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viernes, 12 de diciembre de 2014

Sacrificio Humanoide (J. T. McIntosh)

SACRIFICIO HUMANOIDE

J. T. MCINTOSH

—Sé que es risible —dijo Kni, riendo para corrobo¬rar lo que decía—, pero esos terrícolas consiguen ha¬cer cosas.
A tres mil kilómetros de distancia, en otro conti¬nente del planeta Psit, Bru emitió una risilla escéptica.
—¿Y cómo, con su pobre alcance tecnológico?
—Bien, lo que ocurre es que los miramos desde nues¬tro punto de vista tecnológico. ¿Cuáles crees que son los resultados, cuando los científicos establecen un test para artistas?
—¿Quieres decir que los terrícolas son más artistas que científicos?
Hubo una interferencia en la línea, muy breve. Kni se detuvo, sorprendido. Las líneas telefónicas no tenían jamás una interferencia. Siguió adelante, sin embargo, sin hacer comentarios.

Misión en Venus (J. T. McIntosh)

Misión en Venus

J. T. McIntosh
  
La astronave averiada descendía ululando hacia Ve­nus, en posición vertical, girando lentamente sobre su eje, con sus toberas de eyección silenciosas. Los grises jirones de las nubes se retorcían en torno a sus aletas, para ascender en tiras temblorosas por sus brillantes cos­tados. Junto a la portilla de proa, Warren Blackwell esforzaba la vista tratando de atravesar aquella atmós­fera gris e hirviente, pero conocía la atmósfera venusiana y sabía que estaba perdiendo el tiempo. Vería el sue­lo cuando la nave estuviese a quince metros del mis­mo, y entonces ya sería demasiado tarde.

Inmortalidad..., para Algunos (J. T. McIntosh)

Inmortalidad..., para Algunos

J. T. McIntosh

De nuevo era un fugitivo. Y esta vez no sentía la menor alegría, únicamente una triste ansiedad de derrota. Es imposible ocultarse indefinidamente de la sociedad en el seno de ella misma.
Su mayor ventaja radicó siempre en que la policía, presuntuosamente segura del hecho que no podía existir ningún crimen inédito o no resuelto en sus archivos, tardaba mucho en investigar los aspectos considerados como poco interesantes.

El Hechizo de la Soledad (J. T. McIntosh)

El Hechizo de la Soledad

J. T. McIntosh

Ord estaba sentado en su sillón giratorio contemplando el Sistema Solar. La claridad de visión, no afectada por la cortina de doscientas millas de atmósfera de la Tierra, era tal, que desde su posición en la órbita de Plutón podía ver perfectamente, sin ningún aparato óptico, todos los pla­netas excepto el propio Plutón, oculto en un racimo de bri­llantes estrellas, y Mercurio, eclipsado en aquel momento por el Sol.

Arena en el Engranaje (J. T. McIntosh)

Arena en el Engranaje
J. T. McIntosh

Antes de llamar a la puerta de Bergstein, Mark Swan la contempló sardónicamente.
Era una puerta sencilla, de hoja de plástico, que no tenía más que un picaporte. No había ningún nombre en letras de oro. Ni siquiera la palabra «Privado».
Así era como se mantenía el anonimato en el Departamento de Inteligencia. Como en la puerta no figuraba el nombre de Bergstein, ninguna de las señoras de la limpieza se enteraría jamás de algo que permitiese a Mercaptan ganar la guerra. Como en la sección de Inteligencia Terrestre la mano derecha nunca sabía lo que hacía la izquierda, jamás habría filtraciones.