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viernes, 19 de agosto de 2016

Haroldo Conti

jueves, 14 de agosto de 2014

Rosas De Picardía (Haroldo Conti)



Las siete de la noche. Llueve. El buen señor Marcos, sentado detrás del escritorio, contempla, a través de la vidriera, las siluetas encorvadas de los peatones ligeramente coloreadas por la claridad de los faroles. Dedica una mirada lánguida a la figurita brincadora del diablo rojo que él mismo ha pintado sobre el vidrio. Hacía rato que estaba desconforme con la cola. Nunca se dio maña para orientar la cola de un diablo.
A punto de cerrar, un coche negro frena delante de "El Diablo" y un hombre brinca del interior. Abre la puerta. Entra. Rápidamente se desprende de una capa. Aspecto de un demonio negro. Es raro un tipo con capa.

A La Diestra (Haroldo Conti)



Mi hermana Pocha, para quien el mundo termina en Morse o en todo caso en la laguna de Junín, ha vuelto del pueblo. Siempre que vuelve, y yo la pensaré mientras viva así, volviendo de Chacabuco, me trae las mismas noticias, los mismos saludos, dos kilos de galleta de campo de la panadería Delmenico, mejor dicho de Dobersán, antes fue de Delmenico y antes o después de Delmenico de Saner, cuando la vida era una torta negra de cinco centavos, algo tan dulce semejante, un trozo de queso de chan­cho y, cuando es el tiempo, algunos chorizos de potranca. Cada tanto me trae algún muertito.

Tristezas De La Otra Banda (Haroldo Conti)



(A Mario Benedetti y Eduardo Galeano)
 "Ahora todo es diferente "

Sucede más o menos así. La ONDA hiende la noche suavemente y yo avanzo sobre la ruta 9 en un hueco de sombras detrás de los chorros amarillos que van extrayendo la franja de cemento de la prieta oscuridad que más adelante nos cierra invariablemente el paso a la misma distancia. Hace media hora pasamos San Carlos donde, un poco antes del puente, a la salida, vive y pinta el Lucho para el invierno, que es este tiempo.
Él no sabe que le pasé tan cerca, apenas una pared y unas sombras de por medio, y tal vez en ese mismo momento me imaginaba a cuatrocientos kilómetros de oscuridad en línea recta hacia el oeste, que es de donde vengo, de donde partí en la mañana para otro ensayo de ese viaje que alguna vez emprenderé sin regreso.

Memoria Y Celebración (Haroldo Conti)



La isla Juncal es un barco verde encallado en la desembocadu­ra del río Uruguay, entre el Guazucito, del lado argentino, y Carmelo, del lado uruguayo, frente mismo a donde naufragó en el 62 el Ciudad de Buenos Aires. Allí nació y vive hace unos 90 años doña Julia Lanfranconi que en 1915 comandó el barco El tiempo lo dirá, estableció en la isla un saladero y ahora sobrevive como guardabosque, título que heredó de su padre. Vive sola doña Julia, entre árboles y juncos y nutrias y carpin­chos. Todos los 19 de junio los amigos de la vieja surcan el río y el invierno y desembarcan en la isla para festejar su cum­pleaños. Y entonces se recuenta toda su historia y en un día de vino y mate ella se renace y transcurre histórica hasta los noventa. Jamás pasa de allí. Tal vez por eso se mantiene viva. Porque esos noventa jamás llegan exactos o si llegan los pasa de largo. Ella más bien ha empezado a descontar desde los noventa, de manera que, en lugar de envejecer, la vieja de la Juncal, como se la conoce, rejuvenece. Este último 19, frío y nuboso, los amigos de ambas bandas volvimos allí. A nadie se le ocurrió pensar que la vieja hubiese podido no estar. Estaba. Acaso estaba de memoria, nada más que para que nosotros pudiésemos seguir viviendo y celebrando. Del lado argentino llegamos a bordo del Windsbraut, barco forastero que capita­nea mi amigo Marcelo Gianelli, gran trotarnos. "Windsbraut" quiere decir "novia de los vientos". Por lo tanto, supongo, de este amargo sudeste que acaba de levantarse y que enarbola río grueso y en unas horas, sin duda, cubrirá la isla. La casa de la vieja quedará sola, fundada sobre el agua, guardiana de este enorme territorio del silencio.
Mientras el barco se aleja, después de la última copa, el último abrazo, escribo en la rumorosa cabina que cruje como un mueble viejo estas simples líneas que, naturalmente, dedico a doña Julia Lanfranconi que ahí queda remontándose sobre el agua, sola, hasta el otro invierno.
Apenas es una mancha de un amarillo agenda dentro de un río de imprenta, al extremo de una fila de nombres que se curvan suavemente y te saltean un poco antes del borde, en aquella guía náutica que al fin se hizo vieja y tal vez valiosa, pero que entonces costaba cincuenta pesos en cualquier surtidor de nafta. La cubro con un dedo. Es una ceremonia. Porque entonces toda esa espesa soledad que ahora te rodea sube por mi brazo y la mancha se enciende en mi cabeza y tu rostro asoma entre los nombres y los trazos de esa vieja carta de Alejo Konopatov que un día, hace años, me llevó hasta tu casa con paredes de miel, muebles polvorientos, espejos engrasados, almanaques anti­guos, aquella concertóla que enmudeció en el 45 y aquel Spencer de ocho tiros con tres muescas en la culata que me apuntó a la cabeza (yo venía de un mapa, vieja, a través de esos ríos ingenuos que inventó Alejo) y entonces, seguramente, viste mi sonrisa de muchacho (lo único que no ha envejecido de mi cuerpo) que se balanceaba sobre la mira y me tendiste la mano, porque tu ojo es rápido para la amistad, y así entré en tu historia y compartimos los mismos ríos, los mismos amigos, la casa árbol que plantó el viejo Lanfranconi, el sendero con huellas de carpincho a la izquierda de la casa, la timonera hembra de aquella balandra premonitoria que ahora navega entre el muelle y el gallinero, las noches de rompe y raja, el canto áspero, los muertos que me prestaste porque yo era nuevo, esas desgracias de calendario que se mencionan a tu espalda, estas ceremonias de la amistad que iniciamos entonces, y sobre todo, vieja, esas historias desmesuradas, nunca las mismas, que según parece son el somero resumen de tu vida, sagas y leyendas que cada año crecen en tamaño, en muertos y rufianes, con barcos de oscuro abolengo que sueltan amarras a la primera copa y nave­gan de memoria, malevos de respeto absolutamente fluviales, Regino Gamarra, el bien odiado, permanente, "siempre en ma­las", un par de presidentes constitucionales que llegaron alguna vez con obsequios y mandatos (por ahora falta un rey, pero estoy seguro de que cualquier día de estos se aparece en una balandra de plástico), unos amores más o menos desgraciados (así resultan siempre, de todos modos, también aquí, tal vez más pronto, el río es pasajero por sustancia) y, en fin, las consabidas tristezas cuando el canto y el vino se terminan y dentro de un rato empieza el día.
Sólo te guardaste, y en esto no hay reproche, el hijo que nadie conoció. Hay un papel amarillo, envuelto en otros que atestiguan posesiones de barcos más precisos, que da competente testimonio del asunto. Trae una fecha y un nombre completo y, para seguridades, firma y sello de autoridad en el Carmelo, cosas de tierra firme. Hijo con naturalidad, cuando todavía no eras la vieja de la Juncal ni doña, sino puro sobresalto, desvelo y competencia en territorio de hombres.
Presumo una noche. Después vino aquel hijo que trajo la primera tristeza, la más nueva, porque es lo único que no envejeció hasta ahora.
Nosotros llegamos cuando ya eras leyenda. Empezaban los años viejos.
Quinqué Díaz, Leandro Di Como y Ratón Morales, por la banda oriental. Del lado nuestro, y en el mismo estilo, Vicente Segarra, el carpintero de ribera, ese famoso. Marcelo Gianelli, el de la otra orilla y barba de cultivo, Amadeo Lamota, que sobrevive de puro terco, por más datos el Cacique de la Juncal, bien florido.
Hay más nombres, por supuesto. Yo soy los que faltan.
Todos los años volvemos, puntuales y obsequiosos, para el 19 de junio exacto, cuando pelan los árboles y el río se pone forastero.
Quinqué se mama primero porque viene de Carmelo y llega más rápido. Ese es el cuento. ¡Quinqué Díaz, mi viejo! Hay canutos, esos simples, versos, los sencillos, que por lo general terminan con Artigas. Nosotros, los de la banda mufada, cantamos raramente. Pero traemos buena carne, tres porrones de ginebra, otras tentaciones. Se celebra.
Amadeo me pecha suavemente y entonces tomo el cuchi­llo más noble, ese del cabo de plata con tres virolas de oro, y te beso en la frente y te lo entrego por la hoja, la ceremonia, para que inaugures el banquete.
¡Que hable el Quinqué! Hablamos todos. Cada uno inau­gura una cosa, otra historia.

Hasta que viene la noche, esta noche de invierno profunda como el río, cuando la tierra se hincha y seguramente respira y los árboles crecen en secreto y tal vez se mueven y los membrillos perfumados, que se han vuelto salvajes, caen pesadamente porque no aguantan siquiera el peso del rocío y la zanja que abriste a pala con el viejo se cubre otro poco porque hasta las sombras pesan demasiado para esta época, es todo el tiempo que empuja, monte arisco que reviene, la vejez de las cosas que quedaron, el Quinqué que se duerme, un carpincho que nos mira deslumhrado, el río que empuja interminable, y entonces encen­demos un fuego y hablamos alto y contamos todo de nuevo, la vera historia de doña Julia Lanfranconi, la vieja de la Juncal, para perpetua memoria.

Los Caminos (Haroldo Conti)



"y aunque la línea está cortada señalando el fin
 yo sólo digo adiós hasta que nos veamos de nuevo."
Bob Dylan

A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir.

Bibliográfica (Haroldo Conti)


(A mí mismo)

Subí aquella roñosa escalera a los saltos atragantándome con el polvo que se levantó de las maderas. En ese momento lo tomé por un detalle pintoresco porque yo pensaba que estaba tre­pando a la misma gloria. Uno es así de imbécil. La roñosa oficina quedaba arriba de una casa de antigüedades. Ella misma era una melancólica antigüedad. Quedaba en la roñosa calle Golfarini a la que un cretino llamó pomposamente una calle de la vida. ¿De qué otra cosa puede ser? Lo que el desgraciado ese, que seguramente aspiraba al premio municipal, no dejó en claro es a qué vida se refería. Desde ya les digo, a la puta vida.

Devociones (Haroldo Conti)

(A Lita y Fico Vogelius, que nada tienen
 que ver con esta historia)

Dentro de un rato sonará, a las cinco en punto de la matina, ese puto despertador que el día que gane el Prode o asalte un Banco reventaré contra la pared de una patada, como reventaré a tantas otras cosas, y me levantaré en puntas de pie para no despertar a Margarita que duerme a mi lado a patas sueltas hace dieciocho años, me vestiré en el baño y saldré más o menos a las cinco y diez rumbo a la Primera de Saavedra chupando el primer ciga­rrillo de la mañana. La Primera de Saavedra es la fábrica de jaulas en la cual trabajo desde el día que mi padre decidió echarme a la calle de un puntapié.

Perfumada Noche (Haroldo Conti)



(A mi tía Haydée, para que
nunca se muera)

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante.

Mi Madre Andaba En La Luz (Haroldo Conti)


Delante de mi casa, en un patio de tierra raída, gastada como el género de mi camisa Grata, en un cantero someramente cercado por ladrillos musgosos, hay una planta de azalea que plantó mi madre hace unos doce años. Sus flores de piel violeta tiemblan delicadamente con este ansioso viento de septiembre que le­vanta, en esta mañana, un fresco olor a terrones, a humo agrio, a pan casero, a húmedas maderas. A partir de esta plantita que ahora flamea en la clara mañana y que mi madre riega todas las tardes, apenas se pone el sol, yo reconstruyo, acaso invento, mi casa.

Las Doce A Bragado (Haroldo Conti)



(A mi tío Agustín, por si algún día para de
andar y alcanza a leerlo)


Bien, ahora mismo, desde este invierno que empapa el pavimento y las paredes y las ropas y el alma, si tenemos, lo que sea, esa finita tristeza que se enrosca por dentro como una madreselva y en días así, justo, asoma sus floridas puntas por las orejas y la nariz y los ojos, en días así, digo, cierro los ojos y veo ese largo camino polvoriento del verano que se extiende hasta el horizonte como un río seco bajo el sol.

La Balada Del Álamo Carolina (Haroldo Conti)




A mi madre, doña Petrolina Lombardi de Conti,
y a la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.


Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,
la primavera siempre volverá.
Tú, florece. (Anónimo japonés)

La Espera (Haroldo Conti)



La pista es un trazo preciso entre el cielo y la tierra. Una nube negra y afilada corta el cielo algunos metros más arriba. Hace una hora estaba mucho más alto y era mucho más fina pero ha ido descendiendo poco a poco y sus bordes se esfuman a medida que declina la luz. Una racha sacude el pasto cada tanto y entonces la pista se fija y endurece. Queda un resplandor a la derecha que se evapora rápidamente.
Son las 17:35. El avión trae algunos minutos de retraso.

Con Gringo (Haroldo Conti)



Los vi cuando salieron del monte, apenas hace un rato. Vi al grupito de batidores con el capitán al frente. Después desaparecieron porque el camino baja y lo tapan los árboles, pero acabo de ver ahora mismo la nube de polvo que levantan a la entrada del pueblo. El capitán sobresale de la gente y la polvareda.

El Último (Haroldo Conti)



Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto. Cualquiera de ustedes dirian que solamente al último de los hombres se le puede ocurrir tal cosa. Soy el último de los hombres. También eso. Lo que posiblemente a nadie se le pase por la cabeza es que alguien pueda ser feliz justamente siendo el último de los hombres. Ni siquiera a mí mismo se me hubiera ocurrido hace un tiempo, cuando, dentro de mis alcances, luchaba con todas mis fuerzas para estar entre los primeros. Pero no es eso lo que quiero decir, al menos por ahora.

Cinegética (Haroldo Conti)



Apartó la chapa con cuidado y metió la cabeza a través de la abertura.
Al principio vio solamente la claridad mugrienta de la ventana que flotaba a una distancia imprecisa pero después de un rato comenzaron a brillar los agujeritos de las chapas. Había un millón por lo menos y parecían llenos de vida. No tenía por qué compararlo con nada, pero en todo caso sentía la misma impresión que si metiera la cabeza en medio de la noche. Cuando era chico se paraba a veces en el baldío lleno de sombras, de espaldas a la casilla, y miraba todo el montón de estrellas que tenía por encima hasta que empezaban a saltar de un lado a otro del cielo y le entraba miedo.

Perdido (Haroldo Conti)



El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier  forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que babía dejado en lo del vecino. Para él Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la Avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía fue los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora grites y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.

Otra Gente (Haroldo Conti)



El abuelo está sentado frente a la casa en medio de una gran mancha de luz. El sol le golpea desde arriba y a ratos la cabeza desaparece en una llamarada que le baja por el cuerpo. Tiene los pantalones recogidos hasta las rodillas para que el calor se le meta en los huesos, pero por lo visto ya no le cabe ni siquiera eso dentro del pellejo. Está flaco y sumido como una urraca y las piernas son dos estacas peladas de esas que escupe el río. No se le mueve un pelo y a ratos simplemente parece un muñeco. Sin embargo el hueco negro de los ojos se le vacía de repente y los anteojos relumbran como fogonazos que le vuelan la cara.

Como Un León (Haroldo Conti)



Todas las mañanas me despierta la sirena de la ítalo. Ahí empieza mi día. El sonido atraviesa la villa envuelta en las sombras, rebota en los galpones del ferrocarril y por fin se pierde en la ciudad. Es un sonido grave y quejumbroso y suena como la trompeta de un ángel sobre un montón de ruinas. Entonces abro los ojos en la oscuridad y me digo, cuando todavía dura el sonido, "Levántate y camina como un león". No sé dónde escuché eso, porque a mí no se me hubiera ocurrido, tal vez en la tele, tal vez a un pastor de la escuela del Ejército de Salvación, pero eso es lo que me digo cada mañana y para mí tiene su sentido. "Levántate y camina como un león."

La Causa (Haroldo Conti)



1

Pedro Romita entró a Rinconcito al caer la noche.
Venía del sur.
Mucho antes, un poco más allá del almacén del turco Absi, es decir, dos leguas antes, divisó sobre la llanura chata y deso­lada, hacia el noroeste, la torre de la iglesia de Rinconcito.
El ruido del breque lo había adormecido. Hacía dos horas que venía andando, desde la última parada. Al principio, pen­saba en esto o aquello. Pero después de la primera hora, termi­naba por adormecerse, hamacado por aquel ruido.
Ahora estaba viendo la torre, que emergía sobre el hori­zonte como un bonete gigantesco y penetraba en el cielo a los empujoncitos. El caballo no la había visto todavía, porque marchaba mucho más abajo, con la cabeza apuntando al suelo. Los breques tienen el pescante muy alto, de manera que, desde aquella altura, él veía mucho más lejos. Se alegró cuando vio la torre.