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martes, 9 de diciembre de 2014

Primer Amor (Eudora Welty)

La red grande Y otros relatos
A mi madre Chestina Andrews Welty
Primer amor
    o que quiera que ocurriera sucedió en una época extraordinaria, en un tiempo de sueños, y Natchez vivía el más frío de los inviernos. Una noche de enero de 1807, el viento del norte sopló con persistente crudeza, como si siguiera a los colonos en su camino, aullando por los meandros del río para llevarlos todavía más lejos. Después cayó la extraña y aletargada nevada. 

    Sendero Trillado (Eudora Welty)

    Sendero trillado
    Era diciembre, un día claro y helado, muy temprano. Lejos, por el campo, iba una vieja negra con un harapiento pañuelo rojo a la cabeza, por un sendero que atravesaba un pinar. Se llamaba Phoenix Jackson. Era muy vieja y muy menuda y caminaba lentamente, bajo las sombras oscuras de los pinos, bamboleándose un poco al andar, con la equilibrada pesadez y la ligereza del péndulo de un reloj viejo de pared. Llevaba un bastón pequeño y delgado, el resto de un paraguas, y con él tanteaba sin cesar la tierra helada. Esto alzaba un rumor grave y persistente en el aire quieto, que parecía meditabundo, como el gorjear de un pajarillo solitario.

    jueves, 13 de noviembre de 2014

    Powerhouse (Eudora Welty)


    Powerhouse
    Powerhouse está actuando!
    ¡Ha venido de la ciudad y está aquí de gira! Powerhouse y Su Teclado, Powerhouse y Sus Tasmanianos.
    ¡cuántos nombres se pone! ¡No hay quien le iguale, es único! No hay manera de saber qué es. ¿Un negro? Parece más bien un asiático, un mono, un judío, un asirio, un peruano, un fanático, un demonio. Los ojos gris claro, los párpados gruesos, quizá córneos como los de un lagarto; pero cuando los abre, sus ojos son grandes y chispeantes. Los pies son africanos, de la talla máxima y ambos patean a los lados, en los pedales. No es negro carbón, sino de color café con leche; parece un predicador cuando tiene la boca cerrada, que abierta es enorme y obscena. Y no está un minuto quieta, como la de un mono que busca algo. Sale a escena improvisando, como una melodía alegre e infantil, mua, que su boca acaricia.

    Muerte De Un Viajante (Eudora Welty)

    Muerte de un viajante
    J. Bowman, que llevaba catorce años viajando para una empresa de calzado por Mississippi, conducía su Ford por un sendero polvoriento y lleno de rodadas. ¡Qué día tan largo! El tiempo parecía no superar el obstáculo del mediodía para asentarse en una tarde suave. l sol, que allí conservaba su fuerza incluso en invierno, permanecía fijo y alto, y cada vez que Bowman se asomaba por la ventanilla del coche polvoriento para mirar carretera adelante, parecía bajar un largo brazo y apretarle la cabeza, atravesando su sombrero, como la broma pesada de un viejo viajante, veterano de la carretera. Le hacía sentirse aún más irritado y desvalido. Se sentía febril, y no estaba muy seguro de la ruta.

    Una Visita De Caridad (Eudora Welty)

    Una visita de caridad
    Era media mañana, un día claro, muy frío. Una chica de catorce años, cargada con una maceta, saltó del autobús frente al asilo de ancianas, en los arrabales de la ciudad. Vestía un abrigo rojo, el cabello rubio y liso le caía suelto desde la puntiaguda gorra blanca que aquel año llevaban todas las niñas. Se detuvo un momento junto a los oscuros arbustos espinosos con que el ayuntamiento había embellecido el asilo, y luego avanzó despacio hacia el edificio de ladrillo encalado que reflejaba el sol invernal como un bloque de hielo. Mientras subía cansinamente los escalones, se cambió de mano la maceta. Después tuvo que dejarla y quitarse los mitones para poder abrir la pesada puerta.

    Una Cortina De Follaje (Eudora Welty)

    Una cortina de follaje
    Durante el verano, todos los días llovía un poco en Larkin's Hill. La lluvia era algo regular, y solía empezar hacia las dos de la tarde. Un día el sol brillaba aunque ya casi eran las cinco. Casi parecía girar en una ranurita en el cielo pulido, y caer en los árboles, a lo largo de la calle y n las hileras de jardines del pueblo. Las hojas, duras como la superficie de un espejo, reflejaban el sol. La mayoría de las mujeres estaban sentadas a las ventanas de las casas, abanicándose y suspirando, esperando la lluvia.

    Flores Para Marjorie (Eudora Welty)

    Flores para Marjorie
    Era de los modestos, los tímidos, los de cabello pajizo; uno de esos que preferían siempre esperar a un lado. Con la cabeza baja, veía la hilera de pies que descansaban junto a los suyos. Más allá estaba la base llena de inscripciones del surtidor que se alzaba con un rumor atribulado hacia la claridad del día. Los pies formaban una uve, inmóviles todos. Luego, al final del banco, uno de ellos empezó a golpear en el suelo, despacio. Hizo una insinuación a un envoltorio de chicle de un rosa delicado que pasó volando.

    El Buen Señor Marblehall (Eudora Welty)

    El buen señor Marblehall
    El buen señor Marblehall nunca hizo nada; no se casó hasta los sesenta años. Puedes verle salir a pasear. Fíjate y verás lo delicados que llegan a creerse los viejos: su forma de caminar, igual que conspiradores, un poquito inclinados, llenos de prevención. Se paran mucho tiempo en las esquinas, pero con más impaciencia que nadie, como si esperasen que el tráfico advirtiese su presencia y caballos y vehículos frenasen para que ellos pasaran. Así es el señor Marblehall. Tiene un flequillo corto, y lleva un poquito de boca de dragón en la solapa. Camina con un gran bastón pulimentado, un regalo. Esto es lo que la gente piensa de él. Todo el mundo le dice:
    «¡Qué bien conservado!». Y a sus espaldas dicen, con regocijo: «Un pie en la sepultura». Viste una gruesa chaqueta, resplandeciente y maravillosa, de tweed, con la que parece tan satisfecho como un animal con su pelo palpitante. El caso es que la lleva hasta en verano, porque siempre tiene frío.
    Parece pintorescamente reservado y preparado para cualquier cosa, cuando camina con paso suntuoso por Catherine Street.

    Clytie (Eudora Welty)

    Clytie
    Era al atardecer, las pesadas nubes plateadas parecían más grandes y anchas que campos de algodón, y, al poco, empezó a llover. Mientras aún brillaba el sol, empezaron a caer grandes gotas redondas sobre los calientes cobertizos de chapa, que empaparon las falsas fachadas blancas de la hilera de almacenes del pueblecito de Farr's Gin. Una gallina y sus pollitos amarillos cruzaron corriendo la carretera, con gran inquietud; el polvo se convirtió en un sucio río y los pájaros bajaron volando hacia él inmediatamente, y se situaron a la orilla de los charcos para bañarse. Los perros de caza se levantaron de los porches de los almacenes, se sacudieron hasta el rabo y fueron a tumbarse dentro. Las pocas personas que estaban de pie como largas sombras junto a la calle entraron en la oficina de correos. Un muchacho golpeó con los talones descalzos a la mula, que empezó a cruzar lentamente el pueblo hacia el campo.

    Remembranza (Eudora Welty)

    Remembranza
    Una mañana de verano, cuando era niña, estaba tumbada en la arena después de nadar en el pequeño lago del parque. Daba el sol de plano, era casi mediodía. El agua brillaba como el acero, inmóvil salvo por el plumoso rizo que dejaba atrás un nadador lejano. Desde donde estaba, miraba hacia un rectángulo muy iluminado, deslumbrante, con sol, arena, agua, un pequeño pabellón, unas cuantas personas solitarias en posturas fijas y, alrededor de todo ello, un borde de robles oscuros y redondeados, como las nubes de tormenta de las ilustraciones de la Biblia. Yo hacía pequeños encuadres con los dedos, para mirarlo todo.

    Los Vagabundos (Eudora Welty)

    Los vagabundos
    Tom Harris, de treinta años, viajante de artículos de oficina, salió de Victory poco después del mediodía; vio gente en Midnight y Louise, pero siguió hacia Memphis. Era un centro de operaciones y estaba pensando que le apetecería hacer algo aquella noche.
    Cuando oscurecía, en la  mitad del Delta, paró para coger a unos autoestopistas. Uno de ellos estaba de pie, quieto, al borde de la carretera, con el pie sobresaliendo como una raíz vieja; el otro tocaba una guitarra amarilla que captaba los últimos rayos de sol que llegaban en una franja recta y larga cruzando los campos.

    El Silbato (Eudora Welty)

    El silbato
    Cayó la noche. La oscuridad era fina, como un vestido viejo y gastado por muchos inviernos, que deja siempre que el frío cale hasta los huesos. Luego salió la luna. Entre los espesos bosques de hojas muertas descoloridas destacaba una granja como una piedra blanca en el agua. Un ojo más minucioso y escrutador que el de la luna podría haber visto todo lo que pertenecía a los Morton, hasta las pequeñas tomateras en sus limpias hileras próximas a la casa,  grises  y plumosas, sobrecogedoras por su desvalida fragilidad. La luz de la luna lo cubría todo y se imponía sobre la forma más oscura: la casa de campo, donde acababan de apagar la luz.

    Por Qué Vivo En La Oficina De Correos (Eudora Welty)

    Por qué vivo en la oficina de correos
    Yo me llevaba de maravilla con mamá, Papá-Daddy y el tío Rondo hasta que volvió a casa mi hermana Stella-Rondo, que se había separado de su marido. ¡El señor Whitaker! Fui yo la que salió primero con el señor Whitaker cuando apareció en China Grove haciendo fotos de esas de «pose usted mismo», pero Stella-Rondo consiguió separarnos. Le dijo que yo era asimétrica, ya sabéis, más grande de un lado que de otro, que no es más que una mentira malintencionada. Yo soy normal. Stella-Rondo es justo doce meses más pequeña que yo y precisamente por eso es la niña mimada.
    Ella conseguía siempre lo que se le antojaba, para luego destrozarlo. Papá-Daddy le regaló un precioso collar cuando tenía ocho años y lo rompió jugando al béisbol a los nueve.

    Keela, La Muchacha India Tullida (Eudora Welty)

    Keela, la muchacha india tullida
    Una mañana de verano, cuando todos sus hijos e hijas se habían ido a recoger ciruelas y él estaba completamente solo sentado en el porche y únicamente se oían las lechuzas blancas allá abajo en los bosques, Little Lee Roy tuvo una sorpresa.
    Prim ro oyó hablar a los hombres blancos. Oyó a dos blancos que subían desde la carretera por el sendero. Little Lee Roy agachó la cabeza y contuvo el aliento. Luego tanteó alrededor buscando las muletas. Todos los polluelos salieron de debajo de la casa y se quedaron esperando, atentos, en los peldaños.

    La Llave (Eudora Welty)

    La llave
    la sala de espera de aquella pequeña estación remota solo llegaban los rumores nocturnos de los insectos. Se oían sus entretejidos movimientos en los matorrales de fuera, que daban la sensación de una voz tenue contando una historia en la noche. O se escuchaba el gordo golpeteo de las polillas y el áspero roce de sus grandes alas contra el techo de madera. Algunas se adherían torpemente al globo amarillo como estúpidas abejas a un aroma imperceptible.

    El Hombre Petrificado (Eudora Welty)

    El hombre petrificado
    busque en mi bolso y deme un cigarrillo que no tenga polvos, si es tan amable, señora Fletcher, querida —dijo Leota a su dienta de lavado y peinado de las diez en punto—. No me gustan nada los cigarrillos perfumados.
    La señora Fletcher se acercó animosa al estante de color violeta que había debajo de un espejo de marco violeta, soltó una redecilla sujeta a la bolsa de charol y dio un golpecito rápido en una polvera que estalló cuando el bolso estaba abierto.

    Un Recorte De Prensa (Eudora Welty)

    Un recorte de prensa
    abía estado fuera, bajo la lluvia. Ahora estaba dentro, en la cabaña, delante de la chimenea, las piernas muy separadas, inclinada, moviendo malhumorada la rubia cabeza mojada, como un gato que se reprochase no ser más hábil. Hablaba consigo misma, solo un leve rumor balbuciente, apenas perceptible en la dispersión de aquella estancia.

    Lily Daw Y Las Tres Damas (Eudora Welty)

    Lily Daw y las tres damas
    a señora Watts y la señora Carson estaban en la oficina de correos de Victory cuando llegó la carta del Instituto Ellisville para Débiles Mentales de Mississippi. Aimee Slocum, aún con toda la correspondencia en la mano, se adelantó corriendo y entregó la carta a la señora Watts; la leyeron las tres a la vez. La señora Watts la sostenía estirada con ambas manos y la señora Carson recorría lentamente las líneas con su dedo menudo. Qué pasará ahora, se preguntaban todos en la oficina de correos.