VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.

miércoles, 5 de abril de 2017

Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes (English) (Maurice Leblanc)

Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Maurice Leblanc

Resultado de imagen de Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Maurice Leblanc Resultado de imagen de Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Maurice Leblanc Resultado de imagen de Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Maurice Leblanc


Arsenio Lupin contra Herlock
Sholmes
LA DAMA RUBIA
1
EL NÚMERO 514, SERIE 23
El 8 de diciembre del año pasado, el señor Gerbois, profesor de matemáticas en el Liceo de Versalles, descubrió entre el batiburrillo de una tienda de compraventa, un pequeño secrétaire de caoba que le agradó por la variedad de sus gavetas.
«He aquí lo que necesito para el cumpleaños de Suzanne», pensó.
Y como se las ingeniaba, en la medida de sus modestos recursos, por complacer a su hija, le quitó el precio y pagó la suma de sesenta y cinco francos.
Cuando daba su dirección, un joven de aspecto elegante y que hacía un buen rato iba husmeando de un lado para otro, vio el mueble y preguntó:
–¿Cuánto?
–Está vendido -replicó el dueño de la tienda.
–¡Ah!… ¿Al señor, quizá?
El señor Gerbois saludó y, tanto más contento por haber comprado un mueble que le gustaba a un semejante, se retiró.
Pero no había dado diez pasos en la calle cuando se le unió el joven, el cual, con el sombrero en la mano y un tono de perfecta cortesía, le dijo:
–Le ruego que me perdone, señor. Pero voy a hacerle una pregunta indiscreta… ¿Buscaba ese secrétaire con mayor interés que cualquier otra cosa?
–No. Buscaba una balanza de ocasión para algunos experimentos físicos.
–Entonces, ¿no le importa mucho?
–Sí me importa.
–¿Porque es antiguo tal vez?
–Porque es cómodo.
–En ese caso, ¿consentiría en cambiarlo por otro secrétaire tan cómodo como ése, pero en mejor estado?
–Este está en buen estado y el cambio me parece inútil.
–Sin embargo…
El señor Gerbois era hombre fácilmente irritable y de carácter receloso. Respondió secamente:
–Le suplico, señor, que no insista.
El desconocido se plantó delante de él.
–Ignoro el precio que ha pagado usted por ese mueble, señor. Le ofrezco el doble.
–No.
–El triple.
–¡Oh! Basta ya-exclamó el profesor, impaciente-. No vendo lo que me pertenece.
El joven le miró fijamente, de una forma que el señor Gerbois no olvidaría; luego, sin decir una palabra, dio media vuelta y se alejó.
Una hora después llevaban el mueble a la casita que ocupaba el profesor en la carretera de Viroflay. Llamó a su hija.
–Esto es para ti, Suzanne, si todavía te hace falta.
Suzanne era una muchachita bonita, expansiva y feliz. Se arrojó al cuello de su padre y le besó con tanta alegría como si le hubiese ofrecido un regalo digno de reyes.
Aquella misma tarde, después de haberlo colocado en su habitación con la ayuda de Hortense, la criada, limpió las gavetas y colocó cuidadosamente en ellas sus papeles, sus cajas de cartas, su correspondencia, sus colecciones de tarjetas postales y algunos recuerdos furtivos que conservaba de su primo Philippe.
Al día siguiente, a las siete y media, el señor Gerbois se dirigió al Liceo. A las diez, siguiendo una costumbre cotidiana, Suzanne le esperaba a la salida, y para él era un gran placer ver en la acera de enfrente su graciosa figura y su sonrisa infantil.
Y regresaron juntos. – ¿Y tu secrétaire?
–¡Una verdadera maravilla! Hortense y yo hemos limpiado todos los adornos de cobre. Se diría que son de oro.
–¿Estás contenta, entonces?
–¿Que si estoy contenta?… Claro que sí; no sé cómo he podido pasarme sin él hasta ahora.
Atravesaron el jardín que precedía a la casa. El señor Gerbois propuso:
–¿ Podríamos verlo antes de comer?
–¡Oh, sí! Es una idea excelente.
La muchacha subió primero; pero, cuando alcanzó el umbral de su dormitorio, lanzó un grito de espanto.
–¿Qué pasa? – balbució el señor Gerbois.
Y entró en la habitación. El secrétaire había desaparecido.
…Lo que extrañó al juez de instrucción fue la sencillez de medios empleados. En ausencia de Suzanne y mientras la criada hacía la compra, un comisario provisto de su placa -los vecinos lo vieron- detuvo su carrito delante del jardín y llamó dos veces. Los vecinos, que ignoraban que la criada estaba fuera, no sospecharon nada, de forma que el individuo efectuó su tarea con la más completa tranquilidad.
Observaron que no había sido fracturado ningún armario ni violentada ninguna gaveta. La cajita que ella había dejado sobre el mármol del secrétaire fue encontrada sobre la mesa con los objetos de oro que contenía. El móvil del robo estaba claramente definido, lo que lo hacía más inexplicable; pues, a fin de cuentas, ¿por qué correr tanto riesgo por un botín tan exiguo?
El único indicio que pudo dar el profesor fue el incidente de la víspera.
–Ante mi negativa, aquel joven demostró una manifiesta contrariedad y tuve la clara impresión de que me abandonaba bajo amenaza.
Eso era muy vago. Interrogaron al dueño de la tienda. No conocía ni a uno ni a otro de aquellos señores. En cuanto al mueble, lo había comprado por cuarenta francos en Chavreuse, en una venta de muebles efectuada después de un fallecimiento, y creía haberlo vendido en su verdadero valor. La investigación prosiguió sin obtenerse nada más.
Pero el señor Gerbois estaba convencido de que había sufrido una pérdida enorme. Una fortuna debía de estar oculta en el fondo de alguna gaveta, y ésa era la razón por la que el joven, conociendo el escondrijo, había actuado con tal decisión.
–¿Qué habríamos hecho con esa fortuna, papá? – repetía Suzanne.
–¿Qué? Con semejante dote habrías podido aspirar a los mejores partidos.
Suzanne, que limitaba sus pretensiones a su primo Philippe, el cual era un partido mediocre, suspiraba amargamente.
Y en la casita de Versalles continuó la vida, menos alegre, menos tranquila, ensombrecida por lamentaciones y decepciones.
Pasaron dos meses. Y de repente, uno tras otro, surgieron los más graves acontecimientos: ¡una serie imprevista de felices oportunidades y de catástrofes!…
El día 1 de febrero, a las cinco y media, el señor Gerbois, que acababa de regresar con un periódico de la tarde en la mano, se sentó, se puso las gafas y comenzó a leer. Como no le interesaba la política, volvió la página. Inmediatamente atrajo su atención un artículo titulado Tercer sorteo de lotería de las Asociaciones de la Prensa, el número 514, serie 23, gana un millón…
El periódico se le escurrió de las manos. Las paredes vacilaron ante sus ojos y su corazón dejó de latir. ¡El número 514, serie 23, era el suyo! Lo había comprado por casualidad, para hacerle un favor a un amigo, porque apenas creía en los favores de la suerte, ¡y había salido premiado!
Rápidamente sacó su agenda. El número 514, serie 23, estaba escrito, para recordarlo, en la página de la agenda. Pero ¿y el billete?
Corrió a su despacho para buscar la caja de sobres entre los cuales había deslizado el preciado billete, y en la misma puerta se paró en seco, vacilando de nuevo y con el corazón encogido: la caja de sobres no estaba allí, y, cosa terrible, ¡se dio cuenta súbitamente de que hacía semanas que no se encontraba allí! ¡Durante ese tiempo no la veía ante él a las horas en que corregía las tareas de sus alumnos!
Un ruido de pasos sobre la grava del jardín… Llamó:
–¡Suzanne!… ¡Suzanne!
La muchacha llegaba de la calle. Subió precipitadamente. El profesor tartamudeó con voz estrangulada:
–Suzanne… la caja… la caja de sobres…
–¿Cuál?
–La del Louvre… que traje el jueves… y que estaba en la esquina de esta mesa.
–Pero recuérdalo, papá… La colocamos juntos…
–La tarde…, ya sabes, la víspera del día…
–Pero ¿dónde?… Responde… Me estás matando…
–En el secrétaire.
–¿En el secrétaire que robaron?
–Sí.
–¿En el secrétaire que robaron?
Repitió la frase en voz baja, con espanto. Luego le cogió las manos y, con voz más baja aún, dijo:
–Contenía un millón, hija mía…
–¡Ah papá! ¿Por qué no me lo dijiste? – murmuró la muchacha ingenuamente.
–¡Un millón! – repitió el profesor-. Es el número que ha salido premiado en la lotería de la Prensa.
La enormidad del desastre los amilanó, y durante largo rato guardaron un silencio que no tenían el valor de romper.
Al fin, Suzanne dijo:
–Pero, papá, te lo pagarán de todas formas.
–¿Por qué? ¿Con qué pruebas?
–¿Hacen falta pruebas?
–¡Claro que sí!
–¿Y no las tienes?
–Sí, tengo una.
–¿Entonces?
–Estaba en la caja.
–¿ En la caja que ha desaparecido?
–Sí. Y es el otro quien lo cobrará.
–¡Eso sería abominable! Vamos papá: ¿podrías oponerte a ello?
–¿Acaso lo sé? ¿Acaso lo sé? ¡Ese hombre debe de ser fuerte! ¡Dispone de tales recursos!… Recuerda el asunto del mueble…
Se irguió con un sobresalto de energía y, golpeando el suelo con el pie, dijo:
–¡No! ¡No conseguirá ese millón! ¡No se apoderará de él! ¿Por qué iba a conseguirlo? Después de todo, por hábil que sea, tampoco puede hacer nada. ¡Si se presenta a cobrarlo, lo detendrán. ¡Ah, nos veremos las caras, amigo mío!
–¿Tienes alguna idea, papá?
–La de defender nuestros derechos hasta el final, pase lo que pase. ¡Y triunfaremos!… El millón es mío, ¡y lo cobraré!
Algunos minutos más tarde expedía este despacho:
«Gobernador del Crédit Foncier.
»Calle Capucines. Paris.
»Soy el poseedor del número 514, serie 23, y me opondré por todas las vías legales a cualquiera que desee cobrarlo en mi lugar.»
GERBOIS
Casi al mismo tiempo llegaba al Crédit Foncier este otro telegrama:
«El número 514, serie 23, está en mi poder».
ARSENIO LUPIN
Cada vez que emprendo la tarea de contar alguna de las innumerables aventuras de que se compone la vida de Arsenio Lupin, experimento una verdadera confusión, porque me parece que la más vulgar de estas aventuras es conocida por todos aquellos que van a leerme. En realidad, no hay un gesto de nuestro ladrón-nacional, como graciosamente se le ha llamado, que no haya sido señalado de la forma más retumbante, ni una hazaña que no haya sido estudiada bajo todas sus fases, ni un acto que no haya sido comentado con esa abundancia de detalles que se reservan, por lo general, al relato de acciones heroicas.
¿Quién no conoce, por ejemplo, esta extraña historia de La dama rubia, con sus curiosos episodios, que los periodistas titularon en gruesos caracteres El número 514, serie 23…; El crimen de la avenida de Henri-Martin…; El brillante azul? ¡Qué ruido alrededor de la intervención del famoso detective inglés Herlock Sholmes! ¡Qué efervescencia tras cada una de las peripecias que marcaron la lucha entre estos dos grandes artistas! ¡Y qué barahúnda en los bulevares, el día en que los vendedores de periódicos vociferaron: «La detención de Arsenio Lupin»!
Mi excusa es que yo aporto algo nuevo: aporto la palabra del enigma. Siempre queda algo de sombra alrededor de estas aventuras: yo la disipo. Reproduzco artículos leídos y releídos; copio antiguas entrevistas; pero todo lo coordino, lo clasifico y lo someto a la verdad exacta. Mi colaborador es este Arsenio Lupin cuya condescendencia conmigo es inestimable. Y lo es también, en ciertos momentos, el inefable Wilson, el amigo y confidente de Sholmes.
Aún se recuerda la formidable carcajada que acogió la publicación del doble despacho. El solo nombre de Arsenio Lupin era una seguridad de imprevistos, una promesa de diversión para la galería. Y la galería era el mundo entero.
De las indagaciones realizadas inmediatamente por el Crédit Foncier resultó que el número 514, serie 23, había sido vendido por el intermediario de la sucursal de Versalles del Crédit Lyonnais al comandante de Artillería Bessy. Ahora bien: el comandante había muerto de una caída de caballo. Se supo por sus compañeros, a los que se confió poco antes de su muerte, que había cedido el billete a un amigo.
–Ese amigo soy yo -afirmó el señor Gerbois.
–Pruébelo -objetó el gobernador del Crédit Foncier.
–¿Que lo pruebe? Es fácil. Veinte personas le dirán que yo tenía una gran amistad con el comandante Bessy y que nos reuníamos con frecuencia en el café de la Place d'Armes. Fue allí donde un día, para aliviarlo de un momento de apuro, le compré el billete por veinte francos.
–¿Tiene usted testigos de esa compra?
–No.
–En ese caso, ¿en qué funda usted su reclamación?
–En la carta que me escribió sobre tal asunto.
–Enséñela.
–Estaba en el secrétaire robado.
–Búsquela.
Arsenio Lupin la comunicó a los periódicos. Una nota publicada en el Echo de Paris, que tiene el honor de ser su órgano oficial y del cual, según parece, es uno de los principales accionistas, anunció que ponía en manos del señor Detinan, su abogado consejero, la carta que el comandante Bessy le había escrito a él personalmente.
Fue una explosión de júbilo: ¡Arsenio Lupin utilizaba un abogado! ¡Arsenio Lupin, respetuoso con las reglas establecidas, designaba para representarlo un miembro del foro!
Toda la Prensa se lanzó a casa del señor Detinan, influyente diputado radical, hombre de alta probidad al mismo tiempo que de espíritu refinado, un poco es-céptico, a veces paradójico.
Detinan no había tenido nunca el placer de reunirse con Arsenio Lupin…, y lo sentía profundamente… Pero acababa de recibir sus instrucciones, en efecto, y muy emocionado por una elección que le halagaba, pensaba defender vigorosamente el derecho de su cliente. Abrió el expediente recientemente constituido y, sin detenerse, exhibió la carta del comandante, la cual probaba, sin lugar a dudas, la cesión del billete, aunque no mencionaba el nombre del nuevo comprador.
Simplemente decía:
«Mi querido amigo…»
–«Mi querido amigo» soy yo -añadía Arsenio Lupin en una nota adjunta a la carta del comandante-. Y la mejor prueba de ello es que tengo la carta.
La nube de periodistas se abalanzó inmediatamente sobre la mesa del señor Gerbois, que sólo pudo repetir:
–«Mi querido amigo» no es otro que yo. Arsenio Lupin me robó la carta del comandante junto con el billete.
–¡Que lo pruebe! – respondió Lupin a los periodistas.
–Pero ¡si fue él quien robó el secrétairel… exclamó el señor Gerbois delante de los mismos periodistas.
Y Arsenio Lupin contestó: -¡Que lo pruebe!
Y fue un espectáculo de encantadora fantasía el duelo público entre los dos poseedores del número 514, serie 23; las idas y venidas de los periodistas, la sangre fría de Arsenio Lupin frente al enloquecimiento del pobre señor Gerbois…
¡La Prensa estaba repleta de las lamentaciones del desgraciado! A ella confiaba su infortunio con chocante ingenuidad.
–Compréndanlo, señores. ¡Es la dote de Suzanne lo que ese truhán quiere robarme! Por mí, personalmente, me tiene sin cuidado; pero ¡por Suzanne! Piénsenlo: ¡un millón! ¡Diez veces cien mil francos! ¡Ah! Bien sabía yo que el secrétaire contenía un tesoro.
Al objetársele que su adversario, al llevarse el mueble, ignoraba la presencia de un billete de lotería, y que en todo caso nunca habría podido prever que el tal billete iba a ganar el primer premio, gemía:
–¡Lo sabía, lo sabía!… Si no, ¿por qué se habría molestado en llevarse un mueble tan viejo?
–Por razones desconocidas, pero ciertamente no para apoderarse de un trozo de papel que valía, entonces, veinte francos, una modestísima suma.
–¡La suma de un millón! Él lo sabía…, ¡lo sabe todo! Ah, ustedes no conocen a ese bandido… ¡El no les ha robado un millón!
El diálogo habría podido durar infinitamente. Pero al duodécimo día, el señor Gerbois recibió una misiva de Arsenio Lupin que llevaba la indicación de confidencial. Y la leyó con inquietud creciente:
«Señor: La galería se divierte a nuestra costa. ¿No cree que ha llegado el momento de ponernos serios? Por mi parte, yo estoy firmemente dispuesto a ello.
»La situación es clara: yo poseo un billete que no tengo derecho a cobrar, y usted tiene derecho a cobrar un billete que no posee. Así pues, no podemos hacer nada el uno sin el otro.
»Ahora bien: ni usted consentirá en cederme su derecho ni yo en cederle mi billete.
»¿Qué hacer?
»Yo no veo más que un medio: repartámoslo.
»Medio millón para usted y medio millón para mí. ¿No es equitativo? Y este juicio de Salomón ¿no satisface el deseo de justicia que existe en cada uno de nosotros?
«Solución justa, pero solución inmediata. Ésta no es una oferta que tenga usted la obligación de discutir, sino una necesidad a la que debe adaptarse dadas las circunstancias. Le doy tres días para reflexionar. El viernes por la mañana me gustaría leer en los anuncios breves del Echo de París una discreta nota dirigida al señor Ars Lup que contuviera, en términos velados, su adhesión pura y simple al pacto que le propongo, mediante el cual usted entrará en posesión inmediata del billete y cobrará el millón…, esperando a remitirme quinientos mil francos por el procedimiento que yo le indicaré posteriormente.
»En caso de negativa, he tomado mis disposiciones para que el resultado sea idéntico. Pero, aparte de las muy graves molestias que le causará tal obstinación, tendrá que sufrir usted un descuento de veinticinco mil francos para gastos suplementarios.
«Quedando a su disposición, le saluda atentamente,
ARSENIO LUPIN»-
Desesperado, el señor Gerbois cometió la enorme falta de enseñar esta carta y dejar que la copiaran. Su indignación lo empujaba a estas tonterías.
–¡Nada! ¡No tendrá nada! – gritaba ante los periodistas-. ¿Partir lo que me pertenece? ¡Jamás! ¡Que rompa el billete si quiere!
–Sin embargo, quinientos mil francos es mejor que nada.
–No se trata de eso, sino de mi derecho, y este derecho lo estableceré ante los tribunales.
–¿Atacará a Arsenio Lupin? Eso sería gracioso.
–No, sino al Crédit Foncier. Éste me tiene que pagar el millón.
–Contra la entrega del billete o, al menos, contra la prueba de que usted lo compró.
–La prueba existe, puesto que Arsenio Lupin confiesa que robó el secrétaire.
–¿Le bastará a los tribunales la palabra de Arsenio Lupin?
–No importa. Yo sigo adelante.
La galería pateaba. Se hicieron apuestas: unos sostenían que Lupin sometería al señor Gerbois; otros, que aquél claudicaría ante las amenazas de éste. Y se experimentaba una especie de intranquilidad, de tal manera eran desiguales las fuerzas entre los adversarios: uno, tan rudo en su asalto; otro, asustado como una bestia acorralada.
El viernes arrancaron de las manos de los vendedores el Echo de París y escrutaron febrilmente la quinta página en el lugar dedicado a los anuncios breves. Ni una sola línea estaba dirigida al señor Ars Lup. A las órdenes de Arsenio Lupin contestaba el señor Gerbois con el silencio. Era la declaración de guerra.
Esa noche se supo por los periódicos el secuestro de la señorita Suzanne.
Lo que nos regocija en lo que podríamos llamar espectáculos de Arsenio Lupin es el papel eminentemente cómico de la Policía. Todo ocurre al margen de ella. Lupin habla, escribe, previene, ordena, amenaza y ejecuta como si no existiese el jefe de la Süreté ni los agentes, ni los comisarios, ni nadie, en fin, que pueda estorbarlo en sus designios. Todo eso se considera como nulo y no existente. El obstáculo no cuenta.
¡Y, sin embargo, la Policía se mueve! Desde el momento en que se trata de Arsenio Lupin, todo el mundo, desde el más alto hasta el más bajo de la escala, arde, hierve, espumea de rabia. Es el enemigo, y un enemigo que se burla, que provoca, que desprecia o, lo que es peor, que lo ignora a uno.
¿Y qué hacer contra un enemigo semejante? A las diez menos veinte, según testimonio de la criada, Suzanne salió de su casa. A las diez y cinco, su padre, al salir del Liceo, no la vio en la acera donde la muchacha acostumbraba a esperarlo. Así pues, todo había ocurrido en el transcurso del breve paseo de veinte minutos que Suzanne hacía desde su casa al Liceo o, por lo menos, hasta los accesos al Liceo.
Dos vecinos afirmaron que se habían cruzado con ella a trescientos pasos de la casa. Una señora había visto caminar a lo largo de la avenida a una joven cuyas señas coincidían. ¿Y después? Después no se sabía nada.
Se investigó por todos lados, se interrogó a los empleados de las estaciones y del fielato. No habían observado aquel día nada que pudiera relacionarse con el secuestro de una joven. Sin embargo, en Ville d'Avray, el tendero de un establecimiento declaró que había facilitado aceite a un automóvil cerrado procedente de París. Al volante se sentaba un chófer; en el interior, una dama rubia…, excesivamente rubia, precisó el testigo. Una hora más tarde el automóvil volvía de Versalles. Un atasco de tráfico le obligó a disminuir la marcha, lo que permitió al tendero comprobar, al lado de la dama rubia ya entrevista, la presencia de otra dama envuelta en chales y velos. Nadie dudó de que se trataba de Suzanne Gerbois.
Luego era preciso suponer que el secuestro se había llevado a cabo en pleno día, en una carretera muy frecuentada en el centro mismo de la ciudad.
¿Cómo? ¿En qué lugar? No se oyó ningún grito, no se observó ningún movimiento sospechoso.
El tendero dio las señas del automóvil: una limusina de veinticuatro caballos, de la casa Peugeon, con carrocería azul oscuro. En todo caso se informó a la directora del Grand Garage, señora Bob Walthour, que era especialista en secuestros de vehículos. En efecto, el viernes por la mañana había alquilado por todo el día una limusina Peugeon a una dama rubia, a la que no había vuelto a ver.
–Pero el chófer…
–Era un individuo llamado Ernest, que habíamos contratado el día anterior en vista de sus excelentes recomendaciones.
–¿Está aquí?
–No, devolvió el auto y no ha vuelto.
–¿No podríamos encontrar su pista?
–Sí, por las personas que lo recomendaron. Aquí tiene sus señas.
Fueron a los domicilios de esas personas. Ninguna de ellas conocía al llamado Ernest.
Así pues, cualquier pista que se seguía para salir de las tinieblas hacía caer en otras tinieblas, en otros enigmas.
El señor Gerbois no tenía fuerzas para sostener una batalla que comenzaba de forma tan desastrosa para él. Inconsolable desde la desaparición de su hija, roído por los remordimientos, capituló.
Un pequeño anuncio aparecido en el Echo de París, que todo el mundo comentó, confirmó su sumisión pura y simple, sin reserva mental.
Era la victoria, la guerra terminada en cuatro veces veinticuatro horas.
Dos días después, el señor Gerbois atravesaba el patio del Crédit Foncier. Llevado ante el administrador, alargó el número 514, serie 23. El administrador tuvo un sobresalto.
–¡Ah! ¿Ya lo consiguió? ¿Se lo han devuelto?
–Se había extraviado. Aquí está -respondió el señor Gerbois.
–Sin embargo, usted pretendía que… El número ha sido objeto de…
–Todos fueron cuentos y mentiras.
–De todas formas, necesitaremos un documento que lo acredite.
–¿Basta con la carta del comandante?
–Claro que sí.
–Aquí la tiene usted.
–Perfectamente. Sírvase dejar estos documentos en depósito. Nos conceden quince días para comprobación. Le avisaré cuándo puede presentarse a cobrar en caja. De aquí a entonces, señor, creo que le interesa no decir nada a nadie, y que se termine este asunto en el silencio más absoluto.
–Ésa es mi intención.
El señor Gerbois no habló; el gobernador tampoco. Pero existen secretos que se revelan sin que se cometa ninguna indiscreción, y enseguida se supo que Arsenio Lupin había tenido la audacia de devolver el número 514, serie 23, al señor Gerbois. La noticia fue acogida con estupefacta admiración. ¡Decididamente era buen jugador el que arrojaba sobre la mesa un triunfo de tanta importancia como el preciado billete! Claro que se había desprendido de él a sabiendas y a cambio de una carta que establecía el equilibrio. Pero ¿y si se escapaba la joven? ¿Y si lograban encontrar al rehén que él retenía?
La Policía se dio cuenta del punto débil del enemigo y redobló sus esfuerzos. Arsenio Lupin, desarmado, despojado por sí mismo, preso en el engranaje de sus combinaciones, sin tocar un céntimo del millón codiciado… De golpe, los que se reían se pasarían al otro campo.
Pero era preciso encontrar a Suzanne. ¡Y no la encontraban y, lo que era peor, no se escapaba!
Así pues, Arsenio Lupin gana la primera partida. Pero lo más difícil está por hacer. La señorita Gerbois se halla en sus manos, tengámoslo en cuenta, y no la devolverá sino mediante la entrega de quinientos mil francos. Pero ¿dónde y cómo se realizará el cambio? Para que este cambio tenga lugar es preciso que haya una cita, y entonces, ¿quién le impide al señor Gerbois avisar a la Policía y así recobrar a su hija sin soltar un céntimo?
Entrevistaron al profesor. Muy abatido, deseoso de guardar silencio, permaneció impenetrable.
–No tengo nada que decir. Espero.
–¿Y la señorita Gerbois?
–La búsqueda continúa.
–Pero ¿Arsenio Lupin le ha escrito?
–No.
–¿Lo jura?
–No.
–Entonces es que sí. ¿Cuáles son sus instrucciones?
–No tengo nada que decir.
Asediaron al señor Detinan. La misma discreción.
–El señor Lupin es mi cliente -respondió con afectada gravedad-. Han de comprender que observe la más absoluta reserva.
Todos estos misterios irritaban a la galería. Evidentemente se tramaban planes en la sombra. Arsenio Lupin disponía y apretaba las mallas de sus redes, mientras que la Policía organizaba alrededor del señor Gerbois una vigilancia diurna y nocturna. Y se estudiaban los tres únicos desenlaces posibles: la detención, el triunfo o el fracaso ridículo y lamentable.
Pero sucedió que la curiosidad del público no iba a ser satisfecha sino de forma parcial, y es aquí, en estas páginas, donde por primera vez se revela la verdad exacta.
El martes, 12 de marzo, el señor Gerbois recibió, bajo sobre de apariencia vulgar, un aviso del Crédit Foncier.
El jueves, a la una, cogía el tren para París. A las dos, le pagaron los mil billetes de mil francos.
Mientras los contaba, uno a uno, temblando…, ¿no era este dinero el rescate de Suzanne?…, dos hombres se encontraban en un auto detenido a cierta distancia de la puerta principal del Crédit. Uno de ellos tenía cabellos grises y un rostro enérgico que contrastaba con sus ropas y sus modales de empleado modesto. Se trataba del inspector general Ganimard, el viejo Ganimard, enemigo implacable de Lupin. Y Ganimard le decía al sargento Folefant:
–Ya no tardará… Antes de cinco minutos volveremos a ver a nuestro hombre. ¿Está todo dispuesto?
–Completamente.
–¿Cuántos somos?
–Ocho, dos con bicicletas.
–Y yo, que valgo por tres. Es bastante, pero no demasiado. Es preciso, a toda costa, que no se nos escape ese Gerbois…, si no, ¡adiós! Se juntará con Arsenio Lupin en el lugar que hayan fijado de antemano, cambiará la muchacha por el medio millón y el juego se acabó.
–Pero ¿por qué ese hombre no actúa con nuestra ayuda? ¡Sería todo tan sencillo! Metiéndonos en el juego, se embolsaría el millón entero.
–Sí, pero tiene miedo. Si intenta engañar al otro, no recuperará a su hija.
–¿Qué otro?
-Él.
Ganimard pronunció esta palabra con tono grave, un poco temeroso, como si hablase de un ser sobrenatural cuyas garras ya hubiera sentido.
–Es bastante cómico -observó juiciosamente el sargento Folefant- que nos veamos reducidos a proteger a ese señor contra sí mismo.
–Con Lupin el mundo está patas arriba -suspiró Ganimard.
Transcurrió un minuto.
–Atención-dijo.
El señor Gerbois salía. Al final de la calle Capucines tiró por el lado izquierdo de los bulevares. Se alejaba lentamente, a lo largo de las tiendas, mirando los escaparates.
–Demasiado tranquilo nuestro cliente -decía Ganimard-. Un individuo que lleva en el bolsillo un millón no tiene esa tranquilidad.
–¿Qué puede hacer?
–¡Oh!, nada, evidentemente… No importa, desconfío. Lupin es Lupin.
En ese momento, el señor Gerbois se dirigió a un quiosco, eligió varios periódicos, los pagó, desplegó uno de ellos y con los brazos extendidos, avanzando a pasos cortos, se puso a leer. Y de repente, de un salto se arrojó al interior de un automóvil que se hallaba aparcado al borde de la acera. El motor estaba en marcha, porque el auto partió rápidamente, dobló la esquina de la Madeleine y desapareció.
–¡Maldición! – blasfemó Ganimard-. ¡Otro golpe de los suyos!
Echó a correr, y otros hombres corrieron, al mismo tiempo que él, por los alrededores de la Madeleine.
Pero lanzó una carcajada. A la entrada del bulevar Malesherbes, el automóvil se hallaba detenido, estropeado, y el señor Gerbois se apeaba de él.
–Rápido, Folefant… el chófer.
Era un individuo llamado Gastón, empleado de la sociedad de automóviles de alquiler: diez minutos antes lo había parado un señor y le había dicho que esperase «con el motor en marcha, junto al quiosco, hasta la llegada de otro señor.»
–Y el segundo cliente -preguntó Folefant-, ¿qué dirección le dio?
–Ninguna… «Bulevar Malesherbes…, avenida de Messine…, doble propina…» Eso fue todo.
Pero durante ese tiempo, el señor Gerbois, sin perder un minuto, había saltado al primer vehículo que pasaba.
–Cochero, al Metro de la Concorde.
El profesor salió del Metro de la plaza del Palais-Royal, corrió hacia otro coche e hizo que lo condujeran a la plaza de la Bourse. Segundo viaje en Metro; luego, en la avenida de Villers, tercer vehículo.
–Cochero, calle Clapeyron, número 25.
El número 25 de la calle Clapeyron está separado del bulevar de Batignolles por la casa que hace esquina. Subió al primer piso y llamó. Un señor le abrió.
–¿Es aquí donde vive el abogado Definan?
–Soy yo. ¿Sin duda, el señor Gerbois?
–Exactamente.
–Lo esperaba, señor.
Cuando el señor Gerbois penetró en el despacho del abogado, el reloj marcaba las tres de la tarde, e inmediatamente dijo:
–Es la hora que él me fijó. ¿No está aquí?
–Aún no.
El señor Gerbois se sentó, se enjugó la frente, miró su reloj como si no supiese la hora y volvió a preguntar ansiosamente:
–¿Vendrá?
El abogado respondió:
–Me interroga usted, señor, sobre la cosa del mundo que más curiosidad me inspira. Jamás he experimentado semejante impaciencia. En todo caso, si él viene, arriesga mucho. Esta casa está muy vigilada desde hace quince días… Se desconfía de mí.
–Y de mí más aún. Así que no garantizo que los policías encargados de vigilarme hayan perdido mi rastro.
–Pero entonces…
–No es culpa mía -exclamó enérgicamente el profesor-, y no hay nada que reprocharme. ¿Qué prometí? Obedecer sus órdenes. Pues bien, las he obedecido ciegamente: he cobrado el dinero a la hora fijada y he venido a su casa siguiendo lo prescrito por él. Responsable de la desgracia de mi hija, he cumplido mis promesas con toda lealtad. A él le corresponde cumplir las suyas. – Y añadió con la misma voz ansiosa-: Traerá a mi hija, ¿verdad?
–Así lo espero.
–No obstante… ¿Le ha visto usted?
–¿Yo? Pues no. Solamente me pidió por carta que recibiera a ambos, que diera permiso a mis criados antes de las tres de la tarde y que no admitiera a nadie en mi apartamento entre la llegada de usted y la salida de él. Si no consentía en esta proposición, me rogaba que se lo comunicara mediante dos líneas en el Echo de París. Pero me considero muy dichoso de poder hacer un favor a Arsenio Lupin y consiento en ello.
El señor Gerbois gimió:
–¡Ay! ¿Cómo terminará todo esto?
Sacó del bolsillo los billetes de banco, los puso sobre la mesa e hizo dos paquetes con la misma cantidad. Luego se calló. De cuando en cuando, el señor Gerbois prestaba atención… ¿No habían llamado?
A medida que transcurrían los minutos aumentaba su angustia, y el señor Detinan experimentaba también una impresión casi dolorosa.
En cierto momento, hasta el abogado perdió su sangre fría. Se levantó bruscamente:
–No lo veremos… ¿Cómo quiere usted…? ¡Sería una locura de su parte! Que tenga confianza en nosotros, pase: somos personas honradas, incapaces de traicionarlo; pero el peligro no está solamente aquí.
Y el señor Gerbois, con las dos manos sobre los billetes, balbució:
–¡Que venga, Dios, que venga! Daría todo esto para volver a tener a Suzanne.
La puerta se abrió.
–Con la mitad bastará, señor Gerbois.
Alguien se hallaba en el umbral: un hombre joven, elegantemente vestido, en quien el señor Gerbois reconoció enseguida al individuo que lo abordó en las inmediaciones de la tienda de compraventa, en Versalles. Dio un salto hacia él.
–¿Y Suzanne? ¿Dónde está mi hija?
Arsenio Lupin cerró la puerta con cuidado y, mientras se quitaba los guantes con el más exquisito de los ademanes, dijo al abogado:
–Mi querido amigo, nunca podré agradecerle bastante la buena voluntad con que ha consentido en defender mis derechos. No lo olvidaré jamás.
El señor Detinan murmuró:
–Pero no ha llamado usted… No he oído la puerta…
–Los timbres y las puertas son cosas que deben funcionar sin que se oigan. Pero aquí estoy de todas formas, que es lo esencial.
–¡Mi hija! ¡Mi Suzanne! ¿Qué ha hecho usted con ella? – repitió el profesor.
–¡Por Dios, señor! Cuánta prisa tiene usted -dijo Lupin-. Vamos, tranquilícese. Sólo un momento más y su hija se hallará en sus brazos.
Se paseó por la estancia. Luego, con tono de gran señor que distribuye elogios, dijo:
–Señor Gerbois, le felicito por la habilidad con que ha actuado hace unos instantes. Si el automóvil no hubiese tenido esa avería absurda, nos hubiéramos encontrado sencillamente en la plaza de l'Etoile y se le hubiera evitado al señor Detinan la molestia de esta visita… En fin, estaría escrito. – Vio los dos montones de billetes y exclamó-: ¡Ah! Perfectamente. El millón está aquí… No perdamos tiempo. ¿Me permite…?
–Pero -objetó el señor Detinan, colocándose delante de la mesa- la señorita Gerbois no ha llegado todavía.
–¿Y qué?
–¿Cómo? ¿Acaso su presencia no es indispensable?
–¡Comprendo, comprendo! Arsenio Lupin sólo inspira una confianza relativa. Se embolsa el medio millón y no devuelve el rehén. ¡Ah, mi querido amigo, yo soy un gran incomprendido! Porque el destino me ha obligado a realizar actos de naturaleza un poco… especial, se sospecha de mi buena fe…, ¡de mí!, ¡de mí, que soy el hombre del escrúpulo y de la delicadeza! Por otra parte, mi querido amigo, si tiene miedo, abra la ventana y llame. Hay una docena de policías en la calle.
–¿Lo cree usted?
Arsenio Lupin alzó un visillo.
–Creo al señor Gerbois incapaz de despistar a Ganimard… ¿Qué le decía? Ahí tiene usted a nuestro buen hombre.
–¿Es posible? – exclamó el profesor-. Sin embargo, le juro que…
–¿Que no me ha traicionado?… Claro que no, pero los policías son astutos. Mire: ahí veo a Folefant…, a Gréaume…, y a Dizzy…, ¡a todos mis buenos amigos!
El señor Detinan le miraba sorprendido. ¡Qué tranquilidad! Lupin se reía con risa feliz, como si se divirtiese con algún juego infantil, y como si no le amenazara ningún peligro.
Esta indiferencia tranquilizó al abogado más aún que la presencia de la Policía. Se alejó de la mesa donde se encontraban los billetes de banco.
Arsenio Lupin cogió los dos paquetes, separó veinticinco billetes de cada uno y, alargando al señor Detinan los cincuenta billetes así obtenidos, le dijo:
–Los honorarios del señor Gerbois y los de Arsenio Lupin, mi querido amigo. Se los ha ganado con todo merecimiento.
–Ustedes no me deben nada -replicó el señor Detinan.
–¿Cómo? ¿Y todas las molestias que le hemos causado?
–¿Y todo el placer que he experimentado al procurarme esas molestias?
–Es decir, que usted no quiere aceptar nada de Arsenio Lupin. Ésta es la consecuencia de tener tan mala reputación- suspiró.
Alargó los cincuenta billetes al profesor.
–Señor, como recuerdo de nuestro feliz encuentro, permítame que le entregue esto: será mi regalo de boda para la señorita Gerbois.
El señor Gerbois cogió con avidez los billetes, pero protestó:
–Mi hija no se casa.
–No se casará si usted le niega su consentimiento. Pero desea ardientemente casarse.
–¿Qué sabe usted de eso?
–Sé que los jóvenes tienen con frecuencia sueños sin la autorización de sus padres. Afortunadamente, existen genios buenos que se llaman Arsenio Lupin y que en el fondo de los secrétaires descubren los secretos de esas encantadoras almas.
–¿No ha descubierto en él otra cosa? – preguntó el señor Detinan-. Confieso que siento curiosidad por saber por qué ese mueble tiene tanto interés para usted.
–Razón histórica, amigo mío. Aunque, contrariamente a lo indicado por el señor Gerbois, no contenía más tesoro que el billete de la lotería…, y eso lo ignoraba yo…, lo deseaba y lo buscaba desde hacía mucho tiempo. Ese secrétaire, de madera de tejo y caoba, decorado con capiteles de hojas de acanto, fue encontrado en la discreta casita que habitaba en Boulogne María Waleswska, y lleva en una de sus gavetas la inscripción: «Dedicado a Napoleón Primero, emperador de los franceses, por su muy fiel servidor, Mandón», y encima estas palabras, grabadas a punta de cuchillo: «Para ti, María.» A continuación, Napoleón mandó hacer una copia para la emperatriz Josefina…, de forma que el secrétaire que se admiraba en la Malmaison sólo era una copia imperfecta del que, desde ahora, forma parte de mis colecciones.
El profesor gimió:
–¡Ay! ¡Si yo lo hubiese sabido en la tienda, con cuánta prisa se lo hubiera cedido a usted!
Arsenio Lupin dijo, riendo:
–Y habría usted tenido, además, la inapreciable ventaja de conservar para usted solo el número 514, serie 23.
–Lo cual no le habría obligado a raptar a mi hija, que ha sido la causa de todo este barullo.
–¿Cómo?
–Ese rapto…
–Pero, mi querido señor Gerbois, está usted en un error. La señorita Gerbois no ha sido raptada.
–¿Que mi hija no ha sido raptada?
–Claro que no. Quien dice rapto, dice violencia. Ahora bien: ha servido de rehén con su pleno consentimiento.
–¡Con su pleno consentimiento! – repitió el señor Gerbois, confundido.
–¡Y casi a petición suya! ¿Acaso una joven tan inteligente como la señorita Gerbois, y que además cultiva en el fondo de su alma una pasión inconfesada, iba a negarse a conquistar su dote? ¡Ah! Le juro, señor, que fue fácil hacerle comprender que no existía otro medio de vencer la obstinación de su padre.
El señor Detinan se divertía mucho. Objetó:
–Lo más difícil sería entenderse con ella. Es inadmisible que la señorita Gerbois se dejase abordar por usted.
–¡Oh! Por mí, no. No tengo el honor de conocerla. Fue una de mis amigas quien se brindó a entablar las negociaciones.
–La dama rubia del automóvil, sin duda -interrumpió el señor Detinan.
–Exactamente. Desde la primera entrevista en las cercanías del Liceo, todo estuvo arreglado. Después, la señorita Gerbois y su nueva amiga han viajado, visitando Bélgica y Holanda, de la manera más agradable e instructiva para una jovencita. Lo demás, ella misma se lo explicará…
Llamaron a la puerta del vestíbulo con tres golpes rápidos; luego, un golpe, y al fin, otro aislado.
–Es ella -dijo Lupin-. Amigo mío, si hace usted el favor…
El abogado se precipitó a la puerta.
Entraron dos jóvenes. Una se arrojó a los brazos del señor Gerbois. La otra se acercó a Lupin. Era de alta estatura, busto armonioso, rostro muy pálido, y sus cabellos rubios, de un rubio deslumbrante, se dividían en dos crenchas onduladas y muy sueltas. Vestida de negro, sin otro adorno que un collar de azabache con cinco vueltas, parecía, no obstante, de refinada elegancia.
Arsenio Lupin le dedicó algunas palabras; luego, dirigiéndose a la señorita Gerbois y saludándola amablemente, le dijo:
–Le pido perdón, señorita, por todas sus tribulaciones; sin embargo, espero que no haya sido demasiado desgraciada…
–¡Desgraciada! Incluso habría sido feliz, si hubiese tenido a mi pobre padre.
–Entonces, todo va bien… Abrácelo de nuevo y aproveche la ocasión…, que es excelente…, para hablar de su primo.
–¿Mi primo?… ¿Qué quiere decir?… No comprendo…
–Pero sí, sí que comprende… Su primo Philippe…, ese joven cuyas cartas conserva usted tan celosamente…
Suzanne enrojeció, perdió su apoyo y, al fin, como le aconsejaba Lupin, se arrojó de nuevo a los brazos de su padre.
Lupin les dirigió una mirada enternecida.
–¡Cuánto recompensa hacer el bien! ¡Conmovedor espectáculo! ¡Padre afortunado! ¡Hija feliz! ¡Y pensar que esta felicidad es obra tuya, Lupin! Estos seres te bendecirán más adelante… Tu nombre será piadosamente transmitido a sus nietos… ¡Oh, la familia, la familia!… -Se dirigió a la ventana-. ¿Seguirá ahí el pobre Ganimard?… ¡Le gustaría tanto asistir a estas encantadoras efusiones!… Pues no, no está ya… No hay nadie…, ni él ni los otros… ¡Diablos! La situación se agrava… ¡No sería nada extraño que estuvieran ya bajo el portal…, o en casa del portero…, o quizá en la escalera!…
El señor Gerbois hizo un movimiento. Ahora que le habían devuelto a su hija, le volvía el sentido de la realidad. La detención de su adversario significaría para él medio millón. Instintivamente dio un paso… Como por casualidad, Lupin se encontró en su camino.
–¿Adonde va usted, señor Gerbois? ¿A defenderme contra ellos? ¡Muy amable! No se moleste. Además, le juro que ellos están más preocupados que yo. – Y continuó, reflexionando-: En el fondo, ¿qué saben? Que usted está aquí y, quizá, que la señorita Gerbois lo está también, porque han debido de verla llegar con una dama desconocida. ¿Pero yo? Ni lo sospechan. ¿Cómo iba a introducirme en una casa que registraron esta mañana desde el sótano a la buhardilla? No. Según todas las probabilidades, esperan cogerme al vuelo… ¡Pobrecitos!… A menos que adivinen que la dama desconocida ha sido enviada por mí y que la supongan encargada de realizar el cambio… En cuyo caso se apresurarán a detenerla a la salida…
Sonó un timbrazo.
Con gesto brusco, Lupin inmovilizó al señor Gerbois, y con voz seca, imperiosa, dijo:
–Quieto ahí, señor; piense en su hija y sea razonable, si no… En cuanto a usted, señor Detinan, tengo su palabra.
El señor Gerbois se quedó clavado en el sitio. El abogado no se movió.
Sin la menor prisa, Lupin cogió el sombrero. Un poco de polvo lo manchaba y lo cepilló con el revés de la manga.
–Mi querido amigo, si alguna vez me necesita… -dijo, dirigiéndose al abogado-. Señorita Gerbois, mi enhorabuena y felicite en mi nombre al señor Philippe. – Sacó del bolsillo un pesado reloj con doble tapa de oro-. Señor Gerbois, son las tres y cuarenta y dos minutos; a las tres y cuarenta y seis les autorizo a salir de este salón… Ni un minuto antes de las tres y cuarenta y seis, ¿entendido?
–Pero entrarán a la fuerza -no pudo privarse de decir el señor Detinan.
–¡La ley lo protege, no lo olvide, mi querido amigo! Ganimard nunca se atrevería a violar el domicilio de un ciudadano francés. Tendríamos tiempo de echar una buena partida de bridge. Pero, perdóneme, parece que están un poco alterados los tres, y no quisiera abusar…
Puso el reloj sobre la mesa, abrió la puerta del salón y, dirigiéndose a la dama rubia, le dijo:
–¿Estás lista, querida amiga?
Se deslizó delante de ella, dirigió un último saludo, muy respetuoso, a la señorita Gerbois, salió y cerró la puerta tras él.
Y le oyeron decir, en el vestíbulo, en voz alta:
–Buenas tardes, Ganimard, ¿cómo le va, hombre? Déle mis cariñosos recuerdos a la señora Ganimard… Un día de éstos iré a que me invite a comer… Adiós, Ganimard.
Otro timbrazo, brusco, violento; luego, golpes seguidos y ruido de voces en el descansillo de la escalera.
–Las tres y cuarenta y cinco -balbució el señor Gerbois.
Tras algunos segundos, pasó resueltamente al vestíbulo. Lupin y la dama rubia ya no estaban allí.
–¡Papá!… ¡No hay que…! ¡Espera!… -exclamó Suzanne.
–¿Esperar? ¡Tú estás loca!… ¿Contemplaciones con semejante truhán?… ¿Yel medio millón?
Abrió.
Ganimard se precipitó dentro.
–¿En dónde está… esa dama? ¿Y Lupin?
–Allí…, allí…
Ganimard lanzó un grito de triunfo:
–Ya lo tenemos… La casa está cerrada.
El abogado Detinan objetó:
–¿Y la escalera de servicio?
–La escalera de servicio desemboca en el patio y no hay más que una salida: la puerta principal. Y la vigilan diez hombres.
–Pero él no entró por la puerta principal… Ni se irá por ella.
–¿Por dónde, entonces? – preguntó Ganimard-. ¿A través del aire?
Descorrió una cortina. Un largo pasillo, que conducía a la cocina, se ofreció a sus ojos. Ganimard lo atravesó corriendo y comprobó que la puerta de la escalera de servicio estaba cerrada con doble vuelta de llave.
Desde la ventana llamó a uno de los policías:
–¿Nadie?
–Nadie.
–¡Entonces está en el piso!… -gritó-. ¡Están escondidos en alguna de las habitaciones!… Es materialmente imposible que hayan escapado… ¡Ah, mi querido Lupin, tú te has burlado de mí, pero esta vez es mi revancha!
A las siete de la tarde el señor Dudouis, jefe de la Süreté, extrañado de no recibir noticias, se presentó en la calle Clapeyron. Interrogó a los policías que vigilaban el inmueble y luego subió al piso del señor Detinan, el cual lo condujo a su dormitorio. Allí vio un individuo o, mejor dicho, dos piernas que se agitaban, mientras que el cuerpo al que pertenecían se hallaba empotrado en las profundidades de la chimenea.
–¡Eh!… ¡Eh!… -gritaba una voz ahogada.
Y otra voz más lejana, procedente de lo más alto, respondía:
–¡Eh!… ¡Eh!…
El señor Dudouis exclamó, riendo:
–¡Vaya, Ganimard! ¿Está usted aprendiendo el oficio de deshollinador?
El inspector se exhumó de las entrañas de la chimenea. Con el rostro ennegrecido, el traje cubierto de hollín, los ojos brillantes de fiebre, estaba irreconocible.
–Le estoy buscando -gruñó.
–¿A quién?
–A Arsenio Lupin… A Arsenio Lupin y a su amiga.
–¡Ah! Pero ¿cree usted que se esconden en el tubo de la chimenea?
Ganimard se levantó del suelo, aplicó sobre la manga de su superior cinco dedos color carbón y sordamente, rabiosamente, contestó:
–¿En dónde quiere usted que estén, jefe? Tienen que estar en alguna parte. Son seres como usted y como yo, de carne y hueso. Y no se volatilizan.
–No, pero se van de todas formas.
–¿Por dónde?… ¿Por dónde? ¡La casa está rodeada! Hay policías en el tejado.
–¿Y la casa de al lado?
–No hay comunicación con ella.
–¿Y los apartamentos de los otros pisos?
–Conozco a todos los inquilinos. No han visto a nadie. No han oído a nadie.
–¿Está usted seguro de conocerlos a todos?
–A todos. El portero responde de ellos. Además, para más precaución, he apostado un hombre en cada uno de los apartamentos.
–No obstante, todavía hay que echarles el guante.
–Es lo que yo digo, jefe, es lo que yo digo. Hay que echarles el guante y se lo echaré, porque los dos están aquí… y no pueden escaparse. Tranquilícese, jefe: si no es esta tarde, será mañana… ¡Me acostaré aquí! ¡Me acostaré aquí!
Y se acostó allí aquella noche, y a la noche siguiente también, y a la otra… Y cuando transcurrieron tres días y tres noches completas, no solamente no había descubierto al escurridizo Lupin ni a su no menos escurridiza compañera, sino que no había encontrado el más pequeño indicio que le permitiese establecer la más ligera hipótesis.
Por esta razón, su primera suposición no había variado:
–¡Desde el momento en que no existe ningún rastro de su fuga es que están aquí!
Tal vez, en el fondo de su conciencia, estuviese menos convencido. Pero no quería confesárselo. No, mil veces no. Un hombre y una mujer no se desvanecen como los genios malos de los cuentos infantiles. Y, sin desanimarse, continuaba sus registros y sus investigaciones, como si esperase descubrirlos, camuflados, en algún escondrijo impenetrable, incorporados a los ladrillos de la casa.
2
EL BRILLANTE AZUL
La noche del 27 de marzo, en el pequeño chalé de la avenida Henri-Martin, número 24, que su hermano le había legado seis meses antes, el anciano general barón de Hautrec, embajador en Berlín durante el Segundo Imperio, dormía en un cómodo sillón, mientras su dama de compañía le leía y sor Auguste le calentaba la cama y preparaba la mariposa de aceite.
–Señorita Antoinette, mi tarea ha terminado. Me voy.
–Muy bien, sor Auguste.
–Sobre todo, no olvide que la cocinera ha salido y que está usted sola en la casa con el criado.
–No tema por el señor barón. Duermo en la habitación de al lado, como ya sabe, y dejo la puerta abierta.
La religiosa se marchó. Al cabo de unos instantes fue Charles, el criado, quien vino a recibir órdenes. El barón se había despertado. Él mismo respondió:
–Las mismas órdenes de siempre, Charles: compruebe si el timbre eléctrico funciona bien en su habitación y, a la primera llamada, baje y corra a casa del médico.
–Mi general se preocupa demasiado.
–No estoy bien…, no estoy bien. Vamos, señorita Antoinette, ¿en dónde habíamos interrumpido la lectura?
–¿El señor barón no va, entonces, a acostarse?
–No, no. Me acuesto tarde. Y, además, no necesito a nadie.
Veinte minutos después, el anciano dormía de nuevo y Antoinette se alejaba de puntillas.
En aquel momento, Charles cerraba cuidadosamente, como de costumbre, todos los postigos del piso bajo.
En la cocina echó el cerrojo de la puerta que daba al jardín, y en el vestíbulo, además, puso en la puerta la cadena de seguridad. Luego subió a su buhardilla, en el tercer piso, se acostó y se durmió.
Tal vez había transcurrido una hora cuando, de repente, se arrojó del lecho de un salto: el timbre repiqueteaba. Sonó largo rato, siete u ocho segundos quizá, y de forma grave, ininterrumpida.
«¡Bueno! – se dijo Charles, recobrando el ánimo-. Una nueva extravagancia del barón.»
Se puso el traje, bajó rápidamente la escalera, se detuvo ante la puerta y, por costumbre, llamó. Ninguna respuesta. Entró.
–¡Vaya! – murmuró-. No hay luz… ¿Por qué diablos habrán apagado? – Y, en voz baja, llamó-: ¡Señorita! – Ninguna respuesta-. ¿Está usted ahí, señorita?… ¿Qué pasa? ¿Está enfermo el barón?
El mismo silencio a su alrededor, un silencio pesado, que terminó por impresionarle. Dio dos pasos hacia adelante: su pie tropezó con una silla y, al tocarla, se dio cuenta de que estaba tumbada. E, inmediatamente, su mano encontró en el suelo otros objetos: un velador, un biombo… Inquieto, volvió hacia la pared y, tanteando, buscó el conmutador de la luz. Lo encontró y presionó.
En el centro de la habitación, entre la mesa y el armario de lufla, yacía el cuerpo de su amo, el barón de Hautrec.
–¿Cómo?… ¡No es posible!… -tartamudeó.
No sabía qué hacer, y sin moverse, con los ojos fuera de las órbitas, contemplaba el revoltijo de cosas: las sillas caídas, un gran candelabro de cristal roto en mil pedazos, el reloj tumbado sobre el mármol de la chimenea, todos los rastros que revelan una lucha salvaje y sin cuartel. El mango de un estilete de acero brillaba no lejos del cadáver. De la hoja goteaba sangre. De la esquina de la mesa colgaba un pañuelo salpicado de manchas rojas.
Charles aulló de terror: el cuerpo se había estirado en un supremo esfuerzo y luego se había encogido sobre sí mismo… Dos o tres sacudidas, y eso fue todo.
Se inclinó. Por una fina herida en el cuello brotaba la sangre, que moteaba la alfombra de manchas oscuras. El rostro conservaba una expresión de espantosa locura.
–Lo han matado -balbució-. Lo han matado.
Y se estremeció ante la idea de otro crimen probable: el de la dama de compañía que dormía en la habitación de al lado. ¿La habría matado también el asesino del barón?
Empujó la puerta. La habitación estaba vacía. Dedujo que Antoinette había sido raptada, o bien que se había marchado antes del crimen.
Volvió al dormitorio del barón y sus ojos, al tropezar con el secrétaire, observaron que el mueble no había sido forzado.
Además vio sobre la mesa, cerca del manojo de llaves y de la cartera que el barón dejaba allí todas las noches, un puñado de luises de oro. Charles cogió la cartera y la registró. Uno de sus compartimentos contenía billetes de banco. Los contó: eran trece billetes de cien francos.
Aquello fue más fuerte que él: instintivamente, mecánicamente, sin que su pensamiento participase en el ademán de la mano, cogió los trece billetes, los escondió en su chaqueta, bajó corriendo la escalera, descorrió el cerrojo, quitó la cadena, volvió a cerrar la puerta y huyó por el jardín.
Charles era un hombre honrado. No había hecho más que atravesar la verja cuando, azotado por el viento y refrescado el rostro por la lluvia, se detuvo. El acto cometido se le apareció en toda su crudeza y, de pronto, experimentó un tremendo horror.
Pasó un coche. Le gritó al cochero:
–¡Compañero, vaya deprisa al puesto de Policía y traiga al comisario! ¡Al galope! Han matado a un hombre.
El cochero fustigó al caballo. Pero cuando Charles quiso entrar, no pudo. Él mismo había cerrado la verja, y ésta no se abría por fuera.
Se paseó, pues, a lo largo de los jardines que hacen de la avenida, por la parte de la Muette, una agradable calzada de arbustos verdes bien podados. Por fin, tras una hora de espera, pudo contarle al comisario los detalles del crimen y depositar en sus manos los trece billetes.
Durante ese tiempo se buscó un cerrajero, el cual, con mucho trabajo, logró forzar la verja del jardín y la puerta principal. El comisario subió e, inmediatamente, al primer golpe de vista, dijo al criado:
–¿No me había comunicado usted que la habitación se hallaba en el más completo desorden?
Se volvió. Charles parecía clavado en el umbral, hipnotizado: ¡todos los muebles ocupaban ahora el lugar acostumbrado! El velador se hallaba entre las dos ventanas; las sillas… derechas, y el reloj en medio de la chimenea. Los restos del candelabro habían desaparecido.
Tartamudeando de estupor, dijo:
–El cadáver… El señor barón…
–Es verdad -exclamó el comisario-; ¿en dónde se encuentra la víctima?
Avanzó hacia el lecho. Bajo una gran manta, que él separó, reposaba el general barón de Hautrec, antiguo embajador de Francia en Berlín. Llevaba puesta su guerrera militar, adornada con la cruz de honor.
El rostro permanecía tranquilo, los ojos, cerrados.
El criado balbució:
–Alguien ha estado aquí.
–¿Y por dónde ha entrado?
–No lo sé; pero alguien ha estado aquí durante mi ausencia… Escuche: había allí, en el suelo, un puñal de acero muy delgado… Y sobre la mesa, un pañuelo con sangre… Ahora no hay nada… Se lo han llevado… y lo han arreglado…
–Pero ¿quién?
–¡El asesino!
–Hemos encontrado todas las puertas cerradas.
–Lo cual quiere decir que se quedó en el chalé.
–Entonces tiene que estar aún aquí, puesto que usted no abandonó la acera.
El criado reflexionó, y dijo lentamente:
–En efecto… en efecto… y no me alejé de la verja… Sin embargo…
–Veamos: ¿cuál fue la última persona que vio usted junto al barón?
–La señorita Antoinette, su dama de compañía.
–¿Qué ha sido de ella?
–Según mi opinión, puesto que su cama no está deshecha, debió aprovecharse de la ausencia de sor Auguste para salir también. Eso sólo me extraña a medias, pues es joven…, bonita…
–¿Y cómo pudo salir?
–Por la puerta.
–¡Usted echó el cerrojo y puso la cadena!
–Pero ya tarde. Para entonces ya debía de estar fuera del chalé.
–¿Y el crimen se cometería después de su partida?
–Naturalmente.
Se registró la casa de arriba abajo, tanto en las buhardillas como en los sótanos. El asesino había huido. ¿Cómo? ¿En qué momento? ¿Fue él, o un cómplice el que creyó oportuno regresar a la escena del crimen para hacer desaparecer todo lo que pudiera comprometerlo? Tales eran las preguntas que se hacía la policía.
A las siete llegó el forense; a las ocho, el jefe de la Süreté. Luego le tocó el turno al procurador de la República y al juez de instrucción. Y el chalé se encontró repleto de policías, inspectores, periodistas, el sobrino del barón de Hautrec y otros miembros de la familia.
Registraron; estudiaron la posición del cadáver según los recuerdos de Charles; interrogaron, en cuanto llegó, a sor Auguste. No descubrieron nada. Todo lo más fue el asombro de sor Auguste por la desaparición de Antoinette Bréhat. Hacía doce días que había contratado a la joven, en vista de sus excelentes recomendaciones, y se negaba a creer que hubiese podido abandonar al enfermo que se le había confiado para marcharse sola durante la noche.
–Además, en tal caso -apoyó el juez de instrucción-, ya habría regresado. Volvemos, pues, al mismo punto: ¿qué ha sido de ella?
–Para mí fue raptada por el asesino -insinuó el criado.
La hipótesis era aceptable y concordaba con ciertos detalles. El jefe de la Süreté dijo:
–¿Raptada? Palabra que eso no es inverosímil.
–No solamente inverosímil -respondió una voz-, sino en absoluta oposición con los hechos, con los resultados de la investigación; en suma, con la misma evidencia.
La voz era ruda, el acento brusco y nadie se sorprendió cuando se reconoció a Ganimard. Solamente a él, además, se le podía perdonar esa forma tan poco caballeresca de expresarse.
–¡Vaya! ¿Es usted, Ganimard? – exclamó el señor Dudouis-. No le había visto.
–Estoy aquí desde las dos.
–Se toma, pues, interés por algo que no es el billete 514, serie 23; ni el caso de la calle Clapeyron, ni la Dama Rubia, ni Arsenio Lupin, ¿eh?
–¡Oiga, oiga! – se burló el viejo inspector-. Yo no afirmaría que Arsenio Lupin fuera ajeno al caso que nos ocupa… Pero dejemos a un lado la historia del billete de lotería hasta nueva orden, y veamos de qué se trata.
Ganimard no es uno de esos policías de gran envergadura, cuyos procedimientos hacen escuela y cuyo nombre permanecerá en los anales judiciales. Le faltan esos destellos de genio que iluminan a los Lupin, Lecoq y Herlock Sholmes. Pero posee excelentes cualidades medias de observación, sagacidad, perseverancia y hasta de intuición. Su mérito es trabajar con la más absoluta de las independencias. Nada, excepto, quizá, la especie de fascinación que Arsenio Lupin ejerce sobre él, le turba ni le influye.
Sea cual fuere su papel, en aquella mañana no le faltó brillantez, y su colaboración fue de las que un juez puede apreciar.
–Antes que nada -comenzó-, pediré al señor Charles que me precise bien este punto: ¿todos los objetos que vio la primera vez caídos o fuera de lugar estaban, cuando volvió por segunda vez, exactamente en sus respectivos sitios?
–Exactamente.
–Es, pues, evidente, que sólo pudieron volver a su sitio de la mano de una persona a la que le era familiar el lugar de cada uno de ellos.
La observación causó impresión en los presentes. Ganimard continuó:
–Otra pregunta, señor Charles… A usted le despertó un timbrazo… Según usted, ¿quién le llamaba?
–El señor barón.
–Bien. Pero ¿en qué momento habría llamado?
–Después de la lucha…, en el momento de morir.
–Imposible, puesto que usted lo encontró yacente, inanimado en un lugar que distaba más de cuatro metros del botón del timbre.
–Entonces llamó durante la lucha.
–Imposible, porque el timbre, según usted, sonó regularmente. ¿Cree usted que el agresor le habría dejado tocar así?
–Entonces fue antes, en el momento de ser atacado.
–Imposible. Usted nos ha dicho también que entre la llamada y el momento en que se presentó en este dormitorio transcurrieron apenas tres minutos. Por tanto, si el barón tocó antes, habría sido preciso que la lucha, el asesinato, la agonía y la huida se hubieran desarrollado en ese corto espacio de tiempo. Vuelvo a repetirle: imposible.
–Sin embargo -dijo el juez-, alguien llamó. Si no fue el barón, ¿quién fue?
–El asesino.
–¿Con qué fin?
–Lo ignoro. Pero, al menos, el hecho de que tocara el timbre nos prueba que sabía que comunicaba con la habitación del criado. Ahora bien: ¿quién podía conocer este detalle sino una persona de la casa?
El círculo de suposiciones se restringía. Con algunas frases rápidas, claras, lógicas, Ganimard colocó la cuestión en su verdadero terreno, y el pensamiento del viejo inspector, al aparecer claramente, hizo que el juez de instrucción concluyera:
–Resumiendo: en dos palabras, usted sospecha de Antoinette Bréhat.
–No sospecho de ella; la acuso.
–¿La acusa de ser cómplice?
–La acuso de haber matado al general barón de Hautrec.
–¡Vamos, vamos!… ¿Y qué prueba…?
–Este mechón de pelos que he descubierto en la mano derecha de la víctima, en su misma carne, donde la punta de sus uñas los había clavado.
Enseñó los cabellos. Eran de un rubio deslumbrante, luminosos, como hebras de oro, y Charles murmuró:
–En efecto, son cabellos de la señorita Antoinette. No es posible equivocarse. – Y añadió-: Además, hay otra cosa… Creo que el puñal, que no he visto la segunda vez, le pertenecía… Se servía de él para abrir las hojas del libro…
El silencio fue largo y penoso, como si el crimen adquiriese más horror al haber sido cometido por una mujer. El juez de instrucción arguyo:
–Admitamos, hasta tener más amplios detalles, que el barón fue asesinado por Antoinette Bréhat. Será preciso explicar todavía qué camino pudo seguir para salir después de cometido el crimen, para entrar de nuevo tras la salida del señor Charles y para volver a marcharse antes de la llegada del comisario. ¿Tiene usted alguna opinión sobre esto, Ganimard?
–Ninguna.
–¿Entonces?
Ganimard se sintió molesto. Al fin dijo, no sin esfuerzo visible:
–Todo cuanto puedo decir es que vuelvo a encontrar aquí el mismo procedimiento que en el caso del billete 514, serie 23; el mismo fenómeno que podría llamarse facultad de desaparición. Antoinette Bréhat aparece y desaparece en este chalé tan misteriosamente como Arsenio Lupin penetró en la casa del abogado Detinan y se escapó de ella en compañía de la Dama Rubia.
–Lo cual quiere decir…
–…que no puedo evitar que piense en estas dos coincidencias, extrañas por lo menos: Antoinette Bréhat fue admitida por sor Auguste hace doce días, es decir, al siguiente en que la Dama Rubia se me escapaba entre los dedos. En segundo lugar, los cabellos de la Dama Rubia tienen precisamente este color violento, este brillo metálico con reflejos de oro, que encontramos en estos otros.
–De manera que, según usted, Antoinette Bréhat…
–… no es otra que la Dama Rubia.
–¿Y, en consecuencia, Arsenio Lupin ha maquinado los dos asuntos?
–Así lo creo.
Se oyó una carcajada. Era el jefe de la Süreté que se divertía.
–¡Lupin! ¡Siempre Lupin! ¡Lupin está en todo! ¡Lupin está en todas partes!
–Está donde está -respondió Ganimard, vejado.
–Es preciso, además, que tenga razones para estar en cualquier parte -observó el señor Dudouis-. Y en este caso, las razones no pueden ser más oscuras. El secrétaire no ha sido violentado ni la cartera robada. Hasta el oro ha quedado sobre la mesa.
–Sí; pero… ¿y el famoso brillante? – preguntó Ganimard.
–¿Qué brillante?
–¡El brillante azul! El célebre brillante que formaba parte de la corona real de Francia y que fue regalado por el duque de A… a Léonide L…, y a la muerte de ésta fue comprado por el barón de Hautrec en memoria de la brillante actriz, a la que tan apasionadamente había amado. Es uno de esos recuerdos que un viejo parisiense como yo no olvida jamás.
–Es evidente -respondió el juez- que, si el brillante azul no se encuentra, lo explique todo… Pero ¿en dónde buscar?
–En el dedo del señor barón -dijo Charles-. El brillante azul no abandonaba jamás su mano izquierda.
–He visto esa mano -intervino Ganimard, acercándose a la víctima- y, como pueden comprobar, no hay en ella más que un sencillo aro de oro.
–Mire por el lado de la palma -insistió el criado.
Ganimard desplegó los dedos crispados. La montura estaba por la parte de dentro y en el centro de ella resplandecía el brillante azul.
–¡Vaya! – exclamó Ganimard, completamente asombrado-. No lo entiendo.
–¿Y renuncia usted a sospechar de ese desgraciado Lupin? – se burló el señor Dudouis.
Ganimard se tomó tiempo para reflexionar, y respondió con tono sentencioso:
–Es precisamente cuando no comprendo una cosa cuando empiezo a sospechar de Arsenio Lupin.
Tales fueron las primeras averiguaciones efectuadas por la justicia, al día siguiente de este extraño crimen. Averiguaciones vagas, incoherentes, y a las que el desarrollo de la instrucción no aportó ni coherencia ni certeza. Las idas y venidas de Antoinette Bréhat permanecieron absolutamente inexplicables, como las de la Dama Rubia, y sólo se supo que era esta misteriosa criatura de cabellos de oro la que había matado al barón de Hautrec, sin quitar de su dedo el fabuloso brillante de la corona real de Francia.
Y, sobre todo, la curiosidad que ella inspiraba daba al crimen un relieve de gran fechoría que exasperaba a la opinión pública.
Los herederos del barón de Hautrec sólo podían beneficiarse de semejante propaganda. Organizaron, en la avenida de Henri-Martin, en el propio chalé del difunto, una exposición de muebles y objetos que iban a venderse a la sala Drouot. Muebles modernos y de mediocre gusto, objetos sin valor artístico…; pero, en el centro de la habitación, sobre un pedestal de terciopelo granate y protegido por un globo de cristal y vigilado por dos policías, brillaba el anillo con el brillante azul.
Brillante magnífico, enorme, de una pureza incomparable, y de ese azul indefinido que el agua clara toma del cielo que refleja, de ese azul que se adivina en la blancura de la ropa blanca. Admiraban, se extasiaban… y observaban con terror el dormitorio de la víctima, el lugar donde había yacido el cadáver, el parqué desprovisto de la alfombra ensangrentada y, sobre todo, las paredes, aquellas paredes infranqueables a través de las cuales había pasado la asesina. Se aseguraban de que el mármol de la chimenea no se movía, de que tal o cual moldura del espejo no ocultaba ningún resorte destinado a hacerla girar. Se imaginaban agujeros abiertos, orificios de túneles, comunicaciones con las alcantarillas, con las catacumbas…
La venta del brillante azul tuvo lugar en el chalé Drouot. El gentío se agolpaba allí y la fiebre de las pujas llegaba hasta la locura.
Sin embargo, a los doscientos mil francos los pujadores se desanimaron. A los doscientos cincuenta mil no quedaban más que dos: Herschmann, el célebre financiero, rey de las minas de oro, y la condesa de Crozon, la riquísima americana cuya colección de brillantes y piedras preciosas era célebre.
–Doscientos sesenta mil…, doscientos setenta mil…, setenta y cinco…, ochenta-profería el subastador, interrogando sucesivamente con la mirada a los dos competidores-. Doscientos ochenta mil…, para la señora… ¿Nadie da más?
–Trescientos mil -murmuró Herschmann.
Un silencio. Observaban a la condesa de Crozon. De pie, sonriente, pero con una palidez que denunciaba su malestar, se apoyaba en el respaldo de la silla colocada ante ella. En realidad sabía, y todos los presentes lo sabían también, que el resultado del duelo no era dudoso: lógicamente, fatalmente, debía terminar con la victoria del financiero cuyos caprichos se hallaban servidos por una fortuna de más de quinientos millones. No obstante, dijo:
–Trescientos cinco mil.
Otro silencio. Las miradas se volvieron hacia el rey de las minas de oro, a la espera de la inevitable subida. Era evidente que se produciría, fuerte, brutal, definitiva.
Pero no se produjo. Herschmann permaneció impasible, con los ojos fijos en una cuartilla de papel que sostenía con su mano derecha, mientras que en la otra conservaba los trozos de un sobre desgarrado.
Herschmann no abrió la boca. Un último silencio. El martillo cayó.
–Cuatrocientos mil -clamó Herschmann, sobresaltándose, como si el ruido del martillo le arrancase de su estupor.
Demasiado tarde. La adjudicación era irrevocable.
La gente se arremolinó a su alrededor. ¿Qué le había pasado? ¿Por qué no había hablado más pronto?
Se echó a reír.
–¿Qué me ha pasado? Palabra que no lo sé. He tenido un momento de distracción.
–¿Es posible?
–Pues sí: una carta que me entregaron.
–¿Y esa carta ha sido suficiente…?
–Para turbarme durante un instante, sí.
Allí estaba Ganimard. Había asistido a la subasta del anillo. Se acercó a uno de los ordenanzas.
–¿Fue usted, acaso, quien entregó una carta al señor Herschmann?
–Sí.
–¿De parte de quién?
–De parte de una dama.
–¿Dónde está?
–¿Dónde está?… Mire, señor, allí… Es esa dama que lleva un espeso velo.
–¿Y que se marcha ahora?
–Sí.
Ganimard se precipitó hacia la salida y vio que la dama bajaba la escalera. Corrió. Un grupo de personas le impidió el paso cerca de la puerta de entrada. Cuando logró salir, no la encontró.
Volvió a la sala, abordó a Herschmann, se dio a conocer y le interrogó sobre la carta. Herschmann se la dio. Contenía, escritas a lápiz, precipitadamente, y con letra que no conocía el financiero, las siguientes palabras:
«El brillante azul trae la desgracia. Recuerde al barón de Hautrec.»
Las tribulaciones del brillante azul no habían terminado. Conocido por el asesinato del barón de Hautrec y por los incidentes del chalé Drouot, debía, seis meses más tarde, alcanzar el máximo de celebridad. En efecto, al verano siguiente robaban a la condesa de Crozon la preciada joya que tanto trabajo le costara conquistar.
Resumamos este curioso caso cuyas emocionantes y dramáticas peripecias tanto nos apasionaron a todos y sobre las cuales me han permitido, al fin, arrojar alguna luz.
La noche del 10 de agosto los invitados de los señores de Crozon se hallaban reunidos en el salón del magnífico castillo que domina la bahía de Somme. Se tocó música. La condesa se puso al piano y colocó sobre un mueblecito, junto al instrumento, sus alhajas, entre las cuales se encontraba el anillo del barón de Hautrec.
Al cabo de una hora el conde se retiró, así como sus dos primos, los de Ancelle, y la señora de Real, una íntima amiga de la condesa de Crozon. Ésta se quedó sola con el señor Bleichen, cónsul austríaco, y su señora.
Charlaron. Luego, la condesa apagó una gran lámpara colocada sobre la mesa del salón. Al mismo tiempo, el señor Bleichen apagaba las dos lámparas del piano. Hubo un momento de oscuridad, un poco de confusión; luego, el cónsul encendió una vela y los tres se dirigieron a sus respectivas habitaciones. Pero apenas llegó a la suya, la condesa se acordó de sus alhajas y mandó a su doncella a recogerlas. La mujer regresó y las colocó sobre la chimenea, sin que su señora las examinase. Al día siguiente, madame de Crozon comprobaba que faltaba una sortija: la del brillante azul.
Advirtió a su marido. La conclusión fue inmediata: estando la doncella al margen de toda sospecha, el culpable no podía ser otro que el señor Bleichen.
El conde previno al comisario de Amiens, el cual abrió una investigación y, discretamente, organizó la más activa vigilancia para que el cónsul no pudiese vender ni expedir el anillo.
Los policías rodearon día y noche el castillo.
Molestos por todo este ruido, impotentes para conseguir la prueba evidente de culpabilidad que habría justificado su acusación, los señores de Crozon solicitaron que se les enviara desde París un agente de la Süreté capaz de desenredar los hilos de la madeja. Mandaron a Ganimard.
Durante cuatro días, el viejo inspector registró, investigó, se paseó por el parque, sostuvo largas conferencias con la criada, con el chófer, con los jardineros, con los empleados de la oficina de Correos vecina; visitó las habitaciones que ocupaban el matrimonio Bleichen, los primos de Ancelle y la señora de Real. Y una mañana desapareció sin despedirse de sus anfitriones.
Pero una semana más tarde, recibían este telegrama:
«Les ruego que acudan mañana viernes, a las cinco de la tarde, al Té Japonés, calle Boissy d'Anglas.»
GANIMARD
El viernes, a las cinco en punto, su automóvil se detenía ante el número 9 de la calle Boissy d'Anglas. Sin explicar nada, el viejo inspector, que les esperaba en la acera, los condujo al primer piso del Té Japonés.
En una de las salas encontraron a dos personas, que Ganimard les presentó:
–El señor Gerbois, profesor del Liceo de Versalles, a quien, según ustedes recordarán, le robó Arsenio Lupin medio millón… El señor Léonce de Hautrec, sobrino y heredero universal del barón de Hautrec.
Las cinco personas se sentaron. Algunos minutos más tarde llegó una sexta. Era el jefe de la Süreté.
El señor Dudouis parecía de muy mal humor. Saludó y dijo:
–¿Qué pasa, Ganimard? En la Prefectura me han entregado un recado telefónico. ¿Es grave?
–Muy grave, jefe. Antes de una hora, las últimas aventuras a las cuales he prestado mi concurso, tendrán su desenlace aquí. Me pareció que su presencia era indispensable.
–¿E, igualmente, la presencia de Dienzy de Folefant, que he visto abajo, en los alrededores de Correos?
–Sí, jefe.
–¿Y por qué? ¿Se trata de una detención? ¡Cuánto aparato escénico! ¡Vamos, Ganimard, le escucho!
Ganimard dudó unos instantes; luego dijo, con la visible intención de sorprender a su auditorio:
–Antes que nada afirmo que el señor Bleichen no tiene nada que ver con el robo de la sortija.
–¡Oh, oh!… -exclamó el señor Dudouis-. Es una afirmación gratuita… y muy grave.
Y el conde preguntó:
–¿Es a este… descubrimiento a lo que se limitan sus esfuerzos?
–No, señor. A los dos días del robo, los azares de una excursión llevaron a tres de sus invitados hasta el pueblecito de Crécy. Mientras dos de estos personajes iban a visitar el famoso campo de batalla, el tercero se apresuró a ir a la oficina de Correos y expidió una cajita envuelta y lacrada según los reglamentos, declarando un valor de cien francos.
El señor de Crozon objetó:
–No hay nada de extraño en eso.
–Quizá se lo parecerá más cuando sepa que esa persona, en lugar de dar su nombre verdadero, hizo la expedición bajo el nombre de Rousseau, y que el destinatario, un tal señor Beloux, vecino de París, se mudó la misma tarde del día en que recibió la cajita, es decir, el anillo.
–¿Se trata acaso de uno de mis primos de Ancelle? – interrogó el conde.
–No se trata de esos señores.
–¿De la señora de Real, entonces?
–Sí.
La condesa exclamó, estupefacta:
–¿Acusa usted a mi amiga, la señora de Real?
–Una sola pregunta, señora-respondió Ganimard-: ¿Asistió la señora de Real a la subasta del brillante azul?
–Sí, pero por su lado. No estuvimos juntas.
–¿Le insinuó ella que comprara el anillo?
La condesa reunió sus recuerdos.
–Sí, en efecto, hasta creo que fue ella la que me habló por primera vez del anillo…
–Anoto su contestación, señora. Está perfectamente establecido que fue la señora de Real la que le habló por primera vez de esa sortija y que le insinuó que la comprara.
–Sin embargo, mi amiga es incapaz…
–Perdón, perdón. La señora de Real sólo es amiga circunstancial de usted y no íntima amiga, como han propagado los periódicos, lo cual ha apartado de ella las sospechas. Usted la conoce solamente desde el invierno pasado. Ahora bien: le demostraré concienzudamente que cuanto le ha contado sobre ella, sobre su pasado, sobre sus amistades, es absolutamente falso; que la señora de Real no existía antes de conocerla a usted y que en estos momentos, no existe ya.
–¿Y qué más?
–¿Qué más? – se extrañó Ganimard.
–Sí, esa historia es muy curiosa; pero ¿qué aplicación tiene a nuestro caso? Si efectivamente la señora de Real se apoderó de la sortija, lo cual no está probado, ¿por qué la ocultó en la pasta dentífrica del señor Bleichen? ¡Qué diablos! Cuando uno se molesta en robar el brillante azul, se queda con él. ¿Qué responde a esto?
–Yo, nada; pero la señora de Real le responderá.
–Existe, entonces.
–Existe… sin existir. He aquí todo el asunto expuesto en breves palabras. Hace tres días, al leer el periódico que yo acostumbro a hojear diariamente, vi a la cabeza de una lista de extranjeros que se alojaban en el hotel Beaurivagé", de Trouville, el nombre de la señora de Real. Comprenderán ustedes que aquella misma tarde me encontraba en Trouville interrogando al administrador del Beaurivage. Según los informes y ciertos indicios que recogí, esta señora de Real era la persona que yo buscaba; pero había abandonado el hotel, dejando su dirección de París: calle de Colisée, número 3. Anteayer me presenté en dicha dirección y me enteré de que no existía la tal señora de Real, sino simplemente una mujer apellidada Real, que vivía en el segundo piso y que ejercía el oficio de corredor de brillantes, ausentándose frecuentemente. Ayer llamé a su puerta y ofrecí a la señora Real, con nombre falso, mis servicios como intermediario de personas en situación de comprar piedras de valor. Hoy nos hemos dado cita aquí para nuestro primer negocio.
–¿Cómo? ¿La espera usted?
–A las cinco y media.
–¿Y está usted seguro…?
–¿Que se trata de la señora de Real, del castillo de Crozon? Tengo pruebas irrefutables. Pero escuchen… La señal de Folefant.
Había sonado un silbido. Ganimard se levantó de su asiento rápidamente.
–No hay tiempo que perder. Señor y señora de Crozon, sírvanse pasar al salón de al lado. Usted también, señor de Hautrec… y usted, señor Gerbois… La puerta permanecerá abierta y, a la primera señal, les pediré que intervengan. Esténse quietos, por favor.
–¿Y si llegan otras personas? – observó el señor Dudouis.
–No. Este establecimiento es nuevo, y el dueño, que es amigo mío, no dejará subir a nadie…, excepto a la Dama Rubia.
–¿Qué dice usted?… ¿La Dama Rubia?
–La Dama Rubia en persona, jefe; la cómplice y amiga de Arsenio Lupin, la misteriosa Dama Rubia, contra la que tengo pruebas contundentes; pero contra la que quiero, además, y en presencia de usted, reunir los testimonios de todos aquellos a quienes ha robado.
Se asomó a la ventana.
–Se acerca… entra. No hay medio de que se escape ya… Folefant y Dienzy vigilan la puerta… ¡La Dama Rubia ya es nuestra, jefe!
Casi inmediatamente una mujer se detenía en el umbral, alta, delgada, con el rostro muy pálido y los cabellos de un rubio violento.
Tal emoción sofocó a Ganimard, que permaneció mudo, incapaz de articular palabra. ¡Ella se hallaba allí, frente a él, a su disposición! ¡Qué victoria sobre Arsenio Lupin, y qué revancha! Y, al mismo tiempo, esta victoria le parecía obtenida con tanta facilidad que se preguntaba si la Dama Rubia no iría a deslizarse por entre sus dedos, gracias a alguno de esos milagros en los que Arsenio Lupin era maestro.
No obstante, ella esperaba, sorprendida por aquel silencio, y miraba a su alrededor sin disimular su inquietud.
«¡Se va a ir! ¡Va a desaparecer!», pensó Ganimard, espantado.
Bruscamente, se interpuso entre la puerta y ella. La mujer se volvió e intentó salir.
–No, no -dijo Ganimard-. ¿Por qué quiere marcharse?
–Pero, señor, no comprendo su comportamiento. Déjeme…
–No hay ninguna razón para que se vaya, señora, y muchas, por el contrario, para que se quede.
–Sin embargo…
–Es inútil. No saldrá.
Palidísima, se dejó caer en una silla, y balbució:
–¿Qué quiere usted?
Ganimard había vencido. Tenía en su poder a la Dama Rubia. Dueño de sí, articuló:
–Represento a este amigo, del cual ya le he hablado, y que desea comprar joyas…, sobre todo, brillantes. ¿Se ha procurado usted el que me había prometido?
–No, no… No sé… No recuerdo…
–Pues sí… Recuerde… Una persona de su confianza debía entregarle un brillante teñido… «algo como el brillante azul», dije, riendo, y usted me respondió: «Precisamente tengo algo que le gustará.» ¿Se acuerda?
La mujer callaba. Un pequeño bolso que llevaba en la mano cayó al suelo. Lo recogió rápidamente y lo apretó contra sí. Sus dedos temblaban un poco.
–Vamos -dijo Ganimard-, veo que no tiene confianza en mí, señora de Real. Voy a darle un buen ejemplo, enseñándole lo que poseo.
Sacó de la cartera un papel, que desplegó, y le tendió un mechón de cabellos.
–He aquí, ante todo, algunos cabellos de Antoinette Bréhat, arrancados por el barón y recogidos de la mano del muerto. He visitado a la señorita Gerbois y reconoció, sin lugar a dudas, el color de los cabellos de la Dama Rubia…, el mismo color que los de usted… exactamente el mismo color.
La señora Real lo observaba con aire estúpido y como si de verdad no entendiese el sentido de sus palabras. Ganimard continuó:
–Y, ahora, he aquí dos frascos de esencia, sin etiqueta, es cierto, y vacíos; pero impregnados aún lo suficiente de su olor para que la señorita Gerbois haya podido reconocer, esta misma mañana, el perfume de esa Dama Rubia que fue su compañera de viaje durante dos semanas. Ahora bien: uno de los frascos procede de la habitación que la señora de Real ocupaba en el castillo de Crozon, y el otro de la habitación que ocupaba usted en el hotel Beaurivage.
–¿Qué dice usted?… ¡La Dama Rubia!… ¡El castillo de Crozon!…
Sin responder, el inspector alineó sobre la mesa cuatro hojas de papel.
–Por último, he aquí, en estas cuatro hojas de papel, un modelo de la escritura de Antoinette Bréhat, otro de la dama que escribió al barón Herschmann cuando la subasta del brillante azul, otro de la señora de Real cuando se alojaba en Crozon, y el cuarto…, de usted misma, señora… Se trata de su nombre y dirección, dados por usted al portero del hotel Beaurivage, de Trouville. Compare las cuatro escrituras. Son idénticas.
–¡Está usted loco, señor! ¡Está usted loco! ¿Qué significa todo esto?
–Significa, señora -exclamó Ganimard con gran prosopopeya-, que la Dama Rubia, amiga y cómplice de Arsenio Lupin, no es otra que usted.
Empujó la puerta del salón vecino, se lanzó contra el señor Gerbois, lo agarró por los hombros y lo llevó a presencia dé la señora Real.
–Señor Gerbois, ¿reconoce usted a la persona que raptó a su hija y que vio en casa del abogado Detinan?
–No.
Hubo como una conmoción, cuyo choque recibieron todos. Ganimard se tambaleó.
–He reflexionado bien. La señora es rubia como la Dama Rubia… pálida como ella… pero no se le parece en nada.
–No puede creer… Tal error es inadmisible… Señor de Hautrec, ¿reconoce usted a Antoinette Bréhat?
–Vi a Antoinette Bréhat en casa de mi tío… Esta señora no es ella.
–Y la señora tampoco es la señora de Real -afirmó el conde de Crozon.
Fue el golpe de gracia. Ganimard quedó aturdido y no habló más, con la cabeza baja y la mirada huidiza. De todas sus especulaciones no quedaba nada. El edificio se desmoronaba.
El señor Dudouis se levantó.
–Usted nos perdonará, señora. Existe una lamentable confusión, que le ruego olvide. Pero lo que no comprendo bien es su turbación…, su extraña actitud desde que se encuentra aquí.
–Señor, tenía miedo. Hay más de cien mil francos en joyas dentro de este bolso, y las maneras de su amigo no eran muy tranquilizadoras…
–Pero ¿sus continuas ausencias…?
–¿No lo exige mi oficio?
El señor Dudouis no pudo responder. Se volvió a su subordinado:
–Ha tomado usted sus informes con una ligereza deplorable, Ganimard, y hace un instante se ha conducido con la señora de la forma más lamentable y torpe. Irá usted a mi despacho a darme explicaciones de todo esto.
La entrevista había terminado, y el jefe de la Süreté se disponía a partir cuando ocurrió un hecho verdaderamente desconcertante. La señora Real se acercó al inspector y le dijo:
–Espero que sea usted el señor Ganimard. ¿Me equivoco?
–No.
–En ese caso, esta carta debe de ser para usted. La recibí esta mañana con la dirección que puede usted leer: «Señor Justin Ganimard, al cuidado de la señora Real.» Creí que era una broma, puesto que yo no lo conocía a usted bajo ese nombre; pero, sin duda, este desconocido corresponsal estaba enterado de nuestra cita.
Por intuición especial, Ganimard estuvo a punto de coger la carta y destruirla. Pero no se atrevió delante de su jefe, y desgarró el sobre. La carta contenía estas palabras, que articuló con voz apenas inteligible:
«Érase una vez una Dama Rubia, un Lupin y un Ganimard. Ahora bien, el malvado Ganimard quería hacer daño a la preciosa Dama Rubia, y el bondadoso Lupin no está dispuesto a consentirlo. Así pues, el bondadoso Lupin, deseoso de que la Dama Rubia entrase a formar parte del círculo amistoso de la condesa de Crozon, le hizo tomar el nombre de señora de Real, que es el de una honrada comerciante, cuyos cabellos son dorados y el rostro pálido. Y el bondadoso Lupin decía: "Si alguna vez el malvado Ganimard se encuentra sobre la pista de la Dama Rubia, ¡de cuánta utilidad me será desviarlo hacia la pista de la honorable comerciante!" Sabia precaución, y que da sus frutos. Una noticia enviada al periódico que lee el malvado Ganimard, un frasco de esencia olvidado voluntariamente por la verdadera Dama Rubia en el hotel Beaurivage, el nombre y la dirección de la señora Real escritos por la verdadera Dama Rubia en el registro del hotel, y todo listo. ¿Qué dices a eso, Ganimard? He querido contarte la aventura minuciosamente, sabiendo que con tu sentido del humor serás el primero en reírte. En realidad, es picante, y confieso que, por mi parte, me he divertido terriblemente.
»Por tanto, gracias a ti, amigo mío, y mis cariñosos saludos al excelente señor Dudouis.»
ARSENIO LUPIN
–¡Lo sabe todo! – gimió Ganimard, que, como es natural, no pensaba en reírse-. Sabe cosas que yo no he dicho a nadie. ¿Cómo podía saber que yo le pediría a usted que viniera, jefe? ¿Cómo podía saber…?
Pataleaba, se arrancaba el cabello, presa de la más trágica desesperación.
El señor Dudouis tuvo piedad de él.
–Vamos, Ganimard, consuélese. Intentará hacerlo mejor la próxima vez.
Y el jefe de la Süreté se alejó, acompañado de la señora de Real.
Transcurrieron diez minutos. Ganimard leía una y otra vez la carta de Lupin. En un rincón, el señor y la señora Crozon, el señor de Hautrec y el señor Gerbois hablaban animadamente. Al fin, el conde se adelantó hacia el inspector y le dijo:
–De todo esto resulta, señor mío, que no hemos avanzado ni un solo paso.
–Perdón. Mi investigación ha establecido que la Dama Rubia es la heroína indiscutible de estas aventuras, y que Lupin la dirige. Es un paso enorme.
–Que no sirve para nada. El problema está aún más oscuro. La Dama Rubia mata para robar el brillante azul y no lo roba… Roba, y es para desembarazarse de él en provecho de otro.
–No puedo hacer nada.
–Cierto, pero alguien podría tal vez…
–¿Qué quiere usted decir?
El conde dudaba, pero la condesa tomó la palabra y dijo claramente:
–Existe un hombre, uno solo después de usted, que en mi opinión sería capaz de combatir a Arsenio Lupin y reducirlo a la impotencia. Señor Ganimard, ¿le molestaría que solicitáramos la ayuda a Herlock Sholmes?
Se descompuso.
–Pues no…, sólo que…, no comprendo bien…
–Escuche: todos estos misterios me irritan. Quiero ver claro. El señor Gerbois y el señor de Hautrec están de acuerdo con nosotros en que nos dirijamos al célebre detective inglés.
–Tiene usted razón, señora -respondió el inspector con una lealtad que no estaba exenta de mérito-. Tiene usted razón. El viejo Ganimard no tiene ya fuerzas para luchar contra Arsenio Lupin. ¿Triunfará Herlock Sholmes? Lo deseo con toda mi alma, porque siento por él la más profunda admiración… Sin embargo, es poco probable…
–¿Es poco probable que acceda?
–Es lo que yo creo. Considero que un duelo entre Arsenio Lupin y Herlock Sholmes es cosa decidida de antemano. El inglés será batido.
–En todo caso, ¿puede él contar con usted?
–Completamente, señora. Mi concurso le está asegurado sin reservas.
–¿Conoce usted su dirección?
–Parker Street, 219.
Aquella misma tarde, el señor y la señora de Crozon retiraban su denuncia contra el cónsul Bleichen y dirigían una carta colectiva a Herlock Sholmes.
3
HERLOCK SHOLMES ABRE LAS
HOSTILIDADES
–¿Qué desean los señores?
–Lo que usted quiera -respondió Arsenio Lupin, como hombre a quien los detalles alimenticios interesan poco-. Lo que usted quiera, excepto carne y vino.
El camarero se alejó, desdeñoso.
Pregunté:
–¿Cómo? ¿Aún vegetariano?
–Cada vez más -afirmó Lupin.
–¿Por gusto? ¿Por creencia? ¿Por costumbre?
–Por higiene.
–¿Y nunca ha infringido…?
–¡Oh!, sí…, cuando ando por el mundo… para no destacarme…
–¿Nada más?
–Pues sí -exclamó-. Tengo días en que todo me parece delicioso, en que la vida es para mí como un tesoro infinito que no llegaré nunca a agotar. Y, sin embargo, sólo Dios sabe que vivo sin preocuparme.
–Demasiado quizá.
¿Hablaba en serio? ¿Se burlaba? El tono de su voz era exaltado. Continuó:
–Mire: ¡todo está en el peligro! ¡En la sensación ininterrumpida del peligro! Respirarlo como el aire; sentirlo alrededor de uno, soplando, rugiendo, espiando, acercándose… Y en medio de la tempestad, permanecer tranquilo…, ¡sin moverse!… Si no, está uno perdido… Sólo existe una sensación que supere a ésa: la del chófer durante una carrera automovilística. Pero esa carrera dura una mañana, ¡y mi carrera dura toda la vida!
–¡Qué lirismo! – exclamé-. ¿Y va usted a hacerme creer que no tiene un motivo particular de excitación?
Sonrió.
–¡Vaya! – dijo-. Es usted un buen psicólogo. En efecto, existe otra cosa.
Se llenó un vaso con agua fresca, lo bebió, y me dijo:
–¿Ha leído hoy Le Tempsi
–No.
–Herlock Sholmes ha atravesado el Canal de la Mancha esta tarde y ha llegado alrededor de las seis.
–¡Diablos! ¿Y para qué?
–Un viaje que le ofrecen los Crozon, el sobrino de Hautrec y ese Gerbois. Se han encontrado en la estación del Norte, y de allí han ido todos a reunirse con Ganimard. En este momento están deliberando los seis.
Nunca, a pesar de la enorme curiosidad que me inspira, me permito interrogar a Arsenio Lupin sobre los actos de su vida privada antes de que él me hable de ellos. Existe, por mi parte, una barrera de reserva por encima de la cual no salto nunca. Además, en este momento su nombre aún no había sido mezclado, por lo menos oficialmente, en el asunto del brillante azul. Así que me armé de paciencia.
Continuó:
–Le Temps publica también una entrevista con el bueno de Ganimard, según la cuál cierta Dama Rubia, que dicen amiga mía, asesinó al barón de Hautrec e intentó sustraer a la señora de Crozon su famosa sortija. Y, claro está, me acusa de ser el instigador de esos delitos.
Un ligero temblor me agitó. ¿Era cierto? ¿Debía creer que el hábito del robo, su género de existencia, la lógica misma de los acontecimientos, habían conducido a este hombre hasta el crimen? Le observé. ¡Parecía tan tranquilo! ¡Sus ojos miraban con tanta franqueza…!
Examiné sus manos. Poseían un modelado de delicadeza ilimitada; manos inofensivas, manos de verdadero artista…
–Ganimard es un alucinado -murmuré.
Protestó:
–No, no. Ganimard tiene perspicacia… a veces, hasta inspiración… Sí, sí. Por ejemplo, esa entrevista es un golpe maestro. En primer lugar, anuncia la llegada de su rival inglés para ponerme en guardia y hacerle la tarea más difícil. Luego, precisa el punto exacto en que ha abandonado el caso para que Herlock Sholmes no se beneficie más que de sus propios descubrimientos. Eso es de buen jugador.
–Sea lo que sea, ahora tiene usted a la zaga dos adversarios, ¡y qué adversarios!
–¡Oh! Uno no cuenta.
–¿Y el otro?
–¿Sholmes? ¡Oh, confieso que ése es de talla! Pero precisamente eso es lo que me apasiona y por lo que me ve usted de tan buen humor. Primero, por cuestión de amor propio: se considera que es suficiente el célebre inglés para dar cuenta de mí. Luego, piense en el placer que debe de experimentar un luchador de mi clase ante la idea de un duelo con Herlock Sholmes. Por último, me voy a ver obligado a maniobrar a fondo, porque conozco a ese individuo y sé que no retrocederá ni una pulgada.
–Es fuerte.
–Muy fuerte. Como detective, no creo que haya existido jamás otro parecido. Solamente tengo una ventaja sobre él, y es que él ataca y yo me defiendo. Mi papel es más fácil. Por otra parte…
Sonrió imperceptiblemente, y acabó la frase:
–…yo conozco su forma de batirse, y él no conoce la mía. Y le reservo algunas estocadas secretas que le harán reflexionar.
Tamborileaba con los dedos sobre la mesa y soltaba breves frases con aire arrobado.
–Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes… Francia contra Inglaterra… Al fin será vengado Trafalgar… ¡Ah, desgraciado!… No sospecha que estoy preparado…, y un Lupin prevenido…
Se interrumpió súbitamente, sacudido por un golpe de tos. Se ocultó la cara con la servilleta, como el que se ha atragantado.
–¿Una miga de pan, acaso? – pregunté-. Beba un poco de agua…
–No, no hace falta -dijo con voz ahogada.
–Entonces… ¿qué?
–Necesito aire.
–¿Quiere que abran la ventana?
–No, me voy… ¡Rápido, déme mi abrigo y mi sombrero! ¡Me largo!
–Pero ¿qué significa…?
–Esos dos señores que acaban de entrar… Fíjese en el más alto… Pues bien: cuando salgamos, colóquese a mi izquierda de manera que él no pueda verme…
–¿El que está sentado detrás de usted?
–Ése… Por razones personales, prefiero… Ya le explicaré fuera…
–¿Quién es?
–Herlock Sholmes.
Hizo un violento esfuerzo sobre sí mismo, como si se avergonzara de su agitación; dejó la servilleta, bebió un vaso de agua y me dijo sonriendo, completamente dueño de sí:
–Es gracioso, ¿verdad? No me pongo nervioso fácilmente; pero esta visión imprevista…
–¿Qué teme usted, puesto que nadie puede reconocerlo a través de sus transformaciones? Yo mismo, cada vez que lo encuentro, creo estar frente a un individuo diferente.
-Él me reconocerá -dijo Arsenio Lupin-. Él me ha visto una vez, pero comprendí que me veía para toda la vida, y que veía, no mi apariencia siempre modificable, sino el ser que yo soy… Y además…, además…, no lo esperaba aquí… ¡Qué singular encuentro!… En este modesto restaurante…
–Bueno, ¿nos vamos? – le pregunté.
–No… no.
–¿Qué va a hacer?
–Lo mejor será actuar francamente…, dirigirme a él…
–¿No pensará usted…?
–Sí… Por otra parte, tendré la ventaja de interrogarlo, de saber lo que sabe… ¡Ah! Tengo la sensación de que sus ojos se posan en mi nuca, en mis hombros… y que busca…, que recuerda…
Reflexionó. Descubrí una sonrisa de malicia en la comisura de sus labios; luego, obedeciendo, según creo, a una fantasía de su natural impulsivo más que a las necesidades de la situación, se levantó bruscamente, dio media vuelta e inclinándose todo gozoso, dijo:
–¡Qué casualidad! Verdaderamente es una gran suerte… Permítame que le presente a un amigo mío…
Durante unos brevísimos segundos, el inglés pareció desconcertado; luego hizo un movimiento instintivo, como si estuviera dispuesto a arrojarse sobre Arsenio Lupin. Éste movió la cabeza.
–Sería una torpeza…, sin contar con que el gesto no sería elegante…, ¡y que sería completamente inútil!
El inglés se volvía a derecha e izquierda, como si buscara ayuda.
–Eso tampoco -dijo Arsenio Lupin-. Además, ¿está seguro de que tiene autoridad para ponerme la mano encima? Vamos, sea buen jugador.
Ser buen jugador en aquella circunstancia no era tentador. No obstante, es probable que fuese este partido el que le pareciera más aceptable al inglés, porque se levantó a medias, y con frialdad hizo la presentación:
–Señor Wilson, mi amigo y colaborador… Señor Arsenio Lupin.
El estupor de Wilson provocó hilaridad. Sus ojos desorbitados y su boca completamente abierta tachaban con dos trazos su gordinflona cara, con la piel estirada y reluciente como la de una manzana, y alrededor de la cual los cabellos, cortados a cepillo, y una corta barba estaban plantados como briznas de hierbas, duras y vigorosas.
–Wilson, no sabe usted disimular su asombro ante los acontecimientos más naturales del mundo -se burló Herlock Sholmes con un deje de ironía en la voz.
Wilson balbució:
–¿Por qué no lo detiene?
–Usted no se ha dado cuenta, Wilson, de que este caballero está colocado entre la puerta y yo, y a dos pasos de la salida. Yo no tendría tiempo de mover el dedo meñique, y ya estaría fuera.
–Por eso no se preocupe -dijo Lupin.
Dio la vuelta a la mesa y se sentó de forma que el inglés quedaba entre la puerta y él. Era ponerse a merced del detective.
Wilson miró a Sholmes para saber si tenía derecho a admirar aquel gesto de audacia. El inglés permaneció impenetrable. Pero, al cabo de un instante, llamó:
–¡Camarero!
El camarero acudió corriendo. Sholmes pidió:
–Dos sodas, cerveza y whisky.
La paz estaba firmada… hasta nueva orden. Pronto los cuatro, sentados a la misma mesa, conversábamos tranquilamente.
Herlock Sholmes era un hombre… de lo más vulgar. De unos cincuenta años de edad, parecía un honrado burgués que hubiera pasado toda su vida ante un escritorio llevando los libros de contabilidad. Nada le diferenciaba de un honorable ciudadano de Londres, ni sus patillas rojizas, ni su barbilla afeitada, ni su aspecto un poco tosco…, nada, salvo aquellos ojos terriblemente agudos, vivos y penetrantes.
Y, sobre todo, era Herlock Sholmes; es decir, una especie de fenómeno de intuición, de observación, de clarividencia y de ingeniosidad. Creeríase que la naturaleza se entretuvo en tomar los dos tipos de detectives más extraordinarios producidos por la imaginación, el Dupin, de Edgar A. Poe, y el Lecoq, de Gaboriau, para construir uno a su manera, más extraordinario e irreal aún. Y uno se pregunta verdaderamente cuando se oye el relato de los hechos que lo han hecho famoso en el mundo entero; se pregunta si este Herlock Sholmes no es un personaje legendario, un héroe surgido vivo del cerebro de un gran novelista, de un Conan Doyle, por ejemplo.
Como Arsenio Lupin le preguntara sobre la duración de su estancia, llevó inmediatamente la conversación al terreno verdadero.
–Mi estancia aquí depende de usted, señor Lupin.
–¡Oh! – exclamó el otro, riendo-. Si dependiera de mí, le rogaría que tomase el barco esta misma tarde.
–Esta tarde es un poco precipitado, sin embargo espero que dentro de ocho o diez días…
–¿Tiene, entonces, tanta prisa?
–Tengo muchas cosas pendientes: el robo del Banco Anglo-chino, el rapto de lady Eccleston… Veamos, señor Lupin, ¿cree usted que bastará con una semana?
–De sobra, si se refiere usted al doble caso del brillante azul. Además, es el lapso de tiempo que me hace falta para tomar mis precauciones, en el caso de que la solución de este doble asunto le diera sobre mí algunas ventajas peligrosas para mi seguridad.
–Es que yo cuento con conseguir esas ventajas en el espacio de ocho o diez días -dijo el inglés.
–¿Y mandar detenerme el día once, quizá?
–El décimo, límite final.
Lupin reflexionó, y, moviendo la cabeza, dijo:
–Difícil…, difícil…
–Difícil, sí; pero posible, luego seguro.
–Absolutamente seguro -remachó Wilson, como si él mismo hubiese distinguido claramente la larga serie de operaciones que conducirían a su colaborador al resultado anunciado.
Herlock Sholmes sonrió:
–Wilson, que me conoce, está ahí para atestiguarlo. – Y continuó-: Evidentemente, no tengo todos los triunfos en mi mano, puesto que se trata de asuntos que vienen de varios meses atrás. Me faltan los elementos, los indicios sobre los cuales tengo la costumbre de apoyar mis investigaciones.
–Como las manchas de fango y las cenizas de los cigarrillos -dijo Wilson con voz grave.
–Pero, aparte de las notables conclusiones del señor Ganimard, tengo a mi disposición todos los artículos escritos sobre ese tema, todas las observaciones recogidas y, como consecuencia de todo eso, algunas ideas personales sobre el caso.
–Algunos puntos de vista que nos han sido sugeridos bien por análisis, bien por hipótesis -añadió Wilson sentenciosamente.
–¿Sería indiscreto -preguntó Arsenio Lupin, con ese tono deferente que empleaba para hablar a Sholmes- preguntarle la opinión general que se ha formado usted del caso?
En verdad, era la cosa más apasionante ver a aquellos dos hombres, uno frente al otro, con los codos sobre la mesa, discutiendo seria y pausadamente, como si fueran a resolver un arduo problema o a ponerse de acuerdo sobre un punto en controversia. Y era también de una ironía superior, de la cual gozaban profundamente como diletantes y artistas. Wilson se pasmaba de gusto.
Herlock cargó lentamente la pipa, la encendió y se expresó de esta forma:
–Estimo que este caso es infinitamente menos complicado de lo que aparenta a primera vista.
–Mucho menos, en efecto -repitió Wilson, eco fiel.
–Digo «el caso» porque, para mí, no hay más que uno. La muerte del barón de Hautrec, la historia de la sortija y, no lo olvidemos, el misterio del número 514, serie 23, no son más que las diferentes facetas de lo que podríamos llamar el enigma de la Dama Rubia. Ahora bien: según mi opinión, se trata simplemente de descubrir el lazo que reúne estos tres episodios de la misma historia, el hecho que prueba la unidad de los tres métodos. Ganimard, cuyo juicio es un poco superficial, ve esta unidad en la facultad de desaparecer, en el poder de ir y venir, permaneciendo invisible. Esta intervención del milagro no me satisface.
–¿Entonces?
–Según mi opinión -enunció claramente Sholmes-, la característica de estas tres aventuras es su designio manifiesto, evidente, aunque inadvertido hasta ahora, de llevar el caso al terreno elegido de antemano por usted. Existe en eso, por parte de usted, más que un plan, una necesidad, una condición sine qua non de éxito.
–¿Podría entrar en algunos detalles?
–Fácilmente. Vea usted, desde el principio de su conflicto con el señor Gerbois, ¿no es evidente que el apartamento del abogado Detinan es el lugar elegido por usted, el lugar inevitable donde es preciso que se reúnan? No hay otro que le parezca a usted más seguro, hasta tal punto que usted da en él cita públicamente, podríamos decir, a la Dama Rubia y a la señorita Gerbois.
–La hija del profesor -precisó Wilson.
–Ahora hablemos del brillante azul. ¿Había intentado usted apropiarse de él alguna vez desde que el barón lo poseía? No. Pero el barón se instala en el chalé de su hermano; seis meses después, intervención de Antoinette Bréhat y primera tentativa. El brillante escapa de sus manos y la subasta se organiza a bombo y platillo en el chalé Drouot. ¿Será libre la subasta? ¿Adquirirá la joya el más rico postor? Claro que no. En el momento en que el banquero Herschmann va a llevársela, una dama le manda una carta de amenaza, y es la condesa de Crozon, preparada, influida por esa misma dama, la que compra el brillante. ¿Va a desaparecer enseguida? No, porque le faltan a usted los medios. Por tanto, hay un entreacto. Pero la condesa se instala en su castillo. Es lo que usted espera. Y la sortija desaparece.
–Para reaparecer en la pasta dentífrica del cónsul Bleichen, extraña anomalía -objetó Lupin.
–Vamos, vamos -exclamó Herlock Sholmes, golpeando la mesa con el puño-. A mí no tiene que contarme tales pamplinas. Que los imbéciles caigan en ella, pase; pero no yo, que soy un viejo zorro.
–¿Qué quiere usted decir?
–¿Qué quiero decir? – Sholmes hizo una pausa, como si quisiera preparar su efecto. Al fin, formuló-: El brillante azul que se descubrió en la pasta dentífrica es un brillante falso. El verdadero lo tiene usted en su poder.
Arsenio Lupin permaneció un momento silencioso; luego, sencillamente, con los ojos fijos en el inglés, dijo:
–Es usted un hombre temible, señor.
–Un hombre temible, ¿no es verdad? – subrayó Wilson, lleno de admiración.
–Sí -afirmó Lupin-. Todo se aclara, todo toma su verdadero sentido. Ni uno solo de los jueces de instrucción, ni uno solo de los periodistas que han metido las narices en el caso, han estado tan cerca de la dirección de la verdad. Es un milagro de intuición y lógica.
–¡Bah! – exclamó el inglés, halagado por el homenaje de tal personaje-. Basta con reflexionar.
–Basta con saber reflexionar, ¡y lo saben tan pocos! Pero ahora que es más angosto el campo de las suposiciones y que el terreno está desbrozado…
–Pues bien: ahora sólo me queda por descubrir por qué las tres aventuras han tenido su desenlace en el número 25 de la calle Clapeyron, en el 134 de la avenida Henri-Martin y entre los muros del castillo de Crozon. Todo el asunto está ahí. Lo demás sólo son burlas y charadas para niños. ¿No es ésa su opinión?
–Así es.
–En ese caso, señor Lupin, ¿hago mal en repetir que dentro de diez días mi tarea estará terminada?
–No. Dentro de diez días conocerá usted la verdad.
–Y usted será detenido.
–No.
–¿No?
–Para que yo sea detenido es preciso un concurso de circunstancias tan inverosímiles, una serie de suertes adversas tan pasmosas, que no admito esa eventualidad.
–Lo que no pueden las circunstancias ni las suertes adversas, lo podrán la voluntad y la obstinación de un hombre, señor Lupin.
–Si la voluntad y la obstinación de otro hombre no oponen a ese designio un obstáculo invencible, señor Sholmes.
–No hay obstáculo invencible, señor Lupin.
La mirada que cruzaron fue profunda; sin provocación de una parte ni de otra, sino tranquila y animosa. Era el batir de dos espadachines que empuñan el acero. Sonaba claro y franco.
–¡Estupendo! – exclamó Lupin-. ¡Ya es algo! Un adversario. Aunque sea un bicho raro. Pero ¡es Herlock Sholmes! Van a divertirse.
–¿No tiene usted miedo? – preguntó Wilson.
–Casi, señor Wilson, y la prueba -dijo Lupin, levantándose de su asiento- es que voy a apresurarme a preparar mi retirada…, sin lo cual estoy en peligro de caer en la trampa. Así pues, quedamos dentro de diez días, ¿no, señor Sholmes?
–Diez días. Estamos a domingo. Ocho después del miércoles, y todo habrá terminado.
–¿Y estaré tras los barrotes?
–Sin el menor género de duda.
–¡Caray! Yo, que me solazaba con mi vida tranquila… Ninguna preocupación, unos pequeños negocios, la Policía al diablo y la reconfortante sensación de la universal simpatía que me rodea… ¡Y va a ser preciso cambiarlo todo! En fin, es el reverso de la medalla… Después de la calma, la tempestad… Ahora ya no que reírse. ¡Adiós!
–Dése prisa -exclamó Wilson, lleno de solicitud por un individuo al que Herlock Sholmes de una visible consideración-. No pierda ni un momento.
–Ni un minuto, señor Wilson; solamente el tiempo de decirle lo feliz que me siento de haberlo conocido, y cuánto envidio al maestro por tener un colaborador tan valioso como usted.
Se saludaron cortésmente, como hacen en el terreno del honor dos adversarios a los que no separa odio alguno, pero que el destino obliga a batirse sin merced. Y Lupin, cogiéndome del brazo, me arrastró afuera.
–¿Qué dice usted a esto, querido? He aquí una comida cuyos incidentes harán buen efecto en las memorias que usted prepara sobre mí.
Cerró la puerta del restaurante y, deteniéndose a unos pasos, preguntó:
–¿Fuma usted?
–No, ni usted tampoco", me parece.
–Yo tampoco.
Encendió un cigarrillo con un fósforo de Bengala que agitó varias veces para apagarlo. Pero, tan pronto como tiró el cigarro, atravesó corriendo la calzada y se unió a dos hombres que acababan de surgir de la sombra, como llamados por una señal. Se entretuvo unos instantes con ellos en la acera de enfrente y luego volvió a mi lado.
–Le ruego que me perdone. Ese diablo de Sholmes va a darme mucho que hacer. Pero le aseguro que no ha terminado todavía con Lupin… ¡Ah, ya verá el inglés de qué madera estoy hecho!… Hasta la vista… El inefable Wilson tiene razón. No tengo ni un minuto que perder.
Se alejó a buen paso.
Así terminó aquella extraña velada o, por lo menos, parte de aquella velada en la que me vi mezclado. Porque durante las horas que siguieron sucedieron muchos otros acontecimientos que las confidencias de los demás participantes de esta comida me han permitido, afortunadamente, reconstruir en todos sus detalles.
En el mismo instante en que me dejaba Lupin, Herlock Sholmes sacaba el reloj y se levantaba de su asiento.
–Las nueve menos veinte. A las nueve debo encontrarme en la estación con los condes de Crozon.
–¡En marcha! – exclamó Wilson, después de haberse bebido de un trago dos vasos de whisky seguidos.
Salieron.
–Wilson, no vuelva la cabeza… Quizá nos sigan; en tal caso, actuemos como si eso no nos importara… Dígame, Wilson, ¿por qué se encontraba Lupin en ese restaurante? Déme su opinión.
Wilson no dudó:
–Para comer.
–Wilson, cuanto más trabajamos juntos más cuenta me doy de la continuidad de sus progresos. Palabra que cada vez se hace más asombroso.
En la sombra, Wilson se ruborizó de placer, y Sholmes continuó:
–Para comer, exacto, y además para asegurarse si voy a Crozon efectivamente, como anuncia Ganimard en su entrevista. Voy allá, pues, a fin de no contrariarlo. Pero como se trata de ganarle tiempo, no voy… Usted, amigo mío, siga por esta calle, tome un coche, dos, tres coches. Regrese más tarde a buscar las maletas que hemos dejado en consigna, y al galope al Elysée-Palace.
–¿Al Elysée-Palace?
–Pedirá una habitación, en donde se acostará y dormirá a pierna suelta, esperando a recibir mis instrucciones.
Wilson, orgulloso del importante papel que le habían asignado, se fue. Herlock Sholmes compró su billete y subió al expreso de Amiens, donde ya se hallaban instalados los condes de Crozon.
Se limitó a saludarles. Encendió una segunda pipa y, de pie en el pasillo, fumó tranquilamente.
El tren se puso en marcha. Al cabo de diez minutos, Sholmes fue a sentarse al lado de la condesa, y le dijo:
–¿Tiene usted a mano la sortija, señora?
–Sí.
–Tenga la bondad de prestármela.
La cogió y la examinó.
–Es lo que yo pensaba exactamente. Un brillante reconstruido.
–¿Un brillante reconstruido?
–Un procedimiento nuevo que consiste en someter el polvo de diamante a una temperatura muy elevada para fundirlo…, y entonces, ya no hay más que reconstruirlo en una sola pieza.
–¿Cómo? Pero mi brillante es bueno.
–El de usted, sí; pero éste no es el de usted.
–¿Dónde está, entonces, el mío?
–En manos de Arsenio Lupin.
–Entonces, ¿éste…?
–Éste sustituyó al suyo y fue introducido en el tubo de pasta de dientes del señor Bleichen, donde usted lo encontró.
–Por tanto, es falso.
–Completamente falso.
Intrigada, trastornada, la condesa callaba, mientras que su marido, incrédulo, daba vueltas a la joya en todos los sentidos. La condesa acabó por balbucir:
–¿Es posible? Pero ¿por qué no lo robó simplemente? Además ¿cómo lo robó?
–Precisamente eso es lo que voy a tratar de aclarar.
–¿En el castillo de Crozon?
–No. Me bajo en Creil y regreso a París. Es allí donde debe jugarse la partida entre Arsenio Lupin y yo. Los golpes se reciben igual en un lugar que en otro, pero es preferible que Lupin me crea de viaje.
–Sin embargo…
–¿Qué importa, señora? Lo esencial es su brillante, ¿no es cierto?
–Sí.
–Pues bien: tranquilícese. Hace un momento he hecho una promesa mucho más difícil de cumplir. Palabra de Herlock Sholmes: le devolveré el brillante verdadero.
El tren aminoraba la marcha. Se metió el brillante falso en el bolsillo y abrió la portezuela. El conde le gritó:
–¡Va a bajarse por el lado contrario!
–Sí, de esa forma, si Lupin ha mandado vigilarme, perderán mi rastro. Adiós.
Un empleado protestó en vano. El inglés se dirigió al despacho del jefe de estación. Cincuenta minutos más tarde saltaba a otro tren que lo devolvió a París un poco antes de la medianoche.
Atravesó corriendo la estación, se metió por la cantina, salió por otra puerta y se precipitó dentro de un coche de alquiler.
–Cochero, a la calle Clapeyron.
Después de asegurarse de que no le seguían, hizo parar el coche al principio de la calle y se dedicó a un examen minucioso de la casa del abogado Detinan y de las dos casas vecinas. Con la ayuda de pasos iguales, midió algunas distancias, y apuntó notas y cifras en su agenda.
–Cochero, a la avenida Henri-Martin.
En la esquina de la avenida con la calle de la Pompe paró el coche, siguió la acera hasta el número 134 e hizo las mismas operaciones delante del chalé del barón de Hautrec y de los dos inmuebles vecinos que lo encuadraban, midiendo la longitud de las respectivas fachadas y calculando la profundidad de los jardincitos que se hallan delante de estas fachadas.
La avenida estaba desierta y muy oscura bajo sus cuatro hileras de árboles, entre los cuales, de cuando en cuando, un farol de gas parecía luchar inútilmente contra el espesor de las tinieblas. Uno de ellos propagaba una pálida luz sobre una parte del chalé, y Sholmes vio el letrero «Se alquila» suspendido de la verja, las dos avenidas sin cuidar que rodeaban el pequeño césped y las amplias ventanas vacías de la casa deshabitada.
«Es verdad -se dijo-. Desde la muerte del barón está sin alquilar… ¡Ah, si pudiese entrar y hacerle una visita!…»
Era suficiente que tal idea germinara para que quisiera ponerla en ejecución. Pero ¿cómo? La altura de la verja hacía imposible toda tentativa de escalarla. Sacó del bolsillo una linterna eléctrica y una ganzúa que no abandonaba jamás. Con gran asombro, se dio cuenta de que una de las hojas de la verja estaba entreabierta. Se deslizó, pues, dentro del jardín, teniendo cuidado de no cerrarla. Pero no había dado tres pasos cuando se detuvo. Por una de las ventanas del segundo piso había pasado una luz.
Y la luz pasó por una segunda ventana y por una tercera sin que pudiese ver otra cosa que una silueta que se perfilaba sobre las paredes de las habitaciones. Del segundo, la luz bajó al primero, y durante un buen rato erró de habitación en habitación.
«¿Quién diablos puede pasearse a la una de la madrugada por la casa donde fue asesinado el barón de Hautrec?», se preguntó Herlock Sholmes, prodigiosamente interesado.
No existía más que un medio de averiguarlo: introducirse él mismo en ella. No vaciló. Pero en el momento en que atravesaba, para ganar la escalinata, el rayo de luz que lanzaba el farol de gas, el individuo debió de verlo, porque la luz se apagó de repente y Herlock Sholmes no la volvió a ver.
Suavemente se apoyó en la puerta que daba a la escalinata. También estaba abierta. Al no oír ningún ruido, se arriesgó en la oscuridad, encontró la bola de la barandilla de la escalera y subió un piso. Y siempre el mismo silencio, las mismas tinieblas…
Cuando llegó al descansillo, penetró en una habitación y se acercó a la ventana que daba un poco de claridad a la negrura de la noche. Entonces avistó fuera al individuo, el cual, bajando sin duda por otra escalera y saliendo por otra puerta, se escurría por la izquierda, a lo largo de los arbustos que bordeaban la tapia de separación entre los dos jardines.
–¡Caramba! – exclamó Sholmes-. Se me va a escapar.
Abandonó el inmueble y salvó la escalinata a fin de cortarle la retirada. Pero ya no vio a nadie, y precisó algunos segundos para distinguir, entre el macizo de arbustos, una masa más negra que no permanecía inmóvil.
El inglés reflexionó. ¿Por qué el individuo no había tratado de huir cuando habría podido hacerlo fácilmente? ¿Permanecía allí para vigilar a su vez al intruso que lo había interrumpido en su misteriosa tarea?
«En todo caso -pensó-, no se trata de Arsenio Lupin. Lupin sería astuto. Es alguno de su banda.»
Transcurrieron largos minutos. Herlock no se movía, con la vista fija en el adversario que lo espiaba. Pero como este adversario tampoco se movió más y el inglés no era hombre que se consumiera de impaciencia en la inacción, comprobó si su pistola funcionaba, sacó el puñal de la vaina y marchó directo hacia el enemigo, con aquella fría audacia y aquel desprecio del peligro que le hacían tan temible.
Un ruido seco. El individuo preparaba su revólver. Herlock se arrojó bruscamente sobre el macizo de arbustos. El otro no tuvo tiempo de volverse. El inglés ya estaba encima de él. Hubo una lucha violenta, desesperada, en el transcurso de la cual Herlock adivinaba el esfuerzo del hombre para sacar su cuchillo. Pero Sholmes, al que exacerbaba la idea de su próxima victoria y el deseo loco de apoderarse, desde el primer momento, de aquel cómplice de Arsenio Lupin, sentía en él fuerzas irresistibles. Tumbó a su adversario, dejó caer sobre él todo su peso e, inmovilizándolo con los dedos clavados en la garganta del desgraciado como dientes de una sierra, con su mano libre buscó la linterna eléctrica, presionó el botón y proyectó el rayo de luz sobre el rostro de su prisionero.
–¡Wilson! – bramó, aterrorizado.
–¡Herlock Sholmes! – balbució una voz estrangulada, cavernosa.
Permanecieron largo rato el uno junto al otro sin cambiar una palabra, los dos atontados, con el cerebro vacío. El claxon de un automóvil atronó el aire. Un poco de viento agitó las hojas de los árboles. Y Sholmes no se movía, con los cinco dedos clavados aún en el cuello de Wilson, que exhalaba una respiración cada vez más débil.
De repente, Herlock, invadido por la cólera, soltó a su amigo, pero para agarrarlo por los hombros y sacudirlo con frenesí.
–¿Qué hace usted aquí? Responda… ¿Qué? ¿Acaso le dije que se escondiera en los macizos de arbustos y me espiara?
–¿Espiarlo? – emitió Wilson-. Pero si yo no sabía que era usted…
–Entonces, ¿qué? ¿Qué hacía usted aquí? Debía de estar acostado.
–Me he acostado.
–¡Tenía que dormir!
–He dormido.
–¡No tenía que despertarse!
–Su carta…
–¿Mi carta?
–Sí, la que un emisario me trajo de su parte al hotel.
–¿De mi parte? ¿Está usted loco?
–Se lo juro.
–¿Dónde está esa carta?
Su amigo le tendió una hoja de papel. A la luz de la linterna, leyó con estupor:
«Wilson, fuera de la cama, y diríjase a la avenida Henri-Martin. La casa está vacía. Entre, inspeccione… Haga un plano lo bastante exacto y vuelva a acostarse.»
HERLOCK SHOLMES
–Me encontraba midiendo las habitaciones -dijo Wilson- cuando vi una sombra en el jardín. No tuve más que una idea…
–¡La de apoderarse de la sombra!… La idea era excelente. Sólo que ¡ya ve usted!… -dijo Sholmes, ayudando a su compañero a levantarse y arrastrándolo hacia la verja-. Wilson, cuando reciba usted una carta mía, asegúrese primero de que no han falsificado mi letra.
–Pero, entonces -dijo Wilson, comenzando a vislumbrar la verdad-, ¿la carta no es suya?
–No.
–¿De quién?
–De Arsenio Lupin.
–Pero ¿con qué fin la ha escrito?
–¡Ah! No lo sé, y eso es precisamente lo que me preocupa. ¿Por qué diablos se ha molestado en fastidiarlo a usted? Si se hubiese tratado de mí, lo comprendería; pero sólo se trata de usted. Y me pregunto qué interés…
–Tengo prisa por volver al hotel.
–Yo también, Wilson.
Llegaron a la verja…Wilson, que iba delante, agarró uno de los barrotes y tiró.
–¡Vaya! – exclamó-. ¿Cerró usted?
–Claro que no. Dejé la hoja entreabierta nada más.
Herlock tiró a su vez; luego, espantado, se arrojó sobre la cerradura. Se le escapó una blasfemia.
–¡Está cerrada! ¡Cerrada con llave!
Sacudió la puerta con todas sus fuerzas; luego, comprendiendo la inutilidad de sus esfuerzos, dejó caer los brazos, desalentado, y dijo con voz entrecortada:
–Ahora me lo explico todo. ¡Es él! Previó que yo bajaría en Creil y me ha tendido una bonita trampa para el caso en que viniera aquí a empezar mi investigación esta misma noche. Además, ha tenido la gentileza de enviarme un compañero de cautiverio. Todo para hacerme perder un día, y también, sin duda, para probarme que haría mejor en no mezclarme en sus asuntos.
–Es decir, que somos sus prisioneros.
–Ha pronunciado usted la palabra exacta. Herlock Sholmes y Wilson son los prisioneros de Arsenio Lupin. La aventura se realiza a las mil maravillas… Pero no. No es admisible…
Una mano se abatió sobre su hombro: la de Wilson.
–Allá arriba… Mire allá arriba… Una luz…
En efecto, una de las ventanas del primer piso estaba iluminada.
Se lanzaron corriendo hacia la casa, cada uno por una escalera, y se encontraron al mismo tiempo a la entrada de la habitación iluminada. En el centro de la misma ardía un cabo de vela. Al lado había una cesta, y de esta cesta emergía el gollete de una botella, las patas de un pollo y medio pan.
Sholmes estalló en carcajadas.
–¡Maravilloso! ¡Nos ofrece la cena! Éste es el palacio de los encantamientos. ¡Una verdadera fantasía! Vamos, Wilson, no ponga esa cara de entierro. Todo esto es muy divertido.
–¿Está usted seguro de que es muy divertido? – gimió, lúgubre, Wilson.
–¡Claro que estoy seguro! – exclamó Sholmes con alegría demasiado ruidosa para ser natural-. Es decir, que jamás he visto nada tan divertido. ¡Es de excelente comicidad!… ¡Qué gran maestro de la ironía es este Arsenio Lupin!… Lo enreda a uno; pero ¡con una gracia!… No cedería mi puesto en este festín por todo el oro del mundo… Wilson, querido amigo, me angustia usted. Me despreciaría, y no tendría usted esa nobleza de carácter que ayuda a soportar el infortunio. ¿De qué se queja? A esta hora podría estar usted con mi puñal clavado en la garganta…, o yo con el suyo en la mía, porque era eso lo que buscaba nuestro malvado amigo.
Logró, a fuerza de humor y de sarcasmos, reanimar al pobre Wilson y hacerle tomar un muslo de pollo y un vaso de vino. Pero cuando la vela se consumió y tuvieron que tumbarse en el suelo para dormir y aceptar la pared como almohada, el lado penoso y ridículo de la situación apareció ante sus ojos con toda su crudeza. Y el sueño fue triste.
A la mañana siguiente, Wilson se despertó molido y transido de frío. Un ligero ruido atrajo su atención: Herlock Sholmes, de rodillas, inclinado, observaba con la lupa en la mano unos granos de polvo y realzaba unas marcas de tiza, casi borradas, que formaban cifras, las cuales anotaba en su agenda.
Escoltado por Wilson, a quien este trabajo le interesaba de modo especial, estudió cada habitación, y en otras dos encontraron señales semejantes de tiza. Y observó, igualmente, dos círculos en los paneles de roble, una flecha en un zócalo y cuatro números sobre cuatro peldaños de la escalera.
Al cabo de una hora, Wilson dijo:
–Las cifras son exactas, ¿no es verdad?
–Exactas; pero no sé de qué -respondió Herlock, a quien tales descubrimientos le habían devuelto su buen humor-. En todo caso significan algo.
–Algo muy claro -dijo Wilson-. Representan el número de tablas del suelo.
–¡Ah!
–Sí. En cuanto a los dos círculos, indican que los paneles suenan a falso, como puede usted comprobar, y la flecha está dirigida en el sentido de la subida del montaplatos.
Herlock Sholmes lo miró, maravillado.
–¡Vaya, vaya! Pero, amigo mío, ¿cómo sabe usted todo eso? Su clarividencia me produce casi vergüenza.
–¡Oh! Es muy sencillo -dijo Wilson, inflado de alegría-. Fui yo quien trazó esas marcas anoche, siguiendo sus instrucciones o, mejor dicho, las de Arsenio Lupin, puesto que la carta que usted me dirigió era de él.
Tal vez en aquel momento corrió Wilson un peligro más terrible que durante su lucha con Sholmes en el macizo de arbustos. El detective sintió un deseo feroz de estrangularlo. Dominándose, bosquejó una mueca que quería ser una sonrisa, y dijo:
–Perfecto, perfecto… Excelente trabajo que nos hace avanzar mucho. ¿Ha ejercitado en otros puntos su admirable espíritu analítico y de observación?
–No, me interrumpí ahí.
–¡Qué lástima! El principio prometía. Pero, puesto que es así, ya no tenemos otra cosa que hacer que marcharnos.
–¿Marcharnos? ¿Cómo?
–Según el modo corriente de las personas decentes que se van: por la puerta.
–Está cerrada.
–La abrirán.
–¿Quiénes?
–Sírvase llamar a esos dos policías que deambulan por la avenida.
–Pero…
–Pero ¿qué?
–Es demasiado humillante… ¿Qué dirán cuando sepan que usted, Herlock Sholmes, y yo, Wilson, hemos sido prisioneros de Arsenio Lupin?
–¿Qué quiere usted, amigo mío? Se reirán hasta que les duela el estómago -respondió Herlock con voz seca y rostro contraído-. No obstante, no podemos permanecer toda la vida en esta casa.
–¿Y no intenta usted nada…?
–Nada.
–Sin embargo, el individuo que nos ha facilitado la cesta de provisiones no ha atravesado el jardín ni a su llegada ni a su partida. Existe, pues, otra salida. Busquémosla, y no tendremos necesidad de recurrir a los policías.
–Muy bien razonado. Sólo olvida usted que esa salida la ha estado buscando la Policía durante seis meses y que yo mismo, mientras usted dormía, he recorrido el chalé de arriba abajo. ¡Ah, mi buen Wilson, Arsenio Lupin es caza a la que no estamos acostumbrados! No deja nada a sus espaldas…
…A las once, Herlock Sholmes y Wilson fueron liberados… y conducidos al puesto de Policía más cercano, en donde el comisario, después de haberlos interrogado severamente, los dejó marchar con una afectación de respeto verdaderamente exasperante.
–Estoy desolado, señores, por lo que les ha sucedido. Van a tener una triste opinión de la hospitalidad francesa. ¡Dios mío, qué noche habrán pasado! ¡Ah, este Lupin no tiene ninguna consideración!
Un coche los condujo al Elysée-Palace. En la recepción, Wilson pidió la llave de su habitación.
Después de buscarla, el empleado respondió muy extrañado:
–Pero, señor, si usted se despidió del hotel…
–¿Yo? ¿Y cómo?
–Por su carta de esta mañana, que nos entregó su amigo.
–¿Qué amigo?
–El señor que nos trajo su carta… Mire, aún tiene adjunta su propia tarjeta de visita.
Wilson cogió ambas cosas. Era, efectivamente, una de sus tarjetas de visita, y la carta estaba escrita con su misma letra.
–¡Dios, Dios! – exclamó-. Otra fechoría. – Y añadió ansiosamente-: ¿Y el equipaje?
–Se lo llevó su amigo.
–¡Ah!… ¿Y usted lo consintió?
–Claro, porque en su carta nos autorizaba a ello.
–En efecto…, en efecto…
Se fueron los dos a la ventura, por los Champs-Elysées, silenciosos, lentos. Un precioso sol otoñal iluminaba la avenida. El aire era suave y ligero.
En Rond-Pont, Herlock encendió la pipa y volvió a ponerse en marcha. Wilson exclamó:
–¡No lo comprendo, Sholmes! ¡Tiene usted una tranquilidad!… Se burlan de usted, juegan con usted como un gato con un ratón… ¡y ni se conmueve!
Sholmes se detuvo y le dijo:
–Wilson, pienso en su tarjeta de visita.
–¿Y qué?
–Pues bien: he ahí un hombre que, en previsión de una posible lucha con nosotros, se ha procurado modelo de nuestra escritura, y que lleva lista en su cartera una de sus tarjetas de visita. ¿Piensa usted lo que eso representa de precaución, de perspicacia voluntariosa, de método y de organización?
–Es decir…
–Es decir, Wilson, que para combatir contra un enemigo tan formidablemente preparado, tan maravillosamente armado… y para vencerlo… es preciso ser…, es preciso ser yo. Y aun así, como usted ve, Wilson -añadió, riendo- no se triunfa al primer golpe.
A las seis, el Echo de París, en una edición de la tarde, publicaba este suelto:
«Esta mañana el señor Thénard, comisario de Policía del distrito XVI, ha puesto en libertad al señor Herlock Sholmes y al señor Wilson, encerrados por orden de Arsenio Lupin en el chalé del difunto barón de Hautrec, en donde pasaron una noche excelente.
«Despojados, además, de su equipaje, han presentado una denuncia contra Arsenio Lupin.
»Arsenio Lupin, que, por esta vez, se ha contentado con darles una pequeña lección, les suplica que no le obliguen a emplear métodos más graves.»
–¡Bah! – exclamó Herlock Sholmes, arrugando el periódico-. ¡Tonterías! Es el único reproche que le dirijo a Lupin…, demasiado infantilismo… La galería representa mucho para él… ¡En este hombre hay mucho de pilludo!
–Así, pues, Herlock, ¿continuamos con la misma calma?
–Siempre con la misma calma -replicó Sholmes con acento en el que asomaba la más espantosa cólera-. ¿Para qué irritarme? Estoy completamente seguro de que seré yo quien diga la última palabra.
4
ALGUNAS LUCES EN LAS TINIEBLAS
Por muy templado que sea el carácter de un hombre -y Herlock Sholmes es uno de los seres sobre los que la mala suerte apenas actúa-, existen, sin embargo, circunstancias en que el más intrépido siente la necesidad de reajustar sus fuerzas antes de afrontar de nuevo los azares de una batalla.
–Me concedo vacaciones hoy -dijo.
–¿Yyo?
–Usted, Wilson, comprará trajes y ropa interior para reponer nuestro guardarropa. Durante ese tiempo yo descansaré.
–Descanse usted, Sholmes. Yo velo.
Wilson pronunció esas dos palabras con toda la importancia de un centinela colocado en un puesto avanzado y, por consiguiente, expuesto a los peores peligros. Su torso se abombó. Sus músculos se distendieron. Con mirada aguda escrutó el espacio del pequeño cuarto del hotel que habían elegido como domicilio.
–Vaya, Wilson. Me aprovecharé de eso para preparar un plan de campaña más apropiado al adversario que tenemos que combatir. Mire, Wilson, nos hemos equivocado sobre Lupin. Es preciso empezar otra vez por el principio.
–Antes, si es posible. Pero ¿tenemos tiempo?
–¡Nueve días, querido amigo! Cinco de más. Toda la tarde se la pasó el inglés fumando y durmiendo. Hasta la mañana siguiente no empezó sus operaciones.
–Wilson, ahora ya estoy preparado. Nos vamos a ir.
–Vamonos -dijo Wilson, lleno de ardor guerrero-. Confieso que, por mi parte, siento un hormigueo en las piernas.
Sholmes celebró tres largas entrevistas: con el abogado Detinan, primero, estudiando el apartamento en sus menores detalles; con Suzanne Gerbois, a la que pidió por teléfono que fuera a verlo, interrogándola sobre la Dama Rubia, y por último, con sor Auguste, retirada al convento de las Visitadines después del asesinato del barón de Hautrec.
Wilson esperaba fuera y, cuando se iba la visita, preguntaba:
–¿Contento?
–Muy contento.
–Estaba seguro, nos encontramos en el buen camino. Continuemos.
Anduvieron mucho. Visitaron los dos inmuebles que encuadraban el chalé de la avenida de Henri-Martin; luego fueron hasta la calle Clapeyron, y mientras examinaban la fachada del número 25, Sholmes decía:
–Es evidente que existen dos pasadizos secretos entre estas casas… Pero lo que no alcanzo a comprender…
En su fuero interno, y por primera vez, Wilson dudó del poder excepcional de su genial colaborador. ¿Por qué hablaba tanto y actuaba tan poco?
–¿Por qué? – preguntó Sholmes, respondiendo a los íntimos pensamientos de Wilson-. Porque con este diablo de Lupin se trabaja en la cuerda floja, al azar, y en vez de extraer la verdad de los hechos precisos, hay que extraerla de su propio cerebro para comprobar enseguida si se adapta bien o no a los acontecimientos.
–¿Los pasadizos secretos?
–Y después, ¿qué? Cuando los conozca perfectamente, cuando conozca el que permitió a Lupin entrar en casa del abogado o el que siguió la Dama Rubia después del asesinato del barón de Hautrec, ¿habré avanzado algo? ¿Me proporcionará eso armas para atacar?
–Ataquemos siempre -exclamó Wilson.
No había terminado de pronunciar la frase, cuando retrocedió gritando. Algo acababa de caer a sus pies: un saco medio lleno de arena, que habría podido herirlos gravemente.
Sholmes levantó la cabeza. Encima de ellos, unos obreros trabajaban en un andamio suspendido del balcón del quinto piso.
–¡Bueno! Hemos tenido suerte -exclamó-. Un paso más y habríamos recibido en plena cabeza uno de los sacos de esos torpes. En verdad, podría creerse…
Se interrumpió. Luego, de un salto, se metió en la casa, escaló los cinco pisos, llamó, irrumpió en el apartamento, con gran susto del mayordomo, y pasó al balcón. No había nadie.
–¿Los obreros que estaban aquí?… -preguntó al mayordomo.
–Acaban de marcharse.
–¿Por dónde?
–Pues por la escalera de servicio.
Sholmes se inclinó sobre la barandilla del balcón. Vio a los individuos que salían de la casa, con sus bicicletas en la mano. Montaron en ellas y desaparecieron,
–¿Hace tiempo que trabajaban en ese andamio?
–Desde esta mañana. Eran nuevos.
Sholmes volvió a reunirse con Wilson.
Regresaron melancólicamente, y esta segunda jornada se terminó con un mutismo triste.
Al día siguiente, idéntico programa. Se sentaron en el mismo banco de la avenida de Henri-Martin, y eso fue, con gran desespero de Wilson, que no se divertía nada, una interminable visita a los tres inmuebles.
–¿Qué espera usted, Sholmes? ¿Que Lupin salga de esas casas?
–No.
–¿Que aparezca la Dama Rubia?
–No.
–¿Entonces?
–Espero que se produzca un pequeño hecho, un pequeñísimo hecho cualquiera, que me sirva de punto de partida.
–¿Y si no se produce?
–En tal caso, se producirá algo en mí, una chispa que le prenderá fuego a la pólvora.
Un solo incidente rompió la monotonía de aquella mañana, pero de forma más bien desagradable.
El caballo de un individuo, que seguía el sendero para caballos situado entre las dos calzadas de la avenida, se desvió de su camino y fue a chocar contra el banco en que estaban sentados, de forma que su grupa rozó la espalda de Sholmes.
–¡Eh, eh! – gritó éste-. ¡Un poco más y me parte la columna vertebral!
El jinete luchaba por dominar su caballo. El inglés sacó el revólver y apuntó. Pero Wilson lo agarró del brazo con fuerza:
–¿Está usted loco, Sholmes? ¡Vamos…, vamos!… ¿Es que quiere matar a ese caballero?
–¡Déjeme, Wilson!… ¡Déjeme!
Se entabló una lucha entre ellos, durante la cual el jinete dominó su caballo y picó espuelas.
–Ahora tire si quiere -exclamó Wilson, triunfante, cuando el jinete estuvo a alguna distancia.
–Pero imbécil, más que imbécil, ¿no se ha dado cuenta de que se trataba de un cómplice de Arsenio Lupin?
Sholmes temblaba de rabia. Wilson, asustado, balbució:
–¿Qué dice usted? ¿Ese jinete…?
–Cómplice de Lupin, como los obreros que nos lanzaron el saco a la cabeza.
–¿Es posible?
–Créalo o no, pero había un medio de conseguir una prueba.
–¿Matando al jinete?
–Abatiendo su caballo, sencillamente. Sin usted, tendría ahora en mis manos un cómplice de Lupin. ¿Se da cuenta de su majadería?
La tarde fue tensa. No se dirigieron la palabra. A las cinco, mientras paseaban por la calle Clapeyron, teniendo cuidado de mantenerse alejados de las casas, tres obreros jóvenes, que cantaban cogidos del brazo, los empujaron y quisieron continuar su camino sin desunirse. Sholmes, que estaba de mal humor, se opuso a ello. Hubo un breve forcejeo. Sholmes, colocándose en actitud de boxeador, lanzó un puñetazo al pecho de uno y un directo a la mandíbula de otro, derribándolos, y sin insistir más se alejaron, así como su compañero.
–¡Ah! – exclamó-. Esto me ha hecho mucho bien. Tenía los nervios de punta… Excelente tarea… -Pero al ver a Wilson apoyado contra la pared, dijo-: ¿Qué le pasa, viejo amigo? Está usted muy pálido.
El viejo compañero mostró su brazo, que pendía inerte, y balbució:
–No sé qué me pasa…, pero me duele el brazo.
–¿Le duele el brazo? ¿Mucho?
–Sí, sí… El brazo derecho.
A pesar de todos sus esfuerzos, no lograba moverlo. Herlock lo palpó, suavemente primero, luego de forma más brusca, «para ver -dijo- el grado exacto de dolor.» El grado exacto de dolor fue tan elevado que, muy inquieto, entraron en una farmacia próxima, en la que Wilson se desmayó.
El farmacéutico y sus dependientes se dieron prisa. Comprobaron que el brazo estaba roto, e inmediatamente todo fue cuestión de cirujano, de operación y de sanatorio. Mientras esperaban desnudaron al paciente, que sacudido por el sufrimiento se puso a lanzar alaridos.
–Bien…, bien…, perfecto -decía Sholmes, que se había encargado de sostenerle el brazo-. Un poco de paciencia, hombre… Dentro de cinco o seis semanas todo habrá pasado… Pero ¡me las pagarán esos bribones! Ya verá… Y sobre todo, él… Porque ha sido el tal Lupin quien ha dado el golpe… ¡Ah, le juro a usted que si…!
Se interrumpió bruscamente: soltó el brazo, lo cual causó tal dolor a Wilson que el infortunado se desmayó de nuevo… y, golpeándose la frente, dijo:
–Wilson, tengo una idea… ¿Por casualidad…? – No se movía, con los ojos fijos, y balbucía trocitos de frases-: Pues sí, es eso. Todo se explicaría… Se busca lejos lo que está al lado de uno… ¡Caramba! Ya sabía yo que no había más que reflexionar… ¡Ah, mi buen Wilson, creo que vas a ponerte contento!…
Y dejando a su compañero tumbado, se lanzó a la calle y corrió hasta el número 25.
Encima y a la derecha de la puerta estaba inscrito en una piedra lo siguiente: Destange, arquitecto, 1875.
En el 23, la misma inscripción.
Hasta ahí, todo natural. Pero en la avenida Henri-Martin, ¿qué leería?
Pasaba un coche.
–Cochero, a la avenida Henri-Martin, número 134, y al galope.
De pie en el coche, fustigaba al caballo, ofrecía propinas al cochero. Más deprisa… ¡Todavía más deprisa!
¡Qué angustia al dar la vuelta a la esquina de la calle de la Pompe! ¿Sería un atisbo de la verdad lo que había entrevisto?
En una de las piedras del hotel estaban grabadas las mismas palabras: Destange, arquitecto, 1874.
Y en las casas vecinas, la misma inscripción: Destange, arquitecto, 1874…
El choque de estas emociones fue tal que se agazapó algunos minutos en el fondo del coche, temblando de alegría. ¡Al fin un pequeño destello surgía en medio de las tinieblas! ¡En la selva sombría, donde se cruzaban miles de senderos, recogía la primera marca de una pista seguida por el enemigo!
En una oficina de Correos pidió comunicación con el castillo de Crozon. La propia condesa le contestó:
–Oiga… ¿Es usted, señora?
–Señor Sholmes, ¿no es verdad? ¿Todo marcha bien?
–Muy bien; pero con la mayor diligencia quisiera usted decirme… ¿oiga?…, una sola cosa.
–Le escucho.
–¿En qué época fue construido el castillo de Crozon?
–Se quemó hace treinta años y fue reconstruido.
–¿Por quién? ¿En qué año?
–Una inscripción que hay encima de la escalinata dice así: «Lucien Destange, arquitecto, mil ochocientos setenta y siete.»
–Gracias, señora. Beso su mano.
Y se alejó, murmurando:
–Destange… Lucien Destange… Ese nombre no me es desconocido.
Al toparse con una biblioteca pública, entró, consultó un diccionario de biografías y copió la nota dedicada a «Lucien Destange, nacido en 1840, Gran Premio de Roma, oficial de la Legión de Honor, autor de obras muy importantes sobre Arquitectura, etcétera.»
Entonces regresó a la farmacia, y de allí al sanatorio, adonde habían trasladado a Wilson. En su lecho de dolor, el brazo enyesado y con fiebre alta, el compañero de Sholmes divagaba.
–¡Victoria, victoria!… -exclamó Sholmes-. Ya tengo un extremo del hilo.
–¿De qué hilo?
–¡Del que me llevará al ovillo! Desde ahora andaré sobre terreno firme, donde encontraré huellas, indicios…
–¿Cenizas de cigarro? – preguntó Wilson, a quien reanimaba el interés de la situación.
–¡Y muchas otras cosas! Piense, Wilson, que he deshecho el lazo misterioso que unía entre sí las diferentes aventuras de la Dama Rubia. ¿Por qué las tres casas en que se desarrollaron las tres aventuras fueron elegidas por Lupin?
–Sí, ¿por qué?
–Porque esas tres casas, Wilson, fueron construidas por el mismo arquitecto. Era fácil de adivinar, dirá usted. Sí… Pero nadie pensó en ello.
–Nadie, excepto usted.
–Excepto yo, que sé ahora que el mismo arquitecto, combinando planos semejantes, ha hecho posible la realización de tres actos, milagrosos en apariencia, pero en realidad simples y fáciles.
–¡Qué felicidad!
–Y ya era tiempo, amigo mío, porque empezaba a perder la paciencia… Nos encontramos ya en el cuarto día.
–De los diez.
–¡Oh! Pero desde este momento…
No podía estarse quieto, exuberante y alegre, contra su costumbre.
–Cuando pienso que hace un rato, en la calle unos bribones pudieron haberme roto el brazo como lo hicieron con usted… ¿Qué dice usted a eso, Wilson?
Wilson se contentó con estremecerse ante aquella horrible suposición. Y Sholmes continuó:
–¡Que nos sirva de provecho esta lección! Escuche, Wilson: nuestro gran error ha sido combatir a Lupin a pecho descubierto, y no ha habido más que un mal menor, puesto que sólo ha conseguido dañarlo a usted.
–Y me ha quitado de en medio, rompiéndome un brazo -gimió Wilson.
–¡Alégrese de que no hayan sido los dos! Pero ya está bien de fanfarronadas. A plena luz y vigilado, seré vencido. En la sombra y con libertad de movimientos, tengo ventaja, cualquiera que sea la fuerza del enemigo.
–Ganimard podría ayudarlo.
–¡Nunca! El día que me sea permitido decir: «Arsenio Lupin está ahí; ahí tiene usted su guarida, y mire lo que hay que hacer para echarle el guante…» iré a buscar a Ganimard a una de las dos direcciones que me ha dado: la de su domicilio, calle Pergolése, o a la taberna Suisse, plaza del Chátelet. De aquí a entonces actuaré solo.
Se acercó a la cama, posó la mano sobre el hombro de Wilson -sobre el hombro enfermo, naturalmente-y le dijo con gran afecto:
–Cuídese, amigo mío. Su papel consiste, de ahora en adelante, en tener ocupados a dos o tres hombres de Lupin, que esperarán en vano, para encontrar mi pista, que yo venga a enterarme de cómo sigue. Es un papel de confianza.
–Un papel de confianza y se lo agradezco mucho -replicó Wilson, lleno de gratitud-. Pondré todo mi empeño en interpretarlo concienzudamente. Pero, por lo que veo, ¿no volverá más por aquí?
–¿Para qué?
–En efecto…, en efecto… Me encuentro tan bien como es posible. ¿Podría usted darme de beber?
–¿De beber?
–Sí. Me muero de sed. Y con la fiebre…
–¿Cómo no? Inmediatamente.
Manipuló en dos o tres botellas, vio un paquete de tabaco, encendió su pipa y, de pronto, como si no hubiese oído la súplica de su amigo, se fue, mientras que el pobre Wilson imploraba con los ojos un vaso de agua inaccesible.
–¿El señor Destange?
El criado miró de arriba abajo al individuo al que acababa de abrir la puerta del chalé…, el magnífico chalé que hacía esquina con la plaza de Malesherbes y la calle Montchanin…, y ante el aspecto de aquel hombrecito de cabellos grises, mal afeitado y cuya larga levita negra, de dudosa limpieza, se adaptaba a las anomalías de un cuerpo que la naturaleza había maltratado especialmente, respondió con el desdén que convenía:
–El señor Destange está y no está aquí. Depende. ¿El señor tiene tarjeta?
El señor no tenía tarjeta, pero sí una carta de presentación, y el criado tuvo que llevar dicha carta al señor Destange, el cual ordenó que condujeran hasta él al recién llegado.
Fue, pues, introducido en una inmensa habitación, en forma de rotonda, que ocupaba una de las alas del chalé, y cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros. El arquitecto le dijo:
–¿Es usted el señor Stickmann?
–Sí, señor.
–Mi secretario me anuncia que está enfermo y que lo envía para que continúe la confección del catálogo general de los libros, que él había empezado bajo mi dirección, muy especialmente el catálogo de los libros alemanes. ¿Está usted acostumbrado a esta clase de trabajos?
–Sí, señor; una gran costumbre -respondió el señor Stickmann con fuerte acento tudesco.
Ante tales afirmaciones, el acuerdo fue concluido, y el señor Stickmann, sin demorarse más, se puso a trabajar con su nuevo jefe.
Herlock Sholmes estaba dentro.
La tarde transcurrió monótona. A las cinco, el señor Destange anunció que se marchaba, y Sholmes se quedó solo en la galería circular situada a media altura del suelo. El día se acababa. También él se disponía a marcharse cuando se oyó un crujido y, al mismo tiempo, tuvo la sensación de que había alguien en la habitación. Transcurrieron largos minutos. Y, de pronto, se estremeció: una sombra surgía de la semioscuridad, en el balcón, muy cerca de él. ¿Era posible? ¿Cuánto tiempo hacía que aquel personaje invisible le hacía compañía? ¿Y de dónde procedía?
El hombre bajó los peldaños y se dirigió a un armario de roble de enorme tamaño. Disimulado tras las colgaduras que pendían de la balaustrada de la galería, Sholmes, arrodillado, observaba, y vio al hombre que registraba entre los papeles que llenaban el armario. ¿Qué buscaba?
De repente se abrió la puerta y entró la señorita Destange, diciendo a alguien que la seguía:
–Entonces, decididamente no sales, ¿verdad, papá? En tal caso, enciendo… Un segundo…, no te muevas…
El hombre empujó las puertas del armario y se ocultó en el hueco de un amplio ventanal, cuyas cortinas corrió sobre él. ¿Cómo no lo vio la señorita Destange? Tranquilamente, la muchacha dio vuelta al botón de la luz y dejó paso a su padre. Se sentaron juntos. Ella se puso a leer el libro que traía consigo.
–¿No está ya tu secretario? – preguntó al cabo de un instante.
–No, ya lo ves.
–¿Sigues contento con él? – volvió a preguntar la muchacha, como si ignorase la enfermedad del verdadero secretario y su sustitución por Stickmann.
–Sí, muy contento.
La cabeza del señor Destange oscilaba de un lado para otro. Al fin se durmió.
Transcurrió un instante. La muchacha leía. Una de las cortinas de la ventana se apartó un poco y el hombre se deslizó a lo largo de la pared hacia la puerta, movimiento que lo hacía pasar por detrás del señor Destange, pero por delante de Clotilde, y de tal forma, que Sholmes pudo verlo perfectamente. Era Arsenio Lupin.
El inglés se estremeció de alegría. Sus cálculos eran exactos. Había penetrado en el propio corazón del misterioso asunto, y Lupin se encontraba en el lugar previsto.
Clotilde no se movió, a pesar de todo, aunque fuese inadmisible que se le escapara un solo gesto de aquel hombre. Lupin casi tocaba ya la puerta y alargaba la mano al picaporte, cuando un objeto cayó al suelo de una mesa rozada por su traje. El señor Destange se despertó sobresaltado. Arsenio Lupin se hallaba ya delante de él, sombrero en mano y sonriente.
–¡Máxime Bermond! – exclamó el señor Destange, lleno de alegría-. ¡Mi querido Máxime!… ¿Qué buen viento te trae por aquí?
–El deseo de verlo, así como a la señorita Destange.
–¿Has regresado, pues, de tu viaje?
–Ayer.
–¿Te quedarás a cenar?
–Imposible. Ceno en el restaurante con unos amigos.
–¿Mañana, entonces? Clotilde, insiste para que venga mañana… ¡Ah, mi querido Máxime!… Precisamente he pensado mucho en ti en estos días…
–¿Es verdad?
–Sí. Arreglaba mis papeles antiguos, en aquel armario, y encontré nuestra última cuenta.
–¿Qué cuenta?
–La de la avenida Henri-Martin.
–¿Cómo? ¿Guarda usted esos papeluchos? ¿Para qué?
Se instalaron los tres en un saloncito que estaba separado de la rotonda por una amplia arcada.
«¿Es Lupin?», se preguntaba Sholmes, invadido de súbita duda.
Sí, con toda seguridad que era él; pero era otro hombre también que se parecía a Arsenio Lupin en algunos puntos y que, sin embargo, conservaba su individualidad distinta, sus rasgos personales, su mirada, el color de sus cabellos.
Con frac, corbata blanca y camisa almidonada, hablaba alegremente abombando el pecho y contando historias que el señor Destange reía de todo corazón y que ponían una ligera sonrisa en los labios de Clotilde. Y cada una de estas sonrisas parecía una recompensa que buscaba Arsenio Lupin y que se alegraba de haber conquistado. Redoblaba su humor y su ingenio, e insensiblemente, al son de esa voz afortunada y clara, el rostro de Clotilde se animaba, perdiendo aquella expresión de frialdad que la hacía poco simpática.
«Se aman -pensó Sholmes-. Pero ¿qué diablos puede haber de común entre Clotilde Destange y Máxime Bermond? ¿Sabrá la muchacha que Máxime Bermond no es otro que Arsenio Lupin?»
Hasta las siete escuchó ansiosamente, aprovechándose de las palabras más insignificantes. Luego, con infinitas precauciones, descendió y atravesó la rotonda por el lado por el que no corría peligro de ser visto desde el saloncito.
Ya en la calle, Sholmes se aseguró de que no había automóvil ni coche esperando, y se alejó cojeando por el bulevar Malesherbes. Pero en una calle adyacente se puso sobre los hombros el abrigo que llevaba al brazo, deformó su sombrero, se irguió y así metamorfoseado volvió a la plaza, en donde esperó con los ojos fijos en la puerta del chalé de Destange.
Arsenio Lupin salió enseguida y, por las calles Constantinopla y Londres, se dirigió hacia el centro de París. A cien metros detrás de él marchaba Herlock Sholmes.
¡Momentos deliciosos para el inglés! Aspiraba ávidamente el aire, como perro de presa que huele la pista reciente. Verdaderamente, le parecía una cosa infinitamente agradable seguir a su adversario. Ya no era él quien estaba vigilado, sino Arsenio Lupin, el invisible Arsenio Lupin. Lo tenía, por decirlo así, al alcance de su vista, como atado por ligaduras imposibles de romper. Y se deleitaba considerando, entre los transeúntes, aquella presa que le pertenecía.
Pero no tardó en chocarle un extraño fenómeno: en la distancia que lo separaba de Arsenio Lupin, otras personas avanzaban en la misma dirección; exactamente, dos individuos altos, con bombín, por la acera de la izquierda, y otros dos, con gorra y cigarrillo en la boca, por la derecha.
Quizá en eso no existiera más que pura casualidad. Pero Sholmes se extrañó más cuando los cuatro hombres se pararon al entrar Arsenio Lupin en un estanco, y más todavía cuando emprendieron de nuevo la marcha al mismo tiempo que él, pero cada uno por separado, siguiendo la Chaussée d'Antin.
«¡Maldición! – pensó Sholmes-. Le siguen.»
La idea de que otros estuvieran tras los pasos de Arsenio Lupin, que otros alcanzaran no la gloria…, eso le importaba poco…, sino el placer inmenso, la ardiente voluptuosidad de reducir, él solo, al más formidable enemigo que jamás tuviera, lo exasperaba. Sin embargo, el error no era posible: los hombres poseían ese aspecto indiferente, ese aire demasiado natural de los que, regulando su paso al paso de otra persona, no quieren que los adviertan.
–¿Sabrá Ganimard más de lo que aparenta? – murmuró Sholmes-. ¿Está jugando conmigo?
Herlock buscó con la vista a los cuatro individuos y los vio, diseminados en grupos que escuchaban la orquesta de zíngaros de un café próximo. Cosa curiosa: no parecían ocuparse de Lupin, sino mucho más de la gente que lo rodeaba.
Entonces se dio cuenta. No solamente no vigilaban a Arsenio Lupin, sino que aquellos hombres formaban parte de su banda. ¡Esos hombres velaban por su seguridad! ¡Eran sus guardaespaldas, sus satélites, su escolta! Por cualquier parte que el amo corriera un peligro, los cómplices estaban allí, listos para advertirle, dispuestos a defenderlo. ¡Cómplices, los cuatro individuos! ¡Cómplice, el señor de la levita!
Un escalofrío recorrió al inglés. ¿Era posible que, alguna vez, se pudiese apoderar de aquel ser inaccesible? ¿Qué poder ilimitado representaba tal asociación, dirigida por semejante jefe?
Arrancó una hoja de su agenda, escribió con lápiz algunas líneas que encerró en un sobre, y le dijo a un muchacho de quince años, que, estaba tumbado en un banco:
–Escucha, muchacho; coge un coche y lleva esta carta a la cajera de la taberna Suisse, plaza del Chátelet. ¡Y rápidamente!
Le entregó una moneda de cinco francos. El muchacho desapareció.
Transcurrió media hora. El gentío había aumentado, y Herlock Sholmes no veía, más que de cuando en cuando, a los secuaces de Lupin. Alguien le rozó con él, y una voz le dijo al oído:
–¿Qué hay, señor Sholmes?
–¿Es usted, señor Ganimard? – Sí, recibí su nota en la taberna. ¿Qué pasa?
–Está ahí.
–¿Qué dice usted?
–Allí…, en el fondo del restaurante…, inclinado a la derecha… ¿Lo ve?
–No.
–Echa champán a su vecina de mesa.
–Pero ése no es él.
–Es él.
–Yo le respondo que… ¡Ah! Sin embargo… En efecto, podría ser… ¡Ah, el bribón! ¡Cómo se le parece! -murmuró Ganimard ingenuamente-. ¿Y los otros son los cómplices?
–No, su vecina de mesa es lady Cliveden. La otra es la duquesa de Cleath, y el que está enfrente, el embajador de España en Londres.
Ganimard dio un paso. Sholmes lo retuvo. – ¡Qué imprudencia! ¡Está usted solo!
–Él también.
–No, tiene hombres en el bulevar que montan la guardia. Sin contar con ese señor que está en el restaurante…
–Pero cuando yo tenga mis manos alrededor de su cuello y grite su nombre, toda la sala estará conmigo, todos los camareros…
–Me gustaría más con algunos policías.
–Es a golpes como abrirán el ojo los amigos de Arsenio Lupin. No; escuche, señor Sholmes, no tenemos otra alternativa.
Tenía razón. Sholmes lo comprendió. Valía más intentar la aventura y aprovecharse de las excepcionales circunstancias. Sólo recomendó a Ganimard:
–Procure que lo reconozcan lo más tarde posible.
Y él mismo se deslizó detrás de un puesto de periódicos sin perder de vista a Arsenio Lupin, el cual, inclinado sobre su vecina, sonreía.
El inspector atravesó la calle, con las manos en los bolsillos, como hombre que marcha a la deriva. Pero apenas puso los pies en la acera opuesta, giró sus talones y de un salto subió la escalinata.
Un silbido estridente… Ganimard tropezó con el maitre d'hótel, colocado, de pronto, en medio de la puerta y que lo rechazaba con indignación, como hubiera hecho con un intruso cuyo andrajoso traje hubiese deshonrado el lujo del restaurante. Ganimard titubeó. En el mismo instante, el señor de la levita salía. Tomó partido por el inspector, y el maitre y él discutieron violentamente sin dejar dar un paso a Ganimard: uno sujetándolo; otro, rechazándolo, y de tal manera que a pesar de todos sus esfuerzos, el desgraciado inspector fue expulsado hasta los bajos de la escalinata.
Inmediatamente se formó un grupo. Dos agentes de Policía, atraídos por el ruido, trataron de atravesar la masa de gente; pero una incomprensible resistencia los inmovilizaba, sin que lograsen desprenderse de los hombros que los presionaban ni de las espaldas que ponían barreras a su avance…
¡Y de repente, como por encantamiento, el paso quedó libre!… El maitre d'hotel, dándose cuenta de su error, se deshizo en excusas; el señor de la levita renunció a defender al inspector; el gentío se dispersó; los policías pasaron; Ganimard se lanzó a la mesa de los seis personajes… ¡No había más que cinco! Miró a su alrededor… Ninguna otra salida más que la puerta.
–¿La persona que estaba en este asiento? – gritó a los cinco ocupantes de la mesa, estupefactos-. Sí. Ustedes eran seis… ¿Dónde se encuentra la sexta?
–¿El señor Destro?
–No, no. Arsenio Lupin.
Se acercó un camarero:
–Ese señor acaba de subir al entresuelo.
Ganimard se precipitó a la escalera. El entresuelo estaba dividido en reservados y ¡tenía una salida privada al bulevar!
–¿Cómo vamos a buscarlo ahora? – gimió Ganimard-. ¡Estará lejos!
… No estaba muy lejos, a doscientos metros todo lo más, en el ómnibus Madeleine-Bastille, el cual rodaba tranquilamente al ligero trote de sus tres caballos, franqueaba la plaza de la Opera y se alejaba por el bulevar de los Capucines. Abajo, en la plataforma, se veían dos individuos con bombín. En la imperial, en lo alto de la escalera, dormitaba un viejecito: Herlock Sholmes.
Cabeceando, acunado por el movimiento del vehículo, el inglés monologaba:
–Si mi querido Wilson me viera, ¡qué orgulloso se sentiría de su colaborador!… ¡Bah!… Era fácil prever, al silbido, que la partida estaba perdida y que no se podía hacer nada mejor que vigilar los alrededores del restaurante. Pero, en verdad, ¡la vida no carece de interés con este diablo de hombre!
Al término del trayecto, Herlock, que se había asomado a la barandilla, vio a Arsenio Lupin que pasaba por delante de sus guardaespaldas, oyéndole murmurar:
–¡En la Etoile!
–Se dan cita en la Etoile, perfectamente. Allíestaré. Dejémosle huir en ese coche y sigamos a los dos compinches.
Los dos compinches recorrieron a pie el camino hasta la Etoile y llamaron a la puerta de una casa estrecha situada en el número 40 de la calle Chalgrin. En el recodo que forma esta callecita poco frecuentada, Sholmes pudo ocultarse en el hueco de un portal.
Una de las dos ventanas del piso bajo se abrió. Un hombre cerró los postigos. Encima de éstos, la imposta se iluminó.
Al cabo de diez minutos, un señor se acercó a la puerta y llamó. Inmediatamente después, otro individuo hizo lo mismo. Al fin, se detuvo un coche, del que Sholmes vio bajarse a dos personas: Arsenio Lupin y una dama envuelta en una capa y con un espeso velo por la cabeza.
«La Dama Rubia, sin duda», se dijo Sholmes mientras el coche se alejaba.
Dejó pasar unos minutos. Se acercó a la casa, escaló el reborde de la ventana y, empinándose en la punta de los pies, pudo echar, por la imposta, una ojeada al interior de la habitación.
Arsenio Lupin, apoyado en la chimenea, hablaba animadamente. De pie a su alrededor, los otros escuchaban atentamente. Entre ellos Sholmes reconoció al señor de la levita y creyó reconocer al maitre d'hóteldei restaurante. En cuanto a la Dama Rubia, le volvía la espalda, sentada en una butaca.
«Celebran consejo -se dijo-. Los sucesos de esta tarde les han inquietado y sienten necesidad de deliberar. ¡Ah, cogerlos a todos a la vez, de un solo golpe!…»
Al moverse uno de los cómplices, Sholmes saltó a tierra y se hundió en la sombra. El señor de la levita y el maitre d'hotel salieron de la casa. Inmediatamente se iluminó el primer piso. Alguien corrió las cortinas de las ventanas. Y se hizo tan oscuro arriba como abajo.
«Ella y él se han quedado abajo -se dijo Herlock-. Los dos cómplices viven arriba.»
Esperó parte de la noche sin moverse, temiendo que se fuera Arsenio Lupin durante su ausencia. A las cuatro, al ver a dos agentes de Policía en el extremo de la calle, se acercó a ellos, les explicó la situación y les confió la vigilancia de la casa.
Entonces se dirigió al domicilio de Ganimard, calle Pergolése, e hizo que lo despertaran.
–Ya lo tengo otra vez.
–¿A Arsenio Lupin?
–Sí.
–Si usted lo tiene como antes de acostarme… En fin, vayamos a la Comisaría.
Fueron a la calle Mesnil y de allí al domicilio del comisario, señor Decointre. Luego, acompañados de media docena de hombres, se dirigieron a la calle Chalgrin.
–¿Alguna novedad? – preguntó Sholmes a los dos policías de guardia.
–Ninguna.
La aurora empezaba a blanquear el cielo cuando, tomadas las disposiciones pertinentes, el comisario llamó a la puerta y se dirigió a la portería. Atemorizada por aquella invasión, la portera, temblando, respondió que el piso bajo no tenía inquilinos.
–¿Cómo? ¿No hay inquilinos?
–Pues no; pertenece a los del primero, los señores Leroux… Tienen amueblado el piso bajo para sus parientes de provincias.
–¿Un señor y una señora?
–Sí.
–¿Que llegaron anoche con ellos?
–Quizá… Yo dormía, sin embargo, no creo… La llave está aquí… No la han pedido…
Con esa llave el comisario abrió la puerta, que se encontraba al otro lado del vestíbulo. El piso bajo estaba formado por dos únicas habitaciones. Estaban vacías.
–¡Imposible! – exclamó Sholmes-. He visto a los dos, a él y a ella.
El comisario se burló:
–No lo dudo; pero ya no están.
–Subamos al primer piso. Deben de estar allí.
–El primer piso está habitado por los hermanos Leroux.
Todos subieron la escalera, y el comisario llamó a la puerta. Al segundo golpe, un individuo, que no era otro que uno de los guardaespaldas, apareció en mangas de camisa y con aspecto enfurecido.
–¿Qué pasa? ¿A qué viene este escándalo?… ¿Es que no se va a poder dejar a la gente dormir tranquila? – Pero se detuvo, confundido- ¡Dios me perdone!… ¿De verdad no sueño? ¡Es el señor Decointre!… ¡Y usted también, señor Ganimard! ¿Qué puedo hacer por ustedes?
Estalló una formidable carcajada. Ganimard se desternillaba de risa, presa de una hilaridad que le congestionaba el rostro.
–¿Es usted, Leroux?… -tartamudeó-. ¡Oh, qué broma!… ¡Leroux, cómplice de Arsenio Lupin!… ¡Ay, me muero!… ¿Su hermano está visible?
–Edmond, ¿estás ahí? Es el señor Ganimard, que viene a visitarnos…
Apareció otro individuo, a la vista del cual se redobló la risa de Ganimard.
–¿Es posible? ¡No tenía ni idea de esto! ¡Ah, amigos míos, ustedes están siempre libres de sospechas!… ¿Quién puede dudarlo? Afortunadamente, el viejo Ganimard vela y, sobre todo, tiene amigos para ayudarlo…, ¡amigos que vienen de lejos!
Y, volviéndose a Sholmes, presentó:
–Víctor Leroux, inspector de la Süreté, uno de los buenos entre los mejores de la brigada de hierro. Edmond Leroux, oficial primero del servicio antropométrico…
5
UN RAPTO
Herlock Sholmes no dijo palabra. ¿Protestar? ¿Acusar a aquellos dos hombres? ¡Era inútil! A menos que tuviera pruebas, que no tenía ni quería perder el tiempo en buscar, nadie le creería.
Crispado, con los puños apretados, sólo pensaba en no traicionar, delante de Ganimard triunfante, su rabia y su decepción. Saludó respetuosamente a los hermanos Leroux, sostenes de la sociedad, y se retiró.
En el vestíbulo cambió de dirección, dirigiéndose a una puerta baja que indicaba la entrada del sótano, y recogió una piedrecita de color rojo: un granate.
Ya en la calle, se volvió y leyó, junto al número 40 de la casa, esta inscripción: Lucien Destange, arquitecto, 1877.
Idéntica inscripción en el 42.
«Siempre la doble salida -pensó-. El cuarenta y el cuarenta y dos se comunican. ¿Cómo no he caído en ello? Debí quedarme con los dos policías esta noche.»
Dijo a los dos policías:
–Dos personas salieron por esa puerta durante mi ausencia, ¿no es cierto? – Y señaló la puerta de la casa vecina.
–Sí; un señor y una señora.
Cogió el brazo del inspector principal y, llevándolo aparte, le dijo:
–Señor Ganimard, se ha reído usted mucho para vengarse del pequeño perjuicio que le he causado…
–¡Oh, yo no quise vengarme de usted!…
–¿No? Sin embargo, las burlas están bien en ciertos momentos y opino que ya debe acabar con ellas.
–Estoy de acuerdo con usted.
–Nos encontramos en el séptimo día. Es indispensable que dentro de tres esté en Londres.
–¡Oh, oh!…
–Estaré, señor; le suplico que esté preparado la noche del martes al miércoles.
–¿Para una expedición semejante a ésta? – preguntó Ganimard, burlón.
–Sí, señor; semejante.
–¿Y que terminará…?
–Con la captura de Lupin.
–¿Lo cree usted?
–Se lo juro por mi honor, señor.
Sholmes saludó y se fue a descansar un poco al hotel más cercano, después de lo cual, recuperado y lleno de confianza en sí mismo, volvió a la calle Chalgrin, deslizó dos luises en la mano de la portera, se aseguró de que los hermanos Leroux no estaban en la casa, se enteró de que el inmueble pertenecía a un tal Harmingeat y, provisto de una vela, bajó al sótano por la puertecita junto a la cual había encontrado el granate.
En los bajos de la escalera encontró otro de forma idéntica.
«No me equivocaba -pensó-. Es por aquí por donde se comunica… Veamos si mi ganzúa abre el sótano reservado al inquilino del piso bajo… Sí…, perfecto… Examinemos estos toneles de vino… ¡Oh, oh! Aquí hay sitios en donde ha desaparecido el polvo… y en el suelo se ven huellas de pasos…»
Un ligero ruido le hizo prestar oídos. Rápidamente empujó la puerta, sopló la vela y se ocultó tras una pila de cajas vacías. Transcurridos algunos segundos, observó que uno de los toneles giraba suavemente, llevándose con él todo el trozo de pared sobre el que estaba adosado. Apareció un rayo de luz de una linterna y después un brazo. Un hombre entró.
Iba agachado, como si buscara algo. Con la punta de los dedos rebuscó entre el polvo, y varias veces se alzó para echar algo en una caja de cartón que llevaba en la mano izquierda. Luego borró la huella de sus pisadas, así como las dejadas por Arsenio Lupin y la Dama Rubia, y se acercó al tonel.
Lanzó un grito ronco y se desplomó. Sholmes había saltado sobre él. Fue cuestión de un minuto y, de la forma más sencilla del mundo, el hombre se encontró tendido en el suelo, con los pies y las manos atados.
El inglés se inclinó sobre él.
–¿Cuánto quieres por hablar…, por decir lo que sabes?
El hombre respondió con una sonrisa de ironía tal que Sholmes se dio cuenta de la inutilidad de su pregunta.
Se contentó con registrar los bolsillos de su prisionero; pero sus investigaciones sólo le valieron un manojo de llaves, un pañuelo y la cajita de cartón de la que se había servido el individuo y que contenía una docena de granates parecidos a los que Sholmes había recogido. ¡Escaso botín!
Además, ¿qué haría con aquel hombre? ¿Esperar a que sus amigos acudieran a socorrerlo y entregarlos a todos a la Policía? ¿Para qué? ¿Qué ventaja conseguiría sobre Lupin?
Dudaba, cuando le decidió el examen de la caja. Llevaba esta inscripción: «Leonard, joyero, calle de la Paix.»
Resolvió sencillamente abandonar al hombre. Volvió a su sitio el tonel, cerró el sótano y salió de la casa. Desde una oficina de Correos advirtió por carta al señor Destange que no podría ir hasta el día siguiente. Luego se dirigió a la joyería, en donde entregó los granates al joyero.
–La señora me envía con estas piedras. Se han desprendido de una alhaja que ella compró aquí.
Sholmes había acertado. El joyero respondió:
–En efecto… Me ha telefoneado la dama. Ella misma pasará por aquí dentro de unos instantes.
Pero hasta las cinco no vio Sholmes, apostado en la acera, a una dama envuelta en un espeso velo y cuyo aspecto le pareció sospechoso. A través de la vidriera pudo ver cómo depositaba sobre el mostrador una alhaja antigua guarnecida de granates.
La dama se fue casi inmediatamente, hizo algunos trayectos a pie, subió por la parte de Clichy y siguió por calles que el inglés no conocía. Al caer la noche, Sholmes penetró tras ella, y sin que lo viese la portera, en una casa de cinco pisos, con dos cuerpos de edificios y, por consiguiente, de innumerables inquilinos. La dama se detuvo en el segundo piso y entró. Dos minutos más tarde, el inglés probó suerte y una tras otra manejó con precaución las llaves del manojo que le había quitado al del sótano. La cuarta hizo girar la cerradura.
Dentro, la dama empujaba suavemente un trozo de pared, a la luz de una vela. Se abrió a un pasadizo.
Cuando la abertura fue bastante ancha, la dama pasó… y desapareció, llevándose la vela.
El sistema era sencillo. Sholmes lo empleó.
Anduvo en la oscuridad, tanteando; pero enseguida su rostro tropezó con cosas suaves. A la luz de un fósforo comprobó que se encontraba en un pequeño reducto colmado de trajes y vestidos, colgados de una varilla. Se abrió paso y se detuvo ante la jamba de una puerta cerrada por un tapiz, o al menos por el revés de un tapiz. Al consumirse, el fósforo, se dio cuenta de la luz que atravesaba la trama desgastada de la vieja tela.
Entonces miró.
La Dama Rubia estaba allí, ante sus ojos, al alcance de su mano.
Ella apagó la vela y encendió la luz eléctrica. Por primera vez Sholmes pudo ver su rostro a plena luz. Se estremeció. La mujer que acababa de alcanzar después de tantas vueltas y maniobras no era otra que Clotilde Destange.
¡Clotilde Destange, asesina del barón de Hautrec y ladrona del brillante azul! ¡Clotilde Destange, la misteriosa amiga de Arsenio Lupin! ¡En fin, la Dama Rubia!.
«¡Soy un verdadero animal! – pensó-. Porque la amiga de Lupin es rubia y Clotilde morena, no he pensado nunca en relacionar la una con la otra. ¡Como si la Dama Rubia pudiese permanecer siendo rubia después del asesinato del barón de Hautrec y del robo del brillante azul!
Sholmes veía una parte de la habitación, un tocador de señora, elegante, de tonos claros y provisto de preciosas figurillas. Un sofá de caoba se extendía sobre un estrado. Clotilde estaba sentada en él y permanecía inmóvil con la cabeza entre las manos. Al cabo de unos instantes el detective se dio cuenta de que lloraba. Gruesas lágrimas corrían por sus pálidas mejillas, resbalando hasta la boca, para caer, gota a gota, sobre el terciopelo de su vestido. Y otras lágrimas las seguían indefinidamente, como brotadas de una fuente inagotable. Era un espectáculo muy triste aquella desesperación, lúgubre y resignada, que se expresaba por el lento correr de las lágrimas.
Una puerta se abrió tras ella. Arsenio Lupin entró.
Se miraron largo rato sin decirse nada. Luego, él se arrodilló a su lado, apoyó la cabeza sobre su pecho y la rodeó con sus brazos… Y en el ademán con que abrazó a la joven había una profunda ternura y mucho de piedad. No se movieron. Un dulce silencio los unió, y las lágrimas corrieron con menos abundancia.
–¡Me habría gustado tanto hacerte feliz! – murmuró.
–Soy feliz.
–No, puesto que lloras… Tus lágrimas me entristecen, Clotilde.
A pesar de todo, la joven se dejó ganar por el tono de aquella voz acariciadora, y escuchaba, ávida de esperanza y de felicidad. Una sonrisa iluminó su cara, pero ¡una sonrisa tan triste!… Arsenio le suplicó:
–No estés triste, Clotilde. No debes estarlo. No tienes derecho.
Ella le mostró sus blancas manos, finas y suaves, y le dijo gravemente:
–Mientras estas manos sean las mías estaré triste, Máxime.
–Pero ¿por qué?
–Porque… han matado.
Máxime exclamó:
–¡Cállate! No pienses en eso… el pasado está muerto. El pasado no cuenta.
Y besaba sus largas manos pálidas, y ella lo miraba con sonrisa más clara, como si cada beso borrase un poco el horrible recuerdo.
–Tienes que amarme, Máxime. Es necesario, porque ninguna mujer te querrá como yo. Por complacerte he actuado, y actúo todavía, no según tus órdenes, sino según tus secretos deseos… Realizo actos contra los cuales mis instintos y mi conciencia se rebelan; pero no puedo resistir… Cuanto hago, lo hago maquinalmente, porque te es útil y tú quieres… Y estoy dispuesta a volver a empezar mañana… y siempre.
Arsenio dijo con amargura:
–¡Ah, Clotilde! ¿Por qué te habré mezclado en mi vida aventurera? Hubiera debido permanecer siendo el Máxime Bermond que tú amabas hace cinco años y no descubrirte… el otro hombre que soy.
Clotilde contestó muy bajo:
–Amo también a este hombre y no echo nada de menos.
–Sí, echas de menos tu vida pasada, la vida a la luz del día.
–No echo de menos nada cuando tú estás -respondió ella apasionadamente-. No existe culpa, no existe delito cuando mis ojos te ven. ¿Qué me importa ser desgraciada lejos de ti, y sufrir, y llorar, y tener horror de todo lo que hago? Tu amor lo borra todo. Lo acepto todo… Pero ¡tienes que amarme!
–No te amo por obligación, sino por la única razón de que te amo.
–¿Estás seguro? – preguntó, confiada.
–Estoy tan seguro de mí como de ti. Sólo que mi existencia es violenta y febril, y no puedo consagrarte siempre el tiempo que yo quisiera.
Clotilde enloqueció de pronto.
–¿Qué pasa? ¿Un nuevo peligro? Habla rápido.
–¡Oh! Nada grave todavía. Sin embargo…
–¿Qué?
–¡Está sobre nuestra pista!
–¿Sholmes?
–Sí. Fue él quien lanzó a Ganimard al jaleo del restaurante húngaro. Fue él quien apostó, anoche, los policías en la calle Chalgrin. Tengo pruebas. Ganimard registró la casa esta madrugada y Sholmes lo acompañaba. Además…
–¿Qué?
–Hay otra cosa. Nos falta uno de los nuestros: Jeanniot.
–¿El portero?
–Sí.
–Pero fui yo quien lo envió esta mañana a la calle de Chalgrin para que recogiera los granates que se cayeron de mi broche.
–No hay duda. Sholmes le habrá tendido una trampa.
–No puede ser. Los granates fueron llevados al joyero de la calle de la Paix.
–Entonces, ¿qué ha sido de él después?
–Oh, Máxime. Tengo miedo.
–No hay por qué asustarse. Pero confieso que la situación es grave. ¿Qué sabe Sholmes? ¿Dónde se esconde? Su fuerza reside en su soledad. Nadie puede traicionarlo.
–¿Qué has decidido?
–Extrema prudencia, Clotilde. Desde hace mucho tiempo estoy dispuesto a cambiar mi instalación y trasladarme allá lejos, al asilo inviolable que tú conoces. La intervención de Sholmes precipita las cosas. Cuando un hombre como él está sobre una pista, debe decirse que, fatalmente, llegará al final de esa pista. Por tanto, lo he preparado todo. Pasado mañana, miércoles, haremos la mudanza. Al mediodía estará terminada. A las dos, yo mismo podré abandonar el lugar después de haber hecho desaparecer los últimos vestigios de nuestra instalación, lo cual no es fácil. De aquí a entonces…
–¿De aquí a entonces?
–No debemos vernos ni nadie debe verte, Clotilde. No salgas. No temo por mí. Lo temo todo desde que se trata de ti.
–Es imposible que ese inglés llegue hasta mí.
–Todo es posible en él, y no me fío. Ayer, cuando estuve a punto de ser sorprendido por tu padre, había ido a registrar el armario que contiene los archivos antiguos del señor Destange. Existe en ellos un peligro. Lo hay en todas partes. Adivino al enemigo que actúa en la sombra y que se acerca cada vez más. Siento que nos vigila…, que tiende sus redes a nuestro alrededor. Ésa es una de las intuiciones que no me engañan jamás.
–En tal caso, márchate, Máxime, y no pienses más en mis lágrimas. Seré fuerte y esperaré a que el peligro sea conjurado. Adiós, Máxime.
Lo abrazó largamente. Y fue ella misma quien le empujó fuera de la habitación. Sholmes oyó el sonido de sus voces que se alejaban.
–¡Perfecto! ¡Admirable! – murmuró-. Ahora lo comprendo todo. El tocador de Clotilde, es decir, de la Dama Rubia, comunica con uno de los apartamentos de la casa de al lado, y esta casa tiene su salida, no a la plaza de Malesherbes, sino a una calle adyacente, la calle Montchanin, si mal no recuerdo. ¡Maravilloso! Y ahora me explico cómo Clotilde va a reunirse con su amado, conservando su reputación de persona que no sale. Me explico también cómo Arsenio Lupin surgió a mi lado, ayer por la tarde, en la rotonda. Debe de haber allí otra comunicación entre la casa de al lado y la biblioteca… -Y concluyó-: Otra casa más con truco. Y, sin duda, una vez más el arquitecto será Destange. Ahora se trata de aprovecharme de mi paso por aquí para comprobar el contenido del armario… y para documentarme sobre las otras casas preparadas.
Sholmes subió a la rotonda y se ocultó detrás de las colgaduras de la barandilla. Permaneció hasta que se hizo de noche. Un criado apagó las luces. Una hora más tarde, el inglés hizo funcionar el resorte de su linterna y se dirigió al armario.
Como ya sabía, contenía papeles antiguos del arquitecto, expedientes, presupuestos, planos, libros de contabilidad… En segundo término, se alineaba una serie de archivos clasificados por orden de antigüedad.
Cogió, alternativamente, los de los dos últimos años y, sin perder tiempo, miró el índice y muy especialmente la letra H. Al descubrir, al fin, la palabra Harmingeat acompañada del número 63, se trasladó a la página sesenta y tres y leyó: Harmingeat, calle Chalgrin, 40. Seguía el detalle de los trabajos realizados para ese cliente, a fin de poder establecer un aparato de calefacción en su inmueble. Y al margen esta nota: Véase el expediente M. B.
–¡Ah! Ya me lo figuraba -dijo-. El expediente M.B. es el que me hace falta. Por él sabré el actual domicilio de Lupin.
Era ya de madrugada cuando, en la segunda mitad de un archivo, descubrió el famoso expediente.
Se componía de quince páginas. Una, reproducía la página dedicada al señor Harmingeat, de la calle Chalgrin. Otra, detallaba los trabajos realizados para el señor Vatinel, propietario del número 25 de la calle Clapeyron. Otra estaba reservada al barón de Hautrec, avenida Henri-Martin, 134. Otra, al castillo de Crozon. Y las once restantes a diferentes propietarios de París.
Sholmes copió esta lista de once nombres y once direcciones. Luego, colocó todo en su sitio, abrió una ventana y saltó a la plaza desierta, teniendo cuidado de cerrar los postigos.
En su habitación del hotel encendió la pipa con la gravedad que siempre ponía en este acto y, rodeado de nubes de humo, estudió las conclusiones que podían extraerse del expediente M.B., o, mejor dicho, del expediente Máxime Bermond, alias Arsenio Lupin.
A las ocho, envió a Ganimard esta nota:
«Tal vez pase hoy por la mañana por la calle Pergolése para confiarle una persona cuya captura es de la mayor importancia. De todas formas, permanezca en casa esta noche y mañana miércoles hasta mediodía, y compóngaselas para tener unos treinta hombres a su disposición…»
Luego, en el bulevar, eligió un auto, cuyo chófer le agradó por su bondadosa cara, alegre y poco inteligente, y ordenó que lo llevara a la plaza Malesherbes, cincuenta pasos más allá del chalé Destange.
–Muchacho, suba las ventanillas -le dijo al chófer-, súbase el cuello del abrigo, porque el viento es frío, y espéreme pacientemente. Dentro de hora y media pondrá usted en marcha el motor. En cuanto vuelva, eche a correr hacia la calle Pergolése.
En el momento de franquear el umbral del chalé dudó por última vez. ¿No era un error ocuparse así de la Dama Rubia, mientras Lupin terminaba sus preparativos de huida? ¿No habría sido mejor, con ayuda de la lista de inmuebles, buscar primero el domicilio de su adversario?
«¡Bah! – se dijo-. Cuando la Dama Rubia sea mi prisionera, seré dueño de la situación.»
Y llamó a la puerta.
El señor Destange se encontraba ya en la biblioteca. Trabajaron durante un rato, y Sholmes buscaba un pretexto para subir a la habitación de Clotilde, cuando la muchacha entró, dio los buenos días a su padre, se sentó en el saloncito y se puso a escribir.
Desde su sitio, Sholmes la veía inclinada sobre la mesa. De cuando en cuando, con la pluma levantada y el rostro pensativo, meditaba. Esperó. Luego, cogiendo un libro, dijo a Destange:
–Éste es el libro que me dijo la señorita Destange que le llevara cuando diera con él.
Se dirigió al saloncito y se puso delante de Clotilde de forma que su padre no pudiese verla. Dijo:
–Soy el señor Stickmann, el nuevo secretario del señor Destange.
–¡Ah! – exclamó la muchacha, sin moverse-. ¿Ha cambiado mi padre de secretario, entonces?
–Sí, señorita, y desearía hablar con usted.
–Sírvase sentarse, señor. Estoy terminando.
Añadió algunas líneas más a la carta, la firmó, cerró el sobre, empujó sus papeles, llamó por teléfono, habló con su modista, le rogó que se diera prisa en terminarle el abrigo de viaje que le estaba haciendo, porque lo necesitaba urgentemente y, por último, volviéndose a Sholmes, le dijo:
–Estoy a su disposición, señor. Pero ¿nuestra conversación no puede celebrarse delante de mi padre?
–No, señorita, y le suplico que no alce demasiado la voz. Es preferible que el señor Destange no oiga nada.
–¿Por qué es preferible?
–¡Por usted, señorita!
–No admito conversaciones que no pueda oír mi padre.
–Sin embargo, es muy necesario que admita ésta.
Se levantaron ambos de sus respectivos asientos, con los ojos fijos el uno en el otro.
Y Clotilde dijo:
–Hable, señor.
Continuando en pie, Sholmes empezó:
–Me perdonará si me equivoco sobre ciertos puntos secundarios. Lo que garantizo es la exactitud general de los incidentes que expongo.
–Nada de frases, se lo suplico. Hechos.
Por esta interrupción, lanzada bruscamente, el inglés se dio cuenta de que la joven estaba en guardia, y continuó:
–¡Bien! Iré directo al grano. Hace cinco años, su padre tuvo ocasión de conocer a un tal Máxime Bermond, el cual se presentó como contratista, maestro de obras… o arquitecto, no sabría precisarlo. La cuestión es que el señor Destange le tomó afecto a este joven y, como su estado de salud no le permitía ocuparse ya de sus asuntos, confió al señor Bermond la realización de algunos trabajos que él había aceptado de antiguos clientes y que parecían adecuados a las aptitudes de su colaborador.
Herlock hizo una pausa. Le pareció que se había acentuado la palidez de la joven. Sin embargo, con la mayor tranquilidad, ella le dijo:
–No conozco los hechos que pone usted en mi conocimiento, señor, y, sobre todo, no veo en qué pueden interesarme.
–En esto, señorita: es que el señor Máxime Bermond se llama, en realidad, y usted lo sabe tan bien como yo, Arsenio Lupin.
Clotilde soltó la carcajada:
–¡No es posible! ¿Arsenio Lupin? ¿El señor Máxime Bermond se llama Arsenio Lupin?
–Como tengo el honor de decírselo, señorita. Y puesto que usted se niega a comprenderme con medias palabras, añadiré que Arsenio Lupin ha encontrado aquí una amiga, más que una amiga: una cómplice ciega y… apasionadamente devota.
Clotilde se levantó de su asiento, y sin emoción, o al menos con tan poca emoción que Sholmes se asombró de tal dominio, declaró:
–Ignoro el propósito que lo anima, señor, y quiero ignorarlo. Le ruego, pues, que no añada una palabra y salga de aquí inmediatamente.
–Jamás he tenido la pretensión de imponerle mi presencia indefinidamente -respondió Sholmes, tan tranquilo como ella-. Únicamente que he resuelto no salir solo de este chalé.
–¿Y quién le acompañará, señor?
–¡Usted!
–¿Yo?
–Sí, señorita. Saldremos juntos de este chalé y usted me seguirá sin una protesta, sin una palabra.
Lo que había de extraño en esta escena era la calma absoluta de los dos adversarios. Más que un duelo implacable entre dos voluntades poderosas, se habría dicho -por la actitud de ambos, por el tono de su voz-, el debate cortés de dos personas que no están de acuerdo.
Por la amplia arcada se veía, en la rotonda, al señor Destange manipulando sus libros con ademanes mesurados.
Clotilde se volvió a sentar, encogiéndose ligeramente de hombros. Herlock sacó el reloj.
–Son las diez y media. Dentro de cinco minutos partimos.
–¿Si no?
–Si no, me acercaré al señor Destange y me veré obligado a contarle…
–¿Qué?
–La verdad. Le contaré la falsa vida de Máxime Bermond y… la doble vida de su cómplice.
–¿De su cómplice?
–Sí.
–¿Y qué pruebas le dará?
–Lo llevaré a la calle Chalgrin y le enseñaré el pasadizo que Arsenio Lupin, aprovechándose de los trabajos cuya dirección ostentaba, hizo practicar por sus hombres entre el número 40 y el 42, pasadizo que utilizaron ustedes anteanoche.
–¿Después?
–Después… llevaré al señor Destange a casa del abogado Detinan y bajaremos por la escalera de servicio, por la que descendieron usted y Arsenio Lupin para escapar de Ganimard, y buscaremos los dos la comunicación que existe, sin duda alguna, con la casa de al lado, casa cuya salida da al bulevar des Batignolles y no a la calle Clapeyron.
–¿Después?
–Después… llevaré al señor Destange al castillo de Crozon, y le será fácil descubrir, a él que conoce la clase de trabajo realizado por Arsenio Lupin, los pasadizos secretos que Arsenio Lupin mandó practicar a sus hombres cuando la restauración de dicho castillo. Comprobará que esos pasadizos permitieron a la Dama Rubia introducirse, por la noche, en la habitación de la condesa y apoderarse, de encima de la chimenea, del brillante azul; luego, dos semanas más tarde, introducirse en la habitación del consejero Bleichen y ocultar dicho brillante en su tubo dentífrico… Hecho bastante extraño, lo confieso: pequeña venganza de mujer, quizá, no lo sé. Pero eso no importa.
–¿Después?
–Después -repitió Sholmes con voz más grave-llevaré al señor Destange al número 134 de la avenida Henri-Martin, y buscaremos de qué forma el barón de Hautrec…
–¡Cállese, cállese! – balbució la joven con repentino terror-. ¡Se lo prohibo!… Entonces, se atreve usted a decir que yo… Me acusa usted de…
–La acuso de haber matado al barón de Hautrec.
–No, no. ¡Eso es una infamia!
–Usted mató al barón de Hautrec, señorita. Usted entró a su servicio, bajo el nombre de Antoinette Bréhat, con el propósito de robar el brillante, y lo mató.
De nuevo la muchacha murmuró suplicante:
–¡Cállese, señor, se lo suplico! Puesto que sabe usted tantas cosas, también ha de saber que yo no asesiné al barón.
–No he dicho que usted lo asesinara, señorita. El barón de Hautrec era propenso a ataques de locura, que sólo sor Auguste podía dominar. Sé esto por ella misma. En su ausencia, él debió de abalanzarse sobre usted, y fue en el transcurso de la lucha y para defender su vida, cuando usted lo golpeó. Espantada por tal acción, llamó usted al timbre y huyó, sin preocuparse de arrancar del dedo de su víctima el brillante azul que había ido a robar. Un instante después volvió usted con uno de los cómplices de Lupin, criado de la casa de al lado; llevaron al barón a la cama y pusieron en orden la habitación…, pero siempre sin atreverse a coger el brillante azul. Eso fue lo que pasó. Ahora bien; vuelvo a repetirlo: usted no asesinó al barón. Sin embargo, fueron sus manos las que asestaron el golpe.
Clotilde había cruzado sobre su frente aquellas manos finas y pálidas, y durante mucho rato las conservó así, inmóviles. Al fin, abriendo los dedos, descubrió su doloroso rostro y dijo:
–¿Eso es todo lo que tiene usted intención de decirle a mi padre?
–Sí, y le diré que tengo como testigos a la señorita Gerbois, que reconocerá a la Dama Rubia; a sor Auguste, que reconocerá a Antoinette Bréhat; a la condesa de Crozon, que reconocerá a la señora de Real. Esto es lo que le diré.
–No se atreverá usted -respondió la muchacha, recobrando su sangre fría ante la amenaza de un peligro inmediato.
Sholmes se puso en pie y dio un paso hacia la biblioteca. Clotilde le detuvo.
–Un momento, señor.
Reflexionó, ahora dueña de sí, y muy tranquila, le preguntó:
–Usted es Herlock Sholmes, ¿verdad?
–Sí.
–¿Qué quiere usted de mí?
–¿Que qué quiero? Tengo empeñado un duelo con Arsenio Lupin y necesito salir vencedor en él. En la espera de un desenlace que no ha de tardar mucho, estimo que un rehén tan preciado como usted me da sobre mi adversario una ventaja considerable. Así pues, usted me seguirá, señorita, y yo la confiaré a uno de mis amigos. Cuando haya conseguido mi propósito, quedará usted libre.
–¿Es todo?
–Todo. Yo no formo parte de la Policía de su país y, por consiguiente, no me creo con derecho… a hacer justicia.
La muchacha parecía resuelta. Sin embargo, exigió aún un momento de tregua. Sus ojos se cerraron y Sholmes la miraba, tranquilizado de pronto, casi indiferente a los peligros que le rodeaban.
«¿Acaso se creerá en peligro? – pensaba el inglés-. Pero no, puesto que Lupin la protege. Con Lupin nada le puede pasar. Lupin es todopoderoso. Lupin es infalible.»
Y en voz alta:
–Señorita, hablé de cinco minutos y ha pasado media hora.
–¿Me permite que suba a mi habitación y coja mis cosas?
–Si usted lo desea, señorita, iré a esperarla a la calle Montchanin. Soy un excelente amigo del portero Jeanniot.
–¡Ah!… ¿Sabe usted…? – preguntó con visibles muestras de terror.
–Sé muchas cosas.
–¡Bien! ¡Llamaré, entonces!
Acudió el criado, trayendo el abrigo y el sombrero de Sholmes. El inglés dijo a la muchacha:
–Es preciso que dé usted a su padre una razón que explique nuestra marcha, y que tal razón pueda explicar, si es necesario, su ausencia durante varios días.
–Es inútil. Estaré de vuelta enseguida.
De nuevo se desafiaron con la mirada, irónicos y sonrientes los dos.
–¡Cómo está usted segura de él! – exclamó Sholmes.
–Ciegamente.
–Todo cuanto él hace está bien, ¿no? ¡Todo lo que él quiere se realiza! ¡Y usted lo aprueba todo y está dispuesta a darlo todo por él!
–Lo amo -respondió la muchacha, estremeciéndose de pasión.
–¿Y cree usted que él la salvará?
Clotilde se encogió de hombros y, avanzando hacia su padre, le previno:
–Me llevo al señor Stickmann. Vamos a la Biblioteca Nacional.
–¿Vendrás a comer?
–Quizá… O, mejor dicho, no… Pero no te inquietes… -Y dijo con firmeza a Sholmes-: Le sigo, señor.
–¿Sin reserva mental?
–Con los ojos cerrados.
–Si intenta escaparse, llamaré, gritaré, la detendrán, e irá a la cárcel. No olvide que la Dama Rubia está reclamada por la Policía.
–Le juro por mi honor que no haré nada para escapar.
–La creo. Vamos.
Juntos, como lo había predicho, abandonaron el chalé.
En la plaza se hallaba el automóvil, vuelto en dirección opuesta. Se veía la espalda del chófer y su gorra, tapada casi por completo por el cuello del abrigo. Al acercarse, Sholmes oyó el ruido del motor. Abrió la portezuela, rogó a Clotilde que subiera y se sentó a su lado.
El auto arrancó deprisa, ganó los bulevares, la avenida Hoche y la avenida de la Grande-Armée.
Herlock, pensativo, elaboraba sus planes:
«Si Ganimard está en su casa…, dejo a la muchacha en sus manos… ¿Le diré quién es esta joven? No, porque la llevaría derecho a la cárcel, lo cual lo estropearía todo. Una vez solo, consultaré la lista del expediente M.B.,y me lanzo a la caza. Y esta noche, o mañana por la mañana todo lo más, me reuniré con Ganimard, como está convenido, y le entregaré a Arsenio Lupin y a su banda…»
Se frotó las manos, contento de sentir, al fin, el término de esta aventura al alcance de su mano y de ver que ningún obstáculo serio lo separaba de él. Y, cediendo a un deseo de expansión que contrastaba con su naturaleza, dijo:
–Perdóneme, señorita, si muestro tanta satisfacción. La batalla fue dura, y el éxito me es muy agradable.
–Éxito legítimo, señor, y del que tiene usted derecho a vanagloriarse.
–Muchas gracias. Pero ¡qué ruta más rara seguimos! ¿No habrá entendido bien el chófer?
En aquel momento salían de París por la Porte de Neully. ¡Qué diablos! La calle Pergolése no se encontraba fuera de las fortificaciones.
Sholmes bajó el cristal.
–Óigame, chófer, me parece que está usted equivocado. ¡Vamos a la calle Pergolése! – El hombre no contestó. Sholmes repitió en voz más alta-: Le he dicho que se dirija a la calle Pergolése. – El hombre tampoco contestó-. ¡Ah! ¿Es que es usted sordo, amigo? ¿O es que tiene mala voluntad?… No tenemos nada que hacer por aquí… ¡Calle Pergolése!… Le ordeno que regrese y con la mayor rapidez posible.
Siempre el mismo silencio. El inglés se estremeció de inquietud. Miró a Clotilde. Una sonrisa indefinible plegaba sus labios.
–¿Por qué sonríe usted?… Este incidente no tiene ninguna relación con…, y no cambia nada las cosas…
–¡Absolutamente nada! – respondió la muchacha.
De golpe, una idea lo trastornó. Levantándose a medias, examinó con mayor atención al hombre que se encontraba al timón. Los hombros eran más anchos, los ademanes más sueltos… Un sudor frío le cubrió el cuerpo; sus manos se crisparon, mientras que el convencimiento más espantoso se imponía en su mente: aquel hombre era Arsenio Lupin.
–¡Vaya, señor Sholmes! ¿Qué me dice usted de este paseíto?
–Delicioso, amigo mío; verdaderamente delicioso -respondió Sholmes.
Quizá nunca hizo un esfuerzo tan terrible para articular aquellas palabras, sin un temblor en la voz, sin nada que pudiese indicar el desencadenamiento de todo su ser. Pero, inmediatamente, por una especie de reacción formidable, un oleaje de rabia y de odio rompió los diques, se llevó su voluntad y, con ademán brusco, sacó su revólver y lo apuntó sobre la señorita Destange.
–Pare ahora mismo, Lupin, o disparo sobre la señorita.
–Le recomiendo que apunte a la mejilla si quiere dar en la sien -respondió Lupin, sin volver la cabeza.
Clotilde dijo:
–Máxime, no vayas tan deprisa. El suelo está resbaladizo y soy muy miedosa.
Continuaba sonriendo, con los ojos fijos en la carretera que se extendía ante el auto.
–¡Que se pare! ¡Que se pare, digo! – le dijo Sholmes, loco de rabia-. ¡Ya sabe usted que soy capaz de todo!
El cañón del revólver rozó los rizos del cabello.
La muchacha murmuró:
–¡Este Máxime es de una imprudencia! ¡A esta velocidad es seguro que patinaremos!
Sholmes volvió a meterse el arma en el bolsillo y agarró la manija de la portezuela dispuesto a tirarse, pese a lo absurdo de semejante acto.
Clotilde le advirtió:
–Tenga cuidado, señor. Va un automóvil detrás de nosotros.
Se inclinó. Un auto los seguía, en efecto; enorme, de aspecto terrible, con su capó afilado, color sangre, y los cuatro hombres que lo montaban con cara de bestias.
«¡Vaya! – se dijo-. Voy bien custodiado. ¡Paciencia!»
¿Qué hacer contra un hombre servido por tales auxiliares y que, por el solo ascendiente de su autoridad, insuflaba a una muchacha provisiones de audacia y energía?
Franquearon el Sena y escalaron la cuesta de Saint-Germain; pero, a quinientos metros más allá de este barrio, el auto aminoró la marcha. El otro auto se puso a su altura, y los dos se pararon. No había nadie en los alrededores.
–Señor Sholmes, me veo obligado a cambiarle de vehículo -dijo Lupin-. ¡El que llevamos es tan lento!…
–¿Cómo? – gritó Sholmes, tanto más apremiado cuanto que no tenía opción.
–Me permitirá también que le preste este abrigo, porque iremos a mucha velocidad, y que le ofrezca estos sandwiches… Sí, sí, acéptelos, porque no sabemos cuándo comeremos.
Los cuatro hombres se habían apeado. Uno de ellos se acercó y, como se había quitado las gafas oscuras, Sholmes reconoció al señor de la levita del restaurante húngaro. Lupin dijo:
–Devolverá usted este auto al chófer que se lo ha alquilado. Espera en la primera taberna de la derecha de la calle Legendre. Le entregará usted el segundo billete de mil francos prometidos. ¡Ah, me olvidaba! Déle sus gafas oscuras al señor Sholmes.
Habló unos momentos con la señorita Destange. Luego se instaló al timón y partió, con Sholmes a su lado y detrás de él uno de sus hombres.
Un hombre se adelantó, con uniforme azul, gorra galonada de oro, y saludó.
–¡Perfecto, capitán! – exclamó Lupin-. ¿Recibió usted el telegrama?
–Lo recibí.
–¿Está lista para zarpar L'Hirondelle?
-L'Hirondelle está lista.
–En ese caso, señor Sholmes…
El inglés miró a su alrededor, vio un grupo de personas en la terraza de un café, otro más cerca, dudó un instante; luego, comprendiendo que, antes de toda intervención, lo agarrarían, lo embarcarían y lo lanzarían al fondo de la cala, atravesó la pasarela y siguió a Lupin hasta la cabina del capitán.
Era amplia, de una limpieza minuciosa, y maravillosamente clara por el barniz de sus artesonados y el brillo de sus cobres.
Lupin cerró la puerta y, sin preámbulos, casi brutalmente, le dijo a Sholmes:
–¿Qué sabe usted exactamente?
–Todo.
–¿Todo? ¡Precise!
En la entonación de su voz no había ya esa cortesía un poco irónica que él afectaba con respecto al inglés. Era el acento imperioso del jefe que tiene la costumbre de mandar y de que todo el mundo se doblegue ante él, aunque se llamase Herlock Sholmes.
Se midieron con la mirada, enemigos ahora, enemigos declarados y trémulos. Un poco enervado, Lupin continuó:
–Señor, con ésta son ya varias las veces que lo encuentro en mi camino. Ya está bien, pues no puedo perder mi tiempo en desmontar las trampas que usted me tiende. Por tanto, le prevengo que mi conducta con usted dependerá de su respuesta. ¿Qué sabe exactamente?
–Todo, señor. Vuelvo a repetírselo.
Arsenio Lupin se contuvo y con tono sarcástico dijo:
–Voy a decirle, señor, lo que usted sabe. Usted sabe que bajo el nombre de Máxime Bermond he… retocado quince casas construidas por el señor Destange.
–Sí.
–De esas quince casas, usted conoce cuatro.
–Sí.
–Usted ha cogido esa lista de casa del señor Destange esta noche, sin duda.
–Sí.
–Y como usted supone que, entre esas once casas, existe fatalmente una que yo he conservado para mí, para mis necesidades y para las de mis amigos, ha confiado a Ganimard el cuidado de ponerse en acción y descubrir mi retiro.
–No.
–Lo cual significa…
–Lo cual significa que yo actúo solo y que iba a emprender la lucha solo.
–Entonces, no tengo nada que temer, puesto que está usted en mis manos.
–Usted no tiene nada que temer mientras yo esté en sus manos.
–Es decir, que usted no permanecerá en ellas mucho tiempo.
Arsenio Lupin se acercó más al inglés y, poniéndole con sumo cuidado la mano en el hombro, le dijo:
–Escuche, señor: no estoy de humor para discutir y, desgraciadamente para usted, usted no se halla en condiciones de hacerme fracasar. Así, pues, terminemos de una vez.
–Terminemos.
–Usted va a darme su palabra de honor de que no intentará escaparse de este barco antes de hallarse en aguas inglesas.
–Yo le doy mi palabra de honor de que intentaré por todos los medios escaparme -respondió Sholmes, indomable.
–¡Caramba! Sin embargo, usted sabe que yo no tengo más que pronunciar una palabra para reducirlo a la impotencia. Todos estos hombres me obedecen ciegamente. A una señal mía, le pondrán la cadena al cuello…
–Las cadenas se rompen.
–…y lo arrojarán por encima de la borda, a diez millas de la costa.
–Sé nadar.
–Bien respondido -exclamó Lupin, riendo-. ¡Dios me perdone, estaba colérico! Perdóneme, maestro y… concluyamos. ¿Admite usted que yo busque los medios necesarios para mi seguridad y la de mis amigos?
–Todos los medios. Pero son inútiles.
–De acuerdo. Sin embargo, usted no me odiará porque los tome.
–Es su deber.
–¡Vamos!
Lupin abrió la puerta y llamó al capitán y a dos marineros. Éstos cogieron al inglés y, después de registrarlo, le amarraron las piernas y lo sujetaron a la litera del capitán.
–¡Está bien! – ordenó Lupin-. Verdaderamente es por culpa de su obstinación, señor, y por la gravedad excepcional de las circunstancias, que yo me atrevo a permitirme…
Los marineros se retiraron. Lupin dijo al capitán:
–Capitán, un hombre de la tripulación permanecerá aquí a disposición del señor Sholmes, y usted mismo le hará compañía siempre que sea posible. Que se tengan con él todas las consideraciones. No es un prisionero, sino mi invitado. ¿Qué hora es en su reloj, capitán?
–Las dos y cinco.
Lupin consultó su reloj, luego otro colgado de la pared de la cabina.
–¿Las dos y cinco?… Estamos de acuerdo. ¿Cuánto tiempo precisa usted para ir a Southampton?
–Nueve horas, sin apresurarme.
–Tardará usted once. Es preciso que no toque usted tierra antes de que zarpe el paquebote que abandona Southampton a medianoche y que llega a El Havre a las ocho de la mañana. Comprende usted lo que quiero decir, ¿verdad, capitán? Repito: como sería peligrosísimo para todos nosotros que el señor regresase a Francia en ese paquebote, tiene usted que llegar a Southampton después de la una de la madrugada.
–Comprendido.
–¡Hasta la vista, maestro! ¡El año que viene en este mundo o en el otro!
–¡Hasta mañana!
Algunos minutos más tarde, Sholmes oía el automóvil que se alejaba, e inmediatamente, en las profundidades de L'Hirondelle, el vapor jadeó violentamente. El barco desatracaba.
Alrededor de las tres habían franqueado el estuario del Sena y penetraban en mar abierto. En ese momento, tendido en la litera donde se hallaba atado, Herlock Sholmes dormía profundamente.
Al día siguiente por la mañana, décimo y último día de la guerra entablada por los dos grandes rivales, el Echo de París publicaba este delicioso suelto:
«Ayer fue dictado un decreto de expulsión por Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes, detective inglés. Firmado al mediodía, el decreto entró en vigor inmediatamente. A la una de la madrugada, Sholmes era desembarcado en Southampton.»
6
LA SEGUNDA DETENCIÓN DE
ARSENIO LUPIN[1]
Desde las ocho de la mañana, doce camiones de mudanza colmaban la calle Crevaux, entre la avenida del Bois de Boulogne y la avenida Bugeaud. El señor Félix Davey abandonaba el apartamento que ocupaba en el cuarto piso del número 8. Y el señor Dubreuil, perito, que había formado un solo apartamento del quinto piso de la misma casa y el quinto piso de las dos casas contiguas, expedía el mismo día -pura coincidencia, puesto que ambos señores no se conocían- las colecciones de muebles por las cuales tantos corresponsales extranjeros lo visitaban todos los días.
Detalle que se observó en el barrio, pero del cual no se habló hasta más tarde: ninguno de los doce camiones llevaba el nombre y la dirección del que se mudaba y ninguno de los hombres que los acompañaban se entretuvo en los detalles indicados. Trabajaron tan bien que a las once todo había terminado. No quedaban más que los papeles y los trapos que se dejan tras de sí en los rincones de las habitaciones vacías.
El señor Félix Davey, joven elegante, vestido según la moda más refinada, llevaba en la mano un bastón de entrenamiento cuyo peso indicaba en su poseedor un bíceps poco corrientes. El señor Félix Davey fue tranquilamente y se sentó en el banco de la avenida transversal que corta la avenida del Bois, frente a la calle Pergolése. Junto a él, una mujer, vestida a la moda de la clase media, leía un periódico, mientras que un niño jugaba a hacer un agujero con su pala en un montón de arena. Al cabo de un instante, Félix Davey dijo a la mujer, sin volver la cabeza:
–¿Ganimard?
–Salió esta mañana a las nueve.
–¿Y fue?
–A la Prefectura de Policía.
–¿Solo?
–Solo.
–¿Algún telegrama durante la noche?
–Ninguno.
–¿Siguen teniendo confianza en usted, en la casa?
–Sí. Ayudo a la señora Ganimard y ella me cuenta todo lo que hace su marido… Hemos pasado la mañana juntas.
El joven se levantó y se dirigió al Pabellón Chino, cerca de la Porte Dauphine, donde tomó una comida frugal: dos huevos, ensalada y fruta. Luego regresó a la calle Crevaux, y dijo a la portera:
–Voy a echar una última ojeada arriba, y enseguida le doy las llaves.
Terminó su inspección en la habitación que le servía de despacho. Allí agarró el extremo de un tubo de gas, cuyo codo estaba articulado, y que corría a lo largo de la chimenea, levantó el tapón de cobre que lo cerraba, adaptó a él un aparato en forma de corneta y sopló.
Un ligero silbido le respondió. Llevándose el tubo a la boca, murmuró:
–¿Alguien, Dubreuil?
–Nadie.
–¿Puedo subir?
–Sí.
Puso el tubo en su sitio, mientras se decía:
«¿Hasta dónde llega el progreso? Nuestro siglo descubre pequeños inventos que hacen de verdad la vida encantadora y pintoresca. ¡Y tan divertida!… ¡Sobre todo, cuando se sabe jugar a la vida como yo!»
Hizo girar una de las molduras de mármol de la chimenea. Toda la piedra de mármol se movió y el espejo que estaba sobre ella se deslizó por invisibles ranuras, descubriendo una abertura en donde empezaban los peldaños de una escalera construida en el mismo cuerpo de la chimenea; todo muy limpio, de hierro cuidadosamente bruñido y con losetas de porcelana blanca.
Subió. En el quinto piso el mismo orificio encima de la chimenea. Lo esperaba el señor Dubreuil.
–¿Terminaron en su casa?
–Sí.
–¿Todo se ha descargado?
–Por completo.
–¿El personal?
–No quedan más que los tres hombres de guardia.
–Vámonos.
Uno tras otro subieron por el mismo camino hasta el piso de los criados y desembocaron en una buhardilla donde se encontraban tres individuos, uno de los cuales miraba por la ventana.
–¿Nada nuevo?
–Nada, jefe.
–¿ La calle está en calma?
–¡Absolutamente!
–Esperemos aún diez minutos y partiré definitivamente… Ustedes partirán también. De aquí a entonces, avísenme del menor movimiento sospechoso en la calle.
–Tengo continuamente puesto el dedo en el timbre de alarma, jefe.
–Dubreuil, ¿advirtió a los de la mudanza que no tocaran los hilos de este timbre?
–Claro que sí. Funciona a las mil maravillas.
–Entonces estoy tranquilo.
Los dos señores descendieron hasta el apartamento de Félix Davey. Y éste, después de haber ajustado de nuevo la moldura de mármol, exclamó, alegre:
–Dubreuil, me gustaría ver la cara de los que descubrieran todos estos admirables trucos: timbres de alarma, red de hilos eléctricos y de tubos acústicos, pasadizos secretos, tablas del suelo que giran, escaleras ocultas… ¡Una verdadera maquinación fantástica!
–¡Qué propaganda para Arsenio Lupin!
–Una propaganda que no tendrá lugar. Es una lástima abandonar semejante instalación. Volver a empezarlo todo otra vez, Dubreuil…, y, evidentemente, de otra manera, porque no conviene repetirse nunca. ¡Maldito sea Sholmes!
–Continúa sin regresar ese Sholmes.
–¿Cómo va a regresar? De Southampton sólo zarpa un paquebote a medianoche. De El Havre un solo tren, el de las ocho de la mañana, que llega a las once y once. Desde el momento que no pudo coger el paquebote de medianoche (y no lo cogió, porque las órdenes dadas al capitán eran terminantes), no podrá estar en Francia hasta esta noche, vía Newhaven y Dieppe.
–¡Suponiendo que regrese!
–Sholmes no abandona jamás la partida. Volverá, pero demasiado tarde. Nosotros estaremos lejos.
–¿Y la señorita Destange?
–Debo reunirme con ella dentro de una hora.
–¿En su casa?
–¡Oh, no! Ella no volverá a su casa hasta dentro de algunos días, cuando pase la tormenta… y cuando ya no tenga yo que preocuparme por ella. Pero, Dubreuil, es preciso darnos prisa. El embarque de nuestro equipaje llevará mucho tiempo y su presencia es necesaria en el muelle.
–¿Está seguro de que no estamos vigilados?
–¿Por quién? No le temo más que a Sholmes.
Dubreuil se retiró. Félix Davey dio una última vuelta a la casa, recogió algunas cartas rotas, y luego, al ver un trozo de tiza, lo cogió, dibujó en el papel oscuro del comedor un gran cuadro e inscribió en él, como si fuera una placa conmemorativa:
AQUÍ VIVIÓ, DURANTE CINCO
AÑOS, AL PRINCIPIO DEL SIGLO
XX,
ARSENIO LUPIN, CABALLERO
LADRÓN
Aquella broma pareció causarle viva satisfacción. La contempló, silbando un estribillo alegre, y exclamó:
–Ahora que estoy en regla con los historiadores de las generaciones futuras, marchémonos. Dése prisa, maestro Herlock Sholmes. Antes de tres minutos habré abandonado mi guarida, y su derrota será total… ¡Dos minutos aún! Me hace usted esperar, maestro… ¡Un minuto! ¿No viene usted? Pues bien: proclamo su derrota y mi apoteosis. Dicho lo cual me largo. Adiós, reino de Arsenio Lupin. ¡No te volveré a ver más! Adiós a las cincuenta y cinco habitaciones de los seis pisos sobre los cuales reinaba. Adiós, mi despacho, mi austero despacho…
Un timbrazo cortó en seco su acceso de lirismo; un timbrazo agudo, rápido y estridente, que se interrumpió dos veces, sonó otras dos y cesó. Era el timbre de alarma.
¿Qué pasaba? ¿Algún peligro imprevisto? ¿Ganimard? Pero no…
Estuvo a punto de volver a su despacho y huir. Pero primero se dirigió a la ventana. Nadie en la calle. ¿Ya estaría, pues, el enemigo dentro de la casa? Escuchó y creyó discernir rumores confusos. Sin dudarlo más, corrió hasta su despacho y, cuando franqueaba el umbral, oyó el ruido de una llave que intentaban introducir en la cerradura de la puerta del vestíbulo.
–¡Diablos! – murmuró-. ¡No hay tiempo! Tal vez la casa esté cercada… ¿La escalera de servicio? ¡Imposible! Afortunadamente tengo la chimenea…
Empujó con fuerza la moldura. No se movió. Hizo un esfuerzo mayor. No se movió.
Al mismo tiempo tuvo la impresión de que la puerta se abría y que sonaban pasos.
–¡Maldita sea! – dijo-. Estoy perdido si este mecanismo no…
Sus dedos se apretaron alrededor de la moldura. Se apoyó en ella con todo su peso. ¡Nada se movió! ¡Nada! Por una mala suerte increíble, por una terquedad verdaderamente pasmosa del destino, el mecanismo, que hasta hacía un momento había funcionado maravillosamente, no funcionaba ya.
Se ensañó con él, crispó los dedos. El bloque de mármol permanecía inerte, inmutable. ¡Maldición! ¿Era admisible que aquel obstáculo estúpido le cortase el camino? Golpeó el mármol; lo golpeó furiosamente con los puños; lo martilleó, lo insultó…
–Vaya, señor Lupin, ¿hay algo, por lo visto, que no marcha a la medida de sus deseos?
Lupin se volvió, sacudido por el espanto. ¡Herlock Sholmes estaba ante él!
¡Herlock Sholmes! Lo miró parpadeando, como herido por una visión cruel. ¡Herlock Sholmes en París! ¡Herlock Sholmes, al que había expedido la víspera a Inglaterra como si fuera un paquete peligroso, se alzaba ante él, victorioso y libre! ¡Ah! ¡Para que este milagro se realizase a pesar de la voluntad de Arsenio Lupin, era preciso un trastrueque de las leyes naturales, el triunfo de todo lo ilógico y anormal! ¡Herlock Sholmes frente a él!
Y el inglés dijo, irónico a su vez y lleno de aquella cortesía desdeñosa con que su adversario lo había azotado tan frecuentemente:
–Señor Lupin, le aseguro que a partir de este momento no pensaré nunca más en la noche que me hizo pasar en el chalé del barón de Hautrec, nunca más en las desventuras de mi amigo Wilson, nunca más en mi secuestro en automóvil ni tampoco en ese viaje que acabo de realizar, atado por orden suya a una incómoda litera. Este momento lo borra todo. Ya no me acuerdo de nada. Estoy pagado. Estoy espléndidamente pagado.
Lupin guardó silencio. El inglés continuó:
–¿No es ésa también su opinión?
Insistía como si reclamase un asentimiento, una especie de recibo sobre el pasado.
Tras un instante de reflexión, durante el cual el inglés se sintió atravesado, escrutado hasta lo más profundo de su ser, Lupin declaró:
–Supongo, señor, que su conducta actual se apoya en motivos serios.
–Extremadamente serios.
–El hecho de que haya escapado de mi capitán y de mis marineros no es más que un incidente secundario de nuestra lucha. Pero el hecho de encontrarse aquí delante de mí, solo, ¿oye usted?, solo frente a Arsenio Lupin, me hace creer que su revancha es tan completa como es posible.
–Tan completa como es posible.
–¿Esta casa?
–Cercada.
–¿Las dos casas adyacentes?
–Cercadas.
–¿El piso de encima?
–Los tres apartamentos del quinto piso que el señor Dubreuil ocupaba, cercados.
–De manera que…
–…está usted atrapado, señor Lupin, irremisiblemente atrapado.
Los mismos sentimientos que agitaron a Sholmes en el transcurso de su viaje en auto los experimentó Lupin: el mismo furor concentrado, la misma rebeldía; pero también, a fin de cuentas, la misma lealtad lo inclinó bajo la fuerza de las cosas. Los dos, igualmente poderosos, debían aceptar paralelamente la derrota como un mal provisional, al que uno debe resignarse.
–Estamos en paz, señor-dijo únicamente.
El inglés pareció emocionado por esta confesión. Se callaron.
Luego, Lupin continuó, ya dueño de sí y sonriente:
–¡Y no estoy disgustado! Se hacía fastidioso ganar todos los golpes. No tenía más que alargar el brazo para alcanzarlo en pleno pecho. Esta vez he sido yo el alcanzado, maestro.
Reía de buena gana.
–Por fin van a divertirse. ¡Lupin en la ratonera!… ¡Qué aventura!… ¡Ah, maestro, le debo una gran emoción! ¡Así es la vida!
Se apretó las sienes con los dos puños cerrados, como para reprimir la alegría desordenada que hervía en él, y tenía también gestos del niño que, decididamente, se divierte más allá de sus fuerzas. Por último, se acercó al inglés.
–Y ahora, ¿qué espera usted?
–¿Que qué espero?
–Sí. Ganimard está ahí con sus hombres. ¿Por qué no entra?
–Le he rogado que no entrase.
–¿Y ha consentido?
–Requerí sus servicios con la condición formal de que se dejaría guiar por mí. Además, cree que el señor Félix Davey no es más que un cómplice de Lupin.
–Entonces, repito mi pregunta de otra forma: ¿por qué entró solo?
–Porque quería hablarle primero.
–¡Ah, ah! Quería hablarme.
Esta idea pareció agradarle especialmente a Lupin. Existen circunstancias en las que se prefieren las palabras a los hechos.
–Señor Sholmes, lamento no tener un sillón que ofrecerle. ¿Acepta usted esta silla medio rota? ¿O bien el reborde de la ventana? Estoy seguro de que agradecerá un vaso de cerveza… ¿Dorada o negra? Pero, siéntese, por favor.
–No, no. Hablemos.
–Escucho.
–Seré breve. El objeto de mi viaje a París no era su detención. Si me he visto obligado a perseguirlo, ha sido porque no se me presentaba otro medio de conseguir mi verdadero objetivo.
–¿Qué era…?
–Encontrar el brillante azul.
–¡El brillante azul!
–Sí, porque el que fue hallado en la pasta dentífrica del cónsul Bleichen no era el verdadero.
–En efecto, el verdadero fue expedido por la Dama Rubia. Mandé hacer una copia exacta, y como entonces yo tenía ciertos proyectos acerca de las otras alhajas de la condesa, y el cónsul era ya sospechoso, la susodicha Dama Rubia, para no verse complicada a su vez, metió el brillante falso entre los utensilios del cónsul.
–Mientras que usted se guardaba el verdadero.
–Exactamente.
–Necesito ese brillante.
–Imposible. Lo siento de veras.
–Se lo he prometido a la condesa de Crozon. Y lo tendré.
–¿Cómo va a tenerlo usted, si está en mi poder?
–Lo tendré precisamente porque está en su poder.
–Se lo entregaré, ¿verdad?
–Sí.
–¿Voluntariamente?
–Se lo compro.
Lupin tuvo un acceso de risa.
–Es usted muy inglés. Trata usted este asunto como un negocio.
–Es un negocio.
–¿Y qué me ofrece?
–La libertad de la señorita Destange.
–¿Su libertad? Pero yo no sé que esté detenida.
–Proporcionaré al señor Ganimard las pruebas necesarias. Privada de su protección, será arrestada también.
Lupin rió de nuevo a carcajadas.
–Querido señor, me ofrece usted lo que no tiene. La señorita Destange está segura y no teme nada. Pida otra cosa.
El inglés dudó, visiblemente molesto. Un ligero rubor apareció en sus mejillas. Luego, bruscamente, puso la mano sobre el hombro de su adversario.
–Y si yo le propusiese…
–¿La libertad?
–No… Pero, en fin, puedo salir de esta habitación, ponerme de acuerdo con Ganimard…
–¿Y dejarme reflexionar?
–Sí.
–¡Dios mío! ¿Y de qué me serviría eso? Este satánico mecanismo no funciona ya -dijo Lupin, empujando irritado la moldura de la chimenea.
Dio un grito de estupefacción: esta vez, capricho de las cosas, giro inesperado de la suerte, el bloque de mármol se movió bajo la presión de sus dedos.
Era la salvación, la evasión posible. En ese caso, ¿para qué someterse a las condiciones de Sholmes?
Anduvo de un lado para otro como si meditase su respuesta. Luego, puso a su vez la mano sobre el hombro del inglés.
–Pensándolo bien, señor Sholmes, prefiero hacer mis negocios solo.
–Sin embargo…
–No, no necesito a nadie.
–Cuando Ganimard lo coja, todo habrá terminado. No lo soltará.
–¡Quién sabe!
–¡No sea loco! Todas las salidas están cortadas.
–Queda una.
–¿Cuál?
–La que yo elegiré.
–¡Palabras! Su detención puede considerarse como realizada.
–No lo está.
–¿Entonces?
–Me quedo con el brillante azul.
Sholmes sacó el reloj.
–Son las tres menos diez. A las tres llamaré a Ganimard.
–Tenemos aún diez minutos para charlar. Aprovechémoslos, señor Sholmes, y para satisfacer la curiosidad que me devora, dígame cómo se ha procurado mi dirección y mi nombre de Félix Davey.
Sin dejar de vigilar a Lupin, cuyo buen humor lo ponía nervioso, Sholmes se prestó de buena gana a esta explicación en la que su amor propio se ufanaba. Y dijo:
–¿Su dirección? La conseguí de la Dama Rubia.
–¿De Clotilde?
–Exactamente. Recuerde… Ayer por la mañana…, cuando quise llevármela en su automóvil, ella telefoneó a su modista.
–En efecto.
–Pues bien: comprendí más tarde que la modista era usted. Y en el barco, anoche, por un esfuerzo de memoria, que es acaso una de las cosas que más me enorgullece, llegué a reconstruir las dos últimas cifras de su número telefónico…: setenta y tres. Como poseía la lista de sus casas retocadas, me fue fácil, a mi llegada a París esta mañana a las once, buscar y descubrir en la guía el nombre y la dirección del señor Félix Davey. Una vez conocidos esos datos, le pedí ayuda al señor Ganimard.
–¡Admirable! ¡De primer orden! No puedo por menos de inclinarme ante el hecho. Pero lo que no consigo comprender es cómo ha cogido el tren de El Havre. ¿Qué hizo para evadirse de L'Hirondelle?.
–No me evadí.
–Sin embargo…
–Usted dio orden al capitán de que no llegara a Southampton antes de la una de la madrugada. Me desembarcaron a medianoche. Pude, pues, coger el paquebote de El Havre.
–¿Me traicionó el capitán? ¡Es inadmisible!
–No le traicionó.
–¿Entonces?
–Fue su reloj.
–¿Su reloj?
–Sí, su reloj; lo adelanté una hora.
–¿Cómo?
–Como se adelanta un reloj: dándole vueltas a la corona. Hablábamos, sentados uno junto al otro; yo le contaba historias que le interesaban… Palabra que no se dio cuenta de nada.
–¡Bravo, bravo! El truco es bonito. Tomo nota. Pero ¿y el reloj que estaba colgado en la pared de la cabina?
–¡Ah! Eso fue más difícil. Yo tenía las piernas amarradas pero el marinero que me vigilaba durante las ausencias del capitán giró las agujas del reloj.
–¿Él? ¿Cómo consintió…?
–¡Oh! El hombre ignoraba la importancia de su acto. Yo le dije que me era absolutamente necesario tomar el primer tren para Londres, y… se dejó convencer.
–Mediante…
–…un regalito… que el buen hombre, además, tiene intención de enviarle a usted.
–¿Qué regalo?
–Casi nada.
–¿Pero qué?
–El brillante azul.
–¿El brillante azul?
–Sí, el falso; el que usted sustituyó por el de la condesa, y que ella me confió.
Hubo una explosión de risa, repentina y tumultuosa. Lupin se desternillaba, con los ojos llenos de lágrimas.
–¡Dios mío, qué gracioso! ¡Un brillante falso conquistó al marinero!… ¡Y el reloj del capitán!… ¡Y las agujas del reloj del capitán!… ¡Y las agujas del reloj de pared!…
Sholmes jamás había experimentado tanta violencia en la lucha entablada entre Lupin y él. Con su instinto prodigioso, adivinaba, bajo aquella alegría excesiva, una formidable concentración de pensamiento, como una agrupación de todas las facultades.
Poco a poco Lupin se había ido acercando. El inglés retrocedió y, distraídamente, deslizó la mano en el bolsillo del pantalón.
–Son las tres, señor Lupin.
–¿Las tres ya? ¡Qué lástima!… ¡Me estaba divirtiendo tanto!
–Espero su contestación.
–¿Mi contestación? ¡Dios mío! ¡Qué exigente es usted! Entonces, ¿éste es el final de la partida que jugamos? ¡Y como apuesta, mi libertad!
–O el brillante azul.
–Bien… Juegue primero. ¿Qué hace usted?
–Echo el rey-dijo Sholmes, disparando.
–Y yo la pinta- repuso Arsenio, lanzando su puño contra el inglés.
Sholmes había disparado al aire para llamar a Ganimard, cuya intervención le parecía urgente. Pero el puño de Arsenio se clavó en el estómago de Sholmes, que palideció y se tambaleó. De un brinco Lupin saltó hasta la chimenea y ya la placa de mármol se movía… Pero ¡demasiado tarde! La puerta se abrió.
–Ríndase, Lupin. Si no…
Ganimard, apostado sin duda más cerca de lo que creyera Lupin, estaba allí, con el revólver en la mano, apuntándole. Y tras él, diez hombres, veinte hombres se movían. Eran unos muchachos sólidos y sin escrúpulos que lo hubiesen matado como a un perro a la menor señal de resistencia.
Hizo un gesto, muy tranquilo.
–Bajen las patas, me rindo.
Y cruzó los brazos sobre el pecho.
Hubo como un estupor. En la habitación, desprovista de muebles y de adornos, las palabras de Arsenio Lupin se alargaban como un eco: «¡Me rindo!» ¡Palabras increíbles! Se esperaba que se desvaneciera de repente por una trampa o que un panel cayera delante de él, arrebatándolo una vez más a sus agresores. ¡Y se rendía!
Ganimard se adelantó y muy emocionado, con la gravedad que exigía tal acto, extendió lentamente las manos hacia su adversario y tuvo la inmensa alegría de decir:
–Le detengo, Lupin.
–Brrr -tembló Lupin-. ¡Me impresionas, mi buen Ganimard! ¡Qué cara tan lúgubre! Se diría que hablas sobre la tumba de un amigo. Vamos, no pongas esa cara de entierro.
–Le detengo.
–¿Y eso te asombra? En nombre de la Ley, de la que eres ejecutor principal, Ganimard, inspector general, detienes al malvado Lupin. Minuto histórico, y cuya importancia conoces… Y es la segunda vez que se produce semejante hecho. ¡Bravo, Ganimard, llegarás lejos en tu carrera!
Y ofreció sus muñecas a las esposas de acero…
Fue un acontecimiento que se realizó de forma solemne. Los policías, a pesar de su brusquedad ordinaria y el rigor de su resentimiento contra Lupin, actuaron con reserva, extrañados de que se les permitiera tocar a aquel ser intangible.
–Mi pobre Lupin -suspiró él-, ¿qué dirían tus amigos del mundo elegante si te vieran humillado de esta forma?
Separó los puños con esfuerzo progresivo y continuado de sus músculos. Se hincharon las venas de su frente. Los hierros de las esposas penetraron en su carne.
–¡Miren! – exigió.
La cadena saltó, rota.
–Otra, amigo mío. Ésta no vale nada. – Le pusieron dos. Lupin aprobó-: ¡Ya era hora! ¡No saben ustedes tomar las debidas precauciones!
Luego, contando los policías, continuó:
–¿Cuántos son ustedes, amigos míos? ¿Veinticinco? ¿Treinta? Son muchos… No hay nada que hacer. ¡Ah, si sólo hubieran sido quince!…
Indudablemente, tenía en su forma de actuar un aire de gran actor que interpreta su papel por instinto e inspiración, con impertinencia y ligereza. Sholmes lo observaba como se observa un hermoso espectáculo en el que no se sabe qué apreciar más: si todas las bellezas o todos los matices. Y, en realidad, tuvo la extraña sensación de que la lucha era igual entre aquellos treinta hombres, por un lado, sostenidos por el formidable aparato de la Justicia, y aquel ser solitario, sin armas y encadenado, por otro. Las dos partes se igualaban.
–Pues bien, maestro -le dijo Lupin-: he aquí su obra. Gracias a usted Lupin va a pudrirse sobre la paja húmeda de los calabozos. Confíese que su conciencia no está completamente tranquila y que los remordimientos le corroen.
A pesar suyo, el inglés se encogió de hombros, como diciendo: «Suya ha sido la culpa».
–¡Jamás, jamás! – exclamó Lupin-. ¿Devolver el brillante azul? ¡Ah, no! Me ha costado muchos dolores de cabeza. Me quedo con él. En la primera visita que le haga a Londres, el mes próximo seguramente, le diré las razones… Pero ¿estará usted en Londres el mes que viene? ¿O en Viena? ¿O tal vez en Oslo?…
Tuvo un sobresalto. En el techo sonó un timbre, de repente. No era el timbre de alarma, sino el del teléfono, cuyos hilos desembocaban en su despacho por entre las dos ventanas, y cuyo aparato no había sido desconectado.
¡El teléfono! ¿Quién iría a caer en la trampa tendida por un abominable azar? Arsenio Lupin hizo un movimiento de rabia hacia el aparato como si hubiese querido destruirlo, reducirlo a añicos, para ahogar la voz misteriosa que solicitaba hablarle. Ganimard descolgó el auricular, y dijo:
–¿Diga?… ¿Diga?… ¿El número 64873?… Sí, aquí es.
Deprisa, con autoridad, Sholmes lo apartó a un lado, cogió los dos auriculares y aplicó el pañuelo sobre la placa para hacer más indistinto el sonido de su voz.
Al mismo tiempo dirigió los ojos hacia Lupin. Y la mirada que cambiaron les demostró que el mismo pensamiento había surgido en ambos y que los dos preveían hasta las últimas consecuencias esta hipótesis posible, probable, casi segura: era la Dama Rubia quien telefoneaba. Creía telefonear a Félix Davey o, mejor dicho, a Máxime Bermond, ¡y era a Sholmes a quien iba a confesarse!
Y el inglés repitió:
–¿Diga?… ¿Diga?…
Un silencio, y Sholmes:
–Sí, soy yo: Máxime…
Inmediatamente se delineó el drama con una precisión trágica. Lupin, el indomable y burlón Lupin, no trataba ya de ocultar su ansiedad y, con la cara pálida de angustia, se esforzaba por oír, por adivinar… Y Sholmes continuaba respondiendo a la misteriosa voz:
–Pues sí, todo ha terminado, y ahora mismo me disponía a reunirme contigo, como estaba convenido… ¿En dónde?… Pues en donde tú estás. ¿No crees que es ahí donde…?
Vacilaba, buscando las palabras. Luego se detuvo. Estaba claro que trataba de interrogar a la joven sin que se diera cuenta, puesto que ignoraba absolutamente dónde se encontraba. Por otra parte, la presencia de Ganimard parecía cohibirlo… ¡Ah! ¡Si algún milagro hubiese podido cortar el hilo de esta diabólica entrevista! Lupin lo pedía con toda su fuerza, con todos sus nervios en tensión.
Y Sholmes dijo:
–¿No oyes bien?… Yo tampoco… Muy mal… Apenas si se distingue la voz… ¿Oyes? Bueno… Mira, pensándolo bien…, es preferible que vuelvas a tu casa… ¿Qué peligro? ¡Ninguno!… ¡Si está en Inglaterra! He recibido un telegrama de Southampton confirmando su llegada.
¡Qué ironía de palabras! Sholmes las pronunció con un bienestar inexplicable. Y añadió:
–Así que, no pierdas tiempo, querida. Voy a reunirme contigo.
Y colgó los auriculares.
–Señor Ganimard, necesito tres de sus hombres.
–Para la Dama Rubia, ¿verdad?
–Sí.
–¿Sabe usted quién es y dónde está?
–Sí.
–¡Buena caza! Con Lupin… la jornada es completa. Folefant, coja dos hombres y acompañen al señor.
El inglés se alejó, seguido de los tres policías.
Todo había terminado. También la Dama Rubia iba a caer en poder de Sholmes. Gracias a su admirable obstinación, gracias a la complicidad de hechos afortunados, la batalla acababa para él en victoria; para Lupin, en irreparable desastre.
–¡Señor Sholmes!
El inglés se detuvo.
–¡Señor Lupin!
Lupin parecía profundamente anonadado por este último golpe. Unas arrugas cruzaban su frente. Estaba desmadejado y sombrío. Se irguió, no obstante, con un esfuerzo de energía. Y, a pesar de todo, alegre, desenvuelto, dijo:
–Convendrá usted que la mala suerte se ceba en mí. Hace un momento impidió que me escapara por esa chimenea y que me librara de usted. Ahora se sirve del teléfono para regalarle la Dama Rubia. Me inclino ante sus órdenes.
–¿Lo cual quiere decir?
–Que estoy dispuesto a reanudar las negociaciones.
Sholmes llevó aparte al inspector y solicitó, con tono que no admitía réplica además, autorización para cambiar algunas palabras con Lupin. Luego regresó al lado del joven. ¡Coloquio supremo! Se llevó a cabo con tono seco y nervioso.
–¿Qué quiere usted?
–La libertad de la señorita Destange.
–¡Ya sabe usted el precio!
–Sí.
–¿Y acepta?
–Acepto todas sus condiciones.
–¡Ah! – exclamó el inglés, asombrado-. Pero usted rechazó… para usted…
–Se trataba de mí, señor Sholmes. Ahora se trata de una mujer…, de una mujer que amo. Mire usted, en Francia tenemos unas ideas muy especiales sobre estas cosas. Y no porque uno se llame Arsenio Lupin es diferente… ¡Al contrario!
Dijo esto con suma sencillez. Sholmes inclinó imperceptiblemente la cabeza, y murmuró:
–Entonces, ¿el brillante azul…?
–Coja mi bastón, que está allí, en el rincón de la chimenea. Agarre con una mano el puño y con la otra déle vuelta al casquillo colocado en la extremidad opuesta.
Sholmes cogió el bastón y le dio vueltas al casquillo. Entonces vio que el puño se dividía en dos. En el interior se encontraba una bola de masilla, y en ella un brillante.
Lo examinó. Era el brillante azul.
–La señorita Destange está libre, señor Lupin.
–¿Libre tanto en el presente como en el futuro? ¿No tiene nada que temer de usted?
–Ni de nadie.
–¿Pase lo que pase?
–Pase lo que pase. Yo no sé ya su nombre ni su dirección.
–Gracias. Y hasta la vista. Porque nos volveremos a ver, ¿no es verdad, señor Sholmes?
–No lo dudo.
Entre Ganimard y el inglés hubo una explicación bastante violenta, pero Sholmes la cortó con cierta brusquedad.
–Siento mucho, señor Ganimard, no estar de acuerdo con usted. Pero no tengo tiempo de convencerlo. Salgo para Inglaterra dentro de una hora.
–¿Y… la Dama Rubia?
–No la conozco.
–Pero hace un momento…
–Tómelo o déjelo. Ya le he entregado a Lupin. Aquí tengo el brillante azul…, que usted tendrá la bondad y el placer de entregar a la condesa de Crozon. Me parece que no puede usted quejarse.
–Pero ¿la Dama Rubia!…
–Búsquela.
Se puso el sombrero y se fue con paso acelerado, como quien no tiene costumbre de quedarse en un sitio cuando el negocio ha terminado.
–Buen viaje, maestro -gritó Lupin-. Y créame que no olvidaré jamás las cordiales relaciones entabladas entre nosotros. Mis recuerdos al señor Wilson.
No obtuvo respuesta, y continuó:
–Esto es lo que se llama marcharse a la inglesa. ¡Ah! Este digno insular no posee esa flor de cortesía con que nos distinguimos nosotros. ¡Piense un poco, Ganimard, en la salida que hubiera realizado un francés en circunstancias parecidas! ¡Bajo qué refinamientos de cortesía hubiera disimulado su triunfo! Pero Dios me perdone, Ganimard, ¿qué hace usted? ¿Un registro? ¡Vamos, vamos, amigo, si no hay ni un papel!… Mis archivos están en lugar seguro.
–¡Quién sabe! ¡Quién sabe!
Lupin se resignó. Sujeto por dos inspectores, rodeado por los demás, asistió pacientemente a las diversas operaciones. Al cabo de veinte minutos suspiró.
–Rápido, Ganimard. ¿Aún no acaba?
–¿Tiene usted prisa?
–¡Claro que tengo prisa! ¡Una cita urgente!
–¿En la cárcel?
–No, en la ciudad.
–¡Bah! ¿Y a qué hora?
–A las dos.
–Son más de las tres ya.
–Precisamente llegaré con retraso, y no hay nada que deteste más que llegar retrasado. – ¿Me da usted diez minutos? – Ni uno más.
–Muy amable… Procuraré… -No hable tanto… Ahora ese armario… Pero ¡si está vacío!
–Sin embargo, aquí hay cartas.
–¡Serán facturas atrasadas!
–No, un paquete atado con un lazo.
–¿Con un lazo color de rosa? ¡Oh, Ganimard, por el amor de Dios, no lo desate!
–¿Son de una mujer?
–Sí.
–¿Una mujer de sociedad?
–De la mejor.
–¿Su nombre?
–Señora Ganimard.
–¡Muy gracioso! ¡Muy gracioso! – exclamó el inspector, mosqueado.
En aquel momento, los hombres enviados a las otras habitaciones anunciaron que no habían obtenido resultado alguno. Lupin se echó a reír.
–¡Caramba! ¿Es que esperaba usted descubrir la lista de mis compañeros o la prueba de mis relaciones con el emperador de Alemania? Lo que debería haber buscado, Ganimard, son los pequeños misterios de este apartamento. Por ejemplo, ese tubo de gas es un tubo acústico. Esa chimenea oculta una escalera. Esa pared está hueca. ¡Y el maremágnum de timbres! Mire, Ganimard, apriete ese botón.
Ganimard obedeció.
–¿No oye usted nada? – interrogó Lupin.
–No.
–Yo tampoco. Sin embargo, acaba de ordenarle al comandante de mi pista aeronáutica que prepare el globo dirigible que ha de llevarme pronto por los aires.
–¡Vamos! – dijo Ganimard, que había terminado su inspección-. ¡Ya está bien de tonterías! ¡En marcha!
Dio algunos pasos. Los hombres lo siguieron.
Lupin no se movió ni un centímetro. Sus guardianes lo empujaron. En vano.
–¿Cómo? ¿Se niega a andar? – preguntó Ganimard.
–En absoluto.
–¿Entonces…?
–Depende.
–¿De qué?
–De dónde me lleve.
–A la cárcel, ¡caramba!
–Entonces, no voy. Yo no tengo nada que hacer en la cárcel.
–Pero ¿está usted loco?
–¿No he tenido el honor de advertirle que tenía una cita urgente?
–¡Lupin!
–Mire, Ganimard, la Dama Rubia me está esperando. No me supondrá usted tan grosero para dejarla preocupada. ¡Sería indigno de un hombre galante!
–Escuche, Lupin -dijo Ganimard, a quien tal burla empezaba a irritar-. He tenido con usted excesivas consideraciones. Pero todo tiene un límite. ¡Sígame!
–Imposible. Tengo una cita y acudiré a ella.
–¿Por última vez?
–Im-po-si-ble.
Ganimard hizo una señal. Dos hombres cogieron a Lupin por debajo de los brazos. Pero enseguida lo soltaron con un gemido de dolor. Arsenio Lupin les había hundido en la carne dos largas agujas.
Locos de rabia, los otros se precipitaron sobre él, desencadenando, al fin, su odio, ardiendo en deseos de vengar a sus compañeros y vengarse ellos mismos de tantas afrentas, y lo golpearon. Un golpe más fuerte lo alcanzó en la sien, y cayó al suelo.
–Si lo matan -gruñó Ganimard, furioso-, tendrán que verse las caras conmigo.
Se inclinó dispuesto a ayudarlo. Pero al comprobar que respiraba libremente ordenó que lo cogieran por la cabeza y por los pies, mientras él lo sostenía por los riñones.
–Sobre todo, caminen suavemente… Nada de sacudidas. ¡Ah, los muy brutos! Por poco lo matan… ¡Eh, Lupin! ¿Cómo está?
Lupin abrió los ojos, y balbució:
–No muy bien, Ganimard… Ha dejado usted que me machaquen…
–Ha sido culpa suya, por testarudo -respondió Ganimard, desolado-. ¿Le duele?
Llegaron al descansillo. Lupin gimió:
–Ganimard, el ascensor… Van a partirme los huesos…
–Buena idea, excelente idea -aprobó Ganimard-. Además, la escalera es tan estrecha… No habría medios de…
Mandó subir el ascensor. Se instaló en él a Lupin con toda clase de precauciones. Ganimard ocupó un sitio a su lado y dijo a sus hombres:
–Bajen al mismo tiempo que nosotros. Me esperarán en la portería, ¿comprendido?
Tiró de la puerta. Pero no hizo más que cerrarse cuando se oyeron unos gritos. De un brinco, el ascensor se había elevado como un globo al que le cortan las cuerdas. Resonó, sardónica, una carcajada.
–¡Maldición! – bramó Ganimard, buscando frenéticamente en la oscuridad el botón de bajada. Y como no lo encontrara, gritó-: ¡Al quinto! ¡Guarden la puerta del quinto!
Los policías subieron de cuatro en cuatro la escalera. Pero se produjo el siguiente fenómeno: el ascensor pareció hendir el techo del último piso, desapareció a los ojos de los policías, emergió al piso superior, el de los criados, y se paró. Tres hombres que esperaban abrieron la puerta. Dos de ellos sujetaron a Ganimard, el cual, impedido en sus movimientos, aturdido, apenas pensaba en defenderse. El tercero se llevó a Lupin.
–Se lo advertí, Ganimard…, la huida en globo…, ¡y gracias a usted! Otra vez sea menos complaciente. Y, sobre todo, recuerde que Arsenio Lupin no se deja golpear y atropellar sin razones serias. Adiós.
Cerraron la cabina, y el ascensor, con Ganimard dentro, fue reexpedido a los pisos inferiores. Todo esto se ejecutó con tanta rapidez que el viejo inspector alcanzó a los policías cerca de la portería.
Entró en ella y, enseñando su placa, dijo a la portera:
–¿Acaban de pasar cuatro hombres?
–Sí, los dos criados de los pisos cuarto y quinto con dos amigos.
–¿Quiénes viven en el cuarto y en el quinto?
–Los señores Fauvel y sus primos, los Provost… Se han mudado esta mañana. No quedaban más que los dos criados… Acaban de marcharse.
«¡Ah! – pensó Ganimard, derrumbándose en un sofá de la portería-. ¡Qué magnífico golpe hemos errado! ¡Toda la banda ocupaba estas casas!»
Cuarenta minutos más tarde dos señores llegaron a la estación del Norte y se dirigieron al rápido de Calais, seguidos de cerca por un hombre que llevaba sus maletas.
–Al galope, Wilson, se trata de no perder el tren. ¡Ah, Wilson, jamás olvidaré estos diez días!
–Ni yo tampoco.
–¡Ah, las hermosas batallas!…
–¡Soberbias!
–Apenas algunos contratiempos…
–Escasos…
–¡Y, al final, el triunfo en toda línea! ¡Lupin detenido! ¡El brillante azul recuperado!
–¡Mi brazo roto!
–Cuando se trata de tales satisfacciones, ¿qué importa un brazo roto?
–Sobre todo si es el mío.
–¿Eh? Sí… Recuerde, Wilson, que fue en el momento en que entraba usted en la farmacia, sufriendo como un héroe, cuando descubrí el hilo que me condujo al interior de las tinieblas.
–¡Qué feliz casualidad!
Las portezuelas se cerraban.
–¡Señores viajeros, al tren! Dense prisa, señoras.
El maletero subió los peldaños de un vagón vacío y colocó las maletas en la red, mientras que Sholmes izaba al infortunado Wilson.
–Pero ¿qué le pasa a usted, Wilson? ¡No acaba usted de subir! Son los nervios, amigo mío.
–No son los nervios lo que me falla.
–Entonces, ¿qué?
–Es que no tengo más que una mano disponible.
–¡Vaya, vaya! – exclamó alegremente Sholmes-. ¡Mucho cuento! ¡Como si no hubiera mucha gente en ese estado!… ¿Ylos mancos? ¿Los verdaderos mancos? Vamos, eso no tiene importancia.
Dio al maletero una moneda de cincuenta céntimos.
–Tome, amigo. Para usted.
–Muchas gracias, señor Sholmes.
El inglés levantó los ojos: Arsenio Lupin.
–¿Usted?… ¿Usted?… -balbució, aturdido.
Y Wilson tartamudeó, blandiendo su único brazo con ademán de quien demuestra un hecho:
–¡Usted…, usted!… Pero ¡si estaba usted detenido! Me lo dijo Sholmes. Cuando él lo dejó, Ganimard y sus treinta hombres lo rodeaban…
–¿Entonces creía usted que los dejaría partir sin despedirme siquiera de ustedes? ¡Después de las excelentes pruebas de amistad que no hemos dejado de tener en ningún momento unos y otros!… Habría sido una espantosa incorrección. ¿Por quién me toman ustedes?
El tren pitó.
–En fin, les perdono… ¿Necesitan algo? Tabaco, fósforos… Sí… ¿Y los periódicos de la tarde? En ellos encontrarán los detalles sobre mi detención, su último trabajo, maestro. Y ahora, hasta la vista, y encantado de haberles conocido…, ¡encantado de verdad!… Y si alguna vez me necesita usted, sería para mí un placer…
Saltó al andén y cerró la portezuela.
–Adiós -dijo aún, agitando el pañuelo-. Adiós… Le escribiré… Usted también, ¿verdad? ¿Y su brazo roto, señor Wilson? Espero tener noticias de los dos… Una tarjeta de vez en cuando… Como dirección: Lupin, París… Es suficiente… No hay que franquearlas… Adiós… Hasta pronto…
LA LÁMPARA JUDÍA
1
Herlock Sholmes y Wilson estaban sentados junto a la gran chimenea, con los pies extendidos hacia un magnífico fuego de leños.
La pipa de Sholmes, con cazuela de plata y muy corta, se apagó. Vació las cenizas, la llenó de nuevo, la encendió, se arropó las piernas con los faldones de su bata y extrajo de la pipa largas bocanadas de humo que se entretuvo en lanzar al techo en pequeños redondeles.
Wilson le miraba. Le miraba como el perro acostado en círculo sobre la alfombra mira a su amo, con ojos redondos, sin parpadear, ojos que no tienen otra esperanza que reflejar el gesto esperado. ¿Iba a romper el amo el silencio? ¿Iba a revelarle el secreto de su ensimismamiento actual y admitirle en el reino de la meditación cuya entrada le parecía a Wilson que estaba prohibida para él?
Sholmes callaba.
Wilson se arriesgó:
–Los tiempos están tranquilos. Ni un caso que llevarnos a la boca.
Sholmes callaba con mayor obstinación, pero sus anillos de humo salían cada vez mejor, y cualquier otro que no hubiera sido Wilson hubiese observado que obtenía de ellos esa profunda satisfacción que nos proporcionan los pequeños éxitos de amor propio, en las horas en que el cerebro se halla completamente vacío de pensamientos.
Wilson, desanimado, se levantó y se acercó a la ventana.
La triste calle se extendía entre las oscuras fachadas de las casas, bajo un cielo negro de donde caía una lluvia pertinaz y rabiosa. Pasó un coche. Luego, otro. Wilson anotó sus matrículas en la agenda. ¿Acaso se sabe…?
–El cartero -exclamó.
El hombre entró, conducido por el criado.
–Dos cartas certificadas, señor… ¿Quiere firmar?
Sholmes firmó en el registro, acompañó al hombre hasta la puerta y volvió, abriendo una de las cartas.
–Parece que está usted contento -observó Wilson al cabo de un instante.
–Esta carta contiene una proposición muy interesante. Usted, que reclamaba un caso, aquí tiene uno. Lea…
Wilson leyó.
«Señor: Acudo a usted para pedirle la ayuda de su experiencia. He sido víctima de un robo importante y las investigaciones realizadas hasta ahora no parecen haber dado resultado.
»Le remito por esta misma vía un paquete de periódicos que le pondrán al tanto del asunto, y si usted está conforme con proseguirlo, pongo mi chalé a su disposición, rogándole que escriba en el cheque adjunto, firmado por mí, la cantidad que desea cobrar como honorarios y gastos de viaje.
»Sírvase telegrafiarme su respuesta, y ya sabe que me tiene siempre a su disposición,
BARÓN VÍCTOR DIMBLEVALLE
Calle Murillo, 18.»
–¡Vaya! – exclamó Sholmes-. Algo maravilloso… Un viajecito a París… ¿Ypor qué no? Desde mi famoso duelo con Arsenio Lupin no he tenido ocasión de volver allá. No me disgustaría ver la capital del mundo en condiciones más tranquilas.
Rompió el cheque en cuatro pedazos, y mientras Wilson, cuyo brazo no había recobrado su antigua flexibilidad, pronunciaba contra París amargas palabras, abrió la segunda carta.
Enseguida se le escapó un gesto de irritación, una arruga cruzó su frente durante toda la lectura y, estrujando el papel, hizo con él una bola que arrojó al suelo.
–¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó Wilson, asustado.
Recogió la bola, la alisó y leyó con creciente estupor:
«Mi querido maestro: Ya sabe usted la admiración que siento por usted y el interés que tengo por su celebridad. Pues bien, créame; no se ocupe del caso para el que solicitan su concurso. Su intervención causaría mucho daño; todos sus esfuerzos conducirían a un resultado lamentable y usted se vería obligado a confesar públicamente su fracaso.
»Profundamente deseoso de evitarle tal humillación, le insto, en nombre de la amistad que nos une, a que permanezca tranquilamente junto al fuego.
»Mis cariñosos recuerdos a Wilson, y para usted, mi querido maestro, los respetuosos homenajes de su devoto
ARSENIO LUPIN-»
–¡Arsenio Lupin! – repitió Wilson, confundido. Sholmes se puso a golpear la mesa con los puños. – ¡Ah! ¡Empieza a cansarme ese animal! Se burla de mí como si fuera un mocoso. ¡Confesión pública de mi fracaso! ¿No le obligué a devolverme el brillante azul?
–Tiene miedo -insinuó Wilson.
–¡No diga tonterías! Arsenio Lupin nunca tiene miedo, y la prueba es que me provoca.
–Pero ¿cómo ha tenido conocimiento de la carta que nos ha enviado el barón d'Imblevalle?
–¡Qué sé yo! ¡No haga preguntas estúpidas, querido amigo!
–Pensaba…, imaginaba…
–¿Qué? ¿Que soy brujo?
–No, pero ¡le he visto hacer tales prodigios!…
–Nadie hace prodigios… Yo, menos que otros. Reflexiono, deduzco, concluyo; pero no adivino. Sólo los imbéciles adivinan.
Wilson asumió la actitud modesta de un perro golpeado, y se esforzó, a fin de no ser un imbécil, en no adivinar por qué Sholmes recorría a zancadas la habitación, irritado. Pero una vez que Sholmes hubo llamado al criado y ordenado que le preparase las maletas, Wilson se creyó con derecho, puesto que existía un hecho concreto, a reflexionar, a deducir y a concluir que el maestro partía de viaje.
La misma operación de espíritu le permitió afirmar, como hombre que no teme equivocarse:
–Herlock, usted va a París.
–Es posible.
–Y, más aún, va a responder a la provocación de Lupin más que a ayudar al barón d'Imblevalle.
–Es posible.
–Herlock, le acompaño.
–¡Ah, ah, querido amigo! – exclamó Sholmes, interrumpiendo el paseo-, ¿es que no teme usted que su brazo izquierdo siga el mismo camino que el derecho?
–¿ Qué puede sucederme? Usted estará allí.
–¡Vaya! ¡Es usted un valiente! Y vamos a demostrarle a ese señor que ha hecho mal, quizá, en arrojarnos el guante con tanta altanería. Rápido, Wilson. Salimos en el primer tren.
–¿Sin esperar los periódicos que le anuncia el barón?
–¿Para qué?
–¿Mando un telegrama?
–Es inútil. Arsenio Lupin se enteraría de mi llegada. Y no lo deseo. Esta vez hay que jugar con mucho tacto, Wilson.
Por la tarde los dos amigos se embarcaban en Douvres. La travesía fue excelente. En el rápido de Calais a París, Sholmes disfrutó de tres horas de sueño profundo, mientras Wilson hacía guardia a la puerta del compartimento y meditaba con la mirada perdida.
Sholmes se despertó feliz y descansado. La perspectiva de un nuevo duelo con Lupin le encantaba, y se frotó las manos con el aire satisfecho del hombre que se prepara a paladear abundantes alegrías.
–Al fin -exclamó para sí Wilson-, vamos a desentumecernos.
Y se frotó las manos con el mismo aire de satisfacción.
Ya en la estación, Sholmes cogió los portamantas y seguido de Wilson, que llevaba las maletas -a cada cual su carga-, dio los billetes y salió alegremente.
–Hermoso tiempo, Wilson… ¡Sol!… París se engalana para recibirnos.
–¡Qué de gente!
–Mejor, Wilson. Así no corremos el peligro de que nos vean. ¡Nadie nos reconocerá en medio de esta multitud!
–Señor Sholmes, ¿no es verdad?
Se paró aturdido. ¿Quién podía llamarlo por su nombre?
Una mujer iba a su lado, una joven, cuyo sencillo vestido dibujaba la elegante silueta, y cuya bonita cara tenía una expresión inquieta y dolorosa. Repitió:
–Es usted el señor Sholmes, ¿verdad?
Como él callaba, tanto por confusión como por prudencia, repitió la joven por tercera vez:
–¿Es al señor Sholmes a quien tengo el honor de dirigirme?
–¿Qué quiere de mí? – respondió bastante brusco, creyendo que se trataba de un mal encuentro.
La joven se plantó delante del inglés.
–Escúcheme, señor. Es muy grave. Sé que va usted a la calle Murillo.
–¿Qué dice usted?
–Sé…, sé que va a la calle Murillo…, al número 18. Pues bien: no hace falta… No, no debe ir allí… Le aseguro que lo sentirá. Si le digo esto, no piense que tengo en ello ningún interés. Es un caso de conciencia.
El inglés trató de separarla de su lado. Ella insistió:
–¡Oh, se lo ruego, no se obstine!… ¡Ah, si yo supiera cómo convencerle! Mire en el fondo de mí, mire en el fondo de mis ojos… Son sinceros…, dicen la verdad…
Ofrecía sus ojos locamente, aquellos bellos ojos graves y límpidos en los que parecía reflejarse la misma alma. Wilson movió la cabeza.
–La señorita tiene aspecto bastante sincero.
–Sí -imploró la joven-. Hay que tener confianza…
–Tengo confianza en usted, señorita -replicó Wilson.
–¡Oh, qué feliz soy! Su amigo también, ¿verdad? Lo siento…, estoy segura de ello. ¡Qué dicha! Todo se arreglará… ¡Ah, qué buena idea tuve!… Escuche, señor, hay un tren para Calais dentro de veinte minutos… Pues bien: cójalo usted… Rápido, sígame… El camino está por este lado y apenas tiene usted tiempo.
Buscaba la forma de llevarlo. Sholmes la agarró del brazo y, con voz que procuraba hacer lo más suave posible, dijo:
–Perdóneme, señorita, que no pueda acceder a sus deseos. Yo no abandono jamás una tarea que tenga entre manos.
–Se lo suplico…, se lo ruego… ¡Ah, si usted pudiera comprender!
Sholmes pasó al otro lado y se alejó rápidamente.
Wilson dijo a la joven:
–Tenga usted confianza… Mi amigo irá hasta el final del asunto… Todavía no existe caso en que no haya triunfado…
Y alcanzó, corriendo, a Sholmes.
HERLOCK SHOLMES – ARSENIO
LUPIN
Estas palabras, que se destacaban en gruesas letras negras, les contuvieron a los primeros pasos. Se acercaron. Un grupo de hombres-sandwich deambulaban unos detrás de otros, portando en la mano pesados bastones con contera de hierro, con los que golpeaban la acera cadenciosamente, y en la espalda enormes carteles en los que podía leerse:
«El match Herlock Sholmes – Arsenio Lupin.
Llegada del campeón inglés. El gran detective se lanza sobre el misterio de la calle Murillo.
Lea los detalles en el Echo de París.»
Wilson movió la cabeza:
–¡Vaya, Sholmes, y nosotros que nos vanagloriamos de trabajar de incógnito! No me extrañaría nada que la guardia republicana nos esperase en la calle Murillo y que hubiese recepción oficial, con pasteles y champán.
–Cuando se pone usted a fantasear, Wilson, vale usted por dos -se burló Sholmes.
Se adelantó hacia uno de esos hombres con la intención muy clara de cogerle entre sus poderosas manos y reducirle a migajas, a él y a su cartel. Sin embargo, la multitud se agrupaba alrededor de los carteles. Se reía y se hacían bromas.
Reprimiendo un furioso acceso de rabia, dijo al hombre:
–¿Cuándo le han encargado esta tarea?
–Esta mañana.
–¿Y empezó usted su paseo?…
–Hace una hora.
–Pero ¿los carteles estaban dispuestos?
–Claro que sí. Cuando llegamos esta mañana a la agencia ya estaban allí.
Así pues, Arsenio Lupin había previsto que él, Sholmes, aceptaría la batalla. Es más: la carta escrita por Lupin probaba que él deseaba esta batalla y que entraba en sus planes medirse una vez más con su rival. ¿Por qué? ¿Qué motivo le empujaba a entablar de nuevo la lucha?
Herlock tuvo una segunda vacilación. Verdaderamente era preciso que Lupin estuviera muy seguro de la victoria para mostrar tanta insolencia, y ¿no era caer en la trampa correr de esta manera a la primera llamada?
–¡Adelante, Wilson!… Cochero, al número 18 de la calle Murillo -gritó en un arranque de energía.
Y con las venas hinchadas, los puños apretados como si fuera a tomar parte en un combate de boxeo, saltó dentro del coche.
Después de llamar, los dos ingleses franquearon el patio y fueron recibidos por un mayordomo que les condujo a un saloncito situado al otro lado de la casa.
Se sentaron e inspeccionaron de una rápida ojeada los objetos preciosos que colmaban aquel aposento.
–Cosas muy bonitas -murmuró Wilson-, de gusto y de fantasía… Puede deducirse de ellas que las personas que han elegido esos objetos para adornar este salón son gentes de cierta edad…, cincuenta años tal vez…
No acabó. La puerta se había abierto, y el señor d'Imblevalle entró seguido de su esposa.
Contrariamente a las deducciones de Wilson, los dos eran jóvenes, elegantes y muy vivos de expresión y de palabra. Los dos se confundían en agradecimientos.
–¡Ha sido demasiada amabilidad de su parte realizar este viaje! Estamos casi dichosos del disgusto que tenemos, puesto que ha dado motivo a que tengamos el placer de tenerlo con nosotros…
«¡Qué encantadores son estos franceses!», pensó Wilson, a quien no lo asustaba una observación profunda.
–Pero el tiempo es oro -exclamó el barón-. Sobre todo, el de usted, señor Sholmes. Así pues, vayamos derechos al grano. ¿Qué piensa usted de este asunto? ¿Espera llevarlo a buen fin?
–Para llevarlo a buen fin será preciso conocerlo primero.
–¿No lo conoce usted?
–No, y le ruego que me explique las cosas minuciosamente y sin omitir nada. ¿De qué se trata?
–De un robo.
–¿Qué día tuvo lugar?
–El sábado pasado -replicó el barón-. La noche del sábado al domingo.
–Hace, pues, seis días. Ahora le escucho.
–Tengo que decir antes que nada, señor Sholmes, que mi esposa y yo, conformándonos con el género de vida que exige nuestra situación, salimos poco. La educación de nuestros hijos, algunas recepciones y el embellecimiento de nuestra casa son los principales cometidos de nuestra existencia, y todas las noches, o casi todas, las pasamos aquí, en este saloncito que es el boudoir de mi mujer y en el que hemos reunido algunos objetos de arte. El sábado pasado, hacia las once apagamos la luz, y mi mujer y yo nos retiramos, como de costumbre, a nuestro dormitorio.
–¿Que se halla…?
–Aquí al lado, esa puerta que usted ve ahí. A la mañana siguiente, es decir, el domingo, me levanté muy temprano. Como Suzanne, mi esposa, dormía aún, vine a este salón sin hacer el más leve ruido para no despertarla. Y cuál no sería mi asombro al comprobar que esta ventana se hallaba abierta, cuando la habíamos dejado cerrada por la noche.
–Algún criado…
–Nadie entra aquí por la mañana sin haber llamado. Por lo demás, yo siempre tengo la precaución de echar el cerrojo de esta segunda puerta, la cual comunica con la antecámara. Así pues, la ventana había sido abierta desde fuera. Además, tuve la prueba de ello: el segundo cristal del panel de la derecha, cerca de la falleba, había sido cortado.
–¿Y esta ventana?
–Esta ventana, como usted ve con sus propios ojos, da a una terracita rodeada de una balaustrada de piedra. Aquí nos hallamos en el primer piso, y puede usted ver el jardín que se extiende por la parte de atrás del chalé y la verja que lo separa del parque Monceau. Por tanto, es seguro que el hombre vino por el parque Monceau, franqueó la verja con ayuda de una escalera y subió hasta la terraza.
–¿Dice usted que es seguro…?
–A cada lado de la verja, en la tierra húmeda de los canteros, se han encontrado agujeros hechos por las dos patas de la escalera, y los mismos dos agujeros existían debajo de la terraza. Por último, el balcón conserva dos ligeros rasguños causados, evidentemente, por el contacto de los peldaños.
–¿No se cierra de noche el parque Monceau?
–Creo que sí; pero, de todas formas, en el número 14 hay un chalé en construcción. Es fácil penetrar por allí.
Sholmes reflexionó unos instantes y continuó:
–Llegamos al robo. ¿Se cometió, pues, en el salón en que nos encontramos?
–Sí. Había aquí, entre esta Virgen del siglo XII y este tabernáculo en plata cincelada, una lamparita judía. Ha desaparecido.
–¿Es todo?
–Todo.
–¡Ah!… ¿Y a qué llama usted una lámpara judía?
–Son unas lámparas de cobre, de las que se servían en otras épocas, compuestas de un pie y de un recipiente en donde se ponía el aceite. De este recipiente salían dos o tres brazos destinados a las mechas.
–En realidad, objetos sin gran valor.
–Sin gran valor, en efecto. Pero ésta contenía un escondrijo en el que teníamos la costumbre de guardar una magnífica alhaja antigua, una quimera de oro, rodeada de rubíes y esmeraldas, que era de incalculable valor.
–¿Por qué esa costumbre?
–Palabra, señor, que no sabría decírselo. Tal vez simple diversión de utilizar un escondrijo de esa clase.
–¿Nadie lo sabía?
–Nadie.
–Salvo, evidentemente, el ladrón de la quimera -objetó Sholmes-. Porque si no, no se hubiese molestado en robar la lámpara judía.
–Evidentemente. Pero ¿cómo podía saberlo, puesto que fue la casualidad la que nos reveló el mecanismo secreto de la lámpara?
–La misma casualidad pudo revelárselo a alguien más…, a un criado…, a un familiar de la casa… Pero continuemos: ¿avisaron a la Justicia?
–Naturalmente. El juez de instrucción llevó a cabo su investigación. Los cronistas policíacos de los grandes periódicos, también. Pero, como le escribí a usted, no parece que el problema tenga la más ligera oportunidad de ser resuelto.
Sholmes se levantó de su asiento, se dirigió a la ventana, examinó los cristales, la terraza, la balaustrada, se sirvió de la lupa para estudiar los dos rasguños de la piedra y rogó al señor d'Imblevalle que le llevara al jardín.
Sholmes guardó silencio durante algunos minutos más; luego pronunció estas palabras:
–Desde el comienzo de su relato, señor, me ha extrañado la simplicidad de la agresión. Aplicar una escalera, cortar un cristal, elegir un objeto y marcharse con él… No, las cosas no pasan tan fácilmente. Todo esto es demasiado claro, demasiado sencillo.
–¿De forma que…?
–…que el robo de la lámpara judía se ha cometido bajo la dirección de Arsenio Lupin…
–¡Arsenio Lupin! – exclamó el barón.
–Pero se ha cometido sin que nadie entrase en este chalé… Un criado, tal vez, que haya descendido desde su buhardilla a la terraza, sirviéndose de una cañería que veo en la pared.
–¿Qué pruebas…?
–Arsenio Lupin no hubiera salido del boudoir con las manos vacías.
–¿Las manos vacías? ¿Y la lámpara?
–Coger la lámpara no le habría impedido coger también esta tabaquera guarnecida de brillantes o este collar de ópalos antiguos. Le habrían sido suficientes dos gestos más. Si no los realizó, es que no pudo realizarlos.
–Sin embargo, las huellas revelan…
–¡Comedia! Preparación escénica para llevar por otro lado las sospechas.
–¿Los rasguños de la balaustrada?
–¡Mentira! Los han producido con papel de lija. Mire los residuos de papel que he recogido.
–Las marcas dejadas por las patas de la escalera…
–¡Engaño! Examine los dos agujeros rectangulares debajo de la terraza y los otros dos situados cerca de la verja. Su forma es parecida; pero aquí son paralelos; allí, no. Mida la distancia que separa cada agujero de su vecino; la separación cambia según el lugar. Al pie de la terraza es de veintitrés centímetros. A lo largo de la verja es de veintiocho.
–¿Y sus conclusiones son?
–Que puesto que su forma es idéntica, los cuatro agujeros fueron hechos con ayuda de un solo taco de madera convenientemente tallado.
–El mejor argumento sería ese mismo taco de madera.
–Aquí lo tiene usted -dijo Sholmes-. Lo he recogido en el jardín, debajo de un laurel.
–La acusación que lanza usted contra nuestro personal doméstico es muy grave, señor -dijo la baronesa-. Nuestros criados son antiguos servidores de la familia, y ninguno de ellos es capaz de traicionarnos.
–Si ninguno de ellos les traiciona, ¿cómo explicar que haya podido llegar a mi poder esta carta el mismo día y en el mismo correo que la que ustedes me escribieron?
Alargó a la baronesa la carta que le había dirigido Arsenio Lupin.
La señora d'Imblevalle quedó estupefacta.
–¡Arsenio Lupin!… ¿Cómo ha sabido…?
–¿No pusieron ustedes a nadie al corriente de su carta?
–A nadie -contestó el barón-. Fue una idea que tuvimos la otra noche en la mesa.
–¿Delante de los criados?
–No estaban más que nuestras dos hijas. Aunque… No… Sophie y Henriette no estaban ya en la mesa, ¿verdad, Suzanne?
La señora d'Imblevalle reflexionó, y afirmó:
–En efecto, habían ido a reunirse con la señorita.
–¿Señorita? – interrogó Sholmes.
–El aya, señorita Alice Demun.
–¿Esa señorita no cena con ustedes?
–No. Le sirven aparte, en su habitación.
Wilson tuvo una idea.
–La carta escrita a mi amigo Herlock Sholmes fue echada al correo.
–Naturalmente.
–¿Quién la llevó?
–Dominique, mi mayordomo desde hace veinte años -respondió el barón-. Toda investigación por ese lado sería tiempo perdido.
–Jamás se pierde el tiempo cuando se investiga -dijo Wilson sentenciosamente.
Habiendo terminado la primera investigación, Sholmes solicitó permiso para retirarse.
Una hora más tarde, durante el almuerzo, vio a Sophie y a Henriette, las dos hijas de los d'Imblevalle, dos lindas muchachitas de ocho y seis años, respectivamente. Se habló poco. Sholmes respondía a las amabilidades del barón y de su mujer con tal aspereza que ambos resolvieron guardar silencio. Sirvieron el café. Sholmes se bebió de un trago el contenido de su taza y se levantó del asiento.
En ese momento entró un criado, que llevaba un recado telefónico para él. Lo abrió y leyó:
«Reciba mi calurosa admiración. Los resultados obtenidos por usted en tan poco tiempo son asombrosos. Estoy perplejo.»
ARSENIO LUPIN
Tuvo un gesto de extrañeza, y, enseñando la comunicación al barón, dijo:
–¿Empieza usted a creer, señor, que sus paredes tienen ojos y oídos?
–No lo comprendo -respondió el señor d'Imble-valle, aturdido.
–Yo tampoco. Pero lo que sí comprendo es que aquí no se hace un movimiento que no sea visto por él, ni se dice una palabra que él no oiga.
Aquella noche Wilson se acostó con la conciencia tranquila de un hombre que ha cumplido con su deber y que no tiene ya otra tarea que dormir. Así pues, se durmió rápidamente, y le visitaron hermosos sueños en los que perseguía a Lupin y se disponía a detenerlo con su propia mano, y la sensación de esta persecución fue tan clara que se despertó.
Alguien rozó su cama. Agarró el revólver.
–Un paso más y disparo, Lupin.
–¡Diablos! ¡Qué fuerte está usted, querido amigo!
–¿Cómo? ¿Es usted, Sholmes? ¿Me necesita para algo?
–Necesito sus ojos. Levántese…
Le llevó a la ventana.
–Mire… al otro lado de la verja…
–¿En el parque?
–Sí. ¿No ve nada?
–No veo nada.
–Sí, tiene que ver algo.
–¡Ah! En efecto…, una sombra…, dos…
–¿Verdad que sí? Contra la verja… Mire, ahora se mueven… No perdamos tiempo.
Tanteando, sujetándose a la barandilla, bajaron por la escalera y llegaron a una habitación que daba a la escalinata del jardín. A través de los cristales de la puerta vieron las dos siluetas en el mismo sitio.
–Es curioso -dijo Sholmes-. Me parece oír ruido en la casa.
–¿En la casa? ¡Imposible! Todo el mundo duerme.
–Escuche, sin embargo…
En aquel momento un ligero silbido vibró por el lado de la verja y vieron una vaga luz que parecía proceder del chalé.
–Los d'Imblevalle han debido de encender -murmuró Sholmes-. Es su dormitorio el que está encima de nosotros.
–Sin duda nos han oído -murmuró Wilson-. Tal vez fueran ellos los que vigilaban la verja.
Un segundo silbido, más discreto aún.
–No comprendo nada, no comprendo nada -dijo Sholmes asombrado.
–Tampoco yo -confesó Wilson.
Sholmes giró la llave en la cerradura, descorrió el cerrojo y empujó suavemente la puerta.
Un tercer silbido, un poco más fuerte y modulado de otra forma. Y encima de ellos el ruido se acentuó, se precipitó.
–Parece que es más bien en la terraza del boudoir -susurró Sholmes.
Pasó la cabeza por la abertura de la puerta, pero enseguida retrocedió, tragándose una blasfemia. Muy cerca de ellos una escalera se apoyaba en la pared, contra la balaustrada de la terraza.
–¡Caramba! – murmuró Sholmes-. Hay alguien en el boudoir. Eso es lo que oíamos. Rápido, quitemos la escalera.
Pero en aquel momento una forma se deslizó de arriba abajo por la escalera y ésta fue retirada. El hombre que la llevaba corrió a toda velocidad hacia la verja. De un salto, Sholmes y Wilson se lanzaron en su persecución. Llegaron junto al hombre cuando éste colocaba la escalera contra la verja. Del otro lado partieron dos disparos.
–¿Herido? – preguntó Sholmes.
–No -respondió Wilson.
Agarró al hombre por el cuerpo e intentó inmovilizarlo. Pero el individuo se volvió, lo empujó con una mano y con la otra le hundió la navaja en pleno pecho. Wilson exhaló un suspiro, vaciló y cayó.
–¡Condenación! – bramó Sholmes-. Si lo ha matado, mato.
Oyó a Wilson gemir sobre el césped y se lanzó contra la verja. Demasiado tarde… El hombre la había escalado y, recibido por sus cómplices, huía por entre los macizos de plantas.
–Wilson, Wilson, no es grave, ¿verdad? ¿Un simple rasguño?
Las puertas del chalé se abrieron bruscamente. El primero en salir fue el señor d'Imblevalle; luego, los criados, provistos de velas.
–¿Qué? ¿Qué ha pasado? – preguntó el barón-. ¿Está el señor Wilson herido?
–Nada, un simple rasguño -repitió Sholmes, tratando de ilusionarse.
La sangre manaba en abundancia y tenía la cara lívida.
El doctor, veinte minutos después, comprobaba que la punta de la navaja se había detenido a cuatro centímetros del corazón.
–¡A cuatro centímetros del corazón! Este Wilson siempre tiene suerte -concluyó Sholmes con tono de envidia.
–Suerte…, suerte… -gruñó el doctor.
–¡Caramba! Con su robusta constitución, pronto estará bien…
–Tras seis semanas de cama y dos meses de convalecencia.
–¿Nada más?
–No, a menos que surjan complicaciones.
–¿Por qué diablos? ¿Quiere usted que haya complicaciones?
Completamente tranquilizado, Sholmes se reunió con el barón en el boudoir. Esta vez, el misterioso visitante no tuvo la misma discreción. Sin vergüenza, se había apoderado de la tabaquera guarnecida de brillantes, del collar de ópalos y, en general, de todo lo que había podido meterse en los bolsillos.
La ventana estaba aún abierta, uno de los cristales había sido cortado, y esa mañana una investigación somera, al establecer que la escalera provenía del chalé en construcción, indicó el camino que había seguido.
–Resumiendo -dijo el señor d'Imblevalle con ironía-, es la repetición exacta del robo de la lámpara judía.
–Sí, si se acepta la primera versión adoptada por la Justicia.
–¿Usted no la adopta, entonces? ¿Este segundo robo no altera su opinión sobre el primero?
–Lo confirma, señor.
–¡Es increíble! Tiene usted la prueba irrefutable de que la agresión de esta noche ha sido realizada por alguien de fuera y persiste en sostener que la lámpara judía fue sustraída por alguien de nuestro círculo.
–Por alguien que vive en este chalé.
–Entonces, ¿cómo explica usted…?
–No explico nada, señor. Comparo dos hechos que no tienen entre sí más que cierta relación aparente. Los juzgo aisladamente y busco el lazo que los une.
Su convencimiento parecía tan profundo, sus maneras de actuar fundadas sobre motivos tan poderosos que el barón se inclinó:
–Bien. Avisaremos al comisario…
–¡De ninguna manera! – exclamó rápidamente el inglés-. ¡De ninguna manera! Considero que no debo dirigirme a esa gente hasta que los necesite.
–No obstante, los disparos…
–¡No importa!
–¿Su amigo?
–Mi amigo sólo está herido… Consiga que el doctor calle. Yo respondo de todo lo referente a la Justicia.
Transcurrieron dos días, vacíos de incidentes, pero en los que Sholmes prosiguió su tarea con cuidado minucioso y un amor propio exasperado por el recuerdo de esa audaz agresión, efectuada bajo sus ojos, a pesar de su presencia y sin que hubiese podido impedirla. Infatigable, registró el jardín y el chalé, se entrevistó con los criados y permaneció largo rato en la cocina y en el establo. Aunque no recogió ningún indicio que aclarara nada, no perdía el ánimo.
Al tercer día, cuando entraba en una habitación situada encima del boudoir, y que servía de estudio a las niñas, encontró a Henriette, la más pequeña de las hermanas. Buscaba sus tijeras.
–Mira -dijo a Sholmes-, yo también hago papeles como los que tú recibiste la otra noche.
–¿La otra noche?
–Sí, cuando terminabas de cenar. Tú recibiste un papel azul, pegado…, ya sabes, un telegrama… Bueno, yo también los hago…
Y se marchó. Para cualquier otro, aquellas palabras no hubiesen significado más que la insignificante reflexión de un niño, y el mismo Sholmes las escuchó con oído distraído, continuando su inspección. Pero, de repente, echó a correr detrás de la niña, porque su última frase le había sacudido de pronto. La alcanzó en lo alto de la escalera y le dijo:
–Entonces, ¿también tú pegas tiras de papel?
Henriette, muy orgullosa, declaró:
–Pues sí, corto palabras y las pego.
–¿Y quién te ha enseñado ese juego?
–La señorita…, mi aya… Se lo he visto hacer a ella. Coge palabras de los periódicos y las pega…
–¿Y qué hace con ellas?
–Telegramas, cartas que manda.
Herlock Sholmes volvió a la sala de estudio muy intrigado por aquella confidencia, y se esforzó por extraer de ellas las deducciones que implicaba.
Maquinalmente, Sholmes hojeó los libros de texto apilados sobre la mesa, luego otros que estaban colocados sobre los estantes de una librería. Y, de repente, dio un grito de alegría. En un rincón de la librería, debajo de viejos cuadernos amontonados, encontró un álbum para niños, un alfabeto con dibujos, y, en una de las páginas del álbum, un hueco apareció ante sus ojos.
Comprobó. Era la nomenclatura de los días de la semana. Lunes, martes, miércoles, etcétera. Faltaba la palabra sábado. Ahora bien: el robo de la lámpara judía tuvo lugar la noche de un sábado.
Herlock experimentó esa leve opresión del corazón que anunciaba siempre de forma clarísima que había puesto el dedo en el mismo nudo de la intriga. Esa opresión de la verdad, esa emoción de la certeza, no le engañaba nunca.
Febril y confiado, se apresuró a hojear el álbum. Un poco más adelante le esperaba otra sorpresa.
Se trataba de una página compuesta de letras mayúsculas seguidas de una línea de números.
Nueve de esas letras y tres de esos números habían sido cortados cuidadosamente. Sholmes los escribió en su libreta de notas en el mismo orden en que habían sido cortados y obtuvo el resultado siguiente:
CDEHNOPRS-237
–¡Caramba! – murmuró-. A primera vista, esto no significa nada.
Si se mezclaban las letras y se utilizaban todas, ¿se podrían formar una, dos o tres palabras?
Sholmes lo intentó en vano.
Una sola solución se imponía, que acudía sin cesar a la punta del lápiz y que, a la larga, le pareció la verdadera, tanto porque correspondía a la lógica de los hechos, como porque estaba de acuerdo con las circunstancias generales.
Puesto que la página del álbum no incluía más que una vez cada una de las letras del abecedario, era probable, era seguro, que se encontraba en presencia de palabras incompletas, y que esas palabras habían sido completadas con letras cortadas de otro sitio. En tales condiciones, y salvo error, el enigma se presentaba así:
RESPOND-CH-237
La primera palabra estaba clara: responde. Faltaba una e porque esta letra, ya utilizada, no estaba disponible otra vez.
En cuanto a la segunda palabra sin acabar, formaba indudablemente con el número 237 la dirección que daba el remitente al destinatario de la carta. Se proponía, primero, fijar el día: sábado, y se pedía una respuesta a la dirección CH 237.
O bien: CH 237 era una consigna de la lista de Correos, o bien las letras CH formaban parte de una palabra incompleta. Sholmes hojeó el álbum. No se había cortado nada más en las páginas siguientes. Era preciso, pues, atenerse a la explicación encontrada, hasta nueva orden.
–Es divertido, ¿verdad?
Henriette había vuelto. Sholmes respondió:
–Sí, es divertido. ¿No tienes otros papeles?… ¿O letras ya cortadas que yo pudiera pegar?
–¿Papeles? No… Además, a la señorita no le gustaría.
–¿A la señorita?
–Sí, ya me ha regañado.
–¿Por qué?
–Porque le he dicho a usted cosas…, y dice que no se debe contar nunca nada de las personas que uno quiere.
–Tiene mucha razón.
Henriette pareció contenta de la aprobación, tan contenta, que sacó de una bolsita de tela, sujeta con un alfiler a su vestido, algunos trocitos de tela, tres botones, dos terrones de azúcar y, por último, un papel cuadrado que entregó a Sholmes.
–Toma, te lo doy para ti.
Era el número de un coche: el 8279.
–¿De dónde has sacado este número?
–Se le cayó de su monedero.
–¿Cuándo?
–El domingo, durante la misa, cuando sacaba una moneda para el cepillo.
–¡Estupendo! Y ahora voy a darte un consejo para que no te regañen. No le digas a la señorita que me has visto.
Sholmes buscó al señor d'Imblevalle y le interrogó sin rodeos sobre la señorita.
El barón tuvo un sobresalto:
–¡Alice Demun! ¿No pensará usted…? ¡Es imposible!
–¿Cuánto tiempo hace que está a su servicio?
–Solamente un año, pero no conozco a nadie más tranquila ni en quien yo tenga más confianza.
–¿Cómo es que no la he visto aún?
–Ha estado ausente dos días.
–¿Y actualmente?
–Desde su regreso, ha querido instalarse a la cabecera de la cama de su amigo. Posee todas las buenas cualidades de la enfermera…, dulce…, persuasiva… El señor Wilson parece encantado con ella.
–¡Ah! – exclamó Sholmes, que no se había vuelto a preocupar de la salud de su compañero.
Reflexionó, y se informó:
–¿Salió ella el domingo por la mañana?
–¿Al día siguiente del robo?
–Sí.
El barón llamó a su mujer y se lo preguntó. La baronesa respondió:
–La señorita salió, como de costumbre, a misa de once con las niñas.
–¿Pero antes?
–¿Antes? No… Es decir… ¡Yo estaba tan trastornada con el robo!… Sin embargo, recuerdo que el día anterior me pidió permiso para salir el domingo a primera hora… para ver a una prima que estaba de paso en París, según creo. ¿Supongo que eso no la hará sospechosa?
–Claro que no… Sin embargo, me gustaría verla.
Subió al dormitorio de Wilson. Una mujer, vestida como las enfermeras, con una larga bata de tela gris, se hallaba inclinada sobre el herido, dándole de beber. Cuando se volvió, Sholmes reconoció a la joven que lo había abordado en la estación del Norte.
No hubo la más ligera explicación entre ellos. Alice Demun sonrió dulcemente, con sus encantadores y serios ojos, sin ningún malestar. El inglés quiso hablar, balbuceó algunas palabras y se calló. Entonces la joven continuó su tarea, se movió por la habitación tranquilamente bajo la asombrada mirada de Sholmes, ordenó algunos frascos, desenrolló y enrolló algunas vendas de gasa y de nuevo le dirigió su clara sonrisa.
Sholmes giró sobre sus talones, volvió a bajar, divisó en el patio el auto del señor d'Imblevalle, se instaló en él y se hizo conducir a Levallois, a la estación de coches cuya dirección estaba anotada en el papel que le había entregado la niña. El cochero Duprét, que conducía el 8279 la mañana del domingo, no se encontraba allí. Sholmes dijo al chófer del barón que regresara a su casa y esperó hasta la hora del relevo.
El cochero Duprét contó que, en efecto, «cargó» a una señora en los alrededores del parque Monceau, una joven vestida de negro que llevaba un espeso velo y que parecía muy nerviosa.
–¿Llevaba un paquete?
–Sí, un paquete bastante grande.
–¿Adonde la condujo?
–A la avenida de los Ternes, esquina a la plaza de Saint-Ferdinand.
–¿Reconocería usted la casa de la avenida de los Termes?
–¡Claro que sí! ¿Tengo que llevarlo allí?
–Inmediatamente. Pero primero lléveme al número 36 del Quai des Orfevres.
En la Prefectura de Policía tuvo la suerte de encontrar al inspector general Ganimard.
–¿Está usted libre, señor Ganimard?
–Se trata de Lupin, ¿verdad?
–Se trata de él.
–Entonces, no cuente usted conmigo.
–¿Cómo? ¿Renuncia a…?
–¡Renuncio a lo imposible! Estoy cansado de una lucha desigual en la que estamos seguros de llevar siempre la peor parte. Es cobarde, es absurdo…, todo lo que usted quiera… Pero no voy. Lupin es más fuerte que nosotros. Por consiguiente, no hay más remedio que inclinarse ante él.
–Yo no me inclino.
–Usted se inclinará, como los demás.
–Pues bien: es un espectáculo que no dejará de agradarle.
–Eso es verdad -dijo Ganimard ingenuamente- ¿Y puesto que usted no tiene en su haber bastonazos, vamos.
Los dos subieron al coche. El cochero, a una orden de ellos, les dejó un poco antes de la casa y al otro lado de la avenida, delante de un cafetín con terraza, en la cual se sentaron, entre laureles y boneteros. El día empezaba a declinar.
–Camarero, papel de carta -pidió Sholmes.
Escribió y, volviendo a llamar al camarero, le dijo:
–Haga el favor de llevar esta carta al portero de la casa de enfrente. Es casi seguro que sea el hombre con gorra que fuma en la puerta.
El portero se acercó a ellos, y Sholmes, puesto que Ganimard quería mantenerse al margen, le preguntó si el domingo por la mañana había entrado en la casa una joven vestida de negro.
–¿De negro? Sí, hacia las nueve…, la que sube al segundo.
–¿La ve con frecuencia?
–No, pero desde hace algún tiempo la veo más…, la última quincena casi todos los días.
–¿Y después del domingo?
–Sólo una vez… sin contar hoy.
–¿Cómo? ¿Ha venido hoy?
–Está ahí.
–¿Qué está ahí?
–Hace ya diez minutos. Su coche espera, como de costumbre, en la plaza Saint-Ferdinand. Me crucé con ella en la puerta.
–¿Y quién es el inquilino del segundo?
–Son dos; una modista, la señorita Langeais, y un señor que ha alquilado dos habitaciones amuebladas desde hace un mes bajo el nombre de Bresson.
–¿Por qué dice usted «bajo el nombre de»?
–Es que a mí me parece que es un nombre falso. Mi mujer, que le hace las labores de la casa, dice que no tiene dos camisas con las mismas iniciales.
–¿Cómo vive?
–Casi siempre está fuera.
–¿Estuvo en casa la noche del sábado al domingo?
–¿La noche del sábado al domingo? Espere a ver que lo piense… Sí, el sábado por la noche regresó pronto y no volvió a salir.
–¿Y qué clase de hombre es?
–Palabra que no sabría decirle. ¡Cambia tanto! Es alto y bajo, grueso y delgado…, moreno y rubio. Casi nunca lo reconozco.
Ganimard y Sholmes se miraron.
–Es él -murmuró el inspector-. Está claro que es él.
Hubo en el viejo policía un instante de turbación que se tradujo en un bostezo y en una crispación de puños.
También Sholmes, aunque más dueño de sí, sintió una opresión en el corazón.
–Atención -dijo el portero-. Sale la joven.
En efecto, la señorita apareció en el umbral y atravesó la plaza.
–Y ahora el señor Bresson.
–¿El señor Bresson? ¿Cuál es?
–El que lleva un paquete debajo del brazo.
–Pero no se ocupa de la joven, que va sola hacia su coche.
–¡Ah! Nunca los he visto juntos.
Los dos policías se habían levantado rápidamente. A la luz de los faroles reconocieron la figura de Lupin, que se alejaba en dirección opuesta a la plaza.
–¿A quién prefiere seguir? – preguntó Ganimard.
–¡A él, claro!
–Entonces yo me dedico a la joven -propuso Ganimard.
–No, no -dijo el inglés, que no quería descubrir nada del caso a Ganimard-. A la joven sé dónde encontrarla. No me deje.
A distancia, y utilizando el abrigo momentáneo de peatones y puestos de periódicos, se lanzaron en persecución de Lupin. Persecución fácil, por otra parte, puesto que Lupin no se volvía y andaba deprisa, con ligera cojera en la pierna derecha, tan ligera que era preciso una vista muy observadora para percibirla. Ganimard dijo:
–Se finge cojo. – Y continuó-: ¡Si pudiéramos recoger dos o tres policías y saltar sobre ese individuo! Corremos el riesgo de perderlo.
Pero ningún policía se presentó antes de la Porte des Ternes y, una vez franqueadas las fortificaciones, no podían esperar ya ninguna ayuda.
–Separémonos -dijo Sholmes-. El lugar está desierto.
De pronto se dieron cuenta de la presencia de otro individuo. Sholmes dijo en voz baja:
–Parece que ése lo sigue también.
–Sí, hace un rato que me he dado cuenta.
La persecución continuó, complicada ahora por la presencia de aquel sujeto. Lupin retrocedió por el mismo camino, atravesó de nuevo la Porte des Ternes y entró en la casa de la plaza Saint-Ferdinand.
El portero cerraba cuando se presentó Ganimard.
–Lo ha visto usted, ¿verdad?
–Sí, apagaba yo el gas de la escalera cuando entró en su apartamento y corrió el cerrojo de la puerta.
–¿No hay nadie con él?
–Nadie, ni un criado… Nunca come aquí.
–¿No hay escalera de servicio?
–No.
Ganimard dijo a Sholmes:
–Lo más sencillo es que yo me instale en la puerta de Lupin, mientras usted va en busca del comisario de Policía de la calle Demours. Voy a darle la contraseña.
Sholmes objetó:
–¿Y si se escapa mientras tanto?
–¡Quedándome yo!…
–Uno contra uno. La lucha es desigual con él.
–Sin embargo, no puedo violar su domicilio. No tengo derecho, sobre todo de noche.
Sholmes se encogió de hombros.
–Cuando haya detenido a Lupin, nadie investigará sobre la forma en que efectuó el arresto… Además, ¿qué? Se trata solamente de llamar. Después, ya veremos lo que pasa.
Subieron. Una puerta con dos hojas se ofrecía a la izquierda del rellano de la escalera.
Ganimard llamó.
Ningún ruido. Llamó de nuevo. Nadie.
–Entremos -murmuró Sholmes.
–Sí, vamos.
Se estremecieron. Un ruido imperceptible, procedente del otro lado de la puerta, había como rasgado el silencio. Y tuvieron la sensación, la certeza, de que él estaba allí, separado de ellos por la delgadez de la madera de la puerta, y que los escuchaba, que los oía…
Con el rabillo del ojo Ganimard consultó con Sholmes. Luego golpeó violentamente con el puño la puerta.
Un ruido de pasos ahora; un ruido que no trataba de disimular…
Ganimard sacudió la puerta. De un empujón irresistible con el hombro, Sholmes la echó abajo, y ambos se lanzaron al asalto.
Se pararon, como clavados en el sitio. Un disparo sonó en la habitación de al lado. Otro más. Y el ruido de un cuerpo que se desploma.
Cuando entraron vieron al hombre caído, con la cara contra el mármol de la chimenea. Se convulsionó, y el revólver se le escapó de las manos.
Ganimard se agachó y volvió la cabeza del muerto. La sangre la cubría; sangre procedente de dos grandes heridas: una en la mejilla, otra en la sien.
–Está irreconocible -murmuró.
–¡Caramba! – exclamó Sholmes-. Este hombre no es él.
–¿Cómo lo sabe usted? Usted no lo ha examinado siquiera.
El inglés se rió, burlón.
–¿Cree usted que Arsenio Lupin es hombre que se mata?
–Sin embargo, nosotros hemos creído reconocerlo en la calle…
–Hemos creído, porque queríamos creer. Ese hombre nos obsesiona.
–Éste es uno de sus cómplices.
–Los cómplices de Arsenio Lupin no se matan.
–¿Quién es, entonces?
Una hora más tarde, cuando Ganimard y Sholmes se retiraron, lo único que sabían del singular personaje era que su intervención le había empujado al suicidio.
¿Quién era? ¿Por qué se había suicidado? ¿Qué vínculo le unía al caso de la lámpara judía? ¿Quién le había seguido durante su paseo? Tantas preguntas, tan complejas las unas como las otras… Tantos misterios.
Herlock Sholmes se acostó de muy mal humor. Al despertar recibió una nota redactada así:
«Arsenio Lupin tiene el honor de comunicarle el fallecimiento del señor Bresson y le ruega que asista a sus funerales y entierro que, a cargo del Estado, se efectuarán el jueves 25 de junio.»
2
–Mire, querido amigo -decía Sholmes ante Wilson, blandiendo la nota de Arsenio Lupin-, lo que me exaspera de esta aventura es sentir continuamente sobre mí la mirada de ese satánico caballero. No se le escapa ni el más secreto de mis pensamientos. Actúo como un actor cuyos pasos están regulados por un director de escena riguroso; que va allá y dice tal cosa porque lo quiere así una voluntad superior. ¿Comprende usted, Wilson?
Iba de un lado a otro de la habitación, con pasos sonoros, a riesgo de despertar a su viejo compañero.
–En fin, la cosa no va del todo mal, y si los caminos que sigo son un poco oscuros, empiezo a reencontrarme. Ante todo, voy a fijar mi atención sobre el señor Bresson. Ganimard y yo estamos citados a orillas del Sena, en el lugar donde Bresson arrojó su paquete, y se nos revelará el papel del tal señor. Lo demás es una partida que tenemos que jugar Alice Demun y yo. El adversario es de poca envergadura, ¿eh, Wilson? ¿Y no cree usted que dentro de poco conoceré la frase del álbum y lo que significan esas dos letras aisladas: la C y la H? Porque todo reside ahí, Wilson.
En aquel momento entró la señorita, y al ver a Sholmes gesticulando, le dijo amablemente:
–Señor Sholmes, voy a regañarle si despierta a mi enfermo. No está bien que usted le moleste. El doctor exige reposo absoluto.
La contemplaba sin decir palabra, asombrado, como el primer día, de su calma inexplicable.
–¿Por qué me mira usted así, señor Sholmes? ¿Por nada? Sí… Siempre tiene usted alguna reserva mental conmigo… ¿Cuál es? Respóndame, se lo ruego.
–Bresson se mató ayer.
La muchacha repitió, aparentemente sin comprender:
–Bresson se mató ayer…
Ninguna contracción alteró su rostro, nada que revelase el esfuerzo de la mentira.
–Estaba usted prevenida -dijo Sholmes con irritación-. Si no, se hubiera estremecido por lo menos… ¡Ah! Es usted más fuerte de lo que yo creía… Pero ¿por qué disimula?
Cogió el álbum de imágenes que acababa de poner sobre una mesita y, abriéndolo por la página recortada, preguntó:
–¿Podría decirme en qué orden debo disponer las letras que faltan aquí para conocer el significado exacto de la nota que envió usted a Bresson cuatro días antes del robo de la lámpara judía?
–¿En qué orden?… ¿Bresson?… ¿El robo de la lámpara judía?…
Repetía las palabras, lentamente, como para descubrir su significado.
Sholmes insistió:
–Sí. Aquí están las letras utilizadas…, sobre este trozo de papel. ¿Qué le decía usted a Bresson?
–Las letras utilizadas…, lo que yo decía…
De pronto soltó la carcajada.
–¡Ah! ¿Es eso? ¡Ahora comprendo! ¡Soy cómplice del robo! Existe un tal Bresson, que robó la lámpara judía y que se ha matado. ¡Y yo soy la amiga de ese señor! ¡Oh, qué divertido!
–¿A quién fue usted a ver, entonces, ayer por la tarde al segundo piso de una casa de la avenida de los Ternes?
–¿A quién? A mi modista, la señorita Langeais. ¿Acaso mi modista y mi amigo, el señor Bresson, son una misma y única persona?
A pesar de todo, Sholmes dudó. Se puede fingir de tal forma que se pase al terror, a la alegría, a la inquietud, a todos los sentimientos; pero no a la indiferencia ni tampoco a la risa alegre y descuidada.
Sin embargo, todavía le dijo:
–Una última pregunta: ¿por qué la otra tarde, en la estación del Norte, me abordó usted? ¿Y por qué me suplicó que volviera a mi país inmediatamente sin ocuparme del robo?
–¡Ah! Es usted demasiado curioso, señor Sholmes -respondió la joven, sin dejar de reír con la mayor naturalidad-. Para su castigo, no sabrá nada y, además, cuidará del enfermo mientras voy a la farmacia… Una receta urgente… Me escapo.
Salió.
–Estoy aturdido -murmuró Sholmes-. No solamente no he conseguido nada de ella, sino que soy yo quien se ha descubierto.
Y recordaba el caso del brillante azul y el interrogatorio que hizo sufrir a Clotilde Destange. ¿No se encontraba ante la misma serenidad que la Dama Rubia le había opuesto, y no se encontraba de nuevo frente a uno de esos seres que, protegidos por Arsenio Lupin y bajo la acción directa de su influjo, conservaban, en la misma angustia del peligro, la calma más asombrosa?
–Sholmes… Sholmes…
Se acercó a Wilson, que lo llamaba, y se inclinó sobre él.
–¿Cómo está usted, viejo amigo? ¿Le duele mucho?
Wilson movió los labios sin poder hablar. Al fin, tras enormes esfuerzos, tartamudeó:
–No…, Sholmes…, no es ella…, es imposible que sea ella…
–¿Qué está usted mascullando? ¡Le digo que es ella! Se lo digo yo. No puede ser más que ante una criatura de Lupin, manejada y dirigida por él, que yo pierda la cabeza y actúe como un idiota… Ahora que conoce toda la historia del álbum… Le apuesto lo que quiera a que antes de una hora Lupin lo sabe todo. ¿Antes de una hora? ¡Qué digo! Inmediatamente. ¡La farmacia, la receta urgente!… ¡Mentiras!
Se volvió rápidamente, bajó a la avenida de Messine y vio a la señorita que entraba en una farmacia. Reapareció, diez minutos más tarde, con algunos frascos y botellas envueltos en papel blanco. Pero cuando subía por la avenida, fue abordada por un individuo que, con la gorra en la mano y ademán obsequioso, la perseguía como pidiéndole una limosna.
La joven se detuvo y le dio una moneda, continuando su camino.
«Ella le ha hablado», se dijo el inglés.
Más que una certeza era una intuición, bastante fuerte, sin embargo, para que él cambiase de táctica. Abandonando a la joven, se lanzó tras los pasos del falso mendigo.
Llegaron, uno tras otro, a la plaza Saint-Ferdinand, y el hombre erró durante largo rato por los alrededores de la casa Bresson, alzando, a veces, los ojos hacia las ventanas del segundo piso y vigilando a los que entraban en la casa.
Al cabo de una hora subió a la plataforma de un tranvía que se dirigía a Neuilly: Sholmes montó también y se sentó, un poco alejado, detrás del individuo, al lado de un señor a quien ocultaban las hojas de un periódico. En las fortificaciones el periódico cayó, y Sholmes vio a Ganimard. Éste le dijo al oído, señalando al individuo:
–Es nuestro hombre de ayer por la tarde, el que seguía a Bresson. Hace una hora que vagabundea por la plaza.
–¿Algo nuevo sobre Bresson? – preguntó Sholmes.
–Sí. Esta mañana llegó una carta dirigida a él.
–¿Esta mañana? Es decir, que fue echada al correo ayer, antes de que el remitente supiera su muerte.
–Exactamente. Está en manos del juez de instrucción, pero me la sé de memoria: «No acepta ninguna transacción. Lo quiere todo: tanto lo del primer golpe como lo del segundo. Si no, actúa.» Sin firma -añadió Ganimard-. Como usted ve, estas breves líneas apenas le servirán.
–No estoy de acuerdo con usted, señor Ganimard. Por el contrario, esas líneas me parecen muy interesantes.
–¿Y por qué, Dios mío?
–Por razones que me reservo -respondió Sholmes con la grosería que empleaba con su colega.
El tranvía se detuvo en la calle del Chateau, final de trayecto. El individuo se apeó y se alejó por ella tranquilamente.
Sholmes lo escoltaba y, tan de cerca, que Ganimard se asustó.
–Si se vuelve, nos ve.
–No se volverá… ahora.
–¿Qué sabe usted?
–Es un cómplice de Arsenio Lupin, y el hecho de que un cómplice de Lupin ande así, con las manos en los bolsillos, prueba, primero, que sabe que lo siguen, y en segundo lugar, que no teme nada.
–Sin embargo, lo seguimos bastante de cerca.
–No lo bastante como para que no pueda escurrirse de nuestros dedos antes de un minuto. Está demasiado seguro de sí.
–¡Vamos, vamos! Quiere usted burlarse de mí. Allí, en la puerta de aquel café, veo a dos policías en bicicleta. Si decido pedir su ayuda y que aborden al personaje, ¿cómo se nos escurrirá de entre los dedos?
El personaje no parecía preocuparse mucho por tal eventualidad. ¡Fue él mismo al encuentro de ellos!
–¡Qué aplomo! – exclamó Ganimard.
En efecto, el individuo avanzó hacia los dos policías en el momento en que éstos se disponían a montar en sus bicicletas. Les dijo algunas palabras; luego, sin vacilar, saltó sobre una tercera bicicleta, que se hallaba apoyada contra la pared del café, y se alejó rápidamente con los dos policías.
El inglés se desternilló de risa.
–¿Eh? ¿No se lo dije? Uno, dos y tres: ¡desapareció! ¿Y quién lo hace desaparecer? Dos de sus colegas, señor Ganimard. ¡Ah, este Arsenio Lupin es grande! ¡Hasta tiene a sueldo policías ciclistas! ¡Cuando le decía que nuestro hombre estaba demasiado tranquilo!…
–¡Vaya! – exclamó Ganimard, vejado-. ¿Qué hay que hacer? Es muy cómodo reírse.
–No se disguste. Nos vengaremos. Por lo pronto, necesitamos refuerzos.
–Folefant me espera al final de la avenida de Neuilly. – Pues bien: recójalo al pasar.
Ganimard se alejó mientras Sholmes seguía las huellas de las bicicletas, muy visibles en el polvo de la carretera porque dos de ellas tenían neumáticos estriados. Pronto se dio cuenta de que esas huellas le conducían a la orilla del Sena, y que los tres hombres habían dado la vuelta en el mismo sitio que Bresson la tarde anterior. Llegó así hasta la verja tras la cual se habían ocultado Ganimard y él, y un poco más lejos distinguió una confusión de líneas estriadas, lo cual le hizo pensar que habían hecho alto en aquel sitio. Justamente enfrente había una lengua de terreno que se metía en el Sena, al extremo de la cual se veía amarrado un bote.
Era allí donde Bresson debió de tirar el paquete o, mejor dicho, donde lo dejó caer. Sholmes bajó el talud y vio que le sería fácil encontrar el paquete, porque la cuesta era suave y el agua estaba baja…, a menos que los tres hombres lo hubieran cogido ya.
–No, no -se dijo-. No han tenido tiempo… Un cuarto de hora a lo sumo… No obstante, ¿por qué han pasado por aquí?
Un pescador estaba sentado en el bote. Sholmes le preguntó:
–¿Ha visto usted a tres hombres en bicicleta?
El pescador negó con la cabeza.
El inglés insistió:
–Sí… Tres hombres… Acaban de detenerse a dos pasos de aquí.
El pescador se puso la caña debajo del brazo, sacó del bolsillo un cuadernillo, escribió en una de las páginas, la arrancó y se la tendió a Sholmes.
Un estremecimiento sacudió al detective. De una ojeada había visto, en el centro de la página que tenía en la mano, la serie de letras recortadas del álbum.
CDEHNOPRSEO – 237
Un pesado sol caía sobre el río. El hombre había vuelto a su tarea, protegido bajo la ancha ala de un sombrero de paja, con el saco y el chaleco doblados a su lado. Pescaba atentamente, mientras el flotador de su caña se mecía al filo del agua.
Transcurrió un minuto largo, un minuto de silencio solemne y terrible.
«¿Es él?», pensaba Sholmes con ansiedad casi dolorosa.
Y la verdad se abrió paso:
«¡Es él! ¡Es él! Sólo él es capaz de permanecer así, sin un temblor de inquietud, sin temor a nada de lo que va a pasar… ¿Y quién más sabría esta historia del álbum? Alice lo ha prevenido con un mensajero.»
De pronto, el inglés sintió que su mano, que su propia mano, había agarrado la culata del revólver y que sus ojos se fijaban en la espalda del individuo, por debajo de la nuca. Un ademán y todo el drama llegaría al desenlace: la vida del aventurero terminaría miserablemente.
El pescador no se movió.
Sholmes apretó nervioso el arma con el deseo voraz de disparar y de terminar con él y, al mismo tiempo, con el horror de un acto que repugnaba a su forma de ser. La muerte era segura. Todo habría terminado.
«¡Ah! – pensó-. Que se ponga de pie, que se defienda… si no, tanto peor para él… Un segundo más… y disparo.»
Pero un ruido de pasos le hizo volver la cabeza y vio a Ganimard, que llegaba en compañía de dos inspectores.
Entonces, cambiando de idea, tomó su decisión. De un brinco saltó dentro del bote, cuya amarra se rompió bajo el empuje demasiado fuerte, cayó sobre el hombre y lo cogió entre sus brazos. Rodaron al fondo del bote.
–¿Y después, qué? – preguntó Lupin, debatiendose-. ¿Qué prueba esto? Cuando uno de nosotros haya reducido al otro a la impotencia, el bote estará muy alejado. Ni usted sabrá qué hacer conmigo, ni yo con usted. Permaneceremos aquí como dos imbéciles…
Los dos remos cayeron al agua. El bote fue a la deriva. Las exclamaciones llegaban de la cuesta, y Lupin continuó:
–¡Qué de historias, señor! ¿Ha perdido usted, por lo visto, la noción de las cosas?… ¡Semejantes tonterías a su edad! ¡Y un buen hombre como usted! ¡Vaya si es fea la cosa!…
Logró desprenderse.
Exasperado, resuelto a todo, Sholmes metió la mano en el bolsillo. Lanzó un juramento: Lupin le había quitado el revólver.
Entonces se arrodilló y trató de agarrar uno de los remos a fin de ganar la orilla, al mismo tiempo que Lupin se afanaba por el otro, a fin de ganar la opuesta.
–Lo cogerá… No lo cogerá… -decía Lupin-. Además, eso no tiene ninguna importancia… Si coge usted el remo, yo le impediré que lo utilice… Y usted lo mismo respecto a mí. Pero en la vida se esfuerza uno siempre por actuar… sin la menor razón, puesto que es siempre el destino quien decide… Mire, el destino se decide por su amigo Lupin… ¡Victoria! ¡La corriente me favorece!
En efecto, el bote tendía a alejarse.
–Tenga cuidado -le gritó Lupin.
Alguien, en la orilla, empuñaba un revólver. Sholmes agachó la cabeza. Sonó un disparo. Un poco de agua salpicó junto a ellos. Lupin soltó la carcajada.
–¡Dios me perdone! ¡Es el amigo Ganimard! ¡Está muy mal lo que haces, Ganimard! No tienes derecho a disparar más que en caso de legítima defensa… ¿Este pobre Arsenio te pone tan furioso que hasta olvidas tus deberes?… ¡Vamos, muchacho, formalidad!… ¡Y vuelve a disparar!… Desgraciadamente, es a mi querido maestro al que va a darle.
Se puso delante de Sholmes para protegerlo con su cuerpo, y de pie en el bote, de cara a Ganimard, continuo:
–¡Bueno! Ahora estoy tranquilo. Tira aquí, Ganimard, al corazón… Más alto…, a la izquierda… Ha fallado… Mala puntería… Torpe… ¿Otro?… Estás temblando, Ganimard… Atención a la voz de mando y sangre fría… Uno, dos y tres: ¡fuego!… Fallaste otra vez… ¡Dios mío! ¿Acaso les da el Gobierno pistolas de juguete?
Sacó un enorme revólver, macizo y plano y, sin apuntar, disparó.
El inspector se llevó la mano al sombrero: una bala lo había agujereado.
–¿Qué dices a eso, Ganimard? ¡Ah! Éste procede de una buena fábrica. Saluden, señores. ¡Es el revólver de mi noble amigo, el maestro Herlock Sholmes!
Y con un ademán tiró el arma a los mismos pies de Ganimard.
Sholmes no pudo evitar sonreírse y admirarle.
¡Qué desbordamiento de vida! ¡Qué alegría juvenil y espontánea! ¡Y cómo parecía divertirse! Hubiérase dicho que la sensación de peligro le producía una alegría física, y que la existencia no tenía para este hombre extraordinario otro fin que buscar el peligro para gozar superándolo.
Entre tanto, en ambas orillas del río se agrupaba la gente, y Ganimard y sus hombres seguían a la embarcación, que se balanceaba suavemente arrastrada por la corriente. La captura era inevitable, matemática.
–Confíese, maestro -dijo Lupin, volviéndose al inglés-, que no cedería usted su puesto por todo el oro del Transvaal. ¡Es que está usted en primera fila de butacas! Pero, primero y ante todo, el prólogo… Después, saltaremos de golpe al tercer acto: captura o evasión de Arsenio Lupin. Ahora bien, maestro: tengo que hacerle una pregunta, y le ruego, a fin de que no haya equívoco, que me responda sí o no. Renuncie a ocuparse de este caso. Aún es tiempo y puedo reparar el mal que ha hecho. Más adelante no podría. ¿De acuerdo?
–No.
El rostro de Lupin se contrajo. Era visible que esa obstinación le irritaba. Continuó:
–Insisto. Por usted más que por mí, insisto, seguro de que usted será el primero en lamentar su intervención. Por última vez, ¿sí o no?
–No.
Lupin se agachó, quitó una de las tablas del fondo y, durante algunos minutos, realizó un trabajo cuya naturaleza no podía determinar Sholmes. Luego se irguió, se sentó al lado del inglés, y dijo:
–Creo, maestro, que ambos hemos venido a la orilla de este río por idénticos motivos: pescar el objeto de que se desembarazó Bresson, ¿no es verdad? Por mi parte, había dado cita a algunos compañeros, y estaba a punto de efectuar una breve exploración en las profundidades del Sena, como lo indica mi somera indumentaria, cuando mis amigos me anunciaron que se acercaba usted. Le confieso que no me sorprendió, puesto que, de hora en hora, me atrevo a decirlo, iba siendo informado de los progresos de su investigación. ¡Es tan fácil! En cuanto ocurre cualquier cosa en la calle Murillo capaz de interesarme, un telefonazo me lo advierte. Comprenderá usted que, en tales circunstancias…
Se detuvo. La tabla que había quitado se levantaba ahora, y el agua empezó a filtrarse por sus ranuras.
–¡Diablos! Ignoro cómo he procedido, pero esto me hace pensar que hay una vía de agua en el fondo de este viejo bote. ¿No tiene miedo, maestro?
Sholmes se encogió de hombros. Lupin continuó:
–Usted comprenderá, entonces, que en tales circunstancias, sabiendo por adelantado que usted reanudaría la lucha con tanta más violencia cuanto yo me esforzara por evitarla, me era más agradable entablar con usted una partida cuyo resultado era seguro, puesto que tengo todos los triunfos en la mano. Y he querido dar a nuestro encuentro la mayor publicidad posible a fin de que su derrota fuese universalmente conocida, y que a ninguna otra condesa de Crozon ni a ningún otro barón d'Imblevalle le diese la tentación de solicitar su concurso contra mí. No vea, pues, otra cosa en este asunto, mi querido maestro.
Se interrumpió de nuevo y, sirviéndose de sus manos, cerradas a medias, como anteojos, observó ambas orillas.
–¡Caramba! Han fletado una soberbia canoa, un verdadero navío de guerra, y vienen para acá a marcha forzada. Antes de cinco minutos se habrá producido el abordaje y estaré perdido. Señor Sholmes, un consejo: usted se lanza sobre mí, me amarra y me entrega a la Justicia de mi país… ¿Le gusta este programa?… A menos que, de aquí a entonces, hayamos naufragado, en cuyo caso no nos quedaría otro recurso que preparar nuestro testamento. ¿Qué piensa usted de eso?
Sus miradas se cruzaron. Esta vez Sholmes se explicó la maniobra de Lupin: había perforado el fondo del bote. Y el agua subía. Llegó a la suela de sus zapatos. Cubrió sus pies. No se movieron.
Alcanzó la altura de los talones. El inglés sacó su petaca, lió un cigarrillo y lo encendió.
Lupin prosiguió:
–No vea en eso, mi querido maestro, más que la humilde confesión de mi impotencia ante usted. Es inclinarme ante usted aceptar las únicas batallas en que la victoria me es propicia, a fin de evitar aquellas otras cuyo terreno no hubiese elegido. Es reconocer que Sholmes es el único enemigo al que temo y proclamar mi inquietud mientras Sholmes no se haya apartado de mi camino. Esto es, querido maestro, lo que tenía que decirle, puesto que el destino me concede el honor de una conversación con usted. Sólo lamento una cosa, y es que esta conversación tenga lugar mientras tomamos un baño de pies…, situación poco seria, lo confieso… Pero ¡qué digo un baño de pies!… ¡Un baño de asiento más bien!
Sholmes, imperturbable, con el cigarrillo entre los labios, parecía absorto en la contemplación del cielo. Por nada del mundo, frente a ese hombre rodeado de peligro, cercado por la multitud, acorralado por una jauría de gendarmes y que, sin embargo, conservaba su buen humor, por nada del mundo hubiese consentido en mostrar la más ligera señal de agitación.
Pasó un minuto; iban a naufragar.
–Lo esencial -formuló Lupin- es saber si nos hundiremos antes o después de la llegada de los campeones de la Justicia. Todo consiste en eso. Porque es evidente que nos hundimos. Maestro, es la hora solemne del testamento. Lego toda mi fortuna a Herlock Sholmes, ciudadano inglés… ¡Dios mío, qué rápido avanzan los campeones de la Justicia! ¡Ah, gente valiente! ¡Da gusto verla!… ¡Qué precisión en las remadas! ¡Vaya, si eres tú, Folefant!… ¡Bravo!… La idea del navío de guerra es excelente. Te recomendaré a tus superiores, sargento Folefant. ¿Es la medalla lo que deseas? Entendido… Eso es cosa resuelta. Y tu compañero Dieuzy, ¿dónde está? En la orilla izquierda, ¿verdad? En medio de cien indígenas, ¿no?… De forma que si escapo del naufragio, me recogerán en la orilla Dieuzy y sus indígenas, y en la orilla derecha, Ganimard y la población de Neuilly. Terrible dilema…
Hubo un remolino. La embarcación giró sobre sí misma y Sholmes tuvo que agarrarse a la anilla de los remos.
–Maestro -dijo Lupin-, le suplico que se quite la ropa. Podrá nadar con más facilidad. ¿No? ¿Se niega? Entonces, me pongo la mía.
Se puso la chaqueta, se lo abotonó herméticamente como el de Sholmes y suspiró.
–¡Qué hombre tan rudo le obligo a ser! ¡Y qué lástima que se haya mezclado en este asunto!…, en el que usted demuestra su talento, sí; pero ¡tan inútilmente!… De verdad, malgasta usted su magnífico genio…
–Señor Lupin -dijo, al fin, Sholmes, saliendo de su mutismo-, habla usted demasiado y peca frecuentemente por exceso de confianza y por ligereza.
–El reproche es severo.
–Es así como, sin darse cuenta, me ha proporcionado usted hace un instante la información que yo buscaba.
–¿Cómo? ¿Buscaba usted una información y no me lo había dicho?
–No necesito ayuda de nadie. De aquí a tres horas daré la solución del enigma a los barones d'Imblevalle. Ésta es mi única respuesta…
No acabó la frase. El bote se había volcado de golpe, arrastrándolos a los dos. Pronto emergió, boca abajo, con la quilla al aire. Se oyeron gritos de angustia en ambas orillas; luego un silencio y, de repente, nuevas exclamaciones: uno de los náufragos había reaparecido.
Era Herlock Sholmes.
Excelente nadador, se dirigió a grandes brazadas hacia la barca de Folefant.
–Animo, señor Sholmes -gritó el sargento-, ya estamos cerca… No desmaye… Después nos ocuparemos de él… Ya lo tenemos, vaya… Un pequeño esfuerzo, señor Sholmes… Agarre la cuerda…
El inglés cogió la cuerda que le tendían. Pero, mientras lo izaban a bordo, una voz, tras él, lo interpeló:
–La solución del enigma, mi querido maestro, la conocerá, sí. Me extraña que no la sepa ya… ¿Y qué? ¿De qué le servirá? Será entonces cuando tendrá perdida la partida…
A horcajadas sobre la quilla, que acababa de escalar, Arsenio Lupin, cómodamente instalado ahora, proseguía su discurso con ademanes solemnes y como si esperase convencer a su interlocutor:
–Compréndalo, querido maestro. No hay nada que hacer, nada absolutamente… Se encuentra usted en la situación lamentable de un señor que…
Folefant le conminó:
–Ríndete, Lupin.
–Es usted un mamarracho, sargento Folefant. Me ha interrumpido en mitad de la frase. Decía…
–Ríndete, Lupin.
–Caramba, sargento Folefant. Uno no se rinde más que cuando está en peligro. ¿O pretendes creer que corro algún peligro?
–Por última vez te lo digo, Lupin, te conmino a que te rindas.
–Sargento Folefant, no tienes intención de matarme, a lo sumo de herirme, tanto es tu miedo a que me escape. ¿Y si por casualidad la herida fuese mortal? No. Piensa en tus remordimientos, desgraciado. ¡En tu vejez envenenada!…
El disparo partió.
Lupin se tambaleó, se agarró un momento a la quilla; luego, se inclinó y desapareció.
Eran exactamente las tres de la tarde cuando tuvieron lugar los acontecimientos relatados. A las seis en punto, como lo había anunciado, Sholmes, vestido con un pantalón demasiado corto y una chaqueta demasiado estrecha que le había prestado un posadero de Neuilly, tocado con una gorra y provisto de una camisa de franela con ribetes de seda, entró en el boudoir de la calle Murillo, después de haber solicitado una entrevista con los barones d'Imblevalle.
Lo encontraron paseando de un lado a otro de la habitación, y les pareció tan cómico con aquella extraña indumentaria que tuvieron que reprimir unas ganas locas de reírse. Sholmes, con aire pensativo y espalda encorvada, andaba como un autómata de la ventana a la puerta y de la puerta a la ventana, dando cada vez el mismo número de pasos y girando en el mismo sentido.
Se detuvo, cogió un cacharro, lo examinó maquinalmente y reinició el paseo.
Al fin se plantó ante ellos, y preguntó:
–¿Está la señorita aquí?
–Sí, en el jardín, con las niñas.
–Señor barón, por ser definitiva esta entrevista que vamos a celebrar, quisiera que la señorita Demun se hallara presente.
–¿Es que, decididamente…?
–Tenga un poco de paciencia, señor. La verdad surgirá claramente de los hechos que voy a exponer ante usted con la mayor precisión posible.
–Bien. Suzanne, ¿quieres…?
La señora d'Imblevalle salió, volviendo casi inmediatamente acompañada de Alice Demun. La señorita, un poco más pálida que de costumbre, permaneció de pie, apoyada contra una mesa, sin preguntar siquiera la razón por la que había sido llamada.
Sholmes no parecía verla, y volviéndose bruscamente hacia el señor d'Imblevalle pronunció con tono que no admitía réplica:
–Tras varios días de investigación, señor, y aunque ciertos hechos modificaron por un momento mi enfoque del asunto, le repetiré lo que le dije desde el primer instante: la lámpara judía fue robada por alguien que vive en este chalé.
–¿El nombre del culpable?
–Lo sé.
–¿Las pruebas?
–Las que bastarán para turbarlo.
–No basta que sea turbado. Es preciso que nos devuelva…
–¿La lámpara judía? Está en mi poder.
–¿El collar de ópalos?… ¿La tabaquera?…
–El collar de ópalos, la tabaquera… En suma, todo cuanto fue robado la segunda vez está en mi poder.
A Sholmes le gustaban estos efectos teatrales y esta manera un poco seca de anunciar sus victorias.
El barón y su esposa parecían estupefactos de verdad, y lo miraron con curiosidad silenciosa, que era su mejor alabanza.
Inmediata y minuciosamente, Sholmes hizo el relato de lo ocurrido durante aquellos tres días. Habló del descubrimiento del álbum; escribió en un papel la frase formada por las letras cortadas; contó la ida de Bresson a la orilla del Sena y el suicidio del aventurero, y por último, la lucha que él, Sholmes, acababa de sostener con Lupin, el naufragio del bote y la desaparición del ladrón.
Cuando hubo terminado, el barón dijo a media voz:
–No le queda más que revelarnos el nombre del culpable. ¿A quién acusa usted?
–Acuso a la persona que cortó las letras de este abecedario y que se comunicó por medio de ellas con Arsenio Lupin.
–¿Cómo sabe usted que fue con Arsenio Lupin?
–Porque él mismo me lo ha dicho.
Le alargó un trozo de papel mojado y arrugado. Era la página que Lupin había arrancado de su cuadernillo, en el bote, para darse a conocer, y en la que había escrito la frase.
–Y observe -indicó Sholmes con satisfacción- que nada le obligaba a darme esta hoja y, por consiguiente, a darse a conocer. Simple chiquillada por su parte, que me dio la clave del asunto.
–Que le dio la clave… -repitió el barón-. Sin embargo, no veo nada que…
Sholmes retocó con el lápiz las letras y los números.
-CDEHNOPRSEO – 237.
–¿Y bien? – preguntó el señor d'Imblevalle-. Es la misma fórmula que usted nos enseñó.
–No. Si usted le hubiese dado vueltas, una y otra vez, en todos los sentidos a esta fórmula, habría observado al primer golpe de vista, como le he observado yo, que no es igual a la primera.
–¿En qué no lo es?
–Tiene dos letras más: una E y una O.
–En efecto, no lo había observado.
–Junte esas dos letras a la C y a la H que nos quedaban después de formar la palabra «responde», y comprobará que la única palabra posible es ECHO.
–Lo cual significa…
–El Echo de Paris, el periódico de Lupin, su órgano oficial, al que él reserva sus «comunicados». Responde en el Echo de Paris, firmando la breve respuesta: 237. Ésa era la clave del enigma que tanto he buscado y que Lupin me ha proporcionado con tanta delicadeza. Vengo de las oficinas del Echo de Paris.
–¿Y ha encontrado…?
–…toda la historia detallada de las relaciones de Arsenio Lupin con… su cómplice.
Sholmes extendió siete periódicos abiertos por la cuarta página, de los que destacó las siete líneas siguientes:
1. ARS. LUP. Sen. impl. protec. 540.
2. 540. Espero explicaciones. A.L.
3. A.L. Bajo dom. enemigo. Perdida.
4. 540. Necesito dirección, investigar. A.L. 5.A.L.Murillo.
6. 540. Parque tres mañana. Violetas.
7. 237. De acuerdo sáb. Estaré dom. man. Parque.
–¿Y llama usted a esto una historia detallada? – preguntó el señor d'Imblevalle.
–Claro que sí, y sólo con prestar un poco de atención estará usted de acuerdo conmigo. Primero, una dama, que firma 540, implora la protección de Arsenio Lupin, a la que éste contesta que espera explicaciones. La dama responde que se halla bajo el dominio de un enemigo, de Bresson, sin duda alguna, y que está perdida si no acuden en su ayuda. Lupin, que desconfía, que no se atreve aún a entrevistarse con esta desconocida, exige la dirección y propone una investigación. La dama duda durante cuatro días: fíjese en las fechas. Al fin, presionada por los acontecimientos, influida por las amenazas de Bresson, da el nombre de su calle: Murillo. Al día siguiente, Arsenio Lupin anuncia que estará en el parque Monceau a las tres de la mañana, y ruega a su desconocida que lleve un ramo de violetas para reconocerla. Hay una interrupción de ocho días en el intercambio de notas. Arsenio Lupin y la dama no necesitan escribirse por medio del periódico: se ven o se escriben directamente. El plan está ultimado: la dama, para satisfacer las exigencias de Bresson, robará la lámpara judía. Queda por fijar el día. La dama, que por prudencia acude a la ayuda de letras cortadas y pegadas, se decide por el sábado y añade: Responde «Echo» 237- Lupin contesta que está de acuerdo y que, además, estará el domingo por la mañana en el parque. Y se comete el robo.
–En efecto, todo esto concuerda -aprobó el barón-, y la historia está completa.
Sholmes continuó:
–Así, pues, se comete el robo. La dama sale el domingo por la mañana, da cuenta a Lupin de lo que ha hecho y le lleva a Bresson la lámpara judía. Entonces las cosas suceden como ha previsto Lupin. La Justicia, engañada por una ventana abierta, cuatro agujeros en la tierra y dos arañazos en la balaustrada, admite inmediatamente la hipótesis de un robo con escalera. La dama se tranquiliza.
–Bien -aceptó el barón-. Admito esta explicación muy lógica. Pero el segundo robo…
–El segundo robo fue provocado por el primero. Habiendo contado los periódicos cómo había desaparecido la lámpara judía, alguien tuvo la idea de repetir la agresión y de apoderarse de lo que no había sido robado. Y esta vez no fue un robo simulado, sino uno de verdad, con escalamiento, nocturnidad, etcétera, etcétera.
–Lupin, claro está.
–No. Lupin no actúa tan estúpidamente. Lupin no se arriesga de esa manera.
–¿Entonces, quién?
–Bresson, sin duda alguna, y sin que lo supiera la dama a la que había hecho cantar. Fue Bresson quien entró aquí; fue él a quien yo perseguí; fue él quien hirió a mi pobre Wilson.
–¿Está usted seguro?
–Completamente. Uno de los cómplices de Bresson le escribió ayer, antes de suicidarse, una carta que prueba que se celebraron conversaciones entre este cómplice y Arsenio Lupin para la restitución de todos los objetos robados en este chalé. Lupin lo exigió todo: tanto lo del primer golpe, es decir, la lámpara judía, como lo del segundo. Por otra parte, vigilaba a Bresson. Cuando éste fue anoche a la orilla del Sena, uno de los cómplices de Lupin le seguía al mismo tiempo que nosotros.
–¿A qué fue Bresson a la orilla del Sena?
–Enterado de los progresos de mi investigación…
–¿Enterado por quién?
–Por la misma dama, la cual temía, con razón, que el descubrimiento de la lámpara judía amenazara con descubrir su aventura… Así, pues, Bresson, enterado, metió en un paquete todo lo que podía comprometerlo y lo arrojó en un lugar donde le fuera posible recuperarlo una vez pasado el peligro. Fue al regreso de esa operación cuando, acorralado por Ganimard y por mí, y teniendo sobre su conciencia otros delitos, perdió la cabeza y se mató.
–¿Qué contenía el paquete?
–La lámpara judía y los demás objetos robados.
–¿Entonces no están en su poder?
–Inmediatamente después de la desaparición de Arsenio Lupin, me aproveché del baño que él me había obligado a tomar, para hacerme conducir al lugar escogido por Bresson, y encontré, envuelto en tela blanca y tela impermeable, lo que le robaron a usted. Ahí lo tiene, sobre la mesa.
Sin una palabra, el barón cortó las cuerdas, desgarró las telas mojadas y sacó la lámpara. Hizo girar un resorte colocado bajo la base, apretó con ambas manos el recipiente, lo dividió, lo abrió en dos partes iguales y dejó al descubierto la quimera de oro, guarnecida de brillantes y esmeraldas.
A esta escena, tan natural en apariencia y que consistía en una simple exposición de los hechos, había algo que la hacía terriblemente trágica. Era la acusación formal, directa e irrefutable, que Sholmes lanzaba a cada paso sobre la señorita. Y era también el silencio impresionante de Alice Demun.
Durante esa larga, esa cruel acumulación de pequeñas pruebas, añadidas unas a otras, ni un solo músculo de su rostro se había alterado, ni un destello de rebelión o de temor había turbado la serenidad de su límpida mirada. ¿Qué pensaba? Y, sobre todo, ¿qué diría en el minuto solemne en que tuviera que responder o tuviera que defenderse y romper el círculo de hierro en el cual Sholmes la aprisionaba con tanta habilidad?
Aquel minuto sonó, y la joven callaba.
–¡Hable! ¡Hable! – gritó el señor d'Imblevalle.
Ella no respondió.
El barón insistía:
–Una palabra la justificaría… Una palabra de rechazo, y yo la creería.
Esa palabra no la pronunció la joven.
El barón atravesó deprisa la habitación, volvió sobre sus pasos, comenzó de nuevo el paseo y, al fin, dirigiéndose a Sholmes, dijo:
–¡Pues bien: no, señor! ¡No puedo admitir que esto sea verdad! ¡Existen delitos imposibles! ¡Y éste está en oposición con todo lo que yo sé, con todo lo que veo desde hace un año! – Puso la mano sobre el hombro del inglés-. Pero usted mismo, señor, ¿está absoluta y definitivamente seguro de que no se equivoca?
Sholmes vaciló, como un hombre al que atacan de improviso y no tiene preparada la respuesta. Sin embargo, sonrió, y dijo:
–Sólo la persona a quien acuso podía saber, por la situación que ocupa en la casa, que la lámpara judía contenía esta magnífica alhaja.
–No quiero creerlo -murmuró el barón.
–Pregúntele.
En efecto, era lo único que él no habría intentado, por la ciega confianza que le inspiraba la joven. Pero ya no le estaba permitido sustraerse a la evidencia.
Se acercó a Alice y, con sus ojos fijos en los de la muchacha, le preguntó:
–¿Fue usted, señorita? ¿Fue usted quien robó la joya? ¿Fue usted quien se escribía con Arsenio Lupin y simuló el robo?
La joven respondió:
–Fui yo, señor.
No bajó la cabeza. Su cara no expresó vergüenza ni dolor.
–¿Es posible…? – murmuró el barón-. Jamás lo hubiese creído… Usted es la última persona de quien yo hubiera sospechado… ¿Cómo lo hizo, desdichada?
Ella respondió:
–Hice lo que el señor Sholmes ha contado. La noche del sábado al domingo bajé a este boudoir, cogí la lámpara y, a la mañana siguiente, se la llevé a ese… hombre.
–No, lo que usted pretende es inadmisible -objetó el señor d'Imblevalle.
–¿Inadmisible? ¿Por qué?
–Porque a la mañana siguiente encontré corrido el cerrojo de la puerta de esta salón.
La joven enrojeció, perdió su aplomo y miró a Sholmes como si le pidiera consejo.
Sholmes pareció herido, más que por la objeción del barón, por el desasosiego de Alice Demun. ¿No tenía, pues, nada que responder? ¿Las confesiones, que consagraban la explicación que él, Sholmes, había elaborado sobre el robo de la lámpara judía, enmascaraban una mentira que destruía inmediatamente el examen de los hechos?
El barón continuó:
–Esta puerta estaba cerrada. Afirmo que encontré el cerrojo tal como lo dejé la noche anterior. Si usted hubiera pasado por esa puerta, como pretende, hubiese sido preciso que alguien le abriera desde dentro; es decir, desde nuestro boudoir o nuestro dormitorio. Ahora bien: en estas habitaciones no había nadie…, no había nadie más que mi esposa y yo.
Sholmes se agachó con viveza y se cubrió el rostro con sus dos finas manos a fin de ocultar su rubor. Algo parecido a una luz demasiado potente lo había alcanzado y permaneció aturdido, a disgusto. Todo se revelaba ante él como un paisaje oscuro de donde se hubiese retirado la noche súbitamente.
Alice Demun era inocente. Eso se le presentaba como una verdad cierta, cegadora, y al mismo tiempo era la explicación de esa especie de rechazo que él había experimentado desde el primer día a dirigir contra la joven la terrible acusación. Ahora lo veía claramente. Sabía. Un ademán, e inmediatamente se le ofrecería la prueba irrefutable.
Levantó la cabeza y, tras algunos segundos, volvió los ojos hacia la señora d'Imblevalle con tanta naturalidad como le fue posible.
Estaba pálida, con esa palidez exagerada que invade a las personas en las horas implacables de la vida. Sus manos, que se esforzaba por ocultar, temblaban imperceptiblemente.
«Un segundo más -pensó Sholmes- y se traicionará.»
Se colocó entre ella y su marido, con el deseo imperioso de apartar el terrible peligro que, por su culpa, amenazaba a esta mujer y a este hombre. Pero, a la vista del barón, se estremeció todo su ser. La misma y repentina revelación que le había anonadado con su claridad, iluminaba ahora al señor d'Imblevalle. El mismo proceso se operaba en el cerebro del marido. ¡Comprendía también! ¡Veía!
Desesperadamente, Alice Demun se alzó contra la implacable verdad:
–Tiene usted razón, señor. Estaba equivocada… En efecto, no entré por aquí. Pasé por el vestíbulo, bajé al jardín y utilizando una escalera…
Supremo esfuerzo de devoción… ¡Pero inútil! Las palabras sonaban a falsas. La voz era insegura, y la dulce criatura no tenía ya sus ojos límpidos ni su aire de sinceridad. Bajó la cabeza vencida.
El silencio fue atroz. La señora d'Imblevalle esperaba, lívida, suspendida por la angustia y el espanto. El barón parecía debatirse aún, como si no quisiera creer en el resquebrajamiento de su felicidad.
Al fin balbució:
–¡Habla! ¡Explícate!…
–No tengo nada que decir, querido -dijo en voz baja, con el rostro contraído por el dolor.
–Entonces…, la señorita…
–La señorita me salvó…, por devoción…, por afecto… Y se acusaba…
–¿De qué te salvó?… ¿De quién?
–De ese hombre.
–¿De Bresson?
–Sí. Era a mí a quien amenazaba… Le conocí en casa de una amiga, y fui tan loca que le escuché… ¡Oh, nada que tú no puedas perdonar!… Sin embargo, escribí dos cartas…, dos cartas que tú verás… Las rescaté…, ya sabes cómo… ¡Oh, ten piedad de mí!… ¡He sufrido tanto!…
–¡Tú! ¡Tú, Suzanne!
Con frases entrecortadas, Suzanne contó la desconsoladora y trivial aventura, su despertar asustada ante la infamia del personaje, sus remordimientos, su confusión, y habló también de la admirable conducta de Alice. La joven, adivinando la desesperación de su señora, le arrancó su confesión, escribió a Lupin y organizó esta historia del robo para salvarla de las garras de Bresson.
–Tú, Suzanne, tú… -repetía el señor d'Imblevalle, contraído, anonadado-. ¿Cómo pudiste…?
Aquel mismo día por la noche, el barco Villa de Londres, que hace el servicio entre Calais y Dover, se deslizaba lentamente por el mar inmóvil. La noche era oscura y tranquila. Espesas nubes se adivinaban por encima del barco y, rodeándolo, ligeras brumas lo separaban del espacio infinito, donde debía desparramarse la blancura de la luna y de las estrellas.
La mayoría de los pasajeros se había retirado a sus camarotes o refugiado en los salones. Sin embargo, algunos más intrépidos se paseaban por el puente o bien dormitaban en sillas extensibles, cubiertos con gruesas mantas. Aquí y allá se veía el resplandor de los cigarrillos y se oía, mezclado con el suave susurro de la brisa, el murmullo de voces que no se atrevían a alzarse en el gran silencio solemne.
Uno de los pasajeros, que deambulaba con paso regular a lo largo de la cubierta, se detuvo junto a una persona tendida en una silla, la observó y, como viera que se movía un poco, le dijo:
–Creía que dormía usted, señorita Alice.
–No, no, señor Sholmes. No tengo ganas de dormir. Meditaba.
–¿En qué? ¿Es indiscreto preguntárselo?
–Pensaba en la señora d'Imblevalle. ¡Debe de estar tan triste! Su vida está deshecha.
–No, no -dijo Sholmes-. Su error es de los que se perdonan. El señor d'Imblevalle olvidará esa debilidad. Ya cuando partimos la miraba con menos dureza.
–Tal vez, pero olvidarlo le llevará tiempo, y ella sufre.
–¿La quiere usted mucho?
–Mucho. Eso fue lo que me dio fuerzas para sonreír cuando temblaba de miedo; para mirarlo a usted cara a cara cuando hubiese querido bajar los ojos.
–¿Y se siente desgraciada por dejarla?
–Muy desgraciada. No tengo parientes ni amigos… No tenía a nadie más que a ella.
–Tendrá amigos. Se lo prometo -dijo el inglés, a quien esta pena le agobiaba-. Yo tengo amistades…, mucha influencia… Le aseguro que no lamentará usted su determinación.
–Quizá, pero si la señora d'Imblevalle no se hubiera quedado allí…
No cambiaron más palabras. Herlock Sholmes dio todavía dos o tres vueltas por la cubierta, para instalarse después junto a su compañera de viaje.
El telón de brumas se disipaba y las nubes parecían desprenderse del cielo. Las estrellas titilaban.
Sholmes sacó la pipa del fondo de su abrigo, la llenó y frotó sucesivamente cuatro fósforos sin lograr encenderlos. Como no tenía más, se levantó y le dijo al hombre que se encontraba sentado a algunos pasos:
–¿Quisiera darme fuego, por favor?
El hombre abrió una caja de fósforos de Bengala y encendió uno. Al fulgor de la llama, Sholmes vio a Arsenio Lupin.
Si no hubiera habido en el rostro del inglés un gesto imperceptible, Lupin hubiera supuesto que Sholmes conocía su presencia a bordo, tan dueño permaneció de sí y tan natural fue la forma en que tendió la mano a su adversario.
–¿Sigue usted bien, señor Lupin?
–¡Bravo! – exclamó Lupin, a quien tal dominio sobre sí mismo arrancó un grito de admiración.
–¿Bravo?… ¿Porqué?
–¿Cómo que por qué? Me ve reaparecer ante usted, como un fantasma, después de haber asistido a mi hundimiento en el Sena, y por orgullo, por un milagroso orgullo que yo calificaría de completamente británico, no hace un movimiento de estupor ni pronuncia una palabra de sorpresa… Palabra que es admirable, y repito: ¡bravo!
–No es admirable. Por su manera de caer del bote, me di perfecta cuenta de que caía por su gusto y que no había sido alcanzado por el disparo del sargento.
–¿Y se marchó usted sin saber qué sería de mí?
–¿Qué sería de usted? Lo sabía. Quinientas personas ocupaban las dos orillas del río a lo largo de un kilómetro. En cuanto escapase de la muerte, su captura era segura.
–Sin embargo, aquí me tiene.
–Señor Lupin, existen dos hombres en el mundo de los que nada puede extrañarme: el primero, yo; el segundo, usted.
La paz estaba firmada.
Aunque Sholmes no había triunfado en sus aventuras contra Arsenio Lupin; aunque éste continuaba siendo el enemigo excepcional que, en definitiva, es necesario renunciar a detener; a pesar de que en el transcurso de los encuentros conservaba siempre la superioridad, el inglés, por su formidable tenacidad, había encontrado la lámpara judía como había encontrado el brillante azul. Quizá esta vez el resultado hubiera sido menos brillante, sobre todo desde el punto de vista del público, puesto que Sholmes se vio obligado a callar las circunstancias en que fue descubierta la lámpara judía y a proclamar que ignoraba el nombre del culpable. Pero, de hombre a hombre, de Lupin a Sholmes, de policía a ladrón, no había, con toda equidad, ni vencedor ni vencido. Cada uno de ellos podía reclamar iguales victorias.
Hablaron, pues, como corteses adversarios que han depuesto sus armas y que se estiman en su justo valor.
A una pregunta de Sholmes, Lupin contó su evasión:
–Si es que a eso puede llamarse evasión -dijo-. ¡Fue tan sencillo! Mis amigos vigilaban, puesto que estábamos citados para pescar la lámpara judía. Así pues, tras permanecer una buena media hora debajo del bote, aproveché un instante en que Folefant y sus hombres buscaban mi cadáver a lo largo de las orillas y volví a subir a la quilla. Mis amigos no tuvieron más que recogerme al paso de su lancha motora y huir ante los ojos asombrados de quinientos curiosos, de Ganimard y de Folefant.
–¡Muy bonito! – exclamó Sholmes-. ¡Fácil victoria!… ¿Y ahora tiene usted negocios en Inglaterra?
–Sí…, algunos arreglos de cuentas… Me olvidaba: ¿y el señor d'Imblevalle?
–Lo sabe todo.
–¡Ah, querido maestro! ¿Qué le dije? El mal es irreparable ahora. ¿No habría sido mejor dejarme actuar sin obstáculos? Solamente un día o dos más, y le habría quitado a Bresson la lámpara judía y los demás objetos; se los habría devuelto a los d'Imblevalle, y esas dos buenas personas hubiesen acabado su existencia pacíficamente la una junto a la otra. En lugar de eso…
–En lugar de eso -se burló Sholmes-, he puesto las cartas boca arriba y llevado la discordia al seno de una familia a la que usted protegía.
–¡Sí, que yo protegía! ¿Es indispensable robar siempre, engañar y hacer daño?
–Entonces, ¿también hace usted el bien?
–Cuando tengo tiempo. Además, eso me divierte. Encuentro extraordinariamente gracioso que, en la aventura que nos ocupa, sea yo el genio del bien, que socorre y salva, y usted el genio del mal, que lleva la desesperación y las lágrimas.
–¡Las lágrimas! ¡Las lágrimas! – protestó el inglés.
–¡Claro que sí! El matrimonio d'Imblevalle está deshecho, y Alice Demun llora.
–Ella no podía quedarse allí… Ganimard habría terminado por desenmascararla… y, a través de ella, habría llegado hasta la señora d'Imblevalle.
–Estoy de acuerdo con usted, maestro. Pero ¿de quién es la culpa?
Dos hombres pasaron por delante de ellos. Sholmes dijo a Lupin, con voz cuyo timbre aparecía algo alterado:
–¿Sabe usted quiénes son esos caballeros?
–He creído reconocer en uno de ellos al capitán del barco.
–¿Y el otro?
–Lo ignoro.
–Es el señor Austin Gilet. Y el señor Austin Gilet ocupa en Inglaterra un cargo que corresponde al del señor Dudouis, el jefe de la Süreté francesa.
–¡Ah! ¡Qué suerte! ¿Sería usted tan amable de presentármelo? El señor Dudouis es uno de mis buenos amigos y me gustaría poder decir otro tanto del señor Austin Gilet.
Los dos caballeros volvieron.
–¿Y si yo le tomara la palabra, señor Lupin? – preguntó Sholmes, levantándose.
Había agarrado el puño de Arsenio Lupin y lo apretaba con mano de hierro.
–¿Por qué aprieta tan fuerte, maestro? Estoy dispuesto a seguirlo.
En efecto, se dejaba arrastrar sin la menor resistencia. Los dos caballeros se alejaban.
Sholmes redobló el paso. Sus uñas penetraban en la carne de Lupin.
–Vamos…, vamos -decía sordamente, con una especie de urgencia febril por terminar lo antes posible-. Vamos, más deprisa aún.
Pero se paró en seco: Alice Demun los seguía.
–¿Qué hace usted, señorita? ¡Es inútil!… ¡No venga!
Fue Lupin el que contestó:
–Le suplico que se dé cuenta, maestro, de que la señorita Demun no viene por su gusto. Yo le aprieto el puño con energía parecida a la que usted emplea conmigo.
–¿Por qué?
–¿Cómo? Porque quiero presentarla también. Su papel en el caso de la lámpara judía es aún más importante que el mío. Cómplice de Arsenio Lupin y cómplice de Bresson, ella deberá contar igualmente la aventura de la baronesa d'Imblevalle, la cual interesará prodigiosamente a la Justicia. Y usted tendrá la suerte de haber llevado su bienhechora intervención hasta el límite, generoso Sholmes.
El inglés soltó el puño de su prisionero. Lupin liberó a la señorita.
Permanecieron algunos segundos inmóviles, unos frente a otros. Luego, Sholmes fue de nuevo a su silla y se tendió. Lupin y la joven regresaron a sus respectivos asientos.
Un largo silencio les separó. Lupin dijo, al fin:
–Mire, maestro, hagamos lo que hagamos, no estaremos jamás en la misma orilla. Usted se halla a un lado de la fosa, y yo al otro. Podemos saludarnos, estrecharnos la mano, conversar un momento, pero la fosa siempre estará de por medio. Usted será siempre Herlock Sholmes, y yo, Arsenio Lupin, el ladrón. Y Herlock Sholmes obedecerá siempre, más o menos espontáneamente, con más o menos agrado, a su condición de detective, que es la de perseguir al ladrón y echarle el guante, si es posible. Y Arsenio Lupin, por su parte, siempre será consecuente con su espíritu de ladrón al evitar la garra del detective y al divertirse a costa de él, si puede. ¡Y esta vez ha podido! ¡Ja, ja, ja!…
Soltó la carcajada, una carcajada cruel, detestable…
Luego, serio de pronto, se inclinó hacia la joven:
–Esté segura, señorita, de que aun vencido no la hubiera traicionado nunca. Arsenio Lupin no traiciona jamás, sobre todo a los que quiere y admira. Y usted me permitirá decirle que quiero y admiro la valiente y encantadora criatura que es usted.
Sacó la cartera y de ella una tarjeta. La partió en dos, le dio a la muchacha la mitad y, con voz emocionada y respetuosa, le dijo:
–Si el señor Sholmes no logra sus propósitos, señorita, preséntese en casa de lady Strongborough (encontrará con gran facilidad su actual domicilio) y entréguele este trozo de tarjeta, añadiendo estas dos palabras: souvenir fidéle. Lady Strongborough la acogerá como a una hermana.
–Gracias -dijo la joven-. Iré mañana a casa de esta señora.
–Y ahora, maestro -exclamó Lupin con el tono satisfecho del hombre que ha cumplido con su deber-, le deseo muy buenas noches. Tenemos aún una hora de travesía. Voy a aprovecharla.
Se tendió cuan largo era en su silla extensible y cruzó las manos detrás de la nuca.
El cielo se había abierto ante la lucha. Alrededor de las estrellas y a ras del agua se extendía su radiante claridad. Flotaba en el mar, y la inmensidad, donde se disolvían las últimas nubes, parecía pertenecerle.
La línea de la costa se destacaba en el oscuro horizonte. Los pasajeros subían. La cubierta se llenó de gente. El señor Austin Gilet pasó acompañado de dos individuos, que Sholmes reconoció como agentes de la Policía inglesa. En su silla, Lupin dormía…
[1] La primera fue realizada por el inspector Ganimard en «La detención de Arsenio Lupin», en el volumen titulado: Arsenio Lupin, caballero ladrón.

Índice
LA DAMA RUBIA
GERBOIS
ARSENIO LUPIN»-
2
GANIMARD
ARSENIO LUPIN
3
HERLOCK SHOLMES
4
5
6
AQUÍ VIVIÓ, DURANTE CINCO AÑOS, AL PRINCIPIO DEL...
LA LÁMPARA JUDÍA
BARÓN VÍCTOR DIMBLEVALLE
HERLOCK SHOLMES – ARSENIO LUPIN
ARSENIO LUPIN
CDEHNOPRS-237
2
CDEHNOPRSEO – 237
-CDEHNOPRSEO – 237.

No hay comentarios:

Publicar un comentario