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lunes, 31 de agosto de 2015

Ganar amigos - 3/3 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

Elogio Descriptivo (Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza)

El Tejedor de Segovia - 2/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Tejedor de Segovia - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Semejante A Sí Mismo - 2/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Semejante A Sí Mismo - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

Exámen De Maridos (Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza)

El Dueño De Las Estrellas - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Dueño De Las Estrellas - 2/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Desdichado En Fingir - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Desdichado En Fingir - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Desdichado En Fingir - 2/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Anticristo - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

El Anticristo - 2/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

Don Domingo De Don Blas - 1/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

Don Domingo De Don Blas - 2/2 (Juan Ruiz De Alarcón Y Mendoza)

Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza

domingo, 30 de agosto de 2015

Una Oportunidad Para La Simetría (John Brunner)

Todos Sobre Zanzíbar - 2/2 (John Brunner)

Todos Sobre Zanzíbar - 1/2 (John Brunner)

Para Eso Están Los Amigos (John Brunner)

Órbita Inestable (John Brunner)

Los Ritos De Ohe (John Brunner)

Los Hombres Sin Alma o Los Vitanulls John Brunner

Las Casillas De La Ciudad (John Brunner)

La Fácil Salida (John Brunner)

Jugadores Del Juego De La Gente (John Brunner)

Judas (John Brunner)

Histrión Del Espacio (John Brunner)

sábado, 29 de agosto de 2015

En Las Estrellas (John Brunner)

En La Estación De Engalanar Los Pozos (John Brunner)

Historia De Los Grandes Viajes Y De Los Grandes Viajeros - Segunda Parte (Julio Verne)

El Rebaño Ciego (John Brunner)

El Mensaje De Los Astros (John Brunner)

El Jinete En La Onda De Shock (John Brunner)

El Hombre Que Podía Suministrarnos elefantes (John Brunner)

El Hombre Completo (John Brunner)

El Crisol Del Tiempo - 2/2 (John Brunner)

El Crisol Del Tiempo - 1/2 (John Brunner)

Eclipse Total (John Brunner)

Bueno Es Hablar (John Brunner)

¿Angeles o Monstruos? (John Brunner)

Al Borde De La Nada (La Ciudad Envuelta) (John Brunner)

John Brunner

viernes, 28 de agosto de 2015

Viajes con Charley, En busca de los Estados Unidos (John Steinbeck)

Un Americano En Nueva York Y En Paris (John Steinbeck)

Tortilla Flat (John Steinbeck)

Los Hechos Del Rey Arturo Y Sus Nobles Caballeros (John Steinbeck)

Los Arrabales De Cannery (John Steinbeck)

Las Uvas De La Ira - 2/2 (John Steinbeck)

Las Uvas De La Ira - 1/2 (John Steinbeck)

Las Praderas Del Cielo (John Steinbeck)

La Taza de Oro (John Steinbeck)

La Perla (John Steinbeck)

La Luna Se Ha Puesto (John Steinbeck)

El Largo Valle Y Otras historias (John Steinbeck)

La Llama Viva (John Steinbeck)

En Lucha Incierta John Steinbeck

En Dudosa Batalla (John Steinbeck)

El Valle Largo (John Steinbeck)

jueves, 27 de agosto de 2015

El Pony Colorado (John Steinbeck)

El Omnibus Perdido (John Steinbeck)

El Invierno De Mi Desazón (John Steinbeck)

El Caballero De Las Dos Espadas (John Steinbeck)

Dulce Jueves (John Steinbeck)

De Ratones y Hombres (John Steinbeck)

El Testamento De Un Excéntrico (Julio Verne)

El Testamento De Un Excéntrico
Julio Verne


Capítulo I
Un extranjero llegado a la principal ciudad de Illinois en la mañana del 3 de abril de 1897 hubiera podido considerarse corno un favorito del dios de los viajeros. Su diario se hubiera enriquecido dicho día con notas curiosas, propias para dar asunto para artículos de gran sensación. Y si hubiera prolongado algunas semanas o algunos meses su estancia en Chicago, podría haber tomado parte en las emociones, las alternativas de esperanza y desesperación de aquella gran ciudad, que parecía haber perdido el juicio.
Desde las ocho, enorme multitud se dirigía hacia el barrio veintidós. Es éste uno de los más aristocráticos y está comprendido entre la Avenida Norte y la División Street. Es sabido que las ciudades modernas de los Estados Unidos orientan sus calles en relación con las longitudes y latitudes, imponiéndoles la regularidad de líneas de un tablero de ajedrez.
Un agente de la policía municipal, de guardia en la esquina de Beethoven Street y de North Wells Street, murmuraba:
-¿Pero todo el pueblo va a invadir este barrio?
Era este agente un individuo de alta estatura, de origen irlandés - como la mayor parte de sus compañeros.
-¡Este será un día de provecho para los rateros! -respondió uno de ellos, no menos grande y no menos irlandés que el primero.
-De modo -replicó éste- que es conveniente que cada uno vigile su bolsillo, si no quiere encontrarlo vacío al entrar en su casa, pues nosotros no nos bastaremos para ello.
-Yo apostaría a que habrá un centenar de aplastados -añadió su compañero-. ¡Qué tumulto amenazaría al barrio veintidós si solamente la mitad de la población de Chicago se trasladaba a él!
Lo cierto es que aquel día los curiosos afluían de las tres secciones que el río Chicago forma con sus dos ramas del noroeste y del suroeste. Tampoco faltaba gente de la parte del ángulo comprendido al oeste. Había personas de todas las clases sociales, altos funcionarios, obreros, oficinistas, estudiantes, etcétera.
¿Qué atracción los incitaba a apiñarse precisamente en torno de La Salle Street? ¿Se trataba de inaugurar una exposición internacional?
Se preparaba una ceremonia de distinto género. Se trataba de una parada que se disponía a recorrer La Salle Street. La Salle Street es una de las calles más frecuentadas de la ciudad.
Lleva el nombre de un francés, Robert Cavelier de la Salle, uno de los primeros viajeros que fue en 1679 a explorar aquella región de los lagos.
Hacia el centro de La Salle Street había un carruaje tirado por seis caballos parado ante una casa magnífica. Delante del carro y tras él, un cortejo colocado en buen orden, no esperaba más que la señal para ponerse en marcha.
Este cortejo estaba compuesto de varios destacamentos de militares, de una orquesta de cien profesores y cantores.
El carruaje estaba cubierto de tela roja, bordada en oro y que llevaba, formadas de diamantes, las letras W. J. H. Veíanse en gran profusión ramos y brazadas de flores. De lo alto del vehículo pendían hasta el suelo guirnaldas sostenidas con la mano por seis personas, tres a la derecha y tres a la izquierda.
Casi enseguida, el carruaje se puso en marcha al paso de sus caballos Al final del cortejo se codeaban multitud de negociantes, industriales, las autoridades militares, civiles y municipales, y las masas que seguían avanzando en perfecto orden.
¿Acaso el cortejo iba a dar la vuelta a la ciudad? Si el programa era éste, no bastaría el día para realizarlo.
Siempre con las mismas demostraciones de alegría, entre los compases de la orquesta y los vítores y hurras de la multitud, la larga e ininterrumpida cabalgata llegó a la entrada de Lincoln Park.
El tiempo era magnífico, aunque fresco, pero, aunque la temperatura era aún fría, la atmósfera estaba pura, y el Sol, en un cielo sin nubes, derramaba tan vivos resplandores como si también estuviera de fiesta.
La multitud no disminuía. A los curiosos de los barrios del norte sustituían los de los barrios del sur, por cierto tan animados éstos como aquéllos.
El carruaje tomó la dirección este, encaminándose hacia el parque de Washington, que se despliega en toda su magnificencia en una extensión que abarca trescientos setenta acres.
El cortejo se detuvo, y antes de que penetrara bajo las sombras de las magníficas encinas, la orquesta tocó uno de los más destacados valses de Strauss.
Las puertas acababan de abrirse de par en par, y sólo a costa de grandes esfuerzos conseguía la policía contener a la multitud, más numerosa en aquel sitio y más desbordante. El carruaje terminó un paseo de cerca de quince millas a través de la inmensa ciudad.
Este parque no era realmente un parque: era el Oakwood Cementery, el mayor de los once cementerios de Chicago... Y aquel carruaje era un carro funerario que transportaba a su última morada los restos mortales de William J. Hypperbone uno de los miembros del Excentric Club.

Capítulo II
De que James T. Davidson, Gordon S. Allen, Harry B. Andrews, John I. Dickinson, Georges B. Higginbotham, Thomas R. Carlisle hayan sido citados entre los grupos de los personajes que iban tras el carro fúnebre, no hay que deducir que fueran los miembros más conocidos del Excentric Club.
Realmente, lo que había de más excéntrico en su manera de vivir era precisamente pertenecer a dicho club de Mohawk Street.
Tal vez estos hijos de Jonatán, enriquecidos en los múltiples y fructíferos negocios de terrenos, salazones, petróleos, caminos de hierro, minas, cría de ganado y corta de árboles, habían tenido la intención de superar a sus compatriotas de la Unión, por extravagancias ultraamericanas. Pero su vida pública y privada nada ofrecía que pudiera llamar la atención.
Eran unas cincuenta, de gran fortuna; sin relaciones continuas con la sociedad de Chicago, muy asiduos a sus salones de lectura y de juego y diciendo a veces, a propósito de lo que habían hecho en el pasado y lo que hacían en el presente: "¡Decididamente no somos nada, pero nada excéntricos!"
Sin embargo, uno de los miembros de este círculo parecía demostrar más disposiciones para la originalidad que sus colegas. Aunque todavía no sé había distinguido por una serie de excentricidades notorias, contaba con que en el porvenir acabaría por justificar el nombre prematuramente llevado por el célebre club.
Pero, desgraciadamente, William J. Hypperbone acababa de morir. Verdad que lo que viviendo no había realizado, acababa de hacerlo en cierto modo después de su muerte, puesto que, por su expresa voluntad, sus funerales se celebraban aquel día en medio de la alegría general.
William J. Hypperbone, al terminar su existencia, no había pasado de los cincuenta años. A esta edad era un buen mozo, alto, ancho de espaldas, fuerte, de complexión recia y con cierta elegancia y nobleza. Tenía los cabellos castaños, cortados al rape; la barba en forma de abanico, suave y con algunos hilos de plata; los ojos, de un azul sombrío, de pupila ardiente, bajo espesas cejas; boca, en la que no faltaba un diente, de apretados labios, cuyas comisuras se levantaban ligeramente, señal de un temperamento inclinado a la burla y hasta al desdén.
Gozaba de una salud de hierro. Jamás un médico le había tomado el pulso. Hubiera pues, podido afirmarse que ninguna máquina - aunque tuviera la fuerza de cien doctores - sería capaz de sacarlo de este mundo y, sin embargo, se había muerto sin la ayuda de la facultad.
Para completar el retrato del personaje físico con el retrato del personaje moral, conviene añadir que William J. Hypperbone era de temperamento muy frío, muy positivista y que jamás perdía el dominio sobre su voluntad.
Se preguntará si era lógico esperar algún acto de excentricidad de naturaleza tan práctica y bien equilibrada. ¿Había en el pasado de este americano algún hecho que pudiera hacerlo creer?
Sí, uno solo.
A la edad de cuarenta años William J. Hypperbone había tenido el pensamiento de casarse legítimamente con la más auténtica centenaria del Nuevo Continente, el nacimiento de la cual databa de 1781, el mismo día en que, durante la Gran Guerra, la capitulación de lord Cornwallis obligó a Inglaterra a reconocer la independencia de los Estados Unidos. Pero como en el momento en que iba a pedir su mano la señorita Burgoyne murió de un acceso de tosferina, Hypperbone no tuvo tiempo de realizar sus propósitos. Sin embargo, fiel a la memoria de la venerable señorita, permaneció soltero, y esto bien puede pasar como una excentricidad.
William J. Hypperbone, a lo largo de su vida, centuplicó su fortuna, dejando a su muerte un capital enorme. Ciertamente, la señorita Antonia Burgoyne había hecho mal en no contraer tan beneficioso enlace. Y ahora que él había muerto, ¿quién heredaría los millones del honorable miembro del club de los excéntricos?
En primer lugar, se había preguntado si éste club no sería instituido heredero universal. Es preciso notar que William J. Hypperbone vivía en el círculo de Mohawk Street más que en su hotel de La Salle Street. Allí hacía sus comidas, allí descansaba, allí tenía sus placeres, el más vivo de los cuales era el juego, no el jacquet, ni las cartas, ni el bacará, ni el pocker, ni aun el piquet o el whist, sino el que él había introducido en su círculo y el que prefería a todos: el juego de la oca, el noble juego de los griegos. Imposible decir hasta qué punto se apasionaba por él; pasión que había acabado por conquistar a sus colegas. Se emocionaba al pasearse sobre "el puente", al perderse en "el laberinto", al chocar en "la cabeza de la muerte", etcétera.
Desde hacía ya diez años, William J. Hypperbone pasaba los días en su club, limitándose a dar algunos paseos por la orilla del lago Michigan. Sin haber tenido nunca el afán de los americanos de correr mundo, sus viajes se habían limitado a los Estados Unidos. Así, pues, ¿por qué sus colegas, con los que había mantenido estrechas relaciones, no habían de heredarlo? ¿No eran los únicos de sus semejantes a los que había estado unido por lazos de simpatía y amistad?
Tiempo es de declarar que el difunto no tenía familia, ni heredero directo o colateral, ni pariente alguno en el grado de sucesión. De manera que, si había muerto sin disponer de su fortuna, ésta iría, naturalmente, a la República Federal.
Por lo demás, para conocer la última voluntad del difunto no había más que ir a Sheldon Street, número 17, casa del notario Tornbrock, y preguntarle, en primer lugar, si existía un testamento, y después, cuáles eran sus cláusulas y condiciones.
-Señores -respondió Tornbrock a Georges B. Higginbotham, el presidente, y Thomas R. Carlisle, delegados por el círculo para visitar al grave notario-: esperaba su visita, que me honra. Pero -añadió el notario- antes de ocuparse del testamento conviene ocuparse de los funerales del difunto.
-Respecto a ese punto -respondió Georges B. Higginbotham-, ¿no deben celebrarse con la magnificencia digna de nuestro compañero?
-Sólo me resta atenerme a las instrucciones de mi cliente, contenidas en este pliego -dijo el notario, mostrando un sobre cuyo sello había roto.
-¿Y estos funerales serán... ? -preguntó Thomas B. Carlisle.
-Suntuosos y alegres a la vez, señores, con acompañamientos de músicos y cantantes, y también con el concurso del público, que no rehusará lanzar alegres hurras en honor del señor Hypperbone.
-No esperaba yo menos de un miembro de nuestro club -dijo el Presidente, con un movimiento de aprobación.
-No podía él hacer que lo enterraran corno un simple mortal -añadió Thomas B. Carlisle.
-También -añadió Tornbrock- William J. Hypperbone ha manifestado su voluntad de que la población de Chicago esté representada en sus exequias por una comisión de seis personas escogidas a la suerte en circunstancias especiales. Teniendo este proyecto, él había, desde hace algunos meses, reunido en una urna los nombres de todos sus conciudadanos de ambos sexos comprendidos entre veinte y sesenta años. Ayer, siguiendo sus instrucciones y en presencia del alcalde y sus adjuntos, he procedido al sorteo, y he dado después conocimiento de esto a los elegidos y los he invitado a ocupar el primer puesto a la cabeza del cortejo, suplicándoles no rechazaran el deber de rendirle los honores póstumos.
-Se guardarán muy bien de faltar -exclamó Thomas B. Carlisle-, pues es de suponer que ellos serán muy favorecidos por el testador y tal vez instituidos sus únicos herederos.
-Es posible -dijo el notario-, y no me asombararía.
-¿Y qué condiciones deben llenar esas personas elegidas a la suerte? -preguntó Georges B. Higginbotham.
-Una sola -respondió el notario-. La de haber nacido y estar domiciliados en Chicago.
-¿Cómo? ¿Ninguna otra?
-Ninguna otra.
-Comprendido -respondió Thomas R. Carlisle-. Y ahora, señor Tornbrock, ¿cuándo debe usted abrir el testamento?
-Quince días después del fallecimiento.
-¿Quince días solamente?
-Solamente, como lo indica esta nota que lo acompaña. Por consecuencia, el 15 de abril.
-¿Y por qué esta espera?
-Porque mi cliente ha querido, antes de poner al público al corriente de su última voluntad, que se tuviera la seguridad de que había pasado a mejor vida.
-¡Era un hombre práctico nuestro amigo! -afirmó Georges B. Higginbotham.
-En tales circunstancias no se es nunca demasiado -añadió Thomas B. Carlisle-, y a menos de hacerse incinerar...
-Aun así -se apresuró a declarar el notario- se corre el riesgo de ser quemado vivo.
-Sin duda -añadió el Presidente-; pero practicada la operación, se tiene la seguridad de estar muerto.
No hay que decir el prodigioso efecto que la noticia del fallecimiento de William J.
Hypperbone causó en la ciudad.
He aquí lo que se supo desde el primer momento.
El 30 de marzo, por la tarde, el honorable miembro del Excentric Club estaba sentado con sus dos compañeros ante la mesa del juego de la oca. Acababa de hacer la primera jugada, un nueve, principio feliz que lo enviaba a la casilla cincuenta y seis. De repente su faz se congestiona, sus miembros se ponen rígidos. Quiere levantarse, lo hace tambaleándose, extiende las manos, y hubiera caído al suelo si John T. Dickinson y Harry B. Andrews no lo hubieran recibido en sus brazos y depositado en un diván.
Precipitadamente se mandó a buscar un médico. Vinieron dos. Declararon que William J. Hypperbone había sucumbido a una congestión cerebral, que todo había terminado.
Una hora después, el difunto había sido transportado a su hotel donde el notario Tornbrock, avisado enseguida, llegó sin perder instante.
El primer cuidado del notario fue abrir aquel de los pliegos que contenía las disposiciones del difunto que se relacionaban con sus exequias. En primer lugar, él era invitado a escoger a la suerte las seis personas que debían unirse al cortejo, de entre los cientos de miles de nombres contenidos en una enorme urna colocada en el centro del hall.
Cuando esta extraña cláusula fue conocida, una nube de periodistas asaltó al notario. El hotel de La Salle Street no se desocupó en todo el mediodía y lo que aquellos redactores de crónicas sensacionales querían arrancarse los unos a los otros no eran los detalles relativos a la muerte de Hypperbone, ni las causas que tan inesperadamente se la habían producido... ¡No! ... Eran los nombres de los seis privilegiados que iban a salir de la urna.
El notario Tornbrock, asediado, salió del aprieto ofreciendo sacar aquellos nombres a pública subasta y ofrecerlos al periódico que pagara más, con la reserva de que el dinero sería repartido entre dos de los veintiún hospitales de la ciudad, adjudicó la lista al Tribune, que ofreció hasta diez mil dólares, después de sostener encarnizada lucha contra el Chicago Inter Ocean.
Pero también, ¡qué triunfo, al día siguiente! y ¡qué beneficios realizó con su tirada suplementaria de dos millones quinientos mil ejemplares!
Los vendedores gritaban los nombres de los felices mortales que el escrutinio eligió entre la población de Chicago.
Eran seis los favorecidos.
Aparte de este número del 11 de abril, el Tribune publicó los seis nombres en una lista especial, que sus agentes distribuyeron profusamente hasta en las aldeas más lejanas de los Estados Unidos.
He aquí ahora el orden con que la suerte designó estos nombres, que iban a correr por el mundo durante muchos meses, ligados a extraordinarias aventuras:
Max Real
Tom Crabbe
Hermann Titbury
Harris T. Kymbale
Lissy Wag
Hodge Urrican.
Como se ve, de estos seis personajes, cinco pertenecían al sexo fuerte y uno al débil, si es que este calificativo es exacto tratándose de mujeres norteamericanas.
Sin embargo, la curiosidad pública no quedó enteramente satisfecha por lo pronto. El Tribune no pudo informar al momento a sus innumerables lectores sobre la condición, clase social y domicilio de los seis elegidos.
Y además, ¿vivían aún todos? Esta pregunta se imponía.
El hecho de poner en la urna los nombres databa ya de algún tiempo, de algunos meses; y admitiendo que ninguno de los favorecidos por la suerte hubiera fallecido, podría suceder que uno o varios de ellos hubieran marchado de América.
Por lo demás, si podían hacerlo, no había duda de que vendrían a ocupar su puesto en torno al carro fúnebre. ¿Era de presumir que respondieran con una negativa, que no accedieran a la invitación original, pero seria, de William J. Hypperbone -excéntrico, por lo menos después de su muerte-, y que renunciaran a las ventajas que indudablemente les reservaba el testamento depositado en casa del notario Tornbrock?
¡No! Allí estarían todos, pues ellos podían con justa razón considerarse los herederos de la enorme fortuna del difunto y la herencia escaparía ciertamente a la ambición del Estado.
Y esto se vio cuando, tres días después, los Seis, que ni se conocían siquiera, aparecieron en la escalera del hotel de La Salle Street ante el notario, que después de haberse asegurado de la identidad de cada uno, puso en sus manos las guirnaldas del carro.
¡De qué curiosidad fueron objeto y qué envidia despertaron! Por orden de William J. Hypperbone, toda señal de duelo debía ser prohibida en aquellos extraordinarios funerales, y los Seis habían acatado esta cláusula publicada por los periódicos, vistiendo trajes de fiesta, trajes que por su calidad y corte demostraban que aquellas personas pertenecían a clases muy diferentes de la sociedad.
Fueron colocados del siguiente modo:
En primer lugar, Max Real a la derecha y Lissy Wag a la izquierda.
En segundo lugar, Hermann Titbury a la derecha y Hodge Urrican a la izquierda.
En tercero, Harris T. Kymbale a la derecha y Tom Crabbe a la izquierda.
Mil hurras los saludaron cuando tales disposiciones fueron tomadas.
Dada la señal por el superintendente de policía, se pusieron en marcha, y así siguieron durante ocho horas las calles de la gran ciudad de Chicago.
Seguramente los seis invitados a las exequias de William J. Hypperbone no se conocían; pero no tardaron en entablar relaciones. ¡Quién sabe si estos candidatos a la futura herencia no se consideraban ya como rivales, si temían ya que aquella fuera entregada a un solo heredero, en vez de ser repartida entre los seis!
Se ha visto cómo se realizaron los funerales, con qué prodigioso concurso de público, de qué trozos de música y canto que nada tenían de fúnebre fueron acompañados, y qué alegres aclamaciones fueron lanzadas en honor del difunto.
Ahora sólo resta penetrar en el recinto de los muertos y depositar en el fondo de su tumba, para que duerma en ella el eterno sueño, al que fue William. J. Hypperbone, del Excentric
Club.

Capítulo III
El nombre de Oakwood indica que el sitio ocupado por este cementerio estuvo en otra época cubierto de un bosque de encinas. De todos los monumentos funerarios que contenía, ninguno podía ser comparado al que William J. Hypperbone había hecho construir algunos años antes para su uso personal.
Se sabe que los cementerios americanos, como los ingleses, son verdaderos parques. No falta en ellos nada de lo que pueda, encantar la vista; ni céspedes, ni sombra, ni aguas corrientes.
No parece que el alma pueda entristecerse en tales sitios.
Cerca de un pequeño lago de aguas tranquilas y transparentes se elevaba el mausoleo, construido conforme a los planos y bajo la vigilancia del honorable William J. Hypperbone.
Este monumento se prestaba a todas las fantasías de ese estilo gótico que toca al Renacimiento. Tenía a la vez algo de capilla por su fachada, con un campanarío cuya flecha se movía a un centenar de pies sobre el suelo; algo de la ciudad o de la quinta por la disposición de su tejado y de sus ventanas, en forma de miradores de varios colores.
El campanario encerraba una campana de poderosa sonoridad, que daba las horas del luminoso reloj colocado debajo de ella. La voz metálica de esta campana se hacía oír más allá de Oakwood, hasta las riberas del Michigan.
El monumento medía ciento veinte pies de largo por sesenta de ancho. La verja que lo rodeaba, hermoso trabajo de labrado en aluminio, se apoyaba de trecho en trecho en columnas con lámparas. Más allá se agrupaban magníficos árboles de perenne verdor; entre los que se encuadraba el soberbio mausoleo.
La puerta de la verja, abierta entonces, daba acceso a una alameda llena de árboles y flores, que llevaba al pie de una escalera de cinco peldaños de mármol blanco. En el fondo se veía un portal con puertas de bronce. Esta entrada daba acceso a una antecámara amueblada con divanes. De la bóveda pendía una araña de cristal de siete brazos con bombillas eléctricas. Por bocas de metal colocadas en los ángulos se evaporaba el calor, produciendo una temperatura igual y suave, que el conserje de Oakwood cuidaba de que fuera sostenida durante el invierno.
Empujando las hojas de cristal de una puerta colocada frente a la escalera, se penetraba en la pieza principal del edificio. Era una sala espaciosa, de forma circular, donde se desplegaba el extravagante lujo de un archimillonario que quiere continuar, después de su muerte, la opulencia de su vida. En el interior, la luz se derramaba por el techo de cristal que cerraba la parte superior de la bóveda. Su base desaparecía tras los divanes de telas brillantes. Espesos y suaves tapices cubrían el pavimento de mosaico.
En el fondo del mausoleo se redondeaba el ábside que estaba amueblado con sillones, sillas, canapés, colocados con un desorden estudiado. Sobre una mesa había libros, periódicos y revistas. Un aparador con su vajilla ofrecía conservas, mantecas, emparedados, pasteles, vinos y licores de excelentes marcas. ¡Qué sitio más bien dispuesto para la lectura, la siesta o el lunch!
En el centro de la sala, bañada por la luz que la cúpula dejaba filtrar por sus cristales, se levantaba una tumba de mármol blanco. Esta tumba, rodeada por un círculo de bombillas en plena incandecencia, estaba abierta. Allí iba a ser colocado el ataúd donde reposaba el cuerpo de William J. Hypperbone.
Hay que advertir que William J. Hypperbone iba invariablemente dos veces por semana, el martes y el viernes, a pasar algunas horas en el interior de su mausoleo.
Alguna vez lo acompañaban varios de sus colegas. En suma, era una sala de conservación de las más cómodas y tranquilas.
Claro que nadie, a no ser su propietario, podía penetrar en su "quinta", como él la llamaba.
Sólo el guardián del cementerio poseía otra llave.
Decididamente, si William J. Hypperbone no se había distinguido gran cosa de sus semejantes en los actos de su vida pública, por lo menos su vida privada, repartida entre el Círculo de Mohawk Street y el mausoleo de Oakwood, presentaba cierta originalidad que permitía colocarlo entre los excéntricos de su tiempo. Para llevar la excentricidad a sus últimos límites, no hubiera faltado más que el difunto no lo estuviera realmente. Pero sus herederos, fueran quienes fueran, podían estar seguros en cuanto a este particular. No se trataba de un caso de muerte aparente, sino de muerte definitiva.
Además, en aquel tiempo se aplicaban ya los rayos X del profesor Friedrich d'Elbing conocidos con el nombre de Kritiskshalhen. Estos rayos poseen una fuerza de penetración tan intensa que atraviesan el cuerpo humano y tienen la propiedad de producir imágenes fotográficas diferentes, según que el cuerpo esté muerto o vivo.
La prueba se había efectuado en el cuerpo de William J. Hypperbone, y las imágenes obtenidas no podían dejar duda. El deceso (palabra que en su informe emplearon los médicos) era cierto, y no tenían por qué reprocharse por una inhumación demasiado apresurada.
Eran las cinco y cuarenta y cinco cuando el carruaje franqueó la puerta de Oakwood. El monumento se alzaba en la mitad del lago. El cortejo, en el mismo orden siempre, aumentado por la multitud que los guardias apenas podían contener, se dirigió hacia el lago, bajo la cubierta de los grandes árboles.
El carruaje se detuvo ante la verja, cuyos candelabros lanzaban la brillante claridad de sus lámparas de arco entre las primeras sombras de la noche.
Unos cien asistentes podían encontrar sitio en el interior del mausoleo. De modo que si el programa de las exequias contenía aún algunos números era preciso que fueran ejecutados en el exterior.
Efectivamente, así iban a pasar las cosas. Parado el carruaje, apretáronse las filas, siempre respetando a los Seis que debían acompañar el cadáver hasta el sepulcro.
De aquella multitud ávida de ver y oir se elevaba confuso rumor. Pero lentamente apaciguóse el tumulto, los grupos quedaron quietos, extínguiéronse los murmullos y el silencio reinó en torno a la verja.
Entonces fueron pronunciadas las palabras litúrgicas por el reverendo Bingham, que había seguido al difunto hasta su última morada. Los asistentes las escucharon con gran recogimiento.
A estas palabras, pronunciadas con voz penetrante, que se extendió a lo lejos, siguió la ejecución de la Marcha de Chopin, de tan gran efecto en ceremonias de este género, Pero tal vez la orquesta la ejecutó con compás más vivo que el marcado por el maestro, compás que correspondía mejor a las disposiciones del auditorio, y también a las del difunto.
Después de la Marcha de Chopin, uno de los colegas de William J. Hypperbone, aquel con el que tenía amistad más íntima, el presidente Georges B. Higginbotham, se destacó del grupo, colocóse ante el carruaje, y en brillante oración trazó en forma de apología el curriculum vitae de su amigo.
A los veinticinco años, ya dueño de regular fortuna, William J. Hypperbone supo hacerla fructificar... Y sus felices adquisiciones de terrenos de los que la yarda superficial vale actualmente el oro que sería preciso para cubrirla... Y su elevación al rango de los millonarios de la ciudad..., o lo que es lo mismo, de los grandes ciudadanos de los Estados Unidos de América... Y el diestro accionista de las poderosas compañías de ferrocarriles de la Federación... Y el prudente especulador lanzado en negocios que producen enormes intereses... Y el generoso donante siempre dispuesto a suscribirse para los préstamos de su país el día en que su país hubiera tenido necesidad de tomar préstamos, necesidad que no sintió nunca... Y el distinguido compañero que perdía en él el Excentric Club, el miembro que el club contaba para darle lustre... el hombre que hubiera asombrado al universo de haberse prolongado su existencia más allá de los cincuenta años... Es de esos genios que no se conocen sino cuando ya no existen... Sin hablar de sus funerales, realizados del modo que se sabe, en medio del concurso de una población entera, era de creer que la suprema voluntad de William J. Hypperbone impondría condiciones excepcionales a sus herederos. No había duda que su testamento contenía cláusulas que excitarían la admiración de las dos Américas.
Así habló Georges H. Higginbotham, no sin producir general emoción. Parecía que William J. Hypperbone iba a aparecer ante los ojos de la multitud agitando en una mano el testamento que debía inmortalizar su nombre, y con la otra vertiendo sobre las cabezas de los Seis los millones de su fortuna.
Al discurso del amigo más íntimo del difunto respondió el público con lisonjeros murmullos, que llegaron poco a poco hasta las últimas filas en el recinto de Oakwood.
La ceremonia tocaba a su fin, el programa había terminado y, no obstante, hubiérase dicho que el público esperaba alguna cosa extraordinaria, tal vez sobrenatural. ¡Sí! Era tal la excitación de los ánimos, que nadie hubiera encontrado sorprendente una modificación repentina en las leyes de la naturaleza.
Había llegado el momento de sacar el ataúd del carruaje y conducirlo al interior, depositándolo en el sepulcro. Debía ser conducido por ocho criados vestidos con librea de gala. Aproximáronse éstos, separaron las telas que lo cubrían, lo alzaron en hombros y se dirigieron hacia la puerta de la verja.
Los Seis marchaban en el orden y sitio que habían conservado desde la partida en el hotel de
La Salle Street, y cogieron con la mano izquierda las cintas de plata del ataúd.
Los miembros del Excentric Club y las autoridades civiles y militares marchaban detrás.
Después cerróse la puerta de la verja, y apenas si la cámara, la antecámara, la sala y el ábside del mausoleo bastaban para contener a todos.
Fuera se amontonaron los otros individuos del cortejo, la multitud se extendió por diversos puntos del cementerio, y grupos humanos se aposentaron en las ramas de los árboles que rodeaban el monumento.
En este instante las trompetas de los soldados estallaron hasta estropear los pulmones que las llenaban con sus soplos.
Lanzáronse gran número de pájaros adornados con cintas multicolores. Los animalitos se derramaron por la superficie del lago por encima de las ramas, lanzando alegres gritos de libertad.
Subida la escalera, el ataúd franqueó la primera pieza, después la segunda y se detuvo ante la
tumba.
La voz del reverendo Bingham se elevó nuevamente.
Entonces los Seis dieron procesionalmente la vuelta a la tumba, recibieron el saludo de Georges B. Higginbotham en nombre de los miembros del Excentric Club y se dispusieron a abandonar la habitación.
Ya no restaba más que dejar caer la pesada losa de rnármol donde serían grabados los nombres y títulos del difunto.
El notario Tornbrock avanzó unos pasos, sacó de su bolsillo la nota relativa a los funerales y leyó las siguientes líneas:
Es mi voluntad que mi tumba quede abierta aún durante doce días, y que, transcurrido este plazo, en la mañana del último día de estos doce, las seis personas designadas por la suerte que han acompañado mis restos vengan a depositar sus tarjetas sobre mi ataúd. Entonces se colocará la piedra en su sitio, y el mismo día el notario Tornbrock, a las doce, en la sala del Auditorium, dará lectura de mi testamento, que está en su poder.
WILLIAM J. HYPPERBONE.
Decididamente, el difunto era un ser original... y ¡quién sabía si aquella originalidad sería la última!
Los concurrentes se retiraron, y el guardián del cementerio cerró las puertas del monumento, y después las de la verja. Eran cerca de las ocho.
El tiempo no había dejado de ser bueno, y parecía que la serenidad del cielo era aún más completa con las primeras sombras de la noche. Como innumerables estrellas resplandecían las lámparas que brillaban en torno al mausoleo.

Capítulo IV
Al siguiente día, Chicago se entregaba a sus múltiples ocupaciones. Los diversos barrios habían tomado su fisonomía habitual.
Si la población no se agolpaba como la víspera en las avenidas y bulevares al paso del fúnebre cortejo, no por eso se interesaba menos en las sorpresas que sin duda le reservaba el testamento de William J. Hypperbone. ¿Qué cláusulas contenía; qué condiciones, extrañas o no, imponía a los Seis, y cómo entrarían éstos en posesión de la cuantiosa herencia, admitiendo que todo ello no terminara en una broma de ultratumba, bien digna de un miembro del Excentric Club?
Pero esta eventualidad nadie quería admitirla. Todos rechazaban la idea de que Lizzy Wag, junto con Urrican, Kymbale, Titbury, Crabbe y Real no encontraran en este negocio más que desengaños y el ridículo.
Seguramente hubiera habido un medio muy sencillo para satisfacer la curiosidad pública de una parte, y de otra arrancar a los interesados de aquella incertidumbre, que amenazaba quitarles el apetito y el sueño. Bastaría con abrir el testamento y leerlo. Pero la prohibición de hacerlo antes del día 15 del mes corriente era formal, y Tornbrock no hubiera jamás consentido en faltar a las condiciones impuestas por el testador. El 15 de abril, en la sala del teatro del Auditorium, en presencia de los numerosos espectadores que podía albergar, se daría lectura del testamento de William J. Hypperbone -el 15 de abril al mediodía, ni un día antes, ni un minuto mas tarde.
Preciso era, pues, resignarse, lo que no haría más que aumentar la excitación de los cerebros de Chicago a medida que la fecha fijada se aproximara. Además, los dos mil doscientos periódicos diarios y las otras quince mil publicaciones semanales, mensuales y bimensuales de los Estados Unidos sostendrían la tensión de los ánimos. Y en resumen, si ellos no podían ni aun suponer, presentir los secretos del difunto, se prometían someter a cada uno de los Seis a las torturas de la entrevista, y, en primer lugar, establecer su situación social.
Los periodistas del Chicago Mail que se presentaron en casa de Hodge Urrican. Randolph Street 63, fueron bastante mal recibidos.
-¿Qué desean ustedes de mí? -les respondió con violencia no afectada-. Yo no sé nada. Yo nada tengo que decir. He sido invitado a seguir el cortejo y lo he seguido. En fila, y junto al carro, había otros cinco, otros cinco que no conocía. ¡Ah! ¡Si ese William Hypperbone... me ha jugado una mala pasada!
-Pero -le objetó uno de los periodistas- nada lo autoriza para suponer que esté usted expuesto a una burla, y que tenga que lamentar haber sido uno de los elegidos. Y aunque no reciba más que una sexta parte de la herencia...
-¡Una sexta parte! ¡Una sexta parte! -respondió con voz de trueno-. ¡Estoy seguro de recibirla
íntegramente!
-Cálmese usted, por favor.
-No me calmaré. No tengo carácter para eso. Tengo la costumbre de las tempestades, y siempre me he mostrado tempestuoso.
Hodge Urrican era un oficial de la marina de los Estados Unidos retirado del servicio hacía seis meses, cosa de la que no podía consolarse; un bravo marino que había cumplido con su deber. A pesar de sus cincuenta y dos años, nada había perdido de su irritabilidad natural. Era un hombre vigoroso, de elevada estatura, fuerte cabeza y grandes ojos que se movían bajo espesas cejas y frente poco espaciosa. De carácter impetuoso, incapaz de dominarse, tan desagradable como pueda serlo el que más, tanto en su vida pública como en su vida privada no se le conocia un.amigo.
Cuando los periodistas del Chicago Globe llamaron a la puerta del taller de South Halstedt Street, número 3997, no encontraron en la habitación más que un negro, joven de diecisiete años, sirviente de Max Real:
-¿Dónde está su amo? -le preguntaron.
-Lo ignoro.
-¿Cuándo ha salido?
-No lo sé.
-¿Cuándo vendrá?
-¿Quién lo sabe?
En efecto, Tommy nada sabía, porque Max Real había salido muy temprano sin decir nada a su criado.
Pero de que Tommy no pudiera responder a las preguntas de los periodistas no había que deducir que el Chicago Globe dejaría de informar a sus lectores respecto a Max Real. No.
Este Seis ya había sido objeto de una entrevista, costumbre muy extendida en los Estados Unidos.
Era un joven pintor de talento. Había nacido en Chicago y por descender de una familia canadiense de Quebec llevaba apellido francés. Adoraba a su madre, que se hallaba en Quebec. Así es que no había querido tardar en ponerla al corriente de lo que había pasado y de cómo había sido elegido para ocupar un sitio especial en las exequias de William J. Hypperbone. Él le aseguraba que no se preocupaba de las disposiciones testamentarias del difunto. El caso le parecía una broma; esto era todo.
Max Real acababa de cumplir veinticinco años. Tenía la gracia y la elegancia del tipo francés.
Era de regular estatura, cabello castaño, ojos de azul oscuro, cabeza erguida, sin soberbia, boca sonriente y reposado andar, indicios de ese contento interior del que nace la confianza alegre e inalterable. Había en él gran expansión del poder vital, que se traduce en la vida en valor y generosidad.
Harris T. Kymbale era un periodista, el cronista jefe del Tribune. Treinta y siete años, regular estatura, robusto, rostro simpático, nariz de hurón, ojillos vivos y finas orejas, hechas para oírlo todo, y boca impaciente, hecha para repertirlo. Era vivo, activo, locuaz, resistente, infatigable, enérgico.
Era completamente inútil interrogar a Harris T. Kymbale, pues él mismo dijo antes de ser preguntado:
-Sí, amigos mios, soy yo, yo en persona, que formo parte del consejo de los Seis. Me vieron ustedes ayer ocupar mi puesto junto al carruaje. ¿Observaron ustedes mi actitud digna y el cuidado que ponía para que no se desbordara mi contento? ¡Y pensar que estaba allí, a mi lado, encerrado en su ataúd, aquel excéntrico difunto ... ! ¿Saben ustedes lo que me decía? ¡Si no estuviera muerto este hombre, si llamara desde el fondo de su ataúd! ¡Si apareciera con vida ... ! Pues bien: espero que me creerán ustedes; de acontecer esto, no tendría el mal pensamiento de reprocharle su intempestiva resurrección. Siempre se tiene el derecho, ¿no es verdad?, de resucitar, a condición de no estar muerto.
Era preciso haber oído de la manera que dijo esto.
-¿Y qué piensa usted -le preguntaron- de lo que sucederá el 15 de abril?
-Sucederá -respondió- que al sonar las doce, el notario Tornbrock abrirá el testamento.
-¿Y no duda usted que los Seis serán declarados únicos herederos del difunto?
-¡Naturalmente! ¿Para qué, si no, William J. Hypperbone, nos habría invitado a sus exequias?
-¡Quién sabe ... !
-¡Pues no faltaría más ... ¡Después de once horas de cortejo!
-¿Pero no es de suponer que el testamento contenga disposiciones extraordinarias?
-Es probable. Tratándose de un excéntrico, yo espero excentricidades. Si lo que pide es posible, se hará, y si es imposible, se hará también. ¡En todo caso, amigos míos, cuenten con que Harris J. Kymbale no retrocederá! ¡No! Por el honor del periodismo, él no retrocederá...
Hermann Titbury vivía en el barrio del Comercio.
Cuando los enviados del Staats Zeitung llamaron a la puerta del número 77, no consiguieron franquear los umbrales.
-¿Está en casa el señor Hermann Titbury? -preguntaron a través de la rejilla.
-Sí -respondió una especie de gigante mal peinado y mal vestido, algo como un dragón hembra.
-¿Puede recibirnos?
Les responderé a ustedes cuando se lo haya preguntado a la señora Titbury.
Pues existía una señora Kate Titbury, de cincuenta años de edad, o sea, dos más que su esposo. La respuesta que ella dio fue transmitida por la sirviente.
-El señor Titbury no los recibe y se extraña de que se permitan molestarlo.
La casa permaneció cerrada, y los periodistas del Staats Zeitung tuvieron que volverse.
Hermann Titbury y Kate Titbury formaban el matrimonio más avaro que una pareja pueda formar. Eran dos corazones áridos e insensibles.
Eran ricos, sin que su fortuna proviniera del comercio ni de la industria. Los dos, pues la señora había trabajado tanto como el marido, se habían dedicado a prestamistas, usureros de baja estofa; eran de esos lobos que despojan a las gentes sin salirse de la legalidad.
Veraad es que sin necesidad de someter a una entrevista a los esposos Titbury, nada es más fácil para conocerlos, que apreciar el estado de su espíritu el día que él ocupó su sitio en el grupo de los Seis...
En cuanto a admitir que arriesgaba ser el juguete de un bromista ... ¡vaya!... Hermann Titbury se veía ya en posesión de la sexta parte de la enorme fortuna, y su gran disgusto, su despecho consistían en no ser el único heredero. Así, no era envidia lo que sentía por los otros cinco coherederos: era odio.
El día siguiente al de los funerales, desde las cinco de la mañana, el señor y la señora Titbury habían abandonado su casa, dirigiéndose al cementerio de Oakwood. Habían obligado al guardián a dejar el lecho, y con voz alterada por la más viva inquietud le preguntaron:
-¿Ha ocurrido algo nuevo esta noche?
-Nada nuevo -respondió el guardián.
-¿De modo... que está bien muerto?
-Tan muerto como se puede estar... Estén ustedes tranquilos -declaró el conserje, que esperó en vano alguna gratificación por su agradable respuesta.
Tranquilos ... sí. El difunto no había despertado de su eterno sueño, y nada había turbado el reposo de los sombríos huéspedes del campo de Oakwood.
Los señores Titbury se restituyeron a su casa; pero por la tarde por la noche y al siguiente día volvieron al cementerio a fin de asegurarse por sí mismos que William. J. Hypperbone no había resucitado.
Cuando los dos periodistas del Free Presse llegaron a Calumet Street, preguntaron dónde se encontraba la casa de Tom Crabbe.
La casa de éste, o, rnejor dicho, la de su representante, era el No. 7. John Milner lo asistía en esas memorables luchas en que los gentlemen salen con frecuencia con los ojos hinchados, la mandíbula rota, las costillas hundidas, o la boca con algunos dientes de menos, para honor del campeonato en un boxeo sensacional.
Tom Crabbe era actualmente el campeón del nuevo continente, por haber vencido al famoso Fitzsimons, que había vencido a su vez al no menos famoso Corbett.
Los periodistas penetraron sin dificultad en casa de John Milner, y fueron recibidos por éste en el piso bajo. John Milner era hombre de regular estatura, la piel sobre los huesos, todo músculo, todo nervios, la mirada aguda, el rostro delgado y de una ligereza de mono.
-¿Tom Crabbe? -preguntaron los visitantes.
-Está terminando su primer almuerzo -respondió Milner con voz áspera-. ¿Con qué objeto?
.-A propósito del testamento de William J. Hypperbone... y para hablar de él en nuestro periódico.
-Si se trata de hablar de Tom Crabbe -respondió Milner-. Tom Crabbe está siempre visible.
Los periodistas penetraron en el comedor y se encontraron en presencia del personaje.
Devoraba la sexta lonja de jamón ahumado, su sexta cesta de pan con manteca, su sexto medio cuartillo de vino, en espera del té, que hervía en la tetera, y de las seis copitas de whisky que terminaban de ordinario su primera comida, la de las siete y media, que sería seguida de otras cinco en el resto del día.
Tom Crabbe era un coloso que pasaba de diez pulgadas los seis pies ingleses, y que media tres pies de hombro a hombro; su cabeza era voluminosa, con cabellos duros y negros, cortados al rape, ojos de buey, espesas cejas, corta frente, irregulares orejas, maxilar pronunciado y recio bigote, cortado en la comisura de los labios. Tenía los dientes completos, pues los formidables puñetazos que había recibido no le arrancaron uno; torso como un barril de cerveza, brazos corno bielas y piernas como pilares hechos para soportar aquella enorme arquitectura humana.
¿Humana?... ¿Es la palabra propia? No: animal, pues sólo animalidad había en aquel gigante.
Sus órganos operaban como los de una máquina cuando se los ponía en juego, una máquina que tenía a John Milner por maquinista. Comer, beber, boxear, y dormir. A esto se limitaban los actos de su existencia. Desgaste intelectual. ¿Comprendía lo que la suerte acababa de hacer por él introduciéndolo en el grupo de los Seis? ¿Sabía el motivo por el cual la víspera había caminado con su pesado paso junto al carro fúnebre, entre los aplausos de la multitud?
Vagamente; pero John Milner lo comprendía por él, y sabría hacer valer todos sus derechos.
De aquí se deduce que el último fue el que respondió a las preguntas de los periodistas. Les dio sobre Tom Crabbe detalles que interesarían a los lectores del Freie Presse.
Su peso personal, quinientas treinta y tres libras antes de sus comidas, y quinientas cuarenta después; su talla, exactamente los seis pies y diez pulgadas que se ha dicho; su medida con el dinamómetro, setenta y cinco kilogramos -la fuerza de un caballo de vapor-, su poder de concentración en las mandíbulas, doscientos treinta y cuatro libras; su edad, treinta años, seis meses y diecisiete días, sus parientes, un padre que era matarife en el establecimiento de la casa Armour; una madre que había sido luchadora en el circo Swansea.
¿Qué más se podía preguntar para escribir un artículo de cien líneas sobre Tom Crabbe?
-No habla nada... -hizo observar uno de los periodistas.
-Lo menos posible -respondió John Milner-. ¿Para qué usar de la lengua?
-¿Tal vez no piensa tampoco?
-¿De qué le serviría pensar?
-De nada, señor Milner.
-Tom Crabbe no es más que un puño, un puño cerrado, tan pronto para el ataque como para la
defensa.
Cuando salieron los periodistas, dijo uno:
-¡Es un bruto!
-¡Y qué bruto! -respondió el otro.
Más allá de Wabansia Avenue se encuentra la parte inferior de Sheridan Street. Llegando hasta el número 18, se halla uno ante una casa de modesta apariencia, de diecisiete pisos y con un centenar de inquilinos.
En el piso noveno Lissy Wag ocupaba un cuartico de dos piezas, en el que sólo entraba después de su trabajo, hecho en los almacenes de novedades de Marshall Field, donde desempeñaba el oficio de segunda cajera.
Pertenecía Lissy Wag a honrada y modestísima familia, de la que no quedaba más que ella,
Bien educada, instruida como la mayor parte de las jóvenes norteamericanas, tras reveses de fortuna y la prematura muerte de sus padres, pidió al trabajo medios de vida. El señor Wag, en efecto, se había visto despojado de cuanto poseía en un desgraciado negocio de seguros marítimos, y la liquidación perseguida para defender los intereses de su hija no dio resultado.
Lissy Wag, dotada de enérgico carácter, seguro juicio, y clara inteligencia, tranquila y dueña de sí misma, no perdió el ánimo. Gracias a la intervención de algunos amigos de su familia, fue recomendada al jefe de la casa Marshall Field, y hacía quince meses había adquirido una situación ventajosa.
Era una joven encantadora, que acababa de cumplir veintiún años, de regular estatura, cabellos rubios, ojos azules, hermoso color, indicio de buena salud, elegante aspecto y rostro algo serio, animado a veces por una dulce sonrisa, que dejaba al descubierto sus blancos y lindos dientes. Amable, servicial y atenta, sólo amigas contaba entre sus compañeras.
De gustos sencillos y modestos, exenta de ambición, Lissy Wag fue seguramente la menos emocionada de los Seis, cuando supo que la suerte la llamaba a figurar en el fúnebre cortejo.
Al principio quiso rehusar tal honor, pues le agradaba poco aquella exhibición de su persona; más bien le repugnaba, y solamente haciendo violencia a sus sentimientos, con el corazón agitado y la frente llena de rubor, ocupó su sitio junto al carruaje que conducía los restos de William J. Hypperbone.
La más íntima de sus amigas había hecho lo posible para vencer su resistencia. Era la viva, la alegre, la franca Jovita Foley, de veinticinco años de edad, ni linda, ni fea -ella lo sabía-, pero de rostro lleno de malicia, de naturaleza excelente y unida a Lissy Wag con el más estrecho afecto.
Habitaban estas dos jóvenes el mismo cuarto, y, tras el día pasado en los almacenes de Marshall Field, volvían juntas. Raramente se las veía separadas,
Pero si Lissy Wag en aquella circunstancia acabó por ceder a las irresistibles instancias de su compañera, no consintió en recibir a los periodistas del Chicago Herald, que se presentaron aquella misma noche en el número 18 de Sheridan Street.
En vano Jovita Foley procuró que su amiga se mostrara menos intransigente: ésta no quiso prestarse a ninguna entrevista. Tras los periodistas vendrían los fotógrafos; luego los curiosos de toda especie. No. Lo mejor era cerrar la puerta a estos importunos. Esto era lo más prudente, aunque el Chicago Herald se viera privado de servir a sus lectores un artículo sensacional.
-Bien -dijo Jovita Foley, cuando los periodistas se retiraron con las orejas bajas-. Has cerrado tu puerta, pero no escaparás a la pública curiosidad... ¡Si hubiera sido yo! Y te prevengo, Lissy, que yo sabré obligarte a cumplir todas las condiciones impuestas en el testamento.
¡Calcula, querida... se trata de tu participación en una herencia inverosímil!
-No creo en esa herencia, Jovita -respondió Lissy Wag-, y si no es el capricho de un bromista, no me llevaré muchos disgustos por ella.
-Vamos, Lissy... -exclamó Jovita, atrayéndola a sí-; nada de disgustos cuando se trata de una fortuna.
-¿Pues no somos felices?
-Conforme. ¡Pero si fuera yo! -repetía la ambiciosa joven.
-Y bien ... ¿Si fueras tú?
-Primero la partiría contigo, Lissy.
-Como yo lo haré; está claro -respondió Lissy Wag, riéndose de las promesas eventuales de su entusiasta amiga.
-Ya querría que estuviéramos a 15 de abril. ¡Qué largo me va a parecer el tiempo! Voy a contar las horas... los minutos.
-Evítame los segundos. ¡Sería demasiado!
-¿Puedes burlarte cuando se trata de negocio tan importante... de millones de dólares?
-O más bien de millones de disgustos y molestias, tales como las que he tenido durante todo el día -dijo Lissy Wag.
-Eres difícil de contentar, Lissy,
-Mira, Jovita: me pregunto con inquietud cómo acabará esto
-Acabará en el fin -respondió Jovita Foley-, como todas las cosas de este mundo.
Tal era, pues, el sexto de los coherederos, de los que nadie dudaba que fueran llamados a participar de la enorme herencia, invitados por William J. Hypperbone a sus funerales.
A estos mortales privilegiados les era preciso tener paciencia durante quince días. Al fin transcurrieron y llegó el 15 de abril.
En la mañana de este día, cumpliendo la condición impuesta en el testamento, y en presencia del señor Georges B. Higginbotham y el notario Tornbrock, Lissy Wag, Max Real, Tom Crabbe, Hermann Titbury, Harris T. Kymbale y Hodge Urrican fueron a dejar sus tarjetas en la tumba de William J. Hypperbone.
Después la piedra sepulcral fue colocada sobre la tumba. El excéntrico difunto no tenía que recibir ya ninguna visita en el cementerio de Oakwood.

Capítulo V
Aquel día, desde el amanecer, el barrio 19 fue invadido por la multitud. Realmente, el afán del público no parecía que debía ser menor que el día que el interminable cortejo conducía a William J. Hypperbone a su última morada.
Los mil doscientos trenes diarios de Chicago habían vertiod desde la víspera millares de viajeros en la ciudad. El tiempo prometía ser espléndido. Fresca brisa matinal había barrido el cielo de los vapores de la noche.
Entre los principales hoteles el mejor es el Auditorium, cuyos diez pisos se alzan en la esquina de Congress Street y Michigan Avenue, frente a Lake Park. Este inmenso edificio no solamente puede alojar millares de viajeros, sino que también encierra un teatro bastante capaz para recibir ocho mil espectadores.
En aquella mañana iba a rebasar el máximo de su capacidad y la taquilla el de su recaudación, pues despues de la famosa idea de sacar a subasta los nombres de los Seis, el notario Tornbrock había tenido la de hacer pagar su asiento a cuantos quisieron oír la lectura del testamento en el teatro del Auditorium, con los que los necesitados iban aún a beneficiarse con unos 10000 dólares, que se repartirían entre dos hospitales: el Alexian Brothers y el Maurice Porter Memorial for Children.
¿Cómo no iban a acudir los curiosos de la ciudad para disputarse los menores rincones? En el escenario estaban el alcalde y la municipalidad; algo más atrás los socios del Excentric Club, en torno de su presidente, Georges B. Higginbotham; un poco más adelante los Seis en línea, junto a la concha, cada uno en la actitud que convenía a su situación social.
Lissy Wag, verdaderamente avergonzada de exhibirse de aquella manera ante miles de ojos avizores, manteníase en actitud modesta en su sillón, con la cabeza baja.
Harris T. Kymbale se esponjaba entre los brazos del suyo, enviando saludos a numerosos periodistas de todo matiz que se agolpaban en medio del recinto.
El marino Urrican, dirigiendo en torno feroces miradas, parecía dispuesto a buscar querellas al que se permitiera contemplarle de frente.
Max Real observaba aquella multitud agitada, devorada por una curiosidad de la que él no participaba y, fuerza es confesarlo, pareciendo interesarle más la linda joven sentada cerca de él, cuya actitud de modestia lo conmovía.
Hermann Titbury calculaba in mente a qué suma podría elevarse la entrada, una gota de agua comparada con los millones de la herencia.
Tom Crabbe no sabía por qué estaba allí, sentado, no sobre un sillón, que no hubiera podido contener su enorme masa, sino sobre un sofá, cuyas patas crujían bajo su peso.
Claro es que en la primera fila de los espectadúres figuraban John Milner, Kate Titbury, que dirigía a su marido señas completamente incomprensibles, y la nerviosa Jovita Foley, sin cuyas intervención Lissy Wag no hubiera consentido jamás en sentarse ante aquel terrible público.
Después, en el interior de la inmensa sala, en los anfiteatros, en las últimas gradas y en todos los sitios donde el cuerpo humano había podido introducirse, en todos los agujeros por los que la cabeza había podido deslizarse, se apilaban hombres, mujeres y niños pertenecientes a las diversas clases de la población que podían pagar el billete.
Dieron las doce. Del Auditorium se escapó un formidable ¡ah!
En aquel momento el notario Tornbrock acababa de levantarse, y violento soplo agitó, como la brisa que atraviesa espesos bosques, a la multitud del exterior.
Después reinó profundo sílencio, de esos silencios emocionantes que se producen entre el relámpago y el trueno, cuando todos los pechos están penosamente oprimidos,
El notario, en pie ante la mesa que ocupaba el centro del escenario, con los brazos cruzados y el rostro grave, esperaba que sonara el último golpe del reloj indicando el mediodía.
Sobre la mesa había colocado un sobre cerrado con cinco sellos rojos, donde estaban grabadas las iniciales del difunto.
Este sobre contenía el testamento de William J. Hyperbone, y sin duda también, a juzgar por su tamaño, otros papeles relacionados con el asunto. Algunas líneas indicaban que dicho sobre no debía ser abierto hasta transcurridos quince días desde el fallecimiento, y declaraban, además, que la ceremonia de apertura se verificaría en la sala de teatro del Auditorium a la hora del mediodía.
Con mano algo febril el notario Tornbrock rompió los sellos del sobre, y sacó de éste, primero un pergamino sobre el cual aparecía la grosera letra del testador, y luego un mapa doblado en cuatro partes, y, en fin, una cajita de una pulgada de extensión por media de altura.
Y entonces, con voz fuerte, que se extendió hasta los rincones de la sala, el notario, tras pasear sus ojos, armados de anteojos con montura de aluminio, por las primeras líneas del pergamino, leyó lo que sigue:
Este es mi testamento, escrito de mi puño y letra en Chicago, a tres de julio de mil ochocientos noventa y cinco.
Sano de cuerpo y de alma, en la plenitud de mi inteligencia, he redactado la presente acta, donde consta rni última voluntad. El notario Tornbrock, en unión de mi compañero y amigo Georges B. Higginbotham, presidente del Excentric Club, hará cumplir esta mi última voluntad en toda su extensión, así como habrá hecho cuanto concernía a mis funerales.
Al fin, el público y los interesados iban a saber a qué atenerse. Iban a ver resueltas todas las preguntas hechas desde quince días antes, aclaradas las suposiciones e hipótesis que se habían difundido durante aquellas dos semanas de febril curiosidad.
Sin duda, hasta el presente, ningún miembro del. Excentric Club se ha hecho notar por excentricidades dignas de este nombre. El mismo que esto escribe no ha salido de las futilidades insípidas de la existencia. Pero lo que no ha hecho en vida se efectuará después de su muerte.
El auditorio dejó oír un murmullo de satisfacción. El notario esperó que se extinguiera, interrumpiendo la lectura por medio minuto. Después siguió:
No habrán olvidado mis queridos compañeros que si yo he sentido alguna pasión ha sido por el noble juego de la oca, tan conocido en Europa y particularmente en Francia, donde pasa por haber sido copiado y modificado de los griegos. Yo he introducido este juego en nuestro Círculo. Él me ha procurado las emociones más vivas por la variedad de sus detalles, lo imprevisto de sus golpes, el capricho de sus combinaciones, juego en el que sólo el azar dirige a los que luchan sobre este campo de batalla para conseguir la victoria.
¿Por qué motivo el noble juego de la oca intervervía de tan inesperado modo en el testamento de William J. Hypperbone?
El notario continuó:
Nadie ignora en Chicago que este juego se compone de una serie de casillas yuxtapuestas y numeradas desde el uno al sesenta y tres. Catorce de estas casillas están ocupadas por la figura de un ganso, ese animal tan injustamente acusado de imbecilidad, y que debiera haber sido rehabilitado el día que salvó al Capitolio de los ataques de Breno y de sus galos.
Algunos concurrentes, un poco escépticos, empezaron a preguntarse si el difunto William J. Hypperbone, no se burlaba del público con el intempestivo elogio de. aquel ejemplar de la familia de los anséridos.
El testamento continuaba así:
Por consecuencia de dicha disposición, y descontando estas casillas, quedan cuarenta y nueve, de las que únicamente seis obligan al jugador a pagar primas, o sea una prima de la sexta, donde hay un puente para ir a la doce; dos primas a la diecinueve, donde debe esperar en la hostería a que sus contrincantes hayan jugado dos golpes; tres primas a la treinta y uno, donde se encuentra un pozo, en cuyo fondo permanece hasta que otro venga a ocupar su sitio; dos primas a la cuarenta y dos, o sea la del laberinto, que puede abandonar enseguida para volver a la treinta, donde hay un ramo de flores; tres primas a la cincuenta y dos, en la que quedará preso mientras no sea reemplazado; y en fin, tres primas a la cincuenta y ocho, donde hay una cabeza de muerto, con la obligación de recomenzar la partida.
Cuando el notario Tornbrock, tras aquel largo período, se detuvo para tomar aliento, oyéronse varios murmullos, prontamente reprimidos por la mayoría del auditorio, evidentemente favorable al difunto. Y, no obstante, toda aquella gente no se había agolpado en el Auditorium para escuchar una lección sobre el juego de la oca.
El notario continuó en estos términos:
En este sobre se encontrará un plano y una caja. El plano es el del noble juego de la oca, compuesto conforme a una nueva forma de sus casillas que yo ha inventado, y del que deberá darse conocimiento al público. La caja encierra dos dados semejantes. a los que yo tenía costumbre de servirme en mi Círculo. El plano y los dados serán destinados a una partida que
será jugada en las condiciones siguientes:
¡Cómo! ¿Se trataba de una partida al noble juego de la oca?
Decididamente, aquello era una broma. El difunto era un humbug, como se dice en América.
Vigorosos "¡silencio!" fueron dirigidos a los descontentos, y el notario prosiguió su lectura:
He aquí ahora lo que he pensado hacer en honor de mi país, al que amo con el ardor de un patriota, y cuyos diversos estados he visitado a medida que su número aumentaba tanto como las nuevas estrellas del pabellón de la República Americana.
Aquí una triple salva de hurras que repercutieron los ecos del Auditorium, y a la que sucedió profunda calma, pues la curiosidad había llegado a su último punto.
Actualmente, sin contar Alaska, situada fuera de su territorio, la Unión posee cincuenta estados, repartidos sobre una extensión de cerca de ocho millones de kilómetros superficiales.
Pues bien: colocando estos cincuenta estados por casillas, los unos a continuación de los otros, y repitiendo catorce veces uno de ellos, he obtenido un tablero compuesto de sesenta. y tres casillas, idéntico al juego de la oca, convertido por este hecho en el juego de los Estados Unidos.
El notario Tornbrock continuó leyendo:
Quedaba por determinar cuál de los cincuenta estados debía figurar catorce veces en el tablero.
Tratábase ahora de designar los jugadores que serían llamados a esta partida sobre el inmenso territorio de los Estados Unidos, conforme con el mapa encerrado bajo este sobre, y del que deberán sacarse millones de ejemplares, a fin de que cada ciudadano pueda seguir las peripecias de la partida que se va a jugar. Estos jugadores, en número de seis, han sido elegidos por la suerte entre los habitantes de nuestra ciudad, y deben estar reunidos en este momento en el escenario del Auditorium. Éstos son los que transportarán su persona a cada estado indicado por el número de tantos obtenidos y al sitio que les dará a conocer mi ejecutor testamentario, según nota aquí adjunta y cuidadosamente redactada.
Éste era, pues, el papel reservado a los Seis. El capricho de los dados iba a pasearles por la superficie de la Unión. Serían ellos las piezas del tablero de aquella inverosímil partida.
Si Tom Crabbe no comprendió nada de la idea de William J. Hypperbone, no sucedió así al comodoro Urrican, a Harris T. Kymbale, a Hermann Titbury, a Max Real y a Lissy Wag.
Todos se miraban, y por todos eran mirados como extraordinarios seres colocados fuera de la humanidad.
Pero quedaba por saber cuáles eran las últimas disposiciones imaginadas por el difunto.
Pasados quince días después de la lectura de mi testamento, cada dos días, en esta misma sala del Auditorium, y a las ocho de la mañana, el notario M. Tornbrock, en presencia de los socios del Excentric Club, agitará con su mano el cubilete de los dados, proclamará la cifra que salga y comunicará esta cifra por telégrafo al sitio en que cada jugador deberá encontrarse entonces, bajo pena de quedar excluido de la partida. Dadas la facilidad y la rapidez de las comunicaciones a través del territorio, de la que ninguno de los Seis deberá traspasar los límites, bajo pena de perder sus derechos, estimo que quince días bastarán a cada cambio de sitio, por lejano que esté.
Era evidente que si Max Real, Hodge Urrican, Harris T. Kymbale, Hermann Titbury, Tom Crabbe y Lissy Wag aceptaban el papel de contrincantes en aquel noble juego, renovado, no de los griegos, sino de los franceses, por William J. Hypperbone, quedaban obligados a seguir estrictamente las reglas impuestas. ¿Pero en qué condiciones se efectuarían aquellas locas carreras a través de los Estados Unidos?
Estos Seis viajarán a sus expensas -continuó el notario en medio de profundo silencio- y de su bolsillo pagarán las primas exigibles a la llegada a tal o cual estado: el precio de cada prima se fija en mil dólares. Por falta de pago de una sola, el jugador quedará fuera de concurso.
Mil dólarés, y cuando se estaba expuesto a pagarlos varias veces, si la mala suerte se mezclaba en el negocio, ello podía formar una fuerte suma. No es de extrañar, pues, que Hermann Titbury hiciera un gesto, que se reprodujo en el mismo instante en el congestionado rostro de su esposa. No era dudoso que la obligación de pagar esta prima de mil dólares molestara, si no a todos, por lo menos a algunos jugadores. Verdad que se encontrarían personas dispuestas a prestar a los jugadores que tuvieran más probabilidades de buen éxito.
El testamento contenía aún algunas interesantes disposiciones. Y, en primer lugar, esta declaración relativa a la situación financiera de William J. Hypperbone:
Mi fortuna, en propiedades construidas o no construidas, en valores industriales, en acciones de Bancos o de ferrocarriles, cuyos títulos están depositados en el despacho del notario Tornbrock, puede ser estimada en sesenta millones de dólares.
Declaración que fue acogida con un murmullo de satisfacción.
Se agradecía al difunto que hubiera dejado herencia de tal importancia, y aquella cifra pareció respetable aún en el país de los Gould, los Bennett, los Vanderbilt, los Astor, los Bradley- Martin, los Hatty Green, los Hutchinson, los Carroll, los Prior, los Morgan Slade, los Lennox, los Rockefeller, los Schemeorn, los Richard King, los May Gaclet y otros multimillonarios.
En todo caso, aquél o aquéllos de los Seis sobre los que recayera esta fortuna, en todo o en parte, podrían contentarse con ella; ¿no es verdad? ¿Pero en qué condiciones la recibirían?
A esta pregunta respondía el testamento en las síguientes líneas:
Se sabe que en el noble juego de la oca gana el que llega primero a la casilla sesenta y tres.
Pero esta casilla no es definitivamente adquirida más que cuando el número de tantos obtenidos por el último golpe de dados forma este número justo; pues si pasa de él, el jugador está obligado a volver atrás tantos puntos como los obtenidos de más. Así, pues, conforme a estas reglas, el heredero de toda mi fortuna será aquel de los jugadores que tome posesión de la casilla sesenta y tres, o mejor dicho, del estado sesenta. y tres, que es el de Illinois.
Así es que sólo uno ganaba, el primero que llegara. ¡Nada para sus compañeros de viaje, después de tantas fatigas, de tantas emociones y tantos gastos!
Error... El segundo debía ser premiado y reembolsado en cierta medida.
El segundo -decía el testamento-, es decir, aquél que al fin de la partida esté más próximo a la casilla sesenta y tres, recibirá la suma producida por el pago de las primas de mil dólares, que los azares del juego pueden elevar a una cantidad considerable, y de la que sabrá hacer un uso bueno y provechoso.
Esta cláusula no fue ni bien ni mal recibida por los concurrentes.
Tal como era, no había para qué discutirla.
Después, William J. Hypperbone añadía:
Si por una u otra razón uno o varios de los jugadores se retiraran antes del final de la partida, ésta continuará por aquel o aquéllos que sigan en lucha. Y, en el caso de que todos la abandonen, mi herencia será entregada a la población de Chicago, que será mi heredera universal, para que sea empleada del mejor modo para sus intereses.
En fin, el testamento terminaba con estas líneas:
Tal es mi voluntad formal, por cuya ejecución vigilarán Georges B. Higginbotham, presidente del Excentric Club, y mi notario Tornbrock. Debe ser observada en todo su rigor, como entiendo que lo serán también todas las reglas del noble juego de los Estados Unidos de América.
¡Y ahora, que la suerte los favorezca!
Un último hurra acogió el final del testamento; y los asistentes al acto iban a retirarse, cuando el notario, reclamando silencio con un gesto imperioso, añadió estas palabras:
-Hay un codicilo...
¿Un codicilo? ¿Iba, pues, a destruir todo lo ordenado en el testamento y a hacer ver al cabo la burla que algunos esperaban aún del excentrico difunto?
He aquí lo que leyó el notario:
A los seis jugadores designados por la suerte se unirá un séptimo de mi elección, que figurará en la partida con las iniciales X. K. Z., gozará de los mismos derechos que sus compañeros y deberá someterse a las mismas reglas. Respecto a su nombre verdadero no será revelado más que si gana la partida, y las jugadas de ésta que a él se refieran le serán enviadas bajo dichas iniciales.
Tal es mi voluntad de última hora.
Esto pareció singular. ¿Qué ocultaba aquella cláusula del codicilo? Pero no había por qué discutirla más que las otras, y la multitud, vivamente impresionada, como dicen los cronistas, abandonó el Auditorium.

Capítulo VI
Aquel día los periódicos de la noche, y los de la mañana al siguiente, fueron arrebatados de manos de los vendedores a un precio superior al ordinario. Aunque ocho mil espectadores habían podido asistir al acto de apertura del testamento de William J. Hypperbone, centenares de miles de americanos en Chicago, y millones de ellos en el resto de los Estados Unidos, no habían tenido esta suerte.
Por más que los artículos de los periódicos y revistas pudieran satisfacer al público, el deseo general reclamaba la publicación de una pieza que acompañaba al testamento. Era el mapa del juego de los Estados Unidos, formado por el propio William J. Hypperbone, y que presentaba disposición idéntica a la del juego de la oca.
Merced a la diligencia mancomunada de Georges B. Higginbotham y del notario Tornbrock, el mapa, fielmente reproducido, fue dibujado, grabado y tirado en menos de veinticuatro horas, y lanzado después por millones de ejemplares a través de todos los estados a dos centavos el ejemplar. De este modo, el público podía seguir la marcha de aquella memorable partida y señalar en él cada jugada.
¿Cómo había distribuido el honorable miembro del Excentric Club los cincuenta estados de la Unión? ¿Cuáles darían motivo a retrasos, a paradas momentáneas o prolongadas, a comenzar de nuevo la partida, a dar vueltas hacia atrás con el pago de primas sencillas, dobles o triples?
No hay que extrañarse si, más aún que el público, los Seis y sus amigos personales deseaban saber a qué atenerse en este asunto.
He aquí en qué orden y por casillas yuxtapuestas y numeradas, estaban dispuestos los cincuenta estados de los que en aquella época se componía la República Americana:
Casilla Casilla
1 Rhode Island. 33 Dakota del Norte.
2 Maine. 34 Nueva Jersey.
3 Tennessee. 35 Ohio.
4 Utah. 36 Illinois.
5 Illinois. 37 Viriginia Occidental
6 Nueva York. 38 Kentucky.
7 Massachusetts. 39 Dakota del Sur.
8 Kansas. 40 Maryland.
9 Illinois. 41 Illinois.
10 Colorado. 42 Nebraska.
11 Texas. 43 Idaho.
12 Nuevo México. 44 Virginia.
13 Montana. 45 Illinois.
14 Illinois. 46 Columbia.
15 Mississippi. 47 Pensilvania.
16 Connecticut. 48 Vermont.
17 Iowa. 49 Alabama.
18 Illinois. 50 Illinois.
19 Luisiana. 51 Minnesota.
20 Delaware. 52 Missuri.
21 Nueva Hampshire. 53 Florida.
22 Carolina del Sur. 54 Illinois.
23 Illinois. 55 Carolina del Norte.
24 Michigan. 56 Indiana.
25 Georgia. 57 Arkansas.
26 Wisconsin. 58 California.
27 Illinois. 59 Illinois.
28 Wyoming. 60 Arizona.
29 Oklahoma. 61 Oregón.
30 Washington. 62 Indiana.
31 Nevada. 63 Illinois.
32 Illinois.
Tal era el sitio asignado a cada estado en las sesenta y tres casillas. El de Illinois se encontraba repetido catorce veces. En primer lugar, conviene advertir cuáles eran los estados elegidos por William. J. Hypperbone, que exigían de una parte, el pago de primas, y de otro, obligaban a los jugadores de mala suerte a paradas o regresos.
Eran en número de seis.
1ro. La casilla seis, estado de Nueva York, correspondía a la del puente en el juego de la oca, en la que el jugador, después de llegar a ella, debe inmediatamente dirigirse a la doce, estado de Nuevo México, contra el pago de una prima sencilla.
2do. La casilla diecinueve, Luisiana, correspondía a la de la hostería, en la que el jugador debe permanecer dos golpes sin jugar, después de pagar una prima doble.
3ro. La casilla treinta y uno, estado de Nevada, correspondía a la del pozo, en el fondo del cual el jugador permanece hasta el momento en que otro lo reemplaza, después de pagar una prima triple.
4to. La casilla cuarenta y dos, estado de Nebraska, correspondía a aquella en que se dibujan las múltiples sinuosidades de un laberinto, de donde el jugador, después del pago de una prima doble debe ir atrás, a la casilla treinta, reservada al estado de Washington.
5to. La casilla cincuenta y dos, estado de Missuri, correspondía a la prisión, que se cierra sobre el jugador, que paga una prima triple y de la que no puede salir más que en el momento en que otro viene a. ocupar su sitio, pagando una prima de igual valor.
6to. La casilla cincuenta y ocho, estado de California, correspondía a la que reproduce la imagen de una cabeza de muerto, y que la cruel regla del juego obliga al jugador a abandonar después de pagar una prima triple, a fin comenzar de nuevo la partida por la primera casilla, estado de Rhode Island.
En lo que se refiere al estado de Illinois, indicado catorce veces en el mapa, las casililas ocupadas por el cinco, nueve, catorce, dieciocho, veintitrés, veintisiete, treinta y dos, treinta y seis, cuarenta y uno, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cuatro, cincuenta y nueve y sesenta y tres, correspondían a las de los gansos. Pero los jugadores no debían detenerse en ellas y, según la regla doblarían los puntos obtenidos hasta encontrar otra casilla distinta a aquellas, reservadas al simpático animal, cuya rehabilitación reclamaba William J.
Hypperbone.
Verdad que si del primer golpe de dados el jugador obtenía la cifra nueve llegaría de ganso en ganso directamente a la sesenta y tres, es decir, al final. Como la cifra nueve no puede obtenerse más que de dos maneras con los dados, por tres y seis o por cinco y cúatro, en el primer caso el jugador iría a colocarse en la casilla veintiséis, estado de Wisconsin, y en el segundo en la casilla cincuenta y tres, estado de la Florida.
Esto era un avance considerable sobre los demás. Pero la ventaja es más aparente que real, puesto que es preciso llegar a la última casilla por un número justo de puntos, y el jugador está condenado a volver atrás si pasa de él.
En fin, y como última observación, cuando uno de los jugadores es encontrado por otro, debe cederle su casilla y volver a la que el segundo ocupaba, después de pagar una prima sencilla, salvo el caso en que él hubiera abandonado ya dicha casilla el día que el otro llegara a ella.
Esta derogación de la regla había sido admitida por el testador, teniendo en cuenta el tiempo necesario para estos cambios sucesivos.
Restaba una cuestión secundaria -y de las más interesantes seguramente- que el estudio del mapa no permitía resolver.
¿Cuál era, en cada estado, el sitio a que tenían que ir los jugadores? ¿Se trataba de la capital oficial o de la metrópoli, de ordinario más importante, o de otra localidad notable desde el punto de vista histórico o geográfico? ¿No era verosímil que el difunto, aprovechándose de lo que él viera en sus viajes, hubiese elegido los lugares más célebres? Una nota unida al testamento lo indicaba; pero esta indicación no debía hacerse al interesado más que en el despacho que le comunicaría el resultado de su correspondiente golpe de dados. El notario Tornbrock expediría este telegrama al lugar donde el jugador debiera encontrarse en aquel momento.
No hay que decir que los periódicos americanos publicaron estas observaciones, recordando que, a tenor de la voluntad formal del testador, las reglas del juego de los Estados Unidos debían ser seguidas en todo su rigor.
Tales eran las reglas que no admitían discusión. Como vulgarmente se dice, era cosa para tomarla o dejarla.
Y se tomó.
No todos los Seis demostraron el mismo interés. El comodoro Urrican fue en esto igualado por Tom Crabbe, o más bien por John Milner y por Hermann Titbury. Respecto a Max Real y a Harrís T. Kymbale, miraron más bien el caso desde el punto de vista de turistas, uno en proveecho de su arte, de sus artículos el otro. En lo que concierne a Lissy Wag, he aquí lo que le declaró Jovita Foley:
-Querida, voy a solicitar del señor Marshall que te conceda una licencia, y a mí también, pues pienso acompañarte hasta la casilla sesenta y tres.
-¡Pero esto es una locura! -exclamó la joven.
-Es muy juicioso, al contrario -respondió Jovita-; y como tú has de ser quien gane los sesenta millones de dólares del señor Hypperbone...
-¿Yo?
-Tú, Lissy, me darás la mitad por mi trabajo.
-Todo, si lo deseas.
-¡Acepto! -respondió Jovita Feley con la mayor seriedad del mundo.
Claro está que la señora Titbury seguiría a Hermann Titbury en sus peregrinaciones, aunque fuera nececsario doblar los gastos. Desde el momento en que no estaba prohibido partir juntos, juntos partirían.
El señor Titbury lo exigió, como fue ella también quien exigió que Titbury tomara parte en el juego, pues las mudanzas y los gastos que ocasionaría espantaban a aquel infeliz, tan medroso como avaro.
John Milner acompañaría tarribién a Tom Crabbe, como era natural.
¿Y el comodoro Urrican, Max Real y Harris T. Kymbale viajarían solos o se harían acompañar de un doméstico? No estaba decidido aún. Ninguna cláusula del testamento se lo prohibía. Además, el que quisiera, era libre de acompañar a cualquiera de los Seis y apostar por él como si fuera un caballo de carreras.
Solamente con sus personales recursos, H. Titbury y H. Urrican, muy ricos, y también John Milner, que ganaba mucho dinero con la exhibición de Tom Crabbe, no corrían el riesgo de tener que detenerse en el camino por falta del pago de las primas. En lo que se refería a H. T. Kymbale, el Tribune -¡y qué publicidad para este periódico!- estaba dispuesto a abrirle el crédito que fuera necesario.
Max Real no se preocupaba de estas obligaciones, que aparecerían o no. Ya vería lo que hacía llegado el caso; y en lo que tocaba a Lissy Wag, Jovita Foley se había contentado con decirle:
-Nada temas; consagraremos todas nuestras economías a los gastos de viaje.
-No iremos muy lejos entonces, Jovita.
-Muy lejos, Lissy.
-Calcula... Si la suerte nos obliga a pagar primas...
-¡La suerte no nos obligará más que a ganar! -declaró Jovita Foley, con tan resuelto tono, que
Lissy Wag se guardó muy bien de discutir con ella.
Era evidente que el público, muy interesado desde el principio, no veía ni las dificultades ni las fatigas de aquel viaje.
No era imposible que la partida se decidiera en algunas semanas, pero tampoco que durara meses y aun años. Ya lo sabían los miembros del Excentric Club que habían sido testigos de las interminables partidas jugadas diariamente por William J. Hypperbone en las salas del
Círculo. Esta eventualidad no preocupaba a nadie. Todos tenían prisa por hallarse en campaña.
Pero si el público rehusaba pensar en los impedimentos de toda clase que podían surgir, una reflexión bien natural vino al espíritu de algunos jugadores. ¿Por qué no podían llegar a un acuerdo entre ellos, por el cual el que ganara se comprometiera a partir su fortuna con los menos favorecidos por la suerte, o por lo menos la mitad de ella, reservándose la otra mitad?
Treinta millones de dólares y el resto para los demás, era tentador. Tener en todo caso la seguridad de embolsarse cinco millones de dólares, era cosa que debía tomarse en consideración.
En ello nada había que se opusiera a la voluntad del testador, puesto que la partida se efectuaría en las condiciones prescritas, y el que ganara podría siempre disponer de su ganancia como le placiera.
Así es que los interesados, por iniciativa de uno de los Seis, fueron convocados a una reunión oficial para tratar esta proposición. H. Titbury era de opinión de que aceptara. La señora Titbury vacilaba; pero tras madura reflexión, acabó por aceptar. Harris T. Kymbale se unió a esta opinión, de igual modo que Lissy Wag, aconsejada por su jefe el señor Marshall, no obstante la oposición de Jovita Foley, que lo quería todo o nada. John Milner se adhirió, en nombre de Tom Crabbe; y si Max Real se hizo rogar un poco, es porque estos artistas llevaban generalmente un punto de locura en el cerebro. Pero al fin, aunque sólo fuera por no contrariar a Lissy Wag, cuya situación le interesaba vivamente, se declaró dispuesto a suscribir el acuerdo.
Sin embargo, fue preciso romper las negociaciones pues el comodoro Urrican se negó en redondo a cualquier componenda, a pesar de la amenaza de un formidable puñetazo que Tom Crabbe se disponía a propinarle, obedeciendo al mandato de John Milner, y que le hubiera hundido algunas costillas. Además, tampoco se podía llegar a un acuerdo al que faltaba el jugador número siete, aquel desconocido X. K. Z., elegido por William J. Hypperbone.
Así, pues, no quedaba más que esperar el primer golpe de dados cuyo resultado debía ser proclamado el 30 de abril en el salón del teatro Auditorium.
Los seis días que faltaban hasta esta fecha fueron dedicados a febriles preparativos por parte de todos los participantes, a excepción de Max Real, que era el menos preocupado de todos.
Cuando la señora Real, que había abandonado Quebec y vivía ahora en la casa de South Halstedt Street, le hablaba de ello, él respondía:
-Tengo tiempo de sobra.
-No mucho, hijo mío.
-Y además, madre, ¿a qué lanzarme a tan absurda aventura?
-¡Cómo! ¿No querrías probar fortuna?
-¿De volver millonario?
-Sin duda -replicaba la excelente señora-. Es preciso hacer tus preparativos para el viaje.
-Mañana, madre mía... pasado... la víspera de la partida.
-Pero, hijo, di al menos lo que quieres llevar...
-Mis pinceles, mi caja de colores, mis lienzos... al hombro, en un saco corno los soldados...
-Piensa que puedes ser enviado al extremo de América.
-De los Estados Unidos todo lo más -replicaba el joven-, y con sólo una maleta yo daría la vuelta al mundo.
Imposible obtener otra respuesta de él, que volvía a sus estudios. Pero la señora Real no lo dejaría que perdiera tan buena ocasión de hacer fortuna.
En cuanto a Lissy Wag, tenía mucho tiempo, puesto que no debía partir sino diez días después que Max Real. De esto se lamentaba la impaciente Jovita Foley.
-¡Qué desgracia, mi pobre Lissy! -repetía-. ¡Qué desgracia que tengas el numero cinco!
-¡Cálmate, amiga mía! -respondía la joven-. Es tan bueno como los otros; o quizá tan malo.
-No digas eso, Lissy. No tengas tales ideas, que nos traerán desgracia.
-Vamos, Jovita, mírame bien. ¿Es que puedes creer en serio...?
-¿Que tú ganarás?
-Sí.
-Estoy segura de ello. Tan segura corno de tener aún mis treinta y dos dientes.
Y al oír esto, lanzaba Lissy Wag tan estrepitosa carcajada que Jovita sentía deseos de pegarle.
Inútil insistir sobre el estado de ánimo del comodoro Urrican. No vivía. Hallábase decidido a abandonar Chicago diez minutos después que los dados le hubieran indicado el número. No se detendría ni un día, ni una nora, aunque fuera enviado al fondo de los Everglades de la península de la Florida.
La pareja Titbury pensaba en las primas que tendría que pagar si la suerte le era adversa, más aún que en su estancia en la prisión del Missuri o en los pozos de Nevada.
Y por último, el boxeador Tom Crabbe continuaba haciendo sus seis comidas diarias, sin pensar en el porvenir, y esperando no cambiar tan buenas costumbres durante el viaje. John Milner cuidaría de que nada faltara al coloso. ¿Acaso no habría durante el viaje ocasión de organizar alguna función de boxeo, de la que el célebre machacador de mandíbulas sacaría honra y provecho?
En fin, preciso es indicar que en Chicago y en otras muchas ciudades de la Unión se habían establecido agencias para apuestas. Pero, ¿qué base había para la cotización de las apuestas?
Esta base no podía ser como para los caballos de carreras, por una serie de premios ganados
antes, ni por lo ilustre de su origen hípico, ni por las garantías de los jockeys. No había más
recurso que aquilatar las cualidades morales de los jugadores.
Y es preciso confesar que la conducta de Max Real no era la más a propósito para que el joven se captara las simpatías de los que apostaran en su favor. ¿Se creerá que el 29 de abril, la víspera del día en que los dados iban a fijar su itinerario, él había salido de Chicago? Hodge Urrican se exaltaba ya, pensando ganar un puesto si por cualquier circunstancia imprevista el joven no regresaba a tiempo a Chicago.
Nadie pudo decir si Max Real había vuelto de su excursión el 30 de abril, ni aun si se encontraba en la sala del Auditorium.
Al dar las doce, ante la agitada multitud de espectadores, el notario Tornbrock, acompañado por Georges B. Higginbotham y los socios del Excentric Club, agitó el cubilete con mano firme e hizo rodar los dados sobre el mapa.
-¡Cuatro y cuatro! -gritó.
-¡Ocho! -respondieron los concurrentes a una sola voz.
Esta cifra era la de la casilla asignada por el testador al estado de Kansas.

Capítulo VII
Al día siguiente, la gran estación de Chicago presentaba una extraordinaria animación. Esta provenía de la presencia de un viajero, portador de ligera maleta y de un saco en banderola, que se preparaba a tomar el tren de las ocho y diez de la mañana.
No faltaban ferrocarriles en los Estados Unidos, que cruzan su territorio en todas direcciones.
Solamente en Chicago hay un movimiento diario de trescientos mil viajeros, sin contar las diez mil toneladas de periódicos y cartas que los vagones transportan anualmente.
De aquí se deduce que ninguno de los siete jugadores encontraría dificultades para trasladarse al sitio que le tocara en suerte, fuera donde fuera.
Max Real, que había regresado la víspera, se ocultaba entre la multitud del Auditorium, cuando los números cuatro y cuatro fueron proclamados por el notario. Nadie lo había visto regresar. Así es que, cuando su nombre fue pronunciado, se produjo un inquietante silencio, que rompió la voz de trueno del comodoro Urrican, que gritó desde su sitio:
-¡Ausente!
-¡Presente! -le respondieron.
Y Max Real, saludado por los aplausos, subió al escenario.
-¿Dispuesto a partir? -preguntó el presidente del Excentric Club aproximándose al joven pintor.
-Dispuesto a partir y a ganar -respondió sonriendo Max Real.
El comodoro Urrican, como un caníbal de la Papuasia1, lo hubiera devorado vivo.
El excelente Harris T. Kymbale avanzó hacia el joven artista y le dijo sin amargura:
-Buen viaje, compañero.
-Buen viaje lleve usted también cuando llegue el día de cerrar su maleta -respondió Max Real.
Y ambos cambiaron un cordial apretón de manos.
Ni Hodge Urrican ni Tom Crabbe, furioso el uno y embrutecido el otro como de costumbre, creyeron deber asociarse a los cumplimientos del periodista.
El matrimonio Titbury no tenía más que un deseo: que todos los malos azares del juego cayeran sobre la cabeza del primero que partía; que fuera a hundirse en los pozos de Nevada, o en la prisión de Missuri y perrmaneciera allí hasta el fin de su vida.
Al pasar por delante de Lissy Wag, Max Real se inclinó respetuosamente y dijo:
-Señorita, permita usted que le desee buena suerte.
-Pero eso es en contra de sus propios intereses, caballero -dijo la joven algo sorprendida.
-No importa, señorita; y esté usted segura de que hago votos por usted.
-Se lo agradezco a usted, caballero -respondió Lizzy Wag.
Jovita Foley deslizó al oído de su amiga esta justa observación.
-Me gusta este Max Real, y me gustará aún más si, como lo desea, te deja llegar la primera.
Terminado el acto, la sala del Auditorium fue evacuada por el público con el convencimiento de que el match Hypperbone, como se le dio en llamar, había comenzado.
Por la tarde, Max Real terminó sus poco complicados preparativos, y a la mañana siguiente, después de despedirse de su madre con la promesa de escribirle lo más a menudo posible, abandonó el 3 997 de Halstedt Street precedido de su fiel Tommy, y se dirigió a pie a la estación donde llegó diez minutos antes de la partida del tren.
No ignoraba el joven que la red de las vías férreas se extiende en todos sentidos alrededor de Chicago, y no tenía más que preocuparse de elegir entre las dos o tres que se dirigen hacia Kansas.
-No conozco Kansas -se dijo-, y se me presenta la ocasión de ver el "desierto americano", como se le llamaba anteriormente. Además, entre los del país no se habla mal de los francocanadienses. Allí estaré como en familia, pues no me está prohibido caminar a mi antojo para llegar al destino fijado.
En efecto, no le estaba prohibido. Tal había sido la opinión del notario Tornbrock, consultado sobre este punto. Sólo de los cincuenta estados colocados en el mapa en el orden que se sabe, no había más que tres a los que el jugador tenía que dirigirse en el plazo más corto al sitio donde tal vez tendría la suerte de ser reemplazado a la jugada siguiente: eran Luisiana, casilla diecinueve, afecta a la hostería; Nevada, casilla treinta, afecta al pozo, y Missuri, casilla cincuenta y dos, afecta a la prisión.
El itinerario adoptado por Max Real era el siguiente: tomaría el Grand Trunk, ferrocarril que en una extensión de tres mil setecientos ochenta y seis millas va de Nueva York a San Francisco - Ocean to Ocean, se dice en América-. Un trayecto de unas quinientas millas le permitiría llegar a Omaha, en la frontera de Nebraska, y desde allí, a bordo de uno de los steamboats que bajan por el Missuri, llegaría a la metrópoli de Kansas. Después, como turista, llegaría a Fort Riley el día fijado.
Al entrar Max Real en la estación, encontró en ella a gran número de curiosos. Los apostadores querían ver por sus propios ojos al primero que emprendía el viaje.
Sin embargo, Max Real, la verdad sea dicha, no agradó mucho a sus conciudadanos, al ver éstos que llevaba los trebejos de pintor. Consideraban que no se trataba de ver el país y pintar cuadros, sino de viajar como un jugador que respetara las conveniencias que debían guardarse a los ciudadanos, que hacían de aquella partida uma cuestión de interés nacional.
Max Real se instaló cómodamente, seguido de su fiel Tommy, en uno de los vagones. Poco tiempo después el tren arrancó dejando atrás una gran multitud entre la que podía distinguirse al comodoro Urrican que lanzaba amenazadoras miradas de despedida.
El muchacho que acompañaba a Max Real le había sido recomendado a éste poco después de la muerte de sus padres y había tenido la suerte de nacer ya libre. Era de natural franco y observaba una excelente conducta.
Aquella primera jornada fue monótona en extremo. El paisaje de Illinois apareció confusamente entre las brumas. No se vieron más que las altas chimeneas de las fábricas de harinas de Napiersville y los tejados de las fábricas de relojes de Aurora. Nada de Oswego, de Yorkville, de Sandwich, de Mendoza, de Pricenton, de Rock Island, de su soberbio puente sobre Mississippi, cuyas aguas rodean la isla de Rock; nada de aquella propiedad del Estado, transformada en arsenal, donde centenares de cañones alargan sus bocas entre la hierba y las flores.
Por la tarde cesó la lluvia. Hacia el crepúsculo entraron en el territorio de lowa. Max Real no tardó en quedarse dormido y no despertó hasta el. alba. Estaba disgustado por no haber descendido la víspera en Rock Island
-Sí. ¡Hice mal, hice mal! -se decía-. El tiempo no me está tasado. El día con que cuento disponer para visitar Omaha debí pasarlo en Rock Island. Desde aquí a Davenport, la ciudad ribereña del Mississippi, no hay más que atravesar el gran río, y yo hubiera visto ese famoso "padre de los ríos", que tal vez estoy llamado a visitar en toda su línea, por poco que la suerte me pasee a través de los territorios elel centro.
Era demasiado tarde para entregarse a estas reflexiones. Al presente, el tren corría a todo vapor por las llanuras de Iowa.
Al fin, el Sol se levantaba cuando el tren llegó a Council Bluff, casi al límite del estado, y a tres millas solamente de Omaha, importante ciudad de Nebraska, donde el Missuri forma la frontera natural.
Allí se elevaba en otro tiempo El derrumbadero del Consejo, donde se reunían las tribus indias del Far West. De allí partían las expediciones de conquista o de comercio que debían practicar el reconocimiento de las regiones cruzadas por las múltiples ramificaciones de las Montañas Rocosas y de Nuevo México.
Max Real no pasó esta vez de largo.
-Bajemos -dijo.
-¿Hemos llegado? -preguntó Tommy, abriendo los ojos.
-Siempre se ha llegado... cuando se está en alguna parte.
Y después de esta respuesta, positivamente asombrosa, saltaron los dos al andén de la estación.
Hasta las diez de la mañana el steamboat no desamarraría del muelle de Omaha. Quedaba, pues, tiempo suficiente para visitar Council Bluff, sobre la ribera izquierda de Missuri.
Esto se efectuó rápidamente, tras el corto alto para el desayuno.
Luego, Max Real marchó derecho hacia el Missuri, ese gran tributario del Mississippi. El joven pintor había tenido la idea, que a no dudar no hubieran compartido ni el comodoro Urrican, ni John Milner, ni aun Harris T. Kymbale, de sustraerse en cuanto fuera posible a la curiosidad pública. Por esta razón no había hecho conocer su itinerario al partir de Chicago.
La ciudad de Omaha se interesaba tanto como las demás en la partida del juego de los Estados Unidos, y de saber que el primer jugador acababa de llegar a ella, lo hubiera recibido con todos los honores. Max Real se limitó a comer en un modesto hotel, sin indicar su nombre y condición.
Omaha es precisamente el sitio donde nace la extensa vía férrea llamada Union Pacific, entre Omaha y Ogden, y después Southern Pacific, entre Ogden y San Francisco. En cuanto a las líneas que ponen a Omaha en comunicación con Nueva York, los viajeros no tienen otro cuidado que el de elegir la que más les convenga.
Sin ser conocido por nadie, Max Real vagó por los principales barrios de la ciudad, semejante a un tablero de damas, como su vecina Council Bluff; cincuenta y cuatro casillas yuxtapuestas y rectangulares, que imponen los límites rectilíneos.
El "Dean Richmond" estaba presto para la marcha. Max Real y Tommy embarcaron y se instalaron en la galería superior, a la popa.
¡Ah! Si los pasajeros hubieran sabido que uno de los jugadores de la famosa partida iba a descender en su compañía por las aguas del río hasta la ciudad de Kansas, ¡qué acogida rnás entusiasta! Pero Max Real continuó guardando el incógnito, y Tommy no se hubiera permitido hacerle traición.
A las diez largáronse las arnarras, las poderosas álabes se pusieron en movimiento, y el steamboat tomó la corriente del río, sembrado de piedras pómez flotantes, desprendidas de las Montañas Rocosas.
El "Dean Richmond" marchaba rápidamente entre la flotilla de los barcos de vela y de vapor que hacen la navegaclón hacia el sur, pues hacia el norte el río no es navegable, ni cuando los hielos lo cubren en invierno ni cuando la sequía lo agota en el verano.
Se llegó a Platte City, sobre el río que da uno de sus nombres al estado, pues lleva también el de Nebraska; pero realmente el de Platte está más justificado, pues su curso tortuoso se desarrolla entre dos riberas herbosas muy descubiertas y que dejan poca profundidad al lecho.
A veinticinco millas de allí, el steamboat hizo escala en la ciudad de Nebraska, que es realmente el verdadero puerto de Lincoln, capital del estado, por más que se encuentre a unas veinte leguas al oeste del río.
Durante la tarde, Max Real pudo tomar algunos croquis a la altura de Atchison, y una vista notable cerca de Leavenworth, donde el Missuri es franqueado por uno los más hermosos puentes de su curso. Allí fue construido, en 1827, un fuerte destinado a defender el. país contra las tribus indias.
Cerca de la medianoche el pintor y Torrmy desembarcaron en la ciudad de Kansas. Les quedaban unos doce días para llegar a Fort Riley, sitio indicado en aquel estado por la nota de William J. Hypperbone.
El día siguiente Max Real lo dedicóa a la visita de la ciudad.
El 4 de mayo, por la mañana, el joven pintor se puso en camino para Fort Riley; hizo esta vez el viaje como un artista. Cierto que tomó el tren, pero estaba resuelto a apearse en las estaciones que le agradaran, a hacer excursiones en busca de paisajes, de los que sacaría buen provecho si el primero que partió no era el primero que llegara al fin de la partida.
Aquello no era el desierto americano de otra época. Habían desaparecido los bosques de cipreses y abetos, las plantaciones de millones de árboles frutales. Había que tomar nota, en cambio, del nuevo aspecto ofrecido por la aparición de planteles. Áreas inmensas, dedicadas al cultivo del sorgo, que entra en la fabricación corriente del azúcar, alternaban con campos de cebada, maíz, avena y trigo, que hacen de Kansas uno de los más ricos territorios de la Unión.
Topeka es la capital de Kansas, a donde llegó Max Real el 13 de mayo.
Medio día de descanso, tan necesario a Max Real como al joven que lo acompanaba, y al siguiente día una visita a la capital. Los habitantes de ésta ignoraban que entre ellos estaba el ya célebre Max Real. Y, sin embargo, se le esperaba de paso. Nadie imagnaba que hubiera tomado para ir a Fort Riley otra vía férrea que no fuera la que atraviesa Kansas y el desierto Topeka. Allí fue la población a esperarlo, y Max Real volvió a partir el 14 sin que nadie sospechara su presencia.
Max Real y Tommy se apearon en la penúltima estación, tres o cuatro millas antes de Fort Riley, y se dirigieron hacia la ribera izquierda del Kansas. No había que tener inquietud, pues medio día bastaría para recorrer esta distancia, incluso a pie.
El encantador paisaje que se desplegaba ante sus ojos, obligó a nuestro primer jugador a detenerse al borde del río. En un ángulo de éste, lleno de luz y de sombra, se elevaba uno de los últimos árboles de la farnilia de los cipreses.
-¡Qué hermoso paisaje! -dijo Max Real-. En dos horas acabaré el bosquejo.
Como se va a ver, él fue quien pudo terminar.
El joven pintor trabajaba junto a la orilla desde hacía unos cuarenta minutos, cuando se dejó oír un lejano ruido en dirección este. Parecía enorme cabalgata corriendo a través de la planicie que bordeaba la ribera izquierda.
El rumor sacó a Tommy de un semisueño, al que se entregaba con gusto, echado al pie de un árbol.
Como su amo no oía nada ni volvía la cabeza, se levantó y se subió algunos pasos por la orilla, a fin de alcanzar más extensión con la mirada.
El ruido aumentaba, y en el horizonte se elevaban nubes de polvo, que el viento, bastante fuerte entonces, arrastraba hacia el oeste.
Tommy volvió rápidamente y, con verdadero espanto, gritó:
-¡Señor, señor!
El pintor, abstraído en su trabajo, no le respondió:
-¡Señor, señor! -repitió Tommy con voz alterada, poniéndole su mano en el hombro.
-¿Eh? ¿Qué te sucede, Tommy? -respondió Max Real, muy ocupado en mezclar con la punta de su pincel un poco de tierra de siena y de rojo.
-¡Señor!... ¿No oye usted?
MaxReal se levantó enseguida, depositó su paleta en tierra y ganó la orilla del río.
A quinientos pasos se movía enorme cabalgata, levantando nubes de polvo y de vapor, especie de alud que se precipitaba por la superficie de la llanura, entre relinchos furiosos.
Unos instantes más, y estaría al borde del río.
La huida no era posible más que en dirección norte. Así es que, recogiendo sus trebejos, el joven Real, seguido o mejor dicho, precedido por Tommy, corrió en aquella dirección.
La horda que avanzaba a toda velocidad se componía de varios miles de esos caballos y mulos que el estado mantenía en otra época en unos terrenos situados sobre la ribera del Missuri, pero desde que los automóviles y las bicicletas se pusieron de moda, aquellos cuadrúpedos, abandonados a sí mismos, vagaban por los campos.
Aunque corrían tanto como se lo permitían sus piernas, Max Real y Tommy estaban próximos a ser cogidos, y hubieran sido aplastados por el peligroso alud, de no haber conseguido subirse a las ramas de un vigoroso nogal, el único árbol que se erguía en la llanura.
Eran entonces las cinco de la tarde.
Allí ambos estaban seguros, y cuando las últimas filas de la horda desaparecieron por la ribera, el joven pintor gritó:
-¡De prisa! ¡De prisa!
Tommy se apresuró a abandonar la rama sobre la que se había colocado.
-¡De prisa, te digo, o perderé sesenta millones de dólares!
Max Real se burlaba, pues no corría el riesgo de llegar tarde a Fort Riley. En efecto, antes de que dieran las ocho en el reloj de la ciudad se hallaban ante el Jakson Hotel.
El que primero había partido estaba, pues, en el sitio elegido por William J. Hypperbone, en la casilla ocho. ¿Y por qué esta elección? Probablemente porque si el Missuri, situado en el centro geográfico de la Unión, ha podido ser llamado el estado central, el de Kansas justifica también este apelativo, pues ocupa el medio geométrico, y Fort Riley está colocado en el corazón mismo del estado.
Al día siguiente, el joven Real, abandonando el hotel, se dirigió al telégrafo y se informó si se le había expedido algún despacho.
-¿El nombre del señor? -preguntó un empleado.
-Max Real.
-¿Max Real... de Chicago?
-En persona.
-¿Uno de los jugadores de la gran partida del juego de los Estados Unidos de América?
-El mismo.
Esta vez era imposible guardar el incógnito, y la noticia de la presencia de Max Real se esparció por toda la ciudad.
En medio de hurras, aunque con gran disgusto suyo, el pintor volvió al hotel. Allí le mandarían, en cuanto llegara, el telegrama que indicaba el segundo golpe de dados que le concernía, y que debía enviarle... ¿dónde? ¡Dónde quisiera el capricho de la casualidad!

1. Nombre que se le solía dar a Nueva Guinea.

Capítulo VIII
Once por cinco y seis no es golpe que merezca desdén desde el momento que un ugador no obtiene nueve por seis y tres, o por cinco y cuatro, para ir a la casilla veintiséis o la cincuenta y dos.
Lo que podía tal vez causar disgusto, era que el estado indicado por el número once estuviera muy lejos de Illinois y así sucedió a Tom Crabbe, o por lo menos a John Milner.
La suerte los enviaba a Texas, el más vasto de los territorios de los Estados Unidos; tiene una superficie superior a la de Francia.
Dos itinerarios principales permitían a Tom Crabbe llegar a Texas. Podía, abandonandoChicago, ir a San Luis y tomar los vapores del Mississippi hastaNueva Orleans o seguir la vía férrea que conduce a la metrópoli de Luisiana, atravesando los estados de Illinois, Tennessee y Mississippi. Desde aquí se estudiaría el camino más corto para llegar a Austin -capital de Texas, lugar indicado en la nota de William J. Hypperbone-, fuera por los ferrocarriles, o a bordo de uno de los steamers que hacen el servicio entre Nueva Orleans y Galveston.
John Milner creyó que debía ir por tren para transportar a Tom Crabbe. De todos modos, no tenía tiempo que perder, como Max Real, puesto que era preciso que el día 16 estuviera al término del viaje.
-Y bien -le preguntó el periodista del Free Presse, después de haberse proclamado el resultado de la jugada el 3 de mayo en la sala del Auditorium-, ¿cuándo parte usted?
-Esta tarde.
-¿El equipaje está dispuesto?
-Mi maleta es Crabbe -respondió John Milner-. Está lleno, cerrado, atado, y no tengo más que conducirlo a la estación.
-¿Y él qué dice?
-Nada. Cuando termine su sexta comida iremos juntos a tomar el tren, y le pondría con los equipajes si no temiera el exceso de peso.
-Tengo el presentimiento -dijo el periodista- de que Tom Crabbe será favorecido por la suerte.
-También yo -declaró John Milner.
-Buen viaje.
-Gracias.
John Milner no tenía por qué imponer el incógnito al campeón del Nuevo Mundo. Además, un personaje tan considerable -desde el punto de vista material- como Tom Crabbe, no hubiera podido pasar inadvertido. Su partida no se efectuó, pues, en secreto. En el andén de la estación hubo aquella tarde mucha gente para verlo subir al vagón entre aclamaciones de despedida. John Milner montó tras él. Después arrancó el tren, y tal vez la locomotora experimentó un aumento de peso, debido al transporte del pesado boxeador.
Durante la noche el tren recorrió trescientos cincuenta millas, y al siguiente día llegó a Fulton, en el límite de Illinois, en la frontera de Kentucky.
No se preocupaba Tom Crabbe de observar el país que atravesaba. Sin duda, Max Real y Harris T. Kymbale no hubieran, en su caso, dejado de visitar Nashville, la capital actual, y el campo de batalla de Chattanooga, sobre el que Sherman abrió los caininos del Sur a las armas federales. John Milner no creyó deber apartarse de su itinerario para permitir a los dos enormes pies de Tom Crabbe pisar aquel suelo.
El tren siguió, pues, arrastrando al segundo jugador y a su indiferente compañero a través de las llanuras del estado de Mississippi. Pasó por Holly Springs, por Granada y por Jackson.
Allí, y durante una hora, tiempo que se detuvo el tren en la estación, Tom Crabbe produjo gran efecto. Gran número de curiosos habían querido contemplar al célebre boxeador. No poseía éste la talla de Adam, al que se atribuía, antes de las rectificaciones del ilustre Cuvier, ochenta pies, ni la de Abraham, dieciocho pies, ni aún la de Moisés, doce; pero siempre era un gigantesco tipo de la especie humana.
Tom Crabbe fue saludado con las aclamaciones del público, cuando John Milner desafió, en su nombre, a los aficionados al boxeo.
El desafío no se llevó a efecto, y el campeón del Nuevo Mundo volvió a su departamento entre las manifestaciones de simpatía de la multitud.
Después de atravesar de norte a sur el estado de Mississippi, la vía férrea llega a la frontera de Luisiana, en la dirección de Rocky Comfort.
En Nueva Orleans, Tom Crabbe y John Milner abandonaron definitivamente el tren, después de un recorrido de cerca de novecientas millas desde Chicago. Allí llegaron en la tarde del 5 de mayo. Les quedaban, pues, trece días para llegar a Austin, la capital de Texas, tiempo suficiente, por más que había que contar con los retrasos posibles, ya por la vía terrestre utilizando el Southern Pacific, ya por la vía marítima.
John Milner no pensó en pasear a su Crabbe por la ciudad para hacerle admirar las curiosidades de ésta. Si el azar enviaba a algunos de los otros Siete, éste sabría dedicarse a tal tarea. Austin distaba aún más de cuatrocientas millas, y John Milner no se preocupaba más que de trasladarse allí por el medio más breve y seguro.
Lo más breve hubiera sido por el ferrocarrIl, pues pone a las dos ciudades en comunicación directa, a condición de encontrar enlace entre los trenes. En efecto, después de avanzar en dirección oeste a través de Luisiana por Laffayette, Rarelant, Terrebonne, Tigerville, Ramos, Brashear, a la punta del Lake Grand, llega, a ciento ochenta millas de allí, a la frontera de Texas. A partir de este punto, la línea va de la estación de Orange hasta Austin, recorriendo veinte millas. Sin embargo -y tal vez hizo mal-, John Milner dio la preferencia a otro itinerario, pensando que era preferible embarcarse en Nueva Orleans para el puerto de Galveston, que un ferrocarril une con Texas.
Precisamente al siguiente día, por la mañana, el steamer “Sherrnan” debía abandonar Nueva Orleans con destino a Galveston. Era una circunstancia que debía ser aprovechada.
Trescientas millas por mar, en un barco que andaba diez por hora, podrían recorrerse en un día, y en dos, si no era el viento favorable. John Milner no creyó necesario consultar a Tom Crabbe sobre este punto, como no se consulta a la maleta preparada para el viaje. En un hotel del puerto hizo el eminente boxeador su sexta comida y después durmió hasta la mañana del día siguiente.
A las siete el capitán Curtis dio la orden de quitar las amarras del “Sherman”, después de acoger al iilustre campeón del Nuevo Mundo en la forma debida al segundo jugador de la partida Hypperbone.
-Honorable Tom Crabbe -le dijo-, para mí es un gran honor su presencia a bordo del barco.
El boxeador no pareció comprender lo que decía el capitán Curtis, y sus ojos se fijaron instintivamente en la puerta del comedor.
-Crea usted -añadió el capitán del “Sherman”- que haré lo imposible para que llegué usted a buen puerto en el más breve plazo. No economizaré combustible ni vapor. Seré el alma de mis cilindros, el alma de mi volante el alma de mis ruedas, que girarán a toda velocidad.
Abrió Tom Crabbe la boca como si fuera a responder, y la cerró enseguida para abrirla de nuevo. Esto indicaba que la hora del primer almuerzo había sonado en el reloj estomacal de Tom Crabbe.
-Toda la despensa está a su disposición -declaró el capitán Curtis-, y esté seguro de que llegaremos a tiempo a Texas, aunque sea preciso hacer cargar las válvulas y aunque el navío tenga que estallar.
-No estallemos -respondió John Milner, con el buen sentido que lo caracterizaba-. Esto estaría mal... la víspera de ganar sesenta millones de dólares.
El tiempo era bueno, y aparte de esto, nada hay que temer en los pasos de Nueva Orleans, por más que estén sujetos a caprichosos cambios que vigila el servicio marítimo.
El “Sherman” pasó ante varias fábricas y almacenes, agrupados en las dos orillas, ante el pueblo de Algiers, la Punta de Hacha y Jump. En abril, mayo y junio el Mississippi tiene crecidas regulares, y sus aguas no descienden al mínimum más que en noviembre. El “Sherman” no tuvo que disminuir su velocidad, y llegó sin obstáculos a Port Eads.
¿Cómo Tom Crabbe soportó aquella parte de la travesía? Muy bien. Después de comer a sus horas de costumbre, se acostó. Al día siguiente apareció fresco y dispuesto, y ocupó su sitio en la parte de popa.
Era la primera vez que Tom Crabbe se arriesgaba a una navegación por mar. Así, al principio, el cabeceo del barco pareció asombrarlo. Este asombro puso sobre su ancha cara, tan rubicunda de ordinario, palidez creciente, que Milner no tardó en advertir.
-¿Se pondrá malo? -se preguntó, aproximándose al banco sobre el que su compañero acababa de sentarse.
Y dándole un golpe en el hombro, le dijo:
-¿Qué tal?
Tom Crabbe abrió la boca, y esta vez no fue el hambre la que puso en juego sus maseteros, por más que hubiera sonado la hora de su primera comida. Y como no pudo cerrar a tiempo la boca, un chorro de agua salada se le introdujo hasta la garganta en el momento en que el
“Sherman” se inclinaba bajo un fuerte golpe de ola.
Tom Crabbe, arrojado del banco, cayó sobre el puente.
-Vamos, Tom -dijo John Milner.
Tom Crabbe intentó levantarse, pero sus esfuerzos fueron inútiles, y cayó de nuevo.
El capitán Curtis, advertido por la sacudida, se dirigió a proa.
-Ya veo lo que es -afirmó-. Nada, en suma; el señor Tom Crabbe se repondrá. No es posible que tal hombre esté sujeto al mareo... Esto es bueno para mujercitas... Y esto sería terrible en un individuo tan fuertemente constituido.
Terrible en efecto, y nunca los pasajeros asistieron a espectáculo más lamentable. ¡Marearse un tipo de aquella corpulencia y de aquel vigor!
John Milner, muy disgustado, intervino:
-Es preciso quitarlo de aquí -dijo
El capitán Curtis llamó al contramaestre y a doce marineros para aquella adición en el trabajo.
Estos, combinando sus esfuerzos, intentaron vanamente levantar al campeón del Nuevo Mundo. Fue preciso hacerlo rodar a lo largo de la cubierta como un barril, depositarlo sobre el puente por medio de una palanca y arrastrarlo luego sobre las escotillas, donde quedó en completa postración.
-Todo por efecto de esa abominable agua salada que Tom recibió en pleno rostro -dijo John
Milner al capitán Curtis-. Si hubiera sido siquiera aguardiente...
-Si hubiera sido aguardiente -respondió sabiamente el capitán Curtis-, hace mucho tiempo que la mar hubiera sido bebida hasta la última gota y no habría navegación posible.
El viento que venía del oeste cambió, soplando recio. De modo que el balanceo aumentó más y, además, por marchar contra la corriente, disminuyó considerablemente la velocidad del barco. La travesía duraría el doble de lo previsto. John Milner pasó por todas las fases de la inquietud, mientras su compañero atravesaba todas las fases del mareo, movimiento de los intestinos, perturbaciones en el aparato circulatorio, vértigos como los que nos produce la más completa borrachera.
En fin, el 9 de mayo, después de un furioso golpe de viento, por fortuna de poca duración, las costas de Texas aparecieron hacia las tres de la tarde. Tom Crabbe -gran economía para el servicio de a bordo-, aunque había abierto la boca con frecuencia, no había comido nada desde su cena de Port Eads.
John Milner tenía la esperanza de que su compañero se repondría, que dominaría el abominable mal, que sería en fin, presentable, cuando el “Sherman”, al abrigo de la alta mar, en la bahía de Galveston, no sufriera las oscilaciones del oleaje. ¡No! Ni aun en las aguas tranquilas logró mejorarse el desventurado.
John Milner no pudo contener un juramento de furor. En el muelle había algunos centenares de curiosos. Prevenidos por telégrafo que Tom Crabbe se había embarcado en Nueva Orleans para Galveston, esperaban allí su llegada.
¿Y qué iba a presentarles John Milner, en vez del campeón del Nuevo Mundo, segundo jugador de la partida Hypperbone? Una masa informe, más parecida a un saco vacío que a humana criatura.
John Milner intentó reanimar a Tom Crabbe.
-¿No va eso mejor? -le dijo.
El saco permaneció igual y hubo que transportarlo en unas angarillas al hotel más próximo.
Algunas burlas estallaron a su paso, en vez de las aclamaciones a que estaba acostumbrado y que saludaron su partida de Chicago.
Pero, en fin, no era para desesperarse. Al siguiente día, tras una noche de reposo y una serie de comidas hábilmente combinadas, Tom Crabbe recobraría, sin duda, su energía vital y su vigor normal. Pues bien: John Milner se engañó. La noche no trajo modificación alguna en el estado de su compañero. El aniquilamiento de todas sus facultades al siguiente día fue tan profundo como el anterior. Y, sin embargo, no se exigía de él ningún esfuerzo intelectual, del que no hubiera sido capaz, sino un simple esfuerzo animal. Fue inútil. Su boca permanecía herméticamente cerrada desde que desembarcaron. No pedía alimento, y el estómago no dejaba oír sus gritos acostumbrados en las horas habituales.
Así pasaron los días 10 y 11, y el 16 era preciso estar en Austin.
John Milner tomó entonces el único partido que quedaba. Valía más llegar demasiado pronto que demasiado tarde. Si Tom Crabbe tenía que salir de aquella postración, lo mismo saldría en Austin que en Galveston, y por lo menos estaría en su puesto.
Lo condujeron, pues, a la estación sobre un camión y lo introdujeron en un vagón en estado de maleta. A las ocho y media, el tren se puso en marcha, mientras que un grupo de los que iban a apostar rehusaba arriesgar la más insignificante cantidad (ni veinticinco centavos) a favor de un jugador en tan mal estado.
Buena suerte era que el campeón del Nuevo Mundo y John Miiner no tuvieran que recorrer los setenta y cinco millones de hectáreas que comprende la superficie de Texas.
Seguramente hubiera sido agradable visitar las regiones regadas por el magnífico Río Grande y tantos otros ríos.
Pero, ¿qué podía interesar esto a Tom Crabbe, que no miraba a nada, ni a John Milner?
Al siguiente día, 13 de mayo, muy de mañana, Tom Crabbe bajó en la estación de Austin, término de su viaje.
En Austin había aficionados americanos que fueron por curiosidad, tal vez con el propósito de hacer apuestas y contemplar al segundo jugador, que un golpe de dados les enviaba desde las lejanas regiones de Illinois.
Éstos fueron más favorecidos que los de Galveston y Houston. Al poner el pie en el suelo de la capital de Texas, Tom Crabbe estaba libre al fin de la inquietante torpeza contra la que nada habían podido los cuidados, las súplicas y hasta las reprensiones de John Milner. Tal vez a la primera mirada el campeón del Nuevo Mundo pareció algo ajado y caído; pero, ¿cómo asombrarse de esto, si nada había entrado en su cuerpo durante días?
Pero también ¡qué almuerzo se propinó aquella mañana, almuerzo que duró hasta la tarde...!
Pedazos de venado, carne de carnero y vaca, salchichas, legumbres, frutas, quesos, ginebra y whisky, té, café, etc. John Milner sintió algún espanto al pensar en la cuenta del hotel que le presentarían al finalizar la estancia en él.
Tom Crabbe había vuelto a ser la prodigiosa máquina humana, ante la que Corbett, Fitzsimmons y otros boxeadores no menos célebres habían mordido el polvo tantas veces.

Capítulo IX
Aquella mañana, un hotel, o más bien una posada, y no de las mejores, recibía dos viajeros llegados en el primer tren de Calais, simple aldea del estado del Maine.
Estos dos viajeros, un hombre y una mujer, se hicieron inscribir en el hotel Sandy Bar con el nombre de señor y señora Field.
Así, pues, el nombre de señor y señora Field no decía, no indicaba personajes de nota, y el posadero los inscribió en su libro sin exigir más.
En aquella época, en todos los Estados Unidos no había nombre alguno que fuera repetido por millones de como los de los jugadores y el del original miembro del Excentric Club.
Ninguno de los Siete se llamaba Field; por lo demás, su aspecto no era muy bueno, y el posadero tal vez se preguntó si le pagarían cuando llegara el momento de arreglar la cuenta.
¿Qué iba a hacer la extraña pareja en aquel pueblo, situado al extremo límite de un estado?
El cuarto del primer piso, donde se acomodaron el señor y la señora Field, en el hotel Sandy Bar, era menos que mediano: un lecho, una mesa, dos sillas y un lavabo. La única maleta depositada a la entrada del comedor había sido traída por un mozo de la estación. En un rincón había dos enormes paraguas y un viejo saco de viaje.
Cuando el señor y la señora Field estuvieron solos, después de marcharse el posadero, cerrada la puerta, corridos los cerrojos, ambos colocaron la oreja contra aquélla para asegurarse de que nadie podía oírlos.
-En fin -dijo el señor Field-, ya estamos al término de nuestro viaje.
-Sí -respondió su esposa-, después de tres días y tres noches mal contados.
-Creí que esto no acababa nunca -añadió el señor Field, dejando caer los brazos como si sus músculos no funcionaran.
-¡Y no ha concluido! -dijo la señora Field.
-Y ¿cuánto nos costará esto?
-No se trata de lo que puede costarnos, sino de lo que puede darnos -respondió con acritud la señora.
-En fin, hemos tenido la buena idea de viajar con nombres supuestos.
-Una idea mía.
-¡Y excelente! De lo contrario hubiéramos estado a merced de fondistas, cocheros, de toda esa gente que engorda con los infelices que pasan por sus manos, y más aún piensan que van a venir a nuestra bolsa algunos millones de dólares.
-Hemos hecho bien -respondió la señora Field-, y continuaremos reduciendo los gastos cuanto sea posible. No hemos dejado gran ganancia a las fondas de las estaciones en estos tres días, y espero que continuaremos así.
-No importa -dijo el señor Field-. Mejor hubiera sido rehusar.
-¡Basta, Hermann! -declaró imperiosamente la señora Field-, ¿por ventura no tenemos tantas probabilidades como los otros de llegar los primeros?
-Sin duda, Kate; pero lo más prudente hubiera sido firmar el contrato de división de la herencia.
-No es ésa mi opinión. Además, el comodoro Urrican se oponía a esto... y ese X.K.Z. no estaba allí para dar su consentimiento.
-Pues bien, ¿quieres que te lo diga? -respondió el señor Field-. A ése es al que más temo; no se sabe quién es ni de dónde sale... Nadie lo conoce. Se llama X.K.Z. ¿esto es un nombre?
Así se expresó el señor Field, que, si no se ocultaba bajo iniciales, había cambiado su apellido por el de Field.
Pues era Hermann Titbury, el tercer jugador, al que los dados, por uno y uno, habían enviado a la segunda casilla, estado de Maine.
La tarde del 5 de mayo, habían abandonado el señor y la señora Titbury su mísera casa de Robey Street, y ocupaban ahora aquella posada de Calais. No habiendo indicado a nadie el día ni la hora de su marcha, el viaje se había efectuado en el más riguroso incógnito.
Esto no dejó de contrariar a los que pensaban apostar, pues fuerza es confesar que Hermann Titbury presentaba notable ventaja en aquella carrera de los millones, y era indudable que llegaría a ser el favorito de la partida, pues era uno de esos privilegiados a los que todo sale bien por ser poco escrupulosos en los medios que emplean para lograr buen éxito. Su fortuna le permitiría pagar las primas si la suerte lo obligaba, y no vacilaría en pagarlas.
La digna pareja había combinado el itinerario más rápido y menos costoso a través del inextricable laberinto de líneas férreas. Así es que, sin detenerse, sin exponerse a ser desvalijados en las cantinas de las estaciones o restaurantes de los hoteles; comiendo únicamente de de las provisiones que para el camino llevaban; pasando de un tren a otro con la precisión de una bola en manos de un prestidigitador; absortos siempre en las mismas reflexiones, perseguidos siempre por las mismas inquietudes; inscribiendo sus gastos diarios; contando y recontando la suma que llevaban para las necesidades del viaje; soñolientos de día, durmiendo por la noche, el señor y la señora Titbury habían atravesado Illinois de oeste a este.
Desde allí el señor y la señora Titbury llegaron a París y luego a Lewiston. El ferrocarril los transportó enseguida a Augusta, capital oficial de Maine. De esta manera, con numerosos y desagradables cambios de tren, se había efectuado la travesía del Maine.
Los esposos Titbury llegaron a Calais el 9 de mayo a primera hora y con anticipación notable, puesto que estaban obligados a permanecer allí hasta el dia 19. Diez días en aquella aldea de algunos miles de habitantes, y en realidad un simple puerto de cabotaje. ¿En qué ocuparían su tiempo hasta que el telegrama de Tornbrock los hiciera partir?
¡Qué excursiones más encantadoras ofrece el variado territorio del Maine! ¡Pero pedir estos viajes a dos moluscos arrancados de su banco y transportados a novecientas millas de él! No.
Ellos no abandonarían Calais ni un día, ni una hora. Ellos permanecerían juntos, maldiciendo por instinto a los demás jugadores, después de tratar por centésima vez el empleo de su nueva fortuna, si el azar los convertía en cien veces millonarios.
Ellos sabrían colocar aquellos millones en valores que ofrecieran toda clase de garantías: acciones de bancos, minas, sociedades industriales. Recibirían sus numerosos productos y volverían a colocar éstos, sin emplear nada en su comodidad ni en sus placeres, viviendo como antes, concentrando su existencia en el amor al dinero, sórdidos, avaros, fieles devotos de la gazmoñería y la mezquindad, y miembros perpetuos de la Academia de los lloramiserias.
Se ocultaban bajo el nombre de Field, fastidiados e impacientes, mirando salir a cada marea los barcos de pesca y volver con su carga de arenques y salmones. Después volvían a confinarse en su cuarto del Sandy Bar, siempre temblando a la idea de que fuera conocido su verdadero nombre.
Efectivamente, Calais no está tan perdido en el fondo del Maine que no llegara hasta sus habitantes el ruido de la famosa partida. Ellos sabían que la segunda casilla correspondía a este estado de la Nueva Inglaterra y el telégrafo les había anunciado que el tercer golpe de dados -uno y uno- obliga al jugador Hermann Titbury a permanecer en su ciudad.
Transcurrieron de este modo los días 9, 10, 11 y 12 de mayo, en profundo fastidio en aquella aldea tan poco recreativa. Vagando por las calles limitadas por casas de madera, y por los muelles, el tiempo parecía interminable. ¡Qué paciencia se necesitaba para esperar, durante siete días aún, el telegrama que hasta el día 19 no debía ser expedido y que indicaría el nuevo itinerario!
No obstante, la pareja Titbury tenía entonces ocasión de hacer un viaje al extranjero; sólo tenía que atravesar el río Santa Cruz, cuya ribera izquierda pertenece al Dominio de Canadá.
Esto pensó Hermann Titbury, y en la mañana del día 13 hizo la proposición en los siguientes términos:
-¡Qué ocurrencia la de ese Hypperbone! Eligió la ciudad más desagradable del Maine para enviar allí a los jugadores que tengan la mala suerte de obtener el número dos al principio de la partida.
-¡Cuidado, Hermann! -respondió la señora Titbury en voz baja-. ¡Si te oyera alguien!... Puesto que la suerte nos ha traído a Calais, es preciso permanecer en Calais de buen o mal grado.
-¿No nos está permitido abandonar la ciudad?
-Sin duda, pero a coildición de no salir del territorio de la Unión...
-¿De modo que no tenemos ni el derecho de ir al otro lado del río?
-De ninguna manera, Hermann. El testamento prohíbe formalmente salir de los Estados Unidos.
-¿Y quién lo sabrá, Kate? -exclamó el señor Títbury.
-No comprendo, Hermann!... -replicó la matrona levantando el tono-. ¿Eres tú quien habla?
¡No te reconozco! ¿Y si más tarde se supiera que habíamos franqueado la frontera? ¿Y si algún accidente nos retenía allí? ¿Y si no estuviéramos de vuelta el día 19? Además... yo no lo quiero.
Y la imperiosa señora Titbury tenía razón para no quererlo ¿Se sabe nunca lo que puede ocurrir? Supongan que se produce un temblor de tierra; que el Nuevo Brunswick se separa del continente; que aquella parte de América se disloca; que entre los dos países se abre un abismo... ¿Cómo encontrarse entonces en las oficinas del telégrafo el día convenido? ¿No se corría el riesgo de quedar excluido de la partida?
-No... no podemos atravesar el río -declaró imperiosamente la señora Titbury.
-Tienes razón; no podemos -respondió el señor Titbury-; no sé cómo se me ha ocurrido tal idea. Desde nuestra salida de Chicago yo no soy el mismo. Este viaje me ha embrutecido. A gentes que no se han movido de Robey Street y de nuestra edad, los trastorna verse corriendo de este modo. Más cuerdo sería haber permanecido en nuestra casa y haber renunciado a la partida...
-Sesenta millones de dólares bien valen esta molestia -declaró la señora Titbury-.
¡Decididamente, te pones muy pesado, Hermann!
Parece que individuos tan precavidos y que ofrecían más garantía que los demás jugadores hubieran debido estar al abrigo de toda fastidiosa eventualidad, que no cometerían falta alguna y que no les acontecería nada que pudiera comprometerlos. Pero el azar sorprende a los más hábiles, preparándoles emboscadas, de las que toda su sabiduría no puede guardarlos, y es de razón contar con él.
En la mañana del día 14, el señor y la señora Titbury tuvieron la idea de hacer una excursión.
No pensaban alejarse mucho; dos o tres millas a lo sumo fuera de Calais.
A las nueve, los señores Titbury salieron de la posada y caminaron a lo largo de la ribera, después fuera de la ciudad, a la sombra de los árboles, entre cuyas ramas se agitaban millares de ardillas.
No se preocupaban de los variados paisajes que se ofrecían a sus miradas. No hablaban más que los demás jugadores; de los que partieron antes que ellos, y de los que partirían después.
¿Dónde estaba actualmente Max Real y Tom Crabbe? Y siempre aquel X.K.Z. los inquietaba más que los otros.
Después de una marcha de dos horas y media, pensaron regresar al hotel para almorzar. Pero devorados por ardiente sed, efecto del terrible calor, se detuvieron en una taberna situada a media milla del pueblo.
Algunas bebedores, reunidos en una espaciosa sala, ocupaban las mesas, donde se alineaban los vasos de cerveza.
Los esposos Titbury se sentaron aparte y deliberaron sobre lo que iban a pedir.
-Temo que la cerveza esté demásiado fría -dijo la señora Titbury-. Estamos sudando y nos haría daño.
-Tienes razón Kate... Una pleuresía se atrapa pronto... -respondió el señor Titbury, y volviéndose al tabernero, le dijo-: Un grog con whisky.
El tabernero preguntó enseguida:
-¿Dijo usted con whisky?
-Sí... o con ginebra.
-¿Dónde está su licencia?
-¿Mi licencia? -respondió el señor Titbury muy asombrado de la pregunta.
No se hubiera asombrado si hubiera recordado que Maine pertenecía al grupo de los Estados Unidos, donde se prohíbe el consumo de bebidas alcohólicas. Sí, en Kansas, North Dakota, South Dakota, Vermont, Nuevo Hampshire y, sobre todo, en Maine, está prohibido fabricar y vender bebidas alcohólicas, destiladas o fermentadas. Únicamente en cada localidad, los agentes municipales están encargados de dar, mediante el correspondiente pago, permiso a los que compran tales bebidas para uso medicinal o industrial, y después de ser examinadas por un comisario del Estado. Infringir esta ley, aunque fuera por imprudencia, era exponerse a severas penas.
Así es que, apenas habló el señor Titbury, un hombre se acercó y dijo:
-¿No tiene usted la licencia?
-No... no la tengo...
-Entonces le declaro en contravención a la ley...
-¡En contravención a la ley!... ¿Por qué?
-Por haber pedido whisky o ginebra... así que mañana deberán comparecer ante el juez.
La pareja regresó al hotel como es de suponer. ¡Qué día y que noche pasaron! Si la señora Titbury tuvo la deplorable idea de entrar en una taberna, el señor Titbury la tuvo de preferir un grog a una cerveza.
¡A qué multa se habían expuesto! De aquí recriminaciones y disputas que duraron hasta la madrugada.
El juez, un tal R. T. Ordak, era una de las personas más desagradables y susceptibles que uno se pueda imaginar. Cuando los infractores de la ley comparecieron ante él los interrogó bruscamente:
-¿Su nombre?
-Señor y señora Field.
-¿Su domicilio?
Le indicaron, al azar, Harrisburg, Pensilvania.
-¿Su profesión?
-Rentistas.
Después los multó en cien dólares por infringir las leyes relativas a bebidas alcohólicas.
El señor Titbury, pese a los esfuerzos de su mujer por calmarlo, no pudo contenerse. Se dejó llevar de su furia y amenazó al juez. Éste simplemente dobló la multa por haber faltado el respeto a la justicia.
Exasperado, olvidó toda prudencia y llegó hasta a sacrificar las ventajas que su incógnito le aseguraba. Y entonces, con los brazos cruzados, el rostro encendido, rechazando a la señora Titbury con violencia extraña en él, se inclinó sobre la mesa del juez y le dijo:
-¿Sabe usted con quién habla?
-Con un mal educado, al que impongo trescientos dólares de multa, puesto que continúa en ese tono -respondió el no menos exasperado juez.
-¡Trescientos dólares! -exclamó la señora Titbury, cayendo medio desvacenida sobre un banco.
-Sí -añadió el juez, acentuando cada sílaba- trescientos dólares al señor Field, de Harrisburg, Pensilvania.
-Pues bien -gritó el señor Titbury, golpeando la mesa con el puño-. Sepa usted que yo no soy el señor Field, de Harrisburg, Pensilvania.
-¿Pues quién es usted?
-El señor Titbury... de Chicago... Illinois.
-¡Es decir, un individuo que se permite viajar con un nombre supuesto! -respondió el juez, como si hubiera dicho: ¡Un crimen más que añadir a tantos otros!
-Sí, el señor Titbury, de Chicago. El tercer jugador de la partida Hypperbone... el futuro heredero de su inmensa fortuna.
Esta declaración no pareció producir efecto en R. T. Ordak. Este magistrado tan malcarado, como imparcial, no haría más caso a aquel tercer jugador que a cualquier marinero del puerto.
Así, con voz aguda, dijo:
-Pues bien, el señor Titbury, de Chicago, Illinois, será quien pague los trescientos dólares; y, además por haberse permitido presentarse ante la justicia con nombre supuesto lo condeno a ocho días de prisión.
Esto fue el colmo, y junto a la señora Titbury, caída sobre el banco, el señor Titbury cayó a su vez.
Ocho días de prisión, y el telegrama esperado llegaría dentro de cinco; y el día 19 sería preciso partir para ir tal vez al otro extremo de los Estados Unidos, y de no estar allí el día señalado quedaría excluido de la partida.
Se confesará que aquello era más grave para el señor Titbury que si hubiera sido enviado a la casilla cincuenta y dos, estado de Missuri, en la prisión de San Luis. Allí, al menos, había la posibilidad de ser libertado por algunos de los jugadores, mientras que en la cárcel de Calais, y por voluntad del juez R. T. Ordak, estaría encerrado hasta que cumpliera la condena.

Capítulo X
-Sí, señores, sí... Yo considero la partida Hypperbone como uno de los más asombrosos acontecimientos nacionales que enriquecerá la historia de nuestro glorioso país. Después de la guerra de la independencia, de la guerra de Secesión, de la proclamación de la doctrina de Monroe, de la aplicación de la ley Mac-Kinley, éste es el hecho más saliente de la imaginación de un socio del Excentric Club que haya atraído la atención del mundo.
Así hablaba Harris T. Kymbale, dirigiéndose a los viajeros del tren que acababa de abandonar Chicago aquel dia, 7 de mayo. El cronista del Tribune, desbordante de alegría y confianza, iba perorando de un extremo a otro del vagón, por el corredor central, y de un vagón a otro por el puentecito colocado entre ellos, y después de la cabeza a la cola del tren, lanzado a todo vapor, que bordeaba entonces la ribera meridional del lago Michigan.
Harris T. Kymbale había partido solo. Después de haber dado las gracias a aquellos de sus amigos que deseaban acompañarlo, no había aceptado su ofrecimiento. Ni a un criado llevaba...
Como se ve, no pensaba guardar el incógnito como Max Real y Hermann Titbury. Hacía confidencias a todos, y hubiera escrito con gusto en su sombrero: Cuarto jugador de la partida Hypperbone. Un gran número lo había acompañado a la estación, honrándolo con sus hurras y deseándole buen viaje. Y por considerarlo hombre de arranque y audacia, varios habían apostado por él, aun con prima sobre los otros, lo que lo lisonjeaba y no dejaba de ser de buen agüero.
Aunque Harris T. Kymbale había rehusado la compañía de algunos amigos durante sus viajes a través del país, no debía reducirse, como se ve, a meterse en un rincón, absorbiéndose en hondas meditaciones. Lejos de eso, todos los viajeros que se encontraba por el camino eran sus compañeros. Pertenecía a esa raza de gentes que no piensan más que cuando hablan, y no se mostraría avaro ni de palabras ni de dinero, durante su itinerario.
La caja del riquísimo Tribune estaba abierta para él, que sabría reembolsar los gastos en entrevistas y artículos de toda clase, para los que las peripecias de la partida le suministrarían amplia e interesante materia.
-Pero -le preguntó un caballero yanqui de pies a cabeza-, ¿no da usted demasiada importancia a la partida organizada por William J. Hypperbone?
-No -respondió el periodista-; y creo que idea tan original no padía nacer más que de de un cerebro ultraamericano.
-Tiene usted razón -respondió un grueso comerciante de Chicago-. Todos los Estados Unidos están intrigados por este asunto, y el día de los funerales se ha podido notar la popularidad de que gozaba el difunto... al día siguiente de su muerte.
-Caballero -preguntó una vieja de dentadura postiza y anteojos, hundida en un rincón bajo la manta de viaje, ¿usted ha seguido el cortejo?
-Como si hubiera sido uno de los herederos de nuestro gran ciudadano -respondió el de Chicago con orgullo-; y me considero no menos honrado al encontrarme con uno de sus futuros herederos al ir a Detroit.
-¿Va a Detroit? -preguntó Kymbale, tendiéndole la mano.
-A Detroit, Michigan.
-Pues bien, señor, yo tendré el placer de acompañarlo hasta esa ciudad de tan magnífico porvenir, que no conozco y deseo conocer.
-No tendrá usted tiempo, señor Kymbale -declaró el yanqui con tal viveza, que se le hubiera podido tomar por uno de los que apostaban-. Esto sería alargar su itinerario.
-Siempre hay tiempo para todo -respondió Kymbale en tono resuelto que causó buena impresión.
En efecto, sus compañeros, orgullosos de poseer un viajero tan decidido, lanzaron hurras cuyos ecos llegaron hasta la cola del tren.
-Caballero -preguntó un médico de edad madura, que con los lentes ante los ojos lo devoraba con la mirada...-, ¿está usted satisfecho de su primer golpe de dados?
-Sí y no, señor -respondió el periodista respetuosamente-. Sí... porque los otros jugadores, que partieron antes que yo, no han pasado de las casillas dos, ocho y once, y yo he sido enviado por dos y cuatro a la seis y de allí a la doce. No... porque esta casilla seis la ocupaba el estado de Nueva York, “donde hay un puente”, y este puente es el del Niágara. ¡Y el Niágara es muy conocido! Veinte veces lo he visitado. Está usado... como la cascada americana, la canadiense, la gruta de los Vientos. Y, además, está demasiado cerca de Chicago, y yo deseo ver el país, llegar a los cuatro extremos de la Unión.
-A condición -respondió el médico- de estar siempre a la hora en el lugar.
-Es natural, y créame que no faltaré a la cita ni por un minuto.
-Sin embargo -hizo observar un comerciante de conservas alimenticias-, me parece, señor Kymbale, que debe felicitarse, pues después de ir al estado de Nueva York, irá al de Nuevo
México. Y no limitan uno con otro.
-¡Bah! -exclamó el periodista-. Algunos centenares de millas.
-Y a menos -añadió el yanqui- de ser enviado al extremo de la Florida o al último pueblo de Washington...
-He aquí lo que me agradaría -declaró Harris T. Kymbale-: atravesar los territorios de los Estados Unidos de noroeste a sureste.
-Pero el haberle tocado a usted en suerte ir a esa sexta casilla, donde hay un puente, ¿no le obliga a pagar una primera prima? -preguntó el médico.
-¡Bah! Mil dólares. El Tribune no se arruinará por eso. Desde la estación de Niagara Falls, les dirigiré un giro telegráfico que se apresurarán a pagar.
-Y con tanto más gusto -dijo el yanqui-, ya que realmente Hypperbone es para el periódico un negocio.
-Que se convertirá en un magnífico negocio -respondió con firmeza Kymbale.
-Tan seguro estoy de esto -dijo el comerciante de Chicago-, que yo, de apostar, apostaría por usted.
-Y haría bien -respondió el periodista.
Por tales respuestas se comprenderá que la confianza que Harris T. Kymbale tenía en sí mismo era igual, por lo menos, a la que Jovita Foley tenía en su amiga Lissy Wag.
-Sin embargo -dijo entonces el médico-, entre los adversarios de usted hay uno que, a mi juicio, es de temer más que los otros.
-¿Cuál, doctor?
-El séptimo, señor Kymbale; el que es designado únicamente con las iniciales X.K.Z.
-¡Ese jugador de última hora! -exclamó el periodista-. Vamos, se aprovecha del misterio que lo rodea. Es el hombre enmascarado al que los papanatas temen generalmente. Pero se descubrirá su incógnito, y no habrá razón alguna para temerle más que a los otros.
Unas seiscientas millas separan a Chicago de Nueva York, y Harris T. Kymbale no tenía que recorrer más que dos tercios para llegar al Niágara.
El tren abandonó Chicago, entró en Indiana, y subió hasta Michigan City.
Si el periodista había elegido aquella vía era porque quería visitar Detroit, a donde llegó la noche del 7 al 8 mayo, Al día siguiente, tras breve sueño en el cómodo cuarto de un hotel, su nombre se extendió por la ciudad y fue saludado desde el amanecer por centenares de curiosos; más que curiosos, eran simpatizantes que durante el día no se apartaron de él.
Tal vez larnentó no poder ampararse tras el incógnito, puesto que sólo trataba de recorrer la ciudad. Pero, ¿cómo escapar a la celebridad y a sus inconvenientes un hombre que era redactor jefe del Tribune y uno de los Siete de la partida Hypperbone?
Así, pues, en numerosa y agitada compañía visitó la ciudad de Michigan. Apenas si pudo visitarla. Por todas partes lo acogieron con entusiasmo, deseándole éxito.
Kymbale partió por la noche. De serle permitido tomar el ferrocarril de Canadá, y franquear por el sur la provincia de Ontario, hubiera podido, a través del largo túnel abierto bajo el río Santa Clara, llegar más directamente a Buffalo y a Niagara Falls. Pero le estaba prohibido pasar por Canadá. Tuvo, pues, que penetrar en el estado de Ohio, bajar hasta Toledo, y luego, a lo largo del litoral del lago, pasar por Cleveland. Después tocó en Erie City de Pensilvania, salió de este estado por la estación de Northville para penetrar en el de Nueva York. Pasó rápidamente por Dunkirk, iluminado por el hidrógeno de sus pozos naturales, y en la noche del 10 de mayo llegó a Buffalo,
Harris T. Kymbale obró cuerdamente al no detenerse en esta linda ciudad. Era menester que a los diez días estuviera en Santa Fe, capital de Nuevo México -trayecto de mil cuatrocientas millas no todas recorridas por los ferrocarriles.
Al día siguiente pues, tras corto trayecto de unas veinticinco millas, desembarcó en el pueblo de Niagara Falls.
Pese a que esta célebre catarata es ahora ya demasiado conocida e industrializada, ni Las Palisades del Hudson, ni el Parque Central, ni Broadway disputarán a los turistas las maravillas de la cascada de la Cola de Caballo. Nada puede encontrar el turista que pueda ser comparado a ese tumultuoso desbordarniento de las aguas del lago Erie en el lago Ontario. En otra época, la torre Terrapine se erguía sobre las extremidades rocosas de Goat Island, pero al caer, se construyó un atrevido puentecito arrojado de una a otra ribera, que permite admirar la doble corriente en todo su esplendor.
Kymbale, acompañado de numerosos visitantes americanos y canadienses que lo esperaban, fue a colocarse en mitad del puente, teniendo cuidado de no pasar a la parte que pertenece al Canadá.
Después de lanzar un hurra, contestado por mil voces entusiastas, volvió al pueblo de Niagara Falls y expidió un cheque de mil dólares a la orden de Tornbrock, de Chicago, cuyo cheque el cajero del Tribune se apresuraría a pagar.
Por la tarde, después de un magnífico almuerzo servido en honor suyo, Kymbale regresó a Buffalo, y aquella misma noche abandonó la ciudad, a fin de efectuar en el plazo marcado la segunda parte de su viaje.
En el momento en que subía al vagón, el alcalde de la ciudad le dijo con tono grave:
-Pase por una vez, caballero; pero no vuelva a gandulear como lo ha hecho hasta aquí...
-Y si eso me agrada... -respondió Kymbale, a quien la observación no le gustó ni aun venida de tan alto- creo que tengo el derecho...
-No señor. Como un peón no tiene el de moverse a su voluntad sobre un tablero.
-¡Eh! Me parece que soy libre.
-¡Profundo error, caballero! ¡Usted pertenece a los que apostaron por usted... y yo lo he hecho por cinco mil dólares!
Realmente el honorable H. V. Exulton tenía razón, y por interés propio el cronista del Tribune, aunque sus crónicas padecieran con esto, no debía tener más que una preocupación: llegar a su puesto por las vías más cortas y más rápidas.
En suma: Kymbale no tenía por qué quejarse de la manera cómo comenzaba. Después de Nueva York iría a Nuevo México, donde su curiosidad de turista quedaría satisfecha. Era de suponer, además, que el capricho de los dados mandaría allí a otros jugadores del match que aún no lo habían visitado, como Titbury, Lissy Wag y su inseparable Jovita Foley.
Verdad es que aquéllos de los jugadores que fueran a Nueva York no tendrían más que dos semanas, como Kymbale,y después de mostrarse sobre el puente del Niágara, veríanse obligados a dirigirse a Santa Fe, capital de Nuevo México. Y si llegaban hasta Nueva York, las otras ciudades no recibirían su visita. Sin embargo, la mayor parte de ellas merecen ser vistas.
Era el 11 de mayo y era preciso que estuviera en Santa Fe el día 21, a más tardar, antes del mediodía, y dos estados separados por mil quinientas o mil seiscientas millas no son precisamente vecinos. Al dejar Buffalo, Kymbale quería volver a Chicago a fin de tomar el Grand Trunk en dirección oeste. Pero esto tenía el inconveniente de que por no haber ningún ramal que lo pusiera en comunicación directa con Santa Fe, hubiera sido preciso hacer un largo trayecto en coche por un territorio que dejaba mucho que desear en cuanto a transportes.
Felizmente, sus compañeros del Tribune, después de un estudio profundo de aquella parte del Far West habían combinado un itinerario que le indicó un telegrama enviado a Buffalo.
Este telegrama decía:
Volver de Niagara Falls a Buffalo y descender hasta Cleveland. Atravesar oblicuamente el Ohio por Columbus-Cincinnati; Indiana por Laurenceburg. Madison, Versailles y Vincennes; Missuri por Salem, Belley y San Luis. Tomar la línea de Jefferson para Kansas City.
Franquear Kansas por la vía férrea más meridional, Laurence, Emporia, Toledo, Newton, Hutchinson, Plum Buttes, Fort Zarah, Larned, Petersburg, Dodge City, Fort Atkinson, Shebrock; después, el este del Colorado por Grenade y Las Arimas. Tomar el ramal a Pueblo, y por Trinidad ganar Clifton sobre la frontera de Nuevo México. En fin, por Cimarrón, Las Vegas y Galeteo, llegar al camino que sube a Santa Fe. No olvidar que el firmante del presente despacho ha apostado cien dólares por usted, y que otro itinerario podría hacérselos perder.
BRUMAN. S. BICKHORN
Secretario de la Redacción.
¿Cómo no tener grandes probabilidades de éxito este jugador, con amigos que lo servían con celo y precisión? Sin duda, pero a condición de seguir el consejo del alcalde de Niagara Falls, es decir, no retrasándose con admiraciones intempestivas.
“Comprendido, mi bravo Bickhorn; éste es el itinerario que seguiré”, se dijo Kymbale, “y no me apartaré un punto de él. Por el ferrocarril no hay que preocuparse. Quédate tranquilo, compañero, que si hay retrasos no provendrán ni de mi aturdinilento ni de mi negligencia, y tus cien dólares serán defendidos tan enérgicamente como los cinco mil del primer magistrado de Niagara Falls. No olvidaré que llevo los colores del Tribune”.
De este modo, por una juiciosa combinación de horarios y de trenes, sin apresuramiento, descansando de noche en los mejores hoteles, Harris T. Kymbale atravesó en sesenta horas los seis estados de Ohio Indiana, Illinois, Missuri, Kansas, Colorado, y se detuvo el día 19 por la noche en la estación de Clifton, en la frontera de Nuevo México.
Allí el periodista cambió quinientos cuarenta y seis apretones de manos, por no haber más que doscientos setenta y tres bímanos en aquella ciudad, perdida en el fondo de las inmensas llanuras del Far West.
Contaba con pasar una buena noche en Clifton; pero cuando descendió del vagón fue grande su descorazonamiento al saber que, a causa de importantes reparaciones la circulación del ferrocarril estaría interrumpida durante varios días. ¡Y estaba aún a ciento veinticinco millas de Santa Fe, y no contaba más que con treinta y seis horas para recorrerlas! El sabio Bruman S. Bickhorn no había previsto esto.
Felizmente, al salir de la estación, Kymbale se encontró en presencia de un tipo, mitad americano, mitad español, que lo esperaba. Desde que advirtió la presencia del periodista, el hombre hizo chasquear tres veces su látigo, medio del que, al parecer, se servía para saludar a la gente. Luego, en lengua que recordaba más bien la de Cervantes que la de Cooper, dijo:
-¿Harris T. Kymbale?
-Yo soy.
-¿Quiere que lo conduzca a Santa Fe?
-Sí.
-Convenido.
-¿Cómo te llamas?
-Isidoro.
-Bien.
-Mi coche está listo para partir.
-Pues partamos y no te olvides de que si bien un coche marcha gracias a los caballos, llega gracias al cochero.
¿Comprendió el hispanoarnericano la insinuación que la sentencia encerraba?
Tal vez.
Era este hombre de cuarenta y cinco a cincuenta año,s piel atezada, mirada viva y rostro burlon . En cuanto a pensar que estuviera orgulloso de conducir en su coche a un personaje que tenía una probabilidad contra seis de valer sesenta millones de dólares, el periodista no lo sospechaba, aunque fuera muy probable.
Kymbale ocupaba solo el carruaje. No era éste un tren de seis eaballos, sino un sencillo carricoche, cuyo caballo se relevaría en los pueblos del tránsito. Lanzóse el vehículo por el camino de Aubey, cortado por numerosas sinuosidades, que aquél vadeaba, descansando algunas horas por la noche.
Al día siguiente, al amanecer, el coche habría franqueado unas cuarenta millas por Cimarrón, rodando la base de los White Mountains sin percance alguno. Nada hay que temer ahora de los pieles rojas que en otra época recorrían la comarca.
Por la tarde, el coche había pasado Fort Union y Las Vegas, y se aventuró por los desfiladeros de Moro Peaks. Camino montañoso, difícil, hasta peligroso, y por lo menos poco apropiado para ser recorrido con rapidez, pues a partir de aquellas bajas llanuras es preciso elevarse de setecientos a ochocientos pies, que es la altura de Santa Fe sobre el nivel del mar.
Durante la noche del 20 al 21, la marcha del coche fue lenta y ruda. El impaciente viajero, nosin razón, tuvo el temor de no llegar a tiempo. De aquí exhortaciones incesantes dirigidas al flemático Isidoro.
-Pero no andamos.
-¿Qué quiere usted, señor Kymbale? Sólo tenemos ruedas y necesitaríamos alas.
-Pero comprenda el interés que tengo en estar el día 21 en Santa Fe.
-Bien.. . Si no estamos ese día, estaremos al siguiente.
-Pero será tarde.
-Mi caballo y yo hacemos lo que podemos. No se puede exigir más de una bestia y de un hombre.
Entonces Harris T. Kymbale, creyó deber interesar a Isidoro más directamente en la partida que jugaba. Así es que mientras el caballo se extenuaba subiendo por una de las más ásperas pendientes del camino, por medio de espesos bosques, dijo al cochero:
-Isidoro, tengo que hacerte una proposición.
-Hágala, señor Kymbale.
-Te doy mil dólares si mañana, antes del mediodía, estoy en Santa Fe.
-¿Dice mil dólares? -respondió Isidoro guiñando el ojo
-Mil dólares, a condición de que yo gane la partida.
-¡Ah! -dijo Isidoro-, a condiclón de que...
-Naturalmente.
-¡Sea! -y aplicó a su caballo unos cuantos latigazos.
A medianoche no habían avanzado más allá del alto del paso, y la inquietud de Kymbale se acentuó. No pudiendo contenerse, le dijo, golpeando a Isidoro en la espalda:
-Tenog una nueva proposición que hacerte.
-Hágala usted, señor Kymbale.
-¡Diez mil dólares!... ¡Sí!... Diez mil dólares si llego a tiempo.
-¿Diez mil, dice usted? -repitió Isidoro.
-Diez mil.
-¿Y siempre si usted gana la partida?
-Naturalmente.
No tenían mas que doce horas para recorrer cincuenta millas. Verdad que, el camino era practicable, poco montañoso ahora, y hubiera sido difícil encontrar caballo mejor que el del relevo de Tuos. Era, pues, posible llegar a la meta en el tiempo marcado; pero a condición de no retrasarse ni un minuto y en el supuesto que el tiempo continuara favorable.
La noche era magnífica, alumbrada por una gran luna; la temperatura, agradable; la brisa del norte, refrescante. El caballo, bestia fogosa, chicana, criado en los corrales de las provincias del oeste, piafaba de impaciencia a la puerta de la posada.
Respecto al cochero, no hubiera podido encontrarse mejor. Jamás, ni en sueños había entrevisto suma como la que se le ofrecía. Y sin embargo, Isidoro no parecía tan maravillado de aquel golpe de fortuna en opinión de Kymbale debía estarlo.
“Acaso”, se preguntaba, “este bribón desearía más. . quizás diez veces más. Después de todo, ¿qué significan unos cuantos miles de dólares comparados con los millones de Hypperbone?
¡Una gota de agua en el mar! bien, si es preciso... llegaré hasta las cien gotas!”
Y le dijo al oído:
-Isidoro, no se trata de diez mil dólares...
-¡Calle! ¿Retira usted su promesa? -exclamó Isidoro en tono seco.
-No, amigo mío, no; al contrario... te daré cien mi dólares, si antes del mediodía estamos en Santa Fe.
-¿Dice cien mil dólares? -repitió Isidoro guiñando el ojo izquierdo, y añadió-: ¿Siempre si usted gana?
-Sí... Si yo gano...
-¿Y no podría, señor Kymbale, escribirse esto en un pedazo de papel? Nada más que algunas palabras...
-¿Con mi firma?
-Sí, con su firma.
Claro es que para negocio de tal importancia, la palabra no es suficiente.
Sin dudar, Harris T. Kymbale sacó su cartera, y sobre una de las hojas redactó un compromiso de cien mil dólares a favor del señor Isidoro, de Santa Fe, compromiso que sería fielmente cumplido si el periodista llegaba ser el único heredero de Hypperbone. Firmó y entregó el papel a su destinatario.
Isidoro lo tomó, lo leyó, lo dobló cuidadosamente, se lo metió en el bolsillo, y dijo:
-En camino.
¡Ah!... buena galopada a rienda suelta, sobre el camino que va por la ribera del río Chiquito.
Y a pesar de tantos esfuerzos, a riesgo de estallar el vehículo, de volcar car en el río, no pudieron llegar a Santa Fe hasta las doce menos diez.
Harris T. Kimbale fue recibido como lo había sido en todo el trayecto. Pero no tuvo tiempo de estrechar las siete mil manos que se tendían hacia él, ya que eran las once y cincuenta, y le era preciso estar en Telégrafos antes de que el reloj municipal hubiera dado la última campanada de mediodía.
Dos telegramas expedidos por la mañana, y casi al mismo tiempo, de Chicago, lo aguardaban.
El primero, firmado por Tornbrock, le notificaba el resultado de la segunda jugada de dados que le concernía. Por diez formado por cinco y cinco, el cuarto jugador era enviado a la casilla veintidós, Carolina del Sur.
El infatigable periodista, que soñaba con itinerarios insensatos, veía realizados sus deseos.
¡Mil quinientas milas que recorrer, dirigiéndose hacia el lado Atlántico de los Estados
Unidos! No se permitió más que la observación siguiente:
-Con la Florida hubiera tenido que recorrer algunos centenares de millas más.
En Santa Fe quisieron festejar su presencia organizando banquetes y otros homenajes, pero el redactor jefe del Tribune rehusó. La experiencia le había enseñado que era mejor seguir los consejos del honorable alcalde y no retrasarse bajo ningún pretexto, viajando por el camino más corto.
El último telegrama enviado por el previsor Bickhorn contenía un nuevo itinerario, tan bien estudiado como el anterior al que sus compañeros le suplicaban se atuviera y partiera al instante. El periodista se decidió a abandonar aquel mismo día la capital de Nuevo México.
-Los cocheros de la ciudad no ignoraban lo que aquel viajero ultrageneroso había hecho por Isidoro. No hubo, pues, más que la dificultad de elección, y todos le ofrecieron sus servicios con la esperanza de que no serían menos favorecidos que su compañero.
Isidoro no reclamó el honor -casi el derecho- de conducir al periodista a la línea más próxima, tal vez por que estuviera tan satisfecho como fatigado. Fue, no obstante, a despedirse del periodista que, con otro cochero, se disponía a partir a las tres de la tarde.
-¿Qué tal? -le dijo Kymbale.
-Bien, señor.
-No creo estar en deuda contigo, puesto que te he asociado a mi fortuna.
-Mil y mil gracias. Yo no merezco...
-Sí, sí. Sin tu celo hubiera llegado tarde y estaría fuera de competencia. Por diez minutos llegué a tiempo.
Siguiendo su costumbre, Isidoro escuchó el elogio con socarrona calma y dijo:
-Puesto que usted está contento, yo también lo estoy.
-Ahora, respecto al papel que te entregué, consérvalo cuidadosamente. Después, cuando oigas proclamar por el mundo entero que soy el vencedor del match Hypperbone, hazte conducir a Clifton, toma el ferrocarril que te dejará en Chicago, y pasa a la caja. Queda tranquilo; honraré mi firma.
Isidoro movía la cabeza, se rascaba la frente, guiñaba el ojo, con el aspecto de un hombre indeciso que desea hablar y duda de hacerlo.
-Veamos -le preguntó Harris T. Kymbale-. ¿No te encuentras debidamente remunerado?
-Sin duda -respondió Isidoro-. Pero esos cien mil dólares vendrán a mi poder si usted gana...
-Reflexiona, reflexiona. ¿Podría ser de otro modo?
-¿Por qué no?
-¡Hombre! ¿Me sería posible entregarte semejante cantidad si no recibiera la herencia?
-¡Oh! Comprendo, señor Kymbale, comprendo. Pero yo preferiría...
-¿Qué?
-Cien buenos dólares.
-¿Cien en lugar de cien mil?
-Sí -respondió plácidamente Isidoro-. ¡Qué quiere usted! No me agrada correr riesgos, y si me entregara cien dólares... esto sería más seguro.
Reprochándose tal vez, Kymbale sacó de su bolsillo cien dólares y se los entregó a aquel hombre prudente, que desgarró el documento entregado por el periodista.
Éste partió entre el rumor de las despedidas, y desapareció a galope por la calle Mayor de Santa Fe. Sin duda, aquella vez el nuevo conductor se mostraría, llegado el caso, menos filósofo que su compañero.
Cuando se preguntó a Isidoro por qué había tomado semejante determinación, respondió:
-Cien dólares son cien dólares. Además... yo desconfiaba. ¡Un hombre tan seguro de sí mismo! ¿Qué quieren? Yo no apostaría veinticinco centavos por él.

Capítulo XI
Lissy Wag era por su número de orden, la quinta en partir. Iban, pues, a transcurrir nueve días desde el día que salió Max Real y que ella debía abandonar Chicago.
¡Qué impaclencia la de Jovita Foley durante aquella interminable semana! Su amiga no lograba calmarla. Los preparativos estaban hechos desde el día siguiente al que se había efectuado la primera jugada, el primero del mes, y dos días después Jovita había obligado a Lissy Wag a que la acompañara a la sala del Auditorium, donde iba a realizarse la segunda, en presencia de una multitud excitada. Los golpes tercero y cuarto tuvieron lugar el 5 y el 7 de mayo. Cuarenta y ocho horas más y se decidiría la suerte de las dos jugadoras.
Inútil es decir que la licencia concedida por el señor Marshall Field a su cajera y a su dependienta había comenzado el 16 de abril, al siguiente día de la lectura del testamento.
Pero, se preguntaba la más prudente, ¿se resignaría el dueño a privarse de sus servicios durante tanto tiempo?
-No obramos con prudencia -repetía Lissy Wag.
-Convenido -respondía Jovita Foley-. Y continuaremos así mientras sea preciso.
La nerviosa e impresionable joven no dejaba de dar vueltas en el reducido departamento de Sheridan Street. Abría la única maleta que contenia su equipo de viaje; contaba y recontaba el dinero disponible, que los hoteles, los trenes, los coches y los improvistos devorarían con gran desconsuelo de Lissy Wag.
-¡Ah, querida! -dijo un día-. Max Real partió... Pero, ¿dónde está? No ha dejado conocer su itinerario por Kansas.
-Hablando con franqueza -dijo Lissy Wag-, de todos los jugadores, ese joven es el que encuentro más interesante.
-Porque te ha deseado buen viaje, ¿verdad?
-Y también porque me parece digno de todos los favores de la fortuna.
-Después de ti... supongo.
-No; antes.
-De acuerdo... Pero como tú estás interesada en este asunto, y yo también en calidad de amiga íntima, antes de desearle la suerte a Max Real, te pido que me la desees a mí.
Luego, excitadamente, añadió:
-No me hables nunca de ese abominable Tom Crabbe, que se ha puesto en camino para Texas.
¿Le deseas suerte a ese crustáceo?
-Sólo deseo que la suerte no nos envíe a países tan lejanos.
-¡Bah!
-Jovita, somos mujeres, y un estado próximo nos convendría mucho.
-Conformes, Lissy; pero si la suerte no lleva su galantería hasta tener en cuenta nuestra debilidad, y nos manda al océano Atlántico, al Pacífico o al golfo de México, preciso será someterse.
-Nos someteremos, puesto que tú lo quieres, Jovita.
-No es que yo lo quiera, sino que es preciso. Tú no piensas más que en la partida, y no en la llegada, la gran llegada a la casilla sesenta y tres... y yo pienso en ella noche y día, y después en la vuelta a Chicago, donde los millones nos esperan...
-Sí. .. esos millones de la herencia -dijo Lissy Wag, sonriendo.
-Vamos, Lissy, ¿los demás no lo han aceptado sin tantas quejas? ¿Acaso la pareja Titbury no está camino del Maine?
-Pobres, los compadezco.
-¡Ah!... ¡Me desesperas!
-Y tú, querida, si no te calmas, si continúas enervándote como lo haces desde una semana acá, caerás enferma... y te advierto que me quedaré para cuidarte.
-Yo, ¿enferma? ¡Estás loca! Los nervios me sostienen, me dan energía, y estaré nerviosa todo el tiempo que dure el viaje.
-De acuerdo, Jovita; pero si tú no caes enferma, caeré yo.
-¡Oh, eso no! ¡Te lo prohíbo terminantemente! -exclamó su expansiva amiga.
-Vamos, ten calma -respondió Lissy Wag-. Calma, y todo irá bien.
Jovita Foley, no sin grandes esfuerzos, consiguió dominarse.
El día 7, por la mañana, al volver del Auditorium, Jovita Foley dio la noticia de que el cuarto jugador, Harris T. Kymbale, que había obtenido el número seis, se disponía a dirigirse al estado de Nueva York, al puente del Niágara, y de allí a Santa Fe, Nuevo México.
Lissy Wag sólo hizo una reflexión ante la noticia: que el periodista tendría que pagar una prima.
-Eso no preocupará gran cosa a su periódico -replicó su amiga.
-No, Jovita, pero a nosotras nos causaría gran trastorno vernos obligadas a desembolsar mil dólares al principio o en el curso del viaje.
Como de costumbre, la otra respondió con un movimiento de cabeza que significaba: ¡Eso no sucederá!
En el fondo era esto lo que la preocupaba, aunque no lo aparentase, y por la noche, durante un sueño agitado que turbaba el de Lissy Wag, soñaba en voz alta con el puente, la hostería, el laberinto, los pozos, la prisión, esas funestas casillas donde los jugadores debían pagar primas sencillas, dobles o triples, para poder continuar la partida.
Por lo demás, para estar al día en lo referente a este asunto bastaba consultar los periódicos de la metrópoli o los de cualquier otro punto. Se habían establecido corresponsalías entre cada estado de los elegidos por la suerte, y más especialmente con cada uno de los lugares indicados en la nota de William. J. Hypperbone.
Estas informaciones dependían, como se comprenderá, de la manera de proceder de los jugadores. Así, con respecto a Max Real, no sin ser señalada su presencia en Omaha con
Tommy, ni en Kansas City, al desembarcar del “Dean Richmond”, los periodistas buscaron vanamente sus huellas.
Obscuridad no menos profunda respecto a Hermann Titbury, pues se ignoraba que viajaban bajo nombre supuesto, y los esfuerzos de los periodistas para saber lo que había sido de la pareja fueron inútiles.
La información era más completa en lo que concernía a Tom Crabbe. John Milner y su compañero partieron el día 3 de Chicago, de manera muy aparatosa, fueron vistos y entrevistados en las principales ciudades de su itinerario, y finalmente en Nueva Orleans, donde se embarcaron para Galveston, Texas, en el vapor americano “Sherman”.
De Harris T. Kymbale, las noticias caían como la lluvia en abril. Se supo su paso por Jackson y Detroit, y los lectores esperaban con impaciencia los detalles de las recepciones que se organizaban en su honor en Buffalo y Niagara Falls.
Era el 7 de mayo. Al día siguiente, el señor Tornbrock, asistido por Georges B.
Higginbotham, daría en la sala del Auditorium el resultado de la quinta jugada. Treinta y seis horas rnás, y Lissy Wag sabría su suerte.
Se comprende la impaciencia que hubiera experimentado Jovita Foley durante aquellos dos días, de no estar bajo el peso de inquietudes de mayor gravedad.
En efecto; en la noche del 7 al 8, Lissy Wag cayó repentinamente enferma de la garganta, enferrnedad que le produjo intensa fiebre.
Al amanecer, todos los de la casa sabían que Lissy estaba lo bastante enferma para que hubiera sido preciso enviar a buscar un médico. Y enterada la gente de la casa, no tardó en estarlo toda la calle, y a poco el barrio, y no muy tarde la ciudad, pues la noticia se extendió con la rapidez de las malas noticias.
Un poco después de las nueve, se presento el médico, doctor M. P. Pughe. Se sentó a la cabecera del lecho de Lissy Wag, la miró atentamente, le hizo sacar la lengua, le tomó el pulso y la auscultó. Nada por la parte del corazón, nada en el hígado, nada en el estómago. En fin, tras concienzudo examen, dijo.
-Esto no será de importancla si no sobrevienen complicaciones graves.
-Y, ¿son de temer estas complicaciones? -preguntó Jovita Foley, emocionada por la declaración del médico.
-Sí y no -respondió el doctor M. P. Pughe-. No, si la enfermedad es vencida desde el principio; sí, si a pesar de nuestros cuidados toma un desarrollo que los remedios serían impotentes para contener.
-Pero, ¿qué enfermedad padece? -repuso Jovita Foley a la que estas respuestas evasivas ponían cada vez más inquieta.
-Una bronquitis simple. Las bases de los dos pulmones están atacadas. Hasta ahora no hay que temer una pleuresía, pero...
-¿Pero ... ?
-Pero la bronquitis puede degenerar en neumonía, y está en congestión pulmonar. Esto es lo que yo llamo complicaciones graves.
Y el médico prescribió los medicamentos del caso, y sobre todo reposo, mucho reposo.
¿Se producirían las complicaciones posibles? Y si se producían, ¿qué sucedería? Durarte las horas siguientes le pareció que Lissy estaba peor, más decaída. Algunos escalofríos anunciaron otro acceso de fiebre; el pulso se hizo irregular y la postración aumentó.
Jovita Foley, enervada en lo moral, tanto como la enferma lo estaba en lo físico, no se apartó del lecho; y mientras cuidaba con cariño a la enferma, no dejaba de hacerse tristes reflexiones:
“No”, pensaba, “ni Tom Crabbe, ni Titbury, ni. Kymbale, ni Max Real habían sido atacados de bronquitis la víspera de su partida. Ni tampoco ese comodoro Urrican. Tenía que ser mi pobre Lissy, que gozaba de tan buena salud. Y mañana... mañana se efectúa la quinta jugada.
Y si somos enviadas lejos... y si llega el veinticinco del mes sin que hayamos podido salir de Chicago... si somos excluidas de la partida sin tan sólo haberla comenzado...”
Estas desagradables ideas se agitaban en el cerebro de Jovita Foley, y hacían latir con fuerza sus sienes.
A las tres remitió la fiebre. Lissy salió de la profunda postración en que estaba sumida, y al abrir los ojos vio a Jovita inclinada sobre ella.
-Y bien -preguntó ésta-, ¿cómo estás? Mejor, ¿verdad? ¿Qué quieres que te dé?
-Algo de beber.
-Aquí tienes una buena tisana de agua sulfurosa con leche caliente, y esto te irá bien.
-Sí.
-Parece que sufres menos.
-Sí. Cuando cesa la fiebre, el abatimiento es mayor, pero se siente algo de mejoría.
-Es la convalecencia -exclamó Jovita-; mañana no volverá la fiebre.
-La convalecencia, ¿ya? -murmuró la enferma, haciendo un esfuerzo para sonreír.
-Sí. Cuando vuelva el médico dirá si puedes levantarte.
-Te confieso, mi buena Jovita, que debieras haber sido tú la elegida. Mañana hubieras ido al Auditorium y el mismo día hubieras partido.
-¿Marcharme dejándote en este estado? Jamás.
-Yo hubiera sabido obligarte.
-Pero si no se trata de esto -respondió Jovita Foley-. Yo no soy la quinta jugadora, ni la futura heredera del.difunto Hypperbone. Eres tú. Pero reflexiona. Si retrasamos nuestra partida cuarenta y ocho horas, quedarán aún trece días para hacer el viaje, y en trece días se puede ir de un extremo a otro de los Estados Unidos.
-Te prometo, Jovita, curarme lo más pronto posible.
-No te pido más que eso... Pero, por ahora, basta de conversacion. No te fatigues. Procura dormir un poco... Me sentaré junto a ti.
-Acabarás por caer también enferma.
-¿Yo?... ¡Estáte tranquila!
Por la tarde la calle presentaba una animación extraordinaria. Los curiosos iban y venían por las aceras, inquiriendo noticias.
-¿Cómo está? -decían unos.
-Así ... así -respondían otros.
-Se habla de fiebre tifoidea...
-¡Mala suerte, pobre señorita!
-¡Buena ventaja para los demás!
-Y suponiendo que Lissy Wag esté en condiciones de tomar el tren, ¿podrá soportar las fatigas de tantos viajes?
Perfectamente, si la partida se acaba en unos cuantos golpes, lo que es muy posible.
Y así, por el estilo. En los comentarios abundaban las contradicciones y las exageraciones, respecto a la enfermedad de la joven.
Una de las veces en que Jovita se asomó a la ventana que daba a la calle se asombró al reconocer entre la gente nada menos que a Hogde Urrican. Estaba en compañía de un hombre de unos cuarenta años, de aspecto de marino, vigoroso y gesticulante. Parecía aún más violento e irascible que el terrible comodoro.
No podía ser por simpatía hacia la joven enferma por lo que Hogde Urrican se encontraba en Sheridan Street, lo que se vio confirmado cuando, al oír el marino alguien que aseguraba que la enfermedad de Lissy Wag se reducía a una simple indisposición, exclamó:
-¿Quién es el imbécil que dice eso?
Ni que decir tiene que el personaje aludido permaneció en el incógnito.
-¡Mal! ¡Muy mal está ella! -declaró el comodoro Urrican.
-Cada vez peor -añadió su compañero- y si alguien sostiene lo contrario...
-Vamos, Turk, contente.
-¡Que me contenga! -respondió Turk, mirando alrededor con sus ojos de tigre-. A usted, que es el más paciente de los hombres, le será fácil... Pero yo... yo, cuando oigo hablar de ese modo... me pongo fuera de mí... ¡y cuando me pongo fuera de mí!
-Bien... bien, ya basta -ordenó Hogde Urrican.
Después de tales frases, era preciso creer lo que nadie hubiera ni imaginado: que existía un hombre, junto al cual el comodoro Urrican debía pasar por un ángel de dulzura.
En fin, si ambos habían ido allí, era porque esperaban recoger malas noticias y asegurarse, de que en la partida Hypperbone no intervendrían más que seis jugadores.
La impaciencia de Jovita Foley respecto a la enferma, se tranquilizó un tanto con la visita del doctor Pughe por la noche.
-No... Sólo se trataba de una simple bronquitis -repetía-. Bastaría con algunos días de calma y reposo.
-¿Cuántos?
-Tal vez siete u ocho.
-¿Siete u ocho?
-Y a condición de que la ernerma no se exponga a las corrientes de aire.
-¡Siete u ocho días! -repetía desconsolada Jovita.
-Y esto... si no sobrevienen complicaciones graves.
La noche no fue muy buena. Reapareció la fiebre, que provocó abundante transpiración.
Jovita Foley no se acostó. Pasó las interminables horas de la noche a la cabecera del lecho de su amiga.
Al día siguiente, 9 de mayo, iba a efectuarse en el salón del Auditorium la quinta jugada de la partida Hypperbone. Jovita Foley hubiera dado diez años de vida por estar allí. Pero no había que pensar en dejar a la enferma.
Pero cuando Lissy Wag despertó, llamó a su compañera, y le dijo:
-Mi buena Jovita, ¿quieres pedir a nuestra vecina que venga a reemplazarte?
-¿Tú quieres que. ..?
-Quiero que vayas al Auditorium... Es a las ocho, ¿verdad?
-Sí... a las ocho.
-Quiero que vayas, y puesto que crees en mi suerte.
A ías siete y cuarenta y cinco, Jovita entraba en el. salón del Auditorium. Y a las ocho menos diez, el presidente y los socios del Excentric Club, escoltando al notario Tornbrock, aparecieron en escena, y se sentaron ante la rnesa.
Repentinamente, una fuerte voz interrumpió el silencio que se habla establecido no sin trabajo. Esta voz era la del comodoro. Pedía la palabra para hacer una observación. Se la concedieron.
-Me parece, señor Presidente, que para seguir la voluntad del difunto conviene no efectuar esta quinta jugada, puesto que la interesada, y tengo motivos muy formales para creerlo, no podrá partir ni hoy ni dentro de quince días, porque ha muerto esta mañana, a las cinco y cuarenta y siete.
Una voz femenina dominó el intenso murmullo que originó la declaración del marino.
-Eso es falso, ¡falso! ¡Porque yo, Jovita Foley, he dejado a Lissy Wag hace veinticinco minutos... viva y muy viva!
Redoblaron los clamores y las protestas del grupo Urrican, cuyos partidarios eran dignos de navegar bajo su pabellón.
Sin embargo, fuera lo que fuera, hubiera sido difícil tomar en cuenta la observación de Hogde Urrican, por lo cual éste modificó su argumentación.
-Sea. La jugadora núméro cinco no ha muerto, pero no importa. Sabemos en qué circunstancias se encuentra, por lo que pido que la jugada que se hará a favor mío se adelante cuarenta y ocho horas, y que la de hoy se atribuya al sexto jugador, que será clasificado con el número cinco.
El notario Tornbrock, cuando logró calmar el tumulto que aconteció, dijo:
-La proposición del señor Hogde UrrIcan descansa en una falsa interpretación de la voluntad del testador, y es contraria al juego de los Estados Unidos. Sea el que fuera el estado de salud de la jugadora número cinco, y aunque este estado se agravara hasta el punto de hacerla desaparecer del mundo de los vivos, mi deber me obliga a efectuar esta jugada a favor de la señorita Lissy Wag. Dentro de quince días, si no está en su puesto, rnuerta o viva, quedará privada de sus derechos, y la partida continuará con los restantes seis jugadores.
El comodoro tuvo que contener a Turk para evitar una desgracia.
-Voy a coger a este Tornbrock por el pescuezo y a arrojarlo afuera.
-¡Calma, Turk, calma! -ordenó Urrican.
Turk lanzó un rugido sordo de fiera mal domada que tiene deseos de devorar al domador.
Sonaron las ocho.
El notario, auizás más excitado que de costumbre, tomó el cubilete con la mano derecha y, después de introducir en él los dados, lo agitó. Se oyó el ruido de los dados al chocar en el fondo del cubilete y, al salir, rodaron hasta el extremo de la mesa. Con voz clara, dijo:
-Nueve, por seis y tres.
La jugadora número cinco iba de un salto a la casilla veintiséis, al estado vecino de Wisconsin.

Capítulo XII
-¡Ah, querida Lissy, qué feliz, qué maravilloso golpe de dados! -exclamó la impetuosa Jovita.
Acababa de entrar en la alcoba, sin preocuparse por saber si la enferma descansaba en aquel momento.
-Y, ¿cuál es el número? -preguntó Lissy, incorporándose en el lecho.
-Nueve, querida, nueve. Un seis y un tres... lo que de un salto nos lleva a la casilla veintiséis.
-¿Y esa casilla es?...
-Estado de Wisconsin... Milwaukee... a dos horas, dos horas solamente de Chicago. Con un cinco y con un cuatro, también nueve, se va a la casilla cincuenta y tres. Pero esta casilla es el estado de Florida. Es decir, al fin del mundo.
-En efecto, tienes razón -respondió Lissy-. La Florida está lejos.
-Todas las buenas probabilidades para ti... todas... y para los otros todas las desventajas.
-Sé más generosa.
-Bueno, exceptúo a Max Real. Pero volvamos a nuestro asunto, Lissy. El resultado obtenido nos pone en mejores condiciones que los demás. Actualmente el que iba a la cabeza era ese periodista, Harris T. Kymbale... que está en la casilla doce. Mientras que nosotras tenemos catorce puntos más. Sólo cuarenta puntos y llegamos al fin.
Lissy Wag no se ponía a su diapasón.
-Pero, ¿no te alegras?
-Sí,querida Jovita, e iremos a Wisconsin... a Milwaukee. . .
-Oh, tenemos tiempo, querida. No partiremos mañana, ni pasado... Si es preciso, podemos partir dentro de quince días. Con tal de que el 23, antes del mediodía, estemos allí...
-Bien... Me alegro, Jovita, puesto que tú estás contenta.
-¡Sí lo estoy! Tanto como el comodoro disgustado. Ese mal hombre quería dejarte fuera del concurso... ¡Y hasta se atrevió a decir que habías muerto! ¡Abominable hombre de mar! Ya sabes que a nadie quiero mal... ¡pero a ese comodoro le deseo que vaya al laberinto, a los pozos, a la prisión, y que tenga que pagar primas sencillas, dobles, triples...!
Aparte de sus habituales exageraciones, lo cierto era que Jovita Foley tenía razón. Aquel golpe de nueve, por seis y tres, era uno de los mejores para empezar. Y no solamente las hacía adelantar a los demás, sino que dejaba tiempo suficiente para que Lissy Wag se restableciera.
Aquella noche, Jovita Foley consintió en no permanecer en la alcoba de Lissy, y se instaló en la suya, dejando la puerta entreabierta. Allí, ante la mesa, donde se veía el mapa del juego de los Estados Unidos de América y la Guía del viajero, no cesó de estudiar Wisconsin, en lo referente al clima, salubridad, costumbres, como si pensara instalarse en dicho punto para toda su vida.
El día 9 no trajo cambio alguno en el estado de la enferma. De aquí dedujo Jovita Foley que ocho días bastarían para la completa curación de su amiga. Así, pues, no había que temer ninguna complicación.
La mañana del día 11 Jovita Foley entró en el cuarto de Lissy, que observó el rostro radiante de su amiga.
-¿Dónde fuiste, Jovita?
-Oh, a los almacenes Marshall Field, a darles la noticia de tu pronto restablecimiento.
-Hiciste bien, Jovita; pero ¿no fuiste a alguna otra parte?
-¿A otra parte?
-¿No estamos a 11 de mayo?
-Sí.
-Pues la sexta jugada de dados ha debido efectuarse
-Sin duda...
-Y, ¿bien?
-Pues... Jamás he experimentado una alegría más grande. ¡Deja que te abrace!... Yo no quería contártelo por no emocionarte... Pero esto es más fuerte que yo.
-Habla, Jovita.
-Figúrate que él ha sacado nueve también... pero por cuatro y cinco...
-¿Quién?
-El comodoro Urrican.
-Pues me parece una excelente jugada..
-Sí, porque el primer golpe va a la casilla cincuenta y tres, delante de todos; pero también es mal golpe.
-¿Y por qué es malo?
-Porque el comodoro ha sido enviado al otro extremo.
-¿Al otro extremo?
-¡Sí... al fondo de la Florida!
Tal era, en efecto, el resultado de la jugada de aquella mañana, proclamada con visible satisfacción por el notario Tornbrock, irritado aún contra Hodge Urrican.
-¡Al fondo de la Florida! -repetía Jovita-. ¡Al fondo de la Florida! ¡A dos mil millas de aquí!
La noticia no causó a Lissy emoción tan profunda como su amiga temía. Su natural bondad llevaba más bien a compadecer al comodoro.
-¡Pobre hombre! -murmuró Lissy.
Al día siguiente, Lissy Wag pudo tomar algún alimento. No pudo abandonar el lecho; mas como el tiempo les parecia largo a ambas, particularmente a Jovita, esta se quedó en la habitación, y, casi siempre en forma de monólogo, la conversación no languideció.
¡Y de qué hablaría Jovita sino del estado de Wisconsin, en su opinión, el más bello de los Estados Unidos! Con su guía ante los ojos, ella no callaba; y aunque Lissy Wag, por motivo de su enfermedad, no iría a dicho estado hasta el último día, y no permanecería en él más que algunas horas, lo conocería como si hubiera pasado varias semanas.
-Imagínate, querida -decía Jovita Foley con tono admirativo-, que en otra época se llamaba Mesconsin, a causa de un río de este nombre, y que en todo el país nada hay que pueda comparársele. En la parte norte se ven todavía los restos de antiguos pinares que cubrían todo el territorio. Posee fuentes termales superiores las de Virginia, y estoy segura que si tu bronquitis...
-¿Pero -objetó Lissy- no es a Milwaukee a donde debemos ir?
-Sí... a Milwaukee, la principal ciudad del estado y cuyo nombre en lengua india significa ¡hermoso país! También se la llama la Atenas germano-americana, debido al gran número de alemanes que en ella residen. ¡Ah! Cuando estemos allí, ¡qué gratos paseos daremos por la orilla del río donde se levantan hermosas casas! nada más que construcciones de ladrillo de un blanco lechoso.
Y Jovita Foley leía con voz entusiasta las páginas de su guía, y refería las diversas transformaciones de aquel país, en otro tiempo recorrido por las tribus indias, colonizado por los franco-canadienses en una época en que se le designaba aún con el nombre de Badger- State, el estado Blaireau.
En la mañana del 13 la curiosidad de Chicago aumentó. En el salón Auditorium había tantos espectadores, como el día que se leyó el testamento de William J. Hypperbone. A las ocho iba a hacerse la séptima jugada de dados a favor del misterioso y enigmático personaje designado por las iniciales X. K. Z.
En vano se había procurado deshacer el incógnito de este jugador. Los más hábiles periodistas de la prensa local no lo habían logrado. Cuando se interrogó al notario Tornbrock sobre el asunto aseguró que nada sabía, y que su única misión era la de enviar a las oficinas del Telégrafo donde él debía esperarlos, los resultados de lasjugadas que se refieran al “hombre enmascarado” expresión adoptada por el público.
No obstante, se esperaba que aquella mañana el señor X. K. Z. respondería al llamamiento que se hiciera en el salón Auditorium. Pero la pública curiosidad quedó defraudada por completo.
Ni con máscara ni sin ella, ningún individuo se presentó cuando el notario Tornbrock, después de hacer rodar, los dados sobre el mapa, proclamó en voz alta:
-Nueve por seis y tres. Casilla veintiséis, estado de Wisconsin.
Circunstancia singular: era el mismo número obtenido por Lissy Wag, producido por idéntica jugada. Pero caso grave para la joven, según la regla establecida por el difunto, sí ella se encontraba aún en Milwaukee el día en que X. K. Z. llegara allí debía cederle el puesto y volver al suyo, lo que equivalía a recomenzar la partida. ¡Y no poder marchar!... ¡Quedar retenida en Chicago!
La multitud se resistía a salir... Esperaba... Nadie. Fue preciso resignarse. Se produjo el desencanto general, que los periódicos de la noche tradujeron en artículos poco simpáticos
para X. K. Z. ¡No se jugaba así con toda una población!
Transcurrieron los días. Cada cuarenta y ocho horas las jugadas se efectuaban con normalidad, y los resultados eran enviados por telégrafo a los interesados a los lugares donde debían estar en los plazos marcados.
Llegó el 22 de mayo. Ninguna noticia de X. K. Z., que aún no había aparecido por Wisconsin.
Verdad que bastaría con que el día 27 estuviera en las oficinas del Telégrafo de Milwaukee.
¿No podía Lissy Wag ir inmediatamente a Milwaukee y, conforme a la regla del juego, partir de este punto antes que X.K. Z. llegara? Sí, puesto que estaba casi restablecida. Pero ahora había motivo para temer que Jovita Foley, víctima de violenta crisis de excitación nerviosa, cayera a su vez enferma. Se declaró un acceso de fiebre, y tuvo que guardar cama.
-¡Te lo había prevenido, pobre Jovita! -le dijo Lissy. No eres razonable.
-Esto no será nada, querida... Y, adernás, la situación no es la misma. Yo no forrno parte del juego; y si no pudiera partir, partirías sola.
-¡Jamás, Jovita!
-Sin embargo, sería preciso.
-¡Jamás!, te digo... Contigo, sí, aunque esto no tenga sentido común... ¡Sin ti... no!
Afortunadamente, Jovita se restableció pronto, y el día 22 por la tarde, pudo levantarse ya.
-¡Ah! -exclamó-. Daría diez años de mi vida por estar ya en camino.
Después de los diez años que había dado varias veces, y de los diez que daría en más de una ocasión en el curso del viaje no le quedaría mucho tiempo de vida.
La partida estaba fijada para el día siguiente, 23, a las ocho de la mañana, en el tren que en dos horas llega a Milwaukee, donde Lissy Wag encontraría, al mediodía, el telegrama del notario Tornbrock. Aquel último día hubiera terminado sin ningún incidente si no hubieran recibido las dos amigas, a última hora de la tarde, una inesperada visita.
Se trataba del señor Humphry Weldon, de Boston, Massachussets, que penetró decidido en la primera habitación, cuya puerta acababa de abrirle Jovita Foley dirigiéndose al cuarto en que Lissy estaba; ésta, al ver al visitante, hizo ademán de levantarse.
-No... no se moleste, señorita -dijo él-. Excusará mi inoportunidad... pero deseaba verla... ¡Oh! nada más que un instante.
Aceptó la silla que le acercaba Jovita.
-Un instante, nada más que un instante -repetía-. Sepa que tengo la intención de apostar una importante suma en su favor, pues creo en su triunfo, y quería asegurarme del estado de su salud...
-Estoy completamente restablecida, caballero -respondió Lissy Wag-, y le agradezco su confianza... Pero, realmente, mis posibilidades de triunfo...
-Cuestión de presentimiento, señorita Wag -respondió el señor Weldon, con tono decidido.
-Lo que piensa de mi amiga Lissy yo también lo pienso -exclamó Jovita-. Tengo la seguridad de que ganará.
-Yo estoy no menos seguro de ello, desde el momento en que nada se opone a su partida -dijo el señor Weldon.
-Mañana -afirmó Jovita Foley- ambas estaremos en la estación, y antes del mediodía el tren nos dejará en Milwaukee.
-Donde podrán ustedes descansar algunos días, si es preciso.
-¡Oh, no! Es preciso que no estemos allí el día que llegue el señor X. K. Z.; pues, de lo contrario, nos veríamos obligadas a recomenzar la partida.
-Es natural. Además -añadió el caballero-, veo con extrema satisfacción, señorita Wag, que no parte usted sola.
-No, me acompaña mi amiga, o, por mejor decirlo, me lleva con ella.
-Pues, señorita Foley, cuento con usted para hacer que su amiga gane.
Dicho esto, el señor Humphry Weldon se despidió de las dos jovenes.
Al día siguiente, 23 de mayo, a las cinco de la mañana, las más impaciente de las dos viajeras estaba ya de pie.
Y en aquellos momentos, inmediatos a la partida, era la misma Jovita quién se forjaba, en una última crisis nerviosa, toda una serie de pretendidos impedimentos, desgracias, retrasos y accidentes. El carruaje que iba a transportarlas a la estación podría volcar por el camino...
Cualquier obstáculo podía impedir el paso... Podía haber un cambio en los horarios del tren...
Éste podría, incluso, descarrilar antes de llegar a Milwaukee.
-Cálmate, Jovita, cálmate... -no cesaba de repetir Lissy
-No puedo... no puedo, querida.
-¿Vas a continuar en este estado durante todo el viaje?
-¡Decididamente!
-Entonces... me quedo.
-El coche está abajo, Lissy... Andando.
Las dos amigas bajaron y subieron al vehículo, dirigiéndose hacia la estación.
Quizás Jovita Foley experimentó cierto desencanto al notar que la partida de la jugadora número cinco no había atraído gran número de curiosos. Decididamente, Lissy Wag no era favorita en la partida Hypperbone. La modesta joven no se lamentó de esto; al contrario, prefirió dejar Chicago sin provocar la atención pública.
-¡Ni aún ese digno señor Weldon vino! -no pudo menos que decir Jovita.
Paritó el tren por la vía férrea que sigue la orilla del lago Michigan. Lake View, Evanston, Glenoke y otras estaciones fueron pasadas a toda velocidad. El tiempo era soberbio. Las aguas resplandecían, animadas por los barcos de vapor y de vela. Después de abandonar Vankegan, ciudad importante del litoral, el tren salió de Illinois, en la estación de State Line, para entrar en Wisconsin. Más tarde, dejaron atrás la importante ciudad de Racine, y, aún no eran las diez, cuando el tren se detuvo en la estación de Milwaukee.
-¡Ya estamos... ya estamos! -exclamó Jovita.
-Y con dos horas de adelanto -observó Lissy Wag, mirando el reloj.
-No... ¡con catorce días de retraso! -respondió Jovita, saltando al andén.
Las dos viajeras montaron en un coche y se dirigieron a un hotel. Cuando se les preguntó si permanecerían en Milwaukee, Jovita Foley respondió que lo diría al volver de las oficinas del Telégrafo, pero que probablemente partirían aquel mismo día.
Después preguntó a Lissy:
-¿Tienes apetito?
-Almorzaría de buena gana, Jovita.
-Pues bien; almorzaremos y luego daremos un paseíto.
-Pero ya sabes que al mediodía...
-Sí, lo sé, querida.
Se sentaron en el comedor, pero no permanecieron más de media hora a la mesa.
A las dos menos cuarto las dos viajeras entraban en las oficinas de Telégrafos, y Jovita Foley preguntaba al empleado si había llegado un despacho para la señorita Lissy Wag.
-¿Señorita Lissy Wag? -preguntó el empleado.
-Sí... de Chicago -respondió Jovita Foley.
-El telegrama está aquí -añadió el empleado, entregándoselo a Lissy.
-¡Dame... dame! -dijo Jovita-. Tardarías mucho en abrirlo y yo sufriría un ataque de nervios.
Y con sus dedos, que temblaban de impaciencia, desgarró el sobre y leyó estas palabras:
Señorita Wag, Oficinas de Telégrafos. Milwaukee. Wisconsin.
Veinte, por diez y diez, casilla cuarenta y seis, estado de Kentucky, Mammouth-Caves.
Tornbrock.

Capítulo XIII
A las ocho de la mañana del 11 de mayo, el comodoro Urrican había tenido la noticia del número de puntos de la jugada sexta que le concernía, y a las nueve y veinticinco había abandonado Chicago.
Como se ve, no había perdido el tiempo, y debía no perderlo dada la obligación de encontrarse antes de quince días en el extremo de la península de Florida.
Nueve, por cuatro y cinco, era uno de los mejores golpes de la partida. De un salto el afortunado era enviado a la casilla cincuenta y tres, aunque esta casilla la ocupaba en el mapa el estado de Florida, el más alejado en el sureste de la República norteamericana.
Los amigos de Hodge Urrican, sus partidarios, mejor dicho, pues él no tenía amigos, quisieron felicitarlo a su salida del Auditorium; el comodoro contestó con aquel tono agrio que daba tanto encanto a sus palabras.
-Comodoro -se le repetía- cinco y cuatro es un magnífico comienzo.
-Soberbio... sobre todo para el que tiene que ir a Florida.
-Ha de convenir que con eso adelanta en mucho a los demás jugadores.
-Creo que esto es justo, puesto que la suerte me hace salir el último.
-Seguramente, señor Urrican, y bastaría ahora obtener el número diez para triunfar, y habría usted ganado la partida en dos jugadas.
-Es verdad, señores. Y si obtuviera el nueve no podría ganar la jugada siguiente. Y si obtengo más del diez, sería preciso retroceder no se sabe dónde.
-No importa, comodoro. En su lugar, otro estaría satisfecho.
-¡Bien, pues yo no lo estoy!
Gruñendo y de mal hunior, el comodoro Urrican regresó a su casa de Randolph Street, con
Turk, cuyas quejas eran tan violentas que su amo tuvo que ordenarle formalmente que se callara.
¿Su amo? ¿Era su criado? Sí y no.
En primer lugar, aunque estuviera al servicio del comodoro, no recibía sueldo alguno, y cuando tenía necesidad de dinero -siempre muy poco- lo pedía, y aquél se lo daba. Turk era un antiguo marinero de la marina federal, que no había navegado más que a bordo de los mismos barcos que Hodge Urrican. Así es que ambos se conocían bien, y Turk era la única persona con la que el irascible oficial podía entenderse. Cuando fue jubilado, abandonó la marina, se reunió con el comodoro y se unió a él en las condiciones que se han indicado ya.
De esto hacía ya tres años.
Pero lo que nadie sospechaba era que Turk era el más inofensivo y menos matón de los hombres. Turk experimentaba verdadero afecto por el comodoro, a despecho de su insociabilidad. Era como uno de esos perros fieles que, cuando su amo se enfada con alguien, ladra con furor. Pero la costumbre de gritar por cualquier cosa y más alto que Urrican, no había alterado la dulzura de su carácter. Su cólera era fingida, y representaba maravillosamente una comedia.
Por puro afecto hacia su jefe, y con el objeto de contener a éste espantándolo por las consecuencias de su furor, hacía lo que hacía. Y, en efecto, cuando Turk intervenía, Hodge Urrican acababa por tranquilizarse.
Cuando uno hablaba de ir a pedir cuentas a algún sinvergüenza, el otro hablaba de romperle las narices, y cuando el comodoro hablaba de romper narices, el otro hablaba de dar muerte; entonces el comodoro procuraba hacer entrar en razón a Turk. De esa manera éste ponía fin con frecuencia a cuestiones de las que el comodoro tal vez hubiera salido mal librado.
Tal era el hombre original -bastante diestro para no haber dejado adivinar su juego- que aquella mañana acompañaba al comodoro Urrican a la estación central de Chicago.
Y ¿cuál sería el itinerario adoptado por el comodoro? Seguramente el que ofreciera menos peligros de retrasos.
-Escucha, Turk -había dicho así que entró en su casa-. Escucha y mira.
-Escucho y miro, jefe.
-Este mapa que tienes delante es el de los Estados Unidos. Aquí está Illinois. Aquí la Florida.
Comprenderás, Turk, que si no se tratara de ir más de Tallahassee, la capital de Florida, o de Pensacola, o hasta Jacksonville, el viaje hubiera sido fácil y rápido, combinando los diversos trenes que llevan a esos puntos.
-Fácil y rápido -repitió Turk.
-¡Cuando pienso que esa señoritinga de Lissy Wag va a trasladarse sólo de Chicago a
Milwaukee!
-¡La miserable! -gruñó Turk.
-Y que ese Hipperbone...
-¡Oh, si no estuviera muerto, mi comodoro! -exclamó Turk, levantando el puño, como si hubiera querido acogotar al difunto.
-Cálmate, Turk. Está muerto. Pero, qué idea tuvo de elegir en toda la Florida, el punto más alejado del estado, el final de esa cola de la península que se remoja en el golfo de México.
-Una cola con la que merecía ser azotado hasta sacarle sangre -declaró Turk.
-En fin, el hecho es que tenemos que ir a Key West, a este islote de los Pine Island.
-Mal sitio, comodoro -respondió Turk.
-Pues bien: yo creo que lo mejor y lo más corto será efectuar la primera mitad del viaje por tierra, y la segunda por mar, o sea novecientas millas para llegar a Mobile, Alabama, y de quinientas a seiscientas para llegar a Key West.
Turk no hizo objeción alguna a tan razonable proyecto.
En treinta y seis horas de tren, Hodge Urrican estaría en Mobile, y le quedarían doce días para efectuar la travesía de Mobile a Key West.
-Y si no llegamos -declaró el comodoro- será que no navegarán los barcos.
-O que no habrá agua en el mar -respondió con tono amenazador para el golfo de México.
Se convendrá en que no eran de temer estas dos eventualidades.
Tampoco habría dificultad de encontrar en Mobile un barco dispuesto a partir para la Florida.
Este puerto no es muy frecuentado por ser su movimiento de navegación muy considerable.
Ningún incidente ocurrió a su partida, en la que se lanzaron los hurras de costumbre.
Únicamente el comodoro tuvo unas palabras muy vivas con el jefe de estación por motivo de un retraso de tres minutos y medio.
El tren partió a gran velocidad, y así atravesaron Illinois.
La tarde del día 12 el tren franqueaba el límite de Alabama, y a las diez de la noche se detenía en la estación de Mobile.
El comodoro se hizo conducir a un hotel situado cerca del puerto. Al amanecer, Hodge Urrican y Turk abandonarían sus respectivos cuartos, y si había un barco presto a darse a la vela en dirección al estrecho de Florida, se embarcarían aquel mismo día.
Pero hay personas de mala suerte, y esta vez Hodge Urrican tuvo motivo para encolerizarse.
Había llegado a Mobile en plena huelga general de cargadores, que amenazaba durar varios días. Y de los barcos dispuestos para darse a la mar, ninguno podría hacerlo sin previo acuerdo de los armadores, resueltos a resistir a las pretensiones de los huelguistas.
De aquí que en vano esperó el comodoro durante los días 13, 14 y 15 a que un navío acabara su cargamento y partiera. Hodge Urrican, preciso es reconocerlo, era hombre decidido y sabía tomar su partido sin vacilaciones. Así es que el día 16, por la mañana, cogió de nuevo el tren y, la misma noche de aquel día, llegó a Pensacola, ya en Florida.
Quedábanle aún nueve días y, en realidad, este tiempo era mayor que el que exige la travesía de Pensacola a Key West, aún a bordo de un velero.
Pero... La mala suerte continuaba. En Pensacola no había huelga, pero tampoco había ningún barco dispuesto a zarpar, al menos en dirección a Key West.
-Decididamente -dijo Urrican, mordiéndose los labios- esto va mal.
-Y ¡sin nadie a quien poderle hacer pagar las culpas! -respondió su compañero, arrojando en torno una feroz mirada.
-No podemos, sin embargo, permanecer aquí durante una semana sobre nuestra ancla.
-No. .. Es menester aparejar, cueste lo que cueste, mi comodoro -declaró Turk.
-Conformes... Pero, ¿cómo vamos a trasladarnos de Pensacola a Key West?
Transcurrieron dos días, y ya no quedaba más recurso que intentar por tierra lo que por mar no era posible.
¡Cuántas fatigas y retrasos habría que temer!
Júzguese. .. Era menester atravesar en ferrocarril la Florida en toda su latitud. Un recorrido de seiscientas millas con trenes que no empalmaban. Y esto hubiera sido aún aceptable si, a partir de allí la red de vías férreas sirviera por completo la parte meridional de la Península.
Pero no era así, y si no encontraban un barco dispuesto a partir, tendrían que recorrer un largo camino en las más deplorables condiciones.
Esta parte de Florida, el país de los Everglades, tenía pocos medios de comunicación, y difíciles todos ellos. Había que penetrar en bosques inmensos y en regiones de aguas pantanosas, deshabitadas por completo, o habitadas por indios de la tribu de los seminolas. El clima allí es húmedo y cálido, propicio al desarrollo de las fiebres palúdicas, que en algunas horas matan a los hombres de más recia constitución.
Era el 19 de mayo. No quedaban más que seis días... Y el camino por tierra era imposible.
Aquella mañana, el comodoro fue abordado en el muelle por uno de esos patronos, mitad americanos, mitad españoles, que hacen el cabotaje en pequeña escala a lo largo de las costas de Florida.
El patrón, llamado Huelcar, le dirigió la palabra llevándose la mano a la gorra.
-¿No hay barco para la Florida, mi comodoro?
-No -respondió Urrican-, y si me indica usted alguno, le daré diez dólares.
-Conozco uno.
-¿Cuál?
-El mío.
-¿El de usted?
-Sí, la "Chicola", una linda goleta de cuarenta y cinco toneladas, tres hombres de tripulación y que con un buen viento hace sus buenos seis nudos.
-¿Cuánto me costará la travesía? -preguntó el comodoro.
-Cien dólares por día.
-¿Con alimentación?
-Con alimentación.
Era caro. Huelcar abusaba de su situación; pero no importaba.
-Partiremos al instante -ordenó Hodge Urrican.
Embarcarse en la "Chicola" era el único medio de llegar a Key West, antes del mediodía del día 25.
A las ocho pagaban ya la cuenta del hotel, y cincuenta minutos después la goleta salía de la bahía y ponía la proa hacia alta mar.

Capítulo XIV
El tiempo era inseguro. El viento soplaba del este. La mar, resguardada por la península de Florida no se resentía aun del movimiento del Atlántico, y la "Chicola" navegaba bien.
El viento del este se mantuvo durante todo el día y toda la noche, con tendencia a calmarse.
Por desgracia, al día siguiente cayó gradualmente, y la "Chicola" tuvo que navegar a fuerza de remos para no ser llevada a alta mar. Durante cuarenta y ocho horas la navegación fue casi nula. El comodoro, devorado por la impaciencia se mordía los puños, sin dirigir la palabra a nadie, ni aun a Turk.
No obstante, el día 22 amaneció con esperanzas de modificación en el estado atmosférico.
-El tiempo va a cambiar -dijo aquella mañana el comodoro Urrican.
-Sí -contestó el patrón Huelcar-. Pero no me gusta cuando el viento sopla de esta parte.
Hodge Urrican permaneció silencioso, visiblemente inquieto por los síntomas que se acentuaban entre el oeste y el suroeste.
Por la tarde empezó a soplar el viento en forma de huracán, con breves pausas de calma. Fue preciso quitar las velas altas, y sobre aquella mar dura y soberbia, la goleta marchaba como una pluma entre las olas.
La noche fue mala. La "Chicola" era empujada hasta la costa más de lo que convenía. El patrón maniobró como marino experto, mientras Turk, al timón, sostenía el barco en lo que era posible, contra las olas.
Los tripulantes rivalizaron en audacia y destreza a fin de sostener el barco contra la borrasca que venía de alta mar, a riesgo de naufragar. La goleta perdió tres o cuatro millas durante el día y la noche siguientes. Si el viento no soplaba por norte o sur, no podría resistir, y al día siguiente estaría junto a la costa.
Así sucedió: al alba el día 24, la tierra, erizada de rocas mostró a cinco millas las terribles puntas del cabo Sable. Algunas horas más, y la "Chicola" sería arrastrada a través del estrecho de Florida.
Sin embargo, con nuevos esfuerzos y aprovechando la marea ascendente, hubiera sido posible ir a pasar a alguna bahía cercana.
-Es preciso -declaró Huelcar.
-¡No! -respondió Hodge Urrican.
-Yo no puedo arriesgarme a perder mi barco, y con él nosotros...
-Te compro el barco.
-No está en venta.
-Un barco está siempre en venta cuando se da por él más de lo que vale.
-¿Cuánto da usted por él?
-Dos mil dólares.
-Convenido -respondió Huelcar, encantado de tan beneficiosa venta.
-Es el doble de su valor -añadió el comodoro Urrican-. Mil dólares por el casco del buque... y mil más por el tuyo y el de tus hombres.
-Y el pago, ¿cuándo?
-Al contado... Con un cheque que te entregaré en Key West.
-Trato hecho, mi comodoro.
-Y ahora... Huelcar, ¡la proa a alta mar!
Durante todo el día, la "Chicola" luchó valientemente, alguna vez cubierta en gran parte por las olas. Sin embargo, Turk la mantenía con mano firme, y la tripulación maniobraba con tanto valor como pericia.
La goleta había logrado separarse de la costa, gracias sobre todo a un ligero cambio de viento del Norte. Pero al llegar la noche atenuóse el viento y el espacio se llenó de opacas nubes.
Entonces hubo un apuro extraordinario. Había sido imposible durante el día calcular la posición. ¿Se encontraban a la altura de Key West, o bien la habían sobrepasado?
A juicio del patrón Huelcar, la "Chicola" se encontraba muy cerca del rosario de islotes, que continúan la peninsula de Florida, y donde está situada Key West.
-De no haber brumas, seguramente veríamos el faro de Key West -dijo-. A mi juicio, lo más acertado sería esperar el día, y si la niebla se disipa...
-No esperaré -respondió el comodoro.
Y en realidad no podía esperar, si pretendía estar en Key West al siguiente día, antes de las doce.
La "Chicola" continuaba manteniéndose proa al sur cuando hacia las cinco de la mañana se produjo un choque... y después otro.
La goleta había chocado contra un escollo, y con el casco hundido por la proa, naufragó sobre el flanco de babor.
En aquel momento se oyó un grito.
Turk reconoció la voz del comodoro. Lo llamó, pero no obtuvo respuesta.
El patrón y sus hombres pudieron asentar el pie sobre el escollo, contra el que habían chocado. Con ellos, Turk, desesperado, buscaba y llamaba al comodoro, infructuosamente.
A las siete, las brumas comenzaron a aclararse y se inició la búsqueda. Poco después, uno de los marineros descubrió el cuerpo del comodoro, sujeto entre dos puntas del escollo.
Acudió allí Turk y, sollozando, abrazó el cuerpo de su jefe, hablándole sin obtener respuesta.
Sin embargo, aún se escapaba un ligero soplo de los labios de Hodge Urrican, y su corazón latía.
-¡Vive! ¡Vive! -exclamó Turk.
Realmente, el comodoro estaba en lamentable situación. Al caer, su cabeza había chocado contra un ángulo de la roca. Le vendaron la herida. Luego, sin recobrar el conocimiento, fue trasladado a una parte alta del islote.
El cielo estaba entonces libre de nieblas, y la mirada podía abarcar gran extensión. Eran las nueve y veinte. Huelcar, tendiendo el brazo hacia el oeste, exclamó:
-¡El faro de Key West!
En efecto, Key West se encontraba a cuatro millas en la dirección indicada. Si la noche hubiera sido clara, se hubiera podido ver la luz del faro y la goleta no hubiera zozobrado sobre los peligrosos escollos.
En resumen, en lo que concernía al jugador número seis de la partida Hypperbone, podía darse por fuera de combate. No tenía medio para franquear la distancia que separaba el islote en que se hallaba, puesto que la "Chicolá" había quedado completamente inservible. Sería preciso que permanecieran en este pedazo de roca, en espera de que pasara un barco y los recogiera.
No hay que decir que Turk no se hacía ilusiones sobre el resultado de la partida Hypperbone.
Para Hodge Urrican la partida estaba perdida. ¡Qué acceso de cólera cuando el comodoro volviera en sí!
Serían poco más de las diez cuando uno de los marineros de la "Chicola" grito:
-¡Una barca!
En efecto, una chalupa de pesca, impulsada por una ligera brisa, se aproximaba al islote.
Apresuróse Huelcar a hacer señales, que fueron vistas por la gente de la chalupa, y media hora después recogidos los náufragos, la embarcación ponía rumbo hacia Key West.
Empujada por la brisa, la barca franqueó rápidamente la distancia de cuatro millas, y a las once y quince anclaba en el puerto.
La chalupa fondeó, y al momento centenares de habitantes rodearon a los náufragos.
Esperaban al comodoro Urrican. ¡Y en qué estado se presentaba a sus ojos! Decididamente, la mar no se mostraba propicia a los jugadores de la partida Hypperbone... Crabbe llegaba a Texas como una masa inerte, y el comodoro en estado de cadáver, o poco menos. Lo condujeron a las oficinas del puerto, donde el médico acudió enseguida. Respiraba aún, y aunque su corazón latía débilmente, no parecía que ninguno de sus órganos estuviera lesionado, no obstante, cuando fue lanzado fuera de la goleta, su cabeza chocó con el ángulo de una roca., la sangre había corrido en abundancia y siempre había temor de alguna lesión en el cerebro.
En suma, no obstante los cuidados y los vigorosos masajes a que lo sometieron, el comodoro, aunque lanzó dos o tres suspiros no recobró el conocimiento.
El médico propuso entonces transportarle a un cómodo hotel, a menos que no se creyera preferible conducirlo al hospital de Key West, donde estaría mejor cuidado que en otra parte.
-No -respondió Turk-; ni al hospital ni al hotel.
-¿Dónde, entonces?
-¡A las oficinas del Telégrafo!
Turk tenía una idea, que comprendieron y secundaron todos los que estuvieron presentes en aquella escena. Puesto que Hodge Urrican había llegado antes del mediodía a Key West el 25 de mayo -y contra viento y marea, bien puede afirmarse-, ¿por qué su presencia no había de constar oficialmente en el sitio que en dicha fecha debía encontrarse?
Tendieron en una camilla al comodoro, y entre una multitud creciente se dirigieron todos al despacho del Telégrafo.
Vivo asombro de los empleados, que sospecharon un error. ¿Se tomaba la oficina por el depósito de cadáveres?
Pero cuando supieron que el cuerpo allí conducido era el del comodoro Urrican, uno de los jugadores de la partida Hypperbone, su asombro se trocó en emoción. Estaba allí ante la ventanilla del Telégrafo; allí, donde el golpe de dados cinco y cuatro lo había enviado... muy lejos... ¡y en qué estado!
Turk avanzó, y con voz fuerte preguntó:
-¿Hay un telegrama para el comodoro Urrican?
-Aún no -respondió el empleado.
-Pues entonces, caballero -replicó Turk-, certifique usted que estamos aquí antes que él... -y el hecho se consignó en un registro ante numerosos testigos.
Eran las once y cuarenta y cinco, y no había más que esperar el telegrama que, sin duda, aquella mañana debía haber sido expedido en Chicago.
No se esperó mucho tiempo.
A las once y cincuenta y tres sonó el timbre del aparato; funcionó el mecanismo y se desenvolvió la banda de papel.
Cuando el empleado la retiró, leyó la dirección y dijo:
-Un telegrama para el comodoro Hodge Urrican...
-Presente -respondió Turk por su amo, en el que el médico no pudo, ni aun en aquel instante, sorprender la menor señal de inteligencia.
El telegrama estaba redactado en estos términos:
Chicago, Illinois, 8 horas, 13 mañana, 25 mayo. - Cinco, por tres y dos, casilla cincuenta y ocho, estado de California, Death Valley.- TORNBROCK
¡Estado de California! ¡Al otro extremo del territorio federal, que era preciso atravesar del sudeste al noroeste!
Y no solamente una distancia de más de dos mil millas separa California de Florida, sino que, además, la casilla cincuenta y ocho era la que en el juego de la oca figura con la cabeza de muerto. Y después de llegar a esa casilla el jugador está obligado a volver a la primera para comenzar la partida.
-Vamos -se dijo Turk-. ¡Vale más que mi pobre jefe no recobre el sentido... pues nada lo levantaría de semejante golpe!

Capítulo XV
No se habrá olvidado que en principio, según el testamento, el número de los jugadores era el de seis, elegidos por la suerte. Estos Seis, siguiendo instrucciones del notario Tornbrock, habían figurado en el cortejo fúnebre, junto al carruaje mortuorio del excéntrico personaje.
También se recordará que cuando en la sesión del 15 de abril el notario dio lectura a dicho testamento en la sala del Auditorium un inesperado codicilo hizo intervenir a un séptimojugador, únicamente designado por las iniciales X. K. Z. Este nuevo personaje, ¿había salido de la urna como los otros concurrentes, o había sido impuesto por la voluntad del difunto? No se sabía. Fuera lo que fuera, nadie podía pensar en eludir cláusula tan formal. El señor X. K. Z., el hombre enmascarado, gozaba de los mismos derechos que los otros Seis, y si ganaba la enorme herencia, nadie le disputaría la posesión de ella.
Cumpliendo con lo dispuesto en la mencionada cláusula el día 13, a las ocho de la mañana, el notario Tornbrock había procedido a una nueva jugada de dados, y el número de puntos obtenido, nueve por seis y tres, obligaba al señor X. K. Z. a ir a Wisconsin. Si el desconocido jugador no estaba poseído por ese afán inmoderado de los viajes, por ese amor a cambiar de lugares que devoraba al redactor del Tribune; si era refractario a toda pasión locomotriz, debía declararse satisfecho. En algunas horas, y por ferrocarril, llegaría a Milwaukee, y por poco que allí permaneciera cuando él llegara, Lissy Wag debería cederle el puesto y recomenzar la partida.
Se ignoraba si el hombre enmascarado se había apresurado a dirigirse a Wisconsin así que conoció el resultado de la séptima jugada, aunque tuviera quince días por delante.
El público había estado muy intrigado por la introducción del nuevo personaje en el match.
¿Quién era? De Chicago sin duda, puesto que el testador no había admitido más que naturales de Chicago. Pero nada más se sabía, y la curiosidad era muy viva.
Así es que el día 13 del referido mes, gran multitud había acudido a la estación de los trenes de Chicago a Milwaukee.
Se esperaba conocer a aquel X. K. Z. en su paso, en su actitud, en algo original. Completa decepción. No se vieron más que las caras de costumbre, de viajeros de todas, las clases sociales, que en nada se distinguían del resto de los mortales. Sin embargo, en el momento de partir el tren, se tomó a un hombre por el enmascarado, y, muy aturdido, viose objeto de una ovación que no merecía.
Al día siguiente también fueron muchos curiosos a a estación; menos al otro; y muy pocos los días siguientes, y no se advirtió en ningún viajero nada extraño que hiciese sospechar que se tratara del séptimo jugador del match Hypperbone.
Algunas personas, deseosas de apostar grandes sumas, a favor del misterioso personaje, interrogaron al notario Tombrock. Este se vio asediado a preguntas.
-Usted debe saber a qué atenerse sobre este X. K. Z. -le decían.
-Nada sé...
-¿Lo conoce usted?
-No lo conozco; y aunque lo conociera, no tendría el derecho de descubrir su incógnito.
-Pero usted debe saber dónde reside. Si tiene su domicilio en Chicago o en otra parte, puesto que usted le anunció el resultado de la jugada.
-Yo no le anuncié nada. Él lo habrá sabido por los periódicos y anuncios, o lo habrá oído proclamar en el salón del Auditorium.
-Pero tendrá usted que expedirle un telegrama para informarle el resultado de la nueva jugada del día 27 de este mes, que le interesa.
-Se lo expediré, sin duda.
-Dónde?
-Donde él estará; mejor dicho, donde debe estar. A Milwaukee, Wisconsin.
-¿Pero con qué señas?
-Al Telégrafo, con las iniciales X. K. Z.
-Pero, ¿y si él no está allí?
-Si él no está allí, peor para él: perderá todo derecho.
Como se ve, a los peros de los que le preguntaban, el daba siempre la misma respuesta: él no sabía nada y nada podía decir.
Al fin, el interés por el hombre del codicilo, tan vivamente excitado al principio, acabó por atenuarse, dejando al porvenir el cuidado de descifrar el incógnito de X. K. Z. Si él ganaba, si llegaba a ser el único heredero los millones de William J. Hypperbone, esto no sucedería sin que su nombre se extendiera por el mundo entero. Por el contrario, si no ganaba, ¿qué importaba si era joven o viejo, alto o bajo, delgado o gordo, rubio o moreno, rico o pobre, ni con qué nombre había sido inscrito en los registros de su parroquia?
Entretanto, las peripecias del juego eran seguidas con atenuación extrema en el mundo donde se especula, por los cazadores de fortuna y los adoradores de la casualidad. Los boletines financieros daban diariamente noticias de la situación como publicaban las cotizaciones de Bolsa. No solamente en Chicago y en las demás capitales, sino en pueblos y aldeas, los jugadores apostaban con gran pasión.
Las principales ciudades poseían agentes especiales cuyos negocios marchaban a maravilla.
Su número aumentaría al mismo tiempo que los incidentes provocados por el capricho de los dados, de los que los Seis serían los beneficiados o las víctimas. Se habían establecido verdaderos mercados, con corredores y registros, donde se hacían demandas y ofertas, donde se compraba y vendía a precios distintos la probabilidad de triunfo de tal o cual jugador.
Esta corriente no estaba canalizada únicamente en los Estados Unidos. Había pasado sus fronteras y se había extendido por Canadá, México, y después por toda la América del Sur.
¡Incluso en Europa se estaba ya participando en la fiebre de aquella partida!
Decididamente, si el difunto socio del Excentric Club de Chicago no había hecho gran ruido durante su vida, ¡qué alboroto armaba después de su muerte!
En la hora actual, ¿quién era el favorito de aquel turf de nuevo género?
Hubiera sido difícil pronunciarse a favor de ninguno de los jugadores al comienzo de una partida de la que sólo se conocían algunas jugadas, y no obstante, parecía que el jugador número cuatro, Harris T. Kymbale, era el que contaba con más partidarios.
La atención pública estaba fija más particularmente en su persona. Los periódicos háblaban de él más que de los demás jugadores, siguiéndolo paso a paso y recibiendo diariamente noticias suyas. Los demás jugadores no podían rivalizar ante el público con el redactor del Tribune.
Tom Crabbe, sin embargo, contaba con gran número de partidarios. En cuanto al comodoro Urrican, al principio se había cotizado con alza en el mercado. La jugada que con nueve por cinco y cuatro le llevaba a la casilla número cincuenta y tres era un comienzo magnífico. Pero la segunda jugada lo obligó a recomenzar y había perdido el favor del público. Además, se sabía que había naufragado cerca de Key West y que el 23 por la mañana no había recobrado aún el conocimiento. ¿Podría llegar a Death Valley? ¿No estaba dos veces muerto como hombre y como jugador?
Quedaba aquel X. K. Z., y no era difícil imaginar que el público acabaría por inclinarse hacia él. Poco importaba que aún no fuera conocido, que se ignorara si había o no partido para Wisconsin. Esta cuestión no tardaría en quedar resuelta cuando se presentara en las oficinas del Telégrafo de Milwaukee para recibir su telegrama.
No estaba lejos aquel día. Se aproximaba el 27 de mayo, fecha de la jugada catorce, que concernía al hombre enmascarado. Dicho día, efectuada la jugada, el notario Tornbrock expediría un telegrama a la estación de Milwaukee, donde el jugador número siete debía estar en persona antes del mediodía. Se comprenderá que hubiera gran multitud de curiosos en dicha oficina, ávida de conocer al jugador de las iniciales. Si no se llegaba a saber su nombre, al menos se observaría su persona, y las instantáneas recogerían su imagen fotográfica que el mismo día publicarían los periódicos.
Conviene advertir que Hypperbone había distribuido los diversos estados en su mapa de un modo arbitrario. Esos estados no estaban distribuidos ni en orden alfabético ni geográfico.
Así, la Florida y Georgia, que son lindantes, ocupaban, una la casilla veintiocho y la otra la cincuenta y tres. Texas y Carolina del Sur eran las diez y once, aunque estuvieran separadas por una distancia de ochocientas a novecientas millas. Lo mismo sucedía con los demás estados. Tal distribución no parecía, pues, debida a razonada elección, y tal vez hasta los lugares habían sido sacados a la suerte.
Fuera lo que fuera, en Wisconsin debía el misterioso X. K. Z. esperar el telegrama que le anunciara el resultado de la segunda jugada que a él se refería. Ahora bien: como Lissy Wag y Jovita Foley no habían podido ir a Milwaukee hasta el mismo día 23 por la mañana, ellas se habían apresurado a partir de allí inmediatamente, a fin de no encontrarse con el jugador número siete cuando se presentara en el despacho del Telégrafo de la ciudad.
Llegó, al fin, el día 27 de mayo, y la atención pública fijóse en el personaje que por inexplicables motivos se abstenía de revelar su nombre.
Aquel día, la multitud se agolpaba en el salón del Auditorium, y la afluencia de gente había sido, sin duda, mayor si gran número de curiosos no hubiera tomado los trenes de la mañana para dirigirse a Milwaukee a fin de estar presentes en las oficinas del Telégrafo cuando X. K.
Z. fuera a reclamar su telegrama. Al fin lo verían.
A las ocho, solemne como siempre, y rodeado de los socios del Excentric Club, el notario Tornbrock agitó el cubilete, hizo rodar los dados sobre la mesa, y en medio del silencio general proclamó con voz sonora:
-Jugada catorce, séptimo jugador; diez por cuatro y seis.
He aquí las consecuencias de esta jugada:
Estando X. K. Z. en la casilla veintiséis, Wisconsin, los diez puntos lo hubieran enviado a la treinta y seis de no ser dobles, pues la casilla treinta y seis estaba ocupada por Illinois. Debía, pues, trasladarse a la casilla, cuarenta y seis, abandonando Wisconsin. En el mapa de William
J. Hypperbone esta casilla era el distrito de Columbia.
La fortuna favorecía singularmente al misterioso personaje. Por el primer golpe de dados iba a un estado lindante con Illinois; por el segundo, no tenía que atravesar más que tres estados, Indiana, Ohio y Virginia occidental, para llegar al distrito de Columbia, y a Washington, su capital, que es también la capital de los Estados Unidos. ¡Qué diferencia con la mayor parte de los demás jugadores, enviados hasta la extremidad del territorio federal!
Realmente, lo mejor era apostar a favor de hombre tan afortunado, suponiendo que existiera.
Pero aquella mañana, en Milwaukee, no pudo ponerse en duda su existencia.
Un poco antes del mediodía, en los alrededores y en el interior de las oficinas de Telégrafos, los curiosos abrieron camino a un hombre de regular estatura, aspecto vigoroso y barba canosa. Iba en traje de viaje y usaba lentes. Llevaba una maletica en la mano.
-¿Recibió usted un telegrama con las iniciales X. K. Z.? -preguntó al empleado.
-Aquí está -le respondieron.
Entonces el jugador número siete -pues era él- tomó el telegrama, lo abrió, leyó su contenido, lo volvió a cerrar, lo guardó en su cartera, sin demostrar satisfacción ni disgusto, y se retiró, pasando por en medio de la multitud, emocionada y silenciosa.
Al fin apareció el enigmático señor X. K. Z. ¡Existe! ¡No es un personaje imaginario!
¡Pertenece a la humanidad! Pero, ¿quién es? ¿Cómo se llama? Se ignora. Llegó sin ruido; partió sin ruido. No importa. Puesto que el día fijado se encontró en Milwaukee, se encontrará en Washington cuando deba estar. ¿Es preciso conocer su estado civil? No. Lo que no es dudoso es que cumple de modo perfecto con las condiciones impuestas por el testador.
¿Para qué intentar saber más? Hagánse sin dudar apuestas a su favor. Puede llegar a ser favorito pues, a juzgar por sus primeras jugadas, parece que el éxito lo acompañará en el curso de sus viajes.
En resumen, he aquí, en la fecha del 27 de mayo, el estado de la partida:
Max Real, el 15 de mayo abandonó Fort Riley de Kansas para dirigirse a la casilla veintiocho, estado de Wyoming.
Tom Crabbe, el día 17 del mismo mes, abandonó Austin, de Texas, para ir a la casilla treinta y cinco, estado de Ohio.
Hermann Titbury, cumplida su condena, el día 19 partió de Calais de Maine, con dirección a la casilla cuatro, estado de Utah.
Harris T. Kymbale, el día 21 dejó Santa Fe de Nuevo México para ir a la casilla veintidós, estado de Carolina del Sur.
Lissy Wag, el día 23 del indicado mes abandonó Milwaukee con dirección a la casilla treinta y ocho, estado de Kentucky.
El comodoro Urrican, si no ha muerto, recibió hace cuarenta y ocho horas, el 25 de mayo, el telegrama que le expide a la casilla cincuenta y ocho, estado de California, desde donde deberá volver a Chicago para recomenzar la partida.
Y, en fin, X. K. Z. acaba de ser enviado a la casilla cuarenta y seis, distrito de Columbia.
El mundo no tiene más que aguardar los incidentes ulteriores y los resultados de las siguientes jugadas que se efectuarán cada dos días.
Una idea lanzada por el Tribune ha tenido enorme éxito, y ha sido adoptada no sólo en América, sino en el mundo entero.
Ésta es:
¿Por qué, puesto que el número de jugadores es siete, como se hace tratándose de los jockeys en las carreras, no atribuirles a cada uno un color? ¿No está indicado elegir los siete colores del arco iris?
Así es que Max Real será el morado; Tom Crabbe, el añil; Hermann Titbury, el azul; Harris T. Kymbale, el verde; Lissy Wag, el amarillo; Hodge Urrican, el anaranjado, y X. K. Z., el rojo.
De este modo, cada uno de estos colores son señalados cotidianamente en el sitio ocupado por los jugadores de la partida Hypperbone sobre el mapa del juego de los Estados Unidos de América.

Capítulo XVI
El 15 de mayo, al mediodía, en la oficina de Telégrafos de Fort Riley, Max Real había recibido el telegrama enviado el mismo día desde Chicago. Diez, por cinco y cinco, era el número de la segunda jugada del primer jugador.
Contando desde la octava casilla, estado de Kansas, el jugador cae en una de las casillas de Illinois. Pero la regla lo obliga a doblar este número, de manera que veinte puntos lo conducen a a la casilla veintiocho, estado de Wyoming.
-¡Feliz suerte! -dijo Max Real, cuando Tommy y él regresaron al hotel.
-Si mi amo está contento -respondió el joven-, también yo debo estarlo.
-Sí lo estoy -respondió Max Real-, por dos razones. La primera, porque el viaje no será largo, pues Kansas y Wyoming casi se tocan en uno de sus ángulos, a segunda, porque tendremos tiempo para visitar la región más hermosa de los Estados Unidos, ese maravilloso Parque Nacional de Yellowstone que aún no conozco. ¡Esto se llama buena estrella! Sacar precisamente ese número diez, que me hace adelantar un doble paso, y pone a Wyoming en mi camino. ¿Comprendes, Tommy, comprendes?
-¡No!, mi amo -respondió Tommy.
Esto importaba poco, y Max Real no podía menos que felicitarse por el resultado de la segunda jugada, aunque le pusiera tras de Lissy Wag y del comodoro Urrican. Por la primera, no le importaba, y en cuanto a este último, como es ya sabido, estaba condenado a recomenzar la partida. Y realmente, no sólo este viaje no era fatigoso, sino que permitiría al jugador número uno visitar aquel admirable rincón de Wyoming.
Así, pues, deseando consagrar a tal visita el mayor tiempo posible, y no disponiendo más que de quince días, del 15 al 29 de mayo, Max Real resolvió partir inmediatamente de la pequeña ciudad de Fort Riley.
El pintor debía encontrar en Cheyenne, capital de Wyoming, el siguiente telegrama expedido a su nombre a menos que otro no ganara antes la partida. Realmente; bastaba con que Hodge Urrican obtuviera el número diez para llegar a la casilla sesenta y tres y últirna, puesto que en la primera jugada, con gran avance sobre sus compañeros, había sido enviado a la casilla cincuenta y tres.
Si Max Real se hubiera limitado a ir desde Fort Riley a Cheyenne, hubiera efectuado este viaje de cuatrocientas cincuenta millas en un solo dia, utilizando los trenes que ponen en comunicación a las dos ciudades. Sin embargo, la distancia que tenía que recorrer sería doble por lo menos, puesto que la intención del pintor era subir hasta el ángulo noroeste de Wyoming, ocupado por el Parque Nacional.
Así que recibió el telegrarna, Max Real estudió los itinerarios del ferrocarril, para escoger el mas corto.
De este estudio resultaba que las dos líneas de la Union Pacific ofrecían, poco más o menos, las mismas garantías de rapidez.
La primera sube de Kansas a Nebraska, y, por Marysville, Kearney City, North Platte, Ogallalla y Antelope, llega el ángulo sureste de Wyoming, y conduce a Cheyenne. La segunda, por Salina, Ellis, Oagley, Monument y Wallace, toca en la frontera de Colorado a Monotony, se dirige hacia Denver, capital del estado, y por Jersey, Brighton, La Salle y Doves, gana la frontera de Wyoming para detenerse en Cheyenne.
El pabellón morado -no se habrá olvidado que éste el era el color que al primer jugador correspondía- dio la preferencia al segundo itinerario. Cuando llegara a Cheyenne combinaría otro para llegar en el plazo más breve al cuadrilátero del Parque Nacional.
Max Real partió, pues, en la tarde del día 16, con sus utensilios de pintor, quedando Tommy encargado de la maleta y ambos montaron en el tren. Inmensas, sin rampas ni pendientes, aquellas planicies occidentales de Kansas son regadas por el Arkansas, que desciende de los White Mountains de Colorado.
Durante la noche el tren franqueó la frontera geométrica de los dos estados, y al amanecer se detuvo en Denver.
Max Real no dispuso ni una hora para ver esta ciudad. El tren para Cheyenne iba a partir, y no subir en él significaría un día de retraso. El trayecto de cien millas que el tren recorre, dejando al oeste el magnífico panorama de los Snowy Ranges, se hizo rápidamente.
¿Qué es Cheyenne? Es el nombre de un río, de una ciudad, y también el de los indios que en otra época habitaban en la comarca.
La ciudad tuvo su origen en un campamento de los primeros buscadores de oro, y hoy cuenta más de doce mil habitantes.
Wyoming no tiene límites naturales. Es país de montañas imponentes y profundos valles, en los que nacen los ríos Colorado, Columbia y Missuri.
Siguiendo su costumbre, Max Real guardó el más profundo incógnito. Chayenne no supo que aquel día poseía a uno de los jugadores del match Hypperbone, al que no esperaba tan pronto.
Max Real evitó, pues, las recepciones, banquetes y ceremonias con las que sin duda le hubiera obsequiado una población dispuesta al entusiasmo y a las fiestas.
Desembarcado la mañana del 16 de mayo, Max Real tomó las medidas necesarias para dirigirse sin retraso al Parque Nacional. De haber tenido más tiempo hubiera podido hacer el viaje en coche, deteniéndose a su gusto por esa región de altas planicies, innumerables arroyos y caprichosos afluentes. Visitando los sinuosos valles, los espesos bosques... Sí, caminar de este modo, con toda libertad. ¿Pero podía olvidar que en él, además de un artista, había un jugador que no se pertenecía, que juguete del azar, estaba a merced de éste, que dependía de un golpe de dados, que estaba reducido al papel de un peón de tablero de damas?... En el fondo esto no dejaba de humillarlo.
"Un peón que la casualidad mueve a su antojo", se decía, "no soy otra cosa. Esto significa el abandono de toda humana dignidad; por una probabilidad contra seis de embolsarme la herencia de ese excéntrico difunto. Yo hubiera debido enviar al diablo al notario Tornbrock y no tomar parte en esta ridícula partida; retirándome de ella hubiera dado gran satisfacción a los otros jugadores, menos a la dulce y modesta Lissy Wag, porque esta joven me ha parecido poco satisfecha de figurar en el grupo de los Siete. ¡Al diablo! ¡Allí lo mandaría ahora mismo, si no fuera por no desilusionar a mi madre! En fin, veamos cuánto puedo ver de Yellowstone en diez días."
Así razonaba Max Real después de haber estudiado el itinerario más apropiado a las circunstancias. Aparte de eso, viajar como él deseaba hubiera sido exponerse no sólo a retrasos sino a peligros, pues la parte central de Wyoming no es muy segura cuando se recorre sin escolta Es posible un mal encuentro con las fieras y hay que temer algún ataque de los indios, de esos sioux nómadas que no todos están acantonados en sus terrenos.
Dos líneas transcontinentales unen a Nueva York y San Francisco; la primera pasa por Ogden y la segunda por Topeka, Denver y sube a Cheyenne, sobre la primera línea. Desde esta ciudad, el ferrocarril atraviesa Wyoming, Utah, Nevada y California, y termina en el océano Pacífico.
Desde Utah a Ogden se extiende un ramal que pasa a corta distancia del Parque Nacional, cuyo territorio pertenece en una pequeña parte a los dos estados mencionados y al tercero en su mayor parte.
De Cheyenne a Ogden no hay más que quinientas quince millas y de Ogden a Monida, la estación más próxima del Parque Nacional, cuatrocientas cincuenta solamente; en total, menos de mil. Max Real, deseoso de llegar por el camino más corto al ángulo noroeste de
Wyoming, eligió este itinerario, que si lo alejaba un poco, le permitía visitar Ogden.
Así es que aquella misma noche, guardando el mismo incógnito que a su llegada, Max Real y
Tommy se instalararon en el tren y atravesaron las extensas llanuras de Laramie. Dormían profundamente cuando llegaron a la estación de Benton City. Después, sin que despertaran, el tren dejó atrás Aawlins, Granger, las Buttes Noires y penetró al fin en el territorio de Utah y se detuvo en Ogden la mañana del 27.
Allí la Union Pacific extiende un ramal de cuatrocientas cincuenta millas hasta Helena. En este mismo punto proyecta un segundo hacia el sur, que une a Ogden con Great Salt Lake City, la capital del estado, la gran ciudad mormónica de la que tanto se ha hablado.
¡Qué ocasión tenía Max Real de visitar la famosa ciudad sin apartarse más de treinta y seismillas! Abstúvose de ello, no obstante.
No hay que decir que entre la estación de Monida, donde se detuvo el jugador número uno, y el Parque Nacional, existen rápidos y cómodos medios de comunicación. Max Real pudo abandonar inmediatamente a Monida, y algunas horas después, en compañía de Tommy, llegó a su destino. Max Real permaneció allí durante todo el tiempo de que podía disponer. Por fortuna, nadie sospechaba que aquel joven fuera uno de los jugadores del match Hypperbone.
Pudo, pues, ir y venir, admirando aquellas curiosidades naturales, y preciso es confesar que Max Real no olvidaría nunca las maravillas del Parque Nacional.
Así es que Max Real, sin ocuparse del tiempo que transcurría hizo provisión de imperecederos recuerdos ante el espectáculo que visitó como infatigable turista; los alrededores del lago
Yellowstone y los estanques de ondas de púrpura que lo rodean.
Max Real caminando de maravilla en maravilla, recorrió las llanuras y fondos lacustres.

Capítulo XVII
-No creo que haya llegado.
-¿Y por qué no?
-Porque mi periódico nada ha dicho.
-Mal informado debe estar su periódico, pues el mío publicó la noticia hace tiempo.
-Entonces dejaré la suscripción.
-Hará usted bien.
-Seguramente, pues no está permitido, cuando se tra. ta de un hecho de tal importancia, que el periódico deje a sus lectores sin noticias.
Estas frases se cambiaban entre dos ciudadanos de Cincinnati, que se paseaban. Aquel día 28 de mayo, otros ciudadanos no menos desconocidos que los anteriores, entregábanse a conversaciones por el siguiente estilo:
-¿Usted no lo ha visto?
-No... desembarcó por la noche, ya muy tarde; lo introdujeron en un carruaje cerrado y su compañero se lo llevó...
-¿A dónde?
-Eso no se sabe; ¡y sería tan interesante saberlo...!
-Pero, en fin... él no ha venido a Cincinnati para no mostrarse. ¡Supongo que se le exhibirá!
-Sí, pasado mañana, según se dice.
-En el gran concurso de Spring Grove.
-Habrá mucha gente.
-Calcule usted...
Esta manera de juzgar al héroe del día no era unánime.
-Una buena reputación -decía uno.
-Nosotros tenemos otros que valen tanto -decía otro.
-Más de seis pies, si se cree la publicidad.
-Pies que no tienen doce pulgadas tal vez.
-Será preciso verlo.
- Parece que hasta la fecha ha vencido a los demás.
-¡Bah! Eso se dice... Una manera de atraer al público. Y después se le roba.
-Aquí no nos dejaremos engañar.
-¿No viene de Texas? -preguntó un robusto mozo de anchos hombros.
-De Texas, en línea recta.
-Entonces, esperemos.
-Sí, esperemos. Ya se ha dado el caso de alguno que ha venido de fuera y que mejor hubiera sido que permaneciera en su casa,
-Después de todo, si él gana no se asombraría.
Como se ve, había divergencia de opiniones, lo que no era para satisfacer a John Milner, desembarcado la víspera en Cincinnati con el jugador número dos, Tom Crabbe, al que la segunda jugada hecha en favor suyo había obligado a ir desde la capital de Texas a la Metrópoli de Ohio.
El 17 de mayo, al mediodía, en Austin, John Milner había recibido aviso telegráfico del resultado de la jugada relativa al pabellón añil, el famoso boxeador de Chicago.
Decididamente, a Tom Crabbe le favorecía la suerte, mas quizas que a Max Real, aunque éste hubiera dado un gran avance, merced a su punto doble. El notario había sacado para él el punto doce, el mayor que se puede obtener con dos dados. Pero como a este punto correspondía igualmente una de las casillas de Illinois, había que doblarlo, y el número veinticuatro hacía pasar a Tom Crabbe de la casilla once a la casilla treinta y cinco.
Antes de dejar a Austin, John Milner recibió incontables felicitaciones. Aquel día las apuestas aumentaron. El papel Tom Crabbe subió, no solamente en Texas, sino en otros estados - principalmente en los mercados de Illinois, donde las agencias pudieron colocarse a uno contra cinco, tasa más elevada que la de Harris T. Kymbale, favorito hasta entonces.
-¡Cuídelo, cuídelo! -se decía a John Milner-. Bajo pretexto de que está dotado de constitución de hierro, y de que posee músculos de acero, no lo exponga. Es pr e¡so que llegue al final sin avería.
-Tengan confianza en mí -declaró John Milner-. Quien está en la piel de Tom Crabbe es John Milner.
-Nada de travesías por mar, ni cortas ni largas -añadían-, puesto que el mareo lo pone en tal estado de descomposición física y moral.
-Que no ha durado -replicó John Milner-. ¡No tengan ustedes miedo! ¡Nada de navegación entre Galveston y Nueva Orleans! Iremos a Ohio por ferrocarril a pequeñas jornadas, puesto que disponemos de quince días para llegar a Cincinnati.
Esta capital, en efecto, ocupaba, según la elección del testador, la casilla número treinta y cinco, y Tom Crabbe iba a avanzar sobre los demás jugadores, excepción hecha del comodoro Urrican.
Aquel mismo día, animado, cuidado, acariciado, sus partidarios lo condujeron a la estación y lo subieron a un vagon envuelto en buenas mantas, por precaución, teniendo en cuenta la diferencia de temperatura que existe entre Ohio y Texas. Después, el tren arrancó en dirección a la frontera de Luisiana.
Los dos viajeros descansaron durante veinticuatro horas en Nueva Orleans, donde fueron acogidos con mayor entusiasmo aún que la primera vez, lo que significaba que el boxeador ganaba partidarios. En todas las agencias había demanda de Tom Crabbe. Era un delirío, un furor. Los periódicos calcularon en un millón quinientos mil dólares las sumas apostadas por él en el curso de su viaje entre la capital de Texas y la metrópoli de Ohio.
-iQué éxito más enorme! -se decía John Milner-. ¡Y qué recibimiento nos espera en Cincinnati! Pues bien, es preciso que sea un verdadero triunfo. Tengo ya mi idea.
No se trataba, como se pudiera creer, de anunciar pomposamente, utilizando toda clase de propaganda, la llegada del campeón del Nuevo Mundo, ni de desafiar a los más afamados boxeadores de Cincinnati a lucha en la que Tom Crabbe btendría seguramente la victoria, para seguir el curso de sus peregrinaciones. Tal vez John Milner intentaría hacerlo algún día, si la ocasión se presentaba. Por ahora, al contrario, pretendía desembarcar en el mayor incógnito, dejar a la multitud sin noticias de su favorito hasta el último día, hacer creer que había desaparecido y que no se presentaría a tiempo el día 31... Y entonces se presentaría de pronto, para que su aparición fuera aclamada.
Precisamente, John Milner había leído en los periódicos que el 26 habría en Cificinnati una gran exposición de ganado, concurso en el que las bestias cornúpetas y otras serían honradas con grandes premios. ¡Qué ocasión para exhibir a Tom Crabbe en Spring Grove, cuando ya se hubiera perdido toda esperanza de volverlo a ver, y esto la víspera del día que debía encontrarse en las oficinas del Telégrafo de la metrópoli!
Inútil sería decir que John Milner no consultó a su compañero su idea. En la noche del 19 al 20 ambos partieron sin prevenir a nadie. .. ¿Qué había sido de ellos? Eso se preguntó la ciudad al siguiente dia.
John Milner no tomó el camino que había seguido al abandonar Illinois para dirigirse a Luisiana. Así es que, sin apresuramientos, sin que en ninguna parte se advirtiera la presencia de Tom Crabbe, viajando de noche, descansando de día, cuidando de no atraer la atención, el pabellón añil y John Milner atravesaron los estados del Mississipi, de Tennesse, de Kentucky, y el 23 al alba, se detuvieron en Covington. Desde allí no tenían más que franquear el Ohio para pisar el suelo de Cincinnati.
La idea de John Milner, pues, se realizó fácilmente. Llegaron a las puertas de la metrópoli y Tom Crabbe pasó de incógnito. Los periódicos mejor informados no sabían qué había sido de ellos. Más allá de Nueva Orleans sus huellas se perdían.
Tenía razón al contar con el efecto que la aparición del coloso produciría en Cincinnati cuando, desesperados ya sus partidarios de verlo en su puesto el 31 del corriente, particularmente los que apostaron por él sumas considerables, la víspera del día que debía presentarse en las oficinas de Telégrafos y después de haber pedido vanamente noticias de su persona por toda la Unión, lo vieran aparecer en medio del gentío, en el concurso de Spring Grove.
Y, sin embargo, ¿quién sabe Si John Milner no hubiera aprovechado mejor las dos semanas de las que podía disponer desde su partida de Texas, paseando su fenómeno por los territorios de Ohio? Tanto desde el punto de vista de su situación en la partida Hypperbone, como en el mundo de los aficionados al boxeo, ¿no había interés en llevarlo de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, exhibiéndolo en los principales lugares de Ohio?
Tales poblaciones son numerosas y prósperas, y Tom Crabbe hubiera sido muy bien recibido.
En fin, Tom Crabbe no se exhibió en las principales ciudades. Llegó a la frontera de Kentucky sin accidente ni fatiga, viajando del modo que se ha dicho. Durante su estancia en Texas recobró su habitual vigor, todo su poder físico. Nada habia perdido de ellos durante el viaje.
¡Qué triunfo, pues, cuando apareciera ante la concurrencia de Spring Grove!
Al día siguiente, John Milner quiso dar una vuelta por la ciudad; claro es que sin ir acompañado de su curiosa bestia. Al salir del hotel dijo a Tom:
-Aquí te dejo, y tú me aguardarás.
Como no se trataba de una consulta, Tom Crabbe no tuvo que responder.
-No saldrás de la habitación bajo ningún pretexto -añadió John Milner.
Tom Crabbe hubiera salido si se le mandara salir. Se le decía que no saliera y no saldría.
-Si tardo en volver -añadió John Milner-, se te subirá tu primer almuerzo, después el segundo, luego tu merienda, después tu comida y tu cena. Voy a dar órdenes sobre esto y no tendrás que preocuparte por tu alimentación.
No, Tom Crabbe no se preocuparía por tal cosa, y en aquellas condiciones esperaría el regreso de John Milner. Dirigiendo su enorme masa a una ancha mecedora, se dejó caer en ella, e imprimiendo a su silla ligero balanceo, se abismó en la oscuridad de sus pensamientos.
John Milner bajó al despacho del hotel, hizo la lista de las sustanciosas comidas que debían servir a su compañero, franqueó la puerta, cruzó las calles de Covington, atravesó el río en ferryboat, desembarcó en la rivera derecha, y con las manos metidas en los bolsillos, como un desocupado, subió al barrio comercial de la ciudad.
Advirtió que allí reinaba gran animación. También procuró sorprender al paso algunas palabras de las conversaciones. No sospechaba que ya hubiera tan gran impaciencia por la próxima llegada del jugador número dos. He aquí, pues, a John Milner vagando de una a otra calle, entre gentes notoriamente preocupadas, deteniéndose ante grupos y tiendas y en las plazas donde la animación era mayor.
John Milner quedó muy satisfecho; pero deseaba saber hasta qué punto llegaba la impaciencia por no haber visto aún a Tom Crabbe en Cincinnati. Por eso, viendo al salchichero en la puerta de su tienda, entró en ésta y pidió un jamón, que, como se supone, tendría dónde colocarlo. Despué de pagar sin haber regateado, dijo en el momento de salir:
-Mañana es el concurso.
-Sí, hermosa fiesta que honrará a nuestra ciudad -respondió el salchichero.
-¿Habrá mucha gente en Spring Grove? -preguntó John Milner.
-Toda la ciudad estará allí, caballero -respondió Dick Wolgod con la amabilidad que todo salchichero serio debe al cliente que acaba de comprar un jamón-. Calcule usted... ¡Tratándose de tal exhibición!
John Milner prestó oído. Estaba asombrado. ¿Cómo podría sospecharse que él tuviera intención de exhibir a Tom Crabbe en Spring Grove?
-Así, ¿nadie se preocupa de los retrasos que pudiera haber?
-No, señor.
Y como en aquel momento entrara en la tienda un parroquiano, John Milner salió lleno de aturdimiento. Póngase cualquiera en su lugar.
No había dado cien pasos, cuando en la esquina de la quinta calle transversal detúvose de pronto, levantó las manos y dejó caer su jamón al suelo.
En la esquina de una casa había un cartel escrito con gruesas letras que decía:
"ÉL LLEGA! ¡ÉL LLEGA!! ¡ÉL LLEGA!!! ¡ÉL HA LLEGADO!!!!"
Esto pasaba de todo límite. ¿Cómo se conocía la presencia de Tom Crabbe en Cincinnati? Se sabía que no había nada que temer respecto a la fecha asignada al campeón del Nuevo Mundo.
Esta era la explicación de la alegría que en la ciudad reinaba y de la satisfacción que el salchichero, Dick Wolgod, había demostrado.
Decididamente es difícil, digamos imposible, a un hombre célebre escapar a los inconvementes de su celebridad, y era preciso renunciar a seguir echando sobre Tom Crabbe el velo de incógnito.
Otros carteles más explícitos no se limitaban a decir que había llegado, sino que venía directamente de Texas, y que figuraría en el concurso de Spring Grove.
-¡Ah! ¡Esto es demasiado! -exclamó John Milner-. ¡Se conocía mi proyecto de traer a Tom Crabbe! Habré hablado delante de Tom, y éste, que no habla nunca, habrá hablado en el camino. No puedo comprenderlo de otro modo.
John Milner regresó al barrio de Covington, entró en el hotel para el segundo almuerzo y nada dijo a Tom Crabbe de la indiscreción que seguramente había cometido; persistiendo en la idea de no mostrarlo aún al público, permaneció con él durante el resto del día.
Al siguiente, a las ocho, ambos se dirigieron hacia el río, lo atravesaron y subieron por las calles de la ciudad.
El concurso nacional de ganados iba a celebrarse en Spring Grove. La población en masa dirigíase ya hacia este sitio, sin demostrar inquietud alguna, como John Milner pudo advertir.
Por todas partes acudían grupos de esa gente alegre y bulliciosa que espera ver pronto satisfecha su curiosidad.
¿John Milner pensaba tal vez que antes de llegar a Spring Grove, Tom Crabbe sería reconocido por su estatura, su aspecto y su rostro, que la fotografía había reproducido y popularizado hasta en las mas ínfimas aldeas de la Unión? Pues bien, no. Nadie se ocupó de él, nadie se volvió al verlo pasar, nadie intuyó que aquel coloso que acompañaba su paso al de John Milner fuera el célebre boxeador y jugador de la partida Hypperbone, aquel que el punto veinticuatro acababa de mandar a la casilla treinta y cinco, estado de Ohio, Cincirmati.
Esperaron en Spring Grove a que dieran las nueve. La multitud se agolpaba ya en el lugar del concurso. Al tumulto formado por los espectadores, uníanse los berridos y gruñidos de los animales, los más favorecidos de los cuales iban a figurar para gran honor suyo en las páginas del programa oficial.
En el centro se alzaba un estrado sobre el que debían ser expuestos los productos.
A John Milner le acometió entonces la idea de atravesar por entre la multitud, llegar al pie del estrado hacer subir en él a su compañero y gritar:
-¡He aquí a Tom Crabbe, el campeón del Nuevo Mundo, el jugador número dos del match Hypperbone!
¿Qué efecto causaría esta inesperada revelación a aquel público excitado?
Empujando a Tom Crabbe hacia adelante, y como arrastrado por aquel poderoso remolcador, hendió las olas del pueblo y quiso subir al estrado.
El sitio estaba ocupado. ¿Quién lo ocupaba? Un enorme cerdo, colosal producto de las dos razas americanas Polant China y Red Jersey; un puerco fenomenal de ocho pies de ancho por cuatro de alto, seis de cuello y siete y medio de cuerpo; peso actual, mil novecientas cincuenta y cuatro libras.
Ésta era la muestra traída de Texas. Su llegada era la que pregonaban los anuncios. Él absorbía aquel día la atención pública. Él era quien presentaba a los aplausos de la multitud su feliz propietario.
Ante aquel nuevo astro palidecía el de Tom Crabbe. Ante un cerdo monstruoso que iba a ser premiado en el concurso de Spring Grove, John Milner, aterrado, retrocedió. Luego, haciendo a Tom Crabbe señal para que lo siguiera, tomó de nuevo el camino de su hotel, y descorazonado, humillado, se encerró en su cuarto y no quiso volver a salir.

Capítulo XVIII
He recibido del señor Hermann Titbury, de Chicago, la cantidad de trescientos dólares como pago de la multa a que ha sido condenado por sentencia del 14 de mayo actual por infracción de la ley sobre bebidas alcohólicas.
Calais (Maine), 19 de mayo de 1897.
El escribano
WALTER HOECK.
Dedúcese de aquí que Hermann Titbury, tras larga resistencia que duró hasta el 15 de mayo, vióse en la necesidad de pagar la multa que se le impuso. Hecho el pago, y establecida la identidad del señor y la señora Titbury, que viajaban con el nombre de señor y señora Field, el juez, después de tres días de prisión, había remitido el resto de la pena.
El día mencionado, a las ocho de la mañana, el notario Tornbrock efectuó la sexta jugada y avisó al interesado por el telégrafo de Calais.
Los habitantes de la pequeña ciudad, rnolestos porque uno de los jugadores de la partida Hypperbone se hubiera ocultado bajo falso nombre, no se mostraron muy obsequiosos, y hasta se rieron de la desgracia de Titbury.
Encantados al principio de que, en el Maine, Calais hubiera sido el lugar elegido por el difunto Hypperbone, no perdonaron al pabellón azul que no se hubiera dado a conocer desde su llegada. De aquí que, al ser reconocido el verdadero nombre de éste, no causara impresión.
Cuando el carcelero le dio la libertad, Hermann Titbury tomó el camino de su posada. Nadie lo acompañó; nadie volvió el rostro al verlo pasar. Por lo demás, la pareja no buscaba, como Harris T. Kymbale, las aclamaciones de la multitud, y no tenía más que un deseo; abandonar Calais lo más pronto posible.
Eran las nueve de la mañana, faltaban aún tres horas para que llegara el momento de presentarse en las oficinas del Telégrafo. Ante el té y los asados de su almuerzo, el señor y la señora Titbury se ocuparon de arreglar sus cuentas.
-¿Cuánto hemos gastado desde que salimos de Chicago? -preguntó el esposo.
-Ochenta y ocho dólares y treinta y siete centavos -respondió la esposa.
-¡Tanto!
-Sí; y eso que no hemos derrochado nuestro dinero en el camino.
A no tener la sangre de los Titbury, cualquiera se hubiera asombrado de que los gastos fueran tan limitados. Verdad que a ellos había que añadir los trescientos dólares de la multa, lo que elevaba a buena cifra la sangría hecha en la bolsa de los Tithury.
-¡Con tal de que el telegrama que recibiremos de Chicago no nos obligue a partir al otro extremo del territorio! -suspiró el señor Titbury.
-Preciso sería hacerlo -respondió seriamente la señora.
-Pues yo preferiría renunciar.
-¿Todavía hablas de eso? -exclamó la imperiosa matrona-. ¡Sea ésta la última vez que hables de renunciar a la probabilidad de ganar sesenta millones de dólares!
Transcurrieron las tres horas, y a las doce menos veinte, la pareja, instalada en la sala de la oficina telegráfica, esperaba con la impaciencia que es de suponer. Apenas si había allí media docena de curiosos.
¡Qué diferencia con el entusiasmo de que los otro jugadores habían sido objeto en Fort Riley,
Austin, Santa Fe, Milwaukee y Key West!
Llegó el empleado con el telegrama.
-El señor Hermann Titbury.
Titbury sintió que en aquel momento las piernas le flaqueaban. Su lengua se paralizó y no pudo responder.
-Presente -dijo la señora Titbury, sacudiendo fuertemente a su marido.
-¿Es usted el destinatario de este telegrama? -preguntó el empleado.
-Sí ... él es -respondió la señora Titbury.
-Sí... yo soy - pudo al fin responder su esposo - Vaya usted a preguntárselo al juez Ordak. Mi identidad me ha costado muy cara para que pueda ponerse en duda.
El telegrama fue entregado a la señora Titbury, que lo abrió, pues su marido no hubiera podido hacerlo.
He aquí lo que leyó con voz que fue en disminución hasta extinguirse antes de pronunciar las últimas sílabas:
Hermann Titbury. -Dos, por uno y uno, Great Salt Lake City, Utah. TORNBROCK
La pareja desfalleció, en medio de las mal disimuladas chanzas, y tuvieron que sentarse sobre uno de los bancos de la sala.
¡La primera vez, por uno y uno, enviados a la segunada casilla al fondo del Maine; la.segunda, también por uno y uno, enviados a la cuarta, a Utah...! ¡Cuatro puntos en dos jugadas! ¡Y para colmo, después de ir de Chicago al límite de la Unión, ir casi al otro extremo en el Oeste!
Recobrada de aquella debilidad, la señora Titbury cogió a su marido por el brazo y lo arrastró hacia la posada de Sandy Bar.
La mala suerte estaba declarada. Los otros jugadores habían adelantado mucho, mientras los Titbury avanzaban a paso de tortuga.
En fin, si los Titbury no se decidían a abandonar la partida, convenía que no se retrasaran en Calais, porque contando que, descansaran algunos días en Chicago, no había tiempo que perder, pues el 2 de junio debían estar en Utah.
Por la tarde, la ciudad quedó libre de la presencia de aquella gente poco simpática, y se esperaba que los azares del noble juego de los Estados Unidos no los harían volver, esperanza de la que ellos mismos participaban.
A las cuarenta y ocho horas, los Titbury desembarcaron en Chicago, algo maltrechos, después de aquellos viajes tan impropios de su edad y pacíficas costumbres. Permanecieron algunos días en su casa de Robey Street, pues el señor Titbury experimentó en el camino uno de esos catarros de anciano, que él trataba con menosprecio, tratamiento muy en consonancia con su avaricia reconocida.
Lo cierto fue que sus piernas se negaron a andar, y hubo que conducirlo desde la estación a su casa.
Los periódicos anunciaron su llegada. Los periodistas del Staats Zeitung, favorables a su causa, lo visitaron; pero viéndolo en tan lamentable estado, lo abandonaron a su mala suerte, y las agencias no encontraron postores para él ni a siete contra uno.
Sin embargo, se contaba con Kate Titbury. No trató ésta la enfermedad con la indiferencia que habitualmente mostraba por los catarros de su marido, sino que con violencia, y ayudada por su sirvienta, dio a Hermann tales fricciones que casi le arrancó la piel. Ni asno ni caballo alguno fueron tratados de tan terrible modo. Ni médico ni boticario intervinieron en tal tratamiento, y quizás ésta fue la causa de que el enfermo mejorara.
La curación de éste se efectuó en cuatro días. El día 23 se dispuso el viaje. Sacáronse de la caja algunos miles de dólares en papel, y en la mañana del 24 marido y mujer se pnsíeron en camino, con tiempo suficiente para llegar a la capital mormona.
En la tarde del 23 llegaron a Ogden, importante estación que un ramal pone en comunicación con Great Salt Lake City.
En este punto acaeció un encuentro, no entre dos trenes, sino entre dos de los jugadores, encuentro que clebía tener singulares consecuencias.
Por la tarde Max Real, de regreso de su visita al Parque Nacional, acababa de llegar a Ogden.
Desde allí se dirigiría el día 29 a Cheyenne, para saber el resultado de la tercera jugada que le concernía. Paseándose estaba por el andén de la estación, cuando se encontró frente a frente con Titbury, en compañía del cual había seguido el fúnebre cortejo de William J. Hypperbone, y figurado en el Auditorium durante la lectura del testamento del excéntrico difunto.
Aquella vez la pareja se había guardado muy bien de viajar con nombre supuesto, por no querer exponerse de nuevo a los inconvenientes de que en Calais había sido víctima.
Júzguese, pues, la sorpresa que experimentó el pabellón azul cuando ante regular número de personas que se habían apeado del tren, oyó que lo interpelaban de la manera que sigue:
-¿Si no me engaño, tengo el honor de hablar con Hermann Titbury, de Chicago, mi compañero en la partida Hypperbone?
La pareja se estremeció. Visiblemente disgustado por ser señalado a la atención pública, el señor Titbury se volvió y no pareció haber visto nunca al importuno, aunque lo hubiera reconocido perfectamente.
-No sé, caballero -respondió-. ¿Se dirige a mí, por casualidad?
-Perdone -dijo el pintor-. No creo equivocarme. Hemos estado juntos en las famosas exequias en Chicago. Soy Max Real.
-¿Max Real? -respondió la señora Titbury como si oyera pronunciar aquel nombre por vez primera.
Max Real, que comenzaba a impacientarse, dijo entonces:
-¿Es o no es usted el señor Hermann Titbury de Chicago?
-Pero, caballero -le respondió Titbury con tono agrio-, ¿con qué derecho se permite interrogarme?
-¿Lo toma usted así? -dijo Max Real, cubriéndose-. ¿No quiere ser el señor Titbury, uno de los Siete, expedido primero a Maine y a Utah después? Bien, usted sabrá por qué. En cuanto a mí, soy Max Real, que vuelve de Kansas y de Wyoming. Y ahora, ¡buenos días!
En aquel momento, un hombre que había observado la escena con interés, se acercó. Tendríaeste individuo unos cuarenta años, y rostro franco que inspiraba confianza aun a las gentes más desconfiadas.
-He ahí -dijo inclinándose ante la señora Titbury- una persona impertinente que por su conducta incorrecta se ha hecho acreedor a una buena lección.
-Le doy las gracias, caballero -respondió el señor Titbury, lisonjeado de que hombre tan distinguido tomara su defensa.
-Pero ¿es realmente Max Real ... su compañero?
-Sí... me parece -respondió el señor Titbury-, por más que, a decir verdad, yo apenas lo conozco.
Pero ¿quién era aquel personaje? El señor Robert Inglis, de Great Salt Lake City, un corredor de comercio de los más entendidos, que conocía a fondo la provincia, por haberla recorrido durante gran número de años. El cual, después de haber indicado su nombre y profesión, ofrecióse galantemente a dirigir a los esposos Titbury, y se encargó de buscarles un hotel conveniente.
¿Cómo rehusar los ofrecimientos del señor Robert Inglis, que declaró, además, haber apostado fuerte suma a favor del jugador número tres? Él tomó las pequeñas maletas de la señora Titbury y las depositó en uno de los vagones del tren que iba a partir para Ogden.
Al señor Titbury le resultaba extraordinariamente simpático el señor Robert Inglis, sobre todo por haber tratado a Max Real como merecía. Además, se felicitaba por haber encontrado un compañero de viaje tan amable que le serviría de guía en la capital. de Utah.
Todo iba, pues, de la mejor manera que se podía desear. Los viajeros se instalaron en un vagón. El señor Inglis fue tan interesante como inagotable en su conversación.
Eran las siete y media cuando el tren se detuvo en la estación de Great Salt Lake City.
Robert Inglis había dicho que era una magnífica ciudad, y ciertamente no dejaría partir a sus nuevos amigos sin que la hubieran visitado.
De todos modos, aquella noche no era cosa de visitar Great Salt Laky City. Lo que más urgía era elegir un hotel; y como el señor Titbury no quería pagar precio exhorbitante, su guía le propuso uno fuera de la ciudad: Hotel Económico.
Este nombre bastó para que la pareja se tranquilizara. Después, dejando en la estación el equipaje, para volver si el Hotel Económico les convenía, los esposos siguieron al señor Inglis, que se había empeñado en llevar por sí mismo el saco y la maleta de la "excelente señora". Descendieron hacia los barrios bajos de la ciudad, de la que los Titbury nada pudieron ver, pues ya era de noche; llegaron a la orilla derecha de un río que el señor Inglis dijo era Crescent River, y caminaron unas tres millas. Tal vez los Titbury encontraron algolargo el paseo; pero con la idea de que el hotel sería tanto más barato cuanto más lejos de la ciudad estuviera, no pensaron en quejarse.
A las ocho y media, y en medio de la oscuridad más completa, pues el cielo estaba brumoso, los viajeros llegaron ante una casa, cuya apariencia no les fue posible juzgar.
El hotelero, hombre de rostro feroz, los introdujo en un cuarto del piso bajo, blanqueado de yeso, y amueblado únicamente con un lecho, una mesa y dos sillas. Esto les bastaría; y dieron las gracias al señor Inglis, que se despidió de ellos, prometiendo volver al siguiente día por la mañana.
Muy fatigados, el señor y la señora Titbury, después de haber comido el resto de las provisiones que en el saco de viaje llevaban, se acostaron. Pronto quedaron dormidos y soñaron que los pronósticos del atento Robert Inglis se realizaban, y que la próxima jugada les hacía ganar veinte casillas.
A las ocho se despertaron, tras noche reposada y tranquila. Se levantaron sin apresuramiento, pues nada tenían que hacer sino esperar a su guía para visitar la ciudad con él..
A las nueve nadie había aparecido aún. El señor y la señora Titbury, vestidos y en disposición de salir, mira. ban por la ventana que se abría sobre una gran calle.
El hotel debía estar en paraje solitario, pues inclinándose sobre la ventana, el señor Titbury no distinguía ninguna casa, ni en aquella orilla ni en la opuesta. Sólo la sombría masa de los verdes bosques, de pinos que se agrupaban en la ladera de la alta montaña.
A las diez, nadie aún; el señor y la señora Titbury empezaron a impacientarse y además sentían hambre.
-Salgamos -dijo la mujer.
-Salgamos -dijo el marido.
Y empujando la puerta de la habitación, penetraron en una sala central, verdadera sala de taberna, cuya puerta de entrada daba a la calle.
Allí había dos hombres mal vestidos, de aspectos poco tranquilizador, con los ojos enrojecidos por el abuso de la ginebra, y que, al parecer, guardaban la puerta.
-¡No se pasa!
Tal fue el mandato que en tono rudo dirigió uno de ellos al señor Titbury.
-¿Cómo que no se pasa?
-No... sin pagar.
-¿Pagar?
Esta palabra era la que menos agradable al señor Titbury cuando era dirigida a él.
-¿Pagar? -repitió-. ¿Pagar por salir? ¡Esto es broma!
La señora Titbury, víctirna de repentina inquietud, no tomó así el asunto y preguntó:
-¿Cuánto?
-Tres mil dólares.
Ella reconoció la voz que había pronunciado estas palabras. Era la voz de Robert Inglis, que se presentó a la entrada del hotel.
El señor Titbury, menos perspicaz que su mujer, quiso echar a broma él asunto.
-¿Eh? -dijo-. Aquí está nuestro amigo.
-En persona -respondió el tal.
-Y siempre de buen humor.
-Siempre.
-Verdaderamente, es bien extraña esta reclamación de tres mil dólares.
-¡Qué quiere usted! Tal es el precio de una noche en Cheap Hotel.
-¿Habla usted seriamente? -preguntó la señora Titbury palideciendo.
-Muy seriamente, señora.
Aquel Robert Inglis era uno de los muchos bandidos de aquellas lejanas comarcas de la Unión. Max Real, con las preguntas que dirigió a los Titbury, le puso sobre buena pista.
Entonces ofrecióse a la pareja, y sabedor después de que llevaban consigo tres mil dólares - confesión imprudente-, les había conducido a aquella solitaria taberna, donde estaban a merced suya.
Aunque demasiado tarde, el señor Titbury le comprendió.
-Caballero -le dijo-, espero que nos dejará salir al momento. Tengo que hacer en la ciudad.
-Nada tiene usted que hacer en ella antes del 2 de junio, día en que llegará el telegrama que le interesa -respondió sonriendo el señor Inglis-, y estamos a 29 de mayo.
-¿Pretende, pues, detenernos durante cinco días?
-Y aún más... -respondió el otro-, a no ser que me entregue usted tres mil dólares en buenos billetes del Banco de Chicago.
-¡Miserable!
-Guardo con usted extremada cortesía -dijo el señor Inglis-. Procure portarse lo mimo conmigo, señaor Pabellón Azul.
-Pero... ese dinero, ¡si es cuanto llevo!
-Al rico Hermann Titbury le será fácil que desde Chicago le envíen cuanto necesite. Su caja está bien provista. Y advierta que sobre sí lleva esos tres mil dólares que le pido, y que podría robárselos. Pero... no somos ladrones. Solamente que tal es el precio del Hotel Económico, y usted tendrá que conformarse con él.
-¡Nunca!
-Como usted quiera.
Y pronunciada esta frase, volvió a cerrarse la puerta, y los esposos quedaron presos en la sala baja.
¡Qué recriminaciones entonces sobre aquel viaje, sobre las tribulaciones del mismo, sin hablar de los peligros que. los amenazaban! ¡Tras la multa de Calais, el robo de Great Salt Lake City! ¡Qué mala suerte, haber tropezado con aquel bandido!
-¡Y todo por ese indecente Max Real! -exclamó el señor Titbury-. Nuestro nombre, que no queríamos hacer conocer más que a la llegada, él lo proclamó en plena estación. Y ese bandido lo oyó.- ¿Qué hacer?
-Sacrificar los tres mil dólares -dijo la señora Titbury.
-¡Nunca! ¡Nunca!
-¡Hermann! -se contentó con decir la imperiosa mujer.
Sin embargo, el señor Títbury resistió. Tal vez recibieran inesperado socorro. Un destacamento de tropa... o al menos, algunos que pasaran por aquellos lugares y a los que pediría socorro. ¡Vana esperanza! Un minuto después, ambos eran conducidos a una habitación cuya ventana no se abría más que sobre un patio interior. El feroz posadero puso entonces algunos alimentos a su disposición. Realmente, para el precio pedido no era mucho exigir tener, a razón de más de mil dólares por día, no sólo habitación, sino alimento en el Hotel Económico.
Dos días transcurrieron. Nadie podría explicar a qué grado de rabia llegaron los prisioneros.
No volvieron a ver al señor Inglis, que, sin duda, se mantenía lejos de ellos por discreción y para no aparentar que ejercía presión sobre sus huéspedes.
Llegó el primero de junio. Antes de las doce, el jugador número tres debía estar en las oficinas del Telégrafo de Great Salt Lake City. De no hacerlo así, perdería todos sus derechos a continuar una partida tan desastrosa hasta entonces para el pabellón azul.
El señor Titbury no quería ceder. No cedería. Más, forzada por las circunstancias, la señora Titbury intervino con raro vigor para imponer su voluntad. Suponiendo que el capricho de los dados hubiera enviado al señor Titbury a la hostería, al laberinto, a los pozos, a la prisión, ¿no hubiera tenido que pagar primas dobles y triples? ¿Acaso hubiera dudado en hacerlo? No.
Pues no había más remedio que aceptar las circunstancias actuales y entregar lo que se les exigía, pues si bueno es tener dinero, vale más la vida, y ésta se encontraba comprometida entre aquellos bandidos.
El señor Titbury resistió hasta las siete, con la esperanza de un providencial socorro, que no llegó.
A las siete y media, el señor lnglis se hizo anunciar.
-Mañana es el gran día -dijo-. Sería conveniente, que usted estuviera esta noche en Great Salt Lake City.
-Y quién sino usted me lo impide -exclamó el señor Titbury, ahogado por la cólera.
-¿Yo? -respondió el señor Inglis, siempre sotiriente-. Con que usted se decidiera a arreglar nuestra cuenta, bastaba.
-Ahí está -dijo la señora Titbury, tendiendo al señor Inglis el manojo de billetes que su marido, con la muerte en el alma le había entregado.
El señor Titbury se sintió morir al ver que aquel canalla tomaba el fajo y contaba la suma, y no encontró palabra que responder cuando el señor Inglis dijo:
-Es inútil que le dé a usted recibo, ¿verdad? Pero no tema usted. Yo se lo abonaré en su cuenta. Y ahora, sólo me resta desear a ustedes buena suerte para ganar los millones del match Hypperbone.
La puerta estaba libre y, sin escuchar más, la pareja se lanzó fuera. Era casi de noche y el sitio sería difícil de reconocer.
¿Cómo indicar a la policía el lugar de aquella escena tragicómica?
Lo que más importaba era dirigirse a Great Salt Lak,City, cuyas luces se distinguían a tres millas de allí subiendo por el Crescent River. Una hora después el señor y la señora Titbury llegaron a la Nueva Sión y entraron en el primer hotel que hallaron. ¡Nunca les costaría tan caro como el Hotel Económico!
Al siguiente día, 2 de junio, el señor Titbury se personó en el despacho del sheriff, a fin de presentar su denuncia y solicitar que los agentes se pusieran a la busca de Robert Inglis. Tal vez estaría aún a tiempo de recobrar los tres mil dólares.
El sheriff (un magistrado muy inteligente) recibió con interés la denuncia del robado contra el ladrón. Desgraciadamente, el señor Titbury sólo pudo dar vagas noticias sobre la taberna.
Había sido conducido a ella de noche. Había partido de noche. Cuando habló del Hotel Económico, el sheriff le respondió, que él no conocía hotel que llevara tal nombre, y que en el país no exisitía el Crescent River a que se refería. Sería, pues, difícil echar mano al bandido, que, por otra parte, debería haberse fugado con sus cómplices. En cuanto a lanzar una brigada de policías, sobre la pista, en aquel país de bosques y montes, a nada conduciría.
-¿Dice usted, señor Titbury -preguntó el sheriff-, que ese hombre se llama...?
-Inglis. El miserable Robert Inglis.
-Sí; ese es el nombre que le dio... Pero reflexionando sobre el caso, no dudo que se trata del famoso Bill Arrol. Lo reconozco en su manera de operar. No es su primer golpe.
-¡Y aún no lo ha detenido! -exclamó el señor Titbury furioso.
-Aún no. Estamos en el período de vigilancia. Pero más tarde o más temprano caerá en nuestras rnanos.
-¡Ya no será tiempo para mí!
-Pero sí para él. Y se le electrocutará, a menos que no sea ahorcado.
-Pero, ¿y mi dinero, señor, y mi dinero?
-¡Qué quiere usted! Sería preciso prender a ese diablo de Bill Arrol, y la cosa no es fácil.
Todo lo que puedo prometerle es enviarle un cabo de su cuerda, si se cuelga, y si para entonces no está terminado el match, poseyendo tal talismán, tendrá usted la seguridad de ganar.
Y eso fue todo lo que el señor Titbury pudo obtener de aquel original sheriff.

Capítulo XIX
El pabellón verde era el de Harris T. Kymbale; el pabellón que se colocaba en los mapas para indicar su llegada a tal o cual estado, y que había sido atribuido al jugador número cuatro atendiendo al lugar que este color ocupa en el espectro solar. El redactor jefe del Tribune se mostraba muy satisfecho de este color. ¿No era el de la esperanza?
Además, no hubiera sido justo quejarse de la suerte que lo favorecía como turista y como jugador. Después de haber sido enviado por la primera jugada, de Nuevo México, el punto diez, por cuatro y seis, le reservaba la casilla veintidós, Carolina del Sur, en las fronteras del territorio federal, y más especialmente Charleston, su metrópoli. No ignoraba que los postores se lo disputaban en las agencias, que era solicitado en todos los mercados del mundo, con prima de uno contra nueve a lo que ninguno de los otros jugadores había llegado, y en todas partes proclamado favorito.
Felizmente, al abandonar Santa Fe, el periodista no había a oído al práctico conductor de coches, Isidoro, formular la declaración de que él no arriesgaría veinticinco centavos sobre sus probabilidades de triunfo, y confiaba en su estrella.
Disponía desde el 21 de mayo hasta el 4 de junio para hacer el viaje a la Carolina meridional, y como desde la estación de Clifton el viaje se efectuaría sin dificultades por ferrocarril el tiempo no le faltaría.
Harris T. Kymbale abandonó, pues, Santa Fe el día 21, y esta vez se limitó a dar al conductor una buena propina, sin necesidad de hacer brillar ante los ojos de él ni centenares de miles, ni aún centenares de dólares. Llego por la noche a la estación de Clifton, desde donde la vía ferrea, después de franquear el paralelo que limita al sur el estado del Colorado, lo depositó en Denver, capital de dicho estado.
Veamos ahora lo que pensó Harris T. Kymbale, el proyecto que formó, sin tener en cuenta la observación que el honorable gobernador de Buffalo le había hecho, de que él no era su dueño, sino que pertenecía a los jugadores que apostaban por él.
"Heme aquí transportado a una de las más hermosas provincias de la Unión; las Montañas Rocosas al oeste; al este, llanuras de maravillosa fertilidad; suelo hinchado de plomo, plata y oro, a través del cual el petróleo corre a oleadas; territorio al que afluyen los emigrantes, atraídos por sus riquezas naturales, y los ociosos solicitados por los lujosos balnearios y lo sano de su clima. Yo no conocía este país soberbio y se me presenta ocasión de conocerlo.
¿Puedo contar con que el azar me haga volver a él en el resto de la partida? Nada menos seguro. De otra parte, para llegar a Carolina del Sur tengo que atravesar tres o cuatro estados que ya visité. Ellos no me ofrecerán novedad ninguna. Lo mejor es, pues, consagrar al Colorado todo el tiempo de que puedo disponer, y esto es lo que voy a hacer. Con tal de que me encuentre en Charleston el 4 de junio, antes del mediodía nada tendrán que reprocharme los que por mí apuestan. Además, yo siempre hago mi voluntad y el que no esté contento, ¡allá él!"
T. Kymbale, pues, el día 21 se instaló en un buen hotel de la capital del Colorado.
No pasó allí más que cinco días, hasta el 26 por la tarde. Pero a nadie extrañará que un periodista sea capaz de hacer en tan poco tiempo lo que otro que no lo sea haría en menos del doble. Esto es cuestión de entusiasmo profesional. Y para convencerse de eso bastará echar una mirada sobre estas notas de su cartera, de las que Harris T. Kymbale se servía para redactar artículos del Tribune:
“22 de mayo: Visita a Denver. Ciudad elegante; anchas calles sombreadas, soberbias tiendas, como en Nueva York o en Filadelfia; iglesias, Bancos, teatros, sala de conciertos, gran establecimiento universitario del Far West, vasto puerto, hoteles y restaurantes de lujo. Café francés. Muy bueno, el café francés.
“Denver, fundada en 1858 en la confluencia del Cheery Creek y del Plate River. En 1859 no había más que tres mujeres. Primer niño, nacido aquel año. Veinte años después, veinticinco mil habitantes. Inmigración constante. Actualmente, cerca de ciento siete mil almas.
“Ciudad incomparable, sin rival. Aire de primera calidad; oxígeno de ídem. En torno a la ciudad, muchas torres. Si gano la partida, me haré construir una a orillas del Cheery Creek.
Tendré coches, caballos, perros, criados blancos y negros. Acabo de ser recibido por el Gobernador del estado, que apostó por mí una gran suma.
“23 de mayo: Visito hasta los pueblos de menos importancia, convertidos en ciudades: Aurorio, Golden City, Oro City y Leadville, la ciudad del plomo.
“24 de mayo: el ferrocarril me ha trasladado a Pueblo, importante centro industrial, con muchos pozos de petróleo. Si gano la partida, compraré uno o dos. Pasé por Colorado Springs llamada 'Ciudad de los millonarios', muy famosa por sus baños, y muy frecuentada por enfermos reales e imaginarios.
“25 de mayo: Vuelvo de Suiza, de la Suiza americana, se entiende, en la parte oriental de la cordillera del Colorado. Esto es tan hermoso como el Parque Nacional de Wyoming, más tal vez que la Suiza europea. Claro es que hablo como ciudadano de los Estados Unidos.
“No tengo tiempo de visitar todas las maravillas que encierra este estado, por lo que regreso a Denver. Es menester no retrasarse, y no olvidar que el gobernador de Colorado y gran número de sus administradores, según creo, apostaron en favor mío.”
La tarde del 26 se organizó una fiesta en honor del periodista. Sabido es que en los Estados Unidos un hombre vale la fortuna que tiene, y en el espíritu de los habitantes del Colorado,
Harris T. Kymbale valía sesenta millones de dólares viose, pues, festejado por aquellos fastuosos americanos, según su valor.
Al día siguiente, 27 de mayo, el jugador número cuatro se despidió del Gobernador, en medio de gran multitud de partidarios que lo aclamaron. El tren abandonó Denver, atravesó Kansas de oeste a este, después Missuri, pasando primero por su capital, Jefferson City, y después por San Luis, ya en la tarde del 28.
No tenía Harris T. Kymbale intención de detenerse en esta ciudad, y esperaba que la suerte no lo enviara nunca a ella, puesto que le correspondía la casilla número cincuenta y dos, el lugar de la prisión en el juego de la oca. Pero, a causa de los trasbordos de los trenes, tuvo que pasar la noche en uno de los hoteles de dicha ciudad.
Parecía que nada podía impedirle ya estar en Charleston el día señalado. Y sin embargo, poco faltó para que no pudiera llegar, y hasta para que quedara imposibilitado para siempre de viajar, a causa de un incidente sobre el que vamos a hablar, y que nadie hubiera podido prever.
A eso de las siete y cuarto, Harris T. Kymbale vagaba por el andén de la estación, con el objeto de informarse la hora de los trenes, cuando bruscamente tropezó un hombre que salía de los despachos.
Se cambiaron las finas frases de rigor, en estos estos casos:
-¡Bruto!
-¡Torpe!
-¡Mire por donde va!
-¡Y usted mire hacia delante!
Pero Harris T. Kymbale lo conocía.
-¡El comodoro! -exclamó.
-¡El periodista!
Era efectivamcnte el comodoro Urrican, sin su fiel Turk. Resultaba, pues, que Hodge Urrican no solamente había sobrevivido al naufragio de la “Chicola” sino que había encontrado ocasión para abandonar Key West.
Así que Urrican estaba en San Luis, y con un humor peor que el de costumbre. Esto se comprende, pues ¿no estaba camino de California, con la obligación de volver a Chicago, a fin de recomenzar la partida, después del pago de una prirna triple?
-Mi más cordial enhorabuena, comodoro Urrican, pues veo que no ha muerto...
-No señor. ¡Ni aun después de chocar con un bruto?... ¡Me siento capaz de enterrar a los que sin duda se alegrarían de no volverme a ver!
-¿Dice eso por mí? -preguntó el periodisia, frunciendo el entrecejo.
-Sí, señor -respondió Hodge Urrican, mirando a su adversario frente a frente-. Sí, señor... favorito.
Y parecía que mascaba esta palabra.
Harris T. Kymbale comenzó a excitarse:
-Parece que al pasar por California para volver a Chicago se pierde toda cortesía.
El tiro dio en el blanco.
-¡Caballero... usted me insulta! -exclamó el comodoro.
-Tómelo como quiera.
-Bien... lo tomo en mal sentido, y me tendrá que dar explicaciones de su insolencia.
-Al instante, si quiere...
-Sí, si tuviera tiempo -gruñó el comodoro-, pero tengo que tomar este mismo tren, que parte ahora.
En efecto, un tren se iba a poner en marcha. No había momento que perder. Así es que el comodoro, lanzándose al puentecito que unía dos vagones, exclamó con voz terrible:
-¡Este misma noche recibirá noticias mías... las recibirá usted!... ¡Esta misma noche, en el European Hotel! -y partió.
Harris T. Kymbale regresó al European Hotel, donde precisamente se albergaba. Después de comer dio un largo paseo por la ciudad, y al regresar le entregaron una carta que había llegado de Herculanum, en el último tren, que decía así:
Señor jugador número cuatro: usted tiene sin duda un revólver, como yo tengo el mío. Yo tomaré mañana a las siete el tren que parte de Herculanum para San Luis. Tome usted el que a la misma hora parte de San Luis para Herculanurn. Esto no altera ni su itinerario ni el mío.
Estos dos trenes se cruzarán a las siete y diecisiete. Si usted no es hombre que atropelle e insulte a las gentes sin dar explicaciones, esté en el momento indicado, solo, en el último puentecito del último vagón de su tren, que yo estaré en el del mío, y podremos cambiar algunas balas.
El Comodoro HODGE URRICAN.
Para encontrar un adversario digno de él, a nadie podía haberse dirigido mejor que al redactor del Tribune.
“Bien”, pensó. “Si este marino se imagina que voy a retroceder, se engaña completamente.”
Así pues, al día siguiente, un poco antes de las siete, Harris T. Kymbale tomó el tren que se dirigía a Herculanum. Después de elegir sitio en el último vagón, se instaló cómodamente.
A las siete y catorce se levantó, se colocó en el puentecito y sacó de su bolsillo el revólver. Lo examinó para ver si estaba cargado y esperó.
A las siete y dieciséis se oyó el ruido del tren que se aceracba a todo vapor, desde
Herculanum. Harris T. Kymbale levantó el revólver. Las locomotoras se cruzaron, dejando tras ellas un aluvión de blancos vapores.
Un segundo después, dos detonaciones estallaron simultáneamente.
Harris T. Kymbale sintió el viento de una bala junto a su rostro. Después los dos trenes se perdieron a lo lejos. El periodista volvió tranquilamente a ocupar su puesto, sin saber si el comodoro había sido tocado o no.
El tren continuó su viaje, dejando atrás las ciudades de Nashville y Chattanooga, nombre cuyo significado es “Nido de cuervos”. Atravesó el estado de Georgia, hasta la ciudad de Augusta sobre el río Savannah, y se adentró en Carolina del Sur, deteniéndose, por fin, en Charleston.
Era el 2 de junio, por la noche.
Los periódicos le informaron del paso de los inseparables Urrican y Turk por Odgen, Utah, el día 31, dirigiéndose a las lejanas regiones de California.
-Más vale así... -se dijo el periodista-. Mejor es no haberlo acertado. Es un oso marino... pero con figura humana a fin de cuentas.
Sería poco expresivo decir que Harris T. Kymbale fue recibido con entusiasmo. Hubo una especie de delirio por el jugador, en el que la ciudad veía el más calificado de los Siete.
Realmente, para ellos no había más que uno: el que el punto diez acababa de enviarles.
Huésped tan bien recibido, contraía con la ciudad una gran deuda de agradecimiento, por lo que declaró que si ganaba la partida fundaría en Charleston un hospicio para los pobres sin familia. Y lo notable fue que gran número de pobres fueron a inscribirse al Ayuntamiento, a fin de asegurarse las primeras plazas en aquel establecimiento de caridad.
En fin, en medio de fiestas llegó la tarde del 3 de junio. Por suscripción había sido organizado un espléndido banquete. Se efectuaría bajo una magnífica arboleda. La multitud de invitados se dirigió al sitio señalado para el banquete, dando grandes gritos y hurras.
Sería tarea imposible dar una idea del menú, ni del fausto del servicio. Baste saber que la pieza principal fue un pastel monstruoso que pesaba ocho mil libras, cocido en un horno gigantesco, y que un carro tirado por doce caballos llevó al festín. Acabado éste, sonaron las exclamaciones: «¡Hurra por Harris T. Kymbale! ¡Hurra por el jugador número cuatro! ¡Hurra por el favorito de la partida Hypperbone!»

Capítulo XX
Se recordará que Lissy Wag y Jovita Foley se apresuraron a abandonar Milwaukee el día 28, a fin de que el misterioso X. K. Z. no las hallara en este punto.
Las dos amigas volvieron a Chicago, y quizás lo más juicioso hubiera sido no abandonar éste hasta la víspera del día que el telegrama del notario Tornbrock llegara a Kentucky, puesto quesolamente los separaba algunos cientos de millas de ese estado. Pero el día 27, Jo. vita Foley, sin poder contenerse, dijo:
-¿Cuándo partimos?
-Tenemos tiempo -respondió Lissy-. Calcula... hasta el 6 de junio, y estamos a 27 de mayo, o sea diez días, y ya sabes que el viaje a Kentucky podemos efectuarlo en veinticuatro horas
-Sin duda, Lissy; pero no vamos únicamente a Kentucky, sino a Francfort, su capital, donde existen las cuevas de Mammoth una de las maravillas de los Estados Unidos y hasta del mundo, según se dice. ¡Qué ocasión para visitar esas grutas! En fin, ¿cuándo partimos?
-Tan pronto como quieras.
-Entonces, mañana por la mañana.
-Sea -concedió Lissy Wag.
Al día siguiente, el expreso llevaba a las dos viajeras durante ciento treinta millas a través de Illinois, hasta Danville, cerca de la frontera de Indiana. Por la tarde franquearon esta frontera y se apearon para comer en Indianápolis, que es la capital de este estado.
El día 29, a las ocho y quince, partieron en el primer tren para Luisville y a las once y cincuenta y nueve el viaje había terminado.
Durante todo el día se dedicaron a visitar Luisville bañada por el,Ohio, atravesaron este río por el largo puente que une dicha ciudad con New Albany y Jefferson, y por fin, a las nueve de la noche, en extremo fatigadas, estaban de vuelta en el hotel.
-¿Cuándo partimos? -preguntó Líssy.
-Mañana por la mañana.
-¿Tan pronto, cuando bastarán algunas horas para llegar al término de nuestro viaje? Tenemos tiempo.
-¡Nunca hay tiempo suficiente, cuando se trata visitar las cuevas de Mammoth! -.respondió
Jovita Foley-. Duerme, querida, ya te despertaré.
Al día siguiente, el tren conducía a las dos jóvenes en dirección sur, un trayecto de ciento cinetienta millas, hasta las célebres grutas.
Antes del mediodía, las dos amigas penetraban en el Mammoth-Hotel, establecimiento de primer orden, situado cerca de la entrada de las grutas, en un sitio encantador.
A pesar de la curiosidad que la devoraba, Jovita Foley tuvo que dejar para el día siguiente su visita a las cuevas, pues a la hora indicada todos los guías habían partido ya. Así que pasó su tiempo paseando por los alrededores de aquel valle encantador, y subiendo por las sombrías orillas del río, que en mil cascadas va a precipitarse al Green River.
-Quisiera estar ya en el día de mañana -no pudo dejar de decir Jovita Foley, antes de dar las buenas noches a su amiga, cuando se retiraron a dormir.
Al amanecer no pudo resistirse Lissy Wag al imperioso llamamiento de su amiga, que le decía que abandonara el lecho y se vistiera, con lo que a las ocho las dos amigas encontrábanse dispuestas a abandor el hotel.
La exploración de las grutas del Kentucky, en parte conocida, exige de siete a ocho días. La principal arteria mide de tres a cuatro leguas, y la inmensa excavación, once mil millones de metros cúbicos. Está escalonada en todos los sentidos por centenares de paseos, corredores, galerías y pasos, y bueno es repetirlo todo esto constituye solamente la parte actualmente descubierta.
Era el día 31 de mayo, y hasta el 6 de junio por la mañana en que debían partir las dos viajeras, tenían seis días, que bien empleados, debían bastar para satisfacer a la más curiosa de las visitantes, aunque ésta Jovita Foley.
Las dos amigas realizaron esta excursión en numerosa companía, y en excursiones sucesivas, organizadas bajo la dirección de los mejores guías al servicio de las grutas de Kentucky.
Con trajes de abrigo, pues la temperattura es baja en el fondo de aquellas cuevas, los turistas tomaron, a las nueve en punto, el sendero que serpentea por entre las rocas y conduce a las grutas. Llegaron ante la abertura de un macizo, simple orificio de corredor, que ha quedado tal como la naturaleza lo formó, y por el que los hombres de alta estatura no pueden pasar sin inclinar la cabeza.
Delante iban los guías con linternas y antorchas encendidas. A poco, los excursionistas llegaron a una escalera tallada en la roca. Esta escalera, a la que sigue una galería de mayor anchura, conduce directamente a la vasta sala de la Rotonda.
En este punto se ramifican múltiples pasos, cuyas sinuosidades es conveniente conocer si no se quiere correr el riesgo de extraviarse. Por un largo corredor los turistas llegaron a una de las más espaciosas cavernas de Mammoth, a la que se ha dado el nombre de Iglesia Gótica, caverna de una belleza y grandiosidad absolutas, donde las estalactitas y estalagmitas parecen imitar órganos y altares.
-Vamos, Lissy, ¿lamentas haber hecho el viaje? -preguntó Jovita, llena de entusiasmo.
-No, Jovita. Todo esto es muy hermoso. Pero, me espanto ante la idea de que pudiera una extraviarse aquí.
-Cierto. Calcula si nos viéramos perdidas en las Mammoth Caves, faltando a la llegada del telegrama del señor Turnbrock.
Continuando la expedición, fue preciso, varias veces, encorvarse y hasta gatear por. los estrechos conductos para llegar a la sala de los Revenants. Allí tuvo un gran desencanto Jovita Foley, ante la que no se apareció ninguno de los fantasmas que soñaba evocar en aquellas subterráneas cavidades.
En realidad, la sala de los Revenants es un sitio de descanso; alumbrado con la luz de las antorchas, y en que se veía un mostrador donde estaba preparado el almuerzo, servido por el personal de Mammoth Hotel.
A esta parte de las grutas se limitó la primera visita, que sería seguida de varias otras.
Una excelente comida y una noche de reposo devolvieron a las dos amigas las fuerzas necesarias para la exploración del siguiente día.
Recorriendo estas maravillosas cuevas -un paseo por el mundo encantado de Las mil y una noches-, quedaban generosamente pagadas las fatigas, y Jovita Foley convenía en que tal espectáculo superaba los límites de la imaginación humana. Por eso, durante cinco días, la enérgica joven, demostrando una energía que rindió a la mayor parte del resto de los excursionistas y aun a los mismos guías, se impuso la tarea de explorar todo lo que se conocía de las célebres grutas, aunque disgustada por no poderse lanzar a lo desconocido. Pero su amiga no podía hacer lo mismo y tuvo que pedir gracia después de la tercera jornada. No hay que olvidar la enfermedad pasada, y era preciso que no se fatigara para continuar el viaje.
Así es que Lissy Wag no acompañó a Jovita Foley en las últimas excursiones, perdiéndose las innumerables bellezas que aún aguardaban al resto de los excursionistas, como la Cámara Estrellada, la Cúpula Gigante, el Salón de Baile, y el emotivo paseo en barca por el río subterráneo Styk, que como un Jordán de las entrañas terrestres va a precipitarse en un Mar Muerto.
Tales son las incomparables maravillas de estas grutas que aún no han entregado más que una parte sus secretos.
Al fin terminaron los cinco días de que Jovita Foley y su compañera podían disponer para permanecer en Marnmoth Caves. El 6 de junio el telegrama debía llegar al despacho mismo del hotel. Debido al interés que los muchos turistas que allí habían sentían por la jugadora número cinco, la mañana del siguiente día se pasó en febril ansiedad, impaciencia que solamente Lissy Wag tal vez no sentía, Desde las ocho, los huéspedes del hotel se amontonaban frente al despacho del Telégrafo esperando el telegrama expedido desde Chicago por el notario Tornbrock.
Difícil sería pintar la emoción del público que rodeaba a las dos amigas. ¿Dónde las dirigiría el azar? ¿Serían enviadas al límite de América? ¿Alcanzarían gran ventaja sobre los demás jugadores?
Media hora después sonó el timbre del aparato, Un telegrama llegaba a nombre de Lissy Wag, Mammoth Hotel, Mammoth Caves, Kentucky.
Reinó un profundo silencio, tanto dentro como fuera de la oficina.
Y cuales no serían el estupor, el descorazonamiento, hasta la desesperación, cuando Jovita Foley leyó con voz temblorosa:
“Catorce, por siete doble, casilla cincuenta y dos, San Luis, estado de Missuri.”
Era ésta la casilla correspondiente a la prisión, donde después de haber pagado una triple prima, la desdichada Lissy Wag tenía que permanecer hasta el momento en que un no menos desdichado jugador fuera a libertarla, ocupando su sitio.

Capítulo XXI
El primero de junio, por la mañana, un tren corría por tierras californianas en dirección sureste.
Este tren, compuesto únicamente de una locomotora, un vagón y un furgón, había partido, fuera de las indicaciones del horario, tres horas antes del que atraviesa los territorios meridionales de California, línea de Sacramento a la frontera de Arizona.
El país que atravesaba el tren especial no parecía atraer la atención de los viajeros, conducidos con extraordinaria rapidez. Y antes de seguir adelante, ¿llevaba viajeros aquel tren? Sí, pues de vez en cuando dos cabezas aparecían tras las ventanillas, desapareciendo enseguida. Dos rostros de expresión avinagrada, casi feroz. A veces bajábase el vidrio y dejaba pasó a una ancha mano que sostenía una corta pipa, cuya ceniza sacudía, y que volvía adentro enseguida.
¿Quiénes eran, pues, aquellos indiferentes viajeros? ¿De dónde venían y a dónde iban?
Lo que no permitía duda es que los referidos viajeros debían ser gente rica y que tenían gran prisa, puesto que se permitían el lujo de un tren especial, teniendo a su disposición los trenes regulares del Southern Pacific. Esto no les hubiera significado más que medio día de retraso, economizándoles algunos miles de dólares.
Afortunadamente, sólo se trataba de un recorrido relativamente corto, en el ramal que sale de Reno, pasa por Carson City, la capital de Nevada, penetra en el estado de California en la estación de Benton y termina en la de Keeler, o sea, unas doscientas cuarenta millas que serían recorridas en seis o siete horas, como efectivamente aconteció.
A las once de la mañana llegaba este tren especial a Keeler.
Dos hombres saltaron al andén con un equipaje reducido a lo estrictamente necesario, complementado por saco de viaje y una carabina que cada uno de ellos llevaba al hombro.
Uno de estos hombres se acercó al maquinista y le dijo: “Espere usted”, como si se tratase de un cochero, cuyo carruaje se abandona momentáneamente para hacer una visita.
El maquinista hizo un gesto afirmativo y se ocupó de llevar su tren a un apartadero, para dejar libre la circulación.
El viajero, seguido de su compañero, se dirigió entonces a la puerta de salida, y se encontró en presencia de un individuo que esperaba su llegada.
-¿Está el coche? -preguntó en tono seco.
-Desde ayer.
-Pues en marcha.
Un instante después, los dos viajeros estaban instalados en el interior de un cómodo automóvil, que rodaba rápidamente en dirección este.
Se habrá reconocido en uno de los viajeros al comodoro Urrican, y en el otro a su fiel Turk, aunque no se hayan abandonado a su irascible naturaleza, ni contra el maquinista del tren especial, que, por lo demás, estaba en la estación a la hora indicada, ni contra el chofer del automóvil, que estaba en su puesto en Keeler.
¿Por qué milagro Hodge Urrican, medio muerto en oficinas del Telégrafos de Key West, el 25 de mayo, reaparecía ocho días después en aquella ciudad de California, a cerca de mil quinientas millas de Florida?
No se habrá olvidado el resultado del telegrama recibido en Key West, procedente de Chicago: cinco, por dos y tres, ¡un resultado desdichado!
Gracias a esta jugada, el comodoro iba desde la casilla cincuenta y tres a la cincuenta y ocho... ¡pero de la Florida a California! Tenía que recorrer casi todo el territorio de la Unión, de parte a parte, Y circunstancia aún más desastrosa: dicha casilla era la que para la muerte había elegido William J. Hypperbone, en el famoso Valle de la Muerte, de California, donde el jugador debía ir en persona y de donde, después de pagar una prima triple, le sería preciso volver a Chicago. ¡Y esto después de haber empezado con un golpe maestro!
Así es que cuando Hodge Urrican, vuelto a la vida merced a enérgicas fricciones, conoció el contenido del telegrama, sintió una rabia tal, que sufrió el más terrible ataque de cólera que Turk había presenciado.
Hodge Urrican, después de su ataque de furia, no pro nunció más que una sola palabra, una de estas palabras que adquieren valor histórico:
-¡Partamos!
Un silencio glacial acogió esta palabra. Turk dijo a su jefe dónde estaban. Entonces Urrican supo lo que aún ignoraba: el naufragio de la goleta y el transporte a Key West, donde no se encontraba un navío que aparejara para uno de los puertos de Alabama o de Luisiana.
Hodge Urrican estaba clavado como Prometeo sobre la roca y su corazón iba a ser devorado por el buitre de la impaciencia y de la impotencia.
Efectivamente, era preciso que en los quince días siguientes se trasladara desde Florida a California, y desde California a Illinois.
Y reflexionando en las consecuencias de perder la partida, Hodge Urrican se entregó a una segunda crisis con vociferaciones, imprecaciones y amenazas que hicieron temblar los vidrios de la oficina. Turk consiguió dominarlo, entregándose a actos de tal furor, que su jefe tuvo que calmarlo.
Pero razón hay para asegurar que las dichas y las desdichas se mezclan en el mundo. A las doce y treinta y siete llegó a la vista del puerto de Key West la presencia de un buque, el President Grant, que no debía permanecer más que algunas horas en este puerto, y que la misma tarde partiría para Mobile, era un barco de vapor de gran marcha, uno de los más rápidos de la flota mercante de los Estados Unidos, en el que tomaron pasaje los poco afortunados viajeros.
El President Grant arribó a Mobile en la noche del 27.
Pagado con generosidad el pasaje, Hodge Urrican seguido de Turk, saltó al primer tren, que franqueó en veinte horas las setecientas millas, entre Mobile y San Luis.
Allí se produjeron los incidentes que se conocen, y desde este punto el ferrocarril condujo al comodoro a Topeka, el día 30; después, por la línea del Union Pacific, a Ogden, el día 31; luego a Reno, de donde partió a las siete de la mañana para la estación de Keeler.
Cuando estuvo en San Luis, Urrican tuvo la feliz idea de telegrafiar a Sacramento si se podría disponer un automóvil y expedirlo a Keeler, donde aguardaría su llegada. La respuesta fue afirmativa, y el. automóvil esperaba en la estación de Keeler al comodoro Urrican.
Dos días bastaban para llegar al Valle de la Muerte, y otros dos para volver; de suerte que él estaría en Chicago antes del 8 de junio.
Decididamente, la suerte parecía volver a favorecer a este viejo lobo de mar.
He aquí la causa de que el automóvil se encontrara el primero de junio en la estación de Keeler, y abandonara aquella pequeña ciudad, siguiendo camino este, en dirección al Valle de la Muerte.
El automóvil avanzaba por un camino bastante bueno que el conductor había ya recorrido. Este camino atraviesa algunos pueblos solitarios, más allá de las antiguas ramificaciones de Sierra Nevada, dominada por el monte Whitney. Después de vadear varios creeks, el automóvil torció hacia el sureste y franqueó el río Chay-o-poovapah, para llegar al pueblo de Indian-Wells.
Hasta entonces el país no estaba completamente desierto. Algunas granjas se sucedían, a larga distancia unas de otras. Encotrábanse a veces algunos trabajadores del campo dirigiéndose a una o a otra, y también algunos indios mohawk, que en otras épocas dominaban el territorio.
Al fin el automóvil llegó al desierto, en el que se hunden las depresiones del Valle de la Muerte. Allí, sólo inmensa soledad. Ni hombres ni animales frecuentaban este lugar. Ardiente sol caía sobre la llanura sin límites. Apenas rastros de rudimentaria vegetación.
Al calor enervante del día, sucedían esas noches californianas, secas y frías, cuyos rigores no atempera el rocío.
En estas condiciones, el comodoro Urrican llegó el 3 de junio a la extremidad meridional de los Telescope Range, que limitan el Valle de la Muerte al oeste.
Eran las tres de la tarde. El viaje había durado veinticuatro horas, sin descanso ni accidente.
Verdaderamente este país desolado, de suelo arcilloso, cubierto a trechos de eflorescencias salinas, merece su nombre de País de la Muerte. El valle en que termina, casi en la frontera de Nevada, no es más que un cañón de diecinueve millas de ancho por ciento veinte de largo, lleno de abismos, cuyo fondo llega a más de cien metros bajo el nivel del mar.
¡Sí!, el Valle de la Muerte había sido bien elegido por el excéntrico testador para enviar a él al desdichado jugador detenido en plena marcha en la casilla cincuenta y ocho, para hacerlo volver al principio del juego.
El comodoro Urrican había llegado, pues, al término de su difícil viaje. Hizo alto al pie de los Montes Funerales, llamados así en recuerdo de las caravanas que perecieron en tan tristísimos lugares. En aquel sitio tomó la precaución de escribir un documento, testimonio de su presencia en el Valle de la Muerte, el 3 de junio, documento que enterró bajo una roca, después de haber sido firmado por Turk y también por el conductor del automovil, como testimonios.
Hod.ge Urrican no permaneció ni una hora en el Valle de la Muerte El automóvil partió a través de la region superior del desierto de Mohawk, descendiendo de nuevo los pasos de Nevada, y cuarenta y ocho horas después estaba en la estación de Keeler, el 5 de junio, a las once de la mañana.
Con tres palabras enérgicas, el comodoro dio las gracias al conductor, y volviéndose a Turk dijo:
-¡Partamos!
El tren especial permanecía en la estación, pronto a partir, aunque esperando el regreso del comodoro.
Hodge Urrican se fue directamente al conductor, y repitió.
-¡Partamos!
Y dada la señal, la locomotora arrancó, desplegando el máximo de su velocidad, deteniéndose en Reno, siete horas después.
En esta última estación, los dos viajeros subieron al tren de la Union Pacific, y atravesando las Montañas Rocosas de los estados de Wyoming, Nebraska, Iowa e Illinois, llegaron a Chicago el 8 de junio, a las nueve y treinta y siete de la mañana.
El comodoro Urrican fue cordialmente recibido por los que, a despecho de su evidente poca fortuna, habían seguido siendo sus fieles partidarios. Y aunque volver a recomenzar la partida demostraba su mala suerte, sin embargo, con el golpe de dados de aquel mismo día de su llegada a Chicago, parecía que la fortuna volvía a sonreír al Pabellón anaranjado.
Obtuvo nueve, por seis y tres. Ésta era la tercera vez que salía tal punto desde el principio de la partida: la primera para Lissy Wag, y la segunda para X. K. Z., y la tercera para el comodoro.
Después de ser enviado a la Florida y a California, Hodge Urrican no tenía más que dar un paso para llegar a la casilla veintiséis: el estado de Wisconsin, que confina con el de Illinois, y que no ocupaba entonces ningún jugador.
El papel Urrican subió en las apuestas, colocándose a la par con el de Tom Crabbe y Max Real.

Capítulo XXII
El primero de junio la puerta de la casa de South Halstedt Street, número 3997, en Chicago, se abría a las ocho de la mañana ante un joven que llevaba a la espalda sus aparejos de pintor, y al que seguía un negro conduciendo una maleta.
Calcúlese cuál sería la sorpresa y también la alegría de Mme. Real cuando su hijo entró en su aposento y pudo estrecharlo entre sus brazos.
-¿Tú, Max? ¿Cómo? ¿Eres, tú?
-En persona, mamá.
-¿Tú, en Chicago, en vez de estar en Richmond?
-Tranquilízate, mamá. Tengo tiempo sobrado para ir a Richmond; y como Chicago se encontraba en mi itinerario, tenía el derecho de detenerme aquí algunos días y pasarlos contigo.
-¡Ay, Max, qué deseos tengo de que termine esta partida!
-¡Y yo también!
-En provecho tuyo, ¡claro está!
-No te inquietes. Piensa que poseo la palabra que abrirá el arca de ese digno Hypperbone.
-En fin, ¡qué alegría me causa verte, hijo mío!
Max Real estaba en Cheyenne, Wyoming, cuando el 29 de mayo, al regreso de su excursion por el Parque Nacional de Yellowstone recibió el telegrama relativo a su tercera jugada: ocho, por cinco y tres. La casilia ocho, después del veintiocho que ocupaba en aquellos momentos, era el Illinois. Era pues, preciso doblar el punto ocho, y el número dieciséis conducía al pintor a la casilla número cuarenta y cuatro, Virginia, Richmond City.
Entre Chicago y Richomond circulan gran número de trenes, lo que permite franquear en veinticuatro horas la distancia que separaba las dos metrópolis. Asi, pues, Max Real disponía de quince días -del 29 de mayo al 12 de junio- y le pareció lo más conveniente descansar durante una semana en casa de su madre.
Aunque había escrito varias veces a su madre, tuvo que contarle todo lo que le había acontecido en sus viajes y aventuras por Kansas y Wyoming.
-Y, ahora -preguntó a su madre- ¿en qué situación está la partida?
Para hacérsela conocer, Madame Real condujo a su hijo a su habitación y le mostró un mapa extendido sobre una mesa, señalado con banderitas de diferentes colores. La madre de Max Real había seguido fielmente todas las incidencias de la partida de Hypperbone.
-¿A quién pertenece el pabellón azul que va a la cabeza? -preguntó Max.
-A Tom Crabbe, hijo mío, a quien la jugada de ayer, 31 de mayo, envía a la casilla cuarenta y siete, estado de Pensilvania.
-He aquí algo que llenará de gozo a John Milner.En cuánto a ese estúpido boxeador, ese fabricante de puñetazos, que el amarillo se transforme en encarnado en mi paleta si comprerde algo de esto. ¿Y el pabellón rojo?
-El pabellón X. K. Z., colocado sobre la casilla cuarenta y seis, distrito de Columbia.
Efectivamente, gracias al punto diez doble, o sea veinte, el hombre enmascarado había dado un salto de veinte casillas desde Milwaukee, Wisconsin, hasta Washington, capital de los
Estados Unidos de América.
-¿No se sospecha quién es este desconocido? -preguntó Max Real.
-No, hijo mío, nada se sabe.
-Seguro que tendrá muchos partidarios entre los que apuestan.
-Sí, muchos son los que creen en su fortuna.
-He aquí lo que vale ser un misterioso personaje -declaró Max Real-. ¿Y este pabellón amarillo?
-Es el pabellón de Lissy Wag.
Sí; este pabellón flotaba aún sobre la casilla correspondiente a Kentucky, porque en aquella fecha, primero de junio, no se había efectuado todavía la funesta jugada que enviaba a Lissy Wag a la prisión de Missuri.
-¡Ah, encantadora joven! -exclamó Max Real-. Te aseguro que de haberla encontrado en mi camino, le hubiera renovado mis deseos de su buen éxito final.
-¿Y el tuyo, Max?
-¡También el mío, mamá! ¿Te imaginas? ¡Ambos ganando la partida! ¿No estaría esto bien?
-Pero, ¿puede ser?
-No, no puede ser. Pero suceden en este mundo cosas tan extraordinarias.... ¿Y cuándo va a efectuarse la próxima jugada a favor de Lissy Wag?
-Dentro de cinco días, el 6 de junio.
-Confiemos en que mi linda compañera sabrá evitar los peligros del camino, el laberinto de Nebraska, la prisión de Missuri, el Valle de la Muerte californiano. ¡Buena suerte! ¡Sí, de todo corazón se la deseo!
Decididamente, Max Real pensaba alguna vez en Lissy Wag. Hasta con frecuencia, podía decirse -con demasiada frecuencia, pensó la señora Real-, algo sorprendida del entusiasmo con que su hijo hablaba de la joven.
-¿Y a quién pertenece este pabellón verde que campea sobre la casilla veintidós?
-Es el pabellón del señor Kymbale.
-Un simpático joven -dijo Max Real-. Y que según oí decir, aprovecha bien sus visitas al país.
-Así es, en efecto, y el Tribune publica sus crónicas casi diariamente. Va bastante atrás, a pesar de todo.
-Eso no importa en esta partida, pues un buen golpe nos pone enseguida delante de los demás.
-Tienes razón, hijo mío.
-Y dime, ¿de quién es este pabellón que parece tan triste por estar enarbolado sobre la casilla cuatro?
-El de Hermann Titbury.
-¡Ah, execrable sujeto! -exclamó Max Real-. ¡Qué rabia debe sentir al verse el último!
-Es para quejarse, Max, pues en dos jugadas no andado más que cuatro pasos, y después de haber permanecido en Maine ha tenido que partir para el estado de Utah.
-Sin embargo, yo no lo lamento -declaró Max Real-. Esa pareja de ladrones se merece lo peor, y siento que no haya tenido que desembolsar alguna fuerte prima.
-No olvides que ha tenido que pagar una multa en Calais -hizo observar Mme. Real.
-Tanto mejor. Lo que ahora le deseo es que saque el mínimo de puntos: uno y uno. ¡Calla!
¡Esto lo conduciría al Niágara! ¡Lo que le costaría mil dólares!
-Eres cruel con esos Titbury, Max.
-Son gente abominable, enriquecidos por la usura y que no merecen compasión. No faltaría más sino que la suerte les hiciera herederos del generoso Hypperbone.
-Todo es posible -respondió Mme. Real.
-Pero no veo el pabellón del famoso Hodge Urrican.
-¿El pabellón anaranjado? No, no flota en ninguna parte desde que la mala suerte envió al comodoro al Valle de la Muerte, desde donde tiene que volver a Chicago, para recomenzar la partida.
-Duro es para un oficial de la marina arriar su pabellón -exclamó Max Real-. ¡Cómo habrá hecho temblar su barco desde la quilla a la punta de los mástiles! ¿Cuándo debe ser efectuada la jugada a favor de X. K. Z.?
-Dentro de nueve días.
-¡Qué rara idea del difunto, la de ocultar el nombre del último de los Siete!
En estos momentos, Max Real estaba al corriente de la situación de la partida. Después de la jugada que lo enviaba a Virginia, sabía que ocupaba el tercer lugar, correspondiendo el primero a Tom Crabbe y el segundo a X. K. Z., para los cuales no se había efectuado aún la tercera jugada.
El tiempo que pasó Max Real en Chicago lo dedicó a terminar dos de sus paisajes, cuyo valor debía aumentar a los ojos de los aficionados americanos, dadas las condiciones en las que habían sido pintados.
Resulta, pues, que en espera de su próximo viaje, Max no se inquietó, ni de la partida, ni de aquellos a quien ésta hacía correr por todos los Estados Unidos.
En realidad él no desempeñaba allí un papel más que por no disgustar a su buena madre; no menos indiferente que Lissy Wag, la que, por su parte, se prestaba a ello por no contrariar a Jovita Foley.
Durante su estancia tuvo conocimiento del resultado de las tres jugadas efectuadas en el Auditorium. La del día 2 fue deplorable para Hermann Titbury, puesto que lo obligaba a ir a la casilla número diecinueve, estado de Luisiana, donde estaba situada la hostería, y donde debía permanecer sin jugar durante dos veces. Respecto a la jugada del día 4, fue muy bien acogida por Harris T. Kymbale, pues aunque no lo conducía más que a la casilla treinta y tres, Dakota del Norte, le aseguraba un curioso viaie.
En fin, el día 6 Tornbrock procedió a efectuar la jugada que concernía a Lissy Wag. Aquella mañana, Max Real fue al Auditorium, de donde salió muy desolado. De la casilla treinta y ocho, Kentucky, Lissy Wag, por el punto catorce, por siete dobles era enviada a la casilla cincuenta y dos, estado de Missuri, donde la desdichada jugadora debía permanecer en prisión hasta que otro jugador fuera a ocupar su plaza.
Como se comprenderá, estos tres golpes causaron considerable efecto en los mercados y entre los que apostaban. El papel Tom Crabbe y Max Real fue solicitado más que nunca.
Al día siguiente, 7 de junio, Max Real se dispuso a abandonar Chicago. Su madre, tras renovar sus recomendaciones, le hizo prometer que no se retrasaría en el camino.
-¡Con tal que el telegrama que vas a recibir en Richmond no te envíe al fin del rnundo! - comentó la vieja dama.
-De allí se vuelve, mamá, ¡mientras que de la prisión ... ! En fin, confiesa que todo esto es ridículo. ¡Parece uno un vulgar caballo de carreras!
-No, no, hijo. Parte, y ¡que tengas suerte!
Cuatro días más tarde de la partida de Max Real, la señora Real recibió la siguiente carta de su hijo -carta fechada el 11 de junio- que contenía ciertos datos propios para hacer reflexionar a la buena señora, y que no dejaron de causarle alguna inquietud por lo que concernía al estado de espíritu de su hijo:
“Richmond, 11 de junio.
Mi buena y querida madre: He llegado al fin, no de esta bestial partida, sino al que me imponía mi tercera jugada. Después de Fort Riley de Kansas, y Cheyenne de Wyoming, Richmond de Virginia. Pero nada temas, pues el ser a quien quieres más en el mundo, está en estos momentos sano y salvo. Otro tanto querría yo decir de esa pobre Lissy Wag, a la que en Missuri le espera la húmeda paja del calabozo. Aunque no deba ver en ella más que a una rival, me parece tan encantadora, tan interesante, que no te oculto lo mucho que me apena su desdichada suerte.
¡Ah, si en la próxima jugada un Titbury, un Crabbe o un Urrican tuvieran que liberarla! ¿Te imaginas a nuestro terrible comodoro, después de tantos trabajos, cayendo en la casilla cincuenta y dos? Capaz sería de abandonar a su Turk a sus feroces instintos de tigre.
En un anuncio de Richmond acabo de leer el resultado de la jugada del día 10 de junio.
Nuestro famoso desconocido X. K. Z. obtuvo el número cinco, por tres y dos. Debe, pues, ir a Minnesota. Desde la casilla cuarenta y seis salta a la cincuenta y uno... y queda en cabeza.
Pero, ¿quién diablos es ese hombre? Me parece persona de suerte, y temo que mi jugada de mañana no me haga avanzar ante él.
Aquí termino esta larga carta, que sólo puede interesarte por ser tu hijo quien la escribe, y te abraza de corazón quien no es más en la actualidad que un caballo de carreras inscrito para el turf Hypperbone.
MAX REAL.”

Capítulo XXIII
Si alguien parecía menos indicado que nadie para la casilla cuarenta y siete, estado de Pensilvania, para Filadelfia, éste era seguramente Tom Crabbe, bruto por naturaleza y boxeador por oficio. Pero la fortuna es ciega, y en vez de Max Real, de Harris T. Kymbale, de Lissy Wag, tan capaces para admirar las magnificencias de aquella ciudad, enviaba a ella al estúpido boxeador, acompañado de John Milner.
Además, nada se podía contra eso. En la mañana del 31 de mayo, los dados habian hablado.
El punto doce por seis y seis, había sido transmitido desde Chicago a Cincinnati, y el jugador número dos había tomado sus medidas para abandonar inmediatamente a la antigua Porcópolis.
-¡Sí, Porcópolis! -dijo al partir John Milner, con despectivo acento-. ¡El mismo día en que el célebre Tom Crabbe la honraba con su presencia, la población se lanzaba a ese estúpido concurso de cerdos! ¡Esa bestia atrajo la atención pública, y no se lanzó un hurra en honor del campeón del Nuevo Mundo!
Partieron aquel mismo día hacia Filadelfia. Sí, a John Milner no le agradaba permanecer un día más en aquella ciudad tan aficionada a las curiosidades del ganado porcino. Cuando pusiera el pie en la plataforrna del vagón no dejaría de sacudir el polvo de sus zapatos. Nadie se había ocupado de la presencia de Tom Crabbe en Cincinnati; los apostadores no habían acudido como los de Austin de Texas, y la sala de telégrafo estuvo desierta el día que él se presentó para recibir el telegrama del notario Tornbrock. Pero, en fin, merced a su punto doce, Tom Crabbe avanzaba en tres casillas a Max Real y en una al hombre enmascarado.
John Milner, herido en su amor propio, ultrajado por la actitud de la población de Cincinnati, furioso por tal indiferencia, abandonó el hotel a las doce y treinta, y seguido de Tom Crabbe, que acababa de terminar su segundo almuerzo, se dirigió a la estación. Partió el tren, y después de haber bifurcado en Columbus, franqueó la frontera oriental, formada por el curso del río Ohio.
Mientras, John Milner iba pensando en Filadelfia. Su héroe iba destinado a esta ciudad, y aquella vez, la atención pública no se desviaría de él. Sería el hombre del día. En caso de necesidad, John Milner sabría ponerlo a la luz y forzar a la gran ciudad a que se ocupara de un personaje que tan importante lugar ocupaba en el mundo pugilista de Norteamérica.
A las diez de la noche del 31 de mayo, Tom Crabbe hizo su entrada en la “Ciudad del Amor Fraternal”, donde su representante y él mismo pasaron de incógnito la primera noche.
Al día siguiente, John Milner quiso saber qué vientos corrían, ¿Soplaban de buena parte y habían llevado el nombre del ilustre boxeador hasta las orillas del Delaware? Según su costumbre, John Milner había dejado a Tom Crabbe en el hotel, después de dar las oportunas órdenes para sus dos almuerzos.
Un paseo por la ciudad le parecía lo más indicado. Puesto que el resultado de la última jugada debía ser conocido desde el día anterior, él sabría si la población se ocupaba de la llegada de Tom Crabbe.
Durante aquel primer día John Milner no pudo visitar más que la parte de la ciudad situada en la orilla izquierda del Delaware, y subió hacia el barrio del oeste. Al otro lado del Delaware se extiende Nueva Jersey, uno de los estados más pequeños de la Unión, al que pertenecen los anexos de Camden y Gloucester, que por falta de puentes no comunican con la metrópoli más que por ferry boats.
No pudo, pues, aquel día John Milner atravesar el centro de la ciudad, del que parten las principales arterias, en torno del Hotel de Ville, vasto edificio de mármol blanco, construído a fuerza de millones, y cuya torre cuando esté acabada, elevará a seiscientos pies en el aire la enorme estatua de William Penn, el cuáquero fundador del estado de Pensilvania.
Los aficionados a este deporte, que constituía la especialidod de Tom Crabbe, no debían faltar en Filadelfía, donde abundan los obreros por centenares de miles, y también los trabajadores del puerto. Sí, Tom Crabbe, tenía que ser apreciado en su justo valor entre aquellas gentes, en las que las cualidades físicas tienen más importancia que las intelectuales. Y hasta en otras clases, llamadas superiores, se encontraban muchos gentlemen que sabían apreciar un puñetazo aplicado en pleno rostro, o la rotura de una mandíbula según las reglas del arte.
John Milner pudo notar con verdadera satisfacción que el mercado de Fifiadelfia, que pasa por ser uno de los mejores de las cinco partes del mundo, no estaba entonces afecto a ningún concurso regional de bestias. Así es que su compañero no tenía que temer a ningún rival, como en aquel abominable Cincinnati, y el pabellón añil no se bajaría por esta vez ante la majestad de un cerdo fenomenal.
Respecto a este punto, John Milner quedó tranquilo desde el principio.
Por otra parte, los periódicos de Filadelfia habían anunciado aparatosamente que el estado de Pennsilvanía esperaba la llegada del jugador número dos, en los quince días comprendidos entre el 31 de mayo y el 14 de junio.
¡Quá satisfecho hubiera quedado Tom Crabbe, de haber sabido leer, cuando al día siguiente su representante lo paseó por la ciudad!
Por todas partes colosales anuncios -aunque a decir verdad, del mismo estilo que los dedicados al cerdo en Cincinnati-, con el nombre del jugador número dos en letras de un pie de altura, sin contar con los prospectos repartidos.
¡TOM CRABBE! ¡TOM CRABBE!
¡TOM CRABBE!
¡¡¡El ilustre Tom Crabbe, campeón del Nuevo Mundo!!!
¡¡¡El gran favorito de la partida Hypperbone!!!
¡¡¡Tom Crabbe, vencedor de Fitzsimmons y Corbett!!!
¡¡¡Tom Crabbe, que vence a Real, Kymbale, Titbury, Lissy Wag, Hodge Urrican y X.K.Z!!!
¡¡¡Tom Crabbe, que va delante de todos!!!
¡¡¡Tom Crabbe, que está a dieciséis casillas del final!!!
¡¡¡ Tom Crabbe, que que va a colocar el pabellón añil a las alturas de Illinois!!!
¡¡¡Tom Crabbe está entre nosotros!!! ¡Hurra! ¡Hurra!
¡¡¡Hurra por Tom Crabbe!!!
Compréndase, pues, qué orgulloso iría John Milner a exhibir al coloso por las calles de Filadelfia, por las principales plazas, por Fairmount Park, y también por el mercado de Market Street. ¡Qué desquite de la derrota de Cincinnati! ¡Qué éxito!
No obstante, el día 7, en medio de aquella delirante alegría, John Miler experimentó gran angustia, provocada por el inesperado suceso siguiente: un cartel, no menos colosal que los otros, acababa de ser colocado por un rival. Decía así:
¡CAVANAUGH CONTRA CRABBE!
El nombre de Cavanaugh les era bien conocido. Era un boxeador de gran fama, que tres meses antes había sido vencido en memorable lucha por el propio Tom Crabbe, sin que hasta entonces hubiera podido tomar desquite, a pesar de sus muchas reclamaciones. Ahora, puesto que Tom Crabbe se encontraba en Filadelfia, lo desaba, y al efecto al nombre de Cavanaugh seguían estas palabras:
¡DESAFÍO PARA EL CAMPEONATO!
¡DESAFÍO!
¡DESAFÍO!
Se cornprenderá que Tom Crabbe tenía algo mejor que hacer que responder a tal provocación: esperar tranquilamente la fecha de la próxima jugada. Pero Cavanaugh, o por mejor decir, los que lo lanzaban contra el campeón del Nuevo Mundo, no lo entendían de este modo.
John Milner debiera haberse encogido de hombros. Los mismos partidarios de Tom Crabbe intervinieron para decirle que desdeñara aquellos retos.
Pero, por una parte, John Milner conocía la indiscutible superioridad de Tom Crabbe sobre Cavanaugh en materia de boxeo, y, por otra, se hizo la siguiente reflexión: si Tom Crabbe no ganaba la partida, le sería preciso seguir boxeando en público, y tal vez sufriría su reputación si rechazaba aquel desquite solicitado en tan solemne circunstancia.
Así es que, tras nuevos carteles más provocativos que tendían a empañar la honra del campeón del Nuevo Mundo, se pudo leer al siguiente día en todas las paredes de Filadelfia:
¡RESPUESTA AL DESAFÍO!
¡¡CRABBE CONTRA CAVANAUGH!!
¡Júzguese el efecto!
¿Cómo? ¿Tom Crabbe aceptaba la lucha? ¿Tom Crabhe, que iba a la cabeza de los “Siete”, arriesgaba su situación por un desquite de pugilato? Y bien... sí. Además, como pensaba John Milner una mandíbula rota o un ojo aplastado no impedirían a Tom Crabbe ponerse en camino y desempeñar un buen papel en la partida Hypperbone.
Así pues, la lucha se efectuaría, y cuanto antes mejor. Pero había una dificultad: como los combates de este género hasta en América están prohibidos, la policía de Filadelfia prohibió a los dos héroes que se encontraran, bajo pena de prisión y multa. Verdad es que estar preso en el Penitentiary Western, donde los presos están obligados a aprender un instrumento y a tocarlo todo el día -grotesco concierto, en el que domina el lamentable acordeón-, no constituye pena muy severa. Pero la detención era la imposibilidad de partir el día indicado.
Quedaba un medio de lograr el objeto sin temor a intervención del sheriff. Bastaba trasladarse a un pueblo vecino, mantener el secreto del día y de la hora del encuentro, y resolver fuera de Filadelfia la gran cuestión del campeonato.
Eso era lo que se iba a hacer. Así pues, el día 9, a las ocho de la mañana, en el pueblecito de Arondale, a unas treinta millas de Filadelfia, cierto número de gentlemen se encontraron reunidos en un salón secretamente alquilado para que se celebrara tan interesante lucha.
Pero cuando los dos luchadores estaban a punto de empezar el combate, apareció el sheriff de Arondale. Prevenido por una indiscreción, corrió al lugar para evitar aquel encuentro inmoral y de degradante, en nombre de las leyes de Pensilvania.
No extrañará que fuera mal recibido por los dos campeones, por los representantes y por los espectadores, engolosinados por aquel deporte, sobre cuyo resultado habían apostado sumas considerables.
El sheriff quiso hablar y rehusaron oírlo.
En el momento en que Tom Crabbe y Cavanaugh iban a dar comienzo a la lucha, vociferó:
-¡Deténganse! -dijo el sheriff-. ¡Terminen con la lucha!
No le hicieron caso, y fueron lanzados varios puñetazos.
Entonces ocurrió una escena digna de provocar la sorpresa y la admiración de los que fueron testigos de ella.
El sheriff no era muy alto, ni muy grueso; pero, a falta de vigor, poseía ligereza, buen tino y agilidad. Se lanzó sobre los dos boxeadores. Quiso John Milner sujetarlo, y recibió una bofetada que lo hizo caer al suelo, donde permaneció medio desvanecido.
Un momento después el sheriff obsequió a Cavanaugh con un puñetazo en el ojo izquierdo y aplastó el ojo derecho a Tom Crabbe. Los dos boxeadores se revolvieron contra el que así los maltrataba; pero éste evitaba el ataque por medio de saltos y cabriolas con ligereza de un mono.
Después de este momento, los aplausos, hurras y vítores del entendido público iban dirigidos al sheriff.
Al fin aparecieron algunos agentes de policia. Lo mejor era huir, y así se hizo.
Así terminó aquel memorable combate, con ventaja y honor para el sheriff que había combatido por la ley.
John Milner, con una mejilla hinchada y un ojo amoratado, arrastró a Tom Crabbe a Filadelfia, donde ambos, encerrados en su habitación, en la que ocultaron su vergüenza, esperaron la llegada del próximo telegrama

Capítulo XXIV
Hermann Titbury abandonó el puesto de policía para reunirse con su esposa.
-Y bien, Hermann -le preguntó ésta-, ¿ese canalla, ese miserable de Inglis?
-No se llama Inglis -respondió el señor Titbury, dejándose caer en una silla-. Se llama Bill Arrol.
-¿Está preso?
-Lo estará.
-¿Cuándo?
-Cuando se le pueda coger.
-¿Y nuestro dinero? ¿Y nuestros tres mil dólares?
-No doy por ellos medio dólar. ¿Qué haremos?
Pero aquella mujer se recobraba pronto del abatimiento.
-Esperar -respondió.
-Esperar, ¿qué?
-Esperar el telegrama del señor Tornbrock.
Y ambos se dirigieron a las oficinas del Telégrafo.
Toda la ciudad sabía las desventuras de la pareja Titbury; pero nadie les otorgaba ni la simpatía ni la confianza. Nadie arriesgaba, además, ni un solo dólar a favor de gentes a las que ocurrían tan desagradables peripecias; dos desdichados que en dos jugadas aún no habían pasado de la casilla número cuatro.
Así es que si en las oficinas del Telégrafo se encontraban algunas personas, eran más bien curiosos y burlones, dispuestos a hacer mofa del “bueno del último”, locución con la que se designaba al infortunado Titbury.
Estudiando el mapa, la señora Titbury calculaba que a los dados indicaban el número diez, como sería preciso doblarlo sobre la casilla catorce, ocupada par Illinois, estos puntos los conducirían de un salto hasta la casilla veinticuatro, o sea a la de Michigan, limítrofe a la de Illinois. Éste sería el golpe más feliz que podía desear. ¿Se efectuaría?
A las nueve y cuarenta y ocho llegó el telegrama.
La jugada resultó desastrosa. Los dados habían indicado cinco, por dos y tres, lo que de la casilla cuatro los llevaba a la novena. Siendo la novena ocupada por Illinois, era preciso doblar los puntos, y como la catorce, era también de Illinois, triplicarlos. Esto daba un total de quince puntos, que conducían a la casilla diecinueve, Luisiana, Nueva Orleans, marcada como hostería en el mapa de William J. Hypperbone.
Realmente, era imposible ser más desventurado.
Los señores Titbury volvieron al hotel entre las burlas de los concurrentes, con la actitud de personas que hubieran recibido un mazazo en el cráneo. Pero la señora Titbury tenía la cabeza más sólida que su marido, y recobró pronto su energía.
-Preparémonos a partir para Luisiana.
-Pero son mil trescientas millas...
-Las recorreremos.
-Pero tendremos que pagar una prima de mil dólares...
-La pagaremos.
-Pero tendremos que estar dos veces sin jugar...
-No las jugaremos.
-Pero será preciso permanecer cuarenta días en esa ciudad donde, según parece, la vida es muy cara...
-Los pasaremos.
-Pero no tenemos dinero...
-Lo pediremos.
-Pero... pero yo no quiero.
-Pero yo sí.
Así que el 5 de junio los señores Titbury abandonaban Salt Lake City en medio de la indiferencia general
La Union Pacific los transportó a través de Wyoming y Nebraska, hasta Omaha City. Allí, por economía, los esposos llegaron a la ciudad de Kansas, por medio del yate a vapor del Missuri.
Por un sencillo transbordo, encontraron en las aguas del Mississippi, donde después de pasar por las importantes ciudades de Menfis, Tennesse, y después por Helena, Vicksburg, Natchez, y Bâton Rouge llegaron a Nueva Orleans, el 9 de junio por la tarde, después de un viaje de siete días desde la partida de Salt Lake City.
Entre tanto habían sido proclamados los resultados de las jugadas del 4, 6 y 8 de junio, correspondientes a Harris T. Kymbale, Lissy Wag y Hodge Urrican. No eran para mejorar la situación de Hermann Titbury, puesto que no enviaban a ninguno de ellos a que los reemplazara en la hostería de la casilla diecinueve.
Al salir del desembarcadero los señores Titbury vieron un elegantísimo carruaje que esperaba sin duda a alguno de los pasajeros del buque. Ellos pensaban ir a pie al Excelsior Hotel, donde debían hospedarse según órdenes del fundador de la partida. Imagínese, pues, su sorpresa cuando se les acercó un lacayo que les dijo:
-¿El señor y la señora Titbury?
-Nosotros -respondió el señor Titbury.
-Este coche está a su disposición.
-No pedimos coche.
-No se va de otro modo al Excelsior Hotel -respondió el lacayo, inclinándose.
-Empezamos bien -murmuró el señor Titbury, lanzando un suspiro.
En fin, puesto que no era costumbre trasladarse al hotel de una manera más modesta, lo mejor era subir al soberbio landó. La pareja lo hizo así. Al llegar a Canal Street, el coche se detuvo ante un hermoso edificio, mejor dicho, un palacio, en cuya fachada principal brillaban estas palabras: Excelsior Hotel Company Limited. El lacayo se apresuró a abrir la portezuela.
Los Titbury, ensimismados en lo que debería costarles la estancia en tan suntuoso hotel, por lo demás ineludible, apenas se dieron cuenta de la ceremoniosa recepción que les hizo el personal del mismo. Un mayordomo vestido de etiqueta los condujo a su departamento.
Completamente rendidos, nada vieron de la magnificencia que los rodeaba, y dejaron para el día siguiente las reflexiones que tan extraordinario lujo debía inspirarles.
A la mañana siguiente no osaban decir una palabra, por miedo de que cada una de ellas les costara un dólar. El lujo de la habitación era insensato. Una vez vestidos, los Titbury se aventuraron por las habitaciones contiguas; un departamento completo: el comedor, en cuya mesa resplandecían la plata y la porcelana; la sala de recibir, con muebles de extraordinario lujo, bronces artísticos y ricos cortinajes; el gabinete de la señora, con piano, mesa con novelas de moda y álbumes de fotografías de la Luisiana; el gabinete del señor, donde se apilaban las revistas americanas y los más importantes peródicos de la Unión; papel de escribir de todas clases, con el membrete del hotel, y hasta una máquina de escribir.
-¡Esto es la cueva de Alí-Babá! -exclamó la señora Titbury completamente fascinada.
-¡Y los cuarenta ladrones no andan lejos! -añadió el señor Titbury.
-Llama, Hermann -musitó la señora.
Oprimido el botón, se presentó un gentleman vestido de frac y corbata blanca, que les dio solemnemente los buenos días.
-¿Cuánto es la pensión? -preguntó bruscamente la señora Titbury.
-Cien dólares, señora.
-¿Por mes? -preguntó a su vez el señor.
-Por día, señor.
-¿Y por persona, verdad? -añadió la señora Titbury, en tono colérico e irónico.
-Sí, señora. Y este precio ha sido establecido en las mejores condiciones, cuando por los periódicos hemos sabido que el jugador número tres y la señora Titbury iban a permanecer algún tiempo en el Excelsior Hotel.
He ahí donde la mala suerte había conducido a la infortunada pareja, sin que tuvieran el recurso de ir a otra parte. Era aquel el hotel impuesto por William J. Hypperbone, lo que no era de extrañar, puesto que él era uno de los principales accionistas. Sí... doscientos dólares por día durante un mes, si permanecían el mes entero en aquella caverna de ladrones.
En la capital de la Luisiana iban a llevar una existencia como nunca pudo imaginar la pareja Titbury. Puesto que su mala suerte los obligaba a ello, lo mejor, ¿no era aprovechar su dinero?
Así pensaba la señora.
Todos los días en el magnífico carruaje puesto a su disposición hacían largos paseos por la ciudad y sus alrededores. A bordo del elegante yate a vapor, propiedad del hotel, hicieron algunas excursiones por el tranquilo lago Ponchartrain hasta los pasos del Mississippi.
En la Ópera, los entusiastas del arte lírico los vieron en su palco, tendiendo desesperadamente sus orejas, cerradas a toda comprensión musical.
¡Así vivieron como en un sueño! ¡Pero qué sueño cuando despertaron a la realidad!
Ocurrió un singular fenómeno. Aquellos miserables, aquellos mezquinos, se acostumbraron a su nueva vida, se aturdieron por esta situación anormal, se emborracharon, en el material sentido de la palabra, ante aquella mesa, lujosamente servida, y no querían dejar migaja, a riesgo de prepararse dilataciones de estómago para su vejez. Pero era menester aprovechar los doscientos dólares diarios del Excelsior Hotel.
Entretanto, pasaba el tiempo, aunque los Titbury apenas se daban cuenta. Antes de que partieran debían efectuarse catorce jugadas en Chicago. Como se sabe, la del 8 de junio enviaba al comodoro Urrican a Wísconsin, y la del día 10 envió al misterioso X. K. Z. a Minnesota.
Ninguno a la Luisiana, ni la del día 12, que concernía a Max Real, ni la del día 14, a Tom Crabbe. Así es que la del día 16, fecha reservada a Hermann Titbury, no se efectuó.
Los dos esposos estaban, pues, condenados a seguir aquella vida tan agradable como ruinosa para la bolsa y la salud. ¡Este fiel destino no les jugaba la mala pasada de que la partida terminara, estando ellos encerrados en aquella jaula de oro! Este secreto pertenecía al porvenir.
Entre tanto, los días transcurrían, y si, terminada la partida Hypperbone, los señores Titbury no tenían ya más que hacer sino regresar a Chicago, después de pagar la formidable cuenta del Excelsior, unida a los anteriores gastos, ¡calcúlese lo que les habría costado la locura de figurar entre los “Siete” de la partida Hypperbone!

Capítulo XXV
Si los esposos Titbury y el comodoro Urrican se quejaban con razón de su mala suerte, parece que el redactor jefe del Tribune tenía también derecho a quejarse. Una jugada le había obligado a ir al Niágara, estado de Nueva York, y pagar una prima; después de allí, a Santa Fe, capital de Nuevo México. Y ahora la nueva jugada lo ponía en camino de Nebraska y después del estado de Washington.
Efectivamente, en Charleston, Carolina del Sur, donde acababa de ser tan calurosamente acogido, Harris T. Kymbale había recibido, el 4 de junio, el telegrama correspondiente, El punto de diez, por seis y cuatro, lo enviaba de la casilla veintidós a la cuarenta y dos. Era ésta la de Nebraska, elegida por el difunto para el Laberinto del noble juego de la oca. Esto no dejaba de ser grave, pues el jugador, después de ir al sitio indicado y pagar una prima doble, debía retroceder a la casilla treinta, ocupada por el estado de Washington.
Como se comprenderá, al anuncio de esta jugada, sus partidarios, reunidos en gran número en las oficinas del telégrafo de Charleston, quedaron aterrados, y el periodista se vio muy cerca de perder su situación de favorito, que la mayor parte de la gente le atribuía, algo ligeramente, sin duda alguna.
Pero aquel hombre, tan aturdido como resuelto, tranquilizó bien pronto a sus partidarios
-¡Eh, amigos, no hay que desesperarse! -exclamó-. Ya saben que los largos viajes no mecausan miedo. De Charleston a Nebraska, y de Nebraska a Washington ¡bah!, cuestión de un par de saltos. En cuanto a la prima que tengo que pagar, esto es cosa que interesa al cajero del Tribune.
¡Cómo no tener confianza absoluta en aquel hombre que tan confiado se mostraba! Y continuaron teniéndosela.
Sin embargo, Harris T. Kymbale se engañaba si creía que todo era tan fácil. Sólo existía una solución de continuidad, y ésta debía serle indicada por el secretario de redacción, por el siguiente telegrama, recibido el mismo día, donde se especificaba día por día, la manera de poder estar en el estado de Washington, precisamente la ciudad de Olimpia, el 18 al mediodía:
“1° Abandonar Omaha City en la mañana del 7 por el tren de la U.P. de las ocho y treinta y cinco, para llegar a Julesburg Junction por la noche, a las seis y treinta.
“2° Tomar allí el coche, que al efecto estará dispuesto, para recorrer el camino de cien millas que conduce a las Tierras Malas de Nebraska. Llegar allí al siguiente día por la mañana, y hacer constar su presencia, regresando en el coche a Julesburg.
“3° Tomar de nuevo en Julesburg, la tarde del 10, el tren que se dirige a California, que dejaría a Harris T. Kymbale en la estación de Sacramento, pues los trabajos de reparación interrumpían la circulación hasta la estación de Roseburg, Oregón.
“4° En este país montañoso, por el que sólo con gran lentitud pueden circular carruajes, hacer a caballo el trayecto de doscientas cuarenta millas, a fin de llegar más tarde el día 17 a la estación de Roseburg.
“5° Tomar, la tarde del 17, en Roseburg, el tren para Olimpia, que llega por la mañana a esta ciudad.
“Nota. Se ruega a Harris T. Kymbale no pierda absolutamente ringún tiempo, y que no se olvide de que el periódico tiene comprometidas grandes sumas sobre las probabilidades de triunfo del pabellón verde.”
El telegrama era extenso, pero claro y explícito.
Era de esperar que no habría ningún retraso, pues la mitad de una jornada bastaría ya para comprometer el resultado del viaje.
La primera parte de su viaje, hasta Julesburg Junction, transcurrió sin ninguna novedad, salvo las repetidas muestras de simpatía a su paso por los diferentes puntos donde se detuvo, pero esto en realidad no podía consíderarse ya como novedad. Nuevamente, en Julesburg lo rodearon sus partidarios, algunos de ellos dispuestos a acompañarlo en su viaje hasta las Tierras Malas.
Este viaje lo debía efectuar en una diligencia transcontinental de la Wells y Frago, pintada de rojo, de las que en otras épocas recorrían el territorio federal. No tenía más que un compartimento para nueve plazas, tres en las banquetas de delante, tres en las de en medio, y tres en las de atrás, con correas para que los vacilantes viajeros pudieran sostenerse.
El jugador número cuatro ocupó el interior con ocho de sus partidarios. El viaje fue malo, y después de cuarenta horas infernales encerrados en aquel cajón, llegaron la noche del 8 al distrito de las Tierras Malas. Allí no había pueblos, sólo inmensas praderas donde los caballos podían pastar a su gusto.
Después de una noche pasada en el bosque, quedó el carruaje al cuidado del conductor, y se empezó a descender por el salvaje valle.
¡Qué razón había tenido William J. Hypperbone al elegir la región de Nebraska para hacer de ella el laberinto de la casilla cuarenta y dos! La región de las Bad-Lands es un verdadero laberinto y de los más intrincados, toda ella llena de cañones y desfiladeros estrechos, del mismo color rojizo y grisáceo, que le dan un aspecto desolador pero hermoso.
Por suerte no le era preciso a Harris T. Kymbale penetrar en las sinuosidades de las Tierras Malas. Bastaba con que el jugador número cuatro se presentara en persona a la entrada del laberinto, y que su presencia se hiciera constar en un acta. El acta fue redactada por Kymbale y firmada por todos sus acompañantes. Esto sería suficiente para probar su llegada a aquella región, Acto seguido volvieron a tomar el carruaje y a las diez de la mañana estaban de regreso en Julesburg Junction. Una hora después, llegaba el tren de la Union Pacific.
El periodista atravesó los estados de Wyoming, Utah y Nevada y parte del de California, para llegar a la capital de ésta, Sacramento, la noche del 11 al 12 de junio.
Un excelente recibimiento esperaba al periodista. Sus partidarios, en gran numero, lo aclamaron; pero no pensaron en detenerlo, pues el tren partía pronto de Sacramento. También lo esperaba la buena noticia, dada por el corresponsal del Tribune en aquella población, que podría recorrer parte de su camino, hasta Shasta, en tren y que en aquella población lo esperaban las caballerías que, con un buen guía conocedor de la región, lo conducirían hasta Roseburg.
Poco debería ganar, sin embargo, en tiempo, puesto que el tren marchaba con fastidiosa calma, deteniéndose además, en todas las estaciones. Hay que decir en favor suyo que el camino no cesaba de subir, a fin de ganar la región de la Alta California, a considerable altura sobre el nivel del mar.
Así, pues, hasta las ocho de la mañana del día 13, no llegó el tren a Shasta, estación en la cual, como se recordará, la vía estaba interrumpida. Antes de tomar el tren en Roseburg, Harris T. Kymbale tenía que recorrer unas cien leguas en dirección norte, con el guía y los caballos que habían sido pedidos por el corresponsal del Tribune.
No quedaban más que cinco días para llegar a Olimpia, cuatro de los cuales debían ser empleados en el víaje a caballo. Esto no era cosa imposible, pero sí fatigosa para caballos y jinetes.
En la estadón lo esperaban el guia, un hombre de unos cuarenta años, llamados Fred Wilmot, y un mozo de cuadra, con tres caballos.
-¿Dispuesto? -preguntó el guía.
-¡Dispuesto! -contestó el periodista.
-Pues en marcha.
Los caballos partieron al trote largo. De la cuestión de la alimentación no había que preocuparse, puesto que por el camino encontrarían gran número de pueblos y aldeas.
El camino seguía la ribera derecha del Sacramento, y después de una parada para comer en una granja, Fred Wilmot se detuvo en Butter, para pasar la noche.
Siete horas de sueño profundo en una posada, y los viajeros volvieron a partir, cruzando al cabo de unas horas la frontera de Oregón. Por la noche descansaron en la aldea de Jackson.
Al siguiente día, el 16, después de una última jornada que los caballos recorrieron sin gran trabajo, el guía señaló las luces de Roseburg.
Después de despedirse calurosamente del guía, el periodista se fue a descansar, y al día siguiente, al alba, saltó (éste fue el término empleado por el señor Kymbale) al primer tren que partía para Olimpia.
Este tren atravesó, raudo, todo el estado de Oregón, para penetrar en el de Washington por Vancouver, el día 18, a las ocho de la mañana.
Harris T. Kymbale no disponía mas que de seis horas; pero sólo le faltaban ciento veinte millas para llegar a Olimpia.
De Vancouver partió Harris T. Kymbale a las ocho y diez de la mañana, a fin de realizar la última jornada de su viaje. El tren corría raudo por aquella región regada por los afluentes del Columbia, dejando atrás pueblo tras pueblo y ciudad tras ciudad.
A las once y tres minutos se detuvieron en el pueblo de Tenino, donde esperaba al periodista una noticia catástrófica: era imposible que el tren siguiera adelante. A diez millas de Tenino, una hora antes se había hundido un puente, y la circulación era imposible por aquella parte de la línea.
Golpe mortal como ninguno, del que el jugador número cuatro jamás se levantaría.
-¡Ah! -exclamó lanzándose fuera del vagón-. ¡Naufragaré a la vista del puerto!
Pero no... Tres jóvenes, que se habían apeado del tren, se acercaron al periodista.
-Señor Kymbale -le dijo uno de ellos-, ¿sabe usted montar en bicicleta?
-Sí.
-Pues venga usted.
No hubo más palabras, como conviene entre gentes prácticas en los Estados Unidos.
Del furgón de equipajes fue retirada una bicicleta triple y depositada en el andén.
-Señor Kymbale -dijo el joven-, uno de nosotros le cederá el asiento de en medio, el otro se pondrá atrás, y yo delante, y hay probabilidades de llegar a Olimpia al mediodía.
-Caballeros, muchísimas gracias. ¡En marcha!
¡Cuarenta millas en menos de una hora! Este record no había sido batido por ningún ciclista.
Antes de emprender la marcha dijo el periodista:
-No sé cómo demostrar a ustedes mi agradecimiento.
-Ganando -contestó uno de ellos.
-Hemos apostado por usted -dijo el otro.
Algunas personas, mientras montaban los ciclistas, sostuvieron la máquina, dándole después un vigoroso impulso, y lanzándola al camino, entre grandes hurras.
El comienzo fue magnífico. La bicicleta triple iba como un rayo por el bien cuidado camino,
verdadera pista, y muy plano en la parte de Washington vecina al litoral.
Recorridas unas quince millas, que tardaron en ser ganadas un cuarto de hora, los ciclistas veían segura su llegada a la capital minutos antes del mediodía, cuando un poco después de las once, y al atravesar el aparato una extensa llanura, oyéronse fuertes aullidos.
-¡Coyotes!
¡Sí! Se trataba de una veintena de estos terribles lobos de la pradera. Rabiosos de hambre, aquellos feroces animales se aproximaban con velecidad superior a la de los ciclistas.
-¿Lleva usted un revólver? -preguntó el ciclista delantero al periodista.
-Sí -respondió éste
-Pues dispóngase usted a hacer fuego... Y tú también, Flock. Yo no dejo la dirección.
Los coyotes saltaban ya a los flancos del aparato, prestos a precipitarse sobre el periodiota y sus amigos, que estarían perdidos si eran derribados.
Estallaron dos detonaciones, y dos coyotes mortalmente heridos rodaron por el camino.
-¡Pedaleemos! -gritó el de atrás.
Otras quince millas habían sido franqueadas, pero la situación se hacía cada vez más acuciante. La banda, reducida a la mitad, intentaba saltar una y otra vez sobre la bicicleta.
Por suerte, Harris T. Kymbale consiguió cargar de nuevo su revólver, y disparados sus seis tiros puso a la banda en huida.
Eran las doce menos diez. A unas cinco millas aparecieron las primeras casas de Olimpia.
La bicicleta devoró esta distancia con la velocidad de un expreso, y llegó a la ciudad. Allí, sin hacer caso de los reglamentos de policía y con riesgo de aplastar a alguno de sus pacíficos ciudadanos, se detuvo en las oficinas del Telégrafo, cuando sonaban las doce.
Harris T. Kymbale echó pie a tierra. Muerto de fatiga, respirando apenas, se precipitó en la sala en el momento en que el reloj lanzaba su duodécima campanada.
-Hay un telegrama para Harris T. Kymbale -gritó el empleado de telégrafo.
-¡Presente! -respondió el redactor del Tribune, y cayó sin conocimiento sobre un banco.
Llegó a tiempo gracias al sacrificio y energía de sus partidarios, que al recorrer en cuarenta y seis minutos las cuarenta millas que separaban Vancouver de Olimpia, habían batido el record mundial.

Capítulo XXVI
El 6 de junio, Lissy Wag había recibido la fatal noticia. El punto siete, por cuatro y tres, la enviaba a la casilla cincuenta y dos, la prisión del Missuri.
-¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! -sollozaba Jovita Foley.
Además, había el problema de la prima triple que debían pagar, puesto que no disponían de los tres mil dólares correspondientes. Sólo alguno de los que apostaban fuerte a favor de Lissy Wag podía adelantar dicha suma, si la probabilidad del pabellón azul no estuviera tan comprometida.
El mismo día por la tarde, pagaron su cuenta en el hotel y tomaron el tren para Louisville, a fin de esperar allí... ¿qué?
-Pero, querida Jovita -dijo Lissy Wag en el momento de apearse del tren-, ¿sabes lo que hay qué hacer?
-No, Lissy; he perdido la cabeza. Estoy desorientada por completo.
-Pues bien; yo continuaría el viaje hasta Chicago, regresaría tranquilamente a casa y volvería a mi trabajo en los almacenes Marshall Field... ¿No sería esto lo más prudente?
-Sí... muy prudente... muy prudente, querida. Pero esto es más fuerte que yo, y preferiría quedarme sorda a escuchar la voz de la prudencia.
-Esto es una locura, Jovita.
-Sí. Estoy loca. Lo estoy desde que la partida ha comenzado y quiero estarlo hasta el fin de la misma.
-¡Bah! La partida se terminó para nosotras.
-Aún no se sabe.
¿Es que Jovita Foley conservaba alguna esperanza? En todo caso, ella consiguió de Lissy Wag la promesa de no abandonar la partida. Las dos jóvenes pasarían algunos días en Louisville, contando regresar el 9 de junio a Chicago.
Pero estaba escrito que no partirían aún para la capital de Illinois. Una imprevista circunstancia iba a permitirles tal vez encontrar parte de sus probabilidades de triunfo volviendo a la partida, que tenían que abandonar si no pagaban la prima triple.
A las tres de la tarde, el cartero del barrio llamaba a la puerta de la habitación de las dos jóvenes.
-¿La señorita Lissy Wag?
-Soy yo -respondió la joven.
-Una carta certificada para usted... firme aquí el recibo.
Jovita Foley cogió la carta, no pudiendo resistir rnás. El cartero se retiró.
-¿Qué hay en esta carta, Jovita? -preguntó Lissy Wag.
-¡Dinero, Lissy, tres mil dólares!
-Pero, ¿quién los envía?
Jovita leyó:
Adjunto un cheque de tres mil dólares contra el Banco de Lousville, que suplico a Lissy Wag acepte para pagar su prima de parte de Humphrey WeIdon.
La alegría de Jovita Foley estalló como una pieza de fuegos artificiales. Saltaba y reía hasta ahogarse.
-Pero Jovita -dijo Lissy-, yo no sé si puedo... no sé si debo aceptar.
-¿Que si puedes? ¿Que si debes? ¿No ves que el señor Weldon ha apostado por ti grandes sumas? Así nos lo dijo, y quiere que puedas continuar la partida. Mira, a pesar de su edad respetable, me casaría con él si yo le gustara. Vamos a cobrar el cheque.
La misma tarde, Lissy y Jovita abandonaban Louisville, y al día siguiente, 11, llegaron a San Luis.
Ciertamente, pensándolo bien, la situación de Lissy Wag en la partida era bastante comprometida, puesto que no podía tomar parte en las jugadas sucesivas hasta que alguno de los jugadores la reemplazara en la casilla cincuenta y dos. Pero esto tenía que suceder con toda seguridad, según Jovita Foley. Y en todo caso, Lissy Wag no sería excluida de la partida por no pagar la prima. Ambas estaban, pues, en el estado de Missuri, en el que ningún jugador de la partida Hypperbone pensaba sin sentir espanto.
Las dos amigas se hospedaron en un cuarto del Hotel Lincoln, la tarde del 11 de junio.
-Ya estamos en esta horrible prisión -exclamó Jovita Foley-, y confieso que como tal, San
Luis me parece muy agradable.
-Una prisión no es nunca agradable, desde el momento en que no se puede salir de ella.
-Estáte tranquila. Ya saldremos, querida. Mañana se efectúa otra jugada, y el día 14, y... ¿quién sabe? ¿Quién sabe? -repetía sin cesar Jovita Foley.
Al día siguiente era grande la impaciencia de Jovita Foley, pues aquel día el notario Tornbrock debía proceder a una nueva jugada. Así es que de buena mañana, Jovita salió en busca de noticias.
Dos horas estuvo ausente ... al cabo de las cuales penetró en la habitación de Lissy, gritando desaforadamente:
-¡Libre, querida, libre!
-¿Qué dices?
-Ocho, por cinco y tres ¡él los tiene!
-¿Él?
--Y como estaba en la casilla cuarenta y cuatro, da de cabeza en la cincuenta y dos.
-¿Quién?
-¡Max Real, querida, Max Real!
-¡Pobre joven! -respondió Lissy-. Hubiera preferido permanecer aquí.
-¡Vaya, que tienes unas cosas! -exclamó la triunfante Jovita Foley.
Efectivamente, aquella jugada ponía en libertad a Lissy Wag. Ésta sería reemplazada en San Luis por Max Real, cuya plaza ocuparía ella en Richmond, Virginia, a setecientas cincuenta millas, veinticuatro o treinta horas de viaje.
-¡En camino! -gritó Jovita.
-No, querida, no -respondió formalmente Lissy Wag.
-¿No? ¿Por qué no?
-Porque me parece conveniente esperar aquí a Max Real. Debemos esta cortesía al infortunado joven.
A lo que su amiga sonrió maliciosamente.
Precisamente al día siguiente, el 13, Max Real se apeaba en la estación de San Luis. Existía, sin duda, un misterioso lazo que unía al jugador número uno con el número cinco, puesto que Lissy Wag no quería partir antes que Max Reul llegara, y Max Real quería llegar antes que Lissy Wag partiera.
El joven sabía por los periódicos que Lissy Wag se alojaba en el Hotel Lincoln. Así es que se presentó en él, donde fue recibido por las dos amigas, mientras Tommy esperaba en un hotel vecino el regreso de su amo.
Lissy Wag, más emocionada de lo que hubiera querido aparentar, avanzó hacia el joven pintor.
-¡Oh, señor Real, cómo lamentamos...!
-¡Desde el fondo del corazón! -añadió Jovita Foley, que no lo compadecía poco ni mucho.
-No, señorita Wag. No soy digno de compasión, puesto que tuve la fortuna de librarla a usted.
-¡Tiene razón! -declaró Jovita, impulsivamente.
-Excuse a Jovita, no reflexiona. En cuanto a mí se refiere, crea que siento verdadero disgusto.
-Sin duda... -respondió Jovita Foley-. Además, no se desespere. Lo que a nosotros nos sucede ahora, puede sucederle a usted muy pronto. Ciertamente hubiéramos preferido que fueran enviados a prisión, por ejemplo, estos desagradables Hermann Titbury, o el comodoro
Urrican. Hubiéramos recibido su visita con mucho más placer que la de usted. Es decir... yo me entiendo...
-Es posible, señorita Foley, pero no probable -respondió Max Real-. Por lo demás, crea usted que acepto este contratiempo con gran filosofía. Nunca creí que ganaría la partida.
-Ni yo, señor Real -se apresuró a decir Lissy Wag.
Max Real encontraba cada vez más encantadora a la joven. Esto se veía claramente.
Los tres entablaron conversación sobre las peripecias de la partida, los incidentes ocurridos en el curso de los viajes y las bellezas de las regiones que llevaban recorridas.
En fin, aquel día y el siguiente, Max y las dos amigas los pasaron juntos hablando y paseando. Lissy Wag mostrándose muy disgustada por la mala suerte de Max Real, y éste muy contento de que Lissy pudiera aprovecharse de la mala suerte de él.
Lo que resultaba de la situación actual de la partida era que, volviendo a Virginia, casilla cuarenta y cuatro, Lissy Wag no sería adelantada más que por Tom Crabbe, que ocupaba la casilla cuarenta y siete, y por X. K. Z., que ocupaba la cincuenta y uno.
Naturalmente, Max Real insistió para que las jóvenes prolongaran su estancia en San Luis.
Podían esperar hasta el 18 de junio y estaban a 12. Tal vez Lissy Wag hubiera accedido, pero se rindió a los deseos de Jovita Foley.
No disimuló Max Real el disgusto que tal separación le causaba; pero comprendió que no debía insistir mas, y llegada la noche acompañó a las dos amigas a la estación. Allí repitió una vez más:
-La suerte la acompañe, señorita Wag.
-Gracias... gracias -respondió la joven, tendiéndole la mano.
-¿Y yo? -preguntó Jovita Foley-. ¿No hay una buena palabra para mi?
-Sí, señorita Foley -respondió Max Real-. Espero de su buen corazón que cuide de su compañera... y hasta nuestro regreso a Chicago.
El tren se puso en marcha, y el joven permaneció en el andén hasta que la luz del último vagón desapareció entre las sombras de la noche.
Sí... era cierto, él amaba a aquella dulce y graciosa Lissy Wag, que su madre adoraría cuando a su regreso se la presentara.
Muy triste regresó al hotel. Tommy estaba desesperado. Su amo no se emolsaría los millones de la partida.
Pero se hace mal cuando no se cuenta con el azar.
La mañana del 14 se conoció el resultado de la jugada correspondiente a Tom Crabbe; cinco, por dos y tres. Y como el boxeador ocupaba la casilla cuarenta y siete, el punto cinco lo expedía a la cincuenta y dos, San Luis, Missuri, la prisión.

Capítulo XXVII
Harris T. Kymbale aún se encontraha sobre el banco de la estación de Telégrafos de Olimpia, medio desvanecido, lo que no es de extrañar, después del duro recorrido en bicieleta.
Algunos minutos después, se recobró del síncope, gracias a una enérgica mezcla de whisky y ginebra, pudiendo conocer el texto del telegrama, que decía asi.
Kymbale, Olimpia, Washington.
Nueve, por cinco y cuatro, Dakota del Sur, Yankton. TORNBROCK.
El periodista del Tribune no tenía motivos para quejarse del resultado de la jugada. Tomando posesión de la casilla treinta y nueve, no tenía delante más que a X. K. Z., primero, en Minnesota; a Max Real, a quien la desgraciada jugada de Tom Crabbe había enviado a Pennsilvanla, para ocupar el lugar del boxeador, segundo; y a Lissy Wag, tercera, en Virginia.
Ocupaba el cuarto lugar, pues, delante del comodoro Urrican, que esperaba en Wisconsin su próxima partida. Hermann Titbury estaba clavado por veinte días aún en Luisiana, y Tom Crabbe se veía condenado a la prisión de San Luis hasta el final de la partida, si alguno de los jugadores no lo reemplazaba.
Aunque dispusiera de quince días, del 18 de junio al 2 de julio, para hacer el viaje a Dakota del Sur, Harris T. Kymbale no quiso perder uno solo. Sin esperar esta vez el itinerario que le iba a enviar el secretario del Tribune, él mismo se lo combinó de manera satisfactoria.
La distancia total entre los dos puntos, Olimpia y Yankton, era de mil setecientas millas, y aunque este trayecto ordinariamente podía ser recorrido en treinta y dos horas, ha de tenerse en cuenta el paso de las Montañas Rocosas y admitir la posibilidad de bastantes retrasos.
Prudente resolución fue, pues, la que decidió al periodista a partir de Olimpia al día siguiente.
El ferrocarril, al salir de Olimpia, se dirigió primero hacia el noreste, hacia Tacorna, para tomar después el sureste y, atravesando el maravilloso estado de Washington se adentró en el de Idaho y más tarde en el de Montana, a través de la indescriptible región de las Rocosas.
Por desgracia, el tiempo no era bueno y el cielo presentaba un aspecto amenazador. La tensión eléctrica no había cesado de aumentar desde veinticuatro horas antes. Pesadas y tormentosas nubes se levantaban en el horizonte, y Harris T. Kymbale pudo asistir al desencadenamiento de una de estas grandes tormentas, que son grandiosas en el país de las montañas.
La tempestad no tardó en tomar proporciones espantosas. Los viajeros experimentaban natural temor, por más que los trenes en plena marcha estén, por regla general, poco expuestos. Sin embargo, la frecuencia de los relámpagos, que se sucedían de segundo en segundo, los estallidos de los truenos, cuyos ecos repercutían de manera interminable, los rayos cayendo sobre los árboles y las rocas, los animales asustados, gamos, antílopes, osos negros, que huían de todas partes, todo reunido formaba incomparable espectáculo que los viajeros pudieron observar en la tarde del 20.
Por fin dejaron atrás la tormenta, así como el estado de Montana, después de multitud de paradas, entrando en el estado de Dakota del Norte, llegando a Fargo, en la frontera occidental de Minnesota, el 23 por la mañana. Harris T. Kymbale pasó en Fargo todo el día 23 sin darse a conocer.
Al día siguiente 24, el periodista montaba en el tren que se dirigía a Dakota del Sur. Por suerte, la última sección del ferrocarril de Medary a Sioux Falls City acababa de ser construida, y aquel mismo día iba a ser entregada a la circulación, de modo que el periodista no se vería obligado a hacer una parte del recorrido en carruaje.
Franqueó, pues, la línea convencional que separa las dos Dakotas, y eran las once cuando el tren se detuvo cerca del pueblecito de Madery. Harris vio apearse a todos los pasajeros.
Dirigiéndose entonces a un empleado de la vía, preguntó:
-¿El tren se detiene aquí?
-Aquí mismo.
-¿No se inaugura hoy la linea entre Medary y Sioux Falls City?
-No, señor.
-¿Cuándo, pues?
-Mañana.
Era una gran contrariedad.
Pero en aquel momento vio que un tren se disponía a marchar de la estación de Medary, en dirección a Yankton.
-¿Y ese tren? -preguntó.
-Oh, ese tren... -respondió el empleado con tono extraño.
-¿No va a partir?
-Sí, a las doce y trece.
-¿Para Yankton?
-Oh, Yankton. -respondió con el mismo tono singular.
El tren no era de viajeros, y sólo se componía de dos furgones de equipajes unidos a la locomotora, que parecía estar a plena presión.
-Ésta es la mía -se dijo Harris T. Kymbale-. Puesto que hasta mañana no se inaugura la vía, para ir de Medary a Sioux Falls City, bueno es un tren de mercancías.
La estación estaba desierta en aquel momento. Todos los viajeros parecían tener prisa en abandonarla. Ni un empleado en el andén; únicamente el maquinista y el fogonero se encargaban de cargar el hogar de la locomotora. Sin ser visto, el periodista pudo penetrar en un furgón, esconderse en un rincón y esperar la partida.
A las doce y trece, el tren partió con brusquedad extraordinaria. Transcurrieron diez minutos, durante los cuales aumentó la velocidad del tren hasta ser excesiva.
Circunstancia extraña: cuando el tren pasaba ante las estaciones, el maquinista no hacía silbar la locomotora.
Harris T. Kymbale se levantó y miró por una ventanilla situada en la parte delantera del furgón.
¡No había nadie en la locomotora, ni maquinista, ni fogonero! De pronto lanzó un grito de terror...
Por la misma vía, a medio cuarto de milla, aparecía otro tren que venía en sentido contrario, animado también de velocidad vertiginosa.
Algunos segundos después se produjo el espantoso choque. Las dos locomotoras se habían hundido la una en la otra con indescriptible violencia, rompiendo los furgones unos contra otros. Luego, tras formidable explosión, los restos de las dos calderas volaron por el espacio.
Y entonces, al estrépito de la explosión, se unieron los hurras de miles de personas, agrupadas al lado de la vía, a suficiente distancia para no tener que temer del tremendo choque.
Eran los curiosos que habían presenciado el organizado espectáculo del choque de dos trenes a toda marcha.
Y de este modo fue inaugurada la línea de ferrocarril entre Medary y Sioux Falls City.

Capítulo XXVIII
Inutil es decir el estado de alma de Lissy Wag cuando se separó de Max Relal para ir a ocupar su puesto en Richmond. Habiendo partido en la noche del 13, no podía la joven sospechar que al día siguiente, la suerte haría por Max Real lo que por ella había hecho, es decir, darle la libertad y ocasión de “ponerse en línea”, en el extenso campo de carreras de los Estados Unidos de América.
De San Luis a Richmond no hay más que setecientas millas, a través de Missuri, Kentucky, y las dos Virginias. En la mañana del 14 las dos viajeras llegaron a Richmond, donde debían esperar el próximo telegrama del notario Tornbrock, que debía llegar el día 20.
Puede imaginarse fácilmente la alegría de las dos jóvénes -mayor en una de ellas- cuando a su llegada leyeron en los periódicos de Richmond la libertad de Max Real.
Al presente no había más que esperar sin impaciencias hasta la fecha del 20. Durante estos días, seis días, el tiempo transcurría agradablemente, con minuciosas visitas a la ciudad de Richmond. Y sin duda la ciudad les hubiera parecido más hermosa si Max Real las hubiera podido acompañar en aquellos paseos. Por lo menos, así lo declaró Jovita Foley, y es probable que Lissy Wag participara de esta opinión.
Cuando llegó el 16 de junio, no se efectuó jugada alguna, puesto que ésta concernía a Hermann Titbury hundido por un mes en las delicias del Excelsior Hotel, como se sabe.
En fin, el dia 20, antes de las ocho, Jovita Foley había obligado a su amiga a seguirla, y se encontraban en las oficinas del telégrafo de Richmond. Allí, una hora después, el hilo llevó el número doce, seis y seis, el más elevado de todos, que la transportaba a la casilla cincuenta y seis, estado de Indiana.
Las dos amigas volvieron apresuradas al hotel, a fin de escapar de las demostraciones demasiado vivas del público, y Jovita Foley exclamó entonces:
-¡Ah, querida! ¡Indianápolis, Indiana! ¡Qué suerte! ¡Vas a la cabeza, Lissy querida!
Positivamente, Jovita Foley estaba excitadísima. Abrazaba a Lissy, que acogía todas aquellas exclamaciones con una vaga sonrisa. Se trató de la cuestión de si Lissy Wag abandonaría inmediatamente Richmond, puesto que disponía de los días comprendidos hasta el 4 de julio para ir a Indianápolis. Pero como hacía ya seis días que se encontraban en aquella ciudad,
Jovita Foley afirmó que lo mejor era partir al día siguiente para su nuevo destino.
Así, pues, el 21 por la mañana, ambas se hicieron conducir a la estación.
El tren, después de atravesar las dos Virginias y Ohio, las dejaría por la noche en la capital de Indiana.
Una vez llegadas a esta ciudad, guardando el incógnito en lo que les fue posible, se dirigieron al Hotel Sherman que les había sido recomendado.
Como siempre, las dos jóvenes se dedicaron a recorrer las bellezas de la ciudad, pero Lissy Wag parecía completamente abstraída.
Y cuando Jovita Folely vio a su compañera, si no triste, pensativa, dijo:
-Lissy, no te comprendo, o, mejor dicho, te comprendo demasiado. Sí, es un joven amable... simpático... reúne todas las cualidades, y entre otras la de agradarte. Pero, puesto que no está aquí, es preciso ser razonable, querida.
-Jovita, no te entiendo.
-Vamos, Lissy, sé franca... Confiesa que lo amas.
La joven no respondió. Y su silencio fue, sin duda, la mejor respuesta.
El día 22, los periódicos publicaron la jugada relativa al comodoro Urrican. El notario había tenido mala mano, pues sacó cinco, por uno y cuatro, lo que enviaba al marino a la casilla treinta y uno, estado de Nevada donde William J. Hypperbone había colocado el pozo, en cuyo fondo el desdichado comodoro permanecería hasta que alguno de los jugadores fuera a sacarlo. Además, veíase en la obligación de pagar una prima triple, tres mil dólares.
-Parece que ese Tornbrock lo hace a propósito -exclamó Hodge Urrican, en el paroxismo de la cólera.
Y como Turk declarara que en la primera ocasión que se le presentara retorcería el pescuezo al notario, su amo esta vez no intentó calmarlo.
Aquel mismo día, al volver de paseo, las dos jóvenes jugadoras tuvieron una gran sorpresa. Lissy Wag no pudo contener un grito:
-¡Usted!
El pintor estaba junto a la puerta del hotel, y cerca de él Tommy. Un poco emocionado, buscaba palabras para explicar su presencia.
-Señoritas -dijo-, me dirigía a Filadelfia, y como Indiana se encontraba en mi camino por casualidad...
-Una casualidad geográfica -respondió riendo Jovita Foley.
-Como esto no alargaba mi viaje. Y dispongo aún de seis días...
-Y cuando se dispone de seis días y no se sabe qué hacer, lo mejor es dedicárselos a las personas por las que se siente interés, un vivísimo interés ...
-Jovita... -dijo Lissy Wag, en voz baja.
-Y la casualidad -continuó Jovita-, siempre, esa feliz casualidad hizo que usted eligiera precisamente el Hotel Sherman.
-Como los periódicos habían dicho que la jugadora número cinco se albergaba en el HotelSherman, con su fiel compañera.
-Y -respondió la fiel compañera- si la jugadora número cinco se albergaba en el Hotel Sherman, era natural que el jugador número uno hiciera lo mismo. ¡Oh, si se hubiera tratado del número dos o del número tres! Pero no; era el número cinco precisamente. ¡Y siempre la casualidad en todo!
-Para nada ha intervenido la casualidad... -confesó Max Real.
-Vamos... eso está mejor -exclamó Jovita Foley.
Hablaron como antiguos amigos y se concertaron paseos por la ciudad.
En cuanto a la partida, Lissy Wag iba ahora la prirnera, seguida de X. K. Z., a quien para ganar la partida sólo le faltaban doce puntos... que sólo podían obtenerse por seis y seis, mientras que los siete que le faltaban a Lissy Wag podían ser obtenidos de tres maneras distintas: por dos y cinco, por tres y cuatro, y por seis y uno. De aquí las tres probabilidades contra una, según pretendía Jovita Foley.
Al día siguiente, al despertar, preguntó Jovita:
-¿Qué vamos a hacer hoy? Se anuncia un soberbio día. El aire y el sol invitan a pasear. ¿No vamos a salir de Indianápolis? Podríamos visitar los alrededores.
La proposición merecía ser estudiada. Max Real consultó el indicador y las cosas se arreglaron a gusto de todos. Se convino en que irían por la línea que sube por el White River, hasta Spring Valley, a unas veinte millas de Indíanápolis. El alegre terceto partió, sin advertir que cinco individuos los seguían furtivamente. Estos individuos no solamente los acompañaron hasta la estación, sino que subieron en el mismo tren que ellos, y cuando Max
Real y sus dos amigas se apearon en la estación de Spring Valley, dichas gentes hicieron lo mismo.
Max Real, Lissy y Jovita Foley tomaron el camino que conduce a la orilla del White River.
Caminaron durante una hora, a través de la fértil campiña regada por el arroyo. La temperatura era agradable y aquel paseo resultó delicioso.
A las tres, una barca los transportó a la otra orilla del White River. Más allá, bajo grandes bosques, se extendía un camino que conducía a la estación. Tras recorrer una media milla por un camino bordeado de hermosos árboles, desierto a la hora en que se efectúa el trabajo de los campos, Jovita Foley, fatigada de tantas idas y venidas, propuso un descanso de algunos minutos. Había tiempo para estar de vuelta al Hotel Sherman antes de la comida.
En este momento, cinco hombres se lanzaron sobre ellos. Eran los mismos que habían bajado del tren en la estación de Spring Valley.
No eran bandidos de profesión. Querían sencillamente apoderarse de Lissy Wag, arrastrarla a algún secreto lugar y secuestrarla allí para impedir que la joven se encontrara en las oficinas de Telégrafos de Indianápolis el 4 de julio, a la llegada del correspondiente telegrarna. De aquí resultaría la exclusión de la partida de la jugadora que iba a la cabeza.
A esto conducía la pasión de aquellos jugadores, que habían apostado en la partida enormes sumas, centenares de miles de dólares,
Tres de los cinco hombres se precipitaron sobre Max Real, a fin de impedirle que pudiera defender a sus compañeras. El cuarto cogió a Jovita Foley, mientras el último procuraba arrastrar a Lissy Wag al fondo del bosque.
Max Real, se defendía, y sacando el revólver, que un americano lleva siempre consigo, hizo fuego.
Uno de los hombres cayó herido.
Jovita y Lissy pedían socorro, sin esperanza de que sus voces fueran oídas.
Lo fueron, sin embargo. Algunos de los colonos de los alrededores, unos doce, se encontraban cazando en el bosque y un providencial azar los llevó al teatro de la agresión.
Los cinco hombres intentaron entonces un último esfuerzo. Por segunda vez Max Real disparó contra el que se llevaba a Lissy, haciendo blanco. Pero el pintor recibió una puñalada en el pecho, lanzó un grito y cayó inanimado al suelo.
Los cazadores aparecieron, y los agresores, dos de los cuales estaban heridos, comprendiendo que el golpe había fallado, huyeron por el bosque.
Más que perseguirlos convenía transportar a Max a la estación próxima, enviar en busca de un médico y llevar después al herido a Indianápolis, si su estado lo permitía.
Lissy Wag, llorando a mares, se arrodilló junto al joven.
Max Real respiraba; sus ojos se abrieron y pudo pronunciar estas palabras:
-Lissy... querida Lissy... esto no será nada, ¿Y usted?
Sus ojos se cerraron de nuevo... Pero vivía... había reconocido a la joven... le había hablado...
Media hora más tarde los cazadores lo depositaban en la estación, donde casi enseguida se presentó un médico, que después de examinar la herida afirmó que no era mortal. Le hizo la primera cura, y aseguró que el herido soportaría sin peligro el traslado a Indianápolis.
Un segundo médico que fue a visitar a Max Real en el hotel confirmó lo dicho por su colega.
El pulmón no había sido más que ligeramente tocado por la punta del cuchillo; pero faltó poco para que la herida fuera mortal. Declaró también que Max no estaría en pie antes de quince días.
¡Qué importaba! Ni él pensaba ahora en la fortuna de William J. Hypperbone, ni Lissy Wag dudaba en sacrificar sus posibilidades de triunfo para poder permanecer al lado del herido. Y - confesémoslo en honor suyo, aunque significara el desvanecimiento de todas las esperanzas-
Jovita Foley aprobó la conducta de su pobre amiga.
Tras largas y maduras reflexiones, Jovita Foley se había dicho:
“En resumen: puesto que este pobre Real va a permanecer en Indianápolis quince días, Lissy estará aún aquí el 4 de julio, fecha de la próxima jugada, y si por fortuna salieran siete, ella ganaría la partida.”
Pero...
El siguiente día, 24, a las ocho y media, los vendedores de periódicos recorrían las calles de Indianápolis con las copias del telegrama, y proclamaban, o mejor dicho, aullaban el resultado de la jugada efectuada la misma mañana en Chicago, concerniente al jugador número siete.
Este había obtenido doce tantos, por seis doble, y como el jugador ocupaba la casilla cincuenta y uno, estado de Minnesota, ganaba la partida.
El que ganaba no era otro que el enigmático personaje designado con las iniciales X. K. Z.
El pabellón rojo flotaba sobre Illinois.

Capítulo XXIX
Un trueno que se extendiera por todo el globo no causaría más efecto que aquel golpe de dados salido del cubilete del notario Tornbrock, al dar las ocho, el 24 de junio, en la sala del Auditorium. Los miles de espectadores que asistieron a esta jugada, con el pensamiento de que podría ser la última de la partida Hypperbone, en el noble juego de los Estados Unidos de América, la proclamaron por todos los barrios de Chicago y millares de telegramas extendieron la noticia por todo el país confederado.
Resultaba, pues, que el hombre enmascarado, el jugador de última hora, el intruso, en una palabra -o mejor dicho en tres letras- aquel X. K. Z. ganaba la partida y con ella los sesenta millones de dólares.
Mientras tantas desgracias caían sobre los demás jugadores, éste había caminado siempre con paso seguro, yendo de Illinois a Wisconsin, de Wisconsin al Distrito de Columbia, del Distrito de Columbia a Minnesota, y de ahí al fin, sin haber tenido que desembolsar una sola prima, y por un círculo limitado, con gran economía de fatigas y gastos en el curso de sus fáciles viajes.
Restaba saber quién era aquel X. K. Z. y, sin duda, no tardaría en darse a conocer, aunque no fuera más que para entrar en posesión de la enorme herencia.
Al terminar la semana, Max Real, repuesto apenas de su herida, había regresado a su ciudad natal en compañía de Lissy Wag y de Jovita Foley.
Y aquel mismo día Lissy Wag, acompañada de su inseparable amiga, fue a visitar a la señora Real. La joven agradó mucho a la buena señora y ésta a la joven.
En cuanto a Tom Crabbe y John Milner, inútil es, decir en que estado de furor y vergüenza se encontraban. ¡Tanto dinero perdido! No solamente el importe de los viajes, sino la triple prima que tuvieron que pagar en la prisión del Missuri. Y además, la reputación del campeón comprometida en el encuentro con el no menos despechado Cavanaugh, encuentro en que el verdadero vencedor había sido el sheriff... Cuando John Milner supo el resultado de la última jornada, no tuvo más remedio que volver a su casa de Chicago.
Esto hizo también Hermann Titbury. Hacía ya catorce días que el matrimonio ocupaba en el Excelsior Hotel el apartamento reservado al jugador de la partida. ¡Qué golpe cuando les fue presentada la factura! Ascendía a dos mil ochocientos dólares, y añadiendo a esta suma las primas de Luisiana, la multa de Maine, el robo de Utah, más los gastos necesarios para viajes tan largos; el total era de ocho mil dólares. Herido en el corazón, es decir, en la bolsa, el matrimonio Titbury regresó a casa.
¿Harris T. Kymbale? Pues bien: Harris T. Kymbale había salido sano y salvo del choque premeditado para inaugurar la vía entre Medary y Sioux Falls City. Antes del choque pudo saltar a la vía, no sin rebotar contra el suelo como si fuera de goma, quedando desvanecido al pie de un talud, al abrigo de la explosión de las dos locomotoras.
Tres horas después, cuando los trabajadores fueron a desocupar la vía, encontraron a un hombre sin sentido, al pie del talud. Lo llevaron a la casa más próxima, se avisó a un médico, y éste, manifestó que el herido no estaba grave.
Cuando salió del síncope, se le preguntó, enterándose los presentes de la forma tan imprudente en que había subido al tren. Después de algunos reproches dirigidos al periodista, éste tuvo que pagar el importe del viaje, y después se dispuso a salir para Chicago, donde se encontraba el día 25, dispuesto, con más ímpetu que nunca, a proseguir la partida... cuando se enteró que ésta había terminado la víspera, con victoria del desconocido X. K. Z. Pero permaneció tranquilo. Se dispuso a contar sus últimas y extraordinarias aventuras, y sólo un ligero suspiro dedicó al final de tan singular partida.
Y volviendo a las dos jovenes, inútil es decir en que estado de desesperación se encontraba Jovita Foley.
-¡Pero ten resignación, Jovita! -le repetía Lissy Wag-. Demasiado sabes que yo nunca conté...
-¡Pero yo sí que contaba con ello!
-Hacías mal.
-Además, tú no tienes por qué quejarte.
-Y no me quejo -respondió sonriendo Lissy Wag.
-Si la herencia de Hypperbone se te escapa, por lo menos no eres una pobre joven sin fortuna.
-¿Cómo es eso?
-Claro, Lissy. X. K. Z, ha llegado el primero... y tú segunda, lo que representa que has ganado el producto de las primas.
-De verdad, Jovita, que no había pensado en ello.
-Pero yo sí que pienso, descuidada Lissy. Te embolsarás una suma de consideración: unos diecisiete mil dólares, según creo.
Terminaremos este capítulo hablando algo de Hodge Urrican.
El 22 de junio se había efectuado la jugada que le correspondía, y que lo enviaba al estado de Nevada, donde se encontraba el pozo del noble juego de la oca. Con el apresuramiento que en todos sus negocios ponía, Hodge Urrican partió de Milwaukee el mismo día 22, en dirección a Nevada, después de remitir al notario los tres mil dólares que su últirna jugada le costaba.
Pero no llegó. En Salt Lake City, la mañana del 24, recibió la noticia de que X. K. Z. había ganado la partida.
El comodoro Urrican regresó, pues, a Chicago en un estado de ánimo fácil de adivinar.
En cuanto al desconocido X. K. Z., no había aparecido por ninguna parte.
Transcurrió una semana, y otra, y no hubo noticias de él.
Una de las personas mas impacientes era Jovita Foley
-¡Ah, cuando yo le eche la vista encima!
-Pero cálmate, querida -repetía Lissy Wag.
-No, no me calmaré, Lissy; y si lo veo le preguntaré con qué derecho se ha permitido ganar la partida, un señor del que ni el nombre se sabe.
A decir verdad, con su impaciencia, la joven expresaba fielmente el estado de la opinión pública. Conforme transcurría el tiempo excitábanse las imaginaciones. Gran número de personas acudían a casa del notario Tornbrock, que daba siempre la misma respuesta, afirmando que nada sabía de lo referente al portador del pabellón rojo.
La agitación pública llegó a tal punto, que las autoridades tuvieron que intervenir. Hubo que proteger a los socios del Excentric Club y al notario, a los que se les hacía responsables de lo que acontecía.
El 15 de julio, tres semanas después de la última jugada, que hizo ganar al hombre enmascarado, se produjo un incidente de lo más inesperado.
A las diez y diecisiete de la mañana se esparció la noticia de que sonaba a todo vuelo la campana del monumento funerario de William J. Hypperbone.

Capítulo XXX
No es fácil imaginarse la rapidez con que se extendió la noticia. En algunos puntos la población de los barrios vecings invadió el cementerio. Después afluyó una multitud de todas partes. Media hora más tarde, la circulación estaba interrumpida por completo desde Washington Park.
Y la campana sonaba siempre en el campanario del soberbio monumento funerario de William J. Hypperbone, en el cementerio Oakwood.
Pero, cosa extraña, cuando empezó a sonar la campana, los socios del Excentric Club y el notario Tornbrock ya estaban allí. Y media hora más tarde llegaban los seis jugadores de la partida, con sus respectivos y fieles acompañantes.
Cesó al fin el toque de la campana, y la puerta del monumento se abrió de par en par. Entre las lámparas, que resplandecían intensamente, apareció el magnífico catafalco, tal como estaba tres meses y medio antes.
El Excentric Club, con su presidente a la cabeza, penetró en el interior del hall. Tras los socios entró el notario Tornbrock, vestido de etiqueta. Los seis jugadores, acompañados de cuantos espectadores podía contener el hall, los siguieron.
Tanto dentro como fuera del edificio reinaba profundo silencio.
Eran las once y treinta y tres minutos, cuando en el catafalco, cuyo paño mortuorio cayó al suelo, como si de él hubiera tirado una invisible mano sonó cierto ruido, que venía del interior del hall..
Y entonces, ¡oh prodigio!, mientras Lissy Wag se agarraba al brazo de Max Real, levantóse la tapa del atáud, irguióse el cuerpo que éste encerraba, y apareció de pie un hombre vivo, bien vivo, ¡y este hombre era el difunto William J. Hypperbone!
-¡Es el señor Humphrey Weldon! -exclamó Jovita Foley.
Sí, Humphrey Weldon, pero de una edad menos venerable que cuando su visita a Lissy Wag.
Aquel gentleman y William J. Hypperbone eran una misma persona.
He aquí, en algunas palabras, la relación que reprodujeron los periódicos de toda la nación, y que explicaba lo que parecía inexplicable, en esta prodigiosa aventura.
El día 1 de abril, en el hotel de Mohawk Street, y durante una partida del noble juego de la oca, William J. Hypperbone fue acometido de una congestión. Transportado a su hotel de La Salle Street, estaba muerto algunas horas después, o al menos así lo declararon los médicos.
Pero, a despecho de los doctores, William J. Hypperbone era víctima de una catalepsia, que le daba todo el aspecto del que ha pasado a mejor vida.
Celebráronse sus exequias con la suntuosidad que se sabe. Después, el 3 de abril, las puertas del monumento se cerraron sobre el socio más distinguido del Excentric Club.
Pero por la noche, el guardián ocupado en apagar las luces, oyó ruido en el interior del ataúd.
Algunos gemidos se escapaban de éste. Una voz apagada llamaba.
El guardián no perdió la cabeza. Corrió en busca de sus instrumentos y levantó la tapa del ataúd. La primera frase que William J. Hypperbone pronunció al despertar de su letargo fue ésta:
-Ni una palabra, y tu fortuna está hecha. Sólo tú sabrás que continúo vivo -prosiguió-. Tú y mi notario Tornbrock, a quien vas a decir que venga aquí al momento.
El guardián, sin otras explicaciones saió del hall y corrió en busca del notario. Calcúlese la agradable sorpresa que recibió Tornbrock, cuando media hora después se encontró en presencia de su cliente.
He aquí lo que William J. Hypperbone pensó desde su resurrección: puesto que había establecido por testamento la famosa partida que debía dar motivo a tantas agitaciones, él quería que esta partida se llevara a efecto.
-Pero entonces -replicó el notario-, usted quedará arruinado, porque alguno de los seis ganará.
Puesto que usted no está muerto, y por ello le felicito muy sinceramente, ese testamento es nulo. ¿Por qué, pues, dejar que esa partida sea jugada?
-Porque yo tomaré parte en ella.
-¿Usted?
-Yo.
-¿Y cómo?
-Voy a añadir a mi testamento un codicilo y a introducir en la partida un séptimo jugador, que sería J. Hypperbone, bajo las iniciales X. K. Z.
-¿Y usted jugará?
-Jugaré como los demás.
-¿Y si pierde usted?
-Pues perderé, y toda mi fortuna irá al que gane.
Así que William J. Hypperbone salió del cementerio y se fue a casa del notario Tornbrock, arreglando como se ha dicho el testamento. Después se despidió del digno hombre confiando en la extraordinaria suerte que no le había abandonado en él curso de su existencia.
Lo demás se sabe.
Comenzada la partida, pudo formar opinión respecto de cada uno de los “Seis”. Ni Hodge Urrican, ni Hermann Titbury, ni aquel bruto de Tom Crabbe le interesaron. Tal vez Harris T. Kymbale le inspiró alguna simpatía, pero de favorecer a alguno en defecto de sí mismo, hubiera sido a Max Real o Lissy Wag y la fiel compañera de ésta, Jovita Foley. De aquí su visita a la enferma, bajo el nombre de Humphrey Weldon y el envío de los tres mil dólares a la prisión de Missuri.
En cuanto a él, siguió con pasos seguros y regular las diversas peripecias de la partida, ayudado de la poderosa suerte, con la que contaba, con razón, y que le hizo llegar el primero a la meta.
Esto era lo que había pasado y lo que fue comentado enseguida por la gente de Chicago, primero, y por la del resto del país, después. Ahora, ya no había nadie en la metrópoli que no supiera a que atenerse, respecto al desenlace del asunto que tanto había apasionado a todos.
¿Pero los jugadores se habían resignado? No todos.
-¡Esto no se hace, señor mío, no! -gritó el comodoro Urrican, cuando se encontró delante de William J. Hypperbone-. Cuando uno está muerto, está muerto, y no se deja a las gentes correr en busca de su herencia.
-¡Qué quiere usted, comodoro! -respondió el aludido, amablemente.
-En vez de encerrarlo en un ataúd se le hubiera puesto en el crematorio y esto no hubiera sucedido.
-¿Quién sabe, comodoro? ¡Tengo tanta suerte!
En fin, la víspera del día en que iba a celebrarse el matrimonio de Max Real y Lissy Wag, los novios recibieron la visita, no del venerable Humphrey Weldon algo encorvado por la edad, sino la del señor William J. Hypperbone, mas joven que nunca como observó muy bien Jovita Foley. El gentleman, después de dar sus excusas a Lissy Wag por no haberla dejado ganar la partida, le declaró que, quisiera o no ella , le gustara o no a su marido, acababa de depositar un nuevo testamento en casa del notario Tornbrock, en que hacía dos partes de su fortuna, una de las cuales era para ella.
El matrimonio se celebró al siguiente día se puede decir que en presencia de toda la ciudad. El gobernador del Estado y William J. Hypperbone acompañaron a los esposos en aquella magnífica ceremonia.
Después, cuando los recién casados y sus amigos estuvieron de vuelta en casa de la señora
Real, William J. Hypperbone, dirigiéndose a Jovita Foley, dijo:
-Señorita Foley, yo tengo cincuenta años.
-Usted se alaba, señor Hypperbone -respondió ella, riendo como sabía reír.
-No; tengo cincuenta años, y usted tiene veinticinco.
-Veinticinco, en efecto.
-Bueno, pues si yo no olvidé los rudimentos de la aritmética, veinticinco es la mitad de cincuenta.
¿Dónde quería ir a parar aquel gentleman tan enigmático como matemático?
-Pues bien, señorita Foley; puesto que usted tiene la mitad de mi edad, si la aritmética no es una ciencia vana, ¿por qué no se convierte en la mitad de mí mismo?
¿Qué podía responder Jovita Foley a aquella proposición tan originalmente formulada?
Aceptó.
Y, para terminar, ante los sucesos tal vez inverosímiles que este relato contiene, no olvide el lector la circunstancia atenuante de que todo esto ha pasado en América.