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miércoles, 23 de julio de 2014

Primavera Sagrada (Rainer Maria Rilke)



"¡Nuestro Señor recibe extraños huéspedes!" Tal era la exclamación favorita del estudiante Vicente Víctor Karsky, y la profería en toda ocasión, oportuna o no, con cierto aire de superioridad, que provenía quizá de que se encontraba a sí mismo en el número de esos "extraños huéspedes". Desde hacía largo tiempo sus compañeros le tenían, en efecto, por un original. Lo estimaban por su cordialidad, bien que ella frisara a menudo en el sentimentalismo, compartían su humor alegre, y lo dejaban sólo cuando estaba triste. Por lo demás, soportaban y perdonaban gustosamente su "superioridad".
Esta superioridad de Vicente Víctor Karsky consistía en que hallaba para todas sus empresas logradas o abandonadas, denominaciones soberbias. Y sin vanagloria, con la seguridad de hombre maduro, agregaba sus actos uno al otro, como se construye un muro de piedra sin defecto, capaz de desafiar los siglos.
Después de una buena comida, hablaba gustosamente de literatura, sin pronunciar jamás una palabra de blasfemia o de crítica, pero limitándose, por el contrario, a honrar con una adhesión más o menos íntima, las obras que aceptaba. Profería así sanciones definitivas. En cuanto a los libros que le parecían malos, no tenía costumbre de leerlos hasta el fin, y sencillamente no hablaba de ellos, aunque gozaran del favor general.
Por otra parte, no afectaba ninguna reserva hacia sus amigos, relataba con una amable franqueza todo lo que le acontecía, hasta los hechos más íntimos, y aguantaba buenamente que lo interrogaran sobre sus tentativas de "elevar hasta él" a pequeños proletarios. Era, en efecto un rumor que corría acerca de Vicente Víctor Karsky. Sus ojos azules profundos y su voz acariciadora debían contribuir a sus éxitos. Parecía, en todo caso, decidido a aumentar sin cesar el número de aquéllos, y convertía con un celo de fundador de religión, innumerables muchachitas a su teoría de la felicidad. Ocurría, ciertas noches, que uno de sus camaradas lo encontrase, en el ejercicio de su sacerdocio, conduciendo ligeramente por el brazo una compañera morena o rubia. De ordinario, la pequeña reía con todo el rostro, en tanto Karsky hacía un gesto de los más serios, que parecía significar: "¡Infatigable al servicio de la humanidad!" Pero cuando se contaba que tal o cual miembro de la gentil pandilla era "atrapado" y se veía constreñido a casarse, nuestro profesor ambulante y aureolado de éxito encogía sus anchos hombros eslavos y dejaba caer con desdén: "¡Sí, sí-Nuestro Señor tiene extraños huéspedes!"-. Pero lo más extraño, en Vicente Victor Karsky, es que había algo en su vida de que ninguno de sus amigos más íntimos sabía nada. Se lo callaba a sí mismo; porque no había hallado nombre para eso; y sin embargo, pensaba en ello, en estío, cuando iba a la puesta del sol, solitario, por un camino blanco; o en invierno, cuando el viento giraba en la chimenea de su piecita, y densos montones de copos de nieve asaltaban sus ventanas, remendadas con papel pegado; o también en la pequeña sala crepuscular del albergue, en el seno del círculo de amigos. Entonces su vaso permanecía intacto. Contemplaba fijamente delante suyo, como deslumbrado, o como se mira un fuego lejano, y sus manos blancas se juntaban involuntariamente. Se hubiera dicho que le había llegado alguna plegaria, por azar, así como llegan la risa o el bostezo.
Cuando la primavera hace su entrada en una pequeña ciudad, ¡qué fiesta se organiza! Semejantes a los brotes en su reprimida premura, los niños de cabezas de oro se empujan afuera de las habitaciones de aire pesado, y se van remolineando por la campiña, como llevados por el alocado viento tibio que tironea sus cabellos y sus delantales y arroja sobre ellos las primeras florescencias de los cerezos. Gozosos como si volvieran a encontrar, después de una larga enfermedad, un viejo juguete del cual hubieran estado mucho tiempo privados, reconocen todas las cosas, saludan a cada árbol, a cada breña, y se hacen contar por los arroyos jubilosos lo acaecido durante todo ese tiempo. Qué enajenamiento correr a través de la primera pradera verde, que cosquillea tímida y tiernamente los pequeños pies desnudos, brincar en persecución de las primeras mariposas
que huyen en grandes zig-zags enloquecidos por encima de las magras breñas de saúco y se pierden en el infinito azul pálido. Doquiera la vida se agita. Bajo el sobradillo, sobre los hilos telegráficos que rojean, y hasta sobre el campanario, muy cerca de la vieja campana gruñona, las golondrinas realizan sus citas. Los niños miran con sus grandes ojos asombrados los pájaros migradores que vuelven a hallar su amado viejo nido; y el padre retira de los rosales sus mantos de paja, y la madre, de pequeñas impaciencias, sus calientes franelas.
Los viejos también trasponen su umbral con paso temeroso, se frotan las manos arrugadas, parpadean en la luz chorreante. Se llaman el uno al otro: "¡pequeño viejo!", y no quieren dejar de ver que están conmovidos y dichosos. Pero sus ojos los traicionan, y ambos agradecen en su corazón: ¡todavía una primavera !
En un día semejante, pasearse sin una flor en la mano es un pecado, pensaba el estudiante Karsky. Por eso blandía una rama perfumada, como si le hubieran encargado hacer propaganda a la primavera. Con paso liviano y rápido, como para huir lo más pronto del aire frío del ancho pórtico obscuro, iba a lo largo de la vieja calle gris de casas con tejado, saludando al posadero sonriente y obeso que se hacía el importante delante de la ancha entrada de su establecimiento, y a los niños que, sobre el mediodía, se lanzaban fuera de la estrecha sala de la escuela. Iban primero juiciosamente, de a dos, pero a veinte pasos de la salida el enjambre reventaba en innúmeras parcelas, y el estudiante pensaba en esos cohetes que, muy alto en el cielo, se resuelven en estrellas y en bolas de luces. Con una sonrisa en los labios y un canto en el alma, se apresuraba hacia ese barrio exterior de la pequeña ciudad donde se avecinaban casas de apariencia campesina y confortable, y villas nuevas rodeadas de jardincillos. Delante de una de las últimas casas admiró una olmeda sobre cuyos ramajes corría ya un estremecimiento de verdor, como un presentimiento del esplendor próximo. Dos cerezos florecidos hacían de la entrada un arco de triunfo, en honor de la primavera, y las flores rosa pálido inscribían allí una luminosa bienvenida.
De pronto Karsky se detuvo, como herido de estupor: en medio de la floración, veía dos ojos azules profundos, que soñaban, perdidos en la lejanía, con una beatitud tranquila y voluptuosa. Al principio sólo advirtió esos dos ojos, y fue como si el cielo mismo lo mirara a través de los arboles en flor. Se acercó, maravillado. Una pálida muchacha rubia estaba acurrucada en un sillón; sus blancas manos que parecían asir algo invisible se levantaban claras y transparentes por encima de una manta de verde obscuro, que envolvía sus rodillas y sus pies. Sus labios eran de un rojo tierno de flor apenas despuntada, y una leve sonrisa los asoleaba. Así sonríe el niño dormido, la noche de Navidad, con su nuevo juguete apretado entre los brazos. El rostro pálido y transfigurado era tan bello que el estudiante recordó de pronto viejos cuentos en los cuales desde hacía mucho, mucho tiempo. no había pensado más. Y se detuvo, involuntariamente, como se hubiera detenido ante una madona al borde del camino, invadido por ese sentimiento de gran reconocimiento solar y de íntima fidelidad que sumerge a veces a aquél que
ha olvidado la plegaria. Entonces su mirada encontró la de la muchacha. Se contemplaron, los ojos en los ojos, con una comprensión dichosa. Y con un gesto semi-inconsciente, el estudiante arrojó por encima de la cerca la joven rama florida que tenía en la mano, y que vino a posarse con un dulce estremecimiento en el regazo de la pálida niña. Las blancas y delgadas manos asieron con tierna prisa la flecha fragante, y Karsky recibió el luminoso agredicimiento de los ojos mágicos, no sin una medrosa voluptuosidad. Luego se fue a través de los campos. Solamente volvió a encontrarse en espacio libre, bajo el alto cielo solemne y silencioso, advirtió que cantaba. Era una canción antigua, feliz.
A menudo he deseado-pensaba el estudiante Vicente Víctor Karsky-haber estado enfermo durante todo un largo invierno, y regresar lentamente, poco a poco, a la vida, con la primavera. Estar sentado ante mi puerta, llenos de asombro los ojos, conmovido por un agradecimiento infantil hacia el sol y la existencia. Y todo el mundo, entonces, se muestra muy gentil y amistoso, la madre viene a cada momento para besar la frente del convaleciente, y sus hermanas juegan alrededor de él y cantan hasta el crepúsculo. Pensaba en esas cosas porque la imagen de la rubia y enfermiza Elena volvía sin cesar a su recuerdo, tendida bajo los pesados cerezos en flor y soñando extraños sueños. A menudo abandonaba bruscamente su trabajo y corría hacia la silenciosa y pálida muchacha.
Dos seres que viven la misma dicha se encuentran rápidamente. La joven enferma y Víctor se embriagaban de aire fresco y perfumes primaverales, y sus almas resonaban con igual júbilo. Él se sentaba al lado de la rubia niña y le relataba mil historias, con su voz suave y acariciadora. Lo que decía entonces le parecía extraño y nuevo, y espiaba con arrobado asombro sus propias palabras puras y perfectas, como una revelación. Debía ser algo verdaderamente grande lo que anunciaba; porque la madre de Elena misma,-mujer de cabellos blancos y que debió oír muchas cosas en el mundo-lo escuchaba con frecuencia, discreta y pensativa, y había dicho cierta vez con una sonrisa imperceptible: "Deberíais ser poeta, señor Karsky".
Sin embargo, los compañeros meneaban la cabeza con aire cuidoso. Vicente Víctor Karsky sólo rara vez iba a su círculo; y cuando iba, callaba, no escuchaba sus chanzas ni sus preguntas, y se contentaba con sonreír misteriosamente, al resplandor de la lámpara, como si espiara un canto lejano y amado. No hablaba ni aún de literatura, no leía nada ya, y cuando se intentaba malhadadamente arrancarlo a su ensoñación, rezongaba con brusquedad: "¡Os lo ruego! ¡El Señor tiene verdaderamente huéspedes extraños!"
Todos los estudiantes estaban de acuerdo para estimar que el buen Karsky pertenecía ahora a la especie más extraña de esos "huéspedes". Ya no hacía sentir ni su virtuosa superioridad, y privaba a las muchachas de su humanitaria enseñanza. Era para todos un enigma. Cuando, de noche, se lo encontraba
por las calles, estaba solo, no miraba a derecha ni a izquierda, y parecía preocupado por disminuir el resplandor extrañamente dichoso de sus ojos, e ir a ocultarlo con la mayor prisa a su pequeña habitación solitaria, lejos del mundo.
-¡Qué hermoso nombre llevas, Elena!-susurraba Karsky, con voz circunspecta, como si confiara un misterio a la muchacha.
Elena sonreía:
-Mi tío me lo reprocha siempre. Piensa que sólo princesas o reinas debieran llamarse así.
-¡Pero tú también eres una reina! ¿No ves que llevas una corona de oro puro? Tus manos son como lirios, y creo que Dios debió decidirse a romper un poco de su cielo para hacer tus ojos.
-¡Sentimental!-decía la muchacha, con una mirada agradecida.
-¡Así es como quisiera poder pintarte!-suspiraba el estudiante. Luego callaban. Sus manos se juntaban involuntariamente, y tenían la sensación de que una forma descendía sobre ellos, llegada desde el jardín atento, dios o hada. Una espera dichosa colmaba sus almas. Sus ávidas miradas se encontraban como dos mariposas enamoradas, y se abrazaban.
Luego Karsky hablaba, y su voz era semejante al rumor lejano de los álamos:
-Todo esto es como un ensueño. Tú me has encantado. Con esa rama florida, yo mismo me he dado a ti. Todo está cambiado. Hay tanta luz en mí. Ya no sé lo que era antes. No siento más ningún dolor, ninguna inquietud, no, ni aún un deseo en mí. Así imagino siempre la beatitud, lo que está más allá de la tumba...
-¿Tienes miedo de morir?
-¿De morir? ¡Sí! Pero no a la muerte.
Elena llevó dulcemente su mano pálida a su frente. La sintió muy fría.
-Ven, entremos,-aconsejó él con ternura.
-No siento mucho frío, y la primavera es tan bella.
Elena pronunció estas palabras con una íntima nostalgia. Su voz tenía la resonancia de un canto.
Los cerezos ya no estaban en flor, y Elena se encontraba sentada un poco más lejos, en la sombra más densa y más fresca de la alameda. Vicente Víctor Karsky había ido a despedirse. Iba a pasar las vacaciones de estío al borde de un lago lejano, en el Salzkammergut, junto a sus viejos padres. Hablaban como siempre de cosas diversas, de ensueños y de recuerdos. Pero no pensaban en el porvenir. El rostro menudo de Elena estaba más pálido que de costumbre, sus ojos eran más grandes y más profundos, y sus manos temblaban a veces, débilmente, bajo la manta verde obscuro. Y cuando el estudiante se levantó y tomó esas dos manos entre las suyas, con precaución, como se toma un objeto frágil, Elena murmuró:
-¡ Bésame !
El joven se inclinó y rozó con sus labios fríos y sin deseo la frente y la boca de la enferma. Como una bendición, bebió el cálido perfume de esa casta
boca, y en ese instante le volvió un recuerdo de su lejana infancia: su madre levantándolo hacia una madona milagrosa. Se fue entonces, fortificado, sin dolor, por la olmeda crepuscular. Se dio vuelta una vez aún, hizo una señal a la niña que lo contemplaba con una sonrisa lasa; luego le arrojó una tierna rosa por encima de la cerca. Elena tendió la mano para asirla, con una pasión dichosa. Pero la flor roja cayó a sus pies. La joven enferma se inclinó con esfuerzo, tomó la rosa entre sus manos unidas y apretón sus labios sobre sus tiernos pétalos sedos.
Karsky no había visto nada.
Con las manos juntas, marchaba entre el resplandor del estío.
Cuando estuvo en su habitación silenciosa, se echó en su viejo sillón y contempló, afuera, el sol. Las moscas bordoneaban detrás de las cortinas de tul, una tierna yema había brotado en el alféizar de la ventana. Y de súbito sobrevino en el espíritu del estudiante la idea de que ella no le había dicho hasta luego.
Quemado por el sol, Vicente Víctor Karsky había regresado de sus vacaciones. Marchaba con paso maquinal por las calles de viejas casas de tejado, sin ver los frontispicios que la luz otoñal volvía violáceos. Era la primera vez que tomaba ese camino desde su retorno, y sin embargo se hubiera dicho que era su trayecto cotidiano. Traspuso la alta verja del apacible cementerio y, aún allí, prosiguió su camino entre los montículos de tierra y las bóvedas como si estuviera seguro de su propósito. Se detuvo delante de una tumba cubierta de césped, y leyó sobre la sencilla cruz: Elena. Había sentido que allí era adonde debía ir para encontrarla nuevamente. Una sonrisa de dolor tembló en la comisura de sus labios.
Repentinamente, pensó:-¡Qué avara ha sido su madre! Sobre la tumba de la muchacha, entre marchitas rosas, no había más que una corona de alambre y de flores de mal gusto. El estudiante fue a buscar algunas rosas, se arrodilló, y recubrió el mezquino alambre con frescos pétalos, hasta que no se vio ya el metal. Luego, se fue, con el corazón claro como ese anochecer rojo de precoz otoño, solemnemente expandido sobre los techos.
Una hora más tarde, Karski estaba sentado a la mesa del círculo. Sus viejos compañeros se apretaban alrededor de él, y para responder a su bullanguero deseo, relató su viaje de estío. Hablando de sus correrías por los Alpes, volvía a encontrar su antigua superioridad. Bebían sus palabras.
-Dinos, pues, -expresó uno de los amigos- ¿qué tenías antes de las vacaciones? Estabas... cómo decirlo... Vamos, anda, ¡sácanos de esto!
Vicente Víctor Karsky replicó, con una sonrisa distraída:
-¡Ah! ¡Nuestro Señor! . . .
-¡Tiene extraños huéspedes!...-completaron a coro los amigos-. ¡Lo sabíamos ya !
Después de algunos momentos, como nadie esperaba respuesta, agregó, con mucha seriedad:
-Creedme, todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros.
Todos estaban tendidos hacia él, como si esperaran algo más. Pero Karsky calló, brillándole los ojos.
Nadie lo había comprendido, y sin embargo sobre todos ellos flotaba como un encanto misterioso. Hasta que el más joven vació su vaso de un trago, dejándolo ruidosamente sobre la mesa y exclamando:
-¡Creo que os ponéis sentimentales, niños! ¡De pie! Os invito a todos a mi casa. Es más confortable que esta sala de albergue, y además tal vez lleguen algunas muchachas. ¿Vienes tú también?-dijo, vuelto hacia Karsky.
-¡Naturalmente! dijo gayamente Vicente Víctor, y vació con lentitud su vaso.

La Criada De La Señora Blaha (Rainer Maria Rilke)



Cada verano, la señora Blaha, casada con un pequeño funcionario del ferrocarril de Turnau, Wenzel Blaha, viajaba por varias semanas a su lugar de nacimiento. Esta aldea, pobre e insignificante, se halla en la llana y pantanosa Bohemia, cerca de Nimburg. Cuando la señora Blaha, que ahora ya se sentía persona de ciudad, vio de nuevo las míseras casuchas, consideró que podía hacer una buena obra. Entró en la vivienda de una campesina conocida, de la que sabía tenía una hija, y le propuso llevarse a la chica como criada. Le pagaría un modesto salario y, además, la joven tendría la ventaja
de estar en la ciudad y aprender unas cuantas cosas. (En realidad, ni la propia señora Blaha sabía qué podría aprender.) La campesina habló del asunto con su marido, que parpadeaba continuamente y, de momento, se limitó a escupir al suelo. Pero al cabo de media hora volvió a la habitación y preguntó:
- ¿Y ya sabe la señora que Anna es...?
Dijo esto a la vez que su arrugada y morena mano se agitaba por delante de su frente como una marchita hoja de castaño.
- ¡Tonto! -le cortó la mujer-. No seremos nosotros quienes...
Así fue como Anna fue a parar a casa de los Blaha, donde solía pasear sola todo el día. Wenzel Blaha estaba en la oficina, la mujer iba a coser a domicilio, y no había niños que cuidar.
Anna se sentaba en la pequeña y oscura cocina, cuya ventana daba a un patio, y esperaba a que pasara el organillero, cosa que siempre sucedía poco antes de anochecer. Entonces, la chica se apoyaba en el alféizar, muy asomada, de modo que el aire agitaba sus pálidos cabellos, y se ponía a bailar interiormente hasta sentir mareo y
tener la impresión de que las altas y sucias paredes se inclinaban una contra otra. Al final, Anna se asustaba y descendía todas las lóbregas y mugrientas escaleras de la casa hasta la humosa taberna del callejón, donde, de cuando en cuando, alguien cantaba en la primera frase de la embriaguez. Por el camino se veía rodeada de chiquillos que, sin que nadie los echara de menos, vagaban días enteros por los patios. Cosa curiosa, aquellos niños siempre le pedían que les contase historias. A veces la seguían hasta la cocina. Pero entonces, Anna se acomodaba junto al fogón, se cubría la pálida y vacía cara con las manos y decía:
- Dejadme pensar.
Los pequeños esperaban un rato con paciencia. Pero si Annuschaka seguía pensativa y en la oscura cocina se hacía un silencio demasiad
o largo, se marchaban sin llegar a ver que la joven comenzaba a llorar y gemir quedamente, presa de una terrible añoranza que la hacía sentirse perdida e insignificante. Ni ella misma sabía exactamente qué extrañaba. Quizás, incluso, los azotes. Pero en general era la añoranza de algo impreciso, ocurrido en algún momento o tal vez sólo soñado. Sin embargo, y de tanto como los niños la hacían pensar, poco a poco hizo memoria. Primero, de una cosa roja, roja, y luego de una gran muchedumbre. Por último recordó el sonido de una campana, que tocaba muy fuerte, y... un rey, un campesino y una torre...
«Mi querido rey», dijo el campesino.
«Sí -contestó el rey con voz muy orgullosa-. Ya lo sé»
¡Claro! ¿Cómo no iba a saber el rey todo lo que fuese a decirle un campesino?
Poco tiempo después, la señora llevó consigo de compras a la chica. Dado que se acercaba la Navidad y ya había anochecido, los escaparates estaban muy iluminados y llenos de cosas maravillosas. Fue en una tienda de juguetes donde, de repente, Anna descubrió lo que había recordado. El rey, el campesino, la torre... A la joven le pareció que se oían más los latidos de su corazón que sus pasos. Apartó rápidamente la vista y, sin detenerse ni un instante, continuó el camino junto a la señora Blaha. Tenía la sensación de que no debía revelar nada. Y así, el pequeño teatro de títeres quedó atrás, sin que nadie le hiciera caso. La señora Blaha, que no era madre, ni siquiera se había fijado en él.
No tardó en llegar el domingo libre de Anna, que no regresó aquella noche. Un hombre al que ya viera alguna vez en la taberna la llevó consigo, y ella no se acordaba luego de adónde habían ido. Le parecía haber estado un año entero fuera de casa. Cuando el lunes a primera hora entró en la cocina, todo resultaba aún más frío y gris que de costumbre. Aquel día, Anna rompió una sopera y recibió una áspera bronca. La señora no llegó a darse cuenta de que la muchacha había pasado la noche fuera, cosa que Anna repitió otras tres veces, hasta Año Nuevo. Entonces dejó de moverse por la casa, cerraba miedosa la puerta y, aunque el organillero tocase en la calle, no siempre se asomaba.
Transcurrió el invierno y dio comienzo una paliducha y vacilante primavera. Es ésta una estación especial en los patios interiores. Las casas están negras y húmedas y el aire se ve descolorido, como la ropa lavada con mucha frecuencia. El brillo parece contraer las ventanas mal limpiadas, y diversos desperdicios de poco peso danzan en el viento al pasar por delante de los pisos. Los ruidos de toda la casa son más perceptibles. La vajilla produce un sonido más claro y agudo, y hasta los cuchillos y las cucharas hacían un ruido distinto.
En esa época tuvo Annuschka una niña, que le llegó del todo inesperada. Llevaba varias semanas sintiéndose gorda y pesada cuando, una mañana, la criatura quiso salir y, de pronto, estuvo en el mundo. Sabría Dios de dónde venía. Era domingo, y el matrimonio Blaha aún dormía. Anna contempló a su hija durante un rato, sin que su rostro reflejara ninguna emoción. La niña apenas se movía, hasta que, súbitamente, del pequeño pecho brotó una vocecilla muy penetrante. Al mismo tiempo llamó la señora Blaha, y en la alcoba crujió un lecho. A toda prisa, Anna agarró su delantal azul, colgado cerca de la cama, y con las tiras oprimió el dimintuo cuello, escondiendo luego todo el envoltorio azul en el fondo de su baúl. Se encaminó seguidamente a las habitaciones, descorrió las cortinas y se puso a preparar el café. Uno de aquellos días, Annuschka recibió el salario que hasta ahora le correspondía. Eran quince gulden. La muchacha cerró la puerta, abrió su baúl y colocó el pesado e inmóvil delantal azul sobre la mesa de la cocina. Abrió despacio el atadijo, miró la criatura y la midió de la cabeza a los pies con una cinta métrica. Después lo dejó todo como antes y salió de la casa. Pero...¡qué lástima! El rey, el campesino y la torre eran mucho más pequeños. No obstante los compró, y también otros muñecos. Por ejemplo, una princesa de redondos puntos rojos en las mejillas, un viejo, otro viejo que llevaba una cruz sobre el pecho y que, ya sólo por su gran barba, parecía Santa Claus, y luego dos o tres más, no tan bonitos e importantes.
Además, Anna, había adquirido un teatro cuyo telón subía y bajaba, con lo que el jardín que hacía de fondo aparecía y volvía a desaparecer.
Ahora, Annuschka tenía un remedio para la soledad. Olvidada quedó la nostalgia. Montó el precioso teatro (había costado doce gulden) y se situó detrás, como es debido. Pero a veces, cuando el telón estaba enrollado, corría hacia delante para contemplar el jardín, y toda la cocina desaparecía detrás de los altos y espléndidos árboles. Volvía luego a su sitio, sacaba dos o tres figuras y les hacía decir lo que se le antojaba. Nunca resultaba una función entera, pero sí había conversación y réplicas, y también podía suceder que, de pronto, dos polichinelas se inclinaran como asustados uno delante de otro. O que saludasen con una reverencia al anciano, que no podía hacerlo por ser totalmente de madera. Por eso, cada vez se desplomaba de agradecimiento.
Entre los chiquillos del barrio corrió la voz de los juegos de Annuschka y, a partir de entonces, primero con recelo y luego cada día con menos malicia, los niños se reunían en la cocina de los Blaha al anochecer y no perdían de vista a los polichinelas, que siempre decían lo mismo.
Una tarde, Annuschka anunció con las mejillas muy encendidas:
- ¡Pues aún tengo un muñeco mucho mayor!
Los niños temblaron de impaciencia. Pero Annuschka pareció olvidarse de aquello. Colocó todos sus polichinelas en el jardín de su teatro, apoyando en los bastidores laterales los que no
querían sostenerse en pie. Apareció también una especie de arlequín de cara grande y redonda, que los pequeños espectadores no recordaban haber visto antes. Cada vez más entusiasmados, los chiquillos pidieron que saliera aquel muñeco excepcional.Aunque sólo fuese una vez y por un momento.
- ¡Sí! ¡El muñeco grande...!
Annuschka se dirigió a su baúl. Niños y polichinelas estaban unos frente a otros, muy callados y, hasta cierto punto, parecidos. Pero los ojos desmesuradamente abiertos del arlequín, que parecían esperar algo espantoso, inspiraron de repente tal temor a los chiquillos, que sin más huyeron todos entre gritos.

La joven regresó con el voluminoso paquete azul en las manos. Súbitamente le temblaron las manos. ¡La cocina estaba tan silenciosa y vacía, sin los niños! Pero Annuschka no tenía miedo. Rió quedamente, volcó el teatro con los pies y pisoteó las diversas maderitas que habían formado el jardín. Y luego, cuando la cocina ya se hallaba totalmente a oscuras, partió la cabeza a todos los muñecos. También a aquel grande, azul.

La Fuga (Rainer Maria Rilke)


La iglesia estaba desierta.
Por encima del altar mayor, un rayo del sol poniente irrumpía en la nave central a través del vitral de color, ancho y simple como los antiguos maestros lo representan en la Anunciación, y reanimaba las tintas palidecidas del tapiz puesto sobre las gradas. El coro alto, con sus columnas barrocas de madera esculpida, cortaba a continuación la iglesia; la obscuridad se cerraba y las pequeñas lámparas eternas parpadeaban, más y más atrayentes, delante de los santos obscurecidos.
Al amparo del último y macizo pilar de piedra, reinaba una dulce penumbra. Allí estaban sentados ellos, y sobre ellos había un viejo cuadro representando el camino de la cruz. La pálida muchachita,
vestida con una saya amarilla se apelotonaba en el rincón más sombrío del negro y macizo banco de encina. La rosa que adornaba su sombrero rozaba la barbilla del ángel de madera, esculpido en el respaldo, y se hubiera dicho que lo hacía sonreír. Fritz, el colegial, tenía las dos manos finas de la muchachita, calzadas con guantes rotos, como se tiene una avecilla, con una dulce firmeza. Era dichoso y soñaba: van a cerrar la iglesia, no advertirán nuestra presencia y nos quedaremos solos. Ciertamente vienen espíritus aquí, durante la noche.
Se apretaban estrechamente el uno contra el otro, y Ana cuchicheó, inquieta: "¿No nos hemos demorado?".
Ambos tuvieron en el mismo instante el mismo pensamiento afligente: Ella se acordó de pronto de su sitio habitual, en la ventana, donde cosía cada día; desde allí descubría sólo un negro y horrible muro medianero y jamás recibía el menor rayo de sol. Él, entre tanto, volvía a ver su mesa de trabajo, cubierta de cuadernos del curso, y en la cima de una pila, abierto, el Symposion de Platón. Ambos miraban delante de ellos, y sus ojos siguieron la misma mosca que peregrinaba a lo largo de las ranuras y las runas del reclinatorio.
Se contemplaron en los ojos.
Ana suspiró.
Con un gesto tierno y protector, Fritz la abrazó y dijo: "¡Ah! si pudiéramos irnos!" Ana lo interrogó con la mirada y vio la nostalgia brillar en sus ojos. Bajó los párpados, enrojeció y lo oyó proseguir:
-Por otra parte, en general los detesto, detesto a todos. Me horroriza la manera cómo me miran cuando vuelvo de nuestras citas . ¡Nada máis que desconfianza y una alegría mezquina! Ya no soy un niño. Hoy o mañana, tan pronto como pueda ganarme la vida, nos iremos juntos, muy lejos de aquí. ¡Y a pesar de ellos!
"¿Me amas?"
La pálida criatura prestó oídos.
-Te adoro.
Y Fritz recogió la pregunta que iba a despuntar en sus labios.
-¿Me llevarás pronto?-inquirió la pequeña, vacilante.
El colegial se calló. Maquinalmente alzó los ojos, siguió con la mirada la arista de la maciza pilastra de piedra y leyó sobre la vieja estación: "Padre, perdonadlos . . . "
Indagó con impaciencia:
-¿Dudan de algo, en tu casa?
Apremió a la muchachita:
-Dí.
Suavemente, ella dijo que sí con la cabeza.
Él se encolerizó:
-Está bueno. Es justamente lo que pensaba. Al fin eso debía suceder. ¡Todas esas charlatanas! ¡Ah si pudiera!...
Hundió la cabeza entre sus manos.
Ana se apoyó en su hombro. Dijo con sencillez:
-No estés triste.
Se quedaron así.
De pronto el jovencito se irguió y dijo:
-¡Ven, marchémonos juntos!
Una sonrisa reprimida apareció en los bellos ojos de Ana que estaban llenos de lágrimas. Meneó la cabeza, pareciendo poseída de una profunda aflicción. Y el colegial retomó las pequeñas manos calzadas de guantes gastados. Miraba hacia la nave central. El
sol había desaparecido, los vitrales de color eran ya sólo manchas grises y amortecidas. La iglesia estaba silenciosa.
Luego hubo en la cima de la nave un piar. Ambos alzaron los ojos. Descubrieron una tierna golondrina extraviada que, revoloteando, desesperada, buscaba escapar.
***
Haciendo camino, el colegial se acordó de un deber de latín que había descuidado. Decidió trabajar a pesar de su repugnancia y su fatiga. Pero sin quererlo hizo una vuelta asaz larga y estuvo a punto de extraviarse vagando a través de las calles de la ciudad que sin embargo conocía muy bien. Era de noche cuando volvió a su pequeña habitación. Sobre los cuadernos de latín encontró una carta. La leyó a la luz indecisa de una bujía:
"Lo saben todo. Te escribo llorando. Papá me ha pegado. Es terrible. Ahora nunca más me dejarán salir sola. Tienes razón. Partamos. A América, adonde tú quieras. Iré mañana, a las seis, a la estación. Hay un tren que papá toma siempre para ir a cazar. ¿A dónde va? No lo sé. Me detengo, alguien viene.
"De modo que espérame. Está decidido, Mañana, a las seis. Tuya hasta la muerte.
Ana.
"Falsa alarma. No era nadie. ¿Adónde crees que podríamos ir? ¿Tienes dinero? Yo tengo ocho thalers. Envío esta carta con nuestra criada a la vuestra. Ahora, ya no estoy más intranquila.
"Creo que es tu tía María la que ha soltado la lengua.
"Nos habrá visto, entonces, el domingo último".
El colegial iba y venía en su habitación, a largos pasos resueltos. Sentíase como liberado. Su corazón latía violentamente. Se dijo de pronto: ¡ser un hombre! Ella tiene confianza en mí. Puedo protegerla. Sentíase muy dichoso y lo sabía: ella será toda mía. La sangre se le subía a la cabeza. Tuvo que volverse a sentar y se preguntó de súbito: ¿pero a dónde ir?
Era inútil, esa interrogante retornaba sin cesar. Intentó alejarla haciendo los preparativos para la partida. Lió un poco de ropa blanca, algunos trajes, y metió sus economía en su cartera negra. Estaba pletórico de ardor. Abrió inútilmente todos los cajones, tomó y volvió a colocar objetos, arrojó sus cuadernos a un rincón de la pieza y manifestó con un entusiasmo demostrativo a las cuatro paredes de su habitación: Desde aquí, cambio de programa. Esta es la partida decisiva.
Había pasado la medianoche cuando él estaba aún sentado en el borde de su lecho.
No pensaba en dormir. Acabó por tenderse completamente vestido, porque a fuerza de haberse inclinado, la espalda le causaba daño. Se preguntó todavía varias veces: ¿Adónde ir?-terminó por contestarse a sí mismo, en voz alta: "Cuando se ama de verdad . . . "
La péndola hacía tic-tac. Afuera pasó un carruaje, haciendo vibrar los cristales. La péndola, todavía sofocada de haber sonado los doce golpes de medianoche, dijo con pena: "Una hora". No pudo continuar.
Y Fritz la escuchó aún desde muy lejos. Soñaba: "Cuando se ama... de verdad..."
Pero a los primeros resplandores del alba, se estremeció,
sentado sobre la almohada, y se dio clara cuenta de que ya no amaba a Ana. Su cabeza estaba pesada. No amo más a Ana, se decía. ¿Era eso verdaderamente serio? ¿Querer marcharse a causa de unas bofetadas? ¿Y adónde ir? Se puso a reflexionar como si ella se lo hubiera confiado. ¿Adónde, pues, quería irse ella? A alguna parte, no importa adónde. Él se indignó: ¿Y yo? Naturalmente, tendría que abandonarlo todo, mis padres, y... todo. ¿Y después? ¿Y el porvenir? ¡Qué estúpida era esa Ana, qué fea! ¡Merecería ser castigada, si de verdad fuera capaz de eso !
¡Si ella fuera capaz de eso!
Cuando el claro sol de mayo invadió muy gayamente la habitación, él se dijo: No es posible que ella haya hablado seriamente. Se sintió tranquilizado y sintió ganas de quedarse en el lecho. Luego revolvió: Voy a ir a la estación para convencerme de que no vendrá.
Imaginaba ya la alegría que experimentaría si no venía.
Temblando con la frescura de la mañana, fatigadas las rodillas, fue a pie hasta la estación. La sala de espera estaba vacía.
Semi-inquieto, tranquilizado a medias, miró a su alrededor. Ninguna saya amarilla. Fritz respiró. Recorrió todos los pasillos y las salas. Viajeros mal despiertos e indiferentes, iban y venían; había mozos de cordel parados junto a las columnas; gentes humildes estaban sentadas entre sus bultos y sus cestas, en bancos polvorientos, en los nichos de las ventanas.
El portero gritó algunos nombres en una de las salas de espera y agitó una campanilla de sonido agudo. Luego repitió, más cerca, con una voz gangosa, los mismos nombres de estaciones, y recomenzó igual ejercicio en el andén, agitando cada vez su maldita campana. Fritz regresó sobre sus pasos y, con aire despreocupado, las manos en los bolsillos, volvió al hall central de la estación. Estaba satisfecho y se decía con un gesto de vencedor: Ninguna saya amarilla. Bien lo sabía.
Vuelto fanfarrón por el alivio, se acercó a la columna de los anuncios de horarios para saber por lo menos adónde iba ese fatal tren de las seis. Leyó maquinalmente los nombres de las estaciones, con la expresión de alguien que contemplara una escalera en la que hubiera estado a punto de caer.
De pronto, pasos presurosos resonaron en las losas. Alzando los ojos, Fritz tuvo apenas el tiempo de ver la saya amarilla y el sombrero adornado con una rosa desaparecer tras el portillo que se abría sobre el andén.
Fritz miró con ojos fijos desaparecer la muchacha.
De pronto se sintió; poseído de un espantoso miedo hacia esa pálida y frágil muchachita que quería jugar con la vida. Y como si hubiera temido que pudiera regresar sobre sus pasos, juntársele y obligarlo a partir con ella por el mundo desconocido, se echó a correr, huyó, cuan ligero pudo, sin darse vuelta, en dirección a la ciudad.

Primavera Sagrada (Rainer Maria Rilke)



"¡Nuestro Señor recibe extraños huéspedes!" Tal era la exclamación favorita del estudiante Vicente Víctor Karsky, y la profería en toda ocasión, oportuna o no, con cierto aire de superioridad, que provenía quizá de que se encontraba a sí mismo en el número de esos "extraños huéspedes". Desde hacía largo tiempo sus compañeros le tenían, en efecto, por un original. Lo estimaban por su cordialidad, bien que ella frisara a menudo en el sentimentalismo, compartían su humor alegre, y lo dejaban sólo cuando estaba triste. Por lo demás, soportaban y perdonaban gustosamente su "superioridad".
Esta superioridad de Vicente Víctor Karsky consistía en que hallaba para todas sus empresas logradas o abandonadas, denominaciones soberbias. Y sin vanagloria, con la seguridad de hombre maduro, agregaba sus actos uno al otro, como se construye un muro de piedra sin defecto, capaz de desafiar los siglos.
Después de una buena comida, hablaba gustosamente de literatura, sin pronunciar jamás una palabra de blasfemia o de crítica, pero limitándose, por el contrario, a honrar con una adhesión más o menos íntima, las obras que aceptaba. Profería así sanciones definitivas. En cuanto a los libros que le parecían malos, no tenía costumbre de leerlos hasta el fin, y sencillamente no hablaba de ellos, aunque gozaran del favor general.

Unidos (Rainer Maria Rilke)

Sophie sirvió té a su hijo. Su mano fina y elegante temblaba levemente. En silencio, el enfermo estaba sentado frente a ella en el sillón tapizado. Tan sólo sus manos blancas tenían vida propia, febril sobre los oscuros apoyabrazos del sillón. Sophie colocó sobre la mesa la tetera de plata que parecía recibir toda la luz crepuscular de la habitación y se pasó la mano por la cabeza blanca. Luego se sentó en el profundo sillón y, al moverse, su vestido de seda se estremeció. Con una tierna sonrisa, miró a su hijo. Y ahora no reparó en las mejillas pálidas del joven enfermo del corazón ni en el movimiento fugaz de los costados de su nariz, que era como el aleteo de una mariposa antes de morir; sólo sentía que él volvía a estar en casa después de muchos años y que ella podía posar sus manos llenas de amor no agotado sobre su frente y satisfacer con ojos asustados los deseos de sus miradas. Que había vuelto junto a ella a causa de su grave enfermedad era algo que había olvidado por completo. Agradecía a Dios el poder protegerlo y se contentaba con saber que él estaba ahora a salvo de los grandes y salvajes caminos de las tempestades y corrientes, y de poder cuidarlo en algún lugar en el que él carecía de voluntad propia y pertenecía por completo a su amor. Esa certeza iluminaba su cara con un resplandor silencioso y radiante. Los ojos grandes y sombríos de Gerhard parecían dirigirse al infinito y, sin embargo, acechar de cerca la ensoñada felicidad de los rasgos de su madre. Y su alma enferma y angustiada reflexionó sobre aquella sonrisa e intuyó sus profundidades. Él pensó: así es mi madre. Agradece a Dios que haya vuelto y, sin embargo, he vuelto para morir. Agradece a Dios que ya no me encuentre ningún peligro y la vida es el único peligro. Agradece a Dios por mí y por mi vida y no soy más que un fruto prematuramente seco. Así es mi madre. Las tazas de té entonaron una canción de plata y Sophie dijo en medio de sus sueños:

martes, 22 de julio de 2014

Kismet (Rainer Maria Rilke)



Ancho y pesado, Král el fuerte estaba sentado al borde del camino de tierra surcado de carriles.
Tjana se acurrucaba junto a él. Tenía apretado su rostro de niña entre sus manos morenas y
aguardaba, con los ojos muy abiertos, espiando en silencio. Ambos contemplaban el crepúsculo de
otoño. Delante de ellos, en el prado pálido y pobre, estaba parado el carromato verde; lanas
multicolores flotaban suavemente sobre su puerta. Un humo liviano y azulado se elevó de la angosta  chimenea de palastro y temblando se disipó  en  el  aire.  Más  lejos,  sobre las colinas que
parecían formar largas ondas rasas, el caballo de tiro fatigado parecía chapotear y ramoneaba a
cortas dentelladas rápidas el escaso retoño que quedaba. A veces se detenía, alzaba la cabeza y con  sus buenos ojos pacientes miraba el mismo crepúsculo en que se encendían y saludaban las ventanitas  del pueblo.
-Si -dijo Král, con un aire de salvaje resolución-. Es por tu causa que él está allí.
Tjana guardó silencio.
-Si no, ¿qué vendría a hacer aquí Prokopp?- agregó Král,  con enojo. Tjana encogió los hombros,
arrancó con un vivo gesto algunas largas briznas de una hierba plateada y, jovial, las tomó entre
sus dientes blancos y brillantes. Siempre silenciosa, parecía contar las luces del pueblo.
Se elevó el Ave María, allá lejos.

Tía Babette (Rainer Maria Rilke)


Tía Babette hizo otra profunda inspiración. El sol de la mañana guiñó,  como  un  nieto  díscolo,
a  través  de  las  cortinas  de  tul inundadas de blancos reflejos, cogió el rayo más largo,
rodeó, como con una pluma de oro, el blanco gorro de dormir y la frente muelle de la anciana, luego  se estremeció y vibró sin cesar alrededor de los  ojos,  de  los  labios  y  de  la  nariz hasta
que  la  tía  hizo  esa profunda inspiración y volvió tímidamente sus ojos enrojecidos y asombrados
hacia la ventana: ¡Ah!    Hizo un bostezo de bienestar y se estiró. A pesar del gesto perezoso,
había en el sonido de ese bostezo algo de resuelto y concluyente: se hubiera dicho el rasgo que se
trazara al pie de un trabajo acabado y logrado. ¡Ah. . . ! Volvió a cerrar los ojos y permaneció
tendida con la expresión de alguien que acaba de tragar una cucharada de café azucarado o de decir  una maldad que ha tocado. La pieza era clara y tranquila. El sol  precipitaba allí  más  y  más
rayos,  los  clavaba  como  dardos vibrantes en las claras maderas del piso, en los
resplandecientes veladores imperio, y algún trasgo se los devolvía, desde el fondo del espejo, en
plena cara.

La Risa de Pán Mraz (Rainer Maria Rilke)


La historia de Pán Václav Mráz exige este complemento:
No ha sido posible establecer a qué ocupación se dedicó el señor Mráz hasta sus cuarenta años de
edad. Por otra parte es indiferente. En todo caso no había derrochado el dinero, porque a
dicha edad había comprado el castillo y la propiedad de Vesin con todas sus dependencias a  su
propietario,  el  conde  de  Bubna- Bubna, que estaba endeudado hasta el pescuezo.
Las viejas doncellas que acogieron al nuevo castellano con blancos vestidos de muchacha ante la
portada del castillo, no os dirán que esto ocurrió hace veinte años. Pero ellas recuerdan, como si
el acontecimiento fuera ayer, que Pán Mráz escupió delante de él cuando se le tendió una gran garba de  rosas cortadas en el jardín del presbiterio. Por otra parte  fue por casualidad y sin malicia.
Al día siguiente, el nuevo amo recorrió todas las piezas del antiguo castillo. No se detuvo en
ninguna parte. Sólo una vez se quedó parado durante algunos momentos ante un rígido y solemne
sillón imperio  y  se  echó  a  reír.  Esos  pequeños  veladores  de  patas retorcidas, esas presumidas chimeneas con sus relojes detenidos y esos cuadros llenos de sombras,  todo aquello parecía divertir mucho al señor Mráz, en tanto alargaba el paso delante del sofocado  intendente.

El Fantasma (Rainer Maria Rilke)



El conde Pablo pasaba por irritable. Cuando la muerte le arrebató prematuramente su joven esposa,  lo arrojó todo tras ella: sus propiedades, su dinero y hasta sus queridas. Servía entonces en los
dragones de Windischgrätz.
El barón Stowitz le dijo un día:
-Posees la boca de la difunta condesa.
Esas palabras conmovieron al viudo. Desde entonces, tenía siempre un vaso de vino al alcance de la  mano. Parecíale que era el sólo medio que tenía de ver esa boca amada llegando constantemente a su  encuentro. El hecho es que dos años más tarde ya no le quedaba ni un cobre.
Sin embargo, cuando un día nos encontramos, por azar,  en  la vecindad de uno de los dominios de  familia de Felderode, el conde nos invitó a acompañarlo.
-Es necesario que os muestre  el  lugar  de  mi  dicha  -declaró  y, volviéndose hacia las damas-:
El sitio donde se ha deslizado mi infancia.
Un lindo atardecer de agosto llegamos en gran número a Gran- Rohozec. El buen humor del conde nos  había demorado. Estaba chispeante de espíritu. Nos sentíamos encantados los unos con los otros y no  adelantábamos. Al fin decidimos, pues la hora de las visitas había pasado, ir al castillo recién al  día siguiente y asistir a la puesta del sol desde lo alto de la ruina.

Annuchka (Rainer Maria Rilke)


Aquel verano, la señora Blaha, esposa de un pequeño funcionario del ferrocarril de Turnan,
Wenceslas Blaha, fue a pasar algunas semanas en su pueblo natal. Era un burgo asaz pobre y banal,  situado en la llanura pantanosa de Bohemia, en la región de Nimburg. Cuando la señora Blaha, que a  pesar de todo sentíase aún en cierta medida citadina, volvió a ver todas esas casitas miserables,
creyóse capaz de una acción caritativa. Entró en casa de una campesina que conocía y sabía que
tenía una hija, para proponerle llevarse a la muchacha a su morada en la ciudad, y tomarla a su
servicio. Le pagaría un modesto salario y, además, la muchacha gozaría de la ventaja de estar en la
ciudad y de aprender allí muchas cosas. (La señora Blaha misma no se daba cuenta muy bien de lo que  la joven debía aprender allá). La campesina discutió la proposición con su marido, quien no cesaba  de fruncir las cejas y que, para comenzar, se limitó a escupir delante de él a guisa de respuesta.