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lunes, 10 de abril de 2017

Pagarás Con Maldad (Margaret Millar)

Pagarás Con Maldad
Margaret Millar

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PAGARÁS CON MALDAD

Título Original: Do evil in return
Traductor: Ramón de España
©1950, Millar, Margaret
©2012, RBA
Colección: Serie negra, 198
ISBN: 9788490062630
Generado con: QualityEbook v0.37
PAGARAS CON MALDAD
Título original: Do Evil in Return (1950)
Autora: Margaret Millar (1915-1994)
1ª edición en Club del Misterio, 11/1982
Editorial Bruguera, S. A.
Traducción: Lucrecia Moreno de Saenz
Ilustraciones interiores: Edmundo Fernández
200 páginas (23 capítulos)
Impreso en España
ISBN: 9788490062630



RESEÑA:
La doctora Charlotte Keating está en una difícil situación. Su apacible vida como médica y su apasionada aventura con el apuesto y respetable Lewis dan un vuelco cuando, súbitamente, aparece el cadáver de la joven Violet, a la que había practicado un aborto tras quedarse embarazada, pero no de su marido. Sin saber aún si la muerte de Violet es fruto de un suicidio o de un asesinato, Keating se verá involucrada en una asfixiante espiral de amenazas y chantajes que, de algún modo que no consigue comprender, guardan cierta relación con su propio amante. De repente, la confianza se convierte en un lujo que Keating no se podrá permitir, si quiere seguir con vida para averiguar el porqué de la horrenda muerte de Violet.



Those to whom evil is done
Do evil in return.
W. H. AUDEN
A Faith Baldwin
1
La tarde era todavía calurosa, pero el viento amenazaba ya con una noche de niebla. La fuerte brisa se deslizó por la ventana abierta, hurgó con dedos curiosos e insinuantes los rincones de la habitación, levantó la falda del uniforme blanco de la señorita Schiller y exploró el cabello oscuro de la muchacha sentada cerca de la puerta. La muchacha tenía una revista sobre las rodillas, pero no la leía, sino que plegaba con aire distraído los bordes de las páginas.
—No sé si la doctora Keating podrá verla —le dijo la señorita Schiller—. Es muy tarde.
La muchacha tosió, nerviosa.
—No he podido llegar antes. No... no podía encontrar el consultorio.
—¡Ah! ¿No es usted de aquí?
—No.
—¿Quién le ha recomendado a la doctora Keating?
—¿Quién me la ha recomendado?
—¿La envía alguien?
—Yo... no... He encontrado su nombre en la guía telefónica.
De pronto, la muchacha se puso de pie y la revista y su ordinario bolso marrón cayeron al suelo.
—Tengo que verla —dijo—. Es sumamente importante.
—Si me deja su nombre y dirección avisaré a la doctora de que está aquí.
—Violet O'Gorman, 916 Olive Street.
—¿Señorita?
—No; señora. Señora O’Gorman.
La señorita Schiller le dirigió una mirada escrutadora antes de volverse y desaparecer detrás de la puerta del consultorio con un rumor de uniforme almidonado.
Charlotte vestía ya su ropa de calle, pero estaba acostumbrada a la idea de cambiar repentinamente de planes. Hacía muchos años que aquello ocurría casi diariamente.
Estaba arreglándose el sombrero frente a un espejo de pared. Era una mujer alta y esbelta, de apenas treinta años, con un aire sereno y competente.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó.
—Acaba de llegar una enferma. No la ha enviado nadie. Dice que ha encontrado su nombre en la guía telefónica.
—¡Ah!
—Dice que se llama señora O’Gorman.
—Si dice que se llama así, seguramente ése es su nombre —dijo Charlotte, lacónicamente—. De paso le diré, señorita Schiller, que cuando atienda el teléfono debe decir «¿Cuál es su nombre?» y no «¿Cuál era su nombre?» Eso da la impresión de que está hablando con un muerto.
—Me esfuerzo por complacerla —dijo la señorita Schiller, pero su tono y sus labios apretados parecían expresar que de todos modos era imposible complacer a la doctora Keating.
Charlotte se quitó el sombrero y, con gesto experto, alisó su suave cabello castaño. La señorita Schiller frunció levemente el ceño al mirar el sombrero. No le gustaba la forma de vestir de la doctora fuera de las horas de consulta. Sombreros de ala grande, vestidos transparentes y zapatos con tacones muy altos. Cualquier paciente que la encontrase en la calle perdería su confianza en ella, pues pensaría que se dirigía a una reunión social o a una partida de bridge en lugar de ir al hospital a hacer sus visitas. En cuanto a la señorita Schiller, nunca había tenido ninguna confianza que perder. Frecuentaba a un masajista que trataba su lumbago, y para aumentar su hemoglobina compraba hierbas chinas en un pequeño comercio del centro de la ciudad.
—Haga pasar a la señora O'Gorman, por favor.
—Muy bien, doctora.
La señorita Schiller salió con una mano apoyada sobre la parte baja de la espalda, como para indicar que cumplía con su deber, a pesar de sufrir intensos dolores. Charlotte sonrió. Estaba enterada del asunto del masajista y de las hierbas chinas y, en realidad, estaba al tanto de casi todo lo que se refería a la señorita Schiller, de modo que siempre se mostraba tolerante. «Saberlo todo es perdonarlo todo», había citado a Lewis en una oportunidad; y estaba profundamente convencida de ello. Lewis haba comentado, a su vez, que era una mujer notable. Por su parte, Charlotte había convenido en ello, pero sin sentir ningún orgullo. Era sorprendente, en una época como la actual, poder sobrevivir a todo sin sufrir tensiones nerviosas, insomnio o cualquiera de los oscuros síntomas psicosomáticos que afligían a la mitad de las personas que acudían a su consultorio.
Charlotte era una mujer sana y feliz. Trabajaba duramente, pero nunca hasta agotarse. Era competente en su trabajo de clínica general. Tenía una mentalidad perspicaz, aunque no muy profunda, y un fino sentido del humor. La mayoría de sus colegas varones la llamaba Charley y se referían a ella, a sus espaldas, en términos amistosos, pero a la vez como si careciera de sexo. Sin embargo, no era asexuada. Allí estaba Lewis. Y eventualmente..., sí, eventualmente, seria necesario hacer algo respecto a Lewis. Estaba saliendo irrevocablemente de la etapa de la luz de luna y ramos de rosas. Su relación mutua tenía en aquella fase un elemento más terreno, más vigoroso, compuesto más bien de aire libre y de cardos. La actitud de Lewis era cada día más insistente, y separarse de él resultaba cada día más difícil.
Charlotte se había impuesto la regla de no pensar en Lewis durante las horas de consulta. Con un esfuerzo lo ahuyentó de su mente y concentró toda su atención en la muchacha que entraba en aquel momento acompañada por la señorita Schiller. Esta la tenía firmemente aferrada de un brazo, en la actitud de una celadora de prisión escoltando a una presunta fugitiva.
El rostro de la enfermera estaba congestionado y lleno de indignación.
—¡Imagínese, doctora! No quería entrar. Salió corriendo. Imagínese, después del trabajo que usted...
—Está bien, señorita Schiller, puede retirarse —dijo Charlotte.
—Desde luego pensaba entrar —dijo la muchacha, tan pronto como la puerta se cerró tras la señorita Schiller—. Salí sólo para tomar un trago de agua en el corredor. Tengo esta sed terrible que...
—Tome asiento, señora O’Gorman.
La muchacha se sentó con aire aprensivo en el borde de una silla. Tenía aproximadamente veinte años, cabello oscuro, y era bastante fea, con excepción de los ojos y del saludable color sonrosado de sus mejillas. Aunque era un día húmedo, llevaba un pesado abrigo de paño que sostenía muy ajustado sobre el abdomen con ambas manos. En la frente tenía una larga cicatriz quebrada. La cicatriz estaba roja y Charlotte se preguntó cómo no habían hecho a la muchacha un tratamiento de rayos X para hacerla menos visible.
—Siempre tengo esta sed terrible. Yo creo que tomo diez litros de agua por día.
—Eso le hace bien —le dijo Charlotte—, en vista de su estado.
La muchacha dejó escapar un grito.
—¡Dios mío, Dios mío! ¿Acaso se nota ya? ¿Se nota?
—Siento haberla alarmado. Naturalmente, pensé que...
—¿Cómo puede notarse ya?
—No se nota.
—¡Tiene que notarse! Usted ha dicho que... —La muchacha se cubrió el rostro con las manos. Las lágrimas cayeron entre sus dedos y se deslizaron por sus muñecas.
Llevaba anillo matrimonial. Pero la verdad era que todas llevaban anillo. Los compraban en las tiendas de adornos de fantasía. Charlotte pensaba siempre que para algunas de ellas, el momento de ir a una de esas tiendas a comprarse el anillo liso debía ser el peor de todos, peor aún que el del parto. Probablemente no había ninguna entre aquellas muchachas que alguna vez no hubiese soñado con una boda en primavera con vestido blanco y flores. Charlotte se sintió de pronto deprimida. Por fin dijo:
—¿Dónde reside usted, señora O’Gorman?
—En Oregón. Ashley, Oregón.
—¿Está casada?
—Sí. ¡Sí! Sólo que le he dejado. No es él... él no es el... padre.
—¿Qué quiere que haga yo, señora O’Gorman? ¿Cuál es su nombre de pila?
—Violet.
—¿Quién la ha enviado aquí, Violet?
—Nadie —los ojos de la muchacha se agrandaron en una expresión de inocencia. Charlotte no se engañó. Al mismo tiempo, abrigó la esperanza de que no circulase el rumor de que acostumbraba a realizar operaciones ilegales.
»Nadie me ha enviado —dijo Violet—. Como le dije a la enfermera, vi su nombre en la guía telefónica y vine a verla porque usted es mujer, porque creí que comprendería lo que significa hallarse en este estado sin marido.



—Usted no desea ese hijo, ¿no es eso?
—¿Cómo puedo quererlo? —repuso ella ingenuamente.
—Usted es joven y sana. Si cobra ánimo y tiene ese niño, seguramente podrá conservar su empleo hasta el último momento, casi...
—No tengo empleo.
—Bueno, tal vez el hombre contribuya a mantenerla. Si usted puede probar que es hijo de él, no tendrá otra alternativa.
—Puedo probarlo perfectamente. Yo no vivía con Eddie entonces. Eddie decía que le ponía nervioso, de modo que fui a pasar un tiempo con mi hermana. De esa manera Eddie supo que el niño no era suyo. —Violet tocó la cicatriz de su frente con la punta de un dedo—. Me golpeó con una lámpara. Después de esto le soporté dos meses y por fin le abandoné. Me dijo cosas terribles. Yo lo hice sin pensar.
La muchacha se echó a llorar nuevamente. Charlotte la miró con aire sereno y objetivo. Una semana antes de irse, Lewis le había preguntado si nada la conmovía. Ella había respondido que en su profesión no podía permitirse el lujo de conmoverse mucho, pues en ese caso estaría llorando todo el tiempo, sin mayor provecho' para nadie. Pero Lewis no lo veía así. A pesar de su espíritu mundano, juzgaba una emoción según el volumen de lágrimas o risa que provocaba.
—Por lo visto, el padre no quiere casarse con usted —dijo.
—Aunque quisiera casarse, no podría. —Violet buscó torpemente en el interior de su bolsillo, hasta que halló un pañuelo de papel, empapado de lágrimas y manchado de pintura para los labios—. Está casado.
—¿Sabía usted eso cuando...?
—Sí. Me lo dijo. Pero en aquel momento no me importó. ¡Era tan diferente de los hombres que yo había conocido!
—¿Mayor que usted?
—Si, de unos cuarenta años.
—¿Hacía mucho que le conocía?
Violet emitió un sonido que era casi una carcajada.
—Nunca le había visto antes.
—Y a pesar de ello...
—Sí. Sí. Yo... no creo que usted comprenda.
—Estoy tratando de comprender —dijo Charlotte, gravemente.
—Bueno, estuvo en la taberna donde trabaja Eddie. Eddie es mi marido. Comenzó a hablar de los grandes árboles y de que era un crimen derribarlos. Dijo que algunos de ellos tienen cuatro o cinco mil años y ochenta metros de altura, y que son casi humanos. No recuerdo sus palabras con exactitud, pero hablaba como... como las poesías.
Charlotte la miraba silenciosa y compasiva.
—Bueno, Eddie dijo que todo eso eran tonterías, me refiero a lo que había dicho sobre los árboles; y cuando yo quise hablar me ordenó que callara y volviera a casa de mi hermana. Yo tuve miedo de quedarme. Eddie es muy... violento.
—¿Violento?
—Fue boxeador profesional, hasta que se le perforó el apéndice. Yo no quería complicaciones, de modo que me fui.
—Pero no fue a casa de su hermana.
—No —repuso Violet, moviendo la cabeza—. Salí de la taberna y esperé junto al automóvil. Era el único automóvil con matrícula de California. En realidad, yo... yo quería disculparme por la mala educación de Eddie.
Conversamos un rato y luego él dijo que debía regresar a su albergue porque partiría a la mañana siguiente, hacia su casa.
—Es decir que pensaba volver aquí, a Salinda, ¿no?
—Sí. Yo me quedé muy desilusionada. Lo que quiero decir es... ¿Nunca fue usted a una ciudad grande como Portland, y quizás atrajo la mirada de alguien mientras caminaba por la calle, y en el mismo instante comprendió que los dos tenían algo en común, mucho en común? Eso fue lo que yo sentí por él. Seguramente usted... nunca ha estado en Ashley.
—No —Charlotte nunca había oído hablar de dicho pueblo.
—Es un pueblo pequeño, donde la gente no se queda nunca. Pasan a través de él en dirección al norte o al sur. Pero nunca se queda nadie allí. —Con un gesto desafiante levantó la cabeza y añadió—: ¡Lo detesto! ¡También detesto a Eddie!
Y de aquel odio, según comprendió Charlotte, había surgido la unión de Violet con el hombre que hablaba como las poesías. Para ella, aquel hombre había sido probablemente el símbolo de todos los seres románticos e interesantes que pasaban por el pueblo en cualquier dirección, pero que nunca se quedaban allí.
—Después, no sé cómo sucedió todo. No lo sé. Yo... ¡Doctora, por favor! Tiene que ayudarme.
—Lamento no poder hacerlo, por lo menos en la forma que usted insinúa.
La muchacha dejó escapar un grito de desesperación.
—Yo creí que... que como usted era mujer, como yo... por ser mujer...
—Lo siento mucho —repitió Charlotte.
—¿Qué haré? ¿Qué haré con esto... esto que crece dentro de mí, que crece y crece, mientras yo estoy sin dinero, sin empleo, sin marido? ¡Dios mío, por qué no me moriré! —Violet se golpeó los muslos con los puños—. ¡Me mataré!
—No, Violet, no. Vamos, serénese.
En aquel momento apareció la señorita Schiller. Había estado escuchando junto a la puerta. Le gustaban los temas excitantes y la violencia aparecía invariablemente en sus sueños.
—¿Me necesitaba, doctora?
—No —dijo Charlotte, fríamente—. En realidad puede retirarse. Yo cerraré el consultorio.
—Pues yo pensaba que...
—Buenas noches, señorita Schiller.
La puerta se cerró bruscamente. El rostro de Violet tenía manchas pálidas.
—Tiene que haberme oído. Ahora se lo dirá a todo el mundo.
—No tiene a nadie a quien decírselo, salvo a su gato.
—¿Su gato?
—Tiene un gato enorme y los dos conversan horas enteras... ¿Se siente mejor ahora, Violet?
—¿Por qué habría de sentirme mejor? No ha cambiado nada.
Charlotte se sintió molesta. Su despliegue de tacto parecía una tontería frente a las reacciones tan simples y directas de Violet. «¿Cómo puedo querer a este hijo? ¿Por qué habría de sentirme mejor cuando nada ha cambiado?»
—Estas operaciones son ilegales —dijo Charlotte, sin más preámbulos—, a menos que sean necesarias. Quiero decir, necesarias desde el punto de vista médico, en los casos en que está- en juego la vida de la madre.
—Mi vida está en juego.
—Usted cree eso ahora. Más tarde, cuando se adapte a la...
—¡Por favor!—dijo Violet—, ¡Por favor, déme algo!
—No puedo. Y aunque le diera algo, no daría resultado. Su embarazo está demasiado avanzado. ¿De cuánto tiempo?
—Cuatro meses.
Charlotte pensó en el niño protegido en su claustro dentro del cuerpo rebelde de Violet, ajeno a la violencia de sus puños y a la animosidad de su espíritu. Debía ser ya un ser humano, con miembros bien formados, la flexión cervical desaparecida, la cabeza casi erguida, la nariz, los labios y las mejillas visibles ya. Cuatro meses... ¿Cómo podía estar tan segura?
—Estoy segura —dijo Violet—. Sucedió sólo una vez.
Dicho esto, levantó la cabeza y miró a Charlotte con una expresión hostil y a la vez ansiosa.
—Seguramente usted no lo cree, como no lo creyó Eddie —murmuró.
—Yo lo creo.
—Sucedió una vez. Un minuto y aquí estoy. ¡Míreme! ¡No es justo! ¡No lo merezco!
—Lo sé... lo sé... Este Eddie de quien habla, su marido... Quizá su mejor alternativa, por el momento, sería volver a su lado, si él está dispuesto a recogerla.
—¡Naturalmente que me recogerá! Le gusta tenerme en casa para que le haga la comida y para tener a quien golpear. Pero ¿de qué sirve quedarse aquí hablando? Usted no quiere ayudarme.
—No puedo ayudarla.
—Puede, pero no quiere, porque tiene miedo. Bueno, también yo tengo miedo, mucho más miedo que usted.
Los ojos de Violet tenían una expresión opaca. El llanto había borrado toda su suavidad, y ahora relucían como bolas de piedra.
—Doctora —añadió vacilando—, ¿no sabe usted de nadie que...?
—Lo siento, pero no sé —repuso Charlotte, con toda sinceridad. Siempre circulaban rumores, acerca del viejo doctor Chisholm, por ejemplo, pero la verdad era que siempre circulaban rumores acerca de muchos médicos, aun de ella misma. La mayoría de los rumores se originaban en un enfermo resentido o en un hipocondriaco crónico.
Violet estaba mirándola con expresión melancólica y amarga.
—Seguramente usted nunca ha estado desesperada, como yo.
Charlotte adoptó una actitud paciente.
—Violet, no hagamos de esto una cuestión personal entre usted y yo, acerca de quién tiene más miedo o quién está más desesperada. Este es un problema concreto. Dígame, ¿tiene un lugar donde vivir?
—Mi tío político tiene una pensión. Me permitirá quedarme en el cuarto del fondo, arriba, hasta que... hasta que las cosas se arreglen.
—¿Qué cosas?
—Él dice que yo podría sacarle dinero a este hombre... al padre.
—¿Lo ha intentado usted?
—Sí, pero no estaba en casa. No estaba en la ciudad.
—¿Piensa volver?
—Sí, esta noche, según me dijeron.
—¿Sabe que usted está embarazada?
—No.
—¿Cree que reconocerá al niño como suyo?
—Tiene que reconocerlo. Es suyo. Mi tío dice que puedo recurrir a la justicia y obligarle a pagar mucho dinero. Puedo arruinarle definitivamente, según dice mi tío.
—Yo en su lugar no pensaría en la venganza, Violet, sino simplemente en hacer lo que más convenga a usted y su hijo.
Se produjo un largo silencio antes de que Violet hablase nuevamente.
—Yo no quiero arruinarle —dijo—. No estoy resentida, ya que soy tan culpable como él. Ni siquiera quiero dinero. Lo único que quiero es estar como estaba anteriormente, sin nada que crezca dentro de mi cuerpo. Soportaré a Eddie, soportaré cualquier cosa, siempre que pueda ser como era.
—Lo siento muchísimo —dijo Charlotte—. Quisiera poder ayudarla.
En la sala de espera sonó el teléfono y Charlotte fue a atender la llamada. Era Lewis. Le dijo, con un tono algo brusco, que estaba contenta de que hubiese vuelto y que debía llamarla por teléfono a su casa, más tarde.
Cuando volvió al consultorio, Violet se había ido. Se había deslizado por la puerta del fondo; y las únicas pruebas de que había estado allí eran el pañuelo de papel empapado sobre la silla y la ficha sobre el escritorio de Charlotte.
La ficha sólo tenía anotados el nombre y la dirección, escritos en la parte superior con la letra de bibliotecaria de la señorita Schiller: señora Violet O’Gorman, 916 Olive Street.
Charlotte cogió la ficha y se quedó de pie, contemplándola durante más de un minuto. Por fin la estrujó hasta convertirla en una pelota y la arrojó violentamente a la papelera.
2
Así como intentaba olvidar a Lewis durante las horas de consulta, por las noches se esforzaba en olvidar su trabajo. Sin embargo, no siempre lo lograba.
—Estás muy nerviosa esta noche —le dijo Lewis.
—¿Sí?
—¿Puedo jactarme de que se debe exclusivamente a la alegría que te ha causado mi regreso?
—No.
—Pero estás contenta, ¿no? ¿Estás contenta?
—Por supuesto.
—Te he echado mucho de menos, Charley.
Su voz no tenía el tono habitual, ligero y burlón. Parecía fatigada.
Charlotte se levantó, se acercó a él y apoyó una mano sobre su hombro. No sucedía muy a menudo que ella tomase la iniciativa de tocarle. Era muy orgullosa. Lewis debía ser siempre el agresor, hacer siempre el primer gesto.
Tenía algo más de cuarenta años; era un hombre alto y tan delgado y desgarbado que nunca podía instalarse cómodamente en un sillón común. Había comprado personalmente el que ocupaba para regalárselo a Charlotte. Era de cuero rojo y no armonizaba con la combinación de tonos grises y amarillo limón del resto de la sala. Se destacaba y atraía imperiosamente la atención. Cuando Lewis no estaba allí, el sillón era su símbolo: desentonaba en la habitación apacible, como Lewis en la vida de Charlotte.
Cuando él volvió a medias la cabeza, la mano de Charlotte quedó fuertemente aprisionada entre su mejilla y su hombro. Tuvo la sensación irracional de que estaba inmovilizada en un torno, atrapada entre dos tornillos.
—Lewis —dijo, rompiendo el silencio.
—¿Querida?
—Quizá debiste quedarte en casa con Gwen por ser la primera noche...
—No pude quedarme —dijo él con sencillez—. Hablemos de otra cosa.
—Muy bien. ¿Qué tal tu excursión?
—Larga y aburrida sin tu compañía, como todos los viajes.
Había salido con otros dos abogados a pasar una semana pescando en las sierras. Aquélla era una excursión anual, tradicional entre ellos. Lewis no disfrutaba mucho de estos paseos y participaba en ellos simplemente porque sus amigos esperaban que lo hiciera. Le agradaba adaptarse en lo posible a lo establecido, pues su desafío a los convencionalismos era puramente verbal.
—Me alegro de que no te hayas divertido. Por contraste, yo te pareceré más interesante.
Charlotte habló en tono ligero, pero al mismo tiempo sintió un aguijonazo doloroso, en parte de enojo y en parte de celos. Los minutos junto a Lewis eran pocos y preciosos, y a pesar de ello él había malgastado una semana entera en una excursión de pesca. Se le ocurrió que estaba adoptando una actitud posesiva y que debía dominarse. No era posible adueñarse de la gente. Tenía su automóvil, su casa, su ropa, y ello debería bastarle. Sin embargo, no bastaba. El automóvil debía ser conducido por Lewis. Elegía la ropa para agradarle. Había comprado la casa seis semanas después de conocerle, sin saber por qué, a la sazón, convencida simplemente de que su apartamento era demasiado reducido y no le proporcionaba suficiente independencia.



La casa tenía muros de piedra en tres de sus lados. Desde el cuarto se veía un panorama muy amplio de la ciudad y de la bahía. Desde el sillón de Lewis, situado junto al gran ventanal moderno, se podía mirar hacia abajo y contemplar la ciudad extendida a los pies del observador como una enmarañada red de luces entre la colina y el mar. Era una ciudad mediana, suficientemente importante como para contar con media docena de clubs nocturnos de segundo orden y suficientemente pequeña como para que todos se enterasen cuando alguien frecuentaba alguno de ellos. Charlotte y Lewis no iban nunca a estos lugares, ni tampoco al cine. Se veían en casa de ella. Lewis ocultaba su automóvil en el garaje, o bien lo aparcaba a una manzana de distancia. A veces iban en automóvil hasta la playa, tan anónimos en la oscuridad de la noche como todas las demás parejas dentro de los coches aparcados sobre la arena.
—Me gusta tu cabello —dijo Lewis, levantando la cabeza para mirarla—. Es castaño, sencillamente castaño. No se ve mucho cabello castaño actualmente. Por lo general, le dan un tinte rojizo... Charley, ni siquiera me escuchas.
—Te escucho. Has dicho que tengo el cabello castaño.
—Lo que he querido decir en realidad es que te amo. Todo en tu persona me gusta.
—¡Qué amable!
—¿Amable? —dijo él, frunciendo el ceño. Sus cejas negras y espesas le daban una expresión cruel—. Charley, te sucede algo esta noche. He dicho o hecho algo que te ha desagradado. O bien todavía estás resentida por mi excursión de pesca.
—No estoy resentida. Hay algo que me preocupa. Una enferma que ha venido a consultarme esta tarde.
—Cuéntamelo.
—No. No puedo.
—A menudo me hablas de tus enfermos, aunque te lo prohíbe la ética profesional.
—Ya lo sé... Lewis, creo que he cometido un error.
Estaba junto a la ventana, enlazando y desenlazando sus dedos. En algún punto de la ciudad, en medio de aquel caos de luces amarillas, rojas y verdes estaba la luz del cuarto de Violet, una luz débil y manchada por las moscas, en un cuarto del fondo de una pensión en Olive Street. Y Gwen... también Gwen tenía una luz encendida, mientras esperaba sentada a que volviera Lewis, paciente y dulce como de costumbre, con los perros pastores que poseía, tan suaves como Gwen misma.
—Mientras no hayas matado a nadie —dijo Lewis— dándole una receta equivocada...
—No cometo esa clase de errores. Este fue un error de juicio. La muchacha... todo lo que dijo la muchacha era correcto. Yo tenía miedo, y lo tengo aún. Pero es un miedo tan trivial y mezquino comparado con el suyo... Además, dijo que yo nunca me he sentido desesperada. Es verdad. Nunca he sufrido nada que me llevase a la desesperación.
De pronto se volvió, consciente de que se había producido un cambio sutil en la atmósfera psicológica. Lewis estaba encendiendo un cigarrillo. Por su expresión, Charlotte comprendió que estaba desilusionado y enojado por la forma en que se había desarrollado la velada. La primera velada juntos en una semana. Debía haber sido perfecta, pero no lo era; y Lewis estaba allí sentado, culpándola silenciosamente, como si ella tuviera la culpa de que no pudieran vivir aislados del resto del mundo. Lewis y ella no estarían nunca juntos, nunca podrían estarlo, a pesar de los tres muros de piedra de la casa. El cuarto muro estaba desamparado, sin protección. Por él se filtraban Violet y Gwen y la señorita Schiller, y hasta los dos hombres que habían acompañado a Lewis en su excursión de pesca. Por fin, Charlotte dijo con un suspiro:
—Me siento deprimida y de mal humor, Lewis. Quizá sea mejor que' vuelvas a tu casa.
—Quizá. —Lewis aplastó su cigarrillo en el cenicero de madera de mirto que había traído del norte—, Pero antes te diré que no me gusta que me den órdenes como a un niño.
—No era mi intención ofenderte, querido. Sólo quería decir que si te quedas, seguramente nos pelearemos.
—Eres muy previsora. ¡Por Dios, Charley! ¿De qué supones que estoy hecho? Me obligas a estar cerca de ti, me dices que venga, y luego me ordenas que me vaya. Hablas de una muchacha tonta y de sus temores cuando tenemos mil cosas que decirnos acerca de nosotros.
Lewis se puso de pie y la cogió violentamente por los hombros.
—¿A quién le interesa, a quién diablos le interesa, de todos modos? Charley, no has cambiado de idea, ¿no? ¿Me sigues queriendo?
—Sí. Naturalmente.
—Cuando te abrazo, te apartas como si oliese mal.
—¡Lewis, por favor!—dijo ella con aspereza, al mismo tiempo que se libraba de su brazo—. Te lo he dicho ya. Esta noche no estoy bien. Todo lo veo mal, como desenfocado.
—¿Por culpa de esa muchacha? —preguntó él.
—Probablemente todo empezó ahí.
—¿Por qué?
—Está en dificultades. Yo me he negado a ayudarla.
—¿Por qué habrías de ayudarla? Seguramente es una mujerzuela vulgar que ha acabado por caer.
—No. Es una muchacha decente, sensible y muy desorientada.
—Has tenido casos semejantes con anterioridad. ¿Por qué te preocupa tanto éste?
—Por nosotros, Lewis. ¿No ves que...?
—No veo nada.
—Si esto prosigue, si nos unimos, puede suceder que accidentalmente yo me encuentre en la misma situación que ella.
Lewis murmuró algo que expresaba disgusto.
—Ahora comprendo —dijo—. Por alguna razón inexplicable, te has identificado con esa muchacha, y a mí me has identificado con el hombre que provocó esa situación, el macho desalmado y bestial.
—No, no digas eso. —Charlotte le miró, buscando en su rostro algún signo de comprensión—. ¿Qué harías tú si yo estuviera embarazada?
—En vista del carácter platónico de nuestra relación actual, sería muy gracioso.
—Tú no te has reído, sin embargo. ¿Qué harías?
—Vamos, vamos. Tú no te quedarías embarazada.
—Pero es posible.
—No lo creo, dado el progreso de los seguros.
Charlotte sonrió con cierta amargura.
—Has hecho una analogía bastante extraña —señaló—. Cuando nos aseguramos contra un terremoto, eso significa que quedamos protegidos económicamente contra un terremoto. Pero ello no garantiza que no se producirá el terremoto. El sentido de seguridad es falso.
—Ahora pasamos a hablar de terremotos. Dime, Charley, ¿qué mosca te ha picado? Te estás poniendo neurótica.
—¿Tú crees?—dijo ella, desviando el rostro—. Es mejor que te vayas.
—Lo haré. Lo haré ahora mismo.
Lewis cruzó la sala en dirección a la puerta, lentamente, como para darle oportunidad de que le llamara. Charlotte no le llamó. Permaneció junto a la ventana hasta que oyó el automóvil que se alejaba del garaje. Las furiosas revoluciones del motor le indicaron que Lewis estaba descargando su mal humor sobre el automóvil.
Había dejado su cigarrillo encendido. Charlotte llevó el cenicero a la cocina y lo lavó, moviéndose con torpeza porque estaba enfadada. Pero su enfado no era vehemente e inmediato como el de Lewis. No era posible vencerlo, como lo hacía él, corriendo a gran velocidad en un automóvil o rompiendo un palo de golf. Su enfado era lento y helado, y avanzaba gradualmente por su cuerpo, oprimiendo sus nervios e imposibilitándola para moverse y para hablar.
Pensó en todo lo que debía haber dicho. Inmediatamente se lo repitió para sus adentros, refundiendo una y otra vez las frases hasta dejarlas elegantes y nítidas como un diamante. Esa era una satisfacción infantil que rara vez se permitía.
Miró el reloj. Las nueve y media. Lewis debía estar en casa ya, inventando una excusa frente a Gwen. La señorita Schiller debía de estar poniéndose los rulos y conversando con su gato, tal vez contándole lo de Violet: «Hoy ha venido una muchacha sin moral, de lo más ufana, y quería que la doctora la hiciera abortar... ¡Ah, las cosas que ocurren! ¡Y la gente que una conoce!»
Sí, las cosas que ocurren. Charlotte sintió una oleada de remordimiento. Ahora pensaba que debía haber ayudado a la muchacha. Había tenido la intención de hacer algo por ella, pero se había marchado.
Estaba nuevamente de pie junto a la ventana, entrelazando sus dedos una y otra vez. Sobre los techados más lejanos estaba suspendida una niebla baja y grisácea, que les daba contornos irreales, como los sueños. Debajo de uno de aquellos techos estaba Violet, sin dormir, sin amigos, sin dinero, pensando en la muerte.
Número 916 de Olive Street. La dirección había quedado grabada en su memoria, así como el terror y la pena de la muchacha habían hecho un nudo en su garganta.



Con un gesto decidido, Charlotte se alejó por fin de la ventana y se dirigió al armario empotrado del vestíbulo en busca de su abrigo y su sombrero.
3
Olive Street serpeaba a través de la ciudad en dirección norte-sur. En un extremo había un hotel de aspecto imponente que alquilaba panoramas del océano por veinte dólares diarios, y en el otro había un molino harinero. En el centro, otrora suburbio elegante, las grandiosas casas victorianas de tres pisos habían degenerado gradualmente hasta convertirse en casas de vecindad. Los arrabales se habían abierto paso como una plaga de langosta que destruye cuanto encuentra a su paso. Nada volvería a crecer en aquella maraña de cemento armado, excepto seres humanos. Seres humanos en número, creciente, blancos y negros, mexicanos, chinos, italianos. Sobrevivían y se multiplicaban. Trabajaban en el puerto y en los muelles de descarga. Trabajaban como jardineros, conductores de autobús, lavanderas, corredores de apuestas. Lavaban para los otros y alquilaban habitaciones. Vendían té verde, religión, cohetes, muebles usados, recuerdos, rosales y alhajas de plata mexicana.
Olive Street nunca estaba desierta o silenciosa. No tenía horas fijas de actividad y reposo, como los barrios más prósperos de la ciudad. Permanecía despierta día y noche. Después de oscurecer comenzaban las peleas y las partidas de dados, y se oían las sirenas de los coches patrulla y los insultos.
Charlotte conocía bien aquel sector. Tenía dos enfermos a una manzana del 916. Aunque no le causaba aprensión visitar Olive Street a aquella hora, se tomó la precaución de cerrar bien el Buick y retirar la tapa del radiador, arreglada por el encargado del taller de tal manera que podía atornillarla y quitarla sin ayuda. Había perdido dos antes de llegar a convencerse de que no era posible hacer que la gente se volviese honrada por el solo hecho de confiar en ella. Era mucho más eficaz alejar todo motivo de tentación.
La casa que ostentaba el número 916 era una reliquia. Construida para durar, había resistido denodadamente sesenta años, un terremoto importante y una serie interminable de propietarios e inquilinos.
El inquilino actual, según rezaba el cartel pintado con torpes caracteres sobre la ventana derecha, era Clarence. G. Voss. El cartel decía:

Clarence G. Voss
Frenología y quiromancia
Flores frescas
Lecciones de piano

En el interior, alguien tocaba un instrumento, no un piano, sino una armónica, con una ignorancia casi impertinente. Un italiano de edad estaba sentado meciéndose en la galería al frente de la casa, con las manos fuertemente apretadas contra sus orejas. Charlotte le hizo un gesto de saludo y dijo:
—Buenas noches.
—¿Qué dice? —murmuró el hombre, frunciendo el ceño y apartando las manos.
—Digo buenas noches.
—Hace frío y hay mucho ruido.
—Tal vez pueda usted decirme si está en casa la señora Violet O’Gorman.
—Yo no me ocupo del prójimo.
El italiano colocó nuevamente las manos sobre sus orejas y se retiró a su mundo silencioso. A pesar de ello, tenía los ojos fijos en Charlotte, como si existiera una remota posibilidad de que ella hiciera algo interesante. Charlotte apretó el timbre.
—No funciona —comentó el italiano.
—Gracias.
—Nadie arregla nada en esta casa.
—Creo que el botón está atascado.
—Está equivocada.
Estaba atascado. Al cabo de tres segundos lo arregló con una horquilla, mientras el italiano la observaba con aire de aprobación otorgada a regañadientes.
En el interior de la casa la armónica dejó de oírse bruscamente cuando sonó el timbre.
Abrió la puerta un hombre menudo, de edad madura, con una gorra de béisbol de color rojo inclinada sobre las cejas. Sus extraordinarias orejas sobresalían de la gorra; eran pálidas como la cera y enormes. La nariz y el mentón eran puntiagudos como los de un duende, y sus ojos parecían dos habichuelas negras. Charlotte pudo distinguir la forma de una armónica en el bolsillo de su camisa estampada con motivos hawaianos. En presencia del hombre no sonrió, ni hizo la menor tentativa de mostrarse cordial. Era el tipo de hombre susceptible y audaz que inmediatamente interpretaría la sonrisa de una mujer desconocida como una invitación a la intimidad.
—Busco a Violet O’Gorman. ¿Está en casa?
—No sé.
La voz del hombre era inesperada en vista de su talla; una voz profunda y sonora.
—¿Quién la busca? —añadió.
—Yo.
—Bueno, bueno, ya lo sé, pero ¿qué nombre le daré?
—Señorita Keating.
—Keating. Entre mientras yo voy a ver si Violet está en casa.
Charlotte entró tratando de disimular su aprensión. El hombre cerró la puerta empujándola con un pie. El vestíbulo tenía un olor agrio. A la luz del anticuado artefacto eléctrico con pantalla de cuentas de cristal, Charlotte observó que la alfombra estaba muy sucia y rota por el uso. El polvo se acumulaba como moho en los rincones y la pintura sobre la madera parecía una piel de lagarto.
Una vez más, el hombre se detuvo, las manos en los bolsillos, los ojos entrecerrados.
—¿Para qué quería ver a Violet? —preguntó.
—Es un asunto personal.
—Me llamo Voss. Soy su tío político.
—Lo suponía.
—Violet y yo no tenemos secretos. Es una muchacha excelente, créalo. Quienquiera que tocase uno de sus cabellos se expondría a que lo estrangulase con mis dos manos.
—Tengo un poco de prisa —dijo Charlotte.
El hombre vaciló, dio la vuelta de pronto y subió ágilmente la escalera, veloz y silencioso como un gato.
Charlotte encendió un cigarrillo y se preguntó si habría hecho bien en dar su nombre a Voss.
No le tenía miedo, pero la casa le producía una sensación molesta. Tenía un aire de resignación decadente, como si hubieran sucedido tantas cosas allí, que una más debiera pasar totalmente inadvertida.
Oyó que Voss susurraba arriba. Se preguntó qué motivos tenía para susurrar. O Violet estaba en casa, o bien había salido y no era necesario tanto sigilo.
Pero los murmullos continuaban, y el cielo raso crujió levemente bajo el peso de unos pasos cautelosos. Levantó los ojos y alcanzó a ver fugazmente una cara que la examinaba entre los barrotes del pasamanos de la escalera. La cara desapareció entre las sombras con tanta rapidez que no pudo ver si era de mujer o de hombre. Tuvo solamente una impresión de juventud y en su mente quedó grabada una imagen con una nariz fracturada y aplastada, como si alguna vez la hubiesen golpeado.
—¡Voss! —llamó enérgicamente.
Voss apareció en el descansillo de la escalera.
—Violet ha salido —dijo—. Debe de haber ido al cine o algo por el estilo.
—Quiero que le diga que he estado aquí y que la llamaré por teléfono mañana a primera hora.
Voss bajó lentamente la escalera, mientras con el dedo índice trazaba un dibujo imaginario sobre el pasamanos.
—Naturalmente, si yo supiera qué desea usted, probablemente podría serle útil. He tenido muchas experiencias de todas clases a lo largo de mi vida.
—Gracias, pero no necesito ayuda. —Charlotte abrió la puerta y se despidió—. Buenas noches.
Aspiró el aire fresco y estimulante con una sensación de alivio tan poderosa e irracional que sus rodillas temblaron ligeramente. Estaba disgustada consigo misma por haber permitido que su imaginación la dominase en relación con la casa. Una casa podía ser vieja y sucia sin convertirse inevitablemente en el escenario de una tragedia. Y Voss, aunque era un personaje bastante dudoso, llevaba tal vez una vida más o menos respetable.
Cruzó la calle débilmente alumbrada en dirección al automóvil. El viejo italiano con quien había hablado en la galería de Voss estaba sentado en el bordillo de la acera comiendo patatas fritas de una bolsa de papel.
El hombre la miró en silencio mientras ella extraía la tapa del radiador de su bolso y la colocaba en su lugar. Seguidamente comentó:
—Voss es un canalla.
—¿Sí?
—Por su automóvil, veo que usted es médico.
—Sí.
—Voss no necesita un médico, sino un empleado de pompas fúnebres —dijo el italiano lúgubremente—. Le vendría muy bien uno.
Charlotte abrió la puerta delantera.
De pronto, el viejo se levantó y al hacerlo volcó la bolsa de patatas fritas en la calzada.
—Espere un minuto —dijo—. Yo podría acompañarla un rato.
—¿Por qué?
—No tengo otro lugar adonde ir.
—No es una razón muy buena.
Un perro blanco y negro muy ordinario apareció en aquel momento y comenzó a comerse las patatas fritas con gran lentitud. El italiano se inclinó y acarició su lomo polvoriento.
—Tengo buenos motivos —dijo—. Usted quiere saber algo acerca de Violet, ¿no?
—Sí.
—Muy bien, pues... No podemos hablar aquí. Voss nos observa. Me odia, nos tenemos un inmenso odio.
Charlotte abrió la otra puerta y el viejo subió y se sentó a su lado, mientras acariciaba el asiento tapizado con un suspiro de satisfacción.
—Esto es vivir —dijo—. Sí, señor; aquí debería sentarme yo siempre, como un gran personaje. Y lo sería, si hace años no hubiera sufrido esta úlcera. Ulcera gástrica, dijo el doctor. A veces sufro... ¡Cómo sufro! Pero en este momento me siento muy bien. Me llamo Tidolliani. Me apodan Tiddles.
—Yo me llamo Keating.
—Ya lo sé. Lo he oído cuando se lo decía a Voss. Estaba escuchando junto a la ventana.
—¿Por qué?
El hombre se mostró sorprendido.
—¿Por qué? Pues, porque me gusta estar enterado de lo que hacen mis enemigos, a fin de anticiparme a sus movimientos.
Charlotte se alejó de la acera. Sospechaba que el viejo Tiddles no estaba enteramente cuerdo, pero aparentemente era inofensivo, y además había expresado verbalmente sus propios sentimientos respecto a Voss. En aquel momento se le ocurrió que Lewis se enfadaría mucho si se enteraba de aquella salida. Siempre insistía en hacerle prometer que no recogería desconocidos en su automóvil, y hasta le había comprado un revólver para que lo llevara siempre en la guantera. Pero aunque la había halagado el interés de Lewis, se había negado a aceptar el revólver.
—Ahora puede detenerse donde quiera —dijo Tiddles.
Detuvo la marcha en la calle lateral más próxima y aparcó. Luego preguntó bruscamente:
—¿Dónde está Violet?
—Yo no lo sé, pero Voss lo sabe. Sabía que no estaba en su habitación. El mismo se la ha llevado en un automóvil hace dos horas, él y el otro, que es uno de los nuevos inquilinos.
—¿Se la ha llevado?
—Bueno, aparentemente, ella no quería ir con ellos. El otro hombre conducía el automóvil, un cupé azul viejo con matrícula de otro estado.
—¿Llevaba maleta?
—No. Salieron los tres juntos y al cabo de un rato regresaron Voss y el inquilino. Voss traía dos botellas de moscatel, y ni siquiera me ha ofrecido un vaso. ¡Como si me importara! —añadió amargamente—. ¡Como si me importara!
—¿Y Violet no ha regresado sola más tarde?
—No. Quizá no vuelva nunca.
—¿Por qué dice eso? Desde luego que volverá —dijo Charlotte, con firmeza—. Y cuando vuelva, quiero que usted le diga que la llamaré por teléfono mañana por la mañana, en caso de que Voss se olvide de avisarla.



—No lo olvidará, pero tampoco se lo dirá —dijo el italiano y la miró con el rabillo del ojo—. Tal vez usted crea que exagero al hablar de Voss porque le odio. Se equivoca. No exagero nada. Es un bandido de ínfima calidad que debería estar en la cárcel. ¡Cuando pienso en la gente que va a la cárcel hoy en día, mientras Voss circula libremente por las calles! Tengo un amigo que cometió un homicidio. Tenía unos antecedentes tan limpios que casi se podían comer, y ni siquiera había puesto una moneda falsa en un teléfono público. A pesar de ello, le impusieron cadena perpetua. Debieron dejarle en libertad. Había aprendido su lección y nunca habría matado nuevamente. Además, la victima era la única persona a quien había deseado matar en toda su vida, su mujer. Era una buena mujer, pero le ponía nervioso. En cambio, piense usted en un hombre como Voss. Es capaz de hacer cualquier cosa por unas monedas, cualquier cosa por mezquina, baja y cruel que sea. Sí. ¡Sí, y aún se cree que sabe tocar el piano y la armónica!
El viejo parecía embriagado por su charla y su odio. Charlotte le dijo:
—Le llevaré a casa ahora.
—Muy bien —dijo él, suspirando—. Muy bien.
—Ha sido muy amable al darme estos datos.
—No se preocupe. Le aseguro que ha sido un gran placer.
Bajó en la esquina más próxima a la casa de Voss. Aunque parecía cansado, evidentemente había disfrutado de su pequeña conspiración con Charlotte y contra Voss.
—Voss —dijo— lo pensará dos veces antes de volver con botellas de moscatel y no ofrecerme ni un trago.
—Gracias por su ayuda y buenas noches, señor...
—Es un nombre muy difícil —dijo el viejo con un expresivo gesto—. Llámeme Tiddles como los demás.
—Buenas noches, Tiddles.
—Esperaré a Violet.
El viejo se alejó por la calle con la cabeza inclinada contra el viento.
Durante el trayecto hacia su casa pensó todo el tiempo en el viejo italiano. Estaba casi senil. Lo único que le mantenía vivo era su odio hacia Voss.
Guardó el automóvil en el garaje, contenta de estar de regreso.
El espectáculo de su casa acogedora y llena de ventanales la reanimó, y seguidamente pensó que era una tontería preocuparse tanto por Violet. La telefonearía la mañana siguiente y la ayudaría de alguna manera. Seguramente el viejo había exagerado sus juicios sobre Voss.
Estaba levantando la mano para bajar la puerta del garaje cuando le asestaron el golpe. No tuvo tiempo de esquivarlo, ni siquiera de darse cuenta de que la habían golpeado en un lado de la cabeza.
Cayó pesadamente, como un árbol derribado.
4
En su sueño se encontraba viajando en un autobús largo y gris con Lewis, Voss, Violet y el viejo Tiddles. Todos discutían violentamente, mientras ella trataba de apaciguarles, de razonar con ellos. Pero las palabras que surgían de sus labios no tenían el menor sentido. «Deben calmarse y regurgitarse. Basta de acné sintético y de partos. Llamaré a la policía y los encarcelarán a todos. ¡Paren el autobús, les digo, paren el auto... bus!»
Cuando recobró el conocimiento, estaba tendida en el sofá de su propia sala. Lewis estaba arrodillado a su lado, instándola a que bebiera de la botella de whisky que sostenía debajo de su nariz, como si el aroma de la bebida tuviese valor medicinal, como si se tratase de sales aromáticas.
Charlotte hizo un gesto de repugnancia y rechazó la botella.
—¡No... no!
—Charley... Charley querida, ¿estás bien?
—Sí.
Tenía una zona dolorosa en un lado de la cabeza, pero no había inflamación y la piel no estaba lastimada. Sus trenzas recogidas habían mitigado la intensidad del golpe.
—Te encontré desmayada en el sendero frente al garaje. Siempre te digo, Charley, que trabajas demasiado.
Charlotte se sentó. Se sentía mareada y con náuseas.
—Alguien me ha golpeado —dijo con tono sorprendido—. Me han golpeado en la cabeza.
—Recuéstate, querida.
—No.
—Te has dado un golpe en la cabeza al caer.
—No. Fue otra persona... ¿Dónde está mi bolso?
—¿Tu bolso? No sé.
—¿No lo has encontrado?
—Naturalmente, no lo he buscado —dijo Lewis, frunciendo el ceño—. Había vuelto para disculparme por mi mal humor y te he encontrado en el sendero.
—Lewis, trae mi linterna.
—¿Para qué?
—Quiero ver si mi bolso está allí.
—No debes moverte. Iré yo.
—No. Déjame.
—¿Por qué tienes que ser tan independiente siempre? ¿Acaso no voy a poder hacer nunca nada por ti? ¡Qué diablos, Charley...!
El rostro de ella tenía una expresión fija y obstinada. Lewis encontró la linterna en un cajón de la cocina y salieron juntos a buscar el bolso.
No encontraron ni rastro de él.
—¿Cuánto dinero llevabas en él? —le preguntó Lewis.
—Cuarenta dólares, más o menos.
—Debes presentar la denuncia a la policía.
—Por la mañana —dijo Charlotte. Se abstuvo de mencionar lo que había observado frente a la puerta del garaje, donde había caído. Era un pequeño hilo de arena húmeda. Hacía un mes que no iba a la playa, y la arena no podía haber aparecido allí accidentalmente. Llegó a la conclusión de que la habían golpeado con arena húmeda bien amontonada dentro de un calcetín. Era una manera eficaz de improvisar un arma silenciosa, sólo que a veces dejaba rastro.
Cuando volvieron a la casa, Lewis echó el cerrojo a la puerta.
—Como abogado, te aconsejo que des parte a la policía. El asalto con fines de robo es muy serio.
—No puedo, al menos esta noche. Vendrán a interrogarme y no tengo ganas de hablar.
Era un alivio que le hubiesen robado el bolso. En las últimas semanas se habían registrado una serie de robos menores en la vecindad, y quería creer que el suyo era uno más de la serie y que el culpable no tenía nada que ver con Voss, con Violet o con el hombre cuya cara había visto entre los barrotes del pasamanos. Era una casualidad que su visita a la casa de Olive Street hubiese coincidido con el robo.
Lewis la observaba atentamente.
—Dime ahora qué estabas haciendo junto al garaje. Creí que te ibas a acostar cuando me fui.
—He tenido que hacer una visita.
—¿Emergencia?
—Me temo que sí.
—Estás ocultándome algo.
—No puedo discutir acerca de mis enfermos.
—No creo que se haya tratado de un enfermo.
—Era un italiano —dijo Charlotte—. Un viejo de unos ochenta años.
Aquello no era una mentira, pues Tiddles era en realidad un enfermo en cierto sentido. Mentir a Lewis, aunque se tratase de una mentira trivial, le causaba dolor, pero a veces él la empujaba a mentir debido a sus reacciones extremas frente a la verdad. No le habría agradado enterarse de su visita a Violet.
Lewis tenía ideas algo anticuadas acerca de la mujer. En cierto modo, Gwen era su ideal. Le encantaba su hogar, lo mantenía inmaculadamente ordenado, los perros limpios y obedientes, el jardín pulcro y perfumado. A pesar de ello, Lewis nunca se quedaba en casa para disfrutar de aquellas bendiciones. Gwen le hastiaba infinitamente, mientras que Charlotte le chocaba con bastante frecuencia. Era un golpe para su vanidad masculina que una mujer fuese tan independiente como Charlotte en lo afectivo y en lo físico. Charlotte era competente como médico, se ganaba la vida y vivía con bienestar. Era testigo de las escenas más desgarradoras de muerte y de enfermedad. Recorría sola en su automóvil los barrios más peligrosos de la ciudad, recogiendo desconocidos cuando se le ocurría, ya fuese por compasión o por curiosidad. Visitaba casas donde los niños dormían en número de cinco sobre un colchón en el suelo. Según Lewis, aquellas actividades debían limitarse a los hombres exclusivamente. Estaba muy bien que una mujer fuese médico, pero su clientela debía limitarse a gente perteneciente a cierto nivel social y económico. Nunca llegaría a comprender que el ambiente en que ella se había formado era diferente del suyo. Era la mujer indicada, tanto por su temperamento como por su formación profesional, para el trabajo que realizaba. Le gustaba conocer a toda clase de personas y las trataba con una espontaneidad impersonal y sin pretensiones de ninguna clase.
—No deberías permanecer sola aquí el resto de la noche —le dijo Lewis—. Llama a la señorita Schiller y dile que venga a acompañarte.
—¡No, no! Debe estar durmiendo.
—Puede levantarse. Sé razonable, Charley.
—Me molestará toda la noche.
—No importa.
—Muy bien —dijo por fin con tono fatigado—. La llamaré.
La señorita Schiller llegó en un taxi cinco minutos después de haberse ido Lewis.
Venía abrumada por el peso de una maleta que por sus dimensiones era casi un baúl. Brillaban en su rostro restos de crema de belleza, y en el cabello enrollado sobre la nuca tenía clavadas un par de agujas de tejer. Estaba en un estado de excitación incontenible.
—¡Imagínese! —decía—. ¡Imagínese!
Entre las amistades de la señorita Schiller siempre estaba sucediendo algo. Alguien se comprometía, enfermaba, se casaba, se divorciaba o bien era despedido de su empleo. Todos estos hechos eran vulgares. Pero no ocurría todos los días que alguien fuese atacado y golpeado en la cabeza por un ladrón, quedando luego abandonado para morir solo en medio de la noche.
Las dimensiones y la importancia de la lesión de Charlotte la desilusionaron un poco. Por lo menos había esperado hallar una gran zona inflamada, puesto que un cruel ladrón había atacado a una mujer indefensa, dejándola luego por muerta. No había ni hinchazón ni sangre. La señorita Schiller disimuló su desencanto y recordó a Charlotte que los criminales vuelven habitualmente a la escena del crimen. Su tono indicaba en términos inequívocos que seguramente aquel ladrón rondaría por los alrededores de la casa durante toda la noche a fin de completar su crimen.
—Nunca lo podemos saber —dijo—. Puede que esté observándonos por esa ventana en este preciso momento.
—En ese caso debe tener los ojos como los rayos X. La persiana está bajada.
—Nunca me han gustado las persianas —dijo la señorita Schiller enfáticamente—. Sé por experiencia propia que cualquiera puede ver entre los resquicios.
Se negó a acceder a la sugerencia de Charlotte de que durmiese en el dormitorio de huéspedes. Cuando hubo apagado la luz del cuarto de Charlotte, se instaló en el sofá. Desde allí podría vigilar todas las ventanas y todas las ventanas podrían observarla a ella.
Se quitó las agujas de tejer del moño y las dejó al alcance de sus manos, sobre la mesa baja frente al sofá. Las agujas no eran para tejer, como había supuesto Charlotte, sino para defenderse. Además, en la maleta de gran tamaño que había colocado a sus pies tenía algunos de sus tesoros más preciados. Si había un ladrón en la ciudad, era muy factible que hubiese otro, y no quería correr ningún riesgo.
La señorita Schiller pasó una noche en vela, pero satisfactoria. Investigó el origen de los ruidos, hizo el diagnóstico de las sombras, recorrió periódicamente la casa y sufrió frecuentes accesos de calor que la obligaban a beber agua fría. Cada diez o quince minutos entraba sigilosamente en el cuarto de Charlotte para preguntarle si estaba dormida y para asegurarle que por el momento no había ninguna novedad.
Escuchar a la señorita Schiller en medio de toda esta actividad era mucho peor que oír una docena de grifos goteando a la vez o a un par de gatos peleando junto a la ventana. Al amanecer Charlotte se durmió rumiando amargos pensamientos relacionados con Lewis y con la señorita Schiller.
5
Después del desayuno, Charlotte dejó a la señorita Schiller con su maleta en el consultorio y prosiguió su camino hacia el hospital Mercywood a fin de realizar sus visitas matinales. La falta de sueño nunca le había provocado trastornos. Cuando traspuso las pesadas puertas giratorias del hospital tenía un aspecto descansado y vivaz.
En una de las cabinas telefónicas individuales del pasillo de la planta baja buscó el número de Voss y lo marcó. Aunque oyó que levantaban el auricular en el extremo opuesto de la línea nadie contestó.
—¡Hola! ¡Hola! ¿2-8593?
—Sí. —No era Voss. Aquella voz era aguda y temblorosa, la voz de una persona muy vieja o bien muy asustada—. ¿Violet? ¿Violet?
—No —dijo Charlotte—. Yo quiero hablar con Violet.
—Se ha ido.
—¿Adónde?
En aquel momento la comunicación se interrumpió. Charlotte colgó el auricular con un gesto de impaciencia. Decidió olvidar a la muchacha. Había perdido ya varias horas por su culpa. Tenía mucho que hacer.
Cuando terminó su recorrido por las salas eran las diez y media. Volvió a su consultorio y comprobó que la señorita Schiller no había hecho nada durante su ausencia. Ni siquiera había abierto la correspondencia. Era evidente que había dedicado la mañana a telefonear a sus amistades para contarles lo ocurrido y seguramente otros hechos que no habían ocurrido.
Al notar la mirada de Charlotte, se ruborizó intensamente y cogió el cuaderno de citas.
—El hijo de Wheeler vendrá a las dos —dijo—. Su madre dice que no ha aprobado el curso porque sus verrugas le hacen sentir complejo de inferioridad. Quiere que usted se las extirpe.
Charlotte dijo algo que la enfermera no alcanzó a comprender. La única dificultad del hijo de Wheeler residía en tener una madre histérica.
—¡Ah!, ha telefoneado la señora Ballard, doctora. Durante la noche sufrió un acceso de palpitaciones y desea que usted la visite antes de atender el consultorio, esta tarde.
—Llámela y dígale que no podré verla antes de las cinco y media o seis.
—Le he dicho que debía atender enfermos toda la tarde y que no se encontraba muy bien.
—Me encuentro perfectamente bien —dijo Charlotte—. Quiero que olvide el episodio de anoche, señorita Schiller.
La señorita Schiller adoptó una actitud ofendida.
—¡Pero, doctora! ¡No sé qué decir de esto!
—¿Tiene usted a mano una lista de las visitas a domicilio que debo hacer antes del almuerzo?
—Aquí está.
Charlotte estudió la lista. Los enfermos eran todos mujeres.



La mayoría de sus pacientes eran mujeres y niños, hecho que le causaba cierta irritación, pues le habría agradado tener una clientela más variada.
—Veré a la señora Connelly en último término —dijo—. Si hay alguna novedad puede telefonearme a casa de ella.
—Muy bien, doctora.
—Después de esa visita iré a denunciar la pérdida de mi bolso.
—Podría telefonear desde aquí.
—Si lo hago enviarán un agente uniformado.
—¡Ah! No quedaría muy bien de uniforme aquí, ¿verdad?
—No muy bien.
—Entonces llamaré por teléfono a la señora Ballard, doctora. Es una mujer simpatiquísima, ¿no?
—Sí.
—Encantadora, a mi juicio.
Charlotte la miró atentamente. ¿No sería posible que la señorita Schiller estuviese enterada de...? No, desde luego que no. Estaba charlando demasiado, como de costumbre. Para la señorita Schiller, la señora Ballard era simplemente una enferma cuyo marido pagaba los honorarios por asistencia médica con prontitud y personalmente, y de vez en cuando iba al consultorio para conversar con la doctora acerca del estado de su mujer. El hecho de atender a Gwen como paciente le resultaba cada día más insoportable. Sin embargo, debía aguantarlo. No había manera de eludir la situación. Charlotte le había insinuado varias veces la conveniencia de que consultase a otro médico, un especialista en enfermedades nerviosas, pero Gwen se había mostrado inconmovible dentro de su dulzura habitual. «No —le había dicho—. No, doctora Keating, tengo la mayor fe en usted.» Una vez más, Charlotte se dijo que no iría a verla, que enviaría a un colega, a Parslow o a James.
Se negaría a ir.
Al pasar frente al espejo del pasillo, cuando salía a efectuar sus visitas, observó que su rostro estaba pálido y demacrado. Comenzaba a evidenciar una tensión nerviosa que no se refería a la noche anterior, sino a la tarde que le aguardaba.

El departamento de policía estaba situado en la mitad posterior del Ayuntamiento.
Charlotte conocía de vista al sargento de guardia sentado junto al escritorio, un hombre llamado Quincy. Su mujer había estado escayolada varias semanas en el hospital Mercywood. Charlotte solía encontrarle a menudo en los pasillos, con su uniforme y detrás de su escritorio daba la impresión de ser más grande, y su tono era brusco y casi profesional.
Quincy comenzó por reprenderla por su retraso en hacer la denuncia del robo.
—Podríamos haber atrapado al ladrón anoche —dijo, con el ceño fruncido.
—Es posible. Pero no es probable que se quedara merodeando por la vecindad después del robo.
—Usted no puede pretender que la protejan si no colabora con la policía. Lo menos que se debe hacer es efectuar las denuncias inmediatamente. —Al decir esto, el hombre golpeó sus nudillos con un lápiz, en un gesto irritado, como si desease que los nudillos fuesen los de Charlotte—. Dice usted que estaba cerrando la puerta del garaje cuando el asaltante la golpeó desde atrás, y que luego desapareció llevándose su cartera.
—Sí. No me hizo mucho daño, como usted puede apreciar.
—De todos modos se trata de un asalto con lesiones. ¿Llegó a ver el arma?
—No, pero creo que era una cachiporra improvisada con una pequeña bolsa llena de arena húmeda.
El sargento frunció el ceño nuevamente.
—Esa es una deducción personal, ¿no cree usted?
—Sí.
—Es mejor que consigne arma desconocida. ¿Cómo era su bolso?
—Era de piel de lagarto marrón con un cierre dorado. —Seguidamente describió su contenido y estimó el valor total de su pérdida en setenta y cinco dólares.
—La próxima vez que le suceda algo semejante, telefonee a la policía inmediatamente, señorita... —Quincy consultó la ficha- señorita Keating. ¿No la he visto yo en alguna parte con anterioridad?
—Si, en el hospital.
—¡Ah! ¡Ah, sí! ¿Es usted enfermera?
—No, médico.
—¡Médico! —La expresión del sargento era de gran amargura—. He visto tantos médicos en los últimos meses, que usted diría que soy capaz de reconocer a un médico inmediatamente. Mi mujer...
—Si, conozco su caso. Ha pasado una mala época.
—Bastante mala.
—Estas operaciones óseas son complicadas, pero no tardarán en darla de alta.
—Yo... —Quincy parecía sentirse anonadado por la inesperada cordialidad de Charlotte. Era como si hubiese tenido la intención de pronunciar una arenga contra los médicos, las enfermedades y los honorarios de aquéllos, y por algún motivo hubiese perdido la oportunidad de hablar—. Muy bien, muy bien. La avisaré si averiguamos algo.
Charlotte salió. Sus tacones golpearon rítmicamente el suelo de mármol. Todo en aquel edificio parecía estar hecho de mármol o de piedra o de hierro, materiales duros y fríos que simbolizaban el carácter igualmente duro y frío de la justicia impersonal.



En el extremo del corredor había un hombre de edad, oculto a medias detrás de una columna, en una actitud de incertidumbre, como si no supiese si avanzar o salir apresuradamente. El hombre sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta, se secó la cara y retrocedió un paso detrás de la columna, de modo que sólo quedó visible una de sus mangas.
—¡Tiddles! —dijo Charlotte.
El viejo la miró, pálido de sorpresa.
—¿Qué estás haciendo aquí, Tiddles?
—Nada.
—¿No le han arrestado, ni nada semejante?
—No... no.
El hombre volvió a secarse la cara y luego guardó el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, dejando visibles las puntas en un elegante ángulo. Llevaba un flamante traje verde y una corbata. Se había peinado y afeitado. El traje era demasiado grande para él. Las mangas llegaban a sus nudillos y los bajos de los pantalones tocaban el suelo. Constantemente acariciaba su corbata como para saber si estaba aún allí, si se le había caído o se la habían robado. Olía a loción capilar, a vino y a naftalina.
—¡Qué elegante-está! —comentó Charlotte.
—¿Estoy bien?
—¡Muy bien!
—Hay que estar elegante para venir al departamento de policía. De lo contrario, pues... —Sus hombros se movieron en un gesto elocuente debajo de las espesas hombreras—. Un amigo me ha prestado este traje. Tuvo que comprarlo para asistir a un casamiento muy lujoso el año pasado. Hay que tener aspecto respetable cuando se va a la policía. La policía no me quiere. Me han detenido un par de veces, no por nada serio, sino por hacer un poco de ruido y por haber bebido una copita de más. A pesar de ello... a pesar de ello, es una desventaja para un hombre. —Tiddles la miró ansiosamente—. Esta corbata es demasiado juvenil para mí.
—No lo creo.
—Se juzga a la gente por su ropa. Si uno tiene aspecto de vagabundo, lo tratan como a un vagabundo. No creen nada de lo que se les dice.
—¿Qué piensa decirles?
—Quiero hablarles de Violet. Quiero -decirles que la han matado.
—¿Por qué cree usted eso?
—No volvió a casa. Además, Voss está nervioso. Más nervioso que un gato.
—¡Ah!
—Esta mañana me ha dicho que tengo que marcharme, que no piensa alquilar habitaciones en el futuro. Créame. Voss está nervioso.
Y esos dos...
—¿Dos?
—El inquilino, Eddie. Los dos pasaron la noche conversando en la cocina, donde yo no podía oír nada. Son muy suspicaces, y siempre imaginan que hay alguien espiándoles.
Se produjo una pausa antes de que Charlotte hablase.
—Yo no diría a la policía que han asesinado a Violet. Le pedirán pruebas y usted no tiene ninguna.
—Tengo las pruebas que me dan mis sentidos.
—Dígales solamente lo que sabe con certeza; que no volvió a casa anoche.
—¿Cree que eso será lo mejor?
—Sí. Si usted hace una acusación sin fundamento, una acusación que no puede probar, pensarán que está loco.
—Y no lo estoy.
—No.
—Nunca he estado loco, ni lo estaré.
Tiddles se alejó por el pasillo. Los bajos de sus pantalones barrían el polvo del suelo de mármol.
Charlotte tuvo el impulso de seguirlo, de corroborar su denuncia, pero no lo hizo. Tiddles se las arreglaría solo. «¿Nuevamente aquí, miss Keating? ¡Ah, conque esta vez se trata de una desaparición! ¿Y qué tiene que ver usted con la muchacha desaparecida y con este señor?»
Tiddles estaba bien cuerdo. Se las arregla- ' ría solo.
En el trayecto de regreso a su consultorio pasó frente a la casa de Voss. Las ventanas y puertas estaban cerradas, las persianas corridas. Alguien había retirado la mecedora del pasillo del frente y también el cartel de la ventana que rezaba:

Clarence G. Voss
Frenología y quiromancia
Flores frescas
Lecciones de piano

Detuvo el automóvil, bajó y se dirigió apresuradamente hacia la casa, como si quisiese anticiparse a los consejos de su sentido común.
El timbre no funcionaba, pero esta vez no se molestó en arreglarlo. Golpeó la puerta con un puño. Media docena de niños negros se congregaron en la acera para observarla, curiosos y mudos, con los ojos llenos de preguntas.
La puerta se abrió unos centímetros y una voz de mujer preguntó ásperamente a través del resquicio:
—¿Qué quiere?
—Busco a Violet O’Gorman.
—No está.
—¿Está el señor Voss?
—Tampoco está. —La mujer abrió la puerta lo suficiente como para sacar la cabeza y habló a gritos a los niños reunidos en la acera—. ¡Marchaos inmediatamente! ¡No permitiré que se congregue un montón de negros en mi acera!
Los niños se alejaron, tratando de ocultar su humillación detrás de sus sonrisas deslumbrantes.
—¿Es usted la señora Voss? —preguntó Charlotte.
—Sí, pero a nadie le importa.
La mujer estaba de pie con una mano sobre la cadera, y la izquierda apoyada contra la puerta, dispuesta a cerrarla de un golpe. Tenía una piel mortalmente pálida, con una gruesa mancha de colorete extendida desde los pómulos hasta el nacimiento del cabello sobre sus orejas. Había engrosado sus labios delgados con ayuda de pintura. La boca tenía un aspecto grotescamente juvenil en su rostro maduro.
—No veo por qué se queda ahí parada —dijo amargamente—. Si quiere ver a Violet, búsquela. Yo no soy la madre de esa infeliz.
—¿Infeliz? —repitió Charlotte, arqueando las cejas.
—Le he dicho a Clarence que sacara a esa criatura lastimosa de esta casa antes de que yo perdiera la razón. No, no. Clarence tenía una idea. Tiene más ideas que un libro, pero ninguna le ha hecho ganar dinero hasta ahora. Dinero. Dinero, eso es lo que yo necesito. ¡Una vez antes de morirme quiero tener dinero!
La pobreza y las enfermedades habían atrofiado su mente. Nunca crecería nada en ella.
Charlotte sentía repulsión ante aquella mujer, pero a la vez sentía algo semejante a compasión. Su compasión solía irritar a Lewis. Desconfiaba de ella y no podía creer que no se debía a algún tipo de neurosis. «Desde luego, tú puedes permitirte disculpar y compadecer a la gente, Charley, porque no estás complicada en sus problemas. Nadie puede tocarte, en realidad.»
Al contemplar el rostro arruinado de la señora Voss, Charlotte comprendió que el dinero era lo único a que podía aspirar. No podía aspirar, en cambio, al retorno de su belleza, de su salud, de su juventud. El dinero era el símbolo y el sustituto de las tres cosas. Y era posible tener dinero, después de todo. Había dinero en todas partes. Una moneda introducida en la máquina tragaperras en el momento propicio, un dato sobre un caballo ganador, el número ganador en la lotería, en fin, una idea.
Charlotte sintió curiosidad respecto a la idea de Voss relacionada con Violet. Debía tener que ver con dinero, pero no era una idea de Violet. «Mi tío dice que puedo acudir a la justicia y sacarle dinero —le había dicho Violet en el consultorio el día anterior—, Mi tío dice que puedo arruinarle para siempre.» Aquélla debía ser la idea de Voss. Pero en lugar de acudir a la justicia, Violet había huido...-
—Bueno, ¿quiere decirme qué mira usted, por favor?—murmuró la señora Voss—. No tengo por qué soportar sus miradas.
La puerta se cerró ruidosamente, con tanta fuerza que la galería se sacudió y una urraca asustada se alejó de la parte inferior del alero volando y chillando.
6
De regreso al consultorio, después del almuerzo, encontró al hijo de Wheeler esperando con su madre en la sala de espera. El niño estaba sentado, hojeando un tebeo, mientras la señorita Schiller hablaba con su madre. La señorita Schiller hacía invariablemente la tentación de diagnosticar, aconsejar y curar a los enfermos en la sala de espera, antes de que llegasen al consultorio de Charlotte.
—...Aceite de castor —decía en aquel momento—. He visto desaparecer verrugas de las más rebeldes con aceite de castor. ¡Ah! ¡Aquí está la doctora! Buenas tardes, doctora.
—Buenas tardes. Puede pasar, señora Wheeler, y tú también, Tommy.
Tommy era un precioso niño de doce años, menudo para su edad, y muy tímido. Su madre era una mujer gigantesca. Cuando partió hacia el consultorio con Tommy a la zaga, parecía un velero de tres mástiles seguido de una pequeña canoa.
—Siéntate, Tommy. Aquí, sobre esta mesa.
Tommy se sentó. Estaba tembloroso.
—¿Conque tienes verrugas otra vez? Vamos a mirarlas.
Con ayuda de una lupa examinó las manos del niño. Las verrugas se habían multiplicado en racimos sobre los nudillos y sobre las falanges de los dedos.
—Vamos a ver. Te saqué dos de estas verrugas con la aguja eléctrica hace un año, ¿no?
—No haga eso otra vez —murmuró Tommy a media voz.
—No. Esta vez hay demasiadas —Charlotte se dirigió a la señora Wheeler—, Creo que debemos probar unas inyecciones de bismuto.
—¿Inyecciones?—repitió la señora Wheeler, boquiabierta—, ¡No, no! Tommy tiene terror a las inyecciones. ¿No es verdad, Tommy?
El chico gimió.
—¿Ve usted? Le aterran las inyecciones; siempre le han aterrado, desde la vez que...
—A nadie le gustan las inyecciones, Tommy —le dijo Charlotte, palmeándole la espalda con un gesto tranquilizador—. ¿Alguna vez te han pellizcado con fuerza?
—Creo que sí.
—Bueno, la inyección te dolerá una cosa así.
Tommy se pellizcó el brazo con aire pensativo.
—Creo que lo aguantaré —dijo por fin.
Era un chico razonable, según creía Charlotte, pero debía soportar tantas tensiones afectivas en su hogar que más tarde o más temprano se volvería incontrolable.
Trabajó con la mayor rapidez posible, conversando sin cesar para distraer su atención.
A pesar de ello, por fin, tuvo que llamar a la señorita Schiller, y entre las tres mujeres debieron sujetar a Tommy por la fuerza contra la camilla mientras Charlotte introducía la aguja hipodérmica en su nalga. Cuando terminaron, la señorita Schiller estaba acalorada y Charlotte tenía un rasguño en la muñeca. Por su parte, la señora Wheeler parecía un fantasma enorme y fláccido.
—Le pondremos otra inyección dentro de una semana —dijo Charlotte—. Y la próxima vez quisiera que viniese solo. Puede venir en su bicicleta.
—No tiene bicicleta —dijo la señora
Wheeler—. Las considera demasiado peligrosas.
—La mayoría de las cosas son peligrosas si uno piensa demasiado en ello —dijo concisamente Charlotte—. Tommy está lo suficiente crecido como para venir solo, ¿no es verdad, Tommy?
Tommy se cubrió los ojos con un brazo, lleno de vergüenza, y su madre le condujo fuera del consultorio.



Había dos personas más aguardando en la sala de espera, una mujer con un niño de pocos meses y un hombre muy atractivo de unos treinta y cinco años, cuyos brillantes ojos azules estaban entrecerrados como si algo le divirtiera mucho. Aunque Charlotte no le había visto nunca, tuvo la sensación de conocerle. Un instante más tarde descubrió con una sensación de agradable sorpresa que era tan parecido a ella que podría haber pasado por su hermano.
El hombre había advertido también la semejanza, y una comisura de sus labios se curvó levemente en una sonrisa. Después bajó la vista y la fijó definitivamente en el gran sobre de papel marrón que tenía sobre las rodillas.
Charlotte se volvió hacia la mujer con el niño.
—Señora Hastings, puede entrar en el consultorio con la señorita Schiller. Estaré con usted inmediatamente.
Cuando se cerró la puerta tras ellas, el hombre se puso de pie y atravesó la habitación.
—¿La doctora Keating?
—Sí.
—Me llamo Easter. Pertenezco al departamento de policía.
—¿Sí?
—Usted denunció el robo de un bolso.
—Sí.
—Hemos encontrado un bolso. Si bien no responde a la descripción que usted hizo, contenía una tarjeta con su nombre.
—¿Una de mis tarjetas profesionales, quiere decir usted?
—No. Su nombre y dirección aparecen escritos a máquina, en lugar de impresos.
—Yo no tenía ninguna tarjeta semejante en mi bolso.
—De todos modos, mírela —dijo Easter. Depositó el sobre en el escritorio de la señorita Schiller y lo abrió. De él se deslizó un bolso. Era marrón, pero no de lagarto; y en lugar de un cierre dorado tenía un cierre de material plástico y un asa larga. Despedía un olor que Charlotte no pudo identificar inmediatamente, un olor a agua de mar o algo semejante.
—No es mío —dijo.
—Pero ¿lo reconoce usted?
—No.
—Su amigo lo ha reconocido.
—¿Mi amigo?
—Ese viejo que dice llamarse Tiddles. Dice que el bolso pertenece a Violet O’Gorman.
—Es posible —Charlotte trató de conservar su aire sereno bajo la mirada escrutadora del hombre.
—Según ese hombre, Tidollani, la señora O’Gorman era amiga suya, y en realidad usted trató de localizarla anoche, pero no lo consiguió.
—No era amiga mía. Vino a verme ayer por la tarde en calidad de paciente.
—¿Qué le sucedía?
—Estaba embarazada.
—¿Y su marido?
—Le había abandonado.
—¿Quería que usted la atendiese durante el embarazo y el parto?
Charlotte le miró fríamente.
—Precisamente, no.
—Comprendo.
—Me negué a ayudarla, por lo menos en ese sentido. No obstante tenía intención de hacer todo lo posible por ella.
¿Tenía?
—Me llamaron por teléfono, y mientras estaba atendiendo a la llamada Violet se fue por la puerta del fondo. Por ese motivo fui a verla anoche. Por la tarde me había dado la impresión de que estaba desesperada. No tenía la madurez suficiente como para comprender que su situación no era única ni sin esperanzas. Hay gente que la habría ayudado, y varias organizaciones de asistencia social...
—Mire —interrumpió Easter con una sonrisa irónica—. Veo que está tratando de persuadirse a sí misma, no a mí. Yo no redacté las leyes referentes a la infancia abandonada.
Desde el interior del consultorio se oyó la voz de la señorita Schiller, absurdamente cambiada, mientras decía:
—¡Qué niñita más preciosa! ¡Qué bomboncito tan rico.
—¿Qué le ha sucedido a Violet? —preguntó Charlotte.
—Ha muerto.
—¿Cómo?
—La ha sacado la marea esta mañana. Por lo menos, la mayor parte de ella. Parte de su brazo derecho no está.
—¿Está tratando deliberadamente de horrorizarme?
—No, estoy contándole un hecho, simplemente. Pero usted debe estar acostumbrada a casos semejantes.
—Nunca se acostumbra uno a esas cosas —dijo ella con sencillez—. Cada hecho resulta nuevo.
Easter se volvió a medias, el rostro muy severo.
—En cuanto a su bolso —dijo—, lo han encontrado dos niños enredado en los postes del muelle. No había nada en él, excepto la tarjeta con su nombre. Es extraño, si consideramos la cantidad de artículos que suelen llevar las mujeres en el bolso. Quizá los niños que lo encontraron lo saquearon, pero lo dudo. En ese caso habrían arrojado el bolso al mar, en lugar de traerlo. —Deslizando nuevamente el bolso en el sobre, añadió—: Bueno, la dejaré con su trabajo.
—No hay prisa. Por favor..., quisiera saber algo más sobre Violet.
Easter dejó escapar una carcajada contenida y breve.
—Doctora, no hay nada más que contar —dijo—. Estaba en una situación desesperada, se mató, y ahora está en el depósito de cadáveres. Fin de Violet.
Charlotte le miró con desagrado.
—Ha hecho usted un resumen muy completo. ¿Acaso su familiaridad con la muerte le ha hecho tan desalmado?
—No, odio la muerte. Yo también la temo. —Easter recogió el sobre y se lo puso bajo un brazo—. ¿Ha notado usted que nos parecemos físicamente?
—No.
—Pues nos parecemos mucho. Espero que no seamos dos hermanos que no se conocían. Sería una gran lástima —dijo, dirigiéndole una mirada fija y audaz.
Charlotte se volvió bruscamente y se dirigió a su consultorio. Violet estaba muerta, en el depósito. «Hay quienes la habrían ayudado; y hay varias organizaciones de asistencia social...» «Mire, veo que está tratando de persuadirse a sí misma, no a mí.»
La niñita de Hastings estaba sobre la camilla, pataleando vigorosamente y agitando los brazos. Charlotte la levantó y la sostuvo contra su hombro. La niñita de Hastings, la niñita de Violet, o bien, Violet misma.
7
Los Ballard vivían en una garganta bajo la línea de las nieblas provenientes del mar. A las cinco y media, cuando llegó Charlotte, la niebla ocultaba ya el sol y el aire estaba húmedo y frío.
Tres de los perros pastores salieron a su encuentro en la puerta. No ladraron, porque Gwen les había ordenado quedarse quietos, pero olfatearon el maletín de Charlotte y sus zapatos, y uno de ellos, un hermoso ejemplar de color miel, apoyó las patas delanteras sobre su pecho y la estudió con grave curiosidad. Su nariz dorada y blanca tenía por lo menos quince centímetros de longitud. Charlotte le acarició suavemente.
—¡Laddie! —dijo Gwen, riendo—. ¡Abajo, Laddie!
Vestía un traje de interior de seda azul cuyo borde rozaba el suelo, y aunque estaba aparentemente algo nerviosa, su aspecto era el habitual. Siempre había sido muy menuda y sumamente delgada. Trataba de sacar ventaja de sus proporciones diminutas y se cuidaba mucho de mantenerlas. Usaba siempre zapatos ligeros, y mantenía constantemente un régimen rígido, tratando de disminuir su apetito mediante el consumo de grandes cantidades de té caliente y muy concentrado.
—¡Abajo, Laddie!—repitió Gwen—. No he podido enseñarle que no salte sobre las visitas. No me obedece. Seguramente sabe que es mi favorito. —Al decir esto tomó las dos patas del perro y lo hizo bajar suavemente—. Es mi hijito predilecto. Da la mano a la doctora Keating, Lad.
Los tres pastores se sentaron y extendieron una pata con aire de cortés hastío. Charlotte las estrechó sucesivamente, con la sensación, frecuente cuando visitaba aquella casa, de estar entrando en un mundo irreal donde los valores estaban subvertidos y los perros tenían a Gwen como juguete.
—¿Se siente mejor? —preguntó Gwen.
—¡Sí, mucho mejor!
—Me alegro. Tengo preparado el té... Me encanta el té.
Charlotte dejó su maletín en el vestíbulo y siguió a Gwen a su salita. Los perros también la siguieron. Seguían a Gwen a todas partes.
Aquella habitación armonizaba con Gwen. No había allí nada de Lewis, ni en toda la casa, excepto en su escritorio. Gwen había tejido ella misma las alfombras ovaladas y la tela que tapizaba los sillones, había bordado las piezas de petit point y confeccionado las cortinas de cretona brillante adornadas con volantes. Los adornos de opalina, las piezas de cuero, la cretona floreada y la madera de cedro claro armonizaban con ella, y los muebles eran de una proporción apropiada para una mujer tan menuda. Todo era pequeño y frágil, y Gwen tenía un aspecto pintoresco, y a la vez adecuado, sentada en la frágil silla de cedro, con un pie delicadamente apoyado sobre un banquillo cubierto de petit point. Charlotte no pudo por menos de pensar que no era extraño que Lewis hubiese comprado el gran sillón de cuero rojo, pues en aquella sala no tenía dónde sentarse.
Sobre la mesa de té estaba la mejor porcelana de Spode de Gwen, y el té estaba ya preparado, la tetera protegida contra el frío de la niebla por un cubretetera de lana amarilla tejido por Gwen.
El perro Laddie se acercó y hundió la cabeza en el regazo de su dueña, quien acarició su espeso cuello blanco mientras hablaba.
—En realidad me siento mucho mejor, y probablemente ha sido una tontería de mi parte insistir en que viniese. Pero...
Dicho esto, inclinó levemente la cabeza hacia un lado, como para expresar que Charlotte la conocía muy bien. Su cabello rubio se había vuelto algo ralo y opaco, y su piel fina y blanca se había aflojado debajo del mentón, pero conservaba todo el amaneramiento de una mujer que había sido una beldad. Su historia estaba escrita en su rostro e ilustrada por sus manos graciosas e inquietas. A los dieciocho años había tenido el mundo a sus pies, había sido la jovencita más solicitada de Louisville. Tenía recortes de los periódicos para probarlo. Pero, gradualmente, el mundo la había abandonado. No había tenido nada que ofrecerle, excepto su juventud.
A los cuarenta años vivía para su hogar y para sus perros, y a veces, en mitad de la noche, sufría accesos de terror. Su pulso se tornaba tan rápido que no era posible tomarlo, su cuerpo temblaba y la cabeza le ardía. Dos veces había tenido que acudir Charlotte durante la noche, y al encontrarla en aquel estado le había dado un sedante. No había ningún fallo orgánico en el corazón de Gwen. Sus síntomas eran típicos de una neurosis cardíaca y no podían ser localizados por un médico que no poseyese conocimientos especializados de psiquiatría.
—¿Ha sido este ataque semejante a los anteriores? —le preguntó Charlotte, tomándole el pulso. Todavía era rápido, de casi cien pulsaciones.
—Creo que un poco peor. ¡Ay, estaba asustada! ¿Qué pulso tengo?
—Más o menos normal. ¿Ha tomado regularmente los sellos y el remedio que le indiqué?
El remedio era un sedante y los sellos contenían hormonas estrogénicas, pero Gwen no era el tipo de enferma a quien se le podían confiar estas cosas. Charlotte estaba convencida de que habría interpretado mal la indicación de hormonas.
Gwen repuso con vaguedad y con aire levemente herido:
—¡Trato de tomarlos! Los tomo siempre que me acuerdo de hacerlo. Pero ¡tengo tanto en qué pensar! Dentro de seis días Winkie criará nuevamente. Será un parto enorme, doce cachorros, tal vez. Está tan pesada que apenas puede...
—Debe tener especial cuidado de tomar siempre los sellos. Después de todo, usted es más importante que Winkie y sus cachorros.
Gwen lanzó un pequeño grito.
—¡Pues eso es exactamente lo que Lewis dice siempre! Siempre me dice que debo cuidarme y que soy mucho más preciosa para él que todos los perros del mundo.
¡Preciosa! La palabra ardió en los oídos de Charlotte. Gwen mentía. Lewis no podía llamarla... Pero ¿por qué no? Estaban casados. Vivían juntos día tras día. Seguramente había entre ellos momentos de ternura. Tal vez momentos de gran ternura, a pesar de que Lewis lo negaba. Con expresión impasible dijo:
—Quizá sería una buena idea suprimir los estimulantes como té, café, Coca-Cola...
—Hago todo lo posible, se lo aseguro. ¡Pero me gusta tanto el té...! Está preparado ya. ¿Quiere una tacita, doctora?
—Sí, por favor.
El té estaba tibio y tan concentrado que impregnó la lengua de Charlotte. Se lo bebió rápidamente y luego dejó la taza vacía sobre la mesa.
Las manos de Gwen temblaban en forma notable. Como por naturaleza las movía tanto al hablar, el temblor no se había notado mucho hasta que levantó de la mesa la taza vacía para llenarla nuevamente. La taza se agitó sobre el plato como granizo contra una ventana.



—¿Todavía sigue usted un régimen de adelgazamiento? —le preguntó Charlotte.
—En realidad, no es un régimen severo. Tengo que cuidarme un poco. Soy tan menuda que cada gramo adicional es visible. Quiero decir que es suficiente que me tome un aguacate para que tenga dos centímetros más de caderas.
—Está demasiado delgada. Le aconsejo que abandone el régimen por ahora.
—Trataré de hacerlo.
—No puedo hacer nada por usted, señora Ballard, si usted no me ayuda. Es inútil que usted me pague cinco dólares por mis indicaciones y luego deje los medicamentos como adorno en la repisa del cuarto de baño.
Gwen aplaudió con un gesto de alegría casi infantil.
—¡Ah, eso es lo que más me gusta en usted, doctora!—dijo—, ¡Es tan sincera y honrada!
—¿De veras lo cree? Muchas gracias.
Los perros sentían algo, cierta tensión, cierta exaltación en la risa de Gwen. Se amontonaban a su alrededor, levantando sus hocicos en busca de atención, y sus colas se agitaron sobre las tazas de té y el cenicero. Eran más que los perros de Gwen, según pensó Charlotte en aquel momento. Eran parte de Gwen misma, cada uno de ellos como un sistema nervioso separado, cada uno de ellos receptor de lo que sentía Gwen.
—¡Mollie, mala!—dijo Gwen—. Has desparramado la ceniza. ¡Quietos, todos, y a portarse bien o de lo contrario os encerraré!
Los perros se tranquilizaron, pero no se separaron de ella. La siguieron por todo el cuarto cuando encendió las lámparas, como esperando que sucediese algo extraordinario.
Charlotte se levantó a su vez y comenzó a sacudir su vestido para quitarse los sedosos pelos blancos de los perros.
—Aunque quizás este juicio le sonará como algo trillado, creo que su dificultad real es de origen nervioso, señora Ballard.
—¡Por favor, llámeme Gwen! Después de todo, hace casi un año que nos conocemos.
—Los trastornos nerviosos no están en realidad dentro de mi especialidad, de modo que yo le propondría que consultase a otro médico.
—No aceptaré que me desvíe hacia uno de los llamados especialistas en enfermedades de los nervios. Usted es demasiado modesta, doctora. No comprende cuánto bien me hace. La verdad es que después de cada una de sus visitas me siento maravillosamente bien. Lewis lo ha notado. Un día me dijo: «La doctora Keating es un verdadero tónico para ti, Gwen querida.»
Gwen querida.
—Lo cual sirve para corroborar lo que yo afirmo. En realidad no le soy de ninguna utilidad. Soy una especie de sedante afectivo, de reconstituyente.
—En realidad, creo que tiene usted razón.
—Por ese motivo quiero recomendarle que consulte a un... especialista en trastornos nerviosos.
—¿Quiere usted decir a un psiquiatra?
—Sí.
Gwen sonrió, pero su sonrisa no era sincera, y los perros lo sabían. Se quedaron inmóviles, con sus colas caídas entre las patas como penachos, mientras observaban y esperaban.
—Es que no quiero consultar a un psiquiatra —dijo por fin—. No puedo hacer nada que no desee verdaderamente.
—Hoy en día ha desaparecido el estigma que rodeaba a los psiquiatras, señora Ballard. La verdad es que consultarlos se ha convertido en un signo de distinción. Sólo los ricos pueden permitiese ese lujo.
El tono de Gwen era alegre.
—Vamos, doctora. Usted desea librarse de mí. Confiéselo. Cree que hay tantas personas verdaderamente enfermas en el mundo, que pierde su tiempo conmigo y con mis tontos ataques.
—En absoluto. Pero cuando no puedo tratar a una enferma en forma satisfactoria, tengo por norma encomendarla a otro colega.
—Pues yo me niego a recurrir a otro médico, eso es todo. No puedo imaginarme en el consultorio de un psiquiatra odioso, ni contándolo todo. ¡No, antes prefiero la muerte!
Charlotte se puso los guantes. Dirigir palabras a Gwen era como arrojarle burbujas de jabón. Se disolvían mucho antes de llegar a su punto de destino.
—Me alegro de haber podido ayudarla hasta cierto punto —dijo. Sentía tanta fatiga y tensión nerviosa que se hubiera echado a llorar. «Es usted tan sincera, doctora, tan sincera»—. Tome los sedantes y trate de no preocuparse excesivamente por esos ataques. No creo que tengan importancia.
Cuando salió al vestíbulo y recogió su maletín, la siguieron Gwen y los perros. Gwen estaba aparentemente ofendida por su partida tan apresurada, y tenía la expresión de un niño contrariado.
—¡Es una lástima que tenga que irse, doctora! La comida está lista y sería sencillísimo poner otro cubierto. Lewis llegará en cualquier momento.
—Muchas gracias. Yo...
—Otra vez quizás.
—Encantada.
—Estoy segura —dijo Gwen suavemente— de que a Lewis le encantaría que nos acompañase.
—Es usted muy... amable.
—Bueno, hasta pronto.
—Hasta pronto.
Afuera, la niebla se había disipado parcialmente, pero el cielo estaba más oscuro.
8
Comió tarde, sola en su casa. Todo estaba silencioso y tranquilo. A fin de contrarrestar el silencio puso algunos discos, pero el silencio estaba siempre al acecho debajo de la música, como esperando para saltar sobre ella entre cada disco.
No había tenido noticias de Lewis en todo el día. ¡Había sido un día tan largo, además! Se le antojaba que hacía una semana que se había desayunado allí con la señorita Schiller y que había visto a Tiddles con su traje verde en el departamento de policía. Había sido un largo día para ella, y una larga noche para Violet, una eternidad larga y tenebrosa... No, no debía pensar en todo aquello. No había tenido la culpa, en realidad.
Lewis siempre la telefoneaba una o dos veces durante la tarde. No hablaban mucho, pues ambos estaban muy ocupados, pero aquellas llamadas tranquilizaban a Charlotte. Le daban la sensación de que alguien la quería, de que no estaba simplemente jugando con un hombre casado. Estaba enamorada de Lewis, y él de ella, y sólo la mala suerte había hecho que él estuviese ya casado cuando se encontraron por primera vez.
Hacía mucho tiempo que no le telefoneaba a su casa. Antes de marcar el número tuvo que consultar la guía telefónica.
Lewis contestó al teléfono. Su voz tenía una falsa nota de cordialidad, como ocurría siempre antes de que él identificara a la persona que llamaba. Era parte de la personalidad que cultivaba para su clientela.
—¡Hola! Habla con Lewis Ballard.
—Quiero verte —Charlotte habló con rapidez—. ¿Puedes venir?
—Lo siento mucho, pero se ha equivocado.
—¿Quieres decir que no puedes venir?
—Sí. Habla con 5-5919.
—Lewis, querido, yo...
Pero Lewis había cortado la comunicación.
En realidad él no tenía la culpa. No tenía otra alternativa que cortar la comunicación. Gwen estaba allí escuchando. Con todo, Charlotte no podía menos que sentirse rechazada y aun disminuida. «Lo siento, pero se ha equivocado, nena.» «Puede ser, guapo.» Cruzó la habitación y se sentó en el sillón de Lewis, apoyando las manos sobre sus ojos cerrados.
La puerta del frente estaba abierta aún, pues la había dejado así a fin de ventilar la sala después de preparar la comida, y el viento se deslizaba cerca del suelo y le enfriaba las pantorrillas.
Se dirigió a la puerta para cerrarla. En aquel instante, dos hombres atravesaron la verja y entraron en el jardín rodeado de paredes. El más alto echó cuidadosamente el cerrojo de la verja después de pasar y se limpió las manos en los pantalones. El otro era pequeño. Se movía entre las sombras con furtiva delicadeza, como un duende, y sus orejas sobresalían de su gorra roja como enormes trozos de cera recortados contra los árboles oscuros.
Se deslizó sobre el sendero de losas en dirección a la luz que salía por la puerta abierta. Parecía una mariposa nocturna. Era demasiado tarde para cerrar la puerta. Demasiado tarde, e inútil, además. El hombrecillo debía ser capaz de volar por la ventana, introducirse por la chimenea, aparecer por un resquicio o bien surgir saltando en medio de una pesadilla.
—Me recuerda, ¿verdad?
—Usted es el señor Voss.
—En efecto.
Voss señaló a su compañero con el pulgar. Charlotte vio que ambos hombres llevaban franjas de luto torpemente cosidas en las mangas.
—Este es mi camarada, Eddie O’Gorman.
—Ya le había visto anteriormente.
O’Gorman avanzó hasta quedar iluminado por el círculo de luz. Aunque era joven todavía, su rostro era un exponente de violencia y abandono. Tenía la nariz fracturada, la oreja izquierda convertida en una masa informe de tejido y las mejillas cubiertas de cicatrices de un viejo acné.
Tenía los puños apretados contra sus macizos muslos.



—¿Me ha visto? ¿Dónde?
—En casa del señor Voss. Estaba espiándome entre los barrotes del pasamanos de la escalera.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tiene de malo que...?
—Vamos, vamos, Eddie —lo reconvino Voss. Luego, dirigiéndose a Charlotte, agregó—: El pobre Eddie está apenado. Hoy ha tenido malas noticias, noticias terribles. ¿No es verdad, Eddie?
—Sí. —Eddie se tocó la banda de luto que llevaba sobre la manga con un gesto convulsivo, como si quisiera arrancársela.
—Su mujer ha muerto —dijo Voss—. Se mató. Pero quizás usted haya oído hablar ya de Violet.
—Sí, estoy enterada.
—Pobrecita Violet. ¿Quién hubiera pensado que lo haría de esa manera? Fue un choque terrible para Eddie. ¿No es verdad, Eddie?
—Desde luego.
—El nunca habla mucho —explicó Voss a Charlotte—; y en realidad, cuando está muy apenado no dice una palabra. Pierde el habla, pierde...
—¿Qué quieren ustedes?—preguntó Charlotte—. ¿Para qué han venido aquí?
Voss pareció ofenderse por la brusquedad de las preguntas.
—Pues bien, yo... pensé, es decir, Eddie y yo pensamos que quizá usted no se había enterado de la desgracia de Violet; y como usted se interesó tanto por ella, tal vez querría enterarse antes de que la noticia apareciera en los diarios.»
—Muy bien, ahora estoy enterada. Muchas gracias y buenas noches.
—¡Un momentito, por favor! —El rostro de Voss se arrugó en una mueca malévola—. ¡Vamos, ésa no es manera de tratar a los seres en desgracia! ¿No estás de acuerdo, Eddie?
Eddie tosió, con una mano apoyada sobre el pecho.
—Es mejor que hablemos dentro —dijo—. Este aire de la noche no es bueno para mis bronquios.
—No le matará —dijo Charlotte—. Es exactamente igual al aire del día.
—¡Es verdad que usted es médico! Dígame: ¿Por qué al levantarme todas las mañanas toso sin cesar y luego, una hora más tarde, quizás, estoy perfectamente bien? ¿Cree usted que es algo grave?
Charlotte le miró fijamente por detrás de la puerta de tela metálica. Aquél era el marido de Violet. «Me golpeó con una lámpara —le había dicho Violet...—. Eddie me recibiría nuevamente, pues le gusta tener alguien que le sirva y a quien poder maltratar.» Dirigió una mirada al teléfono, a menos de diez pasos de distancia, con la esperanza de que alguien llamase, permitiéndole de esta manera poder establecer contacto con el exterior. Nadie llamó, empero, y tenía miedo de acercarse y pedir una comunicación. Seguramente aquel gesto habría precipitado las dificultades.
—¿Y bien? —le preguntó Eddie, bruscamente—. ¿Es grave o no? ¿Cree usted que quizá tengo mal los pulmones? —Una comisura de sus labios se movió nerviosamente. Eddie vivía lleno de temor, y la violencia era su modo de reaccionar contra aquel temor constante.
—No —repuso Charlotte—. La tos se debe seguramente a un catarro nasal. Es decir, que mientras usted duerme, la secreción nasal se acumula en el conducto nasofaríngeo y luego cae a la garganta. Por la mañana esto le provoca accesos de tos.
—¿Qué dice usted que tengo?
—Un catarro de nariz.
—¿Qué me dice? ¿Has oído, Voss? Esta señora sabe de qué habla, pues le ha bastado mirarme para poder decir catarro de nariz, sin vacilar un segundo.
—¡Cállate!—le dijo Voss—. También yo tengo sintonías, sólo que no empiezo a charlar sobre ellos cuando tengo cosas más importantes que hacer.
—¿Por ejemplo? —dijo Charlotte.
—Bueno, no diré que sean tan importantes como los negocios. Verá usted. La pobre Violet no tenía muchas amistades, salvo Eddie, mi mujer y yo; y usted, naturalmente. Era una muchacha excelente y no merece que le hagan un entierro pobre, sin flores ni nada. Los entierros son muy caros hoy en día. Esta tarde estuve pidiendo presupuestos y le aseguro que los empresarios de pompas fúnebres deben estar forrándose de dinero. Pero la verdad es que algunos de los ataúdes eran muy bonitos. ¿No es verdad, Eddie?
—Desde luego.
—Hemos pensado en un ataúd forrado en raso blanco, y tal vez una gran herradura formada con violetas azules.
—¡Ah!—dijo Eddie—. ¡Eso quedaría muy bien! —Al decir esto se tocó la nariz cuidadosamente. Se sentía en perfectas condiciones. Durante todo aquel tiempo había estado preocupado por el temor de estar tuberculoso, cuando en realidad sólo tenía un catarro nasal.
—Así pues —prosiguió Voss—, Eddie y yo vinimos aquí. Pensamos que Violet tenía muy pocos amigos, y que convendría hacer una pequeña colecta y comprar unas cuantas flores y cosas por el estilo.
—¿Cuánto? —preguntó Charlotte, lacónicamente.
—Detesto hablar de dinero tan crudamente, mientras Violet está donde está. No obstante —añadió Voss encogiéndose de hombros—, el dinero es lo que mueve el mundo. ¿Quién soy yo para tratar de impedirlo?
—¿Cuánto?
—Digamos trescientos dólares.
Se produjo un largo silencio antes de que Charlotte hablase nuevamente.
—Con eso pueden comprarse muchísimas coronas.
—Es verdad, pero no olvide el ataúd.
—No tengo trescientos dólares.
—Puede conseguirlos. Usted tiene un amigo.
—Tengo bastantes amigos.
—Me refiero a un amigo predilecto.
—Varios.
—Uno muy especial.
—¡Basta!—dijo Charlotte—. ¡Debe estar usted loco al suponer que yo...!
—Trescientos dólares no pueden significar nada para él. Piense en la pobre Violet.
—La vi sólo una vez en mi vida.
—Pero contribuyó a matarla —dijo Voss, con tono sumamente amable—. Ayer llegó a casa y nos dijo: «He ido a ver a la doctora, pero no quiere ayudarme. Quisiera morirme.»
—Es mejor que se vayan —dijo Charlotte, tratando de conservar la serenidad—. Esto se parece mucho a un chantaje.
—¡Vamos, un momentito! ¡Esa es una palabra muy desagradable! ¿No es verdad, Eddie?
—Seguramente. A mí no me gusta nada.
Voss acarició su brazal de luto.
—Hemos venido aquí como amigos de Violet —dijo—, porque queríamos despedirla de este mundo como merecía. ¿No se da cuenta de que tenemos que pagar incluso al pastor? ¿Hasta dónde cree que podemos estirar trescientos dólares?
—Ni lo sé, ni me interesa.
—No sea tan orgullosa, o le interesará. Le interesará bastante. —Voss se volvió hacia Eddie—, Dice que es un chantaje —le dijo—. ¿Qué opinas tú de esto?
—Opino como tú. Eso es lo que opino.
Un pájaro comenzó a parlotear desde su escondite en el limonero, como si estuviese insultando a los intrusos.
—Es mejor que se vayan —dijo Charlotte—, y que piensen en otras posibilidades.
—No es necesario —repuso Voss—. Las actuales son bastante buenas; y no son buenas para usted, señora, no son buenas ni mucho menos.
—Habla usted con mucha vaguedad.
—No tengo por qué hablar con vaguedad. Puedo ser claro como el agua. Veamos. Están usted, u-s-t-e-d, y luego Ballard, B-a-l-l-a-r-d. Finalmente, está mi pobrecita Violet. Es un buen trío, ¿no?
—Sea más explícito —dijo Charlotte—. Usted pretende que yo pague trescientos dólares a causa del señor Ballard, y porque me considera en parte responsable del suicidio de Violet. ¿No es así?
—Es posible. Pero no creo que usted haya captado bien las implicaciones del caso.
—¿Qué implicaciones?
—Piense un rato. —Voss se dirigió a su compañero—. Vamos, Eddie.
—Pero no nos ha dado el dinero —protestó Eddie—. No nos ha dado los trescientos...
—Has oído a la señora. No quiere darnos el dinero.
—Tú dijiste que nos lo daría.
—Nos lo dará. Necesita tiempo para pensar, eso es todo. Puede que su mente no sea muy ágil. Vamos.
—Espere —dijo Charlotte. Acababa de asaltarle la idea vaga y aterradora de que aquel hombre parecido a un gusano amenazaba devorar toda la estructura de su vida. Se sentía ya desnuda, indefensa.
Voss fijó su mirada vaga sobre ella, entrecerrando los ojos para protegerse de la luz del vestíbulo de entrada.
—¿Ha cambiado de idea?
—No —dijo ella de pronto, pues había tomado su decisión—. He oído bastante ya. Váyanse o llamaré a la policía.
Eddie comenzó a retroceder hacia los escalones, pero Voss no se movió.
—No creo que haga eso. Medite sobre lo que le he dicho, y cuando cambie de idea, búsqueme donde usted sabe. Sólo le aconsejo que se decida pronto. Tengo muchos asuntos importantes, ¿sabe? Puede que no lo parezca, pero soy alguien, soy una persona importante...
—Es un bandido barato —le dijo Charlotte—. Váyase inmediatamente.
Dicho esto cerró la puerta de golpe y permaneció apoyada de espaldas contra ella hasta que oyó el chirrido de la verja al abrirse y cerrarse. Entonces cogió el teléfono y marcó el número del departamento de policía. Lo hizo obedeciendo a un impulso, sin haber planeado de antemano qué diría, o cuáles serían las consecuencias.
—Policía. Habla Valerio.
—¡Hola!
—¿Qué le sucede?
—Necesito protección.
Se oyó una voz en el extremo opuesto de la línea, una voz quejumbrosa enronquecida por el whisky.
—Perdió hasta el último centavo y luego vino a quejarse...
—¿Quiere callarse un minuto?—dijo Valerio, dirigiéndose a la voz—. Estoy hablando por teléfono. ¡Hola! ¿Cuáles son su nombre y dirección?
—Charlotte... —Su garganta se oprimió en tal forma que no pudo proseguir: «Charlotte Keating, 1026 Mountain Drive. Soy victima de un chantaje. Los hombres complicados en él son potencialmente peligrosos, convendría arrestarles. No, no puedo declarar. No, no puedo decirle por qué me chantajean, pero no es nada criminal, nada malo. He estado viendo a un hombre casado...»
Imaginó a los dos sonriendo con aire irónico si les hubiese dicho aquello. Valerio y el hombre de la voz quejumbrosa, riendo solapadamente: «Viendo a un hombre casado. ¡Me gusta eso, lo encuentro excelente!»
—No he oído bien el nombre —dijo Valerio.
Charlotte colgó el receptor con suavidad.
Después encendió las luces frente al garaje y fue en busca de su automóvil.
9
Telefoneó a Lewis desde un pequeño café situado en el extremo del espigón, donde solían encontrarse de vez en cuando.
—Estoy en el café de Sam, Lewis. Tengo que verte.
—¿No es usted la misma persona que ha telefoneado hace un rato? Le han dado nuevamente el número equivocado.
Charlotte pensó que la rapidez de Lewis para fingir era increíble. Gwen podía sospechar al oír que llamaban equivocadamente dos veces consecutivas. Había sido una buena idea de Lewis fingir que las llamadas provenían de la misma persona. Era una idea demasiado buena, en realidad, que indicaba una cierta práctica en el arte de engañar.
—Date prisa, por favor, es importante para los dos —dijo rápidamente, y colgó el auricular antes de que él pudiese contestar nada.
Esperó fuera del café, en el coche, y mientras esperaba contemplaba las embarcaciones ancladas al amparo del espigón. Era una ciudad de embarcaciones, semejante a una ciudad de pobladores, pobladores de todas clases. Yates alargados y elegantes, con sus luces titilantes, sólidos pesqueros, cuidados yates de regatas veloces como flechas, cruceros y veleros, y por fin barcas pequeñas que apenas aparecían sobre el nivel del agua.
Un automóvil se acercó lentamente y se detuvo a pocos metros de distancia, delante del suyo. Lewis bajó de él, con los hombros encorvados contra el viento. Charlotte apenas lo reconoció. Llevaba un abrigo pesado y un sombrero de ala flexible sobre los ojos, y su bufanda estaba arrollada muy alta sobre el mentón.
Caminaron silenciosos en dirección al faro que marcaba el final del espigón.
—No sabía siquiera que tenías sombrero —dijo ella por fin.
—Ahora lo sabes.
—Es... es un disfraz completo, ¿no?
—No he podido encontrar mi bigote postizo. Tendré que conformarme con el sombrero.
—¡Lewis!
No había nadie en el espigón, alumbrado únicamente por la luna en cuarto menguante y la señal verde que parpadeaba rítmicamente en la torre del faro.
Charlotte se aferró al brazo de Lewis y ocultó el rostro en la manga de su abrigo.
—Lewis.
—¿Qué sucede, querida? Vamos, siéntate.
Al decir esto la ayudó a sentarse en uno de los bancos de piedra que bordeaban el espigón. Estaba mojado por la espuma de la marea que comenzaba a retirarse, pero ninguno de los dos lo advirtió.
—Bueno, te escucho —le dijo mientras con una mano le alisaba los cabellos—. ¿Qué te pasa, Charley?
—Estoy en dificultades.
—Lo siento.
—Tú... también.
—No es una novedad para mí —dijo él irónicamente—. Desde que te conocí, hace un año, siempre he estado en dificultades.
—Esto es peor.
—Cuéntame.
—No sé por dónde empezar.
—Empieza por el principio y prosigue hasta que llegues al final.
La sonrisa de Charlotte fue melancólica, casi imperceptible.
—Eso es de Alicia en el país de las maravillas, ¿no?
—Sí.
—Quisiera ser Alicia.
—¿Por qué?
—Podría despertarme y comprobar que todo ha sido una pesadilla, que en realidad nunca conocí... —de pronto calló y se quedó escuchando el violento golpear de las olas contra las rocas que había a sus pies—. Quieren chantajearme.
—¿Por qué?
—Alguien está enterado de lo nuestro.
—¡Bueno, bueno!—dijo él en voz baja—. ¡Muy bien! ¿Quién es?
—Dos hombres.
—¿Desconocidos?
—En realidad, no. Conocía ya a uno de ellos. Le conocí anoche.
—¿Durante esa «visita» que hiciste después de que yo me fuese?
—Sí. En cierto modo.
—No fue pues una visita común..., ¿no? Veamos, no trates de evadirte. Responde... ¿Sí, o no, Charley?
—Fui a ver si podía encontrar a la muchacha que estaba embarazada, la que te mencioné anoche.



Seguidamente le contó todo lo referente a Voss, al viejo Tiddles, a Violet, a Eddie, y a la visita de Easter a su consultorio y a la desagradable escena en la puerta de su casa, cuando Voss le había exigido dinero para el entierro de Violet. Cuando terminó, Lewis le dijo:
—¿Se ha suicidado esa muchacha?
—Así lo cree la policía.
—¿Acaso no lo sabe?
—Es demasiado pronto para tener el informe de la autopsia. La han encontrado esta mañana.
—¡Ah!
Lewis sacó su encendedor del bolsillo y comenzó a jugar con él con aire distraído, encendiéndolo y apagándolo, siguiendo inconscientemente el ritmo de la luz parpadeante del faro.
—A decir verdad, has estado alternando con un grupo de gente bastante rara —comentó.
—Tienes razón.
—Te he hablado muchas veces sobre la forma despreocupada en que trabas relación con extraños. Bueno —dijo con un suspiro—, seguramente es demasiado tarde para que te obligue a oír uno de mis sermones de vieja tía. ¿Qué piensas hacer?
—No sé.
—Es ilegal pagar dinero por el silencio.
—Ya lo sé. Yo... en cierto modo quisiera entregarle el dinero y acabar con el asunto. Trescientos dólares no es una suma muy grande como precio por mi tranquilidad de espíritu. Si pudiese estar segura de que todo terminará allí...
—Hablas como una insensata, Charley —dijo Lewis, mirándola muy de cerca, medio desconcertado y medio enojado—. Tienes miedo de ese hombre, ¿no?
—Un poco, tal vez.
—¿Por qué?
—No estoy segura del motivo.
A pesar de que la franqueza era un hábito invariable en ella, se daba cuenta de que no podía hablar abiertamente, de que no podía dar expresión a sus dudas. El mar agitado, que siempre la había encantado, se había convertido ahora en algo que la amenazaba, y el espigón de cemento le parecía inseguro, como si flotase.
La mano de Lewis sobre su hombro era, en cambio, firme y tranquilizadora, pero no tenía una fuerza sobre la cual ella pudiese apoyarse, sino más bien una fuerza que podrían utilizar contra ella.
—Escucha —le dijo Lewis, con voz áspera—, Si estás dispuesta a pagar trescientos dólares a cuantas personas descubran algo acerca de nosotros, terminarás por arruinarte. Por lo menos una docena de personas se han enterado ya. Por otra parte, no -es un crimen...
—Sin embargo, esta noche te has puesto sombrero y bufanda.
—Hay viento y hace frío.
—No tanto frío como para eso.
Charlotte volvió el rostro hacia un lado. Debajo de la muralla del espigón, las rocas tenían una superficie resbaladiza y dejaban ver una capa de algas que las cubrían al aparecer sobre la marea en retirada. No veía las algas en la oscuridad, pero olía su presencia. El olor le hizo recordar el de la cartera de Violet y el de la muerte.
—No me has contado nada —le dijo Lewis—. ¿Qué más sabe Voss de ti?
—Nada concreto.
—Pero ¿dio a entender algo?
—Sí.
—Dímelo.
—Dijo que... —Mientras hablaba estudiaba la expresión de Lewis. Su rostro aparecía pálido y borroso—. Dijo que me convenía pensar en las implicaciones de la situación; y que Violet, tú y yo formábamos un... triángulo.
—¿Un triángulo? —Lewis abrió la boca en un gesto de sincero asombro—. ¿Qué diablos quiso decir con eso?
—No lo sé. Pensé que quizá suponía que... conocías a Violet.
—Nunca había oído hablar de esa muchacha hasta que tú la mencionaste anoche.
Charlotte estaba convencida de que decía la verdad. De pronto sintió un profundo alivio, como si le hubiesen eliminado una presión física de un sector de la cabeza.
—Quería estar segura, Lewis —le dijo—. No te enfades.
—¿Cómo puedo dejar de enfadarme?—dijo él, a su vez—. Este Voss debe estar loco. Es necesario impedir que haga nada —añadió. En seguida, se puso de pie y levantó sus solapas para protegerse el cuello—. ¿Dónde vive?
—Olive Street, 916. ¿Qué piensas hacer?
—Verle. Hablar con él. No permitiré que te moleste de ese modo. Le daré un buen susto, si no queda otra alternativa.
—Pero no habrá dificultades, ¿verdad?
Lewis la miró muy serio.
—Desde luego, habrá dificultades. ¿Qué otra cosa puedes esperar? El hombre está tratando de chantajearte y nosotros tenemos que impedirlo.
Charlotte contuvo la respiración.
—Prefiero pagarle lo que pide antes que verte envuelto en una pelea —dijo.
—¿Ahora te sientes débil, Charley?—su sonrisa era más desagradable que una mueca de enfado—. Ahí reside tu dificultad. Te complicas la vida con gente como Voss y O’Gorman, y luego no sabes cómo manejarlos. No tienes ninguna defensa porque ellos no luchan con tus armas.
A pesar del fresco viento procedente del mar, Lewis estaba sudando. Tenía el rostro cubierto de sudor y, cuando Charlotte tomó su mano para ponerse de pie, vio que la palma estaba húmeda. Sabía que estaba nervioso, alarmado tal vez. Su experiencia legal no tenía ninguna relación con el crimen ni los criminales, sino que se limitaba a sucesiones, testamentos y propiedades, y a algún divorcio muy discreto y muy costoso. Charlotte comprendió que había requerido un gran esfuerzo de su parte decidirse a hablar con Voss personalmente.
—Iré contigo —le dijo.
—¿Para qué?
—Porque quiero. Porque...
—¿No te has mezclado en bastantes complicaciones ya? Mira. Tú no tienes condiciones para tratar con un par de bandidos como ésos. Eres sensible, y además eres mujer. Atribuyes a esta gente sentimientos, pensamientos y un código moral que no tienen. Has caído entre ladrones, Charley, y a pesar de que crees lo contrario, eres una muchacha inexperta e inofensiva.
—De todos modos iré contigo —insistió ella.
—Eres obstinada, ¿eh?
—Un poco. No tengo otro remedio.
—¿Por qué quieres venir conmigo? ¿Acaso no confías en mí?
Charlotte vaciló un instante antes de responder:
—No confío en tu carácter ni en tu estado de ánimo en este momento.
—Comprendo. Crees que la situación exigirá la influencia suavizante de una mujer.
—Puede ser. ¿Por qué habría de molestarte eso?
—No estoy molesto.
—Estás... ¿Has discutido con Gwen?
—Gwen nunca discute —dijo él lentamente—. Se queda sentada con aire de víctima.
—La he visto esta tarde.
—Me lo ha dicho.
—No puedo seguir atendiéndola —dijo Charlotte—. Por favor, Lewis, líbrame de esta situación.
—¿Cómo?
—Dile que has oído rumores de que me he dado a la bebida, o algo por el estilo. Cualquier cosa.
—Eso es absurdo —dijo Lewis—. Me niego terminantemente.
Regresaron hacia el café sumidos en un silencio lleno de tensión. Charlotte caminaba unos pasos delante de él, pisando con firmeza y con expresión obstinada.
Lewis la ayudó a subir al automóvil.
—Supongo —dijo— que es inútil razonar contigo. ¿Me seguirás?
—Sí. ¿No comprendes que quizá pueda ayudarte, quizá pueda...?
—Quizá, quizá, quizá. Muy bien, no discutamos más.
Lewis cerró la puerta del automóvil.
—Te encontraré allí dentro de veinte minutos —le dijo.
—Pero no tardaremos tanto. ¡Es sólo en Olive Street!
—Tengo que pasar por mi oficina. Antes tengo que hacer algo.
—¿A estas horas de la noche?
—Sí. Se trata de algo que me encomendó Vern, y que había olvidado hacer. —Vern era su socio en el equipo jurídico—. Quería que pusiera alimento en el acuario.
—¡Ah! —Charlotte estaba segura de que mentía. Vern nunca hubiera permitido que nadie excepto él alimentase a sus preciosos peces.
—Nos encontraremos dentro de veinte minutos, pues.
—Muy bien.
—Y aparca en Junípero Street. No hay por qué informar a todo el mundo de nuestra visita.
Lewis permaneció un minuto observándola por la ventanilla, con la cabeza inclinada. Charlotte creyó que la besaría. Lo deseaba. Pero en lugar de ello, pronto se levantó bruscamente y se alejó hacia su automóvil.
10
En Olive Street, los Voss y los Eddie adolescentes se agrupaban como ovejas frente a las tabernas y salones de billar, se arrastraban aislados por las callejuelas como gatos hambrientos, o bien se amontonaban en busca de calor humano y de abrigo, como conejos, en los oscuros espacios entre las paredes de los edificios.
Pero los habitantes de Olive Street no eran animales, contrariamente a lo que suponía Lewis. Charlotte había hecho muchas visitas médicas a esa gente, de día y de noche, y la conocía muy bien. Eran personas como ella, sólo que no habían tenido suerte y por lo tanto se les debía algo. Se les debía tolerancia, comprensión e incluso lealtad y fe. Pero ¿fe en Voss y su mujer, fe en Eddie? No, era demasiado tarde. El mal estaba hecho, los músculos atrofiados, los nervios degenerados.
Dobló en Junípero Street y aparcó frente a una covacha de madera negruzca. No había celosías en las ventanas, de modo que alcanzaba a ver a la familia en el interior, una mejicana menuda y marchita planchando y una pareja bailando sin música, ambos ajenos a la mujer y a la tabla de planchar, la muchacha delgada y ágil, el muchacho con cabellos largos y peinados con una impecable raya al medio que le llegaba hasta la nuca.
El Cadillac azul de Lewis se deslizó detrás del automóvil de Charlotte y se detuvo. Destacaba tanto en aquella vecindad como habrían destacado la mejicana y su tabla de planchar en la platea de la Opera. Charlotte bajó y se reunieron en la acera hecha pedazos.
—¿Qué... has dado de comer a los peces?
—¿Peces? No. —Lewis evitó su mirada—. Vern estaba allí. Fue a examinar uno de los pececillos negros. Sospecha que es una hembra embarazada.
De pronto, Charlotte sintió que le subía por la garganta una carcajada como una serie de burbujas, hasta arrancar lágrimas de sus ojos. Se aferró débilmente al brazo de Lewis y apretó el rostro contra la manga de su abrigo.
—¿Qué te hace reír tanto, Charlotte?
—No lo sé. Todo. La idea de Vern, preocupado por su pececillo. Una hembra embarazada... Perdona, perdona. Siento haberme reído.
—Toma. —Lewis le entregó su pañuelo—. Sécate los ojos. No estabas riendo.
—Sí. Estaba riendo.
—No te creo. —Hablaban en un murmullo, como si temiesen que Voss estuviera emboscado detrás de un árbol, o bien oculto en el interior de uno de los automóviles, escuchando lo que decían—. ¿Estás preparada?
—Sí.
—Vamos, pues.
Cuando cruzaron la calle, la cogió del brazo.
A excepción de un cuadrado de luz vacilante en la buhardilla, la casa de Voss estaba sumida en la oscuridad, como un monstruo corrompido, con un solo ojo. La galería de delante olía a madera mojada, y en un punto donde las tablas hundidas se inclinaban hacia el centro había un pequeño charco de agua.
Menos de una hora antes, alguien debía haber lavado la galería con una manguera sobre un arbusto de laurel; aún estaba conectada al grifo, pues el agua seguía manando entre las hojas duras de la planta. Alguien, Voss, quizá después de lavar la galería en forma precipitada, había huido o bien se había ocultado en la casa a oscuras.
Nadie llamó a la puerta, y nadie respondió a su llamada.
Llamó de nuevo y esperó, introduciendo las manos en los bolsillos y retirándolas con aire agitado.
—Lewis.
—¿Qué?
—Tienes un revólver en el bolsillo.
—¿Te sorprende?
—Mucho —susurró ella—. Muchísimo.
—Lo llevo para darme ánimos. —Lewis golpeó la puerta por tercera vez—. A veces me siento desanimado.
—Lewis, no les amenaces; no creo que dé resultado. Voss es un sicópata, y por lo tanto, un hombre peligroso cuando le acosan, le asustan, o hacen que se sienta inferior a su rival...



—Muy bien. Le diré que es una gran persona y seguidamente le entregaré trescientos dólares como una pequeña prueba de mi estima.
—Detesto las armas de fuego —dijo Charlotte enfáticamente—. Detesto la violencia.
Lewis se volvió y se encogió levemente de hombros.
—Puedes odiarla cuanto quieras, pero no te engañes fingiendo que no existe.
Un gato grande y flaco de color gris apareció entre las sombras y avanzó majestuosamente sobre el borde astillado de la barandilla de la galería, moviendo la cola con aire desdeñoso. Charlotte extendió una mano para acariciarlo, pero el animal le dirigió un bufido y saltó de la barandilla, desapareciendo detrás de una enmarañada mata de geranios.
—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Lewis—. No hay nadie.
—Podríamos intentar llamar por la puerta trasera.
—¿Para qué si no hay nadie aquí?
—Hay luz en la buhardilla, y aquí viven otras personas, además de Voss y Eddie; por ejemplo, el viejo italiano de quien te hablé. Después de todo, alquilan habitaciones.
—¡Dios mío! —murmuró Lewis.
Los ojos de Charlotte se habían habituado a la oscuridad, y podía distinguir las cosas con nitidez mientras bajaba los escalones de la galería y se dirigía al fondo de la casa. Allí, el olor de los desperdicios acumulados había derrotado a la fragancia nocturna de los jazmines.
El sendero que conducía al terreno del fondo estaba cubierto de maleza y de basura de todas clases. Era como si cada inquilino y cada propietario de los que habían vivido en la casa hubiese arrojado sus desperdicios al azar por las puertas y ventanas. Había pilas de periódicos, botellas vacías y latas oxidadas y malolientes. Una silla sin patas, dos marcos de cuadros sobre el armazón carcomido de una cama, un viejo faro de automóvil con el vidrio hecho añicos y un armario abandonado con su abdomen de cartón hinchado por la vejez. Había además indicios de la presencia de niños. El armazón de un barrilete, una muñeca con sus ojos de cristal hundidos en la cabeza como si los hubiese empujado un par de dedos curiosos, y un cochecito de mimbre para niño cuyas ruedas anteriores habían desaparecido, de modo que parecía estar de rodillas rezando... Objetos rotos, inútiles; restos, cáscaras y desechos de la vida cotidiana.
—¡Por favor!—dijo Lewis—. ¿No tienes bastante ya?
—Creo que... que sí.
—Bueno, vamos.
—Muy bien.
Al volverse para regresar, levantó los ojos hacia la ventana de la buhardilla, cuya luz vacilaba.
Vio un rostro de mujer apretado contra el cristal, deformado, con una palidez espectral, casi fosforescente, como un pez de las profundidades tenebrosas del mar.
Se oyó el ruido del cristal al romperse, seguido de una serie de notas tintineantes al caer los fragmentos sobre el techo de la galería.
La mujer comenzó a gritar.
—¡Socorro, socorro! ¡Sáquenme de aquí, sáquenme!
—¡Ya vamos!—le gritó Charlotte—. Basta, señora Voss, no grite más.
—¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir!
Dos muchachos que pasaban por la calle volvieron la cabeza un instante y siguieron caminando. Era corriente oír gritar a una mujer en Olive Street. Los muchachos sabían que no era prudente intervenir en casos semejantes, ni mucho menos estar en las inmediaciones si llegaba a aparecer la policía.
La puerta trasera de la casa estaba entreabierta. Lewis precedió a Charlotte y avanzó casi a tientas, guiándose por la pared, hasta que encontró el interruptor y encendió la luz. La mesa de la cocina presentaba indicios de que habían celebrado algo bebiendo, pues había sobre ella tres botellas vacías de moscatel, cuatro vasos empañados y una bolsa de papel medio llena de patatas fritas. Había un montón de patatas desparramadas por el suelo, como si alguien en estado de embriaguez hubiese estado jugando y las hubiera arrojado al aire como si fuesen confeti. La mesa y el escurreplatos del fregadero estaban cubiertos de cucarachas.
Los gritos de la señora Voss proseguían, ahogados por las macizas paredes de la vieja casa.
La buhardilla estaba en el cuarto piso. En otro tiempo la habían dividido mediante tabiques a fin de utilizarla como apartamento adicional. La señora Voss estaba encerrada en una habitación diminuta que en el pasado había sido la cocina. La llave estaba en la cerradura aún, pero girada de tal manera que la señora Voss no habría podido sacarla por medio de una horquilla para luego hacerla pasar por debajo de la puerta.
Charlotte la abrió. La señora Voss calló en medio de un grito, y se quedó con la boca abierta, las dos manos aferradas a la garganta. Estaba sentada en el suelo con las piernas extendidas. Tenía la falda rasgada hasta la cadera; se la había roto en un acceso de furia.
En una esquina del cuarto ardía una pequeña vela roja de Navidad, pues aparentemente habían quitado la bombilla eléctrica del cielo raso hacía meses o quizás años, y diminutas arañas domésticas vivían como reinas en el interior del portalámparas vacío.
—¡Yo no tengo nada que ver! —chilló la señora Voss—, ¡No tengo nada que ver con nada! ¡Ni siquiera he oído nada, nada!
—Por supuesto que no —le dijo Charlotte—, Por...
—¡No han querido llevarme, no han querido que vaya, me han dejado encerrada aquí para que me muera! —La mujer comenzó a golpear el suelo con los puños y a agitar la cabeza frenéticamente—. Dicen que hablo demasiado, que no puedo callarme la boca. ¡Dicen que siempre me pongo histérica! ¡Yo, yo, histérica! ¡No han querido llevarme!
—No comprendo por qué grita usted de ese modo —le dijo Charlotte, suavemente—. Nadie va a hacerle nada. Cálmese.
—Dicen que siempre me pongo histérica. ¡No es verdad, no es verdad! ¡Nunca me he puesto histérica!
—Vamos, vamos —le dijo Charlotte; y volviéndose hacia Lewis, que había permanecido fuera del cuarto, le dijo—: Hay un poco de coñac en mi automóvil. ¿Quieres traerlo, por favor?
—¿Y dejarte aquí sola con...?
—Desde luego. La señora Voss sabe que soy su amiga y que voy a ayudarla.
—Si —dijo la señora Voss entre sollozos—. ¡Sí, sí! ¡Usted es mi amiga! ¡Usted es mi amiga!
De pronto, las lágrimas brotaron de sus ojos como si dentro de ella se hubiese roto algo. Charlotte se arrodilló y rodeó los hombros de la mujer con un brazo. Oyó a Lewis bajar rápidamente la escalera, como si estuviese contento de poder alejarse de aquella escena.
—No tengo nada que ver, nada que ver —dijo la señora Voss, frotándose los ojos con uno de los bordes de su falda destrozada. Aún después de sus gritos y llanto; tenía el rostro muy pálido—. No pueden detenerme. Si me meten en la cárcel me moriré. De todos modos, estoy muy enferma. ¡Estoy enferma!
—Ya lo sé.
—Usted puede ver por mi cara que estoy enferma. Probablemente me moriré de todos modos.
—No lo creo. Usted necesita una alimentación sana y nutritiva, y un buen descanso en el hospital.
—No, no; tengo miedo a los hospitales. Nunca he estado en un hospital.
—Por ese motivo tiene usted miedo... Vamos, apóyese en mi brazo. Bajaremos la escalera juntas.
La señora Voss seguía respirando en forma agitada y afanosa, pero ya no estaba histérica. Tuvo suficiente presencia de ánimo como para recordar a Charlotte que apagase la vela antes de bajar ambas al piso de abajo.
En la sala enorme y desnuda, la señora Voss se tendió en el sofá y Charlotte se quitó el abrigo y envolvió con él las piernas de la mujer.
—¿Qué ha pasado? Me refiero a eso con lo que usted no ha tenido nada que ver.
—No sé nada.
—Sí que lo sabe. Si usted no me cuenta nada, no podré ayudarla.
—Se pelearon. Se pusieron a discutir en la cocina, después que yo subí.
—¿Quiénes?
—Eddie, Clarence y el viejo.
—¿Tiddles?
—Sí, Tiddles.
—¿Sobre qué discutían?
—Sobre una cartera. Algo relativo a una cartera.
Lewis regresó con el coñac y Charlotte mezcló una pequeña cantidad del mismo con medio vaso de agua. No estaba segura del efecto que podría tener el coñac sobre la señora Voss. Una cantidad excesiva y sin diluir podría provocarle un nuevo acceso histérico.
—Estaban discutiendo —dijo Charlotte—. ¿Y luego?
La señora Voss se echó a llorar nuevamente, con aire agotado.
—¡Ah, no puedo decírselo! ¡No lo sé! —dijo en voz muy baja..
—Sucedió algo.
—Creo que... que Tiddles... murió.
—¿Quiere decir que lo mataron?
—No... en realidad yo no sé nada. No he visto nada. Sólo sé que había sangre, mucha sangre. Oí hablar a Eddie en la galería acerca de ello, pues le aterra la sangre. Repetía que debían lavarla. Me dispuse a bajar para ver qué había sucedido, pero Clarence me vio. Fue entonces cuando me llevaron a la buhardilla y me encerraron. No quisieron llevarme con ellos y dijeron que mi lengua nunca dejaba de moverse. «Adiós, nena —me dijo Clarence—. ¡Que te mueras pronto!»
La señora Voss volvió la cabeza y la apretó contra el tapizado de crin marrón para ocultar su vergüenza y humillación.
Lewis había salido nuevamente al vestíbulo. Charlotte le oía caminar de un lado a otro sobre el piso crujiente, caminar y caminar como quien explora las posibilidades de evadirse de una celda.
—¿Qué le hace suponer que Tiddles ha muerto, señora Voss? —le dijo Charlotte por fin.
—El silencio. Primero estaban todos discutiendo en la cocina, luego en la galería. Y de pronto hubo un silencio largo, de muerte, antes de que Eddie empezara a hablar de la sangre y de lavarla con la manguera. Fue entonces cuando intenté bajar al piso inferior y Clarence me oyó. Me dijo que había pasado algo, y que Eddie y él harían un pequeño viaje.
—¿Adónde cree usted que fueron?
—Se fueron en el coche de Eddie, pero no sé adónde. Quizá se llevaron al viejo.
—Quizás.
—¡Estoy tan cansada, tan cansada!
—Lo comprendo. Veré qué puedo hacer por usted.
Halló el teléfono en el comedor y marcó el número del hospital del distrito. Cuando terminó de hablar salió al vestíbulo. Lewis estaba sentado en el primer escalón de la escalera, con un cigarrillo sin encender entre los dedos. Su expresión era de lúgubre ironía, como si acabase de ocurrírsele que era absurdo que él, Lewis Ballard, estuviese en aquel lugar.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó.
—Creo que podrías llevar a la señora Voss al hospital del distrito. Ya os esperan...
—¿Por qué yo?
—Yo tengo que ir a la policía. Creo que ha habido un asesinato y es mejor que tú te mantengas enteramente ajeno a él.
Lewis no tenía aspecto divertido ahora, y su expresión no revelaba otra cosa que alarma.
—¡Jesús! —dijo, y se enjugó la frente con el dorso de la mano.
—No es necesario que aparezcas en escena en ningún momento —le dijo Charlotte, en voz muy baja para evitar que la señora Voss la oyese—. Les diré que vine aquí sola y que encontré a la señora Voss encerrada e histérica, y que telefoneé a un amigo para que viniese y la llevase al hospital.
—Tu historia no concordará con la suya.
—Tiene la mente bastante confusa. Es probable que no recuerde siquiera que vinimos aquí juntos.
—Lo espero de todo corazón.
—Llévala hasta la puerta del fondo del hospital. Allí verás un cartel que dice «Guardia». El médico de turno es amigo mío. Le he dicho lo que debía hacer. Sólo te pido que la lleves allí. No permanezcas con ella; vuelve a tu casa lo más pronto posible.
—¡Jesús!
Charlotte volvió a la sala y dijo a la señora Voss que la llevarían en automóvil al hospital.
—No quiero ir —gimió la señora Voss—. No. Tengo miedo.
—No hay nada que temer. Esta noche dormirá bien y mañana por la mañana yo iré a visitarla. Haremos lo posible por curarla pronto.
Lewis condujo su automóvil hasta el frente de la casa, Charlotte y él llevaron a la señora Voss hasta la acera y la instalaron en el asiento trasero.
La señora Voss lloraba nuevamente, con el rostro oculto entre las manos. «Adiós, nena.»
11
Cuando el automóvil de Lewis se perdió de vista, Charlotte regresó a la casa y telefoneó a Easter. El teléfono sonó ocho o nueve veces antes de que contestaran.
—¿Señor Easter?
—Sí.
—Habla Charlotte Keating. No sé si recuerda...
—La recuerdo.
—Estoy en 916 Olive Street. Ha sucedido algo bastante grave. No sé exactamente de qué se trata. ¿Podría venir y mirar un poco?
—Estoy acostado.
—Puede levantarse.
—Siempre que tenga un motivo.
—Un motivo es que se lo pido yo.
Easter estuvo en la casa en menos de diez minutos. Charlotte no había podido vencer su aprensión a permanecer sola en la casa, de modo que estaba esperándole en la galería.
Easter cruzó el espacio abierto del frente pausadamente, tomándose mucho tiempo, contemplando las ventanas de la casa y los fragmentos de cristal sobre el techo de la galería. En la semioscuridad sus ojos tenían una expresión extraña, intensamente penetrante, como si fuesen capaces de ver mucho más lejos que los ojos comunes.
—¿Qué ocurre?
—No estoy segura, pero creo que han asesinado al viejo Tiddles.
—En ese caso, ¿por qué no llamó al departamento de policía y presentó la denuncia, en lugar de recurrir a mí?
—No podía.
—¿Por qué no?
—Pues porque... porque no me gustó el tono del empleado de policía cuando le telefoneé.
—Entonces, en realidad, llamó al departamento.
—No... quiero decir que llamé más temprano. Por un asunto diferente.
Easter se apoyó contra un pilar y trató de aparecer despreocupado, pero la expresión de sus ojos le delataba.
—¿Qué asunto? —preguntó.
—No tiene nada que ver con... con esto. ¿Por qué se queda aquí haciéndome preguntas tan tontas?
—Porque usted me da respuestas igualmente tontas —repuso él mientras examinaba la puerta principal de la casa, sobre la cual estaban clavados los grandes números de madera que indicaban la dirección—. Aquí vivía Violet O’Gorman. ¿Qué hace usted aquí?
La vacilación de Charlotte sólo duró una fracción de segundo, pero Easter la advirtió. Una de sus cejas se elevó en un gesto divertido y a la vez escéptico.
—Vine a ver si podía hacer algo en favor de los deudos de Violet.
—Son más de las once. ¿Siempre tiene esos impulsos altruistas a horas tan inusitadas?
—Tengo toda clase de impulsos a cualquier hora del día o de la noche.
—Han de causarle bastantes molestias.
—No le he pedido que viniera aquí para que discutiéramos mis impulsos. En realidad, ahora lamento haberle llamado por teléfono.
—¿Está segura de ello?
—Desde luego. Nunca supuse que usted adoptaría la actitud tradicional del detective rígido y desconfiado. No estoy sometida a juicio por ningún delito.
—En ese caso, ¿para qué las mentiras? —preguntó Easter, suavemente.
—¿Mentiras?
—Usted telefoneó a la policía más temprano, pero por un asunto diferente. Cortó la comunicación porque la voz del empleado no le resultó agradable. En seguida vino aquí a ofrecer su ayuda a los deudos de Violet. Conozco a los deudos de Violet: O’Gorman, Voss y su mujer; y la única ayuda que alguien podría proporcionarles es la de contribuir a que se mueran de una vez. Ahora bien, seamos razonables, señorita Keating. Sea lo que fuere lo que ocurre aquí, usted está complicada en ello, quizás en forma inocente, quizás en forma no tan inocente. Yo sé mucho acerca de usted. Cuando fui a su consultorio esa tarde, usted me impresionó. Me pareció una mujer poco común. Pero ello pudo deberse a que parece mi hermana menor.
—Es usted muy franco.
—Quiero darle ejemplo.
—No sé si puedo confiar en usted.
—Por lo menos, puede intentarlo. Nunca he conocido a nadie en quien pudiese confiar enteramente, por mi parte. Quizás usted tenga mejor suerte.
—He venido a... porque Voss quería una suma de dinero.
—¿Para qué?
—Tiene informaciones cuya divulgación yo quiero evitar.
—Un hombre.
—Sí.
—¿Casado?
—Sí.
—¿Cuánto? No quiero decir hasta qué punto está casado, sino cuánto dinero exige Voss.
—Trescientos dólares.
—Es barato.
—No pensaba pagárselos. Además, mi relación con ese hombre no es lo que usted supone, señor Easter.
—No, es pura como la nieve recién caída.
—¡Sí!
—Me alegro mucho.—De pronto, Easter sonrió con una expresión cálida y amistosa—. ¿Sabe una cosa? La creo. La mentira no es algo natural en usted. Tiene mucho valor.
El elogio fue tan inesperado y sincero que Charlotte se ruborizó. Fastidiada consigo misma, se volvió a medias. También estaba resentida con Easter por la facilidad con que le había arrancado los datos que buscaba. A pesar de ello, era verdad que no le había quedado otra alternativa que contárselo todo. Alguien debía saber la verdad. Era mejor que fuese Easter, y no otro policía menos inteligente y menos honrado.
—Muy bien —dijo él, por fin—. Usted ha venido a ver a Voss, ¿y qué ha sucedido a continuación?
—No contestó nadie. La señora Voss estaba encerrada en la buhardilla. Rompió el vidrio de la ventana con un zapato para llamar nuestra atención.
—¿Nuestra atención?
—No, la mía.
—Plural de modestia, ¿eh?
Charlotte se repuso.
—Cuando usted era niña —dijo Easter, sonriendo—, ¿tuvo alguna vez que escribir cincuenta veces en la pizarra «Charlotte Keating ha dicho una mentira»?
—No.



El gato flaco y gris había vuelto. Charlotte alcanzaba a distinguir sus ojos verdes y brillantes, que la observaban entre las hojas de un arbusto de hibisco a menos de un metro de distancia. El animal comenzó a limpiarse con gran cuidado, como si quisiese demostrar su desprecio frente a la suciedad en que vivía y aspirase a elevarse por encima de ella. Sus dos patas estaban enrojecidas de sangre.
—El gato —dijo Charlotte.
—¿Dónde?
—Debajo del arbusto. Está manchado de sangre.
—Seguramente ha cazado una rata.
—No se habría ensuciado tanto cazando una rata.
Easter fue hasta su automóvil y volvió con una linterna. Unas huellas de patas felinas, huellas de sangre, conducían a un lado de la casa, desaparecían en medio de un montón de botellas rotas, y aparecían nuevamente sobre la parte superior del armario viejo de puertas combadas.
Entonces Charlotte vio lo que había pasado inadvertido anteriormente. Detrás del armario, semiocultos por la maleza, se veían el pie y parte de la pierna de un hombre. El zapato era negro, recientemente lustrado, pero estaba rasgado en la punta. El calcetín era de rayas amarillas y la pernera del pantalón verde estaba salpicada de sangre. Verde, rojo, amarillo. Alegres colores de Navidad.
Pensó en Tiddles ostentando todas sus galas prestadas, ansioso de demostrar a la policía que no era un vagabundo, sino un ciudadano honrado y respetable. Tiddles estaba muerto ahora. Ya no le importaba lo que había sido en vida ni lo que pensaba de él la gente. Tampoco le importaba yacer en medio de un montón inmundo de basura, ni que un gato caminara sobre su sangre.
Charlotte se abrió paso entre los desechos y se inclinó sobre Tiddles. Yacía boca arriba, mirando el cielo, los ojos abiertos con expresión de terror, aunque el terror había desaparecido hacia mucho tiempo.
Estaba cubierto de sangre, tanta sangre -que era imposible establecer a primera vista dónde o cómo le habían herido. La sangre había brotado de su nariz y de sus labios entreabiertos y tenía el olor ácido y característico de los vómitos.
Easter levantó una de las manos del viejo. Los dedos estaban fríos y comenzaban ya a ponerse rígidos.
—Será muy difícil establecer la hora en que murió —dijo.
—La señora Voss lo sabe —dijo Charlotte—. Oyó la discusión entre Tiddles y los otros dos hombres, y luego dice que hubo un silencio repentino.
—¿Discusión acerca de qué?
—De una cartera.
—¿Dónde está la señora Voss en este momento?
—La he mandado al hospital del distrito. Está enferma, quizá seriamente enferma, no lo sé todavía.
—¿Qué le ha pasado a su amigo?
—La ha llevado al hospital. No quiero que se mezcle...
—¿Y Voss y O’Gorman?
—Se han ido en el coche de O’Gorman.
Easter enfocó la linterna nuevamente hacia el cadáver.
—No hay heridas en la cabeza y su ropa no está rota. Toda la sangre parece provenir de la nariz y la boca. ¿Nota el olor?
—Sí.
—Es muy extraño —la luz de la linterna se movía rápidamente por todo el cuerpo, por el armario con sus huellas sangrientas, y por los viejos marcos de cuadros sobre la cama rota. Debajo de un somier a un metro de distancia aproximadamente de la mano de Tiddles, había una cartera de piel de lagarto marrón con un cierre dorado. Charlotte la reconoció inmediatamente.
Avanzó un paso, pero Easter también había visto la cartera. Comprendió su intención y la detuvo, asiéndola del brazo.
—No la toque, no la toque —dijo—. Iré a llamar a la policía. —Después de una breve vacilación, añadió—: Deberá quedarse aquí un rato. Supongo que ya lo sabe.
—Sí.
—En cuanto a su amigo..., haré todo lo posible por no complicarle en este asunto. Lo haré por usted.
—Gracias.
—Por mí —añadió en voz baja—, le rompería la cara.
12
A la mañana siguiente, cuando fue a su consultorio después de visitar las salas del hospital, halló a Easter conversando con la señorita Schiller. Easter tenía el aspecto de un joven vendedor muy activo y competente con su cartera bajo el brazo. La señorita Schiller estaba encantada y ruborizada, tan confusa como una adolescente.
—¡Doctora! El oficial Easter ha estado contándome cosas interesantísimas sobre las huellas dactilares. ¿Sabía usted que mis huellas son distintas de todas las demás del mundo?
—No, no lo sabía. ¿Así que son distintas?
—Enteramente distintas, enteramente únicas. Eso cambia la opinión que una tiene de sí misma. En realidad, yo siempre había pensado que era igual a todo el mundo.
—No tenía por qué preocuparse tanto —observó Charlotte.
Sonó el teléfono en el consultorio, y la señorita Schiller fue a contestar, emitiendo ruidos que pretendían expresar su contrariedad por la interrupción.
—¿Ha almorzado ya? —le preguntó Easter.
—No.
—Esta mañana han hecho las dos autopsias. Se me ocurrió que podríamos considerar los informes mientras comemos algo.
—Es la primera vez que me invitan a almorzar para discutir informes de autopsias.
—Mi especialidad es ser absolutamente distinto y único, como las huellas dactilares de la señorita Schiller.
—En ese caso...
—¿Vendrá? Muy bien.
—¿Adónde iremos? Tengo que dejar el número de teléfono del restaurante a la señorita Schiller.
—Vamos a La Cebolla Verde.
—Muy bien.
La Cebolla Verde, pese a su nombre, era un buen restaurante francés situado en el corazón de la ciudad. Se sentaron en un compartimiento al fondo. Charlotte pidió una tortilla francesa y una ensalada a una camarera que hablaba con un falso acento francés y que la llamaba «madame».
Easter pidió chuletas.
La camarera arqueó un par de cejas increíblemente negras.
—¿Chuletas? —repitió—. ¿Qué clase de chuletas, monsieur?
—De cualquier clase. Da lo mismo.
—Muy bien —dijo la muchacha con imperceptible desdén, y se alejó con un indignado contoneo de caderas. La verdad es que la gente nunca se comportaba en forma tan extraña en su pueblecito natal de Buffington Fall, Iowa.
—¿Ha dormido lo suficiente esta noche? —le preguntó Easter.
—Sí.
—Lamento que la policía la retuviese tanto tiempo...
—Usted no tiene la culpa. —Lo último que recordaba era un agente que había colocado una lona impermeable sobre el lugar donde habían encontrado a Tiddles, cubriéndolo todo, el armario y el somier, las hierbas enmarañadas y las latas herrumbrosas.
Easter colocó su cartera sobre la mesa y extrajo de ella varias hojas de papel escritas a máquina y una docena de fotografías ampliadas.
—¿Por qué se toma el trabajo de hablarme de las autopsias? —le preguntó Charlotte.
Easter levantó la cabeza rápidamente.
—Pensé que le interesaría.
—¿Nada más que eso?
—¿Qué quiere decir?
—Sospechaba... imaginaba que debería tener usted otro motivo.
—No, no tengo otro motivo.
A pesar de su respuesta, a Charlotte no le agradó la forma en que había sonreído. Tenía la sensación de que le estaba tendiendo una trampa, y no podía eludirla porque no sabía por qué ni dónde la estaba tendiendo.
—Hicieron primeramente la autopsia de Violet —dijo Easter—, de modo que le hablaré de ella en primer término. Evidentemente, se trata de un suicidio.
—¿Por qué?
—Le daré los principales elementos de juicio. La primera fotografía es del lugar donde encontraron a Violet.
Charlotte la miró. Era Violet, pero no la Violet que había visto dos días antes, ni tampoco la muchacha bonita y sonriente cuyo retrato había aparecido en el diario de la mañana. Esta Violet apenas era reconocible, porque la mitad inferior de su rostro estaba cubierta de espuma blanca, como de jabón.
Los ojos de Easter la estaban mirando muy fijamente.
—Sé que es usted médico —le dijo—. Pero no sé qué experiencia personal tiene sobre muertes violentas, como la asfixia por inmersión.
—Muy escasa. No ofenderá mis sentimientos mostrándose demasiado explícito, si es eso lo que quiere decir.
—Muy bien. La espuma es típica en las muertes por inmersión en el agua. En parte se debe a la mucosidad de la garganta y de la tráquea y en parte es agua de mar. Si hubiese estado muerta o inconsciente cuando cayó al agua, no habría espuma. La espuma indica una violenta lucha por aspirar aire. En su tentativa de respirar, aspiró una cantidad de agua de mar. La irritación de las membranas provocó la mucosidad, la cual se mezcló con el agua y se agitó hasta convertirse en espuma a raíz de sus esfuerzos por respirar.
El hecho de que la boca esté abierta es asimismo característico de estas muertes.
La camarera regresó con los platos pedidos. Charlotte hundió su tenedor en la tortilla francesa. Era ligera y esponjosa, como espuma muy fina. Charlotte la apartó.
Easter no había mirado siquiera las chuletas de calidad mediocre que le habían puesto en el plato.
—La fotografía que sigue —dijo— es un primer plano de la mano izquierda de Violet. La derecha, como le dije, faltaba. Puede que se la haya arrancado un tiburón o bien se la haya amputado la hélice de un barco. Puesto que evidentemente se trata de una herida posterior a la muerte, no nos molestamos en investigar mucho su origen.



El puño de Violet estaba crispado, y entre el índice y el dedo mayor se le había enredado una larga hebra de alga marina. Llevaba su anillo matrimonial.
—Cuando abrimos el puño —añadió Easter—, encontramos una bolita de alquitrán procedente de los pozos de petróleo bajo el nivel del agua, así como profundos surcos sobre la palma de la mano causados por sus uñas. Cuando una persona se ahoga, se aferra a cualquier cosa. En la fotografía siguiente...
—¡Por favor! No quiero ver más fotografías, por ahora.
—Perdone. —Easter guardó las fotografías en la cartera—. No era mi intención estropearle el almuerzo. Bueno, no hablaremos de Violet hasta más tarde —dijo, y sonrió con aquella sonrisa tan cálida e inesperada que siempre la sorprendía, y la hacía sentirse amistosa en el momento mismo en que estaba al borde del antagonismo—. Es extraño, pero de lo único que hemos hablado hasta ahora es de la muerte. Por mi parte no sé si usted va al cine, ni qué clase de libros le gustan, ni si se lava los dientes antes o después del desayuno, ni hasta qué punto le gusta freír huevos.
—Nuestra relación no es personal.
—Puede ser que no. Pero yo creo que lo es.
Easter vaciló un instante, antes de llevarse un bocado a la boca.
—Pues bien, ¿va usted al cine?
—Cuando tengo tiempo.
—¿Iría alguna vez conmigo?
—No lo sé —dijo ella con sinceridad—. En realidad no lo sé.
—¿Por qué no?
—Tengo la sensación de que no debería hacerlo.
Easter cortó un trozo de pan y lo untó con mantequilla.
Sus manos eran enormes, pero se movían con inesperada precisión.
—Comprendo —dijo—. Considera que debe ser fiel a Ballard.
—Bal... —Charlotte abrió la boca y la cerró rápidamente—. ¿Cómo... cómo lo ha descubierto?
—Mi Gestapo particular trabaja día y noche. Además, debe tener más cuidado y destruir sus cartas.
—¿Cartas?
Easter extrajo un sobre del bolsillo de la chaqueta y lo arrojó sobre la mesa con un gesto de desprecio o quizá de enfado.
—Esto estaba en la cartera de lagarto marrón, anoche. Lo retiré antes de que nadie tuviese oportunidad de verlo. Se lo ofrezco con mis mejores deseos.
Era la carta, la única carta que le había escrito Lewis durante su excursión de pesca a las Sierras. La había guardado en su cartera para releerla cuando se sintiera demasiado so- litaría, sin suponer que estaba escrita en una hoja de papel de la oficina de Lewis.
Easter comenzó a citarla, palabra por palabra, con un tono súbitamente sarcástico: «Charley queridísima, qué mal lo paso sin ti. Todo me parece melancólico y vacío...»
Charlotte rompió la carta en muchos pedazos.
—¿Siempre acostumbra a leer la correspondencia ajena?
—Cuando tengo motivos para ello.
—Es un atrevido y un hipócrita.
—Yo no me considero así —dijo él—. Soy humano y, según creo, padezco de una debilidad muy común entre los hombres. Celos. —Como Charlotte no dijo nada, añadió—: Es un placer de tontos, Charlotte, pasar el rato con el marido de otra mujer.
—Es asunto mío, no suyo.
—Quisiera saber cómo la conquistó Ballard. Quizá podría aprovechar su experiencia.
—¿Experiencia?
—Sí, sobre la forma en que logró enamorarla tan profundamente, quiero decir. Me gustaría conseguir lo mismo.
—Es usted insultante.
—No lo he hecho deliberadamente. La admiro. Usted es una mujer fuerte. Debe hacer falta mucha fortaleza para vivir a su lado. Yo la tengo. Usted nunca se apoyaría en mí, pero yo no necesito que nadie lo haga para sentirme superior. Me siento superior de todos modos.
—Y siempre se sentirá superior —dijo ella, amargamente—. Su presunción se ocupará de ese punto con la mayor eficacia.
Easter se quedó serio.
—No creo que fuese muy inteligente atarse a alguien que no se valore a sí mismo. Un hombre así le exigiría mucho.
—No estoy dispuesta... a discutir el asunto.
—Muy bien. Dejemos que se introduzca poco a poco en su subconsciente. Por ahora me conformaré con eso.
En aquel momento se acercó la camarera con el café.
Easter cambió de tema y una vez más su voz y su expresión se volvieron impersonales, como si tuviese la capacidad de excluir a Charlotte de su mente cuando lo deseaba, como quien abre y cierra un grifo.
—Encontramos asimismo un monedero dentro de su cartera. Naturalmente, no había dinero. Ello explica el festín de moscatel en la cocina. Cuatro vasos, cuatro participantes en la partida. Podemos suponer que fueron
Voss, su mujer, O’Gorman y el viejo Tidolliani.
—Voss y Tiddles se odiaban —observó Charlotte, al recordar las palabras de Tiddles. «Nos tenemos un inmenso odio», le había dicho la noche en que se conocieron.
—Mi hipótesis es —prosiguió Easter— que Tidolliani andaba rondando para oír lo que decían, que le descubrieron y que decidieron mostrar una actitud amistosa y convidarle a beber. Probablemente el viejo se emborrachó primero, pero a continuación ellos también bebieron demasiado y la riña comenzó a raíz de la cartera. Creo que podemos suponer que Tidolliani la encontró en el escondite en que la dejaron Voss u O’Gorman, seguramente en el cubo de basura... Esta mañana temprano fui a visitar a la señora Voss.
—Yo también.
—¿Cree usted que finge estar enferma?
—No —repuso Charlotte—. No recuerda nada de lo sucedido anoche. Está hasta cierto punto desorientada. Supone que le extirparán las amígdalas y que Voss irá a visitarla de un momento a otro.
Mientras bebía su café, recordó a la señora Voss tendida en la cama del hospital, con un aspecto sereno y satisfecho, pero con aquella extraña expresión de vaguedad en la mirada. Voss no le había abandonado, no. Todo lo contrario. Era ella quien le había abandonado a él, había ido al hospital como una señora pudiente para hacerse extirpar las amígdalas, y Voss iría a visitarla durante las horas de visita. «Tengo las amígdalas enfermas», le había dicho a la enfermera.
—¿Por qué querían robarme la cartera?—dijo Charlotte—. Yo vivo muy lejos, en Mountain Drive, y seguramente debía haber muchas carteras más fáciles de robar que la mía.
—No querían su cartera —dijo Easter, pero aparentemente no tenían intención de explayarse sobre el punto.
—¿Tuvo algo que ver con Violet, acaso? —insistió Charlotte.
—Sí.
—Pero usted cree que Violet se suicidó y no que la asesinaron.
—Eso es lo que señalan las apariencias —dijo Easter, encogiéndose de hombros—. Además de las pruebas exteriores que le he señalado, hay otras internas; agua en el estómago, los pulmones y el duodeno; agua con trozos de algas, y otros ejemplares diminutos de la fauna submarina. Los pulmones estaban distendidos, y el corazón dilatado en un lado.
—Todo eso —dijo Charlotte, en voz baja— no prueba que se suicidó. Prueba simplemente que murió en el agua.
—Es difícil convencerla a usted.
—Es posible.
—El punto final es exclusivamente prueba circunstancial. Me refiero a la depresión provocaba por su embarazo. No quería tener ese niño. —Al decir eso. Easter advirtió la pregunta muda en los ojos de ella— Era uh varón.
Un varón. Charlotte pensó en el inexplicable mecanismo que había contribuido a la formación del niño muerto, la dedicaba precisión de las células, la red de nervios y vasos la acción reciproca de las glándulas, el desarrollo gradual, tanto por mes y nada más, todo ello maravillosamente equilibrado y moldeado únicamente sobre la base de un pequeño óvulo y de un microscópico espermatozoide.
La pregunta de Easter se produjo en forma tan inesperada como un golpe.
—¿Quién era el hombre que estaba liado con Violet?
—No lo sé. ¿Cómo voy a saberlo yo?
—Podría haberle dicho algo.
—Sólo me dijo que estaba casado, que estaba lejos cuando ella le llamó por teléfono, pero que alguien le había dicho que regresaría esa misma noche. Tenía intención de ir a verle.
—Algún día —dijo Easter ásperamente—, yo también espero verle.
—Si es que le localiza —dijo Charlotte. El padre del hijo de Violet, la figura más importante en el cuadro, puesto que sin él no habría sucedido nada. A pesar de ello, era la figura más borrosa, anónima e irreal; y quizás era enteramente inocente respecto a la serie de acontecimientos que había provocado.
Repitió aquellos pensamientos en voz alta, pero Easter señaló:
—La inocencia no es una excusa más aceptable que la ignorancia o la estupidez.
—Comprendo. De modo que ¿no justifica usted nunca a nadie?
—A veces. Pero justificar, explicar, no es suficiente. Usted no corrige una neurosis eliminándola, sino que debe ofrecer al enfermo un sustitutivo aceptable. En otros términos, el enfoque constructivo sería: «Toma un caramelo, hijito, y ahora no toques esa pasta para matar hormigas.»
—No sabía que fuese usted filósofo —comentó Charlotte, arqueando las cejas.
—La filosofía es para los poetas —dijo
Easter lacónicamente—. Yo me ocupo de la gente, muerta o viva. —Apartó su taza de café. El café se derramó sobre el platillo como una ola al saltar sobre un muelle—. Creo que la verdadera razón por la cual usted se resiste a aceptar que Violet se haya suicidado es que ello dejaría una cicatriz en su conciencia.
—De eso está hecha la conciencia, de tejido cicatrizado —dijo Charlotte. En efecto, estaba hecha de pequeños trozos y fragmentos de remordimiento entretejidos año tras año hasta que formaban un diseño característico, una norma de vida.



—Si alguien asesinó a Violet, fue una persona en quien ella confiaba. No fue Voss, que no tenía motivos, ni O’Gorman, a quien ella temía. O’Gorman tenía motivos para matarla, pero sus armas son los puños. No hay nada complicado y sutil en Eddie. No. La persona que pudo haber asesinado a Violet tenía que ser alguien a quien ella apreciaba o en quien confiaba lo suficiente como para acompañarla al muelle, cerca del punto donde encontraron su cartera. Alguien como usted, por ejemplo.
—No me apreciaba, ni tampoco confiaba en mí. E indudablemente usted bromea al insinuar que yo...
—Es simple curiosidad. Tengo curiosidad acerca de la tarjeta que llevaba en su cartera, la tarjeta con su nombre y dirección escritos a máquina.
—Todo lo que puedo decirle es que yo no se la di.
—Algún día —dijo él, a su vez— descubriré quién se la dio. Quizá sea muy interesante.
Una mosca voló sobre la mesa y se posó sobre sus nudillos. Easter aparentó no notarlo, pues no la espantó. Luego la contempló mientras exploraba la colina de un nudillo y se aventuraba cautelosamente por el valle entre dos dedos.
—¿Alguna vez —dijo— ha paseado usted por el muelle a altas horas de la noche?
—Varias veces.
—El viernes pasado fui allí después de medianoche, en busca de un pescador que había asesinado a puñaladas a un hombre en una taberna. No le encontré. En realidad, no encontré a nadie. No había un alma en todo el muelle y los barcos estaban en tinieblas. A pesar de ello había mucho ruido. El mar y el viento estaban ruidosos, y había unos pilares flojos que chillaban como gaviotas al frotarse contra los tablones con el romper de las olas. Es un lugar propicio para un asesinato. Un empellón, una caída de cinco metros hasta el agua, un grito, tal vez. Pero como dije, hay allí muchos ruidos naturales. Los ruidos pueden ahogar un grito, y la noche puede encubrir al asesino.
Easter había estado sentado muy tenso sobre el borde del asiento mientras describía el muelle. Cuando calló se echó hacia atrás. Su tensión había disminuido visiblemente.
—Bien —añadió por fin—. Eso es lo que podría haber sucedido, y lo que seguramente no sucedió.
La mosca había descubierto la taza de café y avanzaba cautelosamente alrededor del borde, como un explorador sobre el borde de un cráter.
—En cuanto al viejo —dijo Easter—, no hay la menor probabilidad de asesinato.
—¿No?
—Su muerte fue natural. No hay signos de golpes ni heridas. Murió a raíz de una úlcera gástrica perforada que destruyó un vaso sanguíneo y le provocó una hemorragia fatal. La discusión que sostuvo con Voss y
O’Gorman seguramente precipitó la hemorragia, pero no hay manera de probarlo. Desde el punto de vista técnico, Voss y O’Gorman son inocentes como corderos.
La expresión de Charlotte era de incredulidad.
—¿Quiere decir usted que no intentarán detenerles siquiera? —preguntó.
No. Desde luego hay una orden de detención contra ellos, pero la orden no se relaciona con la muerte de Violet ni con la del viejo. En ese sentido no podemos probar nada. No podemos probar la tentativa de extorsión, ni siquiera que encerraron a la señora Voss en la buhardilla. El único cargo que tenemos contra ellos es una sospecha de asalto a mano armada en relación con la cartera que le robaron. Es triste, ¿no?
—Sí.
—La justicia no existe. Vamos, dígalo.
—La justicia no existe —repitió ella—. Sin embargo, debe existir.
—Indudablemente —convino él irónicamente—. Debe imperar la ley. Diga eso, ahora. Debe imperar la ley.
—¡Pues a decir verdad yo lo pienso! —Charlotte dijo esto en voz tan alta y airada que el hombre sentado en el compartimiento contiguo se volvió para mirarla, mitad ansioso, mitad esperanzado, deseoso de presenciar una discusión jugosa, siempre y cuando no fuese demasiado violenta.
—¿Busca a alguien? —le preguntó Easter.
—¿Quién, yo?—murmuró el hombre—. No, no. Nada de eso.
La cabeza desapareció como la de una tortuga.
—Las mujeres bien educadas no levantan la voz públicamente —la reconvino Easter—. Tampoco tienen nada que ver con delincuentes. Desde luego, siempre es posible que usted no sea una buena muchacha y que mis ojos se hayan deslumbrado. Están deslumbrados, ¿sabe? Completamente deslumbrados. ¡Es rarísimo! ¿Le interesa la situación?
—No.
—Si no fuera así, no tendría por qué haberse ruborizado.
—Si me he ruborizado, es porque me molesta su impertinencia.
—Con rubor o sin él —dijo Easter, sonriendo—, es usted muy bonita. ¿De qué hablaba yo? ¡Ah, sí! De mi deslumbramiento. Bueno, creo que lo he dicho todo. Esa es la situación.
—Es usted... insufrible.
—Sólo a primera vista —dijo Easter con tono paciente—. La segunda y la tercera oleada revelan todas mis cualidades excelentes y menos visibles.
—No me interesa verlas.
—Las verá, sin embargo. Estaré cerca de usted.
Charlotte miró su reloj y trató de conservar su aire frío e indiferente.
—Tengo que volver al consultorio —dijo.
—Lo siento.
—No se moleste en acompañarme. Iré caminando. Gracias por el almuerzo —dijo y se puso de pie.
—Espero que se repita.
—No es muy probable.
—Otras autopsias, otros almuerzos —dijo Easter—, Dicho sea de paso, hay algo que se me olvidaba decir.
—¿Qué?
—Siempre que usted y Ballard necesiten a alguien que les acompañe, llámeme por teléfono.
13
A las cinco de la tarde, la señorita Schiller comenzó sus preparativos para marcharse. A la hora del almuerzo se había enterado por el periódico de la muerte de Violet, y desde entonces charlaba sin cesar con una serie de enfermos, agrandando de vez en cuando la verdad. «Allí estaba en la puerta, llena de vida, ya sabe usted qué quiero decir... Sin embargo, yo sabía, sabía por la expresión de sus ojos que le sucedía algo... Es una muchacha para la ciudad, pero afortunadamente no era de aquí: Vino de un pueblecito de Oregón, según dice el periódico.»
Esa fue para ella una tarde rica en emociones y, por lo tanto, muy satisfactoria, aunque malograda de vez en cuando por alguna mirada hosca de Charlotte y por el hecho de que algunos enfermos, dando muestras del mayor egoísmo, habían preferido hablar de sus propios síntomas.
La señorita Schiller se peinó y se colocó nuevamente su redecilla. Con la redecilla puesta, no parecía tener cabello, sino una velluda gorra gris bajo la cual se ocultaba la verdadera señorita Schiller, calva como un huevo.
El periódico que había comprado a la hora del almuerzo estaba sobre su escritorio, doblado de tal manera que le permitía contemplar la fotografía de Violet cada vez que sentía que disminuía en algo su exaltación. «Señora Violet O’Gorman, residente en Ashley, Oregón, cuyo cadáver fue hallado esta mañana en West Beach. Al parecer, se trata de un suicidio...»
La señorita Schiller estaba leyendo de nuevo el periódico con la intensa atención de quien lee algo relativo a sí mismo, cuando Charlotte salió del consultorio con sus ropas de calle y su maletín en la mano.
La enfermera cerró rápidamente el periódico y dijo con su tono más atento y conciso:
—¿Doctora?
—¿Cuántas visitas debo hacer?
—Sólo tres. Son éstas.
—¡Es terrible! —comentó Charlotte y, apoyándose contra el escritorio, cerró los ojos. La idea de efectuar tres visitas a domicilio le causaba consternación.
—No es cosa que me concierna, doctora, pero debo decirle que en los últimos días no ha tenido usted muy buen aspecto.
—¿No?
—Está ojerosa, demacrada.
—Gracias.
—El otro día leí casualmente que los médicos mueren más jóvenes que las personas de otra profesión. Y le aseguro que este nuevo tónico a base dé hierbas que yo estoy tomando es verdaderamente bueno.
—Seguramente el tónico de que me habla está cargado de alcohol. No es extraño, pues, que le dé sensación de energía.
—¿Alcohol?—repitió la señorita Schiller, palideciendo—. ¡No es posible! No se atreverían a...
—No se preocupe. No la matará —le dijo Charlotte.
—¡Pero yo no bebo nunca! El alcohol va contra mis principios.
—Bueno, puede que el tónico contribuya a que cambie de principios.
En aquel momento sonó el teléfono, pero la señorita Schiller estaba demasiado turbada para contestar a la llamada. En su imaginación se veía ya convertida en una alcohólica condenada a una muerte infame, sin culpa alguna por su parte. El líquido mortal se agitaba en aquel mismo instante en su sangre, corroyendo su voluntad y destruyendo su carácter. Al hacer su juramento de sobriedad le habían dicho que nadie sabía que su voluntad estaba minada hasta que era demasiado tarde. Era horroroso. Se sentía al borde del desmayo.



—¿Charley? Habla Bill Blake.
—¿Cómo estás, Bill?
—Tengo que salir de la ciudad a principios de la semana próxima. He pensado que podríamos cambiar nuestra clientela, siempre que no tengas inconveniente en ello.
—Ninguno.
—Si no tienes ningún enfermo especial esta semana, yo podría atender tu consultorio el resto de la semana, y tú tomar el mío el lunes, el martes y el miércoles.
—Encantada, Bill.
—Muy bien. ¿Será demasiado esperar que la señorita Schiller te haya abandonado para ingresar en un convento?
—Sí, eres demasiado optimista.
—Bueno, me conformaré con tenerla anestesiada, en ese caso. Ya te veré. Muchas gracias, Charley.
—Hasta pronto —Charlotte colgó el receptor y se dirigió a la señorita Schiller—. El doctor Blake le manda recuerdos.
—¿De verdad? —La señorita Schiller salió bruscamente de su tumba de alcohólica con la agilidad primitiva de un conejo—. Pues no puedo menos que decir que me siento halagada. ¡El doctor Blake es tan simpático!
—Es verdad. Estará en el consultorio el resto de esta semana. Si alguien llama, avísele. Y por la mañana telefonee a los enfermos que ya están citados para que vayan al consultorio del doctor Blake, o para que vuelvan dentro de unos días. ¿Están al día los historiales?
—Naturalmente, doctora. —La señorita Schiller se mostró ofendida—. Lo que quiero decir es que... ¡Por Dios, doctora! Hace mucho que estoy en esta profesión y...
—No he querido ofenderla.
Charlotte levantó su maletín del escritorio, donde lo había dejado para atender la llamada telefónica. Le pareció más pesado que de costumbre. Comprendió que, por primera vez en años, se sentía exhausta. Caminó lentamente, como si parte de sus tejidos nerviosos estuviesen destruidos y como si cada movimiento que hacía debiese ser previamente planeado a fin de forzar sus músculos a la obediencia.
—Es una agradable coincidencia que haya telefoneado el doctor Blake —dijo la señorita Schiller—. Ahora usted podrá descansar unos días. Vaya a la playa y tome el sol.
—Puede que lo haga.
Al decir esto, Charlotte pensó fugazmente en la agradable coincidencia, pero lo olvidó todo tan pronto como llegó a la calle y entró en su automóvil.
Eran las siete, aproximadamente, y se veían las primeras estrellas en el cielo cuando llegó a su casa. Aún antes de entrar en el sendero que conducía al garaje oyó el timbre de su teléfono. Era un ruido agudo e irregular, como el croar de los sapos. En el momento en que abrió la puerta principal, el teléfono calló, pero volvió a sonar unos segundos más tarde.
Se le ocurrió que quizás era Lewis quien llamaba, y cuando atendió a la llamada trató de disimular su cansancio. A Lewis le desagradaba sobremanera que tuviese tono fatigado, y ello siempre daba lugar a una discusión sobre el hecho de que trabajaba demasiado.
—¡Hola!
—Veo que trabaja hasta muy tarde —le dijo Easter.
—Quisiera que me dejase usted tranquila.
—¿Quién la molesta? Lo único que sucede es que tengo un nuevo indicio relativo al caso de Violet y se me ocurrió que a usted le gustaría conocerlo.
—¿De qué se trata?
—Acabo de enterarme de que Violet tiene una hermana mayor que vive en Ashley, una viuda de guerra llamada Myrtle Reyerling. Puede que Violet le haya confiado algo sobre el hombre que buscamos... llamémosle señor B.
—¿Por qué señor... B?
—No hay ninguna razón especial. Mañana pienso ir a Ashley, en una visita extraoficial, a fin de conversar con la señora Reyerling. ¿No querría acompañarme?
—No, gracias.
—Piénselo bien.
—Lo he pensado.
—El paseo le hará mucho bien —insistió Easter—. Aire puro y demás.
—Tengo bastante aire puro aquí.
—Pero el aire puro de Oregón tiene, según dicen, cualidades terapéuticas para las mujeres nerviosas. Es como un elixir maravilloso, pero en forma gaseosa.
En aquel momento se oyó el timbre de la puerta.
—Nunca en mi vida he sido nerviosa —dijo Charlotte—. Además, en este momento oigo sonar el timbre de la puerta.
—Lo oigo.
—Así pues, si me perdona...
—La perdono, aunque sin ganas.
—Gracias por la invitación.
—Siga pensando en ella —dijo Easter antes de cortar la comunicación. Mientras se dirigía hacia la puerta, Charlotte pensó que la invitación de Easter coincidía en forma extraña con la oferta del doctor Blake de atender su propio consultorio durante unos días. No había relación entre los hechos, sin duda, pero de todos modos sentía cierta preocupación. Le intrigaban los posibles móviles de Easter; se preguntó si verdaderamente estaba enamorándose de ella como decía, o si creía que ella sabía algo más acerca del caso de lo que demostraba saber.
Antes de abrir la puerta acercó un ojo a la mirilla. Su visitante era Lewis.
Durante un instante, Charlotte tuvo la impresión de que era alguien a quien había conocido bien en una época, pero a quien no veía desde hacía muchos años. Su rostro estaba serio, su boca era una línea apretada y severa. Tenía manchas oscuras bajo los ojos, semejantes a manchas de hollín.
—¿Cómo estás, Charley?
¡Lewis..., Lewis! ¿Estás enfermo?
—No. —Lewis la besó en la mejilla. Su aliento olía a coñac.
Charlotte se apartó y le rechazó levemente con un brazo a fin de poder mirarle mejor.
—No habrás bebido demasiado, ¿no? —dijo.
—No estoy enfermo ni he bebido demasiado.
Lewis cruzó el cuarto y se sentó con aire fatigado en el sillón de cuero rojo. Llevaba el sombrero y el abrigo que había llevado la noche anterior, cuando se encontraron en el espigón. Cuando apoyó la cabeza contra el respaldo, el sombrero se deslizó y cayó al suelo. Aparentemente, él no lo advirtió.
—Sólo he bebido con fines medicinales: lo suficiente para no estrangular a mi mujer.
Las palabras de Lewis la sacudieron.
—No debes decir esas cosas, Lewis —dijo.
—Si no lo dijera, quizá terminaría haciéndolo en realidad. ¿Has leído los periódicos?
—Sí.
—Es la misma muchacha, la misma que fue a verte, ¿no?
—Sí.
—Lo siento mucho, Charlotte. Lo siento por la muchacha, y por ti, que te has complicado en el asunto. —Durante toda la comida, Gwen no había cesado de hablar de ello: «¡Pobre muchacha, qué desamparada debe de haberse sentido! ¡Sé tan bien lo que significa la soledad! A veces cuando tú no estás aquí, Lewis, cuando estás fuera por las noches durante horas y horas, casi siento deseos de... matarme.» Gwen, sentada a la mesa frente a él, como una muñeca animada, mientras los perros apretaban sus húmedas narices contra sus brazos desnudos, en busca de atención o de un trozo de carne. Y Lewis había sentido una furia asesina, un deseo terrible de acallar la voz suave, de maniatar las manos blancas y graciosas. «¡Esa pobre, pobre muchacha! Imagínate cómo debe sentirse el hombre que la llevó a esa situación.»
Lewis se cubrió los ojos con las palmas de las manos. Charlotte se sentó en el taburete, a sus pies.
—Esta tarde he intentado hablar contigo en tu oficina —dijo.
—No estaba allí.
—Ya lo sé.
—Me fui al cine.
—No sabía que tú ibas al cine —dijo ella con tono ligero.
—No voy casi nunca. Estaba cansado. Creí que me dormiría de tedio, pero no me dormí... necesito algo para dormir, Charley.
—Puedo darte un par de comprimidos de nembutal.
—Gracias. Muchas gracias.
Trajo los comprimidos del botiquín del cuarto de baño.
—No los tomes hasta veinte minutos antes de acostarte —le recomendó.
—Muy bien.
—Lewis, ¿sucede algo?
—Absolutamente nada.
—Me alegro, señor B.
Lewis se mostró sorprendido y luego halagado.
—Hacía mucho que no me llamabas así. ¿Recuerdas?
—Recuerdo.
—Te quiero, señorita K.
—¡Qué agradable es vernos sonriendo nuevamente, querido!
—He perdido la práctica.
—Ya lo sé. Pero todo será mejor para nosotros algún día, ya lo verás —dijo ella. Seguidamente le dio un cigarrillo y se lo encendió, feliz de comprobar que era capaz de ayudarle cuando estaba cansado. Su propia fatiga había desaparecido casi totalmente—. Pienso dejar el consultorio el resto de esta semana, Lewis.
La mano de Lewis apretó su brazo.
—Es un poco inesperado, ¿no?
—Es que tengo la oportunidad de salir. Me propongo hacer un pequeño viaje en coche.
—¿Adónde?
—Pues... a cualquier parte. Ya sabes que siempre me ha gustado conocer lugares nuevos.
Lewis no había apartado los ojos de ella, y ni siquiera había pestañeado.
—¿Lugares nuevos como... cuáles, por ejemplo? —dijo.
—Por ejemplo, Oregón, que no conozco bien. Dicen que es muy bonito en verano.
—¿Quién lo dice?
—Se me ocurrió que quizás...
—Deja de hablar de «quizás» y de «tal vez». Estás ya decidida. Siempre estás decidida cuando anuncias tus planes. ¿A qué punto de Oregón piensas ir?
—A Ashley.
—¿Donde vivía la muchacha?
—Sí.
—¿No has tenido' bastantes complicaciones ya?
—Por favor, querido...
—No vayas. No vayas, Charley.
—Yo quiero ir. Tengo la convicción de que debo ir.
—¿Por qué? No tienes nada que ver con el asunto.
—La policía irá.
—¿La policía?
—Quiero llegar antes que ellos. No me gusta ese teniente que investiga el caso, Easter.
—Le conozco —dijo Lewis—. Siempre provoca dificultades.
—Esta noche me llamó por teléfono y me pidió que le acompañara a Ashley y hablase con la hermana de Violet. Me negué. Creo que pretendía tenderme una trampa. Sé perfectamente que no he hecho nada, pero tengo la sensación de que de alguna manera inexplicable estoy profundamente complicada en la muerte de Violet.
—No vayas, Charley —insistió él.
—No, quiero ir. No tengo miedo de Easter. Sólo siento curiosidad.
—¡Curiosidad! ¡Dios mío!
—Además, conducir es un descanso para mí, y el viaje me hará bien.
—Podría hacernos mucho bien a los dos. Muchísimo bien.
Lewis se puso en pie.
Cuando se inclinó para recoger su sombrero del suelo se tambaleó imperceptiblemente, y Charlotte se preguntó si habría bebido más de lo que admitía, o si estaba simplemente exhausto.
La besó en la puerta. Fue un beso largo, pero para Charlotte fue un beso a la vez melancólico y amargo. De pronto, sintió ganas de llorar.
—Adiós, Charley. Adiós, querida.
—Lewis, te cuidarás, ¿no?
—Desde luego. Que te diviertas.
—Espera. Lewis, si no quieres que vaya, si tienes algún motivo...
—¿Motivo? —repitió él—. No, ninguno. Ningún motivo, salvo que te echaré de menos.
—Así lo espero.
—Adiós, Charley. —Las palabras tenían un tono definitivo, como si Lewis no esperara volver a verla.
La puerta se cerró detrás de él.
14
Salió al día siguiente, mucho antes del amanecer. Durante las primeras cien millas siguió el camino de la costa. Serpenteante como un río de hormigón, seguía las curvas de las rocas ásperas y desnudas envueltas en niebla. Al salir el sol, la niebla se despejó, dejando sólo algunos jirones ocultos en las depresiones del camino.
La carretera giraba bruscamente hacia el interior y se alejaba del mar en dirección al valle fértil y caluroso. Allí las rocas desnudas eran algo muy lejano, y Charlotte apenas podía convencerse de que estaban a unas pocas millas de aquella súbita exuberancia de vegetación: cultivo tras cultivo de lechuga verde plateada, que los agricultores llamaban en realidad «oro verde», naranjales cuyas frutas eran tan enormes que no parecían verdaderas, y en fin, millas de jugosos tomates que teñían de rojo sus arriates.
Pero aquellos valles terminaban con la misma brusquedad que las rocas. La carretera subía y comenzaba a continuación la zona de los bosques de sequoias, árboles tan altos, tan viejos, que sus orígenes estaban lejos del alcance de la imaginación. En un punto donde habían cortado y retirado implacablemente los árboles, había un claro desde el cual Charlotte alcanzaba a divisar dos montañas hacia el nordeste. Ni los cambios de temperatura ni los pies del hombre habían tocado jamás sus picos nevados. Era como si la naturaleza y las Obras Públicas se hubiesen puesto de acuerdo para proporcionar al excursionista toda la gama del paisaje californiano en el radio de unas pocas millas.
Cuando cruzó la frontera y entró en el estado de Oregón tuvo que disminuir la velocidad debido al sol del mediodía que, al abrirse paso entre los árboles inmensos, formaba diseños tan brillantes sobre la carretera que era difícil ver a cierta distancia o bien distinguir lo real de las sombras. De vez en cuando se oía un arroyo parloteando furiosamente, con violencia, como si nada fuese capaz de detener su alocado y alegre avance en dirección al Pacífico.
Llegó a las afueras de Ashley poco después de las dos de la tarde. Un letrero sobre la carretera le informó que estaba a punto de entrar en «Ashley, la ciudad más hospitalaria del Oeste: población 9.394 habitantes. Venga temprano y permanezca hasta tarde.»
Se detuvo en la primera hostería para socios del Automóvil Club que halló a su paso. Las cabañas individuales estaban construidas en un pequeño claro del bosque, a ciento cincuenta metros de la carretera, y eran tan nuevas que olían todavía a madera fresca.
Junto a una puerta que rezaba «Administración» estaba sentado un hombre grueso, sobre una silla de cocina, abanicándose con una revista de historietas. Cerca de la silla había una docena de revistas semejantes desparramadas por el suelo, la mitad nuevas, la mitad sin tapas. Historietas de amor verídicas, Idilios para adolescentes, Soy la mujer a quien abandonaron. Amor entre vaqueros y otros títulos parecidos. La cara del hombre era tan inocente y desprovista de expresión como un caramelo. Seguramente en la escuela se habían burlado de él llamándole «el gordo», pensó Charlotte, y ahora compensaba su complejo de inferioridad imaginando ser el héroe de todas las historietas, el amante que abandonaba, el vaquero que cabalgaba cruelmente sobre el corazón de las mujeres. ¡Pobre hombre, pobre niño!
—¿Tiene una cabaña? —le preguntó Charlotte.
—Sí, señorita. La número 4, allí. Baño y ducha, colchón de muelles. Seis dólares la noche.
—Muy bien.
Aparcó frente a la cabaña número 4, y regresó para registrar su nombre y dirección, y el número de matrícula del automóvil. Una tarjeta sobre el escritorio identificaba al hombre grueso como Roy H. Coombs, administrador de la hostería La Siesta.
—De modo que usted es doctora, ¿eh?—dijo Coombs—. Lo he visto en su automóvil. Nunca había conocido de cerca a una mujer médico hasta ahora. Pero las he visto en las películas. Ingrid Bergman hacía de doctora en una película y se enamoraba de Gregory Peck, sólo que Peck era finalmente...
—Sí, la recuerdo: Cuéntame tu vida.
—Sí, sí, exactamente. Cuéntame tu vida. No sé qué veía en ella Gregory Peck. Es más delgado que un palo, además de que está loco... quiero decir, en la película.
—¿Tiene usted una guía telefónica?
La pregunta le cogió de sorpresa. Tuvo que callar un instante a fin de efectuar la transición del idilio cinematográfico a las guías telefónicas.
—Si —dijo por fin—. Desde luego tenemos una.
—Sólo quiero buscar una dirección.
—¡Sí, desde luego!
El hombre buscó en el escritorio y debajo del mostrador, pero no pudo encontrar la guía. Se irguió, sofocado por el esfuerzo, y se secó la frente con la manga de su camisa rosa.
—Seguramente alguien me la ha robado. ¡Es una vergüenza! ¡Robar una guía telefónica! —pero mientras decía esto había una expresión soñadora en sus ojos. El muchacho obeso era ahora el detective Dick Tracy, dispuesto a vengarse, siguiendo las huellas del ladrón que había robado la guía telefónica. En su delgada muñeca llevaba un pequeño receptor-transmisor radiotelefónico: y en la cabeza, una memoria fotográfica.
—Puede que usted sepa orientarme —le dijo Charlotte lacónicamente. Los ojos de Coombs parpadearon y volvieron a la realidad.
—Estoy seguro de ello, puesto que he vivido aquí toda mi vida.
—¿Conoce usted a la señora Myrtle Reyerling?
—¿Myrtle? ¡Sin duda! El sargento Reyerling fue uno de nuestros héroes de la guerra: su nombre está grabado en una placa en el Banco, Third Street. Myrtle vive en un apartamento sobre la tienda de Woolworth. No puede equivocarse. Siga este camino hasta el pueblo y allí encontrará la dirección que busca.
—Gracias.
La tienda de Woolworth tenía una fachada flamante, pero los apartamentos del piso superior eran sombríos y sin aire, y olían a la grasa del mes pasado y al repollo de la semana anterior.
Charlotte se detuvo frente a una puerta en la que se veía escrito con lápiz el nombre «M. Reyerling». Se oían las voces de dos mujeres en el interior de la habitación; no discutían, sino que proclamaban a gritos estar de acuerdo respecto a una tercera que no estaba presente.
—Se lo dije. Se lo dije una y otra vez.
—Ya sé que se lo dijiste, sin duda que se lo dijiste.
—Pero, no, no. Era muy terca. Siempre tenía el mejor concepto de todo el mundo. ¡El mejor! En cambio, yo... sé que no hay «lo mejor». Y aun en ese caso, es muy poco mejor que lo peor.
—Tienes razón, Myrtle, pero no te deprimas.
Fue Myrtle Reyerling quien abrió la puerta. Era una mujer alta y delgada, de cerca de treinta años, con un gran moño muy abultado que tendía a inclinarse ligeramente hacia un lado, como un velero empujado por un fuerte viento. Su boca era delgada, y su mentón agresivo, pero había un expresión patética en sus ojos. Eran unos ojos inquisitivos y perplejos.
—¿La señora Reyerling?
—Sí.
—Soy Charlotte Keating, una amiga de Violet.
La mujer se volvió a medias, y antes de hablar tragó saliva dos veces.
—Supongo que está enterada de todo, ¿no? —dijo.
—Sí, lo sé todo.
—Entre, si quiere. Esta es mi mejor amiga, Sally Morris.
Una muchacha de cabello oscuro, cuerpo sólido y piernas gruesas y musculosas contestó a la presentación con un gesto de saludo.
—Circula por todo el pueblo —dijo la señora Reyerling—. Todos murmuran, murmuran, murmuran, diciendo que Violet estaba embarazada, y que el padre no era Eddie. Yo no lo creo. Violet era buena. Mi hermana era buena y nadie me dirá lo contrario.
—Vamos, no te pongas así, Myrt.
—¡Era una buena chica!
La muchacha llamada Sally hizo un leve gesto de impaciencia.
—¡Vamos! —dijo—. ¡Las chicas buenas saben hacer muchas de las cosas que hacen las chicas malas! Acabo de decirte que la vi con mis propios ojos. Estaba en esa cama, durmiendo. Además, había signos... tú me entiendes.
—¡No!
—Vamos, Myrt, me conoces muy bien, y sabes que no soy chismosa, pero tampoco soy tonta. He trabajado allí el tiempo suficiente como para reconocer los signos.
—¿Signos de qué? —terció Charlotte.
—Bueno, ya me entiende usted. —Se produjo un silencio molesto hasta que la muchacha añadió—: En primer lugar, ¿qué hacía allí, durmiendo a las ocho de la mañana en el dormitorio de un hombre? El hombre se había marchado ya, dejando la llave en la cerradura, según indican que debe hacerse antes de partir. Bueno, yo vi la llave allí e imaginé que el cuarto estaba vacío y que convenía arreglarlo temprano. Entré, y allí estaba Violet durmiendo como un angelito. No dije nada. No era asunto mío. Salí nuevamente y llamé con fuerza para despertarla. Luego me alejé. Ni siquiera le conté nada a Myrtle hasta ahora. Siempre se preocupaba tanto cuando Violet hacía algo que no le gustaba, que no se lo dije. La verdad es, Myrt, que no te gustaba que fumara un cigarrillo ni bebiese una copa.



—No quise ser tan severa —murmuró Myrtle—. Te lo aseguro. Yo debía cuidarla, pues era mi hermana menor. Yo quería que fuese una verdadera señorita.
—Desde luego. Ya lo sé, Myrt. No te culpo. Es la vida. Todos tenemos que soportarla con la cara bien alta.
—¿Cuántas veces tendré que soportarla yo? ¿Cuántas caras supones que tengo?
—Vamos, vamos, Myrt —la muchacha se volvió hacia Charlotte—. Yo trabajo en un motel de la carretera, ¿sabe? Se llama Rose Court y está al otro lado del pueblo. Allí fue donde la vi; en la habitación de ese hombre.
—¿Recuerda usted al hombre? —le preguntó Charlotte.
—No le vi, pero más tarde, cuando estaba ordenando la habitación, encontré una corbata que se había dejado en el cuarto de baño. Nunca había visto una corbata como aquélla. Era azul con lunares grises, y además tenía unos dados pequeñitos con puntos rojos. Se me ocurrió guardármela para regalársela a mi padre, pues quizá le daría suerte en una partida de dados. Pero me dio miedo, de modo que la entregué al patrón, Rawls. Si hubiese encontrado una cartera, seguramente la habría entregado a la policía, no sin antes sacar unos cuantos dólares por el trabajo. Pero esa corbata... No pudo resistir la tentación. Se considera un hombre muy elegante. En el pueblo le llaman Adolphe Menjou.
La señora Reyerling se había acercado a la ventana y contemplaba la calle, los brazos cruzados sobre el pecho.
—Yo pienso lo siguiente —dijo Sally—. Si sucedió una vez, pudo haber sucedido muchas, de modo que quizás este hombre que dejó la corbata no tenía nada que ver con el hecho de que Violet estuviese embarazada.
—No ha ocurrido eso —dijo la señora Reyerling sin volverse. Se dirigió a la ventana, como si ella fuese una especie de árbitro impersonal—. Él era Eddie. Él lo niega porque estaba cansado de Violet. Estaba enamorado de otra mujer y por eso quería alejar a Violet.
Sally calló, pero hizo un pequeño gesto a Charlotte, como para expresar que era inútil discutir con Myrtle.
—Tal vez si yo pudiese hablar con el señor Rawls, él recordaría... —dijo Charlotte.
—¡Un momento! ¿Cree usted que él admitirá algo? ¡De ningún modo! Jurará hasta quedar mudo que no hubo tal hombre, tal corbata, y aun tal motel. ¿Cómo puede admitir que había una corbata sin admitir al mismo tiempo que es un ladrón? Si llegara a hacerlo, podrían quitarle el permiso del Automóvil Club. Las autoridades del Automóvil Club son muy exigentes. No justifican acciones como ésa. Siempre vienen a espiar para ver si yo cambio las toallas de los cuartos de baño, lavo las cortinas y barro debajo de las camas. Rawls no le dirá nada. Además, corro peligro de que me despida, ¿sabe?
—Comprendo perfectamente.
—¿No irá a hablar con Rawls, pues?
—No.
—De todos modos debí callarme —dijo Sally, con un tono de cierta amargura—. No sé qué me ocurre que hablo tanto. He venido simplemente a ayudar a Myrt, a animarla un poco.
La señora Reyerling la miró con ojos opacos.
—Sí —dijo—...ayudarme... contándome mentiras acerca de mi propia hermana.
—Escucha, Myrt. ¡No te vuelvas contra mí!
—Mentiras odiosas.
Sally comenzaba a enfadarse. Un intenso rubor comenzó a subir lentamente por su cuello, como el mercurio de un termómetro.
—Es mejor que examinases tu propia conciencia —dijo—, ¿Quién instó a Violet a dejarse cortejar por Eddie, en primer lugar? ¿Quién le repetía sin cesar que Eddie era un muchacho bueno y trabajador y que sería un buen marido para alguna muchacha ‘afortunada? ¿Quién decía que el físico no lo es todo? ¡Diablos, no, el físico no lo es todo; no importaba que se pareciese a un chimpancé con viruela! Violet se iba a acostumbrar cuando llevase el título de «señora».
—No es verdad —exclamó la señora Reyerling—. Yo no la obligué a casarse con él. Ni siquiera se lo pedí. Ella le quería.
—Tú decidiste que debía quererle —la argumentación de Sally era implacable, cruel—. Violet debía casarse con Eddie, pues el amor vendría más tarde. Incluso era posible que venciese aquellas pequeñas inclinaciones que tenía, como arrancar las alas a las moscas vivas.
—¡Basta, basta! —dijo la señora Reyerling, y tapándose los oídos con las manos, corrió hacia el dormitorio.
Oyeron el golpe sordo de su cuerpo al caer violentamente sobre la cama. No lloraba, sin embargo. Su respiración afanosa y angustiada vibraba rítmicamente en el aire húmedo, como la de un animal herido.
El antagonismo de Sally había desaparecido. Estaba de pie, rascando con expresión avergonzada el costado de su cuello, donde había aparecido una mancha de rubor.
—En realidad, debería contener mi mal genio.
—Todos deberíamos hacerlo.
—Lo que he dicho es la verdad, pero sólo en parte. La verdad entera... pues... es difícil' establecerla. Me refiero al porqué de todo. Supongo que Myrt tenía sus razones para desear que Violet se casara, y tuviese estabilidad y protección. No tiene la culpa de haber juzgado equivocadamente a Eddie. —Dicho esto, Sally calló.
—Es mejor que me vaya —dijo Charlotte, a su vez—. Si hay algo que pueda hacer para ayudar a la señora Reyerling estaré en el hotel La Siesta.
—Lo conozco. Acaban de inaugurarlo. Tenemos tantos hoteles que nadie gana dinero ya.
—¿Puedo llevarla en mi coche a su trabajo?
—No, gracias. He terminado por hoy. Me quedaré aquí y prepararé té para Myrtle. Ya se calmará. Yo la cuidé el día que recibió el telegrama en que le comunicaban la muerte de Tom. —Con un leve suspiro, añadió—: Puede que no nos portemos como amigas, a veces, pero en realidad lo somos.
Charlotte salió al pasillo. Tenía la impresión de que la muchacha había dicho la verdad. Había entre ella y Myrtle un lazo de amistad que sobreviviría a las disputas triviales, así como a las tragedias de la vida diaria.
En la calle, los rayos del sol de la tarde atravesaban los escaparates de las tiendas y rebotaban sobre las aceras y las paredes revocadas de blanco de los edificios. El calor era palpable como una capa de gelatina, y a través de él se arrastraban los automóviles y se movían perezosamente los peatones.
Sólo tenían prisa los niños, los jóvenes ciclistas que zigzagueaban entre el tránsito con negligente destreza y las niñas de la escuela secundaria, serias y ansiosas, impacientes porque llegase el minuto siguiente, la semana siguiente, el año siguiente.
Charlotte abrió la puerta del coche, pensando en Violet cuando caminaba por aquella calle, más débil que las otras muchachas, menos enérgica, menos decidida. Y quizás la señora Reyerling había intuido aquella cualidad de Violet y, en su deseo de protegerla, se había equivocado.
Tenía una sensación de descontento, de fracaso. Cuanto más se internaba en la vida de Violet, más oscura y difusa resultaba. Era como zambullirse en un lago desconocido, como hundirse cada vez más para comprender gradualmente que el lago no tenía fondo, sino un lecho blando y en continuo movimiento que nunca se estabilizaba. Era posible extender la mano y palpar el barro, como lo había hecho Violet en los últimos momentos de su vida, pero al abrir el puño sólo se hallaban en él unos pocos granos de arena y las marcas de las uñas sobre la propia carne.
15
Dio media vuelta en el automóvil y emprendió el regreso hacia el hotel. Se preguntó si Easter habría llegado al pueblo ya, y cuáles serían sus actividades en aquel momento. Tal vez la muchacha, Sally, tenía demasiado temor de perder su empleo para mencionarle la corbata que se había guardado Rawls. Tal vez no viese a Sally. Seguramente habría vuelto a su casa cuando Easter llegase al apartamento de la señora Reyerling, y no era probable que ella le hablase de su amiga y con ello diese a ésta una nueva oportunidad de repetir su historia.
Se sentía vagamente satisfecha de que Easter no llegase a enterarse nunca, quizás, del episodio del motel, pero no comprendía por qué sentía aquello. El episodio en cuestión no la afectaba personalmente. Se refería tan sólo al hombre anónimo y sin rostro que había dejado una corbata en un cuarto de baño y la simiente de un hijo en las entrañas de Violet.
Llegó a la conclusión de que temía a Easter. Aunque no podía hacerle daño, ni tocarla siquiera, su temor crecía, estúpido e irracional. ¿Qué le había dicho por teléfono la noche anterior? Que iría allí «extraoficialmente». Ello podía significar que oficialmente, por lo menos, el caso estaba archivado. De pronto abrigó una intensa esperanza de que así fuese, de que estuviese cerrado y archivado para siempre en un cajón de acero. Comió muy temprano en un restaurante de Main Street. Cuando regresó al hotel, el sol estaba poniéndose en medio de una almohada de nubes rosadas, y Coombs había encendido el anuncio luminoso que decía «Hay habitaciones». Seguía sentado en la silla de cocina y tenía un aspecto extraño y pequeño contra el fondo de árboles inmensos. Había consumido su ración de revistas y las tenía cuidadosamente apiladas sobre uno de los escalones de madera, con una piedra encima para impedir que con ellas volasen sus sueños. Las páginas cautivas se movían y se agitaban bajo el viento incipiente.
Coombs la saludó con un gesto amistoso e hizo el ademán de quitarse un sombrero imaginario.
—¡Buenas tardes! —dijo.
—Buenas tardes.
—Aquí estoy tomando el fresco. Adentro hace calor aún. Si quiere sentarse fuera un rato, le traeré una silla.
—No, gracias, no se moleste.
Coombs mató un mosquito posado sobre su antebrazo.
—¿Ha podido ver a Myrtle Reyerling?
—Sí.
—Su hermana menor ha muerto. Una verdadera tragedia.
—He oído hablar de ello.
—Se llamaba O’Gorman. Conozco a su marido, pues fuimos a la escuela juntos. Trabajaba en una taberna, a un cuarto de milla de distancia en la carretera; pero según me han dicho, se ha ido del pueblo.
—¿Qué taberna?
—La de Sullivan. Sullivan murió hace diez años, pero la taberna lleva su nombre todavía. —Coombs hizo una pausa, algo confuso—. Si quiere beber algo, hay lugares mejores que la taberna de Sullivan. Quiero decir que no es un lugar muy elegante.
En aquel momento se detuvo frente al parador un automóvil con una canoa india atada con cuerdas al techo, y Coombs salió al encuentro de los huéspedes.

El cartel que anunciaba la Cabaña de Sullivan estaba suspendido de dos postes a un lado de la carretera, pero el edificio estaba a un centenar de metros de distancia en medio de un claro del bosque de sequoias. A la derecha del cartel había un espacio abierto para aparcar. Charlotte dejó el suyo allí y emprendió la marcha por el sendero en dirección a la taberna.
En otro tiempo, había habido una serie de bombillas para iluminar el sendero, pero se habían fundido o roto. No quedaban ahora más que los portalámparas vacíos y los fragmentos de cristal que crujían bajo las pisadas de Charlotte.
A pesar de la brisa relativamente fresca, el suelo despedía un olor agrio, como si una larga serie de borrachos hubiese trastabillado en el sendero, se hubiese detenido a vomitar y reanudado luego su camino. Por el este aparecía ya una luna llena, pero su luz pálida no penetraba a través del follaje y Charlotte debía avanzar a tientas y con mucho temor a lo largo del sendero.
De pronto se detuvo y miró hacia atrás. Fue un movimiento instintivo. No había oído nada a sus espaldas, pero a pesar de ello tuvo un impulso avasallador de mirar en torno suyo.
Un hombre apareció detrás de un árbol. Era un hombre alto, de hombros anchos y macizos que le daban un aspecto amenazador.
—Buenas noches, Charlotte.
—¡Ah! Me... me ha asustado usted.
—Así lo espero —dijo Easter. Su tono era de enfado—. Ha sido muy lista al venir aquí antes que yo.
—No era mi intención hacerme la lista. Vine simplemente a...
—Sí, en busca de aire puro. Ya lo sé. Bueno, ahora que el destino y un interés común por el aire puro nos ha reunido aquí, permítame que la invite a tomar algo.
—No, gracias.
—¿Acaso no iba usted a la taberna de Sullivan?
-No.
—De modo que estaba paseando, simplemente, ¿eh?
-¡Sí!
—No sea tan brusca. No le va.
Easter la tomó del brazo.
—Vamos, Charlotte —dijo—. Tenemos que hablar de varias cosas.
—¿Cuáles?
—Cosas —repuso él, vagamente.
La mano sobre el brazo de Charlotte era firme e infinitamente tranquilizadora. Entonces comprendió que aquel lugar extraño y sombrío la atemorizaba, y su temor frente a Easter desapareció ante el otro más inmediato de caminar sola por el oscuro sendero.
Easter adaptó su paso al de ella y le dijo:
—He estado conversando con la señora Reyerling. Me ha hablado de una «señora muy simpática» que se había presentado como amiga de Violet.
—¿Sí?
—El único dato adicional que he obtenido acerca de Violet es que no sabía nadar. En cambio... había una muchacha con la señora Reyerling, una tal Morris. Aparentemente estaba muy nerviosa y no habló casi nada.
—Pues yo no la puse nerviosa y silenciosa, si es eso lo que quiere insinuar.
—No he querido insinuarlo. Pero ahora que lo dice usted... es posible que lo haya hecho.
—¿En qué forma?
—¿Por qué no me lo explica usted?
—Me gusta ver cómo lo adivina. ¡Es tan sutil!
—Muy bien, mi conjetura es que le proporcionó ciertos datos y que por algún motivo usted le pidió que no me los comunicase a mí. Tiene usted un carácter tortuoso, Charlotte, a pesar de su expresión franca y de absoluta sinceridad.
—Sin duda, le gusta discutir conmigo.
—No lo crea. Me llevo perfectamente con otras personas.
—Yo también. Dicho sea de paso, no me gusta que me sorprendan apareciendo bruscamente detrás de los árboles. Será muy gracioso y muy juvenil, pero me exaspera.
Los dientes de Easter relucieron en la oscuridad.
—No tengo otra alternativa que seguir exasperándola, ya que no consigo provocarle otras reacciones.
La taberna de Sullivan era un edificio largo y estrecho, una cabaña de troncos en cuya ventana principal aparecía el anuncio de una marca de cerveza en luces fluorescentes de color verde. En el interior, un hombre de edad madura con traje estaba jugando con máquinas tragaperras de a cinco centavos, utilizando las dos alternativamente con tal precisión que, más que divertirse, parecía estar manejando una máquina en una fábrica. En el mostrador, dos hombres estudiaban un programa de carreras, marcando los caballos favoritos con rayas de lápiz, conferenciando en susurros, repasando una y otra vez sus apuestas. La atmósfera de la taberna de Sullivan era de mortal seriedad.
El encargado de la barra era un muchacho joven, y evidentemente estaba muy aburrido.
—Cerveza para mí —dijo Charlotte.
—Dos —dijo Easter, dejando caer una moneda en el mostrador—. Hay poco movimiento esta noche, ¿no?
—A esta hora no hay movimiento nunca. Es demasiado temprano. Los borrachos de la tarde no han tenido tiempo de refrescarse aún, para poder regresar.
Easter bebió pequeños sorbos de cerveza. Tenía un sabor metálico.
—Veo que O’Gorman no está ya aquí —dijo.
—Se fue la semana pasada. ¿Es amigo suyo?
—Tenemos bastante en común.
—Esta noche, precisamente, he oído decir que había vuelto al pueblo.
—Me alegro. Quisiera verle, si es posible.
—Yo creo que es sólo un rumor. El hombre que dice haberle visto contó que O’Gorman iba conduciendo un Ford descapotable nuevo. El coche de O’Gorman era un Plymouth viejo que apenas podía marchar a cincuenta millas, y eso cuesta abajo. Nadie se hace rico detrás de una barra de bar, puedo asegurárselo.
—Es extraño que esté en el pueblo y no me haya telefoneado. Estoy bastante desilusionado.
—¿Sí? —el muchacho parpadeó—. Yo en su lugar no me preocuparía tanto.
—Si aparece, dígale que Easter le busca, Jim Easter.
—No aparecerá por aquí. Me estafó con un cheque sin fondos de diez dólares. Eso y el Ford descapotable no concuerdan mucho, a menos que el coche sea robado.
—Puede que lo sea.
—Usted es de la policía, ¿no?
—Sí.
—No quiero complicaciones aquí.
—No las tendrá.
—Cuento con su promesa. Soy optimista, como ve.
El muchacho se alejó hacia el otro extremo de la barra y comenzó a charlar con los dos hombres inclinados sobre el programa de carreras.
—De modo que ése es el verdadero motivo por el cual ha venido usted aquí —dijo Charlotte—. No para hablar con la hermana de Violet, sino en busca de O’Gorman y Voss.
—Las dos cosas. Había una remota probabilidad de que O’Gorman fuese lo suficientemente tonto como para volver a su pueblo. En realidad, puede que ignore que hay una orden de arresto contra él y Voss. El último informe que recibí sobre O’Gorman es que se dirigía hacia el norte. Vendió su Plymouth 1938 en Crescent City por ciento cincuenta dólares. Cincuenta dólares menos que el precio normal. Una vez cerrado el negocio, el nuevo dueño entró en sospechas acerca del origen del automóvil. Llamó a la policía local y ésta se comunicó con nosotros.



Easter apuró el contenido de su vaso.
—En cambio —añadió— es la primera vez que oigo hablar de un Ford descapotable. Eso me hace pensar que debe estar aquí, en algún sitio, no con la intención de permanecer en el pueblo, sin duda, sino con la de darse aires en presencia de los amigos de su infancia.
—Pero ¿cómo pudo comprar un coche nuevo? No tenía dinero.
—Ahora lo tiene. Lo que quisiera saber es de dónde lo ha sacado. ¿Tiene alguna idea?
—No.
—¿Está seguro de ello?
—Naturalmente que estoy segura.
—¿No tiene siquiera una idea pequeñita que nos pueda ayudar?
—¡No! ¿Qué pretende insinuar? Usted me... me confunde. ¡No pensará acaso que yo entregué el dinero a O’Gorman! No se lo di. Cuando fui allí, él y Voss se habían ido ya.
—Bueno, seamos dos los confundidos —dijo Easter alegremente—. Le diré que he hecho muchos sacrificios por ganarme este privilegio de invitarla a cerveza.
—¿Sacrificios?
—Desde luego nunca supuse que ocurriría así. Soy un optimista incorregible. Imaginé que vendría conmigo en el coche y que me daría la oportunidad de exhibir mi simpatía, mi espiritualidad y demás cualidades, y que luego volveríamos, usted con el rubor del amor en sus mejillas, y yo con los mismos sentimientos que me habían animado al iniciar el viaje. Los mismos que tengo ahora. Bueno, la verdad es que las cosas no han sido así.
—Empiezo a ver un poco de luz.
—¡No! Hábleme de ella.
—Le hablaré de un médico a quien conozco, llamado Bill Blake.
—¿Blake? Creo que le conozco yo también. —Easter sonreía—. La verdad es que fuimos a la universidad juntos. Yo le presenté a la muchacha con quien se casó.
—También le dio la idea de llamarme por teléfono y ofrecerme...
—Vamos, no se enfade.
—No estoy enfadada. Estoy furiosa.
—Debería sentirse halagada.
—Ha sido usted quien ha tramado todo esto.
—Todo, no —dijo él, secamente—. En realidad subestimé su obstinación, o como quiera que se llame la cualidad femenina que le impide ver lo que le conviene.
—Usted me conviene, ¿no?
—Yo, sí. Ballard, no.
—Le ruego que no le mezcle en este asunto.
—¿Cómo puedo evitarlo? Usted cree que está enamorada de él.
—Lo creo y lo estoy.
—Tiene la intención de casarse con él.
—Cuando sea posible, sí. Sin duda me casaré con él.
—La idea es suficiente para ponerme enfermo —dijo Easter, y pidió más cerveza. Cuando se la trajeron no la bebió. Se dedicó a trazar una letra con su índice sobre la superficie empañada del vaso. B, B, B—. Tengo una teoría interesante acerca de usted, Charlotte.
—¿Si?
—Creo que la razón por la cual eligió a Ballard es que inconscientemente usted deseaba eludir el matrimonio. Al enamorarse de un hombre que, en definitiva, no podía casarse con usted, su problema quedaba resuelto, por lo menos transitoriamente. Hasta que muera su mujer. O algo semejante.
—¿Qué quiere decir, con ese «o algo semejante»?
—Exactamente lo que he dicho.
Mientras borraba todas las letras con la palma de la mano, añadió:
—La gente suele morir, ¿sabe? Como murió Violet.
Charlotte le miró con ojos llenos de hostilidad.
—Si quiere insinuar que Gwen Ballard puede llegar a matarse, le aseguro que se equivoca. No tiene la personalidad del suicida.
—De modo que usted la conoce.
—Pues claro, hace un año que es mi paciente.
—¿Si? ¡Muy bien, qué interesante! Supongo que nunca habrá sentido la tentación de añadir una pequeña dosis de ácido prúsico a su jarabe para la tos.
—No —repuso Charlotte, con gran seriedad—. Nunca he tenido esa tentación. Y quiero señalar que considero su observación increíblemente torpe.
El rostro de Easter se volvió inesperadamente grave.
—Me alegro de que la observación le haya producido algún efecto —dijo—. Lo he dicho con toda la intención de provocarla. Si le llega a suceder algo a la señora Ballard, oirá muchos comentarios por el estilo. Usted se los habrá buscado. No sólo es usted su médico, sino, además, la amante de su marido. Seguramente esta observación es asimismo torpe, ¿no? —Como Charlotte se volvió sin decir nada, añadió—: Le sugiero, y lo hago con la mayor seriedad, que encomiende el tratamiento de la señora Ballard a otro médico.



Charlotte era demasiado orgullosa para decirle que lo había intentado.
—Gracias por el consejo —le respondió con prontitud.
—Tiene demasiado que perder, Charlotte. Deje de atropellar lo que encuentra a su paso... Bueno, seguramente está enfadada otra vez.
—No he dejado de estar enfadada en ningún momento. Usted es... simplemente insoportable.
—Charlotte, ése es un comentario sin sentido. Soy el hombre más soportable del mundo.
—Quiero retirarme.
—La puerta está abierta —dijo Easter, y a la vez advirtió el temor de ella—. ¿Qué le sucede, tiene miedo a la oscuridad?
—¡No!
—Muy bien, váyase, pues. ¡Vamos!
—Gracias, me iré ahora mismo.
—¡Ah! Si quiere comunicarse conmigo, me encontrará en el Rose Court. Allí es donde trabaja la señorita Morris. Pensé que sería agradable hospedarme allí. ¡Es una muchacha tan interesante!
Charlotte se dirigió hacia la puerta. Sentía la mirada de Easter sobre su espalda. Lo único que se le ocurrió pensar fue si por caso no llevaría torcidas las costuras de las medias.
Easter cerró la puerta.
16
Había luz en la oficina de Coombs, pero la puerta estaba cerrada y las persianas bajadas. Se oía funcionar un aparato de radio, en el que Coombs había sintonizado evidentemente una novela de crímenes, pues al pasar Charlotte en el coche alcanzó a oír el tétrico fondo musical de un órgano.
Guardó -el Buick bajo el cobertizo, junto a la cabaña número 4. Respiraba aun afanosamente, llena de indignación, mientras abría la puerta y buscaba a tientas la llave eléctrica en la pared. Pero antes de que su mano se posara sobre ella, la luz se encendió tan inesperadamente como un relámpago.
—Queríamos sorprenderla —dijo Voss con una leve carcajada—. Mírala, Eddie. Sin duda está sorprendida, ¿no?
—Sin duda —dijo Eddie, sonriendo tímidamente mientras acariciaba la solapa de su chaqueta deportiva a cuadros verdes y marrones. Los dos hombres vestían ropas flamantes, casi idénticas. Trajes a cuadros con chaleco, zapatos de piel marrón y corbatas con el dibujo pintado a mano de una mujer semidesnuda.
Con un movimiento tan rápido que Charlotte no tuvo tiempo de anticiparse a él, Voss pasó a su lado e hizo correr el cerrojo de la puerta. Charlotte no intentó retirarlo. Tampoco hizo ningún otro movimiento.
—Está sorprendida, ¿no?—repitió Voss—, Pensé que se sorprendería.
—Váyanse inmediatamente —dijo Charlotte— o llamaré al administrador.
Voss caminó en un semicírculo en torno de ella y se sentó en el soporte para maletas al pie de la cama.
—¿El administrador? —dijo—. ¡Sí que tiene gracia! Coombs es un viejo camarada de Eddie. Por eso hemos pasado por aquí. Eddie quería visitar a Coombs, decirle adiós, y quizá pavonearse con su elegante equipo.
—¿Quién ha dicho que quería pavonearme?—murmuró Eddie—. ¡Repítelo, y verás! ¿Quién se pavonea?
—Vamos, aprende a aceptar una broma, ¿quieres? ¡Y no me interrumpas! Como estaba diciendo, hemos venido a hacer una visita de cortesía a Coombs, y ha querido la casualidad que yo mirase el registro en su oficina y viese su nombre. Se me ha ocurrido que convenía quedarse un rato y averiguar qué la había traído por aquí. —Sus ojos vagaron por la habitación—. No está mal, ¿no, Eddie? Pero esto no es nada comparado con la forma en que viviremos nosotros algún día. —Sus ojos se fijaron nuevamente en Charlotte y no se apartaron de ella—. Eddie y yo abandonaremos el país.
—Me alegro.
—Hemos venido a despedirnos de los amigos. Después buscaremos climas más propicios, como ha dicho alguien. —Después de una pausa, Voss prosiguió, con el ceño fruncido—: Eddie, quítate el sombrero. ¿Acaso no tienes educación? Y ofrécele un asiento a la doctora. Parece que necesitará sentarse ahora mismo.
Eddie se quitó el sombrero. Llevaba el pelo cortado, en forma de cola de pato, del tipo usado por las pandillas de gamberros que Charlotte había visto en Olive Street.
—Me quedaré de pie, gracias —dijo Charlotte—. Además, Eddie está mejor con el sombrero puesto.
—No sea tan poco cordial. Recuerde que todavía tenemos datos acerca de su persona que no le harán mucho bien si llegan a circular por un ambiente determinado.
Voss no dijo esto último con tono amenazador, no obstante. En realidad estaba sonriente, y de inmediato su sonrisa se transformó en una breve carcajada, como si saborease un chiste secreto y sabroso.
—¡Un ambiente determinado! —repitió—. ¡Perdone! ¡A veces mi sentido del humor puede más que mi voluntad de callar!
Eddie reía a su vez con una expresión tonta e intrigada, como si no entendiese el chiste, pero al mismo tiempo estuviese dispuesto a compartirlo todo con su amigo.
—Sí, señor —dijo Voss—. Eddie y yo buscamos climas más propicios.
—¿De dónde han sacado el dinero?
—Lo hemos ganado. Tiene gracia esto, ¿no, Eddie? Lo hemos ganado.
Los dos hombres se echaron a reír de nuevo con grandes muestras de regocijo, como un par de niños que hubiesen sacado ventajas a sus padres merced a su astucia.
—No diré que soy un hombre excepcionalmente inteligente —dijo Voss por fin, secándose las lágrimas—. Soy afortunado, simplemente. En esta única oportunidad me he encontrado en el lugar adecuado y en el momento adecuado, y he obtenido la solución que buscaba.
—¿Solución de qué?
—Le diré. Le diré exactamente qué sucedió. Eddie y yo Íbamos andando por la calle, cuando de pronto un hombre que avanzaba a pocos pasos de distancia comenzó a arrojar billetes de mil dólares por los aires; y Eddie y yo los recogimos. ¿Qué piensa usted de esto?
—Es muy interesante —dijo Charlotte—, A pesar de ello, yo no cifraría muchas esperanzas en esos climas más propicios.
—¿No? ¿Por qué?
—Hay una orden de arresto contra ustedes. Easter les está buscando.
—¿Easter? ¿De la policía?
—Sí.
El rostro de Voss se arrugó en una mueca de incredulidad y de inocencia ofendida.
—No hemos hecho nada —dijo—, ¿Por qué habría de buscarnos? Somos inocentes.
—Quizá tenga algo que ver con el viejo —dijo Eddie—. Puede que se haya muerto.
—Nosotros no le tocamos —dijo Voss—. Estábamos en la galería en medio de una interesante discusión, cuando de pronto el viejo comenzó a vomitar, a vomitar sangre. —En ese punto se interrumpió e hizo un gesto de repugnancia—. Por poco me mareo yo también. ¿De modo que ha muerto el viejo?
—Sí.
—Pues no podrán acusarme de nada. No sería capaz de rebajarme a matar a un ladrón de baja estofa como Tiddles. Asesinar es oficio de tontos.
—También lo es robar. Usted me robó el bolso.
—¿El bolso?
—No tenía intención de robarlo, sólo quiso asustarme. Cuando fui a Olive Street aquella primera noche para entrevistar a Violet, usted temió que yo hubiese cambiado de idea en cuanto a ayudarla a deshacerse del niño. Aquel niño tenía valor para usted. Mientras Violet lo llevase en sus entrañas, sería un instrumento para proporcionarle dinero. Así pues, trató de despistarme mientras yo hablaba con el viejo Tiddles. Cuando llegué a mi casa estaba esperándome, con objeto de asustarme. Pero cuando vio mi bolso no pudo resistir la tentación de robarlo, ¿no?
—Yo no lo robé —dijo Voss, mirando astutamente a Eddie.
El cigarrillo que colgaba entre los labios de Eddie se sacudió violentamente.
—¡Yo tampoco!—dijo Eddie—. ¡Yo tampoco, te digo!
—¿Quién ha dicho que fueras tú?
—¡Me has mirado!
—Desde luego que te he mirado. Yo miro a todo el mundo. Para eso tengo ojos.
—Pero no tienes por qué mirar de esa manera tan rara.
—Muy bien, muy bien. Te pido que me disculpes por mis ojos de expresión rara. ¿Estás contento ahora?
—No, no estoy contento. Me has mirado como si yo hubiese robado ese bolso. No me gusta nada.
—Deja de charlar. ¿No ves acaso lo que quiere esta señorita? Quiere que hables y caigas en una trampa.
Eddie se volvió para mirar hoscamente a Charlotte.
—¿Cuál es la trampa? —preguntó.
—No hay tal trampa. Les he dicho que la policía les busca. Si son hombres sensatos, se entregarán. Tendrán así una oportunidad de probar su inocencia.
—¿Cómo puedo probar mi inocencia...?
—¡Calla!—le gritó Voss—. ¡Calla de una vez!
—Muy bien. Pero, ¿cómo puedo...?
—Vamos, salgamos de aquí. —En su exaltación, Voss saltaba de un lado a otro del cuarto—. Vamos, date prisa.
—Muy bien, muy bien.
—Cometen ustedes un error —les dijo Charlotte—, Pero han cometido tantos, que otro más no tiene importancia.
—¿Sí?—dijo Voss descorriendo el cerrojo de la puerta—. Usted preocúpese por sus errores, hermana, y yo cuidaré de los míos. Vamos, Eddie, date prisa, quítate el plomo de los pies.
—¿Adónde...?
—¿Quieres callar?
Voss cerró la puerta rápidamente, como si temiese que Charlotte les siguiese gritando. Diez segundos más tarde, Charlotte oyó el automóvil que se alejaba velozmente con un chirrido de neumáticos. Abrió la puerta y salió, con la esperanza de ver el número de la matrícula. Pero Voss había apagado las luces traseras. No pudo ver siquiera qué dirección había tomado.
El señor Coombs apareció bostezando en la puerta de su oficina.
—Me ha parecido oír el motor de un coche —dijo.
—A mí también.
—Hace un rato han estado aquí unos amigos suyos. ¿Les ha visto?
—Sí, muchas gracias.
—A juzgar por su aspecto, son muchachos del lugar que han prosperado. Es extraño, pero nunca creí que Eddie tuviera cerebro para prosperar. Esto demuestra que... Bueno, es hora de que cierre la tienda para dormir como un angelito. ¡Ja, ja, ja!
—Antes quisiera hablar por teléfono, por favor.
—¿Llamada particular?
—Sí.
—En ese caso esperaré afuera. Nunca me ha gustado oír conversaciones ajenas. Es muy malo escuchar sin permiso. Además de malo en sí es perjudicial para el negocio.
Charlotte llamó a la taberna de Sullivan, pero Easter se había marchado ya, y el hombre que contestó a su llamada en la hostería Rose Court le dijo que el señor Easter, del número veintiuno, no había regresado aún.
No le quedaba otra alternativa que esperar. Se sentó junto al escritorio del señor



Coombs y levantó un ejemplar reciente de Historietas pasionales. Le daban ganas de llorar por los seres inocentes como el señor Coombs, Violet y Gwen, y por los seres perdidos y torcidos como Voss y, en fin, por los seres resentidos y estúpidos como Eddie O’Gorman.
17
Se marchó del hotel al amanecer de la mañana siguiente, y a las ocho estaba ya en la frontera del estado de California. Allí, dentro de una estructura semejante a un puente, había tres portones guardados por inspectores uniformados.
Charlotte deslizó el automóvil hasta el portón central y detuvo la marcha. Junto al portón, a su izquierda, una mujer, cuatro niños y un perro estaban de pie delante de una vieja camioneta rural con matrícula de New Jersey. Todos ellos, incluso el perro, estaban comiendo cerezas de una caja como si de ello dependiese su vida.
Entre bocado y bocado, la mujer expresaba sus quejas:
—Hemos podido llevar cerezas de Wyoming a Idaho. Hemos podido llevar cerezas de Idaho a Oregón. Ahora no podemos llevar cerezas de Oregón a California. ¡No, señor! ¡En California nos quitan las cerezas!
—Señora —dijo el inspector agrícola—. Ya hemos hablado de eso. Nosotros no le quitamos sus cerezas. Le concedemos el privilegio de comérselas aquí, en el límite.
—Yo he pagado dinero por esas cerezas y no hay razón por la cual no pueda llevarlas conmigo. ¡Vivimos en un país libre! ¿Quién se piensa que es ese señor Truman? O me roba las cerezas o bien obliga a mis chicos a comérselas tan de prisa que les va a dar un cólico.
—No es el presidente Truman, señora. Se trata de la mosca de las frutas. Estos diagramas que ve en la pared ilustran el ciclo de vida de una mosca...
—¡La mosca de la fruta! ¡Ahora me entero yo de eso! Daos prisa, Tommy, Janet... Nadie se moverá ni un centímetro mientras no os hayáis terminado esas cerezas. ¡La mosca de la fruta! Seguramente pretenderá buscar pulgas en mi perro, a continuación.
Seguramente tienen mariposas, mariposas de oro... ¡Date prisa, Tommy!
El niño que respondía al nombre de Tommy, después de mirar a hurtadillas al inspector, guardó cuidadosamente media docena de cerezas dentro de su camisa. Al ver que Charlotte estaba Observándole, adoptó instantáneamente una actitud de irreprochable virtud.
Charlotte se volvió a medias, sin poder contener una sonrisa. Entonces advirtió por primera vez el automóvil que se había detenido junto al tercer portón. Era el de Easter, pero Easter no estaba en él. Estaba junto a un gran cartel, observándola. Charlotte no lo miró, sino que fijó los ojos deliberadamente en el cartel. El cartel en cuestión demostraba cuántos millones de dólares de pérdidas son capaces de ocasionar un par de moscas de la fruta.
—¡Qué simpático, este chico Tommy! —dijo Easter.
—¿Me seguía usted?
Easter movió la cabeza negativamente.
—Esa pregunta es característica en usted, Charlotte. Hay una sola carretera principal de norte a sur, y supone que todo el que viaja detrás de usted la sigue deliberadamente.
—No estoy pensando en todo el mundo. Estoy pensando en usted solamente.
—Mi querida Charlotte, yo también tengo que volver a casa. Tenía la esperanza de que la carretera 101 fuese suficientemente ancha como para permitirnos viajar a los dos.
En aquel instante se aproximó un inspector, quien abrió la puerta trasera del automóvil y examinó el interior rápidamente.
—¿Trae cítricos, limones, naranjas, limas...?
—No traigo fruta de ninguna clase.
—¿Y esa caja de cerezas que compró en Grant’s Pass?—comentó Easter—. Las cerezas están siempre llenas de larvas de moscas de la fruta.
—No he comprado cerezas —dijo Charlotte al inspector—. Este hombre sólo quiere entretenerme.
—De cualquier manera, tengo que examinar su equipaje —manifestó el inspector—. ¿Me da las llaves de su portaequipajes, por favor?
Charlotte le entregó las llaves. El inspector se dirigió a la parte posterior del automóvil y abrió el portaequipajes.
—La veré más tarde —le dijo Easter mientras subía nuevamente a su propio automóvil. Al pasar junto a ella hizo sonar fuertemente el claxon y la saludó con la mano.
Charlotte mantuvo la velocidad a setenta y cinco millas durante las cien siguientes, pero no logró alcanzar a Easter, ni siquiera comprendía por qué quería hacerlo, como no fuese para demostrarle que a pesar de ser mujer era una conductora tan competente y diestra como cualquier hombre.
En la población de Eureka, donde tuvo que detenerse a poner gasolina y almorzar, abandonó la tentativa de alcanzarle. Comió algo en un mostrador donde servían menús para automovilistas. Estaba sorprendida consigo misma por su afán de alcanzar a Easter, y por todas las cosas infantiles que había dicho o hecho desde que le había conocido. La serenidad, el dominio de sí misma, cualidades que había cultivado durante años, parecían desaparecer totalmente cuando estaba junto a Easter. Se sentía entonces tan torpe como una colegiala dotada de una facilidad increíble para ruborizarse, para enfadarse y sentirse ofendida.
Ya que no podía alcanzarle, decidió quedarse enteramente a la zaga. De esta manera, él se preguntaría qué le había sucedido. No, aquello era absurdo. No debía haber pensado siquiera en semejante alternativa. Debía actuar como actuaba siempre, no como una adolescente coqueta y al mismo tiempo agresiva. Debía dirigirse a su casa en la forma habitual, como si Easter no existiera. Seguramente llegaría a las cinco de la tarde, más o menos.
Pero cuando su automóvil dobló por fin por el sendero que conducía a su garaje, eran casi las ocho de la noche.
Bajo los faros delanteros del automóvil, la puerta de cortina del garaje doble se alzaba como una pared blanca e impenetrable. Estaba enteramente cerrada, y ella la había dejado abierta. El temor hizo que sus sentidos se aguzaran bruscamente, y que su imaginación comenzara a trabajar. La brisa nocturna, que hasta aquel instante había acariciado su piel con un hálito de frescura, parecía tener ahora una suavidad solapada. Un pájaro lanzó una carcajada burlona, desafiándola desde su puesto sobre un cable telefónico.
Había dejado abierta la puerta del garaje, y ahora estaba cerrada. Era extraño, pero no había motivo para alarmarse. Trató de convencerse de que podía haberla cerrado cualquiera, Lewis, la señorita Schiller, el cartero, uno de los niños que jugaban en la vecindad, quizás Easter mismo, en un intento de sorprenderla, como lo había hecho al aparecer bruscamente detrás de un árbol en la taberna de Sullivan. Inmediatamente su sentido común le dijo que ninguna de éstas era una posibilidad concreta. Easter no era aficionado a las bromas crueles, y ni Lewis ni la señorita Schiller tenían motivo alguno para haber ido allí, sabedores de que ella estaba ausente. El niño, el cartero... había pensado en ellos sólo porque deseaba con desesperación creer que la puerta cerrada no significaba nada, no ocultaba ningún secreto.
Dejó los faros encendidos. Al avanzar hacia el garaje recordó la fotografía del rostro de Violet cubierto por la espuma de la muerte. El mar estaba muy lejos y ni siquiera era visible en una noche como aquélla. Además, sabía nadar. En caso necesario, era capaz de nadar una milla.
Era la primera vez, desde que estaba complicada en el caso, que sentía miedo a un acto de violencia física dirigido contra su propia persona. Su temor vago y difuso de Easter, de la vieja casa de Olive Street, se concentraban ahora en algo tan apretado y compacto que cabía en la punta de una aguja capaz de penetrar en su médula.
La puerta estaba sin llave y, según pudo comprobar al acercarse, no estaba cerrada totalmente. Había un resquicio de siete u ocho centímetros junto al suelo, como si alguien, en su prisa, hubiese bajado bruscamente la puerta y ésta hubiese rebotado ligeramente, dejando aquel espacio abierto.
Tuvo que hacer un esfuerzo para levantarla. Su respiración era afanosa, su cuerpo estaba tenso, preparado contra un ataque. El ataque no se produjo. No había nadie en el interior del garaje. Había sólo un coche, aparcado a la derecha, en el sitio donde Lewis acostumbraba a guardar el suyo. Era un pequeño descapotable con la capota levantada.
Después de encender la luz, se acercó a la parte delantera del descapotable. Era un Ford azul. Había visto muchos en las calles, pero no conocía a nadie que tuviese uno y no se le ocurría ninguna razón que justificase la presencia de aquél en su garaje. Lo habían conducido a gran velocidad, pues sobre el parabrisas se veían manchas grises y amarillas de insectos aplastados, y en la parrilla había un pájaro muerto. Palpó la cubierta del motor con una mano. Estaba frío. El automóvil había estado detenido allí durante algún tiempo.
Un Ford descapotable. Era el coche que, según decían, había comprado Eddie. Pero Eddie y Voss debían estar ya a muchas millas de distancia, quizá fuera del país, según sus planes. Recordaba que habían decidido viajar «en busca de climas más propicios».
Subió al asiento delantero y encendió las luces del tablero. La llave de contacto había desaparecido. Evidentemente habían dejado el coche allí con carácter definitivo. Sólo podía deshacerse de él empujándolo cuesta arriba, valiéndose de sus propias fuerzas, lo cual era imposible, o bien pidiendo un remolque al Automóvil Club.



Al volverse a medias para bajar, un resplandor metálico en el asiento trasero atrajo su atención. Se inclinó sobre el respaldo. Entonces pudo comprobar que Voss y Eddie habían llegado ya a climas más propicios.
Estaban acurrucados en el suelo como un par de amantes unidos en un abrazo fatal. La cabeza de Voss estaba hundida sobre el pecho de Eddie, y no se veía nada que revelase cómo había muerto. En cambio, el rostro de Eddie estaba girado hacia arriba, fuertemente apoyado contra la puerta, y sobre su frente aparecían dos limpios orificios oscuros. La muerte había sido más rápida para él que para Violet. Aparentaba dormir plácidamente, a no ser por los dos ojos adicionales sobre su frente.
Sobre el asiento había un cortaplumas común con la hoja más grande desplegada, semejante al que había utilizado Eddie la noche anterior. Charlotte recordaba que lo había sacado del bolsillo de su chaleco y que había abierto una de sus hojas para limpiarse las uñas con ella mientras Voss hablaba. El cortaplumas estaba ahora sobre el asiento trasero, un arma infantil e impotente como medio de defensa contra la veloz exactitud de un revólver. Eddie no había tenido oportunidad de utilizarlo. La hoja estaba limpia y relucía suavemente bajo la luz del garaje.
Charlotte bajó del automóvil con pasos vacilantes, medio paralizada, no por la impresión recibida, sino por la convicción de que ahora no tenía ningún medio para deshacerse del automóvil y de los cadáveres. Todo ello le pertenecía, colgaba de su cuello como los albatros de los marinos condenados. De su garganta brotó un grito semiahogado.
Afuera, el pájaro seguía desafiándola con sus carcajadas desde el alambre telefónico.
18
En aquel momento pasó un automóvil por la carretera, no a gran velocidad, como ocurría habitualmente con los vehículos que recorrían Mountain Drive durante la noche, sino lentamente, como si el conductor buscase una casa determinada o a una persona determinada. Poco después, frenó hasta detenerse frente a la casa.
Charlotte salió corriendo del garaje y logró bajar la puerta en el momento en que Easter trasponía la verja y entraba en el patio. Durante un minuto no dijo nada. Sus ojos se dirigieron del rostro de Charlotte al Buick, cuyos faros delanteros seguían encendidos, y por fin se detuvieron en la puerta cerrada del garaje.
—Le abriré el garaje —le dijo.
—¡No! —Charlotte hizo un gesto de protesta tan brusco que su cuerpo se quedó rígido, como presa de un choque eléctrico—. No, gracias.
—Muy bien, ábrala usted —dijo Easter, y luego añadió algo en voz muy baja acerca de las «malditas mujeres modernas y emancipadas».
—Preferiría... preferiría dejar el automóvil afuera —la voz de Charlotte era artificial, aguda y ahogada, como si dos manos estuviesen oprimiendo su garganta—. Nunca sé cuándo tengo que hacer una visita médica.
—Blake se ha hecho cargo de las suyas.
—No discuta conmigo.-Estoy... cansada. Si no tiene inconveniente, le agradecería mucho que se fuese.
—Siempre está deseando que me vaya. Piense que ello me duele mucho. «Easter, Easter, váyase, no vuelva más, algún otro...»
—¡Por favor! Estoy verdaderamente cansada.
—Ya lo sé. No quiero retenerla. Sólo he venido a comprobar si había llegado bien.
—Sí, sí. He llegado perfectamente, como puede ver.
—Lo que yo veo es un montón de cosas —dijo él, lentamente—. Por ejemplo, que está sumamente nerviosa. ¿Qué sucede?
—Nada. Usted no ha venido en realidad aquí para ver si yo he llegado bien. Me estaba vigilando.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque cree que estoy mezclada en todas estas cosas terribles.
—No son tan terribles. Un suicidio, una muerte natural... no hay asesinato hasta ahora. No hay asesinato —repitió con tono insinuante, como esperando que ella le contradijese. Charlotte calló.
Seguidamente, Easter se dirigió al automóvil, apagó los faros y retiró la llave de contacto del tablero, arrojándola. La llave cayó en el césped, a sus pies, mientras ella se quedaba mirándole con ojos opacos, como si su mente estuviese demasiado trastornada para comprender la necesidad de atrapar en el aire algo que le hubiesen arrojado.
—Sus llaves —le dijo Easter.
—¿Llaves? ¡Ah! Bueno, muy bien.
Ambos se agacharon a la vez para recoger la llave y sus brazos se rozaron. Charlotte retrocedió como si la hubiesen golpeado. Easter fue quien recogió la llave.
—Soy como el veneno para usted, ¿no? —dijo.
—No. Veneno, no. —Era más bien un cortaplumas, espuma, revólver.
—Usted no saldrá a hacer visitas esta noche. Le guardaré el automóvil y entraré su maleta en su casa.
—¡No! No permitiré...
—¿Qué sucede? ¿Hay algo en la casa que no quiere que yo vea?
—No.
—¿Ballard, quizá?
—No hay nada en la casa —repuso ella, fríamente—. Entre y cerciórese. Registre cuanto quiera.
—Ya que me invita tan gentilmente, lo haré.
Easter sacó la maleta del automóvil mientras Charlotte abría la puerta principal.
Al entrar, encendió todas las luces de la sala.
—Aquí tiene usted. ¿Ve algo? —dijo Charlotte.
—No.
—¿No ve revólveres... ni cadáveres?
Easter la miró enigmáticamente.
—A decir verdad —dijo—, no esperaba encontrar ni revólveres, ni cadáveres. Esperaba encontrar a Ballard, simplemente.
—¿Por qué quiere ver a Lewis?
—En primer lugar, porque su mujer ha denunciado su desaparición esta mañana.
—¿Desaparecido? ¿Lewis?
—Pero ése es sólo un motivo. Hay otros. ¿Dónde está?
—No lo sé. Y si Lewis tiene ganas de irse, no es asunto mío, y decididamente tampoco lo es suyo, señor Easter.
—Creo que le sorprendería ver hasta qué punto es asunto mío.
—Usted no tiene nada contra Lewis, salvo que yo le quiero.
—En vista de mis propios sentimientos, ello es suficiente para no quererle. Esto, en el caso de que fuese todo.
La gravedad de su tono la turbó. No sabía qué hacer ni qué decir. Estaba de pie junto a la puerta con el sombrero y los guantes puestos aún, el bolso bajo un brazo. Por fin, dijo:
—Siéntese. Traeré algo de beber.
—Me quedaré de pie, gracias. Cuando estoy de pie me siento más como un miembro de la policía y menos como un hombre que visita a la mujer amada. Soy las dos cosas. En este momento, no obstante, permaneceré de pie. ¿Dónde está Ballard?
—No lo sé. No le he visto desde anteanoche a la hora de comer. Le dije que me iría a Oregón en coche.
—¿Le dijo por qué?
—Sí.
—¿Y él no quería que fuera?
—Le era indiferente.
—No es verdad.
—Por lo menos, no le importó mucho.
—Le importaba bastante.
—Por favor, deje de hablar con tantos circunloquios —dijo ella, con tono indignado—. Si algo le preocupaba de mi viaje, era que significaba que yo no le vería en un par de días. ¿Qué motivos podía tener para preocuparse de que yo fuese a Ashley o no?
—Podría mencionarle varios.
—Así es usted. Es capaz de pensar cualquier cosa contra Lewis. Él me dijo que usted era así... que siempre creaba dificultades.
—Tiene razón. Soy así. —Easter encendió un cigarrillo. No había la menor brisa en la habitación. El humo subió verticalmente, decididamente, en dirección al cielo raso—. De paso le diré que tengo noticias para usted acerca de Voss y Eddie.
Charlotte sintió que su rostro palidecía. Se volvió y comenzó a quitarse los guantes y el sombrero y a abrir la cartera. Era necesario hacer cualquier cosa para distraer la atención de Easter, para que no se notase su palidez.
—Han desaparecido —prosiguió él—. Han desaparecido sin dejar rastro. Estoy un poco desilusionado por haber perdido su pista. Esperaba formular algunas preguntas a Eddie acerca del origen del dinero con que compró su nuevo automóvil.
Charlotte pensó que podía preguntárselo, pero que no respondería ya.
El teléfono comenzó a sonar. Charlotte le dirigió una mirada vaga, como si nunca hubiese oído sonar el teléfono y le sorprendiese que aquel curioso objeto negro fuese capaz de producir semejante’ ruido.
—Vaya —le dijo Easter—. O si lo prefiere, contestaré yo.
—No, no. Iré yo —dijo Charlotte apresuradamente y, cruzando la sala, levantó el receptor—. ¡Hola!
—Doctora Keating, soy yo, Gwen Ballard. He estado tratando de comunicarme con usted durante todo el día. La señorita Schiller me repetía siempre que llamase al doctor Blake, pero yo me he negado. Le dije que de ningún modo lo haría, pues mi médico era la doctora Keating, y por lo tanto, me niego a que me asista otro.
Charlotte miró a Easter por encima del hombro. No se había movido, pero su cuerpo estaba tenso como si cada célula nerviosa estuviese esforzándose por ayudarle a oír lo que decían al otro extremo de la línea. Al ver esto, ella tapó el aparato con una mano y le dijo:
—Es una llamada particular de una de mis enfermas. No creo que el tema le interese a usted.
Easter no contestó y se limitó a mirarla impasible. Charlotte reanudó la conversación.
—¿Le ocurre algo? —preguntó.
—He tenido otro ataque —la respiración de Gwen era agitada, y su voz se oía débil y temblorosa—. Estoy sola. Tengo miedo.
—No tiene por qué preocuparse. Cálmese y...
—Necesito verla. ¡Por favor, venga, doctora! ¡Charlotte! Perdone que la llame así, pero debo hablar con alguien, con una amiga.
Una amiga, Gwen, sola y aterrorizada, llamándola, entre todos los habitantes de la ciudad, amiga. Charlotte sintió en su estómago una intensa sensación de náusea que le produjo un sabor agrio en la garganta.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó nuevamente.
—Ha intentado matarme. ¡Sí, ha intentado matarme! ¡Me dijo que me odiaba, que siempre me había odiado!
El timbre y el volumen de la voz de Gwen se habían elevado. Charlotte vio que Easter había oído, no las palabras, tal vez, pero sí las notas histéricas. Debía tranquilizar a Gwen antes de que Easter entrase en sospechas.
—Iré inmediatamente —dijo—. Dentro de diez minutos estaré ahí.
—¡Gracias, gracias! ¡Gracias, doctora Keating!
Charlotte colgó nuevamente el receptor.
—Debo hacer una visita —dijo.
—Acabo de oírlo.
—Si me disculpa... —añadió Charlotte, y dirigió una mirada intencionada a la puerta de entrada.
—¿Quiere que me vaya? —preguntó Easter, levantando una ceja.
—Creo que es lo indicado.
—Supongamos que me sienta a gusto aquí. Es un lugar muy confortable y abrigado, y tengo esperanzas de que venga Ballard.
La reacción de Easter era algo que Charlotte no había previsto. Había pensado que se iría cuando ella lo hiciese, dándole una oportunidad, más tarde, para planear lo que debía hacer respecto a Voss y O’Gorman. No había manera de obligarle a irse, salvo, quizá, y la ironía encerrada en esta idea la hirió cruelmente, llamar a la policía.
Sin pronunciar una palabra levantó su sombrero y su cartera y salió por la puerta principal. No miró a sus espaldas. Easter tampoco dijo nada.
Al retroceder con el coche por el sendero comprobó que había cometido un error fatal.
En su apresuramiento por bajar la puerta del garaje al oír el automóvil de Easter, había olvidado apagar la luz. Sus rayos brillaban alegremente por la pequeña ventanilla lateral del garaje, como invitando a quienquiera que quisiese a entrar y ver las cosas con sus propios ojos.
19
Las nueve de la noche. El viento procedente de la costa soplaba con cierta intensidad y las palmeras se encogían y se inclinaban para eludirlo, agitando sus brazos frenéticamente.
La casa de Ballard no era visible desde la calle. Aparecía súbitamente, sobre una curva del sendero bordeado de cipreses. Era una hermosa casa de madera de sequoia encerada, situada en medio de un jardín de trazado clásico. A Charlotte le había desagradado siempre aquel jardín. Los macizos de flores estaban planeados con excesiva meticulosidad, de modo que parecían haber perdido toda relación con la naturaleza. Eran los macizos de Gwen, no los de la tierra. El césped estaba también tan inmaculado que era imposible imaginar a gente con carne y hueso caminando sobre él.
Y Charlotte estaba segura de que nadie caminaba sobre él, en realidad. El césped no era para caminar sobre él, sino para que lo admirasen desde el pequeño comedor o bien desde el gran ventanal de la sala. Ni los perros pastores, a los que Gwen quería más que a nadie, podían hollar el césped. Tenían su propio espacio especial detrás de la casa, con senderos limitados por cercos, casas en miniatura y un criadero para las perras con cría.
Se mantenía una luz encendida para ellos durante toda la noche. Charlotte alcanzó a ver varios de los perros que la observaban cautelosamente a través de la tela metálica, las colas medio levantadas, como si todavía no estuviesen seguros de que era una amiga de la casa.
Les habló en voz baja y una de las colas comenzó a moverse lentamente, con dignidad, como un abanico de plumas agitado por una duquesa condescendiente.
Los otros perros, los tres predilectos de Gwen, estaban con ella arriba, en su dormitorio. Se acostaban junto a su cama, como una falange protectora. Gwen les había ordenado que se tendiesen y le habían obedecido, pero sus ojos estaban inquietos, seguían cada movimiento de Charlotte, miraban a Gwen como esperando que los tranquilizase, y de vez en cuando el macho grande de color negro lanzaba un leve gemido semejante al de un niño.
—¡Doctora, doctora! ¡No puedo respirar!
—Hace usted demasiado esfuerzo. Relájese.
—Muy bien. Me relajaré. Pero... ¿no me asfixiaré?
—No. El ataque ha pasado ya. Compruébelo usted misma. Coloque los dedos aquí, sobre su muñeca. ¿Siente el pulso?
—Sí...
—No es mucho más rápido que el mío.
-¿No?
—Desde luego que no.
La respiración de Gwen se calmó tan pronto como su atención dejó de concentrarse en la necesidad de respirar. A menudo Charlotte observaba una reacción idéntica en niños que temían dormirse por la posibilidad de dejar de respirar.
La cabeza de Gwen se reclinó lánguidamente sobre los almohadones adornados de encaje.
Entonces Charlotte vio el cardenal a un lado de su cuello, un hematoma reciente, azulado aún, aproximadamente del tamaño de la uña del pulgar.
Gwen advirtió que estaba contemplándolo y entonces lo acarició suavemente con un dedo.
—Intentó matarme —dijo—. Siempre había dicho que algún día me mataría, y ahora lo ha intentado por fin. Pero se asustó. Quizá los perros le asustaron con sus gruñidos. Me soltó de pronto y se dirigió rápidamente a su cuarto, y no le he visto desde entonces. Fue anteanoche, más o menos a esta hora.
—El hematoma no es grave —le dijo Charlotte.
Seguidamente pensó que no era tan grave como los balazos en la frente de Eddie, ni el agua salobre y asfixiante que había tragado Violet en su lucha por aspirar aire. No, el hematoma no era grave. Recordó lo que le había dicho Lewis la última vez que le viera: «No he estado bebiendo. Por lo menos, he bebido sólo en una dosis terapéutica, para evitar matar a mi mujer.» Quería decir algo que las tranquilizase a las dos, a Gwen y a ella misma, pero lo único que se le ocurrió fue:
—La gente suele hacer cosas extrañas en momentos de ira.
—No estaba enfadado. No hice nada para que se enfadase. Llegó a casa aquella noche y yo le dije: «¿Cómo estás, querido? ¿Dónde has estado?» Y él contestó: «En el infierno, he estado en el infierno.» ¡Su respuesta me sorprendió mucho! Lewis siempre me cuenta dónde ha estado.
«No, no te cuenta nada, tonta, mujer infeliz y patética. Haces que me odie a mí misma, que odie a Lewis, que odie la vida misma.»
Gwen añadió suavemente:
—Usted conoce a mi marido.
—Sí.
—Usted le conoce tal como aparenta ser en su presencia, pero no puede conocerle tal como es. Es un hombre cruel. No tiene sentimientos. Los demás son como piedras para él. Es capaz de recoger a cualquiera para luego arrojarlo a un lado o darle patadas como si fuera una pelota. Nunca piensa que se trata de un ser humano capaz de sentir dolor y desesperación con tanta intensidad como él mismo.
Charlotte hubiese querido protestar que Lewis no era así, que era un hombre bueno, pero que le había exacerbado con la estrechez de sus intereses, que le había amargado con su eterna dulzura. Tampoco debía culpar a Lewis ni culparse a sí misma. Nadie tenía la culpa. El destino había jugado con todos ellos, con Gwen, con Lewis, con ella, con Easter, incluso. Había sido una treta con cuatro victimas.



La diminuta boca de Gwen estaba crispada de perplejidad.
—La crueldad de Lewis es increíble. Cuanto más hago por complacerle, más me desprecia. Cuando me mira desde el otro extremo de la mesa, durante la comida, se me hiela el corazón. Trato de mostrarme amena y espiritual, como dicen que debe ser toda esposa. Hasta he llegado a leer un libro de anécdotas interesantes para contar, y cosas semejantes. Pero... —su delgado brazo se levantó y cayó nuevamente en un gesto de desaliento—. Las cosas que digo no le divierten y las tonterías suenan tanto más tontas cuando me mira de ese modo... como si yo fuese un gusano que él quisiera aplastar con el pie.
—Nunca me había contado usted nada de esto.
—Tengo mi orgullo —dijo Gwen lentamente—. Tengo amor propio.
—Es natural.
—Nadie me despojará de esto, por mucho que lo intente Lewis —al decir Gwen arregló nerviosamente sus almohadas. Eran diminutas, en una escala adaptada a sus propias proporciones, como lo que había en el cuarto. Era un cuarto de niña, pensó Charlotte al ver el osito de felpa apoyado en el tocador, y la sonriente muñeca francesa sentada sobre el alféizar de la ventana. Pasaban los años, pero la niñita tenía miedo de crecer. Allí, en aquella habitación, estaba inmunizada contra el paso del tiempo. Y aunque ya no jugaba con el osito, allí estaba para que ella pudiera levantarlo y buscar en su cuerpo blando y peludo un consuelo, un símbolo de seguridad e inocencia. Lo que ocurría era que la niñita ‘estaba envejeciendo,- y que con la edad venía el temor. El temor a la oscuridad, el temor a dejar de respirar, y otros temores sin nombre que hacían palpitar su corazón con frenesí impotente, como el de un pajarillo asustado—. Sé que usted no creerá que intentó matarme —dijo Gwen—. Lo intentó, sin embargo; y yo sé por qué. Tiene otra mujer. No, no se sorprenda, doctora Keating. La veo casi tan sorprendida como me sentí yo cuando lo descubrí. Seguramente no debí sorprenderme tanto, pues esas cosas ocurren en las mejores familias. El marido se cansa de su mujer e inicia una relación con quienquiera que encuentre, una camarera, una vendedora o una mujerzuela barata sin mayor sentido moral que una gata.
El rostro de Charlotte parecía de piedra.
—¿Piensa usted que estoy amargada, doctora Keating? La verdad es que lo estoy. Es terrible, terrible, estar enterada de la existencia de esa mujer, y a pesar de ello no saber quién es, a fin de abordarla y de conversar con ella, para hacer que comprenda...
—¿Comprenda qué?
Gwen parpadeó.
—¿Qué? Pues que comprenda que está destruyendo un hogar, un matrimonio.
«No es verdad, no está destruyendo nada, quiero decir, no estoy destruyendo nada», pensó Charlotte. El hogar pertenecía a Gwen y a sus perros; y el matrimonio se había destruido mucho antes de que ella le presentara a Lewis, allí mismo, en aquella casa. Tampoco era Charlotte una mujerzuela, sino una mujer respetable, una mujer que trabajaba duramente y que cuando tenía oportunidad de ello incluso hacía bien al prójimo.
—Yo creo que en este momento está allí —prosiguió Gwen—, Con ella. No se lo he dicho a la policía cuando he ido a hacer la denuncia de su desaparición esta mañana. Me ha dado vergüenza mencionarlo. Les he dicho simplemente que mi marido había desaparecido.
»Luego, esta tarde, ha venido un policía a casa. Ha dicho que quería echar un vistazo, a fin de ver si hallaba algún indicio del paradero de Lewis. Tenía un nombre poco común. Easter. ¿Está usted familiarizada con el trabajo de la policía, doctora?
—No mucho.
—Se lo preguntaba por curiosidad, simplemente. Yo diría que este agente se ha comportado de una forma muy extraña. Ha estado en el estudio de Lewis y le he oído escribir a máquina. ¿No lo encuentra usted extraño? ¿Por qué había de querer utilizar la máquina de escribir de Lewis?
—No tengo ni idea —dijo Charlotte. En el fondo sabía, no obstante, que tenía un motivo. Easter siempre tenía un motivo para sus actos.
—Luego, cuando ha bajado de arriba, me ha hecho una serie de preguntas raras.
—¿Raras?
—Por lo menos yo las he encontrado raras. Me preguntó si Lewis y yo habíamos hecho viajes desde la Navidad pasada. Desde luego, yo nunca viajo. En primer lugar, por mi corazón, y luego porque adoro mi hogar. Soy feliz aquí. Yo no necesito el estímulo constante que aparentemente ansia Lewis todo el tiempo... Se lo he dicho. Luego él me ha dicho que quería saber algo acerca de todos los viajes que hubiese efectuado Lewis, pues cabía la posibilidad de que hubiese vuelto a alguno de los sitios ya conocidos. La gente suele repetirse, según él —Gwen arrolló un mechón de cabello rubio en uno de sus dedos finos y nerviosos—. No le he dicho que Lewis había intentado estrangularme. Tengo mi orgullo.
Se produjo un largo silencio. Charlotte pensó en Easter husmeando en el despacho de Lewis, los ojos aguzados por el odio... Easter que le esperaba en su casa, que quizás ya había entrado en la cocina y visto desde allí la luz encendida del garaje.
—Si supiera dónde está —prosiguió Gwen— podría dormir, y dejaría de preocuparme como hasta ahora. ¡Pero ha actuado de una manera tan extraña toda esta semana! Durante la última comida que compartimos juntos, hace dos noches, apenas habló. Yo traté de conversar a fin de que la señora Peters no sospechase que sucedía algo. La señora Peters es la cocinera y le encanta traer y llevar chismes. Bueno, yo acababa de leer en el periódico lo de la muchacha que se ahogó, y se lo mencioné a Lewis porque pensé que le interesaría. Me ordenó callarme, en presencia de la señora Peters... ¡Fue terrible! Me refiero a la muchacha.
—Es verdad.
—Yo me pregunto si... habrá sufrido.
—Debió sufrir mucho.
—Pero fue muy rápido, ¿no? Naturalmente. Debió ser rápido. Muy rápido. ¡No imagina usted cuánto detesto el sufrimiento! Nunca podría haber sido médico, como usted. Aunque supongo que los médicos se acostumbran a ver el sufrimiento y la muerte.
—En cierto modo, sí.
—Yo no habría sido capaz. Soy demasiado sensible. —Al decir esto, el labio inferior de Gwen tembló—. Por lo menos esa muchacha está muerta. Está al margen de toda preocupación. Sus penas han terminado. ¡Ay, estoy tan cansada, tan terriblemente cansada!
—Le daré un sedante para dormir.
Los ojos de Gwen se ensancharon de pánico.
—No, no. No quiero tomar nada. Debo estar atenta en caso de que vuelva, en caso de que intente...
—No hay mucho peligro de eso. De todos modos, yo podría llamar por teléfono a la señora Peters y pedirle que pase esta noche con usted.
—No. Tiene su familia y sus propias preocupaciones. Doctora... doctora Keating, ¿qué haría usted si estuviese en mi lugar?
—No lo sé. Quizás iría a un hotel.
—¿Y los perros? No hay quien los cuide.
—De cualquier manera, yo no puedo aconsejarla —dijo Charlotte, lentamente—. No siempre es posible resolver problemas personales mediante el razonamiento puramente objetivo. Lo que yo haría puede ser algo exactamente opuesto a lo que usted le conviene hacer.
—Tiene usted razón. ¡Qué inteligente y sensata es! Me gustaría que conociese mejor a mi marido. Le gustan las mujeres inteligentes, seguramente porque yo soy tan tonta. —Una de las comisuras de sus labios se curvó en una leve sonrisa de melancolía—. ¡Cuánto desearía tener todo ordenado en mi propia vida, como debe tenerlo usted! Apostaría a que usted no tiene ningún problema.
Para Charlotte aquello fue la ironía final. Dirigió la mirada a la muñeca francesa sentada en el alféizar de la ventana. Su sonrisa pintada estaba llena de sabiduría.
20
Easter estaba esperándola. No era necesario preguntarle si había encontrado los cadáveres de Voss y Eddie. El garaje estaba a oscuras.
Al entrar Charlotte, la miró desde el extremo opuesto del cuarto. Estaban encendidas todas las lámparas, y cada línea y cada ángulo de su rostro se veían nítidos y severos.
—Sufre usted de un grave ataque de dificultades, Charlotte.
Sin decir una palabra, Charlotte se acercó al gran ventanal junto al que estaba el sillón de Lewis y se quedó contemplando las luces de la ciudad. Hacía sólo cinco noches que había estado en aquel mismo lugar preguntándose cuál de aquellas luces sería la de Violet. La misma noche había hablado a Lewis sobre Violet. Le había dicho: «Lewis, creo que he cometido un error.»
Pues bien, el error había crecido como un cáncer. Sus células enloquecidas y malignas se habían contagiado de una vida a otra hasta llegar a todos ellos, a Violet y a Eddie, a Voss, a su mujer y al viejo Tiddles. También a Easter, a Lewis y Gwen, y a la señora Reyerling. Su error los había infectado a todos ellos, pero la víctima final era ella misma, Charlotte Keating.
Sin volverse, preguntó:
—¿Ha hecho la denuncia?
—Todavía no.
—Pero la hará, sin duda.
—Es mi deber.
—Supongo que sabrá que eso significará el fin de mi vida aquí, el fin de mi vida profesional.
—Sí.
Charlotte cerró los ojos. Le parecía como si el interior de sus párpados estuviera reseco y lleno de arena.
—Es una ironía, ¿no? Sólo quería ayudar a Violet cuando fui aquella noche a Olive Street. ¡Mi deber parecía tan evidente, tan ineludible! Yo no quería ir allá. Tenía miedo de aquella casa. Recuerdo haber pensado que en ella habían sucedido tantas cosas, que una más no sería advertida siquiera. Estaba equivocada. He cometido gran cantidad de errores, supongo. He movido resortes que no debía, he llamado puertas a las que no debía llamar.



—Todavía tiene una oportunidad de salvarse —le dijo Easter—, Encontrar a Ballard rápidamente.
—¿Tanto le odia que debe tratar por todos los medios de complicarle en esto?
—No es suficientemente importante como para que yo le odie. Le diré más. Cada minuto se empequeñece más.
—¡Dice usted cosas tan extrañas!
—Tendrán sentido si me escucha. ¿O acaso no quiere escucharme?
—No estoy segura de nada. ¡Estoy tan confundida! Todas sus insinuaciones acerca de Lewis...
—He tratado de ser considerado con ustedes, Charlotte. Usted se ha negado a aceptar nada. Estaba en las nubes, y todavía lo está. Pero cuando una nube se agranda demasiado, llueve. Hay tormenta.
—Hable con claridad, por favor.
—Estoy tratando de hacerlo. ¿No le dijo Ballard que conocía a Violet?
—No la conocía.
—La conocía. Él la envió a su consultorio.
—¡No! No puedo creerlo.
—Debe creerlo. Es la verdad. El niño era suyo. La envió a usted porque conocía sus sentimientos respecto con las mujeres en dificultades, con la esperanza de que ayudaría a Violet y al mismo tiempo salvaría con ello su propio pellejo.
—No. —La débil protesta se ahogó en su garganta—. Me dijo... la noche que nos encontramos en el espigón... me dijo que no conocía siquiera a Violet. Yo le creí. Me decía la verdad. Estoy segura de ello.
—Puede que se lo dijera de buena fe. Puede que ni siquiera recordase a la muchacha. Quizás no supo su nombre hasta que vio su fotografía en el periódico al día siguiente, su fotografía y el nombre del pequeño pueblo de donde había venido. Entonces descubrió quién era.
Se produjo un largo silencio, interrumpido solamente por el tictac del reloj sobre la chimenea, cuyo ritmo marcaba el paso de los minutos.
—No estoy adivinando —prosiguió Easter—. Sé que envió a Violet a su consultorio porque su nombre y dirección sobre la tarjeta hallada en su bolso fueron escritos con la máquina del estudio de Ballard.
—Usted ha tramado todo esto. Está elaborando pruebas contra él.
—No acostumbro a trabajar así —dijo Easter ásperamente—, ni aun para ganarme el cariño de una mujer. ¿Quiere más pruebas?
—No.
—Le serían muy útiles.
A continuación extrajo un trozo de papel doblado de su bolsillo y se lo enseñó. Era la copia fotográfica de una página del registro del motel Rouse Court, Ashley, Oregón; propietario y gerente, C. Vincent Rawls. Fecha, 26 de febrero de 1949. Nombre, J. B. Bailará. Dirección, 480 Corona del Mar, Salinda, California. Marca del automóvil, Cadillac. Matrícula número 17Y205, California.
No conseguía apartar los ojos del nombre sobre la copia fotográfica. Lo habían escrito con rapidez y negligencia, y no estaba segura de si era la escritura de Lewis o no. Por fin dijo:
—No es exactamente igual a la letra de Lewis.
—Pues es la letra de Ballard.
—Tampoco prueba nada, salvo que pasó una noche en Ashley.
—La noche del 26 de febrero.
Charlotte no contestó, aunque comprendía la importancia de aquella fecha. Estaban a principios de julio, y Violet estaba embarazada de cuatro meses cuando murió. Pero, ¿cómo pudo haber sucedido? Lewis no era un hombre de esa clase, dentro de lo que podía juzgar ella. Nunca habría mirado dos veces a Violet, una muchacha lo bastante joven como para ser su hija, joven e ignorante, y ni siquiera bonita. Lewis era un hombre respetable, un hombre algo frío, un hombre que apreciaba su posición de prestigio en la colectividad. Lewis y Violet. Pensar en ello le provocaba un intenso malestar. La idea le oprimía la garganta, y no podía tragarla. Tampoco podía arrojarla fuera de sí. Lewis y Violet. El niño varón que había muerto con Violet era el hijo de Lewis. Quizás habría crecido hasta parecerse a él, quizás habría caminado como él. El hijo que él siempre había deseado, ahora debía estar en un montón de desperdicios del depósito o bien transformado ya en polvo en algún incinerador. Pobre Lewis. Pero a pesar de su compasión, aquel sentimiento mismo estaba atravesado por una amargura que era como un anillo de hierro.
Easter la observaba con los ojos entrecerrados.
—No me interesa llevar a Ballard a juicio por razones morales. Ese trabajo corresponde a las mujeres. Lo que hace durante sus fines de semana en Ashley o donde quiera que sea no me concierne.
—Sin embargo, usted se las ha arreglado para que le concierna. Seguramente usted se introduce del mismo modo en habitaciones de hotel cerradas con llave, espía por los visillos y se arrastra debajo de...
—Busco a un criminal —dijo Easter—. No a un donjuán barato.
Charlotte apoyó la cabeza contra la ventana para no tambalearse. Las luces de la ciudad giraron vertiginosamente, disminuyeron, se apagaron.
—Lewis no es ni una cosa ni otra —dijo por fin.
—Es las dos cosas.
—No. No tiene usted pruebas.
—No puedo probar que mató a Violet. En cambio, me ha facilitado las cosas al matar a Voss y a O’Gorman y dejar sus cadáveres en su garaje.
—¡Él es incapaz de hacer una cosa semejante! —dijo ella, volviéndose rápidamente hacia él—. Aun cuando estuviese desesperado, no me arrastraría a una situación como ésa. Me quiere. Usted se burla, pero es verdad. Me quiere.
—También se quiere a sí mismo, y ésa es la gran pasión de su vida. Usted está en segundo término, Charlotte.
—Es incapaz de hacer una cosa semejante —repitió ella, obstinadamente.
—Reconozco que es una idea absurda conducir un automóvil con dos cadáveres dentro del garaje de la mujer querida. Yo me imagino que Ballard contaba con que regresase dentro de unos días, y tenía la intención de aprovechar ese plazo para reflexionar y hallar una salida de su situación. Si lo contemplamos desde este punto de vista, Ballard actuó con mucha inteligencia. Su garaje era virtualmente el único seguro en la ciudad donde podía ocultar los cadáveres hasta hallar la manera de deshacerse de ellos.
Lewis y Violet. Lewis y Voss. Lewis y Eddie. Tres muertes ya, y luego Easter con la muerte en los ojos. Los labios de éste se movieron para formular una pregunta. Ella no la oyó.
—Repito —dijo—. ¿Tenía Ballard una llave de su garaje?
—Dejé la puerta abierta.
—Pero la tenía, ¿no?
—No veo la diferencia...
—¿Tenía una llave, o no?
—¡Sí, sí!
Los dos habían levantado la voz, pero la de Easter era de timbre más grave, eh tanto que la de Charlotte era aguda y estridente.
—¿Tendré que arrancarle cada dato con tenazas?—dijo Easter—. ¿No comprende que estoy tratando de ayudarla?
—No quiero esa clase de ayuda.
—No puede ser muy exigente en esta etapa del juego. Le conviene aprovechar toda la ayuda que le ofrezcan, mientras pueda contar con ella. Usted tiene dentro de su garaje un coche con dos hombres muertos en su interior y yo debo hacer la denuncia. Tengo que informar al jefe, al fiscal del distrito y al sheriff. Debí haber hecho la denuncia hace media hora, pero quise darle una oportunidad. ¿Dónde está Ballard?
—No lo sé.
—¿Y aun cuando lo supiera...?
—No se lo diría.
—Ahora desempeña usted el papel de la mujercita fiel, ¿eh? —Una sonrisa cruel pasó fugazmente por el rostro de Easter—. Bueno, vamos, mujercita fiel, tengo algo que enseñarle.
—No tengo por qué...
—Vamos. Quiero ver cómo estalla esa lealtad delante de sus propios ojos ciegos.
Charlotte sintió que la invadía una ola de violencia. Sintió deseos de extender la mano y golpearle. Era la primera vez, desde su infancia, que sentía deseos de golpear a alguien, de herir.
—Es usted un ser despreciable y un...
—Déspota —completó él—. Y un canalla. Sí, ya lo sé.
—Mi... mi lealtad no es tan absurda como usted supone. No hay pruebas de que Lewis sea culpable de nada.
—No hay pruebas suficientes para un juicio. Requeriría un mes, dos quizá, reunir los testigos y los expertos médicos y de balística a fin de ordenar las pruebas. Pero en este momento estoy convencido, según las palabras del juez en sus instrucciones al jurado, estoy convencido más allá de toda duda e incertidumbre moral, de que Ballard mató a los tres, a Violet, a O’Gorman y a Voss.
«Más allá de toda duda e incertidumbre moral.» Palabras solemnes y sombrías, como de un sermón fúnebre.
Antes de abrir la puerta, Easter miró su reloj.
—No tiene mucho tiempo. ¿Viene? —preguntó.
—¿Adónde va?
—Sólo al garaje.
—No quiero ir.
—¿Teme convencerse?
—No.
—Vamos, Charlotte.
—No.
Easter hizo un gesto de impaciencia y dijo:
—Si tengo que convencerla de que Ballard es un asesino antes de que usted haga algo por salir de esta situación peligrosa, debe acompañarme al garaje y ver las cosas por sí misma.
—¿Ver qué?
—El revólver.
—¿Revólver?
—Está usted en un aprieto mucho mayor de lo que se imagina, Charlotte. La evidencia indica que les mataron dentro del coche, quizá dentro de su garaje. —Después de una pausa, añadió—: ¿Viene?
—Sí.
Quería ver el revólver. De pronto, abrigó incluso la esperanza de poder decir sin vacilar que no pertenecía a Lewis. Lewis tenía una pistola para tirar al blanco; en realidad, un par de pistolas. Recordó el día en que las había visto por primera vez. Sus pensamientos retrocedieron hacia la época en que Lewis y ella almorzaron al aire libre en un paraje alejado de la playa, cerca de Pismo, y Lewis trató de explicarle la diferencia entre un revólver y una pistola automática.
«—Estos son revólveres —le había dicho—, En cambio, una pistola automática funciona de forma diferente. Las balas se cargan en una cartuchera que se adapta a la culata, y el mecanismo de retroceso dispara el cartucho vacío y empuja una bala nueva en su lugar. Los revólveres, como éste, por ejemplo, tienen un cilindro giratorio que... No me escuchas, Charley.
»—Te escucho.
»—Muy bien. ¿Qué tengo en la mano ahora?
»—Es una pistola de tirar al blanco, Colt, calibre 38, querido. El sol me ha dado sueño. De todos modos, ¿quieres explicarme qué significa calibre?
»—¿Quieres decir que en realidad no sabes qué significa calibre?
»—En realidad, no.
»—Eres una mujer increíblemente ignorante, pero adorable —le había dicho Lewis solemnemente, y se había inclinado para besarla, con una de las pistolas en la mano aún.»
Había sido un día feliz. Pensaba en él ahora mientras seguía silenciosamente a Easter hacia el garaje. La playa, el sol, la felicidad, todo le parecía lejano como un sueño.
Easter enfocó su linterna sobre el asiento posterior. El haz luminoso señaló como un dedo acusador el revólver en el suelo, junto a la rodilla de Voss.
—¿Lo ve?
-Sí.
—¿Lo reconoce?
—No... no sé... soy muy ignorante en materia de revólveres.
—No debe ser tan ignorante cuando lo ha llamado revólver.
—Yo... yo creía que todos son iguales.
—¿Sí? —La luz no se había desviado del arma, sino que brillaba implacablemente sobre ella—. Pues bien, es un revólver, un revólver sumamente interesante. Observe la ranura sobre el cañón. Su objeto es permitir apuntar con mayor exactitud. ¿Conoce a alguien que sea aficionado al tiro al blanco?
—No.
Easter murmuró algo como para expresar su incredulidad.
—El arma es un revólver Colt del calibre 38. Lo que le distingue de otros es la culata fabricada a mano y el hecho de que hace pareja con otro idéntico. El otro de la pareja se encuentra en el estudio de Ballard. Lo he visto allí esta tarde.
Charlotte se volvió de espaldas. La luz del techo del garaje estaba encendida, y podía ver, formando un contraste nítido con el descapotable y su contenido, los artículos corrientes que formaban parte de su vida cotidiana: sus herramientas de jardinería, los guantes de lona que usaba para proteger sus manos, el baúl lleno de prendas de lana que había guardado durante el verano, la vieja bicicleta en la cual solía pasear a veces, a fin de hacer ejercicio. Todo aquello parecía asimismo lejano, como el día pasado con Lewis en la playa. Era como si nunca fuese a poder reanudar su vida donde la había interrumpido. Se había escapado un punto de la trama, y aun cuando pudiese retroceder, el dibujo quedaría ya cambiado, irrevocablemente cambiado.
—Tengo el derecho legal de no declarar nada —dijo por fin con tono fatigado.
—Es verdad.
—Creo que... que entraré en casa.
Easter la siguió. Su rostro estaba intensamente rojo, como el de un hombre que trata de consolarse y dominar su furia. Comenzó a recorrer la sala de un extremo a otro con pasos lentos, pesados, apoyando todo su peso en cada paso.
—Charlotte —dijo.
—Es mejor que haga su denuncia.
—Todavía no. Puedo retrasarla unas horas más. Usted ha estado ausente, ¿comprende? Ha estado ausente y todavía no ha regresado.
—Ojalá no hubiese regresado. Ojalá no hubiese salido nunca. Ojalá no hubiese conocido nunca a ninguno, a Violet, a Eddie, a usted, o a...
—Tranquilícese. —Easter se dirigió a la cocina, volvió con una botella de whisky y sirvió una cantidad del mismo en un vaso de agua—. Beba esto —le dijo.
—No quiero beber.
—¿Teme hablar demasiado? Mire, Charlotte, esto no es ya una cuestión de lealtad. Se trata de que tiene que protegerse para no arruinar su vida.
—No puedo protegerme. Están allí, Voss y Eddie. No puedo deshacerme de ellos.
—Ya lo sé que no. —Easter depositó el vaso de whisky en una mesita baja—. En cambio, puedo reducir a un mínimo la importancia de que los encuentren en su garaje. La situación en este momento es tal, que la atención de los periódicos se concentrará principalmente en este aspecto. «Doble asesinato en la residencia de una doctora destacada.» Dedicarán muchas líneas a esto, y sea usted culpable o inocente, no escapará a la difamación. Se la acusará y se la enjuiciará, no por cuenta de un jurado de ciudadanos iguales a usted, sino por cuenta de un par de periodistas que sólo buscan una crónica jugosa, de un fiscal de distrito que sólo aspira a salir fotografiado en los periódicos, y de varios centenares de amas de casa que envidian su posición como médico, de varios enfermos descontentos, de varias de sus amistades que «lo sabían desde hace mucho tiempo», de un par de miembros de la Liga Antialcohólica que la vieron en una oportunidad bebiendo un vaso de cerveza en 1943, y en fin, de la colección heterogénea de fanáticos religiosos, neuróticos, sádicos... Ellos formarán su jurado. ¿Le gusta?
—No. —La garganta de Charlotte estaba reseca, como si hubiese estado masticando cristales.
—Lo que debemos hacer ahora es cambiar el enfoque —dijo Easter—. El lugar donde encuentren a Voss y a O’Gorman no les parecerá tan importante si en primer término se encuentra al hombre que les asesinó. Si se le encuentra y si confiesa —añadió, y miró nuevamente su reloj—. No tiene mucho tiempo para decidir. ¿Dónde está Ballard?
—No lo sé.
—¿Sabe quiénes son sus amigos?
—Algunos de ellos.
—¿Dónde es probable que se oculte?
—No creo que se oculte en ningún lugar próximo.
—Utilice su inteligencia —insistió Easter, ásperamente—. Tiene que estar cerca de aquí. No trajo el descapotable a su garaje con la intención de dejarlo aquí definitivamente. Pensaba volver para deshacerse del automóvil y de los cadáveres. Pero no sabemos cuándo lo hará, y el tiempo vuela.
—¿Qué pretende usted que haga?
—Que le encuentre. Le daré tres horas.
—¿Y si no lo encontrase? —Sentía los brazos y las piernas heladas y frágiles como ramas.
—Inténtelo. Usted conoce sus hábitos, sus amigos, los lugares que frecuenta.
Charlotte preguntó, después de una vacilación:
—¿Y si le encuentro, qué haré?
—Dígale que deje de correr, que la carrera ha terminado.
—¿Dónde... dónde estará usted?
—¿Yo? —El rostro de Easter reflejó una leve sonrisa, excepto por la expresión de sus ojos, que permaneció dura e impasible como la cara de una moneda—. Estaré esperando aquí. Si apareciera Ballard, no quisiera que se encontrase solo.
Por su tono, Charlotte comprendió qué era lo que deseaba. Esperar a que Lewis llegase en su automóvil, como un león que acecha junto a un pozo de agua en la certeza de que el antílope no dejará de aparecer. En realidad, no creía que ella fuera capaz de encontrar a Lewis. Deseaba simplemente alejarla, a fin de que ambos pudiesen encontrarse a solas. Una ola de terror recorrió su espalda. Debía ser la primera en ver a Lewis. Fuese culpable o no, debía ponerle sobreaviso acerca de Easter.
Miró a éste a través de la habitación. Sintió una ola de odio contra él, contra su arrogancia, su fuerza, su obsesión contra Lewis. Al pasar junto a él, al dirigirse hacia la puerta, sus puños se cerraron, dispuestos a golpearle.
Pero Easter vio el gesto. Su sonrisa se desvaneció. Con un movimiento rápido y violento extendió las manos, asió las muñecas de ella, y luego las sostuvo juntas contra su pecho con una mano. Con la otra la agarró firmemente por la nuca, se inclinó y la besó en la boca.
La soltó bruscamente, y ella retrocedió un paso, con el dorso de su mano apretado contra su boca.
—Le doy esto como expresión de gratitud por nada —le dijo Easter—. Como expresión de gratitud por la falta de estímulo, por la falta de colaboración. Como expresión de gratitud por no haberme dirigido ni una sonrisa, ni una mirada de cariño, nada.
—Es usted un matón barato, canallesco...
—Váyase —le dijo él, en voz baja—. Reúnase con su amante. Estoy perdiendo la paciencia rápidamente.
21
Durante la última hora había comenzado a soplar el viento llamado Santa Ana, procedente del desierto situado al otro lado de las montañas. Era un viento cálido, seco y asfixiante que azotaba los árboles, llenaba de polvo las calles de la ciudad y empujaba a la gente hacia sus casas o bien hacia el abrigo de las puertas, junto a las cuales se amontonaba tosiendo y protegiendo sus ojos con las manos.
El viento arreciaba en la ciudad, vaciando las calles, desnudando los árboles. Era un viento loco y voluble que soplaba en todas direcciones simultáneamente. Charlotte tuvo la sensación de ser parte de él, de compartir su frenética confusión. No sabía dónde estaba Lewis, ni dónde podría encontrarle. Ni siquiera sabía si estaba vivo o muerto.
La luna sonreía socarronamente entre el follaje de los robles gigantescos, con una expresión velada, provocativa, como expresando a medias un secreto: «¿Estás vivo? Quizá. Puede ser. ¿Dónde? En alguna parte. Allí. Allá.»
No tenía esperanzas ni planes, pero debía comenzar por algún punto. Se dirigió en su automóvil al edificio donde Lewis tenía instalada su oficina. En el segundo piso, detrás de los postigos parcialmente cerrados, se veía una luz. A menudo Lewis trabajaba de noche, y a menudo ella le había esperado sentada en el automóvil, o bien en el vestíbulo de entrada de la planta baja, fingiendo leer el indicador colocado junto al ascensor con la lista de los ocupantes del edificio: H. M. Morton, electrólisis. Asociación de Alquileres de Salinda. C. Charles Tomlison, representante. Ballard y Johnson, abogados...
El ascensor no funcionaba por la noche. Un negro de cierta edad, con cabellos espesos y rizados, como una peluca de lana blanca, fregaba el suelo de mosaicos, enjugando repetidamente el mismo sector, como si sus pensamientos estuviesen muy lejos de allí, absortos en cosas más agradables que fregar el suelo.
—Buenas noches, Tom.
—Buenas noches, señorita.
Sabía que el negro no la recordaba. La gente entraba y salía del edificio hasta que sus nombres, sus ropas y sus rostros se confundían entre sí. Era tanta la gente, que llegaba a perder su identidad individual en la memoria de Tom, quien luego borraba las huellas de sus pisadas con su bayeta.
—¡Bonita noche!, ¿no? —dijo el negro. Aunque lloviese, o la ciudad estuviese envuelta en niebla o castigada por el viento, las noches eran siempre agradables y sin tormenta para Tom. No salía nunca, dormía en el sótano y comía sentado en una silla rígida del cuarto donde se guardaban las cosas de la limpieza, mientras leía la Biblia, o por lo menos la mantenía abierta sobre las rodillas. En una oportunidad, Lewis le había dicho a Charlotte que no sabía leer, pero era sumamente religioso y le agradaba reconocer las palabras que le eran familiares, como Dios y cielo. Había dicho esto en presencia de Tom, y éste había observado con gran dignidad que «Dios» y «cielo» eran palabras hermosas.



—Tom...
—¿Señorita?
—¿Está...? ¿No ha visto al señor Ballard esta noche?
—No, señorita; no recuerdo haberle visto,
—Pero hay luz en su oficina.
—Es posible. No recuerdo haberla apagado.
—Iré a cerciorarme.
—El ascensor no funciona, señorita. Tendrá que usar la escalera.
—No importa, Tom.
—Los escalones están mojados. Tenga cuidado.
—Muy bien.
El pasillo del segundo piso estaba casi a oscuras y olía a jabón y a suelo recién fregado. La puerta de la oficina de Lewis estaba entornada, y Charlotte pudo ver parte de la sala de espera, el lujoso sofá de raso de color oro y el acuario tropical empotrado en una de las paredes. Las luces del acuario estaban encendidas y los diminutos peces se movían silenciosamente detrás de las paredes de cristal: pececillos rayados, pececillos negros y aterciopelados, y pececillos relucientes y pequeños como clavos.
Tan pronto como Charlotte vio aquellas luces encendidas, comprendió que no era Lewis quien estaba en la oficina. No le interesaban los peces. Los peces pertenecían a Vern Johnson, quien los alimentaba y se desvelaba por ellos con la misma solicitud que la señorita Schiller dedicaba a su gato.
Golpeó la puerta y dijo:
—¡Vern!
—¿Quién es?
—Charlotte.
—¿Charlotte? Entra, entra, Charley.
Charlotte entró y cerró la puerta tras de sí. Vern Johnson era un hombre grande, con rostro de luna llena y gruesas gafas de carey que le daban una expresión distraída. Hacía años que Charlotte le conocía, pues había ido a la escuela con su hermana y siempre había rechazando sus propuestas matrimoniales, en cierto sentido demasiado fraternales. Fue en una reunión ofrecida por él cuando tuvo oportunidad de conversar personalmente con Lewis, una semana después de que Gwen se lo presentara. «¿Sabe una cosa, señorita Keating? Fui yo quien pedí a Vern que la invitara.» No le gustó la forma en que él enfocaba las cosas, y le había dicho fríamente: «¿Sí?» «Sí, quería hablar con usted. Hace dos días que estoy planeando lo que le diré, pero ahora lo he olvidado todo. En general, mi intención era impresionarla con mi vigorosa mentalidad.» «¿Por qué había de tener esa intención?» «Le aseguro que no lo sé, excepto que tiene usted tal aspecto de competencia y superioridad que me habría gustado demostrarle que yo también soy competente y superior.» Hablaba con una franqueza algo melancólica. «¿Y lo es usted, señor Ballard?» «Siempre lo supuse.» Entonces, con brusquedad deliberada, Charlotte había cambiado de tema: «¿No está la señora Ballard con usted esta noche?» «No.» «Espero que no esté enferma.» «No, no está enferma.» Ballard se había vuelto y se había alejado; y algo más tarde, Vern se acercó y le dijo que se había retirado. «Dime qué le dijiste, por lo menos.» «¡Nada, absolutamente nada!» «Es un muchacho excelente, Charley. Lo cual es un milagro, considerando la mujer que tiene.»
—Siéntate, Charley —le dijo Vern.
—Gracias.
—¿Buscas a Lewis?
—Pues... sí.
—Ahora somos tres. Gwen ha estado llamando por teléfono todo el día.
Charlotte no se sentó.
—No quiero interrumpirte si estás ocupado, Vern —dijo.
—No estoy ocupado —contestó él. Al mismo tiempo levantó un pequeño recipiente de vidrio del escritorio y lo sostuvo contra la luz. Contenía un solo pececillo negro, cuya longitud no excedía los tres centímetros—. ¿Ves a esta señora? Aunque no da muchas muestras de ello, está a punto de dar a luz. La dificultad reside en que su instinto de alimentarse es mucho más poderoso que el maternal, de modo que no tengo otra alternativa que esperar y procurar que no devore a su cría.
—Vern. ¿Cuándo le viste por última vez?
—Hace tres días.
—¿No ha telefoneado?
—Ayer por la mañana. Estaba borracho.
—¿Borracho?
—Por lo menos, su voz lo indicaba. —Vern depositó nuevamente la pecera sobre el escritorio, pero mientras hablaba no perdía de vista al pececillo—. Dicho sea de paso, ¿qué fe sucede?
—No puedo decírtelo.
—No quieres decírmelo.
—Las dos cosas.
—¿Secreto de estado? Mi teoría es que Gwen está armando un escándalo porque ha descubierto tu relación con Lewis. Nuestra querida Gwen no es tan tonta como aparenta. Es loca como la que más, pero no es cien por cien tonta.
—No ha descubierto nada. Esto no tiene nada que ver con Gwen. Es mucho más... serio.
—¿De verdad?
—Vern. Cuando telefoneó, ¿te dijo dónde estaba?
—No. Lo único que sé es que era una llamada local y que no la hizo desde una cabina pública. Se oía mucho ruido, gente charlando y platos que se golpeaban, así como el timbre de una máquina registradora. Debía de estar en un café o en una taberna donde no había teléfono público.
—¿No le preguntaste dónde estaba?
—Desde luego. Pero no me lo dijo. Aparentemente, había discutido con Gwen, porque me pidió que la llamara por teléfono y le dijera que estaba arrepentido, pero que ella no debía intentar localizarle. La telefoneé más tarde, pero ella había hecho ya la denuncia a la policía. Gwen tiene un talento especial para hacer exactamente lo que no conviene.
El pececillo dejó caer en aquel instante su primer vástago. Tenía el aspecto de medio centímetro de estrecha cinta de terciopelo negro, pero estaba vivo y completo. Inmediatamente comenzó a evolucionar dentro de la pecera, tan indiferente hacia su madre como ella hacia él, dedicado en el primer momento de su vida a la misma ocupación en que le sorprendería el fin: la búsqueda de alimento.
El rostro de Vern revelaba gran excitación.
—Bueno, ya tenemos uno más. ¿No crees que es un hermoso ejemplar? La última vez tuvo veinticuatro. Le costó más de cuatro horas.
Charlotte contempló el pececillo que acababa de ilustrar el milagro del nacimiento con tanta facilidad como un experto hastiado de hacer demostraciones semejantes. Pensó en los seres humanos durante el período fetal. Semejantes a los peces, pero impotentes, invertebrados, ciegos y sordos, y alimentados por un cordón, con su lento desarrollo y su cruel nacimiento. Y entre las dos experiencias violentas, el choque del nacimiento y el choque de la muerte, su vida era algo incalculable.
El pececillo vio a su cría, comenzó a rondarla, pero casi inmediatamente perdió todo interés por ella, puesto que la cría había comido ya.
—Charley —le dijo Vern en ese momento.
Charlotte le miró con expresión sumamente fatigada.
—Charley, desde hace un año, y con intervalos más o menos frecuentes, he tenido la intención de pedirte disculpas.
—¿Por qué?
—Pienso que no debí cometer la tontería de hacer de Cupido. ¿Recuerdas la primera noche en que estuviste con Lewis en mi casa?
—Sí.
—Nunca creí que las cosas se presentarían tal como lo hicieron posteriormente.
—Nadie lo pensó.
—Pensé en cambio... pues bien, la verdad es que os quiero tanto a los dos, que quería que os tratarais. Erais una pareja ideal, ¿sabes? Y tenía la esperanza... en fin, supongo que lo que esperaba en realidad era que Gwen se muriese o algo por el estilo. Soy un iluso, ¿no?
—Ha sido un año feliz para mí —dijo Charlotte—. Debo agradecértelo.
—No, no me lo agradezcas —dijo Vern enfáticamente—. Me siento más bien responsable.
—No tienes por qué. Yo estaba en un momento propicio para enamorarme y me enamoré. Nunca había querido a nadie antes.
Entonces Vern sonrió con una sonrisa amistosa pero a la vez triste.
—¿Ni aun a mí? —preguntó.
—No, Vern.
—Mi dificultad reside en que debo esperar encontrar a una mujer a la cual le gusten los peces, o a la cual le guste yo lo suficiente como para que lleguen a gustarle los peces. —Vern vio entonces que Charlotte miraba hacia la puerta y añadió—: No te vayas todavía.
—Tengo que irme.
—Si él no quiere que le encuentren, no debes buscarle, Charley. Puede que tenga sus motivos para ocultarse.
—También yo tengo mis motivos para buscarle.
—En ese caso —dijo Vern, abriéndole la puerta—, te deseo buena suerte, de cualquier manera.
—Gracias, Vern.
Abajo, en el vestíbulo, el viejo negro seguía fregando el suelo, tarareando una canción mientras trabajaba.
—Buenas noches, Tom.
—El suelo está mojado. Camine con cuidado.
—Muy bien.
—Buenas noches, señorita.
Sin responder, Charlotte salió a la calle polvorienta.



El viento se introducía en todas partes, como un fantasma curioso, a través de los ojos de las cerraduras, por las chimeneas, por debajo de las puertas. Todo presentaba, pues, una superficie áspera de polvo al tocarla.
La playa estaba cubierta por las ramas quebradas de las palmeras. En el pequeño café próximo al espigón, las mesas estaban cubiertas por una fina capa de arena que entraba cuando abrían la puerta y que gradualmente se había depositado en todas partes. Sam, el propietario, caminaba de un lado a otro murmurando para sus adentros y tratando inútilmente de limpiar las mesas con un paño.
Charlotte se sentó junto al mostrador y pidió una taza de café negro. El teléfono estaba donde ella lo recordaba, en el extremo del mostrador, junto a la máquina registradora. Su esperanza de que Lewis hubiese utilizado aquel teléfono el día anterior por la mañana para llamar a Vern se concretó aún más.
Con frecuencia habían acudido a aquel sitio para comer algo a horas avanzadas. La comida era pésima y los platos nunca estaban bien limpios, pero era la clase de lugar donde no era probable que ninguno de los dos encontrase gente conocida.
Además, en el compartimiento del fondo, que ocupaban casi siempre, había una pequeña ventana semejante a un ojo de buey cuadrado, por la cual se veían las olas rompiendo sobre la playa. Lewis había llamado aquello «nuestro paisaje», con una inflexión de tristeza en la voz, como si quisiese decir que era el único paisaje que podían admirar juntos, aquel paisaje visible desde la pequeña ventana sombría.



Sam le trajo el café. Sam era un griego de Brooklyn, un hombre gordo y de ojos curiosos, con piernas muy delgadas y pies finos y delicados que parecían soportar a duras penas su peso. Hablaba mucho, siempre en un susurro y por un lado de la boca, como los espías de las películas.
—¿Por qué se ha sentado aquí? El compartimiento del fondo está vacío.
—Esta noche estoy sola.
—¿Acaso no lo estamos todos? —dijo Sam con tono melancólico—. Por lo que a mí se refiere, estoy pensando en casarme de nuevo. Tengo el ojo puesto en un tipo determinado de mujer, una viuda simpática con algo en el banco y un seguro, quizá. Pero es difícil encontrarlas en este negocio, de modo que no creo que tenga suerte. Piense usted en una viuda decente que entre en este local, por ejemplo. Me ve con este delantal sucio, y no ve nada más que el delantal. ¿Comprende usted? Estoy seguro de ello. —Sam apoyó los codos en el mostrador para disminuir el peso de su cuerpo sobre los pies, y añadió—: El hombre con quien viene usted aquí, ¿es su novio?
—Sí. La verdad es que le estoy buscando y quiero encontrarle.
—¿Ha sucedido algo?
—No, pero... en realidad, sí. Discutimos. Quiero encontrarle para disculparme.
—No ha venido hoy. ¿Sabe usted que es muy distinguido? Seguramente son las ropas, ese elegante traje de tweed en lugar de un delantal sucio como...
—¿Y ayer?
—¡Ah, ayer vino! Vino temprano y desayunó. Comió un par de huevos, bebió café y me pidió permiso para utilizar el teléfono. Le dije que hablara con tranquilidad. Aunque le diré, entre nosotros, que no suelo autorizar a los clientes a que usen mi teléfono. ¿Cómo puedo saber que no llamarán a su tía de Jersey City?
El griego interrumpió su charla durante el tiempo necesario para girar dos hamburguesas que estaban en la plancha.
—Bueno, hizo su llamada, y luego compró un pan, una botella de leche y cigarrillos. No tenía buen aspecto. Vestía unos pantalones de obrero y un viejo impermeable marino. Yo le pregunté en tono de broma si pensaba salir a pescar. No respondió. Pagó su cuenta y salió. Sentí cierta curiosidad, de modo que fui a la ventana para ver hacia dónde se dirigía. Iba en dirección a la punta del espigón, donde están amarrados todos esos veleros. En ese momento pasó una chica con pantaloncitos cortos de color rosa, con una caña de pescar en la mano. Usted sabe cómo son estas cosas. Mi mirada se distrajo. Me interesan muchísimo las cañas de pescar. —Al decir esto, Sam se rió de su propio chiste, apoyando su voluminoso abdomen en las palmas de sus manos.
Charlotte no le oyó. Ahora sabía dónde estaba Lewis.
22
El espigón estaba en tinieblas, pero había una débil luz en la pequeña oficina del guarda del muelle, y la puerta estaba abierta. Un muchacho joven estaba sentado sobre el escritorio examinando absorto la suela de una de sus zapatillas de lona. Tenía diecisiete años aproximadamente y vestía unos pantalones de marinero sumamente ajustados y un jersey de cuello alto, llevaba una gorra de marino echada hacia atrás. Tenía talla de adulto, pero su rostro era lampiño y sus modales tenían la inseguridad de la adolescencia.
Al ver a Charlotte junto a la puerta, bajó ágilmente del escritorio con una sonrisa confusa.
—Busco al encargado del muelle —dijo ella.
—Se ha ido a casa, señorita.
—¿Está usted a cargo de la oficina?
—Si, en cierto sentido. Quiero decir que... es mi tío y yo estoy pasando una temporada aquí y le ayudo durante las vacaciones de verano.
—Hay un barco anclado aquí que se llama el Mirabelle.
La incertidumbre del muchacho desapareció:
—Es verdad. Es el sloop de paseo del señor Johnson. Me dio permiso para ir a bordo del barco esta noche cuando yo se lo pedí.
—¿Esta noche? —Si Vern había estado a bordo aquella noche, ello significaba que toda su teoría estaba equivocada, que Lewis no se estaba ocultando, después de todo. Se sintió derrotada, exhausta, como un animal que durante horas hubiese intentado hallar la salida de un laberinto de trampas y senderos.
El muchacho la miraba con curiosidad, sus ojos pardos abiertos y llenos de interés, como los de un perro de caza. Evidentemente no estaba acostumbrado a ver mujeres bien vestidas acudiendo solas al espigón a las once de la noche.
—¿Quiere ir al Mirabelle, señorita? —le preguntó.
—Sí. Yo... el señor Johnson es amigo mío.
—¿Sí?
—Sí, nos conocemos desde hace mucho tiempo. Puede verificarlo si quiere.
No comprendió el porqué del repentino rubor que tiñó sus mejillas y los lóbulos de sus orejas.
—Creo que puede utilizar uno de los botes que estén sobre la plataforma flotante, señorita, siempre que lo devuelva mañana por la mañana.
—Lo traeré dentro de media hora.
El muchacho no dijo nada, pero evidentemente estaba demasiado confuso para hablar.
—Mire —le dijo Charlotte—. Si tiene usted alguna duda, puede telefonear al señor Johnson. Está aún en la oficina.
—El señor Johnson está a bordo.
—¿A bordo?
—Sí, señorita.
—Le he visto en su oficina hace media hora.
—No, señorita —dijo el muchacho obstinadamente—. Está a bordo. Me ha dicho que dormiría en el barco.
Charlotte bajó por la plancha hasta la plataforma flotante, pensando que Vern no podía haber llegado allí antes que ella.
Pero si había llegado, ¿qué importancia tenía? ¿Acaso había sospechado todo el tiempo que Lewis estaba oculto en el barco? ¿Habría ido a avisarle? No, era absurdo. Vern no tenía la menor idea de las dificultades que pasaba Lewis.
La pesada plataforma se mecía suavemente sobre la marea en descenso. Sobre ella había media docena de botes con la quilla hacia arriba.
El muchacho puso a flote uno de ellos y regresó a la parte superior de la plancha, quedando su silueta recortada nítidamente contra la luz de la pequeña oficina.
El Mirabelle estaba anclado a unos noventa metros de distancia de la costa, con sus velas plegadas, sus ojos de buey oscuros. Charlotte amarró el bote a la popa y llegó hasta la cubierta trepando dificultosamente por la escalerilla.
—¡Vern!
Cruzó la cubierta y abrió la puerta de la cabina. Sus ojos se habían habituado a la oscuridad, de modo que pudo distinguir la silueta de un hombre tendido de bruces en la litera baja.
Bajó lentamente los cinco estrechos escalones, con la sensación de que sus piernas estaban semiparalizadas.
—¡Vern! —repitió.
El hombre se movió y se quejó. Una de sus manos se dirigió hacia su cabeza como para protegerla contra un golpe que le parecía inminente en su pesadilla. Charlotte encontró el interruptor de la luz y la encendió.
No era Vern. Era Lewis.
Estaba dormido, pero se movía. Movía la cabeza repetidamente, y tenía el rostro oculto bajo los brazos. El sueño se interrumpió tan bruscamente como había empezado; sus manos cayeron, la lucha terminó.
Charlotte se arrodilló a su lado y le acarició la mejilla suavemente.
—Lewis, soy yo. Charley. Despierta, Lewis.
Lewis abrió los ojos. Estaban rojos e inflamados, como si hubiese llorado. En medio del sueño había luchado y había vencido, o quizá había sido derrotado. Pero la lucha y el esfuerzo eran reales. Su frente estaba empapada de sudor.
—Lewis...
Lewis volvió su rostro contra el mamparo. Su nuca tenía un aspecto infantil y vulnerable.
—No tengo nada que decir, Charley —dijo por fin.
—No puedes seguir ocultándote de esta manera. Te encontrarán, como te he encontrado yo.
—No me importa.
—Debe importarte. Las cosas serán mucho más difíciles si se ven obligados a venir y detenerte, más difíciles para... para todos nosotros.
Sin responder, Lewis se levantó de la litera. El techo bajo de la cabina no le permitía permanecer erguido.
Los ojos de buey estaban cerrados, y el aire era sofocante y saturado de olor a whisky. Lewis no parecía borracho, sino atontado, como si hubiese utilizado el whisky no como medio de huida de la realidad, sino más bien como arma contra sí mismo, como si se hubiese golpeado- la cabeza con él para castigarse.
—Necesito hablar contigo, Lewis. Ven a la cubierta.
—Es demasiado tarde para hablar.
—No, no. No es tarde.
Pero la voz de Charlotte no encerraba ninguna convicción. Sabía que era demasiado tarde. Las luces de la ciudad parecían tan lejanas como las estrellas.
Y mientras las suaves olas del muelle golpeaban y movían la popa del barco, le contó todo lo que había dicho Easter. Su voz era serena y tranquila. No tenía ninguna relación con las cosas que estaba diciendo ni con el temor, la compasión y el dolor de su corazón. «Pruebas», repetía, «pruebas», y aquella palabra tenía un sonido tan definitivo como la muerte, mucho más aterrador que «asesinato».
Cuando hubo terminado, Lewis permaneció largo rato silencioso, con la cabeza hundida entre las manos de modo que ella no podía ver su rostro, ni distinguir en él la expresión propia de un hombre inocente. Consternación, rechazo, protesta.



Cuando por fin la miró, su rostro no tenía la menor expresión. Habló con voz opaca.
—En mi condición de abogado, no tengo nada que decir.
—¡Debes decir algo, Lewis!
—Lo siento, Charley.
—¡Lo sientes! ¡Lo sientes! —Charlotte sintió un acceso de histeria que se aferraba a su garganta y subía como si fuese bilis. Tragó, tratando de dominarlo, pero la áspera amargura de su sabor no desapareció. Sabía que Lewis no diría nada que le comprometiese, ni aun cuando ello la salvase. Recordó las palabras de Easter hacía unas pocas horas: «También se quiere a sí mismo, y ésa es la gran pasión de su vida. Usted ocupa un segundo término, Charlotte.»
—Si al menos pudiese comprender —dijo lentamente—. Si supiera por qué, por qué...
Lewis tomó una de sus manos y la apoyó contra su mejilla febril y reseca.
—Puede que algún día tengas todas las respuestas... No te apartes, no me temas.
Charlotte tenía miedo, sin embargo. Al contemplar el agua oscura, recordó a Violet.
—Dime que me has querido, Charley.
—Yo... yo te he querido.
—¿Y ahora?
—No lo sé... Me mentiste acerca de Violet. Me dijiste que nunca habías oído hablar de ella.
—No era mentira entonces. No sabía que era la misma muchacha hasta que vi su fotografía a la mañana siguiente. Lo... ¡Dios mío, era una niña! Aquella noche había bebido demasiado. Ella no se apartaba de mi lado, no conseguía deshacerme de ella y... Pero es demasiado tarde para disculparse o para dar explicaciones. No, no debes llorar. Charley, no llores, por favor. —Charlotte ocultó el rostro sobre la manga de su chaqueta. Lewis le acarició los cabellos con un gesto torpe—, Dime, Charley. ¿Crees tú en una segunda vida, en una segunda oportunidad de felicidad?
—Quisiera creer, pero no puedo.
—Yo tampoco. Esto es todo lo que hay. No hay nada más. No hay una segunda oportunidad. —Los ojos de Lewis contemplaban sin ver el horizonte oscuro—. Es un epílogo extraño para un sueño, ¿no? Basta, no llores más, Charley. Saldrás bien de esto, te lo prometo.
Charlotte lloró durante largo rato, como un niño, con los puños apretados contra sus ojos. Cuando dejó de llorar, Lewis limpió su rostro con su pañuelo y la ayudó a ponerse de pie.
—Es mejor que te vayas ahora, Charley —dijo—. Quizá es mejor que nos vayamos los dos.
—¿Adónde irás?
—A casa.
—¿A tu casa?
—Sí. Puedes decirle a Easter que estaré esperándole allí.
23
Los cipreses que bordeaban la acera luchaban contra el viento, inclinados y convulsos de furia como bailarines enloquecidos y sin huesos.
Las luces de la galería estaban encendidas, como si Lewis las hubiese dejado así deliberadamente, en un gesto de buen anfitrión, a fin de dar la bienvenida al invitado que esperaba, Easter. Los fuertes rayos del sol iluminaban el jardín de Gwen, inmaculado y cuidadosamente trazado. El césped estaba cubierto de flores rotas, de hojas de palmera y de roble y de pequeños puntos de color violeta, como confeti, que una vez habían formado parte de los racimos de flores de jacarandá. El viento había castigado las flores. Los tallos y las dalias estaban inclinados, semidesnudos, muy cerca del suelo. Las dalias se habían desmoronado como postes y las campanillas rosadas rodaban silenciosamente sobre el césped.
Los perros pastores, amontonados junto a la puerta del cercado, emitían pequeños quejidos nerviosos, como si hubiesen querido ladrar, pero no se atreviesen, sabedores de que Gwen aparecería con un periódico doblado en la mano y golpearía el cercado con él en un gesto amenazador. Temían el periódico y el enfado de Gwen más que aquel viento alocado y aquella noche desapacible.
Subieron los escalones de la puerta principal en el mayor silencio. Charlotte sostenía el cuello de su abrigo contra su rostro a fin de protegerse contra el polvo arenoso, mientras Easter tenía las manos en los bolsillos, sin advertir aparentemente el viento ni el polvo.
Las cortinas de la sala estaban totalmente descorridas. Charlotte se preguntó si aquél, como las luces de la galería, era un gesto de bienvenida, una invitación a detenerse y entrar en la casa. En su primera visita, aquella misma noche, las cortinas habían estado corridas; la casa, oscura; y Gwen, arriba, en su cuarto, con la garganta magullada.
Ahora el golpe estaba oculto bajo una cascada de encaje azul, y la mujer que lo había sufrido, así como el temor y el dolor causado por él, estaban ocultos como las rocas bajo la marea alta.
A través de la ventana, Charlotte pudo ver claramente a los dos. A Gwen y a Lewis. Gwen estaba sentada tejiendo, los pies apoyados en el banquillo tapizado con petit point. Había un juego de té de plata sobre la mesa, junto a ella. Otros tres perros estaban acurrucados sobre el sofá, incómodos y aprensivos, pero reacios a renunciar a aquel privilegio especial. Lewis estaba de pie junto a la chimenea con una revista sin abrir en la mano, como si la hubiese recogido y tuviese la intención de leerla una vez que Gwen terminase de hablar.
El fuego estaba encendido. Sus llamas bailaban reflejadas en la tetera de plata y en la vasija de cobre llena de ramas cubiertas de moras rojas. El cuarto tenía el aspecto festivo de la Navidad; la expresión de sus ocupantes era natural y la escena no podía ser más vulgar. «¿Quieres más té, querido?» «No, gracias, es tarde ya.» «¡Tienes razón, es tarde! Es casi media noche, y tienes que levantarte temprano por la mañana.»
Por la mañana. Siempre que hubiese un mañana.
—Por favor —dijo Charlotte—. Déjeme entrar a mí sola primero.
—No puedo. Yo no quería que viniese siquiera. Es demasiado peligroso.
—Para mí, no.
—Lo es especialmente para usted —dijo Easter, y pulsó el timbre. Se oyó el rumor de los perros en el vestíbulo, los pasos rápidos de Gwen y el ruido seco de sus tacones sobre el suelo de parquet.
La puerta se abrió y Gwen apareció en el umbral, apoyándose contra el marco para hacer frente al viento.
—¡Es la doctora Keating!—dijo con una pequeña carcajada de alegría—. ¡Cuánto me alegro de verla! Entre. Mire quién está aquí: Lewis.
Lewis apareció en la puerta de la sala. Se había cambiado de ropa y se había afeitado. Su rostro estaba tan impasible como una ventana con las celosías cerradas. Sólo sus ojos expresaban dolor. Contempló a Charlotte, en el extremo opuesto del vestíbulo, como a través de un abismo infinito e insalvable.
Gwen estaba entusiasmada y sonriente, tan contenta como un niño al recibir visitas inesperadas.
—Y ha traído a un amigo, Charlotte. Cuánto me alegro. ¡Qué divertido! Tener visitas a esta hora... me siento muy bohemia. Entren, entren, por favor.
No reconoció a Easter hasta que éste se quitó el sombrero.
—¡Yo le conozco a usted! Usted es el detective que ha estado aquí esta tarde. El señor Easter, ¿no?
—Sí, señora Ballard.
—Bueno, mira quién está aquí, Lewis, un detective de carne y hueso. ¡Espero que no hayas hecho nada, querido!
Los dos hombres evitaron mirarse.
—¡Pero todo el mundo está callado!—exclamó Gwen—. No he dicho nada inconveniente, ¿verdad? —Con un leve suspiro se dirigió a Easter—, Seguramente he dicho algo. Siempre me ocurre. Déme su sombrero y pase a la sala. Lewis y yo estábamos charlando y tomando una taza de té antes de acostarnos. Me encanta el té. Charlotte me riñe, pero... —Al entregarle Easter su sombrero, le dirigió una sonrisa nerviosa. Uno de los perros se aproximó, olfateó el sombrero y luego los bajos de los pantalones de Easter. Gwen golpeó ligeramente la nariz del animal con el dedo índice—. Ve y tiéndete, Laddie. Pues esto es muy divertido, ¿no? Entren en la sala. El locutorio. Así lo llamaba yo cuando era una niñita. Mi locutorio. Y siempre pienso que es una palabra más bonita que sala, o salón. ¿No creen ustedes?
Nadie contestó. No era necesario. Gwen no esperaba ni requería respuesta alguna, evidentemente.
La sala estaba sofocante. El calor había secado las moras del recipiente de cobre y los perros estaban tendidos junto a la puerta, jadeantes, con la esperanza de disfrutar de alguna corriente de aire.
—Me siento muy alegre —dijo Gwen, mientras servía una taza de té para Charlotte—. Visitas inesperadas, y además Lewis en casa de nuevo... ¡Es maravilloso! Ustedes ya saben que Lewis ha sido muy malo conmigo. Estuvo fuera de casa dos días enteros, sólo porque discutimos un poco. Pero ahora ha vuelto definitivamente. ¿No es verdad, querido?
Por primera vez, Lewis habló.
—Sí, Gwen.
—¿Dónde estabas, querido?
—En el barco de Vern.
—¡Es absurdo quedarse en un barquillo que se mueve todo el tiempo cuando se tiene una hermosa casa como la nuestra!
—Absurdo. Sí, seguramente tienes razón.
—Además, Lewis, no debes olvidar tus buenos modales. Quizá el señor Easter no quiere té, sino algo más fuerte.
—Para mí nada, gracias —dijo Easter.
—Me siento una dueña de casa muy descortés. Ni siquiera se ha sentado. Yo... hasta ahora hemos tenido un verano muy agradable, ¿no? Espero que no cambie.
El viento golpeaba las ventanas y las paredes. Toda la casa parecía estremecida, a punto de desprenderse de sus cimientos y de ser arrastrada por el parque como las campanillas silenciosas de las flores. Una fuerte ráfaga bajó por la chimenea: las llamas se levantaron bruscamente y un tronco saltó y cayó contra un lado de la rejilla.



Gwen saltó también al oír la ruidosa lluvia de chispas.
—¡Ay, me he asustado! El viento... comprendo que es una tontería, pero detesto el viento, Charlotte. Apuesto a que está pensando que soy una neurótica.
—No —dijo Charlotte, moviendo la cabeza negativamente.
—Apostaría a que sí. Yo sé que Lewis me considera neurótica. Cada vez que siento un dolor o sufro un acceso de distracción, Lewis cree que es mental, que mi mente... mi mente... —Gwen hizo una pausa y parpadeó—. Esta no es una reunión muy alegre, debo decir. Cuando yo era jovencita, en Louisville, solíamos celebrar fiestas divertidísimas. Mi papá era muy severo, no obstante. Todo el mundo debía retirarse a las doce, como la Cenicienta. Lewis, querido, ¿recuerdas?
—Sólo fui a una fiesta —repuso él.
—¡Ah, eras sumamente atractivo entonces! Tú eras atractivo y yo era bonita. Era como una muñeca de Dresde, según decían todos. Desde luego, totalmente diferente de usted, Charlotte. ¡Totalmente diferente! Yo era muy menuda y mis huesos eran tan delicados que mi papá siempre temía que me cayese y me rompiese alguno. —Las manos de Gwen se movieron entre su cabello y Charlotte observó que se movían con un temblor espasmódico y que las uñas sin pintar tenían un tono azulado en sus extremos—. Entonces nunca pensaba yo que el mundo pudiese ser tan cruel, tan feo y cruel y... fue un gran choque para mí cuando lo descubrí, un choque terrible..., un infierno, un infierno terrible, y yo...
—Gwen —le dijo Lewis.
Gwen se volvió hacia él y frunció el ceño.
—No debes interrumpirme todo el tiempo. Es de mala educación. Mi papá me enseñó a no interrumpir jamás. ¡Ah, solíamos celebrar sesiones de buenos modales! Estudiábamos cada cosa una y otra vez hasta que yo aprendía todo a la perfección. Mi papá fingía ser alguien como el duque de Gloucester, por ejemplo, y luego llamaba a la puerta del locutorio. ¡Tan, tan, tan! Y luego decía: «El duque de Gloucester presenta sus respetos a la señorita Gwendoline An Marshall...» Lewis, querido, ¿no han llamado a la puerta?
—Es sólo el viento —le dijo Lewis.
—Estás equivocado. Siempre estás equivocado, Lewis. No te das cuenta de ello, pero siempre cometes... —Gwen se dirigió hacia la puerta, la abrió y volvió sonriente, agitando la cabeza—. Como te dije, era el viento. Lewis, debes disculparte.
Lewis desvió el rostro. Tenía una expresión lívida a la luz del fuego, deformada, pálida, como una máscara de cera encontrada por un niño y pinchada y manoseada hasta lo irreconocible.
—¡Lewis, querido!
—Sí.
—Verdaderamente debes disculparte. Has cometido otro de tus errores.
—Discúlpame.
—Pues tu tono no es muy amable.
—Yo... ¡Por favor, Gwen!
—Y ahora me insultas en presencia de invitados. Eso es una vulgaridad —dijo Gwen, mirando a Easter con expresión patética—. Ese hombre también me insultó, ese hombrecillo terrible.
—Voss —dijo Easter.
—Eso es, Voss, así se llamaba. Le dije que era una vulgaridad decir malas palabras en presencia de una dama, pero él se rió de mí.
—Gwen —repitió Lewis—. Calla.
—No quiero callarme.
—Easter es un detective.
—Ya sé que es de la policía. No soy tonta. De todos modos, no le temo. No he hecho nada malo, excepto conducir sin llevar el permiso.
—¿Cuándo condujo sin su permiso, señora Ballard? —preguntó Easter, en voz baja.
—Vamos, es infantil tratar de atraparme de esa manera. ¡No se lo diré, para que sufra!
De pronto, el perro llamado Laddie se sentó sobre las patas traseras. Sin ningún signo previo levantó el hocico y comenzó a aullar, con aullidos aterradores y lúgubres que parecían proceder, no de la garganta del animal, sino de los confines del mundo. Dos veces se detuvo para cobrar aliento y comenzar nuevamente. Cuando terminó de aullar, se deslizó lentamente hacia el vestíbulo, como avergonzado, con la cola entre las patas.
La sonrisa se había desvanecido del rostro de Gwen.
—Acaba de morir alguien —dijo. Bebió un sorbo del jarabe frío y amargo que quedaba en el fondo de su taza de té—. Me alegro de que no se trate de mí.
Charlotte miró a Easter aprensivamente. No se había movido, ni aun para desplazar su peso de un pie a otro.



Aparentemente se conformaba con dejar hablar a Gwen mientras recogía un hecho aquí, otro allá, entre su desigual torrente de palabras.
—Está en plena confusión mental, irracional —le dijo Charlotte en un susurro después de acercarse a él—. Cualquier cosa que diga es...
—Deje esto por mi cuenta.
—Lo he oído, Charlotte —exclamó Gwen—. He oído lo que usted acaba de decir.
—Sólo quería...
—Ha dicho algo acerca de mí. Bueno, también yo tengo bastante que decir acerca de usted. —Al decir esto, Gwen cruzó la sala con un paso gracioso y lento, como si de pronto hubiese recordado los tiempos en que siendo jovencita caminaba con un libro sobre la cabeza para mejorar su figura—, ¿Quiere oírlo?
—Sí.
—Ramera —dijo Gwen—. Ramera.
Lewis trató de hacerla callar.
—Gwen. Por favor, Gwen.
—¡Por favor, Gwen! Tú no te entrometas, viejo verde. Una ramera y un viejo verde. Son una bonita pareja, ¿no, señor Easter? Y tan listos por haber engañado a la vieja Gwen, tan terriblemente inteligentes que yo estoy enterada de sus andanzas desde hace muchos meses. Pero he tenido mis venganzas, algunas pequeñas, otras mayores. ¡Ah! ¡Cuando pienso en las veces que Charlotte ha venido aquí a atenderme y yo le decía que era tan honrada, tan digna de confianza, y luego le hablaba interminablemente de Lewis! Su expresión... ¡Verdaderamente era digna de risa!
Charlotte había retrocedido en silencio, dejando a Easter y Gwen el uno frente al otro.
Gwen parecía una muñeca dotada de pronto de voz y que dejaba escapar todo lo que se le había acumulado en su cabeza de trapo durante los años de silencio. Easter, gigantesco por contraste con ella, parecía perspicaz y frío.
—¿Y la gran venganza? —dijo Easter.
—Gwen —le interrumpió Lewis—, te advierto que todo lo que digas puede volverse...
—Yo... —Gwen agitó la cabeza con desprecio—, No acepto consejos de un viejo verde. La gran venganza... pues... ¿no cree usted que fue una gran venganza, señor Easter?
—Aún no estoy seguro de qué fue, o bien cómo la llevó a cabo.
—No debe ser usted muy listo.
—No lo soy.
—Por lo menos podría intentar adivinarlo. Nunca avanzará en su carrera si no hace un esfuerzo.
—Haré un esfuerzo.
—Desde luego. ¡Vamos, señor Easter!
—Mi idea es que Violet vino aquí el lunes por la tarde, a fin de ver a su marido. Pero en lugar de ello la vio a usted.
—Muy bien. ¿Recuerdas a Violet, Lewis?
Lewis evitó su mirada.
—Yo... sí.
—Sería mejor que no la recordaras. Llevaba un hijo tuyo, ¿no?
—Sí.
—¿No es extraño que le hayas dado un niño a ella, y no a mí, a mí que lo deseaba tanto?
—Lo siento.
—Pero ahora no hay ningún niño, ¿no es verdad, Lewis?
—¡No, no!
—Tampoco existe Violet. Tú y Charlotte la asesinasteis.
—¡No!
—Pues desde el punto de vista moral la matasteis. Yo solamente fui el instrumento. Los verdaderos asesinos fuisteis tú y Charlotte.
—No mezcles a Charlotte en esto.
—¿Por qué no habría de mezclarla? La mezclé desde un principio. Le mandé a la muchacha. ¿Oyes, Lewis? ¡Yo la mandé! Vi en ello una hermosa oportunidad de que se reunieran tus dos rameras.
Había disminuido el calor del fuego y el cuarto iba enfriándose gradualmente.
—Pensé que era una excelente idea. Pero no salió como yo había planeado. Quería que Charlotte descubriese qué clase de hombre era Lewis en realidad. Quería también que ella librase a Violet del hijo de Lewis, que me ahorrase la vergüenza y el escándalo de que esa infeliz entablase juicio contra él y arrastrase mi buen nombre por los juzgados y los periódicos. Pero Charlotte se negó. Y aquella noche después de la cena, Violet vino a verme otra vez. Yo estaba en el jardín...
¿Ha visto usted mi jardín, señor Easter?
—Sí.
—Es hermoso, ¿no?
—Muy hermoso. —Flores aplastadas en el suelo, árboles desnudos por el viento, cipreses resquebrajados—. ¿Estaba sola cuando vino por segunda vez?
—La trajeron dos hombres en un automóvil. El más pequeño la trajo por el césped hasta donde estaba yo, sentada en mi mecedora. Dijo que era el tío de Violet y que consideraba que Violet y yo debíamos llegar a un acuerdo mientras esperábamos a Lewis. Usó esa palabra, «acuerdo». La dejó aquí conmigo. Se echó a llorar. Pero las lágrimas han dejado de afectarme. Yo misma he llorado demasiado. A pesar de ello fui amable con ella. De joven me enseñaron a ser amable con todo el mundo, especialmente con mis inferiores.



—¿Habló de dinero?
—No, lo hice yo. Le pregunté cuánto querría para abandonar la ciudad y no volver nunca. Entonces se puso histérica. Repetía sin cesar que Voss estaba tratando de obligarla a exigir dinero, pero que ella no quería. Lo único que quería era deshacerse del niño, ser «como todas» de nuevo, según dijo. Hablaba como si el niño fuese una enfermedad terrible.
Charlotte recordó la escena que había provocado Violet en su consultorio, la forma en que había golpeado sus muslos con los puños y había dicho: «¡Me mataré...! Ni siquiera quiero dinero. Sólo quiero ser como era antes, sin nada que crezca aquí dentro.»
Las manos de Gwen jugaban con el encaje que cubría su garganta.
—Quería ver a Lewis —prosiguió—, y cuando le dije que no estaba, me acusó de mentir, de tratar de protegerle. Le dije que no mentía, que Lewis había salido a una excursión de pesca. No comprendió bien de qué clase de excursión se trataba, y amenazó con ir al puerto y esperarle allí. Entonces yo le dije que la acompañaría.
—Y la acompañó —dijo Easter.
—¿Sí? Sí, seguramente debí acompañarla. No sé por qué medios, sin embargo. ¿Cree usted que caminamos hasta allí?
—No es lejos.
—Sí. Seguramente caminamos. Yo no conduzco muy bien. Hacía frío y había niebla allá, y olía muy mal. Y todo el tiempo, Violet repetía que no podía soportarlo, y que se mataría. Y se mató. Se suicidó.
—No.
—Debió de suicidarse. Yo no lo recuerdo. No lo recuerdo...
—Haga una tentativa.
—No quiero. No quiero recordarlo. ¡Lewis, Lewis, ayúdame! ¡Que no me obligue a recordar! Lewis... ¡Papá!
—Muy bien —dijo Easter—. No tiene que recordar si no lo desea.
-¿No?
—No. Olvídese de Violet.
—Sí. Sí, creo que la olvidaré. Era una muchacha ignorante y mal educada.
—En cambio, no creo que tenga usted inconveniente en recordar a Voss. No le gustaba Voss. La insultó.
—Sí, me insultó. Me maldijo.
—¿Le vio de nuevo más tarde, esa misma noche?
—Creo que sí. Creo que fue esa noche. Vino a buscar a Violet y yo le dije que había regresado a su casa. —Gwen se frotó los ojos—. Creo que... estoy confundida. No debería decirle todo esto, ¿no? Lewis me mira con expresión rara... ¡Basta, Lewis, basta! ¡Deja de mirarme así!
—Yo... muy bien, Gwen —dijo Lewis—. Muy bien.
—Estás enfadado conmigo porque cogí tu revólver.
—No, Gwen, no estoy enfadado. No pudiste evitarlo.
—Es verdad, en realidad no pude evitarlo. No había otro revólver y yo necesitaba uno para protegerme.
—Señora Ballard —dijo Easter—. El lunes por la noche, cuando Voss vino a buscar a Violet, ¿le creyó a usted cuando le dijo que la muchacha había regresado a su casa?
—No. Dijo que había estado aquí más temprano y que al ver que nadie abría la puerta había paseado un rato en el automóvil, y luego él... me había visto caminando con Violet en dirección al muelle. Me dijo que esperó y nos espió, y que yo volví sola. Me acusó... dijo cosas muy feas...
—¿Fue entonces cuando usted le entregó dinero?
—No tuve más remedio. Todo el dinero que tenía. El dinero para la casa y los seiscientos dólares que recibí el sábado por el par de mirlos azules, los dos anillos y el collar que vendí. Me prometió callar, desaparecer y no volver nunca más.
—Pero volvió —dijo Easter.
—Sí, esta mañana temprano. Muy temprano. Estaba oscuro aún. Lewis no había telefoneado. Estaba preocupada y no podía dormir. Oí el automóvil, y cuando miré por la ventana, los vi. Voss y el otro, cruzando el sendero de los coches. Me puse los zapatos y un abrigo, y seguidamente fui al estudio de Lewis, saqué uno de sus revólveres y lo guardé en uno de los bolsillos.



»Bajé a la planta baja y abrí la puerta. Les pregunté qué deseaban. Y Voss me dijo que había surgido algo nuevo, que él y Eddie necesitaban más dinero a fin de abandonar definitivamente el país. Yo les dije que no podíamos hablar aquí, pues Lewis estaba en cama arriba y nos oiría.
Charlotte miró a Lewis, y al ver el trágico remordimiento en sus ojos adivinó que sus pensamientos eran semejantes a los suyos. Aquella madrugada debió haber estado en casa cuando Violet llegó por primera vez. De haber estado allí, los cuatro estarían vivos aún, tendrían un futuro aún, Eddie, Violet, Voss, Gwen misma. Para Gwen el camino que le aguardaba era oscuro y tortuoso, con un tramo de luz aquí y allá y una flecha que señalaba hacia atrás, hacia las alegres reuniones juveniles, el papá, el osito y la muñeca sonriente, hacia los años más amables, cada vez más lejos, más lejos, hasta que el final del camino era a la vez el comienzo.
—Fuimos al automóvil —dijo Gwen—. Voss ocupó el asiento delantero y el otro, Eddie, se sentó en el de atrás conmigo, y nos dirigimos hasta más lejos del cementerio. Al pasar por ahí, Eddie rió y comentó que «la gente se muere por ir allí». Yo reí a mi vez, y luego le maté. Le disparé dos o tres tiros. Voss detuvo el coche. Le dije que le mataría a él también. Me rogó que no le matara, pero le maté también.



Uno de los perros comenzó a soñar. La cola se agitó, las patas se movieron como persiguiendo algo.
—Era un hombre pequeñito, no mucho más grande que yo. Lo levanté cogiéndole por debajo de los brazos y lo coloqué en la parte trasera, encima de Eddie. Luego me puse al volante y comencé a conducir despacio. Pensé en lanzarlo desde el acantilado, pero no quería matarme. ¿Quién cuidaría los perros? ¿Comprende usted?
—Desde luego —asintió Easter.
—Bueno, entonces recordé que Charlotte estaba ausente, y se me ocurrió que era una buena idea dejar el coche en su garaje. Pensé que se sorprendería muchísimo al volver y encontrarlo allí. En realidad se sorprendió, ¿no, Charlotte?
—Sí —dijo Charlotte, gravemente—. Me sorprendí mucho.
—Me habría gustado estar allí para ver su expresión. De todos modos nunca me ha gustado su cara. Tiene cara de embustera. Cara de ramera. Me gustaría abrirla con un cuchillo. Me gustaría...
—Gwen —dijo Lewis.
Gwen se volvió hacia él. De pronto, su expresión cambió totalmente.
—¿Papá? —dijo.
—Recuerda tus buenos modales.
—Trataré de recordarlos, papá. Perdóname por haberle dicho la verdad, Charlotte, ramera, y sírvase otra taza de té, es refrescante, fresco, y... me duele la cabeza. Estoy nerviosa, Lewis, estoy muy nerviosa.
—Ya lo sé —dijo él.
—La gente no debería ponerme nerviosa, ¿verdad?
—No, Gwen.
—Pero me ponen nerviosa. No se lo permitas.
—Lo haré. —Lewis se acercó a ella y la cogió por los hombros temblorosos.
—¿Me quieres, Lewis?
—Sí.
—¿Me has querido siempre?
—Sí.
—Y a ella la odias, ¿verdad? La desprecias. Odias su cara. Te gustaría cortársela con un cuchillo, ¿verdad?
—Gwen. ¡Dios mió!
—Dilo.
—No.
—¡Dilo!
—La... la odio.
—Y su cara, ¿qué te gustaría hacer con ella?
—Cortársela... con un... cuchillo.
—Muy bien. ¿Ves, Charlotte? Dos contra uno. Lewis y yo te odiamos. ¿No es verdad, señor Easter? Pero ¿dónde está el señor Easter?
—Está hablando por teléfono —dijo Lewis—. Tenía que hacer una llamada.
Gwen sostuvo una de las manos de Lewis contra su mejilla.
—A nosotros no nos importa, ¿no es verdad?
—No, Gwen.
—Es como antes. Llévame arriba como lo hacías entonces.
—Todavía no.
—No, ahora. Estoy cansada. He bailado toda la noche.
Lewis la levantó suavemente y la llevó en brazos hacia el vestíbulo. Las lágrimas que caían de sus ojos desaparecían en los rizos amarillentos y desteñidos de Gwen. Subió las escaleras lentamente. Gwen estaba cansada. Había bailado toda la noche. Se quedó dormida en sus brazos.



Había cesado el viento, como si se hubiese abierto un gran agujero en el cielo y todos los vientos del mundo hubiesen desaparecido por él.
Easter abrió la verja de madera. La policía había llegado y se había marchado, el automóvil se había alejado, y el resplandor del amanecer aparecía en el este.
—Adiós, Charlotte.
—Adiós.
—Que descanse.
—No, no quiero descansar, no estoy cansada. —Al decir esto, Charlotte pensó fugazmente que ella no había bailado toda la noche.
Easter la cogió de la mano.
—Lamento que las cosas no hayan salido como usted anhelaba —dijo.
—Yo tengo la culpa. Yo me busqué esta situación. —Charlotte recordó las palabras «cortársela con un cuchillo».
—Lo siento por Ballard, también. He cometido con él una injusticia. Es un hombre mucho más noble que lo que yo imaginaba. No la abandonará, y tal vez algún día se cure.
—Tal vez. Tal vez se cure.
—No es éste el lugar ni el momento de decirle que la quiero, Charlotte, pero se lo digo, de todos modos. Le esperan días difíciles. Quizá mi cariño fuese un consuelo para usted.
—Gracias —murmuró Charlotte.
—¿Cree usted que lo será?
—Sí..., será un gran consuelo. —Las lágrimas se acumularon como migajas ásperas detrás de sus ojos, hasta que tuvo la sensación de que éstos se saldrían de sus órbitas.
—Llore, Charlotte, si lo desea.
—Yo nunca... nunca lloro.
—Llore ahora. Llore mucho y durante largo rato. Se sentirá mejor.
—No puedo llorar.
—A pesar de ello, llorará.—Easter se inclinó y besó los párpados secos de Charlotte—. Adiós, Charlotte.
—Adiós.
La verja se cerró suavemente, como la página de un libro al caer sobre las anteriores.
Charlotte entró en su casa y permaneció largo tiempo sentada en el sillón de Lewis, junto a la ventana, contemplando el cielo cada vez más claro.
No pudo determinar en qué momento se apagaron las luces de la ciudad y comenzó el nuevo día.
FIN
Table of Contents
PAGARÁS CON MALDAD
PAGARAS CON MALDAD
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