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viernes, 5 de diciembre de 2014

Fe Y Montañas (Bertrand Russell)


CAPÍTULO PRIMERO
El delegado Nepalés en la Unesco estaba sorprendido y confuso. Era la primera vez que había abandonado la seguridad de sus glaciares y precipicios de su país natal para trasladarse a los turbadores peligros del Occidente. Habiendo llegado por vía aérea la tarde anterior, se había sentido demasiado cansado para observar algo de su contorno, y se había dormido pesadamente hasta que la siguiente mañana estuvo bien avanzada. Se asomó por una ventana a una calle llamada Piccadilly, según le informó el camarero que le llevó el desayuno. Pero el aspecto de la calle distaba de ser el que el cine le había llevado a anticipar. No había tráfico ordinario sino, por el contrario, una inmensa procesión de hombres y mujeres a pie, que enarbolaban banderas cuyas inscripciones resistieron las consultas que hizo a su libro de frases. Las inscripciones de las banderas se repetían con tan cortos intervalos que, al fin, las descifró todas. Expresaban cosas diversas que —se vio obligado a suponer— revelaban una significación moral. Las más corrientes eran: «¡Salud al molibdeno, hacedor de cuerpos sanos!» Otra que aparecía con gran frecuencia era: «¡Arriba el molibdeno!» Y una tercera, menos frecuente: «¡Larga vida a la sagrada Molly B. Dean!» Un grupo singularmente feroz portaba la siguiente inscripción en su bandera: «¡A muerte los infames imanes!» La procesión abarcaba una enorme extensión, y a intervalos como de un cuarto de milla había bandas de música y un coro que cantaba lo que parecía, sin duda, el himno de guerra de los manifestantes:

Zahatopolk (Bertrand Russell)

CAPÍTULO PRIMERO
El pasado
El profesor Driuzdustades, el eminente director del colegio de adoctrinamiento, con porte majestuoso y flotante toga, subió al estrado situado en el vestíbulo, reverentemente restaurado, de los incas, en Cuzco, y quedó frente al ávido auditorio, en el comienzo del año académico. Había accedido a su importante cargo tras la muerte de su padre, el no menos eminente profesor Driuzdust. Los estudiantes ante los cuales se disponía a disertar eran los cien más prometedores de todo el reino. Acababan de terminar sus estudios ordinarios e iniciaban justamente el curso de posgraduados, lo cual aseguraba al Colegio de Adoctrinamiento su inmenso poder sobre la opinión.

La Pesadilla Del Doctor Southport Vulpes (Bertrand Russell)

La victoria de la mente sobre la materia
El doctor Southport Vulpes había soportado un día largo y tedioso en el Ministerio de Producción Mecánica. Había estado tratando de persuadir a los funcionarios de que ya no había necesidad de seres humanos en las fábricas, exceptuando uno en cada instalación, el cual haría de vigilante y accionaría el botón para dar o cortar la energía. Era un entusiasta y le causaba disgusto la lenta y tradicional mentalidad de los burócratas. Éstos señalaban que su esquema requeriría un vasto capital en inversiones destinadas a fábricas-robots, y que antes de que su instalación estuviera a punto podían ser arruinadas por obreros amotinados, o boicoteadas implacablemente por mandato de los sindicatos indignados. Estos temores le parecían despreciables y absurdos. Le sorprendía que las espléndidas visiones que iluminaban su fantasía no se encendiesen de inmediato, como esperanzas, en aquéllos a quienes se esforzaba en convencer. Regresando un día bajo la fría llovizna de marzo, desanimado y exhausto, se dejó caer en una silla, y, consecuencia del agradable calor, se quedó dormido. En sueños gustó de todos los triunfos que le habían eludido en sus horas de vigilia. Soñó, y su sueño fue dulce:

La Pesadilla De Dean Acheson (Bertrand Russell)

(escrito antes del nombramiento de eisenhower)
El canto de cisne de Menelaus S. Bloggs
Dean Acheson, en su retiro, soñó que había leído un artículo de un periódico republicano, en el cual se decía: «Dean Acheson, como toda recta persona se complace en saber, está sufriendo el justo castigo de sus crímenes. Todos recordamos cómo, después de ser interrogado durante seis horas por un comité del congreso, Acheson afirmó que cierto acontecimiento, ocurrido siete años antes, había tenido lugar un miércoles. Evidencias concluyentes establecieron que el hecho había ocurrido un jueves. Sobre esta base fue procesado por perjurio y sentenciado a un largo período de confinamiento como convicto. Pese a tal convicción, se mantuvo impenitente, y a aquéllos que habían sido autorizados a verle manifestó que la política que había sustituido a la suya propia no podía sino conducir al desastre.»

La Pesadilla De Eisenhower (Bertrand Russell)

(escrito en 1952, en vida de stalin)
El pacto McCarthy-Malenkov
Eisenhower, tras dos años de presidencia, se vio obligado a reconocer que la conciliación es una calle de una sola dirección. Se esforzó grandemente para aplacar a sus oponentes republicanos, y al principio creyó que ellos reaccionarían de modo favorable, pero ninguna respuesta fue dada a sus iniciativas. Profundamente abatido, sombríos pensamientos le mantuvieron despierto durante la mayor parte de una cálida noche de verano.
Cuando al fin pudo conciliar un agitado sueño, se vio asaltado por una pesadilla devastadora, en la cual una voz adentrada en el futuro le reveló la historia de la próxima media centuria:

La Pesadilla De Stalin (Bertrand Russell)

(escrito antes de la muerte de stalin)
Amor vincit omnia
Stalin, tras copiosos tragos de vodka mezclado con pimienta roja, se había dormido en su silla. Molotov, Malenkov y Beria, poniéndose un dedo en los labios, alejaban a inoportunos criados, que podían interferir el reposo del gran hombre. Mientras lo velaban, Stalin tuvo un sueño, que consistió en lo que sigue:

La Pesadilla Del Matemático (Bertrand Russell)

La visión del profesor Squarepunt

EXPLICACIÓN PRELIMINAR
Mi recordado amigo el profesor Squarepunt, el eminente matemático, fue durante toda su vida amigo y admirador de sir Arthur Eddington. Sin embargo, existía un punto en las teorías de sir Arthur que siempre turbaba al profesor Squarepunt, y era aquel el poder místico, cósmico, que sir Arthur confería al número 137. Si las propiedades que a dicho número se le suponían hubieran sido meramente aritméticas, no habría surgido dificultad alguna. Pero era, sobre todo en física, donde el 137 mostraba toda su virtualidad, la cual no era desemejante a la atribuida al número 666. Resulta evidente que las conversaciones con sir Arthur influyeron en la pesadilla del profesor Squarepunt.

La Pesadilla Del Existencialista (Bertrand Russell)

La realización de la existencia
Porfirio Eglantine, el gran filósofo-poeta, es ampliamente conocido por sus muchos, sutiles y profundos trabajos, pero sobre todo por su inmortal Chant du Néant:

La Pesadilla Del Metafísico (Bertrand Russell)

Retro me Satanás
Mi pobre amigo Andrei Bumblowski, antiguo profesor de filosofía en una universidad de la Europa central, ahora desaparecida, me parecía estar aquejado de un cierto tipo de inocua locura. Yo mismo soy una persona de robusto sentido común. Mantengo que el intelecto no debe considerarse como guía de la vida, sino sólo como medio de aportar agradables juegos dialécticos y modos de mortificar a antagonistas menos ágiles. Bumblowski, sin embargo, no participaba de este punto de vista. Dejaba que su intelecto le condujera donde fuere, y los resultados eran singulares. Rara vez argüía, e incluso para sus amigos el fondo de sus opiniones permanecía oscuro. Lo que se sabía es que él evitaba consecuentemente la palabra «no», y todos sus sinónimos. No solía decir: «Este huevo no está fresco», sino: «Cambios químicos han acaecido en este huevo desde que fue puesto.» Él no diría: «No puedo encontrar ese libro», sino: «Los libros que he encontrado son diferentes de aquel libro.» Tampoco diría: «No matarás», sino: «Amarás la vida.» Su vida no era práctica, pero era inocente, y yo sentía considerable afecto por el. Indudablemente fue este afecto el que, al fin, pudo más que su retraimiento y le indujo a hacerme el relato de esta notabilísima experiencia, que transcribo con sus propias palabras:

La Pesadilla Del Psicoanalista (Bertrand Russell)

Ajuste. Una fuga
El destino de los rebeldes es el de fundar nuevas ortodoxias. Cómo acontece esto en el psicoanálisis ha sido persuasivamente expuesto en el libro del doctor Robert Linner Receta para, la rebelión. Se supone que muchos psicoanalistas tienen sus secretas aflicciones. Hubo uno de éstos que, aunque ortodoxo cuando estaba despierto, fue asaltado durante el sueño por la siguiente y muy turbadora pesadilla:

La Pesadilla Del Señor Bowdler (Bertrand Russell)

LA PESADILLA DEL SEÑOR BOWDLER

Felicidad familiar
El señor Bowdler, el muy meritorio autor del Shakespeare de las familias, obra que la más inocente señorita podría leer sin sonrojarse, jamás mostró en su estado de vigilia duda alguna en cuanto a la utilidad de su obra. Parece, sin embargo, que en algún lugar profundo del inconsciente de ese buen hombre debe haberse agazapado una diminuta voz, maligna y burlona. Llegado el domingo, acostumbraba el señor Bowdler dispensar a su familia, y a sí mismo en no menor grado, copiosas porciones de carne de cerdo. Iban éstas acompañadas de patatas hervidas y berzas, y seguía el roly-poly pudding1 . Para él, aunque no para el resto de la familia, había una moderada ración de cerveza. Tras esta comida solía hacer un breve paseo. Pero en una ocasión en que la nieve y el granizo caían pesadamente se permitió infringir su rutina habitual y tomarse un descanso en una silla, con un buen libro en las manos. Sin embargo, el buen libro no era interesante y el señor Bowdler se durmió. En un sueño se vio afligido por la siguiente pesadilla:

La Pesadilla De La Reina De Saba (Bertrand Russell)

No pongáis vuestra confianza en los príncipes
La reina de Saba, volviendo de una visita al rey Salomón, cabalgaba a través del desierto en un blanco jumento, acompañada por su gran visir, que montaba un asno de color más ordinario. Mientras avanzaban dejaba ella fluir sus recuerdos acerca de la riqueza y sabiduría de Salomón.