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lunes, 27 de octubre de 2014

Ludwig (Gerald Durrell)

Los británicos siempre han dicho que los alemanes no tienen sentido del humor. Yo siempre he sospechado que esa generalización es exagerada y, como casi todas las generalizaciones, probablemente falsa. Mi limitadísima experiencia con la raza alemana no me había llevado a la idea de que tuviera un sentido excesivo del humor, pero, como en general se ha tratado de conversaciones con un director de zoo alemán sobre las muelas del juicio de los chimpancés o las uñas incrustadas de las patas de un elefante, se echa de ver por qué el humor no se ha deslizado en esas conversaciones. Sin embargo, pensaba que en alguna parte debía de esconderse un alemán con sentido del humor, igual que uno siempre sospecha que en alguna parte debe de esconderse un hotel inglés en el que se pueda comer bien. Pensaba que debía haber llegado a sus oídos que se los consideraba carentes de humor y que esto habría aumentado sus múltiples complejos, pero también que los alemanes más jóvenes, horrorizados ante esa calumnia, podrían haber manufacturado ya, con sus sorprendentes aptitudes técnicas, un sentido del humor. De forma que estaba perfectamente preparado, en caso de que se cruzaran nuestros caminos, para encontrarme con ese joven alemán (o, preferiblemente, con esa joven alemana) y tratarlo con la mayor amabilidad y asegurarle a él o a ella que no creía tamaña calumnia. Como siempre ocurre cuando uno hace una promesa altruista de ese tipo, la oportunidad llega antes de lo que uno piensa.

Un Novio Para Mamá (Gerald Durrell)


Aquel verano en Corfú fue especialmente bueno. Por la noche el cielo era de un azul aterciopelado y denso, y parecía tener más estrellas que nunca, como una multitud de diminutas setas que brillaran y resplandecieran en un inmenso prado azul. La luna parecía ser el doble de grande de lo normal y, cuando volvíamos la mirada hacia ella y se elevaba en el cielo nocturno, empezaba teniendo un color tan anaranjado como una mandarina para ir pasando por sucesivos cambios del albaricoque al amarillo asfódelo antes de convertirse en un blanco maravilloso, como el de un vestido de novia, cuya luz arrojaba charcos de plata brillante en medio de los olivos agazapados y retorcidos.

Jubilación (Gerald Durrell)

A lo largo de mis viajes he tropezado con muchas cosas que me han inspirado tristeza y desazón. Pero, entre esa multitud de sucesos, hay uno que tengo grabado y que me llena de pena siempre que lo recuerdo.
Era un hombre muy bajito, de estatura no superior a la de un muchacho de catorce años no muy alto. Parecía tener unos huesos tan frágiles y delicados como las boquillas de las antiguas pipas de arcilla. Tenía una cabeza rara colocada sobre un cuello esbelto, como un ánfora griega del revés. En ella estaban enmarcados unos gigantescos ojos líquidos, del tamaño y la forma de los de una cierva, una nariz tan finamente tallada como el ala de un pájaro y una boca muy bien formada, generosa y compasiva. Sus orejas, finas como el pergamino, eran grandes y puntiagudas, como dicen que las tienen los duendes. Se trataba del capitán escandinavo del buque mercante en el que viajábamos de Australia a Europa.

Fred, O Un Toque Del Cálido Sur (Gerald Durrell)

En dos ocasiones me he aventurado (grave imprudencia mía) a hacer giras de conferencias por los Estados Unidos de América. En esas ocasiones me enamoré totalmente de Charleston y San Francisco, detesté Los Angeles —nombre mal aplicado donde los haya—, me sentí estimulado por Nueva York y aborrecí Chicago y Saint Louis. Durante mis peregrinaciones me ocurrieron muchas cosas extrañas, pero la experiencia más extraña de todas no la tuve hasta que me aventuré al sur de la divisoria Mason-Dixon. La Liga Literaria de Memphis, Tennessee, me había pedido que les diera una charla sobre la conservación de la naturaleza. La Liga me comunicó, con una cierta autocomplacencia, que debía alojarme nada menos que en casa de la tesorera adjunta, una tal Magnolia Dwite-Henderson. Ahora bien, cuando estoy dando conferencias me fastidia alojarme en casas de desconocidos. Muchas veces me dicen: «Bueno, ya lleva usted tres semanas de viaje y sabemos que tiene que estar sencillamente agotado, exhausto, debilitado. Con nosotros va a descansar de verdad. Esta tarde no van a venir más que cuarenta de nuestros amigos más íntimos a cenar y seguro que a usted le van a encantar. Tan sólo una reunión tranquila y relajada de amigos nuestros, pero que están sencillamente locos por conocerlo a usted. Uno de ellos incluso ha leído sus libros.»

Esmeralda (Gerald Durrell)

De todas las regiones de La Belle France, que son muchas, existe una cuyo mero nombre hace que a los gastrónomos les brillen los ojos, se les enciendan las mejillas ante lo que sugiere y se le empapen las papilas de saliva ante lo que promete, y es la que lleva el eufónico nombre de Périgord, allí las castañas y las nueces tienen un tamaño prodigioso, allí las fresas silvestres tienen un aroma tan penetrante como el tocador de un cortesana. Allí las manzanas, las peras y las ciruelas encierran en sus pieles jugos sublimes, allí la carne del pollo, del pato y de la paloma es firme y blanca, allí la mantequilla es tan amarilla como un rayo de sol y la nata de las batidoras es tan espesa que se le puede colocar sobre ella un vaso lleno de vino. Además de todas esas riquezas, Périgord oculta bajo el suelo terroso de sus robledales una recompensa suprema, la trufa, el hongo troglodita que vive bajo la superficie del bosque, negro como el gato de una bruja, exquisito cual todos los perfumes de Arabia.