VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta Hans Christian Andersen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hans Christian Andersen. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de febrero de 2016

Pegaojos (Ole Luköie) (Hans Christian Andersen)

Pegaojos
(Ole Luköie)

Hans Christian Andersen

Las Velas (Hans Christian Andersen)

 Las Velas  
Hans Christian Andersen

La Suerte Puede Estar En Un Palito (Hans Christian Andersen)

La Suerte Puede Estar En Un Palito 
Hans Christian Andersen

La Historia Del Año (Hans Christian Andersen)

La Espinosa Senda Del Honor (Hans Christian Andersen)

La Espinosa Senda Del Honor
Hans Christian Andersen

Ib y Cristinita Hans (Christian Andersen)

Ib y Cristinita
Hans Christian Andersen

El Principe Malvado (Hans Christian Andersen)

(leyenda)

Hans Christian Andersen

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La Sombra (Hans Christian Andersen)

Hans Christian Andersen

LA SOMBRA


(1847)

 H. C. Andersen (1805–1875), aparte de su fortuna en la literatura infantil, es uno de los grandes autores del cuento maravilloso del XIX, como prueba esta historia construida con extraordinaria inventiva y delicadeza. La idea se le ocurre en Nápoles, en un día de mucho sol; la sombra que se separa del cuerpo es uno de los grandes temas de la imaginación fantástica, y aquí se liga a un aspecto esencial de la psicología de Andersen: la amargura pesimista respecto a sí mismo.
 Fue Adalbert von Chamisso con su Peter Schlemihl (1813) el primero en ofrecer una insuperable historia de pérdida de la sombra. Eran los años del Fausto goethiano y la pérdida de la sombra fue interpretada como pérdida del alma; pero el símbolo es más indefinible y complejo: esencia que huye de la persona, «doble» que lleva cada uno de nosotros. E. T. A. Hoffmann, que estuvo siempre obsesionado por la idea del «doble», admiró tanto el cuento de Chamisso, que introdujo a Peter Schlemihl en sus Aventuras de una noche de San Silvestre (1817), haciendo que se encontrase con un hombre que no se reflejaba en el espejo.
 El personaje de Hoffmann había abandonado su imagen en el espejo en casa de una mujer, hechicera diabólica, para que su amor con ésta pudiese continuar. La sombra de Andersen también se aleja de la persona como emanación del deseo de estar cerca de la muchacha amada; pero prosigue su vida independiente haciendo fortuna, frecuentando la buena sociedad, y cuando encuentra de nuevo al hombre del que se ha separado le obliga a servirla y a ser su sombra.
 Por tanto, la situación se vuelve del revés: la sombra es un amo despiadado y enemigo; encontrar de nuevo la sombra supone una condena.
 El símbolo de la sombra perdida sigue estando presente en la literatura de nuestro siglo (Hugo von Hofmannsthal, La mujer sin sombra).

sábado, 28 de junio de 2014

Día De Mudanza (Hans Christian Andersen)


¿Te acuerdas del torrero Ole, verdad? Ya te conté que le hice dos visitas. Pues ahora te contaré una tercera, y no es la última.
Por lo regular voy a verlo a su torre el día de Año Nuevo, pero esta vez fue el día de mudanza general, en que no se está a gusto en las calles de la ciudad, pues están llenas de montones de basura, cascos rotos y trastos viejos, y no hablemos ya de la paja vieja de los jergones, por la cual hay que pasar casi a vado. Siguiendo por entre aquellas pilas de desperdicios, vi a unos niños que estaban jugando con la paja. Jugaban a acostarse, encontrando que todo allí convidaba a este juego. Se metían en la paja viva, y se echaban encima, a guisa de cubrecama, una vieja cortina rota. - ¡Se está muy cómodo! - decían. Aquello ya era demasiado y me alejé, en dirección a la morada de Ole. - ¡Es día de mudanza! - dijo -. Calles y callejones están convertidos en cubos de basura; unos cubos de basura grandiosos. A mí me basta con un carro lleno. Siempre puedo sacar algo de él, y así lo hice, poco después de Navidad. Bajé a la calle; el tiempo era rudo, húmedo, sucio, muy a propósito para enfriarse.

El Gallo De Corral Y La Veleta (Hans Christian Andersen)


Éranse una vez dos gallos: uno, en el corral, y el otro, en la cima del tejado; los dos, muy arrogantes y orgullosos. Ahora bien, ¿cuál era el más útil? Dinos tu opinión; de todos modos, nosotros nos quedaremos con la nuestra. El corral estaba separado de otro por una valla. En el segundo había un estercolero, y en éste crecía un gran pepino, consciente de su condición de hijo del estiércol. «Cada uno tiene su sino - decíase para sus adentros -. No a todo el mundo le es concedido nacer pepino, forzoso es que haya otros seres vivos. Los pollos, los gansos y todo el ganado del corral vecino son también criaturas. Levanto ahora la mirada al gallo que se ha posado sobre el borde de la valla, y veo que tiene una significación muy distinta del de la veleta, tan encumbrado, pero que, en cambio, no puede gritar, y no digamos ya cantar. No tiene gallinas ni polluelos, sólo piensa en sí y cría herrumbre. El gallo del corral, ¡ése sí que es un gallo! Miradlo cuando anda, ¡qué garbo! Escuchadlo cuando canta, ¡deliciosa música! Dondequiera que esté se oye, ¡vaya corneta! ¡Si saltase aquí y se me comiese troncho y todo, qué muerte tan gloriosa!», suspiró el pepino.

viernes, 27 de junio de 2014

El Cometa (Hans Christian Andersen)


Y vino el cometa: brilló con su núcleo de fuego, y amenazó con la cola. Lo vieron desde el rico palacio y desde la pobre buhardilla; lo vio el gentío que hormiguea en la calle, y el viajero que cruza llanos desiertos y solitarios; y a cada uno inspiraba pensamientos distintos. - ¡Salid a ver el signo del cielo! ¡Salid a contemplar este bellísimo espectáculo! - exclamaba la gente; y todo el mundo se apresuraba, afanoso de verlo. Pero en un cuartucho, una mujer trabajaba junto a su hijito. La vela de sebo ardía mal, chisporroteando, y la mujer creyó ver una viruta en la bujía; el sebo formaba una punta y se curvaba, y aquello, creía la mujer, significaba que su hijito no tardaría en morir, pues la punta se volvía contra él. Era una vieja superstición, pero la mujer la creía. Y justamente aquel niño estaba destinado a vivir muchos años sobre la Tierra, y a ver aquel mismo cometa cuando, sesenta años más tarde, volviera a aparecer.

El Bisabuelo (Hans Christian Andersen)


¡Era tan cariñoso, listo y bueno, el bisabuelo! Nosotros sólo veíamos por sus ojos. En realidad, por lo que puedo recordar, lo llamábamos abuelo; pero cuando entró a formar parte de la familia el hijito de mi hermano Federico, él ascendió a la categoría de bisabuelo; más alto no podía llegar. Nos quería mucho a todos, aunque no parecía estar muy de acuerdo con nuestra época.
- ¡Los viejos tiempos eran los buenos! - decía -; sensatos y sólidos. Hoy todo va al galope, todo está revuelto. La juventud lleva la voz cantante, y hasta habla de los reyes como si fuesen sus iguales. El primero que llega puede mojar sus trapos en agua sucia y escurrirlos sobre la cabeza de un hombre honorable. Cuando soltaba uno de estos discursos, el bisabuelo se ponía rojo como un pavo; pero al cabo de un momento reaparecía su afable sonrisa, y entonces decía: - ¡Bueno, tal vez me equivoque! Soy de los tiempos antiguos y no consigo acomodarme a los nuevos. ¡Dios quiera encauzarlos y guiarlos! Cuando el bisabuelo hablaba de los tiempos pasados, yo creía encontrarme en ellos.

Dos Hermanos (Hans Christian Andersen)


En una de las islas danesas, cubierta de sembrados entre los que se elevan antiguos anfiteatros, y de hayedos con corpulentos árboles, hay una pequeña ciudad de bajas casas techadas de tejas rojas. En el hogar de una de aquellas casas se elaboran cosas maravillosas; hierbas diversas y raras eran hervidas en vasos, mezcladas y destiladas, y trituradas en morteros. Un hombre de avanzada edad cuidaba de todo ello. - Hay que atender siempre a lo justo - decía -; sí, a lo justo, lo debido; atenerse a la verdad en todas las partes, y no salirse de ella. En el cuarto de estar, junto al ama de casa, estaban dos de los hijos, pequeños todavía, pero con grandes pensamientos. La madre les había hablado siempre del derecho y la justicia y de la necesidad de no apartarse nunca de la verdad, que era el rostro de Dios en este mundo. El mayor de los muchachos tenía una expresión resuelta y alegre. Su lectura referida eran libros sobre fenómenos de la Naturaleza, del sol y las estrellas; eran para él los cuentos más bellos. ¡Qué dicha poder salir en viajes de descubrimiento, o inventar el modo de imitar a las aves y lanzarse a volar! Sí, resolver este problema, ahí estaba la cosa. Tenían razón los padres: la verdad es lo que sostiene el mundo. El hermano menor era más sosegado, siempre absorto en sus libros.

El Duendecillo Y La Mujer (Hans Christian Andersen)


Al duende lo conoces, pero, ¿y a la mujer del jardinero? Era muy leída, se sabía versos de memoria, incluso era capaz de escribir algunos sin gran dificultad; sólo las rimas, el «remache», como ella decía, le costaba un regular esfuerzo. Tenía dotes de escritora y de oradora; habría sido un buen señor rector o, cuando menos, una buena señora rectora. - Es hermosa la Tierra en su ropaje dominguero - había dicho, expresando luego este pensamiento revestido de bellas palabras y «remachándolas», es decir, componiendo una canción edificante, bella y larga. El señor seminarista Kisserup - aunque el nombre no hace al caso - era primo suyo, y acertó a encontrarse de visita en casa de la familia del jardinero. Escuchó su poesía y la encontró buena, excelente incluso, según dijo.

El Chelín De Plata (Hans Christian Andersen)



Érase una vez un chelín. Cuando salió de la ceca, pegó un salto y gritó, con su sonido metálico «¡Hurra! ¡Me voy a correr mundo!». Y, efectivamente, éste era su destino. El niño lo sujetaba con mano cálida, el avaro con mano fría y húmeda; el viejo le daba mil vueltas, mientras el joven lo dejaba rodar. El chelín era de plata, con muy poco cobre, y llevaba ya todo un año corriendo por el mundo, es decir, por el país donde lo habían acuñado. Pero un día salió de viaje al extranjero. Era la última moneda nacional del monedero de su dueño, el cual no sabía ni siquiera que lo tenía, hasta que se lo encontró entre los dedos. - ¡Toma! ¡Aún me queda un chelín de mi tierra! - exclamó - ¡Hará el viaje conmigo! -. Y la pieza saltó y cantó de alegría cuando la metieron de nuevo en el bolso. Y allí estuvo junto a otros compañeros extranjeros, que iban y venían, dejándose sitio unos a otros mientras el chelín continuaba en su lugar. Era una distinción que se le hacía. Llevaban ya varias semanas de viaje, y el chelín recorría el vasto mundo sin saber fijamente dónde estaba. Oía decir a las otras monedas que eran francesas o italianas. Una explicaba que se encontraban en tal ciudad, pero el chelín no podía formarse idea. Nada se ve del mundo cuando se permanece siempre metido en el bolso, y esto le ocurría a él. Pero un buen día se dio cuenta de que el monedero no estaba cerrado, por lo que se asomó a la abertura, para echar una mirada al exterior. Era una imprudencia, pero pudo más la curiosidad, y esto se paga. Resbaló y cayó al bolsillo del pantalón, y cuando, a la noche, fue sacado de él el monedero, nuestro chelín se quedó donde estaba y fue a parar al vestíbulo con las prendas de vestir; allí se cayó al suelo, sin que nadie lo oyera ni lo viese.

jueves, 26 de junio de 2014

Claus El Grande Y Claus El Pequeño (Hans Christian Andersen)


En cierta aldea vivían una vez dos paisanos del mismo nombre. Ambos se llamaban Claus, pero
uno de ellos tenía cuatro caballos y el otro solamente uno. Y para distinguirlos, la gente llamaba al dueño de los cuatro caballos “Claus el Grande” y al que sólo poseía uno “Claus el Pequeño”. Ahora os contaré lo qué les ocurrió a esos dos hombres, pues ésta es una historia verídica.
Durante toda la semana, el pobre Claus el Pequeño tenía que arar la tierra para Claus el Grande y prestarle su único caballo, pero una vez cada siete días -el domingo- Claus el Grande le prestaba a él sus cuatro caballos. ¡Y con qué orgullo Claus el Pequeño hacía restallar el látigo, cada domingo, sobre aquellos cinco animales! Porque ese día era como si fueran realmente de su propiedad.
El sol brillaba esplendorosamente, las campanas de la iglesia tañían alegres, y la gente pasaba, vestida con sus mejores galas y llevando bajo el brazo su libro de oraciones. Y todos miraban a Claus el Pequeño que araba con sus cinco caballos. Y él se sentía tan orgulloso que restallaba el látigo y decía:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-¡No has de decir así -rezongó Claus el Grande-, porque sólo uno de ellos es tuyo!
Pero Claus el Pequeño olvidó pronto lo que no tenía que decir, y cada vez que veía pasar a alguien
gritaba con toda su fuerza:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-Tengo que insistir en que no lo digas otra vez -repitió Claus el Grande-. Si lo haces, le pegaré, a tu
caballo en la cabeza, de tal modo que caerá muerto en el sitio. Y ya no podrás decir que tienes ninguno.

Las Habichuelas Mágicas (Hans Christian Andersen)

Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque.
Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían.
El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan,te las daré a cambio de la vaca.
Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.
Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.
Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba.

martes, 3 de junio de 2014

El Hombre De Nieve (Hans Christian Andersen)

- ¡Cómo cruje dentro de mi cuerpo! ¡Realmente hace un frío delicioso! - exclamó el hombre de nieve -. ¡Es bien verdad que el viento cortante puede infundir vida en uno! ¿Y dónde está aquel abrasador que mira con su ojo enorme? -. Se refería al Sol, que en aquel momento se ponía -. ¡No me hará parpadear! Todavía aguanto firmes mis terrones.
Servíanle de ojos dos pedazos triangulares de teja. La boca era un trozo de un rastrillo viejo; por eso tenía dientes.
Había nacido entre los hurras de los chiquillos, saludado con el sonar de cascabeles y el chasquear de látigos de los trineos.
Acabó de ocultarse el sol, salió la Luna, una Luna llena, redonda y grande, clara y hermosa en el aire azul.
- Otra vez ahí, y ahora sale por el otro lado - dijo el hombre de nieve. Creía que era el sol que volvía a aparecer -. Le hice perder las ganas de mirarme con su ojo desencajado. Que cuelgue ahora allá arriba enviando la luz suficiente para que yo pueda verme. Sólo quisiera saber la forma de moverme de mi sitio; me gustaría darme un paseo. Sobre todo, patinar sobre el hielo, como vi que hacían los niños. Pero en cuestión de andar soy un zoquete.

El Hada Del Saúco (Hans Christian Andersen)

Érase una vez un chiquillo que se había resfriado. Cuando estaba fuera de casa se había mojado los pies, nadie sabía cómo, pues el tiempo era completamente seco. Su madre lo desnudó y acostó, y, pidiendo la tetera, se dispuso a prepararle una taza de té de saúco, pues esto calienta. En esto vino aquel viejo señor tan divertido que vivía solo en el último piso de la casa. No tenía mujer ni hijos pero quería a los niños, y sabía tantos cuentos e historias que daba gusto oírlo.
- Ahora vas a tomarte el té -dijo la madre al pequeño- y a lo mejor te contarán un cuento, además.
- Lo haría si supiese alguno nuevo -dijo el viejo con un gesto amistoso-. Pero, ¿cómo se ha mojado los pies este rapaz? -preguntó.
- ¡Eso digo yo! -contestó la madre-. ¡Cualquiera lo entiende!
- ¿Me contarás un cuento? -pidió el niño.
- ¿Puedes decirme exactamente - pues debes saberlo - qué profundidad tiene el arroyo del callejón por donde vas a la escuela?
- Me llega justo a la caña de las botas -respondió el pequeño-, pero sólo si me meto en el agujero hondo.

El escarabajo (Hans Christian Andersen)

Al caballo del Emperador le pusieron herraduras de oro, una en cada pata.
¿Por qué le pusieron herraduras de oro?
Era un animal hermosísimo, tenía esbeltas patas, ojos inteligentes y una crin que le colgaba como un velo de seda a uno y otro lado del cuello. Había llevado a su señor entre nubes de pólvora y bajo una lluvia de balas; había oído cantar y silbar los proyectiles. Había mordido, pateado, peleado al arremeter el enemigo. Con su Emperador a cuestas, había pasado de un salto por encima del caballo de su adversario caído, había salvado la corona de oro de su soberano y también su vida, más valiosa aún que la corona. Por todo eso le pusieron al caballo del Emperador herraduras de oro, una en cada pie.
Y el escarabajo se adelantó:
- Primero los grandes, después los pequeños - dijo - aunque no es el tamaño lo que importa -. Y alargó sus delgadas patas.
- ¿Qué quieres? - le preguntó el herrador.
- Herraduras de oro - respondió el escarabajo.
- ¡No estás bien de la cabeza! - replicó el otro -. ¿También tú pretendes llevar herraduras de oro?