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domingo, 30 de noviembre de 2014

El Hundimiento de La Baliverna (Dino Buzzati)

El hundimiento de la Baliverna

Il crollo della Baliverna
Dentro de una semana comienza el juicio por el hundimiento de la Baliverna. ¿Qué será de mí? ¿Vendrán a detenerme?
Tengo miedo. En vano me repito que nadie se presentará a declarar porque me tenga inquina, que el juez instructor no ha tenido siquiera la más mínima sospecha de mi responsabilidad; que, aunque me viera incriminado, sin duda me absolverían; que mi silencio no puede hacer daño a nadie; que, aun cuando me presentara espontáneamente para confesar, el acusado no se beneficiaría de ningún descargo. Nada de esto me consuela. Por lo demás, fallecido hace tres meses a causa de una enfermedad el comisario de cuentas Dogliotti, sobre quien pesaba la principal acusación, ahora sólo estará en el banquillo de los acusados el entonces asesor municipal de Asistencia. Pero se trata de una incriminación pro forma; ¿cómo se le podría condenar, en realidad, si había tomado posesión de su cargo apenas cinco días antes? Si acaso, podría considerarse responsable al asesor precedente, pero éste había fallecido el mes anterior. Y la venganza de la ley no penetra en la oscuridad de las tumbas.

Invitaciones Superfluas (Dino Buzzati)

Inviti superflui
Querría que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mientras miramos la soledad de las calles vacías y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Por los mismos senderos encantados pasamos de hecho tú y yo con pasos tímidos, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, e idénticos genios nos espiaban desde las matas de musgo suspendidas de las torres, entre el revoloteo de los cuervos.

El Pasillo Del Gran Hotel (Dino Buzzati)

II corridoio del grande albergo
Después de volver a mi habitación ya muy tarde, estaba a medio desnudarme cuando sentí necesidad de ir al servicio.
Mi habitación estaba casi al final de un pasillo interminable y escasamente iluminado; aproximadamente cada veinte metros, tenues lámparas violáceas proyectaban haces de luz sobre la alfombra roja. Justo a la mitad, delante de una de estas lamparillas, se hallaban, de una parte, la escalera y, de otra, la puerta acristalada de dos hojas del baño.

Una Gota (Dino Buzzati)

Una goccia
Una gota de agua sube los peldaños de la escalera. ¿La oyes? Tendido en el lecho, en la oscuridad, escucha su misterioso recorrido. ¿Cómo hace? ¿Salta? Tic tic, se escucha con intermitencias. Después se detiene. Ojalá no reviva más por el resto de la noche. Aún sube.
Sube de escalón en escalón, a diferencia de las otras gotas que caen perpendicularmente, de acuerdo a las leyes de la gravedad, haciendo un pequeño ruido que todo el mundo reconoce. Ésta no: se eleva lentamente por el hueco de la escalera, en el desmesurado caserón.
No fuimos nosotros, los adultos, refinados, sensibilísimos, quienes la descubrimos. Fue una joven criadita, escuálida, pequeña e ignorante criatura. La descubrió una noche, tarde, cuando ya todos nos habíamos ido a dormir. Después de un rato, viendo que no se detenía, bajó del lecho y fue a despertar a la patrona.

Miedo En La Scala (Dino Buzzati)

Miedo en la Scala

Paura alla Scala
Para la primera representación de La matanza de los inocentes, de Pierre Grossgemüth (novedad absoluta en Italia), el viejo maestro Claudio Cottes no dudó en ponerse el frac. Ciertamente, el mes de mayo estaba ya avanzado, época en que, a juicio de los más intransigentes, la temporada de la Scala comienza a decaer y es buena norma ofrecer al público, compuesto en gran parte por turistas, espectáculos de éxito garantizado, no excesivamente ambiciosos, seleccionados del repertorio tradicional menos conflictivo; y no importa que los directores no sean primeras figuras, que los cantantes, en su mayoría elementos de vieja routine escalígera, no despierten curiosidad.

Noticias Falsas (Dino Buzzati)

Notizie false
De vuelta de la batalla, el regimiento llegó una tarde a las afueras de Antioco. En aquellos días la guerra languidecía y el enemigo invasor aún estaba lejos. Se podía hacer un alto: la tropa, agotada, acampó a las puertas de la ciudad, en los prados, y los heridos fueron llevados al hospital.
A poca distancia del camino, al pie de dos grandes robles, se plantó la gran tienda blanca del comandante, el conde Sergio-Giovanni.
–¿Izo el pendón? –preguntó, inseguro, su ayudante.
–¿Y por qué no habrías de izarlo? –respondió el comandante leyendo su pensamiento–. ¿Acaso no tenemos...? –Pero no quiso terminar la frase.

La Matanza Del Dragón (Dino Buzzati)

L’uccisione del drago
En mayo de 1902 un campesino del conde Gerol, un tal Giosué Longo, que solía salir de caza por las montañas, relató haber visto en el valle Seco un gran bicho que parecía un dragón. En Palissano, el último pueblo del valle, existía desde hacía siglos la leyenda de que entre determinadas gargantas áridas vivía aún uno de aquellos monstruos. Nadie, sin embargo, lo había tomado nunca en serio. Esta vez, no obstante, el buen sentido de Longo, la precisión de su relato, los detalles de la aventura repetidos una y otra vez sin la más mínima variación, convencieron de que algo debía haber de cierto y el conde Martino Gerol decidió ir a ver. Él, por supuesto, no pensaba en ningún dragón; podía darse, sin embargo, que alguna serpiente grande de una especie rara viviese entre aquellas gargantas deshabitadas.

La Capa (Dino Buzzati)

Il mantello
Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas.
Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad.

Tormenta En El Río (Dino Buzzati)

Temporale sul fiume
Los juncos, las hierbas de la orilla, las pequeñas matas de los sauces y los árboles grandes vieron llegar también aquel domingo de septiembre al señor mayor vestido de blanco.
Muchos años antes –sólo los troncos más viejos lo recuerdan vagamente– un desconocido había empezado a pescar en aquel remanso solitario de aguas quietas y profundas. Cuando hacía buen tiempo, todas las fiestas regresaba puntualmente.

Siete Plantas (Dino Buzzati)

Sette piani
Después de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de fiebre, pero aun así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando su pequeña maleta de viaje.
Si bien no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le habían aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional en los médicos y  la más racional sistematización de las instalaciones.

Los Siete Mensajeros (Dino Buzzati)

I sette messaggeri
Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas.
Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, creía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos.

El Desierto De Los Tártaros (Dino Buzzati)

Dino Buzzati
El desierto
de los tártaros
Título original: II deserto dei Tartarí

Nombrado oficial, Giovanni Drogo partió una mañana de septiembre de la ciudad para dirigirse a la fortaleza Bastiani, su primer destino.
Mandó que le despertaran cuando todavía era de noche y vistió por primera vez el uniforme de teniente. Cuando acabó, se miró en el espejo a la luz de una lámpara de petróleo, aunque sin encontrar la alegría que había esperado. En la casa había un gran silencio, se oían sólo pequeños ruidos en una habitación vecina: su madre estaba levantándose para despedirlo.
Era el día esperado desde hacía años, el principio de su verdadera vida. Pensaba en los días sórdidos de la Academia Militar, recordó las amargas tardes de estudio cuando oía pasar fuera, por las calles, la gente libre y presumiblemente feliz, los despertares invernales en los dormitorios helados, donde se estancaba la pesadilla de los castigos. Se acordó de la angustia de contar uno por uno los días, que parecían interminables.