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sábado, 31 de enero de 2015

La Muñequita (Juan Valera)


Sacrificio En Pengalan (Aaron Allston)

Las Muertes Normales (Mauricio Ventanas)

Las muertes normales
Mauricio Ventanas, Costa Rica
Un viernes por la noche murió el padre de Gracia. Ella le lloró todas nuestras horas de fiesta hasta el sábado por la mañana cuando me llamó. Sábado por la tarde a correr la voz entre los amigos y no hacer nada hasta la noche, la hora de la vela. Ahí en la capilla de Piedades estuvimos diciendo estupideces, tratando de hacer sonreír a Gracia, hasta que nos cansamos y nos fuimos a esperar a que fuera domingo para enterrar al viejo.
No sé ni quién era el padre de Gracia. Yo fui por ella. Porque no deja de ser bueno abrazarla un rato cada uno, sentirla temblando y aterrizarle el alma con esa rara confianza de los que no sabemos qué está pasando. Algunos con el corazón vacío. Otros con un karma inexplicable que conforta a la gente con sólo arrimarle el pecho y acariciarle el pelo. Decirle más y más estupideces hasta que la muerte ya no le parezca algo terrible. Y callarse algunas cosas, como la que quisiera que no se quede sin contar en esta historia.
Hay muertes que son normales. Uno se da cuenta cuando está ahí de pie en un traje oscuro con Andrés a la entrada de la Iglesia y vemos a las señoras flacas y canosas saliendo con mucho trabajo de los automóviles. El sol puede estar celeste. El cielo puede estar rosado. Puede haber pájaros bulliciosos ofendiendo a la ceremonia desde los árboles del parque de enfrente. Pero a ellas no se les va el negro de los velos, los vestidos y las ojeras, como el tizne de una conciencia macabra que se va cobrando de venir y venir a tantos sepelios. Pasan sin ver a muchos lados, pero si nos miran a los ojos es como si se sintieran compadecidas de los jóvenes, o como si se buscaran en nosotros... hurgando con sus pupilas oscuras en estos espejos llenos de memorias inocentes. Y al soltarnos la mirada, volviendo a su estado tranquilo, ya nos han dejado un poco de su tizne en el rostro.
- "Ahí viene Gracia”.
Caminamos rápido y la abrazamos. Las tías nos dejaron, aliviadas. Seguro ya estaban cansadas de consolarla. Seguro entienden lo que duele, pero no les duele a ellas, y quisieran que Gracia se hiciera vieja por un rato para que dejara de llorar. Luego vinieron a buscarla otra vez y se la llevaron a sentarse a la par del ataúd.
- "Mis queridos hermanos..." -- dijo el Padre. De lo demás casi no me acuerdo, pero creo que no se salió mucho de lo normal en una ceremonia de éstas. Desde la banca de los incrédulos, miramos a las ancianas que rezaban muy formales. Alguien más intrépido que yo habría dicho que lo hacían con cierta fraternidad, o camaradería con Don Róger, como haciendo fila para seguirlo, pero a mí todavía me daba mucho miedo pensar en esas cosas.
- "Acuérdate también de sus hermanos: Cristina, Gerardo, Rafael, Carmen, Julieta y Rodrigo, a quienes llamaste de este mundo a tu presencia”.
Uno rezos más y estamos subiendo a Don Róger en la carroza. Vamos todos despacio para el cementerio, Gracia llorando y abrazándose del ataúd y de cuanta persona se encuentra en el camino. Será que siente que la vida se le esfuma y puede recuperar algo en los demás. Yo también he moqueado un poco --pero fue por ella-- cuando estaban cerrando con ladrillos la bóveda, y parecía que mi pobre Gracia ya no tenía nada en la vida a qué aferrarse. Cuando uno quiere ir a decirle que cuenta con nosotros, pero hay que hacer una fila tremenda y al momento de la llegada ya se te pasó toda la emoción.
De pronto veo la cara de Andrés crisparse y siento que algo insólito está por venírsenos encima. Tiene la cara blanquísima y los ojos dispares, tratando de mirar a cualquier lugar que no sea el mundo. Está sudando...
- "¡Dios mío! ¡Esto está lleno de muertos!" - "¡Pues claro! Si es un cementerio”. - "¡Animal! ¡Que no entendés! ¡Que nos lleva el diantre!" - "Andrés, tranquilo" -- la gente ya nos volvió a ver extrañada. -"¡Andrés! ¿Estás loco? ¡Vení! ¡Andrés! ¿A dónde putas vas? (Perdón... Perdone señora, compermiso, compermiso...) ¡Andréees!" -- ya cruzó aventado la puerta del cementerio. -"¡Andrés! ¡Andrés el camión! ¡Cuidado, movete! ¡aah! nhhh..."
Ahora es la misa. De vez en cuando los ojos de Gracia reparten su tizne entre la gente y Andrés reza con secreta devoción. Ahora me llevan despacio en hombros por un camino algo florido. Ahora se están marchitando las flores... Ahora estoy en el cementerio. Mientras, Andrés sigue huyendo de este lugar, viviendo cada segundo por él y por mí, con desesperación pasmosa.
Me alivia saber que Gracia me lloró casi más que al mismo Don Róger. Que estuvieron todos muy atentos cuando el Padre le pidió al Señor que me recordara. Luego se fueron a juntar mis notas y publicaron estas páginas. Cada vez que alguien las abre, siento que me están mirando el alma. Y que en mi lápida hay un poema --un poco cursi, pero no importa-- sobre lo bueno y dedicado que yo era. ¡Todo eso cuenta! No crean... Es... Es que no me termina de gustar este estado... Es que mi muerte no es normal ¡Dios mío, mi muerte no es normal! Pasa un segundo que se me hace un siglo y siento que nunca podré acostumbrarme a este asunto de la paz, la eternidad y las cosas infinitas.
No es normal, te digo que no es normal. Aunque con el tiempo ya me lo va pareciendo... poco a poco, hacer...
amistad ...
con la tierra ...

Huesitos (Wilson García A.,)

Nocturno Cuatro (Antonio Bou)

Recomendaciones Para Comprar Un Espejo (José Cardona-López)

Encuentros A Deshoras (Jorge Rivera Rojas)

Estación Imposible (Enrique Fernández)

Memoria de la Huestia (Agustín Celis Sánchez)

Leyéndote Muerto (Maria Elena Lorenzin)

Desde La Vitrina (Cecilia López Ridaura)

La Última Espera (Mario Lamo Jiménez)

miércoles, 28 de enero de 2015

La Tristeza De Cornelius Berg (Marguerite Yourcenar)


La Muerte De Marko Kralievitch (Marguerite Yourcenar)


Kali Decapitada (Marguerite Yourcenar)


La Viuda Afrodisia (Marguerite Yourcenar)


Nuestra Señora De Las Golondrinas (Marguerite Yourcenar)


El Hombre Que Amó A Las Nereidas (Marguerite Yourcenar)


El Último Amor Del Príncipe Genghi (Marguerite Yourcenar)


La Leche De La Muerte (Marguerite Yourcenar)


La Sonrisa De Marko (Marguerite Yourcenar)


Cómo Se Salvó Wang-Fô (Marguerite Yourcenar)


martes, 27 de enero de 2015

El Peligro De Los Clásicos (Boris Vian)

El Mirón (Boris Vian)

Fiesta En Casa De Léobille (Boris Vian)

El Pensador (Boris Vian)

Una Triste Historia (Boris Vian)

Mala Pata (Boris Vian)

Los Perros, El Deseo Y La Muerte (Boris Vian)

Marsella Comenzaba A Despertar (Boris Vian)

Martín Me Telefoneo (Boris Vian)

El Amor Es Ciego (Boris Vian)

Las Murallas Del Sur (Boris Vian)

Un Corazón De Oro (Boris Vian)

El Hombre-Lobo (Boris Vian)

lunes, 26 de enero de 2015

La Edad De La Discreción (Simone De Beauvoir)

La Cosecha (Rabindranath Tagore)

La Portuguesa (Robert Musil)

Los Ojos De Lina (Clemente Palma)


Una Historia Vulgar (Clemente Palma)


Parábola (Clemente Palma)


El Último Fauno (Clemente Palma)


Idealismos (Clemente Palma)


Los Canastos (Clemente Palma)


Camino De Sangre (Cesare Pavese Y Bianca Garufi)

El Séptimo Conjuro (Joseph Payne Brennan)

Poncho de verano (Roberto J. Payró)



El Falso Inca (Roberto J. Payró)


El Casamiento De Laucha (Roberto J. Payró)


La Incomparable Aventura De Un Tal Hans Pfaall (Edgar Allan Poe)


jueves, 22 de enero de 2015

El Dragón De Muchas Cabezas Y El Muchas Colas (Jean Lafontaine)

EL DRAGÓN DE MUCHAS CABEZAS Y EL DE MUCHAS COLAS


  • Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba, en el palacio del Emperador de Alemania, de que las fuerzas de su soberano eran mayores que las de este imperio. 
  • Un alemán le dijo: “Nuestro Príncipe tiene vasallos tan poderosos que por sí pueden mantener un ejército.” 
  • El mensajero, que era varón sesudo, le contestó: “Conozco las fuerzas que puede armar cada uno de los Electores, y esto me trae a las mientes una aventura, algo extraña, pero muy verídica. Hallábame en lugar seguro, cuando vi pasar a través de un seto las cien cabezas de una hidra. 
  • La sangre se me helaba, y no había para menos. Pero todo quedó en susto: el monstruo no pudo sacar el cuerpo adelante. 
  • En esto, otro dragón, que no tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.”


El Hombre Y Su Imagen (Jean Lafontaine)

EL HOMBRE Y SU IMAGEN
(AL SR. DUQUE DE LA ROCHEFOCAULD)


  • Un Hombre enamorado de sí mismo, y sin rival en estos amores, se tenía por el más gallardo y hermoso del mundo. Acusaba de falsedad a todos los espejos, y vivía contentísimo con su falaz ilusión. La Suerte, para desengañarle, presentaba a sus ojos en todas partes esos mudos consejeros de que se valen las damas: espejos en las habitaciones, espejos en las tiendas, espejos en las faltriqueras de los petimetres, espejos hasta en el cinturón de las señoras. ¿Que hace nuestro Narciso? Se esconde en los lugares más ocultos, no atreviéndose a sufrir la prueba de ver su imagen en el cristal. Pero un canalizo que llena el agua de una fuente, corre a sus pies en aquel retirado paraje: se ve en él, se exalta y cree divisar una quimérica imagen. Hace cuanto puede para evitar su vista; pero era tan bello aquel arroyo, que le daba pena dejarlo.
  • Comprenderéis a dónde voy a parar: a todos me dirijo: esa ilusión de que hablo, es un error que alimentamos complacidos. Nuestra alma es el enamorado de sí mismo: los espejos, que en todas partes encuentra, son las ajenas necedades que retratan las propias; y en cuanto al canal, cualquiera lo adivinará: es el Libro de las Máximas.
El Libro de las Máximas, obra famosa y clásica del duque de la Rochefoucauld, amigo y protector
de La Fontaine.


El Lobo Y El Cordero (Jean Lafontaine)

EL LOBO Y EL CORDERO


  • La razón del más fuerte siempre es la mejor: ahora lo veréis.
  • Un Corderillo sediento bebía en un arroyuelo. Llegó en esto un Lobo en ayunas, buscando pendencias y atraído por el hambre. 
  • “¿Cómo te atreves a enturbiarme el agua? dijo malhumorado al corderillo. Castigaré tu temeridad. 
  • –No se irrite Vuesa Majestad, contestó el Cordero; considere que estoy bebiendo en esta corriente veinte pasos más abajo, y mal puedo enturbiarle el agua. 
  • –Me la enturbias, gritó el feroz animal; y me consta que el año pasado hablaste mal de mí. --
  • ¿Cómo había de hablar mal, si no había nacido? No estoy destetado todavía.
  •  –Si no eras tú, sería tu hermano. 
  • –No tengo hermanos, señor. 
  • –Pues sería alguno de los tuyos, porque me tenéis mala voluntad a todos vosotros, vuestros pastores y vuestros perros. Lo sé de buena tinta, y tengo que vengarme.” Dicho esto, el Lobo me lo coge, me lo lleva al fondo de sus bosques y me lo come, sin más auto ni proceso.


El Ratón De Ciudad Y El De Campo (Jean Lafontaine)

EL RATÓN DE CIUDAD Y EL DE CAMPO


  • Cierto día un Ratón de la ciudad convidó a comer muy cortésmente a un Ratón del campo. Servido estaba el banquete sobre un rico tapiz: figúrese el lector si lo pasarían bien los dos amigachos.
  • La comida fue excelente: nada faltaba. Pero tuvo mal fin la fiesta. Oyeron ruido los comensales a la puerta: el Ratón  ciudadano echó a correr; el Ratón campesino siguió tras él.
  • Cesó el ruido: volvieron los dos Ratones: “Acabemos, dijo el de la ciudad. -¡Basta ya! replicó el del campo. ¡Buen provecho te hagan tus regios festines! no los envidio. Mi pobre pitanza la engullo sosegado; sin que nadie me inquiete. ¡Adiós, pues! Placeres con zozobra poco valen.”


La Golondrina Y Los Pajaritos (Jean Lafontaine)

Las Alforjas (Jean Lafontaine)

LAS ALFORJAS


  • Dijo un día Júpiter: “Comparezcan a los pies de mi trono los seres todos que pueblan el mundo. Si en su naturaleza encuentran alguna falta, díganlo sin empacho: yo pondré remedio. Venid, señor Mono, hablad primero; razón tenéis para este  privilegio. Ved los demás animales; comparad sus perfecciones con las vuestras: ¿estáis contento?
  • -¿Por qué no? ¿No tengo cuatro pies, lo mismo que lo demás? No puedo quejarme de mi estampa; no soy como el Oso, que parece medio esbozado nada más.” 
  • Llegaba, en esto, el Oso, y creyeron todos que iban a oír largas lamentaciones. Nada de eso; se alabó mucho de su buena figura; y se extendió en comentarios sobre el Elefante, diciendo que no sería malo alargarle la cola y recortarle las orejas; y que tenía un corpachón informe y feo.
  • El Elefante, a su vez, a pesar de la fama que goza de sesudo, dijo cosas parecidas: opinó que la señora Ballena era demasiado corpulenta. 
  • La Hormiga, por lo contrario, tachó al pulgón de diminuto.
  • Júpiter, al ver cómo se criticaban unos a otros, los despidió a todos, satisfecho de ellos. Pero entre los más desjuiciados, se dio a conocer nuestra humana especie. Linces para atisbar los flacos de nuestros semejantes; topos para los nuestros, nos lo dispensamos todo, y a los demás nada. El Hacedor Supremo nos dio a todos los hombres, tanto los de antaño como los de ogaño, un par de alforjas: la de atrás para los defectos propios; la de adelante para los ajenos.


La Ternera, La Cabra Y La Oveja, En Compañía Del León (Jean Lafontaine)

LA TERNERA, LA CABRA Y LA OVEJA, EN COMPAÑÍA DEL LEÓN


  • La Ternera, la Cabra y la Oveja, hicieron compañía, en tiempos de antaño, con un fiero León, señor de  aquella comarca, poniendo en común pérdidas y ganancias.
  • Cayó un ciervo en los lazos de la Cabra, y al punto envió la res a sus socios. Presentáronse éstos, y el León le sacó las cuentas. “Somos cuatro para el reparto,” dijo, despedazando a cuartos el ciervo, y hechas partes, tomó la primera, como rey y señor. “No hay duda, dijo, en que debe ser para mí, porque me llamo León. La segunda me corresponde también de derecho: ya sabéis cual derecho, el del más fuerte. Por ser más valeroso, exijo la tercera. Y si alguno de vosotros toca la cuarta, en mis garras morirá”


El Lobo Y El Perro (Jean Lafontaine)

EL LOBO Y EL PERRO


  • Era un Lobo, y estaba tan flaco, que no tenía más que piel y huesos: tan vigilantes andaban los perros de ganado. Encontró a un Mastín, rollizo y lustroso, que se había extraviado. Acometerlo y destrozarlo, cosa es que hubiese hecho de buen grado el señor Lobo; pero había que emprender singular batalla, y el enemigo tenía trazas de defenderse bien.
  • El Lobo se le acerca con la mayor cortesía, entabla conversación con él, y le felicita por sus buenas carnes.
  • “No estáis tan lucido como yo, porque no queréis, contesta el Perro: dejad el bosque; los vuestros, que en él se guarecen, son unos desdichados, muertos siempre de hambre. ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a la ventura! ¡Siempre al atisbo de lo que caiga! Seguidme, y tendréis mejor vida.” Contestó el Lobo: “¿Y qué tendré que hacer? –Casi nada, repuso el Perro: acometer a los pordioseros y a los que llevan bastón o garrote; acariciar a los de casa, y complacer al amo. Con tan poco como es esto, tendréis por gajes buena pitanza, las sobras de todas las comidas, huesos de pollos y pichones; y algunas caricias, por añadidura.”
  • El Lobo, que tal oye, se forja un porvenir de gloria, que le hace llorar de gozo.
  • Camino haciendo, advirtió que el perro tenía en  el cuello una peladura. “¿Qué es eso? preguntóle. 
  • –Nada.- ¡Cómo nada! –Poca cosa.- Algo será. –Será la señal del collar a que estoy atado.- 
  • ¡Atado! exclamó el Lobo: pues ¿que? ¿No vais y venís a donde queréis?
  • –No  siempre,  pero  eso,  ¿qué  importa?  – Importa tanto, que renuncio a vuestra pitanza, y renunciaría a ese precio el mayor tesoro.”
  • Dijo, y echó a correr. Aún está corriendo.


Los Dos Mulos (Jean Lafontaine)

LOS DOS MULOS


  • Andaban dos Mulos, anda que andarás. Iba el uno cargado de avena; llevaba el otro la caja de recaudo. Envanecido éste de tan preciosa carga, por nada del mundo quería que le aliviasen de ella. Caminaba con paso firme, haciendo sonar los cascabeles.
  • En esto, se presenta el enemigo, y como lo que buscaba era el dinero, un  pelotón  se echó sobre el Mulo cogiolo del freno y lo detuvo. El animal, al defenderse, fue acribillado, y el pobre gemía y suspiraba. “¿Esto es, exclamó, lo que me prometieron? El Mulo que me sigue escapa al peligro; ¡yo caigo en él, y en él perezco! _Amigo, díjole el otro; no siempre es una ganga tener un buen empleo: si hubieras servido, como yo, a un molinero patán, no te verías tan apurado.”


La Rana Que Quiso Hincharse Como Un Buey (Jean Lafontaine)

LA RANA QUE QUISO HINCHARSE COMO UN BUEY


  • Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.
  • “Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No.- ¿Y ahora?- Tampoco. -¡Ya lo logré! -¡Aún estás muy lejos!”
  • Y el bichuelo infeliz hinchóse tanto, que reventó.
  • Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas. Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.


El Cuervo Y El Zorro (Jean Lafontaine)

EL CUERVO Y EL ZORRO


  • Estaba un señor Cuervo posado en un árbol, y tenía en el pico un queso. Atraído por el tufillo, el señor Zorro le habló en estos o parecidos términos: “¡Buenos días, caballero Cuervo! ¡Gallardo y hermoso sois en verdad! Si el canto corresponde a la pluma, os digo que entre los huéspedes de este bosque sois vos el Ave Fénix.”
  • Al oír esto el Cuervo, no cabía en la piel de gozo, y para hacer alarde de su magnífica voz, abrió el pico, dejando caer la presa. Agarróla el Zorro, y le dijo: “Aprended, señor mío, que el adulador vive siempre a costas del que le atiende; la lección es provechosa; bien vale un queso.”
  • El Cuervo, avergonzado y mohíno, juró, aunque algo tarde, que no caería más en el garlito.


La Cigarra Y La Hormiga (Jean Lafontaine)

LA CIGARRA Y LA HORMIGA


  • La Cigarra, después de cantar todo el verano, se halló sin vituallas cuando comenzó a soplar el cierzo: ¡ni una ración fiambre de mosca o de gusanillo!
  • Hambrienta, fue a lloriquear en la vecindad, a casa de la Hormiga, pidiéndole que le prestase algo de grano para mantenerse has- ta la cosecha. “Os lo pagaré con las setenas”, le decía, “antes de que venga el mes de agosto”.
  • La Hormiga no es prestamista: ese es su menor defecto. “¿Que hacías en el buen tiempo?” preguntó a la pedigüeña. “No quisiera enojaros, contestole; pero la verdad es que pasaba cantando día y noche. – “¡Bien me parece! Pues, mira: así como entonces cantabas, baila ahora.”


miércoles, 21 de enero de 2015

Las Crónicas De Narnia 7 - La Última Batalla Capitulos Del 11 al Fin (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 7 - La Última Batalla Capitulos Del 06 al 10 (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 7 - La Última Batalla Capitulos Del 01 al 05 (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 6 - El Sobrino Del Mago Capitulos Del 11 al Fin (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 6 - El Sobrino Del Mago Capitulos Del 06 al 10 (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 6 - El Sobrino Del Mago Capitulos Del 01 al 05 (C.S. Lewis)

domingo, 18 de enero de 2015

Las Crónicas De Narnia 3 - La Travesia Del Explorador Del Amanecer Capitulos 11 al fin (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 3 - La Travesia Del Explorador Del Amanecer Capitulos 06 al 10 (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 3 - La Travesia Del Explorador Del Amanecer Capitulos 01 al 05 (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 2 - El Principe Caspian Capitulos 01 al Fin (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 2 - El Principe Caspian Capitulos 01 al 10 (C.S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 1 - El León, La Bruja y el Ropero Capítulos 11 al Fin (C. S. Lewis)

Las Crónicas De Narnia 1 - El León, La Bruja y el Ropero Capítulos 01 al 10 (C. S. Lewis)

sábado, 17 de enero de 2015

La Tristeza (Antón Chéjov)

La Tristeza
Anton Chejov

La capital aparece envuelta en el crepúsculo vespertino. La nieve cae en gruesos copos, revolotea perezosamente junto a los faroles encendidos, se extiende, en fina capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombres, sobre los gorros.
El cochero Yona está todo blanco, como un fantasma. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado hasta donde puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que toda la nieve que le cayese encima no lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Su inmovilidad, las formas angulosas de su cuerpo, la tiesura de palo de sus patas, le hacen presentar el aspecto, aun mirado de cerca, de un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por una moneda.

La Boticaria (Antón Chéjov)

LA BOTICARIA

ANTON P. CHEJOV

La pequeña ciudad de B., que componen dos o tres torcidas calles, duerme con sueño profundo. En el aire, inmóvil, reina el silencio. Sólo se oye a lo lejos, ya en las afueras, el débil y ronco ladrido de un perro. Pronto amanecerá.
Hace mucho que todo está sumido en el sueño.
La única que no duerme es la joven esposa de Chernomórdik, el boticario. Se ha acostado tres veces, pero, sin saber la causa, no consigue dormirse.
Está sentada ante la ventana abierta, en camisón, y mira la calle. Siente calor y tedio, la domina una irritación tal, que está a punto de romper en sollozos, aunque tampoco podría decir la causa. En el pecho se le ha hecho un nudo que le sube hasta la garganta… Detrás, a unos pasos de la boticaria, vuelto de cara a la pared, Chernomórdik ronca apaciblemente. 

viernes, 16 de enero de 2015

Kashtanka (Antón Chéjov)

«KASHTANKA»
ANTON P. CHEJOV

I

MALA CONDUCTA

Un perro joven y canelo -un chucho de raza indefinida-, de morro muy parecido al de una raposa, corría adelante y atrás por la acera y miraba inquieto a los lados. De tarde en tarde se detenía y, con lastimero aullido, levantaba ya una, ya otra de sus heladas patas, tratando de comprender cómo había podido perderse.

Ivan Matveích (Antón Chéjov)

Ivan Matveích
ANTON CHEJOV


Son las cinco. Un renombrado sabio ruso (le diremos sencillamente sabio) está frente a su escritorio y se muerde las uñas.
-¡Esto es indignante! -dice a cada momento, consultando su reloj-. ¡Es una falta de respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!... ¡En Inglaterra, un sujeto semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!... ¡Ya verás la que te espera cuando vengas!
En su necesidad de descargar sobre alguien su enojo  e impaciencia, el sabio se acerca a la habitación de su mujer y golpea en la puerta con los nudillos.

Iónich (Antón Chéjov)

Iónich
ANTON CHEJOV


I

Cuando los recién llegados a la ciudad de provincias S. se quejaban de lo aburrida y monótona que era la vida en ella, los habitantes de esa ciudad, como justificándose decían que, al contrario, en S. se estaba muy bien, que en S. había una biblioteca, un teatro, un club, se celebraban bailes y - añadían finalmente- había algunas familias interesantes, agradables e inteligentes  con las que podían relacionarse. Y mencionaban a los Turkin como los más instruidos y de mayores talentos.

Gente Sobrante (Antón Chéjov)

GENTE SOBRANTE
ANTON CHÉJOV

Son las seis de la tarde de un día del mes de junio.
Desde el apeadero de Jikovo y en dirección a la colonia veraniega marcha un grupo de veraneantes recién bajados del tren. Son, en su mayor parte, padres de familia, y van cargados de paquetes, carteras, sombrereras y esas cajas de cartón que guardan las creaciones de la moda femenina. Todos presentan un aspecto cansado, hambriento y malhumorado, como si para ellos no brillara el sol ni floreciera la hierba.

En El Campo (Antón Chéjov)

En el campo
Anton Chejov


I

A tres kilómetros de la aldea de Obruchanovo se construía un puente sobre el río.
Desde la aldea, situada en lo más eminente de la ribera alta, divisábanse las obras. En los días de invierno, el aspecto del fino armazón metálico del puente y del andamiaje, albos de nieve,   era casi fantástico.
A veces, pasaba a través de la aldea, en un cochecillo, el ingeniero Kucherov, encargado de la construcción del puente. Era un hombre fuerte, ancho de hombros, con una gran barba, y tocado con una gorra, como un simple obrero.

El Talento (Antón Chéjov)

El Talento
Anton Chejov


El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en  una dulce melancolía matutina.
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles  y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta.

El Estudiante (Antón Chéjov)

El Estudiante
Anton Chejov

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una chocha inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.

El Canto Del Cisne (Antón Chéjov)

El canto del cisne
Anton Chejov


PERSONAJES

VASILII VASILIEVICH SVETLOVIDOV
actor cómico. Viejo de sesenta y ocho años.

NIKITA IVANICH
apuntador. Otro viejo.

La acción tiene lugar por la noche, en el escenario de un teatro de provincia, y después de terminado el espectáculo.


Acto único

Escenario vacío de un teatro de provincia de segundo orden; a la derecha una hilera de puertas, toscamente construidas y desprovistas de pintura, abren sobre los camerinos. Todo el plano izquierdo y el fondo aparecen llenos de trastos viejos. Caído en el suelo en el centro del escenario hay un taburete.

Es de noche y reina la más completa oscuridad.

miércoles, 14 de enero de 2015

Asesinato En El Campo De Golf (Agatha Christie)

 Asesinato en el campo de golf

Agatha Christie

Georgia En Mi Mente (Charles Sheffield)

GEORGIA EN MI MENTE
Charles Sheffield
 1992

Alguien me recomendó esta historia diciendo: "Vos que estás en el mundo de las computadoras vas a disfrutarla muchísimo". Tenía razón. Además, aparecen en ella todos los elementos que pueden fascinar a un lector de CF. De manera que, como gran parte de los lectores de Axxón están, lo quieran no, en el mundo de la informática, y encima les gusta la CF, estamos seguros de que tenemos garantizado el éxito de este trabajo del escritor norteamericano Charles Sheffield.

La Cueva (Yevgueni Zamiatin)


Yevgueni Zamiatin


Glaciares, mamuts, yermos. Negros farallones nocturnos semejantes a casas; y en los declives, cuevas. Y nadie sabe quién trompetea por la noche en el rocoso sendero que corre entre los escarpes, quién alza el polvillo de nieve al escarbar en el camino. Quizá sea un mamut de trompa gris o quizá el viento. ¿Será el propio soplo helado del mugir del rey de los mamuts? Una cosa es cierta: estamos en invierno. Y hay que apretar los dientes para evitar que choquen entre sí, hay que partir leña con un hacha de piedra, y todas las noches hay que llevar el fuego de cueva en cueva cada vez a mayor profundidad. También es preciso envolverse cada vez mejor en pieles de animales muy peludos.

Fábulas Edificantes Para Niños y Adultos De Ambos Sexos (Mark Twain)

FÁBULAS EDIFICANTES PARA NIÑOS
ADULTOS DE AMBOS SEXOS


De cómo organizaron una expedición
científica los animales de la selva

El Atentado Contra Julio César Según La Prensa (Mark Twain)

EL ATENTADO CONTRA JULIO
CÉSAR SEGÚN LA PRENSA

(Este artículo se basa
en la única relación verídica
del hecho que se ha publicado
hasta hoy. Es un extracto del
diario de Roma, Los Rayos de
la Tarde, que fue el primero en
dar la noticia, pocas horas después
del hecho).

El Vendedor De Ecos (Mark Twain)

EL VENDEDOR DE ECOS

   ¡Triste y desdichado caminante! Su actitud humilde, su triste mirada, su ropa, de buena tela y buen corte, pero hecha jirones – último resto de un antiguo esplendor -, conmovieron   aquella cuerda, solitaria y perdida, que llevo en lo más profundo de mi corazón, vacío ahora. Vi la valija que el forastero tenía bajo el brazo y me dije:
   -¡Contempla, alma mía! ¡Has caído una vez más en las garras de un viajante de comercio!
   ¿Cómo liberarme de él? ¡Vano intento! ¿Quién se libra de alguno de ellos?  Todos tienen un no sé qué, algo misterioso que interesa a quien lo escucha.

George Washington, Su Infancia Y Mi Acordeón (Mark Twain)

GEORGE WASHINGTON, SU
INFANCIA Y MI ACORDEÓN

   Soy hombre ordenado, y voy a proceder ordenadamente como corresponde a alguien como yo. Esta narración se refiere en primer lugar a George Washington, “el hombre que jamás mintió”, y en segundo lugar, a las personas que son verdugos del prójimo por creerse dotadas de genio musical.
   La anécdota de George Washington es incomparable; pero comencemos por las consideraciones musicales que servirán de introducción a la mencionada anécdota del niño Washington, “incapaz de mentir”.

José Rubén Romero

La Vida Inútil De Pito Pérez (José Rubén Romero)


 La Vida Inútil De Pito Pérez
(1938)

José Rubén Romero
(1890–1952)

No tengo fijo lugar
donde morir y nacer
y ando siempre sin saber
dónde tengo que parar

Calderón de la Barca

martes, 13 de enero de 2015

El Primer Pecado (Antonio De Trueba)

El primer pecado

- I -

     ¿Quién no recuerda haber oído a su madre la historia de un gran criminal que empezó su triste carrera robando un alfiler y la terminó muriendo ajusticiado en un patíbulo? Historia muy parecida a la de este desdichado es la del pueblecito de San Bernabé, sobre cuyas solitarias ruinas, cubiertas de zarzas y yezgos y coronadas con una cruz, como la sepultura de los muertos, me la contaron una melancólica tarde a la sombra septentrional de la cordillera pirenaico-cantábrica.

Tragaldabas (Antonio de Trueba)

Tragaldabas

- I -

     Lesmes era pastor, aunque su nombre no lo haría sospechar a nadie, pues todo el que haya leido algo de pastores en los autores más clásicos y autorizados, sabe que se llamaban todos Nemorosos, Silvanos, Batilos, etc.
     Si el nombre de Lesmes nada tiene de pastoril, menos aún tiene la persona; pues es sabido que todos los pastores como Dios manda, son guapos, limpios, discretos, músicos, cantores, poetas y enamorados, y Lesmes podía apostárselas al más pintado a feo, puerco, tonto, torpejón para la música, el canto y la poesía, y el amor estomacal era el único que le desvelaba.
     Lesmes tenía, sin embargo, algo de pastor, aparte, por supuesto, de lo de guardar ganado: era curandero. Nadie ignora que la flor y nata de los curanderos sale del gremio pastoril.

El Ruiseñor Y El Burro (Antonio De Trueba)

El ruiseñor y el burro

- I -

     No sé a punto fijo cuándo sucedió lo que voy a contar, pero de su contesto se deduce que debió ser allá hacia los tiempos en que los madrileños se alborotaron y estuvieron a punto de enloquecer de orgullo con la nueva de haber aparecido en el Manzanares una ballena que luego resultó ser, según unos, una barrica que no iba llena, y, según otros, la albarda (con perdón sea dicho) de un burro. Estos tiempos deben remontarse lo menos a los del Sr. D. Felipe II (que tenía a los madrileños por tan aficionados a bolas, que les llenó de ellas la puente segoviana), pues ya en los del señor D. Felipe III llamaba Lope de Vega ballenatos a sus paisanos los madrileños.

Un Siglo En Un Minuto (Antonio De Trueba)

Un siglo en un minuto

- I -

     Esta narración necesita prólogo propio. En cambio, no le necesitan ajeno tantos y tantos libros como ahora salen con prólogo ajeno, a pesar de estar vivos y sanos, gracias a Dios, sus autores, y ser éstos muy listos y muy guapos para no necesitar que el vecino se encargue de decir al público lo que nadie mejor que ellos sabe.
     En el de este libro he citado la opinión de cierto caballero particular que asegura son una misma cosa la mentira y la poesía, y no quiero poner término a estas narraciones sin hacer un esfuerzo para averiguar lo que haya de cierto en la susodicha opinión. El procedimiento de que me voy a valer es muy sencillo, pues consiste en contar algo que sea mentira, y luego ver si hay o no poesía en ello.
     Tengo por mentira lo que voy a contar; pero también tengo mis temorcillos de que no lo sea, porque, además de ser personas muy verídicas y bien informadas unas buenas aldeanas de Güeñes, que me lo contaron una noche de Difuntos, mientras ellas hilaban y nosotros los hombres fumábamos a la orilla del fuego, he leido algo que corrobora su aserto en un libro que, si mal no recuerdo, se llama Leyendas de Flandes, escrito por un tal Berthout, o cosa así, y cuando una noticia anda de Vizcaya a Flandes, algo debe tener de cierta.
     Moreto ha dicho que la poesía y la filosofía son una misma cosa, y si resultase que la poesía y la mentira tambien lo son, ¡buena, buena va a quedar la filosofía, tras lo mal parada que ha quedado en manos de los krausistas!

Pico De Oro (Antonio De Trueba)

Pico de Oro

- I -

     Trabajillo nos costará, ahora que estamos en invierno, trasladarnos, aunque sólo sea con la imaginación, a la ciudad de Burgos, dejando la benigna temperatura de las marismas de Vizcaya, donde fructifican el naranjo y el limonero, porque la temperatura de Burgos es tan fría, que allí, cuando el termómetro de Reaumur baja al grado de congelación, exclaman las gentes. «¡Qué, si tenemos una temperatura primaveral!» Pero ello, no hay remedio, hemos de trasladarnos allá, si hemos de oír al famoso Pico de Oro, que va a predicar en la nunca bastante ponderada catedral de Burgos.
     ¿No saben Vds. quién es Pico de Oro? Pues él muy nombrado es, porque en las iglesias siempre está uno oyendo exclamar a las mujeres: «¡Jesús, qué pico de oro!»
     No sé si habrá más picos de oro que uno; pero el de mi narración era un fraile dominico tan célebre en toda Castilla por su elocuencia en el púlpito, que en cuanto se anunciaba que iba a predicar en cualquiera parte, no quedaba pueblo alguno entre las cordilleras carpetana y pirenaico-cantábrica de donde no fuera gente a oírle.

La Fuerza De Voluntad (Antonio De Trueba)

La fuerza de voluntad

- I -

     Una vez conversaba yo con un carranzano más listo que un demontre (pues los hay que ven crecer la yerba), y como la conversación recayese sobre lo que puede la imaginación en nuestros actos, el carranzano me contó lo siguiente, que no eché en saco roto, como no echo nada de lo que me pueda servir para estudiar el modo de sentir, pensar y proceder del pueblo a quien tengo mucha afición, aunque no tanta que me parezca un santo ni mucho menos, porque su señoría (y perdone si le niego el su magestad, pues creo que mienten bellacamente los que le llaman soberano) suele descolgarse con cada animalada que le parte a uno de medio a medio.

La Yesca (Antonio De Trueba)

La yesca

- I -

     Éste era un hombre casado, a quien llamaban Juan Lanas, porque era como Dios le había hecho y no como Dios quiere que nos hagamos nosotros mismos con ayuda del entendimiento que para ello nos ha dado.
     Su mujer y él se llevaban muy bien; pero no por eso dejaban de tener de higos a brevas sus altercados por la falta de filosofía de Juan Lanas. Uno de los altercados que solían tener era éste:
     -¡Cuidado que son dichosas las señoras mujeres!

El Cura Nuevo (Antonio De Trueba)

El cura nuevo

- I -

     Esto debió suceder hace más de un siglo, pues fue en tiempo de mi bisabuelo materno Agustín de Garay, quien lo contaba a mi abuela, que a su vez lo contaba a mi madre, como ésta me lo contaba a mí, bien distantes todos por cierto de que en letras de molde se lo había de contar yo al público.
     Era hacia fines del mes de Julio; por más señas, un sábado al anochecer. Los vecinos de Montellano, conforme dejaban las heredades donde andaban en la siega del trigo y la resalla de la borona, se iban reuniendo en el campo de Acabajo, uno de los cuatro barrios en que se divide aquella aldea de veinticinco vecinos.

El Tío Interés (Antonio De Trueba)

El tío Interés

- I -

     Hace ya muchos años, caminaba yo en una galera de Medina del Campo a Valladolid, y entre los viajeros que me acompañaban, iba una mujer que se quejaba amargamente de que no se le había hecho justicia en un pleito que estaba a punto de resolverse en segunda instancia en la Audiencia de Valladolid, donde temía que tampoco se le hiciera justicia.
     Con tal motivo o tal pretesto, se dijeron allí perrerías de los tribunales, y el que más benévolamente los juzgó fue un señor cura de aldea que se limitó a decir que los jueces tienen ojos y no ven.

Las Dudas De San Pedro (Antonio De Trueba)

Las dudas de San Pedro

- I -

     Cuando Cristo y San Pedro andaban por el mundo sucedieron cosas que el pueblo español me ha contado en el lenguaje candorosamente familiar, anacrónico y castizo en que, con la ayuda de Dios, las voy a recontar.
     San Pedro era un gran santo, y Cristo le quería mucho, como lo prueba el haberle nombrado su vicario en la tierra y el haberle dado después las llaves del cielo; pero a pesar de eso, San Pedro tenía sus debilidades de hombre, de lo que es testigo aquello del gallo, y sus rarezas de viejo, de lo que dará testimonio la presente narración.

Las Orejas Del Burro ( Antonio De Trueba)

Las orejas del burro

- I -

     Este era un señor cura que estaba de servidor en un curato patrimonial, que, como es sabido, son aquéllos cuya propiedad corresponde a curas naturales de la feligresía, del municipio y aun de la provincia. Lo que voy a contar de él no le honra maldita la cosa, pero así como respeto y enaltezco siempre a los curas como Dios manda, así cuando por casualidad tropiezo con alguno que no honra a su respetable clase, pronuncio un «salvo la corona,» con lo cual mi conciencia queda tranquila pues, hecha esta salvedad, ya no se trata del sacerdote, sino del hombre, y le doy, así por lo suave, una zurribanda que sirva de saludable escarmiento.

Las Paliza (Antonio De Trueba)

La paliza

- I -

     ¿Recuerdas, querido Eduardo, cuánto nos moian pidiéndonos que les contásemos cuentos tu hija y la mía el invierno pasado cuando se reunían en tu casa a jugar y diablear? Yo no he podido menos de recordarlo al recibir una carta tuya en que, con el imperio que te da nuestro cariño, me mandas que te cuente un cuento. ¡Hola! ¿Conque gustas de cuentos, como tu María y mi Ascensión? No lo estraño, porque, a pesar de tu grave y viril inteligencia, tienes el corazón de un niño.

El Modo De Dar Limosna (Antonio De Trueba)

El modo de dar limosna

- I -

     Una tarde íbamos en la diligencia de Bilbao a Durango un señor cura, un aldeano y yo. El señor cura era lo que se llama un bendito, porque con el candor y el buen corazón suplía lo mucho que le faltaba de talento y perspicacia. El aldeano era más hablador que el mus y más agudo que lengua de envidioso. Y yo era un curioso observador que, aunque parezca que mira al plato, mira a las tajadas, es decir, que cuando parece que sólo piensa en los cuentos y anécdotas populares que escucha, piensa en la filosofía que aquellos cuentos y anécdotas encierran.

El Cura De Paracuellos (Antonio De Trueba)

El cura de Paracuellos

- I -

     Paracuellos, que es un lugar de tres al cuarto, situado en la orilla izquierda del Jarama, como dos leguas al Oriente de Madrid, tenia un señor cura que, mejorando lo presente, valía cualquier dinero.
     Es cosa de contar de cuatro plumadas su vida, que la de los hombres que valen se ha de contar y no la de aquellos de quien se dice:
     En el mundo hay muchos hombres
de historia tan miserable,
que se compendia diciendo
que nacen, pacen y yacen.

Antonio De Trueba

Ersatz (Henry Slesar)

ERSATZ
HENRY SLESAR

Había mil seiscientas Estaciones de Paz erigidas en el octavo año del conflicto, la contribución de los pocos civiles que quedaban aún en el continente norteamericano; mil seiscientos refugios a prueba de radiaciones donde el combatiente itinerante podía hallar comida, bebida y descanso. Sin embargo, en cinco agotadores meses de vagabundear por las áridas regiones de Utah, Colorado y Nuevo México, el sargento Tod Halstead había perdido toda esperanza de hallar alguna. En su armadura de aluminio forrada de plomo, parecía una máquina de guerra perfectamente acondicionada, pero la carne dentro del resplandeciente alojamiento era débil y estaba sucia, cansada y solitaria, en su monótona tarea de buscar un camarada o encontrar un enemigo a quien matar.

Restauración De La Bóveda Celeste (Lu Sin)

 Lu Sin


Lu Sin (1881-1936) nació en el pueblo de Shaosín, donde hoy se le rinde culto como al más grande escritor chino moderno. La publicación en vernáculo de su Diario de un loco, en 1918, fue la primera escalada en la revolución literaria que habría de producir un año después el Movimiento del 4 de Mayo.
Fue también Lu Sin un líder teórico, quizás el más importante, de la nueva literatura. En su Breve historia de la ficción en China llevó a cabo un penetrante análisis de las grandes novelas clásicas chinas, muchas de las cuales habían sido puestas en discusión con el despliegue de la revolución literaria. A través de sus obras y de su acción, fue siempre un gran combatiente de las nuevas ideas, contra la literatura feudal, contra la política cultural represiva del Kuomintang, por la popularización de la literatura y por los grandes cambios sociales.
Tres colecciones recogen sus novelas cortas y sus cuentos: Grito de llamada, Vagabundeos y Viejos cuentos contados de nuevo. Sus ensayos breves han sido recogidos en una serie de volúmenes y abarcan toda la gama temática contemporánea; constituyeron en China una nueva forma literaria que combinaba la poesía y la polémica política.

lunes, 12 de enero de 2015

Las Moscas (Jean-Paul Sartre)


 Jean Paul Sartre
Drama en tres actos

A Puerta Cerrada (Jean-Paul Sartre)

Jean-Paul Sartre
(HUIS CLOS)


OBRA  EN UN  ACTO

Traducción de ALFONSO SASTRE

PERSONAJES

INÉS
ESTELLE
GARCIN
El MOZO DEL PISO

Un  salón estilo Segundo Imperio. Sobre la chimenea, una estatua de bronce.

Esta obra se estrenó en el Théátre du Vieux-Colombier, de París, en mayo de 1944

ACTO ÚNICO

Jean-Paul Sartre

La Ciudad De Barro Y Oro (Nino Quevedo)


 Nino Quevedo

La Ciudad De Barro Y Oro
A la memoria
de mis padres y de
 mi hermana Elvira.


A mis hijos.
A mis nietos.
Sin cuyo cariño, calor de vida y
 entrañable apoyo moral y material
 en este tiempo de prueba,
 no hubiera podido nunca
 volver a ponerme en pie.
 Con todo mi amor
 de padre y abuelo.

N.Q.

¡Tan  pronto  pasa   todo cuanto pasa!
Fernando PESSOA

domingo, 11 de enero de 2015

Los Peterkins (Mark Twain)



Mark Twain

 El fracasado es el hombre que ha cometido errores sin aprender nada de ellos.
 flaubert

los Mc WilliamsY El Timbre De Alarma (Mark Twain)

los mcwilliams y el timbre de alarma   

MARK  TWAIN


La conversación fue pasando lenta, imperceptiblemente del tiempo a las cosechas, de las cosechas a la literatura, de la literatura al chismorreo, del chismorreo a la religión, y por último hizo un quiebro insólito para aterrizar en el tema de los aparatos de alarma contra los ladrones. Fue entonces cuando por vez primera el señor McWilliams demostró cierta emoción. Cada vez que advierto esa señal en el cuadrante de dicho caballero me hago cargo de la situación, guardo profundo silencio y le doy oportunidad de desahogarse. Empezó, pues, a hablar con mal disimulada emoción:

Historia Del Inválido (Mark Twain)

Historia del inválido

 Mark Twain


(Extraída de An Idle Excursion, donde se relata un viaje a las Bermudas).


 aunque mi aspecto es el de un hombre de sesenta años, y casado, no es verdad; débese ello a mi con­dición y sufrimientos, pues soy soltero y sólo tengo cua­renta y un años. En el estado en que me veis, difícilmente creeréis que ahora sea más que una sombra de lo que fui, ya que apenas hace dos años era yo un hombre fuerte y rebosante de salud (un hombre de hierro, ¡un verdadero atleta!); y, sin embargo, ésta es la cruda rea­lidad. Pero más extraño que este hecho es todavía el modo como perdí mi salud. La perdí una noche de in­vierno, vigilando una caja de fusiles en un viaje de 200 millas en ferrocarril. Es la pura verdad, y voy a con­taros cómo sucedió.

La Célebre Rana Saltadora Del Condado de Calaveras (Mark Twain)

 Mark Twain


Para cumplir el encargo de un amigo que me escribía desde el Este, fui a hacer una visita a ese simpático joven y viejo charlatán que es Simón Wheeler.
Fui a pedirle noticias de un amigo de mi amigo, Leónidas W. Smiley, y este es el re­sultado.
Tengo una vaga sospecha de que Leónidas W. Smiley no es más que un mito, que mi amigo nunca lo conoció, y que mencio­nárselo a Simón Wheeler era motivo sufi­ciente para que él recuerde al maldito Jim Smiley, y me aburra a muerte con alguna anécdota insoportable de ese personaje de historia tan larga, cansadora y falta de in­terés. Si era esa la intención de mi amigo, lo logró.

El Disco Rojo (Mark Twain)



Mark Twain
 La triste noche de invierno había cerrado. El coronel y su joven esposa habían agotado en una larga conversación el tema de sus preocupaciones y esperaban los acontecimientos. Sabían que esta espera no sería larga; lo sabían demasiado... y este pensamiento hacía temblar a la pobre mujer.
  Tenían una criatura de siete años, Abigail. Dentro de breves instantes iba a aparecer para darles las buenas noches y ofrecer su frente cándida al beso de despedida. El coronel dijo a su mujer:
  -Enjuga tus lágrimas, querida, y en atención a ella tratemos de parecer felices. Olvidemos por un momento la desgracia que va a herirnos.

El Diario De Adán Y Eva (Mark Twain)


sábado, 10 de enero de 2015

Arde El Cielo (Harlan Ellison)

Arde el cielo
Harlan Ellison

Caían llameantes de un cielo ciego, y en los primeros días murieron diez mil de ellos. Los gritos resonaron en nuestras cabezas y las mujeres corrieron hacia las colinas para no oírlos. Pero no había ninguna escapatoria posible… ni para ellas ni para ninguno de nosotros. La muerte ardía en el cielo, y lo más terrible, lo más increíble de todo era que aquella muerte, o mejor dicho aquella cosa que moría, no éramos nosotros.

Lord Dunsany

Un Día En El Confín Del Mundo (Lord Dunsany)

Un día en el confín del Mundo
Lord Dunsany

Hay cosas que sólo conoce el guardián de Tong Tong Tarrup, que está sentado a la entrada del bastión mascullando sus propios recuerdos.
Recuerda la guerra que hubo en los corredores de los gnomos; y cómo una vez las hadas vinieron a buscar los ópalos que había en Tong Tong Tarrup; y la forma en que los gigantes atravesaban los predios de abajo, mientras él los observaba desde su puerta: recuerda demandas que todavía asombran a los dioses. Ni siquiera me ha dicho quiénes moran en esas casas heladas allá en lo alto, en el mismo borde del mundo, y eso que tiene fama de parlanchín. Entre los elfos, únicos seres vivos vistos alguna vez a tan espantosa altitud, donde extraen turquesa en los más elevados riscos de la Tierra, su nombre es el prototipo de la locuacidad con el que ridiculizan a los habladores.

Historia De Mar Y Tierra (Lord Dunsany)

Historia De Mar Y Tierra
Lord Dunsany

En el primer Libro de las Maravillas está escrito cómo el capitán Shard, del terrible barco pirata Desperate Lark, se retiró de la vida activa después de saquear la ciudad costera de Bombasharna; y cómo, renunciando a la piratería en favor de los más jóvenes, con el beneplácito del Atlántico Norte y Sur, se instaló con una reina cautiva en su isla flotante.
A veces hundía un barco en memoria de los viejos tiempos, mas había dejado de merodear por las rutas comerciales y los asustadizos comerciantes temían ahora a otros hombres.

El Vengador de Perdóndaris (Lord Dunsany)

El Vengador de Perdóndaris
Lord Dunsany

Estaba yo en el Támesis pocos días después de mi regreso del país del Yann y el reflujo de la marea me arrastraba hacia el este del Westminster Bridge, cerca del cual había alquilado mi bote. Toda clase de objetos flotaban a mi alrededor –maderos a la deriva y enormes botes– y estaba tan absorto en la contemplación del tránsito de ese gran río que no advertí que había llegado a la City, hasta que miré hacia arriba y vi esa parte del Embakment que está próxima a Go–by Street. Entonces me pregunté de repente qué habría sido de Singanee, pues la última vez que pasé por su palacio de marfil había tanta quietud que me hizo suponer que no había vuelto todavía.

Días De Ocio En El Yann (Lord Dunsany)

Días de ocio en el Yann
Lord Dunsany

Así bajé a través del bosque hasta la rivera del Yann y encontré, como había sido profetizado, al barco Pájaro del Río a punto de soltar amarras.
El capitán estaba sentado de piernas cruzadas sobre la blanca cubierta, a su lado la cimitarra dentro de su vaina enjoyada, y los marineros afanados en desplegar las ágiles velas para dirigir el barco hacia el centro de la corriente del Yann, cantando durante todo el tiempo dulces canciones antiguas. Y el viento fresco del atardecer, que desciende desde los ventisqueros donde tienen sus moradas montañosas los dioses distantes, llegó súbitamente, como las buenas nuevas a una ciudad ansiosa, a las velas con forma de alas.

miércoles, 7 de enero de 2015

La Fantástica Reunión De Té (Ellery Queen)

LA FANTÁSTICA REUNIÓN DE TÉ

El joven alto con impermeable pardo decíase que en su vida había visto semejante diluvio. Fluía la lluvia del lóbrego firmamento en atronadora cascada. Las luces rojas de la cola del tren de Jamaica esfumábanse al oeste. Reinaba intensa obscuridad más allá de la semipenumbra que rodeaba a la pequeña estación. El joven temblaba de frío, admirándose de haber ido a Long Island en medio de aquella desatada borrasca. ¿Y dónde demontres estaba Owen?
Acababa de tomar la resolución de buscar una casilla, telefonear disculpas y trepar al próximo tren de regreso a la City, cuando un "coupé" brotó de entre las tinieblas, deteniéndose junto a la plataforma; un hombre con librea de chofer saltó fuera, precipitándose por el caminillo en procura del refugio del techo.

Los Siete Gatos Negros (Ellery Queen)

LOS SIETE GATOS NEGROS

La campanilla vibró sobre la puerta del "Establecimiento de Venta de Animales Domésticos", de Amsterdam Avenue, y Mr. Ellery Queen, frunciendo la nariz, entró en él. La extensión y la variedad de hedores del diminuto comercio no habrían avergonzado al mismísimo Jardín Zoológico de Nueva York. No obstante ello, sólo alojaba bestezuelas de escasísimas proporciones, todas las cuales, al segundo preciso de su entrada al local, iniciaron un espantoso coro.

El Reloj De Cúpula De Vidrio (Ellery Queen)

EL RELOJ DE CÚPULA DE VIDRIO

De los centenares de casos en cuya solución participara Mr. Ellery Queen merced a su autoridad como hijo del inspector Queen, de la Oficina de Detectives de Nueva York, ninguno de ellos fue más simple que el caso llamado "La Aventura del Reloj de Cúpula de Vidrio". "Tan simple", gusta decir, "que un estudiante de primer año del colegio secundario, con un conocimiento elemental de álgebra, lo encontraría tan fácil como una ecuación de primer grado". No pocas veces se le preguntó qué podría hacer un simple detective de las fuerzas policiales regulares (cuyo saber en álgebra suele ser bastante menos que elemental) enfrentado con un caso tan "simple". Su contestación ha sido siempre la siguiente: "¡Aceptada la enmienda! La proposición reza ahora así: Cualquier individuo, dotado de sentido común, podría haber solucionado ese crimen. Es tan lógico como: cinco menos cuatro igual a uno".

El Perro De Dos Cabezas (Ellery Queen)

EL PERRO DE DOS CABEZAS

En tanto el "Duesenberg" zumbaba sobre la carretera, corriendo entre árboles desnudos y silenciosos, bajo el azote del aire salino, algo extraño pareció agitar al joven del volante en su viaje por las Viñas de Martha, la extremidad del Cabo Cod y la bahía de los Buharros. Más de un viajero, en esta moderna carretera, había temblado bajo el latigazo de los vientos atlánticos, respondiendo acaso al obscuro llamamiento de algún antepasado marino. Pero no eran ésos los sentimientos que agitaban al hombre del coche abierto. El viento no entrañaba encantos para él. Verdad es que su piel hormigueaba, pero sólo porque el sobretodo era fino, helado el viento otoñal, francamente fastidioso el rocío, e indefinidamente tétrico aquel atardecer de New Bedford.

La Cajita De Madera De Teca (Ellery Queen)

LA CAJITA DE MADERA DE TECA

La enmaderada, encuerada y hogareña sala del departamento de los Queen, situado en la calle 88 Oeste, de Nueva York, había conocido visitantes más raros que Mr. Seaman Carter, pero, seguramente, ninguno tan agitado.
—En realidad, Mr. Carter —dijo Ellery Queen, estirando sus piernas junto al hogar—, viene usted muy mal informado. No soy detective. ¡Mi padre es el único "sabueso" de la familia! Oficialmente, mis derechos de investigar un delito son tantos como los suyos.
—¡Pero ése es, justamente, el punto que nos interesa, Mr. Queen! —chilló Carter, haciendo girar sus ojillos acuosos—. ¡No queremos intervención policial! ¡Queremos consejo extraoficial! ¡Le queremos a usted! Sí; queremos que esclarezca estos condenados robos bajo cuerda... ¡ejem!... por así decirlo... ¿Entiende?... Las "Gothic Arms", estimado Mr. Queen, no pueden verse envueltas en un escándalo. Nuestro establecimiento vive de clientes distinguidos y...

El Enamorado Invisible (Ellery Queen)

EL ENAMORADO INVISIBLE

Roger Bowen tenía unos treinta años, era ojizarco y blanco. Alto y risueño, hablaba inglés con acento harvardiano, bebía ocasionales "cocktails", fumaba más cigarrillos de lo conveniente, sentía gran cariño por su único pariente (una anciana tía que vivía de sus rentas en San Francisco) y equilibraba sus lecturas entre Sabatini y Shaw. Y ejercía toda la abogacía que podía practicarse en Corsica, New York (población: 745 almas), en donde había nacido, hurtado manzanas del huerto del anciano Carter, nadado en cueros en el arroyo del intendente y cortejado a Iris Scott los sábados por la noche en la galería del "Pabellón de Corsica" (dos orquestas: ejecución continuada).

Los Tres Hombres Cojos (Ellery Queen)

LOS TRES HOMBRES COJOS

Cuando Ellery Queen penetró en aquel elegante dormitorio, de lecho bajo gris-ceniza, paredes pintadas a media tinta, moblaje anguloso y artefactos cromados, encontró a su padre, el inspector Queen, parloteando con una aterrada muchachita de color, cuya faz parecía una morcilla con dos bolitas castañas implantadas en ella.

La Mujer Barbuda (Ellery Queen)

LA MUJER BARBUDA

Mr. Phineas Mason, procurador público —de la rica y respetable firma Dowling, Mason & Coolidge, 40 Park Row— era un caballero con narizotas carnudas y ojillos sumidos, que habían visto más de treinta años de expedienteo norteamericano y que parecían haber visto ciento. Rígidamente sentado en una "limousine" con chofer, sus labios articulaban interesantes sonidos:
—Y ahora —decía, con voz de enojo— se ha cometido un asesinato. ¡No sé adonde irá a parar este mundo, caballero!

El Sello Negro De Un Penique (Ellery Queen)

EL SELLO NEGRO DE UN PENIQUE

¡Ach! gimió el anciano Uneker—. Es algo terrible, Mr. Quveen... ¡terrible! ¿Adonde famos a parar? Todo cayó sobre mi negocio: polizei und derramamiento de sangre, und cachiporrazos en la capeza... Éste es uno de mis más antiguos clientes, Mr. Queen. Él también ha sufrido los asaltos... Mr. Hazlitt, Mr. Quveen... Sí, Mr. Quveen es ese famoso detectife del que tanto hablan los diarios, Mr. Hazlitt. Hijo del inspector Quveen.

La Acróbata Ahorcada (Ellery Queen)

LA ACRÓBATA AHORCADA

Muchísimo tiempo ha, durante el Período de Incubación del Hombre —infinidad de tiempo antes de los empresarios, cinco-días-a-prueba, pensiones teatrales, circuitos subterráneos y Variedades— cuando el megaterio vagaba solitario, Broadway atravesaba su Primer Período Glacial y el primer vaudeville fue planeado por el primer empresario de orejas apantalladas, frente menguada y abundosas pilosidades, fue decretado: "que el Acróbata sea el Primero".