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sábado, 11 de julio de 2015

Constantinopla (Isaac Asimov)

domingo, 29 de junio de 2014

Leyenda de la Niña y el Tesoro (Irving Washington)


Entre los habitantes de la Alhambra se contaba, hace muchísimos
años, a un pequeño hombrecillo llamado Lope Sánchez, de carácter tan
alegre y gracioso, que se había convertido en el animador de todas las
diversiones que se realizaban en la fortaleza. Cuando finalizaba su trabajo
en los jardines, solía sentarse en un banco de la explanada entonando
sentidas canciones que recordaban hechos de famosos guerreros, como el
Cid Campeador; Bernardo del Carpío; Hernando del Pulgar y otros, con gran
aplauso de los veteranos, para continuar luego con otras más alegres, que
permitían a los mozos y doncellas del lugar lucirse bailando fandangos y
boleros.
Como la generalidad de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez
habíase casado con una mujer alta y robusta cuyo matrimonio le había dado
una hija, que a los doce años prometía ser tan bajita como el padre, pero de
rostro muy agraciado y hermosos ojos negros. Sanchica, como se llamaba la
niña, había heredado el alegre carácter paterno; siempre andaba cantando,
bailando o saltando por los jardines, alamedas o desiertos salones de la
Alhambra.

Leyenda del Gobernador y del Soldado (Irving Washington)


Irritado el "gobernador manco" por las continuas quejas y acusaciones
de que la fortaleza se había convertido en un refugio de malhechores y
contrabandistas, se decidió un día a limpiar sus dominios de tan peligrosa
vecindad. Desalojó, sin contemplación, de las cuevas que rodeaban al
palacio, a una numerosa población de vagos y gitanos.
Para que estas medidas se cumpliesen y los truhanes no volvieran a
sus antiguas guaridas, ordenó que destacamentos de soldados patrullaran
continuamente las alamedas y caminos, arrestando a toda persona
sospechosa.
Una luminosa mañana de verano, uno de esos destacamentos
mandado por el cabo que tanto dio que hacer al escribano, se encontraba
descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, y cerca del
camino que sube al Cerro del Sol, cuando repentinamente oyeron el trotar
de un caballo juntamente con una voz que entonaba, con buen acento, una
antigua canción guerrera.

Las Cruzadas y los Primeros Reyes de Granada (Irving Washington)


No pueden leerse las maravillosas y graciosas leyendas de la Alhambra sin recordar a los reyes que tuvieron la virtud de fundar y construir esta joya arquitectónica, sublime demostración del genio de los artífices árabes, monumento imperecedero de la gloria de España.
Para conocer tan interesantes hechos, debió el autor estudiar las numerosas crónicas que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Granada.
Según la historia, el primero de estos reyes, llamado Mohamed Abu - Alhamar, nació en Arjona en el año 1195 de la Era Cristiana. Descendiente de la noble rama de los Beni-Nasar, sus padres no escatimaron medios para educarlo de acuerdo con el elevado rango que ocupaba la familia.
La civilización árabe había alcanzado en aquel entonces gran adelanto. En las principales ciudades existían escuelas y sabios maestros de artes y ciencias, donde los más ricos y distinguidos personajes educaban a sus hijos.
Al llegar Abu-Alhamar a la mayoría de edad, demostraba gran inteligencia y perspicacia, tanto en las ciencias como en los negocios públicos, por lo que fue nombrado alcaide de las ciudades de Arjona y Jaén. Pronto se distinguió por su bondad y justicia, lo que le proporcionó enorme popularidad y merecido respeto.

Leyenda del Gobernador y el Notario (Irving Washington)


Entre las autoridades que gobernaron la Alhambra, se destacó, hace
muchísimos años, un viejo y valiente militar que, habiendo perdido un brazo
en una célebre batalla, era conocido por el nombre de "El gobernador
manco".
Ufano de su gloria y coraje, irritable y severo en sus actos, resultaba
imponente con los largos y erguidos mostachos que casi le llegaban a los
ojos, altas botas y larguísima espada.
Aplicaba con toda exactitud los reglamentos y ordenanzas que
establecían a la Alham Ira como fortaleza real. No se podía entrar con
ninguna clase de armas, a no ser algún noble caballero, y los jinetes debían
desmontar al llegar a la puerta y conducir por la brida a su cabalgadura.
Como el gobernador no hacía excepciones y mantenía con estricto
rigor su autoridad, muy pronto se indispuso con el capitán general que
mandaba en la provincia y que no toleraba que en su jurisdicción existiera
otro Estado que resistiese a su poder.

Leyenda De La Rosa De La Alhambra (Irving Washington)


La hermosa ciudad de Granada fue durante mucho tiempo la
residencia predilecta de los reyes de España. Pero una serie de terremotos
que asoló la región y sacudió por entero el antiguo palacio morisco,
atemorizó en tal forma a los reales personajes, que abandonaron
precipitadamente tan peligroso lugar.
La Alhambra permaneció durante largos años en completo abandono.
Los aposentos perdieron su brillo y los jardines su esplendor.
La Torre de las Infantas, morada de las tres famosas princesas Zayda,
Zorayda y Zorahayda, no escapaba al general descuido y se había convertido
en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas.
Contribuía en mucho el hacerla inhabitable la antigua creencia de que
la sombra de la bella Zorahayda, que había muerto en aquella Torre, solía
verse, a la luz de la luna, reclinada en la fuente del saloncito o derramando
amargas lágrimas junto a uno de los ventanales, mientras se oían dulces
notas de un laúd.

Leyenda del Aguador y la Herencia del Moro (Irving Washington)


Frente al palacio de la Alhambra, en un declive que parte del camino
hacia la campiña, se habían excavado, en lejanos tiempos, grandes
depósitos de agua que daban a ese lugar el nombre de "Plaza de los Aljibes".
Al final de esa explanada se hallaba uno de los más famosos pozos
árabes, cuya profundidad permitía extraer el agua más pura y fresca de
Granada.
Junto a esas cisternas, y siguiendo una antigua costumbre, se
reunían alrededor de los bancos de piedra todas las comadres, sirvientas,
vagabundos y ociosos con que contaba la ciudad. Su único pasatiempo lo
constituía el comentario e intercambio de noticias, chismes y cuentos que
les traían los aguadores.
Estos personajes, encargados de vender a los habitantes de Granada
el preciado líquido que llevaban en grandes vasijas de barro o cobre ya
cargadas a las espaldas, ya en pacientes burros, recorrían la ciudad de un
extremo a otro sin que nada pudiera escapar a sus vigilantes ojos o atentos
oídos.

Leyenda Del Príncipe Ahmed Al Kamel (Irving Washington)


Había una vez en Granada, un rey moro que no tenía más que un hijo
llamado Ahmed. La servidumbre del palacio no tardó en llamar al pequeño
príncipe Al Kamel o El Perfecto, a causa de las excepcionales cualidades morales
y físicas que revelaban sus pocos años.
Los astrólogos, hombres que se dedicaban a observar el estado del
cielo, pronosticando de acuerdo con la hora del nacimiento los sucesos que
ocurrirían en su vida, no señalaban más que hechos favorables.
Pero estos horóscopos o estudios sobre su destino admitían una
sombra, sin decir por ello que le fuera perjudicial. Ésta lo representaba
como "un gran amor que lo arrastraría a grandes peligros. La única forma de
salvarlo era evitar que se enamorara hasta llegar a la mayoría de edad.

Leyenda Del Mago Y La Princesa Hechicera (Irving Washington)


Hace muchos años, ocupaba el trono de Granada el famoso rey moro Aben-Habuz. Sus hazañas, tal como las relatan las viejas crónicas, no se inspiraban, por cierto, en nobles y honrados propósitos. Amargas lágrimas costaban a sus débiles vecinos los atropellos a que lo impulsaba su rapacidad.
De acuerdo con el viejo refrán "el que siembra vientos recoge tempestades", el avaro rey, al llegar a una edad en que las energías abandonan el cuerpo y el espíritu pide paz y tranquilidad, sólo cosechó continuos sobresaltos y angustiosos temores.
Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo.
La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica. Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia.

Leyenda Del Albañil Y El Tesoro Escondido (Irving Washington)


Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades señalados por la religión cristiana.
Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.
Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo arrancaron del camastro.
Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror.
Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.
-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite demora.