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martes, 23 de diciembre de 2014

El Patito Feo (Mario Halley Mora)

El patito feo

El patito feo, después de tanto sufrir, se miró en el espejo de las aguas y se vio convertido en un bello cisne. El hijo del granjero gritaba alborozado que tenían el más hermoso cisne de los contornos. Orgulloso, el expatito feo pensó que sus problemas terminaban. Pero no era así, pues vino el granjero, lo miró ceñudo, murmuró que los cisnes no se comen, y lo echó a patadas del estanque.

La Pandora (Mario Halley Mora)

La pandorga

La pandorga quedó preciosa. Los «palitos» de tacuara pulidos y rectos. El armazón redondo y equilibrado. Las «tajaditas cortadas» azules y rojas, perfectas y minuciosamente pegadas. Las largas «piriritas» amarillas rodeaban a la pandorga como una cabellera rumorosa de viento y rubia de sol. Y finalmente, los «barbijos» simétricos, milimétricos, matemáticos. Era toda una pandorga hecha para conquistar todos los cielos y las alturas más azules. Una obra de arte volandera que el padre fabricaba para la admiración del hijo. Salieron a la calle llenos de gozo para asistir al vuelo inaugural de ese nuevo astro de tacuaras y papel de seda. El padre esperó viento, que sopló, tironeó de la pandorga y el padre dio hilo permitiendo que se elevara con un rumor de alegría sedosa.
Vino otra ráfaga, y la pandorga la escaló victoriosa, sacudiendo su melena dorada. Ya se hacía pequeña en la altura, cuando de pronto sobrevino el fin del mundo. Aflojó el empuje del viento, que quedó calmo, y luego sopló en ángulo distinto. La armonía se rompió, los barbijos enloquecieron, la larga cola se agitaba buscando apoyo en el viento que había dado la espalda, y de pronto, una ráfaga inesperada, impetuosa, salvaje, y la pandorga cabeza abajo que cae trazando un itinerario de meteoro que se estrella estrepitosamente, con un rasguido de palitos y seda rotos, en los hilos eléctricos. Y allí queda, irremediablemente prisionera. El niño mira al padre, pensando que aquel hacedor de estrellas no es tal genio ni tan infalible como creía.

El Vencedor (Mario Halley Mora)

El vencedor

El poderoso Doberman atacó al raquítico perrito callejero y lo dejó maltrecho y sangrante. No lo mató porque apareció el dueño, le colocó el dogal y la cadena, y se lo llevó para atarlo al poste de siempre. Allí cautivo, el Doberman sentía en la boca el gusto de la sangre, y era amargo. El perrito se arrastró hasta el arroyo, dejó que el agua lavara sus heridas, y bebió. Y el agua era dulce, porque tenía el gusto de la libertad.

La Diferencia (Mario Halley Mora)

La diferencia

El perro lustroso y bien comido contempló a través de las rejas de la mansión al perrillo sin nombre y con pulgas que pasaba trotando con sus costillas a flor de piel. El perro de la mansión era de raza seleccionada.
El perrillo era de todas y de ninguna. Y entre los dos perros había una gran diferencia: las rejas.

Dentro de 20 Años (Mario Halley Mora)

Dentro de 20 años

El muchachito de aspecto saludable y vigoroso montaba una bruñida bicicleta. Pasó pedaleando raudamente junto a un lustrabotas descalzo y flaco que inopinadamente arrojó un palo entre los rayos de las ruedas que produjeron un ominoso ruido de metales rotos. El ciclista se detuvo y con enojo se dispuso a castigar al malhechor. El lustrabotas esgrimió amenazante su cajón, como porra y escudo al mismo tiempo. Un señor que pasaba los separó. La pelea no empezó, pero tampoco terminó. Simplemente estaba postergada.

En El Origen (Mario Halley Mora)

En el origen

El fruto que había arrancado tenía sabroso aspecto, pero la cáscara era dura. Entonces, en la mente elemental surgió una idea: podía golpear el fruto con una piedra y romper la envoltura. Así lo hizo con éxito, e inventó de esta manera la primera herramienta: el martillo. Contento, fue a buscar otro fruto. Lo halló y al repetir la operación se aplastó el dedo. Entonces, inventó la primera palabrota.

Mestizaje (Mario Halley Mora)

Mestizaje

El conquistador español tomó para sí a una joven india y tuvieron un hijo. Otros conquistadores lo imitaron y hubo muchos españoles con muchas mujeres indias. El mestizaje perfecto, con el varón de una estirpe y la mujer de otra. La dama española veía pasar al indio gallardo, desnudo y elástico, y suspiraba. Lo demasiado perfecto, deja de serlo.

Comienzo (Mario Halley Mora)

Comienzo

De pronto cayó en la cuenta de que era inteligente. Hizo de la caverna un hogar. Fabricó herramientas, aprendió a encender y conservar el fuego e inventó las armas. Se sintió orgullosamente superior a toda criatura viviente sobre la faz de la tierra, y necesitó una medida de su propia importancia. Entonces, creó a Dios a su imagen y semejanza.

Fúnebre (Mario Halley Mora)

Fúnebre

Cuando nacía, murió su madre de parto. Fue hijo huérfano de padre viudo. Se casó y enviudó a su vez, pero antes de morir, su esposa le dio un hijo que resultó ser el hijo huérfano de un padre viudo que era hijo huérfano de un padre viudo. Viven los tres en la misma casa, y cuando paso frente a ella, camino con solemnidad, como si pasara frente a un panteón.

Genealogía (Mario Halley Mora)

Genealogía

Una raza más agresiva de monos expulsó de los árboles a otra raza más pacífica y conformista. La Tribu vencida se exilió de la arboleda y fue a instalarse en la llana tierra. Pero allí el pastizal era alto y tupido, y para verse unos a otros y para observar el peligro, los monos derrotados tuvieron que aprender a andar erguidos, sobre dos patas. Y fue así que sin proponérselo, los conquistadores de los árboles, partiendo del pariente más infeliz, inventaron al Hombre, que se vengaría conquistando al Mundo.

El Fantasma (Mario Halley Mora)

El fantasma

Cuando me mudé a este viejo caserón «...de añejos tiempos y de sólidos sillares...», me dijeron que tenía un fantasma. Lo que no me preocupó mucho, pues, aunque soy imaginativo, siempre pensé que algo incorpóreo no puede hacer mucho daño, abstracción hecha del susto. Pero ya veremos qué pasa.
Hace tres noches que duermo en el dormitorio más grande. Y no he sentido la presencia del fantasma, cuya historia conozco. Dicen que es el alma en pena de una joven. En 1865 el novio partía al frente. Ella prometió esperarlo, EN ESTA CASA, y el novio nunca volvió. Asunción fue ocupada por tropas brasileñas, y al parecer, una noche, ella se suicidó antes de ser ultrajada. Así de simple y dulzona, la historia de «mi» fantasma que...

Papá y Mamá (Mario Halley Mora)

Papá y mamá

Eduardo, el hijo mayor, se había casado un año antes. Y quedó Rubí, la hermanita menor. Aun ausente Eduardo, que había ido a trabajar a Curitiba, la casa no parecía tan vacía, porque la juventud de Rubí y las cartas de Eduardo, mantenían a flote la vieja alegría familiar.
Hasta que Rubí tuvo festejante. Un joven estudiante de Ciencias Contables que al principio se detuvo cauteloso en las fronteras del zaguán. Y tres meses después había avanzado hasta la sala, de la cual Rubí, con infinita sabiduría femenina, desterró al Televisor, el enemigo número uno de la charla... y de los proyectos que surgen de las charlas.

El Ángel de la Guarda (Mario Halley Mora)

El Ángel de la Guarda

Su madre se lo había repetido cientos de veces, y él, pobrecito, creyó en él, en el Ángel de la Guarda, como aprendió a creer en Caperucita, Pulgarcito, los Reyes y la Cigüeña que trae a los nenes de París. El Ángel de la Guarda, el suyo, fue una silueta más, dorada y hermosa, flotando en el mundo multicolor de la fantasía.

El Maniquí (Mario Halley Mora)

El maniquí

La tienda estaba ubicada en una esquina, y su gran portal haciendo ochava. En pie en ese portal estaba ella, menudita, de rostro terso y ojos claros, la boca pequeña, entreabierta en la perenne invitación de un beso... y luciendo cada día sobre su perfecta contextura de yeso no un vestido, sino una tela distinta, que el arte del decorador hacía caer en elegantes pliegues que no ocultaban la perfección del busto, ni la suave curva del vientre, ni las hermosas piernas.

El Entierro (Mario Halley Mora)

El entierro

El acompañamiento fue espectacular. Al frente, la carroza fúnebre, barroca y negra, montada sobre un viejo Buick. Detrás, otra carroza, con esa carga triste de flores que no cantan a la vida, como debe ser, sino acompañan a la muerte, como no habrían querido ser, si las flores pensaran.
El servicio religioso fue largo, punteado por los sollozos de la viuda. Y después condujeron en hombros el catafalco hasta el Panteón familiar.

El Perro (Mario Halley Mora)

El perro

Cuando Germán afirmó que se le escapó accidentalmente el tiro, la Policía no tuvo más remedio que creerle. Carlos, el muerto, era su amigo, y nada había en el pasado de los dos capaz de provocar el odio de Germán hasta el punto de dispararle deliberadamente. No amaban a la misma mujer, ni habían hecho testamento mutuo. Las motivaciones clásicas: Venganza, Odio, Interés, Celos, no tenían aplicación en el caso. Se pensó en un disparo accidental y Germán fue absuelto.

Recuerdo de Reyes (Mario Halley Mora)

Recuerdo de Reyes

Pasó hace mucho tiempo. Cuando mis noches de Reyes eran noches de insomnio. Cuando toda la felicidad humana se centraba en la respuesta que recibiría la blanca interrogación de mis zapatos, mojados de luna y rocío, que velaban sobre la ventana. Cuando yo era niño, y sabía que bastaba serlo para creer.
Yo creía en los Reyes. Pero en el barrio éramos muchos. Y otros no creían. Como Robertí.

El Licenciado (Mario Halley Mora)

El licenciado

Toda su vida fue un niño bien. Hijo único de una familia acomodada, creció -como quien dice- envuelto en seda. Cuando terminó el curso secundario, siguió una licenciatura en Filosofía, y todas las tardes se le veía ir a la Facultad con su figura delicada luciendo el traje de buen corte, y el cuello impecable, y los zapatos lustrosos, y las uñas cuidadas.
Sus padres anticipaban para él un destino de prestigio, la captura de un brillo de salón, la autoridad profesoral para hablar de Marcuse, o del dadaísmo, o de la pintura surrealista, o de la música electrónica.

Rosalía (Mario Halley Mora)

Rosalía

La cosa había sucedido mucho tiempo atrás, cuando don Genaro era joven, tenía los músculos fuertes y no tenía los cabellos blancos de ahora. Había sido el mozo más gallardo, cantor y pendenciero del pueblo.
Las mujeres suspiraban al paso airoso de su tordillo de larga cola peinada. Y fue una de ellas Rosalía González, quien una tarde le dio la noticia:
-Genaro, viá tené un hijo...
Se le rió en la cara.
-Ese é tu problema mi hija...
Y se fue alejando, pensando que la mujer haría lo que hacían todas las que concebían un hijo sin padre.

Calaíto Sosa (Mario Halley Mora)

Calaíto Sosa

El amor que los unió fue largo como el tiempo. Había florecido en la infancia, en dorados días en que la inocencia de los dos tejía una canastilla de ramas que se llenaba de los frutos del bosque, el guaviramí perfumado, el yba jhai ácido y cosquilleante o el aguai rescatado de la voracidad de los chovys.
Fueron creciendo y haciendo planes. Planes humildes para un amor humilde, y un destino también humilde. Calaíto había conseguido, al salir de bajo banderas, un lote agrícola de 20 hectáreas. Ya tenía la tierra, pero faltaba aún mucho. Para el rancho, para semilla.