VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Montenegro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Montenegro. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de septiembre de 2014

La Herencia (Carlos Montenegro)

Como surgido de la cornetada que rompió el silencio reglamentario, el mar de voces saltó, quebrándose, por entre las rejas múltiples. En su inusitada fuerza se precisaba el obstáculo acabado de vencer. Cayó en cascada por los claustros desiertos; empujándose, se extendió por los patios, llegó a los muros, los escaló lamiéndolos y, venciendo las cornisas y azoteas, se vació por las aspilleras en los fosos. De ellos, alentado por los vientos propicios, salió, pero ya agónico, jadeante, incapaz de llegar a las casas limítrofes, de sobrepasar las garitas donde argos mínimos -a soldada- no dejaban fugar ni un postrer adiós, ni una última mirada.

El Renuevo (Carlos Montenegro)

Hasta que el niño, epilépticamente aterrorizado, hundió su exiguo cuerpecito de cinco años en la pared de la yagua, cas- perforada por la agudeza de los codos infantiles, la madre no cesó de mostrarle la calavera del chivo, el ruido de cuyas quijadas, sonoro y hueco, llenaba de espanto a la criatura.

La Ráfaga (Carlos Montenegro)

La claridad del alba se abrió en un lado detrás de los montes y se extendió, hacia lo alto y hacia los lados, echando capas doradas sobre las sombras del valle hasta hacer perceptibles, aún sin contornos, la hilera de casas, los árboles mayores y las lomas cercanas.

Doce Corales (Carlos Montenegro)

Plácido se adormilaba. El caballo era lo bastante viejo y manso para echar un sueño sobre él y acortar así el camino hasta la encrucijada del pueblo. A partir de allí, mientras durase el peligro, se haría el dormido. Lo había aprendido de los perros.

Los Imponderables De Pedro Barba (Carlos Montenegro)

El jefe de la brigada se irguió sobre los estribos y miró, lo más lejos que pudo, hacia donde había partido la cabeza de la columna, cuyos primeros hombres apenas se distinguían ya en la claridad naciente del día. Después echó una mirada grave a la escolta que lo rodeaba y dijo sencillamente:
-Vamos.

Un Insurrecto (Carlos Montenegro)

El capitán se alzó sobre los estribos, y llevándose una mano a los ojos a modo de pantalla, oteó el horizonte. Delante de él se extendía la sabana sin fin y, hacia su derecha, el pueblo lejano donde ya comenzaba a encenderse alguna que otra luz apenas visible en las claridades demoradas del crepúsculo. A sus espaldas, separadas de él por maniguazos, yuraguanos y campos de ortigas, se echaba, como una mole cansada, la loma La Vigía, de la que acababa de escapar gracias a la fortaleza de su caballo.

Los Héroes (Carlos Montenegro)

-¡Cuatrero y cobarde! ¡Comedor de huevos fritos! ¡Ladrón!
Allí estaba la avalancha, la furia peligrosa y terrible de aquel hombre un tanto esmirriado, de aquel vejete de rostro curtido y fosco, que hubiera parecido próximo a la tumba si no irradiase de él tanta fuerza salvaje, tanta agresividad. La voz ronca se le cascaba al gritar, y el cuerpo, lanzado de un lado a otro de la tienda de campaña, le temblaba; pero de los ojos brillantes, protegidos por unos cristales mal acabalgados sobre la corva de su nariz de águila, se escapaban rayos de energía como s- el sol hubiera cogido al sesgo la hoja pulida de un machete.

Un Sospechoso (Carlos Montenegro)

El viejo dijo cuentos muy lindos del cupey y del corojo y de la jutía. ¿Se habrán olvidado?
-Asina somos, como decía mi padre Prudencio, que en paz descanse... A veces los cuentos recurvan como rabo de nube y ya son diferentes a como se fueron, mayormente s- vienen retrasados; los cambia el enemigo, los cambia el amigo y el tiempo. A los olvidados, cuando se fue arriero como lo he sido yo, le vienen a unos las ganas de arribiatarlos como a bestias pa que echen palante y se nos aparejen.

Anazabel (Carlos Montenegro)

Altamón es un pueblecito escalonado en la ladera de una montaña a cuyos pies está la ciudad de Schenectady; a un rato de tren se encuentra Albany, y a quince días, caminando a pie por la línea del ferrocarril, en invierno, Siracusa.

Dos Viejos Amigos (Carlos Montenegro)

Tom estaba tan absorto al penetrar en la caballeriza, que pasó por encima del estiércol apilado a un lado de la puerta, sin preocuparse de sus botas recién lustradas. Se detuvo delante del pesebre de Dan, el cual fijó sus redondos ojos húmedos, extrañado de verlo de vuelta tan pronto.

El Caso De William Smith (Carlos Montenegro)

¿Quién no recuerda el asesinato de William Smith, el oficial maquinista del «Monte» de la Panamá Pacific Line? Fue uno de los casos más inflados por las cadenas de periódicos americanos, y mientras no llegó el de Lindberg podía discutir con cualquier otro el primer puesto en la gran crónica roja del Norte.

La Hermana (Carlos Montenegro)

El «Julia» iba a ser reparado en los astilleros de la Havana Marine, de Casablanca. Iba a entrar en una larga carena, no sólo para quitarse de la cintura sumergida los brazos pegajosos de las algas, sino también para curar las cavernas del pecho: las once planchas carcomidas de proa, bajo la línea de flotación.

El Discípulo (Carlos Montenegro)

No fue el «San Martín» el barco de mi iniciación; tenía escasamente trece años de edad cuando por vez primera consté en un rol marítimo.
De esto no tuvo la culpa ni María Luisa, mi novia, ni el Sandokan de Salgari; claro está que influyeron, influyeron...
Pero, si a influencias vamos, yo debía ser un santo, pues mucho me agradaban las Vidas de éstos, cuando en el colegio, a la hora del almuerzo, nos las leía aquel hermano de San Vicente de Paúl, huesudo y alto, que tan buena pronunciación tenía. Y no fue así, ya que a los ocho meses me expulsaron del colegio en el que cumplí los doce años y en el cual me había internado para corregirme.

La Bruja (Carlos Montenegro)

El mastín dio un último salto y hundio las poderosas patas delanteras en la arena húmeda, sentándose y mirando a su ama con los ojos severos, en el fondo de los cuales se precisaba la característica fidelidad de los de su especie.

El Cordero (Carlos Montenegro)

A pesar de los años transcurridos y de los múltiples sucesos que me han ocurrido en estos años, no he logrado olvidar el fin de aquel cordero que, siendo yo niño aún, me regaló mi padre.
No lo he olvidado ni lo podré olvidar jamás.

La Huella Del Cacique (Carlos Montenegro)

No voy a hablar de aquí ni de allá, sino de un sitio de donde no es nadie de los que viven por aquí, entre nosotros; de un sitio que nadie conoce, aunque a mí me han hablado mucho de él y de la gente que lo habitaba, dueños de corazones que no sabían asustarse y con ojos que no conocían horizontes limitados a no ser por los bosques y el mar.