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jueves, 13 de noviembre de 2014

La Duquesa (John Cheever)

La duquesa

Si a uno le ha tocado ser hijo de un minero o educarse como yoen una pequeña ciudad de Massachusetts, la compañía de una encopetada duquesa posiblemente le suscite ciertos sentimientos cuya vulgaridad no tiene cabida en el universo de la ficción, pero era una mujer hermosa, en definitiva, y la belleza no tiene nada que ver con la alcurnia. Era esbelta, pero no delgada, y más bien alta. Sus cabellos eran de un rubio ceniciento, y su clara y admirable frente armonizaba con aquel grandioso y derruido trasfondo de piedra caliza y mármol, el palacio romano donde residía. Era de su propiedad, y al abandonar las sombras de su mansión para recorrer a pie, en hora temprana, a lo largo del río, el camino que la separaba de la misa, nunca parecía haberse alejado por completo de su luz veteada. Podría haber sorprendido, pero no alarmado, verla en compañía de los santos y los ángeles de piedra que coronan el tejado de Sant'Andrea della Valle. No se trataba de la Roma que figura en las guías turísticas, sino de la actual, cuyo atractivo no es el Coliseo a la luz de la luna ni la plaza de España bañada por una súbita ducha, sino el patético espectáculo de una magna y vetusta metrópoli que sucumbe confusamente al cambio. Vivimos en un mundo donde las riberas del más recóndito arroyuelo truchero han sido aplanadas por las botas de los pescadores, y en que la música que se despeña desde los muros medievales al jardín donde estamos sentados es una antigua grabación de Vivienne Segal cantando Bewitched, Buthered and Bewildered; y Donna Carla, como usted y yo, vivía con un pie en el pasado.

El Marido Rural (John Cheever)

El marido rural

Habrá que contar, para empezar por el principio, que el avión de Minneapolis en el que Francis Weed se dirigía hacia el este se encontró de pronto con graves problemas meteorológicos. El cielo había estado antes de un color azul brumoso, con nubes exclusivamente por debajo del avión, aunque tan juntas que no se veía la tierra. Luego empezó a formarse vaho en el exterior de las ventanillas, y penetraron en una nube blanca de tal densidad que reflejaba las llamas del escape de los motores. El color de la nube se oscureció hasta convertirse en gris, y el avión empezó a mecerse.

Los Wryson (John Cheever)

Los Wryson

Los Wryson querían que en Shady Hill las cosas siguieran exactamente igual que estaban. Su temor al cambio a cualquier tipo de irregularidadera muy intenso, y cuando se vendió la finca de los Larkin para convertirla en una residencia de ancianos, los Wryson fueron al pleno del ayuntamiento y exigieron saber qué clase de ancianos iban a ser los que vivirían allí. Las actividades cívicas de los Wryson se limitaban a la regulación de las zonas urbanas, pero en ese campo se mostraban muy activos, y si a uno lo invitaban a su casa a tomar unos cócteles, había muchas posibilidades de que le pidieran que firmase una petición para regular alguna zona antes de que se marchara. En aquella preocupación había algo más que el deseo natural de mantener la personalidad urbana de su comunidad. Los Wryson parecían notar la presencia de un desconocido que se empeñaba en entrar: un desconocido sucio, que intrigaba sin descanso, extranjero, padre de niños alborotadores que echarían a perder sus rosales y que conseguirían que se depreciara su propiedad; un hombre barbudo, con olor a ajo en el aliento y un libro bajo el brazo. Los Wryson no tomaban parte en la vida intelectual de Shady Hill.

La Bella Lingua (John Cheever)

La bella lingua

Wilson Streeter, como muchos norteamericanos que viven en Roma, estaba divorciado. Trabajaba como experto en estadística para la F.R.U.P.C., y vivía solo. Aunque mantenía una discreta vida social con otros expatriados y con los romanos que frecuentan esos círculos, no conseguía practicar el italiano, porque en su despacho utilizaban el inglés durante todo el día, y los italianos con los que trataba hablaban inglés mucho mejor que Streeter italiano. Pero él estaba convencido de que para entender el país tenía que hablar italiano. Lo hacía bastante bien cuando sólo se trataba de comprar algo o de hacer una gestión, pero él quería ser capaz de expresar sus sentimientos, de contar chistes, y de entender las conversaciones en los tranvías y en los autobuses. Era perfectamente consciente de que se estaba creando una existencia en un país que no era el suyo, y de que tan sólo dejaría de considerarse un extranjero cuando conociera el idioma.

El Problema De Marcie Flint (John Cheever)

El problema de Marcie Flint 

«Escribo esto a bordo del Augustus, que lleva tres días en alta mar. Mi maleta está llena de mantequilla de cacahuete, y soy fugitivo de los suburbios residenciales de todas las grandes ciudades. ¡Qué agujeros! Los suburbios residenciales, quiero decir. Dios me libre de las encantadoras mujeres que cambian de sitio sus ásteres y sus rosas al anochecer por temor de que la escarcha las mate, y de las que llevan dentro de la cabeza un torbellino de entusiasmo cívico. Voy a Turín, donde a las chicas les gusta la mantequilla de cacahuete, y donde el hombre tiene vara alta...» No había absolutamente nada malo en el barrio residencial (Shady Hill) del que Charles Flint escapaba; su edad no importa; y Turín no le era desconocido, porque poco tiempo atrás había pasado allí tres meses por motivos de trabajo.

El Gusano De La Manzana (John Cheever)

El gusano de la manzana

Los Crutchman eran tan felices, tan extraordinariamente felices, y tan moderados en todas sus costumbres, y todo lo que les pasaba les parecía tan bien que uno se veía obligado a sospechar la existencia de un gusano en su sonrosada manzana, y a imaginar que el llamativo color de la fruta no tenía otro objeto que esconder la gravedad y la extensión de la enfermedad. Su casa de Hill Street, por ejemplo, con todas aquellas enormes ventanas. ¿Quién, excepto alguien con complejo de culpabilidad, querría que entrase tanta luz en su casa? Y el hecho de enmoquetar todas las habitaciones, ¿no era como reconocer que un centímetro de suelo al descubierto (que no existía) podía despertar recuerdos muy enterrados de amores no correspondidos y de soledad? Y había cierto entusiasmo necrofílico en su manera de trabajar el jardín. ¿Por qué tanto interés en cavar agujeros, plantar semillas y ver cómo brotan las plantas? ¿Por qué tanta morbosa preocupación con la tierra? Helen era una mujer muy bonita con esa llamativa palidez que con tanta frecuencia se descubre en las ninfómanas. Larry era un hombre corpulento que solía trabajar en el jardín sin camisa, lo que quizá ponía de manifiesto una tendencia infantil al exhibicionismo.

El Autobús A St. James (John Cheever)

El autobús a St. James

El autobús que iba a St. James una escuela protestante episcopaliana para chicos y chicas inició su recorrido a las ocho en punto de la mañana desde una esquina de Park Avenue, a la altura de las calles sesenta. Lo temprano de la hora suponía que algunos de los padres que enviaban a sus hijos a ese centro estaban soñolientos y no habían tomado su café, pero con cielo despejado la luz bañaba la ciudad oblicuamente, el aire era fresco, y aquel momento del día resultaba extraordinariamente alegre. Era la hora en que cocineros y porteros pasean a los perros y en que los conserjes restriegan los felpudos del vestíbulo con agua y jabón. Las huellas de la noche eran escasas: una vez, padres e hijos vieron volver a casa a un hombre con el esmoquin sucio de serrín.

El Ladrón De Shady Hill (John Cheever)

El ladrón de Shady Hill

Me llamo Johnny Hake. Tengo treinta y seis años. Mido 1,78 en calcetines, peso 64 kilos desvestido, y estoy, por así decirlo, desnudo en este momento y hablando en la oscuridad. Fui concebido en el hotel St. Regis, nací en el hospital presbiteriano, me educaron en Sutton Place, fui bautizado y confirmado en la iglesia de San Bartolomé, y me entrené con los Knickerbocker Greys, jugué al rugby y al béisbol en Central Park, hacía gimnasia en el armazón de los toldos de los bloques de apartamentos del East Side, y conocí a mi mujer (Christina Lewis) en una de esas grandes fiestas en el Waldorf. Serví cuatro años en la marina, ahora tengo cuatro hijos y vivo en un suburbio llamado Shady Hill. Tenemos una hermosa casa con jardín y barbacoa al aire libre, y las noches de verano, sentado allí con los niños y mirando lo que el escote de Christina deja ver cuando se inclina para dar la vuelta a los filetes y echarles sal, o simplemente contemplando las luces del cielo, me estremezco como me estremecen ocupaciones más audaces y peligrosas, y me imagino que eso es lo que significa el dolor y la dulzura de la vida.

Sólo Una Vez Más (John Cheever)

Sólo una vez mas

No tiene sentido complicarse la vida, pero en cualquier descripción amplia y auténtica de la ciudad en que todos vivimos tiene que haber sitio para decir unas palabras sobre los que se niegan a desaparecer, sobre los que se agarran a cualquier cosa, sobre esas personas que nunca triunfan, pero tampoco se rinden, los eternos insatisfechos que todos hemos conocido en una u otra ocasión. Me refiero a los aristócratas de poca monta que viven en la parte alta del East Side, a esos hombres elegantes y encantadores que trabajan para firmas de abogados y a sus pretenciosas mujeres, con sus visones de saldo y sus estolas raídas, sus zapatos de cocodrilo, sus aires de superioridad al hablar con los porteros y las cajeras de los supermercados, sus joyas de oro de ley y sus últimas gotas de Je Reviens y de Chanel. Estoy pensando en realidad en los Beer Alfreda y Bob, que vivían en un bloque de apartamentos del East Side, propiedad en otros tiempos del padre de Bob, rodeados de trofeos náuticos, fotografías dedicadas del presidente Hoover, muebles de estilo español y otras reliquias de la edad de oro.

El Tren De Las Cinco Cuarenta Y Ocho (John Cheever)

El tren de las cinco cuarenta y ocho

Blake la vio al salir del ascensor. Unas cuantas personas, en su mayoría hombres que esperaban a chicas, contemplaban desde el vestíbulo las puertas del ascensor. Ella se encontraba entre esas personas. Al verlo, el rostro de la mujer adquirió una expresión tan intensa de odio y decisión que Blake se dio cuenta de que lo había estado esperando. No se dirigió hacia ella. La mujer carecía de motivos legítimos para hablar con él. No tenían nada que decirse. Blake se dio la vuelta y se encaminó hacia las puertas de cristal al fondo del vestíbulo, con el impreciso sentimiento de culpa y desconcierto que experimentamos al cruzarnos con algún viejo amigo o condiscípulo que parece tener dificultades económicas, estar enfermo o sufrir por cualquier otro motivo. Eran las cinco y dieciocho en el reloj del despacho de la Western Union. Podía coger el expreso. Mientras esperaba turno junto a la puerta giratoria, vio que seguía lloviendo. Había estado lloviendo todo el día, y Blake se fijó en que la lluvia intensificaba los ruidos de la calle. Una vez en el exterior, se dirigió a buen paso en dirección este, hacia Madison Avenue. El tráfico estaba paralizado, y los cláxones sonaban con impaciencia a lo lejos, en una de las calles transversales de Manhattan. No cabía un alfiler en las aceras. Blake se preguntó qué esperaba conseguir ella viéndolo un instante al salir de la oficina al final de la jornada. Luego se preguntó si lo estaría siguiendo.

El Día Que El Cerdo Se Cayó Al Pozo (John Cheever)

El día que el cerdo se cayó al pozo

Durante el verano, cuando la familia Nudd se reunía en Whitebeach Camp, en los montes Adirondack, siempre había una noche en que uno de ellos preguntaba:
—¿Os acordáis del día que el cerdo se cayó al pozo?
Luego, como si hubiera sonado la primera nota de un sexteto, todos los demás se apresuraban a representar sus papeles de siempre, como esas familias que cantan las operetas de Gilbert y Sullivan, y el recital se prolongaba por espacio de una hora o más. Los días perfectos y había habido cientos de ellos parecían haberse incorporado a sus conciencias sin dejar recuerdos, y volvían a aquella crónica de pequeños desastres como si fuera la génesis del verano.

¡Adiós, Juventud! ¡Adiós, Belleza! (John Cheever)

¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!

Al final de casi todas las largas y multitudinarias fiestas de los sábados por la noche en el barrio residencial de Shady Hill, cuando prácticamente todos los que iban a jugar al golf o al tenis a la mañana siguiente se habían marchado ya a sus casas y los diez o doce supervivientes parecían incapaces de poner término a la velada a pesar de que la ginebra y el whisky se estuviesen acabando, y aquí y allá las mujeres que aguantaban por acompañar a sus maridos hubiesen empezado a beber leche; cuando todo el mundo había perdido por completo la noción del tiempo, y los canguros que aguardaban en sus distintos hogares a aquellos recalcitrantes se habían tumbado hacía ya mucho en el sofá y dormían a pierna suelta, soñando con ganar concursos de cocina, con viajes transoceánicos y aventuras románticas; cuando el borracho belicoso, el aficionado a los dados, el pianista y la mujer enfrentada con la extinción de sus esperanzas habían hecho ya sus manifestaciones públicas; cuando todas las propuestas desayunar en casa de los Farquarson, ir a nadar, despertar a los Townsend, hacer esto o lo de más allá— morían nada más sugerirlas, llegaba el momento de que Trace Bearden empezara a meterse con Cash Bentley porque se hacía viejo y se le estaba cayendo el pelo. Aquel ataque era el paso previo para cambiar de sitio muebles del cuarto de estar. Trace y Cash levantaban las mesas y las sillas, los sofás y la pantalla de la chimenea, el cajón de la leña y el taburete para poner los pies, y cuando terminaban, nadie hubiese reconocido la habitación. Luego, si el anfitrión tenía un revólver, se le pedía que fuera a buscarlo.

Las Amarguras De La Ginebra (John Cheever)

Las amarguras de la ginebra

Era domingo por la tarde, y, desde su dormitorio, Amy oyó llegar a los Bearden, seguidos, poco después, por los Farquarson y los Parminter. Siguió leyendo Belleza negra hasta que el instinto le dijo que quizá estuviesen comiendo algo bueno. Entonces cerró el libro y bajó la escalera. La puerta del cuarto de estar se hallaba cerrada, pero a través de ella se oía ruido de risas y de gente hablando en voz muy alta. Debían de estar cotilleando o algo aún peor, porque se callaron todos cuando la niña entró en el cuarto.

Los Chicos (John Cheever)

Los chicos


Al señor Hatherly le gustaban muchas cosas pasadas de moda. Usaba botas amarillas de caña alta, cenaba en Litchow's para oír a los músicos, y, por las noches, se ponía una camisa de dormir. Su tendencia a establecer en los negocios un lazo patriarcal con algún joven que pudiera ser su sucesor en el más estricto sentido de la palabraera otro de esos gustos pasados de moda. El señor Hatherly escogió como heredero a un joven emigrante llamado Víctor Mackenzie, que había cruzado el océano creo que durante el invierno cuando tenía dieciséis o diecisiete años. El cruce del Atlántico es una simple suposición. Quizá trabajara para reunir el dinero de la travesía o lo pidiera prestado o tuviera algún pariente en este país que lo ayudase, pero todo esto se mantenía a oscuras, y su vida conocida se iniciaba cuando entró a trabajar para el señor Hatherly. En su calidad de emigrante, quizá Víctor acariciara una visión anticuada del hombre de negocios norteamericano. Es cierto que, algunas veces, se descubrían en el señor Hatherly rasgos de tiempos ya pasados.

El Superintendente (John Cheever)

El superintendente

La alarma empezó a sonar a las seis de la mañana. Sonó débilmente en la vivienda del primer piso que Chester Coolidge ocupaba como pago parcial de su puesto de superintendente en un bloque de apartamentos, pero lo despertó al instante; dormía sin perder conciencia del golpeteo de la maquinaria del edificio, como si aquél estuviera vinculado a su propio bienestar. Se vistió rápidamente en la oscuridad y corrió por el vestíbulo hasta la escalera de servicio; allí, una cesta de color melocotón, llena de rosas y claveles marchitos, le estorbó el paso. La apartó de un puntapié, bajó a paso ligero la escalera de hierro hasta el sótano y corrió por un pasillo cuyas paredes de ladrillo, recubiertas de pintura, recordaban el pasadizo de alguna catacumba. El sonido del timbre subió de volumen a medida que se aproximaba al cuarto de máquinas. La alarma significaba que el tanque de agua del tejado estaba casi vacío, y que el mecanismo que regulaba el suministro de agua no funcionaba. Al llegar al cuarto, Chester puso en marcha la bomba auxiliar.

La Cura (John cheever)

La cura

Ocurrió en el verano. Recuerdo que hacía mucho calor tanto en Nueva York como en el barrio residencial donde vivimos, a las afueras. Mi mujer y yo habíamos discutido, y Rachel cogió a los niños y se marchó, con la camioneta. Tom no apareció o por lo menos no advertí su presencia hasta unas dos semanas después de la escisión familiar, pero la partida de Rachel y la llegada de Tom parecían estar relacionadas. La marcha de Rachel pretendía ser definitiva. Me había abandonado en dos ocasiones anteriores (la segunda nos divorciamos para luego volver a casarnos), y cada una de las veces acepté la separación con un sentimiento que no tenía mucho que ver con la felicidad, pero sí con aquella resurrección de la propia dignidad, del valor, que al parecer es la recompensa de aceptar una verdad dolorosa. Era verano, como ya he dicho, y en cierto modo me alegré de que ella hubiera elegido esa época para nuestra riña. De este modo nos ahorraba la inmediata necesidad de legalizar nuestra nueva situación. Intervalos aparte, llevábamos trece años viviendo juntos: teníamos tres hijos e intereses económicos comunes. Intuí que ella se alegraba igual que yo de que las cosas siguieran su curso hasta septiembre u octubre.

La Casta Clarissa (John Cheever)

La casta Clarissa

En el barco de la noche que iba a Vineyard Haven estaban cargando mercancías. Muy pronto la sirena advertiría que las ovejas tenían que separarse de los cabritos: así, al menos, era como Baxter lo enfocaba, distinguiendo entre los isleños y los turistas que merodeaban por las calles de Woods Hole. Su automóvil, como todos los que iban a embarcar en el trasbordador, estaba aparcado cerca del muelle. Baxter fumaba sentado en el parachoques delantero. El ruido y el movimiento del pequeño puerto parecían indicar que la primavera había terminado, y que las orillas del West Chop, al otro lado del estrecho, eran las playas del verano; pero las implicaciones de la hora y del viaje no tenían ningún efecto sobre Baxter. El retraso lo aburría y lo irritaba. Cuando oyó que alguien lo llamaba, se puso en pie con una sensación de alivio.
Era la anciana señora Ryan, al volante de una camioneta cubierta de polvo, y Baxter se acercó para hablar con ella.

Tiempo De Divorcio (John Cheever)

Tiempo de divorcio

Mi mujer tiene el pelo castaño, ojos oscuros y carácter bondadoso. A veces pienso que este buen carácter es el responsable de que consienta a los niños. Es incapaz de negarles nada. Siempre saben cómo engatusarla. Ethel y yo llevamos diez años casados. Ambos somos de Morristown, Nueva Jersey, y ni siquiera puedo recordar cuándo la conocí. Nuestro matrimonio me ha parecido siempre lleno de recursos, y feliz. Vivimos en una casa sin ascensor, en una de las calles cincuenta del East Side. Nuestro hijo Carl, de seis años, se educa en una buena escuela privada, y nuestra hija, que sólo tiene cuatro, no irá al colegio hasta el año que viene. A menudo criticamos el modo en que nos educaron, pero al parecer nos esforzamos por criar a nuestros hijos conforme a las mismas pautas, y supongo que, a su debido tiempo, irán a los mismos centros y universidades a los que nosotros fuimos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La Navidad Es Triste Para Los Pobres (John Cheever)

La Navidad es triste para los pobres

La Navidad es una época triste. La frase acudió a la mente de Charlie un instante después de que el despertador hubo sonado, y le trajo otra vez la depresión amorfa que lo había perseguido toda la tarde anterior. Al otro lado de la ventana, el cielo estaba negro. Se sentó en la cama y tiró de la cadenilla de la luz que colgaba delante de su nariz. «El día de Navidad es el día más triste del año pensó—. De todos los millones de personas que viven en Nueva York, yo soy prácticamente el único que tiene que levantarse en la fría oscuridad de las seis de la mañana el día de Navidad; prácticamente el único.»

Clancy En La Torre De Babel (John Cheever)

Clancy en la torre de Babel

James y Nora Clancy procedían de granjas próximas a un pueblecito llamado Newcastle. Newcastle está cerca de Limerick. Habían sido pobres en Irlanda y no les iba mucho mejor en su nuevo país, pero eran personas decentes y limpias. Sus granjas de origen habían sido sitios bien organizados, donde vivían las mismas familias desde mucho tiempo atrás, y los Clancy disfrutaban del beneficio de una tradición. Sus sencillas costumbres campesinas estaban tan profundamente enraizadas que veinte años en Nueva York habían tenido muy poco efecto sobre ellos. Nora iba al mercado con una cesta de mimbre bajo el brazo, como una mujer que sale a la huerta, y el agradable rostro de Clancy reflejaba una vida de total simplicidad. Sólo tenían un hijo, John, y ambos habían sido capaces de transmitirle su actitud satisfecha y apacible ante el mundo. Eran personas cuya existencia giraba en torno a media manzana de casas, que se arrodillaban para rezar: «Dios te salve, María, llena eres de gracia», y que se turnaban los sábados por la noche en el uso de la bañera que había en la cocina.