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lunes, 22 de septiembre de 2014

Los Cachorros (Luis Alberto Benítez Benítez)

En la Selva Misionera hay muchos animales salvajes, como le dicen algunos humanos. Unos cachorros jugaban juntos, en su idioma se entendían, el mayor era el leoncito Alejo, quien junto a su hermana, Mimi, jugaban todas las tardes con el tigre Rodrigo, el puma Jorge y la monita Lucia.

La Granja De Don Juan (Adrián Maximiliano Acuña Alderete)

Juan   tenía   una   Granja   en   San   Vicente,   de aproximadamente cinco hectáreas en donde convivían una gran cantidad de animales de crianza:  terneros, chivos, patos, gallinas y palomas paseaban todos los días por la Granja de Juan.

Cuento De Niño (Luis Mejeira)

Había una vez dos mascotas que se llevaban mal.
Una se llamaba Pedro y era un Coquer. El otro era un gatito que se llamaba Jacinto. Jacinto y Pedro convivían en una enorme casa que los separaba por medio de una medianera con un vecino bastante malo, que tenía una mascota todavía más mala que el vecino, que no era ni más ni menos que un terrible y enorme ovejero alemán.
Si bien Pedro y Jacinto eran amigos, solían jugar toda la tarde y muchas veces se peleaban y no se amigaban por varios días. Un día, tras una pelea, Jacinto se marchó, y como lo hacía cada vez que se peleaba, empezó a caminar por la medianera ignorando los ladridos del horrible ovejero alemán.
Pero esa mañana había llovido y la medianera estaba resbaladiza, lo que provocó que Jacinto se cayera en el patio del vecino. El ovejero a ladrido limpió lo corrió por todo el patio y lo arrinconó contra una esquina. En ese momento Pedro oyó los desesperados maullidos de Jacinto. Pedro se olvidó de la pelea y corrió desesperadamente para ayudar a su amiguito. Pero Pedro no era tan ágil como Jacinto, él no podía subirse a la medianera así como así, por lo que tuvo que subirse a un tanque de agua y dar un enorme salto, interponiéndose en el acecho del ovejero. Pedro enfrentó al enorme ovejero, mientras Jacinto aprovechó la situación para escaparse nuevamente por la medianera y aullar con toda la fuerza de sus pulmones hasta que sus dueños salieron al patio y lograron separar al ovejero que tenía a mal traer al valiente Pedro.
Si bien los dueños de Pedro y Jacinto llegaron de inmediato, no pudieron evitar que Pedro sufriese una seria herida en su manito y un corte en su oreja. Pedro estuvo algunas horas en la veterinaria donde le hicieron las curaciones para luego volver a su hogar en donde Jacinto le hizo por siempre compañía para que no sintiera el dolor de las heridas. De esa manera comenzaron a hacer una gran amistad y aprendieron que la amistad es siempre mucho más fuerte y duradera que una pelea pasajera.

El Delfín Juancito (Diego Luciano Ailan Allevato)

Había una familia de delfines que se encontraban en un Acuario muy lindo, en donde todos los chicos se divertían con sus piruetas. Los padres eran dos delfines hermosos que se llamaban Delfina y Josefin. Tenían un hijo que se llamaba Juancito y que era muy mimado por todos los chicos que iban al Acuario. Ellos le daban de comer en la boca y jugaban de la mañana hasta la noche.
Pero un día vino un hombre muy malo al Acuario y al verlo tan hermoso quiso comprarlo. Como los dueños del Acuario lo querían mucho no quisieron venderlo. Pero el hombre que era muy ladino, en medio de la noche, cuando todos dormían se robó a Juancito y se lo llevó muy lejos. Delfina y Josefin quedaron tan tristes que dejaron de comer.
Los chicos que visitaban el Acuario no podían creer lo que pasaba. Se dirigieron al director del Acuario y lo convencieron de ir a buscar a Juancito. El director comenzó  a  visitar  todos  los  acuarios  del  país,  pero Juancito no aparecía. Pero un día, en una ciudad muy alejada en el Sur de la Patagonia, el director se encontró con una vieja ballena que notó que el director cargaba una enorme tristeza sobre sus espaldas. La Ballena se llamaba Margarita, quien le preguntó al director del acuario porque estaba tan triste, y al enterarse que la tristeza provenía de la pérdida de Juancito, Margarita le contó que vio a un Delfín hermoso y bebito en un Acuario que había a dos kilómetros y que era regenteado por un dueño muy, pero muy malo, que no le daba de comer a ninguno de los peces, focas y delfines que vivían alli. Entonces el director le pidió a la Ballena Margarita que lo ayude a rescatar a Juancito y a todos los delfines que estaban en poder del dueño malo. La Ballene Margarita le dijo al director que se suba en sus espaldas y juntos fueron nadando hasta el acuario, se dirigieron a la pecera en donde estaba Juancito y de un topetazo lo rompieron liberando a Juancito y subiéndolo al lomo junto al director. Pero Margarita no se quedó conforme con eso, y de cinco coletazos rompió todas las peceras y todos los animales del Acuario se fueron juntos hacia el mar, salvo Juancito y el Director que volvieron por la costa llevados por Margarita hasta encontrarse nuevamente con Delfina y Josefín y todos los  chicos que estaban esperando para abrazar nuevamente a Juancito quien no paró un segundo de hacer piruetas de felicidad.

Terry, El Perrito Valiente (Cristian Roberto Scalabrino Perez)

En un muy hermoso día de invierno, en un campo de la Provincia de Tucumán, había un granjero llamado Luis. Luis se levantaba muy temprano todos  los días se levanta muy temprano para trabajar para cuidar sus vacas y sus ovejas. Luis vivía con  su mujer y sus cinco hijos.

Las Ardillas Traviesas (Gustavo Rodríguez)

En un bosque lejano, vivían un par de ardillas muy traviesas. Una de ellas se llamaba Aníbal, la otra Juanita.

El Arbol Solitario (Luis Adrián Veragua)

En  una  frondosa  selva  africana,  se  encontraba un árbol solitario, un árbol que desde hacía muchísimos años se encontraba solo, triste y muy abandonado. El árbol pensaba que moriría tan sólo como había vivido toda su vida. Pero un día, el árbol observó a lo lejos el vuelo de una paloma, la cual en forma sorpresiva decidió detenerse a descansar en una de sus ramas. Si bien la paloma se notaba muy cansada, luego de tomar un poco de aire le preguntó al árbol como se llamaba. El árbol le contestó. “Yo no tengo nombre. Me hago llamar el árbol solitario ¿Y tú cómo te llamas?” “Yo me llamo la Gran Corazón” contestó la paloma, entristecida por notar la soledad en las palabras del Árbol Solitario. “No quiero que esta pregunta te incomode, pero me gustaría saber cuantos años tienes y desde que tiempo estás sólo, Arbol Solitario” “Pues la naturaleza sólo nos permite vivir no más de doscientos veinte años. Dentro de diez días voy a cumplir doscientos años y tu eres el primer animalito que me dirige la palabra desde hace cien años. Es más, pensé que nunca volvería a volver a hablar con nadie hasta mi muerte, doy gracias a Dios de que te hayas acercado, ya que de esta manera no me siento tan solo”.

Inocentes (Miguel Ángel Catalano)

La pureza que hay en ellos es incomparable.
La sinceridad de sus ojos transmiten paz.
Sus palabras son tan dulces como la miel.
Sus sonrisas son la alegría de cada hogar.
La inocencia que los identifica es tan tierna como una
paloma que pasa en un rosedal.
Los niños son la clara imagen de los ángeles que
nos rodean constantemente en este mundo.
Ellos son el futuro de nuestra generación, sin ellos no
existiría felicidad alguna.
Los niños son el brillante paraíso que coexiste en este
oscuro mundo.

La Paloma Iluminada (Juan Martín González Quevedo)

Era una tarde muy linda de verano, los niños jugaban al fútbol en las calles de tierra porque por allí no pasaban autos. Las chicas jugaban a la mancha bajo la sombra de los árboles al costado de la Base de Morón.

La Chica Contorsionista (Daniel Adrián García Acosta)


No tengo amigas, pero me llevo bien con los rayos.
¿De dónde quiero escapar? ¿Adónde quiero llegar….? No lo sé. Del amanecer hasta la noche doy vueltas a lo mismo, como si poner un brazo aquí, una pierna allá, me impidieran caer en el dolor….
No hay dolor para mí. Es fundamental que sepan eso: no hay dolor y no entiendo a las personas que siguen inmóviles aferradas a lo mismo, o que dejan que las cosas sigan en su lugar. Yo sueño con un cuerpo distinto cada vez, y no me importa que sea el mío: Puedo pasar de leona a niña, de jirafa a cangrejo en pocos segundos, haciendo pequeños cambios.
Algunos piensan que lo mío no es flexibilidad, sino un error de base, como si me faltara un eje, un punto de sostén….puede ser.
Mi madre se horroriza al verme, y mi padre se ríe, se divierte conmigo como si dijera “¡Las cosas que hace esta chica….!”.
Sin ir muy lejos anoche tuve una pesadilla. Soñaba que estaba dormida y desnuda en mi cama…. ¡Cualquiera! (¿Se dan cuenta?) Cualquier persona podía observarme…, mi novio, incluso, que es muy posesivo podía encerrarme en una cajita de cigarrillos o esconderme tranquilamente en un vaso….

La Gran Carrera (Amalio Florencio Biasoli Portel)

Por fin llegó el gran día. Todos estaban esperando con ansias que llegue este momento y por fin llego. Si, empezó la carrera de 50 kilómetros sin parar para los seis sacrificados participantes. El primero es el Correcaminos, el segundo es Speedy González, el Tercero Huesos el perro de los Simpsons, el cuarto el Coyote, el quinto el Gallo  Claudio y por último, la tortuga Yessi.

Donde Está La Luna (Carlos Alberto Miranda Mena)

Una noche de verano sumamente calurosa, una noche de fines de diciembre, salí a tomar aire afuera de la cabaña que ocupaba temporariamente.

Alas De Libertad (Diego Gabriel Mansilla)

El día que el Sol ilumine cada corazón,
estoy seguro que un milagro se producirá.
Las nubes del alma desaparecerán
y un enorme Arco Iris invadirá todo el Universo.
Ese día serás libre,
como el más pequeño de los pájaros.
Y todos estaremos junto a vos,
para recorrer el camino de la vida,
y enfrentar con valentía cada obstáculo.
No te olvides que de la experiencia, viene la sabiduría,
Y de la sabiduría el saber.

Coquito El Monito (Rodrigo Acosta Paez)

Había una vez un monito llamado Coquito, que vivía en la selva con sus padres y hermanitos.
Coquito era muy inquieto, y le gustaba mucho jugar con amiguitos en los árboles. Hacer piruetas de árbol en árbol. En cuanto a su padre, mucho no le gustaba porque era muy pequeño, pero Coquito era bastante desobediente y escapaba cada mañana de sus padres, sin importarle el peligro que corría lejos de ellos.

El Conejo Y La Tortuga (Néstor Martín Santillán)

En un lejano bosque, vivía una familia de conejos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La Media Estocada (Iván Oñate)


—¡Pero viste qué plantado estuve! ¡Qué profundo me salió ese mandado de pecho! —dice el matador y levanta la cabeza.
—Así es —asiente el mozo de estoques—. Pero, acábate la copa.
—¿Cómo iba a saber de qué se reían? —pregunta el matador y apura su trago. Una mueca le arruga la cara y escupe—: Son unos hijos de puta, Manolo. Sin afición, sin casta. ¡Eso!
—Sin afición —repite el mozo de estoques y de nuevo llena las copas—. Sobre todo, eso.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Oposición A La Magia (Francisco Proaño Arandi)


Nuevamente la atmósfera volvíase abyecta, Marta no estaba y el hijastro, en un rincón del cuarto, retrocedía. Uribe, en tanto, sintiendo que su cuerpo era apenas  una lenta, casi quieta contorsión en  el interior de una escena, asimismo lenta, avanzaba, avanzaba  a través de un tiempo no medible, el cinturón de cuero en la mano, sabiendo que una vez más  cobraría movimiento, mensura, el rito ya conocido de la flagelación cotidiana. Sentía los dedos  adheridos al látigo, semejante éste a un animal sinuoso que cimbrara o silabeara impías palabras,  un ser casi vuelto contra su propia piel, en una mordedura fría. Luego, igual que siempre, flageló  repetidamente el cuerpo inerme del hijastro: al fondo, en la delirante y nunca aceptada secuencia,  más allá de los golpes por los cuales buscaba las zonas donde el dolor pudiera hacerse  incontrastable evidencia, veía el cuerpo incesantemente trabajado de la víctima, lo veía  recomponerse en miembros crecientemente deshechos: purulento, animalizado, babeante, algo así como  una estatua descompuesta en el tiempo, un ente a medias, como planta o molusco, patéticamente  disforme, parado allí, erguido, en la esquina del cuarto. Pero la visión sólo parecía aproximarse  al modelo deseado, la arcana meta que se había propuesto.

La Vuelta (Marco Antonio Rodríguez)


Entra a su dormitorio a pedirle una vez más que sea indulgente con él y con su madre, que olvide el crimen de mamá por repetir la sopa de ayer sábado. Pero ella está de espaldas a su ruego, la cabeza recluida en la escafandra de los rizadores, las manos encremadas. A la luz de la veladora, él adivina la mascarilla que apenas deja libre un segmento de su vana apariencia de pez en el agua. No atina a acostarse a su lado, juzgando que no tiene más que decir lo que ya ha dicho tantas veces, o a salir para retornar después de una o dos horas, luego de embaucarse fingiendo leer revistas atrasadas de boxeo. Al girar hacia el corredor, presiente el aroma casi astral de los cosméticos y la grieta obscena del espejo, idéntica a la suya.

La Importancia De La Yugular En Este Asunto De La Vida (Huilo Ruales Hualca)


La muerte de Enriquito fue una de las gotas que derramó la piscina. Su mirada cóncava, inmutable, era la orden hipnótica que nos empujaba al beso, a la  caricia, al rasgamiento de la ropa, y las manos y las bocas se nos llenaban de puñales hambrientos  y mi sexo, convirtiéndote en vagina desde el cabello hasta las uñas más recónditas, nos hundía en  la locura de crear algún recurso nuevo en una silla o en el techo, en la luz o en la lengua, en la  saliva o en el vino, buscando que el orgasmo llegara tan tarde que únicamente sirviera para el  desplome, para la destrucción total, para la integral evaporación de nuestras vidas, y que aparte  del laberinto de las ropas y el jadeo coloidiano en la atmósfera, restara solamente el imperio de  su mirada- grúa almacenando cada elemento de nuestro lascivo holocausto, metiéndolo en el estadio  extraño de su memoria. Él se llevó tantas cosas de nuestros colores. ¿Recuerdas cómo me recibió  cuando irrumpí en tu apartamento de techo oblicuo? Sabía defenderte desde antes que aprendieras el  tren interminable de la lágrima o el espanto, y por ello, la primera vez que delante de él nos  precipitamos al beso que nos dejó sin ropa, creí sentir tus uñas, pero no, era su celo firmándome a  lo largo y al través de toda la espalda, y entonces tuvimos que amarnos enterrados en tus cobijas.

El Coqueteo Silencioso (Jorge Dávila Vázquez)


Todo comenzó con la llegada de la prima Lety.
Esa prima, de la que todos en la familia habían hecho una fuente de silencio.
Por ejemplo, si alguien decía, las hijas del primo Alberto son la Lucía, la Rosita y la otra, ya se sabía quién era «la otra», porque hasta su nombre se disolvía en aguas de disimulo, tersamente.