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domingo, 8 de marzo de 2015

La Judía De Toledo - Primera Parte (Lion FeuchtWanger)


La Judía De Toledo - Tercera Parte (Lion FeuchtWanger)

TERCERA PARTE
Después de esto, los grandes decidieron matar a la judía. Se presentaron allí donde vivía y la asesinaron en el estrado de su aposento, e igualmente a todos aquellos que con ella se encontraban.
Alfonso el Sabio, Crónica General.
Alrededor de 1270.
Y decidieron los suyos
Terminar con todo aquello,
Que era una vergüenza para su rey.
Acudieron al lugar
Donde se hallaba la judía,
Y la encontraron sobre el lujoso estrado,
Y mataron a la judía,
Ya todos los que con ella estaban.
De La romanza de Sepúlveda.
CAPÍTULO PRIMERO
Desde el norte, acercándose a los Pirineos, cruzando sus vastos territorios francos, acompañada de un gran séquito, viajaba la vieja reina Ellinor.
El mismo día que se extendió en Inglaterra la noticia de la muerte del rey Enrique, su esposo, cruzó las puertas de la torre de Salisbury su prisión, con la violencia que siempre la había caracterizado -nadie se había atrevido a detenerla- y se hizo con el poder en nombre de su amado hijo Ricardo, que ahora era rey. El impetuoso soldado, que dejaba gustoso los asuntos de Estado en manos de su astuta y enérgica madre, inmediatamente después de la coronación se había embarcado para una expedición de guerra en Oriente. Pero ella cruzó su gran reino, Inglaterra, y las inmensas posesiones en Francia, sometió a sus recalcitrantes barones, consiguió grandes sumas de dinero, de condes, prelados y ciudades rebeldes, presidió reuniones comarcales y juicios, puso en orden, con su rápida intervención, los más embrollados asuntos.
Abandonó los condados y ducados del norte que había recibido al casarse con Enrique y se trasladó a las tierras que le correspondían por herencia, Poitou, la Guyena, la Gascuña. Escuchó los familiares sonidos de la lengua de su infancia, el provenzal, la armoniosa langue d'Oc, aspiró profundamente el suave aire de la patria. En el norte, la servil bienvenida que le ofrecieron estaba teñida de miedo; aquí las gentes que llenaban las calles saludaban a la vieja princesa con sincera alegría. Para ellos era mucho más que la famosa reina del norte y la primera dama de la cristiandad, para ellos era Ellinor de Guyena, la señora natural de sus tierras, la auténtica heredera.
Tenía casi sesenta y nueve años, y los últimos quince los había pasado en prisión; pero tenía un aspecto magnífico montada a caballo, primorosamente maquillada, con el pelo bien peinado y teñido. Quizás a veces le costara esfuerzo mantenerse erguida durante todo aquel viaje por las montañas todavía nevadas, y cruzar los pasos era para ella una fatiga y una empresa arriesgada. Pero aquella mujer madura no se asustaba ante los esfuerzos y peligros. Se daba cuenta de que los quince años de encierro no la habían paralizado, y la conciencia de que hacía poco tiempo todavía estaba encerrada, indefensa y furiosa en la torre de Salisbury y que ahora podía conducir de nuevo con mano firme y diestra su caballo y sus tierras, multiplicaba sus fuerzas. Sus ojos azules, algo duros, miraban brillantes aquellas tierras tan familiares. Se apresuraba a avanzar; ordenaba jornadas de viaje muy largas y se negaba a cambiar su caballo por la litera o por la silla de manos, aunque anocheciera y todos estuvieran cansados.
Se hallaba en camino hacia Castilla, hacia Burgos, para visitar a Doña Leonor, su hija, asistir a los esponsales de su nieta Berengaria y poner en marcha el compromiso matrimonial de una segunda nieta.
Cuanto más hacia el sur avanzaba, más grande se hacia su séquito, su mesnie. Cuando alcanzaron los Pirineos, constaba de quinientos caballeros y doscientas mujeres y doncellas, preux chevaliers et dames choisies, orgullosos caballeros y exquisitas damas, prelados y barones de todas sus tierras, y además una guardia de escogidos routiers, probados mercenarios, bravançons y cottereaux, acompañados de adiestrados y vigorosos perros guardianes. Les seguía un convoy de más de mil carros, cargados con el equipaje, el menaje y las provisiones más necesarias y además regalos para el pueblo. Mozos de caballeriza y guardas conducían a los caballos y los perros de caza de la reina y de sus grandes señores; halconeros llevaban a sus halcones favoritos. Así avanzaba aquella comitiva lenta y llena de colorido a través de las montañas todavía nevadas en parte
En la frontera de Castilla esperaban a la vieja reina Alfonso y Leonor, Don Pedro de Aragón y la infanta Berengaria. A las puertas de Burgos la esperaban los más respetables prelados y cortesanos de ambos reinos. Entró solemnemente en Burgos, en todas partes ondeaban las banderas; de las ventanas y balcones colgaban tapices y paños; repicaban todas las campanas de aquella ciudad, en la que abundaban las iglesias; los caminos estaban cubiertos de ramas y flores que despedían su aroma bajo los cascos de los caballos y los zapatos de los que iban a pie.
Ella, la apasionada y brillante Ellinor había sido la mujer más admirada y censurada de Europa, y ahora, al ver avanzar a aquella vieja gloria, cobraron vida de nuevo las innumerables historias de sus aventuras en la guerra, en el arte del gobierno y en el amor. Se recordó cómo había sido la espuela y el corazón de la segunda cruzada, cabalgando a la cabeza de los cruzados, marcial y magnífica igual a Pentesilea, la reina de las amazonas. Se recordó cómo en la gloriosa ciudad de Antioquía, el rey Raimundo, su joven tío, se vio asaltado por una ilimitada pasión amorosa por ella. Cómo él y su esposo, el rey de Francia Luis VII, lucharon por ella hasta que finalmente su esposo se la arrebató al otro por la fuerza y se la llevó cruzando el mar. Cómo ella no permitió que se le hiciera violencia y consiguió del Papa que la separara del rey de Francia. Y cómo, de inmediato, el joven conde de Anjou, el que sería más tarde el rey Enrique de Inglaterra, se presentó pidiendo su mano. Cómo los dos fundieron en uno el inmenso reino. Y cómo atrajo a su corte a los sabios, doctores y maestros de las siete ciencias y artes y a innumerables trovadores, trouvères y conteurs. Y cómo también concedió sus favores a alguno que otro de esos poetas, a Bernard de Ventadoui; aunque sólo fuera simplemente el hijo de un fogonero. Cómo, por su parte, Enrique engañó a su reina con muchas, pero sobre todo con una, y cómo Ellinor asesinó a aquella hermosa amante del rey, Rosamunda. Y cómo él, entonces, encerró a Ellinor, y sus hijos se alzaron en su defensa y lucharon contra el padre. Y volvieron a escucharse muchas de las canciones, francas, provenzales, catalanas, que ensalzaban su corte, donde tenían su centro el más noble arte de la poesía y las más delicadas costumbres.
Así cantaba el poeta Felipe de Thaün: «La dulce y joven reina atrae todos los pensamientos, como la sirena atrae al pescador a los arrecifes, robándole los sentidos».
Así cantaba Benoît de Sainte-Maure: «¡Oh tú, la más noble, la más exquisita, la más arrogante y audaz, a la que no puede equipararse ninguna otra princesa, la más grande y magnífica esposa del más grande rey!»
Incluso un tosco alemán había compuesto: «Si todo el mundo fuera mío, / desde el mar hasta el Rin, / renunciaría a ello y viviría en la indigencia / por tener en mis brazos / a la reina de Inglaterra.»
Estas canciones y relatos y romanzas de sus admiradores se mezclaban con los versos y relatos escabrosos y llenos de maldiciones de los enemigos, y entre todos habían convertido a Ellinor de Guyena en algo irreal, en un ser inalcanzable o de otra época. E incluso ahora que entraba del modo más real en la ciudad de Burgos, en persona, de carne y huesos, rodeada de sus caballeros, damas, mercenarios, caballos, perros, halcones y cazadores, a muchos de los señores castellanos y aragoneses les parecía como si ella cabalgara sobre una nube dorada. Cuán insípido y deslucido les parecía ahora su presente comparándolo con el pasado de aquella gran mujer. Al contemplarla, recordaban con todo esplendor lo que habían oído decir de la segunda cruzada, que en verdad había sido la cruzada de la reina Ellinor. En aquel entonces, los caballeros y reyes no discutían por el mando supremo, no se escondía tras la lucha ambición alguna ni astutos cálculos, sino que se peleaba siguiendo nobles y estrictas reglas por el simple placer de la batalla, y la batalla no era otra cosa que un torneo, un noble juego a vida o muerte. El vasallo estaba obligado a su señor durante cuarenta días; cuarenta días luchaba, y si una fortaleza no era conquistada en esos cuarenta días, el caballero se retiraba aunque existiera la certeza de conquistarla el día cuarenta y uno. Por aquel entonces no había routiers, no había mercenarios alquilados sacados del pueblo, que lucharan sólo por la victoria, sin tener un modo de vida refinado. Por aquel entonces también al enemigo se le debía courtoisie aunque éste fuera partidario de un Dios extranjero. El califa sitiador mandó cortésmente su médico personal a la reina cristiana sitiada, Urraca, para que la asistiera en su enfermedad. Y la guerra sólo tenía lugar de lunes a jueves, viernes, sábado y domingo había tregua, para que cada uno, musulmán, judío y cristiano, pudiera celebrar sin ser molestado su día de descanso.
Ahora, creían los señores aragoneses y castellanos, se iniciaría una gran época parecida. La segunda cruzada había sido conducida en espíritu por la dama Ellinor; también ahora, en la Península, la Guerra Santa sería conducida por su espíritu, y todos ellos, los nobles de Hispania, tendrían la oportunidad de actuar como auténticos descendientes de los caballeros de Arturo y de Carlomagno.
El joven rey Don Pedro se hallaba embriagado de gozo. ¡Qué bendición de Dios poder convertir en su reina a una nieta de esta gloriosa princesa! Lleno de la bienaventuranza del caballero cristiano, emprendería la guerra, libre de su enojo y de su afán de venganza contra Don Alfonso.
También el escudero Alazar cayó bajo el embrujo de la famosa y anciana reina. En Toledo, a veces había creído sentir a sus espaldas maliciosas miradas, y cuando el rey lo llevó consigo en su viaje a Burgos había temido que Doña Leonor le hiciera pagar su insidioso parentesco, pero ella habla mostrado una gran delicadeza y amabilidad, el rey lo trataba como a un hermano más joven, y en presencia de la gran señora Ellinor se desvanecieron sus últimas dudas. Las nobles damas lo consideraban digno de ser el escudero del rey Don Alfonso, había sido aceptado en el caballeresco mundo cristiano.
Toda la ciudad de Burgos celebraba la visita de la anciana reina; habían acudido miles de personas para participar en la celebración o para sacar provecho de la festiva reunión. Los taberneros abrieron tabernas ambulantes, los comerciantes ofrecían costosos vinos y especias. Los arcos abiertos y las bóvedas, las fenestrae en las que los comerciantes mostraban sus mercancías, presentaban adornos y atavíos de los países flamencos, musulmanes y de levante. Tratantes de caballos y forjadores de armas hacían su negocio. Banqueros y cambistas estaban allí para comprar o empeñar los bienes de los caballeros que partían a la guerra. Y un mar de gentes del circo se había reunido allí, vendedores de amuletos, prostitutas, ladrones de bolsas. Todos ellos dedicados a hacer ruido, a regatear; a flirtear y a amar, acudiendo a las iglesias y a las tabernas, piadosos, insolentes, bonachones, brutales; se desparramaban alegremente pintorescos, apestaban, engendraban niños, cantaban himnos y canciones de borrachos, disfrutaban de la vida, maldecían al califa y al sultán y ensalzaban a la gloriosa reina Ellinor.
También en la corte, los ayudas de cámara tenían grandes trabajos para instalar y atender cumplidamente y como correspondía a los invitados que, procedentes de toda Castilla y de Aragón, llegaban para asistir a los esponsales de Don Pedro y de la infanta y a presentar sus respetos a la anciana princesa. Muchos de estos prelados, barones y altos consejeros traían consigo a sus criados, cazadores y caballerizos. Además, como en cualquiera fiesta de este tipo, estaban los caballeros aventureros, jóvenes y pobres nobles, que esperaban conseguir dinero y honor en los torneos. Tampoco faltaban los trovadores, trouvères. conteurs; sabían que siempre eran bien recibidos por Doña Leonor y por la dama Ellinor.
La anciana reina se recuperó pronto de las fatigas del viaje, y el segundo día después de su llegada recibió en la gran sala del castillo: a la luz de las grandes velas, sentada sobre el estrado, en una silla alta, erguida, con todo el aspecto de una dama. Había engordado ligeramente, a veces le resultaba fatigoso respirar, debía reprimir una ligera tos, y bajo los cosméticos, que con el paso de las horas se descascarillaban, mostraba un rostro envejecido; pero los ojos, muy azules y claros, miraban con dureza y claridad, y participaba incansablemente en la conversación con palabras firmes, bien pensadas y amables.
El viejo conde aragonés Ramón Barbastro, que había participado en el pasado en la Guerra Santa de Ellinor, hablaba con añoranza de aquellos maravillosos años y se lamentaba de la triste esterilidad de los nuevos tiempos. La guerra había perdido su nobleza, se preparaba en los consejos y se ejecutaba más con la pluma que con la espada. No era la valentía del caballero la que decidía la batalla, sino el número de routiers.
También en los tiempos en los que ella y el noble Don Ramón eran jóvenes, contestó Ellinor no siempre había sido la guerra un juego lleno de esplendor y magnificencia.
–Pensándolo bien -dijo-, las grandes batallas y celebraciones que caldeaban el corazón, fueron la excepción, la regla fueron pequeños sufrimientos: las marchas a lo largo de parajes interminables, sin caminos, desconocidos y peligrosos, los pies llagados, la sangre requemada, la terrible sed, las noches sin dormir a causa de los venenosos mosquitos, el picor de pulgas y piojos, y lo peor de todo: la acedía, el espantoso aburrimiento, el interminable viaje por mar, las marchas hacia lo desconocido durante semanas, la torturante espera de las delegaciones que debían llegar al día siguiente o pasado mañana y que después de una semana todavía no habían llegado.
Vio la decepción de sus oyentes, y repintó sonriente y experta la turbia imagen.
–Por supuesto -dijo-, la recompensa era tanto mayor: el violento placer de la batalla, la celebración en una ciudad conquistada.
Y contó de las fiestas de Oriente, de cómo se habían mezclado la pompa cristiana con la musulmana, y de los cantos de los trovadores que se alternaban con las artes de las bailarinas árabes. Las palabras fluían fácilmente de entre sus labios, pero todavía eran más elocuentes sus ojos. Sonriendo, el viejo conde pensó en los dos hombres que en aquel entonces, en Antioquía, habían luchado por sus favores, el rey cristiano Raimundo y el príncipe Saladino, sobrino y enviado del sultán.
–Lo que daba su encanto a estas fiestas -concluyó sumida en la añoranza de los recuerdos la vieja reina- era que las celebrábamos entre las batallas. El día anterior se había escapado a una venturosa muerte, al día siguiente quizás nos alcanzaría aquella bienaventurada muerte.
El arzobispo Don Martín disfrutaba con todo su corazón de la contemplación y de la conversación de la dama Ellinor. En aquellos meses de prolongada espera había estado malhumorado, lleno de una desesperada ira, ahora que aquella Débora, aquella Jael, derribaba los últimos impedimentos que todavía entorpecían el camino de la bendita guerra, él rejuvenecía, piadoso y alegre. Caminaba con rapidez; la armadura que ahora llevaba constantemente, dejando que asomara bajo sus vestiduras talares, no le pesaba. Hizo acopio de toda su courtoisie y dijo con torpe y sonora amabilidad:
–Tierra Santa ha visto hechos maravillosos, noble señora, cuando tú llegaste allí, para pisotear a los herejes, y de nuevo le esperan buenos tiempos ahora que tu flamante hijo se encuentra en camino. Ya la fama de tu Ricardo se mezcla con la tuya, llenando a los musulmanes de espanto. Tengo noticias fiables de un amigo, el obispo de Tiro: las madres árabes, cuando sus hijos no quieren obedecer, los amenazan diciendo: «Cállate, niño consentido, si no vendrá el rey Ricardo, el Melek Rik, y te llevará.»
Ellinor no ocultó el gozo que le proporcionaba la alabanza de su querido Ricardo.
–Sí, es un gran soldado -corroboró-, un auténtico miles christianus. Pero no tendrá las cosas fáciles en Oriente -afirmó con aquella franqueza que sólo ella podía permitirse-, y al decir esto no pienso en el enemigo, en el sultán, pienso en el compañero de alianza de mi Ricardo, en nuestro querido pariente, el cristianísimo rey de Francia. El esplendor y el gozo no son propios de él, a nuestro buen Felipe Augusto le gustaría tener una guerra lo más barata posible, es un poco mezquino en general. Ahora quiere prohibir al ejército y a los cruzados la compañía de las damas y de los trovadores. Pero no tendrá suerte con mi Ricardo. El ama la alegría y el bullicio, esto lo ha heredado de su padre, quizás también un poco de su madre. ¿Cómo se puede conducir una cruzada sin damas y sin trovadores? Tenéis una ventaja respecto a nosotros aquí en la Península dijo dirigiéndose ahora a Alfonso y a Pedro, antes de llegar hasta el enemigo no tenéis que superar como nosotros el largo y aburrido recorrido por mar, no tenéis que llevar a cabo cientos de torcidas negociaciones con astutos griegos y otra gentuza cristiana. El enemigo y el botín están a vuestro alcance: Córdoba, Sevilla, Granada.
Ante los ojos de todos apareció atractiva la imagen de las maravillosas ciudades, el lujoso botín. Y en el espíritu del arzobispo Don Martín sonaban gozosamente entremezclándose los nombres de las ciudades musulmanas: Córdoba, Sevilla, Granada, y las palabras del Evangelio: «No he venido a traer la paz, sino la guerra.» Allá máchairan.
Doña Leonor se sentía profundamente agradecida al cielo por la visita de Ellinor. Había admirado la inteligencia para los asuntos de Estado del padre, su genio para la guerra, y también lo había envidiado un poco por la despreocupación con la que se abandonaba a sus pasiones. Pero a su madre la amaba por encima de toda admiración, y la idea de que aquella mujer extraordinariamente vivaz, ansiosa siempre de nuevas gestas, estaba encerrada, rodeada de muros, la había atormentado con frecuencia amargamente. Cuando Alfonso se vio atrapado por aquel terrible asunto amoroso, había deseado ardientemente quejarse a Ellinor de sus penas, de hija a madre, de reina a reina, de mujer humillada a mujer humillada, y dejarse aconsejar por ella. Ahora, Alfonso había vuelto a ella, lleno, al parecer; de entusiasmo por la batalla, y supuestamente había olvidado a la judía. Pero aunque Leonor estaba sinceramente dispuesta a perdonar el engaño y la falta de lealtad de Alfonso, la experiencia, el desengaño y la decepción se habían grabado a fuego demasiado profundamente en su interior como para confiar en aquella nueva armonía y se sentía feliz de poder hablar con su madre de sus esperanzas y miedos.
Cuando Ellinor descendió del caballo, cuando Leonor le besó la mano, cuando los viejos labios de la madre rozaron los suyos jóvenes, sintió vivamente la profunda afinidad que las unía. Con claridad y fuerza, de golpe, surgió ante ella lo que hacía tiempo había olvidado, personas y acontecimientos que había visto y vivido de niña en Domfront o en la opulenta corte de su madre en Poitiers o también en el convento de Fontevrault, donde fue educada de un modo alegre y mundano. Allí estaba su aya, la dama Agnes de Fronsac. Leonor la había asediado para que le contara cosas de la amante de su padre Enrique, y finalmente la dama Agnes había cedido; y entonces la niña Leonor exigió que la dama Agnes fuera expulsada por no haber mostrado bastante respeto a la princesa Leonor. Y con suma claridad veía ante sí aquella estatua de madera de San Jorge en el castillo de Domfront. Cuando el sol crepuscular caía sobre él, adquiría un aspecto particularmente amenazador; y Leonor había sentido a menudo miedo ante la imagen. Pero el amor que le inspiraba era superior al temor; era bueno saberse protegida por un santo tan fuerte, sobre todo teniendo en cuenta que su padre estaba allí con tan poca frecuencia. Ella había dado vida a ese San Jorge, lo había salvado del mundo de su juventud y allí estaba junto a ella, se llamaba Alfonso. Habían querido robárselo; los judíos, Satanás o quien fuera, pero ella no había permitido que se lo arrebataran. Pero aún no se sentía segura, el enemigo todavía conspiraba en contra suya, pero aquí lo tenía, aquí a su lado, y también tenía a su madre, y con su ayuda alejaría definitivamente a la judía.
Pero pasó cierto tiempo antes de que pudiera hablar con su madre. Las ceremonias del recibimiento y las tareas de acomodo, el aparato de la corte y la representación, les ocuparon por completo los dos primeros días. Por fin, el tercer día, en medio de una gran reunión, inesperadamente la reina Ellinor dijo que ahora quería tener para ella sola durante un rato a su hija, y sin andarse con rodeos mandó a todo el mundo fuera.
Cuando se encontraron a solas, le indicó a Doña Leonor que se sentara ante ella, directamente bajo la luz del sol, y la contempló con atención. Serenos, sus duros ojos, muy azules, se clavaron en los verdes y escrutadores de la hija. Bajo la brillante luz del sol, la madre le pareció a Leonor más vieja y sus rasgos más pronunciados que hasta entonces, pero también más principescos, la auténtica madre de su estirpe. En su interior; se inclinó ante ella, amorosa y respetuosa, y decidió obedecerla ciegamente.
La mayor de ellas, tras un rato, dijo con reconocimiento a la más joven.
–Te has conservado bien.
Entonces, de inmediato, empezó a hablar de asuntos de Estado y de familia. No sólo estaba allí para ver a su hija, sino, sobre todo, también para establecer el compromiso matrimonial de la segunda de sus nietas castellanas.
–No vas a tener queja -dijo- del lugar que he elegido para ella. El príncipe heredero de ese Felipe Augusto es un joven agradable que, satisfactoriamente, no se parece al padre. No fue ninguna fiesta de Pascua tratar con el rey franco del contrato matrimonial, puedo decírtelo. Se considera un gran señor; sueña con convertirse en un segundo Carlomagno, pero no tiene ninguna clase de grandeza, sólo entiende de manejos de abogados, y ésa no es forma de forjar un reino. De todos modos, me ha dado mucho trabajo, es astuto y torcido como un judío. Al final he tenido que cederle el condado de Evreux y el Vexin, es un buen pedazo de mis tierras de Normandía, y además treinta mil ducados. Todo esto saldrá de mis bolsillos, hija mía, no tendrás de pagar nada y sólo sacarás beneficio de ello. Te convertirás en la suegra del futuro rey de Francia. Tu hermano Ricardo es el señor de las tierras que se encuentran entre tu Hispania y la Francia de tu hija. Llegará un tiempo en que tú, con sólo quererlo, podrás manejar una gran parte del mundo.
Doña Leonor escuchó, conteniendo la respiración, cómo su madre, con palabras ligeras, desplegaba planes tan ambiciosos, tanto en lo que se refería a su extensión como a su proyección en el futuro. Para Leonor; estaba claro que su madre, al ceder los condados normandos, quería ante todo asegurar su propio reino frente al ataque del peligroso Felipe Augusto durante el tiempo en que su hijo preferido, Ricardo, se encontrara ausente en sus campañas. Pero, independientemente de los motivos que se escondieran detrás de aquel contrato matrimonial, ella, Doña Leonor; en esto su madre tenía razón, era quien obtenía más ventajas: esa boda le abría un atractivo camino hacia el poder.
Se consideraba una gran soberana, muy por encima de su Alfonso, porque trabajaba tozudamente para unir a Castilla y Aragón. Pero sus sueños nunca habían ido más allá de los Pirineos. ¡Qué mezquinos y pobres eran sus esfuerzos si se comparaban con el juego político de su madre! Manejaba países desde el extremo occidental del mundo hasta adentrarse en el Oriente, Irlanda y Escocia y Navarra y Sicilia y el reino de Jerusalén. Su tablero de juego era el mundo.
–He observado a tus hijas, querida decía ahora Ellinor-, parecen bien educadas, tanto la mayor; con ese nombre horrible, ¿cómo se llama, Urraca?, como la pequeña. Todavía no he decidido cuál elegiremos. Uno de los próximos días me las presentarás a las dos con gran ceremonia. Debemos incluir también al obispo de Beauvais como representante de Felipe Augusto y de su heredero; pero esto es una pura formalidad.
Lo que su madre le decía conmovió a Leonor. Pero en lo más profundo de su ser ardía en deseos de escuchar lo que su madre diría de Alfonso y de la judía.
Y por fin dijo:
–Oí en mi torre de Salisbury toda clase de cosas acerca de lo que has tenido que soportar con tu Alfonso. No eran noticias exactas, y unas cosas contradecían las otras, pero pude hacerme una idea; ya sabes que yo misma tengo experiencia en estas cosas.
Tomó una mano de Leonor entre las suyas, y por primera vez, expresó en palabras lo que sentía:
–A ti puedo decírtelo -le confió a su hija-, naturalmente me siento feliz de que mi Enrique yazca bajo tierra y bajo la hermosa lápida de su tumba -y citó con placer.
Fui el rey Enrique de Inglaterra,
Extendí mi mano sobre una gran parte del mundo.
Recuerda, tú, que esto estás leyendo,
Cuán pequeño acaba siendo el más grande.
Nunca se sació mi afán de poseer la tierra,
Ahora me bastan dos veces siete palmos.
–Me alegro de que yazca en sus catorce palmos de tierra. Sin embargo, deseo que se encuentre a gusto en ella. Tengo compasión de él. Atenté varias veces contra su vida; una vez faltó un pelo para que muriera. Tuvo razón al encerrarme; en su lugar, yo hubiera hecho lo mismo. Lo amé mucho. Fue el único hombre a quien amé. Excepto uno, no, excepto dos. Era el hombre más inteligente de la cristiandad. Tenía suficiente entendimiento como para ceder de vez en cuando a sus pasiones. Porque, de otro modo, ¿cómo vivir? – dijo condescendiente y llena de sabiduría-. Por otro lado, también mi amiga la abadesa Constanza tiene también razón, por supuesto: el amor terrenal es un dulce bocado lleno de espinas.
Doña Leonor; repentinamente, dijo:
–Madre, ¿qué debo hacer con la judía?
La vieja reina la miró. Sonriendo, casi divertida, le aconsejó:
–Espera hasta que el tiempo esté maduro, hijita, antes de eliminarla. Yo tuve que sufrir mucho porque no pude esperar. Probablemente, él la olvidará en la guerra.
Doña Leonor dijo:
–Tiene un hijo con ella, un varón -hablaba en voz baja, suplicante.
La vieja reina reflexionó prudentemente:
–En tu lugar no le haría nada al niño. Se sienten más ligados a sus bastardos que a las madres de éstos. Incluso mi Ricardo, a quien Dios sabe que sus mujeres no le importan nada, quiere a sus bastardos. Enrique debe haber tenido un gran número de ellos. Conozco a dos, un tal William y un Geoffrey Este Geoffrey es ambicioso y tiene los ojos puestos en el trono. Debo mantenerlo atado corto mientras Ricardo está fuera del reino. Pero es una persona agradable y hábil. Lo he hecho obispo de York.
Leonor dijo:
–He sufrido mucho. Espero que tengas razón y que la guerra la borre por completo de su sangre, pero ¿quién puede saberlo? Me juró por su alma que la abandonaría y, apenas dejó atrás Burgos, corrió a ella de nuevo.
Ellinor contestó:
–Ningún enemigo me puso las cosas tan difíciles como tu padre, Enrique, y eso que me amaba, y yo a él. Y tu padre amó a sus hijos, y ellos le odiaron porque era más grande que ellos, y fue indulgente con ellos, y ellos le causaron más dolor del que él me causó a mí, y con toda seguridad más del que te causa a ti tu Alfonso. Y los perdonó una y otra vez, y ellos se rieron de él y se alzaron nuevamente contra él. Cuando todavía vivía con él, hizo pintar tres de las paredes de nuestro dormitorio con frescos, y la cuarta la dejó vacía. Cuando ahora volví a Manchester; también la cuarta pared estaba pintada. Allí puede verse un águila vieja y grande con cuatro crías. Dos llenan de heridas las alas de la vieja con sus picos, la tercera le clava las garras en el pecho, la cuarta está posada sobre su cuello y golpea sus ojos.
Tosió. Ante Leonor no disimuló la tos que la atormentaba en los últimos años. Cerró los ojos, y de pronto fue una mujer anciana. Con los ojos cerrados y una voz extrañamente monótona, como si pronunciara una oración, meditó:
–Con Luis sólo tuve hijas, y me pareció una desgracia. Con Enrique tuve hijos varones, pero no sé si fue una suerte. Los hijos varones causan preocupación tanto si son buenos como si son malos. Ninguna madre quiere que sean afables, no quiero ningún santo por hijo. Pero cuando son héroes, luchan contra quienes los rodean y los otros luchan contra ellos, y así debe ser; y así se nos mueren. Los dos primeros se me murieron, y mi tercer polluelo, tu hermano Ricardo, hace sufrir mi corazón, pero lo devasta todo y no ha habido ninguna noche más en la que no yazca despierta porque me preocupo por él.
Volvió a ser dueña de sí misma:
–Acércate -le dijo-. ¡Muy cerca! – y en un tono apasionadamente confidencial, en voz bajá, le ordenó:
–Bajo ningún pretexto debes hacer algo antes de que Alfonso se vea profundamente implicado en su guerra. En cuanto esté en el campo de batalla haz lo que te parezca más indicado. Vete a Toledo y asume la regencia. Los musulmanes son enemigos tenaces, tu Alfonso no sólo alcanzará victorias. Cada desgracia tiene su contrapartida, cada derrota ofrece nuevas posibilidades. Es entonces cuando el general le echa la culpa al ministro, el obispo al general, el cristiano al judío, cada uno es un traidor para los otros. Para muchos, tu Escribano judío será el culpable y el traidor. Naturalmente, tú lo defenderás. Vas a cubrirte las espaldas ante Alfonso y ante el mundo. Te esforzarás en detener la ira del pueblo, pero ¿quién puede hacerlo? En días así, no puede impedirse que aquí y allá la violencia triunfe sobre la ley y muchos perecen, los sospechosos y las personas más próximas a los sospechosos.
Doña Leonor absorbía cada una de aquellas duras palabras pronunciadas en voz baja.
–¡Esperar! – dijo para sí-. ¡Esperar! – y no estaba claro si se quejaba o si se estaba dando una orden.
–Sí, esperar -le ordenó duramente la madre. Y añadió-: Vete a Toledo. Es una buena ciudad y sabe cómo tratar a sus enemigos. Ya los antiguos reyes de Toledo lo entendieron, y supieron que debían esperar la noche adecuada antes de hacer rodar las cabezas. Una noche toledana dicen también entre nosotros. Espera y cúbrete bien las espaldas.
Tosió, aquel modo de hablar en voz baja pero con energía le suponía un gran esfuerzo. Sonrió, y se transformó, la desnuda pasión de la violenta anciana se convirtió en la courtoisie de la dama y, si hasta el momento había estado hablando en provenzal, pasó ahora a hablar en latín.
–Quizás dijo con ligereza- deberías contemplar el asunto amoroso de tu Alfonso por una vez desde su otro lado. También tiene su lado bueno. Este Alfonso tuyo, Alfonsus Rex Castiliae, es un gran caballero, un auténtico miles christianus, pero en cuestiones de amor me parece, y no lo tomes a mal, un poco adormecido. Es una suerte, también para ti, que en sus años viriles todavía haya despertado. He visto, para mi contento, que puedes echar chispas. Pienso que lo que has tenido que pasar no se convertirá tan pronto en cenizas.
Don Alfonso se encontraba a gusto en la capital de sus antepasados, en el viejo, estricto y anguloso castillo. Se sentía unido a Doña Leonor había olvidado que alguna vez entre ellos hubiera habido una pelea. Se convirtió de nuevo en el antiguo Alfonso, amable, generoso, rebosante de juventud.
La Galiana había quedado atrás, en el pasado, sumido en neblinas. No podía comprender cómo había podido soportar durante tanto tiempo aquella corrompida y opulenta paz. Sólo pensaba en la bendita guerra que ahora podría conducir. De igual modo que durante una cacería en un día caluroso necesitaba un baño, ahora ansiaba esta guerra. Había nacido para la guerra, la guerra era lo suyo. La fama de su cuñado, el rey Ricardo, el Melek Rik, lo espoleaba. De las pequeñas batallas que le había sido dado encabezar había surgido ya la fama de Alfonso; ahora, en la gran guerra, esos jóvenes y tiernos brotes de su fama se convertirían en un fuerte árbol.
Con entusiasmo, se entregaba con el arzobispo a la planificación de su guerra. Volvían a ser estrechos amigos Don Martín y él -¿acaso habían tenido nunca desavenencias?-. Hizo llamar a los expertos estrategas, los barones Vivar y Gormaz; su entusiasmo hacia proliferar sus ideas. Y constantemente iban mensajeros de aquí a allá entre él y Nuño Pérez, el gran maestre de Calatrava, su excelente general.
Lo único que lamentaba era no poder dedicar todo el día a los preparativos de la guerra, sino tener que escuchar durante largas horas aburridos discursos sobre economía, empresas, ciudadanos, campesinos, impuestos aduaneros, embargos, derechos de Estado, préstamos.
Porque, lamentablemente, los dos Ibn Esra habían tenido razón: los muchos litigios entre Castilla y Aragón se hallaban de hecho casi indisolublemente enmarañados.
Ciertamente, se habían puesto de acuerdo rápidamente sobre la dote de la infanta Berengaria, de modo que los esponsales pudieran tener lugar: Pero los acuerdos que debían preceder a la firma de la alianza ofrecían cada vez nuevas dificultades.
De ahí que la visita de la dama Ellinor fuera muy bienvenida. Esperaba que ella, aquella princesa cargada de experiencia, astuta en asuntos de Estado, haría desaparecer las dificultades en breve tiempo.
Por supuesto, su presencia también le causaba incomodidad. Su séquito le enojaba, aquella mesnie que llevaba consigo, aquel montón de fatuos miembros de la corte. En último extremo, todavía podía tolerar en las damas su modo de ser afectado, pero le parecía incomprensible y absolutamente repulsivo que aquellos caballeros que se encontraban de camino hacia la cruzada vistieran la mayoría del tiempo trajes de moda refinados; además llevaban el rostro afeitado como si fueran juglares o saltimbanquis.
Pero perdonaba todo aquello que le enojaba de la dama Ellinor al ver con qué perspicacia eliminaba los obstáculos que impedían la alianza. De un modo soberano juzgaba y decidía en conjunto y en detalle. Tenía razón cuando aún ahora, a sus años, exigía ser considerada la cabeza de familia.
Por eso, Alfonso se sintió poco sorprendido cuando ella, un día, le preguntó sin ambages:
–Y ahora, hijo mío, cuéntame qué clase de mujer es tu judía, la Hermosa.
Ciertamente, el rey de Castilla estaba autorizado a prohibir esa curiosidad, incluso a la dama Ellinor. Por otro lado, ella tenía derecho a hacerle aquella pregunta. Además, La Galiana se había convertido en pasado. Podía hablar de Raquel con sinceridad, serenidad y objetividad.
Pero, cuando se disponía a hacerlo, se dio cuenta con sorpresa de que no sabía nada de cómo era Doña Raquel, lo que sabía era poco preciso, desdibujado, no formaba ninguna imagen. El, que estaba tan orgulloso de su buena memoria, sólo podía acordarse de un modo vago de su bienamada.
–En verdad es muy hermosa -dijo finalmente-, no es adulación cuando la llaman la Hermosa. Es maravillosa, y me ha tenido durante mucho tiempo embrujado -reconoció-, pero esto ha terminado -continuó-, Abest, se acabó. Está fuera de mi sangre -concluyó decidido, de un modo definitivo.
Ellinor contestó amablemente:
–Había esperado que pudieras describírmela con más claridad. Las historias de amor me han interesado siempre. Pero me doy cuenta de que tienes poco talento para ser trovador o conteur. Pero quizás puedes contestarme con claridad una cosa: ¿Estás contento con que tu hijito, un pequeño bastardo, te produzca alegría?
Alfonso dijo orgulloso:
–Sí, debo estarle agradecido a ella y al cielo por él. Me ha dado un buen hijo, hermoso, fuerte y grande, aunque ella misma es más bien delicada y pequeña. Y el muchachito parece inteligente; desde el primer día tiene unos ojos poco corrientes en un niño tan pequeño, vivaces e inteligentes.
–Esto no es ningún milagro -dijo Ellinor-, puesto que su madre es judía. Por cierto, ¿cómo se llama tu bastardo?
–Sancho -dijo Don Alfonso-, y quiero darle el condado de Olmedo.
Había olvidado por completo que su hijo no estaba bautizado todavía.
–¿Crees que es correcto, señora y madre -preguntó-, que le otorgue el condado?
–¿Tiene muchos bienes este condado -se informó Ellinor-, o sólo un hermoso castillo y un par de cientos de campesinos?
–Es un condado muy rico por lo que se.
Ellinor explicó:
–En la actualidad, el hecho de poseer tierras productivas hace a un hombre más poderoso que un castillo lleno de torres. He cambiado muchos de mis castillos por tierras. Y cuando tu bastardo sea mayor los palacios tendrán todavía menos valor y las tierras mucho más.
–Así pues, ¿no tienes nada que objetar señora y reina -se cercioró Alfonso-, a que nombre a mi hijo conde de Olmedo?
–Si tu Sancho es un bastardo agradable contestó pensativa y decidida la reina Ellinor-, es de justicia que lo trates bien.
Dos días más tarde fueron presentadas a la anciana Ellinor en una festiva ceremonia, las dos princesas, una de las cuales debería ser la futura reina de Francia.
La reunión era numerosa y esplendorosa. Se hallaban presentes los grandes y los prelados de Castilla y Aragón, y además los barones de la reina Ellinor y el enviado especial de Felipe Augusto de Francia, el obispo de Beauvais.
Durante semanas, diligentes manos habían trabajado en los vestidos de ambas infantas, cosiendo y tejiendo. De modo que aparecieron hermosamente engalanadas ante la noble concurrencia que iba a realizar la elección: unas niñas agradables con bellos rostros infantiles, blancos, sonrosados y carnosos, bien formadas, extraordinariamente bien educadas. Ese día pusieron en práctica el comportamiento relajado propio de una dama que la courtoisie exigía y que habían aprendido con mucho esfuerzo. En su interior se sentían llenas de timidez y eran conscientes de su importancia; no sólo su propio destino, sino también el de muchos cristianos y muchos países dependía del resultado de este examen.
Berengaria, infanta de Castilla, reina de Aragón, sentada en un lugar preferente del estrado, contemplaba con aire de desprecio a sus hermanas. Así que una de ellas sería reina de Francia. ¿Y qué? Ella, Berengaria, uniría algún día a Castilla con Aragón, quizás, probablemente, también conseguiría anexionar León y tal vez también Navarra; sí, quizás Don Pedro conquistaría para ella, si sabía azuzarlo, una buena parte de la al-Andalus musulmana. El territorio del rey de Francia estaba estrangulado: alrededor de sus fronteras se hallaba su gran tío Ricardo, que poseía Inglaterra y una parte del territorio flanco mayor que la de aquel pobre rey de Francia. No, su hermana de Francia no podría alardear a su lado.
Don Alfonso se gozaba en sus hermosas hijas. Se sentía agradecido a la vieja reina Ellinor por haber puesto en marcha este emparentamiento con Francia; era bueno que en esta época de grandes guerras se consolidaran los lazos entre los príncipes cristianos. Contempló el rostro de su hija mayor de su Berengaria, que no era hermoso, pero sí audaz e inteligente, y con cierta diversión, pero también con un poco de enojo, percibió su indomable arrogancia. Ante él adoptaba una actitud todavía más cerrada que antes. Le reprochaba que se hubiera metido en líos, era evidente que se sentía ya reina de Aragón y veía en su padre a un hombre que había administrado mal y de un modo censurable su herencia.
Doña Leonor llevaba un traje rojo de pesado damasco con una orla plateada en la que había leones bordados. Sabía que aquel vestido no le sentaba bien, pero hoy tenía gran interés en que sus hijas la superaran en esplendor. Se sentía orgullosa de sus hijas, de las cuales dos, de momento, iban a sentarse en los más altos tronos de Europa. El mundo se haría cada vez más pequeño sin los reinos sobre los cuales ella, su madre, su, hermano, sus hijas tendrían poder.
La anciana Ellinor contempló a sus dos nietas con sus ojos duros y claros, que no Se dejaban engañar: En silencio, habla pensado ya un nuevo proyecto. A aquella que no fuera otorgada a Francia la sentaría en el trono de Portugal; Portugal, debido a sus buenos puertos, era importante para Inglaterra, así pues, lo que debía decidir era: cuál de ellas encajaba más en París y cuál en Lisboa.
Examinó a las dos muchachas con detenimiento casi descortés. Les dirigió preguntas sin rodeos, les ordenó que se acercaran para observar su modo de andar, les hizo cantar un poco, les preguntó cosas en latín y en provenzal.
–Unas niñas agradables -dijo finalmente dirigiéndose a Doña Leonor pero suficientemente alto para que cualquiera pudiera oírlo-, son unas prometedoras princesas. Tienen algo de los antepasados castellanos de Alfonso, más de mis antepasados de Poitou y sorprendentemente poco de los Plantagenet.
Después se dirigió de nuevo a las infantas y preguntó a la mayor:
–¿Como te llamas tú, princesa?
–Urraca, señora abuela y reina -repuso ésta, y la otra dijo:
–Yo soy Doña Blanca, mi señora.
Más tarde, Ellinor, Alfonso y Leonor se reunieron a solas con el obispo de Beauvais, el enviado especial del rey de Francia.
–¿Cuál te ha gustado más, ilustrísima? – preguntó Ellinor al obispo. Cortés y cauteloso, el prelado contestó:
–Cada una de ellas merece ser reina.
–Ésta es también mi opinión -dijo Ellinor-, pero hay un detalle que hay que tener en cuenta. En Francia tendrán dificultades en pronunciar el nombre de Urraca. Esto reducirá la popularidad de esta infanta. Creo que le daremos a tu príncipe heredero Luis a nuestra Doña Blanca.
Así se decidió.
Apenas transcurría un día sin que en la corte de Burgos se celebrara una fiesta en honor de la dama Ellinor y de la nueva desposada. La anciana reina se vestía mejor y tenía mejor aspecto que muchas damas que no habían pasado los últimos años en prisión, sino en ambientes en los que se estudiaban y discutían a fondo las telas, trajes, joyas y cosméticos. Se movía en el baile con pericia y delicadeza, como una joven. Disfrutaba como una buena conocedora de los manjares y los vinos. Montaba bien a caballo y mostraba su pericia en la caza. También, cuando contemplaba desde la tribuna los torneos, se caracterizaba por sus conocimientos. Y su juicio era indiscutido cuando las damas debían valorar los versos de troubadours y de conteurs.
A pesar de los ímpetus que dedicaba a la caza, al baile, a las fiestas y a las canciones, la atención y la energía con la que manejaba el tema de la alianza no se hizo por ello menor. Avanzaba metódicamente: Para empezar Don Alfonso y Don Pedro se habían comprometido solemnemente, por medio de su firma y su sello, a someterse a su juicio, al de Ellinor de Guyena; había hecho hacer una declaración semejante también a Doña Leonor, y en previsión también a Doña Berengaria. Después, llamó a su presencia a los más distinguidos consejeros de ambos reyes, primero a cada uno por separado, les planteó breves e inteligentes preguntas, confrontó a los ministros cuyas declaraciones y opiniones se contradecían entre sí, indagando todo cuanto tuviera que ver con el asunto.
Convocó un consejo real al que asistieron todos los ministros de los reinos de Aragón y de Castilla. Sólo faltaban Don Jehuda y Don Rodrigue; éstos eran retenidos en Toledo a causa de la administración del reino.
Voy a dar a conocer mi arbitrio. Tomó aquel antiguo y memorable escrito que establecía la soberanía de Castilla sobre Aragón y desdobló el pergamino quebradizo y amarillento del cual colgaban ambos sellos, muy grandes, y que todos reconocieron de inmediato.
–Ante todo -anunció-, declaro esto anulado. Non valet, deleatur -y con manos firmes rasgó el pergamino en dos pedazos-. Deletum est -confirmó.
Don Alfonso, en su momento, cuando Jehuda propuso al rey Enrique como árbitro, había reclamado su juicio con remordimientos de conciencia; sin embargo, Ellinor le parecía la jaeza enviada por Dios. Pero ahora, al ver cómo el valioso pergamino que le daba poder sobre aquel necio de Aragón era destruido, aquel famoso y comprometedor escrito por el que habían muerto tantos caballeros y tantos caballos, sintió como si las manos de aquella vieja mujer rasgaran sus propias entrañas.
Ellinor pasó ahora a las diecinueve cuestiones económicas en litigio, de las cuales Jehuda había dicho en su momento que su decisión determinaría sobre cuál de ambos reinos recaería la supremacía en la Península. Ellinor especificaba hasta el último sueldo, los derechos y obligaciones de Castilla y Aragón. Castilla y Aragón escuchaban, tan pronto satisfechos, tan pronto malhumorados.
Finalmente, la anciana princesa proclamó su juicio sobre las exigencias de Gutierre de Castro. Don Alfonso debía pagarle una indemnización -y no evitó la dura palabra- de dos mil maravedíes de oro. Se trataba de una indemnización extraordinariamente elevada. Todos los presentes apenas pudieron ocultar su impresión.
–Por otro lado -continuó Ellinor como de pasada-, aquel castillo de Toledo sobre el cual Castro cree tener derechos, seguirá siendo propiedad de Don Alfonso, es decir del hombre que lo adquirió por medio de un contrato de compraventa válido. Seguirá siendo el castillo Ibn Esra.
Doña Leonor no pudo evitar que su rostro empalideciera de indignación. Pero Alfonso, que no se había atrevido a esperar esta decisión, respiró aliviado; habría sido un deber muy desagradable precisamente ahora arrebatarle al judío el castillo.
–Creo que hemos terminado -dijo- la dama Ellinor-, he mandado preparar cada uno de los documentos y ruego a los señores que les corresponda que los presenten a sus reyes para que los firmen. Pero tened presente que lo que en ellos se recoge se ha convertido ya desde este momento en ley por medio de mi firma y la proclamación de la sentencia.
Más tarde -se había dado perfecta cuenta de la iracunda sorpresa de Doña Leonor-, le explicó:
–Sigues sin ser aún lo bastante lista, hijita. La pasión te oscurece el entendimiento. Intenta comprender que sería el colmo del disparate que tú y yo le declaráramos la guerra al judío. ¿Acaso deseas la reconciliación con Castro? Mejor reconoce que en el futuro también él estará deseando lanzarse al insolente y alargado cuello del judío.
Esperó hasta que sus palabras hicieron mella en Leonor
–Ten por principio, hija de Castilla -le advirtió-, el no concederle nunca a aquel que reclama todo lo que exige. Así lo aprendí de la madre de mi Enrique, la difunta emperatriz Matilde. Ella me lo inculcó: Aquel que quiera obtener un buen servicio de su halcón no debe darle de comer sino ponerle la presa ante sus ojos. Pon el castillo ante los ojos de Castro, Doña Leonor.
Un poco más tarde, dijo:
–No te enfades conmigo si de vez en cuando te sacudo y te trato con dureza. Sé con exactitud todo aquello que has hecho bien, y que has tenido que eliminar muchos obstáculos antes de que pudieran tener lugar esta boda y esta alianza. Tienes talento para la política. Es muy probable que ésta sea la última vez que te veo y me gustaría avivar tu gusto por la política. El deseo de poder es, de entre todas las pasiones, la única que permanece.
Cerró los ojos y habló abriendo su corazón.
–Produce un enorme placer empujar a las gentes de un lado para otro, construir ciudades, fundir países y de nuevo volver a separarlos. Causa alegría construir y causa alegría destruir. Una victoria justa produce alegría, pero tampoco quiero renunciar a mis derrotas, no se lo digas a nadie: incluso la excomunión me produjo regocijo. Cuando se acerca la maldición con el libro, las campanas y las velas; cuando los altares se oscurecen y se cubren las imágenes y se hace callar a las campanas; entonces crece en el fondo de tu ser la firme voluntad de volver a encender las velas y de volver a hacer tocar las campanas, una desenfrenada voluntad que agudiza el ingenio. Se piensa en todos los medios y caminos: ¿Hay que unirse al Papa que ocupe el cargo y dulcificarlo astutamente? ¿O hay que implantar un antipapa que apague al otro las velas y haga detener para él las campanas?
Doña Leonor escuchaba absorta las palabras pronunciadas en voz baja, se sentía agradecida a su madre por otorgarle tanta confianza. Sería digna de ella.
Ellinor abrió los ojos y miró a la hija directamente a la cara.
–Un corazón grande -dijo- tiene necesariamente muchos rincones vacíos. En ellos puede hacer su nido fácilmente el aburrimiento, la melancolía, la acedía. Se necesita una gran pasión para llenar los rincones vacíos. Perseguir el poder, anhelar cada vez más poder es un fuego grande, bueno y permanente. Créeme, hija. La política puede encender la sangre tanto como la más hermosa noche de amor.
CAPÍTULO SEGUNDO
TAMBIÉN había acudido a la corte de Burgos el Clerc Godefroi de Leigni para asistir a los esponsales de la infanta Berengaria, en representación de la princesa Marie de Troyes. Godefroi era un íntimo amigo del recientemente fallecido Chrétien de Troyes, el más famoso de los conteurs, y allá donde Godefroi aparecía, los caballeros y las damas le rogaban que recitara algunas de las narraciones en verso de su difunto amigo.
El gran poeta Chrétien de Troyes había escrito un gran número de hermosas, sorprendentes y ambiguas romanzas en verso. Había relatado el sensato destino, multicolor y fabuloso, de Guillermo de Inglaterra, el oscuro y magnífico embrujo amoroso de Tristán e Isolda, las maravillosas aventuras del caballero Yvain en castillos llenos de misterio, los viajes y preocupaciones del fiel y aprensivo joven Perceval, pero, más que ninguna de estas romanzas, las damas y los señores preferían escuchar la historia de Chrétien del caballero Lancelote en el carro.
Inútilmente repetía Godefroi que el propio Chrétien no consideraba este poema demasiado bueno y que ni siquiera lo había terminado; Lancelote era la más popular de sus obras, y los caballeros y las damas querían escucharla una y otra vez.
Lo que se cuenta en la historia de Lancelote en el carro es lo siguiente:
Lancelote, el mejor caballero de la cristiandad, ama a la dama Ginebra, y puesto que ésta se encuentra en peligro, se dispone a liberarla. Pierde su caballo y desespera ya de poder dar alcance al secuestrador de la dama. En ese momento se detiene un carro junto a él, el carro para los reos, y su dueño, un repugnante enano, invita a Lancelote, en medio de abundantes, corteses y ridículas reverencias, a subir al carro; sin embargo, no hay mayor insulto para un caballero que ser visto en uno de estos carros.
Lancelote duda dos instantes: ya que si se sube al carro y sigue su camino en él, será víctima de las burlas de la población. Consigue liberar a su dama. Pero ella no le permite aparecer ante su presencia, sino que le ordena ocultar su fuerza y su destreza en el próximo torneo y dejarse vencer. Así lo hace Lancelote, y también deja caer sobre él otros insultos porque su dama así lo ordena. Pero ella permanece inmisericorde y sólo al final le expone el motivo: Él no sabe qué es el verdadero amor puesto que antes de subir al carro dudó durante dos instantes.
Puesto que la reina Ellinor y Doña Leonor pocas veces dejaban de asistir a las representaciones de troubadours y conteurs, la courtoisie exigía que también Don Alfonso estuviera presente a veces. Así fue cómo un día escuchó al Clerc Godefroi leer fragmentos del Lancelote.
En el fondo, a Don Alfonso le aburrían las romanzas en verso. Las aventuras de estos caballeros inventados le parecían absurdas, sus suspiros y ansias amorosas, afectados. Pero esta historia, contra su voluntad, captó su atención. El comportamiento de Lancelote, por más disparatado que fuera, le afectó, le irritó, le obligó a reflexionar, a enfrentarse consigo mismo.
Cuando más tarde, entrada la noche, yacía en su cama, todavía seguía reflexionando. Yacía con los ojos cerrados, demasiado cansado para estar despierto, demasiado despierto para dormirse, y vio al caballero Lancelote en su carro. Pero, de pronto, Lancelote dejó de estar en el carro, se hallaba allí sentado, sobre su cama, sobre la cama de Alfonso.
–¿Qué buscas aquí? – preguntó Alfonso belicoso-, ¿acaso supones que tenemos algo que ver?
Lancelote asintió con fuerza.
–¡Esto no lo consiento! – le gritó Alfonso-. ¡No soy tu hermano y compañero!
Lancelote no contestó nada, pero siguió mirando a Alfonso, y éste supo qué le estaba diciendo con su silencio.
–Ciertamente, eres mi hermano y mi compañero -dijo-, eques ad fomacem, el caballero sentado junto al fuego.
Alfonso quiso contestar con fuerza, exponer todos aquellos ineludibles motivos políticos y militares que le habían obligado a permanecer alejado de la cruzada. Pero, de golpe, lo vio todo con dolorosa claridad. Todo había sido pura apariencia y falsedad. Había un solo motivo verdadero por el que no había emprendido la lucha: se había querido quedar junto a Raquel. Era el hermano y compañero de Lancelote, había atraído sobre sí los insultos, se había engañado.
Sintió una profunda vergüenza.
Inmediatamente después, con un dulce sobresalto, sintió cómo ese calor se convertía en otro, en uno que le resultaba familiar un calor maldito y bien recibido. Vivamente, aspiró el pesado aroma de los jardines de La Galiana, sus venas latieron, la sangre corría por su cuerpo produciéndole un dulce cosquilleo, sentía en él, dulce y delicado, el amado veneno de Raquel.
Intentó librarse de aquello. Respiró profundamente, apartó a golpes, con un pataleo infantil, los edredones. Aquel Lancelote no iba a burlarse más de él, allí estaba la guerra, y tan pronto estuviera en el campo de batalla, Raquel quedaría atrás para siempre. ¡Absit! ¡Absit!, decidió. Tenía que terminar con ella. Tan pronto como regresara a Toledo, lo primero que haría sería hacer bautizar a su hijo y después se marcharía a la frontera sur; a Calatrava y a Alarcos, y habría terminado con Raquel.
–Entonces no tendré nada más que ver contigo, triste servidor de las mujeres -le dijo violentamente a Lancelote-, y además resultas absolutamente ridículo con tu servil amor.
Pero Lancelote ya había desaparecido.
A pesar del poco favor que Don Alfonso mostraba a los troubadours y conteurs, había uno entre ellos que le gustaba, un barón del Lemosín, Bertrán de Born.
Este Bertrán, a pesar de llamarse a sí mismo vizconde de Hautefort, no era de hecho un gran señor, tan sólo tenía un par de cientos de hombres como vasallos. Pero era famoso por sus osados versos, era impetuoso en su modo de ser, desde su más temprana juventud había fascinado y arrastrado a las gentes. Se decía que en sus tiempos, cuando todavía era apenas un muchacho, había disfrutado de los favores de la floreciente reina Ellinor. Más tarde, siendo señor de sus dos castillos, había participado con la palabra y con la espada en toda contienda que surgiera, sin reflexionar mucho cuál era la mejor causa, y había sabido ganar para su empresa, a mucha gente. Era belicoso e iracundo. Se habla enfrentado con su hermano a causa de la repartición de la herencia, y, a pesar de que las exigencias de su hermano eran moderadas, había luchado contra él con versos y con las armas. El rey Enrique, el señor feudal, había intervenido y ayudado al hermano a defender sus derechos. Bertrán, después de esto, azuzó al joven rey Enrique contra su padre por medio de sus versos, hasta que el joven rey halló la muerte al recibir una flecha ante uno de los castillos de Bertrán. Bertrán también había azuzado, además, a los barones del Lemosín para que emprendieran la guerra contra su rey, el viejo Enrique, y también para que lucharan entre ellos; su mano se dirigía contra todos y la mano de todos contra él. Finalmente, el joven Ricardo había reducido a cenizas los castillos de Bertrán y lo había tomado prisionero. Pero pronto se habían reconciliado de nuevo; ahora, Bertrán se disponía a viajar a Sicilia para unirse al ejército de cruzados de Ricardo.
La fama de Bertrán de Born también había cruzado los Pirineos. En Hispania se conocían sobre todo sus canciones políticas, sus sirventés. Allí donde había una disputa o una guerra se cantaban sus osados versos. Su divisa era tan conocida como la oración del Padrenuestro: «Considero innoble la paz, el único derecho válido para mi es mi espada.»
Bertrán tenía ahora unos sesenta años, pero nadie podía igualársele en cuanto a lo caballeresco y cortesano. Había gustado de inmediato a Alfonso, y aunque a veces el rey tenía dificultades en entender el lenguaje provenzal de Bertrán, sentía que aquellas controvertidas y violentas canciones estaban hechas de una materia completamente distinta de los flojos versos de los trovadores españoles; eran tan elegantes y peligrosos como las afiladas dagas cordobesas.
Don Alfonso distinguió a Bertrán con su predilección, le mandó ricos presentes, le colmó de atenciones, le incluyó en su séquito de cacería, mantenía con él íntimas conversaciones. Bertrán tenía el don de contar las cosas de modo que personas y acontecimientos adquirieran plenitud y esplendor y para quien le escuchaba era como estarlo viendo. Contaba, por ejemplo, cosas del viejo rey Enrique. Con sus palabras dibujaba al fallecido rey: los ojos grises inyectados en sangre, los altos pómulos, la poderosa barbilla con su pequeña barba puntiaguda, la boca violenta y ávida. Era casi un héroe, el rey Enrique, pero no acababa de serlo del todo, le faltaba la verdadera largueza, la generosidad: era mezquino. La última vez que Bertrán había estado ante el rey había sido como prisionero, no iba armado, no tenía más arma que sus palabras, pero con sus palabras venció al vencedor de modo que éste le dejó libre y le reconstruyó el castillo que le había quemado. Pero también allí había querido ahorrar. No era precisamente un rey como debía ser, por muy majestuoso que quisiera parecer No conquistaba por el puro placer de la conquista, sino para tener y retener Una y otra vez podía reconocerse en pequeños rasgos y gestos que era avaricioso, un mercachifle. Sus dedos, por ejemplo, lo delataban, tenía dedos codiciosos que no podía mantener quietos, los encogía y los estiraba, desmintiendo su propia dignidad, o bien garabateaba o dibujaba. Prometía mucho, y mantenía sus promesas, pero siempre sólo en parte; «Si y no» le había puesto Bertrán por sobrenombre, y ése era el sobrenombre que le quedaría. Don Alfonso, cuando Bertrán le contaba esas cosas, veía ante sí al padre de su esposa, lo veía con más claridad que si lo tuviera ante sus ojos.
–En eso, mi joven rey Enrique era distinto -seguía contando Bertrán-, yo le llamaba rassa, y rassa era. Vivía en la abundancia, todo lo que tenía lo despilfarraba, los tesoros de Chinon, sus caballeros y routiers, su propia vida… ¡Era maravilloso! Era rassa, y por eso fue doblemente infame que el viejo rey le dejara tan poca libertad. ¿Por qué le había convertido en rey si no le permitía vivir como un rey? Si, yo lo aguijoneé contra el padre, y cuando se reconcilió con él, volví a azuzarle. Dicen que murió por eso. Nunca creí que un hombre pudiera sentir un dolor tan infernal como el que yo sentí cuando mi joven rey murió. Y quizás realmente murió por culpa de mis versos. Sin embargo, y a pesar de ello, no lo lamento -continuó en voz baja, con violencia, y ahora hablaba más bien para sí:
–He amado a muchas mujeres y he perdido a muchas, y también me sentía triste cuando perdía a ésta o aquélla, pero realmente entristecido sólo lo estuve por el joven rey. Sólo a él amé.
Y empezó, entonándolos, a pronunciar para sí los versos que había compuesto a la muerte del joven rey, aquel canto fúnebre del que se decía que nunca, desde que el rey David lamentó la muerte de Jonatán, se había cantado a un héroe un canto más hermoso. Si tuit li dol e'lh plor el’h marrimen cantó.
Aunque todas las lágrimas y penas del corazón,
Cualquier tormento, perdida o aflicción,
Y los peores sufrimientos que en esta vida mortal
Vamos padeciendo, se reunieran en un solo mal,
¡Necedades! ¡Menudencias! ¡Nada! parecieran
Ante la muerte del joven señor de Inglaterra.
Don Alfonso contempló a Bertrán recitando para sí, fieramente, ensimismado; por encima de la delgada nariz considerablemente torcida, una auténtica nariz de cernícalo, relucían ferozmente los grandes y vehementes ojos grises. Aquel hombre hacía brotar los versos de duelo de la profundidad de su pecho, de modo que a Alfonso le parecía como si fueran creados en ese momento, y conmovió al rey que Bertrán le mostrara el interior de su corazón de aquella manera. Se sintió empujado a corresponder a su confianza. Bertrán, aquel auténtico caballero, tenía el don de expresar lo que atormentaba a un hombre, aquello inexpresado y casi inexpresable que latía en su pecho; si había alguien capaz de comprender las sombras que oprimían a Alfonso, ése era él.
–¿Dices -le preguntó con una timidez inusual en él- que nunca has amado realmente a una mujer?
Bertrán lo miró.
–Yo no lo expresaría de un modo tan lapidario -respondió sonriendo-, pero en tu afirmación hay algo de verdad.
–Pero tú has compuesto maravillosos versos dedicados a mujeres -repuso Alfonso.
–Ciertamente, lo he hecho -respondió Bertrán-. Un hombre debe decir a una mujer cosas bonitas como lo exige la courtoisie y como algunas veces lo pide el corazón. He jurado a las mujeres bajarles la luna del cielo, pero los juramentos de una noche de amor sólo son válidos hasta el amanecer. Romperlos es pecado venial, incluso mi confesor lo reconoció así. Al fin y al cabo, fue la mujer la que nos tentó con la manzana.
Alfonso se rió, pero inmediatamente siguió interrogándolo:
–¿Y siempre has conseguido escapar del amor? ¿Has escapado del amor de todas las mujeres?
El viejo caballero notó la tensión del otro, vio que Alfonso pensaba en su asunto amoroso con la judía y sintió una inclinación casi paternal por aquel joven rey que requería consuelo de él de un modo tan ingenuo, infantil y disimulado.
–Sí, he conseguido escapar -contestó. Lo miró divertido y amistoso y añadió-: ¡Mujeres! – continuó con un movimiento de mano altanero y ligero-. Puede que se acerquen mucho a nuestra sangre, pero no pueden acercarse a nuestra alma. Voy a decirte algo Alfonso: la vida de un caballero es como la corriente de un río, fluye y fluye y destruye todo aquello que no es suficientemente sólido, lo que no ha alcanzado el alma. Aquellas mujeres de mis versos se han pulverizado hace tiempo, son recuerdos vacíos qué se han disipado en la niebla. Otra cosa sucede con una buena batalla. Su impresión dura, su recuerdo nos calienta y fortalece. Las batallas en las que he luchado me han mantenido el espíritu joven -se rió a carcajadas altanero, arrogante-, y también el cuerpo. Enseguida vas a ver lo que quiero decir -dijo contento y misterioso.
Ordenó a su escudero Papiol, que apenas era más joven que él, pero que no se mantenía menos vigoroso, que se acercara, y dirigiendo al rey una mirada chispeante y divertida de sus ojos vehementes y hundidos, le ordenó:
–Venga, Papiol, muchacho, cántanos la canción del viejo y el joven.
Y Papiol, acompañándose de una pequeña arpa, cantó la desvergonzada y atrevida canción: Joves es om que lo seu be engatge.
Joven es aquel que, empeñando castillo y bienes,
Parte cubierto de esplendor hacia el torneo.
Joven es aquel que, sin tener dinero,
Obsequia los más ricos presentes.
Y aquel a quien no preocupan los enjambres de acreedores.
Joven es aquel que se entrega al juego y a los desafíos.
Y joven es aquel que se expone en el amor.
Viejo es aquel que nunca jamás
Osa poner en juego su castillo y sus tierras.
Aquel que almacena el grano, el vino y el jamón.
Aquel que, estando ahíto, no se atreve a comer más
Y se apresura a tomar su capa cuando llueve.
Viejo es aquel que suspira por un día de descanso.
Viejo es aquel que abandona el juego antes de ganar
Pero la vida desenfrenada había deteriorado a Bertrán, y aunque se mostrara gallardo y arrogante, casi siempre cubierto por su chirriante armadura, apenas podía ocultar que dentro de la misma se ocultaba un cuerpo algo tembloroso, y quizás alguien se habría sonreído al ver a aquel caballero envejecido y a su viejo escudero y al escuchar sus versos. Alfonso no sonrió. Escuchó y sintió la fuerza y el ritmo de los versos, el desafío ante el tiempo que se escapa, la vida que transcurre.
–Gracias, Bertrán -dijo encantado-, ése es el espíritu de la caballería, esto es arte.
El embeleso del joven rey le hizo bien al viejo Bertrán. Si alguien hubiese puesto en duda su vigor aunque fuera sólo con una mirada o con un gesto, lo habría desafiado. Pero este Alfonso era un amigo, un hermano, ante él reconoció:
–Lamentablemente, ni los más ingeniosos versos pueden protegernos del desgaste del cuerpo. A ti, mi señor, te lo digo: la guerra a la que ahora voy es mi última guerra. No me engaño, sé que pasará quizás un año o dos, pero entonces mi estúpido cuerpo fallara, y un caballero frágil es motivo de burla para los niños. Ya he hablado con el abad de Dalon; si vuelvo sano y salvo de esta guerra, entraré en un convento.
El rey se sintió orgulloso de que Bertrán le confiara sus intenciones, y siguiendo una súbita inspiración decidió: Este buen caballero y poeta no debe llevar a cabo sus hazañas como guerrero del rey Ricardo. Mi cuñado Ricardo no debe quitarme también esto. Bertrán debe estar a mi lado y cantar mi guerra.
El canónigo Don Rodrigue llegó a Burgos.
Estaba lleno de sombría inquietud. Evidentemente, Don Alfonso había privado a su hijo del bautismo, de su ingreso en la comunidad cristiana, había echado sobre su conciencia una grave culpa, y al abandonar Toledo evitó el enfrentamiento. Sin embargo, el mismo Rodrigue se había sentido aliviado, sentía una reprobable vergüenza ante este enfrentamiento, procuraba evitar su deber. Sólo ahora, transcurridas varias semanas, había reunido fuerzas para visitar al rey
Pero también allí, en Burgos, tuvo que ver cómo Alfonso evitaba el dialogo con él. Y de nuevo se resignó.
Para distraerse de sus preocupaciones, sus remordimientos y su vergüenza, se sumía en la vida cortesana de Burgos. Observó con interés que las maneras cortesanas del norte se habían refinado mucho. Ahora las damas y los señores estudiaban con celo las reglas de la courtoisie. Debatían sobre las puntillosas leyes de la minne y mostraban una experta atención al arte de los poetas.
Pero pronto se dio cuenta de que toda aquella actividad elegante y cortesana no era mas que un juego vacío y engañoso. Lo que en realidad preocupaba a las damas y señores, lo que los absorbía por completo, era la cercana guerra. La esperaban con una impaciencia delirante y entusiasta.
Don Rodrigue se dio cuenta de esto con tristeza. Se censuró a sí mismo por su preocupación. La guerra que deseaban era santa, su entusiasmo piadoso; participar en ella era una obligación, y despreciarla, pecado.
Pero él no podía compartir aquel piadoso entusiasmo. En él cobraban vida las maravillosas alabanzas a la paz del libro de Isaías, del Evangelio, los fanáticos discursos en favor de la paz de su alumno Don Benjamín. Pensaba con tristeza y horror en la guerra y el sufrimiento que ésta traería a la Península. Se sentía cruelmente solo en medio de aquella ruidosa y alegre actividad, aquel entusiasmo sediento de sangre de aquellos hombres cultivados e instruidos le repugnaba, le traía a la memoria las observaciones de su amigo Musa sobre el Jezer Hara, el brote del mal.
Más que ningún otro, le repugnaba el hombre a quien le había sido dado prestar su voz a aquella salvaje y violenta alegría, aquel Bertrán de Born. A primera vista era un hombre envejecido, no precisamente apuesto, como muchos otros. Pero Don Rodrigue ya sabía de sus poesías, de sus aspiraciones y actividades, y si se le contemplaba más de cerca, también podía leerse en el rostro del caballero y en sus vehementes ojos bajo las espesas cejas lo que era en realidad: la encarnación de la guerra. Quizás el caballero resultara ligeramente ridículo cuando con forzado vigor caminaba y cabalgaba y se pavoneaba; pero el horror que irradiaba aquel hombre ahogó las ganas de burlarse del canónigo. Allí no había nada de qué reírse. Aquél era el malvado Dios Marte en todo su horror. Su mismo aspecto debían de haber tenido los jinetes que el evangelista Juan vio cuando le fueron hechas las últimas revelaciones.
Y al mismo tiempo, el mismo Don Rodrigue apenas podía sustraerse a la magia de los osados versos de aquel Bertrán, el experto que habla en Don Rodrigue tenía que reconocer que sus canciones de guerra eran maravillosas, arrebatadoras, pletóricas de encanto en toda su ferocidad. Lleno de tristeza y de ira, Rodrigue se dio cuenta de con cuánto arte había dotado Dios a aquel hombre rudo. Su ira creció cuando tuvo que ver cómo su amado Alfonso lo evitaba a él, a Rodrigue, mientras que no se separaba de aquel espantoso y desenfrenado caballero. Celoso, Rodrigue sintió dolorosamente la íntima unión de ambos, y su esperanza de volver al rey al buen camino se hizo cada vez más débil.
En medio de su preocupación, al canónigo le quedaba una alegría: el trato con el Clerc Godefroi. Don Rodrigue amaba y admiraba los relatos de Chrétien de Troyes, y el modo de ser de Godefroi le parecía reflejar la poco frecuente piedad interior que Chrétien había sabido infundir en los versos de sus composiciones. Con frecuencia, en atención al canónigo, Godefroi, cuando leía en voz alta fragmentos de las obras de Chrétien, elegía capítulos tranquilos que permitían reconocer el estilo único y admirable de Chrétien, dedicado a las cosas corrientes y terrenales.
Así pues, una vez leyó ante muchos oyentes la aventura del caballero Yvain con las pauvres pucelles, las pobres doncellas:
El caballero Yvain va a parar a la morada de las pauvres pucelles y allí ve a aquellas pobres doncellas. Cosen y tejen hilos de oro y de seda para hacer vestidos; pero ellas mismas tienen un aspecto absolutamente miserable, el delantal y el vestido lleno de agujeros y desgarrones; las camisas llenas de sudor y suciedad, los cuellos toscos, el rostro pálido a causa del hambre y los sufrimientos. Yvain las ve, y ellas lo ven a él, y llenas de vergüenza, esconden sus rostros inclinando las cabezas hacia el suelo y lloran.
Y entonces alzan su queja:
Cosemos piezas de seda, brocado y pedrería,
Pero estamos medio desnudas y sucias como mendigas.
Y es que nuestro salario no es bastante
Ni para comprar trajes ni carne.
Siempre con miedo y con mucho cuidado,
En vano el pan nuestro de cada día nos racionamos,
Si es poco por la mañana, por la noche aún hay menos.
Y la que en una semana gana veinte sueldos
Una condesa o una duquesa se siente,
Aunque con veinte sueldos para nada tiene.
Pero aquellos que nos dan tan mísero salario
Se enriquecen con nuestro trabajo.
Y sin embargo, nos maltratan y nos golpean,
Y ni siquiera de noche en paz nos dejan,
Y si alguna mortalmente cansada se adormece,
Golpeando y empujando el amo siempre se halla presente.
Nuestro es el sufrimiento, estamos en el infierno,
Nosotras pobres doncellas, nosotras pauvres pucelles.
Fue una satisfacción para Don Rodrigue que el poeta Chrétien de Troyes, a pesar del esplendor y la gloria de los caballeros y de sus damas, no olvidara la desesperación y el sufrimiento de aquellos que trabajaban con ahínco en las sombras. Sin embargo, los demás oyentes, los preux chevaliers y las dames choisis que llevaban los ropajes que aquellas pauvres pucelles habían confeccionado, se quedaron sorprendidos e indignados. ¿Qué clase de estúpido capricho había tenido aquel fallecido conteur? ¿Cómo podía alguien que había cantado con tanta dulzura y nobleza a la exquisita minne y relatado aquellas heroicas aventuras ensuciar su boca de ese modo? ¿Cómo podía tener versos y rimas para aquellas desventuradas costureras? Unas hacían los trajes y otras los llevaban, unos forjaban las espadas y otros luchaban con ellas, unos construían los castillos y otros los habitaban: así eran las cosas, así lo había establecido Dios en su sabiduría. Y esas tristes criaturas, las pauvres pucelles, se rebelaban contra esto, su señor haría bien en romperles las costillas.
Pero de nuevo era Bertrán de Born quien expresaba los sentimientos de todos. La lengua del norte, la langue d'Oïl, que utilizaba Chrétien en sus composiciones, le parecía un torpe balbuceo, aquellas acarameladas rimas que se había visto obligado a escuchar hacía un momento le parecían de lo más estúpido. Ya durante el recitado había tenido que reírse a carcajadas, y cuando Godefroi terminó le dijo:
–Vosotros, los señores del norte, tenéis un sorprendente interés por el pueblo y por su pestilencia. ¿Quieres saber mi buen maestro Godefroi, cómo pensamos nosotros aquí en el sur acerca de todo esto?
Las damas y señores se alegraron de antemano de la firme respuesta que Bertrán, con toda seguridad, daría a los lamentos del fallecido Chrétien, y le rogaron:
–¡Déjanoslo oír noble Bertrán! ¡No nos hagas esperar! ¡Déjanoslo oír! – lo apremiaban.
Y riéndose, formidable, Bertrán ordenó a su juglar:
–¡Papiol, muchacho, cántanos el sirventés del Vilain!
Éste se adelantó con actitud osada y juvenil, rasgó el arpa y cantó la canción del Vilain, de los ciudadanos y campesinos zarrapastrosos. Cantó:
No es santo de mi devoción la chusma.
Plebeyos, campesinos y comerciantes.
Me son del todo insoportables.
Se comportan como cerdos,
Y es difícil tolerar
Esa forma de actuar.
¡Ay si uno de esos desechos
bienes y posesiones alcanza!
Se llena de pretensiones
Y se le reblandecen los sesos.
Así que dadles poca pitanza,
Negadles también el vestido,
Que la lluvia se encargará
De curtir tan miserable pellejo.
Quien no mantiene a la chusma escuálida
Contribuye a multiplicarla
Por eso cuando uno de esos engendros
Campesinos y plebeyos
Ose mostrarse ante vuestros ojos,
Rompedle a golpes las piernas,
Para redimir su ofensa.
Sí, rompedle todos los huesos.
Echadlos al calabozo,
A todos esos piojosos,
A la gruta mas profunda
Y dejad que allí se pudra.
No tengáis piedad de sus gritos.
¡Que se pudran las sabandijas!
Villanos, mercachifles y campesinos.
Los oyentes aclamaron al caballero con un tempestuoso aplauso. Realmente la canalla de los bajos fondos se volvía demasiado insolente. Los señores que se disponían a emprender la Guerra Santa pensaron en los comerciantes y en los banqueros que les compraban sus bienes muy por debajo del precio; tenían que aceptarlo porque no habían podido sacar bastante de sus campesinos. Aquel que decía la verdad a aquellas sabandijas de un modo tan contundente expresaba lo que sentían en sus corazones.
Don Rodrigue percibió cómo los censurables y arrogantes versos de Bertrán inflamaban todavía más el sacrílego fuego de los preux chevaliers. Lo que aquel hombre había cantado allí, con soberbia impía, llenaba al dulce canónigo de una terrible preocupación. En medio de su santa aflicción, el instruido Rodrigue se dio cuenta de cómo el lenguaje, con perversidad, se acomodaba al maligno objetivo del que hablaba, y poco a poco de la imparcial palabra Vilain, el habitante del pueblo y la ciudad, se hacía un bribón y un engendro.
El rostro de Don Alfonso resplandecía con feliz excitación; aquellos versos arrogantes y escandalosos era como si hubieran brotado de su corazón. En esos versos resonaba el rencor del auténtico caballero contra la chusma de comerciantes y banqueros, la ira que él mismo, Alfonso, había sentido con frecuencia cuando había tenido que intrigar con su Jehuda y emplear inútilmente su valioso e importante tiempo real. Aquel Bertrán era su hermano.
–Escucha, noble Bertrán -dijo-, ¿no querrías hacer la guerra a mi lado? Te daré el guante y tendrás una buena parte en mi botín.
Bertrán se rió con su risa divertida y feroz.
–El modo en que recompensaste los pocos versos que hice para ti me ha mostrado tu generosidad, mi señor. Tenía previsto componer para ti un verdadero sirventés.
–¿Significa eso que vienes conmigo, Bertrán? – preguntó el rey
–Soy vasallo del rey Ricardo y estoy comprometido con él -repuso Bertrán-, pero le preguntaré a la dama Ellinor
Y preguntó.
–¿Vuelves a cambiar de señor? – dijo Ellinor Se miraron uno a otro con ojos divertidos, la vieja princesa y el viejo caballero, y ella dijo:
–Quédate, pues, con Alfonso. Hablaré en tu nombre ante mi hijo Ricardo.
Ellinor no quería abandonar Burgos antes de que se hubieran establecido en un detallado plan de guerra los derechos y obligaciones de ambos reyes.
Varias veces Alfonso y Pedro le rogaron que les cediera un par de compañías de sus probados routiers, de sus brabançons y cottereaux. Pero Ellinor no quería oír hablar siquiera de ello.
–Ya tenéis bastantes entre los dos, muchachos -los rechazaba-. ¿Creéis que conservaría a mis caros routiers si no los necesitara urgentemente contra mis barones rebeldes? A veces no puedo dormir porque no sé con qué voy a pagarles.
–Pero en toda la cristiandad se dice que en Chinon hay dinero -respondía Don Alfonso.
–Esta estúpida afirmación -le respondía Ellinor la propagaron por el mundo los judíos de mi difunto Enrique para aumentar su crédito. En cualquier caso, yo no he encontrado ningún dinero en Chinon. Tuve dificultades en poder pagar la cuenta del entierro de mi Enrique. Nada de eso, queridos. Debéis dejarle un par de soldados a una vieja mujer para proteger su pellejo.
El plan de guerra se basaba en la suposición de que, si las circunstancias lo permitían, se podría mantener al califa Yaqub al-Mansur apartado de la guerra. Poderosos jefes de tribus se rebelaban en su frontera oriental. También se decía que no estaba bien de salud. Se sospechaba que utilizaría cualquier pretexto medianamente creíble para abandonar a su suerte a su emir en al-Andalus.
Pero había otra cosa: el califa, al igual que el sultán Saladino, no aceptaría bajo ninguna circunstancia la ruptura de un tratado, y allí estaba aquella molesta tregua de Alfonso con Sevilla. Así pues, Castilla, durante los primeros tiempos, debería permanecer neutral. Por el contrario, Aragón, que no estaba ligado por ningún tratado, caería cuanto antes y utilizando cualquier pretexto sobre la musulmana Valencia y pronto solicitaría la ayuda de las armas de Castilla. Si después de esto la guerra se propagaba finalmente también hacia Córdoba y Sevilla, probablemente se podría convencer al califa de que no se trataba de una ruptura malintencionada de la tregua.
Alfonso lamentaba que la fama de la primera batalla cayera sobre el joven Don Pedro, pero cedió ante los razonables argumentos de la vieja reina y se comprometió a no emprender nada, bajo ninguna circunstancia, contra Córdoba y Sevilla antes de que Aragón solicitara la ayuda de sus armas.
Don Pedro, por su parte, prometió requerir esa ayuda militar dentro de un plazo máximo de medio año y a someter entonces su considerable poder militar al mando de Don Alfonso.
La dama Ellinor no se dio por satisfecha tan pronto. Temía que los celos o un mal entendido sentido del deber del caballero pudieran llevar a Alfonso o a Pedro a pasar por alto el acuerdo; al fin y al cabo, un pacto de ese tipo sólo era tinta sobre la piel de un animal, la sangre que fluía por el corazón humano era más fuerte. Así que llamó a su presencia a ambos reyes y a sus esposas, y, basándose en el plan de guerra tan detalladamente establecido, explicó en una breve y resuelta exposición qué debían hacer y dejar de hacer Alfonso y Pedro. Después, abandonando el tono solemne y adoptando un tono amable, les dijo, amenazándoles pícaramente con el dedo:
–Ya sé que os seguís deseando uno al otro toda clase de infortunios. Pero no podéis permitiros estos sentimientos mientras dure esta guerra tan grande e importante. Cuando esto termine, podéis seguirlos molestando mutuamente tanto como deseéis. De momento, molestadme a los musulmanes.
Y de nuevo, con toda su realeza, concluyó:
–Os exhorto a que arranquéis todo rencor de vuestros corazones con sus raíces, de igual modo que el toro arranca la hierba con sus raíces.
Alfonso estaba allí en pie, abochornado, con rostro fiero; también Don Pedro parecía violento; pero de pronto, en medio de aquel silencio, Berengaria, con voz potente pero todavía infantil, dijo:
–Entendemos lo que quieres decir, señora abuela y reina. O bien ambos príncipes, mi señor padre y mi señor esposo, están unidos por completo y de todo corazón, o bien serán vencidos por los infieles. Tertium non datur, no hay una tercera solución.
–Lo has comprendido, mi pequeña nieta -dijo Ellinor-, y ahora -se dirigía a los reyes-, en presencia de nosotras, tres mujeres, besaros fraternalmente y jurad sobre el Evangelio que respetaréis lo que habéis firmado y sellado.
El día anterior a que se disolviera la reunión y cada uno tomara su camino, se celebró la despedida en el castillo de Burgos.
Ese día, Bertrán de Born cumplió un ruego que hasta el moment9 había pasado por alto con ligereza. Cantó él mismo su canción de alabanza a la guerra, la canción de la muerte en el campo de batalla, la famosa canción Be'm platz lo gais temps de Pascor
Y cantó:
Me place de la primavera el dulzor
Cuando rebrotan la hoja y la flor
Gozoso escuchar en los bosques,
Canción que rejuvenece,
De un coro de trinos el eco.
Pero más me alegra ver a lo lejos
Estrechamente alineadas las tiendas
Y dispuestos alrededor de los campos
A los caballeros con sus caballos
Para la batalla armados.
¡Y qué placer no se siente
Cuando la refriega se acerca!
Temerosos huyen rebaños y gentes
Y entonces la planicie se cubre
De un ejército que avanza
De guerreros con sus lanzas.
La vieja reina Ellinor, a la que Bertrán en el pasado estuvo tan próximo, escuchó con divertida emoción cómo aquel hombre viejo cantaba aquellos osados versos ferozmente alegres. Ya en aquel entonces, cuando siendo él todavía un muchacho se había acercado a ella tan impetuosamente, la había divertido tanto como conmovido. Seguía siendo el mismo, el querido Bertrán, una mezcla única de valor, insolencia y poesía. Durante toda su vida se había negado a la derrota, y evidentemente todavía estaba decidido a luchar y a cantar y a no abandonar aunque la muerte le golpeara el hombro, del mismo modo que ella tampoco estaba dispuesta a abandonar.
Bertrán cantó:
No hay para mi mayor placer
Que contra una fortaleza acometer
Ver sus muros caer su empalizada arder
También es espectáculo gozoso,
Cuando enfrentados en el campo anchuroso,
Los gallardos caballeros al galope arremeten.
Corre la sangre, las picas se rompen,
Se astillan la lanza y la espada.
Galopan en círculo
Corceles enloquecidos.
Sus caballeros han caído.
Ni unos ni otros volverán la espalda.
Morir así no es muerte amarga.
Mejor es aquel que muerto
Yace a los pies de su enemigo,
Que aquel que huyendo vive, vencido.
El rostro enrojecido del arzobispo Don Martín se congestionaba todavía más, jadeaba, movía los labios pronunciando en voz baja también los versos. El joven Alazar tenía la vista fija arrobado en el juglar, sus ojos se apoderaban de cada palabra que brotaba de los labios de Bertrán. Hasta el momento, Alazar sólo había soñado la magnificencia de la guerra: ahora la veía, la oía, la sentía con cada una de sus fibras. Aquel caballero Bertrán decía en palabras lo que Alazar sentía en su pecho desde que estaba en Castilla.
De la boca de aquel hombre brotaba el sonido de la guerra. Por aquello que aquel caballero Bertrán cantaba vivía él, Alazar:
Bertrán cantó:
Ni el comer ni el beber
Ni el dormir ni una mujer
Me resultan ocupación tan dulce
Como cuando oigo el grito resonar
¡A lor! ¡A lor! ¡Atacad! ¡Golpead!
Grandes señores y modestos escuderos
Heridos de muerte caen al suelo.
Sin jinete relinchan los corceles.
¡Aidatz! ¡Ayuda! ¡Aquí! Gritan los heridos.
Y el campo entero es un clamor
Se oyen magníficas y salvajes alaridos:
Gritos de victoria, gritos de dolor
Roja está la hierba verde
toda teñida de muerte.
Cubre la tierra un tapiz de muertos.
Herido el cuerpo, completamente abierto,
En algún pecho, todavía está clavada,
empavesada de colores, la lanza.
Cautivados escuchaban los reunidos. ¡A lor! ¡Aidatz! ¡Al ataque! ¡Ayuda! ¡Aquí! En todo el viejo castillo resonaba el entusiasmo sangriento del caballero Bertrán, el deseo de matar
Más todavía que todos los demás, valoraba y sentía el canónigo Don Rodrigue la fuerza de arrastre de los sonoros versos provenzales. Pero en él no engendraban entusiasmo, en él engendraban horror Con espanto, vio el rostro del rey, a quien amaba como a un hijo. Si, Don Alfonso era vultu vivax, Rodrigue había encontrado las palabras adecuadas: el rostro reflejaba el alma con una espeluznante fidelidad. Pero lo que ahora reflejaba era el puro deseo de matar de destruir aquella Jezer Hara, el brote del mal, del que Musa hablaba repetidamente. Don Rodrigue cerró los ojos, no podía seguir viendo por más tiempo los rostros de aquellos caballeros y damas. Consternado, tuvo que reconocer que habría preferido ver a su Alfonso durante meses y años seguidos en la pecaminosa compañía de la obstinada judía que en la compañía de los guerreros de Dios piadosos y sangrientamente entusiasmados.
El canónigo había tenido la intención de regresar a Toledo con el séquito del rey Se había propuesto finalmente cumplir con su deber durante ese viaje y advertir al rey. Ahora renunció a ello.
Esa misma noche, precipitadamente, se puso en camino y cabalgó de regreso a Toledo, todavía más profundamente acongojado que cuando llegó, sintiéndose culpable, infectis rebus, sin haber hecho lo que se había propuesto.
CAPÍTULO TERCERO
Desde que Don Jehuda Ibn Esra tuvo noticia de la muerte del rey Enrique supo que pronto, al cabo de pocas semanas, quizás al cabo de unos días, se iniciaría la gran guerra contra los musulmanes, por cuya causa, para impedirla, había abandonado Sevilla y su antigua vida. Ahora la rueda monstruosa giraba imparable. El califa conduciría sus ejércitos a al-Andalus, las derrotas de Alfonso serían inevitables, y los ciudadanos de Toledo no echarían la culpa al rey sino que se la atribuirían a él, a Jehuda, y a los judíos. Lo que había tenido que ver de muchacho en Sevilla se repetiría ahora aquí. Y toda la ira de Edom golpearía a los seis mil fugitivos francos que él había instalado en el reino. ¡Qué gran triunfo haber conseguido para ellos el privilegio! Se había sentido como un Oker Harim, un hombre que puede mover montañas. Y ahora estos emigrantes tendrían que padecer aquí cosas peores de las que habrían tenido que soportar en Alemania. Veía clavados en él los piadosos y fanáticos ojos, llenos de desprecio, del rabí Tobia.
Noticias procedentes de Inglaterra acrecentaron su miedo. Con ocasión de la coronación de Ricardo, también una delegación judía, encabezada por Aarón de Lincoln y por Baruch de York, hablan querido entregar presentes al rey en la catedral de Westminster y rogarle la confirmación de los viejos privilegios. Pero se les negó la entrada en la iglesia, y se extendió el rumor de que el rey entregaba la vida y los bienes de los judíos a su gran pueblo de Londres. Conducida por cruzados, la multitud saqueó las casas de los judíos, los maltrató, arrastró a muchos de ellos a las iglesias para bautizarlos y mató a los que se resistían. Algo parecido sucedió en Norwich, en Lynn y en Stamfort, en Lincoln y en York. Aarón de Lincoln consiguió huir sano y salvo de Londres, pero sólo para caer en los disturbios que tuvieron lugar en Lincoln. Baruch de York había aceptado el bautismo. Al día siguiente, el rey Ricardo le preguntó si también en su corazón era cristiano. Baruch contestó que sólo había querido salvar su vida, pero que en su corazón seguía siendo judío.
–¿Qué podemos hacer con este hombre? – había preguntado Ricardo al arzobispo de Canterbury
–Si no quiere servir a Dios -había contestado malhumorado el prelado-, que siga en nombre de Dios al servicio del diablo.
De este modo Baruch regresó a York como judío; allí, junto con su familia, fue asesinado.
Si en la sensata Inglaterra, reflexionaba Jehuda, habían podido suceder esas cosas, ¿qué pasaría aquí en Castilla cuando el pueblo fuera instigado después de una derrota?
Don Efraim se presentó ante Jehuda. Le informó que el conde de Alcalá se había dirigido a él para pedirle un crédito sobre sus bienes, pero que lo había rechazado.
–Está endeudado -explicó Efraim-, es un despilfarrador probablemente lo gastará todo absolutamente en la guerra y sus bienes caerán fácilmente en manos de los creyentes. A pesar de esto, me he negado a hacerle un préstamo a Alcalá, porque un judío que saca provecho de las necesidades de un cruzado no hace más que ganar enemigos para sí mismo y para toda la judería. Supongo que el conde ahora se dirigirá a ti.
–Te agradezco la información y tu consejo -dijo sin comprometerse Jehuda.
Don Efraim tenía un segundo e importante comunicado. La aljama había decidido poner a disposición del rey una tropa auxiliar formada por tres mil hombres.
Jehuda se sintió cruelmente humillado. ¿Tan despojado y perdido estaba ya que la aljama, en esta difícil y acuciante situación, tomaba decisiones sin consultar con él?
–¿Crees que así podréis salvaros? – le dijo sarcástico-. Piensa en lo que ha sucedido en Inglaterra.
–Lo lamentamos y lo hemos tenido en cuenta -contestó Don Efraim-, precisamente por eso queremos hacer todo aquello que esté en nuestras manos para contribuir a la victoria del rey Alfonso, Dios quiera protegerlo. Además, siempre habíamos pensado, y tú mismo se lo propusiste al rey, poner a su disposición tropas de refuerzo.
–Yo, en vuestro lugar -repuso Don Jehuda-, habría entregado dinero para contratar routiers. Quizás, como muestra de vuestra buena voluntad, habrías podido poner a su servicio también doscientos o trescientos hombres de vuestras propias filas. Pero creo que habríais hecho mejor conservando al grueso de vuestros hombres más fuertes de la aljama capaces de utilizar las armas. Me temo que los necesitaréis -concluyó lleno de amargura.
–Comprendo que pienses así -contestó tranquilo Efraim-, pero tu situación, Don Jehuda, es distinta a la nuestra, y también para un hombre tan inteligente como tú es difícil, en tus circunstancias, juzgar imparcialmente nuestra situación.
Al ver cuán dolorosamente afectaban sus palabras al otro, siguió, no sin calor:
–No soy tu enemigo, Don Jehuda. No olvido nada de todo cuanto has hecho por nosotros, en la grandeza de tu corazón. Si ahora se acercan días en los que necesitas nuestra ayuda, créeme que estamos dispuestos a ofrecértela.
Jehuda contestó con sequedad y rabia:
–Os lo agradezco.
Cuando Efraim se retiró, recorrió su casa con ojo escrutador. Contempló las obras de arte, los libros, los rollos escritos, sacó uno, después otro, palpó la escritura antiquísima que plasmaba la vida de Avicena. Entró en la sala de los escribanos, tomó algunas cartas, las leyó por encima. Le ofrecían con respetuosas locuciones, contratos, negocios, le pedían consejo; evidentemente, se le seguía considerando uno de los hombres más poderosos de la Península. Repasó los balances de sus repositarii para calcular cuán grande era su patrimonio. Los preparativos de la guerra, las muchas ventas y préstamos, los beneficios del dinero nuevamente invertido habían multiplicado sus riquezas. Calculó, comprobó, calculó de nuevo. Poseía casi trescientos cincuenta mil maravedíes de oro. Pronunció la inmensa suma para sí, despacio, en árabe, casi incrédulo. Sacó de su gran cofre de las joyas el pectoral familiar, lo palpó. Riendo, sacudió la cabeza. Allí estaba él, ahogándose en tesoros, honores, poder: era el revoque de una tumba.
Con un brusco movimiento, apartó sus sombrías reflexiones. No debía dejar que Don Efraim lo asustara.
Aceptó el empréstito sobre los bienes del conde de Alcalá.
Pero las palabras del Pámas se habían grabado profundamente en él. Era tal y como Don Efraim había expresado sobriamente: él, Jehuda Ibn Esra, estaba más amenazado que cualquier otro. Si fuera sensato, se marcharía lo más pronto posible, poniéndose a salvo a sí mismo, a Raquel y a su nieto, en las tierras de los musulmanes orientales, en las tierras del sultán Saladino, que era amigo de los judíos.
Raquel se resistiría, querría quedarse junto a Alfonso. Y aunque consiguiera convencerla, Alfonso la haría perseguir. ¿Y cómo podrían cruzar unos fugitivos tan llamativos todo aquel mundo enemigo y cristiano hasta llegar a Oriente?
¿Y debía acaso siquiera intentar salvarse a sí mismo y a los suyos? ¿Debía dejar a los emigrantes francos indefensos en medio del peligro? Claro que no podría ayudarles; al contrario, quedándose, sólo los ponía en un peligro mayor a ellos y a toda la judería. Pero esto no querrían comprenderlo. Si se marchaba, se amontonarían los insultos sobre su nombre. El hombre con la gran misión, se burlarían, el benefactor de Israel, Jehuda Ibn Esra, había huido en el momento en que debía mantener su palabra y defender su obra. Y por siempre más se le consideraría un cobarde y un traidor
Le vino a la memoria una frase del Mose Ben Maimón: En cada judío hay algo de profeta, y era un deber estimular en el alma esta capacidad profética. Se habían quedado grabadas en él, adulándolo, las palabras de Efraim diciendo que había hecho mucho por los judíos en la grandeza de su corazón. No, no ahogaría en su corazón su virtud profética. No iba a intentar huir de su misión. Se quedaría en Toledo.
Se esforzó en averiguar qué era lo que le retenía realmente en el lugar de peligro contra toda sensatez. ¿Era el miedo ante los peligros de la fuga? ¿Era el amor a Raquel, que no soportaría la separación de Alfonso? ¿Era ambición y arrogancia porque no quería manchar el nombre de los Ibn Esra? ¿Era fidelidad a su misión? Todos aquellos motivos se mezclaban en su corazón, no podía separar unos de otros.
En medio de la duda y la preocupación se fortalecía su decisión. No podía ayudarse a sí mismo, tampoco podía ayudar a Raquel. Pero sí a su nieto.
Había jurado no hacer judío al nieto y mantendría aquel juramento absurdo y repugnante. Pero ninguna promesa le obligaba a dejar al niño aquí en Toledo. Ahora que Alfonso partía hacia la batalla, insistiría en bautizar antes al niño. La consideración que sentía por Raquel no lo detendría durante mucho más tiempo. Él, Jehuda, debía hacer desaparecer al niño antes de que el rey volviera a Toledo.
Raquel pasaba la mayor parte del tiempo en La Galiana.
Sabía que en las próximas semanas se iniciaría aquella terrible gran guerra, pero no sentía temor. Desde que Dios le había hecho el venturoso regalo de su Emmanuel estaba llena de una profunda seguridad, se sentía protegida y arropada en la mano de Adonai o, como el tío Musa decía, bajo el manto del destino.
Añoraba a Alfonso, pero no con aquella añoranza febril de antes que la hacía caer del júbilo a la desesperación y de nuevo llenarse de júbilo. Pero, sobre todo, se sentía llena de una profunda confianza que le daba la certeza de que él siempre volvería a ella desde aquel mundo suyo de la caballería. Lo que a él le atraía no era sólo el inmensurable placer que se daban uno al otro. Había otra cosa: amaba a la madre de su hijo, su Sancho, que también se había convertido para él en un Emmanuel. Crecían, Raquel y Alfonso, compenetrándose uno en el otro.
Con frecuencia contemplaba imperturbable durante minutos, transportada de bienaventuranza, el tierno y alargado rostro de su hijo, de su Emmanuel, del Mesías. Sólo tenía una vaga imagen del Mesías, una desdibujada imagen de algo elevado, resplandeciente, y no tenía ni la más leve sospecha de cómo aquel pequeño hijo suyo podría traer la salvación al mundo, pero lo sabía: se la traería. Aun así, seguía manteniendo este conocimiento en su pecho; le parecía blasfemo hablar de ello.
Ni siquiera con Don Benjamín habló de ello, aunque su amistad se había hecho más profunda. Era una amistad sin muchas palabras. Él le leía en voz alta algún libro, o recorrían en silencio los caminos del jardín.
De nuevo, Raquel pasaba el Sabbath con su padre en el castillo.
Una vez, al terminar la celebración del Sabbath, el aroma de las especias y de las velas apagadas en el vino todavía flotaba en el aire, Jehuda preguntó a su hija:
–¿Cómo está tu hijo, mi nieto?
Aún no había visto nunca al nieto, nunca había pisado La Galiana. Raquel sabía cuánto deseaba su padre ver al niño, pero tenía miedo de sacar al Emmanuel de La Galiana. A pesar de que le pertenecía, temía agraviar a Alfonso si se llevaba al niño, aunque fuera sólo por una hora, sin su aprobación.
En voz baja, con cautela, pero con feliz orgullo, ya que temía y esperaba que su padre la interrogara acerca de su secreto convencimiento, contestó:
–Emmanuel está sano y crece maravilloso en la gracia de Dios.
Jehuda, con esfuerzo, tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para iniciar aquella conversación, dijo:
–Necesitará mucho de la gracia de Dios, tu hijo, mi nieto, en los próximos tiempos.
Y puesto que Raquel lo miró asombrada, le explicó:
–Si sólo fuera hijo de Alfonso no estaría amenazado, y tampoco estaría amenazado si sólo fuera tu hijo. Lo pone en peligro el ser hijo tuyo y de Alfonso. Como hijo de Alfonso, está predestinado a grandes cosas; todos lo saben y lo admiten. Pero a muchos no les gusta que un hijo tuyo esté destinado a grandes cosas. En estos momentos, en el castillo de Burgos se hallan reunidos un número incontable de estos que no lo ven con buenos ojos. Nosotros no podemos enfrentar a estos poderosos más que nuestra confianza en Dios.
Raquel no comprendió las palabras de su padre. Probablemente hablaba del propósito de Alfonso de bautizar al niño, y suponía que Alfonso no tendría más en consideración los deseos de ella, para proteger así al niño de las asechanzas de sus enemigos. Sí, por un momento lo deseó. Pero al mismo tiempo fue consciente de cuán gravemente pecaminoso era su deseo, era impensable que Emmanuel fuera profanado por el agua de los idólatras. Y su padre no conocía a su Alfonso. Alfonso la amaba, Alfonso se compenetraba con ella y nunca la mortificaría en su alma de esta manera. Dijo casi llorando:
–Alfonso tan sólo me ha hablado una sola vez de que quería hacer bautizar a nuestro Emmanuel. Estoy segura de que ha renunciado a ello.
Jehuda no quiso quitarle su convencimiento, no se desvió del tema. Le dijo:
–Don Alfonso ha preparado papeles que nombran a tu hijo conde de Olmedo. No puedo imaginar que una dama que sólo le ha dado hijas al rey acepte esto. Don Alfonso es un hombre valeroso, sin malicia ni prudencia. Ni se le ocurriría considerar a una tan gran dama y tan próxima a él capaz de cometer ningún delito. Me temo que se equivoca.
Raquel empalideció. Pensó en las muchas historias de mujeres malvadas y celosas que habían atormentado y asesinado a la esclava favorita del marido. Y ¿acaso Sara, su antepasada, siendo como era una piadosa y gran mujer, no había arrojado al desierto, por envidia y celos, a la concubina Agar con el pequeño Ismael para que perecieran en él? Raquel guardó silencio durante largo tiempo, durante todo un minuto. Después preguntó:
–¿Qué aconsejas, padre mío?
Él contestó:
–Podríamos intentar huir, tú, yo y el niño. Pero sería peligroso, somos gente que llamamos la atención. Podemos escondernos difícilmente y el pueblo está alborotado: piensa en la guerra y ve enemigos en todos los extranjeros.
Raquel, con labios pálidos, preguntó:
–¿Debo huir de Alfonso?
–No -la tranquilizó Jehuda-, ¿no te he dicho que era peligroso? Es mejor mandar lejos tan sólo al niño, a un lugar seguro.
Raquel dijo, y todo su cuerpo manifestaba su rechazo:
–¿Debo esconder al niño de Alfonso?
Jehuda, precavido, consolador contestó:
–Tu Alfonso no lo sabe, pero no puede proteger al niño. El niño sólo está seguro en presencia de Alfonso, y él se va a la guerra y no puede llevarse al niño. Aquí en Castilla nadie puede proteger al niño. Salvarás la vida de nuestro Emmanuel si durante el tiempo que dure la guerra te separas de él.
Puesto que ella callaba, continuó:
–Habría podido llevarme al niño lejos sin consultar contigo y explicarte después por qué había que hacer así las cosas, y sé que me habrías entendido y me habrías perdonado. Pero eres una Ibn Esra. No quiero tener secretos ante ti y no quiero arrebatarte ninguna responsabilidad. Te ruego que reflexiones bien sobre todo esto y después me digas: ¡Sea! o: ¡No será así!
Raquel, con una pena inmensa, dijo:
–¿Quieres llevarte al niño de Castilla? – y de nuevo-: ¿Quieres llevarte a Emmanuel de Castilla?
Jehuda vio su tristeza, la piedad le encogía el corazón. Dijo con ternura, y no pudo evitar cecear un poco:
–No tengas miedo, Raquel, hija mía. Confía en mí. Haré que se lleve el niño un hombre inteligente y seguro, el más seguro que conozco y el más fiel. Nadie debe saber dónde está el niño, sólo ese hombre leal. No debe haber nadie aquí en Toledo que pueda decirle al rey dónde está el niño. Cuando te amenace, cuando quiera obligarte a darle una respuesta, debes responder: «No lo sé», y debe ser la verdad.
Y al ver a Raquel tan desolada y apagada, dijo:
–De este modo, el niño no estará en peligro, y tú tampoco lo estarás, Raquel mía. El único que estará en peligro voy a ser yo. Quiero salvar a este niño, a tu hijo, mi nieto. Cuando la guerra haya terminado, cuando el reino vuelva a estar en paz, cuando Alfonso esté más tranquilo, haremos volver a Emmanuel.
Esperó durante largo rato, luego dijo:
–No quiero, hija mía, que hagas nada en este asunto, no debes saber ni siquiera cómo sucederá. Sólo te ruego una cosa: no digas que no. Todo lo demás recaerá sobre mi cabeza.
Por un breve momento, Raquel se imaginó lo que significaba que su padre estuviera dispuesto a atraer sobre sí la ira de Alfonso. Sabía cuán terrible era Alfonso en su ira. Era muy probable que, en su rabia, matara a su padre.
Todo esto lo asumía su padre para salvar a Emmanuel. Al mismo tiempo, por misteriosos motivos, se había negado a ver siquiera al niño. Era valiente. Siempre dejaba vencer sobre sus sentimientos el buen sentido que Dios le había dado. Ella no podía hacerlo. Ni siquiera podía fiarse de sus sentimientos. No hacía ni siquiera media hora, en su felicidad, todavía se sentía segura y protegida bajo el manto del destino, y ahora tenía miedo por el niño y por el hombre. Si ahora se negaba a entregar a Emmanuel, ¿acaso no ponía en peligro su vida? Y si permitía que se lo llevaran, ¿no perdería entonces el amor del hombre? De pronto, como si acabaran de ser pronunciadas, oyó las palabras de su amiga Layla: «¡Pobrecilla!»
Intentó recomponer los restos de su anterior y feliz seguridad. La separación de Emmanuel duraría poco tiempo, Alfonso debería comprenderla, Alfonso estaba compenetrado con ella.
Luego de un minuto eterno, dijo:
–Suceda como lo consideres correcto, padre mío.
Y después cayó sin sentido. El padre, mientras se preocupaba de ella, pensaba: «Asimismo cayó en aquel entonces cuando la convencí para que se fuera con este rey». Sentía una compasión ilimitada por la desmayada y la envidiaba. A él se le había negado poder huir en ese desvanecimiento, él debía apurar su sufrimiento hasta el final, con plena conciencia.
Alfonso se encontraba de camino de Burgos a Toledo. En su cortejo se encontraban el arzobispo Don Martín, el caballero Bertrán de Born, el escudero Alazar.
Las tierras a través de las que cabalgaban se armaban para la batalla. Por todos los caminos avanzaban hombres jóvenes en dirección a los castillos de sus señores feudales, por todas partes había pequeños grupos de hombres armados encaminándose hacia el sur.
Alfonso y sus acompañantes los examinaban con mirada experta, alegres gritos y bromas cruzaban el aire entre los señores y sus futuros soldados.
El rey estaba alegre como un potro. Le alegraba la perspectiva de la guerra, le emocionaba volver a ver a su hijito, a su querido bastardo Sancho, el pequeño conde de Olmedo. Sentía por su hijo un alegre, fuerte y paternal amor debería hacérselo sentir al pequeño Sancho. Él había crecido sin padre, se había convertido en rey a los tres años, y nadie se había atrevido a reprender seriamente al muchacho que era rey. Su hijo no debía convertirse en un niño mimado, debía sentir la mano de su padre.
Tan pronto como estuviera de regreso, colocaría su mano sobre el hijo. De inmediato, ya el primer día, haría bautizar a Sancho. Raquel lo comprendería. También a ella la conduciría a la gracia, si era necesario con firmeza, y ella le quedaría agradecida.
Entró a caballo en Toledo, se lavó, se cambió de ropas y cabalgó hacia Raquel. Alafia, prosperidad, bendición, podía leerse la salutación desde el portón de la propiedad. A la entrada de la casa esperaba Raquel. Impetuosamente, orgulloso y cariñoso, la atrajo hacia sí. Ella no sintió otra cosa que una torrencial alegría por el hecho de que él volviera a estar allí. Entraron en la casa, él rodeaba sus hombros fuertemente con su brazo. La soltó, la colocó ante sí, la miró de la cabeza a los pies riendo feliz.
Entonces dijo:
–Y ahora, vamos a ver al pequeño Sancho.
Raquel dijo:
–No está aquí.
Alfonso dio un pequeño paso atrás, no comprendía, la miró fijamente, casi atontado por la sorpresa:
–¿Pues dónde está?
Una maligna sospecha creció en él. ¿Estaba el niño en el castillo?
Ella reunió todo su valor y dijo valiente la verdad:
–No lo sé.
Los ojos de él brillaron con aquella ira que ella conocía.
–¿No sabes dónde está mi hijo? – preguntó en voz baja, salvajemente. Raquel dijo:
–Está seguro. Nuestro hijo está seguro, eso es todo lo que sé. Mi padre lo ha llevado a un lugar seguro.
Alfonso la cogió por un brazo tan fuerte que ella no pudo reprimir un pequeño grito. La cogió por los hombros sacudiéndola. Con el rostro pegado al de ella le reprochó con iracundas palabras:
–¿Has entregado a mi hijo, a mi hijo Sancho, a tu padre? Ha roto su juramento sagrado, el perro, y tú lo has permitido. Y además le has ayudado, ¿no?
Raquel, con esfuerzo, le dijo:
–Yo no le he ayudado, yo no le he entregado el niño a mi padre. Pero sé, te lo digo tal como lo pienso, que mi padre tenía razón.
El cerebro de Alfonso se vio inundado por las palabras de censura y discursos injuriosos contra los judíos que llenaban las cartas del Papa; por los sermones llenos de odio de los clérigos: engendros del infierno, procelaria de Satanás. Cerró el puño dispuesto a golpearla.
Y entonces la vio.
Había echado hacia atrás el pecho y la cabeza y levantado ligeramente una mano, con rechazo, no con miedo. Desde aquel rostro de un tostado pálido, lo miraban más grandes que nunca los grandes ojos de un gris azulado. En ellos había sorpresa, horror decepción, emoción, enojo, tristeza, amor; todo lo que no habían dicho sus labios, que quizás no podían decir, lo decía su mirada y todo su cuerpo con tal fuerza que él, que comprendía el mundo y los hombres con una mirada, lo percibió de inmediato, aun contra su voluntad. Comprendió.
Dejó caer la mano. Con un resoplido, lanzó un breve jadeo, lleno de desprecio y de maldad.
–Debo entender que me habéis robado al niño, vosotros, los judíos -dijo-, tendría que haberlo sospechado -se rió. Una risa clara, entrecortada, horrible, que penetró en la cabeza de Raquel como un cuchillo.
Inesperadamente se dio la vuelta, abandonó la casa, galopó de regreso a Toledo. Ordenó que Jehuda acudiera al castillo.
–Así pues, has roto tu juramento -constató fríamente. Jehuda contestó:
–No lo he hecho, mi señor: No me resultó fácil mantener el repugnante juramento, pero lo mantuve. No he hecho de mi nieto un judío, que Dios me perdone este pecado.
Alfonso estalló:
–¡Has secuestrado a mi hijo, perro! ¡Lo retienes como rehén! ¿Quieres obligarme a renunciar a mi guerra, proteger a tus musulmanes, perro, traidor? ¡Te haré colgar!
Jehuda contestó tranquilo:
–Nadie retiene a tu hijo como rehén, mi señor. Tu hijo está en un lugar seguro, a salvo de la guerra, a salvo de los cristianos, a salvo de los musulmanes, eso es todo. Aquí en Toledo el niño corre peligro cuando Vuestra Majestad no está presente. Piénsalo con tranquilidad, mi señor, y estarás de acuerdo conmigo. El niño está en manos fiables. Raquel no sabe dónde está. Esto es muy duro para ella. Tampoco yo lo sé con exactitud, y también es duro para mi.
Con la vieja preponderancia y servil osadía, añadió:
–Comprendo que desees colgarme. Pero con ello harías enmudecer la boca que alguna vez podrá decirte dónde está tu hijo.
Y, con respetuosa confianza, finalizó:
–Cuando la guerra haya terminado y no haya ningún peligro, mandaré a buscar al niño. Puedes estar seguro de ello, mi señor. No he visto nunca a mi nieto; deseo verlo antes de morir. También a Raquel le ha sido terriblemente insoportable perder al niño.
La certeza de su impotencia sofocó a Alfonso. Se hallaba ligado irremediablemente al judío. El judío lo tenía bien atado.
Sin una palabra, con un ademán iracundo e imperioso, lo hizo salir de la estancia.
Cuando se tranquilizó, se dijo que Jehuda no le había robado al hijo por pura maldad. Raquel no había mentido. Evidentemente, ella no sabía dónde estaba escondido el niño. Con toda seguridad, no lo había entregado con corazón alegre a Jehuda.
La imagen de Raquel, tan elocuente en su silencio, su ademán enojado, triste, quejoso y amante no podía borrarse de su memoria. Lleno de una ira infantil intentó apartarla de su mente. Buscó en su memoria gestos y palabras de Raquel que en algún momento le habían causado desagrado, uno tras otro, con toda malicia. Cuán desagradable le había resultado a Raquel que la alzara sobre su caballo y galopara con ella. Tampoco había mostrado nunca ninguna atención por sus perros y sus halcones. «Está maldito aquel que no ama a los animales, y aquel a quien los animales no aman», decía el refrán, y con razón. No comprendía ni apreciaba sus virtudes caballerescas, sus facultades reales, más bien le parecían sospechosas. Ella odiaba la guerra. Pertenecía a los débiles, a los cobardes, que se limitan a impedir a los valientes seguir el camino prescrito por Dios para ellos. Era una villana de los pies a la cabeza, judía a más no poder. Negaba a su hijo el bautismo, la gracia, la bienaventuranza.
Se refugió en sus obligaciones. Pasó revista a los soldados, discutió con barones, con estrategas. Comió y bebió con el arzobispo, con Bertrán
Atardeció. Llegó la noche. Ansiaba ver a Raquel. No deseaba su abrazo, eso no: deseaba enfrentarse con ella, quería decirle a la cara, a su limpia cara, inocente y mentirosa, lo que pensaba de ella, qué clase de mujer era. Pero se empecinó en su infantil tozudez y se quedó en su castillo, a pesar de sus deseos.
Así transcurrió también el día siguiente.
Pero cuando llegó la segunda noche, galopó a La Galiana. Entregó su caballo al criado, no se hizo anunciar cruzó los jardines. Celebró haber hecho cubrir las cisternas del rabí Chanan. Vio satisfecho que faltaba el cristal de la mezuzah.
Se encontró ante Raquel. Ella lo miró radiante. Él había preparado todo aquello que de malo quería decirle, en latín, algunas cosas también en árabe para que ella lo comprendiera claramente. No dijo nada, permaneció malhumorado y taciturno.
Más tarde, en la cama, cayó sobre ella con iracundo deseo. El odio, el amor el deseo vehementísimo se mezclaban en él. Él quería que ella lo percibiera. Ella lo percibió, y esto lo hizo feliz.
Una legación musulmana llegó a Toledo para transmitir al rey de Castilla un mensaje del califa: los legados debían recordar al rey su tratado con Sevilla. Así pues, las suposiciones que se habían hecho en Burgos habían sido correctas. El califa quería mantenerse apartado de la guerra si Don Alfonso no quebrantaba abiertamente la tregua con Sevilla.
Don Manrique de Lara y casi todos los demás consejeros del rey se alegraron de corazón de que Castilla y Aragón no tuvieran que medir sus armas con todo el poder del califa. Para el canónigo Rodrigue, la llegada de los legados supuso una gran luz en medio de su aflicción. Si Don Alfonso se controlaba y trataba a los legados con cierto tacto, la guerra se limitaría a batallas y escaramuzas con los emires de Córdoba y Sevilla y no sumergiría a toda la Península en una oleada de sangre y sufrimientos.
Pero el rey no se alegró en modo alguno de la llegada de los legados. Estaba impaciente e irritable. Quería dejar atrás Toledo, dejar atrás la paz, también quería dejar atrás La Galiana. Quería por fin, por fin, empezar su guerra. Y ahora llegaban aquellos circuncisos para empezar de nuevo a charlar y a negociar Pero ya había hecho bastantes concesiones en Burgos para conceder ahora también a Yaqub al-Mansur humillantes seguridades. Pensó en acabar groseramente con los legados o en ni siquiera recibirlos.
El arzobispo y Bertrán lo apoyaron en su obstinación. Mientras tanto, Don Manrique había sopesado con el canónigo las claras perspectivas que el encuentro con la legación abría y manifestó al rey con apremiantes palabras, que el bienestar del reino y de toda la cristiandad exigía que siguiera el juego al califa y contestara a su advertencia con serias promesas. Si se negaba, si desafiaba a Yaqub al-Mansur y lo provocaba y humillaba en lugar de apaciguarlo, éste trasladaría todo el ejército del islam occidental a al-Andalus. Arrojaría por tierra todo el plan de guerra y rompería el tratado que había jurado solemnemente en Burgos. Alfonso repuso con terquedad, se resistió largamente, y malhumorado fijó finalmente una hora para recibir a la legación, respondiendo a los incesantes intentos de persuadirlo de Don Manrique.
Los señores musulmanes, encabezados por el príncipe Abul-Asbag, pariente del califa, se presentaron con esplendor. Alfonso los recibió, rodeado de sus consejeros y grandes, en la gran sala de audiencia adornada con blasones y estandartes.
Se intercambiaron con toda ceremonia las palabras introductorias formales de costumbre. Alfonso, con dejadez señorial, sentado en su alto asiento, escuchó toda aquella palabrería solemne y formal. Vio el oscuro rostro del arzobispo, el rostro burlón de Bertrán, el rostro lleno de preocupaciones de Don Rodrigue, y una y otra vez su mirada buscaba al judío, que modestamente se mantenía en una de las filas traseras. Aquel Jehuda tenía la culpa de que él, Alfonso, antes el primer caballero de la cristiandad, se encontrara ahora lastimosamente por detrás de Ricardo de Inglaterra. Con su nombre, el Melek Rik, amenazaban las mujeres musulmanas a sus hijos. A él, a Alfonso, probablemente como fruto de oscuras maquinaciones de Jehuda, los musulmanes le mandaban una legación para transmitirle advertencias. Sus consejeros, con su lamentable sentido común, le habían convencido de que escuchara el parlamento de aquellos circuncisos. Pero más les valía no sentirse tan seguros al judío y a sus viejos y precavidos señores. No conseguirían hacer callar su voz interior. Sólo a ella obedecería.
El príncipe Abul-Asbag, que encabezaba la legación, se adelantó, se inclinó profundamente e inició su embajada. El príncipe era un caballero de edad, de aspecto cuidado. El manto azul del legado le sentaba bien, las palabras árabes salían serenas y sonoras de su boca.
El soberano de los creyentes occidentales, explicó, había oído hablar con preocupación, de los grandes preparativos para la guerra del rey de Castilla. El califa suponía que este ejército no se dirigiría contra el emir de Sevilla, su vasallo, a quien la tregua protegía. Pero, por desgracia, últimamente se había extendido por los reinos cristianos la criminal y desvergonzada teoría de que un contrato no era vinculante para los cristianos cuando iba contra los intereses de los sacerdotes cristianos. Los príncipes cristianos de Oriente hablan actuado insolentemente de acuerdo con esta afirmación, de modo que el sultán Saladino se vio obligado a proclamar la Guerra Santa, y Alá ratificó gloriosamente al señor de los creyentes orientales y había puesto de nuevo en sus manos la ciudad de Jerusalén, mientras que los príncipes cristianos tuvieron que pagar la ruptura de su palabra con la pérdida de sus tierras y de su vida.
Don Alfonso, en una actitud relajada pero muy majestuosa, escuchó aquel primer parlamento, serio y duro. Su rostro delgado, como tallado en madera, permaneció tan tranquilo que habría podido dudarse que estuviera entendiendo las palabras árabes. Quizás en medio de su corta barba, de un rubio rojizo, su boca delgada y grande, afeitada, se fruncía ligeramente, y los marcados surcos de su frente se hacían aún más profundos. Pero los claros ojos se deslizaban del legado que tenía la palabra al resto de la reunión, y una y otra vez buscaban a Don Rodrigue, y una y otra vez a Jehuda.
«Habla cuanto quieras tú, circunciso -pensaba-, y di cuanto se te antoje. Ladra, perro, ladra! Sé que no mordéis, tú y tu señor, que os quedaréis en la seguridad de vuestra Africa, al otro lado del mar. Tengo paciencia, me he prometido a mí mismo que no me dejaré provocar. No voy a contestar a tus alardes con la bofetada que te mereces. Pero, cuando estés de regreso, caeré sobre Córdoba y Sevilla, y entonces vosotros habréis ladrado, pero yo me habré apoderado de los huesos.»
El legado continuó hablando. El señor de los creyentes occidentales, explicó, sólo necesitaba advertirle al señor de Castilla, que era conocido por ser un hombre prudente, que él, el califa, podría perdonar muchas cosas, pero bajo ninguna circunstancia la ruptura de un tratado. El rey de Castilla ya no había salido muy bien librado cuando tuvo que enfrentarse tan sólo con los ejércitos de Sevilla; en caso de que cayera por segunda vez sobre Sevilla, tendría que enfrentarse con todo el poder del califa. Castilla, si atizaba el fuego, tendría que llorar muchas lágrimas para poder apagar las llamas.
Don Alfonso, mientras seguía escuchando con gran atención, percibió claramente lo que sucedía en la sala, vio con toda claridad como aquellos dos, tanto Rodrigue como Jehuda, lo miraban cada vez con mayor preocupación, casi suplicantes. Sí, incluso se fijó en el símbolo del cargo de Jehuda, el pectoral con las tres torres, y mientras se sorprendía de estar comprendiendo cada una de las palabras del primoroso árabe de aquel circunciso, pensó en las monedas de oro que el judío había hecho acuñar para darle una alegría a él, a Alfonso, y que habían llevado su rostro hasta los más lejanos rincones del reino del califa. Desde su primer encuentro había estado ligado al judío, a veces para bien, a veces para el dolor. Pero ahora estaba harto de aquel lazo, le estaba produciendo rozaduras, debía cortarlo de una vez. Vio los ojos de Jehuda, aquellos ojos apremiantes y admonitorios, le recordaban los ojos de Raquel. Pero: «No te servirá de nada -pensó-, no vas a tenerme durante mucho más tiempo atado a tus riendas. No me voy a dejar tirar de la barba por tu príncipe Abul-Asbag. Romperé la cuerda con la que me tienes sujeto.»
Se produjo un profundo silencio cuando el príncipe terminó de hablar. En aquel silencio sonó la clara voz de Bertrán de Born.
–¿Ha dicho algo insolente? – preguntó en latín.
El secretario castellano se acercó respetuosamente al trono para empezar con la traducción del discurso. Pero Alfonso lo apartó con un gesto y dijo:
–No es necesario que traduzcas, he entendido cada una de sus palabras, y voy a contestar al caballero de modo que él también entienda cada una de mis palabras.
Y en un árabe lento -con feroz alegría, pensó que Don Rodrigue se sorprendería de cuánto había mejorado su árabe en La Galiana- contestó:
–Di a tu señor el califa, lo siguiente: según la opinión y el juicio de mis expertos, mi tratado con Sevilla ya no es vigente. Desde que el sultán deshonró la tumba de nuestro Salvador y obligó al Santo Padre a proclamar la Guerra Santa. A pesar de todo, he mantenido la tregua. Pero ahora las insolentes palabras de tu señor han hecho que se fundiera el sello del tratado.
Se levantó. Allí, en pie, tenía un aspecto joven, audaz, muy principesco:
–Dile al califa -afirmó con su voz clara, exenta de todo rastro de preocupación- que venga a al-Andalus con sus barcos y con sus soldados. Aquí en la Península no tendrá que luchar contra hordas salvajes como contra los rebeldes de su frontera occidental. Los hombres que se enfrentarán a él aquí son expertos guerreros de Dios Todopoderoso. ¡Deus vult! – gritó, y el arzobispo y los demás respondieron a su grito.
Ahora, los ojos claros y grises de Alfonso reflejaron aquel brillo tormentoso que muchos temían y que Doña Leonor tanto amaba.
–¡Y ahora lárgate! – gritó al príncipe Abdul-Asbag-. El derecho de los legados te protegerá todavía dos días. Si para entonces no has cruzado la frontera, prepárate. Alégrate de que no te haga arrancar la lengua que ha pronunciado palabras tan insolentes.
El legado había empalidecido pero se recuperó rápidamente. Con dignas palabras, rogó al rey que quisiera concederle la merced de transmitirle por escrito su respuesta, ya que, de no ser así, el señor de los creyentes creería que Alá le había trastornado el juicio, a él, al legado. Alfonso, riendo juvenil, le dijo:
–Te haré ese favor.
Pero cuando la reunión se disolvió, retuvo a Don Jehuda y le ordenó:
–Tú escribirás esa carta, y en tu mejor árabe. Y no se te ocurra suavizar su contenido: me daría cuenta. Quizás habrás notado que mi árabe es ahora muy bueno. Y además, colocarás tu sello junto al mío.
Don Rodrigue yacía en su duro lecho en medio de una apatía y una aflicción que le robaba toda la fuerza de los huesos. Él era el culpable de que Alfonso, igual que un niño malcriado, hubiera destruido todo aquello que se había construido con tanto esfuerzo en Burgos. Si ahora el califa caía sobre Hispania con su enorme poder militar, la culpa sería suya, de Rodrigue. No debería haber dejado solo a Manrique con la responsabilidad de intentar exhortar al rey a actuar con sensatez, debería haber reunido a tiempo todas sus fuerzas y haber hablado con él personalmente.
No era otra cosa que la debilidad y el temor lo que lo habían frenado. Desde que empezó el asunto amoroso con Raquel, el arzobispo le habla reprochado una y otra vez que le faltara aquella santa indignación, jene saeva indignatio, que podía percibirse con tanta frecuencia en las palabras de los profetas y de los padres de la Iglesia. Don Martín le censuraba con razón. Su corazón, el de Rodrigue, se dejaba engañar por el encanto caballeresco, juvenil y propio de un rey, de Alfonso; era indulgente con aquello que no debía comprender ni perdonar. En las últimas semanas incluso había cargado sobre sí mismo una culpa todavía más grave. En lo más profundo de su ser se había alegrado de que el rey hubiera reemprendido su vida de pecado en La Galiana: de este modo, esperaba que, a pesar de todo, el inicio de la guerra se retrasara.
Con apasionado celo había intentado ponerse a salvo en aquel éxtasis que antes había sido su refugio. Había ayunado y se había mortificado. Se había prohibido ir al castillo Ibn Esra, se había prohibido las conversaciones con su sabio amigo Musa. Pero todo esto no supuso el perdón para él. La gracia le fue negada. La puerta en su último refugio se había cerrado.
Y ahora, por debilidad, había permitido que el reino se involucrara en una guerra sin sentido. Ya que sólo el temor le habla inducido a cometer la negligencia de no advertir al rey para que diera una respuesta prudente al califa. En su conversación habría tenido que hablar también de los prolongados amoríos con Raquel, y habla sido demasiado cobarde para asumir su obligación.
Nunca en su vida la culpa habla corroído tan dolorosamente el alma del canónigo. En él resonaban las palabras de Abelardo: «Esos fueron los días en los que experimenté lo que significa sufrir; lo que significa avergonzarse; lo que significa desesperarse.»
Se levantó con los miembros molidos. Intentó distraerse. Sacó su crónica para seguir trabajando en ella. Era un gran montón de pergaminos escritos. Leyó una hoja, otra. ¡Ah! Todo aquello que había anotado con tan amoroso celo le parecía pobre y vacío de contenido; no había modo de encontrar sentido a los acontecimientos que él había recopilado con tanto esfuerzo. ¡ Cuán equivocada había sido la imagen que se había hecho de Alfonso! ¡Qué atrevimiento que alguien que ni siquiera podía comprender del todo lo que sucedía a su alrededor pretendiera hacer visible la mano de Dios en los grandes acontecimientos!
Cogió un libro que acababan de mandarle desde Francia y que había despertado allí una gran sensación. El título era L'Arbre des batailles, El árbol de las batallas. El autor era Honoré Bonet, prior del convento de Sellonet, y trataba del sentido de la guerra y de sus leyes y costumbres.
Rodrigue leyó. ¡Ah! Aquel prior de Sellonet era un hombre bueno, bien intencionado, firme en la fe. Basándose en las Sagradas Escrituras, sometía a deliberación y establecía con precisión si en días de fiesta se podía luchar; en qué casos había que matar al enemigo y en cuáles bastaba con tomarlo prisionero; y lo mismo en lo que se refería al importe del rescate que un cristiano podía exigir de otro buen cristiano.
No eludía ningún problema el prior Bonet. Con valentía, se debatía también con las más difíciles cuestiones y las resolvía con llaneza, sencillez y sobriedad.
Allí estaba, por ejemplo, su respuesta a la pregunta de aquellos que se planteaban si la guerra no estaría prohibida ya de entrada según la ley de Dios.
«Mucha gente sencilla -explicaba el prior de Sellonet- considera la guerra condenable porque en ella necesariamente se cometen muchos desmanes y Dios ha prohibido cometer desmanes. Os digo que esto no tiene sentido. La guerra no es ningún desmán, es buena y justa, puesto que la guerra tan sólo pretende convertir la injusticia en justicia y la discordia en paz tal y como las Escrituras nos lo ordenan. Y si en la guerra suceden muchas desgracias, éstas no se deben a la naturaleza de la guerra, sino al incorrecto comportamiento de cada uno, como, por ejemplo, cuando un guerrero toma a una mujer y la fuerza, o hace arder una iglesia. Esas cosas no forman parte necesariamente de la naturaleza de la guerra, sino del incorrecto comportamiento de cada uno. De modo semejante sucede, por ejemplo, con la justicia de acuerdo con la naturaleza de la cual debe juzgar el juez, haciendo uso de su sentido común y de acuerdo con su capacidad. Pero cuando un juez juzga injustamente, ¿podemos decir que la justicia en sí misma es mala? Evidentemente, no podemos decirlo. Lo malo no se encuentra en la naturaleza de la justicia, sino en su aplicación incorrecta, en su mala interpretación y en los malos jueces.»
El canónigo suspiró. Se lo ponía muy fácil el prior Bonet. El instruido Rodrigue sabia que no todos se conformarían tan rápidamente con esa respuesta al problema. La secta de los primeros cristianos, los montanistas, por ejemplo, habían declarado el hecho de servir en la guerra incompatible con el cristianismo. El canónigo abrió el libro del montanista Tertuliano: «Un cristiano no será soldado -podía leerse allí-, y cuando un soldado se hace cristiano, lo mejor que puede hacer es abandonar su servicio.» Había muchos de estos ejemplos. El joven Maximilianus, cuando se vio obligado a alistarse, habla explicado al procónsul:
–No puedo servir, no puedo hacer nada malo, soy cristiano.
Typasius, el valiente soldado que había demostrado su valor en muchas batallas, tras su conversión, se negó a seguir en el ejército. Dijo a su centurión:
–Soy cristiano, no puedo seguir luchando bajo tus órdenes.
Y aquí, en la misma Hispania, el centurión Marcelas, a la vista del estandarte de su nación, arrojó su espada al suelo y declaró:
–No voy a seguir sirviendo al emperador. A partir de hoy sirvo a Jesus Christus, el rey de la eternidad.
Y la iglesia había declarado santos a Maximilianus y a Marcelas.
Claro que más adelante, bajo el emperador Constantino, el Concilio de Arlés había excomulgado a aquellos que se negaran a cumplir el servicio militar.
Abelardo, tan sutil, atrayente y peligroso, recogía en su libro Sí y No lo que las Escritura decían en favor y en contra de la guerra y dejaba al lector el trabajo de sacar las conclusiones. ¿Pero quién era suficientemente sabio como para poder hacerlo? ¿Cómo se podía empezar a seguir las enseñanzas del sermón de la montaña? ¿Cómo sentir repugnancia por la maldad y, a pesar de eso, luchar en la guerra? ¿Cómo se podía amar al enemigo y matarlo? ¿Cómo se compaginaba la llamada a la cruzada con la enseñanza del Salvador: Quien toma la espada, a espada morirá?
Los pensamientos confundían a Rodrigue, las páginas de los libros en los que leía se le hacían más y más grandes, los signos de la escritura se enmarañaban. Se convirtieron en el rostro de Don Alfonso, Vultu vivax, en esto tenía razón. Había visto cómo, apenas había empezado a hablar el príncipe musulmán, se había encendido un fuego impetuoso tras la máscara señorial de Alfonso, cómo saltaban las chispas a través de la máscara, cómo ardió la llamarada, cómo, finalmente, todo el rostro adquirió una expresión salvaje y violenta, que expresaba el deseo de humillar, de golpear, de destruir Todavía ahora, cuando recordaba aquel rostro, el canónigo se sentía horrorizado.
Pero en ese horror hallaba su disculpa. En todos los momentos decisivos se desataba la violencia de ese hombre, y nadie podía hacer nada en contra. Dios había dado a Rodrigue una misión impracticable cuando le ordenó cuidar de ese rey
Pero no debía camuflar su propia culpa y debilidad con estos sofismas. Tampoco podía decirse ahora que todo estuviera perdido. Tenía la tarea de advertir a Alfonso y debía dejar en manos de Dios el que coronara su misión o no con el éxito. Debía buscar a Alfonso, todavía hoy, de inmediato, ya que, sin duda, ahora que había desafiado de ese modo al califa, el rey partiría sin dilación hacia el sur.
Acudió al castillo.
Encontró a un Alfonso alegre, accesible. Desde que había mandado a casa al príncipe musulmán de aquel modo tan majestuoso se sentía ligero y libre. Había escuchado su voz interior, la espera había llegado a su fin, su guerra era ya un hecho. Se sentía lleno de una alegre y principesca confianza.
Claro que los preocupados rostros de sus consejeros le hacían sentirse molesto; le recordaban los rostros de sus educadores cuando desaprobaban lo que hacía el muchacho real Alfonso pero no se atrevían a corregirlo, y ése que se acercaba ahora, su amigo Rodrigue, evidentemente tampoco estaba de acuerdo con la respuesta que había dado al califa.
Pero quizás era bueno que viniera Rodrigue precisamente ahora. Aquella conversación no podía seguirse aplazando. Alfonso debería haber hablado antes con su paternal amigo acerca de lo que había sucedido en La Galiana, y no habría un mejor momento, para explicarlo todo y justificarse, que éste, en el que se sentía con ánimo relajado y feliz.
Con rápida decisión, pues, sin largos preámbulos y eufemismos, le contó lo que había sucedido entre él, Raquel y su padre, esto es, que el judío había hecho huir al niño antes de que él pudiera bautizarlo.
–He cargado la culpa sobre mi conciencia, padre mío y amigo mío -dijo-, pero lo reconozco sinceramente, no me agobian los remordimientos. Mañana parto hacia la cruzada, y no pasará mucho tiempo hasta que vuelva puro y limpio de todo pecado. Y entonces no sólo bautizaré a mi hijo, sino que también conduciré a Raquel por el camino de la gracia.
Rodrigue había temido que el niño estuviera todavía en La Galiana, en la cotidiana proximidad del padre que había seguido negándole la gracia del bautismo, y suspiró aliviado porque no era así. Además, el rey no era consciente de la gravedad de su pecado, y Rodrigue pensó en las profundas y peligrosas palabras de Abelardo: Non est peccatum nisi contra conscientiam, no es pecado si no se es plenamente consciente de que lo es. De nuevo, contra su voluntad, se sintió compenetrado con el rey y lo comprendió.
Pero si las explicaciones de Alfonso sobre los contratiempos en La Galiana suavizaban la preocupación del canónigo, la ligereza con que Alfonso hablaba de la cercana guerra lo exasperaba todavía más. Este rey, a quien Dios había otorgado una mente tan clara, se engañaba a sí mismo, como si estuviera seguro de una rápida y segura victoria. No quería admitir cuán grande era el peligro que había atraído sobre el reino. Con inusitada dureza y firmeza, el canónigo le reprendió:
–Te engañas, rey Alfonso. Esta guerra no borrará ninguno de tus pecados. No es una Guerra Santa. Desde el principio la has manchado por medio de tus censurables arrebatos de ira y de tu arrogancia.
Alfonso contempló la débil constitución del sacerdote, sus manos blancas y delicadas que nunca habían empuñado la espada ni tensado el arco. Pero, escudado en la absoluta seguridad en sí mismo, se sintió más sorprendido que furioso por lo que decía el enojado Rodrigue.
–Las cuestiones de la guerra y de la caballería no son lo tuyo, padre mío -contestó amable, y con cariñosa superioridad le explicó:
–Mira, no debía permitir que ese circunciso me tirara de la barba en mi propio castillo. Mi voz interior me indicó cómo ponerlo en su lugar
–¿Tu voz interior? – replicó no muy alto pero con fuerza el canónigo. La insolente seguridad del rey había despertado por fin en él aquella santa indignación cuya carencia Don Martín le había reprochado con tanta frecuencia-. ¡Tu voz interior! Cada vez que te abandonas a tu pecaminosa arrogancia te refieres a tu voz interior: ¡Abre los ojos y mira lo que has hecho! El califa te ha hecho saber que quiere mantenerse alejado de la guerra. Te ha ofrecido su mano y tú has escupido en ella. Tú has llamado a nuestras tierras al ejército de Africa, que es tan numeroso como la arena del mar; movido exclusivamente por tu vanidad y tu temeridad. Te has comportado como si la cruzada no fuera otra cosa que un juego caballeresco o un torneo. Has roto tu tratado con Aragón cuando apenas se había firmado. Has arrastrado a toda Hispania al borde del abismo.
Aquel hombre enjuto se hallaba erguido, amenazador ante Alfonso, y sus tranquilos ojos lo miraban furiosos y cargados de reproches.
La ira santa del sacerdote lo dejó perplejo, pero tras un momento recuperó su seguridad. Su clara mirada no evitó la mirada iracunda del otro. Sonrió, se rió con fuertes y desagradables carcajadas. Se burló:
–¿Dónde esta tu confianza en Dios, sacerdote? Desde hace cientos de años, las fuerzas de los herejes son superiores a las nuestras, y sin embargo, Dios nos ha ido devolviendo una parte cada vez mayor de nuestras tierras. Hablas como si fuéramos un rebaño de ovejas. Tengo buenas fortalezas en el sur, tengo a mis caballeros de Calatrava. Tengo alrededor de cuarenta mil caballeros, sin contar con Aragón. ¿Quieres prohibirme mostrar el mismo valor que mis antepasados? ¿Debo esconderme tras mentiras y argucias, en lugar de confiar en mi buena espada?
Allí estaba, de pie, insolente, violento, caballeresco, y tras su rostro el canónigo vio el de Bertrán, que cantaba sus licenciosas canciones.
–¡No blasfemes! – le gritó-. No eres ningún caballero que se lanza a la aventura, eres el rey de Castilla. ¡Tus fortalezas! ¿Estás seguro de que resistirán las máquinas de guerra del califa? ¡Tus cuarenta mil caballeros! Te digo que la mayoría de ellos serán muertos por las hordas de los musulmanes. La desolación, el fuego y una carnicería se extenderán por todas tus tierras. Todo se derrumbará. Y tú serás el culpable. Tendrás que dar gracias a Dios si te permite conservar tu Toledo.
La visible ferocidad del sacerdote hizo estremecer a Alfonso. Guardó silencio. Pero Rodrigue continuó:
–¡Tu buena espada! No olvides que es Dios quien presta a los reyes su espada. Haces como si fueras tú el señor sobre la guerra y la paz. No olvides que esta guerra ha sido proclamada y permitida sólo como una guerra de Dios. En esta guerra no eres mejor que el último de tus criados que se ocupa de la impedimenta: un siervo de Dios.
Alfonso se había librado de aquel desagradable sentimiento. Con su anterior altanería, con frialdad y ligereza, contestó:
–Y tú no olvides, clérigo, que Dios me ha otorgado como feudo los reinos de Castilla y Toledo. Dios es mi señor feudal, no soy su criado, soy su vasallo.
El rey no aguantó durante mucho tiempo en Toledo. Los rostros preocupados de sus señores y el piadoso e iracundo parlamento de Don Rodrigue le estropearon la alegría que le había producido su comportamiento caballeresco ante el califa. Decidió partir hacia el sur al día siguiente. En las fortalezas de Calatrava y de Alarcos los caballeros de la orden mostrarían más comprensión e interés por él.
La última noche antes de su partida la pasó en La Galiana. Se encontraba de un inmejorable humor, condescendiente, no hizo ningún reproche a Raquel. Se pavoneaba ante ella, yendo de un lado para otro, y alardeaba de su respuesta al califa.
Se desperezó, alargó los brazos.
–Me he dedicado a los festejos durante mucho tiempo -dijo-, pero no me he oxidado. Ahora, por fin, verás quién es tu Alfonso. Será una batalla breve y llena de gloria, lo presiento. No te vayas de momento a Toledo, Raquel mía, prométemelo. No tendrás que esperar aquí durante mucho tiempo.
Raquel se hallaba sentada, medio tumbada sobre sus almohadones, con la cabeza apoyada en la mano, y lo miraba mientras andaba de un lado para otro, y le escuchaba proclamar las hazañas que pensaba llevar a cabo.
–Además, probablemente -decía ahora-, antes de volver te pediré que te reúnas conmigo en Sevilla. Tendrás que hacerme de guía en tu ciudad natal, y de todo mi botín te dejaré elegir lo que más te guste.
Ella dejó caer el brazo en el que había recostado la cabeza, se incorporó un poco, helada de espanto por sus palabras. Sin consideración alguna, cruelmente, ponía ante sus ojos la imagen de su ciudad natal que él pensaba asaltar y destruir para conducirla después por encima de sus ruinas.
–Mi victoria te convencerá también -continuó alegremente- de cuál es el verdadero Dios. Por favor no me contestes, no pelees hoy. Hoy es un día de fiesta, en este día debemos estar unidos, debes participar en mi alegría.
Ahora ella había dirigido directamente a él sus grandes ojos de un gris azulado. Su vivo rostro y todo su ademan mostraba sorpresa, rechazo, extrañeza.
Él se detuvo, sintió aquello que los separaba, que se había levantado entre los dos. En el silencio de Raquel resonaban a lo lejos las acusaciones de Rodrigue. Dejó de ser el violento gran señor de las batallas para ser el gran señor misericordioso:
–No creas -siguió hablando alegremente- que tu Alfonso será duro con los vencidos. Mis nuevos súbditos tendrán en mí un señor indulgente. No les prohibiré adorar a su Alá y a su Mahoma, y -tuvo otra generosa ocurrencia- de entre los caballeros musulmanes que tome prisioneros dejaré en libertad a mil sin exigir rescate. Alazar deberá elegirlos en mi lugar esto le producirá alegría. Y les dejaré participar con todos los honores en el gran torneo que mandaré realizar para celebrar la victoria.
Raquel no podía sustraerse a su ímpetu y a su resplandor. Así era él, inconscientemente valiente, pensando sólo en la victoria y nada en el peligro, tan joven, tan caballero, era un guerrero, un rey. Ella lo amaba. Le estaba agradecida por compartir con ella la última noche antes de la batalla.
Todo volvió a ser como antes. Cenaron en medio de un gran alborozo. Él, normalmente comedido, bebió esta vez un poco más que de costumbre. Cantó, cosa que sólo hacía cuando estaba solo. Cantó canciones de guerra. Cantó aquella canción de Bertrán: «No hay para mí mayor placer que contra una fortaleza arremeter», y después le dijo:
–Lástima que no hayas querido conocer a mi amigo Bertrán, es un buen caballero, el mejor que conozco.
Tras la cena, ella se retiró como había hecho desde el principio. Seguía sin querer desnudarse ante sus ojos. Después, él vino a ella y fue como en los primeros tiempos, derramándose el uno en el otro, con absoluta satisfacción, desbordados de dicha.
Más tarde, cansados, felices, seguían charlando. Él, entonces, no de modo autoritario, sino más bien como un ruego, le dijo de nuevo:
–Quédate aquí en La Galiana mientras yo este ausente. Ve a ver a tu padre tantas veces como quieras, pero no te traslades al castillo a vivir con él. Vive aquí. Ésta es tu casa, nuestra casa. Hodie et cras et in saecula saeculorum, añadió blasfemo.
Ella, sonriendo, medio dormida ya, repitió:
–Ésta es mi casa, nuestra casa in saecula saeculorum.
Todavía pensó: En cuanto me duerma se irá. Lástima que he sido yo quien lo ha querido así, pero mañana desayunaré con él y después él se marchará a su guerra. Y desde lo alto de su caballo se inclinará una vez más hacia mí y allí donde el camino hace un recodo se volverá a mirarme. Ella yacía con los ojos cerrados, no pensó en nada más, se quedó dormida.
Alfonso, cuando ella se quedó dormida, permaneció durante un rato tumbado. Después se levantó, se desperezó, bostezó. Se puso la bata. Miró a la mujer que yacía allí con los ojos cerrados y una leve sonrisa en sus labios. La contempló como a algo extraño, un árbol, o un animal. Sacudió maravillado la cabeza. Hacia un momento todavía, unos minutos, que se sentía traspasado por la felicidad que ella le daba y que ninguna otra mujer había podido darle y ahora sentía una cierta desazón, algo así como cierta turbación por estar con ella en una habitación, contemplando su desnudez y su sueño. En su espíritu se hallaba ya en Calatrava, entre sus caballeros.
Antes de acostarse con ella, había pensado cabalgar de madrugada a Toledo, vestir su armadura, la de verdad, la que llevaba en la batalla, volver a La Galiana y despedirse de Raquel cubierto con esta armadura suya y con su buena espada Fulmen Dei, pero renunció a ello.
A la mañana siguiente, ella esperaba a que él se despidiera. Se sentía feliz y llena de confianza, segura de que todo iría bien. Se imaginó cómo transcurriría la mañana. Desayunaría con ella, con sus ropas de casa. Después se pondría la armadura. Y luego partiría al galope, y ella sentiría aquel gran instante venturoso y desgarrador del que se hablaba en las canciones: el amado que partía se inclinaría desde su caballo, la besaría, la saludaría con el brazo.
Ella siguió esperando. Primero feliz, después con un ligero temor y luego cada vez con más miedo.
Finalmente, preguntó por Alfonso.
–El rey nuestro señor hace horas que partió -contestó el jardinero Belardo.
CAPÍTULO CUARTO
El califa Yaqub al-Mansur ya no era joven, padecía achaques, le habría gustado pasar sus últimos años en paz y había considerado su deber recordar el tratado al rey de Castilla. Pero enterado de la naturaleza del rey desde el principio había tenido muy pocas esperanzas de que su mensaje surtiera el efecto deseado. Sin embargo, no había esperado una respuesta tan impertinente. La insolencia del incircunciso le pareció, a aquel hombre profundamente creyente, una señal de Alá para que antes de su muerte tomara de nuevo la espada para castigar a los infieles y seguir expandiendo el islam.
Ante todo, mandó hacer diez mil copias de la carta de Alfonso y que se diera a conocer a lo largo y a lo ancho de su inmenso reino. Almohades, árabes, cabilas, todas las tribus y pueblos que le estaban sometidos debían saber cuán terriblemente insultaba el rey cristiano al señor de los creyentes. La carta fue leída en los mercados por pregoneros públicos y a continuación se pronunciaban las palabras del Corán: «Esto dice Alá, el Todopoderoso: Me volveré contra ellos y los convertiré en polvo y desolación mediante ejércitos nunca vistos. Los arrojaré al más profundo abismo y los destruiré.»
En todo el islam occidental se encendía la llama de la ira santa. Incluso las tribus rebeldes de Trípoli dejaron de lado sus hostilidades contra el califa para unirse a él en esta Guerra Santa.
En la al-Andalus musulmana se desató un alegre entusiasmo en cuanto se cercioraron de que el califa acudiría en su ayuda. Además, éste delegó el mando supremo de todo el ejército en un andaluz, el probado general Abdullah Ben Senanid.
En la decimonona semana del año 591 tras la Hégira del Profeta, Yaqub al-Mansur salió de su corte en dirección a Fez para encontrarse con el ejército que había reunido en la costa sur del Estrecho. Le acompañaban su príncipe heredero Cid Mohammed y otros dos de sus hijos, su gran visir y cuatro de sus consejeros, además sus dos médicos de cabecera, así como su cronista Ibn Jachja.
En el vigésimo día del mes redsched el califa ordenó cruzar el Estrecho. Los primeros que lo hicieron fueron los árabes, les siguieron los sebetas, los masamudas, los gomeras, los cabilas, a éstos les siguieron los arqueros, los almohades; los últimos fueron los regimientos personales del califa. Con la gracia de Alá se cruzó el Estrecho en tres días y el inmenso ejército acampó, extendiéndose por los alrededores de Alchadra, desde Cádiz a Tarifa.
Y una vez el califa se halló en tierras de al-Andalus dio un gran espectáculo. Desde tiempos inmemoriales surgía del agua ante Cádiz, al oeste del Estrecho, una enorme columna. Se hallaba coronada por una inmensa estatua dorada cuyo brillo podía verse en el mar desde muchas leguas de distancia; representaba a un hombre que extendía su brazo derecho sobre el Estrecho y que tenía en su mano una llave. Los romanos y los godos habían llamado a esa construcción las columnas de Hércules, los musulmanes la llamaban la estatua del ídolo de Cádiz. Todos habían temido y protegido aquella obra amenazadora y resplandeciente durante siglos. Ahora, el califa dio orden de destruirla. Temerosos, conteniendo la respiración, decenas de miles contemplaron cómo se daban los primeros golpes. Aquella imagen dorada y amenazadora no se defendió, cayó. Y llenos de un inmenso triunfo gritaron: ¡Alá es grande y Mahoma su profeta!
El califa se dirigió a Sevilla. Para honrar a esta ciudad que aquel rey infiel, a pesar de la tregua, amenazaba tan desconsideradamente, Yaqub al-Mansur había pagado la construcción de un minarete para su mezquita principal. Había hecho los planos el famosísimo arquitecto Dschabir. De un modo metafórico, la torre debía representar la victoria del islam sobre los infieles. El califa había ordenado que todo aquello que pudiera encontrarse en estatuas y relieves de los tiempos de los romanos y de los godos se utilizara en la construcción de esa torre. Estaba previsto que, además de la cubierta de oro de aquella imagen del ídolo de Cádiz, se empleara también el oro y la plata de todos los objetos de las iglesias que el califa obtendría como botín en esa guerra.
El mismo Yaqub al-Mansur puso los fundamentos para este minarete. Y así como millares de personas habían celebrado la caída del hombre dorado, así se regocijaban ahora millares de personas de que se hubieran puesto los fundamentos de la torre que debería alzarse hacia el cielo en una altura y belleza nunca vistas hasta el momento, para mayor gloria de Alá.
Don Alfonso, en Calatrava, era feliz. Allí reinaba un júbilo sin reservas, se celebraba la respuesta que había dado al desvergonzado califa, y la guerra causaba en todos una desenfrenada alegría. La naturaleza espiritual de la orden de caballeros desaparecía tras su faceta guerrera. Los caballeros agasajaban a Bertrán de Born como a su gran hermano y compañero; en sus sueños resonaba el grito lA lor! ¡A lor! ¡Atacad! ¡Golpead!
Entre Alfonso y el arzobispo surgió de nuevo la vieja y alegre camaradería. El valiente clérigo se había sentido gravemente preocupado por no poder decir a Alfonso su opinión, justa, cristiana y caballeresca, sobre el asunto amoroso de éste con la judía. Ahora, con su acostumbrada franqueza, le dijo:
–Verdaderamente, tu suegro de Inglaterra ha muerto en el momento adecuado. Porque, permíteme decírtelo, mi querido hijo y amigo: no habría podido contemplar por más tiempo los desórdenes de La Galiana. Tendría que haberle pedido al Santo Padre, aunque me hubiera muerto de tristeza, que te excomulgara. Estaba a punto de escribir esa carta. Ahora, todo ha quedado atrás, como el pasado pagano de nuestros padres. Salta a la vista cómo la guerra expulsa los últimos vapores de tu pecho.
Rió a carcajadas; Alfonso lo acompañó en sus risas, ruidoso, joven, de buen humor:
Los observadores informaron acerca de la magnitud del ejército musulmán. Decían que estaba formado por quinientas veces mil hombres. También corrieron muchos rumores acerca de las terribles nuevas armas que el califa llevaba consigo, de inmensas torres de ataque, piezas de artillería que podían arrojar lejísimos enormes peñascos, de destructores fuegos griegos. Los caballeros siguieron manteniéndose confiados. Creían en sus fortalezas inexpugnables, en su Santiago, en su rey
Alfonso tuvo una atrevida inspiración. Todos daban por supuesto que a la vista de la superioridad de los musulmanes tendrían que limitarse a la defensa. ¿Había que hacerlo realmente? ¿Por qué no ofrecerle al enemigo una batalla en campo abierto? La temeridad del acto parecía un disparate, pero precisamente por este motivo era posible que tuviera éxito. ¿Y no se hallaban allí, al sur de Alarcos, aquellas tierras del Campo de los Arroyos, cuyos rincones estratégicos y puntos traicioneros él conocía mejor que ningún otro? ¿Por qué no iba a ganar esta segunda batalla de Alarcos?
Habló con Bertrán y con el arzobispo de sus propósitos. Don Martín, a quien normalmente nunca le faltaba una rápida respuesta, lo miró fijamente con la boca abierta. Después se sintió entusiasmado.
–El antiguo pueblo de Israel -dijo- era un insignificante grupito comparado con la innumerable chusma de cananitas, madianitas y filisteos, y a pesar de ello los vencieron y exterminaron. Con toda probabilidad, el Señor les mostró campos de batalla tan favorables como tu Campo de los Arroyos. Bertrán, por su parte, dijo alegremente y con opinión experta:
–Esta batalla te costará muchos muertos, mi señor pero a los herejes les costará muchos mas.
Los jóvenes señores, cuando Alfonso les habló de su plan, quedaron primero desconcertados, sí, incluso confusos, después fascinados. El rey evitó hablar de sus propósitos a los guerreros más viejos.
Doña Leonor se quedó más tiempo en Burgos de lo que se había propuesto. Desde allí era más fácil reunir a los grandes del norte de Castilla y a los consejeros de Aragón, que pronto constituirían las tropas de refuerzo de Alfonso. Ardía en deseos de que empezara la batalla. Desde que se habla dado cuenta de cuán profundamente lo devoraba aquella lujuriosa fiebre por la judía, sus recelos no habían desaparecido nunca por completo. Alfonso sólo se curaría por completo de su diabólica enfermedad mediante la guerra.
Y entonces había recibido la noticia -él mismo se la comunicó alegremente- de la osadía con que había mandado de regreso con su califa al desvergonzado príncipe musulmán. Lo primero que sintió fue una salvaje alegría: ¡Ahora habría guerra! Pero inmediatamente había tenido que reconocer el tremendo peligro que necesariamente suponía la arrogancia de Alfonso. «Una derrota -pensó-, ahora, será una derrota. Quizás no la derrota definitiva, pero sí una derrota.» Esto hizo surgir en ella, además de la ira y la preocupación, una sombría satisfacción. Tenía grabado en su alma lo que su madre le había dicho acerca de las beneficiosas consecuencias de una derrota. La derrota multiplicaba las fuerzas, estimulaba las energías, la derrota abría diez nuevas posibilidades; le producía un maravilloso cosquilleo pensar en la derrota.
Partió de inmediato hacia Toledo.
–Vete a Toledo -le había ordenado su madre. La desatinada imprudencia con la que Alfonso había provocado a la legación musulmana sólo multiplicaba su amor. Y siempre, en su ardiente deseo por Alfonso, se mezclaba aquel sombrío y silencioso regocijo: «Ahora vendrá la derrota. Ahora terminará del todo con la otra. Actum est de ea, ha sucedido por culpa de ella.»
Puesto que no encontró al rey en Toledo, tenía una buena excusa para continuar viajando hacia el sur: Don Pedro, que de acuerdo con el plan había invadido las tierras valencianas y que no quería renunciar a su ofensiva contra la capital, Valencia, había dudado en poner tropas de apoyo a disposición de Alfonso antes de la fecha establecida contractualmente. Pero ella le había arrancado una promesa vinculante: como máximo antes de seis semanas mandaría diez mil hombres, y ochocientos ya de inmediato para demostrar su buena voluntad. Para dar a Alfonso esta feliz noticia, viajó personalmente a Calatrava.
Él salió a su encuentro para saludarla. Ella no ocultó la gran alegría que sentía al verlo. Allí, entre sus caballeros, en el rígido ambiente de la fortaleza de Calatrava, era por completo aquel Alfonso que ella deseaba. Le informó, radiante, de cómo había convencido al reacio Don Pedro para que mandara refuerzos al cabo de pocas semanas. Alfonso se lo agradeció de corazón. No le dijo que su noticia no le resultaba de ningún modo agradable. Su propósito de presentar batalla al califa en campo abierto se había afianzado. Pero si ahora se sabía que en breve plazo se recibirían refuerzos de Aragón, sus consejeros y oficiales se resistirían con mayor empeño a su plan.
El anciano maestre de la orden, Nuño Pérez, y Don Manrique de Lara presentaron sus respetos a Doña Leonor. El plan del rey, a pesar de su reserva, se había hecho público y causaba gran preocupación a los más prudentes de entre sus amigos. Los ancianos señores expusieron a Doña Leonor cuán peligroso era su atrevimiento y cuán importante era esperar la llegada de las tropas aragonesas. Rogaron a la reina que convenciera a Don Alfonso para que renunciara a sus propósitos.
Doña Leonor se horrorizó. No entendía nada de estrategia, no quería saber nada de ello. Ella y Alfonso se habían puesto tácitamente de acuerdo en que ella participaría en los asuntos de Estado pero no en las tácticas de guerra. Pero esta vez comprendió que se trataba de la supervivencia del reino. Se acordó de cómo Alfonso, en el pasado, había atacado Sevilla contrariando las advertencias de sus consejeros. Sospechaba, sabía que él se tomaba en serio aquel proyecto temerario. Su sentido común le decía que debía hablar con Alfonso. Pero no quería parecerle inoportuna precisamente ahora, no quería presentarse ante él con odiados consejos; además, en lo más profundo de su ser sentía un murmullo cosquilleante: ¡Una derrota!
Muy amablemente pero con toda realeza contestó a los preocupados caballeros: Ella no entendía nada en cuestiones de estrategia, durante todos aquellos años no había hablado con Alfonso acerca de estas cuestiones. Ella admiraba su genio para la guerra y no era propio de la reina de Castilla socavar el valor principesco y la piadosa confianza de su esposo con consideraciones pusilánimes.
Se quedó dos días y dos noches en la fortaleza. A toda prisa se le preparó un lujoso alojamiento, ya que no estaba bien que durmiera bajo el mismo techo que Alfonso. Los cruzados, así lo exigía la costumbre, se abstenían del trato con mujeres. Pero eran muy pocos los caballeros que se tomaban en serio esta tradición, y Leonor, después de que Alfonso cenara con ella en sus aposentos, tenía la esperanza de que se quedara, pero él le dio cordialmente las buenas noches, la besó en la frente y se fue. Y lo mismo hizo la segunda noche.
Cuando ella emprendió el viaje de regreso, él la acompañó durante una hora larga.
Leonor, una vez él se hubo despedido, contestó sólo con parquedad a la conversación de sus acompañantes. Pronto, a pesar de que era una buena amazona, ordenó que prepararan su litera.
Sentada en la litera mantenía los ojos cerrados. Alfonso estaba ocupado con su guerra, y tampoco era propio de él el amor rápido y ocasional. No debía sentirse desdeñada. Y con toda seguridad no era el recuerdo de la judía el que lo había mantenido alejado de ella.
En Toledo se había ocupado mucho de la otra, de la judía. La otra estaba allí mucho más cerca, había que pensar en ella. Allí, la otra, insolente y tonta, estaba en poder de Leonor, al igual que la ciudad y todo lo que la rodeaba. Leonor no tenía más que alargar la mano. No había pensado en esto de un modo tan consciente, pero lo había intuido, y ahora, en la litera, de camino a Toledo, lo pensó. Ahora también, en la litera, contra su voluntad, intentó recordar nítidamente a la otra, su rostro, su porte, sus gestos. Imaginó qué aspecto podía tener Raquel desnuda, se comparó con ella. Ella, Leonor, se había conservado bien; incluso lo había reconocido la dama Ellinor que solía emitir juicios acerados y malignos. El hecho de que la otra hubiera salido arrastrándose del cuerpo de su madre diez o doce años después que ella no era, con toda seguridad, lo que había apartado a Alfonso de Leonor llevándolo al lado de la otra. Era brujería, una fiebre, una maligna enfermedad. Y tan pronto como Alfonso volviera a ser él mismo, después de la batalla, independientemente de que obtuviera una victoria o una derrota, habría olvidado a la otra. Habría sido una estúpida si se hubiera dejado convencer por los ancianos señores para desaconsejar a Alfonso su batalla.
No era una estúpida. Era inteligente, era joven, era hermosa, estaba segura de sí misma y de su causa.
Llegaron noticias de que el ejército musulmán avanzaba en tres columnas hacia el nordeste. Alfonso no podía esperar por más tiempo, debía exponer a sus consejeros y a sus capitanes su plan.
Convocó al consejo de guerra. Entusiasmado, expuso su plan. Quería salir al encuentro de los musulmanes en el Campo de los Arroyos. Allí, entre las profundas grietas de los secos cauces montañosos, había tenido lugar la batalla que le había supuesto uno de sus mayores éxitos y la fortaleza de Alarcos. Nadie en Hispania conocía esas tierras tan bien como él. Con palabras atrevidas y convencidas, explicó cómo obligaría al califa a tomar la parte más baja de la meseta que se inclinaba poco a poco, de modo que una gran parte del ejército enemigo, precisamente por ser tan numeroso, se vería forzado a meterse entre la maleza y en el bosque. No dudaba de la victoria. Y después de aquello todo el sur de al-Andalus quedaría abierto ante ellos. Córdoba, Sevilla, Granada, y la guerra terminaría apenas hubiera empezado.
Los jóvenes señores estuvieron de acuerdo entusiasmados.
El anciano Don Manrique, sin embargo, le advirtió respetuoso e insistente. Era más que arriesgado ofrecer una batalla abierta a un ejército tan inmensamente superior. Si no se conseguía una victoria decisiva, Toledo estaba perdida. El experto estratega, el barón Vivar, fue del mismo parecer que Manrique.
–Vuestra Majestad -explicó- ha convertido con esfuerzo y pericia las fortalezas de Calatrava y de Alarcos en las más fuertes de la Península. En la protección de sus muros, podemos esperar tranquilamente la llegada de nuestros aliados. El ejército musulmán, precisamente por ser tan gigantescamente numeroso tendía dificultades en aprovisionarse; el sitio los mermará mucho. Pero cuando aparezcan los aragoneses, nuestro ejército no será tan desesperadamente inferior en fuerzas a los del califa. Entonces, mi señor, si Dios así te lo inspira, inicia tu batalla.
La arrugada frente de Don Alfonso se frunció todavía más. Su clara inteligencia les daba la razón: los argumentos de Manrique y de Vivar estaban llenos de sentido. Pero era insoportable quedarse sentado tras los muros de la fortaleza y esperar a que aquel joven, aquel necio, le trajera ayuda. No se dejaría robar una parte de la victoria.
–No ignoro -contestó- que un astuto estratega hace mejor evitando una batalla contra una fuerza tres o cinco veces superior Pero no puedo contemplar de brazos cruzados cómo el enemigo se extiende por el reino. Me arde la sangre. Una auténtica guerra no es un juego de ajedrez, es un torneo, y el resultado no lo da la mente más astuta, sino un corazón valiente y piadoso. Un auténtico estratega olfatea su batalla. Mi batalla es la del Campo de los Arroyos.
Los caballeros estuvieron tumultuosamente de acuerdo. Pero ahora fue el mismo anciano maestre Nuño Pérez quien le advirtió:
–Si el ejército de los herejes es tan grande como pretenden tus observadores, sin contar con las tropas de apoyo, ningún ejército castellano podrá detenerlo. Espera a Aragón, mi señor.
Alfonso estaba harto de permitir que sus viejos estrategas le dieran lecciones. Tenían los corazones más paralizados que su Rodrigue.
–No voy a esperar, Don Nuño -replicó-, entendedme, no permitiré que mi Alarcos, este Alarcos que he añadido al reino, sea sitiado por los circuncisos. Los venceré también sin Aragón. Pero don Manrique no cedía.
–¡Por lo menos, manda un correo a Don Pedro! – le rogó apremiante-. Si se considera estrictamente, con estrechez de miras, tu contrato con Aragón, tienes la obligación de esperar.
–Pero yo no soy estrecho de miras -contestó con fuerza Don Alfonso, y tampoco el rey de Aragón lo es, es un caballero cristiano. ¡No necesito en absoluto pedirle permiso! – Más tranquilo, continuó:
–Respeto vuestras dudas, pero a mí no me preocupan. Ya puede tener el califa tres veces o cinco veces más hombres que nosotros. Nosotros tenemos de nuestro lado el derecho y a Dios Todopoderoso. Lucharemos en el Campo de los Arroyos.
Ahora que el rey se había decidido, también los que dudaban se avinieron al proyecto con fidelidad y celo. El campamento se instaló en el lugar elegido por Alfonso. Las tiendas se extendían por la suave pendiente de una montaña, protegidas a su espalda por una pendiente que se alzaba cada vez con mayor inclinación, los flancos, cubiertos por los arroyos, que daban al lugar su nombre, eran profundas grietas, los lechos de caudalosos arroyos de montaña que ahora se habían secado y que estaban cubiertos de adelfas blancas y rojas Mientras tanto, el ejército musulmán se acercaba en perfecta formación, efectuando con regularidad cortas jornadas de marcha. Cuando se hallaba a dos días de marcha de distancia, cualquiera podía calcular que la batalla definitiva tendría lugar el 19 de julio, el día noveno del mes schawan del cómputo musulmán.
Pero el noveno día del mes schawan era un Sabbath.
Esto supuso para los soldados judíos de Don Alfonso una gran preocupación. Aquellos tres mil hombres se habían puesto al servicio del rey no sin remordimientos de conciencia. Sabían que al servir en la guerra se verían obligados a comer alimentos prohibidos y a llevar a cabo trabajos prohibidos en Sabbath; en los gloriosos tiempos pasados, los soldados judíos habían preferido dejarse matar por los griegos y por los romanos a luchar en Sabbath. Ciertamente ahora, de acuerdo con una disposición del Synhedrion, los doctores de la aljama habían eximido solemnemente a los voluntarios judíos, Mutar Lach, te es permitido, de la obligación de respetar las leyes del Sabbath y las que hacían referencia a los alimentos; pero esta dispensa sólo era válida en caso de extrema necesidad, y ¿acaso se daba realmente este caso?, ¿tenía que luchar el rey precisamente en Sabbath?
Enviaron una delegación a Don Alfonso, encabezada por Don Simeón Bar Abba, un pariente de Efraim. Si los soldados judíos, expuso éste al rey, quebrantaban los sagrados mandamientos en un caso que no fuera de extrema necesidad, provocarían la ira de Dios y atraerían el peligro y la derrota sobre ellos y sobre sus camaradas cristianos. Querían preguntar a su majestad, con el debido respeto, si no podía elegirse otro día para la batalla.
Alfonso dio unas palmadas a Don Simeón en la espalda y le dijo jovial:
–Os conozco como valientes soldados, y me gustaría haceros ese favor, pero no puedo aplazar más de un día la batalla. Y silo hago, tendríamos que luchar en domingo, y eso a su vez no les gustaría a vuestros camaradas cristianos, y ellos son mucho más numerosos. Dejémoslo, pues, en el Sabbath, y todos rogaremos para que vuestro Dios os perdone el pecado.
La piedad de los judíos hizo reflexionar al rey. Preguntó a Don Martín qué podría hacer él para asegurarse, a sí mismo y a su ejército, la gracia del Todopoderoso. El arzobispo también había leído aquel libro El árbol de las batallas del prior Bonet. En él se recomendaba ayunar el día de la batalla, y se indicaba, además, que el gran caballero y rey Saúl, antes de lanzarse a combatir contra el enemigo, había amenazado con la muerte a todo aquel que desde la caída del sol del día anterior comiera o bebiera. De modo que el arzobispo le aconsejó que los soldados cristianos ayunaran el día de la batalla. Pero, para no debilitarlos, el rey nuestro señor podía ofrecerles la noche anterior un rico banquete. Así lo hizo Don Alfonso.
Don Martín, por su parte, mandó correos por todo el reino, hasta Toledo, con la orden de que en la mañana del día de la batalla en Toledo y en todas las poblaciones entre Alarcos y Toledo sonaran las campanas. La noche del 18 de julio el rey contempló su propio campamento y el del enemigo desde la elevación desde donde, al día siguiente, dirigiría la batalla. Allí donde la meseta descendía estaba acampado el ejército del califa. Se alineaban sin fin las tiendas, una junto a otra, y Alfonso y sus señores sabían que, allí donde el bosque impedía la vista, el campamento enemigo giraba hacia el oeste y se prolongaba en aquella dirección. Durante largo tiempo, el rey, haciéndose sombra sobre los ojos con la mano, lo contempló en silencio, hasta que se hizo de noche sobre el campamento enemigo.
Los caballeros galoparon de regreso, saludados por todas partes por los soldados con gritos alegres y respetuosos. Los soldados disfrutaban el rico banquete.
Entonces, también los señores se sentaron a la mesa en la tienda de guerra del rey. Todo resplandecía de lujo en rojo y dorado con los blasones y estandartes. También el interior estaba lujosamente decorado con alfombras y tapices en honor a la guerra, la más noble ocupación del caballero y del rey Todo el mundo estaba muy animado, se comía y bebía con deleite, Bertrán cantó sus más osadas canciones.
Pero se separaron pronto para retirarse temprano a dormir y coger fuerzas para el día siguiente.
Al rey le acompañaron agradables imágenes y pensamientos en su sueño. Raquel estaba allí, y él le exponía con todo detalle su plan de batalla. Le demostraba que también un ejército inferior en número podía organizarse de tal modo que la victoria fuera segura. Le explicó cómo imaginaba el desarrollo posterior de la batalla. Cuando hubiera destruido el ejército del califa, lo empujaría hacia el mar Y entonces firmaría la paz. Dejaría al califa la costa y Granada, pero debía arrebatar Córdoba y Sevilla a los circuncisos. Convertiría a Sevilla en un condado, uno de los más grandes del reino, y como conde de Sevilla nombraría a su amado y pequeño bastardo Sancho.
Escuchó las voces contenidas de la guardia que recorrían el campamento dormido. Su voz interior le decía: será un gran día mañana, este 19 de julio de… Intentó recordar el año, pero el cómputo del tiempo en la Península y la del resto de la cristiandad se le mezclaron y no consiguió encontrar el año en que estaba, y se enojó por haberle dado la razón a Rodrigue contrariando a su amigo Don Martín. Pero, a pesar de su enojo, le parecía escuchar ya el sonido de las campanas y el solemne canto de júbilo, cantaban el Tedeum de su victoria, y se durmió en medio de gritos de victoria.
Despertó rodeado por el sonido de las campanas, ya que antes de que hubiera salido el sol, tal y como había ordenado el arzobispo, todas las campanas del reino, desde Alarcos hasta Toledo, fueron lanzadas al vuelo. Inmediatamente después de la salida del sol se celebró una misa a los soldados. Muchos recibieron la sagrada comunión. Solemnemente fueron mostradas después las reliquias que deberían acompañar a cada sección en la batalla. La más valiosa y efectiva reliquia la tenían los caballeros de Calatrava, la Cruz de los Angeles, una cruz que había sido entregada al tercer Alfonso por dos peregrinos sobrenaturales de un modo muy misterioso. Cada una de las secciones, caballeros y soldados, se arrodillaron y besaron su reliquia.
También podía oírse el eco de las oraciones procedente del campamento de los musulmanes. Allí, sacerdotes y oficiales, gritaban a los guerreros los versículos del Corán: «¡Oh, creyentes! ¡Tranquilizad vuestros corazones! ¡Tened buen ánimo! ¡No temáis a nadie más que a Alá! ¡Él os ayuda! ¡Él fortalece vuestros pies para que no vacilen! ¡Él os dará la victoria!» Y los soldados musulmanes se arrojaron al suelo, cientos de miles, en dirección a La Meca, y rezaron con gritos estridentes la primera azora del Corán, la oración de las siete aleyas: «En nombre de Alá el misericordioso. La alabanza a Dios, Señor de los mundos. El clemente, el misericordioso. Dueño del Día del Juicio. A Ti adoramos y a Ti pedimos ayuda. Condúcenos al camino recto, camino de aquellos a quienes has favorecido, que no son objeto de tu enojo y no son los extraviados.»
La batalla empezó.
Los caballeros de Calatrava tenían orden de atacar los primeros y romper el centro del enemigo. Avanzaron ordenadamente, unos ocho mil, sobre sus diestros caballos, brillando a lo lejos en sus armaduras. Con voces resonantes cantaban su oración de guerra, el salmo sesenta de David: «¿Quién me conducirá a la ciudad fortificada? ¿Quién me llevará a Edom? Con Dios haremos proezas y Él aplastará a nuestros enemigos.»
Se lanzaron al ataque contra el centro del enemigo.
«Con tal furia -informa el cronista Ibn Jachja- se abalanzaron los malditos, que sus caballos se arrojaron contra las puntas de las lanzas musulmanas. Rechazados, se retiraron tan sólo un breve trecho y cayeron de nuevo tumultuosamente sobre nosotros. Pero de nuevo fueron rechazados. Por tercera vez galoparon en su terrible y absurdo ataque.
–¡Resistid, amigos! – gritaba Abu Hafas, el general que mandaba al centro-. ¡No desfallezcan vuestros corazones, oh creyentes! ¡Alá, desde su alto trono, está de vuestra parte! Pero los malditos se abalanzaban a tal velocidad que las filas de los valientes musulmanes se rompieron. El propio Abu Hafas, el general, resistió, valiente como un león, murió luchando y conquistó la corona de mártir: Los malditos llevaron a cabo una terrible carnicería entre las tropas del centro; todos los soldados musulmanes que allí luchaban fueron elegidos por Alá para recibir la corona del martirio y en aquel noveno día de Schawan pasaron a gozar de los diez mil gozos del paraíso.»
Alfonso, desde la elevación del terreno, contemplaba el campo de batalla. Vio cómo los caballeros de Calatrava se abalanzaban sobre el enemigo y eran rechazados; cómo por segunda vez avanzaban y por segunda vez eran rechazados, pero entonces las filas de los enemigos se rompieron y sus caballeros de Calatrava se abrían paso hacia delante, imparables, y pronto alcanzarían la roja tienda de guerra del califa y le llegaría el anuncio de la victoria. Entonces él, por su parte, caería sobre el enemigo y lo exterminaría por completo.
Así pues, esperando, contemplaban el rey y los suyos la batalla, disfrutando del espectáculo. Allá abajo, en el Campo de los Arroyos, se hacía realidad el sueño del trovador Bertrán de Born: allí estaban los asaltantes, los que caían y los que ya habían caído, allí se escuchaba el grito: ¡A lor! ¡A lor! Y más allá: ¡Alá! y ¡Mahoma! Se oían los relinchos de caballos sin jinete heridos de muerte. El corazón de Alazar se hallaba henchido de gozo. Percibía la fantástica confusión de muerte, fama, victoria y martirio, y lamentaba que el polvo y la niebla formaran nubes que le privaran de la contemplación de la lucha. Miró a su alrededor y vio los rostros fogosos, ardientes, llenos de deleite del rey y de sus caballeros, y su rostro mostraba el mismo deleite que el de ellos. Se frotó los ojos llorosos, estornudó para sacarse el polvo de la nariz y se rió.
Entonces sucedió lo inesperado. El polvo y la niebla eran tan densos que apenas podía percibirse lo que sucedía. Pero algo sí era cierto: de pronto la lucha se había acercado bastante a la elevación donde se hallaban, muy lejos por lo tanto de la retaguardia de los caballeros de Calatrava. Muy cerca del campamento, aparecieron caballeros con turbantes. Atacaron la sección de los judíos que habían sido encargados de la protección del campamento. Sí, los judíos luchaban, se mantenían firmes, se les oía gritar claramente su grito de batalla hebreo, antiquísimo, penetrante: ¡Hedad, hedad! No cedían terreno, se mantenían firmes, pero eran sólo tres mil, el enemigo era visiblemente superior en número y sombrío, por un momento, Alfonso pensó en la predicción de Don Simeón: traería desgracia luchar en Sabbath.
Pero ¿cómo, ¡maldita sea!, había sido posible que los caballeros musulmanes se hubieran abierto paso hasta tan lejos? ¡Y en tal número! Y ¿dónde estaban los caballeros de Calatrava?
El rey sospechó lo que había sucedido, pero se prohibió a sí mismo creerlo. Quinientas veces mil hombres, habían dicho los informadores, formaban el ejército del califa. Y Alfonso se había reído. Pero ahora los veía avanzar incesantemente, arrollándolo todo, y del polvo surgían cada vez nuevos guerreros con turbante, a pie y a caballo. Alfonso ya no se reía.
Lo que había sucedido era lo siguiente: los caballeros de Calatrava, embriagados por la sensación de victoria, habían seguido avanzando tumultuosamente en la densa muchedumbre sin atender al calor y al polvo que les dificultaba la respiración. Por encima del sordo ruido que resonaba procedente del campo de batalla, sólo escuchaban sus propios gritos y los gritos de aquellos a quienes mataban. Y como posesos, medio locos por el afán de lucha, golpeando furiosamente a su alrededor avanzaban cada vez más metiéndose en los vapores y humos que impedía la vista del sol.
El comandante en jefe de los musulmanes, Abdullah Ben Senanid, el andaluz, el estratega, experto en batallas, lo había previsto. Dejó avanzar a los caballeros, si, les presentó una débil resistencia. Pero por ambos flancos hizo avanzar a regimientos de almohades y emplazar la artillería de catapultas tremendas que alcanzaban a larga distancia. Los soldados almohades, famosos por ser magníficos ballesteros, fueron cerrando el cerco sobre la retaguardia de los fogosos caballeros de Calatrava sin que éstos se dieran cuenta, rodeándolos y aislándolos de su potencia principal y de su campamento. Y entonces sucedió allí en Alarcos lo que ya había sucedido en el pasado en la batalla de Al Hattin: los ballesteros musulmanes derribaron a los caballos de los caballeros cristianos, y en cuanto el caballo caía, el caballero, en su pesada armadura, quedaba indefenso. Al mismo tiempo, la artillería del califa lanzaba sus inmensos pedruscos sobre las densas filas de los cristianos.
«Empezó -informa el cronista Ibn Jachja- una terrible matanza. Todos los infieles iban vestidos de acero, y también sus caballos llevaban armadura. Eran lo mejor de su ejército, pero esto no les sirvió de nada. Antes de la batalla habían llamado a sus tres dioses y jurado por sus cruces que no volverían grupas en esta batalla mientras quedara uno de ellos con vida. Ahora, para bendición de los fieles, Alá dispuso que cumplieran su promesa literalmente.»
Y al mismo tiempo, para destruir por completo al ejército enemigo, el general del ejército musulmán, utilizando su gigantesca superioridad, había dado a su experta caballería andaluza orden de avanzar a espaldas de los caballeros que luchaban para atacar el campamento de los cristianos.
Esto, pues, este ataque al campamento, era lo que Alfonso había visto desde la elevación.
–Ahora nos toca a nosotros -dijo ferozmente alegre.
Se lanzaron hacia abajo, hacia el campamento. Eran muy numerosos, pero demasiado pocos. Las masas de musulmanes aumentaban y los tragaban, tuvieron que retirarse antes de alcanzar el campamento, subiendo de nuevo a la elevación. Pero así y todo mantuvieron las filas cerradas y no permitieron que los musulmanes las franquearan. También consiguieron una y otra vez, por medio de pequeños avances, ganar espacio y un respiro.
Don Alfonso se encontraba en medio del alboroto. Ya no pensaba en el conjunto de la batalla, sino sólo en la lucha que tenía lugar a su alrededor. Respiraba con esfuerzo en medio del polvo y del calor y la neblina, brillante y mate, que hacía centellear todo ante sus ojos. Oía el sonido agudo de los cuernos, el golpear de los tambores, el salvaje griterío de los musulmanes y los gritos de ¡Atacad! ¡Ayuda! ¡Aquí! de los amigos, y por encima de todo el sombrío ruido que le llegaba constantemente desde todas las direcciones resonando amenazador Se sentía lleno de una sorda rabia, no exenta de satisfacción. Disfrutaba, golpeando con su buena espada Fulmen Dei; disfrutaba cuando el enemigo caía, y también cuando el amigo caía sentía algo parecido al placer
Poco a poco fueron siendo rechazados hacia el centro de su propia elevación. El rey ordenó un nuevo ataque. Corrieron -serían todavía unos ochocientos-, adentrándose entre los soldados de a pie del enemigo. Uno de los musulmanes apuntó desde muy cerca con la lanza a Alfonso. Antes de que pudiera lanzada, Alazar lo derribó. El muchacho rió alegremente.
–No lo ha conseguido, mi señor -gritó en medio de tanto estrépito. Pero al minuto siguiente, él mismo cayó del caballo, alcanzado, su pie quedó trabado en el estribo y fue arrastrado un breve recorrido.
Los otros siguieron abriéndose paso, empujando a los soldados de a pie del enemigo montaña abajo. El rey y los hombres que tenía más cerca tuvieron un breve respiro.
Descendió del caballo, todavía sumido en una insensibilidad iracunda, casi sin voluntad y sin consciencia. Se ocupó de Alazar levantó la visera, sin saber apenas por qué lo hacía; quitó el casco al muchacho y tampoco sabía por qué lo estaba haciendo, ni si el muchacho todavía lo reconocería. Pensó, lleno de reproches, que Alazar era quien debería haber elegido a los mil caballeros musulmanes que él quería dejar libres sin rescate. El muchacho respiraba con dificultad; su rostro, normalmente de un color tostado claro, aparecía enrojecido e hinchado, y en medio de toda la suciedad, de la sangre, del calor, del visible tormento, se veía muy joven. Alfonso se inclinó profundamente sobre él, lo vio, dejó de verlo; lo vio y le dijo con una voz ronca por los muchos gritos:
–Alazar, mi fiel muchacho.
Alazar levantó la mano con esfuerzo, Alfonso no entendió para qué.
Más tarde comprendió que Alazar habla querido devolverle el guante, y lamentó no haberlo entendido. Alazar movió los labios, Alfonso no sabia si hablaba. Creyó oír:
–Dile a mi padre…
Pero fue mucho más tarde cuando recordó haber creído oírle pronunciar esas palabras; tampoco hubiera podido decir en qué idioma las pronunció el muchacho.
Pero mientras se encontraba inclinado sobre Alazar, por primera vez en aquel día, aunque todavía de un modo poco nítido en medio de los gritos y el estrépito, se sintió invadido por el recuerdo de Raquel y, al mismo tiempo, también por el recuerdo de Manrique y Nuño Pérez, que le hablan aconsejado permanecer dentro de los muros de la fortaleza, y también por el recuerdo del iracundo discurso de Don Rodrigue. Pero no se entretuvo en estos pensamientos. No había tiempo. Tampoco había más tiempo para ocuparse del muchacho; sólo pudo hacer rápidamente el signo de la cruz sobre él.
Porque el enemigo avanzaba de nuevo hacia arriba en medio del polvo y la neblina y de nuevo en número incalculable. Sin interés, con sombría ira, Don Alfonso miró aquella muchedumbre. ¿No terminaría nunca? Quinientas veces mil hombres habían dicho los observadores, y no habían mentido.
–Hasta ahora, sólo hemos tenido que habérnoslas con una avanzadilla -bromeó malicioso él arzobispo-, ahora es cuando nos enfrentaremos al verdadero enemigo.
–Bien -dijo Bertrán-, así habrá más madres y mujeres que se lamenten.
–¡Retroceded, retroceded despacio! – apremiaban todos. Pero Bertrán entonó una de sus canciones:
Ninguno de nosotros es hijo de un hombre
Que haya muerto cobardemente en la cama.
Y no deseamos morir de otra manera
Que heridos por el frío acero en la batalla.
De esta manera, despacio, con el rostro vuelto hacia el enemigo, sobre nerviosos caballos, fueron subiendo la pendiente.
Había un gran alboroto, la lucha era inabarcable. Pero cuando llegaron al pie de la última y más empinada parte de la elevación, habían conseguido de nuevo ganar espacio y en aquel lugar nadie podía atacarlos por la espalda. Respiraron, miraron a su alrededor, buscaron, contaron. Ahora eran unos doscientos.
–¿Donde está Don Martín?
–Ha sido derribado -dijo Garcerán-, parece gravemente herido. Intentan llevarlo más allá de la elevación, al bosque de encinas. Quieren llevarlo al otro lado del arroyo, y añadió:
–Deberías retirarte, mi señor le rogó-, antes de que descubran el camino que cruza el arroyo.
Había directamente al otro lado de la elevación un sendero cubierto que conducía al encinar y que permitía cruzar la parte norte del arroyo.
–Después de su próximo ataque -decidió Alfonso, ya que el enemigo se reunía de nuevo, y esta vez muy cerca, para el ataque.
–¿Qué sucede contigo, señor Bertrán -preguntó-, estás herido?
–Son sólo un par de dedos -contestó Bertrán, con una voz que se esforzaba por sonar despreocupada, y añadió:
–Probablemente sólo podré devolverte una parte del guante -bromeó, y entonces estuvieron de nuevo en medio del ajetreo.
Allí, al pie de la última elevación, la batalla se desmembraba en encarnizadas luchas cuerpo a cuerpo. Cada uno golpeaba a su alrededor, salvajemente, enloquecido, ninguno se mantenía en contacto con ninguno.
«Y Alfonso, el Maldito -informaba el cronista Ibn Jachja-, levantó los ojos de aquella carnicería y vio la bandera blanca del señor de los creyentes muy cerca y vio las letras doradas escritas sobre ella: ¡Alá es Alá y Mahoma es el profeta de Alá! Y entonces tembló el corazón del Maldito lleno de un gran espanto, y huyó. Y todos los suyos huyeron, y los musulmanes los persiguieron. El Maldito huyó por encima de la elevación, pero los musulmanes mataron a un número sin fin de su pueblo y no apartaron sus lanzas de las ancas de los que huían, ni sus espadas de sus cuellos, antes de haber saciado la sed que sus armas tenían en la sangre de los infieles y obligarlos a beber hasta el fin el amargo cáliz de la muerte.»
Sobre la elevación, por un momento, Alfonso miró hacia atrás al Campo de los Arroyos, su campo de batalla. El polvo lo cubría, él y los suyos se hallaban cubiertos de polvo. El polvo cubría los cascos y las armaduras. El polvo era tan denso sobre todo el campo que amortiguaba aquel ruido estrepitoso compuesto por el rechinar de las armaduras y los gritos de los hombres, el piafar de los corceles, el trote y los relinchos de los caballos, el sonido de las trompetas. Tampoco el rey de Castilla con su aguda vista podía distinguir con toda claridad lo que sucedía en aquella mezcla gris de calor, neblina y polvo. Pero sabía que en medio de aquel polvo y de aquel griterío quedaba destruida su fama, quedaba destruida Castilla. Pero antes de que pudiera expresarlo en palabras o ser plenamente consciente de ello, los suyos lo apartaron del lugar
Mientras tanto los musulmanes saqueaban el campamento castellano. Tomaron como botín armas, tesoros, artillería de guerra, provisiones de todo tipo, también varios cientos de nobles halcones de caza, también muchos ornamentos litúrgicos, entre ellos las vestiduras de gala que los caballeros de Calatrava habían querido vestir en la celebración de la victoria.
«El número de cristianos que murió a manos de los creyentes -informa el cronista- no puedo calcularlo, nadie pudo calcularlo. Los muertos cristianos eran tantos, que sólo Alá, que también los había creado a ellos, conocía su número.»
Desde la batalla de Zalaca, hacía ciento doce años, los musulmanes no habían tenido una victoria de tal envergadura. Tan terrible fue el espanto de los cristianos, que también los defensores de Alarcos sintieron paralizado su corazón. Pocos días después entregaron la mayor fortaleza de Castilla. Los vencedores, sin embargo, para que el terror se siguiera extendiendo, destruyeron con sus terribles máquinas de guerra los muros y las casas de la ciudad y de la fortaleza de Alarcos hasta sus cimientos y sobre éstos esparcieron sal.
CAPÍTULO QUINTO
Pocos días antes de la batalla de Marcos llegaron a Toledo aquellos primeros ochocientos hombres de las tropas de refuerzo aragonesas que Don Pedro había prometido. Su comandante se hizo anunciar a la reina. Era Gutierre de Castro
Sí, Castro había exigido ser el primero en ser enviado a Toledo. Los Castro, dijo para fundamentar su petición, habían tenido parte preponderante en la conquista de Toledo, de lo que era testigo todavía en el día de hoy su castillo en esa ciudad, y también quería participar en la conquista de Córdoba y Sevilla. El dubitativo Don Pedro no había podido negar a aquel vasallo tan poderoso un ruego tan apremiante. Así pues, se hallaba en Toledo con sus mejores ochocientos hombres y presentaba sus respetos a Doña Leonor.
Ella se sintió profunda y felizmente sorprendida. Con un respeto casi supersticioso pensó en su sabia madre, que había negado a Castro su castillo para espolearlo y atraerlo. Lo saludó radiante, con gran amabilidad:
–Me alegro de que entre nuestros amigos aragoneses seas tú, Don Gutierre, quien llegue a Toledo.
Don Gutierre, vestido con su armadura, estaba ante ella en posición, como lo prescribía una vieja costumbre: las piernas abiertas, ambas manos colocadas. sobre la empuñadura de su espada. Aquel vigoroso caballero se ufanaba de ser descendiente de aquellos príncipes godos que, cuando los musulmanes dominaban toda la Península, habían defendido su independencia en las montañas de Asturias y de Cantabria. Sobre sus inusualmente anchas espaldas reposaba aquel cráneo redondo como el que tenían muchos de los habitantes de aquellas montañas, la nariz chata y los ojos hundidos. Así estaba allí de pie y miraba hacia abajo, hacia la reina, que estaba sentada. La miraba descaradamente a la cara, pensando qué podían significar sus palabras.
–Espero -continuó Doña Leonor- que la decisión que tomaron los reyes en tu querella con Castilla te haya satisfecho.
Tenía la mirada levantada hacia él, se examinaron uno a otro con los ojos durante tanto rato que casi era incorrecto.
Finalmente, sopesando las palabras, dijo Don Gutierre, con su voz ligeramente chillona:
–Mi hermano Fernán de Castro fue un gran caballero y un héroe, me sentía profundamente unido a él. Ninguna indemnización puede sustituirlo, y por supuesto no puede sustituirlo para mí el dinero que se me pagó. Cuando tomé la cruz, juré arrancar de mi corazón todo el odio y quiero mantener mi juramento. Quiero obedecer al rey de Castilla siguiendo el encargo de mi señor de Aragón. Pero te lo digo abiertamente, señora, no me resulta fácil. Me mortifica saber que se encuentra entre los primeros servidores de Don Alfonso un hombre que no es digno de la saliva que querría escupirle a la cara y que se pavonea en el castillo de mis antepasados.
Doña Leonor con sus verdes ojos siempre fijos en él, repuso con dulzura, disculpándose.
–Los reyes deliberaron muy seriamente antes de decidir permitir a ese hombre seguir en el castillo -y le explicó-: en la actualidad, noble Don Gutierre, las guerras ya no pueden conducirse como en tiempos de nuestros antepasados. Una guerra requiere mucho dinero, y conseguirlo muchas astucias, a veces una malvada astucia, y el hombre del que tú hablas posee esa astucia. Créeme, mi querido y noble Don Gutierre, comprendo tus sentimientos, los comparto. Entiendo que te ofenda que ese hombre ocupe tu castillo.
Contempló sus atentos y expectantes ojos. «Ahora pongo la presa ante los ojos del halcón», pensó ella, y despacio, concluyó:
–Cuando esta guerra se encuentre realmente en pleno apogeo, ese hombre y sus astucias apenas si seguirán siendo necesarios.
Él preguntó cuál era su misión.
–De momento, será bueno -dijo ella- que te quedes con tus gentes aquí en Toledo, informaré al rey de tu llegada y Solicitaré sus indicaciones. Mientras de mí dependa, te quedarás aquí. La ciudad ha sido despojada de las tropas, y me tranquilizaría saber que se hallan aquí hombres buenos en los que confío.
Don Gutierre se inclinó más profundamente de lo que acostumbraba.
–Te agradezco, señora, tus condescendientes palabras -dijo.
Se despidió lleno de respeto y de muy buen ánimo. Esta Doña Leonor era realmente una gran reina.
Triunfalmente, cabalgó por las estrechas y empinadas callejuelas de Toledo, un honorable huésped y héroe en la ciudad de la que había sido expulsado, y con frecuencia en aquella calurosa semana de verano, con los ojos llenos de odio y de esperanza, cabalgó por delante del castillo de Castro.
Llegó el día en que ya a primeras horas de la mañana sonaron todas las campanas en Toledo, el día de la gran batalla. Y llegó la noche, y ya esa misma noche corrieron sombríos e inquietantes rumores de que la batalla se había perdido. Y llegó la mañana siguiente y con ella los horrorizados fugitivos del sur; cada vez en mayor número; y de las zonas de Toledo que se encontraban en el exterior de sus muros las gentes se apresuraban a penetrar en la ciudad abarrotada, mientras se amontonaban las espantosas noticias. El maestre de la orden de Calatrava había muerto, el arzobispo estaba gravemente herido, habían muerto ocho mil caballeros de Calatrava y otros más de diez mil caballeros e incontables soldados de a pie.
Doña Leonor se mantuvo tranquila. Los rumores eran absurdos. No podía ser. No debía ser. No había imaginado así la derrota.
Don Rodrigue, el único de entre los consejeros reales que había permanecido en Toledo, se presentó ante ella, el enjuto rostro atormentado por el dolor y la ira. Ella se esforzó en recibirlo con actitud relajada.
–Me han informado -dijo- de que el rey, nuestro señor en la batalla que emprendió desde la fortaleza de Alarcos, ha sufrido graves pérdidas. ¿Tienes noticias más exactas, reverendo?
–¡Despierta, señora! – gritó Rodrigue iracundo-. Don Alfonso ha perdido una gran batalla. La batalla estaba perdida antes de que comenzara. Lo mejor de los caballeros castellanos ha muerto. El gran maestre de Calatrava está muerto, el arzobispo de Toledo está gravemente herido, la gran mayoría de los barones y caballeros yacen muertos en el Campo de los Arroyos. Todo aquello que los reyes cristianos de esta Península conquistaron a lo largo de cien años con un mar de sudor y de sangre se ha perdido en un solo día por culpa de la frivolidad de un ánimo caballeresco.
La reina empalideció. De golpe se dio cuenta: ésa era la verdad. Pero no quería reconocerlo delante del canónigo. Mantuvo su actitud principesca.
–Estás hablando sin respeto, Don Rodrigue -lo corrigió-. Pero comprendo tu preocupación y no quiero discutir contigo. Mejor, dime: ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer?
Rodrigue dijo:
–Los estrategas suponen que Don Alfonso podrá defender Calatrava durante un breve espacio de tiempo. Dedícate durante este tiempo, señora, a preparar Toledo para el asedio. Eres inteligente y experta en asuntos de administración. Mantén la ciudad tranquila. Está desbordante de fugitivos y de desesperados. Quieren destruirlo todo a su alrededor, quieren matar. Amenazan a los árabes cristianos. Amenazan a los judíos.
En lo más profundo de su ser Doña Leonor había estado esperando escuchar algo parecido, quizás lo había estado deseando:
–Haré lo que pueda para mantener Toledo tranquila.
Don Efraim, el Párnas de la aljama, estaba terriblemente preocupado. La victoria de Alarcos abría al califa los caminos de la Península. Toledo caería en manos de los musulmanes que habían expulsado a los judíos de Córdoba y Sevilla. Desde los tiempos de los reyes godos no había caído una desgracia tan grande sobre los judíos de Sefarad.
Y ¿qué traería el futuro más inmediato? Terribles rumores corrían por Toledo. Nadie, decían, habría podido derrotar al brillante ejército cristiano si no hubiera habido trucos y traición de por medio. El judío, el amigo del emir de Sevilla, había conspirado con los musulmanes, les había informado de los planes de guerra cristianos, de la fuerza de cada una de las secciones del ejército, de sus posiciones. El rey no había conseguido librarse de los lazos de la judía, que era una enviada del diablo, y ahora el castigo del cielo habla caído sobre él y sobre el reino.
En la judería se hacinaban las gentes más estrechamente de lo que era habitual. Los judíos que vivían fuera de ella se apresuraban a cobijarse bajo la protección de sus firmes murallas. En la aljama reinaba un miedo espantoso.
Don Efraim rogó a la reina que atendiera sus ruegos. Habían sido convocados todos los ciudadanos capaces de sostener un arma para defender la ciudad. Don Efraim rogó que se autorizara a la aljama a conservar los quinientos hombres que todavía tenía para la defensa de la judería. El elevado número de soldados judíos que habían caído en la batalla de Alarcos, siguió hablando, demostraba la disponibilidad de los judíos de Toledo de ofrecer su vida por el rey. Pero, ahora, la aljama se veía amenazada por aquellos que se habían dejado azuzar por rumores sin sentido y necesitaba urgentemente a sus hombres y a sus armas.
Tras la alta frente de Doña Leonor sus pensamientos galopaban. ¡Aquel día único y tan deseado había llegado! Ahora lo más importante era actuar con precaución, insinuar pero no delatarse.
El pueblo. de Toledo, contestó, veía en el desventurado resultado de la batalla un castigo de Dios y buscaba a los culpables. Nadie sospechaba de los hombres de la aljama, que eran conocidos como fieles amigos del rey. Pero nada se sabía de los extranjeros, de aquellos fugitivos francos que el rey, nuestro señor, con exagerada bondad, había autorizado entrar en el reino, y se miraba con malos ojos al hombre que le había dado tan mal consejo, al Escribano Don Jehuda Ibn Esra. Además, Don Jehuda, a pesar de todos sus méritos, era un señor orgulloso, por no decir arrogante, y su pompa, en la presente Guerra Santa, estimulaba la ira de muchos ciudadanos sencillos. Un hombre tan inteligente como el presidente de la aljama debía comprender esto.
Al Párnas le enojó que la reina renegara del hombre que ella misma había hecho llamar y que había traído tantas bendiciones sobre el reino.
–¿Nos aconsejas, señora -preguntó precavido-, que reneguemos de Don Jehuda Ibn Esra?
–No, Don Efraim -contestó rápidamente Doña Leonor-, sólo intento averiguar contra quién, de entre los judíos, va dirigido el descontento del pueblo.
–Perdona, señora, que te moleste insistiendo con mis preguntas -insistió Don Efraim-, pero no quisiera entender mal a Vuestra Majestad en este importante asunto. ¿Eres de la opinión de que debemos apartarnos de Don Jehuda?
La reina propuso, con frialdad y sin comprometerse:
–Vuestro peligro me parece poco considerable, y si no fuera por Don Jehuda no habría ni la sombra de ese peligro.
Y tras un silencio algo penoso, con ligera impaciencia, concluyó:
–Sea como sea, Don Efraim, utiliza a tus hombres capaces de manejar armas para proteger la judería o para proteger Toledo, lo dejo a tu buen criterio.
Efraim se inclinó profundamente y se fue.
Se fue a casa de Jehuda.
–Siento mucho, Don Jehuda -comenzó-, encontrarte todavía en el castillo Ibn Esra. Difícilmente podría encontrarse otro lugar que en el día de hoy proporcione menos protección que este.
«Quieren tenerme fuera de los muros de la ciudad -pensó amargamente Jehuda-, quieren librarse de mí», y, con irónica amabilidad y cortesía, repuso:
–Desde que recibí tus primeras y bienintencionadas advertencias, he pensado varias veces si no debería marcharme del reino con mi hija y con mi amigo Musa. Pero el rey nuestro señor me haría perseguir ¿No eres de la misma opinión, Don Efraim? No veo cómo podría cruzar el inmenso territorio de la cristiandad y llegar a ponerme a salvo en las tierras del sultán. Debéis perdonarme, tú y la aljama, mi presencia en Toledo.
Efraim dijo:
–La judería tiene buenos moros y quinientos hombres jóvenes capaces de sostener las armas para defenderla. En estos momentos me parece el lugar más seguro para ti, Don Jehuda.
Jehuda ocultó su sorpresa; reconoció de inmediato la tremenda generosidad de esta oferta.
–Perdona mi necia acritud -dijo con desacostumbrada calidez-, no he encontrado durante mi vida muchos amigos, no habría esperado tanta humanidad.
Nervioso, aquel que normalmente tenía tanto dominio sobre sí, iba de un lado para otro. Se detuvo ante Efraim, empezó a presentarle objeciones y hablaba ahora en hebreo:
–Pero ¿has pensado también, mi señor y maestro Efraim, cuánta de su seguridad pierde la judería si me ofreces refugio?
Efraim contestó:
–Nada más lejos de nuestra intención que cerrar nuestras puertas en días de aflicción a un hombre que nos ha manifestado tanta bondad.
Jehuda, lleno de sentimientos contradictorios, preguntó:
–¿Incluye esta invitación también a Doña Raquel?
Efraim, tras una breve duda, repuso:
–Es válida también para tu hija. – Dijo apremiante-: ¡ Se trata de tu vida, Don Jehuda! Eres inteligente y lo sabes tan bien como yo, quizás deberemos pagar con sangre tu salvación; tú mismo lo has dicho, y no voy a contradecirte. Pero estamos convencidos de que el sacrificio será agradable a Dios. Te has confesado libremente a favor nuestro aun a costa de un gran precio. Te ruego que no permitas que tu orgullo prevalezca en estas horas. Danos la oportunidad de corresponderte.
Don Jehuda dijo:
–Sois gentes dispuestas al sacrificio, y me siento tentado a aceptar vuestra invitación, porque mi corazón está lleno de temor, pero hay algo que me detiene. Podría engañarme y engañarte diciéndote que no quiero poneros en peligro; pero no es éste el motivo. Tampoco mi orgullo es la causa, por favor; créeme. Es algo más profundo. Mira, en el último momento, este rey me obligó a poner mi sello junto al suyo al final de aquella insolente carta al califa, y entonces tuve que reconocer que mi destino está ligado estrechamente con el de este rey de Edom. He practicado un juego temerario, pero no quiero huir el día en el que se me van a pedir cuentas.
–Piénsalo de nuevo -le aconsejó Efraim-. No te apartas de Adonai si te mezclas con su pueblo, al que has servido con sacrificios. Es tarde, Don Jehuda. Mañana quizás ya no habrá tiempo para abandonar esta casa. Toma a tu hija y ven.
Jehuda dijo:
–Eres un hombre valeroso y lleno de bondad, Don Efraim, te estoy agradecido, Dios aumente tus fuerzas. Pero no puedo decidirme ahora. Sé que se acaba el tiempo, pero no puedo seguir tan sólo los impulsos de mi propio corazón, no puedo irme ahora contigo.
Efraim, profundamente afligido, añadió:
–Te mandaré más tarde a un mensajero, y espero que lo hayas pensado mejor y vengáis con nosotros, tú y tu hija. Que el Todopoderoso guíe tu corazón a la decisión correcta.
Jehuda, sobreponiéndose, dijo:
–Antes de que te vayas, mi señor y maestro Efraim, permíteme todavía un ruego. Mi nieto se halla a salvo, pero no sé durante cuánto tiempo su seguridad estará garantizada, ni siquiera sé con exactitud dónde está el niño ahora, el único que lo sabe es Ibn Omar, a quien ya conoces. Cuando todo se haya tranquilizado, hazlo buscar. Ibn Omar es un hombre juicioso, sabe de mis propósitos y de mi voluntad, él te ayudará. El rey de Edom quiere nombrar a su hijo, a mi nieto, conde de Olmedo, procura que el muchacho esté a salvo de él, procura que no se convierta en un mesumad. No permitas que el muchacho sepa quién es su padre, protégelo de Edom y de la fe de Edom.
–Eso haré, Don Jehuda -le prometió Efraim-, y cuando llegue el momento oportuno le haré saber al muchacho que es un Ibn Esra.
Se abrigó para marcharse.
–El Señor esté contigo, Don Jehuda, te tengo mucho aprecio, si alguna vez vuelven a darse disputas entre nosotros, piensa en este momento y yo también pensaré en él, y si no volvemos a vernos, sabe que muchos miles de personas de tu pueblo bendecirán tu memoria. La paz sea contigo, Jehuda.
–Contigo sea la paz -dijo Jehuda.
Jehuda, una vez que Efraim se hubo marchado, se quedó sentado durante mucho rato, experimentando una gran sensación de vacío. No lamentaba haber rechazado la oferta de Efraim, era un hombre valiente, había visto morir a muchas personas y sabía con exactitud qué era la muerte. Conocía la palabra árabe que servia para designar a la muerte y que la describía como la Destructora de Todas las Cosas, y que ese nombre era mucho más que unas palabras vacías, y no se avergonzaba de temblar cuando pensaba en el negro vacío en el que caería.
Para él era un alivio que Efraim no considerara su respuesta como definitiva. Una y otra vez se le ocurrían nuevas reflexiones.
¿No arrastraba a su hija en su caída? Debía preguntarle a ella antes de elegir definitivamente. Se sometería a la decisión de ella.
Con sombrías palabras habló de la muerte que ahora en Toledo alargaba sus manos por todas partes hacia ellos, y de la oferta de Efraim de acogerlos en la seguridad de la judería.
Raquel había sabido de la derrota de Alfonso, y sólo ahora, mientras su padre hablaba, reconoció todo su terrible alcance. Sintió un miedo horrible por ella y por su padre, pero todavía sentía más compasión por Alfonso. Ese hombre, ese rey que no era más que resplandor y victoria, ¿podría soportar aquella derrota? Y mientras pensaba burlona y con ternura que ahora el pobrecillo desventurado no podría mostrarle su Sevilla, veía ante sí su rostro obcecado, furioso, lleno de una pasión devoradora. Y al mismo tiempo sentía en ella un inmenso gozo: ahora, pronto, muy pronto, estaría de regreso en La Galiana. «Él me lo prometió. Y ya no estará rodeado de corazas y hierro, y mis palabras penetrarán en su pecho.»
Sin dudarlo, en cuanto Jehuda terminó de hablar, contestó:
–No me está permitido ir a la judería, padre mío. Don Alfonso me ha ordenado esperar su regreso en La Galiana.
Afectó a Jehuda en lo más profundo de su corazón que ella no pensara en otra cosa que en el deseo de Don Alfonso. Dijo:
–Puesto que ésta es tu voluntad, hija mía, tampoco yo iré a la judería.
Pero, sin embargo, no hablaba con su acostumbrada decisión sino que más bien miraba su tranquilo rostro con mirada escrutadora. Todavía quedaba en él una pequeña esperanza, ella rectificaría: «No, padre mío, no quiero que seas destruido, quiero que vivas. Te seguiré, decidas lo que decidas.» Pero no dijo nada, y él pensó amargamente: «Yo mismo la entregué a ese hombre. Yo mismo la he empujado a ese hombre. No debo lamentarme si ahora ella me deja morir antes de actuar en contra del deseo de ese hombre.»
De pronto, radiante, ella le rogó:
–Ven a mi casa, padre mío. Vente conmigo a La Galiana.
Él intuyó lo que ella pensaba, su vivo rostro se lo hizo saber.
Ella había comprendido en qué peligro se encontraban ambos, pero, a pesar de todo, creía que en La Galiana se hallarían a salvo; de no ser así, Alfonso no le habría ordenado esperar allí. Él, Jehuda, lo sabía: era un sueño y un absurdo. Él lo sabía: Raquel lo ponía en peligro a él, y él a ella; ninguno podía ayudar al otro. Pero era una idea consoladora, estar juntos en la última hora, y él no destruyó sus sueños. Accedió a trasladarse a La Galiana junto a ella.
Animó a Musa a acompañarlo. Éste encontraba comprensible que Raquel se quedara en La Galiana, y también que Jehuda quisiera acompañar a su hija, pero para él mismo, dijo, no tenía ningún sentido, en una situación así, cambiar de lugar.
–Déjame aquí entre nuestros libros -le rogó-, sería injusto dejarlos aquí sin protección. Quizás sería bueno -reflexionó y se animó- llevar algunos de los manuscritos más valiosos a la judería. ¡Es una suerte que el Sefer Hillali ya está allí!
Jehuda y Musa, después de cenar temprano, permanecieron sentados juntos hablando y bebiendo. A su alrededor flotaba el aroma de los muchos años que habían pasado juntos. Hablaron de las tribulaciones con la objetividad de hombres experimentados. Hablaron con ligera y burlona reverencia de la muerte.
Musa se hallaba de pie ante su pupitre, trazaba círculos y arabescos, y decía:
–No son las estrellas de Alfonso las que nos han puesto en una situación tan penosa: es su modo de ser, es su caballería. La caballería y la peste son las peores plagas con las que Dios azota a sus criaturas.
Jehuda no pudo contenerse, tenía que contarle a su amigo con qué calor Don Efraim había alabado sus servicios.
–Al final, también los judíos han reconocido -dijo él modestamente orgulloso- que no era el deseo de honores, riquezas y esplendor lo que me hizo ayudarlos.
Musa, bondadosamente, añadió:
–Yo lo he visto y sé que con frecuencia no sólo has actuado por ambición de honores, sino también por la grandeza de tu corazón.
Con su modo de hablar, amistoso y didáctico, le explicó:
–Según Hipócrates, al igual que las enfermedades, también las acciones de los hombres tienen pocas veces un solo motivo, sino que más bien cada actuación individual tiene un gran número de raíces.
Jehuda repuso sonriendo:
–Querido amigo Musa, desde luego no eres pródigo en alabanzas.
Su conversación se fue espaciando. Aquellos de cuyas bocas las palabras fluían con tanta facilidad se iban quedando sin palabras a medida que se acercaba el momento en que Jehuda debía partir Cuando se dispuso a marcharse, se callaron por completo y sólo se estrecharon las manos.
Pero después, inesperada y torpemente, Musa abrazó a Jehuda. Nunca había hecho algo así. Y cuando Jehuda hubo partido se quedó durante mucho rato todavía en el mismo lugar con los brazos caídos y los ojos fijos en el suelo.
Cuando Jehuda despertó a la mañana siguiente en La Galiana, por un instante no supo dónde se encontraba. Después vio dónde estaba y la amenaza que se cernía sobre aquella casa, pero ya no sentía temor; sentía en él una gran paz, sentía aquella entrega en manos del destino que Musa había ensalzado con tanta frecuencia. Cerró los ojos y yació todavía por un tiempo. Desde el patio llegaban los trinos de los pájaros, un par de rayos de sol llegaban a su rostro cruzando las ranuras de los postigos de las ventanas. Permaneció echado, se solazaba en el silencio. Hasta el momento, siempre había creído que no debía dejar de calcular y planear, en su provecho y en el de los demás. Ahora, finalmente, por primera vez, aquel hombre, allí tumbado, sintió lo que era la paz, la sintió en todos sus miembros, se deleitó en ella.
Se levantó, se bañó, se arregló despacio, cuidadosamente. Sin hacer ruido, recorrió la casa y el jardín. Percibió las inscripciones hebreas y árabes en las paredes. Se dio cuenta de que alguien había roto el cristal de la mezuzah y habla cubierto las cisternas del rabí Chanan. Por un momento, sintió en él unos celos salvajes e iracundos, pero de inmediato sacudió la cabeza sorprendido de sí mismo, y de su mal humor surgió la alegría ante la certeza de que, en los días que todavía quedaban, Raquel le pertenecería a él y no al otro.
Sé sentó al borde del pequeño estanque, medio echado, tal y como se había sentado hacía tiempo en los escalones de la fuente. Disfrutó el hecho de no tener que pensar en el futuro, de no tener que tomar ninguna decisión más. Sopesó lo que había sucedido, y en su recuerdo todo era bueno, tanto lo alegre como lo desagradable. Pensó en los ojos piadosos, fanáticos y llenos de desprecio del rabí Tobia, y su recuerdo no lo enojó ni lo avergonzó.
También pensó en su hijo Alazar Hasta el momento, con voluntad de hierro, no había permitido que su recuerdo aflorara a la consciencia. Con rostro impasible, había escuchado la noticia de que el escudero del rey había muerto en la batalla de Alarcos. No preguntó nada más, para él el muchacho había muerto hacía tiempo. Ahora, sentado al borde del estanque de La Galiana, pensó en el hijo con tristeza y sin rencor.
Un criado vino a llamarlo para que fuera a reunirse con Raquel. Desayunaron en medio de una conversación agradable y fluida. Con ninguna palabra hicieron alusión a su peligro. Los desórdenes de la ciudad de Toledo no habían llegado hasta La Galiana. La casa y el jardín estaban bien cuidados, las comidas se preparaban con una gran riqueza de surtido, los silenciosos criados esperaban órdenes.
Pocas horas después se sintieron como si hubieran vivido allí juntos durante semanas. Paseaban por el jardín o disfrutaban del frescor de la casa, se buscaban el uno al otro y se dejaban de nuevo solos.
Todavía les quedaban tres días de vida pero ellos no lo sabían.
Vieron cómo el reloj de sol marcaba las horas, cómo avanzaban los indicadores de las sombras, y, en lo más profundo de su interior, Jehuda sabía: eran sus últimas horas las que se estaban contando; pero esta certeza no quebrantó su profunda paz.
Raquel, por su parte, había reflexionado mucho y a fondo sobre aquella conversación que había tenido con su padre, y sabía la amenaza que se cernía sobre ella. Pero no la creía posible. Alfonso había dicho: «Espérame». Alfonso vendría. No podía ser que la muerte, la Destructora de Todas las Cosas, la tocara antes de que Alfonso viniera. Subió al mirador desde donde ella podía ver el camino que descendía desde Toledo. Esperaba ardientemente y llena de confianza.
El segundo día, poniendo en peligro su vida, acudió Don Benjamín a La Galiana como mensajero de Don Efraim. Con palabras ardientes intentó convencer a Jehuda y a Raquel para que se refugiaran bajo la sólida protección de la judería. A Jehuda lo atormentaba y a la vez lo llenaba de felicidad ser tentado por última vez. Pero Raquel dijo con dulzura y seguridad:
–Don Alfonso me ordenó quedarme aquí. Me quedo. Tú, mi buen amigo Don Benjamín, me comprenderás.
Benjamín, por dolorosas que le resultaron las palabras de ella, la comprendió. Su alma seguía ligada a aquel caballero, al rey de Edom, al hombre de la guerra. El sufrimiento que su heroísmo desconsiderado e inconsciente había traído sobre la Península no enturbiaba la magnificencia que tenía a los ojos de ella. Raquel seguía amándolo, seguía creyendo en él, rechazaba la huida a la judería porque él le había dedicado soberanamente unas cuantas palabras amables. Más que eso: de pronto le pareció impensable ver a Doña Raquel, a aquella Raquel que él veía en pie ante él, dulce y orgullosa, entre las gentes que llenaban la judería. La envidia, la maldad, la involuntaria admiración, la maledicencia, la curiosidad, la envolverían y la ensuciarían. No, era impensable verla en medio de toda aquella inmundicia insignificante:
–No voy a seguir insistiendo para convencerte, Doña Raquel, y tampoco a ti, Don Jehuda, pero dejad que me quede aquí hasta la noche. Entonces regresaré sin vosotros.
Se quedó y demostró ser un invitado discreto y comprensivo. Se daba cuenta de cuándo Jehuda quería estar a solas con Raquel, y en el momento oportuno se hallaba de nuevo presente. Tan pronto estaban los tres juntos, tan pronto se encontraba Jehuda con Raquel en sus habitaciones, tan pronto recorría Benjamín con ella los caminos de grava del jardín.
Raquel hablaba poco, pero su silencio le pareció a Benjamín más elocuente que las palabras. Intentó dibujarla. Renunció a ello. Era una temeridad querer concurrir con Dios que la había creado. ¿Quién podía siquiera pensar, aunque se tratara del maestro de los maestros, en reproducir la armonía interior de Raquel, la profunda armonía de su figura, de su rostro, de sus movimientos? En ella se hacían realidad las enseñanzas de Platón: «La belleza no es superior a otros conceptos, pero brilla ante los ojos, el más diáfano de nuestros sentidos, con mayor claridad que todas las demás imágenes a causa de su corporeidad.» Raquel era una alegoría, una alegoría de aquello que llena a los seres humanos de felicidad y los ensalza. Cualquiera, tan sólo con verla pasar, debía sentirse obligado a ser mejor. Ese rey burdo y caballeresco era el único que no se había vuelto mejor gracias a ella, y por ese mismo motivo el único al que Benjamín durante aquel día odiaba. Sentía dolorosamente cómo Raquel seguía esperando humanizar a aquel hombre desnaturalizado, y él la amaba todavía más por aquella fe suya infantil e indestructible.
A última hora de la tarde Jehuda y Benjamín se encontraban sentados al borde del estanque. Hacía mucho calor, pero allí el sofoco parecía menos opresor. Refrescaban los pies en el agua y disfrutaban de su frescor. Pero esto sucedía el segundo de los últimos días que precedían a la muerte de Jehuda, y Jehuda le rogó:
–Dime, mi joven Don Benjamín, experto en las Escrituras y en muchos otros saberes: ¿Qué piensan tus maestros y qué piensas tú acerca de la vida tras la muerte?
Don Benjamín contempló cómo los mosquitos bailaban por encima del estanque, vio caer una hoja al agua, flotar, temblar un poco. Pensó su respuesta. Dijo:
–Nuestro señor y maestro Mose Ben Maimón nos enseña: «Sólo tiene cabida en la inmortalidad la parte cognoscible del hombre. Sólo el saber conquistado sobrevive al cuerpo, sólo aquella pequeña y más noble parte del alma humana que se ha esforzado honestamente y con éxito en la búsqueda de la verdad.» Esto enseña Mose Ben Maimón.
Guardó silencio durante un rato, y después añadió:
–Pero en el Talmud se dice: «Por amor a la paz debe incluso sacrificarse la verdad.»
Cayó la noche. Benjamín aplazaba la despedida. Pero la luna, delgada y pálida, se iba tiñendo de color y tenía que irse.
Jehuda y Raquel lo acompañaron hasta el portón.
–La paz sea con vosotros -dijo-. En la curva del camino ligeramente ascendente se volvió. En la apagada luz brillaba la inscripción Alafia, prosperidad, bendición. Jehuda y Raquel ya no estaban allí.
Cada vez se hacía mayor el ansia del pueblo de Toledo de vengar la derrota de Alarcos en los culpables. Fueron pocos los que se libraron de aquel afán santo y violento del que se hallaba impregnado el ambiente. Allí donde los judíos se dejaban ver, fuera de los sólidos muros de la judería, fueron maltratados, muchos fueron muertos. También algunos de los árabes cristianos fueron tratados con dureza. Sé hacían necesarias fuertes medidas de protección.
La reina llamó a su presencia a Don Gutierre de Castro.
Tenía reparos, le manifestó dulce y astuta, en seguir confiando la seguridad de los muchos súbditos amenazados a los oficiales castellanos, ya que éstos estaban irritados por la pérdida de hermanos e hijos y no se sentían inclinados a defender a gentes cuyo pueblo era considerado injustamente como culpable de la desgracia; por ese motivo, un aragonés sería más adecuado para impedir las revueltas en la ciudad.
–Hazme este servicio, Don Gutierre -le pidió. Lo miró con sus ojos verdes directamente a la cara y jugó con las cintas de su guante.
–Sé -continuó- que no es una tarea fácil y que quizás no será posible proteger, entre tantos miles, a todos y a cada uno de ellos. Puedo imaginarme casos en los que será mejor entregar a uno de ellos en beneficio de los miles restantes.
Castro, reflexionó. Después, a su manera pausada, contestó:
–Creo que te entiendo, señora. Haré todo cuanto pueda para mostrarme digno de tu confianza.
Se inclinó profunda y respetuosamente y tomó, casi con ternura, el guante.
Apenas había Castro dejado a la reina, cuando el canónigo se hizo anunciar Aquel iracundo disgusto que ya una vez había llevado a Don Rodrigue a la presencia de la reina no lo había abandonado. Veía con rabia y dolor cuán indefenso estaba él ante la desoladora locura que arrasaba la ciudad. Debía advertir y exhortar de nuevo a Doña Leonor.
Con palabras apremiantes le exigió que protegiera a los inocentes. Ella, con amable y principesco reproche, repuso:
–¿Crees realmente, mi muy honrado padre y amigo, que Dios ha colocado en el trono de Castilla a una incapaz tal que precisa de este tipo de advertencias? Lo que podía suceder, ha sucedido. No he exigido de la aljama ni un solo hombre para los muros de la ciudad, de modo que los judíos pueden utilizar toda su fuerte tropa de protección para defenderse. Además, como precaución, he confiado la protección de todos los amenazados al aragonés, para evitar que un caballero castellano se sienta inclinado a actuar con poco rigor o sea reacio a intervenir con prontitud contra los que provocan los disturbios. ¿Te parece que lo he hecho bien, Don Rodrigue?
El canónigo sabía que la ira de la gente de Toledo iba dirigida sobre todo contra Don Jehuda, y le hubiera gustado preguntar en concreto por él. Lo que más le habría gustado habría sido ir al castillo, y no sólo por la amistad que sentía por Jehuda. Cada vez de un modo más apremiante, sentía la necesidad de hablar con el sabio Musa de los desolados acontecimientos que tenían lugar por todas partes. Pero ¿no se había impuesto como sacrificio evitar el castillo en penitencia por esa debilidad humana que le estaba vedada? ¿Y si ahora se decía que estaba preocupado por Jehuda, no sería quizás sólo una excusa para poder ir al castillo? Si había alguien capaz de protegerse a sí mismo, era aquel hombre de mundo, Don Jehuda. Además, era impensable que un castellano atentara contra la vida y los bienes de un miembro del consejo de ministros del rey Ante los ojos principescos y algo burlones de Doña Leonor le pareció doblemente ridículo mostrar miedo por el Escribano. Dio las gracias a la reina por su prudencia y se fue.
Don Gutierre de Castro, dispuesto a cumplir su misión con diligencia y exactitud, se aseguró primero de la situación de los árabes cristianos. Vivían en sus barrios aparte, alrededor de sus tres iglesias. La mayoría de ellos eran gente sencilla. Apenas podía tentar a las masas deshacerse de ellos, se había desistido de hacerlo. Pero sus muros y puertas eran débiles; Castro colocó dos escuadrones en sus barrios. A continuación se convenció de la solidez de los muros y las puertas de la judería. Eran fuertes, las masas desordenadas difícilmente conseguirían entrar. A pesar de todo, Castro preguntó al Pámas si quería que les cediera alguno de sus hombres armados; Don Efraim los rechazó amablemente, agradecido.
El barrio judío a las puertas de la ciudad había sido desalojado; sólo se habían quedado un par de viejos y niños. En muchas de las casas vacías se habían instalado los fugitivos cristianos. Las casas en las que habla quedado algo aprovechable habían sido saqueadas. En la sinagoga todo había sido destruido con rapidez y brevedad. Sobre el almemor, el estrado desde el cual se leían las Sagradas Escrituras el Sabbath, un bromista había colocado un muñeco, una figura burlona de un viejo judío; Castro se rió a carcajadas.
A pesar de lo poco que tenía que hacer, la misión que le había sido encomendada le parecía capciosa cuando se encontraba frente al castillo.
Acudía allí con frecuencia. Muchos acudían allí con asiduidad. Puesto que no podían penetrar en la judería y no valía la pena caer sobre los pocos y desgraciados sospechosos que quedaban fuera de los muros, a las gentes de Toledo les atraía cada vez con más fuerza descargar su santa ira castellana en la lujosa casa y caer sobre sus fabulosos tesoros. Había que reducir a escombros aquel castillo desvergonzadamente resplandeciente. Había que atrapar y destruir a aquel estafador y traidor que vivía en él como una araña negra, junto con su hija, la bruja, que había hechizado al rey Ésta era una misión agradable a Dios y el consuelo adecuado para el corazón y el ánimo en estos tiempos de aflicción. Así pues, Castro, pasara cuando pasara por delante de la casa, encontraba a un montón de chusma que contemplaba sus muros con codicia y fascinación.
Despacio y con torpeza daban vueltas los pensamientos en la cabeza de Castro. ¿Era el judío suficientemente insolente como para seguir viviendo en la casa? El judío era un cobarde, pero, engreído por su cargo y jactancioso por naturaleza, era muy posible que todavía estuviera allí. La casa le pertenecía a él, a Castro, era el castillo de Castro. Sus antepasados lo habían conquistado hacía cien años a los musulmanes. Y seguía siendo como antes, la casa de los Castro, también Doña Leonor lo había dicho. Cuando la guerra estuviera en su apogeo, había dicho ella, echarían al judío. Más en su apogeo que ahora difícilmente podía estar la guerra, y si la batalla se había perdido, había sido por culpa de las fechorías del judío, y era insoportable que éste siguiera solazándose insolentemente en el castillo. Todos los demás judíos, muchos miles, estaban amenazados por culpa de aquel sinvergüenza y traidor No era que a él le dieran lástima, pero había aceptado la misión de protegerlos, y Doña Leonor le había ordenado expresamente que era mejor entregar a uno que poner en peligro a miles.
Cuando Castro pasaba por delante de la casa torcía el gesto como los otros y esperaba. Esperaban todos amenazadores. Ninguno quería ser el primero en levantar la mano contra la casa del poderoso Escribano.
Castro pasaba por delante de la casa cada vez con mayor frecuencia El lugar lo atraía. Y siempre veía lo mismo: las gentes se reunían ante la casa, murmuraban sordamente, especulaban.
Pero una vez, ya desde lejos, oyó claros y furiosos gritos. Se apresuró. Y he aquí que varios, bastantes, golpeaban contra el enorme portón. También golpeaban con los poderosos mazos contra el hierro, cuyos golpes, en medio del griterío, resonaban violentos e imperiosos. Pero no apareció ningún portero. Finalmente, uno, subiéndose a los hombros de otro, trepó hasta arriba del muro. Rápidamente, entre el júbilo de muchos, llegó a lo alto. Desapareció en el interior Y he aquí que ya se abría la portezuela del portón y en ella apareció el rostro sonriente y triunfal del intruso, y, con un ademán burlón y cortés, invitó a los demás a entrar:
Castro se hallaba allí y pensaba. Tenía a algunos de sus hombres con él, y sin mucho esfuerzo hubiera podido defender el portón y resistir hasta que hubieran llegado refuerzos. Pero, ¿acaso su misión no consistía en entregar a uno y salvar a muchos? Se quedó allí sin intervenir y cada vez eran más los que entraban por la pequeña portezuela del portón de la casa. Finalmente los siguió al interior de la mansión. Los que gritaban se habían callado en cuanto llegaron al primer patio. No podía verse a ninguno de los habitantes de la casa, a ninguno de los numerosos criados, escribanos y empleados de la mansión. La gente avanzaba desconcertada a lo largo de los muros, abrieron titubeando un segundo portón que conducía al interior Boquiabiertos, confusos, riendo neciamente, se encontraron en medio de aquel silencioso lujo. Se empujaban unos a otros para continuar
Sin querer hicieron caer un jarrón, y otro más. Este se rompió. Uno tomó una copa de una hornacina, un artístico cristal, y lo arrojó al suelo. No se rompió al caer sobre la gruesa alfombra. Aquel hombre, furioso ahora, apartó el recubrimiento y apareció el suelo empedrado, arrojó el cristal sobre el suelo de piedra y se rompió en añicos con mucho ruido. Asomó un criado asustado, un musulmán. Quiso decir algo, conciliador, hacerlos entrar en razón, quizás también quería comunicarles que el señor de la casa no estaba allí. En el griterío general nadie lo escuchó, no querían oírle, lo golpearon en la boca, lo empujaron, primero con timidez y después con maldad. Allí quedó tumbado, sangrando, jadeando. La muchedumbre se alegró. Se volvió salvaje. Desgarró, golpeó, arrojó al suelo todo aquello que podía romperse y destruirse.
Castro miraba como perturbado. Ésta era su casa. La guerra estaba en su apogeo, y Doña Leonor había dicho que ésta era su casa. El judío que se había instalado en ella no parecía encontrarse allí. Quizás se había ocultado en un rincón, ya lo comprobarían. Ésta era su casa, la de Castro, por fin. Y era una casa muy rica. Era una casa blasfema y herética. ¡Cómo se había atrevido el judío! ¿En qué había convertido su buen castillo caballeresco y cristiano?
Castro, despacio, con enérgicos pasos, haciendo sonar los hierros de su armadura, cruzó la sala, subió al pequeño estrado y permaneció en la abertura de la barandilla que delimitaba el estrado. Aquel hombre fornido permaneció en pie en la postura que prescribía la vieja costumbre, con las piernas abiertas, ambas manos apoyadas sobre su espada, ancho de espaldas y corpulento. Con sus ojos hundidos, contempló con deleite a las masas que habían liberado su mansión; de la inmundicia con que el judío la había manchado.
Mientras tanto habían penetrado cada vez más en el interior de la casa; habían abierto del todo el gran portón principal. La enorme y silenciosa casa, sus salas y sus habitaciones más pequeñas, sus patios y sus cámaras se hallaban de golpe llenas de gentes que gritaban furiosas. Algunos se metieron en sus bolsillos aquello que les pareció valioso. Pero a la mayoría no les interesaba eso; su deseo los empujaba a destruir y a destrozar. Buscaban al judío, pero no se hallaba allí: el cobarde había huido. Sólo encontraron a un par de desdichados criados a los que poder dar una paliza. Pero, por lo menos, los bienes del judío estaban allí, aquellas cosas valiosas y extravagantes por cuya causa él había desvalijado y traicionado al reino. La ira de todos se dirigió hacia esas cosas. Desgarraron, rompieron, destruyeron, las hicieron pedazos, iracundos, apasionados, jubilosos.
Su furor se contagió a Castro. También en él sentía esa furia: ¡Todo aquello debía ser destruido! ¡Había que matar! ¡Todo aquello debía ser reducido a escombros! ¡Todo aquello tan delicado, lujoso, judío, propio de mujeres y herético! Y con la hoja de su espada se lanzó a golpear todo aquello frágil. y hermoso, y gritó:
-¡A lor! ¡A lor! -y golpeó las inscripciones de las paredes hasta que se desprendieron las gráciles piedras de colores.
Un silencioso y delgado señor con vestiduras talares se acercó a él y le tocó el brazo: era Don Rodrigue.
Normalmente, el canónigo prefería dar un rodeo a pasar por delante del castillo: temía la tentación. Pero hoy había oído el claro y violento griterío y había sentido miedo. Había visto el portón abierto de par en par, había visto cómo las muchedumbres se arrojaban en oleadas a su interior gritando furiosamente. Las había seguido. Las gentes habían abierto camino al sacerdote, y así había topado con aquel hombre bien armado que, aunque parecía ser un caballero, participaba de aquella acción reprobable.
Puesto que el hombre volvió a él un rostro violento e indignado, dijo:
–Soy Don Rodrigue, miembro del Consejo Real.
Castro se rió a carcajadas, provocador:
–Y yo, reverendo señor, soy Don Gutierre de Castro, cabeza de la estirpe de la cual recibe su nombre esta casa.
Rodrigue recordó las medidas de protección de la reina. Surgió en él una vaga sospecha.
–¿Permites que éstos saqueen y destruyan? – preguntó.
–¿Deben andarse los buenos castellanos con cumplidos -preguntó a su vez Castro- cuando buscan a un traidor? Puesto que la flor de la caballería cristiana ha sido destruida, ¿qué importan un par de tapices judíos y rollos de pergamino?
Rodrigue preguntó:
–¿No eres tú quien ha recibido la orden de proteger a los amenazados?
Gutierre miró al sacerdote tranquilamente a la cara.
–Sí -contestó-, y podré devolverle a la reina el guante con la conciencia tranquila. He cumplido sus indicaciones al pie de la letra. He dejado que el pueblo desahogara su ira contra uno solo, el único culpable, y he protegido a la gran masa de aquellos de los que se sospechaba injustamente.
Rodrigue, consternado, incrédulo, preguntó:
–¿Era ésta tu misión?
–Ésta era la orden de la reina -dijo- Gutierre.
Rodrigue, lleno de espanto, preguntó:
–¿Qué me dices de Don Jehuda? ¿Le ha sucedido algo al Escribano?
Castro se encogió de hombros expresivamente con desprecio.
–Aquí, por lo menos, no -contestó-. Al parecer el perro se ha escondido.
Rodrigue suspiró aliviado. Era tal y como él había sospechado: Don Jehuda se había puesto a salvo.
Hizo un esfuerzo.
–Eres un cruzado -dijo-, te conmino en nombre de la Iglesia a detener este vergonzoso atropello.
Castro miró a su alrededor y vio que no quedaba mucho que todavía pudiera ser destruido.
–Es propio de un sacerdote ser indulgente -dijo con benevolente desprecio, y ordenó a sus gentes que echaran a los intrusos de la casa. Y así se hizo.
Don Gutierre se despidió amablemente del canónigo, contempló una vez más la obra realizada y se fue, lleno de la feliz esperanza de volver a convertir ese lugar de herético lujo en el castillo de Castro.
Rodrigue se quedó en la desolada casa. Oyó cómo se iban los últimos, cómo se cerraba el portón con un sordo ruido. Casi con dolor sintió penetrar en él el repentino silencio. Se dejó caer sentándose en el suelo en medio de las ruinas y los añicos, agobiado por un pesado y doloroso cansancio. Se quedó así durante largo rato. Se levantó, vagó arrastrando los pies por las conocidas estancias. Desde todos los rincones lo contemplaban desgarrones, agujeros y escombros. Siguió recorriendo la desierta casa; se esforzó en andar sin hacer ruido, sin saber por qué. Escogió pedazos de cristales del suelo, trozos de muebles, telas, los contemplaba meneando la cabeza. Allí, sucio y desgarrado, yacía un libro. Lo recogió, intentó alisar las hojas, reunir las páginas arrancadas, leyó mecánicamente. Se trataba de la Ética de Aristóteles.
Llegó al vestíbulo circular de Musa. Aquí estaban los cojines sobre los que su amigo, con frecuencia, se recostaba cómodamente y charlaba con él, y ¿qué había sido de Musa? Allí había estado el pupitre junto al cual le gustaba tanto pronunciar por encima del hombro, sus inteligentes, indulgentes y burlonas frases. Estaba hecho astillas: alguien se había tomado la molestia de destruir con un hacha aquella madera dura y noble. De las policromas letras que formaban las sentencias en las paredes, muchas habían sido destruidas y se habían caído. Mecánicamente, fijó su vista sobre la frase: «No tiene el hombre ventaja sobre la bestia.» Se dio cuenta de que de las palabras Habehemah, la bestia, habían saltado como consecuencia de los golpes las letras bet y mem, y que las tres letras he habían permanecido fijas sorprendentemente.
Rodrigue volvió a sentarse en el suelo, cerró los ojos. Desde fuera llegaba el sonido del regular chapoteo de las fuentes.
¿Se engañaba o era cierto que podían oírse precavidos pasos en el jardín? No se engañaba. De golpe, ante él estaba el rostro amado, feo, inteligente y tan familiar de nuevo ligeramente burlón a pesar de cualquier clase de preocupación:
–Considero muy acertado -dijo la voz tranquila y carente de vigor de Musa- que después de tantos y ruidosos visitantes, sólo te hayas quedado tú, mi silencioso y venerable amigo.
El dichoso Rodrigue estaba tan conmovido que casi no pudo hablar. Tomó la mano del otro y le dio unos golpecitos.
–He llegado demasiado tarde -dijo finalmente-, tampoco habría sido lo suficientemente hábil como para detener el tumulto. ¡Pero estás vivo! – exclamó.
Musa jamás habría creído que la voz del otro pudiera sonar tan cálida. Rodrigue seguía sosteniendo la mano del amigo, se miraron uno al otro, sonrieron, se rieron.
Más tarde, el canónigo preguntó por Jehuda. Cuando Musa le comunicó que se encontraba junto con su hija en La Galiana, Rodrigue respiró aliviado.
–En casa del rey estará seguro -dijo-, pero a pesar de todo, como medida de precaución, acudiré hoy mismo a Doña Leonor y exigiré una fuerte guardia para La Galiana, y ahora, querido Musa -dijo desacostumbradamente autoritario-, vendrás conmigo y hasta que la ciudad se haya tranquilizado vivirás en mi casa.
–Debería haber acudido a ti antes -dijo Musa-, pero me dije: en estos tiempos, un viejo y herético musulmán no es ningún invitado cómodo.
–Perdona, mi sabio amigo -repuso Rodrigue-, ésta es la primera vez que he tenido que oírte exponer un argumento absurdo. Vamos -lo animó.
Pero Musa le rogó que esperara todavía un rato.
–Debo recoger todavía mi crónica y un par de libros -le explicó. Satisfecho por el triunfo de su astucia, le comunicó al otro que había hecho llevar los dos manuscritos más valiosos, el Avicena y aquel manuscrito ateniense de La República de Platón, a la judería. Después, arrastrando los pies, bajó al sótano y regresó con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro, llevando bajo el brazo el manuscrito de su crónica.
Aquellos que habían devastado el castillo dudaban en dispersarse. Se sentían decepcionados por no haber podido acabar con el traidor y la bruja. Llegaron hasta la judería y exigieron que les entregaran a Jehuda y a Raquel. Pero gentes fiables les dijeron que éstos no se hallaban en la judería.
La ira creció ante el pensamiento de que hubieran huido. Mientras aquellos dos todavía respiraran, brotaría de ellos el veneno y la desgracia; era simplemente deber de cada buen cristiano y castellano eliminarlos de la faz de la tierra. A ellos mismos, a los dos, Dios les había anunciado ya el castigo. ¿Acaso el hijo que la judía le había dado al rey nuestro señor -esto se sabía por el jardinero de La Galiana, un tal Belardo- no había desaparecido de un modo muy enigmático? Seguramente, Dios lo había arrebatado en castigo por sus graves pecados. ¿Y acaso no había pescado la judía hacía unos meses una calavera en el Tajo?
Uno dijo que aquel mismo jardinero, Belardo, había dado a entender que la bruja seguía viviendo en La Galiana como si nada hubiera sucedido; sí, y además había acogido a su padre. La mayoría no querían creer en tan satánica insolencia. Quizás deberían acercarse a comprobarlo, propuso uno. La muchedumbre estaba perpleja, se sentía tentada. Pero dudaban: el castillo había sido la casa del judío, La Galiana era la casa del rey Algunos dijeron que podían ir hasta La Galiana. Una vez allí ya verían. La propuesta tuvo aceptación.
Ya los primeros se ponían en camino bajando hacia el puente. Andaban sin prisa, muchos se les unían, pronto fueron cientos, quizás llegaran a mil.
Poco a poco, bajo el sofocante calor caminando lentamente, cruzaron la plaza principal, el Zocodover Algunos preguntaban qué iban a hacer unos se lo contaban, los otros reían aprobando divertidos. En la gran puerta principal de la ciudad los guardias preguntaron:
–¿Adónde vais?
Ellos contestaron:
–Queremos cerciorarnos de dónde están, los que ya sabéis.
También los guardias de la puerta se rieron. Desde lo alto de las torres del gran puente, los soldados preguntaron adónde iban, y cuando oyeron la respuesta también se rieron.
Así, aquel millar de personas siguieron bajando en medio del sofocante calor Cada vez se unían más a ellos, ahora eran ya unos dos mil.
Castro oyó hablar de aquella marcha. Acompañado por algunos de sus hombres persiguió a caballo a la muchedumbre, la adelantó, se quedó atrás, la adelantó de nuevo y la dejó pasar delante otra vez. Despacio, sin mucha claridad, giraban sus pensamientos. «Debo proteger las propiedades del rey», reflexionó. Y seguía pensando: «Cuando el castigo de Dios está en marcha, ningún caballero cristiano debe oponerse», y añadía para sí: «Actuaré de acuerdo con mi misión. No protegeré al traidor y a la bruja poniendo en peligro a los cientos de miles de judíos de Toledo.» Pero protegeré las propiedades del rey
Jehuda y Raquel, una vez se hubo ido Don Benjamín, siguieron llevando su alegre y festiva vida. Se vestían cuidadosamente, permanecían largo tiempo sentados a la mesa, paseaban por el jardín cuando el sol se ponía, mantenían tranquilas conversaciones.
Fue el ama Sa'ad, con una expresión de horror en todo su grueso rostro, la primera que trajo la noticia de que los infieles, Alá los maldiga, se acercaban, ¡¿qué iban a hacer?! Jehuda dijo:
–Conservar la calma y someternos a la voluntad de Dios.
Se adentraron en la casa, hasta las estancias de Raquel, una habitación no muy grande con un estrado como correspondía a las habitaciones de una dama. Jehuda llevaba colgado del cuello el pectoral, símbolo de su cargo. La habitación estaba en penumbra y el recubrimiento de fieltro en la pared le daba frescor. Allí se sentaron esperaron a los que se acercaban.
Éstos habían llegado ante los blancos muros que rodeaban la propiedad. En la portezuela de la entrada había un portero, y bordado en su jubón estaba el blasón del rey las tres torres. La muchedumbre dudó. No sabía qué hacer. Todos miraron a Castro. Éste avanzó con largos y pesados pasos, y dijo:
–Queremos cerciorarnos de algo. Eso es lo que queremos. No queremos dañar la propiedad del rey. Tengo conmigo a mi guardia para que nadie destroce la propiedad y para que ninguno pisotee los arriates del jardinero.
El portero estaba indeciso. Pero, mientras tanto, algunos habían trepado por el muro, que no era muy alto, empujaron a un lado al portero, sin violencia, y Castro cruzó el portón, tras él sus hombres armados, y tras ellos la muchedumbre.
La gente avanzaba empujándose, despacio, por los caminos de grava, admirando los jardines, acercándose al castillo. De pronto apareció Belardo. Llevaba el jubón y el gorro de cuero y la alabarda de su abuelo.
–¿El noble señor quiere hablar con Doña Raquel? – preguntó diligente-. Nuestra señora se encuentra en sus aposentos, en el estrado -parloteó-. ¿Está anunciado el noble señor? ¿Debo anunciarlo?
–Condúcenos hasta ella -dijo Castro.
Siguieron a Belardo al interior de la casa, Castro, sus soldados y algunos de los que formaban la muchedumbre, no muchos. Llegaron a los aposentos de Raquel. De golpe, el calor del jardín, la cegadora blancura de los muros, el polvo del camino que habían recorrido sudorosos y ruidosos, quedó a sus espaldas, estaban rodeados por el silencio de aquella estancia extraña, fresca y en penumbra. Se mantuvieron cerca de la entrada, decepcionados, ligeramente desconcertados.
El estrado en que se encontraban Don Jehuda y Raquel estaba separado del resto de la estancia por una barandilla baja, con una amplia abertura en el centro. Jehuda, cuando ellos llegaron, se levantó despacio. Allí estaba, con una mano ligeramente apoyada sobre la barandilla, contemplando a los intrusos, tranquilo, casi burlón, como le pareció a Castro. Raquel no se levantó. Permanecía sentada en su diván con la frente medio cubierta por el pequeño velo, y miraba también con ojos tranquilos a Castro y a los suyos. Procedente del patio se oía el ligero chapoteo del surtidor y muy lejos, amortiguado, desde el camino de grava llegaba el ruido de la multitud. Los que estaban fuera repetían constantemente lo mismo, pero no se podía entender qué decían. Castro sí lo entendió, sabía qué gritaban: ¡Dios lo quiere! ¡Matad! ¡Matad!
Jehuda vio los burdos rostros de los soldados y de su comandante, vio al jardinero Belardo, astuto, temeroso, servil y estúpido, e incluso en aquel rostro reconoció el ansia de matar. Intuyó lo que significaban los gritos de fuera, supo que no le quedaban muchos minutos de vida. El temor lo ahogó. Intentó alejarlo pensando. A cada uno le llega la Destructora de Todas las Cosas, y él mismo lo había querido así, que viniera a él aquí y ahora. Había cerrado su balance ya hacía días. Había hecho muchas cosas presuntuosas y otras buenas porque había querido llegar a ser más que los demás, y eso le había sido concedido: él era más que los demás. Vio las inscripciones a su alrededor que ensalzaban la paz. Durante años había garantizado la paz y el florecimiento en la Península. Incluso su muerte se convertiría en una bendición para algunos. Estos pobres asesinos pronto lamentarían lo que iban a hacer no se atreverían a tocar a los demás, moriría para bendición de sus fugitivos francos. Entonces, de nuevo, un férreo temor le estranguló los pensamientos, pero su rostro permaneció impasible, tranquilo, con una mueca ligeramente burlona.
También el rostro de Raquel permanecía sereno. Alfonso le había ordenado permanecer en La Galiana. Alfonso era aquí el señor ¿qué podía hacerle aquel hombre desconocido? Se obligó a no sentir ningún temor. Debía ser digna de Alfonso. Él querría que la mujer a la que amaba no sintiera ningún temor. Y él le había prometido venir. Permaneció inmóvil. Pero su cuerpo sintió la muerte que se aproximaba, y el miedo formó un nudo en su corazón.
Los intrusos seguían junto a las paredes y no sabían qué hacer. Durante medio minuto, durante una eternidad, nadie abrió la boca. Pero entonces, de pronto, Belardo exclamó:
–Señora, el noble señor no ha querido ser anunciado.
Y entonces, también, Castro habló:
–¿No te pones en pie judía cuando un caballero se presenta ante ti? – dijo con su voz áspera y chillona. Raquel no le contestó. De pronto se sintió asaltado por las dudas.
–¿O acaso eres cristiana? – preguntó. De ser así, no debería haber entrado allí por la fuerza. Pero Belardo lo tranquilizó.
–Nuestra señora Doña Raquel no es cristiana -dijo él.
Castro se sonrojó. Le enojaba haberse dejado engañar por su fingida nobleza. Raquel percibió su creciente ira, y de pronto fue como si tuviera ante ella al iracundo Alfonso, sí, era la ilimitada ira que fruncía el rostro de Alfonso. Pero inmediatamente se desvaneció y vio a aquel Alfonso que había luchado contra el toro, radiante, maravilloso. No debía ocasionar ninguna vergüenza a su Alfonso en esa hora decisiva. Cuando le contaran cómo aquel hombre depravado se había lanzado sobre ella, debían también poder decirle: Pero Raquel no sintió ningún temor.
Despacio, con un movimiento infantil, pero muy adecuado a una dama, se levantó. No se levantaba ante aquel caballero cruel, se levantaba ante la muerte.
¡Y he aquí que te levantas, Doña Raquel Ibn Esra, tú Hermosa, la Fermosa, procelaria de Satanás, manceba de Alfonso de Castilla, tú, de la estirpe de David, madre del Emmanuel. Tu rostro en forma de corazón es más sabio que antes, y aunque ahora tuviera el color del miedo, éste queda oculto por el color de tu piel de un tostado mate. Tus ojos, de un gris azulado, más grandes que nunca, miran a la lejanía, quizás a un escalofriante vacío, quizás hacia algo deseado luminoso y elevado.
Castro intentó ordenar sus ideas. Todo era muy distinto a como él había imaginado, y ésta era la casa del rey, y la mujer aunque fuera una judía, era la manceba del rey y le había dado un bastardo.
Pero entonces, finalmente, habló Don Jehuda. Serenamente, preguntó hablando en latín:
–¿Quién eres y qué deseas?
Castro miró al hombre, al judío que le había robado su casa y se había instalado en ella, y que tenía la culpa de la muerte de su hermano, y que llevaba sobre el pecho el pectoral con el escudo de Castilla, y que osaba hablarle a él cortésmente, altanero y en latín como si hablara de caballero a caballero. Se golpeó el pecho y contestó en una mezcla de aragonés y castellano:
–Yo soy Castro, judío, y con esto lo sabes todo.
Jehuda lo miró con un desprecio muy ligero, como acostumbraba a hacer en sus tiempos más orgullosos, y le dijo amablemente:
–Así me lo imaginaba.
Entonces apartó el rostro de Castro y lo olvidó de inmediato. Miró a su hija. Sumido en su contemplación, pensó en su nieto, el pequeño Emmanuel. Había perdido a Alazar; a esta hija suya tan amada la perdería dentro de pocos minutos, en el tiempo en que tardaría en respirar un par de veces moriría él también, pero el muchacho Emmanuel Ibn Esra vivía, inalcanzable para sus enemigos.
También Raquel pensó en su hijo. No había podido cambiar a Alfonso, pero lo que de bueno había en él seguía vivo. De un modo confuso y nuevo, sin palabras, volvió a ella la imagen del Mesías, vencedor sobre la fiera, el toro, y que traería la paz sobre la tierra. Y vio la mirada de su padre, y se la devolvió diciendo:
–Tuviste razón, padre mío, cuando salvaste a nuestro Emmanuel. Nuestro Emmanuel vivirá. Todo mi ser está lleno de agradecimiento hacia ti.
Una ola de ternura, de satisfacción, de orgullo, inundó a Jehuda, pero desapareció de inmediato. Y ahora de nuevo volvía a apresarle un helado temor. Todavía encontró fuerzas para volverse en dirección a Oriente. Después inclinó la cabeza, no se rebeló por más tiempo, y esperó el golpe que iba a recibir: lo estaba deseando.
Castro no había entendido las palabras hebreas de Raquel, pero sintió que ella no tenia ningún temor ante él, aquella mujer se burlaba de él, y su rabia destruyó sus últimos reparos.
–¿Es que nadie quiere poner fin a esta gentuza? – gritó-. ¿Hemos venido hasta aquí para discutir con ellos?
Desenfundó su espada, pero la apartó de inmediato.
–No quiero manchar mi espada con la sangre de estos perros -dijo con enorme desprecio. Con precisión, con la parte plana de la vaina de su espada, hundió el cráneo de Jehuda.
Raquel habla sabido durante todo el tiempo que tanto ella como su padre iban a morir. Su mente lo había sabido, su cuerpo lo había sabido, su rápida fantasía había recordado y reunido en una sola cien imágenes de la muerte sacadas de otros tantos cuentos, pero en lo más profundo de su ser no había creído que iba a morir. Ni siquiera teniendo a Castro ante ella había creído que iba a morir. Pero ahora se dio cuenta en lo más profundo de su ser que Alfonso no llegaría para salvarla, que en los próximos minutos moriría, y se sintió acometida por un horror más terrible que cualquier otra cosa. Se apagó, se convirtió en una envoltura vacía, en ella no había más que miedo. Abrió la boca pero ningún grito salió de su pecho ahogado.
Todo lo que había sucedido en la habitación, sobre el estrado, se había desarrollado sin ruido, en la penumbra y extrañamente sofocado. Los sombríos acompañantes de Castro, cuando él avanzó hacia el judío, se habían echado todavía más hacia atrás, pegándose todavía más a la pared. Mientras Jehuda moría silenciosamente, se oía la jadeante respiración de ella, y constantemente el chapoteo del surtidor y el lejano ruido de aquellos que se encontraban junto a los blancos muros.
Entonces, de repente, el ama Sa'ad empezó a gritar estridentemente, sin sentido, y ahora, imprevisiblemente, el jardinero Belardo levanto el arma y fanático, apasionado, golpeó con la santa alabarda de su abuelo a Raquel. Y ahora también los otros se apresuraron a avanzar dejando caer sus golpes sobre Raquel, sobre el ama y sobre Jehuda, y siguieron golpeando mucho después de que ellos hubieran dejado de moverse, pisoteándolos, jadeando.
–¡Basta! – ordenó repentinamente Castro. Abandonaron la habitación sin mirar atrás. Tambaleándose un poco, riéndose neciamente, abandonaron la casa. Uno de los soldados de Castro, no sin esfuerzo, arrancó la mezuzah de la puerta y se la llevó: todavía no sabía si destruir el amuleto o conservarlo para que lo protegiera. Aparte de esto, ninguno se atrevió a tocar nada de la casa del rey
Los que estaban fuera habían esperado en medio del sofocante calor y el brillo cegador del sol. Ahora, Castro les anunciaba:
–Ya está hecho. Están muertos. La bruja y el traidor están muertos.
Ellos lo oyeron seguramente con satisfacción, pero no dieron muestra de ello. No gritaron, no lanzaron exclamaciones de júbilo. Más bien se sintieron confusos.
–Sí -murmuraban-, así pues, ahora la Fermosa ha muerto.
Cuando volvieron a subir por la cuesta calurosa y polvorienta hacia Toledo, la alegría y la ira había desaparecido del todo en ellos. Los guardianes de la puerta les preguntaron:
–¡Qué!, ¿ya os habéis cerciorado, los habéis encontrado?
–Sí -contestaron-, los hemos encontrado. Están muertos.
–¡Bien hecho! – dijeron los guardianes de la puerta. Pero su satisfacción duró poco, también ellos vieron desaparecer su ira, y durante el resto del día permanecieron pensativos y más bien malhumorados.
Nadie pensó ya en hacer daño a los judíos. De buen humor se burlaban de aquellos que se mantenían encerrados en la judería:
–¿Por qué os parapetáis contra nosotros? ¿Tenéis miedo de nosotros? Todo el mundo sabe cómo los vuestros resistieron ante Alarcos. Estamos unidos, nosotros y vosotros, en esta angustia.
CAPÍTULO SEXTO
Don Alfonso resistió en la fortaleza de Calatrava mucho más de lo que se esperaba. Estaba herido en un hombro. La contusión no era peligrosa pero sí muy dolorosa, y tenia fiebre con frecuencia.
A pesar de ello, andaba y cabalgaba por todas partes, subía y bajaba vestido con la armadura las empinadas escaleras de la muralla, inspeccionaba cada detalle de la defensa. Los oficiales lo exhortaban a que se decidiera a partir para abrirse paso hacia su capital; los musulmanes, en gran número, habían avanzado ya mucho hacia el norte, y los caminos que conducían a Toledo habían sido cortados. Pero sólo cuando hubo hecho lo imposible por defenderla entregó Alfonso la fortaleza para partir con la mayor parte de la guarnición y abrirse camino hacia Toledo. Era una acción que requería prudencia y valor. De entre sus amigos más próximos, sólo Esteban Illán estaba con él, el arzobispo don Martín y Bertrán de Born, ambos heridos, habían sido llevados a Toledo. Alfonso no permitió que nadie notara cuán desesperadamente sufría bajo la derrota; mostraba una rápida visión, sagacidad, fuerza de decisión, pero por las noches, a solas con Esteban, se desfogaba iracundo:
–¿Has visto cómo han sembrado la desolación en todas partes? Siento esa desolación en mi propia carne: todo lo que ha sido asolado y quemado es mi propio ser es parte de mí mismo, como mi brazo o mi pie.
Se imaginaba cómo sería cuando llegara ahora a Toledo. Pensaba en el rostro tranquilo y orgulloso de Doña Leonor y en cuánta repugnancia y desprecio se ocultaría tras aquella clara frente, cuando ahora, tras su orgullosa partida, apareciera ante ella en tan lamentable estado y cubierto de vergüenza.
Meditó con desesperada furia en la expresión serena, burlonamente respetuosa de Jehuda. Pensó en el expresivo rostro de Raquel. ¿Acaso no había prometido regalarle Sevilla? ¿Dónde estaba Sevilla? Dulce y sencilla, permanecería en pie ante él sin una palabra de reproche, pero a su alrededor resplandecerían mates e irónicas sus inscripciones que hablaban de paz.
Imprevisiblemente se sintió acometido por una furia insensata. Don Martín tenía razón. Raquel era una bruja, era ella la que había conseguido que él mismo privara del bautismo a su hijo, ella había convertido su voz interior en una mentira, pero no iba a seguir embrujándolo durante mucho más tiempo. Ya podía refugiarse en su silencio y retorcerse y poner cara de dolor: Obligaría a Jehuda a que hiciera traer a su hijo, bautizaría al muchacho, y si Raquel no quería quedarse por más tiempo en La Galiana, la puerta estaría abierta de par en par: Alafia, prosperidad, bendición.
Mientras Alfonso se enfrentaba mentalmente a Raquel de esta manera, Don Rodrigue se hallaba en camino para traerle la trágica noticia.
Tras la muerte de Jehuda y de Raquel, había caído sobre Don Rodrigue un extraño entumecimiento. Se había hundido todo aquello que le importaba en este mundo. El reino se le derrumbaba, los amigos queridos habían sido cruelmente asesinados, y el propio Rodrigue tenía parte de culpa, porque había permitido que el rey anduviera por tanto tiempo por el mal camino. La sensación de su fracaso, de su nulidad, lo acongojaba.
En su interior censurándolo amargamente, colmaba de improperios a Don Alfonso, cuya ligereza había provocado la desgracia de todo el reino y la desventura sobre cada uno de aquellos que se hallaban cerca de él. No quería volver a verlo, no quería volver a tener nada que ver con él, pero seguía amando a aquel desventurado, y el deber y la compasión lo llevaron a transmitirle personalmente la terrible noticia. Quizás lo desmesurado de la desgracia enseñaría a aquel hombre qué era el remordimiento, y Rodrigue no quería dejarlo solo en la hora de la desesperación.
Un Alfonso demacrado y febril le salió al encuentro. Lo rechazó impaciente cuando quiso informarse sobre sus heridas. Permaneció en pie ante él, irritado, sombrío, irónico, y le espetó:
–Tenias razón, mi sabio padre y amigo. Mi ejército está destruido, mi reino arruinado. He traído sobre él a los cuatro jinetes del Apocalipsis, tal y como tú me habías predicho. Has venido para escuchar esto. Así pues, lo reconozco. ¿Estás satisfecho?
Rodrigue, contra su voluntad, sintió una cálida compasión por aquel hombre que tenía delante, enfermo, demacrado y harapiento, tanto en el alma como en el aspecto, pero no podía ser débil. Debía sacudir el alma de Alfonso, de aquel vasallo airado y rebelde de Dios que seguía sin saber lo que era la culpa y el remordimiento. Rodrigue dijo:
–Han sucedido cosas terribles en Toledo. Tu pueblo ha hecho responsable a inocentes de tu derrota, y no hubo nadie allí para defender a los inocentes.
Y puesto que el rey lo miraba fijamente sin comprender le dijo a la cara:
–Han asesinado a Doña Raquel y a Don Jehuda.
Lo que la tragedia no había conseguido, lo que no había conseguido la traición, lo que no había conseguido la gran derrota, lo consiguió esta noticia: Alfonso gritó. Gritó breve y terriblemente. Después cayó sin sentido.
Una gran ola de amistad barrió todos los otros pensamientos de Rodrigue. Lo amaba como siempre lo había hecho. Asustado, se esforzó para ayudarlo, llamó a un médico.
Alfonso, después de un buen rato, despertó de su desmayo, volvió en sí y dijo:
–No es nada, es esta estúpida herida.
Ese día todavía no había comido nada. Con rápidos sorbos se tomó el caldo que le llevaron y ordenó al médico que cambiaba los vendajes que se apresurara. Después los mandó a todos fuera, ordenando que tan sólo se quedara Rodrigue.
–Perdóname, padre mío y amigo -dijo-, debería avergonzarme por dejarme llevar de esta manera -y enojado continuó:
–Después de haber destruido el reino, un hombre más y una mujer no deberían importar ya -y añadió-: de todas formas, los habría echado a los dos -dijo enojado. Pero de inmediato se contradijo gritando:
–¡Nunca, nunca habría echado a Raquel de mi lado! Y no me avergüenzo de ello.
Jadeó, dio rienda suelta a su ira, rechinó los dientes.
–Me duele su muerte de una manera nada cristiana. Te lo digo a ti, Rodrigue, amigo mío: la he amado. Tú no puedes comprenderlo, no sabes lo que es, nadie lo sabe. Yo mismo no lo había sabido antes de que ella se cruzara en mi camino. La he amado más que a Leonor, más que a mis hijos, más que a mi reino, más que a Cristo, más que a todo. Olvídalo, sacerdote, olvídalo enseguida, pero por una sola vez debe salir de mi pecho, por una sola vez tengo que decirlo, a ti tengo que decírtelo: La he amado más que a mi alma inmortal.
Apretó los dientes para detener las enloquecidas palabras que llenaban su pecho. Se sentó agotado. Rodrigue vio asombrado cómo se había cambiado su rostro. Le sonreía macilento, tímido, desencajado, los pómulos sobresalían fuertemente, los labios eran dos finas líneas, los ojos parecían más pequeños y brillaban inquietos.
Alfonso, después de mucho rato, intentó recomponer su rostro. Rogó a Rodrigue que le dijera lo que supiera. No era mucho. Una multitud del pueblo que habían buscando en vano a Don Jehuda en el castillo Ibn Esra había ido hasta La Galiana. Quién había matado a Doña Raquel no se sabía. A Don Jehuda lo había matado Castro con sus propias manos.
–¿Castro? – balbuceó el rey.
–Castro -contestó Don Rodrigue-. Tenía la misión de proteger a aquellos que estuvieran amenazados, porque el pueblo había enloquecido y eran muchos los que estaban amenazados. Tenía la misión de procurar que uno fuera entregado antes de poner en peligro a la totalidad.
El rey pensó largamente y con esfuerzo.
–¿De quien había recibido Castro esta misión? – preguntó ronco.
Don Rodrigue, despacio y con toda claridad, contestó:
–De Doña Leonor.
Alfonso rugió como un animal herido.
–Los perros y los buitres caen sobre mi como si ya fuera una carroña -dijo.
Don Rodrigue explicó con voz neutral, con equidad, casi con una imperceptible ironía:
–Se hizo necesario tomar medidas. Habían muerto cristianos árabes y también judíos en el barrio que se encuentra fuera de los muros, un gran número, se dice que unos cien.
–¡No la defiendas! – gritó Alfonso, salvajemente y fuera de sí-. ¡No defiendas a Leonor! ¡No defiendas a ninguno de ellos! ¡Ni siquiera a ti mismo! ¡También tú eres culpable! ¡Todos sois culpables! Quizás no tanto como yo, pero todos vosotros sois culpables. Y voy a castigaros. Voy a azotaros. ¿Creéis que he perdido el poder porque he perdido la batalla? Todavía soy el rey. Voy a llevar a cabo averiguaciones, voy a juzgar, voy a castigar terriblemente.
De pronto se interrumpió jadeante, se derrumbó, hizo una imperiosa señal a Don Rodrigue para que lo dejara solo.
Antes de que hubiera pasado una hora dio orden de partir. También en este último tramo del camino tomó sus disposiciones con atención y con prudencia. Cuando todas sus unidades estuvieron dentro de los muros de la ciudad, entró él a caballo en Toledo.
Cabalgó hacia arriba, hacia su castillo. Los criados, los ayudas de cámara que pasaban por su lado, se horrorizaron al ver su aspecto, le preguntaron si no quería cambiarse, si no quería bañarse, si debían llamar al médico. Él los rechazó con aspereza y dio órdenes estrictas de no dejar entrar a nadie, tampoco a la reina.
Se sentó en el camastro, todavía vestido con la armadura, sudado y sucio, sufriendo, en una postura incómoda, solo. Meditaba profundamente. No comprendía lo que había sucedido. ¿Cómo era posible que Jehuda hubiera ido a La Galiana? ¡Aquel hombre astuto, aquel zorro que podía olfatear el peligro a millas de distancia! Y ¿por qué no habían huido los dos, refugiándose tras los sólidos muros de la judería, ellos que confesaban su judaísmo con tanta fe;
Estaban muertos, habían sido asesinados, eso era lo que se sabia. Y los que los habían asesinado eran Leonor y Castro. Leonor con su lengua y Castro con su puño. Y él ni siquiera se había despedido de Raquel. Ajeno, ciego y malvado se había ido de su lado. Y ahora Leonor le había asesinado a su Raquel, y además, de este modo, le había robado a su hijo, a su Sancho, ya que nunca podría llegar a saber qué había sido del niño.
Una ira aturdidora lo invadió. Leonor lo había odiado desde el momento en que Dios le había entregado a Raquel. Ella lo había empujado a la guerra para tener las manos libres para matar a Raquel. Todos le habían advertido antes de la batalla, pero ella, normalmente tan generosa en advertencias, se había tragado las palabras, le había dejado correr a su derrota sabiéndolo, con el único objetivo de poder así asesinar a la otra. Leonor era la bruja, no Raquel. Ella era la digna hija de su madre, la nieta de aquella antepasada suya a quien Satanás había ido a buscar a la iglesia para llevársela a los infiernos.
Se alegró de su propia ira, se alegró de que la herida le doliera. Tal corno estaba, con la armadura puesta, densamente cubierta de polvo, sin lavarse, sin cambiarse las vendas, corrió por los corredores hasta llegar a las habitaciones de Leonor. Hizo retroceder a las asustadas damas de la corte. Entró precipitadamente en la estancia de Leonor
Ella se hallaba sentada en el estrado, limpia, cuidada, toda una dama, como siempre. Se levantó, dio unos pasos en su dirección, ni muy de prisa ni muy despacio, sonriendo. Él levantó la mano para detenerla y antes de que ella pudiera saludarlo, le dijo en voz baja y lleno de furia:
–Aquí estoy. No resulto muy agradable de ver No resulto agradable de oler. Apesto a guerra, trabajos y derrota. Nada hay en mi que cumpla las normas de la courtoise. Pero me parece, mi querida Leonor mi reina, que tampoco tú has actuado guiándote por las reglas de la courtoisie.
Y de pronto se puso a gritar furioso, fuera de sí:
–¡Has destruido mi vida! ¡Tú, maldita! ¡No me has dado ningún hijo varón, y el que pariste estaba enfermo y marcado ya en tu vientre, y ahora que la mujer que yo amaba me había dado un hijo varón, tú la has asesinado! Su padre, mi consejero más sabio y más fiel, me convenció con palabras que parecían salidas de la boca de un ángel de que esperara el momento adecuado para la guerra. ¡Pero tú me azuzaste! ¡Me escupiste a la cara tu desprecio para empujarme a la guerra con tus burlas y tus desdenes! Y después te callaste, tú, siempre tan elocuente. No dijiste nada acerca de mi absurdo plan y me dejaste correr a mi batalla perdida para poder así asesinar a mi bienamada, a la que Dios había puesto a mi lado: Tú me has destruido a mi y a mi Castilla. Ahí estás, blanca y agradable y muy digna en tu realeza, pero dentro de ti todo es desolación y todo está torcido. Eres como tu madre, corroída por una diabólica maldad, llena de corrupción.
Doña Leonor había esperado una ola de ira, pero que Alfonso pudiera enfurecerse de un modo tan desmedido, tan sinsentido desde lo más profundo de su ser, para esto no estaba preparada. Estaba a punto de agarrarla con aquellas manos suyas sucias y sin guantes, de estrangularía, de quitarle la vida. Pero el hecho de que él la amenazara y la insultara de aquella forma tan depravada, tan profundamente maligna, como un auténtico villano, encendió su sangre. Él era peligroso, y así era como ella lo quería.
Leonor se retiró con ligeros pasos, regresó a su estrado, lo miró fijamente con sus grandes y verdes ojos escrutadores.
–¿Debo recordarte -dijo con tranquilidad- el contrato que elaboramos mi madre y yo, en Burgos, y que firmaste con tu yerno Don Pedro? En ese contrato te obligabas a no iniciar la guerra antes de que llegaran las tropas aragonesas. Hicimos todo lo que pudimos para detenerte en tu precipitado heroísmo. Mi madre trató de convencerte como a un niño tozudo. Nadie te apremió, fuiste tú mismo ¿Debo decirte quién tiene la culpa del desastre? Tú quisiste brillar ante mí, ante tus amigos, principalmente ante tu judía, por eso provocaste al califa actuando en contra de nuestro contrato y contra todo sentido y juicio. Por eso luchaste en esa absurda batalla. Por eso has precipitado a nuestro reino y a toda la Hispania cristiana hacia el abismo.
Don Alfonso permanecía en pie ante ella, abajo del estrado. Miró su blanco rostro con su alta y clara frente y su espeso y rubio cabello, y la odió furiosamente a causa de los malignos y lógicos pensamientos que cruzaban por detrás de aquella frente.
–Ahora comprendo -rechinó él en voz baja y con amargura- por qué Enrique mantuvo encerrada a tu madre y no la dejó libre a pesar de todas las órdenes del Papa. No creas que soy más débil que él. No puedo matarte porque eres una mujer. Pero no te dejaré sin castigo por haber matado a mi bienamada. Voy a juzgarte, preguntaré y seguiré preguntando, y sacaré a la luz tus sutiles y astutas indicaciones y los pensamientos asesinos que se ocultaban tras ellas, y entonces toda la cristiandad te conocerá como la asesina que eres. Y a tu sanguinario esbirro, Castro, y a los otros, no los dejaré salir indemnes. Lo vas a ver, querida mía, cuando los atrape. Irán hasta el Zocodover en el carro del verdugo. Y tú, mi reina, estarás presente a mi lado, en la tribuna, y verás cómo cuelgan a tu galante caballero, a tu Lancelote.
Leonor lo miraba imperturbable. Él sudaba y estaba desfigurado. La rubia y corta barba estaba pegoteada, no quedaba en él nada joven, nada resplandeciente, nadie podría compararlo con el San Jorge del frente de la catedral. Pero era bueno que ahora, por fin, saliera a la luz la violenta fuerza vital que había en él. Nadie podría volver a tachar a este hombre de adormecido, tampoco su madre.
Ella dijo:
–Dices palabras sin sentido, Don Alfonso, porque tu amante está muerta. No me he acercado a la mujer que vivía en La Galiana. Ningún juez me declarará culpable aunque examine hasta el más mínimo detalle de lo que he hecho y de lo que he dejado de hacer
De pronto, se hartó de comportarse con dignidad y nobleza. Abandonó su estrado, se acercó a él, muy cerca, olfateó su espantoso olor y le dijo a la cara:
–Pero a ti te lo diré una sola y única vez: Yo lo he hecho. Yo me he concedido esta noche toledana. Vi los pensamientos de muerte en la cabeza de Castro y no lo detuve. Puse tentativamente el castillo ante sus ojos, y Dios me ha ayudado. Dios ha querido que ellos murieran. ¿Por qué no se escondieron tras los muros de la judería tu barragana y su padre? Dios los cegó. Y ante tus ojos iracundos y ansiosos de muerte te lo digo: Mi corazón se llenó de júbilo cuando ella estuvo muerta.
Alfonso jadeó, apartó la vista de ella, dio un paso atrás, en su rostro había más dolor que ira.
Leonor paladeó su triunfo hasta el final. Sintió compasión de Alfonso. Lo siguió, y de nuevo se acercó mucho a él.
–No discutamos más, Don Alfonso -le rogó. Y su voz fue desacostumbradamente dulce-, estás herido, estás agotado. Déjame cuidarte; te mandaré a mi maestre Reinero, es mejor que tus médicos. Y déjame decirte todavía una cosa: lo he hecho por mí, pero puedes estar seguro de que también lo he hecho por ti. Te amo Alfonso, tú lo sabes. Te he sido más fiel que los muros de tu castillo durante todos estos años, y también cuando quité a ésa de tu camino. No podía seguir contemplando cómo el rey de Castilla, el padre de mis hijos, se hundía en el barro. Puedes ponerme en evidencia delante de todo el mundo, puedes matarme, pero ésa es la verdad.
Alfonso lo sabía, ésa era la verdad, pero se ordenó a sí mismo no creerlo. Podía comprender a Leonor, pero sólo con su cabeza. Todo en él se obstinaba contra ella. No quería su amor: el amor de la asesina le daba asco. Se dio la vuelta y salió apresuradamente de la estancia.
Después de esta conversación se sentía indiferente ante la muerte, y su herida le dolía más que nunca. Permitió que los suyos lo bañaran, lo vendaran y lo llevaran a la cama. Durmió largamente, profundamente, sin soñar
Después galopó hasta La Galiana.
Recorrió a caballo los estrechos y empinados caminos que bajaban hasta el Tajo sin acompañamiento. Las gentes lo reconocían, lo dejaban pasar, miraban horrorizados el enjuto rostro, como tallado en piedra, se descubrían y se inclinaban profundamente, muchos caían de rodillas. Él no los miraba, no los escuchaba, seguía a caballo, despacio, mirando fijamente ante sí; mecánicamente, sin una mirada, respondía a los saludos.
Se acercaba a los blancos muros. Hacía mucho calor. Sobre La Galiana flotaba, pesado y vaporoso, el resplandor del sol, todo permanecía en un silencio encantado.
El jardinero Belardo se acercó a él. Besó tímidamente la mano de Alfonso.
–Soy muy desgraciado, mi señor -le dijo-, no pude proteger a nuestra señora. Pero eran muchos, más de dos mil, y el que los conducía era un gran caballero, y yo sólo tenia la santa alabarda de mi abuelo, y con ella podía hacer muy poco contra tantos. Gritaban: ¡Dios lo quiera! Y entonces sucedió. Pero aparte de esto no hicieron ningún estropicio. Todo está perfectamente ordenado, mi señor, en la casa y en el jardín.
Alfonso dijo:
–La habéis enterrado en La Galiana, ¿no es cierto? ¡Condúceme hasta allí!
El lugar no estaba señalado. Se encontraba cerca de las cisternas del rabí Chanan, un pedazo de tierra desnudo, con la hierba arrancada.
–No supimos qué teníamos que hacer -se disculpo Belardo-, puesto que nuestra señora Raquel no era cristiana, no me atreví a poner una cruz.
El rey le hizo un gesto para que lo dejara solo.
Se sentó en el suelo, con torpeza, aturdido por la terrible mezcla de calor, neblina y luz. La hierba había sido amontonada con dejadez, el lugar tenia un aspecto abandonado, ¡ni siquiera a un perro habría enterrado él de aquella manera!
Intentó recordar cómo se paseaba Raquel por aquí, cómo se había sentado desnuda con él cerca del estanque; intentó recordar su rostro en forma de corazón, su modo de andar; su voz, su cuerpo. Pero sólo encontró rasgos aislados. Ella misma, Raquel, permaneció tintineante, alejada, un destello impreciso. Si en algún lugar rondaba su espíritu, tenía que ser allí, pero él no podía conjurarlo. Los espíritus aparecen sólo cuando no son llamados. Quizás también tenía razón Bertrán, y las mujeres sólo conseguían acercarse a la sangre del hombre y no a su alma. Allí, bajo la tierra sobre la que él se encontraba, yacía aquella que le había ofrecido una felicidad sin límite y una excitación salvaje, y ahora no era más que putrefacción, pasto de los gusanos. Pero la idea lo dejó sorprendentemente indiferente. ¿Qué buscaba él allí en aquella tumba desolada y horrenda? Nada les debía a aquellos dos que yacían bajo él. Ellos le debían algo. Le debían a su hijo. Nunca jamás sabría qué había sido de su Sancho. Era como si el niño también yaciera allí debajo con los otros, como si debajo de él, de Alfonso, yaciera el futuro soterrado y podrido. No debería haber venido aquí. Tenía mal sabor de boca y los labios se le fruncían.
Se arrastró hasta la sombra del árbol más cercano. Se tumbó. Allí yacía con los ojos cerrados, el sol manchaba su rostro. De nuevo intentó recordar a Raquel, pero nuevamente vio tan sólo la envoltura, ella misma permaneció vaga. La vio en sus vestiduras, parecidas a una túnica, tal y como lo esperaba en su dormitorio. La vio con aquel vestido verde, con el que la contempló por primera vez en Burgos, cuando se burló del viejo castillo de sus antepasados. Y era brujería y magia negra que ella entonces, aunque no se encontrara presente, lo hubiera empujado a reconstruir La Galiana. Incluso ahora, ella lo atraía hacia allí mientras que los asuntos de la guerra y del reino lo esperaban.
Pero había un asunto pendiente que podía solventar allí mismo: debía darle a Jehuda el recado del muchacho. Frunció el ceño esforzándose en recordar lo que había dicho Alazar antes de morir Con toda claridad, volvía a escuchar: «Dile a mi padre…», pero no había forma de que acudiera a su memoria lo que debía decirle.
Se durmió. Todo se evaporó a su alrededor, todo se fundía, nada era apreciable. Y de pronto Raquel estaba allí, surgía de los vapores, con una viveza increíble, con su rostro de un color tostado claro y los ojos del color de las tórtolas, ¡allí estaba! Así lo había mirado a él en aquel silencio más que elocuente, cuando se le negó y él se abalanzó sobre ella; y cuando le dijo a gritos que le había robado a su hijo, y su silencio fue más expresivo que cualquier acusación.
Él yacía con los ojos cerrados. Sabía que era un espejismo, una imagen etérea, un delirio, sabía que Raquel estaba muerta. Pero su Raquel muerta cobraba vida de un modo mucho más ardiente a como jamás lo estuviera en vida. Y mientras que ella lo contemplaba fijamente, él comprendió: en su interior siempre había comprendido la silenciosa elocuencia de ella, sólo que él se había endurecido, se había encerrado en sí mismo y no había querido comprender su advertencia y su verdad.
Ahora se abrió sin reservas a la verdad de ella. Ahora comprendió lo que Raquel había intentado hacerle comprender desde el principio y en vano: lo que significaba la responsabilidad, lo que significaba la culpa. Había tenido un poder inmenso en las manos y lo había utilizado mal; había jugado con su poder sin consideración alguna, sin reflexionar como un muchacho. Había convertido su vino en vinagre.
La imagen de Raquel empezó a desvanecerse.
–¡No te vayas, no te vayas todavía! – le rogó, pero allí no había nada que pudiera detener La imagen desapareció.
Se sintió agotado y de pronto, muy hambriento. Se levantó con esfuerzo y entró en la casa. Dio órdenes para que le trajeran de comer Comió sentado a la mesa en la que había desayunado con tanta frecuencia con Raquel. Mecánicamente, con ansia, con hambre de lobo. No pensaba en nada más que en saciarse.
Las fuerzas volvieron a él. Se levantó. Preguntó por el ama Sa'ad. Quería que le mostrara las cosas que habían quedado de Raquel. Le contestaron con evasivas, finalmente le dijeron que Sa'ad estaba muerta. el tragó saliva. Quería saber más.
–Gritaba terriblemente -le contó Belardo-, pero nuestra señora Doña Raquel no tenía ningún temor. Permaneció allí en pie como una verdadera gran dama.
Alfonso recorrió la casa. Se quedó en pie ante aquella inscripción cuyas letras en árabe antiguo no podía leer y que ella le había traducido: «Una onza de paz es más valiosa que una tonelada de victoria.» Siguió su recorrido. Abrió armarios, arcones, palpó los vestidos de Raquel. Este vestido claro lo había llevado ella aquella vez que jugó con él al ajedrez, y esta otra ropa tan tenue que casi se le rompía entre los dedos la había llevado cuando los perros saltaron sobre ella. Del arcón surgía el olor de sus ropas, el aroma de Raquel. Cerró de golpe la tapa. Él no era Lancelote.
Encontró aquellas cartas dirigidas a él que nunca habían sido mandadas. «Pones en peligro tu vida por cosas absurdas, porque un caballero así debe hacerlo, y aunque esto no tiene ningún sentido, es al mismo tiempo arrebatador y por eso te amo.»
Encontró los dibujos que había hecho Benjamín. Los contempló atentamente, encontró rasgos que él nunca había descubierto en Raquel cuando estaba viva, pero, a pesar de ello, ese Benjamín sólo había visto una parte de Raquel, la verdadera Raquel sólo la había visto él, Alfonso, y sólo después de que ella hubiera dejado de estar presente en este mundo.
Pero ella seguía estando en el mundo. En él seguía viviendo aquella sabiduría completa que aquel rostro silencioso le había dado a conocer. Las advertencias de Rodrigue sólo le habían dicho que eran la culpa y el arrepentimiento, pero no se lo habían hecho sentir. Tampoco su voz interior se lo habla hecho sentir Sólo aquel rostro silencioso le habían grabado en el corazón lo que eran la responsabilidad, la culpa, el arrepentimiento.
Hizo un esfuerzo. Rezó. Una oración herética. Rezó a la muerta para que lo iluminara en las horas decisivas, para que su silencio le dijera lo que debía hacer y lo que no.
Gutierre de Castro se hallaba en pie ante el rey con las piernas abiertas, la mano sobre la empuñadura de la espada, en posición.
–¿Qué quieres, mi señor? – preguntó con su voz ligeramente chillona; Alfonso miró al hombre a la cara ancha y tosca. Castro le devolvió tranquilamente la mirada; no sentía ningún temor, de eso estaba seguro. Toda la ira había huido del corazón del rey ya no sabía por qué había deseado tan ardientemente y con tanta furia ver colgar a ese hombre. Le dijo:
–Tenias la misión de proteger a la población de mi ciudad de Toledo. ¿Por qué no lo hiciste?
Castro, insolente y frío, repuso:
–Las gentes estaban soliviantadas por tu derrota, Don Alfonso, estaban llenas de agresividad, ansiosas de matar. Querían matar a los culpables, y eran muchos aquellos a quienes consideraban culpables. Pero fueron muy pocos los que murieron, no llegaron a cien. Pude devolverle a la reina el guante con la conciencia tranquila, seguro de su satisfacción y su agradecimiento.
Don Alfonso dijo:
–Fuiste a La Galiana a la cabeza de un montón de chusma y asesinaste a mi Escribano y a la madre de mi hijo.
Habló con dureza y de modo conciso, pero muy sereno. Castro contestó:
–Tu pueblo exigía el castigo del traidor. La Iglesia exigía su castigo. Mi misión consistía en proteger a los inocentes. Y ése era culpable.
El rey esperaba que Castro hiciera referencia a las sutiles y sangrientas indicaciones de la reina, eludiendo así su responsabilidad. Pero Castro no lo hizo. Al contrario, aún añadió:
–Te lo digo francamente: lo habría matado aunque no hubiera sido un traidor. Soy Gutierre de Castro, y desde hace años me juré a mí mismo y a la caballería de toda Hispania castigar al perro circunciso que ha manchado mi castillo.
El rey dijo:
–La disputa entre tú y la corona de Castilla fue solventada y se te pagó la indemnización por tu hermano. El contrato se firmó y se selló, y tu reclamación fue satisfecha.
Castro respondió:
–No quiero discutir contigo, mi señor de Castilla; si crees tener una queja fundamentada contra mí, reclama ante mi señor feudal, el rey de Aragón, para que él, que no es superior a mí, convoque el jurado de mis iguales. Pero déjame decirte una cosa de caballero a caballero. Por tu culpa murió mi hermano, que era un gran héroe en la guerra y en los torneos, ya lo sabes, y tú me pagaste una indemnización con dinero y yo me di por satisfecho porque estábamos en una Guerra Santa. Ahora ha sucedido que he matado a un hombre que me había ofendido y que no era más que tu banquero y un viejo judío. Creo que no sales perdiendo si consideras que estamos en paz.
El rey no se dejó engañar. Le exigió:
–Dime cómo sucedió.
Castro respondió:
–No quise manchar mi espada con aquella sangre repugnante. Le di un golpe de muerte a aquel hombre con la funda de mi espada.
Alfonso, con esfuerzo, tenía que detenerse después de pronunciar cada palabra, preguntó:
–¿Y cómo murió ella?
–No puedo decírtelo -contestó Castro-, mi mirada estaba fija en el judío cuando ellos la mataron.
Habló con indiferencia, sus palabras tenían un tinte de verdad. Y grosero, con sinceridad, casi bonachonamente, continuó:
–Estamos en una Guerra Santa, he reprimido el rencor en mi corazón y he venido hasta aquí para luchar a tu lado. Deja de darle vueltas a este asunto, mi señor de Castilla. Hay mucho trabajo duro por hacer Un caballero no debería gastar más palabras sobre las inmundicias que ya se han barrido. Ocúpate de tu ciudad y de sus muros.
Alfonso se dio cuenta con asombro de que la insolencia de aquel hombre no lo llenaba de ira. Realmente, aquel hombre no había mencionado para nada del disimulado encargo de Doña Leonor, no endosaba la culpa a la dama, respondía por todo lo que había sucedido. «Ciertamente, este Castro es un caballero», pensó Alfonso.
El canónigo Don Rodrigue, antes tan vivaz y siempre tan activo, cumplía los asuntos de su cargo sin ganas, pocas veces se animaba a leer o a escribir permanecía horas sentado, triste y solo.
Musa podía hacerle poca compañía. Había muchos enfermos y heridos en Toledo. El modo de ser tranquilo de Musa infundía confianza, y a pesar de la suspicacia que había contra el musulmán, muchos requerían los servicios de sus famosas artes curativas.
Rodrigue envidiaba al amigo esa constante actividad que le distraía de torturadores pensamientos, él mismo se hundía cada vez más profundamente entre tristes meditaciones acerca de lo pasajero de toda empresa, estaba paralizado en lo más profundo de su ser
Había recibido de Italia un texto que expresaba en palabras su propia desesperación. Su autor era un joven prelado, Lotario de Conti, y el título era De conditione humana, De la condición humana. Sobre todo había un fragmento que le impresionaba: «Cuán fútil eres, oh ser humano. Cuán repugnante resulta tu cuerpo. Mira las plantas y los árboles. Producen flores, hojas, frutos; pero tú, ¡pobre de ti!, tú sólo produces piojos, parásitos, gusanos. Aquéllos segregan aceite, vino, bálsamos; tú segregas orines, vómitos, excrementos. Aquéllos exhalan agradables aromas; tú exhalas pestilencia.» Esas frases no abandonaban a Don Rodrigue, lo perseguían hasta en sueños.
Apenas deseaba el tranquilo éxtasis que antes había sido su último refugio. Aquella fe apasionada y plena ya no le parecía ahora una gracia, sino un amodorramiento barato, una pobre huida de la realidad.
Para él era un alivio que de vez en cuando lo visitara Don Benjamín. Aquel joven, en medio del dolor propio y general, seguía llevando a cabo la obra de la academia con tenaz serenidad. El canónigo se sorprendía de la fuerza de voluntad de Benjamín, y sus visitas espantaban la corrosiva melancolía.
Una vez rogó al estudiante:
–Si no te trastorna demasiado profundamente, permíteme saber qué sucedió y de qué hablasteis cuando estuviste por última vez en La Galiana.
Benjamín guardó silencio. Guardó silencio durante tanto tiempo, que Don Rodrigue ya creía que no iba a contestar Pero entonces encontró ardientes palabras para alabar a Raquel, cuán hermosa había estado en aquel su último día. Y no vaciló en hacerle saber que tan sólo había rechazado la protección de la judería porque el rey le había ordenado que lo esperara en La Galiana. En sus palabras podía oírse la rabia que le producía el ardiente y entregado afecto con el que ella había creído en su caballero y amado.
Al canónigo le conmocionó lo que oyó.
«No sabes lo que es el amor», le había dicho el rey, pero era él quien no lo sabía. Alfonso había amado a Raquel, había sido fogoso, violento, tormentoso, pero había seguido encerrado en sí mismo, no había sentido lo que ella sentía. Y he aquí que aquel desgraciado, aquel perfecto caballero, había dicho una palabra que probablemente había olvidado apenas haberla pronunciado, y aquellas palabras insustanciales habían llevado a Raquel a la muerte. Todo aquello en lo que intervenía su ligera temeridad se convertía en desgracia.
Un par de días más tarde, ligeramente turbado, Benjamín le trajo al canónigo un dibujo. Había visto al rey de cerca y se había dado cuenta de cuánto había cambiado Alfonso. Para poder detenerse en los detalles, había dibujado al rey y ahora, tímido y expectante, traía el dibujo al canónigo.
Éste lo contempló largamente. Vio la cabeza de un hombre que había experimentado muchas cosas y que había sufrido mucho, pero seguía siendo la cabeza de un caballero, la cabeza de un hombre irreflexivo, sí, incluso duro y cruel. Pensó en la imagen del rey tal y como lo había descrito con palabras en su crónica, pensó en la cabeza del rey acuñada en las monedas de oro de Jehuda. Dejó el dibujo a un lado. Se paseó de un lado a otro. Lo tomó de nuevo y lo contempló. Dijo extrañamente conmovido:
–Este, pues, es el rey Alfonso de Castilla.
Benjamín, impresionado por el efecto que había causado su dibujo, dijo:
–No sé si Alfonso es así. Yo lo veo así.
Y tras un rato, añadió:
–Creo que las cosas irían mejor en el mundo si fuera gobernado por sabios en lugar de por guerreros.
El canónigo le rogó que le dejara el dibujo, y mucho tiempo después de que Benjamín se hubiera ido seguía reflexionando mientras contemplaba la hoja.
Su amistad con Benjamín se hizo cada vez más estrecha. Llegó a tener tal confianza en él que le dio a conocer su propia pusilanimidad.
–A pesar de tus pocos años -le dijo-, has podido experimentar hasta la saciedad cómo la estupidez y la ira desordenada pueden borrar una y otra vez todo lo que el sudor y el trabajo de siglos han construido. Y a pesar de ello no dejas de pensar de investigar, de afanarte. ¿Te parece que todavía vale la pena? Y ¿a quién servirán tus esfuerzos?
Sobre el rostro de Benjamín brilló aquella alegre picardía que antes le había hecho parecer tan joven y amable.
–Quieres someterme a prueba, mi reverendo padre -dijo-, pero tú sabes de antemano mi respuesta. Ciertamente, la oscuridad es lo que predomina, y la luz es una excepción, pero justamente en la inmensa cantidad de oscuridad un poco de luz produce doblemente alegría. Soy muy poca cosa, pero no sería nada en absoluto si no pudiera sentir esta alegría. Tengo confianza en que la luz permanecerá y se multiplicará. Y mi obligación es aportar mi granito de arena.
Al canónigo le avergonzó la confianza de Benjamín. Volvió a sacar su crónica, se obligó a seguir reuniendo información, intentó trabajar. Pero al mismo tiempo fue consciente de cuán fútiles eran sus esfuerzos. Había querido demostrar la evidencia de las disposiciones de la Providencia, había expuesto, valiente e ingenuo, lo que no tenía sentido como si en verdad encerrara algún sentido. Pero tan sólo había analizado y expuesto los acontecimientos. No los había explicado.
Envidiaba a Musa. Para él era fácil trabajar en su crónica. Había encontrado un axioma con el que medir todos los acontecimientos, el axioma de la formación y de la desaparición de los pueblos, de su florecimiento y de su decadencia, y su Alá y su Profeta le daban la razón. Y en su Corán podía leerse: «Cada pueblo tiene marcado su tiempo, y cuando llega su tiempo nadie puede retrasar su hora ni adelantarla.»
Pero él, Rodrigue, no había conseguido encontrar sentido y orden en los acontecimientos. Le parecía como si la verdadera fe prohibiera siquiera buscarlos. ¿Acaso no había escrito Pablo a los corintios: «La locura de Dios es más sabia que los hombres»?, ¿Quod stultum est Dei, sapentius est hominibus? Y ¿acaso no había enseñado Tertuliano que el mayor acontecimiento en la historia, la muerte del Hijo de Dios, era digna de crédito porque era disparatada? Pero si los caminos de Dios no eran los de los hombres, si considerados a los ojos humanos y a la luz del entendimiento parecían necios, ¿acaso no era ya pecaminoso el simple intento de querer expresar los caminos de la Providencia con palabras humanas?
Desde hacía cien años la cristiandad luchaba por conquistar Tierra Santa, mil veces mil caballeros habían caído en esas cruzadas y no se había conseguido prácticamente nada. Lo que se había alcanzado con tantas muertes sangrientas habrían podido conseguirlo tres legados con sentido común por medio de negociaciones expertas en un par de semanas. Ante tales acontecimientos, evidentemente fracasaba toda sabiduría humana y aquella frase de Pablo, «la locura de Dios triunfaba sobre la sabiduría de los sabios» alcanzaba todo su burlón significado.
Inclinado sobre su crónica, en voz baja, con enojo, dijo Rodrigue para sí:
–Todo es inútil. No hay ningún sentido en lo que sucede. No existe la Providencia.
Sus propias palabras lo horrorizaron.
-¡Abs it! ¡Abs it! ¡Fuera, lejos de mí! – se ordenó.
Pero si sus dudas acerca de la existencia de la Providencia eran una herejía, no lo era el reconocimiento de lo inútil de sus propios esfuerzos. Había permanecido en pie ante su pupitre garrapateado y emborronando durante todo el día, y también durante muchas noches, y había querido mostrar la mano de Dios en acontecimientos cuyo sentido seguía siendo inescrutable. Había osado revivir a los grandes muertos de la Península: a San Ildefonso y a San Julián; a los reyes godos y a los califas musulmanes; a los condes asturianos y castellanos y al emperador Alfonso y al Cid Campeador. Se había engreído creyéndose un segundo profeta Ezequiel. Elegido para conjurar a esos muertos de modo que resucitaran:
–Quiero daros venas, hacer crecer la carne sobre vosotros y cubriros con piel e insuflaros aliento para que volváis a vivir
Pero los restos mortales que él había conjurado no se habían recompuesto de nuevo. No estaban vivos los hombres de su crónica. Sólo ejecutaban una danza matraqueante de esqueletos enjalbegados.
–«Maldito quien lleve al ciego fuera de su camino», advertían las Escrituras. Precisamente eso era lo que él había hecho. Su crónica conducía a los ciegos a una oscuridad todavía más profunda.
Se levantó jadeando. Reunió un haz de leña, la amontonó en la chimenea y la encendió. Reunió las hojas sueltas de su crónica y sus anotaciones. Las arrojó al fuego en silencio, con los labios apretados. Contempló cómo se quemaban hoja por hoja. Atizó los pergaminos y papeles carbonizados hasta que se convirtieron en cenizas que nadie pudiera volver a leer
Bertrán de Born, puesto que sus heridas le impedirían volver a participar jamás en una guerra, anhelaba abandonar Toledo y marcharse a su tierra natal. Quería pasar sus últimos años como monje en el convento de Dalon.
Pero su mano, terriblemente destrozada, se le inflamó, el brazo se le hinchó. Era impensable que se abriera paso en ese estado entre los musulmanes, que dominaban los caminos en una amplia zona hacia el norte.
La herida le ardía rabiosamente. El rey rogó que consultara con Musa. Éste concluyó que no quedaba más remedio que amputar el brazo. Bertrán se resistía. Bromeaba:
–En la lucha, vosotros los musulmanes no habéis podido arrebatarme la mano, y ahora queréis hacerlo por medio de trucos y sabias palabras.
–Conserva tu brazo, señor Bertrán -contestó tranquilamente Musa-, pero en ese caso dentro de una semana no quedará de ti más que tus versos.
Riéndose, maldiciendo, Bertrán se resignó.
Yacía sobre un camastro firmemente atado. Al alcance de la vista, sobre una pequeña mesa, yacía el guante de la misión que Alfonso le había encomendado, y junto a la mesa estaba en pie el viejo escudero y trovador Papiol.
Musa y el maestro Reinero, después de administrar a Bertrán un fuerte bebedizo para paliar el dolor, pusieron manos a la obra con hierros y fuego. Pero Bertrán, mientras ellos se ocupaban de él, dictaba a Papiol un poema dedicado a Alfonso, El sirventés del Guante.
El viejo Musa había visto muchas cosas a lo largo de su vida pero no recordaba haber asistido a un espectáculo tan horriblemente magnífico. En aquella estancia, que apestaba a carne quemada, yacía el viejo caballero fuertemente atado sobre el camastro, y cayendo desvanecido, volviendo de nuevo en sí, jadeando de dolor, reprimiendo los gritos, perdiendo el conocimiento, recuperándolo de nuevo, dictaba sus versos divertidos y feroces. Algunos le salían mal, otros eran acertados.
–¡Repítelos, Papiol! ¡Estúpido! – ordenaba Bertrán-. ¿Los has comprendido? ¿Vas a aprendértelos? ¿Tienes el tono? – preguntaba.
El viejo Papiol se dio cuenta de con cuánta ansiedad su señor esperaba percibir el efecto de sus versos, y se esforzó en mostrar un alegre y ruidoso reconocimiento. Repitió con aprobación los versos, se rió a carcajadas, y no pudo detenerlas hasta que, sin transición, sus risas se convirtieron en llanto y sollozos.
Al día siguiente, Alfonso visitó a Bertrán. Preguntó por su estado. Bertrán quiso hacer un gesto despreocupado con la mano, pero ya no tenía mano.
–¡Ya lo ves! – dijo él, y le informó-. El médico cree que dentro de dos semanas me habré recuperado lo suficiente como para poder montar a caballo. Así que entonces te dejaré solo, mi señor, y me marcharé a mi convento de Dalon. Mi buen Papiol ya no puede resistir las fatigas de la guerra e insiste en que nos retiremos al servicio de Dios.
Alfonso dedicó grandes alabanzas y cumplidos a El sirventés del Guante y prometió un elevado donativo para el convento de Dalon.
–Debes hacerme un favor -le rogó-, cántame tú mismo el sírventés.
Y Bertrán cantó:
Te devuelvo el guante
Tras cumplir con honor mi deber:
Bien es verdad que esta vez
No me acompañó la suerte.
Pero esto no me aflige.
Y no me siento avergonzado
De haber perdido la mano
En tu batalla luchando.
Eres un gran rey, por eso no me duele
Tampoco a ti ha de dolerte
Que en esta ocasión,
Don Alfonso,
La superioridad del enemigo
Te haya robado la gloria.
Habrá más suerte otro día.
Yo la mano he perdido,
A ti han conseguido quitarte
Un pedazo de tu reino
Que tú reconquistarás.
¡Qué me importa a mí la mano!
Ya que me fue arrebatada
En una buena batalla.
No me quejaré de su pérdida.
Ella, que llevaba el guante
Con valor y por derecho,
Mató docenas de enemigos.
Ahora en mi convento ingresaré
Y el resto de mis días pasaré
Sólo al servicio de Dios.
Cierto, me falta una mano,
Pero quiero seguir cantando
Para los ejércitos cristianos
Todavía algunos cantos.
Y por el reino y por mar
Los caballeros habrán de escuchar:
¡Viva la Caballería! ¡Viva la Cristiandad!
¡ Golpead! ¡Atacad!
¡A lor! ¡A lor!
Alfonso escuchó con atención; percibía la fuerza de los versos, los sentía en su sangre, pero no conseguían acallar la voz del sentido común que le hablaba de lo pasajero, que le hacía considerar a aquel viejo caballero un poco ridículo.
Las tropas musulmanas pululaban en derredor de Toledo. Bloqueaban todos los caminos de acceso. Pero el prudente califa se tomaba su tiempo antes de cercar definitivamente la ciudad con todo su poder En vez de esto avanzó adentrándose hacia el norte y sometió una gran parte de Castilla. Conquistó Talavera, conquistó Maqueda, Escalona, Santa Cruz, Trujillo, conquistó Madrid. Los castellanos se mantenían valerosos. Se resistían poderosamente, sobre todo los príncipes de la Iglesia. Cayeron los obispos de Avila, Segovia, Sigüenza. Pero la tremenda superioridad numérica de los musulmanes reducía cualquier resistencia, la firmeza de la resistencia sólo exacerbaba su rabia. Devastaron las tierras, pisotearon los campos, cortaron las vides, dispersaron los ganados.
También sometieron una gran parte del reino de León. Avanzaron hasta el río Duero. Destruyeron la antigua y gloriosa capital, Salamanca. Ocuparon también en Portugal grandes territorios. Tomaron el santo y famoso convento de Alcobaça. Lo saquearon y mataron a la mayoría de los monjes. En todas partes, en la Hispania cristiana, reinaba el hambre, las epidemias, la miseria. Desde el principio de la reconquista, el país no se había encontrado en una situación tan apurada como ahora después de la insensata batalla de Alarcos.
Los reyes cristianos atribuyeron a Alfonso toda la culpa. León y Navarra negociaron con los musulmanes. El rey de Navarra llegó al extremo de ofrecer al califa una alianza contra los otros príncipes cristianos. Su príncipe heredero se casaría con una hija de Yaqub al-Mansur; quería reconocer al califa como señor feudal y convertir todos los territorios que los musulmanes habían arrebatado a otros reinos cristianos en vasallos del califa. Y una vez se hubo asegurado el norte, el califa se dispuso a poner cerco a Toledo. Desde las almenas del castillo real, Alfonso vio acercarse los arietes y las torres de asedio, despacio, cada vez con mayor violencia.
Castro solicitó dispensa para defender sus propias tierras, el condado de Albarracín.
Alfonso no tenía nada que decir ni qué oponer.
–¿Y qué pasa con mi recompensa? – preguntó Castro.
–¿Recompensa? ¿Por qué? contestó Alfonso.
Doña Leonor se había quedado durante todo este tiempo en Toledo, creía que la rabia de Alfonso se había agotado en aquella terrible explosión y que ahora, con todos sus sentidos ocupados por los asuntos de la guerra, el recuerdo de la judía se desvanecería con rapidez. Y aunque evitaba cualquier conversación personal con él y se limitaba a la fría courtoisie, Leonor estaba segura de que volvería a conquistarlo si esperaba el tiempo suficiente. Esperaba. Pero ahora que el enemigo rodeaba Toledo no podía seguir haciéndolo por más tiempo. Su presencia aquí era un estorbo y en Burgos era necesaria.
En secreto, esperaba que Alfonso le rogara que se quedara. Se presentó ante él. Reunió toda su fuerte voluntad para mostrarse joven, aparecer hermosa. Sabía que el resto de su vida dependía de este encuentro.
Alfonso, tal y como la courtoisie lo exigía, la condujo hasta su asiento, se sentó frente a ella, la miró cortés y atento al rostro claro y hermoso. Ella lo examinó con sus serenos ojos verdes. No quedaba nada en él de aquella impetuosidad juvenil que la había cautivado; lo que ahora tenía ante ella era el rostro de un hombre duro, de rasgos afilados, profundamente ceñudo, el rostro de un hombre que había padecido grandes sufrimientos y que tenía muy pocos reparos en causarlos a su vez. Pero también a este Alfonso lo deseaba con toda su alma.
Aquí en Toledo, empezó ella, ya no podía serle de ninguna utilidad. Lo mejor sería que, mientras todavía fuera posible, regresara a Burgos para ocuparse allí de las hijas y esperar el desarrollo ulterior de la guerra. Desde allí también podría negociar con los veleidosos reyes de León y Navarra.
Alfonso había aprendido mucho. Podía ver lo que pasaba por su mente, contemplaba su paisaje interior como si fuera un campo sobre el cual tuviera que librar una batalla. Podría decirle, con las mismas palabras que ella emplearía, cuáles eran sus pensamientos y sus planes. Con toda certeza, estaba absolutamente convencida de que había quitado del medio a la otra con buena intención, para servirlo a él y al reino, y él debía reconocerlo y agradecérselo. Ella era joven, ella era hermosa. Él volvería a aceptarla en su lecho, y Dios se mostraría misericordioso, y ella volvería a darle un heredero. Alfonso estaba seguro de que éstos eran los pensamientos de ella, y sabia que Leonor esperaba que él le rogara que se quedara. Pero había calculado mal. ¡Aunque fuera tan seguro como el Evangelio que ella fuera a darle un hijo varón! Él no volvería a tocar jamás a la asesina de Raquel.
Ella se sentaba muy erguida, pero relajada y tranquila. Esperaba.
–Me alegro de tu decisión, Doña Leonor -dijo él, y sonrió cortésmente con sus delgados labios-. Me prestarás a mí y a toda la cristiandad un gran servicio yéndote a Burgos y utilizando tu probada inteligencia para negociar con esos reyes cobardes y renegados. También me alegrará saber a nuestras hijas bajo tu protección. Pondré gustosamente a tu disposición un fuerte séquito.
Leonor escuchó, reflexionó. Su pasión por la judía parecía haber desaparecido. Si a pesar de todo le hablaba con tanta frialdad y no sin cierta burla, era sólo porque consideraba su deber caballeresco tomar partido por la muerta. Leonor se sintió suficientemente fuerte como para luchar por él contra la muerta. Dijo:
–He oído decir que no has hecho ningún intento para retener a Castro.
Los ojos de Alfonso se volvieron peligrosamente claros. Era verdaderamente desvergonzada esta mujer, iniciando de nuevo aquella desagradable conversación. Pero se dominó.
–Has oído bien -contestó-. Ni se me ocurrió intentar convencer a un hombre que huye cuando me encuentro en una situación apurada.
Leonor contestó también con voz sosegada:
–Creo, Don Alfonso, que juzgas con demasiada dureza al caballero. Su ducado está realmente amenazado por el emir de Valencia. Yo le había ofrecido perspectivas de una recompensa, y tú lo has hecho esperar demasiado tiempo. Es justo que haya pensado que se le escamoteaba su premio.
Alfonso empalideció tremendamente, los pómulos sobresalían todavía con mayor dureza en su demacrado rostro. Pero consiguió conservar la máscara cortés.
–Con la ayuda de Dios -dijo- conservaré Toledo también sin la ayuda de Castro.
–No se trata de eso -repuso Leonor-, ya lo sabes. Debemos evitar que haga como nuestros primos de León y Navarra e intrigue con los musulmanes. O que se ponga de su parte como hizo el Cid Campeador cuando tu antepasado Alfonso lo recompensó mezquinamente. No es la primera vez que lo humillamos, y él es sensible. No me parece que pueda resultarnos provechoso arrojarlo en brazos de los musulmanes. ¿No quieres donarle el castillo, Don Alfonso?
De nuevo, y ahora con un maligno sentimiento de triunfo, volvió a darse cuenta Alfonso de lo que ella pretendía. Raquel estaba muerta, ella, Leonor vivía y estaba en pie ante él, fría, principesca y tentadora, y quería que él renegara de los muertos de modo que todo volviera a ser como antes. Pero aquella hija de la dama Ellinor se equivocaba. Raquel vivía.
–No creerás en serio, Doña Leonor -dijo-, que además voy a premiar al traidor que me deja en la estacada. Compro los servicios de routiers pero no los de caballeros. Además, no me parece aconsejable disgustar a mis judíos de Toledo en estos tiempos de penuria, y esto es lo que haría si honrara de ese modo al asesino de su mejor hombre. Con toda seguridad, mi inteligente Leonor tan lista en asuntos de Estado, lo comprenderás.
En su clara voz había sólo un leve matiz de ironía. Pero ese ligero tono de burla hizo que Leonor perdiera toda su prudencia
–¡Le he prometido a este hombre el castillo! – dijo con voz estridente-. ¿Dejarás que crea que le he mentido? ¿Quieres poner en evidencia a tu reina para adular a tus judíos?
Alfonso, en su interior se sintió lleno de júbilo: «¿Oyes, Raquel, cómo se enfurece? Pero no pondré mi sello en lo que ella haga. No voy a ratificar su asesinato. No le daré a tu asesino la casa.» Dijo:
–En tu lugar preferiría no hablar de esa promesa, Leonor
Sólo ahora reconoció Leonor que no había conseguido nada eliminando a Raquel. Así como su madre, matando a aquella mujer a la amante de Enrique, sólo había conseguido destruir su propia vida, también ahora ella había sido vencida para siempre por la judía muerta. El miedo la apresó férreamente: debería pasar toda su vida estéril y sola. Ante ella se extendía aquella gris desolación de la que había hablado su madre, la acedía que desgarraba el corazón. Un tiempo largo y vacío.
Se negaba a aceptar aquella cruel certeza. Miró al hombre, ella lo amaba, no tenía nada más que aquel hombre. Debía conservarlo. Dijo suplicante, con desesperada humildad:
–Me humillo como nunca se ha humillado una mujer de mi estirpe: deja que me quede en Toledo, Alfonso. No hablemos más de Castro, pero deja que me quede contigo, deja que estemos juntos en este tiempo de penuria.
Alfonso repuso, y cada palabra brotó con claridad y frialdad de sus labios:
–No tiene ningún sentido, Leonor. Te diré la verdad: Tú hiciste que mi corazón se secara cuando la mataste.
Un viejo y triste verso en latín resonó en la mente de Leonor una poetisa de Grecia lo había compuesto: «La luna se ha puesto, también las pléyades, ha llegado la medianoche, las horas pasan, pero yo duermo sola.»
Se controló, permaneció en pie muy erguida, y dijo:
–Me dejas de piedra al decirme esto. Y, sin embargo, he hecho bien, y lo he hecho por ti, y volvería a hacerlo. Al día siguiente partió hacia Burgos.
CAPÍTULO SÉPTIMO
Cuando Musa se enteró de que el canónigo había quemado la crónica hizo al amigo dulces reproches. Le hizo ver que la historia del mundo recopilada por los cronistas es la memoria de la humanidad. Los ilustres antiguos habían honrado a una diosa del arte de escribir historia, y judíos, cristianos y musulmanes creían, y con razón, que Dios se complacía en la obra de los cronistas.
–Mi obra no era grata a Dios -contestó huraño el canónigo-; se me ha negado el don de ver la mano de Dios en los acontecimientos. No he comprendido los acontecimientos; todo lo que anotaba era falso. No debía continuar con mi obra, no debía permitir que siguiera existiendo. Ciego yo mismo, no debía conducir a otros ciegos fuera del camino. Tú lo tienes fácil, amigo Musa -continuó triste y amargado-, tú tienes tus propias directrices, todavía no te has dado cuenta de que son falsas, y puedes seguir escribiendo tranquilamente.
Musa intentó consolarlo:
–También tú, mi muy respetado y apreciado amigo, encontrarás nuevos principios que te parecerán correctos durante algunos años.
El viejo sabio se pasaba ahora todo el día fuera. El hambre y las epidemias reinaban en la sitiada ciudad, había cada vez más enfermos que requerían sus artes y sus curas.
Por supuesto, era consciente de las limitaciones de su ciencia. La medicina musulmana, le explicó al canónigo, no había avanzado desde hacia mucho tiempo. Desde que el intolerante Alghazali había declarado herejía todo saber que no procediera del Corán, también la ciencia médica de los musulmanes estaba en decadencia, y ahora eran los judíos quienes habían tomado definitivamente la delantera en la medicina.
–El sultán tiene razón -explicó- al otorgar el cargo de médico de cabecera suyo al judío Mose Ben Maimón. Nosotros, los musulmanes, no tenemos a nadie que pueda comparársele. Nuestra cultura ya ha dejado atrás su época de florecimiento. Por lo demás -concluyó-, la Naturaleza ha puesto limites a todas las artes médicas, y no es mucho tampoco lo que el mejor maestro puede hacer. Es tal y como Hipócrates enseñó: «La medicina consuela con frecuencia, alivia de vez en cuando y cura raras veces».
En cualquier caso, al arzobispo Don Martín no podía ayudarle ningún médico: sus heridas eran mortales. Todos lo sabían, él mismo lo sabia. Pero en medio de su gran agonía se agarraba tenazmente a la vida. Intentaba continuar trabajando. Exigió que Don Rodrigue lo visitara diariamente para informarle acerca de todos los asuntos.
Pero había otro motivo más profundo por el que el arzobispo deseaba tan ardientemente la compañía de Don Rodrigue: durante el tiempo que todavía le había sido concedido para expiar sus pecados, quería mortificarse, mucho y con frecuencia, por medio del enojo que le causaba su pacífico secretario. Allí yacía, oliendo un limón, gimiendo y provocando al otro. Expresaba su satisfacción acerca del terrible y merecido fin del judío Ibn Esra y de su hija. Tal y como lo esperaba, el canónigo le reprochó aquella alegría tan poco cristiana, y él, en correspondencia, echaba en cara a Rodrigue que esta exagerada misericordia era poco propia durante la Guerra Santa.
En otra ocasión pronunció de nuevo para sí aquella terrible frase del canto de guerra de Moisés: Dominus vir pugnator, el Señor es un fuerte guerrero, y le rogó con amable malicia:
–Dime el texto hebreo, mi querido e instruido hermano.
Y como el otro no supiera de memoria este texto, le reprochó con suavidad:
–Naturalmente, tú, mi querido amigo, manso de corazón, no recuerdas este tipo de versículos, pero ¿no es maravilloso el verso en latín? Dominus vir pugnator -repitió para sí varias veces, con deleite, esperando la réplica del canónigo.
Pero éste no tenía corazón para replicar al belicoso amigo tan cercano a la muerte con versículos de las Escrituras que hablaran de la paz. Guardó silencio.
La mayor preocupación de Don Martín era a quién nombraría el rey sucesor suyo. El arzobispo de Toledo, el primado de Hispania, era, después del rey, el hombre más poderoso de Castilla. Sus ingresos eran superiores a los del rey su influencia, incalculable. Constantemente, por lo tanto, Don Martín acosaba al rey para que eligiera al hombre correcto.
–Escucha las palabras de un moribundo -le conminaba-, nuestro querido Don Rodrigue es sabio y piadoso, casi un santo, y no podrías encontrar mejor consejero en tus asuntos con Dios. Pero para los asuntos de este mundo, para los asuntos de la guerra, no es el hombre adecuado, y como arzobispo de Toledo no te daría ningún dinero o en todo caso demasiado poco para tu ejército. Así pues, mi querido hijo y rey, te suplico que no sientes en el trono de San lldefonso a ningún hombre sin energía, sino a un auténtico caballero cristiano, tal y como yo mismo lo fui con toda modestia y con todos mis defectos.
Ya ese mismo día lamentó Don Martín haber intrigado en contra del canónigo. Lo mandó llamar, se confesó, se quejó:
–¡Oh!, ¿por qué Dios me hizo sacerdote y no comandante del ejército?
Don Rodrigue tuvo que hacer grandes esfuerzos para consolarlo.
Una inaudita e inesperada alegría le fue concedida todavía al moribundo. Después de tener que dar diferentes rodeos, y a causa de los musulmanes que se extendían por todas partes, con muchas semanas de retraso, llegó un mensajero con una carta del Papa.
El Santo Padre impartía al rey la enérgica orden de despedir de una vez a su Escribano judío, aquel funesto Ibn Esra. ¿Cómo podía Don Alfonso llevar a buen fin una Guerra Santa teniendo como principal consejero a un hereje?
–Ya ves, mi querido y venerable hermano -se regocijó Don Martín ante el canónigo-, nuestros piadosos y valientes castellanos actuaron con el espíritu de los lugartenientes de Cristo cuando castigaron al judío. ¿Fue entonces mi corazón realmente malvado al deleitarse en ello?
La alegre excitación destruyó las últimas fuerzas del arzobispo. Empezó su agonía. Fue larga y dura. En su espíritu, Don Martín se hallaba en plena batalla, intentaba gritar: ¡A lor! ¡A lor! Lanzaba estertores, luchaba y sufría.
Musa fue de la opinión que lo más humano sería darle al moribundo un fuerte bebedizo para adormecerlo.
–No es humano abreviar la vida -le replicó el canónigo. Y el arzobispo tuvo que sufrir durante dos horas antes de que finalmente muriera.
En los alrededores de Trípoli habían estallado nuevas revueltas, y, para poner orden en sus fronteras orientales africanas, el califa tenía que utilizar tropas de Hispania. Renunció a sus conquistas en el norte de la Península. En medio de la victoria se retiró. Don Alfonso respiró aliviado.
De la noche a la mañana volvió a ser el caballero y el rey que había sido antes. Ante el canónigo dio rienda suelta a su júbilo. Ahora borraría la vergüenza de Alarcos, reuniría las tropas que le quedaban. Rechazaría al enemigo. Avanzaría hacia el sur sin detenerse, tomaría Córdoba, y, a pesar de todos los pesares, Sevilla.
El canónigo se horrorizó. Aquello que tenía que oír le parecía una locura criminal. Desde que había visto derrumbarse al rey al recibir la noticia del asesinato de Raquel, Rodrigue, en medio de su desesperación, había alimentado la leve esperanza de que Alfonso, tras haber recibido tan duros golpes, arrancaría de su pecho el disparatado espíritu de la caballería. Sí, para el canónigo se había convertido en una cuestión personal la salvación del rey en este sentido: Si Alfonso cambiaba como consecuencia del castigo que había recibido, entonces, en definitiva, habría habido un sentido en todos aquellos horrores y desgracias. Y ahora que por primera vez era sometido a prueba, Alfonso había fallado.
Rodrigue no estaba dispuesto a aceptar aquello sin luchar.
–¿Acaso -replicó al rey-, el sur musulmán no estaba en su totalidad intacto y floreciente? ¿Acaso el ejército del califa no seguiría siendo muy superior en número al de los cristianos? Si Castilla cuando todavía estaba pletórica de fuerzas, había sido derrotada tan gravemente, ¿cómo podría atacar con éxito ahora que estaba cruelmente debilitada?
–No lleves a cabo una segunda batalla de Alarcos -dijo- y agradece a Dios humildemente tu salvación. Al parecer el califa está dispuesto a negociar. Firma la paz bajo cualquier condición aceptable.
Desde lo más profundo de su ser Alfonso había sabido desde el principio que ése era el camino correcto. Tan pronto como Rodrigue pronunció la palabra Alarcos, se encabritó el viejo orgullo del rey ¿Debía plegar las alas ahora que soplaban los buenos vientos que Dios inesperadamente le había enviado? ¿Debía hacer callar a su voz interior que le gritaba ¡ataca!, ¡ataca!? Con ligereza, con la vieja arrogancia, con amable superioridad, contestó:
–Ahora, mi padre y amigo, habla en ti el sacerdote y el santo, del cual me advirtió el consejo de Don Martín. Me adviertes recordándome a Alarcos, pero ahora las cosas están de muy diferente manera. El califa está efectuando su retirada, y es una vieja y eficaz regla de estrategia perseguir al enemigo cuando éste retrocede. Ciertamente, los musulmanes siguen teniendo la supremacía y requiere valor atacarlos. Pero ¿quieres impedirme que demuestre mi valor?
Vultu vivax. Rodrigue vio con dolor e indignación a través del rostro de Alfonso la cara del irrefrenable Bertrán.
–¿Estás ciego? – le gritó a Alfonso-, ¿no han sido las señales de Dios bastante claras?, ¿quieres poner a prueba su paciencia por segunda vez?
Alfonso, con la misma sonriente seguridad, dijo:
–Debes concederle al rey de Castilla que interprete los signos de distinta manera que tú. Fui temerario cuando ataqué en Alarcos, lo reconozco, he merecido un castigo, y Dios me ha castigado. Ha arrojado sobre mí una amarga derrota, me ha mandado a los jinetes del Apocalipsis, y fue un castigo justo, lo acepto. Pero después me quitó a mi Raquel, ¿y tú pretendes que también su muerte pertenezca a la penitencia por Alarcos y por mi osadía? No, Dios me ha castigado de un modo tan extraordinariamente cruel precisamente porque estoy más cerca de su corazón que otros. Dios ha querido demostrar su poder en mi, ahora lo ha demostrado, y su intervención ha obligado al califa a retirarse, y por eso venceré.
Una gran ira dominó a Rodrigue. Este empecinado caballero quería cerrar los ojos para persistir en su ceguera. Pero él, Rodrigue, se los haría abrir. Debía ser duro ahora; sería misericordioso siendo duro. Pensando en el efecto que el informe de Benjamín había hecho sobre sí mismo, dijo lleno de severo triunfo:
–La muerte de tu Raquel forma parte de tu castigo. Esto que tan orgullosamente discutes es la pura verdad. Raquel tuvo que morir por culpa de tu ligereza caballeresca.
Y le contó lo que sabía por Benjamín, que Raquel y su padre solo habían rechazado la protección de la judería porque Alfonso le había dicho que lo esperara en La Galiana.
El recuerdo cayó sobre Alfonso como una terrible marea, y comprendió. El airado sacerdote tenía razón: había sido culpa suya. ¿Por qué no se marcharon a la judería?, había preguntado Leonor y se había preguntado él mismo. Ya no se acordaba de que él había dado a Raquel aquella orden. Lo había olvidado por completo, y ahora el recuerdo aparecía ante él con agudeza y claridad. Dos veces le había dado la orden expresa, con ligereza, sin pensarlo. Había hablado mucho y con petulancia aquella última noche, pero ella había tomado en serio todo su parloteo y su charlatanería, y también su irreflexiva orden la había grabado en su interior Y por eso había muerto. Y, sin embargo, él ni siquiera se había despedido de ella. Se había marchado a caballo, lleno de su frívolo heroísmo, la había olvidado y había corrido a su absurda batalla. Y por esa causa murieron sus caballeros de Calatrava, y el hermano de ella, Alazar también había muerto; y se había perdido la mitad de su reino, y ella y su padre habían muerto.
Y ahora se disponía a luchar en una nueva y absurda batalla.
Se quedó mirando fija y neciamente al vacío. Pero veía algo. Vio aquel rostro que se le había aparecido junto a la descuidada sepultura de La Galiana, el silencioso y elocuente rostro de Raquel.
Su ensimismamiento se vio roto por la voz de Rodrigue.
–No te sigas envaneciendo por más tiempo, Don Alfonso -le dijo-, no te imagines que eres más caro al corazón de Dios que los demás. No ha sido por amor a ti que Dios ha permitido la retirada del califa. Tú eres sólo un instrumento del que él se sirve. No te consideres el ombligo del mundo, Don Alfonso. Tú no eres Castilla. Tú eres uno de los miles y miles de habitantes de Castilla. Aprende la humildad.
Alfonso miraba ante sí, ausente, pero escuchaba.
Dijo:
–Quiero reflexionar a fondo sobre tus palabras, amigo Rodrigue. Actuaré según tus palabras.
Hizo saber al califa que estaba dispuesto a iniciar las negociaciones de paz. Como el califa era el vencedor, estableció muchas condiciones antes de iniciar las negociaciones. Exigió entre otras cosas que Alfonso mandara delegados a Sevilla. Todo el mundo debía saber que Alfonso, que era quien había roto la tregua con Sevilla y quien había provocado la guerra, acudía ahora, vencido, a los que habían sido asaltados, para solicitar la paz. Alfonso se resistió larga y tenazmente. El califa insistió. Alfonso cedió.
¿Pero quién debería ir a Sevilla en calidad de parlamentario? ¿Quién poseía la prudencia, la rapidez, la flexibilidad y la astucia necesarias? ¿Quién tenía el porte y la dignidad interior para aquel cargo difícil y humillante? Manrique era demasiado viejo y no se podía mandar al sacerdote Rodrigue a los herejes. Rodrigue propuso confiar la misión a Don Efraim Bar Abba, el jefe de la aljama.
Alfonso ya había pensado en ello. Efraim había demostrado ser un hombre inteligente en difíciles asuntos; y el judío, con toda seguridad, podía asumir mejor que un grande o un caballero las humillaciones a las que un enviado de Castilla tendría que enfrentarse en Sevilla. Pero Alfonso pensaba con desazón en Efraim. Durante todo el tiempo había evitado encontrarse con él, aunque muchos y diversos asuntos requerían ser aclarados. De los tres mil hombres que la aljama había puesto a su disposición, la mayoría había muerto. ¿Le guardarían rencor los judíos por ello?, y ¿no le guardarían rencor también por la muerte de su Ibn Esra?
Ahora que Rodrigue había propuesto a Efraim, el rey le habló de estos sentimientos. Poco a poco, a medida que hablaba, se iba llenando de ira y permitió que sus más secretos recelos salieran a la luz.
–¡Todos estos judíos están aliados! – rugió-. Seguro que Jehuda conspiró con Efraim. Con toda seguridad ellos saben dónde está mi hijo. Y si no me lo devuelven por las buenas, los obligaré a ello. Al fin y al cabo, soy el rey, y los judíos son de mi propiedad. Puedo hacer con ellos lo que quiera, esto me lo explicó el mismo Jehuda. No consentiré que se venguen en mi hijo.
Rodrigue, consternado por este arrebato, no siguió insistiendo en el nombramiento de Don Efraim.
Sin embargo, Alfonso sentía un creciente deseo de ver a Efraim y de hablar con él. Pero no sabía si iba a exigirle que le entregara a su hijo o a pedirle que fuera su enviado.
Lo hizo llamar a su presencia.
–Ya sabes, Don Efraim -empezó-, que el califa quiere negociar la paz.
Y puesto que Efraim sólo se inclinó en silencio, añadió de inmediato:
–Probablemente, sabes tú más que yo acerca de este asunto y ya conoces las condiciones.
Don Efraim estaba en pie ante él, delgado, viejo, frágil. Resultaba inquietante que Alfonso, desde la derrota de Alarcos y el asesinato de Jehuda, no lo hubiera hecho llamar; y era muy posible que los sentimientos de culpa del rey se descargaran en nuevos actos de violencia sobre los judíos. Efraim debía tener mucho cuidado.
–Hemos celebrado servicios religiosos de acción de gracias -dijo- en cuanto el enemigo se ha retirado de Toledo, y hemos rogado a Dios que haga caer sobre ti nuevas bendiciones.
Don Alfonso prosiguió, burlándose de él:
–¿No consideras injusto que el cielo me muestre de nuevo tantas gracias? Con toda seguridad, me consideráis culpable de la muerte de vuestros hombres y del asesinato de vuestro Ibn Esra.
–Hemos sufrido y rezado -contestó Don Efraim.
Alfonso preguntó directamente:
–Así pues, ¿qué sabes de las condiciones de paz?
Efraim contestó:
–Con exactitud, sabemos menos que tú. Suponemos que el califa querrá conservar toda la zona al sur del Guadiana. Probablemente reclamará para su tesoro un elevado pago anual, y para el emir de Sevilla una importante indemnización de guerra. También exigirá, con toda seguridad, que la nueva tregua se establezca para un largo periodo de tiempo.
Alfonso, muy sombrío, dijo:
–¿No debería antes de aceptar algo parecido continuar con la guerra? ¿O consideráis que estas condiciones son justas? – preguntó malicioso.
Efraim dudó en su respuesta. Si ahora hablaba en favor de la tregua y de la paz, podía suceder que el rey dejara caer toda su ira sin sentido sobre la aljama y sobre él mismo. Se sentía tentado a eludir la pregunta, a responder con algo respetuoso que no quisiera decir nada. Pero Alfonso lo tomaría como una señal de asentimiento, y sólo esperaba al más ligero aliento para continuar con su absurda guerra. Y Dios no haría un segundo milagro, Toledo se perdería, y con Toledo la aljama.
El fallecido Jehuda, en parecidas situaciones desesperadas y en asuntos igualmente embarazosos, se había atrevido con frecuencia y repetidamente a aconsejar a este rey cristiano en favor de la paz y del sentido común. Durante un siglo, los consejeros judíos habían advertido a sus reyes castellanos para que actuaran con sensatez.
–Si quieres oír la opinión sincera de un hombre viejo, mi señor -dijo finalmente con voz quebrada-, entonces te aconsejaría firmar la paz. Has perdido esta guerra. Si sigues adelante con ella, antes alcanzarán los musulmanes los Pirineos que tú el mar del sur. Sean cuales fueran las condiciones que ponga el califa, y siempre y cuando se contente con una frontera al sur de Toledo, firma la paz.
Alfonso iba de un lado para otro, en sus ojos podía verse aquel peligroso y claro brillo, su frente estaba profundamente fruncida. Lo que el judío decía era una insolencia. Lo haría detener y encerrarlo en el más profundo calabozo hasta que lamentara su insolencia y le entregara a su Sancho. Y reuniría todos los hombres y caballos que todavía poseía, atacaría por sorpresa a los musulmanes y rompería sus líneas. Sabía que todos aquellos planes no tenían ningún sentido, debía negociar la paz, y además por medio de Efraim. ¡Pero no! ¡No! ¡No ahora! Demostraría a Rodrigue y a este judío que Alfonso todavía estaba vivo. Pero se trataba de un Alfonso derrotado, y el judío tenía razón, y el rey no era ningún estúpido ni ningún criminal, y tendría que mandar a alguien a Sevilla y solicitar la paz. Andaba de un lado para otro, con paso firme, durante un breve minuto, un minuto interminable, y cambió tres veces su decisión.
Don Efraim permanecía en pie en silencio, en posición respetuosa, su rostro no manifestaba ningún temor, pero en su interior se sentía temerosamente tenso. Su mirada seguían al rey, vio en los ojos de éste lo que pasaba en su interior: De pronto, Alfonso se detuvo ante él, muy cerca, y le dijo exigente, maligno:
–Escucha, ya que te manifiestas con tanta pasión en favor de la paz, ¿irías a Sevilla en calidad de mi representante?
Efraim había esperado de aquel hombre imprevisible muchas cosas, tanto buenas como malas, pero no esta oferta. Ocultó su sorpresa, y contra toda cortesía se apartó un poco y levantó su vieja mano en señal de rechazo. Antes de que pudiera hablar, Alfonso le rogaba, inesperadamente amable:
–Por favor no digas enseguida que no. Siéntate y piénsalo.
Se sentaron uno frente al otro. Efraim se rascaba con los dedos de una mano la palma de la otra. Durante toda su vida había evitado llamar la atención. ¡Cuánto se había esforzado en desaconsejar a Jehuda que aceptara cargos esplendorosos! Y ahora era él quien debía asumir esta embajada sobre la que los ojos de todo el mundo se hallaban fijos. Y fuera lo que fuera lo que él consiguiera, la estúpida y desagradecida Toledo gritaría que era una traición, y si el rey lo acreditaba, serían miles los que se sentirían envidiosos. Por otro lado, si como resultado se conseguía una paz duradera, podría prestar al país y a la judería un servicio como pocos habían conseguido antes que él. Aquel hombre, normalmente tan frío y calculador, estaba excitado, desconcertado. Todo su ser se rebelaba contra esta embajada. Se sentía terriblemente tentado a decir que no, pero pensó en Jehuda y consideró que era su deber decir que sí.
–El califa no aprecia a los judíos -le hizo considerar finalmente al rey.
–Tampoco aprecia mucho a los cristianos -contestó Alfonso.
Efraim dijo:
–Las negociaciones serán largas y yo soy viejo y débil.
El rey se dominó y repuso:
–No es por tu edad ni es por tu naturaleza enfermiza que me dices que no. Temes que sea demasiado tozudo y orgulloso. No lo soy. Me he dado cuenta de que un hombre que ha sido tan derrotado como yo no puede perder tiempo ni regatear: No te pondré trabas, te daré amplios poderes. Estoy dispuesto a pagar al emir de Sevilla una fuerte indemnización de guerra y también un impuesto anual al califa. Un tributo -concluyó con fiereza.
Don Efraim, precavido, sin comprometerse, contestó:
–Creo que tu parlamentario podría conseguir un acuerdo en estas cuestiones, pero déjame saber mi señor, qué es lo que piensas sobre el otro punto importante: la duración de la tregua. No creo que el califa se dé por satisfecho con una paz que vaya a durar menos de doce años. ¿Firmarías un contrato de este tipo?, y ¿estarías dispuesto a respetarlo?
De nuevo estuvo a punto Alfonso de encolerizarse. El judío actuaba como si fuera su confesor. Pero nuevamente el sentido común del rey refrenó su cólera. Cuando tiempo atrás había tenido que incluir las palabras in octo annos, durante ocho años, en el contrato con Sevilla, para él, desde un principio, no habían significado otra cosa que tinta sobre el pergamino. Pero esas tres palabras habían hecho acudir al califa al país, habían destruido a sus caballeros de Calatrava. Don Efraim tenía razón al recordarle que si ahora firmaba una paz por doce años, debería quedarse quieto realmente durante doce largos años.
–Veo -dijo- con voz baja y con amargura que has reflexionado largamente sobre los intereses del califa.
Efraim, que había temido un arrebato mucho más terrible, contestó aliviado:
–Es lo que hace cualquiera que se siente interesado por los asuntos públicos.
Alfonso guardó silencio mientras meditaba profundamente. Efraim siguió hablando persuasivo:
–Una paz larga te será de más utilidad a ti que a los musulmanes. Por muy ardientemente que lo desearas, no podrías emprender una gran guerra muy pronto, necesitas tiempo, toda la Hispania cristiana, tan terriblemente asolada, necesita tiempo para reponerse.
Alfonso dijo:
–Doce años. Exiges mucho, anciano.
Efraim repuso ofendido, casi con brusquedad:
–Te lo ruego, mi señor no me mandes a Sevilla.
Alfonso respondió:
–Te concedo los doce años.
Se levantó y volvió a pasear de un lado para otro.
–Deseo -dijo- que partas tan pronto como te sea posible hacia Sevilla. Hazme saber qué poderes necesitas y elige a tus acompañantes.
–Puesto que lo ordenas -admitió Efraim-, formaré parte de la delegación, pero sólo como su hombre de finanzas o como su secretario. A la cabeza de la legación ten la bondad de poner a uno de tus grandes. Si no, los musulmanes estarán mal dispuestos desde el principio.
Alfonso contestó:
–Habrá dos de mis barones, o incluso tres, que te acompañen. Pero sólo a ti te otorgaré poderes.
Efraim se inclinó profundamente.
–Con la ayuda de Dios, intentaré traerte una paz no demasiado desventajosa -dijo-, y se dispuso a retirarse.
Pero Alfonso no le despidió todavía. Le indicó titubeando:
–Hay todavía otra cosa, Don Efraim, sobre la cual quiero pedir tu consejo. La herencia de mi fallecido amigo y Escribano Don Jehuda debe ser muy importante. No creo que haya parientes que tengan derecho a reclamaría. ¿O sabes tú de alguno?
Don Efraim, de nuevo alertado, repuso:
–En Zaragoza hay un primo de Don Jehuda, bendita sea la memoria del justo, Don Joseph Ibn Esra. De acuerdo con nuestras leyes y costumbres, tendría derecho a un décimo de la herencia. Aconsejaría a Vuestra Majestad ceder a Don Joseph su parte de la herencia. Te prestará buenos servicios en todo lo que se refiera al difícil asunto de hacer efectivos los cobros pendientes que Don Jehuda tenía en todas las partes del mundo.
Alfonso contestó:
–Será como tú propones. También he pensado poner a disposición de la aljama de Toledo parte de la herencia.
–Eres muy generoso, mi señor -dijo Don Efraim-, ¿eres consciente de que se trata de una suma muy elevada? Después del arzobispo de Toledo, Don Jehuda era el hombre más rico de tu reino.
El rey no sin timidez, añadió:
–Quiero que el resto del patrimonio existente sea administrado por los funcionarios del Tesoro de la corona hasta que se encuentre al principal heredero, al hijo de Doña Raquel. Además -concluyó como si no tuviera mucho que ver-, hay documentos que otorgan a este hijo de Doña Raquel todos los derechos y títulos del condado de Olmedo. El mismo Jehuda los hizo preparar. Efraim repuso con sequedad:
–Estás en tu derecho, mi señor de tomar lo que quieras de la herencia de Jehuda para el Tesoro de la corona, y nadie puede reprochártelo.
Alfonso, en un arranque, con voz un poco ronca, dijo:
–Mi fallecido amigo Jehuda se reunía con frecuencia contigo y probablemente sabes muchas cosas. No quiero apremiarte, anciano, y preguntarte qué es lo que sabes. Pero la idea de que mi hijo se encuentra entre vosotros y que yo no lo conozco me oprime. Debes comprenderlo. ¿Querrás ayudarme?
Alfonso hablaba con tono suplicante, con dulzura, lo que lisonjeó a Efraim y lo asustó. Era una misión peligrosa la que su amigo-enemigo fallecido había cargado sobre sus hombros. Dijo:
–Nadie sabe, mi señor y nadie puede ya averiguar si Don Jehuda Ibn Esra tuvo algo que ver con la desaparición de su nieto. Si así fue, en un asunto tan delicado seguramente no acudió más que a una persona para que le ayudara, a una persona fiable y que guarde silencio.
Alfonso se sintió humillado y contrariado, pero en contra de su voluntad no cedió, y dijo:
–Te creo y no te creo. Me temo que aunque supierais algo no me lo diríais. Te confieso que me reconcome el alma que mi hijo crezca entre vosotros y aprenda vuestras costumbres. Debería odiaros por ello, y a veces os he odiado.
Efraim replicó:
–Te pregunto de nuevo, mi señor, si realmente quieres que un hombre del que piensas de este modo represente tus intereses y los intereses del reino en Sevilla.
El rey dijo:
–A veces alimenté también desconfianza contra Don Jehuda, pero a pesar de todo sabía que era mi amigo. Eres viejo y experimentado y conoces la naturaleza de los hombres, y por lo tanto puedes comprender que así fuera. Quiero que vayas a Sevilla por mí. Sé que no tengo a otro mejor a quien mandar.
Efraim sintió cierta compasión, no exenta de satisfacción. Dijo:
–Quizás llegue un tiempo en el que aparezcan unos y otros pretendiendo ser el desaparecido. Te aconsejo, mi señor, que no te preocupes por ello. Probablemente se tratará de un engaño. Deja en nuestras manos el averiguar qué hay de cierto en ello, y no añadas a tus muchas otras preocupaciones esta carga. Confórmate, Don Alfonso. Tienes unas buenas hijas, nobles infantas, que algún día llegarán a ser grandes reinas. Tus nietos se sentarán en el trono de Hispania y, con la ayuda de Dios, unificarán los reinos de la Península.
Y de un modo enigmático, aunque el rey lo comprendió, concluyó:
–Don Jehuda Ibn Esra está muerto, su hijo y su hija están muertos. Si alguien ha quedado de su estirpe, es tan sólo ese nieto. Y Don Jehuda renegó del islam y volvió al judaísmo de sus antepasados, y éste es su legado.
Don Alfonso se dio cuenta de lo que significaba dejar que Efraim, el judío, el comerciante, llevara a buen fin la guerra que él no había conseguido ganar. Había dejado de lado su irreflexiva caballería, se había despedido de Bertrán, había concluido con su pasado y su juventud. No lo lamentaba, pero sentía casi físicamente la renuncia, el vacío.
En el camino que ahora había emprendido no había atractivos caminos laterales llenos de misterio, su camino actual no lo conducía a ninguna lejanía azul y centelleante, discurría desolado y sereno en línea recta hacia un objetivo sólido y formal. Pero ahora que por fin lo había emprendido estaba dispuesto a recorrerlo hasta el final. Él mismo se pondría cadenas antes de volver a poner en peligro la amarga paz que había destruido por medio de dulces y heroicas aventuras.
Durante toda una noche no durmió. Ponderó, rechazó, sopesó de nuevo, decidió, rechazó.
Decidió.
Manifestó a Rodrigue, con una muy ligera sonrisa, que por fin quería ocupar de nuevo los destruidos obispados de Avila, Segovia y Sigüenza, y que quería entregarle a él, a Rodrigue, el obispado de Sigüenza.
Rodrigue, enojado y sorprendido, preguntó:
–¿Quieres librarte de tu molesto amonestador?
Alfonso rió con fuerza, y en sus rasgos reapareció el encanto y la picardía juvenil desaparecidas.
–Esta vez -dijo- desconfías de mí injustamente, reverendo padre. No quiero tenerte lejos, quiero ligarte más estrechamente a mí. Pero si estoy bien informado, las leyes de la Iglesia no permiten que un canónigo sea ascendido hasta ser nombrado arzobispo de Toledo sin pasar por los cargos intermedios.
Tumultuosamente y contradictorios se acumulaban los pensamientos en Rodrigue. Alfonso quería hacerlo primado de Hispania. Rodrigue era bueno haciendo conjeturas, pero aquel hombre modesto nunca habría soñado un encumbramiento semejante; le había sorprendido extraordinariamente que Don Martín hubiera temido algo parecido. Así pues, en el futuro, no iba sólo a aconsejar y a opinar: podría disponer de los más elevados ingresos del reino, contribuiría en gran medida a decidir sobre la guerra y la paz. La idea lo dejó anonadado. Lo que caía sobre él era una bendición y una gracia y una pesada carga.
Don Alfonso vio el conmovido rostro de Don Rodrigue, y medio en broma y medio en serio le dijo:
–Por supuesto, durante un par de meses tendrás que irte a Sigüenza y no podré verte. El Santo Padre es un duro negociador; no podré convencerlo muy rápidamente de que te otorgue el palio. Pero no me importa lo que me cueste, al final lo conseguiré. Quiero tenerte como segundo hombre del reino -continuó con infantil tozudez-, me has hecho quitar el cómputo del tiempo hispánico, pero quiero tenerte como primado de Hispania.
Musa, cuando oyó el nuevo cariz que tomaban las cosas, quedó desconcertado. Rodrigue iba a irse a Sigüenza. ¿Cómo iba él, el musulmán, a seguir viviendo en Toledo sin la protección del canónigo? No sería la primera vez que anduviera errante y fugitivo y sin amigos. El ultimo tramo de su vida aparecía ante él desolado e inhospitalario.
Pero aquel hombre, sabio y buen conocedor de la humanidad, no olvidó en su preocupación, la bendición que aquel cambio ofrecía al canónigo, y encontró palabras de cálida simpatía:
–Los muchos asuntos de tu nuevo cargo -dijo- te librarán pronto de la acedía, de las tristes reflexiones de estos últimos meses. Tomarás decisiones y llevarás a cabo empresas que influirán en muchos destinos. Y este trabajo -continuó animado- te espoleará, espero, a volver a retomar tu crónica. Sí, mi respetado amigo -concluyó alegremente pensativo-, quien contribuye a marcar el rumbo de la Historia, con toda seguridad se sentirá también tentado a interpretarla.
Y de hecho, apenas el rey le había ofrecido el arzobispado, había aparecido en la mente de Rodrigue esta tentación. Primero Don Alfonso se había impuesto a sí mismo al prudente y amonestador Efraim; ahora, por propia iniciativa, se obligaba a depender de él, de Rodrigue, de aquel hombre poco caballeresco y amante de la paz. Sólo un Alfonso que hubiera cambiado interiormente podría atarse a un doble azote de este tipo. Este convencimiento hizo crecer en Rodrigue una pequeña y nueva confianza y una bienaventurada sensación y la sospecha de que, a pesar de todas aquellas turbias argucias, podía haber un sentido en los terribles acontecimientos que habían sucedido aquel último año. Pero se prohibió a sí mismo abandonarse a estos sentimientos y no les permitió condensarse en claros y ordenados pensamientos, no quería volver a sufrir una segunda decepción.
Casi apasionadamente contestó a Musa:
–No pienso ni de lejos en volver a retomar mi crónica. He destruido todo mi material, ya lo sabes.
–Tu academia puede conseguirte de nuevo todo este material en un plazo de tiempo no muy largo -contestó tranquilamente Musa-. También hay muchas cosas en el material que yo tengo que pueden serte de utilidad. Las reuniré gustosamente para ti. Aunque, claro -continuó con el rostro apagado-, no será muy fácil mantener el contacto contigo. ¡Quién sabe en qué rincón de la tierra tendré que esconderme cuando ya no esté bajo tu protección!
Inicialmente, Rodrigue no comprendió. Después se alteró:
–Pero, ¿qué es lo que piensas? Por supuesto, vendrás conmigo a Sigüenza.
Musa resplandeció. Pero su cortesía musulmana le ordenaba poner excusas.
–¿No resultaré muy chocante -dijo-, en el palacio del obispado de Sigüenza? A los que vivan bajo tu báculo les parecerá muy extraño que tengas en tu casa como huésped a un circunciso.
–¡Y qué sí se lo parece! – contestó impulsiva y brevemente Rodrigue.
Musa, todavía con la ancha y feliz sonrisa en su feo rostro, continuó:
–También debo advertirte que tendrás auténticas dificultades conmigo. Porque a partir de este momento no te dejaré en paz ni un solo momento hasta que te pongas a trabajar de nuevo en tu crónica.
Ya a partir de entonces, estando todavía en Toledo, aguijoneaba al amigo y lo enredaba en amplios debates filosóficos e históricos.
Permanecía en pie junto a su pupitre, garabateando, y le decía por encima del hombro:
–No es casualidad que nosotros, los musulmanes, hayamos tenido que renunciar de nuevo a Toledo cuando ya la teníamos prácticamente en nuestras manos. Nuestro tiempo, la época dorada de nuestro poder, lamentablemente ha pasado, y las desavenencias internas que reclamaban la atención del califa en medio de la victoria se repetirán. Esto es tan seguro como las reglas matemáticas de Alcharesmi. El imperio universal de los musulmanes, a pesar de lo poderoso que parece, es demasiado viejo. Se desmorona.
Tal y como Musa lo había esperado, Rodrigue mordía el anzuelo.
–¿Te atreves a decir que vuestro tiempo ha pasado? – contestó-. ¡Pero si habéis vencido! Nuestro ejército ha sido destruido, vuestras fronteras llegan prácticamente a las puertas de Toledo, nuestro orgulloso Don Alfonso os paga tributo -se apasionó-. ¡El dominio de los musulmanes en decadencia! ¡La gran época de los musulmanes terminada! Por tres veces, en el transcurso de este siglo, nos hemos lanzado sobre vosotros con ejércitos tan numerosos como el mundo todavía no había visto. Quinientas veces mil caballeros cristianos y mil veces mil hombres de otros pueblos cristianos han caído en estas cruzadas. Por no hablar de la muerte, las epidemias y la miseria en los propios países. Y la Ciudad Santa sigue estando en vuestro poder como hace cien años. Y tú te quejas de que vuestro reino está en decadencia.
Musa le contestó amablemente:
–Finges ser menos sabio de lo que eres, mi venerable amigo. Colocas la historia de pocas décadas o de un siglo dentro de un marco y haces como si se tratara de algo cerrado. Pero nosotros, tú y yo, no queremos tan sólo describir lo que sucede hoy y un poco de lo que sucedió ayer; nosotros intentamos desentrañar el sentido de los acontecimientos, queremos descubrir adónde van encaminados esos acontecimientos y señalar hacia el futuro como verdaderos emisarios de Dios. Y al hacerlo, lamentablemente, se pone de manifiesto que vuestras cruzadas de ningún modo han sido fracasos. Ciertamente, teniendo en cuenta vuestras conquistas en este último siglo, en lo que se refiere a territorios, no valía la pena tanto sacrificio. Pero, en contrapartida, habéis adquirido una gran abundancia de conocimientos económicos, esto lo sabes tan bien como yo, y una experiencia política y científica incalculable. Nosotros os hemos conducido benevolentes y vanidosos por nuestras fábricas, os hemos enseñado cómo educamos a nuestros jóvenes, cómo regimos nuestras ciudades, cómo administramos la justicia. Vosotros habéis sido alumnos aplicados e imitáis lo que de bueno tenemos. Habéis comprendido que, en este siglo, no tiene tanta importancia el caballero como el sabio y el experto en la construcción, la forja de armas, la ingeniería y las artes de todo tipo y la planificación de la agricultura. Y vosotros sois jóvenes, estáis progresando y pronto nos habréis alcanzado y superado. Habéis perdido quinientas veces mil caballeros, pero no sois los vencidos.
Había levantado su voz, carente de energía. Miraba al amigo, con sus ojos tranquilos, sabios, algo burlones. El otro callaba. Se dio por vencido, no sin satisfacción.
Mantenían los dos conversaciones de este tipo, discusiones en las que, para su propia sorpresa, Rodrigue insistía en el triunfo de los herejes, mientras Musa dudaba de la victoria final de los musulmanes.
Pero cuanto más reflexionaba Rodrigue sobre los argumentos de su amigo, con tanta mayor claridad veía las cosas, más seguridad adquiría. Se sentía joven y renovado. Ya no le atormentaba aquella frase de Pablo a los corintios, según la cual la locura de Dios triunfaba sobre la sabiduría de los sabios. En lugar de eso se regocijaba en las otras palabras del apóstol: «Lo viejo ha pasado, mirad y ved, todo se ha renovado.» En lugar de la fe ciega que desembocaba en aquel bienaventurado éxtasis, en él había ahora un saber intuitivo, un sentimiento cada vez más sólido: a pesar de todo, hay un sentido reconocible en los acontecimientos del mundo. Todavía no podía traducir este sentimiento en argumentos lógicos. Tampoco se esforzaba en obtener claridad. Le bastaba saber del sentido de los acontecimientos del mundo tanto como Agustín había sabido de la naturaleza del tiempo: «Si no me preguntas, lo sé; si me preguntas, no lo sé.»
A medida que pasaba el tiempo, las palabras de Musa actuaban en Rodrigue, y cada vez más y con mayor celo ansiaba ser un emisario de Dios y escudriñar los caminos, llenos de sentido, de los acontecimientos.
Sin embargo, no acababa de decidirse a ponerse a trabajar en su crónica de nuevo.
Había una nueva consideración que lo detenía.
–Me temo -le explicó al amigo- que lo que me empuja a llevar a cabo esta obra es menos el afán de servir a Dios que la ambición del escritor.
Musa adoptó su astuta expresión. Tomó un libro, La vida de San Agustín, y le leyó a Rodrigue en voz alta lo que Possidios, un discípulo del santo, había escrito sobre los últimos días de la vida de éste.
Agustín era entonces arzobispo de la ciudad de Hipona, asediada por los vándalos; desde su palacio, Agustín veía arder extensamente las tierras cartaginesas. Tenía setenta y seis años, estaba muy débil y sabía que iba a morir.
Le preocupaba la asediada ciudad y toda la provincia inundada de enemigos. Pero, al mismo tiempo, se dedicaba a repasar de nuevo sus numerosos libros, corregía y modificaba, para que se depositara en la biblioteca de Hipona un ejemplar de cada una de sus obras que no contuviera el más mínimo error. También intentaba, además, terminar un libro, seguramente para refutar los escritos del hereje Juliano. «Agustín, el más santo de todos los obispos -informaba Possidius-, murió el quinto día del mes de septiembre, esforzándose todavía en su lecho de muerte en rechazar el ataque de los vándalos y trabajando en su gran polémica contra el hereje Juliano.»
Musa levantó la vista del libro y preguntó con picardía:
–¿Quieres ser más santo, mi venerable amigo, que San Agustín? Escudriña en tu propio pecho y comprueba si tus dudas no son otra cosa que piadosa soberbia.
Al atardecer de ese día, Rodrigue puso a punto un grueso montón de papel blanco y costoso, y despacio, deleitándose, empezó a escribir: «Aquí comienza la historia de Hispania, Incipit chronicon reinum Hispananiarum.»
Musa, sonriendo, manifestó:
–No hay vicio más arraigado que el de la escritura.
La paz que Don Efraim trajo de regreso a casa fue mejor de lo que se había esperado, pero no había podido conseguir; o quizás no había querido hacerlo, que la duración de la tregua se estableciera por debajo de los doce años.
Don Alfonso, después de que Don Efraim le expusiera extensamente su informe, dijo:
–Sé que debería estarte agradecido y lo estoy Quiero convocar a mis grandes, para que sean testigos, cuando me devuelvas el guante de tu misión.
Don Efraim rehusó casi con miedo:
–No creo que me corresponda tanto esplendor además esto procuraría muchas envidias a la aljama de Toledo y pocos amigos.
Alfonso preguntó con ojos brillantes si, según la opinión de Efraim, serían realmente necesarios todos esos doce años para reconstruir la economía del reino.
Efraim sintió enojo. Había advertido oportuna y perentoriamente a aquel hombre que debía estar dispuesto interiormente para una larga paz. Efraim no habría aceptado nunca aquella desagradable misión sin esta condición, y ahora, apenas Don Alfonso había cerrado ese tratado, estaba deseando romperlo. Contestó con sequedad:
–Tu reino, mi señor, se encuentra en un estado tal que probablemente tendrás que prolongar la paz más allá de esos doce años. Yo ya no veré tus nuevas batallas, y tú ya no serás tampoco joven cuando las inicies.
Puesto que, malhumorado, Don Alfonso guardaba silencio, le advirtió:
–Hazte a la idea, mi señor, Don Jehuda hizo un buen trabajo para ti, estableció relaciones que todavía se sostienen a pesar de este derrumbamiento. Dio a conocer las muchas posibilidades que tiene tu Castilla, te consiguió crédito. Pero si quieres sacar provecho de ello, debes ceñirte a su plan fundamental, y él construyó para la paz. No pienses en los próximos años en tus caballeros y barones, que sólo empobrecen tu reino, piensa en tus ciudadanos y en tus campesinos, piensa en tus ciudades. Dales a ellas privilegios, dales fueros, hazlas fuertes frente a tus grandes.
Don Alfonso escuchaba con rechazo, pero con atención. Al fin y al cabo, su mundo era el de los caballeros. La verdad de un rey era distinta a la de un viejo judío comerciante. Su filosofía, la de Alfonso, eran las canciones de Bertrán. Pero, seguramente, Efraim tenía razón, y si él, Alfonso, quería emprender con éxito la guerra después de doce años, debería atender ahora a los más humildes. Debería dar un lugar en su consejo al ciudadano, al campesino, al villano, y castigar al caballero cuando azotara a sus campesinos o arrebatara por las armas sus bienes al ciudadano. Sería un mundo triste y aburrido, sería una Castilla triste la que él gobernaría.
Don Efraim le explicaba ahora con todo detalle la lamentable situación de la economía. La explotación de las minas se habían reducido terriblemente, las manufacturas de tejidos que Don Jehuda había llevado a un enorme florecimiento habían sido destruidas o derruidas. Los rebaños de ganado habían sido dispersados, la cría de ovejas, antes de la guerra una de las fuentes principales de ingresos del reino, había sido completamente abandonada. Se había depreciado el maravedí castellano; había que pagar seis castellanos por un maravedí aragonés. Para que no se perdieran del todo la agricultura y la industria artesanal, había que protegerlas con desgravaciones fiscales y la garantía de muchos nuevos derechos. Descendió a detalles. Propuso qué aduanas y contribuciones podrían reducirse, cuáles deberían derogarse por completo. Mencionó cifras, siempre nuevas cifras.
Cuando Jehuda le hablaba de cosas parecidas, Alfonso se había interesado brevemente, pero pronto había sentido rechazo contra aquellos áridos asuntos, indignos de un rey, y había sucedido a veces que había interrumpido estas exposiciones groseramente. Pero ahora, aunque Efraim no hablaba con la fuerza ni la elocuencia de Jehuda, Alfonso prestó creciente interés en las cifras, las veía enlazarse unas junto a otras, y halló placer en la precisión con la que calculaba el judío. Alfonso no quería reconocerlo, pero estaba contento.
No servía para nada cerrar los ojos ante aquellos nuevos y adversos tiempos, había que sumirse en ellos. Otros antes que él hablan tenido que hacerlo, otros muy grandes y poderosos, el rey Enrique, por ejemplo. Y él, Alfonso, habla pagado muy cara su ceguera.
–Es una suerte, mi señor -decía ahora Efraim-, que en su momento autorizaras a Jehuda a que se instalaran en tu reino los seis mil fugitivos francos. Entre este gran número de hombres capaces podrás encontrar a muchos expertos que sustituyan a los que han caído o han desaparecido del modo que sea. Deberás darle la razón a Don Jehuda, bendita sea la memoria del justo, en cuanto a que…
El rey lo interrumpió inesperadamente.
–Una vez te pedí -dijo- que administraras el Tesoro de la corona. Tú lo rechazaste, seguramente tuviste razón al hacerlo; en aquella época había poco que administrar y yo ponía las cosas muy difíciles a mis consejeros. Ahora hay todavía menos en él, pero en este espacio de tiempo me he vuelto más sensato, quizás te hayas dado cuenta. Te ruego por segunda vez que seas mi alfaquí, o mejor, que seas mi alfaquí mayor.
Efraim había esperado esta oferta, la había temido. Se rebelaba contra algo así con toda su alma. Siempre había evitado los cargos públicos, era viejo. quería pasar los últimos días que aún le quedaban de vida en su casa, junto al fuego y ser visto y atendido por pocos, y expirar en paz. Rebrotó en él toda su indignación y su odio contra Don Alfonso. Aquel hombre había lanzado a la muerte a la mayor parte de los tres mil hombres que la aljama había puesto a su disposición por un afán sin sentido y caballeresco de aventuras. Le había arrebatado la hija a su fiel servidor Ibn Esra, y no había salvado a su hijo en el peligro. Y ahora quería uncirlo a él, a Efraim, a su carro para que tirara de él por el camino empinado y lleno de tormentos que tenía ante sí. Dijo:
–Me honras en gran manera. Pero las negociaciones en Sevilla fueron agotadoras. Los asuntos de la aljama me esperan, soy muy viejo. Exímeme de ello, mi señor.
Alfonso, enfurruñado como un niño, dijo:
–Me gustaría tener a un judío como alfaquí. – Las palabras eran desacertadas, casi torpes, pero en ellas sonaba la amabilidad del anterior Alfonso.
Efraim, de golpe, vio el interior del hombre. Comprendió que su intención era dar satisfacción a su Escribano fallecido y esforzarse en seguir su camino. Este Alfonso clamaba, y no sin miedo, por un nuevo guía. Aceptar el cargo, continuar allí donde terminó Jehuda, sería una tarea que abreviaría su vida. Pero Efraim recordó los ojos brillantes, penetrantes y burlones de Jehuda, oyó su voz aduladora y bien modulada, recordó su último encuentro. Debía haber uno que tomara la mano extendida, grosera e impura de este rey cristiano y que lo arrastrara por aquel estrecho y duro camino de la paz.
Efraim, temblando bajo sus muchas vestiduras, tenía un aspecto realmente anciano y frágil. Dijo, y tuvo que obligar a cada una de las palabras a salir de su garganta:
–Puesto que así lo ordenas, mi señor, intentaré poner en orden los asuntos de tu reino.
–Te doy las gracias -respondió Don Alfonso.
Titubeando continuó:
–Hay otra cosa de la que quisiera hablar contigo, Don Efraim Bar Abba. No siempre mostré a mi fallecido Escribano adecuadamente mi agradecimiento, ni lo honré como debería haber hecho y como mi abuelo hizo con su Ibn Esra. Me aflige que ni siquiera se enterrara con dignidad a los muertos, sino con pobreza, de un modo apenas suficiente. He pensado varias veces en enterrarlos a mi manera y de acuerdo con su rango. Pero lo he pensado mejor y me parece más correcto que vosotros enterréis a mi fallecido Escribano a vuestra manera, con vuestras ceremonias y honores, a él y también a Doña Raquel, su hija, a la que me sentía muy unido. Os pertenecen a vosotros, ambos fueron de los vuestros hasta el fin, y te estaré muy agradecido si organizas su entierro tal y como ellos mismos lo hubieran deseado.
Don Efraim dijo:
–Te has adelantado a mis ruegos, mi señor. Me ocuparé de todo. Pero concédeme la gracia de esperar todavía un tiempo para el entierro, para que tengan noticia de él los muchos que desearán honrar a Don Jehuda Ibn Esra.
Poco después de que se firmara la paz, Doña Berengaria dio a luz un niño. Este futuro rey de Aragón y Castilla fue bautizado con el nombre de Fernán. El bautizo se celebró con gran pompa. Los cinco soberanos cristianos de la Península se reunieron en Zaragoza para estar presentes.
En el banquete de la celebración, Alfonso y Leonor estaban sentados uno junto al otro en elevados asientos. Doña Leonor estaba hermosa, mantenía la actitud que correspondía a una dama, amable y altanera como siempre, y tal y como lo exigía la courtoisie, intercambiaba con su esposo muchas palabras corteses.
Alfonso tenía derecho ese día a sentirse un rey de reyes y era consciente de su dignidad y de su honor. Un año atrás su reino era asolado por las armas del enemigo, y él mismo se encontraba sitiado en su capital. Cuán terriblemente se había avergonzado entonces cuando pensaba en Ricardo de Inglaterra. En verdad, éste se había acreditado como miles christianus, el horror de los musulmanes, el Melek Rik. Había conquistado la inexpugnable fortaleza de Acre, había vencido gloriosamente en batalla abierta al ejército del sultán Saladino. ¡Qué distinto era todo ahora! Las enormes pérdidas del ejército cruzado habían sido prácticamente en vano, se había establecido una miserable tregua, la Ciudad Santa seguía estando como siempre en manos de los herejes, el mismo Ricardo, enfrentado a sus aliados, estaba encerrado desamparado en una prisión austríaca. Pero él, Alfonso, se hallaba allí sentado en el trono y seguía siendo como siempre el más poderoso rey de la Península. Y era ya prácticamente seguro que su nieto, que había sido bautizado hoy, ese pequeño y fuerte Fernán, uniría Aragón y Castilla, y quizás podría llamarse emperador como su antepasado Alfonso VII.
Pero en medio de aquel esplendor y de aquel florecimiento, en el interior de Alfonso crecía sólo un desierto. Contempló a Doña Leonor y contempló su desolación. Miró a su hija Berengaria y vio en sus ojos, los grandes y verdes ojos de la madre, su desmedida soberbia, el ansia de poseer cada vez más poder e influencia. Estaba seguro de que ella consideraba débil a su esposo porque después de su derrota, de la derrota de Alfonso, no había asumido el dominio de la Península. Estaba seguro de que ahora todo su ser y todos sus pensamientos iban dirigidos a su pequeño hijo, este futuro emperador Fernán, y que ella no sentía por él, su padre, más que repugnancia y una indiferencia llena de desprecio. Él era un estorbo para su hijo y para su ambición; llevado por su lujuria, había descuidado sus obligaciones de rey, había estado a punto de perder el reino que le pertenecía a ella y a su hijo, y quizás aún acabaría por perderlo definitivamente antes de que su pequeño Fernán recibiera la corona de emperador.
Los pajes que ofrecían al rey la comida, el vino y la servilleta permanecían en pie y esperaban sin saber qué hacer, él no los veía. De pronto fue muy consciente de cuán solo estaba rodeado de sus cinco mil veces mil castellanos y de su respeto. Fijó la vista ante sí, muy solo, en un mundo vacío.
Don Rodrigue se dio cuenta, preocupado, de cómo Alfonso, tras la máscara impasible, amable y regia, meditaba orgulloso con la vista fija. Se sintió lleno de una cálida compasión, pero también lleno de la curiosidad y la obsesión del cronista, y estudió al rey con experta aplicación. Don Alfonso era de hecho memoria tenax, intellectu capax, vultu vivax. Alfonso conservaba fielmente en su memoria los acontecimientos, los comprendía con su rápida inteligencia, los retenía y los reflejaba en su expresión. Si, cincelados en el rostro de Don Alfonso aparecían sus experiencias, sus salvajes pasiones, sus difíciles y tempestuosas victorias, sus amargas derrotas, sus esfuerzos y convicciones. Las arrugas surcaban profundamente la frente, las arrugas marcaban sus mejillas. Su rostro se había convertido en la crónica de su vida. Ya en ese momento, a través del rostro de aquel hombre de cuarenta años, asomaba ya el rostro del anciano que llegaría a ser.
En el norte del reino, cerca de la frontera con Navarra, en los territorios del barón de Haro, vivía un ermitaño que se sometía a prácticas espirituales durísimas.
Vivía en una cueva muy elevada en las escarpadas laderas de la sierra de Neila. Cómo podía sustentar su vida allí era un milagro, ya que era ciego. Pero, evidentemente, estaba bajo la particular protección de la Providencia. Ésta protegía sus pies de los abismos y lo defendía de los animales salvajes; se decía que los lobos caían a sus pies y le lamían la mano.
Penitentes subían hasta él y le llevaban ofrendas para sus escasas necesidades. Le rogaban que les impusiera las manos; fluía la gracia de ellas. Simplemente, palpando un rostro podía darse cuenta de si se trataba de un pecador y saber si había conseguido el perdón de Dios, y en qué medida. Y la fama del ermitaño y sus piadosas virtudes se extendió por el reino.
El ermitaño era aquel Diego a quien Alfonso en su día, antes de su primera y victoriosa batalla ante Alarcos, hizo arrancar los ojos en castigo por haberse dormido en el puesto de guardia.
Pero los barones de Haro, de quienes era vasallo Diego, eran vasallos difíciles, no adictos al rey. Declararon que la ciudad de Toledo, debido a los terribles acontecimientos de los últimos años, estaba llena de pecado, y ordenaron a Diego que fuera allí. La visita del santo despertaría las conciencias. Pero lo que los de Haro esperaban era que la presencia de Diego en la capital creara dificultades al rey.
Las gentes de Toledo acudían en tropel a ver y a honrar a aquel hombre lleno de gracia, y cada vez se hizo mayor el deseo de las gentes de que también el rey pudiera sacar provecho de la presencia de aquel hacedor de milagros. Cuando, en el pasado, Don Alfonso paseaba radiante a caballo por las calles al lado de la Fermosa, ellos habían participado de su placer prohibido, sintiendo caldearse sus corazones; se habían gozado en él y habían lanzado a su paso gritos de júbilo; y el día en que se encontraban con él había sido un día de fiesta. Pero ahora, cuando veían a Alfonso, sentían una respetuosa compasión, timidez, un ligero horror ante aquel hombre castigado y marcado. Deseaban para él la redención absoluta y creían que el santo podía contribuir a hacerla posible.
Rodrigue no veía en lo que estaba pasando en torno a Diego más que superstición y extravagancia. Sospechaba también las malas intenciones de los de Haro y aconsejó al rey que no se preocupara de Diego.
A Alfonso aquel hombre le resultaba incómodo. Era ahora, después de tanto tiempo, cuando se avergonzaba al recordar cómo le había contado a Raquel, tan satisfecho de sí mismo, el modo en que había cegado a ese hombre y la sentencia que había compuesto acerca de aquellos que olvidaban cuál es su deber. Recordó cómo entonces el vivo rostro de Raquel se había ensombrecido, y sólo ahora supo por que.
Pero también se había dado cuenta de la timidez con la que las gentes lo miraban. Los comprendía, comprendió su deseo de que se encontrara con el santo. También sentía una creciente curiosidad por saber qué había sido de Diego. ¿Había sido realmente él, Alfonso, sin saberlo ni quererlo, quien había convertido aquel hombre en un santo?
Cuando tuvo al ciego de pie ante él, recordó con exactitud al Diego de entonces. Había sido un muchacho fuerte, obstinado, seguro de sí mismo, un poco parecido a Castro. ¿Era realmente este hombre el Diego a quien él había hecho cegar? Alfonso se sintió turbado, lamentó haberlo hecho llamar, no sabía qué decir; y también el otro guardaba silencio. Finalmente, casi contra su voluntad, bromeó toscamente:
–Por lo menos, la sentencia que te enseñé entonces de un modo tan drástico era buena.
El otro contestó:
–¿Quién eres tú?
La desagradable estupefacción de Alfonso aumentó. ¿No le habían dicho a aquel hombre ante quién lo habían conducido? ¿O no había querido saberlo?
–Yo, el rey -dijo.
El ciego, sin sorprenderse y sin inmutarse, respondió:
–No había reconocido tu voz. No hay nada en ti que pueda reconocer.
Alfonso preguntó:
–¿Te traté injustamente, Diego, en aquel entonces?
El ciego contestó tranquilo:
–Fue Dios quien te hizo hacer lo que hiciste. Pero también el sueño que cayó sobre mis ojos fue enviado por Dios. Alarcos fue un lugar de duras pruebas tanto para ti como para mí. Fue aquella victoria de Alarcos la que te llevó a emprender la segunda y petulante batalla. A mí, el sufrimiento me trajo al fin la bendición. He encontrado la paz.
Y al parecer, sin que tuviera nada que ver; continuó:
–Me han dicho que Alarcos ya no existe.
Primero, Alfonso creyó que aquel hombre, protegido por su fama de santidad, quería burlarse de él. Pero las palabras salían con extraña serenidad de los labios del ciego. Era como si las pronunciara un tercero que los contemplara a ambos desde una elevada lejanía. No tenían como objetivo mortificarlo.
–He rezado -dijo Diego- para que la desgracia se cambie en bendición también para ti, mi señor- y le pidió con las manos extendidas-: ¡Déjame verte!
Alfonso comprendió lo que quería, se acercó a él y el ciego palpó su rostro. El rey sintió con desagrado cómo aquellas manos huesudas presionaban y palpaban su frente y sus mejillas. Todo en aquel hombre le resultaba repulsivo: su aspecto, su modo de hablar; su olor. Se estaba sometiendo en verdad a una prueba. ¿No sería aquel hombre un simple juglar; un bufón de feria?
Diego dijo:
–Consuélate. El Señor te ha dado la fuerza para esperar humildemente. Quien no cae, no se levanta. Quizás deberás esperar durante mucho tiempo, pero tendrás la fuerza necesaria para ello.
Alfonso lo acompañó hasta la puerta y lo entregó a aquellos que lo conducían.
Llegó el día en que se desenterraron los cadáveres de Jehuda Ibn Esra y de su hija para trasladarlos al cementerio de la judería. Fue un día a principios de otoño, cálido, tormentoso; las peñas de la ciudad de Toledo estaban en sombras, en medio de una luz gris pesada, verdinegra.
Envolvieron a Jehuda y a Raquel en blancas mortajas. Los colocaron en féretros sencillos tal y como lo exigía la costumbre; pero se había echado en su interior tierra fértil, negros terrones, tierra de Sión. Sobre tierra de Sión descansaba la cabeza de Jehuda, que había dedicado sus pensamientos y acciones, sus anhelos e ilusiones a conseguir una mayor gloría para su pueblo, y la cabeza de Raquel, que había soñado con el Mesías.
Todas las comunidades judías de Hispania habían mandado una delegación, desde la Provenza y desde Francia habían acudido muchos, y algunos incluso desde Alemania.
Los ocho hombres más respetables de la aljama de Toledo cargaron los féretros sobre sus hombros y los llevaron por los caminos de grava de La Galiana entre los árboles y los arriates hasta la puerta principal. Allí, donde podía leerse la inscripción con el saludo Alafia, había otros esperando dispuestos a tomar los féretros. Los llevaron durante un breve recorrido, y allí esperaban nuevos portadores, porque eran innumerables los que se habían ofrecido para tener el honor de llevar hasta la sepultura a los muertos.
De este modo, pasando de un hombro a otro hombro, recorrieron los féretros el caluroso camino que conducía a Alcántara, al puente que cruzaba el Tajo.
Durante un breve trayecto, también el joven Benjamín llevó uno de los dos féretros, el segundo, el féretro de Doña Raquel. Era una carga liviana, pero aquel hombre tenía que hacer grandes esfuerzos para levantar las piernas; densa y sorda, casi como si tuviera vida propia, la aflicción lo ahogaba.
Intentó liberarse de ese ahogo pensando.
Pensó en cómo los seis mil fugitivos francos, que Jehuda había introducido en el reino luchando contra tanta y tan terrible oposición, habían dejado de ser molestos intrusos para convertirse en conciudadanos muy estimados. Todo había sucedido de un modo distinto y mejor de como él, Benjamín, había esperado. Había visto con incredulidad cómo su tío Efraim había sido enviado a Sevilla. Cómo había conseguido la paz y cómo tomó medidas para conservarla. La obra de Jehuda persistía, crecía. Y el rey no sólo lo consentía sino que lo favorecía. Pero ¿cuántas muertes y cuánto sufrimiento había sido necesario antes de que ese caballero entrara en razón? ¿Y conservaría esa sensatez?
No debía permitir que su aversión por el rey le hiciera emitir juicios injustos. El rey había cambiado, Raquel lo había conseguido. Había sucedido como en aquellos cuentos que ella tanto amaba. El mago había insuflado vida al pedazo de barro, pero a continuación el mago había muerto.
Despacio avanzaba Don Benjamín con la ligera carga de Raquel sobre sus hombros, ensimismado en sus reflexiones, con paso irregular; entorpeciendo a los otros portadores.
Aquellos seis mil podrían vivir ahora una vida llena de sentido. Era poco si se comparaba con la muerte sin sentido de aquellos mil veces mil que habían muerto en las guerras de esa década. Todo lo conseguido era poco, la pizca de paz de Efraim, la pizca de sentido común del rey Sólo era una minúscula nueva luz en la gran noche. Pero allí estaba esa pequeña nueva luz: alumbraba, y cuando el miedo lo sobrecogiera, esta pequeña luz lo espantaría.
Llegó el momento en que él y los que con él lo llevaban tenían que entregar el féretro a los que estaban esperando. Pero ahora que se veía libre de la carga y ya no tenía que mantener el paso acompasado al de los otros, sus pies se arrastraron todavía con más pesadez. Pero se recuperó, se enderezó, pensó. Pensó con amargura, tenacidad e insistencia: Se nos ha encomendado trabajar en la obra; no se nos ha encomendado terminarla.
El cortejo fúnebre había alcanzado los límites de la ciudad, el puente sobre el Tajo. Las impresionantes puertas se abrieron de par en par para permitir la entrada a los muertos.
Don Alfonso había ordenado que se dedicaran los mayores honores a su Escribano, a quien Toledo había manifestado tan poco agradecimiento. Las gentes de Toledo obedecieron gustosas. En todas las casas colgaban paños negros. El pueblo, formando una masa oscura y uniforme, se hacinaba estrechamente en las calles, normalmente tan llenas de color; el alboroto habitual se había reducido a un denso murmullo. En todas partes, junto al camino, podía verse, en posición, a los soldados del rey, que allí por donde pasaban los féretros inclinaban las banderas con el escudo de Castilla. Las gentes se descubrían la cabeza, muchos caían de rodillas, las mujeres y muchachas lloraban ruidosamente el destino de la Fermosa.
Los muertos avanzaron por las empinadas calles hacia el interior de la ciudad. No se tomó el camino más breve, se condujo a los féretros dando un rodeo por la plaza del mercado, el Zocodover; para que fueran los más posibles los que pudieran manifestar su respeto a los muertos.
En lo alto del castillo, junto a una ventana desde donde podía seguir el recorrido del cortejo funerario, se encontraba en pie Alfonso, solo.
Pensó:
«Ni siquiera estoy triste. Estoy tranquilo. Me siento libre de aquellas fuertes pasiones. Me he convertido en un rey mejor. Debería estar contento. Pero no lo estoy
»Probablemente todavía tendré mi gran batalla y podré llevarla a cabo a la cabeza de una Hispania unida. Pero tampoco llegado ese momento, cuando alcance la victoria, sentiré una emoción mayor que la de pensar: lo he conseguido, he cumplido con mi deber. Y como máximo sentiré alivio, pero no será felicidad. La felicidad que me estaba destinada queda a mis espaldas. Estuvo allí, la tuve en mis brazos, se abrazó a mí, tierna y dulcemente turbadora. Pero yo fui irreflexivo y me aparté de ella. Y ahora la llevan por allá abajo, toda la felicidad que me había sido destinada.
»Durante doce años deberé esperar mi batalla. Nunca he sabido esperar; me parecía que la vida corría como un caballo. Ahora me parece que se arrastra como un caracol. El año se alarga, el día se alarga. Y yo puedo soportarlo, ni siquiera me enfurezco. Y ahí está lo peor, en el hecho de que yo pueda esperar de esa manera. También conduciré la batalla con prudencia. No habrá nada ya de aquel bendito y salvaje valor de antes. Ellos gritarán ¡A lor! ¡A lor!, y yo no gritaré con ellos.»
Se esforzó en pensar en aquél por quien él emprendería la batalla: en el pequeño Fernán, pero no consiguió formarse una imagen clara de él, y el recuerdo del nieto no le hizo sentir ningún sentimiento cálido. Todo lo que ahora rodeaba a Alfonso permanecía extrañamente vago, nebuloso, irreal.
Pensó:
«Tengo cuarenta años, pero mi vida ha quedado atrás. Nada es tan real para mí como mi pasado. Mi presente está en medio de vapores y polvo, como un campo de batalla durante la lucha. Y ni siquiera cuando en su momento consiga vencer, habrá más que neblinas y apatía en mí. Seria distinto si pudiera vencer por mi hijo, ¡por mi Sancho, por mi querido bastardo! Pero quién sabe dónde estará para entonces mi Sancho. Probablemente entre aquellos para los que la paz es más importante incluso que la victoria.»
El cortejo fúnebre, mientras tanto, había llegado a su destino.
Tres cementerios tenían los judíos de Toledo: dos fuera de los muros, uno en la misma judería. En éste, que era pequeño y muy antiguo, sólo tenían mausoleos los miembros de las familias más respetadas, entre ellas los Ibn Esra. Entre estos muertos de la familia Ibn Esra se encontraban aquellos que se remontaban a un descendiente del rey David, que junto con Adoniram, el recaudador de impuestos del rey Salomón, habían llegado a la Península, y así se había hecho constar en la inscripción de la lápida. También se contaban entre estos muertos de la familia Ibn Esra algunos que en tiempos de los romanos habían sido comerciantes. Banqueros, recaudadores de impuestos, y también aquellos que habían vivido bajo el dominio de los reyes godos en Toledo y que habían sido acorralados y perseguidos, y aquellos que bajo el dominio de los musulmanes hablan llegado a ser visires y grandes médicos y poetas. También yacía allí aquel Ibn Esra que una vez construyó el castillo que llevaba su nombre, así como aquel que había defendido Calatrava para el emperador Alfonso, el tío de Jehuda.
Así pues, a ese cementerio fueron conducidos los cadáveres.
Apretujados unos a otros permanecían en pie los que formaban el duelo. Permanecieron en pie tan estrechamente juntos, cuenta el cronista, que se hubiera podido andar por encima de sus hombros.
En el recinto reservado a los muertos de la familia Ibn Esra se habían abierto dos nuevas tumbas. Allí colocaron a Jehuda Ibn Esra y a su hija Raquel y los reunieron con sus antepasados. Después se lavaron las manos y murmuraron la bendición.
Y Don Joseph Ibn Esra, en su calidad de pariente más cercano, pronunció la oración de los difuntos que empieza: «Alabado y ensalzado sea el nombre del Altísimo», y que termina: «La paz reina en las alturas, que Él nos conceda la paz a nosotros y a todo Israel, responded que así sea.»
Y durante treinta días en todas las comunidades judías de la Península y en las de la Provenza y Francia se pronunció esta oración en memoria de Don Jehuda Ibn Esra, nuestro señor y maestro, y de Doña Raquel.
Pero allí donde se reunía mucha gente, en los mercados y en las tabernas de Castilla, los juglares, los cantantes callejeros, cantaban baladas que hablaban del rey Don Alfonso y de su apasionado y funesto amor por la judía Fermosa. Las canciones arraigaron en el pueblo, y tanto en los días laborables como en los días festivos, y al trabajar y al comer y hasta en sueños, en Castilla se cantaba y se tarareaba:
Y el amor deslumbró al rey
que quedó prendado de una judía,
y ella se llamaba Fermosa,
Sí, Fermosa se llamaba,
la Hermosa,
y la llamaban así con justicia
y por ella olvidó el rey a su reina.
Don Alfonso jamás volvió a pisar las tierras de la Huerta del Rey.
Poco a poco los jardines se cubrieron de maleza, y La Galiana se fue desmoronando. También el blanco muro que rodeaba la amplia propiedad se desmoronó. Lo que permaneció en pie por más tiempo fue el gran portón principal por donde pasaron Castro y los suyos para asesinar a Raquel y a su padre.
Yo mismo he estado ante ese portón y he visto la erosionada inscripción árabe con la que La Galiana saluda al huésped: Alafia, prosperidad, bendición.
EPÍLOGO DEL AUTOR, 1955
Durante décadas me atrajo la historia de aquella Hedisa que fue elevada por el gran rey persa Asuero a la dignidad de reina con el nombre de Ester y que salvó a su pueblo, los judíos, de una muerte segura.
La breve novela que trata del destino de Hedisa, el Libro de Ester es uno de los libros más populares y más llenos de efecto de la Biblia. El autor domina el arte de los grandes narradores hebreos y árabes y consigue crear una creciente tensión tanto exterior como interior y sabe dotar a su fabulación de siempre nuevas sorpresas. Además, escribió en unos tiempos en los que su pueblo fue salvado de grandes peligros, se hizo partícipe de las alegrías y sufrimientos de su pueblo, y su entusiasmo patriótico se transmite, todavía en la actualidad, al lector.
A mí, en cualquier caso, el Libro de Ester me conmovió profundamente, ha conmovido a muchos, y en los más de dos mil años transcurridos desde su creación, muchos han intentado explicar la novela ambientándola en los acontecimientos de su propio tiempo. Varias veces, cuando sentía de un modo particularmente doloroso las aflicciones de los dos pueblos a que pertenezco, también sentí el impulso de volver a contar la historia de la reina Ester desde la perspectiva de mi mundo.
Lo que hace a este breve relato tan particularmente fascinante es un astuto recurso literario del antiguo poeta judío, un recurso que nadie había utilizado antes que él Da credibilidad a sus invenciones y les otorga la apariencia de una extremada objetividad al adoptar el disfraz de un hombre que tiene el encargo de recopilar con sobriedad histórica los acontecimientos de la corte persa. Da a su novela la máscara de una crónica de la corte, oculta la tendencia nacionalista judía del relato tras un tono objetivo. Evita hacer referencia a la inspiración divina y darle a su pueblo el título de elegido. De entre todos los libros de la Biblia, éste es el único en que no se menciona a Dios. También renuncia a hacer una valoración del carácter y las acciones de sus personajes. No ensalza a su reina Ester y a su tutor Mardoqueo, no insulta a Amán, al enemigo de los judíos. Se fía de su fabulación, confía en que los acontecimientos que él ha inventado bastarán para indignar al lector contra los enemigos de los judíos y para entusiasmarlo en favor de los sufridos Mardoqueo y su pupila Ester, finalmente triunfantes. El poeta lo consigue, ya que, a pesar de que el autor oculta cuidadosamente su propio júbilo, el lector se alegra de todo corazón cuando al final Amán cuelga de la horca que había sido levantada para Mardoqueo.
Por supuesto, el lector, al terminar la lectura, reflexiona acerca de los acontecimientos y entonces se plantea serias objeciones: ¿Cómo pudo aquella mujer joven, a la que el señor del mundo sentó en su trono, ocultar su nombre y su origen durante tanto tiempo? ¿Qué clase de gran visir era aquel que para acabar con su enemigo personal quiere destruir al mismo tiempo a todo su pueblo? ¿Qué clase de rey era aquel que, en un momento dado y sin cuestionarlo, condena al exterminio a toda una nación y al día siguiente, de nuevo sin hacer grandes averiguaciones, permite que se ejecute a los incontables enemigos de ese pueblo? Sólo cuando uno se plantea estas preguntas se demuestra que la objetividad del autor es un disfraz y toda la novela un disparate.
Intervenir en ese punto y darle al cuento del antiguo poeta un marco que tuviera sentido dentro de una historia creíble me pareció una atractiva tarea. Quise situar la acción en un entorno que diera credibilidad tanto a sus personajes como a los acontecimientos, y que además permitiera abrir perspectivas hacia el pasado y hacia el futuro, de modo que los sucesos que tuvieron lugar en torno a Ester también arrojaran nueva luz sobre los actuales acontecimientos.
Pero se puso de manifiesto que la antigua fábula original tenía un terrible fallo. Su heroína no existe. Ester es una muñeca en manos de su tutor es manejada desde fuera, es absolutamente pasiva, una rueda en el engranaje del argumento, nada más. Este vacío, precisamente en el elemento central de la historia, ha tenido como consecuencia que grandes poetas fracasaran al querer tomar el argumento con demasiada fidelidad. Racine, en sus poemas, se refugió en el seguro puerto de la piedad; Grillparzer dejó de lado la obra a medio hacer. Yo fui suficientemente atrevido para suponer que podía darle a mi Ester la vida propia que echaba de menos en la historia de la reina Ester. Pero entonces tenía que apartarme mucho de la historia bíblica original, a la que rodea un nimbo de más de dos mil años, así que tuve que darme por satisfecho con dibujar el perfil de un posible futuro libro.
En las décadas que me ocupé de la historia de Ester no dejaban de aparecer abriéndose paso hasta mí, las figuras de otras mujeres judías que habían intervenido en la historia de su pueblo asumiendo todas las consecuencias, y una de ellas fue precisamente ésta, cuya historia el lector acaba de conocer en este libro, Raquel, la Fermosa, la amiga del rey Alfonso.
Primero tuve conocimiento de su historia a través del drama de Grillparzer Adoraba y adoro esta pieza, el dulce dinamismo de sus versos y el profundo conocimiento del alma humana de su autor quien renunció conscientemente a dar a su trama alguna referencia histórica, pero que en contrapartida labró con tanta precisión el perfil de sus personajes. Sorprendentemente, su amigo y editor Heinrich Laube criticó su obra con dureza. (Probablemente es el tema en sí, con su sensacional mezcla de historia y erotismo, la que inspira rechazo al observador; de modo parecido, Martín Luther rechazó con enojo el Libro de Ester). Sea como sea, Heinrich Laube supone que la obra Jüdin (La judía) de Grillparzer no resulta porque el poeta se ha mantenido demasiado fiel a su modelo, el drama de Lope de Vega La judía de Toledo, según la opinión de Laube una pieza de teatro absolutamente superficial.
Leí el drama de Lope. Ciertamente es teatral, evidentemente fue garrapateada en pocos días y sin ningún rigor. Puesto que el material que el poeta había encontrado para su proyecto, una vieja crónica, no parecía ser suficiente para los tres actos de su pieza, lo empleó sólo para los dos últimos actos y utilizó para el primero un par de capítulos extraídos de la misma crónica, directamente anteriores a la historia de la judía, pero que no tienen nada que ver con ella. Pero puesto que Lope es un apasionado y extraordinariamente diestro hombre de teatro, el gozo que él halla en los efectos de su teatro se transmite al lector y al espectador y su falta de rigor apenas influye en la efectividad de su obra. Su obra La judía de Toledo se convirtió en una pieza de teatro extraordinariamente llena de fuerza, colorido, y apasionadamente patriótica, y comprendo muy bien qué es lo que hay en ella que atrajo tanto a Grillparzer.
Si, el tema me fascinó, tal y como había fascinado a Lope y a Grillparzer.
Leí las fuentes de Lope. Es esa crónica de la que he tomado algunas líneas como lema para cada una de las partes de mi novela. Esta crónica fue escrita por otro Alfonso de Castilla, el décimo de su nombre, un biznieto de nuestro Alfonso, que nació siete años después de la muerte de aquél. Cuenta de la pasión de su bisabuelo y de la judía con visible simpatía. Es extraordinario cómo esta historia de amor ya desde el principio y a lo largo de siglos, ha ocupado la fantasía de los españoles. Hasta mediados del siglo pasado se escribieron en torno a ella siempre nuevas baladas, romanzas, poemas épicos, novelas y piezas de teatro. Incluso dentro de la literatura árabe ocupa la historia un lugar Los románticos de muchas épocas y de muchos países la han contado, cada uno a su manera.
Pero hasta donde pude alcanzar ninguna de esas muchas versiones se ha preocupado de la historia del país en la que sucedieron esos acontecimientos, y, sin embargo, el destino de los amantes estuvo estrechamente ligado al de su país, y cuanto más profundiza el observador en la situación de la España de entonces, la historia de Ester-Raquel y del rey adquiere un sentido cada vez más profundo.
Las antiguas crónicas y baladas españolas que mencionan por primera vez a Alfonso y a la judía creen de un modo ingenuo e incuestionable en la santidad de la guerra. Esas crónicas me ayudaron a comprender aquella civilización caballeresca, que, a pesar de toda su refinada courtoisie, se hallaba sumida todavía en la barbarie; el poderoso credo interior de aquellos barones de Castilla; su valentía fruto de una fe fanática y del ansia de matar; su ilimitado orgullo, que destruyó sin el menor escrúpulo las maravillosas ciudades y reinos que otros habían creado. Sólo quien pueda percibir la irresistible fuerza de atracción de este mundo de aventuras, podrá entender por completo la historia de Raquel y del rey
No he pretendido glorificar el heroísmo descabellado, sino revivir su esplendor y su encanto, aunque sin ocultar aquello que tenía de destructor He querido hacer visible la magia del mundo de la guerra que resulta atractiva incluso para aquel que sabe descubrir en ella toda su corrupción. Raquel percibe cuán funestas consecuencias tendrá la temeridad de Alfonso, y a pesar de todo le ama. En todo aquello que a Raquel, a pesar de su sabiduría, le resulta atractivo de aquel hombre que le traerá la desgracia, he querido simbolizar la seducción que emana de la guerra, de la aventura, que a veces llega a deslumbrar al más claro entendimiento.
Quise oponer al caballero el hombre de paz. Evidentemente éste no es celebrado en las crónicas y baladas de su tiempo, pero sí existió. Vive en la sombra, al margen de las crónicas, se siente su presencia de un modo más patente en documentos, privilegios y leyes, y con toda claridad en los libros de los sabios y filósofos. Ahí están los comerciantes y campesinos, los habitantes de las florecientes ciudades que intentan oponer al modo de ser desenfrenado de caballeros y barones el orden y la ley. Ahí están los judíos que hacen lo que pueden por preservar la paz, porque ellos serán los primeros que caerán bajo los cabecillas de la guerra. Y ahí están sobre todo los que piensan, los religiosos y los laicos: Rodrigue, Musa, Benjamín, que rechazan la guerra con palabras y obras. Hombres que no tienen para enfrentarse a la valentía armada del caballero nada más que el sereno valor de su inteligencia. Pero ¿acaso no es eso mucho?
Se suele decir que hay dos columnas sobre las que se apoya nuestra civilización: el ideal de cultura humanístico de griegos y romanos y el códice moral judeocristiano de la Biblia. A mi me parece que en nuestra civilización perdura una tercera herencia: la veneración por el heroísmo, por el mundo de la caballería. La imagen amorosamente reverenciada del caballero cristiano, tal y como lo dibuja la Edad Media, en modo alguno ha empalidecido. Todavía sigue considerándose la mayor de las glorias la del héroe, la del guerrero. El gran escritor Cervantes expuso con delicado esmero todo aquello que de ridículo hay en el caballero. El mundo se rió: pero no se dejó convencer. Una parte de Don Quijote ha existido siempre desde el principio en cada caballero, pero el mundo no quiso ni quiere verlo, sigue sin querer ver al loco que hay dentro de cada caballero, sólo quiere ver su esplendor. El mundo sigue alzando sus ojos hacia el caballero y cubriéndolo de honores.
Creo que la historia de Alfonso y de Raquel nos interesa porque el atractivo mundo caballeresco de la Edad Media todavía sigue irremediablemente vivo. Los teóricos de aquellos tiempos discutían si era lícito adelantarse al posible ataque de un enemigo siendo los primeros en atacar. Discutían si era condenable pagar la paz con elevados sacrificios. He intentado dar vida a personas que se debatieron entre esas inquietudes Me dije a mí mismo: aquel que cuente de nuevo la historia de esas personas no sólo estará escribiendo Historia, sino que esclarecerá y dará sentido a algunos problemas de nuestro tiempo.
L.F.