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miércoles, 5 de abril de 2017

Arsenio Lupin - 813 (Maurice Leblanc)

Arsenio Lupin - 813
Maurice Leblanc

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Sin duda, 813 es la novela en la que Arsenio Lupin alcanza una complejidad y riqueza que lo convierten en personaje literario de primera magnitud, desbordando los moldes que hasta su aparición habían tenido los grandes protagonistas del género.
En esta nueva entrega de la serie, Lupin es falsamente acusado de los que parece un asesinato perfecto, que en cualquier caso va más allá de la capacidad de la policía, y el únco modo que tendrá de demostrar su inocencia será poniéndose él mismo al frente de la investigación. Cómo lo conseguirá y cuáles son los objetivos finales de Lupin....
No por casualidad, la primera asociación europea de aficionados a la literatura policíaca lleva por nombre 813, un homenaje a la que es considerada por muchos como la mejor novela de Maurice Leblanc.

813

PRIMERA PARTE. LA DOBLE VIDA DE ARSENIO LUPIN.
CAPÍTULO UNO. UNA MATANZA
CAPÍTULO DOS. EL SEÑOR LENORMAND COMIENZA SUS OPERACIONES
CAPÍTULO TRES. EL PRÍNCIPE SERNINE SE PONE AL TRABAJO
CAPÍTULO CINCO. EL SEÑOR LENORMAND SUCUMBE
CAPÍTULO SEIS. PARBURY-RIBEIRA-ALTENHEIM
CAPÍTULO SIETE. LA LEVITA COLOR ACEITUNA
SEGUNDA PARTE. LOS TRES CRÍMENES DE ARSENIO LUPIN
CAPÍTULO UNO. EN EL PALACIO DE LA SANTÉ
CAPÍTULO DOS. UNA PÁGINA DE LA HISTORIA MODERNA
CAPÍTULO TRES. LA GRAN COMBINACIÓN DE LUPIN
CAPÍTULO CUATRO. CARLOMAGNO
CAPÍTULO CINCO. LAS CARTAS DEL EMPERADOR
CAPÍTULO SEIS. LOS SIETE BANDIDOS
CAPÍTULO SIETE. EL HOMBRE NEGRO
CAPÍTULO OCHO. EL MAPA DE EUROPA
CAPÍTULO NUEVE. LA MUJER QUE MATA
EPÍLOGO. EL SUICIDIO
notes
813

Arsenio Lupin Nº5

Sin duda, 813 es la novela en la que Arsenio Lupin alcanza una complejidad y riqueza que lo convierten en personaje literario de primera magnitud, desbordando los moldes que hasta su aparición habían tenido los grandes protagonistas del género.
En esta nueva entrega de la serie, Lupin es falsamente acusado de los que parece un asesinato perfecto, que en cualquier caso va más allá de la capacidad de la policía, y el únco modo que tendrá de demostrar su inocencia será poniéndose él mismo al frente de la investigación. Cómo lo conseguirá y cuáles son los objetivos finales de Lupin....
No por casualidad, la primera asociación europea de aficionados a la literatura policíaca lleva por nombre 813, un homenaje a la que es considerada por muchos como la mejor novela de Maurice Leblanc.



Título Original: 813
Traductor: Garza, Lorenzo
©1910, Leblanc, Maurice
©2007, Edhasa
Colección: Las aventuras de Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco, 5
ISBN: 9788435035651
Generado con: QualityEbook v0.37
813
Maurice Leblanc

Digitalización y corrección por Antiguo.

PRIMERA PARTE. LA DOBLE VIDA DE ARSENIO LUPIN.
CAPÍTULO UNO. UNA MATANZA


I

El señor Kesselbach se detuvo en seco en el umbral del salón, cogió del brazo a su secretario y murmuró con voz inquieta:
—Chapman, alguien ha penetrado aquí de nuevo.
—Vamos, vamos, señor —protestó el secretario—; usted mismo acaba de abrir la puerta de la antecámara y, mientras nosotros almorzábamos en el restaurante, la llave no ha salido de su bolsillo.
—Chapman, alguien ha penetrado aquí de nuevo —repitió el señor Kesselbach.
Y señaló a un saco de viaje que se encontraba sobre la chimenea.
Vea, la prueba está hecha. Ese saco estaba cerrado. Y ahora no lo está.
Chapman alegó:
—¿Está usted bien seguro de haberlo cerrado, señor? Además, ese saco no contenía sino objetos sin valor, cosas de tocador...
—No contiene más que eso porque yo retiré de él mi cartera antes de salir, por precaución..., sin lo cual... No, yo se lo digo, Chapman, alguien ha penetrado aquí mientras nosotros almorzábamos.
En la pared había un aparato telefónico. Descolgó el auricular, y dijo:
—Oiga... Es una llamada del señor Kesselbach..., del departamento cuatrocientos quince... Eso es... Señorita, tenga la bondad de pedir la Prefectura de Policía... El Servicio de Seguridad... Usted no necesita que yo le dé el número, ¿verdad? Bien; muchas gracias... Espero al aparato.
Un minuto más tarde proseguía:
—¿Oiga? ¿Oiga? Quisiera hablarle unas palabras al señor Lenormand, el jefe de Seguridad. Es de parte del señor Kesselbach... ¿Oiga? Pues sí, el jefe de Seguridad sabe de lo que se trata Telefoneo con autorización suya... ¡Ah! No está ahí... ¿Con quién tengo el honor de hablar? ¡Ah! Con el señor Gourel, inspector de Policía... Me parece, señor Gourel, que usted asistió ayer a mi entrevista con el señor Lenormand... Pues bien, señor, el mismo hecho se ha repetido hoy. Alguien ha penetrado en el departamento que yo ocupo. Y si usted viniera ahora mismo, quizá pudiera descubrir conforme a los indicios... ¿De aquí a una hora o dos? Perfectamente. Usted no tiene más que hacer que le indiquen el departamento cuatrocientos quince. Una vez más, muchas gracias.
De paso por París, Rodolfo Kesselbach, el rey de los diamantes, cual le llamaban —o, según otro sobrenombre, el Amo del Cabo—, hombre multimillonario (se calculaba su fortuna en más de cien millones), ocupaba desde hacía una semana, en el cuarto piso del Palace Hotel, el departamento 415, compuesto de tres habitaciones, de las cuales las dos más grandes a la derecha, el salón y el dormitorio principal, tenían vistas a la avenida, en tanto que la otra, a la izquierda, que utilizaba el secretario Chapman, daba a la calle Judée.
A continuación de esta estancia había reservadas otras cinco habitaciones, que debería ocupar la señora Kesselbach, quien saldría de Montecarlo, donde actualmente se encontraba, para reunirse a su marido, al primer aviso que éste le diera.
Durante unos minutos, Rodolfo Kesselbach se paseó por la estancia con aire preocupado. Era un hombre de elevada estatura, de rostro colorado, todavía joven y a quien los ojos soñadores, cuyo azul tierno se percibía a través de los lentes montados en oro, daban una expresión de dulzura y timidez, que contrastaba con la energía de la frente cuadrada y de la mandíbula ósea.
Se dirigió a la ventana. Estaba cerrada. Por lo demás, y de todos modos, ¿cómo hubiera podido nadie penetrar por allí? El balcón privado que rodeaba el departamento quedaba cortado a la derecha, y a la izquierda estaba separado por una pared divisoria de piedra de los balcones que daban a la calle Judée.
Pasó a su dormitorio. Éste no tenía ninguna comunicación con las habitaciones vecinas. Luego se dirigió a la habitación de su secretario. La puerta de ésta, que daba acceso a las cinco habitaciones reservadas para la señora Kesselbach, estaba cerrada y con el cerrojo echado.
—No comprendo nada, Chapman; ya van cinco veces que comprueba aquí cosas..., cosas extrañas, confesará usted. Ayer fue mi bastón lo que cambiaron de lugar... Anteayer, estoy seguro que alguien anduvo en mis papeles... Pero, no obstante, ¿cómo es posible todo eso?
—Es imposible, señor —manifestó Chapman, cuyo plácido rostro de hombre honrado no mostraba señal alguna de inquietud—. Usted supone y eso es todo..., usted no tiene ninguna prueba..., nada más que impresiones... Y, además, ¿qué?... En este departamento no se puede penetrar más que por la antecámara... Pero usted mandó hacer una llave especial el día de su llegada y sólo el criado de usted, Eduardo, tiene el doble de esa llave. ¿Tiene usted confianza en él?
—¡Caramba! Desde hace diez años está a mi servicio... Pero, además, Eduardo almuerza al mismo tiempo que nosotros, y eso es un error. En lo futuro solamente bajará después que nosotros hayamos regresado.
Chapman se encogió ligeramente de hombros. Decididamente, el Amo del Cabo se ponía un poco raro con sus temores sin explicación. ¿Qué riesgo puede correrse en un hotel cuando, sobre todo, no se lleva encima o no se guarda cerca de uno ningún valor ni ninguna suma importante de dinero?
Oyeron que se abría la puerta del vestíbulo. Eduardo.
El señor Kesselbach le llamó.
—¿Está usted de librea, Eduardo? ¡Ah! Muy bien. Yo no espero ninguna visita hoy, Eduardo..., o, más bien, sí, una visita, la del señor Gourel. De aquí a entonces permanezca en el vestíbulo y vigile la puerta. Nosotros, el señor Chapman y yo, vamos a trabajar en serio.
El trabajo en serio duró unos instantes, en el curso de los cuales el señor Kesselbach examinó su correo, leyó tres o cuatro cartas e indicó las respuestas que había que darles. Pero, de pronto, Chapman, que esperaba con la pluma en alto, se dio cuenta de que el señor Kesselbach pensaba en cosas muy distintas a su correo.
Tenía entre sus dedos, y lo contemplaba con la mayor atención, un alfiler negro doblado en forma de anzuelo.
—Chapman —dijo—. Vea usted lo que he encontrado sobre la mesa. Es evidente que esto significa alguna cosa..., este alfiler curvado. He aquí una prueba, un elemento de convicción. Y ya no puede usted pretender más que no ha penetrado nadie en este salón. Porque, en fin, este alfiler no ha llegado aquí por sí solo.
—En verdad que no —respondió el secretario—.Ha llegado aquí gracias a mí.
—¿Cómo es eso?
—Sí, es un alfiler con el que sujetaba mi corbata a mi cuello. Yo me lo quité anoche mientras usted leía y lo doblé maquinalmente.
El señor Kesselbach se levantó muy molesto, dio algunos pasos y se detuvo.
—Usted, Chapman, sin duda se ríe..., y tiene usted razón... No lo discuto, yo resulto más bien... un excéntrico desde mi último viaje a El Cabo. Es que..., bueno..., usted no sabe lo que hay de nuevo en mi vida..., un proyecto formidable..., una cosa enorme..., que yo no veo todavía sino entre la niebla del porvenir, pero que, no obstante, se diseña..., y que será colosal... ¡Ah! Chapman, usted no puede imaginarse. El dinero ya no me importa, tengo bastante..., tengo demasiado... Pero esto es más que el dinero, es el poderío, la fuerza, la autoridad. Si la realidad responde a lo que yo presiento, yo no seré solamente el Amo del Cabo, sino el amo también de los demás reinos... Rodolfo Kesselbach, el hijo del calderero de Augsburgo, podrá caminar al mismo nivel de muchas personas que hasta ahora lo trataron como a un inferior... Incluso podrá caminar por encima de ellos, Chapman, por encima de ellos, esté seguro..., y si alguna vez...
Se interrumpió. Miró a Chapman cual si lamentara haber hablado demasiado, pero, no obstante, arrastrado por aquel impulso de confidencias, concluyó:
—Usted comprende, Chapman, las razones de mi inquietud... Allá en el fondo del cerebro hay una idea de alto valor..., y esa idea la sospechan quizá... y se me espía..., tengo la convicción de ello...
Sonó el ruido de un timbre.
—El teléfono —dijo Chapman.
—Acaso, por casualidad —murmuró Kesselbalch—, será...
Tomó el auricular.
—¿Diga?... ¿De parte de quién? ¿El coronel?... ¡Ah! Sí, soy yo... ¿Hay novedades?... Magnífico... Entonces le espero a usted... ¿Usted vendrá con sus hombres? Magnífica... Oiga. No, no nos molestarán..., ya voy a dar las órdenes necesarias... ¿Entonces la cosa es tan grave?... Le repito que la consigna será formal..., mi secretario y mi criado guardarán la puerta y nadie entrará. Usted ya conoce el camino, ¿verdad? En consecuencia, no pierda ni un solo minuto.
Colgó el auricular, y seguidamente dijo:
—Chapman, van a venir dos señores... Sí, dos señores... Eduardo los hará entrar...
—Pero ¿y... el señor Gourel, el brigadier?...
—Ése llegará más tarde..., dentro de una hora... Y además, de todos modos, no hay obstáculo en que se vean unos y otros. Por tanto, que Eduardo vaya inmediatamente a la oficina del hotel y avise. Que digan que no estoy para nadie..., salvo para dos señores, el Coronel y su amigo, y para el señor Gourel. Que tomen nota de los nombres.
Chapman cumplimentó la orden. Cuando regresó de hacerlo, encontró al señor Kesselbach con un sobre en la mano, o más bien una pequeña bolsa de tafilete negro, y que, a juzgar por la apariencia, estaba sin duda vacía. El señor Kesselbach parecía dudar cual si no supiera qué hacer. ¿Iba a meterla en su bolsillo, o depositarla en algún otro lugar?
Por fin, se acercó a la chimenea y arrojó la bolsita de cuero dentro de su saco de viaje.
—Acabemos con el correo, Chapman. Disponemos de diez minutos. ¡Ah! Una carta de la señora Kesselbach. ¿Cómo es que usted no me lo indicó, Chapman? ¿No había usted reconocido acaso la letra?
No ocultaba la emoción que experimentaba en tocar y contemplar aquella hoja de papel que su esposa había tenido entre sus dedos y en la cual había vertido algo de sus pensamientos íntimos. Respiró el perfume que despedía, y luego de abrirla la leyó lentamente a media voz, por temor a que Chapman le oyera.
«Estoy un poco cansada..., no salgo de mi habitación..., me aburro... ¿Cuándo podré reunirme a ti? Tu telegrama será bien venido...»
—¿Telegrafió usted esta mañana, Chapman? Por tanto, la señora Kesselbach estará aquí mañana miércoles.
Parecía lleno de alegría, como si el peso de sus asuntos se hubiera súbitamente aligerado y cual si se hubiera visto libre de toda inquietud. Se frotó las manos y respiró largamente, como un hombre fuerte, seguro de triunfar; un hombre feliz que poseía la felicidad y que tenía talla suficiente para defenderse.
—Llaman, Chapman..., llamaron en el vestíbulo. Vaya a ver.
Pero entró Eduardo, y dijo.
—Dos caballeros preguntan por el señor. Son las personas...
—Ya sé. ¿Están en la antecámara?
—Sí, señor.
—Vuelva a cerrar la puerta de la antecámara y no abra más..., salvo cuando venga el señor Gourel, brigadier de Seguridad. Y usted, Chapman, vaya a buscar a esos señores y dígales que yo quisiera primeramente hablar con el Coronel..., con el Coronel a solas.
Eduardo y Chapman salieron, cerrando tras ellos la puerta del salón. Rodolfo Kesselbach se dirigió a la ventana y apoyó la frente contra el cristal de aquélla.
Afuera, por debajo de él, los coches de caballos y los automóviles rodaban en surcos paralelos que marcaba la doble línea de los andenes. El sol claro de primavera hacía chispear los metales y los barnices de los carruajes. En los árboles apuntaba el verdor, y los botones de los castaños comenzaban a desplegar sus pequeñas hojas nacientes.
—¿Qué diablos hará Chapman? —murmuró el señor Kesselbach—. Tanto tiempo ya lleva hablando...
Tomó un cigarrillo de encima de la mesa, y luego, cuando ya lo hubo encendido, le dio unas chupadas. Se le escapó un ligero grito. Cerca de él, en pie, se hallaba un hombre a quien no conocía en absoluto.
Dio un paso atrás.
—¿Quién es usted?
El individuo era un hombre correctamente vestido, más bien elegante, con el cabello y el bigote negros y unos ojos duros —sonrió maliciosamente.
—¿Que quién soy yo? Pues el Coronel...
—No, no, aquel a quien yo le llamo así, el que me escribe con su firma... convenida... no es usted.
—Sí, sí..., el otro no era sino... Pero vea usted, señor, todo eso no tiene ninguna importancia. Lo esencial es que yo sea... yo. Y yo le juro que lo soy.
—Pero, en suma, señor, ¿quién es usted?
—El Coronel..., hasta nueva orden.
Un miedo creciente invadía al señor Kesselbach. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué quería de él?
Llamó:
—¡Chapman!
—Qué idea más absurda llamar. ¿Acaso no le basta con mi compañía?
—Chapman —gritó de nuevo el señor Kessebach—. ¡Chapman! ¡Eduardo!
—¡Chapman! ¡Eduardo! —dijo a su vez el desconocido—. ¿Qué hacen ustedes, amigos míos? Les llaman aquí.
—Señor, le ruego, le ordeno que me deje pasar.
—Pero, querido señor, ¿quién se lo impide?
Y se apartó con toda corrección. El señor Kesselbach avanzó hasta la puerta, la abrió y bruscamente dio un salto atrás. Delante de aquella puerta había otro hombre empuñando una pistola.
Balbució:
—Eduardo... Chap...
No acabó de pronunciar la palabra. En un rincón de la antecámara había percibido, extendidos uno junto al otro, amordazados y amarrados con ligaduras, a su secretario y a su criado.
El señor Kesselbach, a pesar de su naturaleza inquieta e impresionable, era valiente, y esto y la sensación de un peligro evidente le devolvieron todo su ánimo y toda su energía.
Despacio, simulando el mayor espanto y estupor, retrocedió hacia la chimenea y se apoyó contra la pared. Su dedo buscaba el timbre eléctrico. Lo encontró y apretó largamente.
—¿Y después de esto? —le dijo el desconocido.
Sin responder, el señor Kesselbach continuó apretando el botón.
—¿Y después de esto? ¿Espera usted que vayan a venir, que todo el hotel se encuentra alarmado por que usted aprieta ese botón?... Pero, mi pobre señor, vuélvase usted y verá que el cordón eléctrico está cortado.
El señor Kesselbach se volvió vivamente, cual si quisiera darse cuenta, pero con un ademán rápido se apoderó de su saco de viaje, hundió en su interior la mano, sacó un revólver, apuntó hacia el hombre y tiró del gatillo.
—¡Caray! —exclamó el desconocido—. Entonces, ¿usted carga sus armas de aire y de silencio?
Una segunda vez el martillo del revólver chasqueó y luego una tercera. Pero no se produjo detonación alguna.
—Dispare todavía otras tres veces, Rey del Cabo. Yo no me quedaré satisfecho hasta que tenga seis balas en mi cuerpo. ¡Cómo! ¿Renuncia usted? Qué pena..., el cuadro era prometedor...
Echó mano a una silla por el respaldo, la hizo girar, se sentó en ella a horcajadas, y, mostrándole una butaca al señor Kesselbach, le dijo:
—Tómese usted entonces la molestia de sentarse, querido señor, y haga como si estuviera en su propia casa. ¿Un cigarrillo? Para mí, no. Yo prefiero los cigarros puros.
Había sobre la mesa una caja de ellos. Escogió un Upman dorado y bien hecho, lo encendió, e inclinándose dijo:
—Le doy a usted las gracias. Este cigarro es delicioso. Y ahora hablemos, ¿quiere usted?
Rodolfo Kesselbach escuchaba estupefacto. ¿Quién era ese extraño personaje? Viéndole tan impasible, sin embargo, y tan locuaz, se tranquilizó poco a poco y comenzó a creer que la situación podría desenlazarse sin violencias ni brutalidad. Sacó de su bolsillo una cartera, la desplegó, mostró un respetable paquete de billetes de Banco, y preguntó:
—¿Cuánto?
El otro miró con aire aturdido como si le costara trabajo comprender. Luego, al cabo de unos instantes, llamó:
—¡Marcos!
El hombre que empuñaba la pistola se acercó.
—Marcos, este señor tiene la gentileza de ofrecerte esos trapitos para tu amiguita. Acéptalos, Marcos.
Siempre empuñando la pistola con la mano derecha, Marcos tendió la mano izquierda, recogió los billetes y se alejó.
—Una vez resuelta esta cuestión conforme a sus deseos —prosiguió el desconocido—, vamos ahora al objeto de mi visita. Yo seré breve y preciso. Ante todo, se trata de una bolsita de tafilete negro que lleva usted generalmente encima Después, una cajita de ébano que, ayer todavía, se encontraba en el saco de viaje. Procedamos por orden. ¿La bolsita de tafilete?
—Quemada.
El desconocido frunció el entrecejo. Debió experimentar la visión de las buenas épocas en que había medios perentorios para hacer hablar a aquellos que se negaban a hacerlo.
—Sea. Ya veremos eso. ¿Y la cajita de ébano?
—Quemada.
—¡Ah! —gruñó el desconocido—. Usted se está burlando de mí, magnífico señor.
—Ayer, Rodolfo Kesselbach, entró usted en el Crédit Lyonnais, en el bulevar de los Italianos, llevando disimulado un paquete debajo de su abrigo. Usted alquiló allí una caja fuerte..., seamos exactos: la caja número dieciséis, en la bóveda nueve. Después de haber firmado y pagado, usted bajó al subterráneo, y cuando volvió arriba ya no llevaba el paquete. ¿Es exacto?
—Absolutamente.
—Entonces la cajita y la bolsita están en el Crédit Lyonnais.
—No.
—Déme usted la llave de su caja fuerte.
—No.
—¡Marcos!
Marcos acudió.
—Anda, Marcos. Aplícale el nudo cuádruple.
Antes de que siquiera tuviese tiempo de ponerse a la defensiva, Rodolfo Kesselbach se vio envuelto en un juego de cuerdas que le martirizaban las carnes apenas intentaba debatirse. Sus brazos quedaron inmovilizados a su espalda, su busto amarrado a la butaca y sus piernas rodeadas de bandas como las de una momia.
—Regístrale, Marcos.
Marcos le registró. Dos minutos después, le entregaba a su jefe una pequeña llave plana, niquelada que llevaba los números 16 y 9.
—Excelente. ¿No encontraste la bolsita de tafilete?
—No, patrón.
—Está en la caja fuerte. Señor Kesselbach, tenga la bondad de decirme la clave secreta de la caja.
—No.
—¿Se niega usted?
—Sí.
—¡Marcos!
—Diga, patrón.
—Aplícale el cañón de tu pistola en la sien a este señor.
—Ya está.
—Apoya tu dedo sobre el gatillo.
—Ya está.
—Y bien, mi viejo Kesselbach: ¿estás decidido a hablar o no?
—No.
—Tienes diez segundos, ni uno más. Marcos.
—Diga, patrón.
—Dentro de diez segundos le volarás la tapa de los sesos a este señor.
—Entendido.
—Kesselbach, ya cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...
Rodolfo Kesselbach hizo una seña.
—¿Quieres hablar?
—Sí.
—Ya era hora. Vamos, la clave..., la clave de la cerradura...
—Dolor.
—Dolor... Dolor... ¿La señora Kesselbach no se llama Dolores? Queridita..., vaya... Marcos, tú vas a hacer lo que ya hemos convenido... Y no me cometas ni un error, ¿eh? Te lo repito: irás a reunirte con Jerónimo en la oficina que tú sabes, le entregarás la llave y le dirás la palabra clave: Dolor. Iréis juntos al Crédit Lyonnais. Jerónimo entrará solo, firmará el registro de identidad, bajará a los subterráneos y traerá todo lo que encuentre en la caja fuerte. ¿Comprendido?
—Sí, patrón. Pero si por casualidad la caja no se abre, si la palabra clave «Dolor»...
—Silencio, Marcos. En el Crédit Lyonnais tú dejarás a Jerónimo, regresarás a tu casa y me telefonearás el resultado de la operación. Si por casualidad la clave «Dolor» no abre la caja, entonces mi amigo Kesselbach y yo tendremos una pequeña conversación suprema. Kesselbach, ¿estás seguro de no haberte equivocado en absoluto?
—Sí.
—Entonces es que das por descontada la inutilidad de la pesquisa. Ya veremos eso. Marcos, ahora vete volando.
—¿Y usted, patrón?
—Yo me quedo aquí. ¡Oh! No temas nada. Jamás he corrido menos peligro. ¿Verdad, Kesselbach? ¿La consigna es formal?
—Sí.
—¡Diablo! Me dices eso con un aire muy apurado. ¿Es que estás tratando de ganar tiempo? ¿Entonces yo sería cogido en la trampa como un idiota?...
Reflexionó, miró a su prisionero y concluyó:
—No..., eso no es posible..., nadie nos interrumpirá...
No había acabado de pronunciar esas palabras cuando la campanilla del vestíbulo sonó. Violentamente aplicó su mano sobre la boca de Rodolfo Kesselbach.
—¡Ah! Viejo zorro. Tú esperabas a alguien.
Los ojos del cautivo brillaron de esperanza.
Se le oyó reír socarronamente bajo la mano que lo asfixiaba. El desconocido se estremeció de rabia.
—Cállate..., si no, te estrangulo... Oye, Marcos, amordázalo. Anda rápido... Bueno.
Volvió a sonar la campanilla. El desconocido, fingiendo ser Rodolfo Kesselbach y cual si allí estuviera el criado Eduardo, gritó:
—Eduardo, abre la puerta.
Luego pasó silenciosamente al vestíbulo, y en voz baja, señalando al secretario y al criado, dijo:
—Marcos, ayúdame a llevar a éstos dentro del dormitorio..., allí..., de modo que no pueda vérseles.
Él alzó al secretario y Marcos cargó con el criado.
—Bueno, ahora vuelve al salón.
Siguió detrás de Marcos, pasando de nuevo por el vestíbulo, y dijo en voz muy alta y con un tono sorprendido:
—Pero su criado no está, señor Kesselbach... No, no se moleste usted..., termine su carta... Yo mismo iré a abrir...
Y tranquilamente abrió la puerta de entrada.
—¿El señor Kesselbach? —le preguntaron.
Se encontró de cara a una especie de coloso, con rostro alargado y alegre, y los ojos vivos, que se balanceaban de una pierna a la otra y retorcía entre sus dedos los bordes del ala de su sombrero. Respondió:
—Sí, es aquí. ¿A quién debo anunciar?
—El señor Kesselbach ha telefoneado..., me espera...
—¡Ah! Es usted... Voy a avisarle. ¿Tiene la bondad de esperar unos segundos?... El señor Kesselbach le va a hablar a usted...
Tuvo la audacia de dejar al visitante en el umbral de la puerta de la antecámara, en un lugar desde el cual podía verse por la puerta abierta una parte del salón. Y lentamente, sin siquiera volverse, regresó al salón, y se reunió a su cómplice junto al señor Kesselbach y le dijo:
—Estamos atrapados. Es Gourel, de la Seguridad...
El otro empuñó su cuchillo. Él le sujetó el brazo.
—No hagas tonterías. Tengo una idea. Pero, por Dios, compréndeme bien, Marcos, y habla cuando te corresponda... habla como si tú fueras Kesselbach..., ¿entiendes, Marcos? Tú eres Kesselbach.
Hablaba con tamaña sangre fría y una autoridad tan importante, que Marcos comprendió, sin más explicaciones, que debía representar el papel de Kesselbach, y entonces, de modo que pudiera ser bien oído, dijo:
—Perdóneme, querido. Dígale al señor Gourel que lo siento infinito, pero que tengo un trabajo extraordinario... Que lo recibiré mañana por la mañana a las nueve..., sí..., a las nueve exactamente.
—Muy bien —replicó el otro—. No se mueva usted.
Regresó a la antecámara, donde Gourel esperaba. Y le dijo:
—El señor Kesselbach le pide mil perdones. Está terminando un trabajo importante. ¿Puede usted venir mañana por la mañana a las nueve?
Se produjo un silencio, Gourel parecía sorprendido y un tanto inquieto. En el fondo de su bolsillo su mano se crispó. Un solo indicio o un gesto equívoco y lanzaría un golpe.
Por fin, Gourel dijo:
—Sea... Mañana a las nueve... Pero de todos modos... Bien, sí, a las nueve estaré aquí...
Y volviendo a ponerse el sombrero se alejó por el pasillo del hotel. Marcos, en el salón, rompió a reír.
—¡Qué bueno ha estado usted, patrón! ¡Cómo se la ha jugado!
—Apúrate, Marcos, tienes que salir disparado. Si él sale del hotel, despréndete de él; ve al encuentro de Jerónimo, cual está convenido..., y telefonéame.
Marcos se fue rápidamente.
Entonces el desconocido tomó una garrafa de agua que estaba sobre la chimenea, se sirvió un vaso grande y la bebió de un trago; mojó su pañuelo y se lo pasó por la frente cubierta de sudor; luego se sentó cerca de su prisionero y le dijo con afectada delicadeza:
—Es preciso que yo tenga el honor de presentarme a usted, señor Kesselbach.
Y sacando una tarjeta del bolsillo anunció:
—Arsenio Lupin, el caballero ladrón.

II

El nombre del célebre aventurero pareció causarle al señor Kesselbach la mejor de las impresiones. Lupin no dejó de observarlo así, y exclamó:
—¡Ah! ¡Ah! ¡Querido señor, usted respira! Arsenio Lupin es un ladrón delicado a quien la sangre le repugna y que no ha cometido jamás otro crimen que el de apropiarse de los bienes ajenos..., un pecadillo nada más, ¿verdad?, y usted está diciéndose que él no echará sobre su conciencia un asesinato inútil. De acuerdo... Pero ¿la supresión de la vida de usted será inútil? Todo está en eso. En este momento yo le juro que no bromeo. Vamos, camarada.
Acercó su silla a la butaca, le sacó la mordaza al prisionero y claramente dijo:
—Señor Kesselbach: el mismo día de tu llegada a París, tú entraste en relación con un individuo llamado Barbareux, director de una agencia de informaciones confidenciales, y como actuabas a espaldas de tu secretario, Chapman, el señor Barbareux cuando se comunicaba contigo por carta o por teléfono se llamaba el Coronel. Me apresuro a decirte que Barbareux es el hombre más honrado del mundo. Pero yo tengo la suerte de contar a uno de los empleados entre mis mejores amigos. Y es así como yo he averiguado el motivo de tu gestión cerca de Barbareux, y así también como fui inducido a ocuparme de ti y a hacerte, gracias a mis llaves falsas, algunas visitas domiciliarias..., en el curso de las cuales..., por desgracia..., no encontré lo que yo quería.
Bajó la voz y, clavando sus ojos en los del prisionero, escudriñó su mirada, buscando su oscuro pensamiento, y dijo:
—Señor Kesselbach: tú has encargado a Barbareux que descubra en los bajos fondos de París a un hombre que lleve, o haya llevado, el nombre de Pedro Leduc, cuyas señas, en resumen, son éstas: estatura, un metro setenta y cinco, rubio y con bigote. Señas particulares: a consecuencia de una herida, la punta del dedo meñique de la mano izquierda quedó seccionada. Además, tiene una cicatriz ya casi borrada en la mejilla derecha. Tú pareces atribuirle al descubrimiento de ese hombre una enorme importancia, cual si de ella pudieran resultar para ti ventajas considerables. ¿Quién es ese hombre?
—No lo sé.
La respuesta fue categórica, absoluta ¿Lo sabía o no lo sabía? Poco importaba. Lo esencial es que estaba decidido a no hablar en modo alguno.
—Sea —dijo su adversario—. Pero ¿tienes sobre él informes más detallados que los que le has proporcionado a Barbareux?
—Ninguno.
—Mientes, señor Kesselbach. Dos veces delante de Barbareux has consultado papeles encerrados en la bolsa de tafilete.
—En efecto.
—¿Entonces esa bolsa dónde está?
—Quemada.
Lupin tembló de ira. Evidentemente, la idea de la tortura y de las facilidades que proporcionaba cruzó de nuevo por su cerebro.
—¿Quemada? ¿Y la cajita..., confiésalo ya..., confiesas que se encuentra en el Crédit Lyonnais?
—Sí.
—¿Y qué es lo que contiene?
—Los doscientos diamantes más hermosos de mi colección particular.
Esta afirmación pareció no desagradar al aventurero.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Los doscientos diamantes más hermosos! Pero, dime, eso es una fortuna... Sí, eso te hará sonreír... Para ti es una bagatela. Y tu secreto vale más que eso... Para ti sí... Pero ¿para mí?...
Tomó un cigarrillo, encendió una cerilla que dejó apagar maquinalmente y permaneció por algún tiempo pensativo e inmóvil.
Los minutos pasaban.
De pronto se echó a reír.
—¿Tú tienes la esperanza de que la misión fracasará y que no lograrán abrir la caja fuerte? Es posible, amigo mío. Pero entonces tendrás que pagarme mis molestias. No he venido aquí para verte la cara que pones sentado en esa butaca... Los diamantes, pues diamantes los hay... O si no, la bolsa de tafilete... Ya tienes planteado el dilema...
Consultó su reloj.
—¡Media hora!... ¡Diablos!... El Destino se hace tirar de la oreja... Pero no te rías, señor Kesselbach. Palabra de hombre que no me iré con las manos vacías... Al fin...
Era el timbre del teléfono que sonaba. Lupin tomó el auricular vivamente, y cambiando el tono de su voz e imitando las entonaciones duras de su prisionero dijo:
—Sí. Soy yo, Rodolfo Kesselbach... ¡Ah! Muy bien, señorita, póngame usted esa comunicación... ¿Eres tú Marcos?... Perfectamente... ¿Entonces todo salió bien?... ¿No hubo dificultades?... Mis felicitaciones... para el niño... Entonces ¿qué es lo que habéis recogido? ¡Ah! ¿La caja de ébano? ¿Ninguna otra cosa? ¿Ningún papel?... ¡Vaya, vaya!... Y en la caja ¿qué había?... ¿Son hermosos esos diamantes?... ¡Magnífico, magnífico!... Un momento, Marcos, déjame reflexionar... todo eso, sabes... Si te dijera mi opinión... Espera, no te muevas..., quédate al aparato...
Y volviéndose prosiguió:
—Señor Kesselbach: ¿te interesan esos diamantes?
—Sí.
—¿Me los comprarías?
—Quizá.
—¿Cuánto? ¿Quinientos mil?
—Quinientos mil... sí...
—Solamente que... hay un problema... ¿Cómo haremos el cambio? ¿Un cheque? No, tú me la jugarías..., o te la jugaría yo a ti... Escucha, pasado mañana por la mañana en el Crédit Lyonnais, recoges tus quinientos mil en billetes y te vas a pasear al Bosque de Bolonia, cerca de Anteuil... Yo llevaré los diamantes... En una bolsa, es más cómodo... La cajita se ve demasiado...
Kesselbach experimentó un sobresalto y replicó:
—No..., no... La cajita también... Yo quiero todo...
—¡Ah! —dijo Lupin rompiendo a reír—. Caíste en la red... Los diamantes no te importan..., ésos se sustituyen... Pero la cajita, ésa te importa tanto como tu propia piel... Pues bien, tendrás tu cajita... Palabra de Arsenio Lupin... La tendrás mañana por la mañana, enviada por paquete postal.
Volvió a tomar el auricular:
—¡Marcos! ¿Tienes la caja a la vista?... ¿Qué tiene de particular?... Es de ébano incrustada de marfil... Sí, eso ya lo sé..., de estilo japonés del suburbio de Saint-Antoine... ¿No tiene ninguna marca? ¡Ah! Una pequeña etiqueta redonda, bordeada de azul y que tiene un número..., sí..., una indicación comercial de ninguna importancia Y la parte inferior de la caja es gruesa... Escucha, Marcos, examina las incrustaciones de marfil en la parte superior..., o más bien no, examina la tapa...
Resplandeció de alegría
—¡La tapa! Eso es, Marcos. Kesselbach ha guiñado un ojo... ¡Estamos ardiendo!... ¡Ah! Mi querido Kesselbach, no estabas viendo que yo te hacía un guiño... ¡Qué torpe eres!
Y volviendo a hablarle a Marcos continuó:
—¡Bien! ¿Qué estás haciendo? ¿Un espejo en el interior de la tapa?... ¿Se corre ese espejo?... ¿Tiene ranuras?... No..., pues bien: rómpelo... Sí, Te digo que lo rompas... Ese espejo no tiene ninguna razón de estar colocado ahí... Ha sido puesto después de comprar la caja...
Se impacientó:
—Pero, imbécil..., no te metas en lo que no te importa... Obedece.
Debió de escuchar a través del hilo telefónico el ruido que hacía Marcos para romper la tapa de la caja, pues exclamó triunfante:
—¿Qué es lo que yo decía, señor Kesselbach, que la caza iba a ser buena?... ¿Oye? ¿Ya está? ¿Y qué?... ¿Una carta? ¡Victoria! ¡Todos los diamantes de El Cabo y el secreto de este hombre!
Descolgó el segundo auricular, aplicó cuidadosamente las placas a sus oídos y continuó:
—Lee, Marcos, lee despacio... Primero el sobre... Bueno... Ahora repite.
Y él mismo fue repitiendo a su vez.
—Copia de la carta contenida en la bolsita de tafilete negro. ¿Y después? Rasga el sobre, Marcos. ¿Lo permite usted, señor Kesselbach? Esto no es muy correcto, pero, en fin... Anda, Marcos, el señor Kesselbach te autoriza. ¿Ya está? Bueno, lee.
Escuchó, y luego, sonriendo maliciosamente, agregó:
—¡Caray! Eso no es deslumbrador. Veamos en resumen: una simple hoja de papel plegada en cuatro, y los pliegues parecen nuevos... Bien... En lo alto y a la derecha de esa hoja estas palabras: un metro setenta y cinco, él dedo meñique cortado, etcétera... Sí, son las señas del señor Pedro Leduc. Y ésa es la escritura de Kesselbach, ¿verdad?... Muy bien... Y en medio de la hoja esta palabra escrita en letra de imprenta con mayúsculas: APOON. Marcos, hijo mío, deja en paz el papel y no toques la caja ni los diamantes. Dentro de diez minutos habré acabado con mi hombre. Dentro de veinte minutos estaré contigo... ¡Ah! A propósito, ¿me has enviado el auto? Magnífico. Hasta luego.
Puso los auriculares en su sitio, pasó al vestíbulo, luego al dormitorio, comprobó que el secretario y el criado no habían aflojados sus ligaduras y que, por lo demás, no corrían el riesgo de asfixiarse a causa de sus mordazas, y después regresó junto a su prisionero.
Lupin tenía una expresión resuelta e implacable. Dijo:
—Se acabó la risa, Kesselbach. Si no hablas, tanto peor para ti. ¿Estás decidido?
—¿A qué?
—Nada de tonterías. Di lo que sabes.
—Yo no sé nada.
—Mientes. ¿Qué significa esa palabra apoon?
—Si yo lo supiera no la hubiera escrito allí.
—Sea; pero ¿con qué se relaciona? ¿De dónde la copiaste? ¿De dónde sacaste esa palabra?
El señor Kesselbach no respondió.
Lupin, más nervioso, más implacable, continuó:
—Escucha, Kesselbach: te voy a hacer una proposición. Por muy rico y por muy gran señor que seas, no hay entre tú y yo una diferencia tan grande. El hijo del calderero de Augsburgo y Arsenio Lupin, principe de los ladrones, pueden ponerse de acuerdo sin motivo de vergüenza ni para el uno ni para el otro. Yo robo en los departamentos; tú robas en la Bolsa. Todo eso es lo mismo. Entonces, escucha, Kesselbach. Asociémonos en este negocio. Yo necesito de ti porque ignoro de qué se trata. Y tú necesitas de mí porque tú solo no conseguirás el éxito en él. Barbareux es una nulidad. Yo soy Lupin. ¿Te agrada?
Hubo un silencio, y luego Lupin, con voz temblona, añadió:
—Responde, Kesselbach. ¿Te agrada? Si la respuesta es afirmativa, en cuarenta y ocho horas yo te encuentro a tu Pedro Leduc. Porque se trata en efecto de él, ¿verdad? Ése es el asunto. Pero ¡responde! ¿Qué es ese individuo? ¿Por qué lo buscas? ¿Qué sabes de él?
Se calmó súbitamente, colocó la mano sobre el hombro del alemán y con tono seco añadió:
—Solamente una palabra: ¿sí... o no?
—No.
Sacó del bolsillo del chaleco de Kesselbach un magnífico reloj de oro y lo colocó sobre las rodillas del prisionero.
Luego desabrochó el chaleco de Kesselbach, le abrió la camisa, puso el pecho al desnudo, y empuñando un estilete de acero, con el mango niquelado de oro, que se encontraba cerca de él sobre la mesa, aplicó la punta en el lugar donde los latidos del corazón hacían palpitar la carne desnuda.
—Por última vez ¿sí o no?
—No.
—Señor Kesselbach, son las tres menos ocho minutos. Si dentro de ocho minutos no ha respondido, es usted hombre muerto.

III

Al día siguiente por la mañana, a la hora exacta que le había sido fijada, el brigadier Gourel se presentó en el Palace Hotel. Sin detenerse y desdeñando el ascensor subió a pie las escaleras. En el cuarto piso dobló a la derecha, siguió por el pasillo y al llegar frente a la puerta del departamento 415 llamó al timbre.
No se oía ruido alguno, y entonces volvió a llamar. Después de haberlo hecho una media docena de veces sin obtener respuesta, y ante lo infructuoso de sus intentos, se dirigió a la oficina del hotel correspondiente a aquel piso. Allí encontró a un mayordomo, al cual le preguntó:
—¿El señor Kesselbach, por favor? He llamado seis veces sin obtener respuesta.
—El señor Kesselbach no ha dormido en su departamento. Nosotros no lo hemos visto desde ayer por la tarde.
—Pero ¿y su criado y su secretario?
—Tampoco los hemos visto.
—¿Entonces, según eso, tampoco deben de haber dormido en el hotel?
—Tampoco, sin duda.
—¡Sin duda! Es que ustedes debieran tener la certidumbre.
—¿Por qué? El señor Kesselbach no está en realidad en el hotel, sino en su propia casa, pues se trata de su departamento particular. Nosotros no le prestamos servicio, sino que éste se lo presta su criado, y nosotros no sabemos nada de lo que ocurre dentro de su casa.
—En efecto..., en efecto...
Gourel se sentía muy turbado por aquella situación. Había ido allí siguiendo unas órdenes formales, con una misión precisa, dentro de los límites de la cual podía ejercitar su inteligencia. Pero más allá de esos límites no sabía en qué forma debía proceder.
—Si el jefe estuviera aquí... —murmuraba—. Si el jefe estuviera aquí...
Le mostró al mayordomo su tarjeta y le comunicó sus títulos. Luego, al azar, preguntó:
—¿Entonces usted no los ha visto entrar?
—No.
—Pero ¿usted sí los vio salir?
—Tampoco.
—En ese caso, ¿cómo sabe usted que salieron y están fuera?
—Por un señor que vino ayer por la tarde al cuatrocientos quince.
—¿Un señor de bigote negro?
—Sí. Lo encontré cuando se marchaba, a eso de las tres de la tarde. Y me dijo: «Las personas que se hospedan en el cuatrocientos quince acaban de salir. El señor Kesselbach dormirá esta noche en Versalles, en el Reservoirs, adonde pueden ustedes enviarle su correo.»
—Pero ¿quién era ese señor? ¿Con qué títulos hablaba de ese modo?
—Lo ignoro.
Gourel se sentía inquieto. Todo aquello le parecía harto extraño.
—¿Tiene usted la llave?
—No. El señor Kesselbach se ha mandado hacer llaves especiales.
—Vamos a ver.
Gourel llamó nuevamente en la puerta con furor. Pero nadie respondió. Se disponía ya a marcharse cuando de pronto se agachó y aplicó agudamente el oído contra el agujero de la cerradura.
—Escuche..., se diría que... Pero sí..., es muy claro..., quejidos..., lamentos...
Descargó sobre la puerta un violento puñetazo.
—Pero, señor, usted no tiene derecho...
—¿A qué no tengo derecho?
Descargó entonces nuevos golpes; pero todo ello tan en vano, que inmediatamente renunció a seguir.
—Rápido..., llame a un cerrajero.
Uno de los mozos del hotel se alejó corriendo. Gourel iba y venía, enardecido e indeciso. Los criados de los demás pisos formaban ya grupos. El personal de la oficina y el de la dirección fueron llegando. Gourel exclamó:
—Pero ¿por qué no hemos de entrar por las habitaciones contiguas? Éstas comunican con el departamento.
—Sí; pero las puertas de comunicación tienen todas el cerrojo corrido por ambos lados.
—Entonces voy a telefonear a la Dirección de Seguridad —dijo Gourel, para quien visiblemente no existía medio de resolver las cosas al margen de su jefe.
—Y a la Comisaría —observó alguien.
—Sí, si así les agrada a ustedes —respondió él con el tono de una persona a quien ese formalismo le importaba poco.
Cuando volvió de telefonear, el cerrajero estaba acabando de probar sus llaves. La última hizo funcionar la cerradura y Gourel penetró rápidamente en el departamento.
Corrió enseguida al lugar de donde procedían los gemidos, y allí se tropezó con los cuerpos del secretario Chapman y del criado Eduardo. Uno de ellos, Chapman, a fuerza de paciencia, había logrado aflojar un poco su mordaza y lanzaba pequeños gruñidos sordos. El otro parecía dormir.
Los libertaron de sus ligaduras, y Gourel preguntó inquieto:
—¿Y el señor Kesselbach?
Penetró en el salón. El señor Kesselbach estaba sentado y amarrado al respaldo de la butaca cerca de la mesa. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho.
—Está desvanecido —dijo Gourel, acercándose a él—. Ha debido de hacer esfuerzos tan grandes que lo dejaron extenuado.
Con rapidez cortó las cuerdas que lo sujetaban por los hombros. Como un bloque, el busto se desplomó hacia adelante. Gourel lo sujetó con todas sus fuerzas, pero retrocedió lanzando un grito de espanto:
—Pero ¡si está muerto! ¡Tóquenle las manos..., están heladas..., y mírenle a los ojos!...
Alguien dijo al azar.
—Una congestión, sin duda..., o una rotura de aneurisma...
—En efecto, no hay huellas de heridas..., ha sido una muerte natural...
El cadáver fue tendido sobre el canapé y desprendido de sus ropas. Pero enseguida sobre la blanca camisa aparecieron manchas rojas, y una vez que le fue sacada aquélla se descubrió que en el lugar correspondiente al corazón el pecho estaba perforado por una pequeña incisión de la cual corría un fino hilo de sangre.
Y sobre la camisa había sujeta con un alfiler una tarjeta.
Gourel se inclinó. Era la tarjeta de Arsenio Lupin, y aquélla, a su vez, estaba teñida de sangre.
Entonces Gourel se incorporó y con tono autoritario y brusco dijo:
—¡Un crimen!... ¡Arsenio Lupin!... Salgan de aquí... Salgan todos... Que no quede nadie en el salón ni en el dormitorio... ¡Que trasladen y atiendan a esos señores en otra habitación!... Salgan todos... Y que nadie toque nada... ¡El jefe va a venir!

IV

¡Arsenio Lupin!
Gourel repetía esas dos palabras fatídicas con un aire completamente petrificado. Y resonaban en él como dentro de una campana de vidrio. ¡Arsenio Lupin! ¡El rey de los bandidos! ¡El aventurero supremo! Pero, vamos, ¿era esto posible?
—No..., no..., pero no —murmuraba él—. Esto no es posible... porque ¡Arsenio Lupin ha muerto!
Sólo que..., ¿estaba verdaderamente muerto?
¡Arsenio Lupin!
En pie, cerca del cadáver, se mantenía con aire estúpido, aturdido, volviendo entre sus dedos una y otra vez la tarjeta con cierto temor, cual si acabara de recibir la provocación de un fantasma. ¡Arsenio Lupin! ¿Qué iba a hacer él? ¿Entablar la lucha valiéndose de sus propios recursos?... No, no... Valía más no actuar... Los errores serían inevitables si aceptara el desafío que le lanzaba tamaño adversario. Y, además, ¿acaso no iba a venir el jefe?
¡El jefe va a venir! Todo el estado de ánimo de Gourel se resumía en esa pequeña frase. Hábil y perseverante, lleno de valor y de experiencia, dotado de una fuerza hercúlea, era de aquellos que sólo avanzan cuando van dirigidos por otros y que no realizan jamás una buena actividad sino cuando les es ordenada.
¡Y en qué forma esa falta de iniciativa se había agravado desde que el señor Lenormand había pasado a ocupar el puesto del señor Dudouis al servicio de la Seguridad! ¡Aquel Lenormand era un jefe! ¡Con él se estaba seguro de ir siempre por el camino acertado! Tan seguro, que Gourel se paraba en seco desde el punto y hora que le faltaba impulso del jefe.
Pero ¡ahora el jefe iba a venir! Mirando a su reloj, Gourel calculaba la hora exacta en que llegaría. Todo a condición de que el comisario de Policía no se le adelantara y que el juez de instrucción, sin duda designado ya, o el médico forense, no vinieran a realizar inoportunas comprobaciones antes de que el jefe tuviera tiempo de grabar en su espíritu los puntos esenciales del suceso...
—Bueno, Gourel, ¿en qué estás soñando?
—¡El jefe!
El señor Lenormand era un hombre todavía joven si se consideraba la expresión de su rostro, en el cual los ojos brillaban detrás de los lentes; pero era casi un viejo si se observaba su espalda encorvada, su piel seca y como amarillenta, cerúlea; la barba y los cabellos grisáceos, y todo su aspecto quebradizo, titubeante y enfermizo.
Había pasado penosamente su vida en las colonias francesas como comisario del Gobierno, desempeñando los puestos más peligrosos. Había sufrido fiebres y conquistado a la par una indomable energía, a pesar de su debilidad física, así como también adquirido el hábito de vivir solo, de hablar poco y de actuar en silencio, y estaba dominado por una cierta misantropía; pero, de pronto, hacia la edad de cincuenta y cinco años, a consecuencia del famoso asunto de los tres españoles de Biskra, había alcanzado una notoriedad tan grande como justa. Con ello se reparaba la injusticia cometida con él, fue nombrado para Burdeos, después subjefe en París y luego, al morir el señor Dudouis, se le designó jefe de la Seguridad. Y en cada uno de esos cargos había demostrado una capacidad de inventiva tan curiosa en los procedimientos, provista de tales recursos y de cualidades tan novedosas y originales, y sobre todo había alcanzado resultados tan precisos en el desarrollo de los cuatro o cinco escándalos que habían apasionado a la opinión pública, que su nombre se ponía al mismo nivel de los más ilustres policías. Gourel, por su parte, no dudaba en absoluto. Favorito del jefe, que lo apreciaba por su candidez y por su obediencia pasiva, ponía al señor Lenormand por encima de todos. Era su ídolo, el dios que para él no se equivocaba nunca.
Ese día, el señor Lenormand parecía particularmente cansado. Se sentó con cierta laxitud, apartó los faldones de su levita..., célebre por su corte anticuado y por su color aceituna, se soltó la bufanda..., una bufanda color marrón igualmente famosa, y murmuró:
—Habla.
Gourel relató todo cuanto había visto y todo lo que había averiguado, y lo expuso en forma resumida, conforme a la costumbre que el jefe le había impuesto.
Pero cuando enseñó la tarjeta de Lupin, el señor Lenormand se estremeció.
—¡Lupin! —exclamó.
—Sí, Lupin. Aqui vuelve a salir del agua ese animal extraño.
—Tanto mejor, tanto mejor —dijo el señor Lenormand después de unos instantes de reflexión.
—Evidentemente, tanto mejor —replicó Gourel, que sentía un goce especial en comentar las palabras de su superior, al que solamente le reprochaba el ser excesivamente poco locuaz—. Tanto mejor, pues al fin usted va a medirse con un adversario digno de usted... Y Lupin se tropezará con su maestro... Lupin dejará de existir... Lupin...
—Investiga y busca —dijo el señor Lenormand, cortándole las palabras.
Fue algo semejante a la orden del cazador a su perro. Y de hecho fue en la forma que un buen perro, vivo, inteligente, huroneador como Gourel se puso a buscar bajo la mirada de su amo. Con la punta de su bastón, el señor Lenormand designaba tal rincón o cual butaca, lo mismo que el cazador le señala a su perro un matorral o una mata de hierba con una conciencia minuciosa.
—Nada —manifestó el brigadier.
—Nada para ti —gruñó el señor Lenormand.
—Eso es lo que yo quería decir... Ya sé que para usted hay cosas que hablarán como si fueran personas..., verdaderos testigos. Pero ello no impide que nos encontremos ante un crimen bella y completamente comprobado y cargado al activo del señor Lupin.
—El primero —observó el señor Lenormand.
—El primero, en efecto... Pero esto era inevitable. No se puede llevar esa vida sin que un día u otro sea obligado al crimen por las circunstancias. Seguramente que el señor Kesselbach se defendió...
—No, porque se encontraba atado.
—En efecto —confesó Gourel, desconcertado—. Y por ello resulta en extremo curioso... ¿Por qué matar a un adversario que ya no lo es?... Pero no importa. Si yo le hubiera echado mano al pescuezo ayer, cuando nos encontramos el uno cara al otro en el umbral del vestíbulo.
El señor Lenormand se dirigió al balcón. Luego visitó el dormitorio del señor Kesselbach, a la derecha, y comprobó los cierres de las ventanas y de las puertas.
—Las ventanas de esas dos habitaciones estaban cerradas cuando yo entré —afirmó Gourel.
—¿Cerradas del todo o sólo a medio cerrar?
—Nadie tocó aquí nada. Y están cerradas, jefe...
Un ruido de voces los atrajo al salón. Allí encontraron al médico forense que se disponía a examinar el cadáver, y al juez de instrucción, señor Formerie.
El señor Formerie exclamó:
—¡Arsenio Lupin! ¡Por fin una casualidad propicia me vuelve a poner frente a ese bandido! ¡Ese mozo va a ver con qué clase de madera yo me caliento!... Y esta vez se trata de un asesinato... ¡Ya nos veremos, maestro Lupin!
El señor Formerie no había olvidado la extraña aventura de la diadema de la princesa de Lamballe y la forma admirable en que Lupin se la había jugado a él algunos años antes. El asunto se recordaba como un caso célebre en el Palacio de Justicia y todavía era motivo de risas. Y en cuanto al señor Formerie, éste guardaba un justo sentimiento de rencor y el deseo de cobrarse una revancha aplastante.
—El crimen es evidente —manifestó el juez con el aire más convencido—. Y el móvil nos será fácil descubrirlo. Entonces todo va bien... Señor Lenormand, le saludo a usted... y me siento encantado.
Pero el señor Formerie no estaba en modo alguno encantado, pues, por el contrario, la presencia del señor Lenormand le agradaba muy poco, ya que el jefe de Seguridad no disimulaba en absoluto el desprecio que sentía hacia él. Por consiguiente, se irguió, y siempre solemne, dijo:
—¿Entonces, usted, doctor, calcula que la muerte ocurrió hace aproximadamente una docena de horas, quizá más?... Es lo que yo supongo... Estamos por completo de acuerdo... ¿Y el instrumento del crimen?
—Un cuchillo de hoja muy fina, señor juez de instrucción —respondió el médico—. Vea, la hoja del arma fue limpiada con el propio pañuelo del muerto...
—En efecto..., en efecto..., la huella es bien visible... Y ahora vamos a interrogar al secretario y al criado del señor Kesselbach. Y no dudo que su interrogatorio nos proporcionará algunas luces...
Chapman, a quien habían trasladado a su propia habitación, a la izquierda del salón, así como a Eduardo, estaba ya completamente repuesto de la terrible prueba a que había sido sometido. El secretario expuso con todo detalle los acontecimientos de la víspera, las inquietudes del señor Kesselbach, la visita anunciada por el pseudocoronel, y finalmente contó la agresión de que habían sido víctimas.
—¡Ah! ¡Ah! —exclamó el señor Formiere—. ¡Hay un cómplice! Y usted oyó su nombre... Marcos, dice usted... Esto es sumamente importante. Cuando nos hayamos apoderado del cómplice, la tarea habrá avanzado mucho...
—Sí, pero todavía no lo tenemos en nuestras manos —se arriesgó a decir el señor Lenormand.
—Eso vamos a verlo... Cada cosa a su tiempo. Y entonces, señor Chapman, cese Marcos se marchó inmediatamente después que llamó al timbre el señor Gourel?
—Sí, nosotros lo oímos marcharse.
—Y luego que él se fue ¿ustedes no oyeron nada más?
—Sí... De cuando en cuando oíamos algo, pero vagamente... La puerta estaba cerrada.
—¿Y qué clase de ruidos oían?
—Ruido de voces. El individuo...
—Llámele usted por su nombre: Arsenio Lupin.
—Arsenio Lupin debió de telefonear.
—Magnífico. Interrogaremos a la persona del hotel que está encargada del servicio de comunicaciones con la ciudad. ¿Y más tarde ustedes le oyeron salir a él también?
—Vino a comprobar si continuábamos amarrados, y un cuarto de hora después salió, cerrando detrás de él la puerta del vestíbulo.
—Sí, una vez que cometió su fechoría. Magnífico... Magnífico... Todo está eslabonado... ¿Y luego?
—Luego ya no oímos nada más... Transcurrió la noche..., el cansancio me adormeció..., e igualmente a Eduardo..., y no fue sino esta mañana...
—Sí..., ya sé... Entonces la cosa no va mal..., todo está eslabonado...
Y como si marcara cada una de las etapas de su investigación con el tono que hubiera marcado otras tantas victorias sobre el desconocido, murmuró pensativo:
—El cómplice..., el teléfono..., la hora del crimen..., los ruidos escuchados... Bien... Muy bien... Ahora nos queda por determinar el móvil del crimen. En este caso, como se trata de Lupin, el móvil está claro. Señor Lenormand, ¿usted no ha observado la menor huella de fractura?
—Ninguna.
—Entonces eso quiere decir que el robo se efectuó sobre la propia persona de la víctima. ¿Se ha encontrado su cartera?
—Yo la dejé en el bolsillo de su americana —respondió Gourel.
Pasaron todos al salón, donde el señor Formiere comprobó que la cartera no contenía más que tarjetas de visita y documentos de identidad.
—Es extraño. Señor Chapman, ¿no podría usted decirnos si el señor Kesselbach llevaba consigo alguna suma de dinero?
—Sí; la víspera, es decir, anteayer, lunes, fuimos al Crédit Lyonnais, donde el señor Kesselbach alquiló una caja fuerte...
—¿Una caja fuerte en el Crédit Lyonnais? Bien..., habrá que investigar por ese lado...
—Y antes de salir del Banco, el señor Kesselbach hizo que le abrieran una cuenta y se llevó cinco o seis mil francos en billetes.
—Magnífico..., eso nos aclara mucho.
Chapman prosiguió:
—Aún hay otro punto, señor juez de instrucción. El señor Kesselbach, desde hacía algunos días, estaba muy inquieto... Ya les he dicho la causa..., un proyecto al cual le atribuía una importancia extrema... El señor Kesselbach parecía interesadísimo, particularmente en dos cosas: primero, una cajita de ébano, y esa caja la dejó guardada en el Crédit Lyonnais, y segundo, una carterita de tafilete negro en la que guardaba algunos papeles.
—¿Y esa cartera?
—Antes de la llegada de Lupin la depositó delante de mí en ese saco de viaje.
El señor Formerie tomó el saco y rebuscó dentro. Pero allí no se encontraba la carterita. Se frotó las manos.
—¡Vamos! Todo se eslabona... Ya conocemos al culpable, las condiciones y el móvil del crimen. Este asunto no llevará largo tiempo. Estamos bien de acuerdo en todo, ¿verdad, señor Lenormand?
—En nada —replicó el interpelado.
Se produjeron unos instantes de estupefacción. Había llegado el comisario de Policía, y siguiendo detrás de él, a pesar de los agentes que guardaban la puerta, una multitud de periodistas y el personal del hotel habían forzado la entrada y se agrupaban en la antecámara.
Tan notoria fue la rudeza del señor Lenormand —rudeza que no estaba exenta de cierta grosería y que le había valido ya ciertas reprimendas en las alturas—, que su brusquedad desconcertó a todos. Y el señor Formerie pareció el más particularmente desconcertado. Dijo:
—Sin embargo, yo no veo nada en todo esto que no sea muy sencillo: Lupin es el ladrón...
—¿Por qué mató? —replicóle el señor Lenormand.
—Para robar.
—¡Perdón! El relato de los testigos prueba que el robo tuvo lugar antes del asesinato. El señor Kesselbach fue primeramente maniatado y amordazado, luego fue robado. ¿Por qué Lupin, que hasta ahora no ha cometido jamás ningún crimen, iba a matar a un hombre reducido a la impotencia y al cual ya había despojado?
El juez de instrucción se acarició sus largas patillas rubias con un gesto que le era familiar cuando un asunto le parecía no tener relación. Y con tono pensativo replicó:
—Para eso hay varias respuestas...
—¿Cuáles?
—Eso depende..., eso depende de un cúmulo de elementos todavía desconocidos... Y además, en todo caso, la objeción no tiene más valor que por la naturaleza de los motivos. Por lo demás, estamos de acuerdo.
—No.
De nuevo esta vez fue cortante, casi mal educado, al extremo que el juez, completamente desamparado, no se atrevió siquiera a protestar, y se quedó mudo frente a aquel extraño colaborador. Por fin, pudo articular estas palabras;
—Cada cual tiene su sistema. Yo siento curiosidad por conocer el de usted.
—Yo no lo tengo.
El jefe de seguridad se levantó de su asiento, dio algunos pasos a lo ancho del salón apoyándose en su bastón. En torno a él imperaba el silencio..., y resultaba bastante curioso el ver a aquel hombre viejo, debilucho y quebradizo dominar a los demás por la fuerza de una autoridad que todos sufrían, pero que, a pesar de ello, no aceptaban.
Después de un largo silencio, el señor Lenormand exclamó:
—Quisiera visitar las habitaciones contiguas a este departamento.
El director del hotel le mostró el plano de aquél. La habitación de la derecha, que era la del señor Kesselbach, no tenía ninguna otra salida más que el propio vestíbulo del departamento. Pero la habitación de la izquierda, la del secretario, comunicaba con otra.
—Visitémosla —dijo el jefe de Seguridad.
El señor Formerie no pudo menos de encogerse de hombros y murmurar: —Pero la puerta de comunicación tiene echado el cerrojo y la ventana está cerrada.
—Visitémosla —repitió el señor Lenormand.
Lo llevaron a aquella estancia, que era la primera de las cinco habitaciones reservadas para la señora Kesselbach. Después, a ruego suyo, fue llevado a las otras habitaciones que seguían. Todas las puertas de comunicación tenían echados los cerrojos por los dos lados.
Preguntó:
—¿Ninguna de estas habitaciones está ocupada?
—Ninguna.
—¿Y las llaves?
—Las llaves están siempre en la oficina del hotel.
—¿Entonces nadie podría introducirse?...
—Nadie, salvo el mozo del piso encargado de airear las habitaciones y de quitarles el polvo.
—Mándelo venir.
El mozo, llamado Gustavo Beudot, declaró que la víspera, según las órdenes que tenía, había cerrado las ventanas de las cinco habitaciones.
—¿A qué hora?
—A las seis de la tarde.
—¿Y usted no observó nada?
—No, nada
—¿Y esta mañana?
—Esta mañana abrí las ventanas a eso de las ocho.
—¿Y usted no encontró nada extraño?
—No, nada... ¡Ah! No obstante...
Dudaba en hablar. Fue apremiado a preguntas y acabó por confesar
—Pues bien: recogí cerca de la chimenea del cuatrocientos veinte una cigarrera... que yo pensaba entregar esta noche en la oficina del hotel.
—¿La tiene usted consigo?
—No, está en mi habitación. Es un estuche de acero bruñido. En un lado se mete tabaco y papel de cigarrillos, y en el otro, las cerillas. Tiene unas iniciales en oro... Una L y una M.
—¿Qué dice usted?
Fue Chapman quién, acercándose, formuló la pregunta Parecía muy sorprendido, e interpelando al criado, añadió:
—¿Un estuche de acero bruñido, dice usted?
—Sí.
—¿Con tres departamentos para el tabaco, el papel y las cerillas..., de tabaco ruso, no es eso?
—Sí.
—Vaya a buscarla... Quiero verla..., darme cuenta por mí mismo...
A una señal que le hizo el jefe de Seguridad, Gustavo Beudot se alejó. El señor Lenormand se había sentado, y con su aguda mirada observaba la alfombra, los muebles y las cortinas. Preguntó para informarse.
—¿Estamos efectivamente en el departamento cuatrocientos veinte?
—Sí.
El juez dijo con ironía:
—Yo quisiera saber qué relación establece usted entre este incidente y el drama. Cinco puertas cerradas nos separan de la habitación en la cual Kesselbach fue asesinado.
El señor Lenormand no se dignó responder.
Pasó el tiempo. Gustavo no regresaba
—¿Dónde duerme ese criado, señor director? —preguntó el jefe.
—En el sexto piso, que da hacia la calle de Judée, y, por lo tanto, encima de nosotros. Es extraño que no haya regresado todavía. —¿Quiere usted tener la bondad de mandar a alguien a buscarlo?
El director fue en persona, acompañado de Chapman. Minutos más tarde volvía solo, corriendo y con el rostro desencajado.
—¿Qué hay?
—Está muerto...
—¿Asesinado?
—Sí.
—¡Ah! ¡Rayos y truenos, son gentes de fuerza esos miserables! —gritó el señor Lenormand—. A toda prisa, Gourel, que cierren las puertas del hotel... Vigila las salidas... Y usted, señor director, llévenos a la habitación de Gustavo Beudot.
El director salió. Pero en el momento de abandonar la estancia, el señor Lenormand se agachó y recogió del suelo un pequeño círculo de papel sobre el cual ya sus ojos se habían fijado antes.
Era una etiqueta enmarcada en azul. Llevaba impresa la cifra 813. Contra toda eventualidad, la colocó en su cartera y luego fue a reunirse a las demás personas.

V

El cadáver tenía una delgada fisura entre los dos omóplatos... El médico declaró:
—Exactamente la misma herida que el señor Kesselbach.
—Sí —dijo el señor Lenormand—, es la misma mano la que ha golpeado y es la misma arma la que se ha utilizado.
Conforme a la posición del cadáver, el hombre había sido sorprendido cuando estaba de rodillas junto a su cama buscando bajo el colchón la cigarrera que allí había ocultado. El brazo se hallaba todavía extendido y aprisionado entre el colchón y el somier, pero la cigarrera no apareció.
—Es preciso que ese objeto fuese endemoniadamente comprometedor —insinuó el señor Formerie, que ya no osaba emitir opiniones demasiado contundentes.
—¡Caray! —replicó el jefe de Seguridad.
—Pero ya sabemos las iniciales: una L y una M. Y con esto, conforme a lo que el señor Chapman da la impresión de saber, estaremos fácilmente informados.
El señor Lenormand tuvo un sobresalto y preguntó:
—¡Chapman! ¿Dónde está Chapman?
Se le buscó en el pasillo entre los grupos de personas que allí se congregaban. Pero Chapman no estaba allí.
—El señor Chapman me había acompañado —dijo el director.
—Sí, sí, ya lo sé; pero no volvió a bajar con usted.
—No, yo le dejé junto al cadáver.
—¡Usted le dejó!... ¡Y solo!...
—Yo le dije: «Quédese aquí, no se mueva.»
—¿Y no había nadie más allá? ¿No vio a nadie?
—En el pasillo no.
—Pero y en las habitaciones vecinas..., o bien... en el recodo, ¿no se ocultaría nadie?
El señor Lenormand parecía muy agitado. Iba y venía y abría las puertas de las habitaciones. Y de pronto salió corriendo con una agilidad de la que no se le hubiera creído capaz.
Bajó corriendo los seis pisos, seguido de lejos por el juez de instrucción. Abajo encontró de nuevo a Gourel delante de la puerta.
—¿No salió nadie?
—Nadie.
—¿Y por la otra puerta..., la de la calle Orvieto?
—Allí puse de guardia a Dieuzy.
—¿Con órdenes rigurosas?
—Sí, jefe.
En el vasto vestíbulo del hotel la multitud formada por los huéspedes se apretujaba con inquietud, comentando las versiones más o menos exactas que les llegaban del crimen. Todos los criados, convocados por teléfono, iban llegando uno a uno. El señor Lenormand los interrogaba inmediatamente.
Ninguno de ellos pudo dar el menor informe. Pero una camarera del quinto piso que se presentó dijo que diez minutos antes aproximadamente se había cruzado con dos señores que bajaban por la escalera de servicio entre el quinto y el cuarto pisos.
—Bajaban muy rápidamente. El primero llevaba al otro de la mano. Me sorprendió el ver a esos dos hombres por la escalera de servicio.
—¿Podría usted reconocerlos?
—Al primero no. Volvió la cabeza al verme. Es delgado y rubio... Llevaba un sombrero blando negro..., y también ropas negras.
—¿Y el otro?
—El otro es un inglés de rostro grueso, todo afeitado y con un traje a cuadros. No llevaba nada en la cabeza.
Las señas se relacionaban con toda evidencia con Chapman. La mujer agregó:
—Tenía un aspecto..., un aspecto raro..., como si estuviera loco. La afirmación de Gourel no le bastó al señor Lenormand. Interrogó sucesivamente a los botones que estaban de servicio en las dos puertas.
—¿Conocía usted al señor Chapman?
—Sí, señor, siempre hablaba con nosotros.
—¿Y usted no lo vio salir?
—No. No salió esta mañana.
El señor Lenormand se volvió hacia el comisario de Policía y le dijo:
—Cuántos hombres tiene usted aquí, señor comisario?
—Cuatro.
—No son bastantes. Telefonéele a su secretario que le mande aquí todos los hombres disponibles. Y haga el favor de organizar usted mismo la vigilancia más estrecha de todas las salidas. Establezca un verdadero estado de sitio, señor comisario.
—Pero, en realidad —protestó el director del hotel—, mis clientes...
—A mí no me importan sus clientes, señor. Mi deber está por encima de todo, y en este caso mi deber es conseguir la detención, cueste lo que cueste, de...
—¿Entonces usted cree...? —aventuróse a decir el juez de instrucción.
—Yo no creo, señor... Yo estoy seguro de que el autor del doble asesinato se encuentra todavía dentro del hotel.
—Pero entonces, Chapman...
—A estas horas yo no puedo garantizar que Chapman esté todavía vivo. En todo caso, eso es una cuestión de minutos, incluso de segundos... Gourel: toma contigo dos hombres y registra todas las habitaciones del cuarto piso... Señor director, que los acompañe uno de sus empleados. En cuanto a los demás pisos, yo mismo iré apenas recibamos refuerzos. Vamos, Gourel, a la caza y con los ojos muy abiertos... Hay piezas muy grandes que cazar...
Gourel y sus hombres se dieron prisa, en tanto que el señor Lenormand permanecía en el vestíbulo del hotel y cerca de las oficinas del mismo. Iba de la entrada principal a la otra entrada de la calle Orvieto y luego volvía a su punto de partida.
De cuando en cuando daba órdenes como éstas:
—Señor director, que vigilen las cocinas, pues podrían escaparse por allí... Señor director, dígale a la señorita del teléfono que no le dé comunicación a ninguna de las personas del hotel que quieran hablar con la ciudad. Si les telefonean de la ciudad, que ponga la comunicación con la persona solicitada, pero que tome nota del nombre de esa persona... Señor director, mande confeccionar una lista de clientes de usted cuyo nombre comience con una L o una M.
Y decía todo eso en alta voz, como un general del ejército que les dictara a sus lugartenientes unas órdenes de las que dependiese el resultado de la batalla.
Y era en realidad una batalla implacable y terrible esta que se desarrollaba dentro del elegante marco de un palacio parisiense, teniendo como protagonistas a ese poderoso personaje que es siempre un jefe de Seguridad y aquel misterioso individuo perseguido, acorralado, ya casi cautivo, pero de una astucia y un salvajismo formidables.
La angustia oprimía el corazón de los espectadores, agrupados todos en el centro del vestíbulo, silenciosos y palpitantes, estremecidos por el miedo al menor ruido y obsesionados por la imagen infernal del asesino. ¿Dónde se escondía éste? ¿Iría a aparecer? ¿Acaso no estaría presente entre ellos mismos?... ¿No sería este individuo? ¿O aquel otro?
Los nervios se hallaban tan tensos, que de haberles asaltado el espíritu de rebeldía hubieran forzado las puertas y corrido a la calle si el maestro no hubiera estado allí presente..., pues esa presencia, por su parte, tranquilizaba y contribuía a imponer calma. Gracias a ella, la gente allí congregada se sentía segura, como los pasajeros de un navío dirigido por un buen capitán.
Y todas las miradas se concentraban en aquel viejo señor de anteojos y con los cabellos grises, con una levita color aceituna y una bufanda color marrón, que se paseaba con el cuerpo inclinado y las piernas vacilantes.
A veces, enviado por Gourel, llegaba corriendo uno de los mozos que acompañaban al brigadier en la investigación.
—¿Algo nuevo? —preguntaba el señor Lenormand.
—Nada, señor, no encontramos nada.
En dos ocasiones el director intentó hacer más flexibles las consignas. La situación se hacía intolerable. En las oficinas, varios huéspedes reclamados por sus asuntos, o que estaban a punto de salir de viaje, protestaban.
—A mí no me importa —repetía el señor Lenormand.
—Pero si yo los conozco a todos —aseguraba el director.
—Tanto mejor para usted.
—Usted está rebasando sus atribuciones.
—Ya lo sé.
—No le darán a usted la razón.
—Estoy persuadido de ello.
—El propio señor juez de instrucción...
—¡Que el señor Formerie me deje en paz! Nada mejor puede hacer que interrogar a los criados, que es lo que está haciendo en estos momentos. En cuanto al resto, no corresponde a las funciones del juez de instrucción. Corresponde a la Policía. Y eso es cuestión mía.
En ese momento una escuadra de agentes irrumpió en el hotel. El jefe de Seguridad los repartió en varios grupos, los cuales envió al tercer piso, y luego, dirigiéndose al comisario, le dijo:
—Mi querido comisario, le encargo la vigilancia. Nada de debilidades. Le emplazo a que así lo haga. Yo tomo la responsabilidad de todo cuanto pueda ocurrir.
Y se dirigió al ascensor y se hizo llevar al segundo piso.
La labor no fue fácil. Por el contrario, resultó larga, pues era preciso abrir las puertas de sesenta habitaciones, inspeccionar todos los cuartos de baño, todas las alcobas, todos los roperos, todos los rincones. Pero resultó igualmente infructuosa. Una hora después, al sonar las doce del mediodía, el señor Lenormand había acabado exactamente de investigar todo el segundo piso, pero los demás agentes no habían terminado aún con los pisos superiores, y nada nuevo se había descubierto.
El señor Lenormand tuvo un momento de duda, preguntándose: «¿Habría subido el asesino a las buhardillas?»
No obstante, optó por bajar cuando fue avisado de que la señora Kesselbach acababa de llegar con su señorita de compañía. Eduardo, el viejo criado de confianza, había aceptado la misión de comunicarle a la señora la muerte del señor Kesselbach.
El señor Lenormand encontró a la dama en uno de los salones, abatida y sin lágrimas, pero con el rostro desencajado de dolor y el cuerpo tembloroso, como agitado por estremecimientos de fiebre. Era una mujer bastante corpulenta, morena, y cuyos negros ojos, de una gran belleza, estaban cargados de oro, de pequeños puntos de oro, semejantes a lentejuelas que brillaban en las sombras. Su marido la había conocido en Holanda, donde Dolores había nacido de una antigua familia de origen español apellidada Amonti. Y apenas la vio se enamoró de ella, y después de cuatro años de matrimonio, su armonía conyugal, hecha de mucha ternura y dedicación, jamás había sido alterada.
El señor Lenormand se presentó a ella. Pero ella lo miró sin responder y él se calló, porque aquella mujer no parecía, dentro de su estupor, ser capaz de comprender lo que él le decía.
Luego, de pronto, ella se echó a llorar copiosamente y pidió que la llevaran junto al cadáver de su marido.
En el vestíbulo, el señor Lenormand se encontró con Gourel, quien andaba buscándolo, y el cual le tendió un sombrero que llevaba en la mano.
—Patrón: he recogido esto... No hay error sobre la procedencia, ¿eh?
Era un sombrero blando, de fieltro negro. En el interior no había forro ni etiqueta.
—¿Dónde lo encontraste?
—En el descansillo del segundo piso, en la escalera de servicio.
—¿Y en los demás pisos nada?
—Nada. Hemos rebuscado por todas partes. No queda más que el primero. Y este sombrero prueba que el individuo bajó hasta allí. Estamos ardiendo, patrón.
—Ya lo creo.
En el fondo de la escalera, el señor Lenormand se detuvo y dio esta orden:
—Ve y dile al comisario la siguiente consigna: que ponga dos hombres al fondo de cada una de las cuatro escaleras, revólver en mano. Y que disparen si es preciso. Comprende esto, Gourel: si no logramos salvar a Chapman y si ese individuo se nos escapa, a mí me dan el cese. Hace ya dos horas que no hago sino fantasías.
Subió la escalera. En el primer piso encontró a dos agentes que salían de una habitación guiados por un empleado del hotel.
El pasillo estaba desierto. El personal del hotel no osaba aventurarse por los pasillos y algunos huéspedes se habían encerrado a cal y canto en sus habitaciones, de modo que era preciso ir llamando en las puertas de aquéllas durante mucho tiempo y darse a conocer para que los que estaban dentro abrieran.
Más lejos, el señor Lenormand divisó otro grupo de agentes que estaban visitando la oficina, y al extremo del largo pasillo vio todavía a otros más que estaban cerca del recodo, es decir, cerca de las habitaciones situadas del lado de la calle Judée.
Y de pronto oyó que aquellos agentes lanzaban exclamaciones y desaparecían corriendo. A su vez apuró el paso.
Los agentes se habían detenido en medio del pasillo. A sus pies, interrumpiendo el paso, con el rostro pegado a la alfombra, yacía un cuerpo humano.
El señor Lenormand se inclinó y tomó entre sus manos la cabeza inerte.
—¡Chapman! —murmuró—. Y está muerto...
Examinó el cadáver. Una bufanda de seda blanca le apretaba el cuello. Deshizo el nudo. Aparecieron unas manchas rojas y comprobó que aquella bufanda mantenía apretado contra la nuca un grueso tapón de guata todo ensangrentado.
Y una vez más era la misma pequeña herida, exacta, clara, implacable.
Avisados inmediatamente, el señor Formerie y el comisario acudieron
—¿No salió nadie? —preguntó el jefe—. ¿No ha habido ninguna alerta?
—Nada —respondió el comisario—. Hay dos hombres de guardia en el fondo de cada escalera.
—¿Acaso no habrá subido otra vez? —preguntó el señor Formerie.
—En ese caso nos habríamos tropezado con él.
—No... Todo esto fue hecho hace largo tiempo. Las manos ya están frías... El asesinato debió haberse cometido casi inmediatamente después del otro..., después que los dos hombres llegaron aquí por la escalera de servicio.
—Pero entonces el cadáver habría sido visto antes. Piense usted..., cincuenta personas han pasado por aquí.
—Es que el cadáver no estaba aquí.
—En ese caso ¿dónde estaba?
—Y qué sé yo —replicó bruscamente el jefe de Seguridad—. Hagan como hago yo: busquen. No es con palabras como se encuentran cosas.
Con su mano nerviosa martilleaba con rabia el puño de su bastón, pero no se movía de allí, manteniendo los ojos fijos sobre el cadáver, silencioso y pensativo. Por último exclamó:
—Señor comisario: tenga la bondad de ordenar que trasladen el cadáver a una habitación vacía. Llamaremos al médico. Señor director haga el favor de abrirme las puertas de todas las habitaciones de este pasillo.
A la izquierda había tres habitaciones y dos salones, que formaban un departamento desocupado, y que el señor Lenormand visitó. A la derecha había cuatro habitaciones. Dos estaban ocupadas por un señor llamado Reverdat y un italiano, el barón de Giacomini. Ambos se hallaban ausentes a esa hora. En la tercera habitación se hospedaba una anciana inglesa, que aún se encontraba en cama, y en la cuarta un inglés que estaba leyendo y fumando pacíficamente y a quien los ruidos del pasillo no le habían distraído de su lectura. El inglés era el comandante Parbury..
Las pesquisas y los interrogatorios no dieron, por lo demás, resultado alguno. La anciana señorita no había oído nada con anterioridad a las exclamaciones de los agentes, ni ruido de lucha, ni gritos de angustia, ni riña. Y el comandante Parbury tampoco.
Además, no se descubrió ningún indicio sospechoso, ninguna huella de sangre, nada que hiciese suponer que el desventurado Chapman hubiera pasado por alguna de esas habitaciones.
—Es extraño —murmuró el juez de instrucción—. Todo esto es verdaderamente extraño...
Y luego confesó ingenuamente:
—Cada vez lo comprendo menos. Hay en todo ello una serie de circunstancias que en parte se me escapan. ¿Qué piensa usted, señor Lenormand?
El señor Lenormand iba a soltarle sin duda una de sus agudas respuestas con las que daba rienda suelta a su mal humor, cuando apareció Gourel todo sofocado, y dijo:
—Jefe..., encontraron esto... abajo..., en la oficina del hotel..., sobre una silla...
Era un paquete de pequeñas dimensiones, anudado y cubierto por una envoltura de sarga negra.
—¿Lo han abierto? —preguntó el jefe.
—Sí, pero al ver lo que contenía volvieron a atar el paquete exactamente como estaba..., apretado muy fuerte, como usted puede ver.
—Desátalo.
Gourel le quitó la envoltura y puso al descubierto un pantalón y una americana de muletón negro que, cual los pliegues lo atestiguaban, habían sido empaquetados apresuradamente.
En medio del paquete apareció una servilleta toda manchada de sangre, la cual había sido metida en agua, sin duda para destruir las marcas de las manos que se habían enjuagado con ella.
Y dentro de la servilleta un estilete de acero con el mango incrustado de oro. Estaba rojo de sangre, de la sangre de los tres hombres asesinados en pocas horas por una mano invisible y en medio de las trescientas personas que iban y venían por el vasto hotel.
Eduardo, el criado, reconoció inmediatamente el estilete como perteneciente al señor Kesselbach. Todavía la víspera antes de la agresión de Lupin, Eduardo lo había visto sobre la mesa.
—Señor director —dijo el jefe de Seguridad—, la consigna queda anulada. Gourel va a dar la orden de que queden libres las puertas.
—Entonces, ¿cree usted que ese Lupin ha logrado salir? —interrogó el señor Formerie.
—No. El autor del triple asesinato que acabamos de comprobar se encuentra dentro del hotel, en una de las habitaciones, o, mejor dicho, mezclado entre los huéspedes que se hallan en el vestíbulo o en los salones. Para mí, vivía en el hotel.
—¡Eso es imposible! Y, además, ¿dónde se habría cambiado de ropas? ¿Y qué ropas vestiría ahora?
—Yo lo ignoro, pero yo afirmo lo que le he dicho.
—¿Y usted le deja el camino libre? Pero así se irá tranquilamente con las manos en los bolsillos.
—El viajero que se marchase así, sin su equipaje y que no volviera, será el culpable. Señor director, tenga la bondad de acompañarme a la oficina. Quisiera estudiar de cerca la lista de sus clientes.
En la oficina, el señor Lenormand encontró algunas cartas dirigidas al señor Kesselbach. Se las mandó al juez de instrucción.
Había también un paquete postal que acababa de traer el servicio correspondiente de correos de París. Como el papel que lo envolvía estaba en parte desgarrado, el señor Lenormand pudo ver una cajita de ébano sobre la cual estaba grabado el nombre de Rodolfo Kesselbach.
Abrió la cajita. Además de los pedazos de un espejo roto cuyo lugar en el interior de la caja podía percibirse aún, aquélla contenía la tarjeta de Arsenio Lupin.
Pero hubo un detalle que pareció llamar particularmente la atención del jefe de Seguridad. En el exterior, sobre la cajita, había una pequeña etiqueta bordeada de azul, parecida a la etiqueta que él había recogido del suelo en la habitación del cuarto piso, donde había sido encontrada la cigarrera, y esta etiqueta llevaba igualmente marcada la cifra 813.
CAPÍTULO DOS. EL SEÑOR LENORMAND COMIENZA SUS OPERACIONES


I

—Augusto, que pase el señor Lenormand.
El portero salió, y segundos más tarde volvió acompañando al jefe de Seguridad.
En el vasto despacho del Ministerio de la plaza Beauvau había tres personas: el famoso Valenglay, jefe del partido radical desde hacía treinta años y actualmente presidente del Consejo y ministro del Interior; el señor Testard, fiscal general, y el prefecto de Policía Delaume.
El prefecto de Policía y el fiscal general no abandonaron sus asientos en los que habían permanecidos acomodados durante la larga conversación que acababan de sostener con el presidente del Consejo, pero éste sí se levantó, y, estrechando la mano del jefe de Seguridad, le dijo con el tono más cordial:
—Yo no dudo, mi querido Lenormand, que usted no sepa ya la razón por la cual le he rogado que venga.
—¿El asunto Kesselbach?
—Sí.
¡El asunto Kesselbach! No hay nadie que no recuerde no solamente este trágico suceso del cual yo he emprendido la tarea de desenredar la madeja tan compleja, sino también las más pequeñas peripecias del drama que a todos nos apasionó dos años antes de la guerra. Y nadie tampoco que no recuerde la extraordinaria emoción que provocó, tanto en Francia como fuera de Francia. Pero, no obstante, más todavía que ese triple asesinato, llevado a cabo en las más misteriosas circunstancias, y más aún que la detestable ferocidad de tamaña carnicería, hay una cosa que sublevó al público, y fue la reaparición..., cabe decir la resurrección..., de Arsenio Lupin.
¡Arsenio Lupin! Nadie había vuelto a oír hablar de él desde hacía cuatro años, después de su increíble, su sorprendente aventura de La aguja hueca; desde el día en que delante de los propios ojos de Herlock Sholmes y de Isidoro Beautrelet se había fugado en las tinieblas, llevando a cuestas el cadáver de aquella a quien amaba, y seguido de su vieja nodriza Victoria.
Desde ese día, en general, se le creía muerto. Tal era la versión de la Policía, que, al no encontrar ninguna huella de su adversario, lo enterraba así pura y simplemente.
Sin embargo, algunos lo suponían salvado, atribuyéndole una existencia pacífica de buen burgués que cultivaba su jardín rodeado de su esposa y de sus hijos, en tanto que otros pretendían que, agobiado por el peso de los remordimientos y de las vanidades de este mundo, se había enclaustrado en un convento de trapenses.
¡Y he aquí que surgía de nuevo! ¡He aquí que reanudaba su lucha sin cuartel contra la sociedad! Arsenio Lupin volvía a ser Arsenio Lupin, el fantasista, el desconcertante, el audaz, el genial Arsenio Lupin.
Pero esta vez se alzó un grito de horror. ¡Arsenio Lupin había matado! Y el salvajismo, la crueldad, el cinismo implacable de su fechoría eran tales, que a causa de ello la leyenda del héroe simpático, del aventurero caballeresco y, dado el caso, sentimental, se borró para dar lugar a una nueva imagen de él que le hacía aparecer como un monstruo inhumano, sanguinario y feroz. La muchedumbre execraba y repudiaba a su antiguo ídolo con mayor violencia que antes lo había admirado por su gracia ágil y su divertido buen humor.
Y la indignación de esa muchedumbre se volvió inmediatamente contra la Policía. Antaño, las gentes se habían reído. Se le perdonaba al comisario burlado, por la forma en que la burla había tenido lugar. Pero aquella broma había durado demasiado, y en un impulso de rebelión y de furia se exigían cuentas a las autoridades por los crímenes incalificables que se mostraba impotente para impedir.
Así ocurrió en los periódicos, en las reuniones públicas, en la calle e incluso en la tribuna de la Cámara de diputados, dando origen a tamaña explosión de cólera, que el propio Gobierno se conmocionó y buscó por todos los medios el calmar la excitación pública.
Valenglay, presidente del Consejo, sentía precisamente un gusto muy específico y vivo por todas las cuestiones relativas a la Policía, y a menudo se había complacido en seguir de cerca ciertos asuntos con el jefe de Seguridad, del cual elogiaba las cualidades y el carácter independiente. Convocó, pues, en su despacho al prefecto y al fiscal general, con los cuales conferenció, y luego al señor Lenormand.
—Sí, mi querido Lenormand, se trata del asunto Kesselbach. Pero antes de hablar voy a llamarle la atención sobre un punto..., sobre un punto que atormenta particularmente al señor Prefecto de Policía. Señor Delaume, ¿quiere usted explicarle al señor Lenormand...?
—¡Oh! El señor Lenormand sabe perfectamente a qué atenerse sobre este sujeto —replicó el prefecto con un tono indicador de sentir escasa benevolencia hacia su subordinado—. Ya hemos hablado los dos; yo le he expuesto mi manera de pensar sobre la forma desacertada en que ha llevado el asunto en el Palace Hotel. De una manera general ha provocado indignación.
El señor Lenormand se levantó y sacó de su bolsillo un papel, el cual depositó sobre la mesa.
—¿Qué es esto, señor presidente?
Valenglay dio un salto.
—¿Qué? ¿Su dimisión? Por una observación benigna que le formula el señor prefecto, y a la cual él no le atribuye, por lo demás, ninguna importancia..., ¿no es eso, Delaume, ninguna clase de importancia? Y he aquí que usted se amosca... Confesará, mi buen Lenormand, que tiene usted un carácter endiablado. Vamos, guárdese usted ese pedazo de papel y hablemos en serio.
El jefe de Seguridad volvió a sentarse, y Valenglay, imponiéndole silencio al prefecto, que no ocultaba su descontento, manifestó:
—Dicha en dos palabras, Lenormand, he aquí la cuestión: la reaparición en escena de Lupin nos fastidia. Ya durante bastante tiempo ese animal se ha estado burlando de nosotros. Era divertido, lo confieso, y, por mi parte, yo era el primero en reírme. Pero ahora ya se trata de crímenes. Podíamos soportar a Arsenio Lupin mientras él divertía a la galería Pero no si mata, no.
—Entonces, señor presidente, ¿qué me pide usted?
—¿Qué le pedimos a usted? ¡Oh! Es bien sencillo. Primero su detención... y enseguida su cabeza.
—Su detención puedo prometérsela a ustedes un día u otro. Pero no su cabeza.
—¡Cómo! Si se le detiene, entonces serán los tribunales los que se encargarán de él y la condena será inevitable... y el patíbulo.
—No.
—¿Y por qué no?
—Porque Lupin no ha matado.
—¿Qué? Pero ¿está usted loco, Lenormand? Entonces, ¿los cadáveres del Palace Hotel son una fábula, acaso? ¿No ocurrió allí un triple asesinato?
—Sí, pero no es Lupin quien lo ha cometido.
El jefe de Seguridad pronunció esas palabras con la mayor calma y una tranquilidad y convicción impresionantes.
El fiscal y el prefecto protestaron. Pero Valenglay prosiguió:
—¿Me supongo, Lenormand, que usted no plantea esa hipótesis sin tener motivos serios para ello?
—No es una hipótesis.
—¿Las pruebas?
—Hay en primer lugar dos pruebas de naturaleza moral que yo le expuse sobre el terreno al señor juez de instrucción, y que los periódicos han subrayado. Ante todo, Lupin no mata. Y seguidamente, ¿para qué habría de matar, puesto que el objeto de su aventura, el robo, estaba ya realizado, y nada tenía que temer de un adversario amarrado y amordazado?
—Sea. Pero ¿y los hechos?
—Los hechos nada valen contra la razón y la lógica, y además, los hechos están a mi favor. ¿Qué significaría la presencia de Lupin en la habitación donde fue encontrada la cigarrera? Por otra parte, las ropas negras que se encontraron, y que evidentemente eran las del asesino, no concuerdan en modo alguno en cuanto a la talla con las de Arsenio Lupin.
—Entonces, ¿usted le conoce?
—Yo, no; pero Eduardo ha visto al asesino y Gourel también le ha visto, y el individuo a quien ellos vieron no es el mismo que la camarera vio en las escaleras del servicio llevando a Chapman de la mano.
—Entonces, ¿cuál es el sistema de usted?
—Querrá usted decir mi verdad, señor presidente. Pues hela aquí, o cuando menos lo que yo sé de la verdad: el martes, dieciséis de abril, un individuo..., Lupin..., irrumpió en la habitación del señor Kesselbach a eso de las dos de la tarde...
Una explosión de risa interrumpió al señor Lenormand. Era el prefecto de Policía. Éste dijo:
—Permítame decirle, señor Lenormand, que usted precisa con excesiva prisa. Está demostrado que, a las tres de la tarde de ese día, el señor Kesselbach penetró en el Crédit Lyonnais y allí bajó a la sala de las cajas fuertes. Su firma, estampada en el registro, lo atestigua.
El señor Lenormand esperó respetuosamente a que su superior acabara de hablar. Luego, sin siquiera tomarse la molestia de responder directamente al ataque, continuó:
—Hacia las dos de la tarde, Lupin, ayudado por un cómplice, un individuo llamado Marcos, amarró al señor Kesselbach, le despojó de todo el dinero en moneda que llevaba encima y le obligó a revelarle la cifra secreta de su caja fuerte del Crédit Lyonnais. Inmediatamente, conocido ya el secreto, Marcos marchó allá. Se reunió con otro cómplice, el cual, aprovechando un cierto parecido que tenía con el señor Kesselbach, parecido que, por lo demás, hizo más pronunciado llevando unas ropas semejantes a las del señor Kesselbach y poniéndose a la vez unos lentes de oro, penetró en el Crédit Lyonnais, imitó la firma del señor Kesselbach, vació la caja de su contenido y regresó acompañado de Marcos. Éste inmediatamente telefoneó a Lupin. Y Lupin, ya seguro entonces de que el señor Kesselbach no le había engañado, y una vez alcanzado el objetivo de su expedición, se marchó.
Valenglay parecía dudar.
—Sí..., sí..., admitamos eso... Pero lo que me sorprende es que un hombre como Lupin haya arriesgado tanto para conseguir un beneficio tan pequeño..., unos billetes de Banco y el contenido, siempre hipotético, de una caja fuerte.
—Lupin ambicionaba más que eso. Quería apoderarse o bien de la carterita de tafilete que estaba en el saco de viaje, o bien de la cajita de ébano que se encontraba en la caja fuerte. Esta cajita la consiguió, puesto que la devolvió vacía. Por consiguiente, hoy conoce, o está camino de conocer, el famoso proyecto que había forjado el señor Kesselbach, y sobre el cual le había hablado a su secretario momentos antes de su muerte.
—¿Y qué proyecto era ése?
—Yo no lo sé. El director de la agencia Barbareux, al cual se había confiado, me ha dicho que el señor Kesselbach andaba a la busca de un individuo..., un individuo que al parecer había perdido su posición y llamado Pedro Leduc. ¿Cuál era la razón de esa busca? ¿Y con qué eslabones se le puede ligar al proyecto? Yo no podría decirlo.
—Sea —concluyó Valenglay—. Vamos con Arsenio Lupin. Su papel ha acabado, el señor Kesselbach está amarrado, despojado de todo..., pero vivo... ¿Qué ocurrió, entonces, hasta que fue encontrado muerto?
—Nada durante dos horas; nada hasta la noche. Pero en el curso de la noche penetró allí alguien.
—¿Por dónde?
—Por la habitación cuatrocientos veinte..., una de las habitaciones que habían sido reservadas para la señora Kesselbach. El individuo que penetró poseía evidentemente una llave falsa.
—Pero —exclamó el prefecto de Policía —entre esa habitación y el departamento, todas las puertas estaban cerradas con cerrojo... ¡Y hay cinco!
—Quedaba el balcón.
—¡El balcón!
—Sí, es el mismo balcón para todo el piso y da a la calle de Judée.
—¿Y las separaciones que existen en ese balcón?
—Un hombre ágil puede salvarlas. Nuestro hombre las salvó. Tengo las huellas.
—Pero todas las ventanas del departamento estaban cerradas, y se ha comprobado que después del crimen lo estaban todavía.
—Salvo una: la del secretario Chapman, la cual no estaba más que entornada; yo mismo hice la prueba.
Esta vez el presidente del Consejo pareció un tanto vacilante, de tal modo la versión, del señor Lenormand parecía lógica, colmada de hechos sólidos. Y con interés preguntó:
—Pero ese hombre, ¿con qué objeto acudía allí?
—Yo no lo sé.
—¡Ah! Usted no lo sabe...
—No, lo mismo que tampoco sé su nombre.
—Pero ¿por qué razón mató?
—Yo lo ignoro. A lo sumo cabe el derecho a suponer que no iba allí con la intención de matar, sino con la intención, él también, de apoderarse de los documentos contenidos en la cartera de tafilete negro y en la cajita, y que, colocado por la casualidad frente a un enemigo reducido a la impotencia, le ha matado.
Valenglay murmuró:
—Eso es posible..., sí, en rigor... ¿Y, según usted, encontró los documentos?
—No encontró la cajita, puesto que no estaba allí, pero encontró en el fondo del saco de viaje la carterita de tafilete negro. De modo que Lupin y... el otro se encuentran los dos en el mismo punto: los dos saben sobre el proyecto del señor Kesselbach las mismas cosas.
—Es decir —observó el presidente—, que van a combatirse mutuamente.
—Exacto. Y la lucha ha comenzado ya. El asesino, habiendo encontrado una tarjeta de Arsenio Lupin, se la puso sujeta con un alfiler al cadáver. Todas las apariencias se pondrían así contra Lupin... Entonces, Arsenio Lupin sería el asesino.
—En efecto..., —declaró Valenglay—, el cálculo no carecía de exactitud.
—Y la estratagema habría tenido éxito —continuó el señor Lenormand— si a causa de otra casualidad, ésta desfavorable, el asesino, bien sea al ir o bien al venir, no hubiera perdido su cigarrera en la habitación cuatrocientos veinte y si el criado del hotel, Gustavo Beudot no la hubiera encontrado y recogido. Desde ese momento, sabiéndose descubierto o a punto de serlo...
—¿Cómo lo sabía él?
—¿Cómo? Pues por el propio juez de instrucción, Formerie. ¡La investigación se llevó a cabo con todas las puertas abiertas! Es seguro que el asesino se ocultaba entre los concurrentes, empleados del hotel o periodistas cuando el juez de instrucción envió a Gustavo Beudot a su buhardilla a buscar la cigarrera. Beudot subió. Y el individuo le siguió y le atacó. Era la segunda víctima.
Nadie protestaba ya. El drama era así reconstruido, repleto de exactitud verosímil.
—¿Y el tercer asesinato? —preguntó Valenglay.
—Esta víctima se ofreció ella misma al sacrificio. Al no ver regresar a Beudot, Chapman, lleno de curiosidad por examinar él mismo la cigarrera, se fue con el director del hotel. Sorprendido por el asesino, fue llevado por él a una de las habitaciones y a su vez asesinado allí.
—Pero ¿por qué se dejó llevar así y dirigir por un hombre que él sabía que era el asesino del señor Kesselbach y de Gustavo Beudot?
—Yo no lo sé, como tampoco conozco la habitación donde fue cometido el crimen, ni más ni menos que no adivino la forma verdaderamente milagrosa en que el culpable se escapó.
—Se ha hablado —manifestó el señor Valenglay— de dos etiquetas azules.
—Sí, una fue encontrada sobre la cajita que Lupin ha devuelto, y la otra la encontré yo, y provenía, sin duda, de la carterita de tafilete que el asesino había robado.
—¿Y entonces?
—Pues entonces, para mí esas etiquetas no significan nada. Lo que sí significa algo es esa cifra ochocientos trece que el señor Kesselbach inscribió sobre cada una de ellas...; se ha reconocido su propia escritura.
—¿Y esa cifra ochocientos trece?
—Misterio.
—¿Y así?
—Así debo responderle a usted, una vez más, que yo no sé nada.
—¿No tiene usted sospechas?
—Ninguna. Dos de mis hombres están viviendo ahora en una habitación del Palace Hotel, en el piso donde fue encontrado el cadáver de Chapman. Por medio de ellos hago vigilar a todas las personas del hotel. El culpable no está entre las que se han marchado.
—¿No hubo llamadas telefónicas durante esa matanza?
—Sí. Desde la ciudad alguien ha telefoneado al comandante Parbury, que es una de las cuatro personas que están alojadas en las habitaciones del pasillo del primer piso.
—¿Y ese comandante?
—Lo hago vigilar por mis hombres; hasta ahora nada han descubierto contra él.
—¿Y en qué sentido va usted a orientar sus pesquisas?
—¡Oh! En un sentido muy preciso. Para mí, el asesino se encuentra entre los amigos o los conocidos del matrimonio Kesselbach. Les seguía la pista, conocía sus costumbres, las razones por las cuales el señor Kesselbach se encontraba en París y sospechaba, cuando menos, la importancia de sus proyectos.
—¿Entonces no se trataría de un profesional del crimen?
—¡No, no! Mil veces no. El crimen fue ejecutado con una habilidad y una audacia inauditas, pero fue impuesto por las circunstancias. Repito: es en el propio círculo del señor y la señora Kesselbach donde hay que buscar. Y la prueba de ello es que el asesino del señor Kesselbach mató a Gustavo Beudot sólo por el hecho de que el mozo del hotel tenía en su poder la cigarrera, y a Chapman porque el secretario conocía la existencia de aquélla. Recuerde usted la emoción que experimentó Chapman ante la descripción brusca del drama de la cigarrera! Si él hubiera llegado a ver aquélla, hubiéramos sido informados al respecto. El desconocido no se equivocó: suprimió a Chapman. Y nosotros no sabemos nada, salvo que las iniciales son una L y una M.
El jefe de Seguridad reflexionó por unos momentos, y luego añadió:
—Y todavía hay una prueba más que constituye una respuesta a una de sus preguntas, señor presidente. ¿Cree usted que Chapman hubiera seguido a ese hombre por los pasillos y las escaleras del hotel si no le hubiera conocido ya de antes?
Los hechos se acumulaban. La verdad, o cuando menos la verdad probable, iba fortificándose. Muchos puntos, acaso los más interesantes, permanecían oscuros. Pero, a la par, ¡cuánta luz! A falta de los motivos que los habían inspirado, cómo se percibía claramente la serie de actos realizados en aquella trágica mañana...
Se produjo un silencio. Cada uno meditaba, buscaba argumentos, objeciones que formular. Por fin, Valenglay exclamó:
—Mi querido señor Lenormand, todo eso me parece perfecto... Usted me ha convencido... Pero, en el fondo, a pesar de ello no hemos adelantado nada.
—¿Cómo?
—Pues claro. El objeto de nuestra reunión no es, en modo alguno, el descifrar una parte del enigma, que un día u otro, yo no lo dudo, usted descifrará por completo, sino el de dar satisfacción en la mayor medida posible a las exigencias del público. Mas el que el asesino sea Lupin o no, que haya dos culpables o bien tres, o bien uno solo, eso no nos proporciona el nombre del culpable ni su detención. Y el público tiene siempre esa impresión desastrosa de que la Justicia es impotente.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Precisamente darle al público la satisfacción que éste exige.
—Pero a mí me parece que esas explicaciones serían suficientes...
—¡Son sólo palabras! El público quiere hechos. Sólo una cosa lo satisfaría: una detención.
—¡Diablo! ¡Diablo! Pero nosotros no podemos detener al primero que encontremos.
—Pues eso valdría más que el no detener a nadie —replicó Valenglay, riendo—. Veamos, busque bien... ¿Está usted seguro de Eduardo, el criado de Kesselbach?
—Absolutamente seguro... Y, además, eso, señor presidente, sería peligroso, ridículo..., y estoy seguro de que el propio señor fiscal... No hay más que dos individuos a quienes nosotros tenemos derecho a detener...: el asesino..., y a éste yo no le conozco..., y Arsenio Lupin.
—¿Y entonces?
—No se detiene así como así a Arsenio Lupin..., o por lo menos hace falta tiempo para ello, un conjunto de medidas..., que yo no he tenido tiempo bastante para combinar, por cuanto yo creía a Lupin apartado... o acaso muerto.
Valenglay golpeó el suelo con el pie con la impaciencia de un hombre que quiere a toda costa que sus deseos sean cumplidos inmediatamente.
—No obstante..., no obstante..., mi querido Lenormand, es preciso... Y es preciso para usted también... No deja usted de saber que tiene enemigos poderosos..., y que si yo no estuviera aquí... En fin, resulta inadmisible que usted, Lenormand, vacile de esta manera... Y en cuanto a los cómplices, ¿qué hace usted? No hay solamente Lupin... Hay también Marcos... y hay, así mismo, el pícaro que representó el papel del señor Kesselbach para bajar a los sótanos del Crédit Lyonnais.
—¿Le bastaría a usted con ése, señor presidente?
—¡Que si me bastaría! ¡Maldita sea! Claro que sí.
—Bien; entonces concédame usted ocho días.
—¡Ocho días! Pero ésta no es una cuestión de días, es una cuestión de horas.
—¿Cuántas me da usted, señor presidente?
Valenglay sacó su reloj, y replicó con sorna:
—Le doy a usted diez minutos, mi querido Lenormand.
El jefe de Seguridad sacó a su vez su reloj, y respondió con voz tranquila:
—Sobran cuatro, señor presidente.

II

Valenglay le miró estupefacto.
—¿Sobran cuatro? ¿Qué es lo que usted quiere decir?
—Digo, señor presidente, que los diez minutos que usted me concede son inútiles. Yo sólo necesito seis, ni uno más.
—Vamos, Lenormand..., acaso la broma no resultaría de buen gusto...
El jefe de Seguridad se acercó a la ventana e hizo seña a dos hombres que se paseaban por el patio de honor del Ministerio. Luego regresó a su sitio.
—Señor fiscal general, tenga la bondad de firmar una orden de detención a nombre de Daileron, cuyos nombres propios son Augusto-Maximino-Felipe, de cuarenta y siete años. Deje la profesión en blanco.
Después abrió la puerta de entrada.
—Puedes venir, Gourel.., y tú también, Dieuzy.
Gourel se presentó, escoltado por el inspector Dieuzy.
—¿Tienes las esposas, Gourel?
—Sí, jefe.
El señor Lenormand se adelantó hacia Valenglay.
—Señor presidente, todo está dispuesto. Pero yo insisto ante usted de la manera más apremiante pidiéndole que renuncie a esta detención. Desorganiza todos nuestros planes; puede incluso hacerlos abortar, y por una satisfacción, en suma mínima, corre el riesgo de comprometerlo todo.
—Señor Lenormand, quiero hacerle observar que no le quedan ya más que ochenta segundos.
El jefe reprimió un gesto de contrariedad, recorrió la estancia a derecha e izquierda apoyándose en su bastón, se sentó con aire furioso, cual si hubiera decidido callarse, y luego, de pronto, tomando una resolución, dijo:
—Señor presidente, la primera persona que entrará en este despacho será aquella cuya detención usted ha querido... contra mis deseos, que así conste.
—Sólo le quedan quince segundos, Lenormand.
—Gourel..., Dieuzy..., la primera persona, ¿no es eso? Señor fiscal general, ¿ha puesto usted su firma?
—No le quedan más que diez segundos, Lenormand.
—Señor presidente, ¿quiere usted tener la bondad de tocar el timbre?
Valenglay tocó.
El portero se presentó en el umbral de la puerta y esperó.
Valenglay se volvió hacia el jefe.
—Y bien, Lenormand, esperamos sus órdenes... ¿A quién hay que pasar aquí?
—A nadie.
—Pero ¿y ese pícaro de quien usted hablaba y cuya detención prometió? Los seis minutos ya hace mucho que pasaron.
—Sí; pero el pícaro está aquí.
—¿Cómo? No comprendo..., nadie ha entrado.
—Sí.
—¡Oh! ¡Vamos! Pero..., vamos a ver..., Lenormand, usted se está burlando de mí... Le repito que no ha entrado nadie.
—En este despacho estábamos cuatro, señor presidente, y ha entrado uno más.
Valenglay dio un salto en su asiento.
—¿Cómo? ¡Qué locura es ésa!... ¿Qué quiere usted decir?
Los dos agentes se habían deslizado, colocándose entre la puerta y el portero.
El señor Lenormand se acercó a aquel último, le colocó la mano sobre el hombro y con fuerte voz le dijo:
—En nombre de la ley, Daileron, Augusto-Maximino-Felipe, jefe de los ujieres de la Presidencia del Consejo, yo le detengo.
Valenglay rompió a reír, y exclamó:
—¡Ah! Muy bueno..., ésa es una buena broma... Este condenado Lenormand las tiene muy graciosas. Bravo, Lenormand, hace ya tiempo que yo no me había reído tanto...
El señor Lenormand se volvió hacia el fiscal general, y le dijo:
—Señor fiscal general, no olvide usted de poner en la orden de detención la profesión del señor Daileron, ¿no es así?, jefe de ujieres de la Presidencia del Consejo...
—Pero sí..., pero sí..., jefe de los ujieres en... la Presidencia del Consejo —tartamudeó Valenglay, sujetándose los costados para reír—. ¡Ah! Este buen Lenormand tiene buenos golpes de ingenio... El público exigía una detención..., y he aquí que le arroja a la cabeza, ¿a quién? A mi jefe de ujieres..., a Augusto..., el servidor modelo... Pues bien: en verdad, Lenormand, yo le consideraba dotado de una cierta dosis de fantasía, pero ¡no hasta ese punto, querido! ¡Qué tupé tiene usted!
Desde el principio de esta escena, Augusto no se había movido y parecía no comprender nada de lo que ocurría en torno a él. Su cara de subalterno leal y fiel tenía un aire completamente asombrado. Miraba alternativamente a los interlocutores, realizando un visible esfuerzo para descifrar el sentido de sus palabras.
El señor Lenormand le dijo unas palabras a Gourel, el cual sonrió. Luego, éste, adelantándose hacia Augusto, le dijo sin ambages:
—No hay nada que hacer. Estás atrapado. Lo mejor es entregarse cuando la partida está perdida. ¿Qué hiciste el martes?
—¿Yo? Nada. Yo estaba aquí.
—Mientes. Era tu día de permiso. Tú saliste.
—En efecto..., lo recuerdo..., un amigo de mi provincia que llegó..., nos fuimos a pasear al Bosque de Bolonia.
—Tu amigo se llama Marcos. Y donde vosotros os paseasteis fue en los sótanos del Crédit Lyonnais.
—¡Yo! ¡Qué idea tan absurda! ¿Marcos? Yo no conozco a nadie que se llame así.
—¿Y esto..., conoces esto? —le gritó el jefe, metiéndole delante de las narices un par de lentes con la armazón de oro.
—Pero... no..., pero no..., yo no uso lentes...
—Sí. Tú los llevas cuando vas al Crédit Lyonnais y allí te haces pasar por el señor Kesselbach. Estos lentes fueron encontrados en la habitación que tú ocupas, bajo el nombre de señor Jerónimo, en el número cinco de la calle Colisée.
—¿Yo una habitación? Yo duermo en el Ministerio.
—Pero tú te cambias de ropas allí para representar tus papeles en la banda de Lupin.
El portero se pasó la mano por la frente cubierta de sudor. Estaba lívido. Balbució:
—Yo no comprendo nada..., dice usted unas cosas..., unas cosas...
—¿Acaso necesitas que te lo hagan comprender mejor? Mira, aquí está lo que se ha encontrado entre los papeles desechados que tú arrojas en el cesto, debajo de tu escritorio de la antecámara, aquí mismo.
Y el señor Lenormand desplegó una hoja de papel con el membrete del Ministerio en el cual podía leerse en diversos lugares y trazado con una letra insegura— «Rodolfo Kesselbach.»
—Y ahora, ¿qué dices tú de esto, excelente servidor? ¿Eran ejercicios de aplicación imitando la firma del señor Kesselbach, no es esto una prueba?
Un puñetazo recibido en pleno pecho hizo tambalear al señor Lenormand. De un salto, Augusto alcanzó la ventana abierta, cabalgó sobre el soporte de aquélla y saltó al patio de honor.
—¡Maldita sea! —gritó Valenglay—. ¡Ah! Ese bandido...
Tocó el timbre, corrió, intentó llamar por la ventana Pero el señor Lenormand le dijo con la mayor calma:
—No se agite usted, señor presidente...
—Pero ese canalla de Augusto...
—Un segundo, se lo ruego...; yo ya tenía previsto este desenlace..., incluso lo daba por descontado...; no hay mejor confesión que eso...
Dominado por tanta sangre fría, Valenglay volvió a su sitio. Al cabo de unos instantes, Gourel hacía su entrada en el despacho trayendo sujeto por el cuello de la americana al señor Daileron, Augusto-Maximino-Felipe, alias Jerónimo, jefe de los ujieres en la Presidencia del Consejo.
—Tráelo, Gourel —dijo el señor Lenormand—. O, cual se le dice al buen perro de caza que regresa con la pieza apresada en su boca: «Porta» ¿Se dejó agarrar?
—Mordió un poco, pero le apreté duro —replicó el brigadier, mostrando su mano enorme y nudosa
—Muy bien, Gourel. Y ahora llévame a este hombre a la prisión central en un coche. Y sin despedidas, señor Jerónimo.
Valenglay se sentía muy divertido. Se frotaba las manos riendo. La idea de que el jefe de sus ujieres fuese uno de los cómplices de Lupin le parecía la más encantadora y la más irónica de las aventuras.
—Bravo, mi querido Lenormand. Todo esto es admirable, pero ¿cómo diablos ha maniobrado usted?
—¡Oh! De la manera más sencilla Yo sabía que el señor Kesselbach se había dirigido a la agencia de Barbareux y que Lupin se había presentado en su casa manifestando que iba de parte de esa agencia. Busqué por ese lado, y descubrí que la indiscreción cometida en perjuicio del señor Kesselbach y de Barbareux no podía haber sido sino en beneficio de un sujeto llamado Jerónimo, amigo de un empleado de la agencia. Si no me hubiera usted ordenado llevar las cosas tan bruscamente, ya estaba vigilando al ujier y por él hubiera llegado a Marcos y a Lupin.
—Usted llegará, Lenormand. Y nosotros vamos a presenciar el espectáculo más apasionante del mundo: la lucha entre usted y Lupin. Yo apuesto por usted.
Al día siguiente los periódicos publicaban esta carta:

«Carta abierta al señor Lenormand, jefe de Seguridad.

»Mis felicitaciones, querido señor y amigo, por la detención del ujier Jerónimo. Fue una buena tarea, bien hecha y digna de usted.
»Mis felicitaciones igualmente por la forma ingeniosa en que usted le probó al presidente del Consejo que yo no era el asesino del señor Kesselbach. Su demostración fue clara, lógica, irrefutable y, lo que es más importante, verídica. Como usted ya sabe, yo no mato. Gracias por haberlo establecido así en esta ocasión. La estima de nuestros contemporáneos y la de usted, querido señor y amigo, me son indispensables.
»En compensión permítame ayudarle en la persecución del monstruoso asesino y de prestarle mi hombro en el asunto Kesselbach. Asunto muy interesante, créamelo usted; tan interesante y tan digno de mi atención, que salgo del retiro en que yo vivía desde hace cuatro años entre mis libros y con mi buen perro Sherlock, toco a rebato llamando a todos mis camaradas y me lanzo de nuevo a la lucha.
»¡Qué vueltas tan inesperadas da la vida! Heme aquí convertido en colaborador de usted. Tenga la seguridad, querido señor y amigo, que me felicito de ello y que aprecio en su justo valor este favor del Destino.
»Firmado: Arsenio Lupin.

«Posdata. —Todavía una palabra más, por la cual no dudo que usted me dará su aprobación. Como no es conveniente que un caballero que tuvo el glorioso privilegio de combatir bajo mi bandera se pudra sobre la húmeda paja de prisiones, creo un deber prevenirle lealmente que dentro de cinco semanas, el viernes 31 de mayo, pondré en libertad al señor Jerónimo, ascendido por mí al grado de jefe de los ujieres de la Presidencia del Consejo. No olvide usted la fecha: el viernes 31 de mayo.— A. L.»
CAPÍTULO TRES. EL PRÍNCIPE SERNINE SE PONE AL TRABAJO


I

Un piso bajo en la esquina del bulevar Haussman y de la calle de Courcelles... Es allí donde vive el príncipe Semine, uno de los miembros más brillantes de la colonia rusa en París y cuyo nombre aparece a cada instante en las notas de sociedad de los periódicos, entre los que salen o regresan de pasar temporadas de vacaciones.
Son las once de la mañana. El príncipe entra en su gabinete de trabajo. Es un hombre de treinta y cinco a treinta y ocho años, cuyos cabellos castaños están mezclados de algunos hilos de plata. Su aspecto revela una buena salud. Usa bigote espeso y unas patillas muy cortas, apenas diseñadas sobre la fresca piel de las mejillas.
Está correctamente vestido con una levita gris que le sujeta el talle y un chaleco de bordes de terliz blanco.
—Vamos —dijo a media voz—, creo que la jornada va a ser dura.
Luego abrió una puerta que daba a una amplia habitación, donde esperaban algunas personas, y dijo:
—¿Está aquí Varnier? Entra, Varnier.
Un hombre con aspecto de pequeño burgués, ventrudo, fuerte, bien erguido sobre sus piernas, acudió a su llamada. El príncipe cerró la puerta detrás de ellos.
—Bueno; ¿qué es lo que has hecho, Varnier?
—Todo está dispuesto para esta noche, patrón.
—Magnífico. Cuéntame en breves palabras.
—He aquí. Después del asesinato de su marido, la señora Kesselbach, guiándose por los prospectos que usted hizo que le mandaran, ha escogido para vivienda la casa de retiro para damas situado en Garches. Vive en el fondo del jardín, en el último de los cuatro pabellones que la dirección alquila a las damas que desean vivir completamente al margen de las demás pensionistas: el pabellón de la Emperatriz.
—¿Y qué criados tiene?
—Su dama de compañía, Gertrudis, con la cual llegó unas horas después del crimen, y la hermana de Gertrudis, Susana, a quien hizo venir de Montecarlo y le sirve de camarera. Estas dos hermanas le son completamente fieles.
—¿Y Eduardo, el criado?
—No se ha quedado con ellas. Eduardo regresó a su tierra.
—¿Ella recibe visitas?
—No recibe a nadie. Pasa el tiempo tendida sobre un diván. Parece muy debilitada, enferma. Llora mucho. Ayer, el juez de instrucción permaneció dos horas con ella.
—Bien. Ahora háblame de la muchacha
—La señorita Genoveva Ernemont vive del otro lado de la carretera..., en una callejuela que corre hacia pleno campo; y en esa callejuela, en la tercera casa a la derecha Tiene allí una escuela libre y gratuita para niños retrasados. Su abuela, la señora Ernemont, vive con ella.
—Y conforme a lo que tú me has escrito, ¿Genoveva Ernemont y la señora Kesselbach se conocen ya?
—Sí, la muchacha ha ido a pedirle a la señora Kesselbach ayuda para su escuela. Debieron de agradarse mutuamente, pues he aquí que hace cuatro días que salen juntas al parque de Villeneuve, del cual el jardín de la casa de retiro no es más que una dependencia.
—¿A qué hora salen?
—De cinco a seis. A las seis exactamente, la joven regresa a su escuela.
—Entonces, ¿tú has organizado la cosa?
—Para hoy a las seis. Todo está listo.
—¿Y no habrá nadie?
—No habrá nadie en el parque a esa hora.
—Muy bien. Estaré allí. Vete.
Le hizo salir por la puerta del vestíbulo, y, regresando luego a la sala de espera, llamó.
—Los hermanos Doudeville.
Entraron dos jóvenes vestidos con una elegancia un poco rebuscada, de ojos vivos y aspecto simpático.
—Buenos días, Juan. Buenos días, Jaime ¿Qué hay de nuevo en la Prefectura?
—No hay gran cosa, patrón.
—El señor Lenormand, ¿continúa teniendo confianza en vosotros?
—Siempre. Después de Gourel, nosotros somos sus inspectores favoritos. La prueba es que nos ha instalado en el Palace Hotel para vigilar a las personas que se alojaban en las habitaciones del pasillo del primer piso en el momento del asesinato de Chapman. Todas las mañanas, Gourel va allí, y nosotros le proporcionamos el mismo informe que a usted.
—Perfecto. Es esencial que yo esté al corriente de todo cuanto se hace y de todo cuanto se dice en la Prefectura de Policía. Mientras Lenormand os crea hombres suyos, yo soy el amo de la situación. Y en el hotel, ¿habéis descubierto alguna pista?
Juan Doudeville, el mayor, respondió:
—La inglesa, aquella que vivía en una de las habitaciones, esa inglesa se ha marchado.
—Eso no me interesa. Ya tengo mis informes. Pero ¿y su vecino, el comandante Parbury?
Los dos jóvenes parecieron turbados. Por fin, uno de ellos respondió:
—Esta mañana el comandante Parbury ordenó que transportaran su equipaje a la estación del Norte para el tren de las doce y cincuenta del mediodía, pero él personalmente salió en automóvil. Nosotros estuvimos a vigilar a la salida del tren. Y el comandante no apareció.
—¿Y el equipaje?
—Lo mandó a buscar de nuevo a la estación.
—¿Por quién?
—Por un comisionado, nos dijeron.
—¿De modo que se perdió su pista?
—Sí.
—¡Vaya! —exclamó alegremente el príncipe.
Los otros le miraron asombrados.
—Pues sí..., he ahí un indicio.
—¿Cree usted?
—Evidentemente. El asesinato de Chapman no pudo haber sido cometido más que en una de las habitaciones de ese pasillo. Es allí, a la habitación de un cómplice, adonde el asesino del señor Kesselbach había llevado al secretario, y es allí donde mató a éste, y donde se cambió de ropas, y es el cómplice quien, una vez que se marchó el asesino, depositó el cadáver en el pasillo. Pero ¿quién es el cómplice? La forma en que desapareció el comandante Parbury tendería a probar que él no es extraño al asunto. Pronto, telefoneadle esta buena noticia al señor Lenormand o a Gourel. Es preciso que en la Prefectura estén lo más pronto posible al corriente de ello. Esos caballeros y yo marchamos mano sobre mano.
Les hizo todavía algunas recomendaciones concernientes al doble papel que estaban representando de inspectores de la Policía y al servicio del príncipe Semine, y los despidió.
En la sala de espera quedaban aún dos visitantes. Mandó pasar a uno de ellos.
—Mil perdones, doctor —le dijo—. Soy tuyo. ¿Cómo está Pedro Leduc?
—Muerto.
—¡Oh! ¡Oh! —dijo Semine—. Yo ya lo esperaba así después de tu recado de esta mañana. Pero, a pesar de todo, el pobre mozo no ha durado mucho...
—Estaba completamente gastado... hasta la cuerda. Un síncope y se acabó todo.
—¿Y no ha hablado?
—No.
—¿Estás seguro que desde el día en que le recogimos juntos bajo la mesa de un café de Belleville..., estás seguro de que nadie en tu clínica ha sospechado que era él, Pedro Leduc, a quien la Policía busca..., ese misterioso Pedro Leduc a quien el señor Kesselbach quería encontrar a todo precio?
—Nadie. Ocupaba una habitación aparte. Además, yo había envuelto su mano izquierda con un vendaje para que no se pudiera ver la herida del meñique. En cuanto a la cicatriz en la mejilla, resulta invisible debajo de la barba crecida.
—¿Y tú mismo le vigilaste?
—Yo mismo. Y conforme a las instrucciones que usted me dio, aproveché para interrogarle todos los momentos en que parecía más lúcido. Pero lo único que logré obtener fueron balbuceos ininteligibles.
El príncipe murmuró pensativamente:
—Muerto... Pedro Leduc está muerto... Todo el asunto Kesselbach descansaba evidentemente sobre él y he aquí que..., he aquí que desaparece..., sin una revelación..., sin una sola palabra sobre él, sobre su pasado... ¿Es preciso que yo me embarque en esta aventura, de la cual yo todavía no conozco nada? Es peligroso... Puede hundirme...
Reflexionó un momento y exclamó:
—¡Bah! Tanto peor. Seguiré adelante a pesar de todo. El que Pedro Leduc haya muerto no es una razón suficiente para que yo abandone la partida. ¡Al contrario! Y la ocasión es demasiado tentadora. Pedro Leduc ha muerto. ¡Viva Pedro Leduc!... Vete, doctor. Regresa a tu casa. Esta noche te telefonearé.
El doctor salió.
—Ya estamos solos, Felipe —dijo Semine al último visitante que quedaba, y que era un hombre pequeño, de cabellos grises, vestido como un mozo de hotel, pero de hotel de décima clase.
—Patrón —comenzó diciendo Felipe—, le recordaré a usted que la semana pasada usted me hizo entrar como camarero de cuartos en el hotel Deux Empereurs, en Versalles, para vigilar a un joven.
—Sí, ya sé... Gerardo Baupré. ¿Cómo está?
—Con todos los recursos agotados.
—¿Siempre con ideas negras?
—Siempre. Quiere matarse.
—¿Es eso en serio?
—Muy en serio. He encontrado entre sus papeles esta pequeña nota escrita a lápiz.
—¡Ah, ah! —exclamó Semine, leyendo la nota—. Anuncia su muerte..., y eso sería para esta noche.
—Sí, patrón; la cuerda está ya preparada y el gancho sujeto al techo. Entonces, conforme a las órdenes de usted, me puse en relación con él y me contó sus miserias, y yo le aconsejé que se dirigiera a usted. Le dije: «El príncipe Semine es rico. Y es generoso. Quizá le ayude a usted.»
—Todo eso está muy bien. ¿De modo que él va a venir?
—Está aquí ya.
—¿Cómo lo sabes tú?
—Le he seguido. Tomó el tren de París y a esta hora se pasea de arriba abajo por el bulevar. De un momento a otro se decidirá.
En ese instante un criado trajo una tarjeta. El príncipe la leyó, y dijo:
—Haga pasar al señor Gerardo Baupré.
Y luego, dirigiéndose a Felipe:
—Pasa tú a ese gabinete, escucha y no te muevas.
Una vez solo, el príncipe murmuró:
—¿Cómo iba a dudar yo? Es el Destino quien envía a éste...
Unos minutos más tarde apareció en la puerta un joven alto, rubio, esbelto, con el rostro adelgazado y la mirada febril; se mantuvo en el umbral como titubeante, en la actitud de un mendigo que quisiera tender la mano, pero que no se atreviese a ello.
La conversación fue breve.
—¿Es usted el señor Gerardo Baupré?
—Sí..., sí..., soy yo.
—Yo no tengo el honor...
—Vea, señor..., vea..., me han dicho...
—¿Quién?
—Un mozo de hotel... que afirma haber servido en casa de usted...
—En fin, sea breve...
—Pues bien...
El joven se detuvo, intimidado, como trastornado por la actitud altiva del príncipe. Éste exclamó:
—No obstante, señor, acaso sería necesario...
—Vea, señor..., me han dicho que era usted muy rico y generoso... Y yo he pensado que quizá le sería posible...
Se interrumpió, incapaz de pronunciar la palabra de súplica y de humillación.
Semine se acercó a él, y le dijo:
—Señor Gerardo Baupré, ¿no ha publicado usted un libro de versos titulado La sonrisa de la primavera?
—Sí, sí —exclamó el joven, cuyo rostro se iluminó—. ¿Lo ha leído usted?
—Sí, muy bonitos sus versos.., muy bonitos... Solamente que ¿espera usted vivir con lo que le proporcionen sus versos?
—Ciertamente..., un día u otro...
—Un día u otro... será más bien el otro, ¿no es así? Y mientras tanto, ¿viene usted a pedirme de qué vivir?
—De qué comer, señor.
Semine le puso la mano sobre el hombro, y fríamente le dijo:
—Los poetas no comen, señor. Se alimentan de rimas y de sueños. Hágalo así. Eso vale más que tender la mano.
El joven se estremeció ante el insulto. Sin decir palabra, se dirigió hacia la puerta.
Semine le detuvo, y le dijo:
—Todavía unas palabras, señor. ¿No tiene usted ni el menor recurso?
—Ni el más mínimo.
—¿Y no cuenta usted con nada?
—Todavía tengo una esperanza... Le he escrito a uno de mis parientes suplicándole que me envíe algo. Hoy deberé recibir su respuesta. Es ya el último límite.
—Y si no recibe esa respuesta, usted está decidido, sin duda esta misma noche a...
—Sí, señor.
Esto lo dijo simple y resueltamente.
Semine rompió a reír.
—iSanto Dios! ¡Qué gracioso es usted, joven! ¡Y qué ingenua convicción! Vuelva usted a verme el año próximo, ¿quiere usted?... Volveremos a hablar de todo eso... Es tan curioso, tan interesante... y tan cómico, sobre todo... ¡Ja, ja, ja!
Y sacudido por la risa, con gestos afectados y saludos, le puso en la puerta.
—Felipe —dijo, abriéndole al mozo de hotel—. ¿Has escuchado esto?
—Si, patrón.
—Gerardo Baupré espera esta tarde un telegrama, una promesa de ayuda...
—Sí, es su último cartucho.
—Ese telegrama es preciso que no lo reciba Si llega, recógelo en el pasadizo y rómpelo.
—Bien, patrón.
—¿Estás tú solo en el hotel?
—Sí, solo con la cocinera, que no duerme allí. El patrón está ausente.
—Bien. Nosotros somos los amos. Hasta esta noche a eso de las once. Lárgate.

II

El príncipe Semine se dirigió a su dormitorio y llamó a su criado.
—Mi sombrero, mis guantes y mi bastón. ¿El auto ya está ahí?
—Sí, señor.
Se arregló, salió y se acomodó en una amplia y cómoda limusina que le llevó al Bosque de Bolonia, a casa del marqués y de la marquesa de Gastyne, donde había sido invitado a almorzar.
A las dos y media se despidió de sus anfitriones, marchó a la avenida Kléber, recogió allí a dos de sus amigos y a un médico y llegó a las tres menos cinco al parque de Princes.
A las tres se batió a sable con el comandante italiano Spinelli, y en el primer asalto le cortó la oreja a su adversario; a las tres y tres cuartos estaba tallando una banca en el círculo de la calle Cambon, retirándose de allí a las cinco y veinte con una ganancia de cuarenta y siete mil francos.
Y todo eso lo realizó sin prisas, con una especie de altivo descuido, cual si el endiablado movimiento que parecía llevar su vida, en un torbellino de actos y de acontecimientos, constituyera la regla general de sus días más tranquilos.
—Octavio —le dijo a su chófer—, vamos a Garches.
Y a las seis menos diez bajaba del coche ante los viejos muros del parque de Villeneuve.
Despedazada y estropeada ahora, la finca de Villeneuve conserva todavía algo del esplendor que conoció en los tiempos en que la emperatriz Eugenia iba a descansar allí. Con sus viejos árboles, su estanque y el horizonte de follaje que extiende el bosque de Saint-Cloud, el paisaje posee gracia y melancolía.
Una parte importante de la finca fue donada al Instituto Pasteur. Otra parte más pequeña, y separada de la primera por todo el espacio reservado al público, forma una propiedad todavía bastante vasta, en la cual se levantan en torno a la mansión de retiro cuatro pabellones aislados.
«Aquí es donde vive la señora Kesselbach», se dijo el príncipe, contemplando desde lejos los techos de la casa y los cuatro pabellones.
Mientras tanto, atravesó el parque y se dirigió hacia el estanque.
De pronto se detuvo detrás de un grupo de árboles. Había visto a dos mujeres acodadas en el parapeto del puente tendido sobre el estanque. El príncipe Semine se dijo entonces:
«Varnier y sus hombres deben estar en las inmediaciones. Pero, diablos, se ocultan muy bien. De nada vale que los busque...»
Ahora las dos mujeres caminaban sobre la hierba del cespedal, bajo los grandes y venerables árboles. El azul del cielo surgía entre las ramas mecidas por una brisa tranquila, y en el aire flotaban aromas de primavera y de verdor nuevo.
Sobre las pendientes de césped que bajaban hacia el agua inmóvil, las margaritas, las pomerolas, las violetas, los narcisos, los lirios del valle y todas las florecillas de abril y de mayo se agrupaban y formaban aquí y allá constelaciones de todos los colores. Y el sol se inclinaba en el horizonte.
De pronto, tres hombres surgieron de un bosquecillo y salieron al encuentro de las dos damas.
Se dirigieron a ellas.
Hubo un cambio de palabras entre las dos mujeres y los desconocidos. Aquéllas daban muestras de temor. Uno de los hombres se adelantó hacia la más pequeña e intentó arrebatarle la bolsa de oro que llevaba en la mano.
Las dos mujeres lanzaron gritos, y los tres hombres se arrojaron sobre ellas.
«Este es el momento de aparecer yo..., ahora o nunca», se dijo al príncipe.
Y se lanzó a la carrera.
En diez segundos había alcanzado la orilla del agua. Al ver aproximarse al príncipe, los tres hombres huyeron. —Huid, bandidos —dijo con sorna el príncipe—. Huid a toda prisa. Aquí llega el salvador.
Y se puso a perseguirlos. Pero una de las damas le suplicó: —¡Oh! Caballero, yo se lo ruego...; mi amiga está enferma.
En efecto, la más pequeña de las paseantes estaba tendida sobre el césped desvanecida.
El príncipe volvió sobre sus pasos y dijo con muestras de inquietud:
—¿Acaso está herida?... ¿Es que esos miserables?...
—No..., no..., fue el miedo solamente..., la emoción... Y además..., usted comprenderá..., esta dama es la señora Kesselbach...
—¡Oh! —exclamó él.
El príncipe le entregó a la joven un frasco de sales que aquélla le hizo respirar a su amiga. Y el príncipe agregó:
—Levante usted la amatista que sirve de tapón... Hay una cajita y dentro de ésta unas pastillas. Que la señora tome una..., una solamente..., es muy fuerte...
Contemplaba cómo la joven cuidaba de su amiga. Era una muchacha rubia, de aspecto sencillo, con el rostro dulce y grave y una luminosidad que animaba sus rasgos incluso cuando no sonreía.
«Ésta es Genoveva», se dijo el príncipe.
Y se repitió para sí, todo emocionado:
«Genoveva..., Genoveva...»
Mientras tanto, la señora Kesselbach se reponía poco a poco. Sorprendida primero, pareció no comprender lo que veía. Luego recuperó la memoria y haciendo una señal con la cabeza dio así las gracias a su salvador.
Entonces el príncipe se inclinó profundamente, y dijo:
—Permítame presentarme... Soy el príncipe Semine.
La señora Kesselbach respondió en voz baja:
—No sé cómo expresarle mi agradecimiento.
—No expresándolo, señora. Es a la casualidad a la que hay que darle gracias..., la casualidad que dirigió mis pasos, cuando paseaba, hacia este lado. ¿Me permite ofrecerle mi brazo?
Unos minutos después, la señora Kesselbach llamaba al timbre en la mansión de la residencia y le decía al príncipe:
—Voy a pedirle a usted un último servicio, señor. No diga usted nada a nadie de esta agresión.
—Sin embargo, señora, ése sería el único medio de saber...
—Para saberlo sería necesario realizar una investigación, y ello provocaría aún más ruido en torno a mí, con interrogatorios, cansancio..., y yo siento mis fuerzas agotadas.
El príncipe no insistió. Saludándola para despedirse preguntó:
—¿Me permitirá usted pedir noticias suyas?
—Ciertamente, señor...
La señora Kesselbach besó a su amiga Genoveva y penetró en la residencia.
Mientras tanto, la noche comenzaba a llegar, y Semine no quiso que Genoveva volviera sola a su casa. Pero, apenas había penetrado en el sendero cuando de entre las sombras surgió una silueta que corrió a su encuentro.
—¡Abuela! —exclamó Genoveva.
Y se arrojó en los brazos de una anciana que la cubrió de besos.
—¡Ah! ¡Querida mía! ¡Querida mía! ¿Qué ha ocurrido? Qué tarde vienes, tú siempre eres puntual...
Genoveva hizo las presentaciones:
—La señora Ernemont, mi abuela. El príncipe Semine...
Luego relató el incidente y la señora Ernemont dijo:
—¡Oh! Querida mía, qué miedo debiste sufrir... Yo no olvidaré esto jamás, señor.., se lo juro a usted... Pero, qué miedo debiste pasar, pobrecita mía...
—Vamos, abuelita, tranquilízate, pues aquí estoy...
—Sí, pero el miedo pudo haberle hecho daño... Nunca se saben las consecuencias... ¡Oh! Es horrible...
Pasaron a lo largo de un vallado por encima del cual se divisaba un patio plantado de árboles, algunos macizos, un patio y una casa blanca.
Detrás de la casa se abría, al abrigo de un bosquecillo de saúcos dispuesto en forma de glorieta, una pequeña barrera.
La anciana le rogó al príncipe permiso para retirarse unos instantes, a fin de ir a ver a sus alumnos para quienes había llegado la hora de cenar.
El príncipe y la señora Ernemont quedaron solos.
La anciana tenía un rostro pálido y triste y su cabeza estaba cubierta de blancos cabellos. Era muy corpulenta, de andar pesado y, a pesar de su aspecto y de sus vestidos de señora, tenía un cierto aire vulgar, pero sus ojos eran de una bondad infinita.
Mientras la anciana ponía un poco de orden en las cosas colocadas sobre la mesa, pero sin por ello dejar de continuar manifestando su inquietud, el príncipe Semine se le acercó, le tomó la cabeza entre las manos y la besó en ambas mejillas.
—Y bien, viejecita, ¿cómo te encuentras?
La anciana quedó desconcertada, con la mirada hosca y la boca abierta.
El príncipe volvió a besarla de nuevo, riendo.
Ella farfulló:
—¡Tú! ¡Pero eres tú! ¡Ah! ¡Jesús María!... ¡Jesús María!... ¿Pero es posible?... ¡Jesús María!...
—No me llames así —exclamó ella, estremeciéndose—. Victoria ha muerto... Tu vieja nodriza ya no existe... Yo pertenezco enteramente a Genoveva...
Y luego añadió, en voz baja:
—¡Ah! Jesús..., ya he leído tu nombre en los periódicos... ¿Entonces es verdad que comienzas de nuevo tu mala vida?
—Ya lo ves.
—Sin embargo, tú me habías jurado que eso había acabado, que te ibas para siempre, que querías hacerte un hombre honrado.
—Ya lo he intentado. Hace cuatro años que trato de conseguirlo... No podrás decir que en estos últimos cuatro años yo haya dado que hablar de mí...
—¿Y entonces?
—Entonces..., eso me aburre.
Ella suspiró, y dijo:
—Siempre el mismo... No has cambiado... ¡Ah! Está bien decidido que tú no cambiarás nunca... ¿Así pues, andas mezclado en el asunto Kesselbach?
—¡Diablos! Si no fuera así, ¿cómo iba yo a molestarme en organizar contra la señora Kesselbach, a las seis de la tarde, una agresión para tener a las seis y cinco que arrancarla a las garras de mis hombres? Salvada por mí, ella está obligada a recibirme. Heme aquí, pues, en el corazón de la plaza sitiada, y al propio tiempo que protejo a la viuda, vigilo los alrededores. ¡Ah! Qué quieres, la vida que yo llevo no me permite el vagar y emplear el régimen de cuidados menudos y de entremeses. Es preciso que yo actúe con golpes de teatro, consiguiendo victorias brutales.
La anciana lo observaba con turbación y balbució:
—Ya comprendo..., ya comprendo..., todo eso son mentiras... Pero entonces..., Genoveva...
—¡Ah! De una pedrada mataba dos pájaros. El preparar un salvamento de una persona me costaba tanto como hacerlo para dos. Piensa en lo que he necesitado en tiempo, en esfuerzos, quizá inútiles, para conseguir deslizarme dentro de la intimidad de esta criatura. ¿Qué era yo para ella? ¿Qué podría ser yo todavía? Un desconocido..., un extraño. Pero ahora soy su salvador. Y dentro de una hora seré... su amigo.
La anciana se puso a temblar. Luego dijo:
—Así pues..., tú no has salvado a Genoveva... Así vas a mezclarnos en tus líos...
Y de pronto, en un acceso de rebeldía, agarrándolo por los hombros, le dijo:
—Pues no, ya tengo bastante, ¿entiendes? Tú me trajiste a esta niña un día diciéndome: «Aquí la tienes..., te la confío. Sus padres han muerto... Ponía bajo tu cuidado.» Pues bien: ya lo está; ya está bajo mi cuidado, y sabré defenderla contra ti y contra todas tus intrigas.
En pie, con todo aplomo, con los dos puños crispados y el gesto resuelto, la señora Ernemont parecía dispuesta a todas las eventualidades.
Tranquilamente, sin brusquedades, el príncipe Semine se desprendió una tras otra de las dos manos que lo sujetaban y a su vez tomó a la anciana por los hombros, la sentó en una butaca, se inclinó hacia ella y en tono muy tranquilo le dijo:
—¡No!
Ella se echó a llorar, vencida de inmediato, y cruzando sus manos ante Semine le dijo:
—Yo te lo suplico, déjanos tranquilas. ¡Éramos tan felices! Yo creía que tú nos habías olvidado y yo bendecía al cielo cada vez que transcurría un día más. Pero sí..., no obstante, te quiero bien... Pero en cuanto a Genoveva..., ¿sabes?, no sé lo que yo sería capaz de hacer por esta niña. Ella pasó a ocupar tu lugar en mi corazón.
—Ya lo veo —respondió él riendo—. Tú me enviarías al diablo muy satisfecha ¡Bueno, basta de tonterías! No tengo tiempo que perder. Es preciso que yo le hable a Genoveva.
—¡Tú vas a hablarle!
—Pues sí. ¿Acaso es un crimen?
—¿Y qué es lo que tienes que decirle?
—Un secreto..., un secreto muy grave..., muy emocionante...
La anciana se asustó y dijo:
—¿Y que le causará sufrimiento quizá? ¡Oh! Yo temo a todo..., lo temo todo por ella...
—Ahí viene —dijo él.
—No, todavía no.
—Sí, sí, yo la oigo venir... Sécate los ojos y sé razonable...
—Escucha —dijo ella vivamente—. Escucha: yo no sé cuáles son las palabras que tú vas a pronunciar, qué secreto le vas a revelar a esta niña a la que tú no conoces... Pero yo, que sí la conozco, te diré esto: Genoveva es de una naturaleza valiente, fuerte, pero muy sensible. Ten cuidado con tus palabras... Podrían herir unos sentimientos... que no te es posible sospechar.
—¿Y por qué, Dios mío?
—Porque ella es de una raza diferente de la tuya, de otro mundo distinto..., y me refiero a otro mundo moral... Hay cosas que te está vedado comprenderlas ahora. Entre vosotros dos, el obstáculo que os separa es infranqueable... Genoveva tiene la conciencia más pura y más elevada..., y tú...
—¿Y yo?
—Y tú, tú no eres un hombre honrado.

III

Genoveva entró vivaz y encantadora.
—Todas mis pequeñas se encuentran en el dormitorio. Dispongo de diez minutos de respiro... Bueno, abuela, ¿qué es lo que ocurre? Tienes una cara muy extraña... ¿Se trata todavía de esa historia?
—No, señorita —dijo Semine—. Creo haber tenido la fortuna de tranquilizar a su abuela. Solamente estábamos hablando de usted, de su infancia, y éste es un tema, al parecer, que su abuela no toca sin emoción.
—¿De mi infancia? —preguntó Genoveva, enrojeciendo—. ¡Oh! Abuela...
—No la riña usted, señorita. Fue la casualidad la que llevó la conversación por ese terreno. Ocurre que yo he pasado a menudo por la pequeña aldea en donde se crió usted.
—¿Aspremont?
—Aspremont, cerca de Niza... Usted vivía allí en una casa nueva, toda blanca...
—Sí —dijo ella—, toda blanca, con un poco de pintura azul en torno a las ventanas... Yo era muy niña, pues me marché de Aspremont a los siete años; pero recuerdo hasta las cosas más pequeñas de esa época. Y no he olvidado el resplandor del sol sobre la fachada blanca, ni la sombra del eucalipto en el extremo del jardín...
—En el extremo del jardín, señorita, había un campo de olivos, y, bajo uno de esos olivos, una mesa donde su madre trabajaba los días de calor...
—Es cierto, es cierto —respondió ella, toda emocionada—. Y yo jugaba a su lado...
—Y es allí donde yo vi a su madre varias veces... En seguida que la vi a usted se me apareció la imagen del rostro de ella..., más alegre, más feliz.
—Mi pobre madre, en efecto, no era feliz. Mi padre había muerto el mismo día que yo nací y nada pudo ya consolarla. Ella lloraba mucho. Guardo de esa época un pañuelito con el cual ella se secaba las lágrimas.
—Un pañuelito con dibujos de rosas.
—¡Cómo! —exclamó llena de sorpresa—. Usted sabe...
—Yo estaba allí un día cuando usted la estaba consolando... Y usted la consolaba tan delicadamente, que la escena se quedó grabada en mi memoria.
La joven lo miró profundamente y murmuró, hablando casi para sí misma:
—Sí..., sí..., así me parece... la expresión de los ojos de usted..., y también el timbre de su voz...
Ella bajó los párpados un momento y se concentró como si buscara en vano el apresar un recuerdo que se le escapara. Y luego continuó:
—Entonces, ¿usted la conocía?
—Yo tenía unos amigos cerca de Aspremont, en casa de los cuales la conocí y la vi varias veces. La última vez me pareció más triste todavía..., más pálida, y cuando volví...
—Todo había acabado, ¿no es así? —dijo Genoveva—. Sí, ella se fue muy pronto..., en unas semanas..., y yo me quedé sola con unos vecinos que la velaban... Y una mañana se la llevaron... Y la noche de ese día, mientras yo dormía, vino alguien que me tomó en sus brazos y me envolvió en cobertores...
—¿Un hombre? —preguntó el príncipe.
—Sí, un hombre. Me hablaba muy bajo, muy despacio..., su voz me hacía bien..., y mientras me llevaba por la carretera y luego en un coche durante la noche, me acunaba y me contaba cuentos..., con esa misma voz..., con esa misma voz...
La joven se había interrumpido poco a poco y lo miraba de nuevo, más profundamente aún y con un esfuerzo más visible, para apresar la impresión fugitiva que florecía en ella por instantes. Él le dijo:
—¿Y después? ¿Adonde la llevó a usted?
—En ese punto mis recuerdos son vagos... Es como si yo hubiera dormido entonces durante varios días... Vuelvo a encontrarme de nuevo solamente en el burgo de Vendée, donde pasé la segunda mitad de mi infancia, en Montégut, en casa del padre y la madre Izereau, gentes muy buenas que me alimentaron y me educaron, y cuya dedicación y ternura yo nunca olvidaré.
—¿Y éstos también murieron?
—Sí —respondió ella—. Hubo una epidemia de tifus en la región... Pero yo no lo supe hasta más tarde... Desde el comienzo de su enfermedad, a mí me llevaron como la primera vez y en las mismas condiciones..., durante la noche, y alguien que me envolvió igualmente en cobertores... Sólo que yo era mayor, me debatí y quise gritar... y él tuvo que taparme la boca con un pañuelo.
—¿Qué edad tenía usted?
—Catorce años... De esto hace cuatro años.
—¿Entonces usted pudo distinguir a ese hombre?
—No; éste se ocultaba con más cuidado y no me dijo ni una sola palabra... Sin embargo, yo he pensado siempre que era el mismo hombre de la primera vez..., pues he guardado el recuerdo de su misma solicitud, de sus mismos gestos de atención, llenos de precauciones.
—¿Y después?
—Después, como en la otra ocasión, hay el olvido, algo como sueño... Esta vez yo estuve enferma, al parecer, tuve la fiebre tifoidea... Y me desperté en una habitación alegre y clara. Una señora de cabellos blancos estaba inclinada sobre mí y me sonrió... Era la abuela..., y la habitación es la misma que ocupo aquí arriba.
Su rostro había recobrado su expresión feliz, su bella expresión luminosa, y sonriendo, terminó:
—Y he ahí cómo la señora Ernemont me encontró una noche en el umbral de su puerta, dormida, al parecer; entonces ella me recogió y así se convirtió en mi abuela, y así también, después de pasar por algunas pruebas, la joven de Aspremont disfruta de las alegrías de una existencia tranquila, y enseña el cálculo y la gramática a unas niñas rebeldes o perezosas..., pero que la quieren mucho.
Se expresaba alegremente, con un tono a la par de reflexión y de alegría, y se adivinaba en ella el equilibrio de una naturaleza razonable.
Semine le escuchaba con creciente sorpresa y sin pretender disimular su turbación. Le pregunto:
—¿Y desde entonces usted nunca más volvió a oír hablar de ese hombre?
—Nunca.
—¿Y la agradería volver a verlo?
—Sí, me agradaría mucho.
—Pues bien, señorita...
Genoveva se estremeció y dijo:
—Sabe usted algo..., acaso la verdad...
—No..., no..., solamente que...
El príncipe se levantó de su asiento y se puso a pasearse por la estancia. De cuando en cuando su mirada se detenía sobre Genoveva, y tal parecía que estaba a punto de responder con palabras más precisas a la pregunta que ella le había hecho. ¿Iba a hablar?
La señora Ernemont esperaba llena de angustia la revelación de aquel secreto del cual podría depender la tranquilidad de la joven.
El príncipe se sentó cerca de Genoveva, pareció dudar aún, y, luego, por fin, dijo:
—No..., no..., es que se me había ocurrido una idea..., un recuerdo...
—¿Un recuerdo?... ¿Entonces?
—Me he equivocado. Es que en el relato de usted había ciertos detalles que me indujeron a error.
—¿Está usted seguro?
Él dudó una vez más, pero luego afirmó: —Absolutamente seguro.
—¡Vaya! —dijo ella, defraudada—. Yo había creído adivinar... que usted conocía...
No terminó la frase, esperando una respuesta a la pregunta que ella le había formulado, pero sin atreverse a decirla enteramente.
Él se calló. Entonces, sin volver a insistir, ella se inclinó sobre la señora Ernemont, y le dijo:
—Buenas noches, abuela; mis pequeñas ya deben estar en cama, pero ninguna de ellas sería capaz de dormirse sin que yo la haya besado.
Le tendió la mano al príncipe, diciéndole:
—Una vez más, muchas gracias.
—¿Se marcha usted? —dijo él vivamente.
—Perdóneme. La abuela lo acompañará.
El príncipe se inclinó ante ella y le besó la mano. En el momento de abrir la puerta para salir, ella se volvió y sonrió. Luego desapareció.
El príncipe oyó el ruido de sus pasos que se alejaban, pero permaneció completamente inmóvil y con el rostro pálido por la emoción.
—Bueno —dijo la anciana—, no has hablado.
—No...
—Ese secreto...
—Más adelante... Hoy..., es extraño..., no he podido.
—¿Te resultaba entonces tan difícil? ¿Acaso no presintió ella que tú eras el desconocido que por dos veces la había llevado?... Bastaba una sola palabra...
—Más tarde..., más tarde... —dijo él, recobrando toda su serenidad—. Tú debes comprender bien..., esta niña apenas me conoce... Es preciso, en primer lugar, que yo conquiste los derechos de su afecto, de su ternura... Cuando yo le haya dado la existencia que ella merece, una existencia maravillosa como las que se ven en los cuentos de hadas, entonces hablaré.
La anciana inclinó la cabeza y replicó:
—Me temo mucho que tú te equivoques... Genoveva no tiene necesidad de una existencia maravillosa... Sus gustos son sencillos.
—Ella tiene los gustos de todas las mujeres, y la fortuna, el lujo, el poderío, procuran alegrías que ninguna mujer desprecia.
—Sí, una: Genoveva. Y tú harás mejor...
—Ya veremos eso. Por el momento, déjame hacer. Y estáte tranquila. No tengo intención alguna, contrariamente a lo que tú dices, de mezclar a Genoveva en todos mis chanchullos. Apenas si me verá... Solamente que era preciso ponerse en contacto... Ya está hecho... Adiós.
Salió de la escuela y se dirigió a donde le esperaba su automóvil.
Iba completamente feliz. Se dijo:
«Es encantadora... Es tan dulce, tan seria... Son los ojos de su madre, aquellos ojos que me enternecían hasta las lágrimas... ¡Dios mío! ¡Qué lejos está todo aquello! Y qué hermoso recuerdo..., un poco triste..., pero tan hermoso...»
Y luego, en voz alta, añadió:
—Sí, en verdad, me ocuparé de su felicidad. E inmediatamente. Desde esta noche. Perfectamente, desde esta noche ella tendrá un novio. Para las muchachas jóvenes ¿acaso no es ésa la propia condición de la felicidad?
IV

Encontró su automóvil en la carretera principal.
—A casa —le ordenó a Octavio.
Llegado a su casa pidió comunicación con Neuilly, le telefoneó sus instrucciones a aquel de sus amigos a quien él llamaba el Doctor, y luego se vistió para cenar.
Cenó en el círculo de la calle Cambon, pasó una hora en la Ópera y volvió a subir a su coche.
—A Neuilly, Octavio. Vamos a buscar al Doctor. ¿Qué hora es?
—Las diez y media
—¡Diablos! ¡Apura!
Diez minutos después el auto se detenía al extremo del bulevar Inkermann, delante de una residencia aislada. El chófer tocó la bocina, y al oír la señal el Doctor bajó. El príncipe le preguntó:
—¿El individuo está ya listo?
—Ya está empaquetado, amarrado con cuerdas y sellado.
—¿Y está en buen estado?
—En excelente estado. Si todo sucede conforme usted me ha telefoneado, la Policía no verá más que fuego.
—Ése es su deber. Carguémosle.
Transportaron al automóvil una especie de saco alargado que tenía la forma de una persona y que parecía bastante pesado...
El príncipe dijo:
—A Versalles, Octavio, calle Vilaine, delante del hotel Deux-Empereurs.
—Pero ése es un hotel de baja categoría —señaló el Doctor—. Yo lo conozco.
—¿A quién se lo dices? Y la faena será dura, cuando menos para mí... Pero, ¡caray!, no cedería mi lugar ni por una fortuna. ¿Quién afirmaría que la vida es monótona?
El hotel Deux-Empereurs..., un pasadizo lleno de fango..., dos peldaños para bajar y se penetra en un pasillo donde vela la luz de una lámpara
Con el puño, Semine golpeó contra una pequeña puerta
Apareció un mozo de hotel. Era Felipe, aquel mismo a quien por la mañana Semine había dado órdenes con respecto a Gerardo Baupré.
—¿Está todavía aquí?
—Sí.
—¿Y la cuerda?
—El nudo ya está hecho.
—¿No ha recibido el telegrama que esperaba?
—Helo aquí. Yo lo intercepté.
Semine cogió el papel azul y lo leyó.
—¡Caray! —dijo con satisfacción—. Ya era hora. Le anunciaban para mañana un billete de mil francos. Vamos, la suerte me favorece. Las doce menos cuarto de la noche. Dentro de un cuarto de hora, ese pobre diablo se arrojará a la eternidad. Lléveme, Felipe. Quédate ahí, Doctor.
El mozo tomó la lámpara. Subieron al tercer piso y luego siguieron caminando de puntillas por un pasillo de techo bajo y maloliente, lleno de buhardillas y que desembocaba en una escalera de madera donde se enmohecían los últimos vestigios de una alfombra.
—¿Nadie podrá oírme? —preguntó Semine.
—Nadie. Las dos habitaciones están aisladas. Pero no se equivoque; él se encuentra en la de la izquierda.
—Bien. Ahora vuelve a bajar. A medianoche, el Doctor, Octavio y tú cargaréis el individuo y lo traeréis a donde nos encontramos, y luego esperaréis.
La escalera de madera tenía diez peldaños que el príncipe subió con infinitas precauciones... En lo alto, un descansillo y dos puertas... Semine precisó más de cinco minutos para abrir la puerta de la derecha sin que produjera chirrido alguno que rompiera el silencio imperante.
En la sombra del cuarto brillaba una luz. A tientas, para no tropezar con una de las sillas, se dirigió hacia aquella luz. Ésta provenía del cuarto vecino y se filtraba a través de una puerta de cristales que estaba cubierta por un trozo de tapicería.
El príncipe apartó el tapiz. Los cristales de la puerta estaban sucios, estropeados, rayados en algunos lugares, de manera que aplicando un ojo se podía ver fácilmente todo cuanto ocurría en el otro cuarto.
Allí se encontraba un hombre de cara a la puerta de cristales, sentado ante una mesa. Era el poeta Gerardo Baupré.
Escribía a la luz de una lámpara.
Por encima de él pendía una cuerda, que estaba sujeta a un gancho fijado al techo. En el extremo inferior de la cuerda había un redondeado nudo corredizo.
En un reloj de la ciudad sonó una ligera campanada.
«La medianoche menos cinco minutos —pensó Semine—. Todavía cinco minutos más.»
El joven continuaba escribiendo. Al cabo de un instante dejó la pluma sobre la mesa, puso en orden las diez o doce hojas de papel que había ennegrecido de tinta y se puso a releerlas.
La lectura no pareció agradarle, pues una expresión de descontento asomó a su rostro. Rasgó el manuscrito y quemó los pedazos en la llama de la lámpara.
Luego, con mano febril, trazó algunas palabras sobre otra hoja de papel, firmó bruscamente y se levantó de la silla.
Pero habiendo visto la cuerda a diez pulgadas por encima de su cabeza, se sentó de súbito, experimentando un estremecimiento de espanto.
Semine veía claramente su pálido rostro y sus flacas mejillas, contra las cuales apretaba sus puños crispados. Una lágrima rodó por su cara..., una sola, lenta y desolada. Sus ojos estaban fijos en el vacío, unos ojos espantosos de tristeza y que ya parecían divisar la temible nada. ¡Y era un rostro tan joven! ¡Unas mejillas tan tiernas todavía y que ninguna cicatriz había marcado aún! Y unos ojos azules, de un azul de cielo oriental...
Medianoche..., las doce campanadas trágicas de la medianoche, a las cuales tantos desesperados han enganchado el último segundo de su existencia.
Al oír la última campanada, el joven se irguió de nuevo, y esta vez valientemente, sin temblar, miró a la cuerda siniestra, intentó sonreír..., una pobre sonrisa como la lamentable mueca de un condenado a quien la muerte ha apresado ya.
Con rapidez subió sobre la silla, y con una mano tomó la cuerda.
Por un instante permaneció allí inmóvil, no porque dudara o le faltara valor, sino porque era el instante supremo, el minuto de gracia que se concede antes del gesto fatal.
Contempló la infame habitación donde un destino adverso lo había acorralado, el horrible papel de las paredes, la miserable cama...
Sobre la mesa ni un libro: todo lo había vendido. Ni una fotografía, ni el sobre de una carta. No tenía ya ni padre, ni madre, ni familia alguna. ¿Qué podía, pues, atarlo a la vida?
Con un movimiento brusco metió la cabeza en el nudo corredizo y tiró de la cuerda hasta que el nudo le apretó bien el cuello.
Y derribando con los dos pies la silla, saltó al vacío.
Transcurrieron diez segundos, veinte segundos..., veinte segundos terribles, eternos...
El cuerpo había sufrido dos o tres convulsiones. Las piernas habían buscado instintivamente un punto de apoyo. Y ahora ya nada se movía...
Todavía unos segundos más... La pequeña puerta de cristales se abrió.
Semine entró.
Sin la menor prisa, tomó la hoja de papel donde el joven había puesto su firma y leyó:

«Cansado de la vida, enfermo, sin dinero, sin esperanza, me mato» Que no se acuse a nadie de mi muerte.
Gerardo Baupré.
30 de abril.»

Volvió a dejar la hoja sobre la mesa, bien a la vista, acercó la silla y la colocó bajo los pies del joven. Se subió a la mesa, y sosteniendo el cadáver apretado contra él lo irguió, alargó el nudo corredizo y se lo sacó por la cabeza.
El cadáver se dobló entre sus brazos. Lo dejó deslizarse a lo largo de la mesa, y saltando al suelo lo extendió después sobre la cama.
Luego, siempre con la misma flema, abrió la puerta de salida.
—¿Estáis ahí los tres? —murmuró.
Cerca de él, al pie de la escalera de madera, alguien respondió:
—Aquí estamos. ¿Es preciso subir nuestro paquete?
—¡Hacedlo!
Tomó la lámpara y les alumbró.
Con gran trabajo, los tres hombres subieron la escalera cargando el saco dentro del cual estaba amarrado el individuo.
—Colocadlo aquí —les dijo señalando a la mesa.
Con ayuda de un cortaplumas cortó las cuerdas que rodean el saco. Apareció una sábana blanca y la apartó.
En esa sábana había un cadáver... El cadáver de Pedro Leduc.
—Pobre Pedro Leduc —dijo Semine—. Tú no sabrás nunca lo que has perdido muriéndote tan joven. Yo te hubiera llevado lejos, hombrecito. En fin, nos arreglaremos sin tu ayuda... Vamos, Felipe, súbete a la mesa, y tú, Octavio, sobre la silla. Levantadle la cabeza y ponedle al cuello el nudo corredizo.
Dos minutos más tarde, el cadáver de Pedro Leduc se balanceaba al extremo de la cuerda.
—Magnífico; la cosa no tiene mayores dificultades: una sencilla sustitución de cadáveres. Y ahora podéis marcharos todos. Tú, Doctor, volverás aquí mañana por la mañana; te enterarás del suicidio del señor Gerardo Baupré (aquí está su carta de adiós), mandarás llamar al médico forense y al comisario y arreglarás de forma que ni el uno ni el otro comprueben que el difunto tiene un dedo cortado y una cicatriz en la mejilla...
—Eso es fácil.
—Y harás de forma también que el atestado se escriba inmediatamente y dictado por ti.
—Eso es fácil.
—Y, en fin, evita que lo envíen al depósito de cadáveres y logra que expidan el permiso para la inhumación inmediatamente.
—Eso ya es menos fácil.
—Inténtalo. ¿Has examinado a este otro?
Y señaló al joven que yacía inerte sobre la cama.
—Sí respondió el Doctor—. La respiración se hace normal. Pero se corría un gran riesgo..., la carótida hubiera podido...
—Quien no arriesga nada... ¿Dentro de cuánto tiempo recobrará el conocimiento?
—De aquí a unos minutos.
—Bueno. ¡Ah! No te marches todavía, Doctor. Quédate abajo. Tu misión no ha terminado todavía esta noche.
Al quedarse solo, el príncipe encendió un cigarrillo y se puso a fumar tranquilamente, lanzando hacia el techo pequeños anillos de humo azul.
Un suspiro lo sacó de su ensimismamiento. Se acercó a la cama. El joven comenzaba a agitarse y su pecho se erguía y bajaba violentamente, lo mismo que un durmiente bajo la influencia de una pesadilla.
Se llevó las manos a la garganta como si sintiera un dolor allí, y este ademán lo hizo incorporarse bruscamente aterrorizado y jadeante...
Entonces vio frente a él a Semine.
—¡Usted! —murmuró sin comprender—. ¡Usted!
Y lo contempló con mirada estúpida, como si estuviera viendo un fantasma.
De nuevo se llevó la mano a la garganta y se palpó el cuello y la nuca... Y de pronto lanzó un grito ronco; la locura del espanto desorbitó sus ojos, erizó el pelo de su cabeza y lo sacudió todo él como una hoja... El príncipe se había borrado de su visita y, en cambio, había visto..., estaba viendo en el extremo de la cuerda al ahorcado.
Retrocedió hasta la pared. Aquel hombre colgado era él..., era él mismo... Él estaba muerto, se veía muerto. ¿El sueño atroz que sigue al trépano?... ¿La alucinación de aquellos que ya han dejado de existir, pero cuyo cerebro trastornado palpita todavía con un resto de vida?...
Sus brazos se agitaron en el aire. Por un momento pareció defenderse contra la terrible visión. Luego, extenuado, vencido una segunda vez, se desvaneció.
«Maravilloso —dijo con sorna el príncipe—. Naturaleza sensible, impresionable... En estos momentos el cerebro está desorbitado... Vamos, la hora es propicia... Pero si yo no quito de aquí esto en veinte minutos, se me escapa.»
Empujó la puerta que separaba las dos buhardillas, volvió junto a la cama, alzó al joven y lo transportó, colocándolo sobre la cama del otro cuarto.
Le mojó las sienes con agua fría y le hizo respirar sales.
El desvanecimiento esta vez no fue muy largo.
Tímidamente, Gerardo entreabrió los párpados y alzó los ojos hacia el techo. La visión se había acabado.
Pero la colocación de los muebles, la posición de la mesa y de la chimenea y otros detalles le sorprendieron..., y, además, el recuerdo de su acción..., el dolor que sentía en la garganta...
Le dijo al príncipe:
—He tenido un sueño, ¿no es verdad?
—No.
—¿Cómo no?
Y de pronto, recordando, exclamó:
—¡Ah! Es verdad, lo recuerdo... Quise morir..., y hasta...
Se irguió ansiosamente y preguntó:
—Pero ¿y el resto? ¿La visión?
—¿Qué visión?
—El hombre..., la cuerda... ¿Eso fue un sueño?...
—No —afirmó Semine—. Eso también es la realidad...
—¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted? ¡Oh! No..., no..., se lo suplico..., despiérteme usted si yo duermo aún..., o bien que me muera... Pero yo estoy muerto, ¿no es eso? Y esto es la pesadilla de un cadáver... ¡Ah! Siento que pierdo la razón... Yo se lo ruego...
Semine colocó suavemente la mano sobre los cabellos del joven e inclinándose hacia él le dijo:
—Escúchame..., escúchame bien y comprende. Estás vivo. Tu sustancia y tu pensamiento son idénticos y viven. Pero Gerardo Baupré esta muerto. Tú me comprendes, ¿no es eso? El ser social que llevaba el nombre de Gerardo Baupré ya no existe. Tú lo has suprimido a ése. Mañana, en los registros del estado civil, frente a ese nombre que tú llevabas, se inscribirá la anotación: «Fallecido», y la fecha de tu fallecimiento.
—¡Mentira!... —balbució el joven, aterrado—. ¡Mentira! Puesto que estoy aquí, yo, Gerardo Baupré.
—Tú no eres Gerardo Baupré— le contestó Semine.
Y señalando a la puerta abierta agregó:
—Gerardo Baupré está allí, en la habitación vecina ¿Quieres verlo? Está suspendido del clavo donde tú lo colgaste. Sobre la mesa se encuentra la carta por la cual tú firmaste su muerte. Todo eso es muy regular, todo eso definitivo. Ya no hay marcha atrás en este hecho irrevocable y brutal: ¡Gerardo Baupré ya no existe!
El joven escuchaba como si se sintiera perdido. Ya más calmado, ahora que los hechos adquirían una significación menos trágica, comenzaba a comprender.
—¿Y así?
—Así, hablemos.
—Sí..., sí..., hablemos...
—¿Un cigarrillo? —dijo al príncipe—. ¿Aceptas?... ¡Ah! Ya veo que te aferras a la vida. Tanto mejor. Nosotros nos entenderemos y esto será rápidamente.
Encendió el cigarrillo del joven, luego el suyo, y seguidamente, en breves palabras, con voz seca, le explicó:
—Finado Gerardo Baupré, tú estabas cansado de vivir, enfermo, sin dinero y sin esperanza... ¿Quieres, en cambio, tener salud, ser rico y poderoso?
—No lo entiendo.
—Es bien sencillo. La casualidad te ha puesto en mi camino, eres joven, buen mozo, poeta, inteligente y (tu acto de desesperación lo demuestra) de una magnífica honradez. Ésas son cualidades que rara vez se encuentran reunidas. Yo las aprecio... y las tomo por mi cuenta.
—No están en venta.
—¡Imbécil! ¿Quién te habla de comprar o de vender? Guárdate tu conciencia. Es una joya demasiado preciosa para que yo te la quite.
—Entonces, ¿qué es lo que usted me pide?
—Tu vida.
Y señalando a la garganta todavía dolorida del joven continuó:
—Tu vida..., tu vida, que no has sabido emplear. Tu vida, que has malogrado, perdido, destruido, y que yo pretendo rehacer..., yo..., y conforme a un ideal de belleza, de grandeza y de nobleza que te darían vértigo, hijo mío, si siquiera entrevieses el abismo en que se sumerge mi pensamiento secreto...
Había cogido entre sus manos la cabeza de Gerardo y prosiguió con un énfasis irónico:
—¡Tú eres libre! ¡Nada de ataduras! ¡Ya no tienes que sufrir el peso de tu nombre! Has borrado ese número de matrícula que la sociedad había impreso sobre ti como un hierro rojo sobre tu espalda. ¡Eres libre! En este mundo de esclavos en el que cada cual lleva su etiqueta, tú puedes o bien ir y venir desconocido, invisible como si poseyeras el anillo de Gygés..., o bien escoger tu etiqueta, la que te agrade. ¿Comprendes?... ¿Comprendes el tesoro magnífico que representas para un artista, para ti mismo si lo quieres? ¡Una vida completamente nueva! Tu vida es la cera que tienes el derecho a modelar a tu gusto, conforme a las fantasías de tu imaginación o los consejos de tu razón.
El joven hizo un gesto de cansancio.
—¿Y qué quiere usted que haga yo con ese tesoro? ¿Qué he hecho yo hasta ahora? ¡Nada!
—Dámelo a mí.
—¿Y qué podría hacer usted con él?
—Todo. Si tú no eres un artista, yo sí lo soy..., sí, yo... Y un artista entusiasta, inagotable, indomable, desbordante. Si tú no posees el fuego sagrado, yo lo tengo..., yo. Allí donde tú has fracasado, yo triunfaré, ¡Dame tu vida!
—¡Palabras!... ¡Promesas!... —exclamó el joven, cuyo rostro iba animándose—. ¡Sueños vacíos!... ¡Yo sé muy bien lo que valgo!... Conozco mi cobardía, mi desaliento, mis esfuerzos que abortan, toda mi miseria Para comenzar mi vida precisaría una voluntad que no tengo...
—Yo tengo la mía...
—Necesitaría amigos...
—Los tendrás.
—Recursos...
—Yo te los proporciono. ¡Y qué recursos! Tú no tienes más que tomarlos, como se puede tomar dinero de una caja mágica.
—Pero, entonces, ¿quién es usted? —exclamó el joven, desconcertado.
—Para los demás, el príncipe Semine... Para ti..., ¡qué importa! Yo soy más que príncipe, más que rey, más que emperador...
—¿Quién es usted?... ¿Quién es usted?... —balbució Baupré.
—Soy el maestro..., aquel que quiere y que puede..., aquel que actúa... No hay límites para mi voluntad, no los hay para mi poder. Soy más rico que el más rico, porque su fortuna me pertenece... Soy más poderoso que los más fuertes, pues su fuerza está a mi servicio.
Tomó nuevamente entre sus manos la cabeza del joven y, clavándole su mirada en los ojos, continuó:
—Sé también rico..., sé fuerte..., es la felicidad lo que yo te ofrezco..., es la dulzura de vivir..., la paz para tu cerebro de poeta..., y es la gloria también. ¿Aceptas?
—Sí..., sí..., —murmuró Gerardo, deslumhrado y dominado—. ¿Qué es preciso hacer?
—Nada.
—Sin embargo...
—Nada, te digo yo. Toda la armazón de mis proyectos descansa sobre ti, pero tú no cuentas para nada. Tú no tienes que representar un papel activo. Por el momento, no eres más que un comparsa..., ni siquiera eso: eres un peón de ajedrez que yo empujo sobre el tablero.
—¿Qué haré yo?
—Nada..., versos. Vivirás a tu capricho. Tendrás dinero. Gozarás de la vida. Yo ni siquiera me ocuparé de ti. Te lo repito: tú no representas papel alguno en mi aventura.
—¿Y quién seré yo?
Semine extendió el brazo y señaló hacia el cuarto vecino, diciendo:
—Tomarás el lugar de ése. Tú eres ése.
Gerardo se estremeció, sublevado y asqueado, y respondió:
—¡Oh, no!... Ése está muerto..., y, además..., es un crimen... No, yo quiero una vida nueva hecha por mí, imaginada por mí..., un nombre desconocido...
—Serás ése, te digo —gritó Semine, imponente de energía y de autoridad—. Serás ése, porque su destino es magnífico, porque su nombre es ilustre y él te transmite una herencia diez veces secular de nobleza y de orgullo.
—Es un crimen —gimió Baupré, desfallecido.
—Serás ése —clamó Semine con violencia inusitada—. ¡Ése! De lo contrario volverás a ser Baupré, y sobre Baupré yo tengo derechos de vida y muerte. ¡Escoge!
La expresión de su rostro era implacable. Gerardo sintió miedo y se dejó caer sobre el lecho sollozando.
—¡Yo quiero vivir!
—¿Lo quieres firmemente, irrevocablemente?
—¡Sí, mil veces sí! Después de la acción horrible que yo intenté, la muerte me espanta... Todo..., todo antes que la muerte... Todo..., el sufrimiento..., el hambre..., la enfermedad..., todas las torturas, todas las infamias..., hasta el crimen si es preciso..., pero no la muerte.
Temblaba de fiebre y de angustia, como si la gran enemiga rondara aún en torno a él y él se sintiera impotente para huir del abrazo de sus garras.
El príncipe redobló sus esfuerzos, y con voz ardiente, teniéndolo bajo él como una presa, añadió:
—Yo no te pido nada imposible, nada malo... Si algo hay, yo soy el responsable de ello... No..., nada de crimen..., sólo un poco de tu sangre que correrá... Pero ¿qué es eso después del terror de morir?
—El sufrimiento me es indiferente.
—Entonces, vamos pronto... —clamó Semine—. ¡En seguida! Diez segundos de sufrimiento, y eso será todo..., diez segundos, y la vida del otro te pertenecerá...
Lo había sujetado a brazo partido e inclinado sobre una silla le apresaba la mano izquierda extendida sobre la mesa con los cinco dedos separados. Rápidamente sacó de su bolsillo un cuchillo, apoyó el filo contra el dedo meñique entre la primera y la segunda falange y le ordenó:
—¡Golpea! ¡Golpea tú mismo! ¡Da un golpe con tu puño y eso es todo!
Le había agarrado la mano derecha y trataba de que golpeara con ella sobre la otra como con un martillo.
Gerardo se retorció convulsionado de horror. Comprendía ahora. Y gritó:
—¡Jamás! ¡Jamás!
—¡Golpea! ¡Un solo golpe y ya está hecho! Un solo golpe y serás igual a ese hombre, nadie te reconocerá.
—¡Quiero saber su nombre!
—Golpea primero...
—¡Jamás! ¡Oh, qué suplicio!... Se lo ruego..., más tarde.
—Ahora..., yo lo quiero..., es preciso...
—No..., no..., yo no puedo...
—¡Imbécil! ¡Golpea! Es la fortuna, la gloria, la ternura...
Gerardo levantó el puño en un impulso.
—La ternura —dijo él—. Sí..., por eso sí...
—Amarás y serás amado —exclamó Semine—. Tu novia te espera. Soy yo quien te la ha escogido. Es más pura que las más puras, más hermosa que las más hermosas. Es preciso que la conquistes. ¡Golpea!
El brazo se contrajo para el movimiento fatal, pero el instinto fue más fuerte. Una energía sobrehumana convulsionó al joven. Bruscamente rompió el abrazo con que Semine lo aprisionaba y huyó.
Corrió como un loco hacia el otro cuarto. Un aullido de terror se le escapó ante el espectáculo abominable del ahorcado y regresó para caer cerca de la mesa, de rodillas ante Semine.
—¡Golpea! —le dijo el príncipe volviendo a colocarle los cinco dedos sobre la mesa y poniéndole sobre el meñique la hoja del cuchillo.
Fue un ademán mecánico. Con movimiento de autómata, los ojos extraviados y el rostro lívido, el joven levantó el puño y golpeó.
Lanzó un gemido de dolor.
La pequeña extremidad de carne había saltado. La sangre corría. Por tercera vez cayó desvanecido.
Semine lo contempló durante unos segundos y dijo lentamente:
—¡Pobre chiquillo!... ¡Bah! Yo te pagaré eso centuplicado. Yo pago siempre principescamente.
Bajó la escalera, fue al encuentro del Doctor y le dijo:
—Se acabó. Ahora te toca a ti... Sube y hazle una incisión en la mejilla derecha semejante a la de Pedro Leduc. Es preciso que las dos cicatrices sean idénticas. Dentro de una hora vengo a buscarlo.
—¿Adonde va usted?
—A tomar el aire. Tengo el corazón como zozobrante.
Afuera respiró largamente, luego encendió un cigarrillo.
«Una buena jornada —murmuró—. Un poco recargada, un poco cansadora, pero fecunda, verdaderamente fecunda. Heme aquí convertido en amigo de Dolores Kesselbach. Heme aquí convertido en amigo de Genoveva. Me he fabricado un nuevo Pedro Leduc muy presentable y enteramente dedicado a mí. En fin, he encontrado para Genoveva un marido como no se encuentra en un millar. Ahora mi tarea ha concluido. Ya no me queda más que recoger el fruto de mis esfuerzos. A usted le toca ahora trabajar, señor Lenormand. Yo ya estoy listo.»
Y agregó pensando en el desgraciado mutilado a quien había deslumbrado con sus promesas:
«Solamente que..., hay un solamente..., que yo ignoro por completo lo que era ese Pedro Leduc, cuyo lugar le he atribuido generosamente a ese excelente joven. Y eso es fastidioso... Porque, en fin de cuentas, nada me demuestra que Pierre Leduc no era hijo de un salchichero...» CAPÍTULO CUATRO. EL SEÑOR LENORMAND, AL TRABAJO

I

El 31 de mayo por la mañana todos los periódicos recordaban que Lupin, en una carta escrita al señor Lenormand, había anunciado para esta fecha la evasión del ujier Jerónimo.
Y uno de los periódicos resumía muy bien la situación en ese día diciendo:

«La horrible carnicería del Palace Hotel se remonta al 17 de abril. ¿Qué es lo que se ha descubierto desde entonces? Nada.
«Existían tres indicios: la cigarrera, las letras L y M y el paquete de ropas olvidado en la oficina del hotel. ¿Qué ventajas se han logrado de todo eso? Ninguna.
»Se sospecha, al parecer, de un huésped que se alojaba en el primer piso, y cuya desaparición parece sospechosa. ¿Ha sido encontrado? ¿Se ha establecido su identidad? No.
»Por consiguiente, el drama continúa siendo tan misterioso como en la primera hora, y las tinieblas tan espesas como entonces.
«Para completar el cuadro, se nos asegura que parece existir desacuerdo entre el prefecto de Policía y su subordinado el señor Lenormand, y que éste, apoyado menos vigorosamente por el presidente del Consejo, ha presentado virtualmente su dimisión desde hace varios días. El asunto Kesselbach sería continuado por el subjefe de Seguridad, señor Weber, enemigo personal del señor Lenormand.
»En una palabra: es el desorden y la anarquía lo que impera.
»Y frente a todo ello, Lupin, es decir, el método, la energía y el espíritu de perseverancia.
«¿Nuestras conclusiones? Son breves: que Lupin libertará a su cómplice hoy, 31 de mayo, conforme lo ha anunciado.»

Esta conclusión, que también aparecía en todos los demás periódicos, era igualmente la que el propio público había adoptado. Y es preciso creer que la amenaza no había dejado de repercutir en las alturas, pues el prefecto de Policía, en ausencia del señor Lenormand, que se había declarado enfermo, y el subjefe de Seguridad, señor Weber, habían tomado las medidas más rigurosas, tanto en el Palacio de Justicia como en la prisión de la Santé, donde se encontraba el detenido.
Por pudor no se atrevieron a suspender ese día los interrogatorios cotidianos que realizaba el señor Formerie, pero desde la cárcel hasta el bulevar del Palacio de Justicia se observó una verdadera movilización de Policía que guardaba las calles del trayecto.
Con gran sorpresa de todos, transcurrió el 31 de mayo y la anunciada fuga no se produjo.
Hubo, sin embargo, un comienzo de ejecución de la misma que se tradujo en una aglomeración de tranvías, autobuses y camiones al paso del coche celular y la rotura inexplicable de una de las ruedas de ese carruaje. Pero el intento no llegó más allá.
Era, pues, el fracaso. El público quedó casi defraudado, y la Policía apareció brillantemente triunfante.
Mas al día siguiente, sábado, un rumor increíble se extendió por el Palacio de Justicia y corrió por las redacciones de los periódicos: que el ujier Jerónimo había desaparecido.
¿Era esto posible?
Aunque las ediciones especiales de la Prensa confirmaran la noticia, la gente se negaba a creerla. Pero a las seis de la tarde una nota publicada por la Dépéche du Soir dio carácter oficial a esa noticia. La nota decía:

«Hemos recibido la siguiente comunicación, firmada por Arsenio Lupin. El sello especial que figura adherido a la misma, conforme la circular que dirigió últimamente a la Prensa, nos certifica la autenticidad del documento.
»Señor director Tenga la bondad de excusarme ante el público por no haber mantenido enteramente mi palabra ayer. En el último momento me di cuenta de que el 31 de mayo caía en viernes. ¿Cómo iba yo a devolverle la libertad en viernes a mi amigo? Yo no creí deber asumir tamaña responsabilidad.
»Me excuso también por no haber dado aquí, con mi franqueza habitual, explicaciones sobre la forma en que ese pequeño acontecimiento se ha llevado a cabo. Mi procedimiento es tan ingenioso y tan sencillo, que descubriéndolo temo que todos los malhechores se inspirarían en él. ¡Qué sorpresa causará el día que me esté permitido hablar! "¿Y no es más que eso?", se preguntarán entonces las gentes. No, no es más que eso, pero era preciso haberlo discurrido.
«Reciba, señor director....
Firmado: Arsenio Lupin.»

Una hora más tarde, el señor Lenormand recibía una llamada telefónica: Valenglay, presidente del Consejo, requería su presencia en el Ministerio del Interior.
—¡Qué buena cara tiene usted, mi querido Lenormand! ¡Y yo que lo creía a usted enfermo y no me atrevía a molestarlo!
—Yo no estoy enfermo, señor presidente.
—Entonces esa ausencia era motivada por el enojo... Siempre con ese mal genio.
—Que yo tenga mal genio, señor presidente, lo confieso..., pero que me enoje, no.
—Pero usted se quedó en su casa. Y Lupin se aprovechó de ello para darle la llave de la libertad a sus amigos.
—¿Acaso podía yo impedirlo?
—¡Cómo! Pero la artimaña de Lupin ha sido vulgar. Conforme a su procedimiento habitual, anunció antes la fecha de la evasión; todo el mundo lo creyó, se realizó un intento de fuga y ésta no se produjo, y al día siguiente, cuando ya nadie pensaba en ello, ¡zas! los pájaros volaron.
—Señor presidente —dijo gravemente el jefe de Seguridad—, Lupin dispone de tales medios, que nosotros no estamos en condiciones de impedir lo que él haya decidido. La evasión era segura, matemática. Y yo preferí desentenderme... y dejarle el ridículo a los otros.
Valenglay dijo con sorna:
—Es un hecho que a estas horas el prefecto de Policía y el señor Weber no deben estar muy alegres. Pero, en fin, ¿puede usted explicarme, Lenormand?...
—Todo lo que se sabe, señor presidente, es que la evasión se produjo en el Palacio de Justicia. El detenido fue llevado en un coche celular y conducido luego al despacho del señor Formerie..., pero ya no se sabe qué se hizo de él.
—¡Es pasmoso!
—Pasmoso.
—¿Y no se ha descubierto nada?
—Sí. El pasillo interior que corre a lo largo de los despachos de instrucción estaba atestado de una muchedumbre completamente insólita de detenidos, de guardias, de abogados y de ujieres, y se descubrió que todas esas gentes habían recibido falsas citaciones para comparecer allí a la misma hora. Por otra parte, ninguno de los jueces de instrucción que se suponía los habían convocado acudió ese día a su despacho, y esto a causa de otras falsas órdenes del ministerio fiscal enviándolos a todos los rincones de París... y de los alrededores.
—¿Y eso es todo?
—No. Se vio a dos guardias municipales y a un detenido que atravesaban los patios. Afuera los esperaba un coche, al cual subieron los tres.
—¿Y su hipótesis, Lenormand? ¿Su opinión?
—Mi hipótesis, señor presidente, es que los dos guardias municipales eran cómplices que, aprovechándose del desorden de los pasillos, se hicieron pasar por verdaderos guardias. Y mi opinión es que esta evasión no pudo tener éxito sino gracias a unas circunstancias tan especiales y a un conjunto de hechos tan extraño que tenemos que admitir como ciertas las complicidades más inadmisibles. En el Palacio y fuera de él, Lupin tiene ligaduras que desbaratan todos nuestros cálculos. Las tiene en la Prefectura de Policía y las tiene en torno a mí. Es una organización formidable, un servicio de seguridad mil veces más hábil, más audaz, más diverso y más ágil que el que yo dirijo.
—¿Y usted soporta eso, Lenormand?
—No.
—Entonces, ¿por qué su inercia desde el principio de este asunto? ¿Qué ha hecho usted contra Lupin?
—He preparado la lucha.
—¡Ah! ¡Magnífico! Y mientras usted la preparaba, él actuaba.
—Y yo también.
—¿Y ha averiguado usted algo?
—Mucho.
—¡Vaya! Entonces, hable.
El señor Lenormand, meditativo y apoyándose en su bastón, dio un pequeño paseo por la vasta estancia. Luego se sentó frente a Valenglay, arregló con las puntas de los dedos las bocamangas de su levita color aceituna, aseguró sobre su nariz los lentes con armazón de plata y dijo claramente:
—Señor presidente: tengo en la mano tres triunfos. Primero, sé el nombre bajo el cual se oculta actualmente Arsenio Lupin, el nombre bajo el cual vivía en el bulevar Haussmann, recibiendo cada día a sus colaboradores, reconstruyendo y dirigiendo su banda.
—Pero entonces, ¡maldita sea!, ¿por qué no le detiene usted?
—No recibí esos informes sino después del golpe. Luego, el príncipe..., llamémosle el príncipe Tres Estrellas, ha desaparecido. Está en el extranjero con otros asuntos.
—¿Y si no reaparece?
—La situación que él ocupa, la forma en que él se ha comprometido en el asunto Kesselbach exigen que él reaparezca y bajo el mismo nombre.
—A pesar de ello...
—Señor presidente: ahora voy con el segundo triunfo. He acabado por descubrir a Pedro Leduc.
—¡Vamos!
—O más bien, es Lupin quien lo ha descubierto, y es Lupin quien antes de desaparecer lo ha instalado en una pequeña residencia en los alrededores de París.
—¡Diablos! Pero ¿cómo ha sabido usted...?
—¡Oh! Fácilmente. Lupin ha colocado cerca de Pedro Leduc, como vigilantes y defensores de aquél, a dos de sus cómplices. Pero esos cómplices son agentes míos, dos hermanos a quienes yo empleo con gran secreto y que me lo entregarán en la primera ocasión.
—¡Bravo! ¡Bravo! De manera que...
—De manera que como Pedro Leduc es, podría decirse, el punto central en torno al cual convergen los esfuerzos de aquellos que andan en busca del famoso secreto de Kesselbach..., por medio de Pedro Leduc yo me apoderaré un día u otro: primero, del autor del triple asesinato, puesto que ese miserable ha sustituido al señor Kesselbach en la realización de un proyecto grandioso y hasta aquí desconocido, y puesto que el señor Kesselbach tenía necesidad de encontrar a Pedro Leduc para la realización de ese proyecto, y segundo, me apoderaré de Arsenio Lupin, puesto que Arsenio Lupin persigue el mismo objetivo.
—Maravilloso. Pedro Leduc es el cebo que usted le pone al enemigo.
—Y el pez muerde, señor presidente. Acabo de recibir un aviso según el cual ha sido visto hace unos momentos un individuo sospechoso que rondaba en torno a la pequeña residencia que Pedro Leduc ocupa bajo la protección de mis dos agentes secretos. Dentro de cuatro horas yo estaré en aquellos lugares.
—¿Y el tercer triunfo, Lenormand?
—Señor presidente: ayer llegó a la dirección del señor Rodolfo Kesselbach una carta que yo intercepté...
—La interceptó..., eso está bien.
—... carta que yo abrí y guardé para mí. Hela aquí. Tiene fecha de hace dos meses. Tiene los sellos de correos de El Cabo y contiene estas palabras:

«Mi querido Rodolfo: Yo estaré el primero de junio en París y siempre tan miserable como cuando usted me ha socorrido. Pero espero mucho de ese asunto de Pedro Leduc que le he indicado. ¡Qué extraña historia! ¿Lo ha encontrado usted a él? ¿Dónde estamos? Me corre prisa saberlo.
«Firmado: Su fiel Steinweg.»

—El primero de junio es hoy —continuó el señor Lenormand—. Yo he encargado a uno de mis inspectores que me encuentre a ese llamado Steinweg. No dudo de conseguirlo.
—Yo tampoco lo dudo —exclamó Valenglay levantándose de su asiento—, y le presento a usted todas mis excusas, mi querido Lenormand, y mi humilde confesión: yo estaba a punto de largarlo a usted..., pero por completo. Mañana espero al prefecto de Policía y al señor Weber.
—Ya lo sabía, señor presidente.
—Es imposible.
—De otro modo, ¿me hubiera molestado yo? Hoy usted ve mi plan de batalla. De un lado, tiendo mis trampas en las que el asesino acabará por caen Pedro Leduc o Steinweg me lo entregarán. Y del otro lado rondo en torno a Lupin. Dos de sus agentes están a sueldo mío y él los cree sus más fieles colaboradores. Además, él trabaja para mí, puesto que persigue como yo al autor del triple asesinato. Solamente que él se imagina que me la está jugando y soy yo quien se la está jugando a él. Por tanto, yo triunfaré, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que yo tenga las manos libres y que pueda actuar según las necesidades del momento, sin preocuparme del público que se impacienta ni de mis jefes que intrigan contra mí.
—Convenido.
—En ese caso, señor presidente, de aquí a algunos días yo habré vencido... o estaré muerto.

II

Saint-Cloud. Una pequeña residencia situada sobre uno de los puntos más elevados del llano a lo largo de un camino poco concurrido. Son las once de la noche. El señor Lenormand ha dejado su automóvil en Saint-Cloud y siguiendo el camino con precaución se acerca.
Surge una sombra.
—¿Eres tú, Gourel?
—Sí, jefe.
—¿Has avisado a los hermanos Doudeville de mi llegada?
—Sí, la habitación de usted está dispuesta. Puede usted acostarse y dormir... A menos que traten de secuestrar esta noche a Pedro Leduc, lo que no me sorprendería dados los manejos del individuo que los hermanos Doudeville han observado.
Entraron en el jardín de la residencia, caminando despacio, y subieron al primer piso. Los dos hermanos, Juan y Jaime Doudeville, estaban allí.
—¿No hay noticias del príncipe Semine? —les preguntó el jefe.
—Ninguna, jefe.
—¿Y Pedro Leduc?
—Permanece acostado todo el día en su habitación de la planta baja o en el jardín. Nunca sube a vernos.
—¿Está mejor?
—Mucho mejor. El descanso lo transforma a simple vista.
—¿Es completamente fiel a Lupin?
—Más bien al príncipe Semine, pues él no sabe que los dos son sólo uno. Por lo menos yo lo supongo así, pues con él nunca se sabe nada. No habla jamás. ¡Ah! Es un tipo raro. No hay más que una persona que tenga el don de animarle, de hacerle hablar y hasta reír. Es una muchacha de Garches a la cual el príncipe Semine le ha presentado, Genoveva Ernemont. Ella ha venido ya tres veces... Todavía hoy...
Y añadió, bromeando:
—Creo que flirtean un poco... Es como su alteza el príncipe Semine y la señora Kesselbach..., parece que a ella le gusta... ese condenado Lupin...
El señor Lenormand no respondió. Se percibía que todos esos detalles por los cuales no parecía interesarse profundamente, se grababan, sin embargo, en lo más profundo de su memoria para el instante en que precisara sacar las conclusiones lógicas.
Encendió un cigarro, lo mascó sin fumarlo, lo volvió a encender y lo tiró.
Hizo todavía dos o tres preguntas, y luego, completamente vestido, se tendió sobre la cama.
—A lo mínimo que ocurra, despiértenme... Si no, déjenme dormir... Váyanse... cada uno a su puesto.
Los otros salieron. Transcurrió una hora, dos horas...
De pronto, el señor Lenormand sintió que le tocaban. Era Gourel, quien le dijo:
—Levántese, jefe. Han abierto la barrera.
—¿Un hombre, dos hombres?
—Yo no he visto más que uno... La luna apareció en ese instante..., está agachado detrás de un macizo.
—¿Y los hermanos Doudeville?
—Los he mandado afuera por la puerta de atrás. Ellos le cortarán la retirada cuando llegue el momento.
Gourel agarró de la mano al señor Lenormand y le condujo abajo y luego a una habitación oscura.
—No se mueva usted, jefe. Estamos en el cuarto tocador de Pedro Leduc. Yo voy a abrir la puerta de la alcoba donde él duerme... No tema nada... ha tomado su veronal, como todas las noches, para dormir...; nada le despertará... Venga... ¡Eh! El escondrijo es bueno..., son las cortinas de su cama... Desde aquí, usted ve la ventana y todo el lado de la habitación que va desde la cama hasta la ventana.
Aquella ventana estaba completamente abierta y penetraba una confusa claridad, muy precisa por momentos, cuando la luna apartaba el velo de las nubes.
Los dos hombres no quitaban sus ojos del marco vacío de la ventana, seguros de que el acontecimiento esperado se produciría por allí.
Un ligero ruido..., un crujido...
—Está escalando el enrejado.
—¿Es alto?
—Entre dos metros y dos metros y medio...
Los crujidos se hicieron más precisos.
—Vete, Gourel —murmuró Lenormand—. Ve a reunirte con los Doudeville..., llévalos al pie del muro y cerradle el paso a quienquiera que baje por allí.
Gourel se fue.
En el mismo momento apareció una cabeza al ras de la ventana, y luego una sombra montó sobre el balcón. El señor Lenormand distinguió a un hombre delgado, de estatura superior a la media, vestido de colores oscuros y sin sombrero.
El hombre se volvió, e inclinado por encima del balcón observó durante unos segundos mirando al vacío, como para asegurarse de que no le amenazaba ningún peligro. Luego se inclinó y se tendió sobre el piso. Parecía permanecer inmóvil. Pero, al cabo de un instante, el señor Lenormand se dio cuenta que la mancha negra que el individuo formaba en la oscuridad avanzaba, se aproximaba.
Llegó hasta la cama.
El jefe de Seguridad tuvo la sensación de que oía la respiración de aquel ser y hasta que adivinaba sus ojos, sus dos ojos chispeantes, agudos, que taladraban las tinieblas, como destellos de fuego y que veían a través de aquellas tinieblas.
Pedro Leduc lanzó un profundo suspiro y se volvió en la cama.
De nuevo imperó el silencio.
El individuo se había deslizado a lo largo de la cama mediante movimientos insensibles y su silueta, como una sombra, se destacaba sobre la blancura de las sábanas de la cama que colgaban.
Si el señor Lenormand hubiera alargado el brazo, hubiera tocado aquella respiración nueva que alternaba con la del durmiente y sintió como la ilusión de que percibía también el ruido de un corazón que latía.
De pronto surgió un chorro de luz... El individuo había apretado el resorte de una linterna eléctrica con proyector, y Pedro Leduc se encontró con el rostro iluminado por completo. Pero el individuo se mantenía en las sombras, y el señor Lenormand no podía verle la cara.
Vio solamente algo que brillaba dentro del campo de luz y se estremeció. Era la hoja de un cuchillo. Y aquel cuchillo puntiagudo, menudo, un estilete más bien que un puñal, le pareció idéntico al cuchillo que había recogido cerca del cadáver de Chapman, el secretario del señor Kesselbach.
Tuvo que imponerse toda su voluntad para no saltar sobre el individuo. Antes que nada quería ver qué era lo que venía hacer allí...
El individuo alzó la mano. ¿Iba a golpear? El señor Lenormand calculó la distancia para parar el golpe. Pero no, no era un ademán de asesinato, sino más bien un ademán de precaución.
Si Pedro Leduc se movía, si intentaba llamar, la mano armada caería sobre él. El individuo se inclinó sobre el durmiente cual si examinara algo.
«La mejilla derecha —pensó el señor Lenormand—. La cicatriz de la mejilla derecha... quiere asegurarse de que efectivamente es Pedro Leduc.»
El hombre estaba ligeramente vuelto, de modo que solamente se le veían los hombros. Pero las ropas, el abrigo estaban tan próximos, que rozaban las cortinas detrás de las cuales se ocultaba el jefe de Seguridad.
«Un movimiento por su parte —pensó—, un temblor de inquietud y le echo la mano.»
Pero el hombre no se movió, dedicado enteramente a su examen.
Finalmente, después de haber pasado su puñal a la mano con que sostenía la linterna, alzó la sábana, ligeramente primero, luego un poco más, luego más aún de modo que el brazo izquierdo del durmiente quedó al descubierto y la mano al desnudo.
El chorro de luz de la linterna iluminó aquella mano. Cuatro dedos estaban desplegados íntegros. El quinto estaba cortado por la segunda falange.
Por segunda vez, Pedro Leduc hizo un movimiento. Inmediatamente la luz se apagó, y durante unos instantes el individuo permaneció cerca de la cama inmóvil y erguido completamente. ¿Se decidiría a golpear? El señor Lenormand sintió la angustia del crimen que él podía impedir tan fácilmente, pero que sólo quería prevenir en el segundo supremo.
Hubo un silencio muy prolongado. Súbitamente, tuvo la visión, desde luego inexacta, de que un brazo se alzaba. Instintivamente se movió y tendió la mano sobre el durmiente. Al hacer ese ademán, tropezó con el individuo.
Se escuchó un grito sordo. El individuo golpeó en el vacío, se defendió al azar y luego huyó hacia la ventana. Pero el señor Lenormand había saltado sobre él y le sujetó los hombros con sus dos brazos.
En seguida tuvo la sensación de que cedía y que más débil, rehuía la lucha y buscaba escurrírsele entre los brazos. Con todas sus fuerzas lo sujetó contra su cuerpo, lo dobló en dos y lo tendió sobre el piso.
—¡Ah! Ya te tengo..., ya te tengo —murmuró el jefe de Seguridad, triunfante.
Y experimentaba una singular embriaguez al aprisionar con su abrazo irresistible a aquel criminal terrible, aquel monstruo indomable. Lo sentía vivir y temblar, lleno de rabia y desesperado, mezcladas sus dos vidas y confundidas sus respiraciones.
—¿Quién eres? —le preguntó—. ¿Quién eres?... Tendrás que hablar.
Y apretaba el cuerpo de su enemigo con creciente energía, pues tenía la impresión de que aquel cuerpo iba disminuyendo entre sus brazos, que se esfumaba. Apretó más..., todavía más...
Y de pronto tembló de pies a cabeza. Había sentido..., sentía una pequeña punzada en la garganta... Exasperado, apretó más aún: el dolor aumentó. Se dio cuenta de que el individuo había conseguido doblar su brazo, deslizar su mano hasta el pecho y esgrimir su puñal. Cierto que el brazo estaba inmovilizado, pero a medida que el señor Lenormand apretaba más fuerte, la punta del puñal penetraba más en la carne a su alcance.
Volvió un poco la cabeza para escapar a aquella punta; pero ésta siguió el movimiento y la herida se alargaba.
Dejó de moverse, asaltado por el recuerdo de los tres crímenes y por todo lo que representaba de espantoso, de atroz y de fatídico esta pequeña aguja de acero que se pegaba a su piel y que se hundía ahora también implacablemente...
De pronto soltó su presa y saltó hacia atrás. Luego, rápidamente, intentó reanudar la ofensiva. Era demasiado tarde.
El individuo montaba ya sobre el balcón y saltaba al exterior.
—¡Atención, Gourel! —gritó a sabiendas de que su ayudante estaba allí preparado para recibir al fugitivo.
Se asomó.
Un crujido de guijarros en el suelo..., una sombra entre dos árboles..., el chasquido de la barrera... Y luego, ningún otro ruido... Ninguna intervención.
Sin preocuparse por Pedro Leduc, llamó:
—¡Gourel!... ¡Doudeville!...
No obtuvo respuesta. Reinaba el gran silencio nocturno del campo...
Aun a pesar suyo pensó en el triple asesinato, en el estilete de acero. Pero no, eso era imposible. El individuo no había tenido tiempo de golpear, incluso ni siquiera había necesitado hacerlo por haber encontrado el camino libre.
Saltó a su vez por la ventana, y haciendo funcionar el resorte de su linterna, a la luz de ésta vio a Gourel, que yacía por tierra.
—¡Maldita sea! —juró—. Si está muerto, me la pagarán cara.
Pero Gourel estaba vivo..., solamente aturdido, y unos momentos más tarde volvía en sí, y gruñía:
—Un puñetazo, jefe..., un sencillo puñetazo en pleno pecho. Pero ¡qué hombrón!
—¿Eran dos, entonces?
—Sí, uno pequeño, que subió por la ventana, y otro que me sorprendió mientras yo vigilaba.
—¿Y los Doudeville?
—No los he visto.
Encontraron a uno de ellos, Jaime, cerca de la barrera, todo ensangrentado y con la mandíbula maltrecha, y al otro un poco más lejos, todo sofocado y con el pecho hundido.
—¿Qué?... ¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Lenormand.
Jaime contó que su hermano y él habían tropezado con un individuo que los había puesto fuera de combate antes que siquiera tuvieran tiempo de defenderse.
—¿Estaba solo?
—No. Cuando volvió a pasar cerca de nosotros iba acompañado de un camarada más pequeño que él.
—¿Reconociste al que te golpeó?
—Por la anchura de las espaldas me pareció reconocer al inglés del Palace Hotel, aquél que abandonó el hotel y del cual nosotros perdimos la pista.
—¿El comandante?
—Sí, el comandante Parbury.

III

Después de reflexionar unos instantes, el señor Lenormand dijo:
—No está permitido el dudar ya. En el asunto Kesselbach participaron dos: el hombre del puñal que mató, y su cómplice el comandante.
—Ésa es la opinión del príncipe Semine —murmuró Jaime Doudeville.
—Y esta noche —continuó el jefe de Seguridad— son ellos otra vez..., los mismos dos.
Luego agregó:
—Tanto mejor. Siempre hay cien veces más posibilidades de apresar a dos culpables que a uno solo.
El señor Lenormand prestó cuidados a sus hombres, los hizo acostarse y luego buscó para ver si los asaltantes habían perdido algún objeto o dejado alguna huella. No encontró nada y se acostó.
Por la mañana, Gourel y los Doudeville ya no sentían mucho los efectos de sus descalabraduras, y el jefe ordenó a los dos hermanos que registraran los alrededores. Él se marchó con Gourel a París, a fin de apurar más sus asuntos y dar sus órdenes.
Almorzó en su despacho. A las dos de la tarde recibió una buena noticia. Uno de sus mejores agentes, Dieuzy, había detenido al bajar de un tren que venía de Marsella al alemán Steinweg, el corresponsal de Rodolfo Kesselbach.
—¿Dieuzy está ahí? —preguntó.
—Sí, jefe —respondió Gourel—. Está ahí con el alemán.
—Que me los traigan aquí.
En ese momento recibió una llamada telefónica. Era Juan Doudeville, quien le llamaba desde la oficina de Garches. La comunicación fue rápida.
—¿Eres tú, Juan? ¿Qué hay de nuevo?
—Sí, jefe; el comandante Parbury...
—¿Qué ocurre?
—Le hemos encontrado. Se ha transformado en español y se ha amorenado la piel. Acabamos de verle. Penetraba en la Escuela libre, de Garches. Fue recibido por esa señorita..., sabe usted, la joven que conoce el príncipe Semine, Genoveva Ernemont.
—¡Rayos y centellas!
El señor Lenormand soltó el auricular, saltó sobre su sombrero, se precipitó al pasillo, encontró allí a Dieuzy y al alemán, y les gritó:
—A las seis..., estén ustedes aquí...
Bajó corriendo las escaleras seguido de Gourel y de tres inspectores a quienes había recogido al pasar y se metieron todos en su automóvil.
—A Garches..., diez francos de propina —le dijo al chófer.
Un poco antes del parque de Villeneuve, al comienzo de la calleja que conducía a la escuela, hizo parar el coche. Juan Doudeville, que le esperaba, exclamó inmediatamente:
—El pícaro se ha escurrido por el otro extremo de la calleja hace diez minutos.
—¿Solo?
—No, con la joven.
El señor Lenormand agarró a Doudeville por el pescuezo.
—¡Miserable! ¡Tú le has dejado irse! Era preciso...
—Mi hermano le va siguiendo la pista.
—¡Mucho adelantaremos con eso! ¡Se librará de tu hermano! ¿Acaso sois capaces de algo?
Tomó él mismo el volante del coche y se metió resueltamente por la calleja, sin tener en cuenta para nada las rodadas ni la maleza. A toda prisa desembocaron en un camino vecinal que los condujo a una encrucijada donde se enlazaban cuatro carreteras. Sin dudar, el jefe de Seguridad escogió el camino de la izquierda, el de Saint Cucufa. De hecho, en lo alto de la loma que desciende hacia el estanque alcanzaron al otro hermano Doudeville, el cual les gritó:
—Van en un coche de caballos.., a un kilómetro.
El jefe no se detuvo. Lanzó el auto cuesta abajo. Tomó a toda velocidad las curvas, contorneó el estanque y de pronto lanzó una exclamación de triunfo.
En la cima de una pequeña colina que se alzaba delante de ellos había visto la capota de un coche de caballos.
Desgraciadamente se había metido por una carretera equivocada. Tuvo que dar marcha atrás.
Cuando volvió al enlace de carreteras, el coche estaba todavía allí detenido. E inmediatamente, mientras hacía un viraje, divisó a una mujer que saltaba del coche. Un hombre apareció luego sobre el estribo. La mujer extendió un brazo. Se escucharon dos detonaciones.
Sin duda la mujer había apuntado mal, pues por el otro lado de la capota apareció una cabeza, y el individuo, avistando sin duda el automóvil, descargó sobre el caballo un fuerte latigazo y aquél partió al galope. E inmediatamente un recodo del camino ocultó el vehículo.
En breves segundos, el señor Lenormand terminó la maniobra, aceleró cuesta arriba, pasó sin detenerse frente a la joven y audazmente giró.
Enfrente se extendía un camino de bosque que bajaba, abrupto y rocoso, entre un espeso arbolado y por el que no se podía viajar sino muy lentamente y con las mayores precauciones. Pero ¡qué importaba! Veinte pasos adelante, el coche —una especie de cabriolet de dos ruedas— saltaba sobre las piedras del camino, arrastrando, o más bien retenido, por un caballo que no se arriesgaba sino prudentemente y a pasos contados. Ya no había nada que temer. La huida era imposible.
Y los dos vehículos rodaron de arriba abajo, traqueteando y sacudidos violentamente. Hubo incluso un momento en que estuvieron uno tan cerca del otro, que el señor Lenormand tuvo la idea de echar pie a tierra y correr detrás del coche con sus hombres. Pero presintió el peligro que correría si frenaba por una pendiente tan brusca y continuó rodando, cerrando de cerca al enemigo como a una presa que se tiene al alcance de la mirada..., al alcance de la mano.
—Ya está, jefe..., ya está... —murmuraban los inspectores, emocionados por lo imprevisto de aquella cacería.
Al fondo de ese camino partía otro que se dirigía hacia el Sena, hacia Bougival. Sobre terreno llano, el caballo avanzó a un ligero trote, sin apresurarse y manteniéndose por el medio de la vía.
Un violento esfuerzo lanzó al automóvil. Más que rodar pareció avanzar a saltos lo mismo que se lanza una fiera, y deslizándose a lo largo del parapeto dispuesto a romper todos los obstáculos, volvió a alcanzar al coche, se puso a su altura y se adelantó a él...
El señor Lenormand lanzó un juramento..., se escuchó un clamor de rabia... El coche estaba vacío...
Sí, el coche estaba vacío. El caballo avanzaba pacíficamente con las riendas echadas sobre el lomo, regresando sin duda al establo de cualquier posada de las cercanías, donde había sido alquilado para el día.
Ahogando su cólera, el jefe de Seguridad dijo simplemente:
—El comandante debe de haber saltado en los breves segundos en que perdimos de vista el coche al comienzo de la bajada de la cuesta.
—No nos queda más que registrar el bosque, jefe, y estamos seguros...
—De regresar como cazadores con el morral vacío... Ese mozo ya está lejos y no es de esos a los que se agarra dos veces en el mismo día. ¡Ah! ¡Maldita sea!
Al regresar se encontraron con la joven, que se hallaba acompañada de Jaime Doudeville, y la cual no parecía en modo alguno sentir ya los efectos de su aventura.
El señor Lenormand, una vez que se dio a conocer, se ofreció para llevarla a su casa, e inmediatamente la interrogó sobre el comandante inglés Parbury. Ella se mostró sorprendida.
—Él no es ni comandante ni inglés, y tampoco se llama Parbury.
—Entonces, ¿cómo se llama?
—Juan Ribeira, es español y está encargado por su Gobierno de estudiar el funcionamiento de las escuelas francesas.
—Sea. Su nombre y su nacionalidad no tienen importancia. Pero es en efecto el hombre que nosotros buscamos. ¿Hace mucho tiempo que usted le conoce?
—Hace unos quince días. Había oído hablar de una escuela que yo fundé en Garches y se interesó por mi intento hasta el punto de proponerme una subvención anual, con la única condición de que él pudiera venir de cuando en cuando a comprobar los progresos de mis alumnas. Yo no tenía el derecho a negarme a ello...
—No, evidentemente, pero era preciso que usted hubiera consultado con otras personas de su confianza... ¿No está usted en relaciones con el príncipe Semine? Es un hombre que puede aconsejarla bien.
—¡Oh! Tengo absoluta confianza en él, pero actualmente se encuentra de viaje.
—¿Y usted no tenía su dirección?
—No. Y, además, ¿qué hubiera podido decirle yo? Ese hombre se comportaba muy bien. No fue sino hoy cuando... Pero yo no sé...
—Señorita: le ruego a usted que me hable francamente... En mí también puede usted tener confianza.
—Pues bien: el señor Ribeira vino hace un poco. Me dijo que había sido enviado por una dama francesa de paso en Bougival, y que esta dama tenía una niña cuya educación quería confiarme y me rogaba fuese a verla sin tardanza. La cosa me pareció completamente natural. Y como hoy es día de asueto y el señor Ribeira había alquilado un coche que le esperaba al extremo del camino, no puse dificultad alguna para tomar asiento en él.
—Pero, en suma, ¿cuál era su objetivo?
Ella enrojeció, y dijo:
—Simplemente..., raptarme. Al cabo de media hora me lo confesó.
—¿Y usted no sabe nada de él?
—No.
—¿Vive en París?
—Lo supongo.
—¿No le ha escrito a usted? ¿No tiene usted algunas líneas escritas de su puño y letra, algún objeto olvidado, un indicio que nos pueda servir?
—Ningún indicio... ¡Ah! No obstante..., pero éso seguramente no tiene ninguna importancia...
—¡Hable!... ¡Hable!... Se lo ruego...
—Pues bien: hace dos días, ese caballero me pidió permiso para utilizar la máquina de escribir de la que yo me sirvo, y en ella escribió, con dificultades, pues no tiene práctica, una carta de la que por casualidad yo sorprendí la dirección.
—¿Y cuál era esa dirección?
—Le escribía al periódico Journal, y puso dentro del sobre una veintena de sellos de correos para pagar el anuncio.
—Sí, un anuncio breve, sin duda —dijo Lenormand.
—Yo tengo el número de hoy de ese periódico, jefe —dijo Gourel.
El señor Lenormand desplegó la hoja impresa y consultó la página ocho. Después de unos instantes tuvo un sobresalto. Había leído estas líneas, redactadas con las habituales abreviaturas:

«Informamos a toda persona que conozca al señor Steinweg que desearíamos saber si éste se encuentra en París y su dirección. Contestar por este mismo medio.»

—¡Steinweg! —exclamó Gourel—. Pero si es precisamente el individuo que Dieuzy nos trajo...
—Sí, sí —dijo el señor Lenormand—. Es el hombre cuya carta para Kesselbach yo intercepté; el hombre que lanzó a éste sobre la pista de Pedro Leduc... Así pues, ellos también necesitan informes sobre Pedro Leduc y sobre su pasado... Ellos también andan a tientas...
Se frotó las manos. Steinweg estaba a su disposición. Antes de una hora, Steinweg habría hablado. Antes de una hora el velo de tinieblas que le oprimía y que hacía del suceso Kesselbach el asunto más angustioso y más impenetrable de todos cuantos él había tratado de desentrañar, quedaría desgarrado.
CAPÍTULO CINCO. EL SEÑOR LENORMAND SUCUMBE


I

A las seis de la tarde, el señor Lenormand penetraba de nuevo en su despacho de la Prefectura de Policía.
Inmediatamente le preguntó a Dieuzy:
—¿Está ahí el hombre?
—Sí.
—¿Qué averiguaste de él?
—No averigüé gran cosa. No dice ni una palabra. Yo le dije que conforme a las nuevas órdenes los extranjeros tenían obligación de hacer una declaración de residencia ante la Prefectura de Policía, y lo traje aquí, a la oficina del secretario de usted.
—Voy a interrogarle.
En ese momento entró un joven empleado, y anunció:
—Hay aquí una señora, jefe, que desea hablar con usted enseguida.
—¿Su tarjeta?
—Aquí está.
—¡La señora Kesselbach! Que entre.
El jefe salió en persona al encuentro de la joven señora y le rogó que se sentara. Tenía la misma mirada desolada, el mismo aspecto enfermizo y aquel aire de extrema laxitud que revelaban la tragedia de su vida.
Le tendió al jefe el ejemplar del Journal, señalando al lugar del anuncio breve donde se hacía referencia al señor Steinweg.
—El señor Steinweg era un amigo de mi marido —dijo ella—, y yo no dudo que no sepa muchas cosas.
—Dieuzy —dijo Lenormand—. Trae a esa persona que está esperando... La visita de usted, señora, no habrá sido inútil. Solamente le ruego que cuando esa persona entre, no diga usted ni una sola palabra.
Se abrió la puerta. En el umbral apareció un hombre, un anciano con blanca barba, con el rostro estriado de profundas arrugas, pobremente vestido y con el aire de acosado que tienen esos miserables que ruedan por el mundo en busca del sustento cotidiano.
Permaneció en pie en el umbral; con los ojos parpadeantes miró al señor Lenormand, pareció molesto por el silencio que le acogía y volviendo el sombrero entre sus manos con torpeza.
Pero, de pronto, pareció sentirse estupefacto, sus ojos se agrandaron y tartamudeó:
—¡Señora!... ¡Señora Kesselbach!...
Había visto a la joven dama.
Y serenado, sonrió ya sin timidez, se acercó a ella y, con mal acento en su pronunciación, dijo:
—¡Ah, qué contento estoy!... ¡Por fin!... Yo creía ya que jamás... Estaba sorprendido... Allá no recibía noticias..., ningún telegrama... ¿Y cómo se encuentra el bueno de Rodolfo Kesselbach?
La joven señora hizo ademán de retroceder, cual si hubiera recibido un golpe en pleno rostro, y fulminantemente se desplomó sobre una silla, rompiendo en llanto.
—Pero ¿qué?... ¿Qué ocurre?... —preguntó Steinweg.
El señor Lenormand se interpuso enseguida entre ellos, y dijo:
—Ya veo, señor, que usted ignora ciertos acontecimientos que han ocurrido recientemente. ¿Hace mucho tiempo que se encuentra usted en viaje?
—Sí, tres meses... Había subido hasta las minas. Luego volví a Ciudad de El Cabo, desde donde le escribí a Rodolfo. Pero en el camino acepté un empleo en Port Said. ¿Me supongo que Rodolfo recibió mi carta?...
—Se encuentra ausente. Yo explicaré a usted las razones de su ausencia. Pero, antes que nada, hay un punto sobre el cual quisiéramos que nos diera usted algunos informes. Se trata de un personaje que usted ha conocido y al que en las relaciones de usted con el señor Kesselbach, usted designaba con el nombre de Pedro Leduc.
—¡Pedro Leduc! ¡Cómo! ¿Quién le ha dicho a usted...?
El anciano se sintió desconcertado.
—¿Quién le ha dicho a usted...? ¿Quién le ha revelado...?
—El señor Kesselbach.
—¡Jamás lo haría! Es un secreto que yo le revelé, y Rodolfo guarda sus secretos..., sobre todo éste.
—No obstante, es indispensable que usted nos responda. Estamos realizando en estos momentos una investigación sobre Pedro Leduc que debe culminar sin tardanza, y solamente usted nos puede esclarecer, pues el señor Kesselbach ya no está presente.
—En suma —exclamó Steinweg, pareciendo decidirse—, ¿qué es lo que necesitan?
—¿Conocía usted a Pedro Leduc?
—Yo no le vi nunca, pero desde hace largo tiempo soy poseedor de un secreto que le concierne. A causa de incidentes, que es inútil recordar y gracias a una serie de casualidades, yo acabé por adquirir la certidumbre de que aquel cuyo descubrimiento me interesaba, vivía en París en medio del mayor desorden y se hacía llamar Pedro Leduc, nombre que no era el suyo verdadero.
—Pero ¿y él sabía su verdadero nombre?
—Lo supongo.
—¿Y usted?
—Yo sí le conozco.
—Entonces, díganoslo usted.
El hombre reaccionó vivamente, y replicó:
—Yo no puedo decirlo..., no puedo decirlo...
—Pero ¿por qué?
—Porque no tengo derecho a hacerlo. Todo el secreto depende de eso. Mas ese secreto, cuando yo se lo comuniqué a Rodolfo, él le atribuyó la máxima importancia..., tanto, que me dio una fuerte suma de dinero para comprar mi silencio y me prometió una fortuna, una verdadera fortuna el día en que lograra: primero, encontrar a Pedro Leduc, y segundo, sacar partido de ese secreto.
El anciano sonrió con amargura, y añadió:
—La fuerte suma de dinero se ha esfumado, se ha perdido. Y ahora, yo venía a saber noticias de mi otra fortuna esperada.
—El señor Kesselbach ha muerto —le anunció el jefe de Seguridad.
Steinweg tuvo un sobresalto, y exclamó:
—¡Muerto! Pero ¿es posible? No, no, eso es una trampa. Señora Kesselbach, ¿es eso cierto?
Ella bajó la cabeza.
Steinweg pareció abrumado por la revelación imprevista, y tan dolorosa debió de resultar para él, que se echó a llorar.
—¡Mi pobre Rodolfo! Yo le conocía desde pequeñito..., venía a jugar a mi casa de Augsburgo... Yo le quería mucho...
E invocando el testimonio de la señora Kesselbach, agregó:
—Y él también, ¿no es verdad, señora? Él me quería mucho. Él debió decírselo a usted..., me llamaba su viejo padre Steinweg.
El señor Lenormand se acercó a él, y con voz precisa le dijo:
—Escúcheme. El señor Kesselbach murió asesinado... Vamos, tenga calma..., los gritos son inútiles... Murió asesinado, y todas las circunstancias del crimen demuestran que el culpable estaba al corriente de ese famoso proyecto. ¿Acaso habría en la naturaleza de ese proyecto alguna cosa que le permitiera a usted adivinar?...
Steinweg había enmudecido. Por fin balbució:
—Fue culpa mía... Si yo no le hubiera inducido por ese camino...
La señora Kesselbach se le acercó suplicante, y le dijo:
—Cree usted... Tiene usted alguna idea... ¡Oh! Yo se lo ruego, Steinweg...
—Yo no tengo ninguna idea..., no he reflexionado —murmuró él—; sería preciso que yo reflexionase...
—Busque usted en el círculo que rodeaba al señor Kesselbach —le dijo Lenormand—. ¿Nadie estuvo mezclado a las conferencias entre usted y él en esa época? ¿No se habrá confiado él a alguna persona?
—A nadie.
—Busque usted bien.
Los dos, Dolores y Lenormand, inclinados sobre el anciano, esperaban ansiosos su respuesta
—No... —dijo—. No veo nada...
—Busque bien —insistió el jefe de Seguridad—. El nombre y el apellido del asesino tienen como iniciales una L y una M.
—Una L —repitió él—. No veo..., no veo nada..., una L y una M...
—Sí, esas letras estaban grabadas en oro en un ángulo de una cigarrera que pertenecía al asesino.
—¿Una cigarrera? —repitió Steinweg, haciendo un esfuerzo de memoria.
—Una cigarrera de acero pulido...; uno de los departamentos interiores está dividido en dos partes, la más pequeña para el papel de fumar, y la otra para el tabaco...
—En dos partes..., en dos partes... —repetía el anciano, cuyos recuerdos parecían despertados por este detalle—. ¿No podrían enseñarme ese objeto?
—Helo aquí... o, mejor dicho, he aquí una reproducción exacta de la cigarrera —dijo Lenormand, entregándosela.
—¿Eh? ¿Qué? —dijo Steinweg, tomando la cigarrera.
La contempló con mirada estúpida, la examinó, le dio vueltas en sus manos en todos sentidos, y, de pronto, lanzó un grito..., el grito de un hombre que se tropieza con una espantosa idea. Y se quedó inmóvil, lívido, con las manos temblorosas y los ojos extraviados.
—¡Hable! ¡Hable, pues! —le ordenó el señor Lenormand.
—¡Oh! —exclamó el otro como cegado por la luz—. Todo se explica ahora...
—¡Hable! Pero hable, entonces...
Los rechazó a los dos, se dirigió a las ventanas, titubeando y luego volvió sobre sus pasos, y, arrojándose virtualmente sobre el jefe de Seguridad, le dijo:
—Señor..., señor..., el asesino de Rodolfo..., se lo voy a decir... Bien...
—¿Bien qué? —dijeron los otros.
Se interrumpió.
Un minuto de silencio... En la paz completa del despacho, entre aquellos muros que habían escuchado tantas confesiones, tantas acusaciones, el nombre del criminal, ¿iba o no a sonar? El señor Lenormand tenía la sensación de encontrarse al borde de un abismo insondable y desde cuyo fondo una voz subía..., subía hacia él... Dentro de unos segundos sabría...
—No —murmuró Steinweg—. No, yo no puedo decirlo...
—¿Qué dice usted? —exclamó el jefe de Seguridad, furioso.
—Digo que no puedo.
—Pero ¡usted no tiene derecho a callarse! La Justicia exige que usted lo diga.
—Mañana yo hablaré..., mañana..., es preciso que reflexione... Mañana yo les diré todo lo que sé sobre Pedro Leduc..., todo lo que supongo sobre esta cigarrera... Mañana, yo se lo prometo...
Se adivinaba en él cierta obstinación contra la cual chocaban en vano los esfuerzos más enérgicos. El señor Lenormand cedió, y dijo:
—Sea. Le concedo a usted hasta mañana. Pero le advierto que si mañana usted no habla, me veré obligado a comunicárselo al juez de instrucción.
Llamó al timbre, y llevando al inspector Dieuzy a un lado le dijo:
—Acompáñale hasta el hotel... y quédate allí... te voy a enviar a dos compañeros... Y sobre todo mantén los ojos bien abiertos. Es posible que intenten arrebatárnoslo.
El inspector se llevó a Steinweg, y el señor Lenormand, volviéndose hacia la señora Kesselbach, a la cual aquella escena la había tremendamente emocionado, se disculpó, diciéndole:
—Crea que lo lamento mucho, señora...; comprendo hasta qué punto usted debe de sentirse afectada...
Luego la interrogó sobre la época en que el señor Kesselbach había entrado en relaciones con el viejo Steinweg y sobre la duración de esas relaciones. Pero ella estaba tan cansada, que él no insistió más.
—¿Tengo que volver mañana? —preguntó la dama.
—No, claro que no. Ya la tendré a usted al corriente de todo cuanto diga Steinweg. ¿Quiere usted permitirme ofrecerle mi brazo para acompañarla hasta su coche?... Estos tres pisos son muy cansadores para bajarlos...
Abrió la puerta y se apartó para dejarle paso. En ese momento se oyeron exclamaciones en el pasillo, acompañadas de un revuelo de gentes que corrían..., inspectores de servicio, empleados de las oficinas...
—¡Jefe! ¡Jefe!
—¿Qué ocurre?
—¡Dieuzy!
—Pero si acaba de salir de aquí...
—Le encontraron en la escalera.
—¿Muerto?
—No, sin sentido, desvanecido...
—Pero ¿y el hombre?... ¿El hombre que estaba con él?... ¿El viejo Steinweg?...
—Desapareció...
—¡Rayos y truenos!...

II

Se lanzó por el pasillo, bajó corriendo la escalera, y en medio de un grupo de personas que lo atendían encontró a Dieuzy tendido sobre el descansillo del primer piso.
Vio a Gourel, que venía subiendo, y le dijo:
—Gourel: ¿vienes de abajo? ¿Has visto a alguien?
—No, jefe.
Dieuzy ya estaba recobrando el sentido, y enseguida, apenas abrió los ojos, balbució:
—Por aquí, en el descansillo, por la puerta pequeña...
—¡Ah, diablos! Es la puerta de la séptima sala —gritó el jefe de Seguridad—. Ya había ordenado yo que la cerrasen con llave... Era seguro que un día u otro...1
Corrió y echó mano a la manija de la puerta.
—¡Pardiez! Está echado el cerrojo por el otro lado ahora.
Una parte de la puerta era de cristales. Con la culata de su revólver rompió uno de los cristales, descorrió el cerrojo y dijo a Gourel:
—Galopa por ahí hasta la salida de la plaza Dauphine...
Y luego, volviendo junto a Dieuzy, le ordenó.
—Vamos, Dieuzy, habla. ¿Cómo dejaste que te pusieran en ese estado?
—Un puñetazo, jefe...
—¿Un puñetazo de ese viejo? Pero si apenas se tiene en pie...
—No fue el viejo, jefe, sino otro individuo que se paseaba por el pasillo mientras Steinweg se hallaba con usted y que nos siguió como si viniera acompañándonos... Llegados allí me pidió fuego para su cigarrillo. Busqué mi caja de cerillas..., y entonces él aprovechó para descargarme un puñetazo sobre el estómago... Caí, y al caer tuve la impresión de que él abría esa puerta y que arrastraba al viejo con él...
—¿Podrías reconocer a ese individuo?
—¡Oh sí, jefe!... Era un hombrón, con la piel morena..., un tipo del Mediodía, a buen seguro...
—Ribeira —masculló el señor Lenormand—. Siempre él... Ribeira, alias Parbury. ¡Ah, el pirata, qué audacia!... Tenía miedo del viejo Steinweg... y vino a cogerlo aquí mismo, en mis barbas...
Y golpeando colérico el suelo con el pie, añadió:
—Pero diablos, ¿cómo supo ese bandido que Steinweg estaba aquí? No hace todavía cuatro horas que yo andaba a su caza e iba en su persecución por el bosque de Saint-Cucufa..., y ahora helo aquí... ¿Cómo lo supo él?... ¿Acaso está dentro de mi propia piel?...
Le acometió uno de esos accesos de ensoñación en el que le parecía ya no oír nada ni ver nada. La señora Kesselbach, que pasaba en ese momento, lo saludó sin que él respondiera.
Pero un ruido de pasos en el pasillo lo sacó de su estupor.
—Por fin, hete aquí, Gourel.
—En efecto, jefe —respondió Gourel, todo sofocado—. Eran dos. Han seguido ese camino y salieron por la plaza Dauphine. Los esperaba un automóvil. Dentro había dos personas, un hombre vestido de negro con un sombrero blando echado sobre los ojos...
—Ése —murmuró el señor Lenormand— es el asesino, el cómplice de Ribeira-Parbury. ¿Y la otra persona?
—Una mujer. Una mujer sin sombrero; como si dijéramos una sirvienta..., y bonita, y, al parecer, pelirroja.
—¿Eh? ¿Qué dices tú..., que ella era pelirroja?
—Sí.
El señor Lenormand se volvió repentinamente, bajó las escaleras de cuatro en cuatro, atravesó los patios y desembocó en el muelle de Orfévres.
—¡Alto! —gritó.
Una victoria de dos caballos se alejaba. Era el coche de la señora Kesselbach. El cochero oyó la orden y se detuvo. Ya el señor Lenormand había subido en el estribo y decía:
—Mil perdones, señora, pero su ayuda me es indispensable. Le pediría a usted permiso para acompañarla..., pero necesitamos actuar rápidamente.
Y volviéndose a Gourel, que le seguía, le dijo:
—Gourel, mi auto... ¿Lo despediste?... Entonces consigue otro, no importa cuál...
Cada cual corrió por su lado. Pero transcurrieron media docena de minutos antes de conseguir un auto de alquiler. El señor Lenormand hervía de impaciencia. En pie sobre la acera, la señora Kesselbach se bamboleaba con el frasco de sales en la mano.
Al fin se instalaron dentro del auto.
—Gourel, sube al lado del chófer y sigamos derecho a Garches.
—¡A mi casa! —dijo Dolores, estupefacta.
Él no respondió. Iba asomado a la portezuela, agitando en la mano su pase de libre circulación y daba su nombre a los agentes que dirigían el tráfico. Finalmente, cuando llegaron al Cours-la-Reine, se sentó cómodamente y dijo:
—Le suplico a usted, señora, que responda claramente a mis preguntas. ¿Vio usted a la señorita Genoveva esta tarde, a eso de las cuatro?
—Genoveva..., sí..., cuando me estaba vistiendo para salir.
—¿Fue ella quien le habló del anuncio en el Journal referente a Steinweg?
—En efecto.
—¿Y fue por ello por lo que usted vino a verme enseguida?
—Sí.
—¿Estaba usted sola durante la visita de la señorita Ernemont?
—En verdad..., yo no sé... ¿Por qué?
—Recuerde usted. ¿Una de sus sirvientas estaba allí presente?
—Quizá..., cuando yo me estaba vistiendo...
—¿Cómo se llaman?
—Susana y Gertrudis.
—Una de ellas es pelirroja, ¿verdad?
—Sí, Gertrudis.
—¿La conoce usted desde hace mucho tiempo?
—Su hermana ha estado a mi servicio desde hace mucho tiempo..., y Gertrudis está en mi casa desde hace años... Es la dedicación personificada, la probidad...
—En una palabra: ¿usted responde por ella?
—¡Oh, absolutamente!
—Tanto mejor..., tanto mejor...
Eran las siete y media y la luz del día comenzaba a atenuarse cuando el automóvil llegó delante de la residencia del Retiro. Sin preocuparse por su compañera, el jefe de la Seguridad se precipitó a la portería de la institución. Allí preguntó:
—La sirvienta de la señora Kesselbach acaba de llegar a casa, ¿no es eso?
—¿Quién dice usted? ¿Qué sirvienta?
—Sí, Gertrudis, una de las dos hermanas.
—Pero Gertrudis no debe de haber salido, señor; nosotros no la vimos salir.
—Sin embargo, alguien acaba de regresar.
—¡Oh, no señor! Nosotros no le hemos abierto la puerta a nadie desde..., desde las seis de la tarde.
—¿Y no hay más salida que esta puerta?
—Ninguna. Los muros rodean la finca por todas partes, y son altos...
—Señora Kesselbach —dijo Lenormand—, nosotros iremos a su pabellón.
Se dirigieron allí los tres. La señora Kesselbach, que no tenía llave, tocó el timbre. Fue Susana, la otra hermana, quien abrió.
—¿Gertrudis está en casa? —preguntó la señora Kesselbach.
—Sí, señora, está en su habitación.
—Dígale que venga, señorita —ordenó el jefe de Seguridad.
Al cabo de unos instantes bajó Gertrudis, atractiva y graciosa, con su delantal blanco adornado con bordados. Tenía un rostro bastante bonito, en efecto, encuadrado de cabellos rojos.
El señor Lenormand la observó largo tiempo sin decir nada, cual si tratara de penetrar más allá de aquellos ojos inocentes. No la interrogó. Al cabo de un rato dijo simplemente:
—Está bien, señorita. Le doy a usted las gracias. Vamos, Gourel.
Salió acompañado del brigadier, e inmediatamente, siguiendo las sombrías avenidas del jardín, le dijo:
—Es ella.
—¿Cree usted, jefe? ¡Tiene un aire tan suave!
—Demasiado suave. Otra se hubiera sorprendido y me hubiera preguntado por qué la había llamado. Pero ella, nada. No se preocupó de nada más que de poner una cara sonriente y mantener la sonrisa a toda costa. Pero en su sien vi brillar una gota de sudor que corría a lo largo de la oreja.
—¿Y entonces?
—Entonces, todo está claro. Gertrudis es cómplice de esos bandidos que maniobran en torno a la familia Kesselbach, ya sea para sorprender y ejecutar el famoso proyecto, ya sea para apoderarse de los millones de la viuda. A eso de las cuatro, Gertrudis, prevenida de que yo ya conocía el anuncio del Journal, y que además yo tenía una cita con Steinweg, se aprovechó de la salida de su ama, corrió a París, se encontró con Ribeira y con el hombre del sombrero blando, y los llevó al Palacio de Justicia, donde Ribeira secuestró en beneficio propio al señor Steinweg.
Reflexionó unos instantes y concluyó:
—Todo eso nos prueba: primero, la importancia que ellos atribuyen a Steinweg y el miedo que les inspiran sus revelaciones; segundo, que existe una verdadera conspiración urdida en torno a la señora Kesselbach; tercero, que no tengo tiempo que perder, pues la consideración está ya madura.
—Sea —dijo Gourel—, pero hay una cosa inexplicable. ¿Cómo pudo salir Gertrudis de este jardín donde nos encontramos y luego volver a entrar sin que se enteraran los porteros?
—Por algún pasadizo secreto que esos bandidos han debido de construir recientemente.
—Y que, sin duda —contestó Gourel—, desembocará en el pabellón de la señora Kesselbach.
—Sí..., quizá... —dijo el señor Lenormand—. Quizá... Pero yo tengo otra idea...
Siguieron la línea de los muros. La noche estaba clara, y aun cuando no se podían discernir sus siluetas, ellos sí veían lo suficiente para ir examinando a su paso las piezas de los muros y para descubrir alguna brecha en ellas, por muy hábilmente que hubiese sido practicada.
—¿Utilizaría una escala, quizá? —insinuó Gourel.
—No, puesto que Gertrudis sale en pleno día. Un medio de comunicación de ese género no puede evidentemente dar al lado de fuera. Es preciso que el agujero esté oculto por alguna construcción ya existente.
—No hay más que los cuatro pabellones —objetó Gourel—, y los cuatro están habitados.
—Perdón, el tercer pabellón, el llamado pabellón Hortensia, no está habitado.
—¿Quién se lo dijo a usted?
—La portera. Por temor al ruido, la señora Kesselbach ha alquilado ese pabellón, que está próximo al suyo. ¿Quién sabe si al proceder así lo hizo bajo la influencia de Gertrudis?
Dio vuelta a la casa. Las contraventanas estaban cerradas. Jugándose el todo por el todo levantó el postigo de la puerta: y la puerta se abrió.
—¡Ah, Gourel! Creo que hemos acertado. Entremos. Enciende tu linterna... ¡Oh! El vestíbulo, el salón, el comedor..., todo inútil. Debe de haber un sótano, ya que la cocina no está en este piso.
—Por aquí, jefe..., aquí está la escalera de servicio.
Bajaron, en efecto, hasta una cocina bastante amplia y repleta de sillas de jardín y de sillones de mimbre. Un lavadero, que servía también de bodega, presentaba el mismo desorden de objetos amontonados unos sobre otros.
—¿Qué es lo que brilla ahí, jefe?
Agachándose, Gourel recogió del suelo un alfiler de cobre con la cabeza con una perla falsa.
—La perla está aún completamente brillante —dijo Lenormand—, y no lo hubiera estado si llevara mucho tiempo en esta cueva. Gertrudis ha pasado por aquí, Gourel.
Gourel se puso a deshacer un montón de barriles, de cajas y de viejas mesas cojas.
—Estás perdiendo el tiempo, Gourel. Si el pasadizo estuviera por ahí, ¿cómo iban, en primer lugar, a tener tiempo para quitar todos esos objetos y luego colocarlos de nuevo detrás de sí? Mira, he aquí un postigo de ventana fuera de uso que no tiene ninguna razón seria para estar sujeto al muro por ese clavo. Quítalo.
Gourel obedeció.
Detrás del postigo, el muro estaba hueco. A la luz de la linterna vieron un subterráneo que se perdía en la oscuridad.

III

—No me equivocaba —dijo el señor Lenormand—. Ese pasadizo es de fecha reciente. Ves, son trabajos hechos con prisa y para una duración limitada... No hay albañilería. De trecho en trecho, dos maderos en cruz y una viga que sirve de techo, y eso es todo. Eso aguantará lo que aguante, pero siempre será lo bastante para el objetivo que ellos persiguen, es decir...
—¿Es decir qué, jefe?
—Pues bien: en primer lugar, para permitir las idas y venidas de Gertrudis y sus cómplices..., y luego un día..., un día próximo, el secuestro, o, más bien, la desaparición milagrosa e incomprensible de la señora Kesselbach.
Avanzaron con precaución para no chocar contra algunos de los postes del subterráneo, cuya solidez no parecía a toda prueba A primera vista, la extensión del túnel era muy superior a los cincuenta metros, cuando más, que separaban en el exterior el pabellón del extremo del jardín. Por consiguiente, el subterráneo debía de llegar bastante más lejos de los muros y más allá de un camino que bordeaba la finca.
—¿Por aquí no vamos por el lado de Villeneuve y del estanque? —preguntó Gourel.
—En absoluto. Todo lo contrario —afirmó Lenormand.
La galería bajaba en suave pendiente. Apareció un peldaño, luego otro y luego se doblaba a la derecha. En ese momento tropezaron con una puerta que estaba encajada en un rectángulo de morillo cuidadosamente cimentado. El señor Lenormand empujó la puerta y ésta se abrió.
—Un segundo, Gourel —dijo deteniéndose—. Reflexionemos... Quizá sería mejor que regresáramos.
—¿Y por qué?
—Hay que pensar que Ribeira ha previsto el peligro y hay que suponer que ha tomado precauciones para el caso de que el subterráneo fuese descubierto. Y él sabe que nosotros anduvimos huroneando en el jardín. Sin duda, nos ha visto entrar en este pabellón. ¿Quién nos asegura que él no esté ahora tendiéndonos una trampa?
—Somos dos, jefe.
—¿Y ellos no serán veinte?
Observó. El subterráneo ascendía y se dirigió hacia la otra puerta, distante cinco o seis metros.
—Lleguemos hasta aquí —dijo— y ya veremos.
Pasó, seguido de Gourel, al cual recomendó que dejara la puerta abierta, y avanzó hacia la otra con la idea firme de no ir más allá. Pero aquella puerta estaba cerrada, y aunque la cerradura parecía funcionar, no consiguió abrirla.
—Está echado el cerrojo por el otro lado. No hagamos ruido y regresemos. Una vez fuera estableceremos, conforme a la orientación de este subterráneo, la línea sobre la cual habrá que buscar la otra salida del mismo.
Regresaron por el mismo camino hacia la primera puerta, cuando Gourel, que iba al frente, lanzó una exclamación de sorpresa.
—Mire, la puerta está cerrada...
—¡Cómo! Pero si yo te había dicho que la dejaras abierta...
—La dejé abierta, jefe, pero el batiente se cerró solo.
—¡Imposible! Habríamos oído el ruido.
—¿Entonces?...
—Entonces..., entonces..., yo no sé...
Se acercó.
—Veamos..., hay una llave..., y gira. Pero del otro lado debe de haber un cerrojo.
—¿Quién lo habrá echado?
—Ellos, ¡pardiez! Detrás de nosotros. Quizá ellos tienen otra galería a lo largo de esta misma..., o bien se hallaban ocultos en ese pabellón deshabitado... En fin, que estamos encerrados en la trampa.
Se puso afanoso a intentar hacer funcionar la cerradura. Introdujo su navaja en la hendidura, buscó todos los medios; luego, en un momento de decepción, dijo:
—No hay nada que hacer.
—¿Cómo, jefe, que no hay nada que hacer? ¿En ese caso estamos perdidos?
—En verdad... —le respondió.
Volvieron a la otra puerta, y luego, una vez más, regresaron a la primera. Las dos eran puertas macizas, de dura madera, reforzadas con traviesas..., en suma, indestructibles.
—Necesitaríamos un hacha —dijo el jefe de Seguridad —o cuando menos un buen instrumento..., incluso un cuchillo, con el cual intentaríamos cortar el lugar probable donde se encuentra el cerrojo... Pero no tenemos nada.
Sufrió un acceso de rabia repentino y se lanzó con el cuerpo contra el obstáculo como si esperara derribarlo. Luego, impotente, vencido, le dijo a Gourel:
—Escucha, ya trataremos de esto dentro de una o dos horas... Estoy cansado..., voy a dormir... Tú vela durante ese tiempo... Y si vinieran a atacarnos...
—¡Ah! Si vinieran estábamos salvados, jefe... exclamó Gourel como un hombre a quien hubiera aliviado la batalla, por desigual que ésta fuese.
El señor Lenormand se acostó en el suelo. Al cabo de un minuto dormía.
Cuando se despertó permaneció unos instantes indeciso, sin comprender, preguntándose qué clase de sufrimiento era el que lo atormentaba.
—¡Gourel! —llamó—. ¡Gourel!
Al no obtener respuesta hizo funcionar el resorte de su linterna y vio a su lado a Gourel, que dormía profundamente.
«¿Por qué siento estos dolores? —pensaba—. ¿Estos retortijones?... ¡Ah! Ya sé..., es hambre, sencillamente..., me muero de hambre. Entonces, ¿qué hora es?»
Su reloj marcaba las siete y veinte, pero recordó que no le había dado cuerda. Y el reloj de Gourel tampoco funcionaba.
A su vez, Gourel se despertó bajo la acción de los mismos dolores de estómago y calcularon que la hora del almuerzo había pasado ya hacía mucho y que habían dormido una parte del día.
—Tengo las piernas adormecidas —dijo Gourel—, y los pies como si estuvieran metidos en hielo. ¡Qué impresión tan rara!
Intentó frotarse los pies, y entonces exclamó:
—¡Caray! ¡No es en hielo en lo que estaban metidos mis pies, sino en agua! Mire, jefe... Por el lado de la primera puerta es una verdadera marea.
—Son filtraciones —respondió el señor Lenormand—. Subamos hacia la segunda puerta y te secarás...
—Pero ¿qué es lo que va a hacer usted, jefe?
—¿Crees que me voy a dejar enterrar vivo en esta cueva?... ¡Ah, no! No tengo todavía edad bastante para eso... Puesto que las dos puertas están cerradas, intentemos atravesar las paredes.
Una a una empezó a sacar las piedras que hacían saliente a la altura de la mano, con la esperanza de practicar otra galería que bajaría en pendiente hasta el nivel del suelo. Pero el trabajo era largo y penoso, pues en esta parte del subterráneo las piedras estaban cimentadas.
—Jefe..., jefe... —balbució Gourel con voz entrecortada.
—¿Qué pasa?
—Tiene usted los pies metidos en el agua.
—¡Vamos! Pues es verdad... ¿Y qué quieres?... Nos secaremos al sol...
—Pero ¿no ve usted?
—¿Qué?
—Que está subiendo, jefe, que está subiendo...
—¿Qué es lo que sube?
—El agua...
El señor Lenormand sintió un escalofrío que le corrió por la piel. De repente, comprendió. No eran filtraciones fortuitas, sino una inundación hábilmente preparada y que se producía mecánicamente, en forma irresistible, gracias a algún sistema infernal.
—¡Ah, el canalla! —gruñó—. ¡Como alguna vez le eche la mano...!
—Sí, sí, jefe; pero primero tenemos que salir de aquí, y para mí...
Gourel parecía completamente abatido, incapaz de tener una idea o proponer un plan.
El señor Lenormand se había arrodillado sobre el suelo y medía la velocidad con que el agua se elevaba Una cuarta parte de la primera puerta estaba ya cubierta, y el agua avanzaba a media distancia de la segunda.
—El avance es lento, pero ininterrumpido —dijo—. Dentro de unas horas ya nos llegará por encima de la cabeza.
—Pero esto es espantoso, jefe, es horrible —gimió Gourel.
—¡Vamos! No vas a darnos la lata con tus lamentos de Jeremías, ¿verdad? Llora, si eso te divierte, pero que yo no te oiga.
—Es el hambre lo que me debilita, jefe; mi cerebro da vueltas.
—Cómete un puño.
Como decía Gourel, la situación era espantosa, y si el señor Lenormand hubiera tenido menos energía, hubiera abandonado una lucha tan vana. ¿Qué hacer? No cabía esperar que Ribeira tuviese la caridad de salvarlos y abrirles camino. Tampoco cabía esperar que los hermanos Doudeville pudieran socorrerlos, pues los inspectores ignoraban la existencia de este túnel.
Por consiguiente, no les quedaba ninguna esperanza..., ninguna esperanza que no fuese un milagro imposible...
—¡Veamos, veamos! —repetía el señor Lenormand—. Es demasiado estúpido..., no vamos a reventar aquí. ¡Qué diablos! Debe haber alguna cosa... Alúmbrame, Gourel.
Pegado a la segunda puerta, examinó de arriba abajo todos los rincones. Había de este lado un cerrojo, como seguramente había otro del otro lado. Un cerrojo enorme. Con la hoja de su navaja quitó el tornillo y el cerrojo se desprendió.
—¿Y ahora? —preguntó Gourel.
—Ahora... este cerrojo es de hierro, bastante largo, casi puntiagudo... Cierto que no vale tanto como un pico, pero, a pesar de eso, mejor es esto que nada, y...
Sin terminar la frase hundió el instrumento en la pared de la galería, un poco antes del pilar de albañilería que sostenía los goznes de la puerta. Esperaba que una vez atravesada la primera capa de cemento y de piedras encontraría tierra blanda.
—Manos a la obra —exclamó.
—Yo estoy dispuesto, pero explíqueme usted...
—Es bien sencillo. Se trata de excavar en torno a este pilar un pasadizo de tres o cuatro metros de largo que comunique con el túnel más allá de la puerta y que nos permita escapar.
—Pero harán falta horas, y durante ese tiempo el agua sigue subiendo.
—Alúmbrame, Gourel.
La idea del señor Lenormand era acertada, y con un poco de esfuerzo, cavando hacia él y haciendo caer en el túnel la tierra que atacaba con el instrumento, no tardó en abrir un agujero bastante grande para deslizarse por él.
—Ahora me toca a mí, jefe —dijo Gourel.
—¡Ah, ah! ¿Vuelves a la vida? Pues bien: trabaja. No tienes más que cavar en torno del pilar.
En ese momento el agua les llegaba a los tobillos. ¿Les daría tiempo a terminar la obra que habían comenzado? A medida que avanzaban se les hacía más difícil el trabajo, a causa de que la tierra que habían quitado les estorbaba cada vez más, y tendidos boca abajo en el pasadizo se veían obligados a cada instante a retirar para atrás los escombros que lo obstruían.
Al cabo de dos horas, el trabajo estaba terminado en sus tres cuartas partes, pero el agua les cubría las piernas. Todavía una hora más y el agua llenaría el agujero que ellos habían hecho.
Y entonces sería el fin.
Gourel, agotado por la falta de alimentos, y siendo de fuerte corpulencia para ir y venir dentro de aquel pasillo cada vez más estrecho, tuvo que renunciar. Ya no se movía, y temblaba de angustia al sentir aquella agua helada que lo iba envolviendo poco a poco.
El señor Lenormand trabajaba con un ardor incansable. Era una tarea terrible, una obra de termitas realizada en unas tinieblas asfixiantes. Sus manos sangraban. Desfallecía de hambre. Respiraba con dificultad aquel aire insuficiente, y de tiempo en tiempo los suspiros de Gourel le recordaban el espantoso peligro que lo amenazaba en el fondo de su cueva.
Pero nada hubiera podido desanimarlo, pues ahora encontraba frente a él aquellas piedras cimentadas que componían la pared de la galería. Era lo más difícil, pero el final se aproximaba.
—Esto sube —gritaba Gourel con voz entrecortada—. Esto sube.
El señor Lenormand redoblaba sus esfuerzos. De pronto, el hierro del cerrojo de que se servía golpeó en el vacío. El paso estaba perforado. No quedaba más que agrandarlo, lo que resultaba ya mucho más fácil ahora que él podía echar los materiales hacia adelante.
Gourel, enloquecido de terror, lanzaba aullidos como una bestia que agonizase. No se emocionaba, aunque la salvación estaba allí al alcance de su mano.
Sin embargo, el jefe de Seguridad experimentó unos instantes de ansiedad al comprobar por los ruidos de los materiales que caían que aquella parte del túnel estaba igualmente llena de agua..., lo que era natural, ya que la puerta no constituía un dique suficientemente hermético para contenerla. Pero qué importaba... La salida estaba libre... Un último esfuerzo... Pasó...
—Ven, Gourel —le gritó yendo a buscar a su compañero.
Tiró de él, medio muerto, por los puños.
—Vamos, muévete, zoquete, pues ya estamos salvados.
—¿Cree usted, jefe..., cree usted?... El agua nos llega hasta el pecho.
—No importa... Mientras no nos llegue por encima de la boca... ¿Y tu linterna?
—Ya no funciona.
—Tanto peor.
Lanzó una exclamación de alegría.
—Un peldaño..., dos peldaños... Una escalera... ¡Por fin!
Salían del agua, de aquella agua maldita que casi se los había tragado, y experimentaban una sensación deliciosa, una liberación que los exaltaba.
—¡Detente! —murmuró el señor Lenormand.
Su cabeza había chocado contra algo. Con los brazos extendidos se sostuvo forcejeando hacia arriba contra el obstáculo. Era el batiente de una trampa, y abierta ésta se penetraba en una cueva donde por un respiradero se filtraba la luz de una noche clara.
Levantó el batiente y escaló los últimos peldaños.
Un manto cayó sobre él. Unos brazos lo apresaron. Se sintió como envuelto en un cobertor, metido en una especie de saco y luego amarrado con cuerdas.
—Ahora el otro —dijo una voz.
Debieron de ejecutar una operación similar con Gourel, y luego la misma voz dijo:
—Si gritan, mátalos enseguida. ¿Tienes tu puñal?
—Sí.
—En marcha. Vosotros dos coged a éste..., y vosotros dos al otro... Nada de luces ni tampoco nada de ruidos... Eso sería peligroso. Desde esta mañana huronean en el jardín de al lado... Son diez o quince los dedicados a esta faena. Vuélvete al pabellón, Gertrudis, y si ocurre lo más leve telefonéame a París.
El señor Lenormand tuvo primero la impresión de que lo llevaban cargado, y luego de unos instantes la de que estaban al aire libre.
—Acerca la carreta —ordenó la misma voz.
El señor Lenormand oyó el ruido de un coche y de un caballo.
Lo tendieron sobre tablas. Gourel fue subido cerca de él. El caballo arrancó al trote.
El viaje duró una media hora aproximadamente.
—¡Alto! —ordenó la voz—. ¡Bajadlos! Conductor dale vuelta a la carreta de modo que la parte de atrás quede junto al parapeto del puente... Bien... ¿No se ven barcos por el Sena? Entonces no perdamos tiempo... ¡Ah! ¿Les habéis puesto piedras dentro?
—Sí, unos adoquines.
—En ese caso, adelante. Encomiende su alma a Dios, señor Lenormand, y ruegue por mí, Parbury-Ribeira, más conocido por el nombre de barón de Altenheim. ¿Ya está? ¿Todo está listo? Pues..., buen viaje, señor Lenormand.
El señor Lenormand fue colocado sobre el parapeto del puente. Luego lo empujaron. Sintió que caía en el vacío, y todavía oyó la voz que decía con sorna:
—¡Buen viaje!
Diez segundos después le llegaba su vez al brigadier Gourel.
CAPÍTULO SEIS. PARBURY-RIBEIRA-ALTENHEIM


I

Las niñas jugaban en el jardín bajo la vigilancia de la señorita Carlota, nueva colaboradora de Genoveva. La señora Ernemont les distribuyó dulces y luego regresó a una habitación que servía de salón y sala de estar y se instaló ante un escritorio, en el cual puso en orden los papeles y los registros que allí había.
De pronto tuvo la sensación de la presencia de alguien extraño en la habitación y se volvió.
—¡Tú! —exclamó ella—. ¿De dónde vienes?... ¿Por dónde entraste?...
—Silencio —dijo el príncipe Semine—. Escúchame y no perdamos ni un minuto. ¿Y Genoveva?
—Está de visita en casa de la señora Kesselbach.
—¿Cuándo viene?
—No vendrá antes de una hora.
—Entonces dejaré que entren los hermanos Doudeville. Tengo cita aquí con ellos. ¿Cómo está Genoveva?
—Muy bien.
—¿Cuántas veces ha visto a Pedro Leduc después de mi partida..., desde hace diez días?
—Tres veces, y debe volver a verlo hoy en casa de la señora Kesselbach, a la cual se lo ha presentado, conforme a tus órdenes. Solamente que, te diré, ese Pedro Leduc a mí no me parece gran cosa. Genoveva necesitaría más bien encontrar a un buen muchacho de su clase. Por ejemplo, el profesor.
—¡Tú estás loca! Casarse Genoveva con un maestro de escuela...
—¡Ah! Si tú tuvieras en cuenta ante todo la felicidad de Genoveva...
—¡Caray, Victoria! Me fastidias con todas tus charlatanerías. ¿Acaso tengo tiempo para andar con sentimentalismos? Yo estoy jugando una partida de ajedrez y voy empujando mis piezas sin preocuparme de lo que ellas piensen. Cuando yo haya ganado la partida ya me preocuparé de saber si el caballo del ajedrez, Pedro Leduc, y la reina, Genoveva, tienen corazón.
Ella lo interrumpió, diciendo:
—¿Has oído?... Un silbido...
—Son los dos Doudeville. Vete a buscarlos y luego déjanos.
Desde el momento que entraron los dos hermanos, el príncipe procedió a interrogarlos con su habitual precisión:
—Ya sé lo que los periódicos han dicho sobre la desaparición de Lenormand y de Gourel. ¿Sabéis vosotros algo más?
—No. El subjefe señor Weber ha tomado el asunto en sus manos. Desde hace ocho días andamos registrando el jardín de la residencia de Retiro, pero no se ha llegado a explicar cómo han podido desaparecer. Todo el servicio anda por los aires... Jamás se había visto eso..., un jefe de Seguridad que desaparece..., y sin dejar huella.
—¿Y las dos sirvientas?
—Gertrudis se ha marchado. Andamos buscándola.
—¿Y su hermana Susana?
—El señor Weber y el señor Formerie la han interrogado. No hay nada contra ella.
—¿Y eso es todo cuanto tenéis que decirme?
—¡Oh, no! Hay también otras cosas..., todo lo que nosotros no le hemos dicho a los periódicos.
Entonces contaron los acontecimientos que habían ocurrido en los dos últimos días que había estado presente el señor Lenormand, la visita nocturna de los dos bandidos a la residencia de Pedro Leduc y, luego, al día siguiente, la tentativa de rapto cometida por Ribeira y la persecución por los bosques de Saint-Cucufa; luego, la llegada del viejo Steinweg, su interrogatorio en la Dirección de Seguridad, delante de la señora Kesselbach, y su desaparición del Palacio de Justicia.
—¿Y nadie, excepto vosotros, está enterado de esos detalles?
—Dieuzy sabe lo del incidente de Steinweg..., fue él mismo quien nos lo contó.
—¿Y continúan teniendo confianza en vosotros en la Prefectura?
—Tienen tanta confianza que se nos emplea abiertamente. El señor Weber no ve más que por nuestros ojos.
—Entonces —dijo el príncipe—, no todo está perdido. Si el señor Lenormand ha cometido alguna imprudencia que le ha costado la vida, como yo me lo supongo, no habrá dejado de realizar antes de ello una buena tarea, y ahora no hay más que continuarla. El enemigo nos lleva ventaja, pero ya lo alcanzaremos.
—Nos va a ser difícil, patrón.
—¿Por qué? Se trata, simplemente, de volver a encontrar al viejo Steinweg, puesto que él es quien posee la clave del enigma.
—Sí; pero ¿dónde ha ocultado Ribeira al viejo Steinweg?
—En su casa, ¡pardiez!
—Será preciso entonces averiguar dónde vive Ribeira.
—¡Claro!
Una vez que despidió a los dos hermanos, el príncipe se dirigió a la residencia de Retiro. Frente a la puerta se hallaban estacionados dos automóviles, y dos hombres iban y venían como si estuvieran haciendo guardia.
En el jardín, cerca del pabellón de la señora Kesselbach, vio sentados en un banco a Genoveva, Pedro Leduc y un señor de fuerte complexión que llevaba monóculo. Los tres estaban hablando. Pero ninguno de ellos lo vio a él.
Entonces, varias personas salieron del pabellón. Eran éstas el señor Formerie, el señor Weber, un secretario de juzgado y dos inspectores. Genoveva penetró en la casa, el señor del monóculo le habló al juez y al subjefe de Seguridad y se alejó lentamente con ellos. Sermine se acercó al banco donde Pedro Leduc estaba sentado y murmuró:
—No te muevas, Pedro Leduc, soy yo.
—¡Usted!... ¡Usted!...
Era la tercera vez que el joven veía a Semine desde la horrible noche del hotel de Versalles, y cada vez que esto ocurría se sentía trastornado.
—Responde... ¿Quién es el individuo del monóculo?
Pedro Leduc balbució, empalideciendo. Semine le pellizcó el brazo.
—¡Responde, maldita sea! ¿Quién es?
—El barón Altenheim.
—¿De dónde viene?
—Era un amigo del señor Kesselbach. Ha llegado de Austria hace seis días y se ha puesto a la disposición de la señora Kesselbach.
En el intervalo, los magistrados, así como el barón Altenheim, había salido del jardín.
—¿El barón te ha interrogado?
—Sí, mucho. Mi caso le interesa. Quisiera ayudarme a volver a encontrar mi familia, y me ha pedido que le cuente recuerdos de mi infancia.
—¿Y qué le has dicho?
—Nada, puesto que nada sé. ¿Es que acaso tengo yo recuerdos? Usted me puso en el lugar del otro y yo ni siquiera sé quién era ese otro.
—Tampoco lo sé yo —respondió con ironía el príncipe—, y en eso es en lo que consiste lo extraño de tu caso.
—¡Ah! Usted se ríe..., usted se ríe siempre... Pero yo..., yo comienzo a cansarme de esto... Me encuentro mezclado a montones de cosas sucias..., y eso sin contar el peligro que corro representando un personaje que no soy.
—¿Cómo... que no eres? Tú, cuando menos, eres duque lo mismo que yo soy príncipe..., incluso quizá más... Y además, si no lo eres, conviértete en él, ¡diablos! Genoveva solamente puede casarse con un duque. Mírala... ¿Acaso Genoveva no vale que tú vendas tu alma a cambio de sus hermosos ojos?
Él ni siquiera lo observó, sintiéndose indiferente a lo que pensaba. Se dirigieron a la residencia, y en el fondo de las escaleras apareció Genoveva, graciosa y sonriente.
—¿Ya está usted de regreso? —le dijo al príncipe—. ¡Ah! Tanto mejor. Estoy contenta... ¿Quiere usted ver a Dolores?
Después de unos instantes lo hizo pasar a la habitación donde estaba la señora Kesselbach. El príncipe quedó sorprendido. Dolores estaba todavía más pálida y más demacrada que el último día que él la había visto. Tendida sobre un diván, envuelta en ropas blancas, tenía el aspecto de esos enfermos que renuncian a luchar por la vida. En efecto, ya no luchaba más contra el Destino, que la abrumaba con sus golpes.
Semine la miraba con una profunda lástima y con una emoción que no intentaba disimular. Ella le agradeció la simpatía que él le testimoniaba También habló del barón Altenheim en términos amistosos.
—¿Lo conocía usted antes de ahora? —le preguntó él.
—De nombre sí, y también por referencias de mi marido, con el cual sostenía estrechas relaciones.
—Yo he conocido a un Altenheim que vivía en la calle Daru. ¿Cree usted que sea este mismo?
—¡Oh, no! Ése vive... De hecho yo no sé mucho..., me ha dado su dirección, pero yo no podría decir...
Tras unos minutos de conversación, Semine se retiró.
Genoveva lo esperaba en el vestíbulo.
—Tengo que hablarle —le dijo ella vivamente—. Hay cosas graves... ¿Lo ha visto usted?
—¿A quién?
—Al barón Altenheim... Pero ése no es su nombre..., o cuando menos tiene otro..., lo he reconocido... Pero él no lo sospecha...
Tiraba del príncipe hacia fuera y caminaba muy agitada.
—Tenga calma, Genoveva...
—Ése es el hombre que quiso raptarme... Si no hubiera sido por ese pobre señor Lenormand, yo hubiera estado perdida... Veamos, usted debe saber, usted que lo sabe todo.
—¿Entonces su verdadero nombre cuál es?
—Ribeira.
—¿Está usted segura?
—De nada vale que cambie su fisonomía, su acento y sus maneras... Yo lo descubrí enseguida por el horror que me inspira. Pero no dije nada... hasta que usted regresara.
—¿Tampoco le dijo usted nada a la señora Kesselbach?
—Nada tampoco. Ella parecía tan feliz de encontrar a un amigo de su marido... Pero usted sí le hablará, ¿no es así? Usted la defenderá... Yo no sé lo que él prepara contra ella, contra mí... Ahora que el señor Lenormand ya no está aquí para protegernos, él no teme a nada, actúa como amo y señor... ¿Quién podría desenmascararlo?
—Yo. Yo respondo de todo. Pero no diga ni una palabra a nadie.
Habían llegado frente a la portería.
La puerta se abrió.
El príncipe dijo aún:
—Adiós, Genoveva, y, sobre todo, esté usted tranquila. Yo estoy aquí.
El príncipe cerró la puerta, se volvió y enseguida hizo un ligero movimiento de retroceso.
Frente a él se hallaba con la cabeza erguida, los anchos hombros y la fuerte mandíbula, el hombre del monóculo, el barón Altenheim.
Se miraron durante unos segundos en silencio. Luego el barón sonrió.
Dijo:
—Te esperaba, Lupin.
No obstante el dominio que poseía sobre sí mismo, Semine se estremeció. Venía para desenmascarar a su adversario y era su adversario quien lo desenmascaraba a él al primer golpe. Y al propio tiempo ese adversario se presentaba a la lucha audazmente, descaradamente, cual si estuviera seguro de la victoria. El gesto era fanfarrón y demostraba una dura fuerza.
Los dos hombres se midieron con la mirada, violentamente hostiles.
—Y ahora, ¿qué? —dijo Semine.
—¿Ahora qué? ¿No crees acaso que tenemos necesidad de vernos?
—¿Por qué?
—Tengo que hablarte.
—¿Qué día quieres que nos veamos?
—Mañana. Almorzaremos juntos en el restaurante.
—¿Por qué no en tu casa?
—Tú no sabes mi dirección.
—Sí.
Y el príncipe se apoderó rápidamente de un periódico que sobresalía del bolsillo de Altenheim..., un periódico que aún tenía puesta la faja de envío y en la que decía: «29, Villa Dupont»
—Buena jugada —dijo el otro—. Entonces, mañana en mi casa.
—Hasta mañana en tu casa. ¿A qué hora?
—A la una de la tarde.
—Allí estaré. Mis respetos.
Iban ya a separarse cuando Altenheim se detuvo y dijo:
—¡Ah! Una palabra todavía, príncipe. Lleva tus armas.
—¿Por qué?
—Yo tengo cuatro criados y tú estarás solo.
—Tengo mis puños —replicó Semine—. La partida estará igualada.
Le volvió la espalda y luego, llamándole de nuevo, le dijo:
—¡Ah! Una palabra todavía, barón. Contrata otros cuatro criados.
—¿Por qué?
—Lo he pensado. Yo iré con mi látigo.

II

A la una en punto, un jinete penetraba por la puerta de la Villa Dupont, pacífica mansión provinciana cuya única salida da a la calle Pergolése, a dos pasos de la avenida del Bosque.
La bordean jardines y bellos hoteles. Y al extremo está cerrada por una especie de pequeño parque donde se alza una mansión grande y antigua a cuya orilla pasa la vía del ferrocarril de circunvalación.
Era allí, en el número 29, donde vivía el barón Altenheim.
Semine le arrojó las bridas de su caballo a un lacayo al que había enviado allí antes y le dijo:
—Volverás a traérmelo a las dos y media.
—Llamó en la puerta del jardín, y cuando ésta fue abierta se dirigió hacia la escalinata, donde le esperaban dos hombres corpulentos vestidos con librea, que lo hicieron pasar a un inmenso vestíbulo de piedra, frío y sin el menor ornamento. La puerta se cerró tras él con pesado ruido, y aunque era mucho su valor indomable, no pudo menos de experimentar una desagradable impresión por sentirse solo, rodeado de enemigos y en aquella cárcel aislada.
—Anuncien ustedes al príncipe Semine —les dijo.
El salón estaba contiguo y le hicieron entrar allí inmediatamente.
—¡Ah! Aquí está, mi querido príncipe —dijo el barón viniendo a su encuentro—. Pues bien..., imagínese usted... Domingo, el almuerzo dentro de veinte minutos... De aquí a entonces que nos dejen solos... Imagínese usted, mi querido príncipe, que yo ya no creía mucho que usted me visitara.
—¡Ah! ¿Por qué?
—¡Caramba! Su declaración de guerra esta mañana es tan clara, que toda entrevista resulta inútil.
—¿Mi declaración de guerra?
El barón desplegó un número del Grand Journal y señaló con el dedo una gacetilla titulada Comunicado. La gacetilla decía:

«La desaparición del señor Lenormand no ha dejado de emocionar a Arsenio Lupin. Después de una rápida investigación, y como continuación a su proyecto de esclarecer el asunto Kesselbach, Arsenio Lupin ha resuelto encontrar al señor Lenormand vivo o muerto, así como también entregar a la justicia al autor o autores de esta abominable serie de fechorías.»

—¿Es, en efecto, suyo este comunicado, mi querido príncipe?
—Sí, es mío, efectivamente.
—En consecuencia, yo tenía razón: es la guerra.
—Sí.
Altenheim hizo sentar a Semine, se sentó él a su vez y le dijo en tono conciliador:
—Pues bien: no. Yo no puedo admitir eso. Es imposible que dos hombres como nosotros se combatan y se hagan mal. Lo único que hay es explicarse, buscar los medios: nosotros estamos hechos para entendernos.
—Yo creo, por el contrario, que dos hombres como nosotros no están hechos para entenderse.
El otro dominó un gesto de impaciencia y continuó:
—Escucha, Lupin... Y a propósito, ¿quieres que te llame Lupin?
—Y yo, ¿cómo te llamaré? ¿Altenheim, Ribeira o Parbury?...
—¡Oh! Ya veo que estás más documentado de lo que yo creía. ¡Diablos!, eres temible... Razón de más para que nos pongamos de acuerdo.
E inclinándose sobre él, añadió:
—Escucha, Lupin. Piensa bien mis palabras. No hay ni una sola cosa que yo no haya pesado y madurado. He aquí... Nosotros somos fuertes los dos... ¿Te sonríes? Es un error... Es posible que tú tengas recursos que yo no tenga, pero yo tengo otros que tú ignoras. Y además, como ya sabes, no tengo muchos escrúpulos..., poseo destreza... y una capacidad para cambiar de personalidad que un maestro como tú debe apreciar. En resumen, los dos adversarios valen uno tanto como otro. Pero queda una pregunta: ¿por qué somos adversarios? Nosotros perseguimos el mismo objetivo, dirás tú. ¿Y qué? ¿Sabes tú lo que resultará de nuestra rivalidad? Pues que cada uno de nosotros paralizará los esfuerzos y destruirá la obra del otro, y que los dos malograremos el objetivo. ¿En beneficio de quién? De un Lenormand cualquiera, de un tercer ladrón... Es demasiado estúpido.
—Es demasiado estúpido, en efecto —confesó Semine—, pero no queda más que un recurso.
—¿Cuál?
—Retírate tú.
—No bromees. Esto es serio. La proposición que voy a hacerte es de las que no se rechazan sin examinarla. En resumen, dicho en dos palabras, es esto: asociémonos.
—¡Oh, oh!
—Bien entendido, quedaremos libres, cada uno por su parte, para todo cuanto nos concierne. Pero para el asunto en cuestión pondremos nuestros esfuerzos en común. ¿Estás de acuerdo? Mano sobre mano y a medias.
—¿Y qué es lo que tú aportas?
—¿Yo?
—Sí. Tú sabes lo que yo valgo; yo ya tengo hechas mis pruebas. En la unión que tú me propones tú sabes, por así decir, la cifra de mi dote... Y ahora, ¿cuál es la tuya?
—Steinweg.
—Eso es poco.
—Es enorme. Por Steinweg nosotros averiguaremos la verdad sobre Pedro Leduc. Por Steinweg nosotros sabremos en qué consiste el famoso proyecto de Kesselbach.
Semine rompió a reír.
—¿Y tú necesitas de mí para eso?
—¿Cómo?
—Veamos, hijo mío; tu oferta es pueril. Desde el momento en que Steinweg está en tus manos si tú deseas mi colaboración es porque no has conseguido hacerlo hablar. De no ser así, no necesitarías de mis servicios.
—Entonces, ¿pues?
—Entonces, rechazo tu oferta.
Los dos hombres se irguieron de nuevo implacables y violentos.
—Yo la rechazo —volvió a decir Semine—. Lupin no tiene necesidad de nadie para actuar. Soy de esos que actúan solos. Si tú fueras mi igual conforme pretendes, jamás se te hubiera ocurrido la idea de una asociación. Cuando se tiene la talla de un jefe, se manda. El unirse sería obedecer. Y yo no obedezco.
—¿Te niegas?... ¿Te niegas?... —repitió Altenheim, pálido por el ultraje.
—Lo más que puedo hacer por ti, hijo mío, es ofrecerte un lugar en mi banda. De simple soldado para empezar. Bajo mis órdenes verás cómo un general gana una batalla... y cómo se embolsa el botín, él solito y sólo para él. ¿Te interesa, pipiolo?
Altenheim rechinaba los dientes fuera de sí. Masculló:
—Haces mal, Lupin..., haces mal. Yo tampoco tengo necesidad de nadie, y ese asunto no me turba más que un montón de otros que yo he llevado hasta el final... Lo que yo decía era llegar más pronto al objetivo y sin molestarse.
—A mí no me molestas —dijo Lupin con desdén.
—¡Vamos! Si no nos asociamos no habrá más que uno que triunfe.
—Eso me basta.
—Y no triunfará hasta haber pasado sobre el cadáver del otro. ¿Estás dispuesto a esa clase de duelo, Lupin?... ¿Un duelo a muerte, comprendes, Lupin?... La cuchillada es un medio que tú desprecias, pero ¿y si tú la recibes, Lupin, en plena garganta?...
—¡Ah, ah! A fin de cuentas, ¿es eso lo que tú me propones?
—No, a mí no me gusta mucho la sangre... Mira mis puños..., yo golpeo..., tengo golpes míos... Pero el otro mata..., recuérdalo..., la pequeña herida en la garganta... ¡Ah! De ése, cuídate, Lupin... Es terrible e implacable... Nada lo detiene.
Pronunció, estas palabras en voz baja y con tal emoción que Semine se estremeció ante el recuerdo abominable del Desconocido.
—Barón —dijo Lupin con sorna—. Se diría que tienes miedo de tu cómplice.
—Tengo miedo por los demás, por los que nos cierran el camino, por ti, Lupin. Acepta o estás perdido. Yo mismo, si es preciso, actuaré. El objetivo está demasiado cercano.., ya lo toco... Hazlo, Lupin.
Aparecía todo poderoso de energía y de voluntad exasperada, y tan brutal que se hubiera dicho que estaba presto a golpear al enemigo fulminantemente.
Semine se encogió de hombros.
—¡Dios mío! —dijo bostezando—. ¡Qué hambre tengo! Qué tarde coméis en tu casa.
La puerta se abrió.
—¡El señor está servido! —anunció el mayordomo.
—¡Ah! He ahí una noticia agradable.
En el umbral de la puerta, Altenheim lo agarró del brazo, y sin preocuparse de la presencia del criado le dijo:
—Un buen consejo: acepta. La hora es grave... Y te juro que vale más eso..., vale más eso... Acepta...
—¡Caviar! —exclamó Semine—. ¡Ah! Cuánta gentileza... Te has acordado que tenías invitado a un príncipe ruso.
Se sentaron uno frente al otro, y el lebrel del barón, un animal de largo pelo plateado, se colocó entre ellos.
—Le presento a usted a Sirius, mi más fiel amigo.
—Un compatriota —contestó Semine—. Jamás olvidaré aquel que tuvo a bien regalarme el zar cuando tuve el honor de salvarle la vida.
—¡Ah! ¿Usted tuvo el honor?... ¿Un complot terrorista, sin duda?...
—Sí, un complot que yo había organizado. Imagínese usted que ese perro, que se llamaba Sebastopol...
El almuerzo prosiguió alegremente. Altenheim había recobrado el buen humor y los dos hombres hicieron gala del más elevado espíritu y cortesía. Semine contó anécdotas a las cuales el barón replicó con otras..., relatos de caza, de deportes, de viajes donde eran evocados a cada instante los más antiguos nombres de Europa, los grandes de España, lores ingleses, magiares húngaros y archiduques austríacos.
—¡Ah! —exclamó Semine—. ¡Qué hermoso oficio el nuestro! Nos pone en relación con todo cuanto hay de bueno sobre la tierra. Toma, Sirius, un poco de esta ave trufada.
El perro no le quitaba ojo de encima engullendo de un bocado todo cuanto Semine le daba.
—¿Una copa de Chambertin, príncipe?
—Con mucho gusto, barón.
—Se lo recomiendo. Viene de las bodegas del rey Leopoldo.
—¿Un regalo?
—Sí, un regalo que yo mismo me he hecho.
—Es delicioso... ¡Qué fragancia!... Con esta pasta de hígado... Es un hallazgo. Mis felicitaciones, barón, su cocinero es de primer orden.
—Ese cocinero es una cocinera, príncipe. Yo se la quité a precio de oro a Levrand, el diputado socialista. Y ahora pruebe este helado de cacao. Y llamo la atención sobre los pasteles secos que lo acompañan. Un invento del genio son estos pasteles.
—Son de forma encantadora, en todo caso —dijo Semine, sirviéndose—. Si la carne responde a la pluma... Toma, Sirius, debes adorar esto. Locuste no lo hubiera hecho mejor.
Rápidamente había tomado uno de los pasteles y se lo había dado al perro. Este lo tragó de un bocado, se quedó unos segundos inmóvil, como atontado, luego se volvió sobre sí mismo y cayó fulminado.
Semine se había echado para atrás para no ser sorprendido traicioneramente por un criado, y rompiendo a reír dijo:
—Escucha, barón: cuando quieras envenenar a uno de tus amigos, procura que tu voz se conserve tranquila y que tus manos no tiemblen... De no ser así provocarás la desconfianza... Pero yo creía que a ti te repugnaba el asesinato...
—Con cuchillo sí —dijo Altenheim sin turbarse—. Pero siempre he sentido deseos de envenenar a alguien. Quería saber qué gusto tenía eso.
—¡Caray, amigo mío! ¡Escoges bien tus víctimas! ¡Un príncipe ruso!
Se acercó a Altenheim y le dijo en tono confidencial:
—¿Sabes lo que hubiera ocurrido si hubieras tenido éxito..., es decir, si mis amigos no me hubieran visto regresar a las tres lo más tarde? Pues bien: a las tres y media el prefecto de Policía ya hubiera sabido exactamente a qué atenerse en lo referente al barón Altenheim, y dicho barón hubiera sido apresado antes del fin del día y encerrado en la prisión central.
—¡Bah! —respondió Altenheim—. De la prisión se escapa uno..., en tanto que nunca se regresa del reino a donde yo te enviaba.
—Evidentemente, pero ante todo hubiera sido preciso enviarme, y eso no es fácil.
—Bastaba un bocado de uno de esos pasteles.
—¿Estás seguro?
—Prueba.
—Decididamente, hijo mío, no tienes todavía la pasta de un gran maestro de la aventura, y, sin duda, no la tendrás nunca, puesto que me tiendes celadas de esta clase. Cuando uno se cree digno de llevar la vida que nosotros tenemos el honor de llevar, se debe también ser capaz de estar dispuesto a todas las eventualidades..., incluso a no morir si un canalla cualquiera intenta envenenarlo a uno... Un alma intrépida en un cuerpo inatacable, de ahí el ideal que es preciso proponerse.., y alcanzar. Trabaja, hijo mío. Yo soy intrépido e inatacable. Recuerda al rey Mitrídates...
Y volvieron a sentarse. Semine dijo:
—¡A la mesa ahora! Pero como yo debo demostrar las virtudes que me atribuyo, y como, por otra parte, no quiero causarle disgusto a tu cocinera, dame, pues, ese plato de pasteles.
Tomó uno, lo partió en dos y le tendió una de las mitades al barón, diciéndole:
—¡Cómelo!
El otro hizo un gesto de repudio.
—¡Miedoso! —dijo Semine.
Y ante la mirada de pasmo del barón y de sus acólitos se puso a comer la primera y luego la segunda mitad del pastel, tranquilamente, a conciencia, cual se come una golosina de la que se sentiría pena en perder hasta la más pequeña migaja.

III

Volvieron a verse.
Aquella misma noche, el príncipe Semine invitó al barón al cabaret Vatel y cenaron con un poeta, un músico, un financiero y dos hermosas actrices teatrales pertenecientes al Teatro Francés.
Al día siguiente almorzaron juntos en el Bosque de Bolonia, y por la noche volvieron a encontrarse en la Ópera.
Y cada día, durante una semana, se vieron de nuevo.
Se hubiera dicho que no podían prescindir el uno del otro y que les unía una gran amistad, hecha de confianza, de estimación y de simpatía mutuas.
Se divertían mucho, bebían buenos vinos, fumaban excelentes cigarros y reían como locos.
Pero, en realidad, se espiaban ferozmente. Enemigos mortales, separados por un odio salvaje, cada uno de ellos seguro de vencer y queriéndolo así con una voluntad sin freno esperaban el momento propicio, Altenheim para suprimir a Semine, y Semine para precipitar a Altenheim en el abismo que estaba abriendo delante de él. Ambos sabían que el desenlace no podía tardar. El uno o el otro dejaría su piel, y eso era una cuestión de horas, de días cuando, más. Drama apasionante del cual un hombre como Semine debía saborear el extraño y fuerte sabor. Conocer a su adversario y vivir a su lado, saber que al menor paso, al menor descuido, es la muerte lo que acecha, ¡qué voluptuosidad!
Un día, en el jardín del círculo de la calle Cambon, del cual Altenheim formaba también parte, estaban los dos solos a esa hora del crepúsculo en que en el mes de junio se comienza a cenar y en que los jugadores nocturnos no están todavía presentes. Se paseaban por la pradera a lo largo de la cual había, bordeado de macizos, un muro perforado por una pequeña puerta. Y de pronto, mientras Altenheim hablaba, Semine tuvo la impresión de que su voz se hacía cada vez menos firme y estaba casi temblorosa. Por el rabillo del ojo lo observó. La mano de Altenheim estaba oculta en el bolsillo de su americana, y Sermine vio, a través de la tela, que aquella mano se crispaba empuñando un puñal, titubeante, indecisa, tan pronto resuelta como sin fuerzas.
¡Momento delicioso aquél! ¿Iba a golpear? ¿Quién triunfaría? ¿El instinto miedoso que no se atreve o la voluntad consciente, tensa hacia el acto de matar?
Con el busto erguido, los brazos a la espalda, Semine esperaba con estremecimientos de angustia y de placer. El barón se había callado y en silencio caminaban los dos lado a lado.
—¡Golpea de una vez! —exclamó el príncipe.
Se había detenido, y vuelto hacia su compañero agregó:
—¡Golpea! ¡Ahora o nunca! Nadie puede verte. Te escaparás por esa pequeña puerta cuya llave se encuentra, por casualidad, colgada en la pared, y adiós, barón, ni visto ni conocido por nadie... Pero yo pienso que todo esto estaba combinado de antemano... Eres tú quien me ha traído hacia aquí... ¿Y dudas? Pero golpea...
Lo miraba al fondo de los ojos. El otro estaba lívido y todo tembloroso de energía impotente.
—¡Gallina mojada! —le dijo Semine con sarcasmo—. Nunca lograré hacer nada de ti. ¿Quieres que te diga la verdad? Pues bien: es que te doy miedo. Pero tú..., tú nunca estás muy seguro de lo que va a ocurrirte cuando te encuentras frente a mí. Eres tú quien quiere actuar, pero son mis actos, mis actos posibles, los que dominan la situación. No, decididamente, tú no eres todavía el hombre que hará palidecer mi estrella.
No había terminado de decir estas palabras cuando se sintió agarrado por el cuello y derribado a tierra. Alguien oculto en el macizo lo había agarrado por la cabeza. Vio un brazo que se alzaba en el aire armado de un cuchillo cuya hoja resplandecía. El brazo cayó y la punta del cuchillo le alcanzó en plena garganta.
En ese momento, Altenheim saltó sobre él para rematarlo, y rodaron sobre las platabandas. Fue cuestión de veinte a treinta segundos, cuando más. Por fuerte que fuese, por entrenado que estuviera en los ejercicios de lucha, Altenheim cedió casi inmediatamente lanzando un grito de dolor. Semine se levantó y corrió hacia la pequeña puerta que acababa de cerrarse detrás de una sombra que huía por ella ¡Demasiado tarde! Oyó el ruido de la llave en la cerradura por el otro lado. Ya no pudo abrir.
—¡Ah, bandido! —clamó—. El día que te agarre, ése será el día de mi primer crimen. Pero, por Dios...
Regresó sobre sus pasos, se agachó y recogió los pedazos del puñal que se había roto al golpearlo.
Altenheim comenzaba a moverse. Le dijo:
—Bien, barón, ¿ya te sientes mejor? No conocías ese golpe, ¿verdad? Es un golpe que yo llamo directo al plexo solar, es decir, que te despabila el sol vital como se despabila una vela... es limpio, rápido, sin dolor... e infalible. Pero ¿un golpe de puñal?... ¡Bah! No hay más que llevar puesta una gargantilla de mallas de acero, como yo mismo llevo, y uno se ríe de todo el mundo, sobre todo de tu pequeño camarada negro, puesto que siempre golpea a la garganta ese monstruo idiota Escucha, mira su juguete favorito... Aquí lo tienes hecho migas.
Y le tendió la mano.
—Vamos, levántate, barón. Te invito a cenar. Y, por favor, acuérdate del secreto de mi superioridad: un alma intrépida en un cuerpo inatacable.
Regresó a los salones del círculo, mandó reservar una mesa para dos personas, se sentó sobre un diván y esperó la hora de cenar, pensando así:
«Evidentemente, la partida es divertida, pero ya se está haciendo peligrosa. Hay que acabar esto... Si no, esos animales me enviarán al paraíso antes de lo que yo quiero... Lo fastidioso es que yo no puedo hacer nada contra ellos antes de haber encontrado al viejo Steinweg... Porque, en el fondo, no hay nada más que eso de interesante, el viejo Steinweg, y si yo me pego al barón es sólo para ver de recoger algún indicio cualquiera... ¿Qué diablos habrán hecho con él? Está fuera de duda que Altenheim se halla en comunicación diaria con él, como también lo está que intenta lo imposible para arrancarle informes sobre el proyecto de Kesselbach. Pero ¿dónde lo ve? ¿Dónde lo ha ocultado? ¿En casa de amigos? ¿En su propia casa en el veintinueve, Villa Dupont?»
Reflexionó durante bastante tiempo y luego encendió un cigarrillo, al que dio tres chupadas y lo tiró. Este ademán debió de ser una señal, pues inmediatamente dos jóvenes vinieron a sentarse a su lado, a quienes él parecía no conocer en absoluto, pero con los cuales charló furtivamente.
Eran los hermanos Doudeville convertidos en caballeros mundanos este día
—¿Qué hay, patrón?
—Tomad a seis de nuestros hombres, id al veintinueve, Villa Dupont y entrad.
—¡Caray! ¿Y cómo?
—En nombre de la Ley. ¿Acaso no sois inspectores de Seguridad? Vais a hacer un registro.
—Pero no tenemos derecho a eso...
—Os lo tomáis por vuestra cuenta
—¿Y los criados? ¿Y si se resisten?...
—No son más que cuatro.
—¿Y si gritan?
—No gritarán.
—¿Y si regresa Altenheim?
—No regresará antes de las diez. Yo me encargo de eso. Así, disponéis de dos horas y media. Es más de lo que necesitáis para registrar la casa de arriba abajo. Si encontráis allí al viejo Steinweg, venid a avisarme.
El barón Altenheim se acercaba y Semine salió a su encuentro.
—Cenamos, ¿verdad? El pequeño incidente del jardín me ha vaciado el estómago. Y a propósito de eso, mi querido barón, yo tengo algunos consejos que darte...
Se sentaron a la mesa.
Después de la cena, Semine le propuso una partida de billar que fue aceptada. Luego, terminada la partida de billar, pasaron a la sala de baccara. El banquero estaba precisamente anunciando:
—La banca es de cincuenta luises. ¿Alguien quiere?
—Cien luises —dijo Altenheim.
Semine miró a su reloj. Eran las diez. Los Doudeville no habían regresado. Por tanto, el registro continuaba infructuoso.
—Banco —dijo Semine.
Altenheim se sentó y repartió las cartas.
—Doy.
—No.
—Siete.
—Seis.
—Perdí —dijo Semine—. ¿Banco por el doble?
—Sea —contestó el barón.
Distribuyó las cartas.
—Ocho —dijo Semine.
—Nueve —anunció el barón.
Semine se volvió sobre sus talones, murmurando: «Esto me cuesta trescientos luises, pero estoy tranquilo. Ahí está clavado a la mesa.»
Unos instantes después, su auto le dejaba delante del 29, villa Dupont, y enseguida encontró a los Doudeville y a sus hombres reunidos en el vestíbulo.
—¿Habéis desenterrado al viejo? —les preguntó.
—No.
—¡Rayos y truenos! Pues tiene que estar en alguna parte. ¿Dónde están los criados?
—Allá en el cuarto de servicio. Están atados.
—Bien; prefiero no ser visto. Marchaos todos. Juan, tú quédate abajo al acecho. Y tú, Jaime, enséñame la casa.
Rápidamente recorrió la bodega y el desván. Puede decirse que no se detenía ni un momento, sabiendo de antemano que no descubriría en unos minutos lo que sus hombres no habían podido descubrir en tres horas. Pero registraba fielmente en su memoria la forma y la situación y enlace de las habitaciones.
Cuando hubo acabado, volvió a una habitación que Doudeville le había indicado ser la de Altenheim y la examinó con atención.
—Esto es lo que me vendrá como anillo al dedo —dijo, levantando una cortina que ocultaba un gabinete oscuro lleno de ropas—. Desde aquí veo toda la habitación.
—¿Y si el barón registra toda la casa?
—¿Por qué?
—Porque sabrá por sus criados que hemos venido.
—Sí, pero no se imaginará que uno de nosotros se ha instalado en su casa. Se dirá que el intento fracasó y eso es todo. Por consiguiente, me quedo.
—¿Y cómo saldrá usted de aquí?
—¡Ah! Me preguntas demasiado. Lo esencial era entrar. Vete, Doudeville, y cierra las puertas. Reúnete con tu hermano y largaos... Hasta mañana..., o más bien...
—O más bien, ¿qué?...
—No os ocupéis de mí. Ya os haré señas en el momento oportuno.
Se sentó sobre una pequeña caja colocada en el fondo de un armario. Lo protegía una cuádruple fila de trajes alineados. Salvo en caso de investigación, evidentemente estaba allí bien seguro.
Transcurrieron diez minutos. Oyó el trote sordo de un caballo por el lado de la residencia y el ruido de un cascabel. Un coche de detuvo, sonó la puerta de abajo y casi inmediatamente percibió ruido de voces, de exclamaciones..., un rumor que se acentuaba a medida, probablemente, que cada uno de los cautivos era libertado de su mordaza.
«Es explicable —pensaba él—. La rabia del barón debe de llegar al colmo... Comprende ahora la razón de mi conducta esta noche en el círculo y que se la jugué limpiamente... Bueno; eso de que se la jugué depende, porque, en fin, Steinweg se me escapa siempre... Lo primero de que se ocupará es de comprobar si le llevaron a Steinweg. Y para saberlo correrá al escondrijo donde lo tiene oculto. Si sube, es que el escondrijo está arriba. Si baja, es que está en el sótano.»
Escuchó. El ruido de voces continuaba en las habitaciones de la planta baja, pero no parecía en modo alguno que las personas que estaban allí se movieran. Altenheim debía de estar interrogando a sus acólitos. No fue sino después de media hora cuando Semine escuchó pasos que subían la escalera
«¿Será entonces arriba? —se dijo—. Pero ¿por qué han tardado tanto?»
—Que todo el mundo se acueste —dijo la voz de Altenheim.
El barón entró en su habitación con uno de sus hombres y cerró la puerta
—Y yo también voy a acostarme, Domingo. Aunque discutiéramos toda la noche, no adelantaríamos nada.
—Mi opinión —dijo el otro— es que han venido para buscar a Steinweg.
—Y ésa es mi opinión también, y por eso me río, en el fondo, pues Steinweg no está aquí.
—Pero, en fin, ¿dónde está? ¿Qué ha podido usted hacer de él?
—Ése es mi secreto, y tú sabes que mis secretos me los guardo para mí. Todo lo que puedo decirte es que la cárcel donde está es buena y que sólo saldrá de allí después de haber hablado.
—Entonces, ¿el príncipe se fue con el morral vacío?
—Ya lo creo. Y además tuvo que pagar caro para llegar a ese resultado. En verdad, ¡cómo me divierto!... ¡Infortunado príncipe!...
—No importa —dijo el otro—. De todos modos habrá que deshacerse de él.
—Estáte tranquilo, querido, eso no tardará. Antes de ocho días, te obsequiaré con una cartera de honor fabricada con la piel de Lupin. Y ahora déjame acostarme, me caigo de sueño.
El ruido de una puerta que se cierra. Luego, Semine oyó que el barón corría el cerrojo, se vaciaba los bolsillos, daba cuerda a su reloj y se desnudaba.
Estaba alegre, silboteaba y canturreaba, hablando, incluso, en voz alta:
—Sí, hecha con la piel de Lupin..., y antes de ocho días..., antes de cuatro días..., de no ser así, será él quien nos devorará, ese maldito... Sin embargo, calculaba bien... Steinweg no puede estar sino aquí... Solamente que...
Se metió en la cama y seguidamente apagó la luz eléctrica. Sermine había avanzado hasta la cortina, levantó ésta ligeramente y divisó la vaga luz de la noche que se filtraba por las ventanas, dejando el lecho en una oscuridad profunda.
«Decididamente, yo soy el tonto —se dijo—. Me he metido en el pozo hasta el cuello. Apenas ronque me largo...»
Pero un ruido ahogado le sorprendió; un ruido cuya naturaleza no era capaz de definir y que procedía de la cama. Era como un rechinamiento que, por lo demás, resultaba apenas perceptible.
—Y bien, Steinweg, ¿en qué estamos?
Era el barón quien hablaba. No había duda alguna que era él, pero ¿cómo podía ser que le hablase a Steinweg, puesto que éste no se encontraba en la habitación? Y Altenheim prosiguió:
—¿Continúas siendo tan intratable?... ¿Sí?... ¡Imbécil! Será preciso que te decidas a contar lo que tú sabes... ¿No?... Entonces, buenas noches y hasta mañana...
«Yo sueño... yo sueño —se dijo Semine—. O bien es él quien sueña en voz alta. Veamos, Steinweg no está a su lado, no está en la habitación vecina..., ni siquiera está en la casa. Altenheim lo ha dicho... Entonces, ¿qué es toda esta historia desconcertante?»
Dudó. ¿Saltaría sobre el barón y le agarraría por la garganta para obtener de él por la fuerza y bajo la amenaza lo que no había podido obtener por la astucia? Era absurdo. Altenheim no se dejaría jamás intimidar.
«Bueno, me voy —murmuró—. Me conformaré con haber perdido esta noche.»
Pero no se fue. Sintió que le era imposible marcharse, que debía esperar, que la casualidad podía aún ayudarle.
Con enormes precauciones descolgó cuatro o cinco trajes y levitas, los extendió sobre el piso, se acomodó y, con la espalda apoyada contra la pared se durmió con el sueño más tranquilo del mundo.
El barón no madrugó. En alguna parte sonaron las campanadas de un reloj que daba las nueve, cuando saltó de la cama y llamó a su criado.
Leyó el correo que el criado le había traído, se vistió sin decir una palabra y se puso a escribir cartas, mientras el criado colgaba cuidadosamente en el armario las ropas de la víspera, y Semine, con los puños prestos al combate, se decía:
«¡Vamos! ¿Va a ser preciso que yo le hunda el plexo solar a este individuo?»
A las diez el barón le ordenó al criado:
—Vete.
—Queda todavía este chaleco...
—Vete, te he dicho. Volverás cuando yo te llame, no antes.
Él mismo cerró la puerta detrás del criado, esperó como hombre que no tiene confianza en los demás y luego se acercó a una mesa sobre la cual había un aparato telefónico. Descolgó el auricular, y dijo:
—Oiga, señorita, le ruego que me comunique con Garches... Sí, eso es..., me llamará usted...
Permaneció cerca del aparato.
Semine temblaba de impaciencia ¿Se iría a comuniar el barón con su misterioso compañero de crimen?
Sonó el timbre del teléfono.
—Diga —contestó Altenheim—. ¡Ah!, es Garches..., magnífico. Señorita, quisiera el número treinta y ocho... Sí, el treinta y ocho. Dos veces cuatro...
Al cabo de unos segundos, hablando con voz más baja..., tan baja y clara como le era posible, dijo:
—¿El número treinta y ocho?... Soy yo..., nada de palabras inútiles... ¿Ayer? Sí, tú fallaste en el jardín... Otra vez será, evidentemente..., pero ya corre prisa... Mandó registrar la casa por la noche..., ya te contaré... No encontró nada, bien entendido... ¿Qué?... ¡Hola!... No, el viejo Steinweg se niega a hablar..., ni las amenazas ni las promesas sirven con él... ¡Hola!... Pues claro que sí, pardiez... Él sabe que nosotros no podemos hacer nada... No conocemos el proyecto de Kesselbach, y la historia de Pedro Leduc más que en parte... Sólo él tiene la clave del enigma... ¡Oh! Ya hablará..., de eso respondo yo..., y esta misma noche..., de no ser así... Y qué le quieres, todo antes de dejarle escapar. ¿Quieres que el príncipe nos lo birle? ¡Oh! A ése hay que darle su merecido antes de tres días... ¿Tienes una idea?... En efecto..., la idea es buena. ¡Oh, oh! Excelente..., ya voy a ocuparme de eso... ¿Cuándo nos vemos? ¿El martes, quieres? Está bien. Yo iré el martes... a las dos...
Colocó el auricular en su sitio y salió. Semine le oyó dando órdenes.
—Cuidado ahora, ¿eh? No os dejéis sorprender estúpidamente como ayer. Yo no regresaré antes de la noche.
La pesada puerta del vestíbulo se cerró y luego se oyó el chasquido de la verja del jardín y el cascabel de un caballo que se alejaba.
Pasados veinte minutos entraron dos criados, que abrieron las ventanas y arreglaron la habitación.
Cuando se marcharon, Semine esperó todavía bastante tiempo hasta que supuso era la hora de que los criados almorzaran. Entonces, suponiéndolos a la mesa en la cocina, se deslizó fuera del armario y se puso a inspeccionar la cama y el muro al cual aquélla estaba adosada.
«Es extraño —se dijo—. Verdaderamente extraño... No hay aquí nada de particular. La cama no tiene ningún doble fondo... Y debajo no hay trampa alguna. Veamos la habitación vecina.»
Calladamente pasó al otro cuarto. Estaba vacío, sin ningún mueble.
«No es aquí donde se alberga el viejo... ¿Metido en la pared? Imposible, es más bien un tabique demasiado delgado. ¡Caray! No comprendo nada.»
Pulgada a pulgada inspeccionó el suelo, la pared y la cama, perdiendo el tiempo en experimentos inútiles. Decididamente allí había algún truco, quizá muy sencillo, pero que, por el momento, él no era capaz de desentrañar.
Se dijo:
«A menos que Altenheim no haya en realidad delirado... Es la única suposición aceptable. Y para comprobarla, no tengo más que un medio: quedarme aquí. Y me quedo. Ocurra lo que ocurra.»
Por temor a ser sorprendido, volvió a meterse en su escondrijo y no se movió más discurriendo y dormitando, atormentado por un hambre tremenda.
Transcurrió el día. Llegó la oscuridad.
Altenheim regresó solamente a medianoche. Subió a su habitación, esta vez solo, se desnudó, se acostó, e inmediatamente, como la víspera, apagó la luz eléctrica.
La misma espera ansiosa. El mismo pequeño rechinamiento inexplicable. Y con su misma voz burlona, Altenheim dijo:
—Entonces, ¿cómo te va, amigo?... ¿Insultos?... No, no, amigo mío, eso no es en absoluto lo que yo quiero de ti. Vas por mal camino. Lo que necesito son unas buenas confidencias, muy completas, bien detalladas, concernientes a todo cuanto le revelaste a Kesselbach... La historia de Pedro Leduc..., etcétera... ¿Está claro?...
Semine escuchaba estupefacto. Esta vez ya no había lugar a dudas: el barón le estaba hablando realmente al viejo Steinweg. Era un coloquio impresionante. Le parecía sorprender el diálogo misterioso entre un vivo y un muerto, una conversación con un ser innombrable, que respiraba en otro mundo, un ser invisible, impalpable, inexistente.
El barón, irónico y cruel, continuó:
—¿Tienes hambre? Come, viejo, come. Solamente que debes recordar que te he dado de una vez todo el suministro de pan y que royéndolo a razón de unas migas cada veinticuatro horas, tienes, a lo sumo, para una semana... Pongamos para diez días. Y dentro de diez días, ¡zas!, ya no habrá Steinweg. A menos que de aquí allá hayas aceptado hablar. ¿No? Ya veremos eso mañana... Duerme, viejo.
Al día siguiente a la una de la tarde, después de una noche y una mañana sin incidentes, el príncipe Semine salió tranquilamente de la villa Dupont. Con la cabeza débil, las piernas reblandecidas, mientras se dirigía al restaurante más próximo iba resumiendo así la situación: «Así pues, el martes próximo, Altenheim y el asesino del Palace Hotel tienen una cita en Garches, en una casa cuyo teléfono tiene el número treinta y ocho. Será, pues, el martes cuando entregaré a los dos culpables y libertaré al señor Lenormand. Y esa misma noche le tocará la vez al viejo Steinweg, y entonces, al fin, sabré si Pedro Leduc es o no el hijo de un salchichero, y si puedo dignamente convertirle en marido de Genoveva. ¡Así sea!»
El martes por la mañana, a eso de las once, Valenglay, presidente del Consejo, llamaba a su despacho al prefecto de Policía y al subjefe de Seguridad señor Weber y les mostraba una carta firmada por el príncipe Semine, que acababa de recibir. Decía:

«Señor presidente del Consejo: Sabiendo todo el interés que usted tiene por el señor Lenormand, quiero ponerle al corriente de los hechos que la casualidad me ha revelado.
»El señor Lenormand está encerrado en los sótanos de la villa Glycines, en Garches, cerca de la residencia de Retiro.
»Los bandidos del Palace Hotel han resuelto asesinarle hoy a las dos.
»Si la Policía tiene necesidad de mi ayuda, yo estaré a la una y media en el jardín de la residencia de Retiro, o en casa de la señora Kesselbach, de la cual tengo el honor de ser amigo.
»Le saluda, señor presidente del Consejo, etcétera.
Firmado: Príncipe Semine.»

—He aquí algo en extremo grave, mi querido señor Weber —dijo Valenglay—. Y yo añadiría que debemos tener completa confianza en las afirmaciones del príncipe Paúl Semine. He cenado varias veces con él. Es un hombre serio, inteligente...
—¿Quiere usted permitirme, señor presidente —dijo el subjefe de Seguridad—, comunicarle el contenido de otra carta que yo he recibido igualmente esta mañana?
—¿Sobre el mismo asunto?
—Sí.
—Veamos.
Tomó la carta, y leyó:

«Señor: Debo advertirle que el príncipe Paúl Semine, que se dice amigo de la señora Kesselbach, no es otro que Lupin.
«Bastaría una sola prueba: Paul Semine es el anagrama de Arsenio Lupin. Son las mismas letras. No hay ni una más ni una menos.
Firmado: L. M.»

Y mientras Valenglay permanecía lleno de confusión, el señor Weber agregó:
—Por esta vez, nuestro amigo Lupin encuentra un adversario de su misma categoría. Mientras él lo denuncia, el otro nos lo entrega. Y aquí tenemos al zorro caído en la trampa.
—¿Y ahora?
—Ahora, señor presidente, vamos a tratar de ponerlos de acuerdo a los dos... Y para lograrlo me llevaré conmigo doscientos hombres.
CAPÍTULO SIETE. LA LEVITA COLOR ACEITUNA


I

Las doce y cuarto del mediodía. Un restaurante cerca de la Madeleine. El príncipe está almorzando. En la mesa vecina se sientan dos jóvenes. Él los saluda y se pone a hablar con ellos como con unos amigos a quienes hubiera encontrado ocasionalmente.
—Sois de la expedición, ¿eh?
—Sí.
—¿Cuántos hombres en total?
—Seis, parece ser. Cada uno va por su lado. Cita a la una y tres cuartos con el señor Weber cerca de la residencia de Retiro.
—Bien; allí estaré.
—¿Cómo?
—¿Acaso no soy yo quien dirige la expedición? ¿Y no es preciso que sea yo quien encuentre al señor Lenormand, puesto que así lo anuncié públicamente?
—Entonces, patrón, usted cree que el señor Lenormand no está muerto.
—Estoy seguro de ello. Sí, desde ayer tengo la certidumbre de que Altenheim y su banda llevaron al señor Lenormand y a Gourel al puente de Bougival y los arrojaron al río. Gourel se fue al fondo, pero el señor Lenormand logró salvarse. Cuando el momento llegue, presentaré todas las pruebas.
—Pero, entonces, si está vivo, ¿por qué no se ha presentado?
—Porque no está libre.
—¿Resultaría entonces cierto lo que usted dice..., que se encuentra en los sótanos de la villa Glycines?
—Tengo todas las razones para creerlo.
—Pero ¿cómo lo sabe usted?... ¿Qué indicios tiene?...
—Ése es mi secreto. Lo que yo puedo anunciaros es que el golpe de teatro será..., ¿cómo diría yo?..., sensacional. ¿Habéis acabado?
—Sí.
—Mi auto está detrás de la Madeleine. Reuníos conmigo allí.
En Garches, Semine despidió su coche y caminaron juntos hasta el sendero que conducía a la escuela de Genoveva. Allí se detuvieron.
—Escuchad bien, muchachos. He aquí algo que es de la mayor importancia Vais a llamar en la residencia de Retiro. Como inspectores que sois, tenéis entrada, ¿no es así? Iréis al pabellón Hortense, el que no está ocupado. Allí bajaréis a los sótanos y encontraréis un viejo postigo, que basta levantar para dejar al descubierto la boca de un túnel que yo he descubierto en estos días y que establece una comunicación directa con la villa Glycines. Es por allí por donde Gertrudis y el barón Altenheim se comunicaban. Y fue por allí por donde el señor Lenormand ha pasado, para, a fin de cuentas, caer entre las manos de sus enemigos.
—¿Cree usted, patrón?
—Sí, lo creo. Y ahora, he aquí de lo que se trata: vais a aseguraros de que el túnel se encuentra exactamente en el mismo estado en que yo lo dejé la pasada noche; que las dos puertas que lo cierran permanezcan abiertas, y que continúa allí, en un agujero situado cerca de la segunda puerta, un paquete envuelto en sarga negra, y que yo mismo deposité allí.
—¿Hay que deshacer el paquete?
—No hace falta. Son ropas de recambio. Id y que no os observen demasiado. Yo os espero.
Diez minutos más tarde estaban de regreso.
—Las dos puertas están abiertas —dijo Doudeville.
—¿Y el paquete de sarga negra?
—Está en su sitio cerca de la segunda puerta.
—Muy bien. Es la una y veinticinco. Weber va a desembarcar aquí con sus campeones. La villa está vigilada. Está cercada desde que Altenheim ha entrado. Yo me pongo de acuerdo con Weber y llamo. Entonces ya tengo mi plan. Vamos, creo que no nos aburriremos.
Y Semine, después de despedirlos, se alejó por el sendero de la escuela recitando este monólogo:
«Todo marcha a las mil maravillas. La batalla va a librarse sobre este terreno escogido por mí. Necesariamente tengo que ganarla, me deshago de mis adversarios y me encuentro solo, entregado al asunto Kesselbach..., solo y con dos buenos triunfos: Pedro Leduc y Steinweg... Y, además, el rey..., es decir, Bibi. Solamente que hay una cuestión... ¿Qué puede hacer Altenheim? Evidentemente, él tiene también su plan de ataque. ¿Por dónde me atacará? ¿Y cómo estar seguro de que no me ha atacado ya? Es inquietante. ¿Me habrá denunciado a la Policía?»
Siguió a lo largo del pequeño patio de recreo de la escuela Las alumnas estaban en ese momento en clase. Llamó a la puerta de entrada.
—¡Hola! ¡Ya estás aquí! —dijo la señora Ernemont, abriendo—. ¿Has dejado a Genoveva en París?
—Para eso hubiera sido necesario primero que Genoveva hubiese ido a París —respondió él.
—Pero si fue...., tú la mandaste ir...
—¿Qué es lo que dices? —exclamó él, agarrándola de un brazo.
—¿Cómo? Pero ¡tú lo sabes mejor que yo!...
—Yo no sé nada..., yo no sé nada... ¡Habla!
—¿No le escribiste a Genoveva que fuese a encontrarse contigo en la estación de Saint Lazare?
—¿Y ella fue?
—Pues claro... Según ese recado, deberíais almorzar juntos en el Ritz...
—La carta..., enséñame la carta.
La mujer subió a buscarla y cuando bajó se la entregó.
—Pero, desventurada..., ¿no has visto que era falsa? La escritura está bien imitada..., pero es falsa... Eso salta a la vista.
Semine se puso los puños contra las sienes enfurecido, y dijo:
—¡Ahí está el golpe que yo me temía! ¡Ah, el miserable! Es por ella por la que me ha atacado... Pero ¿cómo lo sabe él? No, él no lo sabe... Ya son dos veces que intenta la aventura..., y es por medio de Genoveva, porque está enamorado de ella... ¡Oh!, eso no, jamás... Escucha, Victoria... ¿Estás segura de que ella no le ama?... ¡Oh!, estoy perdiendo la cabeza Vamos... vamos..., es preciso que yo reflexione... éste no es el momento de...
Consultó su reloj.
—La una y treinta y cinco..., tengo tiempo... ¡Imbécil! ¿Tiempo para hacer qué? ¿Es que acaso sé yo dónde está ella?
Iba y venía como un loco, y su vieja nodriza parecía estupefacta de verle tan agitado, tan poco dueño de sí.
—Después de todo —dijo la anciana—, nada prueba que ella no se haya olido la trampa en el último momento...
—¿Dónde podría estar ella?
—Lo ignoro..., quizá en casa de la señora Kesselbach...
—Es verdad..., es verdad..., tienes razón —exclamó él, lleno de súbita esperanza.
Y corrió hacia la residencia de Retiro.
En el camino, ya cerca de la puerta, encontró a los hermanos Doudeville, que entraban en la garita de los porteros, desde la cual se veía la carretera, lo que les permitiría vigilar desde allí las inmediaciones de la villa Glycines. Sin detenerse siguió derecho al pabellón de la Emperatriz, llamó a Susana y se hizo llevar ante la señora Kesselbach.
—¿Y Genoveva? —preguntó él.
—¿Genoveva?
—Sí. ¿No ha venido aquí?
—No, no ha venido desde hace varios días.
—Pero ella debe venir, ¿no es así?
—¿Cree usted?
—Estoy seguro. ¿Dónde cree usted que se encuentre? ¿Recuerda usted?...
—De nada vale que yo la busque. Yo le aseguro que Genoveva y yo no estábamos citadas para vernos.
Y súbitamente espantada, añadió:
—Pero ¿no estará usted inquieto por ella? ¿No le ha ocurrido nada a Genoveva?
—No, nada
Salió. Le había asaltado una idea. ¿Y si el barón Altenheim no estuviera en la villa Glycines? ¿Si la hora de la cita hubiera sido cambiada?
«Es preciso que yo lo vea —se dijo—. Es preciso a todo precio.»
Y corrió desordenadamente, sin compostura, indiferente a todo. Pero al llegar frente a la portería recobró instantáneamente su sangre fría: había visto al subjefe de Seguridad, que hablaba en el jardín con los hermanos Doudeville. Si hubiera tenido su clarividencia habitual, hubiera sorprendido al ligero temblor que agitaba al señor Weber al acercarse a él, pero no vio nada.
—El señor Weber, ¿no es eso? —dijo Semine. —Sí... ¿A quién tengo el honor...?
—Soy el príncipe Semine.
—¡Ah! Muy bien. El señor prefecto de Policía me ha advertido del importante servicio que usted nos va a prestar, señor.
—Ese servicio solamente estará completo cuando yo haya entregado a los bandidos.
—Eso no tardará en ocurrir. Yo creo que uno de esos bandidos acaba de entrar..., un hombre bastante fuerte, con un monóculo.
—En efecto, es el barón Altenheim. ¿Sus hombres ya están aquí, señor Weber?
—Sí; están ocultos en la carretera, a doscientos metros de distancia.
—Pues bien, señor Weber creo que podría usted reunirlos y conducirlos delante de esta portería. Desde aquí nosotros iremos hasta la villa. Yo llamaré. Como el barón Altenheim me conoce, supongo que abrirán la puerta y yo entraré... con usted.
—El plan es excelente —dijo Weber—. Vengo enseguida.
Salió del jardín y se fue por la carretera, por el lado opuesto de la villa Glycine.
Rápidamente, Semine agarró del brazo a uno de los hermanos Doudeville, y le dijo:
—Corre detrás de él, Jaime... Entreténlo..., el tiempo que yo permanezca en la villa Glycines... Y luego retrasa el asalto a la casa..., lo más posible..., inventa pretextos... Necesito diez minutos... Que rodeen la villa..., pero que no entren. Y tú, Juan, vete a apostarte en el pabellón Hortense, a la salida del subterráneo. Si el barón pretende salir por allí, rómpele la cabeza.
Los Doudeville se alejaron. El príncipe se deslizó al exterior y corrió hasta la alta verja blindada de hierro que constituía la entrada de la villa Glycine.
¿Llamaría?
Alrededor no había nadie. De un salto se lanzó hacia la verja, y colocando un pie sobre la cerradura de la puerta y colgándose de las barras, izándose a fuerza de puños, con el riesgo de caer sobre la aguda punta de las barras, logró saltar por encima de la verja.
Había un patio de piedra, el cual atravesó rápidamente, y subió las escaleras de un peristilo de columnas sobre el cual daban las ventanas, que estaban todas cubiertas hasta los montantes de contraventanas completas.
Mientras reflexionaba sobre el medio de introducirse en la casa, la puerta fue entreabierta con un ruido de hierros que le recordó la puerta de la villa Dupont, y apareció Altenheim.
—Dígame, príncipe, ¿es así como usted penetra en las viviendas particulares? Me va usted a obligar a acudir a los gendarmes, querido.
Semine le agarró por la garganta y le derribó sobre una banqueta, al propio tiempo que le decía:
—Genoveva... ¿Dónde está Genoveva? ¡Si tú no me dices lo que has hecho de ella, miserable...!
—Te ruego que te des cuenta de que me cortas la palabra —tartamudeó el barón.
Semine le soltó, y dijo:
—Al grano... Y pronto... Responde... ¿Dónde está Genoveva?
—Hay una cosa —replicó el barón— que es mucho más urgente, sobre todo cuando se trata de hombres de nuestra especie, y es el estar como en nuestra propia casa...
Y cuidadosamente cerró la puerta, que reforzó con cerrojos. Luego llevó a Semine al salón vecino, un salón sin muebles y sin cortinas y le dijo:
—Ahora me tienes a tu disposición. ¿En qué te puedo servir, príncipe?
—¡Genoveva!
—Se encuentra perfectamente.
—¡Ah! ¿Entonces, tú confiesas...?
—¡Pardiez! Incluso te diré que tu imprudencia a ese respecto me ha asombrado. ¿Cómo no tomaste algunas precauciones? Era inevitable...
—¡Basta! ¿Dónde está ella?
—No procedes con educación.
—¿Dónde está ella?
—Entre cuatro muros, libre...
—¿Libre?
—Sí, libre para ir de un muro al otro.
—¿En la villa Dupont, sin duda? ¿En la prisión que tú imaginaste para Steinweg?
—¡Ah! Tú sabías... No, ella no está allí.
—¿Dónde está, entonces? Habla, si no...
—Vamos, príncipe. ¿Crees que yo iba a ser lo suficiente tonto para entregarte el secreto merced al cual te tengo en mis manos? Tú quieres a la pequeña...
—¡Cállate! —gritó Semine fuera de sí—. Te prohibo...
—¡Y qué! ¿Acaso es una deshonra? A mí me gusta también mucho y he arriesgado bastante...
No acabó, intimidado por la cólera espantosa de Semine, cólera contenida, silenciosa, que le desfiguraba las facciones.
Se miraron largo tiempo, cada uno de ellos buscando el punto débil del adversario. Finalmente, avanzó, y con voz clara, como un hombre que amenaza más bien que propone un pacto, le dijo:
—Escúchame. ¿Recuerdas la oferta de asociación que tú me hiciste? El asunto Kesselbach para los dos..., que trabajaríamos juntos..., que partiríamos los beneficios... Yo la rechacé... Pero hoy la acepto...
—Es demasiado tarde.
—Espera. Acepto algo mejor todavía que eso: abandono el asunto..., no me mezclo en nada más..., todo será para ti. Incluso, si lo necesitas, te ayudaré.
—¿Y a condición de qué?
—Que me digas dónde se encuentra Genoveva.
El otro se encogió de hombros.
—Tú chocheas, Lupin. Y me da pena..., a tu edad...
Se produjo una nueva y terrible pausa entre los dos enemigos.
El barón dijo con sorna:
—De todos modos, no deja de constituir un maldito placer el verte lloriqueando así y pidiendo una limosna. Escucha, me parece que el soldado raso está en vías de darle una lección a su general.
—Imbécil —murmuró Semine.
—Príncipe, te enviaré mis padrinos esta noche..., si estás todavía en este mundo.
—Imbécil —repitió Semine con un infinito desprecio.
—¿Quieres mejor acabar de una vez? Como gustes, príncipe. Tu última hora ha llegado. Ya puedes encomendar tu alma a Dios. ¿Te sonríes? Es un error. Tengo sobre ti una ventaja inmensa: si hay necesidad..., mato...
—Imbécil —volvió a insistir Semine, una vez más.
Y sacó el reloj. Miró la hora, y dijo:
—Son las dos, barón. No te quedan más que unos minutos. A las dos y cinco..., las dos y diez lo más tardar..., el señor Weber y media docena de hombres corpulentos harán su entrada en tu guarida y te echarán la mano al pescuezo... No te sonrías tú tampoco. La salida por la que cuentas escapar ya está descubierta, yo la conozco, y está guardada. Tú estás, por tanto, bien perdido. Para ti es el patíbulo lo que te espera, amigo.
Altenheim estaba lívido. Balbució:
—¿Y tú has hecho eso?... ¿Tú has cometido la infamia?...
—La casa está cercada. El asalto es inminente. Habla y te salvo.
—¿Cómo?
—Los hombres que guardan la salida del pabellón son míos. Te doy una consigna para ellos y estás salvado.
Altenheim reflexionó unos segundos, pareció dudar, pero, de pronto, resuelto, declaro:
—Es una broma. Tú no puedes haber sido lo bastante tonto para meterte tú mismo en la boca del lobo.
—Olvidas a Genoveva. Sin ella, ¿crees, acaso, que yo estaría aquí? Habla.
—No.
—Sea. Esperemos —dijo Semine—. ¿Un cigarrillo?
—Con mucho gusto.
—¿Oyes? —dijo Semine, después de unos instantes.
—Sí..., sí... —respondió Altenheim, levantándose.
En la puerta de hierro sonaron fuertes golpes. Semine manifestó:
—Ni siquiera hacen las intimaciones usuales..., ningún preliminar... ¿Continúas decidido?
—Más que nunca.
—¿Sabes que con los instrumentos que ellos poseen no hay para mucho tiempo?
—Estarían ya dentro de esta habitación y yo continuaría diciéndote que no.
La puerta de hierro cedió. Se oyó el rechinar de los goznes.
—Dejarse atrapar —insistió Semine—, lo admito, pero que uno mismo tienda las manos para que le pongan las esposas, me parece idiota. Vamos, no seas tonto. Habla y huye.
—¿Y tú?
—Yo me quedo. ¿Qué tengo yo que temer?
—Mira.
El barón le señalaba a una rendija de la contraventana. Semine aplicó un ojo allí y retrocedió con un sobresalto.
—¡Ah, bandido! Tú también me has denunciado. No son diez hombres, son cincuenta, cien, doscientos hombres los que trae Weber...
El barón reía abiertamente, y dijo:
—Y si hay tantos, es que se trata de Lupin, evidentemente. Para mí bastaba con una media docena.
—¿Avisaste a la Policía?
—Sí.
—¿Y qué prueba les diste?
—Tu nombre... Paúl Semine, es decir, Arsenio Lupin.
—¿Y descubriste eso tú solo?... ¿Algo en que nadie había pensado?... ¡Vamos! Fue el otro, confiésalo.
Estaba mirando por la rendija de la contraventana. Nubes de agentes se distribuían en torno a la villa, y enseguida sonaron golpes en la puerta.
Mientras tanto era preciso pensar en la retirada, o bien en la ejecución del proyecto que él había imaginado. Pero el alejarse, aunque sólo fuera un instante, era dejar a Altenheim solo. ¿Y quién podía asegurar que el barón no disponía de otro medio para escaparse? Esta idea trastornó a Semine. ¡El barón libre! ¡El barón dueño y señor de volver junto a Genoveva y torturarla!
Estaba maniatado, obligado a improvisar en un segundo un nuevo plan, y hacerlo, además, subordinando todo al peligro que corría Genoveva. Semine pasó por un momento de indecisión atroz. Con sus ojos fijos sobre los ojos del barón, hubiera querido arrancarle su secreto y marcharse, y ya ni siquiera intentaba convencerle, de tal modo las palabras le parecían inútiles. Y, al propio tiempo que continuaba con sus reflexiones, se preguntaba cuáles podían ser las que se hiciese el barón, cuáles serían sus armas y cuáles sus esperanzas de salvación. La puerta del vestíbulo, aunque cerrada con fuertes cerrojos y blindada en hierro, comenzaba a ceder. Los dos hombres se hallaban inmóviles frente a esa puerta. Hasta ellos llegaban los ruidos de voces y el sentido de las palabras.
—Pareces muy seguro de ti mismo — dijo Semine.
—¡Pardiez! —exclamó el otro, echándole una zancadilla que le hizo caer y emprendiendo la fuga.
Semine se levantó fulminantemente. Bajó la escalera grande, cruzó una pequeña puerta por la que Altenheim había desaparecido, y bajando a toda prisa los peldaños de piedra llegó hasta el sótano...
Un pasillo y una sala vasta y baja de techo, casi a oscuras. El barón estaba arrodillado, levantando el batiente de una trampa.
—¡Idiota! —le gritó Semine, arrojándose sobre él—. Bien sabes que encontraremos a mis hombres al final del túnel, y tienen órdenes de matarte como un perro... A menos que..., a menos que tengas una salida disimulada además de aquélla... ¡Ah! ¡Pardiez...! Ya he adivinado... y tú te imaginas...
La lucha era encarnizada. Altenheim, un verdadero coloso dotado de una musculatura excepcional, había agarrado por la cintura a su adversario, paralizándole los brazos y tratando de asfixiarle.
—Evidentemente..., evidentemente... —articulaba Semine con dificultad—. Evidentemente, está bien combinado... Mientras yo no pueda servirme de mis manos para romperte algo, tendrás la ventaja... Pero el caso es... que puedas...
Tuvo un estremecimiento. La trampa que se había vuelto a cerrar y sobre cuyo batiente descargaba todo el peso de ambos combatientes, parecía moverse por debajo de ellos. Se sentían los esfuerzos que desde abajo alguien hacía para levantarla, y el barón debía sentirlos también, pues trataba desesperadamente de apartar de allí el terreno de combate para que la trampa pudiera ser abierta.
«Es el otro —pensó Semine con el espanto enloquecedor que le causaba aquel ser misterioso—. Es el otro... Si consigue pasar estoy perdido.»
Por medio de ademanes insensibles, Altenheim había conseguido desplazarse y trataba de arrastar de allí a su adversario. Pero éste se enganchaba con sus piernas a las piernas del barón, al propio tiempo que pegado a su piel se las ingeniaba para desprender una de sus manos.
Por encima de ellos sonaron grandes golpes, como golpes de ariete. «Dispongo de cinco minutos —pensó Semine—. Dentro de un minuto es preciso que este mocetón...»
Y luego, con voz fuerte, dijo:
—Cuidado, hijo mío. Agárrate bien.
Y pegando las rodillas una a la otra con una energía increíble, le echó una llave. El barón lanzó un aullido. Le había torcido una pierna.
Entonces, Semine, aprovechando el sufrimiento de su adversario, hizo un esfuerzo, desprendió y libertó su mano derecha y le agarró por la garganta.
—¡Magnífico! Así ya estamos mucho mejor, a nuestra conveniencia... No, no te molestes en buscar tu cuchillo..., porque si no te estrangulo como a un pollo. Ya ves, yo guardo las formas... No aprieto demasiado..., sólo lo necesario para que ni siquiera tengas ganas de moverte.
Y al propio tiempo que hablaba, sacó del bolsillo una cuerda muy fina y, con una sola mano y extrema habilidad, le ató las muñecas. Ya sin respiración, el barón no oponía resistencia alguna. Con unos cuantos movimientos precisos, Semine le amarró sólidamente.
—¡Qué formalito eres! ¡Qué felicidad! Ya no te reconozco. Mira, para el caso de que intentaras escaparte, aquí hay un rollo de alambre, con el que voy a completar mi trabajito... Primero, las muñecas... Y ahora, los tobillos... Ya está... Santo Dios, qué amables eres...
El barón se había repuesto poco a poco. Tartamudeó:
—Si no me dejas libre, Genoveva morirá.
—¿De veras?... ¿Y eso cómo?... Explícate.
—Ella está encerrada. Nadie sabe dónde está su encierro. Suprimido yo, morirá de hambre..., como Steinweg.
Semine se estremeció, y dijo:
—Sí, pero tú hablarás.
—Jamás.
—Sí, tú hablarás. No ahora, porque es demasiado tarde, pero sí esta noche.
Se inclinó sobre él y en voz muy baja, al oído, le dijo:
—Escucha, Altenheim, y compréndeme bien. Dentro de un poco vas a ser apresado. Esta noche dormirás en la prisión central. Esto es fatal, irrevocable. Yo mismo no puedo ya cambiar eso. Y mañana te llevarán a la Santé, y más tarde ¿sabes adonde?... Pues bien: te doy todavía una oportunidad para salvarte. Esta noche, entiendes, esta noche penetraré en tu celda, en la prisión central, y tú me dirás dónde está Genoveva. Dos horas después, si no has mentido, estarás en libertad. Si no..., entonces es que no tienes mucho aprecio a tu cabeza.
El otro no respondió. Semine se incorporó y escuchó. De arriba llegaba el eco de un gran estrépito. La puerta de entrada cedía. Unos pasos martillearon las baldosas del vestíbulo y el suelo de madera del salón. El señor Weber y sus hombres estaban entregados a la busca.
—Adiós, barón, reflexiona hasta esta noche. La celda es una buena consejera.
Empujó el cuerpo de su prisionero a fin de dejar expedita la trampa y levantó ésta. Cual esperaba, ya no había nadie allí abajo en los peldaños de la escalera.
Bajó, teniendo cuidado de dejar la trampa abierta detrás de él, como si hubiera tenido la intención de regresar.
Había veinte peldaños y luego abajo de todo aparecía el comienzo del pasillo que el señor Lenormand y Gourel habían recorrido en sentido inverso.
Echó a andar por él y lanzó un grito. Le había parecido adivinar la presencia de alguien.
Encendió su linterna de bolsillo. El pasillo estaba abierto. Entonces preparó su revólver, y dijo en voz alta: —Tanto peor para ti... Yo haré fuego... Ninguna respuesta. Ningún ruido.
«Fue una ilusión, sin duda —pensó—. Ese individuo me obsesiona. Vamos. Si quiero tener éxito y alcanzar la puerta necesito apresurarme... El agujero en el cual puse el paquete de ropas no está lejos. Tomaré el paquete y la jugada quedará hecha... ¡Y qué jugada! Una de los mejores de Lupin...»
Encontró la puerta que estaba abierta e inmediatamente se detuvo. A la derecha había una excavación: era la que el señor Lenormand había hecho para escapar al agua que subía
Se agachó y proyectó la luz de la linterna sobre la abertura. «¡Oh, —se dijo con un estremecimiento—. No, no es posible... Es Doudeville, que habrá empujado el paquete más allá.»
Pero buscó inútilmente en las tinieblas. El paquete ya no estaba allí y no dudó que había sido aquel ser misterioso quien lo había robado.
«¡Qué pena! ¡La cosa estaba tan bien preparada! La aventura tomaba de nuevo su curso normal y yo llegaba al objetivo con mayor seguridad... Y ahora se trata de escapar lo más rápido... Doudeville está en el pabellón... Mi retirada está asegurada... Nada de bromas..., tengo que apurarme y poner las cosas en orden..., si es posible... Y después, ya me ocuparé de él... ¡Ah! Que se cuide de mis garras ese...»
Pero una exclamación de estupor se le escapó. Estaba llegando a la otra puerta, y esta puerta, la última antes del pabellón, estaba cerrada. Se arrojó contra ella. Pero ¿para qué? ¿Qué podía hacer? —Esta vez —murmuró— estoy bien perdido.
Y dominado por una especie de laxitud, se sentó. Tenía la sensación de su debilidad frente a aquel ser misterioso. Altenheim no tenía ninguna importancia. Pero el otro, aquel personaje de las tinieblas y del silencio, el otro le dominaba, trastornaba todas sus combinaciones y le agotaba con sus ataques arteros e infernales.
Estaba vencido.
Weber le encontraría allí, como una bestia acorralada en el fondo de la caverna.

IV

—¡Ah! ¡No, no! —dijo él, irguiéndose con un impulso—. Si sólo se tratara de mí, quizá..., pero está Genoveva... Genoveva, a quien hay que salvar esta noche... Después de todo, nada se ha perdido... Si el otro se ha eclipsado hace un rato, es que existe una segunda salida en estos lugares. Vamos, vamos. Weber y su banda todavía no me tienen en sus manos.
Estaba ya explorando el túnel y, linterna en mano, estudiaba los ladrillos de que estaban formadas las paredes, cuando hasta él llegó un grito horrible, abominable, que le hizo estremecerse de angustia.
El grito provenía del lado de la trampa Y de pronto recordó que había dejado esa trampa abierta cuando tuvo la intención de volver a subir a la villa Glycines. Se apresuró a regresar y cruzó la primera puerta. En el camino, apagada la linterna, sintió un rumor extraño..., alguien que rozaba el suelo con sus rodillas, alguien que se escurría a lo largo del muro. E inmediatamente tuvo la impresión de que aquel ser desaparecía, se desvanecía sin saber por dónde. En ese instante tropezó con un peldaño.
«Aquí está la salida —pensó—. La segunda salida por donde pasa él»
Arriba volvió a sonar el grito que antes había escuchado, pero ahora más débil, seguido de gemidos, de estertores... Subió la escalera corriendo, desembocó en la sala baja y se precipitó sobre el barón. Altenheim agonizaba con la garganta ensangrentada. Sus ligaduras estaban cortadas, pero los alambres que sujetaban sus puños y sus tobillos continuaban intactos. No pudiendo liberarle, su cómplice le había degollado.
Semine contemplaba con espanto aquel espectáculo. Le corría por el cuerpo un sudor helado. Pensaba en Genoveva prisionera, sin auxilio, pues el barón era el único que conocía el lugar donde estaba encarcelada.
Oyó claramente que los agentes abrían la pequeña puerta falsa del vestíbulo. Y claramente también los oyó que bajaban la escalera de servicio. Ya no estaba separado de ellos más que por una puerta: la de la sala baja donde se encontraba. Le echó a ésta el cerrojo en el mismo momento en que los investigadores empuñaban la manilla. La trampa estaba abierta a su lado... Era la única salvación posible, pues quedaba todavía la segunda salida.
«No —se dijo—. Primero, Genoveva. Después, si tengo tiempo, ya pensaré en mí...»
Y arrodillándose, colocó la mano sobre el pecho del barón. El corazón palpitaba todavía. Se inclinó más, y le dijo:
—Me oyes, ¿no es así?
Los párpados se movieron débilmente.
Había aún un soplo de vida en el moribundo. ¿De aquella semejanza de existencia se podría obtener algo?
La puerta, última trinchera, fue atacada por los agentes. Semine murmuró:
—Yo te salvaré... Tengo remedios infalibles... Solamente una palabra... ¿Genoveva?...
Se hubiera dicho que esa palabra de esperanza le daba fuerzas. Altenheim trató de decir algo.
—Responde —exigía Semine—. Responde y yo te salvo... Es la vida hoy..., la libertad mañana... ¡Responde!
La puerta temblaba bajo los golpes.
El barón pronunció unas sílabas ininteligibles. Inclinado sobre él, turbado, con toda su energía y su voluntad tensas, Semine jadeaba de angustia. Los agentes, su captura inevitable, la cárcel..., en eso ni siquiera pensaba...; pero, Genoveva..., Genoveva, muriendo de hambre y a la que una palabra de aquel miserable podía salvar...
—Responde..., es preciso...
Ordenaba, suplicaba. Altenheim, como hipnotizado, vencido por aquella autoridad indomable, tartamudeó:
—Ri..., Rivoli...
—La calle de Rivoli ¿no es eso? Tú la encerraste en una casa de esa calle... ¿Qué número?
Se escuchaba un gran estrépito..., aullidos de triunfo..., la puerta había sido derribada.
—Saltadle encima —gritó el señor Weber—. ¡Apresadle! ¡Apresadlos a los dos!
—El número..., responde... Si la quieres, responde. ¿Por qué has de callarte ahora?
—Veint... Veintisiete —suspiró el barón.
Una manos cayeron sobre Semine. Diez revólveres le apuntaban.
Hizo frente a los agentes que retrocedieron con temor instintivo.
—Si te mueves, Lupin —gritó el señor Weber empuñando su arma—, te quemo.
—No tire —dijo Semine gravemente—. Es inútil, me rindo.
—¡Cuentos! Es un truco más de los tuyos...
—No —dijo Semine—. La batalla está perdida. No tiene derecho a tirar. Yo no me defiendo.
Sacó dos revólveres, los mostró y los arrojó al suelo.
—¡Cuentos! —volvió a decir Weber, implacable—. Directo al corazón, muchachos. Al menor ademán, fuego. A la menor palabra, fuego.
Diez hombres estaban allí. Puso de guardia quince. Y dirigía los quince brazos contra el blanco. Y rabioso, temblando de alegría y de temor, rechinaba:
—¡Al corazón! ¡A la cabeza! ¡Y nada de compasión! Si se mueve, si habla... fuego a bocajarro.
Con las manos en los bolsillos, impasible, Semine sonreía. A dos pulgadas de sus sienes la muerte le acechaba. Los dedos estaban crispados sobre los gatillos.
—¡Ah! —dijo con sarcasmo el señor Weber—. Da gusto ver esto... Y me imagino que esta vez hemos ganado la partida y de mala manera para ti, Lupin.
Hizo apartar las contraventanas de un ancho respiradero, por donde la claridad del día penetró bruscamente, y se volvió hacia Altenheim. Pero, con gran asombro suyo, el barón, a quien creía muerto, abrió los ojos, dos ojos tiernos, espantosos, poblados ya de la nada. Miró al señor Weber. Luego pareció buscar con la mirada, y habiendo divisado a Semine tuvo una convulsión de cólera. Se hubiera dicho que se despertaba de su torpor, y que su odio, reanimado súbitamente, le proporcionaba una parte de sus fuerzas.
Se apoyó sobre sus puños e intentó hablar.
—Tú le reconoces, ¿eh? —dijo el señor Weber.
—Sí.
—Es Lupin, ¿verdad?
—Sí... Lupin...
Semine, siempre sonriente, escuchaba.
—Santo Dios, cuánto me divierto —dijo.
—¿Tienes más cosas que decir? —preguntó el señor Weber, viendo los labios del barón agitarse desesperadamente.
—Sí.
—¿A propósito del señor Lenormand, quizá?
—Sí.
—¿Lo tienes encerrado? ¿Dónde? Responde...
Con todas sus fuerzas, con su mirada tensa, Altenheim señaló hacia un armario en un rincón de la sala.
—Allí..., allí —dijo él.
El señor Weber lo abrió. Sobre una de las estanterías había un paquete envuelto en sarga negra. Lo desenvolvió y encontró un sombrero, una pequeña caja, ropas... Se estremeció. Había reconocido la levita del señor Lenormand.
—¡Ah, los miserables! —gritó—. ¡Le han asesinado!
—No —dijo Altenheim con una señal.
—¿Entonces?
—Es él..., él...
—¿Cómo él?... ¿Es Lupin quien ha matado al jefe?
—No.
Con una tremenda obstinación, Altenheim se aferraba a la vida, ávido de hablar y de acusar. El secreto que quería revelar lo tenía en la punta de sus labios, pero no podía, no sabía traducirlo a palabras.
—Veamos —insistió el subjefe de Seguridad—. ¿El señor Lenormand está realmente muerto, por tanto?
—No.
—¿Vive?
—No.
—Entonces, no comprendo... Veamos..., ¿y esas ropas? ¿Esa levita?
Altenheim volvió los ojos hacia Semine. Una idea iluminó al señor Weber.
—¡Ah, ya comprendo! Lupin había robado las ropas del señor Lenormad y contaba servirse de ellas para escapar.
—Sí... Sí...
—No estaba mal —exclamó el subjefe de Seguridad—. Es un golpe muy propio de su estilo. En esta habitación hubiéramos encontrado a Lupin disfrazado de señor Lenormand, encadenado sin duda. Era la salvación para él... Solamente que no tuvo tiempo. Es verdaderamente eso, ¿no es así?
—Sí... Sí...
Pero en la mirada del agonizante, el señor Weber adivinó que había algo más y que el secreto no era, en absoluto, ése. ¿Cuál sería, entonces? ¿Cuál era el indescifrable enigma que el agonizante quería revelar antes de morir? Le interrogó:
—Y el señor Lenormand, ¿dónde está?
—Aquí.
—¿Cómo aquí?
—Sí.
—Pero no hay más que nosotros en esta habitación.
—Hay... Hay...
—Pero habla... Habla de una vez...
—Hay... Ser... Semine...
—Semine... Sí... ¿Qué?
—Semine... Lenormand...
El señor Weber botó. Una luz súbita le iluminó.
—No, no, eso no es posible —murmuró—. Es una locura.
Observó a su prisionero. Semine parecía divertirse mucho y asistir a aquella escena como un aficionado que goza de ella y que bien quisiera conocer el desenlace.
Agotado, Altenheim había caído de nuevo a lo largo. ¿Moriría antes de haber dado la clave del enigma que planteaban sus oscuras palabras? El señor Weber, sacudido por una hipótesis absurda, inverosímil, que contra su voluntad le perseguía encarnizadamente, se lanzó de nuevo sobre el moribundo, diciéndole:
—Explícanos... ¿Qué hay bajo todo eso?... ¿Qué misterio...?
El otro no pareció comprender, inerte, con los ojos fijos. El señor Weber se tendió en el suelo al lado de él, y pronunció sus palabras claramente, de modo que cada sílaba penetrara en el propio fondo de aquella alma que ya estaba ahogándose en las sombras.
—Escucha... He comprendido bien, ¿no es eso? Que Lupin y el señor Lenormand...
Necesitó realizar un esfuerzo para continuar, de tal modo la frase le parecía monstruosa. Sin embargo, los ojos tiernos del barón parecían contemplarle con angustia. Palpitante de emoción, cual si pronunciara una blasfemia, terminó:
—Es eso, ¿no es verdad? ¿Estás seguro? ¿Los dos no son más que uno?
Los ojos ya no se movían. Un hilo de sangre asomaba en el ángulo de la boca... Dos o tres hipos... Una convulsión suprema... Y eso fue todo. En la sala baja, repleta de gente, se produjo un largo silencio. Casi todos los agentes que guardaban a Semine, se habían vuelto, y estupefactos, sin comprender, o negándose a comprender, escuchaban todavía la increíble acusación que el bandido no había podido formular.
El señor Weber tomó la caja encontrada en el paquete de sarga negra y la abrió. Contenía una peluca gris, unos lentes con armazón de plata, una bufanda color marrón, y, en un doble fondo, recipientes de maquillaje y una cajita con menudos bucles de pelo gris...; en una palabra, todos los elementos necesarios para componer la cabeza exacta del señor Lenormand.
Se acercó a Semine, y después de contemplarle por unos momentos sin decir nada, pensativo, reconstruyendo en la mente todas las fases de la aventura murmuró:
—Entonces, ¿es verdad?
Semine, que no se había desprendido de su calma, replicó:
—La hipótesis no carece de elegancia ni de audacia. Pero, ante todo, dígale a sus hombres que me dejen en paz con sus juguetes.
—Sea —aceptó el señor Weber, haciéndole una señal a sus hombres—. Y ahora responde.
—¿A qué?
—¿Eres tú el señor Lenormand?
—Sí.
De todas partes brotaron exclamaciones. Juan Doudeville, que se encontraba allí mientras su hermano vigilaba la salida secreta..., el propio cómplice de Semine, le miraba con asombro. El señor Weber, sofocado, se mantenía indeciso.
—Eso le desconcierta a usted, ¿eh? —dijo Semine—. Confieso que es bastante divertido... Dios Santo, lo que usted me ha hecho reír algunas veces cuando trabajábamos juntos, usted y yo, el jefe y el subjefe... Y lo más gracioso es que usted lo creía muerto a ese valiente señor Lenormand..., muerto como ese pobre de Gourel. Pero no, no, amigo mío, el buen hombre vivía todavía.
Señaló hacia el cadáver de Altenheim.
—Mire, es ese bandido el que me tiró al agua, metido en un saco y con un adoquín atado a la cintura... Solamente que olvidaron quitarme mi navaja... Y con una navaja se cortan los sacos y las cuerdas. Eso fue lo que ocurrió, desgraciado Altenheim... Si hubieras pensado en eso, no estarías donde éstas...
El señor Weber escuchaba, no sabiendo qué pensar. Finalmente, hizo un gesto de desesperación, como si renunciara a formarse una opinión razonable.
—Las esposas —dijo súbitamente alarmado.
—¿Eso es todo lo que se le ocurre? —dijo Semine—. Carece usted de imaginación... En fin, si eso le divierte... —terminó Semine. Y viendo a Doudeville en la primera fila le tendió las manos.
—Anda, amigo. Para ti ese honor, y no vale la pena de reventarse... Yo juego con franqueza... porque no hay medio de hacerlo de otro modo.
Dijo eso en un tono que le hizo comprender a Doudeville que la lucha se había acabado por el momento y que no quedaba más que someterse. Doudeville le puso las esposas. Sin mover los labios, sin una contracción del rostro. Semine le susurró: «27, calle Rívoli... Genoveva.»
El señor Weber no pudo contener un movimiento de satisfacción a la vista de aquel espectáculo.
—¡En marcha! —dijo—. A la Dirección de Seguridad.
—Eso es, a la Dirección de Seguridad —exclamó Semine—. El señor Lenormand va a encerrar a Arsenio Lupin, el cual va a encerrar al príncipe Semine.
—Tienes demasiado humor, Lupin.
—Es verdad, Weber; nosotros no podemos entendernos.
Durante el trayecto, en el automóvil escoltado por otros tres cargados de agentes, no dijo una sola palabra. No hicieron más que penetrar en la Dirección de Seguridad. El señor Weber, recordando las fugas organizadas por Lupin, le hizo subir inmediatamente al departamento de antropometría, y luego le llevó a la prisión central, de donde le trasladaron a la Santé.
Avisado por teléfono, el director esperaba. Los trámites del encarcelamiento y el paso por la habitación donde se practicaba el registro de las ropas de los prisioneros fueron rápidos.
A las siete de la noche, el príncipe Paúl Semine traspasaba el umbral de la puerta de la celda 14, segunda división.
—No está mal su vivienda..., nada mal, en absoluto —declaró el director—. Luz eléctrica, calefacción central, cuarto de baño... En resumen: todas las comodidades modernas... Perfecto, estamos de acuerdo... Señor director, con el mayor placer alquilo este departamento.
Se arrojó completamente vestido sobre la cama.
—¡Ah!, señor director, tengo que hacerle un pequeño ruego.
—¿Cuál?
—Que no me traigan mi chocolate mañana por la mañana antes de las diez..., me caigo de sueño.
Y se volvió de cara a la pared.
Cinco minutos después, dormía profundamente.
SEGUNDA PARTE. LOS TRES CRÍMENES DE ARSENIO LUPIN
CAPÍTULO UNO. EN EL PALACIO DE LA SANTÉ


I

En el mundo entero se produjo una explosión de risa. Ciertamente, la captura de Arsenio Lupin provocó gran sensación, y el público no le regateó a la Policía los elogios que ésta merecía por esa revancha tan largo tiempo esperada y tan plenamente obtenida. El gran aventurero había sido apresado. El héroe extraordinario, genial e invisible, languidecía como los demás presos entre las cuatro paredes de una celda de la prisión de la Santé, aplastado a su vez por esa potencia formidable que se llama Justicia, y que, pronto o tarde, fatalmente, derriba los obstáculos que se le interponen y destruye la obra de sus adversarios.
Y todo eso fue dicho, impreso, repetido, comentado y remachado. El prefecto de Policía recibió la condecoración de la Cruz de Comendador, y el señor Weber, la Cruz de Caballero. Se exaltó la habilidad y el valor de sus modestos colaboradores. Se aplaudió. Se cantó victoria. Se escribieron artículos y se pronunciaron discursos.
Sea. Pero, no obstante, hubo algo que dominaba ese maravilloso concierto de elogios, esa alegría trepidante, y fue una risa loca, enorme, espontánea, inextinguible y tumultuosa.
¡Arsenio Lupin, desde hacía cuatro años, era el jefe de la Seguridad!
Y lo era desde hacía cuatro años. Lo era en la realidad, legalmente, con todos los derechos que ese título confiere, y con la estima de sus jefes, el favor del Gobierno y la admiración de todo el mundo.
Desde hacía cuatro años, la tranquilidad de los ciudadanos y la defensa de la propiedad habían estado confiados a Arsenio Lupin. Éste velaba por el cumplimiento de la ley. Protegía al inocente y perseguía al culpable.
¡Y qué servicios había prestado! Jamás el orden se había visto menos turbado, ni nunca el crimen había sido descubierto con mayor seguridad y más rapidez. Recuérdese, si no, el asunto Denizou, el robo del Banco Crédit Lyonnais, el ataque al rápido de Orleáns, el asesinato del barón Dorf... O sea, otros tantos triunfos imprevistos y fulminantes como el rayo y otras tantas proezas que podrían compararse con las más célebres victorias de los más ilustres policías.
En otra época, en uno de sus discursos con motivo del incendio del Louvre y la captura de los culpables, el presidente del Consejo, Valonglay, para defender la forma un poco arbitraria en que el señor Lenormand había procedido, exclamó:
—Por su clarividencia, por su energía, por sus cualidades de decisión y de ejecución, por sus procedimientos inesperados, por sus recursos inagotables, el señor Lenormand nos recuerda al único hombre que, si hubiera vivido todavía, le hubiese podido hacer frente, es decir, Arsenio Lupin. El señor Lenormand es un Arsenio Lupin al servicio de la sociedad.
Y he aquí que, en realidad, el señor Lenormand no era otro sino el propio Arsenio Lupin.
El que fuese un príncipe ruso importaba poco. Lupin estaba acostumbrado a esas metamorfosis. Pero ¡que fuese jefe de Seguridad! ¡Qué encantadora ironía! ¡Qué fantasía en la conducción de esta vida extraordinaria entre las más extraordinarias!
¡El señor Lenormand! ¡Arsenio Lupin!
Ahora se explicaban las proezas, milagrosas en apariencia, que todavía recientemente habían llenado de confusión a la muchedumbre y desconcertado a la Policía. Se comprendía ahora el escamoteo de su cómplice en pleno Palacio de Justicia, y en pleno día y en la fecha fijada. Él mismo lo había dicho: «Cuando se conozca la simplicidad de los medios que yo he empleado para esta evasión, la gente quedará estupefacta. Dirán: ¿Se reducía a esto todo? Sí, no era más que todo esto, pero era preciso haber pensado en ello.»
En efecto, era de una simplicidad infantil: bastaba con ser jefe de Seguridad.
Mas Lupin era jefe de Seguridad, y todos los agentes, al obedecer sus órdenes, se convertían en cómplices involuntarios e inconscientes de Lupin.
¡Qué gran comedia! ¡Qué admirable bluff! ¡Qué farsa monumental y reconfortante en nuestra época de abulia! A pesar de estar prisionero, a pesar de estar vencido irremediablemente, Lupin, no obstante, era el gran vencedor. Desde su celda irradiaba su personalidad sobre París. Ahora más que nunca era el ídolo, más que nunca el amo y señor.

* * *

Al despertarse al día siguiente en su departamento del «Palacio de la Santé», conforme él lo designó inmediatamente, Arsenio Lupin tuvo la visión muy clara del formidable ruido que iba a producir su detención, bajo el doble nombre de Semine y de Lenormand, y bajo el doble título de príncipe y de jefe de Seguridad.
Se frotó las manos, y murmuró:
—Nada es mejor para acompañar al hombre solitario, que la aprobación por parte de sus contemporáneos. ¡Oh, gloria, sol de los que viven!...
Bajo la claridad del día, su celda le agradó más aún. La ventana, situada en lo alto, dejaba entrever las ramas de un árbol, a través de las cuales se divisaba el azul del cielo. Las paredes eran blancas. No había más que una mesa y una silla clavadas al suelo. Pero todo ello estaba limpio y resultaba simpático.
—Vamos —se dijo—. Una pequeña cura de reposo aquí, no dejará de tener sus encantos..., Pero procedamos a hacer nuestro aseo...
¿Tengo aquí todo cuanto necesito?... No... Entonces llamemos a la camarera.
Apoyó un dedo junto a la puerta, sobre un mecanismo que encendió en el pasillo una señal en forma de disco.
Al cabo de un instante fueron descorridos los cerrojos en el exterior y retiradas las barras de hierro, y apareció un carcelero.
—Agua caliente, amigo mío —le dijo Lupin.
El otro le miró, a la par sorprendido y furioso.
—¡Ah! —exclamó Lupin—. Y una toalla de felpa. ¡Diablos, no hay toallas de felpa!
El hombre gruñó:
—Te estás burlando de mí, ¿no es eso? Pero no hay nada que hacer.
Ya se retiraba, cuando Lupin le sujetó del brazo violentamente:
—Cien francos si quieres llevarme una carta al correo.
Sacó del bolsillo un billete de cien francos que había logrado sustraer al registro que le habían hecho y se lo tendió al carcelero.
—La carta —dijo el carcelero, tomando el billete.
—Inmediatamente—, sólo el tiempo de escribirla.
Lupin se sentó a la mesa, trazó unas palabras a lápiz sobre una hoja de papel que deslizó dentro de un sobre y escribió sobre éste: Señor S. B. Apartado de Correos número 42, París.
El carcelero tomó la carta y se fue.
—He aquí una misiva —se dijo Lupin:— que irá a su destino con tanta seguridad como si la llevase yo mismo. De aquí a una hora, a lo sumo, recibiré la respuesta. Sólo el tiempo necesario para entregarme al examen de mi situación.
Se sentó sobre su silla y a media voz hizo el siguiente resumen:
—«En suma, tengo que combatir ahora contra dos adversarios: primero, la sociedad, que me tiene preso, y de la cual me burlo; segundo, un personaje desconocido que no me tiene en su poder, pero del cual no me burlo en modo alguno. Éste es el que ha prevenido a la Policía que yo era Semine. Es él quien adivinó también que yo era el señor Lenormand. Y es él quien cerró la puerta del subterráneo, y asimismo quien me hizo encerrar en la cárcel.
Arsenio Lupin reflexionó unos instantes y continuó:
—Por consiguiente, y a fin de cuentas, la lucha es entre él y yo. Y para sostener esta lucha, es decir, para descubrir y realizar el asunto Kesselbach, me encuentro aprisionado, mientras él está libre, es desconocido e inaccesible y dispone de dos triunfos que yo creía tener en poder mío: Pedro Leduc y el viejo Steinweg... En una palabra, que él tiene a su alcance el objetivo, después de haberme alejado a mí de él definitivamente.
Nueva pausa meditativa y luego nuevo monólogo:
—La situación no es brillante. Por un lado, todo; por el otro, nada. Frente a mí, un hombre que posee mi fuerza, que incluso es más fuerte que yo, puesto que él no tiene los escrúpulos que a mí me entorpecen. Y para atacarle no dispongo de armas.
Repitió varias veces estas últimas palabras, maquinalmente; luego se calló y, apoyando la frente entre sus manos, permaneció pensativo largo tiempo.
—Entre, señor director —dijo Lupin, viendo que se abría la puerta.
—Entonces, ¿me esperaba usted?
—¿Acaso no le escribí a usted, señor director, rogándole que viniese? Pues bien: no he dudado ni un segundo que el carcelero le llevaría mi carta. Tan poco lo he dudado, que sólo escribí en el sobre las iniciales de usted, S. B., y su edad, cuarenta y dos.
El director se llamaba, en efecto, Stanislas Borély, y contaba cuarenta y dos años de edad. Era un hombre de rostro agradable, de suave carácter y que trataba a los detenidos con toda la indulgencia posible. Le dijo a Lupin:
—Usted no se ha engañado en cuanto a la honradez de mi subordinado. Aquí está su dinero. Le será entregado a usted en el momento en que sea puesto en libertad... Y ahora, va usted a pasar de nuevo al cuarto «de registros».
Lupin siguió al señor Borély al interior de la pequeña estancia reservada para registrar a los detenidos, se desnudó y mientras sus ropas eran registradas con justificada desconfianza, fue sometido igualmente, en persona, a un examen en extremo meticuloso.
Luego fue devuelto a su celda, y el señor Borély le dijo:
—Ya estoy más tranquilo. Se ha hecho todo bien.
—Sí, muy bien, señor director. Sus gentes ponen en sus funciones una delicadeza por la cual quiero darles las gracias y presentarles el testimonio de mi satisfacción.
Le entregó al señor Borély un billete de cien francos y aquél hizo un gesto de sorpresa.
—¡Ah! Pero ¿y eso..., de dónde lo sacó?
—Es inútil que se quiebre usted la cabeza, señor director. Un hombre como yo, que lleva la vida que yo llevo, está siempre preparado para todas las eventualidades y ninguna desventura, por penosa que sea, le puede sorprender desprevenido, ni siquiera cuando se halla encarcelado.
Tomó entre el pulgar y el índice de la mano derecha el dedo medio de la mano izquierda, lo arrancó con un golpe seco y se lo presentó tranquilamente al señor Borély.
—No se sobresalte usted, señor director. Éste no es mi dedo, sino un simple tubo de tripa de buey, artísticamente coloreado y que se ajusta exactamente a mi dedo medio, de manera que produce la ilusión de un dedo real.
Y agregó, riendo:
—Y de esta manera, bien entendido, se puede disimular un tercer billete de cien francos... ¿Qué quiere usted? Cada cual tiene el portamonedas que puede..., y es preciso aprovecharse...
Se detuvo al observar la expresión desconcertada del señor Borély.
—Le ruego, señor director, que no crea que trato de asombrarle con mis pequeñas ingeniosidades de sociedad. Lo único que quisiera es mostrarle que usted tiene que habérselas con un... cliente de un carácter un poco... especial... y decirle que no deberá sorprenderse si me hago culpable de ciertas infracciones a las regias ordinarias de su establecimiento.
El director ya se había repuesto de su sorpresa y declaró con firmeza:
—Estoy dispuesto a creer que usted se ajustará a esas regias y que no me obligará a adoptar medidas rigurosas...
—Que le desagradarían, ¿no es así, señor director? Es, precisamente, eso lo que yo quisiera evitarle, demostrándole por adelantado que no me impedirán obrar a mi antojo y comunicarme por escrito con mis amigos; defender en el exterior los importantes intereses que me están confiados; escribir en los periódicos que están sujetos a mi inspiración, y proseguir la realización de mis proyectos, y, a fin de cuentas, preparar mi evasión.
—¡Su evasión!
Lupin se echó a reír con buen talante.
—Reflexione, señor director... Mi única excusa para estar en la cárcel es el lograr salir de ella.
El argumento no pareció bastarle al señor Borély, quien, a su vez, se esforzó por sonreír y dijo:
—Un hombre prevenido vale por dos...
—Eso es lo que yo he querido. Tome usted todas las precauciones, señor director; no descuide nada para que más tarde no tengan nada que reprocharle. Por otra parte, yo me arreglaré de tal manera, que cualesquiera que sean las molestias que tenga usted que soportar por el hecho de esa fuga, cuando menos su carrera no sufra las consecuencias. Eso es lo que yo quería decirle, señor director. Y ahora, puede usted retirarse.
Y mientras el señor Borély se alejaba profundamente desconcertado por aquel singular prisionero, y extraordinariamente inquieto por los acontecimientos que se preparaban, el detenido se arrojó sobre su lecho, murmurando:
—¡Caray, mi viejo Lupin, qué osado eres! En verdad, se diría que ya sabes cómo vas a salir de aquí

II

La prisión de la Santé está construida conforme al sistema de irradiación. En el centro de la parte principal hay un punto concéntrico donde convergen todos los pasillos, de tal manera que un detenido no puede salir de su celda sin ser visto inmediatamente por los vigilantes situados en la cabina de cristal que ocupa el centro de ese punto.
Lo que sorprende al visitante que recorre la prisión es el encontrar a cada instante detenidos que van sin escolta y que parecen circular como si estuvieran libres. Pero, en realidad, para ir de un lugar a otro, cual, por ejemplo, desde su celda al coche carcelario que los espera para llevarlos al Palacio de Justicia, es decir, ante el juez de instrucción, lo hacen caminando por líneas rectas, cada una de las cuales termina en una puerta que les abre un carcelero que está encargado únicamente de abrir esa puerta y de vigilar las dos líneas rectas que desembocan en ella.
Y así los prisioneros, en apariencia libres, son enviados de puerta en puerta, y de mirada en mirada de los vigilantes, cual si se tratase de paquetes que pasan de mano en mano.
Afuera, los guardias municipales reciben el objeto y lo insertan en una de las secciones de la cesta de ensalada, como en París se llama a los coches celulares. Esa es la costumbre. Con Lupin se hicieron excepciones.
Se desconfió de ese paseo a lo largo de los pasillos. Se desconfió del coche celular. Se desconfió de todo.
El señor Weber acudió personalmente acompañado de doce agentes —los mejores de estos hombres, escogidos y armados hasta los dientes—; recogió al temible prisionero en el umbral de su celda y le condujo en un automóvil cuyo chófer era uno de sus hombres. A la derecha e izquierda, por delante y por detrás, iban guardias municipales a caballo.
—¡Magnífico! —exclamó Lupin—. Tienen ustedes para mí consideraciones que me emocionan. Nada menos que guardia de honor. ¡Diablos!, Weber, estás dotado del sentido de la jerarquía. No olvidas los honores que debes a tu jefe inmediato.
Dándole una palmada en el hombro, añadió:
—Weber, tengo intención de presentar mi dimisión. Te designaré sucesor mío.
—Eso ya está casi hecho —replicó Weber.
—¡Qué gran noticia! Sentía inquietudes respecto a mi fuga. Ahora ya estoy tranquilo. Desde el momento en que Weber sea jefe de los servicios de Seguridad...
El señor Weber no replicó al ataque. En el fondo experimentaba un extraño y complejo sentimiento frente a su adversario, sentimiento constituido por el temor que le inspiraba Lupin y por la deferencia que él tenía hacia el príncipe Semine, así como por la respetuosa admiración que siempre le había testimoniado al señor Lenormand. Todo esto estaba mezclado de rencor, de envidia y de odio satisfecho. Llegaban ya al Palacio de Justicia. En la planta baja de la que llamaban la Ratonera, unos agentes de seguridad esperaban. Entre éstos, el señor Weber tuvo la satisfacción de ver a sus dos mejores lugartenientes, los hermanos Doudeville.
—¿No está aquí el señor Formerie? —les preguntó.
—Sí, jefe. El señor juez de instrucción se encuentra en su despacho.
Weber subió la escalera, seguido de Lupin, que iba entre los hermanos Doudeville.
—¿Y Genoveva? —murmuró el prisionero.
—Está a salvo.
—¿Dónde se encuentra?
—En casa de su abuela.
—Y la señora Kesselbach?
—Está en París, en el hotel Bristol.
—¿Y Susana?
—Ha desaparecido.
—¿Y Steinweg?
—Nada sabemos de él.
—¿Y la villa Dupont, está vigilada?
—Sí.
—¿La Prensa de esta mañana se porta bien?
—En forma excelente.
—Muy bien. Para escribirme ahí van mis instrucciones.
Llegaron al pasillo interior del primer piso. Lupin deslizó en la mano de uno de los hermanos una minúscula bolita de papel.
El señor Formerie tuvo una frase feliz cuando Lupin penetró en su despacho en compañía del subjefe.
—¡Ah, helo aquí! No dudaba que un día u otro le echaríamos mano a usted.
—Yo tampoco lo dudaba, señor juez de instrucción —replicó Lupin—. Y me alegro de que sea a usted a quien el Destino haya designado para hacer justicia al hombre honrado que soy yo.
«Se está burlando de mí», pensó el señor Formerie.
Y con el mismo tono irónico, respondió:
—El hombre honrado que es usted, señor, tendrá que explicarme, por el momento, en relación a trescientos cuarenta y cuatro delitos de robo con escalo, hurto, estafa, falsificación, chantaje, ocultación, etcétera. ¡Trescientos cuarenta y cuatro!
—¡Cómo! ¿No es más que eso? —exclamó Lupin—. Me siento verdaderamente avergonzado.
—El hombre honrado que es usted tendrá que explicarse hoy sobre el asesinato del señor Altenheim.
—¡Vaya! Eso es ya algo nuevo. ¿Acaso esa idea es de usted, señor juez de instrucción?
—Exactamente.
—Muy grave. En realidad está usted realizando grandes progresos, señor Formerie.
—La posición en la cual ha sido usted sorprendido no deja lugar a ninguna duda.
—A ninguna, pero, de todos modos, me permitiría hacerle a usted esta pregunta: ¿De qué clase de herida murió Altenheim?
—De una herida en la garganta hecha con un cuchillo.
—¿Y dónde está ese cuchillo?
—No lo hemos encontrado.
—¿Y cómo es posible que no lo hayan encontrado, siendo yo el asesino, puesto que fui sorprendido al mismo lado del hombre a quien yo, según ustedes, he matado?
—Y, según usted, ¿quién es el asesino?
—No es ningún otro que el mismo que degolló al señor Kesselbach, a Chapman, etcétera. La naturaleza de la herida es prueba suficiente.
—¿Y por dónde cree usted que escapó el asesino?
—Por una trampa que usted puede descubrir en el propio salón donde se produjo la tragedia.
El señor Formerie mostró una expresión de agudo interés.
—¿Y cómo es que usted no siguió tan saludable ejemplo?
—Yo intenté seguirlo. Pero la salida de escape estaba cerrada por una puerta que yo no conseguí abrir. Fue durante ese intento cuando el otro regresó al salón y mató a su cómplice, por temor a las revelaciones que éste no habría dejado de hacer. Y, al mismo tiempo, escondió en el fondo del armario, donde fue encontrado, el paquete de ropas que yo había preparado.
—¿Y para qué eran esas ropas?
—Para disfrazarme. Al regresar a las Glicinas, mi plan era el siguiente: entregar a Altenheim a la justicia, eliminarme a mí mismo como príncipe Semine y reaparecer luego bajo la personalidad del...
—¿Del señor Lenormand, acaso?
—Exactamente.
—No.
—¿Cómo?
El señor Formerie sonrió con aire burlón, y moviendo su índice de derecha a izquierda y de izquierda a derecha volvió a repetir: —No.
—¿Y por qué no?
—Porque esa historieta sobre el señor Lenormand podrá servir para el público. Pero no le va usted hacer tragar al señor Formerie que Lupin y Lenormand eran una misma persona. Rompió a reír.
—¡Lupin jefe de Seguridad! ¡No! Todo lo que usted quiera, pero eso no... Todo tiene un límite... Yo soy una buena persona... Pero de todos modos... Veamos, aquí entre nosotros..., ¿cuál es la razón de esta nueva mentira? Confieso que no veo muy claro.
Lupin lo miró maliciosamente. A pesar de todo cuanto sabía sobre el señor Formerie, no era capaz de imaginarse un grado semejante de fatuidad y ceguera. La doble personalidad del príncipe Semine ya no constituía a estas horas motivo de incredulidad para nadie. Sólo para el señor Formerie...
Lupin se volvió hacia el subjefe, que escuchaba con la boca entreabierta.
—Mi querido Weber, el ascenso de usted me parece que se encuentra comprometido por entero. Porque, en fin, si el señor Lenormand no soy yo, entonces es que aquél existe... Y si existe, yo no dudo que el señor Formerie, valiéndose de todos sus talentos, no acabe por descubrirlo... En cuyo caso...
—Lo descubriremos, señor Lupin —exclamó el juez de instrucción—. Yo me encargo de ello, y confieso que el careo entre usted y él no va a constituir una cosa banal.
El juez tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
—¡Qué divertido! En verdad, uno no se aburre con usted. Así, pues, usted sería el señor Lenormand, y en ese caso sería usted también quien hizo detener a su propio cómplice Marco.
—Perfectamente. ¿Acaso no era preciso complacer al presidente del Consejo y al propio tiempo salvar al Gabinete? El hecho es histórico.
El señor Formerie se sentía tan divertido, que se apretaba los costillares con las manos, riendo a mandíbula batiente.
—¡Ah, esto es para morir de risa! ¡Dios santo, qué cosa tan graciosa! La respuesta a todo ello dará la vuelta al mundo. Y entonces, conforme al sistema de usted, resultaría que fue en colaboración con usted con quien yo realicé la investigación desde un principio en el Hotel Palace, después del asesinato del señor Kesselbach...
—En efecto, fue conmigo con quien usted siguió todo el asunto de la diadema cuando yo era el duque Charmerace —respondió Lupin con voz sarcástica.
El señor Formerie dio un salto. Toda su alegría se desvaneció ante ese odioso recuerdo. Poniéndose súbitamente serio, manifestó:
—¿Entonces, insiste usted en ese absurdo sistema?
—Estoy obligado a ello, porque esa es la verdad. A usted le sería fácil, si tomara el transatlántico que realiza el viaje a Cochinchina, encontrar en Saigón las pruebas de la muerte del verdadero señor Lenormand, aquel magnífico hombre a quien yo sustituí y del cual le proporcionaré a usted el acta de fallecimiento.
—Bromas.
—Mi palabra, señor juez de instrucción; le confesaré que esto me es completamente indiferente. Si a usted le desagrada que yo sea el señor Lenormand, entonces no hablemos más de eso. Sí a usted le agrada creer que yo maté a Altenheim, lo dejo a su gusto. Se entretendrá usted en proporcionar pruebas de ello. Y le repito que todo eso no tiene ninguna importancia para mí. Considero todas las preguntas de usted y todas mis respuestas como nulas y que no concuerdan. La investigación que usted realiza no tiene valor, por la sencilla razón de que yo habré puesto pies en polvorosa cuando aquélla acabe. Solamente que...
Con descaro, tomó una silla y se sentó frente al señor Formerie, del otro lado de la mesa. Con tono seco dijo:
—Hay un «solamente», y helo aquí: comprenderá usted que, a pesar de las apariencias y de sus intenciones, yo no tengo intención alguna de perder mi tiempo. Usted tiene sus propios asuntos..., yo tengo los míos. A usted le pagan por resolver sus asuntos. Yo resuelvo los míos... Y así me pago a mí mismo. Pero el asunto que yo persigo en la actualidad es de aquellos que no permiten ni un solo minuto de descuido, ni un solo segundo de espera en la preparación y en la ejecución de los actos que conducen a realizarlo. Por tanto, yo lo prosigo, y, como quiera que usted me pone en la obligación pasajera de estar sesteando entre las cuatro paredes de una celda, es a ustedes dos, señores, a quienes encargo de mis intereses. ¿Comprendido?
Se había puesto en pie, en actitud insolente y con una expresión venenosa en el rostro. Era tal la fuerza dominadora que manaba de este hombre, que sus dos interlocutores no se habían atrevido a interrumpirle.
El señor Formerie optó por reírse, en el papel de un observador que se divierte.
—Es gracioso. Es chusco.
—Chusco o no, señor, así será. Mi proceso, el hecho de saber si yo he matado o no, la investigación de mis antecedentes; de mis delitos o mis andanzas pasadas, constituyen otras tantas paparruchas con las cuales le permito a usted que se distraiga, a condición, sin embargo, de que usted no pierda de vista, ni por un instante, el objeto de su misión.
—¿Y cuál es mi misión? —preguntó el señor Formerie, manteniendo el tono burlón.
—La de sustituirme a mí en mis investigaciones relativas al proyecto del señor Kesselbach y especialmente en descubrir el paradero del señor Steinweg, ciudadano alemán, raptado y secuestrado por el fallecido barón Altenheim.
—¿Qué historia es esa que usted cuenta?
—Esta historia es de aquellas que yo guardaba para mí cuando yo era.., o más bien, cuando creía ser el señor Lenormand. Una parte de ella se desarrolla en mi despacho cerca de aquí, y Weber no debe desconocerla enteramente. En una palabra, el viejo Steinweg conoce la verdad sobre ese misterioso proyecto que el señor Kesselbach perseguía, y Altenheim, que estaba igualmente sobre la pista, ha hecho desaparecer al señor Steinweg.
—No se escamotea a una persona de esa manera. Ese Steinweg tiene que encontrarse en alguna parte.
—Seguramente.
—¿Y sabe usted dónde?
—Sí.
—Siento curiosidad...
—Se encuentra en el número veintinueve de la villa Dupont. El señor Weber se encogió de hombros.
—¿Entonces, está en casa de Altenheim? ¿En el hotel que éste habitaba?
—Sí.
—Valiente crédito puede concederse a todas esas tonterías. En el bolsillo del barón encontré la dirección de éste. Y una hora después, el hotel había sido ocupado por mis hombres. Lupin lanzó un suspiro de alivio.
—¡Ah, qué gran noticia! Y yo que temía la intervención del cómplice de aquel a quien no pude apresar, y un segundo secuestro de Steinweg... ¿Y los criados?
—Desaparecieron.
—Sí, una llamada telefónica del otro los habrá prevenido. Pero Steinweg está allí.
El señor Weber se impacientó, y dijo:
—Pero si allí no hay nadie, puesto que, le repito, mis hombres no han abandonado el hotel.
—Señor subjefe de Seguridad, le doy a usted la orden de investigar usted mismo en el hotel de la villa Dupont... Y usted me dará cuenta mañana del resultado de esa investigación.
El señor Weber se encogió nuevamente de hombros, y sin tomar en cuenta la impertinencia de Lupin, dijo:
—Tengo cosas más urgentes que hacer...
—Señor subjefe de Seguridad, nada hay más urgente que eso. Si usted se retrasa en hacerlo, todos mis planes habrán naufragado. El viejo Steinweg ya no hablará jamás.
—¿Por qué?
Porque habrá muerto de hambre, si en el plazo de un día, a lo sumo dos, no le lleva usted de comer.

III

—Eso es muy grave... Muy grave... —murmuró el señor Formerie después de reflexionar por unos momentos—. Desgraciadamente...
Sonrió.
—Desgraciadamente —añadió—, la revelación de usted tiene un gran defecto.
—¿Cuál?
—Que todo eso, señor Lupin, no constituye más que una enorme fantasía... ¿Qué quiere usted? Yo comienzo a conocer ya sus supercherías, y cuanto más oscuras me parecen, más desconfío.
—Idiota —gruñó Lupin.
El señor Formerie se levantó, y dijo:
—Hemos terminado. Como usted ve, esto no era más que un interrogatorio de pura fórmula..., poner a uno en presencia de otro, a dos duelistas. Ahora que las espadas están cruzándose, ya no me falta más que el testigo obligatorio de ese choque de armas: su abogado.
—¡Va! ¿Acaso es indispensable?
—Sí, indispensable.
—¿Hacer trabajar a uno de los maestros de la abogacía, con vistas a unos debates tan... problemáticos?
—Es preciso.
—En ese caso, escojo al abogado Quimbel.
—El decano. Le felicito, estará usted bien defendido.
Esta primera sesión había terminado. Al bajar la escalera de la Ratonera, colocado entre los dos Doudeville, el detenido susurró en menudas frases imperativas:
—Que vigilen la casa de Genoveva... Que estén allí siempre cuatro hombres... Y también a la señora Kesselbach... Las dos están amenazadas. Van a registrar la villa Dupont... Estén ustedes allí. Si descubren a Steinweg, arreglároslas para que se calle... Unos pocos de polvos, si es necesario.
—¿Cuándo quedará usted en libertad, jefe?
—Por el momento, no hay nada que hacer... De todos modos, eso no corre prisa... Estoy descansando.
Al llegar abajo se reunió a los guardias municipales, que rodearon el coche celular.
—Regresamos a casa, hijos míos —exclamó Lupin—, y aprisa. Tengo cita conmigo mismo, exactamente a las dos.
El viaje se realizó sin incidentes.
De vuelta en su celda, Lupin escribió una larga carta con instrucciones detalladas a los hermanos Doudeville, y después otras dos cartas. Una de ellas era para Genoveva, y decía:

«Genoveva: Ya sabes ahora quién soy, y comprenderás por qué te he ocultado el nombre de aquel que, por dos veces, te llevó cuando eras pequeñita en sus brazos.
«Genoveva, yo era el amigo de tu madre, un amigo lejano del cual ella ignoraba su doble existencia, pero con el que ella creía que podía contar. Es por eso que antes de morir ella me escribió unas líneas y me suplicaba que velase por ti.
»Por indigno que yo sea de su estimación, Genoveva, permaneceré fiel a ese deseo. No me deseches por completo de tu corazón.
Arsenio Lupin.»

La otra carta estaba dirigida a Dolores Kesselbach:

«Sólo su propio interés había llevado cerca de la señora Kesselbach al príncipe Semine. Pero luego le había retenido cerca de ella una inmensa necesidad de dedicarse a esa dama.
»Hoy día, cuando el príncipe Semine ya no es más que Arsenio Lupin, éste pide a la señora Kesselbach que no le niegue el derecho a protegerla desde lejos, y en la misma forma en que se protege a una persona a la que nunca más se volverá a ver.»

Sobre la mesa había algunos sobres. Tomó uno de ellos, luego dos, pero cuando estaba cogiendo un tercero, descubrió una hoja de papel blanco cuya presencia le sorprendió y sobre la cual había pegadas palabras que visiblemente habían sido recortadas de un periódico. Lupin descifró el texto siguiente:

La lucha contra Altenheim no te dio resultado. Renuncia a ocuparte de este asunto, y entonces yo no me opondré a tu fuga. Firmado: L M.

Una vez más experimentó el sentimiento de repulsión y de terror que le inspiraba aquel ser desconocido y fabuloso... La sensación de asco que se siente al tocar a un animal venenoso, a un reptil.
«Otra vez él... E incluso aquí», se dijo Lupin.
Era eso, igualmente, lo que le desconcertaba: la visión súbita que tenía, por instantes, de aquella potencia enemiga; una potencia tan grande como la suya y que disponía de medios formidables, de los que él mismo no se daba cuenta.
Inmediatamente sospechó de su carcelero. Pero ¿cómo había sido posible corromper a ese hombre de rostro duro y expresión severa?
Lupin exclamó:
—Pues bien: tanto mejor; hasta ahora nunca tuve que enfrentarme con remolones... Para combatirme a mí mismo tuve que convertirme en jefe de Seguridad... Pero esta vez estoy aviado... He aquí un hombre que es capaz de meterme en su bolsillo... Y esto podría decirse que lo haría como jugando conmigo... Si desde el fondo de mi prisión logro evitar sus golpes y a la vez destruirlo; si consigo ver al viejo Steinweg y arrancarle su confesión; encauzar el asunto Kesselbach y llevarlo a cabo en forma íntegra; defender a la señora Kesselbach y conquistar la fortuna y la felicidad para Genoveva.., entonces es verdad que Lupin será siempre Lupin... Y para llegar a eso empecemos por dormir...
Se tendió sobre la cama, murmurando:
—Steinweg, ten paciencia y no te mueras hasta mañana a la noche, y yo te juro...
Durmió durante todo el final del día, toda la noche y toda la mañana. A eso de las once vinieron a anunciarle que el abogado Quimbel le esperaba en el locutorio de los abogados, a lo cual Lupin respondió:
—Díganle al señor Quimbel que si necesita informes sobre mis acciones y gestos, no tiene más que consultar los diarios desde hace diez años. Mi pasado pertenece a la Historia.
Al mediodía se registró el mismo ceremonial y se tomaron las mismas precauciones que la víspera para conducirle al Palacio de Justicia. Volvió a ver al mayor de los hermanos Doudeville, con el cual cambió algunas palabras, y al que le entregó las tres cartas que había escrito, y luego fue conducido a presencia del señor Formerie.
El abogado Quimbel estaba allí y llevaba una cartera de mano atiborrada de documentos.
Lupin se disculpó inmediatamente al verle.
—Le presento todas mis disculpas, mi querido abogado, por no haberle recibido, y también mis disculpas por el trabajo que usted ha tenido la bondad de aceptar, pero que resulta inútil, por cuanto...
—Sí, sí, ya sabemos —interrumpió el señor Formerie— que usted se encontrará de viaje. Está convenido. Pero de aquí allá cumplamos con nuestra misión. Arsenio Lupin, a pesar de todas nuestras investigaciones no hemos conseguido ningún dato preciso sobre el verdadero nombre de usted.
—Qué cosa tan extraña..., y yo tampoco.
—Ni siquiera podríamos afirmar que usted sea el mismo Arsenio Lupin que estuvo detenido en la prisión de la Santé en mil novecientos diecinueve... y que se escapó por primera vez.
—Eso de «por primera vez» es una frase muy exacta.
—Ocurre, en efecto —continuó el señor Formerie—, que la ficha de Arsenio Lupin que hemos encontrado en el servicio antropométrico contiene una descripción de Arsenio Lupin que difiere en todos los puntos de las características actuales de usted.
—Es cada vez más extraño.
—Las indicaciones son diferentes, las medidas son diferentes y las huellas dactilares también son diferentes... Incluso las dos fotografías no guardan entre sí ninguna relación. Por tanto, le pido a usted que haga el favor de aclararnos su identidad exacta.
—Eso es precisamente lo que yo quería pedirle. He vivido bajo tantos nombres distintos, que he acabado por olvidar el mío propio. Ya no soy capaz de reconocerme a mí mismo.
—Entonces, ¿se niega contestar?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque sí.
—¿Ha tomado usted esa decisión?
—Sí. Ya se lo he dicho a usted: su investigación no tendrá valor. Ayer le señalé a usted como misión el realizar una investigación que me interesa. Y espero el resultado.
—Y yo —exclamó el señor Formerie— le dije ayer también que no creía una sola palabra de la historia contada por usted sobre Steinweg, y que, por tanto, no me ocuparía de ello.
—Entonces, ¿por qué ayer, después de nuestra entrevista, acudió usted a la villa Dupont en compañía del señor Weber y registró minuciosamente el número veintinueve?
—¿Cómo es que sabe usted eso? —preguntó el juez de instrucción visiblemente humillado.
—Por los periódicos...
—¡Ah, entonces lee usted los periódicos!
—Hay que estar al tanto de las noticias.
—En efecto, y, por un escrúpulo de conciencia, visité esa casa en forma rápida y sin atribuirle al hecho la menor importancia...
—Por el contrario, usted le atribuye tanta importancia y realiza usted la misión que yo le encargué con un entusiasmo tan digno de elogios, que ya a estas horas el subjefe de Seguridad está en vías de realizar él mismo un registro allí.
El señor Formerie pareció desconcertado y balbució:
—¡Qué invención! El señor Weber y yo tenemos otros gatos a los que dar latigazos y no a ése.
En ese momento, un ujier entró y dijo unas palabras al oído del señor Formerie.
—Que entre —exclamó el juez de instrucción—. Que entre.
Y luego, levantándose precipitadamente, dijo:
—¡Hola, señor Weber! ¿Qué hay de nuevo? ¿Ha encontrado usted a ese hombre?
Ni siquiera se daba el trabajo de disimular, tanta era su prisa por enterarse.
El subjefe de Seguridad respondió:
—Nada.
—¡Ah! ¿Está usted seguro?
—Afirmo que no hay nadie en esa casa, ni vivo ni muerto.
—Sin embargo...
—Así es, señor juez de instrucción.
Los dos parecían decepcionados, cual si la convicción que sentía y manifestaba Lupin se hubiera apoderado también de ellos.
—Ya lo ve usted, Lupin —dijo el señor Formerie con tono de lamentación.
Y aseveró:
—Todo lo que nos es dado suponer es que el viejo Steinweg, después de haber permanecido encerrado allí, ya no está ahora.
Lupin declaró:
—Anteayer por la mañana estaba todavía.
—Y a las cinco de la tarde mis hombres ocuparon la casa —observó el señor Weber.
—Entonces habría que admitir —concluyó el señor Formerie— que ha sido secuestrado por la tarde.
—No —dijo Lupin.
—¿Cree usted?
Era un homenaje ingenuo a la clarividencia de Lupin el formular el juez de instrucción esa pregunta instintiva, esa especie de sumisión anticipada a todo lo que aquel adversario decretaba.
—Pues yo hago más que creerlo —afirmó Lupin en la forma más contundente—. Resulta materialmente imposible que el señor Steinweg haya sido sacado de allí en ese momento. Steinweg continúa en el número veintinueve de la villa Dupont.
El señor Weber levantó los brazos al cielo.
—Pero eso es una locura, por cuanto yo fui allí y he registrado todas y cada una de las habitaciones... Un hombre no se oculta lo mismo que una moneda de cinco francos.
—Entonces, ¿qué nos queda por hacer? —gimió el señor Formerie.
—¿Que qué nos queda por hacer, señor juez de instrucción? —respondió Lupin—. Es muy sencillo. Subir a un coche y llevarme, con todas las precauciones que usted quiera tomar, al veintinueve de la calle Dupont. Es la una. A las tres, yo habré descubierto a Steinweg.
El ofrecimiento era preciso, imperioso, exigente. Los dos magistrados sufrieron el peso de aquella voluntad formidable. El señor Formerie miró al señor Weber. Después de todo, ¿por qué no? ¿Qué podría oponerse a realizar aquella prueba?
—¿Qué opina usted, señor Weber?
—Pues... no lo sé muy bien.
—Sí; pero, no obstante..., se trata de la vida de un hombre...
—Evidentemente... —murmuró el subjefe, que comenzaba a reflexionar.
Se abrió la puerta. Un ujier traía una carta que entregó al señor Formerie; éste la abrió y leyó las siguientes palabras:

«Desconfíe usted. Si Lupin entra en la casa de la villa Dupont, saldrá libre. Su fuga está preparada.
L. M.»

El señor Formerie palideció. El peligro a que acababa de escapar le espantaba. Una vez más, Lupin se había burlado de él. Steinweg no existía.
En voz muy baja, el señor Formerie recitó una oración de acción de gracias. Sin el milagro de aquella carta anónima, hubiera estado perdido, deshonrado.
—Ya es bastante por hoy —dijo—. Reanudaremos el interrogatorio mañana. Que los guardias lleven al detenido a la Santé.
Lupin permaneció inmóvil Se dijo a sí mismo que aquel golpe venía del otro. Y se dijo también que había veinte probabilidades contra una de que el salvamento de Steinweg ya no pudiese llevarse a cabo ahora, pero que, en resumen, quedaba aquella veintiuna probabilidad, y que no existía razón alguna para que él, Lupin, se desesperase.
Dijo sencillamente:
—Señor juez de instrucción, le doy cita a usted mañana a las diez de la mañana en el veintinueve de la villa Dupont.
—Usted está loco. Puesto que yo no quiero...
—Pero yo sí quiero, y eso basta. Hasta mañana a las diez. Y sea usted puntual.

IV

Igual que las otras veces, después de volver a su celda, Lupin se acostó y, bostezando, se puso a pensar:
«En el fondo, nada resulta más práctico para desarrollar mis asuntos que esta forma de vida. Cada día doy un golpecito con el pulgar que pone en marcha toda la maquinaria, y sólo me queda tener paciencia hasta el día siguiente. Los acontecimientos se producen por sí mismos. ¡Qué descanso para un hombre tan agobiado!»
Y volviéndose de cara a la pared, continuó:
«Steinweg, si amas la vida, no te mueras todavía. Te pido un poquito de buena voluntad. Haz como yo: duerme.»
Excepto a la hora de la comida, Lupin durmió de nuevo hasta la mañana siguiente. Solamente se despertó al oír ruido de cerraduras y cerrojos.
—Levántese —le dijo el carcelero—. Vístase... Hay prisa.
El señor Weber y sus hombres le recibieron en el pasillo y le llevaron a un automóvil.
—Chófer, al veintinueve de la villa Dupont —dijo Lupin al subir al vehículo—. Y rápido.
—¡Ah! Entonces, ¿ya sabe usted que vamos allí? —le dijo el subjefe.
—Evidentemente que lo sé, puesto que ayer le di cita al señor Formerie en el veintinueve de la villa Dupont, a las diez en punto. Cuando Lupin dice una cosa, ésta se cumple. He aquí la prueba de ello...
Desde la calle de Pergolése las precauciones extraordinarias de la Policía excitaron la alegría del prisionero. Las calles estaban atiborradas de agentes. En cuanto a la villa Dupont, esta calle se hallaba pura y simplemente cerrada a la circulación.
—Un verdadero estado de sitio —comentó con sarcasmo Lupin—. Weber, distribuirás de parte mía un luis a cada uno de esos pobres tipos a quienes has molestado sin necesidad alguna. De todos modos, qué miedo tenéis. Un poco más y me habríais puesto las esposas.
—Yo no esperaba más que cumplir tus deseos —respondió Weber.
—Al diablo, amigo mío. Hay que igualar la partida entre nosotros. Piensa que hoy no eres más que un trescientos.
Con las manos encadenadas, bajó del coche celular delante del pórtico de la residencia y seguidamente lo condujeron a una estancia donde se encontraba el señor Formerie. Los agentes salieron. Se quedó solamente el señor Weber.
—Perdóneme, señor juez de instrucción. He llegado quizá con uno o dos minutos de retraso. Pero tenga la seguridad de que la próxima vez ya me las arreglaré...
El señor Formerie estaba lívido. Se sentía agitado por un temblor nervioso y tartamudeó:
—Señor, la señora Formerie...
Tuvo que interrumpirse, falto de aliento.
—¿Cómo está la señora Formerie? —preguntó Lupin con interés—. Tuve el honor de bailar con ella este invierno, en el baile celebrado en el Ayuntamiento, y ese recuerdo...
—Señor —prosiguió el juez de instrucción—, la señora Formerie recibió de su madre anoche una llamada telefónica pidiéndole que fuese a visitarla inmediatamente. La señora Formerie se dirigió allá con toda urgencia, sin que desgraciadamente yo la acompañara, pues me hallaba estudiando el expediente de usted.
—Entonces, ¿estudia mi expediente? ¡Qué tontería! —observó Lupin.
—Pero a medianoche —continuó el juez—, al ver que la señora Formerie no regresaba, me sentí inquieto y acudí presuroso a casa de su madre; la señora Formerie no se encontraba allí y comprobé que su madre no le había telefoneado. No se trataba sino de la más abominable de las emboscadas. Y a estas horas, la señora Formerie todavía no ha regresado.
—¡Ah! —exclamó Lupin con indignación. Y luego de haber reflexionado, agregó—: Por lo que yo puedo recordar, la señora Formerie es una mujer muy hermosa, ¿no es así?
El juez pareció no comprender. Se adelantó hacia Lupin, y con voz llena de ansiedad y una actitud un tanto teatral le dijo:
—Señor, esta mañana fui advertido por medio de una carta de que mi esposa me sería devuelta inmediatamente después de que el señor Steinweg hubiera sido descubierto. He aquí la carta. Está firmada por Lupin. ¿Es de usted esta carta?
Lupin examinó la carta, y dijo gravemente:
—Sí, es mía.
—Eso quiere decir que usted pretende obtener de mí, por medio de una imposición, el que lleve a cabo investigaciones relativas al señor Steinweg.
—Yo lo exijo.
—Y quiere decir también que mi esposa quedará libre, inmediatamente después.
—Quedará libre.
—¿Incluso en el caso de que esas investigaciones resultaran infructuosas?
—Ese caso no es ni siquiera admisible.
—¿Y si yo me niego? —exclamó el señor Formerie en un imprevisto rasgo de rebeldía.
Lupin murmuró:
—Una negativa podría tener graves consecuencias... La señora Formerie es hermosa...
—Sea. Busque... Usted es el amo —gruñó el señor Formerie.
El juez de instrucción se cruzó de brazos, en la actitud de un hombre que en tales circunstancias sabe resignarse ante la fuerza superior de los acontecimientos.
El señor Weber no había pronunciado palabra. Se mordía con rabia el bigote y se presentía la cólera que debía experimentar al ceder una vez más a los caprichos de aquel enemigo que parecía vencido, pero resultaba siempre victorioso.
—Subamos —dijo Lupin.
Subieron.
—Abran la puerta de esta habitación.
La abrieron.
—Que me quiten las esposas.
Hubo un momento de duda. El señor Formerie y el señor Weber se consultaron con la mirada.
—Que me quiten las esposas— repitió Lupin.
—Yo respondo de todo —aseguró el subjefe.
Y haciendo señas a los ocho hombres que le acompañaban: —Arma en mano. A la primera orden, fuego.
Los hombres sacaron sus revólveres.
—Abajo las armas —ordenó Lupin—. Y las manos en los bolsillos.
Ante la indecisión de los agentes, declaró con energía:
—Juro por mi honor que estoy aquí para salvar la vida de un hombre que agoniza y que no intentaré fugarme.
—El honor de Lupin... —murmuró con ironía uno de los agentes.
Una patada en seco en una pierna hizo que el agente lanzara un aullido de dolor. Todos los demás agentes hicieron ademán de saltar sobre Lupin, sacudidos por el odio.
—¡Alto! —gritó el señor Weber, interponiéndose—. Anda, Lupin... Te concedo una hora... Si dentro de una hora...
—No quiero que me pongan condiciones —replicó Lupin, irascible.
—Bueno. Haz como gustes, animal —gruñó el subjefe, exasperado.
Y retrocedió, llevándose a sus hombres con él.
—Maravilloso —dijo Lupin—. Así se puede trabajar tranquilamente.
Se sentó en una cómoda butaca, pidió un cigarrillo, lo encendió y se puso a lanzar al techo anillos de humo, mientras los otros esperaban con una curiosidad que ni siquiera trataban de disimular.
Al cabo de un instante dijo:
—Weber, haz que aparten la cama.
La cama fue apartada.
—Y ahora que quiten todas las cortinas de esta alcoba.
Quitaron las cortinas.
Se produjo un largo silencio. Se hubiera dicho que se estaba desarrollando uno de esos experimentos de hipnotismo a los que se asiste con una ironía mezclada de angustia, con el miedo oscuro a las cosas misteriosas que puedan producirse. Quizá iban a asistir a la aparición de un moribundo surgiendo del espacio, traído allí por el poder de sortilegio irresistible de un mago. Quizá iban a ver...
—Ya está —dijo Lupin.
—¡Cómo, ya! —exclamó el señor Formerie.
—¿Cree usted, entonces, señor juez de instrucción, que yo no pienso en nada allá en mi celda y que me hice conducir aquí sin tener ya algunas ideas precisas sobre la cuestión?
—¿Y entonces? —dijo el señor Weber.
—Manda a uno de tus hombres al tablero de los timbres eléctricos. Debe estar colocado por el lado de las cocinas.
Uno de los agentes se alejó.
—Y ahora apoya el dedo sobre el botón del timbre que se encuentra aquí, en la alcoba, a la altura de la cama... Muy bien... Aprieta más fuerte... No lo quites... Ya basta, así... Y ahora vuelve a llamar al individuo que mandaste abajo.
Un minuto después volvió a subir el agente.
—Muy bien, artista. ¿Has oído el timbre?
—No.
—¿Se ha desprendido del tablero uno de los números?
—No.
—Perfecto. No me había equivocado —dijo Lupin—. Weber, ten la bondad de desatornillar este timbre, que, cual tú ves, es falso... Eso... Comienza por hacer girar la campanita de porcelana que rodea al botón... Perfecto... Y ahora, ¿qué es lo que ves?
—Una especie de auricular —replicó el señor Weber—. Se diría que es la extremidad de un tubo.
—Inclínate... Aplica tu boca a ese tubo, como si fuera un portavoz.
—Ya está.
—Y ahora llama... Llama: «¡Steinweg!... ¡Hola, Steinweg!» No hay necesidad de gritar... Basta con hablar... ¿Qué?
—Nadie responde.
—¿Estás seguro? Escucha... ¿Nadie responde?
—No.
—Tanto peor. Entonces es que está muerto... O bien incapacitado para responder.
El señor Formerie exclamó:
—En ese caso, todo está perdido.
—Nada está perdido —respondió Lupin—. Pero llevará más tiempo. Este tubo tiene dos extremidades, como todos los tubos; se trata, pues, de seguir su trayectoria hasta la otra extremidad.
—Entonces será preciso derribar toda la casa.
—De ninguna manera..., de ninguna manera... Ustedes van a ver...
Se puso él mismo a la tarea, rodeado de todos los agentes, los cuales, en realidad, pensaban más bien en observar lo que él hacía que en vigilarle.
Pasó a la habitación contigua, e inmediatamente, tal como lo había previsto, descubrió un tubo de plomo que sobresalía de una esquina y que subía hacia el techo, como si se tratase de un tubo conductor de agua.
—¡Ah, ah! —dijo Lupin—. Esto sube... Es ingenioso... Porque, generalmente, donde se busca es en los sótanos...
El hilo estaba descubierto y no había más que dejarse guiar por aquél. Así llegaron al segundo piso, luego al tercero, y finalmente a las buhardillas. Así descubrieron que el techo de una de las buhardillas estaba resquebrajado y que el tubo pasaba hacia un desván muy bajo, y éste, a su vez, presentaba un agujero de salida en la parte superior. Pero por encima estaba el tejado.
Colocaron una escala y atravesaron un tragaluz. El techo estaba formado por planchas de hierro laminado.
—Pero ¿acaso no ve usted que esta pista que seguimos es mala? —declaró el señor Formerie. Lupin se encogió de hombros.
—No, en absoluto.
—No obstante, puesto que el tubo desemboca debajo de las planchas de hierro laminado...
—Eso prueba, sencillamente, que entre esas planchas y la parte superior del desván existe un espacio libre en el cual nosotros encontraremos... lo que buscamos. —Imposible.
—Vamos a verlo. Que levanten las planchas... No, ahí no... Es aquí donde el tubo debe desembocar.
Tres agentes ejecutaron la orden. Uno de ellos lanzó una exclamación:
—¡Ah, ya estamos!
Se inclinaron. Lupin tenía razón. Debajo de las planchas, que estaban sostenidas por un entretejido de barras de madera medio podridas, había un espacio vacío, de una altura de un metro, a lo sumo, en su punto más elevado.
El primer agente que bajó rompió con su peso el tablado y cayó dentro del desván.
Fue preciso continuar operando sobre el tejado con precaución, al propio tiempo que levantaban las planchas metálicas.
Un poco más lejos había una chimenea. Lupin, que iba en cabeza y que vigilaba el trabajo de los agentes, se detuvo, y dijo: —Aquí está.
Un hombre —más bien un cadáver— yacía, conforme pudieron ver a la luz resplandeciente del día, con el rostro lívido y convulsionado de dolor. Estaba amarrado con cadenas a unas anillas de hierro sujetas al cuerpo de la chimenea. Cerca de él había dos cuencos.
—Está muerto —dijo el juez de instrucción.
—¿Qué sabe usted? —replicó Lupin.
Se dejó deslizar y con el pie tanteó el piso, que en este lugar le parecía más sólido, y se aproximó al cadáver.
El señor Formerie y el subjefe siguieron su ejemplo. Después de examinarle un instante, Lupin manifestó: —Todavía respira.
—Sí —dijo el señor Formerie—. El corazón late débilmente, pero late. ¿Cree usted que aún es posible salvarle?
—Evidentemente, puesto que no está muerto... —declaró Lupin con gran seguridad. Y ordenó—: Leche, inmediatamente. Leche mezclada con agua de Vichy. Rápidamente. Y yo respondo de todo.
Veinte minutos más tarde, el viejo Steinweg abrió los ojos.
Lupin, que estaba arrodillado cerca de él, murmuró lentamente, pero con claridad, a fin de grabar sus palabras en el cerebro del enfermo:
—Escucha, Steinweg. No reveles a nadie el secreto de Pedro Leduc. Yo, Arsenio Lupin, te lo compro al precio que tú quieras. Déjame hacer a mí.
El juez de instrucción tomó a Lupin por el brazo, y en tono grave le dijo:
—¿Y la señora Formerie?
—La señora Formerie está libre. Le espera a usted con impaciencia.
—¿Cómo es eso?
—Vamos, señor juez de instrucción; yo sabía perfectamente de antemano que usted daría su consentimiento a la pequeña expedición que yo le proponía. No cabía pensar en una negativa por parte de usted...
—¿Por qué?
—Porque la señora Formerie es demasiado bonita.
CAPÍTULO DOS. UNA PÁGINA DE LA HISTORIA MODERNA


I

Lupin lanzó violentamente sus dos puños, derecho e izquierdo, hacia adelante, y luego los hizo retroceder hasta su pecho, para volver a lanzarlos de nuevo a vanguardia y al pecho otra vez.
Este movimiento, que ejecutó treinta veces seguidas, fue seguido después por una flexión del busto hacia adelante y hacia atrás, y a continuación realizó un ejercicio que consistía en elevar alternativamente las piernas, y por último ejecutó un molinete alternativo con los brazos.
Todo esto duró un cuarto de hora; el cuarto de hora que consagraba cada mañana a desentumecer sus músculos, mediante ejercicios de gimnasia sueca.
Seguidamente se instaló frente a su mesa, tomó unas hojas de papel blanco que estaban dispuestas en paquetes numerados, y, doblando una de ellas, hizo un sobre, tarea que repitió de nuevo con una serie de hojas sucesivas.
Se trataba de la tarea que había aceptado y a la que se entregaba todos los días en virtud de que los detenidos en la prisión tenían derecho a escoger la clase de trabajo que les agradase: pegar sobres, confeccionar abanicos de papel, hacer bolsas de metal, etc.
De este modo, al propio tiempo que ocupaba sus manos en un ejercicio maquinal y que distendía sus músculos por medio de flexiones mecánicas, Lupin no dejaba de meditar en sus asuntos.
Escuchó el crujido de los cerrojos y el ruido de la cerradura... —¡Ah, es usted, mi excelente carcelero! ¿Se trata, acaso, del aseo supremo, del corte de pelo que precede al gran corte final de la guillotina?
—No —dijo el hombre.
—¿Se trata, entonces, de la instrucción del sumario? ¿El paseo al Palacio de Justicia? Me sorprende, pues el bueno del señor Formerie me advirtió últimamente que de ahora en adelante, y por prudencia, me interrogaría en mi propia celda... Lo que, confieso, obstaculiza mis planes.
—Es una visita para usted —dijo el hombre con tono lacónico.
«Ya está», pensó Lupin.
Y luego, dirigiéndose al locutorio, se dijo:
«Maldita sea. Si se trata de quien yo creo, soy un tipo magistral. En cuatro días, y desde el fondo de mi calabozo, haber puesto en marcha todo este asunto, constituye un golpe maestro.»
Provistos de un permiso en toda regla, firmado por el director de la primera división de la Prefectura de Policía, los visitantes son introducidos en las estrechas celdas que sirven de locutorio. Estas celdas, cortadas en medio por dos enrejados, dejan entre éstos un espacio vacío de cincuenta centímetros y tienen dos puertas que dan a dos pasillos diferentes. El detenido entra por una puerta y el visitante por otra. No pueden, por tanto, ni tocarse, ni hablar en voz baja, ni realizar entre ellos el mínimo intercambio de objetos. Además, en ciertos casos, puede asistir un guardia a la entrevista.
En el presente caso fue el jefe de los carceleros quien tuvo ese honor.
—¿Quién diablos ha tenido autorización para visitarme? —exclamó Lupin al entrar—. Porque, en realidad, no es éste el día en que recibo visitas.
Mientras el carcelero cerraba la puerta, se acercó al enrejado y examinó a la persona que se encontraba detrás de la otra reja y cuyos rasgos se distinguían sólo confusamente en la semioscuridad.
—¡Ah! —exclamó con alegría—. Es usted, señor Stripani. ¡Qué feliz casualidad!
—Sí, soy yo, mi querido príncipe.
—No, nada de títulos, se lo suplico, querido señor. Aquí he renunciado a esos rasgos de la vanidad humana. Llámeme usted Lupin, que se ajusta más a esta situación.
—Bien quisiera, pero ha sido al príncipe Semine a quien yo conocí, y es el príncipe Semine quien me ha salvado de la miseria y me ha otorgado la felicidad y la fortuna, y usted debe comprender que para mí usted continuará siendo siempre el príncipe Semine.
—Al grano, señor Stripani..., al grano. Los momentos del jefe de los carceleros son preciosos y no tenemos derecho a abusar de él. En una palabra, ¿qué es lo que le trae a usted aquí?
—¿Lo que me trae aquí? ¡Oh, Dios mío, es muy sencillo! Me ha parecido que usted se sentiría descontento de mí si me dirigiera a otra persona que no fuese usted para completar la obra que usted comenzó. Y además, sólo usted ha tenido en sus manos los elementos que le han permitido el reconstruir, en esta época, la verdad y prestar su concurso a mi salvación. Por consiguiente, sólo usted está en condiciones de hacer frente al nuevo golpe que me amenaza. Es lo que el señor prefecto de Policía ha comprendido cuando le he expuesto la situación...
—En efecto, me sorprende que usted haya sido autorizado...
—La negativa era imposible, mi querido príncipe. La intervención de usted es necesaria en un asunto en el cual tantos intereses están en juego, y esos intereses no son solamente míos, sino que además atañen a personajes situados en altas posiciones y que usted conoce...
Lupin observaba al carcelero con el rabillo del ojo. Aquél escuchaba con viva atención, con el busto inclinado y ansioso de sorprender el significado secreto de las palabras cambiadas entre Lupin y su visitante.
—¿De modo que...?—preguntó Lupin.
—De modo que, mi querido príncipe, le suplico que reúna todos sus recuerdos respecto a ese documento impreso, redactado en cuatro idiomas, y cuyo comienzo, cuando menos, guardaba relación...
Un puñetazo en la mandíbula, un poco por debajo de la oreja..., y el jefe de los carceleros se tambaleó durante unos segundos, y después, como una masa, sin un gemido, cayó en los brazos de Lupin.
—Un buen golpe, Lupin —dijo éste—. Es una tarea limpiamente «ejecutada». Escuche, Steinweg. ¿Tiene usted ahí cloroformo?
—¿Está seguro de que se ha desvanecido?
—Vaya si lo estoy. Tiene para tres o cuatro minutos... Pero eso no bastará.
El alemán sacó de su bolsillo un tubo de cobre que estiró, alargándolo como si se tratara de un catalejo y en el extremo del cual se hallaba fijado un minúsculo frasco.
Lupin tomó el frasco, vertió algunas gotas sobre el pañuelo y aplicó éste sobre la nariz del jefe de los carceleros.
—Magnífico... El buen hombre ya tiene lo que necesita... Esto me costará ocho o quince días de calabozo... Pero... son pequeños gajes del oficio.
—¿Y yo?
—¿Y tú? ¿Qué quieres que te haga yo?
—¡Caray! El puñetazo...
—Tú no tienes que ver nada con eso.
—¿Y la autorización para visitarte? Se trata de una falsa autorización.
—Tampoco tienes que ver nada con eso.
—Pero me aproveché de ella.
—Perdóname. Tú presentaste anteayer una solicitud ordinaria a nombre de Stripani. Esta mañana recibiste una respuesta oficial. El resto no te concierne. Han sido exclusivamente mis amigos quienes confeccionaron la respuesta y son sólo ellos quienes tienen motivos para inquietarse. Vete a ver si vienen.
—¿Y si nos interrumpen?
—¿Por qué?
—Aquí se respiraba un aire sofocante de desconfianza cuando presenté mi autorización para ver a Lupin. El director me llamó a su presencia y la examinó con toda minuciosidad. No dudo que hayan telefoneado a la Prefectura de Policía.
—De eso estoy seguro.
—¿Y entonces?
—Todo está previsto, amigo mío. No te amargues con la preocupación y charlemos. Me supongo que si has venido aquí es porque ya sabes de lo que se trata.
—Sí. Tus amigos me lo han explicado...
—¿Y tú aceptas?
—El hombre que me salvó de la muerte, puede disponer de mí como quiera. Por muchos que sean los servicios que yo pueda prestarle, continuaré siendo siempre deudor suyo.
—Antes de entregar tu secreto, debes reflexionar en la situación en que yo me encuentro... Soy un prisionero reducido a la impotencia...
Steinweg se echó a reír, y replicó:
—No, te lo ruego, no bromeemos. Yo había entregado mi secreto a Kesselbach porque era rico y porque él podía, mejor que nadie, sacarle partido; pero aunque estés preso y reducido a la impotencia, te considero cien veces más poderoso de lo que era Kesselbach con sus cien millones.
—¡Oh, oh!
—Y tú lo sabes bien. Cien millones no hubieran bastado para destruir el agujero donde yo agonizaba, ni tampoco para conseguir traerme aquí y permanecer durante una hora frente al prisionero impotente que eres tú. Se precisa poseer otra cosa. Y esa otra cosa tú la posees.
—En ese caso, habla. Y procedamos por orden. Dime el nombre del asesino.
—Eso es imposible.
—¿Cómo imposible? Puesto que tú lo sabes, debes revelármelo todo.
—Todo, pero no eso.
—Sin embargo...
—Más tarde.
—Estás loco. Pero ¿por qué?
—Porque no tengo pruebas. Más tarde, cuando ya estés libre, investigaremos juntos. Por lo demás, ¿de qué sirve? Y, verdaderamente, no puedo hacerlo.
—¿Tienes miedo de él?
—Sí.
—Sea —dijo Lupin—. Después de todo, eso no es lo más urgente. Y en cuanto al resto, ¿estás resuelto a hablar?
—Sí, respecto a todo.
—Pues bien, responde: ¿cómo se llama Pedro Leduc?
—Hermann Cuarto, gran duque de Deux-Ponts-Veldenz, príncipe de Berncastel, conde de Fistingen, señor de Wiesbaden y de otros lugares.
Lupin experimentó un estremecimiento de alegría al enterarse de que, ciertamente, su protegido no era el hijo de un salchichero.
—¡Diablos! —murmuró Lupin—. Tenemos un título... Según me parece saber, el gran ducado de Deux-Ponts-Veldenz está en Prusia.
—Sí, en la región del Moselle. La casa de Veldenz es una rama de la casa de Palatine de Deux-Ponts. El gran ducado fue ocupado por los franceses después de la paz de Lunéville, y formó parte del departamento de Mont-Tonnerre. En mil ochocientos catorce fue reconstituido en beneficio de Hermann Primero, bisabuelo de nuestro Pedro Leduc. El hijo, Hermann Segundo, tuvo una juventud tempestuosa, se arruinó, dilapidó las finanzas de su país, se hizo insoportable a sus súbditos, y éstos acabaron por quemar en parte el antiguo castillo de Veldenz y por expulsar de allí y de sus dominios al propietario. El gran ducado pasó entonces a ser administrado y gobernado por tres regentes, en nombre de Hermann Segundo, quien, anomalía bastante curiosa, no abdicó y conservó su título de gran duque reinante. Vivió bastante pobre en Berlín, y más tarde hizo la campaña de Francia al lado de Bismarck, de quien era amigo; fue víctima de la explosión de un obús en el sitio de París, y al morir le confió a Bismarck su hijo Hermann... Hermann Tercero.
—Por consiguiente, éste es el padre de nuestro Leduc —interrumpió Lupin.
—Sí. Hermann Tercero se conquistó el afecto del canciller, quien en diversas ocasiones le utilizó como enviado secreto ante personalidades extranjeras. A la caída de su protector, Hermann Tercero abandonó Berlín, viajó por el mundo y luego regresó para establecerse en Dresde. Cuando Bismarck murió, Hermann Tercero estaba allí. Pero también él murió dos años más tarde. Esos son los hechos públicos y conocidos de todos en Alemania. Esa es la historia de los tres Hermann, grandes duques de Deux-Ponts-Veldenz, en el siglo diecinueve.
—Pero ¿y el cuarto... Hermann Cuarto, este de quien nos ocupamos?
—Ya hablaremos de él dentro de unos momentos. Pasemos ahora a los hechos ignorados.
—Y que solamente tú conoces —dijo Lupin.
—Que sólo yo conozco, no, pues también los conocen otros.
—¿Cómo es eso, que los conocen otros? Entonces, ¿el secreto no fue guardado?
—Sí, sí, el secreto está bien guardado por aquellos que lo poseen. No temas, te respondo que ésos tiene el mayor interés en no divulgarlo.
—Entonces, ¿cómo es que lo sabes tú?
—Por un antiguo doméstico y secretario íntimo del gran duque Hermann, el último de ese nombre. Ese doméstico, que murió en mis brazos en El Cabo, me confió primeramente que su amo se había casado en forma clandestina y había dejado un hijo. Y luego me entregó el famoso secreto.
—¿El mismo secreto que tú le revelaste más tarde a Kesselbach?
—Sí.
—Habla, entonces.
En el último instante en que Lupin pronunciaba esa última palabra, se escuchó el ruido de una llave en la cerradura.

II

—Ni una palabra —murmuró Lupin.
Trató de ocultarse arrimándose contra la pared, junto a la puerta. Ésta se abrió. Lupin la volvió a cerrar violentamente, sacudiendo a un hombre que acababa de entrar..., un carcelero, que lanzó un grito. Lupin le agarró de la garganta —¡Cállate, amigo mío! Si protestas, estás perdido. Le tendió sobre el suelo.
—¿Vas a portarte bien?... ¿Comprendes tu situación? ¿Sí? Perfecto... ¿Dónde tienes el pañuelo? A ver tus puños ahora... Bueno, ya estoy tranquilo. Escucha... Te mandaron aquí por precaución, ¿verdad?, para ayudar al jefe de los carceleros en caso de necesidad. Excelente medida, pero un poco tardía. Ya ves, el jefe de los carceleros está muerto... Si te mueves, si gritas, te pasará lo mismo.
Tomó las llaves de aquel hombre e introdujo una de ellas en la cerradura.
—Así ya estamos tranquilos.
—Estás tranquilo tú..., pero ¿y yo? —observó el viejo Steinweg.
—¿Por qué habrán de venir?
—¿Y si han oído el grito que él lanzó?
—No lo creo. Pero, en todo caso, mis amigos, ¿no te entregaron las llaves falsas?
—Sí.
—Entonces tapona con ellas la cerradura... ¿Ya está? Bueno, ahora, cuando menos, disponemos de diez minutos magníficos. Ya ves, querido amigo, cómo las cosas en apariencia más difíciles resultan simples en la realidad. Basta con un poco de sangre fría y saber adaptarse a las circunstancias. Vamos, no te emociones y habla. Habla en alemán, ¿quieres? No conviene que ese tipo participe de los secretos de Estado que nosotros tratamos. Anda, amigo mío, y habla con tranquilidad, pues estamos como en nuestra propia casa. Steinweg prosiguió.
—La misma noche de la muerte de Bismarck, el gran duque Hermann Tercero y su fiel doméstico, mi amigo el de El Cabo, subieron a un tren que los condujo a Munich..., justamente a tiempo de tomar el rápido de Viena. De Viena marcharon a Constantinopla, luego al Cairo, después a Nápoles, seguidamente a Túnez, luego a España, después a París, y continuaron a Londres, a San Petersburgo, a Varsovia...; pero no se detuvieron en ninguna de esas ciudades. Saltaban al interior de un coche, hacían cargar en él sus dos maletas, galopaban a lo largo de las calles, se dirigían a la próxima estación o cercano embarcadero y volvían a tomar otro tren o un barco.
—En suma, que sabían que eran seguidos y trataban de despistar a sus seguidores —concluyó Arsenio Lupin.
—Una tarde salieron de la ciudad de Tréves, vestidos con blusas y gorros de obreros, con un bastón al hombro y en la punta de aquél colgado un hatillo. Recorrieron a pie los treinta y cinco kilómetros que los separaban de Deux-Veldenz, donde se encuentra el viejo castillo de Deux-Ponts, o, más bien, las ruinas del mismo.
—Nada de descripciones.
—Durante todo el día permanecieron escondidos en un bosque vecino. Por la noche se acercaron a las viejas murallas. Allí, Hermann ordenó a su doméstico que le esperase y escaló el muro, por el lugar donde había una brecha llamada la Brecha del Lobo. Regresó una hora más tarde. A la semana siguiente, después de nuevas peregrinaciones, regresó a su casa de Tréves. La expedición había acabado.
—¿Y el objeto de esa expedición?
—El gran duque no le confió ni una sola palabra sobre ello a su doméstico. Pero éste, por ciertos detalles, y por la coincidencia de algunos hechos que luego se produjeron, pudo reconstruir la verdad, cuando menos en parte.
—Rápido, Steinweg; el tiempo apremia ahora, y estoy ávido de saber detalles.
—Quince días después de la expedición, el conde Waldemar, oficial de la guardia del emperador y uno de sus amigos personales, se presentó en casa del gran duque acompañado de seis hombres. Permaneció allí todo el día, encerrado con el gran duque en el despacho de éste. En varias ocasiones se escucharon ruidos de altercado y de violentas disputas. Incluso el doméstico, que pasaba por el jardín, escuchó esta frase: «Esos papeles le fueron entregados a usted. Su majestad está seguro de ello. Si usted no quiere entregármelos por su propia voluntad...» El resto de la frase, el sentido de la amenaza, y, en suma, de toda la escena, se adivina fácilmente por lo que ocurrió después: la casa de Hermann fue visitada y registrada por el conde y sus hombres desde los cimientos hasta el techo.
—Pero eso era ilegal.
—Hubiera sido ilegal si el gran duque se hubiera opuesto a ello, pero él mismo acompañó al conde en sus pesquisas.
—¿Y qué es lo que buscaba? ¿Las memorias del canciller?
—Algo más importante que eso. Buscaba un legajo de papeles secreto cuya existencia conocía por ciertas indiscreciones cometidas, y los cuales se sabía de manera segura que habían sido confiados al gran duque Hermann.
Lupin tenía apoyados sus codos contra la reja y sus dedos se crispaban contra las mallas de hierro. Con voz emocionada murmuró:
—Unos documentos secretos... Y sin duda muy importantes.
—De la mayor importancia. La publicación de esos papeles tendría consecuencias que no cabe prever, no sólo desde el punto de vista de la política interior, sino también desde el punto de vista de las relaciones exteriores.
—¡Oh! —exclamó Lupin, sorprendido—. ¿Es posible? ¿Qué pruebas tienes tú?
—¿Qué pruebas? El propio testimonio de la esposa del gran duque..., las confidencias que ella le hizo al doméstico después de la muerte de su marido.
—En efecto..., en efecto —balbució Lupin—. Es el propio testimonio del gran duque lo que nosotros tenemos.
—Mejor que eso todavía —exclamó Steinweg.
—¿Qué?
—Un documento. Un documento escrito de su puño y letra, y firmado por él, que contiene...
—¿Qué contiene?
—La lista de documentos secretos que le fueron confiados.
—Dime de qué se trata en breves palabras...
—No, sería imposible. El documento es largo y está entremezclado de anotaciones y de observaciones a veces incomprensibles. Voy a citarle a usted solamente dos títulos que corresponden a dos fajos de papeles secretos: Cartas originales del Kronprinz a Bismarck. Las fechas muestran que esas cartas fueron escritas durante los tres meses de reinado de Federico Tercero. Para imaginar lo que pueden contener esas cartas, recuerde usted la enfermedad de Federico Tercero, sus conflictos y luchas con sus hijos...
—Sí... Sí... ya sé... ¿Y el otro título?
—Fotografías de las cartas de Federico Tercero y de la emperatriz Victoria a la reina Victoria de Inglaterra.
—¿Contienen eso?... ¿Contienen eso?... —exclamó Lupin con voz ahogada.
—Escuche las anotaciones escritas por el gran duque: Texto del tratado con Inglaterra y Francia. Y estas palabras un tanto oscuras: Alsacia-Lorena... Colonia... Limitación naval...
—¿Contienen eso? —murmuró Lupin—. ¿Y tú dices que es oscuro? Por el contrario, son palabras resplandecientes de claras... ¡Ah!, cómo es posible...
Se oyó ruido en la puerta. Alguien llamó golpeando en ella.
—Que nadie entre —dijo Lupin—. Estoy ocupado.
Llamaron también en la otra puerta, por el lado de Steinweg.
Lupin gritó:
—Un poco de paciencia; habré terminado dentro de cinco minutos.
Y luego le dijo al anciano con tono imperioso:
—Estáte tranquilo y prosigue... ¿Entonces, según tú, la expedición del gran duque y de su doméstico al castillo de Veldenz no tenía otro objeto que el ocultar esos documentos?
—No cabe la menor duda.
—Sea. Pero el gran duque pudo muy bien retirarlos de allí después.
—No, porque no volvió a abandonar Dresde hasta su muerte.
—Pero los enemigos del gran duque, aquellos que estaban en extremo interesados en recuperar los documentos y anularlos, ¿acaso no pudieron buscar allí dónde se encontraban esos papeles?
—Su investigación los llevó, en efecto, hasta allí.
—Y tú, ¿cómo lo sabes?
—Usted comprenderá perfectamente que yo no permanecí inactivo, y que mi primera preocupación cuando me hicieron esas revelaciones fue el ir a Veldenz e informarme por mí mismo en las aldeas vecinas. Y entonces me enteré que por dos veces el castillo había sido invadido por una docena de hombres llegados de Berlín y que habían sido acreditados ante los regentes.
—¿Y entonces?
—Pues que no encontraron nada, por cuanto después de esa época ya no se ha vuelto a permitir la visita al castillo.
—Pero ¿qué es lo que impide el entrar allí?
—Una guarnición de cincuenta soldados que velan allí día y noche.
—¿Soldados del gran ducado?
—No, soldados destacados allí, pero pertenecientes a la guardia personal del emperador.
Se escucharon voces en el pasillo, y alguien llamó de nuevo a la puerta, dirigiéndose a voces al jefe de los carceleros.
—Está durmiendo, señor director —replicó Lupin, quien reconoció la voz del señor Borély.
—Abra, le ordeno que abra.
—Imposible. La cerradura está obstruida. El único consejo que puedo darle a usted es que haga un corte todo alrededor de esa cerradura.
—Abra.
—Y la suerte de Europa, que nosotros estamos discutiendo, ¿qué hace usted con ella?
Se volvió hacia el anciano y añadió: —De modo que tú no pudiste entrar en el castillo.
—No.
—Pero tú estás persuadido de que los famosos documentos están ocultos allí.
—¡Caramba!, ¿no le he dado a usted ya todas las pruebas? ¿No está convencido?
—Sí, sí —murmuró Lupin—. Es allí donde están ocultos... No hay duda de ello... Es allí donde están ocultos.
Le parecía ver el castillo y evocar el misterioso escondite. La visión de un tesoro inagotable, la evocación de cofres repletos de piedras preciosas y de riquezas no le hubiera emocionado más que la imagen de aquellos pedazos de papel sobre los cuales velaba la guardia del kaiser. ¡Qué maravillosa conquista a emprender! ¡Y cuan digna de él! Y en qué forma, una vez más, había dado pruebas de clarividencia y de intuición, al lanzarse al azar sobre aquella pista desconocida.
Afuera estaban trabajando en la cerradura. Le preguntó al viejo Steinweg: —¿De qué murió el gran duque?
—De una pleuresía, en unos días. Apenas pudo recobrar el conocimiento, y lo más horrible es que, al parecer, hacía esfuerzos inusitados entre dos accesos de delirio para reunir sus ideas y pronunciar unas palabras. De cuando en cuando llamaba a su esposa, la miraba con aire desesperado y movía en vano sus labios.
—En una palabra, ¿habló? —dijo bruscamente Lupin, a quien el trabajo que estaban haciendo afuera, en torno a la cerradura, comenzaba a inquietarle.
—No, no habló. Pero en un momento que tuvo de lucidez, a fuerza de energía, consiguió trazar unos signos sobre una hoja de papel que sostenía su esposa.
—Bueno, ¿y esos signos?
—Resultaron indescifrables en su mayor parte.
—Sí, la mayor parte..., pero ¿y los otros? —preguntó Lupin con avidez—. ¿Y los otros?
—Hay, en primer lugar, tres cifras que se distinguen perfectamente: un ocho, un uno y un tres...
—Ochocientos trece... Sí, ya sé... ¿Y después?
—Después, unas letras..., unas letras, de las cuales no es posible reconstruir con toda seguridad más que un grupo de tres, e inmediatamente después otro grupo de dos letras.
—Apoon, ¿no es así?
—¡Ah!, ¿usted lo sabe?
La cerradura cedía, una vez que casi todos los tornillos de ella habían sido quitados. Lupin, sintiéndose de pronto ansioso ante la idea de verse interrumpido, preguntó:
—¿De modo que esa palabra incompleta Apoon y esa cifra ochocientos trece son la fórmula que el gran duque le legó a su esposa y a su hijo, para permitirles que encontraran los papeles secretos?
—Sí.
Lupin se agarró con las dos manos a la cerradura para impedir que ésta cayese.
—Señor director, va usted a despertar al jefe de los carceleros. Y eso no está bien. Espere unos momentos, ¿quiere usted? Steinweg, ¿qué le ocurrió a la esposa del gran duque?
—Murió poco después que su marido, puede decirse que víctima de la pena.
—¿Y el hijo fue recogido por la familia?
—¿Qué familia? El gran duque no tenía ni hermanos ni hermanas. Además, sólo estaba casado en forma morganática y en secreto. No, el hijo fue llevado por el viejo servidor de Hermann, quien le educó bajo el nombre de Pedro Leduc. Era un chico bastante malo, independiente, fantasioso, de modo que resultaba difícil vivir con él. Un día se marchó. Y no se ha vuelto a saber de él.
—¿Conocía el secreto de su nacimiento?
—Sí, le fue mostrada la hoja de papel sobre la cual Hermann había escrito las letras y las cifras ochocientos trece, etcétera.
—Y después, ¿esa misma revelación no le fue hecha a nadie más que a ti?
—No.
—¿Y tú no se la confiaste a nadie más que al señor Kesselbach?
—Sólo a él. Pero, por prudencia, a pesar de que le enseñé la hoja con los signos y las letras, así como la lista de que le he hablado a usted, guardé esos documentos. Los acontecimientos han demostrado que yo tenía razón.
—¿Y esos documentos los tienes tú?
—Sí.
—¿Y están guardados en lugar seguro?
—Por completo.
—¿En París?
—No.
—Tanto mejor. No olvides que tu vida está en peligro y que te persiguen.
—Ya lo sé. Al menor paso en falso, estoy perdido.
—Exactamente. Por tanto, toma precauciones, despista al enemigo, vete a buscar tus papeles y espera mis instrucciones. Este asunto ya lo tenemos en el bolsillo. De aquí a un mes, a más tardar, iremos a visitar juntos el castillo de Veldenz.
—¿Y si yo estoy en la cárcel?
—Haré que salgas de ella.
—¿Eso es posible?
—La mañana del mismo día que yo salga. No, me equivoco, será en la misma tarde..., una hora después.
—Entonces, ¿usted tiene algún medio de hacerlo?
—Sí, diez minutos después, no puede fallar. ¿No tienes más que decir?
—No.
—Entonces, voy a abrir.
Dio un tirón a la puerta, e inclinándose ante el señor Borély, dijo:
—Señor director, no sé cómo disculparme...
No acabó la frase. La irrupción del director, acompañado de tres hombres, no le dio tiempo para ello.
El señor Borély estaba pálido de rabia y de indignación. Le sublevó la vista de los dos guardias tendidos en el suelo.
—¡Muertos! —exclamó.
—No, no —dijo Lupin con ironía—. Mire, aquél se mueve. ¡Habla, animal!
—Pero ¿y el otro? —preguntó el señor Borély, precipitándose sobre el jefe de los carceleros.
—Está solamente dormido, señor director. Se sentía muy cansado y entonces le concedí unos momentos de reposo. Intercedo en su favor. Me sentiría desolado si este pobre hombre...
—Basta de bromas —interrumpió el señor Borély con violencia.
—Y luego, dirigiéndose a los hombres que le acompañaban, añadió:
—Que le lleven a su celda... como primera medida. En cuanto a este visitante...
Lupin no logró saber más sobre las intenciones del señor Borély en relación con el viejo Steinweg. Pero para él, ésta era una cuestión absolutamente insignificante. Llevaba a su celda solitaria problemas de un interés extraordinario, más importantes que la suerte que pudiera caberle al anciano. Poseía ya el secreto del señor Kesselbach.
CAPÍTULO TRES. LA GRAN COMBINACIÓN DE LUPIN


I

Con gran sorpresa suya, Lupin no fue condenado al calabozo. El señor Borély en persona acudió a decirle, unas horas más tarde, que juzgaba inútil aquel castigo.
—Más que inútil, señor director, es peligroso —le contestó Lupin—. Peligroso, torpe y sedicioso.
—¿En qué? —preguntó el señor Borély, a quien aquel huésped inquietaba decididamente de más en más.
—En esto, señor director. Usted llega hace un momento de la Prefectura de Policía, donde contó a quien corresponde la rebelión del detenido Lupin, y asimismo usted presentó allí el permiso de visita concedido al señor Stripani. La disculpa de usted era muy sencilla, puesto que cuando el señor Stripani le presentó a usted ese permiso, usted tuvo la precaución de telefonear a la Prefectura, en donde le respondieron que tal autorización era completamente válida.
—¡Ah, usted sabe!...
—Lo sé, tanto más cuanto que fue uno de mis agentes quien le respondió a usted en la Prefectura. Inmediatamente, y a petición de usted, se inició una investigación contra quien proceda, y esto descubrió que la autorización no era más que una sencilla falsificación... Ahora se busca quién la realizó..., pero esté usted tranquilo, pues no se descubrirá nada...
El señor Borély sonrió a manera de protesta.
—Entonces —continuó Lupin— se interrogó a mi amigo Stripani, quien no opuso resistencia alguna a confesar que su verdadero nombre es el de Steinweg. ¡Cómo es posible! En ese caso, el detenido Lupin habría conseguido introducir a alguien en la prisión de la Santé y conversar durante una hora con él. ¡Qué escándalo! Más vale callarlo todo, ¿no es así? Entonces se pone en libertad al señor Steinweg y se envía al señor Borély como embajador ante el detenido Lupin, provisto de todas las facultades y poderes para comprar su silencio. ¿No es así, señor director?
—Absolutamente cierto —replicó el señor Borély, quien adoptó la postura de bromear para ocultar así su embarazo—. Se creería que posee usted el don de la doble vista. Entonces, ¿acepta usted nuestras condiciones?
Lupin rompió a reír, y contestó:
—Es decir, que yo me someto a los ruegos de usted. Sí, señor director, tranquilice usted a esos señores de la Prefectura. Yo me callaré. Después de todo, ya cuento con victorias bastantes en mi activo para concederles el favor de mi silencio. No comunicaré nada a la Prensa..., cuando menos, sobre esta cuestión.
Esto significaba reservarse de hacer otras comunicaciones a la Prensa sobre otros sujetos. En efecto, toda la actividad de Lupin iba a converger hacia ese doble fin: comunicarse por correspondencia con sus amigos, y, por medio de ellos, realizar una de esas campañas de Prensa en que él sobresalía tanto.
Por lo demás, desde el momento de su detención, había dado ya las instrucciones necesarias a los dos Doudeville, y calculaba que los preparativos estaban ya a punto de dar resultado.
Todos los días se limitaba concienzudamente a confeccionar los sobres para los cuales todas las mañanas le entregaban los materiales necesarios en paquetes numerados, y que le recogían cada noche doblados y encolados.
Pero la distribución de paquetes numerados se realizaba siempre de la misma manera entre los detenidos que habían escogido esa clase de trabajo, y así, inevitablemente, el paquete que le entregaban a Lupin tenía que llevar cada día el mismo número de orden.
Conforme a la experiencia, el cálculo resultaba justo. No quedaba más que sobornar a uno de los empleados de la empresa particular a la cual estaba confiado el suministro y la expedición de los sobres.
Y eso resultó fácil.
Lupin, seguro del éxito, esperaba, pues, tranquilamente la señal convenida entre sus amigos y él, y que apareció marcada sobre la hoja superior del paquete.
A la vez, el tiempo se deslizaba rápidamente. Hacia el mediodía recibía la visita cotidiana del señor Formerie, y en presencia del abogado Quimbel, testigo taciturno, Lupin sufría un estrecho interrogatorio.
Esa era su gran alegría. Habiendo acabado por convencer al señor Formerie de que no había participado en el asesinato del barón Altenheim, le confesó al juez de instrucción fechorías absolutamente imaginarias, las cuales, puestas en orden inmediatamente por el señor Formerie, desembocaban en resultados vergonzosos y en escandalosos desprecios, en los que el público reconocía el estilo personal de aquel gran maestro de ironía que era Lupin.
Pequeños juegos inocentes, cual él decía. ¿Acaso no era preciso divertirse?
Pero la hora de las otras empresas más serias se aproximaba. Al quinto día, Arsenio Lupin observó, sobre el paquete que le llevaron, la señal convenida, que consistía en una marca hecha con una uña a través de la segunda hoja.
«En fin —se dijo—, ya está.»
Sacó de un escondrijo un frasquito minúsculo, lo destapó, humedeció la extremidad del dedo índice con el líquido que aquél contenía y pasó luego el dedo sobre la hoja del papel.
Al cabo de un momento surgieron unos rasgos imprecisos, luego unas letras, y, finalmente, palabras y frases completas.
Leyó:

«Todo va bien. Steinweg libre. Se oculta en provincias. Genoveva Ernemont goza de buena salud. Acude con frecuencia al hotel Bristol a ver a la señora Kesselbach, que está enferma. Cada vez que lo hace, se entrevista con Pedro Leduc. Responde por el mismo medio. Ningún peligro.»

Así, pues, estaban establecidas las comunicaciones con el exterior. Una vez más, los esfuerzos de Lupin habían sido coronados por el éxito. Ya no quedaba más que ejecutar su plan, hacer realidad las confidencias del viejo Steinweg, y conquistar su libertad por medio de una de las más extraordinarias y geniales combinaciones que hubieran podido germinar en su cerebro.

Y tres días más tarde aparecían publicadas en el Grand Journal estas breves líneas:

«Aparte las memorias de Bismarck, que, según gentes bien informadas, no contienen más que la historia oficial de los acontecimientos en los cuales estuvo mezclado el gran Canciller, existe una serie de cartas confidenciales de considerable interés.
«Estas cartas han sido encontradas. Sabemos de buena fuente que van a ser publicadas inmediatamente.»

Se recordará el ruido que provocó en el mundo entero esta nota enigmática, los comentarios a que dio lugar, las hipótesis emitidas, y, en particular, las polémicas publicadas en la prensa alemana. ¿Quién había inspirado esas líneas? ¿De qué cartas se trataba? ¿Qué personas se las habían escrito al Canciller, o quién las había recibido de él? ¿Acaso se trataba de una venganza póstuma, o bien de una indiscreción cometida por un corresponsal de Bismarck?
Una segunda nota publicada orientó a la opinión sobre ciertos puntos, pero al propio tiempo vino a excitarla aún más de extraña manera.
Esa nota estaba así concebida:

«Palacio de la Santé, celda 14, segunda división.
»Señor director del Grand Journal: Ha insertado usted en su número del martes último una gacetilla redactada de acuerdo con algunas palabras que se me escaparon la otra tarde en el curso de una conferencia que sostuve en la Santé sobre política extranjera. Esa gacetilla, verídica en sus partes esenciales, precisa, sin embargo, una pequeña rectificación. Las cartas existen, efectivamente, y nadie puede discutir la excepcional importancia de las mismas, puesto que desde hace diez años son objeto de una búsqueda ininterrumpida por parte del gobierno interesado en ellas. Pero nadie sabe dónde se encuentran y nadie sabe tampoco una sola palabra de lo que contienen... El público, estoy seguro, no me tomará a mal el hacerle esperar en satisfacer su legítima curiosidad. Aparte de que yo no tengo en mis manos todos los elementos necesarios para la busca de la verdad, mis ocupaciones actuales no me permiten, en modo alguno, el consagrar a este asunto el tiempo que yo quisiera.
»Todo cuanto puedo decir, por el momento, es que estas cartas fueron confiadas por el agonizante a uno de sus amigos más fieles, y que, a causa de ello, ese amigo tuvo que sufrir las pesadas consecuencias de su devoción. Espionaje, investigaciones domiciliarias, nada le fue ahorrado.
»He dado orden a los dos mejores agentes de mi policía secreta para que reanuden los trabajos de investigación sobre esa pista, desde su punto inicial, y no dudo que, antes de dos días, no me encuentre en condiciones de aclarar este apasionante misterio.
Arsenio Lupin.»

Así, pues, era Arsenio Lupin quien dirigía el asunto. Era él quien, desde el fondo de su prisión, ponía en escena la comedia o la tragedia que había sido anunciada en la primera nota. ¡Qué aventura! Había un regocijo general. Con un artista como él, el espectáculo no podía carecer de lo pintoresco y lo imprevisto.

Tres días más tarde podía leerse en el Grand Journal:

«El nombre del fiel amigo al que hice alusión, me ha sido entregado. Se trata del gran duque Hermann III, príncipe reinante (aunque destronado) del gran ducado de Deux-Ponts-Veldenz, y confidente de Bismarck, de cuya completa amistad gozaba.
»Un registro hecho en su domicilio por el conde W., acompañado de una docena de hombres, dio un resultado negativo, pero no por ello quedó menos demostrado que el gran duque estaba en posesión de los documentos.
»¿Dónde los escondía? Es una cuestión que probablemente nadie en el mundo sabría resolver en la hora actual.
»Yo pido veinticuatro horas de plazo para resolverla.
Firmado: Arsenio Lupin.»

De hecho, veinticuatro horas después apareció la nota prometida.

«Las famosas cartas están ocultas en el castillo feudal de Veldenz, capital del gran ducado de Deux-Ponts, castillo en parte devastado en el curso del siglo XIX
»¿En qué lugar exactamente? ¿Y en qué consisten exactamente esas cartas? Tales son los dos problemas que yo estoy entregado a descifrar y cuya solución expondré dentro de cuatro días.
Firmado: Arsenio Lupin.»

El día anunciado, las gentes arrebataron el Grand Journal de mano de los vendedores. Pero, con decepción general, los informes prometidos no aparecían en sus páginas. Al día siguiente, el mismo silencio, e igualmente al otro día.
¿Qué había ocurrido, entonces?
Se supo por una indiscreción cometida en la Prefectura de Policía. El director de la Santé, al parecer, había sido advertido de que Lupin se comunicaba con sus cómplices gracias a los paquetes de sobres que confeccionaba. No se había logrado descubrir nada, pero, en previsión de cuanto pudiera ocurrir, se había prohibido realizar todo trabajo a aquel insoportable detenido.
A lo cual, el insoportable detenido había replicado: —Puesto que ya no tengo nada que hacer, voy a ocuparme de mi proceso. Que avisen a mi abogado, señor Quimbel.
Era cierto. Lupin, que hasta entonces se había negado a toda conversación con el abogado Quimbel, aceptó ahora el recibirle y preparar su defensa.

II

Al día siguiente, el abogado Quimbel, lleno de alegría, solicitó hablar con Lupin en el locutorio destinado a los abogados.
Quimbel era un hombre ya de edad, que llevaba lentes cuyos cristales muy gruesos hacían que sus ojos parecieran enormes. Colocó su sombrero sobre la mesa, dejó allí también su cartera de documentos, e inmediatamente le planteó a Lupin una serie de preguntas que llevaba preparadas cuidadosamente.
Lupin respondió a ellas con extrema complacencia, perdiéndose incluso en una infinidad de detalles, que el abogado Quimbel anotaba enseguida en unas fichas sujetas unas a otras con alfileres.
—Entonces —preguntó el abogado, con la cabeza inclinada sobre el papel—, ¿usted dice que en esa época...?
—Yo digo que en esa época... —replicó Lupin.
Insensiblemente, con movimientos imperceptibles y completamente naturales, Lupin se había acomodado sobre la mesa. Bajó el brazo poco a poco, deslizó la mano por debajo del sombrero del abogado Quimbel, introdujo un dedo en el interior de la badana, y tomó de allí una de esas bandas de papel plegado a lo largo que se insertan entre el cuero y la doblez, cuando el sombrero resulta grande.
Desplegó el papel. Era un mensaje de Doudeville, redactado en signos convencionales, y que decía:

«Estoy contratado como ayuda de cámara en casa del abogado Quimbel. Puede usted contestarme sin temor por este mismo medio.
»Es el asesino L. M. quien ha denunciado la artimaña de los sobres. Felizmente que usted había previsto ya esta contingencia.»

Luego seguía un resumen detallado de todos los hechos y comentarios suscitados por las divulgaciones de Lupin.
Lupin sacó de su bolsillo una banda de papel análoga, y que contenía sus instrucciones; con ella sustituyó suavemente a la otra y retiró la mano. La partida estaba jugada.
Y la correspondencia de Lupin con el Grand Journal se reanudó inmediatamente.

«Me disculpo ante el público por haber faltado a mi promesa. El servicio postal del Palacio de la Santé es deplorable.
»Por lo demás, estamos llegando al final. Tengo a mano todos los documentos que establecen la verdad sobre bases indiscutibles. Esperaré para publicarlos. Pero, no obstante, que se sepa esto: entre esas cartas las hay que fueron dirigidas al canciller por aquel que se declaraba entonces su discípulo y admirador, y que, años más tarde, habría de desembarazarse de ese lastre molesto y gobernar por sí mismo.
»¿Me hago comprender suficientemente?»

Y al día siguiente:

«Estas cartas fueron escritas durante la enfermedad del último emperador. ¿Bastará con decir esto para señalar toda su importancia?»

Cuatro días de silencio, y luego esta última nota, cuya resonancia aún no ha sido olvidada:

«Mi investigación ha terminado. Ahora ya lo sé todo. A fuerza de reflexionar, he adivinado el secreto del escondrijo.
»Mis amigos van a dirigirse a Veldenz, y, a pesar de todos los obstáculos, penetrarán en el castillo por una entrada que yo les indicaré.
«Los periódicos publicarán entonces las fotografías de esas cartas, cuyo tono yo conozco ya, pero que quiero reproducir con sus textos íntegros.
»Esta publicación segura, inevitable, tendrá lugar dentro de dos semanas, contadas día por día, desde el 22 de agosto próximo.
»De aquí allá, yo me callo... y espero.»

Las comunicaciones de Lupin al Grand Journal fueron, en efecto, interrumpidas, pero Lupin no cesó en modo alguno de mantener correspondencia con sus amigos, por medio del sombrero, cual ellos decían entre sí. ¡Era tan sencillo! No había ningún peligro. ¿Quién hubiera podido sospechar que el sombrero del abogado Quimbel le servía a Lupin de buzón para sus cartas?
Cada dos o tres mañanas, en cada visita, el célebre abogado era portador fiel del correo de su cliente, integrado por cartas que le llegaban de las provincias, y otras de Alemania, y todo ello reducido, condensado por Doudeville en fórmulas breves y en lenguaje cifrado.
Y una hora después, el abogado Quimbel volvía a llevar con gran solemnidad las órdenes de Lupin.
Mas, un día, el director de la Santé recibió un mensaje telefónico firmado por L. M., avisándole que el abogado Quimbel, según todas las probabilidades, estaba sirviéndole a Lupin inconscientemente de cartero, y que sería interesante el vigilar las visitas de aquel buen hombre.
El director puso en guardia al abogado Quimbel, quien resolvió entonces hacerse acompañar por su secretario.
Así, pues, una vez más, a pesar de todos los esfuerzos de Lupin, y no obstante su fecunda capacidad inventiva, y a pesar también de los milagros de ingenio que ponía en práctica después de cada derrota, Lupin se encontró separado del mundo exterior por el genio infernal de su formidable adversario.
Y estas separaciones se producían en el instante más crítico para Lupin, en el momento solemne en que desde el fondo de su celda jugaba su último triunfo contra las fuerzas coaligadas que le abrumaban tan terriblemente.
El 13 de agosto, habiéndose sentado frente a dos abogados, atrajo su atención un periódico que envolvía unos papeles del abogado Quimbel. Había un título en grandes caracteres que decía: 813.
Y como subtítulo: Un nuevo asesinato. Agitación en Alemania. ¿Habrá sido descubierto el secreto de Apoon?
Lupin palideció de angustia. Por debajo de esos títulos había leído estas palabras:

«Dos despachos sensacionales nos llegan a última hora.
«Cerca de Augsburgo ha sido hallado el cadáver de un anciano degollado por medio de un cuchillo. Se ha logrado aclarar su identidad: se trata del señor Steinweg, quien ha figurado en el asunto Kesselbach.
»Por otra parte, nos telegrafían que el famoso detective inglés Herlock Sholmes ha sido solicitado con toda urgencia en Colonia. Allí se entrevistará con el emperador y luego se dirigirán ambos al castillo de Veldenz.
»Herlock Sholmes, al parecer, se ha comprometido a descubrir el secreto de Apoon.
»Si lo consigue, será el aborto implacable de la incomprensible campaña que Arsenio Lupin está llevando a cabo desde hace un mes, de tan extraña manera.»

III

Es posible que jamás la curiosidad pública se haya sentido sacudida tan intensamente como lo fue por ese duelo anunciado entre Herlock Sholmes y Lupin; duelo invisible en este caso y, podría decirse, anónimo; pero un duelo impresionante, por todo el escándalo producido en torno a la aventura y por el juego que se disputaban los dos enemigos irreconciliables, enfrentados en esta ocasión una vez más.
Ya no se trataba de pequeños intereses particulares, de robos insignificantes, de miserables pasiones individuales, sino de un asunto verdaderamente mundial y en el que la política de tres grandes naciones del Occidente se hallaba comprometida, al extremo de que podría turbar la paz del mundo.
No olvidemos que en esa época se hallaba planteada la crisis de Marruecos, y que una chispa significaba la conflagración.
Por tanto, todos esperaban con ansiedad, aunque no supieran con exactitud qué era lo que esperaban. Porque, en suma, si el detective salía vencedor del duelo, si encontraba las cartas, ¿quién lo sabría? ¿Qué prueba se tendría de su triunfo?
En el fondo se tenían depositadas las esperanzas en Lupin y en su conocido hábito de tomar al público como testigo de sus actos. ¿Qué haría Lupin? ¿Cómo podría éste conjurar el espantoso peligro que le amenazaba? ¿Tenía siquiera conocimiento de él?
Entre los cuatro muros de su celda, el detenido número 14 se planteaba a sí mismo, más o menos, esas mismas preguntas, y no era una vana curiosidad lo que le estimulaba a ello, sino una inquietud real, una angustia que se mantenía viva en todo momento.
Se sentía irrevocablemente solo, con sus manos impotentes, una voluntad impotente y un cerebro impotente. El hecho de que fuese hábil, ingenioso, intrépido, heroico, todo ello no servía de nada. La lucha proseguía al margen de él. Ahora su papel había terminado. Había reunido todas las piezas y tendido todos los resortes de la gran máquina que debía producir, que debía de algún modo crear en forma mecánica su libertad; mas era imposible realizar ningún movimiento para perfeccionar y vigilar su obra. En una fecha fija tendría lugar el desenlace. De aquí allá podían surgir mil incidentes contrarios, levantarse mil obstáculos, sin que él tuviera ningún medio de combatir aquellos incidentes ni de allanar esos obstáculos.
Lupin conoció entonces las horas más dolorosas de su vida. Dudó de sí mismo. Se preguntó si su existencia no acabaría enterrándose en los horrores del presidio.
¿No se habría equivocado en sus cálculos? ¿Acaso no era infantil creer que en una fecha fija se produciría el acontecimiento liberador?
«¡Locura! —se decía—. Mi razonamiento es falso... ¿Cómo admitir semejante coincidencia de circunstancias? Sobrevendría algún pequeño hecho que lo destruiría todo... El grano de arena...»
La muerte de Steinweg y la desaparición de los documentos que el anciano debería haberle enviado, no le turbaban en absoluto. En cuanto a los documentos le hubiera sido posible, en último extremo, prescindir de ellos, y con las pocas palabras que le había dicho Steinweg, podría, a fuerza de adivinar y de genio, reconstruir lo que contenían las cartas del emperador y trazar el plan de batalla que le proporcionaría la victoria. Pero pensaba en Herlock Sholmes, que estaba allá, en el propio centro del campo de batalla y que buscaba y encontraría las cartas, demoliendo así el edificio tan pacientemente levantado por Lupin.
E igualmente pensaba en el Otro, en el enemigo implacable, emboscado en torno a la prisión, oculto, quizá, en aquélla, y que adivinaba sus planes más secretos, incluso antes que hubiesen florecido en el misterio de su pensamiento.
Pasó el 17 de agosto..., el 18..., el 19... Todavía pasaron dos días más... Fueron como dos siglos. ¡Qué interminables minutos! Tan tranquilo de ordinario, tan dueño de sí, dotado de tanto ingenio para divertirse, Lupin se sentía ahora febril, exuberante por momentos y deprimido en otros, sin fuerzas para luchar contra el enemigo, desconfiando de todos, víctima de la dejadez.
Llegó el 20 de agosto...
Hubiera querido actuar, pero no podía. Todo cuanto hiciese por adelantar la hora del desenlace, le resultaría inútil. Ese desenlace podría producirse o no, pero Lupin no tendría la certidumbre de ello antes de que la última hora del último día hubiese transcurrido hasta su último minuto. Solamente entonces sabría el fracaso definitivo de su combinación.
«Fracaso inevitable —no cesaba de repetirse—. El triunfo depende de circunstancias demasiado sutiles, y no puede obtenerse como no sea por medios demasiado psicológicos..., está fuera de duda que yo me ilusioné respecto al valor y al alcance de las armas de que dispongo..., pero, sin embargo...»
Luego volvía a él la esperanza. Pesaba sus posibilidades. Éstas le parecían de pronto reales y formidables. Los acontecimientos se producirían conforme él había previsto y por las mismas razones con que él había contado. Era inevitable...
Sí, inevitable. A menos, sin embargo, que Sholmes encontrase el escondrijo...
Y de nuevo pensaba en Sholmes... Y de nuevo le abrumaba un inmenso desaliento.
—El último día...
Se despertó tarde, tras una noche de malas pesadillas.
No vio a nadie ese día, ni al juez de instrucción ni a su abogado.
Por la tarde deambuló lentamente y desanimado, y así llegó la noche... La noche tenebrosa de las celdas... Tenía fiebre. Su corazón se agitaba en su pecho como una bestia enloquecida.
Y los minutos pasaban irreparables... A las nueve, nada. A las diez, nada.
Con todos sus nervios tensos como las cuerdas de un arco de violín, escuchaba los ruidos confusos de la prisión y trataba de alcanzar, a través de sus muros inexorables, todo cuanto podía traspasarlos procedente de la vida exterior.
¡Oh, cómo hubiera querido detener la marcha, del tiempo y dejarle al Destino un poco más de ocio!
Pero ¿de qué serviría? ¿Acaso no había terminado todo?
—¡Ah!, me vuelvo loco —exclamó—. Que se acabe todo esto... Vale más así. Volveré a comenzar de otro modo... Intentaré otras cosas... Pero ya no puedo más.
Se cogía la cabeza con las manos, la apretaba con todas sus fuerzas, se encerraba en sí mismo y concentraba su pensamiento sobre un mismo objeto, cual si quisiera creer en el acontecimiento formidable, asombroso, inadmisible, al cual había encadenado su independencia y su fortuna.
—Es preciso que todo eso ocurra —murmuraba—. Es preciso, y no porque yo lo quiera, sino porque es lógico. Y será así... Será así...
Se golpeó la cabeza con los puños y de sus labios brotaron palabras de delirio...
Crujió la cerradura. En su furia no había escuchado el ruido de pasos en el corredor, y he aquí que, de pronto, un rayo de luz penetró en su celda y se abrió la puerta.
Entraron tres hombres.
Lupin no experimentó la menor sorpresa.
El asombroso milagro se producía y esto le pareció completamente natural, normal y en perfecto acuerdo con la verdad y la justicia.
Le inundó un torrente de orgullo. En ese momento sintió verdaderamente la sensación clara de su fuerza y de su inteligencia.
—¿Enciendo la luz eléctrica? —dijo uno de los tres hombres, en quien Lupin reconoció al director de la prisión.
—No —respondió el más corpulento de sus compañeros, hablando con acento extranjero—. Basta con esta linterna.
—Debo marcharme.
—Haga conforme a sus deseos, señor —declaró el mismo individuo.
—Conforme a las instrucciones que me ha dado el Prefecto de Policía, debo atenerme enteramente a los deseos de usted.
—En ese caso, señor, es preferible que usted se retire.
El señor Borély salió, dejando entreabierta la puerta, y permaneció afuera, al alcance de cualquier llamada.
El visitante habló unos momentos con el otro acompañante, que aún no había pronunciado palabra, y Lupin trató en vano de divisar en las sombras sus rasgos fisonómicos. No veía más que siluetas negras, vestidas con amplios abrigos de automovilista y tocados con gorras con las viseras bajas.
—¿Es usted, en efecto, Arsenio Lupin? —dijo el hombre, proyectando sobre el rostro de Lupin la luz de la linterna.
Sonrió.
—Sí; yo soy el llamado Arsenio Lupin, actualmente detenido en la Santé, celda catorce, segunda división.
—Entonces es usted, en efecto —prosiguió el visitante—, quien ha publicado en el Grand Journal una serie de notas más o menos fantasiosas, en la que se trata de unas pretendidas cartas...
Lupin le interrumpió:
—Perdón, señor, pero antes de continuar esta entrevista, cuyo objeto, dicho sea entre nosotros, no me parece muy claro, le quedaría a usted muy agradecido si me dijera a quién tengo el honor de hablarle.
—Es absolutamente inútil —replicó el extranjero.
—Absolutamente indispensable —afirmó Lupin.
—¿Por qué?
—Por razones de delicadeza, señor. Usted ya sabe mi nombre, pero yo no sé el de usted; en esto existe una falta de corrección que yo no puedo soportar.
El extranjero se impacientó.
—El solo hecho de que el director de esta prisión nos haya presentado prueba que...
—Que el señor Borély ignora las convenciones —replicó Lupin—. Aquí somos dos, señor, y estamos a la par. No hay un superior y un subalterno, un prisionero y un visitante que consiente en verle. Hay dos hombres, y uno de ellos tiene sobre la cabeza un sombrero que no debería tener.
—Vamos, pero...
—Tome usted esta lección como mejor le plazca, señor —dijo Lupin.
El extranjero se aproximó.
—Primero quítese usted el sombrero —volvió a decir Lupin—. El sombrero...
—Usted tendrá que escucharme.
—No.
—Sí.
—No.
La situación estaba envenenándose estúpidamente. El otro extraño, que hasta entonces había permanecido callado, puso una mano sobre el hombro de su compañero, y le dijo en alemán:
—Déjame proceder.
—Pero cómo... Estaba entendido que...
—Cállate y vete.
—¡Que lo deje a usted solo!...
—Sí.
—Pero ¿y la puerta?
—La cerrarás y te alejarás.
—Pero este hombre... Usted le conoce... Se trata de Arsenio Lupin...
—Vete...
El otro salió mascullando palabras ininteligibles.
—Tira de una vez de la puerta —gritó el segundo visitante—. Más aún... Completamente... Bien...
Entonces se volvió, tomó la linterna y la levantó poco a poco.
—¿Tendré que deciros quién soy? —preguntó.
—No —replicó Lupin.
—¿Y por qué no?
—Porque ya lo sé.
—¡Ah!
—Porque usted es aquel que yo esperaba.
—¡ÍYo!
—Sí, señor.
CAPÍTULO CUATRO. CARLOMAGNO


I

—Silencio —dijo vivamente el extranjero—. No pronuncie usted esa palabra.
—¿Cómo debo entonces llamar a su...?
—Con ningún nombre.
Se callaron ambos. Ese momento de respiro no era de esos que preceden a la lucha de dos adversarios prestos al combate. El extranjero iba y venía como un amo y señor que tiene costumbre de mandar y ser obedecido. Lupin, inmóvil, ya no mostraba su habitual actitud de provocación ni mostraba su sonrisa de ironía. Esperaba con rostro solemne. Pero en el fondo de su ser, ardientemente, locamente, gozaba de la situación prodigiosa en que se encontraba, allí en aquella celda de prisionero y en su carácter de detenido... Él, aventurero, estafador, ladrón... Él, Arsenio Lupin... Y frente a él, aquel semidiós del mundo germano, autócrata ambicioso que soñaba con absorber la herencia de César y de Carlomagno.
Su propio poderío le embriagó por un momento. A sus ojos asomaron lágrimas, al tiempo que soñaba con su triunfo.
El extranjero se detuvo.
E inmediatamente, después de la primera frase, llegaron a la medula de la cuestión.
—Mañana es el veintidós de agosto. Las cartas deben publicarse mañana, ¿no es así?
—Esta misma noche. Dentro de dos horas, mis amigos deberán depositar en el Grand Journal, no las cartas, pero sí la lista exacta de ellas, anotada por el gran duque Hermann.
—Esa lista no será depositada.
—No, no lo será.
—Usted me hará entrega de ella.
—Será puesta en manos de su..., entre vuestras manos.
—E igualmente todas las cartas.
—Sí, igualmente todas las cartas.
—Sin que ninguna haya sido fotografiada.
—Sí, sin que ninguna sea fotografiada.
El extranjero hablaba con voz solemne, en la que no había el mínimo acento de súplica, pero tampoco la más mínima inflexión de autoridad. Él no ordenaba ni preguntaba: enunciaba los actos inevitables de Arsenio Lupin. Tenía que ser así. Y así sería, cualesquiera que fuesen las exigencias de Arsenio Lupin, y cualquiera que fuese el precio que aquél fijara para llevar a cabo esos actos. Por anticipado, las condiciones estaban ya aceptadas.
«Caray —se dijo Lupin—. Tengo que enfrentarme a algo muy fuerte. Si apelan a mi generosidad, estoy perdido.»
Trató de reaccionar para no debilitar su posición, ni tampoco abandonar todas las ventajas que había conquistado con tanto esfuerzo.
Por lo demás, a pesar de todo, aquel hombre constituía un adversario respecto al cual Lupin experimentaba una viva antipatía. Su tono le resultaba desagradable y su actitud altiva.
El extranjero dijo:
—¿Ha leído usted esas cartas?
—No.
—Pero ¿alguno de los suyos las ha leído?
—No.
—¿Entonces?
—Entonces... yo tengo la lista y las anotaciones del gran duque. Además de esto, conozco el escondrijo donde él ocultó todos sus documentos.
—En este caso, ¿por qué no se ha apoderado usted de ellos?
—Es que me he enterado del secreto del escondrijo después que me encontraba aquí. A estas horas mis amigos se hallan camino de ese escondrijo.
—Pero el castillo está guardado; lo ocupan doscientos de mis hombres más seguros.
—No bastarían diez mil.
Después de un momento de reflexión, el visitante preguntó:
—¿Y cómo sabe usted el secreto?
—Lo he adivinado.
—Pero entonces es que usted habrá obtenido otras informaciones, otros elementos que no han sido publicados por los diarios.
—Ningunas.
—No obstante, durante cuatro días, yo he registrado el castillo...
—Herlock Sholmes ha buscado mal.
—¡Ah! —exclamó el extranjero como hablando consigo mismo—. Es extraño... Es extraño... ¿Y está usted seguro de que sus suposiciones sean exactas?
—No se trata de suposiciones, es una certidumbre.
—Tanto mejor, tanto mejor —murmuró el otro—. Sólo estaremos tranquilos cuando esos papeles ya no existan más.
Y colocándose bruscamente frente a Arsenio Lupin, añadió: —¿Cuánto?
—¿Qué? —respondió Lupin.
—¿Cuánto quiere por esos papeles? ¿Cuánto por la revelación del secreto?
El extranjero esperaba oír una cifra. Pero él mismo propuso: —¿Cincuenta mil..., cien mil?...
Y como Lupin no respondiera, agregó con tono un poco de duda: —¿Más aún? ¿Doscientos mil? Sea. Acepto.
Lupin sonrió, y dijo en voz baja:
—La cifra es bonita. Pero ¿acaso no es probable que determinado monarca, supongamos el rey de Inglaterra, llegase hasta el millón? ¿Con toda sinceridad?...
—Lo creo posible.
—¿Y para el emperador esas cartas no tienen precio lo mismo que valga dos millones que doscientos mil francos..., o bien tres millones como dos millones?
—Así lo creo.
—¿Y si ello fuese preciso, daría el emperador esos tres millones?
—Sí.
—Entonces será fácil llegar a un acuerdo.
—¿Sobre esa base? —exclamó el extranjero con cierta inquietud. —Sobre esa base, no... Yo no busco el dinero... Es otra cosa lo que yo deseo... Otra cosa que vale para mí mucho más que los millones.
—¿Qué?
—La libertad. El extranjero se sobresaltó.
—¡Ah!, vuestra libertad... Pero yo no puedo hacer nada... Eso concierne a la patria de usted..., a la Justicia..., yo no dispongo de poder alguno.
Lupin se le acercó, y bajando aún más la voz le dijo:
—Usted dispone de todo el poder, señor..., mi libertad no constituye un acontecimiento tan sensacional para que le den a usted una negativa.
—Entonces ¿sería preciso que yo la solicitara?
—Sí.
—¿A quién?
—A Valenglay, presidente del Consejo de Ministros.
—Pero el señor Valenglay no puede conseguir él mismo ni más ni menos que yo...
—Sí, él puede abrirme las puertas de esta prisión.
—Eso provocaría un escándalo.
—Cuando yo digo abrir... es que me bastaría con entreabrirlas..., simularemos una fuga..., el público la espera de tal modo, que éste ya no exigiría que se le rindan cuentas de esa fuga.
—Sea..., sea... Pero el señor Valenglay jamás accederá...
—Sí, accederá.
—¿Por qué?
—Porque usted le hará presente su deseo de que así sea.
—Mis deseos no constituyen órdenes para él.
—No, pero entre gobiernos, esas son cosas que pueden hacerse. Y Valenglay es demasiado político...
—Vamos, ¿usted cree que el gobierno francés va a cometer un acto tan arbitrario con el único objeto de serme grato?
—Ese objeto no será el único.
—¿Cuál será el otro?
—La alegría de servir a Francia aceptando la proposición que acompañará a la petición de libertad.
—Entonces ¿yo tendré que hacer una proposición?
—Sí, señor.
—¿Cuál?
—No lo sé, pero me parece que existe siempre un terreno favorable para entenderse... Hay posibilidades de acuerdo...
El extranjero lo miraba sin comprender. Lupin se inclinó hacia él y, cual si buscara y meditara sus palabras, como si imaginase una hipótesis, dijo:
—Supongamos que dos países estén divididos por una cuestión insignificante... Que tengan un punto de vista diferente sobre un problema secundario... Un problema colonial, por ejemplo, en el que esté en juego el amor propio más bien que sus intereses... ¿Acaso es imposible que el jefe de uno de esos países llegue por sí mismo a tratar ese problema con un nuevo espíritu de conciliación?... ¿Y a dar instrucciones necesarias para...?
—¿Para que yo le deje Marruecos a Francia? —dijo el extranjero, rompiendo a reír.
La idea que sugería Lupin le parecía la cosa más tonta del mundo y por ello reía a mandíbula batiente. Existía tamaña desproporción entre el objetivo a alcanzar y los medios ofrecidos para alcanzarlo... —Evidentemente... Evidentemente —dijo el extranjero, esforzándose en vano por recobrar su seriedad—. Evidentemente, la idea es original... Toda la política moderna trastornada para que Arsenio Lupin quede libre. Los objetivos del Imperio destruidos para permitir que Arsenio Lupin continúe sus fechorías... Vamos, ¿por qué no me pide usted que le entregue Alsacia y Lorena?
—Ya he pensado en eso, señor —replicó Lupin. El regocijo del extranjero aumentó de grado.
—Admirable. ¿Y usted ha desistido de ello?
—Por esta vez, sí.
Lupin se había cruzado de brazos. Él también se divertía exagerando el papel que estaba representando, y continuó con afectada seriedad:
—Pueden producirse una serie de circunstancias tales que yo tenga entre las manos un poder suficiente para reclamar y para obtener esa restitución. Y ese día no dejaré de lograrlo en verdad. Por el momento, las armas de que dispongo me obligan a una mayor modestia. Me basta con la paz en Marruecos.
—¿Nada más que eso?
—Nada más que eso.
—¿Marruecos a cambio de vuestra libertad?
—Nada más..., o, más bien... porque es preciso no perder en modo alguno de vista el propio objeto de esta conversación..., o, mejor aún, un poco de buena voluntad por parte de uno de los dos grandes países interesados..., y, a cambio de ello, el abandono de las cartas que están en mi poder.
—Esas cartas..., esas cartas —murmuró el extranjero con irritación—. Después de todo, quizá no sean de gran valor...
—Señor, eso está en manos de usted, y a ellas les ha atribuido usted valor suficiente para venir a verme a esta celda. —Bueno, ¿y qué importa?
—Pero es que hay otras cuya procedencia usted desconoce y sobre las cuales voy a proporcionarle algunos informes.
—¡Ah! —respondió el extranjero, inquieto. Lupin dudó.
—Hable, hable sin rodeos —ordenó el extranjero—. Hable claramente.
En el profundo silencio que allí reinaba, Lupin declaró con cierta solemnidad:
—Hace veinte años se elaboró un proyecto de tratado entre Alemania, Inglaterra y Francia.
—Eso es falso. Es imposible. ¿Quién hubiera podido...?
—El padre del actual emperador y la reina de Inglaterra, su abuela, ambos bajo la influencia de la emperatriz.
—Imposible. Repito que eso es imposible.
—La correspondencia respecto a ello se encuentra en el escondrijo del castillo de Veldenz, escondrijo del cual yo soy el único que posee el secreto.
El extranjero iba y venía, presa de agitación.
Se detuvo, y dijo:
—¿El texto del tratado forma parte de esa correspondencia?
—Sí, señor, Y está escrito de puño y letra de vuestro padre.
—¿Y qué dice?
—Que por ese tratado, Inglaterra y Francia concedían y prometían a Alemania un imperio colonial lo suficientemente grande para que abandonase sus sueños de hegemonía y que se resignase a no ser... más de lo que ella es.
—Y a cambio de ese imperio, ¿qué exigió Inglaterra?
—La limitación de la flota alemana.
—¿Y Francia?
—Alsacia y Lorena.
El emperador se calló, apoyándose contra la mesa, pensativo. Lupin prosiguió:
—Todo estaba previsto. Los Gabinetes de París y de Londres daban su aquiescencia. Era cosa hecha. El gran tratado de alianza iba a concluirse, fundando así una paz universal y definitiva. La muerte de vuestro padre anuló ese bello sueño. Pero yo pregunto a vuestra majestad: ¿qué pensará su pueblo y qué pensará el mundo cuando se sepa que Federico III, uno de los héroes de mil ochocientos setenta, un alemán pura sangre, respetado por todos sus conciudadanos e incluso por sus enemigos, aceptaba, y, por consiguiente, consideraba como cosa justa la restitución de Alsacia y Lorena?
Se calló un instante, dejando que el problema se planteara en términos precisos ante la conciencia del emperador; ante la conciencia del hombre, del hijo y del soberano.
Luego concluyó:
—Corresponde a su majestad el decidir si quiere o si no quiere que la Historia registre ese tratado. En cuanto a mí, señor, usted puede ver que a mi humilde personalidad no le corresponde ocupar mucho espacio en ese debate.
Un largo silencio siguió a las espaldas de Lupin. Esperaba con ánimo angustiado. Era su destino lo que se jugaba en ese minuto que él había concebido, que en cierta forma había traído al mundo con tantos esfuerzos y tanta obstinación... Minuto histórico nacido de su cerebro y en el que su «humilde personalidad», dijera lo que dijera, ejercía gran peso sobre la suerte de los imperios y sobre la paz del mundo...
Enfrente, en la sombra, César meditaba.
¿Qué iría a decir? ¿Qué solución iría a darle al problema?
Caminó a lo ancho de la celda durante unos momentos, que a Lupin le parecieron interminables.
Luego se detuvo y dijo:
—¿Hay otras condiciones más?
—Sí, señor, pero son insignificantes.
—¿Cuáles son?
—He encontrado al hijo del gran duque de Deux-Ponts-Veldenz. Deberá devolvérsele el gran ducado.
—¿Y después?
—Ama a una joven que a su vez lo ama a él también... Se trata de la mujer más bella y más virtuosa, y él se casará con esa joven.
—¿Y entonces?
—Eso es todo.
—¿No hay nada más?
—Nada más. A su majestad no le queda nada más que hacer que entregarle esta carta al director del Grand Journal para que destruya, sin leerlo, el artículo que va a recibir de un momento a otro.
Lupin le tendió la carta, con el corazón angustiado y la mano temblorosa. Si el emperador la tomaba sería la señal de su aceptación.
El emperador dudó, y luego, con gesto enfurecido, tomó la carta, se puso su sombrero, se envolvió en su capa y salió sin decir palabra.
Lupin permaneció durante unos segundos tambaleante, como aturdido...
Luego, de pronto, se dejó caer sobre su silla llorando de alegría y de orgullo...

II

—Señor juez de instrucción, es hoy cuando tengo el sentimiento de despedirme de usted.
—¡Cómo, señor Lupin, entonces tiene usted la intención de abandonarnos!
—Y con gran sentimiento de mi corazón, señor juez de instrucción, puede usted estar seguro de ello, puesto que nuestras relaciones eran de una encantadora cordialidad. Pero no hay placer que no tenga fin. Mi cura de salud en el palacio de la Santé ha terminado. Otros deberes me reclaman. Es preciso que me fugue esta noche.
—Buena suerte entonces, señor Lupin.
—Se lo agradezco mucho, señor juez de instrucción.
Arsenio Lupin esperó pacientemente la hora de su fuga, pero no sin preguntarse en qué forma se efectuaría aquélla y por qué medios Francia y Alemania, reunidas merced a esa obra meritoria, llegarían a hacerla realidad sin demasiado escándalo.
A mitad de la tarde, el carcelero le comunicó que acudiese al patio de la entrada. Se dirigió allí con presteza y encontró al director, que le puso en las manos del señor Weber, y éste le hizo subir a un automóvil en el que había tomado asiento alguien más.
Inmediatamente, Lupin sufrió un ataque de risa desenfrenada.
—¡Cómo, es a ti, mi pobre Weber, a quien te ha tocado cargar con el muerto! Eres tú quien será el culpable de mi fuga. Confieso que no tienes suerte. Pobre amigo mío. Habiéndote hecho ilustre, gracias a mi detención, ahora te vas a hacer inmortal con mi fuga.
Luego miró a la otra persona que estaba allí.
—Caramba, señor prefecto de Policía, ¿usted también metido en este asunto? Vaya regalito que le han hecho. Si me permite darle un consejo, quédese usted en el pasillo. Que todos los honores correspondan a Weber. Le pertenecen por derecho... Es hombre fuerte este pícaro...
El vehículo se deslizaba con rapidez a lo largo del Sena y por Boulogne. En Saint-Cloud atravesaron el río.
—Perfectamente —exclamó Lupin—. Vamos a Garches. Me necesitan allí para reconstruir la muerte de Altenheim. Bajaremos a los subterráneos, yo desapareceré y luego dirán que me evaporé por otra salida que solamente conocía yo. ¡Dios santo, qué idiota es todo esto!
Parecía desolado.
—Idiota, de lo más idiota que cabe imaginar... Me hace enrojecer de vergüenza... Y éstas son las gentes que nos gobiernan... Qué época ésta... Pero, desgraciados, deberían haberme consultado a mí. Yo les hubiera preparado una evasión perfecta, del género de lo milagroso. Es una de mis especialidades. El público hubiera aullado ante tamaño prodigio y se hubiera derretido de alegría. Pero en lugar de eso... En fin, cierto es que a ustedes les sorprendió la cosa un poco inesperadamente... Pero, a pesar de ello...
El programa de la fuga era, en efecto, tal como Lupin lo había previsto. Penetraron en la casa de retiro hasta el pabellón llamado Hortensia. Lupin y sus dos acompañantes bajaron y cruzaron el subterráneo. Al llegar al final, el subjefe de Policía le dijo: —Está usted en libertad.
—Vaya —replicó Lupin—. Esto no tiene malicia ninguna. Mi mayor agradecimiento, mi querido Weber, y mis disculpas por las molestias. Señor prefecto, presente usted mis respetos a su esposa.
Subió la escalera que conducía a la Villa de las Glicinas, levantó la trampa y saltó dentro de la estancia. Una mano cayó sobre su hombro.
Frente a él se encontraba su primer visitante de la víspera, aquel que acompañaba al emperador. Otros cuatro hombres le flanqueaban a derecha e izquierda.
—Caray —dijo Lupin—. ¿Qué broma es ésta? ¿Acaso no estoy libre?
—Sí, sí —gruñó el alemán con voz bronca—. Usted está libre..., pero solamente libre para viajar con nosotros cinco..., si así le place.
Lupin le contempló unos instantes, sintiendo unos vehementes deseos de enseñarle el valor contundente de un puñetazo en la nariz.
Pero los cinco hombres parecían completamente resueltos a todo. Su jefe no mostraba hacia Lupin la mínima ternura, y Lupin pensó que aquel hombrón se sentiría muy feliz de emplear con él medidas extremas. Y después de todo, ¿qué le importaba? Dijo en broma:
—¿Que si eso me agrada? Si ése era precisamente mi sueño. En el patio esperaba una potente limusina. Dos hombres subieron en la delantera y otros dos se acomodaron en el interior. Lupin y el extranjero se instalaron en el asiento del fondo.
—En marcha —gritó Lupin en alemán—. En marcha, camino de Veldenz.
El conde le dijo:
—Silencio. Estas gentes no deben enterarse de nada. Hable francés. No comprenderán... Y, además, ¿para qué hablar?
—Sí, en realidad —dijo Lupin—, ¿para qué hablar?
Durante toda la tarde y toda la noche, el vehículo rodó sin que surgiera ningún incidente. Por dos veces cargaron gasolina en dos pequeñas ciudades dormidas.
Alternativamente, los alemanes vigilaban a su prisionero, el cual solamente abrió los ojos al amanecer...
Se detuvieron para desayunar en un albergue situado sobre una colina, cerca de la cual había un poste indicador. Lupin comprobó que se hallaban a media distancia de Metz y de Luxemburgo. Allí tomaron una carretera que doblaba hacia el Nordeste, por el lado de Treves.
Lupin le dijo a su compañero de viaje:
—¿Es, en efecto, al conde Waldemar a quien tengo el honor de hablarle..., al confidente del emperador..., al que registró la casa de Hermann Tercero en Dresde?
El extranjero permaneció mudo.
«Tú, amiguito mío —pensó Lupin—, tienes una cabeza que no me agrada. Ya te la arrancaré un día u otro. Eres feo, eres gordo y eres macizo; en una palabra, me desagradas.»
Y luego añadió en voz alta:
—El señor conde comete un error en no responderme. Si hablaba, lo hacía en interés de usted; he visto en el momento que subíamos por la carretera un automóvil que desembocaba detrás de nosotros en el horizonte. ¿Lo vio usted?
—No, ¿por qué?
—Por nada.
—Sin embargo...
—No, nada en absoluto... Una sencilla observación... Por lo demás, le llevamos diez minutos de ventaja... y nuestro coche tiene, por lo menos, una potencia de cuarenta caballos.
—Sesenta caballos —dijo el alemán, que observaba a Lupin con inquietud por el rabillo del ojo.
—¡Oh!, entonces podemos estar tranquilos.
Escalaron una pequeña cuesta. Al llegar a la cima, el conde se inclinó hacia la ventanilla de la puerta.
—¡Maldita sea! —juró.
—¿Qué? —interrogó Lupin.
El conde se volvió hacia él, y con voz amenazadora le dijo.
—Tenga cuidado...; si ocurre alguna cosa, tanto peor.
—¡Eh, eh!, parece que el otro se aproxima... Pero ¿qué teme usted, mi querido conde? Sin duda se trata de cualquier viajero..., quizá incluso de una ayuda que le envían a usted.
—Yo no tengo necesidad ninguna de ayudas —gruñó el alemán.
Volvió a inclinarse hacia la ventanilla. El auto que los perseguía no estaba ya a más de doscientos o trescientos metros. Señalándoles a Lupin, les dijo a sus hombres:
—Amarradle. Y si se resiste...
Sacó su revólver.
—¿Por qué habría yo de resistirme, simpático teutón? —dijo Lupin con sarcasmo.
Y luego, mientras le ataban las manos, agregó:
—Resulta verdaderamente curioso ver cómo la gente toma precauciones cuando éstas son inútiles, y no las toman en cambio cuando sería preciso adoptarlas. ¿Qué diablos puede hacerles este auto? ¿Pueden ser, acaso, cómplices míos? Vaya una idea.
Sin responder, el alemán dio órdenes al chófer:
—A la derecha... Disminuya la marcha... Déjelos pasar... Y si ellos también disminuyen la marcha, pare.
Pero, con gran sorpresa suya, el otro automóvil, por el contrario, pareció doblar su velocidad. Como una tromba pasó adelante, adelantándose al coche de los alemanes, levantando una nube de polvo.
En pie, en la parte posterior del coche, que estaba en parte al descubierto, podía verse la figura de un hombre vestido de negro.
Aquel hombre levantó un brazo en alto.
Sonaron dos disparos.
El conde, cuyo cuerpo tapaba toda la parte de la puerta de la derecha, se desplomó en su asiento.
Antes incluso de ocuparse de él, los dos compañeros saltaron sobre Lupin y acabaron de amarrarlo.
—Idiotas, estúpidos —gritó Lupin, temblando de rabia—. En vez de eso dejadme libre. Vaya, se están deteniendo. Pero, incorregibles idiotas, corred tras ellos..., alcanzadlos..., es el hombre de negro..., el asesino... ¡ah, qué imbéciles!...
Le amordazaron. Luego se ocuparon de atender al conde. La herida no parecía grave y se la vendaron rápidamente. Pero el herido fue presa de una gran excitación, sufrió un ataque de fiebre y empezó a delirar.
Eran las ocho de la mañana.
Se encontraban en pleno campo, lejos de toda población. Los hombres del coche no tenían indicación alguna sobre el objeto exacto del viaje.
¿Adónde irían, pues? ¿A quién deberían avisar?
Detuvieron el coche en la orilla de un bosque y se pusieron a esperar.
Así transcurrió todo el día. Fue a la caída de la tarde cuando llegó un pelotón de caballería enviado desde Treves en busca del automóvil.
Dos horas después, Lupin bajaba del coche y, siempre escoltado por los dos alemanes, subía, alumbrado por la luz de una linterna, los peldaños de una escalera que conducía a una pequeña estancia cuyas ventanas tenían barrotes de hierro.
Allí pasó la noche.
Al día siguiente por la mañana, un oficial le condujo, cruzando un patio lleno de soldados, hasta el centro de una larga serie de edificios que se levantaban en círculo al pie de una colina donde se distinguían unas ruinas monumentales.
Lupin fue introducido en un amplio salón amueblado en forma discreta. Sentado ante una mesa escritorio, su visitante de dos días antes leía periódicos e informes, sobre los cuales marcaba gruesos trazos con un lápiz rojo.
—Que nos dejen a solas —ordenó al oficial.
Y acercándose a Lupin, añadió:
—Los papeles.
El tono ya no era el mismo de la visita anterior. Era ahora un tono imperioso y seco de amo y señor que está en su casa y que se dirige a un inferior... ¡Y qué inferior! Un estafador, un aventurero de la peor especie, ante el cual se había visto obligado a humillarse.
—Los papeles —repitió.
Lupin permaneció impasible. Con calma replicó:
—Se encuentran en el castillo de Veldenz.
—Nos encontramos en los terrenos del castillo de Veldenz.
—Los papeles se encuentran entre esas ruinas.
—Vamos allá. Guíeme.
Lupin no se movió.
—¿Qué?
—Pues, señor, que eso no es tan simple como usted cree. Es preciso algún tiempo para poner en juego los elementos necesarios al objeto de encontrar y abrir el escondrijo.
—¿Cuántas horas necesita usted?
—Veinticuatro.
Un gesto de cólera apareció en el rostro del alemán, pero lo reprimió rápidamente.
—¡Ah!, pero de eso no habíamos hablado.
—No se precisó nada, señor... Ni sobre eso ni tampoco sobre el viajecito que su majestad me obligó a hacer entre seis guardias de Corps. Yo debo entregar los papeles y eso es todo.
—Y yo no debo dejarle a usted en libertad sino a cambio de la entrega de esos papeles.
—Es una cuestión de confianza, señor. Yo me hubiera creído igualmente comprometido a entregar esos papeles, si me hubieran dejado en libertad al salir de la prisión, y su majestad puede estar seguro que yo no me los hubiera llevado bajo el brazo. La única diferencia es que esos papeles estarían ya en vuestro poder, señor. Porque hemos perdido un día. Y un día en este asunto... es un día de más... Solamente lo que hace falta es tener confianza.
El emperador miraba con cierto estupor a aquel hombre al margen de la sociedad, aquel bandido que parecía sentirse vejado porque se desconfiase de su palabra.
El emperador, sin responder, llamó a un timbre.
—Que venga el oficial de servicio —ordenó. Apareció el conde Waldemar, muy pálido.
—¡Ah!, ¿eres tú, Waldemar? ¿Ya estás mejor?
—A sus órdenes, señor.
—Toma contigo cinco hombres..., los mismos, puesto que tienes seguridad en ellos. Y no pierdas de vista a este... señor, hasta mañana por la mañana.
Consultó su reloj.
—Hasta mañana por la mañana a las diez... No, le concedo hasta el mediodía. Tú irás a donde él quiera y harás lo que él te diga que hagas. En suma, estás a su disposición. Al mediodía me reuniré a ti. Si al dar la última campanada del mediodía no me ha entregado el paquete de cartas, volverás a subirlo en el automóvil y, sin perder un instante, volverás a llevarlo directamente a la prisión de la Santé.
—¿Y si intenta evadirse?
—Entonces, arréglatelas.
Salió.
Lupin tomó un cigarro de encima de la mesa y se dejó caer sobre una butaca.
—¡Qué felicidad! Me gusta mucho más esta forma de proceder. Es franca y categórica.
El conde había hecho entrar a sus hombres, y le dijo a Lupin:
—En marcha.
Lupin encendió el cigarro, pero no se movió.
—Átenle las manos —ordenó el conde.
Una vez que esa orden fue ejecutada, repitió:
—Vamos..., en marcha.
—No.
—¿Cómo no?
Estoy reflexionando.
—¿Sobre qué?
—Sobre el lugar donde puede encontrarse ese escondrijo.
El conde experimentó un sobresalto.
—¡Cómo! ¿Usted lo ignora?
—¡Diablos! —respondió Lupin—. Eso es lo que hay de más bello en esa aventura: el que no tengo ni la más pequeña idea sobre ese famoso escondrijo, ni sobre los medios de descubrirlo. Bueno, ¿qué me dice usted a ello, mi querido Waldemar? Es gracioso, ¿verdad?... Ni la más pequeña idea.
CAPÍTULO CINCO. LAS CARTAS DEL EMPERADOR


I

Las ruinas de Veldenz, harto conocidas de todos aquellos que visitan las orillas del Rin y del Mosela, comprenden los vestigios del antiguo castillo feudal, construido en 1277 por el arzobispo de Fistingen, y, cerca de un enorme torreón desventrado por las tropas de Turena, los muros intactos de un vasto palacio del Renacimiento, donde los grandes duque de Deux-Ponts habitaban desde hacía tres siglos.
Fue este palacio el que saquearon los sujetos sublevados de Hermann II. Las ventanas vacías constituyen doscientos agujeros asomándose desde las cuatro fachadas. Todo el artesonado, las tapicerías y la mayor parte de los muebles fueron quemados. Se camina sobre las vigas calcinadas de los pisos y de cuando en cuando puede divisarse el cielo a través de los techos destruidos.
Al cabo de dos horas, Lupin, seguido de su escolta, lo había recorrido todo.
—Estoy muy satisfecho de usted, mi querido conde. Creo que jamás he tenido un cicerone tan documentado, y, lo que es más raro aún, tan taciturno. Ahora, si usted quiere, podemos ir a desayunar.
En el fondo, Lupin no sabía ahora más que en el primer momento, y su desconcierto no hacía más que aumentar. Para lograr salir de la prisión y para impresionar la imaginación de su visitante, había afectado que lo sabía todo, pero, en realidad, aún tenía que buscar por dónde comenzaría su investigación.
«Esto va mal —se decía a veces—. No puede ir peor.»
Por otra parte, no gozaba de su lucidez habitual. Estaba obsesionado por una idea: la del desconocido, del asesino, del monstruo que él sabía se encontraba siguiéndole los pasos.
¿Cómo era posible que aquel misterioso personaje le siguiera así los pasos? ¿Cómo había logrado enterarse de su salida de la cárcel y del camino que recorrerían en dirección a Luxemburgo y Alemania? ¿Sería por una milagrosa intuición? ¿O era, acaso, el resultado de unos informes precisos? Pero, entonces, ¿a qué precio y en virtud de qué promesas o de qué amenazas lograba obtenerlos?
Todas esas preguntas eran como fantasmas que atemorizaban el espíritu de Lupin.
Sin embargo, hacia las cuatro de la tarde, después de un nuevo paseo entre las ruinas, en el curso del cual Lupin había examinado inútilmente las piedras, medido el espesor de las murallas y analizado la forma y la apariencia de las cosas, le preguntó al conde:
—¿No ha quedado ningún servidor del último gran duque que haya habitado el castillo?
—Todos los domésticos de esa época se han dispersado. Sólo uno continuó viviendo en esta región.
—¿Entonces?
—Murió hace dos años.
—¿No ha dejado hijos?
—Tenía un hijo que se casó y que fue despedido, lo mismo que su esposa, por observar una conducta escandalosa. Dejaron aquí al más joven de sus hijos, una niña llamada Isilda.
—¿Y dónde vive?
—Vive aquí, al extremo de estos terrenos. El viejo abuelo servía de guía a los visitantes en la época en que estaba permitido visitar el castillo. Desde entonces, la pequeña Isilda ha vivido siempre en estas ruinas, cosa que se le permite por lástima; es un pobre ser inocente que apenas si sabe hablar y que no sabe lo que dice.
—¿Y ha sido siempre así esa muchacha?
—Al parecer, no. Fue aproximadamente a la edad de diez años cuando empezó a perder la razón poco a poco.
—¿A consecuencia de alguna pena, de algún susto?
—No, fue sin motivo alguno, según me han dicho. El padre era un alcohólico, y la madre se suicidó en un ataque de locura. Lupin reflexionó, y luego dijo: —Quisiera verla. El conde sonrió en forma bastante extraña.
—Ciertamente puede usted verla.
Isilda se encontraba precisamente en una de las habitaciones que le habían dejado.
Lupin quedó sorprendido al encontrarse con una agradable criatura, demasiado delgada, demasiado pálida, pero casi hermosa con sus cabellos rubios y su rostro delicado. Sus ojos, de un verde color agua, tenían una expresión vaga, soñadora..., los ojos de una ciega.
Lupin le hizo algunas preguntas, a las que Isilda no respondió, y otras a las que aquélla respondió con palabras incoherentes, cual si no comprendiera ni el sentido de las mismas ni el de las palabras que ella misma pronunciaba.
Lupin insistió, tomándole la mano con dulzura y preguntándole con voz afectuosa respecto a la época en que ella gozaba de su juicio, interrogándola sobre su abuelo, sobre los recuerdos que podían evocar en ella sus tiempos de la infancia cuando andaba libre entre las majestuosas ruinas del castillo.
La muchacha callaba, con sus ojos fijos, impasible, quizá emocionada, pero sin que su emoción lograse despertar su inteligencia dormida.
Lupin pidió un lápiz y un papel. Con el lápiz escribió sobre la hoja blanca: «813».
El conde volvió a sonreír.
—¡Ah, eso le hace a usted reír! —exclamó Lupin, molesto.
—Nada..., nada..., eso me interesa..., eso me interesa mucho...
La muchacha miró a la hoja que Lupin le tendía delante de sus ojos y volvió la cabeza con aire distraído.
—Esto no da resultado —dijo el conde con ironía. Lupin escribió las letras de la palabra Apoon.
Pero Isilda no prestó mayor atención.
Lupin no renunció a continuar la prueba, y trazó varias veces seguidas las mismas letras, aunque dejando cada vez entre ellas espacios variables. Pero, cada vez también, espiaba el rostro de la joven.
Isilda permanecía inmóvil, con los ojos fijos en el papel y mostrando una indiferencia que nada parecía alterar.
De pronto, la muchacha tomó el lápiz, arrancó la última hoja de las manos de Lupin, y, cual si se sintiera bajo los efectos de una inspiración súbita, escribió dos eles en medio de un espacio dejado en blanco por Lupin.
Este se estremeció.
Se había formulado una nueva palabra: Apollon.
Sin embargo, la muchacha no había soltado el lápiz ni la hoja, y; con los dedos crispados y las facciones tensas, se esforzaba por obligar a su mano a obedecer a la orden titubeante de su pobre cerebro.
Lupin esperaba febrilmente.
La muchacha trazó con rapidez, como alucinada, una nueva palabra: Diane.
—Otra palabra..., otra palabra... —exclamó Lupin con vehemencia.
Isilda enroscó sus dedos en torno al lápiz, rompió la mina y con la punta de ésta dibujó una J grande y soltó el lápiz, como agotada.
—¡Otra palabra! ¡Yo lo quiero así!... —le ordenó Lupin, agarrándola fuertemente del brazo.
Pero al mirar a los ojos de la joven vio reflejada en ellos de nuevo la indiferencia, como si aquel fugitivo resplandor de sensibilidad ya no pudiese brillar más.
—Vámonos —dijo Lupin.
Y se alejaba, cuando ella echó a correr y le cerró el camino. Él se detuvo, y le preguntó:
—¿Qué quieres?
Ella le tendió la mano abierta.
—¿Qué, dinero? ¿Acaso tiene la costumbre de mendigar? —dijo Lupin, dirigiéndose al conde.
—No —replicó el conde—, y no me explico esto en absoluto...
Isilda sacó de su bolsillo dos monedas de oro que hizo sonar chocando una contra otra alegremente.
Lupin las examinó.
Eran monedas francesas, completamente nuevas, acuñadas en aquel mismo año.
—¿Dónde encontraste esto? —exclamó Lupin con agitación—. Monedas francesas. ¿Quién te las dio?... ¿Y cuándo?... ¿Fue hoy? Habla... Responde...
Luego, Lupin se encogió de hombros, y dijo:
—¡Qué imbécil soy! Como si ella pudiera responderme... Querido conde, haga el favor de prestarme cuarenta marcos... Gracias... Toma. Isilda, son para ti...
La muchacha tomó las dos monedas, las hizo sonar con las otras dos en el cuenco de su mano, y luego, extendiendo el brazo, señaló hacia las ruinas del palacio, con un ademán que parecía designar especialmente el ala izquierda y la cima de esa ala.
¿Se trataba de un movimiento maquinal, o bien era preciso considerar el ademán como una muestra de agradecimiento por las dos monedas de oro?
Lupin observó al conde. Éste no cesaba de sonreír.
«¿Por qué se reirá este bruto —se dijo Lupin—. Es como para creer que se está burlando de mí.»
A la buena de Dios se dirigió hacia el palacio, seguido de su escolta.
La planta baja se componía de varias enormes salas de recepción que se comunicaban unas con otras y en las que se hallaban reunidos los pocos muebles que habían escapado al incendio.
En el primer piso, por el lado Norte, había una larga galería a la cual daban doce preciosas salas exactamente iguales.
Esa misma galería volvía a repetirse en el segundo piso, pero con veinticuatro habitaciones, también semejantes unas a otras. Todo estaba vacío, descuidado y con un aspecto lamentable.
En lo alto no había nada. Las buhardillas habían sido destruidas por el incendio.
Durante una hora, Lupin caminó, corrió infatigable de un lado a otro, con la mirada alerta.
Al caer la noche, corrió hacia una de las doce salas del primer piso, como si la hubiera escogido por razones particulares que sólo él sabía.
Quedó muy sorprendido al encontrar allí al emperador, el cual estaba fumando, sentado en una butaca que había ordenado le trajeran.
Sin preocuparse de su presencia, Lupin comenzó a inspeccionar la sala conforme a los procedimientos que acostumbraba emplear en casos análogos, dividiendo la estancia en secciones y examinando éstas una a una.
Al cabo de veinte minutos, dijo:
—Me permito pedirle, señor, que tenga la bondad de levantarse. Aquí hay una chimenea...
El emperador inclinó la cabeza.
—¿Es en realidad necesario que me levante?
—Sí, señor, esta chimenea...
—Esta chimenea es como todas las demás, y esta sala no se diferencia en nada de las salas vecinas.
Lupin miró al emperador sin comprender. Éste se levantó, y riendo dijo:
—Creo, señor Lupin, que usted se ha burlado un poco de mí.
—¿En qué, señor?
—¡Oh, Dios santo! No se trata de gran cosa. Usted ha obtenido la libertad bajo la condición de entregarme unos documentos que me interesan, y resulta que usted no tiene la menor idea del lugar dónde aquéllos se encuentran. Entonces, como dicen ustedes los franceses, usted me ha enrollado..., engañado.
—¿Cree usted, señor?
—Claro, porque aquello que se sabe no se busca, y he aquí qué hace diez horas largas que usted busca. ¿No cree que un regreso inmediato a la prisión es lo que procede?
Lupin pareció estupefacto, y dijo:
—¿Acaso su majestad no ha fijado el mediodía de mañana como límite supremo?
—¿Para qué esperar?
—¿Para qué? Para permitirme acabar mi obra.
—¿Su obra? Pero ni siquiera ha comenzado, señor Lupin.
—En eso, su majestad se equivoca.
—Demuéstremelo... Esperaré hasta mañana al mediodía.
Lupin reflexionó y dijo gravemente:
—Puesto que su majestad tiene necesidad de pruebas para confiar en mí, helas aquí. Las doce salas que dan a esta galería tienen cada una un nombre diferente, cuya inicial está marcada en la respectiva puerta. Una de esas inscripciones que está menos borrada por efecto de las llamas, me llamó la atención cuando yo atravesaba la galería. Entonces examiné las otras puertas y descubrí otras tantas iniciales.
que apenas podían distinguirse, grabadas todas también en la galería por encima de los frontones. Pero una de esas iniciales era una D, primera letra de Diana. Otra era una A, primera letra de Apollon. Y estos dos nombres son nombres de divinidades mitológicas. ¿Ofrecerán las otras iniciales el mismo carácter? Descubrí también una J, inicial de Júpiter; una V, inicial de Venus; una M, inicial de Mercurio; una S, inicial de Saturno, etcétera. Esta parte del problema estaba resuelta: cada una de las doce salas lleva el nombre de una divinidad del Olimpo, cuya combinación Apoon, completada por Isilda, designa la sala de Apollon (Apolo). Por consiguiente, es aquí, en esta sala que nos encontramos, donde se hallan ocultas las cartas. Quizá baste ahora con unos minutos para descubrirlas.
—Unos minutos... o unos años... todavía —dijo el emperador, riendo.
Parecía divertirse mucho, y también el conde afectaba una gran alegría.
Lupin preguntó:
—¿Majestad, quiere explicarse?
—Señor Lupin, la apasionante investigación que usted ha realizado hoy, y de la cual nos comunica los brillantes resultados, ya la había hecho yo antes, sí, hace dos semanas, en compañía de su amigo Herlock Sholmes. Juntos, hemos interrogado a la pequeña Isilda; juntos, hemos empleado a su respecto el mismo método que usted, y también juntos hemos descubierto las iniciales de la galería y hemos llegado aquí a la sala de Apollon.
Lupin estaba lívido. Balbució:
—¡Ah! ¿Sholmes... logró llegar... hasta aquí?...
—Sí, después de cuatro días de investigaciones. Cierto es que con eso no hemos adelantado nada, pues nada hemos descubierto. Pero, a pesar de ello, lo que yo sé es que las cartas no están aquí.
Temblando de rabia, herido en lo más hondo de su orgullo, Lupin se irritó ante aquella ironía, encabritándose como un caballo que hubiera recibido unos latigazos. Jamás se había sentido humillado a tal extremo. En su furor hubiera estrangulado al gordo Waldemar, cuya risa le exasperaba.
Luego, serenándose, dijo:
—El señor Sholmes ha necesitado cuatro días. A mí me han bastado unas horas. Y aún me hubiese llevado menos tiempo si no me hubieran puesto obstáculos en mis investigaciones.
—¿Quién se los puso, Dios santo? ¿Mi fiel conde? Espero que él no se haya atrevido...
—No, señor, no fue él, sino el más terrible y más poderoso de mis enemigos, ese ser infernal que mató a su cómplice Altenheim.
—¿Y está aquí? ¿Cree usted? —exclamó el emperador, quien dejaba traslucir que algún detalle de este dramático relato no le era desconocido.
—Está siempre allí donde yo estoy. Me amenaza con su odio constante. Fue él quien descubrió mí personalidad cuando yo fingía ser el señor Lenormand, jefe de Seguridad; es él quien me hizo arrojar en la prisión, y es él también quien me persigue ahora que he salido de ella. Ayer, creyendo alcanzarme con sus disparos en el automóvil, hirió al conde de Waldemar.
—Pero ¿quién le asegura a usted...., qué es lo que le dice a usted que él se encuentra en Veldenz?
—Isilda recibió dos monedas de oro, dos monedas francesas.
—¿Y qué vendría a hacer aquí? ¿Qué objeto lo traería?
—Yo no lo sé, señor, pero él es el propio espíritu del mal. Majestad, desconfíe de él. Es capaz de todo.
—Imposible, tengo doscientos hombres en esas ruinas. No ha podido entrar. Lo hubieran visto.
—Por desgracia, alguien lo ha visto.
—¿Quién?
—Isilda.
—Que la interroguen. Waldemar, conduce al prisionero ante la muchacha.
Lupin mostró sus manos atadas.
—La batalla será dura. ¿Puedo luchar así?
El emperador le dijo al conde:
—Suéltalo... y tenme al comente...
Así, pues, mediante un brusco esfuerzo y mezclando a la discusión, audazmente y sin ninguna prueba, la visión aborrecida del asesino, Arsenio Lupin ganaba tiempo y volvía a tomar la dirección de las investigaciones.
«Todavía me quedan dieciséis horas —se dijo—. Es más tiempo del que necesito.»
Llegó a la estancia ocupada por Isilda, situada al extremo de aquellos terrenos, cuyos edificios servían de cuartel a los doscientos guardias de las ruinas y en las que el ala izquierda, que era precisamente ésta, estaba enteramente reservada a los oficiales.
Isilda no se encontraba allí.
El conde envió a dos de sus hombres a buscarla. Regresaron. Nadie había visto a la muchacha.
Sin embargo, ella no podía haber salido del recinto de las ruinas. En cuanto al palacio del Renacimiento, estaba, por así decir, ocupado por la mitad de las tropas y nadie podía penetrar en él.
Finalmente, la esposa de un teniente que habitaba el alojamiento vecino declaró que ella no había abandonado su ventana y que la muchacha no había salido.
—Si ella no ha salido —exclamó Waldemar—, tiene que estar ahí; y no está.
Lupin observó:
—¿Hay algún piso más arriba de éste?
—Sí, pero de esta habitación a ese piso no hay escalera para subir.
—Sí, hay una escalera.
Señaló hacia una pequeña puerta situada sobre un reducto oscuro. En la sombra se percibían los primeros peldaños de una escalera, abrupta como una escala.
—Le ruego a usted, mi querido conde —dijo a Waldemar, que intentaba subir—, que me conceda a mi este honor.
—¿Por qué?
—Porque hay peligro.
Se apresuró a subir, y enseguida saltó a un desván estrecho y bajo.
De su garganta escapó un grito:
—¡Oh!
—¿Qué ocurre? —preguntó el conde, apareciendo allí a su vez.
—Aquí..., sobre el piso..., Isilda...
Se arrodilló, pero inmediatamente, tras el primer examen, reconoció que la joven estaba solamente sin conocimiento y no presentaba ninguna huella de herida, salvo algunos rasguños en las muñecas y en las manos.
En la boca, formando una mordaza, había un pañuelo.
—En efecto —dijo—, el asesino estaba aquí con ella. Cuando llegamos, le dio un puñetazo y la amordazó para que no pudiéramos oír sus gemidos.
—Pero ¿por dónde ha escapado?
—Por allí... mire..., hay un pasillo que pone en comunicación todas las buhardillas del primer piso.
—¿Y de allí?
—De allí bajó por las escaleras de una de las viviendas.
—Pero le hubieran visto.
—¡Bah!, ¿quién sabe? Ese ser es invisible. No importa. Envíe a sus hombres a informarse. Que registren todas las buhardillas y viviendas de la planta baja.
Dudó. ¿Iría él también en persecución del asesino?
Pero un ruido le hizo volverse hacia la joven. Ésta se había incorporado y de sus manos cayeron una docena de monedas de oro. Las examinó. Todas eran francesas.
—Vamos —dijo—, no me había equivocado. Pero ¿por qué tanto oro? ¿Y en recompensa de qué?
De pronto divisó un libro caído en el suelo y se agachó para recogerlo. Pero, con un movimiento, la joven se precipitó sobre el libro, lo cogió y lo apretó contra su cuerpo con una energía salvaje, cual si estuviera dispuesta a defenderse contra todos.
—Es eso —dijo Lupin—. Las monedas de oro le fueron ofrecidas a cambio del volumen, pero ella se negó a entregarlo. Éste es el origen de los rasguños que tiene en las manos. Lo interesante sería saber por qué el asesino quería apoderarse de este libro. ¿Acaso consiguió antes de ahora hojearlo?
Después le dijo a Waldemar:
—Mi querido conde, dé usted la orden, por favor...
Waldemar hizo una señal. Tres de sus nombres se arrojaron sobre la joven, y después de una dura lucha, en el curso de la cual aquella desventurada temblaba de cólera y retorcía su cuerpo lanzando gritos, le fue arrancado el volumen.
—Despacio, niña —le dijo Lupin—. Ten calma... Todo esto es en favor de una buena causa... Que la vigilen.
Se trataba de un tomo suelto de Montesquieu, con una vieja encuadernación que databa, cuando menos, de un siglo y que llevaba este título: Viaje al templo de Gnide. Pero apenas Lupin lo abrió exclamó:
—¡Caramba, caramba!, es extraño. En el borde interior de cada una de las páginas ha sido pegada una hoja de pergamino, y sobre esta hoja y sobre todas las demás hay líneas de escritura muy apretada y fina.
En el comienzo leyó:
—«Diario del caballero Gilles de Malréche, doméstico francés de su alteza real el príncipe de Deux-Ponts-Veldenz, comenzado el año de gracia de mil setecientos noventa y cuatro.»
—¿Cómo puede ser eso? —dijo el conde.
—¿Qué es lo que le sorprende?
—El abuelo de Isilda, el viejo que murió hace dos años, se llamaba Malreich, es decir, era el mismo nombre de Malréche, pero germanizado.
—¡Maravilloso! El abuelo de Isilda debía ser el hijo o el nieto del doméstico francés que escribía su diario en un tomo suelto de Montesquieu. Y es así cómo este diario pasó a las manos de Isilda.
Hojeó el volumen al azar:
—«Quince de septiembre de mil setecientos noventa y seis: Su alteza ha cazado.» «Veinte de septiembre de mil setecientos noventa y seis: Su alteza ha salido a caballo. Montaba el caballo Cupidon.» ¡Caray! —murmuró Lupin—, hasta aquí esto no tiene nada de emocionante:
Hojeó más adelante:
—«Doce de marzo de mil ochocientos tres: Le he hecho enviar dinero a Hermann. Está de cocinero en Londres.»
Lupin se echó a reír, y comentó:
—¡Oh, oh, Hermann está destronado! Ya no hay respeto para él.
—El gran duque reinante —observó Waldemar— fue, en efecto, expulsado de su Estado por las tropas francesas.
Lupin continuó:
—«Mil ochocientos nueve: Hoy, martes, Napoleón ha dormido en Veldenz. Fui yo quien hizo la cama de su majestad y quien, a la mañana siguiente, vació las aguas que utilizó en su aseo.»
—Sí, sí, fue al reunirse a su ejército, cuando la campaña de Austria, que habría de culminar en Wagran. Es un honor del que la familia ducal, más tarde, se sentía muy orgullosa.
Lupin prosiguió:
—«Veintiocho de octubre de mil ochocientos catorce: Su alteza real ha regresado a sus dominios.» «Veintinueve de octubre: Esta noche he llevado a su alteza hasta el escondrijo y tuve la felicidad de demostrarle que nadie había adivinado su existencia. Por lo demás, cómo era posible creer que un escondrijo podía practicarse en un...»
Lupin se detuvo bruscamente... Lanzó un grito... Isilda se había escapado de súbito de los hombres que la guardaban, se había arrojado sobre él y huido luego, llevándose el libro.
—¡Ah, qué pícara! Corran..., den la vuelta por abajo, para salirle al paso. Yo la perseguiré por el pasillo.
Pero la joven había cerrado la puerta detrás de ella y corrido el cerrojo. Lupin tuvo que volver a bajar y bordear los terrenos exteriores, lo mismo que tuvieron que hacer los otros, en busca de una escalera que le llevara al primer piso.
Sólo estaba abierto el cuarto de alojamiento y por él pudo subir. Pero el pasillo estaba vacío y necesitó llamar en las puertas, forzar las cerraduras e introducirse en habitaciones desocupadas, mientras Waldemar, con el mismo ardor que él en la persecución, punzaba los cortinajes y las colgaduras con la punta de su espada.
Se escucharon llamadas que procedían de la planta baja, por el lado del ala derecha. Corrieron presurosos allí. Era una de las mujeres de los oficiales, la cual les hacía señas al extremo del pasillo, y luego les comunicó que la joven se encontraba en casa de ella.
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Lupin.
—Porque intenté entrar en mi cuarto. La puerta estaba cerrada y oí ruido dentro.
Lupin, en efecto, trató de abrir la puerta, pero no lo logró.
—Por la ventana —gritó—. Debe de haber una ventana.
Le guiaron al exterior, e inmediatamente, tomando el sable del conde, golpeó con él los cristales y los rompió.
Luego, sostenido por dos hombres, escaló el muro, metió el brazo por un agujero de la ventana, hizo girar el pestillo y saltó dentro de la estancia.
Acurrucada delante de la chimenea, Isilda se le apareció frente a las llamas.
—¡Oh, qué miserable! —exclamó Lupin—. ¡Lo arrojó al fuego!
La empujó brutalmente, intentó recoger el libro del fuego, y se quemó las manos. Después, con ayuda de unas tenazas, lo sacó fuera del fuego y lo cubrió con un tapete de la mesa para ahogar las llamas.
Pero era ya demasiado tarde. Las páginas del viejo manuscrito estaban completamente consumidas y cayeron reducidas a cenizas.

II

Lupin miró a la joven largamente. El conde dijo:
—Cabría creer que ella sabe lo que hace.
—No, no, no lo sabe. Lo que pasa es que su abuelo ha debido de confiarle ese libro como si fuera un tesoro. Un tesoro que nadie debía contemplar, y ella, con su instinto estúpido, prefirió arrojarlo a las llamas antes que desprenderse de él.
—¿Y ahora?
—¿Y ahora qué?
—Usted no conseguirá encontrar el escondrijo.
—¡Ah, mi querido conde! ¿Acaso ha pensado usted por un momento en mi éxito como algo posible? ¿Y Lupin ya no le parece a usted ahora completamente un charlatán? Tranquilícese, Waldemar; Lupin tiene varias cuerdas en su arco. Yo triunfaré.
—¿Antes de las doce de mañana?
—Antes de las doce de la noche. Pero me estoy muriendo de hambre. Y si usted tuviera la bondad...
Le condujeron a una sala de la comunidad que estaba destinada a comedor de los suboficiales, y allí le fue servida una buena comida, mientras el conde iba a dar sus informes al emperador.
Veinte minutos después, Waldemar regresó. Se instalaron uno frente a otro, silenciosos y pensativos.
—Waldemar, un buen cigarro sería bien venido... Se lo agradezco. Éste restalla, cual corresponde a los habanos que se respetan. Lupin encendió su cigarro, y, al cabo de unos minutos, dijo: —Puede usted fumar, conde; esto no me molesta en absoluto. Transcurrió una hora. Waldemar dormitaba, y de cuando en cuando, para despertarse, bebía una copa de coñac. Los soldados iban y venían prestándoles servicio.
—Café —pidió Lupin. Le trajeron café.
—¡Qué malo es! —gruñó—. Si es éste el café que toma el cesar... A pesar de ello, que me sirvan otra taza, Waldemar. La noche quizá resulte larga. ¡Oh, qué mal café!
Encendió otro cigarro y ya no dijo una palabra más. Los minutos transcurrían. Lupin permanecía inmóvil y mudo. De pronto, Waldemar se puso en pie y le dijo a Lupin con tono indignado:
—Oiga, póngase en pie.
En ese momento, Lupin silbaba en tono bajo. Continuó haciéndolo impasiblemente.
—En pie, le he ordenado.
Lupin se volvió. Su majestad acababa de entrar. Se puso en pie.
—¿Qué hay de nuevo? —dijo el emperador.
—Yo creo, señor, que me será posible dentro de muy poco el dar satisfacción a su majestad.
—¿Cómo? ¿Acaso sabe usted...?
—¿El escondrijo? Casi, casi, señor... Faltan unos detalles más, que no logro captar.., Pero, ya sobre el terreno, todo se aclarará; yo no lo dudo.
—¿Debemos permanecer aquí?
—No, señor. Ya le pediré que me acompañe sólo hasta el palacio del Renacimiento. Pero aún tenemos tiempo, y si su majestad me autoriza, yo desearía ahora reflexionar sobre dos o tres puntos.
Y sin esperar respuesta, se sentó, con gran indignación de Waldemar.
Momentos después, el emperador, que se había alejado y conferenciaba con el conde, volvió a acercarse.
—Señor Lupin: ¿está usted ya dispuesto ahora? Lupin guardó silencio. El emperador volvió a interrogarle, pero él bajó la cabeza.
—Está durmiendo, en verdad; se creería que duerme.
Furioso, Waldemar le sacudió vivamente por el hombro. Lupin cayó de su silla, se desplomó sobre el suelo, sufrió tres convulsiones y quedó inmóvil.
—¿Qué es lo que tiene? —exclamó el emperador—. Espero que no haya muerto.
Tomó una lámpara y se inclinó sobre Lupin.
—¡Qué pálido está! Parece una cara de cera... Mira, Waldemar..., observa el corazón...; está vivo, ¿verdad?
—Sí, señor —dijo el conde, después de un momento—. El corazón late con toda regularidad.
—Entonces, ¿qué ocurre? No comprendo... ¿Qué ha ocurrido?
—¿Y si fuese a buscar al médico?
—Vete corriendo...
El doctor encontró a Lupin en el mismo estado, inerte e inconsciente. Mandó que le tendieran sobre una cama, le examinó detenidamente y se informó respecto a lo que el enfermo había comido.
—¿Teme usted, entonces, que se trate de un envenenamiento, doctor?
—No, señor, no hay síntomas de envenenamiento. Pero supongo... ¿Qué es lo que contenía esa taza que está en la bandeja?
—Café —dijo el conde.
—¿Para usted?
—No, para él. Yo no lo tomé.
El doctor se sirvió de aquel café, lo probó y dijo:
—No me equivocaba; el paciente ha sido dormido con ayuda de un narcótico.
—Pero ¿quién lo hizo? —exclamó el emperador, irritado—. Veamos, Waldemar, resulta exasperante lo que está ocurriendo aquí.
—Señor...
—Sí, ya estoy cansado... Empiezo a creer verdaderamente que este hombre tiene razón y que anda un extraño en este castillo... Esas monedas de oro, ese narcótico...
—Si alguien hubiera penetrado en este recinto, se le descubriría, señor... Hace tres horas que se está registrando por todas partes.
—Sin embargo, no fui yo quien preparó el café, lo aseguro..., a menos que no seas tú...
—¡Oh, señor!
—Pues bien: busca..., investiga..., tienes doscientos hombres a tu disposición, y la comunidad no es tan grande. Porque, al fin, el bandido ronda por aquí en torno a los edificios..., del lado de la cocina..., o qué sé yo. Vete. Muévete.
Durante toda la noche, el gordo Waldemar se movió a conciencia, pues se trataba de una orden de su jefe; pero lo hizo sin convicción, ya que para él resultaba imposible que ningún extraño lograra ocultarse entre las ruinas que estaban tan bien vigiladas. Y, de hecho, los acontecimientos le dieron la razón: las investigaciones resultaron inútiles y no se logró descubrir la mano misteriosa que había preparado el brebaje soporífico.
Esa noche, Lupin la pasó en la cama inanimado. Por la mañana, el médico, que no se había separado de él, le respondió a un enviado del emperador que el paciente continuaba durmiendo.
A las nueve de la mañana, sin embargo, Lupin hizo un primer ademán, una especie de esfuerzo por despertarse. Un poco más tarde balbució: —¿Qué hora es? —Las nueve y treinta y cinco.
Realizó un nuevo esfuerzo y dio la sensación de que, a pesar de su aletargamiento, todo su ser se ponía en tensión para volver a la vida. Un reloj de péndulo dio diez campanadas. Lupin se estremeció, y dijo: —Que me lleven..., que me lleven al palacio.
Con la aprobación del médico, Waldemar llamó a sus hombres e hizo avisar al emperador.
Lupin fue colocado sobre unas parihuelas, y todos se pusieron en marcha hacia el palacio. —Al primer piso —murmuró Lupin. Le subieron.
—Al extremo del pasillo —dijo—. A la última sala a la izquierda. Le llevaron a la última sala, que era la que hacía el número doce, y le dieron una silla, sobre la cual se sentó, agotado.
Llegó el emperador. Lupin no se movió, conservando un aspecto de inconsciencia y con la mirada sin expresión alguna.
Luego, transcurridos unos minutos, pareció despertarse, miró en torno, a los muros, al techo y a las personas presentes, y dijo:
—Fue un narcótico, ¿no es así?
—Sí —le contestó el doctor.
—¿Encontraron... al hombre?
—No.
Pareció meditar y varias veces inclinó la cabeza con aire pensativo, pero se dieron cuenta de que estaba durmiendo de nuevo. El emperador se acercó a Waldemar, y le dijo:
—Da las órdenes necesarias para que traigan tu automóvil.
—¡Ah!..., ¿pero entonces, señor?...
—Sí, empiezo a creer que se está burlando de nosotros y que todo eso no es más que una comedia para ganar tiempo.
—Quizá..., en efecto... —dijo aprobatoriamente Waldemar. —Evidentemente. Está explotando ciertas extrañas coincidencias, pero él no sabe nada, y su historia sobre las monedas de oro y el narcótico son puras invenciones. Si continuamos prestándonos a ese pequeño juego, se nos va a escapar de las manos. Tu automóvil, Waldemar.
El conde dio las órdenes y regresó. Lupin no se había despertado. El emperador, que inspeccionaba las salas, le dijo a Waldemar —Esta es la sala de Minerva, ¿no es así? —Sí, señor.
—Pero, entonces, ¿por qué figura esa N en dos lugares? En efecto, había dos enes, una encima de la chimenea y otra encima de un antiguo reloj, incrustado en la pared medio demolida, y del cual se veía el complicado mecanismo, así como los pesos inertes colgando al extremo de sus cuerdas.
—Esas dos enes... —dijo Waldemar.
El emperador no escuchó la respuesta. Lupin se había movido nuevamente, abrió los ojos y articuló unas palabras ininteligibles. Se levantó, caminó a lo ancho de la estancia y luego volvió a caer en su asiento, extenuado.
Se produjo entonces la lucha..., una lucha encarnizada de su cerebro, de sus nervios, de su voluntad, contra aquel terrible estado de somnolencia que le paralizaba..., la lucha de un moribundo contra la muerte, de la vida contra la nada.
Constituía un espectáculo infinitamente angustioso.
—Está sufriendo —murmuró Waldemar.
—O, cuando menos, finge el sufrimiento —declaró el emperador—, y lo finge maravillosamente. ¡Qué cómico!
Lupin balbució:
—Doctor, póngame una inyección..., una inyección de cafeína..., inmediatamente.
—¿Lo permite usted, señor? —preguntó el médico al emperador.
—Ciertamente..., hasta el mediodía, que hagan todo lo que él quiera; debe hacerse. Tiene mi promesa.
—¿Cuántos minutos faltan... de aquí a mediodía? —pregunto Lupin.
—Cuarenta —le dijeron.
—¿Cuarenta?... Yo lo lograré..., es seguro que lo lograré..., es preciso.
Se cogió la cabeza entre las manos.
—¡Ah!, si yo contara con mi cerebro, el verdadero, mi cerebro que piensa..., entonces sería cosa de unos segundos. No hay más que un punto oscuro, pero no puedo..., el pensamiento se me escapa..., no logro apresarlo..., es atroz...
Sus hombres se estremecían. ¿Estaba llorando?
Se le oyó que repetía.
—Ochocientos trece..., ochocientos trece...
Y luego, con voz más baja:
—Ochocientos trece..., un ocho..., un uno..., un tres...; si, evidentemente..., pero ¿por qué?..., eso no basta...
El emperador murmuró:
—Me impresiona. Me cuesta trabajo creer que un hombre pueda fingir de tal manera...
La media... tres cuartos...
Lupin permanecía inmóvil, con sus puños pegados a las sienes. El emperador esperaba con los ojos fijos sobre un reloj que sostenía Waldemar.
—Todavía diez minutos..., todavía cinco...
—Sí, señor.
—Waldemar. ¿está ahí el coche? ¿Tus hombres están dispuestos?
—Sí, señor.
—¿Tu cronómetro tiene campanilla?
—Sí, señor.
—Cuando suene la última campanada del mediodía, entonces...
—Sin embargo...
—Cuando suene la última campanada del mediodía, Waldemar. En verdad, la escena tenía algo de trágica... tenía aquella especie de grandeza y de solemnidad que adquieren las horas al acercarse a un posible milagro. Parece tal como si la propia voz del Destino fuese a manifestarse.
El emperador no ocultaba su angustia. Aquel extraño aventurero que se llamaba Arsenio Lupin y cuya vida prodigiosa él conocía..., aquel hombre le turbaba..., y aun cuando se sintiera resuelto a poner fin a toda aquella historia equívoca, no podía impedirse el esperar... esperar.
Todavía dos minutos..., todavía un minuto. Luego ya se contó por segundos.
Lupin parecía dormido.
—Vamos, prepárate —dijo entonces el emperador al conde.
Éste avanzó hacia Lupin y le puso una mano sobre un hombro.
La campanita de argentino tono del cronómetro vibró... una, dos, tres, cuatro, cinco...
—Waldemar, saca los pesos del viejo reloj.
Hubo un momento de estupor. Era Lupin quien había hablado con voz tranquila.
Waldemar se encogió de hombros, indignado de que Lupin lo tutease.
—Obedece, Waldemar —ordenó el emperador.
—Sí, obedece, mi querido conde —insistió Lupin, que volvía a recobrar su ironía—. El secreto está en esas cuerdas, y no tiene más que tirar de ellas..., alternativamente..., una, dos..., ¡magnífico!... Así era cómo se le daba cuerda antiguamente.
En efecto, el péndulo fue puesto en movimiento y se escuchó el tictac regular.
—Y ahora, las agujas —dijo Lupin—. Ponías un poco antes del mediodía..., no te muevas..., déjame hacer...
Se levantó y se dirigió hacia el cuadrante, que se encontraba apenas a un paso de distancia, con los ojos fijos, con todo su ser puesto en atención.
Sonaron las doce campanadas..., doce golpes pesados, profundos.
Luego se produjo un largo silencio. Nada ocurría. Sin embargo, el emperador esperaba, cual si estuviera seguro de que algo iba a ocurrir. Y Waldemar se mantenía inmóvil, con la vista extraviada.
Lupin, que se había inclinado sobre el cuadrante, se irguió, y murmuró:
—Perfecto..., ya está...
Se volvió hacia su silla y ordenó:
—Waldemar, vuelve a poner las agujas en las doce menos dos minutos. Pero no, amigo mío, no las muevas en marcha atrás, sino hacia adelante...; sí, eso tardará más..., pero qué quieres...
Sonaron todas las horas y todas las medias horas hasta la media de las once.
—Escucha, Waldemar-dijo Lupin.
Y habló gravemente, sin burla, como si él mismo se sintiera emocionado y ansioso:
—Escucha, Waldemar ¿ves sobre el cuadrante un pequeño punto redondo que marca la primera hora? Ese punto se mueve, ¿no es así? Pon encima el índice de la mano izquierda y aprieta. Muy bien. Haz lo mismo con el pulgar sobre la punta que marca la tercera hora. Bien... Ahora, con tu mano derecha, aprieta la punta de la hora ocho. Bien. Te doy las gracias. Vete a sentarte, querido amigo.
Hubo un instante de silencio, y luego la aguja grande se desplazó y afloró la punta correspondiente a la hora doce... Volvió a sonar el mediodía.
Lupin se calló. Estaba muy pálido. En el silencio sonaron una a una las doce campanadas.
Al dar la última se produjo un ruido de desprendimiento. El reloj se detuvo instantáneamente. El péndulo quedó inmóvil.
Y, de pronto, el adorno de bronce que dominaba el cuadrante y que representaba una cabeza de carnero, cayó, dejando al descubierto una especie de pequeño nicho tallado en la piedra.
En ese nicho había una cajita de plata ornada de cinceladuras.
—¡Ah! —exclamó el emperador—. Usted tenía razón.
—¿Lo dudaba usted, señor? —dijo Lupin.
Tomó la cajita y se la presentó al emperador.
—Majestad, haga el favor de abrirla. Las cartas que vuestra majestad me dio la misión de buscar están aquí.
El emperador levantó la tapa y pareció muy sorprendido...
La cajita estaba vacía.

III

¡La cajita estaba vacía!
Fue un golpe teatral, extraordinario, imprevisto. Después del éxito de los cálculos efectuados por Lupin, después del descubrimiento tan ingenioso del secreto del reloj, el emperador, para quien el éxito final ya no era dudoso, parecía confundido.
Frente a él, Lupin, desencajado, con las mandíbulas contraídas y los ojos inyectados de sangre, rechinaba los dientes de rabia y de odio impotente. Se enjugó la frente cubierta de sudor y luego examinó vivamente la cajita, la volvió entre sus manos y tornó a examinarla como si esperase encontrar en ella un doble fondo. Finalmente, para mayor seguridad, en un acceso de furia, la aplastó apretándola con fuerza irresistible.
Eso le sirvió de alivio. Respiró ya más tranquilo.
El emperador le dijo:
—¿Quién hizo esto?
—La misma persona de siempre, señor. Aquel que persigue el mismo camino que yo y que avanza hacia el mismo objetivo. El asesino del señor Kesselbach.
—¿Cuándo?
—Esta noche. ¡Ah, señor, por qué no me dejó usted libre al salir de la prisión! Libre, y hubiera llegado aquí sin pérdida de tiempo. Hubiera llegado antes que él. Y llegando antes que él, yo le hubiera dado el oro a Isilda... Llegando antes que él, hubiera leído el diario de Malreich, el viejo doméstico francés.
—Entonces usted cree que fue merced a las revelaciones de ese diario...
—Sí, señor; tuvo tiempo para leerlas él. Y en la sombra, no sé dónde, informado de todos nuestros movimientos, ignoro por quién, me narcotizó para deshacerse de mí esta noche.
—Pero el palacio estaba guardado.
—Guardado por vuestros soldados, señor. ¿Acaso eso tiene algún valor para hombres como él? Yo no dudo que, por lo demás, Waldemar haya concentrado su búsqueda en la comunidad, dejando así sin vigilancia las puertas del palacio.
—Pero ¿y el ruido del reloj..., esas doce campanadas en la noche?
—Eso es un juego, señor. Es un sencillo juego el impedir que un reloj suene.
—Todo ello me parece muy inverosímil.
—Todo eso me parece en extremo claro a mí, señor. Si fuese posible el registrar desde ahora los bolsillos de todos vuestros hombres, o el averiguar todos los gastos que harán durante el año próximo, se descubriría que dos o tres de ellos, que en la actualidad son poseedores de algunos billetes de Banco..., billetes de Banco franceses, bien entendido...
—¡Oh! —protestó Waldemar.
—Sí, mi querido conde, es una cuestión de precio, y el otro no mira eso. Si él lo quisiera, estoy seguro de que usted mismo...
El emperador le escuchaba manteniéndose absorto en sus reflexiones. Se paseó a derecha e izquierda por la estancia y luego hizo una señal a uno de los oficiales que se encontraban en la galena.
—Mi automóvil. Que lo dispongan pronto..., vamos a salir.
Se detuvo, observó a Lupin, y, acercándose al conde, le dijo:
—Y tú también, Waldemar, en camino... Derechos a París en una sola etapa...
Lupin aguzó el oído. Oyó a Waldemar, que respondía.
—Preferiría llevar una docena de guardias más con este diablo de hombre...
—Tómalos. Y apresúrate, es preciso que llegues esta noche.
Lupin se encogió de hombros, y murmuró:
—¡Qué absurdo!
El emperador se volvió hacia Lupin y éste dijo:
—Sí, señor, porque Waldemar es incapaz de guardarme. Mi evasión es cosa segura...
Golpeó el suelo con el pie violentamente.
—Y entonces, ¿cree usted, señor, que yo voy a perder el tiempo una vez más? Si usted renuncia a la lucha, yo no renuncio. He empezado y terminaré.
El emperador objetó:
—Yo no renuncio, pero mi Policía va a ponerse en campaña.
Lupin rompió a reír.
—Que su majestad me disculpe. Pero es tan gracioso... La Policía de su majestad... Ésta vale tanto como todas las Policías del mundo, es decir, nada, nada en absoluto. No, señor, yo no regresaré a la Santé. La prisión no me importa. Pero necesito mi libertad para luchar contra ese hombre y me quedo con ella.
El emperador se impacientó.
—Ese hombre, usted ni siquiera sabe quién es.
—Lo sabré, señor. Y lo lograré saber yo sólo. Y él sabe también que soy el único que puedo averiguarlo. Soy su único enemigo. Soy el único que le ataca. Es a mí a quien quería alcanzar el otro día con las balas de su revólver. Es a mí a quien le bastaba narcotizarme esta noche, para quedar libre y actuar a su gusto. El duelo es entre él y yo. El resto del mundo no tiene nada que ver en esto. Nadie puede ayudarme a mí, ni nadie puede ayudarle a él. Somos dos y eso es todo. Hasta ahora la suerte le ha ayudado a él. Pero, a fin de cuentas, es inevitable, es fatal que yo triunfe.
—¿Por qué?
—Porque yo soy el más fuerte.
—¿Y si él os mata?
—No me matará. Le arrancaré las garras y le reduciré a la impotencia. Y me apoderaré de las cartas. No hay poder humano que pueda impedirme el adueñarme de ellas.
Hablaba con un tono violento de convicción y de certidumbre, que daba a las cosas que predecía la apariencia real de cosas ya realizadas.
El emperador no podía menos de experimentar un sentimiento confuso, inexplicable, en el que había una especie de admiración y mucho también de esa confianza que Lupin exigía de manera tan autoritaria. En el fondo, si dudaba, era sólo por el escrúpulo de emplear a este hombre y de convertirle, por así decir, en aliado suyo. Y preocupado, no sabiendo qué partido tomar, paseaba desde la galería a las ventanas sin pronunciar palabra.
Al fin dijo:
—¿Y quién nos asegura que las cartas fueron robadas esta noche?
—El robo ha dejado la huella de la fecha, señor.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Examine la parte interior de la pared que disimulaba el escondrijo. La fecha está inscrita con tiza blanca: medianoche del veinticuatro de agosto.
—En efecto..., en efecto —murmuró el emperador, sorprendido—. ¿Cómo no lo había visto yo?
Y dejando traslucir su curiosidad, agregó:
—Es como esas dos enes pintadas sobre la muralla..., no me lo explico. Ésta es la sala de Minerva.
—Pero ésta es también la sala donde durmió Napoleón, emperador de los franceses —manifestó Lupin.
—¿Qué sabe usted de eso?
—Preguntadle a Waldemar, señor. En cuanto a mí, cuando examiné el diario del viejo doméstico, me sentí como iluminado por un relámpago. Comprendí que lo mismo Sholmes que yo habíamos seguido un camino falso. Apoon, la palabra incompleta que escribió el gran duque Hermann en su lecho de muerte, no es una contracción de la palabra Apollon, sino de la palabra Napoleón.
—Exacto..., tiene usted razón —dijo el emperador—. Las mismas letras se encuentran en las dos palabras y siguen el mismo orden. Es evidente que el gran duque lo que quiso escribir fue Napoleón. Pero ¿y esa cifra ochocientos trece?
—¡Ah!, ése es el punto que me cuesta más trabajo aclarar. Siempre tuve la idea de que era preciso sumar las tres cifras ocho, uno y tres, y el número doce, así obtenido, me pareció inmediatamente que se aplicaba a esta sala, que es la número doce de la galería. Pero eso no me bastaba. Tenía que haber otra cosa; otra cosa que mi cerebro debilitado no conseguía formular. La vista de ese reloj, de ese reloj situado exactamente en la sala de Napoleón, constituyó una revelación para mí. El número doce significaba evidentemente la duodécima hora. Mediodía. Medianoche. ¿No es, acaso, un instante más solemne y que se escoge más voluntariamente? Pero ¿por qué esas tres cifras ocho, uno y tres, más bien que otras que hubieran, asimismo, proporcionado el mismo total? Fue entonces cuando pensé en hacer sonar el reloj por primera vez a título de ensayo. Y fue haciéndolo sonar que comprobé que las puntas de la primera, de la tercera y de la octava hora eran móviles. Entonces obtuve tres cifras: uno, tres y ocho, que, colocadas en orden inverso, daban el número ochocientos trece. Waldemar apretó las tres puntas. Se produjo el desprendimiento. Su majestad sabe ya el resultado... Ahí está, señor, la explicación de esa palabra misteriosa y de esas tres cifras que forman el ochocientos trece, que el gran duque escribió con su mano de agonizante y gracias a las cuales tenía la esperanza de que su hijo encontraría un día el secreto de Veldenz, y se convertiría en dueño y señor de las famosas cartas que él había ocultado.
El emperador había escuchado todo esto con atención apasionada, sorprendido cada vez más por todo cuanto observaba en aquel hombre, en materia de ingenio, clarividencia, sutileza e inteligente voluntad.
—Waldemar —llamó el emperador.
—Señor.
Pero en el momento en que iba a hablar, se escucharon exclamaciones procedentes de la galería. Waldemar salió y volvió a entrar.
—Es la loca, señor, a quien tratan de impedirle que pase.
—Que venga —exclamó Lupin vivamente—. Es preciso que venga, señor.
A un gesto del emperador, Waldemar salió a buscar a Isilda.
La entrada de la joven produjo estupor. Su rostro, siempre tan pálido, estaba cubierto de manchas negras. Sus rasgos faciales convulsionados revelaban un gran sufrimiento. Jadeaba con las manos crispadas, apoyadas contra el pecho.
—¡Oh! —exclamó Lupin con espanto.
—¿Qué ocurre? —preguntó el emperador.
—Vuestro médico, señor. Sin pérdida de tiempo.
Lupin se adelantó:
—Habla, Isilda. ¿Has visto algo? ¿Tienes algo que decir?
La joven se había detenido con la mirada menos vaga, como iluminada por el dolor. Articuló unos sonidos, pero ninguna palabra.
—Escucha —le dijo Lupin—: responde sí o no... con un movimiento de cabeza... ¿Le has visto? ¿Sabes dónde está?... Tú sabes quién es..., escucha, si no respondes...
Lupin reprimió un gesto de cólera. Pero recordando de pronto lo ocurrido la víspera y que la joven parecía más bien haber conservado alguna memoria visual del tiempo en que había gozado de todo su juicio, Lupin escribió sobre la blanca pared una L y una M mayúsculas.
Ella extendió el brazo, señalando hacia las letras, y bajó la cabeza, cual si aprobase.
—¿Y después? —preguntó Lupin—. Después..., escribe tú.
Pero la joven lanzó un grito horrible y se arrojó al suelo en medio de aullidos.
Después se hizo el silencio y la inmovilidad. Isilda experimentó un nuevo estremecimiento y luego ya no se movió más.
—¿Muerta? —preguntó el emperador.
—Envenenada, señor.
—¡Ah!, la infeliz... ¿Y por quién?
—Por él, señor. Sin duda, ella le conocía. Y él debió de tener miedo a sus revelaciones.
Llegó el médico. El emperador le señaló a Isilda. Luego, dirigiéndose a Waldemar, dijo:
—Que todos tus hombres se pongan en campaña..., que registren la casa..., mandad telegramas a las estaciones de la frontera...
Se acercó a Lupin.
—¿Cuánto tiempo necesita usted para conseguir las cartas?
—Un mes, señor.
—Bien; Waldemar os esperará aquí. Tendrá instrucciones mías y plenos poderes para concederos lo que deseéis.
—Lo que yo quiero, señor, es la libertad.
—Está usted libre.
Lupin le vio alejarse, y dijo entre dientes:
—Primero, la libertad..., y luego, cuando te haya entregado tus cartas, ¡oh, majestad!, un apretón de manos..., perfectamente..., un apretón de manos entre un emperador y un ladrón..., para demostrarte que te equivocas en mostrarte asqueado conmigo. Porque, en suma, ésa es demasiada soberbia. Ahí está un señor por quien yo abandono mi alojamiento en el Palacio de la Santé, a quien yo presto servicio, y que se permite ciertos aires de... Si alguna vez yo vuelvo a echarle la mano a tal cliente...
CAPÍTULO SEIS. LOS SIETE BANDIDOS


I

—¿La señora puede recibirle?
Dolores Kesselbach tomó la tarjeta que le tendía la sirvienta y leyó: Andrés Beauny.
—No — respondió. —No le conozco.
—Ese señor insiste mucho, señora. Dijo que la señora espera su visita.
—¡Ah!, quizá..., en efecto..., pásele aquí.
Después de los acontecimientos que habían trastornado su vida y que le habían herido con ensañamientos implacable, Dolores, tras haber pasado una breve temporada en el hotel Bristol, acababa de instalarse en una tranquila casa de la calle Vignes, al fondo de Passy.
Un bello jardín se extendía por la parte posterior, encuadrado de otros jardines frondosos. Cuando unas crisis más dolorosas no la obligaban a encerrarse días enteros en su dormitorio con las ventanas herméticamente cerradas, invisible para todos, Dolores se hacía llevar bajo los árboles y permanecía allí tendida, melancólica e incapaz de reaccionar contra el triste Destino.
La arena del camino crujió de nuevo, y, acompañado por la sirvienta, apareció un hombre joven, de aspecto elegante, vestido con sencillez, al estilo un poco anticuado de ciertos pintores, con el cuello bajo y corbata flotante de puntos blancos sobre el fondo azul marino.
La sirvienta se alejó.
—¿Andrés Beauny, no es así? —preguntó Dolores.
—Sí, señora
—Yo no tengo el honor...
—Sí, señora. Sabiendo que yo era uno de los amigos de la señora de Ernemond, la abuela de Genoveva, usted le ha escrito a esta señora a Garches diciéndole que deseaba tener una entrevista conmigo. Heme aquí.
Dolores se irguió muy emocionada.
—¡Ah!, usted...
—Sí.
Ella balbució:
—¿Verdaderamente? ¿Es usted? No le reconocía.
—¿Acaso no reconoce al príncipe Pablo Semine?
—No..., no se parece en nada a él..., ni la frente..., ni los ojos..., y tampoco es así como...
—Como los periódicos presentaron al detenido de la Santé —interrumpió él, sonriente—. Sin embargo, soy enteramente yo.
Se produjo un largo silencio, durante el cual parecieron uno y otra turbados y en situación embarazosa.
Finalmente, él dijo:
—¿Puedo saber la razón...?
—¿Genoveva no se la ha dicho a usted?...
—No la he visto..., pero a su abuela le pareció que usted necesitaba de mis servicios.
—Es eso..., es eso...
—¿Y en qué puedo servirla?... Me siento tan feliz...
Ella dudó unos segundos, y luego murmuró:
—Tengo miedo.
—¡Miedo! —exclamó él.
—Sí —dijo ella en voz baja—. Tengo miedo de todo. Miedo de lo que ya es y de lo que será mañana, pasado mañana..., miedo de la vida. He sufrido tanto..., ya no puedo más. Él la miraba con una gran compasión. El sentimiento confuso que le había empujado siempre hacia aquella mujer adquiría hoy un carácter más preciso al pedirle ella su protección. Sentía una necesidad ardiente de dedicarse a ella por entero, sin esperar ninguna recompensa.
Ella prosiguió:
—Estoy sola ahora, completamente sola, y con unos sirvientes que he tomado al azar, y tengo miedo..., tengo la sensación de que algo se agita en torno a mí.
—Pero ¿con qué finalidad?
—Lo ignoro. Pero el enemigo ronda y se acerca.
—¿Le ha visto usted? ¿Ha observado usted algo?
—Sí, en la calle, estos días, dos hombres han pasado varias veces frente a la casa y se han detenido para observarla.
—¿Qué señas tienen?
—Hay uno al que vi mejor. Es alto, fuerte, completamente afeitado y vestido con una chaqueta negra y muy corta.
—Un mozo de café.
—Sí, un mayordomo. Hice que uno de mis criados le siguiera. Tomó por la calle de la Pompe y penetró en una casa de aspecto malo, cuya planta baja está ocupada por un comerciante en vinos... La primera a la izquierda que da a la calle. En suma, la otra noche...
—La otra noche, ¿qué?
—Por la ventana de mi cuarto observé una sombra en el jardín.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Él reflexionó, y le propuso:
—¿Me permitiría usted que dos de mis hombres duerman abajo, en una de las habitaciones de la planta baja?...
—¿Dos de sus hombres?
—¡Oh!, no tema nada..., son gente honrada... El viejo Charoláis y su hijo... No tienen aspecto alguno de lo que son..., con ellos, usted podrá estar tranquila. En cuanto a mí...
Dudó. Esperaba que ella le rogase que volviera. Pero como ella permanecía callada, él dijo:
—En cuanto a mí, es preferible que no me vean aquí..., sí, es preferible... por usted. Mis hombres me tendrán al corriente de todo.
Intentó decir algo más, quedarse, sentarse allí junto a ella y consolarla. Pero tuvo la impresión de que ya había dicho todo cuanto tenía que decirse y que una sola palabra más, pronunciada por él, consumiría un ultraje.
Entonces la saludó en voz baja y se retiró.
Cruzó el jardín con paso vivo, con prisa por encontrarse fuera de allí y dominar su emoción. La sirvienta le esperaba en el umbral del vestíbulo. En el momento en que franqueaba la puerta de la calle, alguien llamaba allí al timbre. Era una joven...
Se estremeció, y dijo:
—¡Genoveva!
Ella clavó sus ojos en él con expresión de asombro, e, inmediatamente, aunque sorprendida por la extrema juventud que brillaba en aquella mirada, ella le reconoció, causándole tal turbación que se sintió desfallecer y hubo de apoyarse contra la puerta.
Él se había quitado el sombrero y la contemplaba sin atreverse a tenderle la mano. ¿Le tendería ella la suya? Él ya no era el príncipe Semine..., era Arsenio Lupin... Ella sabía que él era Arsenio Lupin y que salía de la prisión.
Afuera llovía. La joven entregó su paraguas al criado y balbució:
—Tenga la bondad de abrirlo y ponerlo en algún lado...
Y la joven penetró a través de la puerta sin detenerse.
«Pobre amigo mío —se dijo Lupin, marchándose—. Con ésta más, ya son sacudidas bastantes para un individuo nervioso y sensible como tú. Cuida de tu corazón, si no... Bueno, se te están humedeciendo los ojos. Mala señal, señor Lupin, estás envejeciendo.»
Dio una palmada en el hombro a un joven que cruzaba la calzada de Muette y se dirigía a la calle de Vignes. El joven se detuvo, y después de unos segundos dijo:
—Perdóneme, señor, pero no tengo el honor..., me parece...
—Le parece a usted mal, mi querido señor Leduc, o bien es que su memoria está muy debilitada. Recuerde usted Versalles..., el pequeño cuarto en el hotel Los Tres Emperadores...
—¡Usted!
El joven había dado un salto atrás, mostrando espanto.
—Dios mío, pues sí, soy yo, el príncipe Semine o, más bien dicho, Lupin, puesto que usted sabe mi verdadero nombre. ¿Acaso pensaba usted que Lupin se había muerto? ¡Ah!, sí, comprendo, la prisión..., usted esperaba... Vaya, hijo, vaya...
Le palmoteo afablemente sobre el hombro.
—Veamos, joven, ánimo, pues disponemos todavía de muchos días plácidos y buenos para hacer versos. Todavía no ha llegado la hora. Haz versos, poeta.
Le apretó el brazo violentamente y le dijo cara a cara:
—Pero la hora se acerca, poeta. No olvides que me perteneces en cuerpo y alma. Y prepárate para representar tu papel. Será duro y magnífico. Y, por Dios, que verdaderamente me pareces el hombre apropiado para ese papel.
Rompió a reír, hizo una pirueta y dejó al joven Leduc desconcertado.
Más lejos, en la esquina de la calle de la Pompe, estaba la tienda de vinos de que le había hablado la señora Kesselbach. Penetró en ella y habló largamente con el dueño. Luego tomó un auto de alquiler y se hizo conducir al Gran Hotel, donde vivía bajo el nombre de Andrés Beauny.
Los hermanos Doudeville le esperaban allí.
Aunque un poco hastiado por esta clase de satisfacciones, no por ello Lupin dejaba de disfrutar los testimonios de admiración y de dedicación con que sus amigos le colmaban.
—En suma, jefe, explíquenos... ¿Qué ha ocurrido? Con usted, nos hemos acostumbrado a los prodigios... Pero, a pesar de ello, hay un límite... ¿Entonces está usted libre? Sí, y helo a usted aquí en el corazón de París, apenas disfrazado.
—¿Un cigarro? —les ofreció Lupin.
—Gracias..., no.
—Pues haces mal, Doudeville. Éstos son unos magníficos cigarros. Los he recibido de un gran conocedor en materia de tabacos que se precia de ser amigo mío.
—¿Podríamos saber quién es?
—El Kaiser... Vamos, no pongáis esas caras de embrutecidos e informadme de lo que ha ocurrido. No he leído periódicos. ¿Qué efecto causó en el público mi fuga?
—El de un rayo.
—¿Y qué versión dio la Policía?
—Según ella, la fuga ocurrió en Garches, mientras se efectuaba la reconstrucción del asesinato de Altenheim. Por desgracia, los periodistas han demostrado que eso era imposible.
—¿Y entonces?
—Entonces, esto ha provocado un desconcierto. Se busca, se ríe y hay gran diversión.
—¿Y Weber?
—Weber se encuentra muy comprometido.
—¿Y aparte de esto, no hay nada nuevo en el servicio de Seguridad? ¿No han descubierto nada sobre el asesino? ¿No hay ningún indicio que nos permita descubrir la identidad de Altenheim?
—No.
—Es lastimoso. ¡Cuando se piensa que pagamos millones para disponer de una Policía! Si esto continúa, voy a negarme a pagar las contribuciones. Toma asiento y coge una pluma. La carta que voy a dictarte, la llevarás esta noche al Grand Journal Hace mucho tiempo que el mundo no tiene noticias mías. Debe de estar consumido de impaciencia. Escribe:

«Señor director: Me disculpo ante el público, cuya legítima impaciencia se sentirá decepcionada.
»Me he fugado de la prisión, pero me es imposible revelar la forma en que me he evadido. Al propio tiempo debo decir que después de mi fuga he descubierto el famoso secreto, pero me es imposible decir qué secreto es ése y cómo lo descubrí.
»Todo eso será, un día u otro, el tema de un relato un tanto original que, conforme a mis notas, publicará mi habitual biógrafo. Es una página de la historia de Francia que nuestros nietos no dejarán de leer con interés.
»Por el momento, tengo cosas más importantes que hacer. Indignado al ver en qué manos han caído las funciones que yo ejercía, cansado de comprobar que el asunto Kesselbach-Altenheim continúa encontrándose en la misma situación, destituyo al señor Weber y vuelvo a tomar el cargo de honor que yo ocupaba con tanto brillo y a satisfacción general, bajo el nombre de señor Lenormand.
Arsenio Lupin. Jefe de Seguridad.»

II

A las ocho de la noche, Arsenio Lupin y uno de los hermanos Doudeville penetraban en el establecimiento Caillard, el restaurante de moda; Lupin vestía frac entallado, pero con el pantalón un poco amplio de artista y la corbata demasiado suelta; Doudeville iba de levita, con el aspecto y el aire solemne de un magistrado.
Escogieron la parte del restaurante que se hallaba más al fondo y que está separada por dos columnas de la sala grande.
Un mayordomo, correcto pero desdeñoso, tomó nota del pedido en un carnet que sostenía en la mano. Lupin pidió los platos con una minucia y un arte selectivo de fino gastrónomo.
—En verdad —dijo—, la comida de la prisión era aceptable; pero, a pesar de ello, constituye un placer el disfrutar de una comida selecta.
Comió con buen apetito y en silencio, limitándose, sin embargo, a pronunciar de cuando en cuando alguna breve frase que indicaba la trayectoria de sus preocupaciones.
—Evidentemente, eso se arreglará..., pero será difícil... ¡Qué adversario!... Lo que me sorprende es que, después de seis meses de lucha, yo ni siquiera sepa qué es lo que él quiere... El cómplice principal ha muerto, estamos al término de la batalla; pero, no obstante, no veo más claro su juego... ¿Qué busca ese miserable?... En lo que a mí se refiere, mi plan está claro: echar la mano al gran ducado, poner en el trono a un gran duque designado por mí, darle a Genoveva como esposa... y reinar. He aquí algo completamente limpio, honrado y leal. Pero él, ese innoble personaje, esa larva de las tinieblas, ¿qué objetivo quiere alcanzar?
Llamó:
—Mozo.
El mayordomo se acercó..
—¿Qué desea el señor?
—Cigarros.
El mayordomo regresó momentos después y abrió varias cajas.
—¿Cuáles me aconseja usted? —preguntó Lupin.
—Aquí hay unos Upman excelentes.
Lupin le ofreció uno de esos cigarros a Doudeville, tomó otro para él y lo despuntó.
El mayordomo encendió una cerilla y se la presentó.
Con gran rapidez, Lupin le agarró por la muñeca.
—Ni una palabra..., te conozco..., tu verdadero nombre es Domingo Lecas...
El mayordomo, hombre grueso y fuerte, intentó desprenderse. Ahogó un grito de dolor. Lupin le había torcido la muñeca.
—Tú te llamas Domingo...; vives en la calle de la Pompe, en un cuarto piso, y te has retirado con una pequeña fortuna adquirida al servicio...; pero, escucha, imbécil, o te rompo el hueso..., una fortuna adquirida al servicio del barón Altenheim, en cuya casa eras mayordomo.
El otro quedó inmóvil, con el rostro amarillo de miedo.
Alrededor de ellos, la pequeña sala había quedado vacía. Al lado, en el restaurante, tres señores fumaban y dos parejas pasaban el tiempo tomando licores.
—Ya ves, aquí estamos a solas..., podemos hablar.
—¿Quién es usted? ¿Quién es usted?
—¿No me recuerdas, acaso? Sin embargo, recuerda el famoso almuerzo en la villa Dupont... Fuiste tú mismo, viejo pícaro, quien me ofreció el plato de pasteles envenenados..., ¡y qué pasteles!...
—¡El príncipe!..., ¡el príncipe! —balbució el otro.
—Sí, el príncipe Arsenio, el príncipe Lupin en persona... ¡Ah, ya respiras!... Te estás diciendo que nada tienes que temer de Lupin, ¿no es así? Pues es un error, amigo mío, porque tienes que temerlo todo de él.
Sacó del bolsillo una tarjeta y se la mostró.
—Mira, aquí tienes; ahora soy de la Policía... Qué quieres hacerle, es siempre así cómo terminamos nosotros..., nosotros, los grandes señores del robo, los emperadores del crimen.
—¿Qué quiere usted? —dijo el mayordomo, cada vez más inquieto.
—Ahora quiero que vayas a atender aquel cliente que te está llamando allí. Cuando le hayas servido, vuelve aquí. Y, sobre todo, nada de bromas; no intentes largarte. Tengo diez agentes que están ahí fuera y que tienen los ojos puestos en ti. Anda, vete.
El mayordomo obedeció.
Cinco minutos después había regresado, y en pie ante la mesa, con la espalda vuelta al restaurante, haciendo como si discutiera con los clientes sobre la calidad de los cigarros, dijo:
—¿Y entonces? ¿De qué se trata?
Lupin alineó sobre la mesa unos cuantos billetes de cien francos.
—A todas las respuestas precisas a mis preguntas te corresponderán otros tantos billetes.
—Me interesa.
—Comienzo. ¿Cuántos estabais con el barón de Altenheim?
—Siete, sin contarme yo.
—¿No había más?
—No. Solamente una vez se contrataron también unos obreros de Italia para construir los subterráneos de la villa de las Glicinas, en Carches.
—¿Había dos subterráneos?
—Sí; uno conducía al pabellón Hortensia, y el otro desembocaba en el primero y tenía la entrada por debajo del pabellón de la señora Kesselbach.
—¿Qué pretendías?
—Secuestrar a la señora Kesselbach.
—Y las dos sirvientas, Susana y Gertrudis, ¿eran cómplices?
—Sí.
—¿Dónde se encuentran ahora?
—En el extranjero.
—¿Y tus siete compañeros, los de la banda de Altenheim?
—Yo me he separado de ellos. Pero ellos continúan en la banda.
—¿Dónde podría yo encontrarlos?
Domingo titubeó. Lupin desdobló dos billetes franceses de mil francos, y dijo:
—Tus escrúpulos te honran, Domingo, pero no tienes más que olvidarte de ellos y responder.
Domingo respondió:
—Puede encontrarlos en el número tres de la carretera de la Revolución, en Neuilly. Uno de ellos se llama Brontanteur.
—Perfectamente. Y ahora dime el nombre, el verdadero nombre, de Altenheim. ¿Lo sabes?
—Sí; Ribeira.
—Domingo, esto va a acabar mal. Ribeira no era más que apodo. Lo que quiero que me digas es su verdadero nombre.
—Parbury.
—Ese es otro apodo.
El mayordomo titubeó. Lupin desdobló tres billetes de francos.
—Bueno, ¡al diablo! —exclamó el mayordomo—. Después de todo, ya está muerto, ¿no es así?, y bien muerto.
—Su nombre —repitió Lupin.
—¿Su nombre? El caballero de Malreich.
Lupin dio un salto en su asiento.
—¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, el caballero..., repite..., el caballero...?
—Raúl de Malreich.
Se produjo un largo silencio. Lupin, con la mirada fija, pensaba en la loca de Veldenz, que había muerto envenenada. Isilda llevaba ese mismo nombre: Malreich. Ese era también el nombre que llevaba el gentilhombre francés que llegó a la corte de Veldenz en el siglo XVIII.
Luego preguntó:
—¿De qué país era ese Malreich?
—Era de origen francés, pero nacido en Alemania...; yo vi sus documentos una vez... Fue así cómo me enteré de su nombre. ¡Ah!, si él lo hubiera sabido, creo que me hubiera estrangulado.
Lupin reflexionó, y dijo:
—¿Era él quien os mandaba a todos?
—Sí.
—Pero ¿él tenía un cómplice, un asociado?
—¡Ah!, cállese usted... Cállese usted...
El rostro del mayordomo expresó de pronto una gran ansiedad. Lupin experimentó esa misma clase de espanto, de repulsión que sufría el otro con sólo pensar en el asesino.
—¿Quién es? ¿Le has visto?
—¡Oh!, no hablemos de ése...., no se debe de hablar de él.
—¿Quién es?, te pregunto.
—Es el amo..., el jefe..., nadie le conoce.
—Pero tú le has visto. Responde. ¿Le has visto?
—Algunas veces en las sombras..., de noche. Nunca en pleno día. Sus órdenes llegaban escritas en pequeños trozos de papel... o por teléfono.
—¿Su nombre?
—Lo ignoro. Nunca se hablaba de él. Eso traía mala suerte.
—Anda vestido de negro, ¿no es así?
—Sí, de negro. Es pequeño y delgado..., rubio...
—Y mata, ¿no es eso?
—Sí, mata..., mata lo mismo que otros roban un pedazo de pan.
Su voz temblaba. Suplicó:
—Callémonos..., no debemos hablar de eso..., yo se lo digo..., trae mala suerte.
Lupin calló, impresionado, a pesar de todo, por la angustia de aquel hombre.
Permaneció largo tiempo pensativo, y luego se levantó y le dijo al mayordomo:
—Toma, ahí está tu dinero; pero si quieres vivir en paz, procederás prudentemente en no soplarle ni una palabra a nadie sobre nuestra entrevista.
Salió del restaurante con Doudeville y caminaron hasta la puerta de Saint-Denis, sin decir palabra, preocupado por todo cuanto acababa de saber.
Finalmente tomó del brazo a su compañero, y dijo:
—Escucha bien, Doudeville. Vas a ir a la estación del Norte, adonde llegarás a tiempo para saltar al expreso de Luxemburgo. Iras a Veldenz, la capital del gran ducado de Deux-Pont-Veldenz. En la Casa-Ayuntamiento obtendrás fácilmente el acta de nacimiento del caballero de Malreich, y también informes sobre su familia. Pasado mañana podrás estar de regreso.
—¿Deberé dar aviso en la Seguridad?
—Yo me encargo de eso. Telefonearé diciéndoles que estás enfermo. Otra cosa más. Nos veremos a mediodía en un pequeño café que se encuentra en la carretera de la Revolución y que se llama restaurante Búfalo. Disfrázate de obrero.
Al día siguiente por la mañana, Lupin, vestido con una blusa y cubierta la cabeza con una gorra, se dirigió hacia Neuilly y comenzó su investigación en el número 3 de la carretera de la Revolución. Había allí una puerta para coches que daba acceso a un primer patio; dentro de éste había toda una verdadera ciudad, con una serie de pasadizos y de talleres, donde bullía una población de artesanos, de mujeres y de chiquillos. En breves minutos se conquistó las simpatías de la portera, con la cual charló durante una hora sobre los más diversos temas. Durante esa hora vio pasar, unos tras otros, a tres individuos cuyo aspecto le sorprendió.
«Éstas son —pensó— verdaderas piezas de caza..., se nota por el rastro que dejan..., tienen el aire de gentes honradas, ¡diablos!, pero también tienen la mirada de la bestia silvestre, que sabe que el enemigo se encuentra por todas partes y que en cada maleza, en cada macizo de hierbas, se puede ocultar una emboscada.»
Por la tarde y durante la mañana del sábado, Lupin prosiguió sus investigaciones y adquirió la certidumbre de que los siete cómplices de Altenheim vivían todos en aquel grupo de casas. Cuatro de ellos ejercían abiertamente de «comerciantes de ropas hechas.» Otros dos vendían periódicos, y el séptimo se decía chamarilero, y, en efecto, es así como se le conocía.
Pasaban unos junto a otros sin dar la más pequeña muestra de conocerse. Pero, por la noche, Lupin comprobó que se reunían en una especie de cochera situada al fondo del último de los patios, y en la cual el chamarilero guardaba sus mercancías, constituidas por hierros viejos, estufas rotas, tuberías de estufas oxidadas y, sin duda, también una gran cantidad de objetos robados.
«Vamos —se dijo—; hagamos, en primer lugar, nuestra tarea. Le he pedido un mes a mi primo de Alemania, pero creo que bastará con una quincena. Y lo que más me agrada es el comenzar la operación por estos mozalbetes que me dieron un baño en el Sena. Pobre viejo Gourel; por fin voy a vengarte. Y no es demasiado pronto.»
A mediodía penetró en el restaurante Búfalo, entrando en una pequeña sala baja, en la cual albañiles y cocheros acudían a comer el plato del día.
Alguien vino a sentarse a su lado a la mesa.
—Ya está arreglado, jefe.
—¡Ah!, eres tú, Doudeville. Tanto mejor. Tengo prisa por saber. ¿Ya tienes los informes? ¿Y el acta de nacimiento? Pronto, cuenta.
—Pues bien: he aquí lo que hay. El padre y la madre de Altenheim murieron en el extranjero.
—Pasemos eso por alto.
—Y dejaron tres hijos.
—¿Tres?
—Sí, el mayor tendría hoy treinta años. Se llamaba Raúl de Malreich.
—Ese es nuestro hombre Altenheim. ¿Y qué más?
—El más joven de los hijos era una muchacha, Isilda. En el registro figura escrita con tinta fresca la anotación Fallecida.
—Isilda..., Isilda —repitió Lupin—; es exactamente lo que yo pensaba. Isilda era la hermana de Altenheim..., yo había observado en ella una expresión fisonómica que me era conocida..., ése es el lazo que los unía... Pero ¿y el otro, el tercer hijo, o, más bien, el segundo?
—Era un hijo. Tendría en la actualidad veintiséis años.
—¿Su nombre?
—Luis de Malreich.
Lupin experimentó cierta sorpresa.
—Ya está. Luis de Malreich..., las iniciales L. M..., la espantosa y aterradora firma... El asesino se llama Luis de Malreich..., era el hermano de Altenheim y el hermano de Isilda. Mató a uno y a otra por temor a sus revelaciones...
Lupin permaneció taciturno, sombrío, sin duda bajo la obsesión de aquel ser misterioso.
Doudeville objetó.
—¿Y qué podría él temer de su hermana Isilda? Me dijeron que ésta estaba loca.
—Loca, sí; pero capaz todavía de recordar ciertos detalles de su infancia. Seguramente hubiera reconocido al hermano con el cual se había criado... Y la posibilidad de ese recuerdo le costó la vida.
Luego agregó:
—Loca..., pero si todas esas gentes eran locas,.., la madre loca..., el padre un alcohólico..., Altenheim una verdadera bestia..., Isilda una pobre demente..., y en cuanto al otro, el asesino, ése es el monstruo, el maniático imbécil...
—Jefe, ¿cree usted que es un imbécil?
—Sí, imbécil. Con destellos de genio, con malicias e intuiciones de demonio, pero un trastornado, un poco como toda esa familia de los Malreich. Sólo los locos matan, y sobre todo los locos como él. Porque, en fin...
—¿Qué, jefe?
—Mira.

III

Acababa de penetrar en el restaurante un hombre que colgó en una percha su sombrero —un sombrero negro de fieltro blando—, se sentó a una pequeña mesa, examinó la carta que le entregó un camarero, pidió los platos escogidos y luego esperó inmóvil, con el busto rígido y los brazos cruzados sobre el metal.
Lupin le observó, situado completamente de cara a él.
Tenía un rostro delgaducho y seco, enteramente lampiño, las órbitas de los ojos profundas y en las cuales se percibían unas pupilas grises, aceradas. La piel parecía estirada de un pómulo al otro como un pergamino tan basto y espeso que no hubiera podido perforarlo ni un pelo de la barba.
Y aquel rostro era apagado. No lo animaba la más tenue expresión; ningún pensamiento parecía latir bajo aquella frente de marfil. Las pupilas, sin pestañas, jamás se movían, lo que daba a aquella mirada la fijeza de la de una estatua.
Lupin hizo seña a uno de los mozos del establecimiento.
—¿Quién es ese señor?
—¿Aquel que está almorzando allí?
—Sí.
—Es un cliente. Viene aquí dos o tres veces por semana.
—¿Sabe usted su nombre?
—¡Caray!, sí... León Massier.
—¡Oh! —balbució Lupin, muy emocionado—. L. M..., las dos letras... ¿Será, acaso, éste Luis de Malreich?
Le contempló con avidez. En verdad, el aspecto de aquel hombre se ajustaba a la imagen que Lupin se había forjado de él, a lo que sabía de él y de su horrible existencia. Pero lo que le turbaba era la mirada de muerte, aquellos ojos donde él había pensado que habría vida y llama... Aquella mirada impasible donde cabía suponer el tormento, el desorden mental, la poderosa mueca de los grandes malditos.
Le dijo al mozo:
—¿Y a qué se dedica ese señor?
—Palabra, no sabría decirlo. Es un tipo muy raro... siempre está solo..., jamás habla con nadie... Aquí apenas le conocemos el tono de su voz. Con el dedo señala en la carta los platos que quiere que le sirvan... En veinte minutos come..., paga... y se va...
—¿Y cuándo vuelve?
—Cada cuatro o cinco días. No viene con regularidad.
«Es él, no puede ser más que él —se repetía Lupin—. Es Malreich, helo ahí..., respirando a cuatro pasos de mí. Ahí están las manos que matan. Ahí está el cerebro que se embriaga con el olor a sangre..., el monstruo, el vampiro...»
Y, sin embargo, ¿era esto posible? Lupin había acabado por considerarle como a un ser a tal extremo fantástico, que se sentía desconcertado al verle en forma viviente, caminando, viviendo, actuando. No se explicaba que comiese como los demás pan y carne, que bebiese cerveza como cualquiera... Él, que lo había imaginado igual a una bestia inmunda que se atiborrase de carne viva y de la sangre de sus víctimas.
—Vámonos, Doudeville.
—¿Qué es lo que tiene usted, jefe? Está usted muy pálido.
—Siento necesidad de respirar aire fresco. Salgamos.
Afuera respiró largamente, se secó la frente cubierta de sudor, y murmuró:
—Ya me siento mejor. Me asfixiaba —y, dominándose, agregó—: Doudeville, el desenlace se acerca. Desde hace semanas estoy luchando a tientas contra un enemigo invisible. Y he aquí que de pronto la casualidad le pone en mi camino. Ahora la partida está igualada
—¿Y si nos separáramos, jefe? Ese hombre nos ha visto juntos. Se fijará menos en nosotros si nos ve separados.
—¿Acaso nos ha visto? —dijo Lupin, pensativo—. Parece no ver nada, no oír nada ni mirar a nada. ¡Qué tipo desconcertante!
De hecho, diez minutos después, León Massier apareció y se alejó sin observar siquiera que era seguido.
Había encendido un cigarrillo y fumaba, con una de las manos a la espalda, caminando como un paseante distraído que goza del sol y del aire fresco y que no sospecha que pueda ser vigilado en el curso de su paseo.
Pasó más allá del fielato que allí había, siguió a lo largo de las fortificaciones, salió de nuevo por la puerta Champerret, y regresó por la carretera de la Revolución.
¿Iría a entrar en las casas del número 3? Lupin deseó vivamente que así fuese, pues ello hubiera constituido la prueba segura de su complicidad con la banda de Altenheim; pero el individuo dio vuelta en la esquina y penetró por la calle Delaizement, por la cual siguió hasta más allá del velódromo de Búfalo.
A la izquierda, frente al velódromo, entre las barracas que bordean la calle Delaizement, había una pequeña casa aislada, rodeada por un jardín minúsculo.
León Massier se detuvo, sacó un manojo de llaves, abrió primero la puerta de reja del jardín y luego la puerta de la casa, y desapareció dentro de ésta.
Lupin avanzó con precaución. Inmediatamente observó que las casas de la carretera de la Revolución se prolongaban por la parte posterior hasta el muro del jardín.
Habiéndose acercado algo más, vio que ese muro era muy alto y que apoyada contra él había una cochera construida al fondo del jardín.
Conforme a la disposición de aquel lugar, Lupin adquirió la certidumbre de que aquella cochera estaba adosada a la cochera que se erguía en el último patio del número 3, y que le servía de almacén para cosas viejas al chamarilero.
Así, pues, León Massier vivía en una casa contigua a la habitación donde se reunían los siete cómplices de la banda de Altenheim. Por consiguiente, León Massier era, en efecto, el jefe supremo que mandaba esa banda, y resultaba evidente que por un pasadizo que existía entre las dos cocheras se comunicaba con sus subordinados.
—No me había equivocado —dijo Arsenio Lupin—. León Massier y Luis de Malreich no son más que una misma persona. La situación se simplifica.
—Por completo —aprobó Doudeville—, y antes de unos días todo estará arreglado.
—Es decir, que yo hubiera recibido una cuchillada en la garganta.
—¿Qué es lo que usted dice, jefe? Vaya una idea...
—¡Bah, quién sabe! Siempre tuve el presentimiento de que ese monstruo me traería mala suerte.
A partir de ese momento se trataba, por así decir, de vigilar la vida de Malreich, de modo que ninguno de sus actos pasasen ignorados.
La vida de Malreich, según las gentes que vivían en el barrio y entre las cuales indagó Doudeville, era de lo más extraño. El individuo del Pabellón, cual llamaban a aquella vivienda, hacía solamente algunos meses que habitaba allí. No se trataba con nadie ni recibía visita alguna. No se sabía que tuviese ningún criado. Y las ventanas, aun estando abiertas de par en par, incluso durante la noche, revelaban en el interior una completa oscuridad, que nunca iluminaba ni siquiera la claridad de una vela o de una lámpara.
Por lo demás, generalmente León Massier salía al declinar el día y regresaba muy tarde, al alba, según manifestaban algunas personas que se habían encontrado con él al salir el sol.
—¿Y saben esas personas lo que hace? —preguntó Lupin a su compañero, cuando éste se reunió a él.
—No. Su existencia es completamente irregular..., desaparece algunas veces durante varios días..., o más bien permanece encerrado en su casa. En resumen, nada se sabe.
—Pues bien: nosotros lo averiguaremos, y antes de mucho.
Pero se equivocaba. Después de ocho días de investigaciones y de esfuerzos continuos, Lupin no había conseguido averiguar nada nuevo en relación con aquel extraño personaje. Pero ocurrió algo extraordinario, y fue que, súbitamente, mientras Lupin le seguía, aquel hombre, que caminaba con paso corto a lo largo de las calles, sin detenerse jamás, desapareció un día, de pronto, como por milagro. Utilizaba algunas veces casas de doble salida. Pero otras veces parecía desvanecerse en medio de la multitud, como si fuera un fantasma. Y cuando esto ocurría, Lupin permanecía allí petrificado, desorientado, lleno de rabia y de confusión.
Entonces se iba corriendo de nuevo a la calle Delaizement y montaba allí guardia. Transcurrían los minutos y los cuartos de hora, sucediéndose unos a otros hasta que pasaba gran parte de la noche. Y luego, de pronto, el hombre misterioso resurgía. ¿Qué había podido estar haciendo?

IV

—Una carta continental para usted, patrón —le dijo Duodeville una noche, a eso de las ocho, al reunirse a él en la calle Delaizement.
Lupin rasgó el sobre. La señora Kesselbach le suplicaba que acudiera en su auxilio. A la caída de la tarde, dos hombres se habían estacionado bajo las ventanas de la casa de la señora Kesselbach y uno de ellos había dicho: «¡Caray!, no hemos visto más que fuego... Entonces queda entendido, daremos el golpe esta noche.» La señora había bajado y comprobado que la ventana de la despensa ya no cerraba o, cuando menos, que podía ser abierta desde el exterior.
—En fin —dijo Lupin—, es nuestro propio enemigo quien nos presenta batalla. Tanto mejor. Ya estoy cansado de permanecer en pie vigilando bajo las ventanas de Malreich.
—¿Acaso estará él allí a estas horas?
—No. Todavía me ha hecho una nueva jugada de las suyas, en París. Yo iba a jugarle una de las mías. Pero, ante todo, escúchame bien, Doudeville. Vas a reunir a una docena de nuestros hombres de los más fuertes... Por ejemplo, a Marco y al ujier Jerónimo. Después del asunto del Palace Hotel yo les había dado unas vacaciones. Que vengan por esta vez. Cuando nuestros hombres ya estén reunidos, llévalos a la calle de Vignes. El viejo Charoláis y su hijo montaran guardia. Tú te entenderás con ellos, y a las once y media vendrás a reunir te conmigo en la esquina de la calle de Vignes y de la calle Reynouard. Desde allí vigilaremos la casa.
Doudeville se alejó. Lupin esperó todavía una hora más, hasta que la pacífica calle Delaizement quedó completamente desierta, y luego, viendo que León Massier no regresaba, se decidió y se acercó a la casa.
No había nadie en las inmediaciones... Tomó impulso y saltó sobre el reborde de piedra que sostenía sujeta la reja del jardín. Unos minutos después estaba en el interior del jardín.
Su propósito consistía en forzar la puerta de la casa y registrar las habitaciones, a fin de encontrar las famosas cartas del emperador, robadas por Malreich en Veldenz, pero pensó que una visita a la cochera era aún más urgente.
Quedó muy sorprendido al ver que la casa no estaba cerrada, y comprobar enseguida, a la luz de su linterna eléctrica, que se encontraba absolutamente vacía y que no había ninguna puerta de comunicación en el muro del fondo.
Investigó largo tiempo, pero sin éxito alguno. Sin embargo, en el exterior vio una escala apoyada contra la cochera y que evidentemente servía para subir a una especie de desván que existía bajo el techo de pizarra.
Viejas cajas, haces de paja, vidrieras de jardinería de invierno, se amontonaban en aquel desván, o más bien así lo parecía, porque descubrió fácilmente un pasadizo que le conducía al muro.
Allí tropezó con una vidriera que intentó apartar.
Al no poder hacerlo, la examinó desde más cerca y comprobó que estaba sujeta a la muralla, y que además le faltaba uno de los cristales.
Metió el brazo y comprobó que en el otro lado no había más que el vacío. Proyectó la luz de la linterna y observó. Se trataba de un hangar grande, una cochera más amplia que la del pabellón y repleta de hierros y objetos de toda clase.
«Ya está —se dijo Lupin—. Este tragaluz está practicado en la cochera del chamarilero, arriba de todo, y es desde allí desde donde Luis Malreich ve, escucha y vigila a sus cómplices, sin que éstos le vean ni le oigan a él. Ahora me explico el que no conozcan a su jefe.»
Ya informado, apagó la luz de la lámpara, y se disponía a marcharse cuando una puerta se abrió frente a él, allá abajo. Alguien entraba. Se encendió una lámpara. Reconoció entonces al chamarilero.
Lupin resolvió quedarse, por cuanto la expedición que había iniciado no podía llevarla a cabo mientras aquel hombre permaneciese allí.
El chamarilero había sacado dos revólveres de sus bolsillos.
Comprobó el funcionamiento de las armas y cambió las balas de las mismas, mientras silbaba una canción de café cantante.
Transcurrió una hora en esa situación. Lupin comenzaba ya a inquietarse, y, no obstante, tampoco se decidía a irse.
Todavía transcurrieron dos minutos, media hora, una hora...
Al fin, el hombre dijo en voz alta:
—Entra.
Uno de los bandidos se deslizó dentro de la cochera, y luego, uno tras otro, llegaron un tercero, un cuarto...
—Ya estamos todos —dijo el chamarilero—. Diosdado y el Mofletudo se reunirán a nosotros allá. Vamos, no hay tiempo que perder... ¿Venís armados?
—Por completo.
—Tanto mejor. La cosa va a estar caliente.
—¿Cómo sabes tú eso, Chamarilero?
—He visto al jefe..., y cuando yo digo que le he visto..., no...; en fin, me ha hablado....
—Sí —dijo uno de los hombres—. Se encontraba, como siempre, en las sombras, en la esquina de una calle. Me gustaba más cómo procedía Altenheim. Cuando menos, sabíamos lo que hacíamos.
—¿Y acaso no lo sabes ahora? —replicó el Chamarilero—. Vamos a robar en la casa de la Kesselbach.
—¿Y los guardianes que hay allí? ¿Los dos sujetos que ha puesto allí Lupin?
—Tanto peor para ellos. Nosotros somos siete. No les quedará más que callarse.
—¿Y a la Kesselbach?
—Primero se le aplicará la mordaza, luego la cuerda, y después la traeremos aquí... Mira, la tenderemos sobre ese viejo canapé. Y, finalmente, esperaremos las órdenes.
—¿Está bien pagado este trabajo?
—Ante todo nos apoderaremos de las joyas de la Kesselbach.
—Sí, si tenemos éxito en eso, pero yo hablo de cosas seguras.
—Recibiremos por adelantado tres billetes de cien francos para cada uno de nosotros. Y después el doble.
—¿Tienes el dinero?
—Sí.
—Tanto mejor. Podrá decirse todo lo que se quiera, pero ello no impide que, por lo que respecta al pago, no hay dos como ese tipo.
Y en voz baja, al extremo de que Lupin apenas pudo oírlo, añadió:
—Escucha, Chamarilero: si nos vemos obligados a manejar el cuchillo, ¿hay alguna prima?
—La misma de siempre. Dos mil.
—¿Y si se trata de Lupin?
—Tres mil.
—¡Ah!, si pudiéramos cazar a ése.
Unos tras otros abandonaron todos la cochera
Pero Lupin todavía oyó estas palabras del Chamarilero:
—He aquí el plan de ataque. Nos dividiremos en tres grupos. La señal será un silbido, y entonces, cada uno avanzará...
Rápidamente, Lupin salió de su escondrijo, bajó por la escala, rodeó el pabellón sin entrar en él y volvió a saltar por encima de la verja a la calle.
«El Chamarilero tiene razón, la cosa va a estar caliente... ¡Ah!, es mi piel lo que ellos quieren conseguir. Una prima por Lupin. Canallas.»
Volvió a pasar por delante del fielato y saltó dentro de un automóvil de alquiler.
—A la calle Raynouard.
Luego hizo detener el taxi a trescientos pasos de la calle de Vignes, y caminó hasta el ángulo que formaban las dos calles.
Con gran estupor, comprobó que Doudeville no estaba allí.
«¡Qué extraño —se dijo Lupin—. Y, sin embargo, ya pasa de la medianoche... Este asunto me parece sospechoso.»
Se armó de paciencia y esperó diez minutos, veinte minutos. Pasada media hora de las doce, todavía no había llegado nadie. Y un retraso así se hacía peligroso. Después de todo, si Doudeville y sus amigos no habían podido venir, entonces Charoláis, su hijo y el propio Lupin, según pensaba éste, bastarían para rechazar el ataque, y esto sin contar con la ayuda de los criados de la casa.
Avanzó, pues. Pero surgieron dos hombres que intentaban disimularse en las sombras de una hondonada
«¡Caray! —se dijo Lupin—. Ésta es la vanguardia de la banda. Diosdado y el Mofletudo. Me he dejado distanciar estúpidamente.»
Todavía perdió algún tiempo. ¿Caminaría derecho hacia ellos para ponerlos fuera de combate y penetrar enseguida en la casa, por la ventana de la despensa, que sabía que se encontraba despejada? Ésta era la iniciativa más prudente, pues le permitiría, además, llevarse enseguida a la señora Kesselbach y ponerla a salvo.
Sí, pero era también el fracaso de su plan... Era dejar que fallase aquella ocasión única de aprisionar en la trampa a la banda entera, y con ella, sin duda alguna, también a Luis de Malreich.
De pronto vibró un silbido en alguna parte, del otro lado de la casa.
¿Serían ya los otros? ¿Iría a producirse por el lado del jardín un contraataque?»
Sin embargo, a una señal dada, los dos hombres habían cabalgado por la ventana y desaparecido en el interior de la residencia.
Lupin dio un salto, se encaramó en el balcón y saltó dentro de la despensa. Al oír ruido de pasos, juzgó que los asaltantes se habían introducido en el jardín. Aquel ruido era tan claro que se sintió intranquilo. Charoláis y su hijo no podían menos de haber oído lo que estaba ocurriendo.
Por consiguiente, entró. El dormitorio de la señora Kesselbach se encontraba junto al descanso de la escalera. Lupin penetró en él rápidamente.
A la luz de una lamparilla vio a Dolores desvanecida sobre un diván. Se precipitó hacia ella, la irguió y con voz imperiosa la obligó a responderle.
—Escuche... ¿Y Charoláis? ¿Y su hijo?... ¿Dónde están?
Ella balbució:
—Pero ¿cómo?... Pues... se han marchado...
—¿Qué dice usted? ¿Cómo es que se han marchado?
—Usted me ha enviado... hace una hora un mensaje telefónico. Lupin recogió caído cerca de él un papel azul, y leyó:
«Mándeme inmediatamente a los dos guardas... y a todos mis hombres..., los espero en el Gran Hotel. No tema nada.»
—¡Rayos y truenos!..., y usted lo creyó. Pero ¿y sus criados?
—Se han marchado.
Se acercó a la ventana. Afuera vio llegar a tres hombres viniendo del otro extremo del jardín.
Por la ventana de la habitación vecina, que daba a la calle, vio a otros dos hombres en el exterior.
Inmediatamente pensó en Diosdado, el Mofletudo y, sobre todo, en Luis Malreich, que debía estar rondando por aquellos lugares.
—¡Diablos! —murmuró—. Empiezo a creer que estoy perdido.
CAPÍTULO SIETE. EL HOMBRE NEGRO


I

En ese momento, Arsenio Lupin experimentó la impresión, la certidumbre de que había sido atraído a una emboscada por medios que no tenía tiempo para discernir, pero en los cuales se adivinaba una habilidad y destreza prodigiosas.
Todo estaba combinado, todo estaba previsto: el alejamiento de sus hombres, la desaparición o la traición de los criados y su propia presencia en casa de la señora Kesselbach.
Evidentemente, todo aquello había tenido éxito, de acuerdo con el capricho del enemigo, gracias a unas circunstancias propicias que bordeaban el milagro... Porque, en suma, él hubiera podido presentarse allí antes que el falso mensaje hubiera dado lugar a que se marchasen sus amigos. Entonces hubiera sido la batalla de su propia banda contra la banda de Altenheim. Lupin recordaba el proceder de Malreich, en el asesinato cometido por éste de Altenheim, y el envenenamiento de la loca de Veldenz... Lupin se preguntó si la emboscada estaba dirigida sólo contra él y si Malreich no habría entrevisto como cosa posible una batalla general, de la que resultase la supresión de sus propios cómplices que ahora le estorbaban.
Se trataba más bien en él de una intuición, de una idea fugitiva que brotaba en su ánimo. Pero la hora era de acción. Era preciso defender a Dolores, cuyo secuestro, en toda hipótesis, constituía la razón fundamental del ataque.
Cerró la ventana de la calle, echando el pasador, amartilló su revólver. Si hacía un disparo, provocaría la alarma en el barrio y los bandidos huirían.
«Pero no —murmuró—. No puedo consentir que se diga que yo rehuí la lucha. Es una ocasión demasiado bonita..., y además, quién sabe si huirían..., son demasiado numerosos y no les importan los vecinos.»
Regresó al dormitorio de Dolores. Abajo se oyó ruido. Escuchó, y, al comprobar que aquel ruido provenía de la escalera, cerró la puerta con llave, dándole a ésta doble vuelta.
Tendida en el diván, Dolores lloraba y sufría convulsiones.
Lupin le suplicó:
—¿Tiene usted fuerzas? Estamos en el primer piso. Yo puedo ayudarla a bajar..., con unas sábanas anudadas, desde la ventana...
—No, no, no me abandone usted..., van a matarme, defiéndame.
Lupin la tomó en brazos y la llevó a la habitación vecina. Se inclinó sobre ella, y le dijo:
—No se mueva y tenga calma... Le juro que mientras yo esté vivo ninguno de esos hombres le tocará.
La puerta de la otra habitación fue abierta violentamente. Dolores, agarrándose a Lupin, exclamó:
—¡Ah!, ahí están..., ahí están... le matarán a usted..., usted está solo...
Con voz ardiente, Lupin replicó:
—Yo no estoy solo: usted está aquí..., usted está aquí cerca de mí.
Lupin intentó desprenderse de ella, pero Dolores le tomó la cabeza entre las manos, le miró profundamente a los ojos, y murmuró:
—¿Adónde va usted? ¿Qué va usted a hacer? No..., no muera usted..., yo no lo quiero..., es preciso vivir..., es preciso...
Dolores balbució palabras que Lupin no distinguió y que parecían haberse ahogado entre los labios de ella para que él no las escuchara. Agotadas sus energías, extenuada, Dolores se desplomó sin conocimiento.
Lupin se inclinó sobre ella y la contempló por unos momentos. Con suavidad depositó un beso sobre sus cabellos.
Luego regresó a la habitación vecina, cerró cuidadosamente la puerta que separaba las dos estancias y encendió la luz eléctrica.
—Un momento, niños —exclamó él—. En realidad, tenéis demasiada prisa para hacer que os liquide... ¿Sabéis que es Lupin quien se encuentra aquí? Cuidado, que el baile va a comenzar.
Al propio tiempo que hablaba desplegó un biombo para ocultar el sofá donde había estado descansando hacía unos momentos la señora Kesselbach, y sobre el cual Lupin había echado trajes de mujer y ropas de cama.
La puerta estaba a punto de saltar en pedazos, bajo los esfuerzos de los atacantes.
—Ya..., ya voy... ¿Estáis ya dispuestos? Muy bien; vamos a entendérnoslas con el primero de estos señores.
Rápidamente hizo girar la llave de la cerradura y descorrió el cerrojo.
Se oyeron gritos, amenazas. Un tumulto de bestias odiosas surgió en el marco de la puerta abierta.
Sin embargo, ninguno se atrevía a avanzar. Antes de lanzarse sobre Lupin titubeaban bajo el efecto de la inquietud, del miedo...
Eso era lo que él había previsto.
De pie en medio de la habitación, completamente bajo la luz, con el brazo extendido, mostraba entre sus dedos un fajo de billetes de Banco, con los cuales estaba formando, contándolos uno a uno, siete partes iguales. Y tranquilamente dijo:
—¿Tres mil francos de prima para cada uno si Lupin es enviado ad paires? ¿No es así? ¿No es esto lo que os han prometido? Pues aquí tenéis el doble.
Depositó los paquetes sobre una mesa, al alcance de los bandidos.
El Chamarilero aulló:
—Tonterías. Lo que él trata es de ganar tiempo. Disparemos contra él.
Levantó el brazo. Sus compañeros le detuvieron.
Lupin prosiguió:
—Bien entendido, eso no cambia en nada vuestros planes de campaña. Vosotros habéis penetrado aquí: primero, para secuestrar a la señora Kesselbach; segundo, y en forma accesoria, para apoderaros de sus alhajas. Yo me consideraría el mayor de los miserables si me opusiera a ese doble propósito.
—¡Ah!, entonces, ¿adónde te propones llegar? —gruñó el Chamarilero, que escuchaba a pesar suyo.
—¡Ah, ah!, Chamarilero, empiezo a interesarte. Entra, pues, amigo mío...; entrad todos..., hay corrientes de aire en lo alto de la escalera... y unos hombres tan delicados como vosotros corréis el riesgo de acatarraros... ¡Vamos! ¿Tenemos miedo? Pues yo estoy aquí completamente solo... Vamos, valor, corderitos míos.
Penetraron en la estancia, intrigados y desconfiados.
—Cierra esa puerta, Chamarilero..., así estaremos más cómodos, Gracias. ¡Ah!, ya veo, dicho sea de paso, que los billetes de mil se han desvanecido. Por consiguiente, estamos de acuerdo. Lo mismo que se ponen de acuerdo las gentes honradas.
—¿Y qué más?
—¿Qué más? Pues bien: puesto que estamos asociados...
—¡Asociados!
—Caray, ¿acaso no habéis aceptado mi dinero? Trabajamos juntos, amigo mío, y juntos seguiremos para: primero, secuestrar a esa joven dama; segundo, para apoderarnos de las alhajas.
El Chamarilero replicó con sarcasmo:
—No tenemos necesidad de ti.
—Sí, querido mío.
—¿Para qué?
—Porque vosotros ignoráis dónde se encuentra el escondrijo de las alhajas, y en cambio yo lo sé.
—Lo encontraremos.
—Mañana. Pero no esta noche.
—Entonces, habla. ¿Qué es lo que quieres?
—El reparto de las alhajas.
—Entonces, ¿por qué no te lo has llevado tú todo, puesto que conoces el escondrijo?
—Porque me es imposible abrirlo yo solo. Hay un secreto, pero yo lo ignoro. Vosotros estáis aquí..., y así me serviré de vosotros.
El Chamarilero titubeó, y dijo:
—Repartir..., repartir..., a lo mejor no se trata más que de unos cuantos pedruscos y de un poco de cobre...
—¡Imbécil! Hay más de un millón.
Los hombres se estremecieron, impresionados.
—Sea —dijo el Chamarilero—. Pero ¿y si la señora Kesselbach se escapa? Ella se encuentra en la otra habitación, ¿no es así?
—No, ella está aquí.
Lupin apartó por un momento una de las hojas del biombo y dejó entrever el montón de ropas y mantas que había preparado sobre el sofá.
—Está aquí desvanecida. Pero yo la libertaré sólo después del reparto.
—Sin embargo...
—Pues a tomarlo o dejarlo. Tengo suerte de estar solo. Bien sabéis lo que yo valgo. Por tanto...
Los hombres se consultaron entre sí, y el Chamarilero dijo:
—¿Dónde está el escondrijo?
—Bajo el hogar de la chimenea. Pero es preciso, cuando se ignora el secreto, levantar ante todo la chimenea completa, el espejo, los mármoles, y todo ello en un bloque, al parecer. El trabajo es duro.
—¡Bah! Somos gentes de ataque. Lo vas a ver. En cinco minutos.
Dio órdenes, e inmediatamente sus compañeros se pusieron manos a la obra con un entusiasmo y una disciplina admirables. Dos de ellos, subidos sobre sillas, se esforzaron por quitar el espejo. Los otros cuatro atacaron la chimenea. El Chamarilero, de rodillas sobre el suelo, vigilaba el hogar de la chimenea, y ordenaba:
—Duro, muchachos..., a una, por favor...; atención..., una..., dos; ¡ah!, mirad, ya se mueve.
Inmóvil, detrás de ellos, con las manos en los bolsillos, Lupin los observaba con ternura, al propio tiempo que saboreaba con todo su orgullo de artista y maestro aquella prueba tan violenta de su autoridad, de su fuerza, del poder increíble que él ejercía sobre los demás. ¿Cómo aquellos bandidos habían podido admitir, ni siquiera por un segundo, aquella inverosímil historia y perder toda noción de las cosas, hasta el punto de abandonarle a su favor todas las oportunidades de la batalla?
Sacó de los bolsillos dos grandes revólveres, macizos e imponentes, extendió los brazos y tranquilamente, escogiendo a los primeros hombres que iba a derribar, y luego los otros dos que caerían enseguida, apuntó lo mismo que hubiera apuntado a dos blancos en una sala de tiro. Dos disparos simultáneos y luego otros dos...
Se escucharon aullidos... Cuatro hombres se desplomaron, unos tras otros, como muñecos en un juego de matanza.
—De siete, cuatro liquidados. Quedan tres —dijo Lupin—. ¿Será preciso continuar?
Sus brazos permanecían extendidos, con los dos revólveres apuntando sobre el grupo que formaban el Chamarilero y sus dos compañeros.

—Cochino —gruñó el Chamarilero, buscando un arma.
—Quietas las patas —gritó Lupin— o tiro... Perfecto. Ahora, vosotros desarmadlo..., si no...
Los dos bandidos, temblorosos de miedo..., paralizaron a su jefe y le obligaron a someterse.
—¡Amarradlo..., amarradlo!, ¡maldita sea! ¿Qué os importa a vosotros?... Una vez que yo me marche, estáis libres... Vamos, ¿está entendido? Primero amarradle las muñecas... con vuestros cinturones..., y los tobillos. Pero más rápido.
Desamparado, vencido, el Chamarilero ya no ofrecía resistencia. Mientras sus compañeros le amarraban, Lupin se agachó sobre ellos y les asestó dos terribles golpes de culata sobre la cabeza. Se desplomaron.
«He aquí una buena tarea cumplida —dijo, respirando fuerte—. Lástima que no hubieran sido cincuenta..., me encontraba en forma..., y todo ello con una facilidad tremenda..., con la sonrisa en los labios... ¿Qué piensas de esto tú, Chamarilero?
El bandido renegaba. Lupin le dijo:
—No te pongas melancólico, muchachote. Consuélate diciéndote que estás cooperando a una buena acción: la salvación de la señora Kesselbach. Ella misma te mostrará su agradecimiento por tu galantería.
Lupin se dirigió hacia la puerta de la otra estancia y la abrió.
—¡Ah! —exclamó, deteniéndose en el umbral, paralizado y desconcertado.
La habitación estaba vacía.
Se acercó a la ventana y vio una escala apoyada contra el balcón. La escala era de acero desmontable.
—Secuestrada..., secuestrada —murmuró—. Luis de Malreich..., ¡ah!, ese pícaro...

II

Lupin reflexionó unos momentos, al propio tiempo que se esforzaba por dominar su angustia, y se dijo que, después de todo, como la señora Kesselbach no parecía correr peligro alguno inmediato, no había motivo para alarmarse. Pero una súbita rabia le sacudió y precipitó sobre los bandidos, repartió entre ellos algunos puntapiés, que alcanzaron a los que estaban heridos y se agitaban, buscó y recuperó los billetes de Banco, luego amordazó a aquellos individuos, les amarró las manos con todo cuanto encontró —cordones de cortinas, alzapaños, mantas y sábanas cortadas en bandas—, y finalmente alineó sobre la alfombra, frente al canapé, aquellos siete envoltorios humanos, apretados unos contra otros y amarrados cual si se tratara de paquetes.
«Una carga de momias en su salsa —dijo con sarcasmo—. Un suculento plato de carne para un buen gastrónomo. Pedazos de idiotas, ¿cómo echasteis vuestras cuentas? Ahí estáis como si se tratara de un puñado de ahogados en un depósito de cadáveres... ¿Es así como se ataca a Lupin..., Lupin, defensor de viudas y huérfanos?... ¿Tembláis? Disteis un paso en falso, corderitos míos. Lupin jamás le hizo daño ni a una mosca... Pero Lupin es un hombre honrado, a quien no le agradan los canallas, y Lupin conoce sus deberes. Veamos, ¿es que acaso se puede vivir con unos ganapanes como vosotros? ¿Es que ya no hay respeto por la vida del prójimo? ¿No hay respeto para la vida de los demás, ni leyes, ni soledad, ni conciencia, ni nada? ¡Oh, Dios! ¿Adónde vamos a parar?»
Sin siquiera molestarse en encerrarlos, salió de la estancia, llegó a la calle y echó a andar hasta que llegó al auto de alquiler que le esperaba. Envió al chófer a buscar otro coche y reunió ambos delante de la casa de la señora Kesselbach.
Una buena propina que dio por adelantado le evitó andar con ociosas explicaciones. Con la ayuda de los dos chóferes bajó a los siete prisioneros y los instaló en los coches, revueltos y con las rodillas de los unos contra las de los otros. Los heridos lloraban y gemían. Luego cerró las portezuelas.
—Cuidado con las manos —les dijo Lupin.
Subió al asiento interior del primer coche, y ordenó:
—En marcha.
—¿Adónde vamos? —preguntó el chófer.
—Al treinta y seis del muelle de los Orfebres, a la Seguridad.
Roncaron los motores..., se escuchó el ruido del despegue, y el extraño cortejo se puso en rápida marcha por las pendientes del Trocadero.
En las calles se adelantaron a algunos carros cargados de hortalizas. En las aceras se veían hombres armados de pértigas que apagaban las luces de gas de las farolas.
Había estrellas en el cielo. Una fresca brisa flotaba en el espacio.
Lupin cantaba.
La plaza de la Concordia..., el Louvre..., y a lo lejos, la masa negra de Notre-Dame...
Se volvió y entreabrió la portezuela, preguntando:
—¿Estáis bien, compañeros? Yo también, gracias. La noche está deliciosa y se respira un aire transparente...
Saltó sobre los desnivelados adoquines de los muelles. E inmediatamente surgió a su vista el Palacio de Justicia y la puerta de la Seguridad.
—Quédense aquí —ordenó Lupin a los dos chóferes—, y, sobre todo, cuiden bien a sus siete clientes.
Cruzó el primer patio y siguió luego por el pasillo de la derecha, que conducía a los locales del servicio central.
Había allí de guardia permanente algunos inspectores.
—Señores —dijo Lupin, entrando—, les traigo caza..., y caza mayor... ¿Está el señor Weber? Soy el nuevo comisario de Policía de Auteuil.
—El señor Weber está en su departamento. ¿Es necesario avisarle?
—Un momento. Tengo prisa. Voy a dejarle unas líneas.
Se sentó a una mesa y escribió:

«Mi querido Weber. Te traigo a los siete bandidos que componían la banda de Altenheim, los mismos que mataron a Gourel... y a tantos otros, y que me mataron también a mí bajo el nombre de señor Lenormand.
»No queda más que su jefe. Voy a proceder a su inmediata detención. Ven a reunirte a mí. Él vive en Neuilly, calle Delaizement, y se hace llamar León Massier.
«Cordiales saludos,
Arsenio Lupin,
Jefe de Seguridad.»

Metió la carta en un sobre, y dijo:
—Esto para el señor Weber. Es urgente. Y ahora necesito siete hombres para que recojan la entrega de la mercancía. La he dejado en el muelle.
Delante de los coches se les reunió un inspector jefe.
—¡Ah!, es usted, señor Leboeuf —le dijo—. He hecho una buena redada... Toda la banda de Altenheim... está dentro de los coches.
—¿Y dónde los cazó usted?
—Cuando estaban a punto de secuestrar a la señora Kesselbach y de saquear su casa. Pero ya explicaré eso en el momento oportuno.
El inspector jefe le llevó a un lado, y con aire sorprendido le dijo:
—Perdóneme, pero me han venido a avisar de parte del comisario de Auteuil. Y no me parece... ¿A quién tengo el honor de hablar?
—A la persona que le está haciendo el espléndido regalo de siete apaches de la más estupenda calidad.
—De todos modos, yo quisiera saber...
—¿Mi nombre?
—Arsenio Lupin.
Le dio rápidamente una patada en una pierna a su interlocutor, echó a correr hasta la calle Rivoli, saltó dentro de un coche que pasaba y se hizo conducir a la puerta de Ternes.
Las casas en la carretera de la Revolución estaban cercanas y se dirigió a pie hacia el número 3.
A pesar de toda su sangre fría y del dominio que tenía sobre sí mismo, Arsenio Lupin no lograba dominar la emoción que le invadía. ¿Lograría encontrar a Dolores Kesselbach? ¿Luis de Malreich habría llevado a la joven dama, bien sea a casa de él, o bien a la cochera del Chamarilero? Lupin le había quitado al Chamarilero la llave de aquella cochera, de modo que le fue fácil, después de haber llamado a la puerta y haber atravesado todos los patios, el abrir la puerta y penetrar en el almacén de trastos viejos.
Encendió su linterna y se orientó. Un poco a la derecha estaba el espacio libre donde él había visto a los cómplices celebrar su último conciliábulo.
Sobre el canapé, designado por el Chamarilero, advirtió una forma negra.
Envuelta en cobertores, amordazada, yacía allí Dolores...
Acudió en su auxilio.
—¡Ah!, estáis aquí..., estáis aquí-balbució ella—: ¿No os han hecho nada?
E inmediatamente, irguiéndose y señalando al fondo del almacén, añadió:
—Por ahí..., por ese lado, se marchó él..., le oí..., estoy segura..., es preciso marcharnos. Os lo ruego...
—Usted antes que nada —le dijo Lupin.
—No, él primero..., golpéelo..., se lo ruego..., golpéelo.
El miedo ahora, en lugar de vencerla, parecía darle fuerzas inusitadas, y Dolores repetía en su inmenso deseo de librarse del implacable enemigo que la torturaba:
—Primero él..., no quiero seguir viviendo..., es preciso que usted me salve de él..., es preciso..., no quiero seguir viviendo.
Lupin la libró de las ligaduras, la tendió suavemente sobre el canapé, y le dijo:
—Tiene usted razón... Por lo demás, usted aquí no tiene nada que temer..., espéreme, regreso pronto...
Cuando él iba a alejarse, ella le tomó la mano vivamente, y le dijo:
—Pero ¿y usted?
—¿Qué?
—Si ese hombre...
Se hubiera dicho que ella temía aquel combate supremo al que le exponía y que, en el último momento, se hubiera sentido feliz de retener a Lupin.
Lupin murmuró:
—Gracias, esté tranquila. ¿Qué tengo que temer? Él está solo.
Y, abandonándola, se dirigió hacia el fondo. Conforme esperaba, descubrió una escala erguida y apoyada contra el muro; sirviéndose de ella subió hasta llegar al nivel de un pequeño tragaluz, desde el cual había asistido a la reunión de los bandidos. Aquél era el camino que Malreich había tomado para regresar a su casa de la calle Delaizement.
Lupin siguió ese camino lo mismo que había hecho algunas horas antes, pasó a la otra cochera y bajó al jardín. Se encontraba detrás del pabellón ocupado por Malreich.
Cosa extraña, no dudó ni por un segundo que Malreich estuviese allí. Inevitablemente iba a encontrarse con él, y el formidable duelo que venían sosteniendo uno contra otro llegaría así a su fin. Unos minutos más, y todo habría terminado.
Se sintió confundido. Cuando echó mano al picaporte de una puerta, aquél giró y la puerta cedió al empujarla. El pabellón ni siquiera estaba, pues, cerrado.
Atravesó una cocina, un vestíbulo y subió una escalera. Avanzaba resueltamente, sin siquiera preocuparse de amortiguar el ruido de sus pasos.
En el descansillo de la escalera se detuvo. El sudor corría de su frente y sus sienes latían bajo el aflujo de la sangre.
A pesar de ello conservaba la calma, sintiéndose dueño de sí y consciente de todos sus pensamientos.
Depositó sobre un peldaño sus dos revólveres.
«Nada de armas —se dijo—. Solamente mis manos..., nada más que el esfuerzo de mis dos manos..., eso bastará, vale más así.»
Frente a él había tres puertas. Escogió la de en medio e hizo girar la cerradura. Ningún obstáculo. Entró.
No había luz alguna en aquella estancia, pero, por la ventana abierta de par en par, penetraba la claridad de la noche, y en la noche percibió las ropas y las cortinas blancas de una cama.
Y allí... alguien se estaba incorporando.
Bruscamente lanzó sobre aquella silueta el chorro de luz de su linterna.
¡Malreich!
El rostro amarillento de Malreich, sus ojos sombríos, sus pómulos de cadáver, su cuello descarnado...
Y todo aquello aparecía inmóvil, a cinco pasos de él... ¿Quién hubiera podido decir si aquel rostro inerte, si aquel rostro de muerto revelaba la más nimia inquietud?
Lupin avanzó un paso, luego otro, después otro más.
El hombre no se movía en absoluto.
¿Veía? ¿Comprendía? Se hubiera dicho que sus ojos miraban al vacío; Lupin se creía obsesionado por una alucinación, más bien que sorprendido por una imagen real.
Todavía un paso más...
«Va a defenderse —pensó Lupin—. Es preciso que se defienda»
Lupin adelantó un brazo hacia él.
El hombre no hizo gesto alguno ni retrocedió un milímetro. Sus párpados se mantenían inmóviles. Se produjo el contacto.
Y fue Lupin quien trastornado, espantado, perdió la cabeza. Tendió al hombre, le acostó sobre la cama, le envolvió en las ropas, le apresó dentro de las mantas y le mantuvo así sujeto bajo su rodilla como una presa..., sin que el otro hubiera intentado el menor ademán de resistencia.
«¡Ah! —exclamó Lupin, embriagado de alegría y de odio contenido—. Al fin te he aplastado, bestia odiosa. Al fin, yo soy el amo...»
Escuchó ruido fuera, en la calle Delaizement, producido por unos golpes descargados sobre la verja. Se precipitó hacia la ventana, y desde ella gritó:
—Eres tú, Weber. Ya. Muy oportuno. Eres un servidor modelo. Cierra la puerta de la verja y corre..., serás bienvenido.
En breves minutos, Lupin registró las ropas del prisionero, se apoderó de su cartera, se adueñó de sus papeles que pudo encontrar en los cajones de la mesa y del bufete, los colocó sobre la mesa y los examinó.
Lanzó un grito de alegría: el paquete de cartas estaba allí..., el paquete de las famosas cartas que él había prometido entregarle al emperador.
Volvió a colocar los papeles en su lugar y corrió a la ventana.
—Todo está arreglado, Weber. Puedes entrar. Encontrarás al asesino de Kesselbach en su cama, completamente preparado y amarrado... Adiós, Weber...
Y Lupin bajó a saltos las escaleras, corrió hasta la cochera y, mientras Weber penetraba en la casa, fue a reunirse a Dolores Kesselbach.
El solo había detenido a los siete compañeros de Altenheim.
Y había entregado a la Justicia al misterioso jefe de la banda, el infame monstruo Luis de Malreich.

III

En un largo balcón de madera, sentado a una mesa, un joven escribía A veces levantaba la cabeza y contemplaba con mirada vaga el horizonte de colinas, donde los árboles, despojados de sus hojas por el otoño, dejaban caer las últimas de aquéllas sobre los techos rojos de las casas y sobre los céspedes de los jardines. Luego se puso de nuevo a escribir.
Al cabo de un momento tomó la hoja de papel, y leyó en voz alta:
Nuestros días van a la deriva como llevados por una corriente que los empuja hacia una orilla adonde se llega sólo agonizando.
—No está mal —dijo una voz detrás de él—. Nadie lo hubiera hecho mejor. En fin, no todo el mundo puede ser un Lamartine.
—Usted..., usted-balbució el joven, asombrado.
—Pues sí, poeta, yo mismo, Arsenio Lupin, que viene a ver a su querido amigo Pedro Leduc.
Pedro Leduc se puso a temblar como si sufriera escalofríos de fiebre, y dijo en voz baja:
—¿Ha llegado la hora?
—Sí, mi excelente Pedro Leduc. Ha llegado para ti la hora de abandonar, o, mejor dicho, de interrumpir la blanda existencia de poeta que estás llevando desde hace varios meses a los pies de Genoveva Ernemont y de la señora de Kesselbach, y de interpretar el papel que te he reservado en mi obra..., una linda obra, te lo aseguro; un pequeño drama bien tallado, conforme a las reglas del arte, con trémolos, risas y rechinamientos de dientes. Henos aquí llegados al quinto acto, el desenlace se acerca, y eres tú, Pedro Leduc, quien actúas de héroe. ¡Qué gloria!
El joven se levantó, y dijo:
—¿Y si me niego?
—¡Idiota!
—Sí, ¿si me niego? Después de todo, ¿quién me obliga a someterme a vuestra voluntad? ¿Quién me obliga a aceptar un papel que todavía no conozco, pero que por anticipado me repugna y del cual siento vergüenza?
—¡Idiota! —repitió Lupin.
Y obligando a Pedro Leduc a sentarse, Lupin se acomodó cerca de él y con voz suave le dijo:
—Olvidas por completo, jovencito, que tú no te llamas Pedro Leduc, sino Gerardo Baupré. Y si llevas el admirable nombre de Pedro Leduc, entonces es porque tú, Gerardo Baupré, has asesinado a Pedro Leduc y le has robado su personalidad. El joven dio un salto, indignado, y replicó:
—Usted está loco. Usted sabe muy bien que fue usted mismo quien combinó todo esto...
—Caray, sí, lo sé muy bien; pero ¿qué dirá la Justicia cuando yo le proporcione la prueba de que el verdadero Pedro Leduc murió de muerte violenta y que tú has tomado su lugar?
Aterrado, el joven comenzó a tartamudear:
—No le creerán... ¿Por qué habría de hacer yo eso? ¿Con qué objeto?
—¡Idiota! El objeto es tan visible que el propio Weber lo hubiera adivinado. Tú mientes cuando dices que no quieres aceptar un papel que ignoras. Ese papel tú lo conoces. Es el mismo que hubiera representado Pedro Leduc si no hubiera muerto.
—Pedro Leduc, para mí, para todo el mundo, no es más que una palabra. ¿Quién era él? ¿Quién era yo?
—¿Y qué es lo que eso puede importarte?
—Quiero saber. Quiero saber adónde voy.
—Y si lo sabes, ¿caminarás derecho delante de mí?
—Sí, siempre que el objetivo de que usted habla valga la pena.
—Y sin eso, ¿crees, acaso, que yo me hubiera dado tanto trabajo?
—¿Qué sé yo? Y sea cual sea mi destino, tenga la seguridad de que yo me mostraré digno de él. Pero quiero saberlo. ¿Quién soy yo?
Arsenio Lupin se quitó el sombrero, e inclinándose dijo:
—Hermann Cuarto, gran duque de Deux-Pont-Veldenz, príncipe de Berncastel, elector de Treves y señor de otros lugares.
Tres días más tarde, Lupin llevó a la señora Kesselbach en automóvil a la frontera. El viaje fue silencioso.
Lupin recordaba con emoción el gesto de espanto de Dolores y las palabras que ella había pronunciado en la casa de la calle de Vignes, en el momento en que iba a defenderla contra los cómplices de Altenheim. Y ella debía también recordarlo, porque permanecía como ruborosa y visiblemente turbada en presencia de él.
Por la noche llegaron a un pequeño castillo completamente revestido de hojas y flores, cubierto por una especie de enorme cúpula de pizarra y rodeado de un amplio jardín repleto de árboles seculares.
Encontraron allí ya instalada a Genoveva. Ésta regresaba en esos momentos de la población vecina, donde había seleccionado sirvientes nativos de allí.
—Aquí está su residencia, señora —dijo Lupin—. Es el castillo de Bruggen. Usted podrá esperar aquí completamente segura el fin de estos acontecimientos. Mañana, Pedro Leduc, a quien ya he avisado, será vuestro huésped.
Lupin se marchó seguidamente, se dirigió a Veldenz y entregó al conde de Waldemar el paquete de las famosas cartas que había recuperado.
—Ya sabe usted mis condiciones, mi querido Waldemar —dijo Lupin—. Se trata, ante todo, de volver a levantar la casa de Deux-Ponts-Veldenz y devolverle el gran ducado al gran duque Hermann Cuarto.
—Desde hoy voy a iniciar las negociaciones con el Consejo de Regencia. Según mis informes, eso será cosa fácil. Pero ¿y el gran duque Hermann?...
—Su alteza vive actualmente bajo el nombre de Pedro Leduc en el castillo de Bruggen. Presentaré todas las pruebas que sean precisas respecto a su identidad.
Aquella misma noche, Lupin volvió a tomar el camino de París con la intención de activar el proceso de Malreich y de los siete bandidos.
Lo que constituyó este asunto, la forma en que fue llevado, y cómo se desarrolló, resultaría harto fatigoso el hablar de ello, a tal extremo los hechos, y hasta los más pequeños detalles, están presentes en la memoria de todos. Es uno de esos acontecimientos sensacionales que incluso los aldeanos de los burgos más lejanos aún hoy comentan y lo relatan entre ellos.
Pero lo que yo quisiera recordar es la extraordinaria participación que en todo ello tuvo Arsenio Lupin, en cuanto a la persecución del asunto y a los incidentes de la instrucción del proceso.
De hecho, la instrucción del proceso fue él mismo quien la dirigió. Desde un principio sustituyó a los poderes públicos, ordenando las pesquisas, indicando las medidas que habrían de tomarse y prescribiendo las preguntas que deberían formularse a los detenidos, y, en suma, teniendo respuestas para todos...
¿Quién no recuerda la sorpresa general cada mañana cuando se leía en los diarios aquellas cartas irresistibles de lógica y de autoridad, aquellas cartas firmadas alternativamente?:
Arsenio Lupin, juez de instrucción.
Arsenio Lupin, procurador general.
Arsenio Lupin, ministro de Justicia.
Arsenio Lupin, policía.
Puso en la tarea un entusiasmo, un ardor e incluso una violencia, que le sorprendía hasta a él mismo, tan lleno habitualmente de ironía, y, en resumen, tan dispuesto por temperamento a una indulgencia en cierta forma profesional.
No, esta vez sentía odio.
Odiaba aquel Luis de Malreich, bandido sanguinario, bestia inmunda, del cual siempre había sentido miedo y que, incluso encerrado, incluso vencido, le producía aquella impresión de espanto y repugnancia que se experimenta a la vista de un reptil.
Además, ¿acaso Malreich no había tenido la audacia de perseguir a Dolores?
«Ha jugado y ha perdido —se decía Lupin—, y su cabeza volará.»
Eso era lo que él quería para su terrible enemigo: el cadalso, la mañana pálida en que la hoja de la guillotina cae deslizándose y mata...
Extraño detenido era aquel a quien el juez de instrucción interrogó a lo largo de dos meses entre los muros de su gabinete. Extraño personaje aquel hombre huesudo, con rostro de esqueleto y ojos muertos.
Parecía ausente de sí mismo. Era cual si no estuviera allí, sino muy lejos. Y tan poco preocupado de responder a las preguntas.
—Yo me llamo León Massier.
Esa fue la única frase en que se encerró.
Y Lupin replicaba:
—Tú mientes. León Massier, nacido en Périgueux, huérfano a la edad de diez años, murió hace siete años. Tú te apoderaste de sus documentos. Pero olvidas su acta de fallecimiento. Aquí está.
Y Lupin envió al ministerio fiscal una copia del acta.
—Yo soy León Massier —afirmaba de nuevo el detenido.
—Tú mientes —respondía Lupin—. Tú eres Luis de Malreich, el último descendiente de un pequeño noble establecido en Alemania en el siglo dieciocho. Tú tenías un hermano, que sucesivamente se hacía llamar Parbury, Ribeira y Altenheim. Y a ese hermano, tú le has matado. Tú tenías una hermana, Isilda de Malreich. Y a esa hermana, tú la mataste también.
—Yo soy León Massier.
—Mientes. Tú eres Malreich. Aquí está tu acta de nacimiento. Y aquí están la de tu hermano y la de tu hermana.
Y Lupin envió al ministerio fiscal las tres actas.
Por lo demás, salvo en lo que concernía a su identidad, Malreich no se defendió en absoluto, aplastado, sin duda, por la acumulación de pruebas que se presentaban contra él. ¿Qué podía decir él? La Justicia poseía cuarenta notas y cartas escritas de su puño y letra —conforme se demostró con la comparación de la escritura— y dirigidas a su banda y a sus cómplices, y las cuales había omitido destruir después de haberlas recuperado.
Todas estas cartas y notas eran órdenes referentes al asunto Kesselbach, el secuestro del señor Lenormand y de Gourel, la persecución del viejo Steinweg, la construcción de los subterráneos de Garches, etcétera. ¿Era posible negar todo eso?
Una cosa bastante extraña desconcertaba a la Justicia. Careados con su jefe, los siete bandidos afirmaron todos ellos que no le conocían en absoluto. Jamás le habían visto. Recibían las instrucciones ya sea por teléfono o bien en las sombras, por medio, precisamente, de aquellas cartas y notas que Malreich les entregaba rápidamente, sin pronunciar palabra.
Pero, por lo demás, la comunicación entre el pabellón de la calle Delaizement y la cochera del Chamarilero, ¿acaso no constituía prueba suficiente de complicidad? Desde allí, Malreich veía y oía. Desde allí, el jefe de la banda vigilaba a sus hombres.
¿Que había contradicciones y hechos que en apariencia resultaban inconciliables? Lupin los explicaba todos. En un célebre artículo publicado la misma mañana de la vista de la causa, partiendo del propio comienzo del asunto, reveló las interioridades de aquél; desenredó la madeja; mostró cómo Malreich vivía, ignorándolo todos, en la habitación de su hermano, el falso comandante Parbury; iba y venía invisible por los pasillos del Palace, y asesinaba a Kesselbach, asesinaba al mozo del hotel y asesinaba al secretario de Chapman.
Todos recuerdan las sesiones del proceso. Fueron a la par aterradoras y grises... Aterradoras, por la atmósfera de angustia que pesaba sobre la multitud que asistía a ellas y por los recuerdos de crimen y sangre que obsesionaban las mentes... Y grises, pesadas, oscuras, asfixiantes, debido al silencio que guardaba el acusado.
En el acusado no asomaba ni un gesto de rebelión. Ni un movimiento. Ni una palabra.
Era un rostro de cera que no veía nada, que no oía nada. Constituía una espantosa visión de calma e impasibilidad. La concurrencia se estremecía Las imaginaciones alocadas evocaban más bien que a un hombre, a una especie de ser sobrenatural, un genio de las leyendas orientales, uno de esos dioses de la India que son el símbolo de todo cuanto existe de feroz, cruel, sanguinario y destructor.
En cuanto a los otros bandidos, las personas del público ni siquiera los miraban, considerándolos como insignificantes comparsas que se perdían en la sombra de aquel jefe desmesurado.
El testimonio más emocionante fue el de la señora Kesselbach. Ante la sorpresa de todos, y hasta del propio Lupin, Dolores, que no había respondido a ninguna de las citaciones del juez y cuyo retiro todos ignoraban, apareció en doliente viuda para aportar un testimonio irrecusable contra el asesino de su marido.
Dolores, después de haber mirado al asesino largo tiempo, dijo sencillamente:
—Es ése quien penetró en mi casa de la calle de Vignes, es él quien me secuestró y es él quien me encerró en la cochera del Chamarilero. Yo le reconozco.
—¿Lo afirma usted?
—Lo juro ante Dios y ante los hombres.
Al día siguiente, Luis de Malreich, alias León Massier, era condenado a muerte. Y su personalidad, cabría decir, absorbía de tal manera la de sus cómplices, que éstos se beneficiaron de circunstancias atenuantes.
—Luis de Malreich, ¿no tiene usted nada que alegar? —preguntó el presidente del tribunal.
No respondió.
Una sola cuestión se mantenía oscura a los ojos de Lupin. ¿Por qué Malreich había cometido todos aquellos crímenes? ¿Qué pretendía? ¿Cuál era su objetivo?
Pero Lupin no tardaría en averiguarlo y estaba cerca el día en que, sacudido por el horror, lleno de desesperación, afectado mortalmente, se enteraría de la espantosa verdad.
Por el momento, y sin que la idea cesara por ello de obsesionarle, dejó de ocuparse del asunto Malreich. Resuelto a rehacer su vida, cual él decía, y, por otra parte, tranquilizado ya sobre la suerte de la señora Kesselbach y de Genoveva, cuya pacífica existencia él seguía desde lejos, en suma, tenido al corriente de todo por Juan Doudeville, a quien había enviado a Veldenz, en lo que se relacionaba con todas las negociaciones que se llevaban a cabo entre la corte de Alemania y la regencia de Deux-Ponts-Veldenz, Lupin empleaba por su parte todo el tiempo en liquidar el pasado y preparar el futuro.
La idea de la vida diferente que aspiraba a llevar a los ojos de la señora Kesselbach le agitaba con ambiciones nuevas y sentimientos imprevistos, en los que la imagen de Dolores aparecía entremezclada, sin que él se diese cuenta exactamente.
En unas semanas suprimió todas las pruebas que algún día pudieran comprometerle, todas las huellas que hubieran podido llevar hasta él. Entregó a cada uno de sus antiguos compañeros una suma de dinero suficiente para ponerlos al abrigo de la necesidad, y les dijo adiós a todos, anunciándoles que partía para América del Sur.
Una mañana, después de una noche de reflexionar y meditar minuciosamente, y de realizar un estudio profundo de la situación, se dijo:
«Se acabó. Ya no hay nada que temer. El viejo Lupin ha muerto. Paso al nuevo.»
Le trajeron un telegrama de Alemania. Era el desenlace esperado. El Consejo de Regencia, altamente influido por la corte de Berlín, había sometido la cuestión a unas elecciones en el gran ducado, y los electores, influidos a su vez por el Consejo de Regencia, habían afirmado su lealtad inquebrantable a la antigua dinastía de los Veldenz. El conde Waldemar, así como tres delegados de la nobleza, de las fuerzas armadas y de la magistratura, quedaron encargados a acudir al castillo de Bruggen, comprobar rigurosamente la identidad del gran duque Hermann IV y tomar, de acuerdo con su alteza, todas las disposiciones relativas a su entrada triunfal en el principado de sus padres, entrada que tendría lugar a principios del siguiente mes.
«Esta vez ya está —se dijo Lupin—. El gran proyecto del señor Kesselbach va a convertirse en realidad. Ya no queda más que hacer que avalar a mi Pedro Leduc ante Waldemar. Es un juego de niños. Mañana se publicarán las amonestaciones de Genoveva y de Pedro. Y será la prometida del gran duque la que será presentada a Waldemar.»
Completamente feliz salió en automóvil para el castillo de Bruggen.
Acomodado en el automóvil, cantaba, silbaba y le hacía preguntas al chófer.
—Octavio, ¿sabes a quién tienes el honor de conducir? Al amo del mundo...; sí, amigo mío, ya veo que eso te sorprende. Pues bien: ésa es la verdad. Yo soy el amo del mundo.
Se frotó las manos, y, cual si monologara, prosiguió:
—A pesar de todo, resultó largo y difícil. Hace ya un año que la lucha comenzó. Cierto es que ésta fue la lucha más formidable que he sostenido jamás... ¡Diablos, qué guerra de gigantes!...
Y luego repitió:
—Pero esta vez ya está. Los enemigos se han hundido. Ya no existen obstáculos entre mi objetivo y yo. El terreno está libre de dificultades. Construyamos. Tengo los materiales a mano, tengo los obreros...; construyamos, Lupin. Y que el palacio construido sea digno de ti.
Hizo detener el coche a unos centenares de metros del castillo, para que su llegada resultase más discreta, y le dijo a Octavio:
—Tú entrarás de aquí a veinte minutos, a las cuatro, e irás a depositar mis maletas en el pequeño chalet que se encuentra al extremo del parque. Es allí donde viviré.
Al llegar a la primera vuelta del camino apareció el castillo a lo lejos, al final de una avenida sombreada de tilos. En la distancia, bajo el pórtico, divisó a Genoveva.
Su corazón se emocionó dulcemente.
«Genoveva, Genoveva —dijo con ternura—. Genoveva..., la promesa que le hice a tu madre agonizante se ha realizado... Genoveva, gran duquesa..., y yo, la sombra, cerca de ella, velando por su felicidad y prosiguiendo las grandes combinaciones de Lupin.»
Rompió a reír, saltó detrás de un grupo de árboles que se erguían a la izquierda de la avenida y apresuró el paso a lo largo de espesos macizos. De este modo llegó al castillo sin que nadie pudiera verle desde las ventanas del salón o de las principales habitaciones.
Su deseo era ver a Dolores antes que ésta le viese a él, y, lo mismo que había hecho con Genoveva, pronunció el nombre de Dolores varias veces, pero con una emoción que a él mismo le sorprendía.
—Dolores..., Dolores.
Furtivamente, siguió por los pasillos y llegó al comedor. Desde éste, a través de una puerta de cristales, podía visitar la mitad del salón.
Se acercó.
Dolores estaba tendida sobre una otomana, y Pedro Leduc, de rodillas ante ella, la contemplaba con aire extasiado.
CAPÍTULO OCHO. EL MAPA DE EUROPA


I

¡Pedro Leduc amaba a Dolores!
Para Lupin constituyó un dolor profundo, agudo, cual si hubiera sido herido en la propia entraña de su vida... Un dolor tan fuerte, que experimentó —y esto por primera vez— la visión clara de lo que Dolores había venido a ser para él, poco a poco y sin que tuviera conciencia de ello.
Pedro Leduc amaba a Dolores y la miraba como se mira a aquella a quien se ama.
Lupin sintió en sí, cegado, enloquecido, el instinto del asesino. Aquella mirada..., aquella mirada de amor que se posaba sobre la joven viuda..., aquella mirada le enfurecía. Tenía la impresión del gran silencio que envolvía a la mujer y al joven, y en ese silencio, en la inmovilidad de las actitudes, lo único viviente era esa mirada de amor, aquel himno mudo y voluptuoso mediante el cual sus ojos proclamaban toda la pasión, todo el deseo, todo el entusiasmo, todo el impulso de un ser hacia otro.
Y veía también a la señora Kesselbach. Los ojos de Dolores estaban invisibles bajo sus párpados cerrados, aquellos párpados alegres, con largas pestañas. Pero ¡cómo sentía ella la mirada de amor que buscaba la suya! ¡Cómo se estremecía bajo la caricia impalpable!
«Ella le ama..., ella le ama», se dijo Lupin, abrasado de celos.
Y cuando vio a Pedro Leduc haciendo un ademán, pensó: «¡Oh!, si ese miserable se atreve a tocarla, le mato.»
Y pensaba, a la par que comprobaba los desvaríos de su razón y tratando de combatirlos:
«¡Qué estúpido soy! ¡Cómo te dejas arrastrar, Lupin!... Veamos, es completamente natural que si ella le ama... Sí, evidentemente, habías creído adivinar en ella una cierta emoción al hallarse a tu lado... Una cierta turbación... Idiota, pero tú no eres más que un bandido, un ladrón..., mientras que él es duque, es joven...»
Pedro Leduc permanecía inmóvil. Pero sus labios se movían y pareció como si Dolores se despertara. Suavemente, lentamente, ella alzó los párpados, volvió un poco la cabeza y sus ojos se entregaron a los del joven, con esa mirada que se ofrece y que se entrega y que es más profunda que el más profundo de los besos.
Fue algo súbito, brusco y repentino, como un rayo. En tres saltos, Lupin cruzó el salón, se lanzó sobre el joven, le derribó al suelo, y poniendo una rodilla sobre el pecho de su rival, irguiéndose ante la señora Kesselbach, gritó fuera de sí:
—Pero ¿no lo sabe usted? ¿No se lo ha dicho este canalla?... ¿Y usted le ama? ¿Acaso tiene una cabeza de gran duque? ¡Ah, qué gracia tiene esto!
Enfurecido, sarcástico, mientras Dolores le miraba con estupor, añadió:
—¡Un gran duque él! ¡Hermann Cuarto de Deux-Ponts-Veldenz! ¡Príncipe reinante! ¡Gran elector! ¡Es para morirse de risa! ¡Él! Pero si se llama Beaupré, Gerardo Beaupré, el último de los vagabundos... Un mendigo al que recogí del fango. ¿Gran duque? Pero si fui yo quien le hizo gran duque. ¡Ah, ah, qué cosa tan divertida!... Si usted le hubiera visto cortarse el dedo meñique..., se desvaneció tres veces..., era una gallina mojada... ¡Ah!, y tú te permites poner los ojos sobre las damas... y rebelarte contra el amor... Espera un poco, gran duque de Deux-Ponts-Veldenz.
Lupin le levantó en sus brazos como un fardo, le balanceó unos momentos en el aire y le arrojó por la ventana abierta.
—Cuidado con los rosales, gran duque..., tienen espinas.
Cuando se volvió, Dolores estaba junto a él y le miraba con ojos que él no le había visto nunca..., los ojos de una mujer que odia y a quien la cólera ha exasperado. ¿Era posible que ésta fuese Dolores, la débil y enfermiza Dolores?
Ella balbució:
—¿Qué es lo que hace usted?... ¿Cómo se atreve?... ¿Y él?... Entonces, ¿es verdad?... ¿Él me ha mentido?
—¿Que si él ha mentido? —exclamó Lupin, comprendiendo en ella la humillación femenina—. ¿Que si él ha mentido? ¡Él, gran duque! No es más que un polichinela cuyos hilos manejaba yo, un instrumento al que yo manejaba para representar escenas creadas por mi fantasía. ¡Ah, ese imbécil, ese imbécil!
Dominado por la rabia, golpeaba con el pie sobre el suelo y amenazaba con el puño hacia la ventana abierta. Se puso a caminar de un extremo a otro de la estancia lanzando frases en las que estallaba la violencia de sus pensamientos secretos.
—¡Ese imbécil! ¿No ha podido ver lo que yo esperaba de él? ¿Acaso no ha adivinado la grandeza de su papel? ¡Ah, ese papel se le meterá a la fuerza en la cabeza! ¡Levanta la cabeza, cretino! Serás gran duque por mi voluntad. Y príncipe reinante con una lista civil y unos sujetos para esquilarlos, y un palacio que Carlomagno te reconstruirá, y un amo que seré yo, Lupin. ¿Comprendes, desventurado? Levanta la cabeza, maldito, levántala más alto. Mira al cielo, recuerda que uno de los Deux-Ponts fue colgado por robo, incluso antes que se hablase siquiera de los Hohenzollern. Y tú eres un Deux-Ponts, y no uno de los inferiores; yo estoy aquí, yo, Lupin. Y tú serás gran duque, yo te lo digo. ¿Un gran duque de cartón? Sea, pero un gran duque, a pesar de todo, animado por mi soplo y quemado por mi fiebre. ¿Un fantoche? Sea, pero un fantoche que dirá mis palabras, que hará mis gestos, que ejecutará mi voluntad, que realizará mis sueños... ¡Sí..., mis sueños!
Ahora ya no accionaba, permanecía inmóvil, como dominado por la magnificencia de sus sueños íntimos.
Luego se acercó a Dolores, y con voz sorda, con una especie de exaltación mística, exclamó:
—A mi izquierda, Alsacia y Lorena... A mi derecha, Bade, Wurtemberg, Baviera..., Alemania del Sur, todos esos estados mal soldados, descontentos, aplastados bajo la bota del Carlomagno prusiano, pero inquietos, dispuestos a liberarse... ¿Comprende usted lo que un hombre como yo puede hacer en medio de todo esto, todo lo que puede despertar en aspiraciones, todo lo que puede soplar en odio, todo lo que puede provocar revueltas y cóleras?
Y en voz más baja repitió:
—Y a la izquierda, Alsacia y Lorena... ¿Comprende usted? Esos..., esos sueños... Pero es la realidad de mañana, de pasado mañana. Sí..., yo lo quiero, yo lo quiero... ¡Oh, todo lo que yo quiero y todo lo que yo haré es inaudito!... Piense usted, a dos pasos de la frontera de Alsacia, en plena tierra alemana, cerca del viejo Rin. Bastará un poco de intriga, un poco de genio, para revolucionar al mundo. El genio yo lo tengo..., me sobra talento hasta para venderlo... Y yo seré el amo. Seré quien dirija. Para el otro, para el fantoche, el título y los honores... Para mí, el poder. Yo permaneceré en la sombra. Nada de cargos: ni ministro, ni siquiera chambelán. Nada. Seré uno de los servidores de palacio, quizá el jardinero... ¡Oh, qué formidable vida el cultivar flores y cambiar el mapa de Europa!
Dolores le contemplaba ávidamente, dominada y sometida por la fuerza de aquel hombre. Sus ojos expresaban una admiración que ella no intentaba disimular.
Lupin colocó las manos sobre los hombros de ella, y le dijo:
—He ahí mi sueño. Por grande que sea, será desbordado por los hechos, os lo juro. El kaiser ya ha visto lo que yo valía. Un día me encontrará acampado ante él y cara a cara. Tengo todos los triunfos en la mano. Valenglay se pondrá de mi parte... Inglaterra también... La partida está jugada... He ahí mis sueños... Y hay otro más...
Se calló súbitamente. Dolores no apartaba de él su mirada y una emoción infinita transfiguraba su rostro.
Una inmensa alegría invadió a Lupin al sentir una vez más, y tan claramente, la turbación de aquella mujer ante él. Lupin ya no tenía impresión de ser para ella... lo que en realidad era, un ladrón, un bandido, sino un hombre, un hombre que amaba y cuyo amor provocaba sentimientos inexpresados en el fondo de un alma amiga.
Entonces ya no habló, pero, sin que sus labios las pronunciaran, le dijo todas las palabras de ternura y de adoración..., mientras soñaba en la vida que juntos podrían llevar no lejos de Veldenz, en el anonimato, pero todopoderoso.
Los unía un largo silencio. Luego ella se levantó, y suavemente le ordenó:
—Marchaos, os suplico que os marchéis... Pedro se casará con Genoveva, os lo prometo, pero es mejor que os marchéis... Que no permanezcáis aquí... Marchaos, Pedro se casará con Genoveva.
Lupin esperó unos instantes. Acaso esperaba y deseaba palabras más precisas, pero no se atrevió a preguntar nada. Y se retiró deslumbrado, embriagado y feliz de obedecer y de unir su destino al de ella.
Cuando se dirigía hacia la puerta, Lupin encontró una silla baja que tuvo que apartar. Pero al hacerlo su pie tropezó con algo que llamó su atención. Inclinó la cabeza para ver. Era un pequeño espejo de bolsillo, de ébano, con monograma de oro.
Lupin se estremeció y vivamente recogió el objeto.
El monograma se componía de dos letras entrelazadas, una L y una M.
¡Una L y una M!
—Luis de Malreich —dijo Lupin, estremeciéndose.
Se volvió hacia Dolores.
—¿De dónde viene este espejo? ¿De quién es? Sería muy importante que...
Dolores echó mano a aquel objeto y lo examinó.
—No lo sé... Jamás lo había visto... Quizá sea de algún criado.
—De un criado, en efecto —dijo él—, pero es muy extraño... Hay en esto una coincidencia...
En ese momento, Genoveva penetró por la puerta del salón y, sin ver a Lupin, a quien ocultaba un biombo, exclamó de pronto:
—Mire su espejo, Dolores... ¿Al fin lo encontró?... Y tanto tiempo como llevo buscándolo... ¿Dónde estaba?
La muchacha se marchó, diciendo:
—Bueno, tanto mejor... Pero qué inquieta estaba usted... Voy a avisar inmediatamente para que ya no lo busquen más.
Lupin no se había movido. Estaba confuso y trataba en vano de comprender. ¿Por qué Dolores no había dicho la verdad? ¿Por qué no se había explicado en relación con aquel espejo?
Se le ocurrió una idea, y dijo un poco al azar
—¿Conocía usted a Luis de Malreich?
—Sí —respondió ella, observando a Lupin y cual si se esforzara por adivinar los pensamientos que le asediaban.
Lupin se precipitó hacia ella en extremo agitado.
—¿Usted le conocía? ¿Quién era? ¿Qué es esto? ¿Y por qué no dijo usted nada? ¿Dónde le conoció usted? Hable..., responda..., se lo suplico...
—No —respondió ella.
—Pero es preciso..., es preciso..., piense usted..., Luis de Malreich, el asesino, el monstruo..., ¿por qué no dijo usted nada?
Ella, a su vez, puso sus manos sobre los hombros de Lupin y declaró con voz muy firme:
—Escuche, no me interrogue nunca, porque nunca lo diré... Es un secreto que morirá conmigo... Ocurra lo que ocurra, nadie lo sabrá, nadie en el mundo, lo juro...

II

Durante algunos minutos Lupin permaneció ante ella, ansioso, con la mente trastornada.
Recordaba el silencio de Steinweg y el terror que experimentó el anciano cuando le había pedido que le revelase el terrible secreto. Dolores lo sabía también..., y ella también callaba.
Sin decir una sola palabra, Lupin abandonó la estancia.
El aire libre, el espacio abierto, le hicieron bien. Pasó más allá de los muros del parque y erró durante largo tiempo por los campos. Hablaba en voz alta y decía:
—¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que hay? Hace meses y meses que al propio tiempo que lucho y actúo, hago bailar al extremo de sus hilos a todos los personajes que deben contribuir a la ejecución de mis proyectos; y, durante ese tiempo, olvidé completamente el inclinarme sobre ellos y observar lo que se agita en su corazón y en su cerebro. No conozco a Pedro Leduc, no conozco a Genoveva, no conozco a Dolores... Y los he tratado como muñecos, cuando en realidad son personajes vivientes. Y ahora tropiezo con obstáculos...
Golpeó el suelo con el pie y exclamó:
—Con obstáculos que no existen. El estado de alma de Genoveva y de Pedro no me importa..., ya estudiaré eso más tarde, en Veldenz, cuando yo haya hecho su felicidad. Pero Dolores... Ella conoce a Malreich y, sin embargo, no ha dicho nada... ¿Por qué? ¿Qué relaciones los unen? ¿Tiene ella miedo de él? ¿Tiene ella miedo de que él se fugue y corra a vengarse de una indiscreción?
Cuando llegó al coche, Lupin regresó al chalet que había reservado para sí en el fondo del parque, cenó de muy mal humor, echando maldiciones contra Octavio que le servía unas veces demasiado lentamente y otras veces demasiado deprisa.
—Ya tengo bastante, déjame solo... Hoy no haces más que tonterías... ¿Y este café?... Es indecente...
Arrojó la taza aún medio llena, y después, durante dos horas, se paseó por el parque rumiando las mismas ideas. Al fin, en su mente se precisó una idea:
«Malreich se ha escapado de la prisión y está aterrorizando a la señora Kesselbach... Él sabe ya por ella el incidente del espejo...»
Lupin se encogió de hombros, y se dijo:
«Y esta noche él va a venir a tirarte de los pies. Vamos, estoy diciendo desatinos. Lo mejor es que me acueste.»
Regresó a su habitación y se acostó. Inmediatamente se durmió con pesado sueño, agitado por pesadillas. Dos veces se despertó e intentó encender la lámpara, pero las dos volvió a caer dormido, como narcotizado.
Sin embargo, oyó sonar las campanadas de las horas en el reloj de la aldea..., o más bien creyó oírlas, pues estaba hundido en una especie de estupor en el que le parecía conservar todo su espíritu.
Se sintió alucinado por sueños de angustia y de espanto. Claramente escuchó el ruido de su ventana que se abría. Y claramente también, a través de sus párpados cerrados, a través de las espesas sombras, vio una forma que avanzaba.
Y esa forma se inclinó sobre él.
Tuvo la energía increíble de levantar los párpados y mirar..., o cuando menos así se lo imaginó. ¿Soñaba? ¿Estaba despierto? Se preguntaba esto con desesperación.
Todavía otro ruido... A su lado, alguien tomaba la caja de cerillas.
«Voy a ver de una vez», dijo con una gran alegría.
Se oyó el crujido de una cerilla. La vela quedó encendida.
De la cabeza a los pies, Lupin sintió que el sudor brotaba de su piel, al propio tiempo que su corazón dejaba de latir, inmovilizado por el espanto. El hombre estaba allí
¿Era posible? No, no... Y, sin embargo, él veía... ¡Oh, qué aterrador espectáculo!... El hombre, el monstruo, estaba allí.
«No quiero..., no quiero...», balbució Lupin, enloquecido.
El hombre, el monstruo, estaba allí, vestido de negro, con una máscara sobre el rostro, y el sombrero blando ocultando sus cabellos rubios.
«¡Oh, yo sueño..., sueño! —dijo Lupin, riendo—. Es una pesadilla...»
Con todas sus fuerzas, imponiéndose toda su voluntad, intentó hacer un ademán, uno solo, que alejara al fantasma.
Pero no lo logró.
Y de pronto recordó: la taza de café, el sabor de aquel brebaje..., semejante al gusto del café que había tomado en Veldenz. Lanzó un grito, hizo un último esfuerzo y volvió a caer agotado.
Pero en su delirio sentía que el hombre soltaba el cuello de su camisa, ponía al desnudo su garganta y alzaba el brazo... Y vio que su mano se crispaba sobre el mango de un puñal... Un pequeño puñal de acero, semejante a aquel que había matado al señor Kesselbach, a Chapman, a Altenheim y a tantos otros.

III

Unas horas más tarde, Lupin se despertó agotado por la fatiga y con un amargo sabor de boca.
Permaneció quieto durante algunos minutos, poniendo en orden sus ideas, y de pronto, recordando, hizo un movimiento instintivo de defensa, como si alguien le atacara.
«¡Qué imbécil soy! —exclamó, saltando de la cama—. Es una pesadilla, una alucinación. Basta con reflexionar. Si fuera él, si verdaderamente fuera un hombre de carne y hueso el que esta noche levantó el brazo contra mí, me hubiera degollado como a un pollo. Ese no titubea. Seamos lógicos. ¿Por qué me hubiera perdonado? ¿Por mis lindos ojos? No, he soñado, eso es todo...»
Se puso a silbar en tono bajo y se vistió, afectando la mayor calma, pero su espíritu no cesaba de batallar y sus ojos buscaban...
Sobre el piso, en el reborde de la ventana, no había huella alguna. Como su habitación se encontraba en la planta baja y él dormía con la ventana abierta, sería evidente que el agresor hubiera penetrado por allí.
No descubrió nada, así como tampoco no encontró señal alguna al pie del muro exterior, ni sobre la arena del paseo que bordeaba el chalet.
«Sin... embargo, sin embargo...», repetía Lupin entre dientes.
Llamó a Octavio.
—¿Dónde preparaste el café que me diste anoche?
—En el castillo, jefe, como todo lo demás. Aquí no hay cocina.
—¿Y tú tomaste de ese café?
—No.
—¿Tiraste el que quedaba en la cafetera?
—Caramba, sí, jefe. Usted lo encontró muy malo. Sólo tomó unos sorbos.
—Está bien. Prepara el auto. Vamos a salir.
Lupin no era hombre capaz de permanecer mucho tiempo en estado de duda. Quería una explicación decisiva con Dolores. Pero para esto necesitaba, ante todo, aclarar ciertos puntos que le parecían oscuros y ver a Doudeville, que desde Veldenz le había enviado informes bastante extraños.
Se hizo conducir directamente al gran ducado, adonde llegaron a eso de las dos de la tarde. Celebró una entrevista con el conde Waldemar, a quien pidió, con un pretexto cualquiera, que retrasara el viaje a Bruggen de los delegados de la regencia. Luego fue a ver a Juan Doudeville en una taberna de Veldenz.
Doudeville le llevó entonces a otra taberna donde le presentó a un señor de baja estatura y bastante pobremente vestido: herr Stockli, empleado en los archivos del registro civil.
La conversación fue larga. Salieron juntos los tres y pasaron disimuladamente por las oficinas del Ayuntamiento. A las siete, Lupin cenó y emprendió viaje de nuevo. A las diez llegó al castillo de Bruggen y preguntó por Genoveva, a fin de penetrar en compañía de ella en la habitación de la señora Kesselbach.
Le dijeron que la señorita Ernemont había sido llamada a París por un telegrama de su abuela.
—Está bien —dijo Lupin—. Pero ¿puedo ver a la señora Kesselbach?
—La señora se retiró a su habitación, inmediatamente después de cenar. Debe de estar durmiendo.
—No, he visto luz en su gabinete. Ella me recibirá.
En realidad, apenas esperó la respuesta de la señora Kesselbach. Penetró inmediatamente detrás de la sirvienta en el gabinete de Dolores y despidió a aquélla.
—Tengo que hablar con usted, señora, es urgente... Perdóneme... Confieso que puedo parecerle a usted inoportuno... Pero usted lo comprenderá, estoy seguro.
Lupin estaba muy excitado y no parecía en modo alguno dispuesto a aplazar la explicación, tanto más cuanto que, antes de entrar, le había parecido percibir ruido.
Sin embargo, Dolores estaba sola y tendida en una otomana. Dolores le dijo con voz cansada:
—Quizá hubiéramos podido... mañana...
Lupin no respondió, sorprendido de pronto por un olor que le llamaba la atención en el gabinete de Dolores... Un olor a tabaco. Inmediatamente tuvo la intuición, la certidumbre, de que un hombre se encontraba allí en el mismo momento en que él llegó. Y que ese hombre continuaba cerca de ellos, oculto en alguna parte...
¿Pedro Leduc? No. Pedro Leduc no fumaba. Entonces, ¿quién?
Dolores murmuró:
—Acabemos, se lo ruego.
—Sí, sí, pero ante todo... ¿Le sería a usted posible decirme...?
Se detuvo. ¿De qué serviría interrogarla? Si había allí, verdaderamente, un hombre oculto, ¿lo denunciaría ella?
Entonces, Lupin se decidió, y tratando de dominar aquella especie de temor molesto que le oprimía al presentir la presencia de un extraño, dijo en voz baja, de modo que solamente Dolores le oyera:
—Escuche usted, he sabido una cosa... que no comprendo... y que me turba profundamente. Es preciso que usted me responda, Dolores.
Pronunció el nombre de ella con una gran dulzura, cual si intentara dominarla por la amistad y la ternura de su voz.
—¿De qué se trata? —dijo ella.
—En el registro civil de Veldenz hay tres nombres que corresponden a los nombres de los últimos descendientes de la familia Malreich, establecida en Alemania.
—Sí, usted ya me contó eso...
—Como usted recordará, primero está Raúl de Malreich, más conocido bajo el apodo de Altenheim, el bandido, el apache del gran mundo..., ahora muerto..., asesinado.
—Sí.
—Seguidamente, figura el de Luis de Malreich, el monstruo, el espantoso asesino que dentro de unos días será guillotinado.
—Sí.
—Y luego, por último, Isilda, la loca...
—Sí.
—Todo eso, por tanto, está bien comprobado, ¿no es así?
—Sí.
—Pues bien —continuó Lupin, inclinándose más sobre ella—: conforme a una investigación que acabo de realizar, resulta que el segundo de los tres nombres, Luis, o, más bien, la parte de la línea en la cual está escrito, fue hace tiempo objeto de raspaduras. La línea aparece con una escritura nueva, hecha encima y con una tinta mucho más reciente, pero que no logró borrar por entero lo que había escrito debajo. De modo que...
—¿De modo que...? —dijo la señora Kesselbach en voz baja.
—Pues que, con una buena lupa, y sobre todo por medio de procedimientos especiales de que dispongo, hice resurgir algunas de las sílabas borradas y, sin error alguno y con toda certidumbre, conseguí reconstruir lo que había sido escrito primeramente. Y entonces lo que allí aparece no es el nombre de Luis de Malreich, sino...
—¡Oh!, calle usted, calle usted...
Súbitamente, agobiada por el excesivo esfuerzo de resistencia que Dolores hacía, se encogió y con la cabeza entre las manos y con los hombros sacudidos por convulsiones, rompió a llorar.
Lupin miró largo tiempo a aquella criatura, imagen de la divinidad, tan digna de lástima y tan desamparada. Y sintió impulsos de callarse, de suspender el torturante interrogatorio que le infligía.
Pero ¿acaso no procedía él así para salvarla? Y para salvarla, ¿no era necesario que él supiese la verdad, por dolorosa que resultase?
Prosiguió:
—¿Y por qué esa falsedad?
—Es mi marido —balbució ella—. Fue él quien hizo eso. Con su fortuna, él lo podía todo, y antes de nuestro matrimonio consiguió de un empleado subalterno que éste cambiara en los libros de registro el nombre del segundo hijo de la familia.
—Que cambiara el nombre y el sexo —dijo Lupin.
—Sí —confirmó ella.
—Así, pues —continuó él—, yo no me había equivocado: el antiguo nombre, el verdadero, era Dolores. Pero ¿por qué su marido...?
Dolores, con las mejillas bañadas por el llanto, llena de vergüenza, murmuró:
—¿No lo comprende usted?
—No.
—Pero piense usted —dijo ella, temblorosa— que yo era la hermana de Isilda la loca, la hermana de Altenheim el bandido. Mi marido, o, más bien dicho, mi prometido, no quiso que yo continuara siéndolo. Él me amaba. Y yo también le amaba y consentí en ello. Mandó suprimir en los libros de registro el acta de Dolores de Malreich y me compró documentos nuevos, otra personalidad, otra acta de nacimiento, y me casé en Holanda bajo otro nombre de soltera, el de Dolores Amonti.
Lupin reflexionó por unos momentos, y dijo, pensativo.
—Sí..., sí..., comprendo. Pero entonces Luis de Malreich no existe, el asesino de su marido, el asesino de su hermana y el de su hermano no se llama así..., su nombre...
Dolores se irguió, respondiendo vivamente:
—Sí, su nombre es ése, se llama así... A pesar de todo, ése es su nombre... Luis de Malreich... L y M..., recuérdelo usted..., no investigue más... Es un terrible secreto, y además, ¡qué importa!... El culpable está allá... Él es el culpable... Yo se lo dije. ¿Acaso se defendió cuando yo le acusé cara a cara? ¿Acaso podía defenderse, lo mismo con ese nombre que con otro? Es él..., es él... Él ha matado... Él golpeó con el puñal... El puñal de acero... ¡Ah!, si se pudiera decir todo... Luis de Malreich... Si yo pudiera...
Ella se revolcaba sobre la otomana, presa de una crisis nerviosa, y su mano estaba crispada sobre la de Lupin, el cual escuchó que Dolores tartamudeaba estas palabras mezcladas con otras ininteligibles.
—Protéjame..., protéjame..., sólo usted puede hacerlo..., no me abandone, soy tan desgraciada... ¡Ah, qué tortura, qué tortura!..., es un infierno.
Lupin, con su mano libre, le acarició los cabellos y la frente con infinita dulzura, y, a influjo de la caricia, ella se tranquilizó poco a poco.
Luego, Lupin la miró de nuevo largo tiempo, y se preguntó qué podría haber oculto detrás de aquella hermosa y pura frente... ¿Qué secreto atormentaba aquella alma misteriosa? ¿Tenía ella miedo también? Pero ¿de quién? ¿Contra quién suplicaba ella que la protegiese?
De nuevo, Lupin se sintió obsesionado por la imagen del hombre de negro, de aquel Luis de Malreich, enemigo tenebroso e incomprensible, cuyos ataques tenía que contener sin saber de dónde venían y ni siquiera si iban a producirse.
¡Qué importaba que el monstruo estuviese en la prisión vigilado día y noche!... ¿Acaso no sabía Lupin por propia experiencia que hay seres para quienes la prisión no existe y que se liberan de sus cadenas en el minuto fatídico? Y Luis de Malreich era de ésos.
Sí, cierto es que había un alguien en la prisión de la Santé, en la celda de los condenados a muerte. Pero ése podía ser un cómplice, o bien otra víctima de Malreich... Mientras él, el propio Malreich, rondaba en torno al castillo de Bruggen, se deslizaba a favor de las sombras como un fantasma invisible, penetraba en el chalet del parque, y, en la alta noche, alzaba su puñal sobre Lupin dormido y paralizado.
Y era Luis de Malreich quien aterrorizaba a Dolores, quien la enloquecía con sus amenazas, quien la tenía prisionera suya por algún secreto temible y la obligaba al silencio y a la sumisión.
Y Lupin imaginaba el plan del enemigo: arrojar a Dolores, desconcertada y temblorosa, en los brazos de Pedro Leduc; suprimirle a él, Lupin, y reinar en su lugar con el poder de un gran duque y los millones de Dolores.
Hipótesis probable, hipótesis segura, que se adaptaba a los acontecimientos y proporcionaba una solución a todos los problemas.
«¿A todos? —objetaba Lupin—. Sí... Pero, entonces, ¿por qué no me mató esta noche en el chalet? No tenía más que querer hacerlo, pero no lo quiso. Un ademán y yo estaría muerto. Ese ademán él no lo hizo. ¿Por qué?»
Dolores abrió los ojos, le vio y sonrió con pálida sonrisa.
—Déjeme usted —suplicó ella.
Lupin se levantó, titubeante. ¿Iría a ver si el enemigo estaba oculto detrás de la cortina o escondido detrás de las ropas colgadas en aquel armario?
Ella repitió dulcemente:
—Váyase..., voy a dormir...
Lupin se fue.
Ya fuera, se detuvo bajo los árboles que formaban un macizo de sombras delante de la fachada del castillo. Vio luz en el gabinete de Dolores. Luego esa luz pasó al dormitorio. Al cabo de unos minutos se hizo la oscuridad.
Esperó. Si el enemigo estaba allí, ¿saldría acaso del castillo?
Transcurrió una hora... Dos horas... Ningún ruido.
«No hay nada que hacer —pensó Lupin—. O bien él se ha encerrado en algún rincón del castillo..., o bien ha salido por una puerta que yo no puedo ver desde aquí... A menos que todo eso sea, por mi parte, la más absurda de las hipótesis...»
Encendió un cigarrillo y regresó hacia el chalet.
Cuando se acercaba, divisó, bastante lejos todavía, una sombra que parecía alejarse.
Permaneció quieto por temor a provocar alarma.
La sombra cruzó una avenida. A la claridad de la luna le pareció reconocer en aquella sombra la silueta negra de Malreich.
Se lanzó tras él.
La sombra huyó y desapareció.
«Vamos —se dijo—. Será mañana. Y esta vez...»

IV

Lupin entro en la habitación de Octavio, le despertó y le ordenó: —Toma el auto. Estarás en París a las seis de la mañana. Vete a ver a Jacobo Doudeville, y le dirás: primero, que me mande noticia del condenado a muerte; segundo, que me envíe, apenas se abran las oficinas de Correos, un telegrama así concebido...
Redactó el telegrama en una hoja de papel, y agregó: —Tan pronto cumplas tu misión regresarás, pero por aquí y bordeando los muros del parque. Vete, pero es preciso que nadie se dé cuenta de tu ausencia.

Lupin regresó a su habitación, hizo funcionar el resorte de su linterna y comenzó a realizar una minuciosa inspección.
«En efecto, es eso —dijo para sí al cabo de un instante—. Alguien ha venido esta noche aquí mientras yo acechaba debajo de la ventana. Y si ha venido, no tengo duda alguna sobre su intención... Decididamente no me equivocaba... La cosa está que arde... Ahora ya puedo estar seguro de recibir el golpe de puñal.»
Por prudencia tomó un cobertor, escogió un lugar del parque bien aislado y durmió allí bajo las estrellas.
A eso de las once de la mañana se presentó Octavio ante él.
—Ya está hecho, jefe. El telegrama fue enviado.
—Muy bien. Y Luis de Malreich, ¿continúa en la prisión?
—Sí, continúa allí. Doudeville pasó frente a su celda ayer noche en la Santé. El carcelero salía de la celda. Habló con él. Malreich continúa siendo el mismo, al parecer: mudo como una estatua. Espera.
—¿Y qué es lo que espera?
—¡Caramba!, la hora fatal. En la Prefectura se dice que la ejecución tendrá lugar pasado mañana.
—Tanto mejor, tanto mejor —dijo Lupin—. Lo que está más claro es si se ha evadido o no.
Renunció a comprender e incluso a investigar el enigma, hasta tal punto presentía que toda la verdad iba a serle revelada. No tenía más que preparar su plan a fin de que el enemigo cayera en la trampa.
«O que caiga yo mismo en ella», pensaba, riendo.
Se sentía alegre, con el espíritu libre, y nunca antes se había anunciado para él una batalla con mayores posibilidades.
Desde el castillo un criado le trajo el telegrama que le había ordenado poner a Doudeville, y que el cartero acababa de entregar. Lo abrió y lo guardó en el bolsillo.
Poco antes de mediodía encontró a Pedro Leduc en uno de los paseos del parque, y sin más preámbulo le dijo:
—Te andaba buscando... Hay cosas graves... Es preciso que me respondas francamente. Desde que te encuentras en este castillo, ¿has visto alguna vez a algún otro hombre que no sean los criados alemanes que yo he colocado aquí?
—No.
—Reflexiona bien. No se trata de un visitante cualquiera. Me refiero a un hombre que se ocultaría, cuya presencia tú hubieras comprobado..., o incluso que tú hubieras sospechado por algún indicio, por alguna huella.
—No... ¿Es que acaso usted habrá...?
—Sí. Aquí se oculta alguien... Alguien ronda por aquí... ¿Dónde? ¿Y quién? ¿Y con qué objeto? Yo no lo sé..., pero lo sabré. Ya tengo presunciones. Por tu parte, estáte ojo alerta... Vigila... y, sobre todo, no le digas ni una palabra a la señora Kesselbach... Es inútil inquietarla...
Lupin se fue.
Pedro Leduc, sorprendido, desconcertado, reanudó su camino hacia el castillo.
En el trayecto, sobre el césped, vio un papel azul. Lo recogió. Era un telegrama. No se trataba de un papel cualquiera, arrugado, que se arroja sin darle importancia, sino que estaba plegado cuidadosamente... Perdido, sin duda, por alguien.
El telegrama estaba dirigido al señor Meauny, nombre que llevaba Lupin en Bruggen. Contenía estas palabras:
«Ya sabemos toda la verdad. Imposible comunicar revelaciones por carta. Tomaré el tren esta noche. Nos veremos mañana a las ocho en la estación de Bruggen.»
«Magnífico —se dijo Lupin, que desde un macizo próximo vigilaba los manejos de Pedro Leduc—. Perfecto; de aquí a diez minutos, este joven idiota le habrá enseñado el telegrama a Dolores y le habrá comunicado todas mis inquietudes. Hablarán todo el día y el otro lo oirá; el otro se enterará, porque lo sabe todo, porque vive en la propia sombra de Dolores y porque Dolores está entre sus manos como una presa fascinada... Y esta noche él actuará, por miedo al secreto que deberán revelarme...»
Lupin se alejó canturreando.
«Esta noche..., esta noche... se bailará... Esta noche... ¡Qué vals, amigos míos! El vals de la sangre con la música de un pequeño puñal niquelado... En fin, vamos a reírnos.»
En la puerta del pabellón llamó a Octavio, subió a su dormitorio, se acostó en la cama y le dijo al chófer:
—Siéntate ahí, Octavio, y no te duermas. Tu jefe va a descansar. Vela por él, fiel servidor.
Durmió con excelente sueño.
—Como Napoleón en la mañana de Austerlitz —dijo al despertarse.
Era la hora de la cena. Comió copiosamente, y después, mientras fumaba un cigarrillo, inspeccionó sus armas y cambió las balas de sus dos revólveres.
—«La pólvora seca y la espada afilada», como dice mi amigo el kaiser... ¡Octavio!
Octavio acudió.
—Vete a cenar al castillo con los criados. Anúnciales que te vas esta noche a París en el automóvil.
—¿Con usted, jefe?
—No, solo. Y tan pronto hayas terminado de cenar, partirás, en efecto, ostensiblemente.
—Pero ¿no iré a París?
—No, esperarás fuera del parque, en la carretera, a un kilómetro de distancia... Hasta que yo llegue. Esto va a durar mucho.
Fumó otro cigarrillo, se paseó, pasó delante del castillo, vio luz en las habitaciones de Dolores y luego regresó al chalet.
Allí tomó un libro. Era las Vidas de hombres ilustres.
—Aquí falta una, y es la más ilustre —dijo—. Pero el porvenir está ahí, y pondrá las cosas en su punto. Y me pondrán aquí como a Plutarco un día cualquiera.
En el libro leyó la Vida de César, y anotó al margen de las páginas algunos pensamientos.
A las once y media subió.
Por la ventana abierta se inclinó hacia la noche inmensa, clara y sonora, temblorosa de ruidos confusos. A su mente acudieron recuerdos... Recuerdos de frases de amor que había leído o había oído pronunciar, y repitió varias veces el nombre de Dolores con el fervor de un adolescente que apenas se atreve a confiar al silencio el nombre de su bien amada.
«Vamos, preparémonos», se dijo.
Dejó la ventana entreabierta, apartó un velador que estorbaba el paso y colocó sus armas debajo de la almohada. Luego, tranquilamente, sin la menor emoción, se metió en la cama completamente vestido y apagó de un soplo la vela.
Y el miedo comenzó.
Fue inmediato. Desde que las sombras le envolvieron, comenzó el miedo.
—¡Maldita sea! —exclamó.
Saltó de la cama, tomó las armas y las arrojó al pasillo.
—Con mis manos sólo, con mis manos sólo. Nada vale tanto como la presión de mis manos.
Se acostó. De nuevo las sombras y el silencio. Y de nuevo el miedo, el miedo socarrón, lacerante, invasor...
En el reloj de la aldea sonaron doce campanadas...
Lupin pensó en aquel ser inmundo que allí abajo, a cien metros, a cincuenta metros de él, se preparaba, probaba la punta aguda de su puñal.
—Que venga..., que venga —murmuraba, tembloroso—. Y los fantasmas se desvanecerán...
En el reloj de la aldea sonó ahora la una.
Y transcurrían los minutos..., minutos interminables, minutos de fiebre y angustia... En la raíz de sus cabellos brotaban gotas de sudor que corrían por su frente, y tal le parecía que aquél era un sudor de sangre que le bañaba por entero...
Las dos...
Y entonces, en alguna parte, muy cerca, vibró casi imperceptible un ruido, un ruido de hojas removidas... Un ruido que no era en modo alguno el de las hojas que remueve el viento de la noche...
Cual Lupin había previsto, se produjo en él instantáneamente una inmensa calma. Toda su naturaleza de gran aventurero trepidaba de alegría. Era, al fin, la lucha
Se oyó otro ruido más claro bajo la ventana, pero todavía débil, al extremo que era preciso poseer el agudo oído de Lupin para percibirlo.
Transcurrían los minutos, minutos espantosos..., la sombra era de un negro macizo. No penetraba en ella la claridad de una estrella o de la luna.
De pronto, sin que nada hubiera oído Lupin, éste supo que el hombre estaba en la habitación.
El hombre avanzaba hacia el lecho. Avanzaba como un fantasma,
sin desplazar el aire de la estancia y sin mover los objetos que tocaba.
Pero con todo su instinto, con toda su potencia nerviosa, Lupin veía los ademanes del enemigo e incluso adivinaba la sucesión de sus ideas.
Lupin no se movía, arqueado contra el muro y casi de rodillas, presto a saltar.
Sintió que la sombra crecía, palpaba las ropas de la cama para darse cuenta del punto sobre el que iba a golpear. Lupin escuchó su respiración. Hasta le pareció oír los latidos de su corazón. Y comprobó con orgullo que su propio corazón no latía con más fuerza... en tanto que el corazón del otro... ¡Oh, sí, cómo lo escuchaba!, aquel corazón desordenado, loco, que, como el batiente de una campana, chocaba con las paredes del pecho.
La mano del otro se alzó...
Un segundo, dos segundos...
¿Acaso titubeaba? ¿Iba todavía a dejar vivo a su adversario?
Y en el gran silencio, Lupin dijo: —Golpea, golpea de una vez.
Se oyó un grito de rabia... El brazo bajó como movido por un resorte.
Luego se oyó un gemido.
Aquel brazo, Lupin lo había cogido al vuelo, sujetándolo a la altura del puño... Y revolcándose fuera del lecho, imponente, irresistible, apresó al hombre por la garganta y le derribó.
Eso fue todo. No hubo lucha. Ni siquiera podía haber lucha. El hombre yacía en tierra como clavado, atornillado al suelo por dos tornillos de acero que eran las manos de Lupin. No había hombre en el mundo, por fuerte que fuese, que pudiera desprenderse de aquella presa.
Y ni una palabra. Lupin no pronunció ninguna de aquellas palabras que se divertía en decir, de ordinario, con su verbo burlón. No tenía deseos de hablar. Eran unos momentos demasiados solemnes.
No experimentaba ninguna vana alegría, ninguna exaltación gloriosa. En el fondo, no sentía más que un apremio: el saber quién estaba allí. ¿Luis de Malreich, el condenado a muerte? ¿Algún otro? ¿Quién?
Arriesgándose a estrangular aquel hombre, le apretó la garganta un poco más, otro poco más y un poco más todavía.
Y entonces sintió que todas las fuerzas del enemigo, todo cuanto le quedaba de fuerzas, le abandonaban. Los músculos del brazo se aflojaron, quedaron inertes. La mano se abrió y soltó el puñal.
Luego, ya libre de toda amenaza por parte de su adversario, con la vida de éste suspendida en la temible garra de sus dedos, sacó su linterna de bolsillo, puso sin apoyarlo su índice sobre el resorte y la acercó a la cara del hombre.
Ya no tenía más que apretar el resorte, que quererlo así, y entonces ya sabría todo.
Durante unos segundos saboreó su poder. Una ola de emoción se alzó dentro de él. Le invadió la visión de su triunfo. Una vez más, y en forma soberbia, heroica, él era el amo.
De un golpe seco hizo la luz. El rostro del monstruo apareció iluminado.
Lupin lanzó un aullido de espanto. Era Dolores Kesselbach.
CAPÍTULO NUEVE. LA MUJER QUE MATA


I

En el cerebro de Lupin se desencadenó como un huracán, un ciclón en el que el estrépito del trueno, las oleadas de viento, las ráfagas de elementos enloquecidos, se desencadenan tumultuosamente en una noche de caos.
Grandes relámpagos azotaban las sombras. Y a la luz fulgurante de esos relámpagos, Lupin, desconcertado, sacudido por estremecimientos, convulsionado de horror, veía y trataba de comprender.
No se movía, aferrado a la garganta del enemigo, cual si sus dedos entumecidos no pudieran ya soltar más su presa. Por otra parte, aunque ahora ya supiera, no tenía, por así decir, una impresión exacta de que aquel ser fuese Dolores. Era todavía el nombre de negro, Luis de Malreich, la bestia inmunda de las tinieblas; y esa bestia él la tenía en su poder y no la soltaría.
Pero la verdad se lanzaba al asalto de su espíritu y de su conciencia, y vendido, torturado de angustia, murmuró:
—¡Oh, Dolores!... ¡Dolores!...
Inmediatamente comprendió la excusa: la locura.
Estaba loca. La hermana de Altenheim, de Isilda, la hija de los últimos Malreich, la hija de la madre loca y del padre alcoholizado, estaba también loca. Una loca extraña, una loca con toda la apariencia de la razón, pero, no obstante, loca, desequilibrada, enferma, degenerada, verdaderamente monstruosa.
Lo pensó y comprendió así con toda certidumbre. Era la locura del crimen. Bajo la obsesión de un objetivo hacia el cual ella caminaba automáticamente, mataba, ávida de sangre, inconsciente e infernal.
Mataba porque quería algo, mataba para defenderse, mataba para ocultar que había matado. Pero mataba también, y sobre todo, por matar. La asesina satisfacía en sí apetitos súbitos e irresistibles. En ciertos instantes de su vida, en determinadas circunstancias, frente a un ser determinado y convertido súbitamente en adversario, era preciso que su brazo golpeara. Golpeaba embriagada de rabia, ferozmente, frenéticamente.
Loca extraña, irresponsable de sus asesinatos, y, no obstante, tan lúcida en su ceguera, tan lógica en su desorden mental, tan inteligente en su absurdo. ¡Qué maestría! ¡Qué perseverancia! ¡Qué combinaciones a la par repelentes y admirables!
Y Lupin, con una visión rápida, con una acuidad prodigiosa de su vista, veía la larga serie de aventuras sangrientas y adivinaba los caminos misteriosos que Dolores había seguido.
La veía obsesionada y poseída por el proyecto de su marido, proyecto que evidentemente ella no debía conocer sino en parte. La veía buscando ella también a aquel Pedro Leduc, a quien su marido perseguía, y buscándole para casarse con él y regresar convertida en reina a aquel pequeño reino de Veldenz del cual sus antepasados habían sido expulsados tan ignominiosamente.
La veía en el Palace Hotel, en la habitación de su hermano Altenheim, cuando se la suponía en Montecarlo.
La veía durante días y días espiando a su marido, deslizándose junto a los muros, mezclada en las tinieblas, indistinguible e invisible en su disfraz de sombra.
Y una noche, ella encontraba al señor Kesselbach encadenado y le golpeaba.
Y por la mañana, a punto de ser denunciada por el ayuda de cámara, ella volvió a golpear.
Y una hora más tarde, a punto de ser denunciada por Chapman, ella le atraía a la habitación de su hermano y le golpeaba.
Y todo ello sin piedad, salvajemente, con una habilidad diabólica.
Y con la misma habilidad, ella se comunicaba por teléfono con sus dos sirvientas, Gertrudis y Susana, las cuales acababan de llegar de Montecarlo, donde una de ellas había desempeñado el papel de su propia ama. Y Dolores, volviendo a vestir sus ropas femeninas, desprendiéndose de la peluca rubia que la hacía irreconocible, descendía a la planta baja, se reunía a Gertrudis en el momento en que ésta penetraba en el hotel, y afectaba estar llegando ella misma también y fingiendo ignorar todavía la desgracia que la esperaba.
Actriz incomparable, representaba el papel de esposa cuya existencia ha quedado destrozada. Se la compadecía. Se lloraba por ella. ¿Quién lo hubiera sospechado?
Y entonces comenzó la guerra con él, Lupin; aquella guerra bárbara, aquella guerra inaudita que ella sostuvo alternativamente contra el señor Lenormand y contra el príncipe Semine, pasando el día en su otomana, enferma y desfalleciente, para luego, por la noche, en pie, correr por los caminos, incansable y aterradora.
Eran las combinaciones infernales. Gertrudis y Susana, cómplices aterradas y domadas, le servían una y otra de emisarios, disfrazándose quizá como ella, cual ocurrió el día en que el viejo Steinweg fue secuestrado por el barón Altenheim, en pleno Palacio de Justicia.
Era toda una serie de crímenes. Era Gourel ahogado. Era Altenheim, su hermano, apuñalado. ¡Oh!, y aquella lucha implacable en los subterráneos de la villa de las Glicinas. El trabajo invisible del monstruo en la oscuridad... ¡Cómo aparecía ahora claro todo aquello!...
Y había sido ella quien le había arrancado a Lupin su máscara de príncipe, ella quien le había denunciado, ella quien le había arrojado dentro de la prisión, ella quien había hecho fracasar todos sus planes, gastando millones para ganar la batalla.
Y luego los acontecimientos se precipitaron. Susana y Gertrudis habían desaparecido... Muertas, sin duda. Steinweg, asesinado. Isilda, la hermana, asesinada.
—¡Oh, qué ignominia, qué horror! —balbució Lupin con un sobresalto de repugnancia y de odio.
Execraba a aquella abominable criatura. Hubiera querido aplastarla, destruirla. Aquellos dos seres, aferrados uno a otro, resultaban desconcertantes, yaciendo inmóviles bajo la palidez del alba que comenzaba a mezclarse a la sombra de la noche.
—¡Dolores!... ¡Dolores!... —murmuró él con desesperación.
Saltó hacia atrás, estremecido de terror y con los ojos desorbitados. ¿Qué? ¿Qué ocurría? ¿Qué era aquella innoble impresión de frío que le producían las manos?
—¡Octavio! ¡Octavio! —gritó, sin recordar la ausencia del chófer.
¡Auxilio! Necesitaba auxilio. Precisaba que alguien le tranquilizara y ayudara. Temblaba de miedo. ¡Oh!, aquel frío, aquel frío de la muerte que él había sentido. ¿Era posible?... ¿Y entonces? Durante aquellos breves y trágicos minutos, él, con sus dedos crispados, la había...
Violentamente se impuso la voluntad de mirar. Dolores permanecía inmóvil.
Se precipitó hacia ella, se arrodilló y la atrajo contra sí.
Estaba muerta.
Permaneció unos instantes entumecido y bajo el efecto de un dolor que parecía irse esfumando. Ya no sufría. Ya no sentía ni furor ni odio, ni sentimiento de ninguna clase... Nada más que un abatimiento estúpido, la sensación de un hombre que ha recibido un mazazo y que ya no sabe si está vivo aún, si piensa, o bien si no será juguete de una pesadilla.
Sin embargo, le parecía que algo de justo acababa de ocurrir, y ni siquiera por un momento pasó por su mente la idea de que había sido él quien había matado. No, no era él. Eso estaba al margen de él y de su voluntad. Era el Destino, el inflexible Destino, quien había realizado la obra de justicia de suprimir a la bestia dañina.
Allá afuera los pájaros cantaban. La vida se animaba bajo los añosos árboles que la primavera se preparaba para florecer. Y Lupin, despertando de su estupor, sintió poco a poco surgir en sí una compasión indefinible y absurda por aquella miserable mujer... Odiosa, ciertamente, abyecta y veinte veces criminal, pero todavía tan joven y que ya había dejado de ser.
Y pensó luego en las torturas que ella debía de haber sufrido en sus momentos de lucidez, cuando volviendo a ella la razón, desaparecida la locura, tenía la visión siniestra de sus actos.
—Protegedme..., soy tan desgraciada —le había suplicado ella.
Era contra ella misma que pedía que la protegieran, contra sus instintos de fiera, contra el monstruo que vivía dentro de ella, que la obligaba a matar, a matar siempre.
«¿Siempre?», se dijo Lupin.
Recordó entonces la noche de la entrevista, cuando ella, erguida sobre él, con el puñal alzado sobre el enemigo que desde hacía meses la asediaba, sobre el enemigo infatigable que la había impulsado a todas las fechorías. Y recordó que aquella noche ella no había matado. Sin embargo, le hubiera sido fácil: el enemigo yacía inerte e impotente. De un solo golpe la implacable lucha hubiera terminado. No, ella no había matado, por estar sujeta ella también a sentimientos oscuros de simpatía y admiración hacia aquel que tan a menudo la había dominado.
No, ella no había matado esa vez. Y he aquí que por un capricho verdaderamente desconcertante del Destino, era él quien la había matado.
«Yo maté —pensaba él, temblando de pies a cabeza—. Mis manos han suprimido a un ser vivo, y ese ser es Dolores..., Dolores..., Dolores...»
No cesaba de repetir su nombre, que era de dolor... Y no cesaba de contemplarla, aquella triste cosa inanimada, ahora inofensiva, pobre jirón de carne, sin más conciencia que un puñado de hojarascas o que un pajarillo degollado al borde del camino.
¡Oh, cómo podría él no temblar de compasión, puesto que, uno frente a otro, él era el asesino, él mismo, y ella ya no existía más, ella que era la víctima!
—¡Dolores!... ¡Dolores!... ¡Dolores!...
Le sorprendió el día ya avanzado, sentado cerca de la muerta, recordando y meditando, mientras sus labios articulaban de cuando en cuando las sílabas desoladas: ¡Dolores!... ¡Dolores!...
Pero había que actuar, y, en medio de la debacle de sus ideas, ya no sabía en qué sentido debería proceder y por qué acto comenzar.
«Cerrémosle los ojos primero», se dijo.
Completamente vacíos, llenos sólo de la nada, aquellos hermosos ojos dorados tenían todavía esa dulzura melancólica que les proporcionaba tanto encanto. ¿Era posible que aquellos ojos hubiesen sido los ojos de un monstruo? A pesar suyo, y enfrentado a la implacable realidad, Lupin no podía, sin embargo, confundir en un solo y único personaje a aquellos seres cuyas imágenes resultaban tan distintas en el fondo de su pensamiento.
Rápidamente se inclinó sobre ella, besó sus alargados párpados y luego cubrió con un velo el pobre rostro convulsionado.
Entonces le pareció que Dolores se hacía más lejana y que, esta vez, el hombre de negro estaba efectivamente allí, al lado de él, con sus ropas sombrías y su disfraz de asesino.
Se atrevió a tocarla y palpó los vestidos.
En un bolsillo interior había dos carteras. Tomó una de ellas y la abrió.
Primero encontró una carta firmada por Steinweg, el viejo alemán.
Contenía estas líneas:

«Si muero antes de haber podido revelar el terrible secreto, que se sepa esto: el asesino de mi amigo Kesselbach es su esposa, cuyo verdadero nombre es el de Dolores de Malreich, hermana de Altenheim y hermana de Isilda.
»Las iniciales L. M. se refieren a ella. En la intimidad jamás Kesselbach llamaba a su esposa Dolores, que es un nombre de dolor y de luto, sino Leticia, que expresa alegría. L. y M. —Leticia Malreich— eran, en efecto, las iniciales inscritas sobre todos los regalos que él le hacía, cual, por ejemplo, en la cigarrera encontrada en el Palace Hotel, y que pertenecía a la señora Kesselbach. Ésta había adquirido en sus viajes la costumbre de fumar.
»Leticia fue, en efecto, su alegría durante cuatro años; cuatro años de mentiras y de hipocresía, durante los cuales ella preparó la muerte de aquel que la amaba con tanta bondad como confianza.
»Quizá yo debiera haber hablado inmediatamente. Pero no tuve el valor de nacerlo, en recuerdo de mi viejo amigo Kesselbach, cuyo nombre ella llevaba.
»Y, además, sentí miedo... El día que la desenmascaré en el Palacio de Justicia había leído en sus ojos mi sentencia de muerte.
»Mi debilidad, ¿me salvará?»

«El también —pensó Lupin—. A él también le mató ella... Él sabía demasiadas cosas... Las iniciales... El nombre de Leticia... La secreta costumbre de fumar...»
Lupin recordó aquella última noche, aquel olor a tabaco en la habitación de ella.
Continuó inspeccionando en la primera cartera.
Había allí trozos de cartas, en lenguaje cifrado, entregados, sin duda, a Dolores por sus cómplices en el curso de sus tenebrosos encuentros... Y había también direcciones escritas en pedazos de papel... Direcciones de costureras o de modistas, pero también de antros y de fondas de dudosa categoría... y también nombres... Veinte, treinta nombres, y nombres extraños, tales como Héctor el Carnicero, Armando de Grenelle, el Enfermo...
Pero había también una fotografía que llamó la atención de Lupin. La observó. E inmediatamente, como movido por un resorte, soltando la cartera, corrió fuera de la estancia, fuera del pabellón, y salió al parque.
Había reconocido el retrato de Luis de Malreich, preso en la Santé.
Y solamente entonces, solamente en ese instante preciso, recordó: la ejecución debía tener lugar al día siguiente por la mañana.
Y puesto que el hombre de negro, puesto que el asesino no era otro que Dolores, Luis de Malreich se llamaba realmente León Massier, y era inocente.
¿Inocente? Mas ¿y las pruebas encontradas en su casa, las cartas del emperador y todo cuanto le acusaba de forma innegable, todas aquellas pruebas irrefutables?
Lupin se detuvo unos momentos, sintiendo la cabeza atormentada.
—¡Oh! —exclamó—. Me vuelvo loco yo también. Pero, sin embargo, hay que actuar... Mañana es cuando le ejecutan..., mañana..., mañana al amanecer.
Sacó el reloj.
—Son las diez... ¿Cuánto tiempo necesitaré para llegar a París? Tiene que ser muy pronto... Sí, llegaré muy pronto, es preciso... Y a partir de esta noche adoptaré medidas para impedir... Pero ¿qué medidas? ¿Cómo probar la inocencia?... ¿Cómo impedir la ejecución? Bueno, ¡qué importa!... Ya veré lo que hago. ¿Es que acaso no soy yo Lupin?... Vamos...
Salió corriendo, penetró en el castillo, y llamó:
—¡Pedro! ¿Has visto a Pedro Leduc? ¡Ah!, aquí estás... Escucha...
Le llevó a un lado, y con voz entrecortada, pero imperiosa, le dijo:
—Escucha: Dolores ya no está aquí... Sí, un viaje urgente... Emprendió viaje esta noche en mi auto... Yo me marcho también... Guarda silencio. Ni una palabra... Un segundo perdido será irreparable. En cuanto a ti, despedirás a todos los criados sin darles explicaciones. Aquí está el dinero. De aquí a media hora es preciso que el castillo esté vacío. Y que nadie entre aquí hasta mi regreso... Ni tú tampoco, ¿entiendes...? Te prohibo entrar... Ya te explicaré todo... Se trata de graves razones. Toma, llévate la llave... Me esperarás en la aldea...
Y de nuevo salió corriendo.
Diez minutos después llegó a donde le esperaba Octavio.
Saltó dentro del coche.
—¡A París! —ordenó.

II

El viaje fue una verdadera carrera de la muerte.
Lupin, juzgando que Octavio no conducía lo bastante rápido, se había puesto al volante..., y era una velocidad desorbitada, vertiginosa. Por las carreteras, cruzando las aldeas, por las calles repletas de público de las ciudades, avanzaban a cien kilómetros por hora Las gentes, aterradas, aullaban de rabia, pero ya el bólido estaba lejos... Había desaparecido.
—Jefe —balbucía Octavio, lívido—: vamos a quedarnos en el camino.
—Tú, quizá, y es posible que también el auto, pero yo llegaré —replicó Lupin.
Tenía la sensación de que no era el coche quien le transportaba a él, sino que era él quien transportaba al coche, y que perforaba el espacio con sus propias fuerzas, con su propia voluntad. Entonces, ¿qué milagro podía impedir que no llegase, puesto que sus fuerzas eran inagotables y que su voluntad no tenía límites?
—Llegaré porque es preciso que llegue —repetía.
Y pensaba en el hombre que iba a morir si no llegaba a tiempo para salvarle... En el misterioso Luis de Malreich, tan desconcertante con su silencio obstinado y rostro hermético. Y en el tumulto del camino, bajo los árboles cuyas ramas producían un ruido de olas furiosas, entre el bullir de sus ideas, Lupin, a pesar de ello, se esforzaba por forjarse una hipótesis. Y la hipótesis fue precisándose poco a poco, lógica, verosímil, segura, se decía Lupin, ahora que ya conocía la espantosa verdad sobre Dolores y que entreveía todos los recursos y todos los propósitos odiosos de aquel espíritu enloquecido.
«Sí, fue ella quien preparó contra Massier la más espantosa de las maquinaciones. ¿Qué quería ella? ¿Casarse con Pedro Leduc, del cual se había hecho amar, y convertirse en la soberana de un pequeño reino del que había sido expulsada? El objetivo era accesible, estaba al alcance de la mano. Había un solo obstáculo... Yo, yo, que desde hacía semanas y semanas, incansablemente, le cerraba el camino. Yo, a quien ella encontraba a su paso después de cada crimen. Yo, de quien ella temía la clarividencia. Yo, que no me rendiría jamás antes de haber descubierto al culpable y recuperado las cartas robadas al emperador... Pues bien: puesto que yo necesitaba un culpable, ese culpable sería Luis de Malreich o, más bien, León Massier. ¿Y quién es ese León Massier? ¿Le conoció ella antes de su matrimonio? ¿Le amó ella? Esto es probable, pero sin duda, no se sabrá nunca. Lo único que es cierto es que ella habrá sido sorprendida por el parecido en estatura y aspecto, que ella misma podía lograr con León Massier, vistiéndose como éste con ropas negras y poniéndose una peluca rubia. Esto es, que ella habrá observado la vida extraña de ese hombre solitario, sus andanzas nocturnas, su forma de caminar por las calles y de no despistar a quienes pudieran seguirle. Y fue, como consecuencia de esas observaciones y en previsión de una posible eventualidad, que ella le habrá aconsejado al señor Kesselbach que raspara de los libros del registro civil el nombre de Dolores y lo sustituyera por el nombre de Luis, a fin de que las iniciales fueran exactamente las de León Massier. Llegó el momento de actuar, y ella urdió su complot y lo ejecutó. ¿León Massier vivía en la calle Delaizement? Entonces ordenó a sus cómplices que se instalaran en la calle paralela. Y fue ella misma quien indicó la dirección del mayordomo Domingo y me puso sobre la pista de los siete bandidos, sabiendo perfectamente que, una vez que yo estuviese sobre esa pista, yo iría hasta el fin, es decir, más allá de los siete bandidos, hasta llegar a su jefe, hasta el individuo que los vigilaba y los dirigía, hasta el hombre de negro, hasta León Massier, hasta Luis de Malreich. Y de hecho llegué primero hasta los siete bandidos. Y entonces, ¿qué ocurriría? O bien yo sería vencido, o bien nos destruiríamos todos unos a otros, conforme ella debió de esperarlo, la noche de la calle Vignes. Y en ambos casos, Dolores quedaría desembarazada de mí. Pero entonces ocurrió esto: fui yo quien capturé a los siete bandidos. Dolores huyó de la calle de Vignes. Volví a encontrarla en la cochera del Chamarilero. Y ella me orientó hacia León Massier, es decir, hacia Luis de Malreich. Descubrí cerca de él las cartas del emperador, que ella misma había colocado allí, y yo lo entregué a la Justicia, y denuncié la comunicación secreta que ella misma había hecho abrir entre las dos cocheras, y proporcioné todas las pruebas que ella misma había preparado y demostré, con documentos que ella misma había falsificado, que León Massier había robado el estado civil de León Massier y que éste se llamaba, en realidad, Luis de Malreich. Y Luis de Malreich morirá. Y Dolores de Malreich, triunfante al fin, al abrigo de toda sospecha, puesto que el culpable había sido descubierto, libre de su pasado de infamias y de crímenes, muerto su marido, muerto su hermano, muerta su hermana, muertas sus dos sirvientas, muerto Steinweg, libertada por mí de sus cómplices, a quienes yo arrojé atados de pies y manos en poder de Weber, libre ella misma, por último, merced a mí, que hice subir al cadalso al inocente a quien ella sustituía..., Dolores, victoriosa, rica de millones, amada por Pedro Leduc..., Dolores sería reina. ¡Ah! —exclamó Lupin fuera de sí—. Este hombre no morirá. Lo juro por mi cabeza que no morirá.»
—Cuidado, jefe —dijo Octavio, asustado—. Ya estamos llegando... Estamos en los alrededores... En los arrabales...
—¿Y qué quieres que eso me importe?
—Que vamos a volcar... El piso está resbaladizo.
—Tanto peor.
—Cuidado..., mire allí...
—¿Qué?
—Un tranvía en la curva...
—Que se detenga él.
—Aminore la marcha, jefe.
—Jamás.
—Pero estamos perdidos.
—Pasaremos.
—No, no pasaremos.
—Sí. ¡Ah, maldita sea!...
Un estrépito..., exclamaciones, el coche había chocado con el tranvía, y luego, rechazado contra una empalizada, había derribado diez metros de tablas y finalmente se había aplastado contra el ángulo del talud.
—Chófer, ¿está usted libre?
Era Lupin que, tumbado sobre la hierba del talud, llamaba a un taxi.
Se incorporó, vio su coche hecho pedazos y a la multitud que se apresuraba en torno a Octavio, y saltó dentro del vehículo de alquiler.
—Al Ministerio del Interior, en la plaza de Beauvau... Veinte francos de propina...
E instalándose dentro del coche y hablando para sí mismo, dijo:
«¡Ah, no, él no morirá..., no, mil veces no; no tendré esa carga sobre mi conciencia. Ya es bastante con haber sido juguete de esa mujer y haber caído en la red como un colegial... Alto ya. Se acabaron los errores. Hice detener a ese desgraciado... Le hice condenar a muerte... Le llevé hasta el propio pie del cadalso..., pero no subirá a él... Eso no. Si subiera, no me quedaría más que meterme una bala en la cabeza.»
Se acercaban a la barrera Se inclinó hacia adelante, y le dijo al conductor
—Veinte francos más si no te detienes.
Y frente al fielato gritó:
—¡Servicio de seguridad!
Pasaron.
—Pero no aminores la marcha, maldito —aulló Lupin—. Más rápido..., más rápido todavía. ¿Tienes miedo de rozar a las señoras ancianas? Aplástalas de una vez. Yo pago los daños.
En breves minutos llegaron al Ministerio de la plaza de Beauvau.
Lupin cruzó a toda prisa el patio y subió los peldaños de la escalera de honor. El antedespacho estaba lleno de gente. Sobre una hoja de papel escribió: «Príncipe Semine», y empujando a un ujier hacia un rincón le dijo:
—Soy yo, Lupin. No me reconoces, ¿verdad? Fui yo quien te proporcionó este empleo; un buen retiro, ¿eh? Pero ahora tienes que introducirme en el despacho inmediatamente. Vete, presenta la hoja con mi nombre. No te pido más que eso. El presidente te lo agradecerá, puedes estar seguro... Y yo también... Pero anda, idiota. Valenglay me espera...
Diez minutos después, el propio Valenglay asomaba la cabeza por la puerta de su oficina, y ordenaba:
—Que entre «el príncipe».
Lupin se precipitó dentro del despacho, cerró rápidamente la puerta, y, cortándole la palabra al presidente, dijo:
—No, nada de palabras, usted no puede detenerme... Sería perderse usted mismo y comprometer al emperador... No... No se trata de eso. He aquí de lo que se trata. Malreich es inocente. He descubierto al verdadero culpable... Es Dolores Kesselbach. Ha muerto... Su cadáver se encuentra allá. Tengo pruebas irrefutables. No hay duda posible. Es ella...
Se interrumpió. Valenglay parecía no comprender.
—Pero veamos, señor presidente, es preciso salvar a Malreich... Piense usted... Un error judicial... La cabeza de un inocente que cae... Dé usted sus órdenes... Que se haga una información suplementaria... ¿Qué sé yo?... Pero rápido, el tiempo apremia.
Valenglay le miró con atención y luego, acercándose a una mesa, tomó un diario que le tendió a Lupin, señalándole con el dedo una información.
Lupin miró con avidez el título y leyó:

La ejecución del monstruo.
Esta mañana, Luis de Malreich fue ejecutado...

Lupin no terminó de leer. Desconcertado, se dejó caer sobre una butaca, lanzando un gemido de desesperación.
¿Cuánto tiempo permaneció así? Cuando al fin se encontró en la calle, no se sentía capaz de decir nada. Recordaba un gran silencio y luego veía a Valenglay inclinado sobre él y rociándole con agua fría, pero recordaba, sobre todo, la sorda voz del presidente, que murmuraba:
«Escuche... Es preciso no decir nada de esto. ¿No es así? Inocente puede ser que lo fuese, no digo lo contrario... Pero ¿de qué serviría el hacer revelaciones sobre él? ¿Para qué provocar un escándalo? Un error judicial puede traer graves consecuencias. ¿Vale, acaso, la pena? ¿De qué serviría una rehabilitación? Ni siquiera fue condenado bajo su verdadero nombre. Es el nombre de Malreich el que está condenado al desprecio público... O sea, precisamente, el nombre de la culpable... ¿Entonces?»
Y empujando levemente a Lupin hacia la puerta, le dijo: «Marchaos... Regresad allá... Haced desaparecer el cadáver... Y que no queden huellas... ¿Eh? Ni siquiera la menor huella de todo este asunto... Cuento con usted... ¿No es así?»
Y Lupin regresó allá. Regresó como un autómata, porque le había sido ordenado proceder así y porque no tenía voluntad propia.
Durante horas esperó en la estación. Maquinalmente comió, tomó su billete para el tren y se instaló en un departamento.
Durmió mal. Le ardía la cabeza. Sufría de pesadillas, y a intervalos experimentaba sensaciones de confusión, luchando por comprender por qué Massier no se había defendido.
«Era un loco... Seguramente... Un semiloco... La había conocido a ella en otro tiempo... Y ella envenenó su vida... Le enloqueció... Entonces más valía morir... ¿Para qué defenderse?»
Así pensaba Lupin.
Pero esa explicación sólo le satisfacía a medias y se prometía firmemente que un día u otro lograría esclarecer aquel enigma y saber el papel exacto que Massier había representado en la existencia de Dolores. Pero, de momento, ¿qué importaba? Sólo un hecho aparecía claro: la locura de Massier. Y Lupin se repetía con obstinación:
«Era un loco... Ese Massier estaba indudablemente loco. Por lo demás, todos esos Massier constituyen una familia de locos...»
Lupin deliraba, embrollando los nombres y con el cerebro calenturiento.
Pero al bajar del tren en la estación de Bruggen, al recibir el aire fresco de la mañana, su conciencia experimentó un sobresalto. De repente, las cosas adquirían un nuevo aspecto. Exclamó:
—Bueno; tanto peor, después de todo. Él debía haber protestado... Yo no soy responsable de nada... Fue él mismo quien se suicidó... Él no era más que un comparsa en esta aventura... Sucumbió. Lo siento... Pero ¿qué?
La necesidad de actuar le embriagaba de nuevo. Y aunque herido, torturado por aquel crimen del cual se sabía a pesar de todo autor, miraba, no obstante, al futuro. Y se dijo:
«Son accidentes propios de la guerra. No pensemos en ello. Nada se ha perdido. Por el contrario. Dolores era el escollo, pues Pedro Leduc la amaba. Y Dolores ha muerto. Por tanto, Pedro Leduc me pertenece. Y se casará con Genoveva, conforme yo había decidido. Y él reinará. Y yo seré el amo. Y Europa... Europa será mía.»
Serenado, se exaltaba, lleno de una confianza súbita, febril, gesticulante, mientras recorría el camino haciendo molinetes con una espada imaginaria... La espada del jefe que quiere, que ordena y que triunfa.
«Lupin, tú serás rey. Tú serás rey, Arsenio Lupin.»
En la aldea de Bruggen pidió informes, y se enteró de que Pedro Leduc había almorzado la víspera en la fonda. Después de esto no le habían vuelto a ver.
—¿Cómo es eso? —dijo Lupin—. ¿No durmió aquí?
—No.
—Pero ¿adónde se marchó después del almuerzo?
—Se fue por el camino del castillo.
Lupin echó a andar bastante sorprendido, porque le había ordenado al joven que cerrara las puertas y que no regresara al castillo después de que se marchasen los criados.
Inmediatamente tuvo la prueba de que Pedro le había desobedecido: la puerta de rejas del castillo estaba abierta.
Entró, recomo el castillo, dio voces llamando a Pedro. Pero no obtuvo respuesta.
De pronto, pensó en el chalet. ¿Quién sabe? Pedro Leduc, bajo los efectos de la pena por aquella a quien amaba, y llevado por la intuición, quizá habría buscado a Dolores por aquel lado. Y el cadáver de Dolores estaba allí.
Lleno de inquietud, Lupin echó a correr.
A primera vista, parecía no haber nadie en el chalet.
—¡Pedro, Pedro! —gritó.
No oyó ruido alguno. Penetró en el vestíbulo y luego en la habitación que él había ocupado.
Se detuvo como clavado al suelo.
Por encima del cadáver de Dolores, con una cuerda al cuello, muerto, pendía Pedro Leduc.

III

Impasible, Lupin se quedó rígido de pies a cabeza. No quería entregarse a un acto de desesperación. No quería pronunciar ni una sola palabra de violencia. Después de los atroces golpes que el Destino le asestaba, después de los crímenes y la muerte de Dolores, después de la ejecución de Massier, después de tantas convulsiones y catástrofes, sentía una necesidad absoluta de conservar el dominio completo de sí mismo. De lo contrario, su razón naufragaría...
—¡Idiota! —gritó, apuntando amenazadoramente el puño hacia Pedro Leduc—. Tres veces idiota... ¿Acaso no podías esperar? Antes de diez años hubiéramos recuperado Alsacia y Lorena para Francia.
Para entretenerse buscaba palabras que decir, actitudes que adoptar, pero las ideas se le escapaban y su cerebro parecía al borde de explotar.
—¡Ah, no, no! —exclamaba—. Nada de eso. ¡Lupin también loco! ¡Ah, no! Métete una bala en la cabeza, si eso te divierte... Sea... Y en el fondo no veo otro desenlace posible. Pero Lupin trastornado, eso no. Tiene que acabar gallardamente, en una forma bella.
Caminaba golpeando con el pie sobre el piso y levantando las rodillas en alto, como hacen ciertos actores para disimular la locura. Y clamaba:
—Fanfarronea, amigo mío, fanfarronea. Los dioses te contemplen. La frente erguida y el pecho erguido, ¡maldita sea! Muñeco de paja. Todo se desploma a tu alrededor... ¿Qué te importa? Es un desastre, ya no hay nada que hacer, un reino al agua, pierdo Europa, el universo se evapora... Bueno, ¿y qué? Ríete, Lupin, o, de lo contrario, te hundes... Ríete. Más fuerte... Magnífico... ¡Dios, qué divertido es esto! Dolores, amiga mía, toma un cigarrillo.
Se agachó sarcástico, tocó el rostro de la muerta, vaciló por unos momentos y cayó desvanecido.
Al cabo de una hora volvió en sí y se levantó. La crisis había terminado, y ya dueño de sí mismo, con los nervios serenados, a la vez serio y taciturno, examinó la situación.
Sentía que había llegado el momento de las decisiones irrevocables. Su existencia había quedado completamente rota, en sólo unos días y bajo el asalto de catástrofes imprevistas, atropellándose unas sobre otras en el instante mismo en que había creído seguro su triunfo. ¿Qué iba a hacer? Empezar de nuevo. ¿Reconstruir? Ya no tenía valor para ello. Entonces, ¿qué?
Durante toda la mañana erró por el parque... Paseo trágico durante el cual la situación se le apareció hasta en sus más mínimos detalles... Y poco a poco la idea de la muerte se le imponía con rigor inflexible.
Pero que se matara o que viviera, había, antes que nada, una serie de actos precisos que era necesario realizar. Y esos actos, con su cerebro repentinamente serenado, los veía claramente.
El reloj de la iglesia de la aldea dio las campanadas del Ángelus del mediodía.
—Manos a la obra —dijo—. Y sin desfallecimientos.
Regresó al chalet ya tranquilizado, entró, se subió a una banqueta y cortó la cuerda de la que pendía el cadáver de Pedro Leduc.
—¡Pobre diablo! —dijo Lupin—. Tenías que acabar así, con una corbata de cuerda al cuello. Desgraciadamente, no estabas hecho para la grandeza... Yo debía haber previsto esto y no haber ligado mi suerte a un fabricante de rimas.
Registró las ropas del joven y no encontró nada. Pero recordando la otra cartera de Dolores, la tomó del bolsillo de aquélla, donde él la había dejado.
Hizo un movimiento de sorpresa. La cartera contenía un paquete de cartas cuyo aspecto le era familiar y en las que reconoció inmediatamente las diversas clases de letra.
—Las cartas del emperador —murmuró Lupin—. Las cartas del viejo canciller... Todo el paquete que recuperé yo mismo en casa de León Massier y que le entregué al conde Waldemar... ¿Cómo es esto posible?... ¿Acaso ella volvió a apoderarse, a su vez, de esas cartas quitándoselas al cretino de Waldemar?
Y repentinamente, dándose una palmada en la frente, añadió:
—No, el cretino soy yo. Éstas son las verdaderas cartas. Ella las había guardado para imponer su voluntad al emperador en el momento oportuno. Y las otras, las que yo le entregué a Waldemar, eran falsas, evidentemente copiadas por ella, o por un cómplice, y puestas a mi alcance... Y yo caí en el engaño como un tonto. ¡Diablos!, cuando las mujeres se mezclan...
En la cartera no había más que un portarretratos de cartón, con una fotografía. La observó. Era la suya y la de otro personaje.
—Dos fotografías... Massier y yo... Sin duda, aquellos a quienes ella más amaba..., porque ella me amaba... Amor extraño, hecho de admiración por el aventurero que soy yo, por el hombre que demolía por sí solo a los siete bandidos a quienes ella había encargado de liquidarme. Amor extraño, que yo sentí palpitar en ella el otro día, cuando ella tuvo la idea de sacrificar a Pedro Leduc y de someter su sueño al mío. Si no hubiera ocurrido el incidente del espejo, ella se hubiera sometido. Pero ella tuvo miedo. Yo había tocado la verdad. Para salvarse, ella precisaba que yo muriese, y así lo decidió. Sin embargo, ella me amaba... Sí, ella me amaba, lo mismo que me han amado otras... Otras a quienes les traje también la desgracia... Desgraciadamente, todas aquellas que me amaron murieron... Y ésta también murió, estrangulada por mí... ¿Para qué vivir...?
En voz baja repitió:
—¿Para qué vivir? ¿Acaso no vale más ir a reunirme a ellas, a todas esas mujeres que me han amado... y que han muerto por su amor... Sonia, Raimunda, Clotilde Destange, miss Clarke?...
Tendió los dos cadáveres uno junto a otro, los cubrió con el mismo velo, se sentó a una mesa y escribió:

«He triunfado en todo, pero estoy vencido. He llegado al fin y caigo derribado. El Destino es más fuerte que yo... Y aquella a quien amaba ya no existe. Yo muero también.»

Y firmó: Arsenio Lupin.

Metió la carta en un sobre, cerró éste, lo metió dentro de un frasco y lo arrojó por la ventana sobre la tierra blanda del macizo. Después hizo un gran montón con periódicos sobre el piso y echó en el mismo paja y astillas que fue a buscar a la cocina. Derramó petróleo sobre el montón. Después encendió una vela, que arrojó entre las astillas.
Inmediatamente se encendieron las llamas, que brotaron cada vez más fuertes, rápidas, ardientes y trepidantes.
«Marchémonos —se dijo Lupin—. El chalet es de madera y pronto arderá como una tea. Cuando lleguen de la aldea, y tengan que forzar la puerta de hierro y correr hasta este extremo del parque..., ya será demasiado tarde. Sólo encontrarán cenizas y dos cadáveres calcinados, y, cerca de allí, una botella con mi carta de adiós... Adiós, Lupin. Buenas gentes, enterradme sin ceremonias... Metedme en el ataúd de los pobres... Ni flores ni coronas... Una humilde cruz con este epitafio:

AQUÍ YACE ARSENIO LUPIN, AVENTURERO

Llegó al muro del recinto, se encaramó en él y volviéndose vio las llamas que ascendían al cielo...
Se dirigió a pie hacia París, errante, con el corazón lleno de desesperación, agobiado por el Destino.
Y en el camino los campesinos se sorprendían al ver a aquel viajero que pagaba comidas baratas con billetes de Banco.
Tres salteadores de caminos le atacaron una noche en pleno bosque. A bastonazos los dejó medio muertos en aquel lugar.
Pasó ocho días en una hostería. No sabía adónde ir... ¿Qué hacer? ¿A qué aferrarse? La vida le hastiaba. Ya no quería vivir más... No quería vivir más...

IV

—¿Eres tú?
La señora Ernemond, en la pequeña estancia de la villa de Garches, se hallaba en pie temblorosa, desconcertada, lívida y con sus grandes ojos abiertos ante la aparición que se erguía ante ella.
Lupin... Lupin estaba allí.
—Tú —dijo ella—. Tú..., pero los periódicos han relatado que...
Él sonrió tristemente.
—Sí, que yo he muerto...
—¿Entonces?... ¿Entonces?... —dijo ella ingenuamente.
—Tú quieres decir que si yo he muerto, nada tengo que hacer aquí. Pero créeme, Victoria, que tengo para ello muy serias razones.
—¡Cómo has cambiado! —dijo ella, compasiva.
—Unas pequeñas decepciones... Pero se acabó. Oye. ¿Está aquí Genoveva?
La anciana saltó sobre él, súbitamente furiosa:
—¿Vas a dejarla en paz? Genoveva... ¡Volver a ver a Genoveva, llevártela! ¡Ah!, pero esta vez yo no lo permitiré. Regresó aquí cansada, pálida, inquieta, y apenas si está recobrando el color. Tú la dejarás en paz, te lo juro.
Lupin apoyó fuertemente su mano sobre el hombro de la anciana.
—Yo la quiero... Lo oyes..., yo quiero hablarle.
—No.
—Le hablaré.
—No.
Lupin la empujó. Pero ella recobró el equilibrio y se interpuso frente a él, con los brazos cruzados sobre el pecho, diciéndole:
—Tendrás que pasar sobre mi cadáver. La felicidad de la pequeña está aquí... Con todas tus ideas de dinero y de nobleza, estabas haciéndola desgraciada. Y eso no. ¿Qué y quién es ese Pedro Leduc? ¿Y ese Veldenz? ¡Genoveva, duquesa! Estás loco. Eso no es tu vida. En el fondo, ¿sabes? no has pensado más que en ti mismo. Es tu poderío, tu fortuna, lo que tú querías. La pequeña te importa poco. ¿Acaso te has preguntado alguna vez si ella amaba a ese maldito gran duque? ¿Acaso te has preguntado alguna vez si ella amaba a alguien? No, sólo has perseguido tu objetivo, eso es todo, a riesgo de herir a Genoveva y de hacerla desgraciada para el resto de su vida. Pues bien: yo no lo quiero. Lo que ella necesita es una existencia sencilla, honrada, y eso tú no puedes dárselo. Entonces, ¿qué vienes a hacer aquí?
Lupin pareció desconcertado, pero, a pesar de todo, con gran tristeza, murmuró en voz baja:
—Es imposible que yo no vuelva a verla. Es imposible que yo no vuelva a hablarle...
—Ella cree que has muerto.
—Eso es lo que yo no quiero que ella crea. Quiero que sepa la verdad. Constituiría una tortura para mí el pensar que ella me recuerda como alguien que ya no existe. Tráela, Victoria.
Hablaba con voz tan suave, tan desolada, que Victoria se enterneció, y le preguntó:
—Escucha... Ante todo, yo quiero saber. Todo dependerá de lo que tengas que decirme... Sé franco, hijo mío... ¿Qué es lo que quieres decirle a Genoveva?
Él respondió gravemente:
—Quiero decirle esto: «Genoveva, yo le había prometido a tu madre el darte fortuna, poder y una vida de cuento de hadas. Y llegado ese día, logrado mi propósito, yo te hubiera pedido que me reservases un pequeño rincón cerca de ti. Feliz y rica, tú hubieras olvidado... Sí, estoy seguro, hubieras olvidado lo que yo soy o, más bien, lo que yo he sido. Por desgracia, el Destino es más fuerte que yo. No puedo entregarte ni la fortuna ni el poder. No te entrego nada. Soy yo, más bien, por el contrario, quien necesita de ti. ¿Genoveva, puedes ayudarme?
—¿En qué? —preguntó la anciana con ansiedad.
—Ayudarme a vivir...
—¡Oh! —exclamó ella—. A tal extremo has llegado, pobre hijo mío...
—Sí —respondió él con sencillez y con sincero dolor—. Sí, a eso he llegado. Acaban de morir tres seres a quienes yo maté con mis propias manos. El peso de ese recuerdo es demasiado agobiante. Estoy solo. Por primera vez en mi vida tengo necesidad de ayuda. Y tengo derecho a pedirle ayuda a Genoveva. Y su deber es concedérmelo... Si no...
—¿Si no, qué?
—Todo habrá acabado.
La anciana se calló, pálida y temblorosa. Volvió a resurgir en ella todo su antiguo afecto por aquel a quien había amamantado antaño y que, a pesar de todo, todavía continuaba siendo, para ella, «su pequeño». Preguntó:
—¿Y qué harás de ella?
—Viajaremos... Contigo, si quieres acompañarnos...
—Pero tú olvidas... Tú olvidas...
—¿Qué?
—Tu pasado...
—Ella lo olvidará también. Ella comprenderá que yo ya no soy eso..., lo que era... y que ya no puedo serlo más.
—Entonces, verdaderamente, lo que tú quieres es que ella comparta tu vida, la vida de Lupin.
—La vida del hombre que yo seré, del hombre que trabajará para que ella sea feliz, para que ella se case según sus gustos. Nos instalaremos en cualquier rincón del mundo. Lucharemos juntos, el uno cerca del otro. Y bien sabes de lo que soy capaz...
Ella repitió lentamente, con los ojos fijos en Lupin:
—Entonces, verdaderamente, tú quieres que ella comparta la vida de Lupin.
El titubeó unos instantes, apenas unos segundos, y luego afirmó claramente:
—Sí, lo quiero, tengo ese derecho.
—Tú quieres que ella abandone a todos esos niños a los cuales ella se ha dedicado con devoción, toda esa existencia de trabajo que ella prefiere y que le es necesaria.
—Sí, lo quiero, y es su deber.
La anciana abrió la ventana, y dijo:
—En ese caso, llámala.
Genoveva estaba en el jardín, sentada en un banco. Cuatro niñas se agrupaban en torno a ella. Otras más jugaban y corrían.
Lupin la vio de cara. Vio sus ojos sonrientes. Tenía una flor en la mano y estaba desprendiendo uno a uno los pétalos, a la par que daba explicaciones a las niñas, que escuchaban con atención y curiosidad. Después las interrogó. Y cada respuesta le valía a la alumna la recompensa de un beso.
Lupin la observó largo rato con una emoción mezclada de angustia infinita. Todo un mundo de sentimientos ignorados fermentaba dentro de él. Sentía ansias de apretar contra su corazón a aquella hermosa joven, besarla y decirle el respeto y el afecto que por ella experimentaba. Y recordando a la madre, muerta en la pequeña aldea de Aspremond, muerta de pena...
—Llámala, pues —le dijo Victoria.
Lupin se dejó caer sobre una butaca, balbuciendo:
—No quiero... No puedo... No tengo derecho... Es imposible... Que me crea muerto... Es mejor así...
Lupin se sintió estremecido por los sollozos, trastornado por una inmensa desesperación, henchido de una ternura que brotaba de lo más íntimo de él, como esas flores tardías que mueren el mismo día en que se abren.
La anciana se arrodilló, y con voz temblorosa le dijo:
—Es tu hija, ¿verdad?
—Sí, es mi hija.
—¡Oh pobre hijo mío! —dijo ella, llorando—. Pobre hijo mío...
EPÍLOGO. EL SUICIDIO


I

—¡A caballo! —ordenó el emperador. Y luego añadió—: O mejor, a lomos de asno —al ver el magnífico jumento que le traían—: Waldemar, ¿estás seguro de que este animal es dócil?
—Respondo como de mí mismo, señor —afirmó el conde.
—En ese caso, estoy tranquilo —contestó el emperador en forma mecánica.
Y volviéndose hacia su escolta de oficiales, agregó:
—Señores, a caballo.
Había allí, en la plaza principal de la aldea de Capri, una muchedumbre contenida por los carabineros italianos y en medio de la cual se encontraban todos los asnos de la región, requisados para la visita del emperador a aquella isla maravillosa.
—Waldemar —dijo el emperador, poniéndose a la cabeza de la caravana—: ¿por dónde empezamos?
—Por la villa de Tiberio, señor.
Pasaron bajo un arco y luego siguieron por un camino mal pavimentado que se elevaba poco a poco sobre el promontorio oriental de la isla.
El emperador se sentía de mal humor y se burlaba del colosal conde de Waldemar, cuyos pies arrastraban por el suelo de cada lado del desventurado asno, al que aplastaba con su peso.
Al cabo de tres cuartos de hora llegaron al Salto de Tiberio, peñascal prodigioso, de trescientos metros de altura, desde donde el tirano precipitaba sus víctimas al mar...
El emperador descendió de su cabalgadura, se acercó a la balaustrada y echó una mirada al abismo. Luego quiso seguir a pie hasta las ruinas de la villa de Tiberio, donde se paseó por las salas y los pasillos derruidos.
Se detuvo un instante.
La vista que desde allí se dominaba era magnífica, abarcando a la punta de Sorrento y toda la isla de Capri. El azul ardiente del mar dibujaba la curva admirable del golfo, y los frescos aromas se mezclaban al perfume de los limoneros.
—Señor —dijo Waldemar—, todavía es más hermoso el paisaje visto desde la pequeña capilla del ermitaño que se encontraba en la cumbre.
—Vamos entonces.
El propio ermitaño estaba bajando a esa hora a lo largo de un escabroso sendero. Era un anciano de paso vacilante y de espalda curvada. Llevaba en la mano el registro en el que los viajeros inscribían, de ordinario, sus impresiones.
Colocó ese registro sobre un banco de piedra.
—¿Qué debo escribir? —preguntó el emperador.
—Poned vuestro nombre, señor, y la fecha de vuestro paso por aquí..., y lo que os agrade.
El emperador tomó la pluma que le tendía el ermitaño y se inclinó.
—Cuidado, señor, cuidado.
Se escucharon gritos de pavor..., un gran estrépito por el lado de la capilla... El emperador se volvió. Y vio entonces una enorme roca que rodaba en tromba por encima de él.
En ese instante, el emperador fue sujetado por el ermitaño y lanzado por éste a diez metros de distancia.
La roca fue a chocar contra el banco de piedra ante el cual se encontraba el emperador unos segundos antes. El choque hizo pedazos el banco.
Sin la intervención del ermitaño, el emperador hubiera perdido la vida.
El emperador le tendió la mano, y le dijo simplemente:
—Gracias.
Los oficiales se apresuraron a rodearle.
—No es nada, señores... No ha pasado nada más que el susto consiguiente... Un susto mayúsculo, lo confieso... A pesar de todo, sin la intervención de este hombre valiente...
Y acercándose al ermitaño, le preguntó:
—¿Cuál es su nombre, amigo mío?
El ermitaño había conservado puesto su capuchón. Lo apartó un poco, y en voz muy baja, de manera que no lo oyera más que su interlocutor, respondió:
—El nombre de un hombre que se siente muy feliz de que usted le haya estrechado la mano, señor.
El emperador tuvo un gesto de sorpresa y retrocedió.
Luego, dominándose inmediatamente, dijo a los oficiales:
—Señores, les ruego que suban hasta la capilla. Pueden desprenderse otras rocas, y acaso sería prudente el avisar a las autoridades de esta región. Después vendrán ustedes a reunirse conmigo. Tengo que dar las gracias a este excelente hombre.
Se alejó, acompañado del ermitaño. Y cuando ya estuvieron a solas le dijo:
—¡Usted! ¿Por qué?
—Tenía que hablaros, señor. Una petición de audiencia... ¿Me la hubierais concedido? No lo creo. Entonces opté por actuar directamente y pensé en hacerme reconocer de vuestra majestad cuando firmase el registro... Pero ese estúpido accidente...
—En resumen... —dijo el emperador.
—Las cartas que Waldemar os entregó de mi parte, señor..., esas cartas son falsas.
El emperador hizo un gesto de viva contrariedad.
—¿Falsas? ¿Está usted seguro?
—Absolutamente seguro, señor.
—Sin embargo, aquel Malreich...
—El culpable no era Malreich.
—¿Quién era entonces?
—Pido a vuestra majestad que considere mi respuesta como un secreto. El verdadero culpable era la señora Kesselbach.
—¿La propia esposa de Kesselbach?
—Sí, señor. Ahora ya está muerta. Fue ella quien hizo, o mandó hacer, las copias que están en vuestro poder. Pero las verdaderas cartas las guardaba ella.
—Pero ¿dónde están? —exclamó el emperador—. Eso es lo importante. Es preciso encontrarlas a toda costa. Considero esas cartas de extraordinario valor...
—Aquí están, señor.
El emperador quedó estupefacto. Miró a Lupin, miró a las cartas, volvió a mirar a Lupin y seguidamente guardó el paquete sin examinarlo.
Evidentemente, una vez más, aquel hombre le desconcertaba. ¿De dónde venía, entonces, aquel bandido que, poseyendo un arma tan terrible se la entregaba de aquella manera, generosamente y sin condiciones? Porque le hubiera sido tan sencillo el quedarse con aquellas cartas y usar de ellas a su capricho. Pero no, él había hecho una promesa. Y ahora cumplía su palabra.
Y el emperador pensó en todas las sorprendentes cosas que aquel hombre había realizado.
Le dijo:
—Los periódicos han publicado la noticia de vuestra muerte...
—Sí, señor. En realidad, estoy muerto. Y la Justicia de mi país se siente feliz de verse libre de mí y ha hecho enterrar los restos calcinados e irreconocibles de mi cadáver.
—Entonces, ¿estáis libre?
—Igual que lo he estado siempre.
—¿Ya nada os tiene ligado a nada?
—Nada.
—En ese caso...
El emperador dudó unos momentos, y luego dijo con firmeza:
—En este caso, entrad a mi servicio. Os ofrezco el mando de mi policía personal. Seréis amo absoluto. Tendréis todos los poderes, incluso sobre la otra Policía.
—No, señor.
—¿Por qué?
—Porque soy francés.
Hubo un silencio. La respuesta desagradó al emperador, quien dijo:
—Sin embargo, puesto que nada os tiene ligado...
—Pero lo que me liga no puede desanudarse, señor.
Y añadió, riendo:
—Como hombre he muerto, pero soy un ser vivo como francés. Me sorprende que vuestra majestad no lo comprenda.
El emperador dio unos pasos a derecha e izquierda, y después dijo:
—De todos modos quisiera corresponderos. He sabido que las negociaciones respecto al gran ducado de Veldenz se han roto.
—Sí, señor. Pedro Leduc era un impostor. Ha muerto.
—¿Qué puedo hacer por usted? Usted me ha entregado estas cartas... Usted me ha salvado la vida. ¿Qué puedo hacer?
—Nada, señor.
—¿Se empeña usted en que yo quede como deudor?
—Sí, señor.
El emperador miró una última vez aquel hombre extraño que se erguía ante él como un igual. Luego inclinó ligeramente la cabeza y, sin pronunciar una palabra más, se alejó.
—¡Vaya con su majestad! Le he cerrado una salida —dijo Lupin, siguiendo al emperador con la mirada.
Y filosóficamente agregó:
—En verdad, la revancha es insignificante, y me hubiera gustado mucho más recobrar Alsacia y Lorena... Pero, de todos modos...
Se interrumpió y golpeó el suelo con un pie.
—¡Condenado Lupin! Serás siempre el mismo, hasta el último minuto de tu existencia, odioso y cínico. Serenidad, sangre fría, ha llegado la hora... Ahora o nunca.
Ascendió por el sendero que conducía a la capilla y se detuvo ante el lugar de donde se había desprendido la roca.
Se echó a reír.
—La obra fue bien realizada y los oficiales de su majestad no vieron más que fuego. Más ¿cómo hubieran podido adivinar que fui yo mismo quien excavó esta roca, quien en el último instante di el golpe de pico definitivo y la roca rodó, siguiendo el camino que yo había trazado entre ella... y el emperador?
Suspiró:
—¡Ah, Lupin, qué complicado eres! Y todo eso porque habías jurado que esta majestad te daría la mano. ¿Y qué has sacado con todo ello? «La mano de un emperador no tiene más de cinco dedos», como dijo Víctor Hugo.
Entró en la capilla y con una llave especial abrió la puerta baja de una pequeña sacristía.
Sobre un montón de paja yacía un hombre con las manos y los pies atados y una mordaza en la boca.
—Bueno, ermitaño —le dijo Lupin—. La cosa no ha durado demasiado, ¿verdad? Veinticuatro horas, a lo sumo... ¡Qué bien he trabajado por cuenta tuya! Imagínate que acabas de salvarle la vida al emperador. Eso es la fortuna. Van a construirte una catedral y levantarte una estatua..., hasta el día en que te maldecirán... Los individuos de esta clase pueden hacer tanto daño..., sobre todo aquellos a quienes el orgullo acabará por hacerles perder la cabeza. Escucha, ermitaño, toma tus hábitos.
Desconcertado, casi muerto de hambre, el ermitaño se irguió, titubeante.
Lupin volvió a vestirse sus ropas con rapidez, y le dijo:
—Adiós, digno anciano. Perdóname por todas estas molestias. Y reza por mí. Voy a necesitarlo. La eternidad me abre sus puertas de par en par. Adiós.
Permaneció unos instantes en el umbral de la capilla. Era el instante solemne en que, a pesar de todo, se duda ante un terrible desenlace. Pero su resolución era irrevocable, y, sin reflexionar más, se lanzó pendiente abajo corriendo, cruzó la plataforma del Salto de Tiberio y cabalgó sobre la balaustrada.
—Lupin, te doy tres minutos para hacer el payaso. Pero, dirás tú, ¿de qué sirve si no hay nadie aquí?... Pero ¿acaso no estás tú? ¿No puedes representar para ti mismo tu última comedia? ¡Caray!, el espectáculo vale la pena... Arsenio Lupin, obra cómico-heroica en ochenta cuadros... El telón se alza sobre el cuadro de la muerte... Y el papel lo representa Lupin en persona... Bravo, Lupin... Señoras y señores, palpen mi corazón... Setenta pulsaciones por minuto... Y la sonrisa en los labios. Bravo, Lupin... ¡Ah, ese bromista, qué cara dura tiene! Bien; salta, marqués... ¿Estás listo? Es la aventura suprema, amigo mío. ¿No lo lamentas? ¡Y por qué, Dios mío! Mi vida fue magnífica. ¡Ah, Dolores, si nunca hubieras aparecido, monstruo abominable! Y tú, Malreich, ¿para qué me hablaste?... Y tú, Pedro Leduc... Heme aquí... Mis tres muertos, voy a unirme a vosotros... ¡Oh, mi Genoveva, mi querida Genoveva...! ¿Pero ¿no se ha acabado esto, viejo payaso? Ya voy... Ya corro...
Pasó la otra pierna por encima de la balaustrada. Miró al fondo del abismo y vio el mar inmóvil y sombrío. Alzando la cabeza, dijo:
—Adiós, Naturaleza inmortal y bendita. Moriturus te salutat. Adiós, todo cuanto es bello. Adiós, esplendor de las cosas. Adiós, vida.
Envió besos al espacio, al cielo, al sol... y, cruzando los brazos, saltó.

II

Sidi-bel-Abbés. El cuartel de la Legión Extranjera. Cerca de la sala de informes, una pequeña habitación de bajo techo donde un ayudante fuma y lee un diario.
A su lado, cerca de la ventana abierta, asomando sobre el patio, dos endiablados suboficiales parlotean en un francés ronco, mezclado de expresiones germánicas.
La puerta se abre. Alguien entra. Un hombre delgado, de talla media, elegantemente vestido.
El ayudante se pone en pie, de mal humor contra el intruso, y gruñe:
—¡Oh!, ¿qué demonios hace el centinela?... Y usted; señor, ¿qué quiere?
—Prestar servicio.
Lo dijo con claridad, imperativamente.
Los dos suboficiales rieron burlones. El hombre los miró de reojo.
—En una palabra, ¿usted quiere alistarse en la Legión? —preguntó el ayudante.
—Sí, lo quiero, pero con una condición.
—¡Caramba!, condiciones... ¿Y cuál es?
—La de no pudrirme aquí. Hay una compañía que sale para Marruecos. Quiero irme en ella.
Uno de los suboficiales bromeó de nuevo y se le oyó decir:
—Los moros van a llevarse un susto. Este señor se alista...
—¡Silencio! —gritó el hombre—. No me gusta que se burlen de mí.
El tono era seco y autoritario.
—Escucha, recluta, a mí hay que hablarme de otro modo... Porque si no es así...
El suboficial, que era un gigante y tenía el aspecto de un bruto, replicó:
—Si no es así, ¿qué?...
—Entonces vais a ver cómo me llamo yo...
El individuo se acercó a él, le agarró por la cintura, le balanceó sobre el borde de la ventana y le tiró al patio. Y luego le dijo al otro:
—Y ahora tú. Lárgate.
El otro se marchó.
El individuo se volvió inmediatamente hacia el ayudante, y le dijo:
—Mi teniente, le ruego que avise al comandante que don Luis Perenna, grande de España y francés de corazón, desea alistarse al servicio de la Legión Extranjera. Vaya usted, amigo.
El otro, desconcertado, no se movía.
—Vaya, amigo, inmediatamente. No tengo tiempo que perder.
El ayudante se levantó, observó con mirada curiosa a aquel sorprendente personaje y, con la mayor docilidad del mundo, salió.
Entonces Lupin sacó un cigarrillo, lo encendió, y en voz alta, al propio tiempo que se sentaba en el lugar del ayudante, dijo:
—Puesto que el mar no me ha querido, o, más bien, puesto que en el último momento yo no he querido el mar, vamos a ver si las balas de los moros son más compasivas. Y además, a pesar de todo, eso será más elegante... Haz frente al enemigo, Lupin, y hazlo por Francia.

FIN
notes
Notas a pie de página
1 Desde que el señor Lenormand no pertenece ya a la Seguridad, dos malhechores se han fugado por esa misma puerta después de librarse de los agentes que los escoltaban. La Policía ha guardado silencio sobre esta doble evasión. ¿Por qué, entonces, si ese pasadizo es indispensable no se suprime del otro lado de la puerta el cerrojo inútil que sólo sirve para permitirle al fugitivo el cortarle el paso a quien le persiga y marcharse tranquilamente por el pasillo de la sala séptima civil y por la galería de la primera presidencia?
Table of Contents
813
813
Maurice Leblanc
PRIMERA PARTE. LA DOBLE VIDA DE ARSENIO LUPIN.
CAPÍTULO UNO. UNA MATANZA
CAPÍTULO DOS. EL SEÑOR LENORMAND COMIENZA SUS OPERACIONES
CAPÍTULO TRES. EL PRÍNCIPE SERNINE SE PONE AL TRABAJO
CAPÍTULO CINCO. EL SEÑOR LENORMAND SUCUMBE
CAPÍTULO SEIS. PARBURY-RIBEIRA-ALTENHEIM
CAPÍTULO SIETE. LA LEVITA COLOR ACEITUNA
SEGUNDA PARTE. LOS TRES CRÍMENES DE ARSENIO LUPIN
CAPÍTULO UNO. EN EL PALACIO DE LA SANTÉ
CAPÍTULO DOS. UNA PÁGINA DE LA HISTORIA MODERNA
CAPÍTULO TRES. LA GRAN COMBINACIÓN DE LUPIN
CAPÍTULO CUATRO. CARLOMAGNO
CAPÍTULO CINCO. LAS CARTAS DEL EMPERADOR
CAPÍTULO SEIS. LOS SIETE BANDIDOS
CAPÍTULO SIETE. EL HOMBRE NEGRO
CAPÍTULO OCHO. EL MAPA DE EUROPA
CAPÍTULO NUEVE. LA MUJER QUE MATA
EPÍLOGO. EL SUICIDIO
Notas a pie de página

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