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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Bébase Entero: Contra La Locura De Masas (Ray Bradbury)


Era una de esas noches tan rematadamente calurosas en que estás rumbado y sin saber qué hacer hasta las dos de la madrugada, luego te levantas dando tumbos, te remojas con tu fermentado sudor y bajas tambaleante al gran horno del metro donde aúllan trenes perdidos.

sábado, 31 de mayo de 2014

El Flautista (Ray Bradbury)


- ¡Ahí está!, ¡Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! - cloqueó el viejo, señalando con un calloso
dedo -. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!
El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el
suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil
el flautista.
- ¿Y por qué hace esto? - preguntó.
- ¿Qué? - el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas -.
Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el
anochecer hasta el alba.
El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en
las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego
aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una
voz aguda.
El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las
lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el
tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista... una silueta...
un símbolo... una melodía.
- ¿De dónde viene el flautista? - preguntó el muchacho.
- De Venus - dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó -. ¡Oh!, hace más de
veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la
misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.
- ¿Cómo se llama? - la voz del muchacho era infantil, curiosa.
- No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.
Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar
ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte
tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se
arrastraban, se arrastraban.
- Marte es un mundo que se muere - dijo el viejo -. Ya no ocurre nada importante
aquí. Creo que el flautista es un exiliado.
Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la
música.
- Un exiliado - prosiguió el viejo -. Un poco como un leproso. Le llamaban el
Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusiana hasta que llegaron los
terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo
declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.
- Marte es un mundo que se muere - repitió el chiquillo -. Un mundo que se muere.
¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?
El viejo dejó oír una risita.
- Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida,
muchacho. Pero hay muchos millones más.
- ¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.
- Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.
- ¿Dónde viven?
- Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares
muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza
notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin
inteligencia, bestias crueles.
- ¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? - Los ojos del muchacho estaban
clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.
- Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las
cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí,
siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja.
Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas,
encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes
máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra
vida de las venas minerales.
- ¿Y eso es todo?
- Eso es todo - el viejo agitó tristemente la cabeza -. Ni cultura, ni arte, sólo los
terrestres ávidos y desesperados.
- Y las otras dos ciudades... dónde están?
- Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está
mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.
- Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos - la cabeza del muchacho
estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo -. No me gustan los hombres de
la Tierra. Son unos expoliadores.
- Siempre lo han sido - dijo el viejo -. Pero algún día hallarán su castigo. Han
blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo
hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y
lentos. Un día... - su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.
Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música
estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que
llamaba a realizar el destino del hombre.
Flautista de loca mirada, desde tu colina,
tú que cantas y te lamentas:
¡Llama a los seres salvajes a su venganza,
bajo las lunas de Marte agonizante!
- ¿Qué es esto? - preguntó el muchacho.
- Un poema - dijo el viejo -. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que
muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más
insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año,
pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las
noches del otoño.
- «Llama a los seres salvajes...» - el muchacho se envaró. - ¿Qué salvajes?
- ¡Ahí! ¡mira!
A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo
de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.
¡Flautista, vuelve a tocar!
Entonces el flautista tocó,
y las lágrimas acudieron a mis ojos.
- ¿Es también el mismo poema? - preguntó el muchacho.
- No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en
la escuela.
- La música es extraña - los ojos del muchacho brillaban -. Despierta algo dentro de
mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?
- Porque es una música que tiene una finalidad.
- ¿Cuál?
- Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas...
inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios
conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de
odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos
años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un
murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las
criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera
vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las
carreteras, hasta las ciudades de los hombres.
La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque
macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus
inmutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos
metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta
envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los
tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.
- Ve al interior - dijo el viejo -. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del
nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta
es la muerte para los hombres de la Tierra. - Y luego, más alto, cada vez más alto -: ¡La
muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar
sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres... ¡en ruta hacia la Tierra!
¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los
hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! - Y más agudo, más rápido,
más alto, con un ritmo demencial -: El flautista... el Cerebro... el que ha sabido esperar
noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización
en toda su glorias ¡El regreso del arte entre los seres vivos!
- Pero se trata de salvajes - protestó el muchacho -, de marcianos impuros.
- Los hombres son salvajes - dijo el viejo, temblorosamente -. Siento vergüenza de
ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La
música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el
odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es
inmortal!
Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se
apretujaba murmurando en la carretera.
El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina,
avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.
- ¡Flautista, vuelve a tocar! - gritó el viejo -. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo!
¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! - Y luego -:
¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes de que lleguen!
- ¡Apresúrate!
Y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y
permaneció oculto allí toda la noche.
Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva humanidad avanzaba al asalto
de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. El canto del flautista. Las
estrellas se estremecían. Los vientos sé detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban.
Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo
una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrón de ébano, se sintió
llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles
surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de
terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los
hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!
¡Cohetes zigzagueando en el cielo!
Armas. Muerte.
Y finalmente, en el pálido grisor del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el
muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.
La voz del viejo le llegó como un eco:
- Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis
ojos!
Era el amanecer de un nuevo día.
FIN

El Dragón (Ray bradbury)


La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no
volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos
convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les
latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y
en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban
en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la
respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó
el fuego con la espada.
¡No, idiota, nos delatarás!
¡Qué importa! dijo el otro hombre. El dragón puede olernos a kilómetros de
distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los
caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de
plata de los estribos, suavemente, suavemente.
Ah... el segundo hombre suspiró. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios,
escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas
blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las
mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que
los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros,
pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como
fracasaremos también nosotros?
¡Suficiente, te digo!
¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año
estamos.
Novecientos años después de Navidad.
No, no murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el
pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían
cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún
en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí
estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece
en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos
ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón
mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que
usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles
negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del
horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.
El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en
una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni
hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas,
tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos
hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
Mira... murmuró el primer hombre. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un
monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se
acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de
pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los
caballos.
¡Señor!
Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en
los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos.
Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió
su carrera.
¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El
dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro
jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo,
gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un
sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
¿Viste? gritó una voz. ¿No te lo había dicho?
¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
¿Vas a detenerte?
Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.
Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de
fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos
sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un
humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire
quieto.

Cuento De Navidad (Ray Bradbury)


El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de
naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo
que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que
fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el
regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito
con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante
para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando
estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-- )Qué haremos?
-- Nada, )qué podemos hacer?
-- (Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el
padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos. pálido y silencioso.
-- Ya se me ocurrirá algo --dijo el padre.
-- )Qué...? --preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de
fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar
donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros
durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea
según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
-- Quiero mirar por el ojo de buey.
-- Todavía no --dijo el padre--. Más tarde.
-- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-- Espera un poco --dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la
fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había
tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba
resultado, haría que el viaje sería feliz y maravilloso.
-- Hijo mío --dijo--, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo
olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-- Sí, ya lo sé. )Tendré un regalo? )tendré un árbol? Me lo prometisteis.
-- Sí, sí. todo eso y mucho más --dijo el padre.
-- Pero... --empezó a decir la madre.
-- Sí --dijo el padre--. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un
momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-- Ya es casi la hora.
-- )Puedo tener un reloj? --preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo
arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-- (Navidad! (Ya es Navidad! )Dónde está mi regalo?
-- Ven, vamos a verlo --dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los
seguía.
-- No entiendo.
-- Ya lo entenderás --dijo el padre--. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó
tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde
la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-- Entra, hijo.
-- Está oscuro.
-- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro.
Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro
y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. el niño se
quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el
espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a
cantar.
-- Feliz Navidad, hijo --dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzo lentamente y aplastó
la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente
mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil
millones de maravillosas velas blancas.