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viernes, 22 de julio de 2016

Rafael Arévalo Martínez

jueves, 11 de diciembre de 2014

La Tierra Es Una Estrella Luminosa (Rafael Arévalo Martínez)

«La tierra es una esfera dolorosa» —dijo el enfermo, de alma dolorosa. —«La tierra es una esfera ensangrentada» —dijo el hombre que amaba la paz y veía la guerra y tenía un afana llena de piedad — «La tierra es una esfera obscura» clamó el hombre desengañado, que deseaba la muerte.
Y el poeta: —No: la tierra es una estrella luminosa. De todo el pecado y el dolor del mundo, vistos desde lejos, sólo queda un punto luminoso. Todo el dolor del mundo fosforece. De las ondas del rio de la humanidad cada gota cree tener movimientos de pasión individuales, y sin embargo todos sus movimientos forman parte de un movimiento único que hace girar la rueda de un molino divino. En Venus sin duda hay habitantes que oreen en su dolor y en su pecada Y desde la Tierra, otro mundo de pecado y de dolor, Venus es sólo la suave estrella de la mañana, guía del caminante. Y el pecado y el dolor no existen.
Venus y la Tierra brillan no sólo con la luz reflejada de los soles sino también con luz propia, porque toda sustancia es por sí misma luminosa. Además, el que posee luz reflejada la tiene propia.
¿Cómo creer que el divino artista hizo cosas incompletas? Del dolor y del vicio de una existencia humana sólo persiste un movimiento de aspiración hacia las cosas celestes. Dios es como el autor de grandes frescos que necesitan ser vistos de lejos, en unidad de conjunto, porque vistos de cerca aparecen como manchas de color. Él mismo es la Suprema Unidad Mirad cómo quiere que se vea: a distancia, para poder ver en conjunto. Y los montes tendrán suaves mantos azules.

La Tierra es una estrella luminosa.

Estabilidad (Rafael Arévalo Martínez)

¡Portas, poetas! Nosotros somos eternos sólo porque nos sucedemos. El poeta es eterno pero los poetas son mortales. De pronto un estremecimiento sacude la tierra y se hunde un continente y con él una antigua civilización: se hunde la Atlántida. O un bárbaro quema la biblioteca de Alejandría. Pintores, áureos pintores de ojos hechos para la luz solar: pintáis en el viento. Decoráis con grandes lienzos los palacios del mar. Arquitectos: la materia de vuestros partenones no es más estable que el hielo inestable. Escultores: hasta ahora no habíais notado que vuestro cincel tallaba el viento.

La División Del Trabajo (Rafael Arévalo Martínez)

Si las células grises del cerebro temblaran por las células musculares y por las células nerviosas de un miembro atacado de parálisis y quisieran sustituirlas en su labor, todo el armónico edificio humano caería en tierra. La división del trabajo no es obra de los economistas, que la citan con orgullo, sino copia fiel del modo de obrar de la Naturaleza, que a medida que asciende en la evolución más despiadamente diversifica los servicios. En los complicados organismos de las sociedades modernas ha llevado esta división del trabajo hasta la crueldad. Sabios, inventores, poetas, maestros, separados de su labor particular de células vivientes, caen en una atonía dolorosa. La noción del hombre armónicamente completo es contraria a los fines de la evolución. Es como la noción de una ameba que tuviese saco digestivo y órganos pulmonares y órganos de relación y cerebro: que, en fin, pasase a ser ese armonioso universo, múltiple y complicado, del microcosmos humano, regido por divinos regentes, sin perder su simple unidad primordial La terrible visión de Wells en Los primeros hombres en la Luna, es cierta. La vocación (¡oh José Enrique Rodó!) no sólo es un llamamiento espiritual, sino algo más sagrada Es una razón de ser y la obediencia perfecta e instintiva a los mecánicos celestes. Células de un cuerpo divino, existimos en una forma superior de vida como la unidad colectiva de un ser invisible. La unidad en conjunto, nuestro pequeño planeta todo, es un dios que hace correrías por el espacia

Yo comprendo que soy poeta solamente. Sabio de una sabiduría cordial Célula muscular de un corazón divino. No tengo cerebro ni miembros. No tengo más medios de relación que los propios de mi forma singular de cédula sensitiva. Soy un ojo y una conciencia especializados. No me pidáis labores manuales ni inteligencia. No me pidáis ni siquiera retórica.

Síntesis (Rafael Arévalo Martínez)

Síntesis
Comprender una gota de agua sería comprender a Dios mismo. Fijaos en que los poetas, en su misión verdaderamente divina, no hacen otra cosa que revelar esta unidad que lo ha creado. Fijaos en que la primera figura retórica se llama símil. Encontrar analogías es, en suma, todo el oficio de la poesía. Y encontrar analogías entre las varias formas del universo manifestado, entre las varias formas de la sustancia única diferenciada, es encontrar el camino real que lleva a la percepción de la unidad. ¡Divinos poetas! Éste es su trabajo. Son los maestros de los hombres. Todos sin excepción enseñan este ABC sintético: «No existe más que Dios». Ven la floración de las plantas y cantan: «Hoy ha florecido mi corazón». Ven los campos muertos por el invierno y murmuran: «Hoy un sudario blanco de nieve ha vestido la vida en mí. Me siento muerto como una cosa muerta, en una muerte parcial. ¿Cuándo llegará la primavera para mi espíritu?». Y en verdad que sienten que el mismo flujo de la vida en las plantas es el flujo de la vida en sus almas: que por procesos paralelos se aleja la vida y vuelve en las cándidas formas de los árboles y en los corazones manchados de los hombres. Y pocos hasta ahora han querido entender que las imágenes de los poetas tienen esta recóndita trascendencia de encerrar revelaciones divinas. Van los poetas, como niños dóciles, de la mano de la analogía hasta llegar a Dios. Los filósofos, en cambio, se encierran en los hierros de la diferenciación. Para los poetas la síntesis. Para los sabios el análisis. La síntesis del genio de los poetas lo envuelve todo en una suprema afirmación, en un compendio divino: Dios. Los sabios lo desintegran todo hasta llegar al átomo. Y en el átomo se cierra la línea de este círculo. Porque el átomo de los analistas es también una síntesis suprema.
La síntesis es el atributo del genio. La creación es el atributo del genio. Crear y sintetizar es lo misma

El Servidor Ocioso (Rafael Arévalo Martínez)

Yo no sé servir a dos asnos a la vez. Como siervo fiel espero siempre oír la voz de mi Señor. Y no quiero ocuparme en nada para estar pronto a obedecer el llamamiento divino, por distante que suene y por aleatorio que sea el momento en que me solicite Mis ocios son los obligados ocios de los buenos servidores. Cuando la voz de mi Señor calla, yo me cruzo de brazos y espero. Respetad mi holganza. Me hice de obligaciones: dejadme cumplirlas. No puedo ofrecer mis brazos al comercio: no puedo entregarme a la labor tanta de la tierra; la industria no tiene estímulos para mí. Engañaría a los hombres si dijese lo contrario. Sirvo a un amo divino. Mi Señor es despótico y caprichoso: dejadme mano sobre mano porque no sé cuándo me llamará y quiero estar dispuesto.

Historia De Mi Vida (Rafael Arévalo Martínez)

Muchas veces mis amigos me ven sustraerme a la distracción y al movimiento o sustraerme a los pequeños dolores de la vida. Es el gran dolor que llega. Es el abrazo periódico de la muerte que me estruja. Tengo entonces largas pérdidas de conciencia; pasa ante mí el vuelo de la locura. Y esto por periodos que los que miden el tiempo llaman días, meses o años.

Retrato (Rafael Arévalo Martínez)

La línea de la vida se diluye bajo mi boca; su rostro alargado termina de manera tan suave que los bajos apetitos de la vida jamás podrán ascender hasta él. Dos ojos acuevados, dos ojos inquietadoramente tristes y tristemente resignados, ven el mundo con extraña conciencia. Ante aquellos ojos de realidad se esfuma la ilusión. El velo bienhechor de los párpados desciende sobre ellos a menudo. A veces la abatida frente se alza y brilla al sol el oro de sus anteojos.
Los cabellos son lacios. En las pálidas mejillas se argeñó la vegetación varonil. El descuido aleja la mano del barbero y los ralos pelos contribuyen a dar a la cara un enfermizo sello.
En sus manos largas y delgadas, en tus brazos espectrales, se destacan los vasos esclerosados. Todo en él acusa un alejamiento de la vida; algo inviable y triste. Y sin embargo este hombre que se daña y que nos daña, fue se moría, de Santiago Rusiñol vive fenomenalmente. Los años pasan; se van los fuertes, y él continúa en una rara supervivencia.

Me he fijado en él y he encontrado la clave de su vitalidad. Ese hombre esquelético prolonga sus narices sobre la vida. Tiene además una» desmesuradas orejas de Quasimodo y un villano, desproporcionado cerebelo —lo único animal que hay en él. Pero solo quiero hablar de sus narices de Cyrano. Todos los papas y los reyes, todos los conquistadores, las tuvieron así. Todos los primeros nobles, que supieron vincular en los suyos el poder y fundaron la estirpe, las tuvieron así. Sus movibles ventanas absorben en grandes cantidades el aire y aseguran el buen funcionamiento de las vías respiratorias. Por aquellas narices aferra a la vida. Largos pelos obscuros, salvando los cartílagos enormes, hacen necesario con frecuencia el uso de las tijeras. Y el candidato a la muerte no descansa aún. En balde las voraces células nerviosas devoran los átomos rojos y la neurastenia lo martiriza. El harapo humano perdura. Infeliz de él.

De Morir Tenemos (Rafael Arévalo Martínez)

Siempre sufrí. Pero mi dolor fue un solo dolor un dolor único. No tuve los dolores múltiples de los hombres: el dolor de los pequeños amores propios ofendidos, el dolor de odiar, el dolor de ser pobre. No tuve los infantiles dolores de los hombres: el dolor de los diarios fracasos, el de las pequeñas vanidades. Estaba acorazado en una extraña superhumanidad contra ellos. Tuve un solo dolor: el de la infinita tristeza de la vida.
El dolor de ser hombre, como una fiera hambrienta, devoró todos los dolorcillos de mi vida. Tuve desde niño una rara conciencia de la muerte. Los demás hombres no la conocen a ella, la inexorable; no creen en ella, son incapaces de la abstracción poderosa de evocarla. Viven su miserable vida de bestias del presente. Oh, si la conocieran, todos vivirían como yo. Ella, la muerte, se sienta a mi mesa; ella me acompaña en la vigilia y me impide el trabajo inútil y estúpido de los demás hombres, tomándome contemplativo; ella comparte mi lecho. Ella es mi madre, mi hermano, mi capataz y mi hijo. Ella se interpone entre mí y los seres que amo. La naturaleza sólo tiene para mí las tres palabras de una trapa de negación: de morir tenemos.

Cuando veo a los hombres en su inquieto, incomprensible ajetreo, dando vueltas en un pequeño espacio como una laboriosa sociedad de hormigas, no comprendo la finalidad de los movimientos ni de éstas ni de aquéllos. Heme aquí que estoy ante esa bella flor de vanidad y de ilusión que se llama una mujer. Contemplo su máquina animada y calculo sus probabilidades de relativa estabilidad. Me he hecho ya de un ojo clínico. Esa bella y sana máquina puede durar cuarenta años más. ¿Comprendéis? Cuarenta años. Mi amigo alcohólico X morirá dentro de diez. En el tuberculoso interlocutor que me burla ya se oye el relincho de la herrumbre.

El Ángel (Rafael Arévalo Martínez)

—Señora, entonces, ¿qué cree usted que soy yo?
—Un ser angélico.
Adelfas sollozó. Gruesas lagrima» corrieron por sus mejillas. Así había llorado cuando leyó La Visita Angélica de Wells. Así había Dorado cuando leyó la afirmación de Baudelaire para Poe en el prólogo de Historial Maravillosas: «El genio es el doloroso aprendizaje de un espíritu superior entre los hombres. Y a las palabras de la dulce señora comprendió de pronto que en su vida de treinta años siempre se había identificado con visiones parecidas de seres deíficos, hechos surgir por los artistas. Y se acordó del extraño concepto escondido en Madame Bovary: «El que ama se identifica con el objeto amado: el que concibe se identifica con el objeto concebidos. Es decir, pues, que afición supone disposición. Es decir, pues, que los admiradores de los grandes poetas están en camino de ser grandes poetas. ¿Qué otra cosa es la concepción de los místicos? Luego aspirar es ascender. Y admirar, cobrar alas para subir basa lo admirado.

El Señor Monitot (Rafael Arévalo Martínez)

Eran una pareja elefantina. Cuando esperaba a la puerta del Circulo Teosófico, de reciente fundación, los vi llegar. Él llegaba, balanceándose sobre cada una de sus piernas, alternativamente, como un gran elefante blanco, huraño, esquivo y bondadoso.
Ella, también enorme, era la digna compañera del gigantesco elefante. Los pasos de la ingente pareja conmovían el suelo.

Duelo De Águilas (Rafael Arévalo Martínez)

Pablo Conseje, el oscuro profesor de provincia en la dirección del Conservatorio de Dula, escuchaba las notas que producían sus alumnos en las múltiples secciones del establecimiento, notas distintas a pesar de su profusión y del tono estridente de algunas. Escuchaba las que producía el estudiante de piano, las que producía el de violín, las que producía el de bandurria... pero en realidad sólo prestaba su alma a aquella asombrosa voz de soprano que sonaba en la sala más distante. De pronto, una a una callaron todas y sólo se oyó una voz altanera, con marcado acento italiano, que en mal español daba órdenes autoritarias.

Las Fieras Del Trópico (Rafael Arévalo Martínez)

Es uno de los hombres mis bellos que he conocido en mi vida. Saltó a uno de los carros del tren en marcha unos cien metros antes de que éste llegase a la Estación de la linda ciudad de Heliópolis. Habla estado esperando el arribo del convoy en un hotel, situado en los alrededores de la ciudad, al que acudían a descansar y a tomar refrescos los paseantes de la ancha Calzada de los Capitanes. Saltó con tanta ligereza, con movimientos tan graciosos y tan elásticos que no pude menos de seguirlo con la vista cuando pasó rápidamente de un vagón a otro, hasta llegar al carro del fogonero. A su paso se apartaban los empleados de la empresa ferroviaria con precipitación.

Nuestra Señora de los Locos (Rafael Arévalo Martínez)

Me presentaron al Ldo. Reinaldo en casa de la señorita Eguilaz. Su rostro era redondo, fresco e imberbe Un rostro feamente hermoso. Un rostro desnudo, que daba una sensación de desnudez. Carecía de barba y de bigote, carecía de algo más que viste los rostros de los hombres. Y la sensación de desnudez, por extensión, se trasladaba al cuerpo, que mentalmente desvestía al espectador.

El Hechizado (Rafael Arévalo Martínez)

¡Insondable y saga Naturaleza
que por llenar tu aspiración le esfuerzas!
tú cuidas en los antros de la vida,
de la especie Pe
trarca, madre mía,
porque en esa mujer de sus encantos
él engendró la raza de sus Cánticos...
Peter Altenbehc (Trad. G. Valencia)'

La Signatura De La Esfinge (Rafael Arévalo Martínez)

I

Hic sunt leones[1]
(de los mapas antiguos)
Apenas concluí mis abluciones matinales, escribí a Elena la carta que llevó un propio. Me estremecía de comprensión y de deseo de comunicarme con la extraña y bella mujer, al escribirla. La carta decía:
Guatemala, 22 de enero de 19...
Mi temerosa amiga: Ya sé cuál es su signatura, definitivamente. Ya conozco la clave de su trágica vida, que lo explica todo. Su hieroglífico es el de leona. Corro a visitarla en cuanto pueda.
J. M. Cendal.

El Trovador Colombiano (Rafael Arévalo Martínez)

Tuve la visión del perro al mismo tiempo que la del caballo. Cuando conocí aquella alma nobilísima de piafante corcel del señor de Aretal conocí también la pobre ánima de perro callejero, de León Franco; la pobre ánima de can sin dueño, mutilado y triste como las bestias que el buen Jesús llamó a su pesebre. Porque es preciso que os fijéis en que el buen Jesús llamó dos animales mutilados a su pesebre: un buey y una muía. Dos animales que no podían conocer el amor en su forma de atracción física, que es una de las manifestaciones del amor divino, porque no hay más que un solo amor, así como no hay más que un solo Gran Ser que lo llena todo.