VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta Dezso Kostolanyi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dezso Kostolanyi. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de octubre de 2014

Aurelio (Dezso Kostolanyi)


 POR LA MAÑANA TEMPRANO UN ANCIANO SEÑOR subió de prisa las escalinatas del palacio imperial. Calzaba zapatos rojos, con cuatro correas de cuero y una hebilla de marfil en forma de media luna. Llevaba en su toga una ancha cinta púrpura. En el dedo un anillo de oro.
 Los escoltas del emperador vieron que era senador. Lo dejaron entrar sin palabras.
 Aurelius ya hacía rato que se había levantado. Desde el amanecer estaba escribiendo, con la barba hirsuta y sin bañarse. Sólo llevaba puesta una túnica sin mangas, como cualquier artesano.

Paulina (Dezso Kostolanyi)


 EN EL AVENTINO HABÍA UNA PEQUEÑA TABERNA. ALLÁ iban todas las noches los marineros para pasársela bebiendo vino rojo.
 Paulina, la muchacha mugrienta que ayudaba en los quehaceres de la cocina, llevaba y traía los platos. Era pelirroja de ojos azules.
 Una de las veces que pasó junto a una mesa con el guiso de pescado, un carpintero de barco, de Capadocia, se llevó de repente la mano a la túnica levantándose de un salto.
 —¿Dónde está mi dinero? Me han robado. Ladrón —gritó con todas sus fuerzas—. Ladrón.
 Enseguida se formó un gran revuelo. Mientras tanto el ladrón, un marinero, puso pies en polvorosa.

El Jarrón Chino (Dezso Kostolanyi)


 ¿NO CONOCES EL CASO DE NUESTRO JARRÓN? PUES, querida, te lo puedo narrar. Bastante gracioso que es. ¿Realmente no lo has escuchado aún? La cosa es que yo ya lo he contado varias veces, en distintas reuniones de amigos. Temo que quizás esta vez ya no pueda narrarlo.
 La última vez que se lo conté a alguien, me di cuenta que lo repetía como una lección. Uno después de cierto tiempo, desgasta hasta sus propias palabras. Ya no siente lo que hay detrás de ellas. Entonces busca palabras nuevas, otras, sólo para no emplear las anteriores, pero en las nuevas muchas veces no hay vida ni contenido, son falsas.

La Visita (Dezso Kostolanyi)


 DE REPENTE SE APARECIÓ EN LA HABITACIÓN DE ESTI.
 No se podía ver qué era o quién era. Tampoco se podía ver si era alto o bajo.
 La habitación estaba bastante oscura.
 Se sentó en la butaca frente a Esti. Le hizo un guiño descaradamente. De sopetón le preguntó:
 —Dime, ¿quisieras comenzar de nuevo a vivir?
 —No entiendo dijo Esti.
 —Te pregunté —expresó recalcando cada palabra— si quisieras de alguna forma venir al mundo otra vez.

Felicidad (Dezso Kostolanyi)


 —MIRA —ME ADVIRTIÓ KORNEL ESTI , TODOS TENEMOS la ilusión de que algún día seremos felices. ¿Y qué es lo que nos imaginamos entonces? En la mayoría de los casos algo constante, firme, duradero. Por ejemplo, un castillo a la orilla del mar en medio de un jardín y rodeado del silencio; una mujer, hijos, familia, si acaso dinero o gloria. Ésas son boberías. Imágenes como ésas se nos aparecen cuando somos pequeños. Cierto que hoy en día también se nos aparecen cuando nos imaginamos la felicidad, porque en nuestros sueños verdaderos y despiertos siempre seremos niños. Ése es el cuento, el cuento eterno y vacío. Este castillo, al igual que los castillos de los cuentos de hadas, no tiene plano de construcción, ni gastos de transcripción, ni formulario de impuestos. La mujer que nos hemos pintado no tiene cuerpo ni alma, no tenemos con ella ningún tipo de relación. Los niños que soñamos nunca se enferman de sarampión y nunca traen malas notas. En cuanto a la gloria, no nos atrevemos a verificar que "layormente consiste en las discusiones con las editoriales, que nos dejan tan nerviosos, que luego no podemos ni almorzar.

Fin Del Mundo (Dezso Kostolanyi)

 ¿SUELES SOÑAR CON EL FIN DEL MUNDO? —ME PREGUINTÓ Kornél Esti—. Así es que tú también. Yo en un promedio de unas cinco o seis veces al año, acabo con el mundo en sueños, destruyo el globo terráqueo, como aquellos montones de arena y de fango que de pequeño amasaba en la orilla del lago y luego cruelmente los partía en dos con una regla. Parece que necesitamos de esto. Y entonces logramos una destrucción maravillosa, feliz. Todo y todos desaparecen al mismo tiempo y, con todos, nosotros también, pero no sólo nosotros dos, sino medio billón de personas abrazadas, ancianos y lactantes, leones y pulgas, grúas, termómetros, cañones y bigoteras. Créemelo, en esto hay algo reconfortante. La variedad menos dolorosa de la muerte es cuando nada ni nadie que pudiéramos envidiar queda después de nosotros, es más, hasta la posteridad para la que hubiéramos podido quedar, también se derrumba con nosotros, e incluso con nuestro amigo el periodista, que podría habernos escrito artículos plañideros, y con cierta afectuosa malicia hubiera palmeado los hombros de nuestros pobres cadáveres.

Bandi Cseregdi En Paris, En 1910 (Dezso Kostolanyi)


 CUANDO BANDI CSEREGDI EN MAYO DE 1910 RINDIÓ su primer examen de derecho en la universidad de Pest y viajó a su pueblo, a Sárszeg, su tío, que ya desde hacía mucho tiempo que lo quería mandar a París por un año, lo mandó a llamar y le dijo así:
 —A ver, hijo, aquí tienes setecientas coronas. Con esto, tú por allá, siendo estudiante, podrás vivir como un rey por seis meses. Si estudias y eres juicioso, en noviembre te mandaré la misma cantidad. Sal, vete y recorre mundo, conoce a la gente. Aprende el francés. En un año podrás ser "perfecto en francés".

Omelette Á Woburn (Dezso Kostolanyi)


 KORNÉL ESTI SE DIRIGÍA A CASA, DESDE PARÍS, LUEGO de terminar su año lectivo. Sin embargo, en cuanto subió a su compartimiento de tercera clase en el tren, el "coche húngaro", y le golpeó la nariz el conocido tufo viciado y la miseria de su pobre patria, se sintió en su casa.
 Ya para la noche, piernas y cabezas descansaban por doquier en el suelo sucio, como si este fuera un campo de batalla. Al salir dando tumbos para el retrete, trató de evadir cautelosamente las piernas desparramadas y las cabezas desmadejadas, cuyos propietarios roncaban, anonadados de cansancio. Debía tener cuidado para no pisar una boca, una nariz.

Mi Tío Géza (Dezso Kostolanyi)


 GRANDE FUE NUESTRA FAMILIA. EL ANCESTRAL tronco generaba nuevas y nuevas ramas, su follaje brotaba cada vez más frondoso, y abajo se apegaba tenazmente a la tierra, para lanzar sus gruesas y finas raíces a extenderse por todo el país, al norte, al sur, al este y al oeste.
 Por eso era que había todo tipo de gente entre nosotros. Los había saludables y enfermizos, gordos y flacos, inteligentes y locos, derrochadores y avaros, frívolos mujeriegos y ejemplares padres de familia; también de todo tipo de ocupaciones, muchos pequeños hacendados, soldados y sacerdotes, más boticarios todavía, pero había también maestros, funcionarios provinciales, médicos, jueces, hasta peritos tasadores de daños de heladas. Era natural que hubiese entre ellos hasta un inventor.
 Y el inventor fue mi tío Géza.

Bote De Motor (Dezso Kostolanyi)


 NO HAY EN LA TIERRA PERSONA QUE SEA COMPLETAMENTE feliz. No hay y no puede haberla.
 Pues sí que hay, y que la puede haber. Por ejemplo, yo mismo conozco a alguien —cierto que es la única persona— que es completamente feliz, quizás la persona más feliz de la tierra.
 Es Berci, Berci Weigl.
 Berci Weigl es el único hijo de nuestra lavandera.
 Puede decirse que fue creciendo ante mis ojos. Desde pequeñito venía a la casa todas las tardes, cuando su madre nos lavaba la ropa. Era un muchachito pálido e insignificante, siempre silencioso, como el que guarda algún secreto y no lo revela ni por todo el oro del mundo.

La Llave (Dezso Kostolanyi)


 UN NIÑO DE DIEZ AÑOS ABORDO AL PORTERO.
 —¿Por favor, dónde está el departamento de tributos?
 —Tercer piso, 578.
 —Muchas gracias —dijo el niño.
 Se adentró en el inmenso edificio, cuyos pasillos retumbantes, bóvedas sombrías y enmohecidas se extendían en torno a él como un mundo desconocido. Avanzó por diferentes escaleras, subiendo de tres en tres los escalones. Llegó al tercer piso.
 Allá deambuló de un lugar a otro. No encontraba la puerta 578. La numeración avanzaba hasta el 411, luego se detenía y en vano recorrió varias veces los pasillos, de la puerta 578 no quedaba ni el rastro.

Balatón (Dezso Kostolanyi)


 EL SOL BRILLABA BLANCO.
 Como cuando por la noche sacan fotografías y encienden el polvo de magnesio, así ardía el balneario del lago Balaton bajo el resplandor de la luz solar. En las playas, las cabanas pintadas de un color lechoso, los hórreos de maíz, todo parecía blanco. Hasta el cielo. Y el follaje empolvado de las acacias era tan blanco como el papel de escribir.
 Eran cerca de las dos y media.
 Aquel día Suhajda había almorzado temprano. Bajó por la escalera del pórtico hacia el jardín campesino que había en el patio de la casa de veraneo.

La Gran Familia (Dezso Kostolanyi)


 ERA UNA FAMOSA Y ANTIGUA FAMILIA, DE ALGUNA línea de sangre excepcional, con el misterioso sabor de la Edad Media, y allá vivía, en su casa de dos plantas, en el centro de la pequeña ciudad.
 Antaño pudieron ser armenios o españoles, pero con el paso del tiempo acogieron todo tipo de sangre fuerte y salerosa, se enriquecieron, se hicieron respetar y se vanagloriaban con sus numerosos e ilustres apellidos y sus oxidados blasones.
 Los hombres se parecían a los leopardos, las mujeres a los gatos monteses. Jamás había visto gente tan magnífica. Los pequeñitos no padecían de enfermedades infantiles y los viejos, aún después de los setenta, andaban erguidos, sin bastones ni espejuelos.

La Maravillosa Visita De Krisztina Hrussz (Dezso Kostolanyi)

 I

 Krisztina Hrussz, la cantante de cabaret, fue enterrada el 7 de enero de 1902. El entierro fue a las tres de la tarde. Todo estaba congelado y oscuro cuando sacaron el féretro al patio y levantaron el catafalco hecho por los carpinteros para santificarlo y colocarlo después en la carroza fúnebre tirada por caballos. El cura tenía la nariz roja como una cereza de tanto frío que había. Aún le quedaba en la boca el gusto del almuerzo, el aroma un poquitín amargo del vino de Badacsony.

El Revisor Búlgaro (Dezso Kostolanyi)


  ESTO TENGO QUE CONTÁRSELO A USTEDES—DIJO KORNEL Esti—. El otro día, entre amigos, alguien dijo que jamás se le ocurriría viajar a un país cuyo idioma no hablara. Y le di la razón. A mí también, cuando viajo, lo que más me interesan son las personas. Muchísimo más que los objetos de los museos. Si les oigo hablar y no les entiendo, me entra una sensación como si estuviera intelectualmente sordo, como si me estuvieran proyectando una película muda, sin música ni letreros. Algo enervante y aburrido.

Gallus, El Traductor (Dezso Kostolanyi)



 ESTÁBAMOS HABLANDO DE POETAS Y ESCRITORES, de nuestros viejos amigos que un día emprendieran con nosotros este camino, luego se fueron retrasando y al final desaparecieron. De vez en cuando lanzábamos un nombre al aire. ¿Quién se acuerda aún de él? Asentíamos y una pálida sonrisa afloraba a los labios. En el espejo de nuestros ojos se develaba un rostro que creíamos perdido en el olvido, un historial y una vida extraviada. ¿Quién sabe algo de él? ¿Vive todavía? El silencio fue la respuesta a la pregunta. En este silencio la corona seca de su gloria rechinaba como la hojarasca en el cementerio. Todos callamos.
 Así estuvimos callados por minutos cuando alguien evocó el nombre de Gallus.