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lunes, 11 de mayo de 2015

Relatos (Boris Pasternak)


Doctor Zhivago (Libro Segundo) (Boris Pasternak)


Doctor Zhivago (Libro Primero) (Boris Pasternak)

Doctor Zhivago
Boris Pasternak

LIBRO PRIMERO

I
EL RÁPIDO DE LAS CINCO

1

Andaban, y al andar cantaban Eterna memoria. Los pies, los caballos y el soplo del viento parecían continuar el cántico cuando se detenían. Los transeúntes abrían paso al cortejo, contaban las coronas y se santiguaban. Los curiosos, metiéndose entre las filas, preguntaban:
—¿Quién es el muerto?
Y les respondían:
—Zhivago.
–¡Ah! Entonces se comprende.
—Pero no él. Ella.
—Lo mismo da. ¡Dios la haya perdonado! Lujoso entierro.
Transcurrieron los últimos minutos, contados e irreversibles.
El sacerdote, con el ademán de la bendición, arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláievna. Se entonó Por el alma de los justos. Después comenzó una terrible carrera. Cerraron el ataúd, lo clavaron y lo bajaron a la fosa. Tamborileó sobre la caja la lluvia de las paletadas de tierra arrojada apresuradamente con cuatro palas, hasta que se formó un pequeño túmulo. Sobre él se encaramó un niño de diez años.
Sólo en ese estado de necia insensibilidad que suele producirse en los entierros solemnes puede parecer plausible que un chiquillo quiera pronunciar unas palabras sobre la tumba de su propia madre.
Levantó la cabeza y desde el túmulo abarcó con mirada ausente los desiertos campos otoñales y las cúpulas del monasterio. Contrajo levemente el achatado rostro y alargó el cuello. Si hubiese sido un lobezno el que levantara la cabeza con aquel ceño, hubiérase dicho que estaba a punto de aullar. El chiquillo se tapó la cara con las manos y prorrumpió en sollozos. Una nube que acudía hacia él comenzó a golpearlo sobre las manos y la cara con los líquidos azotes de un helado chubasco. Un hombre se acercó a la tumba; vestía de negro, y las mangas estrechas y ceñidas formaban pliegues en sus brazos. Era el hermano de la difunta y tío del chiquillo que lloraba, el sacerdote Nikolái Nikoláevich Vedeniapin, fuera de su ministerio a petición propia. Se acercó al chiquillo y se lo llevó.
2

Pasarían la noche en una celda que había sido destinada a su tío, antiguo conocido del monasterio. Era la víspera de la Intercesión de la Virgen[1]. Al día siguiente partirían hacia el sur, a una ciudad cabeza de partido de la provincia del Volga, donde el padre Nikolái estaba empleado en una casa editorial que publicaba el diario avanzado de la región. Había adquirido ya los billetes para el tren y reunido en la celda su equipaje. Traídos por el viento llegaban desde la estación vecina los quejumbrosos silbidos de las locomotoras que hacían maniobras en las lejanas vías.
Al atardecer refrescó mucho. Dos ventanas al nivel del suelo daban al desolado rincón de un huerto lleno de amarillos arbustos de acacia, a las heladas charcas de la carretera y a ese lugar del cementerio donde por la mañana habían enterrado a María Nikoláevna. Excepto algunos cuadros de coles azuladas por el frío, el huerto estaba vacío. Cuando arreciaba el viento, las desnudas ramas de las acacias agitábanse como poseídos, curvándose sobre la carretera.
Un golpe dado en la puerta despertó a Yura durante la noche. La oscura celda se había iluminado extrañamente por una inmóvil luz blanca. Yura corrió en camisa hasta la ventana y pegó la cara al cristal helado.
Afuera no existían ya carretera, ni cementerio, ni huerto. En el patio arreciaba la nevasca y el aire era un humo de nieve. Como si se hubiese dado cuenta de su presencia y, sabiendo que le causaba espanto, gozaba con la impresión que le producía. La tormenta silbaba y ululaba, buscando por todos los medios atraer su atención. Como una urdimbre que se desenrollara sin fin, una espesa trama blanca caía del cielo sobre la tierra, cubriéndola de fúnebres lienzos. Solamente la tormenta permanecía en el mundo, sin rival alguno.
La primera intención de Yura al apartarse del alféizar fue vestirse y salir para hacer algo. A veces le asaltaba la idea de que las coles del monasterio no se podrían arrancar antes de que la nieve las sepultase, y otras veces experimentaba el temor de que la nieve cubriese en el cementerio el cuerpo de su madre y que, sin que pudiera defenderse ya, fuese hundiendo se bajo tierra, cada vez más profundamente y más lejos de él.
Volvió a llorar. Su tío se despertó, le habló de Cristo y lo consoló. Luego se acercó bostezando a la ventana y se puso a mirar afuera, pensativo. Comenzaron a vestirse. Amanecía ya.
3

Mientras su madre vivió, Yura ignoró que su padre les había abandonado hacía mucho tiempo. Viajaba por las ciudades de Siberia y por el extranjero, llevando una vida disipada, y no tardó en malbaratar un patrimonio de millones. A Yura le habían dicho unas veces que estaba en Petersburgo, y otras en una feria, casi siempre en la feria de Irbitsk.
Más tarde, a su madre, que nunca estuvo muy bien de salud, se le declaró la tuberculosis. Para curarse comenzó entonces a viajar por el sur de Francia e Italia septentrional, adonde Yura la acompañó en dos ocasiones. Así había transcurrido su infancia, en medio del desorden y de continuos misterios, confiado a menudo a personas extrañas, siempre distintas. Pero se había acostumbrado a tales cambios y, en una situación de constante interinidad, no le sorprendía la ausencia de su padre.
Era todavía muy niño cuando el nombre que llevaba designaba un gran número de cosas, cada una distinta de las demás.
Era la manufactura Zhivago, la banca Zhivago, las casas Zhivago, la manera de anudarse la corbata y prendérsela con el alfiler Zhivago, incluso un pastel de forma redonda, una especie de bizcocho al ron, también llamado Zhivago. Y en Moscú, durante algún tiempo gritar a un cochero: «¡A Zhivago!», equivalía ni más ni menos decirle: «¡A casa del diablo!» Y, efectivamente, el cochero os habría llevado en su trineo a un solitario lugar de ensueño. Os hubiese acogido un parque silencioso. En las ramas de los abetos, haciendo caer la escarcha, se posaban los cuervos. Oíanse en torno sus graznidos ásperos y secos como el crepitar de un tronco. Desde la mansión recién construida y atravesando la carretera que cortaba el bosque, acudían los perros de caza. Allá abajo se encendían las luces, y empezaba a anochecer.
Luego todo esto se esfumó de repente. Se habían empobrecido.
4

En el verano de 1903, Yura y su tío, en un coche de dos caballos, dirigíanse a través de los campos a Duplianka, la finca de Kologrívov, propietario de hilaturas de seda y mecenas, para hacer una visita a Iván Ivánovich Voskobóinikov, profesor y autor de obras de divulgación.
Era el día de la Virgen de Kazán[2], momento culminante de la recolección. Como era la hora del almuerzo, o acaso por ser día festivo, no había un alma en los campos. Ardía el sol sobre las zonas no segadas todavía, como cogotes de presos a medio afeitar. Revoloteaban por los campos los pajarillos. Curvábanse las espigas, mientras el trigo permanecía rígido en el aire inmóvil, o, lejos de la carretera, levantábanse en gavillas que, miradas fijamente, parecían adquirir el aspecto de figuras en movimiento, de agrimensores que caminaran por la línea del horizonte anotando algo.
—¿Y aquéllas?—preguntó Nikolái Nikoláevich a Pável, peón y guarda de la editorial, que estaba sentado de lado en el pescante, encorvado y con las piernas cruzadas, como para demostrar que no era el cochero y que guiaba excepcionalmente el coche—. ¿Son de los señores o de los campesinos?
—De los señores —respondió Pável, y siguió fumando—. En cambio, ésas... —y tras una larga pausa señaló, con el extremo de la fusta, en la dirección opuesta, deteniéndose un instante para encender—, ésas son las nuestras. ¡Arre! ¿Estáis dormidos?—gritó, como hacía de vez en cuando, a los caballos, de cuyas colas y grupas no apartaba un momento los ojos, lo mismo que un maquinista observa los manómetros.
Pero los caballos tiraban como todos los caballos del mundo. Es decir, el delantero corría con la innata honestidad de un carácter escrupuloso, mientras que, para un observador superficial, el otro podía parecer un haragán redomado que, curvando el cuello como un cisne, aparentase no saber otra cosa que bailar al tintineo de los cascabeles sacudidos por los saltos de la carrera.
Nikolái Nikoláevich llevaba a Voskobóinikov las pruebas de un libro suyo sobre la cuestión agraria, que la casa editorial le había rogado revisara para precaverse contra la creciente severidad de la censura.
—El pueblo se agita en nuestro distrito —dijo Nikolái Nikoláevich—. En el vólost[3] de Pankovo han degollado a un comerciante y al zemski[4] le han incendiado el acaballadero. ¿Qué piensas tú de todo esto? ¿Qué se dice entre vosotros en el pueblo?
Pero Pável veía las cosas aún más negras que el censor encargado de moderar las pasiones agrarias de Voskobóinikov.
—¿Que qué dicen? que se han aflojado las riendas al pueblo. Dicen que son travesuras. ¿Qué queréis hacer con gente corno nosotros? Da la libertad a los campesinos y se matarán entre ellos, como hay Dios. ¡Arre! ¿Estáis dormidos?
Era el segundo viaje del tío y el sobrino a Duplianka. Yura creía recordar el camino y cada vez que los campos huían a su espalda engullidos por los bosques, le parecía reconocer el lugar, pasado el cual la carretera torcería a la derecha y se mostraría en la curva, para desaparecer, al cabo de un minuto, el panorama de Kologrívovka, en unas diez verstas, con el río que brillaba a lo lejos y la línea del ferrocarril que lo atravesaba. Pero se engañaba a cada vuelta. Sucedíanse los campos unos a otros, y de nuevo eran engullidos por los bosques. La sucesión de tales extensiones ensanchaba el ánimo. Experimentábase el deseo de soñar, de perderse en el porvenir.
Ninguno de los libros que consagrarían a Nikolái Nikoláevich había sido escrito aún. Pero sus ideas estaban ya definidas. No sabían cuán cercana se hallaba su hora.
Muy pronto, entre los representantes de la literatura de entonces, los profesores de universidades y los filósofos de la revolución, descollaría este hombre que meditaba los mismos problemas y que, sin embargo, salvo la terminología, no tenía nada de común con ellos. Todos los demás, en su dogmatismo, se contentaban con frases y apariencias. Pero el padre Nikolái, que había pasado por el tolstoísmo y la revolución, era un hombre que avanzaba hacia el futuro. Tenía puestas sus miras en un pensamiento elevado y, al mismo tiempo, concreto, que pudiera señalar un camino preciso e inequívoco en su proceder, que mejorase el mundo y fuese tan claro para un niño como para un ignorante, con esa misma evidencia del relampagueo de un rayo o el retumbar del trueno que se aleja. Era un hombre que anhelaba un cambio de las cosas.
Yura se sentía a gusto con su tío, tan parecido a su madre, libre como ella, despojado de prevenciones contra todo lo que no es común. Como ella, tenía profunda conciencia de la igualdad que existe entre toda cosa viva. Y lo mismo que ella, también él lo comprendía todo a la primera mirada y sabía expresar los pensamientos de la misma forma en que surgen en la mente cuando están llenos de vida y no se hallan vacíos de contenido.
Yura estaba contento de que su tío se lo hubiese llevado a Duplianka. Allí todo era hermoso y hasta la pintoresca belleza del paisaje le recordaba a su madre, que amaba la naturaleza y solía llevárselo en sus paseos. Además, a Yura le gustaba encontrarse de nuevo con Nika Dúdorov, un estudiante que vivía cerca de Voskobóinikov, aunque tenía dos años más que él y realmente lo despreciaba. Al saludar, bajaba con tal fuerza la mano que estrechaba e inclinaba la cabeza de tal manera que los cabellos le caían sobre la frente y le ocultaban la mitad del rostro.
5

—«El nervio vital del problema del pauperismo» —leía Nikolái Nikoláevich en el manuscrito corregido.
—Creo que será mejor tachar eso —dijo Iván Ivánovich, y efectuó la oportuna corrección en las pruebas.
Trabajaban en la penumbra de la terraza con vidrieras. Abandonadas en desorden veíanse las regaderas y los útiles de jardinería. Había un impermeable sobre el respaldo de una silla rota. En un rincón, un par de botas de agua cubiertas de barro endurecido, cuyas cañas caían hasta el suelo.
—«Además, la estadística de muertes y nacimientos demuestra...» —dictaba Nikolái Nikoláevich.
—Convendría añadir: «para el año en cuestión» —interrumpió Iván Ivánovich, anotándolo en las pruebas.
Soplaba en la terraza una brisa leve. Con unas piedras sujetaron las páginas del opúsculo para evitar que volasen.
Cuando hubieron terminado, Nikolái Nikoláevich quiso regresar enseguida a casa.
—Está amenazando tormenta, y es cosa de ponerse en camino.
—No se le ocurra pensarlo. No voy a dejarlo. Ahora vamos a tomar el té.
—Esta noche he de estar sin falta en la ciudad.
—Nada. No quiero oír hablar de ello.
Desde el jardín llegaba el olor del fuego del samovar, que sofocaba los del tabaco y el heliotropo. De la casa habían traído crema de leche, fresas y pastelillos de requesón. Cuando llegó la noticia de que Pável había ido a bañarse al río, y se había llevado también los caballos, Nikolái Nikoláevich hubo de resignarse a quedarse.
—Mientras preparan la mesa del té, vamos a sentarnos en el banco que está al borde del barranco —propuso Iván Ivánovich.
Por un derecho derivado de la amistad, Iván Ivánovich ocupaba en la propiedad del opulento Kologrívov dos habitaciones en el ala de la casa destinada al administrador. El pabellón con el jardinillo contiguo estaba situado en una parte oscura y abandonada del parque. La antigua avenida de entrada formaba un semicírculo y estaba enteramente cubierta de hierba desde que había dejado de ser transitada. Por ella se transportaba sólo la tierra, los escombros y detritos, para arrojarlos por el barranco que hacía las veces de vertedero. Hombre de ideas avanzadas y muy rico, simpatizante con la revolución, Kologrívov hallábase entonces en el extranjero con su mujer, y en la finca se encontraban sólo sus hijas Nadia y Lipa con la institutriz y algunos criados.
El jardinillo del administrador estaba separado del parque propiamente dicho, con sus estanques, sus claros y la casa señorial, por un espeso y fuerte seto de viburno. Iván Ivánovich y Nikolái Nikoláevich dieron una vuelta por el exterior del parque y, mientras paseaban, los gorriones, que bullían en la espesura, alzaban el vuelo en bandadas iguales y a iguales intervalos. Al acercarse Iván Ivánovich y Nikolái Nikoláevich llenaban los matorrales de un rumor monótono, como de agua que circula por una cañería.
Dejaron atrás el invernadero, la vivienda del jardinero y los restos de piedra de una construcción desconocida. Discurrían sobre los jóvenes valores de la literatura y la ciencia.
—También hay gente de talento —dijo Nikolái Nikoláevich—. Pero hoy se han puesto muy en boga círculos y asociaciones de toda clase y cualquier gregarismo es el refugio de la mediocridad, aunque se trate de guardar fidelidad a Soloviov[5], Kant o Marx. Solamente los solitarios buscan la verdad y rompen con quien no la ame lo bastante. ¿Cuáles son en el mundo las cosas que merecen fidelidad? Bien pocas. Yo creo que hay que ser fieles a la inmortalidad, ese otro nombre de la vida más rico de sentido. ¡Ser fieles a la inmortalidad, fieles a Cristo! ¡Ah, le estoy poniendo de mal humor! ¡Pobrecillo! Tampoco esta vez ha comprendido usted nada.
—Ya —refunfuñó Iván Ivánovich, escurridizo hombrecillo rubio con una barbita maliciosa que lo asemejaba a un americano de los tiempos de Lincoln, barba que apretaba continuamente en el hueco de la mano y cuya punta aferraba con los labios—. Yo, naturalmente, no contesto. Usted mismo puede comprender que veo estas cosas de un modo profundamente distinto. A propósito, dígame cómo se hizo usted seglar. Hace tiempo que deseaba preguntárselo. ¿Tuvo miedo? Le lanzaron el anatema, ¿eh?
—¿Por qué cambiar de conversación? Pero, en fin, ¡qué más da! ¿El anatema? No, ahora ya no maldicen. Te ponen por delante una montaña de impedimentos y has de soportar las consecuencias. Por ejemplo: en mucho tiempo uno no puede desempeñar cargos públicos ni vivir en las capitales. Pero eso son tonterías. Volvamos al tema de nuestra conversación. Decía que hay que ser fieles a Cristo. Me explicaré mejor. Usted no comprende que se pueda ser ateo, no saber si Dios existe ni por qué, y al mismo tiempo saber que el hombre no vive en la naturaleza, sino en la historia, y que, en el concepto que se tiene hoy de ella, ha sido fundada por Cristo, que el Evangelio es su fundamento. Pero ¿qué es la historia? Es dar principio a trabajos seculares para llegar poco a poco a resolver el misterio de la muerte y superarla en el porvenir. Por esto se descubren el infinito matemático y las ondas electromagnéticas, y por eso se componen sinfonías. Pero sin cierto impulso no se puede progresar en tal dirección. Para descubrimientos de esta clase es preciso tener una preparación espiritual y, en este sentido, ya se hallan todos los datos en el Evangelio. Ahí están. En primer lugar, el amor al prójimo, esa suprema forma de energía viva que llena el corazón del hombre y exige expansionarse y ser gastada. Luego, las razones esenciales del hombre de hoy, sin las cuales el hombre no puede ser imaginado, es decir, el ideal de la libre individualidad y de la vida como sacrificio. Tenga usted en cuenta que todo esto es hoy sumamente nuevo. En este sentido los antiguos no tenían historia. Había entonces una infamia sanguinaria de crueles Calígulas picados de viruela, que ni siquiera sospechaban cuán mediocre es todo acto de sometimiento. Era la pomposa y muerta eternidad de los monumentos de bronce y de las columnas de mármol. Solamente después de Cristo los siglos y las generaciones han respirado con libertad. Sólo después de El ha comenzado la vida en la posteridad y el hombre no muere ya por la calle al pie de un muro cualquiera, sino en su casa, en la historia, en el ápice de una actividad dirigida a la superación de la muerte; el hombre muere dedicado por entero a esta búsqueda. ¡Uf! ¡Estoy sudando a chorros! Bueno, esto era lo que quería decir. Pero es predicar en el desierto.
—Metafísica, amigo mío. Los médicos me la han prohibido: mi estómago no la digiere.
—No insisto. Dejémoslo. ¡Dichoso usted! Realmente no tiene usted muy buen aspecto. ¡Y pensar que ni siquiera se da cuenta!
Hacía daño a los ojos mirar el río. Cambiaba al sol, haciéndose unas veces cóncavo y otras convexo, como una lámina de hierro. De pronto se enrizó. Desde la orilla opuesta avanzaba una pesada zatara con caballos, carros, mujeres y campesinos.
—Fíjese, sólo son las cinco —dijo Iván lvánovich—. El rápido de Syzran. Pasa por aquí a las cinco y minutos.
Lejos, en la llanura, corría de derecha a izquierda un resplandeciente tren amarillo y turquí, empequeñecido por la distancia. Poco después observaron que se detenía. De la locomotora brotaron blancas nubes de vapor y luego se oyeron jadeantes silbidos.
—Es raro —dijo Voskobóinikov—. Hay algo que no marcha. No hay razón para que se detenga en la zona pantanosa. Algo ha ocurrido. Vayamos a tomar el té.
6

Nika no estaba en el jardín ni en la casa. Yura adivinó que se escondía porque se aburría con ellos y no gustaba de su compañía. Su tío e Iván Ivánovich habían ido a la terraza a trabajar, dejándolo vagar sin objeto en torno a la casa.
El lugar era encantador. Cada minuto oíase en tres tonos el puro gorjeo de las oropéndolas, y con pausas de espera para que sus penetrantes notas, que parecían emitidas por un pífano, empapasen enteramente la atmósfera. El perfume de las flores, persistente y suspenso en el aire, lo inmovilizaba el bochorno contra los macizos. ¡Cómo le recordaba todo esto a Antibes y Bordighera! Yura miraba a su alrededor. Como una alucinación del oído, parecía alentar sobre los prados la sombra de la voz materna, que él creía reconocer en los melodiosos trinos de los pájaros y en el zumbido de las abejas. Estremecíase: a veces parecía que su madre lo llamaba y le hacía señas para que la siguiera.
Llegó hasta el barranco y, desde el bosque ralo y luminoso que se eleva sobre la colina, comenzó a descender hacia el pequeño alisar que cubría el fondo.
Reinaba allí una oscuridad húmeda: ramas caídas, esqueletos de animales, algunas flores; los tallos articulados de la cola de caballo parecían cetros y mazas con decoraciones egipcias, como en las ilustraciones de su Historia Sagrada.
Sentíase cada vez más triste y tenía deseos de llorar. Por último, cayó de rodillas y prorrumpió en sollozos.
—Ángel de Dios, santo custodio mío —imploró—, confirma mi entendimiento en el camino recto y dile a mamá que estoy bien aquí y que no se preocupe. Señor, si hay una vida más allá de la muerte, lleva a mamá al cielo, donde brillan como astros las caras de los santos y los justos. Mamita era tan buena que no puede haber sido una pecadora. Sálvala, Señor, haz que no sufra. ¡Mamita! —llamó con desesperación, como queriendo arrancarla del cielo adonde hacía poco que había subido, nueva santa, y de pronto le faltaron las fuerzas, cayó de bruces y perdió el sentido.
No permaneció mucho rato así. Cuando se recobró, oyó a su tío que lo llamaba desde arriba. Respondió y comenzó a subir. De improviso recordó que no había rezado, tal como le enseñó María Nikoláevna, por su padre desaparecido.
Pero sentíase tan bien después del desvanecimiento que no quería perder esa sensación de ligereza, temiendo no volver a encontrarla nunca más. Por eso pensó que no sucedería nada terrible si rezaba por su padre en otra ocasión.
Fue como si pensara:
«Esperará. Que tenga paciencia.»
No conservaba de él ningún recuerdo.
7

En un compartimiento de segunda clase viajaba con su padre, el abogado de Orenburgo Gordón, el estudiante Misha Gordón, un chiquillo de once años, de semblante pensativo y grandes ojos negros. Su padre trasladábase a Moscú por necesidades de su profesión y el niño frecuentaría un liceo de la capital. Su madre y sus hermanas estaban allí hacía tiempo, atareadas en la instalación de la nueva casa.
El chiquillo y su padre llevaban ya tres días de viaje.
A uno y otro lado, en calientes nubes de polvo, blanqueada por el sol, como calcinada, volaba Rusia, campos y estepas, aldeas y ciudades. Por los caminos arrastrábanse convoyes de carros que se desviaban torpemente de la carretera hacia los pasos a nivel. Desde el tren, que avanzaba a gran velocidad, parecía como si estuvieran inmóviles y los caballos levantasen y bajasen las patas sin caminar.
En las paradas importantes, los pasajeros se lanzaban como locos hacia la cantina, y el sol del crepúsculo, a través de los árboles de las estaciones, iluminaba sus piernas y relucía bajo las ruedas de los vagones.
Todos los movimientos de las cosas, considerados en sí mismos, estaban lúcidamente calculados. En cambio, en conjunto resultaban como impulsados por la corriente general de la vida. Agitábanse los hombres y se afanaban movidos por el mecanismo de sus respectivas preocupaciones. Pero ningún mecanismo habría funcionado si su regulador principal no hubiera sido un sentimiento de suprema y fundamental indiferencia. Esa indiferencia dada por el sentimiento de la relación que une las existencias humanas, por la certidumbre de su comunicación recíproca, por la sensación de felicidad que nace de la idea de que todo cuanto ocurre no se cumple sólo sobre la tierra donde se sepultan los muertos, sino también en otro lugar, en ése que algunos llaman reino de Dios, otros historia y otros de un modo distinto.
El chiquillo constituía una clara y amarga excepción de la regla. Su principal resorte era la conciencia de su obligación de obrar. No le sonreía la idea de vivir por vivir, más bien lo mortificaba. Sabía que había heredado este carácter y con inquieta aprensión reconocía en sí mismo sus señales, y por ello sentíase amargado y humillado.
Desde donde alcanzaban sus más lejanos recuerdos no había dejado de maravillarse de que, a pesar de tener brazos y piernas, y la misma lengua y las mismas costumbres que los demás, no pudiera ser igual que ellos, y más bien ser de tal manera como para agradar sólo a pocos y no lograr hacerse querer. No podía comprender por qué si alguien es peor que los otros no puede tratar de corregirse y hacerse mejor. ¿Qué significa ser judío? ¿Por qué eso es posible? ¿Con qué se compensa o justifica este reto sin armas que no proporciona otra cosa que dolor?
Cuando interrogaba a su padre, éste le respondía que sus ideas eran absurdas y que ése no era modo de razonar. Sin embargo, no replicaba con nada inteligente y profundo que convenciera a Misha y lo obligase a callar ante la evidencia.
A excepción de su padre y su madre, llegó poco a poco a concebir desprecio por los adultos, que tantas castañas habían puesto al fuego y ya no sabían cómo sacarlas de él. Estaba convencido de que, cuando fuera mayor, sabría resolverlo todo.
Incluso en esos momentos nadie habría dicho que su padre había obrado equivocadamente saliendo en persecución de aquel loco que se precipitó a la plataforma, y que no debió detener el tren cuando aquel hombre, rechazando con violencia a Grigori Ósipovich, abrió la puerta del vagón y se lanzó de cabeza sobre el terraplén, como quien se lanza al agua desde un trampolín.
Pero puesto que no había sido cualquiera, sino precisamente Grigori Ósipovich quien había accionado el freno de alarma estaba claro que ésa era la causa de que el tren continuase tanto tiempo inexplicablemente detenido.
Nadie sabía exactamente las razones de esa detención. Algunos decían que la repentina parada había estropeado los frenos de aire comprimido; otros, que el tren se encontraba en una cuesta demasiado pronunciada y que no podría superarla si la locomotora no tomaba impulso. También circuló el rumor de que, siendo el suicida un personaje importante, el abogado que viajaba con él había pedido a la vecina estación de Kologrívovka que le enviasen testigos para redactar el atestado. Esto explicaba que el ayudante del maquinista hubiese trepado por el poste de la línea telefónica. Ya debía de estar en camino la vagoneta automóvil.
Los retretes trascendían un tufo que se trataba de sofocar con agua de colonia. Percibíase también un intenso olor a pollo asado envuelto en papel grasiento. En el vagón, unas ancianas damas de San Petersburgo, a quienes el humo de la locomotora, combinándose con sus cosméticos, había convertido, enteramente, en morenas gitanas, continuaban empolvándose, enjugándose las manos con sus pañuelos y conversando con voces estridentes. Cuando pasaban ante el compartimiento de los Gordón, envolviendo con los chales sus angulosos hombros y convirtiendo la estrechez del pasillo en un nuevo motivo de coquetería, a Misha le pareció que gruñían, o que, a juzgar por sus labios apretados, debían de gruñir:
«¡Oh, por favor! ¡Qué tremenda sensibilidad! ¡Nosotras somos muy distintas! ¡Somos intelectuales! ¡No podemos soportarlo!»
El cadáver del suicida yacía sobre la hierba, junto al terraplén. Una línea de sangre coagulada destacábase negra, como un limpio trazo que cruzaba la frente y el ojo, marcando el rostro como una tachadura. La sangre no parecía suya, derramada por él, sino algo extraño que se le hubiese aplicado en el rostro, un emplasto, una salpicadura de barro o una húmeda hoja de abedul.
El grupo de curiosos y de personas que ofrecían sus servicios cambiaba continuamente en torno al cadáver. Inclinado sobre él, sin ninguna expresión en el semblante, estaba su amigo y compañero de viaje, un hombre robusto y altanero, un animal de raza preso en una camisa empapada de sudor. A todas las preguntas respondía entre dientes, encogiéndose de hombros y sin volverse siquiera:
—Un alcoholizado. Pero ¿es posible que no se den cuenta? La más típica consecuencia del delirium tremens.
Dos o tres veces se acercó al cadáver una mujer flaca vestida con un traje de lana y pañoleta bordada. Era una viuda, la madre de los dos maquinistas, la vieja Tiviérzina, que con billete especial viajaba gratuitamente en tercera clase, junto con dos jóvenes que, silenciosas, envueltas casi hasta los pies en sus chales, la seguían como dos monjas a la superiora. El grupo infundía respeto y la gente les cedía el paso.
El marido de Tiviérzina había muerto abrasado vivo en un accidente ferroviario. La mujer se detuvo a algunos pasos del cadáver, de manera que se destacaba más allá del grupo, y, suspirando, parecía hacer comparaciones:
—Para unos es el destino —parecía decir—. Para otros es la voluntad de Dios. Este se la ha buscado... por su riqueza y su locura.
Todos los pasajeros se detenían un momento junto al cadáver, luego regresaban a sus vagones con el temor de que les robasen el equipaje.
Cuando saltaban al terraplén se desentumecían, cogían flores y estiraban un poco las piernas. Se tenía casi la impresión de que aquel lugar había surgido por arte de birlibirloque, gracias sólo a la parada, y que, si no hubiese ocurrido la desgracia, aquel prado cenagoso rodeado de pequeñas colinas, el ancho río y la hermosa casa y la iglesia en la orilla opuesta, no hubieran existido en el mundo.
Hasta el sol, que parecía también un atributo del lugar, iluminaba la escena con crepuscular moderación, acercándose casi temeroso, como hubiera podido llegarse a la vía y observar a la gente una vaca del rebaño que pastoreaba no lejos de allí.
Misha sintióse trastornado por todo lo que había sucedido y los primeros minutos lloró de compasión y espanto. Durante el largo viaje, el suicida había estado varias veces en su compartimiento y hablado extensamente con su padre. Dijo que se sentía apaciguado en aquel silencio tranquilo y puro, cerca de su mundo, e hizo a Grigori Ósipovich numerosas preguntas acerca de rentas, donaciones, quiebras y falsificaciones.
—¡Ah! ¿De manera que es así?—había dicho, asombrado, ante las explicaciones de Gordón—. Los argumentos de usted son mucho más humanos. Mi abogado piensa de otro modo: ve las cosas bajo un aspecto mucho más pesimista.
Cuando parecía haber hallado un poco de calma, su abogado y compañero de viaje venía a buscarlo desde primera clase y se lo llevaba al coche restaurante a beber champaña. El abogado era aquel hombre robusto, seguro de sí mismo, perfectamente afeitado y acicalado, que se inclinaba ahora sobre el cadáver, sin demostrar la menor sorpresa. Era inevitable pensar que la morbosa excitación de su cliente debió de convenirle por la razón que fuera.
El padre de Misha dijo que se trataba de una persona muy conocida por su riqueza, un hombre honrado, pero malgastador y ya medio irresponsable. Sin preocuparse de la presencia de Misha, le había hablado de su hijo, un chiquillo de la edad de aquél, y de su esposa difunta. Le habló después de su segunda familia, a la que también había abandonado. Al llegar a este punto, recordó algo, palideció y comenzó a divagar y rehuir las preguntas.
Demostró a Misha una extraña ternura, probablemente refleja y acaso no destinada a él. Constantemente le regalaba alguna cosa, y en las estaciones más importantes se dirigía a las salas de espera de primera clase, donde había quioscos de libros, se vendían juguetes y productos característicos de la comarca.
Bebía continuamente y se lamentaba de no poder dormir desde hacía tres meses, mientras, en los raros momentos de lucidez, pasaba por sufrimientos de los que una persona normal no podía tener idea.
Un minuto antes de morir estaba recostado en su butaca y de pronto agarró a Grigori Ósipovich de un brazo, como si quisiera decirle algo, pero no dijo nada y de nuevo corrió hacia la plataforma, pero esta vez para lanzarse del tren.
Ahora Misha examinaba la pequeña colección de minerales de los Urales, ordenados en una cajita de madera, último regalo del muerto, cuando de improviso algo llamó su atención. Una vagoneta automóvil se acercaba al tren por la otra vía. De ella se apearon el juez instructor, tocado con un birrete de escarapela, un médico y dos policías. Oyéronse frías voces apresuradas. Empezaron a hacer preguntas y tomar notas. Arriba, sobre el terraplén, los conductores y los policías transportaban fatigosamente el cadáver, deteniéndose continuamente y resbalando sobre la arena. Se rogó a los viajeros que subiera cada uno a su vagón, se dio la señal de partida y el tren se puso en marcha.
8

«¡Otra vez ese piojo chinchoso!», pensó Nika con rabia, moviéndose por la habitación.
Acercábanse las voces de los huéspedes. Estaba cortada la retirada. En la habitación había dos camas, la de Voskobóinikov y la suya. Sin vacilar, Nika se metió debajo de la segunda.
Oyó que lo buscaban, que lo estaban llamando en las demás habitaciones, sorprendidos de su desaparición. Luego entraron en la alcoba.
—Bueno, ten paciencia —dijo Vedeniapin—. Entra, Yura. Tal vez más tarde encuentres a tu compañero y jugarás con él.
Se pusieron a hablar de las agitaciones universitarias de San Petersburgo y Moscú, con lo cual sitiaron a Nika, durante unos veinte minutos, en su estúpido y humillante escondrijo. Por último, salieron a la terraza. Nika abrió despacio la ventana, saltó por ella y desapareció en el parque.
Aquel día se sentía raro. No había dormido por la noche. Tenía catorce años y estaba cansado de ser un niño. No pegó el ojo en toda la noche y al alba salió de casa. Estaba amaneciendo y el suelo del parque lo cubría la recortada sombra de los árboles, húmeda de rocío. La sombra no era negra, sino gris oscura, como un fieltro empapado de agua. Parecía como si el perfume embriagador de la mañana emanase precisamente de aquella sombra húmeda extendida sobre la tierra, salpicada de sutiles hojas de luz, semejantes a los dedos de una niña.
De pronto una cinta plateada de azogue, del mismo color que las gotas de rocío sobre la hierba, serpenteó a pocos pasos de él. Serpenteaba y serpenteaba sin que la tierra la absorbiese. Repentinamente, con un súbito movimiento, se echó a un lado y desapareció. Era un lución. Nika se estremeció.
Era un muchacho extraño. Cuando estaba agitado hablaba consigo mismo y en voz alta, y, como su madre, prefería los temas elevados y paradójicos.
«¡Qué bello es el mundo! —se dijo—. Pero ¿por qué está siempre lleno de dolor? Dios existe, es cierto. Pero, si existe, soy yo. Sí; yo mando —pensó, volviendo la miraba a un chopo sacudido por un estremecimiento, cuyas húmedas hojas cambiantes parecían recortadas en hojalata—. Sí; yo ordeno —y con una desesperada tensión de sus propias fuerzas no dijo, sino que con todo su ser, con toda su carne y su sangre, deseó e imaginó: «¡Inmovilízate!»
Inmediatamente el árbol se sumió, obediente, en la inmovilidad. Nika se echó a reír de alegría y corrió a bañarse en el río.
Su padre, el terrorista Demienti Dúdorov, estaba en presidio: por gracia soberana le había sido conmutada la pena de morir en la horca por la de cárcel. Su madre, una princesa georgiana, Nina Galaktiónovna, de la familia Éristov, era una mujer muy hermosa, aturdida y joven aún, siempre llena de entusiasmo por algo: por las luchas de los rebeldes, por las teorías extremistas, los artistas célebres y los pobres fracasados.
Adoraba a Nika, y de su nombre, Innokienti, había sacado numerosos diminutivos tontos y absurdamente tiernos como «Inóchek» o «Nóchenka»[6], y se lo llevaba a Tiflis para que lo vieran los parientes. Lo que más había sorprendido allí a Nika fue el gigantesco árbol del patio de la casa donde pararon. Con sus hojas, que parecían orejas de elefante, protegía el patio del abrasador sol meridional, y él no podía hacerse a la idea de que era una planta y no un animal.
Para el chiquillo resultaba peligroso llevar el infamante nombre de su padre, e Iván Ivánovich, con el consentimiento de Nina Galaktiónovna, tenía la intención de presentar al soberano una solicitud pidiendo que se le permitiese a Nika adoptar el apellido de su madre.
Mientras se hallaba bajo la cama, indignado por la marcha de las cosas del mundo, pensaba también en esto: «¿Quién era el tal Voskobóinikov para inmiscuirse en sus cosas? ¡Ya le ajustaría las cuentas!»
¡Ah! Y por si fuera poco, Nadia. La circunstancia de tener quince años, ¿le daba derecho a fruncir la nariz y hablarle como a un niño? ¡La tendría buena con ella!
«¡La odio! —repitió varias veces para sí—. ¡La mataré! La invitaré a ir en mi barca y la ahogaré.»
¡Gran tipo también la madre! La verdad es que, al marcharse, le había engañado a él y a Voskobóinikov. No había ido al Cáucaso: en la primera estación había cambiado de rumbo, dirigiéndose simplemente hacia el norte y en aquellos momentos estaba disparando contra la policía al lado de los estudiantes de San Petersburgo. El tenía que pudrirse vivo en aquella estúpida fosa. Pero sería más astuto que todos ellos. Haría que Nadia se ahogase, abandonaría el liceo y se largaría para provocar una insurrección en Siberia, donde estaba su padre.
Las orillas del estanque estaban cubiertas de nenúfares. La barca hendía la densa superficie levantando un seco murmullo. Entre las hojas se transparentaba el agua como la pulpa de una sandía en el triángulo de la incisión.
El chiquillo y la muchacha comenzaron a arrancar nenúfares. Agarraban los dos la misma planta, dura y elástica como la goma, y esto les hacía encontrarse uno junto al otro y que sus cabezas chocasen. La barca parecía tirada por una cuerda hacia la orilla. Las plantas se entrelazaban encogiéndose, y las flores blancas de claros tallos, como yemas con sangre, desaparecían bajo el agua y de nuevo afloraban chorreantes.
Nadia y Nika continuaban arrancándolas, haciendo que la barca se inclinase cada vez más, tendidos uno junto a otro sobre el borde ladeado.
—Estoy cansado de estudiar —dijo Nika—. Es hora de empezar a vivir, a ganar dinero e independizarme.
—Y yo que precisamente quería pedirte que me explicaras las ecuaciones de segundo grado... Ando tan pez en álgebra que voy a perder el curso.
A Nika le pareció que las palabras de ella encerraban una alusión. Sí, era verdad: ella le tapaba la boca recordándole que era todavía un niño. ¡Las ecuaciones de segundo grado! En su clase ni siquiera se había mentado el nombre de álgebra.
Disimuló su desagrado y con estudiada indiferencia, comprendiendo al mismo tiempo la estupidez de lo que decía, le preguntó:
—¿Con quién te casarás cuando seas mayor?
—¡Oh, está todavía muy lejos eso! Probablemente con nadie. Aún no he pensado en eso.
—¡Bah! No vayas a creer que me interesa mucho.
—Entonces ¿por qué lo preguntas?
—Eres una estúpida.
Comenzaron a discutir. Nika volvió a recordar el odio que por la mañana había concebido contra las mujeres. Amenazó a Nadia con ahogarla si no dejaba de decir insolencias.
—Prueba —dijo ella.
La agarró por la cintura. Lucharon hasta que perdieron el equilibrio y cayeron al agua.
Los dos sabían nadar, pero los lirios acuáticos se les enredaban en los brazos y las piernas e impedían que tocasen el fondo. Por último, con los pies hundidos en el limo, avanzaron hacia la orilla. De los zapatos y los bolsillos les caía el agua a chorros. Nika estaba más cansado que ella.
Si algún tiempo antes, a principio de la primavera, se hubiesen visto en esta situación, sentados ambos y calados hasta los huesos después del baño, ciertamente lo habrían tomado a broma, se hubieran insultado o se hubiesen reído alegremente.
Pero ahora callaban y respiraban apenas, afligidos por la absurdidad de lo ocurrido. Nadia estaba indignada y lo demostraba con su silencio. A Nika le dolía todo el cuerpo, como si le hubiesen aplastado las costillas y apaleado las piernas y los brazos.
Por último, Nadia dijo suavemente, como una adulta:
—¡Loco!
No menos en persona mayor le respondió Nika:
—Perdóname.
Emprendieron el regreso a casa, dejando detrás una huella húmeda, como dos cubas que transportaran agua. El camino se empinaba en una cuesta polvorienta en la que abundaban las serpientes, no lejos del lugar donde Nika había encontrado el lución.
Recordó entonces la mágica exaltación de la noche, el alba y la omnipotencia de aquella mañana, cuando a su capricho daba órdenes a la naturaleza. Pensó qué podía ordenarle ahora. ¿Cuál era su mayor deseo? Le parecía que, más que cualquier otra cosa deseaba volver a caer con Nadia en el estanque. Y hubiese dado lo que fuera por saber si aquello volvería a ocurrir un día.

II
LA MUCHACHA DE OTRO MEDIO

1

La guerra con el Japón no había terminado aún, cuando otros acontecimientos la hicieron pasar de pronto a segundo término. Oleadas revolucionarias, a cual más violenta y espantosa, recorrieron Rusia.
Por entonces llegó a Moscú desde los Urales la viuda de un ingeniero belga, una francesa nacionalizada rusa, Amalia Kárlovna Guichard, con dos hijos, Rodión y Larisa. Inscribió a su hijo en la Academia de Cadetes y a su hija en un instituto femenino, casualmente en el mismo y en la misma clase a que asistía Nadia Kologrívova.
Madame Guichard había invertido los ahorros de su marido en unas acciones que, después de una rápida subida, habían empezado a bajar. Para hacer frente a las dificultades y tener al mismo tiempo una ocupación, adquirió un pequeño negocio, el taller de costura de Levítskaia, en las inmediaciones de la Puerta del Triunfo, que los herederos de la modista le cedieron con el derecho de conservar el antiguo nombre de la casa, con todas las ofícialas y aprendizas, y con la antigua clientela.
Madame Guichard había sido aconsejada por el abogado Komarovski, viejo amigo de su marido y ahora único apoyo de la viuda, hombre fríamente práctico, que conocía como los cinco dedos de su mano la vida comercial de toda Rusia. Estuvo en correspondencia con él para todo cuanto se refería al traslado, y el abogado fue a esperarla a la estación y la acompañó a través de todo Moscú hasta las habitaciones amuebladas del «Chernogorie», en el callejón Oruzheini, donde había reservado una habitación para ellos. Le aconsejó que inscribiera a Rodia en la Academia de Cadetes y a Lara en un liceo de su confianza, siempre bromeando distraídamente con el muchacho y mirando a la muchacha de una manera que la hacía enrojecer.
2

Antes de trasladarse al piso de tres habitaciones contiguo al obrador, vivieron cerca de un mes en el «Chernogorie».
Era la zona más horrible de Moscú: tipos de mala catadura, tabernas, calles enteramente llenas de lugares de corrupción y antros de «mujeres perdidas».
A los dos muchachos no les sorprendió la suciedad de las habitaciones, ni las chinches, ni la pobreza del mobiliario. Después de la muerte de su padre, la madre había vivido en el constante terror de caer en la miseria y Rodia y Lara se habían habituado a oír que estaban al borde de la ruina. Sabían que no eran hijos del arroyo, pero en ellos estaba arraigando una profunda sumisión con respecto a los ricos, como si hubieran sido criaturas salidas del orfelinato.
Su madre era para ellos el vivo ejemplo del terror. Rubia, metida en carnes, de unos treinta y cinco años, sus crisis cardíacas alternaban con crisis de estupidez y tenía un pánico terrible a todo, especialmente a los hombres. Por ese motivo, confusa y atemorizada, pasaba continuamente de los brazos de un hombre a los de otro.
En el «Chernogorie» ocupaban la habitación veintitrés. En la veinticuatro vivía, desde el día en que nació la pensión, el violinista Tyszkiewicz, hombre afable, sudoroso, con bisoñé, que cuando quería convencer a alguien, juntaba las manos en actitud de súplica apretándolas contra el pecho; lanzaba la cabeza hacia atrás y ponía los ojos en blanco como un inspirado cuando tocaba en sociedad o en cualquier concierto. Raras veces estaba en casa: a menudo pasaba todo el día en el Teatro Bolshói o en el Conservatorio. Sus vecinos de habitación no tardaron en conocerlo y los favores recíprocos hicieron más íntimas sus relaciones.
Como la presencia de los muchachos estorbaba a veces a Amalia Kárlovna durante las visitas de Komarovski, Tyszkiewicz, al salir de casa, adoptó la costumbre de dejarle la llave de su habitación para que pudiese recibir en ella a su amigo, y así muy pronto madame Guichard se habituó de tal manera a la abnegación de Tyszkiewicz que en varias ocasiones llamó a su puerta pidiéndole que la protegiera de su protector.
3

La casa, de una sola planta, no estaba lejos de la esquina de la Tverskaia, próxima a la estación del ferrocarril de Brest, y allí, a poca distancia, surgían los edificios, las cooperativas de los empleados, los hangares de las locomotoras y los almacenes.
Allí vivía Olia Diómina, una joven inteligente, sobrina de un empleado de la estación de mercancías.
Era una buena muchacha. Ya había llamado la atención de la antigua patrona y la nueva comenzó también a interesarse por ella. A Olia Diómina le gustó mucho Lara.
Todo seguía igual que en los tiempos de la señora Levítskaia. Las máquinas de coser giraban veloces movidas por los pies que bajaban y subían rítmicamente o por las manos de las fatigadas oficialas. Alguna trabajaba en silencio, sentada ante la mesa, moviendo la mano con la aguja y el hilo. El suelo estaba lleno de trozos de tela. Había que hablar en voz alta para ahogar el zumbido de las máquinas de coser y los frenéticos gorjeos modulados por «Kirill Modéstovich», el canario cuya jaula colgaba del marco de la ventana, y cuyo nombre era un misterio que la antigua dueña se había llevado consigo a la tumba.
En la antesala, las señoras, formando un grupo pintoresco, rodeaban la mesita llena de revistas. Estaban de pie, o sentadas y apoyando los codos como habían visto en determinada ilustración, observaban los figurines y se consultaban sobre los modelos. Detrás de otra mesa, en el puesto de directora, se sentaba la ayudanta de Amalia Kárlovna, Faína Silántievna Fetísova, elegida entre las oficialas de más edad, una mujer huesuda cuyas fláccidas y hundidas mejillas estaban llenas de verrugas.
Apretaba entre sus amarillentos dedos una boquilla de hueso con el cigarrillo, entornaba un ojo de amarilla córnea y expelía por boca y nariz una amarillenta cinta de humo, anotaba en un cuaderno las medidas, los números de los recibos, las direcciones y los deseos de las clientas que se agolpaban a su alrededor.
En el obrador, Amalia Kárlovna era nueva e inexperta y no se sentía dueña del todo. Pero el personal era honrado, y se podía contar con la señora Fetísova. No obstante, aquél era un momento difícil, y si se le ocurría pensar en el futuro, se apoderaba de ella la desesperación y le parecía que todo iba a escapársele de las manos.
Komarovski comparecía con frecuencia y atravesaba todo el taller, dirigiéndose al fondo y asustando a su paso, mientras se desnudaban, a las mujeres elegantes que, al verlo, se ocultaban detrás de los biombos y desde allí murmuraban maliciosamente sus bromas descaradas. Las oficialas susurraban a sus espaldas con irónica desaprobación: «Ahí está.» «El amante.» «El amor de Amalia.» «El búfalo.» «El terror de las mujeres.»
Objeto de antipatía aún más violenta era el bulldog «Jack», que a veces llevaba de la correa, aunque más bien parecía que era el perro quien arrastraba al amo, con saltos tan impetuosos que hacían que éste tropezara y con los brazos extendidos, impulsado hacia adelante, siguiera a su perro, como el ciego sigue al lazarillo.
Una vez, en primavera, «Jack» mordió a Lara en una pierna y le rompió una media.
—¡Maldito! ¡Es para matarlo! —susurró Olia Diómina al oído de Lara.
—Sí; realmente es un monstruo. Pero ¿cómo te las arreglarías para acabar con él?
—Calla, no grites. Te explicaré cómo. ¿Sabes esos huevos de Pascua hechos de piedra? Tu madre tiene en la cómoda...
—Sí, de mármol, de cristal.
—Sí, eso. Acércate, que te lo diré al oído. Toma uno de esos huevos y mételo en manteca fundida; la manteca se solidifica y ese puerco perro se lo traga. El maldito se llena la barriga, y se acabó. ¡Patas arriba!
Lara se echó a reír. Luego se quedó pensativa, experimentando casi una sensación de envidia. Aquella muchacha vivía en la miseria, trabajando: los chicos de la calle empiezan pronto a comprender. Sin embargo, ¡cuánto había todavía en ella de intacto e infantil! El huevo, «Jack»..., ¿cómo se le podía haber ocurrido aquello?
«¿Por qué ha de ser éste mi destino —pensó—, verlo todo y sufrir por todo?»
4

«Para él, mamá es lo que se llama... Él es con respecto a mamá eso que se llama... Son palabras feas y no quiero repetirlas. Pero entonces, ¿por qué me mira con esos ojos? Sin embargo, soy su hija.»
Lara tenía poco más de dieciséis años, pero era ya una jovencita bastante desarrollada que aparentaba dieciocho o más. Tenía una lúcida inteligencia y un sereno carácter. Y era muy graciosa.
Ella y Rodia comprendían que tendrían que abrirse camino confiando solamente en sus propias fuerzas. Contrariamente a los jóvenes ricos y ociosos, no tenían tiempo de permitirse fantasear y forjarse prematuras ilusiones sobre cosas que todavía no les atañían de cerca, y sólo lo superfluo es impuro. Lara conservaba intacta aún su pureza.
Hermano y hermana conocían el valor de todo y apreciaban lo que tenían. Para triunfar era necesaria la estimación. Lara estudiaba mucho, no por un abstracto deseo de saber, sino porque, para beneficiarse con las matrículas gratuitas, debía ser una buena alumna. Además de estudiar, lavaba sin esfuerzo los platos, ayudaba en el taller y hacía los encargos de su madre. Trabajaba apaciblemente; todo en ella era armonioso: la espontánea rapidez de sus movimientos, la estatura, la voz, los ojos grises y el color dorado de sus cabellos.
Era un domingo de mediados de julio. Los días de fiesta podía levantarse un poco más tarde. Lara yacía de espaldas, con las manos cruzadas sobre la nuca.
En el obrador reinaba un silencio insólito. Estaba abierta la ventana que daba a la calle. Oyó lejano el rumor de un coche que pasó del empedrado a los carriles del tranvía de caballos. Al violento estruendo anterior sucedió el suave y silencioso deslizamiento de las ruedas.
«Debería dormir un poco más», pensó.
Desde dos puntos advertía las dimensiones y la postura de su cuerpo en la cama: desde el resalte del hombro izquierdo y desde el pulgar del pie derecho. Eran el hombro y el pie, y todo lo demás: más o menos ella misma, su alma y sustancia, en los límites trazados por una mano segura y que se proyectaba con confianza hacia el porvenir.
«Debería dormir», pensaba.
Y recordaba la soleada zona de la calle Karietni riad a aquella hora, las tiendas de coches, con los enormes carruajes señoriales expuestos sobre los pavimentos relucientes, el cristal biselado de los faroles, los osos disecados, la vida de los ricos. Y poco más abajo —lo veía en su imaginación—, los ejercicios de los dragones en el patio de los cuarteles de Známenski, los ágiles y graciosos caballos que trotaban en círculo, los saltos, el paso, el trote y el galope. Ante las verjas del patio agolpábanse arracimadas las niñeras y las amas de cría, mirándolo todo con la boca abierta.
Y pensaba que todavía más abajo estaba la calle Petrovka y las calles contiguas.
«Pero ¿qué estás diciendo, Lara? ¿Cómo se te ocurren estos pensamientos? Sólo quiero mostrarte donde vivo. Tanto más cuanto que está aquí, a dos pasos.»
En la calle Karietni riad, en casa de unos conocidos, celebrábase la fiesta onomástica de la pequeña Olga. Con tal ocasión los mayores bebían champaña y bailaban. El había invitado a la madre, pero la madre no podía, no se encontraba bien y le había dicho:
—Llévate a Lara. No te cansas de repetirme: «Amalia, ten cuidado con Lara». Así ahora cuidarás tú de ella.
Y ni que decir tiene que él la había vigilado de veras. ¡Ja, ja, ja!
¡Qué locura el vals! Girar y girar sin pensar en nada. Mientras suena la música pasa una eternidad, como una vida en las novelas. Luego, cuando cesa, una sensación de incomodidad, como si a una le echaran encima un cubo de agua fría o la sorprendieran desnuda. Sin embargo, se permite a los demás semejantes libertades sólo para darse tono y aparentar que ya se es mayor.
Nunca hubiera supuesto que él bailase tan bien. ¡Qué manos tan delicadas las suyas, con qué seguridad la sostenía de la cintura! Pero jamás permitiría a nadie que la besara de aquella manera. Nunca hubiese imaginado que en los labios de los hombres pudiera concentrarse tanta impudicia cuando los aprietan largamente sobre los de una.
«Basta ya de estas tonterías. De una vez para siempre. No te finjas ingenua, no te hagas la melindrosa, no bajes púdicamente los ojos. Un día u otro acabará mal. Es un límite imperceptible y espantoso. Un paso más y se cae en el precipicio. Hay que acabar con los bailes. Todo es malo en ellos. No hay que tener miedo a decir que no. Di que no sabes bailar o que te has hecho daño en un pie.»
5

En otoño hubo agitación en las líneas ferroviarias de la red de Moscú. Los ferroviarios de la línea Moscú-Kazán se declararon en huelga. Debían adherirse a ellos los del ferrocarril de Moscú a Brest. La huelga estaba decidida, pero el comité no había conseguido ponerse de acuerdo en cuanto a la fecha en que debía comenzar. En la línea estaban todos advertidos. Sólo se esperaba la ocasión para llevarla a cabo.
Era una fría y nubosa mañana de principios de octubre. Aquel día habían de ser pagados los jornales. Durante mucho tiempo no se tuvo noticias de la sección de contabilidad. Después entró en las oficinas un muchacho con la nómina, la orden de caja y un montón de libretas de trabajo que habían sido retiradas para anotar las multas. Comenzaron a pagar. Maquinistas, guardagujas, obreros y peones, mujeres encargadas de la limpieza de los coches, esperaban el momento de retirar su paga, puestos todos en fila en la inmensa explanada desierta que separaba la estación, las oficinas, los hangares de las locomotoras, los tinglados y las vías, de los edificios de madera de la dirección.
Se percibía en el aire el olor del incipiente invierno, de las hojas de arce pisoteadas, de la nieve fundida, del humo de las locomotoras y del caliente pan de centeno recién sacado del horno en la cantina de la estación. Llegaban y salían trenes. Formábanse o se desenganchaban según las señales: bandera plegada o desplegada. Resonaban en varios tonos las trompetas de los guardavías, los silbatos de los que enganchaban los coches y los silbidos de las locomotoras. Columnas de humo ascendían al cielo como escaleras sin fin. Las locomotoras estaban a punto para la partida lanzando ardientes chorros de vapor que derretían las frías nubes invernales.
A lo largo de las vías paseábanse de un lado a otro el jefe de sección, Fuflyguin, ingeniero de ferrocarriles, y el encargado del sector anejo a la estación, Pável Ferapóntovitch Antípov. Este estaba ya cansado del servicio de reparaciones: el material que le entregaban para la renovación del parque móvil le obligaba a continuas quejas. El acero no era lo suficientemente elástico; los raíles no resistían a las pruebas de flexión y torsión y, según sus previsiones, se quebrarían con el hielo. La dirección se mostraba indiferente a sus reclamaciones: cada uno debía arreglarse con su material.
Fuflyguin, bajo su costosa pelliza desabrochada, que lucía los galones de su cargo, vestía un traje de paisano, nuevo y de fina lana escocesa. Caminaba lentamente por el terraplén, complaciéndose con el buen corte de su chaqueta, con la raya impecable de sus pantalones y la elegante forma de sus zapatos.
Las palabras de Antípov le entraban por un oído y le salían por otro. Pensaba en sus cosas. Constantemente sacaba el reloj y consultaba la hora, demostrando que tenía prisa por marcharse.
—Sí, sí, amigo mío —lo interrumpía con impaciencia—, pero esto sólo se tiene en cuenta para las líneas principales, o los trayectos de empalme donde hay más movimiento. Pero piensa en lo que son tus líneas: líneas de reserva y vías muertas locomotoras de juguete. ¡Y te quejas! ¿Te has vuelto loco? ¡Aquí podríamos poner raíles de madera en lugar de los que tú pides!
Consultó el reloj, lo cerró, y comenzó a escrutar a lo lejos, hacia donde la carretera se acercaba a la línea férrea. En la curva de la carretera apareció un coche. Era el de Fuflyguin. Su mujer acudía a buscarlo. El cochero detuvo los caballos casi ante el terraplén, sosteniéndolos y dominándolos con voz suave, de mujer, como una niñera que se dirigiese a inquietos niños de pecho, pues los caballos se habían asustado al ver la línea férrea. En un rincón del coche una hermosa dama se recostaba perezosamente sobre los cojines.
—Bueno, amigo, ya hablaremos de esto en otra ocasión —cortó en seco el jefe de sección, e hizo un vago ademán con la mano—. Ahora no tengo tiempo de ocuparme de los rieles. He de hacer otras cosas.
Y marido y mujer desaparecieron.
6

Tres o cuatro horas después, ya hacia el ocaso, en un campo que había a lo largo de la carretera, dos figuras parecieron surgir de la tierra y se alejaron, mirando continuamente en torno suyo. Eran Antípov y Tivierzin.
—Vamos —dijo Tivierzin—. Ya no me preocupan los esbirros que tenemos a los talones. Se acabó ya. Saldrán de la barraca y nos darán alcance. Yo no puedo aguantarlo más. Es inútil armar jaleo cuando todos le dan largas al asunto. ¿Para qué sirve el comité? ¡Para hacernos jugar con fuego y meterse bajo tierra! También tú eres bueno: ¡mira que apoyar esa historia de la Nikoláevskaia!
—Daria tiene el tifus. Debería mandarla al hospital. Hasta que no resuelva este asunto no puedo pensar en otra cosa. —Dicen que hoy pagan. Pasaré por la oficina. Si no fuera día de cobro, como hay Dios que os escupiría a todos y no vacilaría un instante en acabar a mi modo esta faena.
—¿Cómo? Y perdona que te lo pregunte.
—No es difícil. Bajaría a la sala de calderas, daría la señal y a otra cosa.
Se saludaron y partieron en direcciones opuestas.
Tivierzin siguió la línea del ferrocarril hacia la ciudad. Cruzábase con el personal que regresaba después de haber cobrado su paga. Eran muchos. Calculó a bulto que la administración de la estación había pagado ya a casi todos.
Comenzaba a oscurecer. En la explanada que había ante la oficina se agrupaban los obreros en espera de su turno de trabajo, iluminados por las luces del interior. A la entrada de esta explanada se había detenido el carruaje de Fuflyguin. Su mujer, sentada en la misma postura que antes, como si no se hubiese movido desde la mañana, esperaba que su marido cobrase.
A poco comenzó a caer nieve mezclada con lluvia. El cochero se deslizó del pescante y empezó a levantar la capota de cuero. Mientras tiraba de las varillas que oponían resistencia, la mujer de Fuflyguin observaba los copos de aguanieve que a la luz de las lámparas de la oficina brillaban como perlas de plata. Dirigió luego una mirada firme y soñadora a la masa de obreros, como si esta mirada pudiese atravesarlos libremente, como a través de la niebla o la llovizna.
Tivierzin advirtió por casualidad esta expresión y le desagradó. Pasó junto a la señora de Fuflyguin, sin saludarla, y decidió entrar más tarde en la oficina, para no encontrarse con su marido. Siguió avanzando hasta una zona menos iluminada por las oficinas, donde negreaba el disco de la placa giratoria para los cambios de las vías que se alejaban hacia el depósito de máquinas.
—¡Tivierzin! ¡Kiprián! —llamaron algunas voces desde la oscuridad.
Ante las oficinas se había reunido un grupo de personas. En el interior alguien gritaba y se oía el llanto de un niño.
—Kiprián Saviélevich —exclamó una mujer entre la multitud—, defiende al chico.
De nuevo, como tenía por costumbre, el viejo capataz Piotr Judoliéev golpeaba a su víctima, el joven aprendiz Yusupka.
Judoliéev no había sido siempre un tirano para los aprendices, colérico borrachín de pesada mano. Hubo un tiempo en que las hijas de los comerciantes y de los sacerdotes de los barrios obreros de la periferia de Moscú miraron con interés al apuesto capataz. Pero la madre de Tivierzin, con quien estuvo prometido, cuando terminó sus estudios en la escuela provincial, lo dejó plantado para casarse con un compañero suyo de trabajo, el maquinista Savieli Nikítich Tivierzin.
Al sexto año de viudez, después de la terrible muerte de Savieli Nikítich, que pereció entre llamas en 1888, en un choque de trenes que hizo época, Piotr Petróvich volvió a la carga y Marfa Tiviérzina le respondió con una nueva negativa. Desde entonces Judoliéev comenzó a beber y a buscar camorra, metiéndose con todo el mundo que, según él, era el causante de todas sus desgracias.
Yusupka era hijo de Himazeddín, portero de la casa donde vivía Tivierzin, quien, por proteger al muchacho en el taller, se había ganado la antipatía de Judoliéev.
—Pero ¿qué modo es ese de agarrar la lima, asiático?—chillaba Judoliéev, tirando a Yusupka de los cabellos y golpeándolo en el cuello—. ¿Es así como se lima el hierro colado? ¿Te has propuesto reventarme el trabajo, condenado tártaro?
—No, señor, no lo haré más. ¡Ay, que me hace daño!
—Te he dicho mil veces que primero hay que fijar la pieza en el mandril y después atornillar el trinquete, pero tú haces las cosas a tu modo, como te da la gana. Por poco me estropeas el eje, hijo de perra.
—Yo no he tocado el eje, señor, le juro por Dios que no lo he tocado.
—¿Por qué maltratas al chico?—intervino Tivierzin, abriéndose paso entre los presentes.
—Cuando se pelean dos perros, el que no interviene en la pelea que se quede aparte —dijo Judoliéev secamente. —Te pregunto por qué maltratas al chico.
—Y yo te digo que te vayas con Dios, procurador de pobres. Matarlo sería poco a ese canalla, que eso es lo que es. Casi me rompe el eje. Debería besarme las manos por haberlo dejado con vida, pendejo del diablo. Le he dado un tirón de orejas y unos repelones para darle una lección.
—¿De modo, tío Judoliéev, que crees que el chico merece que le rompan la cabeza? Debería darte vergüenza. Un viejo obrero como tú, con el pelo blanco, y no tener ni pizca de juicio...
—Lárgate, lárgate, te he dicho, hasta que estés en tus cabales. Ya te quitaré yo las ganas de darme lecciones, culo de perro. Ante las narices de tu padre te hicieron sobre las traviesas, sangre de esturión. Conozco bien a la buscona de tu madre, un pendón desorejado patas al aire.
Todo lo que ocurrió después no duró más de un minuto. Uno y otro agarraron lo primero que les vino a las manos sobre las repisas de los bancos, donde se amontonaban pesadas herramientas y barras de hierro, y se habrían matado mutuamente si los presentes no se hubiesen precipitado a separarlos. Judoliéev y Tivierzin quedaron cabizbajos, casi rozándose las frentes, pálidos, con los ojos inyectados en sangre. A causa de la agitación no lograban decir palabra. Una y otra vez, haciendo acopio de sus fuerzas, erguíanse de nuevo dispuestos a irse a la greña, contorsionándose y arrastrando en sus movimientos a los compañeros que se agarraban a ellos para sujetarlos. Los corchetes y botones de sus ropas habían saltado, y las chaquetas y camisas se habían escurrido de los hombros dejándolos al descubierto. A su alrededor se levantaba un clamor confuso.
—¡E1 formón! Quítale el formón o le abre la cabeza. Calma, calma, tío Piotr, o te vamos a romper el brazo. ¿Siempre andan a vueltas estos dos? Habrá que ponerlos bien lejos a uno del otro y bajo llave, a ver si terminan de una vez.
A poco, Tivierzin, con un esfuerzo sobrehumano, se sacudió de encima los cuerpos que lo aprisionaban, se soltó y del impulso fue a parar junto a la puerta. Se precipitaron los demás para retenerlo, pero, al ver que no tenía intenciones de reanudar la pelea, lo dejaron en paz. Salió dando un portazo, y comentó a andar sin mirar atrás. Sentía en torno suyo la humedad del otoño, la noche y la oscuridad.
«Trata de hacerles bien y te clavarán el cuchillo en el costado», murmuraba sin darse cuenta de adónde iba ni por qué.
Aquel mundo de infamia y falsedad, en el que una mujercilla metida en carnes se atrevía a mirar de esa manera a la gente que trabajaba, y en el que un alcoholizado víctima de esos sistemas gozaba atormentando a sus compañeros de desventura, ese mundo le era ahora más odioso que nunca. Caminaba de prisa, como si la rapidez de su paso pudiera acercar el momento en que todo sobre la tierra sería luz y armonía, como ahora lo suponía en su imaginación. Sabía que sus propósitos de los últimos días, los desórdenes en la línea, los discursos en los mítines y la decisión de ir a la huelga, no llevada a cabo todavía, pero tampoco desechada, todo eso formaba parte de ese gran camino que empezaba ahora.
Pero en su agitación hubiese querido cubrir de una carrera, de una sola vez, sin tomar aliento, toda aquella distancia. Mientras se alejaba a grandes zancadas, no pensaba adónde iba, pero sus pies sabían adonde lo llevaban.
Cuando salió con Antípov de la barraca no tuvo la menor duda de que en la reunión se decidiría ir a la huelga aquella misma noche. Los miembros del comité habían distribuido ya las tareas y señalado los puestos en los que a cada uno le correspondería actuar. Cuando desde el taller de revisión de locomotoras, como desde lo más hondo del alma de Tivierzin, llegó una ronca señal, que gradualmente se hizo más fuerte y aguda, desde el semáforo de entrada, una turba procedente del depósito y de la estación de mercancías dirigíase ya hacia la ciudad mezclándose con otra multitud que, obedeciendo al silbido de Tivierzin, había abandonado el trabajo en la sección de calderas.
Durante muchos años Tivierzin tuvo la convicción de que sólo él fue quien paralizó el trabajo y el movimiento en la línea. Solamente los procesos en que más tarde fue juzgado por complicidad y la circunstancia de que entre los hechos que se le imputaron no figurase la incitación a la huelga, le revelaron la verdad.
La gente acudía y preguntaba:
—¿Por qué silban? ¿Adónde nos llaman?
Desde la oscuridad llegaban las respuestas:
—¡Caray! ¿Estás sordo? ¿No oyes la alarma? Ha habido un incendio.
—¿Dónde es el fuego?
—Cuando se ve que hay fuego, se hace sonar el silbato. Se abrían y cerraban puertas, salía más gente y resonaban otras voces:
—¿A mí con esas? ¡Qué va a ser un incendio! ¡Ignorantes! No hagáis caso a ese imbécil. Eso quiere decir que estamos en huelga, ¿os enteráis? Ahí te dejo el yugo y la albarda, yo no soy tu bestia de carga. ¡A casa, muchachos!
La multitud aumentaba continuamente. El ferrocarril estaba en huelga.
7

Tres días después, Tivierzin volvió a casa aterido, cayéndose de sueño y con la barba crecida. La noche anterior había helado, cosa excepcional en aquella estación, y Tivierzin vestía todavía de entretiempo. En el portal fue hacia él Himazeddín, el portero.
—Gracias, señor Tivierzin —le dijo éste—. No permitiste que hicieron daño a Yusup. Nunca rezaré a Dios bastante por ti.
—¿Estás loco, Himazeddín? ¿Desde cuándo soy un señor? Déjate de bobadas, por favor. Habla ya. ¿No ves que está helando?
—¡Y vaya helada! En tu casa estarás caliente, Saviélych. Ayer tu madre, Marfa Gavrílovna, recibió de la compañía una partida de leña toda de abedul. Leña buena y seca.
—Gracias, Himazeddín. Pero tú quieres decirme algo. Date prisa, te lo ruego. Estoy helado, ¿comprendes?
—Quería decirte que no durmieras en casa, Saviélevich. Tienes que esconderte. La policía ha preguntado, y el sargento también, quién viene por aquí. Yo he dicho que no viene nadie. Dije: viene el ayudante, maquinistas, todos ferroviarios. Pero ningún extraño, ¡no, no!
La casa en la que el solterón Tivierzin vivía con su madre y su hermano menor casado pertenecía a la vecina parroquia de la Trinidad. Estaba ocupada en parte por clérigos, había dos almacenes, uno de frutas y otro de carnes, de dos comerciantes que ejercían la venta ambulante en la ciudad. El resto de la casa estaba ocupado sobre todo por pequeños empleados del ferrocarril Moscú-Brest.
Era una casa de piedra, con galerías de madera, rodeada los cuatro costados por un sucio patio de tierra apisonada. Mugrientas y resbaladizas escaleras de madera, que olían a gato y a col agria, conducían a las galerías. En los corredores estaban los retretes y algunos trasteros cerrados con candado.
El hermano de Tivierzin llamado a filas con motivo de la guerra, fue herido en Vafanghoa. Hallábase en el hospital de Krasnoiarsk y su mujer y sus dos hijas habían ido a buscarlo para llevárselo a casa. A los Tivierzin, ferroviarios por tradición, les gustaba viajar y recorrían Rusia de una punta a otra con gratuitos billetes de servicio. Actualmente la casa estaba silenciosa y vacía, habitada sólo por madre e hijo.
El cuarto se hallaba en el segundo piso. En la galería, ante la puerta de entrada, había una cuba de agua que llenaba poco a poco el aguador. Cuando Kiprián Saviélevich llegó al rellano, observó que la tapadera de la cuba estaba a un lado y sobre la costra de hielo que aprisionaba el agua se había pegado una jarra de hierro.
«Sólo puede haber sido Prov —pensó con una sonrisa—. Bebe y no se sacia; es un pozo sin fondo; tiene fuego en las tripas.»
El subdiácono Prov Afanásievich Sokolov, hombre de agradable aspecto y joven todavía, era un pariente lejano de Marfa Gavrílovna.
Kiprián Saviélevich arrancó la jarra de la costra de hielo, puso en su sitio la tapadera de la cuba y tiró de la campanilla. Un vaho de olores caseros y apetitoso sabor le dieron en la cara.
—Has calentado bien esto, madrecita. Menos mal que aquí hace calor.
La madre le echó los brazos al cuello y lo abrazó llorando. Él le acarició la cabeza, y al cabo de un momento la apartó con suavidad.
—Quien nada arriesga, nada tiene, madrecita —dijo en voz baja—. Mi camino va de Moscú a Varsovia.
—Lo sé. Por eso te lloro. Acabarás mal. Deberías irte lejos por una temporada, Kuprinka.
—Ha estado en un tris que tu querido amigo, tu gentil pastorcillo Piotr Petrov no me abriese la cabeza.
Creyó que la haría reír, pero ella no comprendió la broma y le respondió con seriedad:
—No está bien que te rías de él, Kuprinka. Debería darte lástima. Es un desgraciado. Un alma perdida.
—Han detenido a Pasha Antípov, es decir, a Pável Ferapóntovich. Llegaron de noche, hicieron un registro y lo pusieron todo patas arriba. Por la mañana se lo llevaron. Y Daria tiene el tifus y está en el hospital. El pobre Pavlushka, que estudia en una escuela real[7], se ha quedado solo con la tía sorda. Por si fuera poco los han desahuciado. Creo que deberíamos hacernos cargo del niño. ¿Para qué ha venido Prov?
—¿Cómo lo sabes?
—He visto la cuba destapada y la jarra, y me he dicho: éste ha sido el borracho empedernido de Prov, que se ha atiborrado de agua.
—Eres listo, Kuprinka. Es verdad, Prov, Prov, Prov Afanásievich. Hizo una escapada para pedirme que le prestara un poco de leña y se la di. Pero ¡qué leña! ¡Estúpida de mí! Se me había ido de la cabeza la noticia que trajo. El zar, ¿sabes?, ha firmado un manifiesto diciendo que hay que transformarlo todo de otra manera, que no se haga injusticia a nadie: las tierras para los campesinos y todos seremos iguales a los nobles. Ha sido firmado ya el ucase y sólo falta ponerlo en vigor. Desde el sínodo han mandado una nueva súplica para añadirla a la oración, o una nueva oración augural, no lo sé exactamente. Lo dijo Provushka y he tratado de no olvidarlo.
8

Patulia Antípov, hijo de Pável Ferapóntovich, el que había sido detenido, y de Daria Filimónovna, que tuvo que ingresar en el hospital, se fue a vivir con los Tivierzin. Era un muchacho formal, de facciones regulares y cabellos rubios peinados a raya. Constantemente se los alisaba con el cepillo y se ajustaba la chaqueta y el cinturón con la hebilla de la escuela real. Tenía un carácter alegre y poseía un agudo espíritu de observación. Con un gran sentido del humor y la precisión sabía hacer la parodia de todo lo que veía y oía.
Casi inmediatamente después del manifiesto del 17 de octubre[8], fue organizada una gran manifestación desde la Tvérskaia zastava[9] hasta la carretera de Kaluga. Varias organizaciones revolucionarias, después de haberse adherido a la iniciativa, no llegaron a ponerse de acuerdo y poco a poco se retiraron, pero cuando se enteraron de que en la mañana señalada la gente se había echado a la calle, se apresuraron a enviar a sus representantes.
A pesar de que Kiprián Saviélevich trató de disuadirla, Marfa Gavrílovna acudió a la manifestación en compañía del alegre y simpático Patulia.
Era un día seco y helado de principios de noviembre, bajo un cielo de color gris plomizo. Raros copos de nieve, tan escasos que podían contarse, revoloteaban largo rato en el aire, como si evitaran la tierra, y perdíanse luego, como un blando polvo gris, en las rodadas llenas de agua.
La gente se había echado a la calle. Era una verdadera aglomeración. Caras, caras y más caras, forrados abrigos de invierno y gorros de piel de cordero, viejos, estudiantes y niños, ferroviarios de uniforme, obreros del parque de tranvías y de la central telefónica, calzando botas hasta más arriba de la rodilla y vistiendo chaquetas de cuero, colegiales y estudiantes universitarios.
Durante un rato estuvieron cantando la Varshavianka, Caísteis como víctimas y La Marsellesa, pero, de pronto, el hombre que al frente del cortejo caminaba hacia atrás y dirigía el coro agitando un gorro cosaco apretado fuertemente en el puño, se lo puso en la cabeza, dejando de entonar la canción y, volviendo la espalda al cortejo, comenzó a escuchar lo que decían los organizadores que caminaban a su lado. La canción se fraccionó entonces, se interrumpió y se oyó sólo el crujiente paso de la multitud sobre el helado empedrado.
Simpatizantes habían advertido a los organizadores de la marcha que más lejos los cosacos estaban aguardando a los manifestantes. Una llamada telefónica a la vecina farmacia había denunciado la emboscada.
—Bueno —dijeron los organizadores—, lo principal es tener sangre fría y no perder la cabeza. Hay que ocupar enseguida el primer edificio público que encontremos en el camino, comunicar a la gente el peligro que nos amenaza y dispersarnos individualmente.
Discutieron cuál sería el lugar más apropiado como refugio. Unos propusieron la Asociación de Dependientes de Comercio, otros el Instituto Técnico Superior, y otros el Instituto de Corresponsales Extranjeros.
Hallábanse discutiendo todavía cuando se perfiló la esquina de un edificio oficial. En él estaba ubicado también un centro de enseñanza y, como refugio, podía ser tan bueno como cualquier otro.
Cuando llegaron ante él, los jefes se situaron en el espacio semicircular de la entrada y con ademanes detuvieron la cabeza de la manifestación. Abriéronse las grandes puertas del edificio y la muchedumbre comenzó a invadir el vestíbulo hasta que lo llenó por completo, pelliza tras pelliza, gorro tras gorro, y a subir por la escalera.
¡Al aula magna, al aula magna! —gritaban desde el fondo algunas voces aisladas, pero la masa continuaba irrumpiendo, extendiéndose por los corredores y las clases.
Cuando, por último, se logró hacerla retroceder y todos se hubieron sentado, los dirigentes intentaron en varias ocasiones dar cuenta de la emboscada que les aguardaba más adelante. Pero nadie les prestaba oídos. La detención en aquel lugar cerrado fue considerada como una invitación a un mitin improvisado, que comenzó inmediatamente.
Después de la larga marcha y de las canciones, todos tenían ganas de estar un rato sentados y en silencio, y que ahora alguien se desgañitara y enronqueciera por ellos. Entregados al placer del reposo, permanecían indiferentes a los vacíos discursos en los que cada orador declaraba estar de acuerdo con el precedente.
Por eso el éxito mayor correspondió al orador menos feliz, que no cansó al auditorio reclamando su atención. Cada una de sus palabras era subrayada con un rugido de asentimiento y nadie lamentó que el discurso fuera ahogado por el estruendo de los aplausos. La impaciencia les hacía asentir en todo lo que decía, gritaban «vergüenza», acordaron enviar un telegrama de protesta y luego, al cabo de un rato, aburridos de su voz monótona, se levantaron todos a la vez y, olvidándolo por completo, gorro tras gorro, fila tras fila, descendieron tumultuosamente por la escalinata y volvieron a la calle. Continuaba la manifestación.
Durante el mitin había comenzado a neviscar. El empedrado estaba blanco y la nieve caía cada vez más espesa.
Cuando los dragones cargaron sobre ellos, en las últimas filas, al principio, no se dieron cuenta de nada. Luego, de pronto, por encima de la masa se levantó un clamor creciente, como cuando una multitud grita «hurra». Alaridos de ¡«socorro»! y «¡asesinos!» y muchos otros se oyeron indistintamente. Casi al mismo tiempo, sobre la ola de aquel estruendo, en el estrecho pasaje formado por la multitud ondeante, pasaron veloces y silenciosos los morros y las crines de los caballos y los jinetes con los sables en alto.
El pelotón pasó al galope, retrocedió, se reorganizó y lanzó sobre la retaguardia de la manifestación. Se desencadenó la violencia.
Minutos después la calle estaba casi desierta. La gente corría dispersándose por los callejones. Casi había dejado de nevar. La tarde era clara como un dibujo al carboncillo. Al cabo de un rato, el sol, que se ponía detrás de las casas, parecía señalar cuanto de rojo había en la calle: los gorros escarlata de los dragones, la tela de una bandera roja yacente en el suelo y las huellas de sangre que, en regueros y gotas rojizas, se extendían sobre la nieve.
Por el borde de la calzada arrastrábase, apoyándose en los brazos y gimiendo, un hombre con la cabeza abierta. Más lejos iban al paso algunos dragones que retrocedían después de haber perseguido a los manifestantes hasta el fondo de la calle. Casi por entre las patas de los caballos corría Marfa Gavrílovna, ladeado el pañuelo sobre la cabeza, y con voz que no parecía ya la suya, gritaba por toda la calle:
—¡Pasha! ¡Patulia!
Él había caminado constantemente junto a ella divirtiéndola, imitando a la perfección al último orador. Luego, en el momento de la carga, desapareció repentinamente en el tumulto.
En la confusión que se produjo, incluso Marfa Gavrílovna se ganó un latigazo en la espalda, y aunque su chaqueta bien forrada lo amortiguó mucho, imprecó y amenazó con el puño a la caballería que se alejaba, indignada de que se hubiesen atrevido a golpear ante el pueblo a una mujer como ella, una anciana.
Ansiosamente miraba a uno y otro lado de la calle. Poco después descubrió por casualidad al chico en la acera opuesta, donde, en la esquina entre una tienda de coloniales y el ángulo de un palacio de piedra, se apretujaba un grupo de ocasionales curiosos.Hasta allí los había empujado con la grupa y los flancos de su caballo un dragón que subió a la acera para divertirse con su terror. Cortándoles toda salida, había llevado a cabo casi sobre ellos una serie de corvetas y piruetas de picadero, haciendo recular y encabritando a su caballo, como si estuviera en un circo. Luego, al ver que sus compañeros volvían al paso, espoleó a su caballo e instantes después ocupó de nuevo su puesto entre ellos.
La gente apiñada durante aquella exhibición se dispersó enseguida. Pasha, que antes había tenido miedo de gritar, se precipitó al encuentro de Marfa Gavrílovna.
Pusiéronse en camino hacia casa, y la mujer no hacía más que murmurar:
—¡Malditos asesinos, condenados verdugos! La gente es feliz porque el zar ha dado la libertad, pero ellos no la quieren. A ellos les gusta estropearlo todo, entender al revés cada palabra.
Estaba furiosa contra los dragones, contra todo el mundo que la rodeaba y, en aquel momento, incluso contra su hijo. Poseída por la excitación, le parecía que todo cuanto había ocurrido era una baladronada de los confusionarios amigos de Kiprián, a los que ella llamaba ilusos y sabihondos de mierda.
—¡Culebras venenosas! ¿Qué quieren esos malditos? ¡Cualquiera lo sabe! Sólo chillar y acarrear desgracias. ¿Y qué me dices de ese bocazas? ¿Cómo lo imitabas, Páshenka? Vuelve a hacerlo, querido, vuelve a hacerlo. ¡Me haces morir de risa! Talmente como si lo estuviera viendo. ¡Ah, tío asqueroso, moscón de burra!
En casa llenó de improperios a su hijo: ¡a ver si ella estaba en edad de que un tipejo a caballo la emprendiera a palos con su espalda!
—Pero ¿qué diantre estás diciendo, madrecita? ¡Como si yo fuera el capitán de los cosacos o el jefe de los guardias!
9

Nikolái Nikoláevich estaba asomado a la ventana cuando aparecieron los primeros fugitivos. Comprendió que procedían de la manifestación y durante unos momentos se quedó mirándolos, creyendo ver a Yura o a cualquier otro entre la gente que se dispersaba. Pero no reconoció a nadie. Sólo una vez le pareció ver pasar rápidamente a aquel chico (Nikolái Nikoláevich había olvidado su nombre), el hijo de Dúdorov, un atolondrado, a quien no hacía mucho tiempo le extrajeron del hombro derecho una bala y que continuaba metiéndose otra vez donde no debía.
Nikolái Nikoláevich había llegado a San Petersburgo en otoño. No tenía casa en Moscú y no le gustaba vivir en el hotel. Por eso paraba en casa de los Svientitski, lejanos parientes suyos, que pusieron a su disposición un estudio en el entresuelo.
Aquel caserón de dos plantas, demasiado grande para los Svientitski, matrimonio sin hijos, había sido cedido en arriendo a los antepasados de la familia por los príncipes Dolgoruki. La propiedad de los Dolgoruki con tres patios, un jardín y un gran número de construcciones de diferentes estilos, dispuestas sin orden, daba a tres calles y todavía, como antiguamente, se llamaba Muchnói Gorodok.
A pesar de sus cuatro ventanas, el estudio era más bien oscuro, estaba atestado de libros, papeles, grabados y alfombras. Tenía un balcón que abarcaba en semicírculo toda la esquina del edificio. La doble puerta de cristales que se abría sobre el balcón estaba herméticamente cerrada en invierno.
Desde dos de las ventanas y a través de la puerta vidriera que daba a la terraza veíase la calle en toda su longitud: una senda para trineos que se perdía en la distancia, con pequeñas casas y empalizadas alineadas oblicuamente.
Desde el jardín los tilos proyectaban sus sombras, ojeando en la estancia como si pretendieran posar sobre el suelo sus ramas cargadas de nieve: una nieve semejante a los lívidos goterones de una vela apagada.
Mirando a la calle, Nikolái Nikoláevich recordaba el invierno anterior pasado en San Petersburgo, al pope Gapón[10], a Gorki, la visita de Vitte[11], de los escritores más conocidos del momento. Hasta aquí había huido de aquella gran confusión, para escribir su libro en el silencio y la quietud de la antigua metrópoli. Pero había salido del fuego para caer en las brasas. No era posible volver a ordenar sus pensamientos: cada día, conferencias e informes, bien en los cursos femeninos superiores, bien en la sociedad religioso-filosófica, o en la Cruz Roja, o en el Comité de huelga. Sería mejor refugiarse en Suiza, en cualquier boscoso cantón: con la paz y la claridad del lago, del cielo y las montañas, y ese aire sonoro, tranquilo, en el que todo halla eco.
Se alejó de la ventana. Tenía deseos de ir a ver a alguien o simplemente de caminar por la calle, sin propósito. Pero recordó a tiempo que esperaba la visita del tolstoiano Vyvolochnov, que debía hacerle una pregunta y, por lo tanto, no podía ausentarse. Comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación, con el pensamiento fijo en su sobrino.
Cuando de la ciudad perdida junto al Volga, Nikolái Nikoláevich se trasladó a San Petersburgo, dejó a Yura en Moscú, en el círculo de sus parientes, los Vedeniapin, los Ostromyslenski, los Seliavin, los Mijaelis, los Svientitski y los Gromeko. De momento se quedó junto al viejo Ostromyslenski, un charlatán embustero a quien los parientes llamaban Fiedka. Tenía éste relaciones con la pupila Motia, y esto le hacía sentirse un subversor de la moral tradicional y un combatiente del ideal. Sin embargo, defraudó la confianza que se había depositado en él, pues se gastó el dinero destinado a Yura y el muchacho fue confiado entonces a la familia del profesor Gromeko, con la cual se encontraba ahora rodeado por una atmósfera de cálido afecto.
«Han formado un triunvirato —pensaba Nikolái Nikoláievich—: Yura, Gordón, su compañero de clase, y Tonia, la hija de Gromeko. Una triple alianza, nutrida con la lectura del Sentido del amor y la Sonata a Kreutzer, y fundada en la apología de la pureza.»
La adolescencia tiene que pasar a través de todos los excesos de la castidad. Pero ellos exageraban, iban más allá de todo buen sentido.
Eran exageraciones extravagantes y pueriles. Llamaban «vulgaridad» a todo lo que se refería a la sensualidad, la cual, no obstante, les obsesionaba, y aplicaban esta palabra viniera o no a cuento. La elección era realmente desdichada. «Vulgaridades» eran para ellos tanto la voz del instinto como la literatura pornográfica, el goce de la mujer y, además, casi todo el mundo físico. Pronunciaban la palabra palideciendo o ruborizándose.
«Si hubiese estado en Moscú —pensaba Nikolái Nikoláevich—, no hubiese permitido que las cosas llegaran tan lejos. El pudor es necesario dentro de ciertos límites... Pero aquí tenemos a Nil Feoktístovich.»
—Entre, por favor —exclamó, dirigiéndose a su visitante.
10

El que había entrado era un hombre grueso con una camisa gris ceñida a la cintura por un ancho cinturón. Calzaba botas de fieltro y los pantalones se le hinchaban sobre las rodillas. Daba la impresión de un buen hombre con la cabeza flotando entre las nubes. Sobre su nariz se estremecía malignamente un pequeño pince-nez atado a una larga cinta negra.
En la antesala se había despojado del abrigo, pero se dejó puesta la bufanda, uno de cuyos extremos arrastraba por el suelo, y llevaba en la mano el redondo sombrero de fieltro. Estos objetos lo embarazaban en sus movimientos; no sólo le impedían estrechar la mano de Nikolái Nikoláevich, sino también devolver con voz clara su saludo.
—Hum...mmm —rezongó incómodo, mirando a su alrededor.
—Póngase cómodo —dijo Nikolái Nikoláevich, restituyendo a Vyvolochnov el uso de la palabra y el dominio de sí mismo.
Era uno de esos tolstoianos en cuya mente las geniales ideas que en el maestro no habían hallado reposo, se habían como repantigado y, entregadas a un largo e imperturbable descanso, acabaron inevitablemente por degenerar.
Vyvolochnov había ido a rogarle que hablara en una escuela, a favor de los exilados políticos.
—Ya hablé allí una vez.
—¿A favor de los políticos?
—Sí.
—Debería hacerlo otra vez.
Nikolái Nikoláevich trató de resistirse, pero acabó cediendo.
Se había agotado el motivo de la visita. Nikolái Nikoláevich no hacía nada por retener a Nil Feoktístovich, que habría podido levantare y marcharse, pero le parecía descortés irse tan pronto. Antes debía encontrar algo interesante y animado que decirle. Inicióse una conversación penosa y desagradable
—¿Está usted en decadencia? ¿Se ha dado al misticismo?
—¿Por qué?
—Hay algo de usted que está acabado. ¿Recuerda la asamblea provincial?
—¡Cómo no! Trabajamos juntos en las elecciones.
—Usted iba por las escuelas rurales y los seminarios didácticos. ¿Recuerda?
—¡Cómo no! Fueron luchas encarnizadas. Además, me parece que usted se ocupaba de higiene popular y asistencia social. ¿No es cierto?
—Fue durante algún tiempo.
—Ya. Y ahora ahí tiene usted a todos esos faunos y esos nenúfares, esos efebos y todos esos «seremos como el sol»[12]. Aunque me matara no podría creerlo. Que una persona inteligente, que tiene sentido del humor y tal conocimiento del pueblo... ¡No, por favor, permítame...! Acaso estoy metiéndome donde no debo... Es algo personal ¿verdad?
—¿Por qué decir palabras sin ton ni son, sin reflexionar? ¿De qué discutíamos? Usted no sabe lo que pienso.
—Rusia necesita escuelas y hospitales, y no faunos ni nenúfares.
—Nadie lo niega.
—El mujik carece de todo y se muere de hambre.
La conversación avanzaba a saltos. Advirtiendo que tales tentativas no conducían a nada, Nikolái Nikoláevich comenzó a hablar sobre lo que lo acercaba a ciertos escritores de la escuela simbolista y luego pasó a Tolstoi.
—Hasta cierto punto estoy de acuerdo con usted. Pero Tolstoi afirma que cuanto más perseguimos la belleza más nos alejamos del bien.
—¿Y cree usted lo contrario? ¿Que el mundo será salvado por la belleza, los misterios de la Edad Media y cosas parecidas, como por Rozánov[13] y Dostoievski?
—Espere y le diré lo que pienso. Creo que si la fiera que duerme en el hombre se pudiese contener con la amenaza de un castigo, no importa cuál, o con la recompensa de ultratumba, el emblema supremo de la humanidad sería un domador de circo con la fusta en la mano, y no un profeta que se ha sacrificado a sí mismo. Pero la cuestión reside en que durante siglos, no el palo, sino la música, ha colocado al hombre por encima de la bestia y lo ha elevado: una música, la irresistible fuerza de la verdad desarmada, el poder de atracción del ejemplo. Hasta ahora se consideraba que lo esencial del Evangelio eran las máximas reglas morales contenidas en los mandamientos, mientras que para mí lo principal es que Cristo habla con parábolas extraídas de la vida diaria, explicando la verdad a la luz de la existencia cotidiana. La base de esto es el concepto de que la comunión entre los mortales no acabará nunca y la vida es simbólica porque tiene un significado.
—No he comprendido nada. Sería mejor que escribiera un libro sobre estas cosas.
Cuando Vyvolochnov se hubo marchado, una terrible irritación se apoderó de Nikolái Nikoláevich. Estaba indignado consigo mismo por haber pregonado a un estúpido como Vyvolochnov sus pensamientos más íntimos sin haber causado en él la más mínima impresión. Y como sucede con frecuencia, su indignación cambió de rumbo repentinamente. Vyvolochnov desapareció de su mente como si nunca hubiese existido, y se puso a pensar en otras cosas.
No llevaba diario, pero dos o tres veces al año anotaba en un grueso cuaderno los pensamientos que más lo impresionaban. Tomó el cuaderno y comenzó a escribir con su caligrafía grande y clara.
«Todo el día fuera de mí por esa estúpida de Schlésinger. Vino temprano y se marchó a la hora de almorzar. Durante dos horas me ha abrumado con la lectura de esas majaderías. Texto poético del simbolista A para la sinfonía cosmogónica del compositor B con los espíritus de los planetas, las voces de los cuatro elementos, y así sucesivamente. Tragué quina hasta que no pude más y entonces le supliqué que me dejase en paz.
»De pronto lo he comprendido todo. He comprendido por qué hasta en Fausto hay siempre algo mortalmente insoportable y artificioso. Es un interés preconcebido, falso. El hombre de hoy no siente estas exigencias. Cuando se ve asaltado por los interrogantes del universo, se sumerge en la física y no en los hexámetros de Hesíodo.
»Pero no se trata sólo del hecho de que tales formas hayan envejecido y sean anacrónicas y que esos espíritus del fuego y del agua lleven de nuevo a confundir lo que la ciencia aclaró para siempre. Este género contradice el espíritu del arte contemporáneo, su esencia, los temas que lo solicitan.
»Estas cosmogonías eran legítimas antiguamente, cuando sobre la tierra los hombres eran todavía tan raros que la humanidad no podía ignorar la naturaleza. Había mamuts y era reciente el recuerdo de los dinosaurios y los dragones. La naturaleza ofrecíase descubierta totalmente ante el hombre y lo superaba tan plenamente y con tal evidencia que tal vez todo estuvo realmente lleno de dioses. Eran las primerísimas páginas, el comienzo de la crónica humana.
»El mundo antiguo acabó en Roma por exceso de población.
»Roma fue un mercado de dioses tomados en préstamo y de pueblos conquistados, una doble aglomeración, en la tierra y en el cielo, una náusea, un triple nudo apretado sobre sí mismo, como un retortijón. Dacios, hérulos, escitas, sármatas, hiperbóreos, pesadas ruedas sin rayos, ojos nadando en grasa, bestialidad, mentes con doblez, peces alimentados con carne de esclavos cultivados, emperadores analfabetos. En el mundo había más hombres que hubo nunca más tarde y estaban oprimidos y atormentados en los sótanos del Coliseo.
»Y he aquí que en aquella orgía de mal gusto, en oro y mármol, llegó El, ligero y vestido de luz, fundamentalmente humano, voluntariamente provinciano, el galileo, y desde ese instante los pueblos y los dioses dejaron de existir y comenzó el hombre, el hombre carpintero, el hombre agricultor, el hombre cuyo nombre no sonaba solemne ni feroz, el hombre generosamente ofrecido a todas las canciones de cuna de las madres y a todos los museos de pintura del mundo.»
11

Las galerías de la Petróvskaia recordaban un rincón de San Petersburgo trasplantado a Moscú. El mismo estilo armónico de los edificios a ambos lados de la calle, los portales de las casas sobriamente decorados, la librería, la sala de lectura, el Instituto Cartográfico, una tabaquería bien puesta y un restaurante no menos bien puesto, iluminado por grandes faroles de gas con globos esmerilados.
En invierno el lugar adquiría una tétrica inaccesibilidad. Vivían allí personas serias, decentes, gentes de profesiones liberales con buenos ingresos.
Allí, en el segundo piso, al que se llegaba por una amplia escalera de macizas barandillas de roble, tenía alquilado un lujoso departamento de soltero Víktor Ippolítovich Komarovski. Emma Ernéstovna, su ama de llaves, o mejor dicho la celosa vigilante de su plácida soledad, llevaba la casa, silenciosa e invisible, preocupándose amorosamente de todo y no inmiscuyéndose jamás en nada, y él le correspondía con una caballerosa gratitud, natural en un gentleman como él, excluyendo de la casa la presencia de huéspedes y visitantes incompatibles con su tranquilo mundo de vieja solterona. Reinaba en la casa la quietud de un convento: las persianas echadas, ni una mota de polvo, ni la más pequeña mancha, como en un quirófano.
Los domingos, antes de almorzar, Víktor Ippolítovich tenía la costumbre de pasear con su bulldog por la calle de Petrovka y la de Kuznietski, y de una de las esquinas solía surgir y lo acompañaba en su paseo Konstantín Illariónovich Satanidi, actor y empedernido jugador de cartas.
Juntos paseaban de un lado a otro por las aceras y cambiaban breves anécdotas y observaciones, pero eran diálogos tan raros, insignificantes y llenos de desprecio hacia todo lo del mundo que, si en lugar de palabras, hubiesen sido rugidos, habrían logrado el mismo efecto y las dos aceras de Kuznietski habrían resonado igualmente con tonos graves y bajos, con sonidos anárquicos y excitados, con vibraciones que chocaban y se superponían.
12

El tiempo luchaba por no empeorar. Las gotas de lluvia dejaban oír su tictac sobre el hierro de los canalones y de las cornisas, y cada tejado transmitía sus rumores al tejado vecino. Era la época del deshielo.
En un estado de inconsciencia Lara recorrió toda la calle, y sólo al llegar a casa se dio cuenta de lo que había ocurrido.
En casa todos dormían. Cayó de nuevo en su torpor y, aturdida, se sentó en el tocador de la madre, con su traje de color lila claro, casi blanco, guarnecido de encaje, y el largo velo, que por una noche había cogido del taller, como si hubiese ido a un baile de máscaras. Estaba sentada ante su propia imagen reflejada en el espejo y no veía nada. Cruzó luego las manos sobre la mesita y apoyó la cabeza en ellas.
Si su madre lo supiera la mataría. La mataría y luego se mataría ella.
¿Cómo había sucedido? ¿Cómo pudo ocurrir? Ahora era ya demasiado tarde. Debió de haberlo pensado antes.
Ahora era una mujer —¿se decía así?— perdida. Una mujer de novela francesa. Al día siguiente, en clase, se sentaría en el mismo banco que las demás, chiquillas inocentes comparadas con ella. ¡Señor, Señor, cómo pudo suceder!
Un día, dentro de muchos años, cuando sea posible, Lara le contará todo esto a Olia Diómina. Olia le tomará la cabeza entre las manos y se echará a llorar.
Afuera, en la ventana, susurraban las gotas de lluvia, y hablaba sin descanso el deshielo. Alguien, en la calle, llamaba con fuerza a la puerta de al lado. Lara no levantó la cabeza. Sus hombros se estremecían por los sollozos.
13

—¡Ah, Emma Ernéstovna, no importa, querida! Estoy cansado.
Echaba sobre el tapete y el diván varios objetos, peines, gemelos. Abría y cerraba los cajones de la cómoda, sin saber lo que buscaba.
Sentía una gran necesidad de ella, pero no había modo de verla aquel domingo, y agitábase como una fiera enjaulada, sin hallar paz.
Una criatura extraordinaria, con su gracia enteramente espiritual. Sus manos eran sorprendentes y despertaban la misma admiración que un pensamiento elevado. Sobre la tapicería de aquella habitación de hotel la sombra de ella parecía la imagen de su pureza. La camisa le ceñía el pecho con la naturalidad de un trozo de tela en torno a los dedos.
Komarovski tamborileaba en el cristal de la ventana al ritmo de los cascos de los caballos, que resonaban cadenciosos sobre el asfalto de la calle.
—Lara —murmuró, y cerrando los ojos volvió a ver entre sus brazos la cabeza de ella dormida, con las pestañas cerradas en el sueño, ignorante de que la estaban mirando desde hacía horas. Esparcida en desorden su cabellera sobre la almohada, el halo de su belleza le atenazaba la mirad y penetraba en su alma.
Ni siquiera lo había calmado el paseo dominical. Había dado con «Jack» algunos pasos por la acera y luego se habían parado. Imaginó la calle de Kuznietski, las bromas de Satanidi, la multitud de amigos con quienes se habría encontrado. No, era demasiado para sus fuerzas. ¡Qué odioso se le hacía todo! Volvió sobre sus pasos, con gran sorpresa del perro, que le dirigió una mirada de desaprobación y lo siguió de mala gana.
«¡Qué obsesión! —pensaba—. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué es? ¿El despertar de la conciencia, un sentimiento de celos o de remordimiento? ¿O inquietud?»
No, sabía que ella estaba en su casa, segura. Entonces ¿por qué no lograba alejarse de ella con el pensamiento?
Entró en el portal de su casa y, pasado el zaguán, comenzó a subir. Sobre la escalera, una ventana de estilo veneciano con frisos ornamentales en los ángulos del cristal derramaba sobre el pavimento y el alféizar reflejos multicolores. Se detuvo a la mitad del segundo tramo.
«No debo ceder a esta angustia que me atormenta y me consume.»
Ya no era un niño. Tenía que comprender lo que podría sucederle si esa muchacha, hija de un amigo suyo muerto, si esa muchacha se convertía de instrumento de diversión en motivo de sufrimiento. Tenía que reaccionar. Ser fiel a sí mismo, a la propia vida, o de otra forma sería el final de todo.
Apretó, hasta sentir dolor, la ancha barandilla, cerró por un momento los ojos y con un brusco movimiento reanudó la ascensión. En el vestíbulo inundado de reflejos recogió la mirada de adoración del bulldog, que lo miraba desde abajo, con la cabeza levantada, como un viejo enano baboso de fláccidas mejillas.
El perro no quería a la muchacha, le rompía las medias, y le gruñía mostrándole los dientes. Estaba celoso: como si temiera que con ella su amo se contaminase de algo humano.
—¡Ah! ¡Vaya! Quieres que todo sea como antes: Satanidi, las abyecciones y las anécdotas. ¡Toma, pues! ¡Toma, toma y toma!
Comenzó a golpear al perro con el bastón de paseo y a darle puntapiés. «Jack» escapó ladrando y aullando. Tembloroso, se deslizó por la escalera y fue a arañar la puerta de Emma Ernéstovna para quejarse a ella.
Pasaron días y semanas.
14

¡Qué mágico círculo era aquél! Si la intrusión de Komarovski en su vida le hubiese producido al menos repulsión, Lara habría reaccionado y estaría salvada. Pero no era tan sencillo.
Le halagaba que aquel hombre de cabellos grises, que podía ser su padre, tan aplaudido en todas partes y de quien se ocupaban los periódicos, gastase tiempo y dinero en ella, la contemplara como a una diosa, la llevara al teatro y los conciertos y, como se decía, «la desarrollase intelectualmente». Sin embargo, continuaba siendo la colegiala adolescente embutida en un uniforme oscuro, partícipe secreta de inocentes conjuras y travesuras escolares. Las libertades que Komarovski se tomaba en el coche ante las narices del cochero, o en un palco, a los ojos de todo el teatro, la seducían por su audacia provocativa y excitaban en ella el diablillo de la imitación.
Pero ese entusiasmo infantil, de pequeña colegiala, pasó pronto. Una fatiga dolorosa, un íntimo terror se apoderaron de ella. Siempre tenía ganas de dormir: por las noches de insomnio, por el llanto y el continuo dolor de cabeza, por el estudio y por un vago cansancio.
15

Era su maldición, lo odiaba. Cada día rumiaba de distinto modo los mismos pensamientos.
Se había convertido en su esclava para toda la vida. ¿Con qué la había sojuzgado? ¿En nombre de qué la obliga a ceder, y ella se rinde, secunda sus deseos, lo deleita con el estremecimiento de su descubierto abandono? ¿En nombre de su edad, de la dependencia económica de la madre de él, o intimidándola hábilmente? No, no y no. Todo es absurdo.
No es ella quien está sujeta, sino él. ¿Acaso no se da cuenta de cómo sufre por ella? Ella no tiene nada que temer, su conciencia está bien limpia. Si ella lo desenmascara, es él quien debe sentir vergüenza y miedo. Pero ella no hará nunca eso. Para hacerlo le falta la abyección, la fuerza que Komarovski ejerce frente a los que dependen de él y frente a los débiles.
Esta es la diferencia que existe entre ellos. Y esto es lo que hace espantosa la vida. ¿Con qué hiere la vida? ¿Con truenos y rayos? No, con las miradas oblicuas y las murmuraciones de la calumnia. Todo en ella es perfidia y doblez. Le basta tender un hilo sutil como el de una telaraña, y se acabó todo. ¡Intenta luego salirte de la red! Cada vez te enredas más en ella.
Y la mejor parte sobre los fuertes se la llevan el débil y el abyecto.
16

Decía para sí:
«¿Y si se casara conmigo? ¿Cambiarían las cosas?» Entregábase de este modo a los sofismas. Pero a veces se apoderaba de ella una angustia sin evasión.
¿Cómo podría no sentirse avergonzado de postrarse a sus pies y suplicarle: «Así no podemos continuar. Piensa en lo que he hecho contigo. Te deslizas por una pendiente. ¿Debemos decírselo a tu madre? Me casaré contigo».
Lloraba e insistía, como si ella le pusiera inconvenientes y no estuviese de acuerdo. Eran sólo bellas palabras y, no obstante, ella prestaba atención a estas vacías frases de tragedia.
Mientras tanto continuaba llevándola, cubierta con un largo velo, al reservado de aquel horrible restaurante, donde los camareros y los clientes la miraban de tal manera que parecían desnudarla. Y ella se preguntaba: «¿El amor es, pues, humillación?
Una vez tuvo un sueño. Estaba enterrada. Sólamente habían quedado fuera el lado izquierdo con el hombro y el pie derecho. En el pezón izquierdo brotaba la hierba y sobre la tierra cantaban: Ojos negros, blancos senos y No permiten que Masha vaya al otro lado del río.[14]
17

Lara no era religiosa. No creía en los ritos del culto. Pero algunas veces, para soportar la vida, es menester acompañarse de una especie de música interior, que no siempre se puede componer a solas. Esta música eran para ella las palabras divinas sobre la vida y por ellas iba a llorar a la iglesia. Una vez, a principios de diciembre, con el alma oprimida como la de Katerina de La tormenta[15], fue a rezar convencida de que la tierra iba a abrirse bajo sus pies y a derrumbarse la bóveda de la iglesia.
«Me lo merezco. Así se acabará todo. ¡A quién se le ocurre haberse llevado a esta charlatana de Olia Diómina!»
—Prov Afanásievich —le susurró Olia al oído.
—¡Chis! Calla, te lo ruego. ¿Qué Prov Afanásievich?
—Prov Afanásievich Sokolov. Mi tío segundo. Ese que está leyendo.
«¡Ah, el subdiácono! Pariente de los Tivierzin», y dijo:
—¡Chis! Calla. No me distraigas, por favor.
Habían llegado al principio de la función. Cantaban el salmo: Ángel divino, mi santo custodio...
La iglesia, semivacía, estaba llena de ecos. Sólo en torno al altar se apiñaba una pequeña multitud de fieles. Era una iglesia de reciente construcción, y la vidriera, desnuda e incolora, no lograba dar vida y alegría a la callejuela gris contigua al edificio, llena de nieve y recorrida por mudos transeúntes y silenciosos vehículos. Junto a la vidriera, el deán de la iglesia, sin preocuparse de la función y con tono tan alto como para ser oído desde los cuatro ángulos del templo trataba de hacer comprender algo a una devota andrajosa dura de oído. También su voz era inexpresiva e incolora como el ventanal y el callejón.
Mientras Lara, dando lentamente la vuelta en torno al grupo de fieles, se dirigía, apretando el dinero en la mano, a comprar las velas para ella y Olia, y luego, también con cuidado de no tropezar con nadie, retrocedía, Prov Afanásievich logró soltar de un tirón nueve bienaventuranzas, con la indiferencia de quien repite cosas bien conocidas de todos.
Lara continuaba avanzando, pero de pronto se estremeció y detuvo. La última se refería a ella. Prov Afanásievich recitaba:
—Envidiable es la suerte de los humillados; ellos tienen algo que contar de sí mismos. Todo lo tienen ante sí. De este modo pensaba Cristo.
18

Eran los días de la Priesnia[16]. Su casa se encontraba en la zona de la insurrección. Pocos pasos más allá, en la Tverskaia, estaban construyendo una barricada: velase todo desde la ventana del hotel. Desde el patio llevaban grandes cubos de agua que vertían sobre la barricada para cimentar con una coraza de hielo las piedras y detritos que la constituían.
El patio era el punto de reunión de los insurrectos, una especie de centro sanitario o de aprovisionamiento.
Pasaron dos muchachos. Lara los conocía: uno era Nika Dúdorov, amigo de Nadia, en cuya casa lo había visto. Era de su grupo en el colegio: honrado, orgulloso y taciturno. No era distinto de ella y no le interesaba.
El otro era el alumno de la escuela real Antípov: vivía con la vieja Tivierzin, la abuela de Olia Diómina. En sus visitas a Marfa Gavrílovna, Lara había comenzado a advertir la impresión que producía en el muchacho. Pasha Antípov era todavía infantilmente sencillo, tanto como para no ocultar la felicidad que le producían aquellos encuentros, como si Lara fuese un bosquecillo de abedules durante la canícula, con la hierba limpia y las nubes, y él un becerrillo que pudiera expresar impunemente su entusiasmo, sin temor a caer en el ridículo.
Apenas hubo notado la influencia que ejercía sobre él, Lara, inconscientemente, comenzó a aprovecharse de ella. Pero hasta muchos años más tarde no se ocupó seriamente de moldear aquel carácter dulce y maleable, en una época muy posterior a la de su amistad, cuando Patulia sabía ya que la amaba perdidamente y que ya la vida no le permitía esperanza alguna.
Los muchachos jugaban al más terrible y viril de los juegos, a la guerra, a una guerra que, sólo por haber participado en ella, traía consigo ejecuciones capitales o confinamientos.
Pero la forma en que estaban anudadas las puntas de sus gorros, al estilo cosaco, revelaba que tratábase de muchachos que tenían todavía vivos a papá y mamá. Lara lo miraba como un adulto mira a los niños. Sobre sus peligrosas diversiones alentaba un aire de inocencia que se comunicaba a todo lo demás: a la noche de hielo que se había cubierto de una escarcha aterciopelada, tan espesa que parecía negra; al patio velado de azules sombras; a la casa de enfrente, donde estaban encerrados los muchachos; y sobre todo a los disparos de revólver que se oían continuamente por aquel lado.
«Los chicos disparan —pensaba Lara. Y no se refería solamente a Nika y a Patulia, sino a toda la ciudad que disparaba—. Buenos y honrados muchachos —pensó—. Son buenos y por eso disparan.»
19

Supieron que contra la barricada podía abrirse fuego de artillería y que la casa estaba en peligro. Pero su barrio estaba rodeado y ya era demasiado tarde para pensar en trasladarse a casa de algún conocido en otra parte de la ciudad. Había que buscar refugio en la vecindad, dentro de la zona cercada. Recordaron el «Chernogorie».
Pero la pensión estaba totalmente ocupada, porque muchos otros que se encontraron en la misma situación tuvieron análoga idea. Como eran viejos clientes, les prometieron sitio en la guardarropía.
En tres fardos, para no llamar la atención con las maletas, recogieron lo indispensable. Luego, en días sucesivos, comenzaron a enviar los bártulos a la pensión.
A causa de las costumbres patriarcales que reinaban en el obrador, el trabajo continuó hasta el último momento, a pesar de la huelga. Y una tarde fría y oscura llamaron a la puerta de entrada: entró un hombre protestando y amenazando. En la entrada preguntó por la dueña. Faína Silántievna se dirigió a la antesala para intentar calmar los ánimos.
—¡Venid aquí, chicas!
Llamó a las oficialas y comenzó a presentarlas al hombre que había entrado. El, de un modo torpe y cordial, estrechó la mano de cada una, después de haber llegado con Fetísova a un acuerdo sobre algo.
De vuelta a la sala, las oficialas comenzaron a envolverse en los chales y a ponerse las estrechas pellizas, levantando los brazos sobre la cabeza.
—¿Qué pasa?—preguntó Amalia Kárlovna, que acababa de llegar.
—Nos vamos, madame. Estamos en huelga.
—Pero... ¿qué daño os he hecho yo?
Y madame Guichard se echó a llorar.
—No se lo tome así. Amalia Kárlovna. No le tenemos ningún rencor; es más, le estamos muy agradecidas. Pero no se trata de usted o de nosotras. Ahora es así para todos en todo el mundo. ¡Qué le vamos a hacer!
Se fueron todas hasta la última, incluso Olia Diómina y Faína Silántievna, que, al despedirse, dijo a la dueña que ella tomaba parte en la huelga por el bien de la propietaria y de la casa. Pero la Guichard no lograba tranquilizarse.
—¡Qué negra ingratitud! ¡Cómo se engaña una con la gente! ¡Y pensar en lo que me he desvivido por esa chiquilla! Pase con ella, porque es una niña. Pero esa vieja bruja...
—Compréndelo, madrecita, no se puede hacer una excepción contigo —la consolaba Lara—. Nadie tiene nada contra ti. Al contrario. Todo lo que está sucediendo ahora se hace en nombre de la humanidad, en defensa de los débiles, por el bien de las mujeres y los niños. Sí, sí, no muevas la cabeza con desconfianza. Gracias a esto algún día la vida será mejor para ti y para mí.
Pero su madre no comprendía.
—Siempre lo mismo —censuró—, en los momentos de confusión dices unas cosas tan gordas como para hacerse cruces. Me dan la patada y, según tú, esto se hace por mi interés. No, es para volverse loca.
Rodia estaba en la Academia de Cadetes. Lara y su madre vagaban solas por la casa vacía. La oscura calle miraba con ojos vacíos en el interior de las habitaciones, y éstas respondían con una mirada igual.
—Vamos al hotel antes de que oscurezca. ¿Oyes, mamita? No nos demoremos más, enseguida.
—Filat, Filat —llamaron al portero—, Filat, palomita, acompáñanos al «Chernogorie».
—Sí, señora.
—Toma los paquetes y, por favor, cuida luego de todo lo que dejamos aquí, hasta que las cosas se tranquilicen. Y no te olvides de dar agua y alpiste a «Kirill Modéstovich». Y ciérralo todo con llave. Y, por favor, date prisa.
—Sí, señora.
—Gracias, Filat. Cristo te ampare. Bueno, calmémonos antes de marcharnos, y que Dios nos ayude.
Salieron a la calle y les pareció que el aire era distinto, como si hubiesen pasado una larga enfermedad. La atmósfera helada, que podía cascarse en dos como una nuez, difundía levemente en todas direcciones sonidos claros y limpios, como trabajados a torno. Oíanse las descargas y las balas chasqueaban y caían con un rumor sordo.
A pesar de que Filat tratase de convencerlas de lo contrario, Lara y Amalia Kárlovna se creían que se trataba de salvas.
—Eres un bobalías, Filat. Juzga tú mismo: ¿cómo es posible que no sean salvas, cuando ni siquiera se ve quién dispara? ¿Crees acaso que dispara el Espíritu Santo? Naturalmente que son salvas.
En un cruce los detuvo una patrulla de ronda. Fueron cacheadas por los cosacos, que, bromeando, las sobaron con insolencia de pies a cabeza. Llevaban los gorros, sin visera y con barboquejo, ladeados jactanciosamente sobre una oreja. Parecía que tuviesen un solo ojo.
«¡Qué suerte —pensó Lara—, no veré a Komarovski mientras estemos aislados del resto de la ciudad!»
Si no podía librarse de él era a causa de su madre, a quien no podría decirle: mamá, no lo recibas más. Se descubriría todo. ¿Y qué? ¿Por qué tener miedo? ¡Ah, que fuera lo que Dios quisiera, pero que acabase de una vez! ¡Señor, Señor, Señor! Estuvo a punto de caer desmayada de vergüenza en medio de la calle. ¿De qué se acordaba? ¿Del título de aquel cuadro terrible con un romano gordo, que había en el reservado donde comenzó todo? Mujer o jarro. ¿Cómo no? Ciertamente era un cuadro famoso. Mujer o jarro. Y ella no era todavía mujer, para que la pudiesen comparar con aquel precioso objeto. Eso vino después. La mesa estaba puesta con mucho lujo.
—¿Adónde corres como una loca? No puedo seguirte —lloriqueaba tras ella Amalia Kárlovna, respirando fatigosamente y no logrando darle alcance.
Lara iba cada vez más deprisa. La impulsaba una fuerza, y era como si volase, una fuerza poderosa que le daba ánimos.
«¡Qué alegremente suenan esos disparos! —pensaba—. Bienaventurados los perseguidos, bienaventurados los humillados. ¡Dios os ayude, disparos! ¡Disparos, disparos, vosotros queréis lo que yo quiero!
20

La casa de los hermanos Gromeko levantábase en la esquina de Sívtsev Vrázhek con otra calle. Alexandr y Nikolái Alexándrovich Gromeko eran profesores de química; el primero en la Academia Petróvskaia, y el segundo en la universidad. Nikolái Alexándrovich era soltero y Alexandr Alexándrovich estaba casado con Anna Ivánovna, nacida Krueger, hija de un industrial siderúrgico, propietario de minas abandonadas por escaso rendimiento en los terrenos de la inmensa finca forestal que poseía cerca de Yuriatin en los Urales.
La casa era de dos pisos. El superior, con los dormitorios, la sala para las clases, el estudio de Alexandr Alexándrovich y la biblioteca, el boudoir de Anna Ivánovna y las habitaciones de Tonia y Yura, estaba destinado a vivienda, y el piso bajo a las recepciones. Las cortinas de color de alfóncigo, los brillantes reflejos sobre la tapa del piano, el acuario, los muebles de color aceituna y las plantas de adorno parecidas a las algas daban a la parte inferior de la casa el aspecto de un verde fondo marino, soñolientamente ondeante.
Los Gromeko eran personas cultas, hospitalarias, grandes conocedores de la música y apasionados por ella. Habían reunido a su alrededor a un círculo de amigos y organizaban veladas de música de cámara, durante las cuales se ejecutaban tríos al piano, sonatas de violín y cuartetos de cuerda.
En enero de 1906, inmediatamente después de la partida de Nikolái Nikoláevich al extranjero, debía tener efecto en la casa de Sívtsev el acostumbrado concierto de cámara. En el programa figuraba una nueva sonata para violín compuesta por un discípulo de la escuela de Taniéev y un trío de Chaikovski.
La víspera comenzaron los preparativos. Habíanse apartado algunos muebles para hacer más espaciosa la sala, y por centésima vez el afinador hacía vibrar la misma nota o ejecutaba caprichosos arpegios semejantes a una lluvia de perlas. En la cocina se desplumaban pollos, se limpiaba la verdura y se trituraba la mostaza en aceite para las salsas y ensaladas.
Por la mañana, para aumentar la confusión, se había presentado Shura Schlésinger, íntima amiga y confidente de Anna Ivánovna.
Era una mujer alta y flaca con líneas regulares en un rostro más bien varonil, que a veces hacía pensar en el zar, especialmente con su gorro gris de astracán, que llevaba ladeado, y que no se quitaba ni cuando estaba de visita, limitándose entonces a levantar un poco el velo que colgaba de él.
En los momentos de pena o de preocupación las dos amigas encontraban en la conversación un alivio recíproco que consistía en dedicarse mutuamente ásperas palabras con tono más venenoso cada vez. Producíanse borrascosas escenas que terminaban pronto en lágrimas y reconciliación. Estos altercados regulares ejercían sobre ambas una acción sedante, como las sanguijuelas en las congestiones.
Shura Schlésinger se había casado varias veces, pero inmediatamente después del divorcio olvidaba a sus maridos y les concedía tan poca importancia que en todas sus maneras conservaba la fría desenvoltura de la mujer solitaria.
Aunque era teósofa, conocía tan perfectamente el desarrollo del rito ortodoxo, que a veces, toute transporté, en un estado de éxtasis completo, no podía contenerse y sugería a los oficiantes lo que debían decir o cantar: «Escúchame, Señor», en todo momento», «querubín purísimo»... Constantemente se oía su ronca y quebrada voz apresurada.
Conocía además las matemáticas, las artes mágicas de la India, las señas de los más famosos profesores del Conservatorio de Moscú y las personas que vivían con cada uno de ellos, y sólo Dios sabe lo que aquella mujer ignoraba. Por eso la llamaban para que actuase como juez y organizador en toda circunstancia difícil.
A la hora establecida comenzaron a llegar los invitados: Adelaida Filíppovna, Hinz, los Fufkov, el señor y la señora Basurmán, los Verzhitski, el coronel Kavkáztsev. Estaba nevando y cuando se abrió el portalón de entrada, penetró una ráfaga de aire en la que se vieron danzar pequeños y grandes copos de nieve. Los hombres entraban calzando altas botas de agua que les cubrían las pantorrillas y todos sin excepción parecían angelotes distraídos y acoquinados, mientras que sus mujeres, refrescadas por la helada, desabrochado el cuello de las pellizas y con los chales de piel sobre los cabellos cubiertos de escarcha, ofrecían el aspecto de bribonas redomadas, todas astucia y perfidia.
—El sobrino de Kiui[17] —se oyó murmurar cuando entró el nuevo pianista, invitado por primera vez en casa de los Gromeko.
Desde la sala, a través de las puertas laterales abiertas de par en par, descubríase en el comedor la mesa puesta, larga como una ruta de invierno. Hería los ojos el juego de luces de las botellas de cristal tallado, llenas de aguardiente de ciruelas. La imaginación se embelesaba en los platos de carne, las jarritas de vinagre puestas en bandejas de plata y la pintoresca variedad de caza y entremeses, y también con las servilletas plegadas en forma de pirámide junto a cada cubierto, mientras las cinerarias moradas y azules, oliendo a almendra, colocadas en canastillos, parecían excitar el apetito. Para no demorar el deseado instante en que se podrían saborear aquellos manjares regios, todos se apresuraron a despachar lo antes posible los espirituales. Distribuyéronse en fila en la sala. De nuevo se murmuró la frase «El sobrino de Kiui», cuando el pianista se hubo colocado ante su instrumento. El concierto comenzó.
Se preveía que la sonata sería aburridamente alambicada y cerebral. Además de confirmarse las previsiones, resultó también terriblemente prolija.
Durante el intervalo discutieron de esto el crítico Kerimbiékov y Alexandr Alexándrovich. El primero menospreciaba la sonata, y Alexandr Alexándrovich la defendía. La gente fumaba y se movía ruidosamente en las sillas.
De nuevo las miradas cayeron sobre los planchados manteles que blanqueaban en la estancia vecina y todos propusieron que el concierto continuara sin más dilación.
El pianista miró al público y con la cabeza dio a sus acompañantes la señal de empezar. El violinista y Tyszkiewicz blandieron los arcos y el trío comenzó a sollozar.
Yura, Tonia y Misha Gordón, que ahora pasaba la mitad de su tiempo con los Gromeko, estaban sentados en la tercera fila.
—Yegórovna le hace señas —susurró Yura a Alexandr Alexándrovich, que se sentaba precisamente delante de él.
En la entrada de la sala, Agrafiona Yegórovna, la vieja y canosa camarera de los Gromeko, con miradas desesperadas en dirección a Yura y otros tantos movimientos de cabeza indicando a Alexandr Alexándrovich, trataba de hacer comprender al muchacho que tenía urgente necesidad de hablar con el dueño de la casa.
Alexandr Alexándrovich se volvió, lanzó una mirada llena de reproche a Yegórovna y se arrellanó en su asiento. Pero Yegórovna no cejaba. A poco, de un extremo a otro de la sala, se estableció entre ellos un diálogo como si fueran dos sordomudos. Los presentes comenzaron a mirarlos, y Anna lvánovna lanzó feroces miradas a su marido.
Alexandr Alexándrovich se levantó. Había que hacer algo. Enrojeciendo, dio silenciosamente la vuelta a la sala y se acercó a Yegórovna.
—¿No te da vergüenza, Yegórovna? ¿Qué te pasa? Vamos, pronto, ¿qué hay?
Yegórovna dijo en voz baja.
—¿Qué Chernogorie?
—La pensión.
—Bueno ¿y qué?
—Lo reclaman con urgencia. Hay alguien que se está muriendo.
—¡Morirse ahora! ¡Vaya una idea! Eso es imposible, Yegórovna. En cuanto haya terminado de tocar se lo diré. Antes no es posible.
—E1 de la pensión está esperando. Y también el cochero. Le digo que se está muriendo una persona, ¿comprende? Una dama, de la nobleza.
—Bueno, bueno. Es cosa de cinco minutos.
Con el mismo paso silencioso, a lo largo de la pared, Alexandr Alexándrovich volvió a su puesto y se sentó ceñudo, frotándose la nariz.
Terminada la primera parte se acercó a los músicos y, mientras escuchaban los aplausos, dijo a Fadiéi Kazimírovich que habían ido a buscarlo. Tratábase de un accidente desagradable, y habría que suspender el concierto. Luego, con un ademán hacia la sala, hizo cesar los aplausos y habló en voz alta:
—Señores, hay que interrumpir el terceto. Expresemos nuestro sentimiento a Fadiéi Kazimírovich, que ha tenido un contratiempo. Se ve obligado a dejarnos. Pero no quiero que esté solo en un momento como éste: podría tener necesidad de mí. Iré con él. Yúrochka, ve a decir a Semión que espere en el portal. Ya tiene enganchados los caballos. Señores, no me despido. Les ruego a todos que se queden. Regresaré enseguida.
Los muchachos pidieron permiso para acompañar a Alexandr Alexándrovich en aquella carrera nocturna sobre el hielo.
21

A pesar de que el curso normal de la vida se había encarrilado de nuevo, transcurrido el mes de diciembre seguía el tiroteo en diversos lugares, y los incendios que se producían de continuo parecían ser los incendios precedentes a punto de apagarse.
Nunca habían ido tan lejos y durante tanto tiempo en trineo como aquella noche. En realidad estaban muy cerca: las avenidas de Smolensk, Novinsk y la mitad de la calle Sadóvaia. Pero la oscura niebla y el hielo parecían fragmentar de tal modo el espacio que uno perdía el sentido de la distancia, como si el espacio no fuese el mismo en todas partes. El humo denso y desflecado de las hogueras, el crujido de los pasos y el chirriar de los patines aumentaban la impresión de que estaban viajando desde Dios sabe cuando y de que se encontraban en una lejanía sin fin.
Ante la pensión hallábase detenido un esbelto trineo de moda, cuyo caballo estaba cubierto con una gualdrapa y tenía los cascos vendados. El lugar de los pasajeros lo ocupaba el cochero que, para calentarse, se apretaba entre sus enguantadas manos la encapuchada cabeza.
En el zaguán no hacía frío y, detrás de la barandilla que separaba el perchero de la entrada, dormía el portero roncando tan ruidosamente que de vez en cuando le despertaban sus propios ronquidos, para reanudar luego su sueño acunado por el zumbido del ventilador, el jadeo de la estufa y el silbido del hirviente samovar.
A la izquierda del vestíbulo, ante un espejo, había una señora muy acicalada, carirredonda y excesivamente empolvada, que vestía una chaqueta de piel demasiado ligera para el frío de aquellos días. Esperaba a alguien que había salido y, vuelta de espaldas al espejo, miraba, ora por encima del hombro derecho, ora del izquierdo, el efecto de su figura vista por detrás.
El aterido cochero se asomó por la puerta de la calle. Por la forma de su caftán recordaba una rosquilla, y las volutas de vapor que exhalaba su cuerpo hacían todavía más viva la semejanza.
—Debería darse prisa, mamzell —dijo a la señora que se miraba en el espejo—. Trabajando con usted no se consigue nada más que el caballo se quede tieso de frío.
Lo que ocurría en la habitación número veinticuatro era una pequeñez en comparación con el habitual desorden en medio del cual vivía diariamente el personal de la casa. A cada momento sonaban timbres y, en el cuadro de la pared, aparecían los números que indicaban en qué habitación alguien estaba perdiendo la cabeza y, sin saber siquiera lo que deseaba, atormentaba a los camareros de servicio.
Ahora se trataba de aquella vieja loca de madame Guichard, en el veinticuatro: le administraban un vomitivo y le limpiaban las tripas y el estómago. Glasha, la camarera, tenía los pies molidos de tanto fregar el suelo de la habitación y de traer y llevar baldes de agua limpia y sucia. Pero la tormenta en el office había empezado mucho antes, cuando todavía no podía preverse nada por el estilo ni se había enviado a Terioshka con un coche de punto en busca de un médico y de aquel pobre rascatripas, cuando no había llegado aún el señor Komarovski y en el corredor, ante la puerta, no se agolpaba tanta gente inútil, obstaculizando el paso.
El barullo había comenzado en el office porque alguien había irrumpido torpemente en el estrecho corredor de la cafetería y tropezado involuntariamente con el camarero Sysói precisamente en el momento en que éste, inclinándose hacia adelante, tomaba carrerilla desde la puerta en dirección al corredor, con la bandeja llena en la mano derecha levantada. Sysói dejó caer la bandeja, se derramó la sopa y se rompió la vajilla: tres platos soperos y uno de postre.
El camarero sostuvo que había sido la fregona y que ella debía responder de los daños. Eran ya las once de la noche. La mitad del personal debería dejar el trabajo dentro de poco y ellos continuaban la pelotera.
—Le tiemblan los brazos y las piernas. Día y noche está abrazado a la cacerola, como si fuera su mujer. De tanto pimplar tiene la nariz roja como la de un pato, y luego dice que le han empujado, que le han roto los platos, que se ha derramado la sopa de pescado... ¿Quién te ha empujado, feo del demonio, sabandija podrida? ¿Quién te ha empujado, potra de Astracán, cara de cemento?
—Te tengo dicho que midas tus palabras, Matriona Stepánovna.
—¡No valía la pena armar tanto cisco y romper los platos! Todo por semejante tipeja, una picajosa cualquiera, una mira me y no me toques, una maturranga que se atiza un veneno por todos esos bonitos cuentos de inocencia perdida.
Misha y Yura paseaban por el corredor ante la puerta de la habitación. Aquello no era lo que Alexandr Alexándrovich había imaginado: un violonchelista, una tragedia, algo decoroso y limpio. Al contrario, quién sabe de qué diablos se trataba. Porquerías, algo escandaloso, absolutamente inadecuado para niños.
Los muchachos continuaban paseando de un extremo a otro del corredor.
—Vamos, entren a ver a la señora, señoritos —por segunda vez trataba de convencerlos con voz lenta y sumisa un camarero que se había acercado a ellos—. Entren, entren, no tengan miedo. No tiene nada, tranquilícense. Ahora todo está como antes. Pero aquí no se puede estar. Aquí ha ocurrido una desgracia: han roto platos que valen mucho dinero. Vamos, comprendan que tenemos que trabajar, ir de prisa, y que esto es muy estrecho. Vamos, entren.
Los muchachos obedecieron.
En la habitación, la lámpara de petróleo que colgaba sobre la mesa del comedor había sido trasladada al otro lado del tabique de madera, apestoso de chinches, que partía en dos la estancia.
La cama estaba en el lado de acá, separada del resto de la habitación y protegida de las miradas extrañas por una polvorienta cortina de pliegues. Con la confusión olvidaron correrla y uno de sus extremos descansaba sobre el borde superior del tabique. La lámpara de petróleo estaba colocada sobre una banqueta y el rincón quedaba bruscamente iluminado desde abajo como por una luz de candilejas.
El veneno utilizado había sido yodo y no arsénico, como erróneamente había maliciado la fregona. En la habitación reinaba un olor acre y viscoso de nuez fresca con la cáscara verde todavía blanda, pero ennegrecida por el manoseo.
Al otro lado del tabique una joven estaba aljofifando el suelo y en la cama una mujer semidesnuda, inundada de agua, lágrimas y sudor, lloraba ruidosamente, dejando colgar sobre el bacín la cabeza con mechones de cabellos pegados. Los muchachos, turbados, apartaron enseguida la mirada de aquel espectáculo inconveniente. Pero Yura tuvo tiempo de observar con asombro que la mujer, en ciertas actitudes incómodas y descompuestas, a causa de una emoción o de un esfuerzo, deja de ser la que las esculturas representan, para parecerse a un luchador desnudo, con los músculos en tensión y los pantalones cortos, dispuesto para la competición.
Por último, al otro lado del tabique, tuvieron la buena idea de correr la cortina.
—Fadiéi Kazimírovich, querido, ¿dónde está su mano? Déme la mano —decía la mujer con voz sofocada por las lágrimas y la náusea—. ¡He sentido un horror tan grande! ¡Tenía tantas sospechas! Fadiéi Kazimírovich... Me había imaginado... Pero por suerte he comprendido que todo eran tonterías, cosas de mi imaginación desequilibrada. Fadiéi Kazimírovich, ¡qué alivio! Y el resultado... aquí está: estoy viva.
—Cálmese, Amalia Kárlovna, se lo suplico. Qué desagradable es todo esto, palabra de honor, qué molesto, la verdad...
—Ahora nos iremos a casa —rezongó Alexandr Alexándrovich, dirigiéndose a los muchachos.
Turbados por lo embarazoso de la situación, se habían retirado a la penumbra del vestíbulo, junto al umbral, al otro lado del tabique, y no sabiendo dónde poner los ojos, miraban hacia la parte más oscura, allí de donde había sido retirada la lámpara. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, había una étagère con las partituras, una mesa escritorio llena de papeles y álbumes, mientras en la parte opuesta a la mesa de comedor cubierta con un mantel de punto de ganchillo, una muchacha dormía en una butaca, abrazada al respaldo en el que apoyaba la mejilla. Debía de estar muy cansada porque ni el ruido ni el movimiento le impedían dormir.
Ir allí había sido una idea absurda, y encontrarse en aquella situación resultaba una inconveniencia.
—Ahora nos vamos —repitió Alexandr Alexándrovich—. En cuanto salga Fadiéi Kazimírovich. Quiero despedirme de él.
Pero, en lugar de Fadiéi Kazimírovich, salió de detrás del tabique otra persona: un hombre fornido, bien afeitado, elegante y seguro de sí mismo. Sostenía la lámpara en alto, sobre la cabeza: se acercó a la mesa tras la cual dormía la muchacha y dejó la lámpara en su sitio. La luz despertó a la joven, que le sonrió y se desperezó entornando los ojos.
Al ver al desconocido. Misha tuvo un sobresalto y lo miró como si quisiera atravesarlo con los ojos, después tiró de la manga a Yura, intentando decirle algo.
—¿No te da vergüenza hablarme al oído en una casa ajena? ¿Qué pensarán de ti?—le reconvino Yura sin querer escucharlo.
Mientras tanto, entre el hombre y la muchacha se desarrollaba un diálogo silencioso. No se decían nada, limitábanse a cambiar algunas miradas. Pero entre ellos existía una inteligencia tan portentosa que casi daba miedo, como si él fuese el titiritero y ella el títere dócil a los movimientos de su mano.
La sonrisa de cansancio que se dibujaba en el rostro de la joven le hacía fruncir los párpados y entreabrir apenas la boca. Respondía a las miradas irónicas del hombre con unos guiños llenos de maliciosa complicidad. Los dos estaban contentos de que todo hubiese terminado tan felizmente, que su secreto no hubiera trascendido y que la mujer que había intentado envenenarse se hubiera salvado.
Yura los devoraba con la vista. Desde la penumbra donde nadie podía descubrirlo contemplaba fijamente la escena iluminada por la lámpara. Aquella muchacha tan dominada era un espectáculo lleno de misterio e impúdicamente real. Sentimientos contradictorios agolpábanse en su alma mientras una fuerza desconocida le oprimía el corazón.
Eso era precisamente lo que con tanto acaloramiento habían discutido él, Misha y Tonia. A eso le habían dado el nombre de «vulgaridad», nombre vacío, sin significado. Pero era algo que asustaba y al mismo tiempo atraía, algo de lo que se habían desembarazado con suma facilidad, relegándolo a una distancia que anulaba cualquier peligro. Y ahora, sin embargo, estaba allí, ante sus ojos, a dos pasos, al alcance de la mano y, no obstante, extrañamente confuso, como en un sueño, algo implacablemente destructivo y que, al mismo tiempo, gemía e imploraba ayuda. ¿Adónde había ido a parar su infantil filosofía y qué podía hacer ahora él, Yura?
—¿Sabes quién es ese hombre?—preguntó Misha cuando salieron a la calle.
Yura, sumido en sus pensamientos, no respondió.
—Es el mismo que hizo de tu padre un alcoholizado y lo arruinó. ¿Recuerdas? En el tren. Ya te lo conté.
Yura pensaba en la muchacha y en el porvenir, no en su padre y en el pasado. Pero, sin embargo, comprendió desde el primer momento lo que Misha le había dicho. Con el hielo era difícil hablar.
—¿Estás helado, Semión?—preguntó Alexandr Alexándrovich.
Y partieron.

III
EL ÁRBOL DE NAVIDAD DE LOS SVIENTITSKI

1

Una vez, en invierno, Alexandr Alexándrovich regaló a Anna Ivánovna un armario antiguo. Lo había comprado de ocasión. Era de madera negra y tan grande que no pasaría por ninguna puerta. Lo llevaron desmontado, y entonces se empezó a pensar dónde meterlo. No era adecuado para las habitaciones de la planta baja, donde hubiese entrado, porque su función era distinta, y además no podían encontrarle un sitio a propósito por falta de espacio. Por este motivo se despejó una parte del rellano superior de la escalera interna, cerca de la puerta de entrada del dormitorio de los dueños.
Márkel, el portero, vino para montar el armario, y se trajo consigo a su hijita Marinka, de seis años, a quien le dieron un pirulí. Marinka fruncía la nariz y miraba enfurruñada el trabajo de su padre, mientras daba lametones al caramelo y a sus deditos pegajosos.
Al poco rato todo estuvo listo. El armario crecía agradablemente a los ojos de Anna Ivánovna. Y poco después, cuando ya faltaba solamente colocar la parte superior, tuvo la idea de ayudar a Márkel. Se puso de pie dentro del armario, demasiado alto con relación al suelo, y, para mantener el equilibrio, se apoyó en la pared lateral que se sostenía solamente por medio de unas espigas encajadas. El lazo con el cual Márkel había sujetado provisionalmente los costados, se soltó y Anna Ivánovna cayó hacia atrás, junto con las tablas, que rodaron por el suelo y le produjeron una dolorosa confusión.
—¡Eh! ¡Señora, mátushka! —exclamó Márkel corriendo hacia ella—. ¿Cómo diablos ha hecho esto? ¿No se ha roto nada? Mírese los huesos. Lo que importa son los huesos, la molla no cuenta, la molla se rehace y, como dice la gente, a ustedes las mujeres les sirve para figurar. Y tú no chilles, pequeñaja —dijo, desahogándose, a Marinka, que se había echado a llorar—. Lárgate de aquí y ve corriendo con tu madre. ¡Ah, señora mía, mátushka! ¿Creyó usted que no sería capaz de montar este condenado armario? Sin duda pensó usted que no soy más que un portero y, efectivamente, lo soy, pero ha de saber que somos de raza carpintera, siempre hemos trabajado en carpintería. Usted no lo creerá, pero muebles como éste, armarios de esta clase y bufetes han pasado a cientos por mis manos para que los barnizara, y muchos eran de caoba y nogal.
Con la ayuda de Márkel, Anna Ivánovna llegó a la butaca y se sentó en ella, jadeante y frotándose las contusiones. Márkel se dedicó a volver a colocar en su sitio lo que se había venido abajo. Cuando hubo ajustado el techo dijo:
—Ahora sólo le faltan las puertas, y a otra cosa.
A Anna Ivánovna no le gustaba el armario. Su aspecto y dimensiones le recordaban un catafalco o el sepulcro del zar y le producía un supersticioso terror. Le había puesto el nombre de «Tumba de Askold»[18], sobrentendiendo con esta definición el caballo de Olieg[19], que había causado la muerte de su amo. Con su cultura de aproximación confundía dos conceptos análogos.
Con aquella caída comenzó la predisposición de Anna Ivánovna a las enfermedades del pecho.
2

Durante todo el mes de noviembre de 1911 Anna Ivánovna permaneció encamada con pulmonía.
En la primavera del año siguiente Yura y Misha terminaron sus estudios en la universidad y Tonia los cursos femeninos superiores: Yura se doctoró en medicina. Tonia en leyes y Misha en filosofía.
El carácter de Yura era singular y complejo y sus ideas, costumbres y dotes profundamente originales. Impresionable más allá de toda medida, poseía una sensibilidad particular e indefinible.
Pero, con todo y ser tan grande su devoción por el arte y la historia, no vaciló al elegir una profesión. Consideraba que el arte estaba al margen de toda actividad práctica, del mismo modo que no puede ser una profesión la alegría innata o la tendencia a la melancolía. Sintiéndose interesado por la física y las ciencias naturales, y considerando necesario en la vida ocuparse de algo universalmente útil, había elegido la medicina.
Cuando, cuatro años antes, se matriculó en el primer curso, durante todo un semestre se dedicó a la disección de cadáveres en los sótanos de la universidad. Llegábase al depósito por una tortuosa escalera. En el aula de anatomía, los estudiantes, con los cabellos caídos sobre los ojos, trabajaban en grupos o aisladamente: algunos, rodeados de huesos, hojeaban viejos y gastados manuales; otros, en los rincones, disecaban en silencio los cadáveres; otros también, bromeaban contando chistes y cazando ratas, que en gran número corrían por el pavimento de piedra del depósito. En la penumbra brillaban fosforescentes los cadáveres de gentes desconocidas, en una rígida desnudez que atraía la mirada: jóvenes suicidas y ahogados. Las sales de alumbre con que se les rociaba los rejuvenecían y les conferían una ilusoria plenitud. Los muertos eran abiertos en canal, desmembrados y preparados, y la belleza del cuerpo humano continuaba siendo fiel a sí misma, a pesar de cualquier disección, incluso la más minuciosa. De tal modo, que el estupor que se apoderaba de uno ante una rusalka, arrojada brutalmente sobre la mesa de cinc, no cedía siquiera ante una mano amputada o un dedo cortado. El sótano olía a formol y ácido fénico, y en todo se advertía la presencia de un misterio, el principio del desconocido destino de todos esos cuerpos yacentes, hasta el secreto de la vida y de la muerte que allí tenía su casa o su cuartel general.
Las voces de este misterio, sofocando todo lo demás, perseguían a Yura, impidiéndole disecar. Pero se había acostumbrado también a esto, como a muchas otras cosas de la vida que lo molestaban, de manera que dejó de constituir para él un motivo de inquietud.
Tenía ideas claras y pluma feliz. Desde sus años de colegio había deseado llegar a ser un escritor, escribir un libro sobre la vida, en el cual, como la explosión de una carga escondida, pudiera expresar todo lo que de más maravilloso había visto y comprendido en el mundo. Pero era demasiado joven para llevar a cabo una obra semejante y mientras tanto escribía versos, como hace un pintor que durante toda su existencia pinta solamente estudios para una gran tela que tiene en la cabeza.
Sus versos, según él, se justificaban en virtud de cierta fuerza y originalidad, las dos dotes que consideraba esenciales en la realidad del arte, por lo demás abstracto, inútil y vacío.
Comprendía cuánto le debía a su tío por los muchos aspectos comunes de sus caracteres.
Nikolái Nikoláevich vivía en Lausana. En los libros que publicaba allí, en ruso y traducidos, desarrollaba su antiguo concepto de la historia como un segundo universo construí-do por el hombre para responder al misterio de la muerte y fundado sobre los fenómenos memoria y tiempo. El sentido de sus libros era un cristianismo entendido de una nueva forma, y su directa consecuencia una nueva concepción del arte.
Su pensamiento, más que en Yura, influía en su amigo Misha Gordón, que se había dedicado específicamente a la filosofía. En la universidad seguía cursos de teología y se proponía incluso ingresar luego en la academia eclesiástica.
La influencia de su tío contribuía á la formación de Yura y le proporcionaba el sentido de la libertad. En cambio, Misha era dominado por él. Yura comprendía qué papel desempeñaba el origen de Misha en los extremismos de las pasiones de éste. Por gentileza y afecto no quería disuadirlo de sus terribles proyectos, pero a menudo hubiese deseado verlo menos abstraído, más cerca de la realidad.
3

Una noche, hacia fines de noviembre, Yura volvió tarde de la universidad, cansadísimo y sin haber comido en todo el día. Le dijeron que durante toda la jornada se habían sentido llenos de angustia porque Anna Ivánovna había entrado en delirio, y los muchos médicos que entonces la vieron aconsejaron que se llamara al sacerdote, pero que luego cambiaron de idea. Ahora estaba mejor, se había repuesto y pedido que en cuanto Yura llegase fuese a verla.
Yura obedeció y, sin quitarse el abrigo, entró en la alcoba.
Había allí todavía huellas del reciente desbarajuste. Con silenciosos movimientos, una enfermera ordenaba algo sobre la mesita de noche. Por todas partes veíanse servilletas arrugadas y toallas húmedas que habían sido utilizadas para hacer compresas. En la palangana había agua ligeramente enrojecida de sangre, y, al lado, frascos rotos y trozos de algodón.
La enfermera, anegada en sudor, se humedecía con la punta de la lengua los resecos labios. Parecía mucho más delgada que por la mañana, cuando Yura la vio la última vez.
«Con tal de que no hayamos equivocado el diagnóstico —pensó—. Son todos los síntomas de la pulmonía. Esta debe ser la crisis.»
Después de haber saludado a Anna Ivánovna y haberle dicho unas vagas palabras para animarla, como se hace en casos semejantes, rogó a la enfermera que saliese de la habitación. Tomó entre los dedos el pulso de Anna Ivánovna, y con la otra mano se buscó en la chaqueta el estetoscopio, pero ella, con un movimiento de la cabeza, le indicó que era inútil. Yura comprendió que deseaba algo de él. Haciendo acopio de todas sus fuerzas Anna Ivánovna consiguió hablar:
—¿Sabes? Quiero confesarme... Me estoy muriendo... Es posible que de un momento a otro... Si una ha de sacarse una muela, tiene miedo, le duele, se prepara... Aquí no se trata de una muela, sino de una misma, de toda la vida... El ¡crac! y fuera, como con las tenazas... ¿Y qué será eso? Nadie lo sabe... Y yo tengo mucha pena y mucho miedo.
Calló. Las lágrimas corrieron abundantes por sus mejillas. Yura no decía nada. Al cabo de un instante Anna Ivánovna continuó:
—Tú tienes talento... tu talento... no es como el de los demás... Tienes que saber... Dime algo... Tranquilízame...
—¿Qué quieres que te diga?—respondió Yura. Se removió inquieto en la silla, se levantó, dio algunos pasos y volvió a sentarse—. En primer lugar, mañana te sentirás mejor. Tienes síntomas de que será así; me dejaría cortar la cabeza. Además: la muerte, el alma, la fe y la resurrección... ¿Quieres saber mi opinión de naturalista? ¿No sería mejor en otra ocasión? ¿No? ¿Enseguida? Bueno, como quieras. Sólo que resulta difícil así, de pronto —e improvisó para ella una verdadera lección, maravillado de que le saliese tan bien—. La resurrección, en la forma más vulgar en que se habla de ella, como consuelo de los débiles, es extraña para mí. También he interpretado siempre de otro modo las palabras de Cristo sobre los vivos y los muertos. ¿Dónde se meterían esos ejércitos reunidos en tantos milenios? No bastaría el universo, y la divinidad, el bien y el raciocinio deberían desaparecer del mundo. Serían aplastados por esa ávida muchedumbre animal.
»Pero, en el tiempo, siempre la misma vida, inconmensurablemente idéntica, vuelve a llenar el universo, cada hora se renueva en innumerables combinaciones y transformaciones. Y ahora te preocupas si resucitarás o no, cuando ya resucitaste, sin darte cuenta, cuando naciste.
»¿Sentirás dolor? ¿Acaso siente el tejido la propia disolución? Es decir, con otras palabras, ¿qué será de tu conciencia? Pero ¿qué es la conciencia? Veamos. Desear conscientemente dormir es verdadero insomnio, intentar conscientemente advertir el trabajo de la propia digestión es ir en busca de un trastorno de tipo nervioso. La conciencia es un veneno, un instrumento de autointoxicación para \el individuo que la aplica a sí mismo. La conciencia es luz dirigida hacia afuera y que ilumina el resto del camino ante nosotros para evitar que tropecemos. La conciencia es el faro encendido en la parte delantera de la locomotora en marcha. Dirige la luz hacia el interior y se producirá la catástrofe.
»Por lo tanto, ¿qué será de tu conciencia? Digo bien, tu conciencia. Pero, ante todo, ¿qué eres tú? Esta es la cuestión. Tratemos de orientarnos. ¿De qué modo tienes memoria de ti misma, de qué parte de tu organismo eres consciente? ¿De tus riñones, del hígado, de tus vasos sanguíneos? No, mira en tus recuerdos y verás que siempre te manifestaste hacia afuera en tus actos, en la obra de tus manos, en tu familia, en los demás. Y escúchame ahora con atención. El alma del hombre es justamente el hombre presente en los otros hombres. Eso es lo que eres, eso es lo que ha respirado, de lo que se ha alimentado y embriagado durante toda la vida tu conciencia. De tu alma, de tu inmortalidad, de tu vida en los demás. ¿Y qué? Has vivido en los otros y en los otros te quedarás. ¿Qué diferencia implica para ti que luego se llame recuerdo? Habrás entrado en la composición del futuro.
»Una última cosa. No hay de qué preocuparse. La muerte no existe. La muerte no está en nosotros. Has hablado de inteligencia, y esto es otra cosa, una cosa nuestra, accesible para nosotros. La inteligencia, el talento, en el sentido más amplio y lato, es el don de la vida.
»No habrá muerte, dice San Juan Evangelista, y verás qué simple es su argumentación. No habrá muerte porque aquello que fue antes ya ha pasado. Poco más o menos es esto: no habrá muerte porque esto ya fue, es viejo y aburre, y ahora es necesario algo nuevo y lo nuevo es la vida eterna.
Yura, mientras decía esto, paseaba por la habitación.
—Duerme —dijo, acercándose a la cama y acariciándole la cabeza.
Pasaron unos minutos y Anna Ivánovna comenzó a amodorrarse.
Silenciosamente, Yura salió de la habitación y dijo a Yegórovna que llamase a la enfermera.
«Cualquiera sabe lo que esto quiere decir —pensó—. Me estoy volviendo una especie de charlatán. Exorcizo, curo imponiendo las manos.»
Al día siguiente Anna Ivánovna estaba mejor.
4

Continuaba mejorando. A mediados de diciembre intentó levantarse, pero estaba todavía muy débil. Le aconsejaron que se quedara algún tiempo más en la cama.
Frecuentemente mandaba llamar a Yura y Tonia y se pasaba las horas hablando de su infancia, transcurrida en la finca de su abuelo en Varykino, junto al río Rynva, en los Urales. Yura y Tonia no habían estado nunca allí, pero, por las palabras de Anna Ivánovna, Yura imaginaba fácilmente aquellas cinco mil hectáreas de bosque secular e impenetrable, negro como la noche, cortado en dos o tres puntos, con las cuchilladas de sus sinuosidades, por el rápido río de lecho pedregoso y las altas escarpaduras de la ribera de los Krueger.
En aquellos días a Yura y Tonia les estaban haciendo sus primeros trajes de etiqueta: a Yura un traje negro y a Tonia un traje de noche, de raso claro y ligeramente escotado. Se los pondrían por primera vez el día veintisiete, día del tradicional árbol de Navidad, para ir a casa de los Svientitski.
El sastre y la modista entregaron los trajes el mismo día. Yura y Tonia se los probaron y se sintieron satisfechos. Todavía los tenían puestos cuando compareció Yegórovna y les dijo que Anna Ivánovna deseaba verlos. Tal como estaban, con los trajes nuevos, Yura y Toma fueron a verla.
Cuando ella los vio entrar se incorporó sobre un codo, se volvió a ellos, los examinó por delante y por detrás y les dijo:
—Muy bien. Magnífico. No sabía que estuvieran terminados. Vamos, Tonia, déjame que te vea. No, no es nada. Me pareció que en el vuelo te hacía unas arrugas. ¿Sabéis por qué os he llamado? Pero antes hablemos un momento de ti, Yura.
—Ya sé, Anna Ivánovna. Yo mismo quise que te dejaran ver la carta. Tú, lo mismo que Nikolái Nikoláevich, consideras que no debo renunciar. Pero espera, ten paciencia. Hablar puede hacerte daño. Ahora te lo explicaré todo. De todos modos no estás bien al corriente.
«Empecemos por el principio. Hay un pleito sobre la herencia de Zhivago, mi padre, que se va alargando para que los abogados ganen dinero con los gastos del juicio, pero en realidad no existe ninguna herencia, solamente deudas y líos, aparte de toda la suciedad que va a levantar eso. Si fuera posible lograr dinero, ¿crees que se lo regalaría a los tribunales y no sabría aprovecharme? Pero la realidad es que el pleito se ha hinchado y, antes que remover todas esas cosas, será mejor renunciar a cualquier derecho sobre unos bienes que no existen y cederlo todo a favor de unos rivales ficticios o impostores envidiosos. He oído hablar desde hace mucho tiempo de las pretensiones de una tal madame Alice, que vive con sus hijos en París bajo el nombre de Zhivago. Pero no sé si sabes que han surgido nuevas pretensiones: me he enterado hace poco.
»Por lo que parece, todavía en vida de mi madre, mi padre se enamoró de una exaltada, una soñadora, la princesa Stolbunova-Enritsi, de quien tuvo un hijo que tendrá ahora unos diez años y se llama Yevgraf.
»La princesa es una mujer solitaria. Vive con su hijo en un hotelito particular de las afueras de Omsk, no se sabe con qué medios. Yo he visto una fotografía de la casa. Es un bonito edificio de cinco ventanas de cristales, con medallones en alto relieve a lo largo de la cornisa. En estos últimos tiempos he tenido siempre la sensación de que con sus cinco ventanas esa casa me estaba mirando constantemente con una mirada perversa a través de los millares de verstas que separan la Rusia europea de Siberia, y que más tarde o más temprano me aojará. Y así ha sido: riquezas imaginarias, rivales que no existen, envidias, malevolencia y abogados.
—Sin embargo, no debes renunciar a eso —objetó Anna Ivánovna—. ¿Sabes por qué os he llamado?—repitió, y prosiguió seguidamente—: He recordado por fin el nombre. ¿Recuerdas que ayer te hablé del guardabosque? Se llamaba Vaj[20]. ¿No te parece extraordinario? Un negro espantajo del bosque, con barba hasta las cejas y que se llama Vaj. Tenía la cara desfigurada. Se la destrozó un oso, pero pudo salvarse. Allí todos son por el estilo. Con nombres como ese, monosilábicos. Porque resultan más sonoros y plásticos. Vaj. O bien Lupp. O también Favst. Escucha, escucha esto. A veces oíamos hablar de un tal Avkt o un tal Frol llegados Dios sabe de dónde, como si fueran disparos de carabina, e inmediatamente todos echábamos a correr hacia la cocina. Y ya puedes imaginarte qué gente: un carbonero que venía del bosque con un osezno vivo, o un guardafronteras con una muestra de mineral. Y el abuelo les daba a todos un bono. Para la factoría. A unos dinero, a otros grano y a otros municiones. El bosque estaba bajo las ventanas. Y nieve por todas partes, y más nieve. ¡A mayor altura que la casa!
Anna Ivánovna tosió.
—Basta, mamá, te hace daño —dijo Tonia.
Y Yura le pidió también que no hablara.
—No tiene importancia —dijo ella—. No es nada. A propósito. Yegórovna me ha dicho que no sabéis si iréis a la fiesta del árbol de Navidad pasado mañana. ¡No quiero oíros semejante tontería! ¿No os da vergüenza? Y tú, Yura, ¿qué clase de médico eres? Ya está decidido. Iréis y no hablemos más. Pero volvamos a Vaj. En su juventud había sido herrero. En una riña le arrancaron las tripas y tuvo que hacerse otras, de hierro. ¡Qué estúpido eres, Yura! ¿Crees que no lo sé? Naturalmente, no hay que interpretarlo al pie de la letra. Pero la gente lo decía así.
Anna Ivánovna tuvo un nuevo acceso de tos, esta vez mucho más prolongado.
Yura y Tonia se precipitaron al mismo tiempo hacia ella, y hombro con hombro se inclinaron sobre el lecho. Su tos parecía no tener fin. Anna Ivánovna cogió aquellas manos que se tocaban y durante unos instantes las mantuvo unidas. Luego, recobrando la voz y el aliento, dijo:
—Si muero, no os separéis. Estáis hechos el uno para el otro. Casaos. Os considero prometidos.
Y se echó a llorar.
5

En la primavera de 1906, antes de pasar a la última clase del colegio, los seis meses de relaciones con Komarovski fueron más de lo que Lara podía soportar. Con gran habilidad él se aprovechaba de la depresión de ella y, cuando lo creía necesario, le recordaba, como el que no quiere la cosa, y de un modo sutil e imperceptible, su vergüenza. Lara caía en ese estado de decaimiento que todo hombre sensual exige de la mujer: esclavizábase cada vez más a una pesadilla de los sentidos de la que siempre se despertaba con una sensación de horror. Las contradicciones de su desenfreno nocturno le eran tan inexplicables como la magia negra. Todo se trastornaba y resultaba contrario a la lógica: el dolor desesperado se manifestaba con el tintineo de una risa argentina; la resistencia y la negativa significaban asentimiento, y los besos de gratitud cubrían las manos del verdugo.
Parecía que nunca iba a poder liberarse de todo eso, pero en la primavera, durante una de las últimas lecciones del año escolar, Lara pensó que durante el verano las exigencias de él se harían más frecuentes, porque las clases habrían terminado y éstas constituían un obstáculo contra los requerimientos cada vez más frecuentes de Komarovski. Y Lara tomó entonces la decisión que durante mucho tiempo había de cambiar el rumbo de su vida.
Era una calurosa mañana que amenazaba tormenta. Estaban abiertas las ventanas de la clase. Lejos rumoreaba la ciudad siempre la misma nota, como las abejas en la colmena. Desde el patio llegaban los gritos de los niños que jugaban. El denso olor de la tierra y la vegetación cargaba la cabeza, como la vodka y el olor de los buñuelos en la semana de carnaval.
El profesor de historia hablaba de la expedición de Napoleón a Egipto. Cuando llegó al desembarco de Frejus, se oscureció el cielo y, desgarrándose, pareció deshacerse en rayos y truenos. Junto con el fresco olor de la tierra, invadieron el aula nubes de arena y polvo. Dos alumnos cobistas se precipitaron servilmente al pasillo a llamar al bedel para que cerrase las ventanas y, cuando abrieron la puerta, una corriente de aire hizo volar todos los secantes de los cuadernos.
Se cerraron las ventanas. Cayó el aguacero, un aguacero de ciudad, sucio, en el que el agua se mezclaba con el polvo. Lara arrancó una hoja de su cuaderno y escribió a Nadia Kologrívova, su vecina de banco:
«Nadia, he de organizar mi vida lejos de mi madre. Ayúdame a encontrar unas lecciones bien pagadas. Tú tienes muchas relaciones entre gente rica.»
Por el mismo procedimiento Nadia le contestó:
«Sé que buscan una institutriz para Lipa. Ven a trabajar con nosotros. ¡Sería magnífico! Ya sabes que papá y mamá te quieren mucho.»
6

Durante tres años Lara vivió con los Kologrívov como detrás de un muro de piedra. Nadie trataba de quebrantar su independencia, e incluso su madre y su hermano, a quienes consideraba más extraños cada vez, no acudían a su recuerdo.
Lavrienti Mijáilovich Kologrívov era un gran industrial moderno, inteligente y capaz. Experimentaba por el viejo régimen moribundo un doble odio: el de la persona inmensamente rica que puede comparar su tesoro con el del zar, y el del hombre que procede del pueblo y ha logrado hacer carrera. Escondía en su casa a los proscritos y pagaba a los abogados defensores que intervenían en los procesos políticos: como se decía, en broma, ayudaba a la revolución y perjudicábase a sí mismo en su condición de propietario organizando huelgas en su propia empresa. Lavrienti Mijáilovich era un tirador infalible y cazador apasionado. En el invierno de 1905, cada domingo, se dirigía al Seriébriani-bor[21] y a la isla Losini[22] para ejercitar en el tiro a los combatientes.
Era un hombre extraordinario. Serafima Filíppovna, su mujer, era digna de vivir a su lado. Lara sentía por los dos un afecto apasionado y ellos la amaban como a una hija.
Al cabo de tres años de vivir en plena serenidad, recibió la visita de su hermano Rodia. Balanceándose con fatuidad sobre sus largas piernas y, para darse más importancia, hablando de una manera rebuscada y con voz nasal, le contó que los cadetes de su clase habían estado recogiendo dinero para hacer el regalo de despedida al director de la Academia y le habían dado a él el dinero con el encargo de comprarlo. Dicho esto, Rodia dejó caer en una butaca el esmirriado cuerpo y se echó a llorar.
Lara sintió que la sangre se le helaba en las venas. Rodia continuó:
—Ayer fui a ver a Víktor Ippolítovich Komarovski. Pero se negó a hablar conmigo de todo eso. Me dijo que si tú quisieras... Dice que a pesar de que tú ya no nos quieras, tienes todavía tanta influencia sobre él... Lárochka... Bastaría una palabra tuya... Comprende la vergüenza que sería para mí, la mancha que representaría para el honor de mi uniforme de cadete. Ve a verlo, ¿qué te cuesta? Suplícale... Supongo que no querrás que pague con mi sangre el desfalco.
—Pagar con tu sangre... El honor de tu uniforme de cadete... —repetía Lara con indignación, paseando agitada por la estancia—. Yo no tengo uniforme ni tengo honor, y de mí se puede hacer lo que se quiera. ¿Te das cuenta de lo que pides? ¿Comprendes lo que me has propuesto? De año en año, sólo Dios sabe a costa de qué esfuerzos, piedra a piedra, una intenta construir algo, sin darse un momento de sosiego, y ahora vienes tú, y como si no tuviera importancia, soplas, escupes, y lo derrumbas todo en pedazos. ¡Vete al diablo! ¡Pégate un tiro, si quieres! ¿Qué me importa a mí todo eso? ¿Cuánto necesitas?
—Seiscientos noventa rublos y pico. Setecientos en números redondos —dijo Rodia, vacilante.
—¡Rodia! ¿Te has vuelto loco? ¿Te das cuenta de lo que dices? ¿Has perdido setecientos rublos? ¡Rodia! ¡Rodia! ¿Sabes cuánto tiempo necesita una persona normal como yo para ganarlos con un trabajo honrado?
Y después de una pausa, añadió, fría y extraña:
—Bueno. Lo intentaré. Ven mañana y trae el revólver con el que querías matarte. Me lo cederás en propiedad. Con una buena provisión de balas, no lo olvides.
Lara consiguió de Kologrívov el dinero.
7

Su trabajo en casa de los Kologrívov no impidió a Lara terminar el colegio, inscribirse en los cursos superiores, aprobarlos y acercarse al examen final que había de tener efecto al año siguiente, en 1912.
En la primavera de 1911, Lípochka, su discípula, dejó la escuela por haberse prometido con el joven ingeniero Friesendank, de buena y acomodada familia. Los padres aprobaron su elección, pero no querían que se casara tan pronto y le aconsejaron que esperase. Esta situación provocó el drama. Lípochka, irreflexiva y mimada, benjamín de la familia, se encolerizó contra sus padres, lloró y pateó el suelo.
En la rica mansión en la que Lara había sido considerada un miembro más de la familia, nadie recordaba ya la deuda que había contraído por Rodia y no se le hablaba de ella.
Lara hubiese restituido tiempo atrás aquella suma, de no haber tenido continuos gastos que mantenía en secreto.
Sin que Pasha lo supiera, enviaba constantemente dinero a sus padres y a él: al padre, deportado; a la madre, puntillosa y de precaria salud. Por otra parte, y todavía con mayor secreto, ayudaba a su costa al propio Pasha, completando, ignorándolo él, la cantidad que pagaba en su pensión por el hospedaje.
Pasha, que era un poco más joven que ella, la amaba ciegamente y la obedecía en todo. A instancia suya, después de haber terminado sus estudios en la escuela real, se inscribió en los cursos suplementarios de latín y griego, para poder ingresar en la facultad de letras. Lara pensaba casarse con el al año siguiente, después de haber superado los dos exámenes de reválida y marcharse luego a cualquier capital de los Urales, como profesores.
Pasha vivía en una habitación que Lara le había buscado y alquilado para él en una casa de gente sencilla, un edificio nuevo de la calle Kamerguierski, cerca del Teatro de Arte.
Durante el verano de 1911 Lara estuvo por última vez en Duplianka con los Kologrívov. Quería inmensamente aquel lugar, incluso más que a sus mismos propietarios. Estos lo sabían y, con motivo de las vacaciones de verano, había entre ellos un acuerdo tácito. Cuando el ardiente y humeante tren en que habían viajado, volvía a ponerse en marcha, y en medio del silencio ensordecido y perfumado que se extendía hasta perderse de vista, Lara se sentía invadida por la emoción y enmudecía, le dejaban que fuera a pie y sola hacia la propiedad, mientras desde la pequeña estación se trasladaba el equipaje hasta el carro, y el cochero de Duplianka, con su casaca de postillón, bajo cuyas mangas asomaba la camisa roja, contaba en el coche a los señores las novedades locales de la estación pasada.
Lara caminaba a lo largo del terraplén por un sendero trazado por los caminantes y vagabundos y luego cruzaba a través de los campos por una senda que conducía al bosque. Allí se detenía y, con los ojos entornados, aspiraba el aire impregnado de confusos aromas. Era para ella un aire más entrañable que el padre y la madre, más tierno que el hombre amado y más sutil que cualquier libro. Durante un instante revelábase para Lara, como nuevo, el sentido de la existencia.
«Estoy aquí —pensaba— para tratar de comprender la terrible belleza del mundo y conocer el nombre de las cosas, y si mis fuerzas no bastan, para engendrar hijos que lo hagan por mí.»
Aquel año llegó al campo completamente agotada por el trabajo que se había impuesto. Abatíase con facilidad, y caía en una susceptibilidad que hasta entonces había desconocido totalmente. Este sentimiento hacía huraño su carácter, antes tan abierto y generoso.
Los Kologrívov no querían que los dejase y la rodeaban del mismo cariño que antes. Pero desde que Lipa volaba ya con sus propias alas, Lara se consideraba de más en aquella casa. Negábase a admitir sueldo alguno. Pero se vio obligada a aceptarlo a causa de su insistencia y porque hubiese sido molesto y prácticamente imposible trabajar por cuenta propia, siendo como era su huésped.
Pero esa situación le parecía insostenible. Opinaba que todos estaban cansados de ella y procuraban no demostrarlo. Incluso consideraba que era una carga para ella misma. Hubiese querido huir lejos de sí y de los de Kologrívov, pero sabíase obligada a restituir antes el dinero que debía a éstos y en aquel momento no hubiera sabido dónde y cómo proporcionárselo. Pensaba que era un rehén por culpa de la ligereza de Rodia, y no sabía sustraerse a la impotente indignación que se apoderaba de ella.
En cualquier cosa creía descubrir indicios de la escasa consideración que se le tenía. Si los amigos de los Kologrívov, cuando iban a visitarlos, le demostraban una atención particular, deducía que se comportaban así porque la consideraban una humilde «pupila», una presa fácil. Si la dejaban en paz, era porque no le concedían la menor importancia y ni siquiera se daban cuenta de su presencia.
Sin embargo, sus crisis de melancolía no le impedían participar en las diversiones de la numerosa sociedad que se reunía en la casa de los Kologrívov. Como todos los demás, se bañaba y nadaba, paseaba en barca, tomaba parte en los picnic nocturnos en la otra orilla del río, lanzaba cohetes y bailaba. Tocaba en los espectáculos de aficionados y con particular entusiasmo se ejercitaba en el tiro al blanco empleando pequeños fusiles Máuser, a pesar de que prefería siempre el pequeño revólver de Rodia. Con éste disparaba con gran precisión y, bromeando, lamentaba ser mujer porque no podía convertirse en un duelista. Pero cuanto más se divertía, sentíase menos dichosa. Ni siquiera sabía lo que deseaba.
Este estado de depresión empeoró cuando regresaron a Moscú. A las desazones de Lara añadíanse ahora sus disgustillos con Pasha, con quien procuraba no discutir de una forma irreparable porque lo consideraba su prostrero recurso. En los últimos tiempos Pasha había comenzado a demostrar cierta seguridad en sí mismo, y ese \tono doctoral que asumía a veces en la conversación le parecía a Lara risible y la entristecía.
Pasha, Lipa, los Kologrívov y el dinero: todo esto le hacía perder la cabeza. La vida era para ella un fastidio. Había perdido el equilibrio de otro tiempo: hubiese deseado abandonar todo cuanto experimentó y conocía para poder emprender algo nuevo. En este estado de ánimo, en la Navidad de 1911, tomó una decisión extrema. Decidió dejar a los Kologrívov y llevar una vida independiente: le pediría a Komarovski el dinero que tanto necesitaba. Pensaba que después de todo lo que había sucedido y luego de aquellos años de libertad, él la ayudaría caballerosamente, sin pedirle explicaciones, de una forma honesta y desinteresada.
Así, la noche del 27 de noviembre se dirigió hacia la Petróvskaia. Al salir metió en el manguito el revólver de Rodia, después de haberle quitado el seguro. Estaba decidida a disparar contra Víktor Ippolítovich si le respondía con una negativa, si se equivocaba sobre las intenciones que la llevaban a él o si la humillaba de una forma u otra.
Poseída por una turbación profunda, sin darse cuenta de nada de lo que ocurría a su alrededor, caminaba por las calles en fiesta. El disparo del revólver había resonado ya en su alma con una absoluta indiferencia en cuanto a su destino. Este disparo era lo único de que tenía conciencia. Lo sintió durante todo el trayecto. Estaba dirigido contra Komarovski, contra sí misma, contra el propio destino, contra ese roble surgido en un claro de Duplianka que tenía el blanco grabado en su corteza.
8

—No toques el manguito —le dijo a Emma Ernéstovna que estaba maravillada y, suspirando, tendía hacia ella las manos para ayudarle a quitarse la pelliza. Víktor Ippolítovitch no estaba en casa.
Y Emma Ernéstovna continuó insistiéndole que entrase y se quitase la pelliza.
—No puedo. Tengo prisa. ¿Dónde está?
Emma Ernéstovna dijo que se había ido a una fiesta del árbol de Navidad. Con la dirección en la mano, Lara descendió corriendo las oscuras escaleras, que tan impresas tenía en su memoria, con los coloreados escudos de sus ventanas, y se dirigió al Muchnói-gorodok, a casa de los Svientitski.
Ahora, al salir a la calle por segunda vez, comenzó a mirar atentamente a su alrededor. Era la ciudad. Era invierno. Era de noche.
Helaba. Un hielo negro, espeso como fondos de botellas de cerveza, cubría las calles. Hacia daño respirar. Pinchaba el aire saturado de escarcha gris: pinchaba con la misma aspereza del blanco pelo de sus solapas, que se le metía en la boca. Con el corazón agitado caminaba por las desiertas calles. Por las puertas de los salones de té y los figones salían vaharadas de vapor. Emergían de la niebla las caras ateridas de los transeúntes, rojas como salchichas, los morros de los caballos y los hocicos de los perros, de cuyos bigotes colgaban carámbanos. Las ventanas de las casas, cubiertas de una espesa capa de hielo y nieve, parecían de yeso, y sobre su opaca superficie se movían los coloreados reflejos de los árboles de Navidad y las sombras de las personas, como si desde las casas quisieran mostrar a la gente las imágenes de una linterna mágica reflejadas sobre blancos lienzos.
Lara se detuvo en Kamerguierski.
«No puedo más. No tengo valor para hacerle eso —dijo casi en voz alta—. Subiré y se lo contaré todo», decidió, recobrando el dominio de sí misma y abriendo la pesada puerta de la calle.
9

Rojo por el esfuerzo, apretando la lengua contra la mejilla, Pasha se retorcía ante el espejo, tratando de ponerse el cuello duro y meter por los ojales de su pechera almidonada los botones que se le doblaban. Se disponía a salir, y había sido tan cándido e ingenuo que se quedó confuso cuando Lara entró sin llamar y lo sorprendió a medio vestir. Enseguida notó la agitación de ella. A Lara le temblaban las piernas. Entró y sus pasos hendían los pliegues de su falda, como el agua de un río que estuviese vadeando.
—¿Qué tienes? ¿Qué ha ocurrido?—le preguntó él ansiosamente, acudiendo a su encuentro.
—Siéntate a mi lado. Siéntate tal como estás. Sin acabar de vestirte. Tengo prisa. He de irme enseguida. No toques el manguito. Espera. Vuélvete un momento.
Él obedeció. Lara vestía un traje sastre a la inglesa. Se quitó la chaqueta, la colgó de un clavo y trasladó el revólver de Rodia desde el manguito a uno de los bolsillos de la chaqueta. Luego, volviendo al diván, dijo:
—Ya puedes mirar. Enciende la vela y apaga las luces.
A Lara le gustaba hablar en la penumbra, a la luz de la vela. Pasha tenía siempre en reserva, para ella, un paquete sin abrir. Cogió el candelero, sustituyó el cabo de vela por una bujía nueva, la puso en el alféizar de la ventana y la encendió. El exceso de cera de la mecha estuvo a punto de ahogar la llama, que lanzó en torno unas pequeñas chispas y se afiló hacia arriba como una punta de flecha. La habitación se llenó de una luz mortecina. Sobre el cristal cubierto de nieve de la ventana comenzó a deshacerse un pequeño ojo negro.
—Óyeme, Patulia —dijo Lara—. Estoy en un apuro. Tienes que ayudarme a salir de él. No te asustes ni me hagas ninguna pregunta, pero trata de comprender que no somos como los demás. No te consideres demasiado tranquilo. No tengo descanso. Si me quieres y deseas salvarme, no debemos entretenernos más, tienes que casarte conmigo enseguida.
—Lo he deseado siempre —le interrumpió Pasha—. Fija ahora mismo el día, el que tú quieras. Me da lo mismo uno que otro. Pero dime simple y claramente lo que te pasa, no me atormentes con misterios.
Pero Lara se acercó a él y eludió imperceptiblemente responder a su pregunta. Hablaron todavía bastante rato sobre temas que no tenían relación alguna con la desesperación de Lara.
10

Aquel invierno Yura estaba escribiendo su tesis sobre los elementos nerviosos de la retina para obtener la medalla de oro de la universidad. Aunque había estudiado medicina general conocía el ojo con la profundidad de un futuro oculista
En este interés por la fisiología de la vista manifestábanse otros aspectos de su carácter: la inclinación artística, el interés por la esencia estética de la imagen y la estructura del pensamiento lógico.
Tonia y Yura, en un trineo de alquiler, se dirigieron a casa de los Svientitski para asistir a la fiesta del árbol de Navidad. Habían vivido juntos los seis años que comprenden el fin de la infancia y la adolescencia y se conocían a fondo; tenían costumbres comunes, un medio muy suyo de cambiar rápidas réplicas, y una manera de resoplar ligeramente como respuesta. Tal era lo que hacían en ese instante, apretando los labios a causa del frío, o cambiando sólo algunas observaciones. Cada uno seguía el curso de sus pensamientos.
Yura pensaba que se acercaba la fecha del concurso y que debía darse prisa en acabar su tesis. Pero en el alborotado regocijo del año que se precipitaba a su fin, tan evidente en las calles, pasaba de un tema a otro.
En la facultad donde estudiaba Gordón, los estudiantes publicaban una revista, impresa en ciclostilo, de la que Gordón era el director. Hacía tiempo que Yura le había prometido un artículo sobre Blok[23]. Toda la juventud de las dos capitales, y Yura y Misha más que cualquiera, sentía verdadera pasión por Blok.
Pero también estos pensamientos desaparecieron pronto de su mente. El trineo se deslizaba velozmente y los dos jóvenes, hundiendo la barbilla en sus cuellos de piel, se frotaban las heladas orejas y corrían tras las más diversas fantasías. También en cierto modo sus pensamientos volvían a encontrarse.
La escena que había tenido efecto días atrás en la habitación de Anna Ivánovna los había transformado. Hubiérase dicho que se miraban y veían con nuevos ojos.
Tonia, la compañera de siempre, esa realidad evidente que no requería explicaciones, se le revelaba ahora como la cosa más inaccesible y complicada que Yura pudiese imaginar: una mujer. Con cierto esfuerzo de la fantasía podía imaginarse a sí mismo en la cumbre del monte Ararat, héroe, profeta y vencedor, todo lo que se quisiera, pero no mujer.
Y he aquí que esta tarea dificilísima, superior a cualquier otra, pesaba sobre los débiles hombros de Tonia, que le parecía ahora tan frágil y tan débil, pero al mismo tiempo una joven llena de salud. Y se sintió sumido en esa ardiente compasión y ese temeroso asombro que es el principio de una pasión.
Lo mismo, con las naturales diferencias, era lo que Tonia sentía con respecto a él.
Yura pensaba que acaso habían hecho mal en salir. Con tal de que no sucediera nada en su ausencia... Y revivió la escena. Habiendo sabido que Anna Ivánovna estaba peor, cuando se disponían a salir, fueron a verla y le propusieron quedarse. Pero ella se había impuesto con la misma energía que antes y exigió que fueran a la fiesta. Yura y Tonia se habían acercado a la ventana, tras la cortina, para ver qué tiempo hacía. Al volver a la habitación, las dos piezas de la cortina de tul se adhirieron a la tela nueva de sus trajes, y el ligero tejido fue arrastrado unos pasos por Tonia como si fuera un velo de desposada. Los presentes se echaron a reír, tan clara para todos fue la evidencia de aquel hecho, y no fueron necesarias las palabras.
Yura miraba a su alrededor y veía las mismas cosas que poco antes había visto Lara. El trineo producía un rumor extrañamente sonoro que despertaba un eco prolongado bajo los árboles cubiertos de escarcha de los jardines y las avenidas. Las ventanas, blancas de hielo e iluminadas desde el interior, parecían cofrecillos de topacio en láminas de color de humo. Tras ellos ardía la vida navideña de Moscú, brillaban los árboles, se reunían los invitados y las máscaras jugaban al escondite, olvidadas de todo.
De pronto Yura pensó que Blok era eso: un fenómeno de Navidad en todos los campos de la vida rusa, en la vida ciudadana del norte como en la más reciente literatura, bajo el cielo estrellado de la vida y en torno al árbol iluminado en el salón del siglo actual. Pensó que no era necesario ningún artículo sobre Blok: bastaría simplemente pintar la adoración rusa de los Magos, como habían hecho los holandeses, con el hielo, los lobos y un sombrío bosque de abetos.
Pasaron por la Kamerguierski. Yura vio cómo se formaba un negro ojo en la costra de hielo de una ventana. A través de él se filtraba la luz de una vela cuyo resplandor llegaba hasta la calle, casi como el de una mirada, como si observase a los que pasaban y esperase a alguien.
«Una vela ardía en la mesa. Ardía una vela», susurró Yura para sí.
Era el principio de algo confuso, todavía informe. Y él esperaba que lo demás viniera por sus propios pasos, sin esfuerzo. Pero no venía.
11

Desde tiempos inmemoriales los Svientitski habían organizado de este modo la fiesta del árbol de Navidad: a las diez, cuando se dispersaba la chiquillería, encendíase un segundo árbol para los jóvenes y los adultos, y la fiesta duraba hasta el amanecer. Durante toda la noche los más viejos jugaban a la baraja en la salita pompeyana, un anejo del salón, del que estaba separado por una gruesa y pesada cortina suspendida de grandes anillas de bronce. Al alba se celebraba la cena general.
—¿Por qué venís tan tarde?—preguntó Georges, el sobrino de los Svientitski, que atravesó corriendo el vestíbulo, en dirección a la habitación de sus tíos.
Yura y Tonia decidieron seguirle para saludar a los dueños de la casa, y, mientras se quitaban los abrigos, echaron una ojeada al salón.
Ceñido por diversas aureolas de luz, el abeto parecía exhalar un hálito ardiente. Ante él, formando un muro movedizo, los que no bailaban paseábanse y charlaban entre un frufrú de telas y un rumor de pasos.
En el centro del círculo giraban locamente los bailarines. Los dirigía, uniéndolos en parejas y en cadenas, el hijo del viceprocurador, Koka Kornakov, alumno del liceo. Dirigía la danza y gritaba a pleno pulmón desde un extremo a otro de la sala:
—Grande ronde! Chaîne chinoise! —y todos seguían sus órdenes. Une valse, s'il vous plait! —gritaba al pianista, y guiaba la danza llevando a su pareja sur trois temps, sur deux temps, reduciendo cada vez más el ritmo, hasta mover apenas los pies en el mismo sitio, lo que ya no era bailar el vals, sino su eco moribundo.
Todos aplaudían, y se servían helados y bebidas refrescantes a esa multitud que se movía, ruidosa y vocinglera. Los sofocados jóvenes y las muchachas dejaban por un instante de gritar y reír, bebían apresuradamente los zumos de frutas y las limonadas heladas y, apenas dejado el vaso en la bandeja, volvían a gritar y reír con mayor ardor que antes, como si hubiesen bebido un brebaje hilarante.
Tonia y Yura, sin pasar por el salón, se dirigieron a ver a los dueños en la parte interior de la casa.
12

Las habitaciones privadas de los Svientitski estaban llenas de trastos inútiles, que habían sido trasladados de la salita y el salón para ganar espacio. Allí se encontraba el laboratorio mágico de la fiesta, el almacén navideño. Olía a barniz y cola. Rollos de papel de colores y cajas llenas de estrellas y velas de reserva para el árbol se amontonaban por todos los rincones.
Los viejos Svientitski escribían los números sobre los paquetes de los regalos, los cartoncitos con las indicaciones de los lugares en la mesa y numeraban los billetes de lotería. Les ayudaba Georges, pero se equivocaba con frecuencia y los Svientitski lo regañaban ásperamente. Se alegraron mucho cuando vieron llegar a Yura y Tonia: los habían conocido de niños, y, sin sentirse incómodos por su presencia, les dieron también su parte en el trabajo.
—Felitsata Semiónovna no comprende que había que pensar primero en esto y no precisamente en el último instante, cuando ya están aquí todos los invitados. ¡Qué chapucero eres, Georges! ¿Qué diablos estás haciendo con los números? Quedamos en poner las bomboneras llenas de dragées sobre la mesa y las vacías en el diván, y has armado un verdadero lío.
—Estoy muy contenta de que Annette esté mejor. Pierre y yo estábamos muy preocupados por ella.
—Sí, querida, pero justamente está menos bien, menos bien, ¿comprendes?... Pero tú lo comprendes todo devant-derrière.
Durante más de la mitad de la jornada Yura y Tonia permanecieron con Georges y los viejos, encerrados en aquella especie de bastidores.
13

Durante todo el tiempo que pasaron con los Svientitski, Lara estuvo en el salón. Aunque no vestía traje de baile ni conocía a nadie, sin voluntad, como en sueños, giraba en brazos de Koka Kornakov y a veces, como sumergida en el agua, vagaba sin rumbo por el salón.
Una o dos veces se había detenido vacilante en el umbral de la sala, con la esperanza de que la viese Komarovski, sentado frente al salón. Pero él miraba las cartas que tenía en la mano izquierda, y éstas eran como una pantalla que tuviera ante sí. O realmente no la veía, o fingía ignorar su presencia. La humillación dejaba a Lara sin aliento. En aquel instante una muchacha a quien Lara no conocía entró en el saloncito. Komarovski la miró con esa mirada que Lara conocía muy bien. La muchacha, halagada, le sonrió, se ruborizó y se iluminó su semblante. Al verlo, Lara estuvo a punto de gritar. Un rubor de vergüenza encendió su rostro, y su frente y su cuello se empurpuraron también.
«Una nueva víctima», pensó.
Como en un espejo vióse a sí misma y su propia historia. Pero todavía no había renunciado a su idea de hablar con Komarovski y, decidiendo demorar su intento hasta un momento más oportuno, trató de calmarse y volvió al salón.
A la mesa de Komarovski se sentaban otras tres personas. Uno de sus partner, que estaba sentado a su lado, era el padre del lechugino que había invitado a Lara a bailar el vals. Lara lo dedujo por las dos o tres palabras que había cambiado con o pareja mientras bailaban. La mujerona morena, vestida de negro, con extraños ojos ardientes y el cuello desagradablemente tieso como una serpiente, que constantemente pasaba de la salita al salón, invadiendo el campo de acción de su hijo, o, viceversa, acercándose al marido que jugaba, era la madre de Koka Kornakov. Luego, por casualidad, supo que la muchacha que le había ocasionado tan complejas emociones, era la hermana de Koka y sus suposiciones se revelaron sin fundamento.
—Kornakov —le dijo Koka, al principio, cuando se presentó.
Pero Lara no había retenido el nombre. «Kornakov», repitió él, acompañándola a su butaca e inclinándose, después de haber dado la última vuelta. Esta vez Lara lo comprendió.
«Kornakov, Kornakov —decía para sí—. No me es desconocido. Hay algo en él que no me gusta.»
Luego lo recordó. Kornakov era viceprocurador en los tribunales de justicia de Moscú. Había sido el acusador en el proceso de los ferroviarios, en el que fue condenado Tivierzin. A ruegos de Lara, Lavrienti Mijáilovich le habló para que no se ensañara demasiado con él, pero no consiguió nada.
«De modo que es él. ¡Vaya, vaya! Es curioso, Kornakov. Kornakov.»
14

Debían ser las dos de la mañana. Yura estaba aturdido por el alboroto. Después de un intervalo, durante el cual se tomó en el comedor el té con los petits fours, se reanudó el baile y cuando se consumieron las velas del árbol, nadie las sustituyó por otras.
Yura estaba en medio del salón, mirando distraídamente a Tonia, que bailaba con un desconocido. Al pasar junto a Yura, Tonia echó hacia atrás, con un movimiento de la pierna, la pequeña cola de su largo traje de raso, haciéndola restallar a su espalda y, deslizándose rápidamente, desapareció entre la multitud de bailarines.
Estaba muy sofocada. En el intermedio, cuando se dirigieron al comedor, había rechazado el té y calmado su sed con una gran cantidad de mandarinas que mondaba rápidamente, una tras otra. Continuamente se sacaba del cinturón o de la manga el fino pañuelito de batista, minúsculo como una flor de árbol frutal, y se enjugaba el sudor que perlaba sus labios y humedecía sus dedos. Riendo y sin dejar de hablar, volvía a colocarlo después mecánicamente en su cinturón o en los volants de su cintura.
Ahora, mientras bailaba con un caballero desconocido, tropezó con Yura, que se apartó ceñudo. Al separarse, Tonia le estrechó burlonamente la mano y le sonrió con elocuencia. En esta ocasión el pañuelo que ella tenía en la mano quedó en la de Yura. El se lo llevó a los labios y cerró los ojos. Trascendía un perfume en el que se mezclaba el de las cáscaras de mandarina y el de la mano caliente de Tonia, igualmente agradables para él. Era algo nuevo en su vida, algo que no había experimentado hasta entonces, y que penetraba intensa y profundamente su ser. Ese aroma, infantilmente ingenuo, era cordial y comprensible, como una palabra susurrada en la oscuridad. Yura estaba inmóvil, con los ojos cerrados y los labios apretados sobre el pañuelo, respirando su perfume, cuando de pronto sonó un tiro en la casa.
Todos volvieron la cabeza a la cortina que separaba la salita del salón. Durante un instante se hizo el silencio. Luego comenzó la confusión. Todos acudieron gritando. Algunos se precipitaron detrás de Koka Kornakov hacia el lugar donde había sonado el disparo. Pero ya salía gente amenazando, llorando, discutiendo, quitándose mutuamente la palabra.
—¿Qué ha hecho, qué ha hecho?—repetía fuera de sí Komarovski.
—Boria, ¿estás vivo? Boria, ¿estás vivo?—chillaba histéricamente la señora Kornakova—. Dicen que entre los invitados está el doctor Drókov. Pero ¿dónde está, dónde está? ¡Ah, dejadme, por favor! Para ustedes es un simple arañazo, pero para mí significa el fin de mi vida. ¡Oh, mi pobre mártir, esto te pasa por haber desenmascarado a tantos criminales! ¡Mírala, la infame! ¡Le arrancaré los ojos a esa criminal! Bueno, el caso es que ahora no podrá escapar... ¿Qué decía, señor Komarovski? ¿Contra usted? ¿Qué disparó contra usted? No, no puedo... Sufro demasiado para tener ganas de broma, señor Komarovski. Koka, Kókochka, ¿qué te parece a ti? Contra tu padre... Sí... ¡Dios mío! ¡Koka! ¡Koka!
Desde la salita, la gente se volcó en el salón. En medio, respondiendo con bromas y asegurando a todos que no le había pasado absolutamente nada, avanzaba Kornakov. Con una servilleta se tapaba la sangrienta rozadura que tenía en la mano izquierda. En otro grupo, más atrás y aparte, alguien tenía a Lara sujeta de los brazos.
Al verla, Yura palideció. ¡Ella! ¡Y en qué circunstancias! Y otra vez aquel hombre de las sienes grises. Pero ahora sabía quién era: el famoso abogado Komarovski, el que manejaba la herencia de su padre. Podían evitar saludarse puesto que ambos aparentaban no conocerse. Pero ella... De modo que había sido ella la que disparó. ¿Contra el procurador? Sin duda una revolucionaria. ¡Pobrecilla! ¡Buena le ha caído encima! ¡Qué altaneramente hermosa es! ¡Y esos! Los malditos la arrastran retorciéndole los brazos como a una ladrona pillada in fraganti.
Pero enseguida comprendió que se engañaba. Lara no podía sostenerse en pie: la sujetaban de los brazos para que no se cayera. La condujeron penosamente hasta la butaca más próxima, sobre la que se dejó caer.
Yura corrió hacia ella para hacerle recobrar el conocimiento, pero pensó que sería mejor manifestar antes cierto interés por la víctima del atentado. Se acercó a Kornakov y le dijo:
—Se ha pedido un médico. Yo lo soy. Puedo serle útil. Enséñeme la mano. Vaya, ha tenido suerte. No es nada, ni siquiera vale la pena vendarla. Pero un poco de agua no le hará ningún daño. Ahí viene Felitsata Semiónovna. Se la pediremos a ella.
La señora Svientítskaia y Tonia se acercaron a Yura. Estaban trastornadas. Le dijeron que lo dejara todo y que se vistiera rápidamente: habían venido a buscarle a él y a Tonia. Acababa de suceder algo en su casa. Yura se estremeció suponiendo lo peor. Olvidándolo todo, corrió a buscar el abrigo.
15

Anna Ivánovna había dejado de existir cuando entraron corriendo en la casa de Sívtsev Vrázhek. La muerte se produjo diez minutos antes de su llegada, a causa de un ataque de asfixia, debido a un edema pulmonar no diagnosticado a tiempo.
Durante muchas horas, Tonia lloró desesperadamente, poseída por un delirio en el que no reconocía a nadie. Al día siguiente se calmó, escuchó pacientemente lo que le decían su padre y Yura, pero respondía sólo con movimientos de cabeza. Apenas lograba abrir la boca. El dolor era más fuerte que ella e independientes de su voluntad los gritos brotaban de su pecho, como si estuviese poseída.
En los intervalos del oficio fúnebre, durante muchas horas, estuvo de rodillas al lado del cadáver, rodeando con sus hermosos y largos brazos una de las esquinas del ataúd, junto al borde del túmulo y las coronas que lo cubrían. No veía a nadie de los que la rodeaban. Pero, apenas su mirada se cruzó con las de los más íntimos, se levantó precipitadamente y con rápidos pasos salió de la habitación, conteniendo los sollozos. Echó a correr escaleras arriba hasta su habitación, y, desmadejada sobre el lecho, trató de sofocar con la almohada los estallidos de desesperación que la sacudían.
A causa del dolor, de las largas horas pasadas de pie y de la falta de descanso, del aturdimiento producido por los cánticos funerarios, la luz cegadora de los hachones que ardían constantemente y los escalofríos de un resfriado contraído aquellos días, Yura experimentaba una vaga confusión, una especie de delirio de exaltación y resentimiento.
Diez años antes, cuando enterraron a su madre, era todavía un niño. Recordaba aún su llanto inconsolable, la angustia y el terror que había sentido. En aquel tiempo no era todavía enteramente él. Apenas podía pensar que él, Yura, existía y tenía una razón de ser y una finalidad. Entonces lo esencial era todo lo que le rodeaba, lo que estaba fuera de él. El mundo externo le oprimía por todas partes, era tangible, impenetrable e indiscutible como un bosque. Lo había trastornado la muerte de la madre como si se hubiese perdido con ella por ese bosque y de repente se hubiera visto solo, sin ella. Un bosque constituido por todas las cosas del mundo: las nubes, los rótulos de las tiendas, las bolas de los carros de los bomberos, y los pajes que cabalgaban delante de la carroza de la Virgen María, con orejeras, en lugar de birretes, sobre las cabezas descubiertas en presencia del sagrario. Un bosque formado por los escaparates de las tiendas ante las que se pasa y por el cielo nocturno, incomparablemente alto, con las estrellas, el Señor y los santos.
Ese cielo inaccesiblemente alto descendía hasta él en la habitación de los niños y su punto culminante tocaba el dobladillo de la falda de la niñera, cuando ella le hablaba de las cosas celestiales. Entonces éstas se hacían familiares y colocábanse al alcance de su mano, como la fronda de un avellano cuando se inclinan sus ramas sobre la torrentera para coger las avellanas. Parecía como si entrase en el cuarto de los niños dentro de la cubeta dorada y, después de haberse bañado en luz y oro, se convirtiera en maitines o en una misa solemne en la pequeña iglesia de la calleja a donde lo llevaba su nodriza. Entonces las estrellas del cielo se convertían en lamparillas, el buen Dios era el sacerdote y todos, según sus aptitudes, desempeñaban una determinada función. Pero lo más importante era el mundo real de las personas mayores, y la ciudad que lo rodeaba todo como un bosque sombrío. En aquel tiempo, Yura creía con una fe casi animal en el dios de aquel bosque, en un dios guardabosque.
Ahora todo era distinto. Durante los doce años de estudios secundarios y superiores, se había interesado por la antigüedad y la ley de Dios, por las tradiciones y los poetas, la ciencia del pasado y la de la naturaleza, del mismo modo que se estudiaría una crónica familiar o una genealogía. Ahora no le tenía miedo a nada, ni a la vida ni a la muerte, porque todo, todas las cosas del mundo, formaban parte de su vocabulario. Sentíase al mismo nivel del universo y asistía al oficio fúnebre de Anna Ivánovna de una manera muy distinta de como asistió al de su madre. Entonces le pareció que iba a morir de dolor, tenía miedo y rezaba. Ahora escuchaba el oficio como una comunicación que se le hiciera a él directamente y que le concernía de una manera personal. Prestaba oído a las palabras y les exigía un sentido claro como se le exige a cualquier cosa, y nada tenía de común con la devoción el sentimiento que experimentaba con respecto a la legítima descendencia de las fuerzas supremas de la tierra y del cielo, ante las cuales se inclinaba, como ante sus mayores progenitores.
16

«Dios santo, Dios invencible, Dios inmortal, ten piedad de nosotros.»
¿Qué ocurría ahora? ¿Dónde estaba? El entierro. Iba a tener lugar el entierro. Había que despertarse. Hacia las cinco de la mañana se había dejado caer vestido en el diván. Tal vez tenía fiebre. Lo buscaban ahora por toda la casa y nadie imaginaba que se hubiese dormido profundamente en un rincón de la biblioteca, detrás de las estanterías de los libros, que llegaban hasta el techo.
—¡Yura, Yura! —lo llamaba, no muy lejos, Márkel, el portero.
Habían levantado ya el ataúd y Márkel, que debía llevar las coronas, no lograba encontrar a Yura y, por si fuera poco, se había quedado encerrado en la alcoba, donde las coronas formaban una montaña. La puerta estaba atascada por la del armario, que se había abierto.
—¡Márkel, Márkel! ¡Yura! —llamaban desde abajo.
Márkel, de un golpe, consiguió dominar el obstáculo y, con unas cuantas coronas, echó a correr escaleras abajo.
«Dios santo, Dios invencible, Dios inmortal, ten piedad de nosotros.»
El cántico, como un hálito suave, extendíase a lo largo de la calleja y permanecía en ella, como si el aire fuese ahora acariciado por una pluma de avestruz. Todo vacilaba: las coronas y las personas, las cabezas empenachadas de los caballos, el incensario colgando de sus cadenas de la mano del sacerdote, la tierra blanca bajo los pies.
—¡Yura! ¡Por fin, Dios mío! Despiértate —y Shura Schlésinguer, que lo había encontrado, lo sacudía de los hombros. —¿Qué te ha pasado? Es la hora del entierro. ¿Vienes con nosotros?
—Sí, claro.
17

Había terminado el oficio fúnebre. Los mendigos, que pateaban el suelo con los ateridos pies, se apiñaron en dos filas. El coche fúnebre se puso lentamente en marcha, seguido por el de las coronas y la calesa de los Krueger. Los simones se habían acercado a la iglesia. Shura Schlésinger salió con el rostro marcado por el llanto, levantóse el velo mojado de lágrimas y dirigió una mirada inquisitiva a la larga hilera de coches. Cuando descubrió entre los cocheros a los empleados de pompas fúnebres, los llamó con un movimiento de cabeza y desapareció con ellos en el templo, del cual comenzaba a salir la gente apresuradamente, cada vez más numerosa.
—Ya le ha tocado el turno a Anna Ivánovna. La pobrecilla nos ha dejado para siempre. Ha sacado el billete para el gran viaje.
—Sí, pobrecilla, se nos ha ido. Ahora ya descansa.
—¿Tiene usted coche o toma el once?
—Tengo los pies helados de estar de pie. Será mejor caminar un poco.
—¿Visteis a Fufkov? No le quitaba la vista a la difunta y lloraba a moco tendido. La devoraba con los ojos. Y el marido allí mismo.
Toda la vida anduvo tras ella.
Hablando de este modo, dirigíanse a la parte opuesta de la ciudad, hacia el cementerio.
Después de las grandes heladas, el frío había menguado un poco. El aire era de una pesadez inmóvil: un día en el que el hielo comenzaba a ceder y había terminado una existencia, un día a propósito para un entierro. La nieve sucia parecía resplandecer a través de un velo fúnebre; los abetos empapados, oscuros como plata oxidada, inclinábanse por encima de la tapia y parecían de luto.
Era el mismo cementerio donde reposaba María Nikoláievna. En los últimos años Yura no había visitado la tumba de su madre.
—Mamaíta —murmuró, casi con los labios de entonces, mirando hacia lo lejos en esa dirección.
El cortejo avanzaba solemnemente, casi espectacular, por los viales despejados, cuyas sinuosas curvas concordaban mal con la doliente regularidad de los pasos. Alexandr Alexándrovich llevaba de la mano a Tonia. Le seguían los Krueger. A Tonia le sentaba bien el luto.
Una escarcha barbuda como el musgo se deshilachaba en los adornos de las cruces y las paredes de ladrillo rojo del monasterio. En un apartado ángulo del patio del monasterio, de una pared a otra, había varias cuerdas con ropa blanca puesta a secar: camisas con pesadas mangas colgantes, manteles de color de melocotón, sábanas mal escurridas puestas de través. Yura miró hacia allí y reconoció ese lugar del patio del monasterio, azotado entonces por la tormenta y que las nuevas construcciones habían cambiado.Caminaba solo, delante de los demás, y de vez en cuando se detenía para esperarlos. Como respuesta a la devastación producida por la muerte en aquella gente que avanzaba despacio a sus espaldas, hubiera deseado, con esa misma seguridad con que el agua se precipitaba tumultuosa en una garganta, soñar y pensar, extraer vida de las formas y crear belleza. Ahora veía más claro que nunca que el arte está siempre y sin remisión dominado por un doble motivo. Insistentemente meditando sobre la muerte, crea la vida. El grande, el verdadero arte es el que se llama Apocalipsis y el que de una forma u otra lo continúa.
Saboreaba de antemano el día en que saldría del círculo familiar y universitario y, escribiendo sobre Anna Ivánovna, recordaría y expresaría todo lo que en aquel momento acudía a su espíritu, las pequeñas, las menudas realidades ocasionales que le ofrecía la vida: alguno de los mejores rasgos de la muerta; la imagen de Tonia vestida de luto; ciertas observaciones hechas por el camino yendo al cementerio; la ropa tendida en el lugar donde, muchos años antes, aulló la tormenta y él, niño entonces, había llorado.

IV
MADURA LO INEVITABLE

1

Lara yacía delirando en el lecho de Felitsata Semiónovna. En torno a ella los Svientitski, el doctor Drókov y la sirvienta hablaban en voz baja. La casa de los Svientitski, ahora desierta, hallábase sumida en la oscuridad. Solamente en medio de la larga hilera de habitaciones, en un saloncito, había una lámpara encendida en la pared, que iluminaba de un extremo a otro aquella galería rectilínea y desierta.
No como un huésped, sino como si estuviera en su casa, furiosamente, con decididos pasos, Víktor Ippolítovich Komarovski iba de un extremo a otro de la larga hilera. De vez en cuando lanzaba una ojeada al dormitorio para ver qué sucedía, o bien se dirigía a la parte opuesta de la casa y, pasando junto al árbol adornado con hilos de plata, llegábase hasta el comedor. La mesa parecía doblegarse bajo el peso de los platos intactos, y las verdes copas de vino tintineaban cuando pasaba un coche por la calle, o un ratoncillo se deslizaba por el mantel entre los platos.
Estaba fuera de sí. Sentíase dominado por encontrados sentimientos. ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza! Estaba furioso. Su posición se había comprometido, el incidente perjudicaba su buen nombre. A costa de lo que fuera, antes de que fuese demasiado tarde, había que prevenirse contra las murmuraciones, y si la noticia habíase extendido ya, cortar por lo sano las habladurías, ahogarlas en cuanto se manifestaran. Por último, había experimentado una vez más cuán irresistible era aquella chiquilla insensata y desesperada. No era como las demás. En ella hubo siempre algo insólito. Bien era verdad que él había destrozado su vida de un modo radical e irremediable, pero ella se debatía y continuamente se sublevaba con el afán de rehacer a su modo su destino y volver a empezar la vida.
Tendría que ayudarla desde todos los puntos de vista, alquilarle quizás una habitación, pero no tocarla en ningún caso. Es más: estar lo más lejos posible de ella, mantenerse aparte para no hacerle sombra. Era una mujer capaz de cualquier cosa.
¡Y cuántas inquietudes le esperaban! Aquello podría traer graves consecuencias. La ley no pega el ojo. Todavía era de noche, ni siquiera transcurrieron dos horas desde el momento en que se produjo el incidente, y la policía había acudido ya dos veces, y en estas dos ocasiones Komarovski estuvo en la cocina dando explicaciones al inspector para tratar de echar tierra sobre lo ocurrido.
Pero eso se iría complicando cada vez más. Era necesario demostrar que Lara había disparado sobre él y no sobre Kornakov. Sin embargo, la cosa no acabaría aquí. Librada de una parte de responsabilidad, Lara continuaría igualmente sometida a la acción de la justicia.
Claro está que él haría lo imposible por evitarlo. Si se la procesara, habría de solicitar un examen psiquiátrico para demostrar la irresponsabilidad de Lara en el momento del atentado y obtener entonces el sobreseimiento.
Con estas reflexiones, Komarovski fue calmándose poco a poco. La noche había transcurrido ya. Rayos de luz comenzaban a filtrarse en las habitaciones, lanzando ojeadas sobre las mesas y los divanes, como si fueran ladrones o peritos del monte de piedad.
Komarovski se dirigió a la alcoba para informarse sobre el estado de Lara y, habiendo sabido que se encontraba mejor, dejó la casa de los Svientitski para ir a ver a una amiga suya, jurista y mujer de un emigrado político, Rufina Onísimovna Voit-Voitkóvskaia que tenía alquiladas dos de las ocho habitaciones de un piso que resultaba ya demasiado grande y costoso para ella sola. Una de esas dos habitaciones había quedado libre hacía poco y Komarovski la alquiló para Lara. Horas después la joven fue llevada a ella en estado de semiinsconciencia, febril y delirante.
2

Rufina Onísimovna era una mujer de ideas avanzadas, enemiga de prejuicios, que simpatizaba con todo lo que, según su expresión, fuese «positivo» y «viable».
Tenía sobre la cómoda un ejemplar del programa de Erfurt con la firma del autor. Una de las fotografías fijadas en la pared era de su marido, «mi buen Voit», retratado al lado de Plejánov en una fiesta popular en Suiza. Ambos vestían chaquetas de alpaca y se tocaban con panamás.
Al primer golpe de vista, Rufina Onísimovna no sintió simpatía alguna por su inquilina enferma. Según ella era una astuta simuladora, y sus crisis de delirio no eran más que pura ficción. Estaba dispuesta a jurar que Lara representaba el papel de Margarita cuando se vuelve loca en la cárcel.
Con una agitada exageración manifestaba a Lara su desprecio. Daba portazos, cantaba a grito pelado, se movía como una tromba por la parte de la casa reservada a ella, y durante todo el día tenía aireándose las habitaciones.
Estas habitaciones hallábanse en el último piso de un caserón de Arbat. Las ventanas, desde principios de invierno, veíanse inundadas por un cielo luminoso y turquí, ancho como un río que se sale de madre. Mediado el invierno, adivinábanse las señales y presagios de la próxima primavera.
El tibio viento del sur se colaba por los postigos, en las estaciones las locomotoras silbaban a más no poder, y la enferma, en la ociosidad del lecho, entregábase a sus lejanos recuerdos.
Recordaba con frecuencia la noche de su llegada a Moscú desde los Urales, siete u ocho años atrás, en los tiempos de su inolvidable infancia.
Por oscuras calles habían atravesado toda la ciudad en coche descubierto, desde la estación al hotel. Los faroles se acercaban y alejaban, proyectando sobre las paredes de las casas la sombra hinchada del coche. La sombra crecía y crecía, adquiría proporciones monstruosas, cubría la calle y los tejados y luego desaparecía para volver a empezar lo mismo.
En la oscuridad oía por encima de su cabeza las campanas de todas las iglesias de Moscú, y a ras de tierra el fragor de los tranvías de caballos. La aturdían también los escaparates con sus luces cegadoras, y era como si éstos, al igual que las campanas y las ruedas, hicieran ruido.
Hablase quedado estupefacta ante el tamaño de una enorme sandía que Komarovski dejó sobre la mesa del hotel para celebrar su llegada. La sandía le parecía el símbolo de la importancia y riqueza de Komarovski. Cuando Víktor Ippolítovich, de un solo tajo, partió en dos aquella redonda y fragante maravilla de color verde oscuro, con su corazón helado y dulce, el miedo la dejó sin aliento, pero no se atrevió a rechazarla, y se esforzó en tragar aquellos trozos rojos, aguanosos y fragantes que la emoción le hacía resbalar por la garganta.
Y aquella timidez experimentada ante los platos caros y la ciudad nocturna habíase repetido luego en su timidez ante Komarovski, motivo principal y secreto de cuanto sucedió. Pero ahora le era irreconocible. No pedía nada, no se dejaba oír ni ver. Y continuamente, desde lejos, le ofrecía su ayuda de la más noble de las maneras.
Muy distinta fue la visita de Kologrívov. Lara se sintió feliz al volver a verlo. No tanto por ser alto e imponente, como por la vitalidad e ingenio que trascendía. Lavrienti Mijáilovich, con su mirada llena de vivacidad y su inteligente sonrisa, llenaba gran parte de la habitación que, con su entrada, parecía haberse empequeñecido.
Sentábase junto al lecho de Lara y se frotaba las manos. Cuando fue llamado a Petersburgo para el consejo de ministros, habló con venerables dignatarios como si se tratase de escolarillos indisciplinados. Pero ahora, ante él, yacía alguien de su familia, aunque hiciera poco que hubiese entrado en la casa, casi como una especie de hija, con quien, como se hace con los familiares, cambiaba rápidas miradas y observaciones en passant. Y esto era lo que daba un encanto particular a sus lacónicas conversaciones, como ellos sabían muy bien. El no podía tratar a Lara como si fuera una persona mayor, con seriedad e indiferencia. No sabía cómo hablarle para no herirla y, sonriéndole como a un niño, le dijo:
—¿Qué diantre has hecho? ¿A qué vienen estos melodramas?
Calló y se puso a mirar las manchas de humedad del techo y el empapelado. Luego, sacudiendo la cabeza en señal de desaprobación, continuó:
—En Düsseldorf va a inaugurarse una exposición internacional de pintura, escultura y jardinería. Tengo el propósito de verla. ¡Esto es condenadamente húmedo! ¿Tienes la intención de permanecer mucho tiempo suspendida entre cielo y tierra? No puede decirse que te falte sitio aquí. La tal Voitessa, dicho sea entre nosotros, es un tipejo. La conozco bien. Tienes que trasladarte. Basta ya de guardar cama. Mientras estuviste enferma, bien. Pero ahora ya es tiempo de que te levantes. Cambía de habitación, ocúpate de tus lecciones y termina tus estudios. Tengo un amigo pintor. Va a pasar dos años en el Turkestán. Tiene un estudio dividido en varias piezas, que es lo que se dice un verdadero piso. Estaría dispuesto a cederlo, siempre que fuera a parar a buenas manos, con muebles y todo. ¿Quieres que me ocupe de esto? Además, he de decirte algo. Permíteme que ahora te hable como un hombre práctico. Hace tiempo que quería hacerlo, y esto es para mí un deber sagrado... Desde que Lipa... Aquí tienes una pequeña cantidad como recompensa por sus últimos exámenes... No, permíteme, permíteme... No, te lo ruego, no insistas. No, por favor.
Y, al irse, a pesar de su resistencia, de sus lágrimas e incluso de su enfado, le obligó a aceptar un cheque de diez mil rublos.
Ya respuesta, Lara se trasladó a la nueva casa que le había aconsejado Kologrívov. Estaba muy cerca del mercado de Smoliensk. El apartamento constituía el ático de una pequeña casa de piedra, de dos pisos, una antigua construcción cuya parte baja estaba ocupada por unos almacenes. Habitaban el edificio unos carreteros. El patio, pavimentado con grandes losas, estaba lleno siempre de avena y estiércol y por él se paseaban arrullándose las palomas. A veces echaban a volar ruidosamente, pero nunca se elevaban a mayor altura que la ventana de Lara, cuando las ratas corrían en tropel por el arbollón de piedra del patio.
3

Pasha pasó muy malos ratos. Mientras Lara estuvo seriamente enferma no le fue permitido verla. ¿Qué debía hacer? Lara había querido matar a un hombre que, a los ojos de Pasha, le era indiferente. Luego se encontró bajo la protección de ese hombre, la víctima de su atentado frustrado. Y todo esto después de aquella memorable conversación de la noche de Navidad, a la luz de una vela que se consumía. De no haber sido por ese hombre habrían detenido y condenado a Lara. El logró apartar de ella el castigo que la amenazaba. Gracias a él, podía continuar tranquilamente sus estudios. Pasha se atormentaba y no sabía qué pensar.
Cuando estuvo mejor, Lara mandó llamar a Pasha. —Soy mala —le dijo—. Tú no me conoces. Tal vez un día te lo cuente todo. Me es muy difícil hablar, las lágrimas me ahogan. Déjame, olvídame. No soy digna de ti.
Hubo escenas dramáticas, a cuál más desgarradora. Voitkóvskaia —pues esto sucedía en la época en que Lara vivía aún en Arbat—, al ver el rostro lloroso de Pasha, se precipitó en la habitación, se dejó caer en el diván y se echó a reír hasta ponerse enferma:
—¡No puedo resistirlo! ¡No puedo resistirlo! La verdad es que... ¡Ja, ja, ja! ¡Un verdadero caballero! ¡Ja, ja, ja! ¡Un verdadero Yeruslán Lázarevich![24]
Para evitar a Pasha unas relaciones que lo hubieran deshonrado, para romperlas definitivamente y poner término a sus sufrimientos, Lara le dijo que todo había terminado entre ellos porque ya no lo quería, pero al pronunciar esta palabra sollozó de tal modo que era imposible creerla. Pasha sospechaba que era culpable de todos los pecados, no daba crédito a una sola de sus palabras, sentíase dispuesto a maldecirla y odiarla, y la amaba terriblemente, estaba celoso incluso de sus pensamientos, del vaso en que bebía y de la almohada en que apoyaba su cabeza. Para no enloquecer debía obrar con decisión y rapidez. Por esto decidieron casarse enseguida, sin demora, incluso antes de terminar los exámenes. Fijaron la fecha para el primer domingo después de Pascua, pero, por deseo de Lara, postergaron de nuevo la boda.
El matrimonio se celebró el lunes de Pentecostés, al día siguiente de la Trinidad, cuando estuvieron seguros del buen resultado de los exámenes. Ocupóse de todo Liudmila Kapitónovna Chepurko, la madre de Tosia Chepurko, una condiscípula de Lara, que había terminado sus estudios al mismo tiempo que ella. Liudmila Kapitónovna era una mujer de robusto seno y voz profunda, buena cantante e incurable soñadora. A las supersticiones y sortilegios que ya conocía, añadía en cada ocasión otros de su propia cosecha.
En la ciudad hacía un calor terrible cuando la «condujeron bajo la corona de oro»[25], como Liudmila Kapitónovna canturreaba para sí con su voz de bajo, al estilo zíngaro de Panin, mientras ayudaba a Lara a vestirse para la ceremonia. Las cúpulas de oro de las iglesias eran de un amarillo deslumbrador, así como la ligera arena esparcida por la ruta de las procesiones. Las polvorientas ramas de los abedules cortados la víspera para la fiesta de la Trinidad, colgaban tristemente en los recintos de las iglesias, retorciéndose sobre sí mismas como si se quemaran. Era penoso respirar y el sol hería los ojos con su resplandor. Era como si en todas partes se celebraran millares de bodas: con motivo de estas fiestas todas las jovencitas se vestían de blanco como si fueran novias, y los muchachos llenábanse el pelo de brillantina y ceñíanse en trajes oscuros y entallados. Todos estaban inquietos y tenían calor.
La señora Lagodin, madre de otra compañera de Lara, lanzó un puñado de moneditas de plata a los pies de la novia en el momento que daba el primer paso sobre la alfombra, como augurio de futura riqueza, mientras Liudmila Kapitónovna, con la misma intención, aconsejaba a Lara que cuando estuviese debajo de la corona, no se santiguara con la mano des nuda, sino que lo hiciera de modo que ésta quedase medio cubierta por una punta del velo. Le dijo también que mantuviera en alto la vela, porque de este modo mandaría en casa. Sacrificando su propio porvenir en beneficio de Pasha, Lara bajó la vela cuanto pudo, pero inútilmente porque, a pesar de todo lo que hizo, la vela quedaba siempre a mayor altura que Pasha.
Desde la iglesia se dirigieron para celebrarlo al estudio que ya había arreglado Pasha. Los invitados gritaban:
—Es amargo, no se puede tomar.
Y a coro, desde el otro extremo de la habitación, respondían:
—Hay que echarle azúcar
Los esposos sonreían confusos y se besaban. Liudmila Kapitónovna cantó La uva, con el doble estribillo «Dios os dé amor y concordia», y la canción Suelta la rubia trenza, deshaz los rubios cabellos.
Cuando todos se hubieron marchado y ellos se quedaron solos, Pasha se sintió incómodo por el repentino silencio que se produjo. En el patio, ante la ventana, había un farol encendido y aunque Lara hizo todo lo posible por evitarlo, una franja de luz, delgada como un eje, penetró a través de una rendija de la cortina. Este rayo de luz no dejaba en paz a Pasha, como si fuera alguien que los espiase. Advirtió con horror que pensaba más en el farol que en sí mismo, en Lara y en su amor.
Durante la noche, larga como una eternidad, aquel que hasta poco antes había sido el estudiante Antípov, «Stepanida» y «la señorita», como lo llamaban los compañeros, llegó al colmo de la felicidad y al fondo de la desesperación. Sus sospechas alternaban con las confesiones de Lara. El preguntaba y a cada respuesta de ella desfallecía como si se precipitara en un abismo. Su atormentada imaginación no lograba concebir todo lo que le era revelado ahora.
Hablaron hasta el amanecer. En la vida de Pasha Antípov jamás se produjo un cambio tan impresionante y súbito como en aquella noche. Por la mañana, cuando se levantó, era un hombre distinto, y casi le sorprendió tener el mismo nombre.
4

Diez días después los amigos organizaron en aquella misma habitación una fiesta de despedida, en honor de Pasha y Lara. Ambos habían terminado brillantemente sus estudios y a los dos les fue ofrecido trabajo en la misma ciudad de los Urales, hacia donde debían partir a la mañana siguiente. De nuevo bebieron, cantaron y alborotaron, pero esta vez sólo entre jóvenes.
Tras el tabique que separaba las habitaciones particulares del gran estudio donde se hallaban reunidos los invitados, se amontonaba el equipaje; las dos cestas de mimbre de Lara, una maleta, una caja llena de vajilla y algunos sacos en un rincón. Había muchas cosas. Una parte debía ser expedida a pequeña velocidad a la mañana siguiente. Casi todo estaba ya embalado, pero todavía quedaba mucho por hacer. En la caja y las maletas abiertas aún había sitio. A veces Lara recordaba algo, lo llevaba al otro lado del tabique y lo metía en la cesta.
Pasha ya estaba allí con los invitados, cuando Lara, que se había ido a la secretaría de la Facultad a buscar su partida de nacimiento y otros papeles, regresó acompañada del portero con una estera y un grueso ovillo de cordel para atar las maletas. Despedido el portero, cumplimentó a los invitados, estrechando la mano a unos y abrazando a los demás. Luego, para cambiarse, se retiró tras el tabique. Reapareció vestida y todos aplaudieron, gritaron y comenzó el alboroto como en la fiesta de la boda pocos días antes. Los más emprendedores sirvieron vodka a sus vecinos. Un gran número de manos armadas de tenedores, se acercaron al centro de la mesa para coger pan y lo que había en los platos. Se pronunciaron diversos discursos, entre largos tragos de vodka para aclararse la garganta y todos compitieron en bufonadas. Algunos no tardaron en achisparse.
—Estoy cansadísima —murmuró Lara, sentándose junto a su marido—. Y tú, ¿lograste hacer todo lo que querías?
—Sí.
—Me siento maravillosamente bien. Soy feliz. ¿Y tú?
—También. Estoy contento. Pero ya hablaremos.
Excepcionalmente, junto con los compañeros, Komarovski fue admitido también en la fiesta. Cuando terminó la velada dijo que ahora, después de la partida de sus jóvenes amigos, se quedaba huérfano, y Moscú le parecería un desierto, un Sahara. Se conmovió tanto que sollozó y tuvo que repetir la frase interrumpida por la emoción. Pidió permiso a los Antípov para escribirles e ir a verlos a Yuriatin, su nueva residencia, si no lograba soportar la separación.
—Sería del todo inútil —respondió Lara en voz alta y destempladamente—. ¿A qué viene esto de escribir, el Sahara y todo lo demás? Y en cuanto a ir a vernos, ni lo pienses. Lo pasarás perfectamente bien sin nosotros, que no somos nada del otro mundo, ¿verdad Pasha? Estoy segura de que encontrarás algo que sustituirá a tus jóvenes amigos.
Y, olvidando de pronto a quién y de qué estaba hablando, impulsada por otro pensamiento, se levantó a toda prisa y se fue a la cocina, al otro lado de la pared. Desarmó el molinillo de triturar carne y distribuyó por los rincones de la caja, protegiéndolas con paja, las piezas que había desmontado. Al colocarlas estuvo a punto de herirse una mano con la cuchilla.
Ocupada en estos preparativos, ya no se acordaba de que tenía invitados en la casa. Ni siquiera los oía, y cuando con una explosión de gritos le recordaron su presencia al otro lado del tabique, se dijo que a los borrachos les gusta siempre fingir la embriaguez, con tanta mayor exageración y complacencia cuanto más borrachos están.
Al mismo tiempo, un rumor distinto y de origen completamente diferente, que procedía del patio, llamó su atención. Descorrió la cortina y se asomó a la ventana.
En el patio, un caballo con la traba puesta, avanzaba a saltos, cojeando. Lara no sabía de quién era; probablemente se había perdido y llegado por casualidad al patio. Era ya de día, pero todavía faltaba mucho para que saliera el sol. La ciudad, amodorrada y como privada de vida, sumíase en la frescura gris-violeta del alba. Lara cerró los ojos. Dios sabe a qué perdida, encantadora y remota campiña la transportaba aquel rumor tan rítmico e inconfundible de los cascos herrados del caballo.
Llamaron a la puerta. Lara aguzó el oído. Alguno de los invitados acudió a abrir. Era Nadia. Lara se precipitó al encuentro de la recién llegada. Venía directamente del tren, fresca y encantadora. Parecía corno si toda su persona trascendiese el perfume de los muguetes de Duplianka. Las dos amigas permanecieron abrazadas, incapaces de decir una sola palabra. Limitáronse a lanzar exclamaciones y abrazarse casi sofocándose una a otra.
Nadia llevaba a Lara los votos y felicitaciones de toda la casa y un regalo de sus padres. De su maletín de viaje extrajo una cajita envuelta en papel, la desenvolvió y, haciendo saltar la tapa, ofreció a Lara una joya de rara belleza.
Hubo las naturales exclamaciones de admiración. Uno de los amigos, disipada ya un poco la embriaguez, dijo:
—Un jacinto rosa. Sí, sí, rosa, ¿qué te imaginabas? Una piedra que vale tanto como un diamante.
Nadia sostenía que eran zafiros amarillos.
Después de haberla hecho sentar a su lado y ofrecido algo, Lara dejó la joya en el estuche y se puso a contemplarla sin lograr apartar de ella los ojos. Sobre el morado terciopelo del estuche, la piedra resplandecía como una llama: unas veces semejaba una gota y otras un grano de uva.
Mientras tanto, en la mesa, algunos se habían repuesto ya de sus excesos de bebida y se permitían tomar una nueva copa para acompañar a Nadia, que tampoco tardó en perder la cabeza.
Poco después, la casa pareció haberse transformado en el reino del sueño. La mayor parte de los invitados, habiendo pensado acompañar a los esposos a la estación al día siguiente, se habían quedado a dormir. Hacía rato que roncaban ya casi todos, tumbados a la buena de Dios por los rincones. Ni Lara se dio cuenta de cómo llegó a encontrarse vestida en un diván en el que estaba durmiendo Ira Lagódina.
Se despertó al oír hablar en voz alta precisamente cerca de ella. Eran voces de desconocidos que, desde la calle, habían entrado en el patio en busca del caballo. Lara abrió los ojos y se quedó estupefacta.
«La verdad es que no hay modo de que Pasha esté quieto. ¿Qué diablos está haciendo ahí plantado como un poste, qué busca?»
En ese momento la persona a quien había confundido con Pasha volvió la cara hacia ella: no era, efectivamente, Pasha, sino una especie de esperpento picado de viruelas, con la cara surcada por un chirlo desde la sien a la barbilla. Pensó que sería un ladrón, un salteador, y quiso gritar, pero no pudo emitir ningún sonido. De pronto se acordó de la joya e, incorporándose disimuladamente sobre un codo, miró de reojo a la mesa.
Estaba en su sitio, entre los trozos de pan y las tartas apenas empezadas, y el ladrón, poco sagaz, no la había advertido entre los restos de la comida. Seguía buscando entre la ropa, desordenando las maletas. A Lara, semiamodorrada y aturdido aún por la vodka, pero dándose cuenta de la situación, le molestó sobre todo ver deshecho su trabajo. Indignada, quiso otra vez gritar, pero tampoco ahora consiguió abrir la boca ni Mover la lengua. Entonces, con la rodilla, dio un violento golpe en el estómago de Ira Lagódina, que estaba durmiendo a su lado y cuando ésta gritó por el dolor con una voz que no parecía la suya, también Lara lanzó un chillido. El ladrón dejó caer el fardo con el botín y se precipitó como un loco fuera de la habitación. Uno de los hombres se lanzó en su persecución, sin darse cuenta claramente de qué se trataba, pero desapareció toda huella del ladrón.
El barullo y las discusiones que entonces se produjeron fueron la señal de un despertar general. Todo resto de embriaguez se desvaneció en Lara. Inflexible a las súplicas de que los dejara dormir y descansar un poco más, los hizo levantar a todos, les sirvió café y los envió a todos a sus casas hasta que llegase el momento en que volverían a verse en la estación en el instante de partir el tren.
Cuando todos se hubieron ido, comenzó a trabajar. Con su acostumbrada rapidez, pasaba de un portamantas a otro, ataba las almohadas, apretaba las correas y suplicaba a Pasha y a la portera que no la ayudasen porque la estorbaban.
Todo se desarrolló en orden, regularmente. Los Antípov no llegaron con retraso. El tren se puso en marcha suavemente, casi al mismo ritmo del movimiento de los sombreros agitados en señal de despedida. Cuando los amigos dejaron de decirles adiós y llegó a ellos por tres veces un grito —probablemente «hurra»—, el tren aceleró la marcha.
5

Desde hacía tres días el tiempo era pésimo. Transcurría el segundo otoño de guerra. Después de los éxitos del primer año, habían comenzado los fracasos. El octavo ejército de Brusílov, concentrado en los Cárpatos, pronto a descender de los desfiladeros e irrumpir en Hungría, tuvo que retroceder arrastrado por la retirada general. Incluso la Galitzia, ocupada en los primeros meses de las operaciones, hubo de ser abandonada.
El doctor Zhivago, conocido antes por Yura y a quien todos llamaban ahora por su nombre y patronímico, hallábase en el pasillo de la sala de operaciones de la maternidad, frente a la puerta de la habitación donde había sido instalada hacía poco su mujer, Antonina Alexándrovna. Hablase despedido de ella y esperaba a la comadrona para ponerse de acuerdo sobre la forma en que ésta le advertiría en caso de necesidad y podría tener, por su mediación, noticias de Tonia.
Tenía prisa por regresar a su hospital, pero antes debía hacer dos visitas a domicilio: perdía inútilmente un tiempo precioso, contemplando desde la ventana la oblicua trayectoria de la lluvia, que un impetuoso viento de otoño desmenuzaban y desviaba como la tempestad abate y mezcla las espigas de un trigal.
No era todavía noche cerrada. A los ojos de Yuri Andriéevich extendíanse los patios de la clínica, las terrazas de los hoteles particulares del Diéviche-pole, la red del tranvía eléctrico que iba casi hasta la puerta de servicio de uno de los edificios de la clínica.
Llovía con una monotonía desolada, sin arreciar ni amainar, a pesar de la furia del viento, que parecía encarnizarse contra la imperturbabilidad del agua que caía sobre la tierra. Las ráfagas de viento atormentaban los sarmientos de vid silvestre que enmarcaban una de las terrazas. Parecía como si quisieran desarraigar de cuajo la planta, levantándola, sacudíendola y rechazándola después como un pingajo.
Una furgoneta, pasando ante la terraza, se acercó al hospital. Comenzaron a descargar heridos.
En los hospitales de Moscú, llenos hasta lo inversosímil, sobre todo después de las operaciones de Lutsk, se acondicionaban los heridos en los rellanos de las escaleras y en los pasillos y la aglomeración afectó incluso las salas destinadas a las mujeres.Yuri Andriéevich, volviendo la espalda a la ventana, bostezó de cansancio. Parecía como si su cabeza se hubiese vaciado. De pronto recordó algo. En el departamento de cirugía del hospital Krestovozdvízhenskaia, donde él prestaba servicio, había muerto en aquellos días una enferma. El sostuvo que se trataba de un caso de equinococo hepático, y se había discutido mucho sobre el particular. Por aquellos días debía hacerse la autopsia, lo cual establecería la verdad. Pero el disector del hospital era un bebedor empedernido y Dios sabe cuándo empezaría a trabajar.
Anochecía. Al otro lado de la ventana ya no se distinguía nada. Como por la virtud de una varita mágica, de todas las ventanas surgió la luz eléctrica.
Por una puerta giratoria que separaba el pabellón del pasillo, salió de la sala de Tonia el director del departamento, un hombre gigantesco que siempre respondía a todas las preguntas elevando los ojos al techo y encogiéndose de hombros. En su lenguaje mímico tales movimientos significaban que, por muy importantes que sean los progresos del saber, siempre, mi querido Horacio, hay misterios ante los cuales la ciencia es impotente.
Pasó ante Yuri Andriéevich inclinándose con una sonrisa, y con sus rollizas manazas hizo un vago ademán como si quisiera indicar que no había más remedio que esperar y resignarse, y se alejó a lo largo del pasillo en dirección a la sala de espera para fumar un cigarrillo.
Poco después salió al encuentro de Yuri Andriéevich la asistenta del poco expresivo ginecólogo, que por su locuacidad constituía su antítesis.
—En su lugar, yo me iría a casa. Mañana le llamaré por teléfono al hospital Krestovozdvízhenskaia. Es difícil que empiece antes. Estoy segura de que será un parto normal y que no habrá necesidad de intervención. Pero, por otra parte, suscitan alguna aprensión cierta estrechez de la pelvis, la posición occipital en que se encuentra el niño, la ausencia de dolores y la poca importancia de las contracciones. Sin embargo, no es posible todavía hacer pronósticos. Todo dependerá de la ayuda que ella misma preste en el momento del parto. Ya veremos.
Al día siguiente, respondiendo a su llamada, el portero del hospital, que acudió al teléfono, le dijo que no colgase el auricular, fue a informarse y luego de una espera de diez minutos, le dio de un modo grosero e incoherente el siguiente informe:
—Me encargan decirle que ha traído a su mujer demasiado pronto y que tiene que llevársela.
Yuri Andriéevich exigió hablar con alguien mejor informado.
—Los síntomas no son muy seguros —le dijo la enfermera—. Que el doctor no se preocupe, habrá que esperar todavía un día o dos.
Al tercer día supo que el parto había comenzado por la noche. Al alba la parturienta había roto aguas, y se presentaron fuertes dolores que persistieron desde por la mañana. Dirigióse preocupado a la clínica y, mientras avanzaba por el pasillo, oyó, a través de la puerta entornada por distracción, los gritos desgarradores de Tonia, semejantes a los de las personas a quienes en un atropello les han sido amputados los miembros y son sacadas de entre las ruedas de un vagón. No podía entrar. Mordiéndose hasta hacerse sangre el nudillo de un dedo, se acercó a la ventana tras la cual continuaba cayendo la misma lluvia oblicua de dos días antes. Una enfermera salió de la sala, y también el vagido de un recién nacido.
«Está salvada, está salvada», murmuró para sí Yuri Andriéevich.
—Un niño. Un varón. Todo ha ido muy bien —dijo apresuradamente la enfermera—. Ahora no se puede. Se lo enseñaré en el momento oportuno. Debe usted hacerle un buen regalo a su esposa. Ha sufrido mucho. Es el primero. El primero siempre hace sufrir.
—¿Está salvada, está salvada? —repetía Yuri Andriéevich, sin comprender lo que decía la enfermera que, con sus palabras, lo implicaba a él en el acontecimiento.
¿Tenía realmente algo que ver con ello? Padre, hijo... no veía ningún motivo de orgullo en ese don gratuito de la paternidad. Tampoco sentía nada por aquel vástago que le caía del cielo. Todo ello le resultaba exterior a su conciencia. Lo importante era Tonia, que habíase enfrentado con un peligro mortal y por fortuna logró superarlo.
Tenía un enfermo no lejos de la clínica. Fue a verlo y al cabo de media hora estuvo de regreso. Las dos puertas, la del pasillo a la sala de partos, y la de la sala de partos al departamento, volvían a estar cerradas. Sin darse cuenta de lo que hacía se metió en la puerta giratoria.
Pero, jugando con los dedos, surgió ante él, como brotado de la tierra, vestido de blanco, el gigantesco ginecólogo.
—¿Adónde va?—le dijo con voz sofocada para que no le oyese la parturienta—. ¿Se ha vuelto loco? Herida, sangre, antisépticos... Eso sin contar el choc psicológico. ¡Vaya! ¿Y usted es médico?
—Yo... Sólo una ojeada. Desde aquí. A través de una rendija.
—¡Ah, bueno! Eso es distinto. Hágalo. Pero que yo lo vea. ¡Cuidado! Si ella lo descubre a usted, lo mato, no le dejo un hueso sano.
En la sala dos mujeres, la comadrona y la nodriza, volvían la espalda a la puerta. En manos de la nodriza se agitaba un cachorrillo humano tierno y llorón, estirándose y contrayéndose como un trozo de goma de color rojo oscuro. La comadrona le ataba el cordón umbilical para separarlo de la placenta. Tonia yacía en medio de la sala, sobre una mesa de operaciones con el respaldo móvil levantado. A Yuri Andriéevich, que por la emoción lo exageraba todo, le pareció que ella estaba casi a la altura de esos pupitres en los cuales se escribe de pie.
Levantada hacia el techo, más en alto que lo que suele estar la mayoría de los mortales, Tonia estaba sumida en la niebla de un sufrimiento ya vencido, como si de ella trascendiera una infinita postración. Parecía surgir en medio de la sala como emergería en un puerto una embarcación apenas atracada y descargada, que hubiese llevado a cabo la travesía del mar de la muerte, para alcanzar el continente de la vida con nuevas almas emigradas Dios sabía desde dónde. También Tonia había apenas efectuado el desembarco de un alma y yacía ahora anclada, reposando con toda la ligereza de sus costados liberados de su peso. Junto a ella reposaban también sus extenuados y tensos aparejos, su maderaje y su olvido, su extinguido recuerdo de los lugares donde había estado recientemente, de lo que había atravesado y cómo había alcanzado la orilla.
Y como nadie sabía dónde se encontraba el país bajo cuya bandera se había acogido, ni siquiera se sabía en qué idioma dirigirse a ella.
En el hospital todos rivalizaban en felicitar a Yuri Andriéevich.
—¿Cómo han podido saberlo tan pronto?—preguntaba él, asombrado.
Se dirigió a la sala de médicos, llamada la taberna o el basurero, porque, por falta de espacio producida por la aglomeración de enfermos y heridos, la gente se quitaba allí los abrigos y los chanclos, dejándose olvidados extraños objetos procedentes de otros lugares, y ensuciaba el suelo con colillas y pedazos de papel.
Ante la ventana estaba el analista, un hombre arrugado y encogido que, con los brazos levantados, examinaba a la luz, mirando por encima de los lentes, una probeta que contenía un líquido turbio.
—Le felicito —dijo, sin dejar de mirar en la misma dirección, no dignándose volverse siquiera hacia Yuri Andriéevich.
—Gracias. Estoy muy emocionado.
—No tiene por qué darme las gracias. No tengo nada que ver con eso. La autopsia la ha hecho Pichuzhkin. Todos se han quedado estupefactos. Un equinococo. ¡Esto sí que es un diagnóstico! No se habla de otra cosa.
En ese momento entró en la estancia el médico jefe del hospital. Saludó a los dos y dijo:
—¿Qué diablos sucede? Esto parece un mercado y no una sala de médicos. ¡Qué indecencia! Sí, Zhivago, se trataba de un equinococo. Nosotros nos equivocamos. Le felicito. Pero ha surgido un inconveniente. Va a hacerse una revisión de su categoría. Esta vez no conseguiremos quedarnos con usted. Hay una espantosa falta de personal médico militar. También le va a tocar a usted oler la pólvora.
6

Los Antípov se establecieron en Yuriatin con una facilidad inesperada. Allí se conservaba un buen recuerdo de la familia Guichard y esto alivió a Lara las dificultades que se presentan siempre en un cambio de residencia.
Lara estaba absorbida por sus quehaceres y preocupaciones. Tenía a su cargo la casa y a su hija Kátienka, que tenía tres años. Por mucho que Marfutka, la pelirroja doncella, se esmerara, su ayuda era insuficiente. Larisa Fiódorovna ocupábase de todos los asuntos de su marido y, además, daba clases en el colegio de niñas. Trabajaba mucho y era feliz. Esta era precisamente la vida que había soñado.
Le gustaba vivir en Yuriatin, que era su ciudad natal, a orillas de un gran río, el Rynva, navegable en su curso medio e inferior, y atravesada por una de las líneas férreas de los Urales.
La proximidad del invierno anunciábase en Yuriatin por el traslado de las barcas, que desde el río eran transportadas en carros a la ciudad y colocadas en los patios donde permanecían a la intemperie hasta la llegada de la primavera. Aquellas barcas puestas quilla arriba, que blanqueaban en el fondo de los patios, tenían en Yuriatin el mismo significado que en otros lugares la emigración de las grullas o las primeras nieves.
Una de estas barcas, bajo la cual jugaba Kátienka como bajo el cóncavo techo de un pabellón, estaba también en el patio de la casa alquilada por los Antípov y exponía al aire su quilla pintada de blanco.
A Larisa Fiódorovna le gustaba la vida de aquel rincón provinciano, aquellos intelectuales lugareños que calzaban botas de fieltro y vestían calientes chaquetas de franela, con la clara pronunciación norteña de las oes y su confiada ingenuidad. Sentíase vinculada a aquella tierra y aquella gente sencilla.
En cambio, Pável Pávlovich, hijo de un ferroviario de Moscú, puso de manifiesto una incorregible mentalidad ciudadana. Juzgaba con mayor severidad que su mujer a los habitantes de Yuriatin, cuya tosquedad e ignorancia lo irritaban.
En aquel período demostró una extraordinaria capacidad de aprender y retener nociones obtenidas de rápidas lecturas. Ya antes, y en parte con ayuda de Lara, había leído muchísimo. Pero en aquellos años de aislamiento provinciano su cultura aumentó de tal manera que empezó a considerar a Lara como una mujer escasamente instruida. Era, con mucho, superior a sus colegas profesores y decía que se asfixiaba entre ellos. En aquellos tiempos de guerra el patriotismo de éstos, trivial, oficial y un poco falso, contrastaba con los sentimientos de Antípov más intensos y complejos.
Pável Pávlovich se había doctorado en estudios clásicos y en el instituto enseñaba latín e historia antigua. Pero su secreta pasión por las matemáticas, la física y las ciencias exactas pasión por las matemáticas, la física y las ciencias exactas despertóse de pronto en este antiguo alumno de una escuela real. Por sus propios medios estudió estas materias hasta lograr una preparación universitaria. Soñaba ya en la posibilidad de aprobar los exámenes en la capital, prepararse para una especialización en matemáticas y trasladarse a Petersburgo con toda su familia. Pero su salud se resintió a causa de las largas horas de estudios nocturnos y comenzó a padecer insomnio.
Se llevaba bien con su mujer, pero sus relaciones carecían de sencillez. Lara lo abrumaba con su bondad y sus atenciones, y él no se permitía criticarla. Temía constantemente que incluso en las observaciones más insignificantes pudiese descubrir un mal disimulado reproche por su origen burgués, ya que él procedía del pueblo, o por haber sido de otro antes que suya. El temor de que pudiera sospechar en él cualquier resentimiento injustamente ofensivo daba a su vida un tono artificioso. Rivalizando en generosidad acabaron complicándolo todo.
Un día tuvieron como huéspedes algunos colegas de Pável Pávlovich: la directora del colegio de Lara, un miembro del tribunal arbitral, junto a quien, en cierta ocasión, se había sentado Pável Pávlovich en calidad de conciliador, y algunos más. Antípov los consideraba a todos rematadamente estúpidos y le sorprendía que Lara los tratase con tanta gentileza, pareciéndole imposible que pudiera gustarle cualquiera de ellos.
Cuando los invitados se hubieron ido, Lara aireó las habitaciones y barrió, y ayudó a Marfutka a lavar los platos. Luego, habiéndose asegurado de que Kátienka estaba bien tapada y de que Pável dormía, se desnudó rápidamente, apagó la luz y se acostó al lado de su marido, con la naturalidad de un niño que se mete en la cama de su madre.
Pero Antípov fingía dormir. Tenía uno de esos insomnios que se habían hecho habituales en él. Sabía que permanecería así durante tres o cuatro horas, sin dormir. Para llamar al sueño y librarse de los últimos restos del humo del tabaco fumado por sus invitados, se levantó silenciosamente, se puso el sombrero, y la pelliza sobre el pijama, y salió.
Era una clara y helada noche de otoño. Bajo sus pies el hielo se partía con agudos crujidos. El cielo estrellado derramaba un reflejo azul, como una llama de alcohol, sobre la tierra negra y las pellas de barro helado.
La casa en que vivían los Antípov hallábase en la parte opuesta del puerto fluvial. Era la última de la calle. Por detrás extendíase un campo cruzado por la línea férrea junto a la cual se alzaba la casa del guardagujas. Un paso a nivel atravesaba los raíles.
Antípov se sentó en la quilla de una barca volcada y miró a las estrellas. Los pensamientos que durante los últimos años se le habían hecho familiares lo asaltaron ahora con una particular intensidad. Le pareció que más tarde o más temprano debería ahondarlos hasta su raíz y que era mejor hacerlo enseguida.
Se dijo que no era posible continuar de esa manera. Todo era de prever, pero cuando se dio cuenta resultó demasiado tarde. ¿Por qué ella le había permitido que se comportara como un niño e hizo de él lo que quiso?¿Por qué él no halló a su tiempo el buen sentido de renunciar a ella, cuando ella misma insistió precisamente en que lo hiciera, aquel invierno antes de su matrimonio? Comprendía perfectamente que no lo amaba a él, sino a la generosa misión que ella desempeñaba con respecto a él, una misión en él personificada. ¿Qué había de común entre esa misión, inspirada y admirable, y la vida familiar? Pero lo peor era que él continuaba amándola, experimentando su fascinación con la misma intensidad que en otro tiempo. O acaso ni siquiera fuese amor, sino una noble ceguera ante su belleza y generosidad. ¡Qué difícil resulta comprender estas cosas! Hasta al diablo le serían duras de pelar.
¿Qué hacer entonces? ¿Liberar a Lara y a Kátienka de esta falsa situación? Era incluso más importante que liberarse a sí mismo. Sí, pero ¿cómo? ¿Divorciarse? ¿Matarse?
—¡Qué bajeza! —exclamó—. Jamás llegaré a esto. Entonces ¿por qué pronunciar siquiera mentalmente estas palabras?
Miró las estrellas como para pedirles consejo. Brillaban en grupos o aisladas, grandes y pequeñas, azules o iridiscentes. De pronto algo vino a oscurecer su brillo, y una luz violenta y brusca iluminó el patio de la casa, la barca y Antípov que estaba sentado en ella, como si alguien corriese por el campo hacia la entrada de la casa, agitando una antorcha encendida. Era un tren militar que cruzaba ante el paso a nivel, dejando en el cielo volutas de humo llameante. Pasaban constantemente, de día y de noche, desde hacía un año.
Pável Pávlovich Antípov sonrió, se levantó de la barca y se fue a dormir. Había encontrado la salida.
7

Larisa Fiódorovna se quedó estupefacta y al principio no dio crédito a sus oídos cuando supo la decisión de Pasha.
«Es absurdo. Otra locura —pensó—. No hay que hacerle caso. Ya se le pasará.»
Pero hacía ya dos semanas que Pasha inició los preparativos, pidió los documentos necesarios, buscó quien lo sustituyera en el instituto, y llegó desde Omsk una comunicación según la cual había sido aceptado en la escuela local militar. Acercábase el momento de la partida.
Lara se despertó como una simple pueblerina y, estrechando las manos de Antípov, se postró a sus pies.
—Páshenka —suplicaba—, ¿por qué haces eso? ¿Por qué me abandonas con nuestra Kátienka? ¡No nos dejes! Nunca es demasiado tarde. Yo lo arreglaré todo. Además, ni siquiera te has hecho examinar seriamente por el médico. Estás enfermo del corazón. ¿Te da vergüenza decirlo? Y sacrificar a tu familia por una locura, ¿no te da vergüenza? ¡Voluntario! Te reíste siempre del tonto de Rodka y de pronto se te ocurre hacer lo mismo que él. ¿También tú tienes ganas de lucir el sable y llegar a oficial? ¿Qué te sucede, Pasha? No te reconozco. Te han cambiado o te has vuelto loco. Por favor, por amor de Cristo, dime honradamente si esto es necesario para Rusia.
Pero comprendió de pronto que no se trataba de eso. Incapaz de darse cuenta de los detalles, captó lo esencial, intuyendo que Pasha interpretaba equivocadamente sus sentimientos para con él. No apreciaba el sentido maternal que en ella constituía una misma cosa con el amor, sin comprender que éste era mucho mayor que el simple amor de una mujer.
Se mordió los labios, se encerró en sí misma como vencida y, sin decir nada, tragándose en silencio las lágrimas, comenzó los preparativos para la marcha.
Cuando él partió, le pareció como si en toda la ciudad se hubiese hecho el silencio y que en el cielo hasta los cuervos eran menos numerosos.
—Señora, señora —lamentábase Marfutka, como un eco.
—Mamá, mamaíta —balbuceaba Katia, tirándole de la manga.
Era la más grave derrota de su vida. Se venían abajo sus mejores y más luminosas esperanzas.
Por cartas procedentes de Siberia tenía noticias de su marido. Poco a poco el humor de Pável Pávlovich fue serenándose: echaba mucho de menos a su mujer y su hija. Algunos meses más tarde fue nombrado anticipadamente subteniente y enviado de pronto con una misión a la zona de operaciones. Viajó a toda prisa por una línea muy apartada de Yuriatin, y Moscú apenas tuvo tiempo de ver a nadie.
Comenzaron a llegar sus cartas del frente, más animadas y o tan tristes como las de la escuela militar de Omsk. Deseaba distinguirse para poder pedir un permiso, bien por méritos de guerra o a consecuencia de una ligera herida, y volver a abrazar a los suyos. Y llegó la ocasión de distinguirse. De improviso, después de la reciente acción, que fue llamada ruptura de Brusílov, el ejército pasó a la ofensiva. Pero dejaron de recibirse las cartas de Antípov. Al principio Lara no se preocupó y consideró el silencio de Pasha debido a las acciones militares que se llevaban a cabo y a la imposibilidad de escribir en campaña.
En otoño cesó el movimiento del ejército y las tropas se fortificaron en las trincheras. De Antípov no se había tenido aún ninguna noticia. Larisa Fiódorovna comenzó a alarmarse y a pedir informaciones, primero a Yuriatin y luego, por correo, a Moscú y al frente, a la última dirección de la unidad de Pasha. Pero nadie sabía nada y de ninguna parte le llegó una respuesta.
Como muchas damas del distrito, Lara, desde el principio de la guerra, pasaba el tiempo libre en la sección militar del hospital provincial de Yuriatin.
Comenzó a estudiar seriamente los principios elementales de la medicina y se examinó en el mismo hospital y obtuvo el diploma de enfermera.
En calidad de tal pidió un permiso de seis meses en el colegio, confió la casa en manos de Marfutka y con Kátienka en brazos partió para Moscú. Allí instaló a la niña en casa de Lipa, cuyo marido, el ingeniero Friesendank, había sido internado en Ufá junto con otros ciudadanos alemanes.
Convencida de la inutilidad de la búsqueda a distancia, La-risa Fiódorovna decidió continuarla en los lugares donde habían tenido efecto los últimos acontecimientos. Por este motivo prestó servicio como enfermera en un tren sanitario que, vía Liski, se dirigía a Mezo-Laborch, en la frontera de Hungría. Así se llamaba la localidad desde la cual le había escrito Pasha la última vez.
8

Al frente, al estado mayor de la división, llegó un tren de desinfección equipado gracias a la iniciativa privada del Comité de Tatiana[26], para el socorro de los heridos. En el único vagón de compartimientos del largo convoy, compuesto de pequeños y viejos vagones de carga habilitados para el caso, viajaban algunas personalidades de Moscú que llevaban regalos a los soldados y oficiales. Gordón figuraba entre aquéllos. Había sabido que el hospital de la división donde, según las informaciones recibidas, trabajaba Zhivago, su amigo de infancia, había sido trasladado al pueblo vecino.
Procuróse la autorización necesaria para trasladarse a la zona de operaciones y partió, para ver a su amigo, en una carreta que iba en esa dirección.
El carretero, un bielorruso o lituano, hablaba mal el ruso. El miedo a los espías limitaba cualquier conversación suya a un único modelo oficial, fácilmente previsible, cuyo exagerado optimismo no invitaba al diálogo. Durante la mayor parte del trayecto tanto el viajero como el conductor permanecieron en silencio.
En el estado mayor, donde estaban acostumbrados a manejar ejércitos enteros y medían las distancias y traslados en centenares de verstas, le habían asegurado que el pueblo estaba cerca, a unas veinte o veinticinco verstas.
Durante el viaje, hacia la izquierda, el horizonte resonaba bajo los disparos de la artillería. Gordón no se había encontrado jamás en un terremoto, pero le pareció que aquellas detonaciones sombrías de la artillería enemiga, sofocadas por la distancia, podían compararse mejor que cualquier otra cosa a las sacudidas subterráneas y al retumbar de una erupción volcánica. Cuando se hizo de noche, la parte más baja del cielo se encendió en esa dirección con un resplandor rojizo que no se apagó hasta la mañana.La carreta atravesaba pueblos destruidos. Parte de ellos habían sido abandonados por sus habitantes. En otros lugares, la gente se había refugiado en cuevas excavadas muy profundamente en la tierra. Todos aquellos pueblos parecían montones de detritos y ruinas, formando una larga línea continua, donde en otro tiempo se levantaron las casas, y ofrecíanse a la mirada, de uno a otro extremo, como desiertos privados de vegetación. Por su superficie hormigueaban viejas supervivientes, cada cual sobre las cenizas de su propia casa, hurgando en ellas continuamente, escondiendo siempre algo y creyéndose protegidas de las miradas extrañas, como si en torno a ellas subsistieran aún las paredes de sus casas. Miraban y seguían a Gordón con ojos que parecían preguntarle si los hombres tardarían en recobrar el juicio y si el orden y la tranquilidad volverían pronto a la tierra.
Por la noche los viajeros encontraron una patrulla que les ordenó que abandonasen el camino empedrado y tomaran otro de segundo orden. El carretero no conocía éste y durante casi dos horas anduvieron errantes. Hacia el alba llegaron al pueblo que buscaban, pero nadie tenía noticia del hospital. Finalmente averiguaron que en el distrito existían dos pueblos con el mismo nombre, aquél y el que buscaban. Por último, a la mañana siguiente llegaron a su destino. Cuando Gordón entró en el recinto, que olía a yodoformo y manzanilla, se dijo que no se quedaría allí a dormir, sino que, después de haber pasado el día con su amigo, se iría por la noche a la estación, donde lo esperaban los demás. Pero las circunstancias lo entretuvieron más de una semana.
9

En aquellos días hubo mucho movimiento en el frente. Se habían producido repentinos cambios. Al sur de la localidad adonde se había dirigido Gordón, una de nuestras formaciones, con un afortunado ataque de cada unidad, logró penetrar profundamente en las posiciones fortificadas del enemigo. Desarrollando su ataque, el grupo continuó introduciéndose, cada vez más, en las líneas enemigas. Lo seguían las unidades de refuerzo que ensanchaban la brecha. Pero éstas, cada vez más rezagadas, perdieron el contacto con el grupo de vanguardia, quedaron encerradas en una bolsa y se vieron obligadas a rendirse. El subteniente Antípov cayó prisionero con su compañía.
Circularon sobre él una serie de rumores carentes de fundamento. Lo daban por muerto, sepultado a causa de la explosión de una granada, fundándose en el testimonio de Galiullin, un amigo suyo, subteniente del mismo regimiento, que, observando con los gemelos, lo había visto caer mientras se lanzaba al ataque con sus soldados.
A los ojos de Galiullin se ofreció el acostumbrado espectáculo de una unidad en la fase de ataque. Debía recorrer a paso ligero, casi de carrera, el campo que separaba a los dos ejércitos, donde el viento del otoño sacudía el escuchimizado ajenjo y los cardos rígidos y punzantes. Con gran temeridad los atacantes debían obligar a los austriacos a salir de sus trincheras para llevar a cabo un ataque a la bayoneta, o bien destruirlos con bombas de mano. Para los que corrían, el campo parecía no tener fin. La tierra huía bajo sus pies como un oscilante terreno pantanoso. Primero en vanguardia y después entre ellos, corría también el subteniente, blandiendo sobre la cabeza la pistola y gritando a voz en cuello palabras incitantes que no oían ni él ni los soldados que corrían a su lado. A intervalos regulares echaban cuerpo a tierra, se levantaban bruscamente y, gritando, reanudaban la carrera. De vez en cuando, junto a ellos, pero de un modo completamente distinto, caían rígidos, como altos árboles abatidos en un bosque, y para no levantarse más, los soldados alcanzados por las balas del enemigo.
—Tiro demasiado largo. Telefonead a la batería —dijo Galiullin, inquieto, a un oficial de artillería que estaba a su lado—. Pero no. Hacen bien en disparar a mayor profundidad.
Mientras tanto, los atacantes se habían encontrado con el enemigo. Cesó el fuego. En el silencio que se produjo, los que se hallaban en observación advirtieron que su corazón aceleraba los latidos, como si ellos fueran los que se hallasen en el lugar de Antípov, como si ellos mismos hubieran conducido a sus hombres hasta la trinchera austriaca y de un momento a otro tuviesen que dar prueba de presencia de ánimo y bravura. En aquel instante estallaron ante ellos, una tras otra, dos granadas alemanas de dieciséis pulgadas. Una negra nube de humo y polvo lo ocultó todo.
—¡Dios de Dios! ¡Se acabó! ¡Se terminó el espectáculo! —murmuró Galiullin con los labios blancos, creyendo que el subteniente y los soldados habían muerto.
La tercera granada cayó precisamente junto al puesto de observación. Encogidos cuanto podían, todos se apresuraron a alejarse.
Galiullin dormía en la misma chabola de Antípov. Cuando en el regimiento se resignaron a la idea de que éste había muerto y de que no regresaría jamás, Galiullin, que era amigo suyo, recibió el encargo de recoger sus efectos personales para hacerlos llegar en su día a su mujer, de quien, entre las cosas de Antípov, se encontraron muchas fotografías.
Desde hacía poco tiempo el subteniente voluntario Galiullin, de profesión mecánico, hijo de Himazeddin, el portero de la casa de Tivierzin, y, en un pasado lejano ya, aprendiz de herrero, maltratado por el maestro Judoliéev, debía su promoción a su antiguo atormentador.
Llegado a subteniente, de una forma desconocida para él e independiente de su voluntad, Galiullin fue a parar a un puesto confortable y tranquilo, en una perdida guarnición de la retaguardia. Allí tenía a su mando un pelotón de viejos para quienes algunos instructores veteranos, viejos también, repetían cada mañana la instrucción militar que también ellos habían olvidado. Además de esto, Galiullin debía vigilar que se distribuyeran equitativamente los turnos de guardia en los depósitos de intendencia. Era una vida sin preocupaciones y de él no se pretendía nada más. Inesperadamente, con tropas de refuerzo formadas por la movilización de antiguas quintas, llegadas de Moscú para ponerse a sus órdenes, llegó también un soldado a quien conocía demasiado bien, Piotr Judoliéev.
—¡Vaya, viejos amigos! —exclamó Galiullin con una áspera sonrisa.
—Sí, mi teniente —respondió Judoliéev, cuadrándose y saludando militarmente.
Pero la cosa no podía acabar así. Al primer error cometido durante la instrucción, el subteniente lo llenó de injurias, y como le pareció que su inferior no lo miraba como debía, sino de una manera torva e inequívoca, le dio un puñetazo en la boca y lo mandó al calabozo, donde estuvo a pan y agua dos días.
Desde este momento cada gesto de Galiullin tuvo el sabor de la venganza. Pero ajustar cuentas de esta manera, aprovechándose de una situación de despótica superioridad, resultaba un juego demasiado fácil e innoble. ¿Qué hacer? Era necesario que uno u otro dejara su puesto. Pero ¿con qué pretexto y adónde podía el oficial hacer que trasladasen al soldado de la unidad a que había sido destinado, como no fuese enviándolo a un batallón disciplinario? Además, ¿que motivos podía invocar Galiullin para solicitar el propio traslado? Invocando el aburrimiento y la inutilidad del servicio de guarnición, pidió ser enviado al frente. Esto constituyó la mejor recomendación, y, cuando a la primera oportunidad, el joven demostró poseer excelentes cualidades militares, se consideró que podía llegar a ser un buen oficial y no tardó en ser ascendido a teniente.
Galiullin conocía a Antípov desde los tiempos de Tivierzin. En 1905, cuando Pasha Antípov vivió seis meses en compañía de los Tivierzin, Yusupka Galiullin iba a verlo con frecuencia y jugaba con él los días de fiesta. Precisamente entonces tuvo ocasión de ver una o dos veces a Lara. Pero hacía ya algún tiempo que no había vuelto a saber nada de ella. Cuando, desde Yuriatin, Pável Pávlovich Antípov llegó al regimiento, Galiullin se quedó asombrado del cambio efectuado en el amigo de otros tiempos. El jovencito minucioso y jovial, tímido como una muchacha, se había convertido en un hipocondríaco, un hombre nervioso y despreciativo de sí. Era inteligente, animoso, irónico y taciturno. A veces, al observarlo, hubiese jurado que tras su mirada pensativa, como al fondo de una ventana, se adivinaba algo semejante a una idea fija: la nostalgia de su hija o el recuerdo de Lara. Parecía poseído por un hechizo, como en un cuento. Y ahora ya no quedaba de él más que los papeles y las fotografías que conservaba Galiullin, único depositario del misterio de aquel cambio.
Más tarde o más temprano llegarían las preguntas de Lara, y Galiullin se apresuraría a contestar. Pero sería un momento bien desagradable. Sentíase incapaz de escribir como debía hacerlo, porque deseaba prepararla para el golpe que le aguardaba. Y de este modo continuó demorando el envío de la larga carta de circunstancias que hubiese deseado enviarle, hasta que supo que ella se encontraba en el frente, como enfermera. Y ya no supo dónde dirigir la carta.
10

—Bien, ¿llegarán hoy los caballos?—preguntó Gordón al doctor Zhivago, cuando éste, a la hora de comer, regresó a la isbá galitziana donde se alojaban.
—¿Qué caballos? ¿Cómo se te ocurre marchar si no es posible ni avanzar ni retroceder? Por todas partes reina una gran confusión. Nadie comprende nada. Al sur hemos rodeado o desbaratado las líneas alemanas en varios puntos, pero parece que algunas de nuestras unidades dispersas han caído en una bolsa. Al norte los alemanes han atravesado el Sventa, en un lugar que se consideraba infranqueable. Se trata de caballería, un cuerpo de ejército. Destruyen las líneas ferroviarias, devastan los depósitos y, a mi entender, nos rodean. Esta es la situación. ¡Y hablas de caballos! ¡Vamos, Karpienko, date prisa! Pon la mesa y muévete un poco. ¿Qué tenemos hoy? ¡Ah, patas de ternera! ¡Magnífico!
La unidad sanitaria, con el hospital y todas sus dependencias, estaba diseminada por un pueblo milagrosamente indemne. Las casas, de tipo occidental, con estrechas ventanas de numerosos cristales centelleantes que ocupaban toda la pared, estaban intactas.Era el veranillo de San Martín, los últimos días serenos de un luminoso otoño dorado. De día, los médicos y los oficiales abrían las ventanas, mataban las moscas que en negros enjambres se paseaban por los alféizares y las blancas paredes, sudaban bajo las chaquetas y las camisas abiertas y se quemaban la garganta con la sopa de coles o el té hirviente. En cambio, por la noche, sentábanse a usanza mora ante los abiertos portillos de las estufas, soplaban sobre los tizones de leña húmeda que no ardía y, con los ojos escocidos y llenos de lágrimas a causa del humo, maldecían a los asistentes que no sabían encender un fuego.
La noche era apacible. Gordón y Zhivago yacían en dos camastros paralelos colocados a lo largo de dos paredes opuestas. Entre ellos estaba la mesa y una ventana larga y estrecha, que se extendía de una a otra pared. La estancia estaba muy caliente y llena de humo. Abrieron los postigos de los dos extremos de la ventana y respiraron el frescor de la noche otoñal, que empañaba los cristales.
De acuerdo con la costumbre contraída aquellos días y aquellas noches pasadas juntos, se pusieron a cambiar impresiones. Como siempre, el horizonte, en la dirección del frente tenía un tinte rojizo, y cuando con el rumor regular e ininterrumpido de la artillería se mezclaban disparos más sordos, distintos y broncos, que parecían sacudir la tierra como si se arrastrase un pesado baúl de hierro por el suelo, Zhivago interrumpía su conversación y, luego de una pausa, decía:
—Es el Berta, el cañón alemán de dieciséis pulgadas, un trasto que pesa casi un tonelada.
Luego reanudaba la conversación, olvidando dónde la había interrumpido.
—¿Qué es ese olor que se nota siempre en el campo?—preguntó Gordón—. Lo advertí el primer día. Es un olor dulzón y nauseabundo, como de ratas.
—¡Ah, ya sé a qué te refieres! Es el cáñamo. Por aquí hay muchos cañamares. El cáñamo trasciende siempre un hedor insistente y sofocante de carroña. Además, en la zona de operaciones, los cadáveres quedan muchos días en los cañamares y se descomponen. El olor de los cadáveres lo domina todo, lo que es natural. Otra vez el Berta. ¿Lo oyes?
Durante aquellos días habían tocado todos los temas posibles. Gordón sabía lo que su amigo pensaba de la guerra y sobre el espíritu del tiempo. Yuri Andriéevich le había contado sus dificultades en adaptarse a la lógica sangrienta de exterminación mutua, a la vista de los heridos, especialmente ante el horror de ciertas heridas producidas por las armas modernas, ante los supervivientes mutilados, reducidos por la técnica de la guerra a fragmentos de carne que no tenían nada de humano.
Acompañando a Zhivago, Gordón visitaba cada día una localidad distinta, y podía darse cuenta de lo que era la guerra. Naturalmente no advertía cuán inmoral era aquella inútil contemplación del valor ajeno y de la forma en que los hombres, con un esfuerzo sobrehumano de la voluntad, dominaban el terror de la muerte, y el sacrificio y los riesgos que esto representaba. Pero tampoco le parecían más morales las pasivas e inútiles lamentaciones. Pensaba que no había más remedio que comportarse conforme a la situación impuesta por la vida, de un modo natural y honrado.
Que uno, a la vista de los heridos, pudiera desmayarse, fue algo que experimentó personalmente con motivo de una visita a un destacamento volante de la Cruz Roja, que actuaba más hacia occidente, en un puesto ambulancia situado cerca de la línea de combate.
Llegaron a la orilla de un gran bosque medio arrasado por la artillería. Entre unos matorrales rotos y pisoteados yacían aquí y allá, volcados y hechos pedazos, varios armones de cañón. Había un caballo atado a un árbol. La casa de madera del guardabosque, que se adivinaba al fondo del bosque, había perdido la mitad de su techumbre. La ambulancia estaba instalada en la casa del guardabosque y en dos barracones grises que surgían a lo largo del camino, en medio de los árboles.
—Hice mal en traerte aquí —dijo Zhivago—. Las trincheras están a dos pasos, a una o dos verstas de distancia, y nuestras baterías se encuentran allá abajo, tras el bosque. ¿Te das cuenta de lo que pasa aquí? No te hagas el héroe, por favor. No te creería. Estás trastornado y es natural. La situación puede cambiar a cada momento. Por aquí vuelan los proyectiles.
Por el suelo, a lo largo del camino del bosque, con las piernas abiertas, agobiadas por el peso de las botas, yacían de bruces o boca arriba jóvenes soldados cubiertos de polvo y anonadados por la fatiga, con las camisas empapadas de sudor en el pecho y bajo las axilas. Eran los restos de una unidad diezmada. Los habían hecho retirar de la batalla que duraba cuatro días, para que reposaran un poco en la retaguardia. Yacían por el suelo como si fueran de piedra, sin aliento para sonreír o blasfemar, y ninguno volvió la cabeza cuando, desde el fondo del bosque, resonando ruidosamente por el camino, algunas carretas se acercaron apresuradamente. Al trote, en esos carros sin muelles, que hacían saltar a sus desgraciados ocupantes acabando de romperles los huesos y revolverles los intestinos, los heridos eran transportados al centro sanitario, donde se les prestarían los primeros auxilios. Serían vendados a toda prisa y en algunos casos, particularmente urgentes, operados de cualquier manera. Habían sido recogidos en cantidad impresionante en el campo que se abría ante las trincheras, media hora antes, cuando se interrumpió el fuego unos momentos. Muchos de ellos habían perdido el conocimiento.
Cuando se hallaron ante el centro sanitario, algunos enfermeros salieron con las camillas y comenzaron a descargar los carros. Una enfermera se asomó a la tienda, sosteniendo con la mano el borde de la lona. No era su turno, estaba libre. En el bosque, detrás de las tiendas, dos hombres discutían alterados. La disputa resonaba sordamente en la fresca espesura del bosque, pero no era posible distinguir las palabras. Los heridos comenzaron a ser transportados, y los dos hombres salieron al camino y se dirigieron hacia el pequeño hospital. Un joven oficial, lleno de ira, denostaba al médico del destacamento: quería saber dónde había sido trasladado el parque de artillería que se hallaba antes en el bosque. El médico no sabía nada, no tenía nada que ver con ese asunto. Le rogó que se fuera y que no gritase porque habían llegado heridos y tenía quehacer, pero el oficial no cedía y cubría de maldiciones a la Cruz Roja, al mando de artillería y a todo el mundo. Zhivago se acercó al médico, se saludaron y subieron la escalerita de entrada de la casa del guardabosque. El oficial continuaba lanzando imprecaciones en alta voz con un acento ligeramente tártaro. Luego soltó al caballo que estaba atado al árbol, montó en él y se lanzó al galope por el camino que se perdía en el bosque. La enfermera continuaba mirando.
De pronto su rostro se contrajo de espanto.
—¿Qué estáis haciendo? ¿Os habéis vuelto locos?—gritó a dos heridos leves, que sin ayuda de nadie iban a hacerse curar y, saliendo a toda prisa de la tienda, se lanzó hacia ellos.
En la camilla transportaban a un soldado horriblemente desfigurado. Un trozo de metralla le había destrozado el rostro, transformando su lengua y sus dientes en una sangrienta papilla. El casco de la granada había quedado alojado entre los dos maxilares, sustituyendo la mejilla arrancada. Con un hilo de voz apenas humana, el desdichado lanzaba breves y entrecortados gemidos, como suplicando que acabaran con él rápidamente, que pusieran fin a aquel inútil tormento.
La enfermera creyó que, apiadados de sus lamentos, los dos heridos leves, que caminaban al lado de la camilla, intentaban extraer con sus manos aquel terrible trozo de hierro empotrado entre los maxilares.
—¿Qué hacéis? ¡Dejadlo! Ya lo hará el cirujano con instrumentos especiales. Si es que vale la pena... (Dios mío, Dios mío, llámalo a ti. No me hagas dudar de tu existencia.)
Momentos después, mientras lo transportaban por la escalerilla, el herido lanzó un grito, se estremeció y expiró.
El mutilado que acababa de morir era Himazeddín, soldado de la reserva; el oficial que gritaba en el bosque era su hijo, el subteniente Galiullin; la enfermera era Lara, y los testigos Gordón y Zhivago. Allí se habían reunido todos. Unos no se reconocieron, otros no se habían conocido jamás. Algunas sendas del destino permanecieron ocultas para siempre. Otras iban a revelarse, pero debían esperar una nueva ocasión, un nuevo encuentro.
11

En aquel sector lo pueblos estaban todavía prodigiosamente intactos y constituían una pequeña isla que no se sabía por qué había resultado inmune en un mar de destrucción. Por la tarde Gordón y Zhivago regresaron a su casa. Era la hora del crepúsculo. En uno de los pueblos que atravesaron, un joven cosaco, coreado por la risa general de los circunstantes, lanzaba al aire una moneda de cobre de cinco cópecs, obligando a un viejo hebreo de barba gris y larga levita a recogerla al vuelo. Al viejo se le escapaba cada vez la moneda, que, deslizándose a través de sus dedos demasiado separados, caía en el barro. El anciano se inclinaba para recogerla, pero el cosaco aprovechaba este momento para darle un puntapié en las posaderas, y todos los espectadores se reían a mandíbula batiente. Tal era la diversión, hasta entonces inofensiva, pero que podía tomar un cariz más serio. De la isbá de enfrente una anciana salió corriendo a la calle y, gritando, tendía las manos al hebreo y retrocedía luego, atemorizada. Desde la ventana de la isbá dos chiquillos miraban al abuelo y lloraban.
El carretero, a quien el espectáculo pareció extremadamente divertido, puso los caballos al paso para dar a los señores ocasión de que se divirtieran también. Pero Zhivago llamó al cosaco, lo reprendió y ordenó que se terminara aquel juego.
—Sí, mi comandante —contestó el cosaco con rapidez—. Lo hacíamos sólo para reír un rato.
Durante el resto del camino Gordón y Zhivago permanecieron en silencio.
—Es espantoso —comenzó a decir Yuri Andriéevich, cuando se hallaron a la vista de su pueblo—. No sabes cuántos sufrimientos está soportando en esta guerra la infeliz población judía. Se lucha precisamente en el territorio donde los hebreos están obligados a residir. Y por todo lo que han sufrido, por las torturas padecidas, por las persecuciones y la miseria, les pagan aún con los pogroms, con el escarnio y acusándolos de ser poco patriotas. ¿Cómo podrían serlo, cuando en el país del enemigo gozan de todos los derechos, mientras en el nuestro pasan por toda clase de persecuciones? El odio que se alimenta contra ellos y los motivos que lo inspiran con contradictorios. Irrita lo que debería conmover y predisponer a la simpatía: su pobreza y su número, su debilidad e incapacidad para reaccionar. Hay algo de fatalidad en esto.
Gordón no respondió.
12

Más tarde hallábanse de nuevo acostados en sus camastros a los lados opuestos de la larga y estrecha ventana. Era de noche y estaban hablando.
Zhivago contaba a Gordón que había visto en el frente al zar. Lo contaba muy bien.
Sucedió durante su primera primavera de guerra. El mando de la unidad a la que estaba agregado se encontraba en los Cárpatos, en una hondonada cuyo acceso por el lado de la llanura húngara se hallaba defendido precisamente por aquella unidad.
Al fondo de la hondonada estaba la estación del ferrocarril. Zhivago describía a Gordón al aspecto de la localidad, las montañas cubiertas de enormes abetos y pinos, a cuyos flancos se prendían los blancos vellones de las nubes, las escarpaturas de granito o pizarra, que parecían como huecos en medio de los bosques, como placas raídas o rapadas en la gruesa piel de un animal. Era una gris mañana de abril, húmeda y oscura como aquellas pizarras, oprimida por todas partes por altas montañas y por eso inmóvil y bochornosa. Alzábase la niebla y se cernía sobre el valle. Todo humeaba, todo ascendía en el espacio en columnas de vapor: el humo de las locomotoras de la estación, la gris evaporación de los prados, los oscuros bosques, las nubes oscuras.
En aquellos días el zar visitaba Galitzia. Inesperadamente se supo que pasaría revista a la unidad destacada en aquel lugar, de la cual era jefe honorario.
Podía llegar de un momento a otro. En los andenes de la estación se había establecido una guardia de honor para recibirlo. Transcurrieron dos horas de opresiva espera, al cabo de las cuales resonaron rápidos, uno tras otro, dos silbidos de locomotora. Poco después llegó el tren del zar.
Acompañado por el gran duque Nikolái Nikoláevich, el zar pasó revista a los granaderos formados. Cada palabra de su saludo pronunciada en voz queda, suscitaba clamorosos vítores en un grito que rodaba como un trueno, como agua que se agita en balanceantes cubos.
El zar, sonriente y confuso, parecía mucho más viejo y cansado que como aparece en los rublos y las medallas. Tenía una cara blanda, un poco hinchada. Miraba de vez en cuando, como si se disculpara, a Nikolái Nikoláevich, como si no supiera qué esperaban de él en esa circunstancia. Y Nikolái Nikoláevich, inclinándose deferentemente hacia él, ni siquiera con palabras, sino con un solo movimiento de las cejas o de los hombros, lo sacaba del apuro.
Daba pena el zar en aquella mañana tibia y gris de la montaña, y encogía el corazón pensar que aquella asustada timidez pudiera constituir la esencia de la opresión, que aquella debilidad sirviera para condenar y conceder gracias, para encadenar y ajusticiar.
—Debió haber dicho algo parecido a «yo, mi espada y mi pueblo», como Guillermo II, o una frase semejante en la que, lo recuerdo bien, figuraba el pueblo. Pero, compréndelo, era natural que fuese así, a la manera rusa, y trágicamente superior a tales vulgaridades. En efecto, en Rusia la teatralidad es imposible. Porque esto es realmente teatralidad, ¿no es cierto? Puedo comprender incluso qué sentido tenía la palabra pueblo en tiempos de César. Es posible hablar del pueblo galo, suevo, ilirio, yo qué sé. Pero, desde entonces, sólo es una invención que existe para que sobre ella puedan pronunciar discursos los zares, los políticos y el rey: el pueblo, mi pueblo.
»Ahora el frente ruso está inundado de corresponsales y periodistas. Escriben sus «impresiones», las sentencias de la sabiduría popular, visitan a los heridos, construyen una nueva teoría del alma popular. Es una especie de nuevo «Dall»[27], igualmente gratuito. Es la grafomanía lingüística de la incontinencia verbal. Eso en cuanto a un tipo. Pero hay otro. Frases cortadas, al estilo de «pequeños apuntes» con pretensiones de escepticismo y misantropía. Hay uno, por ejemplo (que leí yo mismo), que dice cosas como éstas: «Un día gris como ayer. Desde por la mañana llueve, barro. Miro por la ventana a la calle. Los prisioneros se arrastran en fila interminable. Llevan a los heridos. Dispara un cañón. Dispara de nuevo, hoy como ayer, mañana como hoy, y así cada día y cada hora...» ¡Observa cuánta agudeza y perspicacia! ¿Y por qué le da por el cañón? ¡Qué pretensión más extraña la de pedir fantasía a un cañón! ¿Por qué en lugar de asombrarse ante el cañón no se asombra de sí mismo, que día a día nos ametralla con enumeraciones, comas y frases?¿Por qué no acaba de una vez con estas salvas de filantropía periodística, inquieta como los saltos de una pulga?¿Por qué no comprende que es él y no el cañón lo que debe ser renovado y no repetirse, que de la acumulación de tonterías en las páginas de un cuaderno jamás podrá hacer algo que tenga sentido, que no existirán los hechos hasta que el hombre no haya puesto en ellos algo propio, una mínima parte del genio caprichoso del hombre, un poco de fantasía?
—Es cierto —lo interrumpió Gordón—. Ahora te diré lo que pienso de la escena a la que hemos asistido hoy. El cosaco que se burlaba del pobre judío exactamente como millares de casos semejantes, es evidentemente un ejemplo de la más primitiva bajeza, a propósito de la cual no se teoriza. Basta el puñetazo en la cara. Pero la filosofía puede aplicarse al complejo problema de los judíos y nos revelará un aspecto inesperado. Pero no te diré nada nuevo: tales ideas, tanto en mí como en ti, proceden de tu tío.
»Te preguntas qué es el pueblo. ¿Hay que ocuparse realmente de él? Aquél que, sin cuidarse de su pueblo, lo arrastra consigo a la universalidad por la belleza triunfante de sus obras, aquél que de este modo le da la gloria y, en consecuencia, hasta la eternidad, ¿no hace mucho más por él? Sí, es evidente. ¿Cómo, en plena era cristiana, es posible hablar de pueblos? Ya no hay simples pueblos, sino pueblos convertidos, transfigurados, y precisamente lo importante es esta conversión, y no la fidelidad a viejos principios. Recordemos el Evangelio. ¿Qué decía sobre este particular? En primer lugar esto no es una afirmación: «Es así y debe ser así», sino que se trata de una proposición, simple y tímidamente expresada. Propón: «¿Queréis vivir de una manera enteramente nueva, queréis la bienaventuranza del espíritu?» Y todos aceptarán la proposición, subyugados por millares de años.
»Cuando el Evangelio dice que en el reino de Dios no hay griegos ni judíos, ¿quiere decir solamente que ante Dios todos son iguales? Ciertamente no: los filósofos de Grecia, los moralistas romanos, los profetas del Antiguo Testamento lo sabían ya mucho antes. Quería decir: «En ese nuevo modo de existencia, en esas nuevas relaciones entre los hombres, que el corazón ha concebido y que se llaman el reino de Dios, no hay pueblos, sólo hay personas».
»Tú has dicho que los hechos carecen de sentido si no se les da uno. El cristianismo, el misterio del individuo, es precisamente lo que hay que introducir en los hechos para que el hombre encuentre en ellos un sentido.
»Hemos hablado también de los políticos mediocres que nada tienen que decir a la vida ni al universo, fuerzas históricas de segundo plano, cuyo interés es que todo sea mezquino, que se hable siempre de algún pueblo, a ser posible pequeño y desdichado, que se les permita hacer la ley y explotar la piedad. La víctima señalada es todo el pueblo judío. La idea nacional impone a los judíos la necesidad opresiva de ser y seguir siendo un pueblo y nada más que un pueblo, por los siglos de los siglos, cuando, gracias a una fuerza surgida en otro tiempo de su masa, el mundo entero se liberó de ese humillante destino. ¡Es increíble! ¿Cómo pudo suceder eso? Esa alegría, esa liberación de la mediocridad diabólica, esa elevación por encima de la estupidez diaria, todo eso nació en su tierra, habló su idioma y perteneció a su tribu. Y ellos han visto y oído eso, y dejaron que se les escapara. ¿Cómo pudieron dejar que se les escapara una fuerza y una belleza tan devoradoras?¿Cómo la dejaron triunfar e instaurarse fuera de ellos?¿Cómo pudieron aceptar no ser más que la cáscara vacía de ese milagro que el cielo les había enviado?¿A quién favorecía ese martirio voluntario?¿Por qué habían de ser entregados a la irrisión pública, por qué debían derramar su sangre, desde hace tantos siglos, tantos ancianos, tantas mujeres y niños absolutamente inocentes, tantos seres tan sutiles, tan naturalmente buenos y sinceros?¿Por qué es preciso que en todas partes los que se consideran defensores del pueblo sean escritorzuelos sin talento, de tan perezosa nulidad?¿Por qué los intelectuales del pueblo judío no han superado las formas fáciles del mal del siglo y de la sabiduría irónica?¿Por qué cuando se arriesgaban a estallar ante el carácter irrevocable de su deber, como estalla una caldera de vapor cuando la presión es muy elevada, no dispersaron a ese puñado de hombres que combatía y se dejaba matar sin saber por qué?¿Por qué no se ha dicho: «Recobraos. Basta. Ya es suficiente. No llevéis los nombres de antes. No os aglomeréis. Dispersaos. Permaneced con todos. Sois los primeros y los mejores cristianos del mundo. ¿Sois precisamente aquellos a quienes os han opuesto los peores y más débiles de vosotros»?
13

Al día siguiente, cuando llegó para almorzar, Zhivago dijo:
—Estabas impaciente por marcharte y ya tienes lo que querías. No puedo decir que hayas tenido suerte, porque no puede llamarse suerte a que otra vez presione el enemigo sobre nosotros y nos haya batido. La carretera hacia el este está libre, pero nos acosan por el oeste. Todas las unidades sanitarias han recibido la orden de evacuación. Nos iremos mañana o pasado mañana. Pero no sabemos por dónde. Supongo, Karpienko, que no habrás lavado, naturalmente, la ropa de Mijail Grigórievich. Lo de siempre: dice que es una verdadera ama de casa, pero si le preguntas en serio qué cosa es un ama de casa, ese condenado imbécil no lo sabe.
No prestó oídos a lo que para justificarse estaba diciendo el asistente, y no pensando en Gordón, que se lamentaba de haber tenido que usar una ropa interior que no era suya y que tenía que partir con una camisa de su amigo, continuó:
—Llevamos una vida errabunda, de zíngaros nómadas. Cuando llegamos aquí no había nada que funcionase: la estufa no estaba en el sitio debido, el techo me parecía demasiado bajo y, por si fuera poco ahí teníamos la suciedad y la falta de aire. Y ahora, aunque me mataras, no podría recordar dónde habíamos estado antes. Me parece que podría quedarme toda la vida aquí, contemplando ese rincón de la estufa, con el sol sobre las baldosas y la sombra del árbol del camino moviéndose sobre ellas.
Comenzaron sin prisa a hacer el equipaje.
Por la noche fueron despertados por una serie de gritos, disparos de fusil y pasos precipitados. Una luz siniestra iluminaba el pueblo. Pasaban sombras ante la ventana, y al otro lado de la pared se despertaron los propietarios de la isbá.
—Corre afuera, Karpienko, y pregunta qué significa esta confusión —dijo Yuri Andriéevich.
No tardaron en saberlo. Zhivago, que se había vestido a toda prisa, se dirigió al hospital para informarse sobre la veracidad de los rumores. Los alemanes habían acabado con la resistencia que se les oponía en ese sector, y la línea del frente se acercaba cada vez más. El pueblo se hallaba bajo el fuego enemigo. A toda prisa fue desmontado el hospital y todas sus dependencias, sin esperar la orden de evacuación. Confiaban en poder terminar antes de que amaneciera.
—Te irás en el primer convoy. Los carros están a punto de partir, pero he dicho que te esperen. Adiós, pues. Pero te acompañaré porque quiero ver cómo te instalan.
Se dirigieron corriendo hacia el otro extremo del pueblo, donde se estaba organizando la marcha. Al pasar ante las casas, se inclinaban y protegían detrás de cada saliente. Por la calle silbaban y zumbaban las balas. En las encrucijadas de los caminos veían estallar los shrapnells, abriéndose como haces por encima de los campos.
—¿Y tú?—preguntó Gordón, sin dejar de correr.
—Yo me iré luego. Primero debo volver a casa y recoger mi ropa. Me iré con el segundo convoy de evacuación.
Se saludaron ante el recinto. El coche y las carretas de que estaba compuesto el convoy se pusieron en marcha uno tras otro. Yuri Andriéevich dedicó un ademán de adiós a su amigo. Las llamas de un depósito incendiado iluminaron la escena.
Pegándose a las paredes de las casas, como a la ida, Yuri Andriéevich regresó apresuradamente a su isbá. Dos casas antes de llegar a la suya, le hizo tambalearse la explosión de una granada y lo hirió un shrapnell. Desangrándose cayó en medio del camino y perdió el conocimiento.
14

El hospital de retaguardia estaba instalado en una pequeña población perdida en la zona occidental, a lo largo de la línea del ferrocarril, cerca del cuartel general. Eran tibios días de fines de febrero. En el pabellón destinado a oficiales convalecientes, Yuri Andriéevich había pedido que se abriese la ventana que daba a su lecho.
Acercábase la hora del almuerzo. Los enfermos, cada uno a su modo, trataban de engañar la espera. Tenían conocimiento de que había llegado una nueva enfermera y que ese día entraría de turno por primera vez. Galiullin, que yacía frente a Yuri Andriéevich, leía los periódicos Riéch y Rússkoie Slovo que acababan de llegar y se indignaba ante los huecos dejados en la impresión por la censura. Yuri Andriéevich leía las cartas de Tonia que, todas al mismo tiempo, le había entregado el correo de campaña. El viento hacía aletear las hojas de las cartas y los periódicos. Oyéronse unos pasos ligeros. Yuri Andriéevich levantó la vista de las cartas. Lara acababa de entrar en la sala.
Yuri Andriéevich y el subteniente, cada uno por separado, sin que el otro lo supiera, la reconocieron. Lara no reconoció a ninguno. Dijo:
—Buenos días. ¿Por qué está abierta esa ventana? ¿No tienen frío?—y se acercó a Galiullin—. ¿Qué le pasa?—preguntó.
Y le cogió la mano para tomarle el pulso, pero la soltó enseguida y, tumbada, se sentó en una silla junto al lecho.
—¡Qué sorpresa, Larisa Fiódorovna! —exclamó Galiullin—. Estuve en el mismo regimiento que su marido y conocí muy bien a Pável Pávlovich. Guardé para usted sus cosas.
—No puede ser, no puede ser... —balbuceó Lara—. ¡Qué coincidencia tan extraordinaria! ¿De modo que lo conocía? Dígame, dígame que ocurrió. Murió, ¿verdad? Ahogado por la tierra. No me oculte nada, no tema. Lo sé todo.
A Galiullin le faltó valor para confirmarle aquellos rumores que habían circulado sobre su muerte, y prefirió mentir para tranquilizarla.
—Antípov está prisionero —dijo—. Durante el verano se internó demasiado con su unidad y quedó aislado. Lo rodearon y se vio obligado a rendirse.
Pero Lara no lo creyó. La sorpresa de aquel encuentro la había trastornado. No podía hablar porque tenía los ojos llenos de lágrimas y no quería llorar delante de desconocidos. Se levantó apresuradamente y salió al pasillo, tratando de recobrar el dominio de sí misma.
Poco después entró de nuevo, aparentemente tranquila. Procuraba no mirar hacia donde estaba Galiullin para no ponerse a llorar. Se acercó al lecho de Yuri Andriéevich y dijo con tono distraído y formulario:
—Buenos días. ¿Cómo se encuentra?
Yuri Andriéevich se dio cuenta de su agitación y advirtió que había llorado. Hubiese querido preguntarle qué tenía, decirle que ya la había visto en dos ocasiones, cuando estudiaba en el colegio y después en la universidad, pero pensó que esto hubiese podido parecerle demasiado familiar e interpretarlo torcidamente. Luego, de pronto, recordó a Anna Ivánovna yacente en el ataúd y el grito de Tonia en la casa de la calle Sívtsev. Se dominó y dijo solamente:
—Gracias. Soy médico y me cuido solo. No necesito nada.
«¿Por qué se habrá molestado?», pensó Lara.
Y miró sorprendida a aquel desconocido de nariz chata, que tenía un aspecto tan vulgar.
Durante varios días el tiempo se mantuvo inestable. Un viento cálido susurraba incansablemente por las noches, que olían a tierra mojada.
En aquellos días llegaron del estado mayor extrañas informaciones y los soldados recibían de sus familiares rumores alarmantes. Habían sido cortadas las líneas telegráficas con San Petersburgo. Y por todas partes, en cada esquina, no se hablaba más que de política.
Cuando se hallaba de guardia, la enfermera Antípova efectuaba dos rondas por la sala, por la mañana y por la tarde, y cambiaba observaciones insignificantes con los enfermos, con Galiullin y con Yuri Andriéevich.
«¡Qué tipo tan extraño! —pensaba—. Joven y descortés. Chato, y no puede decirse que sea bello. Sólo inteligente en el mejor sentido de la palabra, de una inteligencia viva y atractiva. Pero ¿qué estoy pensando? He de hacer que me trasladen lo antes posible a Moscú, al lado de Kátienka. En Moscú pediré la excedencia, volveré a casa, a Yuriatin, y daré clases otra vez en el colegio. Evidentemente, ya no hay esperanza para el pobre Pasha, y, por lo tanto, no tengo motivos para figurar entre las heroínas del frente, puesto que solamente vine aquí a buscarlo. ¿Qué será de Kátienka?—Al llegar a este punto tuvo ganas de llorar—. ¡Qué bruscos y radicales cambios se han producido en los últimos tiempos! Hasta hace poco eran sagrados el deber ante la patria, el valor en la guerra y los elevados sentimientos sociales. Ahora que la guerra está perdida, ésta es la desgracia mayor y todo lo demás resulta secundario, todo carece de importancia, ya no hay nada sagrado. De pronto ha cambiado todo, el tono, el aire, no se sabe en qué pensar ni a quién escuchar. Como si durante toda la vida te hubiesen llevado de la mano como a una niña y luego, de repente, te soltaran: ¡Has de aprender a caminar sola! Y a nadie tienes a tu alrededor, ni familia ni autoridad. Una quisiera ahora apoyarse en lo esencial, en la fuerza de la vida, o en la belleza o la verdad. Una quisiera confiarse solamente a ellas, ahora que se han venido abajo las instituciones humanas, abandonarse a su dirección más total y más inflexible que lo que fue en tiempos de paz, en esa vida a la que nos habíamos acostumbrado y que no existe. En mi caso —Lara se contuvo a tiempo—, mi hija debe ser mi finalidad, ese absoluto.»
Ahora, sin el pobre Pasha, ella no era más que una madre y consagraría todas sus fuerzas a Kátienka, la pobre huérfana. Yuri Andriéevich recibió noticias de Moscú. Gordón y Dúdorov acababan de publicar su libro a sus expensas: había sido muy bien acogido y se pronosticó a su autor un gran porvenir literario. En Moscú había una extraña e inquietante atmósfera: crecía la sorda irritación popular y se estaba en vísperas de importantes cambios. Avecinábanse grandes acontecimientos políticos.
Era ya noche cerrada. Una pesada soñolencia se apoderó de Yuri Andriéevich. Dormitaba a intervalos y pensaba que, después de todas las emociones de la jornada, no conseguiría dormirse, y no dormía. Afuera el viento lloraba y susurraba: «Tonia, Shúrochka, ¡cuánto os echo de menos, cuánto deseo volver a casa y a mi trabajo!» Y bajo el rumor del viento, Yuri Andriéevich se despertaba y volvía a dormirse. La felicidad y la pena alternábanse, impacientes y febriles, como aquel tiempo variable y aquella noche insegura.
Lara pensaba:
«¡Se ha mostrado tan solícito por conservar su recuerdo y las pobres cosas de mi marido! Y yo, ingrata de mí, no le he preguntado siquiera quién es y de dónde viene.»
Durante la ronda de la mañana siguiente, quiso hacer lo que no había hecho y cancelar así toda sombra de ingratitud: interrogó a Galiullin, lanzando frecuentes exclamaciones de sorpresa.
—¡Dios mío, qué coincidencia! ¡Calle Briétskaia, veintiocho, los Tivierzin, el invierno de la revolución de mil novecientos cinco! ¿Yusupka? No. No he conocido a Yusupka, o quizá no lo recuerdo, perdóneme. Pero ese año, ese año y aquel patio. Porque sí, ese año y ese patio tienen que haber existido —¡Cómo volvía a vivir todo eso! Y las descargas de fusilería de entonces y, sí, ¿cómo decían que fue? ¡Ah, sí! «El aviso de Cristo». ¡Qué intensidad, qué penetración tienen esas sensaciones de la infancia, las primeras!—. Perdóneme, perdóneme, ¿cómo se llama usted, subteniente? Sí, sí, ya me lo dijo. Gracias. ¡No sabe cuánto se lo agradezco, Osip Himazeddínovich, cuánto le agradezco esos recuerdos y esos pensamientos que ha despertado en mí!
Durante todo el día no la abandonó ese patio de su infancia. Hablando sola, o casi sola, no dejaba de lanzar exclamaciones de sorpresa.
¡Aquel número 28 de la calle Briétskaia! Y de nuevo, ahora, las descargas de fusilería, pero esta vez mucho más terribles. Y en esta ocasión no eran los chicos los que disparaban. Los chicos se habían hecho mayores, y estaba allí, entre los soldados, todo ese pueblo sencillo de los mismos patios y las mismas localidades. ¡Qué extraordinario! ¡Qué conmovedor!
Golpeando el suelo con sus bastones y sus muletas, los inválidos y enfermos que podían caminar acudieron en tropel, gritando todos al unísono:
—¡Grandes acontecimientos! ¡Se lucha en las calles de San Petersbugo! Las tropas de la guarnición se han pasado a los rebeldes. Es la revolución.

V
EL ADIÓS AL PASADO

1

El pueblo se llamaba Meliuziéev y se encontraba en la zona de las tierras negras. Como una nube de langostas planeaba sobre sus tejados el negro polvo que levantaban las tropas y los convoyes que lo atravesaban a marchas forzadas. Desde la mañana a la noche constituía un movimiento extendido en dos direcciones: del frente y hacia el frente, y realmente no podía decirse si la guerra continuaba o había terminado.
Cada día crecían innumerables, como setas, las nuevas funciones. Todas se le confiaban al doctor Zhivago, al subteniente Galiullin, a la enfermera Antípova y a algunos otros miembros de su grupo, todos habitantes de grandes ciudades, personas hábiles y de gran experiencia.
Ocupábanse de la administración municipal del pueblo, desempeñaban funciones de comisarios en el ejército y en el servicio sanitario y atendían a estos quehaceres como si se tratara de una diversión al aire libre, como si fuese un juego de bolos. Pero a medida que pasaba el tiempo sentían con mayor intensidad el deseo de dejar los bolos y volver a casa, a sus ocupaciones normales.
Las obligaciones de su trabajo hacían que Zhivago y Antípova se encontrasen con frecuencia.
2

Con las lluvias, el polvo negro se transformó en una pasta oscura de color café, que cubría las calles del pueblo, casi todas sin pavimentar.
El pueblo no era grande. Desde cualquier punto o cualquier esquina, podía contemplarse la sombría estepa, el cielo oscuro, la inmensidad de la guerra y la inmensidad de la revolución.
Yuri Andriéevich escribía a su mujer:
«El desorden y la anarquía continúan señoreando el ejército. Se toman medidas para mejorar la disciplina de los soldados y levantar su moral. He visitado las unidades situadas en la región.
»En fin, a modo de posdata, aunque debí habértelo escrito antes, te diré que trabajo aquí hombro con hombro con una tal Antípova, una enfermera de Moscú, oriunda de los Urales.
»¿Te acuerdas de la muchacha que disparó contra el procurador el día de la fiesta del árbol de Navidad, la terrible noche en que murió tu madre? Parece que después la procesaron. Creo recordar haberte dicho entonces que cuando estudiaba en el colegio, Misha y yo la habíamos visto en un hotel de tercer orden al que fuimos con tu padre, no recuerdo con qué intención, una noche que helaba a más y mejor. Creo que fue durante la insurrección de la Priesnia. Pues Antípova es ella.
»Muchas veces he deseado volver a casa. Pero no es tan fácil. Lo que nos lo impide no es nuestro trabajo, pues podríamos encomendárselo a otros. La dificultad está en el viaje. Los trenes no funcionan. No circulan o cuando lo hacen pasan tan llenos que es imposible tomarlos.
»Pero esto no puede durar eternamente. Así, algunos que han sido dados de alta y están libres de todo servicio, o han sido desmovilizados, como Galiullin, Antípova y yo, hemos decidido irnos sea como sea, a partir de la próxima semana, pero, para poder tomar más fácilmente el tren, en días distintos y por separado.
»Puedo llegar cualquier día, inesperadamente. Pero de todos modos trataré de avisarte por telégrafo.»
Pero, antes de partir, Yuri Andriéevich tuvo tiempo de recibir la respuesta de Antonina Alexándrovna.
En su carta, en la cual los sollozos quebraban la armonía de los periodos, y servían de puntuación las huellas de las lágrimas y las manchas, Antonina Alexándrovna trataba de convencer a su marido de que no regresara a Moscú, sino que continuase su camino hacia los Urales junto con esa extraordinaria enfermera cuya vida parecía señalada por tantos presagios y coincidencias. La modesta vida de Tonia no resistía la comparación.
«No te preocupes de Sáshenka ni de su porvenir —continuaba—. No tendrás que avergonzarte de él. Te prometo educarlo según las reglas que tú, de niño, viste en nuestra casa.»
«Te has vuelto loca, Tonia —respondió inmediatamente Yuri Andriéevich—. ¿Qué sospechas son ésas? ¿Acaso ignoras, o no sabes lo suficiente, que tú, tu pensamiento, la fidelidad hacia ti y nuestra familia me han salvado de la muerte, de mil clases de muerte, durante estos dos años de guerra terrible y destrucciones? Pero, no obstante, ¿de qué sirven las palabras? Nos veremos pronto, se reanudará la vida de antes y quedará todo explicado.
»Pero por muchas razones me asusta que me hayas escrito de esta forma. Si te he dado motivo para una respuesta semejante, es porque me habré comportado realmente de una manera equívoca. De ser así, también soy culpable ante esa mujer que fue causa del error y ante la que deberé disculparme. Lo haré apenas haya vuelto de una inspección que está efectuando por los pueblos de los alrededores. Los ziemstvos, que en otro tiempo existían solamente en las provincias y distritos, se han creado ahora también en comunidades más pequeñas. Antípova se ha ido para ayudar a una amiga suya que trabaja como instructora de estas nuevas instituciones.
»Observa que, con todo y vivir en la misma casa que Antípova, no me he preocupado todavía de dónde está su habitación...»
3

Dos grandes carreteras partían de Meliuziéev, una hacia el este y otra hacia el oeste. Una, de tierra apisonada, atravesaba el bosque y conducía a Zybúshino, pequeña población que comerciaba con trigo. Zybúshino, administrativamente, dependía de Meliuziéev, que era en todos los aspectos mucho más importante. La otra, con pavimento de grava, cruzaba a través de unos prados cenagosos que se secaban en verano y conducía a Biriuchi, nudo ferroviario de dos líneas que se cruzaban no lejos de Meliuziéev.
En junio Zybúshino fue durante dos semanas una república independiente proclamada por el molinero Blazheiko. Esta república consiguió el apoyo de los desertores del 212.° regimiento de infantería, que, con las armas en la mano, abandonaron sus posiciones y, a través de Biriuchi, llegaron a Zybúshino precisamente en el momento en que tuvo lugar la revolución[28]. La república se negó a reconocer el Gobierno provisional y se separó del resto de Rusia. Blazheiko, que era miembro de una secta perseguida y que en su juventud se había carteado con Tolstói, proclamó el nuevo reino milenario de Zybúshino, la comunidad del trabajo y de la propiedad y cambió el nombre de consejo administrativo local por el de apostolado.
Zybúshino había sido siempre cuna de leyendas y míticas exageraciones. Encontrábase en medio de espesos bosques y se citaba en los documentos de los Tiempos turbulentos[29], y en fecha más reciente, sus alrededores estaban infestados de bandidos. Habíanse hecho legendarias la riqueza de sus comerciantes y la extraordinaria fertilidad de sus tierras. Algunas costumbres y creencias y determinadas particularidades del lenguaje que caracterizaban esta parte occidental de la zona del frente procedían precisamente de Zybúshino.
Justamente por aquellos días se contaban maravillas del lugarteniente de Blazheiko. Afirmábase que había sido sordomudo de nacimiento y que por mediación del Espíritu Santo recibía el don de la palabra, que perdía de nuevo cuando cesaba su iluminación. En julio cayó la república de Zybúshino. El pueblo vio llegar una unidad fiel al Gobierno provisional. Los desertores fueron expulsados y se retiraron a Biriuchi.
Allí, a lo largo de muchas verstas, extendíanse zonas de bosques talados erizadas de tocones, en torno a los cuales crecían las fresas. Por todas partes veíanse restos de antiguos rimeros de leña y las cabañas en ruinas de los leñadores que trabajaban durante la estación carbonífera. Allí se concentraron los desertores.
4

El hospital en el que Zhivago había permanecido como enfermo, donde luego prestó servicio y que ahora se disponía a abandonar, encontrábase instalado en el palacete que la condesa Zhabrínskaia cedió en favor de los heridos, en cuanto empezó la guerra.
Este hotelito de dos pisos ocupaba uno de los más bellos lugares de Meliuziéev, en la esquina de la calle mayor con la plaza principal, en la cual otro tiempo practicaban la instrucción los soldados y ahora se celebraban los mítines.
Gracias a su situación, el palacete gozaba de una hermosa vista en varias direcciones: al otro lado de la calle principal y la plaza podía verse también el patio cercano, una pobre hacienda provinciana que no se diferenciaba mucho de una casa de campo y el antiguo jardín de la condesa, que tenía acceso por la parte posterior de la casa.
Para su propietaria el palacete no tuvo nunca un valor particular. La condesa poseía en aquel distrito una gran propiedad llamada Razdólnoie, y la casa del pueblo le servía sólo como base para las visitas de negocios y como lugar de reunión para los invitados que acudían de todas partes a pasar el verano en su casa de campo.
Ahora el hospital se había instalado en la casa, y la propietaria estaba detenida en San Petersburgo, donde tenía su residencia oficial.
De la servidumbre de otro tiempo sólo habían quedado en la casa dos mujeres extrañas: la señorita Fleury, antigua institutriz de las hijas de la condesa, ya casadas, y Ustinia, la vieja cocinera.
La señorita Fleury, una anciana de cabellos blancos, carirroja, abandonada y greñuda, vestida con una amplia blusa ajada, chancleteaba por el hospital de un lado a otro, considerándose tan en su casa como en otro tiempo entre los Zhabrinski. Chapurreando el ruso, comiéndose, a la francesa, el final de las palabras, siempre tenía algo que contar. Adoptaba extravagantes posturas, accionaba y, terminada la trápala, soltaba una risita ronca que concluía en una tos prolongada e irrefrenable.
Se sabía de pe a pa la vida y milagros de la enfermera Antípova, y se le había metido en la cabeza que entre ella y el médico existía cierta simpatía mutua. Llevada de su pasión casamentera, arraigada profundamente en su naturaleza romántica, se le alegraban las pajarillas cuando los veía juntos, los amenazaba con el dedo y les guiñaba el ojo con aire de inteligencia. Antípova se sentía molesta y el médico se enfurecía, pero la señorita, como todas las personas extravagantes, amaba por encima de todo sus propias fantasías y por nada del mundo habría prescindido de ellas.
Ustinia era una mujer todavía más curiosa. Su figura se encogía zafiamente hacia arriba, lo que le daba el aspecto de una clueca. Era mujer de una frialdad y agudeza demoníacas, pero a un carácter razonador unía una fantasía desenfrenada en todo lo que se refiriera a las supersticiones.
Conocía una infinidad de exorcismos populares y no daba un paso sin conjurar el fuego de la estufa, ni salía nunca de casa sin haber bisbiseado por el ojo de la cerradura unas cuantas encantaciones contra el maligno. Había nacido en Zybúshino y se decía que era hija de un hechicero campesino.
Ustinia podía permanecer silenciosa durante años, hasta que la hacía estallar un ataque de verborrea, y entonces no había quien pudiese contenerla. Tenía la manía de defender la verdad.
Después de la caída de la república de Zybúshino, el comité ejecutivo de Meliuziéev comenzó una campaña contra las tendencias anárquicas que se esparcieron por la localidad. Al anochecer, en la plaza, se celebraban espontáneamente pequeños mítines a los que acudían algunos ociosos, como en otros tiempos, que se sentaban al aire libre ante el cuartel de bomberos. El comité para la difusión de la cultura animaba tales reuniones y enviaba miembros de acción o agitadores ocasionales para que dirigieran las discusiones. Estos pensaban que entre las leyendas que circulaban en torno a Zybúshino la más absurda era la del sordomudo parlante y a menudo la tomaban como tema de sus discursos. Pero los pequeños artesanos de Meliuziéiev, las mujeres de los soldados y la antigua sirviente de la condesa opinaban de muy distinto modo. El sordomudo que hablaba no les parecía el colmo del absurdo, e intercedían en su favor.
Entre las disparatadas interrupciones que provocaba la multitud oíase con frecuencia la voz de Ustinia. Al principio no se atrevía a mostrarse, pues se lo impedía la reserva de las mujeres de su condición. Pero poco a poco fue enardeciéndose y comenzó, con una audacia creciente, a atacar a los oradores que sostenían tesis contrarias a la opinión pública de Meliuziéev. Así, sin darse cuenta, se convirtió en una verdadera tribuna.
En el palacete, a través de las ventanas abiertas, oíase el confuso rumor de las voces en la plaza y sobre todo en las noches particularmente cálidas, algunos fragmentos de los discursos. A menudo, cuando Ustinia hablaba, la señorita Fleury entraba corriendo en la habitación, invitaba a escuchar a los asistentes y, desfigurando las palabras rusas, repetía con gran complacencia:
—¡Desvergonzad! ¡Desvergonzad! ¡Brillantimper! ¡Zybush! ¡Sordomud! ¡Traición! ¡Traición!
La verdad es que la señorita Fleury sentíase orgullosa de aquella elocuente arrabalera. Las dos mujeres andaban siempre a la greña, pero lo cierto es que se profesaban gran afecto.
5

Yuri Andriéevich se preparaba poco a poco para la partida, visitaba las casas y organismos en los que debía despedirse de alguien y ponía en orden sus papeles.
En aquellos días, de paso para el frente, se detuvo en la ciudad el nuevo comisario de la zona. Decíase de él que era todavía un niño.
Preparábase entonces una nueva y gran ofensiva y con objeto de influir decididamente en la moral de las tropas, se ejercía sobre ellas una presión continua. Se habían instituido tribunales militares revolucionarios y se restableció la pena de muerte, abolida poco antes.
Antes de partir, el doctor tenía que presentarse al comandante del puesto, cuya función en Meliuziéev estaba asumida por un oficial llamado «el comandante del distrito», o más bien, para simplificar, «el distritario».
Por lo general, había allí una aglomeración terrible. La multitud no cabía en el vestíbulo y ocupaba la mitad de la calle, bajo las ventanas de la oficina. Era imposible abrirse paso a través de las diversas salas, ni entender nada bajo aquella algarabía de centenares de voces.
Aquél no era día de recibo. En la oficina, vacía y silenciosa, los funcionarios escribían taciturnos, mirándose irónicamente, descontentos de su trabajo cada vez más complicado. Desde el despacho del «distritario» llegaban alegres voces, como si, desabotonada la chaqueta, se dispusieran a refrescarse el gaznate.
Salió Galiullin y vio a Zhivago. Inclinándose hacia él como quien va a emprender una carrera, lo invitó a entrar y a compartir la alegría que reinaba allí dentro. El doctor, que deseaba tener la firma del jefe, entró y se encontró con el más alegre y artístico desorden.
El objeto de interés de todo el pueblo, el héroe del día, el nuevo comisario, en lugar de proseguir su camino para tomar posesión de su cargo, estaba allí, en aquella habitación que no tenía nada que ver con la jerarquía militar ni con la cuestión de las operaciones. De pie ante los burócratas del papeleo militar, estaba perorando.
—He aquí a otra de nuestras estrellas —dijo «el distritario», presentando el doctor al comisario, quien, completamente ensimismado, ni siquiera lo miró.
«El distritario» sólo modificó su postura para firmar el papel que le tendió el doctor, y, recobrando inmediatamente su posición anterior, indicó a Zhivago con un cortés ademán un escabel bajo y blando que se hallaba en medio de la sala.
De todos los presentes sólo el doctor se sentó de una forma normal. Los otros se hallaban en las postura más extrañas y descompuestas. «El distritario», con la cabeza apoyada en una mano, estaba medio tumbado sobre la mesa, en una posición a lo Pechorin[30]. Frente a él su ayudante estaba repantingado sobre el brazo del diván, como si cabalgara a mujeriegas. Galiullin sentábase a la jineta en una silla, abrazado al respaldo y apoyando en él la cabeza, mientras el joven comisario lo mismo se encaramaba a fuerza de brazos al alféizar de la ventana, como saltaba de él e, igual que un lobezno en libertad, no estaba un instante quieto y, con cortos y rápidos pasos, se paseaba de un lado a otro por el despacho. Hablaba sin descanso y su tema eran los desertores de Biriuchi.
Los rumores que habían circulado con respecto al comisario demostraron ser verídicos: era un muchacho delgado y elegante, muy inexperto aún, que se consumía en los más altos ideales como una vela de tarta de aniversario. Decíase que era de buena familia, algo así como hijo de un senador, y que en el mes de febrero había sido uno de los primeros en llevar a su compañía a la Duma de Estado. Se llamaba Hinze o Hinz, pues el doctor no comprendió bien su nombre cuando se lo presentaron. Hablaba con un correcto acento petersburgués, extremadamente claro, con deje algo báltico.
Vestía una túnica muy ajustada. Sin duda le molestaba ser tan joven todavía y para parecer mayor adoptaba una mueca despreciativa y se encorvaba artificiosamente. Tenía las manos profundamente hundidas en los bolsillos de sus pantalones de zuavo y levantaba los hombros cubiertos de rígidos entorchados nuevos. Su figura parecía la estilización de un jinete. Hubiérase podido dibujar desde los hombros a los pies con sólo dos líneas convergentes abajo.
—Junto a la línea férrea, a pocas etapas de aquí, se encuentra un regimiento cosaco. Rojo, leal. No tenemos más que llamarlo. Rodearán a los rebeldes y acabaremos con esta cuestión. El general insiste en que sean desarmados lo antes posible —dijo «el distritario» al comisario.
—¿Cosacos? ¡De ninguna manera! —exclamó éste—. Cualquiera diría que estamos en mil novecientos cinco. ¡Una reminiscencia anterior a la revolución! Aquí estamos en los antípodas. Sus generales se pasan de listos.
—No se ha hecho nada todavía. Todo está aún en proyecto, en hipótesis.
—Hay un acuerdo con el mando militar para que no se intervenga en las operaciones. Yo voy a prescindir de los cosacos. De acuerdo. Pero por mi parte tomaré las medidas que me sugiera el buen sentido. ¿Tienen algún vivaque los rebeldes?
—No sé cómo decirle. De todos modos tienen un campo. Fortificado.
—Muy bien. Iré a verlo. Muéstrenme ese peligro, esos bandidos del bosque. Lo mismo da que sean rebeldes que desertores, son pueblo, señores míos, y esto es lo que ustedes olvidan. El pueblo es un niño y hay que conocerlo, conocer su psicología. Eso requiere métodos particulares. Hay que saber llegar a sus cuerdas más sensibles y hacerlas vibrar. Iré a verlos a su toconal y hablaré con ellos claramente. Verán ustedes de qué manera tan ejemplar vuelven a los puestos que abandonaron. ¿Apuestan ustedes algo? ¿No lo creen?
—Es difícil. Pero Dios lo quiera.
—Les diré: «Hermanos, miradme. Soy hijo único, esperanza de mi familia, y lo he dado todo, sacrificando mi nombre, mi posición y el amor de mis padres para conquistar una libertad como no la goza ningún pueblo del mundo. Yo hice esto y lo hizo también gran número de jóvenes como yo. Y no hablemos de la vieja guardia de nuestros gloriosos predecesores, los populistas encarcelados, los narodovoltsy de la Shlisselburg![31]. ¿Acaso lo hicimos por nosotros mismos? ¿Teníamos necesidad de ello? Ahora ya no somos francotiradores como antes, sino combatientes del primer ejército revolucionario del mundo. Preguntaos honradamente si habéis merecido este alto título. Mientras la patria, con lágrimas de sangre, con un esfuerzo supremo, intenta librarse de la opresión del enemigo que la ha vencido, vosotros os dejáis avasallar por una banda de desconocidos aventureros, os convertís en una gentuza inconsciente, en un tropel de malhechores desenfrenados, que devoran la libertad, para quienes todo lo que se da es siempre demasiado poco.» Tiene razón el refrán cuando dice: «Invita a un cerdo a comer y meterá las patas en el plato.» Pero yo les demostraré lo que es tener vergüenza.
—No, no, es peligroso —intentó objetar «el distritario», cambiando a hurtadillas miradas de inteligencia con su ayudante.
Galiullin trató de disuadir de esta loca empresa al comisario. Conocía a los venáticos del 212.°, que perteneció a una división en la que él había prestado servicio en otro tiempo. El comisario no le escuchaba.
Durante todo el tiempo Yuri Andriéevich intentó levantarse y salir. Le irritaba la ingenuidad del comisario. Pero no le fastidiaba menos la pérfida astucia del «distritario» y de su ayudante, dos cazurros marrulleros y desleales. Aquella estupidez y aquella marrullería estaban a la misma altura. Y ambas se manifestaban a través de un torrente de palabras, con una elocuencia inútil, inconsciente y confusa: precisamente todo eso de lo que la vida tiene tanta necesidad de liberarse.
¡Cuántas veces se desea escapar de la necia y obtusa charlatanería de los hombres, y refugiarse en el aparente silencio de la naturaleza, en la muda cárcel de un largo y obstinado trabajo, en la esencia de un sueño profundo, de la verdadera música que nace del callado contacto del corazón con los sentimientos, que hace enmudecer de tanta plenitud!
El doctor recordó que tenía pendiente una explicación, desagradable siempre, con Antípova. Pero aun a este precio estaba contento de la necesidad de verla. Sin embargo, era difícil que estuviera ya en casa. Aprovechando el primer momento favorable, se levantó y, sin hacerse notar, salió del despacho.
6

Pero Lara había regresado ya. La señorita Fleury se lo dijo y añadió que estaba muy cansada, cenó apresuradamente, se retiró a su habitación y le rogó que no la molestaran.
—Pero llame usted —le aconsejó la señorita—. Posiblemente no duerme todavía.
—¿Dónde está su habitación?—preguntó el doctor, provocando con su pregunta el asombro de la señorita.
Supo así que Antípova tenía su habitación al fondo del corredor del piso superior, cerca de las habitaciones en las que se guardaban todos los muebles de la condesa Zhabrínskaia, donde jamás había entrado el doctor.
Oscurecía rápidamente. En las sombras del anochecer las calles se hicieron más angostas, las casas y empalizadas se confundieron. Desde el fondo de los patios, los árboles se acercaban a las ventanas bajo la luz de las lámparas encendidas. Era una noche cálida y sofocante. El menor movimiento hacía sudar. Los rayos luminosos de las lámparas de petróleo, al llegar a los patios, resbalaban a lo largo de los troncos de los árboles, como sucios churretes.
El doctor se detuvo en el último escalón. Pensó que molestar, aunque sólo fuera llamando, a una persona cansada de un viaje, era algo importuno y enojoso. Era mejor demorar la conversación hasta el día siguiente. Con la distracción que acompaña siempre los cambios de decisión, atravesó el pasillo hasta el otro extremo. Había allí una ventana que daba al patio vecino. Se acodó en el alféizar.
La noche estaba llena de quedos rumores misteriosos. Al lado, en el corredor, goteaba el agua del fregadero, regular y a largos intervalos. Fuera de la ventana, en algún lugar, oíase un murmullo. Allí donde comenzaban los huertos estaban regando los planteles de pepinos, pasándose el agua de cubo en cubo y haciendo tintinear la cadena del pozo.
Advertíase de golpe el olor de todas las flores del mundo, como si durante el día la tierra hubiese yacido inanimada y se reavivara ahora con todos los perfumes. Desde el secular jardín de la condesa, al que la maleza había hecho impracticable, hasta la altura de los árboles tan espesos como para formar una gran pared, ascendía como una marea el denso aroma de un viejo tilo en flor, enmohecido y polvoriento.
Por detrás de la empalizada, a la derecha, llegaron unos gritos desde la calle. Un soldado con permiso estaba alborotando, se oyó un portazo y aletearon fragmentos de una canción.
Tras los nidos de cuervos del jardín se levantó una enorme luna rojinegra. Primero se pareció al molino de ladrillo de Zybúshino, y luego se volvió amarilla como la bomba de agua de la estación de Biriuchi.
Abajo en el patio, bajo la ventana, el perfume de la belleza nocturna se mezcló con el del heno recién cortado, fragante como té en flor. Había allí una vaca comprada no hacía mucho en un pueblo lejano. La obligaron a caminar todo el día, estaba cansada, sentía nostalgia de su vacada y no aceptaba la comida de manos de su nueva ama, a la que todavía no se había acostumbrado.
—Vamos, vamos, no seas caprichosa, animalote. ¡Condenada bestia, ya te enseñaré yo a dar cornadas! —decía el ama, tratando de vencer su resistencia, pero la vaca, inquieta, movía la cabeza de un lado a otro, o, alargando el cuello, mugía de un modo quejumbroso y desgarrador.
Más allá de las negras alquerías de Meliuziéev, brillaban las estrellas y desde ellas a la vaca se tendían los hilos de una invisible comprensión, como si fuesen los establos de otro mundo donde habría compasión para ella.
Por todas partes todo fermentaba, crecía y ascendía y advertíase el mágico fermento de la existencia. La intensidad de la vida, como un viento silencioso, avanzaba a grandes oleadas, sin saber adónde, sobre la tierra y el pueblo, a través de las paredes y los recintos, a través de la madera de los árboles y los cuerpos de los hombres, abrazando con su estremecimiento todo cuanto encontraba en su camino. Para sosegar este flujo vital, Zhivago descendió a la plaza, dispuesto a escuchar a quienes se habían reunido en ella.
7

La luna estaba ya alta en el cielo. Todo inundábase en su luz densa como el albayalde.
Las vastas sombras de los edificios de piedra adornados con columnas y dispuestos en semicírculo en la plaza, se extendían sobre el suelo como si fueran negras alfombras.
El mitin se celebraba en el otro extremo de la plaza y, aguzando el oído, podía oírse a través de ésta lo que decían. Pero el doctor se sintió poseído por la belleza de la escena. Sentóse en un banco ante la puerta del cuartel de bomberos y, sin prestar atención a las voces que llegaban hasta él, comenzó a mirar en torno suyo.
En la plaza desembocaban pequeñas calles oscuras, en cuya profundidad podían descubrirse viejas casas torcidas. Las calles estaban enteramente cubiertas de barro, como en el campo: de él surgían altas cercas hechas con ramas de sauce, parecidas a nasas sumergidas en un estanque, o a cestas para pescar cangrejos.
Los cristales de las casuchas parpadeaban en las pequeñas ventanas abiertas. Desde las cercas hasta el mismo interior de las casas extendíanse apretadamente rubios trigales cuyas espigas relucían como bañadas en aceite. Tras los curvados setos las malvas miraban a lo lejos, solitarias, pálidas y exhaustas, como campesinas a quienes el calor ha sacado de sus casuchas para respirar en camisa un poco de fresco.
La noche iluminada por la luna era sorprendente, como la misericordia o el don de la clarividencia. De pronto, en el silencio de aquella clara y centelleante fábula, comenzó a caer el son regular y pausado de una voz conocida que él había oído poco antes. Era una voz vibrante y persuasiva. Yuri se puso a escuchar y la reconoció enseguida: era el comisario Hinz, que estaba hablando en la plaza.
Las autoridades debieron haberle rogado que les apoyara con su prestigio y él, con gran calor, censuraba a los habitantes de Meliuziéev que estuviesen tan desorganizados y se dejasen arrastrar fácilmente por la corruptora influencia de los bolcheviques, quienes, aseguraba, eran los verdaderos culpables de lo que ocurría en Zybúshino. Con el mismo tono con que había hablado antes en el despacho del «distritario», advertía que el enemigo era poderoso y cruel y que había llegado para la patria la hora de prueba. A mitad del discurso comenzaron a interrumpirlo.
Los ruegos de que no interrumpieran al orador alternábanse con los gritos de disentimiento. Las protestas hacíanse cada vez más frecuentes y violentas. El hombre que acompañaba a Hinz y hacía las veces de presidente, gritó diciendo que no se admitían las interrupciones y trató de imponer el orden. Algunos pidieron que se concediese la palabra a una ciudadana que se hallaba entre la multitud, pero otros les hicieron callar y pidieron que el orador continuara con su discurso.
Una mujer se abrió paso entre la multitud hacia el cajón boca abajo que servía de tribuna. No subió a él, pero se detuvo a su lado. Todos la conocían. Se hizo el silencio y la gente se dispuso a escucharla. Era Ustinia.
—Hablas de Zybúshino, camarada comisario, y dices que hay que abrir el ojo y no dejarse engañar. Pero vayamos a otra cosa: por lo que te he oído, no sabes hablar más que de bolcheviques y mencheviques. Bolchevique y mencheviques, y de ahí no hay quien te saque. Hay que dejar de hacer la guerra, y que todos seamos hermanos. Esta es la ley de Dios y no la de los mencheviques. Hay que dar las fábricas y los talleres a los pobres, que no es cosa de los bolcheviques, sino de la justicia. Y en cuanto al sordomudo, ya nos lo han refregado bastante antes que tú. Ya estamos hasta las narices. Pero también tú tenías que meter la cuchara. ¿Qué diantre no te gusta de él? ¿Que estuvo callado mucho tiempo y de pronto, sin pedir permiso, se ha soltado la lengua? ¡Sacúdete la mollera y piensa un poco! ¿Es que no han pasado cosas más grandes? Ahí tienes, por ejemplo, lo de la burra. «Balaam, Balaam (decía), con todo mi corazón te ruego que no vayas allí abajo porque te arrepentirás.» Ya se sabe cómo fueron las cosas: no la escuchó y fue. Es talmente lo que estás haciendo tú con el sordomudo. El otro se creía que no tenía que hacerle maldito caso porque era una burra, una bestia. El era el bestia porque la despreciaba. Luego se arrepintió. ¡Caray, ya sabéis como acabó la cosa!
—¿Cómo?—preguntó alguien.
—¡Bah! —dijo Ustinia, ásperamente—. Sabiendo mucho se envejece pronto.
—No, no te salgas fuera del tiesto. Dime cómo acabó —insistió la misma voz.
—¡Y dale con el cómo! ¡Qué chinchorrería! Se convirtió en una columna de sal.
Todos se echaron a reír.
—Desbarras, vieja, eso que dices le pasó a Lot. ¡A la mujer de Lot!
El presidente llamó al orden. El doctor se fue a dormir.
8

Al día siguiente por la tarde vio a Antípova. La encontró en el cuarto de plancha. Tenía delante un montón de ropa y planchaba.
Este cuarto estaba en la parte posterior de la casa, en el piso alto, y daba sobre el jardín. Allí se encendían los samovares, se distribuía en los platos la comida que llegaba de la cocina por medio de un montacargas movido a mano, y se mandaban abajo los platos sucios. Allí se conservaba también el material del hospital, se tomaba nota de la vajilla y la ropa blanca, se descansaba en los ratos de ocio y se concertaban las citas.
Las ventanas que daban al jardín estaban abiertas. El cuarto se había llenado con el perfume de las flores de tilo, el amargo aroma del comino seco, como en los parques de otros tiempos, y el ligero vaho de las dos planchas, con las cuales Larisa Fiódorovna planchaba alternativamente, poniendo una u otra a calentar sobre el hornillo.
—¿Por qué no llamó ayer? La señorita me lo dijo. Pero hizo usted bien. Estaba ya acostada y no hubiese podido abrirle. Bueno, buenos días. Cuidado, no se manche. Ahí está el carbón.
—Parece como si planchara toda la ropa del hospital. —No, hay mucha mía. Me dice usted siempre que no saldré nunca de aquí. Pero esta vez va en serio. Como puede ver, lo estoy preparando todo. En cuanto esté listo, me marcharé. Me iré a los Urales y usted se irá a Moscú. Acaso algún día le pregunten a Yuri Andriéevich: «¿Ha oído usted hablar de un pueblo llamado Meliuziéev?» «No, no lo recuerdo». «¿Y de una tal Antípova?» «Tampoco, no tengo la menor idea»
—Puede ser. ¿Qué tal le ha ido su viaje por los distritos rurales? ¿Está bien el campo?
—No es posible contarlo con pocas palabras. Pero ¡qué pronto se enfrían estas planchas! Déme la otra, por favor, si no es molestia. Está allí en el hornillo. Ahí. Gracias. Hay campo y campo. Todo depende de quiénes viven en él. En ciertos pueblos a la población le gusta trabajar y trabaja. Pero en otros todos son unos borrachines y hay miseria. Da miedo verlos.
—¡Tonterías! ¿Qué borrachos son esos? ¿Qué quiere usted decir? No puede haber borrachos porque, sencillamente, todos los hombres están en el frente. Pero no importa. ¿Qué tal va el nuevo ziemstvo revolucionario?
—Se equivoca en lo que dice de los borrachos, ya hablaremos de ello. ¿El ziemstvo? El ziemstvo nos dará muchos quebraderos de cabeza. Las instrucciones son inaplicables. No hay nadie con quien se pueda trabajar en los distritos. Actualmente los campesinos no se preocupan de nada más que de la tierra. Hice una escapada a Razdólnoie. ¡Qué espectáculo! Debería ir a verlo. En primavera lo incendiaron y saquearon todo. Quemaron la granja, los árboles frutales están carbonizados y parte de la fachada del edificio está cubierta de hollín. En cambio, en Zybúshino no ha ocurrido nada. Sin embargo, se afirma en todas partes que lo del sordomudo no es una invención. Describen su aspecto y dicen que es joven e instruido.
—Anoche Ustinia lo defendió en la plaza.
—A mi regreso encontré un montón de asuntos procedentes de Razdólnoie. ¡Estoy cansada de decir que nos dejen en paz con sus cosas! ¡Como si aquí no tuviéramos bastante con las nuestras! Esta mañana ha venido un ujier de la comandancia con una nota del jefe del distrito. Quieren a toda costa el juego de plata para el té y la cristalería de la condesa. Sólo para una noche, y garantizan su devolución. Pero ya conocemos su sistema de devolución: ha desaparecido la mitad de la ropa. Dicen que tienen una fiestecita. Por lo visto ha llegado alguien.
—¡Ah, ya sé! Ha llegado el nuevo comisario del frente. Lo vi por casualidad. Tiene la intención de ocuparse de los desertores, cercarlos y desarmarlos. Es un muchacho imberbe, un principiante en estas cosas. Hay unos que quieren emplear a los cosacos, pero él se propone conquistarlos con unas lagrimitas. Dice que el pueblo es un niño, etcétera... Y cree que se trata de una bagatela. Galiullin le ha rogado que no excitase a la fiera dormida, que dejara ese asunto a los demás... Pero es imposible disuadir a un tipo como ése cuando se le mete una cosa en la mollera. Bueno. Deje un momento las planchas y escúcheme. A no tardar va a haber aquí un caos espantoso. Nosotros no podremos impedirlo. Pero desearía que se fuera usted antes de que ocurriera nada.
—No sucederá nada, no exagere. Además, me voy. Pero no puedo irme por las buenas, sin más ni más. He de entregar el inventario puesto al día. Si no lo hago va a parecer que he robado algo. Pero ¿a quién se lo doy? Ese es el problema. Los dolores de cabeza que me ha costado el dichoso inventario... y como recompensa no he recibido otra cosa que reproches. Registré los bienes de la señora Zhabrínskaia en favor del hospital porque ése era el sentido del decreto. Y ahora parece que lo hice así para salvar los bienes de la propietaria. ¡Vaya una cosa!
—Vamos, deje esos tapetes y esa loza y que se vayan al diablo. Hay otras cosas de qué preocuparse. Sí, es una lástima que no nos viéramos ayer noche. Todo era muy distinto. Le habría explicado toda la mecánica celestial y respondido a todas esas condenadas preguntas. No, sin bromas. Sentía un gran deseo de hablar de mis cosas. Hablar de mi mujer, de mi hijo, de mi vida. ¡Caray, parece mentira que un hombre no pueda hablar con una mujer de su edad sin que se sospeche que hay algo detrás! Que el diablo se lleve todo lo que hay detrás y delante. Pero, por favor, planche, planche su ropa y no me haga caso. Hablaré, hablaré mucho.
»¡Piense qué tiempos son estos! ¡Y nosotros los vivimos!
Cosas tan extraordinarias solamente ocurren una vez en la eternidad. Es como si un vendaval se hubiese llevado el tejado de toda Rusia, y nosotros junto con todo el pueblo nos hubiéramos encontrado de pronto a la intemperie, bajo el cielo. Y no hay nadie que nos guarde. ¡La libertad! La verdadera libertad no es la de la palabra, la de las reivindicaciones, sino una libertad caída del cielo, inesperadamente. Es una libertad obtenida por casualidad, por error.
»¡Y qué grandes se sienten los hombres en su desorientación! ¿Lo ha advertido? Como si cada uno se sintiera aplastado por sí mismo, por la fuerza heroica que ha descubierto en él.
»Pero le digo que planche. Se calla usted. ¿No le aburro? Voy a darle la otra plancha.
»Ayer estuve en el mitin nocturno. Un espectáculo extraordinario. La madrecita Rusia se ha movido. Incapaz de quedarse en su sitio, camina de un lado para otro, no se encuentra y habla y habla sin cesar. Y no basta que hablen sólo los hombres. Las estrellas y los árboles se han reunido y charlan, y las flores nocturnas filosofan y las casas celebran mítines. Es algo evangélico, ¿verdad? Como en el tiempo de los apóstoles. ¿Se acuerda de Pablo? «Hablad las lenguas y profetizad. Rogad para que se os dé el don de la interpretación.»
—Comprendo lo que usted dice de los mítines, de los árboles y las estrellas. Sé lo que quiere decir. Yo también lo he experimentado.
—La mitad de esto lo ha hecho la guerra, el resto lo ha hecho la revolución. La guerra ha sido una interpretación artificial de la vida como si la existencia pudiera prorrogarse momentáneamente. ¡Qué absurdo! La revolución se ha producido sin intención, como un suspiro cuando se ha contenido
Y demasiado tiempo el aliento. Cada hombre se ha transformado y cambiado. Diríase que en cada persona se han producido dos revoluciones: una propia, individual, y la otra general. Tengo para mí que el socialismo es un mar en el cual deben de confluir como ríos todas esas distintas revoluciones individuales, el mar de la vida, el mar de la autenticidad de cada uno. El mar de la vida, digo, de esa vida que se puede ver en los cuadros, de la vida como la intuye el genio, creadoramente enriquecida. Pero hoy los hombres han decidido no experimentarla en los libros, sino en sí mismos; no en la abstracción, sino en la práctica.
Un repentino temblor de su voz traicionó en Zhivago una incipiente emoción. Dejando por un instante de planchar, Larisa Fiódorovna lo miró seria y asombrada. El se turbó y perdió el hilo del discurso. Después de un breve y embarazoso silencio, siguió hablando: desordenadamente, sin ton ni son.
—En estos días se tienen deseos de vivir de un modo honrado y fecundo. Participar del fervor general. Y he aquí que en medio de la alegría que ha conquistado a todos, veo su mirada extrañamente triste, perdida en la lejanía, Dios sabe dónde. ¡Qué no daría yo para que no fuese así, porque se leyera en su cara que está usted contenta de su destino y que no necesita a nadie! Porque alguna persona a quien usted quisiera, un amigo suyo o su marido (mejor si fuese un militar), me cogiera del brazo y me rogara que no me inquietase por su suerte y que le evitase a usted mis solicitudes. Pero yo me soltaría el brazo, levantaría la mano y... ¡No sé lo que digo! Perdóneme, se lo ruego.
La voz volvió a traicionar al doctor. Hizo con la mano un ademán de irritación y, con la sensación de haber cometido una torpeza irremediable, se levantó y se dirigió a la ventana. Volvió la espalda a la habitación, se inclinó sobre el alféizar y, apoyando una mejilla en la palma de la mano, fijó la mirada distraídamente en la profundidad ya sombría del jardín, tratando de recobrar la calma.
Larisa Fiódorovna rodeó la tabla de plancha, colocada de través entre la mesa y la alta ventana, y se detuvo a algunos pasos de él, a sus espaldas, en medio de la estancia.
—¡Cuánto miedo le había tenido siempre a esto! —dijo en voz baja, como para sí misma—. ¡Qué error sería! Basta, Yuri Andriéevich, no es este el caso. ¡Ah! Mire lo que he hecho por su culpa —exclamó de pronto en voz alta y corrió hacia la tabla donde, bajo la plancha olvidada, elevábase de una blusa quemada un hilo de humo acre—. Yuri Andriéevich —continuó, dejando violentamente la plancha sobre el hornillo—, Yuri Andriéevich, sea bueno, vaya a ver a la señorita, tómese un poco de agua, amigo mío, y vuelva aquí, tal como tengo la costumbre de verle y quisiera verle siempre. ¿Me oye, Yuri Andriéevich? Sé que tendrá fuerzas para hacerlo. Hágalo, se lo ruego.
Entre ellos no se repitieron conversaciones de esta clase.
Una semana más tarde Larisa Fiódorovna partió.
9

Al cabo de algún tiempo también Zhivago se dispuso a marcharse. La noche anterior a su partida azotó Meliuziéev un terrible huracán.
El fragor del viento se fundía con el rumor de la lluvia que unas veces se abatía verticalmente sobre los tejados, y otras, al impulso del caprichoso huracán, lanzaba sus azotadoras oleadas a lo largo de las calles, como si quisiera conquistarlas.
Sucedíanse los truenos sin interrupción, convirtiéndose en un fragor continuo. A la luz frecuente de los rayos veíase la calle perderse a lo lejos y los árboles inclinados y como si huyeran en la misma dirección que el viento.
Aquella noche la señorita Fleury se despertó al oír unos golpes en el zaguán. Asustada, se sentó en el lecho y se puso a escuchar. El ruido no cesaba.
¿Era posible que en todo el hospital no hubiese una sola persona que fuese a abrir, pensó, y que por todos tuviera ella que molestarse, ella, la pobre vieja, sólo porque la naturaleza la había hecho honrada y le había dado el sentido del deber?
Ya se sabía que los Zhabrinski eran ricos, aristócratas. Pero el hospital era del pueblo, les pertenecía. ¿En qué manos lo habían abandonado? ¿Podía saberse, por ejemplo, dónde había ido a parar el servicio sanitario? Todos se habían largado y ya no existía dirección, ni enfermeras, ni doctores. Sin embargo, en aquella casa había heridos, dos a quienes se les habían amputado las piernas, y estaban arriba, en la sala de operaciones, donde antes estuvo el saloncito. Y toda la parte de abajo, junto a los lavaderos, estaba llena de enfermos de disentería. Y aquella condenada Ustinia se había ido de visita Dios sabía dónde. La estúpida pudo haberse dado cuenta de que amenazaba el temporal. Pero le había dado la manía de salir. Y ahora tenía un buen pretexto para quedarse a dormir fuera de casa.
En fin, a Dios gracias, habían dejado de llamar. Han visto que nadie abría y se han marchado. ¡También era una bonita ocurrencia con semejante temporal! ¿Y si fuera Ustinia? No, ella tiene llave. ¡Dios santo, qué miedo, vuelven a llamar!
¡Qué fastidio! Desde luego no hay que contar con Zhivago. Se va mañana, y tiene la cabeza puesta en Moscú o en el viaje. Pero ¿y Galiullin? ¡Qué individuo! ¿Cómo puede dormir o quedarse tan tranquilo en la cama, oyendo que están llamando de este modo, esperando que al final se levante ella, vieja débil e indefensa, y vaya a abrir quién sabe a quién en esta espantosa noche de este horrible país?
¿Galiullin? Reaccionó bruscamente. ¿Cómo Galiullin? Tal idea sólo podía ocurrírsele estando medio dormida. ¿Por qué Galiullin, si ya se había marchado? ¿Acaso ella misma, junto con Zhivago, no lo había escondido y vestido de paisano, y luego explicado por qué sendas y caminos tenía que huir? Todo esto después de aquel terrible caso de linchamiento cometido en la estación, cuando mataron al comisario Hinz y buscaban a Galiullin desde Biriuchi, a Meliuziéev, persiguiéndolo a tiros y revolviendo todo el pueblo. ¡Galiullin!
Si no hubiera sido por aquellos soldados en bicicleta, no hubiese quedado de la ciudad piedra sobre piedra. Una división acorazada pasó por allí por casualidad. Tomó a su cargo la defensa de sus habitantes y redujo al silencio a los malhechores.
La tormenta se iba calmando poco a poco. Los truenos se oían más espaciados y sordos, a lo lejos. A ratos dejaba de llover, pero el agua continuaba chorreando con un quedo rumor a lo largo de los troncos y los canalones. El silencioso resplandor de los relámpagos invadía la estancia de la señorita, la iluminaba como si fuera de día y se detenía un instante, como si buscara algo. .
De pronto, después de un ligero intervalo, volvieron a resonar los golpes en la puerta. Alguien tenía necesidad de ayuda y llamaba con desesperada insistencia. De nuevo se levantó el viento y volvió a llover a cántaros.
—¡Ya voy! —gritó la señorita, sin saber a quién, asustándose de su propia voz.
Había tenido una inspiración inesperada. Sacó los pies de la cama y se calzó las chancletas, se echó sobre los hombros una bata y corrió a despertar a Zhivago, porque sola tenía demasiado miedo. Pero también él había oído los golpes y bajaba con una vela. Ambos pensaron lo mismo.
—¡Zhivago! ¡Zhivago! Llaman a la puerta de la calle y tengo miedo de ir sola —gritó en francés, y añadió en ruso—: Que no sea Lar o el subteniente Galiul.
También Yuri Andriéevich, al despertarse a causa de las llamadas, creyó que pudiera ser alguno de los dos: o Galiullin, a quien algún obstáculo le impidió avanzar y retrocedía para encontrar refugio, o bien Antípova que regresaba por haberse presentado alguna dificultad en su viaje.
En el vestíbulo el doctor Zhivago entregó la vela a la señorita, dio la vuelta a la llave en la cerradura y descorrió el cerrojo. Una ráfaga de viento le hizo soltar la puerta de las manos y apagó la vela, envolviéndolos a ambos en frías salpicaduras de lluvia.
—¿Quién es? ¿Quién está ahí? ¿Hay alguien?—gritaron al mismo tiempo, desde las tinieblas, la señorita y el doctor Zhivago.
Pero nadie respondió. Después oyeron llamar de nuevo en otro lugar, en la puerta de servicio o en la ventana que daba al jardín.
—Evidentemente es el viento —dijo el doctor—. Mas para estar tranquilos, vaya a la puerta de servicio y asegúrese. Yo la esperaré aquí, no sea que si alguien llama nos crucemos.
La señorita se alejó hacia el fondo de la casa y el doctor salió al exterior, al amparo del portal de entrada.
Sobre la villa corrían veloces las nubes como si las persiguieran y volaban tan bajas que rozaban casi los árboles, que se encorvaban como si alguien se sirviera de ellos para barrer el cielo utilizándolos como escobas de brezo. La lluvia azotaba las paredes de madera de la casa que, de gris, se había vuelto negra.
—¿Qué hay?—preguntó el doctor a la señorita cuando ésta volvió.
—Tenía usted razón. No hay nadie.
Y dijo que había dado la vuelta a toda la casa. En la antecocina una rama de tilo que golpeaba la ventana rompió un cristal, y en el suelo se había formado un gran charco. Lo mismo sucedió en la habitación de Lara: estaba hecha un mar, realmente un mar, un verdadero océano.
—Ahí se ha abierto un postigo y golpea contra el montante. ¿Lo ve? Esta es la explicación.
Hablaron todavía un poco, cerraron el portón y volvieron a acostarse, desilusionados los dos por la inutilidad de la alarma.
Habían estado convencidos de que cuando abrieran la puerta entraría esa mujer que conocían tan bien, mojada como un pollo y aterida de frío, y que la habrían acribillado a preguntas mientras ella se sacudía el agua de encima. Y luego, después de haberse cambiado, iría a secarse junto al fuego, no apagado todavía, de la estufa de la cocina, y les contaría entonces sus aventuras y, arreglándose los cabellos, se echaría a reír.
No estaban muy seguros de que, cuando cerraron la puerta, no quedara en la calle una huella de aquella imagen, tras la esquina de la casa, bajo la forma de una filigrana, fantasma de aquella mujer que continuaban viendo confusamente ante la puerta.
10

En la estación se consideraba que el responsable indirecto de las agitaciones de los soldados era Kolia Frolienko, el telegrafista de Biriuchi.
Kolia era hijo de un conocido relojero de Meliuziéev, y la gente del pueblo decía que lo había visto nacer. De niño vivió en casa de uno de los criados de la finca de Razdólnoie y, bajo la vigilancia de la señorita, jugó con las hijas de la condesa. La señorita conocía bien a Kolia, que ya entonces había comenzado a aprender un poco de francés.
La gente de Meliuziéev estaba acostumbrada a ver a Kolia muy ligeramente vestido, hiciera el tiempo que hiciese. Sin gorro y con alpargatas corría en bicicleta por la carretera y el pueblo, suelto el manillar, echado hacia atrás y con los brazos cruzados sobre el pecho. De esta manera pasaba revista a los postes del telégrafo y los cables de la red, revisando el estado en que se hallaban.
Algunas casas del pueblo estaban en contacto con la estación por medio de una derivación de la línea telefónica del ferrocarril. La central se hallaba junto al telégrafo de la estación y Kolia era su responsable.
Allí tenía más trabajo del que deseaba: el telégrafo, el teléfono y a veces, cuando Povaríjin, el jefe de estación, estaba ausente, las señales del ferrocarril, cuyos mandos se encontraban en la oficina del telégrafo.
La necesidad de seguir al mismo tiempo el funcionamiento de varios mecanismos había dado a Kolia un particular modo de expresión, oscuro, lleno de interrupciones y enigmático. Lo utilizaba encantado siempre que no tenía ganas de responder o de hablar con alguien. Decíase que el día de los desórdenes había abusado de este laconismo.
La verdad es que con sus silencios hizo inútiles todos los buenos deseos de Galiullin, que telefoneaba desde el pueblo y, y tal vez sin quererlo, había precipitado los acontecimientos que se produjeron después.
En efecto, Galiullin pidió hablar con el comisario, que se encontraba en un determinado lugar de la estación o cerca de ella, para decirle que se disponía a reunirse con él para ir al bosque y le rogaba que le esperase y que no hiciese nada sin contar con él. Kolia se negó a llamar a Hinz con el pretexto de que la línea estaba ocupada transmitiendo señales para un tren que se acercaba a Biriuchi, mientras, con un subterfugio cualquiera, detenía en un cambio de vía próximo aquel mismo tren en el que los cosacos se dirigían a Biriuchi.
Cuando, no obstante, llegó el convoy, Kolia no supo disimular su desagrado. La locomotora se deslizó lentamente bajo el sombrío cobertizo y se detuvo precisamente ante la enorme ventana de la oficina del telégrafo. Kolia descorrió ampliamente la pesada cortina de tela azul marino en cuyos bordes estaban bordadas las iniciales del Ministerio de Ferrocarriles. En el alféizar de piedra había una enorme garrafa de agua y un vaso de grueso cristal tallado. Se sirvió agua en el vaso, bebió algunos sorbos y miró afuera.
El maquinista vio a Kolia y desde el fondo de su cabina le guiñó amistosamente un ojo.
«Apestosa bestia, chinche repelente», pensó Kolia con odio y, sacándole la lengua, lo amenazó con el puño.
El maquinista comprendió la mímica de Kolia y con ademanes, encogiéndose de hombros y señalando los vagones con un movimiento de cabeza, le dio a entender: «¿Qué quieres que haga? Haberlo intentado tú. Ellos tienen la fuerza.»
«No importa, sigues siendo una asquerosa bestia», le respondió Kolia con sus ademanes.
Comenzaron a hacer descender de los vagones a los caballos, aunque, oponían resistencia y no querían moverse. El sordo estruendo de los cascos sobre la pasarela del vagón al andén alternábase con el golpeteo de las herraduras sobre las piedras de éste. Los caballos, que se encabritaban, fueron llevados a través de varias vías, al final de las cuales había dos filas de vagones de desecho, sobre raíles que estaban comidos por la herrumbre y cubiertos de hierba. El deterioro de la madera, corroída por la carcoma y la humedad, y de la cual las lluvias habían raído la pintura, devolvió a los vagones abandonados su originaria afinidad con el gran bosque verde que crecía al otro lado de los convoyes, con el musgo que nacía sobre los troncos de los abedules y las nubes que pasaban sobre ellos.
En la margen del bosque, obedeciendo a una orden, los cosacos montaron a caballo y partieron al galope en dirección al toconal.
Los rebeldes del 212. ° fueron rodeados. En medio de un bosque los hombres a caballo parecen más altos e imponentes que a campo descubierto, y asustaron a los soldados, a pesar de que tenían fusiles en sus trincheras. Los cosacos desenvainaron los sables.En el interior del anillo formado por la caballería, Hinz saltó sobre un tocón y dirigió una arenga a los soldados cercados.
De nuevo, según su costumbre, habló del deber militar, del significado de la patria y de muchas otras cosas elevadas. Conceptos que no hallaron eco. La multitud era demasiado numerosa, y los hombres, que habían sufrido mucho durante la guerra, estaban endurecidos y cansados. Desde hacía mucho tiempo estaban más que hartos de palabras como las que decía Hinz. Los había exasperado el continuo vagabundeo durante cuatro meses. Gentes sencillas, sentíanse además mal dispuestos con respecto al apellido no ruso del orador y a su acento.
Hinz se dio cuenta de que hablaba demasiado rato y estaba indignado contra sí mismo, pero pensó que debía continuar haciéndolo para ser comprendido mejor por sus oyentes, quienes, en lugar de agradecérselo, le correspondían con una expresión de hostil indiferencia y aburrimiento. Cada vez más irritado, decidió usar un lenguaje más duro y recurrir a las amenazas. Sin preocuparse del murmullo que se levantaba, recordó que ya estaban constituidos los tribunales militares revolucionarios y que habían empezado a actuar. Los amenazó con la pena de muerte y les pidió que depusieran las armas y entregasen a los instigadores. Si no lo hacían, añadió, demostrarían ser unos viles traidores, canallas inconscientes y plebeyos presuntuosos. Aquellos hombres no estaban acostumbrados a este tono.
Centenares de bocas gritaron.
—Ya ha hablado suficiente. Basta. Estamos de acuerdo —exclamaron con voces profundas, casi sin rencor.
Pero otras voces agudas, llenas de odio, comenzaron a gritar a su vez. Los primeros callaron, y dijeron los otros:
—¿Oísteis, camaradas, lo que nos ha dicho? ¡Al viejo estilo! Por lo visto, en el ejército se sigue hablando de esta manera. ¿De modo que somos traidores? ¿Y tú qué eres, duquesito? Pero ¿por qué perder el tiempo con él? ¿No veis que es un alemán que nos han enviado adrede? ¡Eh, enséñanos tu documentación, aristócrata! Y vosotros ¿por qué estáis como pasmarotes? ¡Vamos, atadnos, devoradnos!
Pero también a los cosacos les gustaba cada vez menos el discurso de Hinz.
—Para el señorito ése todos son unos canallas o unos cerdos —susurraban entre ellos.
Unos pocos primero y cada vez en mayor número, comenzaron a envainar los sables. Uno tras otro volvieron a montar a caballo. Cuando aumentó el número de los montados, se lanzaron desordenadamente en medio del claro, al encuentro de los del 212. °. Mezcláronse con ellos y confraternizaron.
—Debería usted largarse sin que se dieran cuenta —dijeron a Hinz los oficiales cosacos, que empezaban a alarmarse—. En la encrucijada encontrará su coche. Mandaremos a buscarlo. Y váyase enseguida.
Y Hinz así lo hizo, pero como escabullirse silenciosamente le parecía indigno, se marchó casi a los ojos de todos, sin la necesaria prudencia, en dirección a la estación. Hallábase poseído por una terrible ansiedad, pero por orgullo se impuso caminar tranquilamente, sin prisa.
La estación, que estaba en el lindero del bosque, no se hallaba lejos. Sobre un altozano, desde el cual ya podían verse las vías, se volvió por primera vez. Lo seguían soldados armados de fusiles.
«¿Qué querrán?», pensó Hinz, y apresuró el paso.
Lo mismo hicieron sus seguidores. La distancia entre ellos no disminuyó. Delante surgió la doble pared de los vagones abandonados. Apenas hubo llegado a ellos, echó a correr. El tren que había transportado a los cosacos estaba en una vía del apartadero. Los rieles hallábanse libres. Hinz los cruzó corriendo.
En su impulso subió de un salto al otro andén. Mientras tanto, los soldados que lo perseguían desembocaron, corriendo también, por detrás de los vagones deteriorados. Povarijin y Kolia gritaron algo a Hinz y le hicieron señas para que entrara en la estación, donde hubiera estado a salvo.
Pero nuevamente el sentido del honor, ese sentimiento civil del sacrificio, elaborado durante generaciones, sentimiento absurdo en estas circunstancias, le obstaculizó el camino de la salvación. Con un sobrehumano esfuerzo de la voluntad trató de calmar los alborotados latidos de su corazón. Pensó que debía gritarles:
«¡Hermanos, reportaos! ¿Cómo podéis creer que soy un espía?» Sí, algo que pudieran entender, cordial, capaz de detenerlos.
inconscientemente la idea de un acto heroico, de una efusión del alma, a todas las plataformas, tribunas y cajones, desde lo alto de los cuales podía lanzar a la multitud tales llamamientos, tales palabras que la inflamasen.
Ante la entrada de la estación, bajo la campana, hallábase una alta cisterna para apagar incendios, tapada. Hinz saltó sobre la tapa y dirigió a los que se acercaban unas palabras exaltadas, sobrehumanas e incoherentes.
La ciega locura de su actitud, a dos pasos de la puerta abierta de la estación, donde hubiese podido refugiarse fácilmente, atemorizó y dejó clavados en su sitio a sus perseguidores. Los soldados bajaron los fusiles.
Pero Hinz apoyó el pie en el borde de la tapa de la cisterna y la hizo oscilar. Una de sus piernas resbaló en el agua, la otra se quedó colgando fuera de la cisterna, y se encontró a caballo sobre ella.
Los soldados acogieron su torpeza con una explosión de hilaridad: el que estaba más cerca abatió al desdichado de un balazo en el cuello. Luego, los demás se lanzaron sobre él para rematarlo a bayonetazos.
11

La señorita Fleury telefoneó a Kolia para que, del mejor modo posible, instalara al doctor en el tren, amenazándole, en caso contrario, con hacer revelaciones desagradables para él.
Mientras respondía a la señorita, Kolia, según su costumbre, mantenía otra conversación distinta. A juzgar por las fracciones decimales entremezcladas con sus palabras, tratábase de un mensaje cifrado que estaba transmitiendo por telégrafo a otra estación.
—Pskov, ¿me oyes, me oyes? ¿Qué rebeldes? ¿Qué mano? ¿Qué decía usted, mademoiselle? Todo eso es mentira, quiromancia. Lárguese y déjeme en paz. Me molesta. Pskov, Pskov. Treinta y seis coma cero cero quince. ¡Maldita sea, se ha roto la cinta! ¿Cómo? No oigo nada. ¡Ah, es usted otra vez, mademoiselle! Ya le he dicho que no puedo, que no es posible. Diríjase a Povarijin. Todo eso es mentira, quiromancia. Treinta y seis... ¡Al diablo! Le he dicho que no me moleste, mademoiselle.
Y la señorita decía en ruso algo parecido a esto:
—No trates de engañarme con tu quiromancia, Pskov, Pskov, quiromancia. Ya sé por dónde vas, pero mañana instalarás en el vagón al doctor, o no volveré a dirigir la palabra a esta especie de asesinos ni al pequeño Judas traidor.
12

Había niebla en el aire cuando Yuri Andriéevich se fue. Otra vez, como días antes, amenazaba una tormenta. En el barrio de la estación, sembrado de masticadas pipas de girasol, las cabañas de adobes y las ocas adquirían un lívido tinte de miedo bajo la inmóvil mirada del negro cielo tormentoso. El edificio de la estación erguíase en una vasta explanada abierta a derecha a izquierda. La hierba en torno a él había sido pisoteada por una ingente multitud que, desde hacía semanas, esperaba los trenes procedentes de ambas direcciones.
Ancianos cubiertos con abrigos grises de sayal pasaban de grupo en grupo bajo un sol ardiente, en busca de rumores y noticias. Silenciosos adolescentes yacían acurrucados, sobre un costado, sosteniendo en la mano una rama sin hojas, como si guardasen ganado. Sus hermanitos y hermanitas, recogidas sus blusas sobre sus rosadas nalgas, correteaban por entre la gente. Estirando bien juntas sus piernas, las madres estaban sentadas en el suelo, con los niños de pecho envueltos en los pliegues de sus pardos casacones.
—Cuando comenzaron los tiros se dispersaron como corderos. Tenían miedo —dijo ásperamente Povarijin, el jefe de estación, pasando por encima de los cuerpos que yacían ante la puerta y en el suelo de la estación.
«En un abrir y cerrar de ojos han dejado limpio el césped. Ha sido posible ver otra vez la tierra que hay debajo. ¡Por fin! Hacía cuatro meses que no se veía, bajo este campamento. Como para olvidarse de ella. Cayó aquí. Es asombroso la de horrores que he visto en esta guerra. Debería estar acostumbrado. Pero ¡me dio tanta lástima! Lo más terrible es lo absurdo de la cosa. ¿Por qué? ¿Qué daño había hecho? Pero ¿acaso eran hombres aquellos individuos? Dicen que era el mimado de la familia. A la derecha ahora. Es ese, por aquí, por favor, a mi despacho. Ni se le ocurra salir en este tren, le costaría la vida. Lo instalaré en el otro, uno de la localidad. Lo formamos nosotros mismos, y empezaremos dentro de poco. Pero hasta ese momento no abra la boca ni diga nada a nadie. Le harían pedazos si dijera algo. Transbordará esta noche en Sujinichi.
13

Cuando formaron el tren «secreto» y desde detrás del depósito comenzaron a hacerlo retroceder hasta la estación, toda la gente que se hallaba en la explanada se lanzó por el camino más corto hacia el convoy, que entraba lentamente en la estación. La gente se deslizaba como granizo desde el terraplén. Escalaban los taludes y, atropellándose, unos se encaramaban en marcha sobre los topes y los estribos, otros se introducían por las ventanas y otros se subían a los techos de los vagones. En un instante, antes de que se detuviera, el tren se abarrotó de gente, y cuando llegó al andén, estaba lleno como un huevo y los viajeros, arracimados, colgaban de todas partes.
Por verdadero milagro, el doctor consiguió alcanzar una plataforma y, de una manera todavía más inexplicable, penetrar en el pasillo, donde permaneció durante todo el trayecto hasta Sujinichi, sentado sobre sus maletas.
Las nubes preñadas de tormenta se habían disipado hacía tiempo. Sobre los campos abrasados por el sol chirriaban incansablemente los grillos, sofocando el rumor del tren.
Los pasajeros que estaban ante las puertas quitaban la luz a los demás. Sus largas y curvadas sombras resbalaban por los bancos y tabiques de los compartimientos, y no encontrando espacio en el vagón, salían por las ventanillas opuestas y corrían de una parte a otra del campo junto con la sombra de todo el tren en marcha.
Por todas partes los viajeros gritaban o cantaban canciones, alborotaban, lanzaban juramentos y jugaban a la baraja. En las paradas sumábase al estándolo el ruido de la multitud que en cada una tomaba el tren por asalto. El clamor de las voces era ensordecedor, como una tempestad en el mar y, como en el mar, en medio de la detención, producíase de pronto un inexplicable silencio. Oíanse entonces pasos apresurados en el andén, a lo largo del convoy, y discusiones ante el furgón de equipajes, palabras pronunciadas a lo lejos por los que habían acudido a despedir a los que se iban, el apacible cacareo de las gallinas y el susurro de los árboles en el jardinillo de la estación.
Entonces, como un saludo llegado por telégrafo desde Meliuziéev, penetraba por la ventanilla un perfume bien conocido, que parecía dedicado a Yuri Andriéevich, revelándose a él, en su rincón, con una callada intensidad. Venía de demasiada altura para proceder de los arriates y los campos.
A causa de la aglomeración, el doctor no podía acercarse a la ventanilla. Pero aun sin mirar, veía con la imaginación aquellos árboles. Ciertamente crecían allí mismo y extendían apaciblemente sobre los techos de los vagones sus ramas llenas de hojas polvorientas por el paso de los trenes y espesas como la noche, densamente cubiertas por pequeñas flores estrelladas y parpadeantes.
Esto se repitió durante todo el trayecto. Por todas partes alborotaba la multitud y por todas partes florecían los tilos.
El incesante alentar de aquel perfume parecía preceder al tren que se dirigía hacia el norte, como una noticia que recorriera todas las estaciones, todos los pasos a nivel, todas las paradas, y que los viajeros reencontraran difundida y confirmada en todas partes.
14

Por la noche, en Sujinichi, un servicial mozo de cuerda de vieja estampa guió al doctor a lo largo de los raíles no iluminados y lo hizo subir por la parte posterior a un vagón de segunda clase de un tren recién llegado que no estaba previsto en el horario.
Apenas hubo lanzado el equipaje sobre la plataforma, después de haber abierto la portezuela con una llave, el mozo de cuerda tuvo que sostener una breve disputa con el revisor, que les obligó inmediatamente a bajar las maletas. Pero Yuri Andriéevich consiguió convencerlo y el revisor se fue.
Aquel tren no previsto en el horario tenía un destino especial, iba a gran velocidad y se detenía pocas veces. Parece ser que se hallaba bajo control militar. El vagón estaba completamente libre.
El compartimiento en el que se había instalado Zhivago estaba iluminado por una vela semiconsumida cuya llama era agitada por el aire que entraba por la ventanilla abierta.
La vela pertenecía al único viajero del compartimiento. Era un muchacho rubio, evidentemente de gran estatura, a juzgar por sus largos brazos y piernas, demasiado móviles en las coyunturas, como piezas mal ajustadas en un objeto desmontable. Estaba recostado sobre el asiento al lado de la ventanilla. Al ver entrar a Zhivago, hizo, cortésmente, ademán de levantarse, y, en lugar de continuar semitendido, como antes, adoptó una postura más correcta.
Bajo su asiento asomaba algo que, a primera vista, parecía un calandrajo. De pronto el extremo de lo que semejaba un pingo comenzó a moverse y asomó un perro de grandes orejas. Olfateó y examinó a Yuri Andriéevich y luego se puso a corretear de un lado a otro del compartimiento, moviendo sus patas en todas direcciones con la misma agilidad con que su larguirucho dueño ponía una pierna sobre la otra. Poco después, a una orden suya, se escurrió dócilmente bajo el asiento y recobró su anterior aspecto de harapo.
Solamente entonces Yuri Andriéevich advirtió en el portaequipajes una escopeta enfundada, una canana de cuero y un morral lleno de caza.
El joven cazador era extremadamente locuaz. Con una amable sonrisa, se apresuró a entrar en conversación con el doctor, de cuyos labios, no en sentido figurado, sino literal, no apartaba la vista.
Tenía una voz desagradablemente aguda, que en los tonos más altos adquiría un falsete metálico. Y lo más extraño era que, con todo y ser un auténtico ruso, una vocal, la u, la pronunciaba de un modo rebuscado, dulcificándola a la manera francesa o alemana. Esta u deformada le costaba un gran esfuerzo. La pronunciaba con mayor fuerza que las demás vocales, imprimiéndole una intensidad especial, gritándola casi. Desde el principio sorprendió a Yuri Andriéevich con esta frase:
Ayer, sin ir más lejos, estuve toda la mañana cazando patos.
A veces, cuando evidentemente se dominaba más lograba superar este defecto, pero le bastaba dejarse llevar por la conversación para que de nuevo saliera a relucir.
«¿Qué diantre será eso?—pensaba Zhivago—. En alguna parte debo de haber leído algo semejante, y lo conozco. Como médico debiera saberlo, pero se me ha ido de la cabeza. Debe ser un fenómeno cerebral determinado por un defecto de articulación. Pero este ulular es tan ridículo que cuesta mucho mantener la seriedad. Resulta imposible hablar con él. Es mejor que me acomode y me ponga a dormir.»
Y así lo hizo. Cuando se hubo acomodado en la litera superior, el joven le preguntó si le molestaría la vela encendida, pues la apagaría. El doctor aceptó con gratitud la proposición. Su compañero apagó la vela, y se hizo la oscuridad.
La ventanilla del compartimiento estaba cerrada a medias.
—¿No sería mejor cerrar la ventanilla?—preguntó Yuri Andriéevich—. ¿No le dan miedo los ladrones?
El joven no respondió. Yuri Andriéevich repitió la pregunta en voz más alta, pero tampoco recibió contestación.
Encendió una cerilla para ver qué estaba haciendo su vecino, si había salido de su compartimiento o si dormía, lo que hubiera sido todavía más inverosímil.
Pero no. Continuaba sentado en el mismo sitio, con los ojos muy abiertos, sonriendo al doctor cuyas piernas se balanceaban al borde de su litera.
Apagada la cerilla. Yuri Andriéevich encendió otra y, a su luz, repitió por tercera vez la pregunta.
—Haga lo que le parezca —respondió de pronto el viajero—. No tengo nada que me puedan robar. Pero sería mejor que no cerrara. Aquí se ahoga uno.
—«¡Vaya! —pensó Zhivago—. Extraño tipo éste, la verdad. Está acostumbrado a hablar solamente cuando hay luz. ¡Y ahora mismo ha pronunciado correctamente las palabras! ¡No lo entiendo!»
15

Sentíase agotado por los acontecimientos de la última semana, las emociones y los largos preparativos que habían precedido al viaje, además del embarque en el tren de la mañana. Creía poder dormirse en cuanto hubiera logrado una postura lo bastante cómoda. Pero no fue así. El exceso de fatiga le provocó insomnio y hasta el alba no logró adormecerse.
A pesar del caótico torbellino de pensamientos que se mezclaron en su cabeza en el curso de las últimas horas, éstos podían dividirse en dos círculos, o mejor dicho, en dos espirales que se enroscaban y desenroscaban. Uno estaba constituido por el recuerdo de Tonia, de la casa y de la vida de otro tiempo, en la cual todo, hasta los detalles más insignificantes, hallábase perfumado por la poesía y poseído de ternura y pureza. Sentía una gran ansiedad por esa vida y deseaba que permaneciera intacta. Llevado por el expreso de la noche, no pensaba más que en reanudarla después de una interrupción de más de dos años.
En ese torbellino de pensamientos familiares figuraba también la fidelidad a la revolución y el entusiasmo que le inspiraba. Pero era la revolución en ese sentido en que la había acogido la clase media, tal como la concibió la juventud estudiantil de 1905, gran admiradora de Blok.
En este círculo familiar y normal figuraban asimismo los signos de una vida nueva, las promesas y presagios que aparecían en el horizonte antes de la guerra, entre 1912 y 1914, en el pensamiento, el arte y el destino de los rusos, de toda Rusia y el suyo propio.
Ahora que la guerra había terminado para él, sentía el deseo de volver a ese ambiente para renovarlo y continuarlo, tal como sentía el deseo de regresar a su casa después de tan larga ausencia.
En torno al segundo círculo de pensamientos bullían las impresiones más recientes, enteramente nuevas y ¡qué distintas de las demás! Pero nada aquí le pertenecía, nada le era familiar, ni estaba preparado por el pasado. Todo era al mismo tiempo arbitrario e inevitable, impuesto por la realidad, repentino como una sacudida.
Lo nuevo, esta vez, era la guerra, su sangre y sus horrores, su infinitud y su salvajismo. La novedad eran las pruebas y la sabiduría de vida que la guerra le había proporcionado. Lo nuevo eran las ciudades lejanas donde la guerra lo había zarandeado y los hombres con quienes ésta hizo que se encontrara. Lo nuevo era la revolución, no la revolución idealizada en la universidad a la manera de 1905, sino la actual revolución, nacida de la guerra, sangrienta, la revolución militar que acababa con todo, dirigida por aquellos que la conocían mejor, los bolcheviques.
También lo nuevo era Antípova, la enfermera, lanzada por la guerra quién sabe dónde, con una vida completamente desconocida para él, que nada reprochaba a nadie, y cuya taciturnidad era casi una queja, misteriosamente silenciosa y tan fuerte en su silencio. Lo nuevo era también el honrado esfuerzo llevado a cabo por él. Yuri Andriéevich, para no quererla, precisamente él que durante toda su vida se había esforzado en acercarse con amor a todos los hombres, a su familia y a sus amigos.
El tren corría a toda velocidad. El viento, entrando por la ventanilla abierta, revolvía y llenaba de polvo los cabellos de Yuri Andriéevich. En las paradas repetíase lo que había ocurrido durante toda la jornada: la multitud alborotaba como un huracán y murmuraban los tilos.
A veces, desde la profundidad de la noche, coches y carros avanzaban ruidosamente hacia la estación. Las voces y el fragor de las ruedas confundíanse con el susurro de los árboles.
En aquellos momentos parecía posible comprender por qué rumoreaban y se inclinaban una sobre otra aquellas sombras nocturnas y qué se susurraban entre ellas, moviendo apenas las hojas pesadas de sueño como pastosas lenguas. Era lo mismo que pensaba Yuri Andriéevich volviendo a su litera: la noticia de las agitaciones que se extendían por toda Rusia, la noticia de su revolución, de sus horas fatales y difíciles, de su camino lleno de esperanza hacia la meta.
16

Al día siguiente se despertó tarde. Era mediodía.
—¡«Marqués», «Marqués»! —decía su vecino en voz baja, tratando de calmar a su perro que se había puesto a gruñir.
Asombrado, Yuri Andriéevich comprobó que todavía estaba solo con el cazador en su compartimiento. Nadie habíase instalado en él durante todo el viaje. Ahora los nombres de las estaciones eran los que conocía desde niño. El tren dejaba atrás la provincia de Kaluga y penetraba en la de Moscú.
Después de haberse arreglado con tanto cuidado y comodidad como antes de la guerra, el doctor Zhivago regresó a su compartimiento para compartir el desayuno que le ofrecía su curioso compañero, y se aprovechó de ello para observarlo mejor.
Los rasgos característicos de su personalidad eran una locuacidad y movilidad extremas. Le gustaba hablar, pero para él no importaban tanto la comunicación y cambio de ideas como el mismo hecho de hablar, de pronunciar palabras y emitir sonidos. Charlando, saltaba en su asiento como impelido por un muelle, se echaba a reír de un modo ensordecedor y sin motivo aparente, se frotaba las manos con satisfacción y, cuando esto le parecía insuficiente para expresar su entusiasmo, se daba palmadas sobre las rodillas, y reía hasta que se le saltaban las lágrimas.
La conversación fue tan extraña como la víspera. El desconocido era extraordinariamente incoherente. A veces hacía confesiones que no se le solicitaban y en ocasiones ni siquiera parecía escuchar y dejaba sin respuesta las preguntas más inocentes.
Dio sobre sí mismo un montón de informaciones enteramente fantásticas e inconexas.
Indudablemente trataba de causar sensación con la excentricidad de sus opiniones y negando todo lo comúnmente aceptado.
Todo esto tenía algo de cosa archisabida. Con el espíritu de semejante radicalismo hablaban los nihilistas del siglo pasado y, un poco más tarde, algunos personajes de Dostoievski. Luego, en una fecha más reciente, sus herederos directos, o sea todos los provincianos cultos de Rusia. La provincia es más audaz que la capital, y los rincones perdidos han conservado un sentido de la seriedad que ha pasado de moda en las capitales.
El jovencito contaba que era sobrino de un famoso revolucionario, pero que sus padres eran, en cambio, incorregiblemente conservadores: verdaderos «búfalos», dijo. Poseían en una localidad cercana al frente una discreta hacienda en la que él había crecido, y durante toda la vida anduvieron a la greña con su tío, quien, no obstante, no les guardaba rencor y ahora, con su influencia, les había evitado muchas calamidades.
Declaró luego que por sus convicciones se parecía a su tío. Era extremista maximalista en todo: en las cuestiones de la vida, en política y en arte. Zhivago recordó a Piétinka Vierjovienski[32], pero no con respecto a su posición izquierdista, sino más bien en lo que atañía a la corrupción y la palabrería.
«Ahora —pensó el doctor— se vanagloriará de ser futurista.»
Y, efectivamente, la conversación se llevó al terreno de los futuristas.
«Ahora hablará de deportes —trató de adivinar el doctor—. Hablará de caballos de carreras, de patinaje o lucha francesa.»
Y el joven se puso a hablar de caza.
Decía que iba a cazar en su provincia natal y se proclamó: un tirador excelente. Añadió que si no hubiera sido por el defecto físico que le impidió prestar servicio militar, se habría distinguido en la guerra por su precisión en el tiro.
Al advertir la mirada interrogadora de Zhivago, exclamó:
—¡Cómo! ¿No lo ha notado? Creí que sabía ya cuál es mi defecto.
Se sacó del bolsillo y entregó a Yuri Andriéevich dos cartoncillos: uno era su tarjeta de visita. Tenía dos apellidos. Se llamaba Maxim Aristárjovich Klintsov-Pogoriévchik, o simplemente Pogoriévchik, como rogó al doctor que lo llamase en homenaje a su tío, que llevaba el mismo apellido.
Sobre el otro cartón había una cuadrícula llena de manos y dedos cruzados y entrelazados de diversas maneras. Era un alfabeto de bolsillo para sordomudos. De pronto, todo quedó claro.
Pogoriévchik era un discípulo, excepcionalmente dotado, de la escuela de Hartmann o de Ostrogradski, un sordomudo que había aprendido a hablar con inverosímil perfección, sin la ayuda del sonido de las palabras, observando el movimiento de los músculos faciales y de la laringe de su maestro y comprendía a sus interlocutores gracias a este procedimiento.
Relacionando el lugar de origen del joven y la localidad donde cazaba, el doctor le preguntó:
—Perdone mi indiscreción. Puede, si lo desea, no contestarme. Pero, ¿no ha tenido usted alguna relación con la república de Zybúshino y su fundación?
—¿Cómo?... Perdóneme... ¿De manera que usted conoce a Blazheiko?... Pues claro, yo tuve algo que ver allí. Pogoriévchik comenzó a charlotear alegremente, riendo y balanceando el busto de derecha a izquierda y golpeándose frenéticamente las piernas. Y volvió a darse tono. Pogoriévchik dijo que Blazheiko había sido para él un pretexto y Zybúshino un lugar elegido por él para poner en práctica sus ideas. A Yuri Andriéevich le costó un gran esfuerzo seguir su exposición. La filosofía de Pogoriévchik estaba compuesta la mitad por teorías anarquistas y la otra mitad por vulgares cuentos de cazadores.
Con un imperturbable tono de oráculo pronosticaba para un porvenir muy próximo una serie de catastróficos acontecimientos. En su interior Yuri Andriéevich estaba de acuerdo con él y acaso esos acontecimientos fueran inevitables, pero le exasperaba la seguridad llena de prosopopeya con la que el desagradable charlatán lanzaba entre dientes sus profecías.
—Permítame, permítame —trató de objetar Zhivago tímidamente—. Todo eso es cierto, y es posible que suceda. Pero, a mi entender, no es el momento de llevar a cabo experimentos tan arriesgados en medio del caos y el desorden y ante el enemigo que nos arrolla. Es preciso dejar que el país se recobre y repose después de semejante trastorno, antes de lanzarse a otro. Conviene llegar a cierta calma, a cierto orden, aunque sea relativo.
—Eso es una ingenuidad —respondió Pogoriévich—. Lo que usted llama caos es un fenómeno tan normal como el orden de que usted habla y al que ama tanto. Estas destrucciones son la parte lógica y preliminar de un plan constructivo mucho más amplio. Ha de disgregarse de una forma total, y entonces un verdadero poder revolucionario recogerá sus fragmentos para reconstruirla sobre fundamentos nuevos.
Yuri Andriéevich se sintió incómodo y salió al pasillo.
El tren aceleraba su carrera y atravesó así un sector de los alrededores de Moscú. Bosquecillos de abetos corrían hacia las ventanillas y se alejaban de ellas volando, y pasaban una tras otra apretados grupos de dachas y andenes sin cobertizos, llenos de gentes. Volaban y desaparecían a lo lejos en la nube de polvo levantada por el ferrocarril, girando como un carrusel. Silbaba el tren y sus silbidos se multiplicaban a través de los profundos y recónditos ecos del bosque.
De pronto, por primera vez en todos aquellos días, Yuri Andriéevich comprendió con absoluta claridad dónde estaba, qué le había sucedido y qué le aguardaba dentro de una hora o a lo sumo dos.
Tres años de cambios, de cosas imprevistas, de viajes: la guerra, la revolución, trastornos, separaciones, escenas de destrucción y de muerte, puentes volados, incendios y devastaciones. Todo, súbitamente, se le mostró como un enorme vacío desprovisto de contenido. El primer acontecimiento auténtico, después de tan largo intermedio, era este vertiginoso acercamiento del tren a su casa, intacta todavía, existente aún en el mundo, y de la cual amaba cada piedra. Esa era la vida, ésa era la experiencia, eso era lo que enseñaban aquellos que iban en busca de aventuras, eso era la finalidad del arte: volver a sí mismos, hallar de nuevo a los seres queridos, empezar a vivir otra vez.
Los bosques habían terminado. El tren se evadió de los abrazos del follaje. Una ancha colina se perdía a lo lejos con sus suaves declives que terminaban al borde de una barranca. Toda ella estaba cubierta de patatares de color verde oscuro. En la cumbre, donde cesaba la plantación, se hallaban diseminados armazones y cristaleras de invernadero que habían sido desmontadas. Frente a la colina, a la cola del tren, una inmensa nube negrovioleta destacábase en medio del cielo. Tras ella trataban de abrirse paso los rayos del sol refractándose en todas direcciones y encendiendo de cegadores reflejos los cristales del invernadero.
De pronto comenzó a caer de la nube una pesada lluvia oblicua que centelleaba al sol. Caía en gotas apresuradas, con el mismo ritmo con que el tren en marcha resonaba con sus ruedas sobre los raíles, como si quisiera alcanzarlo o temiese quedarse atrás.
Apenas se había fijado en ello el doctor Zhivago cuando, tras una altura, apareció el templo de Cristo Salvador y un instante después las cúpulas, los tejados, las casas y las chimeneas de toda la ciudad.
—Moscú —dijo, volviendo a entrar en su compartimiento—. Ya es hora de prepararse.
Pogoriévchik se levantó de un salto, comenzó a hurgar en el morral de caza y sacó de él un grueso pato.
—Tome —dijo—. Como recuerdo. He pasado todo un día en compañía muy agradable.
Inútilmente el doctor se negó a aceptarlo.
—Bueno —dijo al fin, obligado a tomar el pato—. Lo acepto como un regalo que hace usted a mi mujer.
—¡Para su mujer! ¡Para su mujer! Como regalo para su mujer —repitió Pogoriévchik alegremente, como si por primera vez hubiese oído esta palabra.
Y de tal manera le hicieron estremecer sus carcajadas que el perro salió de su escondite para tomar parte en el regocijo de su amo.
El tren entraba en la estación. En el vagón se hizo la oscuridad, como si fuera de noche. El sordomudo entregó al doctor el pato envuelto en un trozo de un viejo cartel de propaganda política.

VI
ALTO EN MOSCÚ

1

Durante el viaje, inmóvil en el asiento de su compartimiento, parecía como si sólo el tren marchase, y el tiempo se hubiese detenido y fuera aún mediodía. Pero oscurecía ya cuando el coche tomado por el doctor Zhivago se abría paso penosamente entre la multitud reunida en el mercado de la plaza de Smoliensk.
Acaso fuera realmente así, o tal vez las impresiones de ese momento se confundían con la experiencia de años anteriores. La verdad es que creía recordar que ya antes la gente se reunía en el mercado por costumbre, sin un propósito determinado: las cortinas estaban bajadas sobre los mostradores y ni siquiera se les había puesto el candado. En la plaza no había nada que comprar y toda ella estaba llena de basura que nadie retiraba.
Luego le pareció haber visto ya entonces, sobre la acera, a esas viejecitas y viejecitos, flacos y correctamente vestidos, uno junto al otro, mudo reproche para los transeúntes, ofrecer silenciosos cosas que nadie quería comprar: flores artificiales, redondas cafeteras con tapa de cristal y mechero de alcohol, trajes de noche de tul negro, uniformes de ministerios desaparecidos.
La gente de más humilde condición ofrecía cosas más esenciales: toscas rebanadas de pan negro racionado que se endurecía enseguida, sucios y húmedos terrones de azúcar y paquetes de tabaco malo partidos en dos.
Por todo el mercado circulaba una mezcolanza de cosas que aumentaban de precio a medida que pasaban de una mano a otra.
El cochero embocó una de las calles que daban a la plaza. Sobre sus hombros daba el sol, ya en el ocaso. Iba delante un carro vacío traqueteando ruidosamente, levantando columnas de polvo, que bajo aquella luz adquiría un rojizo tono broncíneo.
Por fin lograron adelantar al carro que les obstaculizaba el paso y continuaron avanzando con mayor rapidez. Al doctor Zhivago le sorprendió ver diseminados por todas partes, por las calzadas y las aceras, montones de periódicos atrasados y restos de carteles arrancados de las paredes, que el viento, los cascos de los caballos, las ruedas y los pies de los transeúntes arrastraban de un lado para otro.
Al poco rato, después de haber dejado atrás algunos cruces, en la esquina de dos calles apareció la casa. El coche se detuvo.
Yuri Andriéevich sintió que le faltaba el aliento y que su corazón latía apresuradamente cuando, después de haber descendido del simón, se acercó a la entrada y tiró del cordón de la campanilla. Pero la campanilla no emitió sonido alguno. Nadie acudía a abrir. Yuri Andriéevich tiró de nuevo del cordón. Pero como este segundo intento no produjo ningún resultado, comenzó a golpear la puerta a breves intervalos y con creciente inquietud, hasta que se abrió el portón ante Antonina Alexándrovna. Al principio, los dos se quedaron petrificados por la sorpresa, palidecieron y no pudieron oír sus propias exclamaciones. Antonina Alexándrovna mantenía abierta la puerta sujetándola con la mano y era como si sugiriese un abrazo. Repuestos de su aturdimiento, se lanzaron frenéticamente uno en brazos del otro. E instantes después comenzaron los dos a hablar al mismo tiempo, interrumpiéndose mutuamente.
—Antes que nada: ¿estáis bien?
—Sí, sí, tranquilízate. Todo marcha bien. Te escribí tonterías y debes perdonarme. Pero ya hablaremos. ¿Por qué no telegrafiaste? Márkel te subirá el equipaje. ¡Ah! Comprendo que te hayas preocupado porque no te ha abierto Yegórovna. Está en el campo.
—Estás muy delgada. Pero ¡qué joven y esbelta eres! Voy a despedir al cochero.
—Yegórovna ha ido a buscar harina. Hemos tenido que despedir a los demás. Pero tenemos una criada nueva. No la conoces. Se cuida de Sáshenka y se llama Niusha. No tenemos a nadie más. A todos les hemos dicho que llegarías y están impacientes. Gordón, Dúdorov, todos.
—¿Cómo está Sáshenka?
—Está bien, gracias a Dios. Acaba de despertarse. Si no estuvieras tan lleno de polvo por el viaje, podrías verlo enseguida.
—¿Papá está en casa?
—¿No te lo escribí? Desde la mañana a la noche está en la duma del distrito. Es el presidente, ¿te imaginas? ¿Pagaste al cochero? ¡Márkel! ¡Márkel!
Estaban en medio de la acera, con una maleta y una cesta en la mano, impidiendo el paso, y los peatones, rodeándolos para pasar, los miraban de pies a cabeza y contemplaban el coche que se alejaba y el portal abierto, en espera de ver qué sucedería.
Márkel, con el chaleco puesto sobre su camisa de indiana y en la mano la gorra de portero, acudía corriendo y lanzando exclamaciones.
—¡Santo Dios de los cielos! ¡Es Yura! Sí, sí, el mismo, nuestro aguilucho. Yuri Andriéevich, Yuri Andriéevich, luz de nuestros ojos, no olvidaste a los tuyos y has regresado al hogar. ¡Eh! ¿Qué diantre estáis esperando? ¡Largaos! Aquí no se os ha perdido nada dijo, dirigiéndose a los mirones—. Vamos, circulen, señores. Talmente como si se hubiesen pasmado.
—Buenos días, Márkel, dame un abrazo. Ponte la gorra, condenado. ¿Qué hay de nuevo? ¿Cómo están tu mujer y tu hija?
—¿Qué quieres que hagan? Crecen, gracias. ¿Que qué hay de nuevo? Mientras tú hacías el héroe por ahí, tampoco nosotros estábamos mano sobre mano. Se ha armado tal lío que ni el diablo es capaz de entender nada. No se sabe qué pasa. No limpian las calles, no arreglan las casas, las tripas suenan vacías como en los tiempos de ayuno, sin anexiones ni contribuciones.
—Márkel, me quejaré de ti a Yuri Andriéevich. Siempre está de este humor, ¿sabes, Yúrochka? Me saca de quicio este tono estúpido. Sin duda está haciendo un esfuerzo por ti, porque se imagina que esto te gusta. Pero tiene algo metido entre ceja y ceja. Sí, Márkel, no trates de justificarte. Eres un alma negra, Márkel. Ya es tiempo de que sientes cabeza. Diríase que estás al servicio de los comerciantes.
Cuando hubo llevado el equipaje al vestíbulo y cerrado la puerta, Márkel siguió diciendo en voz baja y con tono de complicidad:
—Antonina Alexándrovna se pone furiosa, ya la oíste. Y siempre lo mismo. Me dice: «Oye, Márkel, por dentro estás todo negro como el hollín de las chimeneas. Ahora, dice, ya no eres un niño, ya no eres gozquecillo, un perrito de salón. Ahora ya debes comprender y tener sensatez.» Que eso sea verdad y natural no se lo discuto y, lo creas o no lo creas, hay gente que ha leído el libro sobre el masón que ha de venir, el libro que durante ciento cuarenta años estuvo debajo de una piedra. Y te diré lo que pienso, Yura: nos han vendido, vendido, Yúrochka, ¿comprendes?, vendido y no por una perra chica o gorda, no por un trozo de pan o un paquete de tabaco. Mira, Antonina Alexándrovna no me deja decir una palabra. ¿Lo estás viendo? Me hace señas para indicarme que ya está harta.
Naturalmente que lo estoy. Basta ya. Llévate el equipaje y gracias. Vete, Márkel. Si te necesita, Yuri Andriéevich te llamará.
2

—¡Por fin nos ha dejado en paz! Pero no debes hacerle caso. Es un payaso. Ante los demás se hace el tonto, pero a escondidas está afilando el cuchillo. Sólo que el hipócrita no sabe todavía sobre quién clavarlo.
—Bueno, déjalo tú también. Me parece, simplemente, que está un poco achispado y por esto hace payasadas, nada más.
—Dime más bien cuándo no está borracho. Pero que se vaya al diablo. Tengo miedo de que Sáshenka no haya vuelto a dormirse. Si no fuera por el tifus que se pilla en los trenes... ¿Tienes piojos?
—Creo que no. He viajado cómodamente, como antes de la guerra. ¿Quieres que me lave un poco? Me lavaré ahora de cualquier manera y después lo haré como es debido. Pero ¿adónde vas? ¿Por qué no pasas por el saloncito? ¿Vas por otro lado para subir las escaleras?
—¡Ah, sí! Es verdad que no sabes nada. Papá y yo, después de pensarlo mucho, hemos cedido una parte del entresuelo a la Academia agrícola. Si no, en invierno, no es posible calentarlo todo. También la parte de arriba resulta demasiado grande. Se la hemos ofrecido, pero por ahora no nos han contestado. Han instalado aquí sus gabinetes de trabajo, herbarios y colecciones de semillas. Con tal de que todas esas semillas no atraigan las ratas... Por el momento conservan bien las habitaciones. Las llaman «superficies habitables». Por aquí, por aquí. ¡Qué poco despabilado eres! Se pasa por la escalera de servicio. ¿Comprendes ahora? Sígueme, te enseñare el camino.
—Hicisteis bien en ceder las habitaciones. También el hospital donde yo trabajaba estaba instalado en una casa señorial. Había interminables filas de habitaciones, en alguna de las cuales el parquet estaba todavía por estrenar. Había macetones con palmeras y por la noche aquellas hojas extendían sobre las camas sus largos dedos, como si fuesen fantasmas. Los heridos que venían del frente les tenían miedo y gritaban dormidos. Hubo que llevarlas a otra parte. Quiero decir que en la vida de la gente rica hay algo morboso. Una infinidad de cosas inútiles. Demasiados muebles, demasiadas habitaciones en las casas, demasiada delicadeza de sentimientos, demasiadas maneras de expresarse. Habéis hecho bien imponiéndoos esas restricciones. Pero todavía no basta. Hay que llegar a más.
—¿Qué es eso que sale de este paquete? Un pico... una cabeza de pato... ¡Qué estupendo! ¡Un pato silvestre! ¿De dónde lo has sacado? ¡No puedo creerlo! En los tiempos que corren resulta una verdadera fortuna.
—Me lo regalaron en el tren. Es una historia larga de contar. Luego te la contaré. ¿Qué te parece, soltamos el paquete y lo llevamos a la cocina?
—Claro. Le diré a Niusha que lo desplume y lo limpie. Para el invierno que viene se anuncia toda clase de horrores, hambre y frío.
—Sí, lo dicen por todas partes. No hace mucho, mirando a través de la ventanilla del tren me preguntaba si podía haber algo más grande que la paz en la familia y el trabajo. Lo demás no depende de nosotros. Es posible que muchos tengan que pasar una mala situación. Algunos piensan refugiarse en el sur, en el Cáucaso o incluso más lejos. Pero un hombre ha de apretar los dientes y compartir la suerte de su país. Eso, para mí, no tiene discusión. Para vosotros es distinto. Me gustaría protegeros contra cualquier desgracia, enviaros a algún lugar más seguro, a Finlandia, por ejemplo. Pero si continuamos parándonos en cada escalón, no llegaremos nunca.
—Espera, escúchame. Hay una novedad. ¡Y qué novedad! Lo había olvidado. Ha llegado Nikolái Nikoláevich.
—¿Qué Nikolái Nikoláevich?
—Tío Kolia.
—¡Tonia! ¡Imposible! ¿Qué buenos vientos lo han traído aquí?
—Ha venido de Suiza. Ha venido dando un rodeo porque se va a Londres. A través de Finlandia.
—¿Qué broma es ésta, Tonia? ¿Lo has visto? ¿Dónde está ahora? ¿No hay posibilidad de ir a buscarlo inmediatamente?
—¡Qué impaciencia! Está en el campo en casa de algún amigo. Prometió volver pasado mañana. Ha cambiado mucho, te llevarás una desilusión. Durante su viaje se detuvo en Petersburgo y se hizo bolchevique. Papá discute constantemente con él hasta quedarse afónico. Pero ¿por qué nos detenemos a cada paso? Vamos. ¿De modo que tú también has oído decir que no nos espera nada bueno, sino dificultades, peligros, lo desconocido?
—Si, yo también he oído decir eso, pero ¡qué vamos a hacer! Lucharemos. No puede ser el fin para todos. Veremos qué hacen los demás.
—Se dice que vamos a quedarnos sin leña, sin agua y sin luz. Cambiarán la moneda. No habrá aprovisionamiento. Otra vez nos hemos parado. Vamos, vamos. Oye, dicen que van muy bien unas estufas de hierro que se venden en una tienda de Arbat. Se puede cocinar utilizando periódicos como combustible. Me han dado la dirección. Tendremos que comprar una antes de que las terminen.
—Bueno. Ya la compraremos. Muy bien, Tonia. Pero háblame de Kolia, del tío Kolia. ¡Me parece mentira!
—Tengo un plan, verás: preparar parte del piso de arriba e instalarnos aquí con papá, Sáshenka y Niusha, en dos o tres habitaciones que se comuniquen, al fondo del piso, y renunciar completamente al resto de la casa. Nos aislaríamos de lo demás como si fuera la calle. Colocaríamos una de esas estufitas de hierro en la habitación de en medio, sacando el tubo por la ventana, y todo se haría en ese cuarto: la colada, la cocina. Sería también el comedor y recibiríamos allí a los amigos. Lo instalaríamos todo para ahorrar calefacción. Si Dios quiere, pasaremos buen invierno.
—¿Cómo no? Naturalmente que pasaremos buen invierno. No hay duda. Es una buena idea. Magnífico. ¿Sabes lo que te digo? Celebraremos tu proyecto. Asaremos mi pato e invitaremos al tío Kolia para la mudanza.
—Me parece muy bien. Le diré a Gordón que traiga alcohol. Lo consigue en un laboratorio. Pero mira: éste es el cuarto de que te hablaba, el que he elegido. ¿Te parece bien? Deja la maleta y ve a buscar la cesta. Aparte del tío Kolia y Gordón, podríamos invitar también a Innokienti y Shura Schlésinger. ¿Estás de acuerdo? ¿Recuerdas dónde estaba nuestro cuarto de baño? Échate algo desinfectante. Yo, mientras tanto, iré a ver a Sáshenka, enviaré a Niusha abajo y, en cuanto sea posible, te llamaré.
3

En Moscú la principal novedad para él fue el niño. Sáshenka acababa de nacer cuando a él lo movilizaron. ¿Qué podía saber de su hijo?
Un día, antes de incorporarse, Yuri Andriéevich estuvo en la clínica para despedirse de Tonia. Llegó en el momento de dar el pecho a los niños y no lo dejaron entrar.
Para esperar se sentó en el vestíbulo. Mientras tanto, el largo corredor de la sala de recién nacidos, que formaba ángulo con el de la sala de parturientas, se llenó con el lloriqueo de diez o quince voces infantiles. Y las enfermeras, rápidamente, para que los niños no pillaran frío, llevaban a las criaturitas a sus madres para que les dieran el pecho, sosteniéndolas bajo la axila, como si fueran paquetes.
—Ué, ué —lloraban como por obligación los niños en una misma nota y sin darse cuenta.
En aquel coro distinguíase una voz que chillaba igualmente «ué, ué», sin el más pequeño matiz de sufrimiento, pero parecía que ese niño, con su tono más bajo, no lo hacía por obligación, sino con cierta animosidad sombría.
Yuri Andriéevich ya había decidido llamar a su hijo como su suegro, Alexandr. Sin saber por qué, imaginó que era el que lloraba de aquella forma porque aquel era un llanto con un carácter, un llanto que expresaba la índole y el destino de un hombre, un llanto fonéticamente expresivo, que contenía en sí el nombre del niño, Alexandr.
Y no se había equivocado. Como supo luego, el niño que lloraba de aquella forma era Sáshenka. Eso fue lo primero que supo de su hijo.
Luego lo había visto en las fotografías que le enviaban al frente junto con las cartas. En ellas aparecía como un chiquillo alegre, con la cabeza demasiado grande y los labios muy delgados. Con las piernas abiertas sobre una colcha y los brazos levantados, parecía bailar a la cosaca. Entonces tenía un año y aprendía a caminar. Ahora iba a cumplir dos y empezaba a hablar.
Yuri Andriéevich recogió la maleta del suelo, soltó las correas y la abrió sobre una mesa de juego, junto a la ventana. ¿Qué había sido antes aquella habitación? No la conocía. Evidentemente Tonia había retirado de ella los viejos muebles arreglándola de otra manera.
Abrió la maleta para sacar la navaja de afeitar. Entre las pequeñas columnas del campanario de la iglesia que surgía precisamente frente a la maleta, se mostró una clara luna llena. Cuando su luz llegó hasta la maleta, la ropa interior, los libros y objetos de tocador, toda la habitación pareció iluminarse de otro modo y la reconoció.
En otros tiempos fue el cuarto que la difunta Anna Ivánovna destinó para trastero. Allí se amontonaban mesas y sillas rotas, toda clase de cachivaches, el archivo de la familia y los baúles en los que durante el verano se guardaban las prendas de invierno. Cuando ella vivía, el cuarto estaba lleno hasta el techo y a nadie se le permitía entrar en él. Pero con motivo de las fiestas importantes, cuando la casa se llenaba de niños que podían jugar y corretear por el piso de arriba, entonces se abría también aquel cuarto y la chiquillería jugaba en él a los bandidos, se escondía bajo las mesas, se tiznaba la cara con tapones quemados y se disfrazaba.
Durante largo rato permaneció sumido en estos recuerdos, y luego descendió al vestíbulo en busca de la cesta.
Abajo, en la cocina, de rodillas ante el hornillo, Niusha desplumaba el pato sobre una hoja de periódico. Era una muchacha tímida y vergonzosa. Al ver a Yuri Andriéevich con la cesta en la mano, se puso roja como un tomate, se levantó ágilmente sacudiéndose las plumas que se le habían pegado al delantal, lo saludó y se ofreció para ayudarle. El doctor le dio las gracias y le dijo que, se valdría solo.
Apenas hubo entrado en el trastero de Anna Ivánovna, desde el fondo de la segunda o tercera habitación lo llamó su mujer:
—¡Ya puedes venir, Yura!
Fue a ver a Sáshenka. La habitación del niño era la misma en la que, en otros tiempos, él y Tonia estudiaban. El chiquillo que estaba en la camita no resultaba tan bello como en las fotografías, pero, en compensación, era el vivo retrato de la abuela paterna, de María Nikoláevna Zhivago, un retrato realmente sorprendente, el más parecido de todos los retratos que se conservaban de ella.
—Es papá, tu papá. Salúdalo con la manita —dijo Antonina Alexándrovna, apartando la red que rodeaba la cuna, para que el padre pudiera abrazar más cómodamente al niño y tomarlo en brazos.
Sáshenka dejó acercarse al desconocido barbudo, por quien no sentía atracción alguna y más bien le daba miedo. Y cuando el doctor se inclinó sobre él, el chiquillo se levantó de un salto, agarró a Tonia de la blusa y tomando impulso dio una bofetada a su padre. Le aterrorizó tanto su audacia que se arrojó en brazos de su madre, ocultó el rostro en su pecho y se echó a llorar con sollozos amargos e inconsolables, como es el llanto de un niño.
—¡Oh! ¿No te da vergüenza?—le dijo Antonina Alexándrovna—. Esto no se hace, Sáshenka. Papá creerá que Sasha es un niño malo, un granujilla. Demúestrale cómo sabes dar besos. Anda, besa a papá. No llores, no tienes por qué llorar, no seas estúpido.
—Déjalo, Tonia —rogó el doctor Zhivago—. No lo atormentes ni te aflijas. Sé perfectamente lo que estás pensando. Que esto no es normal y que es un mal signo. Son tonterías. Es natural: el niño no me ha visto nunca. Mañana me verá otra vez y me querrá.
Pero salió de la habitación como si hubiese recibido una ducha fría, bajo la impresión de un triste presentimiento.
4

A los pocos días, descubrió hasta qué punto estaba solo. No culpaba a nadie. El lo había querido y lo consiguió.
Sus amigos le parecieron extrañamente descoloridos y apagados. Ninguno había conservado ni su propia personalidad ni sus propias ideas. Estaban mucho más vivos en su recuerdo. Sin duda les había sobreestimado.
Mientras el orden de cosas permitió a los privilegiados cometer rarezas y ser caprichosos a costa de los no privilegiados, ¡qué fácil había sido considerar originalidad y carácter lo que sólo era extravagancia y ese derecho a ser inútil de que gozaba una minoría a costa de la masa!
Pero apenas la masa se levantó y fueron suprimidas las ventajas de los privilegiados de la buena sociedad, todo el mundo perdió el color que lo caracterizaba, y, sin esfuerzo, renunciaron a una originalidad de pensamiento que jamás habían tenido realmente.
Ahora Yuri Andriéevich sentía cerca solamente a aquellas personas despojadas de énfasis y retórica: su mujer y su suegro, y dos o tres médicos, sencillos y modestos trabajadores.
El banquete del pato rociado con alcohol se celebró, como se había proyectado, dos o tres días después de su llegada, por lo cual tuvo antes tiempo de volver a ver a los amigos. De manera que aquél no fue su primer encuentro.
El pato, que estaba realmente gordo, fue un lujo inaudito en aquellos tiempos de hambre, pero faltaba el pan para acompañarlo, y eso hacía que aquel lujo resultase insensato e incluso irritante.
Gordón llevó el alcohol en una botella de tapón esmerilado. El alcohol era el artículo preferido como intercambio entre los vendedores clandestinos. Antonina Alexándrovna no soltó un instante la botella y, cuando a ella le parecía bien, servía pequeñas dosis que mezclaba más o menos generosamente con agua, según su capricho. La embriaguez que proporciona la absorción de alcohol en cantidades desiguales es para muchos más penosa que una embriaguez fuerte y regular. Y eso también resultaba irritante.
Pero lo más triste era que aquella velada venía a ser una traición, habida cuenta de las condiciones de vida de la época. Efectivamente, no era posible imaginar que, en aquel momento, en las casas del otro lado de la calle, los vecinos comieran y bebieran de la misma forma. Más allá de la ventana se extendía Moscú, oscuro, silencioso y hambriento. Sus tiendas estaban vacías y la gente había olvidado incluso la existencia de cosas como la caza y la vodka.
Entonces comprendieron que la vida cuando es igual a la que nos rodea, la vida que se sumerge en la vida de todos sin dejar señal, es verdadera vida, y que la felicidad solitaria no es felicidad, ya que el pato y el alcohol, al ser únicos en la ciudad, no parecían ser ni pato ni alcohol. Y eso era mucho más amargo que cualquier otra cosa.
También los invitados daban pie a melancólicas reflexiones. Gordón había sido un muchacho simpático mientras sus pensamientos fueron oscuros y difíciles y se expresó de una manera densa, triste e inconexa. Había sido el mejor amigo de Yuri Andriéevich. Sus condiscípulos lo querían de veras.
Pero ahora sentíase satisfecho de sí mismo y había introducido algunas modificaciones poco felices en su fisonomía moral. Habíase hecho audaz, se las daba de despreocupado y siempre tenía algo que contar con la pretensión de que era inteligente. Solía decir: «interesante» y «divertido», palabras que no eran suyas, porque jamás consideró la vida como una distracción.
Antes de que llegase Dúdorov, contó una historia que le pareció divertida: la historia del matrimonio Dúdorov, que circulaba entre los amigos, y que Yuri Andriéevich no conocía aún.
Hacía apenas un año que Dúdorov se había casado, y divorciado después. La gracia de la aventura residía en esto: por error había sido llamado a filas. Mientras se hallaba prestando servicio, antes de que el error se aclarase, su distracción y su irregularidad en saludar a sus superiores le habían valido constantes arrestos. Mucho tiempo después de haber sido licenciado, apenas veía a un oficial, levantaba la mano, tenía alucinaciones y por todas partes creía ver galones y estrellas.
En aquel tiempo no lograba hacer nada a derechas, y cometía lapsus y equivocaciones. Precisamente entonces, en un puerto del Volga, conoció a dos muchachas hermanas que esperaban el mismo barco que él. Parece ser que por una distracción causada por el gran número de militares que se encontraban en aquel lugar y por los recuerdos de sus vicisitudes a propósito del saludo militar, habiéndose enamorado de la mayor, no se fijó bien, y por equivocación se declaró precipitadamente a la más pequeña.
—Divertido, ¿verdad?—preguntó Gordón.
Pero tuvo que interrumpir su relato: tras la puerta se oyó la voz del protagonista de la poco verosímil historia.
En Dúdorov se había producido un cambio completamente opuesto. El hombre aturdido y superficial de antaño se había convertido en un estudioso concentrado en sí mismo.
Cuando fue expulsado del liceo por haber tomado parte en la preparación de una evasión de políticos, durante algún tiempo vagó por diversas escuelas de bellas artes, pero al fin echó raíces en el estudio de humanidades. Retrasado con respecto a sus compañeros, terminó sus estudios durante los años de guerra y se licenció en historia rusa e historia universal. Para doctorarse en una y otra escribió una tesis sobre la política agraria de Iván el Terrible y un ensayo sobre Saint-Just.
Ahora hablaba de todo con una voz baja, como de resfriado, mirando con aire soñador a un punto fijo, sin bajar ni levantar los ojos, como si hablase en una cátedra.
Hacia el final de la velada, cuando Shura Schlésinger irrumpió con su ímpetu de siempre, y todos, ya caldeado el ambiente, gritaban a más y mejor, Innokienti, a quien Yuri Andriéevich habló de usted incluso cuando eran niños, le preguntó en varias ocasiones:
—¿Ha leído usted La guerra y el universo y La flauta vertebral?
Yuri Andriéevich le había dicho ya lo que pensaba sobre ello, pero Dúdorov, debido a la general algarabía, no lo oyó y al cabo de un rato volvió a preguntar:
—¿Ha leído La flauta vertebral y El hombre?
—Ya le respondí, Innokienti. No tengo la culpa de que no me haya oído. Pero se lo repetiré. Maiakovski me ha gustado siempre. Es una especie de continuación de Dostoievski. O mejor dicho: la suya es una poesía más propia de alguno de sus personajes más inquietos y jóvenes, como Hippolit, Raskólnikov o el protagonista de El adolescente. ¡Qué talento más abrumador! ¡De qué manera logra decirlo todo, de una vez para siempre y de un modo desordenado, pero totalmente coherente! Y, sobre todo, ¡con qué audacia e impulso lanza todas estas cosas en cara de la sociedad e incluso más lejos, en el espacio!
Pero la atracción de la velada fue, naturalmente, su tío. Antonina Alexándrovna se había equivocado diciendo que estaba en el campo. Nikolái Nikoláevich regresó el mismo día de la llegada de su sobrino y se encontraba en la ciudad. Yuri Andriéevich lo vio ya en dos o tres ocasiones y había logrado hablar con él de todo, sorprenderse y reírse de una infinidad de cosas.
Su primer encuentro tuvo efecto un día gris y bochornoso. Caía una espesa llovizna. Yuri Andriéevich fue a ver a su tío al hotel en que se hospedaba. Entonces las habitaciones de los hoteles se concedían sólo mediante petición hecha a las autoridades de la ciudad. Pero a Nikolái Nikolaévich lo conocían en todas partes, y había conservado sus antiguas relaciones.
El hotel daba la impresión de un manicomio abandonado por una administración en fuga. Por las escaleras y pasillos reinaba el vacío, el caos y la confusión.
Por la amplia ventana de la habitación en desorden veíase la ancha plaza, desierta en aquellos días de desolación, alucinantes como una pesadilla nocturna.
Fue un encuentro extraordinario, inolvidable, realmente memorable. El ídolo de su infancia, el señor de los pensamientos de su adolescencia, hallábase de nuevo ante él, vivo en carne y huesos.
A Nikolái Nikoláevich le sentaban bien los cabellos blancos y el ancho traje de corte extranjero. Su edad y su aspecto lo hacían todavía muy juvenil.
Evidentemente, la inmensidad de los acontecimientos lo había achicado, como ensombrecido. Pero la verdad era que Yuri Andriéevich no podía medirlo con semejante patrón.
Le sorprendió su calma y el tono fríamente burlón con que hablaba de política. Su capacidad de dominarse era superior a la de cualquier ruso en aquellas circunstancias. En esto se evidenciaba que venía del extranjero, y su despego, que saltaba demasiado a la vista, causaba cierto malestar.
Pero fue muy distinto el sentimiento que llenó las horas que pasaron juntos. Se habían abrazado y echado a llorar, y con el aliento entrecortado por la emoción, interrumpieron con frecuentes pausas su rápido diálogo lleno de entusiasmo.
Temperamentos creadores los dos, vinculados por una misma sangre, habían vuelto a encontrarse a sí mismos. Renació el pasado y revivieron una nueva vida con su torrente de recuerdos comunes o personales. Cuando comenzaron a hablar de lo esencial, de esas cosas familiares a los verdaderos creadores, desaparecieron todos los vínculos que los unían, excepto uno solo: la afinidad existente entre pensamiento y pensamiento, entre dos energías, entre un determinado principio y otro.
En los últimos diez años, Nikolái Nikoláevich no tuvo nunca ocasión, como esta vez, de hablar de manera más lógica y oportuna del goce de crear y de su vocación de escritor. Por su parte, Yuri Andriéevich no había oído nunca opiniones tan exactas y penetrantes ni tan fascinadoramente atractivas como durante esta conversación.
A cada momento los dos lanzaban exclamaciones y paseaban por la habitación apretándose la cabeza entre las manos, por la correspondencia de sus intuiciones, o se detenían junto a la ventana y tamborileaban, sin decir nada, sobre los cristales, turbados por la evidencia material de su recíproca comprensión.
Eso sucedió en el primer encuentro. Luego el doctor Zhivago vio en otras ocasiones a Nikolái Nikoláevich. En sociedad y entre la gente era una persona muy distinta, irreconocible.
Dábase cuenta de que era un huésped en Moscú y no quería renunciar a esta impresión. Por otra parte, no estaba claro si consideraba a Petersburgo u otro lugar cualquiera como si fuese su casa. Le seducía su papel de orador político y conversador deslumbrante. Tal vez imaginaba que en Moscú se abrirían salones políticos como sucedía en París, antes de la Convención, en la casa de Madame Roland.
Visitaba a sus amigas, acogedoras damas que vivían en tranquilas y pequeñas calles moscovitas. Con mucha gracia se burlaba de ellas y de sus maridos, de su medianía, de sus ideas atrasadas y de su costumbre de verlo y considerarlo todo desde su punto de vista personal. Si en otro tiempo había citado libros clandestinos y textos órficos, ahora su erudición se limitaba a lo superficial y periodístico.
Contábase que había dejado en Suiza a una amante joven, negocios en marcha y un libro inacabado, y que vino simplemente a sumirse en la impetuosa borrasca de la patria, para marcharse de nuevo, si salía incólume a la superficie, a sus queridos Alpes. Y nadie entonces volvería a verlo nunca más.
Estaba al lado de los bolcheviques y a menudo hablaba de dos destacados revolucionarios socialistas de izquierda, como si fueran personas de sus mismas ideas: un periodista, que firmaba con el seudónimo de Míroshka Pomor, y la publicista Silvia Koterí.
Alexandr Alexándrovich Gromeko lo cubría de gruñones reproches:
—Realmente asusta ver hasta dónde has llegado, Nikolái Nikoláevich. Todos esos Míroshka... ¡Gentecilla y nada más! Y la tal Lidia Pokorí...
—Koterí —corregía Nikolái Nikoláevich—. Y además se llama Silvia.
—Me da igual una cosa que otra. Pokorí o Potpourri, no es la palabra lo que importa.
—De todos modos, perdóname que te diga que se llama Koterí —insistía pacientemente Nikolái Nikoláevich.
El y Alexándr Alexandrovich tenían diálogos de este tipo:
—¿Para qué discutir? Es sencillamente vergonzoso tratar de demostrar verdades de este género. Es elemental. Durante siglos la masa del pueblo ha llevado una existencia inimaginable. Coge cualquier manual de historia. Cualquiera que sea su nombre, feudalismo o servidumbre de la gleba, o capitalismo y economía industrial, el carácter innatural e injusto de tal sistema ha sido denunciado hace mucho tiempo y también desde hace mucho tiempo se ha preparado la revolución que debe liberar al pueblo y poner las cosas en su sitio.
—Sabes que no es posible una renovación parcial del pasado, de lo que ya es viejo: hay que arrancarlo de raíz. Acaso esto, como consecuencia, haga que se derrumbe el edificio. ¿Y qué? El hecho de que esto sea terrible no quiere decir que no pueda ser. Es cuestión de tiempo. ¿Cómo es posible discutirlo?
—Pero no se trata de esto. ¿Acaso estoy hablando de semejante cosa? ¿Qué es lo que sostengo?—protestaba Alexandr Alexándrovich.
Y la discusión volvía a ponerse al rojo vivo.
—Tus Potpourris y Miroshkas son gente sin conciencia. Dicen una cosa y hacen lo que les da la gana. Además, ¿dónde está la lógica? No hay coherencia en nada. Espera, que te lo demostraré.
Y buscaba una revista en la que se había publicado un artículo lleno de contradicciones. Para buscarlo, abría y cerraba ruidosamente los cajones de su mesa y todo este ruido despertaba su elocuencia.
A Alexandr Alexándrovich le gustaba que algo le interrumpiese en la conversación, cuando algún obstáculo justificaba sus pausas en su charla, y sus vacilaciones.
En general, su facundia surgía repentinamente cuando buscaba algo que había perdido, por ejemplo uno de los chanclos, en la penumbra de la antesala, o cuando, con una toalla al hombro, se detenía a la entrada del cuarto de baño, o si en la mesa servían un plato pesado, o cuando escanciaba el vino en las copas de sus huéspedes.
Yuri Andriéevich escuchaba encantado a su suegro. Le gustaba mucho aquella manera tan familiar de hablar, canturreando según la antigua forma moscovita, con la erre suave, semejante a un mayido, tan corriente en todos los Gromeko.
El labio superior de Alexandr Alexándrovich, cubierto por el bigote, montaba ligeramente sobre el inferior, del mismo modo que su corbata de lazo se destacaba sobre el pecho. Había algo de común entre aquel labio y la corbata, algo que prestaba a Alexandr Alexándrovich un aire conmovedor, confiadamente infantil.
Ya avanzada la noche, poco antes de que los invitados se fueran, compareció Shura Schlésinger. Venía directamente de algún mitin, con chaqueta y gorro de obrero. Entró con pasos decididos y estrechó las manos a todos, deshaciéndose al mismo tiempo en reproches y acusaciones.
—Hola, Tonia. Hola, Sániechka. Confesad que es una porquería. Por todas partes he oído decir que ha llegado, todo Moscú habla y yo soy la última en enterarme. ¡Que el diablo os lleve! Se ve que no merezco semejante honor. ¿Dónde está el hijo pródigo? Dejadme pasar. Apartaos de en medio. ¡Hola! Bravo, bravo, lo he leído. No entiendo nada, pero es genial. Se ve enseguida. Nikolái Nikoláevich. Enseguida estoy contigo, Yúrochka. He de hablar larga y particularmente contigo. ¡Hola, muchachos! ¡Ah, también tú, Gógochka!
La última exclamación estaba dedicada a un pariente lejano de los Gromeko, Gógochka, un gran admirador de la fuerza en general. Por su ridiculez y su manera de reírse de cualquier cosa, le llamaban Akulka[33]. Y por su alta estatura, gusano solitario.
—Pero ¿qué cuchipanda es ésta? Enseguida os alcanzo. ¡Ah, señores, señores! No sabéis nada, no veis nada. ¡Con lo que está pasando en el mundo! ¡Hay que ver qué cosas! Id a cualquier mitin popular, con obreros de verdad, con soldados de veras, no sacados de los libros. Intentad decirles que hay que seguir la guerra hasta la victoria. ¡Ya os darán ellos, la victoria! Precisamente acabo de oír a un marino. Te hubieses vuelto loco, Yúrochka. ¡Qué pasión! ¡Qué carácter!
Shura Schlésinger se interrumpió. Todos gritaban, tratando de exponer sus ideas, unos en un sentido y otros en otro. Ella se sentó junto a Yuri Andriéevich, le tomó una mano y, acercando su cara a la de él para que lo oyera mejor, comenzó a hablar en voz alta, siempre en el mismo tono, como si hablase por teléfono:
—Vámonos juntos, Yúrochka. Te haré conocer a la gente. Debes ponerte en contacto con la tierra, ¿comprendes?, como Anteo. ¿Por qué me miras con esos ojos? ¿Qué cosa te sorprende? ¿No sabes, Yúrochka, que soy un viejo caballo de batalla, una vieja «bestuzheviana»?[34]. He conocido las cárceles, he luchado en las barricadas. ¡Claro que sí! ¿Qué te habías creído? ¡No sabemos nada del pueblo! Ahora estoy allí con ellos. Estoy organizando una biblioteca.
Había bebido mucho y estaba un poco achispada. Pero también a Yuri Andriéevich le daba vueltas la cabeza. Por eso no se dio cuenta de que en un instante determinado Shura Schlésinger se encontró en un extremo de la habitación y él en el otro, en una esquina de la mesa. El estaba de pie y hablaba como a pesar suyo. Pero no lograba que se callase nadie.
—Señores... Yo quisiera... ¡Misha! ¡Gógochka!... ¿Qué puedo hacer, Tonia, si no me escuchan? Señores dejadme decir dos palabras. Se prepara algo nunca visto, algo que jamás ha sucedido. Antes de que sea demasiado tarde, os voy a decir una cosa. Cuando eso llegue, Dios quisiera que no nos perdamos los unos a los otros ni nos perdamos a nosotros mismos. Gógochka, espera un momento antes de gritar tus vivas. No he terminado aún. Dejad de hablar y escuchadme.
»En este tercer año de guerra el pueblo ha adquirido la convicción de que más tarde o más temprano desaparecerán los límites entre el frente y la retaguardia, que un mar de sangre lo inundará todo, anegando incluso a aquellos que, previéndolo, se han atrincherado y fortificado en la retaguardia. Este mar de sangre será la revolución.
»Mientras ella se desencadene os parecerá, como nos pareció a nosotros en la guerra, que la vida se ha interrumpido, que se acabó todo lo personal y que ya no existe nada sobre la tierra, excepto matar y hacerse matar. Y si vivimos lo bastante para leer recuerdos y memorias de esta época, tendremos la convicción de haber vivido en cinco o diez años mucho más que algunos hombres en un siglo.
»Yo no sé si el pueblo mismo será el que se levante y se ponga en marcha, o si todo se hará en su nombre. En acontecimientos de esa importancia, ni siquiera puede confiarse en una lógica dramática. A pesar de todo, yo tendré confianza. Es una mezquindad buscar las causas de acontecimientos gigantescos. No las hay. Las disputas domésticas tienen su génesis: después de haber andado a la greña o haberse tirado los platos a la cabeza, uno se esfuerza en saber quién ha empezado. Pero lo realmente grande, como el universo, no tiene principio. Lo que es grande llega sin que se haya visto venir, como si siempre hubiera estado ahí, o como si hubiese caído del cielo. Yo también creo que corresponde a Rusia ser el primer imperio socialista desde la creación del mundo. Cuando esto suceda, durante mucho tiempo estaremos aturdidos, y cuando nos recobremos, se nos habrá perdido su recuerdo. Habremos olvidado una parte del pasado y no trataremos de explicarnos lo imposible. El orden nuevo nos será tan familiar como el bosque en el horizonte y las nubes sobre nuestras cabezas. Nos rodeará por todas partes. Y no habrá nada más.
Siguió hablando y se disipó su embriaguez. Pero continuaba sin comprender del todo lo que hablaban a su alrededor y respondía a la buena de Dios. Veía que era objeto de una general manifestación de afecto, pero no lograba liberarse de la tristeza que lo dominaba y hacía distinto a los demás. Dijo:
—Gracias, gracias. Comprendo vuestros sentimientos. No los merezco. No hay que apresurarse en querer a nadie, como si uno tuviera que precaverse ante el temor de que llegue un día en que se ame demasiado.
Todos rieron y aplaudieron, considerando estas palabras como una broma adrede, mientras él hubiese deseado desaparecer a causa de una sensación de pena inminente, de dolor, presintiendo casi su futura impotencia, a pesar de su sed de bien y su disposición a la felicidad.
Los huéspedes se apresuraron a salir. Todos tenían en la cara huellas de cansancio y, abriendo y cerrando la boca con sus bostezos, recordaban a los caballos.
Mientras se despedían, alguien levantó la cortina de la ventana. La abrieron. Apareció un alba grisácea, un cielo húmedo lleno de sucias nubes de color terroso con verdosos reflejos.
—Mientras estábamos charlando, ha debido desencadenarse una tormenta —dijo alguien.
—Por la calle, al venir, me sorprendió la lluvia. Llegué justamente a tiempo de salvarme de ella —confirmó Shura Schlésinger.
Por la calle desierta y todavía oscura se oía el tecleo de las gotas que caían de los árboles y el insistente piar de los gorriones mojados.
Sonó un trueno, como si una reja hubiese trazado un surco en el cielo, y todo volvió al silencio. Luego resonaron cuatro golpes sonoros, retardados, imprevistos como esas grandes patatas que se desprenden en otoño de la tierra removida con la pala.
El trueno limpió de polvo y humo la habitación. De pronto, como en la electrólisis, se manifestaron los elementos de que está compuesta la vida: agua, aire, el deseo de ser feliz, tierra y cielo.
Las voces de los invitados que se alejaban, continuando la discusión, llenaron la calle. Las voces fueron alejándose y menguando, hasta que se extinguieron.
—¡Qué tarde es! —dijo Yuri Andriéevich—. Vamos a acostarnos. Realmente, en todo el mundo no quiero más que a dos personas: a ti y a tu padre.
5

Transcurrió agosto y finalizaba el mes de septiembre. Acercábase lo inevitable. Con la proximidad del invierno advertíase que algo fatal se preparaba para el universo de los hombres. Era como una parálisis invernal, que se notaba en el aire y en todas las conversaciones. Había que prepararse para el frío, hacer provisión de alimentos y de leña. Pero en esos días en que triunfaba el materialismo, la materia se había convertido en un concepto, y el «problema alimenticio» y el «problema del combustible» acabaron con los conceptos alimentación y leña.
En la ciudad la gente se hallaba tan desamparada como los niños ante lo desconocido que se avecinaba, y que amenazaba con echar abajo todas las costumbres adquiridas y dejar tras de sí la devastación, aunque esta misma fuese un producto de la ciudad y obra de sus habitantes.
Todos fantaseaban y hablaban sin ton ni son. La buena vida burguesa, ya sin apoyo, se debatía y arrastraba, siguiendo una vieja costumbre. Pero el doctor Zhivago veía las cosas sin falsos optimismos: no podía ocultarse que la vida de otro tiempo, incluso él mismo y su mundo, estaban condenados. Le esperaban duras pruebas y tal vez el fin. Veía extinguirse los contados días que les quedaban.
Hubiera enloquecido a no ser por las pequeñas molestias de la existencia, los trabajos y las preocupaciones. Su mujer, su hijo, la necesidad de procurarse dinero constituían su salvación. Lo sacaba a flote lo cotidiano: las costumbres, el trabajo y las visitas a los enfermos.
Comprendía que era un pigmeo ante la monstruosa máquina del futuro y tenía miedo. Amaba ese futuro y, en secreto, estaba orgulloso de él. Por última vez, como si se despidiera, miraba con ojos ávidos las nubes y los árboles, la gente que caminaba por las calles, la gran ciudad rusa que luchaba contra las desventuras. Estaba dispuesto a ofrecerse como holocausto para que todo fuera mejor, pero no podía hacer nada.
Contemplaba el cielo y los transeúntes preferentemente desde el centro de la calzada, cruzando Arbat a la altura de la farmacia de la Sociedad de Médicos, en la esquina de la calle Starokoniúshnaia.
Había vuelto a prestar servicio en su antiguo hospital que, en espera de que se le diera una denominación apropiada, continuaba llamándose Krestovozdvízhenskaia[35], aunque hubiese sido disuelta ya la sociedad de este nombre.
También en el hospital había comenzado la disgregación. Los moderados, cuya obtusa mente indignaba al doctor, lo consideraban peligroso. A los otros, los políticamente avanzados, no les parecía, en cambio, lo suficientemente radical. De este modo él no se encontraba ni entre unos ni entre otros. Alejándose de una orilla, no había llegado aún a la otra.
En el hospital, además de sus obligaciones profesionales, el director le había confiado el control de la estadística. ¡Cuántos formularios, encuestas y cuestionarios tuvo que examinar, y rellenar cuántas órdenes de pago! La mortalidad, la evolución de las epidemias, la situación económica del personal, su grado de conciencia cívica y la medida de su participación en las elecciones, la insuficiencia de combustible, de alimentos, de medicinas, todo interesaba a la Dirección General de Estadística, que para todo exigía una respuesta.
El doctor Zhivago trabajaba sentado ante su antigua mesa de despacho, junto a la ventana de la sala de médicos, y ante él había montones de diversos modelos de impresos. A veces, en ocasión de bruscas inspiraciones, junto con sus notas médicas diarias redactaba su «Juego de los hombres», especie de sombrío diario, o bien apuntes cotidianos, compuesto de prosas y versos y de todo lo que le sugería su idea de que la mitad de la humanidad había dejado de ser ella misma y no se sabía qué papel representaba.
La sala de médicos, luminosa y soleada, con las paredes pintadas de blanco, bañábase a aquellas horas en la luz dorada del sol de otoño, tan característico de los días que siguen a la Asunción, cuando en la mañana crujen los primeros hielos, y los paros invernales y las picazas revolotean por los bosquecillos multicolores y luminosos, cuyo follaje comienza a clarear. En estos días el cielo alcanza una altura extrema y, a través de la diáfana columna de aire que se yergue entre él y la tierra, llega desde el norte un helado esplendor azul oscuro. Aumenta la visibilidad y la audición de todas las cosas del mundo. Las distancias transmiten sus sonidos con una sonoridad helada, precisa y distinta. Las lejanías se aclaran como si descubrieran a los ojos, y para muchos años, toda la vida. No se podría soportar esta rarefacción si no durase tan poco tiempo, si no llegara al final de una corta jornada de otoño, en el umbral de un precoz crepúsculo.
Con esta luz se llenaba la sala, una luz de sol otoñal que se vuelve pronto jugosa, acuosa y cristalina, como una manzana demasiado madura.
El doctor, sentado junto a la ventana, mojaba la pluma en el tintero, reflexionaba y escribía, mientras afuera volaban muy cerca ciertos pájaros silenciosos. Sus tácitas sombras proyectadas en la estancia cubrían las manos móviles del médico, la mesa con los impresos, el pavimento y las paredes, y tácitamente desaparecían.
—El arce pierde las hojas —dijo, al entrar, el disector, un hombre robusto en otros tiempos y que ahora, enflaquecido, tenía la piel fláccida y vacía—. Le han caído encima aguaceros y lo han zarandeado los vientos sin lograr debilitarlo. Y ha bastado una sola helada matutina...
El doctor levantó la cabeza. Efectivamente, los misteriosos pájaros que pasaban ante la ventana no eran otra cosa que las rojas hojas del arce, que volaban abandonándose suavemente en el aire y como curvadas estrellas de oro iban a posarse sobre el prado del hospital.
—¿Ha puesto masilla en las ventanas?—preguntó el disector.
—No —dijo Yuri Andriéevich, sin dejar de escribir.
—¿Por qué? Ya es tiempo.
Yuri Andriéevich no respondió, absorto en su trabajo.
—Lástima que ya no esté Tarasiuk —continuó el disector—. Era un hombre que tenía mano de oro para estas cosas. Lo arreglaba todo, las botas y los relojes. Todo lo sabía hacer. Y, por si fuera poco, hasta proporcionarse lo que necesitaba. Pero ya es tiempo de arreglar las ventanas. Tendremos que hacerlo nosotros mismos.
—No hay masilla.
—Habrá que hacerla. Yo tengo aquí la receta —y le contó cómo fabricaba la masilla, con aceite de linaza y yeso—. Pero siga trabajando. Le estoy estorbando.
Se retiró hacia la otra ventana y comenzó a manipular sus frascos y preparados. Anochecía. Al poco rato dijo:
—Se estropeará la vista. Ya es oscuro. Y no dan la luz. Vámonos a casa.
—Trabajaré un poco más. Unos veinte minutos.
—Su mujer está aquí, entre las asistentas del hospital.
—¿La mujer de quién?
—La mujer de Tarasiuk.
—Ya lo sabía.
—Y no se sabe dónde está él. Siempre anda por ahí. Este verano se dejó ver un par de veces en el hospital. Ahora está en el campo. Está creando las bases de una nueva vida. Es uno de esos soldados bolcheviques que se ven en las calles y los trenes. ¿Quiere saber cuál es el misterio? El de Tarasiuk, por ejemplo. Escuche. Es un artista en todo. No hay nada que pueda salirle mal. Haga lo que haga, todo lo hace bien. Lo mismo le ha ocurrido en la guerra. La estudió como un oficio cualquiera y se ha convertido en un tirador formidable en las trincheras: vista y pulso de primera. Ha logrado toda clase de menciones, pero no por su valor, sino por su tiro infalible. En fin, cualquier trabajo le apasiona. De este modo se ha enamorado también del oficio militar. Ha visto que las armas son una fuerza y ha tomado un arma. También él ha querido convertirse en una fuerza. Un hombre armado no es solamente un hombre. Antiguamente, los que eran como él pasaban de traidores a bandidos. Que intenten quitarle ahora su fusil. De pronto se dijo: «Basta de luchar», y todo eso. Y dejó de luchar, esta es toda la historia. Este es su marxismo.
—El más auténtico, el que nace con la vida misma. ¿Qué creía usted que era?
El disector volvió a su ventana y comenzó a mover las probetas. Luego preguntó:
—¿Cómo va el nuevo fumista?
—Gracias por habérmelo enviado. Es un hombre muy interesante. Discutimos una hora sobre Hegel y Benedetto Croce.
—Ya me lo imagino. Es doctor en filosofía por la universidad de Heidelberg. ¿Y la estufa?
—Es mejor no hablar de ella.
—¿Suelta humo?
—Horrores.
—Debió colocar mal el tubo. Hay que fijarlo con mástique en la estufa. Seguramente se habría limitado a encajarlo en el embocadero.
—Es una estufa holandesa. Pero hay que ver cómo humea.
—Esto significa que no funciona bien el tiro. Habrá pasado el tubo por el canal de ventilación. O por la boca de aire. ¡Si estuviera aquí Tarasiuk! Tenga paciencia. En un día no se hizo Moscú. Encender una estufa no es lo mismo que tocar el piano. Hay que aprender. ¿Hizo usted provisión de leña?
—¿Dónde encontrarla?
—Yo le mandaré al guarda de una iglesia. Es un ladrón de leña. Destroza las empalizadas para venderlas como combustible. Pero le prevengo que hay que regatearle. Pide mucho. O si quiere le enviaré a una mujer de la desinfección.
Bajaron a la portería, se pusieron los abrigos y salieron.
—¿Por qué una mujer de la desinfección? No tenemos chinches.
—¿Y qué tienen que ver las chinches con esto? Hablo de una cosa y usted de otra. No hablo de chinches, sino de leña. Esa mujer tiene una empresa comercial. Compra casas y derribos de madera para hacer combustible. Es una abastecedora seria. Cuidado, no tropiece. ¡Qué oscuridad! En otros tiempos hubiera podido pasearme con los ojos cerrados por este barrio. Conocía cada piedra. Precisamente he nacido aquí. Pero luego empezaron a echar abajo las empalizadas, y ya no reconozco nada aunque vaya con los ojos muy abiertos, como si me encontrase en una ciudad extranjera. Pero, en compensación, ¡qué hermosos rincones han salido a la luz! Casitas de estilo imperio entre pequeños jardines, veladores de jardín y bancos medio podridos. No hace muchos días pasaba precisamente junto a uno de estos sitios, en el cruce de tres calles. ¿Qué diría usted que vi? A una viejecita centenaria que estaba escarbando la tierra con su bastón. «Dios te proteja abuelita (le dije). ¿Buscas gusanos para ir a pescar?» Naturalmente que se lo dije en broma. Y ella, con toda seriedad, me respondió: «No, jovencito, busco setas.» Y la verdad es que ahora la ciudad es como un bosque. Huele a hojas marchitas y a setas.
—Conozco ese rincón. Está entre las calles Seriébriani y Molchánovka, ¿verdad? Siempre que paso por ahí me suceden cosas inesperadas. O me encuentro con alguien a quien no he visto en veinte años, o descubro algo. Según se dice, en esa esquina se suele desvalijar a los transeúntes. No es de extrañar: parece el lugar más apropiado. Hay una red de callejuelas que comunican con los antros de la plaza Smoliensk. Atacan y roban a su gusto. ¡Y cualquiera da luego con el ladrón!
—¡Y como los faroles dan tan poca luz! No se ve ni gota.
6

La verdad es que al doctor Zhivago le sucedían en aquella esquina las cosas más insospechadas. Avanzado ya el otoño, poco antes de los combates de octubre, una noche oscura y fría, tropezóse en aquella esquina con un hombre que yacía sin conocimiento en la acera. Estaba tendido con los brazos abiertos, la cabeza apoyada en un guardacantón y las piernas en la calzada. De vez en cuando se lamentaba débilmente. En respuesta a las preguntas que el doctor le hizo mientras trataba de reanimarlo, murmuró algo ininteligible y volvió a perder el sentido. Tenía la cabeza herida y ensangrentada, pero los huesos estaban intactos, según observó Zhivago en un rápido examen. Sin duda había sido víctima de una agresión.
—Mi cartera, mi cartera —murmuró dos o tres veces. Desde una farmacia de Arbat el doctor telefoneó al viejo cochero que prestaba servicio en el Krestovozdvízhenski e hizo trasladar al desconocido al hospital.
Resultó ser un político muy nombrado. El doctor lo curó y durante muchos años tuvo en él un protector que, en aquella época llena de desconfianza y terror, le evitó muchas dificultades.
7

Era domingo. Yuri Andriéevich no tenía servicio en el hospital. En la casa de Sívtsev Vrázhek, habían sido arregladas ya las tres habitaciones para el invierno, tal como lo proyectó Antonina Alexándrovna.
Era un frío y oscuro día de viento con bajas nubes de nieve.
La estufa estaba encendida desde por la mañana y las habitaciones comenzaban a llenarse de humo. Antonina Alexándrovna, que no entendía nada de estufas, daba consejos inútiles y erróneos a Niusha, que luchaba con leña húmeda que no ardía. El doctor, que había comprendido lo que debía hacer, intentó intervenir, pero su mujer lo empujó suavemente por los hombros y lo sacó fuera de la habitación, diciendo:
—Vete. Estamos que ya no podemos más, y, como de costumbre, intervienes en el momento menos oportuno. ¿No te das cuenta de que con tus observaciones no haces otra cosa que echarle aceite al fuego?
—Aceite, aceite, Tónechka. ¡Sería magnífico! ¡La estufa se encendería en un santiamén! Lo malo es que no veo ni el aceite ni el fuego.
—No es éste el momento más adecuado para bromear. Comprende que no tenemos la cabeza para estas cosas.
La estufa que no quería encenderse echaba por tierra todos los proyectos del domingo. La familia esperaba acabar su trabajo de manera que les quedara libre la tarde, y ahora todo se iba al cuerno. El almuerzo tendría que esperar y, por si fuera poco, quien quisiera lavarse la cabeza con agua caliente ya no podría hacerlo.
A poco el humo fue tan denso que se hacía imposible respirar. Un fuerte viento rechazaba el humo dentro de la habitación, donde se había formado ya una densa nube fuliginosa, como un encantamiento en medio de un bosque dormido.
Entonces Yuri Andriéevich mandó a todos a las demás habitaciones y abrió la ventana. Quitó de la estufa la mitad de la leña y entre los troncos que quedaban en el interior, practicó un paso para el aire y metió pequeñas ramas y corteza de abedul.
A través de la ventana penetró en la estancia el aire fresco, que empezó a jugar con las cortinas. Desde la mesa volaron al suelo algunos papeles. El viento sacudió una puerta distante y, formando remolinos en los rincones, comenzó a perseguir los restos de humo, como un gato persigue un ratón.
La leña se encendió y empezó a crepitar. La estufa se llenó de llamas. En su cuerpo de hierro comenzaron a formarse círculos incandescentes como las manchas rojas de un tísico. El humo fue cediendo y se disipó del todo.
La estancia se iluminó más. Las ventanas, cuyas rendijas Yuri Andriéevich, siguiendo las instrucciones del disector, había tapado con masilla, empezaron a lagrimear. El cálido y graso olor de la masilla llenó el aire como una oleada. Pero el olor fue dominado por el de las astillas que se secaban junto a la estufa: el olor amargo y áspero de la corteza de abedul, y el del álamo verde que olía como un agua de tocador.
Fue entonces cuando Nikolái Nikoláevich entró en la habitación, como una corriente de aire a través de la ventana.
Hay tiros en la calle —anunció—. Los junkers, que apoyan al Gobierno provisional están luchando con los soldados de la guarnición, que apoyan a los bolcheviques. Hay casi un combate en cada esquina, y los focos de insurrección son innumerables. Por la calle, al venir aquí, me he encontrado dos o tres veces en un cuerpo a cuerpo, una vez en la esquina de la Bolshaia Dmítrovka y otra cerca de la Puerta de Nikitski. No es posible venir a tu casa directamente. Hay que dar un rodeo. Pronto, Yura, vístete y salgamos. Hay que ver esto. Es la historia. No sucede más que una vez en la vida.
Pero se quedó charlando un par de horas. Cenaron luego y cuando se disponía a salir para regresar a su casa acompañado por el doctor Zhivago, compareció Gordón. Entró en la misma forma que Nikolái Nikoláevich y con las mismas noticias.
Mientras tanto, los acontecimientos siguieron su curso. Gordón era portador de nuevos detalles: el tiroteo se había hecho mucho más intenso, habían muerto algunos transeúntes y la circulación estaba interrumpida. Por un verdadero milagro pudo llegar hasta la casa, pero ahora el camino estaba bloqueado.
Nikolái Nikoláevich no le hizo caso e intentó sacar la nariz a la calle, pero retrocedió inmediatamente: la calle, en efecto, estaba bloqueada y silbaban las balas arrancando de las esquinas pedazos de ladrillo y estuco. En las calles no se veía un alma.
En aquellos días Sáshenka se puso malo.
—He dicho cien veces que no tengas al niño cerca de la estufa —exclamó Yuri Andriéevich—. Un calor excesivo es mucho peor que el frío.
Al niño se le había inflamado la garganta y tenía mucha fiebre. Manifestaba un terror primitivo y sobrenatural a las náuseas y los vómitos, cuya sensación parecía experimentar a cada momento. Para impedir que Yuri Andriéevich le mirase la garganta, rechazaba su mano armada con el laringoscopio, cerraba la boca y gritaba hasta ahogarse. Todas las persuasiones y amenazas fueron inútiles. De pronto, distraídamente, abrió la boca en un bostezo: su padre aprovechó esta circunstancia para meterle en la boca, con un movimiento instantáneo, una cuchara. Le bajó la lengua y logró ver las inflamadas amígdalas, cubiertas de placas. Yuri Andriéevich se alarmó.
Poco después, maniobrando de la misma forma, logró extraer un poco de mucosidad de la garganta del chiquillo. Con el microscopio que se había construido Alexandr Alexándrovich, hizo su examen. Afortunadamente no era difteria.
Pero por la noche, Sáshenka tuvo un ataque de falsa difteria. Ardía de fiebre y se ahogaba. Yuri Andriéevich no podía mirar a su hijo. Sentíase impotente para aliviar sus sufrimientos. Antonina Alexándrovna estaba convencida de que su hijo se moría. Lo tomaron en brazos y lo pasearon por la habitación. Eso pareció aliviarle.
Había que encontrar leche, agua mineral o bicarbonatada para él. Pero era el momento culminante de la lucha en las calles. El tiroteo, al que se mezclaban ya los cañonazos, no cesaba un instante. Si Yuri Andriéevich, arriesgando su vida, hubiera logrado pasar al otro lado de la zona del fuego, no habría encontrado nada. Hasta que no se hubiese resuelto la situación, la ciudad no daría señales de vida.
Pero ya se comprendía cómo acabaría todo. Decíase por todas partes que los obreros llevaban ventaja. Todavía luchaban grupos aislados de junkers, privados ya de todo contacto con ellos mismos y con el mando.
El barrio de Sívtsev Vrázhek hallábase en el centro de operaciones de las unidades revolucionarias que, procedentes de Dorogomílovo, presionaban hacia el centro. Los soldados procedentes de la guerra con Alemania y los jóvenes obreros instalados en las trincheras abiertas a través de la calle conocían a la gente que vivía en las casas circundantes y, como buenos vecinos, charlaban con los que sacaban las cabezas por las puertas o salían a la calle. En aquel lugar de la ciudad se había reanudado la circulación.
Gordón y Nikolái Nikoláevich abandonaron la residencia forzosa de los Zhivago, donde habían permanecido tres días. Yuri Andriéevich agradeció su presencia en aquellos penosos días de la enfermedad de Sáshenka, y Antonina Alexándrovna les perdonó la complicación que su permanencia había representado para ella. Pero como demostración de gratitud por su hospitalidad, los dos se creyeron obligados a hablar sin descanso, y Yuri Andriéevich estaba ya tan fatigado al cabo de tres días de palabras inútiles, que sintió alivio cuando los vio marchar.
8

Se supo que llegaron felizmente a casa. Sin embargo, pudieron comprobar que los rumores que hablaban de calma habían sido prematuros. Los combates continuaban en algunos puntos. Determinados barrios se habían hecho inaccesibles y, por el momento, el doctor Zhivago no podía ir al hospital, al cual comenzaba a echar de menos. Allí, en uno de los cajones de la sala de médicos, estaban sus apuntes y su «Juego».
Solamente en determinadas zonas y en la contigüidad de su casa la gente salía por la mañana a buscar pan, y acosaban a los transeúntes que llevaban botellas de leche para preguntarles dónde la habían adquirido.
A veces el tiroteo se reanudaba en toda la ciudad, poniendo en fuga a los transeúntes. Todos intuían que entre ambos bandos celebrábanse unas conversaciones, cuyo desarrollo se reflejaba en el tiroteo, que a veces se intensificaba o atenuaba.
Precisamente hacia finales de octubre, según el viejo calendario, a las diez de la noche, Yuri Andriéevich caminaba apresuradamente por la calle. Sin que fuera muy necesario, iba a ver a un colega que vivía en la vecindad. Aquellos lugares, a menudo muy transitados, estaban desiertos. No se veía a casi nadie.
Yuri Andriéevich caminaba muy de prisa, y ya había perdido la noción del camino recorrido cuando de pronto comenzó a nevar intensamente. Era una de esas nevadas que se extienden a su gusto por los campos, pero que en las ciudades se debaten prisioneras, sin salida, entre las casas.
Había una secreta correspondencia entre lo que ocurría en los mundos moral y físico. Cerca y lejos, sobre la tierra y en el aire. Oíanse resonar, aislados, los últimos cañonazos de una resistencia agonizante. En el horizonte resplandecían los débiles reflejos rojos de los incendios dominados. La borrasca retorcía blancos anillos de humo y círculos de nieve pulverizándose a los pies de Yuri Andriéevich, sobre las aceras y el pavimento mojado.
En una esquina, un chiquillo que llevaba bajo el brazo un montón de periódicos recién impresos, se le adelantó, gritando:
—¡Últimas noticias!
—Quédate con la vuelta —dijo el doctor.
Dificultosamente el chiquillo sacó de la brazada un diario, lo puso en la mano de Yuri Andriéevich y desapareció corriendo entre la tormenta, con la misma rapidez con que había aparecido.
El doctor se acercó a un farol que surgía a dos pasos y se dispuso a echar una ojeada a los titulares.
La edición extraordinaria, impresa sólo en una cara del papel, publicaba un comunicado del Gobierno de Petersburgo:
«La constitución del Consejo de Comisarios del pueblo, la instauración en Rusia del poder soviético y la implantación de la dictadura del proletariado.»
A continuación se publicaban los primeros decretos del nuevo poder constituido y diversas informaciones transmitidas por teléfono y telégrafo.
La borrasca le hería los ojos y le hacía confundir las líneas del periódico en una gris y crujiente harina de nieve. Pero eso no le impidió la lectura. La histórica solemnidad de aquel momento lo había trastornado y no conseguía recobrarse.
Miró a su alrededor buscando un lugar iluminado donde hallarse al amparo de la nieve y poder leer los comunicados. Advirtió entonces que se encontraba en su mágico cruce, en la esquina de las calles Seriébriani y Molchánovka, ante la entrada de una casa de cinco pisos, con puerta de cristales y un amplio zaguán iluminado con luz eléctrica.
Entró y, en el fondo del zaguán, se detuvo bajo una bombilla, para leer las noticias del periódico.
Arriba, sobre su cabeza, se oyó un rumor de pasos. Alguien bajaba por la escalera y a menudo se detenía indeciso. Efectivamente, de pronto, como si hubiera cambiado de idea, se volvió y subió corriendo. Oyóse abrir una puerta y brotó una oleada de confusas voces, tan deformadas por el eco que no era posible adivinar si eran masculinas o femeninas. Luego la puerta se cerró y la misma persona echó decididamente a correr escaleras abajo.
Yuri Andriéevich, completamente sumido en la lectura, con los ojos fijos en el periódico, no pensaba levantarlos y mirar al desconocido. Pero éste llegó abajo corriendo y se detuvo repentinamente. Yuri Andriéevich levantó la cabeza y lo miró.
Ante él había un muchacho de unos veinte años vestido con una rígida y doble pelliza de piel de reno con el pelo por fuera, como se llevan en Siberia, y con un gorro de la misma piel. Tenía el rostro bronceado y los ojos rasgados de los kirguises. En su rostro había un no sé qué de aristocrático, una chispa fugaz, esa figura casi escondida que parece importada de muy lejos y que se encuentra en las personas de sangre mixta.
El muchacho se quedó evidentemente cortado: sin duda había tomado a Yuri Andriéevich por otra persona. Lo miró con un terror salvaje, como si supiese quién era y no se atreviese a dirigirle la palabra. Para poner fin a la incertidumbre y quitarle cualquier deseo de acercarse a él, Yuri Andriéevich lo miró fríamente de pies a cabeza.
El joven se turbó y, sin decir nada, se dirigió hacia la salida. Una vez en la puerta se volvió. Luego abrió el pesado portón y salió a la calle. Cerró la puerta con el pie y desapareció.
Poco después salió también Yuri Andriéevich. Había olvidado al muchacho y a la persona a cuya casa se dirigía. Estaba abstraído en lo que acababa de leer y se dirigió a su casa. Por la calle le ocurrió otra cosa, muy insignificante, pero que en aquellos días constituía un hecho de gran importancia.
Cerca de casa, en la oscuridad, tropezó con un gran montón de vigas que impedía el paso por la acera. Había allí, en la calle, algún organismo oficial al que evidentemente habrían llevado aquel combustible, vigas procedentes del derribo de una casa de la periferia. No cabían todas en el patio y ocupaban parte de la calle. Un centinela armado de un fusil montaba la guardia, paseando por el patio y saliendo de vez en cuando a la calle.
Sin pensarlo dos veces, Yuri Andriéevich aprovechó el momento oportuno: el centinela había entrado otra vez en el patio y una ráfaga de viento llenó el aire de un torbellino de nieve.
Por el lado de la sombra, adonde no llegaba la luz del farol, acercóse al montón de maderos. Suavemente tiró de un pesado tronco de los que estaban abajo. Cuando lo libró de los demás se lo cargó al hombro, y, sin sentir siquiera su peso, se lo llevó a su casa, a Sívtsek Vrázhek, avanzando al amparo de los sombríos muros.
El madero llegaba en un buen momento porque en la casa se había terminado la leña. Lo cortaron e hicieron una montaña de astillas. Yuri Andriéevich se puso de rodillas para encender la estufa y hallábase silencioso ante la portezuela tintineante y estremecida, cuando Alexandr Alexándrovich acercó una butaca y se sentó para calentarse. El doctor sacó el periódico del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó a su suegro, diciendo:
—«¿Vio usted esto? Lea, lea.
Sin cambiar de postura y sin dejar de remover la leña en la estufa con un pequeño atizador, Yuri Andriéevich comenzó a hablar para sí en voz alta:
—¡Qué magistral operación quirúrgica! Echar mano del bisturí y sajar tan maravillosamente todos los viejos abscesos. Sin equívocos y con toda sencillez se liquida una injusticia secular que estaba acostumbrada a recibir inclinaciones, reverencias y toda clase de homenajes. Y en la forma en que todo esto ha sido llevado hasta el final, sin vacilaciones, hay algo que pertenece a nuestra tradición nacional, algo familiar y de costumbre. Algo de la luz absoluta de Pushkin, el anunciador, y de la impecable fidelidad a la realidad de un Tolstoi.
—¿Pushkin has dicho? Espera. Déjame terminar. No es posible leer y escuchar al mismo tiempo —lo interrumpió Alexandr Alexándrovich, creyendo que Yuri Andriéevich se dirigía a él con aquellas palabras dichas para su capote.
—¿Cuál ha sido el golpe genial en todo esto? Si alguien hubiese recibido la misión de crear un mundo nuevo, de empezar un nuevo cómputo de los años, en primer lugar necesitaría un espacio limpio. Esperaría que terminasen los viejos siglos, antes de emprender la construcción de los nuevos, necesitaría una cifra redonda, una línea en blanco y un país virgen. Y ya ves. Eso no ha ocurrido nunca, ese prodigio de la historia, esa revelación surge de pronto en la vida diaria que continúa, y sin consideraciones con respecto a ella. No ha comenzado desde el principio, sino desde la mitad, sin una fecha elegida de antemano, mientras los tranvías recorren la ciudad. En eso reside su mayor genialidad. Lo sublime sólo puede manifestarse de esta manera: intempestiva y oportunamente al mismo tiempo.»
9

Llegó el invierno tal como se esperaba. Fue menos espantoso que los dos inviernos que vinieron después, pero resultó de la misma especie, oscuro, de hambre y frío, quebrantando toda costumbre, rehaciendo todos los fundamentos de la existencia y obligando a los hombres a toda clase de esfuerzos sobrehumanos para sujetarse a una vida que se escapaba.
Aquellos inviernos terribles fueron tres, que se sucedieron uno tras otro. Pero no todo lo que parece haber ocurrido entre 1917 y 1918 acaeció realmente entonces, sino más tarde. Los tres inviernos se fusionaron entre sí y resultaba difícil distinguir uno de los otros.
Todavía no coincidían la antigua vida y el orden nuevo. Entre una y otro no existía la furibunda hostilidad que hubo un año más tarde, cuando la guerra civil, pero faltaba una vinculación. Eran dos planos distintos, separados, uno frente a otro, que no lograban encontrarse.
Por todas partes se procedía a nuevas elecciones administrativas: en los inmuebles, organizaciones, despachos y servicios públicos. Sus dirigentes cambiaban. Por doquier se nombraron comisarios con poderes ilimitados, hombres de voluntad de hierro, con negras chaquetas de cuero, armados con revólveres y puñales, que raramente se afeitaban y más raramente dormían.
Conocían perfectamente a los pequeños poseedores de títulos del Estado, producto de la pequeña burguesía, pequeños burgueses serviles, y sin ninguna piedad, con una ironía diabólica, los trataban como ladronzuelos pillados en flagrante delito.
Lo removían todo, como ordenaba el programa, y las empresas y asociaciones, una tras otra, se hicieron bolcheviques.
El hospital Krestovozhdvízenski se llamaba ahora «Hospital reformado número 2». En él se habían verificado algunos cambios: una parte del personal fue puesta en la calle, pero muchos se marcharon espontáneamente considerando poco ventajoso continuar prestando allí sus servicios. Eran los médicos que se ganaban muy bien la vida, con clientela a la moda, niños mimados por la sociedad, enfáticos y charlatanes. No dejaron de dar a sus dimisiones, provocadas por motivos de lucro, un significado político, y comenzaron a tratar con desprecio, casi a boicotear a los que se habían quedado en el hospital, entre ellos a Zhivago.
Por la noche, marido y mujer tenían largas conversaciones.
—No olvides pasar el miércoles por la oficina de la sociedad de médicos y recoger las patatas heladas. Hay dos sacos. Ya te diré a qué hora estaré libre para ayudarte. Es conveniente que vayan dos personas para transportarlas en el trineo.
—De acuerdo. Así lo haremos, Yúrochka. Pero ahora duerme. Es tarde. No es posible estar en todo. Debes descansar.
—Hay una epidemia. El agotamiento general debilita la resistencia de los organismos. A ti y a papá da miedo veros. Hay que hacer algo. Sí, pero ¿qué? Nos preocupamos demasiado poco de nosotros mismos. Debemos tener más cuidado. Escúchame. ¿Estás dormida?
—No.
—Por mí no me preocupa nada: tengo siete vidas. Pero si, contra todo lo previsible, cayera enfermo, no hagas tonterías, por favor, y no me dejes en casa. Llévame enseguida al hospital.
—¡Qué dices, Yúrochka! ¡Dios nos asista! ¿Por qué ser pájaro de mal agüero?
—Recuerda que hoy se acabaron ya las personas honradas y los amigos. Y más aún los «personajes importantes». Si sucediera algo, confía solamente en Pichuzhkin. Naturalmente, si él sale con bien de todo esto. ¿Estás dormida?
—No.
—Esos condenados se han ido para ganar más y quieren hacer creer que lo han hecho por sentimientos de conciencia civil, por sus principios. Cuando te encuentras con ellos casi no te dan la mano. «¿Trabajas con ellos?», y fruncen el ceño. Y yo les digo: «Sí, trabajo con ellos y no se lo tome a mal, pero me siento orgulloso de nuestras privaciones y respeto a las personas que nos hacen el honor de infligírnoslas».
10

Durante mucho tiempo la mayoría de la gente se alimentaba casi por lo general con mijo cocido en agua y sopa de pescado hecha con cabezas de arenques. El resto del arenque, asado, hacía de segundo plato. Se comía cebada y trigo en grano, con lo que además se hacían gachas.
Una profesora amiga de Antonina Alexándrovna había enseñado a ésta a cocer pan negro en la estufa holandesa. Este pan que, con más levadura, podía ser vendido en parte y proporcionar un pequeño beneficio, permitía utilizar la estufa de grandes dimensiones como en el pasado. Eso evitaba la tortura de la estufa de hierro, que humeaba, calentaba poco y no mantenía el calor.
A Antonina Alexándrovna le salía muy bien el pan, pero no conseguía venderlo. Hubo que renunciar a la esperanza de beneficio y volver a usar la estufa abandonada. La miseria reinaba en la casa de los Zhivago.
Una mañana Yuri Andriéevich había salido, como de costumbre, a sus quehaceres. En casa quedaban solamente dos troncos de leña. Puesta la pelliza, en la cual su debilidad le hacía sentir frío incluso cuando no lo hacía, Antonina Alexándrovna salió «de caza».
Durante media hora vagó por las calles adyacentes, por las que pasaban algunos campesinos con legumbres y patatas procedentes de los pueblos cercanos a la capital. Esto requería suerte, porque a veces estos campesinos eran detenidos y se les confiscaba su carga.
Por último encontró lo que buscaba. Un muchacho robusto, vestido con una larga pelliza de piel de camello, caminando al lado de Antonina Alexándrovna y arrastrando un trineo ligero como un juguete, la acompañó hasta el patio de los Gromeko.
Dentro del trineo de madera de tilo, bajo una estera, estaba oculto un montón de troncos de abedul, no mayores que los balaustres de los balcones de moda de las casas del siglo pasado, que se ven en viejas fotografías. Antonina Alexándrovna sabía lo que valía esa mercancía: era, evidentemente, abedul, pero de la peor calidad, troncos recién cortados, cuando la madera estaba verde, inadecuados para el fuego. Pero no se podía elegir ni discutir.
En cinco o seis viajes el joven campesino le llevó a casa la leña, y, a cambio, cargó sobre el trineo el armarito de espejos de Antonina Alexándrovna. Un regalo para su novia. Al irse, mientras se ponían de acuerdo sobre el valor de una próxima entrega de patatas, se informó del precio de un piano que había junto a la puerta.
A su regreso, Yuri Andriéevich no discutió la adquisición de su mujer. Hubiese sido más razonable y conveniente haber hecho pedazos el armario, con lo cual hubiesen dispuesto de leña seca para quemar. Pero les habría faltado valor.
—¿Viste la nota que había sobre la mesa?—le preguntó Tonia.
—¿Del director del hospital? Ya me lo dijeron. He de ir a visitar a un enfermo. Iré enseguida. Descansaré un poco y me voy. Pero está un poco lejos. Al otro lado de la Puerta de Nikitski. Tengo la dirección.
—¿Has visto que proponen unos extraños honorarios? Lee la nota. Una botella de coñac alemán o un par de medias de mujer por cada visita. Tengo la impresión de que, de esta forma, tratan de atraerte. ¿Quiénes serán? Demuestran tener muy mal gusto y una ignorancia absoluta de los tiempos que corremos. Deben de ser nuevos ricos.
—Sí, se trata de un zagotóvchchik.
Llamábanse así, además de los concesionarios y comisionistas, los pequeños empresarios, a quienes el Estado, que había suprimido el comercio privado, trataba con cierta indulgencia en los momentos de escasez, y con los que estipulaba a veces algunos contratos para distintos aprovisionamientos.
Entre ellos no figuraban ni los patronos desposeídos de las antiguas firmas, ni los grandes propietarios, que todavía no se habían repuesto del golpe recibido. En cambio, esa categoría incluía a los especuladores del momento, surgidos gracias a la guerra y la revolución: gente nueva y sin arraigo.
Después de haber tomado un sorbo de agua caliente mezclada con leche y endulzada con sacarina, el doctor se dirigió a la casa del enfermo.
La acera y la calzada estaban sepultadas por una gruesa capa de nieve que cubría enteramente las calles entre las dos hileras de casas, llegando en ciertos puntos hasta la altura de las ventanas de los pisos bajos. Sobre aquella extensión se movían inciertas y silenciosas sombras, que se arrastraban de regreso a sus casas o transportaban en el trineo algunas menguadas provisiones. Los vehículos habían desaparecido casi por completo.
Aquí y allá, en los edificios, subsistían aún los viejos letreros, ahora ya carentes de significado. Cooperativas y tiendas estaban cerradas e igualmente sus escaparates o, mejor dicho, hallábanse condenados y desiertos.
Cerradas y abandonadas no sólo por falta de mercancías, sino también porque todo estaba reorganizándose, incluso el comercio. Por el momento esta reorganización se había realizado sólo en líneas muy generales y las tiendas estaban consideradas organismos de importancia secundaria.
11

La casa a la que el doctor había sido llamado hallábase al fondo de la calle Briétskaia, cerca de la Tvérskaia zastava[36].
Era un viejo edificio de ladrillos, tipo cuartel, con un patio interior y galerías de madera que rodeaban en tres filas las construcciones posteriores.
Los inquilinos estaban reunidos en una asamblea general, en presencia de un representante femenino del soviet del barrio, cuando vieron llegar una comisión militar que controlaba los permisos de uso de armas de fuego y requisaba las no autorizadas. El jefe del grupo había rogado a la delegada que no se fuera, asegurando que el registro no les llevaría demasiado tiempo y que los inquilinos podrían volver a reunirse en cuanto hubiesen terminado.
Cuando el doctor se acercó a la puerta, el registro estaba a punto de finalizar y faltaba solamente el piso donde esperaban a Zhivago. Un soldado con el fusil en bandolera, que estaba de guardia al pie de los escalones, se negó terminantemente a dejarlo pasar, pero intervino en la discusión el jefe del grupo, que ordenó que no se crearan dificultades al doctor, y dijo que continuaría el registro en cuanto él hubiera efectuado la visita.
El doctor Zhivago fue recibido por el dueño de la casa, un muchacho muy amable, de rostro bronceado y melancólicos ojos oscuros. Estaba muy agitado por diversos motivos: la enfermedad de su mujer, el registro y un respeto reverente por la medicina y sus representantes.
Para ahorrar tiempo y trabajo al médico, trataba de hablar del modo más conciso posible. Pero su misma prisa hacía largas y confusas sus frases.
El piso estaba arreglado con una mezcla de lujo y de mal gusto, con cosas compradas a la buena de Dios para invertir el dinero que se iba desvalorando vertiginosamente. Al lado de muebles chocantes y absurdos había descabalados objetos de arte. El dueño de la casa sostenía que su mujer tenía una enfermedad nerviosa contraída a causa de un susto. Con muchos detalles superfluos contó que había comprado por poco precio un viejo carrillón descompuesto, que hacía mucho tiempo que dejó de funcionar. Lo compraron únicamente como una curiosidad, una obra maestra de la industria relojera —y acompañó al doctor a la estancia vecina para enseñárselo—, dudando de que tuviese arreglo. Y el caso es que aquel reloj que durante muchos años había estado parado, comenzó a marchar, hizo funcionar su sonería, un complicado minué, y después volvió a pararse. El joven contó que su mujer se quedó aterrorizada, creyendo que había sonado su última hora, y ahora estaba en cama, delirante, no comía, no bebía y ni siquiera le reconocía a él.
—¿De manera que usted cree que se trata de un choc nervioso?—preguntó Yuri Andriéevich con tono de duda—. ¿Dónde está la enferma?
Entraron en la habitación de al lado, de cuyo techo pendía una lámpara de porcelana. En el centro del dormitorio había una gran cama de caoba con una mesita de noche a cada lado. Con las sábanas hasta la barbilla, yacía en ella una mujercita de grandes ojos negros. Al verlos entrar sacó el brazo de entre las sábanas y esbozó, para alejarlos, un ademán que hizo deslizar hasta los hombros las mangas de su peinador. No reconoció a su marido y, como si no hubiese nadie en la habitación, comenzó a cantar las primeras estrofas de una melancólica canción que la conmovió e hizo llorar. Gimoteaba como una niña, diciendo que quería volver a casa. Cuando el doctor se acercaba a ella, no se dejaba tocar y le volvía la espalda.
—Habría que reconocerla —dijo Yuri Andriéevich—. De todos modos, la enfermedad me parece lo suficientemente clara. Se trata de tifus, bastante grave por cierto. La pobre debe sufrir mucho. Le aconsejo que la ingrese en un hospital. No se trata de comodidades, que usted puede ofrecerle, sino de ejercer un control médico continuo, necesario en las primeras semanas de enfermedad. ¿Podría procurarse un coche o, en caso necesario, un trineo para trasladarla al hospital, tapándola bien, naturalmente? Le extenderé el certificado.
—Puedo hacerlo. Lo intentaré. Pero espere. ¿Cree usted realmente que es tifus? ¡Qué espantoso!
—Desgraciadamente.
—Tengo miedo de perderla si la saco de casa. ¿No podría cuidarla aquí, efectuando a diario las visitas que sean necesarias? Estoy dispuesto a pagar lo que sea.
—Ya le he dicho que lo importante es un control médico continuo. Siga mi consejo. Procúrese a toda costa un coche y yo le extenderé el certificado para su ingreso en el hospital. Será mejor que se lo entregue al comité de vecinos. Además, es necesario el timbre del comité del inmueble y alguna otra formalidad.
12

Los inquilinos que ya habían sufrido el interrogatorio y el registro iban regresando poco a poco, cubiertos con chales y pellizas, al local sin calefacción de un antiguo almacén de huevos, ocupado ahora por el comité de aquella manzana.
Había en un ángulo una mesa de despacho y algunas sillas, insuficientes para tanta gente. Por eso se habían colocado alrededor, como asientos, las largas cajas de huevos, puestas de canto. En el rincón opuesto se alzaba una montaña de cajas que llegaba hasta el techo. En otro de los rincones se amontonaban heladas virutas amazacotadas por el contenido de los huevos rotos. En ese montón se movían ruidosamente las ratas, e incluso a veces se arriesgaban a asomarse al empedrado suelo para retroceder enseguida y refugiarse de nuevo entre las virutas.
A cada incursión de los roedores una inquilina gruesa y chillona se encaramaba dando alaridos sobre una de las cajas. Con dedos graciosamente separados, levantaba una punta de su falda y pateaba furiosamente con sus pies calzados con botas de moda, y con voz ronca gritaba:
—¡Olka, Olka! ¡Todo está infestado de ratas! ¡Ah, maldita! ¡Ay, ay, ay! Esa condenada me ha visto y se enfurece. Que no se meta debajo de la falda. ¡Tengo miedo, tengo miedo! ¡Eh, señores, vuelvan la cabeza! ¡Oh, perdónenme! Olvidaba que ya no hay señores, y que debo decir camaradas ciudadanos.
La mujer que armaba todo aquel alboroto vestía un abrigo de astracán, desabrochado, bajo el cual oscilaban como capas de gelatina, la doble papada, el pecho abundante y el vientre cubierto de un traje de seda. Comprendíase que en otros tiempos debió de haber sido considerada una belleza entre los comerciantes de tercer orden y sus dependientes. Las fisuras de sus ojos porcinos, con los párpados hinchados, apenas se abrían. En tiempos inmemoriales, una rival le había arrojado vitriolo a la cara, pero ella pudo esquivarlo y solamente dos o tres gotas de ácido le señalaron la mejilla izquierda y la comisura de los labios, dejando unas pequeñas huellas que ella consideraba que realzaban su encanto.
—No chilles, Jrapúguina. Así no hay modo de trabajar —decía la mujer sentada tras la mesa de despacho, presidenta del soviet del barrio, que acababa de ser elegida presidenta de la reunión.
Los viejos inquilinos de la casa la conocían hacía tiempo y también ella los conocía a todos muy bien. Antes de que hubiese comenzado la reunión había charlado confidencialmente en voz baja con la vieja Fátima, mujer del portero, que antes vivía con su marido y sus hijos en un chiribitil infecto y ahora, junto con su hijo, se había trasladado al segundo piso a dos habitaciones llenas de luz.
—¿De acuerdo, Fátima?—había preguntado la presidenta.
Fátima se lamentaba de no poder bandearse ella sola en una casa tan grande y llena de gente y de que nadie la ayudase en su trabajo: sus inquilinos no querían saber nada de la prestación vecinal que les obligaba a tomar parte en la limpieza del patio y de la calle.
—Tú no hagas nada, Fátima. Nosotros les meteremos mano, estate tranquila. ¿Qué comité sería éste? ¿Cómo es posible semejante cosa? Aquí se esconden criminales, gentes de dudosa moralidad que viven sin haber pasado por el registro.
Disolveremos el comité y nombraremos otro. Yo haré que seas administradora de la casa. Pero tú no te eches atrás.
La portera le había suplicado que no hiciera nada, pero ella no le prestó oídos. Miró a su alrededor y, considerando que ya se había reunido bastante gente, ordenó que se callaran todos y con unas palabras de introducción comenzó el debate. Después de haber condenado la ineficacia del anterior comité de la casa, propuso señalar los candidatos para proceder a la elección de otro y seguidamente pasó a otras cuestiones. Agotadas también éstas, dijo:
—Por lo tanto, camaradas, hablemos francamente. Vuestra casa es grande y resulta adecuada para un alquiler colectivo. De todas partes llegan a Moscú delegados para convenios y deliberaciones y no se sabe dónde meterlos. Por consiguiente, se ha decidido poner la casa a disposición del soviet del barrio, como alojamiento para los delegados que vengan a la ciudad, y darle el nombre del camarada Tivierzin, el cual, como todos saben, vivió en esta casa antes de ser deportado. ¿Hay algo que objetar? Y ahora pasemos a discutir la desocupación de esta casa. No es una medida urgente. Tenéis un año por delante. A disposición de los inquilinos trabajadores pondremos otra casa, pero advertimos a los no trabajadores que se la busquen ellos. Damos doce meses de tiempo.
—¿Y quién no trabaja aquí? Trabajamos desde que vivimos en esta casa. Todos somos trabajadores —gritaron por todas partes.
Pero una voz se alzó sobre las demás para decir:
—¡Esto sí que es chauvinismo! Ahora todas las nacionalidades son iguales. Ya sé por dónde vas.
—Que no hablen todos al mismo tiempo, porque no sé a quién contestar. ¿De qué nacionalidades hablas? ¿Qué tienen que ver con esto las nacionalidades, camarada Valdyrkin? Ahí tienes, por ejemplo, a la Jrapúguina, no es precisamente una nacionalidad y, sin embargo, se la desalojará también.
—¿Desalojarme a mí? ¡Veremos quién me desaloja! ¡Diván destripado! ¡Enchufista! —comenzó a gritar la Jrapúguina, lanzando contra la delegada, en el ímpetu de su ira, una serie de imprecaciones sin sentido.
—¡Víbora! ¡Tipejo! ¿No te da vergüenza?—le reprochó la portera.
—Tú no te metas, Fátima. Me defenderé yo sola. Cállate, Jrapúguina. Se te da el dedo y te tomas la mano. O te callas inmediatamente o te denuncio a los organismos militares, sin esperar a que te metan mano por fabricar samogón[37] y por tener un tugurio.
El alboroto se generalizó. Nadie lograba hacerse oír. En aquel momento entró el doctor. Al primero que vio junto a la puerta le rogó que le indicase alguien que perteneciera al comité de la casa. Aquél hizo bocina con las manos y, por encima de la ruidosa algarabía, gritó, silabeando:
—¡Ga-liú-lli-na! Ven Acá. Preguntan por ti.
El doctor Zhivago no podía dar crédito a sus oídos. La portera se acercó: era una mujer flaca, vieja y ligeramente encorvada. Le sorprendió la extraordinaria semejanza de la madre y el hijo. Pero, sin darse a conocer, manifestó:
—Una de sus inquilinas —y le dijo el nombre— está enferma de tifus. Es preciso tener mucho cuidado para no extender el contagio. Además, convendría trasladarla al hospital. Yo le extenderé el certificado, al que el comité debe poner el visto bueno. ¿Qué hay que hacer?
La portera creyó que se trataba del traslado de la enferma y no de llenar los requisitos del certificado.
—El soviet del barrio dispone de un coche que no tardará en venir a recoger a la camarada Diómina —respondió la mujer—. La camarada Diómina es una buena persona. Yo hablaré con ella y le pediré que nos preste el coche. No te preocupes, camarada doctor, nos llevaremos a tu enferma.
—No me refería a eso. Quería solamente que me dejaran un rincón para extender el certificado. Pero si disponen también de coche... Perdóneme, pero ¿no es usted la madre del teniente Osip Himazeddínovich Galiullin? Estuve en el frente con él.
La portera se estremeció y se puso pálida. Agarró al doctor de un brazo y le dijo:
—Salgamos afuera. Hablaremos en el patio.
Una vez fuera, comenzó a decir rápidamente:
—Hablas demasiado alto. Dios quiera que no hayan oído nada. Yusupka ha tomado el mal camino. Piénsalo tú mismo: ¿quién es Yusupka? Era un aprendiz, un obrero. Yusupka debía comprender que los pobres viven mejor ahora. Hasta lo ve un ciego. No cabe discutirlo. Yo no sé lo que piensas, a ti, quizá, te sea posible, pero para Yusupka es un pecado. Que el buen Dios le perdone. El padre de Yusupka murió de soldado. Lo mataron como... No le dejaron ni cara ni manos ni piernas.
No tuvo fuerzas para continuar y, haciendo con la mano un vago ademán, esperó que le pasara la agitación que se había apoderado de ella. Luego continuó:
—Vamos. Ahora te proporcionaré el coche. Sé quién eres. Él estuvo aquí dos días y me lo contó. Me dijo que conoces a Lara Guichard. Una buena chica. Recuerdo que venía por aquí. Dios sabe cómo será ahora. ¿Quién puede saber quién es uno mismo? ¿Es posible que los señores vayan contra los señores? Pero es mala cosa para Yusupka. Vamos a pedir el coche. Nos lo facilitará la camarada Diómina. ¿Sabes quién es la camarada Diómina? Olia Diómina, que estaba de oficia-la en la tienda de modas de la madre de Lara Guichard. Es ésa. También es de aquí. De esta casa. Vamos.
13

Había oscurecido ya del todo. Noche por todas partes. Sólo el blanco círculo de la luz de la lamparilla de bolsillo de Diómina saltaba, cinco pasos más allá, de un montón de nieve a otro, y confundía la vista más que iluminaba el camino. Por todas partes era de noche y la casa se había quedado atrás, la casa donde tanta gente conocía a Lara, donde ella había sido niña, donde, según se decía, su marido, Antípov, estudió cuando era niño.
Diómina hablaba al doctor con un tono protector y burlón:
—¿Continuarás de veras sin luz? ¿Eh? Puedo prestarte la mía, si quieres, camarada doctor. En otros tiempos fui su amiga, cuando éramos chiquillas las dos, y la quería mucho. Tenían un taller, un taller de costura. Yo era entonces aprendiza. La vi este año. Estuvo aquí, en Moscú, de paso. Le dije: «¿Dónde vas, estúpida? Podrías quedarte. Viviríamos juntas. Ya te buscaré trabajo.» Pero ¡qué va! No le dio la gana. Cosas suyas. Se enamoró de Pasha, pero con el cerebro, no con el corazón. Desde entonces está un poco ida. Al final se fue.
—¿Qué piensas de ella?
—Cuidado, que por aquí se patina. Me he cansado de decirles que no echen el agua sucia delante de las puertas. Y como si hablaras a la pared. ¿Qué pienso de ella? ¿Qué dejo de pensar? ¿Qué quieres que piense? No tengo tiempo para esas cosas. Vino aquí. No le dije que su hermano, que era militar, fue fusilado, según se cuenta. A su madre, mi antigua patrona, le echaré una mano y quizá la salve. Me desviviré por ella. Bueno, ya hemos llegado. Hasta la vista.
Se separaron. La luz de la lamparilla de Diómina se metió por una escalera de piedra y corrió hacia arriba iluminando las mugrientas paredes. El doctor Zhivago se vio rodeado por la oscuridad. A la derecha extendíase la calle Sadóvaia-Triunfálnaia, y a la izquierda la Sadóvaia-Kariétnaia. En el negro espacio, sobre la negra nieve, no había más calles en el sentido recto de la palabra, sino algo parecido a dos veredas practicadas en la espesa taiga de los edificios de piedra en hileras sin fin, como se encuentran en los impenetrables bosques de los Urales y Siberia.
En su casa halló luz y calor.
—¿Cómo vienes tan tarde?—preguntó Antonina Alexándrovna. Y sin esperar su respuesta, continuó—: Mientras estabas fuera ocurrió una cosa extraña. Algo inexplicable. Olvidé decirte que ayer papá rompió el despertador y estaba desesperado. Era el último reloj de la casa. Se puso a arreglarlo y comenzó a hacer cosas con él, pero no logró nada. El relojero de la esquina ha pedido un precio inaudito por la reparación: tres libras de pan. ¿Qué hacer? Papá estaba como loco. Y de pronto, imagínate, hace cosa de una hora, empezó a sonar un timbre de una forma penetrante y ensordecedora. Era el despertador. Decidió ponerse en marcha.
—Es la hora del tifus, que ha sonado para mí —bromeó Yuri Andriéevich, y contó la historia de la enfermera y el carillón.
14

Pero no enfermó de tifus hasta mucho tiempo después. Mientras tanto fueron empeorando las condiciones de la familia Zhivago. Hallábanse en la extrema miseria y no había modo de levantar cabeza. Yuri Andrieévich buscó al político a quien salvó de una agresión tiempo atrás. Este hizo cuanto pudo, pero ahora, después de la iniciación de la guerra civil, se hallaba de viaje. Además, consecuente con sus propias convicciones, consideraba naturales las dificultades del momento y no confesaba que también él sufría hambre.
Yuri Andriéevich trató incluso de ver al especulador de la Tviérskaia Zastava. Pero hacía tiempo que había desaparecido sin dejar huellas, y lo mismo sucedió con su mujer, una vez estuvo curada. Los inquilinos de la casa habían cambiado. Diómina estaba en el frente. Yuri Andriéevich tampoco encontró a Galiúllina, convertida ahora en administradora del inmueble.
Un día recibió un bono oficial para recoger leña al precio de tasa. Pero tenía que ir a buscarla a la estación de Vindavski. A lo largo de la interminable calle Meschánskaia acompañó al carretero y al jamelgo que arrastraban aquella inesperada riqueza. De pronto el doctor comenzó a observar que la calle era muy distinta, se dio cuenta de que se tambaleaba y que sus piernas no podían sostenerlo. Comprendió que le había llegado la hora: era el tifus. El carretero lo recogió del suelo. Zhivago había perdido el conocimiento cuando fue llevado a su casa, tendido entre los troncos.
15

Estuvo delirando durante dos semanas, salvo muy breves intervalos. Le parecía ver que Tonia había puesto sobre su mesa de despacho las dos calles Sadóvaia: a la izquierda la Sadóvaia-Kariétnaia y a la derecha la Sadóvaia-Triunfálnaia, y que había acercado demasiado la lámpara encendida, ardiente y roja. En las calles había luz. Se podía trabajar y él estaba escribiendo.
Escribía con pasión y facilidad extraordinaria lo que siempre había deseado escribir, y ahora lo conseguía. Sólo a veces lo molestaba un muchacho de pequeños ojos kirguises y una doble pelliza de reno, desabrochada, como las que se llevan en Siberia o los Urales.
Era evidente que aquel muchacho representaba el espíritu de su muerte. Pero ¿cómo podía ser su muerte y ayudarlo a escribir un poema? ¿Es posible recibir una ayuda de la muerte? ¿Acaso puede ser ayuda la muerte?
El tema de su poema no era la resurrección o el entierro, sino los días transcurridos entre una y otro. Titulábase «Desfallecimiento».
Hacía mucho tiempo que deseaba escribir cómo la tierra negra e hirviendo de gusanos se lanzaba al asalto de la inmortal encarnación del amor, precipitándose contra su fuego y sus terrores, con el ímpetu de la resaca que cubre las playas. Así durante tres días la negra tormenta de tierra lo azotó todo furiosamente y después se había retirado.
Dos versos lo atormentaban: «Contentos de rozarlo» y «Hay que despertarse».
Contentos de rozar el infierno y la disgregación y la descomposición y la muerte, y, no obstante, al mismo tiempo, «contenta de rozar» también la primavera, Magdalena y la vida. Y «Hay que despertarse». Hay que despertarse y levantarse, resucitar.
16

Comenzó a mejorar. Primero, como aturdido, no buscaba el vínculo de las cosas, lo aceptaba todo, no recordaba nada, ni de nada se sorprendía. Su mujer lo alimentaba con pan blanco y mantequilla y le daba para beber té azucarado y café. Había olvidado que todo eso era completamente imposible en aquellos tiempos. Estaba contento a la vista de alimentos tan exquisitos: eran como la poesía, como un cuento de hadas, como si fueran los alimentos normales para un convaleciente. Pero en cuanto se dio cuenta, le preguntó a su mujer.
—¿De dónde ha salido todo esto?
—Te lo manda Grania.
—¿Qué Grania?
—Grania Zhivago.
—¿Grania Zhivago?
—Sí, Yevgraf, tu hermano de Omsk. Tu hermanastro. Cuando delirabas venía siempre a verte.
—¿Con una doble pelliza de piel de reno?
—Sí, sí. ¿De modo que te diste cuenta aunque delirabas? Te encontró en la escalera de una casa. Lo sé porque me lo ha dicho él. Sabía quién eras y se hubiese dado a conocer, pero ¡le infundiste tanto miedo! Te adora, lee siempre tus cosas. Es capaz de sacar maravillas de debajo de las piedras. Arroz, pasas, azúcar. Ahora ha vuelto a su tierra. Quiere que vayamos allá. Es un hombre extraño y enigmático. A mi entender, debe de estar muy bien relacionado con las autoridades. Dice que durante un año o dos conviene abandonar las grandes ciudades y «volver a la tierra». Le pedí consejo sobre las tierras de los Krueger. Le pareció muy bien. Se trata de cultivar un huerto y tener cerca un bosque. No es posible morir así, mansamente, como bestias.
En abril de aquel año toda la familia Zhivago partió para los lejanos Urales, hacia la antigua tierra señorial de Varyki no, cerca de Yuriatin.

VII
EL VIAJE

1

Eran los últimos días de marzo, los primeros días templados del año, falsos anunciadores de la primavera, a los cuales cada año sucede un fuerte descenso de temperatura.
En la casa de los Gromeko hacíanse a toda prisa los preparativos para el viaje. Ante los numerosos inquilinos que llenaban la casa, más numerosos que los gorriones en la calle, los Zhivago disimularon aquellos preparativos como una limpieza general que se hace antes de Pascua.
Yuri Andriéevich era contrario a la partida, pero no se oponía a los preparativos, porque consideraba irrealizable la empresa y esperaba que en el último instante todo quedase en proyecto. Pero las cosas fueron adelante y llegó el día en que se habló seriamente de ello.
En un consejo de familia que se convocó precisamente para esto, manifestó de nuevo a su mujer y a su suegro las dudas que tenía.
—¿De manera que seguís pensando que me equivoco y que hay que marchar?—preguntó, luego de haber expresado sus objeciones.
Su mujer tomó la palabra:
—Tú dices que hay que bandearse como sea durante uno o dos años, y que cuando la cuestión agraria se resuelva, será posible conseguir una buena parcela de terreno cerca de Moscú y plantar legumbres. Pero no aportas ningún consejo sobre la manera de salir adelante mientras tanto. Y para mí esto es lo más importante. Me gustaría saber tu opinión.
—Es una verdadera locura —dijo Alexandr Alexándrovich, apoyando a su hija.
—Bien está, me rindo —respondió Yuri Andriéevich—.
Lo único que me preocupa es lo desconocido. Nos lanzamos a ojos cerrados, dando palos de ciego sin tener la menor idea del lugar adonde vamos a ir. De las tres personas que viven en Varsykino, dos, mamá y la abuela, no son de este mundo. La tercera es el abuelo Krueger y, suponiendo que esté con vida, habrá sido retenido como rehén, o estará en la cárcel.
»No sé muy bien lo que hizo de sus bosques y su fábrica en el último año de la guerra. Tengo para mí que realizó una venta ficticia a un hombre de paja o a un banco y que todo se registró a nombre de un tercero. ¿Sabemos algo de eso? ¿De quién son las tierras, no en el sentido de la propiedad efectiva, que eso es lo de menos, sino quién es el responsable de ellas? ¿Cómo se administran? ¿Se explota el bosque? ¿Trabajaban las fábricas? En fin, ¿quién manda hoy allí y quién mandará cuando lleguemos?
»Para vosotros el áncora de salvación está en Mikulitsyn, de quien tanto habláis. Pero ¿quién os dice que este viejo administrador esté vivo todavía y se encuentre aún en Varyrkino? ¿Y qué sabemos de él, sino que el abuelo pronunciaba mal su nombre y por eso lo recordamos?... Pero ¿para qué discutir? Habéis decidido ir, pues vamos. No hay motivo para demorar la partida.
2

Para informarse, Yuri Andriéevich se dirigió a la estación de Yaroslav.
La multitud de personas que deseaban partir estaba contenida por barreras de madera colocadas por todas partes en la estación. Sobre el pavimento de piedra yacía mucha gente envuelta en capotes grises que se volvía ya de un lado, ya del otro, y tosía y esputaba. Cuando hablaban, lo hacían en voz muy alta, sin tener en cuenta la intensidad con que resonaban las voces bajo las sonoras bóvedas.
La mayor parte eran convalecientes del tifus, los cuales, por el exceso de enfermos, eran puestos en la calle al día siguiente de la última crisis. También Yuri Andriéevich, como médico, se había visto en la necesidad de adoptar tal medida, pero no suponía que fuesen tantos aquellos infelices y que las estaciones les sirvieran de refugio.
—Proporciónese una orden de viaje —le dijo un mozo de cuerda que llevaba un mandil blanco—. Hay que intentarlo todos los días. Hoy los trenes son una rareza, una casualidad. Y naturalmente... —el mozo frotó el dedo pulgar de su mano derecha con el índice y el medio—. Un poco de harina, alguna cosilla... Si no se unta, no hay nada que hacer. Esto —y se dio una palmadita en la garganta— es muy respetable.
3

Por aquel entonces, Alexandr Alexándrovich fue invitado a tomar parte en algunas consultas extraordinarias del Consejo Superior de Economía, y Yuri Andriéevich fue llamado a la cabecera de un miembro del gobierno, gravemente enfermo. Los dos recibieron la mejor remuneración que podía desearse entonces: unos bonos para un almacén de reserva, el único que existía entonces.
Hallábase instalado en los locales de un almacén militar, en el monasterio de San Simón. El doctor y su suegro atravesaron dos patios, uno de la iglesia y el otro del cuartel. Desde allí pasaron directamente —ni siquiera había entrada— bajo las bóvedas de piedra de un local muy profundo cuyo pavimento descendía gradualmente. El local alargábase hacia el fondo y estaba interrumpido por un largo mostrador transversal, tras el cual un almacenista pesaba y entregaba las mercancías, tranquilamente y sin prisa, alejándose a veces para ir a recoger algo al almacén. Pero a medida que iba entregando las cosas, marcaba, con un enérgico trazo, la palabra correspondiente que figuraba en la lista del bono.
Pocas eran las personas que esperaban.
—¿Las bolsas?—preguntó el almacenista al doctor y su suegro, echando una rápida ojeada a sus bonos.
Los dos se quedaron de una pieza, con los ojos muy abiertos, cuando en unas pequeñas fundas de almohada que usaban las señoras y en otras fundas más grandes, vieron que el almacenista metía harina, sémola, pasta y azúcar, y además tocino, jabón y cerillas. En cada una de ellas metió también un paquete, que luego, desenvuelto en casa, resultó ser queso del Cáucaso.
Yerno y suegro se apresuraron a meterlo todo en dos grandes sacos que se cargaron a la espalda. No querían fastidiar demasiado con su torpeza al almacenista tan extraordinariamente generoso.
Del almacén salieron al aire libre, ebrios no de alegría material, sino por saber que sus vidas no eran inútiles y que una vez en casa recibirían las alabanzas de la amita Tonia.
4

Mientras los hombres perdían los días en los organismos oficiales solicitando el permiso de viaje y los certificados de conservación de las habitaciones que dejaban, Antonina Alexándrovna elegía las cosas que quería llevarse.
Recorría de un lado a otro las tres habitaciones que se habían asignado a la familia Gromeko, y durante largo rato sopesaba en sus manos cada chuchería, antes de meterla entre la ropa que había de llevarse.
Sólo una pequeña parte de sus cosas estaba destinada a su exclusiva pertenencia. Las otras debían ser utilizadas como objetos de cambio, necesarios durante el viaje y la llegada a su destino.
A través de los abiertos postigos de la ventana entraba el aire de la primavera: un aire que sabía al primer bocado de un panecillo tierno. En el patio cantaban los gallos y se oían voces de niños que jugaban. Cuanto más querían airear la habitación, más penetrante era el olor de la naftalina, que trascendía la ropa de invierno sacada de los baúles.
Con respecto a lo que se debía llevar y lo que, en cambio, convenía que se quedara, existía una verdadera teoría elaborada por aquellos que ya habían partido, cuyas instrucciones circulaban entre los amigos que se quedaron en la capital, y ya se habían hecho clásicas.
Tales instrucciones, expresadas en breves y categóricas indicaciones, estaban presentes con toda claridad en la mente de Antonina Alexándrovna, que tenía la impresión de oírlas llegar a ella desde el patio, junto con el gorjeo de los pájaros y la alegre chillería de los niños, como si una voz misteriosa se las sugiriese desde la calle.
«Telas, telas —decían tales instrucciones—, a ser posible en piezas. Pero puede haber registros en el viaje, y es peligroso. Es mejor llevarlas en retales, cosidos a la cintura. Lo mejor de todo, telas y tejidos. También los trajes, si no están demasiado usados. Nada de cosas viejas o pesadas. Como, por lo general, hay que llevarlo todo a mano, se debe prescindir de cestas y maletas. El equipaje, que será pequeño, y cuya utilidad se habrá comprobado cien veces, se repartirá en saquitos, que pueden ser llevados lo mismo por una mujer que por un niño. La experiencia ha demostrado que la sal y el tabaco son muy convenientes, aunque el riesgo es muy grande. En cuanto al dinero, Kerenskis[38]. Lo más difícil es la documentación.»
Y así sucesivamente.
5

La víspera de la partida se desencadenó una tormenta. El viento lanzaba hacia el cielo densas nubes grises de danzantes copos de nieve que volvían a caer sobre la tierra en un lívido remolino, revoloteando por la oscura calle y cubriéndolo todo con una blanca sábana.
En la casa todo estaba ya empaquetado. La vigilancia de las habitaciones y de todo lo que quedaba fue confiada a un viejo matrimonio, parientes moscovitas de Yegórovna, a quienes Antonina Alexándrovna había conocido el invierno anterior cuando por mediación suya cambiaba ropa vieja, trapos y muebles inútiles, por leña y patatas.
No se podía confiar en Márkel. En la milicia, que él había elegido como club político, no acusaba a sus antiguos amos los Gromeko de haberle chupado la sangre, pero les reprochaba que, durante todos aquellos años, lo habían mantenido en la ignorancia, ocultándole, con toda intención, que el hombre desciende del mono.
Antonina Alexándrovna hizo que la visitaran por última vez los parientes de Yegórovna, un antiguo empleado de comercio y su mujer. Les mostró qué llave correspondía a cada cerradura, donde se encontraba cada cosa, abrió y cerró armarios y cajones y se lo explicó todo.
Mesas y sillas habían sido amontonadas contra las paredes, los paquetes que debían llevar en el viaje estaban aparte, también amontonados, y se retiraron las cortinas y visillos de todas las ventanas. La tempestad de nieve contemplaba las habitaciones a través de las ventanas desnudas, despojadas de sus defensas contra el invierno. A todos les recordaba algo la tormenta. A Yuri Andriéevich, su infancia y la muerte de su madre; a Antonina Alexándrovna y a Alexandr Alexándrovich, la muerte y los funerales de Anna Ivánovna. A todos les pareció que era la última noche que pasaban en aquella casa que no volverían a ver jamás. En esto se engañaban, pero cada uno se abandonaba a una tristeza que no quería confiar a los demás para no amargarlos. Recordaban lo que habían vivido bajo aquellos techos y hacían esfuerzos para contener las lágrimas.
Esto no impedía a Antonina Alexándrovna que guardase las formas ante los extraños, conversando sin descanso con la mujer a quien confiaba la casa. Exageraba la importancia del servicio que se les prestaba, y para expresar su gratitud, a cada momento, con muchas excusas, se dirigía a la estancia de al lado y volvía siempre con un regalo nuevo, un pañuelito, una blusa, un trozo de indiana o de muselina. Todas estas telas eran oscuras, a cuadritos o con motas blancas, como negra y moteada de blanco estaba la oscura calle nevada que a través de las ventanas desnudas contemplaba aquella noche de adiós.
6

Fueron muy pronto a la estación, casi al alba. A aquellas horas los inquilinos de la casa no se habían levantado aún. Pero Zevorótkina, una inquilina que tomaba siempre la iniciativa en todas las manifestaciones colectivas, recorrió las habitaciones llamando a las puertas y gritando:
—¡Despertad, camaradas! ¡Ya es hora de despedirnos! ¡Vamos! Los ex Garumiékov[39] se van.
Todos salieron a despedirse en el vestíbulo y el rellano de la escalera de servicio (la entrada general había sido condenada hacía un año), colocándose en semicírculo, como si tuvieran que hacerles una fotografía en grupo.
Bostezaban y las mujeres se encorvaban para que el manto que se habían echado sobre los hombros y bajo el cual tiritaban no les resbalase. Muertas de frío, pateaban el suelo con los pies calzados con sólo grandes botas de fieltro.
Márkel, que había encontrado el medio de hacerse con no se sabe qué bebida terrible, incluso en aquella época sin alcohol, se derrumbó como un saco sobre el barandal de la escalera y estuvo a punto de hacer que se viniera abajo. Ofrecióse para llevar los paquetes a la estación y se molestó porque no quisieron aceptar su ayuda. No sin grandes esfuerzos lograron quitárselo de encima.
El patio estaba oscuro todavía. En el aire sin viento caía la nieve más espesa que durante la víspera. Grandes copos aterciopelados descendían perezosamente y a poca distancia del suelo parecían vacilar un instante, no sabiendo si posarse en él.
Cuando desde la calle desembocaron en Arbat había clareado algo. La nevada velaba toda la calle con su blanca y ondulante cortina, cuyos faldones de franjas se agitaban y pegaban a las piernas de los caminantes. De este modo se perdía el sentido de andar. Parecía como si siempre estuviese uno en el mismo sitio y se limitara a mover los pies.
Por la calle no había nadie. Los viajeros procedentes de Sívtsev Vrázhek no encontraron un alma. No obstante, pronto los alcanzó un simón vacío, cuyo cochero parecía estar metido dentro de una pasta líquida y cuyo jaco estaba blanco de nieve. Por una cantidad insignificante, increíble en aquellos años, los instaló a todos con sus equipajes en el simón, excepto a Yuri Andriéevich, que prefirió ir a pie a la estación, libre de equipaje e impedimenta.
7

En la estación, Antonina Alexándrovna y su padre formaron parte enseguida de una larguísima cola contenida por las barreras de madera. Ya no se tomaba el tren en los andenes, sino a cosa de una versta de ellos, en plena vía, cerca del semáforo que indicaba la salida, porque faltaban brazos para limpiar los andenes, pues más de la mitad estaban cubiertos de hielo y basura y las locomotoras no podían llegar a la estación.
Niusha y Sasha, en lugar de estar entre la multitud junto a la madre y el abuelo, paseaban bajo la inmensa marquesina de la entrada, dejándose ver de vez en cuando, no hubiese llegado ya el momento de reunirse con los demás. Todos apestaban a petróleo, con el cual se habían rociado abundantemente los tobillos, las muñecas y el cuello para evitar los piojos propagadores del tifus.
Al ver llegar a su marido, Antonina Alexándrovna le hizo una seña con la mano y, aun antes de que se acercara, le gritó desde lejos preguntándole en qué taquilla timbraban las licencias de viaje. El se acercó.
—Esta es una cola para el tren de los delegados —dijo un vecino de Antonina Alexándrovna, que por encima de su hombro pudo distinguir los sellos de su documento. Pero otro que estaba delante, uno de esos juristas sabelotodo que cumplen la ley en las circunstancias que sean y se saben todas las reglas del mundo aceptándolas sin manifestar la más mínima duda con respecto a ellas, explicó más detalladamente:
—Con este timbre tiene usted derecho a exigir asiento en un vagón de pasajeros, siempre que lo haya.
El caso fue discutido por toda la cola. Se oyeron voces:
—¡Anda ese! ¿Conque un vagón de pasajeros? ¡Sería demasiado bonito! Gracias con que podamos ir en la perrera.
—No le haga usted caso. Tiene usted la orden. Hágame caso a mí. En estos tiempos los trenes normales han sido suprimidos, y solamente funciona uno mixto para los militares, los detenidos, los animales y la gente. Hablar es muy fácil, enseguida uno se va de la lengua. Pero en lugar de dar el pego a la gente es mejor explicarle las cosas de manera que las entienda.
—Explicar, explicar. Ya salió el sabidillo. ¿De qué les sirve tener una reserva para el tren de delegados? Primero míralos, y después suéltate las explicaderas. ¿Cómo quieres que con esa pinta vayan con los delegados? El tren de delegados está lleno de bolcheviques. Los marinos tienen pupila, y llevan siempre la pistolita en el bolsillo. Verían enseguida que son gente acomodada y además un doctor, un antiguo señor. El marino echará mano de la pistola, pum y se acabó, lo mismito que una mosca.
No se sabe hasta qué punto hubiese llegado la solidaridad para con el doctor y su familia, de no haber sucedido otro incidente.
Hacía rato que la gente miraba más allá de las amplias ventanas de gruesos cristales de la estación. A causa de la extrema anchura del cobertizo, era visible a gran distancia el espectáculo de la nieve que caía sobre las vías y parecía como si los copos se quedasen inmóviles en el aire y se posaran luego lentamente, como descienden en el agua las migas de pan dadas a los peces.
Algunas personas, aisladas o en grupos, habían comenzado a dirigirse hacia allí. Mientras fueron pocas, aquellas figuras que no se distinguían bien a través de la temblorosa cortina de nieve, fueron confundidas con ferroviarios que caminasen a lo largo de las vías por motivos de servicio. Pero ahora afluían en masa en esa dirección, y allí humeaba una locomotora.
—¡Abrid las puertas, bestias! —gritaron en la cola.
La multitud se movió y comenzó a empujar hacia las puertas. Los que estaban detrás empujaban a los de delante.
—¡Qué vergüenza! Aquí han puesto barreras para que no pase nadie, y por allí pasa quien le da la gana. Así se llenarán los vagones hasta los topes, mientras nosotros estamos aquí como sardinas. ¡Abrid o nos lo cargamos todo! ¡Eh, muchachos, duro con ello!—¿Qué estáis diciendo, idiotas?—dijo el sabelotodo—. Son hombres movilizados, que vienen de Petrogrado para el trabajo obligatorio. Antes los enviaban a Vologdá, más al norte. Y ahora los mandan al frente oriental. Como si fueran por gusto. Escoltados y a cavar trincheras.
8

Hacía ya tres días que viajaban, pero no se habían alejado mucho de Moscú. El paisaje era invernal: las vías, el campo, los bosques, los tejados de las casas, todo estaba cubierto de nieve.
La familia Zhivago había tenido la suerte de poder instalarse en la parte delantera del vagón, en el rincón de la izquierda del piso superior, precisamente bajo el techo, junto a una pequeña ventanilla oblonga, y estaban todos reunidos allí.
Era la primera vez que Antonina Alexándrovna viajaba en un vagón de mercancías. En Moscú, al partir, Yuri Andriéevich había levantado en brazos a las mujeres hasta el nivel del vagón, a lo largo del cual se deslizaba una pesada puerta corredera. Luego las mujeres se acostumbraron a valerse solas, encaramándose sin ayuda de nadie por las tablas de la pared.
Al principio, el vagón le pareció a Antonina Alexándrovna un establo con ruedas. Consideraba que aquellas pequeñas celdas se harían pedazos al primer choque o a la primera sacudida. Pero hacía ya tres días que eran zarandeados hacia atrás y hacia adelante y lanzados en todas direcciones a cada cambio de velocidad o a cada curva. Hacía ya tres días que bajo el suelo del vagón resonaban continuamente, como los palillos de un tambor mecánico, los ejes de las ruedas. Sin embargo, el viaje proseguía sin incidentes y sin que se confirmaran los temores de Antonina Alexándrovna.
En las estaciones de segundo orden, aquel largo tren compuesto de veintitrés vagones —el de Zhivago tenía el número catorce— alcanzaba los pequeños andenes sólo con la cabeza, la cola o el centro.
Los vagones de cabeza eran los militares, en medio viajaban los pasajeros libres y en la cola los movilizados para el trabajo obligatorio.
Estos últimos eran cerca de quinientos, gente de todas las edades y de las categorías y oficios más diversos.
Los ocho vagones que ocupaban ofrecían un espectáculo pintoresco. Junto a ricos bien vestidos, agentes de bolsa o abogados petersburgueses, podían verse, codeándose con la clase explotadora, cocheros de punto, barrenderos, empleados de baños, ropavejeros tártaros, locos huidos de los manicomios abandonados, pequeños comerciantes y monjes.
Los primeros, sin chaqueta, estaban sentados en trozos de madera colocados verticalmente alrededor de pequeñas estufas puestas al rojo, charlando sin descanso y rumorosamente. Eran gentes que tenían buenas relaciones y no se preocupaban. Parientes influyentes se desvivían por ellos en sus casas y, en último extremo, al final del viaje, podrían comprar su libertad.
Los segundos llevaban botas y caftanes desabrochados, o bien estaban descalzos, con largas camisas flojas sueltas por encima de los pantalones, barbudos o sin barba, y permanecían de pie ante las puertas abiertas de los vagones sofocantes, apoyándose en los montantes y traviesas de madera que cruzaban las puertas y, sin hablar entre ellos, miraban tristemente las zonas suburbanas y la gente que pasaba. Privados de toda clase de útiles relaciones, no podían contar con nadie.
No todos los movilizados se hallaban en los vagones destinados para ellos: una parte se había diseminado por el convoy, entre los viajeros libres. Algunos se encontraban también en el vagón número catorce.
9

Por lo general, cuando el tren se acercaba a una estación, Antonina Alexándrovna, que estaba tendida sobre la litera superior, en la única posición que le permitía la proximidad del techo, se incorporaba, dejaba colgar la cabeza y, a través de una rendija de la puerta cerrada, determinaba, según el aspecto general, si la localidad que se perfilaba a lo lejos tenía interés desde el punto de vista del intercambio de mercancías y si valía la pena de apearse.
Así ocurrió también aquella vez. La reducción de velocidad del tren la sacó de su amodorramiento. El gran número de agujas sobre las cuales el tren saltaba con un fragor cada vez más grande, indicaba la importancia de la estación, y la duración de la parada.
Antonina Alexándrovna se incorporó, torció la cabeza, se frotó los ojos, se alisó los cabellos, metió la mano en un saco, hurgó en él en todos sentidos, y acabó extrayendo una toalla en la que había bordado unos gallos, figuras humanas, arcos y ruedas.
Mientras tanto, también se despertó el doctor, que saltó el primero de su dura litera y ayudó a descender a su mujer.
Ante la puerta abierta del vagón desfilaron las garitas, las luces y los árboles de la estación grávidos de nieve, que tendían a los viajeros sus ramas desnudas, como si les ofrecieran el pan y la sal. Desde el tren todavía en marcha, los primeros que se apearon sobre la nieve intacta del andén fueron los marinos y precediendo a todos a causa del impulso, corrieron hacia la esquina de la estación donde, amparados por las paredes, solían esconderse los vendedores clandestinos de productos alimenticios.
El uniforme negro de los marinos, las cintas flotantes de sus gorras y sus pantalones de anchas boquillas, daban a su carrera un aplomo y una seguridad que hacían que todos se apartasen ante ellos como ante esquiadores o patinadores lanzados a toda velocidad.
A la vuelta de la esquina, escondiéndose una tras otra, estaban en fila india las campesinas de las aldeas vecinas. Vendían pepinos, requesón, carne hervida y pastelillos de centeno que, a pesar del frío, conservaban aún su aroma y tibieza, gracias a la envoltura que los protegía. Mujeres y jovencitas, con pañuelos metidos bajo el cuello de sus cortas pellizas, enrojecían como tomates bajo las bromas de los marinos y al mismo tiempo les temían como al diablo, porque además de marinos se les reclutaba en las brigadas contra la especulación y el comercio libre.
Pero su turbación no duraba mucho. El tren se detenía. Surgieron también los demás pasajeros. Cambió el público y el comercio se intensificó.
Antonina Alexándrovna pasaba revista a las vendedoras, con la toalla sobre el hombro, como si se dispusiera a lavarse con nieve. Algunas la habían visto ya y le gritaban:
—¡Eh, ciudadana! ¿Qué quieres por eso?
Pero Antonina Alexándrovna, en lugar de detenerse, seguía su camino acompañada de su marido.
Al final de la fila había una mujer con un pañuelo negro bordado en rojo. Vio la toalla bordada y se le encendieron los ojos. Miró a su alrededor, se aseguró de que no había peligro, y acercóse rápidamente a Antonina Alexándrovna. Descubrió su mercancía y susurró apresuradamente y con calor:
—Mira. ¿Viste algo parecido? ¿No te gustaría tenerlo? Bueno, no lo pienses más, o me lo quitarán. Te cambio la toalla por esto.
Antonina Alexándrovna no comprendió al principio. Creyó que la campesina se refería al chal, y preguntó:
—¿Qué estás diciendo, guapa?
Pero la aldeana había aludido a media liebre, abierta en canal y asada, que tenía en la mano. Efectivamente, repitió:
—Te digo que me des la toalla por esto. ¿Qué estás mirando? No creas que es gato. Mi marido es cazador. Es liebre, una hermosa liebre.
Se hizo el cambalache. A las dos les pareció que habían hecho un gran negocio y que la otra había perdido en el cambio. Antonina Alexándrovna se avergonzó de engañar tan deshonestamente a una pobre aldeana y ésta, contenta con el negocio, se apresuró a alejarse rápidamente del lugar del delito. Llamó a voces a una vecina que no tenía nada que cambiar y se apresuró con ella por un sendero de nieve que se perdía a lo lejos.
En aquel momento se produjo un revuelo entre la multitud. Una vieja comenzó a gritar:
—¿Dónde vas, señor mío? ¿Y los cuartos? ¿Que me los has dado, sinvergüenza? ¡Cerdo del demonio! Le grito y ni siquiera se vuelve. ¡Eh, párate, señor camarada! ¡Socorro! ¡Al ladrón! Me han robado. Está ahí, miradlo, detenedlo.
—¿Quién es?
—Ese sin barba. Ese que se está riendo y que se va.
—¿Ese que tiene los codos rotos?
—¡Sí, sí! ¡Socorro! ¡Me han robado!
—¿Qué ha pasado aquí?
—Alguien que fingía comprar a esta mujer. Se ha llenado la tripa de pasteles y leche y ha salido arreando. Ella se ha puesto a llorar y lamentarse.
—No hay que dejar que ocurran estas cosas. Debemos detenerlo.
—Inténtalo. Va armado hasta los dientes. Te tocará a ti las de perder.
10

En el vagón número catorce viajaban algunos reclutas del Ejército de Trabajo bajo la vigilancia de un centinela llamado Voroniuk. Entre ellos, por diversos motivos, tres se habían distinguido de un modo particular: un tal Próhor Jaritónovich Pritúliev, ex cajero de una expendeduría estatal de alcoholes en Petrogrado, el cajero, como le llamaban en el vagón, Vasia Brykin, de dieciséis años, recadero de una ferretería, y el canoso revolucionario y «cooperador» Kostoied-Amurski, que había conocido todos los presidios del viejo régimen e inauguraba ahora los de los nuevos tiempos.
Ninguno de los tres conocía a los otros, habían sido enrolados aquí y allá y se conocieron durante el viaje. Por sus conversaciones se supo que el cajero Pritúliev y el recadero Vasia Brykin eran paisanos, ambos de la provincia de Viatka y oriundos de lugares por los que habría de pasar el tren.
Pequeño burgués de la ciudad de Malmyzha, Pritúliev era un hombre tosco, con el pelo cortado en forma de cepillo, picado de viruelas y francamente feo. Un blusón gris, empapado de sudor bajo las axilas, lo ceñía como un sarafán oprime el pecho de una mujer metida en carnes. Era silencioso como un ídolo y durante horas parecía sumido en sus pensamientos, atormentando, hasta hacerse sangre, las verrugas de sus pecosas manos, que comenzaban ya a infectarse.
Un año antes, en otoño, caminaba por la Avenida de Nievski, y en la esquina de la calle Litieini cayó en una redada callejera. Le pidieron la documentación y resultó poseer una cartilla de racionamiento de cuarta categoría, que se concedía a los no trabajadores, y que no daba derecho a nada. Por esto lo habían detenido y, junto con otros muchos, se le envió escoltado a un cuartel. El continente de detenidos formado allí había de ser mandado a Vologdá a cavar trincheras en el frente de Arjánguelsk, como ya fue enviado otro, pero luego durante el viaje se le dio orden de dar la vuelta y, a través de Moscú, pasó al frente oriental.
Pritúliev tenía a su mujer en Luga, donde estuvo trabajando hasta que empezó la guerra, antes de sentar plaza en Petersburgo. Habiendo tenido conocimiento de la desgracia ocurrida a su marido, se precipitó a buscarlo a Vologdá, para liberarlo del Ejército de Trabajo. Pero el destacamento había seguido un itinerario distinto del de ella en su búsqueda. Sus fatigas resultaron inútiles. La madeja se embrolló cada vez más.
En Petersburgo, Pritúliev convivió con una tal Pelaguieia Nílovna Tiagunova. Fue detenido en el cruce de la Avenida de Nievski, después de haberse despedido de ella en la esquina, para irse en otra dirección. Vio de lejos su espalda, entre los paseantes de la calle Litieini, y la siguió con los ojos hasta que desapareció.
Tiagunova acompañó gustosamente a Pritúliev durante el viaje. Era una pequeña burguesa rechoncha y agradable, con hermosas manos y una gruesa trenza que dejaba caer sobre su pecho y, lanzando profundos suspiros, la hacía saltar de un hombro a otro.
Uno se preguntaba qué habían encontrado en un hombre como Pritúliev aquellas dos mujeres. Además de Tiagunova, en otro vagón de mercancías más cercano a la locomotora, hallábase, por no se sabe qué casualidad, otra buena amiga de Pritúliev. Era una muchacha flaca, de cabellos pajizos, llamada Ogryzkova. Tiagunova la llamaba la «ollares» y la «jeringa», aparte de otros muchos apodos igualmente ofensivos.
Las dos rivales andaban de uñas y evitaban encontrarse. Ogryzkova no se dejaba ver nunca en el compartimiento, y era un misterio el lugar donde se citaba con el objeto de su adoración. Quizá se contentaba con contemplarlo desde lejos, cuando todos los viajeros habían de echar una mano en la carga de leña y carbón.
11

La historia de Vasia era muy distinta. Su padre murió en la guerra y su madre lo mandó a Petersburgo a casa de su tío, para que aprendiese un oficio.
Aquel invierno, su tío, propietario de una ferretería en Apráxini Dvor, fue llamado para una información al soviet del barrio. Se equivocó de puerta y, en lugar de entrar en la habitación indicada en la convocatoria, se metió en la contigua. Casualmente era la sala de recepciones de la comisión del trabajo obligatorio. Había allí una gran muchedumbre. Cuando el público reunido en aquella sala fue suficiente, los soldados rojos rodearon a los presentes, los llevaron a pasar la noche en el cuartel Semiónov y, a la mañana siguiente, los acompañaron a la estación para instalarlos en el tren de Vologdá.
La noticia de tales detenciones no tardó en circular por la ciudad, y, al día siguiente, muchos familiares acudieron a la estación para despedirlos. También Vasia y su tía fueron a despedir al detenido.
Este suplicó al centinela que lo dejase salir un momento para poder abrazar a su mujer. El centinela, el mismo Voroniuk, que escoltaba ahora al grupo en el vagón número catorce, no quiso dar su autorización sin tener la garantía de que el hombre regresaría al tren. Marido y mujer propusieron dejar como rehén al sobrino, y Voroniuk aceptó. Vasia fue conducido al interior del vagón y dejaron salir a su tío. El tío y la tía desaparecieron.
Cuando se descubrió el engaño, Vasia, que no lo sospechaba ni remotamente, comenzó a llorar, se echó a los pies de Voroniuk y le besó las manos suplicándole que le dejase marchar. Pero todo fue inútil. Voroniuk no era implacable por dureza de carácter, pero corrían tiempos peligrosos, las órdenes eran severísimas y del número de personas que se habían puesto bajo su responsabilidad respondían los centinelas con la vida. De este modo figuró Vasia en el Ejército de Trabajo. El «cooperador» Kostoied-Amurski, que había gozado de la estimación de todos los carceleros, tanto bajo el gobierno zarista, como ahora bajo el nuevo régimen y que siempre era amigo de todo el mundo, llamó varias veces la atención al jefe de escolta sobre la absurda situación de Vasia. Pero aquél, con todo y reconocer la evidencia del equívoco, sostenía que una serie de dificultades formalistas no permitían examinar el caso durante el viaje y prometía que lo pondría en claro a la llegada.
Vasia era un muchacho apuesto, de rasgos regulares, como los que los pintores atribuían a los escuderos de los antiguos zares y a los ángeles, de una pureza y un candor excepcionales. Su diversión preferida era sentarse a los pies de los mayores, abrazándose las rodillas, y escuchar con la cabeza levantada lo que ellos decían o contaban. Entonces, por el juego de los músculos de su rostro, con los que contenía las lágrimas prontas a brotar o luchaba por reprimir la risa, se hubiera podido reconstruir el contenido de las conversaciones. El tema de éstas reflejábase como en un espejo en el sensible rostro de aquel muchacho.
12

El cooperador Kostoied se había instalado en la parte alta del vagón, en calidad de huésped de Zhivago, y chupaba ruidosamente la pata de liebre que le ofrecieron. Le daban miedo las corrientes de aire y temía resfriarse.
—¡Cómo sopla el viento! ¿De dónde sale?—preguntaba, cambiando de sitio y buscando un rincón más abrigado. Finalmente se sentó en un lugar libre de corrientes y declaró:
—Aquí se está bien.
Terminó la pata, se chupó los dedos, los limpió con el pañuelo y, después de haber dado las gracias a sus anfitriones, observó:
—Viene de la ventanilla. Convendría taparla bien. En fin, volvamos al tema de nuestra conversación. Usted está equivocado, doctor, la liebre asada es algo magnífico. Pero deducir por ello que en el campo se vive mejor, es hacer una declaración audaz y expresar una hipótesis aventurada.
—No diga semejantes cosas —respondió Yuri Andriéevich—. Mire estas estaciones. Los árboles intactos, y lo mismo los setos. ¡Y esos mercados! ¡Qué mujeres! Realmente es un alivio. En cierto modo hay vida todavía. Alguien está contento. No todos pasan calamidades. Eso lo justifica todo.
—Si fuera así, estaría bien. Pero no es verdad. ¿Por qué dice esto? Aléjese a cien verstas de la línea del ferrocarril. Por todas partes, continuas revueltas campesinas. Y yo le pregunto que contra quién. Contra los blancos y contra los rojos, según quién domine. Usted dirá: entonces el campesino es enemigo de todo orden y ni siquiera sabe lo que quiere. Perdone, pero no lo diga todavía. Lo sabe mejor que usted, sólo que no quiere lo que queremos nosotros. Cuando la revolución lo despertó creyó que se realizaría su sueño secular de una vida autónoma, de una existencia libre, sin tener que depender de extraños ni tener obligaciones para con nadie. En cambio, de las garras del antiguo estado derrocado ha venido a caer bajo el poder incomparablemente más severo del superestado revolucionario. Por eso el campo se agita y no encuentra paz en ninguna parte. Usted dirá que los campesinos están bien. Usted, amigo mío, no sabe nada, y, por lo que veo, ni siquiera intenta saberlo.
—Sea. No quiero saberlo. Eso es precisamente. Pero no, espere un momento. ¿Por qué tengo que saberlo todo y angustiarme por todo? La época no tiene en cuenta lo que yo soy y me impone lo que ella quiere. Permítame ignorar los hechos. Dice usted que mis palabras no corresponden a la realidad. Pero ¿acaso existe hoy en Rusia una realidad? A mi entender la han asustado de tal manera que se ha escondido. Quiero creer que el campo se ha beneficiado y me parece bien. Pero si eso es un error, ¿qué quiere que haga? ¿Qué razones hay para vivir? ¿A quién debo prestar oído? Pero debo vivir porque soy padre de familia.
Yuri Andriéevich hizo un vago ademán, y, dejando que Alexandr Alexándrovich continuase la discusión con Kostoied, se arrimó al borde de su litera de tablas, inclinó la cabeza y se puso a mirar lo que pasaba abajo.
Pritúliev, Voroniuk, Tiagunova y Vasia estaban charlando. Al acercarse a su tierra natal, Pritúliev recordaba las diversas maneras de dirigirse a ella, hasta qué estación llegaba el tren, dónde había que apearse y cómo continuar, a pie o a caballo. Vasia, cuando oía hablar de pueblos o lugares que conocía, daba saltos, se iluminaban sus brillantes pupilas, y repetía lleno de éxtasis los nombres, que para él tenían el sabor de un cuento maravilloso.
—Se apea uno en Sujói Brod —repetía, saboreando las palabras—. Desde luego. Ahí está nuestra casa. Nuestra estación. Perdone usted, pero después hay que tomar el camino de Buískoie, ¿verdad?
—Sí, luego la carretera de Buískoie.
—Es lo que yo decía: la carretera de Buískoie. El pueblo de Buískoie. ¿Que si lo conozco? Naturalmente, allí es donde se da la vuelta. Desde allí, para ir a casa, se toma siempre a la derecha. Por Veretiénniki. Usted, en cambio, tío Jaritónovich, creo que deberá tomar por la izquierda, dejando el río. ¿Ha oído usted hablar del río Pielga? Claro que sí. Es nuestro río. A nuestra casa se va siguiendo la orilla. A orillas de este río, el Pielga, un poco más arriba, está nuestro pueblo, Veretiénniki. Justamente está a una gran altura. La cuesta es muy empinada. La llamamos zakívok[40]. Si te pones en la orilla da miedo mirar hasta el fondo, porque es un precipicio enorme. Uno tiene miedo de despeñarse. Es la verdad. Arriba se arrancan piedras y se hacen muelas. En Veretiénniki está mi madre. Y también tengo dos hermanitas: Alionka y Arishka. A mi madre, ¿sabe?, la llaman la tía Palasha. Es, ¿cómo diría yo?, así como usted, Pelaguieia Nílovna, joven y guapa... ¡Tío Voroniuk! ¡Tío Voroniuk! Por favor, por amor de Jesucristo... ¡Tío Voroniuk!
—¿Qué pasa? ¿Por qué repites como un cuclillo «tío Voroniuk», «tío Voroniuk»? Ya sé que soy tío y no tía. ¿Qué quieres, qué tripa se te ha roto? ¿Que te deje escapar? ¿Eso es lo que quieres? Si tú te largas, en buena me metes: me llevan al paredón.
Pelaguieia Tiagunova, aparte, miraba distraídamente a lo lejos y callaba. Acariciaba la cabeza de Vasia y, con aire soñador, jugaba con sus cabellos rubios. De vez en cuando, a una señal hecha con la cabeza, con los ojos y con sonrisas, hacía una indicación al muchacho para que no hiciera el tonto, que no hablase de esas cosas con Voroniuk. Era como si le dijese que tuviera paciencia, que todo se arreglaría y que se tranquilizara.
13

Cuando, dejando atrás la Rusia central, se dirigieron hacia oriente, comenzaron los imprevistos. Atravesaban regiones poco tranquilas, donde la ley estaba en manos de bandas armadas, o en las cuales las revueltas habían sido sofocadas muy recientemente.
Se multiplicaron las paradas en plena noche, las inspecciones de vagones por los controles, el registro de equipajes y la revisión de la documentación de los viajeros.
Una noche el tren se detuvo de pronto, pero nadie compareció en los vagones, ni se despertó nadie. Para saber si se trataba de algún incidente, Yuri Andriéevich descendió del vagón.
La noche era muy oscura. Sin motivo aparente, el tren se había detenido en un punto cualquiera de la línea, flanqueada de abetos. Otros, que se apearon antes que él, le dijeron que, según les manifestaron, no había sucedido nada. Al parecer el maquinista detuvo el tren pretextando que la zona era peligrosa y hasta que con una vagoneta no se examinara el estado de las vías se negaba a seguir adelante. Decíase que algunos representantes de los pasajeros habían ido a ver al maquinista para disuadirlo y, en caso necesario, soltarle la mosca. Se dijo también que los marinos habían tomado cartas en el asunto, y que ellos sí sabrían convencerlo.
Mientras hablaban con Zhivago de estas cosas, la nieve que había delante de la locomotora, como iluminada por la luz vacilante de una hoguera, encendíase a los resplandores lanzados por la chimenea de la máquina. De pronto, una de estas llamaradas iluminó vivamente un trozo de la campiña nevada, la locomotora y algunas figuras negras que corrían a lo largo de la línea.
La que iba delante era evidentemente el maquinista. Este corrió hasta el extremo de la locomotora. Se encaramó a ella, franqueó de un salto los topes y desapareció. Lo mismo hicieron los marinos que lo perseguían: saltaron en el aire y desaparecieron como por encanto.
Interesado por la escena, Yuri Andriéevich se dirigió con algunos más hacia la locomotora.
Al otro lado de la línea, descubrieron al maquinista hundido hasta la cintura en la alta capa de nieve del terraplén, debatiéndose en ella. Los marinos, también con nieve hasta la cintura, lo rodeaban en semicírculo.
El maquinista gritaba:
—¡Gracias, malditos seáis! Esto era lo que faltaba. Amenazar con pistolas a un hermano, un trabajador. Todo porque he dicho que el tren no podía seguir adelante. Camaradas pasajeros, vosotros sois testigos de lo que pasa. Por aquí andan tipos de toda clase y sueltan los tornillos de los raíles. Por vuestra madre y la mitad de vuestra abuela, ¿qué tengo yo que ver con todo esto? ¡Me cisco! ¡Y así me recompensáis por mi prudencia! ¡Ya podéis disparar si queréis, piojosos! Camaradas viajeros, vosotros sois testigos de que estoy aquí y me escondo.
Del grupo que estaba sobre el terraplén se elevaron exclamaciones confusas.
—¿Qué diantre te pasa?... A ver si recobras el juicio... ¿Quién se mete contigo? Lo han hecho sólo por asustarte...
Otros lo provocaban, gritándole:
—¡Así se hace, muchacho! ¡No aflojes, maquinista!
Un marino consiguió antes que los demás librarse de la nieve. Era un gigantón pelirrojo, con una cabeza tan grande que la cara parecía aplastada. Tranquilamente se dirigió a la multitud y, con sombría voz de bajo, empleando, como Voroniuk, expresiones ucranianas, dijo algunas palabras que, por ser dichas con absoluta tranquilidad, resonaron grotescamente en la noche y en aquella absurda situación.
—Disculpadme, pero ¿os imagináis acaso que estáis en un salón? No os vayáis a enfriar con este viento, ciudadanos. Vamos, volved al calorcillo de los vagones.
Cuando todos los espectadores hubieron obedecido, entrando uno tras otro en sus compartimientos, el marino pelirrojo se acercó al maquinista, que todavía no se había serenado del todo, y le dijo:
—Basta ya de histerismos, camarada maquinista. Sal de ese agujero y vámonos. Andando.
14

Al día siguiente avanzaron muy despacio. El maquinista se veía obligado a disminuir muchas veces la velocidad por temor a un descarrilamiento y porque la tormenta impedía ver. El tren se detuvo en un lugar desierto en el que no se advertía el menor signo de vida y donde los viajeros intentaron descubrir los restos de una estación destruida por un incendio. Sobre la denegrida fachada podían distinguirse estas palabras: «Nizhni Kiélmes».
No sólo el edificio de la estación conservaba las huellas del incendio: a sus espaldas descubríase un pueblo abandonado y cubierto de nieve que, evidentemente, había sufrido idéntica suerte.
La casa más próxima a la estación estaba carbonizada. En una esquina de la casa de al lado algunas vigas estaban dobladas en ángulo recto, con los extremos hacia el interior. Por todas partes, en las calles, veíanse restos de trineos, empalizadas derribadas, hierros oxidados y toda clase de utensilios hechos trizas. La nieve, mezclada con el hollín y las cenizas, estaba llena de charcas de agua sucia, sobre las que se destacaban negros tizones, vestigios del incendio y de los esfuerzos que se habían hecho para extinguirlo.
Pero el pueblo y la estación no estaban completamente desiertos. Aquí y allí aparecía algún alma de Dios.
—¿Se ha quemado todo?—preguntó con interés, saltando sobre el andén, el jefe de tren al de la estación, que apareció en medio de las ruinas.
—Buenos días y sed bien venidos. Sí, lo quemaron todo.
—¿Qué ha sido?
—Mejor es no hablar.
—¿Acaso Striélnikov?
—Precisamente.
—¿Qué hicisteis?
—¿Nosotros? Nada. Los de al lado. Pero el camino pasa por aquí, y también nos tocó a nosotros. ¿Veis ese pueblo de allá abajo? La culpa fue de ellos. Es Nizhni Kiélmes, del distrito de Ust-Niemda. Ellos tienen la culpa de lo que ha pasado.
—¿Qué hicieron?
—Decir que lo hicieron todo es quedarse cortos. Se quitaron de en medio al comité de los campesinos pobres. Y eso es sólo una cosa. Se rebelaron contra el decreto que obliga a proporcionar caballos al Ejército Rojo, y tenga usted en cuenta que todos son tártaros que crían caballos. Y esa es otra. No hicieron el menor caso de la orden de movilización. ¡Y van tres! Como puede usted ver...
—Ya. Está claro. ¿Por eso les bombardearon?
—Precisamente.
—¿Desde un tren blindado?
—Claro está.
—¡Pobre gente! Pero, por otra parte, allá ellos.
—Además, ya es agua pasada. Sin embargo, he de decirle algo que no le gustará. Tendrá que detenerse aquí uno o dos días.
—¡No bromee! Transportamos reservas para el frente. Debo continuar el viaje sin detenerme.
—¿Cómo quiere que bromee? La línea está bloqueada por la nieve. Usted mismo lo verá. La tormenta ha durado una semana por todo este contorno. Ha obstaculizado la vía y no tenemos a nadie que la limpie. La mitad del pueblo se ha largado. He movilizado a los demás, pero no puedo con ellos.
—¡Que os aspen a todos! ¡Estoy apañado, maldita sea! ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Limpiaremos la vía lo mejor que podamos y se podrán marchar.
—¿Es muy importante el obstáculo?
—¿Quién puede decirlo? Según el sitio. La tormenta venía de través y cogió la línea oblicuamente. El sector más difícil es el central. Lo menos tres kilómetros de depresión. Allí habrá que echar los bofes porque el obstáculo es serio. Pero más adelante es de poca monta. El bosque y la maleza le sirvieron de protección. Tampoco hay que preocuparse antes de la depresión, donde la vía pasa por campo abierto. El viento ya lo ha barrido todo.
—¡Que el diablo me lleve! ¡Vaya mala pata! Voy a recurrir a todos los viajeros para que me echen una mano.
—Eso es lo mismo que yo pensaba.
—Pero deje en paz a los marinos y a los soldados rojos. El convoy transporta personal del Ejército de Trabajo. Si contamos a los pasajeros libres llegamos poco más o menos a los setecientos.
—Son más que suficientes. En cuanto nos traigan las palas, los haremos trabajar. Faltan palas. Pero hemos ido a buscarlas a los pueblos de la comarca. Ya encontraremos las que necesitamos.
—¡Maldita sea, todo son pegas! ¿Cree usted que saldremos del apuro?
—¿Cómo no? Dicen que a la fuerza ahorcan. Una línea ferroviaria como ésta es muy importante, dejémonos de tonterías.
15

La limpieza de las vías exigió tres jornadas. Todos los Zhivago, incluso Niusha, tomaron parte activa en ella. Y éste fue el momento mejor del viaje.
El lugar tenía algo de cosa cerrada e inexpresiva a la vez. Hacía pensar en Pugachov, tal como lo interpretó Pushkin[41], en el pintoresquismo asiático de las descripciones de Aksákov[42].
El carácter misterioso de aquel rincón perdido acentuábase por la devastación y la reserva de los pocos habitantes que habían permanecido allí, quienes, aterrorizados, evitaban a los viajeros y ni siquiera se atrevían a hablar entre sí por miedo a las denuncias.
Los viajeros eran llevados a trabajar por categorías, no todos juntos. Una guardia armada rodeaba la zona de los trabajos.
La línea se limpiaba por todas partes y, al mismo tiempo, por obra de varios grupos, distribuidos en diversos lugares. Entre los sectores ya limpios levantábanse montañas de nieve intacta que separaban a cada uno de los grupos y que fueron removidas sólo en el último instante, cuando ya todo aquel trayecto quedó libre.
Eran límpidos días de hielo. Los viajeros las pasaban al aire libre y sólo para dormir regresaban a los vagones. Trabajaban en turnos breves, y no se cansaban, porque las palas eran pocas y sobraban brazos. Un trabajo nada fatigoso que solamente procuraban placer.
El lugar donde los Zhivago fueron a cavar era una zona abierta y pintoresca: el terreno descendía con respecto a la línea en un leve declive y, por lo tanto, ascendía hacia el horizonte en una suave pendiente.
En la cima de ésta surgía una casa solitaria, visible desde todas partes. Estaba rodeada por un jardín que en verano debía de ser lujuriante, pero que ahora la protegía con su raro dibujo de encaje helado.
La capa de nieve lo igualaba y redondeaba todo. Pero, a juzgar por la irregularidad del declive, cuyos accidentes no conseguía cubrir del todo, bajo el viaducto por el cual pasaba la línea debía en primavera discurrir un sinuoso y profundo torrente, ahora completamente escondido por la altura de la nieve, como un niño que se ocultase bajo una montaña de plumón, y se tapara incluso la cabeza.
¿Vivía alguien en aquella casa, o estaba abandonada y se iba convirtiendo en ruinas, requisada por el comité agrario del distrito o de la región?¿Dónde estaban sus habitantes?¿Qué había sido de ellos?¿Se refugiaron en el extranjero o habían muerto a manos de los campesinos?¿O bien, habiendo dejado un buen recuerdo, pudieron componérselas con su profesión en el distrito?¿Los había dejado en paz Striélnikov, habían quedado allí hasta el último momento, o sido víctimas de sus represalias como los terratenientes tártaros?
La casa, en lo alto de la colina, en su triste silencio, suscitaba la curiosidad. Pero nadie hacía preguntas y nadie hubiese respondido. El sol encendía con un centelleo cegador la lisa superficie de la nieve, y la pala la arrancaba en trozos regulares, o la pulverizaba en inútiles chispas de diamante. Todo eso recordaba los lejanos días de la infancia, cuando el pequeño Yura, con su clásico y galoneado gorrito caucasiano y su pelliza forrada con negra y rizosa piel de cordero, construía en el patio, con una nieve tan cegadora como aquélla, pirámides y cubos, tartas de crema, fortalezas y ciudades. ¡Qué hermoso era entonces vivir, qué delicia todo para los ojos y los sentidos!
Aquellos tres días de vida al aire libre les proporcionaron también el placer de la saciedad. Por la noche los paleadores recibían pan blanco, recién salido del horno, que llegaba quién sabe de dónde ni por orden de quién. Era un pan bien cocido, brillante como esmalte, con pequeñas rajas en la sabrosa corteza y trocitos de carbón en la parte de abajo.
16

Les habían tomado cariño a las ruinas de la estación, como en invierno se puede amar un refugio provisional durante una excursión por la montaña. Recordaban su disposición, su aspecto externo, ciertos pormenores de los daños que había sufrido.
Volvían por la tarde, a la puesta del sol, que, como por fidelidad al pasado, continuaba poniéndose por el mismo sitio que en otro tiempo, tras un viejo abedul que crecía ante la ventana de la sala del telégrafo.
En aquel lugar, la pared se había derrumbado hacia el interior de la estancia, pero el ángulo posterior, frente a la ventana, estaba intacto y todo continuaba en su sitio: el empapelado de color café, la estufa de baldosas con el tubo de tiro, la tapa de cobre sujeta por medio de una cadena, y colgado en la pared, en un marco negro, el inventario del material.
Al descender hacia el horizonte, como antes del derrumbamiento, el sol rozaba las baldosas de la estufa, encendía con un sombrío esplendor el empapelado de color café y estampaba sobre la pared, como un chal, la sombra del abedul.
Al otro lado del edificio, sobre la puerta condenada que daba a la sala de espera, leíase el siguiente escrito, redactado probablemente al principio de la revolución de febrero, o pocos días antes:
«Se ruega a los señores enfermos que no se preocupen momentáneamente por las medicinas ni el material de curas. Por motivos que todos conocen sello la puerta y doy conocimiento público. El enfermero jefe de Ust-Niemda.»
Una vez recogida la última nieve que había quedado amontonada entre los lugares ya descombrados, la mirada podía extenderse a lo lejos, y ante ella apareció, libre ya, la línea del ferrocarril, que huía a lo lejos como una flecha. A ambos lados alineábanse blancos montones de nieve retirada, enmarcados por toda la longitud de las negras paredes del bosque.
Hasta donde alcanzaba la vista, en diversos puntos de la línea, había grupos de personas con las palas en la mano. Era la primera vez que se veían en conjunto y se sorprendieron de ser tantos.
17

Se supo que el tren partiría al cabo de unas horas, a pesar de que ya era tarde y se acercaba la noche. Antes de partir, Yuri Andriéevich y Antonina Alexándrovna fueron por última vez a admirar el espectáculo de la línea despejada. Ya no había nadie sobre el tendido. El doctor y su mujer permanecieron un instante inmóviles, mirando a lo lejos y cambiando algunas observaciones. Luego retrocedieron hasta el vagón.
Mientras se acercaban oyeron los gritos roncos e irónicos de dos mujeres. Las reconocieron enseguida: eran Ogryzkova y Tiagunova. Las dos iban en la misma dirección, hacia la cola del tren, pero por la parte opuesta, del lado de la estación, mientras Yuri Andriéevich y Antonina Alexándrovna avanzaban por el lado del bosque.
Una ininterrumpida pared de vagones se extendía entre ambas parejas, ocultando una de la otra. Las mujeres no se hallaban casi nunca a la misma altura que el doctor y Antonina Alexándrovna, sino un poco más adelante o un poco más atrás.
Las dos estaban muy agitadas y a cada instante parecía como si sus fuerzas fuesen a traicionarlas. Acaso al caminar sobre la nieve se hundían o resbalaban, al menos a juzgar por sus voces que, tal vez por la forma irregular de andar, se elevaban de tono hasta convertirse en chillidos, o descendían y se reducían a un murmullo. Evidentemente Tiagunova debió de perseguir a Ogryzkova y, habiéndola alcanzado, acaso utilizó los puños. Lanzaba a su rival una retahíla de insultos que en su boca de señorita y para su melodiosa voz sonaban cien veces más obscenos que los groseros y desquiciados insultos masculinos.
¡Intriganta! ¡Golfa! —gritaba—. No se puede dar un paso sin tropezarse contigo moviendo el trasero y lanzando miradas de zorra. No te basta mi hombre, que tienes que echarle el ojo a un pobre chiquillo. Te has arremangado las sayas y quieres corromper a un menor.
—¡Vaya! ¿También eres la mujer legítima de Vasia?
—Ya te diré yo si soy legítima, intrigantona, apestosa. No saldrás viva de ésta, porque me harás cometer un disparate
—¡Eh, cuidado! ¡Baja las patas, loca! ¿Qué mosca te ha picado?
—¡Así revientes! Piojosa, gata tiñosa, tía puerca...
—¡No me digas! Ya sé que soy todo eso que dices. Aquí la única decente eres tú, pues no faltaría más. Nacida en el arroyo, poseída bajo el puente, preñada por una rata y madre de un cochino erizo... ¡Socorro, socorro! ¡Que me mata esta malvada asesina!... ¡Salvad a una pobre muchacha, defended a una huérfana!
—Vámonos. No puedo oírlas. Es demasiado repugnante —dijo Antonina Alexándrovna, alejándose apresuradamente con su marido—. Acabarán mal.
18

De pronto cambió todo, lugares y tiempo. Acabada la llanura, la vía penetraba entre montañas, colinas y alturas. El viento del norte que había soplado en los últimos tiempos, cesó ya. Desde el sur venía un soplo tibio, como de una estufa.
Las pendientes de las montañas estaban cubiertas de bosques. Para atravesarlos, el tren debía subir pronunciadas cuestas y bajar luego suavemente. Ascendía jadeante por en medio del bosque, sin resuello, como un viejo leñador que guiase a una multitud de viajeros que mirasen a su alrededor y lo advirtieran todo.
Pero no había mucho que mirar. En la profundidad del bosque todo era todavía sueño y quietud, invierno. Sólo de vez en cuando algún arbusto o algún árbol, estremeciéndose, libraban a sus ramas más bajas de la nieve que las cubría, como si se sacudieran las solapas o se desabrocharan el cuello.
Yuri Andriéevich tenía sueño. Durante todos aquellos días permaneció tendido en su litera. Dormía y cuando despertaba se sumía en sus pensamientos o se ponía a escuchar. Pero no había mucho que escuchar.
19

Antes de que Yuri Andriéevich disipara su modorra, la primavera fundió toda la nieve que había caído sobre Moscú el día de su partida y que continuó cayendo durante el viaje, toda esa nieve que habían cavado y desenterrado en Ust-Niemda y que se extendía en una espesa capa por una superficie de millares de verstas.
Al principio, la nieve se fundía interiormente, en silencio, a escondidas. Cuando se llevó a cabo una buena mitad de este inmenso trabajo, ya no se ocultó más y el prodigio salió a la luz. Bajo la corteza de la nieve que se deshacía, el agua comenzó a correr y cantar. Se estremecieron los impracticables rincones de los bosques. Todo se despertó en ellos.
El agua tenía anchos caminos por donde correr: precipitábase por las torrenteras, formaba estanques y discurría por todas partes. Pronto el bosque se pobló con sus rumores, con su vaporoso polvillo. Bajo los árboles arrastrábanse los arroyos como si fueran serpientes, empantanábanse y profundizaban la nieve que sujetaba sus movimientos, discurrían gorgoteando por los pequeños espacios planos, y se precipitaban por entre las rocas lanzando por los aires una polvareda de gotas. La tierra ya no podía absorber más humedad. En alturas vertiginosas, casi desde las nubes, los abetos seculares abrevaban sus raíces. A sus pies burbujeaba una espuma parda que se enjugaba en círculos, como la espuma de la cerveza en los bigotes de los bebedores.
La primavera embriagaba el cielo, que estaba aturdido y se cubría de nubes. Sobre el bosque nadaban bajas nubes de fieltro, cuyos bordes cubiertos de franjas deshacíanse a veces en tibios aguaceros que olían a tierra mojada y barrían los últimos restos de la negra coraza de hielo.
Yuri Andriéevich se despertó, se asomó al portillo de la ventanilla, de la cual se había quitado el cristal, y se puso a escuchar.
20

A medida que se acercaban a la zona minera, la región se poblaba más, las estaciones eran más frecuentes y menos raros los viajeros. En las pequeñas estaciones intermedias subía y se apeaba mucha gente. Los que efectuaban breves recorridos no se acomodaban de forma definitiva, no dormían por la noche, pero buscaban acomodo en medio del vagón, charlaban en voz baja de temas locales que sólo ellos comprendían, y se apeaban en la primera estación o parada.
Por lo que contó la gente que fue sucediéndose en el vagón en los últimos tres días, Yuri Andriéevich dedujo que en el norte los blancos llevaban ventaja y habían tomado o estaban a punto de tomar Yuriatin. Además, si no comprendió mal o se trataba simplemente de una coincidencia de nombres, las fuerzas blancas de aquella zona estaban mandadas por aquel Galiullin que había sido compañero suyo en el hospital de Meliuziéev.
Sin embargo, no comunicó a su familia ni una sola palabra de estos rumores. No quería preocuparlos inútilmente hasta que no se hubiesen confirmado.
21

Por la noche experimentó una confusa sensación de felicidad tan grande como para despertarle. El tren se había detenido. En las cristalinas sombras de la noche blanca que envolvía la estación había algo sutilmente intenso: señal de que el lugar era amplio y despejado, se hallaba a cierta altura y poseía un horizonte limpio y extenso.
Por el andén, ante su vagón, pasaron hablando en voz baja unas sombras de pasos silenciosos. Yuri Andriéevich se enterneció. En la cautela de aquellos pasos y aquellas voces vio un respeto por la hora nocturna y una consideración hacia quienes dormían, como pudo haberlos en el pasado, antes de la guerra.
Pero se engañaba: en el andén la gente voceaba y hacía ruido con las botas como en todas partes. Sin embargo, allí cerca había una cascada que dilataba los confines de la noche blanca con un soplo de frescura y de libertad. Era esa cascada la que en sueños le había inspirado aquella sensación de dicha. El fragor continuo, incesante, de la caída de agua, por encima de todos los demás rumores de la estación, creaba una apariencia de silencio.
Sin advertirlo, pero acunado por aquella extraordinaria fluidez del aire, se sumió de nuevo en un sueño profundo. Debajo de él, en el vagón, dos personas hablaban:
—¿De manera que les sentasteis las costuras? Les metisteis mano, ¿eh?
—¿A quiénes? ¿A los comerciantes?
—Sí, a los tenderos.
—Los domamos. Ahora van más derechos que una vela. Se dio a algunos una lección para que les sirviera de ejemplo, y los demás se pusieron suaves. Les hemos pedido una contribución.
—¿Aportó mucho el distrito?
—Cuarenta mil.
—¿Crees que soy idiota?
—¿Por qué había de mentirte?
—¡Caray, cuarenta mil!
—Cuarenta mil puds[43].
—Bien. ¡Que el diablo os lleve! Sois listos.
—Cuarenta mil puds de molienda fina.
—Pensándolo bien, no es nada del otro mundo. Esta es una zona de primer orden. Aquí está el mercado del grano. Desde aquí hasta Yuriatin, a lo largo del Rynva, pueblo tras pueblo, todos son silos y almacenes de grano. Los hermanos Sherstobítov, Pierekátchikov padre e hijo, todos son grandes mayoristas.
—Habla más bajo, que así despiertas a la gente.
—Bueno.
Uno de los dos bostezó y el otro dijo:
—¿Y si echáramos un sueñecito? Parece que vamos a partir pronto.
En aquel momento, a sus espaldas, con un rápido crescendo, dejóse oír un estruendo ensordecedor que apagó el rumor de la cascada, y por la vía de al lado pasó a todo vapor, dejando atrás al convoy inmóvil, un expreso del tipo antiguo. Lanzó un silbido, levantó de los rieles un fragor de hierro y haciendo resplandecer sus luces por última vez, desapareció a lo lejos.
La conversación continuó:
—Ahora ya está. Es cosa de un momento.
—Sí que iba de prisa.
—Debe de ser Striélnikov, un tren blindado especial.
—Sí, debe de ser él.
—Para los contrarrevolucionarios es una fiera.
—Va contra Galiéev.
—¿Quién?
—El atamán Galiéev se ha apoderado de los muelles.
—No lo sabía.
—O quizá sea el príncipe Galiéev. No lo sé muy bien.
—No hay príncipes de este nombre. Seguro que es Alí Kurbán. Estás confundido.
—El posible que sea Alí Kurbán.
—Entonces ya es otra cuestión.
22

Hacia la mañana, Yuri Andriéevich se despertó otra vez. Todavía soñaba algo agradable. No había cesado aún aquella sensación de felicidad y liberación. De nuevo estaba parado el tren, acaso en otra estación, o quizá continuaba en la misma. Otra vez rumoreaba una cascada, probablemente la misma de antes, o acaso otra.
Volvió a adormecerse casi enseguida y, durmiendo, le pareció oír un gran alboroto y gente que corría. Kostoied la había emprendido con el jefe de tren y los dos gritaban. El paisaje era todavía más hermoso. Alentaba algo nuevo que no existía antes, algo mágico, primaveral, de un color blanquinegro aéreo y ligero, como un ventarrón de tempestad de nieve en mayo, cuando los copos húmedos y sueltos, al caer, no blanquean, sino que hacen más oscura la tierra. Algo diáfano, blanco, negro, perfumado.
—«¡Los cerezos silvestres!», pensó Yuri Andriéevich en sueños.
23

A la mañana siguiente, Antonina Alexándrovna dijo:
—Realmente eres muy raro, Yura. Estás lleno de contradicciones. Por lo general te despierta el vuelo de una mosca, y ya no pegas ojo hasta que se hace de día. Anoche hubo aquí un ruido infernal, alboroto y discusiones continuas y dormías como un tronco. Anoche se escaparon el cajero Pritúliev y Vasia Brykin. ¡Ahí es nada! Han huido con Tiagunova y Ogryzkova. Pero eso no es todo. También ha huido Voroniuk. Sí, sí, lo que oyes: ha huido. ¿Te imaginas? Escucha. No se sabe cómo han podido escaparse, si juntos o cada uno por su lado, quién antes ni quién después. Evidentemente, Voroniuk, cuando descubrió la fuga de los demás, habrá querido sustraerse a la responsabilidad. Pero ¿y los otros? ¿Se han ido por su propia voluntad? ¿O acaso alguno de ellos fue eliminado por los demás porque les molestaba? Sospechan, por ejemplo, de las mujeres. Pero nadie sabe si ha muerto Tiagunova u Ogryzkova. El jefe de la escolta recorría el tren de punta a punta, gritando: «¿Por qué dan la señal de partida? En nombre de la ley exijo que el convoy no se mueva hasta que hayan sido capturados los fugitivos.» Pero el jefe de tren no quiso saber nada. «Está usted loco (le dijo). Transporto reservas para el frente y tienen preferencia absoluta. ¡Y quiere usted que espere a su pandilla de piojosos! ¡Qué idea más peregrina!» Y los dos la emprendieron con Kostoied. ¿Cómo un hombre instruido como él, un cooperador, no disuadió a ese soldado, a ese pobre hombre, y evitó que cometiera una acción tan arriesgada?«¡Y populista además!» dicen. Y se comprende que Kostoied les respondiera como se merecían: «¡Qué interesante! ¿De modo que, según usted, un preso debe vigilar a su guardia? Eso es pedir peras al olmo.» Y yo te daba golpes en el costado y en el hombro. «Yura (Te gritaba), levántate. Ha habido una fuga.» Que si quieres. Ni un cañonazo te hubiese despertado. Pero perdona. Luego continuaremos...
Ahora... No puedo hablar... Papá, Yura, mirad qué maravilla.
Al otro lado de la ventanilla junto a la cual se hallaban tendidos, extendíase una inmensa llanura inundada enteramente por la crecida. El río se había salido de madre y el agua llegaba hasta el pie del terraplén del ferrocarril. Mirando desde las literas, por un efecto óptico, parecía como si el tren se deslizara por el agua, a cuya superficie, en muchos puntos veteada de un color azul de hierro, el calor de la mañana prestaba lúcidos reflejos oleosos, como haría una cocinera que pasara por la corteza de un pastel una pluma empapada en aceite.
En aquel lago que parecía no tener orillas, yacían sumergidos, junto con los prados, barrancas y arbustos, cúmulos de nubes blancas.
En medio de la extensión de agua afloraba una estrecha lengua de tierra cubierta de árboles que, al reflejarse, parecían suspendidos entre el cielo y la tierra.
—¡Patos salvajes! ¡Toda una nidada! —exclamó Alexandr Alexándrovich.
—¿Dónde?
—Junto a la isla. No, allí no. Más a la derecha, a la derecha. ¡Ah! ¡Ya han volado! Deben de haberlos asustado.
—¡Ah, sí! Ya los veo. He de hablarte, Alexandr Alexándrovich. Pero ya lo haré cuando llegue el momento. Nuestros fugitivos han hecho bien en escaparse. Probablemente sin hacer daño a nadie. Han huido, simplemente, como huye este agua.
24

Había terminado la noche blanca septentrional. En la reaparición de las cosas, cada una de ellas estaba en su sitio, casi incrédula de sí misma, como inventada: la montaña, el bosque, el barranco.
El bosquecillo apenas había comenzado a reverdecer. Sólo algún cerezo silvestre estaba ya florido. El bosquecillo crecía bajo el derrumbe de la montaña, sobre una pequeña sima que poco más allá terminaba en un precipicio.
No lejos había una cascada. No era posible verla desde todas partes, sino sólo desde una vertiente del bosque, desde el borde del barranco. Vasia estaba cansado de caminar, cansado de excitación y de miedo.
La cascada lo dominaba todo. Terrible en su soledad, parecía dotada de una vida propia e incluso de conciencia, algo semejante a un dragón fabuloso o la serpiente tirana de aquel lugar, que exigiera tributo y devastara los alrededores.
A media altura caía sobre un resalte del precipicio y se dividía en dos. La parte superior de la caída de agua parecía casi inmóvil, y las otras dos columnas inferiores oscilaban con un movimiento continuo y apenas perceptible, como si constantemente resbalasen y se incorporaran, resbalasen y se incorporaran, y, en su oscilación, se mantenían siempre verticales.
Vasia había tendido en el suelo su pelliza y acostádose sobre ella en el límite del bosquecillo. Cuando el día clareó más, voló hacia la montaña un pájaro de pesadas alas, planeó en semicírculo sobre el bosque y se posó en la copa de una picea, a poca distancia de Vasia. El levantó la cabeza, contempló la garganta de color azul oscuro y el pecho gris azulado del pájaro y murmuró como si fuera una palabra mágica: «Ronja» como en los Urales llaman al picamaderos. Luego se levantó, recogió la pelliza, se la echó encima y, atravesado el claro, se acercó a su compañera. Le susurró:
—Vamos, tía. Estamos helados y con tiritona. ¿Por qué me miras tan asustada? Te digo de veras que debemos marcharnos. En la situación en que estamos, debemos ir por los pueblos. En los pueblos no nos harán ningún daño, nos esconderán. Ya llevamos dos días sin comer y vamos a morirnos de hambre. Menuda la habrá armado el tío Voroniuk y estarán buscándonos como locos. Debemos irnos, tía Palasha; mejor dicho, debemos salir arreando. No he tenido maldita la suerte contigo, tía: no has abierto la boca en toda la jornada. Seguro que del susto has perdido el habla. Pero ¿por qué estás triste? A la tía Katia, a Katia Ogryzkova, la empujaste sin maldad, la rozaste sólo, porque yo lo vi. Cuando se levantó de la hierba, no tenía nada roto y echó a correr. Y así lo hizo también el tío Projor, Prójor Jaritónovich. Dentro de poco estaremos todos juntos, ya lo verás. El caso es no pillar pesadumbre. Si no la pillas, verás como funciona la lengua otra vez.
Tiagunova se levantó, dio el brazo a Vasia y dijo con voz sumisa:
—Vamos, pequeño.
25

Crujiendo por todas partes, los vagones ascendían la montaña, culebreando a lo largo del alto terraplén, al pie del cual crecía un joven bosque. Todavía más abajo extendíanse los prados, de los que se había retirado el agua hacía poco. La hierba, medio cubierta de arena, estaba sembrada de troncos, diseminados desordenadamente. Procedentes de algún aserradero, la crecida, alejándolos del curso del río, los había llevado hasta allí.
El joven bosquecillo estaba todavía casi desnudo, como en invierno. Sólo en los pálidos brotes que lo cubrían como gotas de cera había algo de superfluo, de insólito, como una especie de borra o hinchazón. Esta superfluidad, esta novedad, esta borra eran la vida, que incendiaba ya algunos árboles con la llama verde del follaje.
Aquí y allá erguíanse los abedules como mártires heridos por las puntas de flecha de las agudas hojitas abiertas. Bastaba verlos para saber a qué olían: a la esencia de la madera de la cual se extrae la laca.
El tren no tardó en llegar al lugar de donde probablemente procedían los troncos diseminados por el agua. A la vuelta de una curva, apareció en el bosque un claro lleno de serrín y virutas y en medio había un montón de gruesos troncos. En aquella zona destinada a aserrar madera el tren se estremeció a causa de un brusco frenazo y se detuvo encorvado sobre el ligero arco de la cuesta.
La locomotora emitió algunos silbidos, y se oyeron unos gritos. Los pasajeros sabían de qué se trataba, aunque no se hubiesen hecho señales: el maquinista se había detenido para proveerse de material combustible.
Se abrieron las puertas correderas de los vagones y la población de aquella pequeña ciudad que era el tren saltó a tierra, excepto los militares de los vagones que iban en cabeza, quienes estaban eximidos del trabajo colectivo y tampoco ahora tomaron parte en él.
Los montones de madera cortada que había en el claro no serían suficientes para llenar el ténder. Era necesario cortar también una buena cantidad de gruesos y largos troncos.
La brigada adscrita a la locomotora disponía de sierras. Fueron distribuidas entre los voluntarios, que se dividieron en parejas. También el doctor y su suegro se hicieron cargo de una sierra. Por las ventanillas de los vagones reservados a los soldados asomaban caras alegres. Adolescentes que jamás habían entrado en fuego, alumnos del último curso de la escuela naval, que parecían haberse metido por error en el vagón junto con severos operarios, padres de familia, quienes tampoco entraron jamás en fuego y a toda prisa ultimaron su preparación militar, voceaban y bromeaban, precisamente para no pensar, con marinos de más edad. Todos se daban cuenta de que las horas de prueba estaban ya muy próximas.
Los más decididos acompañaban con continuas burlas el coro de los que aserraban:
—¡Eh, abuelito! Di que eres un niño de teta, que mamaíta tiene que darte de mamar y que no eres apto para el trabajo. ¡Eh, Mavra! ¡Ten cuidado! No vayas a cortarte la saya, que pillarás frío. ¡Eh, guapa! No vayas al bosque, mejor cásate conmigo.
26

En el bosque había algunos caballetes hechos con troncos atados en cruz y clavados en tierra. Yuri Andriéevich y Alexandr Alexándrovich hallaron uno libre y lo utilizaron para aserrar.
Era ese momento de la primavera en el que la tierra surge de la nieve casi con el mismo aspecto con que meses antes desapareció en ella. El bosque trasudaba humedad y estaba todo cubierto de las hojas secas del año anterior. Parecía una habitación en desorden en la que se hubiesen roto recibos, cartas y documentos de muchos años, y que todavía no se hubieran barrido.
No tan de prisa, que te cansarás —dijo el doctor a Alexandr Alexándrovich, dando al movimiento de la sierra un ritmo más lento y más regular.
Luego propuso descansar un poco.
El bosque resonaba bajo el sordo rumor de las demás sierras, que avanzaban y retrocedían al unísono, o desacordadas. A lo lejos, quién sabe dónde, ensayaba sus fuerzas el primer ruiseñor. Con pausas largas todavía, como si soplara en una flauta obstruida, silbaba un mirlo. Incluso el vapor de la locomotora ascendía hacia el cielo con un zumbido cantarín, como la leche que, en el cuarto de los niños, hierve sobre un hornillo de alcohol.
—Querías hablarme de algo —dijo Alexandr Alexándrovich—. ¿Ya no te acuerdas? Me lo dijiste cuando pasamos sobre la riada y los patos se alejaban volando. ¿Recuerdas que dijiste: «Tengo que decirte algo»?
—¡Ah, sí! Pero no sé cómo decirlo. Ya ves que avanzamos sin cesar... Pasamos por una región agitada. Pronto llegaremos y no sabemos lo que vamos a encontrar. De todos modos, convendría que nos pusiéramos de acuerdo. No me refiero a nuestras convicciones. Sería absurdo querer aclarar o definir con una conversación de media hora, en un bosque de primavera, toda una serie de cosas. Nos conocemos demasiado bien. Nosotros tres, tú, yo y Tonia, como muchos en estos tiempos, constituimos un mundo en sí y nos distinguimos entre nosotros mismos solamente por la forma en que lo hemos aceptado. Claro está que no hablo de esto. Quiero decir otra cosa. Tenemos que establecer de antemano entre nosotros la manera de comportarnos en ciertas circunstancias, para no avergonzarnos uno de otro y no sacudirnos recíprocamente las responsabilidades.
—No sigas, lo he comprendido. Me gusta que hayas planteado el problema. Has encontrado las palabras justas. Y ahora voy a responderte. ¿Recuerdas la noche de invierno en que nos llevaste un periódico que publicaba los primeros decretos? ¿Recuerdas de qué modo todo era nuevo y absoluto? Todo tenía una seductora coherencia. Pero semejantes cosas viven con su pureza inicial sólo en la mente de quienes las han concebido y sólo el primer día de su proclamación. Al día siguiente, sin ir más lejos, la oportunidad política les da la vuelta. ¿Qué quieres que te diga? Es un concepto de la vida que me resulta extraño. Este poder está dirigido contra nosotros. No he dado mi consentimiento a un cambio semejante. Pero han creído en mí y en mis acciones, y aunque se me hubiesen impuesto, yo habría contraído esa obligación por mis actos. Tonia se pregunta si no llegaremos demasiado tarde para plantar un huerto, si se nos pasará el momento de la siembra. ¿Qué se le puede contestar? Aquí desconozco el terreno. ¿Cuáles son las condiciones climatológicas? ¿No es demasiado corto el verano? En general, ¿realmente madura algo aquí? Sí, pero ¿no habremos ido demasiado lejos para tener que hacer ahora de horticultores? No es cosa de bromear y decir como se dice: «hay quien recorre siete verstas para ir a buscar pan», porque, desgraciadamente, las verstas que llevamos recorridas son ya tres o cuatro mil. No, hablemos francamente: nos vamos tan lejos por otro motivo. Vamos a intentar vegetar como hay que hacer hoy día, disfrutar en cierto modo de los bosques que fueron del abuelo, de sus máquinas y sus bienes. No vamos a reconstruir su propiedad, sino a consumirla. Nos unimos para gastar colectivamente millares de rublos con objeto de sobrevivir sin un céntimo y, como los demás, lo hacemos de esta forma caótica, carente de cualquier fundamento interior. Ni por todo el oro del mundo aceptaría como regalo la hacienda según los viejos principios. Sería una cosa tan intemporal como ponerse a correr desnudo u olvidar el alfabeto. No, en Rusia se acabó la historia de la propiedad. Y nosotros, los Gromeko, ya desde la pasada generación le perdimos el amor y la riqueza.
27

No era posible dormir a causa del calor sofocante y el aire viciado. La almohada de Yuri Andriéevich estaba empapada de sudor.
Calladamente se deslizó de su litera y con toda clase de precauciones, para no despertar a nadie, cerró la puerta del vagón.
La viscosa humedad lo hirió en el rostro, como cuando en una cueva la cara da con una telaraña.
«La niebla —se dijo—. La niebla. El día será caluroso, ardiente. Por eso cuesta tanto respirar y se siente esta opresión.»
Antes de descender al terraplén, se detuvo un momento a la puerta y se puso a escuchar.
El tren estaba detenido en una estación muy grande, un nudo ferroviario. Los vagones no solamente estaban sumidos en el silencio y la niebla, sino también en una especie de inexistencia y abandono, como si hubieran sido olvidados. Efectivamente, el convoy se hallaba fuera de la estación. Entre ésta y él extendíase una red tan grande de vías que si la tierra se hundiese y se tragara la estación, nadie en el tren se daría cuenta.
En lontananza percibíanse dos sonidos distintos.
Detrás, por la parte de donde habían llegado, advertíase un chapoteo regular, como de ropa que se aclarase o de una bandera mojada que el viento sacudiese contra el asta.
De la dirección opuesta llegaba un zumbido que le hizo estremecerse y aguzar el oído. Era un rumor que le recordaba la guerra.
«Cañones de largo alcance», dedujo, después de haber escuchado un rato.
El zumbido manteníase monótono en una larga nota baja. «Esto quiere decir que hemos llegado hasta el frente», dijo moviendo la cabeza y saltó del vagón.
Dio algunos pasos. Dos vagones después terminaba el tren. La locomotora y los vagones de cabeza habían sido desenganchados y desaparecieron quién sabe dónde.
«Por eso bromeaban ayer —pensó el doctor—. Comprendían que apenas llegasen les harían entrar en fuego enseguida.»
Rodeó todo el tren con la intención de cruzar la vía y encontrar el camino de la estación. Pero, tras la esquina del primer vagón, se destacó de pronto, como si hubiese surgido de la tierra, un centinela armado con un fusil. Sin levantar la voz le intimó:—¿Dónde vas? ¡El salvoconducto!
—¿Qué estación es ésta?
—No es ninguna estación ¿Qué quieres?
—Soy un médico de Moscú. Viajo en este tren con mi familia. Esta es mi documentación.
—Me cisco en tu documentación. No soy tan memo como para intentar leer estos papeles en la oscuridad y estropearme la vista. ¿No ves la niebla que hay? Aunque no llevaras papeles se vería a la legua la clase de médico que eres. Los doctores como tú están arreando cañonazos allí abajo. Ya te arreglaré yo, pero todavía es pronto. Vamos, retrocede mientras estás a tiempo.
«Me confunde con alguien», pensó.
Era absurdo ponerse a discutir con el centinela. Lo mejor que podía hacer era alejarse antes de que fuera demasiado tarde. Y desapareció por el lado opuesto.
A sus espaldas cesó el cañoneo. Allí, tras él, estaba oriente. En la oscuridad de la niebla había salido el sol y parpadeaba pálido entre las nubes. Era como esos cuerpos desnudos que salen del baño en medio del vapor.
El doctor caminó a lo largo de los vagones, los dejó atrás y continuó andando. A cada paso sus pies se hundían en una blanda arena.
Aquel monótono chapoteo que había oído antes, acercábase ahora. El terreno descendía con suavidad. Dio todavía algunos pasos, y se detuvo ante unas confusas formas a las que la niebla daba proporciones desmesuradas. Anduvo un poco más y surgieron de la sombra las proas de unas barcas varadas. Hallábase a la orilla de un gran río que cansadamente chapaleaba con su perezosa resaca los costados de las barcas pesqueras y los pequeños pontones de embarque.
—¿Quién te ha autorizado a meter aquí las narices?—preguntó otro centinela, destacándose de la orilla.
—¿Qué río es este?
Estas palabras se le escaparon involuntariamente al doctor, porque después de la reciente experiencia comprendía que no era cuestión de hacer preguntas.
En lugar de responder, el centinela se llevó a los labios un silbato, pero no tuvo tiempo de utilizarlo.
El otro centinela, a quien deseaba llamar, había seguido a Yuri Andriéevich y estaba cerca ya de su compañero. Hablaron entre ellos.
—No hay por qué romperse la cabeza. Se ve enseguida la clase de pájaro que es. «¿Qué estación es ésta?», «¿Qué río es éste?»... Se imagina que así nos da el pego. ¿Qué te parece? ¿Lo largamos de aquí o lo llevamos al vagón de mando?
Para mí, lo mejor es llevarlo al vagón. ¡El carnet de identidad! —gritó el segundo centinela y agarró el montón de papeles que le ofrecía el doctor.
—No le quites el ojo de encima, muchacho —dijo a alguien que no era posible ver y junto con el primer centinela se dirigió, por entre los raíles, hacia la estación.
Entonces avanzó tosiendo un hombre que había estado tendido sobre la arena. Evidentemente era un pescador. —Puedes considerarte afortunado si te llevan al jefe. Pero no se lo tomes a mal. Cumplen con su deber. Ha sonado la hora del pueblo. Tal vez las cosas vayan mejor. Pero no hablemos ahora de todo esto. Como ves, te han confundido con otro. Están buscando a uno. Creen que eres tú. Seguro que piensan: ya le hemos echado el guante al enemigo del pueblo. Se han equivocado. De todos modos, debes pedir por el jefe. Pero guárdate de ellos. Son fanáticos. Una calamidad de tipos. Dios te libre de ésta. Si te dicen «vamos», no vayas. Di que quieres ver al jefe.
Yuri Andriéevich supo por el pescador que aquel río navegable era el famoso Rynva y que la estación era Razvilie, barrio industrial y fluvial de Yuriatin, y que la misma Yuriatin, que se hallaba a dos o tres verstas, había sido durante mucho tiempo objeto de disputa entre blancos y rojos, pero que probablemente estos últimos acababan de conquistarla definitivamente. El pescador añadió que también hubo desórdenes en Razvilie, pero que al parecer habían sido sofocados, que todo estaba tan silencioso porque la zona contigua a la estación había sido evacuada por la población civil y rodeada por un cordón de vigilancia severísima. Y, por último, que entre los trenes parados, en los que se alojaban oficiales del ejército, se hallaba el tren especial de Striélnikov, el comisario de guerra, a quien los centinelas habían llevado la documentación del doctor.
Al cabo de un rato, un nuevo centinela distinto de los anteriores fue a buscar a Zhivago. Arrastraba por el suelo la culata del fusil o bien se lo ponía bajo el brazo, como si sujetara a un compañero borracho evitándole que se desplomara.
28

Después de haber dado el santo p seña al cuerpo de guardia, el centinela subió con el doctor a uno de los dos vagones unidos entre sí por un fuelle de cuero. A su aparición cesaron inmediatamente las risas y los ruidos que momentos antes había oído.
A través del estrecho pasillo, el centinela llevó al doctor a un local más amplio, donde reinaban el orden y el silencio. En aquel lugar, limpio y confortable, trabajaban personas aseadas y bien vestidas. El doctor imaginó muy distinto el cuartel general de aquel hombre sin partido, especialista en asuntos militares, que en poco tiempo se convirtió en la gloria y el terror de toda la región.
Pero probablemente el centro de su actividad no estaba allí, sino en algún puesto más avanzado, en el cuartel general del frente, más cerca del escenario de sus hazañas. Aquella era su oficina privada, su gabinete personal, el cuartel de campaña.
Por eso había calma allí, como en los pasillos de los establecimientos donde se toman baños calientes de agua del mar, pasillos forrados de corcho, por los cuales los empleados caminan silenciosamente en zapatillas.
La oficina había sido instalada en al antiguo vagón restaurante: estaba cubierto con una alfombra y había varias mesas.
Enseguida —dijo un joven soldado, sentado cerca de la entrada.
Después de lo cual todos los funcionarios que se hallaban instalados a sus mesas se creyeron autorizados para olvidar al doctor y no le prestaron la más mínima atención. El mismo soldado, con un distraído movimiento de cabeza, despidió al centinela, que se alejó haciendo resonar el pavimento metálico del corredor, golpeándolo con la culata de su fusil.
Desde el umbral el doctor descubrió sus papeles: estaban en la última mesa, a la que se sentaba un militar de avanzada edad, semejante en su aspecto a un coronel de los viejos tiempos. Debía de estar trabajando en algún asunto de estadística. Murmurando entre dientes, consultaba algunos cuadernos, examinaba mapas militares, comparaba, recortaba y pegaba. Luego miró una tras otra las ventanillas del vagón y dijo:
—Aquí hará mucho calor —como si éste fuese el resultado del examen de todas las ventanillas, y como si no hubiera sido suficiente mirar una sola de ellas.
Entre las mesas, en el suelo, un técnico militar reparaba la línea telefónica. Cuando llegó bajo la mesa del militar joven, éste se levantó para no molestarle. Al lado manipulaba en una máquina de escribir una mecanógrafa que vestía una camisa de hombre, de color caqui. El carro de la máquina se había atascado en un extremo. El soldado se acercó y por encima comenzó a buscar con ella la causa de la avería. El técnico fue acercándose por debajo y comenzó a examinar las conexiones y la transmisión. Habiéndose levantado de su sitio, también se reunió con ellos el viejo «coronel».
El doctor se tranquilizó. No era posible suponer que ninguno de aquellos hombres, que sabían mucho mejor que él la suerte que le esperaba, pudieran interesarse tan tranquilamente por semejantes tonterías en presencia de un condenado.
«Además, ¿quién puede entenderlos?—pensaba—. ¿Por qué están tan despreocupados? Por todas partes se oyen cañonazos, la gente muere, prevén un día caluroso, y piensan más en la temperatura que en la batalla. Habrán visto tantas que ya para ellos no tienen la menor importancia.»
Y, no sabiendo qué hacer, desde donde se encontraba comenzó a mirar, a través del vagón, más allá de las ventanillas que había ante él.
29

Descubrió desde allí una parte de la vía y, sobre una loma, la estación de Razvilie y la población del mismo nombre.
Una sucia escalera de madera conducía de la vía a la estación.
En aquel lugar las vías estaban convertidas en un verdadero cementerio de locomotoras. Viejas máquinas sin ténder, con chimeneas en forma de taza y de bota estaban paradas una frente a otra, en medio de un hacinamiento de vagones destrozados. -
Las locomotoras deshechas, la ciudad en ruinas, hierros retorcidos sobre los raíles, los oxidados tejados y muestras de las casas próximas se fundían en un espectáculo de abandono y ruina bajo un cielo blanco, encendido por el precoz calor de la mañana.
En Moscú Yuri Andriéevich había olvidado cuántos letreros podía haber en una ciudad y qué parte de la fachada cubrían. Aquellos que veía ahora hicieron que lo recordase. La mayor parte, escritos con grandes caracteres, podían leerse desde el tren y quedaban tan bajos sobre las ventanas de aquellas toscas construcciones de una planta, que éstas desaparecían detrás, como las cabezas de los niños campesinos desaparecen bajo los sombreros de sus padres, calados hasta los ojos.
Mientras tanto la niebla se había disipado por completo. Habían quedado algunos jirones únicamente a la izquierda, en el cielo lejano, hacia oriente. Y también éstos se movieron ligeramente, se rasgaron y abrieron como el telón de un teatro.
Al este, a tres kilómetros de Razvilie, sobre una colina más alta que el pueblo, apareció una gran ciudad, una capital de distrito o de provincia. El sol la iluminaba con una luz dorada y la distancia simplificaba sus líneas. Recortábase en la altura como el monte Afón o un eremitorio en el desierto, tal como aparecen en las litografías populares, con todas sus construcciones, casa a casa, calle a calle, y una gran catedral en medio, sobre la cumbre.
«¡Yuriatin! —pensó el doctor con emoción—. El escenario de todos los cuentos de Anna Ivánovna, la ciudad que también nombraba tantas veces Antípova la enfermera. ¡Cuánto he oído hablar de ella y en qué circunstancia la veo por primera vez!»
En aquel momento la atención de los militares inclinados sobre la máquina de escribir fue atraída por algo fuera de la ventana. Volvieron la cabeza en esa dirección y el doctor siguió su mirada.
Por la escalera de la estación eran conducidos unos prisioneros civiles y militares, entre ellos un estudiante herido en la cabeza. Lo habían vendado, pero la sangre se filtraba a través del vendaje y el muchacho la enjugaba pasándose la mano por el bronceado rostro cubierto de sudor.
Entre los dos soldados rojos que cerraban la fila destacábase el hermoso rostro del muchacho e infundía compasión su juventud. Pero los tres atraían la atención por sus extraños ademanes: hacían efectivamente todo lo contrario de lo que debían hacer.
Al joven se le resbalaba continuamente el gorro y, en lugar de quitárselo y llevarlo en la mano, de vez en cuando se lo ponía bien ajustándolo sobre la cabeza vendada y en esto lo ayudaban solícitos los dos soldados.
Tal comportamiento, contrario al sentido común, tenía algo de simbólico. Intuyendo de pronto su oculto significado, el doctor hubiese deseado echar a correr afuera e impedir que el estudiante continuara, diciéndoles algo que, en el ímpetu de su sentimiento, ya acudía a sus labios. Hubiese querido gritar al muchacho y a los que lo custodiaban que la salvación no consistía en cuidar las formas, sino en librarse de ellas.
Volvió a mirar al interior del vagón: con pasos rápidos y decididos acababa de entrar Striélnikov.
¿Cómo, entre tantos conocimientos insignificantes, no había hecho el doctor uno tan significativo como el de aquel hombre? ¿Por qué la vida no había hecho que se encontraran? ¿Por qué sus caminos no se cruzaron nunca?
Sin que hubiese pronunciado una sola palabra, era evidente que aquel hombre encarnaba una perfecta manifestación de la voluntad. Hasta tal punto era lo que deseaba ser que cualquier cosa en él y de él resultaba ejemplar: su cabeza de líneas armoniosas, la rapidez de su paso, sus largas piernas ceñidas por las botas altas, que incluso podían estar sucias, pero que parecían limpias, y su camisa militar de paño gris, que también podía estar arrugada, pero que daba la impresión de ser de tela y estar planchada.
De tal manera se manifestaba la presencia de un talento, de un talento natural que no conocía esfuerzo y señoreaba cualquier situación de la vida y por esto cautivaba.
Aquel hombre debía de poseer un don, no necesariamente innato, que trascendía de cada uno de sus movimientos y podía ser incluso el don de la imitación. Todos entonces imitaban a alguien: un célebre héroe de la historia, una persona admirada en el frente o en los motines de la ciudad, una figura que había cautivado la imaginación: las autoridades más prestigiosas, los camaradas que habían triunfado, o simplemente se imitaban unos a otros.
Por cortesía aparentó no sorprenderse o molestarse por la presencia del extraño. Se volvió a los presentes como si lo incluyera en ellos y dijo:
—Enhorabuena. Los hemos rechazado. Parece como si jugáramos a la guerra y no estuviésemos empeñados en una cosa muy seria. Son rusos como nosotros. Pero tienen un ramalazo de locura del que no quieren desprenderse y nosotros debemos arrancársela por la fuerza. El comandante era amigo mío. Incluso es de origen más proletario que yo. Crecimos juntos en el mismo patio. Hizo mucho por mí en su vida y le debo gratitud. Sin embargo, estoy contento de haberlo rechazado al otro lado del río e incluso más allá. Gurián, restablece el contacto lo antes posible. No podemos contentarnos con los ordenanzas y el telégrafo. ¿Habéis visto qué calor? De todos modos, he logrado dormir hora y media. ¡Ah, sí!...
Pareció recordar y se volvió al doctor Zhivago. Recordaba el motivo por el cual lo habían despertado: una tontería, la detención de aquel hombre.
«¿Es éste?—pensó Strielnikov, midiendo a Zhivago de pies a cabeza con una mirada escrutadora—. No se parece en nada. ¡Qué estúpidos!»
Se echó a reír y dirigióse a Yuri Andriéevich:
—Perdona, camarada. Te han tomado por otro. Mis centinelas se han engañado. Estás en libertad. ¿Dónde está el carnet de trabajo del camarada? ¡Ah, aquí está tu documentación! Perdona la indiscreción, voy a echarle una ojeada. Zhivago... Zhivago... El doctor Zhivago... moscovita, ¿no? Pasemos un momento a mi despacho. Esta es la secretaría. Mi vagón está delante. Por favor. No te molestaré mucho rato.
30

¿Quién era, no obstante, aquel hombre? Era sorprendente que hubiese llegado a aquel puesto tan alto y se hubiese mantenido en él. Desconocido, originario de Moscú, apenas terminados sus estudios fue a enseñar en provincias y en la guerra cayó prisionero. Durante mucho tiempo desapareció, de modo que se le dio por muerto.
Tivierzin, el ferroviario progresista, en cuya casa vivió cuando niño, lo ayudó con sus recomendaciones y salió garante de él. Las personas de quienes entonces dependían todos los nombramientos creyeron en su palabra. En aquellos días de encendidas pasiones y extremismos, el entusiasmo revolucionario de Striélnikov, también ilimitado, se impuso por su autenticidad y por un fanatismo no improvisado, sino preparado por toda una vida real y no ocasional.
Striélnikov se mostró digno de la confianza que se depositó en él.
Su hoja de servicios del último período comprendía los casos de Ust-Nemda y Nizhni Kielmes, el asunto de los campesinos de Gubásov, que opusieron una resistencia armada al Prodotriad[44], y las represalias contra el 14.° regimiento de Infantería que había saqueado un tren de avituallamiento en la estación de Medviézhi Poima. Figuraba también la acción contra los soldados que habían juzgado a Stienka Razin[45] y provocado la sublevación de la ciudad de Turkatúi y, con las armas en la mano, se pasaron a los blancos. Y asimismo la represión del motín del pequeño puerto fluvial de Chirkin Us, durante el cual el comandante del puesto, que permaneció fiel al poder soviético fue fusilado.
Llegaba a todas partes como un rayo, condenando, decretando, decidiendo, rápido, severo, inflexible.
Su misión con el tren había acabado en toda aquella zona con las deserciones en masa. La revisión de las organizaciones de reclutamiento cambiaron el aspecto de las cosas y ahora se verificaba con éxito el enrolamiento en el Ejército Rojo. Las comisiones de alistamiento trabajaban febrilmente.
Por último, recientemente, cuando comenzó en el norte la presión blanca y se agravó la situación, fueron confiadas a Striélnikov nuevas misiones estratégicas de carácter puramente militar. Los resultados de su intervención no se hicieron esperar.
Striélnikov sabía que la gente deformaba su apellido y lo llamaba Rastriélnikov[46]. Le tuvo sin cuidado. Nada le infundía temor.
Nació en Moscú, hijo de un obrero que participó en la revolución de 1905 y fue perseguido. Durante aquellos años se mantuvo al margen del movimiento revolucionario porque era demasiado joven, y después, en años sucesivos, porque estudiaba en la universidad. Los jóvenes de origen humilde que llegaban a la universidad se tomaban los estudios mucho más en serio que los hijos de los ricos. Ni siquiera le alcanzó el fermento de los estudiantes de la clase media. Salió de la universidad con una profunda cultura humanística que completó dedicándose por su cuenta al estudio de las matemáticas.
La ley le dispensaba del servicio militar, pero había toma- do parte en la guerra como voluntario. Cayó prisionero con el grado de subteniente, pero consiguió fugarse y regresar a su patria en el año 1917, cuando apenas se supo que había estallado en Rusia la revolución.
Lo dominaban dos rasgos distintivos, dos pasiones.
Sus pensamientos eran de una claridad y un equilibrio extremos. Poseía en una rara medida el sentido de la justicia y la honestidad, de la nobleza y de los buenos sentimientos.
Pero, para un científico deseoso de mostrar nuevos caminos, le faltaba a su inteligencia ese don de la casualidad, la fuerza que, con descubrimientos imprevistos, viola la estéril armonía de lo previsible. Del mismo modo, para llevar a cabo el bien, su coherencia de principios carecía de la incoherencia del corazón, que no conoce los casos generales, sino sólo el caso particular, y es grande porque actúa en la esfera de lo pequeño.
Striélnikov, que, dejada atrás la infancia, aspiraba a todo lo que fuese noble y elevado, consideraba la vida como un inmenso campo cerrado donde los hombres, respetando honradamente las reglas, competían en alcanzar la perfección.
Cuando se dio cuenta de que no era así, no pensó que se había equivocado por haber juzgado de un modo un poco demasiadamente esquemático la ordenación del mundo. Encerrando dentro de sí, durante mucho tiempo, lo que consideraba una ofensa, comenzó a acariciar la idea de erigirse en juez un día entre la vida y el oscuro elemento que la deforma, de asumir su defensa y vengarla.
La desilusión lo ensombreció. Y la revolución le proporcionó las armas.
31

—Zhivago, Zhivago —continuaba repitiendo Striélnikov en el vagón en que acababan de entrar—. Es un apellido de aristócratas. Médico en Moscú destinado a Varykino. ¡Qué extraño! Dejar Moscú para meterse en un agujero semejante...
—Precisamente. Busco tranquilidad. Deseo un lugar apartado y oscuro.
—Extraña poesía. ¿Varykino? Conozco bien esa zona. La que fue fábrica de Krueger. ¿No será por casualidad pariente? ¿Heredero?
—¿A qué viene este tono irónico? ¿Por qué habla usted de «herederos»? Aunque mi mujer, efectivamente...
—¡Ah! ¿Lo ve usted? ¿De modo que tiene la nostalgia de los blancos? Voy a causarle una desilusión: llega usted con retraso. La región ha sido liberada.
—Veo que continúa usted burlándose de mí.
—Además, médico. Militar. Y estamos en tiempo de guerra. Esto es ya una cosa de mi incumbencia. Desertor. También los «verdes»[47] se esconden en los bosques, buscan la tranquilidad. ¿Cómo puede justificarse?
—Tengo dos heridas y he sido declarado inútil.
—Me muestra usted un documento del Comisariado del Pueblo de Educación Nacional, o del Comisariado de Sanidad, que le presenta como «elemento verdaderamente soviético» o «simpatizante», y que atestigua su «lealtad». Hoy, señor mío, es el día del juicio en la tierra: criaturas del Apocalipsis, armadas con espadas y monstruos alados. Nada de doctores regularmente leales y simpatizantes. Sin embargo, le he dicho que está usted en libertad y no falto a mi palabra. Pero sólo por esta vez. Tengo el presentimiento de que volveremos a vernos y entonces las cosas serán muy distintas.
Ni la amenaza ni el desafío turbaron a Yuri Andriéevich, que dijo:
—Sé lo que piensa usted de mí. Desde su punto de vista tiene usted razón. La discusión a la que usted quiere llevarme la mantengo hace mucho tiempo en mi pensamiento con un acusador imaginario, y hay que creer que ya he tenido tiempo de deducir algunas conclusiones. No es cosa que pueda decirse en dos palabras. Permítame que me vaya sin darle explicaciones, si efectivamente soy libre, y, si no lo soy, disponga de mí. No tengo nada que justificar delante de usted.
El timbre del teléfono lo interrumpió. Se había restablecido la comunicación.
—Gracias, Gurián. —dijo Striélnikov al teléfono, después de haber soplado en éste varias veces—. Envíame alguien para escoltar al camarada Zhivago. Que esto no vuelva a repetirse. Y ponme con la dirección de la checa de los transportes de Razvilie.
Una vez solo, Striélnikov llamó a la estación:
—Se os ha enviado un muchacho muy joven. Continuamente se arregla el gorro en la cabeza vendada. Es una vergüenza. Sí. Dadle asistencia médica. Sí, me respondes de él como de las niñas de tus ojos. Además, racionamiento, si es necesario. Sí, y ahora hablemos de cosas serias. ¡Estoy hablando! No he terminado. ¡Eh! ¿Quién habla? Gurián, Gurián. Han cortado.
«Quizá fue un discípulo mío —pensó, renunciando por un momento a reanudar su conversación con la estación. Se hizo mayor y se ha vuelto contra nosotros.»
Sumó mentalmente los años de enseñanza, de guerra y cautividad, para ver si tenían relación con la edad del muchacho. Luego, a través de la ventanilla, mirando hacia el panorama del horizonte, buscó con los ojos el barrio de Yuriatin, junto al río, donde en otro tiempo estuvo su casa. ¿Y si su mujer y su hija estuviesen todavía allí? Ir enseguida a verlas. Enseguida, en aquel momento. Pero ¿podía pensar en ello? Todo eso significaba otra vida. Primero tenía que terminar aquella nueva vida y después volver a la otra, la que se interrumpió. Esto sucedería un día. Sí, pero ¿cuándo?