá, escuchadlo! ¡«Para qué» en este mundo tuyo! ¿Y nunca hiciste mal a ningún hombre?
—Una sola vez… con un estuche de plumas…, antes de adquirir prudencia.
—¿De verdad? Eso hace que tenga mejor opinión de ti. Tus enseñanzas son buenas. Has desviado a un hombre, a quien yo conozco, de la senda del mal —dijo riéndose a carcajadas—. Vino aquí con el pensamiento de cometer un dacoity (asalto a mano armada). Sí, a rajar, a robar, a matar, y a llevarse lo que deseaba.
—¡Una gran locura!
—Sí, y una terrible vergüenza. Así lo ha comprendido después de hablar contigo…, y con algunas otras personas, hombres y mujeres. De manera que renunció a ello; y ahora tiene pensado ir en busca de un babú grande y gordo y darle una paliza.
—No entiendo ni una palabra.
—¡Ni Alá lo permita! Algunos hombres son fuertes por sus conocimientos. Tu fuerza es más grande todavía, Gorro Rojo. Consérvala…, creo que lo harás. Si el muchacho no te sirve bien, dale un tirón de orejas.
Y ajustando su ancho cinturón de Bujaria, el pathan se alejó en el pálido resplandor del crepúsculo con su aire de perdonavidas, y el lama descendió de las nubes lo suficiente para contemplar sus anchas espaldas.
—Carece por completo de cortesía, y se deja engañar por la sombra de las apariencias. Pero habla bien de mi chela, que pronto va a recibir su recompensa. ¡Rezaré la plegaria!… Despierta, ¡oh, afortunado entre todos los nacidos de mujer! ¡Despierta! ¡Ha sido encontrado!
Kim salió de los profundos pozos en que se hallaba abismado, y el lama esperó a que bostezara a sus anchas, chasqueando como es debido los dedos para ahuyentar los malos espíritus.
—He dormido cien años. ¿Dónde…? Santo mío, ¿estás aquí desde hace mucho tiempo? Yo salí a buscarte, pero —añadió riendo medio dormido— me dormí por el camino. Ahora ya estoy bien del todo. ¿Has comido? Vayamos a la casa. Hace ya mucho tiempo que no me cuido de ti. ¿Te alimenta bien la sahiba? ¿Quién te ha dado friegas en las piernas? ¿Cómo estás de tus dolencias…, del vientre y el cuello, y el zumbido de los oídos?
—Ya ha desaparecido todo eso…, todo. ¿No lo sabías?
—No sé nada, salvo que no te he visto desde hace mucho tiempo. ¿Qué es lo que había de saber?
—Es extraño que no te llegara el conocimiento, cuándo todos mis pensamientos iban hacia ti.
—No te puedo ver la cara, pero tu voz suena como un gong. ¿Te ha convertido en un hombre joven la cocina de la sahiba? Kim contempló la figura sentada con las piernas cruzadas, que se perfilaba, negra como el azabache, contra el verde opalino del crepúsculo. Así está sentado el Bodhisattva de piedra que se alza frente al torniquete registrador del Museo de Lahore.
El lama no respondió. Con la excepción del tintineo del rosario y el eco lejano de los pasos de Mahbub, el silencio suave y humeante de las noches indias los envolvía por todas partes.
— ¡óyeme! Traigo grandes noticias.
—Pero…
La larga mano amarilla hizo un ademán ordenando el silencio. Kim replegó los pies bajo su túnica, obedeciendo.
—¡Óyeme! ¡Traigo grandes noticias! La Búsqueda ha terminado. Ahora viene la recompensa… De este modo. Cuando estábamos entre las montañas, viví de tus fuerzas hasta que la rama joven se dobló y quedó casi desgarrada. Cuando bajamos de las montañas, estaba preocupado por ti y por otros asuntos que embargaban todo mi ser. La barca de mi alma navegaba sin dirección; yo no podía ver la Causa de las Cosas. Así es que, en cuanto llegamos aquí, te entregué a los cuidados de la virtuosa mujer. No comí nada. No bebí agua. Y, sin embargo, no lograba descubrir la Senda. Me instaban a que tomara alimentos y gritaron ante mi puerta cerrada. Y entonces me retiré a un hoyo bajo un árbol. No comí. No bebí. Durante dos días y dos noches permanecí meditando con la mente abstraída, respirando acompasadamente de la manera establecida… A la segunda noche —tan grande fue mi recompensa—, el Alma sabia se desprendió del necio Cuerpo y quedó libre. Hasta entonces jamás lo había conseguido, aunque muchas veces había estado a punto de lograrlo. ¡Considéralo bien, porque fue una maravilla!
—Sí, una maravilla; indudablemente. ¡Dos días y dos noches sin comer! Pero, ¿dónde estaba la sahiba? —dijo Kim en voz baja.
—Sí, mi alma quedó libre, y remontándose como un águila vio que no había allí ni el lama Teshu ni ninguna otra alma. Lo mismo que una gota se desvanece en el seno del líquido, así alcanzó mi alma la Gran Alma, que está más allá de todas las cosas. En aquel momento, elevado por la contemplación, vi toda la India, desde Ceilán en el mar, hasta las montañas y mis propias Rocas Pintadas de Such-zen. Vi todos los campos y las aldeas donde hemos descansado alguna vez. Las vi a un tiempo y en el mismo lugar, porque estaban dentro del Alma. Por lo cual conocí que el alma había pasado más allá de la ilusión del Tiempo, del Espacio y de las Cosas. Y entonces me di cuenta de que era libre. Te vi acostado en un camastro y te vi rodando por la montaña agarrado al idólatra: al mismo tiempo, y en el mismo sitio, en mi Alma que, como te digo, había tocado la Gran Alma. También vi el estúpido cuerpo del lama Teshu tendido y al hakim de Dacca arrodillado a su lado y gritándole al oído. Después mi Alma quedó completamente sola y no vi nada porque, habiéndome hundido con la Gran Alma, yo era ya todas las cosas. Y medité durante millares y millares de años, libre de pasiones, plenamente consciente de las Causas de todas las Cosas. De repente, una voz gritó: «¿Qué será del muchacho si mueres?», y sufrí una enorme sacudida por la piedad que me inspirabas; y dije: «Volveré con mi chela para que no pierda la Senda»; y en esto mi Alma, que es el Alma del lama Teshu, se desprendió de la Gran Alma con sacudidas, anhelos, y náuseas y sufrimientos que no pueden contarse. Como los huevos del pez, como el pez del agua, como el agua de la nube, como la nube del aire denso, así brotó, así saltó, así se alejó, así se desprendió el Alma del lama Teshu de la Gran Alma. Entonces una voz gritó: «¡El Río! ¡Dirígete al Río!», y miré hacia el mundo, que, como he dicho antes, era todo y uno en el tiempo y en el espacio, y vi claramente que a mis pies corría el Río de la Flecha. En aquel momento mi Alma encontró el obstáculo de algún mal o algo parecido del que no estaba completamente limpia y que descansaba sobre mis brazos y se enroscaba alrededor de mi cintura; pero conseguí rechazarlo y me precipité, como un águila en su vuelo, al lugar donde se encontraba el Río. Y así, por tu salvación, fui apartando mundo tras mundo. Yo vi debajo de mí el Río, el Río de la Flecha, y descendí hacia él, y sus aguas me cubrieron; y de este modo me encontré de nuevo en el cuerpo del lama Teshu, pero libre de pecado, y el hakim de Dacca me sostenía la cabeza sobre las aguas del Río. ¡Está aquí! ¡Está detrás del bosquecillo de mangos…, aquí mismo!
—¡Allah Kerim! ¡Menos mal que el babú estaba allí a tu lado! ¿Te mojaste mucho?
—¿Quién se preocupa de semejante cosa? Recuerdo que el hakim cuidaba del cuerpo del lama Teshu. Lo sacó con sus propias manos del agua sagrada, y después vino tu tratante del norte con unas angarillas y varios hombres, y pusieron el cuerpo en ellas y lo llevaron a casa de la sahiba.
—¿Qué dijo la sahiba?
—Yo meditaba entonces metido dentro de aquel cuerpo y no oí nada. De manera que la Búsqueda ha terminado. Por el mérito que yo he adquirido, el Río de la Flecha está aquí. Y brotó ante nuestros pies como te he dicho. Yo lo he encontrado. Hijo de mi Alma, yo he apartado a mi Alma del Umbral de la Liberación para librarte a ti de todo pecado… para que seas, como yo, libre e inmaculado. ¡Justa es la Rueda! ¡Nuestra salvación es segura! ¡Ven!
Y cruzando las manos sobre el regazo, sonrió como puede hacerlo un hombre que ha ganado la salvación para él y para el ser querido.


Glosario de términos Hindúes

afridi: pueblo afgano.
ají: pimiento muy picante.
¡Allah Kerim!: ¡Alá sea alabado!
anna: moneda. Es la dieciseisava parte de una rupia.
aka: tribu belicosa de las montañas.
akali: secta de los sijs.
arhat: santo budista.
asplan: un tipo de droga.
babú: indios con educación inglesa; es también un tratamiento.
babuyi: diminutivo afectivo de babú.
balti: musulmán de Baltistán en Cachemira.
betah: miembro de una tribu himalaya.
bhang: hachís, marihuana.
bhoosa: caña cortada para pienso.
Bhotiyal: Tíbet.
Miriam: Virgen María.
brahmán: miembro de la casta sacerdotal más elevada.
Buktanoos: espíritu mahometano temible.
but: espíritu.
but-parast: idólatra.
caravasar: posada destinada a las caravanas, con un enorme patio interior.
changar: ferroviarios.
¿Choor? ¿Mallum?: ¿Ladrón? ¿Me oyes?
chumar: curtidor de piel perteneciente a la casta baja.
cipayo: soldado indio al servicio de Gran Bretaña.
cowrie: conchas pequeñas y blancas que se usaban como moneda.
culí: trabajador no cualificado que, en la India o China, realiza las faenas más penosas y mal pagadas.
culís beegar: los sujetos a trabajos forzados por un señor.
curry: especia compuesta de jengibre, clavo, azafrán, etc., utilizada para cocinar varios platos (arroz, pollo…).
dewas: divinidades, ángeles.
dhow: barco de velas latinas empleado en las costas de la India.
doab: franja de tierra entre dos ríos, el Ganges y el Jumma.
duli: litera hecha de bambú.
Eblis: príncipe de los demonios, según la creencia musulmana.
ekka: carruaje de dos ruedas, tirado por un caballo.
estupa: monumento funerario destinado a guardar las cenizas de los grandes maestros.
faquir: santón mahometano o hindú que vive de la limosna y de la mendicidad.
ferashes: mensajeros, sirvientes.
ghi: manteca clara de leche de búfala.
gurú: religioso o director espiritual.
haj: la peregrinación a la Meca.
hakim: médico.
hayyi: título que se da al musulmán que ha hecho la peregrinación a la Meca.
hing: jugo de la planta asafétida.
hundi: pagaré.
jat: o kamboh, etnia del Panjab que se dedica a la agricultura.
kabarri: trapería, tienda de trastos y objetos usados.
kafir: para los musulmanes, infiel.
kamboh: casta de campesinos del Panjab.
kayeth: casta de escribientes.
khalsa: otra denominación para los sijs. Significa «los puros».
khandas: espadas.
khud: precipicio. kos: unos 3,2 km.
kilta: zurrón, cesto cónico que se lleva a la espalda, con una tira de piel alrededor de la frente del que lo lleva.
kismet: sino, destino.
kuttars: dagas.
laj: cien mil.
lala: tratamiento de respeto para un hindú.
lama: sacerdote budista del Tíbet.
madrasa: colegio.
maharajá: príncipe indio.
maharani: esposa de un príncipe indio.
mahratta: raza muy poderosa de la India central.
mali: jardinero.
marjor: cabra salvaje del Tíbet. Los machos tienen gran cornamenta y larga crin.
metheeranees: barrendera.
mian: tratamiento de respeto para un musulmán.
mullah: lector del Corán, doctor de la ley musulmana.
murasla: la credencial del Rey, el documento.
mynah: pájaro (el estornino).
naik: cabo.
naikan: cortesana, prostituta.
Narain: nombre propio utilizado como exclamación en hindi.
Nibban: el nirvana.
noi-kol: pequeña calabaza. od: casta baja de barrenderos.
oswal: casta de contables y prestamistas.
padma: loto rosa, símbolo del nacimiento espiritual.
pahareen: montañesa.
paísa: moneda de cobre, equivalente a la cuarta parte del anna. Un rupia tiene 64 paísas (aunque, desde 1957, tiene 100 paísas).
pali: lengua sagrada de los budistas.
pan: o pan-supari, es un masticatorio de sabor acre, preparado con hojas de betel y nuez.
pandit: sabio.
paraos: los lugares de descanso en las carreteras.
parsi: etnia originaria de Persia.
pashto: la lengua de afganos y pathanes.
pathan: habitante de una zona entre Afganistán y el Panjab, de religión musulmana.
pukka: verdadero.
pulton: regimiento.
rajá: soberano, rey.
rél: el tren.
resaldar: capitán de caballería nativo.
rickshaw: carruaje ligero de dos ruedas, tirado por hombres -los jhampanis-, muy usado en el Oriente.
ruth: carromato.
rupia: unidad monetaria de la India.
sadhu: asceta brahmánico de poca categoría, en parte mendigo y en parte charlatán.
sahib: tratamiento que se da en la India a los europeos («señor»).
Saitán: en término musulmán, Satán, el diablo.
salaam: fórmula árabe de saludo.
salep: droga obtenida de la raíz de la orquídea.
samovar: aparato de metal -cobre, generalmente- que sirve para obtener y conservar el agua hirviendo, sobre todo para la preparación del té.
sansi: casta de «intocables» que come perros.
serow: antílope asiático.
shabash: ¡Bien hecho! shikarri: cazador.
shikast: letras mayúsculas sin ligar.
shraddha: ofrenda a un dios para conmemorar a un difunto.
sij: secta del Panjab que une el induismo y el islamismo.
siná: tipo de droga.
Sirkar: término persa que designa al Gobierno de la India; es también el gobernador.
sitar: es como un laúd, el instrumento indio con cuerdas y brazo largo.
sunní: musulmán ortodoxo, por oposición a la secta shiah, a la que pertenecen los habitantes de Tirah.
tarkeean: un tipo de curry (mezcla de especias).
takkus: peaje.
ticca-garri: carruaje de alquiler.
tonga: carruaje ligero de dos ruedas.
urya: casta de campesinas de Orissa.
urdú: una variante de la familia de las lenguas hindis.
vihara: monasterio budista.
wallahs: superintendentes de policías.
yak: toro doméstico del Tíbet.
yogui: asceta hindú que practica el yoga.
zemindars: terratenientes.
zenanas: habitaciones donde están encerradas las mujeres hindúes. Como el serrallo de los musulmanes.

Notas

[1]hayyi: título respetuoso que se da a los mahometanos que han peregrinado a la Meca.
[2]babú: caballero o funcionario hindú, de ordinario con cierta formación inglesa.
[3]indostaní: lengua indoaria, considerada la más usual en la India antes de la independencia. Existen dos formas literarias bien diferenciadas: el urdu, que se escribe con alfabeto árabe y amplía su vocabulario con el persa, y el hindi, que se escribe con un alfabeto derivado del devanagari y amplía su vocabulario con el sánscrito.
[4]nol-kol: pequeña calabaza
[5]hundi: pagaré o documento similar.
[6]bhang: hachis o marihuana.
[7]anglesi: inglés
[8]Sociedad Real: The Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, una de las sociedades científicas más antiguas del mundo, y desde luego la más antigua del Imperio Británico, se fundó en 1660. La palabra "natural" se utiliza en deliberada oposición a "sobrenatural", ya que el fin de la Sociedad es, al menos en parte, oponerse a la adivinación y la brujería.
[9]FRS: Fellow of the Royal Society, miembro de la Sociedad Real.
[10]Proverbios, 31, 1-9.
[11]En inglés, la palabra prisa (hurry) se pronuncia prácticamente igual que Hurree, el nombre de pila del babu.