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domingo, 10 de agosto de 2014

Notas (Cuentos De Hadas Celtas)

CORMAC MCART EN EL REINO DE LA MAGIA (Cuentos De Hadas Celtas)


Cormac, hijo de Art y nieto de Conan, El de las Cien Batallas, fue uno de los más grandes reyes que tuvo Erín en toda su historia, sobre la cual reinaba desde su corte de Tara.[i]
Un día en que había salido de cacería, acompañado de algunos de sus nobles, encontró caminando por el bosque a un joven aldeano, que llevaba en su mano una rama de manzano, de cuyos tallos flexibles y semicubiertos por las lozanas hojas verdes, pendían siete manzanas de brillante color rojo.
—¿Qué es esa rama que llevas en la mano, joven? —preguntó el rey.
—Es una rama mágica de uno de los manzanos del hada—diosa Rhiannon —respondió el aldeano.
—¿Y qué tiene de mágica? A mí me parece una rama común. —Tiene la virtud de que, cada vez que se agita ante alguien que se encuentra atribulado, apenado, herido o enfermo, el doliente se ve envuelto en una música maravillosa e inmediatamente desaparecen sus padecimientos. Ninguna persona en el mundo puede sentir angustia o dolor cuando la rama se agita para él.

EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS (Cuentos De Hadas Celtas)


Hace ya muchísimo tiempo, tanto que no muchos lo recuerdan, regía en Erín un rey que tenía un solo hijo, pues su esposa había fallecido al dar a luz, y él le había jurado, en su lecho de muerte, que jamás volvería a casarse. Por ello, y ante el temor de sufrir otra pérdida terrible, el hombre no dejaba que Skaxlon, que tal era el nombre del muchacho, saliera del castillo, ni se alejara de su vista, tanto de día como de noche. Finalmente, cuando el joven hubo llegado a los veinte años de edad, decidió encarar a su padre de esta forma:
—Padre mío, creo que ha llegado el tiempo de que me permitas tener alguna actividad fuera de estos muros.
—Me parece bien, hijo, y como lo que necesitas es hacer ejercicio, toma este stick (palo) de hurling[i] y esta pelota y ve a practicar al llano que hay detrás del palacio.
Un año y un día había pasado el muchacho ejercitando su juego cuando, en un momento de descanso, se le acercó un hombrecillo de cabellos grises y barba negra, y se dirigió a él, diciéndole: —Después de un año y un día de entrenamiento, supongo que habrás aprendido mucho, hijo del rey de Erín. ¿Quieres demostrarlo jugando conmigo?
—Si primero me dices quién eres y de dónde vienes, no tendré ningún inconveniente en jugar contigo —dijo Skaxlon.

THOMAS O’CONNOLY Y LA BANSHEE (Cuentos De Hadas Celtas)



¿Que si he visto una banshee?[i] Bueno, pues sí, señor, como estaba tratando de decirle, un día estaba volviendo a casa del trabajo (de casa del tal Cassidy, del cual ya le he hablado) y estaba comenzando a oscurecer. Tenía algo más de una milla —casi dos— de caminata hasta donde me estaba alojando, que era en la casa de una viudita que conocía, que se llamaba Biddy Maguire, la cual había elegido por estar cerca de mi trabajo.

ELIDOR Y LOS ELFOS DE ST. DAVIS (Cuentos De Hadas Celtas)

Hacia mediados del siglo X, cuando Inglaterra estaba gobernada por Henry I, vivía en la región de Gales, en el condado de Carmarthenshire, un niño llamado Elidor, que estaba siendo educado para clérigo.
Todos los días concurría puntualmente —obligado por su madre, por supuesto— a la celda del monje Brock, donde aprendía sus primeras lecciones, como así también a leer y escribir. Sin embargo, Elidor era un pequeño muy haragán y perezoso, y tan pronto como le presentaban una nueva enseñanza, se le olvidaban las anteriores. Con esa actitud, consiguió exasperar al monje Brock, quien pidió ayuda al abad del monasterio que, a su vez, le respondió con un viejo axioma de los antiguos educadores, que dice: "Quien escatima una zurra, echa a perder a un niño".

EL POOKAH DE OFFALY (Cuentos De Hadas Celtas)


Durante su vida laboral, el señor H. R. solía pasar grandes temporadas fuera de su casa, porque sus ocupaciones lo reclamaban en Dublín, e incluso, algunas veces, en el extranjero, por lo cual su mansión quedaba privada mucho tiempo de su presencia;—no obstante, en tales ocasiones, sus sirvientes permanecían en la gran mansión de Rath, en el condado de Offaly, como si toda la familia estuviera en casa. Pero por las noches, cuando debían irse a acostar, se estremecían de miedo cada vez que oían algún ruido en el enorme caserón, ya que éste tenía fama de estar encantado. Todas las noches resonaban, en medio de las tinieblas, el golpeteo de la puerta del horno, el tintineo de los hierros del hogar o el ruido de cacerolas, tarros y platos, como si alguien estuviera preparando un suculento banquete.

LA TRUCHA BLANCA DE LOUGH FEAAGH (Cuentos De Hadas Celtas)

 

Había una vez, hace ya muchísimo tiempo, una joven y hermosa doncella que vivía en un castillo, a orillas del Lough Feaagh, de la cual se dice que era la prometida del príncipe de Inchagoill, con el cual iba a desposarse el día de la fiesta de Samhain.[i] Pero, repentinamente, el príncipe fue asesinado y arrojado al lago y, desde luego, ya no pudo cumplir con el compromiso de casamiento que hiciera a la bella Aidù, que así se llamaba la bella joven.
A causa de esta decepción, y por ser frágil y tierna de corazón, Aidù enloqueció, y pasaba el día entero llorando a su prometido, hasta que un día, sin que nadie supiera cómo, desapareció, y los aldeanos atribuyeron esa desaparición a que las ninfas de Lough Feaagh se la habían llevado a su reino subacuático, para que se reuniera con su amado.

LA LARGA VIDA DE OSSYAN (Cuentos De Hadas Celtas)






De acuerdo con una antigua leyenda irlandesa, Ossyan, el bardo/guerrero hijo de Finn McCumhall,[i] alcanzó la edad de trescientos años, y así es como él mismo relató sus andanzas, al regreso de Tirnanoge:[ii]
Luego de acallarse los últimos ecos bélicos de la batalla de Gavra, donde cayeran tantos de nuestros hombres, estábamos con un grupo de guerreros fianna cazando en la ribera oeste del Lough Lein, una hermosa mañana de primavera cuando, mientras galopábamos tras un enorme ciervo de ocho puntas, divisamos a un jinete que avanzaba hacia nosotros, proveniente del oeste. Mirando atentamente, pudimos ver que se trataba de una mujer, montada sobre un magnífico y brioso potro blanco como la nieve. Tanto mi padre, Finn, como el resto de la comitiva —incluido yo, por supuesto— quedamos tan sorprendidos ante la presencia de tan hermosa doncella, que el ciervo escapó rápidamente, perdiéndose en la espesura del bosque de Athlone.

LA BELLA JANEY Y EL PRINCIPE SlTH (Cuentos De Hadas Celtas)





Según cuenta la leyenda, Lady Janet, hija de un ahora anciano rîxs[i] de la región de Connacht, en la verde Erín, era una hermosa joven que residía con sus padres en su castillo de Drumooggy, en las márgenes del Lough Corrib. La princesa, quien a sus jóvenes 17 años aún no había conocido la embriaguez del amor, se dirigía, en una ocasión, a visitar a su hermana, que por ese entonces residía con su esposo, Señor de las Islas Remotas (Hébridas), cuando encontró junto a la fuente de Cauterhaugh a un sith[ii] que había sido malherido de un flechazo en el cuello por un malvado cazador. . Inmediatamente, la hermosa joven, que era versada en las artes de la sanación y la magia blanca, cortó y retiró el astil, y dio a beber al sith una pócima que preparó con algunas hierbas recogidas en los alrededores. Una hora más tarde, Tam Lin —que tal era el nombre del sith— se había recuperado por completo, y la princesa pudo conversar extensamente con él.

LOS GNOMOS DE COVA DA SERPE (Cuentos De Hadas Celtas)





Según cuentan las antiguas leyendas gallegas, cuando la Serra da Cova da Serpe,[i] en la región de la Coruña, se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus cubiles por el hambre y el frío, bajan en manadas por los faldeos, y más de una vez se los ha oído aullar en coros pavorosos, no sólo en los caminos, aterrando a los viajeros, sino hasta en las calles mismas de los pueblos, donde los habitantes se encierran en sus casas a cal y canto. Pero no son precisamente los lobos los merodeadores más terribles de la Cova da Serpe; en sus riscos superiores, en sus cimas desoladas y sus cuevas interminables, pululan unos espíritus diabólicos que por las noches bajan en enjambres por las laderas, juegan en las aguas de las fuentes y arroyos y se hamacan en las ramas de los árboles desnudos.
Ellos, y no otros, son los que aúllan a coro con los lobos, empujan inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los picos más altos, arrollando todo lo que encuentran en su camino, y los que bailan y corren como llamas azules, rojas y amarillas, sobre la superficie de los pantanos.

EL GAITERO Y EL LEPRECHAUN (Cuentos De Hadas Celtas)




Hace ya tanto tiempo que la memoria se niega a reconocerlo, vivía en el pueblo de Dunmore, en el condado de Galway, Irlanda, un hombre bastante falto de luces que, a pesar de su absorbente afición a la música y de ser un gaitero medianamente bueno, en su vida había sido capaz de aprender otra tonada musical que no fuera "An róg-haira dubh".[i] Sin embargo, con ella solía hacerse de algunas monedas de los parroquianos de las tabernas, que se divertían con sus patéticos pasos de baile y las intencionadas palabras de la canción.
Una noche en que el gaitero regresaba a su morada, después de haber interpretado media docena de veces su única canción en su taberna preferida, llamada "An derugrânoniâ" (Las bellotas), la consabida carga de buen whisky irlandés en sus entrañas hizo que, al cruzar por el cementerio, quizás un poco inseguro por el entorno, presionara el fuelle de la gaita y comenzara a tocar por séptima vez la única canción que conocía.

GILLA NA BRÂKON AN GOUR Y LA PRINCESA TRISTE (Cuentos De Hadas Celtas)





Hace ya muchísimo tiempo, cerca de la antigua fragua y junto a la margen derecha del río Slaney, en Enniscorthy, Eire, vivía una pobre viuda, tan pobre que no tenía siquiera ropa para vestir a su hijo, a quien, para abrigarlo en las crudas noches del invierno irlandés, debía acostar en el pozo de las cenizas, cerca del hogar, y cubrirlo con los rescoldos tibios que el fuego iba dejando caer. Pero el niño fue creciendo y cada año la abnegada madre debió ir agrandando y ahondando un poco más el pozo, para que su hijo pudiera caber en él.
Finalmente, en una ocasión en que la pobre mujer iba caminando hacia la ciudad de Callan, en el condado de Kilkenny, a visitar a un pariente, encontró una cabra muerta, a la cual desolló y cuya piel llevó luego a su casa; con ella le confeccionó un par de brâkes[i] a su hijo quien, por primera vez en su vida, pudo salir a dar un paseo por el pueblo. Al día siguiente la mujer le dijo:
—Tom, etnïosi[ii] mío, en tu vida jamás has hecho nada útil todavía, a pesar de tus dieciocho años y tus dos metros de estatura, así que ahora toma esta cuerda y el hacha y ve a traerme leña del bosque.

KOOMARA, EL MURRUGHACH (Cuentos De Hadas Celtas)


Jack Dogherty vivía al pie de los acantilados de Ballyvaghan, en el condado de Clare, Irlanda. Jack, un pescador como lo habían sido su padre, su abuelo y diez generaciones anteriores, vivía, al igual que ellos, completamente solo con su mujer, y en el mismo lugar y la misma casa que habían habitado sus antepasados. La gente a menudo se preguntaba por qué la familia Dogherty era tan aficionada a vivir en condiciones tan inhóspitas, apartadas de la humanidad, entre rocas despedazadas, sin otra perspectiva que el inmenso pero siempre mutable océano. Lo que los demás no sabían era que ellos tenían muy buenos motivos para hacerlo.

LAS HADAS DE KNOCKGRAFTON (Cuentos De Hadas Celtas)





Hace ya muchísimos años, tantos que no podría contarlos, en la fértil tierra de Lough Neagh[i] existió un hombre muy, pero muy pobre, que vivía en una humilde choza, a la orilla del río Bann, cuyas aguas turbulentas bajan de las sombrías laderas de los montes Anthrim.
Lushmore,[ii] a quien habían apodado así los lugareños, a causa de que siempre llevaba en su alto sombrero de rafia una pequeña rama de muérdago, como la que los leprechauns[iii] ponen en las hebillas de los suyos, tenía sobre su espalda una gran joroba, que prácticamente lo doblaba en dos, como si una mano gigante hubiera arrollado su cuerpo hacia arriba y se lo hubiera colocado sobre los hombros. Tal era el peso de ese enorme apósito de carne, que cuando el pobre Lushmore estaba sentado —y lo estaba casi todo el tiempo, pues sus flacas piernas apenas podían sostener su cuerpo—, quedaba doblado por la cintura, con su pecho apoyado sobre sus muslos, única manera de sostener el peso de su giba.