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jueves, 23 de julio de 2015

Preludio (Catherine Mansfield)

miércoles, 22 de julio de 2015

Matrimonio A La Moda (Katherine Mansfield)

MATRIMONIO A LA MODA
Katherine Mansfield

CAMINO DE la estación, William se dio cuenta de que había olvidado comprar algo para los críos. El olvido le causó gran malestar. ¡Pobres niños! ¡Qué pena! Las primeras palabras que decían siempre cuando corrían a saludarle eran: «¿Qué nos traes, papá?», y él no llevaba nada. Tendría que comprarles unos dulces en la estación. Pero eso era lo que había hecho los cuatro sábados anteriores, y la última vez sus caras habían sido lo suficientemente expresivas al ver aparecer las mismas cajas de costumbre.
Paddy había dicho:
—A mí ya me diste una con cinta roja.
Y el comentario de Johnny fue:
—Y a mí siempre me toca rosa. Odio el color rosa.
Pero, ¿qué podía hacer William? El asunto no era fácil. Antes hubiera cogido un taxi hasta una buena juguetería y en cinco minutos habría encontrado algo adecuado para ellos.
Pero ahora tenían juguetes rusos, franceses, servios... juguetes de Dios sabe qué parte del mundo. Hacía más de un año que Isabel había desechado los burritos, las locomotoras y un montón de cosas más porque eran «demasiado sentimentales» y «muy perjudiciales para la formación de los pequeños».
—Es importantísimo —había explicado la nueva Isabel— que tengan gustos adecuados desde el principio. Ahorra mucho tiempo más adelante. La verdad, si las pobres criaturas se pasan la infancia contemplando semejantes monstruosidades, es muy normal que al crecer insistan en que los lleven a la Real Academia de Pintura.
Y continuaba hablando como si una visita a la Real Academia de Pintura fuese algo semejante a una condena a muerte...
—Bueno, no estoy muy seguro —dijo William lentamente—. Cuando yo tenía su edad me iba a la cama abrazado a una toalla con un nudo en la punta.
La nueva Isabel le miró con los ojos entornados y los labios entreabiertos.
—¡Querido William! Estoy completamente segura de que lo hacías. —Y rió con su nuevo estilo.
Sin embargo, tendría que volver a llevarles dulces, pensó melancólicamente William mientras buscaba dinero suelto para pagar el taxi. Y se imaginó a los niños ofreciendo dulces —su generosidad no conocía límites—, y a los remilgados amigos de Isabel no dudando un momento en cogerlos...
¿Por qué no llevarles fruta? William se detuvo ante uno de los puestos, dentro ya de la estación. ¿Qué tal un melón para cada uno? ¿Tendrían que repartirlos también? O una piña para Pad y un melón para Johnny. No era probable que los amigos de Isabel se colaran furtivamente en la habitación de los niños a la hora de comer. Aun así, mientras compraba la fruta William tuvo una visión horrible: imaginó a uno de los amigos de Isabel, un joven poeta, sorbiendo una raja de melón detrás de la puerta del cuarto de los pequeños.
Con los incómodos paquetes se dirigió hacia su tren. El andén estaba repleto y el tren ya había llegado. Las puertas no dejaban de golpear violentamente en su constante abrir y cerrar. La locomotora lanzó un silbido tan potente que todo el mundo pareció aturdido en su ir y venir. William se dirigió sin dudar a un vagón de primera clase para fumadores, dejó su maleta y los paquetes y, tras sacar un manojo de papeles del bolsillo interior de la chaqueta, se sentó en un rincón y se puso a leer.
«Nuestro cliente, además, está convencido... Juzgamos oportuno volver a considerar... en el caso de que...» Sí, así estaba mejor. William se alisó el pelo y estiró las piernas. La sensación de angustia que le oprimía el pecho se mitigó. «Respecto a nuestra decisión...»
Sacó un lápiz azul y señaló cuidadosamente un párrafo.
Entraron en el compartimiento dos hombres, pasaron por delante de él y se acomodaron en el rincón opuesto. Un joven colocó en el portaequipajes sus palos de golf y se sentó enfrente. El tren dio un suave tirón y se puso en marcha. William levantó la vista y vio deslizarse ante sus ojos la calurosa estación. Una muchacha, sofocada por el esfuerzo, corría por el andén con grandes aspavientos y voces. «Histérica», pensó William tristemente. Al final del andén apareció un obrero con la cara grasienta y ennegrecida que sonrió al paso del tren.
«¡Qué asco de vida!», se dijo, y volvió a enfrascarse en sus papeles.
Cuando levantó la vista de nuevo estaba en pleno campo. Los animales se cobijaban a la sombra de los frondosos árboles. Un ancho río en cuya orilla chapoteaban unos niños desnudos apareció fugazmente ante sus ojos. El cielo tenía un resplandor pálido, y un pájaro se cernía en lo alto como una mota oscura en una piedra preciosa.
«Hemos examinado los archivos de correspondencia de nuestro cliente...» Repitió mentalmente estas palabras, como un eco. «Hemos examinado...» William se aferró a la frase, pero era inútil; se le quebraba por la mitad, y los campos, el cielo, el pájaro, el agua, todo le decía: «Isabel». Lo mismo le sucedía todos los sábados por la tarde. En su camino de regreso junto a Isabel imaginaba innumerables encuentros con ella. Estaba en el andén, algo apartada del resto de la gente; sentada en el taxi a la puerta de la estación; junto a la verja del jardín; en la puerta, o en el vestíbulo.
Y con su voz nítida y cristalina decía: «William», «Hola, William» o «Así que has llegado, William». Y él tocaba su fría mano, su fría mejilla.
¡El dulce frescor de Isabel! De pequeño, le encantaba salir al jardín después de un chaparrón, colocarse debajo del rosal y sacudirlo. Isabel era aquel rosal, con sus delicados pétalos, su rocío y su frescura. Y él seguía siendo el niño de entonces. Pero ahora ya no salía corriendo al jardín, ya no reía ni sacudía el rosal. La sensación de angustia que le oprimía el pecho se reanudó. Recogió las piernas, dejó a un lado los papeles y cerró los ojos.
«¿Qué pasa, Isabel? ¿Qué pasa?», le preguntó con dulzura. Estaban en el dormitorio de la nueva casa. Isabel estaba sentada en un taburete frente al tocador cubierto de cajitas verdes y negras.
«¿A qué te refieres?» Se inclinó hacia adelante, y su sedoso cabello rubio le cayó sobre las mejillas.
«¡Ah, tú bien lo sabes!», contestó él. Estaba de pie en el centro de aquella extraña habitación en la que se sentía como un extraño.
Entonces Isabel se volvió bruscamente en su taburete y se le quedó mirando.
«¡Oh, William!», gritó con tono suplicante, blandiendo el cepillo del pelo. «Por favor, no seas tan anticuado y... tan trágico. No paras de decir, hacerme ver o insinuar que he cambiado.
Tan sólo porque he conocido a algunas personas con las que congenio, porque salgo un poco más y porque me tomo verdadero interés por las cosas, te comportas como si...» Isabel se echó el pelo hacia atrás y rió, «como si hubiese dado una puñalada a nuestro amor o algo parecido. ¡Resulta todo tan absurdo», se mordió el labio, «y tan exasperante, William! Hasta te fastidia que tenga esta casa nueva y servidumbre».
«¡Isabel!»
«Sí, sí, en cierto modo es verdad», replicó inmediatamente Isabel. «Piensas que son otro signo negativo. Sé que lo piensas. Me lo dice el corazón cada vez que subes por esas escaleras», añadió bajando el tono de voz. «Pero no podíamos seguir viviendo en aquel miserable agujero. Sé práctico al menos, William. Acuérdate, ni siquiera había sitio para los niños.»
Era cierto. Todos los días, al volver de su bufete, se encontraba a los niños con Isabel en la salita de atrás. Galopaban sobre la piel de leopardo extendida en el respaldo del sofá o jugaban a las tiendas utilizando el escritorio de Isabel como mostrador. A veces Pad se sentaba en la estera que había delante de la chimenea y se ponía a remar como loco con la badila, mientras Johnny disparaba contra los piratas con las tenazas. Y al anochecer había que subirles a cuestas por aquellas escaleras tan estrechas hasta los brazos de su vieja y gorda niñera.
Sí, debía admitir que era una casa miserable. Una casita blanca con cortinas azules y una jardinera con petunias en la ventana. William recibía a sus amigos en la puerta con un:
«¿Habéis visto nuestras petunias? Son espléndidas para Londres, ¿no os parece?
Pero lo más estúpido, lo más inconcebible era que no se hubiese dado cuenta ni por asomo de que Isabel no era tan feliz como él. ¡Qué ceguera, Dios mío! En aquella época ignoraba por completo que ella odiaba la incómoda casita, que creía que la niñera gorda estaba echando a perder a los niños, que se sentía muy sola, anhelando conocer gente nueva, oír música nueva, ver películas... todo. Si no hubieran ido a la fiesta que dio Moira Morrison en su estudio... Si Moira Morrison no hubiera dicho cuando ya se marchaban: «Voy a liberar a tu esposa, egoísta. Es como una delicada Titania.» ...Si Isabel no hubiera ido con Moira a París... Si...
El tren paró en otra estación. Bettingford. ¡Cielos! Llegaría en diez minutos. Se guardó los papeles. El joven sentado frente a él se había apeado hacía tiempo. Ahora se bajaron los otros dos pasajeros. El último sol de la tarde caía sobre los vestidos de las mujeres y sobre los niños que andaban descalzos, y arrancaba destellos a la delicada flor amarilla de una planta cuyas ásperas hojas se extendían por una roca. El aire que se colaba por la ventanilla olía a mar. «¿Tendrá Isabel también este fin de semana la misma gente a su alrededor?», se preguntó William.
Y evocó las vacaciones que solían pasar antes, los cuatro juntos, con Rose, una joven campesina que cuidaba de los pequeños. Isabel llevaba jersey y el pelo recogido en una trenza; parecía una niña de catorce años. ¡Dios mío! ¡Cómo se le pelaba la nariz a William! Y cuánto comían, y cuánto dormían, entrelazados sus pies en la inmensa cama de colchón de plumas... William no pudo reprimir una amarga sonrisa al pensar en la consternación de Isabel si supiera hasta dónde llegaba su sentimentalismo.
—Hola, William.
Después de todo estaba en la estación, algo distanciada de los demás, tal como se la había imaginado, y —el corazón le dio un vuelco de alivio— sola.
—Hola, Isabel —respondió William mientras la miraba embelesado. Tan bella le parecía que consideró necesario añadir algo—: Te veo tan fresca a pesar del calor.
—¿Sí? Pues no me siento nada fresca. Date prisa, tu horrible tren ha llegado con retraso. El taxi nos espera fuera. —Colocó la mano con gran suavidad sobre el brazo de William cuando pasaron ante el encargado de recoger los billetes—. Hemos venido todos a recibirte, pero hemos dejado a Bobby Kane en la bombonería y tenemos que recogerle.
—¡Oh! —fue todo cuanto pudo responder William por el momento.
El taxi esperaba a pleno sol. Bill Hunt y Dennis Green, arrellanados en uno de los lados del asiento, tenían el rostro medio cubierto por el sombrero. Al otro lado. Moira Morrison saltaba sin parar. Llevaba un sombrero que parecía una fresa descomunal.
—¡No hay hielo! ¡No hay hielo! ¡No hay hielo! —gritó alegremente.
—Sólo lo conseguiremos en la pescadería —intervino Dennis bajo el ala de su sombrero.
A lo que Bill Hunt, saliendo de su sopor, contestó:
—Con peces dentro.
—¡Qué fastidio! —se lamentó Isabel, y explicó a William cómo habían estado buscando hielo por toda la ciudad mientras ella le esperaba—. Todo se está derritiendo como una vela, empezando por la mantequilla.
—Tendremos que usarla para ungirnos con ella —comentó Dennis—. Que a tu cabeza, oh William, no le falten bálsamos.
—Oye, ¿cómo nos vamos a sentar? —dijo William—. Será mejor que yo vaya delante con el conductor.
—No —replicó Isabel—, con el conductor irá Bobby Kane. Tú siéntate entre Moira y yo.
—El taxi se puso en marcha—. ¿Qué llevas en esos misteriosos paquetes?
—Cabezas decapitadas —intervino Bill Hunt, temblando con todo el cuerpo.
—¡Es fruta! —Isabel parecía loca de contento—. ¡Qué buena idea, William! Un melón y una piña. ¡Es maravilloso!
—No, espera un poco —dijo William con una sonrisa, aunque en realidad estaba muy inquieto—. Eso es para los pequeños.
—¡Oh, cariño! —Isabel rió y le pasó la mano bajo el brazo—. Tendrán retortijones si se comen esa fruta. ¡No! —le dio unas palmaditas en la mano—. La próxima vez les traes algo a ellos. Esa piña es para mí.
—¡Qué cruel eres, Isabel! Déjame olería, anda —dijo Moira, y extendió los brazos por delante de William en actitud de súplica—. ¡Oh! —El sombrero se le venció hacia adelante.
Parecía a punto de desmayarse .
—«Dama enamorada de una piña» —comentó Dennis en el momento en que el taxi se detenía frente a una pequeña tienda con un toldo a rayas.
En la puerta apareció Bobby Kane con un montón de paquetitos.
-Espero que sean buenos. Los he elegido por el color. Son unas cosas redondas que tienen una pinta divina. Y fijaos en este guirlache —gritó al borde del éxtasis—. ¡Fijaos bien! Es como un ballet en miniatura—. En aquel momento hizo su aparición el tendero—. Ah, se me olvidó deciros que no he pagado nada de esto —añadió con expresión de temor. Isabel dio un billete al tendero y Bobby recobró la alegría—. ¿Qué tal, William? Yo me siento delante. —Iba sin sombrero, vestido completamente de blanco, con las mangas de la camisa remangadas.
Saltó al lado del conductor y gritó—: ¡Avanti!
Después del té los demás fueron a darse un baño. William se quedó en casa para hacer las paces con los críos. Pero Paddy y Johnny estaban durmiendo, el rojo resplandor del atardecer había palidecido y los murciélagos ya habían empezado a revolotear, y los bañistas aún no habían vuelto. William bajó a la planta inferior y se cruzó con una doncella que llevaba una lámpara. La siguió hasta el salón, muy amplio y pintado de amarillo. En la pared que quedaba frente a William alguien había pintado un joven de tamaño mayor que el real, con piernas de pelele, ofreciendo una inmensa margarita a una muchacha con un brazo muy corto y el otro muy largo y delgado. Sobre las sillas y el sofá colgaban tiras de tela negra salpicadas de grandes manchas similares a huevos rotos, y por todas partes había ceniceros repletos de colillas. William se sentó en una de las butacas. Hoy en día, cuando metía uno la mano por los costados del asiento, no encontraba una oveja de tres patas, o una vaca a la que faltaba un cuerno, o una paloma del zoo en miniatura, sino otro manoseado librito de poemas forrado con papel... Se acordó entonces de los papeles que llevaba en el bolsillo, pero se sentía demasiado hambriento y cansado para leer. La puerta estaba abierta, y hasta él llegaron sonidos procedentes de la cocina. La servidumbre estaba parloteando como si no hubiera nadie en la casa. De pronto oyó una sonora carcajada y un «¡Chist!» no menos sonoro. Se habían acordado de su existencia. William se levantó, atravesó el gran ventanal y salió al jardín.
Permaneció inmóvil en la oscuridad, y al rato oyó a los bañistas que subían por el camino de arena. Sus voces rompieron la tranquilidad del momento:
—Creo que le toca a Moira emplear sus artimañas.
Un trágico gemido de Moira.
—Deberíamos tener un tocadiscos para los fines de semana; así podríamos escuchar
La doncella de las montañas.
—No, por favor, no —exclamó Isabel—. No debemos hacerle eso a William. Sed amables con él, mes amis. Sólo va a estar aquí hasta mañana por la tarde.
—Dejadlo en mis manos —dijo Bobby Kane—. A mí se me da muy bien eso de entretener a la gente.
Se oyó el abrir y cerrar de la cancela. William hizo un movimiento y ellos le vieron.
«¿Qué tal, William?» Y Bobby Kane, agitando la toalla en el aire, se puso a danzar y a hacer piruetas por el agostado césped.
—¡Qué lástima que no hayas venido, William! El agua estaba divina. Y después fuimos a un bar y nos tomamos unas ginebras.
El grupo ya había entrado en la casa. Bobby Kane se dirigió a Isabel:
—Oye, ¿te gustaría que esta noche me pusiera mi traje estilo Nijinsky?
—No —repuso ella—. Esta noche no se viste nadie. Todos estamos hambrientos.
También William está muerto de hambre. Vamos, mes amis, empecemos con unas sardinas.
—¡Encontré las sardinas! —gritó Moira, y salió corriendo de la cocina con una lata en lo alto.
Dennis sentenció con gravedad.
—«La dama de la lata de sardinas».
—Bien, bien. ¿Y qué tal por Londres? —preguntó Bill Hunt mientras descorchaba una botella de whisky.
—No ha cambiado mucho —respondió William.
—El viejo Londres... —comentó cordialmente Bobby, al tiempo que pinchaba una sardina.
Pero un momento después William había caído en el olvido. Moira Morrison se preguntaba de qué color eran realmente las piernas bajo el agua.
—Las mías son de un color champiñón palidísimo.
Bill y Dennis comieron vorazmente. Isabel rellenó los vasos, cambió los platos, fue a buscar cerillas, todo ello sin dejar de sonreír. De pronto dijo:
—Me gustaría que lo pintases, Bill.
—¿Pintar qué? —preguntó Bill, con la boca llena de pan.
—A nosotros alrededor de la mesa —contestó ella—. Resultaría fascinante dentro de veinte años.
Bill alzó la vista y masculló groseramente:
—La luz no es buena. Demasiados amarillos —y siguió comiendo. Incluso esto pareció agradar a Isabel.
Después de cenar todos estaban tan cansados que no hicieron sino bostezar hasta que llegó la hora de acostarse.
Sólo a la tarde siguiente, cuando estaba esperando el taxi, se encontró William a solas con Isabel. Al verle bajar con la maleta hasta la entrada, Isabel dejó al resto del grupo y se acercó a él. Se agachó y levantó la maleta.
—¡Cuánto pesa! —exclamó, y soltó una risita forzada—. Déjame que te la lleve hasta la verja.
—No. ¿Por qué ibas a hacerlo? —dijo William—. No, déjamela a mí.
—Por favor, déjame. De verdad que quiero llevarla.
Echaron a andar en silencio. A William no se le ocurría nada que decir.
—¡Ya estamos! —exclamó triunfalmente Isabel, dejando la maleta en el suelo y mirando con impaciencia en dirección del camino de arena—. Apenas te he podido ver esta vez
—añadió casi sin aliento—. Resulta tan corto, ¿verdad? Es como si acabaras de llegar. La próxima vez... —A lo lejos apareció el taxi—. Espero que te cuiden bien en Londres. Siento muchísimo que los niños hayan estado fuera todo el día, pero la señorita Neil ya lo tenía todo organizado. Te echarán de menos. ¡Mi pobre William, tener que volver a Londres! —El taxi se detuvo ante la cancela—. Adiós. —Le dio un fugaz beso y se metió en la casa.
A un lado y a otro, campo, árboles y setos. Atravesaron la diminuta ciudad, que parecía desierta, y subieron pesadamente por la empinada cuesta de la estación.
El tren ya estaba en el andén. William se dirigió a un vagón de primera clase para fumadores y se dejó caer en un rincón del compartimiento. Esta vez no sacó los papeles. Cruzó los brazos sobre el pecho, oprimido de nuevo por aquella sensación de angustia, y mentalmente empezó a escribir una carta a Isabel.
ESTABAN sentados en el jardín de la casa. Se cobijaban del sol bajo toldos multicolores, y el único que no ocupaba una de las tumbonas era Bobby Kane, que estaba echado en la hierba a los pies de Isabel. Era un día sofocante, tedioso y pesado. El correo se retrasaba, como de costumbre.
—¿Creéis vosotros que habrá lunes en el cielo? —preguntó infantilmente Bobby.
—El cielo será un largo lunes —susurró Dennis.
Pero Isabel permanecía abstraída, preguntándose dónde habría ido a parar lo que sobró del salmón que tomaron para cenar el día anterior. Había pensado preparar pescado con mayonesa para la comida y ahora resultaba...
Moira estaba durmiendo. El sueño era su descubrimiento más reciente: «¡Resulta tan maravilloso! Cierra uno los ojos y ya está. ¡Es tan delicioso!»
Cuando el viejo y rubicundo cartero apareció empujando su triciclo por el camino de arena, tuvieron la sensación de que el manillar era como un par de remos.
Bill Hunt dejó el libro que estaba leyendo y exclamó con satisfacción: «Cartas». Todos esperaron la llegada del cartero. Pero —¡oh, cruel mensajero!, ¡oh, perverso mundo!— tan sólo había una carta, muy abultada, para Isabel. Ni un mal periódico.
—Y para colmo es de William —comentó Isabel con tristeza.
—¿De William? ¿Tan pronto?
—Te devuelve el certificado de matrimonio como un dulce recordatorio.
—Pero ¿tiene todo el mundo certificado de matrimonio? Yo creía que eso era sólo para los criados.
—¡Páginas y más páginas! ¡Miradla! «Dama leyendo una carta» —dijo Dennis.
Mi querida y bien amada Isabel... Y así páginas y páginas. A medida que iba leyendo, su sorpresa se fue transformando en una sensación de sofoco. ¿Qué demonios habría inducido a William a...? Era realmente extraordinario... ¿Qué le habría pasado para...? Se sintió confundida, cada vez más agitada, incluso asustada. Era típico de William. ¿O quizá no? De todos modos aquello resultaba absurdo, ridículo. «Ja, ja, ja! ¡Dios mío!» ¿Qué haría? Se recostó en la tumbona y se echó a reír hasta que ya no pudo parar.
—¡Dinos qué pasa! —suplicaron los demás—. Tienes que decírnoslo.
—Estoy deseando hacerlo —contestó Isabel medio ahogada. Se incorporó, recogió todas las hojas de la carta y las blandió ante sus rostros.
—¡Escuchad! Es genial. ¡Una carta de amor!
—¡Una carta de amor! ¡Es divino!
Mi querida y bien amada Isabel... Pero apenas había comenzado a leer cuando sus risas la interrumpieron.
—Adelante, Isabel. Es maravilloso.
—¡Qué interesante! Es fabuloso.
—Por favor, Isabel, continúa.
No permita Dios, mi amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad.
«¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!»
«¡Chist! ¡Chist! ¡Chist!»
E Isabel prosiguió. Cuando llegó al final todos estaban medio histéricos. Bobby, a punto de romper en sollozos, se revolcaba por la hierba.
—Tienes que dejármela tal como está, completa, para mi nuevo libro —dijo Dennis con firmeza—. Le dedicaré un capítulo entero.
—¡Oh, Isabel! —gimió Moira—. ¡Qué bonita es esa parte en la que habla de tenerte en sus brazos!
—Siempre creí que esas cartas que se presentan en los casos de divorcios eran falsificadas. Pero esta las eclipsa a todas...
—Déjame tenerla en mis manos. Déjame leerla, mi bien —dijo Bobby Kane.
Pero ante la sorpresa de todos, Isabel estrujó la carta. Ya no reía. Los miró uno por uno; parecía agotada.
—No. Ahora no, ahora no.
Y antes de que se hubieran repuesto de la sorpresa, ya estaba dentro de la casa.
Corrió escaleras arriba hasta su dormitorio y se sentó en el borde de la cama. «¡Qué cosa tan vil, odiosa, vulgar y repulsiva!», musitó. Se tapó los ojos con los nudillos, pero los seguía viendo. No eran cuatro, sino cuarenta, riendo, gesticulando y burlándose mientras ella les leía la carta de William. ¡Qué cosa tan repugnante había hecho! ¿Cómo había sido capaz de semejante acción? No permita Dios, mi amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad.
¡William! Isabel hundió la cara en la almohada. Pero tenía la sensación de que incluso aquel severo dormitorio conocía su carácter: superficial, frívolo, vano...
Desde el jardín le llegaron unas voces: —Isabel, vamos a bañarnos. ¡Vente!
—¡Ven, oh consorte de William!
—Llamadla otra vez antes de irnos. Volved a llamarla.
Isabel se incorporó. Había llegado el momento, tenía que decidirse ahora. ¿Iría con ellos o se quedaría para escribir a William? ¿Qué elegir? «Debo decidirme.» Pero ¿cómo podía dudarlo? Se quedaría y escribiría a William, por supuesto. —Titania —gritó Moira.
—I-sa-bel.
No, era demasiado difícil. «Iré; iré con ellos y escribiré a William después. En otro momento. Ahora no. Le escribiré sin falta», pensó Isabel apresuradamente.
Y, con esa nueva risa suya, bajó corriendo las escaleras.

La Mujer Del Almacen (Katherine Mansfield)


La Lección De Canto (Katherine Mansfield)


Bliss (Katherine Mansfield)

En Una Pensión Alemana y Algo Infantil Y Otros Cuentos (Katherine Mansfield)

En Una Pensión Alemana y Algo Infantil Y Otros Cuentos
Katherine Mansfield

Títulos originales: In a german pension Something childish
Katherine Mansfield nació en Nueva Zelanda el 14 de octubre de 1888 y murió en Fontainebleau el 9 de enero de 1923. A los trece años la enviaron sus padres a Inglaterra. Tras una nueva estancia en su tierra natal, sus padres le permitieron que volviera a Inglaterra. Entonces se dedicó enteramente a la literatura, y, más intensamente aún, a buscar editores para sus manuscritos, editores que no encontraba. Por fin, el editor de The New Age le publicó una serie de novelas cortas. En 1916 se le abrieron definitivamente las puertas de la fama. Publicó entonces Felicidad, El hombre, y Preludio. Y fueron este Preludio y La fiesta en el jardín las obras que le permitieron conquistar el lugar de excepción que hoy ocupa en la literatura universal. En una pensión alemana —relato que da título a esta obra, en la que también se incluye Algo infantil y otros cuentos— fue el primer libro de Katherine Mansfield, sabroso anecdotario de la vida en una casa de huéspedes, con su policromo retablo de personajes y situaciones.

EN UNA PENSIÓN ALEMANA

NOTA PRELIMINAR

En una pensión alemana fue el primer libro de Katherine Mansfield. Se publicó en 1911, cuando tenía veintiún años. Los apuntes y cuentos que lo componen aparecieron primeramente en The New Age, en el decurso de los dos años precedentes. El libro obtuvo éxito considerable desde que salió a luz y pronto alcanzó la tercera edición. Entonces el impresor, falto de crédito, quebró. Al desalojar el local, las planchas de estereotipia desaparecieron, y con ellas toda esperanza de cobrar derechos.
Katherine Mansfield no se sintió excesivamente contrariada. Pronto había empezado a ver el libro con despego y más tarde lo miró con hostilidad. Representaba para ella una fase juvenil de acritud y crudo cinismo de la que deseaba desposeerse para siempre. Al estallar la guerra con Alemania, uno o dos editores le hicieron ofertas tentadoras por los derechos de publicación; pero, aun cuando estaba ya muy necesitada de dinero, se negó en absoluto. Este hecho permitirá juzgar de lo extraño que el libro se había vuelto para ella. Y, sin duda, hubiera obtenido un gran éxito de público en aquellos momentos, cuando la animosidad hacia las cosas de Alemania era general. Momentos, en que, como durante otros muchos de su vida, quinientas libras esterlinas hubieran significado una riqueza incalculable para ella. Pero nada pudo decidirla a publicarlo otra vez. En parte, por estimar que de por sí el libro era indigno de ello. Pero, sobre todo, como bien lo recuerdo, por creer indigno de sí misma el sacar provecho del odio que a la sazón se abatía sobre Alemania.
A continuación sigue un período durante el cual Katherine escribe mucho y no publica nada, hasta que en 1917, con la aparición de Preludio, rompe el silencio. Cuando en 1920 aparece Felicidad y obtiene éxito tan rápido, nuevamente es instada a permitir la reaparición de En una pensión alemana.
Yo le transmití la propuesta y su réplica fue como sigue:
«No quiero de ningún modo que La pensión alemana se reimprima. Es algo demasiado prematuro, y hoy en día ni siquiera la reconozco. Quiero decir que no me hago responsable de ella. No puedo lanzar al público una cosa así. No tiene calidad suficiente. Pero si me envía la nota a que se refiere, correspondería ofreciéndole un nuevo libro para el primero de mayo. Mas ni por un momento quiero tomar en cuenta la oferta de reimprimir Pensión. Es algo enteramente juvenil y no lo que yo pretendía, sino una mentira. ¡No, jamás!»
Yo repliqué a esto que el autor, cuando ha dado deliberadamente a la publicidad un libro, no puede deshacerse de él de esa manera. Y que la causa de sentirse tan exigente con su primera obra, no era otra que el haber esperado demasiado para publicar la segunda. En realidad, no se trataba de un buen libro, sino de un libro verdaderamente notable para haber sido escrito a los diecinueve años. Y, sobre todo, que no podía aniquilarlo negándose a reimprimirlo. En una pensión alemana existía irrevocablemente.
Ella repuso:
«Es justo, Isabel, lo que dices acerca de Pensión. Pero he de hacer un prólogo diciendo que se trata de un trabajo muy prematuro, o simplemente a qué edad fue escrito. Porque, Betsy, ya sabes que no es nada para sentirse orgullosa. De no haberme aconsejado tú, lo hubiera tirado por la borda. Pero, desde luego, haré lo contrario, y sin duda así se aireará mi nombre. Lástima que no sea mejor. La verdad es que me siento avergonzada de él. Tendré que esforzarme para escribir otro que sea decoroso; eso es todo...»
Pero Katherine Mansfield no escribió jamás aquel prólogo.
JOHN MIDDLETON MURRY

LOS ALEMANES A LA MESA

La sopa de pan había sido servida.
—¡Ah! —dijo Herr Rat [1], inclinándose sobre la mesa para mirar dentro de la sopera—. Esto es lo que yo necesito. Hace varios días que mi magen no está en regla. Sopa de pan en su punto justo de densidad.
Se volvió hacia mí y añadió:
—Soy un cocinero excelente.
—Qué interesante —exclamé, intentando infundir a mi voz el suficiente entusiasmo.
—Sí, es preciso cuando uno no está casado. Por mi parte he obtenido de las mujeres todo cuanto quise sin casarme —se sujetó en el cuello la servilleta y sopló la sopa, sin dejar de hablar—. Ahora a las nueve hago un almuerzo a la inglesa, pero no tan fuerte como ustedes. Cuatro rebanadas de pan, un par de huevos, don lonchas de jamón frito, un plato de sopa, dos tazas de té... Para ustedes, nada.
Lo afirmó con tal vehemencia, que me faltó valor para refutarlo.
Todas las miradas convergieron en mí, y me pareció estar soportando el peso de todos los almuerzos disparatados de la nación. Yo que de mañana tomo una taza de café al tiempo de abrocharme la blusa.
—Nada —proclamó Herr Hoffmann de Berlín—. Ach! Cuando estuve en Inglaterra solía comer por la mañana.
Levantó la vista y el mostacho, y se puso a enjugar las escurriduras de sopa sobre la chaqueta y el chaleco.
—¿De veras comen ustedes tanto? —preguntó Fräulein Stiegelauer—. ¿Sopa, pan tostado, carne de cerdo, té y café, frutas en confitura, miel, huevos, pescado frío, riñones, hígado y pescado caliente? ¿Y las señoras comen tanto también?
—Exacto —exclamó Herr Rat—. He podido observarlo por mí mismo cuando viví en un hotel de Leicester Square. Era un buen hotel, pero no sabían hacer té. Ahora que...
—Ah, pues es algo que yo sé —dije riendo divertida—. Sé hacer té excelente. El secreto está en calentar la tetera.
—¡Calentar la tetera! —me interrumpió Herr Rat, echando a un lado el plato de la sopa—. ¿Para qué calentar la tetera? ¡Ja, ja! Es estupendo. Creo que no se comerá la tetera.
Clavó en mí sus fríos ojos azulados, con una expresión que hacía presumir un millar de planes de invasión.
—De modo que ¿ése es el secreto de su famoso té? ¿Nada más que calentar la tetera?
Quise decir que aquello era solamente como el comienzo del galope en el caballo. Pero no supe cómo traducirlo y callé. La sirvienta trajo la ternera con sauerkraut [2] y patatas.
—Me gusta mucho la sauerkraut —dijo el viajante para el norte de Alemania—, pero he comido ya tanta, que no puedo retenerla y me veo en seguida obligado a...
—¡Qué día más hermoso! —exclamé, volviéndome hacia Fräulein Stiegelauer—. ¿Madrugó usted mucho?
—A las cinco paseé durante diez minutos sobre la hierba húmeda —explicó ésta— Me acosté de nuevo, y a las cinco y media me quedé dormida. No desperté hasta las siete para lavarme de arriba abajo. Y otra vez a la cama. A las ocho me puse una compresa de agua fría, y a las ocho y media bebí una taza de té de menta. Tomé un poco de malta a las nueve y empecé mi «cura». Haga el favor de pasarme la sauerkraut. ¿No toma usted?
—No, gracias, la sigo encontrando un poco fuerte.
—¿Es verdad —inquirió la viuda mientras se escarbaba los dientes con una horquilla— que es usted vegetariana?
—Pues, sí, hace tres años que no como carne.
—Inconcebible. No tendrá hijos.
—No.
—Claro que no. ¿Ve a dónde van ustedes? Nunca he oído decir que se pueda tener hijos alimentándose con vegetales. Es imposible. Pero hoy en día no tienen ustedes en Inglaterra muchos hijos. Deben de estar muy atareados con los sufragistas. Pues yo he tenido nueve y todos viven, gracias a Dios. Criaturas sanas y hermosas. Aunque desde que tuve el primero he tenido que...
—Magnífico —exclamé.
—¿Magnífico? —dijo la viuda con aire despectivo, mientras volvía a colocar la horquilla en el montículo que se balanceaba en lo alto de su cabeza—. Eso no tiene importancia. Una amiga mía tuvo cuatro de una vez, y su marido se puso tan contento, que dio una cena y los colocó sobre la mesa. Ella, como es natural, estaba orgullosísima.
—Alemania —tronó el viajante— es el país de la familia —había ensartado una patata con el cuchillo y la iba mordiendo en derredor.
A esto siguió un respetuoso silencio. Se cambiaron los platos para la carne de vaca con pasas y espinacas. Limpiaron los tenedores en un trozo de pan negro y comenzaron de nuevo.
—¿Cuánto tiempo va a permanecer aquí? —me preguntó Herr Rat.
—No lo sé fijamente. Tengo que estar en Londres para septiembre.
—Visitará München [3], naturalmente.
—Temo que no me alcance el tiempo. Ya sabe que es muy importante no interrumpir el tratamiento.
—Pues tiene que ir usted a München. No habrá visto Alemania si no ha estado en München. Todas las Exposiciones y todo el Arte y el Alma vívida de Alemania se encuentran en München. Hay en agosto un festival de Wagner. Y, además, Mozart, una colección de pinturas japonesas... y la cerveza. No sabrá lo que es la buena cerveza si no va a München. Como que yo he visto damas distinguidas, pero muy distinguidas, bebiéndose vasos así de grandes —sonreí al verle señalar un gran lavamanos colocado en alto.
—Cuando bebo mucha cerveza de München, sudo otro tanto —dijo Herr Hoffmann—. Estando aquí o en el campo o antes del baño, me agrada sudar. En la ciudad no ocurre lo mismo.
Inspirado por este pensamiento se enjugó cuello y rostro con la servilleta y también se limpió meticulosamente los oídos.
Una fuente de cristal con albaricoques en almíbar fue colocada en la mesa.
—¡Oh, la fruta! —exclamó Fräulein Stiegelauer—. ¡Es tan necesaria para la salud! El médico me dijo esta mañana que cuanta más fruta comiera, mejor.
El viajante dijo:
—Creo que están ustedes extraordinariamente asustados ante el temor de una invasión, ¿eh? Sí, es cierto. He estado leyendo en un periódico lo que ocurre en Inglaterra. ¿Lo ha leído usted?
—Sí —repliqué muy tiesa en mi asiento—. Y puedo afirmar que no estamos asustados.
—Pues debieran estarlo —dijo Herr Rat—. No tienen ejército de ningún género... unos cuantos chicuelos con las venas emponzoñadas por la nicotina.
—Pero no teman —manifestó Herr Hoffmann—, no necesitamos Inglaterra. De haberla necesitado la hubiéramos tenido hace tiempo. De veras. No nos hacen falta ustedes —y me amenazó en broma con la cuchara, mirándome desde el otro lado de la mesa, como si fuese un niño chiquito a quien pudiera retener o despedir a su capricho.
—Estoy segura —le dije— de que nosotros no necesitamos Alemania.
—Esta mañana tomé un baño de asiento —declaró espontáneamente Herr Rat—. Esta tarde tomaré un baño de piernas y brazos, luego haré gimnasia durante una hora y mi tarea ha concluido. Un vaso de vino, un par de panecillos con sardinas y...
Trajeron una tarta de cerezas con nata batida.
—¿Cuál es el plato favorito de su esposo? —me preguntó la viuda.
—La verdad es que no lo sé —respondí.
—¿De veras no lo sabe? ¿Cuánto tiempo lleva casada?
—Tres años.
—¡Pero no hablará en serio! No hubiera podido llevar la casa ni una semana sin saberlo.
—Lo cierto es que nunca se lo pregunté. No es exigente respecto a la comida.
Pausa. Todos movieron la cabeza y me miraron con la boca llena de huesos de cereza.
—No tiene nada de particular que se esté repitiendo en Inglaterra ese horrible estado de cosas que se da en París —dijo la viuda doblando la servilleta—. ¿Cómo va a conservar una mujer el marido a su lado si después de tres años ignora cuál es su plato favorito?
—Mahlzcit, mahlzcit! [4].
Cerré la puerta tras de mí.

EL BARÓN

—¿Quién es? —pregunté—. ¿Por qué ha de sentarse siempre solo y además darnos la espalda?
—Ah —me susurró Frau Oberregierungsrat [5]—, es un barón.
Me contempló gravemente y sin demasiado desdén. Con expresión de ¿cómo-no-lo-habrá-reconocido-al-primer-golpe-de-vista?
—Pero no es culpa suya, pobre hombre —le dije—. Este hecho infortunado no debiera excluirle por ningún concepto de los goces del comercio intelectual.
De no haber tenido en la mano el tenedor, creo que se hubiera santiguado.
—No me ha comprendido, sin duda. Es uno de los antiguos barones.
Excitada más que otro poco, se volvió para hablar con Frau Doktor, que estaba a su izquierda.
—Mi tortilla está hueca, ¡hueca! —protestó—, y ésta es la tercera que pruebo.
Miré al más antiguo de los barones. Estaba comiendo ensalada; había clavado en el tenedor una hoja entera de lechuga y la iba absorbiendo poco a poco con gesto conejil. Algo digno de verse.
Pequeñito y delgado, los ralos cabellos y la barba negros, el cutis amarillento, usaba invariablemente un traje de jerga negro, camisa de lino crudo, sandalias negras y las gafas con aro negro más enormes que vi jamás.
Herr Oberlehrer [6], sentado frente a mí, sonrió benévolamente.
—Debe de ser algo muy interesante para usted, gnädige Frau [7]... Desde luego ésta es una pensión muy distinguida. Aquí estuvo este verano una dama de la corte de España. Padecía del hígado. Muchas veces hablé con ella.
Le miré agradecida y humilde.
—Claro que en Inglaterra no se tropieza uno en las casas de huéspedes con las clases altas como en Alemania.
—Ciertamente que no —repliqué, aún hipnotizada por aquel barón que parecía un amarillento gusanillo de seda.
—Viene todos los años —prosiguió Herr Oberlehrer— a causa de sus nervios. Todavía no ha hablado una sola vez con ninguno de los huéspedes.
Por su rostro cruzó una sonrisa, y me pareció estar participando de sus ilusiones en un espléndido quebrantamiento de aquel silencio; un deslumbrante intercambio de cortesías en un futuro nebuloso; el sacrificio de un periódico a la excelsa persona; un danke schön [8] que sería transmitido a las futuras generaciones.
En aquel momento el cartero, con la apariencia de un oficial del ejército alemán, entró con el correo. Tiró mis cartas dentro del pudding de leche y volviéndose hacia la camarera le dijo algo en voz baja. Ésta salió precipitadamente. Apareció el gerente de la pensión con una bandejita. En ella fue depositada una tarjeta ilustrada, que dicho señor, inclinando reverentemente la cabeza, fue a llevársela al barón.
Por mi parte me sentí desilusionada al ver que no se le saludaba con veintiún cañonazos. Al final de la comida se servía el café. Observé que el barón tomaba tres terrones, ponía dos en la taza y envolvía el tercero en un pico del pañuelo. Era siempre el primero en llegar al comedor y el último en abandonarlo. En una silla vacía que tenía al lado, colocaba un negro maletín de cuero. Por las tardes, asomada a la ventana, lo veía pasar calle abajo. Caminaba con paso trémulo llevando el maletín. Y cada vez que pasaba junto a un farol, se estremecía un poco más, como si temiera que aquél fuera a embestirle, o acaso por considerar plebeyo su contacto.
Me preguntaba a dónde iría y por qué tenía que cargar con aquella maleta. Nunca lo había visto en el Casino ni en el establecimiento de baños. Parecía arrastrar sus pies ensandaliados olvidado de todos. Y me sorprendí a mí misma compadeciendo al barón.
Aquella noche estábamos reunidos en el salón unos cuantos pensionistas comentando la KUV [9] del día con fervorosa animación. Frau Oberregierungsrat, sentada a mi lado, tejía un chal para la más joven de sus nueve hijos, que se hallaba en ese frágil estado llamado interesante.
—Pero por fuerza será de su entera satisfacción —dijo—. Mi hijita se ha casado con un banquero, la ilusión de toda su vida.
Éramos unas ocho o diez. Las casadas nos hacíamos confidencias acerca del aspecto de nuestros maridos en ropa interior, en tanto que las solteras discutían sobre lo atractivos que resultaban, vestidos, sus posibles futuros.
—Los tejo yo misma —oí exclamar a Frau Lehrer— con esta gruesa lana gris. Usa uno cada mes con dos cuellos blandos.
—Y entonces él —susurró Fräulein Lisa— me dijo: «De veras me gustas. Es posible que escriba a tu madre.»
Nada tiene de particular que estuviéramos atrozmente excitadas y hasta un poquito encontradas también.
De pronto la puerta se abrió para dar paso al barón. Siguió un silencio absoluto, un silencio de muerte. Penetró despacito, vacilando. Tomó un palillo de un platito que estaba encima del piano, y se fue otra vez. Cuando la puerta quedó de nuevo cerrada, lanzamos un grito de triunfo; era la primera vez que se le había visto entrar en el salón. ¿Quién podía decir lo que el futuro nos reservaba?
Los días crecieron hasta convertirse en semanas. Siempre estábamos juntas y siempre aquel solitario y diminuto personaje, con la cabeza inclinada como bajo el peso de las gafas enormes, me seguía obsesionando. Llegaba con la maleta negra, se marchaba con la maleta negra, y eso era todo.
Por fin el gerente de la pensión me dijo que el barón nos dejaba al día siguiente.
«Ah —pensé—, sin duda no desaparecerá así en la obscuridad, no se esfumará sin decir siquiera una palabra. Con seguridad, por una sola vez antes de partir, va a presentar sus respetos a Frau Oberregierungsrat o a Frau Feldleutnanlswitwe [10].»
Aquel día llovió mucho por la noche. Había ido a la oficina de correos y cuando estaba en las gradas de la puerta, dudando antes de lanzarme sin paraguas a la carretera fangosa, me pareció oír una vocecilla vacilante que sonaba tras de mi codo.
Miré hacia abajo. ¿Me habría vuelto loca? ¿Estaba en mis cabales? Era el antiguo barón con su maleta negra y su famoso paraguas, que estaba pidiéndome lo compartiera con él. Pero supe mostrarme lo suficientemente distinguida, con una pizca de timidez, y todo lo convenientemente respetuosa. Juntos caminamos entre el fango y los charcos. Sí, hay algo de peculiarmente íntimo en compartir un paraguas. Algo que viene a ponerle a uno en la misma situación de quien le sacude a un hombre la solapa de la chaqueta. Algo un poquito osado e ingenuo.
Me perecía por saber por qué se sentaba siempre solo y por qué llevaba aquella maleta siempre consigo, y qué hacía durante todo el día. Pero él, espontáneamente, me dio algunos datos.
—Temo que se me moje el equipaje —dijo—. Lo llevo siempre conmigo en la maleta, ¡precisa uno tan poca cosa!, porque los criados no son dignos de confianza.
—Una opinión muy sensata —repliqué. Y luego—: ¿Por qué nos niega usted el placer de su...?
—Me siento solo porque así puedo comer más —dijo el barón escudriñando la obscuridad—. Mi estómago precisa una gran cantidad de alimento. Pido una ración doble, y la consumo tranquilamente.
Fue dicho con el tono distinguido propio de un barón.
—¿Y qué hace durante todo el día?
—Consumir alimentos en mi cuarto —repuso con palabras que cerraron la conversación tan bruscamente como cerró el paraguas.
A nuestra llegada estuvo a punto de declararse un motín en la pensión. Subí corriendo hasta la mitad de la escalera para dar al barón, desde el descansillo, las gracias en voz bien alta por haberme acompañado.
Él respondió distintamente:
—De nada.
Herr Oberlehrer tuvo la atención de enviarme aquella misma noche un ramo de flores, y Frau Oberregierungsrat me pidió el patrón para un gorrito de niño.
Al día siguiente el barón había partido.
Sic transit gloria teutones mundi.

LA HERMANA DE LA BARONESA

—Esta tarde llegarán dos nuevos huéspedes —dijo el gerente de la pensión, colocando una silla para mí ante la mesa donde se servía el almuerzo—. Acabo de recibir la carta donde me lo comunican. La baronesa de Gall va a enviarnos a su hijita para hacer la «cura»; es muda la pobrecilla. Estará con nosotros un mes, al cabo del cual va a venir la baronesa en persona.
—La baronesa de Von Gall —exclamó Frau Doktor, que entraba en el comedor, venteando materialmente el nombre—. ¿Va a venir aquí? Deporte y Salón traía su retrato la semana pasada precisamente. Tiene amistad con la familia imperial. He oído decir que la Kaiserin le habla de tú. ¡Oh, es encantador! Seguiré el consejo de mi médico, y pasaré seis semanas extra aquí. No hay nada como el trato con la gente joven.
—Pero la niña es muda —osó afirmar el gerente con aire apologético.
—Bah, y eso ¿qué importa? Los niños infortunados tienen unas maneras tan delicadas...
Cada huésped que entraba al comedor era bombardeado con la maravillosa noticia: «La baronesa de Von Gall va a mandar aquí a su hijita. La baronesa en persona vendrá dentro de un mes.» El café con bollos alcanzó caracteres de orgía. Resplandecíamos materialmente de satisfacción. Se nos sirvieron anécdotas de la nobleza, endulzadas para sorberlas mejor. Nos atiborramos de escándalos aristocráticos generosamente embadurnados de mantequilla.
—Van a ocupar la habitación contigua a la suya —dijo el gerente dirigiéndose a mí—. Estaba pensando si usted nos permitiría quitar el retrato de la Kaiserin Elizabeth del testero de su cama, para colocarlo sobre el sofá de ellas.
—Claro que sí —observó Frau Oberregierungsrat acariciándome una mano—. Resultaría algo muy familiar para ellas, mientras que para usted no puede tener significación alguna.
Me sentí un tanto humillada. Y no por la perspectiva de perder de vista aquella fantasía diamantina sobre el busto de terciopelo azul, sino por el tono con que lo dijo. Era como expulsarme de su sociedad, marcándome con el hierro de mi extranjerismo. Pasamos el día haciendo especulaciones de gran altura. Decididamente la tarde era demasiado calurosa para pasear, de modo que nos quedamos en cama, acumulando fuerzas para el café de media tarde. Y he aquí que un carruaje se detiene ante la puerta, y que una joven alta desciende de él, llevando de la mano a una niña. Penetran en el vestíbulo, donde se les dio la bienvenida antes de conducirlas a sus habitaciones, y diez minutos después, bajaba la joven alta con la criatura para firmar en el registro de los viajeros. Llevaba un vestido negro muy ceñido, con un toque de volantes blancos en el cuello y las bocamangas, y los cabellos castaños recogidos en trenza y sujetos con un lazo negro. Estaba extraordinariamente pálida y tenía un lunar en la mejilla izquierda.
—Soy hermana de la baronesa Von Gall —dijo sonriendo despectivamente, mientras ensayaba la pluma en un trozo de papel secante.
La vida reserva momentos sensacionales, aun para los más maltratados por ella. ¡Dos baronesas en un par de meses! El gerente había salido corriendo en busca de una plumilla nueva.
Aquella infortunada niñita carecía, para mis ojos plebeyos, de todo atractivo. Tenía la apariencia de haber sido lavada incesantemente con añil. El pelo era de un gris lanoso, y además llevaba un delantal tan almidonado que apenas podía mirarnos por encima de los volantes del cuello; una barrera social en forma de delantalito. Y quizá fuera exigir demasiado a su noble tía, el pedirle que se ocupara del minial cuidado de las orejas de la criatura. Pero hasta la muda más preciosa, con las orejas sucias, resulta desagradable.
Se les colocó a la cabecera de la mesa. Durante un rato nos miramos unos a otros con la expresión bobalicona. Al fin, Frau Oberregierungsrat dijo:
—Espero que no estará muy cansada después del viaje.
—No —repuso la hermana de la baronesa, sonriendo dentro de la taza.
—Espero que la preciosa niña no esté cansada tampoco —añadió Frau Doktor.
—No, nada.
—Espero y confío en que esta noche dormirán bien —dijo respetuosamente Herr Oberlehrer.
El poeta de Munich no quitaba sus ojos un momento de la pareja. Dejó que su corbata absorbiera la mayor parte del café, mientras las contemplaba arrobado. «¡Qué Pegaso más indomable!», dije para mí. Sus odas a la soledad iban a sufrir espasmos mortales. Porque en aquella joven había posibilidades de inspiración, y, no hace falta decirlo, de una dedicatoria. Así que desde aquel momento su doliente naturaleza se echó el lecho a cuestas y anduvo.
Terminada la comida se retiraron, para dejarnos hablar de ella con libertad.
—Se parecen —dijo Frau Doktor—. Son iguales. Y qué modales los de ella. Esa reserva, esas delicadas maneras con la criatura.
—Lástima que tenga que cuidar de la niña —exclamó el estudiante de Bonn.
Había estado confiado en que sus tres cicatrices y el galón producirían su efecto. Pero la hermana de una baronesa exigía más que todo eso.
Siguieron días muy ajetreados. De haber nacido en cuna menos alta, no hubiera podido sufrir que de continuo se hablara de ella, que se cantaran sus alabanzas y se llevase detallada cuenta de sus movimientos. Pero ella soportaba graciosamente nuestra adoración y nosotros estábamos encantados.
Otorgó su confianza al poeta. Él le llevaba los libros cuando salían de paseo, él hacía cabalgar en sus rodillas —licencia poética— a la desdichada criatura. Y una mañana trajo al salón su libro de notas y nos leyó: «La hermana de la baronesa me asegura que va a entrar en un convento. (Esto hizo dar un salto en su asiento al estudiante de Bonn.) He escrito estas pocas líneas la pasada noche en mi ventana, abierta al apacible aire nocturnal.»
—¡Oh! —comentó Frau Doktor—, teniendo el pecho tan delicado.
Él le lanzó una mirada pétrea y ella se ruborizó.
—Sí; escribí estos versos:
¡Ah!, ¿quieres a un convento huir
tan joven, tan fresca, tan bella?
Trisca como un gamo por las praderas
y allí encontrarás la hermosura.
Nueve estrofas igualmente encantadoras le ordenaban ejercicios igualmente violentos. Estoy segura de que, si hubiese seguido los consejos del poeta, no hubiera podido recobrar el aliento ni aun pasándose todo el resto de la vida en el convento
—Le he obsequiado con una copia —nos dijo—, y hoy vamos a ir al bosque a buscar flores silvestres.
El estudiante de Bonn se levantó y salió de la habitación. Rogué al poeta que nos recitara sus versos una vez más, y, cuando llegaba a la sexta estrofa, vi por la ventana que la hermana de la baronesa desaparecía por la puerta del jardín en compañía del joven de las cicatrices. Esto me permitió darle las gracias al poeta de forma tan amable, que me ofreció copiar en limpio aquellos versos para mí. Pero en aquellos días vivíamos a una presión excesiva. ¿Cómo no caer cuando se quiere saltar desde una modesta pensión hasta los altos muros de los alcázares?
Por último, una tarde, Frau Doktor se me acercó en el salón de escribir y me abrió su corazón.
—Ha estado contándome toda su vida —musitó—. Vino a mi alcoba y se ofreció a darme masajes en el brazo. Ya sabe que soy la más sufrida mártir del reumatismo. Y figúrese; le han hecho ya seis propuestas de matrimonio. Ofertas tan bellas, que me han hecho llorar, se lo aseguro. Y todos de noble cuna. Oh, querida, la más hermosa de todas fue en un bosque. Yo creía que las declaraciones deben hacerse en un salón (es más propio que haya cuatro paredes), pero aquí se trataba de un bosque privado. El joven oficial le dijo que ella era como tierno arbolito, cuyas ramas no habían sido tocadas aún por la despiadada mano del hombre. ¡Qué delicado!
Alzó los ojos y suspiró.
—Claro que esto es difícil de comprender para ustedes los ingleses, que a todas horas enseñan las pantorrillas en los campos de cricket y se dedican a criar perros en los jardines traseros de sus casas. ¡Qué pena! La adolescencia ha de ser como una rosa silvestre. No acierto a comprender cómo las mujeres de vuestro país pueden pescar marido.
Al decirlo movió la cabeza con tal violencia, que también moví yo la mía, sintiendo que la tristeza se apoderaba de mi corazón. Me pareció que, verdaderamente, habíamos errado el camino. ¿Por qué el genio de lo novelesco había de extender sólo sus alas rosáceas en la aristocrática Alemania?
Fui a mi habitación, me ceñí una cinta color rosa a los cabellos, cogí un volumen de versos de Mörike y bajé al jardín. Junto al invernadero crecía un gran arbusto de lilas purpúreas, y me senté a su pie, encontrando en él un significado melancólico, por aquella su delicada sugestión de medio luto. Yo también me puse a escribir un poema.
Ellos se cimbrean y languidecen como en sueños;
Y nosotros, estrechamente apretados, nos besamos.
No pasé de ahí. «Estrechamente apretados» no me sonaba muy sugestivamente. Olía a armario ropero. ¿Iba a arrastrarse ya por el suelo mi rosa silvestre?
Mordisqueé una hoja, abrazando mis rodillas. Entonces, momento mágico, oí voces dentro del invernadero. La hermana de la baronesa y el estudiante de Bonn estaban allí.
Aunque fuera de segunda mano, más valía aquello que nada.
—¡Qué manos tan pequeñitas tiene usted! —decía el estudiante—. Son como azucenas en la ciénaga de su negro ropaje.
Aquello parecía ir de veras. La réplica de la noble dama era lo que más me interesaba. Pero, comprensiva, replicó sólo con un murmullo.
—¿Puedo asirle una? —preguntó él.
Oí dos suspiros —sin duda se habían cogido las manos—; él había arrancado de las obscuras aguas un noble capullo.
—Mire qué grandes resultan mis dedos al lado de los suyos.
—Pero están muy bien cuidados —dijo tímidamente la hermana de la baronesa.
¡La pécora! ¿Era el amor entonces cuestión de manicura?
—¡Oh, cómo me gustaría darle un beso! —murmuró el estudiante—. Pero, ¿sabe usted?, padezco un fuerte catarro nasal y tengo miedo de contagiárselo. La noche pasada estornudé diecisiete veces y necesité tres pañuelos.
Mörike fue a parar al arbusto de las lilas y volví a la casa. Un gran auto trepidaba en la puerta de la calle. Gran conmoción en la sala. La baronesa venía por sorpresa a hacer una visita a su hija. Vestía un impermeable amarillo y se hallaba de pie en medio de la habitación interrogando al gerente. Todos los huéspedes que estaban en la pensión habían formado un corro en derredor. Hasta Frau Doktor, pretendiendo consultar una guía de ferrocarriles, se acercaba a las faldas augustas todo lo que podía.
—Pero ¿dónde está mi doncella? —preguntó la baronesa.
—Aquí no hay ninguna doncella —replicó el gerente—. Solamente está su hermana con la niña.
—¿Mi hermana? —gritó con voz aguda—. ¡Idiota! No tengo ninguna hermana. Mi hija viaja con la hermana de mi modista.
Tableau grandissimo!

FRAU FISCHER

Frau Fischer era la afortunada propietaria de una fábrica de velas en algún lugar a orillas del Eger, y una vez al año interrumpía sus tareas para hacer una «cura» en Dorschausen. Llegaba con una cesta de mimbre, casi cubierta con un hule negro, y una bolsa de mano. Ésta contenía, además de los pañuelos, el agua de colonia, los palillos y cierta bufanda de lana, muy confortable para el magen, muestras de su pericia en la fabricación de velas, las cuales, al final de su temporada de vacaciones, ofrecía como presentes de gratitud.
Apareció en la pensión Müller, a las cuatro de la tarde de un día de junio. Yo estaba sentada en el cenador, y pude verla cruzar apresuradamente el camino del jardín seguida del portero barbarroja, que cargado con la cesta de mimbre llevaba un girasol entre los dientes. La viuda y sus cinco inocentes hijos estaban en los escalones de la puerta agrupados con gusto exquisito y en la actitud apropiada para la bienvenida. Las salutaciones fueron tan prolongadas y estruendosas, que me sentí contagiada por su vehemencia.
—¡Qué viaje! —exclamó Frau Fischer—. Y en el tren no había nada que comer. Nada sólido. Les aseguro que las paredes de mi estómago están pegando una contra otra. Pero no quiero perder el apetito para la cena. Así que nada más que una taza de café en mi habitación. Berta —volviéndose hacia la más joven de las cinco—. ¡Oh, qué cambiada estás! ¡Qué busto! Frau Hartmann, la felicito.
Una vez más, la viuda y Frau Fischer se dieron la mano.
—Kathi también está hecha una espléndida mujer; pero un poco pálida. Quizás está aquí este año de nuevo el joven aquel de Nuremberg. No sé cómo las tiene a todas en casa. Todos los años cuando llego espero encontrar el nido vacío. Es asombroso.
Frau Hartmann se disculpó, con voz vergonzante:
—Somos una familia tan feliz, desde que murió mi marido...
—Pero hay que casarlas; hay que tener el valor de hacerlo. Al fin y al cabo, con el tiempo los matrimonios contribuyen a hacer que las familias felices crezcan... A Dios gracias. ¿Hay ahora mucha gente aquí?
—Todas las habitaciones están ocupadas.
A esto siguió en el vestíbulo una minuciosa reseña, que escaleras arriba se convirtió en un murmullo, para proseguir a seis voces en cuanto entraron en la amplia habitación, cuyas ventanas daban al jardín; la habitación que ella ocupaba todos los años. Yo estaba leyendo Los Milagros de Lourdes, un libro que un sacerdote católico, fijando una mirada tenebrosa sobre mi alma, me había rogado que leyese. Pero aquellas maravillas fueron puestas en fuga con la llegada de Frau Fischer. Ni siquiera las rosas blancas a los pies de la Virgen pudieron florecer en aquella atmósfera.
«... érase una simple pastorcilla que apacentaba sus rebaños por los yertos campos...»
Voces en la habitación de arriba:
—La palangana, naturalmente, ha sido fregada con sosa.
«...misérrima, sus miembros de harapos cubiertos...»
—Hasta la última pieza del mobiliario ha estado soleándose en el jardín durante tres días. Y el tapete ha sido hecho en casa con ropas de desecho. Hay un trozo de aquella saya de franela que nos dejó usted el verano último.
«Sorda y muda era la criatura, y en el pueblo teníanla casi por idiota...»
—Sí, es el último retrato del Kaiser. Antes había una estampa de Jesucristo con la corona de espinas, pero la cambiamos porque no era una imagen muy agradable de ver en el momento de acostarse: nos impedía conciliar el sueño. Querida Frau Fischer, ¿por qué no toma usted el café en el jardín?
—Es una idea magnífica. Pero quiero primero quitarme el corsé y las botas. Ah, cómo descansa una al ponerse de nuevo las sandalias. Este año necesito terriblemente la «cura». ¡Qué nervios! No tengo más que nervios. Pasé todo el viaje hasta que el revisor pidió los billetes, con la cabeza cubierta con un pañuelo. Estoy agotada.
Penetró en el cenador con una bata moteada de blanco y negro y un gorrito de calicó con visera charolada, seguida de Kathi que traía la cafetera azul con el café malta. Frau Fischer se sentó, sacó un pañuelo impoluto y con él restregó la taza y el platillo. Luego levantó la tapa del cacharrito del café y miró su contenido con aire mohíno.
—Café malta —dijo—. Al principio, durante unos días, me pregunto cómo podré soportarlo. Claro que cuando se sale de casa hay que contar con muchas molestias y con alimentos extraños. Yo solía decirle a mi querido esposo: «Unas sábanas limpias y una buena taza de café y me siento feliz en cualquier parte.» Pero ahora, con unos nervios como los que yo tengo, cualquier sacrificio me resulta demasiado penoso. ¿De qué padece usted? —me preguntó—. Tiene el aspecto de estar sanísima.
Sonreí encogiéndome de hombros.
—Ah, es todo tan extraño entre ustedes los ingleses. Parece como si no les gustara hablar de las funciones corporales. Es tanto como tratar de un ferrocarril sin mencionar la locomotora. ¿Cómo puede uno comprender a nadie sin saber nada de su estómago? Durante la enfermedad más grave de mi esposo...
Sumergió en el café un terrón de azúcar y estuvo observando cómo se disolvía.
—Sin embargo, un joven amigo mío, que fue a Inglaterra para asistir al entierro de un hermano, me ha contado que las mujeres en los restauranes públicos usan cubrecorsés tan holgados, que no hay camarero que se resista a lanzar dentro una ojeada en el momento de servir la sopa.
—Serían camareros alemanes —dije—; los ingleses apenas si le echan a una un vistazo a lo alto del moño.
—Claro —exclamó—. ¿Ve cómo dependen de Alemania? Ni siquiera pueden encontrar entre ustedes buenos camareros.
—Pues yo prefiero a los que sólo le miran a una el moño.
—Y eso prueba que se siente avergonzada de su cubrecorsé.
Miré hacia el jardín, donde abundaban las flores de enredadera y crecían los clásicos rosales alemanes, rígidos como bouquets, pensando que ambas cosas me eran indiferentes. Casi sentí deseos de preguntarle si su joven amigo había ido a Inglaterra en calidad de camarero para servir el asado fúnebre; pero decidí que no valía la pena. El tiempo estaba demasiado caluroso para sentirse una maligna, y además, ¿por qué ser tan poco caritativa con Frau Fischer, víctima hasta las seis y media de extrañas alucinaciones? Como una recompensa celestial por mi indulgencia, camino adelante vino hacia nosotros Herr Rat, angelicalmente ataviado con un traje de seda blanca.
Él y Frau Fischer eran viejos amigos, y ella recogió hacia sí los pliegues de su bata para hacerle sitio en el banquito verde.
—Qué sensación de frescor da usted —dijo—, y, si me permite la observación, lleva un traje precioso.
—¿No me lo puse el verano pasado cuando estuvo usted aquí? Tuve que traer la seda de China, enrollada en mi cuerpo, para pasarla de contrabando por las aduanas rusas. ¡Y en qué cantidad! De ella salieron dos vestidos completos para mi cuñada, tres trajes para mí y un manto para el ama de llaves de mi piso en Munich. ¡Cómo sudaba! Hubo que lavarla palmo a palmo.
—Estoy segura de que ha corrido usted más aventuras que nadie en Alemania. Cuando me acuerdo de aquello que le pasó en Turquía con el guía ebrio que fue mordido por un perro rabioso y se tiró desde un precipicio a un campo de esencia de rosas, siento que no haya escrito un libro.
—A su tiempo, a su tiempo. Estoy reuniendo algunas notas. Y ahora que está usted aquí, reanudaremos nuestras tranquilas y pequeñas charlas después de cenar, ¿eh? Es necesario y agradable para el hombre encontrar descanso de vez en cuando en compañía de las mujeres.
—Sin duda. Lo comprendo. Aun aquí, su vida es demasiado agitada. Está usted tan solicitado, es tan admirado... Exactamente lo mismo le ocurría a mi marido. Era alto, bien parecido y a veces, por la noche, solía bajar a la cocina y me decía: «Mujer, ¿quieres que hagamos el tonto un par de minutos?» Nada le tranquilizaba tanto como que yo le acariciara el pelo.
La monda cabeza de Herr Rat, reluciente bajo la luz solar, parecía un símbolo de la lamentable ausencia de una esposa.
Empezaba a hacer cábalas sobre la naturaleza de aquellas tranquilas pequeñas charlas de después de cenar. Pues, ¿cómo hacer el papel de Dalila con un Sansón tan tonsurado?
—Herr Hoffmann de Berlín llegó anteayer —dijo Herr Rat.
—¿Aquel joven con quien me negué a conversar? El año último me contó que había estado pasando una temporada en Francia y que en el hotel no había servilletas. ¡Qué sitio sería aquél! En Austria hasta los cocheros usan servilletas. Además oí decir que discutía con la camarera sobre el amor libre, cuando iba a barrerle la habitación. No estoy acostumbrada a tratar con esa gente. Desconfiaba de él desde hacía tiempo.
—La sangre joven —replicó Herr Rat afablemente—. Yo tuve varias discusiones con él. Ya habrá oído hablar de ellas, ¿no? —añadió volviéndose hacia mí.
—Oh, mucho —dije sonriendo.
—Sin duda usted también me considera atrasado. Yo no pretendo ocultar mi edad. Tengo sesenta y nueve años. Pero observaría que cuando yo levantaba la voz, él tenía que callarse.
Repliqué con la más absoluta convicción que sí, y percibí en los ojos de Frau Fischer algo que me hizo comprender de pronto que debía volver a la casa para escribir unas cartas.
Mi habitación estaba obscura y fría. Un castaño extendía sus verdes ramas frente a la ventana. Miré al sofá de crin, y como me gusta tumbarme aovillada y encuentro absurdo que nadie se escandalice de ello, tiré al suelo un cojín encarnado y me acosté allí. Apenas me había acomodado a mi gusto, cuando la puerta se abrió lentamente para dar paso a Frau Fischer.
—Herr Rat tiene que ir al baño a estas horas —dijo cerrando tras ella la puerta—. ¿Puedo pasar? Haga el favor de no moverse. Parece una gatita de Angora. Bueno, cuénteme alguna cosa interesante de su vida. Cuando entro en relación con alguien, lo exprimo como una esponja. Para empezar: ¿está usted casada?
Admití el hecho.
—Entonces, hijita, ¿dónde está su marido?
Le dije que era capitán de un barco y que estaba haciendo una larga y penosa travesía.
—Pero en qué situación la ha dejado... tan joven y sin protección.
Se sentó en el sofá y me amenazó con el dedo, divertida.
—Ahora tendrá que admitir que le oculta a él sus viajes. Porque, ¿a qué hombre se le iba a ocurrir el dejar a una mujer como usted, con esa mata de pelo, errar por países extraños? Supóngase que perdiera su portamonedas a medianoche en un tren cercado por la nieve al norte de Rusia.
—Pero yo no tengo la menor intención de...
—No digo que la tenga. Pero cuando se despidió de su querido esposo, estoy segura de que no había pensado en venir aquí. Querida, soy una mujer con experiencia y conozco el mundo. Mientras él está lejos, tiene usted la fiebre en las venas y su triste corazón vuela por estos países extraños buscando consuelo. En casa no podría soportar la vista del lecho vacío... es algo como la viudedad. Desde la muerte de mi querido esposo, no he tenido una hora de sosiego.
—A mí me gustan los lechos vacíos —protesté somnolienta, mullendo el almohadón.
—Eso no puede ser verdad, sería anormal. Toda esposa tiene que darse cuenta de que su sitio está al lado de su marido... durmiendo o paseando. Se echa de ver fácilmente que el lazo más fuerte de todos los lazos no le ata a usted todavía. Espere que un par de manecitas se tiendan hacia el mar, hasta que, al llegar al puerto, él la vea con el niño en su regazo.
Ahogué un bostezo.
—Sin embargo, considero que la profesión de niñera es la más afrentosa de todas —dije.
Durante un momento estuvimos en silencio.
Luego Frau Fischer se agachó y me cogió una mano.
—Tan joven y sufriendo tan cruelmente —murmuró—. Nada amarga tanto la existencia de una mujer como carecer de varón. Especialmente si está casada, porque entonces le es imposible aceptar las atenciones de otros, a no ser que una tenga la desgracia de ser viuda. Claro, ya sé que los capitanes de barco sufren terribles tentaciones y que son tan inflamables como un tenor... Por eso debe mostrarse alegre y enérgica y tratar de hacer que él esté orgulloso de usted, cuando su barco llegue a puerto.
El marido que había inventado para uso de Frau Fischer, se había convertido en sus manos en un personaje tan corpóreo, que no pude ya imaginarme sentada en una roca con hierbas marinas en el cabello y esperando el barco fantasmal que a todas las mujeres les gusta imaginar que anhelan. Más bien me veía empujando un cochecito de niño pasarela arriba y contando los botones que se habían caído del uniforme de mi esposo.
—Un montón de niños es lo que usted necesita —dijo Frau Fischer—. Entonces, como padre de familia, ya no podrá dejarla a usted. Piense en su alegría y emoción cuando la vea.
El plan me pareció un tanto arriesgado. Aparecer de repente con un montón de nenes no es lo más apropiado en general para suscitar el entusiasmo en el corazón de la mayor parte de los maridos ingleses. Decidí echar a pique mi concepción virginal y mandarlo por ahí unas millas más allá del cabo de Hornos.
Entonces sonó el batintín para la cena.
—Suba después a mi habitación —dijo Frau Fischer—. Tengo todavía muchas preguntas que hacerle.
Me apretó fuertemente la mano, pero yo no respondí con la misma efusión.

FRAU BRECHENMACHER ASISTE A UNA BODA

No fue asunto fácil el quedar arreglados. Después de cenar, Frau Brechenmacher metió en la cama a cuatro de sus cinco críos, permitiéndole a Rosa quedarse con ella para que le ayudara a limpiar los botones del uniforme de Herr Brechenmacher.
Luego repasó un poco con la plancha la mejor camisa de su esposo, sacó brillo a sus botas y dio un par de puntadas a la corbata de satén negro.
—Rosa —gritó—, ve a buscar mi vestido y extiéndelo frente a la estufa para que se le quiten las arrugas. Acuérdate de que has de tener cuidado de los niños y que no te has de acostar más tarde de las ocho y media. ¡Ah!, y no andes tocando el quinqué. Ya sabes lo que pasa si andas con el quinqué.
—Sí, mamá —dijo Rosa, que tenía nueve años, pero que se sentía con suficiente edad para cuidar de un millar de lámparas—. Pero déjame estar levantada. Bub puede despertarse y querer leche.
—¡A las ocho y media! —ordenó Frau—. Le diré a tu padre que te lo diga también.
Rosa frunció la comisura de los labios con disgusto.
—Pero... pero...
—Ya viene tu padre. Vete a la alcoba y trae mi pañuelo de seda azul. Tú puedes ponerte mi chal negro mientras esté fuera, eso es.
Rosa quitó de un tirón el chal de los hombros de su madre y se lo colocó cuidadosamente en los suyos, anudando las puntas a la espalda. «Después de todo —pensó—, si me voy a las ocho y media a la cama, me lo dejaré puesto.» Esta resolución la consoló por completo.
—Bueno, ¿qué? ¿dónde está mi ropa? —gritó Herr Brechenmacher colgando la vacía cartera de la correspondencia tras de la puerta y dando unas cuantas patadas en el suelo para quitar la nieve de las botas—. Por supuesto, no estará preparado nada, y a estas horas todo el mundo se encuentra ya en la boda. Oí la música al pasar. ¿Qué has estado haciendo? ¿Todavía no estás vestida? No puedes ir de ese modo.
—Aquí lo tienes todo sobre la mesa. Y agua caliente en el lebrillo de hojalata. Chapúzate un poco. Rosa, dale a tu padre la toalla. Todo está listo menos los pantalones. No he tenido tiempo para recogerlos de abajo. Debes arremangártelos en las botas hasta que lleguemos ahí.
—Bueno —dijo Herr—. Aquí no hay sitio para moverse, y necesito la luz. Ve a vestirte al pasillo.
Vestirse a obscuras no tenía para Frau Brechenmacher la menor importancia. Se abrochó la falda y el corpiño, y se sujetó el pañuelo en torno del cuello con un broche precioso del que colgaban cuatro tintineantes medallas de la Virgen. Luego sacó el manto y la toca.
—Ven a apretarme esta hebilla —gritó Herr Brechenmacher. Estaba en medio de la cocina pavoneándose. Los botones de su uniforme azul relucían con ese entusiasmo que sólo los botones oficiales pueden poseer—. ¿Qué tal estoy?
—Magnífico —replicó la pequeña Frau, apretando la hebilla de la cintura y dándole un tirón aquí, un tirón allá—. Rosa, ven a ver a tu padre.
Herr Brechenmacher paseaba a grandes trancos de un lado a otro de la cocina. Le ayudaron a ponerse el abrigo, y luego esperó a que su mujer encendiera la linterna.
—Bueno, acaba de una vez. Vámonos.
—El quinqué, Rosa —recomendó Frau, cerrando de golpe tras ellos la puerta de la calle.
No había nevado en todo el día, y el suelo escarchado estaba tan resbaladizo como la superficie helada de un estanque. Hacía varias semanas que ella no salía de casa y como aquel día se había agitado tanto, se sintió torpe y atontada. Apenas se dio cuenta de que Rosa la empujó para que saliese y de que su mando iba ya lejos, andando apresurado.
—Espera, espera —gritó.
—No. Se me van a mojar los pies. Date tú prisa.
Fue menos molesto cuando entraron en el pueblo. Allí había cercas donde podía asirse, y desde la estación hasta la Gasthaus [11] habían preparado, esparciendo escorias, un caminillo para los invitados. La Gasthaus estaba resplandeciente. Todas las ventanas se hallaban iluminadas. De los salientes de la fachada pendían festones de ramitas de abeto. Las puertas, abiertas de par en par, lucían adornos de ramaje, y en el vestíbulo el patrono pregonaba su superioridad amedrentando a las camareras que incesantemente corrían de un lado a otro, llevando vasos de cerveza, bandejas con tazas, fuentes y botellas de vino.
—Suban, suban —tronó el propietario—. Dejen en el descansillo los abrigos.
Herr Brechenmacher se sintió tan amedrentado con aquellos modales, que olvidó sus derechos de marido hasta el punto de pedir perdón a su mujer por haberla empujado contra la barandilla, en sus esfuerzos para ir delante de todos.
Los amigos de Herr Brechenmacher le saludaron con aclamaciones en cuanto entró por la puerta de la Festsaal, y Frau se afianzó el broche y cruzó las manos, adoptando el aire digno que correspondía a la mujer de un cartero y a la madre de cinco hijos. La Festsaal estaba verdaderamente preciosa. Las tres grandes mesas se habían reunido en un extremo a fin de dejar libre el resto para el baile. Del techo colgaban lámparas de petróleo que esparcían una luz pálida y brillante sobre los muros decorados con flores y cadenetas de papel y sobre los rostros arrebolados de los asistentes, vestidos con sus mejores ropas.
A la cabecera de la mesa se sentaron los novios. Ella, con su vestido blanco adornado con franjas y lazos de cintas de color, tenía la apariencia de una tarta de nieve a punto de ser cortada y servida en pequeños trocitos al novio, que estaba a su lado. Éste llevaba un traje blanco demasiado holgado para él, y una corbata de seda blanca también, que le subía hasta medio cuello. Agrupados en torno de ellos, con delicadas consideraciones al grado de parentesco, se sentaban los padres y parientes.
En un taburete, a la derecha de la novia, había encaramada una niñita vestida con un traje de muselina arrugado. Tras de una oreja le colgaba una guirnalda de nomeolvides. Todo el mundo reía, charlaba, se estrechaba la mano, chocaba los vasos y daba pisotones en el suelo. Un hedor a cerveza y sudores llenaba el aire.
Frau Brechenmacher, después de saludar a los novios y a sus acompañantes, echó a andar tras su marido por el salón. Comprendió que iba a pasar un buen rato. A medida que olfateaba aquel olor a fiesta, que le era familiar, se esponjaba y sentía que entraba en calor y que los colores le salían a la cara. Alguien le tiró de la falda y al volver la cabeza vio a Frau Rupp, la mujer del carnicero, que arrastraba una silla vacía y le invitaba a sentarse a su lado.
—Fritz le traerá un poco de cerveza —dijo—. Hija mía, se le ha desabrochado la falda por detrás. No he podido menos de reír al verla cruzar la sala enseñando la cintila blanca de las enaguas.
—¡Qué horror! —exclamó Frau Brechenmacher dejándose caer en la silla vacía, y mordiéndose los labios.
—Bueno, ya está —dijo Frau Rupp, extendiendo sobre la mesa sus manos regordetas para contemplar con gozo reconcentrado sus tres anillos de viudedad—. Pero hay que tener cuidado. Y sobre todo en las bodas.
—¡Qué boda ésta! —declaró Frau Ledermann, que se sentaba al otro lado de Frau Brechenmacher—. ¿Cómo se le ocurriría a Teresa traer a la niña?
—Es hija suya, ¿sabe usted, querida?, y la llevará a vivir con ella. No me parece oportuno llevar a la iglesia a una chiquilla para que presencie la boda de su propia madre.
Las tres mujeres miraban atentamente a la novia, que permanecía muy quieta, con los labios contraídos en una sonrisa estúpida. Sólo sus ojos se movían de uno a otro lado intranquilos.
—También le han dado cerveza —susurró Frau Rupp—, y vino blanco con hielo. Le van a estropear el estómago para siempre. Deberían haberla dejado en casa.
Frau Brechenmacher se volvió para mirar a la madre de la novia. No quitaba ni un momento la vista de su hija, pero, arrugando como un mono la frente morena, saludaba ceremoniosamente con la cabeza a uno y otro lado. Sus manos temblaban al levantar el jarro de la cerveza, y, después de beber, escupía en el suelo y se limpiaba zafiamente la boca con la manga. Cuando empezó la música a tocar, siguió a Teresa con la mirada, examinando recelosa a todos los que bailaban con ella.
—¡Anímate, vieja! —le gritó su marido, dándole un metido en las costillas—, que no estamos en los funerales de Teresa.
Luego hizo un guiño a los invitados, que se echaron a reír a carcajadas.
—Estoy animada —tartamudeó la vieja.
Y para demostrar que se hallaba a la altura de las circunstancias, se puso a dar golpes en la mesa con el puño cerrado, siguiendo el compás de la música.
—No puede olvidar lo loca que es Teresa —dijo Frau Ledermann—. ¿Cómo lo va a olvidar con esa niña aquí? He oído decir que el sábado por la noche le dio un ataque de nervios. Decía que no quería casarse con éste. Tuvieron que ir a buscar al cura.
—¿Dónde está el otro? —preguntó Frau Brechenmacher—. ¿Por qué no se casa con ella?
La mujer se encogió de hombros.
—Ha desaparecido, se largó. Es un viajante y sólo durmió un par de noches en la casa. Vendía botones de camisa. Excelentes botones, yo compré algunos. Pero qué puerco. No sé lo que vería esa pobre muchacha, vaya usted a saber. Su madre dice que a los dieciséis años ya era ardiente como el fuego.
Frau Brechenmacher se quedó mirando su vaso de cerveza y sopló un hoyito que se había hecho en la espuma.
—Esto no es lo que debe ser una boda —declaró—. No es cristiano. Amar a dos a la vez.
—Pues va a estar divertida con éste —exclamó Frau Rupp—. Estuvo el verano pasado de huésped en casa, y tuve que echarlo. No se mudó de ropa en dos meses, y cuando le llamé la atención sobre el olor que había en la habitación, me dijo que sin duda salía de la tienda. ¡Ay!, cada mujer lleva su cruz. ¿No es verdad, hija?
Frau Brechenmacher vio en la mesa inmediata a su marido en compañía de sus colegas. Comprendió que estaba bebiendo demasiado. Gesticulaba desaforadamente, y, al hablar, salpicaba con la saliva.
—Sí —repuso la otra—, es verdad. Los jóvenes tienen que aprender mucho.
Incrustada entre aquel par de viejas gordas, Frau había perdido las esperanzas de que la sacaran a bailar. Contemplaba a las parejas que daban vueltas y vueltas, y, olvidándose de sus cinco criaturas y de su marido, imaginaba ser otra vez joven. La música sonaba melancólica y dulcemente.
Entre los pliegues del regazo, sus ásperas manos se enlazaban y desenlazaban por sí solas. Al cesar la música no se atrevió a mirar a nadie a la cara, y sonrió con un tenue temblor nervioso en torno de la boca.
—¡Por Dios! —exclamó Frau Rupp—. Le han dado a la hija de Teresa un trozo de salchicha. Es para que se esté quieta. Ahora van a hacerles un presente. Su marido va a hablar.
Frau Brechenmacher se puso tiesa en su silla. La música cesó, y los que bailaban ocuparon sus sitios junto a las mesas.
Sólo Herr Brechenmacher permaneció en pie. Sostenía en la mano una enorme cafetera de plata. Todo el mundo rió con el discurso, y todos corearon con carcajadas sus gestos, al verle llevar la cafetera a la pareja nupcial como si llevara un niño en brazos.
La novia alzó la tapa, miró dentro y la volvió a poner, dando un leve grito. Luego se sentó mordiéndose los labios. El novio se la quitó de las manos y sacó de dentro un biberón y dos figurillas de porcelana en sendas cunitas. Cuando se puso a zarandear aquel tesoro ante los ojos de Teresa, el caldeado salón parecía oscilar y venirse abajo con las risotadas.
A Frau Brechenmacher no le hizo ninguna gracia. Iba mirando una a una las caras de los que reían, y, de repente, se le antojaron todos extraños; sintió deseos de volver a su casa y no salir más. Se figuró que todas aquellas gentes se estaban riendo de ella. Y otras muchas gentes más que no estaban en el salón. Y todos se reían de ella porque eran más fuertes que ella.
Volvieron a casa sin hablar. Herr Brechenmacher delante, caminando a grandes pasos. Ella detrás, a trompicones. Desde la estación hasta su casa el camino se extendía blanco y solitario. Una ráfaga de viento frío le alzó la cofia de la cabeza, y, de repente, se acordó de aquella noche en que habían ido por primera vez juntos a casa.
Ahora tenían cinco criaturas y el doble de dinero, pero...
—¿Para qué todo eso? —murmuró.
Hasta que no entraron y preparó una pequeña cena de carne y pan a su marido, no cesó de hacerse aquella estúpida pregunta.
Herr Brechenmacher partió un trozo de pan, lo echó en el plato y, después de haberlo untado bien con ayuda del tenedor, lo masticó vorazmente.
—¿Está bueno? —preguntó ella, acodándose en la mesa y apelotonando sus senos contra los brazos.
—Sí, muy bueno.
Él cogió un trozo de miga, rebañó con él los bordes del plato y lo acercó a la boca de ella.
Frau Brechenmacher desvió la cabeza.
—No tengo hambre —dijo.
—Pero si es el mejor bocado. Está lleno de grasa.
Cuando quedó el plato vacío, él se quitó las botas y las tiró a un rincón.
—No ha sido gran cosa la boda —dijo estirando las piernas y moviendo los dedos de los pies dentro de los calcetines de estambre.
—No —replicó ella, al tiempo de recoger las botas desemparejadas y colocarlas en el horno para que se secaran.
Herr Brechenmacher bostezó, se estiró y luego se la quedó mirando con sonrisa burlona.
—¿Te acuerdas de la noche que vinimos aquí? Eras una inocente. Sí que lo eras.
—¡Vamos!, después de tantos años lo he olvidado —repuso ella, aunque lo recordaba muy bien.
—¡Qué sopapo me diste! Pero pronto te domestiqué.
—Ay, no empieces a hablar. Has bebido mucha cerveza, vámonos a la cama.
El se retrepó en la silla aguantando al máximo la risa.
—No era eso lo que me decías aquella noche. ¡Dios mío, qué trabajo me costó!
Pero la pequeña Frau tomó la vela y fue al cuarto de al lado. Los niños dormían profundamente, y ella levantó un poco las ropas de la cama del pequeño, para ver si estaba mojado el colchón, después de lo cual se quitó la falda y comenzó a desabrocharse la blusa.
—Siempre lo mismo —dijo—, siempre la misma función. ¡Vaya estupidez!
En aquel momento no se acordaba ya en absoluto de la boda. Se tendió en la cama con los brazos cruzados, y con rostro de mártir dejó que Herr Brechenmacher se le acercara.

UN ALMA MODERNA

—Buenas tardes —dijo Herr Professor estrechándome la mano—. ¡Qué tiempo más admirable! Acabo de volver de una jira en el bosque. Les estuve entreteniendo con el trombón. No puede imaginar qué acompañamiento más adecuado son los pinos para el trombón. Suspiran con tanta delicadeza ante fuerzas tan tenaces, como hice notar en una conferencia que di en Franckfurt sobre los instrumentos de viento. ¿Permite que me siente en el banco a su lado, gnädige Frau?
Se sentó y, tirando del bolsillo de atrás de su levita, sacó una bolsa blanca de papel.
—Cerezas —explicó sonriendo y con expresivos movimientos de cabeza—. No hay nada como las cerezas para producir saliva abundante después de tocar el trombón. Sobre todo tras el Ich Liebe Dich [12], de Grieg. Ese soplo sostenido en liebe me deja la garganta como el papel de lija. ¿Quiere unas? —añadió agitando la bolsa ante mí.
—Prefiero vérselas comer a usted.
— ¡Ja, ja! —cruzó las piernas, sujetando la bolsa de las cerezas con las rodillas a fin de tener libres las manos.
—Psicológicamente comprendo su negativa. Es debida a su innata delicadeza femenina, que prefiere sensaciones etéreas... ¿O será que no le gusta comer gusanos? Todas las cerezas tienen gusanos. En cierta ocasión hice un experimento muy interesante con un colega de la Universidad. La apuesta era con cuatro libras de las mejores cerezas, y no encontramos ni un solo espécimen sin gusanos. ¿Qué quiere usted? Como le hice observar a mi amigo después, en suma se reduce a esto: si uno quiere satisfacer sus deseos naturales, ha de ser lo suficientemente fuerte para ignorar los hechos de la Naturaleza. ¿No será esta conversación demasiado profunda para usted? Tengo tan pocas ocasiones de abrir mi corazón a una mujer, que fácilmente olvido con quién estoy hablando.
Le miré divertida.
—¡Vea ésta qué gorda! —exclamó Herr Professor—, casi no se puede comer de un bocado. Es tan bonita, que merecía colgarla en la cadena del reloj como un dije —se comió la cereza y escupió el hueso a una distancia increíble. Pasando por encima del caminillo del jardín, fue a caer en el macizo de flores. Vi que había quedado muy satisfecho de su hazaña—. ¡Cuánta fruta he comido sentado en este banco! —suspiró—: albaricoques, peras, cerezas. Un buen día ese macizo se va a convertir en un bosquecillo de árboles frutales. Le dejaré coger toda la fruta que quiera sin cobrarle nada.
Me mostré agradecida, pero sin exageración.
—Esto me hace recordar —añadió dándose un golpecito con el dedo a un largo de la nariz— que el gerente de la pensión me entregó esta tarde después de la comida la factura de la semana. Es casi imposible admitirlo. Ya sé que usted no lo va a creer. Me ha cargado extra un miserable vaso de leche que tomo en la cama por las noches para prevenir el insomnio. Por supuesto, no lo he pagado. Pero lo trágico del caso es que ahora no puedo esperar ya que la leche me sirva de soporífero; mi apacible estado de ánimo respecto a ella ha quedado totalmente destruido. Me pondría malo solamente con intentar sondear ese abismo de avaricia, en un hombre tan adinerado como el gerente de una pensión. Piense en mí esta noche, cuando deje caer somnolienta su cabeza en la almohada —él dejó caer al suelo la bolsa vacía y la pisó con los talones—, piense en mí, que estaré pasándolo muy mal.
Dos damas salieron a las gradas de la puerta de la pensión y permanecieron asidas del brazo mirando al jardín. Una de ellas, anciana y descarnada, llevaba un vestido cubierto casi totalmente con guarniciones de abalorios negros, y una bolsa de mano de satén. La otra, joven y esbelta, iba vestida de blanco, y llevaba unas flores color malva de guisante de olor adornando con gusto exquisito sus rubios cabellos.
El profesor recogió presuroso los pies, y se enderezó en el asiento estirándose el chaleco.
—Las Godowska —murmuró—. ¿Las conoce? La madre padece una enfermedad interna, y la hija es actriz. Fräulein Sonia tiene un alma muy moderna. Creo que le va a resultar muy simpática. Ahora ha de cuidar de su madre. Pero ¡qué temperamento! Una vez la describí en su álbum de autógrafos como una tigresa con una flor en el pelo. ¿Me dispensa usted? Si logro convencerlas, se las presentaré.
—Voy a ir a mi habitación —dije.
Pero el profesor se levantó y me amenazó en broma con el dedo.
—Mire —dijo—, somos amigos y por eso voy a hablarle con toda confianza. Creo que van a encontrar un poco «significativo» que usted se retire cuando ellas se acercan, sobre todo después de haber estado sentada a solas conmigo en la semiobscuridad del crepúsculo. Ya sabe usted lo que es la gente. Sí, lo debe saber tan bien como yo.
Me encogí de hombros, observando de reojo que, mientras el profesor había estado hablando, las Godowska habían avanzado a través del césped hacia nosotros, quedando frente al profesor cuando se puso en pie.
—Buenas tardes —gorjeó Frau Godowska—. Qué tiempo más admirable. Me ha hecho casi sentir la fiebre del heno.
Fräulein Godowska no dijo nada. Arrancó una rosa del huerto en cierne, y luego estrechó la mano de Herr Professor con gesto majestuoso.
Me presentó:
—Es la amiguita inglesa de quien les he hablado. Poco conocida en nuestros medios. Estuvimos comiendo cerezas juntos.
—¡Qué delicioso! —suspiró Frau Godowska—. Les estuvimos observando, mi hija y yo, desde la ventana de nuestra alcoba. ¿Verdad, Sonia?
Sonia absorbió mi forma visible y externa con una mirada intensa y espiritual. Luego repitió el gesto majestuoso en honor mío. Los cuatro nos sentamos en el banco con ese aire ligeramente inquieto de los pasajeros instalados en un coche de tren en espera de la señal de partida.
Frau Godowska estornudó.
—No sé si será la fiebre del heno —observó apresurándose a sacar el pañuelo de su bolsa de satén—, o quizá sea el relente. Sonia, hija mía, ¿hay relente?
Fräulein Sonia alzó el semblante hacia el cielo con los ojos semicerrados.
—No, mamá, no noto frío en el rostro. ¡Oh!, mire, Herr Professor, golondrinas en vuelo. Son como una pequeña bandada de pensamientos japoneses, ¿verdad?
—¿Dónde? —preguntó Herr Professor—. ¡Ah!, sí. Ya las veo, junto a la chimenea de la cocina. Pero ¿por qué dice japoneses? ¿No podría compararlos con la misma exactitud a una pequeña bandada de alados pensamientos alemanes? —Y volviéndose hacia mí—. ¿Hay golondrinas en Inglaterra?
—Creo que hay algunas en ciertas épocas del año. Pero sin duda no tienen el mismo valor simbólico para los ingleses. En Alemania...
—No he estado nunca en Inglaterra —me interrumpió Fräulein Sonia—, pero tengo muchos amigos ingleses. Son tan fríos... —al decirlo se estremeció.
—Sangre de pez —estalló Frau Godowska—. Sin alma, sin gracia, sin corazón. Pero no hay quien iguale sus géneros para vestir. Hace veinte años que pasé una semana en Brighton, y la gorra de viaje que compré allí aún no se ha gastado. Sonia, es esa con que envuelves la botella del agua caliente. Mi llorado esposo, tu padre, Sonia, sabía muchas cosas de Inglaterra. Pero cuanto más la conocía más me hacía observar: «Inglaterra no es sino una isla de carne de vaca nadando en un templado golfo de salsa.» ¡Qué manera más ocurrente de decir las cosas! ¿Lo recuerdas, Sonia?
—No olvido nada de lo que oigo, mamá —repuso ésta.
—Eso es una prueba de su vocación, sn Adige Frau —dijo Herr Professor—. Pero yo me pregunto, y esto es una interesantísima especulación: la memoria, ¿es un bien o (excuse la palabra) una maldición?
Frau Godowska tenía la mirada perdida en la lejanía, pero las comisuras de su boca se contrajeron hacia abajo y su piel se arrugó. Se había puesto a llorar.
—Ach Gott! [13]. Bueno, señora, ¿qué es lo que he dicho? —exclamó Herr Professor.
Sonia tomó la mano de su madre.
—¿Sabe usted? —dijo—. Esta noche hay en la cena zanahoria en dulce y tarta de nueces. ¿Quieren que entremos a ocupar nuestros sitios? —mientras su mirada oblicua y trágica nos acusaba al profesor y a mí.
Los seguí por el césped y subimos las gradas. Frau Godowska iba murmurando:
—Un hombre tan admirado, tan querido...
Con su mano libre, Fräulein Godowska se arreglaba la garniture de guisantes de olor.
«A las ocho treinta de la noche, velada en el salón a beneficio de los niños católicos desamparados. Artistas: Fräulein Sonia Godowska, de Viena, Herr Professor Windberg, con su trombón, Frau Oberlehrer Weidel y otros.»
Este aviso fue colgado del cuello de una melancólica cabeza de ciervo colocada en el comedor. Le caía como un babero rojo y blanco, lo que hizo que, en los días precedentes al acontecimiento, el profesor, siempre que pasaba, le hiciera reverencias, deseándole buen apetito. Hasta que nos cansamos de la gracia y dejamos que se la celebrara el camarero, ya que él cobraba por ser complaciente con los huéspedes.
El día señalado, las damas casadas surcaban la pensión ataviadas como sillones tapizados, y las solteras como los faldellines de cretona de una mesita tocador. Frau Godowska prendió en el centro de su bolso una rosa, y puso otro capullo semi oculto entre los intrincados pliegues del blanco antimacasar [14] que cruzaba su seno. Los caballeros llevaban ropas negras, corbata de seda blanca y ramitas de helecho en el ojal de las solapas, que les cosquilleaban el mentón.
El piso fue encerado de nuevo, se dispusieron bancos y sillas y se prendió del techo una hilera de banderitas ensartadas en un hilo que con las corrientes de aire flameaban con todo el entusiasmo de un día de colada familiar.
Quedó convenido que yo me sentaría al lado de Frau Godowska y que Herr Professor y Sonia se nos unirían después de ejecutar sus números en la velada.
—Eso le hará sentirse como si fuera uno de los ejecutantes —decía el profesor jovialmente—. Es una lástima que Inglaterra no sea un país de músicos. Pero no importa. Esta noche va a oír algo bueno. Durante los ensayos hemos descubierto una nidada de talentos.
—¿Y qué piensa usted recitar, Fräulein Sonia?
Se alisó el cabello hacia atrás.
—No lo sé nunca hasta el último momento. Cuando salgo a escena, me quedo recogida unos instantes y entonces tengo la sensación de que algo me hiere aquí —colocó la mano sobre el broche de su collar—, entonces las palabras acuden.
—Sonia, amor mío, agáchate un poco —le dijo en voz baja su madre—. Se te está viendo el imperdible de la falda por detrás. ¿Quieres que salgamos fuera un momento para arreglártelo, o te lo arreglas tú misma?
Sonia se ruborizó y se enfadó mucho.
—¡Ay, mamá!, no digas esas cosas. Ya sabes lo sensible que soy para las más leves impresiones de incomprensión en circunstancias como ésta. Preferiría que se me resbalara la falda hasta el suelo.
—¡Sonia, corazón mío!
Tintineó una campanilla.
El camarero entró a abrir el piano y con el azoramiento de aquel instante sacudió las teclas con una espantosa servilleta que llevaba bajo el brazo, sin darse cuenta de que no era aquello lo más apropiado. Frau Oberlehrer subió a la tarima seguida de un caballero muy joven que se sonó dos veces antes de arrojar su pañuelo a las profundidades del piano.
Sí, sé que tú no tienes amor por mí.
Y no tienes nomeolvides.
Ni amor, ni corazón, ni nomeolvides.
Cantó Frau Oberlehrer con una voz que parecía venir de su olvidado túmulo y que no le pertenecía.
—Ach! ¡qué dulce! ¡qué delicado! —exclamamos, aplaudiendo cordialmente.
Ella saludó como diciendo: «¿Verdad que sí?, y se retiraron. El caballerito sorteando la cola de ella y con cara de mal genio.
Se cerró el piano y en el centro del entarimado colocaron un sillón. Fräulein Sonia se desplazó hacia él. Silencio sensacional. Entonces es probable que la alada saeta hiriera el broche de su cuello. Nos suplicó que no fuésemos al bosque en ropa de excursión, sino tan levemente vestidos como posible fuera, y que nos acostáramos a su lado en lecho de agujas de pino. Su voz fuerte, levemente áspera, llenó toda la sala. Apoyando los brazos en el respaldo del sillón, movía sólo las muñecas. Estábamos estremecidos y silenciosos. A mi lado, Herr Professor, anormalmente serio y con los ojos saltones, se tiraba de las guías del bigote. Frau Godowska adoptó esa actitud peculiar de despego de los padres que están orgullosos de sus hijos. La única alma que no respondió a la llamada, fue la del camarero. Recostado ocioso contra el muro del salón se limpiaba las uñas con el filo del programa, haciendo ver que no estaba de servicio.
—¿Qué le parece? —me gritó Herr Professor al amparo de una tumultuosa salva de aplausos—. ¡Temperamental! Ahí la tiene. Es una llama en el corazón de una azucena. Siento que voy a tocar bien. Ahora me corresponde a mí. Estoy inspirado. Fräulein Sonia —añadió cuando la dama volvió donde nosotros estábamos, pálida y envuelta en su largo chal—, usted es mi inspiración. Esta noche será el alma de mi trombón. Va usted a ver.
A nuestra derecha y a nuestra izquierda la gente se inclinaba para susurrar en la nuca de Fräulein Sonia su admiración. Ella saludaba con el mejor de los estilos.
—Siempre tengo éxito —me dijo—. Fíjese, actuando soy yo de verdad. En Viena, cuando interpretaba a Ibsen, me junté con tantos ramos de flores, que hasta el cocinero tenía tres en su cuarto. Pero aquí es difícil. Falta magia. ¿No se da cuenta? No hay ese misterioso perfume que emana, casi como una cosa visible, del alma del público vienes. Mi espíritu desfallece por falta de él.
Se inclinó hacia delante apoyando la barbilla en la mano.
—Desfallece —repitió.
El profesor apareció con el trombón, sopló en él, se lo acercó a un ojo, se remangó los puños de la camisa y se revolcó en el alma de Sonia Godowska. Causó tal sensación, que fue llamado de nuevo para tocar una danza bávara, que él mismo reconoció debió ser tomada como un ejercicio de gimnasia respiratoria más bien que como realización artística. Frau Godowska llevó el compás con el abanico.
A continuación el caballerete vociferó en voz de tenor que amaba a alguien «con sangre en el corazón y mil congojas». Fräulein Sonia representó una escena de envenenamiento con la colaboración de un frasco de píldoras de su madre, siendo remplazado el sillón por una chaise longue. Una joven rascó algo arrullador en un violín poco maduro y Herr Professor realizó el postrer rito expiratorio en el altar de las criaturas desamparadas tocando el Himno Nacional.
—Ahora tengo que acostar a mamá —murmuró Fräulein Sonia—. Pero después daré un paseo. Es indispensable que deje un momento en libertad a mi espíritu. ¿Por qué no viene conmigo a dar una vuelta hasta la estación?
—Bien. Llame a la puerta de mi cuarto cuando esté lista.
Así, el alma moderna y yo nos encontramos juntas bajo las estrellas.
—¡Qué noche! —dijo—. ¿Conoce aquel poema de Safo donde habla del reflejo de sus manos en las estrellas? Soy curiosamente sáfica. Y lo más notable es que, no sólo soy sáfica, sino que en todas las obras de todos los grandes escritores, y especialmente en sus cartas inéditas, encuentro algún toque, algún indicio de mí, alguna semejanza, algún trozo de mí misma, como un millar de reflexiones de mis propias manos en un negro espejo.
—¡Qué cosa más molesta! —exclamé.
—No sé qué entiende usted por molestia. Es más bien la maldición de mi genio.
De pronto se interrumpió mirándome fijamente:
—¿Conoce usted mi tragedia?
Moví negativamente la cabeza.
—Mi tragedia es mi madre. Viviendo con ella, vivo dentro del féretro de mis abortadas aspiraciones. Oiría lo del imperdible de esta noche. Puede parecerle insignificante, pero estropeó mis tres primeros ademanes. Fueron...
—¡Empalados en su imperdible! —sugerí.
—Exacto. Y cuando estamos en Viena, soy víctima de las formas, ¿comprende? Me perezco por lo selvático y por las cosas apasionadas, pero mami dice: «Haz el favor de preparar primero la medicina.» Recuerdo que una vez me enfurecí y arrojé la jarra del lavabo por la ventana. ¿Sabe lo que me dijo? «Sonia, no me opongo a que tires las cosas por la ventana con tal de que...»
—¿De que escogiese algo más pequeño? —sugerí.
—No... «con tal de que me lo adviertas antes». Humillante. Y no veo ninguna posibilidad de luz en esta obscuridad.
—¿Por qué no se incorpora a una compañía en tournée y deja en Viena a su madre?
—¿Cómo? ¿Dejar a mi pobre madrecita enferma y viuda en Viena? Antes de eso me mataría. Amo a mi madre como a nadie en el mundo, como a nadie y a nada. ¿Cree posible que ame uno a su propia tragedia? «De mis grandes sufrimientos saco mis pequeñas canciones», ¿se trata de Heine o de mí?
—Ah —dije alegremente—, pues eso está muy bien.
—¿Cómo va a estar bien?
Sugerí que podíamos dar la vuelta. Regresamos.
—A veces pienso que la solución está en el matrimonio —dijo Fräulein Sonia—. Si yo encontrara un hombre modesto, apacible, que me adorase y cuidase de mi mamá, un hombre que pudiera ser como un almohadón para mí, ya que el genio no puede esperar hallar su pareja, entonces me casaría. Se habrá fijado en que el profesor tiene conmigo atenciones muy señaladas.
—¡Oiga, Fräulein Sonia! —dije muy complacida de mi idea—, ¿por qué no casa al profesor con su mamá?
Cruzábamos ante una peluquería y Fräulein Sonia me asió del brazo.
—¡Oh! —balbuceó—. ¡Qué crueldad! Me voy a desmayar. ¡Casarse mi mamá antes que yo! ¡Qué indignidad! Me voy a desmayar. Y ahora mismo. Yo estaba asustada.
—No puede usted hacer eso —le dije sacudiéndola—. Vamos a la pensión y allí se desmaya todo lo que quiera. Pero aquí no; están cerradas todas las tiendas y no se ve a nadie. No sea boba, por favor.
—Aquí y nada más que aquí —dijo indicando el sitio exacto, y, dejándose caer bonitamente, quedó; tendida e inmóvil.
—Muy bien —dije—. Desmáyese, pero hágalo de prisa.
Ella no hizo el menor movimiento. Inicié el regreso, y aunque de vez en cuando volvía la cabeza siempre veía el obscuro bulto del alma moderna tendido ante el escaparate de la peluquería. Por último corrí y arranqué de su habitación a Herr Professor.
—Fräulein Sonia se ha desmayado —dije enfadada.
—¡Dios mío! ¿Dónde? ¿Cómo?
—Ante la peluquería del paseo de la estación.
—¡Jesús, María y José! ¿No había agua por allí? —cogió una cantimplora—, ¿ni nadie atendiéndola?
—Nadie.
—¿Dónde está mi abrigo? No me importa coger un resfriado al pecho. Lo cogeré con gusto... ¿Está preparada para venir conmigo?
—No —dije—, que le acompañe el camarero.
—Pero ha de ser una mujer. No soy tan grosero como para tratar de desabrocharle el corsé...
—Las almas modernas no usan corsé —dije.
Salió corriendo y oí sus pasos que hacían retemblar la escalera.
Cuando bajé a la mañana siguiente para almorzar, hallé dos sitios vacíos. Fräulein Sonia y Herr Professor habían salido a hacer una excursión por el bosque.
Me sorprendí.

CASA LEHMANN

La verdad es que Sabina no vivía una vida muy sosegada. De la mañana a la noche andaba al galope. A las cinco en punto se tiraba de la cama, se abrochaba el vestido negro de alpaca con largas mangas, que usaba bajo el delantal, y bajaba a tientas la escalera para ir a la cocina.
Anna, la cocinera, había engordado de tal modo durante el verano, que le encantaba la cama. Estando allí no necesitaba usar corsé, y podía ponerse a sus anchas, dando vueltas y vueltas en el amplio colchón, lamentándose ante Jesús y María y el propio san Antonio de llevar una vida peor que la de un cerdo.
Sabina era principianta. Aún le brotaban en las mejillas sonrosados colores. Al lado izquierdo de la boca tenía un hoyuelo que, aun cuando se pusiera muy seria y muy absorta, le salía y la traicionaba.
Y Anna bendecía aquel hoyuelo, pues significaba una media hora más de cama para ella. Él obligaba a Sabina a encender el fuego y apagarlo, a lavar un sinfín de tazas y fuentes que habían quedado del día anterior. Hans, el lavaplatos, no venía hasta las siete. Era hijo del carnicero; un chico sucio y desmedrado, que a Sabina le parecía una salchicha de las que hacía su padre. Tenía la cara colorada y cubierta de granos y las uñas increíblemente sucias. Cuando Herr Lehmann en persona le dijo que buscara una horquilla y se las limpiara, Hans replicó que estaban enlutadas desde que nació, porque su madre tenía sucias de tinta las suyas por haber hecho muchas cuentas.
Y Sabina lo creyó así y tuvo compasión de él.
El invierno había venido muy pronto a Mindelbau. A fines de octubre las calles estaban bordeadas con trincheras de nieve que llegaban a la cintura, y la mayor parte de los agüistas, maldiciendo del frío, se habían largado más que de prisa. Así que en la casa Lehmann el gran salón estaba cerrado y como único acomodo se ofrecía el comedor. En el comedor el piso tenía que estar fregado; las mesas limpias; las tazas de café, colocadas cada una junto al correspondiente platillo de porcelana para el azúcar, y los periódicos y revistas, colgados de sus ganchos respectivos a lo largo de la pared; todo antes de que Herr Lehmann apareciese a las siete y media para abrir.
De ordinario su mujer cuidaba de la tienda que daba acceso al café. Pero había escogido la temporada de calma para tener un niño, y ella, que en sus mejores épocas era una mujer gruesa, aumentó de volumen de tal modo en el curso del embarazo, que su marido le dijo era mejor permaneciese arriba cosiendo porque su aspecto no era muy atrayente.
Sabina tomó a su cargo aquel trabajo extra, sin esperar ninguna paga extra. Le gustaba estar tras el mostrador cortando rebanadas del rico pastel de chocolate que hacía Anna o empaquetando almendras garrapiñadas en bolsitas con rayas azules y rosa.
—Te van a salir varices como a mí —le decía ésta—. También las tiene la Fran. Es natura! que el niño no nazca. Todo el embarazo se le ha ido a las piernas.
Y Hans escuchaba con extraordinario interés.
Por las mañanas, había relativamente poco trabajo. Sabina atendía al timbre de la puerta de la tienda, servía a los pocos clientes que venían a beber licores para calentarse el estómago antes de la comida del mediodía, y corría escaleras arriba una y otra vez para preguntar a la Frau si necesitaba algo. Pero por la tarde cinco o seis espíritus selectos solían ir a jugar a las cartas, y todo el que se respetaba bebía té o café.
—¡Sabina!, ¡Sabina!
Ella volaba de una mesa a otra, contando puñados de calderilla, dando órdenes a Anna por la ventanilla, ayudando a los clientes a ponerse sus pesados abrigos, y siempre con aquel mágico aire infantil, y aquella sensación deliciosa de estar asistiendo a una fiesta perpetua.
Las mujeres solían preguntarle en voz baja:
—¿Cómo está Frau Lehmann?
—Se siente un tanto deprimida —solía responder, acompañando sus palabras de confidenciales gestos de cabeza—; pero todo lo bien que puede esperarse en estas circunstancias.
El mal rato para Frau Lehmann se acercaba. Anna y sus amigas, cuando se referían a él, hablaban de su «viaje a Roma», y Sabina se pirraba por hacer preguntas. Mas, avergonzada de su ignorancia, guardaba silencio, tratando de averiguar las cosas por sí misma. En realidad no sabía sino que la Frau tenía dentro un bebé y que ese bebé tenía que salir de ahí; con muchos sufrimientos sin duda. También se hacía cargo de que no podía tenerse un bebé sin marido. Pero ¿qué tenía que ver el marido con aquello? Era lo que se preguntaba aquella tarde mientras remendaba la mantelería, recién lavada, con la cabeza inclinada sobre su trabajo, de modo que la luz hacía brillar las ondas castañas de su pelo. Nacer: ¿qué sería aquello?, inquiría Sabina. La muerte resultaba algo tan sencillo... Tenía un cuadrito de su abuela muerta. Estaba vestida con un vestido de seda negro y sus manos, atadas, asían un crucifijo que se inclinaba sobre los senos lacios. Pero la boca, curiosamente apretada, casi sonreía con misteriosa sonrisa. La cuestión era que su abuela también había tenido que nacer.
Una noche en que estaba ahí sentada y pensativa, Él entró en el café y pidió un vaso de oporto. Sabina se levantó despacio. El largo día de trabajo y el calor del salón la hacían sentirse un poco lánguida. Pero cuando sirvió el vino notó que los ojos de Él estaban fijos en ella. Entonces ella le miró también y el hoyuelo apareció.
—Hace frío fuera —dijo, taponando la botella.
Él se pasó la mano por los cabellos espolvoreados de nieve y sonrió.
—No podríamos decir exactamente que haga un tiempo tropical. Pero usted está aquí muy cómoda. Hasta parece que hubiese estado durmiendo un poco.
¡Qué lánguida se sentía Sabina en el templado salón y qué fuerte y profunda era la voz de Él! Pensó que nunca hasta entonces había visto a nadie que pareciese tan fuerte como Él —le creía capaz de alzar la mesa con sólo una mano—; y aquella inquieta mirada que se paseaba por el rostro de ella y por todo su cuerpo, causaba dentro de sí un curioso estremecimiento, mitad placentero, mitad doloroso... Sentía necesidad de estar allí, muy cerca de Él, mientras bebía. Hubo a continuación un breve silencio. Después Él sacó un libro del bolsillo y Sabina volvió a coser.
Sentada allí en el rincón escuchaba el rumor de las hojas del libro al ser volteadas y el grave tictac del reloj que pendía sobre el espejo de marco dorado. Se sintió forzada a mirarle otra vez, había algo muy peculiar en la voz profunda de Él, en el modo de caerle la ropa. Desde el piso de arriba llegaba el lento arrastrar de pies de Frau Lehmann, y de nuevo Sabina se sintió preocupada con sus antiguos pensamientos. ¿Tendría ella que verse así algún día? ¿Que sentirse así? Sin embargo, era tan grato tener un niñito a quien vestir, a quien agitar por los aires.
—Fräulein no-sé-cómo —exclamó Él—, ¿de qué se está riendo?
Ella se ruborizó. Con las manos ociosas en el regazo, alzó los ojos para mirarle por encima de la mesa vacía y movió la cabeza.
—Venga aquí. Le enseñaré una fotografía —pidió Él.
Ella se acercó hasta ponerse a su lado. Él abrió el libro que tenía en la mano y mostró a Sabina la fotografía coloreada de una muchacha desnuda, con un gran sombrero en la cabeza, sentada en el borde de una gran cama, completamente revuelta.
Con una de sus manos tapó el cuerpo, de modo que se le viese solamente la cara, mientras duró el examen de Sabina.
—¿Qué quiere usted decirme con esto? —preguntó ella, aunque lo sabía perfectamente.
—Estoy tratando de imaginar el efecto que haría su cara en esta fotografía.
—Mi pelo es muy diferente al de esa chica —dijo Sabina, risueña, intentando despistar.
—Es una fotografía muy agradable, ¿verdad? —preguntó Él.
Pero ella tenía la mirada fija en la mano que tapaba el cuerpo de la muchacha del retrato y se limitó a asentir con un movimiento de cabeza.
—¿Le gustaría verla entera?
—¡Oh, las fotografías de las revistas ilustradas me gustan mucho! —contestó Sabina, sin comprometerse.
—Y, ¿no le gustaría más ver su propio retrato en una de ellas?
—¿La mía? Eso es imposible. Además, no tengo ningún sombrero tan bonito como ése...
—Eso tiene fácil remedio.
Siguió un breve silencio que rompió la voz de Anna llamando desde la cocina.
Sabina se fue corriendo.
—Anda, súbele a la Frau la leche y los huevos —dijo Anna—. ¿A quién tienes ahí?
—¡Dios mío, uno más chistoso! Creo que debe de estar un poco mal de la cabeza —y al decirlo se tocó la suya.
Arriba, en una horrible habitación, estaba la Frau sentada, cosiendo. Tenía un chal negro sobre los hombros y los pies metidos en unas zapatillas rojas de lana.
Sabina puso la leche sobre la mesa junto a ella y luego quedó en pie, frotando una cuchara con el delantal.
—¿Desea algo más?
—No —dijo la Frau, incorporándose en su silla—. ¿Dónde está mi marido?
—Está jugando a las cartas en casa de Snipold. ¿Quiere que le llame?
—¡Cielo bendito!, déjale tranquilo. Yo no soy nada, no valgo nada. Todo el santo día esperando aquí.
Su mano tembló al limpiar el borde del vaso con un dedo obeso.
—¿Quiere que la ayude a acostarse?
—Déjame sola, vete abajo. Dile a Anna que si encuentra a Hans robando azúcar, le dé un sopapo.
—¡Qué fea, qué fea, qué fea! —murmuró Sabina volviendo al café donde Él estaba en pie ya con el abrigo abotonado, dispuesto a marcharse.
—Volveré mañana —dijo—. Pero no se trence el pelo tan apretado, va a hacer que pierda las ondas.
—¡Vamos, qué gracioso es usted! —dijo ella—. Buenas noches.
Cuando Sabina subió a acostarse, Anna estaba ya roncando. Se cepilló sus largos cabellos, y, antes de ponerse la camisa de dormir, se quedó sentada unos momentos en el borde de la cama.
—¡Lástima que no tengamos un armario de luna! —exclamó sonriendo, con ojos soñolientos.
En la obscuridad, acarició su vientre liso.
—No quisiera ser la Frau —se dijo— ni por cien marcos. No, ni por mil. ¡Qué horror estar como ella!
Y medio dormida se vio a sí misma incorporándose en la silla con la botella de oporto en una mano, mientras Él entraba en el café.
La mañana siguiente fue fría y nublada. Sabina se despertó cansada, sintiendo el corazón como si algo pesado se lo hubiera estado oprimiendo toda la noche. Hubo un ruido de pasos amortiguados por el pasillo. ¡Herr Lehmann! Debía de haberse quedado dormida más de lo debido. Sí, estaba moviendo la manecilla del picaporte.
—¡Un momento, un momento! —gritó, poniéndose de un tirón las medias.
—Bina, dile a Anna que vaya a ver a la Frau, pronto. Voy corriendo a buscar una enfermera.
—Sí, sí —gritó ella—. ¿Está ya ahí?
Pero el Herr se había ido, y ella fue a la cama de Anna y la sacudió por los hombros.
—La Frau, el nene... Herr Lehmann ha ido a buscar a la enfermera —tartamudeaba.
—Santo Dios —exclamó Anna, lanzándose fuera del lecho.
No hubo quejas aquel día; importancia, entusiasmo: sólo eso revelaba el continente de Anna.
—Baja corriendo a encender el horno. Pon una cacerola con agua a calentar —y, como si estuviese hablando con un enfermo, Anna añadió—: Sí, sí, ya lo sé. Tendremos que ponernos muy mal antes de mejorar... Voy en seguida... paciencia.
Estuvo nublado todo el día. Hubo que encender las luces en cuanto el café abrió, y tuvieron mucho ajetreo. Anna, expulsada de la habitación de la Frau por la enfermera, se negó a trabajar y permaneció pendiente de los ruidos que llegaban de arriba. Hans, aún más afectado que Sabina, abandonó también el trabajo y permaneció de pie, junto a la ventana, hurgándose la nariz.
—Y ¿por qué he de hacerlo yo todo? —se decía Sabina mientras lavaba vasos—. No puedo echarle la culpa a la Frau. Pero no debía tomarlo con tanta cachaza.
—¿Oyes? —dijo Anna—. Se la han llevado a la alcoba de atrás a fin de no molestar a la gente. Ha sonado un gemido. ¡Oh, qué gemido!
—¡Dos cañas de cerveza! —gritó Herr Lehmann por la ventanilla.
—Un momento, un momento.
A las ocho el café estaba desierto. Sabina se sentó en un rincón sin su costura. No parecía que le hubiera ocurrido nada a la Frau. Había venido el doctor, y eso era todo.
—Ach! —exclamó Sabina—. No quiero acordarme más de eso. No prestaré ya atención. Ach!, me gustaría irme de aquí, ¡cómo me molesta hablar de ello! No quisiera oírlo siquiera. Ya es demasiado.
De codos sobre la mesa y con el rostro entre las manos empezó a lloriquear.
Pero cuando de improviso la puerta de la calle se abrió, de un salto se puso en pie sonriente. Él estaba allí otra vez. Y otra vez pidió oporto; pero ahora no traía ningún libro.
—No vaya a sentarse a seis leguas de mí —gruñó—. Tengo que distraerme. Venga acá, coja mi abrigo. ¿No podría ponerlo a secar en alguna parte? Está nevando otra vez.
—Hay un sitio muy caliente. El guardarropa de las señoras —dijo ella—. Voy a llevarlo ahí. Está precisamente al lado de la cocina.
Ahora se sentía mejor; ya era otra vez feliz.
—Iré con usted —dijo Él—. Veré dónde va a ponerlo.
Esto no tenía nada de particular, y ella rió haciéndole señas para que la siguiera.
—Aquí —gritó—. Fíjese qué caliente. Echaremos más leña en el horno. No importa. Están todos arriba ocupados.
Se arrodilló en el suelo y echó leños en el horno, riéndose de su propia travesura.
La Frau había sido olvidada; aquel estúpido día había sido olvidado. Allí, a su lado, estaba alguien que también reía, y los dos se encontraban juntos en el caldeado cuartito robando la leña de Herr Lehmann. Esto le parecía la cosa más divertida del mundo. Tenía ganas de seguir riendo y también ganas de llorar, un extraño desmadejamiento que la hacía desear apoyarse en el pecho de Él.
—Este calorcillo es muy agradable —dijo, tendiendo sus manos hacia el fuego.
—Déme la mano —ordenó él, acercándose más—. Verá como se siente mejor.
Estaban muy cerca uno del otro, con las manos cogidas. Un temor indefinible comenzó a invadir a Sabina. Se puso a temblar.
—Oiga —dijo él ásperamente—, ¿es usted una chiquilla o está haciendo comedia?
—Yo... Yo...
Ya no sentía deseos de reír. Miró de reojo a su compañero y luego clavó los ojos en el suelo. Su respiración era jadeante, como la de una bestezuela aterrorizada.
De repente, él le echó los brazos al cuello y la besó en la boca.
—¿Qué... qué hace usted? —exclamó ella, sofocadísima.
Él hizo más apretado su abrazo. Sus manos acariciaron ávidamente su cuerpo y la habitación empezó a girar ante Sabina.
Súbitamente, del cuarto de arriba llegó un grito terrible, desgarrador.
Ella se incorporó, estremecida, desencajada.
—¿Quién ha hecho eso, quién hace ese ruido? —preguntó Él.
En el silencio, el débil vagido de una criatura.
—Ach! —gritó Sabina. Y salió corriendo de allí.

LOS BAÑOS DE AIRE

Creo que el aspecto algo grotesco del lugar se debía a las sombrillas.
Cuando entré por primera vez en aquel recinto y vi a mis compañeras de baño paseando por la arena casi en cueros, pensé que las sombrillas daban al ambiente una pincelada de «Pequeño Negro Sambo».
Eran de algodón color verde y el mango terminaba en una cabeza de loro, rabiosamente roja. Las bañistas las mantenían por encima de sus cabezas con una ridícula dignidad, mucho más ridícula si se tiene en cuenta que sólo tapaban una pequeñísima parte de su cuerpo con un pedazo de ropa poco mayor que un pañuelo de bolsillo.
En «Luft Bad» no había árboles. El terreno era completamente llano. Había unas cuantas casetas de madera, dos columpios y pocas cosas más. Paseábamos o bien nos sentábamos en pequeños grupos, y la mayor parte del tiempo lo invertíamos en criticar los defectos de conformación de nuestras vecinas, que lo sucinto de sus atavíos dejaba generosamente al descubierto.
Una alta tapia de madera cercaba completamente el recinto. Por encima de la misma se divisaban los pinos que flanqueaban el camino que conducía a «Luft Bad». Al otro lado de la tapia, a mano derecha, se hallaba la sección de hombres. A través de un intersticio entre dos tablones podíamos observarles haciendo gimnasia, levantando unas enormes pesas, mientras entonaban canciones no aptas para todos los oídos. Sus atuendos, excepto las sombrillas, se diferenciaban poco de los nuestros.
Confieso que, el primer día, la posibilidad de mostrar mis piernas completamente al desnudo me tenía sumamente avergonzada. No me atrevía a salir de la caseta hasta que una de las habituales del lugar, una dama con la que había jugado al ajedrez algunas veces, me llamó a través de los delgados tabiques de madera.
Hice de tripas corazón, salí y me uní a uno de los grupos.
A los pocos instantes de estar allí sentada, una dama húngara de aspecto imponente comenzó a hablar de la magnífica tumba en que estaba enterrado su segundo marido.
—Es una cripta —decía— con unas primorosas rejas negras. Y tan espaciosa que podría pasearme perfectamente por su interior. Hay una hermosa fotografía nuestra, enmarcada por una corona que me envió el hermano de mi primer marido. Yo voy con frecuencia a visitarla: los sábados por la tarde, especialmente, constituye una agradable excursión.
Se levantaba de repente, se colocaba las manos a la espalda, aspiraba profundamente seis o siete veces y volvía a sentarse.
—Su agonía fue algo horrible —añadió—; me refiero a la de mi segundo marido. El primero se fue al otro mundo en muy poco tiempo, pero el segundo estuvo muriéndose durante setenta y siete horas. Yo no dejé de llorar ni un instante, desde luego...
Una joven rusa, con unos hermosos rizos que le caían sobre la frente, se volvió hacia mí.
—¿Sabe usted bailar la danza de «Salomé»? —me preguntó—. Yo la bailo bastante bien.
—¡Qué estupendo! —contesté.
—¿Quiere que la baile ahora mismo? ¿Le gustaría verlo?
Sin esperar mi respuesta se puso en pie y por espacio de diez minutos realizó una serie de sorprendentes contorsiones. Cuando acabó la «danza», estaba sin aliento.
—¿No es magnífico? —exclamó—. Además, ahora estoy completamente sudada y una ducha me sentará muy bien.
Enfrente mío había una mujer morena que permanecía tumbada de espaldas, completamente inmóvil, con los brazos por debajo de la nuca.
—¿Hace mucho tiempo que viene usted aquí? —le pregunté.
—¡Oh, sí! Paso largas temporadas en este lugar —me contestó—. Esto forma parte de mi tratamiento. Me alimento exclusivamente de hortalizas y de nueces, y tengo la sensación de que mi espíritu es cada día más vigoroso y más puro. La mayoría de la gente vive en condiciones horribles, respirando un aire lleno de miasmas e ingiriendo alimentos nocivos para su cuerpo y para su alma. Lo que me extraña es que no haya más enfermos y más locos de los que ya existen. Yo procuro vivir de una manera sencilla. —Señaló una pequeña bolsa que tenía a su lado—: Una lechuga, una zanahoria, una patata y un puñado de nueces, constituyen una alimentación racional. Lo como todo crudo, tal como sale de la tierra, incontaminado y fresco.
—¿Y no toma nada más en todo el día? —me asombré.
—Agua. Y, algunas veces, si me despierto durante la noche, un plátano. —Se volvió de lado y se apoyó sobre un codo—. Usted come demasiado y se está perjudicando de un modo horrible —prosiguió—. ¡Es vergonzoso! ¿Cómo puede esperar que se encienda en usted la Llama del Espíritu bajo esos montones de carne superflua?
Yo deseaba que dejara de mirarme y estaba a punto de levantarme y marcharme de allí cuando una muchacha muy joven, que llevaba un collar de cuentas de coral, se unió a nosotras.
—La pobre Frau Hauptmann no ha podido venir hoy —manifestó—. Tiene los nervios completamente destrozados. Ayer se excitó mucho escribiendo dos tarjetas postales.
—Está algo delicada —intervino la húngara—, pero es una mujer sumamente agradable. Lo que le falta a la pobre Fancy es un poco de energía. Es incapaz de imponerse a sus hijas para que dejen de usar esos descarados trajecitos que llevan a todas horas. Se sientan en cualquier banco y cruzan sus piernas de un modo sumamente desvergonzado y provocativo, enseñando los muslos. ¿Adonde han ido ustedes esta tarde, Fräulein Anna?
—¡Oh! —dijo el Collar de Coral—. Herr Oberleutnant me invitó a acompañarle a Lansdorff. Necesitaba comprar algunos huevos. En ocho huevos consiguió que le rebajaran un penique. Es indudable que sabe cómo hay que regatearles a los campesinos.
—¿Es usted americana? —me preguntó de repente la Dama Vegetariana.
—No.
—Entonces, es usted inglesa, ¿verdad?
—Bueno, no del todo...
—Tiene que ser usted una de las dos cosas, no puede ocultarlo. La he visto pasear sola muchas veces. Además, usted...
Me puse en pie y me dirigí hacia uno de los columpios. El aire, de una tibia dulzura, me excitaba de un modo delicioso. Por encima de mi cabeza, unas nubes blancas discurrían perezosamente por el azul del cielo. De los pinos cercanos llegaba un perfume selvático, en tanto que sus ramas se balanceaban suavemente al impulso de la brisa. Yo me sentía ligera, libre y feliz. Y, sobre todo, ¡tan joven!
—¿No sabe usted —me gritó alguien— que el ejercicio del columpio es muy perjudicial para el estómago? Un amigo mío estuvo tres semanas sin poder retener la comida a consecuencia de la excitación que le producía el columpiarse...
Renuncié definitivamente a continuar allí y fui a vestirme.
Ahora creo que las sombrillas son lo único que presta algún atractivo al «Luft Bad». Y, si alguna vez me da por ir allí, me envuelvo en el impermeable de mi marido y me siento en un rincón, lo más escondida posible.
Y puedo asegurar que no es porque me sienta avergonzada, ni mucho menos, de enseñar mis piernas.

DÍA DE PARTO

Andreas Binzer despertó poco a poco. Se volvió en su angosta cama, se estiró y dio un bostezo, abriendo la boca todo lo que pudo y cerrándola después, de modo que sus dientes resonaron con un agudo «clic».
Aquel sonido le encantó, y lo repitió varias veces con rápidos y restallantes movimientos de mandíbula. «Vaya dientes —se dijo—. Sanos como manzanas, todos y cada uno de ellos. Sin haber tenido que sacarme ninguno. Sin haber tenido que empastarme ninguno tampoco.» Eso era debido a que no hacía tonterías al comer y a que los cepillaba concienzudamente mañana y noche.
Se incorporó apoyándose en el codo izquierdo, y tanteó con la diestra cerca de la cama, buscando la silla donde la noche anterior había puesto el reloj y la cadena. Pero no encontró ninguna silla allí. Claro, olvidaba que, como en aquella angosta y condenada habitación no había sillas, tuvo que poner el dichoso artefacto debajo de la almohada.
«Las ocho y media del domingo —su cerebro seguía el tictac del reloj—. A las nueve, el almuerzo; hora de bañarse.» Saltó de la cama y se dirigió hacia la ventana. La persiana rota colgaba a modo de un abanico sobre el cristal de arriba. «Hay que arreglar esta persiana —se dijo—. Haré que el chico de la oficina antes de irse a casa venga un momento y la ponga en su sitio. Es muy mañoso para arreglar persianas. Le daré unos céntimos y lo hará tan bien como un carpintero. Anna misma lo hubiese podido hacer de no estar enferma. Y también yo, por supuesto, pero no me da la gana de subir en una escalera de peldaños desvencijados.» Alzando la vista miró al cielo. Era claro, extrañamente blanquecino, limpio de toda nube. Luego miró hacia abajo, a la hilera de jardinillos y patios traseros. Las vallas de aquellos jardines corrían al borde de un albañal, cruzado por un puente colgante, y la gente tenía la condenada costumbre de tirar latas vacías al albañal por encima de las vallas. Algo muy propio de ellos, por supuesto. Andreas se puso a contar las latas y decidió rencorosamente escribir una carta a los periódicos sobre aquello y firmarla. Firmarla con su nombre y apellidos.
La criada salió de la negra puerta al fondo del patio, llevando las botas de él. Tiró una al suelo, metió la mano dentro de la otra y la miró, contrayendo las mejillas. Acto seguido se inclinó hacia delante, escupió en la puntera y se puso a sacarle brillo con un cepillo extraído del bolsillo de su delantal.
«¡Puerca! —se dijo—. Vaya usted a saber cuántas enfermedades infecciosas se estarían gestando ahora en aquella bota. Anna debía despedir a aquella chica, aun cuando tuviese que arreglárselas sola algún tiempo. Sí, tan pronto como se levantara y pudiera moverse de nuevo. ¡Con qué gesto dejó caer una de ellas y escupió en la otra! Sin tener en cuenta de quién eran aquellas botas que estaban a su cargo. No tenía ni la más leve idea del respeto debido al amo de la casa.»
Llamaron con un discreto golpe y su madre entró. Cerrando tras de sí la puerta se recostó contra ésta.
Andreas notó que su toca estaba ladeada y que un largo mechón de sus cabellos le caía sobre los hombros.
Fue hacia ella y la besó.
—Buenos días, madre. ¿Cómo está Anna?
La anciana habló apresuradamente juntando y abriendo las manos.
—Andreas, haz el favor de ir a buscar al doctor Erb en cuanto te hayas vestido.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Está mal?
Frau Binzer asintió con un gesto de cabeza, y Andreas, observándola atentamente, vio que de pronto, su rostro cambiaba de expresión; una fina red de arrugas parecía surgir desde debajo de la piel hacia la superficie.
—Siéntate un momento en la cama —dijo—. ¿No te has acostado aún?
—No, pero no quiero sentarme. Tengo que volver a su lado. Anna ha estado sufriendo toda la noche. No ha querido que se te molestara hasta ahora, porque decía que anteayer parecías estar muy deprimido. Le dijiste que habías cogido frío y está muy preocupada.
Andreas se sintió directamente acusado.
—Bueno, fue ella quien me obligó a decírselo. Me lo sacó a la fuerza. Ya sabes de qué forma se las arregla.
Nuevamente Frau Binzer asintió con la cabeza.
—Sí, ya sé. Pregunta si tu resfriado va mejor y dice que en el cajón grande a mano izquierda hay una muda de abrigo.
Andreas, sin pizca de ganas, carraspeó por dos veces.
—Sí —repuso—. Dile que noto la garganta despejada. Creo será mejor que no la moleste.
—Sí, es mejor, y además, Andreas, el momento ha llegado.
—Estaré listo en cinco minutos.
Salieron al pasillo. Cuando Frau Binzer abrió la puerta de la alcoba de enfrente, un prolongado quejido salió de la habitación.
Esto sorprendió y alarmó a Andreas. Entró precipitadamente en el cuarto de baño, abrió los grifos todo lo que daban de sí y, mientras el baño se llenaba, estuvo limpiándose los dientes y arreglándose las uñas. «Terrible, terrible —se oyó murmurar a sí mismo—. No puedo entenderlo. Es como si se tratara del primero... y con éste van tres. El viejo Schafer me dijo ayer que su mujer había dejado simplemente caer el cuarto. Anna debería tener a su lado una enfermera con título, en lugar de mi madre. Mi madre la mima demasiado. ¿Qué habrá querido decir con eso de que inquieté a Anna anteayer? ¡Qué bonito llamarle así la atención a un marido en una ocasión como ésta! Para sacarle a uno de sus casillas me parece... y luego con mi sensibilidad...»
Cuando entró en la cocina por las botas, la criada estaba inclinada sobre el fogón preparando el almuerzo. «Sin duda estará echando el aliento en la comida», pensó, y se mostró muy seco con la muchacha. Ella no lo notó. Estaba henchida con el terrible alborozo y la importancia de lo que estaba ocurriendo arriba. Le parecía estar aprendiendo el secreto de la existencia cada vez que respiraba. Había puesto aquella mañana la mesa diciendo «niño» en el momento de colocar el primer plato y «niña» al poner el segundo. Decidiéndose por «niño» al colocar el salero. «Estoy en un tris de decírselo al amo para tranquilizarle», pensó. Pero éste no le dio oportunidad de hacerlo.
—Ponga —le dijo— otra taza en la mesa, por si el doctor quiere tomar café.
—¿El doctor, señor?
La sirvienta sacó una cuchara de una cazuela y dejó caer un par de gotas de grasa en el fogón.
—¿Tengo que freír alguna cosa más? —Pero el amo se había ido ya dando un portazo.
Caminó calle adelante. No había nadie por allí, ni muerto ni vivo, en aquella mañana de domingo.
Al cruzar el puente colgante, un fuerte olor a hinojo y a detritus subió del albañal y Andreas de nuevo se puso a pergeñar la carta. Salió a la calzada. Las tiendas tenían aún echadas las cortinas metálicas. Había trozos de periódico, paja y mondaduras de frutas esparcidos por el pavimento. Las alcantarillas estaban atascadas con los despojos de la noche del sábado. Dos perros espatarrados en medio de la calle se peleaban a mordiscos. Sólo la taberna de la esquina estaba abierta y un dependiente joven tiraba un cacharro de agua desde la puerta. Cuidadosamente y con los labios fruncidos, cruzó Andreas por encima del agua. «Es notable cómo me fijo en todo esta mañana —se dijo—. En parte debe de ser efecto del domingo. Me resulta insoportable un domingo, estando Anna sin poder moverse y los chicos fuera. En domingo uno debe tener derecho a contar con su familia. Aquí todo es sucio; va a desaparecer todo esto si viene una epidemia. Y vendrá, seguramente, de no derribar toda la calle. Me gustaría tener en mis manos los resortes del gobierno —pensó sacando el pecho—. Bueno, ahora vamos por ese médico.»
—El doctor Erb está desayunando —le informó la doncella, acompañándole a la sala de espera, una pieza obscura, mohosa, con algunos helechos dentro de una vitrina de cristal junto a la ventana—. Dice que tenga el señor a bien esperar un minuto. En la mesa hay un periódico.
«Vaya un cuchitril más insano», pensó Binzer, andando hacia la ventana y tamborileando con los dedos en la tapa de la vitrina de los helechos.
«Claro, se está desayunando. Ha sido el error que yo he cometido; venir aquí tan de mañana con el estómago vacío.»
Por la calle traqueteaba el carrito de un lechero. El conductor, de pie en la trasera, hacía restallar el látigo. Llevaba en la solapa de su chaqueta un geranio enorme. Firme como una roca, se mantenía erecto, en el carrito traqueteante, inclinándose sólo un poco hacia atrás. Andreas estiró el cuello para verle ir calle adelante, y, hasta cuando hubo desaparecido, siguió prestando oído al estrépito penetrante de las latas.
«No me equivocaría mucho respecto a él —reflexionó—. Y no me importaría nada probar un poco esa vida. Madrugar, terminar todo el trabajo para las once, y no hacer nada sino haraganear el resto del día hasta la hora del ordeño.» Sabía que esto era exagerado, pero sentía necesidad de apiadarse de sí mismo.
La doncella abrió la puerta, y se hizo a un lado para dejar paso al doctor Erb. Andreas giró sobre sus tacones y ambos se dieron la mano.
—Bien, Binzer —dijo el doctor jovialmente, mientras sacudía algunas migas de su chaleco color perla—. ¿Conque hijo y heredero viniendo de sopetón?
¿Hijo y heredero? Diantre, daba gusto tratar con un hombre así. Un hombre sensato que cada día de la semana tenía que enfrentarse con casos como aquél.
—Eso viene a ser en cierto modo, doctor —replicó sonriendo al tiempo de tomar su sombrero—. Mi madre me ha sacado esta mañana de la cama con órdenes imperiosas de llevármelo.
—Mi cochecito estará listo dentro de un momento. Véngase conmigo. ¿Quiere? ¡Qué día más bochornoso! Usted está ya tan encarnado como una remolacha.
Andrea rió a disgusto. El médico tenía una costumbre muy desagradable: la de creer que por ser doctor tenía derecho a divertirse a costa de cualquiera.
«Como todos los de su profesión —concluyó Andreas—, el buen hombre está inflado de vanidad.»
—¿Cómo se le dio la noche a Frau Binzer? —inquirió el médico—. ¡Ah!, aquí tenemos el cochecillo. Ya me irá indicando el camino. Haga el favor de sentarse lo más al centro posible, Binzer. Su peso lo inclina un poquito de su lado. Éstos son los inconvenientes de ser un afortunado hombre de negocios.
«Me lleva más de diez kilos, y no me equivocaré ni en un gramo», se dijo Andreas. «Podrá ser un buen médico, pero... ¡Dios nos libre!»
—¡Ya estás arrancando, preciosa! —dijo el doctor golpeando cariñosamente a la yegua parda con el látigo—. ¿Consiguió dormir anoche un poco su señora?
—No, creo que no —repuso Andreas escuetamente—. Hablando con franqueza, me disgusta que no tenga a su lado una enfermera.
—¡Bah! —exclamó el doctor con satisfacción extraordinaria—, su madre vale por una docena de enfermeras. Si he de decirle la verdad, no soy partidario de las enfermeras. Poco hechas, tan crudas como un filete de falda. Bregan con la criatura como si estuvieran arrancando a la muerte el cuerpo de Patroclo. ¿No conoce el cuadro de cierto pintor inglés, un tal Leighton? Algo magnífico, pura fibra.
«Otra vez —se dijo Andreas—. Sacando a relucir sus conocimientos para deslumbrarme.»
—Pero su madre... en ella sí que se puede tener confianza. Ella sí que es capaz. Haciendo cuanto se le ordena con un caudal de simpatía. Fíjese en esas tiendas que dejamos atrás... parecen úlceras enconadas. ¿Cómo diablos lo permiten las autoridades?
—No están tan mal. Lo que necesitan es una buena mano de pintura.
El médico silbó una tonadilla fustigando otra vez a la yegua.
—Bueno, espero que ese mozalbete no ocasione a la madre demasiadas molestias. Hemos llegado.
Un chicuelo flacucho que había estado resbalándose en el asiento de atrás de un lado para otro, saltó del coche y asió al caballo por el bocado. Andreas se fue derecho al comedor, dejando que la criada subiera con el médico. Se sentó, se sirvió un poco de café, y se comió medio panecillo antes de haberse servido el pescado. Al ir a hacerlo echó de menos el plato caliente. Toda la casa andaba de cabeza. Tocó el timbre y la criada entró con una bandeja en la que había un tazón de sopa y un plato caldeado.
—Los tenía a la lumbre —dijo risueña.
—Gracias, se lo agradezco.
A medida que ingería la sopa, su corazón iba ablandándose para con aquella tonta de muchacha.
—Está muy bien que el doctor Erb haya venido —se apresuró a manifestar la criada, ansiosa de un poco de simpatía.
—Hum, hum —hizo Andreas.
Ella aguardó un momento, expectante, revolviendo los ojos. Luego, ahíta de desdén por los humanos, volvió a la cocina haciendo votos de esterilidad.
Andreas dio cuenta del tazón de sopa y del pescado. A medida que comía, la habitación iba obscureciéndose poco a poco. Un leve viento que se había levantado hacía golpear las ramas de un árbol contra la ventana. El comedor daba al rompeolas de la bahía y se veía el mar agitado. El viento serpeaba en torno de la casa, gimiendo espantosamente.
«Se está preparando una tormenta. Esto quiere decir que voy a tener que estar encerrado aquí todo el día. Bueno, al menos, traerá algo bueno; servirá para aclarar la atmósfera.»
Oía a la criada que, presurosa y dándose importancia, iba de aquí para allá por toda la casa cerrando las ventanas. Luego la pudo atisbar un momento en el jardín, cuando recogía la ropa tendida en la cuerda que cruzaba el césped. Era trabajadora, no se podía negar. Cogió un libro, e hizo rodar su sillón hacia la ventana. Pero en vano. Estaba demasiado obscuro para leer. No quería esforzar la vista, y, por otra parte, encender la luz de gas a las diez de la mañana le parecía absurdo. Así, se dejó deslizar en el sillón apoyando los codos en los mullidos brazos y se entregó al ocio somnoliento.
«¿Un niño? Sí, por fuerza esta vez había de ser un niño. ¿Cuántos hijos tienes, Binzer? Ah, pues tengo dos niñas y un niño. Número muy bonito. Por sur puesto, no era de esos que se encariñan demasiado con uno de los hijos. Pero el hombre necesita un hijo varón. Estoy sacando adelante mi negocio para mi hijo. “Binzer e hijo.” Esto supondrá vivir muy estrechamente los diez años próximos, cortar gastos todo lo posible, y entonces...»
Una tremenda ráfaga de viento se abalanzó contra la casa, se adueñó de ella, la zarandeó, soltándola sólo para asirla con más fuerza. Las olas, todo a lo largo del rompeolas, aumentaban de volumen y rompían espumeantes. Sobre el pálido firmamento volaban como flámulas desgarradas algunas nubes grises.
Andreas se sintió confortado al oír bajar al doctor Erb. Se levantó y encendió el alumbrado de gas.
—¿No le molesta que fume aquí? —preguntó encendiendo el cigarrillo antes de que Andreas tuviera tiempo de responder.
—Usted no fuma, ¿verdad? Le falta tiempo para permitirse esos pequeños vicios.
—¿Cómo se encuentra ahora? —inquirió Andreas, renegando de aquel hombre.
—¡Pobrecilla! Todo lo bien que cabe. Me ha rogado que baje y me ocupe de usted un momento. Está segura de que se halla preocupado —con ojos risueños echó una mirada a la mesa del almuerzo y añadió—: Ya veo que ha tratado de picar un poco, ¿eh?
¡¡Uuu... uisss! —clamaba el viento agitando las cortinas de las ventanas.
—Lástima de tiempo —declaró el doctor Erb.
—Sí, tiene que afectar los nervios de Anna, y eso es lo que necesita precisamente: nervios.
—¿Eh? ¿Qué dice? —replicó el doctor—. ¿Nervios? Pero hombre. Tiene más nervio que usted y yo juntos. ¡Nervio! Si es toda nervio. Una mujer que trabaja como trabaja ella en la casa y que tiene tres niños en cuatro años, como quien dice de propina.
Tiró al fuego el pitillo a medio consumir y miró por la ventana frunciendo el ceño.
«Ahora es él quien me acusa —pensó Andreas—. Es la segunda vez en esta mañana. Primero mi madre y ahora este sujeto que se aprovecha de mi susceptibilidad.» Prefirió callar y tocó el timbre para que la criada acudiera.
—Levante la mesa —ordenó—. No puede estar de ese modo hasta la hora de comer.
—No sea tan exigente con la muchacha —rogó cariñosamente el médico—. Hoy tiene que trabajar el doble.
Al oírlo, la cólera de Binzer se desató.
—Doctor: le agradeceré que no se interponga entre mis sirvientes y yo.
En aquel mismo instante se dio cuenta de que había cometido una tontería no diciendo simplemente «mi criada».
El doctor Erb no se incomodó. Movió la cabeza, se metió las manos en los bolsillos y se puso a balancearse alternativamente sobre la punta de los pies y los talones.
—Está usted afectado por el tiempo —dijo—, y eso es todo. Es una pena esta tormenta. Ya sabe que el clima ejerce una influencia enorme sobre los partos. Un día hermoso estimula, da ánimos a la mujer para ello. El buen tiempo es tan indispensable para los alumbramientos como para un día de colada. ¿Eh? ¿Qué tal esta observación para un fósil profesional como yo?
Andreas no replicó.
—Bueno, debo volver al lado de mi paciente. ¿Por qué no da un paseo para despejarse la cabeza? Es lo que debe hacer.
—No —repuso—. No tengo ganas. Está demasiado desapacible.
Volvió a sentarse en el sillón junto a la ventana. Mientras la criada desocupaba la mesa intentó leer... Luego los ensueños. Le pareció que hacía años no había tenido a su disposición tanto tiempo para soñar así. No tenía nunca un respiro. Ajetreado con el quehacer todo el día y sin poder quitárselo de encima por las noches, como hacen otros. Además, Anna mostraba interés por su trabajo. En realidad sólo hablaban de eso. Excelente madre para educar a un muchacho. Tenía sentido de las cosas.
Empezaron a oírse campanadas traídas por el viento. Unas veces sonando muy lejanas; otras, como si todas las iglesias de la ciudad se hubiesen trasladado a aquella calle. Esas campanadas removían en él algo, algo vago y enternecedor. A aquella hora precisamente Anna solía llamarle desde el vestíbulo: «Andreas, ven a que te cepille el abrigo. Ya estoy preparada.» Luego salían. Ella colgada de su brazo y alzando los ojos para mirarle. Era guapa y pequeñita. Recordaba que, cuando se prometieron, dijo él un día: «Justamente a la altura de mi corazón.» Y ella se había subido a un taburete y, riendo, le había hecho inclinar la cabeza. En aquellos días era una niña. Más niña que sus propios hijos, más vivaz, con más garbo, con más espíritu. Había que verla bajar por la avenida cuando iba a buscarle a la salida de la oficina. ¡Y cómo se reía cuando anduvieron buscando casa! ¡Cielos, qué risa la suya! Al acordarse sonrió de buen humor. Pero luego, de pronto, se puso serio. No cabía duda. El matrimonio cambiaba a la mujer mucho más que al hombre. Hablar de esto serenaba. Ella había perdido en dos meses toda su arrogancia. Bueno, una vez que pasara lo del niño se repondría. Empezó a planear un viajecito. Se la llevaría a cualquier parte, a holgazanear juntos un poco. Después de todo, había que atreverse. Todavía eran jóvenes. Se había metido en un rincón y tenía que sacarla de ahí a la fuerza. No era más que eso.
Se levantó, fue al salón, cerró la puerta cuidadosamente y cogió la fotografía de Anna de encima del piano. Llevaba un vestido blanco con un gran lazo bajo el mentón hecho de alguna tela muy suave y estaba un poco rígida, sosteniendo con ambas manos un haz de espigas y amapolas artificiales. Ya entonces tenía aspecto delicado. Era su mata de pelo lo que le daba aquella apariencia. Parecía como abrumada bajo el peso de las trenzas, pero sin embargo sonreía. Andreas sintió que de pronto se le cortaba la respiración. Era, esa muchacha, ¿era su mujer?
¡Uf! Y sólo hacía cuatro años que se había hecho aquella foto. La acercó, e, inclinándose, le dio un beso. Luego restregó el cristal con el dorso de la mano.
En aquel momento, más apagado que cuando lo había oído desde el pasillo, pero más aterrador, llegó de nuevo el quejumbroso alarido. El viento lo amplió hasta convertirlo en un eco burlesco, lo alzó hasta lo más alto de la casa y se lo llevó calle abajo, lejos, muy lejos de él. Abrió los brazos. «Soy tan desesperadamente inútil», se dijo. Y luego, dirigiéndose a la foto: «Quizá no sea tanto como parece; quizá sean solamente mis nervios.» A la media luz del salón la sonrisa de los labios de Anna parecía acentuarse, hacerse misteriosa, hasta cruel. «No —reflexionó—, esa sonrisa no es de ningún modo su expresión más feliz... fue un error haberla hecho sonreír así. No parece mi mujer, la madre de mi hijo.» Sí, eso era, no parecía la madre de aquel hijo que iba a ser socio de la casa. La foto le atacaba los nervios. La puso a diferentes luces; la miró a más distancia, oblicuamente. Invirtió toda una vida —eso le pareció a él después— tratando de adaptarse a ella. Cuantos más intentos realizaba más profundo se hacía el desagrado que le producía. Por tres veces fue con ella a la chimenea decidido a tirarla en el emparrillado, tras la sombrilla japonesa. Luego le pareció absurdo el destruir un marco valioso. ¿A qué andar con rodeos? Anna era como una desconocida para él; algo anormal, un monstruo. Aquella foto podía muy bien haber sido hecha antes o después de su muerte.
De pronto se dio cuenta de que el viento había disminuido, de que toda la casa estaba quieta y en silencio. Helado y pálido, con la sensación desagradable de que por la columna vertebral le trepaban arañas hasta el rostro, quedó en medio del salón escuchando los pasos del doctor Erb que bajaba la escalera.
Y lo vio entrar en la habitación. En aquella habitación que se había transformado en un gran globo de cristal que giraba sobre sí mismo. Y el doctor Erb parecía venir nadando hacia él por aquella pecera, como un pez con chaleco color perla.
«Mi bien amada esposa ha fallecido», quería gritar antes de que el doctor se lo dijera.
—Bueno; esta vez hemos atrapado un chico —dijo el doctor Erb, y Andreas dio unos pasos hacia él vacilando.
—¡Cuidado! Arriba esos ánimos, hombre —dijo el doctor sujetando a Binzer por un brazo. Y al tocarlo, añadió por lo bajo—: Blanduchos como la manteca.
Un cálido resplandor se esparcía en torno de Andreas. Estaba exultante.
—¡Dios mío! —exclamó—. Nadie podrá decir que no sé lo que es el sufrimiento.

LA NIÑA QUE SE SENTÍA CANSADA

Apenas había comenzado a caminar por un blanco caminito con negros árboles a cada lado, un caminito que no llevaba a ninguna parte y por el que no andaba absolutamente nadie, cuando una mano la cogió por un hombro, la sacudió y le dio un revés.
—¡Ay, ay!, no me detenga —gritó la niña que se sentía cansada—, déjeme que siga.
—¡Arriba, mocosa, arriba, buena para nada! —dijo la voz—. ¡Ve a encender el fuego o no voy a dejarte hueso sano en el cuerpo!
Con inmenso esfuerzo abrió los ojos y vio a la Frau en pie ante ella, llevando bajo el brazo el niño en pañales. Las otras tres criaturas, que compartían la misma cama con la niña que se sentía cansada, habituadas a los gritos, dormían apaciblemente. En un ángulo de la habitación el hombre se estaba ajustando los tirantes.
—¿Qué te propones durmiendo toda la noche, como un saco de patatas? Has dejado que el nene se orine por dos veces en la cama.
Ella no respondió, pero con dedos frígidos, temblorosos, se ató las cintas de las enaguas.
—Vamos, basta ya. Llévate al nene a la cocina. Calienta el café frío en la lamparilla de alcohol para el amo y sácale la hogaza de pan negro que está en el cajón de la mesa. No vayas a zampártelo, que lo sabré.
La Frau cruzó con pasos vacilantes la habitación y se tiró en la cama, acomodándose a la espalda el almohadón color rosa.
La cocina estaba casi a obscuras. Dejó al crío sobre la banqueta de madera cubierto con un chal, echó el café de la jarra de barro en la cacerola y encendió la lamparilla de alcohol para calentarlo.
«Estoy somnolienta —reconocía dando bostezos la niña que se sentía cansada, mientras arrodillada en el suelo partía en menudas astillas los húmedos leños de pino—; por eso no acabo de espabilarme.»
El fogón tardó mucho en encenderse. Quizás estaba como ella, helado también y también somnoliento... Quizá también había estado soñando con un caminito blanco con negros árboles a los lados, un caminito que no llevaba a ninguna parte.
Entonces la puerta se abrió violentamente de par en par, y el hombre entró.
—¿Qué estás haciendo ahí, sentada en el suelo? —gritó—. Dame el café. Tengo que irme. ¡Uf! Ni siquiera has pasado un trapo por la mesa.
Se puso en pie, sirvió el café en una taza de hierro esmaltado y le dio el pan y el cuchillo. Luego, cogió un trapo húmedo del fregadero, y con él emporcó el negro hule de la mesa.
—Un día de perros, una vida de perros —farfulló el hombre, sentándose a la mesa y mirando a través de la ventana el cielo apelotonado que parecía combarse pesadamente sobre los campos estériles. Se atiborró de pan la boca y luego lo pasó con el café.
La niña arrastró un cubo de agua, se remangó, mirándose los brazos con ceño fruncido, como para reñirlos por estar tan flacos, lo mismo que ramitas encanijadas, y comenzó a fregar el suelo.
—No chapotees en el agua mientras esté yo aquí —rezongó el hombre—. Y a ver si ese crío para de llorar. Se ha pasado así toda la noche.
La niña cogió el nene en brazos y se sentó a mecerlo.
—Chist, chist —decía—. Le está apuntando el colmillo, por eso llora así. Y babea. No he visto un nene que babee tanto como éste —le limpió la boca y la nariz con el borde de la falda y añadió—: Algunos nenes echan los dientes sin que una se dé cuenta siquiera, pero otros se ponen así todo el tiempo. Una vez me dijeron que un nene se murió y que le encontraron en el estómago los dientes.
El hombre se había levantado y, descolgando de la percha tras de la puerta su capote, se lo echó encima.
—Hay otro que está en camino —dijo.
—¿Sí? ¿Otro diente? —exclamó la niña, saliendo por primera vez en aquella mañana de su pesada modorra para introducir un dedo en la boca de la criatura.
—No —dijo sombríamente el hombre—. Otro nene. ¡Hala!, sigue con tu trabajo. Ya es hora de que se levanten los otros para ir a la escuela.
Ella se quedó un momento en silencio, oyendo, primero, las fuertes pisadas del hombre en las losas del pasillo, luego en la grava del camino. Por último el portazo de la puerta del jardín.
«¡Otro nene! ¿No han acabado todavía de tener nenes? —pensó la niña—. Dos nenes echando los colmillos; dos nenes que exigirán levantarse por la noche; dos nenes que habrá que llevar en brazos, cuyos pañales cochinitos tendré que lavar.» Miró con horror al que tenía en brazos, el cual, como si percibiera el odio despectivo de su mirada cansada, cerró los puños, se contrajo y empezó a chillar violentamente.
—Chist, chist.
Lo dejó en el banquito, y prosiguió con el fregoteo. El crío no cesaba de llorar ni un segundo, pero ella estaba tan acostumbrada a oírlo que llevaba el ritmo al barrer. ¡Qué cansada estaba! ¡Qué pesado era el mango de la escoba! Y luego aquello que quemaba justamente en la nuca, y aquella cosita tan rara que palpitaba precisamente atrás, en la cintura, como si fuera a romperse allí algo.
El reloj dio las seis. Puso en el fuego la cacerola de la leche, y fue a la habitación inmediata para vestir a los tres chicos.
Ana y Hans estaban acostados el uno junto al otro, en actitudes de mutua amistad, la cual realmente sólo se mantenía durante las horas de sueño. Lena, hecha un ovillo, con las rodillas en el mentón, sólo asomaba sobre la almohada su tiesa y empinada coleta.
—¡Arriba! —gritó la niña con voz de inmensa autoridad, tirando de las ropas de la cama y zarandeando a cada uno varias veces—. Hace media hora que os estoy llamando. Es muy tarde y os lo voy a decir de otra manera si no estáis vestidos dentro de un minuto.
Antón se espabiló lo suficiente para darse vuelta y atizarle a Hans una patada en salva sea la parte, tras de lo cual éste tiró a Lena de la coleta hasta que se puso a gritar llamando a su madre.
—Vamos, estaos quietos —dijo en voz baja la niña—. Levantaos y vestíos. Ya sabéis, si no, lo que va a ocurrir. ¡Ea!, yo os ayudaré.
Pero el aviso fue tardío. La Frau se levantó de la cama, se dirigió a la cocina con aire decidido y volvió trayendo un manojo de ramas atadas con una gruesa cuerda. Uno por uno fue poniendo a los chicos sobre sus rodillas y azotándolos concienzudamente. El postrer esfuerzo lo empleó con la niña que se sentía cansada. Luego se volvió a la cama con la sensación confortadora de haber cumplido aquel día adecuadamente con sus deberes maternales. Muy cabizbajos los tres chicos se dejaron vestir y lavar por la niña, quien también tuvo que atarles las botas, sabiendo por experiencia que de dejar que ellos lo hicieran andarían más de cinco minutos a la pata la coja, sin encontrar un lugar apropiado donde apoyar el pie. Además de escupirse las manos y romper los cordones.
Mientras les daba el desayuno se pusieron a alborotar, y el nene no cesaba en sus lloros. Una vez que llenó de leche el biberón de hojalata, y le sujetó el chupete de goma humedeciéndolo con la boca, trató de hacérselo tomar, animándolo con palabras cariñosas.
Pero el nene tiró al suelo el biberón y se puso a temblar.
—¡El colmillo! —gritó Hans, dándole a Antón en la cabeza con la taza vacía—. Le está saliendo mal el colmillo. Eso es lo que yo digo.
—¡Ridículo! —exclamó Lena, sacándole la lengua. Y luego, cuando él inmediatamente hizo lo mismo, gritó con todas sus fuerzas—: ¡Madre, Hans me está haciendo muecas!
—Está bien —dijo éste—, sigue chillando. Cuando esta noche estemos en la cama, esperaré a que te duermas, me acercaré sin hacer ruido, te cogeré un pellizco en un brazo y retorceré, retorceré hasta que...
Inclinado sobre la mesa hacía a Lena los gestos más espantosos, sin darse cuenta de que tras de su silla estaba Antón hasta que éste, agachándose, le escupió en su rapada cabeza.
—¡Hala, hala!
La niña que se sentía cansada tiraba de ellos una y otra vez para separarlos, les enfundaba en sus abrigos, y les hacía salir de casa a empujones.
—De prisa, de prisa. Ha sonado la segunda campanada —les instó, sabiendo de sobra que estaba contándoles un cuento y gozando con ello.
Lavó la vajilla del almuerzo y descendió al sótano a buscar patatas y remolachas.
¡Qué sitio tan curioso y frío aquel sótano! En un rincón se amontonaban las patatas; la remolacha estaba dentro de una vieja caja de velas. Había dos cubos con sauerkraut, y un revoltijo de retorcidas raíces de dalia, que verdaderamente parecían estarse peleando.
Echó unas patatas en su falda, escogiendo las más grandes y con menos ojos, para que fueran más fáciles de pelar, e inclinándose sobre el inerte montón se puso a dar cabezadas.
—¡Eh, tú!, ¿qué estás haciendo ahí abajo? —le gritó la Frau desde lo alto de la escalera—. El nene se ha caído de la banqueta y tiene un bulto como un huevo en un ojo. Sube, que te voy a dar una lección.
—Yo no fui, yo no fui —gemía la niña, zarandeada de un lado a otro del vestíbulo, de modo que las patatas y las remolachas, cayéndosele de la falda, rodaron por el suelo.
La Frau parecía tan alta como un gigante y había una cierta pesadez en todos sus movimientos que resultaba aterradora para alguien tan pequeño como ella.
—Siéntate en ese rincón a limpiar y lavar la verdura, y cuida de que el nene esté tranquilo mientras hago la colada.
Sollozando obedeció. Pero lograr que el nene se estuviese tranquilo era completamente imposible. Tenía encarnada la cara, de la cabeza le brotaban menudas gotas de sudor y tensando su cuerpo chillaba. Lo puso en sus rodillas y colocó a su lado una cazuela de agua, para lavar la verdura, y el cubo de los patos para los desperdicios.
—Chist, chist —siseaba mondando y meciendo—. Va a haber otro hijo más y no podéis estar los dos siempre llorando así. ¿Por qué no te duermes, nene? Si yo fuera tú, me dormiría. Te contaré un sueño. Había una vez un senderito blanco...
Echó hacia atrás la cabeza. Sentía un nudo muy grande en la garganta y las lágrimas le corrían por el rostro cayendo en la verdura.
—Esto no está bien —dijo la niña enjugándose las lágrimas—. Nene, deja de llorar hasta que acabe con esto y te pasearé arriba y abajo.
Pero cuando hubo concluido, la Frau le mandó que fuera a tender la ropa de la colada. Soplaba viento y, de puntillas en el patio, creyó que iba a llevársela. Del comedero de los patos llegaba un olor nauseabundo, porque estaba casi lleno de estiércol fangoso, pero, allá, en el prado, brotaba la hierba como menudos cabellos verdeantes. Y recordó haber oído decir que una vez hubo una niña que había estado jugando precisamente en aquel prado todo el día, y que tenía para comer salchichas y cerveza de verdad y que no estaba cansada. ¿Quién le había contado aquel cuento? No le era posible recordarlo, y, sin embargo, era tan sencillo...
Las ropas húmedas le azotaban el rostro al ir a colgarlas. Danzaban, se zarandeaban en la cuerda, inflándose y retorciéndose. Volvió a la casa con perezoso andar, mirando con desconsuelo hacia las hierbas de la pradera.
—¿Hace el favor de decirme qué tengo que hacer ahora? —preguntó.
—Las camas. Y poner en la ventana el colchón del nene. Después sacar el cochecito y llevártelo a dar un paseo por la carretera. Delante de casa, ¿eh? Donde pueda verte yo. No te quedes ahí con la boca abierta. Luego, cuando te llame, ven para ayudarme a picar la ensalada.
Una vez que hizo las camas la niña se quedó mirándolas. Delicadamente pasó una mano por la almohada y luego, sólo por un momento, reposó en ella la cabeza. Otra vez aquel antipático nudo en la garganta, aquellas lágrimas que siguieron rodando mientras vestía al nene y empujaba el cochecito arriba y abajo por la carretera.
Pasó un nombre guiando una carreta de bueyes. Llevaba en el sombrero una rara pluma. Dos muchachas cargadas con sendos bultos a la espalda venían de la ciudad. Una llevaba en la cabeza un pañuelo encarnado y la otra, uno azul. Iban riéndose cogidas de la mano. El sol echó a un lado un espeso rebaño de nubes grises y esparció por todas partes una luz cálida y amarilla.
—Quizá —se dijo la niña que se sentía cansada—, si yo anduviese por esta carretera bastante lejos podría llegar al caminito blanco con altos árboles negros a los lados... al caminito...
—¡La ensalada, la ensalada! —voceó la Frau desde la casa.
A poco vinieron los chicos de la escuela, y se sentaron a la mesa. El hombre se comió la porción de budín de la Frau, además de la suya, y los tres chicos parecían embadurnarse de arriba abajo con todo lo que comían. Luego a fregar más platos, a barrer más, a cuidar otra vez del nene. Así fue pasando fatigosamente aquella tarde fría.
La vieja Frau Grathwohl vino con un trozo de carne fresca de cerdo para la Frau, y la niña las estuvo oyendo conversar.
—Frau Manda ha seguido su «viaje a Roma» y ha vuelto con una niña. ¿Cómo se encuentra usted?
—Por la mañana me he sentido el doble de mal. Mis entrañas están desgarradas por haber tenido tantas criaturas seguidas.
—Veo que tiene una nueva ayudanta —comentó la vieja Mamá Grathwohl.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó la Frau bajando la voz—. ¿No sabe quién es? Aquella criatura abandonada... la hija de la camarera de la estación. Encontraron a su madre metiéndole la cabeza en la jarra del lavabo para ahogarla. Es medio tonta.
—Chist, chist —siseaba al nene la criatura abandonada.
A medida que el día avanzaba le era más difícil a la niña que se sentía cansada combatir su somnolencia por más tiempo. Tenía miedo de sentarse. Tenía miedo de estarse quieta. Cuando hubo de tomar asiento para cenar, le pareció que el hombre y la Frau al mirarlos se hinchaban, hasta adquirir dimensiones tremendas y luego se volvían pequeños como muñecos, con vocecillas que sonaban como si vinieran a través de la ventana. Mirando al nene, tan pronto se le apareció con dos cabezas como descabezado. Hasta su llanto le hacía sentirse peor. Al pensar en que la hora de acostarse se acercaba se estremeció toda de gozo. Pero cuando iban a dar las ocho, se oyó ruido de ruedas en la carretera, y de allí a poco entró un grupo de amistades que venían a pasar la velada.
Entonces fue aquello de «Pon a calentar el café; trae la lata del azúcar; llévate estas sillas a la alcoba; y prepara la mesa.»
Y finalmente la Frau la mandó a la habitación de al lado a que cuidara de que no llorase el nene.
Ardía un cabo de vela en el candelero de porcelana hierro, y a medida que paseaba arriba y abajo veía su sombra enorme en la pared. Tan grande como la de una persona mayor que llevase en brazos a un chico crecido. «¿Qué voy a parecer cuando lleve dos nenes así?»
—Chist, chist.
«Ocurrió una vez que ella iba caminando por un blanco caminito con... ¡ay!, qué árboles más altos y más negros a los lados.»
—Ven aquí —gritó la voz de la Frau—, tráeme la chaquetilla nueva de detrás de la puerta.
Y cuando entró con ella a la habitación caldeada, una de las mujeres exclamó:
—Si parece un búho. Las niñas así rara vez están bien de la cabeza.
—¿Por qué no haces callar a ese niño? —dijo el hombre, que había bebido bastante cerveza para sentirse muy arrogante y muy dueño de su casa.
—Yo te ajustaré las cuentas si no haces que se calle.
Todos se rieron a carcajadas, mientras la niña volvía vacilante a la alcoba.
«No comprendo cómo debía arreglárselas la Virgen María para conservar la calma —murmuró ella—, si el Niño Jesús, de pequeño, lloraba como este mocoso... De no sentirme tan cansada quizá pudiera lograrlo; pero el nene se da cuenta de que estoy deseando irme a dormir. Y va a venir otro más.»
Tiró la criatura en la cama y se le quedó mirando aterrorizada.
De la habitación inmediata llegaba el tintineo de los vasos y el cálido sonido de las risas.
Entonces, súbitamente, tuvo una idea. Una idea feliz, maravillosa.
Y por primera vez en todo el día, sonrió y palmoteó.
—Chist, chist —dijo—, estáte ahí, tontín, ahora sí que vas a dormir. Y no llorarás más ni despertarás más a medianoche. Nene chistoso y pequeñín.
Al ver a la niña que se sentía cansada el nene abrió los ojos y chilló más fuerte. Desde la habitación inmediata la Frau la llamaba.
—Un momento... casi está dormido ya —gritó.
Y entonces, delicadamente, sonriendo, de puntillas trajo el almohadón color rosa de la cama de la Frau y tapó con él la boca a la criatura. Luego apretó con todas sus fuerzas hasta que el nene se retorció —así le parecía a ella— «como un patito a quien le retuercen el pescuezo».
Se le escapó un largo suspiro y cayó de espaldas en el suelo. Y se fue andando, andando, por un blanco caminito con altos árboles negros a cada lado. Un caminito que no llevaba a parte alguna y por el cual no transitaba nadie... Absolutamente nadie.

LA DAMA DE IDEAS AVANZADAS

—¿Cree usted que debemos invitarla a venir con nosotros? —dijo Fräulein Elsa, reajustándose la banda color rosa de su cinturón ante mi espejo—. ¿Sabe usted? A pesar de ser tan intelectual, no puedo menos de creer que tiene alguna pena íntima. Y Lisa me ha contado esta mañana, mientras arreglaba la habitación, que se pasa horas escribe que te escribe a solas. Como que ella asegura que está escribiendo un libro. Sin duda por eso no le gusta mezclarse con nosotros y cuenta con tan poco tiempo para dedicarlo a su marido y a la niña.
—Bien, invítela usted —dije—. Yo no he hablado nunca con esa señora.
Elisa se sonrojó levemente.
—Sólo he hablado con ella una vez —confesó—. Le llevé a su cuarto una brazada de flores silvestres y ella salió a la puerta en bata blanca y con el cabello suelto. No olvidaré jamás aquel momento. Acababa de coger las flores cuando le oí decir (porque la puerta no estaba cerrada del todo), le oí decir a medida que me alejaba por el pasillo: «La pureza y la fragancia. La pureza de la fragancia y la fragancia de la pureza.» ¡Fue maravilloso!
En aquel momento Frau Kellermann llamó a la puerta.
—¿Están ustedes preparadas? —dijo penetrando en la habitación y saludando afectuosamente con una inclinación de cabeza—. Los caballeros están esperando a la entrada, y he invitado a la dama de ideas avanzadas a que venga con nosotros.
—¡Oh, qué cosa más extraordinaria! —exclamó Elsa—. Precisamente en este momento la gnädige Frau y yo estábamos tratando de...
—Pues, sí, me tropecé con ella cuando salía de su cuarto y me dijo que estaba encantada con la idea. Le ocurre lo que a nosotros; no ha estado nunca en Schlingen. Ahora se encuentra abajo, hablando con Herr Erchardt. Creo que pasaremos una tarde deliciosa.
—¿También está esperando Fritz? —preguntó Elsa.
—Por supuesto, hija, y tan impaciente como un hambriento en espera de la campanada de la comida. Ve corriendo.
Elsa echó a correr y Frau Kellermann me sonrió significativamente. Hasta entonces, ella y yo habíamos hablado pocas veces, debido a que la «única ilusión que le quedaba», su encantador y pequeño Karl, no había logrado nunca inflamar esas chispas maternales que se supone arden en el corazón de toda hembra respetable. Pero ante la perspectiva de hacer una excursión juntas, nos sentimos deliciosamente cordiales.
—Para nosotras —dijo— habrá un doble motivo de alegría. Poder contemplar la felicidad de esa simpática pareja de criaturas: Elsa y Fritz. Precisamente ayer por la mañana recibieron las cartas de sus padres dándoles la bendición. Es algo curiosísimo; pero siempre que me hallo en compañía de una pareja recién prometida, me parece florecer. Las parejas recién prometidas, las madres que tienen su primer hijo y las gentes que mueren en su cama ejercen sobre mí el mismo efecto. ¿Le parece que nos reunamos con los demás?
Sentí ganas de preguntarle cómo los lechos mortuorios podían hacer que alguien se sintiera florecer. Pero sólo dije:
—Sí, vamos a reunimos con ellos.
En las gradas de la puerta fuimos saludados por un pequeño grupo de agüistas, con esas voces de júbilo y de entusiasmo que anuncian tan gratamente hasta las más pacíficas excursiones en Alemania. Herr Erchardt y yo no nos habíamos visto aún aquel día, así que, de acuerdo con los rigurosos usos de la pensión, nos preguntamos mutuamente cuánto tiempo habíamos dormido aquella noche; si habíamos tenido sueños agradables; a qué hora nos habíamos levantado; si acababan de servir el café cuando bajamos a desayunar y cómo habíamos pasado la mañana. Después de subir jadeando los peldaños de la cortesía nacional, cuando pisamos el rellano, triunfales y sonrientes, hicimos una pausa para recobrar el aliento.
—Bueno —dijo Herr Erchardt—. Le reservo algo agradable. La Frau Professor va a venir con nosotros esta tarde. Sí —haciendo una graciosa reverencia a la dama de ideas avanzadas—. Permítame que haga las presentaciones.
Nos saludamos ceremoniosamente con una inclinación de cabeza y nos quedamos mirando la una a la otra, con esa mirada que llamaría de águila si no fuera más propia del sexo femenino que de una de las aves más inofensivas que existen.
—Creo que es inglesa —me dijo.
Reconocí el hecho.
—Precisamente ahora estoy leyendo una porción de libros ingleses... o más bien estudiándolos.
— ¡Ah! —exclamó Herr Erchardt—. Fíjense qué salto ha dado ya. Yo he decidido leer a Shakespeare en su propia lengua antes de morir. Pero que usted, Frau Professor, esté ya sumida en las profundidades del pensamiento inglés, es admirable.
—Por lo que hasta ahora conozco —replicó ella—, me parece que no hay tales profundidades.
Él asintió con un efusivo movimiento de cabeza y repuso:
—Así lo había oído decir... Pero no amarguemos a nuestra amiguita inglesa la excursión. Hablaremos de ello otro día.
—Bueno, ¿estamos listos? —gritó Fritz, que había permanecido al pie de la escalera sosteniendo con la mano el codo de Elsa.
El aquel momento se supo que Karl había desaparecido.
—¡Karl, Karlchen! —gritamos.
Pero no hubo respuesta.
—Si estaba aquí hace un momento —dijo Herr Langen, un joven pálido, de aire fatigado, que estaba reponiendo su salud quebrantada por un exceso de filosofía combinado con una alimentación escasa—. Estaba sentado aquí hurgando en la maquinaria de su reloj con una horquilla.
Frau Kellermann se volvió a mirarle.
—¿Y qué hacía usted que no lo impedía, querido Herr Langen?
—Sí, ya había tratado de impedirlo —replicó éste.
—Ah, ese chico tiene tanta vivacidad. Su cerebro no descansa un momento. Si no está haciendo una cosa está haciendo otra.
—A lo mejor la ha emprendido ahora con el reloj de pared del comedor —apuntó Herr Langen, con el deseo abominable de que así fuera.
La dama de ideas avanzadas sugirió que nos podíamos ir sin él.
—Yo —nos hizo saber— no saco nunca a mi niña de paseo. La he acostumbrado a que se esté quietecita en la alcoba desde que salgo hasta que vuelvo.
—Aquí está, aquí está —gritó Elsa con voz chillona.
Y se pudo ver a Karl deslizándose de un castaño de ramas muy peligrosas.
—Mamá —confesó mientras Frau Kellermann le sacudía la ropa—: he estado oyendo lo que decíais de mí. No es cierto lo del reloj. Estaba sólo mirándolo. Y a la niña no la dejan en la alcoba, sino en la cocina. Me ha dicho ella que siempre la bajan ahí. Y...
—Bueno, basta —ordenó Frau Kellermann.
Echamos a andar en masse por el camino de la estación. Hacía una tarde muy calurosa, y los grupos de agüistas que hacían apaciblemente la digestión al aire libre en los jardines de las pensiones nos llamaban continuamente para preguntar a dónde íbamos, y cuando decíamos que a Schlingen, exclamaban: «Herr Got!, feliz viaje», con envidia mal disimulada.
—Pero eso está a ocho kilómetros —gritó un viejo de barba blanca, que recostado en la valla se abanicaba con un pañuelo amarillo.
—Siete y medio —replicó Herr Erchardt escuetamente.
—Ocho —vociferó el sabio.
—Siete y medio.
—Ocho.
—Ese hombre está loco —declaró Herr Erchardt.
—Bueno, pues déjenle loquear en paz —dije yo, tapándome los oídos.
—Una ignorancia semejante no debe quedar sin respuesta —replicó él.
Y volviéndonos la espalda, demasiado exhausto ya para vociferar, alzó siete dedos y medio.
—¡Ocho! —tronó el de la barba blanca, tan fuerte como si fuera la primera vez que lo decía.
Nos sentimos un poco taciturnos y no pudimos reaccionar hasta que llegamos a un poste avisador pintado de blanco que nos instaba a dejar la carretera y seguir un sendero a través del campo, pisando la hierba lo menos posible. Lo que quería decir: fila india. Cosa muy desagradable para Elsa y Fritz. Karl, como un niño feliz, iba delante, saltando, brincando y degollando cuantas flores podía con la contera de la sombrilla de su madre. Seguíamos los demás y cubrían la retaguardia los dos amantes. Tuve el privilegio de oír este cuchicheo delicioso que me llegó entre el rumor de las conversaciones del grupo de avanzada:
Fritz. — ¿Me amas?
Elsa. — Oh, sí.
Fritz (apasionadamente). — Pero ¿cuánto?
A lo que Elsa no respondió sino diciendo:
—¿Cuánto me amas tú a mí?
Fritz evitó caer en aquella trampa replicando:
—Te lo he preguntado yo primero.
Me dejó esto tan confusa que me adelanté a Frau Kellermann y caminé con la convicción plena de que ella estaría floreciendo, pero de que yo no tenía obligación alguna de informar, ni aun al ser más próximo y más querido, de la exacta capacidad de mi afecto. ¿Y qué derecho tenían además a hacerse esta pregunta después de haber recibido las cartas de consentimiento de sus respectivos padres? ¿Qué derecho tenían a preguntarse nada? El amor, cuando se convierte en promesa o matrimonio, sólo puede ser afirmativo. Estaban usurpando los privilegios de quienes sabían más que ellos y eran más sensatos.
El prado, en su límite, se encrespaba hasta transformarse en un inmenso pinar de aspecto fresco y agradable. Otro poste nos rogó que tomáramos el amplio camino que iba a Schlingen y que depositásemos los papeles viejos y las mondaduras de fruta en los recipientes de alambre sujetos a los bancos con ese propósito. En el primero de ellos nos sentamos y Karl se puso a explorar con vivo interés el cesto de alambre.
—Amo los bosques —declaró la dama de ideas avanzadas, sonriendo enternecida al espacio—. En los bosques parece como si mi cabello se animara recobrando algo de su selvática condición original.
—Pues, hablando llanamente —dijo Frau Kellermann tras una pausa—, no hay nada como el aroma de los pinos para el cuero cabelludo.
—¡Oh, Frau Kellermann! —exclamó Elsa—, por favor, no rompa el encanto de estos momentos.
La dama de ideas avanzadas la miró con gran simpatía.
—¿También usted ha sabido descubrir el mágico corazón de la Naturaleza?
Hubo una cita de Herr Langen:
—La Naturaleza no tiene corazón —dijo con acritud y presteza, como suelen expresarse aquellos que han filosofado mucho y comido poco—. Crea lo que ha de destruir, devora lo que ha de vomitar y vomita lo que ha de comer. Por eso, nosotros, que nos vemos obligados a vivir de precario a sus plantas sojuzgadoras, consideramos que el mundo está loco y nos damos cuenta de la terrible vulgaridad de la obra.
—Joven —interrumpió Herr Erchardt—: ni conoce lo que es vivir, ni conoce lo que es sufrir.
—Perdón. ¿Cómo puede saberlo usted?
—Yo lo sé porque usted me lo ha dicho. Y todo tiene su límite.
—Vuelva a este mismo banco en el plazo de diez años y repita esas mismas palabras —intervino Frau Kellermann, echando una mirada a Fritz, dedicado a contar los dedos de Elsa con apasionado fervor—, vuelva a este mismo banco dentro de diez años y repita estas mismas palabras trayendo con usted a su joven esposa, Herr Langen. Y viendo quizá cómo juguetea con su hijito.
Tras de lo cual se volvió hacia Karl, que había logrado arrancar del receptáculo de alambre un viejo periódico ilustrado y estaba deletreando un anuncio para el embellecimiento de los senos.
Decidimos seguir adelante. A medida que íbamos penetrando en el bosque, crecía nuestro entusiasmo, llegando a un punto que se convirtió en canción a tres voces masculinas.
O welt wie bist du wunderbar [15]
La parte del bajo fue penetrantemente sostenida por Herr Langen, quien sin éxito trató de infundirle ironía, de acuerdo con su «visión del mundo». Caminaban delante, acalorados y felices, dejando que nosotras siguiéramos sus pasos.
—Ésta es la oportunidad —dijo Frau Kellermann—. Querida Frau Professor, díganos algo de su libro.
—Ach!, ¿cómo ha sabido que estoy escribiendo un libro?
—Elisa, aquí presente, lo ha sabido por Lisa. Y como nunca hasta ahora había tenido ocasión de conocer a una mujer que escribiera un libro... ¿Cómo se las arregla para encontrar cosas suficientes que decir?
—Eso no es lo difícil —dijo la dama de ideas avanzadas, asiendo a Elsa del brazo y apoyándose afectuosamente en él—. Lo difícil está en saber cuándo ha de detenerse uno. Mi cerebro ha sido durante años como una colmena, y en el transcurso de estos tres meses las aguas soterradas han aflorado a la superficie de mi alma. Desde entonces escribo todo el día hasta altas horas de la noche, encontrando siempre inspiraciones nuevas, nuevos pensamientos, que impacientes baten sus alas en torno de mi corazón.
—¿Es una novela? —preguntó Elisa, tímidamente.
—Por supuesto, será una, novela —dije yo.
—¿Cómo puede estar tan segura? —dijo Frau Kellermann mirándome con aire severo.
—Porque solamente una novela puede producir un efecto así.
—Ach!, no discutan —dijo la dama de ideas avanzadas, con dulzura—. Sí, se trata de una novela... sobre la mujer moderna. Porque nuestra época, en mi opinión, es la época de la mujer. Una época misteriosa, casi profética; el símbolo de la mujer avanzada verdadera; no una de esas desaforadas criaturas que reniegan de su sexo y disimulan sus frágiles alas bajo...
—¿Un traje hechura sastre estilo inglés? —apuntó Frau Kellermann.
—No iba a decirlo con esas palabras. Más bien bajo el engañoso pergeño de una falsa masculinidad.
—¡Qué distingo más sutil! —murmuré yo.
—¿Cómo —preguntó Fräulein Elsa, mirando arrobada a la dama de ideas avanzadas—, cómo considera usted que ha de ser la verdadera mujer?
—Ha de ser la encarnación del amor comprensivo.
—Pero, mi querida Frau Professor —protestó Frau Kellermann—, tenga usted en cuenta que una mujer tiene muy pocas oportunidades de exhibir su feminidad en el círculo familiar cotidiano. Una mujer casada está ocupada todo el día y, cuando su marido regresa a casa por la noche, ella está muerta de sueño. No siempre puede vestirse lujosamente para que el hombre aprecie sus encantos.
—El amor no tiene nada que ver con el lujo —afirmó la dama de ideas avanzadas—. Es, por el contrario, una lámpara que se lleva en el corazón y que ilumina con sus serenos rayos todas las cumbres y las profundidades...
—...del África tenebrosa —murmuré yo, en tono de mofa.
Ella no pareció haberse dado cuenta de mi interrupción.
—El error consiste en que nos empeñamos en aferramos al pasado —continuó—, sin darnos cuenta de que el mundo evoluciona.
—¡Oh! —exclamó Elsa nostálgicamente—. Yo sé bien lo que es esto. A mi Fritz le gustaría mucho que yo fuese una mujer elegante, moderna, que exhibiera mis encantos...
—Eso sería muy peligroso —comenté yo.
—Siempre hay belleza en el peligro, o peligro en la belleza. Ésta es la idea de mi libro: la mujer no es sino un don, un presente.
Le sonreí con dulzura.
—¿Sabe —le dije— que a mí también me gustaría escribir un libro sobre la conveniencia de cuidar de los hijos, de sacarlos de paseo y no tenerlos en la cocina?
Creo que el elemento masculino debió de oír mis irritadas modulaciones, pues cesaron de cantar, y, dejando atrás el bosque, trepamos todos para ver Schlingen a nuestros pies; escondido en un círculo de colinas, las casas blancas relumbraban a la luz del sol por todos lados «como huevos en un nido de pájaros», según me manifestó Herr Erchardt.
Bajamos a Schlingen y pedimos leche agria con nata fresca y pan en la posada del «Ciervo de Oro». Un lugar muy acogedor. Las mesas estaban instaladas en un jardín con rosales, donde las gallinas y los polluelos se peleaban, revoloteando sobre las mesas desocupadas y picoteando los cuadros encarnados de los manteles. Echamos pan en los tazones, añadimos la nata y lo revolvimos todo con cucharas semiplanas de madera, mientras el posadero y la posadera permanecían en pie a nuestro lado.
—Magnífico tiempo —dijo Herr Erchardt agitando ante el patrono la cuchara.
Éste se encogió de hombros.
—¿Qué?, ¿no le parece magnífico?
—Como usted quiera —replicó el posadero, que manifiestamente nos desdeñaba.
—¡Qué paseo más hermoso! —dijo Fräulein Elsa, haciendo la dádiva de su sonrisa a la posadera.
—Yo no ando jamás —dijo ésta—. Cuando voy a Mindelbau, mi marido me lleva en el carro. Tengo cosas más necesarias que hacer con las piernas que andar con ellas por el polvo.
—Me gustan estas gentes —me confesó Herr Langen—. Me gustan mucho, mucho. Como que creo que voy a tomar aquí una habitación para todo el verano.
—¿Por qué?
—Porque viven apegados a la tierra y la desprecian.
Echó a un lado su tazón de leche agria y encendió un cigarrillo. Comimos sólida y concienzudamente. Hasta el punto que aquellos siete kilómetros y medio a Mindelbau se nos antojaban tan largos como la eternidad. Aun la vitalidad de Karl se sintió tan agotada, que el chico, quitándose el cinturón, se tumbó en el suelo. Elsa de improviso se aproximó a Fritz para susurrarle algo, que él oyó hasta el fin, y después de preguntarle si le quería, se puso en pie y nos hizo un pequeño discurso.
—Nosotros, nosotros... queremos celebrar nuestros esponsales invitándoles a todos a volver en el carro del posadero. Si esto les parece bien.
—¡Oh, qué idea más noble y más hermosa! —dijo Frau Kellermann, dando un suspiro de satisfacción que perceptiblemente hizo saltar dos corchetes de su seno.
—Es mi pequeño don —dijo Elsa a la dama de ideas avanzadas, quien a causa de las tres raciones ingeridas casi derramó lágrimas de gratitud.
Apretujados en el rústico carro guiado por el posadero, quien demostraba reiteradamente su desdén por la madre tierra escupiéndola una y otra vez con grosería, nos zarandeamos camino de casa, y cuanto más cerca estábamos de Mindelbau más nos amábamos los unos a los otros.
—Hay que hacer muchas excursiones de éstas —me dijo Herr Erchardt—; no cabe duda de que al aire libre se llega a conocer mejor a las personas; se comparten las mismas alegrías, y se siente uno más propenso a la amistad. ¿Qué era lo que decía su Shakespeare? Un momento, ya lo recuerdo: «Los amigos cuya adhesión hayas probado, aférralos a tu alma con acerados garfios.»
—Pero el inconveniente para mí —dije, sintiendo gran simpatía hacia él— es que mi alma no quiere aferrar a nadie. Estoy segura de que el peso muerto de un amigo cuya adhesión ella hubiera experimentado la mataría inmediatamente. Nunca ha mostrado el más leve indicio de un garfio.
Chocó contra mis rodillas y me pidió que le perdonara; a él y al carro.
—Querida señorita: no debe tomar las citas literalmente. Por supuesto, uno no tiene conciencia física de esos garfios; pero hay garfios en el alma del que ama o de la que ama a sus semejantes... Fíjese en esta tarde, por ejemplo. ¿Cómo salimos? Cual extraños, puede uno decir, y sin embargo, ¿cómo hemos vuelto a casa todos y cada uno?
—En carro —dijo «la única ilusión que le quedaba», quien, sentado en el regazo de su madre, se sentía malo.
Bordeamos aquel campo que habíamos cruzado, y dimos la vuelta por el cementerio. Herr Langen se asomó, sentado en el borde de su asiento, y saludó a las tumbas. Estaba al lado de la dama de ideas avanzadas, al amparo de sus espaldas, y oí que ella murmuraba:
—Parece un muchachito con esos cabellos alborotados por el viento.
Herr Langen, con un poco menos de amargura, vio desaparecer las últimas sepulturas.
Y ella añadió:
—¿Cómo es usted tan triste? Yo también a veces me siento triste; pero... aunque me parece demasiado joven para que yo ose decirle esto: Yo... también sé lo que es el gozo.
—¿Qué es lo que usted sabe? —preguntó él.
Me acerqué a la dama de ideas avanzadas y le toqué la mano.
—¿Verdad que ha sido una tarde deliciosa? —comencé—. Pero, ¿sabe usted? Su teoría sobre la mujer y el amor es tan vieja como el mundo. O quizá más.
En la carretera resonaron gritos de triunfo. Sí, allí estaba de nuevo: con sus barbas blancas, su pañuelo de seda, y su entusiasmo indomeñable.
—¿Qué les decía yo? Ocho kilómetros. Eso es.
—¡Siete y medio! —chilló Herr Erchardt.
—Entonces, ¿por qué vienen en carro? Tienen que ser ocho.
Herr Erchardt, de pie en el carro traqueteante mientras Frau Kellermann le sujetaba por las rodillas, hizo bocina de sus manos para vociferar:
—¡Siete y medio!
—La ignorancia no puede quedar sin réplica —dijo a la dama de ideas avanzadas.

EL VAIVÉN DEL PÉNDULO

La patrona llamó a la puerta.
—Adelante —gritó Viola.
—Una carta para usted —dijo, sujetando el sobre verde con una punta de su sucio delantal—. Una carta traída en mano.
—Gracias.
Viola, arrodillada en el suelo, hurgaba la polvorienta estufilla. Extendió la mano y preguntó:
—¿Espera respuesta?
—No, el portador se fue.
—Ah, muy bien.
No miró a la cara de la patrona. Estaba avergonzada de no haber pagado el alquiler, y sin hacerse ilusiones, se preguntaba, espantada, cuándo comenzaría aquella mujer a escandalizar de nuevo.
—En cuanto a ese dinero que me debe...
«¡Dios mío! Ya se ha disparado», pensó Viola volviéndole la espalda y haciendo gestos a la estufa.
—O paga o fuera —la patrona, levantando la voz, empezaba a vociferar—: Soy una señora, eso es. Y una mujer honrada. Haré que lo aprenda. No quiero en mi casa piojos que me carcoman los muebles y me lo estropeen todo. El dinero, o se va mañana a la calle antes de las doce.
Viola sintió, más que vio, el gesto de la mujer, y extendió el brazo en un ademán tonto y desalentado, como si una paloma enfangada le hubiese volado de pronto a la cara. «Vieja asquerosa; ¡uf!» Y aquel olor de ella como a queso rancio y ropa húmeda.
—Muy bien —replicó escuetamente—; o pago o me voy mañana. Conformes, pero no grite.
Era curioso lo que le ocurría. Antes de que aquella mujer se le acercara, siempre se sentía toda estremecida; aun el ruido que hacían sus pies planos cuando subía renqueando las escaleras, la ponía mala. Pero en cuanto se encontraban frente a frente, se sentía extraordinariamente tranquila y despreocupada; no poder comprender por qué estaba tan angustiada por el dinero; ni por qué salía de la casa a escondidas y de puntillas, sin atreverse a cerrar la puerta tras ella por miedo a que la patrona lo oyera y gritara alguna palabrota; ni por qué se pasaba las noches andando de un lado a otro por la habitación, y abalanzándose hacia el espejo para decir a su trágica imagen: «Dinero, dinero, dinero.» Al encontrarse a solas, su pobreza era una gigantesca montaña de pesadilla en la que sus pies hubieran echado fuertes raíces, y le dolía con dolor a la medida de aquello. Pero cuando tenía que actuar de un modo definido, sin tiempo para perderse en imaginaciones, su montaña de pesadilla degeneraba hasta reducirse a una brutal cuestión de «no haga usted ruido», la cual había que despachar tan pronto como fuese posible, con coraje y un fuerte sentimiento de superioridad.
La patrona se largó cerrando tan violentamente la puerta, que ésta se puso a retemblar y a rechinar, como si hubiera estado siguiendo la conversación y estuviera plenamente de parte de la vieja bruja.
Sentada en cuclillas, Viola abrió el sobre. La carta era de Casimir.
«Esta tarde a las tres iré a verte. Pero tengo que partir esta noche de nuevo. Te lo contaré todo cuando nos encontremos. Espero que seas más feliz que yo. Casimir.»
«¡Uy!, qué amable —se mofó—, qué condescendiente. Demasiado, realmente.» Se puso en pie de un salto estrujando la carta entre las manos. «Y ¿cómo sabes que voy a estarme aquí esperándote, hasta las tres de la tarde como a ti se te antoja?» Pero ella sabía que se estaría; su rabia sólo en parte era sincera. Estaba deseando ver a Casimir, confiando en que esta vez le podría hacer comprender la situación.
—Pues, tal y como es, resulta intolerable —dijo.
Eran las diez de la mañana de un día gris raramente iluminado por pálidos destellos de sol. A la claridad de aquellos momentáneos resplandores la habitación aparecía sórdida y revuelta. Bajó la cortina de la ventana, pero así penetraba una claridad blanquecina y pertinaz que resultaba tan desagradable. La única cosa con vida que había en ella era el jarro de jacintos que le había dado la hija de la patrona. Colocados sobre la mesa, sus pétalos gordezuelos exhalaban un aroma enfermizo. Aún había magníficos botones sin desplegar, y las hojas relucían con brillo oleaginoso.
Viola fue hacia el lavabo, echó agua en el librillo de hierro esmaltado y se pasó una esponja por el cuello y el rostro. Luego sumergió la cara en el agua, abriendo dentro los ojos, y movió la cabeza de un lado a otro. Era algo tan divertidísimo que lo repitió tres veces. «Creo que podría ahogarme si aguantara lo suficiente —pensó—. ¿Cuánto se tardará en perder el conocimiento? Lee uno con frecuencia que alguna mujer se ha ahogado en un cubo. Pero ¿no penetrará aire por los oídos? Y la palangana, ¿sería tan honda como un cubo?» Iba a hacer la prueba asiéndose con ambas manos al lavabo y sumergiendo poco a poco la cabeza en el agua, cuando llamaron otra vez a la puerta. Esta vez no era la patrona; debía de ser Casimir. Corrió a abrir con la cara y el pelo goteando y el corpiño desabrochado.
En el umbral estaba un desconocido... Un hombre que la miraba con los ojos muy abiertos y que sonreía regocijado.
—Perdone: ¿no vive aquí Fräulein Schäfer?
—No, nunca he oído ese nombre.
La sonrisa de él era tan comunicativa, que le hizo reír también, y como el agua le hacía sentirse tan fresca y sonrosada...
El desconocido parecía dominado por la sorpresa.
—¿No está? ¿Quiere decir que ha salido?
—No, no vive aquí —repuso Viola.
—Pero perdone un momento.
Y avanzando desde el umbral quedó plantado ante ella. Se desabrochó el largo abrigo, sacó del bolsillo del pecho una tira de papel, y la alisó con los dedos enguantados antes de tendérsela a ella.
—Sí, ésta es la dirección. Pero debe de haber un error en el número. Hay muchas casas de huéspedes en esta calle, ¿sabe?, y es tan larga...
Del pelo le caían gotas de agua sobre el papel y se echó a reír.
—Ay, qué horrible debo de estar; un momento.
Volvió corriendo al lavabo y cogió una toalla. La puerta aún estaba abierta. Después de todo no había nada más que decir. ¿Cómo diantre le había dicho que esperara un momento? Se echó la toalla sobre los hombros y poniéndose seria de repente volvió hacia la puerta.
—Lo siento, no conozco ese nombre —dijo con voz aguda.
—También lo siento —replicó el desconocido—. ¿Hace mucho que vive aquí?
—Pues sí, mucho tiempo —y comenzó a cerrar la puerta poco a poco.
—Bien, buenos días, muchas gracias. Espero que no la habré molestado.
Le oyó ir pasillo adelante y luego detenerse para encender un cigarrillo. Porque el leve y delicioso aroma penetró en la habitación. Lo olfateó y sonrió otra vez. Bueno, aquello había sido un entreacto encantador. Parecía él tan pasmosamente feliz, con aquellas gruesas ropas y los grandes guantes abotonados y aquel pelo tan primorosamente peinado... Y qué sonrisa... Guapo, ésa era la palabra. Un muchacho bien alimentado que tenía al mundo por suyo. Las gentes así tienen la virtud de que uno se sienta contagiado de su felicidad, sólo con verlas. Sanas, eso eran; sanas y robustas. Una puede estar segura de que desde el día que nacen hasta que mueran no harán ninguna locura. Y la vida es su aliada; las sienta en su regazo y juguetea con ellos; con mucha razón, desde luego. En aquel momento se fijó en la carta de Casimir, que yacía arrugada en el suelo, y su sonrisa se atenuó. Mirándola comenzó a trenzarse el pelo y sintió que una ira absurda iba despertándose en ella. Una ira que le parecía estar trenzando dentro de su cerebro y ciñéndosela muy apretada en la cabeza.
Claro que sí, todo había sido una equivocación. ¿Qué, si no? ¡La horrible seriedad de Casimir! De haber sido ella feliz cuando se encontraron por primera vez, ni siquiera le hubiera mirado. Pero habían sido como dos pacientes en la misma sala de un hospital, que cada uno de ellos hallara consuelo en la dolencia del otro. Bonito motivo para un episodio de amor. La desgracia había hecho entrechocar sus cabezas, y ellos, atolondrados por el choque, se habían mirado con mutua simpatía. «Me gustaría verme fuera de todo este asunto y poder enjuiciarlo fríamente. Entonces encontraría la solución. Sin duda me había enamorado de Casimir... Bueno, sé sincera por una vez —dejándose caer en el lecho ocultó el rostro en la almohada—. No, no estaba enamorada de Casimir. Necesitaba de alguien que se preocupase de mí y que me sostuviese hasta que empezaran a venderse mis producciones... y él me protegió contra las impertinencias de los demás. ¿Qué hubiera ocurrido de no haberlo tenido a mi lado? Hubiera gastado mi mezquino haber, y luego... Sí, eso fue lo que me decidió; el pensar en aquel “luego”. Era la única solución. Y entonces creí en él. Supuse que, una vez que su obra fuera estimada, nadaríamos en la abundancia. Calculé que acaso seríamos pobres durante un mes. Pero, como él decía, sólo con tenerme a mí como estímulo... ¡Qué gracioso sería de no resultar condenadamente trágico! Había ocurrido exactamente lo contrario; no había logrado publicar nada después de meses. Ni yo tampoco. Pero yo no lo esperaba. Sí, la verdad es que soy áspera y dura, y que no siento confianza ni amor por los hombres fracasados. Acabo siempre despreciándolos, como desprecio a Casimir. Debe de ser el orgullo selvático de la hembra a quien gusta pensar que ha de ser un jefe poderoso el hombre a quien ella se entregue.» Pero consumirse de impaciencia en aquella casa repugnante, mientras Casimir salía a la caza de una editorial que le abriera sus puertas... aquello era humillante. Era querer cambiar su propia manera de ser. No había nacido para la pobreza. Sólo se sentía a sus anchas entre gentes joviales, entre gentes que no tuvieran ninguna preocupación.
La imagen del desconocido se alzó ante ella. Si no lo hubiera despachado... «Ése era el hombre que me convenía, según todo lo dicho y hecho. Un hombre que no tiene agobios de dinero, que me daría todo lo que yo quisiera; con el cual me sentiría vivir y me hallaría en contacto con el mundo. Nunca sentí ganas de luchar; me vi obligada a hacerlo. La verdad: hay en mí un venero de felicidad que poquito a poco se está agotando con esta odiosa vida. Y acabaré por morir si esto continúa —se agitó en el lecho y extendió los brazos—. Yo necesito pasión, amor, aventuras; me perezco por ello. ¿Por qué he de estarme aquí pudriendo?»
—Me estoy pudriendo —gritó, sintiéndose confortada por el sonido de su voz quebrada.
«Pero si le contara a Casimir todo esto cuando venga esta tarde, y él dijera: “Vete”, como ciertamente lo diría (y éste es otro motivo para odiarle, puesto que lo tengo entre mis manos), ¿qué haría yo entonces?, ¿adonde me iría? No tendría a donde ir. Y no quiero trabajar, ni abrirme mi propio camino. Necesito sentirme cómoda, sentirme mimada en el seno de la riqueza. Sólo hay una cosa para la que sirvo: para ser una gran cortesana.» Pero no sabría cómo arreglárselas para ello. Le asustaba pensar que tendría que recorrer las calles, oyendo las cosas terribles que dicen a las mujeres los hombres que las desean y que están dispuestos a pagar sus caricias. Además, la idea de acostarse cada noche con un hombre distinto... No, esto era salirse de la cuestión. «Si fuera vestida para poder ir a un buen hotel y encontrara en él un hombre muy rico... como el desconocido de esta mañana... ¡Ay, sería ideal! Si tuviera siquiera su dirección... Estoy segura de que lo seduciría. Haría que se estuviera riendo todo el día. Haría que me diese dinero sin cuento.» Con esta idea se sintió más animada y más tranquila. Empezó a soñar con una casa maravillosa y con multitud de vestidos y perfumes. Se vio montando en carrozas; mirando al desconocido con mirada enigmática y voluptuosa —tendida en la cama ejercitó la mirada— y ninguna otra preocupación, sino embriagarse de felicidad. Ésa era la vida para ella. Bueno, lo que tenía que hacer era dejar que Casimir prosiguiera aquella noche su absurda búsqueda, y mientras estuviese fuera... ¡Ah!, recuerda también, por favor, que el alquiler hay que pagarlo mañana antes del mediodía y que no tengo dinero ni para una buena comida. Al pensar en los alimentos sintió un agudo retortijón en el estómago; la sensación de tener allí una mano estrujándoselo. Sentía mucha hambre (todo culpa de Casimir). Mientras que aquel hombre había vivido desde que nació en plena abundancia. Tenía aire de saber ordenar una cena opípara. ¿Por qué no habría jugado sus cartas con más acierto? La Providencia se lo había enviado y ella lo desairó. «Si se me volviera a presentar la ocasión, estaría salvada.» Y en lugar del hombre vulgar que había hablado con ella en la puerta, su mente creó un personaje brillante, sonriente, que iba a tratarla como una reina. «Sólo hay una cosa que no puedo soportar: lo grosero, lo vulgar. Pero él no era así; sino evidentemente un hombre de mundo; y el modo que tuvo de disculparse... Tengo confianza suficiente en el poder de mi belleza para saber que lograría de él ser tratada justamente como quiero que se me trate.» En medio de sus ensueños flotó el dulce aroma de un cigarrillo. Y entonces recordó que no había oído bajar a nadie los escalones de piedra. ¿Sería posible que aún estuviera allí el desconocido? El pensamiento era demasiado absurdo. La vida no suele jugar tretas de esa especie. Y sin embargo... tenía plena conciencia de la proximidad de él. Se levantó, con mucha calma, descolgó de la percha tras la puerta su vestido blanco de largo y se lo abotonó, sonriendo con picardía. No sabía qué iba a ocurrir; pero pensaba: «Qué divertido», como si el desconocido y ella estuvieran jugando a un juego delicioso. Muy delicadamente hizo girar la manecilla, frunciendo el rostro y mordiéndose los labios cuando el pestillo retrocedió de golpe. Y, claro que sí, allí estaba. Apoyado contra la barandilla, giró en redondo en cuanto la vio asomar.
—Da! —murmuró recogiéndose el traje y ciñéndoselo al cuerpo—, tengo que bajar a buscar leña. ¡Brrr! ¡Qué frío!
—No hay leña —se apresuró a decir el desconocido.
Ella dio un gritito de sorpresa y movió la cabeza.
—Otra vez usted —repuso burlona, apercibiéndose entretanto de la alegría de la mirada de él, de la lozanía y fuerte olor de su cuerpo sano.
—La patrona dijo a voces que no había leña. Acaba de salir a comprarla.
«Cuentos, cuentos», le dieron ganas de gritar. Él se había puesto muy cerca de ella, dominándola con su estatura, y le dijo en voz baja:
—¿Por qué no me invita a terminar de fumar este cigarrillo en su habitación?
Ella asintió con la cabeza.
—Si lo desea, puede hacerlo.
Durante aquellos momentos en que estuvieron juntos en el pasillo, se había producido un milagro: la habitación se había transformado por completo; estaba inundada por una suave claridad y por el aroma de los jacintos. Hasta el mobiliario parecía otro, más atractivo. Con la rapidez del relámpago recordó las reuniones infantiles donde se representaban charadas, y los de un bando tenían que salir de la habitación y entrar de nuevo a representar una palabra; exactamente como ella estaba haciendo ahora. El desconocido se dirigió hacia la estufa y se sentó en el sillón. Ella no deseaba que él hablase o se le acercara; le bastaba con verle en la habitación tan seguro de sí mismo y tan feliz. ¡Qué hambrienta estaba de la proximidad de alguien así, que no supiera nada de ella, que no le preguntara nada; que viviera simplemente! Corrió tras la mesa y puso los brazos en torno del jarro de los jacintos.
—Bellos, bellos —exclamó, hundiendo el rostro entre las flores y olfateando el aroma con avidez. Le estaba mirando por encima de las hojas y él se rió.
—Es usted una personilla muy graciosa —declaró cachazudamente.
—¿Por qué? ¿Porque me gustan las flores?
—Aseguraría que ama más otras cosas —dijo calmosamente el desconocido.
Ella arrancó un pétalo sonrosado y lo miró risueña.
—Permítame enviarle flores. Le llenaré de flores la habitación si usted lo quiere.
La voz de él la asustó un poco.
—Ah, no, muchas gracias, con éstas me basta.
—No, no le bastan —replicó en tono irritante.
«Qué observación más estúpida», se dijo Viola, y al mirarlo de nuevo no le pareció ya tan guapo. Notó que tenía los ojos demasiado juntos y que eran demasiado chicos. Sería horrible que resultara un estúpido.
—¿Qué hace usted durante todo el día? —inquirió ella.
—Nada.
—¿Absolutamente nada?
—¿Y por qué he de hacer algo? —repuso él.
—Bueno, no vaya a creer ni por un momento que condeno tan sabia conducta; pero resulta demasiado bonito para ser cierto.
—¿Qué cosa? —preguntó alargando el cuello—. ¿Qué es lo que resulta demasiado bonito para ser cierto?
Sí, era innegable; parecía tonto.
—Supongo que la búsqueda de Fräulein Schäfer no le ocupará todo su tiempo.
—Ah, no —replicó sonriéndose palurdamente—. Ésa sí que es buena. No, caramba. También guío un poco. ¿No es aficionada a los caballos?
—Me encantan —asintió ella.
—Pues debía venir en coche conmigo. He adquirido un buen tronco de tordillas. ¿Quiere?
«Bonita iba a estar, encaramada tras de un tronco de tordillas con mi único y exclusivo sombrero», se dijo.
—Me gustaría —declaró en voz alta.
Su pronta conformidad le agradó a él.
—¿Le parece bien mañana? ¿Qué tal si mañana al mediodía comiera conmigo y la llevara a dar un paseo en coche?
De eso era de lo que se trataba, a fin de cuentas.
—Sí, no estoy ocupada mañana —replicó.
Hubo una breve pausa. Luego el desconocido se dio una palmada en un muslo.
—¿Por qué no viene a sentarse aquí?
Ella hizo como si no hubiese visto el ademán, y, sentándose en la mesa, se balanceó.
—Estoy muy bien aquí.
—No, qué va a estar —otra vez aquel tono irritante—. Venga a sentarse en mis rodillas.
—¡Quiá! —replicó Viola muy acalorada.
Y de repente se mostró muy atareada con sus cabellos.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero.
—Ande, venga aquí —suplicó impaciente.
Ella movió la cabeza a diestra y siniestra.
—Ni siquiera se me ha ocurrido una cosa así.
Al oír esto, él se puso en pie y fue hacia ella lentamente.
—Graciosa, gatita chiquita —y levantó la mano para acariciarle el pelo.
—No haga eso —dijo deslizándose de la mesa—. Creo que ya es hora de que se marche.
Estaba muy asustada. «Hay que echarlo de aquí lo más pronto posible», era su único pensamiento.
—Ah, pero no querrá que me vaya.
—Sí, estoy ocupada.
—¡Ocupada! ¿Qué hace mi gatita durante todo el día?
—Muchas, muchas cosas.
Con gusto lo hubiera echado a empellones de la habitación dando tras él un portazo. ¡El idiota, el necio! ¡Qué decepción más cruel!
—¿Por qué se enfurruña? —preguntó—. ¿Está preocupada por algo? —y poniéndose serio de repente—: ¡Oiga! ¿Se encuentra sin dinero? Puedo dárselo si quiere.
«¡Dinero! Ahí te aprieta el zapato. Pero no pierdas la cabeza», se dijo a sí misma.
—Le daré doscientos marcos si me da usted un beso.
—¡Vaya! ¿Cree que estoy tan apurada para tener que vender mis besos? Haga el favor de marcharse.
—Ya me marcharé, no se preocupe.
La cogió por los hombros.. Ella luchó por desasirse, con una rabia sorda que la sorprendió a sí misma.
—¡Suélteme y váyase inmediatamente! —gritó. Pero él le había rodeado la cintura con un brazo tan fuerte como una barra de acero y la apretaba contra su cuerpo.
—¡Suélteme, le digo! ¿Qué se ha creído usted? Si llego a imaginarme esto, a buena hora le dejo entrar en mi habitación... ¿Cómo se atreve usted?
—Bueno, déme un beso y me marcharé. —Resultaba idiota, con aquella estúpida sonrisa en el rostro.
—¡No quiero besarle, bruto, animal! ¡No quiero! —Como pudo, se escabulló de entre sus brazos y fue a apoyarse de espaldas a la pared. Respiró aceleradamente.
—¡Salga! —balbuceó—. ¡Salga ahora mismo, largo de aquí!
En aquel momento, cuando él no la tocaba, quedó maravillada de su propio valor. Estaba exaltada y su voz sonó colérica:
—¡Nunca llegué a pensar que un hombre como usted fuese capaz de una cosa así!
Un intenso sonrojo cubrió las facciones del hombre. Sus labios estaban entreabiertos y dejaban ver sus dientes. «Tiene cara de perro», pensó Viola. Volvió a acercarse a ella y la aplastó contra la pared con el peso de su cuerpo. Ella gritó otra vez:
—¡No quiero besarle! ¡No quiero! ¡Estése quieto! ¡Uf! Parece usted un perro... ¡Bestia! ¡Demonio!
Él no pareció oírla. Con una expresión de obstinada determinación volvió a apretarla contra su cuerpo. No decía nada, sólo exclamó un par de veces con voz sorda:
—Estése quieta! ¡Estése quieta!
—¡Brrr! ¿Qué clase de hombre es usted? —Estaba a punto de gritar pidiendo socorro—. ¡No quiero, márchese, le aborrezco! ¡Es usted un malvado! Me gustaría matarle... ¡Oh, Dios mío! Si tuviera un cuchillo...
—¡No sea tonta, sea buena conmigo! —Comenzó a arrastrarla hacia la cama.
—¿Ha creído que soy una mujerzuela? —protestó ella, mordiendo una de las manos del hombre.
—¡Ay! ¡Estése quieta! Me ha hecho usted daño... —Ella no contestó, pero su corazón suplicaba: « ¡Dios mío, líbrame de esto!»
—¡Acabemos de una vez, perra!
Respiraba agitadamente. Ella se dio cuenta, con alegría, de que su rostro estaba lleno de arañazos.
—Me ha hecho usted daño —repitió él, con voz enronquecida.
—Desde luego, eso quería. Y no será nada, comparado con lo que pienso hacerle si vuelve a tocarme.
El desconocido recogió su sombrero.
—No, gracias —dijo rencorosamente—. Pero no olvidaré esto. Se lo contaré todo a su patrona.
—¡Bah! —Ella se echó a reír—. ¿Le contará usted que ha intentado tomarme por asalto? ¿Y piensa que va a creerle? Vale más que se marche a buscar a su Fräulein Schäfer.
Una gloriosa sensación de triunfo envolvió a Viola.
—Si no se marcha ahora mismo, estoy dispuesta a morderle otra vez —dijo.
Y se echó a reír, divertida ante aquellas absurdas palabras que acababa de pronunciar.
Cuando se cerró la puerta y escuchó los pasos del desconocido que descendía la escalera, estalló en una carcajada y comenzó a bailar por la habitación.
¡Qué mañana! Se le quedaría bien grabada. Había sido su primera pelea y, si hubiese querido, podía haber sido su primera conquista. Cruzó los brazos sobre sus costados. «Debo tener las costillas moradas —pensó—. Sólo faltaba que mi bien amado Casimir me hubiera visto.» Todo el rencor y desagrado que sentía por Casimir habían desaparecido. ¿Qué culpa tenía el pobrecillo de no tener dinero? La culpa era tanto de ella como de él, pues ambos eran algo diferentes de todos los demás; eran los que luchaban contra ellos, como ella acababa de hacerlo. ¿Cuándo darían las tres? Se vio a sí misma corriendo a su encuentro; echándole los brazos al cuello. «Mi bien; claro que sí, estamos unidos para vencer. ¿Me amas todavía? Ay, he pasado hace poco un rato tan horrible...»

LA LLAMARADA

—Max, no seas tonto. Te vas a romper la cabeza si sigues bajando así la pista. Déjalo y vente al Club conmigo.
—Tengo ya bastante por hoy y estoy enteramente calado. Anda, Víctor, dame un cigarrillo. ¿Cuándo vas a volver a casa?
—Aún estaré aquí una hora. Hace bueno esta tarde y me voy sintiendo decorosamente en forma. ¡Cuidado! Sal del camino. Ahí viene Fräulein Wiakel. Maneja el trineo con endiablada elegancia.
—Estoy helado hasta los huesos. Eso es lo malo que hay aquí: la niebla. Este frío húmedo. ¡Eh, Forman! Cuida de este trineo y guárdalo por ahí, de modo que mañana pueda dar con él sin tener que andar buscándolo entre centenar y medio.
Se sentaron en un velador junto a la estufa y pidieron café. Víctor, esparrancado en la silla, acariciaba a Bob, el perrito castaño, y miraba a Max, sonriéndose a medias.
—¿Qué te pasa, amigo? ¿No marchan las cosas viento en popa?
—Quiero café y quiero meterme los pies en el bolsillo. Los tengo como témpanos. De comer, nada, muchas gracias. La tarta aquí es goma a medio cocer.
Fuchs y Wistuba vinieron a sentarse a su mesa. Max, vuelto un poco de espaldas, estiró los pies hacia la hornilla. Los tres se pusieron a hablar a la vez. Sobre el tiempo, sobre las marcas en la pista, sobre las buenas condiciones que reunía el lago Wald para el patinaje.
De improviso Fuchs miró a Max alzando las cejas y le hizo un signo de cabeza a Víctor, que asintió.
—Boby no se siente bien —dijo éste, dándole al perrito castaño trocitos de un terrón de azúcar desmenuzado—, y no quiero que nadie le moleste. Soy su enfermera.
—Ésta es la primera vez que veo a Max tan cariacontecido —dijo Wistuba—. Siempre he creído que le había tocado lo mejor en la vida y que nadie se lo podría arrebatar. Debe de estar dando gracias al Señor por haber evitado que lo llevaran a casa en un par de cestos. Es una tontería el que os arriesguéis de ese modo; vais a dejar desconsolada y triste a la nación.
—Enjúgate las lágrimas —dijo Max—. Tú deberías venir a la nieve en un cochecito de niño.
—Bueno, no te habrás ofendido, creo. No te pongas así. ¿Cómo está tu mujer, Víctor?
—No está nada bien. El sábado se hizo daño en la cabeza bajando la pista con Max. Le he dicho que se quede en casa todo el día.
—Lo siento. Y vosotros, muchachos, ¿os vais a quedar aquí o volvéis a la ciudad?
Fuchs y Víctor dijeron que se quedaban. Max no replicó, pero quedó sentado e inmóvil mientras los otros pagaban sus cafés y se iban. Víctor se volvió un momento para ponerle una mano en el hombro.
—Si vas a ir directamente quisiera, amigo Max, que fueras a ver a Elsa y le dijeses que no iré hasta tarde. ¿Quieres comer con nosotros esta noche en Limpold? Tómate un grog bien caliente en cuanto llegues.
—Gracias, chico, estoy muy bien. Me voy.
Se levantó, se estiró, abrochó su grueso abrigo y encendió otro pitillo.
Desde la puerta, Víctor le estuvo mirando mientras cruzaba por la nieve con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos. Parecía ir casi corriendo en medio de la fuerte nevada hacia la ciudad.
Alguien que subía se detuvo en la puerta de la salita y llamó.
—¿Eres tú, Víctor? —gritó ella.
—No es Víctor, soy yo. ¿Puedo entrar?
—Claro que sí. ¡Ay, qué Papá Noel! Cuelga el abrigo en el descansillo de la escalera y sacúdete sobre el barandal. ¿Lo has pasado bien?
La habitación estaba muy iluminada y muy caldeada. Elsa, con un vestido de media tarde en terciopelo blanco, yacía aovillada en el sofá, con un libro de modas en el regazo y una caja de dulces al lado.
Las cortinas no habían sido bajadas todavía y se veía a través de la ventana un azul claro y las nuevas ramas de los árboles.
Una habitación de mujer, llena de flores, de fotografías, de sedosos almohadones. El piso oculto con alfombrillas, y una enorme piel de tigre bajo el piano alzando sólo la cabeza con adormilada fiereza.
—Ha estado bastante bien —dijo Max—. Víctor no podrá venir hasta tarde. Me dijo que subiera a decírtelo.
Se puso a pasear arriba y abajo, se quitó los guantes y los arrojó sobre la mesa.
—No hagas eso, Max —dijo Elsa—; me atacas los nervios y he tenido un dolor de cabeza todo el día... Estoy febril y muy sofocada. ¿No parezco sofocada?
Él se detuvo junto a la ventana, para mirarla un momento por encima del hombro.
—No —dijo—, no lo noto.
—Oh, no me has mirado bien. Y eso que me he puesto un nuevo traje para el té.
Se recogió la falda y dio unas palmaditas en el sofá.
—Vamos, siéntate a mi lado y cuéntame por qué eres tan malo.
Pero él, de pie junto a la ventana, ocultó de repente el rostro entre los brazos cruzados.
—No —dijo—. No puedo. Estoy agotado, estoy aburrido, estoy destrozado.
Silencio en la habitación. El libro de modas cayó al suelo con un rápido rumor de hojas. Elsa, inclinada hacia delante, las manos enlazadas en el regazo, tenía en la mirada un brillo tenue y desconocido. Un rojo intenso le coloreaba los labios.
Entonces ella habló apresuradamente.
—Ven aquí y explícate. No sé de qué diantres estás hablando.
—Sí lo sabes. Lo sabes mucho mejor que yo. Has estado jugueteando con Víctor delante de mí, sólo para que me acabara de desesperar. Me has atormentado, me has hecho ir demasiado lejos, ofreciéndome todo y nada. Ha sido desde el principio al fin el caso de la araña y de la mosca. Y no lo he ignorado ni un momento, pero ni por un instante fui capaz de resistirme.
Se volvió pausadamente.
—¿No lo sospechabas cuando me pedías que te prendiera las flores en tu vestido de noche? ¿Cuando me permitiste entrar en vuestra alcoba en ausencia de Víctor, mientras tú te estabas peinando? ¿Cuando, imaginándote una niña, me dejabas alimentarte con uvas? ¿Cuando corrías hacia mí y me hurgabas en todos los bolsillos buscando la pitillera, sabiendo perfectamente dónde estaba y volviendo una y otra vez a los mismos bolsillos, y sabiéndolo yo también, pero siguiendo la farsa? ¿Y te crees que ahora, que al fin has encendido la hoguera, va a ser para ti algo plácido y agradable, que vas a evitar que arda toda la casa?
Elsa se quedó blanca de pronto y su aliento se entrecortó.
—No me hables así. No tienes derecho a hablarme así. Soy la mujer de otro.
—Hum —rezongó él con sorna, echando hacia atrás la cabeza—. El juego está ya muy avanzado, y ésa ha sido la baza que has estado jugando todo el tiempo. Tú sólo amas a Víctor con el cariño de la gatita hambrienta. Eres una pobrecita gatita a la que él lo ha dado todo; que ha llevado en su pecho, sin imaginar siquiera que sus garras diminutas y rosadas pudieran despedazar el corazón de un hombre.
Ella se estremeció y se le quedó mirando con ojos aterrados.
—Al fin y al cabo —dijo intranquila—, estoy en mi habitación. Tendré que pedirte que te vayas.
Pero él fue hacia ella con paso inseguro, se arrodilló junto al sofá, sepultó la cabeza en su regazo y puso los brazos alrededor de su cintura.
—¡Te quiero, te quiero! Es vergonzoso, pero te adoro. Déjame estar así un minuto, sólo un minuto... un solo momento en toda la vida... ¡Elsa!
Ella se reclinó y apretó su cabeza contra los almohadones.
Él continuó con voz sorda:
—Tengo los sentimientos de un salvaje. Necesito todo tu cuerpo. Siento deseos de tenerte conmigo en una cueva y amarte hasta que murieras en mis brazos. Es incomprensible que un hombre llegue a apasionarse hasta tal punto. Sólo el verte me inflama. Estoy enfermo de tanto pensar en ti, y muero, y vuelvo a nacer, como un ave fénix, de las cenizas de esta horrible muerte. Quiéreme, aunque sólo sea una vez, miénteme, dime que me quieres aunque no sea verdad...
En vez de ello, Elsa le empujó para apartarle.
—¡Levántate! —dijo—. Imagínate que entre el criado con el té...
—¡Cielos!
Él dio unos pasos inseguros y se quedó mirándola.
—Estás corrompida hasta el alma y también lo estoy yo. Pero eres tan brutalmente hermosa...
La mujer fue hacia el piano y quedó allí en pie, haciendo sonar una tecla, con el ceño fruncido. Luego se encogió de hombros y sonrió.
—Te confesaré la verdad. Todo lo que has dicho es cierto. No puedo remediarlo. Tengo necesidad de ser admirada y no puedo menos de acercarme a la gente para que me acaricie como a una gata. Soy así. He nacido en una época que no es la mía. Y sin embargo, tú lo sabes, no soy una mujer vulgar. Me gusta que los hombres me adoren, me halaguen, hasta que me hagan el amor. Pero no me entrego a ninguno. No dejaría a ningún hombre ni siquiera besarme.
—Eso es peor todavía. No es una disculpa legítima. Hasta las prostitutas tienen un gran sentido de la generosidad.
—Lo sé —dijo ella—. Lo sé perfectamente bien. Pero no es culpa mía; me han hecho así. ¿Te vas?
Él, poniéndose los guantes, dijo:
—Bueno. ¿Y qué va a ser de nosotros ahora?
Otra vez se encogió ella de hombros.
—No tengo la menor idea. No lo sé nunca. Dejo que las cosas sucedan.
—¿Sola? —exclamó Víctor—. ¿Ha estado aquí Max?
—Sólo estuvo un momento, ni siquiera quiso tomar té. Le mandé que fuera a casa a cambiarse de ropa. Resultaba tan terriblemente aburrido...
—Pero, amor mío, te has despeinado. Voy a arreglarte el pelo. Estáte quieta un momento. ¿Así que te aburrió?
—¡Uf!, terriblemente. ¡Ay!, que le has pinchado con una horquilla a tu mujer, nene malo.
Le echó los brazos al cuello y se le quedó mirando, riéndose a medias como una niña hermosa y adorable.
—¡Dios mío! ¡Qué mujer más extraordinaria eres! —dijo él—. Haces que me sienta tan terriblemente orgulloso de ti, amor mío, que... que no puedo menos de decírtelo.

ALGO INFANTIL
y otros cuentos

NOTA PRELIMINAR

La mayor parte de los cuentos y apuntes de esta colección fueron escritos durante los años que transcurrieron entre la publicación del primer libro de Katherine Mansfield, En una pensión alemana (1911), y la del segundo, Felicidad y otros cuentos (1920). Hay algunas excepciones: El primero, El cansancio de Rosabel, lo escribió Katherine en 1908, cuando tenía diecinueve años, y los tres siguientes antes también de que se publicara En una pensión alemana. Mientras que Seis peniques y Veneno son posteriores a la aparición de Felicidad. El primero fue excluido de La fiesta en el jardín y otros cuentos, porque ella lo consideraba «sentimental», y el segundo, porque a mí me pareció que no estaba totalmente logrado. Pero de entonces acá he cambiado de opinión, y ahora lo tengo por una pequeña obra maestra.
No me cabe la menor duda de que si la autora viviese, no hubiera consentido que algunos de estos cuentos se publicaran. Al ser instada a que autorizase la reimpresión de En una pensión alemana, replicaba invariablemente: «No, todavía no; cuando haya realizado mi obra y pueda ser mirada con perspectiva suficiente. Ahora no puedo considerarlo como cosa realmente mía. Yo no soy así. Cuando llegue el momento de publicar mis obras completas» concluía riendo. Y ese momento ha llegado.
Los cuentos han sido ordenados en sucesión cronológica.
JOHN MIDDLETON MURRY

EL CANSANCIO DE ROSABEL

En la esquina de Oxford Circus compraba un ramo de violetas, y ésta era realmente la causa de que comiera tan poco por la tarde; pues un huevo pasado por agua, un scone y una taza de cacao en Lyons, no eran ni con mucho suficiente tras una jornada de trabajo en la sombrerería. Y al poner el pie en el estribo del ómnibus a Atlas, sujetándose la falda con una mano y asiéndose con la otra al pasamanos, Rosabel hubiera dado cualquier cosa por una buena comida: pato asado guarnecido de guisantes y relleno de castañas o un budín de brandy. Algo fuerte, caliente y sustancioso. Se sentó al lado de una chica, precisamente de su edad, que iba leyendo Ana Lombard. Era una edición barata en rústica, y la lluvia había salpicado las páginas con lagrimones. Miró por las ventanillas. Las calles a través de ellas parecían esfumarse neblinosas; pero las luces, al chocar con el cristal, convertían en ópalo y en plata su mate opacidad, de modo que las joyerías vistas a través de él semejaban palacios de cuentos de hadas. Tenía los pies atrozmente mojados, y sabía que en los bajos de la falda y de la enagua habría costras de lodo negro y craso. Se notaba un olor a humanidad viviente que parecía rezumar de todos los pasajeros, quienes sentados inmóviles y mirando fijamente ante sí, tenían una expresión idéntica. ¿Cuántas veces no habría leído ella aquel anuncio de «Sapolio Ahorra Trabajo, Ahorra Tiempo», y el de la salsa de tomate Hein, y el diálogo tedioso y anodino entre el médico y el paciente conocedor de las virtudes de las sales efervescentes Lamplough? Echó un vistazo al libro que leía la muchacha con tanta atención, moviendo los labios —cosa que ella detestaba— y humedeciéndose el índice y el pulgar cada vez que pasaba una página. No pudo verlo bien; pero era algo acerca de una noche cálida y voluptuosa, de una orquesta que tocaba, y de una joven de hombros ebúrneos y encantadores. ¡Dios mío! Rosabel se agitó de pronto en su asiento y se desabrochó los dos botones superiores del abrigo; estaba medio asfixiada. Y a través de sus ojos semicerrados, le parecía que todas aquellas gentes sentadas en fila ante ella tenían idéntica mirada y el mismo rostro alelado.
Aquélla era su parada. Vaciló un poco al salir y se fue contra la muchacha que estaba a su lado. «Usted dispense», dijo Rosabel. Pero la chica ni siquiera la miró. Pudo ver que sonreía con lo que estaba leyendo.
Westbourne Grove tenía el mismo aspecto que ella imaginó siempre había de presentar Venecia por la noche. Misterioso y obscuro, hasta los coches de alquiler eran como góndolas que se deslizaran arriba y abajo, y sus luces, rielando fantasmagóricas —lenguas de fuego que lamían la calle mojada—, mágicos peces que nadaran en el Gran Canal. Se sintió más que satisfecha de llegar a Richemond Road. Pero desde la parada al número veintiséis no hizo más que pensar en los cuatro tramos de escalera que le aguardaban. ¡Qué escalera! Era un verdadero crimen el pretender sólo que alguien pudiera vivir en esas alturas. Todas las casas debieran tener ascensor, cosa sencilla y barata, o una escalera eléctrica como la de Earl's Court. ¡Pero cuatro pisos! Al entrar en el portal y ver ante sí el primer tramo con la cabeza disecada del albatros en el rellano reluciendo mortecinamente a la luz del mechero de gas, estuvo a punto de echarse a llorar. Nada, había que afrontar aquello; era algo así como remontar una loma en bicicleta, aunque sin la satisfacción de bajar a toda velocidad por el otro lado.
¡Al fin en su cuarto! Cerró la puerta, encendió la luz de gas, se quitó el sombrero y el abrigo, la falda y la blusa, descolgó una vieja baja de franela de detrás de la puerta, se la puso y, por último, se desabrochó las botas; pues las medias le pareció que no estaban suficientemente mojadas para mudárselas. Cuando se dirigió al lavamanos, vio que la jarra no había sido llenada aquel día y que sólo tenía agua suficiente para humedecer la esponja. Además el esmalte de la palangana de porcelana hierro estaba saltado, y por segunda vez se arañó la barbilla.
Eran las siete. Apagando el gas y subiendo la persiana, aquello resultaba más apacible. Rosabel no tenía ganas de leer, y arrodillándose en el suelo apoyó los brazos en la ventana. Sólo una laminilla de cristal entre ella y el mundo exterior, tan grande y acuoso.
Se puso a pensar en todo lo que aquel día le había ocurrido. ¿Cómo no recordar aquella horrible mujer con impermeable gris que quería un sombrero para viajar en automóvil con adornos de pasamanería —«algo morado con rosa a los lados»—, o la chica que se probó todos los sombreros de la tienda y después dijo que «volvería al día siguiente para decidir»? Rosabel no pudo menos de sonreírse; era una excusa tan gastada...
Pero había estado también otra joven. Una bella pelirroja de cutis blanco y ojos del color de aquella cinta verde moteada de oro que habían traído de París la pasada semana. Vio en la puerta su berlina eléctrica. Y con la pelirroja entró un hombre, muy joven y muy bien vestido.
—¿Qué es exactamente lo que necesito, Harry? —preguntó, mientras Rosabel quitaba los alfileres del sombrero, le desataba el velo y ponía en sus manos un espejo.
—Tienes que comprarte un sombrero negro —había replicado él—. Un sombrero negro con una pluma todo alrededor, que luego te rodee el cuello y se combe bajo el mentón, yendo a perderse en tu cintura. Una pluma de longitud respetable.
La joven miró a Rosabel sonriendo.
—¿Tiene alguna cosa así?
Había sido muy difícil complacerles. Harry pedía lo imposible, y Rosabel estaba casi desesperanzada. Entonces se acordó de una gran caja, aun sin abrir, que estaba arriba.
—Un momento, señora —le había dicho—, creo que podré enseñarle algo que le agradará más.
Y había corrido jadeante escaleras arriba, y cuando hubo cortado las cuerdas y apartado el papel de seda, efectivamente, ahí estaba el mismísimo sombrero que buscaba. Un sombrero más bien grande, dúctil, con una gran pluma combada y una rosa de terciopelo negro; nada más. Se quedaron encantados. La joven se lo puso y después se lo pasó a Rosabel.
—Permítame ver cómo le sienta a usted —dijo muy seria y con el entrecejo levemente fruncido.
Rosabel se volvió hacia el espejo, y se lo puso sobre los obscuros cabellos.
Luego tornóse a mirarles.
—¡Ay Harry! ¿Verdad que es precioso? —exclamó la joven—. Quiero quedarme con él —y sonriendo nuevamente a Rosabel—: le sienta a usted maravillosamente.
Había notado que una cólera repentina y absurda se apoderaba de ella; sintió ganas de arrojar a la cara de la joven aquella prenda frágil y encantadora. Sonrojada, se inclinó sobre el sombrero.
—Está cuidadosamente acabado por dentro, señora.
La joven se marchó presurosa a la berlina, dejando a Harry el cuidado de pagar y cargar con la sombrerera.
—Iré directamente a casa —le oyó decir— para ponérmelo antes de ir a comer contigo.
Él se había acercado a ella cuando estaba extendiendo la factura, y al contar el dinero le preguntó:
—¿No ha posado nunca para un pintor?
—No —replicó secamente, dándose cuenta del repentino cambio de tono de su voz. Ahora levemente matizada de insolencia y familiaridad.
—Ah, pues debiera hacerlo —dijo Harry—. Tiene usted una figura tan terriblemente bonita.
Rosabel no le hizo caso. ¡Qué fino había estado con ella! No había pensado en otra cosa durante todo el día. Su rostro le encantaba. Podía ver con toda claridad aquellas cejas rectas y delgadas, y el pelo echado hacia atrás, con sólo una levísima insinuación de ondas, y la risa de su boca desdeñosa. También sus manos afiladas cuando contaban el dinero para ponerlo en las suyas. Rosabel, de pronto, se echó hacia atrás los cabellos que le caían en el rostro. Tenía la frente calenturienta. Si aquellas manos afiladas pudiesen posarse un momento... ¡Qué suerte la de aquella joven!
¿Y si ella estuviera en su lugar? Entonces habría vuelto en el coche con él. Por supuesto, estarían enamorados, pero no comprometidos. Irían muy juntos, y ella hubiese dicho: «No tardaré ni un segundo.» Y él hubiera esperado en la berlina mientras la doncella subía tras de Rosabel la sombrerera. Aquella alcoba blanca y rosada tan grande, con rosas en jarrones de plata oxidada por todas partes. Se sentaría ante el espejo y la doncellita francesa le sujetaría el sombrero. Luego hubiera traído un velo tenue, precioso, y un nuevo par de guantes de piel de Suecia. (Se les había caído un botón a los que llevaba aquella mañana.) Después de perfumar la piel, los guantes y el pañuelo, y de coger un enorme manguito, bajaría presurosa. El mayordomo le hubiera abierto la puerta. Harry estaría esperando y partirían juntos en el coche. Eso era vivir, se dijo Rosabel. Camino del Carlton se detendrían en casa de Gerard, y Harry le compraría tal cantidad de violetas de Parma, que tendría las manos llenas de ellas.
—Ay, qué fragancia —hubiera exclamado acercándoselas al rostro.
—Así es como debieras estar siempre —diría Harry—, con las manos llenas de violetas.
(Rosabel notó que se le agarrotaban las rodillas y se sentó en el suelo apoyando la cabeza contra la pared.)
¡Qué lunch!. La mesa cubierta de flores; una orquesta, oculta tras un macizo de palmeras, tocando una melodía que le encendería la sangre como el vino. Sopa, ostras, pichón, puré y, naturalmente, champaña. Después, café y cigarrillos. Se reclinaría en la mesa sosteniendo la copa en una mano, y conversaría con aquella alegría encantadora que Harry sabía apreciar tanto. Después a una matinée en el teatro, algo que les atrajera a los dos, y el té en «Cottage».
—¿Azúcar? ¿Leche? ¿Nata? —breves interrogantes hogareñas que parecían sugerir una gozosa intimidad.
Y al obscurecer, a casa, mientras el aroma de las violetas de Parma inundaba el aire con su fragancia.
—Vendré a buscarte a las nueve —le habría dicho él.
En el boudoir el fuego estaría ya encendido y las cortinas echadas. Un montón de cartas; invitaciones para la Ópera, comidas, bailes, fines de semana al borde del Támesis, una jira en auto... Ella, al subir para vestirse, les lanzaría una mirada indiferente. En la alcoba habría fuego también, y su bello y deslumbrante vestido estaría extendido sobre la cama. Tul blanco sobre plata y zapatos argentados. La echarpe y el abanico plateados también. Aquella noche Rosabel sería la mujer más admirada: los hombres le rendirían pleitesía, y un príncipe extranjero manifestaría su deseo de ser presentado a esa maravilla de Inglaterra. Sí, una noche voluptuosa. La orquesta tocando y sus hombros, candidos y adorables...
Pero se sentiría cansada. Harry la llevaría a casa y entraría; sólo un momento. En el salón el fuego se habría extinguido ya, pero la doncella adormilada esperaría en el boudoir. Se quitaría el manto, despediría a la sirvienta, y se volvería hacia la lumbre. En pie, quitándose los guantes, el resplandor del hogar haría brillar sus cabellos cuando Harry, cruzando la habitación, viniera a cogerla entre sus brazos. «¡Rosabel, Rosabel, Rosabel!» ¡Ay la dulzura de aquellos brazos sintiéndose tan fatigada!
(La auténtica Rosabel, la muchacha sentada en el suelo, rió ruidosamente en la obscuridad, y luego se llevó la mano a la boca.)
Por supuesto, irían a la mañana siguiente a pasear a caballo al parque. Los esponsales habían sido anunciados en Court Circular, y todos lo sabían, y todos la felicitaban.
Se casarían poco después en la iglesia de San Jorge, de Hannover Square, partiendo en auto para la casa solariega de Harry, donde iban a pasar la luna de miel. En la aldea, los campesinos se inclinarían a su paso, mientras ellos se estrecharían la mano apasionadamente bajo los pliegues de la manta de viaje. Aquella noche se pondría otra vez el traje blanco y plata, y sintiéndose muy cansada después del viaje subiría a acostarse temprano...
Y Rosabel en carne y hueso se levantó del suelo, se desnudó perezosa, dejando sus ropas plegadas en el respaldo de una silla, pasó la cabeza por el burdo camisón de algodón, y, al quitarse las horquillas, la dúctil y sombría cascada de sus cabellos cayó en torno de ella cálidamente. Luego apagó la vela y se metió en el lecho a tientas. Atrayendo hacia sí las mantas y aquella horrible colcha con dibujos de panal, y ciñéndoselas bien en torno del cuello, quedó arrebujada en la obscuridad.
Así se durmió, sonriendo en sueños, y se dio el caso de que, sin despertar, sacara un brazo fuera como para buscar algo que no estaba allí.
Y la noche transcurrió. Y los helados dedos de la aurora se cerraron sobre su mano destapada. Una claridad grisácea inundó la sórdida habitación, y Rosabel, estremeciéndose, dio un pequeño bostezo y se incorporó. Y como había heredado aquel trágico optimismo que con demasiada frecuencia suele ser la única herencia de la juventud, aún medio dormida, sonrió con leve temblor nervioso en torno de los labios.

CÓMO SECUESTRARON A PEARL BUTTON

Pearl Button se estaba meciendo subida en la puertecilla que había ante la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Era poco después del mediodía y hacía sol. Unos vientecillos revoltosos, que jugaban al escondite, aupaban el delantal a Pearl, queriendo taparle la boca con los volantes, y alzaban el polvo de la calle por encima de la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Y al mirar aquella nube de polvo, se acordó de su mamá cuando iba a sazonar el pescado y se le caía la tapa del bote de la mostaza. Se mecía sólita en el portillo cantando una cancioncilla, cuando pasaron por la calle dos mujeres gordas. Una vestida de rojo y la otra de verde y amarillo. Ambas llevaban pañuelos color rosa en la cabeza y en el brazo sendos canastos de helechos. No tenían zapatos ni medias, y, como estaban tan gruesas, caminaban muy despacito, riéndose y charlando. Al verlas, Pearl dejó de mecerse y las mujeres también se detuvieron a mirarla y hablaron entre sí, agitando los brazos y palmoteando. Lo que a Pearl le hizo reír.
Entonces las dos mujeres se acercaron hasta el mismo seto, junto a la puertecilla, lanzando miradas temerosas hacia la casa de cuartitos chiquitos como cajones.
—Hola, pequeña —dijo una.
—Hola —respondió Pearl.
—¿Estás sólita?
Y ella dijo que sí con la cabeza.
—¿Dónde está tu mamá?
—En la cocina-planchando-porque-es-maar-tes.
Las dos mujeres se rieron y ella rió también.
—Hum —les dijo—, me parece que no tenéis muy limpios los dientes. Reíros otra vez.
Y las dos mujeres morenas de nuevo rieron y otra vez se pusieron a hablar entre ellas con palabras muy raras y muy raros movimientos de brazos.
—¿Cómo te llamas? —le preguntaron.
—Pearl Button.
—¿Quieres venir con nosotras, Pearl Button? Tenemos cosas muy bonitas que enseñarte —le dijo en voz baja una de las mujeres.
Y Pearl, dejándose caer del lado de la calle, bajó de la puertecita y echó a andar entre las dos mujeres morenas por el camino batido por el viento, dan— ! do de vez en cuando pequeñas carreritas, para no quedarse atrás, y preguntándose qué sería lo que aquellas mujeres tenían en su casa de cuartitos chiquitos como cajones.
Anduvieron mucho.
—¿Estás cansada? —le preguntó una de las mujeres inclinándose hacia ella.
Pearl dijo que no con la cabeza, y siguieron andando, andando.
—¿No estás cansada? —le preguntó la otra mujer.
Y ella dijo otra vez que no con la cabeza. Pero los ojos se le arrasaron de lágrimas y los labios empezaron a temblarle. Entonces una de las mujeres le pasó a la otra el cesto de helechos y la tomó en brazos. Y mientras sus piernecillas colgantes se balanceaban, Pearl reclinó la cabeza en el hombro de la mujer, cuyo cuerpo era más blando que una cama y olía tan bien que daban ganas de hundir la cara en su seno y respirar, respirar...
Cuando la dejaron en el suelo se encontró en una habitación hecha con troncos de árbol y llena de gentes del mismo color de las mujeres, que se acercaron a ella para mirarla, riéndose, sacudiendo la cabeza y alzando los ojos al cielo. La mujer que había traído a Pearl en brazos le quitó la cinta que llevaba en la cabeza y dejó sueltos sus rizados cabellos.
Entonces las otras mujeres se pusieron a dar gritos y la rodearon. Una le pasó el dedo por los dorados rizos, y otra, una jovencita, se los levantó por detrás para darle un beso en su blanco cuellito. Ella se sentía un poco avergonzada, pero al mismo tiempo feliz. También había hombres que fumaban sentados en el suelo con mantas y cobertores como de plumas sobre los hombros, y uno de ellos le hizo una mueca chistosa, sacó del bolsillo un melocotón muy grande, lo puso en el suelo y le dio con el dedo como si fuera una canica. El melocotón rodó derechamente hacia ella y Pearl lo cogió.
—Perdón, ¿puedo comerlo?
Al oírla todos se echaron a reír y palmotearon, y el hombre de la cara chistosa volvió a hacerle otra mueca, sacó una pera del bolsillo y la hizo andar bamboleándose, de lo que Pearl se rió. Las mujeres se sentaron en el suelo, y ella se sentó también; pero, como estaba muy sucio, se recogió con cuidado el delantal y el vestido para sentarse en las enagüitas, como le habían enseñado que debía hacer donde hubiera polvo.
Al comer el melocotón el jugo le chorreó el vestido por delante.
—¡Ay! —dijo a una de las mujeres muy alarmada—, me estoy manchando.
—No te importe —repuso la mujer acariciándole la mejilla.
Penetró en la habitación un hombre con un gran látigo en la mano. Gritó algo y todos se levantaron, riendo y envolviéndose en las mantas y cobertores como de plumas. Otra vez la llevaron en brazos, ahora a un carromato, y la pusieron junto al carretero, sentada en el regazo de una de las mujeres. El carro era verde y los caballos, uno rojizo y el otro negro. Salieron muy de prisa de la ciudad. El carretero iba en pie, blandiendo el látigo por encima de sus cabezas.
Pearl, echando un vistazo sobre el hombro de la mujer, vio otros carros que venían tras ellos como una procesión, a los que saludó con la mano. Entonces empezaron a verse campos. Primero, praderas de hierba baja con ovejitas pastando, pequeños arbustos de florecillas blancas y multitud de rosales silvestres. Luego grandes árboles a uno y otro lado; nada más que grandes árboles. Pearl quería ver lo que había tras ellos, pero todo estaba obscuro, y en la obscuridad los pájaros cantaban. Se acurrucó en el regazo de la mujer. Era tibio como el de un gato, y subía y bajaba con la respiración igual que el de un gato cuando ronronea. Estaba jugueteando con un adorno verdoso que llevaba la mujer en el cuello, cuando ella le cogió la manecita y le fue besando dedo por dedo. Luego se la volvió para besarle los hoyuelos de la palma. Nunca había sido Pearl tan feliz. Al llegar a la cima de un gran monte hicieron alto, y el carretero, volviéndose hacia ella, le dijo señalándole con el látigo:
—¡Mira, mira ahí!
Abajo, al pie del cerro, había una cosa que no se parecía a nada: un gran trozo de agua azulosa, que venía gateando tierra adelante. Ella chilló y se apretujó contra la gruesa mujer.
—¿Qué es eso? ¿Qué es?
—El mar —le dijo ella.
—¿No nos hará daño? Viene hacia aquí.
—No, no viene. Es muy bonito: míralo otra vez.
Pearl volvió a mirar.
—¿Estás segura de que no puede venir hasta nosotros?
—Claro que no. Él está en su sitio —dijo la gorda.
Olas de blanco copete venían saltando sobre el azul. Pearl las estuvo viendo romper contra un trozo de tierra cubierta de arenilla con conchas, como los senderos de los jardines.
Tomaron una curva y aparecieron unas casitas blancas que estaban agrupadas al lado del mar, y tenían huertecillos con vallados de madera, sobre los cuales había secándose ropas rojas, azules y color de rosa. Esto la tranquilizó. Al acercarse ellos salió de las casitas mucha gente y cinco perros canelos con los rabos muy largos y muy delgados. Y todas aquellas gentes estaban gordas y se reían. Había también nenes desnudos, que eran llevados en brazos o que correteaban en los huertecitos, como perrillos. Bajaron a Pearl del carro y la condujeron a una casita que tenía sólo un cuarto y una galería. Una muchacha con dos trenzas negras, que le llegaban hasta los pies, estaba sirviendo en el suelo la comida.
—Qué sitio más divertido —dijo Pearl mirando a aquella chica tan bonita, mientras la mujer le desabotonaba las braguitas.
Tenía mucha hambre y comió carne, verdura y frutas. La mujer le dio además leche en una taza verde. Y todo estaba en silencio menos el mar allá fuera y la risa de las mujeres que la miraban.
—¿No tenéis vosotros casas con cuartitos chiquitos como cajones? ¿Casas de esas que están todas en fila? ¿No van los hombres a la oficina? ¿No hay aquí ninguna de esas cosas feas y antipáticas?
Le quitaron los zapatos y los calcetines, el delantal y el vestido, y se puso a andar en enaguas, primero en la habitación y luego fuera, sobre la hierba que se le metía entre los deditos. Salieron las dos mujeres con cestas de diferentes clases, la cogieron de la mano y, atravesando un pequeño prado y una cerca, se dirigieron hacia el mar, andando sobre la arena caliente y cubierta de hierbajos negruzcos. Cuando la arena se volvió húmeda, Pearl retrocedió, pero la mujer le dijo con voz cariñosa:
—No hace daño; es muy bonito. Ven.
Cavaron en la arena, buscando conchas que iban echando a las cestas. La arena estaba mojada como esos pastelitos de barro que hacían los niños jugando. Y Pearl, olvidando sus temores, se puso a buscar también en la arena hasta que se sintió muy acalorada y muy mojadita. Entonces una hilera de espumas rompió de repente a sus pies.
—¡Ay, ay, qué bonito! —gritó chapoteando, agitando con los pies aquella agua tibia y poco profunda.
Juntó las dos manecitas para coger un poco de ella. Pero en sus manos el agua dejó de ser azul. Estaba tan contenta, que corrió hacia la mujer y, echándole al cuello los brazos, la acarició y la besó.
De pronto la muchacha dio un grito de espanto. La mujer se incorporó y Pearl, dejándose caer en la arena, miró hacia el lado de tierra. Hombrecitos uniformados de azul, hombrecillos azules, se acercaban corriendo, dando voces y tocando silbatos. Una multitud de hombrecillos azules que venían a llevársela a la casa de cuartitos chiquitos como cajones.

VIAJE A BRUJAS

—Tiene para tres cuartos de hora —dijo el mozo—. Casi para una hora. Déjelo en la consigna, señora.
Todo el espacio ante el mostrador estaba ocupado por una familia alemana, cuyos equipajes, bonitamente enfundados y abotonados, tenían la apariencia de perneras de calzón a la antigua. A mi lado esperaba un clérigo joven y diminuto; su plastrón negro aleteaba sobre la camisa. Hubo que esperar durante un buen rato, porque el factor de la consigna no podía quitarse de encima a la familia alemana, que, a juzgar por lo entusiasta de sus ademanes, debía de estar explicándole las ventajas de abotonar tanto los equipajes. Por último la esposa tomó el bulto de su pertenencia y se puso a deshacerlo. El factor, encogiéndose de hombros, se volvió hacia mí.
—¿A dónde?
—A Ostende.
—Entonces, ¿para qué lo deja aquí?
—Porque tengo que esperar aún mucho tiempo —dije.
—El tren sale a las dos y veinte. No necesita traerlo aquí. ¡Eh, tú, ponlo ahí fuera!
Mi mozo lo sacó y el joven clérigo, que había seguido la escena, me sonrió radiante.
—Su tren va a salir. Saldrá en seguida. Sólo le quedan unos minutos. No lo olvide.
Mi perspicacia vislumbró en su mirada una señal de alarma, y fui corriendo al puesto de libros y periódicos. Al volver, mi mozo había desaparecido. En medio de un calor sofocante corrí por el andén de punta a punta. Todos los viajeros, menos yo, tenían su mozo y alardeaban de tenerlo. Y todos me miraban. Furiosa y desolada, leía en su mirada esa deleitosa fruición con que mira el que tiene calor a otro más sofocado todavía.
—Correr con un tiempo así es exponerse a una congestión —dijo una señora rechoncha, mientras se comía las uvas de un obsequio de despedida.
Entonces supe que el tren aún no estaba preparado. Había estado corriendo a lo largo del expreso de Falkeston. Un andén más arriba encontré a mi mozo sentado sobre mi maleta.
—Sabía que iba a hacer eso —dijo muy tranquilo—. Estaba a punto de ir a detenerla. La vi desde aquí.
Fui a parar a un compartimiento donde había cuatro jóvenes, dos de los cuales se estaban despidiendo de otro, un jovencito muy pálido que llevaba un bastón.
—Bueno, adiós, chico. Has sido muy amable al venir a despedirnos. Ya sé que eres así. Te conozco. Eres el viejo pillastre de siempre. Oye, mira; cuando volvamos, lo celebraremos una noche, ¡eh! Has estado pero que muy bien, chico.
Así se expresaba aquel joven efusivo, que, apenas salió el tren y hubo encendido un cigarrillo, dijo a su compañero:
—Es un gran muchacho. Pero ¡Dios, qué pelma!
Su compañero, vestido de gris topo de los pies a la cabeza —de los calcetines al cabello—, sonrió con dulzura; debía de tener el cerebro también del mismo color. Y dio muestras de saber escuchar con amabilidad y simpatía. Enfrente de mí se sentaba un bello francesito de pelo rizado, con una cadena de reloj de la que pendían un pez y un zapatito de plata, un anillo y una medalla. No dejó de mirar por la ventanilla en todo el viaje, contrayendo levemente la nariz. Del cuarto compañero de viaje sólo se veía un par de zapatos amarillo obscuro y un ejemplar de The Snark's Summer Annual.
—Oye, chico —dijo el efusivo—. Quisiera que modificásemos nuestro itinerario. Quiero decir que esos planes que has hecho hay que dejarlos en suspenso. No te importará, ¿eh?
—No —dijo el topo débilmente—. Pero ¿por qué?
—Pues mira. Anoche lo estuve pensando en la cama, y que me cuelguen si comprendo por qué hemos de apoquinar quince chelines si no es preciso. ¿Comprendes lo que quiero decir?
El topo se quitó los lentes de pinza y los empañó con el aliento.
—Ahora bien, yo no quisiera molestarte —prosiguió el efusivo—, porque, después de todo, tú eres el que me ha invitado. Pero ¿comprendes, eh?
—Temo que la gente se meta conmigo por haberte hecho venir al extranjero.
El otro, acto seguido, se puso a hablar del sinfín de invitaciones que había recibido. De aquí y de allá, gentes que tenían comprometido todo el mes de agosto le habían escrito invitándole. Torturó el corazón del topo con la enumeración de todos los hogares ávidos de su presencia y de todos los cubiertos intactos que dejaba esparcidos sobre el mapa de Inglaterra. Hasta que éste, dudando entre echarse a llorar y echarse a dormir, acabó optando por lo último.
Todos hicieron lo mismo menos el francesito, que, sacando del bolsillo de la chaqueta un libro de pequeño formato, lo estuvo acunando en las rodillas mientras contemplaba los campos caldeados y polvorientos. El tren se detuvo en Shorncliffe. Silencio de muerte. Nada a la vista sino un gran cementerio blanquecino, que a la luz del crepúsculo tenía apariencia fantástica. Ángeles marmóreos de tamaño natural parecían estar presidiendo sobre aquella llanura sombría alguna lúgubre jira campestre de los difuntos de Shorncliffe. Una mariposa blanca pasó volando sobre la vía del ferrocarril. Cuando el tren se arrastraba dejando la estación vi un cartel que anunciaba el Athenaeum. El efusivo volvió a dar señales de vida gruñendo y bostezando y haciendo sonar las monedas que llevaba en el bolsillo del pantalón. Luego le metió al topo el codo por las costillas.
—Casi estamos llegando. ¿Quieres hacer el favor de bajar de la rejilla mis condenados bastones de golf?
Sentí acongojado el corazón al pensar en el futuro inmediato del topo. Pero él parecía muy contento. Se ofreció a buscarme en Dover un mozo y sujetó mi sombrilla en las correas de las mantas de viaje. Vimos el mar.
—Va a estar muy picado —declaró el efusivo—. Se marea, ¿eh? Pues yo conozco un secreto para evitar el mareo. Mire: se tiende uno de espaldas, bien extendido, se cubre uno la cara, y no se come más que galletas.
—¡Dover! —gritó el revisor.
En el momento de cruzar la pasarela, renunciamos a Inglaterra. Hasta la hembra más recalcitrantemente británico-parlante sacó a relucir su pizca de francés. En la cubierta nos s-il-vous-plait-eábamos unos a otros; en la escalera nos merci-abamos y en el salón nos pardon-eábamos a más y mejor. La camarera de a bordo aguardaba al pie de la escalera. Era una mujer fornida, picada de viruelas, con las manos ocultas tras el delantal; un delantal profesionalísimo. Respondía a nuestros saludos con estudiada indiferencia, seleccionando mentalmente su presa.
Bajé al camarote para quitarme el sombrero. Allí estaba instalada una señora anciana.
Yacía tendida en un diván blanco y rosa, cubierta con un chal negro, dándose aire con un abanico de pluma negro también. Un gorrito de encaje le cubría casi del todo los grises cabellos, y su rostro se destacaba sonrosado sobre los enlutados ropajes, con esa encantadora dignidad del mundo de antaño. Se percibía en torno a ella un leve crujir de sedas y aromas de alcanfor y espliego. La miraba acordándome de Rembrandt y, no sé por qué, de Anatole France, cuando la camarera entró muy apresurada, puso al lado de ella un taburete de tijera y, extendiendo sobre él un periódico, plantó encima algo así como una tartera.
Subí a cubierta. El mar, de un verde brillante, estaba agitado por las olas. Todas las bellezas y flores de estufa de Francia se habían quitado los sombreros, ciñéndose un velo a la cabeza. Algunos jóvenes alemanes se paseaban, exhibiendo su corpulencia característica bajo trajes de color claro con hechura de pijama. Grupos de familias francesas —el elemento femenino sentado en sillas, el masculino reclinado con graciosas actitudes sobre la borda— conversaban con esa brillantez que proviene del roce. Encontré una silla en el rincón que formaba un blanco mamparo. Pero, desgraciadamente, en él se abría una ventanilla con la finalidad de proporcionar divertimiento incesante al curioso que quisiera mirar por ella a los «valientes» que se paseaban «alante» y que eran salpicados y batidos por las olas. Durante la primera media hora resultaba extraordinariamente divertido aquello de mojarse y ser invitado a no hacerlo; de llegar a pisar los lugares de más peligro, para que al volver le riñeran a uno. Pero a la larga se hizo cansado y los grupos fueron quedándose callados. Se veía a los viajeros mirando el mar fijamente... y bostezando. Tornáronse esquivos y taciturnos. De improviso una joven tocada con una caperuza de lana ornada de lazos color cereza se levantó de la silla y se inclinó fuera de la barandilla. La observaba con vaga simpatía, cuando un joven que había estado sentado al lado de ella le gritó:
—¿Te sientes mejor?
Negativa manifiesta.
—¿Quieres que te sostenga la cabeza? —tornó a preguntar levantándose de la silla.
—No —dijeron los hombros de ella.
—¿Quieres que te eche el abrigo? ¿Va pasando? ¿Te vas a quedar ahí?
La miraba con tan infinita ternura, que decidí no volver a acusar jamás a los hombres de ser poco afectuosos, y creer hasta la muerte en el poder irresistible del amor... aunque sin ponerlo nunca a prueba. Bajé a acostarme.
Tendida frente a la anciana señora, estuve contemplando las movedizas sombras del techo y las salpicaduras de las olas en el ojo de buey del camarote.
Hasta en el más corto viaje por mar se pierde el sentido del tiempo. ¿Ha estado uno allí abajo, en aquel camarote, horas, días, años? Nadie lo sabe, ni nadie se preocupa de ello tampoco. Se llega a conocer a todos los pasajeros hasta el extremo de que nos resultan indiferentes. No se cree en la existencia de la tierra firme y, sintiéndose uno prendido en el mismísimo péndulo del tiempo, acaba abandonándose a su ocioso vaivén. La claridad iba disminuyendo. Me quedé dormida, y, en el momento de despertar, vi a la camarera que me sacudía.
—Llegamos dentro de un par de minutos.
Las desamparadas señoras, al sentirse liberadas de los brazos de Neptuno, se arrodillaban por los suelos en busca de los zapatos y las horquillas. Pero mi anciana y distinguida dama seguía en actitud pasiva, abanicándose y mirándome sonriente.
—Grace a Dieu c'est fini —trinó con voz tan delgada que parecía trinar sobre un finísimo hilo de encaje.
Alcé la vista:
—Oui, c'est fini.
—Vous allez á Strasbourg, Madame?
—No —dije—, a Brujas.
—¡Oh, qué pena! —exclamó cerrando el abanico y el interrogatorio.
No sabría decir por qué. Pero me vi viajando en el mismo vagón que ella; abrigándola con su chal negro; convirtiéndome en su predilecta y heredando incalculables cantidades de dinero y de encajes.
Estas ideas somnolientas me persiguieron hasta que llegué a cubierta.
El cielo era azul turquí y las estrellas relucían innumerables. En la atmósfera límpida nuestro barquito destacaba su mole negra vigorosamente. Piden los billetes: «¿Tienen sus billetes?» «Enséñenlos.» Fuimos empujados hacia la pasarela y luego conducidos como un rebaño hasta la aduana, donde los mozos colocaron nuestros equipajes sobre largos tableros, para que un viejo de gafas los revisara sin decir palabra.
—Sígame —gritó la criatura con aire de rufián que se había hecho cargo de mis bienes terrenales.
Saltó por unos raíles y yo salté tras él. Luego corrió por el andén, sorteando a los viajeros y a los carritos de los vendedores de fruta con la destreza de un actor cinematográfico. Reservé un asiento y me fui a comprar fruta en un puestecito donde se exhibían racimos de uvas y ciruelas Claudias. Ahí estaba la anciana señora, apoyándose en el brazo de un hombre grueso y rubio vestido de blanco, y con flameante corbata.
—Cómprame —le decía con su voz delicada— tres bocadillos de jamón, mon cher.
—Y unos pasteles —añadió él.
—Sí, y quizás una botella de limonada.
«Hay un diablejo que urde las novelas», iba pensando al subir al vagón. El tren arrancó. El aire que entraba por las ventanillas abiertas traía olor de hojas tiernas. Había clarores repentinos en medio de la obscuridad. Al llegar a Brujas tocaban las campanas, y una luna blanca y misteriosa brillaba sobre la Grand Place.

UNA AVENTURA VERÍDICA

«Ante la ávida mirada del viajero, la pequeña ciudad se extiende como un tapiz de tonos marchitos surcado por los hilos de plata de los canales y animado por las notas del carillón del Gran Campanario. En Brujas la vida se ha detenido hace tiempo y sólo ensueños fantásticos alientan sobre sus torres y portaladas medievales, que nos encantan la vista, inspiran el alma y colman la mente con la majestuosa belleza de lo contemplativo.»
Leí este párrafo de la guía mientras esperaba a Madame en el salón del hotel. Aquello resultaba extremadamente confortador y sentí que mi corazón, cohibido bajo las grises envolturas de mil y una ciudades, despertaba exultante.
Me pregunté si tendría ropa suficiente para quedarme cuando menos un mes. «Soñar durante todo el día —pensaba—. Tomar una barca y dejarla ir flotando de aquí para allá por los canales o amarrarla a un verde arbusto de los que crecen en matorral por las orillas, contemplar absorta las fachadas de las mansiones medievales, y luego, al toque de oración, hallarse tendida sobre el crecido césped de la pradera de Béguinage mirando los altos olmos cuyo follaje tocado por el oro crepuscular temblará en el aire azul. De la diminuta capilla llegarían los ecos de rezos monjiles y una quedaría saturada de poesía para todo el invierno.»
Me remontaba majestuosamente en las flamantes alas de mi fantasía, cuando Madame entró a decirme que no disponía de habitación para mí. Ni una cama ni un solo rincón estaban libres. Se mostró muy amable, y parecía encontrar en aquello algún secreto motivo de regocijo, pues me miraba como si esperase que fuera yo a echarme a reír de contento.
—Mañana —dijo— creo que habrá. Espero que se vaya del once un joven que se ha sentido indispuesto repentinamente. Ahora está en la farmacia. ¿Quiere tomarse la molestia de ver su habitación?
—De ningún modo —repliqué—. Y no siento deseos tampoco de dormir mañana en la alcoba del joven indispuesto.
—Pero él se habrá ido —exclamó Madame abriendo mucho sus ojos azulados y riendo con esa cordialidad francesa tan grata a los oídos ingleses.
Estaba demasiado cansada y demasiado hambrienta para celebrar aquello o protestar.
—Quizá pueda recomendarme otro hotel.
—Imposible —denegó con la cabeza, y se quedó mirando los arcos azules que decoraban el techo como si les pasara revista—. Comprenda usted. Estamos en plena temporada y la gente no quiere alquilar sus habitaciones por tan poco tiempo.
No miró siquiera mi maleta, colocada en el suelo entre ambas; pero yo sí la miré taciturna, y me pareció que se encogía bajo mi mirada, haciéndose tan pequeña que no podría caber en ella ni un cepillo de dientes plegado.
—Dejé mi baúl en la estación —dije sin darle importancia, al abrocharme los guantes.
Madame se me quedó mirando.
—¿Tiene más equipaje? ¿Piensa estar entonces en Brujas algún tiempo?
—Cuando menos quince días; probablemente un mes —repuse encogiéndome de hombros.
—Espere un momento. Voy a ver si puedo hacer algo.
Desapareció, y estoy segura de que no fue más allá del otro lado de la puerta, porque inmediatamente reapareció para decirme que podía proporcionarme una habitación en su casa particular.
—Es aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Está al cuidado de una vieja sirvienta que tiene un ojo zarco, pero lleva quince años con nosotros. El mozo la acompañará. Puede cenar antes.
Me encontré sola en el comedor. Un camarero de aire fatigado trajo una tortilla y una cafetera. Luego se apoyó de nuevo en el aparador y estuvo viendo cómo comía. La fláccida servilleta que llevaba al brazo parecía un símbolo de su persona. De las paredes colgaban espejos que reflejaban innumerables mesas vacías, innumerables camareros esperando y una multitud de damas solitarias confortándose con tortilla y sorbiendo café, a los compases de la Canción de Primavera de Mendelssohn, que por tercera vez tocaba el carillón del Gran Campanario.
—¿Está usted dispuesta, Madame? —preguntó el camarero—. Soy yo quien va a llevarle la maleta. —Ahora mismo.
Cargó a la espalda mi equipaje, y echó a andar a grandes zancadas delante de mí. Cruzamos ante las terrazas de cafetines donde hombres y mujeres, como si olfatearan nuestra proximidad, dejaban sus bocks y tarjetas postales para mirarnos. Bajamos por una calleja de casas con cerrados postigos y, cruzando la plaza de Eyck, nos detuvimos ante una casa de ladrillos rojos. Nos abrió la alhaja familiar del ojo zarco, sosteniendo una vela en una especie de diminuta sartén. Pero no nos dejó entrar hasta que ambos le contamos todo lo ocurrido.
—C'est ca, c'est ca. Jean, número cinco. Subió renqueando la escalera, abrió una puerta y encendió otra diminuta sartén que había sobre la mesa de noche. La habitación estaba empapelada de color rosa; había una cama color rosa; una puerta color rosa y una silla del mismo color. En la repisa de la chimenea, sobre ruedos color rosa, querubines rollizos y sonrosados irrumpían trompeta en mano de rosáceos cascarones.
Me trajeron una vasija de agua caliente y cerré la puerta con llave.
«Al fin, Brujas», pensé, mientras me encaramaba en aquella cama tan escurridiza y de sábanas tan finas, donde se sentía una como un pez que se esforzara por nadar en la superficie de un estanque helado. Y luego aquella casa, la vieja sirvienta «típica», y la plaza de Eyck con la blanca estatua, rodeada de aquellos árboles copudos y sombríos. Allí había algo de Verlaine...
¡Paf!, hizo una puerta al abrirse. Me incorporé aterrada y busqué la sartencilla; pero no, era en la habitación contigua, súbitamente invadida.
—Por fin en casa —exclamó una voz femenina—. Mon Dieu! ¡Ay mis pies! Podrías bajar a decirle a Marie que subiese un barreño de agua caliente, mon cher.
—No, es ya demasiado —retumbó una voz en respuesta—. Es la tercera vez que te los lavas hoy.
—Pero no sabes lo que me hacen sufrir; los tengo completamente inflamados. Mira.
—Ya me los has enseñado tres veces. Estoy cansado. Haz el favor de meterte en la cama.
—Sería inútil, no podría dormir. Mon Dieu, mon Dieu! ¡Cuánto ha de sufrir una mujer!
Un bufido masculino acompañado de rumores de ropas al desvestirse.
—Bueno; ¿me prometes que si espero hasta mañana no me llevarás a ningún museo?
—Sí, te lo prometo.
—¿Pero de veras?
—He dicho que sí.
—Entonces ¿no me engañas?
Un largo gruñido.
—No viene a qué hacer tanto ruido, cuando sabes que anoche ocurrió lo mismo y también esta mañana.
No podía obrar de otro modo; tosí y carraspeé de esa manera tan desagradable e inoportuna con que, pared por medio, suelen hacerlo los desconocidos. El efecto fue prodigioso; la conversación se redujo al susurro de una voz femenina. Me dormí.
«Se alquilan barcas. Visite en lancha la Venecia del Norte. Explore sus canalillos apartados, encantadores, y casi desconocidos.» Entré a alquilar una barca asediada por el recuerdo de lo que leí en la guía.
—¿Tiene una pequeña canoa?
—No, Mademoiselle. Pero puedo ofrecerle una barquita muy apropiada para usted.
—Quiero ir sola y volver cuando me plazca.
—Pero ¿habrá estado ya aquí?
—No.
El barquero parecía intrigado.
—Es peligroso que Mademoiselle vaya por primera vez sin guía.
—Bueno, pues tomaré uno con la condición de que ha de estarse callado y no me mostrará las bellezas de la ciudad.
—Pero cuando menos el nombre de los puentes, las fachadas más célebres... —se lamentaba.
Bajé corriendo al embarcadero.
—¡Pierre, Pierre! —llamó el barquero.
Apareció un fornido joven belga cargado con un montón de trozos de alfombra y de cojines de terciopelo rojo y arrojó aquel botín en una enorme barcaza. En el puente que había sobre el embarcadero se había congregado una muchedumbre que seguía la maniobra, y, precisamente cuando acababa de ocupar mi asiento, una pareja bien entrada en carnes, que estaba asomada al pretil, bajó corriendo las gradas y declaró que ellos querían venir también.
—Claro que sí —dijo Pierre, ayudando a embarcar a la dama con gracia encantadora—. Mademoiselle no tiene ningún inconveniente.
Se sentaron a popa, el caballero sosteniendo entre las suyas la mano de la dama, y fuimos serpeando por aquellas «cintas de plata», mientras Pierre echaba el pecho afuera para cantar las bellezas de Brujas con toda la exultante desfachatez de un amante latino.
—Vuelvan la cabeza hacia aquí... A la derecha... A la izquierda... Ahora, un momento, hacia arriba... Miren aquel puente... Fíjense en esa fachada. ¿Mademoiselle desea ver el Lac d'Amour?
Me mostré indecisa. Pero la obesa pareja respondió por mí.
—Entonces tenemos que desembarcar.
Remaba pegado al muro, y, cuando se asió a un arbusto, salté.
—Ahora Monsieur.
Y Monsieur me siguió con todo éxito. Luego se arrodilló en la orilla y ofreció a Madame la corva empuñadura de su bastón como punto de apoyo.
Ella se puso en pie, sonriente y resuelta, asió el bastón, se afianzó en el costado del bote y un momento después caía de plano dentro del agua.
—¡Ah!, ¿qué ha ocurrido? —gritaba Monsieur asiéndola de un brazo, pues el agua era tan poco profunda que sólo llegaba a cubrirle la cintura.
Como se pudo la pescamos y la izamos a la orilla, donde se sentó jadeante, y se puso a retorcer su falda de alpaca negra.
—No ha sido nada; un accidente sin importancia —decía asombrosamente animada.
Pero Pierre estaba enfurecido.
—La culpa es de Mademoiselle por querer ver el Lac d'Amour —decía—. Será mejor que Madame cruce el prado y vaya a tomar algo en aquel cafetín de enfrente.
—No, no —protestaba ella.
Pero Monsieur secundó a Pierre.
—Espérese hasta que volvamos —me conminó el barquero, rencoroso.
Asentí y les di la espalda, pues ante el espectáculo de Madame renqueando por el césped como un ánade gigantesco y desgarbado, no podía resistir más. Y cuando uno viaja en lanchas tapizadas, no debe esperar encontrarse con personas lo suficientemente cultas para no tomar a mal la risa si brota de la simpatía. Una vez que se perdieron de vista, corrí con todas mis fuerzas por el prado, me escurrí bajo una valla y no volví jamás a las proximidades del Lac d'Amour. «Que crean si quieren, que me he ahogado —pensé—; tengo canales para el resto de mi vida.»
El campo de Béguinage, al toque de oración, está salpicado de grupitos de pintores con caballetes de patas extensibles, que parecen dotados de individualidad propia; pues se resisten tenazmente a los esfuerzos de los artistas y responden a sus insistentes miradas metiéndoles por los ojos chillonas manchas de color. Muchachas inglesas de floridos sombreros y lo más granado de la juventud masculina norteamericana dan allí libre curso a sus sentimientos, con una alegría, una camaraderie y un aire de «el mundo es pequeño para nosotros», que teóricamente resulta encantador. Se llaman unos a otros con juvenil näiveté, se lanzan cigarrillos, frutas y tabletas de chocolate, mientras que bandadas de turistas que han podido salvarse de las garras de una vieja emboscada a la sombra del portón de una capilla, se detienen pensativos ante los caballetes «para ver, observar y saber decir de quién».
Con grandes remordimientos de conciencia por no disponer ni de un álbum de apuntes, estaba tendida al pie de un árbol siguiendo las evoluciones y escapadas de los vencejos en el aire refulgente, y preguntándome si todos aquellos perros de pelaje obscuro que había tumbados en la hierba serían de los jóvenes pintores, cuando cruzó ante mí una pareja con las cabezas inclinadas sobre un libro. Había algo vagamente familiar para mí en su modo de andar, y de pronto se me quedaron mirando, nuestras miradas se encontraron y quedamos boquiabiertos. Ella vino a mi lado y él se quitó su inmaculado sombrero de paja, poniéndoselo bajo el brazo.
—¡Katherine! ¡Qué cosas más extraordinaria! ¡Si parece imposible después de tantos años! —exclamó ella. Y volviéndose hacia él añadió—: Guy, ¿será posible? Katherine en Brujas, precisamente en Brujas.
—¿Y por qué no? —dije, mostrándome muy animosa, mientras trataba de recordar su nombre.
—Pero, querida, si la última vez que nos vimos fue en Nueva Zelanda... a no sé cuántas millas de aquí.
Naturalmente, era Betty Sinclair. Habíamos ido juntas al colegio.
—¿Dónde te hospedas? ¿Llevas mucho tiempo aquí? Ah, no has cambiado nada, absolutamente nada. Donde te hubiese encontrado te hubiera reconocido.
Hizo una señal al joven y añadió ruborizándose un poco, como si se tratase de algo que le avergüenza a uno, pero que hay que afrontar:
—Es mi marido.
Nos dimos la mano, y él se sentó también en el suelo, mordisqueando una hierbecilla. Quedamos en silencio hasta que Betty recobró el aliento y me apretó la mano.
—No sabía que estabas casada —dije tontamente.
—Sí, querida, y tengo un nene —repuso ella—. Ahora vivimos en Inglaterra. Estamos muy interesados con la cuestión del sufragio, ¿sabes?
Guy se sacó la hierbecilla de la boca.
—¿Es usted de los nuestros? —inquirió muy interesado.
Denegué con la cabeza y él volvió a mordisquear la hierba entornando los ojos.
—¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? Es una oportunidad magnífica. Saldremos juntos y charlaremos largo y tendido. Ya sabes que Guy y yo no estamos en la luna de miel. Nos gusta tratar con otras personas de vez en cuando.
El carillón atacó la marcha de Aquí llega el héroe victorioso.
—Por desgracia, tengo que regresar a Inglaterra inmediatamente. He recibido una carta urgentísima.
—¡Qué contratiempo! Ya sabes que Brujas está sencillamente plagada de riquezas artísticas, cuadros, iglesias. Esta noche hay concierto al aire libre en la Grand Place, y mañana empieza un concurso de carillón que durará toda la semana.
—Tengo que irme —dije en tono tan resuelto, que mi alma, estimulada por el ritmo de marcha del carillón, se puso a marcar el paso.
—Y luego las callejas solitarias y esos aromas de las viejas ciudades del continente, y las encajeras... ¡Imagínanos a los tres correteando por aquí, saturándonos de todo esto!
Suspiré y me mordí los labios.
—¿Qué objeciones opone al voto de la mujer? —preguntó Guy, mientras seguía con la vista el plácido cortejo de las monjas que cruzaban entre los árboles.
—Siempre creí que te interesabas mucho por el futuro de la mujer —dijo Betty—. Ven esta noche a cenar con nosotros. Plantearemos con amplitud la cuestión. Ya sabes que tras de la vida agitada de Londres, aquí, en esta ciudad de la vieja Europa, le parece a uno ver las cosas de modo diferente.
—Diferente por completo —respondí, saludando con leve movimiento de cabeza, como a un viejo conocido, a la guía turística que asomaba en el bolsillo de Guy.

LOS VESTIDOS NUEVOS

Sentadas ante la mesa del comedor, la señora Carsfield y su madre daban los últimos toques a los vestidos de casimir verde que las dos señoritas Carsfield estrenarían al día siguiente, para ir a la iglesia, con el complemento de unos cinturones verde manzana y sendos sombreros de paja con cintas colgantes. La señora Carsfield había puesto toda el alma en ellos y como aquella noche Henry volvería tarde, porque había ido a una reunión de la Liga Política, su madre y ella podían disponer a sus anchas del comedor y, como decían, tenerlo todo revuelto sin molestar a nadie. El tapete rojo había sido retirado de la mesa, y en ella habían instalado la máquina de coser, su regalo de bodas, un cesto de costura obscuro, el género y algunas revistas de modas con hojas arrancadas. La señora Carsfield hacía que la máquina fuera despacio, para que el hilo verde no se rompiera; conservaba la vaga esperanza de hacerlo durar más, si lo empleaba poco a poco. Y la anciana, sentada en una mecedora, la falda recogida y los pies abrigados con zapatillas de fieltro, posados sobre un cojín, iba anudando los hilos rotos de la máquina y cosía una tira de encaje en los puños y cuello de un vestido. Cuando la llama del gas oscilaba y disminuía, la anciana levantaba la vista para mirar al mechero.
—Debe de haber agua en la tubería, Anne —dijo. Y tras breve pausa insistió de nuevo—: Anne, tiene que haber agua en la tubería.
Otro silencio seguido de una verdadera explosión de energía.
—Sí, eso es, estoy segura.
Anne, ante la máquina, frunció el ceño. «Me ataca los nervios —pensó—, esa manía de repetir tanto las cosas. Y siempre cuando no hay posibilidad humana de evitarlo. Sin duda es cosa de la edad, pero resulta molestísimo.» Luego en voz alta:
—Mamá, voy a dejar un buen dobladillo en el vestido de Rose. Ha dado últimamente tal estirón... y no pongas encaje a Helen en las mangas. Sería hacer una distinción, y además tiene tan poco cuidado... No le importa coger cualquier cosa con las manos, hasta lo más repugnante.
—Pero si hay mucho —dijo la anciana—; lo pondré un poco más arriba.
Se preguntaba por qué Anne tenía tanta pelusilla con Helen. Y a Henry le ocurría lo mismo. Parecía que siempre trataban de herirla. Eso de la distinción sólo era una excusa.
—Bueno —dijo la señora Carsfield—, tú no ves la ropa de Helen cuando se la quita por la noche. En una semana la pone negra de los pies a la cabeza. Y, si le enseño la de Rose para que vea la diferencia, se encoge de hombros y se pone a tartamudear. Ya sabes esa costumbre que ha cogido. Quisiera que el doctor Malcolm la viniera a ver para eso de la tartamudez. Aunque sólo fuera para darle un buen susto. Creo que no es sino un amaneramiento que ha contraído en el colegio y que si quiere puede evitarlo.
—Pero, Anne, si ha tartamudeado siempre, recuérdalo. Y a ti te pasaba lo mismo a su edad. Es muy nerviosa.
La anciana se quitó las gafas y las empañó con el aliento para frotarlas con una punta de su delantal de labor.
—Bueno —replicó Anne, sacudiendo un vestido verde y quitando los hilvanes del dobladillo con la aguja—. Lo peor para ella sería que llegara a creer eso. Se la trata exactamente igual que a Rose. Y el nene tampoco es nervioso. ¿Te fijaste hoy cuando le monté por primera vez en el caballito balancín? De puro contento hacía gorgoritos. Cada día se parece más a su padre.
—Sí, es Carsfield de los pies a la cabeza —asintió la anciana, corroborándolo con movimientos de cabeza.
—Además hay otra cuestión respecto a Helen —añadió Anne—. Esa manera que tiene de tratar al nene. Se le queda mirando como si quisiera asustarle. ¿Te acuerdas de que, cuando tomaba el biberón, solía quitárselo para ver lo que hacía? En cambio Rose se porta perfectamente con la criatura. Pero Helen...
La anciana dejó su labor sobre la mesa. Hubo un breve silencio, durante el cual resonó fuertemente el tictac del reloj. Tenía ganas de decirle a Anne de una vez y para siempre lo que opinaba sobre el modo en que ella y Henry trataban a Helen. Decirle que la estaban echando a perder. Pero el ruidoso tictac la distrajo y no pudiendo hallar las palabras adecuadas se quedó ahí sentada con aire estúpido, sintiendo resonar dentro de su cerebro aquel persistente tictac.
—Cómo suena ese reloj —fue lo único que dijo.
«Bueno, ya se ha salido mamá por la tangente. Ni me ayuda ni me alienta nunca», pensó Anne. Y, mirando la hora, dijo en voz alta:
—Mamá, si has terminado con el vestido, podías ir a la cocina a calentar un poco de café. Y también podrías preparar un plato de jamón. Henry va a llegar de un momento a otro. Ya tengo casi terminado este otro vestido —lo mantuvo en alto para inspeccionarlo—. ¿Verdad que son encantadores? Tienen que durarles un buen par de años y luego, alargándoselos y quizá tiñéndolos, podrían usarlos para ir al colegio.
—Me alegro de que hayamos escogido el género más caro —replicó la anciana.
Al quedar sola en el comedor, el entrecejo de Anne se contrajo aún más, su boca se hundió y una profunda arruga se fue dibujando desde la nariz a la barbilla. Dio un prolongado suspiro y se echó hacia atrás el cabello. Le parecía que faltaba aire en la habitación; se sentía harta, y, además, ¿para qué esmerarse con primores de aguja tratándose de Helen? No acaba una nunca con las criaturas, y no lo saben agradecer. Salvo Rose, que era un caso excepcional. Otro síntoma de chochez en su madre era esa absurda opinión respecto a Helen, y lo quisquillosa que era cuando se trataba de esta cuestión. «Pero he decidido una cosa —se dijo a sí misma—: mantener a Helen alejada de la criatura.» El nene había heredado toda la sensibilidad del padre para darse cuenta de la falta de simpatía en los demás. Era una suerte que las niñas se pasaran todo el día en el colegio.
Al fin los vestidos quedaron concluidos y doblados sobre el respaldo de una silla. Transportó la máquina de coser a la estantería de los libros, extendió el tapete sobre la mesa y se dirigió hacia la ventana. Como las persianas estaban alzadas, podía verse cómodamente el jardín. Debía de haber luna. Entonces vio brillar algo sobre el banco. Un libro, sí, debía de ser un libro que había quedado olvidado y estaría humedeciéndose con el rocío. Fue al vestíbulo, se puso unos chanclos, se recogió la falda y salió presurosa al jardín. Efectivamente, era un libro. Se agachó y lo recogió cuidadosamente. Estaba ya empapado y tenía la cubierta bombeada. Se encogió de hombros con aquel gesto que su hijita había copiado de ella.
En el jardín en tinieblas que olía a hierba y a rosas, el corazón de Anne se endureció aún más. Se oyó entonces el ruido de la puerta de la verja y vio a Henry que avanzaba a grandes pasos por el camino central.
—¡Henry! —le llamó.
—Hola —gritó él—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí, Anne? ¿Contemplando la luna?
Corrió hacia él y se besaron.
—Mira este libro —dijo—. Otra vez se lo ha dejado olvidado Helen. ¡Cómo hueles a tabaco, chico!
—Cuando se está con los amigos —explicó él— hay que fumar un buen puro, por lo menos. Es de mal efecto no hacerlo. Pero vamos adentro, Anne. No te has echado nada encima. Al diablo con el libro. Estás helada, querida, y tiritando —le pasó el brazo por la espalda—. Mira la luna, allí arriba, junto a la chimenea. Magnífica noche, caramba. He estado haciendo retorcerse de risa a todos. Hice un chiste estupendo. Uno dijo: «La vida es una partida de naipes», y yo, sin pensarlo, me salió sin más, dije... —Henry se detuvo junto a la puerta con un dedo en alto—. Bueno, he olvidado exactamente lo que dije, pero se retorcían de risa. Materialmente se retorcían. Ya lo recordaré cuando esté en la cama. Ya sabes que lo recuerdo siempre todo.
—Voy a llevar el libro a la cocina para que se seque junto al hornillo —dijo Anne.
Y mientras lo cerraba de golpe, pensó: «Ha esta—sus piernas—. ¿Qué perifollos verdes son esos que mañana se hallará indispuesto. No viene a qué hablarle de Helen esta noche.»
Cuando hubo terminado de cenar, Henry se recostó en el respaldo de la silla hurgándose los dientes con un palillo, y, dándose una palmada en una rodilla, invitó a Anne a que viniera a sentarse ahí.
—Hola —dijo, mientras la hacía cabalgar sobre sus piernas—. ¿Qué perifollos verdes son ésos que hay sobre esa silla? ¿Qué habéis estado fraguando tu madre y tú?
Con naturalidad y echando un vistazo al desgaire sobre las verdes vestimentas, Anne dijo:
—Unos vestidos de domingo para las niñas hechos de retales.
La anciana recogió el plato y la taza. Luego encendió una vela.
—Bueno, me voy a acostar —anunció muy campechana.
«¡Dios mío! Qué poco discreta es mi madre —pensó Anne—; va a hacer que Henry sospeche, si se larga así. Y lo hace siempre que se prepara algo desagradable.»
—No, madre, no se vaya todavía a la cama —exclamó Henry jovialmente—. Vamos a ver eso.
Ella le pasó los vestidos sonriendo levemente y Henry palpó la tela.
—¿Y éstos son los retales, Anne? No se parecen en nada a los pantalones de domingo que solía hacerme mi madre de una manta de planchar. ¿Cuánto ha costado la yarda?
Anne recogió los vestidos y se puso a juguetear con un botón del chaleco de su marido.
—No recuerdo exactamente, querido. Regateamos bastante, mamá y yo, a pesar de que eran tan baratos. Los grandes hombres no deben ocuparse de trapos. ¿Estuvo Lumley en la reunión?
—Sí, dice que su niño también era un poco arqueado de piernas a la edad del nuestro. Me habló de un modelo nuevo de sillas para niños que acaba de recibir el de la tienda de géneros. Les obliga a estar sentados con las piernas bien derechas. A propósito: ¿ha mandado la factura de este mes?
Lo había estado esperando; lo estaba viendo venir. Se deslizó de sus rodillas y bostezó.
—Ah, me parece que voy a imitar a mamá. En la cama es donde debo estar —y mirando a Henry con mirada inexpresiva añadió—: ¿Decías que las facturas? Bueno, ya las buscaré mañana.
—No, Anne, aguarda. —Henry se levantó y fue hacia el aparador, donde se guardaban en una carpeta—. Mañana no, que es domingo. Quiero quitarme el peso de esa preocupación antes de irme a la cama. Siéntate ahí, no tienes por qué estar en pie.
Ella se dejó caer en el asiento y se puso a canturrear, mientras su cerebro trabajaba fríamente y sus ojos se clavaban en las anchas espaldas de su esposo, inclinado sobre la puertecilla del aparador. No acababa de encontrar la carpeta, y ella pensó: «Lo está haciendo a propósito, para tenerme en vilo. Podemos permitirnos ese gasto y lo he hecho por eso; no soy ninguna loca. Cada mes hemos de tener una trifulca con las dichosas facturas.» Y se acordó de la cama que la esperaba allá arriba, anhelando verse en ella y pensando que jamás se había sentido tan cansada.
—Aquí está —exclamó Henry, tirando con estrépito la carpeta sobre la mesa—.. Acerca tu silla. «Clayton: siete yardas de casimir verde a cinco chelines la yarda, treinta y cinco chelines.»
Leyó por dos veces la partida y luego, doblando el papel, se acercó a ella. Tenía la cara encendida y su aliento olía a cerveza. Anne sabía muy bien cómo tomar las cosas cuando se encontraba en aquel estado, y arqueando las cejas asintió con la cabeza.
—¿Quieres hacerme creer —tronaba Henry— que eso que está ahí vale treinta y cinco chelines? ¿Esos cochinos trapos que vais a endilgarles a las niñas? ¡Dios Santo! Cualquiera creería que te has casado con un millonario. Con ese dinero podrías haberle comprado a tu madre un trousseau. Te estás convirtiendo en el hazmerreír de toda la ciudad. ¿Cómo crees que voy a poder encargar la silla al nene, ni ninguna otra cosa, si despilfarras mis economías de esa manera? Estás machacando siempre con que es imposible lograr que Helen ande decente y acto seguido me la cubres de casimires verdes por valor de treinta y cinco chelines.
La voz siguió tronando.
«Mañana se le habrá pasado —pensó Anne— al pasar los efectos de la cerveza. —Y después, al meterse entre las sábanas trabajosamente—: Cuando vea lo que duran, se dará cuenta...»
Una mañana de domingo esplendorosa. Henry y Anne, reconciliados por completo, esperan en el comedor la hora de ir a la iglesia a los acordes del pequeño Carsfield, que con toda gravedad aporreaba la balda transversal de su silla, con una cuchara sopera que su padre había cogido de la mesa del almuerzo para ponerla en sus manos.
—Este granuja va teniendo fuerzas —dijo Henry muy orgulloso—. Se lleva así cinco minutos sin parar. Lo he medido reloj en mano.
—Asombroso —dijo Anne, abrochándose los guantes—. Pero creo que ya ha tenido la cuchara bastante tiempo, ¿no te parece? Tengo miedo de que vaya a metérsela en la boca.
—No, ya estoy al cuidado —e inclinándose sobre su hijito—: Sigue dándole, muchacho. Hazle saber a mamá que a los chicos les gusta armar gresca.
Anne no replicó. Al menos aquello serviría para distraer su atención cuando bajaran las niñas con los vestidos de casimir. Se estaba preguntando si habría conseguido meterles en la cabeza la enorme importancia de cuidarlos bien y quitárselos antes de comer, apenas llegaran de la iglesia, y también por qué Helen se ponía tan nerviosa siempre que la reñían, cuando la puerta se abrió y la anciana las introdujo vestidas de punta en blanco y con sus sombreros de paja de cintas colgantes.
Al verlas no pudo menos de estremecerse levemente; tenían un aire tan distinguido... Rose llevaba el libro de rezos en su estuche blanco con una cruz bordada en lana color de rosa. Pero fingió no darle importancia y les advirtió que se hacía tarde. Henry no dijo ni una palabra sobre el asunto, a pesar de que aquel par, con el valor de treinta y cinco chelines encima, fue delante de él, dándose la mano, todo el camino hasta la iglesia. Anne reconoció que aquello era generoso y digno por su parte. Alzó los ojos para mirarle caminar a su lado con el pecho saliente. Qué bien le sentaba aquella levita con la corbata de seda blanca asomando sólo un poquito. Y las niñas no desmerecían de él. En la iglesia le apretó la mano como para decirle mediante aquella muda presión: «Si hice esos vestidos fue por ti, Henry. No puedes comprenderlo, pero es así.» Y lo creyó plenamente.
Al volver a casa se encontraron con el doctor Malcolm que iba de paseo en compañía de su perro negro, el cual llevaba el bastón en la boca. El médico se detuvo para informarse de la salud del pequeño Carsfield, y mostró tan docto interés, que Henry le invitó a comer.
—Venga a hacer penitencia con nosotros, así podrá ver al nene —le dijo.
Y el doctor aceptó. Echó a andar al lado de Henry y se volvió un poco para decirle a Helen por encima del hombro:
—Ten cuidado de que mi chico no se vaya a tragar el bastón. Porque le saldría luego un árbol por la boca, a no ser que se le fuera al rabo y entonces se le pondría tan tieso, que de un coletazo le mandaría a uno al otro barrio.
—¡Qué doctor! —rió Helen, deteniéndose junto al perro—. Vamos, perrito, sé bueno y dame eso.
—Helen, el vestido —advirtió Anne.
—Sí, por cierto —exclamó el doctor Malcolm—; las dos damitas están hoy muy encopetadas.
—Es el tono que le sienta bien a Rose —replicó Anne—. Tiene mejores colores que Helen.
Rose se ruborizó, y los ojos del doctor centellearon. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerse y no decir que le parecía un tomate en una ensalada de lechuga. «Esa niña necesita que le bajen los humos. A mí que me den a Helen. Pero ya llegará el día en que sea dueña de sí misma y les dé su merecido.»
El nene estaba durmiendo la siesta de mediodía cuando llegaron, y el doctor Malcolm le pidió a Helen que le enseñara el jardín. Henry, arrepentido ya de su generosidad, asintió complacido y Anne fue a la cocina para entrevistarse con la criada.
—Mami, déjame ir contigo a probar la salsa —suplicó Rose.
—Hum —murmuró el médico—. Que te vaya bien.
Se instaló en un banco del jardín con los pies en alto y se quitó el sombrero «para darle al sol una ocasión —dijo a Helen— de hacer brotar la segunda cosecha».
La niña preguntó muy seria:
—Doctor, ¿de veras le gusta mi vestido?
—Claro que sí, señorita. ¿A ti no?
—Sí, lo llevaría toda la vida; pero resultan tan molestas las pruebas, ¿comprende?, y tira de aquí, y no hagas eso. Creo que mamá me mataría si lo estropeara. He tenido que arrodillarme sobre la enagua durante todo el tiempo que estuvimos en la iglesia, porque el almohadón tenía polvo.
—¿Tan mal están las cosas? —preguntó el médico haciendo rodar sus pupilas.
—Oh, peor que mal —exclamó la niña. Y se echó a reír gritando—: ¡Horribles! —mientras saltaba sobre el césped.
—Cuidado, que te van a oír.
—Bah. ¿Qué es, si no un viejo y cochino casimir? Se lo merecen. Y como no están aquí no pueden verme, así que no importa. Es sólo estando con ellos cuando me pongo tonta.
—¿No tenías que quitarte esos lujos antes de comer?
—No, porque usted está aquí. —Ya me lo estaba diciendo el corazón —gimió el doctor.
Se sirvió el café en el jardín. La criada sacó unas sillas de mimbre y una esterilla para el nene. Mandaron a las niñas que se fueran a jugar.
—No molestes más al doctor, Helen —ordenó Henry—. No tienes que ser pesada con las personas que no forman parte de tu propia familia.
Helen se enfurruñó un poco, y, para consolarse, se fue despacito hacia el columpio. Allí se puso a mecerse con fuerza, diciéndose que el doctor Malcolm era el hombre mejor del mundo y preguntándose si el perro habría dado fin al plato de huesos en el patio trasero.
Decidió ir a verlo, y, disminuyendo el vaivén del columpio, saltó. La falda quedó prendida de un clavo y se oyó el estridente sonido de la tela al rasgarse. Rápidamente miró hacia donde estaban los demás; no parecían haberse dado cuenta de nada. Luego, volvió los ojos hacia el vestido; tenía un roto por el que se podía meter la mano. No se sintió ni asustada ni arrepentida. «Iré a mudarme», se dijo.
—Helen, ¿a dónde vas?
—Adentro, a buscar un libro.
La anciana observó que la niña se sujetaba la falda de un modo muy particular; sin duda se le habría soltado la cinta de la enagua. Pero no dijo nada. Cuando la niña se encontró en su habitación, se desabrochó el vestido, se lo quitó y se puso a pensar en lo que haría. «Lo mejor es esconderlo en cualquier sitio», se dijo, echando una mirada en derredor. Pero no había ningún sitio donde ellos no pudieran encontrarlo, a no ser encima del armario. Mas ni subiéndose en una silla pudo tirarlo tan alto. Aquel trapo horrible y odioso se le venía encima cada vez que lo intentaba. Los ojos se le encandilaron de pronto al ver la cartera de ir al colegio colgada de un boliche de la cama. Lo envolvió en el delantal escolar y lo puso en el fondo, colocando encima el estuche de los lápices. No se les ocurriría mirar ahí.
Y se volvió al jardín con el vestido de diario. Pero olvidó coger el libro.
—¡Oh! —exclamó Anne, sonriendo con ironía—. Otro tanto a favor del doctor Malcolm. Mira, mamá; Helen ha ido a cambiarse de traje sin necesidad de decírselo.
—Ven aquí, hija, que te arregle un poco —dijo la anciana a Helen, y luego en voz baja—: ¿Dónde dejaste el vestido?
—Lo dejé al pie de la cama; donde me lo quité.
El doctor estaba hablando con Henry sobre la conveniencia de que los hijos de los hombres de negocios fueran educados en escuelas particulares; pero seguía con los ojos la escena, sin perder de vista a Helen. Y aquello le olió mal, pero que muy mal. Y se dijo: «Aquí hay gato encerrado. No sólo uno; toda una familia gatuna.»
En la casa reinaban el tumulto y la consternación. Había desaparecido uno de los verdes vestidos de casimir. Se había esfumado sin dejar rastro alguno, en el breve tiempo transcurrido entre el momento en que Helen se lo quitó y el té de las niñas.
—Helen, muéstrame el sitio exacto donde lo dejaste —insistía la señora Carsfield por vigésima vez—: Y dime la verdad.
—Mami, te juro que lo dejé en el suelo.
—Bah, no sirve de nada que lo jures si no está allí. Nadie lo ha podido robar.
—Cuando subí a mudarme, vi a un hombre muy raro con una gorra blanca, que se paseaba por la carretera arriba y abajo mirando las ventanas.
Anne miró a su hija con mirada penetrante.
—Vamos —dijo—. Ya veo que estás diciendo mentiras —y volviéndose hacia la anciana añadió con tono en que había algo de orgullo y de regocijo—: Mamá, ¿has oído ese cuento chino?
Cuando llegaron a los pies de la cama, Helen se puso encarnada y se apartó de ellas. Sentía constantemente deseos de gritar: «Lo rompí, lo rompí», y se les quedaba mirando como si ya lo hubiera dicho y quisiera ver la cara que ponían. Igual que cuando soñaba en la cama que estaba levantada y vestida. Pero a medida que avanzaba la tarde se fue sintiendo menos inquieta. Sólo una cosa la alegraba: el pensar que se tendrían que ir todos a dormir. Rencorosa, se puso a mirar el sol que resplandecía en el hueco de la ventana y proyectaba el dibujo de las cortinas sobre el suelo desnudo del cuarto de las niñas. Luego a Rose que, sentada en la mesita, pintaba unas letras teniendo a su lado una huevera llena de agua para ella sola.
Antes de irse a la cama Henry visitó la alcoba de las niñas. Helen lo oyó entrar, haciendo crujir el entarimado, y se escondió entre las sábanas. Pero Rose la traicionó.
—Helen no está dormida —dijo con chillona vocecilla.
Henry se sentó junto al borde de la cama tirándose del bigote.
—Helen: si no fuera hoy domingo te daría una azotaina. Pero como lo es y mañana por la mañana tengo que ir a la oficina, lo dejaré para después del té de la tarde. ¿Me has oído? Te voy a dar una buena.
Ella replicó con un gruñido.
—Dime: ¿amas a tu padre y a tu madre?
Silencio.
Rose le dio a Helen con el pie.
—Bien —exclamó Henry, dando un profundo suspiro—. Al menos amarás a Cristo.
—Rose me ha arañado una pierna con la uña del dedo gordo —fue la respuesta.
Henry salió de la habitación disparado y se tiró en su propia cama, poniendo las botas sobre el almohadón almidonado que había a los pies. Anne lo vio, pero estaba tan abrumado, que no se atrevió a protestar. También estaba en la alcoba la anciana, quitando con el peine los cabellos adheridos al cepillo de Anne. Henry les contó lo ocurrido y se sintió recompensado al ver lágrimas en los ojos de Anne. La abuela dijo solamente:
—A Rose le toca arreglarse las uñas el sábado que viene después del baño.
A medianoche Henry dio un codazo a su mujer.
—Se me ha ocurrido una cosa —dijo—. Malcolm es el que ha armado este lío.
—No... ¿Cómo...? ¿Por qué...? ¿Qué es lo que ha armado?
—Lo de los dichosos vestidos verdes.
—No me extrañaría nada —pudo articular, mientras pensaba: «La que iba a armar él si yo le despertara para decirle una idiotez semejante.»
—¿Está en casa la señora Carsfield? —preguntó el doctor Malcolm.
—No, señor; ha salido de visita —replicó la criada.
—¿No anda por ahí el señor Carsfield?
—No, señor; nunca está en casa al mediodía.
—Acompáñeme a la sala.
La criada abrió la puerta de la sala y echó un vistazo al maletín del doctor. Hubiese querido que lo dejara en el vestíbulo... Al menos, aunque no lo abriese, hubiera podido palparlo por fuerza. Pero no lo soltaba de la mano.
La anciana estaba sentada en la sala con un ovillo de lana en el regazo, la cabeza caída hacia atrás y la boca abierta: dormía y roncaba muy bajito. Al ruido de los pasos del doctor, se incorporó sobresaltada y enderezándose la cofia.
—Ay, doctor, me ha cogido por sorpresa. Estaba soñando que Henry le había comprado a Anne cinco canarios pequeñitos. Haga el favor de sentarse.
—No, gracias, he entrado un momento nada más con la esperanza de cogerla a solas. ¿Ve usted este maletín?
La anciana asintió.
—Bueno, ¿qué tal maña se da usted para abrir maletines?
—Ah, pues mi esposo viajaba mucho y yo misma me he pasado toda una noche en un tren.
—Pruebe a ver si abre éste.
La anciana se arrodilló en el suelo; sus dedos temblaban.
—¿No habrá dentro algo que le salte a uno a la cara? —preguntó.
—No tenga miedo, no la morderá —replicó el médico.
El resorte del cierre saltó y el maletín dio un bostezo con su boca desdentada. Al fondo, en lo más profundo, vio el verde vestido de casimir con la tira de encaje en el cuello y las bocamangas.
—¡Quién lo iba a pensar! —dijo la anciana apaciblemente—. ¿Puedo tomarlo, doctor?
No daba muestras ni de sorpresa ni de agrado, y Malcolm se sintió decepcionado.
—El vestido de Helen —dijo, inclinándose hacia ella, y alzando la voz añadió—: El atavío dominguero de esa joven peripuesta.
—No estoy sorda, doctor —replicó la anciana—. Sí, ya veo que parece eso. Esta mañana precisamente se lo decía a Anne: «Ya aparecerá por cualquier parte» —sacudió el arrugado vestido y lo examinó detenidamente—. Todas las cosas aparecen tarde o temprano. He podido comprobarlo siempre... y es un gran consuelo.
—¿Conoce a Lindsay, el cartero? Ulcera gástrica. Lo fui a visitar esta mañana. Lena le había llevado esto a casa. A ella se lo dio Helen cuando iban al colegio. Contó que la niña lo sacó de la cartera enrollado en el delantal, y le dijo que le había dicho su madre que lo regalara, porque no le sentaba bien a ella. Cuando vi el rasgón comprendí cuál era la baza a mi favor, como decía la señora Carsfield, y me dispuse al quite en un periquete. Cojo el vestido, compro un poco de tela en casa de Clayton y mando a mi hermana Bertha que lo cosa mientras como. Me imaginaba lo que estaría ocurriendo por estas latitudes... y sabía que usted estaría dispuesta a sacar de apuros a Helen, aunque sólo fuera por darle su merecido a Henry.
—Qué previsor es usted, doctor. Diré a Anne que lo he encontrado debajo de mi dolmán.
—Sí, es una buena idea.
—Aunque, sin duda, Helen hubiera olvidado mañana la azotaina. Y como además le había prometido yo una muñeca...
La anciana hablaba casi con aire apenado, y el doctor Malcolm cerró violentamente el maletín.
«¿A qué hablar más con este viejo pajarraco? —pensó—. No se ha enterado ni de la mitad de lo que he dicho. No parece haber sacado en limpio sino que Helen se quedará sin la muñeca.»

LA ABANDONADA O LA MUJER SOLITARIA

Durante todo el día, el calor fue terrible. El viento soplaba a ras del suelo, rastreando entre las matas de hierba y deslizándose todo a lo largo del camino, de modo que el polvo blanquecino y volcánico, agitado en remolinos, nos fustigaba el rostro, depositándose en él, endureciéndose y formando una especie de piel reseca que pugnaba por extenderse a todo el cuerpo. Los caballos avanzaban penosamente tosiendo y resoplando. El que llevaba la impedimenta estaba enfermo; tenía una llaga enorme y sangrante bajo el vientre, producida por el roce de la cincha, y de vez en cuando se quedaba parado en seco, volvía la cabeza para mirarnos, como si fuera a quejarse, y relinchaba. El cielo era pizarroso y en él chirriaban cientos de alondras, de modo que me recordaban el chirriar del pizarrín al escribir en la pizarra. No se alcanzaba a ver otra cosa que oleadas y oleadas de herbazal, salpicado por orquídeas purpúreas y matas de manuka, recubiertas de espesas telarañas.
Jo cabalgaba en cabeza. Llevaba una camisa de galatea azul, pantalón de pana y botas de montar. Se había anudado alrededor del cuello un pañuelo blanco moteado de rojo, que daba la impresión de haber servido para enjugar una hemorragia nasal. De su flexible de fieltro con anchas alas se escapaban mechones de cabello cano, y su bigote y cejas podía decirse que eran blancos. Iba ladeado en la silla y rezongando. Ni una sola vez había cantado en todo el día su estribillo:
No podía. Pues, ¿qué?, ¿no comprendes?,
estaba mi suegra delante de mí.
Desde hacía un mes no había cesado de cantarlo todos los días, y aquel silencio tenía ahora algo de siniestro. Jim cabalgaba a mi lado, blanco como un payaso. Sus ojos negros relucían, y con frecuencia sacaba la lengua para humedecerse los labios. Vestía una cazadora de lana y unos pantalones azules de dril, sujetos con un cinturón de cuero trenzado. Apenas si habíamos cruzado la palabra desde el amanecer. Por todo alimento comimos al mediodía unas galletas y unos albaricoques a la vera de un arroyuelo cenagoso.
—Tengo el estómago como el buche de una gallina —dijo Jo—. A ver, Jim, tú que eres el más listo de la partida: ¿dónde está ese establecimiento de que has estado hablando? Sí, sí, dijiste: «Sé dónde hay un establecimiento muy bien provisto con un pastizal para los caballos cruzado por un arroyuelo. Es de un amigo mío que te dará una botella de whisky antes de darte la mano.» Me gustaría ver eso; aunque fuera sólo por curiosidad. Y no es que dude de tu palabra, te conozco muy bien, pero...
Jim reía.
—No te olvides de que también hay una mujer, Jo. Una mujer de ojos azules y dorados cabellos, que te va a prometer algo más antes de darte la mano. Ahora mete eso en la pipa y fúmatelo.
—El calor te ha enternecido —dijo Jo.
Pero hincó las rodillas en los ijares del caballo. Seguimos penosamente. Yo me había quedado dormida, y, en una especie de sueño sobresaltado, soñé que los caballos no avanzaban un paso, y, luego, me vi montada en un caballito-balancín. Mi madre me estaba riñendo porque levantaba una polvareda terrible en la sala. «Has echado a perder el dibujo de la alfombra», decía. Cuando me había puesto a hacer pucheros, desperté y vi a Jim inclinado sobre mí; sonriendo con malicia.
—Si me descuido un poco... —dijo—. Te acabo de sujetar. ¿Qué te pasa? ¿Nos dormimos?
—No —dije, alzando la cabeza—. Pero, gracias a Dios, veo que llegamos a alguna parte.
Nos hallábamos en la cima de una loma y a nuestros pies se veía un whare con techo de chapa de hierro acanalada, en medio de una huerta, a bastante distancia de la carretera. Enfrente había un gran pastizal con un riachuelo y un grupo de jóvenes sauces. Un hilillo de humo subía derecho desde la chimenea de la barraca. Y cuando estaba mirándola, salió de ella una mujer llevando en la mano algo que parecía un bastón, y nos hizo señas. Los caballos realizaron el esfuerzo postrero, y Jo, quitándose el fieltro y sacando el pecho, se puso a dar voces y a cantar. «No podía. Pues, ¿qué? ¿no comprendes?» El sol, pasando a través de las nubes desvaídas, iluminó la escena con vivida claridad, brillando en el cabello dorado de la mujer, en su delantal ondulante y en el rifle que llevaba. Tras de ella se escondía una niña, y un perro canelo y sarnoso retrocedió corriendo hacia el barracón con el rabo entre las patas. Nos detuvimos y desmontamos. ¡
—¡Hola! —gritó la mujer—. Creí que eran ustedes halcones. Mi hija vino corriendo a decirme: «Mami, por encima del cerro vienen tres cosas negras.» Y claro, salí corriendo. «Serán halcones», le dije. No pueden figurarse la de halcones que hay por aquí.
La niñita asomó un ojo en nuestro honor tras el delantal de la madre. Luego volvió a esconderse.
—¿Dónde está su marido? —preguntó Jim.
La mujer parpadeó velozmente, volviendo la cabeza para mirarle.
—Por ahí, trasquilando. Hace un mes que se fue.
Supongo que no irán a detenerse. Se está preparando una tormenta.
—Pues puede apostar que nos quedamos —dijo Jo—. Qué, ¿está sólita la señora?
Ella se puso a retorcer una punta de delantal, mirándonos uno a uno como un pájaro hambriento. Me sonreí al recordar cómo Jim le había tomado el pelo a Jo. Ciertamente tenía azules los ojos y los cabellos rubios, pero era fea; un tipo que daba risa. Al mirarla se tenía la impresión de que bajo el delantal había sólo una armazón de maderas y alambres. Le faltaban los dientes, sus manos eran carnosas y encarnadas e iba calzada con unos mugrientos borceguíes.
—Voy a echar a pastar a los caballos —dijo Jim—. ¿Tiene embrocación? Pois se ha hecho una rozadura terrible.
—Aguarden, aguarden un poco —exclamó la mujer.
Luego quedó en silencio, agitando las aletas de la nariz al compás de la respiración, y de pronto gritó violentamente:
—Prefiero que no se queden. No les dejaré que se queden. Ya no alquilo el pastizal. Tendrán que seguir. No tengo nada.
—Pues estamos buenos —exclamó Jo cachazudamente. Luego me llamó aparte para decirme con gravedad—: Está un poco chalada de hallarse tanto tiempo sola, ¿comprendes? Si se le abre el grifo de la simpatía verás cómo cambia.
Pero no fue necesario; cambió por sí sola.
—Quédense ustedes si quieren —masculló encogiéndose de hombros. Y a mí—: Venga conmigo; le daré la embrocación.
—Muy bien. Yo se la llevaré a ellos.
Seguimos el sendero de la huerta. A uno y otro lado había plantadas coles, que olían a agua de fregar corrompida. En cuanto a flores, unas amapolas dobles y algunos claveles barbados. Un trocito cercado con conchas de pawa debía de pertenecer a la niña, porque, dejando a su madre, corrió a escarbar en él con una percha de hierro rota. El perro canelo estaba tumbado ante la puerta comiéndose las pulgas, y la mujer lo apartó de un puntapié.
—Fuera, chucho. La casa no está arreglada. No he tenido tiempo hoy. Estuve planchando. Entre.
Era una habitación grande, con las paredes cubiertas de páginas de viejos periódicos ingleses. Creo que el número más reciente era del jubileo de la Reina Victoria. Sobre una mesa, una tabla de planchar y el balde de la colada. Un sofá negro de crin, unos bancos de madera, y, contra la pared, algunas sillas de mimbre rotas. La repisa de la chimenea, cubierta con papel color de rosa, estaba además adornada con una lámina en colores de Richard Seddon, entre hierbas resecas y helechos. Había cuatro puertas; una de ellas, a juzgar por los olores, daba paso a la tienda; otra al corral y por la tercera se veía la alcoba. Las moscas zumbaban revoloteando en círculos por el techo y, en las cortinas de la ventana, había sujetas con alfileres tiras de papel atrapamoscas y ramitos de trébol marchitos.
Me quedé sola en la estancia, porque ella entró en la tienda a buscar la embrocación, y la oía revolver y decirse a sí misma a media voz: «Tenía un poco, pero, ¿dónde puse el frasco? Estará detrás de las latas del escabeche... No, no está.» Hice sitio en la mesa y me senté allí, moviendo las piernas. Podía oír cantar a Jo, allá en el pastizal, al compás de los martillazos con que Jim clavaba las estacas de la tienda de campaña. El sol se ponía. En Nueva Zelanda el crepúsculo no existe; sólo hay una extraña media hora en que parece todo grotesco, terrorífico, como si hubiera quedado en libertad el selvático espíritu del país, y anduviese por ahí mofándose de todo lo que viese. Sentada a solas en aquella odiosa habitación, empecé a sentir miedo. La mujer siguió mucho tiempo buscando en la tienda. ¿Qué estaría haciendo? Me pareció que una vez la oí dar puñetazos en el mostrador y luego medio gemir; pero el gemido se convirtió en tos y carraspeo... Sentí ganas de gritarle: «¡A ver si acabas!», pero callé.
«¡Dios santo, qué vida! —pensé—. Días y días aquí, con esa rata de criatura y ese perro sarnoso. Y aún se preocupa del planchado. Loca, naturalmente, tiene que estar loca. ¿Cuánto tiempo llevará aquí? Si pudiera hacerla hablar...»
En ese momento asomó la cabeza por la puerta.
—¿Qué era lo que querían?
—La embrocación.
—Ah, sí, se me había olvidado. Ya la encontré; estaba delante de los cacharros del escabeche.
Me pasó la botella.
—Parece muy cansada, sí, mucho. Voy a amasarles unos scones para la cena. Hay algo de lengua en la tienda también. Y guisaré una col, si les gusta.
—Muy bien —y le sonreí—. Venga al pastizal a tomar un poco de té, y tráigase a la niña.
Denegó con la cabeza frunciendo los labios.
—No, no quiero. Mandaré a la niña con las cosas y un cacharro de leche. Voy a amasarles unos scones más para que se los lleven mañana.
—Gracias.
Fue hacia la puerta y se detuvo allí.
—¿Qué edad tiene la niña? —pregunté.
—En Navidad hace seis años. Me ha dado bastante trabajo. No tuve leche hasta un mes después que nació, y enfermó como una ternera que no mama.
—No se parece a usted. ¿Sale al padre?
Como antes vociferó para que no nos quedáramos, ahora se puso a gritarme también.
—¿Cómo que no? Si es mi retrato; cualquiera lo puede ver. Ven aquí, Elsa, no te ensucies con el polvo.
Sorprendí a Jo saltando la valla del pastizal.
—¿Qué tiene esa tía en la tienda? —me preguntó.
—No sé, no he mirado.
—Vaya, pues sí que eres lista. Jim te está poniendo buena. ¿Qué has estado haciendo ahí tanto tiempo?
—No encontraba eso. ¡Ah!, pero, ¿qué veo?, estás elegantísimo.
Se había lavado, llevaba los húmedos cabellos peinados con raya en medio, y sobre la camisa una chaqueta abotonada. Sonrió con sorna.
Jim me arrebató de las manos la embrocación, y me fui al límite del pastizal, donde crecían los sauces. Allí me bañé en el arroyo. El agua era transparente y tan suave como el aceite. En las orillas la corriente se arremolinaba espumeante, borboteando entre la hierba y los juncos. Estuve tendida dentro del agua, mirando a los árboles que se quedaban inmóviles un momento, temblaban levemente y volvían a quedarse quietos otra vez. El aire olía a lluvia inminente. Hasta que no volví a la tienda no me acordé más ni de la mujer ni de la criatura. Jim estaba tumbado en el suelo haciendo hervir el agua para el té. Cuando le pregunté dónde estaba Jo y si la niña había traído la cena, replicó dándose vuelta y quedando cara al cielo:
—Bah. ¿No has visto cómo se ha emperejilado? «¡Qué diablo! —dijo al marcharse—, vista con luz artificial tendrá mejor aspecto. Después de todo es carne de hembra.»
—¡Cómo le tomaste el pelo cuando le hablabas de ella! Y también a mí.
—No, mira. Es algo que no acabo de comprender. Hace cuatro años pasé por aquí, y me detuve dos días. El marido y yo fuimos amigos allá en West Coast. Era un buen chico, grandote, con voz de trombón. Ella había sido camarera allá también. Bonita como una muñeca de cera. La diligencia solía venir por aquí cada quince días; era antes de que se inaugurase el ferrocarril que va a Napier, y cuando quería divertirse era insaciable. En un momento de intimidad me dijo una vez que conocía ciento veinticinco maneras diferentes de besar.
—Vamos, Jim; sería otra mujer.
—Era ella. No puedo comprenderlo. Me figuro que él se ha largado, abandonándola. No creo una palabra de eso del esquileo. ¡Bonita vida! Ahora no pasan por aquí más que maoríes y sundowners [16].
En la obscuridad vimos clarear el delantal de la niña. Venía muy cargada; en una mano la cesta y en la otra el cacharro de leche. Me puse a sacar las cosas, mientras la criatura permanecía a mi lado.
—Ven aquí —le dijo Jim, haciendo castañetear sus dedos.
Fue hacia él. La lámpara del interior de la tienda lanzaba sobre ella brillante claridad. Era una pobre muchachilla, raquítica, de cabello blanquecino y mirada apagada. Se quedó ahí, con las piernas abiertas y el vientre saliente.
—¿Qué haces durante todo el día? —preguntó Jim.
Ella se hurgó un oído con el dedo meñique y luego miró los resultados.
—Pinto —replicó.
—Hola, y ¿qué pintas? No te andes en los oídos.
—Figuras.
—¿Con qué?
—Con un lápiz de mamá en trozos de papel para envolver manteca.
—¡Uy, cuántas palabras de una vez! ¿Corderitos que balan y vaquitas que mugen? —preguntó Jim, revolviendo los ojos en las órbitas.
—No, de todo. Cuando os vayáis os pintaré a vosotros, con los caballos y la tienda, y a ésta —me señaló con el dedo— sin ropa en el arroyo. La estuve mirando desde donde ella no podía verme.
—Muchísimas gracias. Eso está muy bien —dijo Jim—. Y ¿dónde está papá?
La niña frunció los labios.
—No quiero decírtelo porque no me gusta tu cara —replicó iniciando las operaciones en el otro oído.
—Ven aquí —le dije yo—. Llévate el cesto a casa y di al otro que ya está la cena.
—No quiero.
—Pues te voy a dar un cachete si no lo haces —le amenazó Jim brutalmente.
—¡Ay, ay! —lloriqueó—. Se lo diré a mamá —y salió corriendo.
Comimos hasta hartarnos, y ya había llegado el momento de echar humo, cuando Jo volvió, muy arrebolado y garboso, con una botella de whisky en la mano.
—¡Eh, vosotros, echad un trago! —gritó haciendo un amplio ademán con el brazo en alto—. Vengan esos vasos.
—Ciento veinticinco modos diferentes —le dije a Jim por lo bajo.
—¿Qué pasa? Dejad eso. ¿Por qué me estáis pinchando siempre? Decís más tonterías que un chico el domingo de la merienda escolar. Quiere que vayamos allí a charlar un rato. La he... —y agitó la mano alegremente—. La he convencido por completo.
—Lo creo —dijo Jim riendo—. Pero, ¿te ha dicho dónde está su marido?
Jo le miró fijamente.
—¿No se lo oíste decir, idiota? Esquilando.
La mujer había arreglado la habitación y no faltaba ni un pequeño ramo de claveles barbados sobre la mesa. Ella y yo nos sentábamos a un lado, y Jo y Jim al otro. Entre nosotros había un quinqué, una botella de whisky, los vasos y una jarra de agua. La niña, arrodillada ante un banco, dibujaba en papeles de envolver manteca. Me pregunté torvamente si estaría intentando reproducir el episodio del arroyo. Pero Jo tenía razón en cuanto a la luz artificial; la mujer tenía el cabello revuelto, los ojos brillantes, las mejillas encendidas, y bajo la mesa se daban con el pie. En lugar del delantal azul, llevaba una chaquetilla de algodón blanco y una falda negra. La niña había sido engalanada hasta el punto de lucir un lazo de raso azul en el pelo. En aquel aposento sofocante, donde las moscas zumbaban tropezando en el techo y cayendo sobre la mesa, nos fuimos embriagando poco a poco.
—Y ahora oigan —gritó la mujer haciendo retemblar la mesa con el puño—. Hace seis años que me casé, y he tenido cuatro abortos. Yo le dije a él, digo: «De estar en la costa te haría linchar por infanticidio.» Se lo dije una y mil veces. «Has destrozado mi alma y has echado a perder mi cuerpo. Y todo, ¿para qué?» Ahí es donde siempre voy a parar —se asió la cabeza con las manos y se nos quedó mirando con fijeza. Hablaba precipitadamente—. ¡Ay! Días, meses enteros he estado oyendo esas dos palabras resonando dentro de mí a todas horas: ¿Para qué? Algunas veces, cuando estoy guisando las papas y levanto la tapadera para darles una vuelta, oigo otra vez: ¿Para qué? Bueno, no me refiero sólo a las papas y a la niña. Quiero decir, quiero decir... —hipó—. Usted, señor Jo, sabe lo que quiero decir.
—Lo sé —repuso Jo, rascándose la cabeza.
—Lo que me ha fastidiado —añadió echándose sobre la mesa— es el haberme quedado tan sola. Cuando la diligencia dejó de venir, se iba a veces por unos días, otras, por semanas, y me dejaba al cuidado de esto. Volvía contento como unas pascuas. «Hola —decía—. ¿Cómo te va? Ven a darme un beso.» Yo a veces me ponía de uñas y entonces se iba de nuevo. Pero si me allanaba a todo, se esperaba hasta que me había metido en el bolsillo, y entonces decía: «Bueno, hasta la vista, me voy.» ¿Ustedes creen que alguien podía aguantar eso? Yo no.
—Mami —baló la niña—, los he pintado a ellos en lo alto del cerro, y a ti y a mí y al perro abajo.
—Cállate la boca —dijo la mujer.
Un vivido resplandor iluminó la habitación. Oímos el estampido de un trueno.
—Ya era hora de que reventara —dijo Jo—. Hace tres días que la estoy sintiendo en la cabeza.
—¿Dónde está su marido? —preguntó Jim con cachaza.
La mujer, de bruces sobre la mesa, rompió a llorar estrepitosamente. ! —Ay, Jim, se ha ido a trasquilar otra vez y me ha dejado sola —gimoteaba.
—Vamos, vamos, vengan esos vasos —dijo Jo—. Anímese, eche otro traguito. ¿A qué llorar maridos ausentes? Eh, tú, Jim, pajarraco.
—Señor Jo —dijo la mujer, secándose los ojos con el borde de su chaqueta—, usted es un caballero, y aunque fuera yo una mujer con secretos, hubiera puesto toda mi confianza en sus manos. No me importa tener un vaso de más.
Los relámpagos se hacían cada momento más vivos y los truenos retumbaban más próximos. Jim y yo estábamos callados. La niña no se movió del banco y siguió con sus dibujos, sacando la lengua y soplando sobre el papel.
—Es la soledad —dijo la mujer, dirigiéndose a Jo, que la miraba con ojos de cordero degollado— y el estar aquí encerrada como una gallina clueca.
Él tendió las manos a través de la mesa, asió las de ella y, aun cuando aquella postura resultaba muy incómoda cada vez que había que pasar el agua o el whisky, siguieron pegados como con cola. Retiré mi silla y fui hacia la niña, que inmediatamente se echó encima de sus logros artísticos y me sacó la lengua.
—No quiero que mires —dijo.
—Anda, vamos, no seas mala.
Jim se me unió, y estábamos tan bebidos que a fuerza de halagos logramos que la cría nos enseñara sus dibujos. Eran algo extraordinariamente repulsivo y grosero. Las creaciones de un lunático con lucidez lunática también. No había la menor duda: la criatura padecía de alguna dolencia mental.
Mientras nos los enseñaba, se fue excitando, reía como loca, se estremecía y alzaba por el aire los brazos.
—Mami —gritaba—. Ahora voy a pintarles lo que me dijiste que no debía pintar nunca. Sí, ahora mismo.
La mujer se levantó bruscamente de la mesa y precipitándose sobre la criatura le dio un cachete.
—Atrévete a repetirlo y te subiré las faldas para darte unos buenos azotes.
Jo estaba demasiado embriagado para darse cuenta, pero Jim la sujetó. La criatura ni siquiera se quejaba. Fue a la ventana y se puso a coger las moscas pegadas en las tiras de papel.
Volvimos a la mesa; Jim y yo a un lado y la mujer y Jo al otro, muy amartelados. Oíamos los truenos, diciendo tontamente: «Ése ha caído más cerca.» «Ahí viene otro.» Y cuando hubo uno muy fuerte, Jo exclamó: «Ahí va ése, échale el freno.» Por fin empezó a llover con fuerza, resonando las gotas en el techo de chapa como proyectiles.
—Será mejor que se queden a dormir aquí —dijo la mujer.
—De acuerdo —asintió Jo, que sin duda estaba al cabo de la maniobra.
—Traigan sus cosas del campamento. Ustedes dos pueden dormir en la tienda con la criatura. Está acostumbrada a dormir allí y no les molestará.
—No, mami, nunca he dormido ahí.
—Déjate de mentiras. Y el señor Jo puede ocupar esta habitación.
El arreglo era absurdo, pero ya era tarde para oponerse a sus proyectos. Mientras la mujer esbozaba el plan de acción, Jo, sentado con gravedad inusitada, muy encendido, y con los ojos muy salientes se tiraba del bigote.
—Dénos una linterna —dijo Jim—. Me llegaré al pastizal.
Fuimos juntos. La lluvia nos fustigaba el rostro, y el suelo estaba tan iluminado como si estuvieran quemando un matorral. Nos comportamos como chiquillos a quienes se abandonara a su albedrío en plena aventura. Nos reíamos el uno del otro, nos llamábamos a gritos, y cuando volvimos al barracón nos encontramos a la criatura acostada ya sobre el mostrador de la tienda. La mujer nos trajo un quinqué. Jo recogió sus cosas de manos de Jim, y se cerró la puerta.
—Buenas noches a todos —gritó Jo.
Jim y yo nos sentamos sobre sendos sacos de patatas. No hubiéramos podido dejar de reír aunque nos fuera en ello la vida. Del techo colgaban ristras de cebollas y medios perniles. Por todas partes había anuncios del Café Camp y de la carne en lata. Nos los mostrábamos con el dedo y tratábamos de leerlos en voz alta entre hipos y risotadas. La niña nos miraba desde el mostrador. De pronto tiró las mantas, se deslizó al suelo y quedó allí con su camisón de franela gris, restregándose una pierna contra la otra. No le hicimos caso.
—¿De qué os estáis riendo? —preguntó incomodada.
—De ti —gritó Jim—, y de toda tu cochina parentela.
En un paroxismo de rabia, la niña empezó a darse de cachetadas.
—¡Canallas, no quiero que os riáis de mí! El cogió a la cría y la subió al mostrador.
—Hala, a dormir, marisabidilla, o ponte a dibujar; mira, aquí tienes un lápiz y puedes usar el libro de cuentas de mamá.
En medio de la lluvia oímos los pasos de Jo que hacían crujir el piso de la habitación inmediata, y luego el ruido de una puerta al abrirse y cerrarse.
—Es la soledad —dijo Jim en voz baja.
—¡Ay, pobre hermano mío! ¡Ciento veinticinco modos diferentes!
La niña arrancó una página y me la tiró.
—Ahí lo tenéis —dijo—. Lo he hecho para fastidiar a mami por haberme encerrado aquí con vosotros. He pintado eso que ella dijo que no debía pintar nunca. He hecho eso que ella dijo que me mataría si lo hacía. No me importa, no me importa.
La criatura había dibujado la figura de una mujer disparando sobre un hombre con un rifle corto, y luego cavando una fosa para enterrarlo.
Saltó del mostrador y quedó en pie haciendo raros movimientos y mordiéndose las uñas.
Jim y yo estuvimos allí sentados hasta el alba con el dibujo al lado. La lluvia cesó, y la niñita se quedó dormida, respirando ruidosamente. Nos levantamos, salimos del barracón a hurtadillas y fuimos al pastizal. Sobre el cielo sonrosado flotaban blancas nubecillas. Soplaba un viento helado y el aire olía a hierba mojada. Cuando estábamos montados, Jo salió del barracón y nos hizo señas de que nos fuéramos.
—Os alcanzaré más tarde —gritó.
Un recodo del camino, y todo aquel paraje había desaparecido.

EL VIEJO UNDERWOOD
(A Anne Estelle Rice)
Descendía a grandes trancos del cerro batido por el vendaval. En una mano llevaba un paraguas negro, y en la otra un hatillo hecho con un pañuelo moteado de blanco y encarnado. Usaba la negra gorra de visera de los pilotos; aros de oro relucientes pendían de sus orejas y sus ojillos chispeaban como dos brasas; dos brasas entre las cenizas de su cara barbuda. A un lado del cerro, todo a lo largo del camino hasta el mar, pinares. Del otro, matojos de hierba y blancos y pequeños arbustos de manuka en flor. Las altas copas de los pinos bramaban como las olas, y sus troncos crujían como crujen las arboladuras de las embarcaciones. Las blancas flores de manuka revoloteaban en el aire. «¡Ah!», gritaba el viejo Underwood amenazando con su paraguas al vendaval que arremetía contra él, que estaba a punto de derribarlo, de estrangularlo con su propia capa negra. «Ahh», respondía el viento cien veces más fuerte que él, llenándole de polvo la boca y la nariz. El viejo Underwood sentía dentro de sí algo que golpeaba como un martillo: «Uno, dos; uno, dos», sin parar nunca, sin variar jamás. No podía evitarlo. No era un ruido fuerte, casi no era un ruido, sino como alguien que llamara cautelosamente a una puerta. «Uno, dos; uno, dos.» Como si alguien golpeara las rejas de una prisión —pam, pam, pam—: alguien que estuviera encerrado y tratara de escaparse. Podía hacer lo que quisiera; palparse sus ropas, agitar los brazos, escupir, jurar. No podía acallar aquel ruido. «Alto, alto, alto, alto», repetía el viejo Underwood echando a correr a trompicones.
Allá abajo las olas se estrellaban contra los pétreos malecones y la pequeña ciudad, casi a su alcance, se apiñaba para enfrentarse mejor con las aguas grisáceas. Arriba, al otro lado del cerro, el presidio con sus altos muros rojizos. Y combado sobre todo aquello, el firmamento gris con rezumantes nubéculas negras que semejaban telas de araña.
Al irse acercando a la ciudad, el viejo Underwood moderó el paso. Y al llegar a las primeras casas se puso a menear el paraguas como si fuese el bastón de un heraldo, sacando el pecho y mirando bruscamente a uno y otro lado. Daban acceso a la ciudad unas feas casuchas de madera con dos ventanas, una puerta, un veranda raquítica y una verde alfombra de césped delante. Bajo una de aquellas verandas, unas gallinas cobrizas se apretujaban huyendo del viento. «¡Sus!», les gritó el viejo Underwood, y se echó a reír al ver cómo escapaban. Y se volvió a reír al ver a una mujer que salió a la puerta y le amenazó con el puño, un puño encarnado y jabonoso. En el corral de otra casa había una niñita desenredando unos trapos de un tendedero. Cuando vio al viejo Underwood, dejó caer el tenderete y se precipitó hacia la puerta, golpeándola y gritando: «¡Mami, mami!» Esto dio nuevo impulso al martillo que llevaba en su corazón. «¡Ma-mi, ma-mi!» Vio un semblante arrugado, los cabellos grises y el mentón tembloroso, que se asomaba por una ventana cuando a el se lo llevaban. «¡Mami, ma-mi!» Alzó la vista hacia el caserón rojo del penal encaramado en el cerro, y su rostro se contrajo como si fuera a echarse a llorar.
En la esquina había un bar. Ante él varios carros estacionados, y algunos hombres que se sentaban en el porche bebiendo y charlando. El viejo Underwood tenía ganas de echar un trago y se deslizó dentro.
Hombres jóvenes y viejos con grandes chaquetones, altas botas y látigos para el ganado, ocupaban medio local. Tras del mostrador, una muchacha gruesa y pelirroja manipulaba las manivelas de la cerveza y animaba a los bebedores. El viejo Underwood se escurrió hacia un lado como un gato. Nadie le miró; pero los hombres sí se miraban unos a otros y algunos se daban con el codo. La muchacha, que servía a un cliente, movió la cabeza e hizo un guiño. Sacó algunas monedas del pañuelo anudado y las deslizó sobre el mostrador. Su mano temblaba y no dijo palabra. La muchacha no se dio por enterada. Fue sirviendo a todos, siguió charlando, y, luego, como por casualidad, empujó hacia él un vaso de cerveza. Había un gran jarro con claveles rojos sobre el mostrador, y el viejo Underwood se los quedó mirando con ceño fruncido mientras bebía. «Rojo, rojo, rojo, rojo», golpeaba el martillo. El bar estaba caldeado y tan tranquilo como una balsa, a no ser por las conversaciones y por la muchacha que seguía riéndose. «¡Ja, ja!» Y eso era lo que gustaba a los hombres; porque al reír echaba hacia atrás la cabeza y sus grandes pechos se alzaban y estremecían.
En un rincón había un forastero que señaló hacia el viejo Underwood.
—Está chiflado —explicó un hombre—. De joven, hace unos treinta años, uno le birló la mujer y al descubrirlo la mató. Se ha pasado veinte años allá arriba a la sombra y salió chiflado.
—¿Quién se la birló?
—No sé, él no lo sabe, nadie lo sabe. Fue marino hasta que se casó. Está enteramente chiflado.
El hombre se encogió de hombros, escupió, y esparciendo con el pie el escupitajo en el suelo, añadió:
—Bastante inofensivo.
El viejo Underwood lo oyó, pero no se volvió a mirar. Estiró su vieja zarpa y estrujó los claveles rojos.
—¡Eh, eh, viejo bruto! ¡Eh, eh, viejo puerco! —gritaba la muchacha, echada sobre el mostrador para golpearle con un cacharro de hoja de lata—. Fuera de aquí, fuera. No vuelva a venir por aquí —alguien le dio una patada y él se escabulló como una rata.
Pasó ante las tiendas de los chinos. Las frutas y legumbres se apilaban contra las vidrieras de los escaparates. Esparcidos por el suelo había trozos de madera de embalaje, paja y viejos periódicos. Una mujer asomó de pronto por una puerta y le arrojó a los pies un cubo de agua sucia. Él atisbaba por las ventanas, para ver a los chinos, sentados en grupos sobre barricas, jugando a las cartas. Le hacían reír, y los miraba y remiraba apretando el rostro contra los cristales y conteniendo la risa. Estaban sentados inmóviles, con las largas coletas anudadas en torno de la cabeza y las caras amarillentas como limones. Algunos llevaban cuchillos en el cinturón, y un viejo sentado solitario en el suelo movía simultáneamente los corvos dedos de los pies. Los chinos no se preocupaban del viejo Underwood; al verlo se limitaban a mover las cabezas. Fue a la puerta de una tienda y la abrió cautelosamente. Pero el viento penetró con él y las cartas volaron. «¡Ya, ya! ¡Ya, ya!», gritaron los chinos, y el viejo Underwood salió corriendo mientras el martilleo se hacía más fuerte, más apresurado. ¡Ya, ya! Dio vuelta a una esquina y desapareció. Pero creyó oír que un chino iba tras él, y se escurrió dentro del solar de una maderería. Allí se tiró al suelo jadeante.
A su lado bajo una pila de maderas, había un amarillento montón de virutas y serrín, que cuando lo estaba mirando se agitó. Un gatito gris salió de él, desperezándose y moviendo la cola. Pisando con delicadeza fue hacia el viejo Underwood y se restregó contra su manga. El martillo empezó a golpear alocado. Lo sentía aporreándole la garganta y luego le pareció que se había parado casi; golpeaba despacio, despacio. «Michino, michino», así era como ella solía llamar al gatito que le llevó del barco —«Michino, michino»—, cuando se agachaba con el platillo en la mano.
¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Señor mío! El viejo Underwood se incorporó, cogió en brazos al gatito y lo acunó de aquí para allá, oprimiéndolo contra su rostro. Lo sentía tibio y suave, y maullaba débilmente. Hundió su rostro entre su pelo. ¡Dios mío! ¡Señor mío! Arrebujó al gatito en su abrigo y salió sigilosamente del solar de la maderería. Agachado, encogido, se dirigió a los muelles. Al acercarse al mar, las aletas de la nariz del viejo Underwood se expandieron. El viento alocado olía a brea, a calabrotes, a cieno y a sal. Cruzó la vía férrea y se escabulló tras los tinglados del muelle por un caminillo de escorias que, cruzando un trozo de terreno cubierto de tupido hinojo, iba a parar a un alcantarillado de piedra que llevaba al mar aguas residuales. Se quedó mirando los muelles y los barcos de banderas ondulantes, y repentinamente la vieja furia se apoderó de él. «¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero!», murmuró.
Sacó al gatito de debajo del abrigo y, balanceándolo en el aire cogido por la cola, lo lanzó a las profundidades del albañal. El martilleo se hizo más sonoro, más violento. Irguió la cabeza: era otra vez joven. Anduvo a lo largo de los muelles; dejó atrás las hacinadas balas de algodón, los grupos de haraganes y maleantes; llegó al final del muelle. Había un barco cargando lana. Oyó el rechinar de la grúa y el ruido de un silbato. Y fue hacia el barquito recostado contra el muelle con sólo una planchita a modo de pasarela, donde no se veía a nadie; absolutamente a nadie. El viejo Underwood aún se volvió a mirar hacia atrás, a la ciudad, a la prisión encaramada en el cerro como un rojo pajarraco, a las nubes que como telarañas negruzcas corrían por el firmamento. Después, cruzó la pasarela y pisó la cubierta resbaladiza. Sonreía mostrando los dientes; marchaba con aire desembarazado, llevando en alto con una mano el pañuelo rojiblanco: ¡Su barco! « ¡El mío, el mío, el mío!», decía el martillo. Había una puerta a sotavento con el pestillo descorrido y un letrero que decía: «Oficiales.» Miró dentro. Sobre una litera, su litera, había un hombre tendido. Un hombrachón con uniforme de marino, el pelo y la barba rubios, que reposaba sobre el rojo almohadón. Y mirándole desde la pared, un retrato —el retrato de su mujer— que sonreía y sonreía al hombrachón dormido.

LA NIÑA

Era un ser aterrador, y cuya presencia quería eludir. Cada mañana, antes de irse a sus negocios, entraba en el cuarto de la niña para darle el beso de ritual, beso al que ella correspondía con un «adiós, papá». Y qué sensación de alivio cuando oía el ruido del coche que se alejaba e iba haciéndose más y más débil.
Por las noches, cuando esperaba su regreso asomada al barandal, oía abajo, en el vestíbulo, su voz retumbante:
—Que me lleven el té al salón de fumar. ¿Todavía no han traído el periódico? ¿Se lo han vuelto a llevar a la cocina? Mamá, ve a ver si anda por ahí el periódico. Y tráeme las zapatillas.
Mamá entonces la llamaba a ella:
—Kezia, sé buena y baja a quitarle las botas a papá.
Y ella bajaba despacito las escaleras, asiéndose muy fuerte con una mano al barandal, cruzaba el vestíbulo, más despacio todavía, y empujaba la puerta del salón de fumar.
Él tenía ya las gafas puestas y la miraba por encima de ellas de un modo que la asustaba.
—Vamos, Kezia, date prisa. Quítame las botas y llévatelas fuera. ¿Has sido buena hoy?
—N... no sé, papá.
—¿Tú n... no lo sabes? Si sigues tartamudeando de ese modo tendrá que llevarte mamá a ver al médico.
Con los demás nunca tartamudeaba; casi había dejado de tartamudear. Sólo con papá; porque se esforzaba demasiado en pronunciar bien las palabras.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué miras tan asustada? Mamá, quisiera que enseñaras a esta criatura a no poner esa cara. Cualquiera diría que estaba a punto de suicidarse. Vamos, Kezia, llévate mi taza de té y ponía en la mesa. ¡Con cuidado! Te tiemblan las manos como a una viejecita. Y procura guardar el pañuelo en el bolsillo, no en la manga.
—S... sí, papá.
Los domingos, en la iglesia, se sentaba junto a él en el banco. Le oía cantar con su voz clara y fuerte, y le observaba mientras tomaba notas durante el sermón con el cabo de un lápiz azul en el reverso de un sobre, entornando los ojos hasta no verse de ellos sino una ranura, y tamborileando quedamente con la otra mano en el borde del banco. Rezaba tan fuerte, que ella estaba segura de que Dios le oiría mucho mejor que al pastor.
Era tan grandote. ¡Qué manos, qué cuello, y, sobre todo, qué boca cuando bostezaba! Al pensar en él a solas en su cuartito, le parecía estar pensando en un gigante.
Los domingos por la tarde, la abuelita la hacía bajar a la sala, con su vestido de terciopelo negro, para que tuviera «un agradable rato de conversación con su papá y su mamá». Pero a su mamá la encontraba siempre leyendo The Sketch, y a su papá, tumbado en el diván con un pañuelo sobre la cara y los pies encima de uno de los mejores cojines, dormido tan profundamente que hasta roncaba.
Ella se solía encaramar en el taburete del piano, y se estaba allí muy formalita mirándole hasta que despertaba, se desperezaba y preguntaba qué hora era. Luego se fijaba en ella.
—No me mires de ese modo, Kezia. Pareces una lechucita negra.
Un día que se había tenido que quedar en casa por hallarse resfriada, le dijo la abuelita que la semana próxima era el cumpleaños de papá, y le sugirió la idea de hacer, con un retazo de seda amarilla muy bonito, un acerico para regalárselo.
Cosió muy afanosa los tres lados con hilo doble. Pero, ¿de qué llenarlo? Ése era el problema. La abuelita había salido al jardín, y ella anduvo buscando retales por el cuarto de mamá. Sobre la mesa de noche vio un montón de hojas de un papel excelente. Las juntó, las hizo pedacitos y rellenó con ellos el acerico. Luego cosió el cuarto lado.
Aquella tarde se dio en la casa la señal de alarma. El magnífico discurso que iba a pronunciar papá ante las autoridades del puerto había desaparecido. Se hizo un registro en todas las habitaciones; se interrogó a la servidumbre. Por último mamá entró en el cuartito de la niña.
—Kezia, ¿no habrás visto unos papeles en la mesa de nuestro cuarto, verdad?
—Sí —replicó ella—. Los he roto para la sorpresa de papá.
—¿Cómo? —gritó mamá—. Baja inmediatamente al comedor.
Fue llevada a rastras a presencia de su papá que, las manos a la espalda, paseaba arriba y abajo.
—¿Qué ocurre? —preguntó secamente.
Mamá se lo explicó, y él, parándose en seco, se quedó mirando a la criatura estupefacto.
—¿Has hecho tú eso?
—N... n... no —balbuceó.
—Mamá, sube al cuarto de la niña y baja ese maldito trasto. Manda que la acuesten inmediatamente.
Lloraba de tal modo que le era imposible dar explicaciones. Y se estuvo en la cama viendo penetrar a través de las persianas las luces del atardecer, que dibujaban en el suelo un pálido estarcido.
Papá entró en el cuarto llevando una regla en la mano.
—Te voy a castigar por lo que has hecho.
—¡No! ¡No! —gritaba ocultándose bajo las ropas de la cama.
Él la destapó.
—Siéntate y pon las manos —le ordenó—. Así aprenderás de una vez para siempre que no debes tocar lo que no es tuyo.
—Pero si era para tu cu... cum... cumpleaños.
La regla se abatió con fuerza sobre sus manecitas sonrosadas.
Horas después, cuando en brazos de la abuelita se balanceaba en la mecedora envuelta en un chal, la criatura se acurrucó contra el blando cuerpo de la anciana y preguntó sollozando:
—¿Para qué hizo Dios a los papas?
—Mira, hijita, aquí tienes un pañuelito limpio y perfumado con mi agua de lavanda. Duérmete, mi niña. Mañana lo habrás olvidado todo. Traté de explicárselo a tu papá, pero estaba tan trastornado que no quiso escucharme.
La niña no lo olvidó jamás. Cuando volvió a encontrarse ante él, ocultó en seguida las manos tras de la espalda y le salieron los colores a la cara.
En la casa de al lado vivían los MacDonald. Tenían cinco hijos. Una tarde, mirando por un agujero que había en la valla de la huerta, los había visto jugar al escondite. El padre llevaba a cuestas al pequeño Mac, y las dos niñas se le colgaban de los faldones de la levita. Y así daban vueltas y vueltas en torno de los macizos del jardín, desternillándose de risa. Otra vez vio a los chicos volver la manguera contra su padre —¡volver la manguera contra su padre!— y cómo él los pescó y se puso a hacerles cosquillas hasta que les entró hipo.
Y así llegó a la conclusión de que había padres de varias clases.
Un día, de improviso, mamá se puso enferma y se fue con la abuelita a la ciudad en un coche cerrado.
La niña quedó sola en la casa con Alice, la criada para todo. Durante el día fue todo bien; pero cuando la sirvienta la estaba metiendo en la cama, le entró miedo de repente.
—¿Qué voy a hacer si tengo una pesadilla? —preguntó—. Tengo muchas pesadillas y entonces abuelita me lleva a su cama. No puedo quedarme a obscuras; todas las cosas se ponen a hablar bajito. ¿Qué haré si las tengo?
—Anda, duérmete, criatura —dijo Alice, quitándole los calcetines y sacudiéndolos contra los barrotes de la cama—, y no te vayas a poner a gritar y despiertes a tu pobre papá.
Pero tuvo la misma pesadilla de siempre; el carnicero con el cuchillo y la cuerda que se le iba acercando y acercando, sonriéndole con aquella espantosa sonrisa, mientras que ella no podía moverse y tenía que estar allí inmóvil gritando:
—¡Abuelita! ¡Abuelita!
Y al despertarse temblando vio junto a su cama a papá con una palmatoria en la mano.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—El carnicero... con el cuchillo. Quiero que venga la abuelita.
Él apagó la vela de un soplo, se agachó, y tomándola en brazos, se la llevó por el pasillo adelante hasta su cuarto, aquel cuarto tan grande. Sobre la cama había un periódico, y un puro a medio fumar hacía equilibrios sobre la lámpara de cabecera. Tiró al suelo el periódico y arrojó el puro a la chimenea. Luego, cuidadosamente, arropó a la niña y se acostó a su lado. Medio dormida aún, todavía con la sonrisa del carnicero rondando en torno de ella, casi sin darse cuenta, se fue deslizando hacia él, acomodó su cabecita bajo su brazo, y se asió fuertemente a la chaqueta de su pijama.
Entonces ya no le inquietó la obscuridad y se quedó allí quietecita.
—Oye, frótate los pies contra mis piernas para que te entren en calor —dijo el padre.
Él estaba muy cansado y se durmió antes que ella. Y entonces experimentó una curiosa sensación. ¡Pobre papá! Después de todo, no era tan grande. Y no tenía a nadie que cuidara de él. Su cuerpo era más duro que el de la abuelita, pero de una dureza grata. Tenía que trabajar todo el día y se cansaba tanto que no podía hacer lo que hacía el papá de los MacDonald. Y ella había roto todos sus hermosos escritos. De pronto, se rebulló y dio un suspiro.
—¿Qué te pasa? —preguntó el padre—. ¿Otra pesadilla?
—No —dijo la niña—, que tengo la cabeza sobre tu corazón y lo estoy oyendo andar. ¡Ay, qué corazón tan grande tienes, papaíto!

MILLIE

Permaneció reclinada contra la veranda hasta que se perdieron de vista. Cuando habían andado un buen trozo de camino, Willie Cox se volvió en el caballo para hacerle señas con la mano. Pero ella no respondió del mismo modo; sólo movió un poco la cabeza e hizo un gesto. Aunque no era mal muchacho, lo encontraba demasiado desenvuelto y campechano. Pero, ¡vaya con el calor que hacía! Como para derretirle a una los sesos.
Millie se puso el pañuelo sobre la cabeza y miró, haciéndose sombra con la mano. A lo lejos, en el camino polvoriento, podía ver los caballos como puntitos negros bailoteando arriba y abajo. Y cuando dejaba de mirarlos y volvía la vista las praderas agostadas, aún los veía saltar como mosquitos delante de sus mismos ojos. Eran las dos y media de la tarde. El sol pendía del cielo pálidamente azul como un espejo ustorio, y allá, tras de las praderas, las montañas azuladas parecían agitarse y encresparse como el mar. »
Sid no volvería hasta las diez y media. Había salido a caballo con cuatro de los muchachos, a fin de ayudar al municipio para la búsqueda del joven que había asesinado al señor Williamson. ¡Qué cosa más horrible! Y la señora Williamson que se quedaba sola con aquellas criaturas. Pero era curioso. No podía imaginárselo cadáver. Era un hombre tan chistoso, siempre tan dispuesto a meterse en juerga... Willie Cox dijo que lo encontraron en el granero, muerto instantáneamente de un tiro en la cabeza, y que el inglesito peripuesto, que estaba en la hacienda aprendiendo el cultivo, había desaparecido. Pero era curioso. Tampoco podía imaginarse a nadie disparando sobre el señor Williamson, que era tan querido. Ahora que, cuando cogieran a ese jovencito... Bueno, no había que apenarse por un sujeto así. Como decía Sid, si no lo colgaran, ¿qué iba a ser de todos? Un individuo así no se contentaría con hacer una. Todo el granero estaba cubierto de sangre, y Willie dijo que se desconcertó hasta el punto de agacharse, coger un cigarrillo ensangrentado del suelo y fumárselo. Debía de haber quedado medio entontecido.
Millie volvió a la cocina. Echó carbonilla sobre el hornillo y la salpicó con agua. Perezosamente le corría el sudor por el rostro, goteando de la nariz y el mentón, mientras quitaba la mesa de la comida. Fue a la alcoba, se miró en el espejo, maculado por las moscas, y se enjugó el rostro y el cuello con la toalla. No sabía qué le pasaba aquella tarde. Con gusto se habría puesto a llorar sin motivo, y luego, cambiándose de blusa, se hubiera tomado una buena taza de té. Sí, así se sentía.
Dejándose caer en el borde de la cama se quedó mirando al grabado de colores que estaba en la pared de enfrente: «Una fiesta en el jardín del castillo de Windsor.» En primer término campos esmeralda con enormes robles, y, a su sombra grata, un revoltijo de damas, caballeros, sombrillas y veladores. El fondo estaba ocupado por las torres del castillo, donde ondeaban tres banderas marciales inglesas. En medio del cuadro estaba la vieja soberana semejante a un cubretetera de trapo con una cabeza de porcelana. «¿Será realmente así?» Millie se quedó mirando a las floridas damas que le sonreían bobamente. «No me interesa nada de eso. Demasiada bambolla. ¿Qué más da la reina que otra cosa cualquiera?»
Sobre la caja de embalaje que le servía de tocador, había una gran fotografía de ella y Sid, tomada el día de su boda. Bonita foto aquélla... para quien le gustara. Millie estaba sentada en una silla de mimbre. Llevaba un vestido de casimir crema con cintas de raso, y Sid, de pie, apoyaba una mano en el hombro de ella, mirando el ramo de flores. Detrás había helechos gigantes, una catarata y, a lo lejos, Mount Cook coronado de nieve. Casi había olvidado su día de bodas. El tiempo pasa y si uno no tiene nadie con quien hablar de esas cosas, se borran en seguida de la memoria. «¿Por qué no habremos tenido niños?», pensó. Pero encogiéndose de hombros desechó aquella idea. «La verdad es que yo no los echo nunca de menos. Pero nada me extrañaría que a Sid le pasara lo contrario; es más sensible que yo.»
Se incorporó y quedó inmóvil, sin pensar en nada, con las manos coloradotas y tumefactas bajo el delantal y los pies asomando por debajo de él. De su cabecita caía una apretada espiral de negros cabellos sobre el pecho. El reloj de la cocina seguía con su tictac; la carbonilla humedecida crepitaba en el hogar, y la persiana golpeteaba contra la ventana. De súbito Millie se sintió aterrada. Empezó a notar un extraño temblor en el estómago que luego se fue propagando a las rodillas y a las manos. «Hay alguien por ahí.» Fue en puntillas a la puerta y miró dentro de la cocina. No había nadie; las puertas de la veranda estaban cerradas, las cortinas bajadas, en la semiobscuridad blanqueaba la pálida faz del reloj, y los muebles parecían combarse y respirar... Y escuchar también. El reloj, las cenizas, las persianas y luego, otra vez, algo así como pisadas en el corral. «Ve a ver lo que es, Millie Evans.»
Se abalanzó hacia la puerta trasera, la abrió, y, en aquel momento, pudo ver a alguien que se agachaba tras la pila de la leña.
—¿Quién anda ahí? —gritó con voz fuerte y decidida—. ¡Salga! ¡Le he visto; sé dónde está! ¡Tengo un rifle! ¡Salga de detrás de esa pila de leña!
No estaba asustada en absoluto, sino enojada y enfurecida. Su corazón repicaba como un tambor.
—Voy a enseñarle a dar sustos a las mujeres —vociferó.
Cogió el rifle del rincón de la cocina, bajó precipitadamente los peldaños de la veranda, y cruzó el patio deslumbrante de sol, hasta colocarse al otro lado del montón de leña. Allí estaba un joven tirado boca abajo cubriéndose la cara con un brazo.
—¡Arriba! ¡No finja más!
Apuntando aún con el rifle le dio con el pie en la espalda. No se movió. «Dios mío, debe de estar muerto.» Se arrodilló, lo asió y, al darle vuelta, rodó como un saco. Agachándose se quedó mirándolo en cuclillas, con los labios y las aletas de la nariz estremecidos de horror.
Era casi un niño, con los cabellos rubios y un leve bozo sobre el labio y el mentón. Tenía los ojos abiertos, vueltos hacia arriba, mostrando la esclerótica, y el rostro estaba salpicado de pellas de polvo amasado con sudor. Llevaba camisa y pantalones de algodón, y zapatos de playa. El pantalón se le había pegado a una de las piernas, y estaba manchado de sangre negruzca. «No puedo», se dijo Millie, y luego: «Lo has conseguido.» Se inclinó sobre él y le palpó el corazón.
—Un momento —murmuró—, un momento.
Corrió a la casa para traer aguardiente y un cubo de agua. «¿Qué vas a hacer, Millie Evans? No lo sabes, no habías visto hasta ahora a nadie desmayado en trance mortal.» Se arrodilló, le pasó un brazo tras la cabeza y vertió en sus labios unas gotas de aguardiente, que se escurrieron por las comisuras de la boca. Humedeció una punta de su delantal en el agua y con dedos temblorosos le enjugó la cara, la cabeza y el cuello. Bajo el polvo y el sudor, el flaco rostro del muchacho aparecía tan blanco como el delantal, y estaba surcado con leves arrugas. Un sentimiento extraño y terrible hizo presa en el corazón de Millie; cierta simiente que nunca había germinado en él, ahora se expandía, echando profundas raíces y hojas que brotaban dolorosamente.
—¿Va volviendo en sí? ¿Se siente ya bien?
El muchacho respiró profundamente, como si estuviera medio asfixiado, sus párpados temblaron y movió la cabeza de un lado para otro.
—Está mejor —insistió Millie, acariciándole el cabello—. Se siente bien ya, ¿eh?
La angustia de su pecho la sofocaba. «No viene a qué llorar, Millie Evans. Tienes que conservar la cabeza.» Repentinamente él se sentó, reclinándose en la pila de leña, distanciado de ella, mirando al suelo.
—¿Qué? —preguntó Millie con voz rara y temblorosa.
El muchacho se volvió a mirarla, sin decir palabra, pero en sus ojos había tal angustia y terror, que ella tuvo que apretar los dientes y cerrar los puños para no gritar. Tras larga pausa, con vocecilla de niño que habla entre sueños, dijo:
—Tengo hambre.
Y al decirlo los labios le temblaban. Ella, puesta en pie, permaneció a su lado.
—Venga en seguida a casa y siéntese a la mesa —dijo—. ¿Puede andar?
—Sí —susurró.
Y vacilante la siguió por el patio resplandeciente de sol hasta la veranda. Pero en el primer escalón se detuvo y se la quedó mirando otra vez.
—No quiero entrar —dijo, sentándose en la escalera de la veranda, en aquella pequeña zona de sombra que había junto a la casa.
Ella lo estuvo observando.
—¿Cuánto tiempo hace que no ha comido?
Él hizo un gesto vago con la cabeza y ella se fue a cortar una tajada bien grasa de cecina y una rebanada de pan que embadurnó con mantequilla. Pero cuando fue a llevárselo lo encontró en pie, mirando en derredor, sin reparar en el plato de comida.
—¿Cuándo volverán? —murmuró.
En aquel momento ella comprendió, Se le quedó mirando fijamente con el plato en la mano. Era Harrison, el inglesito presumido que mató al señor Williamson.
—Ya sé quién es —le dijo pausadamente—. No puede engañarme. Es usted. Debo de haber estado enteramente ciega para no haberme dado cuenta en seguida.
Él hizo un gesto con las manos, como si todo aquello no tuviera importancia.
—¿Cuándo volverán?
Y ella estuvo a punto de responder: «De un momento a otro. Ya están en camino.» Pero en lugar de ello, mirando aquel rostro temeroso y aterrado, repuso:
—No volverán hasta las diez y media.
Él se sentó recostado en uno de los pilares de la veranda con el rostro estremecido por leves temblores. Tenía los ojos cerrados y las lágrimas le corrían por las mejillas. «No es sino una criatura. Y todos persiguiéndole. Y sin más posibilidades de escapar de las que tendría una criatura.»
—Pruebe a comer un poco de cecina —dijo Millie—. Es el alimento que le conviene. Algo que le siente el estómago.
Cruzó la veranda y se sentó a su lado, con el plato en las rodillas.
—Ande, pruebe un poco.
Partió en pequeños trozos el pan con mantequilla diciéndose: «No lo cogerán, no, si yo puedo evitarlo. Los hombres son todos bestias feroces. No importa lo que haya hecho o dejado de hacer. Ayúdale, Millie Evans, no es sino una criatura enferma.»
Millie, tendida de espaldas, con los ojos bien abiertos, estaba escuchando. Sid se dio vuelta, se cubrió la espalda con el cobertor y murmuró:
—Buenas noches, chica.
Estuvo oyendo a Willie Cox y a los otros muchachos que dejaban sus ropas en el suelo de la cocina, y después sus voces, cuando Willie dijo a su perro: «Échate, Gumboil, échate, diablillo.» La casa quedó en calma. Ella seguía tendida escuchando, mientras pequeñas sacudidas estremecían su cuerpo. Hacía calor y no se atrevía a moverse por no despertar a Sid. «Es preciso que huya, es preciso. No me importa nada eso de la justicia y todas las demás sandeces que han estado vociferando esta noche», se dijo con fiereza. «Debierais esperar a conocer las cosas antes de decidir sobre ellas. Todo sandeces.» Tuvo que hacer un esfuerzo para no hablar. Él debía estar ya actuando. Antes se había oído fuera ruido, y Gumboil, el perro de Willie Cox, se había levantado y cautelosamente cruzó veloz la cocina para olfatear la puerta trasera. Millie empezaba a sentirse aterrada. ¿Qué estaba haciendo aquel perro?
Oh, qué tonto aquel chico, andar por ahí habiendo un perro. ¿Por qué no dormía? El perro se había quedado quieto, pero ella comprendió que seguía vigilante.
Súbitamente, con un estrépito que le hizo dar un grito de horror, el perro se puso a ladrar corriendo de un lado para otro. Sid se tiró de la cama.
—¿Qué es? ¿Qué ocurre?
—Nada. Es Gumboil. ¡Sid, Sid!
Ella le asió de un brazo, pero él la rechazó.
—¡Cristo! ¿Ocurre algo?
Sid se había puesto los pantalones. Willie Cox había abierto la puerta trasera, y Gumboil, rabioso, se había lanzado al corral y había dado vuelta a la casa.
—Sid, hay alguien en el prado —gritó otro muchacho.
—¿Quién es? ¿Quién anda ahí? —preguntó éste.
Se había lanzado hacia la entrada de la veranda, y desde allí gritaba:
—¡Eh, Millie, coge la linterna! Willie, algún puerco que se acaba de llevar un caballo.
Los tres se precipitaron fuera, en el momento en que Millie veía a Harrison cruzar el césped en el caballo de Sid, y salir al camino.
—Millie, trae esa condenada linterna.
Ella corrió descalza, en camisón de dormir, cuyos pliegues le golpeaban las piernas. En un momento salieron tras él como exhalaciones. Y al ver a Harrison a lo lejos y a los tres siguiéndole de cerca, un júbilo extraño y demente sofocó en ella todo lo demás. Se precipitó a la carretera, y allí, riéndose, bailoteando en medio del polvo, agitando su linterna, se puso a gritar:
—¡Eh, eh! ¡Seguidle, Sid! ¡Cogerlo, Willie! ¡A él, a él! ¡Pegadle un tiro, Sid! ¡Pegadle un tiro!

PENSIÓN SEGUIN

La criada que abrió era hermana gemela de aquella eficiente y odiosa criatura que en «La Mejor Pintura Francesa» llevaba una sopera. Su cara redonda brillaba como porcelana recién lavada. Tenía también un par de brazos enormes y desnudos y la abigarrada mata de pelo peinada formando una especie de lazo. Balbucí ridículamente, como el que se ha quedado sin aliento. Cualquiera hubiese creído que tenía a mis espaldas una manada de lobos siberianos, y no cinco pisos de escaleras francesas primorosamente enceradas.
—¿Tiene habitación?
La criada lo ignoraba. Tendría que preguntarlo a Madame. Pero Madame estaba comiendo.
—¿Quiere hacer el favor de pasar?
La seguí hasta la sala, cruzando un obscuro vestíbulo donde montaba la guardia una gran estufa negra, que parecía un gato sin cabeza con un ojo rojizo y omnividente en medio del estómago.
—Haga el favor de sentarse —dijo la muchacha, cerrando la puerta tras ella.
Oí como arrastraba sus zapatillas de orillo por el corredor adelante, y el ruido de una puerta al abrirse, seguido de un gritito prontamente sofocado. Después silencio.
La sala era estrecha y larga. El piso, dado de cera amarilla, estaba sembrado de alfombrillas blancas de ganchillo. Cortinas de muselina blanca ocultaban las ventanas, y las paredes, blancas también, estaban decoradas con pinturas de pálidas damiselas dirigiéndose por avenidas de cipreses hacia templos en ruinas y lunas alzándose sobre océanos sin límites. Una hubiera pensado que los largos años de virginidad de Madame habían estado dedicados a confeccionar blancas alfombrillas y su vocecita había aprendido los números contando los puntos del crochet.
No me atreví a contar yo las alfombrillas. Desde cualquier sitio adonde dirigiera la mirada, llovían sobre mí como copos de nieve, y hasta el taburete del piano estaba enfundado y ostentaba bordadas las iniciales P. F.
Había estado toda la mañana buscando un sitio tranquilo. Al principio subía volando innumerables escaleras, como si fueran escalas en tono mayor, que son la cosa más alegre del mundo; mas tras de repetidos fracasos, las escalas se volvían de tono menor. Pero mi corazón, enteramente abatido, recobró sus ímpetus ante aquellas pruebas y señales de virtud y de seriedad. «Una mujer con gustos tan caseros —pensé—, ha de ser por fuerza sosegada y limpia. Tendrá pocos niños y un marido casi siempre ausente. Las labores de ganchillo no son trabajos que inviten a cantar alegres canciones, sino más bien el fruto de una devota soledad. Tomaré una habitación aquí.» Y me veía ya desempaquetando mis ropas en un cuartito blanco, y tendiéndome en kimono sobre un albo lecho, desde el cual vería agitarse las cortinas de las ventanas con el delicioso aire otoñal oloroso a manzana y a miel, cuando la puerta se abrió para dar paso a una mujer alta y delgada con delantal color lila, que me sonrió con vaga sonrisa.
—¿Madame Séguin?
—Sí, Madame.
Repetí la historia de costumbre. Quería una habitación tranquila adonde no llegaran campaneos de iglesias, cacareos de gallos, gritos de chicos de escuela, ruidos de estaciones.
—No hay absolutamente nada de eso por aquí cerca —dijo Madame muy sorprendida—. Tengo una habitación hermosísima que ha quedado disponible y por cierto de modo imprevisto. Estaba ocupada por un joven caballero bonaerense, cuyo padre, desgraciadamente, murió implorando su retorno inmediato al hogar. Cosa muy natural, desde luego.
—Oh, sí —repuse con la esperanza de que la hamletiana aparición descansara en paz y no viniera a turbar mi soledad para cerciorarse de la obediencia de su hijo.
—Si Madame quiere hacer el favor de seguirme...
Cruzamos el obscuro pasillo, doblamos un ángulo y continué andando a tientas. Sentía ganas de preguntarle si era ahí donde el pére de Buenos Aires se le apareció a su hijo, pero no me atreví.
—Aquí está. Véala. Enteramente apartada —dijo Madame.
He mirado siempre con todo el respeto y antipatía que se merecen a esos espíritus perspicaces que no dan importancia a las apariencias. ¿En qué va uno a creer si no cree en las apariencias? Yo he llegado casi a pensar que son lo único que vale la pena, y si una inocente criatura, reposando su cabeza sobre mis rodillas, me pidiera que le dijese la verdad sobre esta cuestión, le contaría el caso ejemplar de mi única y sola niñera, quien, conociendo mi aversión por las grosellas en compota, cubría la superficie del tarro con una capa de albaricoques. Mientras creía en los albaricoques era feliz y llegué a tal grado de sabiduría que me las arreglaba para comérmelos dejando las grosellas de debajo. «Así que ya lo ves, pobrecillo inocente —terminaría diciendo—, lo más importante en la vida es aprender a contentarse con las apariencias, y huir de esas vulgaridades de los tenderos y de los filósofos.»
Una brillante claridad solar irradiaba por las ventanas en la encantadora habitación. Había una alcoba con su cama, una mesa escritorio cara a la luz y un diván contra la pared. La ventana daba a una avenida de árboles rojizos y dorados, tras de los cuales se alzaba una línea de montañas que blanqueaban con la reciente nevada.
—Ciento ochenta francos al mes —murmuró Madame, sonriendo sin motivo, pero dando a entender por sus maneras: «Claro que esto no tiene nada que ver con la cuestión.»
—Es demasiado —dije—. No puedo pagar más que ciento cincuenta.
—Pero, ¿y la amplitud?, ¿y la alcoba? —exponía Madame—. ¿Y la rara circunstancia de sentirse dominada por tanta montaña?
—No.
—¿Y la comida? Hay cuatro comidas al día y el desayuno en su habitación, si así lo desea.
—No —dije más débilmente.
—Y mi esposo es profesor del Conservatorio, lo que también es bastante raro.
El valor es como un perro desobediente; si se pone a correr, cuanto más se le llame más de prisa corre.
—Ciento sesenta —dije.
—Si se compromete a estar dos meses, conformes —dijo Madame precipitadamente.
Y acepté.
Marie me ayudó a deshacer el equipaje, arrodillada en el suelo, riendo y arañándose sus enormes brazos colorados.
—Cuánto me alegro de que Madame haya venido —dijo—. Ahora volveremos a estar animados. Monsieur Arthur, que vivía en esta habitación, era muy alegre. Se pasaba cantando todo el día y en ocasiones bailaba. Sí, más de una vez Mademoiselle Ambatielos se ponía a tocar y él bailaba durante una hora sin parar.
—¿Quién es Mademoiselle Ambatielos? —pregunté.
—Una señorita que estudia en el Conservatorio —repuso Marie, sorbiéndose los mocos con toda confianza—. Pero también da lecciones. Mon Dieu, algunas veces, cuando estoy limpiando su habitación, creo que se le van a desgastar los dedos. Toca todo el santo día. Pero a mí me gusta el ruido, es vida. Eso es lo que yo digo. Pronto podrá oírla, siempre está toca que te toca —concluyó Marie muy animada.
—Pero, ¿cuántos huéspedes más hay aquí? —exclamé, sintiendo que Marie se me hacía odiosa. Ella se encogió de hombros.
—El señor ruso, que es sacerdote, y los tres hijos de Madame; eso es todo. Los niños son muy revoltosos —añadió, mientras llenaba la jarra del lavabo—; pero además está el nene, un niñito. ¡Ah!, ya lo oirá bien pronto, pobrecillo.
Me resultó tan repulsiva que no quise preguntarle más.
Esperé a que saliera, y, reclinada en la ventana, estuve viendo cómo el sol se filtraba entre los árboles, hasta que quedaron como cubiertos de oro y estremecidos bajo su peso, mientras me preguntaba qué le pasaría a aquel misterioso nene.
Durante toda la tarde, Mademoiselle Ambatielos y su piano estuvieron batallando con la Sonata Apasiónata. La hicieron añicos entre los dos y luego la reconstruyeron a su capricho. La contornearon y ensayaron de diferentes formas. Añadieron un pequeño toque aquí, quitaron algo de allá, y al fin decidieron que lo único importante era pisar fuerte el pedal. El nene misterioso, escondido tras vaya usted a saber cuántas puertas, lloraba con tan rara persistencia, que tuve que aguzar el oído, para convencerme de que realmente se trataba de una criatura, y no de una locomotora o de un pito lejano. Al obscurecer, Marie, acompañada de las dos niñas, me trajo un quinqué. Mi atavío soliviantó de tal modo a las encantadoras criaturas, que durante hora y media estuvieron corriendo por el pasillo arriba y abajo de un modo frenético, empujándose contra las paredes y prorrumpiendo en despectivas risotadas.
A las ocho sonó el batintín para la cena. Tenía hambre. El pasillo estaba saturado con el cálido y fuerte olor de la carne guisada.
«Bien —pensé—, al menos la comida será buena, a juzgar por el olfato.»
Y muy asustada penetré en el comedor.
Dos hileras de rostros me miraron. Monsieur Séguin me presentó, golpeando la mesa con la cuchara, y las dos niñitas, descarada y despectivamente, gritaron: «Bon soir, Madame», mientras que el nene, ya medio extenuado tras la exhibición del mediodía, en el momento en que Madame me estaba mostrando mi sitio, se derramó por la cara toda la leche de la taza.
En medio de la confusión que originó este último episodio y de los gritos y espumarajos de rabia del nene al ser sacado en brazos por Marie, me senté al lado del sacerdote ruso, frente de Mademoiselle Ambatielos. El señor Séguin tomó un pan de una cesta con tres patas que tenía a su lado, e hizo rebanadas apoyándolo contra su pecho. Se sirvió la sopa. Sopa de letras; todo el alfabeto flotando en ella. Fue la última gota que hizo rebosar el vaso de los buenos modales en la mesa de las dos pequeñas Séguin.
—¡Mamá!, Yvonne tiene más letras que yo.
—¡Mamá!, Hélene me está quitando letras con su cuchara.
—¡Niñas, niñas! Estaos quietas —decía Madame Séguin gentilmente—. No hagáis eso.
Hélene cogió el plato de Yvonne y lo arrastró hacia ella.
—Basta —gritó Monsieur Séguin, que era una especie de rata, con las gafas empañadas por el vapor de la sopa—. Hélene, levántate de la mesa y vete con Marie.
Salida de escena de Hélene con el delantal sobre la cabeza. Tras de la sopa, coles de Bruselas y castañas. Durante todo el tiempo el sacerdote ruso, que usaba corbata azul pálido, levita abotonada y un bigote digno de un personaje de Gogol, mantuvo una conversación inagotable con Mademoiselle Ambatielos. Ésta parecía muy joven. Era robusta y se adornaba el firme seno con una aplicación de rosas artificiales. Estaba tocando continuamente sus rosas, su blusa o sus cabellos, o mirándose las manos con los ojos azules muy abiertos y fijos, y una temblorosa sonrisa en la boca.
Parecía como embriagada por su cuerpo fresco y juvenil.
—La he estado viendo a usted esta mañana, cuando usted no me veía —dijo el sacerdote.
—No, ¿de veras?
—Sí.
—¿Verdad que no, Madame?
Madame Séguin sonrió, se llevó las castañas y volvió con una fuente de peras.
—Espero que vendrá a la sala después de cenar —me dijo—. Siempre nos reunimos para charlar un poquito. Somos como una familia.
Sonreí, preguntándome por qué las peras habían de seguir a las castañas.
—Tengo que pedirle excusas por el nene —prosiguió—. Es tan nervioso. Pero se pasa el día en una habitación en el otro extremo de la casa, muy lejos de la suya. Así que no la molestará. Figúrese, durante días enteros se golpea la cabecita contra el piso y las paredes. Los médicos no lo entienden.
Monsieur Séguin, echando su silla hacia atrás, murmuró la acción de gracias.
Tuve que seguirles desesperada a la sala.
—Supongo que habrá estado admirando mis alfombrillas —dijo Madame, con más animación de la que hasta entonces había mostrado—. La gente supone siempre que son obra mía. Pero, no, están hechas por mi amiga Madame Kummer, que tiene su pensión en el primero.

VIOLET

«Hallé una virginal criatura
Que plañía tristemente...»
Hay un refrán inglés, muy untuoso y exasperante, según el cual «no hay nube que no esté por dentro revestida de plata». ¿Qué consuelo puede encontrar quien, empapándose hasta las cejas en las nubes, medite sobre su revestimiento interno, y qué ingrato marchamo de tarjeta postal ilustrada viene esto a estampar sobre la tragedia de cada cual, al convertirla en una cursilería de a medio penique, con una luna en el ángulo izquierdo, pretenciosa como una monedita de plata? Y sin embargo, como la mayoría de las cosas exasperantes y untuosas, el proverbio encierra una gran verdad. El revestimiento [17], se me mostró al despertar tras de mi primera noche en la pensión Séguin, cuando vi por encima del almohadón de plumas una estancia tan resplandeciente de sol, como si todos los rubicundos querubes del cielo se hubiesen puesto a volcar sobre la tierra amarillentas florecillas. «Qué fantasía más encantadora —me dije—. Cuánto más bonita que el proverbio. Viene a ser como un día de campo con Katherine Tynan.»
Y, como en un cuadro, me vi a su lado, cogiendo de manos de una mujer coloradota con un inmenso y abultado mandilón, sendos vasos de leche, mientras discutíamos sobre las rotundas verdades de los refranes frente a las falacias de los juguetones querubes. Pero en este caso hipotético yo me pondría de parte de los proverbios.
«Encierran una buena cantidad de sentido común», diría aquella mi grosera persona. «Me encanta ver cómo pisotean con los pies de la colectividad cualquier intento femenil de adornar las cosas.» «Tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe.» Also gut. Ni un resquicio donde quepan unos cuantos versos al cántaro roto. Imposible transmutar esa fuente en una fuente simbólica, a la cual sean llevados los corazones en forma de cántaro. «El único refrán del que disiento», proseguiría aquella criatura insoportable, arrancando una cebolla temprana del sembrado y poniéndose a masticarla, «es ése del pájaro en mano. Yo prefiero que los pájaros estén en la enramada».
Y Katherine Tynan respondería tierna y maternal, mientras quitaba una mosquita verde de su vaso de leche: «Pero si tú fueses san Francisco, no les importaría a los pájaros estar en tu mano. Preferirían el blanco nido de tus dedos a la enramada.»
Salté de la cama, corrí a la ventana, la abrí de par en par y me asomé. Abajo, en la avenida, los árboles se estremecían y cabeceaban con el viento, que traía el aroma de sus hojas. Las casas que bordeaban la avenida eran pequeñas y blancas. Casitas encantadoras, de apariencia casta, que dejaban vislumbrar a todo el mundo encajes y lazos, que parecían niñas de pueblo cogidas de la mano para jugar al corro.
Empecé a inventar una adorable personilla llamada Yvette, la cual viviría en una cualquiera de aquellas casas. Por las mañanas usaría cofia de encaje blanco bordada con margaritas. Sorbería el chocolate sosteniendo en una mano la jicara de Sévres, mientras que una fiel compañera le pulía las sonrosadas uñas de la otra. Las tardes las pasaría en su minúsculo boudoir blanco y oro, aovillada, con un gatito de Angora en el regazo, mientras que su amante, hermoso y apasionado, se inclinaría sobre el respaldo del sofá para besar una y otra vez el hoyuelo triplemente encantador de su hombro izquierdo. Pero en aquel momento las vidrieras del balcón se abrieron, y una robusta sirvienta salió desafiante, llevando un brazado de alfombrillas y alfombras. Con gesto de rabia y disgusto las tiró encima del barandal, se fue, reapareció de nuevo con una escoba de largo mango y la emprendió con las alfombras. Pim-pam, pim-pam. Sus lánguidas y lamentables contorsiones parecían estimularla a redoblar los esfuerzos. Nubes de polvo flotaban en torno de ella, y cuando alguna se le escapaba como un pez y planeando por los aires caía a la avenida, ella se asomaba al barandal para amenazarla con el puño y con la escoba.
Atraído por el estruendo, salió al balcón de enfrente un señor de edad, que, después de lanzar una mirada aprobatoria a la atareada doméstica, se encaró con la espléndida mañana dando un gran bostezo. Había algo de dejadez premeditada en la manera de palparse tan cuidadosamente los músculos de los brazos y de las piernas, de tentarse el cuello, de toser y lanzar una serie de salivazos por el balcón. Nadie parecía más sorprendido que él de esta última hazaña. Debió de considerarlo como un pequeño éxito en su género, pues se abotonó el chaleco blanco de piqué sobre el enorme vientre, dando grandes muestras de satisfacción. Mi encantadora Yvette, con su traje a cuadros blancos y negros, delantal de alpaca y la cesta de la compra al brazo, huyó volando.
Me vestí, comí un panecillo y bebí un poco de café tibio, sintiendo que mi entusiasmo se moderaba. Pensé cuan cierto era eso de que el mundo sería un sitio delicioso si no fuera por la gente y cuánto más cierto era todavía que no valía la pena de preocuparse del prójimo, de modo que los hombres sensatos no debían poner sus afectos en nada que fuese de menos dimensiones que una ciudad, celestial o no, y también en los campos, ya que el campo siempre tiene algo de celeste.
Haciéndome estas reflexiones piadosas y pacatas, me puse el sombrero, recorrí a tientas el obscuro pasillo, y, después de bajar corriendo los cinco tramos de escaleras, me encontré en la Rue St. Léger. Al otro lado de la calle había un jardín a través del cual se iba a la Universidad y a las avenidas más ostentosas que pasan por la Place du Theatre. Aunque el otoño estaba bastante avanzado, no se había caído aún ni una hoja de los árboles, y las matas y pequeños arbustos tenían toques sonrosados y carmesíes, mientras que el arbolado se destacaba contra el azul firmamento cubierto de oro. En los bancos de piedra, niñeras de blancas capas y tocas almidonadas charlaban moviendo las cabezas como una colección de cacatúas. Corriendo de aquí para allá bajo el sol, unos cuantos niños rodaban aros con graciosos ademanes. Qué placer más sugestivo el de vagar a través de una ciudad desconocida, divirtiéndose una como se divertiría una criatura que jugara a solas.
—Pardon, Madame, mais voulez-vous... —y al llegar aquí la voz titubeó para gritar luego mi nombre como si se me hubiese dado por perdida desde tiempos inmemoriales; como si me hubiera ahogado en remotos mares, o me hubiese abrasado en el incendio de un hotel norteamericano y estuviera enterrada en un centenar de tumbas olvidadas:
—¿Qué diablos haces aquí?
Ante mí, sin que hubiera pasado para ella un solo día, sin que le faltara ni una sola horquilla en el peinado, se encontraba Violet Burton. Me sentí halagada sobremanera con su cordialidad, y le estreché la mano fría y robusta, exclamando:
—Es extraordinario.
—Pero, ¿por qué estás aquí?
—Los nervios.
—Imposible. La verdad, no puedo creerlo.
—Pues es enteramente cierto —repuse, amainando en mi entusiasmo.
No hay nada que contraríe tanto a una mujer como el suponerle nervios de acero.
—Bueno, pues te aseguro que no lo parece —dijo escrutándome con esa franqueza tan inglesa, que le hace a una sentirse como si estuviera sentada a la hora del almuerzo frente a la cruda claridad de una ventana.
—Y tú ¿por qué estás aquí? —pregunté sonriendo amablemente para atenuar la crudeza de la luz.
Antes de responder se volvió para mirar más allá del césped, jugueteando con el paraguas, como una actriz de provincias cuando va a hacer una confesión.
—He venido —repuso con voz de afectada tranquilidad—, he venido aquí para olvidar... Pero —añadió, mirándome de frente otra vez y sonriendo con vivacidad— no hablemos de eso. Por ahora cuando menos. No puedo explicártelo hasta que no te trate más y te conozca bien otra vez —y con gran solemnidad concluyó—: Hasta que esté segura de que puedo confiar en ti.
—Ay, Violet —exclamé—. No confíes en mí. No merezco tu confianza. Yo, en tu caso, no confiaría, en absoluto.
Frunció el ceño y me miró fijamente:
—¡Qué cosas dices! Pero no puedes hablar en serio.
—Sí. No hay nada que me agrade tanto como hablar de los secretos del prójimo.
Con gran sorpresa mía, se me acercó y me cogió del brazo.
—Gracias —dijo reconocida—. Creo que es algo magnífico de tu parte el haberte expresado con tanta franqueza. Magnífico. Pero aun cuando fuese cierto... Pero no, no puede serlo; de otro modo no me lo hubieses dicho. Quiero decir que psicológicamente no puede ser cierto, ya que no es posible ser franco y desleal al mismo tiempo. ¿No te parece? Pero en fin... no sé. Quizá lo sea. ¿No crees que los novelistas rusos han echado por tierra todos nuestros principios?
Caminamos bras dessus, bras dessous por el soleado sendero.
—Sentémonos —dijo Violet—. Hay una fuentecilla junto a este banco. Vengo aquí con frecuencia. Se puede oírla correr todo el tiempo.
El tenue murmullo de la fuente sonaba con una canción medio olvidada, entre risueño y procaz.
—¿Verdad que es maravilloso? —suspiró Violet—. Parece un sollozo en la noche.
—Vamos, Violet —dije aterrada ante el giro que iba tomando—. Las cosas maravillosas no sollozan por las noches. Duermen como troncos, y no se enteran de nada hasta que amanece.
Echó un brazo sobre el respaldo del banco y cruzó las piernas.
—¿Por qué te empeñas en ocultar tus emociones? ¿Por qué te avergüenzas de ellas? —preguntó.
—No las oculto, pero las guardo bien guardadas¡ y sólo las saco a relucir en contadas ocasiones. Como tarritos de mermelada muy selectos, para cuando las personas a quienes quiere uno vienen a tomar el té.
—Vuelta otra vez. Las emociones con la mermelada. Pues yo soy completamente diferente. Vivo de las mías. Algunas veces quisiera que no fuese así. Pero prefiero sufrir a causa de ellas intensamente. Es decir, descender hasta lo más profundo con ellas a fin de elevarme con más fuerza hasta el pináculo de la felicidad.
Se me acercó más.
—Me gustaría saber de dónde he sacado esta manera de ser —prosiguió—. Mi padre y mi madre son totalmente diferentes. Quiero decir que son enteramente normales, vulgares.
Moví la cabeza enarcando las cejas.
—Pero fue en vano —prosiguió ella— que tratara de combatir mi temperamento. Me ha derrotado. Total y definitivamente.
Pausa llenada inadecuadamente por el agua risueña y maliciosa.
—Bueno —exclamó Violet de modo patético—. Ahora ya sabes lo que te quise dar a entender al decir que había venido aquí para olvidar.
—Pues te aseguro que no lo sé, Violet. ¿Por qué me crees tan sutil? Comprendo perfectamente que no quieras contármelo hasta que no me conozcas mejor. Lo comprendo muy bien.
Abrió mucho los ojos y entreabrió la boca.
—¡Pero si te lo he dicho ya! No abiertamente, no palabra por palabra, porque ¿cómo iba a poder hacerlo? Mas al hablarte de mi temperamento emocional y de que había descendido a los abismos y me había elevado a los pináculos... estaba segura de que lo habrías comprendido. Te lo he contado simbólicamente. ¿Qué suponías, si no?
No hay ninguna muchacha capaz de realizar tales proejas gimnásticas por sí sola. Sin embargo, a juzgar por mis experiencias había creído que los abismos seguían siempre a los pináculos. Y me atreví a sugerírselo.
—Así es —dijo Violet sombríamente—. Los ve uno si mira antes o después.
—Como los mortales, según La alondra de Shelley —dije [18].
Violet parecía indecisa y me arrepentí. Pero no sabía cómo mostrarme comprensiva, ya que no tenía ni idea de lo que era más apropiado a las circunstancias.
—Fue en el verano —dijo—. Había estado terriblemente deprimida. No sabía lo que me pasaba. Pero me parecía que ya nada podía interesarme. Me consideraba tan terriblemente inútil como si en el esquema del mundo no hubiere un sitio para mí. Y lo peor de todo era que nadie me comprendía. Debe de haber sido por lo que entonces leía... pero no lo creo, no creo que fuera sólo eso. Sin embargo, no sabe una nunca, ¿verdad? Y entonces, en un baile, me encontré con el señor Farr...
—Por Dios, llámale por el nombre de pila, Violet. No podrías seguir habiéndome de ti y del señor Farr hasta... llegar a las alturas.
—¿Por qué no? Pero bien. Encontré a Arthur. Creo que aquella noche debía de estar loca. En casa hubo sus más y sus menos. Mi madre no quería que fuese, diciendo que no había nadie que me acompañara a casa. Y yo estaba muy interesada. Sin duda tuve un presentimiento. ¿Crees tú en los presentimientos...? No sé; no se puede saber a ciencia cierta, ¿verdad? El caso es que fui. Y allí estaba Él.
Se puso de un rojo subido y se mordió los labios. Lo cierto era que empezaba a gustarme Violet Burton. A gustarme de verdad. —Sigue —le dije.
—Bailamos siete veces y todo el tiempo estuvimos hablando. La música era tan lenta... Hablamos de todo. Al principio, ya sabes, de libros, de teatros y de todas esas cosas. Luego de nuestras almas. —¿De qué?
—He dicho de nuestras almas. Me comprendía completamente. Y después del séptimo baile... Bueno, te voy a contar lo primero que me dijo. «¿Cree usted en Pan?» Muy tranquilo. Como si tal cosa. Y luego añadió: «Ya sabía yo que sí.» ¿No es esto extraordinario? Tras el séptimo baile nos sentamos en el descansillo de la escalera y... ¿Quieres que siga?
—Sí, continúa.
—Me dijo: «Creo que debo de estar loco, pero quisiera darle un beso.» Y le dejé.
—Continúa.
—Bueno. No puedo decirte lo que sentí. Figúrate. Yo, que hasta entonces no había besado a nadie que no fuera de la familia. Quiero decir, claro está, a ningún hombre. Y entonces él dice: «Tengo que decírselo. Estoy comprometido.»
—Bueno, ¿y qué?
—¿Qué más quieres? Naturalmente, corrí escaleras arriba derribando todo lo que tropecé; en el guardarropa encontré mi abrigo y me volví a casa. A la mañana siguiente le dije a mi madre que me dejara venir aquí. Creí —concluyó Violet— que me iba a morir de vergüenza.
—¿Y eso es todo? —exclamé—. ¡No querrás decir que eso ha sido todo!
—¿Qué otra cosa iba a ser? ¿Qué diablos era lo que esperabas? ¡Qué rara eres! ¿Cómo me miras de ese modo?
Y en la larga pausa que siguió oí de nuevo la fuentecilla, medio risueña, medio maliciosa. Debía de estarse riendo de mí, no de Violet.

BAÑOS TURCOS

—Tercer piso izquierda, Madame —dijo la cajera tendiéndome un ticket sonrosado—. Un momento, voy a llamar para que le preparen el ascensor.
Su falda de raso negro se fue zarandeando por el vestíbulo oro y escarlata, y se detuvo junto a las palmeras artificiales. La cajera con su blanco cuello y empolvado rostro rematados por una masa de llameantes cabellos anaranjados, semejaba un hongo amarillento de puro maduro, brotando de un grueso y negro tallo. Llamó al timbre una y otra vez.
—Mil perdones, Madame. Es una vergüenza. Se trata de un nuevo ascensorista. Será despedido esta semana.
Con el dedo en el botón, miraba dentro del ascensor, como si esperara verlo tendido en el suelo de la jaula igual que un pájaro muerto.
—Es vergonzoso.
Salió de no sé dónde un minúsculo personaje disfrazado con una gorra de visera y unos sucios guantes de algodón.
—Por fin aparece usted —le riñó—. ¿Dónde estaba? ¿Qué ha estado haciendo?
Por toda respuesta el personaje ocultó su rostro tras un guante y estornudó dos veces.
—¡Uf! ¡Repugnante! Suba a Madame al tercero.
El enanito se hizo a un lado, se inclinó, y entró tras de mí, cerrando las puertas. Ascendimos muy lentamente con el acompañamiento de estornudos prolongados y entre silbantes sorbetones. Me dirigí a la parte superior de la gorra de visera:
—¿Está usted resfriado?
—Son las corrientes, Madame —replicó hablando por la nariz con tono de reprimido contento. Aquí no está uno seco nunca. Tercer piso, si hace el favor —concluyó, estornudando sobre mis diez céntimos de propina.
Seguí un pasillo de baldosines decorado con anuncios de ropa blanca y de específicos para desarrollar los senos. Se me asignó una cabina de juguete, y una camisa estampada en azul, aconsejándome que me desvistiera y fuese a la cámara templada lo antes posible. A través de los tabiques de madera ensamblada, todo a lo largo del corredor, se oían gritos, risas y retazos de conversaciones.
—¿Estás lista?
—¿Vas a salir ya?
—Espera hasta que vaya yo allí.
—¡Berthe, Berthe!
—Un momento, un momento. En seguida.
Me desvestí pronta y descuidadamente, con la sensación de formar parte de un grupo de colegialas a quienes se hubiera dado suelta en una piscina.
La cámara templada no era muy amplia. Por las paredes color de barro cocido corría una franja de pavos reales, y por el techo de vidrio se podía ver un cielo pálido e irreal como el de un fondo de fotógrafo. Había esparcidos algunos veladores con manoseadas revistas de modas; en un estanque de mármol, lirios amarillentos, y, sentadas en altas sillas cubiertas con toallas, numerosas damas con la apariencia de dichas lánguidas flores. Me tendí de espaldas con un paño sobre la cara, y aquella atmósfera con olor a selva, a circo romano y a colada, hizo que empezara a soñar. Sí, debía de ser algo muy atractivo el casarse con un explorador y vivir en la selva; siempre y cuando no disparara sobre ningún bicho viviente y no apresara ninguno tampoco. Detesto las fieras amaestradas. ¡Ay, esos circos ambulantes! La tienda de lona en el prado, y los chicos pululando y trepando a la valla para ver los carromatos o al payaso que se maquilla ante un cacho de espejo colocado sobre una rueda del carro. Y el órgano de vapor tocando La madreselva y la abeja a paso de carga, una y otra vez. Ya sé lo que esa música me recuerda: un juego de «haz lo que yo haga» entre ropas colgadas a secar.
La puerta se abrió, y entraron dos mujeres altas y rubias con batas a cuadros rojos y blancos, que tomaron asiento frente a mí. Una de ellas llevaba una caja de mandarinas envueltas en papel de plata, y la otra un estuche de manicura. Eran muy robustas, tenían caras risueñas y atrevidas y magníficas matas de pelo rubio exquisitamente cepilladas.
Antes de tomar asiento echaron una ojeada en derredor, mirando a las otras mujeres de arriba abajo, volviéndose la una hacia la otra, riéndose con malicia y cuchicheando. Una de ellas dijo, ofreciendo a su compañera la caja:
—¿Quieres una mandarina?
Al decir esto, se echaron a reír de tal modo que quedaron acostadas de espaldas y estremecidas. Y cada vez que se miraban la una a la otra la risa estallaba otra vez.
—Ay, esto sí que es estupendo —exclamó una de ellas enjugándose los ojos con mucho cuidado; sólo los lagrimales—. Tú y yo venimos aquí muy serias, ya sabes, muy correctas, miramos en torno de la habitación, y... y... como resultado de nuestra cuidadosa inspección, te ofrezco una mandarina. Ay, es demasiado cómico. Tengo que recordarlo. Es como para un número de music-hall. «¿Quieres una mandarina?»
—Pero no puedo comprender —dijo la otra— por qué las mujeres tienen un aspecto tan horrible en los baños turcos. Parecen bistecs en camisa. ¿Será cosa de las mujeres o de la atmósfera? Mira aquélla, por ejemplo, aquella flacucha que está leyendo un libro y sudando a todo sudar. Y aquellas dos del rincón que discuten si deben o no deben decir a sus nenes aún en ciernes cómo nacen los niños. Y... ¡cielos! mira a esa que entra. ¡Toma la caja, hija mía! ¡Coge todas las mandarinas!
La recién llegada era bajita: una mujer pequeña, robusta y patiblanca; el pelo oculto bajo una gorra de baño impermeable. Se puso a andar de un lado para otro, balanceando los brazos, con afectado descuido, mirando despectivamente a las mujeres que reían. Llamó para que viniese la empleada y, casi inmediatamente, apareció Berthe, medio desnuda y salpicada de espuma de jabón.
—¿Qué quiere, Madame! No tengo tiempo...
—Haga el favor de traerme una toalla de manos —dijo la gorrita impermeable en alemán.
—Perdón. No entiendo. ¿No habla francés?
—No.
—Berthe —chilló una de las rubias—. ¿Quiere una mandarina? Oh, mon Dieu, voy a morirme de risa.
La gorrita impermeable hizo la pantomima de estar mojada y frotar para secarse. Verstehen Sie? [19].
—Mais non, Madame —dijo Berthe mirándola con los ojos muy abiertos y chispeantes de risa.
Dejó a la gorrita impermeable, hizo un guiño a las rubias, fue hacia ellas, y, palpándolas como si fueran un par dé volátiles de precio, exclamó:
—Ustedes lo están haciendo muy bien —luego desapareció de nuevo.
La gorrita impermeable se sentó en el borde de una silla, arrebató de la mesa un periódico de modas, alisó las páginas crujientes e hizo como si leyera, en tanto las rubias comían mandarinas recostadas en sus sillas y arrojaban las pieles al estanque de los lirios. Un olor a fruta, fresco y penetrante, flotaba en el aire. Miré en torno, a las otras mujeres. Sí, estaban horribles; tendidas de espaldas, rojizas y húmedas, la mirada vacía, el cabello lacio. Los escasos restos de energía que les quedaban los invertían indignándose gazmoñamente con la conducta de las dos rubias. Súbitamente me di cuenta de que la gorrita impermeable estaba mirándome por encima del periódico de modas, y de modo tan intenso que, emprendiendo la huida, entré en la cámara caliente. Pero en vano. Ella me siguió y se me plantó delante.
—Sé que usted habla alemán —me dijo confidencial y confiadamente—. Lo acabo de leer en sus ojos. ¿No es escandaloso que la encargada me haya negado una toalla? Voy a decírselo al gerente y haré que mi marido les escriba una carta esta misma tarde. Hay cosas que está mejor que las hagan los hombres, ¿verdad? No —añadió frotándose sus brazos amarillentos—, no había estado nunca en un sitio tan escandaloso como éste. Y cuatro cincuenta. Naturalmente, no daré propina. ¿Usted la daría? ¿Después del escándalo de la toalla? No. Y también me están dando ganas de quejarme de esas dos. Esas que están allí, comiendo y riéndose. ¿Sabe usted quiénes son? No son mujeres honradas —añadió moviendo la cabeza—, se puede asegurar con sólo mirarlas. Al menos yo lo aseguraría, y cualquier mujer casada también. No son sino un par de mujeres del arroyo. En mi vida se me ha insultado de ese modo. ¡Reírse de mí, fíjese usted! Unas puercachonas como ésas. Y no he sudado como debiera, sólo por ellas. Me he enfadado tanto, que el sudor en vez de salir afuera se me ha retirado. Ya sabe que eso ocurre a veces, cuando una se excita. Y ahora, en lugar de curarme el resfriado, no tendría nada de particular que empezara a tener fiebre.
Anduve dando vueltas por la cámara caliente, desesperada y perseguida por la gorrita impermeable, hasta que las dos rubias entraron y, al verla, se echaron otra vez a reír a carcajadas. Ella, para mi mayor contrariedad, se puso a andar de lado, mirándome, riéndose significativamente y torciendo la boca.
—No me importa —dijo con su horrible vocecilla alemana—. Sería rebajarme demasiado el prestar atención a un par de mujeres del arroyo. Si mi marido lo supiera, no lo consentiría. Es terriblemente quisquilloso. Llevamos seis años casados. Vinimos de Pfalzburg, una ciudad muy bonita. Tengo cuatro hijos vivos y es precisamente para reponerme del golpe que sufrí con el quinto, por lo que vengo aquí. El quinto —me susurró, andando sigilosamente tras de mí— era una criatura sana y hermosa cuando nació, pero no llegó a respirar. Bueno, después de nueve meses una mujer no puede menos de sentirse decepcionada. ¿No le parece?
Fui hacia la cámara de vapor.
—¿Va a entrar? —inquirió—. En su lugar no entraría. Ésas dos están ahí; pueden creerse que quiere usted hacer amistad con ellas. No sabe una nunca cómo son esas mujeres.
Salían en aquel momento, envolviéndose en sus túnicas afelpadas, y pasaron ante la gorrita impermeable como reinas desdeñosas.
—¿Se ya a quitar la camisa en la cámara de vapor? A mí no me importa, ¿sabe usted? La mujer es mujer, y además, si lo hiciera, yo no tengo por qué mirarla. La comprendo; yo era también así. Podría apostar —añadió furiosa— que esas dos cochinas se han estado mirando a placer. ¡Puah!, mujeres así... No puede una darse por ofendida. Y son espantosas, ¿verdad? Tan descaradas y con todos esos cabellos postizos. ¿Y ese estuche de manicura que llevaba una de ellas con aplicaciones de oro? Bueno, no creo que sea oro de ley, pero me parece de mal gusto traerlo. Lo menos que puede hacer una es cortarse las uñas en privado, ¿no le parece? No acabo de comprender —prosiguió— lo que ven los hombres en estas mujeres. No, lo que necesita una mujer es marido, hijos y un hogar de que cuidarse. Y eso es lo que dice mi esposo. ¿Puede usted imaginar a una de esas pécoras pelando patatas o comprando carne? Pero ¿se va ya?
Corrí a buscar a Berthe, y durante todo el tiempo que me estuvo enjabonando, frotando y rociando, hasta que al fin me lancé a la pila de agua fría, no pude apartar de mi pensamiento la fea y desdichada imagen de la alemanita con su marido y los cuatro hijos, despotricando contra las dos beldades que no habían pelado nunca patatas ni sabían comprar carne. En la antecámara las volví a encontrar. Estaban vestidas de azul. Una se sujetaba con alfileres un manojo de violetas, y la otra se abotonaba un par de guantes de piel de Suecia color marfil. Charlaban, con las pieles y los encantadores sombreros de plumas puestos ya.
—Sí, ahí están —dijo una voz a mi lado.
Y allí estaba la gorrita impermeable transformada. Una blusa a cuadros azules y blancos con cuello de crochet; el breve talle y las anchas caderas de las mujeres alemanas, y en la cabeza un horrible nido de pájaros que en Pfalzburg sin duda llamarían Reisehut [20].
—¿Cómo cree usted que puedan comprarse ropas así? ¡Qué espantosas y despreciables criaturas! ¡Vamos! Bastaría con verlas para hacer que una jovencita pensara despacio las cosas.
Y cuando las dos salieron de la antecámara, la gorrita impermeable se las quedó mirando con su rostro demacrado, todo ojos y boca, como la cara de un niño hambriento frente a la mesa donde no puede sentarse.

ALGO INFANTIL, PERO MUY NATURAL
1
Henry no sabía qué opinar; o no se acordaba ya de cómo le sentaba el verano anterior, o de entonces ahora le había crecido la cabeza. Porque aquel sombrero de paja le hacía daño, oprimiéndole la frente y produciéndole un dolor sordo en los huesos que hay sobre las sienes. Así que, optando por un asiento en el rincón de una tercera para fumadores, se lo quitó y lo dejó en la rejilla, juntamente con la gran carpeta negra de cartón y los guantes que su tía B. le había regalado aquellas Navidades. El compartimiento olía terriblemente a goma mojada y a hollín. Tenía diez minutos disponibles antes de que saliera el tren, y Henry decidió ir a echar un vistazo al puesto de libros. Por el techo encristalado de la estación penetraba la luz del sol en haces azules y dorados. Un chicuelo corría de aquí para allá con una batea de primaveras. Había en la gente, sobre todo en las mujeres, algo de dejadez y al mismo tiempo de ansiedad. El primer día verdaderamente primaveral, el día más encantador de todo el año desplegaba sus esplendores deliciosamente templados, incluso ante los ojos de los londinenses. Haciendo relumbrar todos los colores, infundía un tono nuevo a todas las voces, así que la muchedumbre urbana iba de aquí para allá, sintiendo que bajo sus ropas llevaban un cuerpo viviente de verdad y que un corazón realmente vivido hacía circular su sangre aletargada.
Henry era gran amigo de los libros. No había leído mucho y ni poseía tampoco más de media docena. Pero, a la hora de comer y siempre que tenía algún rato disponible, solía contemplarlos en Charing Cross Road; era asombroso el número de libros con quienes se saludaba. Y a juzgar por la pulcritud y cuidado con que solía manejarlos y por las frases tan bien escogidas que usaba al hablar de ellos con este o aquel librero, uno hubiera creído que había tomado su primera papilla teniendo delante un tomo apoyado contra el pecho de la nodriza. Pero no había nada de eso. No eran sino las maneras habituales en Henry con todo lo que tocaba y con todo lo que decía. Aquella tarde se trataba de una antología de poesía inglesa, y estaba hojeándola, cuando le saltó a la vista este título: Algo infantil, pero muy natural.
Had I but two little wings
And were a little bird,
To you I'd fly, my dear.
But thoughts like these are idle things,
And I stay here.
But in my sleep to you I fly.
I'm always with you in my sleep,
The world is all omme's own,
But then one wakes and where am I?
All, all alone.
Sleep stays not though a monarch bids,
So I love to vake at break of day,
For though my sleep be gone,
Yet while's tis dark one shuts one's lids,
And so, dreams on. [21]
No se cansaba de leer aquel poemita. Y no eran tanto las palabras lo que atraían sino su tono, su aire gracioso. Debía de haber sido escrito muy de mañana por alguien tendido en la cama contemplando en el techo los movedizos resplandores del sol. «Tiene esa calma», se dijo Henry. «Estoy seguro de que lo escribió medio dormido aún; porque ha quedado en él una sonrisa de ensueño.» Miraba al poema y luego hacia lo lejos, repitiéndolo de memoria. En la tercera estrofa no se acordó de una palabra y tuvo que mirarla, hasta que, volviendo a la realidad, oyó voces y carreras, y al mirar hacia el tren vio que empezaba a andar poco a poco.
—¡Dios santo!
Henry echó a correr. Un hombre con una bandera y un silbato que iba a cerrar una portezuela, lo atrapó como pudo. La portezuela se cerró tras él de golpe y Henry se encontró en un compartimiento donde no se podía fumar y en el que no había ni rastro de su sombrero de paja, de su carpeta negra, ni de los guantes que le regalara en Navidad su tía B. En lugar de todo ello, en el ángulo opuesto, junto a la pared, había sentada una muchacha. Henry no se atrevía a mirarla; pero estaba seguro de que ella le estaba mirando. «Debe de creer que estoy loco —pensó—. ¿A quién se le va a ocurrir entrar así, de sopetón, sin sombrero y además cuando va a obscurecer?» Se sentía bastante extraño, y no sabía cómo sentarse ni cómo poner las piernas. Se metió las manos en los bolsillos y trató de aparentar una indiferencia absoluta, mirando con ceño fruncido una gran fotografía de la Abadía de Bolton. Pero sintiendo que los ojos de ella le miraban fijamente, le echó nada más que un vistazo. Ella, muy apresurada, se puso a mirar por la ventanilla y Henry, pendiente de su más leve movimiento, siguió mirándola. Se hallaba sentada, comprimida contra la ventanilla, la mejilla y el hombro semiocultos por las largas ondas de sus cabellos, unos cabellos tan rubios y encendidos como la flor de la caléndula. Una de sus manos minúsculas, enguantadas de gris algodón, sostenía un maletín de cuero con las iniciales É. M., mientras que la otra la había deslizado en el lazo que formaba la correa de la ventanilla. Henry notó que en su pulsera tintineaban un diminuto cencerro suizo, un zapatito y un pez de plata. Llevaba un abrigo verde y un sombrero adornado con una guirnalda. Y veía todo esto, teniendo en la memoria el título del poema que acababa de leer: Algo infantil, pero muy natural. «Debe de ir a algún colegio de Londres —pensó—. O trabajará en alguna oficina. Pero no, es demasiado joven. Además, de ser así, llevaría el pelo recogido. Mas ni siquiera lo lleva trenzado.» Le era imposible apartar los ojos de aquella hermosa cabellera ondulada. «Mis ojos son como dos abejas ebrias. Bueno, ¿he leído yo esto, o acabo de inventarlo?»
En aquel momento la muchacha se volvió, y, al ver que él la miraba, se sonrojó, inclinando la cabeza para ocultar los colores que le salían a las mejillas. Y Henry, terriblemente azarado, se sonrojó también. «Tengo que hablarle, sí, tengo que hablarle.» Al ir a hacerlo fue a quitarse el sombrero, pero no lo llevaba y esto le resultó divertido y le dio ánimos.
—Yo... yo lo siento muchísimo —dijo sonriendo al sombrero de la muchacha—, pero no puedo seguir aquí sentado en el mismo compartimiento con usted sin explicarle por qué he penetrado de ese modo tan brusco y sin sombrero además. Sin duda le he dado un susto y además ahora mismo la estaba mirando. Pero ése es uno de mis mayores defectos; soy un mirón incorregible. ¿Me permitiría que le explicara? Que le explicara cómo entré aquí, no las miradas, claro —añadió con una risita—. Voy a hacerlo.
De momento ella no replicó, pero luego con una voz queda y tímida dijo:
—No tiene importancia.
El tren había dejado atrás tejados y chimeneas, y, trepidando, entraba campo adelante, entre obscuros bosquecillos, praderas descoloridas y charcos que relucían bajo el cielo del atardecer color de albérchigo. El corazón de Henry se puso a saltar y a golpetear al compás del golpeteo del tren. No podía dejar la cosa así. Pero ella estaba allí sentada tan quieta, oculta tras la cascada de sus cabellos... Él comprendía que era absolutamente indispensable que alzara los ojos para mirarle, que comprendiese... Al menos, que comprendiese. Inclinado hacia delante, cruzó las manos sobre las rodillas.
—Ya ve usted. Acababa de dejar todas mis cosas y una carpeta en una tercera para fumadores, y había ido a echar un vistazo al puesto de los libros...
A medida que se lo iba contando ella alzaba la cabeza. Pudo ver sus ojos grises bajo las penumbras del sombrero y sus cejas como dos plumas de oro. Tenía los labios levemente separados. Y, casi sin saber cómo, se percató de que llevaba un ramillete de primaveras, de que su cuello era blanquísimo y el óvalo de su rostro maravillosamente delicado contrastando con la cabellera de fuego. «Qué bonita es, qué sencillamente bonita», cantaba el corazón de Henry, y sintió que le crecía al compás de aquellas palabras, haciéndose grande, muy grande y muy tembloroso, como una gran burbuja, a tal punto que no se atrevía a respirar por miedo de que le estallara.
—Espero que en la carpeta no habría nada de valor —dijo la muchacha, muy seria.
—Nada, sólo unos dibujos tontos que había sacado de la oficina —replicó él jovialmente—. Y casi me alegro de haber perdido mi sombrero. Me había estado haciendo daño en la frente todo el día.
—Sí —repuso ella, casi sonriendo—, le ha dejado una señal.
¿Por qué aquellas palabras hicieron que Henry se sintiera de pronto tan desembarazado, tan dichoso, tan tremendamente contento? ¿Qué había ocurrido entre ellos? Ambos callaron, pero aquel silencio se le antojó a él viviente y cálido, y sintió que le envolvía de los pies a la cabeza con sus ondas temblorosas. Aquellas mágicas palabras: «Le ha dejado una señal» habían tendido entre ambos un lazo misterioso. Ya no podían sentirse extraños el uno al otro, al haber hablado ella con tanta naturalidad. Y ahora le sonreía efectivamente. La sonrisa le bailaba en los ojos, se le subía a las mejillas y a los labios y allí permanecía. Él se echó hacia atrás mientras que de sus labios se escapaban estas palabras:
—¿Verdad que la vida es maravillosa?
En aquel momento la máquina se precipitó dentro de un túnel y oyó cómo ella, inclinada hacia delante, alzaba la voz en medio del ruido del tren.
—Yo no lo creía así. Durante mucho tiempo he sido pesimista —una pausa—, durante meses.
Avanzaban traqueteando en las tinieblas.
—¿Por qué? —gritó Henry.
—Ah.
Ella se encogió de hombros, sonriendo y moviendo la cabeza, dando a entender que con el ruido no podía hablar. Él asintió con un gesto y se recostó hacia atrás. Salieron del túnel en medio de un centelleo de luces y de casas. Él esperaba que ella se explicara. Pero se puso en pie, se abrochó el abrigo, llevándose las manos al sombrero, vacilando un poco con el traqueteo.
—Bajo aquí —dijo.
Aquello le pareció a Henry totalmente imposible.
El tren redujo la marcha y las luminarias de afuera se hicieron más brillantes. Ella fue hacia el extremo del compartimiento para salir.
—Oiga —balbuceó él—, ¿no la volveré a ver?
Se había puesto también de pie, y se sujetaba con una mano a la rejilla.
—Tengo que verla de nuevo.
El tren iba a detenerse.
—Vuelvo de Londres por las tardes —replicó ella con voz entrecortada.
—Ah... ¿Sí? ¿De veras?
Su ansiedad asustó a la muchacha y él se apresuró a ocultarla. ¿Debía darle la mano o no debía dársela? Éste era el dilema que ocupaba su cerebro, haciéndole funcionar a toda velocidad. Una de las manos de la muchacha estaba en la manecilla de la portezuela; la otra sostenía el maletín. El tren se detuvo. Sin una palabra, ni una mirada, había desaparecido.
2
Vino el sábado, medio día de oficina, y luego hubo de transcurrir el domingo. El lunes por la tarde Henry estaba agotado por completo. Fue a la estación tempranísimo, acosado por una manada de pensamientos absurdos que le mordían los talones mientras andaba de un lado para otro. «No dijo que vendría en este tren.» «¿Y si voy hacia ella y no me hace caso?» «Puede venir alguien acompañándola.» «¿Y crees que se habrá vuelto a acordar de ti?» «¿Qué le vas a decir si la ves?» Hasta llegó a rezar: «Señor, si ésa es tu voluntad, deja que nos veamos.»
Pero aquello no disminuía su ansiedad. Una blanca humareda flotaba bajo el techo de la estación, se disipaba y volvía a ascender en ondulantes volutas. Y de pronto, mientras él las contemplaba, tan sutiles y silenciosas, moviéndose con aquella gracia misteriosa por encima de la multitud y del estrépito, se sintió calmado. Pero tan rendido que ya no deseaba sino sentarse y cerrar los ojos. «No vendrá.» Y en aquellas palabras alentaba un desolado alivio. Entonces la vio, muy cerca de donde estaba, yendo hacia el tren con el mismo maletín de cuero en la mano. Henry esperó. Se dio cuenta, sin saber cómo, de que le había visto; pero no se movió hasta que estuvo junto a él y le dijo con la voz queda y tímida:
—Los encontró, ¿verdad?
—Ah, sí, muchas gracias. Los encontré —y con un ademán un tanto cohibido le mostró la carpeta y los guantes.
Caminaron el uno junto al otro hacia el tren y penetraron en un compartimiento vacío. Se sentaron frente a frente, sonriendo azorados, pero sin hablarse, mientras que el tren echaba a andar y poco a poco iba aumentando la velocidad, y la marcha se hacía más regular. Henry fue el que primero habló.
—Resulta ridículo —exclamó— que aún no sepa cómo se llama.
Ella se echó hacia atrás una crencha de pelo que le caía sobre el hombro y él vio que su mano enguantada de gris se estremecía. Luego observó que se sentaba rígida y con las rodillas juntas, como también iba sentado él, ambos esforzándose en no temblar. Ella dijo:
—Me llamo Edna.
—Yo, Henry.
Y en la pausa que siguió cada uno de ellos tomo posesión del nombre del otro, lo dio vueltas y se lo guardó, sintiéndose un tanto menos amedrentado.
—Tengo que preguntarle algo más —volvió a decir Henry, mirando a Edna con la cabeza levemente ladeada—. ¿Qué edad tiene?
—Dieciséis cumplidos —replicó—. ¿Y usted?
—Cerca de dieciocho.
—¿Verdad que hace calor? —dijo ella de pronto.
Y quitándose los grises guantes, se llevó las manos a las mejillas y las mantuvo allí un rato. Ya no se miraban con ojos atemorizados, sino con una especie de sosegada desesperación. Si sus cuerpos no se estremecieran tan tontamente... Edna, medio oculta tras su cabellera, preguntó:
—¿Ha estado enamorado alguna vez?
—No, nunca. ¿Y usted?
—Jamás en la vida —replicó denegando con la cabeza—. Siempre creí que sería imposible.
A continuación habló él atropelladamente:
—¿Qué ha hecho usted desde el viernes pasado por la tarde? ¿Qué hizo durante todo el sábado, todo el domingo y todo el día de hoy?
Ella no respondió. Se limitó a sonreír, moviendo la cabeza y a decir:
—No, dígalo usted.
—¿Yo? —exclamó Henry.
Y se dio entonces cuenta de que no podía decirlo. No le era posible remontar aquella montaña de días, y tuvo también que mover la cabeza.
—Sufrir —replicó con una sonrisa radiante—. Sufrir —y al oírlo, ella se quitó las manos del rostro y se echó a reír. Henry la imitó y rieron hasta que no pudieron más.
—Es algo tan... tan extraordinario —exclamó ella—. Así, de pronto, ¿comprende? Y parece como si hiciera años que nos conociésemos.
—Eso me pasa a mí —dijo Henry—. Debe de ser la primavera. Se me figura que me he tragado una mariposa y que está agitando las alas aquí —y se puso la mano sobre el corazón.
—Lo más extraordinario —añadió Edna— es que yo estaba decidida a no hacer caso de los hombres. Quiero decir que en el colegio las chicas...
—¿Iba usted al colegio?
Asintió con la cabeza.
—A una academia preparatoria, para secretarias —su voz tenía un deje desdeñoso.
—Yo estoy en una oficina —dijo él—. En la oficina de un arquitecto. Una oficina muy rara y muy chiquita, a ciento treinta escalones de altura. Siempre he creído que debiéramos construir nidos en lugar de casas.
—¿Y le gusta ese trabajo?
—No, claro que no. No me gusta hacer nada. ¿Y a usted?
—Tampoco; me horroriza... —y añadió—: Como mi madre es húngara, creo que eso contribuye a que me horrorice aún más.
Aquello le pareció a Henry muy natural.
—Puede ser.
—Mi madre y yo somos enteramente iguales. No tengo nada de común con mi padre. Es sólo un... un hombrecillo de la City. Pero mi madre tiene sangre bohemia, y ella me la ha transmitido. Detesta tanto esta manera de vivir como yo —y tras de una pausa, frunciendo el ceño—. De todos modos no nos entendemos, es curioso, ¿verdad? Yo estoy en casa enteramente sola.
Henry estaba escuchando; escuchando en cierto modo; pero había algo que quería pedirle, y preguntó tímidamente:
—¿Querría usted... querría usted quitarse el sombrero?
Ella pareció sorprendida.
—¿Quitarme el sombrero?
—Sí, para ver su pelo. Daría cualquier cosa por verlo bien.
Ella protestó:
—¿Lo dice de veras...?
—Sí, sí —exclamó él. Y luego, cuando se lo hubo quitado, y se dio unos toquecitos con la mano—: Oh, Edna, es la cosa más maravillosa del mundo.
—¿Le gusta? —preguntó sonriente y muy complacida, dejándolo caer sobre sus hombros como una capa dorada—. La gente, generalmente, se ríe de él. Es de un color tan extraño.
Pero Henry no podía creerlo.
Ella había apoyado los codos en las rodillas y descansaba la barbilla en el hueco de sus manos.
—Así es como me suelo sentar cuando estoy enfadada, y entonces siento como si me abrasara. ¡Qué tontería!, ¿verdad?
—No, no, nada de eso —repuso Henry—. Ya sabía yo que lo haría. Es una especie de coraza contra todas las cosas sórdidas y horrendas.
—¿Cómo sabía esto? Sí, es eso precisamente. ¿Pero cómo ha podido saberlo?
—Sabiéndolo —replicó él sonriente—. ¡Dios mío! —exclamó—. Qué necia es la gente. Todas esas personillas que usted y yo conocemos. Fíjese en nosotros dos. Estamos el uno junto al otro, y todo está dicho. Yo le comprendo a usted y usted me comprende a mí... nos acabamos de encontrar el uno al otro... una cosa sencillísima... precisamente por ser tan natural. Así es todo en la vida: algo infantil y muy natural. ¿No le parece?
—Sí, sí —afirmó ella con vehemencia—. Eso es lo que he creído siempre.
—Son las gentes quienes hacen que las cosas sean tan... estúpidas. Y en tanto uno pueda mantenerse alejado de ellas, está salvado y es feliz.
—Sí, he pensado eso mismo hace mucho tiempo.
—Entonces somos iguales— afirmó Henry.
Y aquello era tan sorprendente, que casi se echa a llorar. Pero en lugar de hacerlo él dijo sólo:
—Creo que somos los únicos seres vivientes que piensan así. Sí, estoy seguro. A mí no me comprende nadie y me parece estar viviendo en un mundo poblado por seres extraños. ¿Y usted?
—Eso mismo.
—Vamos a entrar dentro de un momento en ese túnel antipático —advirtió él—. ¡Edna! ¿Puedo tocar su pelo, solamente tocarlo?
Ella se echó hacia atrás bruscamente.
—No, no, por favor.
Y cuando penetraron en la obscuridad se alejó de él un poquito.
3
«¡Edna! He sacado los billetes. El de la taquilla del salón de conciertos no se ha extrañado en absoluto de que yo tuviera dinero. Nos encontraremos en la calle, a las tres, junto a la puerta de entrada al paraíso. Ponte aquella blusa crema y los corales. ¿Lo harás? Te amo. No me gusta mandar estas cartas a la tienda. Siempre he pensado que todas esas gentes que tienen en el escaparate el letrero de «se reciben cartas», también tienen en la trastienda una tetera humeando que lo mismo abriría un sobre que la oreja de un elefante. Pero eso no importa, ¿verdad, amor mío? ¿Podrás escaparte el domingo? Di que vas a ir a pasar el día con una amiga de la oficina, y nos encontraremos en algún pueblecillo y andaremos por los campos o nos dedicaremos a buscar un prado donde tendernos para ver abrirse las margaritas. Te amo, Edna. Y los domingos sin ti son sencillamente intolerables. No te dejes atropellar por un coche antes del sábado; no comas nada en conserva; no bebas agua de ninguna fuente pública. Eso es todo, amor mío.»
«Mi muy amado: Iré el sábado y ya me las arreglaré para el domingo también. Es una gran fortuna el tener en casa entera libertad. Acabo de llegar del jardín. Hace una tarde tan encantadora. ¡Ay, Henry! Me dan ganas de sentarme y ponerme a llorar. ¡Qué tontería!, ¿verdad? Pero ¡te amo esta noche tanto! Me siento tan feliz que apenas puedo contener la risa, y también tan triste, que casi no puedo aguantar las lágrimas. Y todo por la misma razón. Pero, ¡nos hemos encontrado el uno al otro siendo tan jóvenes! Porque lo somos, ¿verdad? Te mando una violeta. Qué buen tiempo hace. Buenas noches, amor mío. Tuya, Edna.»
4
—Ya estamos aquí —dijo Edna—, y qué localidades más buenas, ¿verdad, Henry?
Se puso en pie para quitarse el abrigo, y él fue a ayudarla.
—No, no, ya está —lo colocó bajo el asiento y se sentó a su lado—. Pero ¿qué has traído aquí, Henry? ¿Flores?
—Sólo un par de rositas —replicó dejándolas sobre su falda.
—¿Recibiste mi carta? —preguntó ella, mientras quitaba los alfileres que cerraban el paquete.
—Sí —dijo él—. Y la violeta está creciendo admirablemente. Tenías que ver mi cuarto. Planté un cachito en cada esquina, otro en mi almohada y otro más en el bolsillo de la chaqueta del pijama.
Ella se sacudió la cabellera para mirarle.
—Henry, déjame el programa.
—Aquí lo tienes. Podemos leerlo juntos. Yo lo sostendré.
—No, déjamelo.
—Bueno, entonces te lo leeré yo.
—No, te lo dejaré luego.
—¡Edna! —suspiró él.
—Por favor —suplicó ella—. Aquí no... La gente...
¿Por qué él tenía tantas ganas de tocarla, y por qué a ella le molestaba tanto? En cuanto estaban juntos, ya estaba queriendo cogerle la mano o llevarla del brazo si iban andando, o reclinarse contra ella, no mucho, sólo lo indispensable para que su hombro rozara el suyo. Y ella ni esto le permitía. Siempre que estaba alejado de Edna, se sentía hambriento de su presencia, se moría por tenerla a su lado. Entonces le parecía que de ella se exhalaba el calor y el consuelo que él necesitaba para sentirse tranquilo. Sí, así era. Pero cuando se encontraba a su lado no podía alcanzar esa tranquilidad, porque ella no dejaba que la tocase. Y le amaba, lo sabía. ¿Por qué sería tan rara para esto? Siempre que quería cogerle una mano o le pedía que se la dejase coger, ella se echaba hacia atrás y se le quedaba mirando con ojos implorantes y atemorizados, como si él quisiera hacerle daño. Podían decirse cuanto quisieran, y no cabía la menor duda de que se pertenecían el uno al otro. Pero, sin embargo, no podía tocarla. ¿Por qué no permitía siquiera que la ayudara a quitarse el abrigo? La voz de ella vino a interrumpir sus reflexiones.
—¡Henry! —y él se acercó para escuchar, apretando los labios—. Tengo que explicarte una cosa. Te lo prometo... después del concierto.
—Muy bien —todavía se sentía resentido.
—¿No estarás triste, verdad?
Él dijo que no con la cabeza.
—Sí, sí lo estás, Henry.
—No, de veras —y se quedó mirando las rosas que ella tenía en las manos.
—Bueno, ¿estás contento?
—Sí, ahí viene la orquesta.
Obscurecía cuando salieron del concierto. Sobre las calles y las casas pendía como un tul de azulosa claridad, y nubes rosáceas flotaban en el cielo pálido. A medida que avanzaban por la calle, Henry tuvo la impresión de que eran algo muy insignificante y muy desamparado. Por primera vez desde que había conocido a Edna, se sentía deprimido.
—¡Henry! —dijo deteniéndose de pronto y mirándole fijamente—. Henry, no me acompañes a la estación. No, no es preciso que esperes por mí, déjame, por favor.
—¡Dios mío! —exclamó él asustado—. Edna, ¿qué te pasa? ¿Qué te he hecho, Edna?
—No, nada, pero vete.
Y, volviéndose, cruzó la calle corriendo y entró en unos jardinillos encuadrados por una pequeña verja, sobre la cual se reclinó ocultando el rostro entre las manos.
—¡Edna, Edna, mi pequeña Edna! ¿Por qué lloras?
Ella, con los brazos apoyados en la barandilla, seguía sollozando inconsolable.
—No llores más, Edna. Yo tengo la culpa de todo. Soy un idiota, un condenado idiota. Te he estropeado la tarde. Te he estado molestando con mi necia y maldita grosería. Sí, eso ha sido. ¿Verdad, Edna? ¡Ah, cuánto lo siento!
—¡Cuánto siento hacerte sufrir así! —replicó ella sollozando—. Cada vez que me pides que te deje cogerme la mano o besarme, daría mi vida por poderlo hacer, por permitírtelo. Pero, no sé por qué, me es imposible —y añadió con altivez—. No es que te tenga miedo, nada de eso. Es algo que ni yo misma comprendo. Déjame tu pañuelo, Henry. En el concierto he estado todo el tiempo obsesionada con esto, y cada vez que nos vemos sé que tiene que suceder. Hasta he llegado a creer que si lo hiciéramos, bueno, si nos cogiéramos las manos y nos besásemos, se acabaría todo y que ya no seríamos libres como lo somos ahora; que sería hacer algo a escondidas. Ya no nos sentiríamos como dos criaturas. ¡Qué tontería!, ¿verdad? Me encontraría ante ti cohibida, avergonzada, y como tú y yo somos como somos, creo que no debemos dejar que esto ocurra.
Ella se había vuelto hacia él para mirarle, oprimiéndose las mejillas con las manos, de aquella manera que él conocía tan bien, y tras ella, como en sueños, vio el cielo, la blanca media luna y los árboles del jardinillo, cuyas yemas aún estaban cerradas. Y se quedó enrollando y desenrollando el programa del concierto.
—Henry; me entiendes, ¿verdad?
—Sí, creo que sí. Pero no volverás a atemorizarte por eso, ¿verdad que no? —y tratando de sonreír—. Olvidémoslo, Edna, no volvamos a hablar más de ello. Vamos a enterrar eso aquí, en este mismo jardín, ahora mismo, entre los dos. ¿No te parece?
—Pero —preguntó ella mirándolo de frente—, ¿me querrás menos por eso?
—Oh, no. Por nada, por nada del mundo, podrá eso ocurrir.
5
Londres se convirtió para ellos en campo dé sus correrías. Las tardes del sábado las dedicaban a la exploración. Y descubrieron tiendas, sus tiendas, donde compraban cigarrillos y dulces para Edna. Su saloncito de té, con su mesa, sus calles, y una noche, mientras en casa de Edna la imaginaban asistiendo a una conferencia en el Politécnico, descubrieron su pueblecillo. Fue el nombre lo que les incitó a ir allí. Henry le había dicho a Edna:
—En ese nombre hay patitos blancos, y un río, y casitas bajitas con viejecillos sentados a la puerta, viejos marinos de pata de palo que dan cuerda a sus relojes. Y hay tiendecitas con quinqués tras las vidrieras.
Ya estaba muy obscuro para poder ver los patitos y los viejecitos, pero el río sí que estaba allí, y también las tiendecillas con sus quinqués. En una de ellas, una mujer sentada junto al mostrador cosía a máquina. Y estuvieron oyendo el zumbido de la máquina y viendo la sombra gigantesca de la mujer que ocupaba toda la tienda.
—Está tan llena que no hay sitio ni para un cliente —observó Henry—. Es un lugar magnífico.
Las casas eran pequeñas y se hallaban escondidas entre yedras y enredaderas. Para entrar en algunas había que subir unos gastados peldaños de madera, mientras que en otras había que bajarlos. Al lado mismo de la carretera de modo que podía ser visto con sólo asomarse a cualquier ventana, estaba el río, con un caramillo que corría a su lado bordeado por altos álamos.
—Éste es el lugar donde debemos instalarnos —dijo Henry—. Hasta hay una casa que se alquila.
Creo que nos esperaría si se lo pidiésemos. No me cabe la menor duda.
—Sí, me gustaría vivir aquí —replicó Edna.
Cruzaron la carretera y ella, recostada contra el tronco de un árbol, estuvo contemplando la casa vacía con sonrisa de ensueño.
—Hay una huertecita detrás —aseguró Henry— y un poco de césped con un árbol, y unas cuantas matas de margaritas junto al muro. Por las noches las estrellas lucen en el árbol como velitas. Y dentro hay dos habitaciones en la planta baja y una grande con puerta de hojas plegadizas arriba; y, encima de todo, el desván. Y para entrar en la cocina hay que bajar a obscuras ocho escalones. Enteramente a obscuras, Edna. Y a ti, como sabes, te asustan un poco. «Anda, Henry: ¿quieres traerme el quinqué?, quiero estar segura antes de acostarme de que Euphemia ha apagado el fuego.»
—Sí —dijo Edna—. Nuestra alcoba es ésa de arriba del todo, que tiene dos ventanitas cuadradas. Y, cuando todo esté en silencio, oímos correr el río y el rumor de los álamos, lejos, muy lejos, susurrando, fluyendo en nuestros sueños, ¿verdad, amor mío?
—¿No sientes frío? —preguntó él de pronto.
—No, sólo siento que soy feliz.
—La habitación de la puerta plegable es la tuya —prosiguió Henry sonriente—. No es exactamente una habitación, sino una mezcla. Está llena de juguetes tuyos, y hay un gran sillón azul, donde tú te sientas acurrucada ante el fuego con el resplandor de las llamas en tus cabellos: porque, aunque estamos casados, tú te niegas a recogértelos, y sólo los escondes un poco con el cuello del abrigo cuando vamos a la iglesia. Y en el suelo hay una alfombra para tumbarme yo, que soy tan haragán. Euphemia, nuestra sirvienta, sólo está de día; y cuando se va, bajamos a la cocina, nos sentamos a la mesa y comemos una manzana. O quizás hacemos té; nada más por oír cantar a la tetera. No, no es una broma. Si uno la escucha atentamente, el rumor de una tetera parece un amanecer primaveral.
—Sí, ya sé —repuso ella—. Es como si cantaran pájaros de todas clases.
Entre los barrotes de la cerca de la casa desocupada salió un gatito a la carretera. Edna lo llamó, y arrodillándose le tendió las manos.
—¡Michín! ¡Michín!
Y el gatito fue hacia ella y se restregó contra sus rodillas.
—Si vamos a salir de paseo, coge el gato y déjalo tras la puerta de la calle —dijo Henry, prosiguiendo la ficción—. Tengo la llave.
Cruzaron la carretera y Edna estuvo acariciando al gato, mientras Henry hacía que abría la puerta. Pero bajó de nuevo muy apresurado. —Vamos de aquí en seguida —dijo—. Esto está a punto de convertirse en un sueño.
La noche era obscura y templada. No tenían ganas de volver a casa.
—Estoy seguro de ello —dijo Henry—; teníamos que estar viviendo aquí ya. No debemos esperar nada. ¿Qué importa la edad? Tú y yo tenemos la edad que vamos a tener siempre, ¿comprendes? Muchas veces siento que resulta peligroso el aguardar a que las cosas sucedan; que si uno está esperándolas, se alejan más y más.
—Pero Henry, ¿y el dinero? Ya sabes que no tenemos dinero.
—Bueno, tal vez disfrazándome de viejo podría lograr un empleo de vigilante nocturno en algún caserón; eso sería bastante divertido. Inventaría una historia terrorífica acerca de la casa para cuando alguien viniera a verla, y tu podrías hacer de fantasma para asustarlos, paseándote por el solitario salón de las pinturas, plañendo y retorciéndote las manos. ¿No se te ha ocurrido nunca que eso del dinero es cosa secundaria, y que si se quiere una cosa de veras, o lo tiene uno o no hace ninguna falta?
Ella no respondió, se quedó mirando al cielo y dijo:
—Henry; no tengo ganas de volver a casa.
—Sí, eso es precisamente lo fastidioso. Y no debemos ir. Debemos volver a la nuestra, y buscar una cacerola vieja para darle al gato la leche que haya quedado en el fondo de la jarra. Y no creas que lo digo en broma. No tengo ganas de bromear. Me siento muy solo sin ti, Edna. Daría cualquier cosa por tirarme aquí mismo al suelo y llorar —añadió, la voz desmayada—, llorar con la cabeza en tu regazo y sintiendo tu mejilla en mis cabellos.
—Pero, Henry —dijo ella acercándose—; tienes fe, ¿verdad? Quiero decir que estás completamente seguro de que tendremos una casa como ésta y todo lo que queramos, ¿no te parece?
—No es bastante; no, no es bastante. Tengo que verme sentado en esas mismas escaleras y tengo que quitarme estas mismísimas botas ahora mismo. ¿A ti sí? ¿Te basta con tener fe?
—Si no fuésemos tan jóvenes —exclamó ella muy afligida—. Y ya ves —suspiró—. Yo no me siento tan joven; ya me parece tener veinte años cuando menos.
6
Henry yacía en el bosquecillo tendido de espaldas. Al moverse, las hojas secas crujían bajo él y, sobre su cabeza, las nuevas se estremecían como las verdosas aguas de un manantial al brotar a la luz del sol. Edna andaba por allí cerca, pero donde él no podía verla, cogiendo primaveras. Aquella mañana se sentía tan henchido de ensueños, que le era imposible gozar como ella del encanto de las flores.
—Sí, amor mío, ve, pero vuelve a mi lado. Soy tan perezoso...
Ella se había quitado el sombrero arrodillada junto a él. Luego, poco a poco, sus pasos fueron dejando de oírse. Ahora el bosque estaba silencioso; sólo se escuchaba el rumor de las hojas. Pero él sabía que ella no estaba lejos, y se estiró un poco hasta tocar con las yemas de los dedos su chaqueta color rosa. Aquella mañana se sentía tan raro desde que despertó, como si aún no hubiera vuelto del todo a la realidad, y siguiese soñando. Antes de conocer a Edna todo había sido un sueño, y ahora ella y él seguían soñando juntos, mientras que no sabía dónde, en algún paraje tenebroso, otro sueño le estaba esperando. «Pero no, eso no puede ser de verdad, porque no puedo concebir el mundo sin nosotros. Siento que nosotros dos representamos algo; algo que ha de existir de un modo tan natural como existen los árboles, los pájaros, las nubes.» Intentó recordar cómo era antes de conocer a Edna, mas le fue imposible retornar a aquellos tiempos. Ella los eclipsaba con su cabellera fulgurante y extraña; con aquella singular y soñadora sonrisa que lo colmaba todo. Henry respiraba en ella, se nutría de ella, en ella apagaba su sed. Por donde fuera llevaba en torno suyo el halo resplandeciente de Edna, que mantenía al mundo alejado de él o comunicaba su belleza a cuanto tocaba. «Mucho tiempo después de que tu risa ha cesado... —le decía—, puedo oírla circular por mis venas, y sin embargo, ¿seremos sólo un sueño?» De pronto, se vio a sí mismo y a Edna como dos niñitos que fueran por la calle, mirando los escaparates, comprando cosas con que jugar, charlando, sonriendo. Hasta se le representaron los ademanes, las actitudes que solían adoptar cuando quedaba el uno frente al otro tan inmóvil... Y entonces, desfallecido de deseo, se volvió para hundir su rostro en la hojarasca. Quería besarla, abrazarla, estrecharla contra él y sentir su cálida mejilla contra sus labios. Besarla hasta quedar sin aliento, y así sofocar sus sueños.
«No, no puedo seguir con esta hambre de ella», se dijo Henry, poniéndose en pie y corriendo en la dirección que Edna había tomado. Había ido bastante lejos. La divisó de rodillas en una verde hondonada, y ella al verle le hizo señas con la mano, diciendo: —Ven, Henry, ¡qué hermosura! No había visto nunca cosa igual. ¡Mira, mira!
Pero cuando estuvo junto a ella, se hubiera dejado cortar una mano antes de enturbiar su felicidad. ¡Qué rara estaba Edna aquel día! Mientras le hablaba, sus ojos reían, mirándole risueños y burlones. En sus mejillas ardían dos rosetas como fresas.
—Quiero cansarme —siguió diciendo—. Me gustaría recorrer el mundo entero, andar hasta caerme muerta. Anda, vamos, Henry. ¡Más de prisa! Si de pronto me echara a volar cógeme por los pies. ¿Me lo prometes? Si no, no podría ya bajar al suelo. Y soy tan feliz —exclamó—. Tan enormemente feliz...
Llegaron a un paraje encantado, cubierto de maleza. Eran las primeras horas de la tarde. Sobre la púrpura de los brezos descendía a chorros la luz del sol.
—Vamos a descansar aquí un poco —dijo Edna, acomodándose entre los arbustos y tendiéndose.
—¡Ay, Henry! ¡Qué maravilla! Sólo se ven flores y cielo.
Él se arrodilló a su lado, cogió del cesto unas primaveras y las enlazó formando una guirnalda que podía rodear el cuello de Edna.
—Me quedaría dormida —dijo ella.
Y arrastrándose hasta rozar las rodillas de Henry, quedó allí a su lado, oculta tras la cabellera.
—Es como estar en el fondo del mar. ¿No te parece, amor mío? Tan grato y tan silencioso.
—Sí —replicó Henry con voz extraña y ronca—. Ahora voy a hacerte otra de violetas.
Pero Edna se puso en pie diciendo:
—Vámonos.
Volvieron a la carretera y anduvieron un buen trecho. Ella declaró:
—No, no podría recorrer el mundo a pie. Ya estoy cansada —y, caminando por la hierba del borde del camino, añadió—: los dos estamos cansados, Henry. ¿Falta mucho?
—No sé, no mucho —repuso él, escudriñando la lejanía.
Siguieron caminando en silencio. Al fin ella dijo: —Ay, Henry, la verdad, está muy lejos. Estoy cansada y tengo hambre. Lleva este dichoso canastillo.
Y él lo tomó sin mirarla.
Llegaron por fin al pueblo. En una casita había un letrero que anunciaba: «Se sirven tés.»
—Aquí es —dijo Henry—. He venido aquí muchas veces. Siéntate en ese banquito. Iré a encargar el té.
Ella quedó sentada en el banco del pequeño jardín, todo blanco y amarillo, todo rebosante de flores primaverales. La dueña salió a la puerta y, recostada en ella, les estuvo mirando mientras comían. Henry se mostró muy amable con aquella mujer, pero Edna no dijo una sola palabra.
—Ya hacía tiempo que no venía por aquí —exclamó la buena señora.
—Sí... pero, ¡qué bonito está el jardín!
—No está mal. ¿Es hermana suya la señorita?
Henry lo afirmó con un gesto de cabeza, mientras se servía la mermelada.
—Se parecen algo —observó la mujer.
Y bajando al jardín, cortó unas flores blancas de junco oloroso y se las dio a Edna.
—¿No saben ustedes de alguien que quiera alquilar una casita? —preguntó—. Mi hermana se ha puesto enferma y me ha dejado la suya; quisiera alquilarla.
—¿Por mucho tiempo? —preguntó Henry cortésmente.
—Bueno —repuso la mujer indecisa—, depende.
—Pues, sí, acaso logre encontrar alguien que... ¿podríamos ir a verla?
—Sí, está un poco más abajo, una casita que tiene unos manzanos delante. Voy a buscar la llave.
Cuando la mujer se alejó, él volviéndose hacia Edna le preguntó:
—¿Quieres venir?
Edna asintió. Siguieron carretera adelante, entraron por la puerta del jardín, avanzaron por un caminillo donde la hierba había crecido, entre árboles en flor, blancos y rosados. Era pequeñita; dos habitaciones abajo y otras dos arriba. Ella estaba reclinada contra el alféizar de la ventana más alta, cuando Henry se detuvo en la puerta del cuarto para preguntarle:
—¿Te gusta?
—Sí —y le hizo sitio en la ventana a su lado—. Ven a ver. ¡Qué preciosidad!
Él se acercó y se asomó. Abajo, los manzanos se movían agitados por una leve brisa que despeinó a Edna y le echó un mechón de pelo sobre los ojos. Los dos quedaron inmóviles. Atardecía. El cielo, de un verde pálido, estaba salpicado de luceros.
—¡Mira, Henry! —dijo ella—. Las estrellas.
—Dentro de un momento saldrá la luna —replicó él.
Ella no parecía haberse movido, pero estaba apoyada contra el hombro de Henry, y él le pasó el brazo en torno de la cintura.
—¿Son manzanos todos esos árboles? —preguntó ella con voz trémula.
—No, amor mío. Unos están llenos de ángeles, otros de almendras garrapiñadas. La luz del crepúsculo es muy engañosa.
Edna suspiró:
—Henry, no podemos estar aquí más tiempo.
Él la dejó ir, y ella quedó en medio de la habitación en sombras arreglándose el cabello.
—¿Qué te ha ocurrido hoy durante todo el día?
Y sin esperar su respuesta corrió hacia él y le echó los brazos al cuello, reclinando el rostro en su hombro.
—¡Ay, Henry! —murmuraba con voz entrecortada—. ¡Cuánto te quiero! Abrázame.
Él la estrechó entre sus brazos y ella, apoyada en él, le miró a los ojos.
—Qué día más terrible, ¿verdad? —dijo Edna—. Comprendía lo que te pasaba y trataba de hacerte comprender por todos los medios que ya había vencido aquella extraña impresión; que quería que me besaras.
—Eres perfecta —dijo Henry—, perfecta.
7
«¿Cómo voy a esperar hasta la noche? Ésa es la cuestión», se decía él. Sacó el reloj del bolsillo, entró en la casita y lo dejó dentro de un jarrón de porcelana que había sobre la chimenea. Lo había sacado más de siete veces en el espacio de un rato, pero ya no recordaba la hora. Bueno. Habría que mirarlo otra vez. Las cuatro y media. El tren llegaba a las siete. Tenía que encaminarse a la estación a las seis y media. Todavía dos horas de espera. Volvió a rondar por la casa, subiendo y bajando las escaleras. «Está preciosa», se dijo. Salió al jardín; cogió unos claveles blancos y formó un ramillete que colocó en el florero que estaba sobre la mesilla de noche de ella. «No acabo de creerlo —pensaba Henry—. No puedo creerlo ni por un momento. Es demasiado. Dentro de dos horas llegará, vendremos andando a casa, y luego cogeré aquella jarra blanca que hay sobre la mesa de la cocina, y me iré a buscar la leche a casa de la señora Biddie. Después volveré, y, cuando yo vuelva, ella habrá encendido ya el quinqué de la cocina, y desde la ventana yo la veré moverse en el círculo de luz. Luego cenaremos y después de cenar (habría de lavar los platos, claro) echaré un poco de leña en la chimenea, y nos sentaremos en la estera para ver arder los troncos. Todo estará en silencio; sólo se oirá el crepitar de la leña y quizás el viento rondando en torno de la casa. Y entonces encenderemos las palmatorias y ella subirá delante seguida de su sombra en la pared. Y desde arriba gritará: “Buenas noches, Henry.” Y yo responderé: “Buenas noches, Edna.” Y entonces echaré a correr escaleras arriba, me meteré en la cama y estaré observando la delgada barra de la luz de su cuarto que penetrará por mi puerta. Y en cuanto se haya apagado, cerraré los ojos y dormiré hasta la mañana. Luego otra noche y otra y otra, y ¿estará ella pensando en lo mismo? ¡Ven pronto, Edna!
Si yo tuviera dos alitas de pluma
Y fuese un pintado pajarilla,
Hacia ti volaría, mi bien amada.
»“No, no amor mío.” ¡Porque el aguardar es también una especie de paraíso! ¿Podrías comprender eso? ¿Has oído decir alguna vez que una casita pueda estar de puntillas? Pues ésta se halla ahora así.»
Bajó la escalera y se sentó en el escalón de delante de la puerta, abrazándose las rodillas. Aquella noche en que descubrieron su pueblo, Edna le preguntó «Tienes fe, Henry?» «Entonces no la tenía —pensó el joven—, pero ahora la tengo. Me siento como un Dios.»
Reclinó su cabeza en el marco de la puerta. Apenas si podía mantener los ojos abiertos. Y no es que tuviera sueño, pero... no sabía por qué... y el tiempo pasaba... y pasaba...
Creyó que lo que veía era una gran mariposa blanca que había venido volando carretera abajo a posarse sobre la puerta del jardín. Pero no, no era una mariposa, sino una niña con delantal. ¡Qué niña más bonita! Y en sueños le sonrió, y ella le sonrió a él también y se dirigió hacia donde estaba. «Pero no puede vivir aquí —pensó Henry—. Es nuestra casa. Aquí está ya.»
Cuando la niña llegó junto a él, metió la mano bajo el delantal, sacó un telegrama y se lo dio sonriendo. Luego se fue. «Qué obsequio más extraño —pensó él sin dejar de mirarla—. Quizá será sólo de broma, y tendrá dentro una de esas serpientes de resorte que le saltan a uno a la cara.» Rió calladamente en sueños, y lo abrió con mucho cuidado. «Bah, había sólo un papel doblado.»
Lo sacó y lo extendió.
El jardín había quedado en sombras, y las sombras fueron tendiendo su red tenebrosa sobre la casita y los árboles, sobre Henry y el telegrama. Pero él no se movió.

UN VIAJE INDISCRETO
1
Se parecía a santa Ana. Sí, con aquel manto negro sobre la cabeza, los mechones grises colgándole y el quinqué humeante en la mano, mi portera parecía la imagen de santa Ana. Cosa realmente hermosísima, pensé sonriéndole. Pero ella dijo con severidad:
—Son las seis en punto. Sólo tiene el tiempo justo. Hay un tazón de leche sobre la mesa escritorio.
Salí de mi pijama para zambullirme en un lebrillo de agua fría como lo hace toda dama británica en las novelas francesas. La portera abrió las contraventanas persuadida de que iría a parar a la celda de una cárcel o moriría a punta de bayoneta, y, al hacerlo, penetró una fría claridad. En el río pitaba un vaporcillo; un carro tirado por dos caballos pasó a todo galope; los rápidos remolinos de las aguas; los altos árboles negros de la otra orilla, agrupados como negros conversando. «Siniestro, sin duda», pensé, mientras me abotonaba mi secular impermeable Burberry. (Aquel Burberry tenía mucha importancia. No era mío. Me lo había prestado una amiga. Mis ojos se encandilaron al verlo colgado en su diminuto y obscuro vestíbulo. Era lo que yo necesitaba. El disfraz perfecto y apropiado; un viejo Burberry. Con un Burberry usado se ha hecho frente a más de un león. Damas envueltas en Burberrys usados han sido salvadas de botes que hacían agua en mares agitados como montañas. Un Burberry usado se me antojaba el santo y seña de todo viajero que se respetara y fuera sin disputa tenido por tal. Y, así diciendo, dejé en su lugar mi abrigo púrpura con piel de foca auténtica en el cuello y las bocamangas.)
—No conseguirá llegar allí —decía mí portera al ver que me subía el cuello—. No, nunca.
Bajé corriendo las ruidosas escaleras que resonaban, cosa extraña, como un piano sacudido por una fregona somnolienta, y ya estaba en el Quai. —¿Por qué tan de prisa, ma mignonne? Me preguntó un encantador chicuelo con calcetines de colores, que bailoteaba ante los eléctricos capullos de loto que se curvan a la entrada del Metro. Pero, ¡ay!, no había tiempo ni para enviarle un beso. Cuando llegué a la estación del ferrocarril, no disponía sino de cuatro minutos, y el andén de entrada estaba abarrotado de soldados con sus papeletas amarillas en la mano y grandes bultos no muy limpios. A un lado se hallaba situado el comisario de Policía, y al otro un «oficial desconocido». ¿Querría dejarme pasar? ¿Querría? Era un viejo de gruesa cara tumefacta con grandes verrugas. Sobre su nariz se asentaban unas gafas de concha. Me decidí temblorosa, y, sacando a relucir mi sonrisa matinal más seductora, se la ofrecí con el pasaporte. Pero aquella cosa frágil y alada fue a dar contra los cristales de sus gafas y cayó. Sin embargo, me dejó pasar. Corrí entre los soldados y trepé por los altos estribos de un vagón pintado de amarillo.
—¿Se va a X. directamente? —pregunté al revisor, que horadó mi billete con el taladro, y me lo devolvió después.
—No, Mademoiselle; tiene que cambiar en X. Y. Z.
—¿En...? —X. Y. Z.
Tampoco esta vez lo entendí.
—¿Quiere hacer el favor de decirme a qué hora llegaremos allí?
—A la una.
Pero esto tampoco me servía de nada; no tenía reloj. Bueno, pensé, más tarde veremos.
Ah, el tren había empezado a andar; estaba de mi parte. Se lanzó fuera de la estación, y en seguida fuimos dejando atrás las huertas, las casas altas y obscuras por alquilar, las criadas sacudiendo alfombras. El sol, alto ya, se paseaba por los campos; ponía destellos sonrosados en las aguas de los ríos y de los charcos con márgenes rojizas, e iluminando el tren bamboleante dio de plano en mi manguito y me aconsejó que me quitase el Burberry. No estaba sola en el compartimiento. Ante mí se sentaba una anciana con la falda vuelta sobre las rodillas y una toca de encaje negro en la cabeza. Sus manos regordetas, ornadas con un anillo de bodas y dos de viudedad, sostenían una carta. Poquito a poquito se sorbía un párrafo, y luego alzaba la cabeza para ver a través de la ventanilla, con los labios levemente estremecidos. Luego, otro párrafo y otra vez su arrugado semblante se volvía hacia la claridad, como si lo paladeara. Asomados a la otra ventanilla iban dos soldados con la cabeza casi tocándose. Uno de ellos silbaba y el otro tenía sujeto el capote con unos imperdibles oxidados. Y ahora se veían soldados por todas partes; trabajando en la vía, recostados sobre camiones o en pie, con las manos en las caderas y mirando fijamente al tren, como si esperasen en cada ventanilla una cámara fotográfica. Y dejamos atrás grandes barracones de madera que parecían salones de baile desmontables o pabellones de balneario; cada uno con su flamante bandera. Miembros de la Cruz Roja entraban o salían, y los heridos tomaban el sol sentados de espaldas contra la pared. En todos los puentes, los cruces y las estaciones, un petit soldat, todo botas y bayoneta, solitario y desolado, semejante al dibujo de un chascarrillo en espera de que le pusiesen el pie. ¿Existiría realmente lo que llaman la guerra? ¿Todos aquellos que reían iban a la guerra? Y esos bosques sombríos, esclarecidos tan misteriosamente por los blancos tallos de los abedules y los fresnos; esos campos encharcados sobre los que revoloteaban grandes pájaros; esos ríos que refulgían al sol, verdes y azulados, ¿sería posible que en ellos se hubiesen librado batallas? Qué cementerios más hermosos dejamos atrás. Centelleando gozosamente a la luz del sol, parecían llenos de flores de aciano, de amapolas y de margaritas. Pero, ¿cómo podría haber tanta flor en esta época del año? No, no eran flores, sino manojos de cintas anudados en las tumbas de los soldados.
Alzando la vista miré en los ojos a la anciana. Ella, sonriéndose, plegó la carta.
—Es de mi hijo; la primera que recibo desde octubre. Voy a llevársela a mi nuera.
—¿...?
—Sí, muy bien —repuso la anciana, bajándose la falda y metiendo un brazo por el asa de su canasta—. Quiere que le mande unos pañuelos y un trozo de cuerda resistente.
¿Cómo se llamaba la estación donde había que cambiar? Acaso no lo averiguaría nunca. Me levanté y quedé apoyada con los brazos en el borde de la ventanilla y los pies cruzados. Me ardía una mejilla, como en la infancia cuando iba a la orilla del mar. El día que acabara la guerra, tenía que hacerme con una barcaza para dejarme ir arrastrada por la corriente de aquellos ríos, sin más compañía que un gato blanco y una maceta de reseda.
Abajo, por la falda del cerro, desfilaban tropas. El rojo y el azul titilaban a la luz solar. Mucho más lejos, pero perfectamente visibles, otros corrían en bicicletas. La verdad, ma France adorée: esos uniformes son ridículos. Tus soldados van hollando tu seno como calcomanías chillonas e irreverentes.
El tren amortiguó la marcha y se detuvo. Todo el mundo saltó a tierra menos yo. Un muchacho que llevaba los zuecos atados con una cuerda a la espalda y un vaso para vino de hojalata teñido de un rosa inverosímil y encantador, me miraba con aire amistoso. «¿Sería aquí donde había que cambiar para ir a X?» Otro, cuyo kepis salió bajo un papelón de bizcochos humedecidos, tiró mi maleta al suelo. ¡Qué soldados más encantadores!
—Merci bien, Monsieur, vous étes tout a fait aimable.
—Por aquí no —dijo una bayoneta.
—Por aquí tampoco —dijo otra.
Tuve que seguir a la multitud.
—Su pasaporte, Mademoiselle.
«Nos, Sir Edward Grey...» Atravesé corriendo la plaza enfangada y entré en el buffet.
Un aposento pintado de verde con una estufa en medio y mesas a los lados. En el mostrador, embellecido con botellas de colores, una mujer apoyaba sus senos sobre los brazos cruzados. A través de la puerta abierta podía verse la cocina y al cocinero con chaqueta blanca, que partía huevos sobre una escudilla, arrojando los cascarones a un rincón. Las guerreras rojiazules de los que estaban comiendo pendían de las paredes y sus machetes y cinturones se amontonaban sobre las sillas. ¡Qué ruido, cielo santo! La atmósfera caldeada por el sol parecía que iba a deshacerse en temblores. Un muchachito muy pálido que iba de mesa en mesa atendiendo las peticiones, me sirvió un vaso de café purpúreo. Zzz... hacían los huevos en la sartén. La mujer se echó fuera del mostrador y se puso a ayudar al chico. «Tout de suite, tout suite», gorjeaba en respuesta a las voces impacientes. Se oía el estrépito de los platos y los taponazos de botellas al ser descorchadas.
De improviso vi en la puerta de la calle a un hombre con un balde de pescado. Unos peces con motas negruzcas, como esos que se ven en los acuarios, nadando entre florestas de bellísimas algas marinas apretujadas. Era viejo y vestía un jubón destrozado. Se quedó allí esperando humildemente que alguien se ocupara de él. La rala barba le caía sobre el pecho, y sus ojos, bajo las tupidas cejas, miraban hacia el balde. Parecía haberse escapado de algún cuadro religioso, y se deshacía en excusas a los soldados por estar allí.
Pero, ¿qué iba yo a hacer? No podía llegar a X. con dos peces colgados de un junco. Y estoy segura de que en Francia está castigado por la ley el arrojar peces por las ventanillas de los coches de ferrocarril. Así reflexionaba al montar afligida en un tren muy pequeño y muy desaseado. Quizá debiera habérselos llevado a... Oh, man Dieu! Había olvidado otra vez el nombre de mi tío y de mi tía. ¿Buffard, Buffon? ¿Cómo era? Volví a leer la carta, nada familiar para mí, aunque escrita con la caligrafía de la familia.
«Querida sobrina: Ahora que el tiempo ha sentado un poco, tu tío y yo estaríamos encantados si quisieras venir a hacernos una breve visita. Telegrafíame cuando salgas. Iré a encontrarte al salir de la estación si estoy libre. En caso contrario, nuestra buena amiga Madame Grinçon, que vive en la caseta de consumos, junto al puente, juste en face de la gare, te acompañaría a casa. Je vous embrasse bien tendrement.
JULIE BOIFFARD.»
Adjunta, una tarjeta de visita: M. Paul Boiffard.
Boiffard, claro que sí, ése era el nombre. Ma tante lidie et mon onde Paul. Y de improviso se me hicieron más reales, más palpables, que todos los parientes que había conocido. Vi a la tante Julie, deteniéndose con la sopera en las manos, y al onde Paul sentado a la mesa con una servilleta blanca y roja atada en derredor del cuello.
Boiffard, Boiffard. Tengo que recordar el nombre.
¿Qué ocurriría si el Comisario Militar me preguntara a casa de qué parientes iba y confundiera el nombre? Sería fatal. Buffard, no; Boiffard. Y entonces, por primera vez, al doblar la carta de la tía Julie, vi en una esquina de la página en blanco de detrás: «Venez vite, vite», garrapateado apresuradamente. ¡Qué mujer más extraordinariamente impulsiva! Mi corazón se puso a latir.
—Ya no queda mucho —dijo una señora que iba enfrente—. ¿Va a X. Mademoiselle?
—Oui, Madame.
—Yo también. Entonces, ¿ha estado allí ya?
—No, Madame. Ésta es la primera vez.
—Pues la verdad, ha escogido una rara ocasión para visitar X.
Sonreí levemente, tratando de no mirar su sombrero. Era una mujercita vulgar, pero llevaba una toca de terciopelo negro con una inverosímil y sorprendente gaviota instalada en lo más alto de ella, Los redondos ojos del ave me miraban tan inquisitivamente, que casi resultaba insufrible. Sentí unas ganas atroces de ahuyentarla o de aproximarme a la dueña del sombrero para informarle de la presencia de aquel... «Excusez-moi, Madame, pero acaso no se ha dado usted cuenta de que hay una espéce de gaviota conché sour votre chapean.» O ¿estaría aquel ave puesta allí intencionadamente? No debía reírme, no podía hacerlo. Pero, ¿se habría mirado siquiera en el espejo con aquel pájaro en la cabeza?
—Ahora es muy difícil entrar en X.; pasar más allá de la estación —dijo moviendo la cabeza con la gaviota para dirigirse a mí—. Ah,— qué de cosas se exigen. Hay que hacer una declaración dando el nombre y los motivos del viaje.
—¿De veras está tan mal esto?
—Pues claro que sí. Comprenda usted que toda esta zona se halla en manos de los militares y —se encogió de hombros— tienen que ser muy rigurosos. Muchos no logran salir de la estación. Llegan, entran en la sala de espera y de ahí no pasan.
¿Había o no había en su Voz un raro e insultante tono de regocijo?
—Me imagino que ese rigor será estrictamente necesario —repuse fríamente, acariciando mi manguito.
—Sí, necesario —exclamó—. Así lo creo. Porque, Mademoiselle, de no ser así, no puede figurarse lo que ocurriría. Ya sabe cómo les gustan los soldados a las mujeres —y alzó la mano con ademán concluyente—. Están locas, completamente locas por ellos, Pero —y rió con risita de triunfo—, no pueden entrar en X. Mon Dieu, no. No hay nada que hacer.
—Creo que ni siquiera lo intentarán —repuse.
—¿Lo crees? —me dijo la gaviota.
Madame quedó un momento en silencio. Y luego:
—Por supuesto, las autoridades son muy duras con ellos. Significa calabozo inmediato y luego, allá, a la línea de fuego, sin derecho a replicar.
—¿A qué vas tú a X.? —me preguntó la gaviota—, ¿Qué diablos tienes tú que hacer allí?
—¿Va a estar mucho tiempo en X., Mademoiselle?
Sí, lo había conseguido. Estaba asustada. Pasó un farol junto a la ventana ostentando el nombre fatal y el tren se detuvo. Casi me había quedado sin respiración. Pero sonreí alegremente a Madame, y bajé a saltos los peldaños de la plataforma.
Un cuarto chiquito y caldeado con muchos muebles y dos coroneles sentados ante sendas mesas. Unos señores con grandes patillas grisáceas y algunos toques de rojo quemado en las mejillas. Tenían un aspecto suntuoso y omnipotente. Uno de ellos fumaba lo que las señoras gustan llamar un cigarrillo egipcio, fuerte, que conservaba un buen trozo de ceniza color crema. El otro jugueteaba con una pluma d
—¿Qué es esto? —preguntó la divinidad número uno, agriamente.
Mi pasaporte no le hizo ninguna gracia. Sólo de verlo parecía sentirse contrariado. Hizo un gesto denegatorio con la mano, como diciendo: «Non, je ne peux pas manger ga.»
—Esto no sirve. No sirve para nada, ¿comprende? Mire, véalo usted misma —él miró con extraordinario desagrado mi fotografía, y luego, aún con mayor desagrado, sus ojos se fijaron en mi persona a través de los cristales.
—Desde luego, la fotografía es deplorable —dije aterrada hasta el punto de quedarme casi sin respiración—, pero el pasaporte ha sido visado tantas veces...
Levantó su corpachón y fue hacia la divinidad número dos.
«Ánimo —dije para mi manguito, apretándolo con fuerza—. Ánimo.»
El dios segundo me llamó con un dedo y yo exhibí la carta de la tía Julie y su tarjeta. Pero él no pareció mostrar el menor interés por ellas. Selló mi pasaporte perezosamente, garrapateó unas letras en mi billete y otra vez al andén.
—Por ahí, salga por ahí.
Terriblemente pálido y con una leve sonrisa en los labios, ahí estaba un cabo chiquitín, haciendo el saludo militar. No hice el menor gesto. Estoy segura de que no lo hice, y él fue a colocarse tras de mí.
—Sígame como si no me viera —le oí decir, con una voz que parecía susurrar y cantar al mismo tiempo.
Oh, qué de prisa andaba por el cieno resbaladizo en dirección al puente. Llevaba a la espalda una valija de cartero, y en la mano un paquete envuelto en papeles y Le Matin.
Íbamos como escurriéndonos por un laberinto de policías, y yo no podía seguir al cabo chiquitín que se puso a silbar. Desde la caseta de consumos «nuestra buena amiga, Madame Grinçon», presenciaba la llegada con las manos envueltas en su chal; arrimado a la caseta había un cochecito deslucido.
—Montez vite, vite! —dijo el pequeño cabo tirando mi maleta, la valija de la correspondencia, el bulto empapelado y Le Matin al piso del carruaje.
—Eh, eh —le suplicaba nuestra buena amiga, Madame Grinçon—. No sea loco. No lo conduzca usted mismo. Lo van a ver.
—Ah, je m'en f... —dijo el cabo chiquitito.
Empezó a actuar como cochero. Dio unos latigazos al caballo esquelético, y echamos a correr, a volar. Las dos puertas que formaban los laterales del coche se estremecían y traqueteaban.
—Bon jour, mon amie.
—Bon jour, mon ami.
Y luego nos abalanzamos a las portezuelas bamboleantes. No había manera de que se mantuvieran cerradas. Eran unas portezuelas locas.
—Échese hacia atrás —le decía yo—, déjeme a mí. Que hay más policías que rosas en mayo.
Al llegar al cuartel, el caballo se encabritó y se detuvo.
Una multitud de rostros sonrientes empañaron las ventanillas.
—Prends ca, mon vieux —dijo el cabo chiquitín dando el paquete.
—Muy bien —gritó alguien.
Saludamos con la mano y partimos de nuevo. Pasamos junto a un río, y seguimos una calle blanca y extraña, con diminutas casitas a ambos lados, que con los últimos rayos del sol brillaban alegremente.
—En cuanto pare, salte. La puerta estará abierta. Entre sin más. Yo la seguiré. Ya está pagado su alojamiento. Creo que le gustará la casa. Es enteramente blanca. Y la habitación es blanca también. Y las gentes son...
—Blancas como la nieve.
Nos miramos y empezamos a reír.
—¡Hala! —dijo el cabo chiquitín.
Bajé de un salto y entré por la puerta. Allí estaría seguramente mi tía Julie. Y no muy lejos de ella, mi tío Paul, era de suponer.
—Bon jour, Madame! Bon jour, Monsieur!
—Todo ha salido bien y ya estás a salvo —dijo mi tía Julie.
¡Cielos, cómo la quería! Abrió la puerta de la alba habitación y la cerró tras nosotros. Bajamos la maleta, la valija de la correspondencia y Le Matin. Tiré por los aires mi pasaporte y el cabo chiquitín lo atrapó.
2
Qué cosa más extraordinaria. Habíamos ido allí a comer y cenar todos los días; pero ahora, sola y a obscuras, no podía encontrarlo. Cloqueé con mis zuecos prestados, por el barro pegajoso, hasta llegar a las afueras del pueblo, y no había ni señales de él. Ni siquiera podía recordar su aspecto; si tenía el nombre pintado en la fachada o si a través de las vidrieras se veían las mesas y las botellas. Las casas de la aldea estaban ya cerradas para la noche con grandes postigos de madera. Extrañas y misteriosas, vistas entre la llovizna y con aquella luz harapienta y rastreante, semejaban una caterva de mendigos encaramados en las laderas del cerro con los senos repletos de oro mal habido, únicamente se veían soldados por allí. Al pie de un farol un grupo de heridos acariciaba a un perro sarnoso y temblón. Por la calle, venían cuatro muchachotes cantando: «Dodo, mon homme, jais vit dodo...» Iban cuesta abajo, de regreso a sus barracones tras la estación. Parecían llevarse con ellos el último hálito de la tarde. Regresé andando poco a poco.
«Debe de ser una de estas casas. Recuerdo que estaba bastante alejada de la carretera y que no tenía gradas en la puerta ni porche tampoco. Parecía como si una entrara por la ventana.» Y he aquí que de pronto veo salir de allí mismo al chico del café. Al verme sonrió alegremente y se puso a silbar entre dientes.
—Bon soir, mon petit.
—Bon soir, Madame.
Y me acompañó adentro, hasta nuestra mesa reservada, enteramente al fondo, junto a la ventana. Nuestra mesa, señalada por la presencia de un ramillete de violetas que el día anterior había dejado yo en un vaso.
—¿Serán ustedes dos? —me preguntó el camarerillo, sacudiéndola con un trapo rojiblanco.
Sus largos pasos cimbreantes resonaron sobre el piso desnudo. Desapareció por la puerta de la cocina y volvió a salir para encender el quinqué que pendía del techo, bajo una pantalla amplia como el sombrero de un segador. Una luz cálida iluminaba el local vacío, que en realidad es un granero amueblado con unas cuantas mesas y sillas de desecho. En medio del aposento se destacaba la estufa. A un lado de ella, una mesa con una hilera de botellas, tras de las cuales estaba sentada Madame contando el dinero y anotando los ingresos en un libro rojo. Enfrente de su pupitre, una puerta que conducía a la cocina. Las paredes se hallaban empapeladas de color crema, y todas salpicadas de árboles verdes y frondosos. Cientos y cientos de árboles alzando al techo sus cabezas de hongo. Me puse a cavilar en quién habría escogido aquel papel, y por qué. ¿Creería Madame que era bonito, o pensaría en lo alegre y delicioso que sería comer en medio de una floresta en todas las estaciones del año? A cada lado del reloj pendía un cuadro. En uno un joven de etiqueta cortejaba, tras el respaldo del banco de un jardín, a una dama piriforme en amarillo: Premiere Rencontre. En el otro, el negro y el amarillo en amorosa confusión: Triomphe d'Amour.
El reloj dejaba oír su tictac como una sedante y alegre cancioncilla: C'est ga, c'est ga. En la cocina el chico del café estaba lavando la vajilla. Se oía entrechocar los platos con ruido macabro.
¿Han pasado años? Acaso la guerra hace ya tiempo que ha terminado. Acaso ahí afuera ya no existe la aldea. Quizá las calles estarán cubiertas enteramente por la hierba. He pensado que esto es lo que uno debe hacer en su día postrero: sentarse en un café vacío y escuchar el tictac del reloj hasta que...
Madame salió por la puerta de la cocina, me hizo un saludo con la cabeza y ocupó su asiento tras de la mesa, enlazando sus manos regordetas sobre el libro rojo. Ping, hace la puerta. Entra un puñado de soldados, se quitan sus capotes y se ponen a jugar a las cartas, embromando al chico del café, divirtiéndose a costa del lindo camarerillo, quien echa hacia atrás su redonda cabecita, aparta el tupido flequillo que le cae sobre los ojos y replica con su voz destemplada. A veces le salía tonante de la garganta, grave y áspera, pero en medio de una frase se quebraba y esparramaba como un gallo graciosísimo. Y esto parece que le divertía. No se quedaría una sorprendida si le viera entrar a la cocina andando sobre las manos y traer nuestra cena dando volatines.
Ping, hizo otra vez la puerta. Entraron dos hombres. Se sentaron en la mesa más próxima a Madame, quien se inclinó hacia ellos con movimiento de pájaro, la cabeza ladeada. ¡Ay!, han sido agraviados. El teniente es un imbécil, que anda siempre husmeando, que se mete con ellos, y ellos sólo estaban cosiéndose los botones. Sí, eso era todo; cosiéndose los botones, y ahí viene ese joven pisaverde a decirles: «Bueno, ¿qué hacen ustedes aquí?» Remedaban la voz idiota. Madame frunció la boca y asintió con cordiales movimientos de cabeza. El chico les sirvió los vasos y luego tomó una botella de una bebida color naranja que puso en el borde de una mesa. Un grito de los jugadores de cartas le hizo volverse de repente y ¡zas! Allá fue la botella, que se vertió sobre la mesa y se estrelló contra el suelo haciéndose añicos. Un silencio de estupor en el que se oye el dip, dip del vino goteando de la mesa al suelo. Sorprendía ver lo despacio que goteaba; era como si llorara la mesa. Luego el griterío de los jugadores de naipes: «Ya te la has ganado, muchacho.» «Así es cómo se hace.» «Ya la has hecho.» «Sept, huit.» Se habían puesto otra vez a jugar. El chico no dijo nada. Quedó con la cabeza agachada y las manos tendidas. Luego se arrodilló para recoger los vidrios, trozo a trozo, y enjugar el vino con un trapo. Sólo levantó la cabeza cuando Madame le gritó:
—Aguarda, que cuando él lo sepa...
—No podrá decir nada, porque yo lo pago de mi bolsillo —dijo entre dientes, tensos los músculos de la cara.
Y se fue a la cocina con el trapo empapado.
—Il pleure de colére —dijo Madame divertida, acariciándose el cabello con sus manos regordetas.
El café se fue llenando poco a poco. Hacía cada vez más calor. Un humo azulado subía de las mesas y quedaba flotando en espirales neblinosas en torno del sombrero de segador. Había un olor sofocante a sopa de cebolla, a botas, a ropas mojadas. En medio de la barahúnda, la puerta sonó otra vez, para dar paso a un raro espécimen de sujeto, el cual se quedó apoyando la espalda contra ella y haciéndose sombra con una mano sobre los ojos.
—Hola, ¿ya te has quitado el vendaje?
—¿Cómo va eso, mon vieux?
—Deja que te los vea.
Pero él no responde. Encogiéndose de hombros, avanza con paso inseguro hacia una mesa, y se sienta recostado de espaldas contra la pared. Poco a poco, su mano se va bajando. En su blanco semblante sus ojos se muestran tan enrojecidos como los de un conejo. Están arrasados de lágrimas y destilan. Sacó un paño blanco de su bolsillo y se los enjugó.
—Es el humo —dice uno—; te escuecen por el humo.
Sus camaradas le están observando un rato, viendo cómo sus ojos quedan arrasados de nuevo. Las lágrimas le corren por la cara y desde el mentón caen a la mesa. Él restriega aquel trozo con la manga de su capote, y, después, como si lo hubiera olvidado, sigue frota que te frota la mesa con la mano, mientras mira fijamente ante sí. Por último se pone a sacudir la cabeza, siguiendo el movimiento de las manos, da un fuerte y extraño gemido y saca otra vez el paño del bolsillo.
—Huit, neuf, dix —repetían los jugadores de naipes.
—P'tit, un poco de pan.
—Dos cafés.
—¡Un Picón!
El chico, enteramente repuesto, pero con las mejillas coloradas, corría de aquí para allá. Se ha encendido una terrible disputa entre los jugadores, que se prolonga sañuda durante un par de minutos, para morir en medio de risitas entrecortadas.
—¡Ah! —gruñe el de los ojos, meciéndose y restregando.
Pero nadie se fija en él, sino Madame, que hace una leve mueca a los dos soldados, y dice con severidad:
—Mais vous savez, c'est un peu dégoútant, ga.
—Ah, oui, Madame —replican los soldados, siguiendo con la mirada el movimiento de sus manos y su cabeza inclinada, cuando por centésima vez se arregla los volantes de encaje de su levantado seno.
—Via Monsieur —graznó el chico del café dirigiéndose a mí por encima del hombro.
Por no sé qué necias razones hice como si no oyera, y me incliné sobre la mesa para olfatear las violetas hasta que la mano del cabo chiquitín se cerró sobre la mía.
—¿Un peu de charcuterie para empezar? —pregunta con delicadeza.
3
—En Inglaterra —dice el soldado de ojos azules—, beben ustedes whisky en las comidas. N'est-ce pas, Mademoiselle? Un vasito de whisky puro antes de comer, whisky con soda con el bistec, y después, más whisky con agua caliente y limón.
—¿Es verdad eso? —pregunta su gran amigo, el que se sentaba enfrente, un chicarrón de cara colorada, negras barbas, grandes ojos llorosos y el pelo cortado como por una máquina de aserrar.
—Si, si —exclamaba el soldado de ojos azules—. Tengo motivos para saberlo. Soy industrial, los viajeros ingleses vienen a mi casa y siempre es lo mismo.
—Pues yo no puedo resistir el whisky —declaró el cabo chiquito—. Resulta demasiado desagradable al día siguiente por la mañana. ¿Te acuerdas, ma filie, del whisky en aquel pequeño bar de Montmartre?
—Souvenir tendré —suspiró Barbanegra, llevándose dos dedos al pecho y dejando caer la cabeza.
Estaba muy embriagado.
—Pero yo conozco algo que usted no ha probado nunca —afirmó el soldado de ojos azules, señalándome con el dedo—, algo bueno de verdad —hace con la lengua: ¡Clac!—. E... patant! Y lo más curioso es que difícilmente lo distinguiría del whisky, a no ser porque —agita la mano buscando la palabra— es más delicado, más fragante quizá, no tan ardoroso, y en que a la mañana siguiente se siente uno más alegre que un cascabel.
—¿Cómo se llama eso?
—Mirabelle —parecía dar vueltas en la boca a aquella palabra, paladearla—. Ah, eso sí que es excelente.
—Podría comer otra seta —dijo Barbanegra—. Me gustaría mucho comerme otra seta. Estoy seguro que podría comerla si Mademoiselle me la diera con su mano.
—Debe usted probarlo —replicó el de los ojos azules, apoyando ambas manos en la mesa y hablando con tal seriedad, que empecé a preguntarme si estaría tan sobrio como Barbanegra—. Debe probarlo, y esta misma noche. Me gustaría que me dijera si no lo confundía con el whisky.
—Quizá lo haya aquí —dijo el cabo pequeñín, y llamó al chico—: P'tit.
—Non, Monsieur —replicó éste, que no cesaba de sonreír.
Nos sirvió los postres, en platos pintados con azules papagayos y escarabajos cornudos.
—¿Cómo se llama esto en inglés? —preguntó Barbanegra, señalando.
—Parrot —le dije.
—Ah, mon Dieu... Pair... rot —y echó los brazos en torno del plato—. Yo te amo, ma petite pair... rot. Eres dulce, eres rubia, eres inglesa. No sabes distinguir el whisky de la mirabelle.
El cabo y yo nos miramos y reímos. Él apretaba los ojos al reírse de modo que sólo se le veían las largas pestañas rizadas.
—Bueno, yo sé un sitio donde lo hay —declaró el soldado de ojos azules—. El Café des Amis. Iremos allí, yo pagaré. Pagaré por todos —e hizo el gesto de abrazar talegas con miles de libras.
Pero con un sonoro y rechinante ruido, el reloj de la pared dio las ocho y media. Y no estaba permitido a ningún soldado estar en el café después de las ocho. —Adelanta —dijo el de ojos azules. El reloj del pequeño cabo decía lo mismo. Y también la enorme cebolla que sacó a relucir Barbanegra, depositándola cuidadosamente sobre la cabeza de uno de los escarabajos cornudos.
—Bueno, corramos el riesgo —dijo el soldado de ojos azules, y metió los brazos dentro de su inmenso capote acartonado—. Vale la pena. Ya lo veréis.
Fuera lucían las estrellas entre mechones de nubes y sobre un puntiagudo campanario la luna flameaba como la llama de una vela. Las sombras de los árboles, como plumeros negruzcos, se agitaban sobre las casas blanquecinas. No se veía un alma. No se escuchaba otro rumor que el ¡fa, fa! de un tren lejano, semejante al resoplar de un enorme animal dormido.
—Tiene frío —musitó el pequeño cabo—. Tiene usted frío, ma filie.
—No, de veras que no. —Pero si está temblando. —Sí, pero no tengo frío.
—¿Cómo son las mujeres en Inglaterra? —preguntó Barbanegra—. Cuando acabe la guerra iré allí, buscaré una inglesita y me casaré con ella... y con su pair... rot —concluyó con risa sofocada.
—Idiota —le dijo el soldado de ojos azules, sacudiéndolo. E inclinándose hacia mí murmuró—: Sólo se le puede tomar el gusto después del segundo vaso. Un segundo vasito y entonces, ah, entonces se sabe lo que es.
Él Café des Amis relumbra a la luz de la luna. Tras de mirar apresuradamente a uno y otro lado de la carretera, subimos corriendo los cuatro peldaños de madera, abrimos la tintineante puerta de cristales y entramos en una habitación de techo bajo alumbrada con un quinqué colgante, donde unas diez personas, sentadas en dos bancos ante una estrecha mesa, estaban cenando.
—¡Soldados! —exclamó una mujer tras de una blanca sopera, poniéndose en pie de un salto. Era flaca y estaba envuelta en un chal negro—. ¡Soldados a estas horas! ¡Miren, miren al reloj! —y lo señalaba con el cucharón goteante.
—Adelanta —dijo el soldado de ojos azules—. Está adelantado, Madame. Y no haga demasiado ruido, se lo suplico. Beberemos y nos iremos.
—¿Se irán? —chilló, corriendo en torno de la mesa y plantándose delante de nosotros—. Eso es precisamente lo que tienen que hacer. ¡Venir a la casa de una mujer honrada a estas horas de la noche! ¡Armar escándalo! ¡Hacer que venga la Policía! ¡Ah, no, no! Es una calamidad, eso es.
—¡Chist! —exclamó el pequeño cabo, levantando la mano.
Silencio sepulcral. En medio de él se oyen pasos que avanzan.
—¡La Policía! —murmura Barbanegra, haciendo un guiño a una guapa chica con pendientes en las orejas, que le devuelve la sonrisa, procazmente—. ¡Atención!
Los rostros se alzaron, escuchando. «Qué hermosos están —pensé—. Son como una familia del Antiguo Testamento reunida para celebrar la cena.» Los pasos se alejaron.
—Les hubiera estado muy bien que los hubiesen cogido —rezongó la mujer enfadada—. Por lo que a ustedes se refiere, siento que no haya entrado la Policía. Lo merecen sí que lo merecen.
—Un vasito de mirabelle y nos iremos —insistió el soldado de ojos azules.
Aún refunfuñando y gruñendo, sacó cuatro vasos de un aparador y una gran botella.
—Pero no lo van a beber aquí. No lo crean.
El pequeño cabo se fue corriendo a la cocina.
—Ahí no, ahí no, idiota —gritó ella—. ¿No ve que hay una ventana y una pared enfrente donde la Policía viene todas las noches a...?
—¡Chist! —otra alarma.
—Están ustedes locos y acabarán los cuatro en la cárcel —dijo la mujer.
Salió disparada de la habitación y nosotros la seguimos de puntillas hasta el fregadero obscuro y maloliente, repleto de cacerolas de agua grasienta, hojas de lechuga y huesos mondados.
—Ahí —ordenó dejando los vasos—. A beber y a la calle.
—¡Ah, por fin! —la voz del soldado de ojos azules resonó placentera en la obscuridad.
—¿Qué le parece? ¿No es lo que yo decía? ¿No sabe a whisky del mejor?
e oro. Sus cabezas giraban sobre sus apretados cuellos, como enormes frutos pasados. Cuando puse en sus manos mi pasaporte con el billete, tuve la horrible sensación de que iba a venir tras de mí un soldado a decirme que me arrodillara. Y lo hubiera hecho sin replicar.

ESTAMPAS PRIMAVERALES
1
Llueve. Grandes gotas que salpican blandamente las manos y las mejillas. Goterones cálidos como estrellas derretidas. «¡Rosas! ¡Lirios! ¡Violetas!», grazna la vieja bruja en el arroyo. Pero los manojos de lirios, entre verdores escarolados, se asemejan a coliflores mustias, y de ellos se desprende un olor desagradable y enfermizo. Va y viene arrastrando el rechinante carretillo. Nadie quiere comprar aquello. Es necesario andar por en medio de la calle; no hay sitio en las aceras. Todas las tiendas están de bote en bote. Todas exhiben volantes andrajosos, encajes manchados, cintajos sucios; algo con que atraerle a uno. Han instalado fuera mesas con cañones de juguete, soldados y Zeppelines, o marcos para fotografías completados con bellezas que miran de soslayo. Hay enormes montones de amarillentos sombreros de paja, formando en pirámides de confitería, y ristras de botas de color y de zapatos, tan pequeños, que no le sirven a nadie. Hay una tienda repleta de saldos de pequeños impermeables, con un letrero —«Bebé»— en medio de ellos. Los azules para las niñas, los rosas para los chicos.
—¡Lirios, rosas, bonitas violetas! —gorjeaba la vieja bruja en el momento de tropezar con otro carretillo.
Pero éste no se mueve. Está abarrotado de lechugas, y su propietaria, una vieja gorda, duerme profundamente, tirada en él, todo a lo largo, con la nariz en las raíces de las hortalizas.
¿Quién va a comprar aquí nada? Las vendedoras son mujeres. Están sentadas en sus banquillos de tijera, pensativas, con la mirada perdida. De vez en cuando una de ellas se levanta, coge un plumero, como una antorcha humeante, y sacude esto o aquello. Luego vuelve a sentarse. Hasta el viejo con gafas color naranja, que tiene un balón por barriga y está dando vueltas al soporte de las postales cómicas, lo hace girar y girar sin decidirse.
De improviso, en la tienda vacía de la esquina, empieza a tocar un piano, y un violín y una flauta se le unen. En las vidrieras de los escaparates se ha pintarrajeado: «Nuevas canciones.» «Primer piso.» «Entrada gratis.» Pero las ventanas del primer piso están abiertas y nadie se molesta en subir. La gente anda rondando por ahí, riéndose con sorna de las ásperas voces que flotan en la tarde cálida y lluviosa. A la puerta hay un hombre flaco con unas rotas zapatillas de orillo. En el ala averiada de su sombrero ha hincado una pluma; una pluma magnífica. Y ¡con qué arrogancia la lleva! Luce unas doradas charreteras, un levitín militar, guantes blancos de cabritilla y bastón dorado. Y cómo fanfarronea bajo aquel atuendo. Y qué amplia y rica le sale del pecho la voz. «¡Suban, suban! ¡Nuevas canciones! Todos son cantantes de reputación europea. La famosa orquesta no tiene igual. Puede estarse todo el tiempo que se quiera. Es una ocasión única en la vida. Si la pierde no volverá a encontrarla.» Mas nadie se mueve. ¿Para qué? Conocen de sobra aquellas muchachas, aquellas famosas artistas. Una va vestida de casimir crema y la otra de casimir azul. Ambas llevan sobre la oreja una rosa prendida en el cabello, obscuro y rizado. Conocen de sobra al pianista con botas de botones. La del pie izquierdo —la del pedal— abierta sobre el juanete del dedo gordo. Y al violinista que se muerde las uñas. Y los puños excesivamente largos del flautista. Todo eso es tan viejo como las nuevas canciones.
Durante un buen rato la música sigue y la voz petulante continúa retumbando. Pero alguien ha bajado la escalera, y el voceador, sin perder su altivo empaque, desaparece. Cesan las voces. El piano, el violín y la flauta se van apagando y quedan en silencio. Sólo las cortinas del primer piso dan señales de vida al agitarse.
Sigue lloviendo, empieza a obscurecer. ¡Rosas! ¡Lirios! ¿Quién quiere comprar violetas?
2
¿Qué esperas, desdichada? ¿Hembra sentimental, hembra caduca? Acaba de hacer saltar las cuerdas de ese piano. Terminaré loca con tu interminable matraqueo. Mi corazón y hasta mis leves pulsos laten siguiendo el compás. Es de mañana. Estoy tendida en mi lecho vacío; un lecho inmenso como una llanura, y tan frío e inhospitalario. A través de las persianas sube la claridad del sol reflejada por el río, y fluctúa en el techo con ondas temblorosas. Llega de fuera un martillear lejano y allá abajo, en la casa, bate una puerta remota abriéndose y cerrándose. ¿Es ésta mi habitación? ¿Esas ropas plegadas sobre la silla son las mías? Bajo la almohada, símbolo y emblema de la soledad femenina, el tictac del reloj. El timbre se pone a escandalizar. ¡Ah, por fin! Salto de la cama y corro a la puerta. ¡Toca más, más de prisa! ¿Qué esperas?
—La leche, Mademoiselle —dice la portera mirándome con gravedad.
—Ah, gracias —exclamo alborozada, agitando la botella—. ¿No ha habido carta para mí?
—No, Mademoiselle.
—Pero... ¿ha pasado ya el cartero?
—Hace más de media hora, Mademoiselle.
Cierra. Quédate un momento en el minúsculo pasillo. Escucha... escucha su odioso matraqueo. Adúlala, sedúcela, implórale hasta que, sólo por una vez, toque aquella encantadora cosita para una sola cuerda. Mas en vano.
3
Al otro lado del río, por el angosto sendero de losas que bordea la orilla, camina una mujer. Baja las gradas del Quai despaciosamente, con una mano en la cadera. Hace una tarde hermosísima; el cielo es lila y el río del color de los pétalos de las violetas. A lo largo del sendero hay árboles grandes y resplandecientes, empapados de luces trémulas, y los botes que bailotean en el río envían densas oleadas espumeantes que van a morir casi a sus pies. La mujer se ha detenido, se ha vuelto de pronto y se ha reclinado contra un árbol, cubriéndose el rostro con las manos; está llorando. Luego se ha puesto a pasear de un lado a otro retorciéndose las manos. Por último ha vuelto a reclinarse contra el árbol, de espaldas a él, con la cabeza erguida y las manos enlazadas, como si se reclinara contra algo muy querido. Sobre los hombros lleva un chal gris, y con sus extremidades se cubre el rostro, mientras se mueve a uno y otro lado.
Pero no se puede llorar eternamente; y al fin se torna grave y reposada. Se arregla los cabellos y las ropas y da unos pasos. ¡Ah!, ¡muy pronto; demasiado pronto! De nuevo vuelve a alzar los brazos, a agitarse. Otra vez se confunde con el tronco del árbol esbelto. En las casas aparecen cuadros de luz dorada. Los faroles del alumbrado público hacen relucir las hojas nuevas de los árboles. Amarillentos abanicos de luz iluminan los botes bailoteantes.
Por un momento es una mancha que se destaca contra el árbol blanquecino, grisáceo y negruzco, hasta que éste se funde con las losas y las sombras. Entonces ella se esfuma.

EN LAS ALTAS HORAS DE LA NOCHE

Virginia está sentada junto al fuego. Sus ropas de calle han quedado tiradas sobre una silla, y las botinas humean levemente junto a la encendida chimenea.
VIRGINIA (dejando la carta). — No me gusta nada esta carta; pero nada. No sé si ha tenido el propósito de mostrarse grosero o si es éste su modo de expresarse. (Leyendo.) «Muchas gracias por los calcetines. Como últimamente he recibido cinco pares, estoy seguro de que no le parecerá mal que se los haya dado a otro de la compañía.» No, no es que a mí se me figure; es que ha querido serlo. Es un terrible grosero.
Ah, cómo me gustaría no haberle enviado aquella carta donde le aconsejaba que se cuidara. Daría cualquier cosa por recoger aquella carta. La escribí también en una noche de domingo. No escribiré más cartas los domingos por la noche. Siempre me expansiono demasiado. No sé por qué me producen ese efecto las noches de los domingos. Y es que me perezco por tener a alguien a quien escribir, a alguien a quien amar. Sí, es eso: hacen que me sienta tristona y henchida de ternura. Es curioso, ¿verdad?
Tengo que empezar otra vez a ir a la iglesia. Esto de sentarse junto al fuego y pensar resulta fatal. Además en la iglesia se cantan himnos y con los himnos una se puede expansionar impunemente. (Canturreando.) «Y ahora, por aquellos muertos más amados, nuestros mejores...» (Pero sus ojos se han tropezado con el párrafo siguiente de la carta.) «Ha sido usted muy amable al tejerlos con sus propias manos.» Vamos, vamos. ¡Esto ya es demasiado! ¡Qué detestablemente vanidosos son los hombres! Y se creerá que los he tejido yo. Vaya, cuando casi no le conozco; sólo he hablado con él unas cuantas veces. ¿Por qué diablos iba yo a tejerle unos calcetines? ¿Se creerá que voy a ir tras él? Porque eso viene a ser, sin duda alguna, el tejer calcetines... si se trata de un extraño. Comprar un simple par, ya es otra cosa. No, no le volveré a escribir; es cosa decidida.
Y además, ¿con qué fin? Podría llegar a interesarme de veras por él, sin que a él se le diera un pito; los hombres son así.
Me gustaría saber por qué llega un momento en que parezco repeler a la gente. Es curioso. Al principio les gusto; me encuentran poco corriente, original; pero luego, en cuanto quiero hacerles ver —o insinuárselo siquiera— que me agradan, dan muestras de asustarse y desaparecen. Creo que, al fin, acabaré amargada con todo esto. Quizás adivinan que tengo mucho que dar. Quizás es esto lo que les amedrenta. Siento que estoy en posesión de un cariño tan ilimitado para ofrecérselo a alguien y de un modo tan total, tan absoluto... Velando por él, alejando de él todo lo que fuera desagradable, haciéndole comprender, cuando quisiese algo, que yo estaba allí para hacerlo... Sólo con saber que alguien precisa de mí, que puedo ser útil a alguien, ya soy otra. Sí, éste es para mí el secreto de la vida: sentirme amada, sentir que alguien necesita de uno; saber que hay alguien que cuenta conmigo en absoluto para todo y para siempre. Porque yo soy firme y más, mucho más generosa que otras mujeres.
Estoy segura de que la mayor parte de ellas no sienten esa ansia terrible de... declararse. Se me figura que es casi como florecer. Estoy tan replegada, tan cerrada y escondida en la sombra, que nadie se fija en mí. Debe de ser por eso, por lo que siento tanta ternura hacia las plantas y los animales enfermos. Y hacia los pájaros. No es sino una forma de deshacerme de esa riqueza, de esa carga de amor que me agobia. Claro que además están tan desamparados... pero esto es aparte. Aunque yo tenga la sensación de que si un hombre se enamora de veras de una, estaría también muy desamparado. Sí, estoy segura de que los hombres están muy desamparados.
No sé por qué será, pero esta noche tengo ganas de llorar. Ciertamente no por esa carta; la cosa no tiene tanta importancia. Pero no hago más que preguntarme si esto cambiará o si continuaré así hasta que me haga vieja. Esperando, siempre esperando. Ya no soy tan joven. Tengo arrugas y mi cutis no es ni sombra de lo que fue. Bonita nunca lo he sido; al menos lo que comúnmente se entiende por bonita. Pero tenía un cutis encantador, un pelo encantador y andaba con garbo. Hoy precisamente me he visto al pasar en un espejo; encorvada, arrastrando los pies... Parecía fea y vieja. Bueno, quizá no tanto como eso; yo siempre exagero cuando se trata de mí. Pero me siento sin ánimos para nada, y éste sí que es un síntoma de vejez. El viento, por ejemplo; no puedo soportar que me dé el viento. Y me horroriza mojarme los pies. No solía preocuparme antes de estas cosas; hasta disfrutaba con ellas. Me hacían sentirme en cierto modo más unida con la Naturaleza. Pero ahora me ponen de mal humor y me entran ganas de llorar, ansias de algo que me haga olvidar. Sin duda, por eso se dan las mujeres a la bebida. Es curioso.
El fuego se está extinguiendo. Quemaré la carta. ¿Qué importancia tiene para mí? Bah, me tiene sin cuidado. ¿Qué significa para mí? Ya pueden mandarle calcetines las otras cinco. Y no creo que sea ni pizca de lo que yo me figuro. Me parece estar oyéndole decir: «Ha sido usted muy amable al tejerlos con sus propias manos.» Porque tiene una voz arrebatadora. Creo que fue su voz lo que me atrajo. Y sus manos; tienen tal apariencia de fortaleza; son tan masculinas. Bueno, no te pongas sentimental; quémala. Pero no, ahora no puedes quemarla; el fuego se ha extinguido. Me iré a la cama. ¿Querría realmente mostrarse grosero? ¡Uf! Estoy cansada. A veces, cuando me voy a la cama, siento ganas de echarme la ropa por encima de la cabeza y llorar, llorar. Es curioso.

DOS DE DOS PENIQUES, HAGA EL FAVOR

La señora: Sí, querida, hay mucho sitio. Bastaría con que la señora que está a mi lado quisiera levantarse y sentarse enfrente... ¿No le molesta? Así mi amiga podría sentarse junto a mí... Muchísimas gracias. Pues sí querida; los dos coches prestando servicio para guerra. Ya me he habituado a los autobuses. Claro, si queremos ir al teatro le telefoneo a Cynthia. Ella tiene aún un coche. Al chófer lo llamaron a filas... hace la mar de tiempo... Creo que ya lo mataron. No recuerdo bien. El nuevo no me gusta nada. Y no es que me importe afrontar el peligro cuando se hace con prudencia, pero es tan testarudo... Arremete contra todo lo que se le pone por delante. Sólo Dios sabe lo que va a ocurrir cuando embista contra algo que no quiera apartarse. Pero el pobre hombre tiene un brazo inútil y le pasa no sé que en un pie también; creo que me lo ha contado. Debe de ser por eso, por lo que es tan temerario. Quiero decir... bueno. ¿No lo sabías?
La amiga: ¿...?
La señora: Sí, la vendió. Era pequeñísima. Sólo tenía diez alcobas, ¿comprendes? Sólo diez alcobas en toda la casa. Es extraordinario, ¿verdad? Nadie lo diría viéndola desde fuera. Y con las institutrices y las nodrizas y lo demás... Toda la servidumbre masculina tenía que dormir fuera, y ya comprendes lo que esto supone.
La amiga: ¡¡...!!
El cobrador: Hagan el favor. Vayan pagando.
La señora: ¿Cuánto es? Dos peniques, ¿no? Dos de dos peniques, haga el favor. No te molestes. Yo tengo calderilla por aquí, no sé dónde.
La amiga: ¡...!
La señora: No, no hace falta. Si tengo... El caso es encontrarla.
El cobrador: Paguen, hagan el favor.
La amiga:¡...!
La señora: ¿De veras? Pues sería así. Ya recuerdo, sí, pagué al ir. Muy bien. Te aceptaré éste solamente. Estamos en guerra, querida.
El cobrador: ¿Hasta dónde van?
La señora: A Boltons.
El cobrador: Medio penique más cada una.
La señora: No, oh, no. Si pagué sólo dos peniques a la ida. ¿No se habrá equivocado?
El cobrador (ásperamente): Léalo en la tablilla.
La señora: Bien, bien. Aquí tiene otro penique. (A la amiga.) ¿Verdad que es terrible lo poco atentos que son estos empleados? Y después de todo cobran para eso. Pero todos son casi por el estilo. He oído decir que, a la larga, el traqueteo de los autobuses afecta la médula. Eso debe de ser. ¿Has oído lo de Teddie? ¿No?
La amiga: ¿...?
La señora: Pues que ha conseguido que le hagan... ha conseguido que le hagan... Bueno, ¿qué, qué es lo que le han hecho? Ay, qué tonta soy.
La amiga: ¿...?
La señora: No, no. Hace la mar de tiempo que fue comandante.
La amiga: ¿...?
La señora: ¿Coronel? No, no, querida. Es algo mucho más importante que eso. No se trata de una compañía; hace mucho tiempo que mandaba una compañía, ni de un batallón.
La amiga: ¿...?
La señora: Sí, un regimiento. Creo que se trata de un regimiento. Pero lo que iba a decir es que le han hecho... ¡Ay, qué boba! ¿Qué es lo que está más arriba de brigadier? Sí, creo que eso. Jefe del Estado Mayor. La señora Teddie está contentísima.
La amiga: ¿...?
La señora: ¿Qué quieres?, hoy en día todo el mundo asciende, sea cual sea su cargo. Y Teddie es tan divertido. Realmente no sé cómo... Oh, es tremendo.
La amiga: ¿...?
La señora: ¿No lo sabías? Está en el departamento de guerra y se porta muy bien. Creo que uno de estos días le han ascendido. Es algo que tiene que ver con la notificación de los fallecimientos y la búsqueda de los desaparecidos. No lo sé exactamente. De todos modos, ella dice que se trata de algo tan deprimente, que no hay palabras para expresarlo. Tiene que leer cartas desgarradoras de los familiares y cosas así. Por fortuna en su oficina hay un grupito muy alegre; todas esposas de oficiales, que se hacen ellas mismas el té y compran en Stewart pasteles por turno. Cada semana tiene una tarde libre, y entonces va de tiendas o a ondularse. La última vez vino conmigo a ver una exhibición de primavera en casa de Yvette.
La amiga: ¿...?
La señora: No, la verdad. Esas levitas militares me ponen mala. ¿A ti no? Quiero decir..., como se lo dije a ella, que no viene a qué pagar precios enormes por una de Yvette cuando, al fin y al cabo, no se diferencian en nada de esas baratas de confección. Claro que tiene una la satisfacción de saber que el género es bueno y todo lo demás. Pero eso no se ve. No, yo le aconsejé que se hiciera una buena chaqueta y una falda. Porque, después de todo, una buena chaqueta y una falda siempre caen bien.
La amiga: ¡...!
La señora: Sí, no se lo dije a ella, pero es lo que yo pensaba. Tiene demasiadas carnes para llevar esas levitas militares; le salen mucho las caderas. Yo estuve a punto de encargar una de un azul indefinido con galones de ese nuevo rojo langosta... Ya sabes que perdí a mi buena Kate.
La amiga: ¡...!
La señora: Sí, ¿no es un fastidio? Precisamente cuando la tenía más o menos enseñada. Pero perdió la cabeza, como todas hoy en día, y se empeñó en que había de irse a fabricar municiones. Cuando me lo comunicó, le dije que podía marcharse, pero teniendo bien presente que, de encontrar trabajo (lo que es muy poco probable), no debía venir por casa a soliviantar a las otras criadas.
El cobrador (rudamente): Si van a seguir, otro penique cada una.
La señora: Oh, ¿dónde estamos? Qué cosa más extraordinaria. No me había dado cuenta siquiera.
La amiga: ¿...?
La señora: ¿El martes? ¿Un bridge el martes? No, querida, no puede ser el martes. Ese día saco a los heridos a que estiren las piernas, ¿comprendes? Bueno, ¿sabes?, dejo que el cocinero se los lleve al Zoo o algún otro sitio así. El miércoles. El miércoles estoy completamente libre.
El cobrador: Al paso que van, llegará el miércoles y no habrán salido todavía del autobús.
La señora: Está bien, basta, buen hombre.
La amiga: ¡¡...!!

LA GORRA NUEVA

Marido y mujer sentados para almorzar. Él lee tranquilamente el periódico mientras come. Pero ella está extraordinariamente nerviosa; viste traje de viaje y hace como si comiera.
Ella: Y si necesitas las camisas de franela, las tienes en el armario de la ropa blanca, en la balda de abajo a mano derecha.
Él (asistiendo en aquel momento a una junta de la Compañía Exportadora de Carnes): No.
Ella: Ni te has enterado de lo que he dicho. Decía que si necesitases camisas de franela, están en el armario de la ropa blanca, a mano derecha, en la balda de abajo.
Él (categórico): Enteramente de acuerdo.
Ella: ¿No es ya demasiado eso de que hasta el día en que voy a irme, no puedas dejar cinco minutos el periódico?
Él (amablemente): Mi querida esposa, yo no quiero que te vayas. Hasta te he suplicado que no te vayas. ¿Qué puedo hacer, por vida mía, si...?
Ella: Sabes muy bien que cuando voy es porque tengo que ir. He ido dejándolo y dejándolo, y el dentista me dijo la última vez que...
Él: Bueno, bueno. No volvamos a empezar de nuevo. Ya lo hemos discutido bien a fondo, ¿no es así?
La criada: Señora, ahí está el coche.
Ella: Haga el favor de poner en él mi equipaje.
La criada: Muy bien, señora.
(Ella da un terrible suspiro.)
Él: No te queda mucho tiempo si quieres coger ese tren.
Ella: Ya lo sé. Me voy. (Cambiando de tono.) Querido, no nos separemos así. Me hace sentirme tan desgraciada. No parece sino que encontrases un verdadero placer en amargarme siempre mis diversiones.
Él: No creía que ir a casa del dentista fuese cosa muy divertida.
Ella: Bueno, ya sabes que no es eso lo que quiero decir. Lo dices sólo para herirme. Tú quieres tener razón siempre.
Él (riendo): Y tú perder el tren. Estarás de vuelta el jueves por la noche, ¿no es así?
Ella (en voz baja y angustiada): Sí, el jueves por la noche. Adiós, pues. (Se le acerca y le coge la cabeza entre las manos.) Pero, ¿te ocurre algo? Mírame al menos. ¿O es que no te importo nada?
Él: Chica, si esto parece una despedida de cine.
Ella (dejando caer los brazos): Muy bien. Adiós. (Lanza una furtiva y trágica mirada en torno de la habitación y sale.)
Camino de la estación

Ella: Qué cosa más extraña es la vida. No creía que fuera a sentirme así de ningún modo. No sé por qué, pero todo el encanto parece haberse disipado. ¡Ah! Daría cualquier cosa porque el coche diera vuelta. Y lo más extraño es que si él me hubiera hecho creer que me quería, me hubiera sido mucho más fácil dejarlo. Pero esto es absurdo. ¡Cómo huele el heno! Va a hacer un día muy caluroso. Ya no volveré a ver más estos campos. Nunca jamás. Pero, por otra parte, me alegro de que hayan ocurrido las cosas así. De ese modo tendré la razón de mi parte. Siempre y por completo. No quiere una mujer a su lado. No significa nada para él. No es de esos hombres que sientan mucho afecto por alguien que no sea su propia persona. Para él no soy sino la encargada de quitar los gemelos a sus camisas antes de llevarlas a lavar. Eso es todo. Y, para mí, no es suficiente. Soy joven y demasiado orgullosa. No una de esas mujeres que vegetan en el campo y se entusiasman con «nuestras» lechugas.
Lo que has estado haciendo desde que nos casamos es querer dominarme de tal modo que me convirtiese en tu sombra, para confiar en mí tan totalmente, que con mirarme a la cara pudieras leer la hora como en un reloj. Nunca sentiste interés por mí, nunca quisiste adentrarte en mi alma. No, lo que quieres es que me acomode a tu pacífica existencia. ¡Ay, cuánto me ha ofendido tu ceguera! ¡Cuánto te odio a causa de ello! ¡Qué contenta estoy —satisfecha, sí, satisfecha— de haberte dejado! No soy ninguna chiquilla inexperta ni tampoco una vanidosa, pero sé lo que valgo. Por algo he sentido siempre ese anhelo de riquezas, de amor, de libertad, comprendiendo que me pertenecen por derecho. (Se reclina contra el acolchado respaldo del coche y murmura): «Eres una reina. Déjame que tenga la dicha de entregarte tu reino.» (Sonríe mirándose las regias manos.) Quisiera que mi corazón no latiera con tanta fuerza. Me hace daño, de veras. Me fatiga y me pone nerviosa. Es como si alguien llamara a una puerta con prisa espantosa... Este coche más que andar parece arrastrarse; a este paso no llegaremos nunca a la estación. ¡Aprisa! ¡Aprisa! Amor mío, voy hacia ti lo más velozmente que puedo. Sí, sufro tanto como tú. Es horrible, es insoportable esta última media hora que nos separa... ¡Dios mío! Y el caballo va otra vez al paso. ¿Por qué no le da de latigazos a ese animalote...? ¡Qué vida más maravillosa la nuestra! Viajando juntos por todo el mundo. Y todo el mundo será nuestro a causa de nuestro amor. Ah, no te impacientes. Voy lo más velozmente que puedo... Vaya, ahora es cuesta abajo; ahora iremos más de prisa. (Un anciano intenta cruzar la carretera.) ¡Apártate de mi camino, viejo insensato! Merecía que lo hubieras atropellado. ¡Amor mío! ¡Amor mío! Estoy casi llegando. Sólo un poco de paciencia.
(En la estación)

Póngalo en un departamento de primera clase, para fumadores... Al fin y al cabo hay tiempo de sobra. Faltan más de diez minutos para que salga el tren. No me extraña que no esté él ya aquí. No debo dar la impresión de que ando buscándolo. Pero tengo que decir que he sufrido una desilusión. No se me ocurrió nunca pensar que había de ser la primera en llegar. Creí que él estaría ya aquí; que habría reservado ya un compartimiento, que habría comprado periódicos y flores... ¡Qué cosa más rara! Yo que veía tan claramente en mi imaginación un ramo de claveles color de rosa. Él sabe cómo me gustan los claveles. Pero los rosa no son mis preferidos. Me agradan más rojiobscuros o amarillo pálido. Si se retrasa un poco va a perder el tren. Están cerrando ya las portezuelas. ¿Qué le puede haber ocurrido? Tiene que ser algo espantoso. Quizás en el último momento se ha pegado un tiro... «No puedo vivir con el remordimiento de haber destrozado tu vida.» Pero si no la has destrozado. ¡Ah!, ¿dónde estarás? Tengo que subir al coche... ¿Quién es éste? No, no es él. No puede serlo... pero, sí, lo es. ¿Qué diantre es eso que lleva en la cabeza? Una gorra negra. ¡Qué horrorosa! Está enteramente cambiado. ¿Para qué se habrá puesto una gorra negra? No lo hubiera reconocido. ¡Qué aspecto más estrafalario tiene al venir sonriente hacia mí con esa gorra espantosa!
Él: Amor mío: no me lo perdonaré jamás. Pero me ha ocurrido lo más absurdo; algo trágico y cómico también. (Suben al compartimiento.) He perdido mi sombrero. Ha desaparecido sin saber cómo. Medio hotel ha estado buscándolo. Pero ni rastro. Y al fin, desesperado, tuve que pedir prestada esta gorra a otro huésped. (El tren se pone en marcha.) No estarás enfadada. (Intenta abrazarla.)
Ella: No, aún no hemos salido de la estación.
Él (apasionadamente): ¡Dios Santo! Aunque todo el mundo nos vea. ¿Qué más da? (Intenta abrazarla de nuevo.) ¡Mi encanto! ¡Mi alegría!
Ella: No, haz el favor. No me gusta que me besen en el tren.
Él (muy ofendido): Ah, muy bien. Estás enfadada. Seriamente enfadada. No puedes perdonarme el haber llegado tarde. Pero si supieras lo que he sufrido...
Ella: ¿Cómo puedes creerme tan incomprensiva? No estoy enfadada en absoluto.
Él: Entonces, ¿por qué no dejas que te bese?
Ella (riendo nerviosamente): Tienes un aspecto tan distinto... Pareces otro.
Él (poniéndose en pie para mirarse ansiosamente en el espejo.) Pero si está muy bien, ¿no te parece?
Ella: Sí, muy bien, perfectamente bien. « ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! (Se pone a reír y a llorar de rabia.)
(Han llegado)

Ella (mientras él busca un coche): Tengo que sobreponerme. Es una obsesión. Parece increíble que cualquier cosa pueda cambiar tanto a un hombre. Tengo que decírselo. Tiene que ser muy sencillo decir: «¿No crees que ahora que estamos en la ciudad sería mejor que te compraras un sombrero?» Pero eso le haría comprender lo espantoso que estaba con eso. Y lo extraordinario del caso es que no lo comprende. Quiero decir que ni aun mirándose al espejo, ve lo ridícula que es la gorra. Qué diferentes deben de ser nuestros modos de pensar. ¡Completamente opuestos! Como que de haberlo visto en la calle, hubiera podido asegurar que me sería imposible amar a un hombre que llevase una gorra así. Ni siquiera hubiera tenido interés en conocerlo. No es mi tipo. (Mirando en torno.) Todo el mundo se ríe de la gorra. Y no me extraña. Con ella parece que las orejas le sobresalen y que tiene aplastada la cabeza por detrás.
Él: Aquí está el coche, querida. (Suben a él.) (Intentando cogerle una mano.) ¿No te parece increíble que estemos los dos solos en el coche? ¿Así, tan sencillamente?
(Ella se arregla el velo)

Él (intentando de nuevo asirle una mano. Apasionado): Tomaremos una sola habitación, amor mío.
Ella: De ningún modo. Tienen que ser dos. Claro que sí.
Él: ¿No crees que sería más discreto para no suscitar sospechas?
Ella: Necesito tener mi propia habitación. (Para sí.) Ya puedes colgar tu gorra tras la puerta de tu cuarto. (Se pone a reír nerviosamente.)
Él: ¡Alabado sea Dios! Mi reina se siente otra vez dichosa.
(En el hotel)

El gerente: Sí, señor, lo comprendo perfectamente. Creo que tengo precisamente lo que usted desea. Tengan la bondad de pasar por aquí. (Los lleva a una salita con alcoba contigua.) Esto estará muy bien para ustedes, ¿no les parece? y, si el señor lo desea, podemos hacerle la cama en el diván.
Él: ¡Magnífico! ¡Magnífico!
(El gerente sale)

Ella (furiosa): Pero yo te dije que quería una habitación para mí. Vaya una jugada que me has hecho. Te advertí que no quería compartir mi habitación con nadie. ¿Cómo te atreves a tratarme así? (Remedando la voz de él.) «¡Magnífico! ¡Magnífico!» No te lo perdonaré jamás.
Él (anonadado): ¡Dios mío!, pero ¿qué ha ocurrido? No lo comprendo. Estoy enteramente a obscuras. ¿Por qué has dejado de amarme, así de repente, y precisamente hoy? ¿Qué he hecho yo? Dímelo.
Ella (dejándose caer en el diván): Estoy muy fatigada. Si me quieres, haz el favor de dejarme sola un momento, sólo un momento.
Él (cariñosamente): Muy bien. Trataré de comprender. Empiezo a comprender. Saldré a dar una vuelta durante media hora y luego, amor mío, te sentirás más tranquila. (Mira en derredor desconcertado.)
Ella: ¿Qué ocurre?
Él: Alma mía, estás sentada encima de mi gorra. (Ella da un grito terrible, se levanta y va corriendo a la alcoba. Él sale. Después que ha pasado un ratito, ella se pone el velo y coge la maleta.)
(En el taxi)

Ella: Sí, a la estación de Waterloo. (Se recuesta en el respaldo.) ¡He podido huir! ¡He podido huir! Tendré el tiempo justo para alcanzar el tren de la tarde. Uf, ha sido como una pesadilla. Estaré en casa antes de la hora de cenar. Le diré que hacía mucho calor en la ciudad o que no encontré al dentista. ¿Qué más da? Tengo derecho a tener un hogar propio... Y el viaje de vuelta va a ser delicioso. Huele tan bien la campiña. Tenemos para cenar el pollo frío que quedó de ayer y mermelada de naranja. Había perdido la cabeza, pero ahora he vuelto a ser cuerda. ¡Ay, marido mío!

CUENTO DE HADAS SUBURBANO

El señor y la señora B. estaban almorzando en el confortable comedor decorado en rojo de su «cómoda chocita a sólo media hora de la City».
Había un buen fuego en la chimenea —ya que el comedor era también cuarto de estar—, las dos ventanas que daban al trozo de jardín, frío y desmantelado, estaban cerradas y olía gratamente a huevos con tocino, a tostadas y a café. Ahora que aquello del racionamiento quedaba prácticamente liquidado, el señor B. había hecho cuestión de honor el comer hasta hartarse antes de afrontar los manifiestos azares de cada día. Y no le importaba que se supiera; en cuanto al almuerzo, era un auténtico inglés. Había de almorzar, pues de no hacerlo se derrumbaba. Y no fuera usted a decirle que aquellos muchachos del continente tenían que realizar hasta media mañana un trabajo como el suyo con sólo un bollo y una taza de café; resultaría que usted no sabía lo que se decía.
El señor B. era un hombre robusto y juvenil que no había podido —mala suerte— mandar a paseo su trabajo e ingresar en el ejército. Durante cuatro años estuvo buscando algún otro que ocupara su puesto, pero no pudo ser. Estaba sentado en la cabecera leyendo el Daily Mail. La señora B. —un cuerpecillo juvenil, pequeño y regordete, algo así como una paloma— se atusaba el plumaje sentada enfrente tras la cafetera y vigilaba con ojos cariñosos al pequeño B., que, fajado en la servilleta, ocupaba su sitio en el comedero entre los dos y en aquel momento golpeaba el extremo de un huevo pasado por agua.
Pero, ¡ay! El pequeño B. no era de ningún modo ese niño que todos los padres tienen perfecto derecho a esperar. No era una criatura rolliza, ni un rollo de manteca, ni nada que estuviera diciendo comedme. Poco crecido para su edad, tenía las piernas como fideos, las manos menuditas, las uñas finuchas, el pelo tan suave al tacto como el de un ratón y los ojos muy grandes y muy abiertos. Por una causa ignorada, todo en la vida sentaba mal al pequeño B., resultándole demasiado grande y demasiado cruel. Todo le dejaba sin alientos. Y en cuanto el viento no soplaba de popa, su endeble velamen quedaba lacio y él boquiabierto y asustado. El señor y la señora B. eran impotentes para evitarlo. Sólo podían recogerlo después que el percance se había producido e intentar ponerlo en marcha de nuevo. La señora B. lo quería como se quiere sólo a los niños enfermizos, y cuando el señor B. se acordaba de aquel chicuelo tan estupendo que él fue, cuando se acordaba de aquel diablillo revoltoso que él fue... ¡Contra!, pues...
—¿Por qué no hay huevos de dos clases? —preguntaba el pequeño B—. ¿Huevos pequeñitos para los niños, y huevos grandotes como éste para las personas mayores?
—Liebres escocesas —leyó el señor B.—. Magníficas liebres escocesas a cinco chelines y tres peniques cada una. ¿Qué tal, chica, si compráramos una?
—Sería una variación muy agradable, ¿verdad? —opinó la señora B.—. Estofado de liebre.
Y se miraron el uno al otro a través de la mesa como si flotara entre ellos la liebre escocesa en su sabrosa salsa, con albóndigas rellenas y un blanco tarro de mermelada de pasas de Corinto para hacerle compañía.
—Podíamos encargarla para el fin de semana —opinó la señora B.—, pero el carnicero me ha prometido un solomillo tan rico, que sería una pena... sí, lo sería, y sin embargo... Ay, querido, resulta muy difícil escoger. La liebre podría resultar una novedad tan..., por otra parte, ¿no te tentaría un solomillo bueno de verdad?
—Y sopa de liebre, además —arguyó el señor B., tamborileando con los dedos en la mesa—. La mejor sopa del mundo.
—¡Oooh! —gritó el pequeño B. tan de improviso que les hizo estremecerse—. ¡Mirad cuántos, cuántos gorriones se han posado en nuestro jardín! —y agitando la cuchara, gritó de nuevo—. ¡Mirad, miradlos!
Mientras lo decía, aunque las ventanas estaban cerradas, oyeron un estruendoso y penetrante pío, pío que venía de fuera.
—Sigue almorzando como lo debe hacer un buen chico —dijo la madre.
Y el padre añadió:
—Ocúpate de tu huevo, chiquitín, y no lo pierdas de vista.
—Pero, ¡miradlos, miradlos cómo saltan! —gritaba—. No se están quietos ni un momento. ¿Será que tienen hambre, papá?
Chik—a—chip—chip—chik, chillaban los gorriones.
—Será mejor dejarlo para la semana próxima —dijo el señor B.—. Confiaremos en tener la suerte de encontrarla todavía.
—Sí, quizá sea lo más sensato —corroboró la señora B.
Él encontró aún otra ganga en el periódico.
—¿No has comprado todavía dátiles de esos de racionamiento?
—Sí, ayer pude conseguir dos libras —dijo la señora B.
—Eso es, un budín de dátiles es cosa buena.
Y se miraron el uno al otro a través de la mesa, como si entre ambos flotara el budín obscuro y redondo, cubierto de salsa cremosa.
—Sería una variación muy agradable, ¿verdad? —exclamó la señora B.
Fuera, sobre la hierba grisácea y helada, los alegres y vivaces gorriones saltaban y revoloteaban. No se estaban quietos ni un momento. Chillaban, agitando sus alas desmañadas, y el pequeño B., que había terminado el huevo, se levantó, llevándose el pan con mermelada para comérselo junto a la ventana.
—Podíamos darles unas migas, papá. ¿Puedo abrir da ventana y echarles algo? Déjame, papá.
—No seas pesado, hijo —exclamó la señora B.
—No puedes abrir ventanas, chiquitín. Te degollarías con ellas —añadió el padre.
—Pero tienen hambre —imploraba el pequeño B.
Y las vocecillas de los gorriones eran como el tintineo de menudos cuchillos al ser afilados.
Chik-a-chip-chip-chik.
El pequeño B. dejó caer su pan con mermelada dentro del jarrón de porcelana que estaba delante de la ventana, y se deslizó tras la cortina para ver mejor. Mientras que el señor y la señora B. seguían leyendo lo que se podía comprar sin cupones; pasado mayo se acabarían para siempre las cartillas de racionamiento. ¡Qué hartazgo de queso!, ¡qué hartazgo! Quesos enteros giran en los aires entre ellos como cuerpos celestes.
Y de pronto, mientras el pequeño B. estaba mirando sobre el prado grisáceo y helado a los gorriones, éstos crecieron y se transformaron, sin dejar de aletear y de chirriar. Se convirtieron en chiquillos diminutos con capotitos pardos, que saltaban y se agitaban allí fuera, delante de su mismísima ventana, gritando:
—¡Danos algo de comer, danos algo de comer!
El pequeño B. tuvo que asirse con ambas manos a la cortina.
—¡Papá! —murmuró—. ¡Papá! Si no son gorriones. Son muchachitos. ¡Óyelos, papá!
Pero el señor y la señora B. no querían oír nada.
—¡Mamá! —rogó de nuevo—. Mira los muchachitos. No son gorriones, mamá.
Nadie hacía caso de sus necedades.
—Tanto como se habla del hambre —exclamó el señor B.—. Es una farsa, un engaño.
Con sus pálidos rostros afilados danzaban los chiquillos agitando los brazos bajo sus grandes capotes.
—¡Danos algo de comer...! ¡Danos algo de comer!
—¡Escucha, papá, escucha! —murmuraba B. pequeñón—. Mamá, óyelos, por favor.
—Pero qué alboroto están armando esos pájaros —exclamó la señora B.—. Nunca he visto cosa igual.
—Tráeme los zapatos, muchacho —ordenó el señor B.
Chik—a—chip—chip—chik, chillaban los gorriones.
—¿Dónde se ha metido ese niño? Ven a terminar tu rica taza de cacao, cariño —decía la señora B.
—Anda, sal, perrito bonito —dijo el señor B. alzando el pesado tapete.
Pero allí no había ningún perrito.
—Está detrás de la cortina —dijo ella.
—No suele salir nunca de la habitación —añadió él.
La señora B. se dirigió a la ventana, seguida del señor B., y ambos miraron hacia fuera. Ante ellos, sobre la hierba grisácea y helada, minúsculos chicuelos de rostros pálidos, muy pálidos, agitaban sus brazos como alas y el más pequeño de todos, el más flaquito, era el pequeño B. Sus padres podían oír su voz por encima de las voces de todos los otros.
—¡Danos algo que comer! ¡Danos algo que comer! Sin saber cómo, abrieron la ventana.
—¡Venid a comer! ¡Todos! ¡En seguida! ¡Y tú, nuestro chiquitín! ¡Tú, nuestro hombrecito!
Pero era demasiado tarde. Los niños se habían transmutado en gorriones nuevamente y no podían oírles ya. Habían salido volando hasta perderse de vista.

EL CLAVEL

En aquellos días tan calurosos, Eve —la singular Eve— llevaba siempre una flor. La olfateaba y olfateaba, la hacía girar entre los dedos, se la llevaba a la mejilla, la sostenía entre los labios, cosquilleaba con ella a Katie en el cuello, y terminaba haciéndola pedazos y comiéndola pétalo a pétalo.
—Las rosas son deliciosas, querida Katie —solía decir, de pie en el lóbrego guardarropa, extrañamente decorado con los floridos sombreros que pendían de las perchas a su espalda—, pero los claveles son sencillamente divinos. Saben como, como a... bueno.
Y echaba a volar su risita delgada que se iba revoloteando entre aquellas gigantescas y extrañas corolas de la pared de detrás. (Pero qué cruel aquella risita tan fina; Katie se la imaginaba con pico largo y afilado, garras y ojos como cuentas.)
Hoy era un clavel. Había llevado un clavel a la clase de francés. Un clavel de un rojo tan obscuro, que parecía haber sido inmerso en vino y puesto luego a secar en la obscuridad. Lo sostenía ante ella en su pupitre con los ojos entornados y sonriendo.
—¿Verdad que es encantador? —decía—. Pero...
—Un peu de silencie, s'il vous plait —se oyó decir a Monsieur Hugo.
¡Uf, qué calor más molesto! Era algo excesivo; algo espantoso. Un calor como para asarse una viva.
Las dos ventanas cuadradas de la sala de francés estaban abiertas de par en par, y las cortinas medio bajadas. No entraba aire, las cuerdas se balanceaban hacia atrás y hacia delante, y la cortina se movía. Pero lo cierto era que del exterior deslumbrante no venía ni un soplo de viento.
Hasta las chicas, en aquella estancia en penumbra, con sus pálidas blusas y las tiesas mariposas de sus lazos posadas sobre sus cabezas, parecían exhalar una claridad cálida y enfermiza, mientras que el blanco chaleco de Monsieur Hugo relucía como el vientre de un escualo.
Algunas de las alumnas tenían el rostro muy colorado y otras muy blanco. Vera Hollaüd había peinado sus negras ondas á la japonaise, con un palillero y un lápiz rojo, y estaba preciosa. Francie Owen se había subido las mangas casi hasta el hombro, había dado de tinta a la azul venilla de su antebrazo, luego lo había apretado contra el otro y ahora miraba la huella que quedaba. Tenía la manía de pintarse con tinta. Llevaba siempre dibujada en la uña del pulgar una cara con el pelo negro partido en dos crenchas. Sylvia Mann se quitó el cuello y la corbata y los dejó en el pupitre ante ella tan tranquila, como si fuera a lavarse el pelo en la alcoba de su casa. Aquella chica tenía nervio. Y Jennie Edwards arrancó una hoja de su libro de notas y escribió en ella:
«Tenemos que pedirle al viejo Hugo-Bugo que nos compre, al volver a casa, tres peniques de vainilla.» Luego se lo pasó a Connie Baker, que se puso terriblemente amoratada y estuvo a punto de escapársele un grito. Todas estaban echadas hacia atrás y bostezando. Todas miraban fijamente al redondo reloj, que parecía haberse vuelto más pálido también, y cuyas manecillas reptaban sin avanzar apenas.
—Un peu de silence, s'il vous plait —dejó oír Monsieur Hugo. Y alzó luego su mano tumefacta para añadir—: Señoritas, como hace tanto calor, no tomarán hoy más apuntes. Pero voy a leerles —hizo una pausa y sonrió con una ancha y amable sonrisa— una pequeña poesía francesa.
—¡Dios mío! —gimió Francie Owen.
—Bien, señorita Owen —le dijo Monsieur Hugo, sonriendo con sonrisa comprensiva— No es preciso que preste atención. Se puede dedicar a pintarse. Pongo a su disposición mi tinta roja, además de la suya negra.
Qué bien conocían aquel librito azul de cantos rojos que se sacó del bolsillo del chaqué. Tenía un registro de seda verde bordado con nomeolvides, y, cuando se ponía a hojearlo, casi siempre había risitas burlonas. ¡Pobre Hugo-Bugo! Le encantaba leer poesías. Solía empezar bajito y despacio; luego su voz iba poco a poco aumentando de volumen, estremeciéndose y concentrándose; después solía rogar, implorar, suplicar, para más tarde alzarse triunfalmente y tornarse luminosa, hasta que por último, poco a poco también, decrecía, se hacía más débil, más cariñosa y reposada e iba a morir en el silencio.
La dificultad consistía, claro está, en que una no pudiera reprimirse si aquello le parecía tonto, y entonces se produjera un verdadero paroxismo de risitas. No porque realmente fuera risible, sino porque le ponía a una violenta, le hacía sentirse a una extraña y simple, como avergonzada del viejo Hugo-Bugo. Pero, hija, que fuera ahora a colocarnos aquello con ese calor...
—Ánimo, mi niño bonito —dijo Eve a su lánguido clavel, dándole un beso.
Comenzó. Casi todas las alumnas, apoyando la cabeza sobre los brazos, se echaron sobre los pupitres, como muertas al primer disparo. Solamente Eve y Katie se mantenían tiesas e inmóviles. Katie no conocía suficientemente el francés para comprender; pero Eve escuchaba con las cejas alzadas, los ojos semivelados y una sonrisa que era como el espectro de su risita cruel. Como el alado espectro de aquella cruel risita que le estaba rondando por los labios.
Formó con sus dedos un cálido y blanco cáliz dejando el clavel dentro. ¡Ah, qué aroma! Llegaba hasta Katie. Era excesivo. Y Katie se volvió hacia la deslumbrante claridad del exterior que se veía por la ventana.
Sabía que allí, al pie de la ventana, había un patio empedrado con guijarros y rodeado de establos. Por eso la sala de francés olía un poco a amoníaco. No era desagradable; resultaba algo penetrante, vivido... mordaz, que para Katie venía a formar parte de la lengua francesa.
En aquel momento, oía a alguien que andaba con zuecos sobre los guijarros y el traqueteo de los cubos que llevaba. Luego el fa-fa, fa-fa de la bomba al ser accionada y el borboteo del agua que siguió. Debía de haberse puesto a arrojarla sobre alguna cosa, probablemente sobre las ruedas del carro. Y vio las ruedas, convenientemente apuntaladas para alzarlas del suelo, girando y girando, lanzando destellos negros y escarlata y despidiendo grandes gotas oblicuas. Mientras estaba trabajando, el hombre aquel seguía silbando con un fuerte y audaz silbido que resbalaba sobre el rumor del agua como un pájaro sobre la superficie del mar. Luego se fue. Pero volvió llevando un caballo revoltoso.
Fa-fa, fa-fa, hacía la bomba. Ahora estaba lanzando agua sobre las patas del caballo, y enjugándolas pasándoles el cepillo. Lo estaba viendo exactamente con la camisa descolorida, las mangas arrolladas y el pecho desnudo salpicado de agua. Y cuando silbaba más fuerte y despreocupadamente, yendo de aquí para allá e inclinándose para cepillar, la voz de Hugo-Bugo empezó a hacerse cálida e intensa, a concentrarse, a vibrar, para elevarse, siguiendo no sé cómo el ritmo del silbido del hombre de allá afuera. (¡Ah, cómo olía el clavel de Eve!), hasta convertirse en algo que se alzaba arrollador, triunfante, que se tornaba luminoso... y luego...
Toda la clase se alborotó.
—Muchas gracias, señoritas —exclamó Monsieur Hugo, inclinándose desde su alto pupitre sobre aquel mar encrespado.
—Quédate con él, preciosa. Souvenir tendré —dijo Eve a Katie, tirándole el clavel contra el peto de blusa.

JUEGOS INFANTILES

Es primavera. Cuando las gentes dejan las carreteras para adentrarse por los campos, sus ojos se tornan inmóviles y soñadores, como los de aquellos que se mecen en las aguas de mares cálidos. No hay margaritas todavía, pero el suave olor de la hierba se va alzando en tenues oleadas a medida que avanza uno. Los árboles ya tienen hoja, y, hasta donde la vista alcanza, todo es verde en diferentes formas y matices, abanicos, manojos, altos penachos verdes que un vientecillo agita, haciéndolos juntarse unos con otros para volver luego a dejarlos en libertad. En el firmamento azul flota un puñado de tenues nubéculas, semejantes a una bandada de patitos. Las gentes deambulan sobre la hierba; los mayores resoplando y renqueando como ánades, tras del largo sopor invernal; los jóvenes, dándose la mano unos a otros de repente y dirigiéndose presurosos tras aquella cortina de árboles en lo más profundo, o buscando el abrigo de aquel grupo de sombríos arbustos espinosos salpicados de flores amarillentas. Andando de prisa, casi corriendo, como si alguna amable criatura presa en la maleza les estuviese pidiendo auxilio.
En lo más alto de un pequeño y verde montículo hay un banco muy buscado. A su lado crece un castaño joven, que tiene la forma de un hongo gigantesco. Bajo él, la tierra se ha hundido, se ha desmoronado, dejando tres o cuatro cavidades arcillosas, cuevas o cavernas, en una de las cuales una pareja menuda ha instalado su domicilio sin más mobiliario que una azada de juguete, una caja de fósforos vacía, un clavo romo y una pala. El pelo rojizo de él forma un gran flequillo, tiene los ojos azul claro, lleva un blusón rosa descolorido y botas negras de botones. Las floridas ondas del pelo de ella están recogidas hacia arriba con una cinta amarilla, y viste dos vestidos; el de esta semana debajo y el de la anterior encima, lo que le da cierto aire de corpulencia.
—Si no me traes palos para hacer el fuego, no habrá comida —le advirtió arrugando la nariz y mirándole muy seria—. Te debes haber olvidado de que tengo que hacer fuego.
Él no lo tomó muy a pecho y siguió balanceándose en la punta de los pies.
—Bueno, y ¿dónde voy yo a encontrar palos?
—¡Bah! —exclamó ella, alzando los brazos con ademán desolado—, pues en cualquier parte, hombre —y luego muy bajito, sólo lo suficiente alto para que él lo oyera—: No hace falta que sean palos de verdad, ¿comprendes?
—¡Ah! —respiró él muy quedo. Y luego gritó con voz muy diferente—: Bueno, ahora mismo voy a traer unos cuantos palos.
Volvió en un momento con un brazado de ellos.
—¿Será esto un penique de leña? —preguntó la niña, tendiendo las faldas de su vestido para recibirla.
—Pues no lo sé —respondió él—, porque me los ha dado uno que se mudaba de casa.
—Entonces quizá sean pedacitos de lo que se ha roto. Cuando nos mudamos nosotros, se rompieron dos cuadros, y papi encendió el fuego con ellos, Mamá decía... decía —(breve pausa)— «como soldados en campaña».
—¿Qué es eso?
—¡Dios santo! —ella ponía ojos de asombro— ¿No lo sabes?
—No, ¿qué quiere decir eso?
Pero la niña retorció un trozo de su falda, la estrujó y luego se quedó mirando a lo lejos.
—Ay, hijo, no seas pesado.
Él no le hizo caso; cogió la azada y de un tajo arrancó un trozo del piso de la cocina.
—¿Tienes un periódico?
El niño sacó uno de la nada y se lo dio. Zis, zas; zis, zas. Ella lo partió en tres trozos, se arrodilló, y puso la leña encima de los papeles.
—Haz el favor de una cerilla.
La caja de verdad salió a relucir triunfalmente y también el clavo romo. Pero, cosa extraña; ras, ras, ras, la cerilla no quería encenderse, y se miraron uno a otro consternados.
—Prueba por el otro lado —aconsejó la niña.
¡Ras!
—¡Ah!, esto es otra cosa.
Hubo un gran resplandor y los dos se sentaron en el suelo para hacer el pastel.
Ha llegado al banco bajo el castaño otra pareja. Dos viejos niños gordos y grandullones que se dejaron caer en él. Ella lleva un sombrerillo adornado con lilas y sujeto con tintas de terciopelo lila; también una chaqueta de raso negro con corbata de encaje y las manos comprimidas dentro de un par de guantes negros de cabritilla, que dejan ver un rodete de carne amoratada. La cara mofletuda de él tiene un cutis terso y brillante. Al sentarse se ha asido el vientre enorme y blanducho, como cuidando de que no se estremezca ni se alarme. —Mucho calor —dijo el niño viejo.
Y a continuación dio un grito ronco y raro como un trompetazo, con el cual debía estar ella muy familiarizada, porque no dio señales de extrañeza. Se había quedado mirando la encantadora lejanía, y con un leve estremecimiento le hizo saber:
—Nellie se cortó un dedo anoche.
—¿Se lo cortó, eh? —preguntó el trompetero. Y luego—: ¿Cómo fue eso?
—Cuando estaba comiendo, con el cuchillo.
Ambos quedaron jadeantes mirando a lo lejos, y luego él preguntó:
—¿Mucho?
Aquella voz apagada, gastada, caduca. Aquella vieja voz, que, sin saberse por qué, recordaba un trozo de encaje obscuro levemente perfumado, repuso:
—No, no mucho.
Otra vez lanzó él el ronco y extraño grito, y quitándose el sombrero limpió el sudor de la badana y se lo volvió a poner.
La voz vecina exclamó con deje despectivo:
—Creo que fue un descuido.
Y él replicó hinchando los mofletes: —Siempre se está expuesto a ello.
Pero entonces un pajarillo, volando por encima de los dos, fue a posarse en una rama del joven castaño, y lanzó sobre sus viejas cabezas un surtidor de trinos.
Él se levantó pesadamente, se quitó el sombrero y lo agitó en dirección del árbol. El pajarillo huyó.
—No tengo ganas de que ningún pájaro venga a ensuciarse sobre nosotros —explicó.
Y fue bajando su vientre otra vez, cuidadosa, muy cuidadosamente.
El fuego ardía.
—Mete la mano en el horno —dijo ella— y ve si está caliente.
Él la metió, pero hubo de retirarla dando un grito y se puso a dar saltos.
—Está muy caliente —aseguró.
Esto pareció gustarle mucho a la niña que también se levantó, fue hacia él y le tocó con un dedo.
—¿Te gusta jugar conmigo?
Y él repuso con el aplomo y la concisión de costumbre:
—Sí.
Entonces ella se alejó de él corriendo y gritando:
—No acabaré nunca si no me dejas en paz con tus preguntas.
Mientras la niña estaba atizando el fuego, él le hizo saber:
—Nuestra perra ha tenido michines.
—¡Michines! —exclamó asombrada, sentándose en los talones—. Cómo, ¿una perra puede tener michines?
—Claro que puede —dijo él—, hijitos, ¿comprendes?
—Son los gatos los que tienen michines. Los perros, no. Los perros tienen... —se interrumpió, recordando, buscando la palabra... pero no pudo hallarla... se había ido—. Los perros tienen...
—¡Michines! —gritó él—. Nuestra perra ha tenido dos.
Ella se puso a patalear ante él. Estaba roja de indignación.
—No se dice michines —sollozaba—. Se dice...
—Se dice, se dice... —gritaba él agitando la pala.
Ella se echó el vestido de encima sobre la cabeza y se puso a llorar.
—No, no, se dice, se dice...
Súbitamente, sin previo aviso, él levantó su delantal y se puso a orinar.
Al oír el ruido, ella asomó la cabeza.
—Mira lo que has hecho —dijo, con aire tan aterrado que se le cortaron las lágrimas—. ¡Has apagado el fuego!
—No importa. Nos mudaremos. Tú puedes llevar la azada y la caja de cerillas.
Y se trasladaron a la cueva inmediata.
—Aquí se está mucho mejor —dijo el niño. —Pues ya estás yendo a traerme unos palos para hacer fuego.
A los del banco de arriba les empezaron a gruñir las tripas, y, como obedeciendo a aquella señal, las dos viejas criaturas se levantaron, y, sin decir palabra, se fueron renqueando como ánades.

ESTA FLOR

Ya le conté a usted, mi querido y necio señor,
cómo de aquella ortiga peligrosa recogimos esta flor de seguridad.
¡Cuánto había esperado aquel momento! Lo que ahora sentía no tenía ningún punto de contacto con nada de lo que había sentido anteriormente: era algo único, maravilloso. Algo así como una perla perfecta puesta junto a otra de notoria imperfección... ¿Cómo podría ella describir su felicidad? Imposible. Era como un sueño del que aún no había despertado del todo. Había tenido valor para luchar contra los acontecimientos y ahora, de repente, se daba cuenta de que su lucha había terminado. Y no era sólo esto, sino que ahora sabía que aquella lucha le iba a producir unos frutos inmediatos, que había alcanzado la meta que se había fijado hacía mucho tiempo. Sentía que formaba parte de aquella habitación, de «su» habitación, del gran ramo de anémonas que la adornaba, de la blanca cortina que se agitaba a impulsos de la ligera brisa, de los espejos, de las mullidas alfombras. Que formaba parte del glorioso tañido de campanas que era la vida, que ella misma era una partícula de la vida, de la luz...
El doctor volvió a entrar. Su pequeña figura resultaba ridícula con el estetoscopio colgado al cuello —ella le había pedido que examinara su corazón—, frotándose una contra otra sus manos recién lavadas...
Había cumplido eficientemente con lo que Roy le había pedido. Ni siquiera había sido doloroso. No podían permitirse el tener un hijo. Roy había obtenido, no sabía cómo, las señas de aquel sospechoso doctorcillo.
—Querida mía —había dicho—, vale más que pongamos nuestro caso en manos de un doctor completamente desconocido. En esta clase de asuntos hay que ir con pies de plomo. El doctor podría hablar y ello no nos favorecería. —Y añadió—: Y no es que me importe demasiado que nuestras relaciones se hagan públicas. No me importaría, te lo aseguro, ver nuestros nombres en la primera página del Daily Mirror, debajo de un corazón atravesado por una flecha.
Sin embargo, su afición al misterio y a la intriga, su pasión por «ocultar bellamente nuestro secreto» —era su frase favorita— le habían inducido a obrar de aquella manera. Él mismo había traído en un taxi al pequeño doctor.
Se escuchó a sí misma decir con una voz completamente tranquila:
—Supongo que no habrá complicaciones. Sin embargo, desearía que informara al señor King que he quedado muy quebrantada y que mi corazón necesita descanso, ¿me entiende usted?
Realmente, Roy no se había equivocado al escoger a aquel doctor. Era «comprensivo» en sumo grado. Mientras devolvía el estetoscopio a su funda con dedos temblorosos, le dirigió una rápida mirada con sus ojillos vivaces y agudos.
—Pierda cuidado, querida —dijo con voz ronca—. La comprendo a usted perfectamente.
Resultaba odioso al adoptar aquel aire de complicidad. Ella volvió a ponerse su bata color púrpura y acompañó al doctor hasta el salón donde Roy, un Roy pálido y atractivo, con su eterna sonrisa a flor de labios, esperaba el final de la intervención.
—Bueno —dijo el doctor—, todo lo que puedo decirle acerca de la señora... ejem... señorita, es que ahora necesitará un poco de descanso. Todo esto, indudablemente, ha de producirle un ligero trastorno y su corazón no marcha del todo bien. No puede permitirse ninguna otra «equivocación».
En la calle, un organillo dejaba oír unas notas alegres, que parecían fluir a borbotones, como los trinos de la garganta de un pájaro.
Esto es todo lo que tengo que decirte,
que decirte.
Esto es todo lo que tengo que decirte...
Las notas seguían sonando, burlonas. Ella se dio cuenta de que la sonrisa de Roy se hacía más profunda y que aumentaba el brillo de sus ojos. Se limitó a exclamar: «¡Ah!», pero en un tono que ponía de manifiesto su íntima satisfacción.
La miró, con aquella mirada que ella conocía tan bien. Luego palmeó amistosamente la espalda del doctor.
—Quiero que la señorita emprenda un viaje por mar —anunció. Y a continuación preguntó, con una leve ansiedad—: ¿Qué es lo que debe comer?
Entretanto, ella se contemplaba en el gran espejo del salón, que le devolvía su imagen sonriente.
—Tenga en cuenta, doctor —seguía diciendo Roy—, que si no me preocupo de su alimentación es capaz de vivir exclusivamente de bocadillos de caviar y uva... Y en cuanto al vino, ¿puede beberlo?
El vino no podía hacerle daño.
—Tal vez el champaña sea lo que le siente mejor —insinuó Roy, satisfecho.
—Sí —concedió el doctor—. Que beba champaña si le gusta. Y, además, un brandy con soda en las comidas.
—¿Has oído, querida? —preguntó sonriente—. Debes tomar un brandy con soda en las comidas.
Muy tenuemente, debilitadas por la distancia, seguían llegando las notas del organillo:
Un brandy con soda...
Un brandy con soda, por favor...
Un brandy con soda, por favor...
El doctor le dio la mano, que ella estrechó con repugnancia, y se alejó con Roy por el pasillo. Les oyó discutir la cuestión de los honorarios.
Al cabo de unos instantes se cerró la puerta y unos pasos se alejaron rápidamente. Roy volvió a entrar en el salón y ella estaba ahora en sus brazos. La besaba apasionadamente, mientras murmuraba a su oído:
—¡Cariño, amor mío, mi vida! Se puso a sollozar quedamente.
—¡Oh! ¡Qué alivio, Dios mío! —La abrazaba estrechamente, como si nunca hasta aquel momento se hubiese dado cuenta de que podía perderla—. ¡Si supieras el miedo que he pasado! —añadió.
Volvió a besarla.
—Si la cosa hubiera ido mal, creo que me hubiera muerto... ¡He pensado unas cosas tan terribles...! ¡Tan terribles...!

LA CASA QUE NO ERA

«Dos al revés, dos al derecho, el-hilo-por-delante-de-la-aguja y coger dos puntos a un tiempo.» Como una vieja canción, como una canción que hubiera repetido tantas veces, que no tuviera sino que exhalar la voz para cantarla, iba musitando las rutinas del ganchillo. Otra camiseta casi terminada para el paquete de las misiones.
—Sus camisetas, señora Bean, son algo que tiene tan buena acogida. Mire a estos pobrecillos bichejos sin un trapo —y la esposa del pastor le había mostrado la foto de unas repulsivas cosillas negras con vientres abultados como limones...
«Dos al revés, dos al derecho.» Dejó caer el tejido en el regazo, dio un gran suspiro y se quedó mirando ante sí un momento. Luego volvió a cogerlo y empezó de nuevo. ¿En qué pensaba cuando suspiraba así? En nada. Era su costumbre. Siempre estaba suspirando. Cuando iba por la escalera, sobre todo. Ya bajara o subiera, solía detenerse, y, alzándose el vestido con una mano, la otra en el barandal, se quedaba mirando los escalones y suspiraba.
«Elhilopordelantedelaaguja...» Se sentó junto a la ventana del comedor que daba a la calle. Era un desagradable día de otoño. El viento corría por la calle como un perro flaco. Las casas de enfrente parecían haber sido recortadas con unas malvadas tijeras de acero, y pegadas sobre el papel gris del cielo. No se veía un alma.
«Y coger dos puntos a un tiempo.» El reloj dio las tres. ¿Nada más las tres? Si casi parecía que estaba obscureciendo. La penumbra del atardecer penetraba en la habitación, flotaba en ella pesadamente, y como un polvo sombrío se iba depositando sobre los muebles y cubriendo el espejo de una leve película. Ahora el reloj de la cocina dio la hora; con dos minutos de retraso. Pero el del comedor era el reloj que regía, no el de la cocina. Estaba sola en la casa. Dollicas había salido de compras. Salió a las dos menos cuarto. La verdad, cada día se hacía más cachazuda. No se sabía en qué pasaba el tiempo. Porque para comprar un pollo no se necesita tanto. Y, ¡ay!, esa costumbre suya de dejar caer de golpe los cercos del fogón cuando encendía el fuego... Al pensar en aquella mala costumbre de Dollicas, frunció los labios como lo venía haciendo desde hacía treinta y cinco años.
Un leve ruido llegó desde la calle; un ruido de herraduras de caballos. Y ella se echó hacia delante para ver. ¡Dios santo! Era un entierro. Primero iba la carroza encristalada rodando muy apresuradamente con el féretro reluciente de barniz en el interior (pero sin coronas). En el pescante tres hombres y dos de pie en la trasera. Luego algunos coches, unos con caballos negros y otros con caballos castaños. El polvo, voltijeando a lo largo de la calle, casi ocultaba la comitiva. Ella se puso a escudriñar las casas de enfrente, para ver si alguna tenía las cortinas echadas. Y qué horribles aquellos hombres también. Reían, bromeaban, y uno de ellos, inclinándose hacia afuera, se sonó la nariz con el guante de luto. ¡Espantoso! Recogió la labor y quedó con las manos ocultas tras ella. Dollicas sin duda lo sabría. Ya pasaban... debía de estar al final de la calle.
¿Pero qué era aquello? ¿Qué había ocurrido? ¿Qué podía significar eso? ¡Que Dios nos asista! Y su viejo corazón se puso a saltar como un pececillo, al darse cuenta de que la carroza encristalada se detenía ¡frente a su puerta!, mientras que los hombres del pescante bajaban de un salto, abrían la trasera para sacar el féretro vacío, y el más alto de todos, con una mirada de asombro a las ventanas, entraba apresuradamente, cautelosamente, por el camino del jardín.
—¡No! —gimió.
Pero sí, el aldabonazo había resonado ya y la había alcanzado. Por un momento la dejó anonadada. ! Abrió la boca jadeante, un escalofrío glacial la estremeció toda, e hizo que le temblaran las manos y las rodillas. Vio que el hombre retrocedía un escalón, para mirar de nuevo hacia las ventanas con mirada inquisitiva, y después...
—¡No! —gimió.
Y tambaleándose, asiéndose aquí y allá, pudo llegar a la puerta antes de que la llamada se repitiese. Abrió, y con el mentón tembloroso y los dientes entrechocando, pudo de una u otra forma exclamar:
—¡No es ésta la casa!
—¡Ah! —el hombre quedó sorprendido. Cuando ella iba a entrar ya, vio tras de él, en la puerta del jardín, un conciliábulo de sombreros de copa.
—¿No es ésta la casa? —murmuró el hombre.
Ella sólo tuvo fuerzas para corroborarlo con un movimiento de cabeza. En el momento de ir a cerrar, el hombre sacó a relucir de los faldones de su levita un libro de notas negro con cantos de latón, y apresuradamente lo abrió.
—Número veinte. Glorieta de Shutleworth.
—Ésta es la calle. La glorieta está a la vuelta de la esquina —la mano de la vieja señora se alzó para señalar, pero cayó temblorosa.
El hombre se había quitado el sombrero, mientras la anciana cerraba la puerta. Una vez que la hubo cerrado se recostó contra ella sollozante.
«Que se vayan, que se vayan.»
—¡Cloqueti-cloc-cloc! ¡Clue! ¡Clue! ¡Cloqueti-cloc-cloc! —se oía fuera.
Luego un leve cluc, cinc. Después silencio. Se habían ido. Habían desaparecido. Pero todavía permaneció apoyada contra la puerta, mirando fijamente al vestíbulo, la vista clavada en el perchero, semejante a una enorme langosta con perchas por antenas.
No pensaba en nada, ni siquiera pensaba en lo que había ocurrido. Era como si hubiese caído en una cueva cuyos muros fueran de tinieblas.
Volvió en sí con una honda conmoción interna, al oír el ruido de la puerta del jardín al abrirse, y unos pasos breves y apresurados que hacían crujir el cascajo; sería Dollicas que se dirigía presurosa hacia la puerta trasera; no debía encontrarla allí. Y, vacilante como la llama de una vela, volvió al comedor y ocupó su sitio junto a la ventana.
Dollicas estaba en la cocina. ¡Clang! Ya había dejado caer el cerco de hierro sobre la chapa. Luego su voz:
—Acabo de poner al fuego la tetera, señora.
Desde que se habían quedado solas, había tomado la costumbre de gritar de una habitación a otra. La anciana tosió para tranquilizarse y dio una voz:
—Haga el favor de traer el quinqué.
—¿El quinqué? —Dollicas vino por el pasillo y se quedó junto a la puerta—. Pero si son apenas las cuatro...
—No importa —dijo la señora Bean tercamente—. Tráigalo.
Y momentos después, la vieja sirvienta aparecía llevándolo cuidadosamente con ambas manos. Su ancho y blando semblante tenía la expresión que adoptaba siempre que llevaba algo en las manos, y avanzaba como si anduviera en sueños. Lo puso sobre la mesa, bajó la mecha, la alzó y tornó a bajarla otra vez. Luego se enderezó para mirar de frente a su señora.
—Pero, ¿qué es lo que está pisando? Era la camiseta para las misiones.
Y Dollicas, mientras se agachaba para recogerla, pensaba: «La pobre señora ha estado durmiendo. Todavía no está despierta del todo.» Y ciertamente, parecía estar aún medio dormida. Cuando cogió el tejido se le escaparon todos los puntos de una aguja y empezó a deshacer lo que había hecho.
—No olvide la nuez moscada —dijo. Su voz sonaba delgada y seca. Estaba pensando en el pollo para la cena. Dollicas lo comprendió así, y, mientras bajaba las cortinas antes de volverse a la cocina, repuso:
—Es un ave muy tierna y muy hermosa.

SEIS PENIQUES

Los niños son seres incomprensibles. ¿Por qué un chiquillo como Dicky, de ordinario más bueno que el pan, sensible, cariñoso, dócil y extraordinariamente sensato para su edad, tenía aquellas rarezas, y, sin que nada pudiera hacerlo prever, súbitamente, se convertía, como decían sus hermanas, en un «perro rabioso», y entonces no había nada que hacer con él?
—¡Dicky, ven aquí! ¡Venga usted aquí ahora mismo! ¿No estás oyendo que te llama tu madre? ¡Dicky!
Pero Dicky no hacía caso. Y había oído de sobra. Mas su única respuesta era una risita clara, tintineante. Salía corriendo a esconderse entre el heno sin segar del prado, atravesaba luego a todo correr el cobertizo de la leña, pasaba como un torbellino hacia la huerta, y allí, escabullándose, asomaba la cabeza tras los musgosos troncos de los manzanos para mirar a su madre, y se ponía a dar saltos como un indio bravo.
Había empezado a la hora del té. Mientras su madre y la señora Spears, que había ido a pasar la tarde con ella, estaban en la sala tranquilamente ocupadas con sus labores, he aquí lo que, según la criada, ocurrió cuando los niños tomaban el té. Estaban comiendo las primeras rebanadas de pan con mantequilla tan modositos y tan tranquilos que daba gusto verlos, y ella acababa de servirles la leche y el agua, cuando, de repente, Dicky cogió la fuente del pan, se la puso del revés sobre la cabeza, y, apoderándose también del cuchillo, gritó:
—¡Miradme!
Sus hermanas le miraron muy asustadas y antes de que la criada pudiera cogerlo, el plato se tambaleó, y, resbalando, fue a parar al suelo, donde se hizo añicos. Y en aquel crítico instante se alzaron las voces de las niñas, gritando a más no poder:
—¡Madre, ven a ver lo que ha hecho!
—¡Dicky ha roto un plato muy grande!
—¡Ven a sujetarlo!
Como puede suponerse, la madre fue volando. Pero era demasiado tarde. Dicky se había bajado de la silla y había salido a todo correr por la puerta vidriera a la veranda. Ella, claro, se había quedado allí sin saber qué hacer, poniéndose y quitándose el dedal. No era cosa de correr tras Dicky entre los manzanos y los ciruelos. Sería poco digno. Y resultaba no sólo desagradable, sino exasperante. Sobre todo ahora que la señora Spears, precisamente la señora Spears, cuyos dos hijos eran tan ejemplares, estaba esperándola en el salón.
—Muy bien, Dicky —exclamó—. Tendré que pensar cómo he de castigarte.
—No me importa —sonó la vocecilla chillona, y otra vez salió a relucir aquella risita tintineante. La criatura ya no podía dominarse. —Señora Spears, no sé cómo excusarme por haberla dejado sola de esta manera.
—No tiene importancia, señora Bendall —repuso aquélla con su voz tan suave y almibarada, enarcando las cejas de aquel modo tan suyo. Parecía sonreír para sus adentros mientras marcaba los pliegues. —Esas cosillas ocurren de vez en cuando. Espero que no será nada grave.
—Ha sido Dicky —replicó la señora Bendall, buscando desolada su única aguja fina. Y le explicó todo el asunto—. Lo peor es que no sé qué remedio pueda tener esto. Cuando se pone así es inútil todo lo que se haga, nada le asusta.
La señora Spears abrió mucho sus claros ojos. —¿Ni siquiera unos azotes?
Pero la señora Bendall, que estaba enhebrando la aguja, frunció los labios.
—Nunca hemos pegado a nuestros hijos —dijo—. Con las niñas nunca hizo falta. Y Dicky, tan pequeño y además el único chico... hasta cierto punto...
—Ay, hija mía —exclamó la señora Spears, dejando la costura—. No me extraña entonces que el niño tenga esos arrebatos. ¿No se molestará si le digo mi parecer? Pues, mire, estoy convencida de que están cometiendo un grave error al querer educar a sus hijos sin pegarles. No hay nada como una buena azotaina. Y hablo por experiencia, amiga mía. Yo solía usar métodos benévolos —y aspiró el aire con leve silbido—, como embadurnarles la lengua con jabón amarillo o hacerles estar de pie sobre una mesa toda la tarde de un sábado. Pero no, créame, no hay nada como dejar que el padre se las entienda con ellos.
La señora Bendall, allá en sus adentros, quedó horrorizada al oír lo del jabón amarillo. Pero como la otra hablaba de ello como de cosa común y corriente, acabó aceptándolo así.
—¡Ah!, su padre —replicó—. Así, pues, ¿no los azota usted misma?
—Nunca —la señora Spears parecía muy extrañada de que aquello pudiera ocurrírsele—. No me parece bien que sea la madre quien azote a los niños. Es una obligación de los padres. Y, además, eso les impresiona mucho más.
—Sí, me lo supongo —dijo la señora Bendall con voz débil.
—Y mis dos chicos —prosiguió la otra madre sonriéndole, cariñosa, alentadoramente— harían lo que hace Dicky si no tuvieran miedo. Pero como...
—Ah, sus chicos son un verdadero modelo —exclamó la otra.
Y lo eran. No podría encontrarse unos muchachitos más juiciosos ni que se portaran mejor que ellos delante de las personas mayores. A tal punto, que las visitas solían decir que nadie creería que en aquella casa había criaturas. Lo que muchas veces era cierto.
En el vestíbulo de la familia Spears había un gran cuadro que representaba a unos monjes ancianos, rollizos y jocundos pescando a orillas de un río. Y bajo él un grueso y negro látigo de cochero que había pertenecido al padre del señor Spears. Algunas razones debían de tener los chicos para preferir jugar donde no los vieran; tras la perrera, tras la caseta de las herramientas o junto al estercolero.
—¡Qué error más terrible —exclamó la visitante con un leve suspiro, mientras plegaba su labor— el ser débil con los hijos cuando son pequeños! Un triste error en que se incurre bien fácilmente y que tanto perjudica a las criaturas. Eso es lo que ha de tener una presente. El arrebato de Dicky de esta tarde creo que ha sido intencionado. Es así como los chicos le dan a entender a uno que necesitan unos azotes.
—¿Usted cree? —la señora Bendall, tan poquita cosa, se sintió muy impresionada con aquello.
—Estoy convencida. Y un buen recordatorio administrado por el padre —dijo la señora Spears con aire profesional— le ahorrará muchos disgustos en el porvenir. Créame, querida amiga.
Y puso sobre las manos de la señora Bendall las suyas secas y heladas.
—Hablaré con Edward en cuanto llegue —dijo con firmeza la mamá de Dicky.
Ya estaban los niños en la cama cuando sonó la puerta del jardín y el padre de Dicky subió trabajosamente los empinados escalones de cemento cargado con la bicicleta. Había tenido un día infernal en la oficina. Venía sofocado, polvoriento, rendido.
Para entonces la señora Bendall había tomado tan a pecho el nuevo plan, que fue en persona a abrirle la puerta.
—Edward, no sabes cuánto me alegro de que hayas llegado.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, posando la bicicleta y quitándose el sombrero. En su frente apareció una huella roja, sañuda, que su presión le había dejado—. ¿Qué ha pasado?
—Vamos a la sala —dijo ella, hablando muy apresurada—. No sé cómo decirte lo mal que se ha portado Dicky. Pasándote el día en la oficina, no puedes hacerte idea de lo que es capaz una criatura a su edad. Ha sido sencillamente algo espantoso. No puedo con él, es imposible. Lo he probado todo, Edward, pero en vano. Lo único que queda por hacer —concluyó ya sin aliento— es darle unos azotes, que tú le des unos azotes.
En una esquina de la sala había una rinconera, y en la balda de arriba un oso pardo de porcelana mostraba su pintada lengua, de modo que en la penumbra parecía estar haciendo burla al padre de Dicky, y diciéndole:
—Vaya, hombre, conque para esto has venido a casa, ¿eh?
—Pero, ¿cómo diablos voy a ponerme a pegarle? —decía Edward, mirando al oso fijamente—. No se le ha pegado nunca.
—Pero, ¿no comprendes? —insistió su mujer—. Es lo único que queda por hacer. Hay que imponerse a las criaturas.
Aquellas palabras, escapando de los labios de ella, iban a percutir en la cabeza de él, en su fatigada cabeza.
—No podemos permitirnos el lujo de tener una institutriz. La criada tiene trabajo más que de sobra.
Y no sé cómo decirte lo malo que se ha vuelto. Tú, como te pasas el día en la oficina, no puedes comprenderlo.
El oso sacaba la lengua, mientras la reprimenda seguía. Edward se dejó caer en una silla.
—Y ¿con qué voy a pegarle? —dijo, ya sin fuerzas.
—Pues con una zapatilla —replicó ella, mientras se arrodillaba para desatarle las botas polvorientas.
Y añadió en tono de queja—: Por Dios, Edward, otra vez has entrado en la sala con los sujetadores de andar en bicicleta en los pantalones. Vamos, que...
—Bueno, basta —al levantarse casi la empujó—. Venga esa zapatilla —gritó cuando iba ya por la escalera.
Se sentía como un hombre apresado en una red tenebrosa. Y ahora tenia ganas de pegar a Dicky. Sí, maldita sea, tenía ganas de golpear algo. «¡Qué vida, Dios santo!» En sus ojos, irritados aún, había polvo del camino y los brazos le pesaban.
De un empujón abrió la puerta del angosto cuartito de Dicky. El niño, en camisón de dormir, estaba en medio de la habitación. Al verlo, la cólera se apoderó de Edward.
—Dicky, ¿sabes a lo que vengo? El niño no respondió. —Vengo a darte unos azotes. Silencio.
—Súbete el camisón.
Entonces Dicky alzó los ojos, y, muy encarnado, preguntó quedamente:
—¿Tengo... tengo que subírmelo? —Vamos, acaba de una vez —ordenó el padre, y, empuñando la zapatilla, le dio tres buenos azotes.
—Así aprenderás a portarte con tu madre como es debido.
El niño se quedó allí quieto, con la cabeza agachada.
—Date prisa y acuéstate —ordenó nuevamente el padre.
Tampoco ahora se movió. Pero con su voz temblorosa dijo:
—Todavía no me he limpiado los dientes, papi. —¿Qué dices?
Dicky alzó el rostro para mirarle. Le temblaban los labios, pero sus ojos estaban enjutos. Ni había vertido una lágrima, ni había exhalado una queja. Y, tragándose un sollozo, repitió con voz ronca:
—Digo que todavía no me he limpiado los dientes, papi.
Al ver aquella carita, Edward tuvo que volverse. Y, no sabiendo qué hacer, salió disparado del cuarto, bajó la escalera y se fue al jardín. ¡Dios santo! ¿Qué había hecho? Se puso a andar a grandes pasos de un lado para otro, oculto en la sombra del peral que había junto a la cerca. ¡Azotarle a Dicky, azotar a su pequeño con una zapatilla! ¿Y por qué diablos le había pegado? Ni siquiera lo sabía. Había entrado de golpe en su cuarto... y el chiquito estaba allí en camisón. El papá de Dicky lanzó un gemido y se asió a la cerca. Y no había llorado. Ni siquiera una lágrima. Si al menos se hubiera puesto a chillar o se hubiese encolerizado... Pero aquel «¡papi!». Y le pareció oír de nuevo el susurro tembloroso. Perdonarle así, de ese modo, sin decir palabra. Pero él mismo no se lo perdonaría nunca. No, nunca. ¡Cobarde!
¡Insensato! ¡Bruto! De pronto recordó aquella vez que Dicky, mientras jugaba con él se había caído de sus rodillas torciéndose la muñeca. Tampoco entonces había llorado. Y él acababa de vapulear a este pequeño héroe.
«Tengo que hacer algo para arreglar esto», se dijo Edward. Volvió a la casa y subió al cuarto de Dicky. El chiquito estaba en la cama. Sus obscuros cabellos de recto flequillo destacaban en la semipenumbra sobre la almohada blanquecina. Yacía inmóvil y tampoco ahora lloraba. Edward cerró la puerta y se acercó a él. Hubiera querido sollozar arrodillado junto a la cama del niño, pidiéndole que le perdonara. Y, como no podía hacer eso, se sintió embarazado y con el corazón encogido.
—¿Todavía no duermes, Dicky? —le preguntó con aire indiferente.
—No, papi.
Edward fue hacia la cama y se sentó en ella. El niño se le quedó mirando a través de sus largas pestañas.
—No ha sido nada, ¿verdad, chiquito?
—No, papi.
Edward extendió su mano y delicadamente tomó la manecita del niño.
—No debes acordarte más de lo que acaba de suceder, hombrecito —dijo con voz ronca—. ¿Comprendes? Ya pasó todo. Todo se ha olvidado. No volverá a suceder jamás. ¿Me has entendido?
—Sí, papi.
—Y ahora lo que hay que hacer, chiquitín, es animarse y sonreír —concluyó Edward, mientras se esforzaba él mismo por hacerlo, aun cuando fuese con sonrisa trémula y exculpatoria—. A olvidarlo todo, ¿eh?, hombrecito, chiquitín...
Dicky seguía inmóvil en su cama. Y aquello era terrible. El padre se incorporó y fue hacia la ventana. El jardín estaba casi en sombras. La criada había salido de la casa y estaba recogiendo a manotadas la ropa blanca tendida en los arbustos, que iba amontonando sobre el otro brazo. Pero en el firmamento sin límites brillaba la estrella vespertina. Y el árbol de la goma, destacando su sombra en la pálida claridad, movía suavemente sus hojas. Todo esto lo veía Edward, mientras su mano buscaba las monedas que llevaba en el bolsillo del pantalón. Y, sacándolas, tomó una, una pieza flamante de seis peniques, y volvió hacia la cama de Dicky.
—Aquí tienes, chiquitín. Cómprate alguna cosa —dijo tiernamente dejando la moneda encima de la almohada.
Pero ¿podría, ni siquiera aquello, toda una moneda de seis peniques, borrar lo ocurrido?

VENENO

Se había retrasado mucho el cartero. Cuando volvimos de nuestro paseo de la mañana aún no había llegado.
—Pas encore, Madame —dijo Annette con voz cantarína, y escapó corriendo al fogón.
Llevamos nuestros paquetes al comedor. La mesa estaba puesta. Al ver los dos cubiertos sólo dos, y sin embargo tan bien dispuestos, tan perfectos que no había posibilidad de que cupiera un tercero, experimenté, igual que siempre, un extraño y fugaz escalofrío, como si hubiera sido herido por los rayos argentados que se desprendían de los blancos manteles, de la cristalería centelleante, del obscuro tazón de las fresas.
—¡Dichoso cartero! ¿Qué le habrá ocurrido? —dijo Beatrice—. Pon eso allí, querido.
—¿Dónde quieres que lo ponga?
Alzó la cabeza para sonreírme con aquella amable y burlona sonrisa.
—Donde quieras, tontín.
Pero yo sabía de sobra que allí no había sitio para aquello y hubiera seguido sosteniendo en vilo la panzuda botella de licor y los dulces durante meses, durante años antes que correr el riesgo de contrariar, aunque sólo fuera ligeramente, su exquisito sentido del orden.
—Vamos, trae —y los plantó sobre la mesa, juntamente con sus largos guantes y la canastilla de los higos—. «La mesa para la comida», novela corta por, por... —me cogió del brazo—. Vamos a la terraza —y al decirlo noté que se estremecía—. Ca sent la cuisine —concluyó con voz desmayada.
En los últimos días, había observado —hacía un par de meses que vivíamos en la Costa Azul— que cuando quería hablar de la comida, del clima o, en tono retozón, de su amor hacia mí, siempre recurría al francés.
Nos sentamos sobre la balaustrada bajo el toldo. Beatrice, inclinada hacia fuera, mirando para abajo, hacia el blanco camino que corría entre la doble hilera de lanzas de los cactos. La belleza de sus orejas, nada más que de sus orejas, maravillosas, era tanta, que después de contemplarlas me hubiera vuelto hacia toda aquella extensión del mar que relumbraba allá abajo para balbucir:
—Oh, qué orejas. Tiene unas orejas que sencillamente son lo más...
Vestía de blanco. Llevaba un ramito de lirios del valle prendido en la cintura, un collar de perlas y en el dedo corazón de la mano izquierda, un anillo con una perla también; un anillo que no era una alianza matrimonial.
—¿Por qué, man ami? ¿Por qué vamos a aparentar lo que no es? ¿A quién puede preocuparle?
Y, naturalmente, asentí, aunque íntimamente, en las honduras de mi corazón, hubiera dado el alma y la vida por verme a su lado en una iglesia de moda. Grande, sí, muy grande y atestada de gente, ante un sacerdote anciano y venerable, mientras resonaba «La voz que alentó sobre el Edén». Con palmas y olor a incienso. Sabiendo que a la salida no faltaría la alfombra roja y el confetti. Y que en alguna parte nos esperaba el pastel de bodas, el champaña, y un zapatito de raso que había de ser arrojado tras el coche.
¡Ah, si hubiese podido deslizar en su dedo el anillo nupcial...!
Y no es que me agradaran esos espectáculos; pero tenía la impresión de que eso podía quizás atenuar aquella tremenda sensación de libertad total; la libertad de ella, claro está.
¡Dios mío! ¡Qué martirio era la felicidad, qué sufrimiento! Alcé la vista para mirar la casa, nuestra villa, las ventanas de nuestra habitación, escondida tan misteriosamente tras las verdes persianas de junco. ¿Sería posible que ella hubiera venido hacia mí en medio de la verdosa claridad para sonreírme y que esa sonrisa enigmática fuese para mí sólo? Me echó un brazo en torno del cuello, mientras que con la otra mano me acariciaba el cabello de una manera tan delicada, pero tan terrible...
«¿Quién eres tú?» ¿Quién era ella? Ella era... la Mujer.
En el primer atardecer templado de la primavera, cuando las luces relumbran como perlas en la atmósfera saturada del perfume de las lilas, y se oyen murmullos de voces en los jardines recién florecidos, es ella la que canta en la casa alta con cortinas de tul. Y cuando viajando en coche a la luz de la luna cruzamos una ciudad extranjera, su sombra es la sombra que se presiente tras del oro estremecido de las persianas. Cuando las lámparas se encienden, en medio del silencio que acaba de engendrarse, son sus pasos los que cruzan ante tu puerta. Y ella es la que en el atardecer de otoño, palidez entre pieles, ha mirado al pasar el coche que se aleja.
En fin, dicho en pocas palabras. Yo tenía entonces veinticuatro años. Y cuando ella, tendida de espaldas con las perlas rozándole el mentón, suspiraba: «Amor mío, tengo sed. Donne-moi une orange», yo hubiera sido capaz de chapuzarme con mucho gusto en el agua para arrancar una naranja, si preciso fuera, de las mismas fauces de un cocodrilo; suponiendo que los cocodrilos comieran naranjas.
Beatrice cantaba:
Si yo tuviese un par de alitas de pluma
Y fuese un pintado pajarillo...
Le así una mano:
—¿Te irías volando?
—No, no muy lejos. Sólo hasta el final de la carretera.
—Y ¿por qué diablos hasta allí?
—«Él aún no es venido, exclamaba ella» —citó Beatrice.
—¿Quién es él? ¿Ese viejo tonto de cartero? Pero si no esperas ninguna carta.
—No, pero me inquieta como si la esperara. Ah —y de pronto se echó a reír, apoyándose en mí—, ahí está, mírale, parece un escarabajo azul.
Y juntando nuestras mejillas estuvimos mirando cómo el azulado insecto empezaba a subir cuesta arriba.
—¡Amor mío! —suspiró Beatrice.
Y sus palabras parecían flotar en el aire, vibrar en él como vibran las notas de un violín.
—¿Qué?
—No lo sé —dijo sonriendo levemente—. Debe de ser una oleada, sí, una oleada de cariño. La abracé.
—¿Entonces, ya no te irías volando?
Y ella repuso pronta y dulcemente:
—No, no. Por nada del mundo. De veras. Me encanta este lugar. Me encanta estar aquí. Creo que podría vivir en él años y años. Nunca he sido tan feliz como en estos dos últimos meses, y tú te has portado conmigo tan perfectamente bien, en todos los sentidos, amor mío.
Esto me hacía tan feliz, era algo tan excepcional, tan inusitado, el oírselo decir a ella, que traté de tomarlo a broma.
—No hables así. Parece como si fueras a despedirte.
—Bah, qué tontería. No debes decir esas cosas ni siquiera en broma —y deslizando su manecita bajo mi chaqueta blanca, me asió un hombro—. ¿Verdad que has sido feliz?
—¿Feliz? ¿Que he sido feliz? ¡Dios mío! Si supieras lo que siento en este instante. Sí, muy feliz. Encanto mío, mi vida.
Me dejé caer de la balaustrada y tomándola en brazos la levanté en alto. Mientras la sostenía en el aire, apoyé el rostro en su seno murmurando:
—¿Eres mía?
Y por primera vez desde que la había conocido, en todos aquellos meses de desazón, aun contando el último, que sin duda fue el Paraíso, creí en ella a pies juntillas cuando respondió:
—Sí, soy tuya.
Sonó la puerta del jardín, y luego el ruido de los pasos del cartero sobre el cascajo. Nos separamos. De momento estaba como deslumbrado, y me quedé allí, sonriendo, sintiéndome un poco atontado. Beatrice fue hacia los sillones de mimbre.
—Anda, ve a traer las cartas —me dijo.
Bueno. Salí casi dando traspiés, pero llegué tarde. Ya venía Annette corriendo.
—Pos de lettres —dijo.
Debió de quedar sorprendida por la sonrisa desmayada con que tomé de sus manos el periódico. Estaba loco de gozo. Tiré el diario por los aires y proclamé a gritos:
—No hay cartas, querida —mientras me dirigía hacia el sillón donde mi amada yacía tendida.
De momento no replicó. Luego, mientras rasgaba la faja del periódico, dijo lentamente:
—Olvidada del mundo y por el mundo olvidada.
Hay momentos en que lo mejor es un cigarrillo para salvar la situación. Ya no es sólo un aliado, sino un amiguito discreto, irreprochable, que lo sabe todo y lo comprende todo perfectamente. Mientras uno fuma se le mira, risueño o airado, según las circunstancias lo aconsejen, aspirando profundamente el humo y expeliéndolo lentamente en abanico. Aquél era uno de esos momentos. Fui hacia el magnolio absorbiendo humo a más no poder. Luego volví para reclinarme contra su hombro. Pero de súbito arrojó el periódico sobre las losas.
—No hay nada de nuevo —dijo—. Nada. Sólo una causa por envenenamiento. Uno que ha matado o no ha matado a su mujer. Veinte mil que llenan cada día la sala y dos millones de palabras cablegrafiadas a todo el mundo después de cada sesión.
—Qué necia es la gente —repliqué, dejándome caer en otra silla.
Quería olvidar el periódico para volver, con cautela, claro está, a aquel instante que precedió a la llegada del cartero. Pero cuando respondió, comprendí por el tono de su voz que aquel instante ya había pasado. Aunque no importaba. Ahora que sabía... aguardaría con mucho gusto quinientos años, si preciso fuera.
—No tan necia —dijo Beatrice—. Porque, después de todo, es algo más que morbosa curiosidad lo que atrae a esas veinte mil personas.
—¿Qué es, pues, querida? —bien sabe Dios que no me importaba un bledo.
—La culpabilidad —exclame—. Sí, su culpabilidad. ¿No lo comprendes? Les sugestiona, como sugestiona al enfermo cualquier novedad relativa a su caso. El que está en el banquillo puede muy bien ser inocente; pero los que están en la sala casi todos son envenenadores —estaba pálida a causa de la emoción—. ¿No has reparado nunca en la enorme cantidad de envenenamientos que se están dando? Hallar una pareja en que el uno no envenene al otro, ya sean casados o amantes, es cosa excepcional. ¡Cuántas tazas de té o de café —exclamó—, cuántas copas de vino estarán emponzoñadas! Y las que yo misma he bebido, sin saberlo o a sabiendas, pero corriendo el riesgo. La única razón para que sobrevivan tantas parejas —dijo sonriendo—, es que uno de ellos no se atreve a suministrar al otro la dosis fatal. Para darla hace falta tener nervios bien templados. Pero forzosamente ha de venir, tarde o temprano. No se puede retroceder una vez que la pequeña primera dosis ha sido suministrada. Es el comienzo del fin, ¿no te parece? ¿Comprendes lo que quiero decir?
No esperó mi respuesta. Desprendiéndose de la cintura los lirios del valle, se tendió de espaldas y se posó la ramita sobre los ojos.
—Mis dos maridos me envenenaban —dijo—. El primero me dio una fuerte dosis casi de golpe, pero el segundo era un verdadero artista en su género. Sólo una pizca de vez en cuando, hábilmente disimulada. ¡Ah, qué inteligente era! Hasta que una mañana, al despertar, estaba cubierta de menudos granitos de los pies a la cabeza; hasta la más mínima porción de mi cuerpo. No había tiempo que perder.
Me molestaba oírle hablar de sus maridos con tanta tranquilidad, y precisamente aquel día. Me sentí herido. Iba a decírselo, pero de pronto exclamó quejosa:
—¿Por qué? ¿Por qué había de ocurrirme a mí esto? ¿Qué había hecho yo? ¿Por qué toda mi vida he estado condenada a...? Es como una conspiración.
Traté de decirle que era a causa de su perfección. Era demasiado perfecta para este mundo tan horrible; demasiado exquisita, demasiado bella. Asustaba a la gente. Quise hacerla reír diciendo:
—Bueno, pero yo no he tratado de envenenarte.
Rió con una media risita, mordisqueando el tallo de los lirios.
—¿Tú? No eres capaz de hacer daño a una mosca.
Cosa rara. Aquello me molestó; me molestó terriblemente.
En aquel momento Annette vino a traernos nuestros aperitifs. Beatrice se incorporó para coger la copa de la bandeja y me la pasó. Observé el fulgor de la perla, en el dedo perlado, como yo le llamaba. ¿Por qué había de dolerme lo que acababa de decir?
—Y tú —dije cogiendo la copa— tampoco has envenenado nunca a nadie.
Esto me sugirió una idea y traté de exponérsela.
—Tú haces precisamente lo contrario. ¿Cómo llamar a quien, como tú en vez de emponzoñar a la gente, la colmas con nueva vida; ya sea el cartero, al que conduce nuestro coche o nuestra lancha, a la florista o a mí mismo, infundiendo a todos algo de tus propios destellos, de tu propia belleza, de tu...?
Sonreía con aire de ensueño, me miraba con aire de ensueño.
—¿En qué estás pensando, mi bien amada?
—Estoy pensando si querrías bajar al pueblo después de comer para preguntar en correos si hay alguna carta para mí del reparto de la tarde. No te molestaría, ¿verdad? No es que espere ninguna, pero, si la hubiese, ¿no crees que es absurdo el no recogerla y tener que esperar tontamente hasta mañana?
Hizo girar el tallo de la copa entre sus dedos. Tenía su hermosa cabeza un poco inclinada. Yo alcé la mía y bebí, sorbí más bien, sorbí despaciosamente, deliberadamente, sin dejar de mirar aquella morena cabeza, y pensando en los carteros, en los escarabajos azules, en las despedidas que no eran despedidas y... ¡Dios de Dios! ¿Sería mi imaginación? No, no era mi imaginación. El aperitivo tenía un sabor escalofriante, amargo, muy extraño.

[1] El señor Consejero.
[2] Col fermentada.
[3] Munich
[4] La comida, la comida.
[5] La señora del Consejero Supremo de Gobierno.
[6] Catedrático del Instituto.
[7] Señora.
[8] Muchas gracias.
[9] Cura, tratamiento.
[10] Señora viuda del ayudante de campo.
[11] Posada.
[12] «Te amo.»
[13] ¡Dios mío!
[14] Telas, más o menos lujosas, que se colocan en las butacas para proteger el tapizado. Sin equivalente adecuado en castellano.
[15] Universo, ¡oh, qué maravilloso eres!
[16] Vagabundos típicos de N. Zelanda y Australia, llamados así –crepusculares– porque terminan sus jornadas con el crepúsculo. (N. del T.)
[17] La plata de la nube, lo bueno que hay siempre en medio de todo lo malo. (N. del T.)
[18] Quien mira el antes y el después, atormentándose con cosas que no existen.» (Shelley.)
[19] ¿Comprende?
[20] Sombrero gigantesco.
[21] Si yo tuviese dos alitas de pluma / y fuere un pintado pajarillo, / hacia ti volaría, mi bien amada. / Pero pensar cosas así resulta vano, / y no quiero seguir.
Mas en mis sueños hacia ti vuelo. / En sueños siempre estoy contigo, / y el mundo entero nos pertenece. / Pero luego despierto, y ¿dónde me hallo? / Solo, completamente solo.
Los sueños no perduran aun cuando un monarca lo mande, / y por eso me encanta despertar cuando rompe el día, / pues aun cuando el sueño se haya disipado, / aún está obscuro y, cerrando los párpados, / puede uno seguir soñando.